Dictaduras Militares Argentina

Revolución Libertadora 1955 Caida Gobierno de Peron Argentina

Revolución Libertadora – Caída Gobierno de Peron

LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA: A pesar de triunfar en las elecciones de 1952 con el 60% de los votos, el gobierno peronista comenzaba ya a mostrar signos de debilidad, que se agudizaron con la muerte de Eva Perón. Además, el deterioro de la situación económica fue acompañado por un endurecimiento del régimen, que intensificó la persecución de los opositores.

En 1955, la escena política estaba dominada por el conflicto del gobierno con la Iglesia, iniciado un año antes, y con la oposición. En medio de ese clima se comenzó a delinear un golpe de estado. En septiembre, finalmente, una revolución encabezada por el general Lonardi derrocó a Perón.

ANTECEDENTE HISTÓRICOS: Uno de los componentes del clima de enfrentamiento político en los últimos meses del gobierno de Perón fue el uso por parte del presidente de virulentas apelaciones a la violencia. El punto culminante de esta escalada de violencia verbal se manifestó en el discurso del 31 de agosto, frente a una concentración popular en su apoyo.

ROBERT POTASH, en su libro «El ejército y la política en la Argentina»  escribía sobre la escalada de violencia en la última etapa del gobierno de Perón, en el año 1955. Allí Perón dijo:

«Con nuestra tolerancia exagerada, nos hemos ganado el derecho a reprimirlos violentamente. Y desde ya establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino. […] La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos».

Este discurso -que, en cierta medida,  implicaba un reconocimiento de las críticas que los opositores hacían a su régimen- fue empañado de la autorización para que los líderes opositores hablaran por radio. Más allá de sus diferencias, la oposición política reaccionó con desconfianza y reclamó, como condición mínima para una tregua política, el restablecimiento de las garantías jurídicas, comenzando por el levantamiento del estado de guerra interno -una figura similar a la del estado de sitio, que permitía a Poder Ejecutivo suspender las garantías constitucionales y arrestar a individuos sir orden judicial-, vigente desde 1951. El gobierno consideró inaceptables estas demandas y mantuvo una línea de enfrentamiento que llegó a su apogeo retórico con el discurso de Perón del 31 de agosto de 1955.

La oposición, mientras tanto, organizaba el golpe de estado con la decisiva participación de oficiales del Ejército y, principalmente, de la Marina.

Por otro lado el general Pedro Eugenio Aramburu, director de sanidad militar, con mínimo apoyo y  sin tropa a su cargo decidió postergar la Revolución para el año próximo, a pesar de la fuerte expectativa existente y del miedo a represalias que hicieran imposible la sublevación.

Entonces llegó el turno del general Eduardo Lonardi (1896-1956), artillero que había estado preso en 1953. Tenía contactos en la guarnición de Córdoba, cuya oficialidad joven estaba dispuesta a salir antes de que fuera demasiado tarde: finalizado setiembre las municiones debían retirarse y no cabrían posibilidades hasta el año entrante.

Lonardi conversó con los marinos y fijó fecha el 16 de setiembre para tomar la Escuela de Artillería de Córdoba. Supuso y no se equivocó que en la situación crítica que vivía el gobierno bastaría crear un foco revolucionario para que las demás fuerzas se sumaran a los rebeldes. Cumplió su palabra y así comenzó la revolución.

El 16 de septiembre estalló el levantamiento en Córdoba, encabezado por el general Eduardo Lonardi. A pesar de que las tropas leales no pudieron sofocarlo, el levantamiento no consiguió extenderse. La mayoría del Ejército procuraba no intervenir, pero la Marina se movilizó casi totalmente contra Perón. Sus naves bloquearon Buenos Aires y amenazaron con atacar los depósitos de combustible de La Plata y Dock Sud -como ya lo habían hecho con los de Mar del Plata-.

Antes de la hora señalada como ultimátum por la Marina, el ministro de Guerra, el general Lucero, pidió parlamentar y leyó una carta en la que Perón solicitaba al Ejército la negociación de un acuerdo. Esta carta no era una renuncia -Perón describía su actitud como un renunciamiento-, pero la junta de generales, superiores del «Ejército decidió considerarla como tal y negociar con el grupo revolucionario. Ante esta situación, el 20 de septiembre Perón se refugió en la embajada del Paraguay e inició su largo exilio.

Hubo un cambio ideológico (de «sano autoritarismo») que repercutió en la región según la dirección impuesta por la diplomacia norteamericana, determinó que los golpistas -que allí buscaban apoyo político y doctrinario contra Perón, a quien, como dijimos, identificaban con el fascismo europeo- hallaran escasas justificaciones y orientaciones para su acción: la apertura a un mundo signado por la lucha irreconciliable entre capitalismo y comunismo indujo a los adherentes de la Libertadora a tener mayores motivos para disputarse entre sí el poder y el derecho a fijar el curso a seguir una vez eliminado el «fascismo criollo». Ello se refleja en el eco que pronto hallarían -en sectores de las Fuerzas Armadas, la iglesia y el empresariado- las posiciones más ferozmente reaccionarias que por entonces circulaban en los países centrales sobre la seguridad y el papel de los sindicatos y la izquierda.

El 23 de septiembre, una multitud, perteneciente a la clase media, llenó la Plaza de Mayo para escuchar la palabra del nuevo presidente provisional, el general Lonardi.

Ésta se diferenció de los anteriores golpes no sólo porque se inició en una guarnición del interior, sino también porque no tuvo una definición inmediata. Al foco mediterráneo se sumó el de Puerto Belgrano y más tarde la guarnición de Cuyo. Pero el golpe fracasó en Corrientes y ningún general de la guarnición de Buenos Aires se movilizó. El ministro de Guerra a cargo de la represión envió fuerzas a Córdoba donde se libraron combates entre leales y rebeldes. Entre tanto la flota de mar navegaba rumbo a Buenos Aires en actitud amenazadora, dispuesta a bombardear los tanques de petróleo de Mar del Plata, La Plata y la capital.

En tales circunstancias Perón presentó una renuncia que los generales de la guarnición porteña, todos ellos peronistas, optaron por aceptar a pesar de que su texto resultaba poco claro. Al conocerse esta novedad, una multitud se lanzó a festejar el fin del peronismo en las calles, en medio de lluvias torrenciales. Entre tanto la CGT, en actitud pasiva, ni siquiera declaró la huelga general.

Mientras Perón buscaba refugio en una cañonera del Paraguay, país donde tenía buenos amigos, Lonardi se aprontaba a trasladarse a Buenos Aires, en su carácter de jefe de la Revolución que él mismo tituló «Libertadora», para asumir el cargo de presidente provisional.

Después de 9 años de gobierno Perón caía definitiva dejando una situación politica mucho mas compleja de lo que pensaban sus adversarios.

El 23 de septiembre de 1955, el general Lonardi asumió la presidencia provisional de la nación. Pero pronto comenzaron a manifestarse las diferencias entre los golpistas, que condujeron al reemplazo del presidente Lonardi por el general Pedro E. Aramburu (imagen). Con Aramburu en el gobierno se afianzaron los sectores autoritarios que se resistían a aceptar los profundos cambios sociales llevados a cabo por el peronismo: el Partido Peronista fue declarado ilegal y Perón fue proscrito.

En 1957, el radicalismo se dividió en dos partidos: la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), liderada por Arturo Frondizi. y la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), encabezada por Ricardo Balbín. La división de la UCR complicó los planes del gobierno, que quería encontrar una salida electoral que no implicara el retorno del peronismo.

Frondizi, por su parte, sabía que si lograba arrastrar los votos peronistas ganaría las elecciones. Por eso selló un pacto con Perón, que consistía en el apoyo electoral peronista a su candidatura a cambio del levantamiento de las proscripciones al partido. Gracias al pacto, Frondizi se impuso en las elecciones nacionales del 23 de febrero de 1958.

Una sociedad dividida

En El otro rostro del peronismo (1956), Ernesto Sábato relata cómo recibió la noticia del golpe mientras visitaba a unos amigos en Salta: «Aquella noche de septiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina ví cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.

Y aunque en todos aquellos años yo había meditado en la trágica dualidad que escindía al pueblo argentino, en ese momento se me apareció en su forma más conmovedora».

Sabato intenta ofrecer una explicación de lo sucedido y de lo que es preciso hacer para «corregir» ese desencuentro, y anticipa el giro en la interpretación del fenómeno peronista que muchos intelectuales (sobre todo de izquierda, que hasta entonces lo habían rechazado) intentarían con los años: «En el movimiento peronista no sólo hubo bajas pasiones y apetitos puramente materiales: hubo un genuino fervor espiritual, una fe pararreligiosa en un conductor que les hablaba como seres humanos y no como a parias […].

Lo demás es detalle […] y no incurramos ahora en los mismos defectos y vicios que hemos recriminado a la tiranía: no pretendamos unanimidad de juicio, no califiquemos a nuestros adversarios de enemigos de la nación […]. Una cosa es, y bien posible, el desmontaje casi físico de las piezas que aseguran al totalitarismo […] y otra cosa es negar esas fuerzas o creerlas únicamente obra de la propaganda. El fervor multitudinario que Perón aprovechó no será liquidado mediante medidas de fuerza… sólo se logrará reforzarlo hasta convertirlo en una tremenda, incontenible y trágica aplanadora».

Fuente Consultada:
Historia Argentina Luchilo-Romano-Paz
Argentina de su país y de su gente María Sáenz Quesada.

El Rodrigazo Consecuencias Economicas Gobierno de Isabel Martinez

Origen y Consecuencias del «Rodrigazo»
La Economía del Gobierno de Isabel Martinez de Perón

INTRODUCCIÓN: Poco después de la muerte de Perón, la dirección de la CGT pasó a manos de sindicalistas que creían que el movimiento obrero debía entrar en la etapa política abierta con la muerte del presidente libre de viejos compromisos con el gobierno. Este este modo se incia una renegociación del original pacto social que desencadenó con la renuncia del ministro de economía  Gelbard y su reesplazo por Celestino Rodrigo.

Esta reorganización del gobierno, llevó a López Rega a la cúspide de su poder y fortaleció a la burocracia sindical, y coincidió con un recrudecimiento de la violencia.

La llegada de Celestino Rodrigo al Ministerio de Economía agudizó aún más los problemas. Con el apoyo de López Rega, Rodrigo adoptó una serie de medidas, conocidas como el «Rodrigazo» devaluación del peso entre un 100% y un 160%, incremento del 181 % en el precio de la nafta y del 75% en los precios del transporte, -y otras medidas similares- que tuvieron como efectos inmediatos una aceleración brusca de la inflación y una crisis política.

La crisis política culminó con el desplazamiento de Rodrigo y de López Rega, provocados por una exitosa huelga general declarada por la CGT.

Entre marzo de 1975 y marzo de 1976 la inflación fue del 566,3%. Se esperaba, por lo tanto, que en cualquier momento estallara la hiperin-flación y se produjera la total extinción de la moneda.

El déficit público en 1975 también batió todos los récords: alcanzó el 12,6% del PBI.

El desempleo superó el 6% a fines de ese año, otro máximo histórico. Con las reservas prácticamente agotadas, el país estaba a punto de dejar de pagar su deuda externa. Todos estos eran patentes indicadores de la extinción de la autoridad del estado sobre la vida económica y los comportamientos sectoriales: los actores llevaban al extremo la defensa de sus intereses inmediatos o buscaban sacar ventaja circunstancial de la situación, y en conjunto producían un creciente perjuicio colectivo.

La política tendía así a extinguirse como espacio institucional de convivencia y mostraba su crudo rostro como imposición violenta de unos sobre otros.

Para probarlo, también el uso de la fuerza terminó de escapar al control estatal, o al menos a toda regulación legal: en diciembre de 1975 se contabilizaron 62 muertes violentas por razones políticas, en enero ascendieron a 89 y llegaron a 105 en febrero; la mayoría eran cadáveres que aparecían por las mañanas acribillados en zonas periféricas de las principales ciudades del país.

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dictadura argentina 1976

Gobierno de María Estela de Perón   –   Golpe de 1976  –    La Economía de Martínez de Hoz

Operación Soberabía  –    Guerra de Malvinas

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ECONOMÍA EN EL GOBIERNO DE MARÍA MARTÍNEZ DE PERÓN: «EL RODRIGAZO»

El presidente Juan Domingo Perón falleció el 1 de julio de 1974. El gobierno quedó en manos de su viuda, Isabel. Pero los conflictos dentro del peronismo se amplificaron, dado que ni la presidente Isabel Perón y su entorno ni los jefes sindicales —los dos sectores influyentes en el nuevo esquema de poder— se propusieron, realmente, prolongar en el gobierno, los objetivos que habían comandado la vuelta de Perón al poder.

¿Cuál era la legitimidad política de Isabel y de su círculo gobernante? Solo el que Perón hubiera optado por su esposa, y no por otra persona, para que lo acompañara en la fórmula presidencial.

En realidad, era la heredera política de un movimiento en cuya historia no había participado; «(…) su único mérito era portar el apellido del líder desaparecido». Y lo mismo sucedía con el ministro de Bienestar Social, José López Rega.

De esta manera, los primeros conflictos se presentaron dentro de la cúpula sindical. Desde 1970, los dirigentes de la CGT mantenían entre sí un delicado equilibrio de fuerzas, lo que había llevado a las designaciones de José Ignacio Rucci y Adelino Romero -respectivamente- al frente del organismo. Pero con la muerte cíe Perón, este equilibrio se rompió.

El enfrentamiento se produjo entre quienes sostenían que el movimiento sindical, al ser una rama más del movimiento político gobernante, debía someterse a las directivas de Isabel y aquellos que, nucleados en las «62 Organizaciones» comandadas por Lorenzo Miguel, planteaban la necesidad de comportarse como un pruno de presión frente al gobierno.

Si bien los dirigentes de la CGT reafirmaban su lealtad a Isabel, manifestaban veladamente su desacuerdo con la política económica del gobierno, al criticar a algunos funcionarios, en especial, a los ministros Gelbard y López Rega.

De esta manera, la relación entre la cúpula sindical y el gobierno estuvo marcada principalmente por las discusiones en torno a las renegociaciones del Pacto Social.

Cuando el 17 de octubre de 1974 la presidente anunció la convocatoria de las comisiones que discutirían los salarios y las condiciones de trabajo,no le quedó otra alternativa al ministro de Economía que la renuncia a su cargo.

El alejamiento de Gelbard (por el cierre de exportación de carnes rojas )provocó la ruptura de los lazos entre la CGE y el gobierno. El nuevo titular de la cartera era Alfredo Gómez Morales, quien contaba con el apoyo de los dirigentes gremiales pero no con el del círculo íntimo de Isabel.

Gómez Morales, un viejo peronista que ya había ocupado ese cargo en el último gobierno de Perón en los años 50.

El nuevo ministro intentó una alianza con los grandes grupos económicos: dio un aumento salarial del 15% (que en menos de un mes fue sepultado por el aumento de precios), mientas sostenía la represión a los huelguistas, logrando que disminuyeran los conflictos. Amparados en la nueva ley de seguridad y en la ley de asociaciones profesionales, el Ministerio de Trabajo o los propios jerarcas sindicales actuaron destituyendo de sus puestos a los dirigentes combativos.

CELESTINO RODRIGUEZLa resistencia obrera fue paralizada por la fuerte  represión. Pero era un gobierno peronista el que la encabezaba, lo que distanció a los dirigentes de los trabajadores porque estos le seguían asignando legitimidad a un gobierno electo y justicialista.

La única expresión de desaliento fue dada por el alto ausentismo al trabajo, que era protegido por la legislación laboral vigente (Ley de Contrato de Trabajo).

Pero en mayo el proceso inflacionario siguió; el salario cayó un 20,5% desde junio del 73, lo que llevó, el 31 de mayo de 1975, a la renuncia del ministro de Economía Gómez Morales y a la asunción de Celestino Rodrigo, un hombre de López Rega, quien llevó adelante un plan de ajuste violento -conocido como el «Rodrigazo»-que tuvo una respuesta obrera inmediata: miles de trabajadores del cinturón industrial abandonaron o tomaron las fábricas sin contar con la conducción de los sindicatos, culminando en jornadas de huelga de las más contundentes de la historia argentina.

Por eso la CGT se vio obligada a ponerse al frente de la lucha y consiguió aumentos salariales.

Por otro lado, mientras el gremio metalúrgico dirigido por Miguel convocaba a una marcha en agradecimiento a la presidenta, los empresario con total silencio de protesta, comenzaba a buscar la solución mediante un golpe de estado.

El 5 de junio Rodrigo anunció las nuevas medidas, entre ellas una devaluación del 100 %, el aumento del 75 % en las tarifas eléctricas y de otros servicios públicos, el aumento del 175 % en los combustibles y la liberalización de todos los precios.

El ajuste, conocido como «Rodrigazo», no dejaba lugar a dudas de que el objetivo buscado era recortar la influencia de la cúpula sindical en el nuevo esquema de poder que se esbozaba.

Las disposiciones enumeradas en el paquete significaban una fuerte transferencia de ingresos a favor de los exportadores agropecuarios, un gran impacto sobre todos los precios internos y un violento recorte del poder adquisitivo de los salarios.

Este conjunto de medidas produjo reclamos de todos los sectores, especialmente los trabajadores, que vieron en esto una especie de declaración de guerra. Como el gobierno decidió que los trabajadores y los empresarios discutieran libremente las pautas salariales, algunos sindicatos —los más poderosos— lograron acordar aumentos nominales de los salarios que superaban el 100 %, por ejemplo, los trabajadores del gremio metalúrgico.

Pero la inflación se aceleró aún más y los salarios se deterioraron antes de que entraran en vigencia los nuevos aumentos. Los líderes de la CGT vieron amenazadas sus posiciones por la reaparición de la oposición dentro de los sindicatos, las huelgas y la movilización de las bases; y las tratativas por alcanzar nuevos acuerdos con el gobierno se encontraban obturadas.

En ese sentido, la cúpula de la CGT se encontraba frente a un dilema: acatar la decisión presidencial en nombre de la disciplina peronista o comandar el proceso de movilización obrera que comenzaba a manifestarse nuevamente.

Ante la posibilidad de que el gobierno no homologara los aumentos logrados, los sindicatos organizaron una importante manifestación en Plaza de Mayo el 27 de junio. Unos días después la CGT convocó para los primeros días del mes de julio a un paro por 48 horas y a una movilización a Plaza de Mayo. Era la primera que la CGT enfrentaba con un paro a un gobierno peronista.

Durante una semana, la actividad económica del país prácticamente se paralizó a raíz de las huelgas espontáneas, lo que provocó la renuncia de Rodriguez y de López Rega, y la aceptación del gobierno de nuevos convenios salariales. Isabel se había quedado sola, sin apoyo político, y los militares estaban ahí cerca para asaltar el pode e iniciar en marzo de 1976 el Proceso de Reorganización Nacional, que terminaría de llevar al país a la bancarrota total, contrayendo una deuda de 40.000 millones de dólares hasta el inicio de la democracia con Alfonsín, y la muerte y desaparición de miles de jóvenes, profesionales y obreros mediante un feroz terrorismo de estado.

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Asi relata MARCOS NAVARRO en su libro «HISTORIA DE LA ARGENTINA 1955-201» el «RODRIGAZO»

No fue necesario que pasara mucho tiempo, por tanto, para que el equívoco entendimiento entre Isabel y los sindicalistas se evaporara. Gelbard había renunciado en octubre. Su sucesor (Rodrigo) aprobó un incremento de salarios que autorizó trasladar a los precios, buscando congraciarse tanto con empresarios como con gremialistas, con lo cual se descontrolaron las restantes variables: tipo de cambio, tarifas y demás precios. Las presiones de la CGT crecieron y el ritmo inflacionario se aceleró.

En mayo de 1975, Isabel y López Rega quisieron dar un golpe de timón y nombraron ministro de Economía a Celestino Rodrigo, quien adoptó una terapia de shock para imponer un ajuste más duro y colocar a los gremios a la defensiva.

La devaluación esta vez fue del 100%, el aumento de tarifas aún mayor y la suba de los salarios muy inferior. Las protestas sindicales se desbordaron: la reacción espontánea de las bases tomó desprevenida incluso a la CGT, que, con el país ya paralizado, decidió llamar a una huelga general de 48 horas. Todavía sobrevivía una capacidad de contestación que el gobierno había pasado por alto.

Debido a ello tuvo que volver sobre sus pasos y acceder a reabrir las paritarias. Su última esperanza era que los empresarios ayudaran a sostener una política orientada a favorecerlos. Pero las patronales firmaron aumentos de hasta el 200%, seguras de poder transferirlos inmediatamente a los precios.

Cuando Isabel advirtió la trampa en que había caído, ya era tarde. Anunció que no aceptaría esos acuerdos, pero la movilización sindical volvió a torcerle el brazo: con la Plaza de Mayo repleta de obreros, debió desprenderse de Rodrigo y de López Rega y rendirse ante la CGT.

Corría el mes de julio de 1975. Isabel pidió licencia por cinco semanas. La presidencia provisional fue asumida por ítalo Lúder, titular del Senado y representante del ala moderada del justicialismo. Las esperanzas de muchos dirigentes peronistas y radicales se centraron en que Isabel no retomara sus funciones y con este fin se presentaron varios pedidos de juicio político. Se barajó también la posibilidad de formar un gobierno cívico-militar de emergencia o adelantar las elecciones.

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PARA SABER MAS…
Una nota en el Diario del Bicentenario N°9 Período 1970-1989
El Rodrigazo

La idea del ajuste era alterar la estructura de precios relativos de la economía mediante un shock que contribuyera a contrarrestar las tendencias al déficit externo y fiscal.

El tipo de cambio (el precio del dólar) debía ser el precio con el mayor aumento, seguido por las tarifas públicas, luego por los precios y en último lugar por los salarios. La reducción del salario real era vista como una condición imprescindible para lograr el ajuste.

Las medidas fueron anunciadas por Rodrigo el 4 de junio, cuando las negociaciones paritarias se encontraban en el tramo final para determinar un nuevo nivel salarial.

Había un acuerdo prácticamente definido en torno a un aumento del 38 por ciento, pero el Rodrigazo cambió el escenario. Isabel salió a anunciar que el aumento en el salario mínimo podía alcanzar el 65 por ciento, pero no logró calmar los ánimos. La CGT

Sostuvo que los porcentajes consensuados en las negociaciones ya no tenían sentido y se negó a firmar los convenios.

El gobierno propuso otorgar un aumento general del 45 por ciento, pero la CGT rechazó el ofrecimiento, exigiendo la continuación de las paritarias.

Los reclamos de la central obrera forzaron una nueva ronda de negociaciones colectivas, que se extendieron a partir del 15 de junio en un marco de movilizaciones, paros y manifestaciones de los trabajadores.

Los acuerdos concretados en los días siguientes determinaban aumentos salariales largamente superiores, en promedio, del 130 por ciento o un poco más.

El Gobierno tenía que homologar los convenios para que entraran en vigencia, pero hacerlo equivalía a dar marcha atrás con el plan de ajuste y reconocer el «poder de veto» de la CGT. Para presionar a la Presidenta, la Unión Obrera Metalúrgica, uno de los gremios más poderosos, convocó a una manifestación de «apoyo y agradecimiento» a Isabel por la ratificación de los acuerdos.

Tres días después, el 27 de junio, la CGT organizó un acto en Plaza de Mayo en el que se pidió que Rodrigo y López Rega fueran excluidos del gobierno y que Isabel ratificara los acuerdos sin atender sus opiniones.

En respuesta a las demandas cegetistas, Rodrigo salió a proponer la anulación de los acuerdos y el otorgamiento de un incremento salarial del 50 por ciento, que sería luego ajustado con aumentos del 15 por ciento en octubre y marzo del año siguiente.

La CGT rechazó enfáticamente la propuesta insistiendo en la ratificación de los acuerdos negociados libremente por los gremios.

Hacia fin de mes, sin ningún avance concreto en las negociaciones, estallaron huelgas espontáneas en todo el país. La movilización de las bases desbordaba a los dirigentes de la CGT, que también se habían lanzado a la lucha abierta. La primera semana de julio estuvo dominada por manifestaciones crecientes de disconformidad, que culminaron con el anuncio de la CGT de un paro general para el 7 y 8 de julio, el primero en la historia convocado du rante un gobierno peronista.

Finalmente, sin otra salida, Isabel tuvo que comprometerse a homologar los convenios de las paritarias, mientras que Rodrigo y López Rega abandonaron el Gobierno.

El programa de ajuste de Rodrigo  fracasó  estrepitosamente, pues los incrementos salariales obtenidos por los gremios superaron , en magnitud a la devaluación y al  incremento tarifario. Así se selló la  frustración definitiva de los planes del núcleo lopezreguista, que había tomado sigilosamente los hilos del poder luego de la muerte de Perón y se inició una etapa de descomposición que marca de alguna manera la agonía del gobierno peronista. El salario real recién sería ajustado hiu cia abajo en los meses siguientes.

Fuente Consultada:
Cuatro Décadas de Historia Argentina Dobaño-Lewkowicz
Historia – La Argentina Contemporánea Serie Polimodal Pigna-Dino-Mora-Bulacio-Cao
Diario del Bicentenario N°9 Período 1970 – 1989