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Biografia de Jung Carl Gustav Medico Psiquiatra Resumen de su Obra

Biografía de Jung Carl Gustav, Médico Psíquiatra

Jung Carl Gustav (1875-1961)-Fue un psicólogo, médico psiquiatra, y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis; posteriormente, fundador de la escuela de psicología analítica, también llamada psicología de los complejos y psicología profunda.

El filósofo del siglo XVIII Immanuel Kant introdujo la idea deque la mente humana creaba activamente nuestra percepción del mundo, más que ser un mero receptor pasivo de las experiencias. Basándose en esto, Carl Jung creó una teoría de una mente tripartita, que consistía en el ego, el inconsciente personal y un inconsciente colectivo.

Afirmaba que las personas se podían dividir en introvertidas y extrovertidas y creía que el inconsciente colectivo estaba construido de arquetipos que heredamos, y que se satisface con actividades como la religión y las relaciones espaciales. En los últimos años su trabajo ha formado la base de evaluaciones como el test de personalidad Myers-Briggs.

Jung Carl Gustav Psicologo

Carl Gustav Jung nació el 26 de julio de 1875 en Kesswil, una pequeña ciudad suiza en el cantón de Turgovia, al borde del lago de Constanza. Era hijo de un pastor de la Iglesia Reformista, apasionado por los estudios clásicos y orientales, que había perdido su fe. El abuelo y el bisabuelo habían sido médicos. Jung atribuyó muchas de sus creencias a su familia y a su educación inicial.

Su madre decía que tenía una personalidad dual. Decía que durante el día era «campechana y de entusiasmo animal», mientras que por la noche era mucho más consciente de lo sobrenatural. En su libro autobiográfico Memorias, Sueños y Reflexiones, Jung escribió que él también compartía esta doble vida, y que tenía lo que llamaba su personalidad racional número uno interesada en el éxito en lo académico y en el mundo; y su personalidad inconsciente número dos que él sentía que era irracional y que estaba en sintonía con lo paranormal.

Cuando contaba cuatro años, la familia se trasladó a Kelinhüningen, donde realizará los primeros estudios. Con una formación religiosa muy esmerada a cargo de su padre; con una madre solícita e inteligente, permaneció en dicha villa hasta los once años, y entonces se trasladó a Basilea —él dirá siempre su «ciudad de origen»— para completar la formación intelectual. En 1895 entró en la universidad, y aunque sus tempranas aficiones eran la antropología y la egiptología, se decidió por el estudio de las ciencias naturales, que más tarde y de un modo definitivo cambió por la medicina.

No se tienen muchos detalles sobre su época de estudiante. Sabemos, empero, que en tanto estuvo en la escuela se sintió interesado por el espiritismo y el mesmerismo, entonces ya totalmente desacreditado, y que asistió a varias sesiones espiritistas.

En su búsqueda por dar sentido a sus dos personalidades, Jung fue a la escuela médica y se especializó en Psiquiatría. Después de graduarse, fue el ayudante de Eugen Bleuler, quien trabajó en la clínica en Zurich, una autoridad de renombre en la esquizofrenia y conoció a la psicoanalista Emma Rauschenbach. Ambos encajaron tan bien intelectualmente y personalmente que se casaron, matrimonio del cual nacieron cinco hijos y en el que Jung encontró el definitivo equilibrio de su vida. En efecto, el matrimonio significó la consolidación profesional y científica de Jung, si tenemos en cuenta que a continuación ya redactó la teoría de los complejos contenida en su Diagnóstico y estudio de las asociaciones.

En 1902 presentó una tesis sobre un tema ya característico, Contribución a la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos. En esta tesis, de acuerdo con uno de los párrafos del propio autor, «la disociación de la personalidad de un medio espiritista tiene relación con las tendencias durante la infancia, y en las raíces de los sistemas de la fantasía se descubren ilusorios deseos sexuales».

La nueva publicación, producto de sus conclusiones, Estudios sobre la asociación de palabras, con el subtítulo Contribuciones a la psicopatología experimental, es ya una etapa a subrayar. Jung introdujo la asociación de palabras en el hospital Burghólzli, usando la técnica de manera amplia como un medio eficaz para la descripción y clasificación. Jung reconoció la gran importancia de dichas asociaciones como método que permitía un eficaz diagnóstico de los problemas emocionales, ya que reflejan ideas cargadas emocionalmente.

La asociación de palabras de Jung impresionó a Freud y ambos empezaron a relacionarse a través de cartas en abril de 1906. La correspondencia crecía y en marzo de 1907 Jung viajó a Viena para encontrarse con Freud. En su primer encuentro hablaron sin parar durante 13 horas y Jung comentó después que «nadie perteneciente a su propia área de experiencia podía medirse con Freud«.

Por su parte, Freud quedó igualmente impresionado con Jung y lo vio como el sucesor natural en el liderazgo del creciente movimiento del psicoanálisis. Como consecuencia del patrocinio de Freud, Jung se convirtió en el primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional en marzo de 1909, pero la amistad no duró mucho.

Luego de una gran etapa experimental con los pacientes del hospital Burghólzli, edita la primera parte de la Psicología de la dementia praecox, Jung obtuvo uno de los resúmenes más claros y convincentes sobre la literatura científica existente sobre el problema. Su propio punto de vista estaba basado en los conceptos de muchos investigadores previos, de manera especial en Kraepelin, Janet y Bleuler, aunque reconocía que su principal deuda, así como también los esclarecimientos sobre la cuestión, provenían de los estudios de Freud.

La evolución científica de Jung le apartó resueltamente de las líneas originarias. Se había independizado y, a la vez, se convertía en un psiquiatra con voz propia y más allá de las disidencias en curso. Como tal expuso sus ideas en unas conferencias dictadas en la Fordham University de Nueva York, a mediados del año 1912. Jung especialmente se refirió a la «teoría psicoanalítica», tema que desarrolló con amplitud en otro libro titulado Metamorfosis y símbolos de la libido, afirmación final de sus discusiones con Freud.

La afirmación de Freud de que esta sexualidad comenzaba en la infancia fue la gota que colmó el vaso.
Rompieron su relación con una disputa pública que duró desde 1912 hasta 1914.

En 1913 decidió abandonar la enseñanza universitaria, a la que volvió después de veinte años. Pero el propio Jung lo explica en sus Recuerdos, puntualizando que, privado de la guía de Freud, atravesó una serie de desorientaciones, de angustias que le obligaron a eludir esta responsabilidad.

En algunos momentos confiesa que se sintió afectado por la psicosis; curiosamente lo expone cuando expresa que le falta denuedo para enfrentarse con el inconsciente.

Al estallar la primera guerra mundial Jung regresaba a su patria después de unas conferencias pronunciadas en el Bedford College de Londres, tras haber participado en un congreso celebrado en Escocía. Ante la declaración bélica tuvo que entrar por Suiza y fue incorporado al ejército con el grado de capitán.

En 1917 y 1918 fue nombrado comandante de un campo de prisioneros ingleses, en la parte sudoeste de Alemania, pero esto no le haría mermar sus estudios e investigaciones , que recogerá en el escrito titulado Tipos psicológicos, publicado en 1920; con independencia de haber profundizado sobre el inconsciente colectivo que, según los comentaristas, constituirá otra de sus aportaciones capitales.

Del mismo modo que el psicoanálisis de Freud, Jung basó su psicología analítica en la idea de que la mente de una persona tiene elementos inconscientes y conscientes. Continuó dividiendo a la gente en dos grupos que dependían de la evaluación de sus tipos de personalidad: extrovertidos e introvertidos. Trabajó en esta idea durante un período intenso de cuatro o cinco años posteriores a su ruptura con Freud.

Éstos eran momentos de profunda angustia mental para Jung, a los que no ayudaba el hecho de tener un romance con una paciente y discutir con su mujer. Tratando de resolver su conflicto interno haciéndole frente a su subconsciente, Jung estudió sus sueños intensamente y estableció un diálogo con sus «figuras internas» o arquetipos.

Según Jung, los arquetipos son partes instintivas de todos los seres humanos. Estos arquetipos se expresan a través del arte, la religión, la mitología, la astrología y el folclore y a veces Jung se refería a ellos como imágenes dominantes, mitológicas o primordiales.

Jung afirmaba que hay tantos arquetipos como situaciones típicas en la vida. Los veía en algunos puntos como marcos vacíos que necesitaban rellenarse con contenido. El contenido entraba en el marco al igual que una persona tiene una experiencia que se refiere a un arquetipo específico.

Como consecuencia, el contenido exacto puede variar de una persona a otra, de cultura a cultura; pero el mismo conjunto de arquetipos está presente en todo ser humano.

Para Jung, estos arquetipos forman un inconsciente colectivo, una herencia psíquica que es en efecto una reserva de nuestras experiencias como especie. Es un «conocimiento» con el que nace cada persona, pero nunca podemos ser directamente conscientes de que es parte de nuestro inconsciente. Jung pensaba que este inconsciente colectivo influencia todas nuestras experiencias y comportamiento, especialmente en lo relativo a nuestras emociones. Pensaba que experiencias previas inexplicables como el déjá vu, o el amor a primera vista eran muestras de la presencia de esta característica.

Un ejemplo clave es el arquetipo de madre. Todos nuestros ancestros tienen que haber tenido madres. Jung dijo que nuestro desarrollo evolutivo nos ha aportado una capacidad intrínseca para reconocer una relación maternal. El arquetipo de madre es abstracto y necesita una representación física en la forma de una persona en particular, en general la madre de la persona. Vio este arquetipo simbolizado en la madre terrenal primigenia de la mitología, o en Eva y María en el Cristianismo, así como en símbolos menos personales como la Iglesia, la nación o incluso un océano.

Jung pensaba que una persona que hubiera tenido una mala relación con su madre, satisfaría la necesidad de completar este arquetipo buscando consuelo en la Iglesia o identificándose con una «patria»; también sugirió que algunos podían buscar este cumplimiento pasando sus vidas en el mar.

En 1921, se desplazó a África, donde estudió los árabes del desierto. Más tarde, entre 1924 y 1925, llevó a cabo una excursión para estudiar a los indios pueblos, el Arizona y Nuevo México. Al año siguiente trabó contacto con los pieles rojas y, en un nuevo viaje al África, con los negros de Kenya. En consecuencia, concluyó que el «inconsciente colectivo» era la humanidad arcaica; ambos campos se corroboraban el uno con el otro, dando a sus conclusiones una coherencia que creyó resistía a toda clase de pruebas.

En el año 1933 reanudó la enseñanza mediante conferencias semanales en la Eidgenóssische Technische Hochschule de Zurich, que presentaron su punto culminante, tanto en contenido como por su resonancia, en las sesiones continuadas en Basilea. Debido a sus presentaciones públicas empezó a tener enemigos tan abundantes como peligrosos. Le acusaron de nazismo, racismo y de antisemitismo. Poco hábil ante esta situación, algunas declaraciones favorecieron las confusiones, haciéndole más difíciles sus actuaciones; además de despertar cosas enterradas que pueden relacionarse con la actitud digna, sin reproches, que en este caso tomó Freud.

En 1944 la universidad de Basilea creó para Jung una cátedra de psicología médica, que no obstante tuvo que dejar al poco tiempo debido a unos achaques, que presagiaron el fin de una resistencia física hasta entonces a prueba de hierro. Ya con una situación sólida en el mundo de la ciencia, recibió toda clase de honores y homenajes.

Así, por ejemplo, con motivo de su sesenta aniversario fue obsequiado con un voluminoso Festschrif y con uno todavía mejor con motivo de su ochenta y cinco aniversario, cuando la pequeña ciudad de Küsnacht, donde instaló su hogar por espacio de cincuenta años, le eligió Ehrenbürger, esto es, ciudadano del municipio, distinción que, según parece, Jung apreció mucho más que las múltiples que le fueron otorgadas.

A pesar de que, sólo por citar algunas, llegó a ser miembro de la Real Sociedad de Medicina de Londres, doctor honorario en Ciencias de la universidad de Oxford y miembro honorario de la Academia Suiza de Medicina, además de distinciones honoríficas por parte de las universidades de Harvard, Calcuta, etc.Solamente unas semanas antes de su muerte tuvo que dejar la lectura, aunque no cesó de dictar, pedir que le leyeran, enfrentarse con sus recuerdos, etcétera.

Una tarde de la primavera del año 1961, el día 6 de junio, al final de la misma, decidiendo que se encontraba muy fatigado, se puso a dormir y en este sueño encontró el de la muerte; Cari Gustav Jung contaba ochenta y seis años de edad.

Cumpliendo sus últimas voluntades, las ceremonias religiosas se celebraron en la pequeña iglesia de Küsnacht, donde asistió una auténtica representación internacional; testimonios presenciales señalan la música de Bach y de Haendel como un homenaje postumo, en el que nosotros desearíamos ver lo bueno del espíritu alemán, a pesar de ser suizo, que presidió la obra antropológica del primer disidente del dogma freudiano.

En conjunto la obra jungiana, sin querer restarle méritos, ha encontrado más adeptos entre filósofos especulativos, poetas y aficionados a las religiones que entre psiquiatras. En parte porque los centros didácticos de psicología analítica jungianos, aunque ofrecen un programa tan largo como los institutos freudianos, aceptan candidatos no médicos.

La gran ruptura de Jung con el sistema freudiano puede acercarse a la interpretación del sueño limitándose a las relevantes variaciones del tema «edípico», que en realidad es lo único que hace el psicoanálisis, al fallar ante la incapacidad que muestra por reconocer la creatividad futura que posee el sueño. Y entre varios motivos porque, el propio Jung, de acuerdo con el empirismo señalado se vio muy influenciado precisamente por los sueños y, por añadidura, se inspiró en los mismos para cambiar la dirección de su vida, como si los sueños fueran un oráculo espléndido.

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo I- Entrada: Carl Gustav Jung “el disidente en el método psicoanalitico” – Editorial Planeta
E=MC² Grandes Ideas Que Formaron Nuestro Mundo de Pete Moore – Editorial Lisma
Enciclopedia Temática Ilustrada – Tomo de Biografías – Editorial GR.U.P.O. S.A.

 

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LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA: QUIÉN SOY YO? No resulta fácil cumplir el mandato de Sócrates que recomendaba, como principio de toda sabiduría, el conocimiento de uno mismo.

Del mismo modo que no se encontrarían dos artistas capaces de pintar el mismo paisaje de una manera idéntica, no hay dos personas que interpreten exactamente igual el mundo que les rodea porque no ven, no sienten y no piensan del mismo modo. Las diferencias orgánicas, de educación, ambiente, temperamento y carácter, hacen que cada hombre sea un microcosmos capaz de comprender el mundo en que vive, pero de manera muy distinta a como lo hace su hermano gemelo, su vecino, su conciudadano y, ya más alejado de él, un hombre de otra raza o de otra época.

Si esta visión exterior se manifiesta tan distinta en cada hombre, imagínese cuál será la diferencia entre la interpretación que dará cada uno de sí mismo y la que pueden dar los demás. De cuántos modos se contestará la gran pregunta: ¿Quién y cómo soy yo?

Partiendo de un deseo de sinceridad, y admitiendo un máximo de buena fe, se pueden dar las siguientes interpretaciones de la personalidad de cada hombre:

Cómo cree ser. Cada uno tiene un concepto de sí mismo y sería capaz de anotar una serie de cualidades y defectos propios. «Siento debilidad por las rosas, me enfado si me contradicen, soy propenso al sueño, no me gustan las canciones ligeras, etc.». Éste sería el yo visto por uno mismo.

Cómo desea ser. El Yo actual, presente, el hombre real, advierte que no coincide con el hombre ideal. A menudo se tiende a un ideal imposible y raramente se alcanza la meta propuesta porque el ideal suele cifrarse demasiado elevado. Hay quien es un excelente médico, pero ha soñado con triunfar en la vida como pintor, y este hombre frustrado, fracasado, que todos’ llevamos dentro, es otro Yo que unas veces nos impulsa y otras veces nos amarga.

Cómo cree que le ven. La opinión de los demás nos interesa siempre, y por las conversaciones, por la conducta, por el gesto, intentamos adivinar qué piensan de nosotros los demás. A veces imaginamos que nuestra presencia en una reunión es muy bien acogida, y en otros momentos creemos descubrir una sombra de indiferencia, quizás de fastidio. ¿Cómo creemos que nos ven los otros? El que es victima de manía persecutoria cree que los demás le juzgan pésimamente. Esta interpretación del Yo es peor que la realidad. Lo contrario ocurre con el vanidoso, el infatuado que se cree valorado en más de lo que realmente vale y es.

Cómo nos ven ‘en realidad, los demás. Esto no lo podremos saber nunca de verdad, pero cada uno de nuestros amigos y conocidos tiene su concepto de nosotros. Muchas veces será injusto o inexacto, en ocasiones demasiado halagüeño, en otras demasiado peyorativo, pero «ellos» nos han juzgado y este juicio raramente coincide con el que nosotros hemos formado de nosotros mismos.

En este último juicio, el prójimo nos atribuye intenciones que quizás no abriguemos, supone que vamos a tener ciertos éxitos y ciertos fracasos, nos considera fuertes y capaces para tal cosa, pero débiles e ineficaces para otras. Con frecuencia se equivoca, pero en otros casos acierta.

Sería ideal poder sintetizar estos juicios en uno solo. De su coincidencia, llegaríamos al conocimiento exacto de nosotros mismos. Cómo somos nosotros, humanamente, no lo podemos saber sino por aproximación. El conocimiento perfecto y verdadero de cada uno sólo puede tenerlo Dios.

Todos los esfuerzos de la Psicología tienden al mejor conocimiento del Yo, de la persona, del individuo. Psicología deriva de la palabra griega psiché, que significa «alma». Pero el alma sólo puede ser conocida por sus manifestaciones: los pensamientos, la conducta, los sentimientos, la acción.

¿Hasta qué punto es posible conocer el Yo y sus actos?
Si el jefe de personal de una empresa pretende determinar la capacidad, la honradez, la eficiencia de sus empleados por la sola contemplación de su aspecto externo, de sus fotografías, por ejemplo, se equivocará con toda seguridad. Es inútil pretender conocer a una persona por una impresión personal intuitiva.

El psicólogo utiliza hoy día multitud de tests o pruebas científicamente contrastadas que le permiten determinar con certeza algún aspecto de la personalidad: medida de la atención, de la memoria visual, de la inteligencia abstracta, etc.

Las pruebas preconizadas por la Psicotecnia han sido elaboradas después de innumerables ensayos, estudios, rectificaciones y análisis. Ante la posición escéptica de los que desconfían de las pruebas psicológicas para la determinación de una cualidad en un individuo, cabría oponer una copiosa literatura y la realidad de que estos exámenes psicotécnicos dan excelentes resultados en el campo del trabajo y de la vida corriente.

Pero, ¿es posible medir nuestro modo de ser? ¿Se pueden valorar con cifras los fenómenos anímicos? Con un dinamómetro se precisa la fuerza de la mano derecha, pero ¿se puede determinar con cifras el dolor que siente una madre por la pérdida de su hijo?

Las facultades del alma no se pueden medir; sólo es posible apreciar sus manifestaciones y esta apreciación, caso de valorarse en cifras, no tiene las características de precisión e infalibilidad de un cálculo matemático. Claparede decía que las valoraciones sólo pueden significar «probabilidades». Nunca podrá decirse, por ejemplo, que un muchacho no sirve para tal menester, sino que en él sus probabilidades de éxito son escasas.

El primer encuentro con las manifestaciones del alma humana lo tenemos por experiencia propia cuando lanzamos la luz de la conciencia hacia nuestro interior para examinar nuestra conducta, nuestros sentimientos y nuestros propios deseos. Este autoanálisis que llevamos a cabo mil veces cada día se llama introspección. Es una mirada interior, en busca de nuestro propio Yo.

Cuando los antiguos recomendaban el nosce te ipsum, el conocimiento de uno mismo, consideraban que ésta era la forma más perfecta de conocerse. En la actualidad la introspección es sólo una forma de conocimiento y no suele ser siempre sincera. Los tests o pruebas imparciales realizadas por una segunda persona son más objetivos que el propio análisis. Los cuestionarios, las encuestas y otras formas generales, ideadas por los psicólogos para conocer al hombre, completan el método fundamental que es la introspección. Sin embargo, ésta es importante, pues a poco que nos acostumbremos a esta visión interior, advertiremos que nuestra intimidad ofrece una riqueza y variedad de notas impresionante.

El mundo físico se caracteriza por la objetividad.
El mundo interior, por la subjetividad.

El primero existe fuera de nosotros, pero el interior es nuestro y resulta imposible imaginarlo fuera de nuestra propia existencia, de nuestra vida.

¿QUÉ ES EL ALMA? Primero cabría preguntarse si realmente existe. Algunas escuelas filosóficas explican la vida psíquica por un constante fluir de hechos, pero sin admitir la existencia de un principio único, espiritual, inmortal, independiente del cuerpo, al que se ha llamado alma.

Para los materialistas el ser humano es un cuerpo vivo constituido por células y moléculas, en el que se dan fenómenos físicos y quimicobiológícos parecidos a los que pueden afectar a un protozoo, pero más complicados. Vogt llegó a decir que «el espíritu es a los nervios como la orina es a los riñones», frase brutal que demuestra un concepto totalmente materialista del hombre y de la vida.

Ciertos espiritualistas extremados, adoptando una posición contraria llegaron a decir que el cuerpo no existe, sino que es sólo una figuración del alma. El obispo Berkeley afirmaba que nada existe fuera de nuestro propio pensamiento y de nuestro Yo.

La conciencia de que nosotros somos algo permanente es clara e indiscutible. A mis 50 años siento que soy íntimamente el mismo que fui en mis tiempos de escolar a pesar de que este cuerpo mío haya cambiado tanto. Y seguiré identificándome con él hasta el día de mi muerte, en que mi cuerpo llegue a su plena decadencia.

El principio espiritual que informa mi Yo, esta sustancia invisible, espiritual, inaprensible, que me da permanencia y me hace esperar una vida eterna, es el alma.

El alma humana es inmortal, porque ha de sobrevivir al cuerpo a fin de recibir un premio o un castigo en el más allá.
Es una y simple, porque no consta de partes y en mis actos soy siempre idéntico a mí mismo.

Es espiritual, porque no se siente ligada íntimamente a la materia. El hombre quiere, razona y siente de un modo independiente de sus funciones orgánicas, como puede ser la digestión.
Es racional, porque se rige por motivos superiores y, aunque necesita del cuerpo para expresarse y subsistir, sabe que la mano al escribir no es sino un instrumento que actúa de enlace entre la pluma y la mente.

Los pensadores materialistas argumentan diciendo que si se perturba el cuerpo a causa de una enfermedad, de una intoxicación, de condiciones externas adversas, también se perturban las actividades espirituales v de ello deducen que aquéllas son la causa de éstas. Para los espiritualistas una intoxicación alcohólica viene a ser como la avería en el automóvil que le impide moverse, pero en ningún caso esta avería afecta a la integridad del chófer. El sistema nervioso, para los materialistas, es la causa del pensamiento. Para los espiritualistas es instrumento y medio de expresión que, naturalmente, puede llegar a impedir ésta, si se halla profundamente lesionado.

La existencia en el hombre de ideas universales, de orden superior, es uno de los argumentos utilizados para probar la verdad del alma. En efecto, el concepto que podamos tener de Belleza, Justicia, Orden, Bondad, etc., nada tiene que ver con las sensaciones o sentimientos que los objetos bellos, ordenados, buenos, etc., nos producen. Las ideas universales son elaboraciones de índole espiritual, distintas de las cosas bellas, justas o buenas. Y el principio capaz de dar vida a estas ideas de orden superior, ha de ser, también, superior, espiritual, simple, etc., es decir, el alma inmortal.

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