Biografía de Eleonor Roosevelt

Biografia de Cecilia Grierson Primera Medica Argentina Mujeres

Cecilia Grierson:
La Medicina en Tiempos de Hombres

LA MUJER EN LA HISTORIA: VIDA DE GRANDES MUJERES DE LA HISTORIA

MEDICA argetina Cecilia Grierson

CECILA GRIERSON: Al hablar de la historia de la medicina argentina surge, ineludible, el nombre de Cecilia Grierson (1859-1934), la primera mujer que se graduó como médica en Sudamérica. Antes de eso fue docente y, según manifestó, comenzó estudios de medicina para ayudar a una-amiga enferma. Para hacerlo tuvo que obtener un permiso especial, pero cuando estaba en tercer año fue nombrada ayudante de la cátedra de Histología. Se recibió en 1889 y comenzó una carrera de logros, aunque no debidamente reconocidos.

En la historia del país, existen algunos nombres que quedarán para siempre ligados al forjamiento de la nación, ya que de alguna u otra manera han logrado cambiar por completo a la sociedad. Tal es el caso de Cecilia Grierson, un nombre que seguramente nos resultará familiar, ya que hoy existen calles, escuelas y fundaciones que llevan su nombre.

No obstante, quizás muchos desconozcan la historia de esta mujer, que luchó contra una sociedad machista para lograr alcanzar su sueño. Es que desde muy pequeña ansiaba poder ayudar a sus semejantes, y atraída por las ciencias relacionadas a la medicina, el 2 de julio de 1889 se graduó en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, convirtiéndose de esta manera en la primera médica argentina.

Biografia de Cecilia Grierson Primera Medica Argentina

Nacida en Buenos Aires el 22 de noviembre de 1859, en un principio creyó que la docencia era su destino, por lo que se recibió de Maestra en la Escuela Normal Nº 1. Pero por aquellos mismos años, la tragedia y la enfermedad llagaron a su vida.

El padecimiento de su mejor amiga Amelia Kenig la instaron a realizar los estudios en medicina, con la esperanza de poder ayudarla, y al mismo tiempo se dio cuenta que las ciencias naturales eran su verdadera pasión.

Lo cierto es que la noticia no fue precisamente recibida con alegría entre sus familiares, ya que hasta ese momento ninguna mujer argentina había osado ingresar a la facultad de medicina.

No obstante, Cecilia Grierson se enfrentó a esa sociedad que pretendía despojarla de sus sueños y ambiciones, repudiándola por ir en contra de lo establecido, para finalmente graduarse en 1889. Mientras estudiaba, precisamente en 1886, fundó la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico Argentino, desafiando otra vez a aquellos que la juzgaban por sus decisiones.

Su labor como médica comenzó en el área de ginecología y obstetricia del Hospital San Roque, conocido actualmente como Ramos Mejia. Allí comenzaba la actividad profesional de la doctora Cecilia Grierson, que fue realmente intensa e ininterrumpida hasta su fallecimiento.

Se convirtió en miembro fundador de la Asociación Médica Argentina, y en 1892 participó en la realización de la primera cesárea que se llevó a cabo en el país. Intentó brindar sus servicios como docente, en la Cátedra de Obstetricia para Parteras, pero no fue posible, ya que en aquella época las mujeres no tenían permitido cubrir cargos docentes en la universidad.

Innovadora en todos los terrenos, en 1897 publicó el libro “Masaje Práctico”, un compendio que explicaba y profundizaba acerca de la técnica kinesiológica, hoy considerado uno de los ensayos más precursores en este ámbito. Le siguieron a este las publicaciones de “Educación Técnica para la Mujer” y “La educación del ciego y Cuidado del enfermo”.

Su sed por capacitarse cada vez más en su profesión, la llevaron a viajar a Europa, y allí, precisamente en Londres, se desempeñó como Vicepresidencia del Congreso Internacional de Mujeres.

Inspirada en la pasión que había despertado con la realización de su último libro, dedicado a los no videntes, en 1905 inició el Instituto Argentino para Ciegos. Luego, dos años después fundó la Asociación de Obstetricia Argentina y el Liceo de Señoritas, en el que también se desenvolvió como profesora.

En su lucha por la igualdad de géneros, realizó un extenso estudio sobre el Código Civil, pero debió esperar más de una década para poder observar algunos cambios con la reformulación de ciertas normas.

Su actitud frente a la vida y su constante lucha por los derechos de las mujeres, si bien le reservaron un lugar en la historia argentina, lo cierto es que la enfrentó a una sociedad que no estaba preparada para afrontar los cambios radicales que planteaba. Por eso, fue injustamente repudiada.

No obstante, su talento fue galardonado y homenajeado tanto en vida como después de su muerte, reconociendo de esta forma su intensa labor en favor de la educación y la medicina Argentina.

Paradójicamente, el final de su vida Cecilia Grierson sufrió la pobreza y debió sobrevivir con una magra jubilación, hasta que el 10 de abril de 1934 su implacable voz de luchadora fue acallada por la muerte.

Ver: Grandes Mujeres Cientificas de la Historia

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Julieta Lanteri

Biografia de Golda Meir Primer Ministro de Israel Ejemplo de Vida

Biografía de Golda Meir Primer Ministro de Israel

Golda Meir: A principios de siglo era una pequeña emigrada rusa que refugiaba su pobreza en los Estados Unidos. Cincuenta años después ocupaba, por su propio esfuerzo, el más alto cargo en el gobierno del Estado de Israel, un país que había contribuido a crear y defender. Golda Meir culminaba así una larga lucha en la que había empeñado el esfuerzo de toda su vida.GOLDA MEIR Primer Ministro de Israel

Si alguna palabra puede de finiría es pionera, ha dicho uno de sus biógrafos. Pionera entre las mujeres que llegaron por sus propios méritos a los puestos más encumbrados de la política y el gobierno y también de lo que sería a partir de 1948 el Estado de Israel, cuya existencia, a la vez consolidada y amenazada, pocos como ella han contribuido a afirmar.

Es más: en algún momento de la década de 1971-1980 una difundida publicación europea se expresó en estos términos: «El futuro del mundo, la paz o la guerra, está en manos de dos mujeres: Indira Gandhi y Golda Meir.»

Esta mujer, cuya trayectoria parece abrir caminos nuevos para su sexo y aun para su pueblo, eligió bien su campo de acción: un país nuevo y joven que ella ayudó a nacer, donde no hay lugar ni tiempo que perder discutiendo prejuicios o tradiciones anacrónicas de discriminación entre los sexos. Golda Meir triunfó donde solo podían triunfar el talento, la capacidad la pasión y la voluntad.

La vida de Golda Mabovitch -su nombre de soltera- comenzó el 3 de mayo de 1898 en Kiev, capital ucrania de Rusia sudoccidental. Su familia era muy pobre: el padre trabajaba como ebanista, aunque, según una ironía de Golda, «los comunistas dirían, por mi origen, que pertenezco a la alta aristocracia proletaria». De sus siete hermanos solo sobrevivieron Shana, la mayor, y Zipora, menor que Golda. Desde temprano su carácter resuelto reveló que no solo de nombre se parecía a su bisabuela, Buba Golda, una distinguida matrona que vivió 94 años.

PRIMERA EMIGRACIÓN
En 1906 la familia Mabovitch se incorporó a la corriente de judíos rusos que emigraban a Estados Unidos en busca de horizontes más promisorios, libres de las persecuciones religiosas (pogroms) de la Rusia zarista. Establecidos en la ciudad norcentral de Milwaukee (estado de Wisconsin), el padre trabajó en una carpintería ferroviaria mientras la madre atendía una tienda de comestibles. La pobreza, sin embargo, no dejó de pesar sobre la familia.

Ello no impidió que el desempeño escolar de Golda fuese brillante, y ya a los 10 años demostró su espíritu de iniciativa al organizar una sociedad juvenil de ayuda, cuyo objetivo era proveer de libros a los niños necesitados. A los catorce años escapó de la casa paterna y se fue a Denver (estado de Colorado) a vivir con su hermana Shana, de ardiente ideario socialista, que influyó mucho sobre Golda. Allí encontró trabajo en una lavandería.

Hacia 1916 se hallaba de regreso en Milwaukee preparándose para seguir la carrera docente. Por entonces ya dedicaba gran parte de su tiempo a toda clase de actividades sociales de la comunidad judía: actuó así en el seno de organizaciones tales como el Poalei Zion -Partido Sionista Socialista-, la Asistencia a los Judíos de Europa Oriental, el Congreso Judío Norteamericano, y los establecimientos escolares Yiddische Folk Shulen. Estos últimos eran escuelas judías de tendencia socialista donde ella dictaba clases de yiddish. Sus vibrantes discursos en este idioma y en inglés despertaban ya la atención de algunos dirigentes.

Pero su paso por Denver había traído otras relaciones. Allí conoció, en un sanatorio para tuberculosos donde trabajaba Shana, a Morris Meirson, otro judío ruso inmigrado. «Teníamos en común -dice Golda- la pobreza, la tuberculosis y el socialismo.»

Según ella, debió a Morris su formación cultural. Juntos leían poesía y filosofía, y, como no tenían dinero, iban a los conciertos gratuitos y escuchaban a las orquestas que tocaban en algunas plazas públicas.

Pero hubo algo que los separó desde un principio: Morris no era sionista, y consideraba que los nacionalismos de los distintos países del mundo eran escollos interpuestos en el camino del internacionalismo socialista. Golda, que ya sentía las ansias de emigrar a la tierra prometida a su pueblo miles de años atrás, le respondía con vehemencia que el internacionalismo no significaba el fin de las naciones, así como las orquestas no acaban con los violines.

LA VOZ QUE LLAMA AL DESIERTO
Golda siguió trabajando para su pequeña organización política sionista, que bregaba por la construcción de una patria en Palestina, basada en un orden social sin desigualdades económicas. En 1917 decidió viajar a Palestina y trabajar en una colonia colectiva como jalutzá, es decir pionera.

Morris se oponía a la idea, pero era más fuerte su deseo de casarse con Golda. Así que acabó por aceptar la condición de que partieran juntos que ella le impuso. «Si él no me hubiera acompañado -dice Golda- habría partido igual, pero descorazonada.»

Durante tres años recorrió Estados Unidos recolectando dinero para su grupo y su periódico. Finalmente, en 1921, ella y su esposo se embarcaron rumbo a Palestina.

Los Meirson se instalaron en un kibbutz (típico establecimiento agrícola comunitario israelí) del valle del Esdraelón. En los primeros tiempos Golda trabajó en el desecamiento de pantanos y luego se especializó en la cría de gallinas. No había pasado un año cuando ya la habían designado delegada del kibbutz al consejo de la Histadrut, la Confederación General de Trabajadores Sionistas.

Morris, sin embargo, no pudo adaptarse a la vida del kibbutz: Golda deseaba hijos, y él no quería tenerlos en la colonia. En 1923 la pareja se fue de Merja-via. «Esos dos años -^recuerda Golda con nostalgia- fueron maravillosos: construir, construir, construir. Abandonar el kibbutz fue la mayor frustración de mi existencia, y aunque no podría haber actuado de otra manera, si pudiera reiniciar mi vida no lo volvería a hacer.»

Durante un año vivieron en Tel Aviv, hasta que en 1924 se trasladaron a Jerusalén. El sueldo de Morris era miserable y la pareja vivía en la estrechez. Cuando les alcanzaba para comprar un poco de pan y queso, ellos lo celebraban como si fuese todo un banquete. Mientras, Golda trabajaba de lavandera; y en ese tiempo nacieron sus dos hijos.

UNA PASCUA SIN DINERO
Para la Pascua, los Meirson se trasladaron a Hertzelia, donde había venido a instalarse el padre de Golda con parte de la familia. Los Mabovitch no estaban en mejor situación económica, sin embargo, y hubo un año en que no les alcanzó el dinero ni siquiera para comprar el pan de pascua judío (que se prepara sin levadura) y una botella de vino para bendecir la fiesta.

«El corazón se me encogió -relata Golda-. Faltaban pocos días para Pascua y yo no podía dormir pensando en lo que podría estar tentado de hacer en esa situación un judío orgulloso como mi padre.»

Golda decidió ir a Tel Aviv. Allí recorrió todos los bancos solicitando un préstamo, pero, por supuesto, nadie quería darle crédito. Finalmente, después de mucho trajinar, le concedieron una pequeñísima suma. Regresó feliz a Hertzelia y se la entregó a su padre. «Cuando vi la expresión de sus ojos… Bueno, no quiero que nadie vea a la primera ministra soltando una lágrima… Pero fue tremendo.»

A pesar de sus dificultades económicas, Golda no olvidaba su pasión por la causa. En 1928 ocupó el cargo de secretaria del
Consejo Laboral Femenino y se lanzó a la carrera pública, que en lo sucesivo habría de obligarla a viajar y alejarse con frecuencia de su hogar. Fue uno de los miembros fundadores del Mapai —el Partido Laborista de Israel- y estuvo vinculada a casi todos los aspectos del esfuerzo constructivo sionista.

UN LABORIOSO ASCENSO
Desde entonces se sucedieron ininterrumpidamente cargos y las responsabilidades cada vez más pesadas: secretaria general de la Histradut, jefa del departamento político de la Agencia Judía, embajadora en Moscú, encargada de diversas negociaciones internacionales -inclusive entrevistando a jeques árabes en una atmósfera de gran peligro físico para ella-, ministra de trabajo, ministra de Relaciones Exteriores y, finalmente, desde 1969, presidenta del consejo de ministros.

Su vida pública y sus continuos viajes le han significado, entre otros sacrificios, perder la compañía de su marido.
En 1974, una grave crisis política la obliga a abandonar su alto cargo. Prácticamente retirada de la vida pública le resta entonces tiempo para hacer algunas reflexiones sobre su vida y hasta irónicas alusiones a su carrera.«Toda mi vida adulta -ha dicho-he trabajado entre hombres, y ellos me trataron de acuerdo con mis méritos. Nunca conocí a un hombre que rechazara una opinión mía porque fuese mujer… excepto uno: mi marido.»
 

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de Gertrude Stein Escritora y Poetisa Gabriela Mistral

Biografía de Gertrude Stein Escritora y Poetisa Gabriela Mistral

Gertrude Stein
Aunque nació y pasó su juventud en Estados Unidos, fue en Europa donde primero se reconoció su innegable talento. Su profundo aprecio por el arte-especialmente la pintura- y su exquisita intuición le permitieron descubrir talentos ignorados, que luego serían reconocidos mundialmente. Su vasta obra literaria le valió ser considerada una de las grandes escritoras del siglo XX.Gertrude Stein

Su nombre resulta familiar a los amantes de la pintura por el famoso retrato que hizo de ella Picasso (foto). Pero pocos saben que se trata de una escritora norteamericana que contribuyó a renovar la literatura de su país durante el primer tercio del siglo XX.

También son pocos los que conocen el destacadísimo papel que le tocó desempeñar en la historia del arte contemporáneo. La fama de quienes la rodearon y de quienes ella contribuyó a formar o a revelar al mundo oscureció en cierto modo la suya propia.

NIÑEZ Y JUVENTUD NORTEAMERICANAS
La familia Stein residía en Allegheny (Pennsylvania) cuando nació Gertrude, en 1874. Como disfrutaban de un buen pasar, poco después de nacer la niña los Stein se trasladaron con sus tres hijos a Europa, como solían hacerlo en esa época las familias acaudaladas. Visitaron primero Viena, pasaron luego a París y, finalmente, el padre decidió volver a Estados Unidos, para instalarse en California.

Allí Gertrude comenzó a leer hasta convertirse en una lectora voraz por cuyas manos pasó una infinidad de volúmenes. La vida de los Stein transcurrió sin sobresaltos hasta que murió la madre y, un año después, el padre.

Gertrude tenía entonces dieciocho años. Con su hermano y su hermana se trasladaron entonces a Baltimore, en la costa atlántica. Gertrude asistió por entonces a los seminarios del famoso psicólogo y filósofo norteamericano William James, quien la inició en los secretos de la escritura automática –es decir, la que se escribe sin intervención de la voluntad consciente– mucho antes de que los surrealistas la pusieran de moda. Más tarde ella recurrió a ese procedimiento en algunas de sus obras.

Por su parte, William James quedó muy impresionado por la inteligencia de su discípula y la aconsejó que estudiara medicina y se dedicara a la investigación. Gertrude intentó seguir su consejo y cursó esa carrera durante cuatro años, al principio con resultados brillantes, pero a medida que avanzaba en sus estudios advirtió que la medicina no era su vocación y, ya próxima a graduarse, la abandonó para dedicarse a las letras y al arte. Decidió entonces tomarse un descanso y se embarcó con su hermano rumbo a Londres; no sabía que estaba abandonando su patria para siempre.

EUROPA ANTES DE LACRAN GUERRA
Una vez en Londres, Gertrude se pasaba los días leyendo a autores de la época isabelina en el Museo Británico. Comenzó también a escribir y ya nunca dejaría de hacerlo. En 1903, de común acuerdo con su hermano, resuelven trasladarse a París. Gertrude se instala en el número 27 de la rué Fleurus, una dirección que sería pronto famosa entre los artistas.

Durante una estadía en Florencia el hermano de Gertrude oyó hablar de un pintor llamado Cézanne, cuyos cuadros se hallaban arrumbados en la trastienda de un marchand.

Adquirieron primero un pequeño paisaje. Luego se interesaron por los grupos de desnudos del pintor. Entre tanto, merced a la acción desinteresada de Gertrude y su hermano, los cuadros de Cézanne empiezan a ser conocidos y aumentan de valor. Los hermanos llevan también a su casa dos Renoirs, después dos Gauguins, unDaumier, y más tarde un retrato de mujer de Cézanne. Esta última adquisición es importante porque Gertrude se inspiró en ese retrato para escribir una serie de novelas cortas que tituló Tres vidas y que se publicó en 1909.

Los muros de la rué de Fleurus se fueron cubriendo. En la exposición del Salón de Otoño los Stein, con certero ojo crítico, descubren a Matisse, quien había presentado a la muestra un retrato de mujer que fue el hazmerreír de la exposición. Pero a Gertrude le encanta y lo compra: es el retrato, hoy mundialmente famoso de La mujer del sombrero.

Apenas los Stein tocan a un pintor con su varita mágica, este se valoriza. Así sucede con Matisse, que paulatinamente va despertando la curiosidad y el interés del público. Gertrude y él se hacen amigos y, gracias al
pintor, la casa de la calle Fleurus empieza a ser frecuentada por toda la bohemia de París.

Un nuevo descubrimiento se suma a los anteriores: en una oscura galería Gertrude y su hermano tropiezan con un cuadro de un tal Pablo Ruiz Picasso que los fascina. Lo compran en seguida e invitan a la rué de Fleurus al entonces desconocido pintor español, con quien entablan una íntima amistad.

Después de Picasso acuden Braque y Juan Gris, padres del cubismo. Gertrude es el lazo de unión entre todos ellos: aunque no publica, sigue escribiendo y afinando su expresión; los artistas, por su parte, no dejan de apreciar la exactitud de sus observaciones y su juicio equilibrado.

Picasso se ofrece a retratarla y la escritora acepta, complacida. Nace así una de las obras más admiradas del pintor español, donde se reflejan los diversos matices de la personalidad fascinante de Gertrude. El retrato nos la muestra de cuerpo fuerte y macizo, iluminado por su mirada inteligente y tenaz. La expresión de los ojos y la boca trasunta una ternura muy femenina, pero también profunda firmeza.

En 1907 comienza a vivir con Gertrude una mujer callada, fiel e inteligente, Alice B. Toklas, que nunca se separará de ella. En 1933, como homenaje a Alice, Gertrude escribe La autobiografía de Alice B. Toklas, libro que -según la autora- debió de haber escrito Alice, pero que, por pereza, le encomendó escribir a ella. De estilo irónico y conciso, la obra es una magnífica fuente de información para quienes se interesan por el arte de principios de siglo.

La casa y la tertulia de los Stein se van haciendo célebres y también son visitadas por la aristocracia, pero la primera guerra mundial dislocó brutalmente ese clima de esteticismo e ilusorio progreso indefinido.

UN CUARTO DE SIGLO AGITADO: 1914-1939
La guerra sorprendió a Gertrude mientras visitaba en Inglaterra al matemático y filósofo Alfred North Whitehead, uno de los tres genios que ella confiesa haber conocido: el segundo era Picasso y el tercero ella misma. En cuanto pudo, regresó a París para contribuir al esfuerzo bélico. Compró entonces un automóvil y lo transformó en ambulancia, con la que Alice y ella recorrieron el país poniéndose a disposición de las autoridades militares, para auxiliar a los heridos.

Esa actividad no le impide seguir escribiendo: trabaja en Tender buttons (Botones tiernos), una colección de poemas, y en una ambiciosa novela titulada The Making of Americans (La forja de los norteamericanos).

Al finalizar la guerra el gobierno francés la condecora. Su fama, entre tanto, atrae a escritores jóvenes de América y Europa en busca de aliento e indicaciones. Así llega un buen día a lame de Fleurus el joven ErnestHemingway, gran admirador de la escritora, quien mueve todas sus influencias para que Gertrude publique The making… A Hemingway le siguen otros autores de talento, entre ellos Scott Fitzgerald. En 1934 el músico norteamericano Virgil Thomson compone Cuatro santos en tres actos, ópera con libreto de Gertrude. Ese mismo año ella publica Retratos y plegarías, y en 1938 un libro sobre Picasso.

Ya casi es «una inmortal», a pesar de que el gran público aún no la conoce. Su influencia se hace sentir, sin embargo, a través de los mejores escritores de Europa y Estados Unidos, que se declaran discípulos de ella. Los pintores a quienes ayudó a triunfar se han convertido en clásicos. De las paredes de su casa cuelgan varios de los cuadros más importantes de la primera mitad del siglo XX. Entonces, en pleno pináculo de su fama, Gertrude decide retirarse de la sociedad, para terminar su obra.

Cuando estalla la segunda guerra mundial ella sigue trabajando: escribe París, France (1940) y Guerras que he visto, que se publica póstumamente. Al finalizar la contienda, sigue escribiendo porque ante todo es escritora y la palabra es su mundo. Solo deja de escribir cuando muere, en 1946, rodeada del cariño y la admiración de Europa y América. Había legado a su época y a la posteridad lo mejor de sí misma.

Vida de Ernest Hemingway

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de George Sand Resumen de su Vida Historia de sus Amores

Biografía de George Sand Resumen de su Vida  e Historia de sus Amores

RESUMEN BIOGRAFÍA DE GEORGE SAND: Novelista de reconocido talento y empeñosa militante socialista, George Sand fue también célebre por sus desprejuiciadas costumbres y sus amantes, entre los que se contaron Chopin y Alfred de Musset. El derecho de la mujer a disponer de su cuerpo y de sus sentimientos tuvo en ella a una ardiente defensora.

La figura de George Sand es sumamente representativa de la alteración causada por el romanticismo en la mentalidad europea, incluso en la más tradicionalista y conservadora de las mujeres.

Por esta causa, su personalidad es mucho más interesante como documento de época que no como escritora, aunque siempre conservó un círculo fiel de lectores, cautivado por sus novelas y narraciones. «George Sand» —que éste fué su nombre en las letras — fue la primera mujer que «vivió su vida».

Desde luego, su existencia tiene muy poco de ejemplar, pues se entregó sin recato a los dictados de su temperamento apasionado y caprichoso.

VEAMOS SU BIOGRAFIA: Exaltada o denigrada por sus contemporáneos y por las generaciones que la sucedieron, puede decirse de George Sand que fue «la voz de la mujer en una época en que la mujer callaba», y abogó con su prédica y con su ejemplo por el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo y de sus sentimientos.

Socialista por naturaleza más que por formación, intervino activamente en el movimiento revolucionario que sacudió a Francia y a Europa en 1848.

sand george novelista francesa

Novelista francesa, oriunda de la región de Berry. Su verdadero nombre es, Aurore Dupin. Estudia en el campo y en un convento de monjas. En 1821 contrae matrimonio con el barón Dudevant, de quien se divorcia en 1830. Viaja a París decidida a sobrevivir de lo que gana como escritora, y se integra a los círculos literarios románticos. En París tiene una vida libre y extravagante, se viste como hombre, adopta el seudónimo de George Sand y sostiene relaciones sentimentales con Alfred de Musset y Fréderik Chopin. entre otros. Hacia 1838 se declara partidaria de las ideas socialistas de Pierre Leroux, quien propone suprimir los privilegios y liberar a la mujer. Durante la Revolución Francesa de 1848 se hace republicana e intenta desempeñar algunos papeles políticos. En 1849 se retira a su ciudad natal y se aleja por completo de las luchas populares.

Fumaba y vestía ropas masculinas, para llamar la atención, por espíritu de cambio o porque le gustaba; romántica y realista a la vez, escribió por vocación y por necesidad algunas novelas notables, otras ilegibles, y dejó el testimonio de sus diarios íntimos y sus cartas, valioso por su autenticidad y su estilo.

Nació en París el 1° de julio de 1804, hija del teniente Maurice Dupin, de noble estirpe, y de Antoinette – Sophie– Victoire Delaborde, una bailarina alegre y tempestuosa. La abuela paterna se hizo cargo de la niña en 1808, año en que murió el padre.

Aurore era rebelde, sencilla y valiente; gustaba de cabalgar vestida de levita y pantalón. Rica y hermosa, en busca de respuesta a sus inquietudes, se empapó de las ideas filosóficas de su tiempo, así como de literatura y religión.

También tocaba el arpa y el piano, dibujaba, bailaba, escribía versos y prosa y sentía auténtico fervor por las artes. Pero los candidatos que se le ofrecían no eran jóvenes ni apetecibles. El 25 de diciembre de 1821 muere la abuela y Aurore se traslada a París para vivir junto a una madre resentida que la hostiga y esclaviza.

En la primavera de 1822, en casa de unos amigos de Sophie, conoce a un joven alegre y elegante, hijo natural y heredero del barón Dudevant. Casimir Dudevant era bondadoso, honesto y desinteresado.

Se casaron el 10 de septiembre de 1822 y se radicaron en Nohant, la heredad de Aurore. Pronto comenzaron sus desengaños: había anhelado un amor absoluto y casi místico, al que mal podía encarnar ese marido bonachón y algo torpe, que solo se interesaba por la caza, la bebida y la administración de sus bienes. El 30 de junio de 1828 nace el primer hijo: Maurice. GEORGE SAND

En 1825 Aurore comprende que ese hombre al que se esfuerza por satisfacer no concede valor alguno a sus riquezas interiores.

Se siente enferma, pero en realidad solo necesita otra clase de amor.

Lo encontró durante unas breves vacaciones en la persona de Aurélien de Séze, joven magistrado de Burdeos.

Fue un amor puramente espiritual, alimentado solo por las cartas que intercambiaron durante largo tiempo. A esta relación platónica sucedió otra, más completa, con Stéphane de Grandsagne, médico y sabio, «mitad tísico, mitad loco», a quien ella escoltaba de Nohant a París.

El 13 de septiembre de 1828 nace una niña, Solange, concebida en París, mientras Casimir se hallaba en Nohant consolándose con otros amoríos. Aurore y Casimir se acuerdan mutua tolerancia y libertad, para evitar engaños.

El 30 de julio de 1830 Aurore conoce en un castillo vecino a un joven de diecinueve años, rubio, frágil, tímido y «rizado como un pequeño San Juan», que estudiaba abogacía en París.

Confía sus hijos a un preceptor y se marcha con aquel iniciando una vida de deliciosa bohemia. Jules Sandeau y Aurore Dupin comparten gustos e inclinaciones. Ella consigue colaborar en un periódico satírico, Le Fígaro, y arrastra en la empresa a Sandeau, cuyo apellido corta convirtiéndolo en Sand para firmar sus trabajos literarios.

Al comienzo de su carrera literaria experimenta el influjo de la obra de Jean Jacques Rousseau y desarrolla la tesis de que una pasión tiene derecho a todo si es sincera,planteamiento que expone en novelas como Indiana (1831), Lelia (1833) y Mauprat (1837), cuyos personajes centrales deciden vivir su vida pese a las convenciones sociales que los oprimen. Bajo la influencia del socialismo, publica relatos sentimentales en los que defiende las reivindicaciones republicanas y populistas, en Consuelo (1841), El molinero de Angibault (1845) y El pecado del señor Antonio (1847).

Nacía así George Sand. Publica Indiana, su primera novela, con éxito rotundo, y los editores le ofrecen un adelanto por otra novela, Valentine, ya comenzada. Sandeau se siente disminuido en el plano físico y en el creador, mientras que George Sand, por su parte, ha comenzado a cansarse de ese joven perezoso y débil.

La pareja se deshace a comienzos de 1833 y él se marcha a Italia con el corazón destrozado. Ella vuelca en Lélia la causa de sus fracasos: el amor sentido «como una delirante avidez que ningún abrazo puede saciar»

En la primavera de 1833 conoce a un poeta de veintitrés años, tan bello como licencioso, entregado al champán, al opio y a las mujeres de vida fácil, pero un príncipe por su talento, que brillaba en el París mundano.

Alfred de Musset empezó divirtiéndola con su ingenio burlón, para luego enternecerla confesándole que la ama «como un niño». Termina por instalarse en el departamento de ella.

Bebe, inventa locuras y farsas, hace retratos y caricaturas, pero una noche tiene visiones que alarman a la saludable escritora.

En diciembre viajan a Venecia y empieza cada uno a ver los defectos del otro. Sin embargo, de regreso en París unos meses después «los amantes inmortales», Sand y Musset, vuelven a soldar sus románticas cadenas, pero los vaivenes de los celos, las rupturas y las reconciliaciones, tienen algo de agonía.

El 6 de marzo de 1835 Sand escapa definitivamente de ese infierno. Afirma que ha terminado con todos los tipos de amor: «el tierno y durable, el ciego y violento».

No obstante, vuelve a experimentar este último en la persona del abogado Michel de Bourges un activo republicano con quien mantuvo una tempestuosa relación que concluyó dos años después.

George Sand buscó consuelo escribiendo una de sus mejores novelas, Les Maitres Mosaistes, escrita en dos meses.

Hacía tiempo que una figura masculina rondaba su espíritu; un genio sensible y delicado, rebosante de espiritualidad: el músico polaco Federico Chopin. Se habían conocido en una velada musical donde el compositor comentó: «¡Qué antipática esa Sand! ¿Es verdaderamente una mujer? Lo dudo.» Ella decidió demostrárselo.

La amistad común de Liszt y su amante, Marie d’Agoult, facilita sus propósitos, y va a buscarlo a París en octubre de 1837. El había roto con Constancia Gladowska, su novia polaca y no rechazaría un amor protector y recatado, propio de su naturaleza exquisita.

La alarmante tos del pianista los impulsa a cambiar de clima y se trasladan a Palma de Mallorca con los dos hijos de ella. Alquilan una casa inadecuada donde recrudece la dolencia de Chopin.

Se mudan entonces a un convento en ruinas. El músico languidece, empeora y se siente perseguido por las sombras. Lo que Sand denomina su «catarro» es tuberculosis de la laringe. Se embarcan para Marsella, donde Chopin ya casi no tose«y vuelve a estar alegre como un jilguero cuando no sopla el mistral»

El 19 de junio de 1839 George Sand y «sus tres hijos» llegan de regreso a Nohant. Comienza una nueva etapa en la vida de la escritora: la fragilidad de su amante impone serenidad.

En Nohant se trabaja, pero Chopin desea volver a sus discípulos; también George Sand quiere vivir en París para hacer economías. Se instalan en un palacete frente a la Place d’Orléans y los veranos se trasladan a Nohant.

Pasan varios años de cuidados solícitos por parte de ella, y de intensa labor creadora por parte de Chopin, hasta que con una carta digna y amarga dirigida a Chopin, en 1847 George Sand sella la separación que marca asimismo el final de su vida amorosa.

Le quedan aún muchos años vitales, en los que escribe, entre otras, su mejor novela, Consuelo, y sigue redactando sus diarios íntimos y los densos volúmenes en que vuelca la historia de su vida.

En 1848, después de la caída del «rey burgués», Luís Felipe, se convierte en la musa republicana y brega por la instauración de un gobierno más liberal. Se declara socialista, pero el triunfo de los moderados en la Asamblea termina con su idealista intervención en la política francesa.

El 17 de octubre de 1849, muere Chopin. Ella sigue escribiendo sus veinte páginas reglamentarias cada noche. Tenía en Nohant su refugio permanente, animado por los jóvenes artistas a quienes protegía, por los allegados que se cobijaban bajo sus alas, por las representaciones teatrales que se organizaban en el teatro que había hecho construir en su castillo.

Compone ahí las piezas teatrales, teje, borda tapices, recibe a los visitantes ilustres y ejerce su magnetismo fascinante sobre todos quienes la rodean. La pasión ha madurado en bondad, y el capricho, en sensatez. Se perdona a sí misma sus errores y los juzga con ojos tolerantes de anciana matrona.

 Agrega prefacios inéditos a sus tumultuosas novelas diluyendo o compensando con conceptos equilibrados y tibios sus antiguas audacias, donde otrora había inmortalizado a sus amantes. Uno de los más brillantes, Mus-set, muere en 1857.

Más le duelen las muertes de sus nietos Niní-hijade Solange, con quien se ha reconciliado hace ya tiempo- y Marc-Antoine, hijo de Maurice, en 1865. En 1870 y 1871 presencia la caída del Segundo Imperio y la Comuna, sin reconocerse en los comuneros como vieja socialista del 48. Ya solo la esperan las sombras y recuerdos de su vida tempestuosa y de los 106 nutridos tomos de sus obras completas cuando fallece en Nohant el 8 de junio de 1876.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder

Biografia Gabriela Mistral Resumen Vida de la Poetisa Chilena Obras

Biografía Gabriela Mistral
Resumen Vida de la Poetisa Chilena

Biografía de Gabriela Mistral: Poetisa chilena de excelsa calidad, la primera figura literaria de Hispanoamérica, tras haber obtenido el premio Nobel de Literatura correspondiente al año 1945. Nació en Vicuña (valle de Elqui), Chile, el 7 de abril de 1889, y sus padres, unos campesinos, Godoy y Alcayaga de apellido respectivamente, la pusieron por nombre Lucila.

La bondad, ternura y ansia maternal de su corazón dispusiéronla admirablemente para la enseñanza que ejerció durante once años en liceos de Antofagasta, Los Andes, Punta Arenas, Temuco y Santiago. Quizás fuera el abandono y la tristeza que signaron su infancia lo que la hizo bregar a lo largo de toda su vida por los desposeídos, los niños y los indígenas.

Pero esta circunstancia también despertó en ella una necesidad de expresarse a través de la poesía que le valió, en 1945, el Premio Nobel de Literatura, por primera vez concedido a un escritor latinoamericano. Gabriela Mistral

A su padre le debió la vocación poética y la tristeza que marcó en forma indeleble su infancia, transcurrida enteramente en la ciudad chilena de Vicuña -en el valle de Elqui- donde nació el 7 de abril de 1889.

Es que, siendo apenas una niña, Lucila Godoy Alcayaga, conocida mundialmente con el seudónimo de Gabriela Mistral, sufrió el impacto del abandono paterno. Jerónimo Godoy, en efecto, se marchó un día para siempre, aunque no sin antes haber cultivado en la pequeña el gusto por la poesía y el amor por los campesinos, la tierra, y sus frutos primarios.

En la infancia de Gabriela reinaron desde entonces su tía Emelina y su abuela, que por las noches leía la Biblia en voz alta y la iba familiarizando con la poética sensualidad de los versículos del Cantar de los Cantares.

Antes dé terminar la escuela primaria escribe sus primeros versos y traba amistad con algunas compañeras que comparten sus lecturas y juegos. El recuerdo de esos días la acompañará siempre, a tal punto que en su madurez evocó a sus amiguitas con calidez y ternura: Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar. /Rosalía con Ifigenia y Lucila con Soledad. / Iban las cuatro con las trenzas de los siete años, / y batas claras de percal / persiguiendo tordos huidos / en la sombra del higueral.

A la edad de quince años Gabriela ya publica en un periódico y firma con seudónimos enigmáticos y melancólicos: «Alguien», «Soledad», «Alma». En 1906 comienza a trabajar en una escuela primaria de La Cantera; allí conoce a Romelio Ureta, un empleado de ferrocarril con quien inicia un noviazgo de largas charlas en una sala de pensión provinciana, de paseos y confidencias por los senderos de campaña.

Nada en Gabriela revelaba que estuviera viviendo una intensa pasión, pero ese opaco idilio que el tiempo desgastó lentamente dio origen a una de sus obras más importantes, directamente inspirada por el prematuro fin de Romelio que, en 1909, sustrae una modesta suma de la estación de ferrocarriles de La Cantera y cuando es descubierto, se suicida. Impresionada por la tragedia, ese mismo año Gabriela escribe sus célebres Sonetos de la muerte, con los que gana en 1914 los Juegos Florales de la Sociedad de Artistas y Escritores. Es el momento en que comienza la leyenda.

Los lectores de Chile y del extranjero advierten la presencia gallarda e imponente de esa mujer volcada hacia la tierra, los desposeídos y el dolor. Se trata de alguien que habla de materias y texturas simples: pan, harina, miel; del reflejo de una llama de pinos en el rostro de los seres queridos. Poco a poco los versos de Gabriela cobran trascendencia, pero no abandona el magisterio. Hasta 1921 recorre toda su patria enseñando y escribiendo.

Es profesora en Traiguén, Antofagasta y Los Andes; directora de liceo en Punta Arenas, Temuco, y Santiago. Su nombre cruza la frontera, atraviesa América, se carga de resonancias misteriosas; es discutido, defendido y vituperado.

Paralelamente, el fervor religioso de Gabriela busca un cauce en forma impetuosa y desordenada: primero se aferra al catolicismo, después a la teosofía y también –por breve lapso- al espiritismo. Se vuelca luego al budismo por influencia de las suaves poesías de Rabindranath Tagore, pero de ese Oriente que predica amor y paz entre los hombres retorna años después al catolicismo completando así un accidentado ciclo.

Entre tanto, los dorados salones de la aristocracia chilena se abren para ella. Las señoras de linaje admiran el carácter indomable pero tierno de Gabriela, ya una luchadora que enarbola la bandera del feminismo. La poetisa, a quien poco le importa su propio aspecto exterior, sabe apreciar en otras las sutilezas del arreglo femenino ye s cautivada por esas damas elegantes y refinadas, aunque su asiduidad con la clase alta no tarda en inspirar nuevas críticas; es tildada de «arribista».

A esa altura de su trayectoria, su fama ha llegado a otras tierras y en 1922 el ministro de educación de México, José Vasconcelos, la invita a viajar a ese país para colaborar en la organización de la enseñanza rural. México la deslumbra por el color del cielo y la riqueza de su pasado indígena, pero sobre todo por el amor de la gente, que la ayuda a sobrellevar una soledad mitigada tan solo por su secretaria, compañera y amiga íntima, Laura Rodig.

En 1922 se publica en Estados Unidos la primera edición de Desolación; al año siguiente sus poesías se difunden en España. Los seis meses que Gabriela debía pasar en México transcurren como una exhalación y la invitación se extiende a dos años. Finalmente en 1924 el gobierno mexicano le ofrece un viaje a Europa y Gabriela acepta.

A partir de ese momento las giras de trabajo, de estudio o de exploración se sucederán ininterrumpidamente. En 1925 regresa a Chile y se jubila como profesora; el gobierno la nombra representante en el Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones, en Ginebra, y comienza así su carrera diplomática.

En 1932 es nombrada cónsul en Genova, pero no llega a ejercer sus funciones porque se declara antifascista. La trasladan a Madrid, pero también allí tiene dificultades: en una comida, un grupo de intelectuales, entre los que se contaba Miguel de Unamuno, ,se burla de las razas indígenas latinoamericanas. Esa actitud hace nacer en Gabriela una amargura y un resentimiento que, durante años, restó ardor a su cariño por España.

En 1935 el Congreso chileno la designa cónsul vitalicio con la prerrogativa de designar ella misma el lugar donde desempeñará sus funciones. A medida que pasan los años y que el nombre de Gabriela se agiganta, su lucha contra cualquier tipo de opresión se profundiza. Recibe en su consulado madrileño a Pablo Neruda, prófugo de Chile, actitud que le vale el desagrado del gobierno de su país.

En la batalla contra la injusticia y el despotismo surgen otras compañeras: en 1938 la editorial argentina Sur, que dirige la escritora Victoria Ocampo, publica Tala a beneficio de los niños vascos víctimas de la guerra civil española. La causa de la mujer y de la solidaridad humana une así a dos mujeres de orígenes tan distintos como la chilena y la argentina.

Gabriela es un personaje en el mundo de la diplomacia y actúa como tal, pero solo la intimidad le pertenece. Esa intimidad la comparte con su secretaria y con su sobrino Yin-Yin, a quien ha adoptado. Ese hijo del espíritu es su amor más intenso en la madurez pero será también su dolor más profundo.

En 1943, mientras Gabriela se desempeña como cónsul en Brasil, el muchacho de diecisiete años se suicida. Nunca se aclararon las razones. Se habló de enredos amorosos, pero la poeta urdió historias fabulosas, conjeturó persecuciones, atribuyó el suceso a bandas de malvados «que me lo mataron porque era blanco y tenía ojos azules». Esa muerte fue a unirse con aquella que la había sacudido en su juventud y a partir de ese instante la razón de Gabriela comenzó a vacilar. Años antes había dicho: los huesos de los muertos pueden más que la carne de los vivos. Aun desgajados hacen eslabones fuertes, donde nos tienen sumisos y cautivos.

En 1945 gana el Premio Nobel, pero la noticia apenas la arranca de su sopor. Está cansada, sueña con afincarse definitivamente. El dinero del premio le permite comprar una casa en Santa Bárbara, en Estados Unidos. Pero Gabriela no se pertenece, los honores le indican itinerarios: es nombrada cónsul en Veracruz, gana el Premio Serra de las Américas. Vuelve a Italia se entrevista con el papa Pío XII. le habla de los niños pobres de América, de los indígenas. Poco tiempo después, se entera con orgullo de que el Sumo Pontífice propicia una campaña en favor de los indios.

El sol de Italia le depara momentos de felicidad. Se instala en Bapallo, donde las colinas que enfrentan el Adriático le recuerdan las costas de su Pacífico natal. Pero es apenas un momento de descanso. En 1954 aparece su libro Lagar y decide viajar a Chile: será su último viaje. Su tierra natal la recibe pletórica de agradecimiento y amor. Se dirige al pueblo desde los balcones de la Casa de la Moneda en Santiago. Allí pregona cambios, paz, un mundo distinto, y es ovacionada. Luego parte nuevamente a Estados Unidos.

El 10 de enero de 1957 muere de un cáncer al páncreas en el hospital de Hampstead, Long Island. Esa misma mañana había charlado durante dos horas con Jacques Maritain, el célebre filósofo católico. Hablaron del futuro del mundo, de los niños y callaron sobre ese tema que ninguno de los dos quería tocar.

SUS ULTIMOS AÑOS: Físicamente Gabriela aparecía como una mujer recia, con una frente donde se evidenciaba la raigambre india en el nacimiento de su pelo y, como contraste, los ojos verdes que dimanaban esa desolación que siempre llevó a cuestas en su vida, pero que al mismo tiempo miraban con ternura. Su risa era franca, abierta, «una risa de diosa», como alguien dijo, risa deslumbrante, de niña.

Sus manos finas, largas, de lento movimiento, eran manos de sembradora espiritual. En su entorno siempre parecía acompañarla el resplandor mágico que irradia la luz del genio que ella convertía en algo cotidiano, en algo común, gracias a su trato sencillo, a su naturalidad, al aspecto de maestra rural que conservó toda la vida.Sus últimos años los pasa en los Estados Unidos. Nueva York, Washington, Miami, Monrovia o Santa Bárbara.

Al final ya en Rosslyn Harbor. El 10 de enero de 1957 muere en el hospital de Hampstead, pequeña ciudad industrial del estado de Nueva York. Sus restos son trasladados a Chile por vía aérea. En Santiago se realizan en su honor unas exequias monumentales. De acuerdo con su voluntad, sus restos mortales descansan en la pequeña población de Monte Grande, donde pasó los mejores años de su infancia.

La personalidad de Gabriela Mistral está escindida, como en casi todos los grandes artistas y literatos latinoamericanos, en la dualidad América-España. Se ha escrito y hablado bastante sobre una posible ascendencia vasca de Gabriela. Su padre y su madre eran chilenos de cepa española, posiblemente un tanto vasca, mezclada con sangre indígena procedente de alguna subdita de los incas. Tal «vasconidad» no tiene como prueba documentos, sino elucubraciones que surgen alrededor de los apellidos de sus progenitores.

Pero sea como sea, en Gabriela se unen los rasgos típicos y esenciales de la raza hispanoamericana: el espíritu rebelde e individualista heredado del español y esa actitud hierática de ídolo de piedra, esos silencios como abismos tan característicos de los indios. Se ha dicho que Gabriela no sentía simpatía por los españoles, lo cual no es cierto. «De su contradictorio amor a España —escribe Margot Arce— tendríamos mucho que decir.

El recuerdo de la conquista y la colonización de América y el maltrato de los indios por los encomenderos españoles, la encolerizaba hasta hacerle perder la ecuanimidad. Varias veces disputó con sus amigos sobre esta cuestión apasionadamente.

Solíamos decirle que su antagonismo nacía de una gran semejanza de temperamento y que, por mucha sangre india que tuviese, lo español era el factor dominante en ella.» Pero de su trato con españoles ilustres, entre ellos el gran poeta catalán Caries Ribas, Gabriela extrajo enormes satisfacciones, hasta el punto que llegó a afirmar: «Cuando los españoles son finos, no cabe duda de que son la aristocracia del mundo.»

SU POESÍA: Gabriela aparece en el mundo de la poesía cuando ya el modernismo había dado todo de sí. Su obra comienza apoyándose un tanto en aquel estilo. Pero los diferentes acontecimientos que marcan su vida van modelando en ella un estilo personal, un acento diferente.

La ausencia de la protección paternal y la falta de confianza en los hombres determinaron que Gabriela se viese obligada a refugiarse en sí misma, a confiar sólo en sus propias fuerzas. Y si en un comienzo la poetisa vuelve sus ojos a Rubén Darío, con el paso del tiempo, cuando en su pluma se torna ya palabra su voz, esta voz sería sólo la suya, la de Chile, un país que hasta su advenimiento no había dado casi nada importante en poesía.

El marco histórico donde Gabriela se forma como poeta es aquel en que México, con su revolución social, abre un nuevo ciclo político en la historia hispanoamericana. En la Argentina triunfaron sobre la oligarquía nuevas fuerzas sociales: las democráticas. Se vivía aún bajo los efectos de la primera guerra mundial. Pasada la euforia del modernismo, los escritores hispanoamericanos se volvieron hacia una expresión humana más sencilla, más americana. Y su perso-nera más destacada en este tiempo es Gabriela Mistral.

Como Neruda, sus versos rezuman cierta inspiración geográfica que se torna canto a las extensiones planetarias de Hispanoamérica en general y de Chile en particular. Gabriela maneja un idioma cuya faz es la piedra desgastada por el paso del tiempo, que ella recoge en su raigambre y lo hace explotar con sus impulsos telúricos. La pasión, la fuerza, la mezcla extraña de ternura y tosquedad, imprimen en esta voz acento inconfundible.

Y aunque su poesía ha tenido seguidores e imitadores, en todo el ámbito hispanoamericano nadie alcanzó ese tono trágico, esa tierna profundidad, ese hondo dolor que palpita en los diferentes planos en que se mueve su poesía: el que canta a los niños, el que se dirige a los mudos físicos y el que exclama, suspira o llora con sus más íntimas sensaciones.

PARA SABER MAS…

El descubrimiento de Lucila como poetisa vino como consecuencia de los Juegos Florales de Santiago de Chile del año 1915. Su libro Los sonetos de la muerte ganó la flor natural, pero la timidez de la esforzada maestra prefirió una suplantación amistosa a la hora de recoger el galardón y los aplausos del público. Hasta 1922 no aparece su primer libro impreso, Lectura para mujeres, que, al igual que Desolación, del año siguiente, recoge las vivencias de un corazón entregado al recuerdo de un primer y único amor, que malogróse fatalmente con la muerte del amado.

En efecto, Romelio Ureta, el joven empleado de Ferrocarriles que había hecho estremecer su vida de angustia y esperanza, se suicidó por culpa de un mal amigo, que no cumplió la promesa de restituir los fondos que Romelio retiró de la empresa para auxiliarle.

El título de ese libro, que recoge todo el proceso emocional de Lucila, entre el arrebato amoroso y el desconsuelo, es suficientemente expresivo. La intensidad de sus sentimientos la empujaron a no renunciar al recuerdo de aquel hombre por espacio de muchos años. Así transcurrió la juventud de la poetisa y se marchitaron otras oportunidades para su corazón.

A partir de los treinta años, «la mitad de mis días», según frase de ella misma. «Gabriela Mistral» (que fue el seudónimo adoptado en homenaje de admiración hacia el gran poeta provenzal, tan identificado con la campesina que Lucila llevaba siempre dentro de sí), enriqueció su mundo poético, proyectándose definitivamente en pos del amor a la humanidad, al universo y a Dios.

Su Ternura (título de un libro que en 1924 publicara en Madrid) se vuelca maternalmente sobre los pequeños, los débiles, los ofendidos. Con su actividad consular coincide la aparición de las últimas obras, Nubes blancas (1934), Toema de las madres y Tala (1938), si exceptuamos Lagar, que apareció en 1954, cuando era ya víctima del mal, una terrible enfermedad que encadenó durante los últimos años las energías de Gabriela y que, al fin, habría de hurtar de este mundo una de las almas más nobles y caritativas que hayan existido.

Fuente Consultada:
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

Amores de Isabel I de Inglaterra Resumen de su Vida Biografia

Amores de Isabel I de Inglaterra
Resumen de su Vida

Isabel I de Inglaterra: Soberana de Inglaterra en una época de graves enfrentamientos y luchas por el poder, Isabel I condujo con mano férrea el proceso que hizo de su país la primera potencia de Europa.

La aspereza de las lides políticas hizo terminar trágicamente varios de sus amores deparándole una muerte solitaria, sin descendencia: su esposo, como se decía, era el reino británico.

«Soy la mujer más inglesa del reino», solía decir con una convicciAmores de Isabel I de Inglaterra Resumen de su Vida Biografiaón que refirmaba su dureza de carácter.

En efecto, fría, decidida, de presencia imponente, Isabel I de Inglaterra no se caracterizaba precisamente por sus dudas o vacilaciones sino por poseer un espíritu práctico y un criterio que le permitió manejar hábilmente los hilos de la política británica durante más de cuarenta años y neutralizar sucesivas conspiraciones aplicando una pesada mano para castigar a los culpables.

Era hija de Ana Bolena y del rey Enrique VIII, quien para casarse con la madre de Isabel tuvo que separarse de Catalina de Aragón y fundar la Iglesia Anglicana, lo cual no solo le permitió legitimar su separación -vedada por el catolicismo- sino liberarse de la tutela papal.

Isabel nació en Londres el 7 de septiembre de 1533 y, tres años después, su progenitura, acusada de infidelidad, halló la muerte bajo el hacha del verdugo iniciándose así una vida azarosa para Isabel, de quien se decía que era hija ilegítima.

Ello no obstó, sin embargo, para que se la educara con gran esmero, dándole así oportunidad de cultivar su brillante inteligencia.

Aprende a la perfección el griego, el latín y varias lenguas modernas y durante su adolescencia deslumbra a sus maestros por su erudición.

En 1547 muere su padre y le sucede Eduardo VI, hijo de Enrique VIII y Juana Seymour.

Debido a la corta edad del príncipe, el gobierno es ejercido por un consejo dominado por Eduardo Seymour, tío del joven rey.

Seymour tiene muchos enemigos políticos, pero el principal de ellos es su hermano Henry, quien después de cortejar a Catalina Parr, última esposa de Enrique VIII, se casó con ella, acercándose así a la corona.

Catalina, que sentía profundo cariño por Isabel, la invita a vivir con ellos y esta acepta complacida, iniciándose de ese modo una armoniosa convivencia que se trunca cuando Henry e Isabel entablan relaciones amorosas.

Era ese su primer romance y el origen de su primer escarceo en la arena política.

En efecto, cuando Eduardo Seymour descubrió una conspiración contra él y Eduardo VI urdida por Henry, Isabel tuvo que responder a interrogatorios que no dieron resultado. Henry, de todos modos, fue condenado a morir en el cadalso.

Cuando muere Eduardo VI -en 1553- sube al trono María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón y, por lo tanto, media hermana de Isabel. Desde el primer momento María se preocupa por restablecer el catolicismo en sus dominios e Isabel debe manejarse con suma prudencia para no despertar la susceptibilidad de la reina, quien la observa con desconfianza ya que el partido protestante se agrupa en torno de Isabel.

Posteriormente, el casamiento de María con el monarca español Felipe II despierta enconada antipatía contra la reina.

En 1554 el Papa absuelve a Inglaterra por haber pasado un período bajo el protestantismo, pero esa absolución no es bien recibida por el país. Las conspiraciones contra la soberana se multiplican y todas tienen como objetivo poner en el trono a Isabel, que para salvar su vida concurre siempre a misa y se muestra católica.

Enferma, vencida, sin hijos, tiempo después la reina se allana a nombrar a Isabel como heredera del cetro, que pasa a sus manos el 15 de enero de 1559, poco tiempo después de la muerte de María Tudor.

Toda Europa espera ahora que la flamante soberana elija marido y tenga descendencia. Las dinastías reinantes se disputan la mano de la nueva reina.

El propio Felipe II, al enviudar de María Tudor, pretende desposar a su sucesora esperando alcanzar así la hegemonía europea. Por otra parte, ese enlace sería un obstáculo insalvable para María Estuardo que desde París se proclama legítima heredera del trono inglés, y el marido de esta, Francisco II de Francia, defiende los derechos de su mujer.

Ello agudiza la rivalidad entre Francia y España, cuyo rey, a pesar de su catolicismo, se ve obligado a apoyar a la protestante Isabel, que dilata su decisión utilizando su soltería y la codicia de sus adversarios como eficaces armas diplomáticas.

Poco después de ser coronada, la reina comienza a mostrar su verdadera personalidad. Le encanta brillar y ser adulada.

La modestia con que se vestía durante el reinado de su media hermana María es cosa del pasado. Las perlas y las esmeraldas adornan su cabello, las joyas recubren su cuello. Los retratos la muestran recubierta de gemas y telas recamadas, como una especie de ídolo oriental. Sin embargo, esa afición por la apariencia física no se contradice con su habilidad política: bien pronto puso de manifiesto su capacidad para mandar y gobernar.

Se rodeó de un pequeño número de asesores, pero seleccionados con tanto cuidado que no le fue necesario cambiarlos sino en raras ocasiones. Impidió hábilmente que los masculinos sentimientos de superioridad de sus consejeros menguaran su poder de decisión, y aunque toleraba la rivalidad entre ellos -derivada a veces del carácter de favorito suyo que adquiría algún asesor- nunca permitió que uno prevaleciera notoriamente sobre los demás.

Prefería consultarlos individualmente más que en conjunto, y como sus intenciones siempre eran difíciles de adivinar, más de una vez sorprendió a su gabinete tomando decisiones por cuenta propia. Su talento y sagacidad convirtieron a Inglaterra en la primera potencia de la época, y le permitieron, además, triunfar en toda la línea sobre los enemigos internos.

En ese aspecto, uno de los pleitos que mayor atención le demandó fueron las conjuras que tuvieron como protagonista central a María Estuardo, particularmente desde que esta asumió la corona de Escocia a raíz de la muerte de su madre, María de Guisa.

Desde ese puesto María conspira permanentemente y se convierte en la más peligrosa rival de Isabel. La suerte, empero, no la ayuda, y a raíz de una rebelión de los nobles escoceses debe huir a Inglaterra, donde Isabel la mantiene prácticamente enclaustrada en un castillo.

El enfrentamiento se dilucida definitivamente cuando María complota junto con Lord Babington para asesinar a Isabel, lo que la lleva al cadalso el 8 de febrero de 1587.

Después de la muerte de María, Felipe II, abanderado del catolicismo, declara la guerra a la impía Isabel, quien no solo profesa el anglicanismo sino que desarrolla una política que choca frontalmente con los intereses españoles.

En 1588 estos alistan la famosa Armada Invencible y se lanzan hacia Inglaterra, pero los malos vientos y la habilidad de los capitanes ingleses deshacen la flota española. Inglaterra se transforma entonces en la dueña de los mares.

La gloria militar coincide con la entrada en escena del último gran amor de Isabel: el conde de Essex, un joven de veinte años, bien parecido, audaz, inteligente, pero sumamente orgulloso.

La reina lo encumbra y él se muestra digno del favor real: triunfa en el mar, toma barcos enemigos, se apodera de tesoros, obtiene honores, títulos, dinero. Durante varios años su estrella sigue en ascenso, hasta que se produce una rebelión en Irlanda y Essex reclama la honra de sofocarla. Inicia la campaña, pero en su transcurso desoye una serie de advertencias y comete toda clase de imprudencias.

La reina comienza a impacientarse, y como su favorito la desobedece y desafía, Isabel le retira su favor.

Es más de lo que Essex puede soportar: inmediatamente empieza a conspirar contra ella, y aunque Isabel se resiste a eliminarlo, debe aceptar que se lo juzgue y se lo condene a muerte. El primer amor —Henry Seymour— y la última pasión de la reina murieron así por las mismas razones: víctimas de la ambición por obtener la corona inglesa.

En los últimos años de su vida el recuerdo de Essex acosa a Isabel continuamente. Todos quienes la quisieron o pretendieron su mano han muerto. Ella no tiene hijos. Sus ministros insisten para que nombre a un sucesor. Solo hay uno inobjetable: Jacobo, rey de Escocia e hijo de la ejecutada María Estuardo. Él será elegido.

Poco antes de morir Isabel, hubo que aserrarle su anillo de coronación porque como en sus cuarenta y cuatro años de reinado nunca se lo quitó, había terminado por encarnarse.

Muchos lo llamaban el anillo de casamiento de Isabel, y en cierto modo era verdad: la reina virgen, como la llamaban, solo se había desposado con su reino. Murió el 24 de marzo de 1603.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder