Biografía de Luis XVIII de Francia

Biografia de Du Guesclin Bertrand Causas de su Fama

Biografia de Bertrand Du Guesclin

Beltrán Du Guesclin, que había de llegar a ser uno de los más famosos guerreros de su época era bretón y nacido en los alrededores de Rennes, el mayor de los diez hijos de una familia noble que pobremente vivía en reducida heredad.

Era un muchacho rechoncho, feo, de color cetrino, rudo, que pegaba a sus hermanos y a sus camaradas. No aprendía nada, pues pasaba el tiempo bebiendo y peleándose con los mozos de la aldea. Sus padres no le tenían cariño y confesaban que habrían «querido verle bajo tierra».

bertrabd guesclin
Nación en Dinan, Bretaña, 1314 – Chateauneuf Randon, Auvernia, 1380) Capitán francés de la Guerra de los Cien Años. Luchó inicialmente al servicio de Carlos de Blois y, más tarde, para el rey Carlos V de Francia.

Un día que se celebraba un torneo en Rennes, Beltrán, que a la sazón contaba dlecisite años, ardía en deseos de ir allá; pero su familia era demasiado pobre para equiparle.

Entonces, saltando en un caballo de labor, llegó a Rennes y encontró a un primo suyo que accedió a prestarle su caballo y su armadura.

Se presentó en el torneo para combatir, el rostro oculto dentro del casco, y nadie supo quién era, ni siquiera sus padres, que figuraba entre los espectadores.

Hizo quince justas seguidas y siempre derribó a su adversario. Entonces levantó la visera del casco, su padre le admiró y en lo sucesivo se sintió orgulloso de él.

Es un personaje célebre en Francia por el papel que tuvo en la guerra de los Cien Años contra Inglaterra, y también en España por haber intervenido en las campañas que Enrique II de Trastámara, sostuvo contra su hermano el rey Pedro I de Castilla.

Durante la guerra de Bretaña, Beltrán, reunió una tropa de aldeanos y se dedicó a hacer la guerra y a tomar castillos. Acabada la guerra se puso al servicio del rey de Francia, que le recompensó nombrándole de su Consejo y dándole tierras. Entonces fue señor de dos castillos.

Du Guesclin había seguido siendo feo, falto de gracia y rudo, pero tenía un cuerpo robusto y ágil que no conocía el cansancio. No profesaba respecto a la guerra las mismas ideas que los señores, acostumbrados a las fiestas y los torneos. No peleaba por el placer de batirse y no se creía obligado a combatir al enemigo en batalla regular como en un torneo.

Prefería sorprenderlo, gustaba más de los sitios que de los combates. Cuidaba mucho a sus hombres, antes de enviarlos al asalto les hacía beber vino, y cuando la paga se retrasaba no dejaba de reclamar hasta tenerla. Era leal, cuando había dado su palabra la mantenía.

Una vez que hubo entrado al servicio del rey de Francia, le permaneció siempre fiel y constantemente peleó por él, sin olvidarse empero hacerse pagar. Detestaba a los ingleses y a los franceses que servían al rey de Inglaterra, a los que llamaba «malos franceses». Fue el más firme defensor del rey y de Francia.

Carlos V, que reinaba desde 1364, no se parecía a Juan, su padre. Siendo muy joven había padecido una grave enfermedad de la que no se había repuesto. Como le costaba trabajo andar a caballo, no tenía afición a la caza ni a la guerra.

Durante todo su reinado no se alejó nunca de París, y vivía en su fortaleza del Louvre o en los castillos de los alrededores, vestido como un burgués, leyendo, conversando, trabajando con sus consejeros y sus astrólogos. Se le llamó el Sabio.

Encargó a Du Guesclin de dispersar las compañías de bandoleros al servicio del rey de Navarra que se habían establecido entre París y la Normandía. Su jefe, un noble gascón, el Captal de Buch, había peleado en el ejército inglés.

Apostó sus hombres como los ingleses en Poitiers, en lo alto de una colina que domina al Eure, en Cocherel. Du Guesclin mandó avanzar a sus hombres como para el ataque. Cargaron al grito de «Nuestra Señora Guesclin», luego aparentaron huir.

El Captal había comprendido la estratagema, pero no pudo contener a los suyos que bajaron en persecución del enemigo. Entonces una tropa de 200 caballeros bretones, que Du Guesclin había mantenido de reserva, cargó contra ellos y los derrotó; el Captal fue hecho prisionero.

El rey dio en recompensa a Du Guesclin el condado de Longuevllle en Normandía (1364).

Du Guesclin fue luego a hacer la guerra a Bretaña y en una batalla cayó en poder de los Ingleses. El rey de Francia pagó su rescate. Luego se encargó de conducir a España las Grandes Compañías que saqueaban Francia.

Al pasar por Avlgnon, los de las compañías dijeron que eran peregrinos y obligaron al Papa a darles la absolución y a pagarles una gruesa suma. En España, Du Guesclin apoyó ál rey Enrique de Trastamara, aliado del de Francia, contra Pedro de Castilla, aliado del rey de Inglaterra. Fue preso en una batalla y los ingleses le llevaron a la Guyena (1367).

Un día, Du Guesclin fue a rogar ai Príncipe negro que le diera libertad. El Príncipe le dijo que fijase él mismo la cuantía de su rescate. Beltrán propuso 100.000 escudos de oro. «Se burla de mí, dijo el Príncipe, al ofrecer semejante suma.

Le dejaré libre por la cuarta parte.» Beltrán accedió a no ofrecer más que 60.000. «El rey de Francia, dijo, pagará mi rescate, y, si no pudiera, todas las hilanderas de Francia trabajarán para ganarlo.»

Carlos V rescató a Du Guesclin y volvió de nuevo a hacer la guerra a los ingleses (1369). Encargó a Du Guesclin de dirigirla y le dio el título de condestable (jefe del ejército), Du Guesclin se excusó en un principio, diciendo que no era más que un pobre caballero. «¿Cómo osaría yo mandar a vuestros hermanos, a vuestros primos? » Pero el rey le dijo: «Yo no tengo hermano, ni sobrino, ni primo que no os obedezca» (1370).

Los franceses habían adoptado un nuevo método de guerra, se encerraban en las ciudades fortificadas y dejaban a los Ingleses saquear los campos.

Tres ejércitos atravesaron Francia sin encontrar ningún ejército francés, pero hallando todas las plazas bien defendidas (1369, 1370, 1373). Un ejército pasó cerca de París (1370).

Desde sus ventanas Carlos V veía las aldeas incendiadas, y su consejero le decía: «Dejadlos, señor, no os quitarán vuestra herencia con todas sus humaredas». El ejército inglés, compuesto de caballeros, no podía tomar una plaza fuerte y, después de unos cuantos meses de campaña, los hombres caían enfermos y se dispersaban.

Por último Du Guesclin, con sus bretones, recuperó poco a poco todas las provincias del Oeste, ayudado por los habitantes que no uqerían obedecer al rey de Inglaterra.

Murión en 1379 sitiando una fortaleza en la montaña del rey de Inglaterra. No le quedaban en Francia mas que las plazas de Calais, Burdeos y Bayona.

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Batalla de Crécy Causas y Desarrollo La Toma de Calais

Causas y Desarrollo Batalla de Crécy y la Toma de Calais

Iniciado el conflicto entre Inglaterra y Francia, conocido como la Guerra de los 100 años, durante algunos años se peleó en Flandes y en Bretaña, luego en la Guyena, sin gran resultado. Pero el año 1346, Eduardo desembarcó en Normadía con un ejército diferente a los que hasta entonces habían combatido en Francia.

Contaba 4 ó 5.000 hombres de armas, revestidos con armadura completa como la de los antiguos caballeros, armados con lanza y montados en caballos protegidos con caparazón.

Pero los infantes eran de una clase nueva. La mayoría eran arqueros armados con un arco como no se había visto hasta entonces, arco ligero de madera de tejo, más alto que un hombre.

Se tendía a la altura de la vista, tiraba tres veces más de prisa que la ballesta y lanzaba largas flechas con tanta fuerza que a trescientos metros se podía matar a un hombre y atravesar una cota de malla.

Los otros infantes, llamados cuchilleros, llevaban un cuchillo puntiagudo al extremo de un asta y servían, sobre todo, para rematar a los caballeros caídos en tierra.

batalla de crecy

Eran todos subditos del rey, porque los ingleses debían tener armas en sus casas y acudir a la guerra cuando el rey lo ordenaba. Eduardo envió comisionados por toda Inglaterra los habían elegido entre los más robustos, valientes y más diestros.

El ejército inglés atravesó toda la Normandía. En ella encontró trigo y ganado en abundancia, y en las ciudades mucho oro, plata y ricos vestidos, porque el país era fértil y hacía mucho tiempo no había sido saqueado. Los ingleses lo arrebataron todo.

En Caen tomaron 40.000 piezas de paño y con ellas cargaron sus barcos. Luego llegaron por el Sena hasta Poissy, saqueando e incendiando todas las aldeas.

Felipe VI reunió un gran ejército de caballeros, las milicias de las ciudades del norte de Francia y 6.000 ballesteros italianos. Tenía un ejército mucho más numeroso que el de Eduardo y empezó a perseguirle.

El ejército Inglés se retiró en dirección a Picardía. Al llegar al Somme, encontró los puentes cortados y los vados bajo la custodia de las milicias francesas. El ejército francés se acercaba e iba a rodearle.

Pero un muchacho del país llevó a los ingleses al vado de Blanchetaque, cerca de la desembocadura del Somme. Allí encontraron arena firme, por encima de la cual sus carros pasaron a marea baja.

El ejército francés se vio detenido por el mar que subía y no se apoderó más que de algunos bagajes.

El ejército inglés, escapado del peligro, atravesó el bosque de Crecy por un sendero y se apostó cerca de él al borde de una colina. Eduardo mandó apearse a sus hombres de armas y los alineó en tres batallones, los caballeros en el centro, los arqueros en las dos alas.

Delante, a la derecha, puso a su hijo el príncipe de Gales con 1.200 caballeros desmontados y 4.000 arqueros; a la izquierda, 1.200 caballeros a pie y 3.000 arqueros. El rey con el resto (1.500 caballeros y 4.000 arqueros) se quedó a retaguardia, próximo a un molino de viento desde el cual se podía ver toda la comarca.

Felipe VI no sabía ya dónde estaba el ejército inglés. Partió por la mañana de Abbeville, siguiendo el camino que daba vuelta al bosque. Por la tarde su vanguardia llegó cerca de Crécy, frente a los ingleses.

Unos caballeros vinieron a decirle que habían visto a los ingleses sentados en el suelo, el arco y el casco delante de ellos, y descansando. Los franceses estaban fatigados de la larga marcha. Felipe quería esperar al día siguiente para pelear y mandó hacer alto.

Pero los señores franceses, más habituados a los torneos que a la guerra, querían batirse sin más tardanza y todos llegar los primeros a presencia del enemigo.

Como la vanguardia hubiera hecho alto, los que seguían detrás empujaban para tratar de colocarse en primera fila. Los caballeros de vanguardia, que no querían quedarse detrás, avanzaron hasta llegar delante de los ingleses, de los que ya no les separaba más que una pequeña cañada.

El mismo rey, al ver a los Ingleses, fue acometido de cólera, porque los detestaba, y decidió atacar, ordenando que se adelantasen los ballesteros genoveses.

En aquel momento estalló violenta tempestad, y los dos ejércitos se calaron de agua. Luego la tempestad cesó y brilló el sol.

Los ballesteros bajaron al valle. Por tres veces lanzaron su grito de guerra e hicieron una descarga. Pero sus flechas cayeron delante de la línea de los ingleses. Entonces los arqueros ingleses dando un paso adelante, empezaron a tirar.

Sus flechas caían tan de prisa que parecían una tempestad de nieve y atravesaban cascos y corazas. Muchos ballesteros cayeron. Los demás, tirando la ballesta, retrocedieron subiendo de nuevo la pendiente.

Los señores franceses, no comprendiendo aquel movimiento, creyeron que los ballesteros hacían traición, y el rey gritó: «Matad a toda esa canalla, porque nos estorban el camino sin razón».

Entonces los caballeros franceses, cargaron contra sus propios ballesteros, bajaron la pendiente hiriéndolos. Al llegar abajo quisieron subir por el otro lado. Los arqueros ingleses comenzaron otra vez a lanzar flechas.

Los caballos, atravesados por ellas, retrocedían o se echaban a un lado, y los caballeros caían sin ver siquiera a los que los mataban.

Los franceses no lograron colocarse en orden de batalla. A medida que un grupo llegaba, se lanzaba en desorden contra los Ingleses.

Hubo de esta manera quince cargas. Algunas llegaron a la línea de los caballeros ingleses que los esperaban lanza en ristre; pero los arqueros, colocados en el flanco, atravesaban a los asaltantes con sus flechas.

Eduardo no necesitó hacer entrar en liza a su batallón de reserva y ni siquiera se puso el casco. Llegada la noche, las cargas se hicieron menos vigorosas y luego los caballeros franceses huyeron.

Eduardo prohibió a sus hombres abandonar su puesto. Los ingleses pasaron la noche vigilantes, no sabiendo la victoria que habían conseguido. Por la mañana la bruma era tan espesa que no se podía ver nada.

Entonces solamente fueron en busca de los muertos y los despojaron. Habían perecido más de 1.500 caballeros franceses, y los Ingleses no habían perdido más que tres hombres de armas y cuarenta arqueros.

Se cuenta que los ballesteros genoveses se habían negado a avanzar, porque la tempestad había mojado las cuerdas de sus arcos. Se dice también que los ingleses habían puesto en batalla varios cañones que sirvieron para asustar a los franceses.

TOMA DE CALAIS (1347)

El ejército inglés fue inmediatamente contra Calais. Era una ciudad de marinos que robaban los barcos de los ingleses y estorbaban mucho su comercio. Eduardo quería apoderarse de ella. Juró «no partir de allí, ni en invierno ni en verano, hasta que fuera tomada».

Calais estaba bien fortificada, rodeada de doble foso que se llenaba de agua todas las mareas. Todo el contorno, estaba formado por arenas movedizas en las cuales no podían asentarse máquinas de guerra.

Eduardo decidió tomarla por hambre. Para alojar a su ejército, mandó construir toda una ciudad de madera. Los habitantes del país tenían en ella dos mercados semanales a los que llevaban sus artículos.

Durante el invierno Calais recibió víveres por mar, pero al llegar la primavera una flota inglesa fue a bloquearla por aquel lado. Entonces faltaron víveres.

toma de calais
La Toma de Calais

El jefe de la guarnición escribió a Felipe VI: «Sabed que no hay nada que no se haya comido, los gatos, los perros, los caballos».

Felipe VI, que había llegado al fin con un ejército de caballeros, encontró el campamento Inglés demasiado bien fortificado. Propuso a Eduardo VI un día y un lugar para la batalla, como si se tratase de un torneo. Luego partió de nuevo.

El jefe de la guarnición rogó a Eduardo que dejase salir a los habitantes, pero el Inglés se negó. «Los de Calais, dijo, han hecho morir a tantos de mis hombres, que es preciso que de los suyos mueran también».

No obstante, consintió en dejarlos con vida. «Pero, dijo, es necesario que seis de los ciudadanos de más nota vengan con la cabeza descubierta y los pies descalzos, sin otro vestido que sus ropas interiores, la cuerda al cuello, llevando en sus manos las llaves de la ciudad y la de la fortaleza, y de esos seis haré lo que me plazca, y perdonaré a los demás».

El capitán francés mandó tocar las campanas, y todos, hombres y mujeres, se reunieron en el mercado. Les dijo lo que exigía el rey de Inglaterra y les rogó que se decidieran cuanto antes.

Todos empezaron a dar voces y a llorar tan fuerte que al capitán le dio lástima y lloró también.

Entonces el ciudadano más rico de Calais, Eustaquio de Saint-Pierre, se levantó y dijo: «Sería gran lástima dejar morir a este pueblo por hambre o de otra forma, si se puede impedir, y tengo gran esperanza de que me acompañe la gracia de Dios para salvar a este pueblo, que quiero ser el primero, y me pondré gustoso en camisa, la cabeza descubierta, los pies descalzos, la cuerda al cuello, a merced del rey de Inglaterra».

Otros cinco ciudadanos se sacrificaron también. El capitán, montado en un caballo de poca alzada, los llevó en camisa y bragas, la cuerda al cuello, con las llaves.

Fueron a arrodillarse delante del rey de Inglaterra. Eduardo permaneció al principio inmóvil, la cólera le impedía hablar. Luego mandó que les cortasen la cabeza.

Los ingleses lloraban y suplicaban al rey que los perdonase. «Sería demasiado cruel hacer morir a esos desgraciados ciudadanos, que se han puesto a vuestra merced por salvar a los demás».

Eduardo rechinó los dientes y dijo: «Hagan venir ai corta-cabezas».

Entonces la reina de Inglaterra, que había seguido a su marido a la guerra, se puso de rodillas delante de él y dijo: » ¡Ah, señor queridísimo, desde que he pasado el mar, con gran peligro, no os he pedido nada. Ruego ahora, en nombre del hijo de Santa María, que tengáis piedad de esos seis hombres! »

Eduardo, enternecido, la miró y dijo: «Tomad, os los entrego, haced de ellos lo que queráis».

La reina se levantó, les quitó la cuerda del cuello, los llevó consigo y mandó que los vistieran.

Los habitantes salieron de Calais. Felipe VI los estableció en diferentes ciudades de Francia. Eduardo mandó venir ingleses y les dio todas las casas. Calais llegó a ser una ciudad inglesa y siguió siéndolo hasta 1558.

En seguida Eduardo, no teniendo ya dinero, hizo una tregua y se volvió a Inglaterra. Luego una peste terrible, traída de Oriente a los puertos de Provenza, acabó con una parte de la población, primeramente en el Mediodía de Francia (1348), más tarde en Inglaterra.

Se la llamó la Gran Peste o la Muerte negra y se dice que en ciertos sitios mató las dos terceras partes de la población.

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Biografia de Felipe IV de Francia Caracteristicas de su Reinado

Biografia de Felipe IV de Francia – Su Reinado

FELIPE IV: Felipe III, hijo de San Luis, reinó quince años (1270-1285), rodeado de los consejeros de su padre, que gobernaron en su nombre.

Su hijo, Felipe IV, llamado el Hermoso, (no confundir con Felipe I de Castilla) reinó treinta años. Era alto, guapo, blanco y rubio, robusto, aficionado a la bebida y a la caza.

No hablaba casi y se dejaba llevar de las gentes que le rodeaban. Uno de sus enemigos decía: «Nuestro rey se parece al gran duque, el más lindo de los pájaros, pero también el más estúpido. No sabe más que mirar fijamente sin decir nada. No es hombre ni animal, es una estatua».

biografia de felipe IV de francia
Miembro de la dinastía de los Capetos, Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (Fontainebleau, 1 de julio de 1268 – 29 de noviembre de 1314), fue rey de Francia y de Navarra. Fue el segundo hijo del rey Felipe III el Atrevido y de su primera esposa Isabel de Aragón.
Lo apodaban «El Rey de Hierro», por su personalidad rígida y severa.
Contrajo matrimonio con la reina Juana I de Navarra el 14 de agosto de 1284 en la catedral de Notre Dame, en París.

Las personas que le dirigieron fueron su hermano, su esposa, su hija, y, sobre todo, sus consejeros. Estos no eran señores habituados a hacer la vida del caballero, sino abogados, legistas, casi todos gentes del Mediodía que habían estudiado derecho en las Universidades.

Felipe pasó casi todo su reinado haciendo guerra, primero contra el rey de Inglaterra al cual quería quitar la Guyena, luego contra Flandes, que intentó conquistar. La guerra de Guyena (1293-1298) no tuvo resultado y Felipe se decidió a hacer la paz (1299).

En Flandes.. un ejército de caballeros franceses fue aniquilado en Courtray (1302) por los infantes flamencos armados con picas, y la guerra duró hasta el final del reinado.

RECURSOS FINANCIEROS
Para estas guerras, el rey tuvo necesidad de mucho dinero. Empezó por obligar a los ricos burgueses a prestarle sumas que no siempre devolvía; pero les daba a elegir entre prestar o partir para el ejército. Luego estableció un impuesto sobre todas las ventas.

El pueblo llamó inmediatamente a esta contribución la maltote (mal impuesta) y en algunas ciudades hubo motines.

Luego se impusieron tributos a todos los habitantes del reino, calculados unas veces sobre el capital, el 1 ó 1 y medio por 100, otros sobre la renta, una vigésima, una décima, un quinto. Todos los años se imponían estos tributos a los que no iban a la guerra.

Luego se ideó otro procedimiento, y ahora se contaba entonces por libras, sueldos y dineros, 12 dineros componían un sueldo, 20 sueldos una libra, pero no era más que una manera de contar; no había moneda de una libra o de un sueldo.

Había un escudo de oro, llamado agnel porque llevaba grabado un carnero, que valía 12 sueldos y medio en tiempo de San Luis, y un tornes gordo, que valía un sueldo.

Pero como esta moneda no llevaba grabada ninguna cifra, el rey podía consiguientemente decir cuántos sueldos representaba el escudo de oro o el tornes.

Hasta entonces se habían acuñado monedas con metal casi puro, en que no entraba más que un 1/25 de aleación.

Al marco de plata, que valía realmente 54 sueldos, se atribuía un valor de 58, siendo por tanto pequeño el beneficio.

Los consejeros de Felipe el Hermoso se decidieron a aumentar el beneficio aminorando el valor intrínseco de la moneda.

Se hicieron piezas que contenían más cobre y el rey se quedaba con el oro o la plata que se ponía de menos en ellas.

Durante más de diez años se disminuyó de esta suerte el valor de las monedas, tanto que en 1303 una moneda de oro que en tiempos de San Luis sólo habría valido 21 sueldos y medio, equivalía a 60 y medio.

Las gentes que debían dinero podían pagar su deuda con la tercera parte de lo que habían recibido y sus acreedores perdían los dos tercios.

Además, como cada moneda había disminuido de valor, los comerciantes exigían por los artículos un precio más elevado, lo cual perturbaba todas las transacciones.

Pero la perturbación fue todavía mucho mayor cuando el rey, habiendo hecho la paz, quiso volver a la buena moneda. Declaró que las piezas acuñadas desde 1295 no valdrían sino con arreglo a la cantidad de plata que contenían.

Entonces toda la moneda nueva perdió dos tercios de su valor, y el tornes, que valía tres sueldos y cuarto, no valió más que tres cuartos de sueldo. Los burgueses, propietarios de casas en París reclamaron a sus inquilinos para que pagasen en buena moneda.

Los inquilinos, a los que se pedía tres veces más de lo que debían, se amotinaron. Los especieros, los tejedores, los taberneros, saquearon la casa de un rico burgués a quien se acusaba de haber decidido al rey a restaurar la buena moneda. Rajaron los almohadones, desfondaron los toneles y se bebieron el vino.

Luego la multitud, armada con palos, fue ante la casa fuerte donde el rey estaba con sus consejeros, la cercaron y arrojaron al lodo todo cuanto se llevaba para el rey. Cuando el motín hubo terminado se encerró en prisiones a mucha gente y se ahorcó a 28, en cuatro árboles, delante de cuatro puertas de París.

Aquel mismo año (1306), se prendió un día a todos los judíos del reino. Se confiscaron todos sus bienes, se vendieron todos cuantos objetos preciosos poseían, alhajas, anillos, copas de oro y plata.

Se apoderaron de sus libros de cuentas y en ellos se vieron los nombres de los cristianos que les debían dinero, y se les obligó a pagar al rey todo lo que ellos debían a los judíos expulsados.

CONFLICTO CON EL PAPA: Felipe el Hermoso había obligado a los obispos y a los abades de su reino a pagar los tributos correspondientes a ios dominios de sus iglesias.

El Papa Bonifacio VIII, reclamó y prohibió a los eclesiásticos franceses. Era regla entonces que los bienes de la Iglesia debían estar libres de tributos (1296).

Se reconcilió no obstante con el rey. Pero, pocos años más tarde se inició otra disputa a propósito del obispo de Pamiers, al cual Felipe había mandado prender por hablar mal del rey (1301).

Bonifacio ordenó al rey que dejase libre al obispó para que fuera a justificarse a Roma. Le envió una bula (se llamaba así a las cartas del Papa) en que censuraba por haberse apoderado de los bienes de las iglesias y alterado el valor de la moneda y le anunciaba que iba a reunir un concilio en Roma.

Los consejeros de Felipe inventaron entonces, en iugar de la bula, una cartita muy insolente y la hicieron correr como si fuera la bula del Papa.

Luego el rey convocó en París una Asamblea de sus subditos. Un consejero del rey les refirió la historia a su manera y se hizo que los nobles escribieran una carta en que se censuraba al Papa por querer oprimir al reino de Francia.

Bonifacio se molesto por aquella falsificación, se incomodó con Pedro Fiotte, el principal consejero del rey, y dijo: «Será castigado en lo espiritual y en lo temporal».

Pocos días más tarde, Fiotte era muerto en la batalla de Courtray, y ello se atribuyó a castigo de Dios.

Felipe intentó excusarse y el Papa le respondió que reparase lo que había hecho, que en caso contrario sería excomulgado. Entonces el nuevo consejero de Felipe, Guillermo de Nogaret, le decidió a tomar la ofensiva haciendo prender al Papa para que le juzgase un concilio.

Hizo que se le encargase de una misión secreta que le daba derecho a entenderse en nombre del rey «con toda clase de personas para cualquier especie de alianza».

Con objeto de tener un pretexto para citar a Bonifacio a juicio, Nogaret le acusó de crímenes imaginarios.

En presencia de los señores y de los obispos reunidos en París, el rey hizo leer un acta en que se enumeraban los siguiente crímenes: «Bonifacio no cree en la inmortalidad del alma, porque dice: «Preferiría ser perro a ser francés», lo que no diría si creyera que los franceses tienen alma inmortal. —Tiene en su casa un demonio al cual pide consejo. —Ha hecho matar a varios eclesiáticos. —Ha hecho matar a su predecesor, etc.»

El rey proponía que se hiciera comparecer al Papa ante un concilio. Escribió a los otros reyes para decidirles a ello.

Mientras tanto, Nogaret en Italia, reunía una banda de hombres de guerra mandada por un enemigo del Papa, Colonna. Bonifacio estaba entonces en su ciudad natal, Anagni, en la montaña, y se preparaba a hacer pública la excomunión de Felipe el Hermoso.

El 7 de septiembre de 1303, al amanecer, Nogaret, a la cabeza de su banda y llevando el estandarte de flores de lis de oro del rey de Francia, entraba bruscamente en Anagni.

Los sobrinos del Papa y sus sirvientes, despiertos al ruido, impidieron el acceso a la casa, á la que la tropa de Nogaret prendió fuego tomándola luego por asalto, Bonifacio, que había quedado solo, se había sentado en su cámara, revestidos los hábitos pontificios, la tiara a la cabeza, en las manos las llaves de San Pedro.

Colonna, que había entrado el primero con sus hombres, espada en mano, le tomó del brazo y quiso darle muerte. Bonifacio le dijo en italiano: «He aquí mi cuello, he aquí mi cabeza». Nogaret llegó y pronunció un discurso ordenando al Papa que convocase a concilio que le juzgase. Mientras tanto le guardaba prisionero.

Bonifacio permaneció sin hablar y se negó a comer. Al tercer día los habitantes de Anagni tomaron las armas, gritando: «¡Viva el Papa! ¡Mueran los extranjeros!. Pero Bonifacio no se repuso de aquella emoción y murió el 11 de octubre.

Su sucesor se disponía a hacer condenar a Nogaret y a Colonna por sacrilegio cometido en la persona del Papa, cuando murió de pronto (envenenado quizá) el 7 de julio de 1304.

Los cardenales dejaron pasar cerca de un año sin ponerse de acuerdo para elegir Papa.

Por último (1305), eligieron a un obispo francés, Clemente V, que no se estableció en Roma. Permaneció en Francia y pocos años más tarde se instaló en Avignon. Desde aquel momento el Papa no tuvo defensa contra el rey de Francia.

PROCESO DE LOS TEMPLARIOS:  La orden de los Templarios, expulsada de Tierra Santa por los musulmanes, poseía en Europa, en Francia principalmente, grandes dominios.

Tenía en su tesoro mucho dinero, porque servía de banquero a los príncipes. En París el Temple era una fortaleza, a donde el mismo rey enviaba su dinero para que estuviera seguro.

Desde que se había perdido Tierra Santa los templarios ya no tenían qué hacer. Se les censuraba el ser con exceso ricos, holgazanes y borrachos (hoy se dice todavía, «beber como un templario»).

La regla de la Orden era secreta, los novicios eran admitidos por una Asamblea secreta que se celebraba de noche en una sala guardada por centinelas. La gente imaginaba que allí ocurrirían cosas extrañas, que se adoraban ídolos.

Felipe había sido durante mucho tiempo amigo de los templarios. Pero necesitaba dinero y los templarios tenían mucho. Pidió, pues, a Clemente V que aboliera la Orden, con objeto de apoderarse de sus bienes, so pretexto de que los templarios cometían diferentes clases de crímenes. El Papa no accedió a ello.

El 13 de octubre de 1307, y en ese mismo día, todos los templarios fueron detenidos como herejes por orden del rey y todos sus bienes fueron confiscados.

Luego un manifiesto, redactado por Nogaret, fue leído públicamente en París, en el jardín del rey. Enunmeraba los crímenes atribuidos a los templarios.

Inmediatamente los inquisidores empezaron el interrogatorio de los templarios presos. Había de someterles a tormento para que confesasen sus crímenes y hacerles escribir su confesión.

Los templarios fueron interrogados durante un mes en París, ante los frailes inquisidores, los consejeros del rey, los escribanos y los verdugos. Los que no querían confesar eran atormentados.

Murieron por el tormento 25. Los restantes fueron encerrados en calabozos oscuros y húmedos y sometidos a pan y agua. Se quería obligarles a confesar que el día de su admisión en la Orden habían renegado de Cristo y escupido la cruz, y que en las casas del Temple había un ídolo que adoraban.

La mayor parte confesaron todo lo que los verdugos quisieron hacerles confesar.

El Papa se quejó de que el rey mostrase contar con su aprobación para aquel acto de fuerza. Pero cedió y ordenó a los demás príncipes que prendieran a los templarios que hubiera en su reino.

Luego, recobrando el valor, citó a los templarios para que comparecieran ante su tribunal. Nogaret entonces le amenazó, dijo que era peor que Bonifacio, que se había dejado comprar por los templarios para protegerlos. Clemente V tuvo miedo, cedió otra vez y convocó un Concilio general en Viena (de Francia) para decidir la supresión de la Orden (1308).

En tanto, por espacio de dos años, los inquisidores y los obispos siguieron los procesos contra los templarios acusados de herejía.

Una comisión nombrada por el Papa estaba en París para examinar las acusaciones contra la Orden.

Varios templarios refirieron cómo se les había forzado a confesar crímenes imaginarios. Uno de ellos dijo «que se les habían atado las manos a la espalda, tan fuertemente que la sangre brotaba de las uñas; que luego les habían metido en una fosa». Decía: «Si otra vez se hace, volveré a decir cuanto quieran.

Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio siempre que sea corto. Que me corten la cabeza, que la pongan a cocer. Pero no puedo soportar suplicios como los que he sufrido de dos años a esta parte».

Los templarios, citados ante los comisarios del Papa, habían recobrado el valor. 546 declararon que querían defender a su Orden, y los procuradores encargados de su defensa redactaron un mensaje en que se demostraba que los crímenes eran imaginarios.

Entonces los consejeros del rey inventaron otro medio. El arzobispo de Sens, hermano de uno de los consejeros, reunió en París en concilio a los obispos de su provincia.

Aquel concilio tenía derecho a condenar a los herejes sin oírlos y ordenar su inmediata ejecución. El 12 de mayo, los templarios que habían declarado pertenecer a la Orden fueron condenados por el concilio.

En carros
fueron llevados a la hoguera encendida delante de la puerta de San Antonio (1310).

El Concilio general se reunió por fin (octubre de 1311) en Viena de Francia. Le fue presentada una lista de los crímenes que se habían hecho confesar a los templarios: escupían el crucifijo, adoraban un ídolo o un gato, etc. Felipe y Clemente temían a los obispos de los otros países, porque en Alemania, en España, en Italia, se había reconocido la inocencia de los templarios.

Felipe llegó entonces con su ejército y nadie se atrevió a ofrecer resistencia. Clemente mandó leer una bula que declaraba suprimida la Orden del Temple. El rey había de hacer entrega al Papa de todas las tierras de los templarios. Pero se quedó con todo el dinero e hizo que le pagasen además los gastos de prisión y de tormento.

El Gran Maestre Jacobo de Molay y otro dignatario habían sido reservados para que los juzgase el Papa. Fueron condenados a prisión perpetua, y las sentencias les fueron leídas delante de la iglesia de Nuestra Señora de París.

Habían esperado salir absueltos y, al verse perdidos, dijeron: «No somos culpables de las cosas de que se nos acusa, pero nos arrepentimos de haber hecho traición a la orden para salvar nuestras vidas». La muchedumbre se agitaba. Entonces el preboste de París tomó a los condenados y aquella misma noche hizo que fueran quemados en el islote del Sena donde hoy está el Puente Nuevo (1314).

Se cuenta que en el momento de morir el Gran Maestre había emplazado al rey y al Papa para que compareciesen ante el tribunal de Dios.
Clemente murió un mes más tarde, Felipe a los seis meses.

AUMENTO DEL DOMINIO REAL
Al advenimiento de Hugo Capeto , el rey de Francia no poseía más que los condados de París, Orleáns, Melun, Etampes, un castillo y unas cuantas casas en las ciudades de Sens, Beauvais, Amiens, Noyon y Soissons.

Era el dominio real. Todo el resto del reino era el dominio de los príncipes vasallos del rey. Se lo reconocia oficialmente dentro de este dominio, y se lo consignaba en los documentos, pero no tenía ningún poder.

Este dominio no era siquiera un territorio seguido. Para ir de una a otra de sus ciudades, el rey tenía que pasar por las tierras de varios señores, que al acecho estaban en sus fortalezas y de ellas salían para detener a los mercaderes y a los peregrinos.

Entre Orleáns y París, la torre de Monthléry interceptaba el camino. Felipe I la adquirió al final de su vida, y decía a su sucesor: «Hijo mío, conserva bien esta torre, me ha hecho envejecer antes de tiempo: la maldad de sus poseedores no me ha dejado reposo».

El dominio real no se ensanchó, casi durante dos siglos.

Felipe Augusto por sí solo adquirió más territorio que todos sus predecesores. Reunió al dominio la mayor parte de la Picardía y todas las provincias conquistadas al rey de Inglaterra, Normandía, Anjou, Maine, Poiton.

El rey fue dueño entonces de la mayor parte del norte de Francia.
La cruzada contra los albigenses hizo entrar todo el Mediodía de Francia en el dominio real. El conde de Tolosa, vencido por los cruzados, cedió al rey casi todo el país hoy llamado Languedoc (1229).

El resto de sus dominios fue dado al hermano del rey, Alfonso, que casó con la única hija de aquél, y, cuando murieron sin herederos, todo el país entró a formar parte del dominio real (1271).

Felipe el Hermoso adquirió la Champaña, que su mujer le llevaba en dote, y el condado de Chartres. Confiscó los condados de la Marche y de Angulema.
Comenzó también a extenderse fuera del reino de Francia.

Cerca del Ródano adquirió la comarca de Valence y Lyon. (Uno de sus sucesores, Felipe VI, adquirió el Delfinado.)

El dominio real comprendía entonces la mayor parte de la Francia del Norte y todo el Mediodía, excepto el sudoeste. No se ensanchó casi nada durante siglo y medio, porque los reyes dieron a sus hijos menores sus nuevas adquisiciones.

CRECIMIENTO DEL PODER REAL: Durante todo el siglo XI el rey de Francia no era obedecido en absoluto, fuera de sus dominios.

En el siglo XII, Luis VI pasó casi todo su reinado (1138-1157) guerreando con los señores dedicados al bandidaje y que se hallaban establecidos en el dominio real. No obstante, el rey empezaba a ser más respetado. En 1124, el emperador Enrique V había reunido un ejército para invadir Francia.

Entonces, de todas las provincias del Norte acudieron los príncipes con sus caballeros al ejército reunido en Reims, y el emperador se retiró.

Luis VII fue reconocido por todos los obispos del reino, y, cuando partió para la Cruzada, todos los señores cruzados del reino de Francia fueron bajo su mando.

Pero Felipe Augusto fue quien principalmente aumentó el poder real. Empezó dando órdenes a los condes y a los duques que hasta entonces habían sido siempre dueños en sus Estados. Promulgó ordenanzas que debían ser observadas en todo el reino.

Para administrar sus dominios envió bailes (apoderados). Eran caballeros encargados de regir una parte del dominio en sustitución del rey. Tenían aproximadamente el mismo poder que tuvieron los condes en la época de los reyes francos.

Pero los Capetos no permitieron que aquellos magistrados suyos fueran hereditarios, como lo habían sido los condes.

Por el contrario, nombraban para el cargo gente que no era del país que debían gobernar, y, por lo común, los cambiaban de puesto al cabo de unos cuantos años.
San Luis instaló en su palacio de París un tribunal para juzgar todas las cuestiones del reino. Así comenzó el Parlamento de París.

Felipe el Hermoso comenzó a exigir el servicio militar, no solamente a los habitantes del dominio real, sino también a todos los subditos del reino. Parte solamente acudían al ejército. Pero todos los demás se liberaban del servicio pagando una cantidad proporcional de sus rentas. Así comenzó el impuesto.

(Ampliar Sobre La Conspiración a los Templarios)

fuentes

Independencia de las Colonias Españolas en América Causas

CAUSAS DE LA INDEPEDENCIA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS EN AMÉRICA

Antecedentes: La serie de cambios revolucionarios, trastornadores en lo político y en lo económico, en lo social y en lo espiritual, del mundo del siglo XVIII, se completa con los movimientos emancipadores en las distintas colonias españolas en América.

Bajo la doble influencia de las revoluciones americana y francesa y de las ideas liberales, los imperios coloniales que España y Portugal habían levantado a lo largo de los siglos se rebelan a principios del s.XIX.

A la burguesía criolla de Iberoamérica le bastan unos años, de 1810 a 1825, para terminar con el régimen de opresión económica y política impuesto por las metrópolis.

Dicha burguesía se rebela contra el acaparamiento de los altos cargos coloniales, siempre en manos de hombres de la metrópoli.

Estas insurrecciones son también obra de los héroes románticos, impregnados de ideales revolucionarios, que las encabezan, como Miranda en Venezuela o San Martín en Chile y en Perú. Pero es sobre todo Simón Bolívar el que desempeña un papel fundamental en la emancipación de Iberoamérica.

La liberación se lleva a cabo en dos etapas: la primera ola de insurrección, en los años 1810 a 1811, se salda con un fracaso y provoca una represión sangrienta; la segunda, que comienza en 1817, resulta decisiva y desemboca en la creación de numerosos pequeños Estados independientes. Pero esta fragmentación aumenta la fragilidad del continente, y sus naciones quedan a merced de las influencias exteriores.

La lucha por la emancipación de las naciones hispanoamericanas fue larga y dura. La antigua metrópoli no cedió en la lucha por la conservación de sus dominios, y en más de una ocasión pareció estar cerca de lograrlo.

Sin embargo, en los campos de batalla las armas americanas lograron, por fin, convalidar las declaraciones de independencia que los representantes de los pueblos habían anticipado.

Así terminó una etapa y comenzó otra en la vida de las recién constituidas nacionalidades de América. Ella debía ser tan difícil y no menos arriesgada que la anterior.

Como Bolívar lo advirtiera en célebre carta de 1815, era para entonces difícil «presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política, y casi profetizar la naturaleza de gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada.

¿Se pudo prever, cuando el género humano se hallaba en su infancia, rodeado de tarita incertidumbre, ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir: tal nación será república o monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande?

En mi concepto, ésta es la imagen de nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte; cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil».

Pero en medio de todas las incertidumbres que podían tejerse en torno del futuro inmediato de ese «pequeño género humano» que se había emancipado, dos hechos se manifestaban con carácter definitivo: primero, el sentimiento de que la independencia política de las antiguas colonias constituía un proceso irreversible; segundo, que esa independencia debía afianzarse, en adelante, en forma de organización y desarrollo de Estados soberanos. Tal fue, en efecto, la consecuencia inmediata de la revolución en el mundo hispanoamericano y de las guerras emancipadoras que siguieron.

Las provincias sudamericanas iniciaron su lucha por la independencia en los primeros años del siglo XIX.

El primer grito correspondió a Caracas, el 19 de abril de 1810, cuando fue derrocado el gobernador y capitán general Emparán.

Las Juntas de Gobierno formadas en las capitales de los virreinatos, audiencias y capitanías generales de las colonias españolas de América sirvieron de arranque a la independencia americana.

Las ideas de la Revolución francesa, la ayuda de Estados Unidos, acabados de independizar a su vez, y la de Inglaterra fueron definitivas para los americanos, que se vieron favorecidos también por el factor geográfico, por la creciente fuerza de las burguesías locales, por el relajamiento de los vínculos que unían a las colonias y la metrópoli y por la falta de una marina española fuerte, consecuencia de la pérdida de Trafalgar.

Batalla de Carabobo

En la Enciclopedia HISTORIA UNIVERSAL Tomo 16 Editorial SALVAT –El Impacto de la Revolución Francesa-, para la explicación de las causas de la emancipación de la colonias españolas, cometa:

La historiografía liberal de la primera mitad del siglo XIX hace suyos en gran parte los juicios de Simón Bolívar, principal artífice de la emancipación de las colonias, y del escritor chileno Luis Amunátegui, según los cuales la ruptura entre España e Hispanoamérica se debería, fundamentalmente, a la ideología de la Ilustración, a los abusos del «pacto colonial» (con las consiguientes restricciones a los criollos) y a los manejos de los adversarios de España -Gran Bretaña y Francia-.

En definitiva, la independencia hispanoamericana constituiría la tercera fase del proceso revolucionario general que preside el hundimiento del Antiguo Régimen (el primero, la revolución norteamericana e independencia de Estados Unidos, y el segundo, la Revolución francesa).

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se tienen en cuenta otros factores: la vinculación de los criollos con determinados focos políticos europeos, la invasión napoleónica en España, la labor de proselitismo de las sociedades secretas, como la de los masones, y la acción favorable a la independencia de los jesuítas expulsados por Carlos III (a través de la Carta a los españoles americanos, del peruano Juan Pablo de Vizcardo y Guzmán).

Desde el punto de vista socioeconómico, la independencia hispanoamericana es valorada en función de la expansión económica de la segunda mitad del siglo XVIII y sus repercusiones sociales -enriquecimiento de la burguesía criolla-.

Batalla de Maipú

El historiador y canonista español, profesor Manuel Giménez Fernández, a través de un examen de los sucesos de la revolución de mayo de 1810 en Argentina, cree ver en la emancipación un reflejo de las doctrinas populistas (de honda tradición en los tratadistas hispánicos del Siglo de Oro), en virtud del derecho del pueblo a la rebeldía, como portador de la soberanía, cuando se incumplen por la autoridad las ideas del buen gobierno. Invocando otros presupuestos, la emancipación ha sido considerada también como una guerra civil entre los hispanoamericanos, que terminaría con el triunfo del «feudalismo» criollo.

Atendiendo a las operaciones militares, el progresivo repliegue del dominio español en América a partir de 1808 se verifica en sentido inverso al que había presidido la conquista.

Es decir, los focos antillano y mexicano, que en el siglo XVI constituyeron los núcleos de irradiación del dominio español, se convierten ahora en los últimos reductos hispánicos. (El dominio español en el ámbito antillano sobrevivirá al proceso emancipador hispanoamericano y perdurará hasta 1898.).

Las campañas emancipadoras partieron de las regiones de La Plata y de Tierra Firme, y por Chile y Nueva Granada, respectivamente, alcanzaron al Perú, donde el virrey José Fernando Abascal se convierte en símbolo de la resistencia española.

El proceso sociológico es distinto según las regiones. En México, la emancipación la fraguaron los criollos, la comenzaron los mestizos -campañas indigenistas de los curas Hidalgo y Morelos –y la terminaron los españoles; en Venezuela fue protagonizada por la aristocracia criolla– lo que explica que, por reacción, los humildes «llaneros» de Orinoco fueran realistas-; en el Perú y Chile también por la aristocracia criolla, de origen vasco-castellano, y en Buenos Aires, por la naciente burguesía porteña.

A semejanza de lo ocurrido en España con la crisis del poder motivada por la invasión francesa de 1808, en América se constituyeron también Juntas Provinciales, que progresivamente pasaron de la fidelidad a la causa de Fernando VII a invocar la autodeterminación, esto es, el derecho de gobernarse por sí mismas.

En líneas generales puede afirmarse que entre 1808 y 1814 las tropas españolas lograron contener el proceso emancipador (fracaso de los intentos de Hidalgo y Morelos en México, mientras Bolívar se vio obligado a refugiarse en Jamaica y el ejército español de Morillo se afianzaba en Nueva Granada; en La Plata, Belgrano fracasaba en su intento de dominar el Paraguay, y los realistas triunfaban en Vilcapugio y Ayohuma).

De 1814 hasta 1820, la emancipación realizó progresos sustanciales -1816, San Martín y O’Higgins consolidan la independencia chilena en la batalla de Maipú; 1819, Bolívar proclama la unidad de Nueva Granada-.

Y de 1820 hasta 1824, la causa emancipadora gana las últimas batallas -1821, San Martín entra en Lima, y Bolívar triunfa en Carabobo; 1822, el «plan de Iguala» reconoce la independencia de México, mientras Antonio José de Sucre vence en Pichincha y Estados Unidos reconoce a las nuevas Repúblicas; 1823, el presidente norteamericano, James Monroe, proclama la doctrina que lleva su nombre (monroísmo), como advertencia a los intentos de la Santa Alianza europea y, concretamente, a los propósitos británicos en el Caribe, y 1824, el nuevo triunfo de Sucre, lugarteniente de Bolívar, en Ayacucho, remata el proceso emancipador-.

Batalla de Ayacucho

Batalla de Ayacucho, última batalla de la independencia sudamericana

Las potencias anglosajonas se opusieron tenazmente a los proyectos federalistas de Bolívar, quien se dio perfecta cuenta de los tres adversarios a los cuales había que vencer sucesivamente para que Hispanoamérica conquistara la independencia: a) España, b) Gran Bretaña, y c) Estados Unidos.

Los hechos se encargarían de darle la razón, puesto que, rotos los lazos de dependencia política respecto de España, los países hispanoamericanos cayeron bajo el vasallaje económico de Gran Bretaña en el siglo XIX, y de Estados Unidos en el XX.

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SINTESÍS: La independencia de las colonias españolas: 1808-1811

Crisis del estado español en 1808.

Legalidad napoleónica: José I, ahora es rey de España. Se arma una resistencia organizada de la junta de Sevilla, favorable a Fernando VII.

En la Constitución de Bayona, Napoleón establece una representación regular de las colonias en el gobierno español.

Napoleón cuenta con su popularidad en América para crear un apoyo fuerte a la monarquía de José I.

Son enviados emisarios franceses de José I y Napoleón encargados de comunicar a las autoridades locales de América el cambio dinástico.

Reacción: en México, tanto el virrey José de Iturrigaray como la Audiencia rechazan la opción napoleónica. En Caracas (15-VIII-1808): el capitán general Casas duda, pero el cabildo inclina la balanza a favor de Fernando Vil. En Bogotá (19-VIII-1808): reacción violenta contra Napoleón. En Buenos Aires: el virrey francés Liniers, sospechoso de ser partidario de José I, es depuesto por la oligarquía criolla.

No pudiendo aliar a América a su partido, Napoleón varía su política en 1809 y se muestra partidario de la Independencia, como medio para debilitar al enemigo.

Napoleón Inunda las colonias españolas de agentes que preparan movimientos independentistas: Desmolard es el instigador de la sublevación de Caracas en abril de 1810.

Ejemplo norteamericano de la Constitución y simpatías de Thomas Jefferson y sus amigos por la causa latinoamericana.

Hundimiento del partido nacionalista en la metrópoli frente a la Grande Armée.
Enero de 1810: la junta abdica en un consejo de Regencia.

AMÉRICA PROCLAMA SU INDEPENDENCIA
Buenos Aires: El virrey Cisneros, nombrado por la Junta de Sevilla en 1809 y aceptado en principio, es depuesto por una junta insurreccional controlada por patriotas radicales el 25 de mayo de 1810. Elección de una Junta que agrupa a los principales representantes de la aristocracia criolla (Belgrano). Repercusiones del movimiento en Bolivia, Paraguay y Uruguay. 1811: movimiento independentista de Chile.

México: Fracaso Inicial del virrey Iturrigaray al intentar liberarse de la Junta de Sevilla (1808) por la oposición de la oligarquía criolla de la Audiencia. Movimientos populares de Miguel Hidalgo (1811) y José María Morelos, que proclama el 6 de noviembre de 1813 la independencia de Nueva España.

Caracas: Congreso que reúne los cabildos de las ciudades venezolanas en marzo de 1811; la independencia es proclamada el 5 de julio; la Constitución de diciembre de 1811 reproduce la de jefferson.

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La FASE ADVERSA de l independencia de las colonias españolas: 1811-1815:

MOVIMIENTOS DE INDEPENDENCIA
25 de mayo de 1810: Junta insurredonal de Buenos Aires.

5 de julio de 1811: Proclamación de la independencia venezolana.

6 de noviembre de 1813: Proclamación de la independencia mexicana por Morelos.

I) DIFICULTADES DE CONSOLIDACIÓN AISLAMIENTO INTERNACIONAL
Gran Bretaña: Necesitada de la colaboración española en la lucha contra Napoleón, no se atreve de momento a ayudar abiertamente a los insurrectos, aunque su interés económico se inclina a poner fin al Imperio español.

Estados Unidos: Abastecedora de víveres a los ejércitos que combaten contra Napoleón en España, sacrifica su simpatía por los latinoamericanos a las buenas relaciones con la España de Fernando VII.

Francia: Napoleón, promotor de ; movimientos revolucionarios en América, se ve ahora aislado de ella por el bloqueo inglés.

Los patriotas americanos quedan reducidos a sus propias fuerzas en la lucha.

España cuenta con la simpatía de las potencias legitimistas: Fernando VIl aspira a interesar a la gran potencia del momento, la Rusia de Alejandro I, en la conquista de América.

Dificultades de comunicación terrestre entre los distintos núcleos geográficos.

La fragmentación territorial de América Latina se refleja en un aislamiento entre los distintos movimientos.

España cuenta con una fuerza marítima que le permite la comunicación rápida a lo largo de las costas americanas.

Divisiones internas de cada núcleo independentista: rivalidades personales, luchas de clanes, clases sociales y étnicas.

España cuenta con ejércitos más coherentes y bien organizados.

RESULTADOS
Virreinato del Perú: Fiel a España, el Perú es uno de los grandes apoyos en esta reconstitución del Imperio: recuperación de Quito (1812), victoria sobre la Junta de Santiago.

Virreinato de Nueva Granada: La oposición eclesiástica y nobiliaria hace fracasar la Primera República venezolana (1812) y las fuerzas de Boves (Indios, mestizos y llaneros) la Segunda (1815).

Virreinato de Nueva España: Iturbide, con un refuerzo de 8.000 hombres llegados de España, consigue triunfar de modo definitivo sobre Morelos (1814-1815).

Ver: Focos Revolucionarios en América Colonial

Fuente Consultada:
HISTORIA UNIVERSAL Tomo 16 Editorial SALVAT El Impacto de la Revolución Francesa