Biografía de Carolina Otero

Biografia de Cecilia Grierson Primera Medica Argentina Mujeres

Cecilia Grierson:
La Medicina en Tiempos de Hombres

LA MUJER EN LA HISTORIA: VIDA DE GRANDES MUJERES DE LA HISTORIA

MEDICA argetina Cecilia Grierson

CECILA GRIERSON: Al hablar de la historia de la medicina argentina surge, ineludible, el nombre de Cecilia Grierson (1859-1934), la primera mujer que se graduó como médica en Sudamérica. Antes de eso fue docente y, según manifestó, comenzó estudios de medicina para ayudar a una-amiga enferma. Para hacerlo tuvo que obtener un permiso especial, pero cuando estaba en tercer año fue nombrada ayudante de la cátedra de Histología. Se recibió en 1889 y comenzó una carrera de logros, aunque no debidamente reconocidos.

En la historia del país, existen algunos nombres que quedarán para siempre ligados al forjamiento de la nación, ya que de alguna u otra manera han logrado cambiar por completo a la sociedad. Tal es el caso de Cecilia Grierson, un nombre que seguramente nos resultará familiar, ya que hoy existen calles, escuelas y fundaciones que llevan su nombre.

No obstante, quizás muchos desconozcan la historia de esta mujer, que luchó contra una sociedad machista para lograr alcanzar su sueño. Es que desde muy pequeña ansiaba poder ayudar a sus semejantes, y atraída por las ciencias relacionadas a la medicina, el 2 de julio de 1889 se graduó en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, convirtiéndose de esta manera en la primera médica argentina.

Biografia de Cecilia Grierson Primera Medica Argentina

Nacida en Buenos Aires el 22 de noviembre de 1859, en un principio creyó que la docencia era su destino, por lo que se recibió de Maestra en la Escuela Normal Nº 1. Pero por aquellos mismos años, la tragedia y la enfermedad llagaron a su vida.

El padecimiento de su mejor amiga Amelia Kenig la instaron a realizar los estudios en medicina, con la esperanza de poder ayudarla, y al mismo tiempo se dio cuenta que las ciencias naturales eran su verdadera pasión.

Lo cierto es que la noticia no fue precisamente recibida con alegría entre sus familiares, ya que hasta ese momento ninguna mujer argentina había osado ingresar a la facultad de medicina.

No obstante, Cecilia Grierson se enfrentó a esa sociedad que pretendía despojarla de sus sueños y ambiciones, repudiándola por ir en contra de lo establecido, para finalmente graduarse en 1889. Mientras estudiaba, precisamente en 1886, fundó la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico Argentino, desafiando otra vez a aquellos que la juzgaban por sus decisiones.

Su labor como médica comenzó en el área de ginecología y obstetricia del Hospital San Roque, conocido actualmente como Ramos Mejia. Allí comenzaba la actividad profesional de la doctora Cecilia Grierson, que fue realmente intensa e ininterrumpida hasta su fallecimiento.

Se convirtió en miembro fundador de la Asociación Médica Argentina, y en 1892 participó en la realización de la primera cesárea que se llevó a cabo en el país. Intentó brindar sus servicios como docente, en la Cátedra de Obstetricia para Parteras, pero no fue posible, ya que en aquella época las mujeres no tenían permitido cubrir cargos docentes en la universidad.

Innovadora en todos los terrenos, en 1897 publicó el libro “Masaje Práctico”, un compendio que explicaba y profundizaba acerca de la técnica kinesiológica, hoy considerado uno de los ensayos más precursores en este ámbito. Le siguieron a este las publicaciones de “Educación Técnica para la Mujer” y “La educación del ciego y Cuidado del enfermo”.

Su sed por capacitarse cada vez más en su profesión, la llevaron a viajar a Europa, y allí, precisamente en Londres, se desempeñó como Vicepresidencia del Congreso Internacional de Mujeres.

Inspirada en la pasión que había despertado con la realización de su último libro, dedicado a los no videntes, en 1905 inició el Instituto Argentino para Ciegos. Luego, dos años después fundó la Asociación de Obstetricia Argentina y el Liceo de Señoritas, en el que también se desenvolvió como profesora.

En su lucha por la igualdad de géneros, realizó un extenso estudio sobre el Código Civil, pero debió esperar más de una década para poder observar algunos cambios con la reformulación de ciertas normas.

Su actitud frente a la vida y su constante lucha por los derechos de las mujeres, si bien le reservaron un lugar en la historia argentina, lo cierto es que la enfrentó a una sociedad que no estaba preparada para afrontar los cambios radicales que planteaba. Por eso, fue injustamente repudiada.

No obstante, su talento fue galardonado y homenajeado tanto en vida como después de su muerte, reconociendo de esta forma su intensa labor en favor de la educación y la medicina Argentina.

Paradójicamente, el final de su vida Cecilia Grierson sufrió la pobreza y debió sobrevivir con una magra jubilación, hasta que el 10 de abril de 1934 su implacable voz de luchadora fue acallada por la muerte.

Ver: Grandes Mujeres Cientificas de la Historia

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Julieta Lanteri

Biografia de Golda Meir Primer Ministro de Israel Ejemplo de Vida

Biografía de Golda Meir Primer Ministro de Israel

Golda Meir: A principios de siglo era una pequeña emigrada rusa que refugiaba su pobreza en los Estados Unidos. Cincuenta años después ocupaba, por su propio esfuerzo, el más alto cargo en el gobierno del Estado de Israel, un país que había contribuido a crear y defender. Golda Meir culminaba así una larga lucha en la que había empeñado el esfuerzo de toda su vida.GOLDA MEIR Primer Ministro de Israel

Si alguna palabra puede de finiría es pionera, ha dicho uno de sus biógrafos. Pionera entre las mujeres que llegaron por sus propios méritos a los puestos más encumbrados de la política y el gobierno y también de lo que sería a partir de 1948 el Estado de Israel, cuya existencia, a la vez consolidada y amenazada, pocos como ella han contribuido a afirmar.

Es más: en algún momento de la década de 1971-1980 una difundida publicación europea se expresó en estos términos: «El futuro del mundo, la paz o la guerra, está en manos de dos mujeres: Indira Gandhi y Golda Meir.»

Esta mujer, cuya trayectoria parece abrir caminos nuevos para su sexo y aun para su pueblo, eligió bien su campo de acción: un país nuevo y joven que ella ayudó a nacer, donde no hay lugar ni tiempo que perder discutiendo prejuicios o tradiciones anacrónicas de discriminación entre los sexos. Golda Meir triunfó donde solo podían triunfar el talento, la capacidad la pasión y la voluntad.

La vida de Golda Mabovitch -su nombre de soltera- comenzó el 3 de mayo de 1898 en Kiev, capital ucrania de Rusia sudoccidental. Su familia era muy pobre: el padre trabajaba como ebanista, aunque, según una ironía de Golda, «los comunistas dirían, por mi origen, que pertenezco a la alta aristocracia proletaria». De sus siete hermanos solo sobrevivieron Shana, la mayor, y Zipora, menor que Golda. Desde temprano su carácter resuelto reveló que no solo de nombre se parecía a su bisabuela, Buba Golda, una distinguida matrona que vivió 94 años.

PRIMERA EMIGRACIÓN
En 1906 la familia Mabovitch se incorporó a la corriente de judíos rusos que emigraban a Estados Unidos en busca de horizontes más promisorios, libres de las persecuciones religiosas (pogroms) de la Rusia zarista. Establecidos en la ciudad norcentral de Milwaukee (estado de Wisconsin), el padre trabajó en una carpintería ferroviaria mientras la madre atendía una tienda de comestibles. La pobreza, sin embargo, no dejó de pesar sobre la familia.

Ello no impidió que el desempeño escolar de Golda fuese brillante, y ya a los 10 años demostró su espíritu de iniciativa al organizar una sociedad juvenil de ayuda, cuyo objetivo era proveer de libros a los niños necesitados. A los catorce años escapó de la casa paterna y se fue a Denver (estado de Colorado) a vivir con su hermana Shana, de ardiente ideario socialista, que influyó mucho sobre Golda. Allí encontró trabajo en una lavandería.

Hacia 1916 se hallaba de regreso en Milwaukee preparándose para seguir la carrera docente. Por entonces ya dedicaba gran parte de su tiempo a toda clase de actividades sociales de la comunidad judía: actuó así en el seno de organizaciones tales como el Poalei Zion -Partido Sionista Socialista-, la Asistencia a los Judíos de Europa Oriental, el Congreso Judío Norteamericano, y los establecimientos escolares Yiddische Folk Shulen. Estos últimos eran escuelas judías de tendencia socialista donde ella dictaba clases de yiddish. Sus vibrantes discursos en este idioma y en inglés despertaban ya la atención de algunos dirigentes.

Pero su paso por Denver había traído otras relaciones. Allí conoció, en un sanatorio para tuberculosos donde trabajaba Shana, a Morris Meirson, otro judío ruso inmigrado. «Teníamos en común -dice Golda- la pobreza, la tuberculosis y el socialismo.»

Según ella, debió a Morris su formación cultural. Juntos leían poesía y filosofía, y, como no tenían dinero, iban a los conciertos gratuitos y escuchaban a las orquestas que tocaban en algunas plazas públicas.

Pero hubo algo que los separó desde un principio: Morris no era sionista, y consideraba que los nacionalismos de los distintos países del mundo eran escollos interpuestos en el camino del internacionalismo socialista. Golda, que ya sentía las ansias de emigrar a la tierra prometida a su pueblo miles de años atrás, le respondía con vehemencia que el internacionalismo no significaba el fin de las naciones, así como las orquestas no acaban con los violines.

LA VOZ QUE LLAMA AL DESIERTO
Golda siguió trabajando para su pequeña organización política sionista, que bregaba por la construcción de una patria en Palestina, basada en un orden social sin desigualdades económicas. En 1917 decidió viajar a Palestina y trabajar en una colonia colectiva como jalutzá, es decir pionera.

Morris se oponía a la idea, pero era más fuerte su deseo de casarse con Golda. Así que acabó por aceptar la condición de que partieran juntos que ella le impuso. «Si él no me hubiera acompañado -dice Golda- habría partido igual, pero descorazonada.»

Durante tres años recorrió Estados Unidos recolectando dinero para su grupo y su periódico. Finalmente, en 1921, ella y su esposo se embarcaron rumbo a Palestina.

Los Meirson se instalaron en un kibbutz (típico establecimiento agrícola comunitario israelí) del valle del Esdraelón. En los primeros tiempos Golda trabajó en el desecamiento de pantanos y luego se especializó en la cría de gallinas. No había pasado un año cuando ya la habían designado delegada del kibbutz al consejo de la Histadrut, la Confederación General de Trabajadores Sionistas.

Morris, sin embargo, no pudo adaptarse a la vida del kibbutz: Golda deseaba hijos, y él no quería tenerlos en la colonia. En 1923 la pareja se fue de Merja-via. «Esos dos años -^recuerda Golda con nostalgia- fueron maravillosos: construir, construir, construir. Abandonar el kibbutz fue la mayor frustración de mi existencia, y aunque no podría haber actuado de otra manera, si pudiera reiniciar mi vida no lo volvería a hacer.»

Durante un año vivieron en Tel Aviv, hasta que en 1924 se trasladaron a Jerusalén. El sueldo de Morris era miserable y la pareja vivía en la estrechez. Cuando les alcanzaba para comprar un poco de pan y queso, ellos lo celebraban como si fuese todo un banquete. Mientras, Golda trabajaba de lavandera; y en ese tiempo nacieron sus dos hijos.

UNA PASCUA SIN DINERO
Para la Pascua, los Meirson se trasladaron a Hertzelia, donde había venido a instalarse el padre de Golda con parte de la familia. Los Mabovitch no estaban en mejor situación económica, sin embargo, y hubo un año en que no les alcanzó el dinero ni siquiera para comprar el pan de pascua judío (que se prepara sin levadura) y una botella de vino para bendecir la fiesta.

«El corazón se me encogió -relata Golda-. Faltaban pocos días para Pascua y yo no podía dormir pensando en lo que podría estar tentado de hacer en esa situación un judío orgulloso como mi padre.»

Golda decidió ir a Tel Aviv. Allí recorrió todos los bancos solicitando un préstamo, pero, por supuesto, nadie quería darle crédito. Finalmente, después de mucho trajinar, le concedieron una pequeñísima suma. Regresó feliz a Hertzelia y se la entregó a su padre. «Cuando vi la expresión de sus ojos… Bueno, no quiero que nadie vea a la primera ministra soltando una lágrima… Pero fue tremendo.»

A pesar de sus dificultades económicas, Golda no olvidaba su pasión por la causa. En 1928 ocupó el cargo de secretaria del
Consejo Laboral Femenino y se lanzó a la carrera pública, que en lo sucesivo habría de obligarla a viajar y alejarse con frecuencia de su hogar. Fue uno de los miembros fundadores del Mapai —el Partido Laborista de Israel- y estuvo vinculada a casi todos los aspectos del esfuerzo constructivo sionista.

UN LABORIOSO ASCENSO
Desde entonces se sucedieron ininterrumpidamente cargos y las responsabilidades cada vez más pesadas: secretaria general de la Histradut, jefa del departamento político de la Agencia Judía, embajadora en Moscú, encargada de diversas negociaciones internacionales -inclusive entrevistando a jeques árabes en una atmósfera de gran peligro físico para ella-, ministra de trabajo, ministra de Relaciones Exteriores y, finalmente, desde 1969, presidenta del consejo de ministros.

Su vida pública y sus continuos viajes le han significado, entre otros sacrificios, perder la compañía de su marido.
En 1974, una grave crisis política la obliga a abandonar su alto cargo. Prácticamente retirada de la vida pública le resta entonces tiempo para hacer algunas reflexiones sobre su vida y hasta irónicas alusiones a su carrera.«Toda mi vida adulta -ha dicho-he trabajado entre hombres, y ellos me trataron de acuerdo con mis méritos. Nunca conocí a un hombre que rechazara una opinión mía porque fuese mujer… excepto uno: mi marido.»
 

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de Gertrude Stein Escritora y Poetisa Gabriela Mistral

Biografía de Gertrude Stein Escritora y Poetisa Gabriela Mistral

Gertrude Stein
Aunque nació y pasó su juventud en Estados Unidos, fue en Europa donde primero se reconoció su innegable talento. Su profundo aprecio por el arte-especialmente la pintura- y su exquisita intuición le permitieron descubrir talentos ignorados, que luego serían reconocidos mundialmente. Su vasta obra literaria le valió ser considerada una de las grandes escritoras del siglo XX.Gertrude Stein

Su nombre resulta familiar a los amantes de la pintura por el famoso retrato que hizo de ella Picasso (foto). Pero pocos saben que se trata de una escritora norteamericana que contribuyó a renovar la literatura de su país durante el primer tercio del siglo XX.

También son pocos los que conocen el destacadísimo papel que le tocó desempeñar en la historia del arte contemporáneo. La fama de quienes la rodearon y de quienes ella contribuyó a formar o a revelar al mundo oscureció en cierto modo la suya propia.

NIÑEZ Y JUVENTUD NORTEAMERICANAS
La familia Stein residía en Allegheny (Pennsylvania) cuando nació Gertrude, en 1874. Como disfrutaban de un buen pasar, poco después de nacer la niña los Stein se trasladaron con sus tres hijos a Europa, como solían hacerlo en esa época las familias acaudaladas. Visitaron primero Viena, pasaron luego a París y, finalmente, el padre decidió volver a Estados Unidos, para instalarse en California.

Allí Gertrude comenzó a leer hasta convertirse en una lectora voraz por cuyas manos pasó una infinidad de volúmenes. La vida de los Stein transcurrió sin sobresaltos hasta que murió la madre y, un año después, el padre.

Gertrude tenía entonces dieciocho años. Con su hermano y su hermana se trasladaron entonces a Baltimore, en la costa atlántica. Gertrude asistió por entonces a los seminarios del famoso psicólogo y filósofo norteamericano William James, quien la inició en los secretos de la escritura automática –es decir, la que se escribe sin intervención de la voluntad consciente– mucho antes de que los surrealistas la pusieran de moda. Más tarde ella recurrió a ese procedimiento en algunas de sus obras.

Por su parte, William James quedó muy impresionado por la inteligencia de su discípula y la aconsejó que estudiara medicina y se dedicara a la investigación. Gertrude intentó seguir su consejo y cursó esa carrera durante cuatro años, al principio con resultados brillantes, pero a medida que avanzaba en sus estudios advirtió que la medicina no era su vocación y, ya próxima a graduarse, la abandonó para dedicarse a las letras y al arte. Decidió entonces tomarse un descanso y se embarcó con su hermano rumbo a Londres; no sabía que estaba abandonando su patria para siempre.

EUROPA ANTES DE LACRAN GUERRA
Una vez en Londres, Gertrude se pasaba los días leyendo a autores de la época isabelina en el Museo Británico. Comenzó también a escribir y ya nunca dejaría de hacerlo. En 1903, de común acuerdo con su hermano, resuelven trasladarse a París. Gertrude se instala en el número 27 de la rué Fleurus, una dirección que sería pronto famosa entre los artistas.

Durante una estadía en Florencia el hermano de Gertrude oyó hablar de un pintor llamado Cézanne, cuyos cuadros se hallaban arrumbados en la trastienda de un marchand.

Adquirieron primero un pequeño paisaje. Luego se interesaron por los grupos de desnudos del pintor. Entre tanto, merced a la acción desinteresada de Gertrude y su hermano, los cuadros de Cézanne empiezan a ser conocidos y aumentan de valor. Los hermanos llevan también a su casa dos Renoirs, después dos Gauguins, unDaumier, y más tarde un retrato de mujer de Cézanne. Esta última adquisición es importante porque Gertrude se inspiró en ese retrato para escribir una serie de novelas cortas que tituló Tres vidas y que se publicó en 1909.

Los muros de la rué de Fleurus se fueron cubriendo. En la exposición del Salón de Otoño los Stein, con certero ojo crítico, descubren a Matisse, quien había presentado a la muestra un retrato de mujer que fue el hazmerreír de la exposición. Pero a Gertrude le encanta y lo compra: es el retrato, hoy mundialmente famoso de La mujer del sombrero.

Apenas los Stein tocan a un pintor con su varita mágica, este se valoriza. Así sucede con Matisse, que paulatinamente va despertando la curiosidad y el interés del público. Gertrude y él se hacen amigos y, gracias al
pintor, la casa de la calle Fleurus empieza a ser frecuentada por toda la bohemia de París.

Un nuevo descubrimiento se suma a los anteriores: en una oscura galería Gertrude y su hermano tropiezan con un cuadro de un tal Pablo Ruiz Picasso que los fascina. Lo compran en seguida e invitan a la rué de Fleurus al entonces desconocido pintor español, con quien entablan una íntima amistad.

Después de Picasso acuden Braque y Juan Gris, padres del cubismo. Gertrude es el lazo de unión entre todos ellos: aunque no publica, sigue escribiendo y afinando su expresión; los artistas, por su parte, no dejan de apreciar la exactitud de sus observaciones y su juicio equilibrado.

Picasso se ofrece a retratarla y la escritora acepta, complacida. Nace así una de las obras más admiradas del pintor español, donde se reflejan los diversos matices de la personalidad fascinante de Gertrude. El retrato nos la muestra de cuerpo fuerte y macizo, iluminado por su mirada inteligente y tenaz. La expresión de los ojos y la boca trasunta una ternura muy femenina, pero también profunda firmeza.

En 1907 comienza a vivir con Gertrude una mujer callada, fiel e inteligente, Alice B. Toklas, que nunca se separará de ella. En 1933, como homenaje a Alice, Gertrude escribe La autobiografía de Alice B. Toklas, libro que -según la autora- debió de haber escrito Alice, pero que, por pereza, le encomendó escribir a ella. De estilo irónico y conciso, la obra es una magnífica fuente de información para quienes se interesan por el arte de principios de siglo.

La casa y la tertulia de los Stein se van haciendo célebres y también son visitadas por la aristocracia, pero la primera guerra mundial dislocó brutalmente ese clima de esteticismo e ilusorio progreso indefinido.

UN CUARTO DE SIGLO AGITADO: 1914-1939
La guerra sorprendió a Gertrude mientras visitaba en Inglaterra al matemático y filósofo Alfred North Whitehead, uno de los tres genios que ella confiesa haber conocido: el segundo era Picasso y el tercero ella misma. En cuanto pudo, regresó a París para contribuir al esfuerzo bélico. Compró entonces un automóvil y lo transformó en ambulancia, con la que Alice y ella recorrieron el país poniéndose a disposición de las autoridades militares, para auxiliar a los heridos.

Esa actividad no le impide seguir escribiendo: trabaja en Tender buttons (Botones tiernos), una colección de poemas, y en una ambiciosa novela titulada The Making of Americans (La forja de los norteamericanos).

Al finalizar la guerra el gobierno francés la condecora. Su fama, entre tanto, atrae a escritores jóvenes de América y Europa en busca de aliento e indicaciones. Así llega un buen día a lame de Fleurus el joven ErnestHemingway, gran admirador de la escritora, quien mueve todas sus influencias para que Gertrude publique The making… A Hemingway le siguen otros autores de talento, entre ellos Scott Fitzgerald. En 1934 el músico norteamericano Virgil Thomson compone Cuatro santos en tres actos, ópera con libreto de Gertrude. Ese mismo año ella publica Retratos y plegarías, y en 1938 un libro sobre Picasso.

Ya casi es «una inmortal», a pesar de que el gran público aún no la conoce. Su influencia se hace sentir, sin embargo, a través de los mejores escritores de Europa y Estados Unidos, que se declaran discípulos de ella. Los pintores a quienes ayudó a triunfar se han convertido en clásicos. De las paredes de su casa cuelgan varios de los cuadros más importantes de la primera mitad del siglo XX. Entonces, en pleno pináculo de su fama, Gertrude decide retirarse de la sociedad, para terminar su obra.

Cuando estalla la segunda guerra mundial ella sigue trabajando: escribe París, France (1940) y Guerras que he visto, que se publica póstumamente. Al finalizar la contienda, sigue escribiendo porque ante todo es escritora y la palabra es su mundo. Solo deja de escribir cuando muere, en 1946, rodeada del cariño y la admiración de Europa y América. Había legado a su época y a la posteridad lo mejor de sí misma.

Vida de Ernest Hemingway

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia Maria Estuardo Resumen Conflicto con Isabel I de Inglaterra

Biografía María Estuardo 
Conflicto con Isabel I de Inglaterra

Resumen Biografía de María Estuardo
El siglo XVI fue en toda Europa escenario de enconadas luchas políticas y religiosas. María Estuardo, reina católica de un país calvinista, supo manejarse con habilidad en tan delicada situación y logró dar a Escocia un breve período de paz. Sucumbió sin embargo ante el poderío de Isabel I de Inglaterra, que le impuso un prolongado cautiverio y finalmente ordenó su decapitación.Biografia Maria Estuardo Conflicto con Isabel I de Inglaterra

«En mi fin está mi principio». Esta frase, bordada en franceses en los paños que cubrían el trono de María Estuardo, ha resultado profética. Algunos han visto en ella el triunfo póstumo de la reina de Escocia sobre su enemiga, Isabel I de Inglaterra. En efecto, fue Jacobo VI, hijo de María, quien a la muerte de Isabel ciñó ambas coronas.

Muchas obras se han escrito sobre Maria Estuardo, inclusive poemas dramáticos famosos, como los de Alfieri, Schiller y Swinburne. La reina de Escocia ha tenido multitud de defensores y de detractores, todos acérrimos e intransigentes en su apasionamiento en pro o en contra de María.

Como reina católica, contó siempre con la simpatía de sus correligionarios, y como mujer hermosa y apasionada cautivó irresistiblemente los corazones románticos. En cambio, siempre se le mostraron inconciliables los enemigos del «papismo» y los ingleses orgullosos de su tradición monárquica y de su hábil reina Isabel, que tanto hizo por la gloria y el poder británicos.

A estos poco les importó que la «reina virgen» fuera el fruto de un matrimonio morganático, y menos aún que la Iglesia Católica la considerase una bastarda, nacida de un matrimonio insanablemente nulo. Sin embargo, ello preocupaba en grado sumo a la propia Isabel, más consciente que nadie de los mejores títulos dinásticos de María Estuardo al trono de Inglaterra, los que en última instancia habrían de motivar el trágico destino de la escocesa.

LA REINA DE FRANCIA
Nació María el 7 de diciembre de 1542 en Linlithgow, pocos días antes de la muerte de su padre, Jacobo V de Escocia, de quien era la única heredera legítima viviente. Contaba apenas un año de edad cuando fue coronada, y su madre, María de Guisa, perteneciente a la entonces poderosa familia francesa de Guisa y Lorena, ofició de regente durante los azarosos años en que los ingleses invadieron una y otra vez las Lowlands (tierras bajas) escocesas.

En 1548 la niña reina fue prometida al Delfín de Francia, Francisco, algo menor que ella, y enfermizo. María pasó el resto de su infancia y su adolescencia en la corte francesa, donde las típicas intrigas renacentistas eran habituales y donde los nobles católicos y hugonotes se disputaban el favor del rey Enrique II, hijo de Catalina de Medicis.

La pequeña escocesa conquistó de entrada los corazones de la familia real francesa –excepto el de Catalina, que deseaba la corona para su otro hijo, Carlos– y los de toda la corte con su belleza, que crecía día a día, y con su gracia, gentileza y buen corazón.

El 24 de abril de 1558 su matrimonio con el Delfín fue celebrado con gran pompa, y al año siguiente, al fallecer Enrique II, María ciñó fugazmente la corona de Francia porque el 5 de diciembre de 1560 murió Francisco II y Catalina, la reina madre, vio cumplido su anhelo de que Carlos, su hijo favorito, ocupase el trono.

Poco antes había fallecido María de Guisa, la regente de Escocia, y desaparecido así su principal adversario, los calvinistas obtuvieron la supremacía: el 25 de agosto de 1560 el Parlamento escocés proclamaba al calvinismo religión del Estado.

LA REINA DE ESCOCIA
Un año después, el 19 de agosto, un buque procedente de Francia anclaba en el puerto de Leith, tras haber burlado el patrullaje de los navíos ingleses enviados en su busca por Isabel I que, advertida de la presencia de la reina de Escocia y ex reina de Francia, le había prohibido hacer puerto en Gran Bretaña.

María fue bien recibida por su pueblo y pronto demostró que, si bien exigía que se la dejase seguir practicando personalmente su religión católica, aceptaba el statu quo y renunciaba a reimplantar en el país la antigua fe. A tal punto, que no vaciló, en 1562, en salir a combatir en persona, y vencer al noble católico más poderoso de Escocia, el conde de Huntley.

Condenada a muerte Por casarse con el asesino de su segundo esposo, y por enfrentarse al calvinismo, la reina escocesa María Estuardo debió abdicar y buscar refugio en Inglaterra. Allí vivió 19 años, cautiva de Isabel I, hasta que se demostraron sus vínculos con una conspiración contra la soberana, lo que le valió la pena de muerte. María Estuardo se dirige al patíbulo, por Scipione Vannuteli; siglo XIX.

Eso no bastó para ganarle la confianza de fanáticos como John Knox, para quien la reina oponía «a la verdad de Dios una mente orgullosa, un ingenio astuto y un corazón empedernido». En esto coincidía con el embajador inglés, Throckmorton, que informó a su soberana: «La reina de Escocia se conduce con tal honorabilidad, sabiduría y discreción, que no puedo dejar de temer su progreso».

En efecto, gracias a la hábil conducción de María, Escocia disfrutó de cuatro años de paz (1561-1565), que no es poco decir en ese convulsionado siglo XVI. Pero aunque su conducta era intachable, desde los pulpitos los pastores calvinistas la cubrían sistemáticamente de calumnias y alentaban a la rebelión contra ella.

A ello se sumaban, además, las maquinaciones de su implacable rival, Isabel de Inglaterra, que simulando oponerse al casamiento de María con un primo, lord Henry Darnley, consiguió lo que realmente se proponía: que María se empeñase en llevarlo acabo. Darnley era un muchachón apuesto pero alocado, que como príncipe consorte solo podía llevar el caos a Escocia, favoreciendo así los planes de Isabel.

El matrimonio se celebró el 29 de julio de 1565, y desde ese momento todo se desarrolló a gusto de la reina de Inglaterra. Se sucedieron las rebeliones de nobles escoceses contra el poder real, y María debió encabezar una fatigosa campaña contra su propio hermanastro, James Stuart, conde de Moray, que había contado con el apoyo de Isabel.

Por su parte, Darnley se vio envuelto en una conjura para asesinar al secretario de María, David Rizzio, quien fue muerto en presencia de la propia reina, que se hallaba encinta y nada pudo hacer. Con ello las relaciones entre los esposos quedaron definitivamente deterioradas, y el nacimiento de un hijo -el futuro Jacobo VI- el 19 de junio de 1566 no logró mejorarlas pues Darnley no se hizo presente en su bautismo.

LA FUERZA DE LAS COSAS
La atolondrada conducta de Darnley no le granjeó a este el apoyo de ningún partido, y así fue como el 10 de febrero de 1567 el príncipe consorte pudo ser asesinado impunemente por los esbirros de James Hep-burn, conde de Bothwell, que se había convertido en el «hombre fuerte» de Escocia.

María tuvo que soportar el golpe, pues nadie se atrevía a castigar al evidente culpable. Envalentonado, este osó raptar a la propia reina el 24 de abril del mismo año, y con su consentimiento o sin él sobre este punto la evidencia histórica y las declaraciones de María resultan bastante ambiguas- tuvo relaciones con ella en el castillo de Dunbar, adonde la había conducido.

Bothwell consiguió asimismo que varios de los principales nobles del reino aconsejaran a la reina que lo desposase. Sola, privada de todo apoyo, María se vio obligada a aceptar una imposición que por otra parte no parecía del todo desagradable. Estas nuevas nupcias, celebradas el 15 de mayo de 1567, señalaron el comienzo de su ocaso. Una confederación de nobles escoceses se rebeló contra Bothwell y María, y después de derrotar a las tropas de ambos en Carberry Híll a un mes de la boda, proclamó rey de Escocia al niño Jacobo y regente al conde de Moray.

Derrotada nuevamente por Moray en Langside el 13 de mayo de 1568, María tuvo la infeliz idea de refugiarse en Inglaterra, donde por orden de Isabel fue apresada y juzgada por el asesinato de Darnley. En el juicio se adujeron muchas pruebas contra la prisionera, varias de ellas notoriamente falsas. Finalmente fue absuelta, pero debió pasar el resto de su vida prisionera.

Durante esos diecinueve años María no dejó de conspirar para obtener su libertad e inclusive para promover la invasión de Inglaterra por España. Con ello dio a Isabel el pretexto que necesitaba para ordenar a su secretario Davison qué la hiciera decapitar. Cumplida la sentencia el 8 de febrero de 1587, la reina de Inglaterra, aparentando que se había tratado de un error, multó a Davison en diez mil libras, con lo que le redujo a la miseria.

Biografia Gabriela Mistral Resumen Vida de la Poetisa Chilena Obras

Biografía Gabriela Mistral
Resumen Vida de la Poetisa Chilena

Biografía de Gabriela Mistral: Poetisa chilena de excelsa calidad, la primera figura literaria de Hispanoamérica, tras haber obtenido el premio Nobel de Literatura correspondiente al año 1945. Nació en Vicuña (valle de Elqui), Chile, el 7 de abril de 1889, y sus padres, unos campesinos, Godoy y Alcayaga de apellido respectivamente, la pusieron por nombre Lucila.

La bondad, ternura y ansia maternal de su corazón dispusiéronla admirablemente para la enseñanza que ejerció durante once años en liceos de Antofagasta, Los Andes, Punta Arenas, Temuco y Santiago. Quizás fuera el abandono y la tristeza que signaron su infancia lo que la hizo bregar a lo largo de toda su vida por los desposeídos, los niños y los indígenas.

Pero esta circunstancia también despertó en ella una necesidad de expresarse a través de la poesía que le valió, en 1945, el Premio Nobel de Literatura, por primera vez concedido a un escritor latinoamericano. Gabriela Mistral

A su padre le debió la vocación poética y la tristeza que marcó en forma indeleble su infancia, transcurrida enteramente en la ciudad chilena de Vicuña -en el valle de Elqui- donde nació el 7 de abril de 1889.

Es que, siendo apenas una niña, Lucila Godoy Alcayaga, conocida mundialmente con el seudónimo de Gabriela Mistral, sufrió el impacto del abandono paterno. Jerónimo Godoy, en efecto, se marchó un día para siempre, aunque no sin antes haber cultivado en la pequeña el gusto por la poesía y el amor por los campesinos, la tierra, y sus frutos primarios.

En la infancia de Gabriela reinaron desde entonces su tía Emelina y su abuela, que por las noches leía la Biblia en voz alta y la iba familiarizando con la poética sensualidad de los versículos del Cantar de los Cantares.

Antes dé terminar la escuela primaria escribe sus primeros versos y traba amistad con algunas compañeras que comparten sus lecturas y juegos. El recuerdo de esos días la acompañará siempre, a tal punto que en su madurez evocó a sus amiguitas con calidez y ternura: Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar. /Rosalía con Ifigenia y Lucila con Soledad. / Iban las cuatro con las trenzas de los siete años, / y batas claras de percal / persiguiendo tordos huidos / en la sombra del higueral.

A la edad de quince años Gabriela ya publica en un periódico y firma con seudónimos enigmáticos y melancólicos: «Alguien», «Soledad», «Alma». En 1906 comienza a trabajar en una escuela primaria de La Cantera; allí conoce a Romelio Ureta, un empleado de ferrocarril con quien inicia un noviazgo de largas charlas en una sala de pensión provinciana, de paseos y confidencias por los senderos de campaña.

Nada en Gabriela revelaba que estuviera viviendo una intensa pasión, pero ese opaco idilio que el tiempo desgastó lentamente dio origen a una de sus obras más importantes, directamente inspirada por el prematuro fin de Romelio que, en 1909, sustrae una modesta suma de la estación de ferrocarriles de La Cantera y cuando es descubierto, se suicida. Impresionada por la tragedia, ese mismo año Gabriela escribe sus célebres Sonetos de la muerte, con los que gana en 1914 los Juegos Florales de la Sociedad de Artistas y Escritores. Es el momento en que comienza la leyenda.

Los lectores de Chile y del extranjero advierten la presencia gallarda e imponente de esa mujer volcada hacia la tierra, los desposeídos y el dolor. Se trata de alguien que habla de materias y texturas simples: pan, harina, miel; del reflejo de una llama de pinos en el rostro de los seres queridos. Poco a poco los versos de Gabriela cobran trascendencia, pero no abandona el magisterio. Hasta 1921 recorre toda su patria enseñando y escribiendo.

Es profesora en Traiguén, Antofagasta y Los Andes; directora de liceo en Punta Arenas, Temuco, y Santiago. Su nombre cruza la frontera, atraviesa América, se carga de resonancias misteriosas; es discutido, defendido y vituperado.

Paralelamente, el fervor religioso de Gabriela busca un cauce en forma impetuosa y desordenada: primero se aferra al catolicismo, después a la teosofía y también –por breve lapso- al espiritismo. Se vuelca luego al budismo por influencia de las suaves poesías de Rabindranath Tagore, pero de ese Oriente que predica amor y paz entre los hombres retorna años después al catolicismo completando así un accidentado ciclo.

Entre tanto, los dorados salones de la aristocracia chilena se abren para ella. Las señoras de linaje admiran el carácter indomable pero tierno de Gabriela, ya una luchadora que enarbola la bandera del feminismo. La poetisa, a quien poco le importa su propio aspecto exterior, sabe apreciar en otras las sutilezas del arreglo femenino ye s cautivada por esas damas elegantes y refinadas, aunque su asiduidad con la clase alta no tarda en inspirar nuevas críticas; es tildada de «arribista».

A esa altura de su trayectoria, su fama ha llegado a otras tierras y en 1922 el ministro de educación de México, José Vasconcelos, la invita a viajar a ese país para colaborar en la organización de la enseñanza rural. México la deslumbra por el color del cielo y la riqueza de su pasado indígena, pero sobre todo por el amor de la gente, que la ayuda a sobrellevar una soledad mitigada tan solo por su secretaria, compañera y amiga íntima, Laura Rodig.

En 1922 se publica en Estados Unidos la primera edición de Desolación; al año siguiente sus poesías se difunden en España. Los seis meses que Gabriela debía pasar en México transcurren como una exhalación y la invitación se extiende a dos años. Finalmente en 1924 el gobierno mexicano le ofrece un viaje a Europa y Gabriela acepta.

A partir de ese momento las giras de trabajo, de estudio o de exploración se sucederán ininterrumpidamente. En 1925 regresa a Chile y se jubila como profesora; el gobierno la nombra representante en el Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones, en Ginebra, y comienza así su carrera diplomática.

En 1932 es nombrada cónsul en Genova, pero no llega a ejercer sus funciones porque se declara antifascista. La trasladan a Madrid, pero también allí tiene dificultades: en una comida, un grupo de intelectuales, entre los que se contaba Miguel de Unamuno, ,se burla de las razas indígenas latinoamericanas. Esa actitud hace nacer en Gabriela una amargura y un resentimiento que, durante años, restó ardor a su cariño por España.

En 1935 el Congreso chileno la designa cónsul vitalicio con la prerrogativa de designar ella misma el lugar donde desempeñará sus funciones. A medida que pasan los años y que el nombre de Gabriela se agiganta, su lucha contra cualquier tipo de opresión se profundiza. Recibe en su consulado madrileño a Pablo Neruda, prófugo de Chile, actitud que le vale el desagrado del gobierno de su país.

En la batalla contra la injusticia y el despotismo surgen otras compañeras: en 1938 la editorial argentina Sur, que dirige la escritora Victoria Ocampo, publica Tala a beneficio de los niños vascos víctimas de la guerra civil española. La causa de la mujer y de la solidaridad humana une así a dos mujeres de orígenes tan distintos como la chilena y la argentina.

Gabriela es un personaje en el mundo de la diplomacia y actúa como tal, pero solo la intimidad le pertenece. Esa intimidad la comparte con su secretaria y con su sobrino Yin-Yin, a quien ha adoptado. Ese hijo del espíritu es su amor más intenso en la madurez pero será también su dolor más profundo.

En 1943, mientras Gabriela se desempeña como cónsul en Brasil, el muchacho de diecisiete años se suicida. Nunca se aclararon las razones. Se habló de enredos amorosos, pero la poeta urdió historias fabulosas, conjeturó persecuciones, atribuyó el suceso a bandas de malvados «que me lo mataron porque era blanco y tenía ojos azules». Esa muerte fue a unirse con aquella que la había sacudido en su juventud y a partir de ese instante la razón de Gabriela comenzó a vacilar. Años antes había dicho: los huesos de los muertos pueden más que la carne de los vivos. Aun desgajados hacen eslabones fuertes, donde nos tienen sumisos y cautivos.

En 1945 gana el Premio Nobel, pero la noticia apenas la arranca de su sopor. Está cansada, sueña con afincarse definitivamente. El dinero del premio le permite comprar una casa en Santa Bárbara, en Estados Unidos. Pero Gabriela no se pertenece, los honores le indican itinerarios: es nombrada cónsul en Veracruz, gana el Premio Serra de las Américas. Vuelve a Italia se entrevista con el papa Pío XII. le habla de los niños pobres de América, de los indígenas. Poco tiempo después, se entera con orgullo de que el Sumo Pontífice propicia una campaña en favor de los indios.

El sol de Italia le depara momentos de felicidad. Se instala en Bapallo, donde las colinas que enfrentan el Adriático le recuerdan las costas de su Pacífico natal. Pero es apenas un momento de descanso. En 1954 aparece su libro Lagar y decide viajar a Chile: será su último viaje. Su tierra natal la recibe pletórica de agradecimiento y amor. Se dirige al pueblo desde los balcones de la Casa de la Moneda en Santiago. Allí pregona cambios, paz, un mundo distinto, y es ovacionada. Luego parte nuevamente a Estados Unidos.

El 10 de enero de 1957 muere de un cáncer al páncreas en el hospital de Hampstead, Long Island. Esa misma mañana había charlado durante dos horas con Jacques Maritain, el célebre filósofo católico. Hablaron del futuro del mundo, de los niños y callaron sobre ese tema que ninguno de los dos quería tocar.

SUS ULTIMOS AÑOS: Físicamente Gabriela aparecía como una mujer recia, con una frente donde se evidenciaba la raigambre india en el nacimiento de su pelo y, como contraste, los ojos verdes que dimanaban esa desolación que siempre llevó a cuestas en su vida, pero que al mismo tiempo miraban con ternura. Su risa era franca, abierta, «una risa de diosa», como alguien dijo, risa deslumbrante, de niña.

Sus manos finas, largas, de lento movimiento, eran manos de sembradora espiritual. En su entorno siempre parecía acompañarla el resplandor mágico que irradia la luz del genio que ella convertía en algo cotidiano, en algo común, gracias a su trato sencillo, a su naturalidad, al aspecto de maestra rural que conservó toda la vida.Sus últimos años los pasa en los Estados Unidos. Nueva York, Washington, Miami, Monrovia o Santa Bárbara.

Al final ya en Rosslyn Harbor. El 10 de enero de 1957 muere en el hospital de Hampstead, pequeña ciudad industrial del estado de Nueva York. Sus restos son trasladados a Chile por vía aérea. En Santiago se realizan en su honor unas exequias monumentales. De acuerdo con su voluntad, sus restos mortales descansan en la pequeña población de Monte Grande, donde pasó los mejores años de su infancia.

La personalidad de Gabriela Mistral está escindida, como en casi todos los grandes artistas y literatos latinoamericanos, en la dualidad América-España. Se ha escrito y hablado bastante sobre una posible ascendencia vasca de Gabriela. Su padre y su madre eran chilenos de cepa española, posiblemente un tanto vasca, mezclada con sangre indígena procedente de alguna subdita de los incas. Tal «vasconidad» no tiene como prueba documentos, sino elucubraciones que surgen alrededor de los apellidos de sus progenitores.

Pero sea como sea, en Gabriela se unen los rasgos típicos y esenciales de la raza hispanoamericana: el espíritu rebelde e individualista heredado del español y esa actitud hierática de ídolo de piedra, esos silencios como abismos tan característicos de los indios. Se ha dicho que Gabriela no sentía simpatía por los españoles, lo cual no es cierto. «De su contradictorio amor a España —escribe Margot Arce— tendríamos mucho que decir.

El recuerdo de la conquista y la colonización de América y el maltrato de los indios por los encomenderos españoles, la encolerizaba hasta hacerle perder la ecuanimidad. Varias veces disputó con sus amigos sobre esta cuestión apasionadamente.

Solíamos decirle que su antagonismo nacía de una gran semejanza de temperamento y que, por mucha sangre india que tuviese, lo español era el factor dominante en ella.» Pero de su trato con españoles ilustres, entre ellos el gran poeta catalán Caries Ribas, Gabriela extrajo enormes satisfacciones, hasta el punto que llegó a afirmar: «Cuando los españoles son finos, no cabe duda de que son la aristocracia del mundo.»

SU POESÍA: Gabriela aparece en el mundo de la poesía cuando ya el modernismo había dado todo de sí. Su obra comienza apoyándose un tanto en aquel estilo. Pero los diferentes acontecimientos que marcan su vida van modelando en ella un estilo personal, un acento diferente.

La ausencia de la protección paternal y la falta de confianza en los hombres determinaron que Gabriela se viese obligada a refugiarse en sí misma, a confiar sólo en sus propias fuerzas. Y si en un comienzo la poetisa vuelve sus ojos a Rubén Darío, con el paso del tiempo, cuando en su pluma se torna ya palabra su voz, esta voz sería sólo la suya, la de Chile, un país que hasta su advenimiento no había dado casi nada importante en poesía.

El marco histórico donde Gabriela se forma como poeta es aquel en que México, con su revolución social, abre un nuevo ciclo político en la historia hispanoamericana. En la Argentina triunfaron sobre la oligarquía nuevas fuerzas sociales: las democráticas. Se vivía aún bajo los efectos de la primera guerra mundial. Pasada la euforia del modernismo, los escritores hispanoamericanos se volvieron hacia una expresión humana más sencilla, más americana. Y su perso-nera más destacada en este tiempo es Gabriela Mistral.

Como Neruda, sus versos rezuman cierta inspiración geográfica que se torna canto a las extensiones planetarias de Hispanoamérica en general y de Chile en particular. Gabriela maneja un idioma cuya faz es la piedra desgastada por el paso del tiempo, que ella recoge en su raigambre y lo hace explotar con sus impulsos telúricos. La pasión, la fuerza, la mezcla extraña de ternura y tosquedad, imprimen en esta voz acento inconfundible.

Y aunque su poesía ha tenido seguidores e imitadores, en todo el ámbito hispanoamericano nadie alcanzó ese tono trágico, esa tierna profundidad, ese hondo dolor que palpita en los diferentes planos en que se mueve su poesía: el que canta a los niños, el que se dirige a los mudos físicos y el que exclama, suspira o llora con sus más íntimas sensaciones.

PARA SABER MAS…

El descubrimiento de Lucila como poetisa vino como consecuencia de los Juegos Florales de Santiago de Chile del año 1915. Su libro Los sonetos de la muerte ganó la flor natural, pero la timidez de la esforzada maestra prefirió una suplantación amistosa a la hora de recoger el galardón y los aplausos del público. Hasta 1922 no aparece su primer libro impreso, Lectura para mujeres, que, al igual que Desolación, del año siguiente, recoge las vivencias de un corazón entregado al recuerdo de un primer y único amor, que malogróse fatalmente con la muerte del amado.

En efecto, Romelio Ureta, el joven empleado de Ferrocarriles que había hecho estremecer su vida de angustia y esperanza, se suicidó por culpa de un mal amigo, que no cumplió la promesa de restituir los fondos que Romelio retiró de la empresa para auxiliarle.

El título de ese libro, que recoge todo el proceso emocional de Lucila, entre el arrebato amoroso y el desconsuelo, es suficientemente expresivo. La intensidad de sus sentimientos la empujaron a no renunciar al recuerdo de aquel hombre por espacio de muchos años. Así transcurrió la juventud de la poetisa y se marchitaron otras oportunidades para su corazón.

A partir de los treinta años, «la mitad de mis días», según frase de ella misma. «Gabriela Mistral» (que fue el seudónimo adoptado en homenaje de admiración hacia el gran poeta provenzal, tan identificado con la campesina que Lucila llevaba siempre dentro de sí), enriqueció su mundo poético, proyectándose definitivamente en pos del amor a la humanidad, al universo y a Dios.

Su Ternura (título de un libro que en 1924 publicara en Madrid) se vuelca maternalmente sobre los pequeños, los débiles, los ofendidos. Con su actividad consular coincide la aparición de las últimas obras, Nubes blancas (1934), Toema de las madres y Tala (1938), si exceptuamos Lagar, que apareció en 1954, cuando era ya víctima del mal, una terrible enfermedad que encadenó durante los últimos años las energías de Gabriela y que, al fin, habría de hurtar de este mundo una de las almas más nobles y caritativas que hayan existido.

Fuente Consultada:
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

La Condesa Dubarry Grandes Amantes de la Historia Luis XV de Francia

La Condesa Dubarry
Grandes Amantes de la Historia

La marquesa de Pompadour como confidente y proveedora de mujeres en la corte de Luis XV de Francia, se convirtió en árbitro del buen gusto en la corte y patrocinó a escritores como Voltaire y escultores como Pigalle. También controlaba la política y llevaba al rey en la dirección en la que quería. Cuando murió, el rey contempló en silencio cómo se alejaba el cortejo fúnebre. Dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos: «Es el único homenaje que puedo rendirle», le dijo a Chamfort, en cuyo brazo se apoyaba.

La sucesora: En 1768 Luis adquirió su última querida importante, la sensual Juana, futura condesa Du Barry, de quien se decía que era hija de una prostituta y un monje. El amante de Juana, Du Barry, la había preparado para convertirse en amante lujosa, y el rey quedó impresionado al conocerla. Sin embargo, dijo que para presentarla en la corte había que casarla primero. El matrimonio se celebró con un hermano de Du Barry.

Juana no tenía las maneras finas de la marquesa de Pompadour, gastaba a manos llenas y fue notoriamente infiel al rey, quien no se daba por enterado pues entre sus brazos olvidaba que ya era un viejo. Caída en desgracia a la muerte del rey, madame Du Barry fue una de las víctimas de la Revolución francesa y murió guillotinada.

La Condesa Dubarry Grandes Amantes de la Historia Luis XV de FranciaLa Condesa Dubarry Grandes Amantes de la Historia Luis XV de FranciaLa Condesa Dubarry Grandes Amantes de la Historia Luis XV de Francia
Luis XVMadame PompadourCondesa Du Barry

María Juana Gomar de Vaubernier, según fue inscripta  en el convento, luego conocida corno Madame  Du Barrv luego de casarse con Guillermo Du Barry y convertirse en condesa, reemplazó entre las favoritas del rey Luis XV a Madame Pompadour cuando ésta murió.

Ana Bequs madre de María Juana toma trabajo como en la casa de una señora de buen pasar económico e interna en un convento a su hija, para encauzarla por el buen camino; que en realidad es más correccional que escuela. Cabe suponer que Ana no tiene otra opción y e para evitarle escarnios la inscribe en el convento comoMaria Juana Gomar de Vaubernier, apellidos prestados por la empleadora de Ana, que sí ha pasado por la vicaría.

No durará mucho en el lugar. El lúgubre y silencioso ambiente del convento la vuelve toda rebeldía, y molesta tanto y tan seguido que las monjas no ven otra alternativa que expulsarla. Tampoco permanece su madre mucho tiempo más en el empleo: finalmente ha encontrado marido, un tal señor Lançon.

Ese será ahora el apellido de ambas, aunque María Juana se las ingeniará más adelante para encontrar otras formas de ser llamada, y hasta conseguir un título de condesa. Entra a trabajar primero como ayudante de un modisto, y luego en una casa de juegos ubicada en la rue de Bourbon, lugar más mundano que le permite exhibir su belleza.

A ella también le vendría de perillas un marido. Pero el conde Du Barry, al que conoce en el elegante salón, necesita más bien una amiga bella como pasaporte para el palacio; es ambicioso, ya ha conseguido del gobierno un contrato de explotación de rutas marítimas y va a por más beneficios y prebendas.

Entabla amistad con María Juan mientras mira su figura y su carita, recuerda  que casualmente acaba de morir la famosa Madame de Pompadour, quien fuera favorita del rey Luis XV.La cosa no resulta fácil. Ya otro lo han pensado, y hay varias, candidatas rondando al rey, corno  la hermosa y bien apadrinada Madame D’Esparbes. Pero Du Barry mueve magistralmente los hilos, y consigue que la joven sea presentada a su Majestad.

Poco tiempo después ya está instalada en el regio apartamento del palacio de Versalles que ocupaba su antecesora. Impensable que lo haga sin casada y ostentar algún título: Guillermo  Du Barry, hermano del auspiciante, es convocado de urgencia para casarse con la joven y volver inmediatamente a sus tierras en Toulouse. Así, María Juana se convierte en condesa Du Barry.

En los años que pasa junto a Luis XV realiza algunas intervenciones en la política real, si no en las medidas directas de gobierno, sí en la elección de los hombres que deben decidirlas y ejecutarlas. El poderoso ministro de Guerra, Choiseul, es uno de los que terminan perdiendo la pulseada con la bella y sus partidarios, y debe dimitir.

Pero Madame Du Barry no está excesivamente interesada en las luchas cortesanas: su mayor placer es transformar el palacio de Lucientes, regalo del rey, en un auténtico muestrario de obras de arte. Que, todo hay que decirlo, acumula sin demasiado criterio estético; lo mismo puede a las obras teatrales que allí se representan.

En 1774, con la muerte de Luis XV, Madame Du Barry fue expulsada de la corte, y ella se trasladó recluida a su propiedad favorita de Château de Louveciennes. Tras una larga temporada de reclusión, fue finalmente liberada con el beneplácito de Luis XVI y autorizada a regresar a su castillo de Louveciennes, sin por ello permitirle volver a Versalles.

Mas tarde, soltera y sumamente rica,  se enamora  ahora, del entonces de su principal suspirante, duque deBrissac, gran cortesano y gobernador de París, y se refugia en Londres, pero regresa a Francia en 1792 para ofrecer su ayuda económica a la Familia Real, que atraviesa sus peores días de adversidad.

En 1793 los revolucionarios la acusan de conspirar contra la revolución y es condenada a muerte. Sus últimas palabras fueron: «¿Quién eres tú, verdugo, esperad sólo un minuto más!», era un 8 de diciembre.

Historia de Ana Frank Joven Judia Atrapada Por los Nazis Resumen

Historia de Ana Frank Joven Judía
Atrapada Por los Nazis

Carlota CordayFlorence NightingaleAna FrankMaría Antonieta

Resumen Biografía de Anna Frank
Forzada a refugiarse en un sórdido escondite para escapar de la muerte a manos de los nazis, y urgida por la necesidad de aliviar su encierro, Anna Frank -una joven judía holandesa- logró plasmar una obra que refleja fielmente el crimen de la guerra. Su inmolación, en un campo de exterminio, convirtió definitivamente a su «Diario» en un testimonio inapelable.Ana Frank Joven Judia Atrapada Por los Nazis

Corría el año 1933 y Hitler acababa de ser designado Canciller del Reich alemán, cuando los Frank, una familia de comerciantes, decidió emigrar a Holanda, porque las primeras medidas de los nazis contra los judíos tornaban insegura su permanencia en Alemania. Anna, Margot y sus padres se instalaron en Amsterdam y llevaron una vida cómoda durante algunos años.

Pero esa prosperidad dura poco. En 1940 Ale manía invade Dinamarca y Noruega, luego Holanda y Bélgica, y consigue la rendición de Francia. Europa entera está convulsionada por la guerra.

Las disposiciones de los nazis contra los judíos se extienden a los territorios ocupados por los alemanes. Se les imponía la obligación de llevar puesta una estrella de David identificatoria; debían ceder sus bicicletas -imprescindibles para movilizarse-; tenían que hacer sus compras en lugares y horarios determinados. Paulatinamente se les prohibió subir a los tranvías; salir de sus casas después de las ocho de la noche; practicar deportes; frecuentar a los gentiles (es decir a los no judíos).

BREVE HISTORIA
Anna Frank, segunda hija de un matrimonio de clase media, había nacido en Francfort el 12 de junio de 1929. Era inteligente y sensible, bonita y vivaz, y cursaba el segundo año del Liceo Judío cuando cumplió trece años. Entre los regalos que recibió en esa oportunidad había chocolates, algunos juegos, unos libros y un cuaderno con tapas de cartón titulado Diario.

Anna tenía padres excelentes, una hermana tres años mayor que ella, muchos camaradas y hasta algunos admiradores. Pero echaba de menos a una Amiga, con mayúscula: alguien a quien confiar sus pensamientos más íntimos. Entonces inventó una: Kitty, y comenzó a escribirle largas y frecuentes cartas en su Diario.

Por entonces -1942- la persecución antisemita arreciaba. Los judíos eran apresados por familias enteras y enviados a los campos de concentración y de exterminio; sus pertenencias pasaban a poder del gobierno alemán. Los Frank tuvieron que optar entre caer en las garras de la Gestapo -la policía secreta alemana-, y esconderse, ya que era imposible huir del país.

Prepararon entonces con todo cuidado un refugio en la trastienda de una vieja casona de comercio, adonde trasladaron solo lo imprescindible para la subsistencia. Y una noche lluviosa se ocultaron allí desapareciendo como imprevistamente de la casa familiar.

Compartían el escondite con cuatro personas más. Debían vivir siempre en él, sin dejarse ver, sin que ninguna señal alertara sobre su presencia a los vecinos o a las patrullas -ni luz, ni ruidos, ni movimiento—. Dos fieles amigos de la familia los proveyeron de alimentos conseguidos en el mercado negro, ya que el racionamiento era muy estricto y de recurrir al aprovisionamiento normal hubieran sido pronto descubiertos.

Durante dos años, los ocho fugitivos convivieron estrecha y penosamente hasta que el 4 de agosto de 1944 la policía irrumpió en la trastienda. Nunca se supo cómo pudo descubrirlos pero los ocho infortunados fueron detenidos y trasladados a campos de concentración.

Solo el padre de Anna sobrevivió a la barbarie nazi. Ella fue recluida en el campo de exterminio de Bergen-Belsen, donde murió en mayo de 1945, después de ocho meses de cautiverio y pocos días antes de la rendición alemana.

UNA CIRCUNSTANCIA CASUAL
Durante el allanamiento del refugio todo lo que había en él fue destruido. Entre los libros y revistas revueltos y diseminados por el piso se encontró, después, intacto, el Diario de Anna y, con excepción de algunos párrafos que no ofrecen interés general, fue publicado íntegramente. Este acontecimiento fortuito permitió conocer la personalidad de una talentosa adolescente, cuyo diario se convirtió en un testimonio inapelable del crimen de la guerra.

Anna leyó mucho en su pequeño mundo de reclusión puesto que, como la lectura era prácticamente la única actividad permitida, su padre había tenido la previsión de reunir una buena cantidad de libros. Y en las horas que no se empleaban en comidas, higiene, estudios o ejercicios físicos -rigurosamente planificados para aprovechar al máximo las escasas posibilidades de movimiento-Anna leía o meditaba. Volcaba luego sus reflexiones en el diario que escribía para sí, sin preocuparse por asombrar, y sin haber previsto nunca que pudiera llegar a ser otra cosa que su desahogo confidencial.

A lo largo de sus páginas impresionan lo certero del juicio y la penetración psicológica de la muchacha. Anna sabe observar y observarse, descubrir sus propias actitudes y las motivaciones ajenas, y las transmite con una mezcla conmovedora de frescura y madurez.

ELLA Y LOS OTROS
Cuando comenzó a escribir, Anna era una chiquilla alegre, sociable, quizás algo frívola. Pero a medida que transcurre el tiempo y que el aislamiento la hace más reflexiva, va cobrando forma su personalidad adulta. Observa paso a paso sus propios cambios: los sentimientos que experimenta por su padre fluctuarán de una admiración infantil e incondicional hasta la tolerancia comprensiva y filial. En cambio, las diferencias de carácter la separan un tanto de su madre y las relaciones con Margot -la hermana- oscilan entre una franca indiferencia y una intimidad muy tierna.

La población de la trastienda la completaban un matrimonio, su hijo Peter -jovencito reservado y solitario- y un viejo dentista amigo de la familia. Anna no siente ninguna afinidad por ellos. La peculiar relación conyugal del matrimonio Van Daan la fastidia: no comprende sus disputas y peleas ni su modo de entrometerse en la vida privada de los Frank.

No obstante, después del primer año de convivencia, la sorda hostilidad que sentía por Peter se fue transfigurando .en curiosidad, interés, solidaridad, hasta que finalmente el Diario refleja el más candoroso enamoramiento.

Una particularidad del Diario consiste en que Anna utiliza las anécdotas de la vida cotidiana para reflexionar sobre problemas trascendentales que indican la vastedad de sus inquietudes: la religión, la amistad, la educación.

LA GUERRA EXTERIOR
A menudo Anna interrumpe en su narración las pequeñas historias del refugio y su gente; así suele hacer cuando algún acontecimiento importante hace presumir que cambiará su suerte. Las especulaciones políticas, la expectativa tensa, la ansiedad de que la vida dependa de decisiones arbitrarias muy lejos de su alcance, le producen temor. Pero la fuerte personalidad de la joven no se permite ni un minuto de desaliento, porque a través de sus palabras está siempre presente la alegría de estar viva. En un momento en que pudo mirar afuera por una ventana abierta exclamó: «Mientras esto exista y yo pueda ser sensible a ello -este sol radiante, este cielo sin nubes-, no puedo estar triste».

Anna se sintió siempre afortunada de poder vivir escondida en aquella trastienda mientras sus amigos y parientes que no habían podido escapar sufrían despiadados vejámenes que solo concluían con la muerte. «Sí, nosotros estamos bien (…) a resguardo y nos permitimos hablar de la posguerra (…) cuando deberíamos economizar cada céntimo para salvar a los afligidos.»

La historia de Anna Frank es hoy muy conocida. Tal vez porque la publicación de su Diario la reveló como a una notable escritora en potencia; porque es el testimonio de la historia de la humanidad.

En realidad, su vida fue la de tantas otras muchachas que vivieron y murieron en Europa entre 1930 y 1945 y su muerte pasó inadvertida hasta que se conoció su Diario. Se la recuerda, no solo por lo que fue sino por lo que pudo haber sido; no únicamente por ella sola sino portados los niños que murieron en esos años terribles.

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Una Página del Libro de Ana Frank: Con fuerza, con esperanza, con dulzura y con pasión, Ana escribe en su diario sobre su familia, sus inquietudes de adolescente y las crueles circunstancias que le tocaron vivir a causa del nazismo.

«Kitty aún no sabe nada sobre mí. Por lo tanto, tendré que explicar brevemente la historia de mi vida. Mi padre tenía ya treinta y seis años cuando se casó con mi madre, que tenía veinticinco. Mi hermana Margot nació en 1926, en Francfort del Main. Y yo, el 12 de junio de 1929.

Puesto que somos cien por cien judíos, emigramos a Holanda en i933, donde mi padre fue nombrado director de la Travies N.V., empresa asociada con Kolen y Cía, de Amsterdam. Ambas sociedades estaban instaladas en la misma casa, y mi padre era uno de sus accionistas.

Debo decir que nuestra vida no estaba marcada de emociones, porque el resto de la familia todavía estaba luchando para hacer frente a las medidas hitlerianas contra los judíos. A consecuencia de las persecuciones de 1938, mis dos tíos maternos huyeron y llegaron sanos y salvos a los Estados Unidos. Mi abuela, que por entonces tenía setenta y tres años, vino con nosotros.

Después de 1940, nuestro bienestar se acabó rápidamente: primero la guerra, después la capitulación y la invasión de los alemanes, que nos dejó en la miseria. Una medida tras otra en contra de los judíos. Los judíos tenían la obligación de llevar la estrella, de ceder sus bicicletas… Tenían prohibido subirá los tranvías, conducir vehículos… Tenían la obligación de hacer sus compras exclusivamente en las tiendas que llevaban la marca de «tienda judía » y, además, sólo de tres a cinco de la tarde. Tenían prohibido salir después de las ocho de la tarde, incluso a su propio jardín, y quedarse en caá de sus amigos.

Tenían prohibido ir al teatro, al cine o cualquier otro lugar de diversión. Tenían prohibido practicar cualquier deporte público: prohibido frecuentar la piscina, las pistas de tenis y hockey u otros lugares de ocio. Tenían prohibido ir a las escuelas judías, y un montón de restricciones como éstas… Así vamos tirando, sin hacer esto, sin hacer aquello… Jopie siempre me dice: «Yo ya no me atrevo a hacer nada, por miedo a que esté prohibido».

De manera que nuestra libertad es muy limitada; pero bueno, la vida aún es soportable. La abuela murió en enero de 1942. Nadie sabe cuánto pienso en ella y cuánto la quiero todavía.

Yo iba a la escuela Montessori desde el jardín de infancia, es decir desde 1934. En el sexto B tuve de profesora a la directora, madame K. Al final de curso, la despedida fue muy dolorosa; lloramos las dos. En 1941, mi hermana Margot y yo entramos en el instituto judío.

De todas formas, nuestra pequeña familia de cuatro personas no puede quejarse mucho; y ya hemos llegado a la fecha de hoy Sábado, 20 de junio de 1942.»

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de FLORENCE NIGHTINGALE Pionera de la Enfermeria Moderna

Biografia de FLORENCE NIGHTINGALE
Pionera de la Enfermeria Moderna

Carlota CordayFlorence NightingaleAna FrankMaría Antonieta

Resumen Biografía de Florence Nightingale
Criada en la comodidad de un hogar burgués, su férrea vocación y su carácter la llevaron a elegir la dura y abnegada vida de enfermera. A pesar de su precaria salud y la oposición de los propios médicos, asistió a los heridos en el campo de batalla, dirigió hospitales y renovó el concepto de la enfermería, hasta entonces primitiva y poco eficaz, convirtiéndola en auxiliar de la medicina.Florence Nightingale

Hubiera podido ser monja, pero había nacido en la Inglaterra anglicana y por temperamento se hallaba muy lejos de la sumisión. Más afinidad tenía tal vez con Juana de Arco, por su sentido de realización, su capacidad de hacer, de ejercer un destino para el que -según confesó alguna vez- se sentía llamada por Dios.

«El 7 de febrero de 1837 Dios me habló y me llamó a su servicio». No era una revelación interna: había oído «una voz objetiva, exterior, que le hablaba con palabras humanas». Tenía por entonces 17 años, y volvió a oír voces en otros tres momentos cruciales de su vida: antes de ocupar su puesto en el primer hospital inglés en que prestó servicios; un año después, antes de salir para Crimea, y en 1861, tras la muerte de su gran amigo, Sidney Herbert, secretario de guerra del gabinete británico.

Su padre era propietario de una mina de plomo que le reportaba rentas abundantes y le permitía disfrutar con holgura de la vida, los viajes, el arte y hasta la política. Su madre, ocho años mayor que él, era una mujer muy de su tiempo y de su clase.

La hija fue bautizada Florence porque había nacido el 12 de mayo de 1820 en la ciudad de los Mé-dicis, durante un largo viaje de los Nightingale por Europa continental y sobre todo por Italia, donde vivieron tres años. Pero la familia pronto regresó a Inglaterra, a la vida cómoda y placentera de las recepciones elegantes y las amistades numerosas.

Florence y su hermana compartieron su educación, la vida hogareña, el latín y el griego, pero «Fio», más independiente, más apegada al padre, en aquel ambiente frívolo y romántico escuchaba «el llamado de Dios» o pensaba en estudiar matemáticas. Pero no por eso huía de las reuniones, los encuentros brillantes, los flirts o las conversaciones refinadas.

En uno de los viajes de su familia al continente europeo, Florence conoció en Ginebra a un amigo de su padre: el historiador italiano Sismondi, exiliado en Suiza por la persecución austríaca, hombre excepcional que no podía soportar el sufrimiento ajeno.

Causó una gran impresión en Florence, que sin embargo seguía sin conocer el significado del llamado de Dios que había sentido. La muchacha detestaba la vida hogareña, pero no podía menos que admitir que muchas cosas del ambiente familiar seguían gustándole. Hasta que la crisis de 1842 en Inglaterra empezó a mostrarle de cerca los sufrimientos humanos. Alrededor de la casa de campo en que vivía con su familia pudo ver enfermedades, pobreza y desesperación. Le pareció falso todo lo que se decía y no fue capaz ya de soportar que se siguiera gozando de tantas cosas «mientras la tierra sigue su camino a través de las estrellas impasibles, en el silencio eterno, como si no ocurriese nada. La muerte parece menos temible que la vida».

Hacia 1844 empezó a pensar en los hospitales como una misión a la cual dedicar su vida. En otro de los viajes de su familia al continente europeo insistió en visitar el hospital de Kaiserswerth, en Alemania, que ansiaba conocer desde hacía tiempo. No llegó a atender allí a los enfermos, pero pudo apreciar la obra benéfica que realizaba la institución. Se sintió tan valiente «como si nada pudiera ya volver a acongojarla». Y en menos de una semana escribió a toda prisa un folleto de más de 30 páginas informando a las mujeres ricas «que viven en Inglaterra en una ociosidad atareada, enloquecidas por no tener algo que hacer», de la labor y la felicidad que les esperaba en Kaiserswerth.

Aunque a su madre todo eso le pareció una vergüenza, una deshonra, en cuanto pudo, Florence regresó a Kaiserswerth. «No existía el cuidado de los enfermos -escribió muchos años después- la higiene era horrible y el hospital lo peor de la ciudad, pero en ninguna parte he conocido un tono más alto, una devoción más pura que allí.» Tuvo que volver a su casa, sin embargo, reclamada por su madre, que seguía siendo dominadora.

Por dos años vivió tironeada por las circunstancias hasta que consiguió incorporarse a las Hermanas de Caridad de París como inspectora a cargo de la reorganización del hospital católico. Su condición de protestante y de hija de una familia inglesa acomodada no era la mejor recomendación para las señoras de la ^omisión, pero la insistencia de Florence pudo más.

Por fin en 1853 dejó definitivamente el hogar de sus padres para ocupar un puesto estable en un pequeño hospital londinense, para «Damas en Circunstancias Penosas». La situación de las enfermeras y de los hospitales no había mejorado en lo más mínimo, y los Nightingale se horrorizaron de la vocación de la hija, pues eran realmente lugares de miseria y degradación. La más absoluta falta de higiene y de instalaciones sanitarias se evidenciaba en un nauseabundo «olor a hospital».

Las enfermas provenían de los estratos más bajos de la sociedad, y las enfermeras llegaban a la promiscuidad total, pues sin lugar para dormir o descansar, recibían y cocinaban en los dormitorios miserables de las enfermas, cuyos lechos a menudo compartían. Florence se ocupó de reorganizarlo todo: desde reformar el edificio hasta la atención de los pacientes, y eso aun durante una epidemia de cólera.

Pero fue en la guerra de Crimea donde se hizo famosa. Sidney Herbert, miembro del gabinete real, conocía sus méritos y su vocación, admiraba a Florence y era su amigo personal. Pensó inmediatamente en ella cuando desde la península rusa llegaron las peores noticias sobre la situación de los soldados ingleses heridos en Scutari, privados de toda asistencia hospitalaria, sin camas, ropas ni alimentos. «¿Por qué no tenemos nosotros hermanas de Caridad?», preguntaba The Times. Y allá fue Florence Nightingale, invitada por el secretario de Guerra, junto con 38 compañeras de labor. Solo catorce de ellas eran enfermeras profesionales; las demás eran de instituciones religiosas.

Los heridos y enfermos -más de cinco mil-, semidesnudos, yacían en largas hileras sobre los pisos sucios de grandes habitaciones en ruinas. Se cuenta que nadie se había animado a comentar con el comandante en jefe el estado sanitario del ejército. A su vez, los médicos de Scutari recibieron con disgusto a miss Nightingale y sus compañeras.

No había allí equipo, sala de operaciones, medicamentos, ni nada. Las tazas de estaño servían para todo; para lavarse, comer y beber.

Sin luz, sin apoyo, luchando contra celos y rencores, ella pudo más y cambió todo. Cuando el embajador inglés se negó a pagar los salarios de los obreros turcos contratados para reparar los edificios, fue el dinero de Florence y de las colectas organizadas por The Times el que saldó la deuda. Los médicos seguían hostigándola -por ser mujer y jefa de enorme eficiencia práctica y técnica a los 34 años-; algunas enfermeras creándole obstáculos; las rivalidades personales y religiosas entorpeciéndolo todo; pero Florence supo imponerse aun a sus propias dolencias físicas.

En Scutari los enfermos besaban su sombra y en Londres el pueblo le rendía fervorosos homenajes. La propia reina Victoria le regaló un broche diseñado por su esposo el príncipe Alberto: una cruz de San Jorge en esmalte rojo, con una corona de diamantes arriba y la palabra Crimea rodeada de la frase «Bienaventurados los misericordiosos».
A su regreso a Inglaterra el ministerio de Guerra la consagró como «la Enfermera del Ejército Británico», y se dijo de ella que era la única persona del Imperio cuyo prestigio se había acrecentado en la guerra.

Un día fue invitada a dar un informe personal a la Reina sobre todo lo ocurrido en Crimea. Victoria y Alberto la recibieron en el palacio de Balmoral y después comió con ellos en varias ocasiones, sin ceremonia alguna. Llegó a recibir visitas de la propia Reina que a veces la invitaba a acompañarla en calesa.

Para entonces Florence se hallaba ya semi inválida, pero no tanto como para no fundar en 1860, con el dinero de la colecta popular, una escuela de enfermeras en el hospital de Santo Tomás. Puede decirse que desde esa fecha comienza a practicarse en el mundo la enfermería moderna. Pero, además, siguió asesorando a los organismos militares -incluso en relación con la guerra de Secesión norteamericana-, y supervisando todo informe sanitario oficial: proyectaba reglamentos, sugería normas, estudiaba planes de cuarteles y hospitales.

A pesar de la fragilidad de su salud, trabajó sin pausa hasta que en 1872 sus males se agravaron. A partir de entonces se acentuó su interés por el misticismo, aunque sin descuidar sus relaciones personales, especialmente con jóvenes, a quienes infundió su optimismo y sabiduría no obstante haber ido perdiendo gradualmente la vista.
Falleció a los 90 años el 13 de agosto de 1910.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe

Biografia Flora Tristan Defensora de los Derechos de la Mujer

Biografia Flora Tristan Defensora de los Derechos de la Mujer

Flora TristánCarolina OteroCleopatra de EgiptoMaría Estuardo

Resumen Biografía de Flora Tristán: Entre las personalidades notables del movimiento feminista de! siglo XIX figura el nombre de Flora Tristán, francesa de origen peruano que tuvo un azaroso destino, signado por las luchas en favor de los derechos de la mujer. Su actividad y sus libros dejaron profundas huellas en la conciencia de la época e influyeron en el pensamiento de muchos teóricos que se ocupan de los problemas sociales. Flora Tristán

Con una linda casita de París, con un jardín ya florido, nace el 7 de abril de 1803 Flora Celestina Teresa Enriqueta, hija de Mariano Tristán y Moscoso, coronel de Su Majestad el Rey de España, y deThérese Leisney.

La pequeña obtiene pronto una partida de bautismo en regla, pero los padres no exhiben su certificado de matrimonio. Acaso no lo tienen, y este detalle administrativo signará, en última instancia, el destino de Flora.

Mientras la niña gatea, un sudamericano amigo de la casa suele pasear con Mariano por el jardín, arrancando las flores que se ponen a su alcance y arrojándolas nerviosamente al borde del sendero y leyendo a Montesquieu. El matrimonio Tristán pasa horas compartiendo su inquietud y escuchando sus audaces opiniones políticas: su nombre es Simón Bolívar.

Los Tristán se sostenían con las remesas que del Perú les enviaban regularmente los opulentos parientes del coronel, a pesar de que estos desaprobaban su concubinato con la plebeyísima Thérese. Y cuando en 1813 muere Mariano, a Thérese —a quien Flora llama Minette-ya no le envían dinero del Perú. La estrechez obliga a ambas a mudarse a una casa de la rué de Fouarre, frecuentada por hampones, tahúres, prostitutas, prófugos, conspiradores y otras gentes de esa ralea.

A pesar de los apremios económicos, Thérese trata de que su hija reciba una educación esmerada; sin embargo, Flora aprende solo lo que se le antoja y es especialmente impermeable a las reglas ortográficas.

LA HUMANA MEZQUINDAD
La joven comienza pronto a despertar el interés del otro sexo, con sus ojos bellos, profundos y melancólicos, su copiosa cabellera negra rizada en largos bucles, algo desordenados, la vivaz expresividad de su rostro, de tez olivácea, su voz dulce, de palabra fácil, y su porte elegante y altivo.

Un joven «de buena familia» empieza a visitarla asiduamente y ella le cuenta que, a pesar de vivir en la rué de Fouarre, el abolengo de una Tristán y Moscoso entronca por un lado con Moctezuma y por otro con los Borja, de Aragón. Pero el padre del muchacho no quiere saber nada con la hija de unos concubinos, y se opone a la relación.

A los diecisiete años Flora entra a trabajar en un taller de litografía. El dueño, André Chazal, de veintitrés años e «ideas progresistas», empieza a rondarla e insiste en acompañarla hasta su casa por las noches. «Es tu oportunidad», le sugiere Minette a Flora, pero esta le responde con desdenes.

Pero la miseria es más fuerte que el orgullo, y un día Chazal recibe una carta no muy pulcra pero inflamada por una súbita pasión que al parecer corresponde a la suya. El 3 de febrero de 1821 se realiza la boda, exclusivamente civil. Dos años después les nace un hijo, pero Chazal gana cada día menos y bebe cada vez más. El matrimonio se enzarza en continuas y violentas peleas.

A fines de 1825 tienen una hija, Aliñe. Poco después Flora abandona con sus hijos ese simulacro de hogar. Mientras ellos se refugian en casa de Minette, Chazal se evapora dejando una estela de deudas.

Flora se emplea como colorista, luego en una confitería, después como modista. Muchas puertas se le abren, pero pronto \ vuelven a cerrársele por su carácter impaciente y arrogante. Y un buen día, mientras su tío, Pío Tristán, uno de los generales vencidos con las últimas tropas españolas en Ayacucho entregaba su espada a Bolívar, Flora se embarca para Inglaterra dejando a sus hijos con la abuela.

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA
Nada se sabe de la estadía de dos años en la isla de esta mujer sin dinero, sin marido, sin hijos y casi sin apellido. En 1828 reaparece en París solicitando a la Justicia la separación de bienes respecto de su marido. Pero no ha lugar: puesto que Chazal no posee bienes, mal podría separárselos.
Flora escribe entonces a Pío para reclamarle su parte en la herencia de los Tristán y Moscoso. Por toda respuesta recibe una amable carta y un subsidio anual de 2500 francos.

En 1831 Chazal reaparece: quiere llevarse a uno de los hijos, Ernesto, de 8 años. Más querellas y trifulcas hasta que llegan a un acuerdo: Ernesto, a cambio de un compromiso de separación de cuerpos. Pero Chazal no se conforma: quiere también a Aliñe, y cuenta con la complicidad de Minette. Flora rompe con su madre, deja a Aliñe oculta en la casa de una señora de Angulema y se embarca para el Perú en abril de 1833, a buscar su herencia, sin éxito.

Tuvo, empero, ocasión de admirar el enorme poder de las mujeres en la sociedad limeña, y observó con cierta envidia a Pancha Zubiaga, «La Maríscala», esposa del caudillo Gamarra, que reunía en sus manos las riendas del poder.

En 1835 Flora está de vuelta en París con las manos vacías. Empieza a frecuentar a los sansimonianos, a los socialistas, a los utopistas Owen y Fourier, y decide hacerse escritora, como George Sand. Sin embargo, lo que la proyecta a la notoriedad es su conflicto con Chazal.

Este descubre el paradero de Aliñe y la rapta; pero la niña se le escapa y Flora denuncia a Chazal por incesto. El caso se hace famoso y pronto todo París no habla sino de ella. Flora aprovecha para presentar una petición a la Cámara de Diputados: que se restablezca el divorcio. Con ello se pone de moda en los círculos artísticos y literarios y Alfred de Muset empieza a rondarla provocando los celos de George Sand.

En 1838 aparecen las Peregrinaciones de una paria, relato de su viaje al Perú, con opiniones muy personales sobre sus habitantes, y no pocas inexactitudes, junto con vibrantes alegatos en pro de los derechos de la mujer. Tiene, sin embargo, bastante éxito.

EL SISTEMA Y LA HERIDA
La fama de Flora alcanza su culminación cuando el tribunal decreta la separación de cuerpos y Chazal, fuera de sí, le cierra el paso en la calle y le dispara un balazo en el pecho. Méphis o el proletario. Novela filosófica, autobiográfica y social, que acaba de publicar, es arrebatada por el público en las librerías. En 1839, ya recuperada, vuelve a Londres y al año siguiente, en Paseos por Londres, hace una descripción descarnada de la miseria de las clases bajas en Inglaterra adelantándose con ello a otros estudiosos de su tiempo.

Flora pasa su tiempo visitando centros obreros, asistiendo a cenáculos políticos y literarios, y escribiendo. Elabora un sistema político: para empezar, la clase obrera debe formar un sólido bloque; debe luego adquirir poder económico y, a través de él, poder político. Flora toma de los sansimonianos la idea de fundar bancos que den crédito a los trabajadores, pero introduce una variante fundamental: el capital de esos bancos deberá ser aportado por los mismos obreros.

Por todos estos desvelos, muchos de los trabajadores la consideran su «Mesías-mujer». Ella los arenga: «La ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción os oprime también a vosotros, hombres proletarios. A vosotros, obreros, que sois las víctimas de la desigualdad de hecho y de la injusticia, a vosotros corresponde, pes, establecer al fin sobre la Tierra, el reinado de la justicia y de, la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer».

En 1843 una suscripción pública le permite publicar La Unión obrera, todo un sistema político basado en los principios de unidad y autonomía económica de la clase proletaria. Al año siguiente inicia el «tour de France»: una mujer sola recorre todos los centros fabriles de Francia, predicando a los trabajadores el imperativo de unidad y recogiendo adhesiones. Pero el esfuerzo es excesivo, y muere en Burdeos de una congestión cerebral, el 14 de noviembre.

Poco a poco su nombre se pierde en el olvido, pero algo hay de su sangre que perdura: en 1848 su hija Aliñe, casada con un oscuro periodista, dará a luz a un niño que llevará el nombre de Paul Gauguin.
 

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

 

Biografía de Coco Chanel Historia de su Vida Trabajo y Amantes

Biografía de Coco Chanel

Una joven y desconocida francessta llamada Gabrielle Chanel ha hecho irrupción en la gran moda francesa. Su diseño de un nuevo tipo de blusa, que imita la de los marineros, ha sido aceptado con entusiasmo por las elegantes aristócratas de la Costa Vasca Francesa.

Se dice que la joven diseñadora se propone acabar con las ropas que acentúan las formas femeninas y en cambio ofrecerá vestidos sueltos que, según ella, resultarán finalmente más sensuales y alegres que los trajes acinturados y los polizones. ¿Tendrá éxito en su loca aventura? En todo caso, a la nueva diseñadora sus amigos la llaman «Coco», aludiendo precisamente a la locura, la picardía y cierto descaro que parece estar fascinando al gran mundo europeo.

Gabrielle «Coco» Chanel vivió una larga y muy fructífera vida, pero nadie jamás adivinó en  ella, desde que comenzó, muy jovencita, a ser Coco Chanel, su triste infancia de orfelinato, la pobreza de su origen, la desgracia que la acompañó durante tantos años. Los primeros años, los años más sensibles, aquellos que dejan huellas imborrables. Los mitos nacen en torno del Olimpo, no en el monte mismo.

Biografia de Coco ChannellEl apuesto y esquivo Albert Chanel se enreda, allá en la provincia, con Jeanne Devolle. Albert apareció por la campiña como los fantasmas. Las pisadas de su caballo anunciaban su llegada; jamás se las oía cuando partía.

Jeanne se estremeció con sólo verlo. También él vio a la joven auvernés de grandes ojos negros. Surgió el idilio, sigilosamente, como eran las llegadas de Albert. Luego nació Julia. Cuando Gabrielle comenzó a anunciarse en el vientre de la madre, los amantes formalizaron el matrimonio. La pequeña Gabrielle fue llamada «Coco» desde el primer día y así se la llamó hasta la hora de su muerte.

De los amoríos de Albert y Jeanne nacieron otros hijos: Alphone, el primer barón. En seguida, y sin perder el tiempo, Antoinette, Lucien y Agustín, para el nacimiento deCoco el padre no» estuvo presente, esto hizo de sus relaciones posteriores una cuestión pose siva. Coco adivinaba la llegada del padre aún antes que su madre, y se lo acaparaba tanto como podía. Era una relación estacionaria, ya que su padre aparecía por el lugar sólo en invierno, cuando no había vinos ni caballos que vender.

La infancia de Coco fue típicamente provinciana. Suelta como una cabra, la vida era un juego rutinario en el que cada uno tenía deberes que cumplir, inclusive los menores. Y esta infancia estuvo marcada por el sino de la sangre: su madre tosía. Todos sabían lo que eso significaba. Luego Coco veía las manchas de sangre en los pañuelos de su madre, que se fue poniendo más delgada y transparente, como se ponen las tísicas.

Coco tenía nueve años cuando su madre murió en un espasmo. A partir de ese año su padre no regresó regularmente por la campiña. Coco jamás se lo perdonó, y a la niña le resultaba difícil discernir a cuál de los dos echaba más de menos, a su madre o a su padre.

Y aunque todo el mundo en la provincia sabía que ella tenía padre, comenzaron a llamarla huérfana. Un día, inesperadamente, su padre apareció. Las flores del funeral estaban marchitas hacía ya tiempo. No dijo nada. No se le vio llorar, pero Coco lo conocía bien y le vio sufrir. Y ese sufrimiento los unió más, porque era un sufrimiento silencioso, verdadero.

Albert Chanel tomó a tres de sus hijas, las mayores, Coco, Julia y Antoinette y las llevo a casa de sus padres. El abuelo puso el grito en el cielo. ¿Qué iba a hacer con tres niños más? Sus magros ahorros se le iban a ir de entre los dedos. Y concibió una idea:

Su hermana, casada con un Notario, era íntima amiga de la Superiora de la Congregación del Sagrado Corazón de María, que dirigía un orfelinato en el antiguo monasterio de Obazine. Pese a las lágrimas de la abuela, las niñas ingresaron en el Hospicio y luego, el propio Albert las traslado al orfelinato. Coco sintió que al cerrarse las puertas del orfelinato, en el viejo monasterio romano, la luz había quedado afuera. Nunca más volvió a ver a la persona que más amaba en el mundo, su padre.

Ella siempre iba a recordar su vestido blanco de la primera comunión. Se lo había mandado su padre quién sabe desde donde; ella decía que él se había marchado a América. Albert hablaba inglés, en la provincia eso era diabólico.

Claude Delay, autora de Coco Chanel: Solitaria, nos entrega una versión destilada de ese recuerdo, del vestido blanco de las comulgantes:

«Coco no se cansó nunca de resucitar su organdí, sus tules, sus encajes, su velo que llegaba hasta el suelo, el rosario de perlas en el bolso, las medias de seda y, suprema elegía, la corona de rosas: todo lo que la separaba de las pequeñas campesinas, sus compañeras, tocadas con un gorrito.

Ya empezaba a verse distinta, sola en su especia, irresistible. En el atardecer de su vida me hablaba todavía de aquel vestido demasiado llamativo, ‘elegido evidentemente por una puta’. La puta que le robaba a su padre, la mujer que le había arrebatado la mitad vida de su ser».

Biografia de Coco ChannellCoco decía: «¡Mi más tierna infancia!… Esta frase hecha me hace estremecer. Ninguna infancia fue menos tierna».

Aparte del interior del convento, Coco no conocerá otras vacaciones que la estancia en Varennes, en casa de su tía Louise Costier, hermana de su padre. Louise se llevaba a su hija Marthe e invitaba a las huérfanas.

En la casa de veraneo Coco encontró un desván con libros, y se lanza a la aventura de leerlos todos. Más tarde recordará: «No sabes los estragos que pueden causar en la imaginación los desvanes de provincias…»

Más tarde hará su primera escapada y viaja a Vichy. Esa fue una escapada «hacia el exterior», donde conoció extranjeros. Y donde les vio cómo se vestían, en el centro mismo de la extravagancia.

Además, por todas partes se oía hablar «extranjero» y las lenguas extranjeras la fascinaban; le parecía que eran el santo y seña de una gran sociedad secreta.

Coco regresa de Vichy con sus dieciocho años más rebeldes que nunca. Allí la han fotografiado ya tenía el perfil que la haría famosa y puede verse con los de los demás. Julia, que la acompaña en la foto, se ve torpe a su lado. Allí va a conocer a Étienne Balsan, es su destino.

Balsan es caballero de caballos. Es heredero de una gran fortuna y se extasía ante el hecho de que Coco sabe montar en pelo y bajarse deslizándose por la grupa, por atrás, agarrada de la cola. Y Étienne Balsan será el primer hombre que le dé a Coco el bien que más va a apreciar en el resto de su vida: la libertad.

Étiene tiene un hermano, Jacques, que en lugar de caballos adora los aparatos voladores: globos aerostáticos, aviones. Cualquier aparato que lo transporte por el aire, se convertirá en su pasión. Pero este hombre, igual que su hermano Étienne, no tiene preocupaciones de dinero, salvo que sea encontrar una nueva forma de gastarlo.

Durante una temporada en Londres, donde los Balsan también tienen negocios, conoció al gran amor de su vida, la norteamericana Consuelo Vanderbilt, ex duquesa de Marloborough. Su ex cuñado, Winston Churchill, será íntimo de la joven pareja y por ese lado, Coco traba amistad con el gran político inglés, una amistad que se prolongará por el resto de sus vidas.

La entretela del destino se teje de muchas maneras. Coco no sólo es huérfana ella teje una novela en torno a la desaparición de su padre, sino muy pobre. Padece de esa enfermedad vergonzante que puede hacerle a algunas personas la vida muy difícil. Y si se ha cruzado el umbral social, si se ha dado un paso en los grandes salones alfombrados, la pobreza puede ser destructiva.

Étienne Balsan reconoce en Coco a una igual: ambos aman por igual la libertad. El dirá más tarde que «ayudó a Gabrielle a poner un pie en el estribo», y dirá toda la verdad.

En su casa de Royallieu, ella no presume de nada; viste con pantalones. No va a caer en la torpeza de dárselas de gran dama, pero tampoco es una fregona. No es una chica sacada del arroyo que algunas veces se viste para estar a tono con sus invitados, y ambos, casi simultáneamente, descubren la razón de ser de cada prenda.

Le tiene un temor animal a los gendarmes, entonces decide escribirle a su joven tía Adrienne para pedirle dinero para un boleto de tren. Cuál no sería su asombro cuando su tía le responde: «Debes esconderte muy bien, si no te encerrarán en una correccional». Todavía es menor de edad y de hecho se ha fugado del orfelinato.

Entonces Coco tiene un mejor pretexto para quedarse en Royallieu. Allí vive y viste a su manera, y visita a un modesto sastre de la localidad para hacerse copiar unos pantalones de montar prestados por un palafrenero inglés. Ella entiende que no está hecho para lucir sino para servir. Entretanto, Etienne la deja sola. Acude a todos los concursos, a los saltos de obstáculo; a ganar la última partida al cronómetro es su deporte favorito y a él se entrega con cuerpo y alma.

En este ambiente Gabrielle Chanel encontrará su primer e inolvidable refugio, y hará el aprendizaje de la libertad. Las necesidades materiales han desaparecido como por encanto. La nobleza de Royaillieu la rodea. Y la generosidad de Etienne, que es su propio dueño, la sitúa de pronto en la categoría de invitada permanente. El viene de los brazos de una mujer que le hacía temblar las cuentas bancadas; la espontaneidad de Coco, su modestia bien mesurada, le entusiasma.

Pero Coco tiene mucho que aprender de la ex amante de Etienne, Emilienne d’Alenc.on. Ella llega en calesa, haciendo crujir la grava de Royallieu, y los potros sacaban la cabeza de los boxes para saludarla. Pero, por sobre todo, Coco se da cuenta que Emilienne huele maravillosamente. El olfato de Coco se impregna para siempre de la gran lección de la mujer galante. Su olfato cambia por completo su código de la seducción. Un jabón con olor a aguas de rosas regalado por un primo hacía años, la había embriagado.

Coco descubre que Etienne tiene una casa en París, en el bulevar Malesherbes. Vence la resitencia de Etienne cuando éste se entera que ella piensa instalarse allí para convertirse entre sus bellas amigas se le ha subido a la cabeza. Ella sólo cuenta con su coquetería, y si se piensa que es todo lo que tiene, resulta trágico. Ella, en cambio, confía en que con su coquetería hará fortuna, porque descubrirá bastante más que una manera de vestir: descubrirá un estilo.

En París descubre verdaderamente al mundo. En Royallieu no era más que una muestra que lo llegaba hasta allí, y disminuida en su ímpetu porque «se iba a la campiña». En los paseos de los caballos en París, descubre ese horror que haría exclamar a Sem. el célebre caricaturista: «¡Ah, las locas! ¡Ah, qué sombreros! Todo se admite, transformado apenas: cubretiestos, pantallas, cacerolas, tapaderas a grabel. Lo han intentado todo y se han atrevido a todo». El verdadero atrevimiento es la sencillez y Coco la adopta.

Pero con la partida de Coco a París, Etienne descubre que la ama y trata de disuadirla. Ella tiene los argumentos del demonio; podrán continuar viéndose, ¿Acaso no podría venir de visita? Etienne sospecha que otro hombre se ha cruzado por su camino, un amigo, pero eso vendrá más tarde. Coco defiende, antes que nada, su libertad.

Finalmente se instala en el bulevar Malesherbes con sus exiguos medios. Pide la ayuda de su hermana más pequeña, Antoinette, que tiene la belleza y la prestancia Chanel. Julia, la mayor de las pensionistas de Obazine, está casada y tiene un niño. Coco aún no conoce los trucos del oficio, pero no se deja abatir. Conquista, sobornándola, , a una modista muy bien dotada, Lucienne Rabaté. Ella viene de la casa Lewis, lo que también es importante.

Por curiosidad o por instinto, las bellas amigas de los caballeros desfilan por el taller. El éxito está a la vuelta de la esquina.
Modas Chanel inaugura la célebre calle de la que Coco hará su feudo. Es el número 21 de la rué Cambon. No lo abandonará hasta la noche de su muerte.

Para armar el taller no tiene reparos ni vergüenza en recurrir a dos amigos, dos amantes, uno que se retira de la escena y otro que recién entra a escena: Étienne Balsan y Boy Capel, que será el gran amor de su vida.

Coco Chanel se hace dibujar un monograma en que las dos C se encuentran entrelazadas. Será su marca de fábrica. Ningún otro símbolo competirá jamás con ella en este siglo XX. Cuando apareció Christian Dior, hubo gente que se alarmó. Amigos de Coco estaban más asustados que ella. Coco permaneció impasible: «Cuando veamos la colección, sabré qué hay que hacer».

Cuando apareció la colección de Dior, Gabrielle Chanel ni se inmutó y apenas hizo un comentario: «Recorta la falda, alarga la falda. ¡Esas son tonterías! El cuerpo humano no tiene un punto más feo que el reverso de la rodilla. Ninguna mujer inteligente querrá mostrarlo. Además, la gente se viste para trabajar, no para estar parada en una vitrina».

Dior no fue el único que le salió al camino. La tecnología que producía el prétaporter en cadena, no podía competir con la alta costura, como no pudieron competir los jeans.

El mundo que Coco Chanel crea para la mujer elegante es sencillo, en cierta forma. Debe ser una mujer elegante e inteligente, que el vestido no es más que una pieza de ropa que cubre el cuerpo, pero que debe «verse» en él el cuerpo de quien la lleva. La prenda que lleva su nombre hasta hoy es un simple traje de dos piezas, con una blusa como complemento. La falda es sencilla, la chaqueta no tiene vueltas en el cuello y es lo que en el lenguaje de la moda se llama «una chaqueta de tope».

No tienen botones ni ojales y no los debe tener. La mujer que use esa chaqueta se sentirá libre en sus movimientos; como la prenda está bien ajustada a su cuerpo, podrá exhibir lo que su cuerpo tenga para exhibir. Después de tantos años de desaparecida Coco Chanel, cualquier buen modisto o modista puede «hacer un Chanel», que se lleva hasta nuestros días con mucha elegancia.

Coco Chanel pensó en la mujer elegante, de mundo, no en una princesita china, sentada en su trono. Esa mujer no trabaja para ganarse la vida aunque también puede hacerlo, pero está en continuo movimiento, se desplaza de una fiesta a otra, concurre a las exposiciones, al hipódromo, a los conciertos, y no puede desplazarse con gracia si lleva en los pies unos tacones enormes de alto, terminados en punta, casi como una aguja. Y contra todo lo que decían los zapateros, Coco Chanel logró imponer un zapato de taco medio, elegante, pero que no exige esfuerzos para equilibrarse en ellos, ni cansa.

Con el transcurso de muy pocos años, y gracias a las amistades personales que iba haciendo en el gran mundo, ya le bastaba llevar un pañuelo anudado a la garganta, para que ello fuese «chic», de buen gusto, y ella sé lo había puesto porque le dolía la garganta. Muchas de las famosas prendas Chanel surgieron de la espontaneidad, de la necesidad de agregar un «toque de distinción», jamás de la extravagancia. Como modista Chanel fue más bien conservadora. Quería que la mujer de mundo se distinguiera perfectamente de la amante envuelta en ropas caras.

Se la llamó «la solitaria» pese a que se le conocieron amores, la mayoría de los cuales le duraban años. Pero no tuvo hijos. Tal vez el único hombre con quiense hubiera casado, Boy Capel, no pensó nunca en el matrimonio. Después vinieron importantes personalidades, el Príncipe Dimitri, de la Rusia zarista; el duque de Westminster; el magnate del cine Cecil B. de Mille, el vasco Paul Iribe, que era pelotari.

En fin, no tiene sentido enumerar los hombres que pasaron por su vida, tan rica en vivencias y emociones. Ella es un mito en vida, un mito en el cual el amor tiene un lugar secundario. El primer lugar lo representa la propia Coco, que nunca se dio cuenta que era un fenómeno pocas veces visto, aunque si tenía consciencia de que era observada por sus semejantes, así no fuera más que para imitarla. ¡Que va! Imitarla era imposible; hay un problema de personalidad entre medio, además de mucha, muchísima sensibilidad.

Porque Coco Chanel no sabía coser. Trabajaba con modelos, con maniquíes vivas y con una tijera, iba cortando aquí y allí, dándole forma a sus creaciones. Su tijera fue un instrumento infaltable; siempre la tenía a su lado, en todas partes. No sólo en el taller, también en su casa. Y la utilizó hasta para su muerte.

Gabrielle Coco Chanel tuvo un reinado sin competencia y tan largo como lo hubiese deseado cualquiera. Esta niña provinciana, pobrísima, llegó a amasar una enorme fortuna. Sólo los derechos para la fabricación del perfume Chanel N° 5 en los Estados Unidos le producía dos millones de dólares al año. El éxito del perfume estuvo garantizado desde que apareció bajo la marca Chanel. Marilyn Monroe lo puso en órbita universal cuando declaró que para dormir sólo «usaba Chanel N° 5», lo que constituyó una ayuda, no cabe duda.

Coco Chanel murió sola, rodeada de misterio. Ella lo quiso así; pero su muerte no ha dado lugar a especulaciones políticas ni de ninguna otra especie. Se marchó de este mundo dejando una herencia de gran personalidad y un mensaje a sus amigas mujeres:

«El cuerpo hay que vestirlo, jamás envolverlo. Y cuando una prenda te limite en tus movimientos, cambiarla por otra. Los movimientos de la mujer son una de las cosas bellas de la vida».

Fuente Consultada: HECHO N°37 Sucesos que Estremecen Al Siglo

Biografia de Carolina Otero La Mujer Mas Bella de Mundo de su epoca

Biografia de Carolina Otero: La Mujer Más Bella de Mundo de su Época

Resumen Biografía de La Bella Carolina Otero
Su notable belleza -que le valió ser considerada la mujer más hermosa del mundo- y su talento fascinaron a numerosos admiradores, muchos de los cuales caían rendidos a sus pies. El ambiente alegre y frívolo de la Belle Epoque fue el marco adecuado para el surgimiento de su figura, que adquirió caracteres de leyenda.Carolina Otero

Poco antes de que estallara en Europa y América el grito de las feministas, poco antes de que las mujeres reivindicaran su derecho a ser tratadas como personas y no como meros objetos de placer, Europa vivió bajo el reinado de algunas mujeres, que en cierto modo se tomaron desquite de tantas humillaciones que durante siglos venían sufriendo sus hermanas menos afortunadas.

Fue en París en 1900, durante la llamada belle époque: la Exposición Universal de ese año, cerca de la torre Eiffel, se pobló de hermosas mujeres, acompañadas de millonarios y potentados llegados de los países más remotos.

Esos hombres de incalculable fortuna gastaban sumas fantásticas en las mujeres más hermosas. Los aristócratas europeos aburridos de sus esposas habían aprendido a derrochar su dinero junto a mujeres menos dignas pero más divertidas.

La frecuentación de chispeantes mujeres ligeras se había convertido en un elegante hábito social, como la caza del zorro en los parques de Windsor o en algún castillo del Loira, y era también un signo de status. Las cocottes, cortesanas de lujo, cotizaban muy caros sus favores.

París se transformó así en un centro internacional de la belleza femenina, cuya soberana era Carolina Otero, más conocida como la Bella Otero, una gallega inigualable, de enormes ojos negros, de pestañas aterciopeladas que hacían sombra a una tersa piel blanca apenas aceitunada, «un animal de instinto», como diría más tarde el poeta francés Jean Cocteau, que la conoció en su juventud.

Nunca se supo muy bien cómo apareció en la Costa Azul. Solo se sabe que una noche, en el casino de Montecarlo, los habitúes vieron llegar a una joven vestida modestamente, pero que, por su porte y su rostro, atraía la mirada de toda la concurrencia.

Todos observaron cómo ponía diez luises sobre un número y se alejaba de la mesa para tomar aire en un ventanal. Cuando Carolina -que no conocía muy bien las reglas del juego- volvió a su lugar, vio que se llevaban su dinero y lo reemplazaban por fichas; por desconocimiento -creyó que había perdido- las dejó sobre el mismo número, que salió varias veces consecutivas: en minutos llegó a ganar así una fortuna.

Cuando le explicaron que la montaña de fichas que tenía delante era suya y equivalía a mucho dinero, no le alcanzaron las manos para recoger sus ganancias: Lina se levantó entonces las faldas y echó en ellas su tesoro. El salón entero prorrumpió en una exclamación motivada por la suma y por las hermosas piernas que la joven había dejado al descubierto.

Esas mismas piernas fueron entrevistas por un empresario que decidió llevarla a París y presentarla como cantante y bailarina de music-hall. Nació de esa manera una leyenda que aún perdura, pues Carolina no se limitó a exhibir sus gracias naturales sino que se entregó a un duro aprendizaje en el que no cejó hasta el fin de su carrera.

Al día siguiente de su debut, los diarios y revistas comenzaron a ocuparse de ella elogiando sus movimientos felinos, su gracia de «joven cierva». La consagraron casi sin que tuviese que esforzarse para triunfar.

SIRENA Y REINA DE CORAZONES
Si a principios de siglo a alguien se le hubiera ocurrido examinar el programa de actividades que cumplían los personajes que visitaban París oficialmente, habría notado que siempre se incluía una reunión privada con el presidente del Senado. Tal reunión solía ser una coartada que permitía al príncipe de Gales -coronado como Eduardo VII en 1902-, por ejemplo, tener una prolongada charla con Carolina Otero, o con su rival en ciertas lides amorosas, Liane de Pougy.

Pero el mayor éxito lo alcanzaba Carolina con los grandes duques rusos, de paso por París, a quienes enloquecía con sus bailes y su voz cada vez más seductora, gracias a las lecciones de canto. El entusiasmo llegó hasta tal punto que fue contratada para actuar en Moscú y San Petersburgo.

Carolina se alojó en Rusia en palacios especialmente cedidos por algunos de esos príncipes. El gran duque Nicolás la encerró cierta vez en un salón durante una disputa y se llevó la llave y el abrigo de marta de la bailarina. Esta, enfurecida, se arrojó por una ventana sobre la nieve, sin ningún abrigo, en pleno invierno ruso.

Un campesino que pasaba en trineo la llevó a la mansión del príncipe Pedro, donde debió pasar tres meses en cama con pulmonía. De sus andanzas por Rusia Carolina regresó a París con un regio botín: el collar de la emperatriz Eugenia de Montijo, el collar de la emperatriz de Austria, un collar de brillantes que había pertenecido a María Antonieta, ocho brazaletes de rubíes y pulseras de esmeraldas, para citárselo las joyas más notables.

Se engañaría, sin embargo, quien pensara que era una mujer fría o calculadora. Vivía en realidad pasiones tan intensas como fugaces, amores devastadores que duraban algunas semanas en las cuales ella no se permitía ninguna infidelidad, quizás tan solo un archiduque o algún Rothschild. Por otra parte, sabía hacerse querer: quienes rompían con ella la seguían amando y apreciando.

Tal vez por eso Guillermo II la invitó a representar en Berlín una pantomima escrita especialmente por él, para ella. Los jóvenes -aristócratas más guapos de Alemania se la disputaron, pero Carolina prefirió al barón Ollstreder, un riquísimo cincuentón, cuyo encanto no solo provenía de su fortuna incalculable sino de su vigorosa personalidad.

También los norteamericanos fueron hechizados por la fascinación de la Bella. Varios millonarios yanquis la cortejaron y lograron que se la contratara para actuar en Nueva York, pues su fama había cruzado el Atlántico. Así fue como los neoyorquinos se atropellaron para obtener una entrada y ver de cerca a esa estrella en pleno apogeo.

MEMORIAS DEL TIEMPO PASADO
A su regreso, Lina se instaló en una fastuosa residencia de la Promenade des Anglais, en Niza, y alternó su vida entre París y el casino de Montecarlo. Gradualmente se fue retirando de los escenarios donde había reinado, aunque seguía con sus clases de canto: no quería despedirse de ese mundo de luces que había sido suyo, sin demostrar que además de belleza tenía talento.

Decidió culminar su carrera cantando el papel protagónico en la ópera Carmen, y el público, que había atestado el teatro Varietés para presenciar el primer fracaso de la Otero, asistió en cambio, a su mayor triunfo. Sus enemigos se retiraron mordiéndose los labios porque Lina se había convertido en una cantante lírica. Sin embargo, aquella victoria fue su último triunfo pues en seguida se retiró del teatro y también de la vida galante.

Cuando sus admiradores la acosaban para que volviera a las tablas, Carolina sonreía y respondía, a pesar de su belleza todavía evidente: «Quiero que me recuerden hermosa». Se refugió en su mansión de Niza, de donde únicamente salía para pasear por la avenida costera o para trasladarse al casino de Montecarlo, donde fue a parar la mayor parte de sus bienes. De todas las pasiones, la última en abandonarla fue la del juego y tuvo que rematar su casona de Niza y trasladarse a una pieza de hotel donde apenas cabían sus retratos, sus fotos y las cartas de los príncipes y magnates que las revoluciones y los años habían ido relegando al olvido.

Empero, no desapareció por completo de la crónica-cotidiana: se volvió a hablar de ella cuando vendió el resto de sus joyas y recuerdos para poder pagar sus deudas y seguir viviendo. En la década de 1951-1960 su nombre empapeló las calles de muchas capitales, porque otra hermosísima mujer, la actriz mexicana María Félix, interpretaba en una película la vida de Carolina.

Poco tiempo antes la orgullosa española había recibido un último homenaje galante. Un riquísimo barón alemán había adquirido en la subasta de los bienes de la ex Bella un valioso broche que él mismo le había regalado durante la tempestuosa juventud de ambos. El barón le remitió la joya junto con una canasta de flores y una tarjeta en que recordaba los tiempos pasados: todo un gesto digno de la belle époque. Fue esa una de las pocas joyas que Lina conservó hasta su muerte, pobre y solitaria, en 1965.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder