Margaret Mead

Biografia de María Walewska El Amor de Napoleon

Biografia de María Walewska
Amor de Napoleón Bonaparte

María Walewska: Napoleón Bonaparte subordinó casi enteramente su vida a las necesidades y ambiciones de su carrera militar y política, al punto que sus experiencias matrimoniales fueron condicionadas por razones de Estado.

Eso no impidió que durante una de sus campañas conociera a María Walewska, noble polaca que lo amó sinceramente y lo acompañó aun en sus horas de infortunio.

El padre sostiene al pequeño Alejandro mientras este salta alegremente sobre sus rodillas.

-¿Qué quieres ser cuando crezcas?
-¡Napoleón! -contesta el niño, categóricamente.
El hombre sonríe y mira a la mujer, que, conmovida, se inclina y abraza a ambos, los dos grandes amores de su vida.

Por ese hombre, a quien no ve desde hace cuatro años, dejó a su marido, a su familia y a su patria. Ahora ha pedido autorización para acompañarlo en su destierro en la isla, junto con el hijo de ambos.

Juntos afrontarán con entereza lo que el futuro les depare: a ella una separación que será definitiva, y la muerte tres años después, en 1817; a él le espera Waterloo.

LA BELLA DURMIENTE
Los Laczinski eran una familia polaca cuyo linaje se remontaba al Medioevo, pero que a principios del siglo XIX se hallaba en decadencia. El padre había muerto joven y la madre había debido ingeniárselas para mantener a sus seis hijos.

En 1804, a los 15 años, María Laczinska dejó el pensionado donde le habían enseñado un poco de francés, de música y de baile.

Era de pequeña talla, delgada, rubia, bellísima, y dos inmensos ojos azules aclaraban su rostro, de dulce expresión. Por su índole tímida, dócil, romántica y muy devota, bien podía haber ingresado en un convento, según era su deseo.

Pero su madre velaba por los intereses familiares y prefirió que su hija fuese la esposa terrenal del señor de la región, el conde Anastasio Colonna Walewski -ya de 70 años-, que se había dignado honrar con su apellido a la bella aspirante a monja.

Y aunque María insistió en consagrarse a Dios, su madre le representó las necesidades familiares y la joven se resignó a satisfacer los requerimientos maternos.

En los años que siguieron a la boda pocas novedades alteraron la rutina del castillo de Wale-wice -pues desde la partición de Polonia los Walewski, ardientes nacionalistas, no hacían casi vida social—, donde María llevaba una vida austera.

Las cosas cambiaron, sin embargo, en enero de 1807. El conde regresó luego a Varso-via, donde reabrió su palacio, porque se acercaba Napoleón, vencedor de los rapaces prusianos y de los opresores rusos.

El Emperador había reavivado en los pechos polacos la llama de la esperanza en la reunificación de la patria desmembrada. María, patriota como el que más, idolatraba, pues, a B-naparte y, mientras los franceses desfilaban por Varsovia entre las aclamaciones de la multitud, ella se asomó a un balcón y arrojó flores al paso del héroe.

Este levantó los ojos hacia la beldad, sonrió y quitándose el gorro de marta cebellina lo agitó largamente para saludarla.

Por la noche, en la gran recepción ofrecida por el príncipe Poniatowski, la condesa fue presentada al Emperador, que fijó en ella su mirada de águila.

EL HONOR DE LA MUJER
A la mañana siguiente recibió una esquela de puño y letra de Napoleón: «No he visto más que a usted; no he admirado más que a usted; no deseo más que a usted. Una respuesta sin demora para calmar el impaciente ardor de N.»

La nota fue a parar al fuego. ¿Por quién la tomaba ese hombre que hasta ayer era su ídolo y que ella ahora despreciaba?

Entonces vino otra esquela y otra, y luego acudieron emisarios de la más alta alcurnia: Duroc, gran chambelán del Emperador, Talleyrand, Maret, Savary .. . Todos con el mismo mensaje: Napoleón accede a pensar en el futuro de Polonia, pero con una condición sine qua non: María.

Esta, indignada, se negó a recibir a nadie y solo consintió en escuchar a Poniatowski, que le entregó una carta lacrada y con varias firmas. María la abre y no puede dar crédito a sus ojos:

El propio Gobierno Provisional de Polonia le solicitaba unánimemente, con los eufemismos estrictamente necesarios para no ser demasiado grosero, que complaciera a Napoleón. Todas las miradas lijas en ella le dicen lo mismo..

Por su parte, Napoleón creía vérselas con otra mujer que pretendía vender caros sus favores. Por eso lo sorprendió que en la primera entrevista María estallase en interminables sollozos.

Él le hizo entonces algunas preguntas sobre su vida y le habló luego de sí mismo, de su soledad, de su amor. Pudo así arrancarle finalmente la promesa de otra cita para la noche siguiente.

Ella volvió a verlo pero siguió negándose a acatar los deseos del hombre más poderoso de Europa. Ante su obstinación él montó en cólera: ¡Qué le importaba a él Polonia! ¡No valía ni una gota de sangre francesa! María podía irse, y disponerse a seguir bajo la férula prusiana.

Era demasiado para la joven, que cayó desmayada. Napoleón la alzó para colocarla sobre un sofá y, presa de una pasión desenfrenada, la hizo suya.

Cuando ella volvió en sí y comprendió lo ocurrido, el horror la embargó. El Emperador, de rodillas, le pidió perdón como un chico, besándole la orla del vestido.

María se recluyó en su casa, a la espera de que Napoleón cumpliera lo prometido para Polonia.

Pero él, lejos de eso, estrechó el cerco sobre la mujer hasta lograr finalmente entrar en su casa disfrazado.

Sacando partido del estupor de ella, le tomó una mano y la puso sobre su corazón mientras le preguntaba:
-¿Aún me guardas rencor?

Ella quedó desarmada y él aprovechó la situación para visitarla todos los días -el conde estaba de viaje-. Napoleón le hizo infinidad de promesas y hasta logró convencerla de que volviese a hacer vida social.

Cuando ella accedió a presentarse, comprobó con sorpresa que todos –franceses y polacos-la trataban con la reverencia debida a una reina.

EN LA CALDERA DEL DIABLO
Después de la victoria de Friedland, Napoleón le pidió que lo acompañase a París. María se negó, porque el tratado de Tilsit (julio de 1807) no garantizaba las aspiraciones polacas y el Emperador, por lo tanto, no había cumplido su promesa. El se enfureció y gritó pero acabó suplicándole que lo amara.

Solo entonces ella se enamoró de él, furiosa e incondicionalmente, para siempre. Se presentó ante su marido y de rodillas le confesó humildemente su culpas poniendo su vida en las manos del anciano. El conde Walewski supo comprender -«¡Te desposé tan joven!»-, pero no pudo perdonarla. Devolvió a María su libertad, pero no quiso verla más, aunque permitió que ella besara su mano.

Desde entonces Napoleón tuvo en María a la más dulce, ardiente, abnegada, modesta y desinteresada de las amantes.

La emperatriz Josefina se esforzó maquiavélicamente -pero en vano- por desmerecer la imagen de la bella mujer impecable que no pedía nada y amaba rectamente en Napoleón al hombre. Josefina se preocupó seriamente cuando se enteró de que María esperaba un hijo.

Llegó a aceptar la idea de Napoleón de hacer pasar por suya a la criatura que iba a nacer. Pero María no aceptó la treta y Napoleón se divorció de Josefina, decidido a casarse con María.

Pero esta iba a resultar una emperatriz demasiado incorruptible, ajuicio de Fouché, el astuto jefe de la Policía, que se arriesgó a tenderle una trampa al propio Napoleón. Haciéndole creer que el Consejo Imperial ratificaría su matrimonio con María, lo incitó a dejar la decisión en manos de ese cuerpo.

Sin embargo, para sorpresa del Emperador, el Consejo se pronunció por un matrimonio con la princesa María Luisa de Parma.

Napoleón quedaba así prisionero de la «razón de Estado», y María Waleska debía volver a Polonia con su hijo «al menos por un tiempo», para no deslucir la boda con la austríaca.

Una madrugada de febrero de 1810 el Emperador veía alejarse el coche que llevaba a María y a su hijo, mientras trataba de convencerse a sí mismo de que la separación sería breve. Volviéndose hacia su fiel Duroc le dice:
-Allá va la única mujer- que me ha amado.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de Maria Antonieta Mujer de Luis XV Rey Francia Resumen

Biografía de María Antonieta Mujer de Luis XVI

Carlota CordayFlorence Nightingale
Ana FrankMaría Antonieta

Resumen Biografía de María Antonieta: Nacida para reina, gozó hasta el fin la vida despreocupada y frívola de la corte. Sin embargo, amargos sinsabores y un desenlace trágico la aguardaban luego del 14 de julio de 1789: al descrédito sucedió el encarcelamiento hasta culminar en la guillotina.Biografia de Maria Antonieta Mujer de Luis XV

«Celebrada por unos y vilipendiada por otros hasta la calumnia, la encantadora y frívola María Antonieta tuvo un destino tan brillante en sus primeros tramos como trágico en su desenlace. Nacida en Viena el 2 de noviembre de 1755, hija de los emperadores austríacos Francisco de Lorena y María Teresa, la pequeña archiduquesa fue destinada desde niña a cimentar la alianza entre dos coronas.

Prometida desde los doce años al Delfín de Francia, el futuro Luis XVI, se trató de educarla de acuerdo con las conveniencias de su futura misión, sin demasiado éxito.

Caprichosa y mimada, su espíritu solo admitía los conocimientos que le llegaban a través de la diversión. Indiferente a las lecciones de la historia, hablaba incorrectamente el francés, era una mediocre ejecutante de clavicordio y su ortografía resultaba desesperante.

Los rasgos armoniosos, la cabellera rubia con matices rojizos, la piel sonrosada y perfecta y el rápido fulgor de sus ojos azules, así como su finísimo talle, la vivaz ingenuidad de la expresión y el encanto de sus movimientos sedujeron a los franceses desde que hizo su entrada triunfal en el país de su prometido, el 8 de mayo de 1770, cuando aún no había cumplido quince años.

Caminó hacia el Delfín entre músicas y perfumes, uniformes de gala, arcos de flores y guirnaldas, aplausos y aclamaciones, compitiendo ventajosamente con la risueña primavera francesa.

El 16 de mayo, en medio de un entusiasmo desbordante, se celebró la boda en Versalles. El Delfín, modesto, inteligente, sin ser brillante, indeciso y tímido ante las responsabilidades, escribe en su diario al día siguiente: «Nada». Y «nada» fue durante varios años, hasta que aceptó someterse a la pequeña operación.

Por su parte, María Antonieta se entrega inmediatamente al vértigo de las distracciones-bailes, mascaradas, juegos y representaciones teatrales- y también al juego. Su comportamiento resulta imprudente en medio de una corte donde la apariencia es más importante que la honradez y donde la adulación encubre intrigas y calumnias. Honesta y espontánea por naturaleza, la Delfina no advierte el peligro. No es respetuosa de las formas, que son a veces la aparente salvaguardia del honor, y da a Madame de Noailles, encargada de instruirla al respecto, el mote de Madama Etiqueta.

Indisciplinada, bromista, irrespetuosa, se divierte transgrediendo sus indicaciones y las del conde de Mercy-Argenteau, a quien María Teresa, temerosa del comportamiento de su hija, ha encomendado su vigilancia y custodia. El Delfín, confiado y benevolente, tolera todos los caprichos de su consorte, absorbido a su vez por los placeres de la caza y su afición a la cerrajería y los relojes.

Cuando el 10 de mayo de 1774 muere el rey Luis XV, la pareja se abraza llorando, espantada por la responsabilidad que la aguarda. Son demasiado jóvenes, demasiado inexpertos y no se sienten preparados para reinar. Ella carece de sentido social y político, y sus impulsos, cuyas consecuencias no sabe medir, hacen del poder una cuestión de amor propio. El es recto, consciente y magnánimo, pero su indulgente inseguridad frente a las exigencias ajenas, más la sumisión que demuestra ante su mujer, harán de su reinado una función sin autoridad. El 11 de junio de 1775 se efectúa la emocionante ceremonia de la coronación en la catedral de Reims. Pero la corona pesará tanto sobre esas dos cabezas que acabará por hacerlas caer.

La reina se sustrae a esa carga con sus ligerezas: bailes, paseos a caballo, ostentosas fiestas campestres. Rousseau y otros filósofos han puesto de moda la naturaleza y la reina obedece esos principios que quieren ser virtuosos. En el Trianón, casa de campo que le ha cedido Luis XVI, juega a las pastoras refinadas con sus amigas la princesa deLamballe y la duquesa de Polignac.

Estos ingenuos placeres alimentan la malicia de la corte y las sospechas del pueblo. Como no son ajenos a esas reuniones varios galantes caballeros-entre ellos el conde de Artois, hermano del rey-, se tejen al respecto historias y cantitos malignos o picarescos.

El prestigio de la reina decae día a día y sus buenas acciones y sus obras caritativas no bastan para apuntalarlo. Las calumnias y los cuchicheos van y vienen, como la marea, de los barrios populares a Versalles y de la corte al pueblo. La contemplación de una puesta de sol o de un amanecer se convierte en orgía para la maledicencia, y las prebendas que otorga a sus favoritos se exageran hasta cifras siderales. Se asegura que el Trianón tiene paredes tapizadas de diamantes y que se han invertido millones en su reparación.

El hambre, la falta de trabajo y de harina hacen el resto: la popularidad se va trocando en odio, y la admiración en rencoroso desprecio. Comienza a ser «la Austríaca», la enemiga, «Madame Déficit». Aunque el rey ha dejado constancia en su diario de sus relaciones matrimoniales, y en 1778 nace su primera hija, María Teresa, se pone en duda su capacidad y se lanzan sospechas sobre esa paternidad y las posteriores, que traen al mundo a Luis José en 1781, a Luis Carlos en 1785 y a María Sofía en 1786. María Sofía morirá en 1787 y Luis José en 1789.

En 1785 se produce el llamado «affaire del collar de la reina», que termina de minar el ya deteriorado prestigio de la soberana y que tal vez apresura la caída de la monarquía. Los hechos, a grandes rasgos, son los siguientes: el cardenal de Rohán, que se ha ganado la antipatía de María Antonieta, recibe de una aventurera apellidada Lamotte Valois el encargo de adquirir para la reina y por mandato de esta un collar de diamantes de seiscientas mil libras, en una operación respaldada por documentos privados y que debe quedar en absoluto secreto.

El cardenal, deseoso de recuperar el favor de la soberana, se presta al trámite y entrega la joya a la falsa intermediaria. La falta de pago provoca rumores y estalla el escándalo. Se comprueba la inocencia de María Antonieta en toda esta fraudulenta intriga, en la que se ha jugado su nombre.

La caída de la Bastilla el 14 de julio de 1789 no es más que el signo exterior de un largo proceso de descontento, amasado por la miseria y el hambre e impulsado por las ideas revolucionarias. Pero el rey sigue siendo un símbolo casi sagrado y aún cabe pensar en una conciliación entre la monarquía y el pueblo. El violento traslado de los soberanos de Versalles a las Tullerías puede dar lugar a un contacto más estrecho entre el poder real y el pueblo, pero la indecisión de Luis XVI y la fuerza creciente de la Revolución lo torna un imposible.

La huida de la familia real a Montmédy en la noche del 20 de junio de 1791, y el forzado y humillante retorno al ser reconocidos en Varennes, en franca calidad de prisioneros, son jalones de una parábola que se precipita hasta el encarcelamiento en la torre del Temple, el 16 de agosto de 1792.

Desde su celda central María Antonieta, «espiada hasta en el sueño», oye los cantos hostiles de la muchedumbre, las aclamaciones con que saluda las ejecuciones y los alaridos con que exige que la decapiten. El 3 de setiembre pasa bajo su ventana el cadáver mutilado de su amiga la princesa de Lamballe, cuya cabeza se exhibe en una pica y el corazón en otra.

El 21 de enero de 1793 el clamor de la multitud le anuncia que el rey ha sido ejecutado.

«La loba austríaca», «la tigresa sedienta de sangre», «la fiera salvaje», «la viuda Capeto«, «la bribona», envejece y se consume a causa de los tremendos padecimientos.

El 15 de octubre de 1793 comienza el proceso, en el que actúa como acusador público el feroz Fouquier-Tinville.

Ha habido interrogatorios preliminares en los que el Delfín, de apenas ocho años, ha confesado, bajo amenazas previas, que su madre y su tía Élisabeth le han enseñado a masturbarse y lo han sometido a contactos incestuosos. Estas y otras atrocidades, más la acusación de haber dilapidado los bienes de Francia y conspirado contra el país con potencias extranjeras, fueron el nudo del proceso.

La reina mantuvo en todo momento su dignidad y su presencia de ánimo, sorteando las trampas y respondiendo con habilidad a los innobles ataques. No obstante, fue declarada culpable y condenada a muerte por unanimidad.
El 18 de octubre de 1793 salió de la Conciergerie en una carreta, en dirección a la plaza de la Revolución. La cabeza de la última reina absoluta de Francia fue tronchada y mostrada a la muchedumbre por el verdugoSamson. «Así murió -escribiría luego Alfonso de Lamartine- la reina ligera en la prosperidad, sublime en el infortunio, intrépida en el cadalso.»


Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
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Biografia de Margaret Mead Antropologa Ejemplo de Compromiso

Biografía de Margaret Mead Antropóloga

Margaret Mead
Una visión lúcida de los problemas humanos y una enorme comprensión hacia sus semejantes son los rasgos más sobresalientes de la fuerte personalidad de Margaret Mead, una mujer que además de ser una de las figuras más eminentes de la antropología contemporánea ha sabido asumir con especial coraje los compromisos que le plantea la sociedad de su tiempo.

Biografia de Margaret Mead Antropologa La socióloga Emily Fogg y el profesor de Economía Edward Sherwood Mead recibieron a su primogénita Margaret, el 16 de diciembre de 1901, en Filadelfia, Estados Unidos. Desde el primer momento le brindaron gran cariño y un respeto que le permitió, crecer afirmando una personalidad donde la comprensión hacia sus semejantes figuraba entre los principales valores.

De su padre asimiló la convicción de que lo más importante que una persona podía hacer era agregar algo al cúmulo de conocimientos del mundo. También importante fue la influencia de su abuela materna, Martha Ramsay -pionera de la psicología infantil-, que le inculcó hábitos de observación y reflexión sobre la conducta de los pequeños y, además, le enseñó a no sentirse disminuida ante los varones por su condición de mujer.

El resultado de esta educación fue una adolescente segura de sí misma, dueña de una comprensión del prójimo poco común para su edad.

Su gran curiosidad intelectual la inclinaba hacia las letras y la pintura y, por ello, se inscribió a los 18 años en la Universidad de Indiana. Sin embargo, al año siguiente ingresó en el Bernard College de la Universidad de Columbia, donde asistió a un curso de Antropología dictado por Franz Boas y Ruth Benedict, dos grandes maestros de la disciplina que ella tanto amaba, que la decidió definitivamente por las ciencias de la cultura.

SOCIEDADES EXTRAÑAS
Adolescente todavía, conoció a Luder Cressman, un joven seminarista protestante tan apasionado por la poesía como ella, con quien inició un largo noviazgo que culminó en su primer matrimonio celebrado a los 22 años de edad. Pero esta unión duraría poco tiempo: el dogma religioso era incompatible con la desprejuiciada formación de Margaret y poco después de obtener su licenciatura (1925) se separaron; él marchó a Inglaterra, en tanto que ella realizaba su primera expedición a las pequeñas islas Tau, del grupo de Samoa, en Oceanía.

A la distancia geográfica que la separaba de su medio habitual había que añadir la espiritual. Durante un año compartió su vida con una comunidad samoana cuyo acervo cultural representaba milenios de evolución divergente de la historia de Occidente. Allí aprendió a andar descalza, vestirse con faldas de paja e inclinarse casi hasta el suelo en presencia de un individuo de mayor rango social, pero también conoció una actitud distinta hacia la niñez y la juventud, una sociedad donde la represión sexual era infinitamente menor y diferente de la occidental, donde el conocimiento del cuerpo era mayor y donde la crisis de la pubertad era desconocida.

Margaret, que distaba mucho de ser simplemente una viajera curiosa, volcó luego esas experiencias en un libro que se convirtió en un clásico de la literatura etnográfica: Adolescencia y cultura en Samoa. A su regreso, inició su labor docente en el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde desempeñó larga y proficua labor científica. Realiza numerosos viajes a Europa, donde asiste a cursos y conferencias de su especialidad y, en 1928, se casa con el doctor Reo Fortune; tiempo más tarde publican juntos Educación y cultura en Nueva Guinea, fruto del esfuerzo en común.

Solo en 1930 se le presenta la oportunidad de realizar un trabajo de campo en Estados Unidos. Lo lleva a cabo entre los indios omaha, en la reserva de Nebraska, y publica los resultados bajo el título de La cambiante cultura de una tribu india.

A fines de 1931, el matrimonio desembarca en Nueva Guinea y se instala en las aldeas de los arapesh, pueblo montañés, pacífico y mal nutrido que los acoge hospitalariamente. Allí desarrollan una importante investigación sobre la influencia de los roles sexuales en la cultura, y sobre las formas en que están relacionadas las diferencias innatas de temperamento y cultura.

Además, estudian el condicionamiento de las personalidades sociales en los dos sexos y compilan los resultados en Sexo y temperamento en las sociedades primitivas. La estada en Nueva Guinea se prolonga y también los caníbales mundu gumores del ríoYuat y los cazadores de cabezas tchambulis se prestan para que Margaret prosiguiera investigando sobre educación y conducta, infantil.

En dos años, ella y sus colaboradores rescatan para la historia de la humanidad la memoria y las costumbres de 30 culturas primitivas de la región. La cuestión fundamental estaba centrada en la relación existente entre las formas de organización social y los tipos de las estructuras de carácter. A partir de estos estudios llegan a demostrar la interdependencia entre el estilo de vida y ciertos rasgos asociados de carácter que antes se consideraban innatos.

Pero no todo marchaba bien en la vida de Margaret. Los desacuerdos con su esposo van separando a la pareja y en 1935 se divorcia de Reo Fortune, quien se traslada a China a dictar cátedra. Ella, por su parte, viaja a Inglaterra y ese mismo año contrae enlace conGeorge Bateson, antropólogo británico que había colaborado en las investigaciones realizadas en Nueva Guinea. Juntos preparan una expedición a la isla de Bali, donde trabajan durante más de tres años.

Cuando regresa de Bali, en 1939, está embarazada, hecho que la toma de sorpresa, puesto que pensaba que ya no habría de tener hijos. Grandes cuidados y sacrificios tuvo que realizar para concretar ese sueño que ya creía inalcanzable.

El 8 de diciembre de 1939 nace Mary Catherine, muy parecida a su madre, quien poco después reanuda su tarea docente y recibe el título honorífico dé Doctora en Ciencias. Su maternidad y la segunda guerra le imponen una vida más sedentaria, pero no menos activa. Además de atender su cátedra se desempeña como secretaria ejecutiva del Comité de Hábitos Alimentarios del Consejo Nacional de Investigaciones de su país. Luego de la guerra colabora con distintos organismos de asistencia de la O.N.U.

Publica constantemente folletos e investigaciones, preside asociaciones y entidades científicas de gran jerarquía como la Asociación Antropológica Norteamericana, en 1960, y sin embargo encuentra tiempo suficiente para volver repetidas veces a las Islas del Pacífico y de Oceanía.

A los 70 años, abuela ella misma, conoce a los nietos y biznietos de aquellos manus, iatmules, mundugumores y sa-moanos que le abrieron sus hogares cuando ella era joven recién graduada. A los samoanos los visitó por última vez en 1973, cuando ejercía la presidencia de la Unión Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas.

EL VERDADERO SENTIDO DE UNA VIDA
Su incesante actividad, traducida en viajes, cátedras, publicaciones y trabajos en diferentes comités científicos, le valía ya el reconocimiento internacional. Pero fue después del conflicto mundial, al acercarse al medio siglo de vida laboriosa, cuando comienza a publicar sus reflexiones sobre la sociedad industrial y, en particular, los Estados Unidos. Como si tratara de hallarse a sí misma, se había adentrado en las costumbres de otros pueblos para observar con una nueva luz la cultura de su propia comunidad.

En 1948 aparece su libro Hombre y mujer, donde comienza a advertir al orgulloso pueblo norteamericano que se inicia un período de profundas renovaciones, donde corre peligro no solo el modo de vida americano, sino también la existencia misma de la humanidad, amenazada tanto por el cataclismo nuclear como por la incomprensión, el prejuicio y la opresión, ejercidos en el nivel de las grandes potencias y las clases sociales e incluso en las relaciones personales.

Cuestiona también, con gran lucidez, el porvenir de instituciones tales como el matrimonio y el sistema, educativo. Combate en todo terreno las remoras racistas y ello le vale ser denostada por los círculos más regresivos y conservadores. Pero, por otro lado, estas actividades le granjean la confianza de los intelectuales jóvenes del mundo entero, a pesar de la distancia generacional que la separa de ellos y que Margaret Mead nunca pretendió ignorar.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
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Creadora de la Danza Moderna Isadora Duncan Historia de su Vida

Creadora de la Danza Moderna Isadora Duncan

Isadora Duncan
Precursora indiscutida de la danza moderna, Isadora Duncan deslumbre con su arte a los públicos más exigentes de su época. Sin embargo, prisionera de un destino azaroso, vio alternarse en su vida los éxitos, las penurias y el amor, al cual se entregó desesperadamente, con la misma fuerza vital y expresiva que desplegaba apenas ponía su cuerpo en movimiento.Creadora de la Danza Moderna Isadora Duncan

Nací a orilla del mar y he advertido que todos los grandes acontecimientos de mi vida han ocurrido junto al mar», fue la enigmática frase con que Isadora Duncan procuró alguna vez explicar los avatares de su trayectoria vital. Era una época en que todo lo que proviniese de ella motivaba comentarios entre un público cautivado por la creatividad de su cuerpo en movimiento.

Es que, dueña de una riqueza expresiva admirable, Isadora estaba conmoviendo una disciplina encadenada a las restricciones técnicas. Apelando a la inspiración que brotaba espontáneamente de su cuerpo en una búsqueda constante de la naturalidad, «la bailarina de los pies descalzos»»abrió nuevos rumbos en el mundo de la danza.

Su vida abunda en signos y presagios como la de los héroes trágicos griegos. Nacida en San Francisco (California) el 27 de mayo de 1878, confiesa que aprendió a bailar en el seno de su madre, «probablemente por efecto de las ostras y el champagne, el alimento de Afrodita», único que la señora Duncan, presa de una grave crisis espiritual, podía tomar en esa época. El padre, que era poeta entre otras cosas, y que escribiría un poema profetice sobre el destino artístico de la criatura, abandonó a la familia cuando Isadora era niña de pecho.

A los seis años la pequeña, cuya vocación se hacía más evidente cada día, enseñaba a bailar a los niños del barrio percibiendo por ello pequeñas sumas. La familia Duncan era bastante especial: la madre daba lecciones de piano; los hijos varones, Agustín y Raymond, se inclinaban por el teatro, y la otra mujer, Elizabeth, ayudaba a Isadora en sus clases de danza. En busca de mejores perspectivas artísticas, la familia se trasladó a Chicago, donde Isadora, ya adolescente, actúa en el Roof Carden haciendo concesiones a las exigencias empresarias por primera y última vez en su vida.

Pasaron luego a Nueva York, y allí interviene en las pantomimas de Jane May, con tal éxito que muchas señoras de la alta sociedad la contratan para que baile en sus salones. Después de dos años de esta experiencia, Isadora organiza una colecta entre sus no muy pródigas benefactoras y parte con los suyos para Londres en un pequeño barco que transporta ganado.

Una dama neoyorquina, en cuya casa ha bailado, le abre las puertas de la aristocracia inglesa. Envuelta en breves túnicas transparentes y con los pies desnudos calzados en graciosas sandalias, seduce a la familia real y a los artistas ilustres, pero al día siguiente no tiene qué comer. Los directores de teatro son insensibles a las ideas renovadoras. Los Duncan parten rumbo a París.

EL DESCUBRIMIENTO DEL AMOR
Todos los talentos están a los pies de esa californiana de ojos grises, de leves cabellos castaños rojizos y nariz respingada, de irresistible encanto. Aun el genial Rodin, ya viejo, ha querido apresar a la huidiza ninfa. Isadora se arrepiente años después de no haberle entregado su virginidad. Quien «debía transformarla en bacante desenfrenada», en cambio, fue el actor húngaro Osear Bérégy, a quien conoce en Budapest durante una exitosa gira. Pero Bérégy solo piensa en su propia carrera y comienza para la artista triunfante el conflicto entre el amor y la vocación, que la acompañaría hasta su muerte. Se separan.

En 1902 los Duncan cumplen el más obsesivo de sus sueños: viajan a Grecia. Besan el suelo al llegar. Compran una colina (Kopanos) para construir un templo de la danza y permanecer allí eternamente. Pero la construcción del templo resulta muy costosa. La «bailarina de los pies desnudos» inicia una gira por Europa para hacer frente a su empresa: Viena, Munich, Berlín, Bayreuth.

En 1905 viaja a San Petersburgo y a Moscú, donde la aplaude el gran Stanislavsky. Ambos comprueban que sus ideas-y métodos concuerdan asombrosa^ mente. Parecido asombro la invade ese mismo año en Berlín, cuando conoce al hermoso y violento Cordón Craig, uno de los más geniales innovadores del teatro moderno. Isadora ha fundado allí una escuela, junto con su madre y su hermana. Raymond, que la ha apoyado siempre en todos sus proyectos, está en Kopanos. Entre el coreógrafo Craig y la bella Isadora, brota el amor, como una llamarada, en la primera entrevista.

Pero Craig, celoso de todo, trata de imponer su propia obra relegando a Isadora. El enfrentamiento continúa aún cuando nace Deirdre, la hijita de ambos. Ella encuentra un remedio: un joven elegante y despreocupado. Lo lleva consigo por el norte y el sur de Rusia y también por el Caucase.

Ya es más que famosa, y solo la idea fija de formar un conjunto de bailarinas extraordinarias motiva sus apremios económicos. Parte sola a Estados Unidos y regresa enriquecida, después de seis meses, en 1909. No obstante, mientras actúa en París en la sala Gaité-Lyrique, piensa que necesita encontrar un millonario. Casi por telepatía se presenta en el teatro Singer, el rey de las máquinas de coser, y le ofrece solventar los gastos de la escuela y trasladarla a una villa que posee en la Riviera. Por primera vez el amor y la fortuna han llegado juntos. Hace otra tournée por los Estados Unidos, y poco después de su regreso, el 1° de mayo, nace su segundo hijo, Patrick.

En noviembre de 1912, durante una fiesta, Singer encuentra a su amada y al dramaturgo francés Henri Bataille en actitud comprometedora. Echa a sus invitados, apostrofa a «esa mujer» y se marcha jurando no volver.

DOLOR Y ESCÁNDALOS
En enero de 1913, durante una gira por Rusia, Isadora comienza atener alucinaciones. El médico recomienda un descanso en Versalles. El 26 de abril de ese año, Singer, que acaba de regresar de Egipto, quiere ver a los niños e invita a todos a almorzar en París. Es un reencuentro feliz. Pero en el viaje de regreso, el coche que lleva a Deirdre, a Patrick y a la niñera a Versalles, se precipita en el Sena y mueren los tres. Isadora pierde la fuerza y la voluntad de vivir. Inicia un peregrinaje desolado de país en país.

Viaja a Nueva York con algunas discípulas; después a Italia, Suiza, Grecia, Brasil, Argentina (1916), Uruguay, Cuba y otra vez a su país natal. Varios amores efímeros atraviesan su complicado itinerario. Admirada en todas partes, no deja de producir escándalos en las calles y los hoteles, sobre todo cuando ha bebido demasiado.
En 1920 viaja a Atenas con un grupo de alumnas y el pianista Walter Rummel, de quien se ha enamorado, dispuesta a continuar su templo griego. El «arcángel» del piano vive un gran romance con una de las bellas discípulas. Isadora ahoga sus celos en los vinos generosos de Grecia, hasta que los trastornos políticos ponen punto final a esta otra experiencia dolorosa.

En 1921 recibe en París un cable del gobierno soviético que la invita a Rusia y le ofrece apoyo oficial para su proyecto de escuela. A su llegada nadie va a esperarla. No tiene contrato, el gobierno carece de recursos y nadie piensa en la danza. Pero encuentra el amor encarnado en un poeta extraordinario, de cabeza de ángel y mirada dura: Sergio Esenin. Olvidando sus viejos prejuicios, Isadora se casa con él para viajar por el mundo sin molestias. Recorren Europa y Estados Unidos.

El poeta ruso tiene raptos de humor sombrío, borracheras coléricas y’devastadoras, y amenaza a veces con matar a su mujer. En febrero de 1923 vuelven a París y luego regresa a la URSS. Allí emprende una gira desastrosa que dura casi dos años, alojándose en hoteles miserables, durmiendo a veces en un banco de plaza, enfrentando a empresarios que no pagan y a un público que no tiene dinero ni comprende sus danzas.

Envejecida, desalentada, retorna a París. El 27 de diciembre de 1925 Esenin se suicida, abriéndose las venas, en un hotel de Leningrado y escribe con su propia sangre su último poema. Unos editores norteamericanos envían a Isadora un adelanto para que escriba sus memorias. Será ese libro que se llamará Mi vida donde reúne sus recuerdos hasta 1921. Alquila un estudio en Niza, pero vive en un hotel, con una fiel amiga, Marie Desti.

Conoce de vista en un restaurante de Niza a un joven llamado Falchetto, que quiere venderle su automóvil Bugatti. Un amor súbito la inflama nuevamente. El 14 de septiembre de 1927, el joven va a buscarla a su hotel. Isadora está rejuvenecida y radiante. Lleva alrededor del cuello una bufanda roja de largos flecos. «¡Adiós, voy a la gloria!», le grita a Marie, mientras se sienta en el automóvil. Cien metros más allá el auto se detiene. Los flecos del chal se han enroscado en una de las ruedas. Isadora Duncan ha llegado a la inmortalidad con el cuello quebrado y la cabeza inclinada hacia un costado.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia