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Palacio de Taj Mahal Arquitectura India Islámica Historia de Amor

HISTORIA DEL PALACIO TEMPLO TAJMAHAL
Arquitectura India Islamica

Obra cumbre de la arquitectura mogol, el Taj Mahal está considerado como uno de los más bellos edificios del mundo. Fue levantado en Agra, al norte de la India, por iniciativa del emperador Shah Jahan, en memoria de su esposa Muntaz Mahal. La arquitectura mogol alcanzó su máximo esplendor a partir de la construcción de este maRAvilloso palacio, considerado una obra maestra del arte islámico de la India.  El gran mogol Shah Jahan ordenó traer hasta Agrá los materiales para la construcción de este suntuoso sepulcro desde todas las partes de la India y de Asia.

Para su transporte se emplearon hasta mil elefantes. Shah Jahan hizo lo imposible para regalar a su gran amor un monumento imperecedero. A través de la imponente puerta principal del conjunto, con sus 22 cúpulas, se entra a un paraíso terrenal cuya superficie alcanza las 18 hectáreas. En él se pueden encontrar varios parques, un sepulcro con cuatro minaretes ligeramente inclinados, una mezquita y una pintoresca casa para invitados. El conjunto arquitectónico es de una armonía casi perfecta.

 

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El Taj Mahal es una obra maestra tanto desde el punto de vista arquitectónico como del estético. La gigantesca cúpula se eleva hasta los 59 m de altura. Los cuatro minaretes situados en los ángulos del sepulcro alcanzan una altura de 40 m cada uno y están  ligeramente inclinados hacia afuera para evitar que se derrumben sobre el edificio principal en caso de terremoto. Una obra maestra de la estática son los complejos cimientos, que distribuyen equitativamenle el peso de la enorme cúpula entre las diferentes partes sobre la que se apoya todo el edificio.

LA LEYENDA DEL PALACIO REAL

Esta historia real, data de 1607, cuando un príncipe de tan solo 20 años de edad, heredero del Gran Imperio Mongol, conoce a una joven persa-musulmana llamada Muntaz Mahal de quien se enamora profundamente. Es ella quien se transforma con 19 años en la nueva princesa y segunda esposa de este emperador, celebración que se llevo a cabo en la ciudad de Agra, estado de Uttar Pradesh, unos 200 Km. al sureste de Delhi, India.

El era un príncipe heredero de quince años, ella una adolescente de catorce; la leyenda dice que la joven vendía bagatelas cuando se vieron por primera vez. Se llamaba Ajumad. Era bella, inteligente y culta, pero las razones de estado interfirieron con la temprana pasión: el príncipe fue obligado a tomar por esposa a una princesa como él, hija del rey de Persia. Pero la ley musulmana vino en su ayuda: permitiendo que un hombre tuviera cuatro esposas.

Consultando la fecha con los astrólogos de la corte, se llegó al día del casamiento. Sha Jahan, por fin pudo reunirse con su amada en el año 1612, después de cinco años impedido de verla. Poco después, el nombre de ella sería cambiado por otro: Muntaz Mahal, qué significa, literalmente, ‘la elegida del palacio’. La feliz unión duró diecinueve años. En 1631, Tras 19 años de matrimonio y de una vida de gran amor, Muntaz fallece en Berhanpur, luego de dar a luz a una niña, su hijo N° 14. Ella se encontraba allí  acompañando a su esposo en una campaña, cuyo objetivo era sofocar una rebelión.

El emperador recibe un pedido de su adorada esposa antes de morir, en donde debía cumplir con las siguientes promesas:

Que construyera su tumba;
Que se casara otra vez;
Que fuera bueno con sus hijos;
Que visitara su tumba cada año en el aniversario de su muerte.

El emperador y amante esposo se sintió morir también. Su tristeza era tan profunda que se encerró en sus habitaciones ocho días con sus ocho noches, sin probar comida ni beber. Al cabo de ese tiempo, pálido y envejecido, salió y ordenó que se cumpliera el luto en todo el reino. Prohibió usar vestimentas de colores, tocar música, usar perfumes y joyas, y hasta llegó a prohibir la sonrisa entre los súbditos.
Mientras tanto, Jahan hizo un juramento: Mahal tendría la tumba más hermosa que el mundo hubiera visto jamás, en testimonio de su amor y para que el recuerdo de su nombre perdurara por siempre.

Con la fusión de la tradición hindú y la persa-musulmana dando forma en mármol blanco, se obtuvo como resultado la construcción del Rauza, es decir de la tumba de la “elegida del Palacio”, a pedido de Shah Jahan.  Este hoy, patrimonio de la humanidad fue emplazado en los bancos del río Yamuna en 1631. Para tal construcción se emplearon veinte mil obreros y los materiales utilizados fueron transportados desde Marrana mediante elefantes (1.000) ya que la distancia a recorrer era de unos 300 kilómetros. Finalizando en 1653, con este gran mausoleo de amor.

Este majestuoso homenaje tuvo su lado costoso para Shah Jahan quien perdido por su  amor vivía para venerar a su mujer. A tal punto que esta obra fue adornada en su interior y exterior por piedras preciosas de distintos puntos, por ejemplo: desde Bagdad, China, Afganistán, Tíbet, Egipto, Persia, Yemen, Rusia y Ceilán, entre otros. Esto llevo a que este emperador caiga rotundamente en una ruina económica y consecuentemente en la pérdida de su trono. Por la disputa de este último se desató una cruenta guerra entre los posibles herederos. Frente a ello, cuando Shah Jahan  se siente muy debilitado, decide rendirse, y su hijo Aurangzeb toma el trono, y le permite seguir con vida a cambio de quedar prisionero hasta el día de su muerte en el Fuerte del Agra.

Finalmente, este fallece en 1666, el cual es enterrado en el Taj junto a su amada esposa. Sin embargo, la historia cuenta que Sha Jahan había proyectado construir justo enfrente del Taj, una réplica exacta en mármol negro y unir ambos mausoleos mediante un distinguido puente. Sin embargo, hoy podemos decir que este monumento, quintaesencia del arte musulmán en la India es el regalo del emperador a toda la humanidad.

Hoy,  el gran monumento de amor es una de las “Siete Maravillas del mundo”. Su nombre “Taj Mahal”, se traduce generalmente como “Palacio de la Corona” o “Corona del Palacio”, pero los historiadores nos afirman que su designación no es más que una abreviación del nombre de la Elegida del Palacio, Muntaz Mahal.

La prenda de amor de un emperador:

Agra, es la ciudad capital del gran imperio Mongol, creado en 1526 y que perdura hasta 1857. Su fundador fue Babur un descendiente de Gengis Khan, de religión islámica y que logra esto tras conquistar el norte de la India. A partir de aquí todos los emperadores que le suceden dedicarían gran parte de su esfuerzo en edificar hermosos monumentos y embellecer dicha ciudad.

A diferencia de la arquitectura cristiana, en la islámica la distinción entre edificios civiles y religiosos  en de menor acentuación. Esta arquitectura islámica era aquella introducida en el subcontinente entre los siglos XI y XII, la cual tenía una continuada tradición persa. La geometría, la simetría y el equilibrio son características básicas de la misma y cada elemento aislado se inserta dentro de un marco unificador de compleja decoración geométrica. Denotando así, la intención de señalar el dominio en la fe coránica. Por lo tanto, la oración es el eje que configura la construcción, en donde todas aquellas se orientan hacia la santa ciudad, es decir hacia La Meca.

La edificación de los majestuosos palacios fue característico de cada emperador mongol, quien luego de su muerte lo transformaba en su sepulcro  y el de sus esposas costumbre emblemática de este Imperio. Cada uno de ellos fue construido en mármol, con grandes jardines como entradas al mismo. Pero sin lugar a dudas el Taj Mahal, es el más simbólico de todos ellos. Es un monumento de amor que lo imagino Sha Jahan como ofrenda a su más amada esposa, Muntaz Mahal, tras su muerte (1631). Este sultán mongol, era un enamorado del arte y la belleza. A él se le atribuyen más obras de artes, sin embargo todos los estudiosos están de acuerdo en que la gran gloria del Taj Mahal reside en la cuidadosa simetría con que sus elementos conocidos se han reunido para formar un conjunto de particular armonía.

La construcción

El edificio empezó a construirse hacia 1632, según los planos de un consejo de arquitectos procedentes de India, Persia y Asia central, aunque parece que el auténtico inspirador fue el propio emperador. Trabajaron en su realización más de 20.000 obreros; las obras del mausoleo concluyeron en 1643 y las de las dependencias adjuntas en 1649. En total, el proyecto ocupó veintidós años y costó cuarenta millones de rupias. Se conocen los nombres de algunos de los maestros que participaron en la empresa: el turco Ismail Afandi, que diseñó las cúpulas; Qazim Khan, de Lahore; Chíranji Lal, de Delhi, que se encargó de los mosaicos; el cantero Amir Ah, de Beluchistán; Amanta Khan, de Shiraz (Persia), insigne calígrafo. El maestro de obras fue el turco Listad Isa; la leyenda cuenta que, cuando el edificio estuvo acabado, Jehan ordenó cortar su mano para impedir que pudiese repetir una’ obra semejante. En los escritos de un misionero portugués de la época parece aludirse a la posible intervención de un artista italiano, Jerónimo Veroneo. Aunque efectivamente vivió en Agra durante esos años, nada parece apoyar de forma seria esta hipótesis.

La entrada

El recinto está flanqueado al norte y al sur por dos sectores oblongos más pequeños: en el meridional se alza una puerta de piedra arenisca que da entrada al complejo y algunos edificios auxiliares de finalidad incierta; en el septentrional, paralelo al cauce del Yamuna, se levanta el mausoleo. El emperador accedía al lugar por el río, en barca, junto con su séquito. Los demás visitantes debían entrar por un gran patio, en el lado sur, donde se daba la limosna a los pobres y donde, en cada aniversario de la muerte de Muntaz, se distribuían enormes sumas de dinero entre los menos favorecidos. En el mundo musulmán, estas puertas también tenían un fuerte simbolismo, pues representaban la entrada al paraíso: desde el punto de vista metafísico, eran consideradas el punto de transición entre el mundo exterior de los sentidos y el mundo interior del espíritu.

Los jardines

El complejo, alineado de norte a sur, tiene una planta rectangular de 580 m de largo por 305 de ancho. En el centro ‘del rectángulo se sitúa un jardín cuadrado de 300 m, cuyo eje principal se extiende de sur a norte, desde la puerta hasta el mausoleo. Con una extensión de 6,9 hectáreas, fue proyectado como representación del paraíso terrenal, al estilo de los jardines persas introducidos en la India por Babur, el primer emperador mogol. Originalmente contenían multitud de flores y árboles exóticos, todo: ellos en disposición geométrica y perfectamente simétrica: los jardineros trabajaron con el empeño consciente de traducir la perfección celeste a términos terrenales, siguiendo una serie de fórmulas bien conocidas. Así, el cuatro, número sagrado en e Islam, fue la base de todo el diseño.

Los canales, símbolo de los cuatro ríos del paraíso (de los que, según la tradición, manaba agua, leche, vino y miel), con fuentes y flanqueados de cipreses (que, además de dar sombra, acentúan las líneas de la perspectiva), se cruzan en el centro formando un estanque de nenúfares en mármol blanco, algo elevado del suelo; símbolo de al Kawthar, el estanque celestial de la abundancia mencionado en el Corán, fue concebido para que el mausoleo se reflejara en sus aguas. Cada una de las cuatro partes que delimitan los canales está dividida en dieciséis parterres por caminos de piedra.

En la arquitectura mogol, el agua se utiliza tanto para los rituales de ablución como para humidificar y enfriar el ambiente, una sabia combinación del significado religioso con la necesidad práctica. Se extraía del río y se introducía en unos canales subterráneos desde los que se derivaba para llenar los estanques y regar os jardines.

Mezquita y jawab

El mausoleo propiamente dicho está flanqueado al este y al oeste por dos edificios simétricos idénticos, la mezquita, al oeste y, al este, el correspondiente jawab o «respuesta». Sobre la finalidad de este segundo edificio, se ha supuesto que servía como albergue de peregrinos, lugar de reunión de los fieles antes de la oración; sin embargo, lo más probable es que su propósito último fuera puramente arquitectónico, para dotar de equilibrio estético al conjunto y contribuir a la simetría de las estructuras situadas en la plataforma.

Un alto muro con torres octogonales rodea la sección norte y el jardín central; quedan fuera, por el sur, los establos y estancias para los guardias. En el lado occidental, cerca de la mezquita, se sitúa un pequeño recinto de piedra para recordar el primer lugar donde fueron depositados los restos de Muntaz Mahal.

El mausoleo

Mezquita y jawab estaban realizados en arenisca roja, que contrasta con la blancura del mármol de Makrana del mausoleo, elevado sobre un plinto de mármol de siete metros de alto. Un talud de piedra protege al jardín de la erosión del río.

De planta cuadrada, el mausoleo tiene cuatro fachadas idénticas, con esquinas achaflanadas y un impresionante arco de 33 m de alto en cada una de ellas, enmarcado con bandas de caligrafía en relieve. Los artesanos que trazaron estos relieves con versículos del Corán utilizaron un truco óptico, consistente en ir aumentando el tamaño de las letras a medida que aumentaba la distancia, para conseguir que sus dimensiones parecieran idénticas.

Los grandes nichos abovedados están enmarcados con motivos florales (rosas, narcisos, tulipanes), a base de incrustaciones de piedras semipreciosas, cristales minerales y lapislázuli, además de inscripciones en piedra negra. Esta misma decoración se prolonga en el interior en las enjutas de los arcos y en las bóvedas.

La hermosa cúpula bulbosa situada sobre el salón central se levanta sobre un tambor rodeado de cuatro torres octogonales, cada una rematada por un pequeño pabellón cupulado. La estructura interior tiene una altura de 24,4 m y sobre ella se dispone otra cúpula exterior muy peraltada que estiliza el perfil del edificio. El remate externo está constituido por una aguja de latón de 17,1 m de altura.

Debajo de la gran cúpula se halla la sala octogonal del sepulcro, con grandes nichos y puertas que dan acceso a las demás estancias, decoradas con relieves de mármol blanco, igual que los cenotafios de Shah Jehan y Muntaz Mahal; los auténticos sarcófagos ocupan una cripta, al nivel del jardín.

Junto a las cuatro torres octogonales, o chattri, rematadas también con pequeñas cúpulas, se disponen cuatro minaretes, en las esquinas de la plataforma sobre. La que se levanta toda la construcción, que completan la armonía geométrica del conjunto. Estos minaretes tienen una exclusiva función formal, para resaltar la composición central con la cúpula.

El material constructivo es el ladrillo forrado de placas de mármol blanco, cuyo tono cambia según la luz del día, creando una sutil variación que produce una sensación de tranquilidad inmaterial. La decoración geométrica y floral, con incrustaciones de lapislázuli, coral, ámbar y jade, enmarca todos los vanos del edificio y se completa con versículos del Corán incrustados en piedra negra.

Además de impulsar la construcción del Taj Mahal, el sultán Shah Jahan fundó la ciudad de Shajahanabad (Viejo Delhi), ampliando el palacio-fortaleza (1639-48) que alberga la magnífica mezquita de La Perla (1646-54). Los edificios erigidos bajo su reinado dan muestra del poder y vitalidad de las dinastías mogolas.

Declive y restauración

Una vez terminado, el Taj conservó su esplendor hasta el declive del Imperio mogol durante el siglo XVIII, cuando todo el monumento cayó en abandono. Bajo la ocupación inglesa de India en el siglo XIX, el lugar era a veces utilizado para fiestas al aire libre, en las que las bandas militares llenaban con su música el aire nocturno desde las terrazas. Fue en una de esas ocasiones cuando la esposa de un oficial declaró, contemplando el Taj: «Me moriría mañana con tal de tener sobre mí otro igual.»

Otros dos británicos son citados a menudo en relación con el Taj Mahal, por razones buenas y malas. El primero, lord William Bentinck, gobernador general de India (1828-1835), pretendió desmembrar el Taj y embarcar sus pedazos hacia Inglaterra para su subasta. Afortunadamente, el público Victoriano estaba tan poco interesado en una subasta pública de mármol procedente del fuerte de Agrá que el proyecto fue abandonado. En cambio, lord Curzon, virrey de India (1898-1905) fue un dedicado conservador que hizo mucho por la restauración de los monumentos culturales indios, incluida la renovación del Taj, con el fin de que su gloria pudiese ser disfrutada tanto por la posteridad como por su creador.

Tiene un triste final la historia del sha Yahan. Su reinado llegó a su fin en 1658, cuando su intrigante hijo Aurangzeb usurpó el trono y confinó a su padre en el fuerte de Agrá. Durante sus últimos años, hasta su muerte en 1666, el viejo emperador solía contemplar desde los altos muros del fuerte, al otro lado del río Yamuna, la silueta del monumento conmemorativo de su esposa. Finalmente, el sha pudo reunirse con ella, ya que yace a su lado bajo la gran cúpula de mármol.

Es una de las más bellas obras monumentales de la Tierra contiene el amor perdurable de un hombre por una mujer, su esposa. Es una joya perfecta, un edificio exquisito. Su construcción le llevó al hombre, el emperador musulmán de la dinastía mogol, buena parte de su vida, y el hálito de un amor puesto en cada piedra, en cada puerta y en cada gema de la tumba de la amada, nos conmueve hasta el día de hoy.

SÍNTESIS: En 1629, cuando la princesa murió, todavía joven, el emperador quiso que sus restos descansaran, no en una tumba corriente, sino en un edificio que tuviera el aspecto de un palacio, de una hermosura nunca vista en la India. Durante veintidós años, arquitectos y decoradores se consagraron a la construcción de ese “sueño de mármol”, como se lo ha definido.

Se llega al edificio pasando junto a un límpido estanque y dos filas de esbeltos cipreses, que llevan a la entrada principal. Al fondo, sobre una alta plataforma flanqueada por cuatro airosos minaretes, se yergue el Taj Mahal. Su imagen se refleja en el agua, y ello le confiere un gran valor sugestivo.

Es una obra perfecta, no sólo desde el punto de vista escenográfico. Obsérvese bien esa mole: es gigantesca, poderosa, pero no produce, en modo alguno, la impresión de un “coloso”; es que sus dimensiones están exactamente proporcionadas y poseen una maravillosa armonía.

El edificio es de planta octogonal, y quizá lo podríamos apreciar mejor observándolo desde lo alto; pero sus perfectas proporciones se manifiestan también con sólo examinar la fachada. La parte central está ocupada por un rectángulo, que encierra un amplio arco. Sobre ese rectángulo se recorta el perfil de la cúpula mayor, en forma de “bulbo”, característica de la arquitectura musulmana. Las alas laterales son animadas por una doble serie de arcos más pequeños.

Obsérvese que dos de estos arcos superpuestos alcanzan, la misma altura que el grande. Dos ligeras cúpulas contribuyen a aumentar la impresión de equilibrio. El conjunto resulta muy armonioso; podría decirse que ha sido calculado al milímetro.

Se ha dicho que el Taj Mahal es un edificio construido por titanes y decorado por orfebres. La preciosa decoración y los calados de piedras semipreciosas lo hacen todavía más irreal y fabuloso; es el lugar más propicio para el largo sueño de una bella princesa.

ALGO MAS DE ARQUITECTURA:

A unos doscientos kilómetros al oeste de Agrá se encuentra Yaipur, centro joyero de la India. Todavía hoy, en dicha ciudad los artesanos tallan las piedras preciosas y trabajan el marfil y los metales según tradiciones muy antiguas.

Pocas ciudades indias gozan de una situación tan favorable. En efecto, Yaipur está situada en una pequeña llanura que queda encajada entre unas rocas en forma de anfiteatro, encima de las cuales se construyeron fortificaciones. El palacio del maharajá fue edificado en el centro de la ciudad a principios del siglo XVIII. Las calles vecinas se cruzan en ángulo recto. La residencia principesca está rodeada por un gran jardín y la única parte que queda visible desde la calle es el Hawa Mahal o Palacio de los Vientos.

Esta construcción es una obra maestra de la arquitectura. Está hecha de gres rosa, al igual que toda la ciudad de Yaipur. La fachada, trabajada como un diamante, cuenta con decenas de logias y centenares de ventanitas entre las que sobresalen varias cornisas. Antaño, este edificio estaba reservado a las mujeres que pertenecían a la corte del maharajá. Gracias a estas ventanitas podían observar lo que ocurría en las calles.

A unos trescientos cincuenta kilómetros al sudoeste de Yaipur puede admirarse otra maravilla de la arquitectura india: los dos palacios construidos en el centro del lago Pichóla, de aguas tan brillantes como un espejo y de verdeantes orillas.

El conjunto está rodeado por un paisaje accidentado y desnudo. Los palacios fueron edificados en el siglo XVIII y sirvieron de residencia de verano a los maharajaes de la región. Con frecuencia se les da el nombre de palacios flotantes de Udeipur, ciudad situada no lejos de allí.

El palacio blanco, el más bello ie los dos, ocupa prácticamente una islita y parece flotar sobre el agua como un inmenso barco blanco. Actualmente ha sido convertido en hotel en el que los turistas adinerados pueden pasar unos días En un ambiente de ensueño.

Por último citaremos los templos de Madura, en la provincia de Madras. El terreno sobre el que se alzan mide 270 por 250 m. Fueron terminados en el siglo XVII y, junto con el estanque del Lirio de Oro en torno al cual fueron construidos, constituyen un magnífico conjunto.

La decoración de estos templos, que tienen forma de pirámide, aparece cuidada hasta en los más mínimos detalles: no se ha dejado sin adornar ni un solo centímetro cuadrado. Para los fieles que no saben leer, miles de figurillas representan los textos sagrados. Estos templos están dedicados a Siva y Minachshi, una diosa de ojos de pez que se venera en esta región.

En contraste con toda esta arquitectura de tantos y tan diversos matices, surge de pronto la ciudad de Chandigarh, a 249 km de Delhi, con la cual se comunica por ferrocarril, carretera y vía aérea. En 1947 Chandigarh era una pequeña y olvidada aldea; hoy es una de las ciudades más nuevas del mundo.

Elegido su emplazamiento para un destino mejor, el genial arquitecto francés Le Corbusier, al frente de un equipo de famosos colegas, inició en 1951 la creación de una ciudad nueva que combinara lo mejor de las arquitecturas india y de occidente. Es un conjunto de treinta bloques rectangulares, unidos por una red de anchas calles.

Fuente Consultada: Texto Basado en Gran Enciclopedia Universal Espasa Calpe-Wikipedia-Encarta
Enciclopedia del Estudiante Superior Fascículo N°39.

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EL VALLE DE LOS REYES: DURANTE MAS DE CUATRO SIGLOS, TEBAS FUE LA RESPLANDECIENTE CAPITAL DEL ANTIGUO EGIPTO Y EL MAYOR LUGAR DE CULTO DE LA TIERRA DE LOS FARAONES. HOY DÍA, OFRECE AL VISITANTE LA LEGENDARIA NECRÓPOLIS DEL VALLE DE LOS REYES. LA PRIMERA OBRA FUE CONSTRUIDA DURANTE EL IMPERIO NUEVO DE EGIPTO. FUE DECLARADO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD POR LA UNESCO EN 1979. SE ENCUENTRA UBICADO FRENTE A LA MODERNA CIUDAD DE LUXOR.

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Tan importante era la morada fúnebre para los gobernantes del Antiguo Egipto que, apenas se los designaba, comenzaban las obras de su monumento funerario. Y, en algunos casos, no llegaban a concluirlas antes de su muerte. El Valle de los Reyes albergó momias y tesoros de la mayoría de los faraones del Imperio Nuevo, así como de varias reinas, príncipes y nobles. Pero, a pesar de los esfuerzos, no se logró evadir a los profanadores de tumbas, la tentación era demasiado grande. Ante lo inevitable, los sacerdotes rescataron las momias y volvieron a enterrarlas en los alrededores del valle, en escondites secretos para ponerlas a salvo.

El apogeo de Tebas se produjo durante el Imperio Nuevo (f.1532-1070a.C.), entre el mandato de las dinastías XVIII y XX. Los faraones de aquel período despilfarraron sus enormes riquezas y casi incalculables tesoros en la construcción y el embellecimiento de su ciudad de residencia, que se extendía a ambas orillas del Nilo.

Se alzaron templos y palacios majestuosos. A lo largo de los siglos, famosos arqueólogos han hallado en este lugar numeroso restos envueltos de leyenda. Historias y mitos se «desparraman» por el valle de los reyes muertos y se entretejen en una red inextricable de acontecimientos míticos. La Tebas de las cien puertasadquirió durante el Imperio Nuevo dimensiones enormes.

Imperio Nuevo f.1550 -1076 a.C. Tutmosis I conquista la Nubia Alta. Es el primer faraón que manda construir su tumba en el Valle de los Reyes. Su hermana Hatshepsut sube al trono y manda construir el templo funerario en Deír el-Bahari.

Más tarde Tutmosis III conquista Siria y extiende la influencia de Egipto en el próximo Oriente. Tutmosis TV libera de la arena la esfinge de Guiza.

Amenofis III entabla relaciones con los reyes de Babilonia, de Siria y de Mitanni. Amenofis IV sustituye la antigua religión por la adoración de un dios único, el «Globo solar» y cambia su nombre por al de Ajenatón (Akenaton) , desplazando la capital de Tebas a Amarna (Ajetatón).

Después de su muerte la nueva religión es abolida. Tutankhamón devuelve la capital a Tebas. Le sucede Ay. Setis I combate contra los libios, los sirios y los hititas; Ramses II continúa la guerra contra los hititas y tras la batalla de Qadesh (1274 a.C.) firma un tratado de paz.

 XVIII Dinastía (alrededor de f. 1550 – 1295) Principales soberanos Amosis, Tutmosis I, Tutmosis III, Hatshepsut, Amenofis II, Tutmosis TV, Amenofis El, Amenofis WiAjenatón, Tutankhamón, Ay, Harmais.

XIX Dinastía (alrededor de 1295-1188) Principales soberanos Ramses I, Sethi I, Rameses II, Merneptah.

XX Dinastía (alrededor de 1188-1076) Principales soberanos Ramses III, Ramses TV, Ramses IX, Ramses X, Ramses XI.

COMPOSICIÓN DEL VALLES DE LOS REYES: este emplazamiento en realidad es una gran necrópolis en donde se encuentran las tumbas de decenas de faraones egipcios, y es el resultado del esfuerzos de siglos de trabajo de miles de operarios. Podemos seccionarlo en las siguiente áreas.

1-Valle de los Reyes: Necrópolis de 63 faraones egipcios (datos de marzo de 2006). El valle se halla en Tebas Oeste, frente a Karnak, y fue descubierto en 1708 por el misionero francés Claude Sicard.

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2-Valle de las Reinas: Está formado por más de 90 tumbas con los restos de las esposas y familiares de los faraones. El monumento funerario más destacado es la tumba de Nefertari.

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3-Ramesseum: Tumba de Ramsés II. El nombre oficial es: «El templo unido con Tebas en la heredad de Amón».

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4-Templos de Karnak: El mayor centro de templos del antiguo Egipto.

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5-Templo de Amón-Ra: La construcción religiosa más grande del mundo.

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6-Templo de Luxor: «Harén del Sur de Amón», dedicado al dios Amón, a su esposa Mut y a su hijo Khonsu, dios de la Luna.

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UN POCO DE HISTORIA…
LA REINA-REY HATSHEPSUT Tumosis I y la princesa Ahmose tuvieron tres hijos varones que fallecieron muy jóvenes, y dos mujeres. La mayor de ellas educada para reinar era Hatshepsut. Apenas tenía 12 años cuando pasó a ser la heredera real pura. Pero el trono de su padre fue conferido a Tutmosis II, hijo que había tenido el difunto con una de sus esposas menores, quien para legitimar su cargo de faraón se casó con Hatshepsut, convirtiéndola en reina o “Gran esposa real”.

Sólo tuvieron una hija, Neferura y tras veinte años de reinado, Tutmosis II murió. Según la tradición, el trono debía recaer indefectiblemente en un varón. Y Tutmosis II había tenido un hijo con una concubina, pero era un niño demasiado joven para asumir el gobierno. Siguiendo la costumbre egipcia, se le encargó a Hatshepsut -descendiente de reyes y reinas- la regencia del joven príncipe, Tutmosis III. Ella, con sólo 32 años, quedó gobernando Egipto.

Mandó construir el templo de Deir Al-Ba-hari. Ninguna reina había hecho construir nada igual. Regaló dos obeliscos a la tumba de su padre, en Karnak. Su propio obelisco quedó inacabado en la cantera de Asuán, se partió mientras lo separaban de la roca. Fueron momentos de plenitud para el Antiguo Egipto. Sin embargo, Tutmosis III había crecido lo suficiente para reclamar el trono. Entonces: ella se coronó faraón.

LUXOR Y KARNAK: LA ANTIGUA TEBAS

Luxor es en la actualidad una pequeña ciudad de 60.000 habitantes, situada en la orilla derecha del Nilo en el lugar que corresponde a la antigua Tebas, la ciudad que Hornero describe como «Tebas de las cien puertas».

El nombre de Luxor deriva de la palabra árabe el-Uqsor, plural de el-Qasr que significa campamento o fortificación, haciendo referencia a dos campamentos militares que aquí se establecieron en época romana. Tebas, que los egipcios llamaban Uaset, se extendía en el área que actualmente comprenden Karnak y Luxor.

En esta gran ciudad (en el momento de máximo desarrollo contaba con más de un millón de habitantes), capital en el Imperio Nuevo de un imperio que se extendía desde el Eufrates a la Alta Nubia, se veneraba al dios Amón, cuyo centro de culto se hallaba en el gran templo de Karnak.

Una vez al año, con ocasión de la fiesta de Opet (la «Fiesta del harem»), que se celebraba en el segundo y el tercer mes de la estación de las inundaciones, una solemne procesión trasladaba la embarcación sagrada desde el templo de Karnak al de Luxor, llamado Ipet-resit, «Harem meridional de Amón».

Este último, cuya longitud total actual es de cerca de 260 metros, lo mandó edificarAmenofis El sobre un edificio de culto preexistente erigido en la época de Hatshepsut; la reina había hecho edificar también seis pabellones para las paradas de la embarcación de Amón a lo largo del primitivo dromos de la XVIII Dinastía, la ruta sagrada que unía el templo de Luxor con el de Karnak.

En tiempos de Hatshepsut, la procesión de la fiesta de Opet seguía un itinerario terrestre, recorriendo el dromos que unía los dos templos, mientras que a partir de finales de la XVIII Dinastía, los simulacros de las  embarcaciones sagradas de Amon, Mut y Jonsu, eran transportados al templo de Luxor remontando el Nilo.

En la fiesta de Opet, Aman de Karnak visitaba a Amón de Luxor, Amon-em-ipet, “Amon que está en su harem” y lo revitalizaba. El templo de Luxor comprendía, en origen, una gran columnata con catorse columnaspapiriformes de 19 metros de altura (su circunferencia medía casi 10 metros), delimitada al este y al oeste una muralla adornada con relieves inspirados en momentos de la fiesta de Opet.

Por la columnata, que se completó y se decoró en la época de Tutankhamon (1334-1325 a.C.), se entraba en el magnífico patio cerrado por una doble hilera de columnas, delimitado al sor por la sala hipóstila. (sign. sala bajo columnas)

De ahí se pasaba a la parte interna del templo, que comprende una serie de cuatro antecámaras, unas estancias accesorias y el santuario de la embarcación sagrada y que correspondía la estancia más interna, cuyo pabellón fue reconstruido por Alejandro Magno.

Posteriormente, Ramses II amplió el templo dándole la forma actual mediante la construcción del primer pilonodecorado con relieves que representan la batalla de Qadesh, en Siria (1274 a.C.), el primer patio y, en la zona más interna del templo, un triple santuario para las embarcaciones de Amón, Mut y Jonsu, que constituían la tríada tebana.

El patio de Ramses II, delimitado por un peristilo de setenta y cuatro columnas papiriformes dispuestas en doble hilera y decorado con dieciséis estatuas del propio faraón, comprende en el lado septentrional una capilla tripartita dedicada a la tríada tebana que se remonta a la época de Hatshepsut.

A unos cuantos kilómetros al norte de Luxor se encuentra el enclave de Karnak, que constituye el ejemplo más grandioso y complejo de la arquitectura religiosa del antiguo Egipto. En Karnak se observan tres grandes áreas sagradas o recintos, en las que se construyeron los templos dedicados a Montu, un antiguo dios guerrero local, a Anión, el principal dios tebano, y ala diosa Mut que, junto a su esposo Anión y a su hijo Jonsu, formaba la tríada tebana. La parte principal del conjunto la constituye el gran templo de Amón, que probablemente se inició en el Imperio Medio, aunque adquirió dimensiones imponentes en la época de la XVIII Dinastía.

Puesto que casi todos los faraones desearon ampliar y embellecer el templo, en ocasiones destruyendo y reutilizando construcciones y estructuras precedentes, la arquitectura del edificio resulta más bien complicada. Comprende cuatro patios, diez pilónos, un lago sagrado y numerosos edificios.

El último faraón que llevó a cabo importantes trabajos fue Nectánebo I, en la época de la XXX Dinastía: a él se deben el enorme pilono y la avenida de esfinges con la cabeza de carnero (uno de los animales consagrados a Amón), a través de la cual se accede aún hoy al templo.

El templo de Amón está orientado según un doble eje este-oeste y norte-sur; el eje este-oeste, que comprende del primero al sexto pilono, seguía la trayectoria del sol y simbolizaba el eje solar y celeste. El eje norte-sur, que abarca del séptimo al décimo pilono, era paralelo al curso del Nüo e indicaba el eje real o terrestre. Desde el primer pilono de Nectánebo se accede al primer patio, en el que Sethi II y Rameses III edificaron dos capillas de descanso para las embarcaciones sagradas que, en la época de su construcción, eran externas al templo. La cara oriental del primer patio está delimitada por un segundo pilono y su puerta está flanqueada por estatuas de grandes dimensiones de Ramses II.

DE KARNAK A LUXOR A poco más de dos kilómetros el uno del otro, los templos de Luxor y Karnak estaban unidos por una avenida procesional, llamada dromos, rodeada de esfinges. Por allí pasaba la procesión en la gran Fiesta de Opet. Porque la función principal del templo de Luxor era la procesión que se oficiaba en este festejo. En el segundo y el tercer mes de la estación de las inundaciones, una solemne procesión trasladaba la barca sagrada desde el templo de Karnak hasta el templo de Luxor.

El dios dejaba su residencia en Karnak junto a la compañía de su esposa Mut y su hijo Jonsu, para navegar hasta Luxor, donde alcanzaba su aspecto fértil, como Amón-Min. Las festividades duraban once días y luego el dios regresaba, siempre en compañía de su familia divina.

La ceremonia estaba encabezada por el faraón en persona. Los especialistas creen que ya se han encontrado los principales monumentos de Tebas, pero lo cierto es que sólo se han excavado hasta el nivel antiguo, menos de un veinte por ciento de la zona considerada arqueológicamente rica.

“LA MÁS GRANDE DE LAS DAMAS” En el templo de Karnak hay inscripciones que recogen la escena de su coronación. Hatshepsut se concentró en asuntos comerciales. A ella se debe la famosa expedición al país de Punt y el enriquecimiento de los santuarios de su nación.

Promovió dos grandes obras arquitectónicas: la Capilla Roja del Templo de Karnak y un templo localizado en Deir Al-Bahari, donde se retrata una crónica de su reinado, como ella quería que se la recordara. Figura ahí su nacimiento divino, cuando el dios Amón se encarnó en su padre para engendrar una reina capaz de imponerse en un mundo de hombres.

Se cree que la gente la aceptó como rey porque era una excelente gobernante y Egipto estaba prosperando. Hatshepsut fue una soberana pacífica, prefirió construir templos en lugar de conquistar territorios. Pero hubo al menos seis campañas militares durante su reinado. Tutmosis III, adolescente aún, se había sumado a las expediciones del ejército.

Según el registro hallado en una piedra cerca de Nubia, dejado por un testigo ocular, Hatshepsut se puso al frente de su ejército en el campo de batalla y derrotó a los nubios. Se proponía instaurar una auténtica dinastía femenina de reyes.

Declaró “heredera” a su hija Neferura, que había sido educada por Senenmut. Pero llegaría la muerte repentina de la princesa, un hecho que determinó que Hatshepsut se fuera retirando del cargo. Tutmosis III, comenzó a tomar el mando del gobierno y Hatshepsut, abandonada por todos, murió en su palacio de Tebas tras veintidós años de reinado.

Hatshepsut "Gran Esposa Real"

Hatshepsut, que había remado como “Gran Esposa Real”y regente del heredero, desde la muerte de su esposo, Tutmosls II, no estaba dispuesta a perder el trono. Ante el reclamo de Tutmosis III, ya mayor de edad, ella se convirtió a sí misma en faraón. Creó un mito por el cual el dios Amón, presente en el momento de su nacimiento, la había designado como gobernadora de Egipto hasta su muerte. Y se hizo representar con el atuendo de los faraones: la barba postiza y la falda real egipcia.

Principales Yacimientos Arqueológicos de Egipto Antiguo

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Las esfinges -del vocablo griego sphinx, que deriva de la expresión egipcia shesep ankh que significa «imagen viviente» -son esculturas que representan al faraón o a una divinidad protectora. Las expresiones más típicas de la estatuaria egipcia faraónica poseen un cuerpo leonino y una cabeza que puede tener tanto rasgos humanos como los de un animal que representa una divinidad.  Se cree que representa al rey con la fuerza de un león y a la vez con la inteligencia humana. Fue la primera vez que se utilizó esta estatua como guardián de la tumba real, al lado de las grandes avenidas que sirvieron para abastecer los materiales necesarios para la construcción del complejo funerario.

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La Esfinge, el gigantesco guardián de la necrópolis de Guiza, era considerada en el Imperio Nuevo como la imagen viviente del dios Harmaquis, una divinidad que reunía en sí la triple forma de la divinidad solar durante su recorrido diurno: Jepri en su nacimiento, Re en el esplendor del mediodía y Atum en el ocaso.

La Gran Esfinge de Guiza es uno de los monumentos emblemáticos de la civilización egipcia. Con su mirada milenaria que contempla, cargada de misterio, el sol naciente en el horizonte, la Esfinge ha atraído a todos los viajeros que han visitado Egipto y a muchos apasionados de las ciencias esotéricas y de la paraarqueología.

La Esfinge se esculpió en tiempos del faraón Quefrén (2520-2490 a.C.), en un saliente calcáreo que quizá ya había sido moldeado groseramente por la acción del viento. De 57 metros de largo por 20 de altura, tenía el rostro del faraón Quefrén como imagen viviente de la divinidad solar, guardiana de la necrópolis de Guiza.

Posteriormente, la Esfinge se identificó con el dios Harmaquis, o mejor con una divinidad sincrética que reunía en sí la triple forma de la divinidad solar durante su recorrido diurno: Jepri por la mañana, Re al mediodía y Atum por la tarde. En el transcurso de los siglos las arenas del desierto fueron cubriendo lentamente la Esfinge hasta que quedó completamente sepultada.

Esto explica por qué Herodoto no hizo ninguna alusión sobre su existencia en su narración. En 1798, tras la Campaña de Egipto, varios científicos efectuaron una excavación y llevaron a cabo una serie de mediciones y relieves. Sin embargo, fue un capitán de marina de origen genovés, Giovanni Caviglia, quien en 1816 realizó la excavación más importante que se llevó a cabo en la Esfinge.

A este capitán se deben unas interesantes observaciones sobre el monumento, del que también encontró fragmentos esparcidos, entre ellos una parte de la falsa barba que adornaba el mentón y que se trasladó al British Museum.

Grandes egiptólogos del siglo pasado como Auguste Mariette, fundador del Museo de El Cairo y del Service des Antiquités Égyptiennes y su sucesor Gastón Maspero, se interesaron por esta enigmática figura, pero fueron los trabajos que llevaron a cabo entre 1925 y 1936 los egiptólogos Emile Baraize -que restauró el cubrecabezas- y Selim Hassán quienes confirieron a la Esfinge su aspecto actual. 

AMPLIACIÓN DEL TEMA: MAPA DE UBICACIÓN DE LAS PIRÁMIDES Y LA ESFINGE

Plano de la zona arqueológica de Gizeh. En la parte superior izquierda se señala el emplazamiento de la pirámide de Micerino, en el centro el de la de Kefren y a la derecha el de la pirámide de Keops. De las tres pirámides parten los caminos procesionales que terminaban en los respectivos “templos del valle”. La Esfinge está en la parte central inferior y, junto a ella, a la izquierda, se encuentra el “templo del valle” de Kefrén, al que se puede llegar a través del camino procesional, el único que se mantiene totalmente conservado.

Del grupo de las pirámides indicadas el plano, la primera en perder su enigmática inviolabilidad fue la Gran Pirámide (en realidad, no mucho mayor que la segunda), cuyo nombre, al traducirlo, suena “Khufu” (segundo faraón de la IV dinastía, que vivió alrededor del año 2.600 antes de Cristo y que es más conocido como Keops).

En 1565 la visitó y penetró en su interior un viajero europeo: Johannes Helfriech, un alemán sensato y realista, que no fantaseaba, y que al dar cuenta de su visita disfrazó su desilusión lamentándose del aire viciado que se respiraba dentro y que le sentó mal. Porque, obviamente, tuvo una desilusión. En la alta cámara funeraria sepultada en el centro de la inmensa construcción, no había ni rastro de faraón.

El espléndido sarcófago de granito rojo, tan bien pulimentado que el aventurado explorador lo creyó de metal fundido, estaba vacío. Helfriech se vengó escribiendo que “esa pirámide fue construida para sepultar al faraón, pero al ahogarse éste en el mar Rojo, quedó vacía y desierta”. Descarnado epitafio, e inexacto además, para un gran constructor y para su espléndida tumba.

Si la Gran Pirámide, ahora abierta al público, fue visitada varias veces, la segunda, la de Kefrén, o mejor Khaf-Ra (cuarto faraón de la IV dinastía, hijo o hermano de Keops), continuaba considerándose impenetrable, de tal manera que los egiptólogos también creían que era una construcción maciza (se escribieron tratados enteros para demostrarlo). Pero en estos casos siempre hay un escéptico, que no cree nada de lo que todos dicen y está convencido en cambio de todo lo contrario, dispuesto a demostrar irrefutablemente que una puerta cerrada, por muy cerrada que esté, no deja de ser una puerta.

Balzoni, experto en hidráulica, “sansón” de circo, buscador de antigüedades por cuenta del British Museum y de tesoros, si los había, para sí, no pudiendo forzar la cerradura, el 2 de marzo de 1818 hundió literalmente la puerta, o mejor dicho, la pared, y entró en el interior de la pirámide; pero sólo para encontrar, una vez más, la gran sala funeraria desoladamente vacía.

Aun así, después de esa nueva decepción, hubo seguidores: el arqueólogo inglés Richard Howard-Vyse decidió, pocos años más tarde, seguir su ejemplo y entrar por la fuerza en la tercera pirámide “Menkaure” (Micerino, hijo y sucesor de Kefrén), y además resolver al mismo tiempo el enigma de la Esfinge, que decían que estaba hueca para permitir a los sacerdotes dar sus órdenes desde el interior y sojuzgar con ello a las masas.

Pero el expeditivo arqueólogo británico, que era también coronel del ejército de Su Majestad, se abstuvo de hacer los complicados cálculos matemáticos con los cuales Balzoni logró localizar primero el corredor y después la entrada a la pirámide de Kefrén. La posición de las cámaras funerarias no es casual, sino que está determinada por necesidades constructivas y relacionada con la inclinación de los ángulos y con las dimensiones de la base.

Pero el coronel Vyse decidió no perder el tiempo con inútiles menudencias y utilizó, sin reservas, la pólvora, de la que estaba bien provisto, minando la pirámide y la Esfinge. El fracaso de este sistema le indujo a resignarse y a seguir sistemas menos empíricos; finalmente, en 1837, la pirámide de Micerino le abrió su invisible puerta y, de momento, fue menos avara que sus hermanas mayores, pues en la última cámara sepulcral Vyse y Perring encontraron algunos restos humanos y una tapadera de madera sobre la que aparecía el cartucho real (es decir, el escudo) de Micerino.

Pero los restos eran de una época mucho más tardía de aquella en la que vivió y murió el soberano, pese a que una inscripción descubierta en el exterior de la pirámide en 1968 confirma que él fue inhumado precisamente en aquel lugar. Parece ser que la pirámide fue saqueada por ladrones de tumbas, que ya existían en la antigüedad, y que más tarde, en la época de los faraones de Sais, de la dinastía XXVI, los huesos del difunto fueron piadosamente recompuestos y modestadamente reinhumados, aunque para ser profanados de nuevo en época desconocida. Evidentemente, las grandes pirámides no eran un lugar aconsejable ni tranquilo para dormir en paz el último sueño…

Descifrados los jeroglíficos y obtenida la confirmación de que, por lo menos en lo que se refiere a las pirámides, Herodoto merecía cierta credibilidad, quedaba la cuestión de la Esfinge. El coloso, ya desde los remotos tiempos de Edipo. símbolo enigmático que despierta tanto la fantasía popular como la de los ilustres investigadores, debe su fama no’ sólo a sus increíbles proporciones, sino también al hecho de que lo que únicamente emergía de la arena del desierto era la cabeza, lo que dio campo libre a las más diversas conjeturas. Y ni siquiera los investigadores modernos han conseguido encontrar una explicación exhaustiva y satisfactoria que justificara la construcción de un coloso semejante.

La Esfinge, tranquilamente acurrucada desde hace milenios a los pies de la pirámide de Kefrén, en una parte del desierto particularmente turbulenta, no logró nunca un reposo más sereno que el del ilustre soberano del que quizá reproduce el rostro. Las primeras agresiones que tuvo que sufrir le fueron causadas por la arena, de tal manera que, según la leyenda, solicitó ayuda al príncipe Tutmosis IV (1425-1405 antes de Cristo), hijo de Amenofis II, de la XIX dinastía, prometiéndole su reino si la liberaba de las toneladas de arena que la oprimían.

El futuro faraón, que se había dormido a la sombra de las grandes patas en el curso de una partida de caza, decidió darle crédito y los resultados confirmaron su confianza. Pero si los resultados del contrato fueron óptimos para el faraón, lo fueron mucho menos para la Esfinge, que, al cabo del tiempo, se encontró otra vez semisumergida en la arena (y ya entonces sin jóvenes faraones que tomasen en serio sus peticiones), erosionada por los vientos cálidos y secos del desierto y expuesta a la furia de un jeque iconoclasta que, en 1400, trato de destruirla, por fortuna sin conseguirlo.

Pero aun así, la gran escultura se resintió de este intento: el nemes, el tradicional cubrecabezas de lino rayado en blanco y rojo, que la iconografía atribuye no sólo al faraón sino a casi todos los antiguos egipcios, quizá coronado en un principio por el halcón del Alto Egipto y por la cobra del Bajo Egipto, sufrió graves desperfectos, así como también algunas otras partes del cuerpo. La obra destructora se vio completada más tarde por aquella famosa bala de cañón mameluca que, según la tradición, dio en el insólito blanco y destruyó su nariz, abriendo además en el rostro un profundo surco.

Descubrimiento Templo Abu Simbel Historia del Traslado de Monumentos

Descubrimiento Templo Abu Simbel
Historia del Traslado de Monumentos

Ramsés II, faraón egipcio al que se dio el sobrenombre de Grande, tenía 18 años cuando ciñó la corona. Pertenecía a una dinastía casi recién llegada al trono de Egipto y que, además, no era de origen divino, ni siquiera noble. Pero eso, lejos de intimidar al joven soberano, más bien le sirvió de estímulo, y se dispuso a emular, con su acción, las hazañas de sus predecesores.

Si Egipto quería ostentar la hegemonía mundial tenía que vencer a los hititas, sus enemigos seculares. En efecto, desde hacía ya tres siglos, cuando el rey hitita Mursil I conquistara la gran Babilonia, demostrando, de una vez por todas, las posibilidades hititas, a cada retirada egipcia correspondía un avance hitita y viceversa.

Para ello se preparó muy bien con vistas al inevitable enfrentamiento, que tuvo lugar cerca de una ciudad llamada Kadesh. Pero no hubo victoria. Faltó suerte, no valor, especialmente el valor de Ramsés, lanzándose casi solo al ataque de las poderosas fuerzas enemigas con la esperanza de abrirse camino para reunirse con el resto de su ejército, fue casi de leyenda.

Tampoco le fue muy bien a los hititas, que sufrieron un duro golpe, podemos decir que la consecuencia de todo ello fue que ninguno de los dos rivales quiso correr el riesgo de un nuevo enfrentamiento, y así, durante casi veinte años, se prolongó la antigua guerra fría, con sólo algunos choques “calientes” de vez en cuando.

No cabe duda de que la casi derrota de Kadesh fue una desilusión para Ramsés; pero en cambio fue la suerte de sus descendientes, pues abrió vía libre a la propaganda del régimen, que debía afirmar, con otros medios, la grandeza que las armas no habían conseguido. En esto el joven faraón resultó un genio, capaz de enseñar a los dictadores modernos. Egipto se vio literalmente cubierto de grandes templos, estelas, construcciones, reconstrucciones, embellecimientos y, sobre todo, de edificaciones colosales, encargadas, financiadas y controladas por el propio soberano.

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En Tanis, la ciudad de residencia y quizá del origen de la dinastía, se erigió un templo, nuevo y enorme, con decenas de estatuas y una veintena de obeliscos; y más tarde, junto a la vieja ciudad surgió otra nueva y flamante, destinada a convertirse en la capital administrativa de Egipto, en condominio y concomitancia con Tebas.

Esta ciudad se llamó Pi-Ramsés, que quiere decir “Ciudad de Ramsés”. El faraón tuvo en ella una fantástica residencia, conocida como “Excelsa en Victorias”. Cada edifico proclamaba, con su sola existencia, el poder, la gloria y la riqueza del gran rey. En sus paredes se narraba la versión que de la batalla de Kadesh quería Ramsés que se conociera, la  versión que durante tres mi años fue considerada como la única, la verdadera.

Pero entre todas las construcciones que exaltaban la gloria de Ramsés destaca un conjunto de templos, excavados en la roca en la lejana Nubia, donde las arenas del desierto se juntaban con el curso del Nilo nos referimos a Abu Simbel.

Desde sus antiguas paredes, Ramsés habla en primera persona y todavía, después de tres mil años, sus palabras nos transmiten la poesía, la turbación y el furor del joven rey. Salta a la vista la propaganda para sostener a un Rey Sol de hace tres mil años, disfrazando la realidad al decir que Ramsés “tendió la mano de paz marchando hacia el sur”, cuando lo cierto era que se retiró del campo de batalla.

El templo de Abu Simbel no tenía suficientes defensas contra la arena del desierto, que se derramaba sobre él desde la parte superior de la pared rocosa en la que estaba excavado. Así, desde los tiempos más antiguos, una constante y renovada lluvia de arena escondió (y con ello protegió) gran parte de sus estructuras..

Pero nunca desapareció del todo, pese a que en época romana más de su mitad estaba cubierta y, mientras Mahoma predicaba su credo en la vecina península arábiga, la movediza arena lo cubrió casi totalmente. Eso ocurría en el siglo VII de la era cristiana. Sólo las cabezas de las gigantescas estatuas que decoran la fachada continuaron emergiendo, durante siglos, sobre la arena. Dos enormes rostros enigmáticos y olvidados.

El 5 de marzo de 1813 el jeque Ibrahim ibn Adn Allah las descubrió, iniciando con ello un siglo y medio de apasionantes aventuras arqueológicas alrededor de los grandes templos de Ramsés el Grande. En realidad el nombre verdadero de este hombre era Johann Ludwig Burckhardt, nacido en Lausana, en el cantón de Vaud, vástago de una familia de sólidas tradiciones centroeuropeas.

En su opinión estaba constituido por un solo templo, el más pequeño, dedicado a la esposa de Ramsés, la reina Nefertari, que era el único cuyos seis colosos de la fachada se veían fácilmente. Era también el único del cual el explorador, que se documentaba minuciosamente antes de sus viajes, nunca había oído hablar.

Pero fue grande su sorpresa cuando, alejándose por casualidad del objeto de su atención, vio sobresalir de la arena la parte superior de las estatuas del otro templo, aquel inmenso monumento que el faraón había dedicado al dios Ra-Horakhti (y en realidad a sí mismo). En ese momento empezaba la segunda vida de una obra destinada a ser considerada como una de las grandes maravillas de Egipto. Era el 22 de marzo de 1813.

Después del descubrimiento se inició la exploración, la apertura del templo. Empresa que promovió y llevó a cabo, tras diversas vicisitudes, un italiano al servicio de Inglaterra, Giovanni Battista Belzoni, aventurero obstinado, infatigable, pionero de la arqueología, que el día 1 de agosto de 1817 consiguió al fin entrar en el gran templo de Abu Simbel a través de una galería de arena.

Experimentó una gran desilusión al no encontrar ningún tesoro y sí un calor infernal, de más de ciento treinta grados Fahrenheit (cincuenta y cinco grados centígrados), una serie de incomprensibles esculturas en las paredes (los jeroglíficos egipcios todavía no se habían descifrado) y una extraña sustancia negra que cubría el pavimento, parecida a “nieve negra”, y por ello se limitó a escribir en su diario una fría descripción del conjunto; en la pared del templo dejó grabados los nombres de los descubridores.

Después del descubrimiento y después de la apertura vendría la valoración, la limpieza, la restauración y la consolidación, así como los trabajos de contención de la arena para que no volviera a cubrir los templos. Todo ello requeriría, con pausas y reanudaciones en los trabajos, en los descubrimientos y en la atención, un siglo más o menos.

En el período comprendido entre las dos guerras mundiales, Abu Simbel ya había sido excavado, limpiado, defendido y consolidado (lo necesitaba, pues algunas de las pilastras interiores, excavadas en la roca, empezaban a ceder, aplastadas por el enorme peso de la cubierta); pero por encima de todo había sido valorizado corno uno de los las grandes testimonios de la historia del antiguo Egipto. Y todavía faltaba el traslado lejos de su antiguo asentamiento para salvarlo de las aguas; pero ésta, como veremos, es una historia actual, típica de nuestro siglo.

Egipto, decía el historiador griego Heródoto, es el “don del Nilo;”; en una tierra donde prácticamente no llueve nunca, el gran río, con sus inundaciones anuales que aportan limo y agua, es la base de la vida. De ahí que se pensara a menudo en regular sus aguas, canalizarlas para poder aprovecharlas en cualquier época del año. A este deseo normal de los habitantes de Egipto (cuyo número aumentaba sin cesar) nuestra época ha añadido el interés por las fuentes de energía, la explotación del “oro blanco” para producir electricidad.

Existe un punto ideal para bloquear el Nilo con un dique que sirva para dichos fines y este lugar es Assuán, en el valle de la primera catarata, A finales del siglo pasado, los ingenieros ingleses ya construyeron allí una presa que más tarde se amplió. Pero esto significaba que gran parte de los monumentos que allí se encontraban permanecerían cubiertos por las aguas durante la mitad del año.

Era un duro precio que se tenía que pagar a cambio de los beneficios que la presa proporcionaría; pero se hizo, tratando empero de consolidar los monumentos con las más modernas técnicas para que pudieran resistir la forzada inmersión.

Su construcción significaba también la inundación de los templos de Abu Simbel y, casi con toda seguridad, su ruina, porque la arenisca con la que están construidos no hubiera soportado los efectos de la erosión. Eso ya era un crimen contra la cultura, pero que, por otra parte, parecía inevitable.

En pocas semana se organizó una misión de estudio para salvar esas maravillosas construcciones. Expertos franceses, italianos y alemanes fueron enviados a Egipto para estudiar el conjunto, y basándose en sus informes se tomó la decisión definitiva: apelar a los gobiernos y al pueblo de todo el mundo para salvar un monumento cuya pérdida hubiera sido “irreparable para el patrimonio cultural de la humanidad”.

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Encuadre simbólico de los trabajos de salvamento y de restauración, quizá la mayor empresa de este tipo de todos los tiempos: las tres grandes cabezas de Ramsés II depositadas sobre la arena en el intervalo entre la descomposición en grandes bloques numerados del templo y su posterior reconstrucción. Los rasgos del faraón resaltan más de lo normal en esta imagen, sin la falsa barba ritual que los soberanos de Egipto fijaban tradicionalmente en su rostro como distintivo de su dignidad. A la derecha: sugestivo detalle del ojo de una de las estatuas, detalle que será difícil de observar cuando la cabeza vuelva a su sitio.

Y por una vez, la humanidad respondió. En junio del año 1963, después de haber descartado numerosos proyectos (entre ellos el fabuloso de levantar todo el complejo sobre un conjunto de cabrias), se tomó la decisión definitiva: cortar los templos en grandes bloques, de una veintena de toneladas cada uno; elevarlos hasta un nivel que los resguardase de las aguas del lago formado por la presa y reconstruirlos con todo cuidado, de manera que tuviesen una situación lo más idéntica posible a la original. Así, después de treinta y tres siglos, se volvía a trabajar por la gloria de Ramsés.

El SALVATAJE DE ABU SlMBEL
En 1956 Egipto debía controlar las crecidas del Nilo, entonces tomó la decisión de construir la gran represa de Asuán. Esta obra inundaría toda la zona, por lo que varios templos, entre ellos Abu Simbel, quedarían bajo las aguas del actual lago Nasser. Entonces, Egipto acudió a la Unesco por ayuda, y se inició el plan de proteger su historia. Fueron varios los templos y tesoros preservados gracias a la rápida respuesta de las naciones que intervinieron.

Pero, sin dudas, de todas las obras de salvataje, la más espectacular fue la remoción de Abu Simbel. El trabajo consistió en desmontar cuidadosamente cada pieza y volver a armar los templos en terrenos seguros. En el traslado y el rearmado de los monumentos trabajaron más de 3.000 hombres, tardaron cuatro años y se invirtieron 36 millones de dólares.

TEMPLO DE NEFERTARI

templo de nefertari

Cerca del templo de Ramsés II se encuentra el templo de Nefertari. Su fachada reproduce cuatro imágenes de Ramsés II y dos de su esposa Nefertari. Las seis son de igual tamaño, algo que sorprende, ya que los faraones solían representarse a mayor escala. Este templo también está dedicado a Hathor, la diosa del amor y la belleza. Nefertari fue la más amada de las esposas del faraón. El acto de dedicar un templo de semejante magnitud a su esposa es único en la historia de Egipto.

Fuente Consultada: Lugares Sagrados de África