Fin de la Guerra

Batalla de Stalingrado Invasion Alemana a Rusia Consecuencias

Batalla de Stalingrado Invasión Alemana a Rusia

BATALLA DE STALINGRADO: El punto de inflexión de la segunda guerra mundial, la batalla de Stalingrado, fue un encarnizado conflicto urbano, en el que decenas de miles de soldados alemanes y soviéticos murieron. Aquí fue donde el Ejército Rojo demostró que no solo podía contener a la Wehrmacht, sino también derrotar a la máquina de guerra alemana, aparentemente invencible.

El 22 de junio de 1941, Alemania invadió la Unión Soviética, su mayor error. Hitler y los mandos militares pensaban que sería una campaña breve que decidiría la guerra. Los alemanes ocuparon un gran territorio, pero sin ninguna victoria decisiva y con apuros invernales. Después de la primera paralización de Stalin, Rusia organizó un ejército llamando a la “guerra patriótica”, justificada por la brutalidad del invasor.

Las causas del enfrentamiento con Rusia provienen de las irreconciliables diferencias entre las ideologías de ambas naciones, además de la política y el sueño hitleriano del » espacio vital » que tanto ansía Hitler para que la población alemana se desarrolle sin límites.

Bajo estas condiciones Adolfo Hitler lanza un violento ataque contra la unión soviética teniendo que pelear en frentes occidentales tanto orientales y sin embargo, consigue un incontenible avance hasta llegar a Stalingrado en 1943, misma que estuvo a punto de caer, salvada solo por el cruel general invierno, el mismo que haría morder el polvo a Napoleón.

Moscú fue atacada en octubre de 1941, un mes después de que empezase el sitio de Leningrado. La llamada «Operación Tifón» El ejército expedicionario alemán volcó todo su potencial en este ataque, pero los soldados estaban exhaustos, los suministros eran insuficientes y las tropas soviéticas hicieron gala de una extraordinaria determinación para salvar a la ciudad.

Gracias a la desesperada reorganización del ejército soviético, a un mando más eficiente y al titánico esfuerzo del pueblo soviético, los rusos lograron darle la vuelta a la situación. El hecho de que Stalin permaneciese en Moscú durante la batalla contribuyó enormemente a elevar la moral de los soviéticos.

Los gritos de «Stalin está con nosotros» podían oírse en las calles. Cuando el Ejército Rojo contraatacó, en diciembre de 1941, los alemanes fueron expulsados de Moscú.

La Operación Barbarroja, la invasión alemana de la Unión Soviética, fue la mayor invasión terrestre de la historia, enfrentando a 3,6 millones de soldados alemanes y sus aliados contra unos tres millones de soldados soviéticos en la Unión Soviética occidental. Táctica y doctrinalmente superiores, los alemanes avanzaron más lejos y más deprisa que ningún otro ejército moderno, capturando unos tres millones de prisioneros. Sin embargo, la Unión Soviética no se desplomó, como Hitler había predicho. Los objetivos estratégicos poco claros, la logística excesivamente forzada, la resistencia soviética inesperadamente dura y el terrible invierno ruso hicieron que los alemanes no lograran derrotar a su enemigo en 1941. De hecho, el Ejército Rojo pudo lanzar una el 90% del combustible soviético. Esto privaría a los soviéticos de combustible y proporcionaría recursos para una guerra prolongada contra Inglaterra y los EE.UU. Planteó esta opinión en la directiva del Führer n.° 41 el 5 de abril de 1942, afirmando que: «Todas las fuerzas serán concentradas para las operaciones en el sector sur, con el fin de destruir al enemigo antes de alcanzar el Don, capturar los yacimientos petrolíferos del Cáucaso y los pasos a través de las montañas del Cáucaso».

Para Hitler, Stalingrado era importante porque necesitaba proteger los campos petrolíferos de Rumania, de los que dependía todo su imperio del este.

Esta batalla duró desde agosto de 1942 a febrero de 1943. El Ejército Rojo sólo empezó a ganar terreno a partir de noviembre de 1942, cuando rodeó al 60 Ejército alemán. Los jefes militares alemanes que dirigían la campaña pidieron autorización para lanzarse a un ataque que rompiese el sitio, pero Hitler les ordenó seguir donde estaban y hacer frente al Ejército Rojo desde una posición defensiva.

Hitler se proponía abastecer a los soldados sitiados desde el aire. El 60 Ejército necesitaba diariamente provisiones, municiones y otros suministros por un peso total de entre 1.600 y 2.600 toneladas, pero el comandante en jefe de la Luftwaffe, el mariscal Hermann Góring, recibió la orden de enviar sólo 300 toneladas diarias.

En los últimos días la media diaria fue de 100 toneladas. Antes del final de aquel año, las tropas alemanas atrapadas morían de desnutrición, hipotermia y enfermedades tales como el tifus, las fiebres tifoideas y la disentería. (imagen: H. Góring)

El 10 de enero de 1943, como quiera que los alemanes se negasen de nuevo a rendirse, el Ejército Rojo atacó en la que acaso fue la batalla más sangrienta de toda la guerra. El 99 % de la ciudad de Stalingrado resultó destruida; y de sus 500.000 habitantes, sólo quedaron 1.500 después de la batalla.

Las bajas militares también fueron muy elevadas por ambos bandos. Murieron 500.000 soldados soviéticos, además de 150.000 alemanes y rumanos. Pero la cifra de muertos no se detuvo tras el final de la batalla, porque de los 91.000 alemanes hechos prisioneros, más de 50.000 murieron de hambre y de frío a lo largo del mes siguiente. El 60 Ejército de Hitler había sido prácticamente aniquilado.

En palabras del generalSiegfried Westphal: «Jamás un ejército tan grande tuvo un final tan aterrador en toda la historia de Alemania».

Estas derrotas fueron muy amargas para los alemanes. Pero lo peor estaba por llegar. En las vastas llanuras de Rusia central los alemanes lanzaron la «Operación Ciudadela», conocida también como «la batalla de Kursk». Hitler tenía especial interés en conseguir la victoria en Kursk, porque le permitiría destruir dos frentes rusos en una sola batalla.

También creyó que era un momento favorable para atacar. Los aliados no habían invadido Francia, como él creyó que harían, y esto le permitió disponer de algunas tropas de reserva.

Además, estaba convencido de que sus unidades de panzers eran superiores a los tanques rusos. Para el ejército alemán, la «Operación Ciudadela» era una oportunidad de desquitarse de las humillantes derrotas en Moscú (1941) y Stalingrado (1942).

La batalla duró cincuenta días, desde el 5 de julio al 23 de agosto de 1943, y en ella se utilizaron más tanques, morteros, cañones y aviones que en cualquier otra de la Segunda Guerra Mundial. Participó un tercio de todas las divisiones que los alemanes tenían destacadas en el frente oriental.

Fue un ataque en tenaza, con dos cuñas alemanas que partieron de OriolKursk y Belgorod-Járkov, enviadas para conquistar las lomas de Kursk, un área de 65.000 kilómetros cuadrados que seguía en poder de las tropas soviéticas.

También en esta ocasión los alemanes habían aventurado una rápida victoria que, al no producirse, les dejó mal preparados para una batalla de desgaste. En Kursk, el Ejército Rojo demostró su superior movilidad. Mientras que los alemanes dependían del ferrocarril para el transporte de sus divisiones, los rusos pudieron trasladar a sus tropas con flotas de camiones.

batalla de stalingrado

LA INFANTERÍA ALEMANA empuja un cañón ligero de infantería a su posición durante los combates al norte de Stalingrado. Los cañones ligeros se utilizaban con frecuencia contra posiciones defendidas por infantería.

La utilización de las carreteras dio a los rusos mayor velocidad y flexibilidad. El Ejército Rojo pudo asimismo sustituir los tanques perdidos en la lucha con mucha mayor rapidez que los alemanes.

A la postre, Hitler ordenó interrumpir la campaña, aterrado por las noticias de que los aliados habían desembarcado en Sicilia y de que Italia se disponía a abandonar la guerra. Además, Alemania necesitaba desesperadamente sus tropas en el Mediterráneo.

La derrota de los alemanes en Kursk fue aplastante. Los colocó a la defensiva, dio la iniciativa a los soviéticos y resquebrajó la moral alemana. A partir de entonces, los militares alemanes tuvieron la premonición de que la derrota era inevitable.

En palabras del capitán general Heinz Guderian, jefe de la junta de Jefes de Estado Mayor entre 1944 y 1945: «Innecesario es decir que los rusos explotaron a fondo su victoria. Ya no habría más períodos de calma en el frente oriental. En adelante, el dominio del enemigo fue incontestable». La batalla de Kursk significó el principio del fin de la guerra en el frente oriental.

Venganza: Una combinación de tácticas superiores, mejor utilización del material y espíritu de lucha, además de la combatividad de los partisanos, condujo a la victoria soviética. Después de la derrota alemana en Stalingrado, el conflicto se reanudó en dirección contraria. Las tropas alemanas fueron gradualmente empujadas hasta ser expulsadas de la Unión Soviética.

En su persecución de los enemigos alemanes, el Ejército Rojo participó en atrocidades masivas. Algunas de las peores se cometieron en Ucrania y en Bielorrusia. En estos territorios, la violencia estalló incluso antes de la entrada del Ejército Rojo.

El colapso de la administración polaca significó que el soterrado odio étnico y de clase emergiese con toda su virulencia. Los polacos, los panspolacos o beloruchi, fueron atacados con saña por los campesinos y los obreros, porque al considerarlos capitalistas y terratenientes los consideraban también enemigos de clase.

En las calles gritaban esta consigna: «A los polacos, a los pans y a los perros…hay que matarlos como perros».  Y El Ejército Rojo aprobó estas actividades. A medida que los soldados soviéticos avanzaban hacia el oeste y se adentraban en territorio alemán, se entregaron a una terrible venganza. La pauta la marcó el primer pueblo alemán que encontraron, Nemmersdorf, en el este de Prusia.

Las tropas soviéticas entraron el 22 de octubre de 1944 y violaron, mutilaron y mataron a todas las mujeres. A algunas las abrieron en canal. A los prisioneros de guerra y a los obreros polacos los castraron.

Similares episodios de brutalidad tuvieron lugar en toda la Alemania ocupada por los soviéticos. Cuando las tropas soviéticas conquistaron Berlín, en mayo de 1945 después de largos y sangrientos meses de lucha, el pillaje, el asesinato y la violación a cargo de las fuerzas ocupantes fueron parte de la vida cotidiana de los berlineses. Del terror que sufrieron las mujeres alemanas da idea una brutal estadística: en algunos distritos de Berlín, el porcentaje de suicidios de las mujeres llegó al 21,5 %. 

datos batalla de stalingrado

Resumen del Conflicto: En junio de 1942, el ejército alemán lanzó una gran ofensiva en el frente del este para hacerse con los campos petrolíferos del Cáucaso y la ciudad de Stalingrado, centro de la industria militar soviética. En noviembre, el general Friedrich Paulus había conquistado casi toda la ciudad, obligando a las fuerzas soviéticas a retirarse hacia el río Volga después de feroces combates casa por casa.

Pero el 19 del mismo mes, el ejército soviético lanzó un fortísimo contraataque para romper el frente por norte y sur, que acabó cercando a los alemanes. Hitler ordenó a sus hombres no abandonar la plaza y prohibió la rendición. El general Friedrich Paulus y sus soldados resistieron un asedio de siete semanas.

El 2 de febrero de 1943, exhaustos, consumidos por el frío, las enfermedades y el hambre, los restos del VI Ejército alemán, con Paulus a la cabeza, se rindieron al mariscal Zhukov. Cuando Hitler lo supo, montó en cólera.

El Ejército Rojo hizo prisioneros a más de 90.000 alemanes, que emprendieron un penoso camino hacia los campos de concentración de Siberia. La derrota en Stalingrado marcó el inicio del hundimiento alemán en el frente ruso.

QUE PENSABAN LOS ALIADOS RESPECTO A LA INVASIÓN ALEMANA A RUSIA:

En aquel dramático junio de 1941, cuando 170 divisiones alemanas y otras muchas aliadas iniciaron sin declaración de guerra el asalto contra la Unión Soviética, se oyeron numerosas voces del mismo tenor. Aquel circunstancial aliado condenado a morir —¿no se expresaba un deseo más o menos subconsciente?— sólo podía servir para «ganar tiempo».

Si la confianza de Hitler en los resultados de la invasión fue absoluta, no lo fue menos la seguridad con que las máximas autoridades militares de Londres y Washington vaticinaron el fin de la Unión Soviética. . . y el socialismo. E! estado mayor británico informó a su gobierno que «el nuevo esfuerzo nazi exigiría de seis a ocho semanas», Y el secretario norteamericano de Guerra, H. L Stimson, comunicó al presidente Roosevelt que «Alemania estaría totalmente ocupada en el aplastamiento de Rusta durante un mínimo de un mes y un posible máximo de tres meses». Predicciones análogas hacían los «entendidos» en la prensa británica y norteamericana.

Todos se equivocaron, desde luego. Y, al mismo tiempo que satisfacía contar con un aliado inopinadamente poderoso en la lucha contra la «voracidad» de Hitler, surgía el temor de lo que supondría una Unión Soviética victoriosa.

EL ATAQUE A RUSIA
Según Grigore Gafencu en «Guerra del Este», 1945

«La idea de la guerra contra Rusia —que algunos políticos y ciertos militares alemanes había acariciado siempre, pero que no fue tomada seriamente en consideración por los dirigentes del Reich hasta la primavera de 1941— estaba, pues, enteramente condicionada por las necesidades de la lucha contra Inglaterra.

El problema de una campaña en el este se planteó en el espíritu del Führer con extrema claridad; necesitaba moverse a sus anchas en la guerra sin cuartel contra el enemigo británico; disponer de un extenso territorio, rico y fértil, para resistir mejor y por más tiempo en una «guerra de usura», y permanecer solo hasta el fin; sobre todo al llegar éste. Tal idea tenía la ventaja de volver a Hitler a sus más caras teorías del Mein Kampf.

Satisfacía la necesidad de espacio extenso, ilimitado y, además, próximo y directamente unido al territorio del Reich; espacio que, por un esfuerzo de trabajo y de colonización del pueblo alemán, podía prolongar a la Gran Alemania hasta Crimea, el Cáucaso y aún más allá. Era el objeto de conquista más atrayente que los pequeños países europeos, pobres y díscolos, sin recursos y llenos de pretensiones, de los que era difícil conseguir —fueran cuales fuesen los métodos empleados por la potencia ocupante: brutalidad o tolerancia, violencia o persuasión— algo que no fuese odio, resistencia, incomprensión ni desprecio.

Instalado en Ucrania y en el Cáucaso, dueño de la tierra más fértil, del suelo más rico del mundo, disponiendo de un mar interior y dominando las grandes rutas que penetran en Asia o descienden hacia el golfo Pérsico y la India, el Reich no necesitaría más conquistas para tener a su merced no sólo a Europa, sino también a los otros continentes. Semejante perspectiva ofrecía tantas ventajas que incluso permitía entrever la posibilidad de una paz más fácil y más estrecha con la Gran Bretaña.

El efecto: si la resistencia británica se eternizaba, Alemania tendría siempre —puesto que dispondría de la riqueza y la inmensidad de los territorios rusos— posibilidad de apresurar la paz, renunciando a todas sus conquistas occidentales. Para lograr esa paz, que no pondría en litigio su potencia mundial, le convendría devolver su libertad a todo el oeste europeo, desde Noruega hasta la frontera española. De esta forma, la guerra del este suministraría a los alemanes una preciosa materia de cambio con la cual actuar a su antojo para conseguir la paz en el oeste.»

ALGO MAS….
LA HAMBRUNA EN LENINGRADO

El 17 de septiembre, el Führer ordenó el retiro de las divisiones panzer de los ejércitos del Norte, para desplazarlos junto con un contingente de tropas hacia el Sur, lo que implicaba que el ataque sobre Moscú sería iniciado, aun cuando Leningrado no estuviese derrotada.

El invierno se acercaba y los pronósticos señalaban que sería muy crudo. Los alemanes cesaron la ofensiva y se atrincheraron, pero continuaron con el fuego de artillería y los bombardeos aéreos, pues el área debía ser arrasada.

La preocupación se trasladó hacia el interior de la ciudad. Los primeros síntomas del hambre comenzaron a presentarse angustiosamente, como ocurre al cambiarse bruscamente de régimen alimenticio. Si bien durante las semanas anteriores el racionamiento había sido severo, en los días que siguieron al incendio de los almacenes Gostiny Vidor, fue haciéndose cada vez más riguroso.

Las punzadas que sentían los leningradenses en sus estómagos al ingerir sólo unas rebanadas de pan al día, los hacían desfallecer y cualquier esfuerzo, por mínimo que fuese, los dejaba exhaustos. Acostumbrarse a pasar hambre es un proceso que dura mucho tiempo, y los primeros días son los peores, hasta que pasa el dolor y es reemplazado por una debilidad y un desaliento que corroe el cuerpo y el alma. La contextura varía, adelgazándose paulatinamente, comenzando por la cara y los brazos y luego bajar a las piernas.

La gente empezó a buscar desesperadamente algo que llevarse a la boca, en un intento por mitigar los dolores y los verdaderos lamentos que emitían sus intestinos. Raspaban el pegamento de los papeles de los muros, algunos masticaban el papel, y otros comían el forraje de los caballos o también cola de carpintero. Los animales domésticos, como perros y gatos, poco a poco fueron desapareciendo…

El encargado de abastecimientos y una cuadrilla de jóvenes, lograron rescatar de entre los escombros de los almacenes quemados un par de miles de sacos de azúcar y de harina, elementos que estaban nauseabundos por el calor y la humedad a que habían sido expuestos, pero cada gramo era necesario, pues podían prolongar una vida.

El transporte de alimentos por el Ladoga utilizando navíos se efectuó hasta que quedó una décima parte de las 50 barcazas existentes, ya que los bombarderos alemanes vigilaban estrechamente las aguas del lago, por lo que los viajes debían realizarse de noche. Pero la travesía tomaba 16 horas y en algún momento quedaban expuestas a la luz del día y al fuego certero de los aviones enemigos. El sistema duró un mes, el de octubre, alcanzándose a trasladar en dicho lapso apenas diez mil toneladas de víveres, en circunstancias que sólo en harina la ciudad consumía más de quinientas toneladas por día.

UN PANORAMA DESOLADOR
Llegó noviembre y comenzó a nevar. El frío se agregaba al hambre, haciendo más lúgubre el ambiente de las casas y las calles de Leningrado. Los ancianos fueron las primeras víctimas, ya que cualquier dolencia que padecieran se agudizaba con la desnutrición.

Las tuberías del agua potable, ante la ausencia de calefacción en las casas, se fueron congelando, lo que obligó a que la gente tuviera que caminar penosamente hasta el Río Neva, que cruza la ciudad, para hacer un agujero en el hielo que ya estaba formándose sobre la superficie para extraer agua, la que se consumía sin hervirse, pues casi no existía leña ni otros combustibles para esos menesteres.

Las diarreas diezmaron ahora a los bebés. Por esta fecha ya se hablaba de más de trescientas muertes diarias causadas por el hambre. No existían féretros para las sepultaciones, pues toda la madera estaba requisada por el comisario de abastecimientos o era mantenida en secreto en algunas casas para procurarse un poco de calor o para calentar agua.

El espectáculo que ofrecían las calles era cada vez más siniestro: los trineos infantiles se utilizaban para llevar los cadáveres, envueltos en sábanas, hasta los cementerios. El pueblo parecía carecer de sentimientos, pues no se veía a nadie llorar en los entierros.

En el libro de Alexander Werth, «Rusia en la Guerra», se lee un dramático recuerdo que esboza el Mayor Lozak, oficial de estado mayor del ejército ruso:

«Para llegar a mi puesto tenía que caminar tres kilómetros desde mi casa. Andaba unos cuantos metros y me sentaba a descansar. Y luego otra vez lo mismo. Muchas veces veía a alguien que, repentinamente, se desplomaba sobre la nieve. No se podía hacer nada, así que todos seguíamos nuestra marcha, pasábamos a su lado. Y al volver se observaba una forma humana vagamente cubierta de nieve, en el mismo lugar que en la mañana vimos derrumbarse una persona…»

A mediados de noviembre hubo de rebajarse todavía más las menguadas raciones de pan. 500 gramos diarios para los soldados que estaban en la primera línea; 300 gramos para los de retaguardia y para los obreros de las fábricas y 150 para el resto de los ciudadanos.

Síntesis 2° Guerra Mundial

Openheimer Robert Resumen Proyecto Manhattan Bomba Nuclear

Openheimer Robert
Resumen Proyecto Manhattan Bomba Nuclear

ROpenheimer Robert Oppenheimer obert Oppenheimer y el Proyecto Manhattan: Cuando recibió la inquietante carta de su amigo Haakon Chevalier, hacía apenas meses que el doctor J. Robert Oppenheimer había comenzado a recuperarse.

Llevaba casi una década expulsado del poder, convertido en una víctima emblemática de la histeria macartista. Por fin el gobierno de los Estados Unidos lo labia reivindicado al premiarlo con la Medalla Enrico Ferrni.

Y entonces, apenas meses después, Oppenheimer recibió la escueta página deChevalier. Con fecha del 23 de julio de 1964, el escritor y ex profesor le literatura en Berkeley le contaba que sentía la urgencia le publicar la verdad sobre la relación que los había unido:

«El motivo por el cual te escribo es que una parte importante de la historia concierne a nuestra participación en la misma unidad del PC desde 1938 a 1942. Me gustaría tratar el tema en la perspectiva correcta, contando los hechos tal como los recuerdo. Dado que se trata de una de las cosas de tu vida que, en mi opinión, te hacen sentir como mínimo avergonzado; y dado que tu compromiso, testimoniado entre otros elementos por tus Informes para nuestros colegas, cuya lectura impresiona incluso hoy, fue profundo ¿y genuino, considero que sería una grave omisión negarle su debida prominencia”.

La furia y el miedo paralizaron a Oppenheimer. En 1954, sacándole al sol su red de afectos de izquierda —esposa, hermano, cuñada, discípulos, amigos y hasta ex novia—, había reconocido sus mentiras en un interrogatorio por supuesto espionaje. Lo había hecho para proteger a Chevalier.

«Querido Haakon —le contestó el 7 de agosto—: Me alegra que me hayas escrito. Me preguntas si tengo alguna objeción. Claro que sí. Me sorprende lo que dices acerca de ti.Y lo que dices acerca de mí no es cierto en un punto. Nunca fui miembro del Partido Comunista y en consecuencia nunca integré una unidad del Partido Comunista. Yo, por cierto, siempre lo supe. Creí que tú también lo sabías.”

Oppenheimer había perdido el acceso al trabajo en proyectos oficiales —lo cual implicó alejarlo de las investigaciones atómicas—, pero nadie le había probado que pasara secretos a los científicos rusos, o que perteneciera al Partido Comunista (PC).

Su temor a otra persecución no terminó sino con su muerte, de cáncer de garganta, en 1967. Chevalier nunca dio a conocer el asunto de la célula comunista y en su libro sobre los buenos viejos tiempos en Berkeley (Oppenheimer: la historia de una amistad) hizo apenas una elíptica referencia a un grupo de discusión política.

Gregg Herken, historiador de The Smithonian Jnstítution, exhumó la carta y publicó en los Estados Unidos Brotherhoodof the Bomb (La hermandad de la bomba), donde afirma que Oppenheimer perteneció al PC en un grupo secreto que funcionaba en la Universidad de California, destinado a fijar políticas de acción y escribir panfletos.

Según Herken, Oppenheimer fue leal a su país y nunca espió para la Unión Soviética, pero ocultó sus simpatías políticas por ambición —la suya y sobre todo la de su mujer, Kitty, quien impulsó su carrera con más fuerza que él mismo—, ya que un pasado rojo podría haberle vetado la dirección del laboratorio de Los Alamos, Nuevo México, donde se desarrolló el proyecto Manhattan que terminó la Segunda Guerra Mundial con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

El objetivo era el Puente Aioi —“el mejor blanco que vi en esta maldita guerra”, según Paul Tibbets, comandante del avión B29 Enola Gay, por su forma de T—, pero la bomba atómica de uranio llamada Little Boy explotó a 250 metros de allí, evaporando el hospital Shima, sus enfermos y sus profesionales para iniciar una cuenta que llegaría a los 75.000 muertos y los 163.000 heridos.

Era el 6 de agosto de 1945 y el presidente norteamericano Harry  Trumancomía a bordo del Augusta cuando le llegó el mensaje cifrado con la noticia.

“Capitán, esto es lo más grande de la historia”, le dijo a Franklin H. Graham, uno de los oficiales de la Casa Blanca que lo acompañaban, cuando el teniente George M. Elsey le alcanzó un segundo cable: “Evito completo en todos los aspectos”.

Cuenta John Hersey en su crónica Hiroshima los días siguientes a la tragedia lanzada desde el avión de Tibbets:

“Los científicos pululaban en la ciudad. Algunos de ellos midieron la fuerza que había sido necesaria para quebrar las lápidas de mármol de los cementerios, para destruir 22 de los 47 vagones de ferrocarril en los depósitos de la estación de Hiroshima, para elevar y mover el piso de concreto de uno de los puentes, y para llevar a cabo otros notables actos de fuerza; concluyeron que la presión ejercida por la explosión variaba de las 5,3 a las 8 toneladas por metro cuadrado.

Otros descubrieron que la mica, cuyo punto de fusión es de 9000C, se había derretido en las lápidas de granito a 380 metros del centro; que los polos telefónicos, cuya temperatura de carbonización son los

2400 °C, se habían quemado a 4.000 metros del centro; y que la superficie de las tejas grises de tipo usado en Hiroshima, cuyo punto de fusión es de 1.3000C, se habían derretido a 600 metros. Después de examinar otras cenizas y objetos fundidos significativos, decidieron que el calor de la bomba sobre la tierra, en el centro, debía de haber sido de 6.000 °C”.

El 9 de agosto, otra bomba atómica, llamada Fat Man y hecha con plutonio, destruyó el 44 por ciento de la ciudad de Nagasaki. Luego de varios días de censura a la prensa, el mismísimo emperador Hirohito —quien por primera vez en su vida habló a sus “buenos y fieles súbditos” en un mensaje emitido por radio— contó: “El enemigo ha comenzado a emplear una bomba nueva y muy cruel, cuyo poder para producir daño es incalculable, que ha cobrado demasiadas vidas inocentes”. Anunció, también, que Japón se rendía.

Tiempo después Oppenheimer declaró palabras instantáneamente famosas: “Los físicos hemos conocido el pecado”. En 1983, luego de aplaudir el anuncio de la Iniciativa de Defensa Estratégica (la Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan), su colega Edward Teller le mejoró la frase: “Los físicos hemos conocido el poder”.

Desde que los alemanes observaron la fisión por primera vez, en 1938, los físicos de las grandes naciones se lanzaron a la búsqueda del poder que podía residir en la energía que liberaba ese proceso. Un poder sobre la naturaleza pero también un poder político, en particular ante la inminente guerra. El escenario principal fue la Universidad de California en Berkeley, donde trabajaba Ernest Lawrence, inventor de una máquina capaz de generar la energía necesaria para romper el átomo, el ciclotrón. Oppenheimer llegó a Berkeley convocado por este Premio Nobel y al tiempo le arrebató la dirección científica del proyecto atómico.

La insistencia del ingeniero Vannevar Bush, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, convenció a Roosevelt sobre la necesidad de formar un Comité de Investigación para la Defensa Nacional. Por supuesto, Bush presidió esa institución. A él entregó Roosevelt en 1942 el informe de la Academia Nacional de Ciencias que abrió la puerta a la financiación de la bomba.

Bush buscó en el ejército al hombre que coordinaría el proyecto: un graduado de West Point, de 46 años, por entonces coronel. Leslie Groves había supervisado la construcción del edificio del Pentágono y ostentaba —escribe Adrian Weale en Hiroshima según testigos— “el ego más impresionante después del de Napoleón”. Su primer gesto fue comprar los carísimos minerales que se necesitaban para investigar reacciones nucleares controladas en cadena. Como no era un científico, eligió a Oppenheimer para coordinar los diferentes trabajos dispersos en numerosas universidades. No sólo era un brillante asesor del gobierno sobre la bomba: también el físico teórico más impresionante de Berkeley.

Oppenheimer llevó adelante el laboratorio secreto de Los Alamos hasta que pudo gritar “Funcionó!” cuando el 16 de julio de 1945 tuvo éxito la prueba Trinity y estalló la primera bomba atómica. En el medio, superó la difícil conducción de los equipos que separaban los componentes fisionables de uranio y plutonio mientras otros pensaban qué clase de arma sería capaz de hacerlos eficazmente destructivos; también las grandes dudas sobre cuánta de esa materia prima haría falta (cien kilos, calculaban algunos; otros, dos y medio) y si acaso no sería mejor la bomba de hidrógeno que teorizaba Teller.

Del otro lado, los nazis desarrollaron un programa nuclear, donde trabajaron el químico que descubrió la fisión, Otto Hahn, y otro Premio Nobel, Werner Heisenberg. En su novela sobre la fallida bomba de Hitler, En busca de Klingsor, el mexicano Jorge Volpi recreó el momento en que Hahn, detenido junto a sus colegas en la casa de campo de Farm Hall, Inglaterra, recibió la noticia de la explosión en Hiroshima. “Si los norteamericanos tienen una bomba de uranio, todos ustedes son científicos de segunda categoría”, murmuró.

No resultó mucho mejor el esfuerzo de los japoneses en el Laboratorio de Investigación Nuclear, que Yoshio Nishina fundó en 1935 dentro del Instituto Riken. Amigo de Lawrence y discípulo del célebre Niels Bohr en Copenhague, Nishina aceptó, un año después del ataque a Pearl Harbor, la imposible tarea de investigar el uranio en un país sin uranio bajo la presión del ejército japonés.

También los aliados corrían la carrera con-a los norteamericanos: la Unión Soviética buscaba su propia bomba. Su principal fuente e información fue el espionaje del físico Klaus Fuchs, un comunista que abandonó Alemania apenas después de que una patota nazi lo golpeara y arrojara a un río.

En 1941 comenzó a investigar bajo la protección de Rudolf Peierls, profesor de la Universidad de Kirmingham. Para la señora Peierls, quien le ponía los botones y se preocupaba por la escasa vida social del muchacho, fue una sorpresa saber que conocía mucha gente en la Agregaduría Militar Soviética en Londres. Fiel a sus convicciones, Fuchs se encontró cuatro veces con el titular de esa dependencia, Simon Davidovich Kremer, para entregarle informes detallados sobre los avances del proyecto atómico del Reino Unido.

En noviembre de 1943 Fuchs partió a los Estados Unidos, donde continuó su trabajo de investigador y espía hasta que desapareció de los lugares que solía frecuentar. En 1945 hizo saber a la embajada de Stalin que estaba en Los Alamos. Según la documentación del FBI, hubo tres espías en el laboratorio: Fuchs, Ted Hall y un tercero que, hasta hoy, no fue identificado. Por eso sonaron las alarmas cuando Oppenheimer miente en un interrogatorio sobre el tema.

Con una larga carta en la que le reprochaba el Incidente Chevalier, entre otras cosas, el responsable de la Comisión de Energía Atómica, K.D. Nichols, le arruinó a Oppenheimer la Navidad de 1953 al anunciarle el 23 de diciembre que suspendía su acreditación de seguridad. Dos meses más tarde, en una larga respuesta donde solicitaba una audiencia ante la Comisión de Energía Atómica para limpiar su nombre, el físico le escribió a Nichols: “Mi amigo Haakon Chevalier y su esposa vinieron a mi casa de Eagle Hill, probablemente a comienzos de 1943. Durante la visita, él entró a la cocina y me dijo que George Eltenton le había hablado sobre la posibilidad de transmitir información técnica a los científicos soviéticos. Con una observación enfática, le señalé que eso me sonaba terriblemente mal. Allí terminó la discusión”.

No fue eso lo que contó al día siguiente de la conversación, en 1943. Oppenheimer dijo al teniente Lyall Johnson, contrainteligencia del proyecto Manhattan, que si la seguridad  era su tema debía prestarle atención a George Eltenton. Nacido en Inglaterra, el químico Eltenton había pasado una temporada en la Unión Soviética trabajando con los físicos Yuri Khariton y Nicholai Semenov. Llegó a California convertido en un ferviente comunista y participó en el sindicato de docentes de Berkeley, donde Oppenheimer lo conoció. Johnson llamó al teniente coronel Boris Pash —el mismo que detendría a los científicos de la bomba nazi—, quien citó al físico para entrevistarlo. Y fue en ese encuentro del 26 de agosto de 1943 donde Oppenheimer mintió al FBI y selló su caída en la era macartista.

En su relato ante Pash no hubo esposas que charlaban en el living mientras su amigo lo miraba preparar en la cocina su famoso martini ultra seco de vodka helada. No hubo Chevalier, ni nombre alguno salvo el de Eltenton, ya manchado. Herken reconstruyó:

«Algunos meses atrás, dijo Oppenheimer, había sido contactado por ‘intermediarios’ vinculados con un oficial no identificado del Consulado Soviético. Uno de esos individuos le había hablado de pasar información sobre el proyecto de Berkeley. Su respuesta había sido que no tenía objeciones a que el presidente comentara la bomba con los soviéticos, pero creía inadecuado hacerlo ‘por la puerta trasera’. Oppie admitió que conocía otros acercamientos posteriores, los cuales ‘fueron siempre a otras personas, para quienes resultó incómodo’. Como creía que los contactados habían sido elegidos al azar, no quería dar nombres. Dos de los tres hombres que él sabía que habían sido contactados estaban en Los Alamos, dijo Oppie, y un tercero llegaría en breve a Oak Ridge”. En su mentira, Eltenton había sido uno de los intermediarios.

No sólo amigos rojos tuvo el hombre que definió la Segunda Guerra Mundial a favor de los Estados Unidos. “Una novia comunista, Jean Tadock, con la que estuvo a punto de casarse, lo introdujo al marxismo”, sostiene Weale en Hiroshima según testigos. La conoció en la primavera de 1936 en una fiesta a beneficio de los españoles republicanos en la Guerra Civil. Estudiaba psicología en la Universidad de Stanford y sus actividades políticas la condujeron al PC. En una relación intermitente, compartió con Qppenheimer la pasión por la poesía de John Donne y un círculo de amistades de izquierda entre los que estaban Chevalier y Thomas Addis, un médico de Stanford que se dedicaba al reclutamiento de camaradas. La vio por última vez en junio de 1943, cuando la visitó respondiendo a sus ruegos desesperados. Diez años más tarde lamentaría el uso que el macartismo daría a esa noche.

Kitty Oppenheimer, nacida Kathryn Puening, no interesó menos al FBI. Viuda de Joe Dallet —un comunista de Youngstown, Ohio, quien cayó combatiendo en la Brigada Abraham Lincoln por la República Española—, se afilió al PC en 1934 por iniciativa de su marido. Veinte años más tarde, durante las audiencias por la acreditación de seguridad de Oppenheimer, explicó su militancia: “Mimeografiaba panfletos y cartas”. Aportaba diez centavos semanales a la estructura partidaria (no poca cosa para su bolsillo: pagaba cinco dólares mensuales de alquiler) hasta que comenzó a perder interés en las tareas políticas. De regreso en los Estados Unidos, retomó sus estudios de biología en la Universidad de Pennsylvania, de donde partió, recibida, hacia una Junto beca de investigación en California. Allí, casada nuevamente con un físico inglés, Richard Harrison, conoció a Oppenheimer en 1939, se enamoró como loca, dejó a su segundo marido y volvió a casarse, embarazada del primero de sus dos hijos, en 1940.

El cuadro de los íntimos lo completan el hermano Frank Oppenheimer, también físico, y su esposa Jackie, ambos afiliados al PC. De niños creían que iba a ser flautista, pero la influencia de su hermano ocho años mayor fue demasiado fuerte. Hasta que apareció Jacquenette Quann, graduada de economía en Berkeley, muy activa en la Liga de Jóvenes Comunistas, y comenzó a retrasarse en su doctorado por su militancia. “Robert apremió a su hermano para que rompiera el compromiso. Frank, desafiante, se casó con Jackie a fines de 1936”, se lee en La hermandad de la bomba. “La pareja se inscribió en el PC a comienzos de 1937, desafiando una vez más los deseos de Oppie.”

Frank perdió su empleo en la Universidad de Stanford, primer despido de una serie que terminó con su vida académica y lo convirtió en ganadero. Entre el comienzo y el fin, su hermano pidió a Lawrence que lo empleara —cometiendo el grave error de ocultar el pasado comunista de Frank— en el Laboratorio de Radiación, con el que llegaría a Los Alamos y del que seria echado en 1948.

Casi al mismo tiempo que La hermandad de la bomba aparece la primera reimpresión, luego de treinta años agotada, de las audiencias por la acreditación de seguridad que hundieron a Oppenheimer. Menos atrapante que la narrada investigación de I-Ierren, el texto tiene el ritmo monótono y los grandes destellos de los interrogatorios. Richard Polenberg, editor de El caso de Rabert Oppenheimer, reunió la cuarta parte de las mil páginas originales. El resultado es un compilado con lo mejor del macartismo.

Abre Polenberg su introducción: “El 6 de mayo de 1954, harto y desalentado tras un mes de dura audiencia para probar su ‘lealtad’ y, en consecuencia, merecer su acreditación de seguridad, el doctor J. Robert Oppenheimer dejó Washington DC y regresó a su casa en Princeton, New Jersey. Aunque Oppenheimer había dirigido el programa para construir la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y había estado a cargo del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica entre 1947 y 1952, ni su servicio pasado ni su eminencia lo habían protegido de las sospechas o del fisgoneo que con tanta frecuencia lo acompañaron. Mientras su caso estuvo ante la comisión, su teléfono fue intervenido, su correo revisado y sus paraderos registrados por el FBI”. En realidad, nada nuevo: el organismo había pinchado sus teléfonos, violado su correspondencia y espiado hasta su vida privada desde marzo de 1941. Pero esta vez, además, registraba las estrategias que Oppenheimer discutía con su abogado y se las anticipaba a la comisión.

En cierto modo, Oppenheimer solicitó su crucifixión por confiar en que la audiencia sería preferible a un interrogatorio del senador Joseph McCarthy, quien lo había acusado de trabar la investigación de la bomba de hidrógeno que creó Teller para no aventajar tanto a la Unión Soviética. Teller, por supuesto, lo aplastó con su testimonio —“Oppenheimer se opuso a la bomba termonuclear o a su desarrollo”—, pero no fue el único que le marcó cuánto se había equivocado al ofrecer la cabeza al verdugo.

Primero lo pusieron contra las cuerdas hasta que reconoció que había mentido a Pash en el interrogatorio sobre el Incidente Chevalier:

Pregunta: ¿Le dijo la verdad a Pash?

Oppenheimer: No.

P.: ¿Le mintió?

O.: Si

P: ¿Qué le dijo a Pash que no era cierto?

O.: Que Eltento había intentado contactar a tres miembros del proyecto a través de intermediarios.

P: ¿Por qué lo hizo, doctor?

O.: Porque fui un idiota.

Luego de hacerlo confesar “un tejido de mentiras”, sacaron a relucir sus aportes de dinero a la causa española—“a través de canales comunistas”—, su descuido al emplear a un izquierdista como su hermano —“Qué examen le tomó para establecer su confiabilidad?”—, su falta de apoyo a Teller y, por último, la infidelidad con su ex novia Jean. Delante de su mujer le preguntaron por aquella noche de junio de 1943:

P.: ¿Por qué fue a verla?

O.: Ella había expresado un gran deseo de verme.

P.: ¿Averiguó por qué?

O.: Porque seguía enamorada de mi

P.: ¿Ella era comunista en ese momento?

O.: Ni siquiera hablamos de eso. No lo creo.

P.: Pero no tiene razones para pensar que no era comunista, ¿verdad?

O.: No.

P: Pasó la noche con ella, ¿no es cierto?

O.: Sí

P: ¿Cuando estaba trabajando en un proyecto secreto de guerra?

O.: Sí

P.: ¿Le parece consistente con una buena seguridad?

Las humillaciones duraron cuatro semanas. A fin de junio la comisión confirmó que, por sus asociaciones y sobre todo, por “defectos fundamentales en su carácter”, Oppenheimer no recuperaría su acreditación de seguridad. Mientras esperaba ese dictamen, el físico le dijo por teléfono a un amigo (y al FBI, que también oía): “La comisión decidirá qué hacer en unas semanas. Pero este asunto nunca va a terminar para mí. No creo que las aguas se aquieten. Pienso que todo el mal de estos tiempos está contenido en esta situación”.

Openheimer Robert Oppenheimer

Sólo cuatro años antes de morir de cáncer en la garganta, Oppenheimer fue reivindicado de su desgracia: el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en que fue asesinado, el presidente John F. Kennedy anunció que otorgaría el premio Fermi a Oppenheimer; finalmente le fue entregado por el sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson.

Fuente Consultada: Revista Veintitrés

Importantes Batallas de la Historia Grandes y Decisivas Batallas

Importantes Batallas de la Historia

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL:
LA GUERRA EN EL PACIFICO

Japón basó su estrategia en la destrucción de la flota norteamericana del Pacífico. Mediante el aniquilamiento de las fuerzas navales estadounidenses en Pearl Harbor los nipones esperaban extender fácilmente sus dominios por el sudeste asiático y apoderarse al mismo tiempo de importantes recursos: petróleo, estaño y caucho.

Sin embargo, tres portaaviones escaparon al bombardeo de Pearl Harbor, y proporcionaron a Estados Unidos —que inmediatamente puso en marcha un impresionante programa de construcción naval y fabricación de armas— un medio eficaz de defensa y contraataque. Los primeros meses de guerra los japoneses protagonizaron toda una serie de victorias. Luego cambió el panorama y, a lo largo de tres años de lucha, los aliados arrancaron una isla tras otra a los nipones, quienes opusieron una resistencia suicida.

Los japoneses llevaban ventaja en los primeros meses de la guerra del Pacífico. Como potencia aérea y naval dominante en la región, buscaban expandir sus conquistas y construir sus defensas para la contraofensiva aliada que de seguro vendría. A continuación sigue una lista de las zonas que el Japón quería controlar:

• Las islas Salomón: Cadena de islas situada a unos 1.600 kilómetros de la punta nororiental de Australia. El control de estas islas interrumpiría efectivamente cualquier apoyo estadounidense a Australia, aislándola y colocando a los japoneses en posición de obligar a los australianos a someterse a su control.

• La isla de Midway: Isla situada en el centro del Pacífico y última base estadounidense fuera de Hawai. Con la toma de esta isla los japoneses completarían el anillo de islas que bloqueaba la acción ofensiva estadounidense.


Sin Midway los estadounidenses tendrían que utilizar Pearl Harbor como base de todas las operaciones contra el Japón, porque Hawai estaba demasiado lejos para montar un ataque en gran escala sin que los japoneses se enteraran y atacaran lejos de su principal perímetro defensivo.

• Papua: Posesión australiana situada en el sudeste de Nueva Guinea. El propósito era capturar Port Moresby, ciudad que podía ser utilizada como base naval y aérea.

Con Port Moresby los japoneses controlaban el mar de Coral y prácticamente toda la costa norte de Australia. Combinada con la; bases japonesas de Java y Borneo, Australia sería efectivamente neutralizada, y los estadounidenses no tendrían más alternativa que lanzar sus ofensivas a partir de Hawai.

Se intercepta información secreta decisiva

En abril de 1942 los Aliados parecían completamente incapaces de impedir que los japoneses lograran sus propósitos. El problema par; los estadounidenses era que los japoneses jugaban a unas escondidas gigantes en el vasto Pacífico.

Los portaaviones estadounidenses y sus barcos de apoyo no podían causar daño al enemigo si primero no lo encontraban. Todas las zonas eran vulnerables a un ataque: Australia estaba indefensa y podía ser invadida con facilidad, y Midway podía ser atacada en cualquier momento. El problema para el almirante Nimitz era adivinar qué harían los japoneses a continuación.

Pero la fortuna sonrió de nuevo a los estadounidenses. Los código; navales japoneses interceptados indicaban con claridad que los japoneses pretendían tomar Port Moresby en Nueva Guinea y la isla de Tulagi en las Salomón. Una formidable fuerza compuesta de do; portaaviones con 123 aeroplanos, 4 cruceros y 6 destructores cubriría a las tropas de asalto anfibias (soldados transportados en barcazas a una bahía para atacar). Nimitz envió los dos portaaviones disponibles —el Yorktown y el Lexington con 141 aviones apoyados pe : 5 cruceros y 11 destructores— a encontrar a las fuerzas japonesas.

La batalla de Midway sería la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y finalmente cambiaría el curso de la contienda y el futuro de la guerra naval. (ver: Batalla de Midway)

batalla de midway

Un barco hundido en la batalla de Midway

LOS PILOTOS DE LOS AVIONES: Despegar un avión de la cubierta de un portaaviones es peligroso, y aterrizar en un atemorizante y reducido espacio en cualquier condición climática lo es todavía más. La Marina moderna posee hoy electrónica refinada, navegación de lujo y aviones de gran capacidad que valen millones de dólares, ¡y aun así sigue siendo peligroso! Esos pilotos de 1942 debían tener ojos y mucha esperanza.

Recibían orientación general sobre la ubicación de los blancos y debían escudriñar cuidadosamente el océano en busca del menor signo de presencia de un barco. Una vez ubicado el blanco atacaban y (si sobrevivían a los aviones enemigos y al fuego antiaéreo daban media vuelta para encontrar sus propios barcos antes de que se agotara el combustible.

Atacar un barco desde el aire con un torpedo o una bomba era un arte en sí mismo. El piloto de torpedo tenía que aproximarse al barco tan cerca del agua como fuera posible y soltar el torpedo a una distancia de sólo centenares de metros. Mientras tanto el blanco disparaba todos los cañones que podía contra él y los cazas enemigos trataban de destruirlo.

El piloto de un avión de bombardeo en picada se ubicaba a varios miles de metros directamente sobre el blanco, comenzaba un picado vertical y caía a casi 500 kilómetros por hora hasta encontrarse a un centenar de metros sobre el blanco. Entonces soltaba la bomba —en el momento preciso si quería que la bomba diera en el blanco y explotara—, mientras nivelaba el avión y ascendía de un tirón por el aire. Si tenía suerte los cazas no lo destruirían, el fuego antiaéreo no lo tocaría y sus bombas caerían donde se suponía que debían hacerlo para que no tuviera que repetir de nuevo tan loca maniobra.

Si el piloto volvía del ataque y tenía suerte, el portaaviones estaría más o menos en el mismo lugar en que se hallaba en el momento del decolaje. Si no, tenía dos alternativas: buscarlo hasta que, o bien aterrizaba a salvo sobre el puente de tablas de madera del portaaviones con un choque controlado que hacía vibrar sus huesos, o volaba hasta agotar el combustible y hundía su avión en el océano. Pilotos de esta naturaleza, aptos para librar la guerra de modo tan despiadado—tanto estadounidenses como japoneses—, no  abundaban.

Aspecto que ofrecía el Lexington

Aspecto que ofrecía el Lexington en la primavera de 1942, cuando los norteamericanos reconstruían e incrementaban su flota. Tras hundirse en la batalla del Mar de Coral, su nombre volvió a otorgarse a uno de los nuevos portaaviones de la clase Essex que, entre 1943 y 1945, constituyeron las mejores unidades de la Fuerza de Portaaviones Rápidos.

Cuando los aviones japoneses se lanzaron sobre Pearl Harbor, tres de los siete portaaviones norteamericanos destacados en el Pacífico —el Lexington, el Saratoga y el Enterprise— se hallaban fuera de la base. Esta circunstancia tuvo importancia decisiva durante las primeras fases de la guerra en el Pacífico, ya que para construir un portaaviones y ponerlo en servicio se necesitaba, como mínimo, de uno a dos años.

En 1910 se logró el primer despegue de un avión desde un barco; pero sólo en la Segunda Guerra Mundial los portaaviones, al aumentar el alcance ofensivo de los aparatos, jugaron un papel de primer orden en la guerra naval. Los portaaviones, sin embargo, estaban pobremente armados y eran sumamente vulnerables a
los ataques aéreos y submarinos. Su protección requería toda una escolta de acorazados, cruceros y destructores.

Aun con tales precauciones, los portaaviones no siempre se libraban del desastre. El Saratoga estuvo confinado durante meses en el dique seco, después de haber sido en dos ocasiones blanco de los submarinos. También sufrió considerables daños por parte de los pilotos kamikazes, aunque no fue hundido hasta el año 1946 en unas pruebas atómicas norteamericanas.
El Lexington sucumbió en mayo de 1942, tras la batalla del Mar de Coral. El Enterprise recibió daños en casi todas las grandes batallas del Pacífico, pero fue uno de los escasos supervivientes del océano.

Batalla Tours o Poitiers Breve Descripción

Batalla Tours o Poitiers

La Batalla de Tours (también conocida como batalla de Poitiers) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico a las órdenes de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia.

Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultó muerto. Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en el que el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa, expansión que comenzó en el 632 tras la muerte de Mahoma.

Batalla de Tours (732)
En 732, un gran ejército árabe cruzó los Pirineos e invadió Francia dirigido por el Yemenite Abd-ar-Rahman. Venció un reino rebelde musulmán que estaba gobernado por Berber Othman y luego, extendiéndose hacia el norte, derrotó a las fuerzas de Eudo, duque de Aquitania, aliado del anterior.

Eudo, derrotado, se vio forzado a solicitar ayuda a su enemigo encarnizado, Charles Martel, quien cooperó con él porque los invasores estaban penetrando más en el norte, dejando detrás de ellos ciudades y monasterios saqueados.

Los árabes avanzaron cerca del corazón de Francia, atraídos por los ricos monasterios deSt. Halaire y St. Martin. Después de destruir el primero, tomaron el camino romano hacia Tours y en alguna parte del sur de la ciudad, se encontraron con Charles y su ejército franco.

Durante siete días los dos ejércitos permanecieron frente a frente sin entrar en acción: los francos esperaban refuerzos y los árabes trataban de transportar su botín a lugar seguro. Luego éstos atacaron. Con un refuerzo de 30.000, Charles dispuso a sus tropas en orden de batalla para rechazar la carga árabe. Eran, en su mayor parte de infantería, estaban armados pesadamente con espadas, hachas, jabalinas y una pequeña hacha arrojadiza que llamaban «la francisca».

El ejército árabe totalizaba alrededor de 80.000 personas y estaba compuesto enteramente por caballería ligera que, como era extremadamente veloz, confiaba en la lanza y en la espada. Tenía dos posibilidades : atacar o plegarse en retirada hacia el sur sin luchar. Rechazaron la idea de huir ante un grupo tan pequeño, y por lo tanto cargaron contra las líneas francas.

Los francos recibieron con resolución a los musulmanes y resistieron a los ataques sucesivos que buscaban su punto débil. Ellos eran como una muralla contra la que los enemigos se rompieron en pedazos.

Cuando las fuerzas de los árabes se desvanecieron, contraatacaron; en tanto, el flanco musulmán era castigado por el vengativo Eudo y sus hombres. Abd-ar-Rhaman fue asesinado mientras trataba de recobrar su desecho grupo y al día siguiente, los francos descubrieron ú campamento enemigo desierto, excepto por su cadáver y el botín abandonado.

Charles ganó el nombre de «Martillo» y Francia nunca más fue nvadida por los árabes. Un fracaso en Tours, aunque los árabes sólo habían llegado a hacer una incursión, hubiera dado comienzo a otras invasiones más importantes.

Como era de esperar, la muerte de Abd-ar-Rahman acarreó una revuelta entre los bereberes que destruyó la unidad árabe.

Batalla de Poitiers Expansion del islamismo en Europa Martel Tours

Batalla de Poitiers Expansión del Islamismo

La Batalla de Tours (también conocida como batalla de Poitiers) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico a las órdenes de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia. Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultó muerto.

Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en el que el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa, expansión que comenzó en el 632 tras la muerte de Mahoma.

Batalla de Tours (732)

En 732, un gran ejército árabe cruzó los Pirineos e invadió Francia dirigido por el Yemenite Abd-ar-Rahman. Venció un reino rebelde musulmán que estaba gobernado por Berber Othman y luego, extendiéndose hacia el norte, derrotó a las fuerzas de Eudo, duque de Aquitania, aliado del anterior.

Eudo, derrotado, se vio forzado a solicitar ayuda a su enemigo encarnizado, Charles Martel, quien cooperó con él porque los invasores estaban penetrando más en el norte, dejando detrás de ellos ciudades y monasterios saqueados.

Los árabes avanzaron cerca del corazón de Francia, atraídos por los ricos monasterios deSt. Halaire y St. Martin. Después de destruir el primero, tomaron el camino romano hacia Tours y en alguna parte del sur de la ciudad, se encontraron con Charles y su ejército franco.

Durante siete días los dos ejércitos permanecieron frente a frente sin entrar en acción: los francos esperaban refuerzos y los árabes trataban de transportar su botín a lugar seguro. Luego éstos atacaron. Con un refuerzo de 30.000, Charles dispuso a sus tropas en orden de batalla para rechazar la carga árabe. Eran, en su mayor parte de infantería, estaban armados pesadamente con espadas, hachas, jabalinas y una pequeña hacha arrojadiza que llamaban «la francisca».

El ejército árabe totalizaba alrededor de 80.000 personas y estaba compuesto enteramente por caballería ligera que, como era extremadamente veloz, confiaba en la lanza y en la espada. Tenía dos posibilidades : atacar o plegarse en retirada hacia el sur sin luchar. Rechazaron la idea de huir ante un grupo tan pequeño, y por lo tanto cargaron contra las líneas francas.

Los francos recibieron con resolución a los musulmanes y resistieron a los ataques sucesivos que buscaban su punto débil. Ellos eran como una muralla contra la que los enemigos se rompieron en pedazos.

Cuando las fuerzas de los árabes se desvanecieron, contraatacaron; en tanto, el flanco musulmán era castigado por el vengativo Eudo y sus hombres.

Abd-ar-Rhaman fue asesinado mientras trataba de recobrar su desecho grupo y al día siguiente, los francos descubrieron ú campamento enemigo desierto, excepto por su cadáver y el botín abandonado.

Charles ganó el nombre de «Martillo» y Francia nunca más fue nvadida por los árabes. Un fracaso en Tours, aunque los árabes sólo habían llegado a hacer una incursión, hubiera dado comienzo a otras invasiones más importantes.

Como era de esperar, la muerte de Abd-ar-Rahman acarreó una revuelta entre los bereberes que destruyó la unidad árabe.