Introducción al Tango

Biografia de Anibal Troilo Pichuco Vida del Musico Bandoneon Tango

Biografia de Aníbal Troilo Pichuco

Aníbal Troilo: Un fueye nocturno que aún suena a lo lejos  Lo llamaron el “Bandoneón Mayor de Buenos Aires”, aunque seguramente hubiera sido más acertado bautizarlo como el “Bandoneón Mayor del Universo”, ya que su estilo único e irrepetible, las cualidades de su técnica interpretativa, y su estética compositiva dieron un vuelco al Tango que aún hoy continúa abriendo nuevos caminos innovadores, y por supuesto cosechando seguidores.

Troilo tenía esa magia especial de artista porteño, mezcla de noche, tristeza y zaguán, lo que hizo posible que en cada una de sus composiciones e interpretaciones se transmitieran las sensaciones vividas en el patio del conventillo bajo la suave luz de la luna y el aroma irresistible de los malvones.

Todo eso tienen las composiciones de Troilo, y en definitiva todo eso es Tango. Según las palabras de Horacio Ferrer, gran conocedor de la historia del Tango: “Troilo fue el que cambió el tango.

El tango moderno lo inventó él con sus pocos conocimientos musicales pero con su condición de gran músico. Tenía la sensibilidad y la capacidad de ser un director con todas las de la ley. Nació para eso”. Y es tan cierto que Troilo había nacido para eso, que cuando se sentaba a tocar el bandoneón se producía una comunión absoluta entre el ejecutor y el instrumento, mimetizándose ambos en una unidad creadora.

Así, podíamos disfrutar de una melodía única, mientras contemplábamos la típica imagen de Troilo con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia un costado, y una expresión en su rostro que nos revelaba que el músico experimentaba un verdadero transe, un viaje por el interior de su alma. Había nacido el 11 de julio de 1914 en la ciudad de Buenos Aires, y poco después de llegar a este mundo fue bautizado por su padre con el alias de Pichuco, a lo que siempre Troilo recordaba: “Parece que mi padre tenía un amigo a quien llamaban Pichuco.

Sobre mis primeras lágrimas de niño, con su dulzura de hombre, acaso feliz, mi padre trató de calmarme: ‘Bueno, Pichuco, bueno’. Dijo Pichuco y me quedó para siempre”. En su barrio, como en cada rincón de la ciudad a orillas del Rio de la Plata, sonaba el ritmo nervioso y cadencioso del tango, y Pichuco creció escuchando aquel compás que lo enamoró para siempre, mientras permanecía sentado en los umbrales de los bares donde sólo se respiraba el aroma de esa sensiblera música ciudadana.

A los 10 años, y después de varios intentos fallidos, finalmente logró que su madre le comprara su primer bandoneón usado en una casa de empeño, y tan sólo tres años después Pichuco comenzaba su carrera, de lo cual recordaría tiempo después: Mi debut ocurrió en el Café Ferrraro, en Pueyrredón y Córdoba, yo tenía trece años y los bolsillos llenos de miedo”. Luego de aquella primera presentación, Aníbal Troilo se incorporó como bandoneonista estable de una orquesta de señoritas, y al cumplir 14 años, convencido de que la música era la misión de su vida, conformó su primer quinteto.

Poco tiempo debió pasar para que el talento de este joven bandoneonista de tango comenzara a generar repercusiones en el ambiente, por lo que en 1930 fue contratado para formar parte de una afamado sexteto compuesto por músicos de la talla de los violinistas Elvino Vardaro y Alfredo Gobbi, el pianista Osvaldo Pugliese, y el bandoneonista Ciriaco Ortiz.

Fue precisamente su paso por dicho sexteto, que dio origen a una gran amistad entre Troilo y Ciriaco, de quien Pichuco aprendió la mayoría de los aspectos técnicos de la interpretación del instrumento, que le permitiría alcanzar el virtuosismo que lo convertiría en el Bandoneón Mayor. A partir de aquel momento, y gracias a su capacidad interpretativa, Troilo comenzó a ser requerido y contratado por diversas orquestas ya consagradas, como fue el caso de Julio de Caro, Juan Carlos Cobián, Juan Pacho Maglio, Juan D´Arienzo y Ángel D´Agostino.

No obstante, el punto máximo de su éxito y fama llegarían con la conformación de su propia orquesta típica, la cual nació en el año 1937, estando en aquel momento conformada por Enrique Díaz, Orlando Goñi, Juan Miguel Rodríguez, Roberto Gianitelli y el cantor Francisco Fiorentino.

Dos años después se sumaría el gran Astor Piazzolla, el Gato como lo llamaba Pichuco, quien con su impecable estilística, tanto como bandoneonista y como arreglador, aportaría a la orquesta de Troilo un caudal interpretativo único. A lo largo de los años en que duró su orquesta, la cual se convirtió en una de las más requeridas para los bailes en los clubes más importantes de Buenos Aires, por sus filas transitaron algunas de las más destacadas figuras del tango, entre los que se inscribieron pianistas como José Basso, Orlando Goñi, Carlos Figari, Osvaldo Manzi, José Colángelo y Osvaldo Berlingheri.

Otro tanto ocurrió con los cantores, iniciándose con el Tano Fiorentino y continuando con voces como las de Raúl Berón, Aldo Calderón, Jorge Casal, Floreal Ruiz, Roberto Goyeneche, Alberto Marino, Tito Reyes y Edmundo Rivero, entre muchos otros.

Después de una intensa vida, en la que por supuesto no faltó el amor incondicional de su esposa Zita y de sus miles de amigos, Troilo abandonó la vida terrenal un 18 de mayo de 1975, dejando un legado invaluable, sobre todo capturado en sus grandes composiciones, como es el caso de tangos como “Toda mi vida”, “Pa’ que bailen los muchachos”, “Responso”, “Barrio de tango”, “Sur”, y una innumerable lista que con sus melodías nos retrotraen al barrio y al aroma de glicinas y malvones. Tiempo antes de morir, Troilo dijo: “Uno no se muere de golpe, se va muriendo de a poco, con cada amigo que desaparece y así llega un momento en que de Pichuco no queda nada”, como una forma de despedida a la vida, que tanto le costó pero que valió la pena.

Fuente Consultada: Graciela Marker Para Planeta Sedna

Biografia de Sabato Vida y Obra de Ernesto Sabato Escritor Argentino

Biografía de Ernesto Sábato
Escritor Argentino

La obra de Ernesto Sábato (1911) El túnel (1948) trata de un hombre que recurre al crimen como única salida a su radical incomunicación con los demás. Sobre héroes y tumbas (1961) narra una terrible historia de amor y soledad que revela la maldad del mundo contemporáneo.

ERNESTO SÁBATO nació en Rojas provincia de Buenos Aires, en 1911 hizo su doctorado en física y cursos de filosofía en la Universidad de La Plata. En 1937 viaja a París con una beca y establece contactos con los surrealistas. Trabajó en el laboratorio Curie, y abandonó definitivamente la ciencia en 1945 para dedicarse a la literatura.

Decide instalarse en un modesto rancho en las sierras de Córdoba. Allí escribe el libro de ensayos Uno y el universo (1945), con el cual obtiene la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Trabaja en París con la Unesco. De nuevo en Buenos Aires, asume como director general de Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, cargo que abandona por la literatura.

sabato ernesto

Este escritor argentino es también el autor de Abaddón el exterminador (1974), de parecida complejidad, y de varios ensayos (El escritor y sus fantasmas,1963).

Ha escrito varios libros de ensayos o sobre el hombre en la crisis de nuestro tiempo y sobre el sentido de la actividad literarria. Uno y el Universo (1945; versión definitiva  Seix Barral, 1979), Hombres y engranajes (1951; versión definitiva Seix Barral 1991) El escritor y sus fantasmas (1963; versión definitiva Seix Barral, 1979), Apologías y rechazos (Seix Barral, 1979).

Sus tres novelas, cuyas versiones definitivas se honró en presentar Seix Barral al público de habla hispana en 1978, recorrieron el mundo: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961), Abaddón el exterminador(1974; premiada en París como la mejor novela extranjera publicada en Ficción en 1976).

Escritores tan dispares como Camus, Greene y Minn como Quasimodo y Piovene, como Gombíowiez y Nadeauhan escrito con admiración sobre su obra.

En 1983 fue elegido presidente de la Comisión Nacional de  Desaparición de Personas, creada por decisión del Presidente de la República Aentina, Raúl Alfonsín. Fruto de las tareas de esta comisión fue el sobrecogedor volumen Nunca más (Seix Barral, 1985), conocido como “Informe Sábato”.

Ernesto Sábato: novelista y ensayista argentino, nace en Rojas, provincia de Buenos Aires. Penúltimo de once hijos, es enviado a la ciudad de La Plata al iniciar sus estudios secundarios. Allí se matricula en la Facultad de Ciencias Fisicomatemáticas y se afilia al Partido Comunista, que abandona después de un viaje a Bruselas en el que obtiene información de los crímenes cometidos por el régimen de Stalin.

El 20 de septiembre de 1984, Sábato entregó al presidente Raúl Ricardo Alfonsín el informe de la comisión. Ese día, los organismos de derechos humanos convocaron a una concentración para respaldar dicha ceremonia, a la que acudieron cerca de 70.000 personas.

En 1984 obtuvo el Premio Cervantes, y en 1989, el Premio Jerusalén.

El volumen Entre la letra y la sangre (Seix Barral, 1989) reúne sus conversaciones con Carlos Catania. Lo mejor de Ernesto Sábato (Seix Barral, 1989) es un reader cuya selección, prólogo y comentarios estuvieron a cargo del autor.

Luego de graduado, se trasladó a Francia, donde trabajó en el Laboratorio Curie sobre radiaciones atómicas, al tiempo que toma contacto con los surrealistas. De vuelta a su país, imparte clases de Física en la universidad. En 1945 publicó su primera obra Uno y el Universo, colección de breves ensayos. Ese mismo año abandona su primera vocación científica, para dedicarse por completo a la literatura.

Trabajó como profesor de Física en la Universidad Nacional de La Plata y en el Instituto Superior del Profesorado, y colaboró en la revista Sur, el diario La Nación y otras publicaciones. Actuó entonces como asesor de editoriales, asistente en París y Roma del comité ejecutivo de la Unesco, director de la revista Mundo Argentino y director de relaciones culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.

En los años 50 atravesó una crisis producto de las contradicciones entre un mundo «claro y luminoso de las matemática», según sus palabras, y el atormentado y complejo mundo de la literatura. A esta época corresponden sus ensayos Hombres y engranajes, escrito en 1951, y Heterodoxia, 1953, en los que realiza una crítica en profundidad sobre el futuro de la ciencia desde una óptica humanista.

En 1929 ingresó a la facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata. En 1933 fue elegido Secretario General de la Juventud Comunista. En 1934 escribió La fuente muda, su primera novela. En 1941 comenzó a colaborar con la revista Sury conoció a Jorge Luis Borges. En 1943 empezó a escribir su libro de ensayos Uno y el Universo. Por esta obra, recibió el Premio de la Municipalidad de Buenos Aires y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).

A la edad de 99 años, falleció en su casa de Buenos Aires, el gran escritor Ernesto Sábato, una de las conciencias éticas, políticas y estéticas del continente.

Así recuerda Sábato sus días de juventud como estudiante y profesional:

«Desde 1930 milité en la Juventud Comunista, cuando la dictadura del general Uriburu. Abandoné estudios, familia y mis comodidades burguesas. Viví con nombre supuesto en La Plata, en cuyos suburbios estaban los dos frigoríficos más grandes del país, donde se explotaba despiadadamente a toda clase de inmigrantes, que vivían amontonados en tugurios de zinc, rodeados de pantanos de aguas podridas. Repartíamos manifiestos, participábamos de la organización de huelgas.

Hacia 1933 fue ya secretario de la Juventud Comunista, cuando habían empezado mis dudas sobre el estalinismo, y entonces resolvieron mandarme a las Escuelas Leninistas de Moscú, a purificarme. Si hubiese ido, no habría vuelto jamás vivo. Tenía que pasar previamente por Bruselas, por un congreso contra el fascismo y allí supe con horrendos detalles de los «procesos» de Moscú. Me escapé a París, viví un invierno muy duro en la piecita de un compañero disidente, mientras el partido me buscaba.

Logré volver a la Plata, donde proseguí mi carrera en física-matemática. Cuando terminé mi dieron una bourse para trabajar en el laboratorio Curie, donde trabajé durante casi un año y, allí en París, asistí a la ruptura del átomo de uranio, que se disputaban tres laboratorios: ganó la «carrera» un alemán. Pensé que era el comienzo del Apocalipsis. Viví en una confusión horrible, mientras escribía mi primera novela y cometí la infamia de dejar que Matilde se volviera a la Argentina con nuestro primer hijo, de pocos meses, mientras yo tenía una amante rusa. «

Ver: Pensamiento de Sábato Sobre La Dictadura Argentina

Biografia Piazzolla Astor Escuchar Tangos de Piazzolla Resumida

Biografía Piazzolla Astor
Músico Argentino Compositor de Tangos

Biografia Piazzolla Astor Al recorrer las calles de Buenos Aires, durante esos días en que el cielo gris tiñe por completo cada uno de los rincones opacando el brillo de las vidrieras más luminosas, nos llega como una suave y delicada brisa una música, que nos envuelve el alma y nos acaricia el corazón.

Es el sonar triste y nostálgico de un fueye, que no rezonga porque en realidad siempre busco la manera más elegante y refinada de expresar toda clase de sentimientos; el bandoneón en el que alguna vez apoyó sus firmes manos Piazzolla.

Aníbal Troilo dijo alguna vez sobre la obra de Piazzolla que representaban algo más que un simple 2×4, por lo que la bautizó como «música de la ciudad», resumiendo en escasas palabras las, para él, extrañas composiciones de Astor.

El virtuosismo del músico fue seguramente el motivo por el cual logró convertirse en uno de los compositores e interpretes de tango más célebres en el mundo, incluso le valió opiniones positivas a lo largo de su trayectoria provenientes de los más notables concertistas internacionales.

Sin dudas, Piazzolla alcanzó la meta que busco desde que acometió sus primeros pasos en la música, por lo que no sólo fue amado sino también repudiado por una gran cantidad de tangueros que jamás pudieron comprender por completo su mensaje.

Es por ello, que los expertos tangófilos aseguran que al igual que sucede en las costumbres cristianas, en las que se enmarcan los hechos históricos dentro de fechas que se sucedieron antes y después del nacimiento de Cristo, existe en el tango un antes y un después marcado por la presencia de Piazzolla, lo que muchos llaman como pre y post piazzollismo.

Nacido bajo el signo de Piscis, Astor nació en la ciudad balnearia de Mar del Plata un 21 de marzo de 1921, hijo de Vicente Piazzolla y Asunta Manetti, inmigrantes italianos que como tantos otros habían llegado a nuestro país durante la década del 80, escapando de la pobreza que invadía en esa época gran parte de Europa.

Fue bautizado con el nombre de Astor en homenaje al violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Chicago, Astor Bolognini, gran amigo del padre del pequeño, con lo que en cierto modo el destino de su vida ya había sido trazado apenas llegado al mundo.

La música llegó a su vida desde muy pequeño, debido a que pasó gran parte de su niñez en Nueva York, alimentándose de las nuevas corrientes compositivas de la época, momento en el que aún brillaba la tristeza del jazz y la fuerza de las composiciones clásicas de Bach.

A la par que comenzaba a interesarse por la música, Astor demostró ser un aplicado e inteligente alumno, logrando aprender al mismo tiempo cuatro idiomas, el castellano, el inglés, el francés y el italiano.

Aun era un pequeño delgado de ojos profundos que llevaba pantalones cortos cuando recibió quizás el mejor regalo de su vida. Una tarde de otoño, mientras Astor preparaba sus deberes llegó a la casa su padre con un paquete, en cuyo interior descansaba un fueye que había comprado especialmente para su hijo.

Este primer bandoneón, que llegó a las manos del pequeño Astor en 1929, había sido adquirido por su padre en una casa de empeños por sólo 18 dólares, y logró ser el puntapié inicial para el comienzo de una carrera cuyo límite sólo pudo imponerlo la muerte.

Fue precisamente en el año 1932, cuando con sólo 11 años de edad Astor compuso el que sería su primer tango, jamás difundido, titulado «La catinga». Dos años después, el pequeño compartió una serie de escenas cinematográficas junto a otro mito del mundo del tango, Carlos Gardel, cuando intervino como actor infantil en la película «El día que me quieras».

Al promediar el año 1936 la familia Piazzolla regresó a la Argentina, y fue a partir de ese momento en que Astor comenzó a acercarse cada vez más al mundo del tango, mientras continuaba sus estudios musicales en las clases impartidas por notables compositores de la talla de Alberto Ginastera y Raúl Spivak.

Lentamente, pero con una gran decisión, Astor comenzó a insertarse en el mundo tanguero, integrando como bandoneonista una serie de conjuntos locales de la ciudad de Mar del Plata, y durante lo cual ya comenzaba a notarse su fuerte influencia clásica dentro de sus interpretaciones de diversos tangos tradicionales.

De esta manera, una vez viviendo en la ciudad de Buenos Aires, se dice que Astor practicaba interpretando piezas de Stravinsky, Bartók y Ravel, y concurría todas las mañanas al Teatro Colón como espectador de la orquesta, mientras que por la noche visitaba los más recónditos clubes para presenciar la actuación de orquestas de tango.

La fusión de ambos estilos tuvieron consecuencias en la mente compositora de Piazzolla, de ello no hay dudas, dando lugar al comienzo de una carrera que lo llevó a recorrer todo el mundo, y a convertirse en un verdadero icono del tango, a pesar de que durante años muchos se habían hecho eco de aquella crítica que aseguraba que lo suyo no era tango.

Uno de los primeros hitos en la trayectoria de Astor fue sin dudas su participación en la orquesta de Aníbal Troilo, donde permaneció por alrededor de siete años tratando de impregnar con su creatividad y agudeza un nuevo estilo a la agrupación, limitado por Pichuco en reiteradas oportunidades.

El Gato, como fue apodado Piazzolla durante su paso por la orquesta de Troilo, se mantuvo como bandoneonista y arreglador de la agrupación de Pichuco hasta el año 1944, cuando se aventuró a comenzar a forjar su propia carrera, convirtiéndose en el director y bandoneonista de la orquesta que acompañaría a Francisco Fiorentino, un cantor único que también había decidido alejarse de Troilo para iniciarse como solista.

Después de aquella experiencia extraordinaria, en el año 1946 Astor se separó de Fiorentino para conformar si primera propia agrupación, y si bien aún continuaba manteniendo las pautas tradicionales del género, ya comenzaban a surgir algunos de los aspectos fundamentales que darían lugar al nacimiento de la llamada «música de Buenos Aires».

Durante su impecable trayectoria, que se extendió casi ininterrumpidamente por más de cincuenta años, Piazzolla compartió el escenario con figuras inolvidables del tango, entre los que se encuentran Horacio Salgán, Enrique Mario Francini, Armando Pontier, Osvaldo Pugliese, Alfredo Gobbi y el ya mencionado Aníbal Troilo, entre otros.

Fue también parte fundamental de una obra única, a través de una serie de composiciones musicales inspiradas en poemas de Jorge Luis Borges, que registró para el disco junto al cantor Edmundo Rivero y el actor Luis Medina Castro.

Su genialidad como compositor queda demostrada en una enorme diversidad de creaciones que abarcan diferentes géneros, y que dieron origen a una inagotable corriente que represento en definitiva la encarnación del cambio en el tango.

Fuente Consultada: Graciela Marker

ADIOS NONINO: En octubre de 1959 muere Vicente Piazzolla (su padre) , acontecimiento que marcó profundamente al músico y fue el motivo de una de sus más hermosas composiciones: «Adiós Nonino», sin duda el más emocionante de sus temas. Ástor estaba de gira por Centroamérica cuando recibió la noticia y, al regresar a Buenos Aires, se sumió en una tristeza profunda, agravada por la mala situación económica en la que se encontraba y que era la consecuencia del fracaso de su Jazz-Tango en el país del Norte.

Entonces Ástor rehizo el «Nonino» que había compuesto en París en 1954, y que aún puede escucharse en una grabación que realizó la orquesta de José Basso en julio de 1962. De aquel tema original sólo mantuvo la parte rítmica y le agregó la prolongada letanía en la que subyace su lamento.

El dolor del hijo se trasluce sin reparos en ese acongojado pasaje musical. En dos frases de ocho compases (cuatro más cuatro) que se repiten formando un precioso tramo de dieciséis compases, se percibe todo el sentir de Ástor.

PARA SABER MAS…
Una máquina de componer

Cuando componía, Piazzolla era capaz de una concentración tan absoluta que ni «terremotos o guerras o estados de sitio», como dijo alguna vez, podían quebrar. Describió con cierto detalle a su hija Diana el proceso de composición y le confesó que podía estar sentado frente al piano horas enteras sin escribir una sola nota.

Luego, «en un instante, lo que yo llamo un instante casi de iluminación, de magia, de dolor y de placer, aparece la idea principal y respiro con tranquilidad». Las etapas posteriores, como «el desarrollo lógico de la obra, su coherencia interna, la orquestación», podían presentarle alguna dificultad.

Nunca se sentía seguro de la calidad de la obra hasta que la ensayaba con sus músicos. Habitualmente componía en el piano; Alberto Ginastera le había dicho que «el piano es la orquesta» y él se tomó en serio el consejo. Sin ese instrumento le resultaba casi imposible «imaginar una melodía en el aire». Tampoco era capaz de cantar o silbar lo que había escrito. Si precisaba que alguien se lo silbara (por ejemplo, cuando componía para el cine), a veces se lo pedía a Daniel.

Nadie es profeta en su tierra
Ástor Piazzolla disfrutó siempre en el exterior de triunfos y de fama de excelente y atrevido compositor e intérprete. Pero en Buenos Aires, ya desde principios de los 60, su música provocaba una verdadera polémica. Era demasiado innovadora para una sociedad que parecía haberse dormido en los 40 y 50, y se cerraba a todo lo que venia «de afuera», salvo que conservara los modelos ancestrales. Según se decía, y aún lo dicen algunos, Ástor Piazzolla desvirtuó tanto la música clásica como el tango.

Se estableció desde el comienzo un debate en el que se buscaba dilucidar si profanaba a una, al otro o a ambos por igual. De modo que aquella gran alegría que le provocaba el triunfo logrado fuera del pais, muy pronto se convirtió en desengaño. Fue así que, a su condición de «irrespetuoso con la música», según se decía de él, sumó su rebeldía, su personalidad desmedida y ese orgullo que lo incitaba a expresar sin miramientos todo cuanto pensaba, además de una imperiosa necesidad creativa que, sin duda y pese a la rebeldía, sólo conlleva la búsqueda de reconocimiento.

Por lo tanto el debate no fue entre la sociedad o contra la sociedad, Piazzolla debatía consigo mismo aunque sin cambiar un ápice la música ni su actitud Pero nadie mejor que él para explicar su estética: «Yo hice una revolución en el tango, rompí con viejos moldes, por eso me atacaron y tuve que defenderme. Pero lo que nadie me puede negar es mi origen; tengo el tango marcado en el orillo».

Nunca pretendió que su música fuera fácil de entender, más bien sabía que imponía un gran esfuerzo a quienes lo escucharan, «Mi música no es para hacer la digestión. Mi música es para sentarse en una platea y escuchar y meterse muchos problemas en la cabeza, porque se trata de una música que lo hace pensar a uno. Y mi experiencia me permite decir que la gente que sigue a Piazzolla es la gente que piensa.» Sabia que a la música había que sentirla, pero también que su música era para pensar y consideraba que pensar es una manera posible de ser feliz.

Para él, la cuestión no se dirimía simplemente reduciéndola a una cuestión generacional. «Hay tangueros viejos que no estudiaron y se quejan, y hay jóvenes que están muy apurados y no tienen coraje para aguantárselas. Entonces cruzan de vereda antes de tiempo y se hacen jingleros para ganar dinero fácil», dijo alguna vez, y con cada una de sus afirmaciones provocaba nuevos comentarios, no siempre amables.

Desde sus orígenes, el tango se conformó como una música cosmopolita, con aires africanos, sones orilleros, candombes, habaneras y tanguillos zarzueleros. Y si Buenos Aires está tan presente en todo el tango, bien claro está que su presencia es más fuerte en el tango de Piazzolla. Tal vez Ástor sólo continuó sumándole a esas melodías rioplatenses algo más de aquel crisol de músicas y aires que formaron parte de su origen.

Piazzolla incrementó el cosmopolitismo del tango y, por otro lado, no hizo sino retrotraerlo siempre al presente, aún hoy, cuando su música parece adaptarse una y mil veces a los sones ciudadanos.

Piazzolla y los poetas: Se produce por esos años un acercamiento a los poetas, especialmente a aquellos que eran considerados alejados al tango, porque sin dudas los mejores poetas han surgido en el ámbito tanguero o se inspiraron en el mundo de esta música ciudadana.

Piazzolla se vinculó entonces con Jorge Luis Borges. Sus caminos se cruzaron al fin. Pese a que solían «chicanearse» el uno al otro, la poesía de Borges inspiró Ástor importantes trabajos, y Borges se dejó recrear por el gran músico. En 1968, Carlos Guastavino puso música a la «Milonga de dos hermanos».

En 1976,Jairo concretó la placa «Jairo canta a Borges». El músico presentó el álbum con Susana Rinaldi en el Olimpya de París. Emocionado, Julio Cortázar aplaudía entre el público. Luego se editó «Borges & Piazzolla» y el álbum «Juan Sosa canta a Jorge Luis Borges», con la voz de Héctor Alterio en los textos, musicalizados por Jorge Sarraute y Osear Grassi. Entre otros temas,se destacaba «Milonga de Albornoz» de Borges y José Basso.

La relación entre ambos nunca fue del todo buena. Cómo podía serlo entre dos compadritos. «Lo que pasa es que fui el único que se animó a refutar a Borges», dijo Piazzolla. Probablemente le faltó reconocer que Borges, tal como le sucedía al mismo Ástor, era feliz cuando alguien lo refutaba.

En 1987, Piazzolla musicalizó tres cuentos borgianos: «El sur», «La intrusa» y «El hombre de la esquina rosada»,dando forma así a la obra «Tango apasionado». Esta relación amor-odio (la misma que Borges manifestaba por Buenos Aires: «No nos une el amor sino el espanto / será por eso que la quiero tanto») devino una pieza teatral «Entre Borges y Piazzolla», que interpretaron Pepe Soriano, Juan Carlos Copes y Raúl Lavié, y el disco «Borges & Piazzolla», con Lito Cruz, Daniel Binelli y Jairo. Ambos creadores —músico y poeta— en esa refutación del tiempo y el arte, nos han legado grandes obras y el maravilloso concepto de que las diferencias, incluso las aparentemente irreconciliables, pueden dar ganancias. De su incursión en la literatura, Piazzolla también nos dejó «Introducción a Héroes y tumbas», un trabajo basado en la novela Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, que remite en realidad a un extracto de Informe sobre ciegos. En el disco que grabaron Ástor Piazzolla y su octeto, «Tango contemporáneo», el mismo Sábato recita los textos.

Pero no todo fueron logros, Piazzolla también nos legó algunos errores (pero quién podría arrojar la primera piedra en materia de flaquezas, errores, o ingenuidad). En 1978, compuso y grabó con orquesta una serie de temas que dedicó al campeonato mundial de fútbol que se disputó en la Argentina durante la sangrienta dictadura militar implantada en 1976. Este evento, que se manipuló políticamente, fue sin duda un paso en falso en que incurrió Piazzolla tal como lo hicieron muchos otros importantes intelectuales de la época.

Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges, por ejemplo, se reunieron con Videla y declararon que «veían tranquilo» al país. Sin dudas hoy —tal como hicieron luego la mayoría de aquellos intelectuales—, Piazzolla escribiría en contra de lo sucedido en esos días, aun respecto de su propio error o ingenuidad, actitudes que más adelante fueron erróneamente interpretadas como complicidad o acatamiento de aquellos vergonzantes hechos de la dictadura que actualmente toda la sociedad repudia.

Piazzolla hacía bromas de mal gusto pero no le gustava que se la hicieran a el. Podía agarrarse a pinas en la calle pero de vuelta a casa necesitaba una mujer que lo bancara. A la vida le gustan las paradojas y contradicciones. Y a veces la arrogancia oculta a un tímido. En 1958 en Nueva York, el diplomático Albino Gómez llamó por teléfono a Piazzolla para invitarlo a un cocktail al que concurrirían figuras de la cultura, entre ellas el compositor ruso Igor Stravinsky. «-Esta noche tengo que ir a buscar a Stravinsky y llevarlo a una reunión. ¿Querés venir conmigo?» Astor, familiarizado con las bromas pesadas, se lo tomó a risa. «Al rato -según relató el propio Astor a Natalio Gorin- Albino volvió a insistir. Lo mandé al diablo y le corté la llamada».
Llegado el día del cocktail, Gómez, que sabía de la admiración de Astor por Stravinsky, se preocupó por presentar a los dos músicos. «A Astor le temblaban las piernas, más bien el cuerpo entero -recuerda Gómez-, y no sabía qué hacer ni qué decir en ningún idioma, pese a su fluidez en inglés y francés. Por mi parte yo repetía la presentación, pero nada. Finalmente Astor salió apenas de su estado cátatónico y pudo balbucear algo así como: «Maestro yo soy su discípulo a la distancia. Dio media vuelta  y huyó»

LA MÚSICA DE PIAZZOLA EN EL CINE

Como compositor, el nombre de Ástor Piazzolla figura asociado a las siguientes películas:
Con Los Mismos Colores, Torres Ríos, Argentina, 1949;
Bólidos de Acero,
Torres Ríos, Argentina, 1950;
El Cielo en las Manos,
E. De Thomas, Argentina, 1950;
Stella Maris,
Cárpena, Argentina, 1953;
Sucedió en Buenos Aires,
Enrique Caben Salaberry, Argentina, 1954;
Marta Ferrari,
Sarraceni, Argentina, 1956;
Los Tallos Amargos, Fernando Ayala, Argentina, 1956;
Continente Blanco,
B. Roland, Argentina, 1957;
Historia de una carta,
Porter, Argentina, 1957;
Violencia en la ciudad,
De Rosas, Argentina, 1957;
Una viuda difícil,
F. Ayala, Argentina, 1957;
Dos basuras, Land, Argentina, 1958;
Las furias,
V. Lah, Argentina, 1960;
S
ábado a la noche, cine, F. Ayala, Argentina, 1960;
Quinto año nacional,
Blasco, Argentina, 1961;
Detrás de la mentira,
Emilio Vieyra, Argentina, 1962;
Prisioneros de una noche,
David José Kohon, Argentina, 1962;
La fin del mundo,
E. Vieyra, Argentina, 1963;
Los que verán a Dios, Blasco, Argentina, 1963;
Paula Cautiva,
F. Ayala, Argentina, 1963;
Con gusto a rabia,
F. Ayala, Argentina, 1965;
Che, Buenos Aires,
D. J. Kohon, Fernando Birri, Argentina, 1966;
Las locas del conventillo,
F. Ayala, Argentina, 1966;
Las Pirañas, Luis García-Ber-langa, España-Argentina, 1967;
Breve cielo,
D. J. Kohon, Argentina, 1969;
La fiaca,
F. Ayala, Argentina, 1969;
Tango Argentino,
Simón Feld-man, Argentina, 1969;
Pulsación,
Carlos Páez Vilaró, Uruguay, 1969;
Con alma y vida,
D. J. Kohon, Argentina, 1970;
La ñata contra el vidrio,
varios, Argentina, 1972;
Pleut Sur Santiago
(Llueve sobre Santiago), Helvio Soto, Bulgaria/Francia, 1975;
Luna de miel,
Nadine Trintignant, Francia, 1975;
Lumiere,
Jeanne Moreau, Francia, 1975;
Madame Claude,
Just Jaeckin, Francia, 1976;
Servante et Mai-tresse, 1976; Armagedon, Alain Jessua, Francia/Italia, 1976;
¿Qué es el otoño?,
D. J. Kohon, Argentina, 1977;
El infierno tan temido,
Raúl De La Torre, Argentina, 1980;
¿Somos?, Carlos Hugo Christensen, Argentina, 1982;
Volver,
Lypszyc, Argentina, 1982;
Bella Donna,
Peter Keglevic, Germany, 1983;
La intrusa,
C. H. Christensen, Brasil, 1982;
Cuarteles de invierno,
Lautaro Muñía, Argentina, 1984; y
Henry
IV, Marco Bellocchio, Italia, 1984.

El tango antes y después de Piazzolla

Ástor Piazzolla es parámetro y referencia, un hito. Cuando se habla de tango «clásico» o «tradicional» se está realizando una generalización que abarca a todo el tango previo a la aparición de Piazzolla, se está refiriendo al tango anterior incluso a Horacio Salgan y Eduardo Rovira. Pero para orientarnos mejor en la historia del tango es posible establecer un orden más riguroso: Primero fue la Guardia Vieja (entre los años 1900 y 1920).

Época del tango criollo arrabalero, el cantado y el tango instrumental interpretado por bandas conformadas por trios o cuartetos. Luego fue el origen de la Orquesta Típica, en la que se incorporó un nuevo instrumento: el bandoneón. De este período cabe mencionar a los músicos Paquita Bernardo, Vicente Greco, Villoldo o Arólas, entre otros. Y uno de los tangos paradigmáticos de esta etapa es sin duda «La morocha», de Saborido y Villoldo. Posteriormente llegó la Guardia Nueva (entre los años 1920 y 1940).

En este período se destacó, además del tango con letras de autores importantísimos como Discépolo, el tango instrumental, y tuvieron lugar algunos gestos rupturistas que establecieron dos nuevas corrientes: la tradicionalista y la evolucionista. En la primera se ubicaron tangueros como Juan D’Arienzo o Francisco Canaro.

En la segunda encontramos nombres de la talla de Julio de Caro, Francisco De Caro, Juan Carlos Cobián, Elvino Vardaro y el mítico dúo Gardel-Le Pera. Entonces nacieron obras que marcaron la historia como «Uno» y «Golondrinas». Es precisamente en esta corriente evolucionista donde se reconocen las filiaciones de Ástor Piazzolla. El tango de Piazzolla «Decarísimo» está compuesto en homenaje a Julio De Caro.

Hacia 1940, y durante veinte años, es posible hablar de la Post-Guardia Nueva. Irrumpe en ese momento la generación del 40, en la que surgen y se destacan algunos de los músicos y obras más importantes de la historia del tango, y que se distinguen como la influencia y el entorno más directo de Piazzolla en lo que al tango se refiere. De esa época se pueden mencionar a Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Osmar Maderna, Atilio Stampone o Leopoldo Federico. Y grandes letristas, auténticos poetas del tango: Hornero Manzi, Hornero Expósito y Enrique Cadícamo, autores de obras como «La última curda» o «Sur», entre muchas otras.

Nunca le dió importancia a la plata:

Atilio Talín, quien durante largos años fue representante, apoderado, pero sobre todo amigo de Piazzolla, le decía a Fernando Sánchez en 1996: «En la década del 60 Ástor actuaba con su Quinteto en Jamaica, un boliche que quedaba sobre la calle San Martín. Hacía tres o cuatro entradas por noche (…) yo había traído una auto italiano muy lindo, un Alfa Romeo. Y una de esas noches, bajando del palco, Ástor me dijo: ‘Lindo el Alfa’, y ese fue el gancho. ‘No me diga, maestro, que le gustan los autos’, ‘Después de la música es lo que más me gusta’, dijo.

Lógicamente a partir de ese día, hace treinta y cuatro años, nació una amistad y después me convertí en su representante. (…) Hicimos un pacto: yo no me metía en la música y él no se metía en el negocio». Piazzolla confiaba en Atilio ciegamente, al punto que un día, luego de alguna diferencia fácilmente dirimida, Ástor tomó de arriba del piano una hoja de papel pentagramado y ahí escribió cuál era el porcentaje que le otorgaba para siempre.

«Nunca le dio importancia al dinero. Él quería mostrar lo suyo y nada más. Nunca se vendió; podría haber hecho mucho más dinero con cosas que no sentía, pero no. Siempre me decía que era un agradecido, porque hacía lo que quería y encima le pagaban». Anécdotas como esta muestran su gran personalidad, ya que para hacer eso que quería y lograr que le pagaran por hacerlo fueron muchas las batallas que tuvo que librar, dentro y fuera de su tierra.

Fuente Consultada: Astor Piazzola Furgor de Bandoneón Protagonistas de la Cultura Argentina La Nación

Biografia de Pipo Mancera Origen de la TV Show Sabados Circulares

Biografía de Pipo Mancera Origen de la TV Show

Biografia de Pipo Mancera Origen de la TV Show Pipo Mancera: Cuando los sábados eran circulares 

Un caluroso 6 de enero de 1962 irrumpía en la pantalla de Canal 9 un producto televisivo totalmente novedoso hasta el momento.

Se trata de un programa de seis horas de duración, por el cual desfilaban las figuras más destacas de la escena argentina y del mundo. Al mando estaba un hombre llamado Nicolás Mancera, apodo cariñosamente con el alias de Pipo.

De inmediato se convirtió en un verdadero éxito de público, tanto presente en el estudio desde las tribunas, como a través de las pantallas de televisión de todos los hogares.

La idea había surgido durante un viaje que Mancera realizó a Francia, donde casualmente vio en la televisión el llamado “Show de Ives Montand”, un programa “ómnibus”, clasificado así por su extensa duración en vivo.

El producto le pareció brillante, y decidió importarlo a la Argentina, consiguiendo el apoyo de los directivos de Canal 9.

Aquella innovación en la televisión de la década del sesenta significó un cambio radical, ya que logró marcar un antes y un después en los tiempos televisivos.

Pero antes de aquello, Pipo Mancera, que había nacido en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1929, se desempeñaba como locutor y periodista, conduciendo programas como “Pantalla gigante”, dedicado al cine, musicales como “La noche”, e incluso tuvo la oportunidad de darse el gusto de actuar en distintas películas, tales como “El crack” y la recordada “Bicho raro” junto a Luis Sandrini.

A la par trabajaba como periodista en el diario argentino La Razón, donde publicaba asiduamente sus columnas, y en la revista “Tiempo de Cine”, mientras que al mismo tiempo conducía diversos ciclos radiales, tanto en Argentina como en el vecino país de Uruguay.

No obstante, uno de los máximos hitos en la carrera de Macera es sin dudas su gran creación de aquel programa “ómnibus” que reunía a toda la familia frente al televisor. Algunos incluso se mantenían ansiosos durante la semana, a la espera de los “Sábados Circulares”.

Durante seis horas de duración en vivo, el televidente podía llegar a ver todo tipo de cosas, entre las que no faltaba el entretenimiento, los reportajes exclusivos y la música.

Las más importantes figuras de la Argentina y del mundo desfilaron por el escenario de “Sábados Circulares”, y fueron entrevistados por Pipo Mancera. A modo de ejemplo podemos nombrar a Marcello Mastroianni, Alain Delon, Sophia Loren, Pelé, Sean Connery y Tom Jones, entre otros. Incluso Mancera fue el primer periodista que entrevistó a Diego Armando Maradona en el año 1971, cuando el Dios del Futbol sólo tenía diez años.

En lo musical, “Sábados Circulares” fue el especio elegido para el debut televisivo de importantes cantantes nacionales, entre los que se inscriben Palito Ortega, Sergio Denis, Leonardo Favio y Sandro con Los de Fuego.

Pero también había lugar para las figuras ya consagradas de la talla de Serrat, Raphael, Libertad Lamarque, Tita Merello, Aníbal Troilo, Atahualpa Yupanqui, y todos los jóvenes talentos del “Club del Clan”.

En aquella década, Pipo Mancera se convirtió en el dueño de la televisión, ya que su ciclo despertó el interés de todo el público, logrando un nivel de televidentes récord para la TV argentina. Mostrando su faceta de verdadero showman, Mancera participaba activamente de todo lo que sucedía en su programa, incluso de las pruebas de escapismo, las domas de leones, y fue el creador de las primeras cámaras sorpresa de la televisión nacional.

En una oportunidad, el periodista y conductor ofreció una entrevista en la que aseguró: “Me gusta todo lo que hice. Era una profesión. Una profesión que me permitió domar leones, pero también ser amigo de Delon o Charles Aznavour”.

Luego de más de una década de éxito, el 11 de noviembre de 1974 Mancera decidió dar por finalizado su ciclo, y de forma abrupta se exilió en Francia. Regresó al país cuatro años después con una nueva propuesta televisiva que no alcanzó el éxito esperado.

La década de los ochenta lo sorprendía con la muerte de su primera mujer, lo que le produjo una gran depresión que lo mantuvo alejado por años de la actividad artística.

Los años pasaron y la televisión cambió radicalmente, dejando fuera la posibilidad de un lugar para quien había logrado revolucionar el medio televisivo en la década del sesenta.

El 29 de agosto de 2011, lo sorprendió la muerte, cuando descansaba en su casa y fue víctima de un paro cardiaco. Había logrado vivir 81 plenos años.