Amor de Napoleon Bonaparte Biografia de María Walewska Historia






María Walewska
Napoleón Bonaparte subordinó casi enteramente su vida a las necesidades y ambiciones de su carrera militar y política, al punto que sus experiencias matrimoniales fueron condicionadas por razones de Estado. Eso no impidió que durante una de sus campañas conociera a María Walewska, noble polaca que lo amó sinceramente y lo acompañó aun en sus horas de infortunio.

El padre sostiene al pequeño Alejandro mientras este salta alegremente sobre sus rodillas.
-¿Qué quieres ser cuando crezcas?
-¡Napoleón! -contesta el niño, categóricamente.
El hombre sonríe y mira a la mujer, que, conmovida, se inclina y abraza a ambos, los dos grandes amores de su vida. Por ese hombre, a quien no ve desde hace cuatro años, dejó a su marido, a su familia y a su patria. Ahora ha pedido autorización para acompañarlo en su destierro en la isla, junto con el hijo de ambos. Juntos afrontarán con entereza lo que el futuro les depare: a ella una separación que será definitiva, y la muerte tres años después, en 1817; a él le espera Waterloo.

LA BELLA DURMIENTE
Los Laczinski eran una familia polaca cuyo linaje se remontaba al Medioevo, pero que a principios del siglo XIX se hallaba en decadencia. El padre había muerto joven y la madre había debido ingeniárselas para mantener a sus seis hijos.

En 1804, a los 15 años, María Laczinska dejó el pensionado donde le habían enseñado un poco de francés, de música y de baile. Era de pequeña talla, delgada, rubia, bellísima, y dos inmensos ojos azules aclaraban su rostro, de dulce expresión. Por su índole tímida, dócil, romántica y muy devota, bien podía haber ingresado en un convento, según era su deseo.

Pero su madre velaba por los intereses familiares y prefirió que su hija fuese la esposa terrenal del señor de la región, el conde Anastasio Colonna Walewski -ya de 70 años-, que se había dignado honrar con su apellido a la bella aspirante a monja. Y aunque María insistió en consagrarse a Dios, su madre le representó las necesidades familiares y la joven se resignó a satisfacer los requerimientos maternos.

En los años que siguieron a la boda pocas novedades alteraron la rutina del castillo de Wale-wice -pues desde la partición de Polonia los Walewski, ardientes nacionalistas, no hacían casi vida social—, donde María llevaba una vida austera.

Las cosas cambiaron, sin embargo, en enero de 1807. El conde regresó luego a Varso-via, donde reabrió su palacio, porque se acercaba Napoleón, vencedor de los rapaces prusianos y de los opresores rusos. El Emperador había reavivado en los pechos polacos la llama de la esperanza en la reunificación de la patria desmembrada. María, patriota como el que más, idolatraba, pues, a Bo-naparte y, mientras los franceses desfilaban por Varsovia entre las aclamaciones de la multitud, ella se asomó a un balcón y arrojó flores al paso del héroe. Este levantó los ojos hacia la beldad, sonrió y quitándose el gorro de marta cebellina lo agitó largamente para saludarla.

Por la noche, en la gran recepción ofrecida por el príncipe Poniatowski, la condesa fue presentada al Emperador, que fijó en ella su mirada de águila.

EL HONOR DE LA MUJER
A la mañana siguiente recibió una esquela de puño y letra de Napoleón: “No he visto más que a usted; no he admirado más que a usted; no deseo más que a usted. Una respuesta sin demora para calmar el impaciente ardor de N.”
La nota fue a parar al fuego. ¿Por quién la tomaba ese hombre que hasta ayer era su ídolo y que ella ahora despreciaba?

Entonces vino otra esquela y otra, y luego acudieron emisarios de la más alta alcurnia: Duroc, gran chambelán del Emperador, Talleyrand, Maret, Savary .. . Todos con el mismo mensaje: Napoleón accede a pensar en el futuro de Polonia, pero con una condición sine qua non: María.

Esta, indignada, se negó a recibir a nadie y solo consintió en escuchar a Poniatowski, que le entregó una carta lacrada y con varias firmas. María la abre y no puede dar crédito a sus ojos: El propio Gobierno Provisional de Polonia le solicitaba unánimemente, con los eufemismos estrictamente necesarios para no ser demasiado grosero, que complaciera a Napoleón. Todas las miradas lijas en ella le dicen lo mismo..

Por su parte, Napoleón creía vérselas con otra mujer que pretendía vender caros sus favores. Por eso lo sorprendió que en la primera entrevista María estallase en interminables sollozos. Él le hizo entonces algunas preguntas sobre su vida y le habló luego de sí mismo, de su soledad, de su amor. Pudo así arrancarle finalmente la promesa de otra cita para la noche siguiente.

Ella volvió a verlo pero siguió negándose a acatar los deseos del hombre más poderoso de Europa. Ante su obstinación él montó en cólera: ¡Qué le importaba a él Polonia! ¡No valía ni una gota de sangre francesa! María podía irse, y disponerse a seguir bajo la férula prusiana.

Era demasiado para la joven, que cayó desmayada. Napoleón la alzó para colocarla sobre un sofá y, presa de una pasión desenfrenada, la hizo suya.
Cuando ella volvió en sí y comprendió lo ocurrido, el horror la embargó. El Emperador, de rodillas, le pidió perdón como un chico, besándole la orla del vestido. María se recluyó en su casa, a la espera de que Napoleón cumpliera lo prometido para Polonia.

Pero él, lejos de eso, estrechó el cerco sobre la mujer hasta lograr finalmente entrar en su casa disfrazado. Sacando partido del estupor de ella, le tomó una mano y la puso sobre su corazón mientras le preguntaba:
-¿Aún me guardas rencor?

Ella quedó desarmada y él aprovechó la situación para visitarla todos los días -el conde estaba de viaje-. Napoleón le hizo infinidad de promesas y hasta logró convencerla de que volviese a hacer vida social. Cuando ella accedió a presentarse, comprobó con sorpresa que todos -franceses y polacos-la trataban con la reverencia debida a una reina.


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EN LA CALDERA DEL DIABLO
Después de la victoria de Friedland, Napoleón le pidió que lo acompañase a París. María se negó, porque el tratado de Tilsit (julio de 1807) no garantizaba las aspiraciones polacas y el Emperador, por lo tanto, no había cumplido su promesa. El se enfureció y gritó pero acabó suplicándole que lo amara.

Solo entonces ella se enamoró de él, furiosa e incondicionalmente, para siempre. Se presentó ante su marido y de rodillas le confesó humildemente su culpas poniendo su vida en las manos del anciano. El conde Walewski supo comprender -“¡Te desposé tan joven!”-, pero no pudo perdonarla. Devolvió a María su libertad, pero no quiso verla más, aunque permitió que ella besara su mano.

Desde entonces Napoleón tuvo en María a la más dulce, ardiente, abnegada, modesta y desinteresada de las amantes. La emperatriz Josefina se esforzó maquiavélicamente -pero en vano- por desmerecer la imagen de la bella mujer impecable que no pedía nada y amaba rectamente en Napoleón al hombre. Josefina se preocupó seriamente cuando se enteró de que María esperaba un hijo. Llegó a aceptar la idea de Napoleón de hacer pasar por suya a la criatura que iba a nacer. Pero María no aceptó la treta y Napoleón se divorció de Josefina, decidido a casarse con María.

Pero esta iba a resultar una emperatriz demasiado incorruptible, ajuicio de Fouché, el astuto jefe de la Policía, que se arriesgó a tenderle una trampa al propio Napoleón. Haciéndole creer que el Consejo Imperial ratificaría su matrimonio con María, lo incitó a dejar la decisión en manos de ese cuerpo. Sin embargo, para sorpresa del Emperador, el Consejo se pronunció por un matrimonio con la princesa María Luisa de Parma.

Napoleón quedaba así prisionero de la “razón de Estado”, y María Waleska debía volver a Polonia con su hijo “al menos por un tiempo”, para no deslucir la boda con la austríaca.

Una madrugada de febrero de 1810 el Emperador veía alejarse el coche que llevaba a María y a su hijo, mientras trataba de convencerse a sí mismo de que la separación sería breve. Volviéndose hacia su fiel Duroc le dice:
-Allá va la única mujer- que me ha amado.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia





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