Biografia de Felipe IV de Francia Caracteristicas de su Reinado



Biografia de Felipe IV de Francia – Su Reinado

FELIPE IV: Felipe III, hijo de San Luis, reinó quince años (1270-1285), rodeado de los consejeros de su padre, que gobernaron en su nombre.

Su hijo, Felipe IV, llamado el Hermoso, (no confundir con Felipe I de Castilla) reinó treinta años. Era alto, guapo, blanco y rubio, robusto, aficionado a la bebida y a la caza.

No hablaba casi y se dejaba llevar de las gentes que le rodeaban. Uno de sus enemigos decía: «Nuestro rey se parece al gran duque, el más lindo de los pájaros, pero también el más estúpido. No sabe más que mirar fijamente sin decir nada. No es hombre ni animal, es una estatua».

biografia de felipe IV de francia
Miembro de la dinastía de los Capetos, Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (Fontainebleau, 1 de julio de 1268 – 29 de noviembre de 1314), fue rey de Francia y de Navarra. Fue el segundo hijo del rey Felipe III el Atrevido y de su primera esposa Isabel de Aragón.
Lo apodaban «El Rey de Hierro», por su personalidad rígida y severa.
Contrajo matrimonio con la reina Juana I de Navarra el 14 de agosto de 1284 en la catedral de Notre Dame, en París.

Las personas que le dirigieron fueron su hermano, su esposa, su hija, y, sobre todo, sus consejeros. Estos no eran señores habituados a hacer la vida del caballero, sino abogados, legistas, casi todos gentes del Mediodía que habían estudiado derecho en las Universidades.

Felipe pasó casi todo su reinado haciendo guerra, primero contra el rey de Inglaterra al cual quería quitar la Guyena, luego contra Flandes, que intentó conquistar. La guerra de Guyena (1293-1298) no tuvo resultado y Felipe se decidió a hacer la paz (1299).

En Flandes.. un ejército de caballeros franceses fue aniquilado en Courtray (1302) por los infantes flamencos armados con picas, y la guerra duró hasta el final del reinado.

RECURSOS FINANCIEROS
Para estas guerras, el rey tuvo necesidad de mucho dinero. Empezó por obligar a los ricos burgueses a prestarle sumas que no siempre devolvía; pero les daba a elegir entre prestar o partir para el ejército. Luego estableció un impuesto sobre todas las ventas.

El pueblo llamó inmediatamente a esta contribución la maltote (mal impuesta) y en algunas ciudades hubo motines.

Luego se impusieron tributos a todos los habitantes del reino, calculados unas veces sobre el capital, el 1 ó 1 y medio por 100, otros sobre la renta, una vigésima, una décima, un quinto. Todos los años se imponían estos tributos a los que no iban a la guerra.

Luego se ideó otro procedimiento, y ahora se contaba entonces por libras, sueldos y dineros, 12 dineros componían un sueldo, 20 sueldos una libra, pero no era más que una manera de contar; no había moneda de una libra o de un sueldo.



Había un escudo de oro, llamado agnel porque llevaba grabado un carnero, que valía 12 sueldos y medio en tiempo de San Luis, y un tornes gordo, que valía un sueldo.

Pero como esta moneda no llevaba grabada ninguna cifra, el rey podía consiguientemente decir cuántos sueldos representaba el escudo de oro o el tornes.

Hasta entonces se habían acuñado monedas con metal casi puro, en que no entraba más que un 1/25 de aleación.

Al marco de plata, que valía realmente 54 sueldos, se atribuía un valor de 58, siendo por tanto pequeño el beneficio.

Los consejeros de Felipe el Hermoso se decidieron a aumentar el beneficio aminorando el valor intrínseco de la moneda.

Se hicieron piezas que contenían más cobre y el rey se quedaba con el oro o la plata que se ponía de menos en ellas.

Durante más de diez años se disminuyó de esta suerte el valor de las monedas, tanto que en 1303 una moneda de oro que en tiempos de San Luis sólo habría valido 21 sueldos y medio, equivalía a 60 y medio.

Las gentes que debían dinero podían pagar su deuda con la tercera parte de lo que habían recibido y sus acreedores perdían los dos tercios.

Además, como cada moneda había disminuido de valor, los comerciantes exigían por los artículos un precio más elevado, lo cual perturbaba todas las transacciones.

Pero la perturbación fue todavía mucho mayor cuando el rey, habiendo hecho la paz, quiso volver a la buena moneda. Declaró que las piezas acuñadas desde 1295 no valdrían sino con arreglo a la cantidad de plata que contenían.



Entonces toda la moneda nueva perdió dos tercios de su valor, y el tornes, que valía tres sueldos y cuarto, no valió más que tres cuartos de sueldo. Los burgueses, propietarios de casas en París reclamaron a sus inquilinos para que pagasen en buena moneda.

Los inquilinos, a los que se pedía tres veces más de lo que debían, se amotinaron. Los especieros, los tejedores, los taberneros, saquearon la casa de un rico burgués a quien se acusaba de haber decidido al rey a restaurar la buena moneda. Rajaron los almohadones, desfondaron los toneles y se bebieron el vino.

Luego la multitud, armada con palos, fue ante la casa fuerte donde el rey estaba con sus consejeros, la cercaron y arrojaron al lodo todo cuanto se llevaba para el rey. Cuando el motín hubo terminado se encerró en prisiones a mucha gente y se ahorcó a 28, en cuatro árboles, delante de cuatro puertas de París.

Aquel mismo año (1306), se prendió un día a todos los judíos del reino. Se confiscaron todos sus bienes, se vendieron todos cuantos objetos preciosos poseían, alhajas, anillos, copas de oro y plata.

Se apoderaron de sus libros de cuentas y en ellos se vieron los nombres de los cristianos que les debían dinero, y se les obligó a pagar al rey todo lo que ellos debían a los judíos expulsados.

CONFLICTO CON EL PAPA: Felipe el Hermoso había obligado a los obispos y a los abades de su reino a pagar los tributos correspondientes a ios dominios de sus iglesias.

El Papa Bonifacio VIII, reclamó y prohibió a los eclesiásticos franceses. Era regla entonces que los bienes de la Iglesia debían estar libres de tributos (1296).

Se reconcilió no obstante con el rey. Pero, pocos años más tarde se inició otra disputa a propósito del obispo de Pamiers, al cual Felipe había mandado prender por hablar mal del rey (1301).

Bonifacio ordenó al rey que dejase libre al obispó para que fuera a justificarse a Roma. Le envió una bula (se llamaba así a las cartas del Papa) en que censuraba por haberse apoderado de los bienes de las iglesias y alterado el valor de la moneda y le anunciaba que iba a reunir un concilio en Roma.

Los consejeros de Felipe inventaron entonces, en iugar de la bula, una cartita muy insolente y la hicieron correr como si fuera la bula del Papa.



Luego el rey convocó en París una Asamblea de sus subditos. Un consejero del rey les refirió la historia a su manera y se hizo que los nobles escribieran una carta en que se censuraba al Papa por querer oprimir al reino de Francia.

Bonifacio se molesto por aquella falsificación, se incomodó con Pedro Fiotte, el principal consejero del rey, y dijo: «Será castigado en lo espiritual y en lo temporal».

Pocos días más tarde, Fiotte era muerto en la batalla de Courtray, y ello se atribuyó a castigo de Dios.

Felipe intentó excusarse y el Papa le respondió que reparase lo que había hecho, que en caso contrario sería excomulgado. Entonces el nuevo consejero de Felipe, Guillermo de Nogaret, le decidió a tomar la ofensiva haciendo prender al Papa para que le juzgase un concilio.

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Hizo que se le encargase de una misión secreta que le daba derecho a entenderse en nombre del rey «con toda clase de personas para cualquier especie de alianza».

Con objeto de tener un pretexto para citar a Bonifacio a juicio, Nogaret le acusó de crímenes imaginarios.

En presencia de los señores y de los obispos reunidos en París, el rey hizo leer un acta en que se enumeraban los siguiente crímenes: «Bonifacio no cree en la inmortalidad del alma, porque dice: «Preferiría ser perro a ser francés», lo que no diría si creyera que los franceses tienen alma inmortal. —Tiene en su casa un demonio al cual pide consejo. —Ha hecho matar a varios eclesiáticos. —Ha hecho matar a su predecesor, etc.»

El rey proponía que se hiciera comparecer al Papa ante un concilio. Escribió a los otros reyes para decidirles a ello.

Mientras tanto, Nogaret en Italia, reunía una banda de hombres de guerra mandada por un enemigo del Papa, Colonna. Bonifacio estaba entonces en su ciudad natal, Anagni, en la montaña, y se preparaba a hacer pública la excomunión de Felipe el Hermoso.

El 7 de septiembre de 1303, al amanecer, Nogaret, a la cabeza de su banda y llevando el estandarte de flores de lis de oro del rey de Francia, entraba bruscamente en Anagni.

Los sobrinos del Papa y sus sirvientes, despiertos al ruido, impidieron el acceso a la casa, á la que la tropa de Nogaret prendió fuego tomándola luego por asalto, Bonifacio, que había quedado solo, se había sentado en su cámara, revestidos los hábitos pontificios, la tiara a la cabeza, en las manos las llaves de San Pedro.

Colonna, que había entrado el primero con sus hombres, espada en mano, le tomó del brazo y quiso darle muerte. Bonifacio le dijo en italiano: «He aquí mi cuello, he aquí mi cabeza». Nogaret llegó y pronunció un discurso ordenando al Papa que convocase a concilio que le juzgase. Mientras tanto le guardaba prisionero.

Bonifacio permaneció sin hablar y se negó a comer. Al tercer día los habitantes de Anagni tomaron las armas, gritando: «¡Viva el Papa! ¡Mueran los extranjeros!. Pero Bonifacio no se repuso de aquella emoción y murió el 11 de octubre.

Su sucesor se disponía a hacer condenar a Nogaret y a Colonna por sacrilegio cometido en la persona del Papa, cuando murió de pronto (envenenado quizá) el 7 de julio de 1304.

Los cardenales dejaron pasar cerca de un año sin ponerse de acuerdo para elegir Papa.

Por último (1305), eligieron a un obispo francés, Clemente V, que no se estableció en Roma. Permaneció en Francia y pocos años más tarde se instaló en Avignon. Desde aquel momento el Papa no tuvo defensa contra el rey de Francia.

PROCESO DE LOS TEMPLARIOS:  La orden de los Templarios, expulsada de Tierra Santa por los musulmanes, poseía en Europa, en Francia principalmente, grandes dominios.

Tenía en su tesoro mucho dinero, porque servía de banquero a los príncipes. En París el Temple era una fortaleza, a donde el mismo rey enviaba su dinero para que estuviera seguro.

Desde que se había perdido Tierra Santa los templarios ya no tenían qué hacer. Se les censuraba el ser con exceso ricos, holgazanes y borrachos (hoy se dice todavía, «beber como un templario»).

La regla de la Orden era secreta, los novicios eran admitidos por una Asamblea secreta que se celebraba de noche en una sala guardada por centinelas. La gente imaginaba que allí ocurrirían cosas extrañas, que se adoraban ídolos.

Felipe había sido durante mucho tiempo amigo de los templarios. Pero necesitaba dinero y los templarios tenían mucho. Pidió, pues, a Clemente V que aboliera la Orden, con objeto de apoderarse de sus bienes, so pretexto de que los templarios cometían diferentes clases de crímenes. El Papa no accedió a ello.

El 13 de octubre de 1307, y en ese mismo día, todos los templarios fueron detenidos como herejes por orden del rey y todos sus bienes fueron confiscados.

Luego un manifiesto, redactado por Nogaret, fue leído públicamente en París, en el jardín del rey. Enunmeraba los crímenes atribuidos a los templarios.

Inmediatamente los inquisidores empezaron el interrogatorio de los templarios presos. Había de someterles a tormento para que confesasen sus crímenes y hacerles escribir su confesión.

Los templarios fueron interrogados durante un mes en París, ante los frailes inquisidores, los consejeros del rey, los escribanos y los verdugos. Los que no querían confesar eran atormentados.

Murieron por el tormento 25. Los restantes fueron encerrados en calabozos oscuros y húmedos y sometidos a pan y agua. Se quería obligarles a confesar que el día de su admisión en la Orden habían renegado de Cristo y escupido la cruz, y que en las casas del Temple había un ídolo que adoraban.

La mayor parte confesaron todo lo que los verdugos quisieron hacerles confesar.

El Papa se quejó de que el rey mostrase contar con su aprobación para aquel acto de fuerza. Pero cedió y ordenó a los demás príncipes que prendieran a los templarios que hubiera en su reino.

Luego, recobrando el valor, citó a los templarios para que comparecieran ante su tribunal. Nogaret entonces le amenazó, dijo que era peor que Bonifacio, que se había dejado comprar por los templarios para protegerlos. Clemente V tuvo miedo, cedió otra vez y convocó un Concilio general en Viena (de Francia) para decidir la supresión de la Orden (1308).

En tanto, por espacio de dos años, los inquisidores y los obispos siguieron los procesos contra los templarios acusados de herejía.

Una comisión nombrada por el Papa estaba en París para examinar las acusaciones contra la Orden.

Varios templarios refirieron cómo se les había forzado a confesar crímenes imaginarios. Uno de ellos dijo «que se les habían atado las manos a la espalda, tan fuertemente que la sangre brotaba de las uñas; que luego les habían metido en una fosa». Decía: «Si otra vez se hace, volveré a decir cuanto quieran.

Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio siempre que sea corto. Que me corten la cabeza, que la pongan a cocer. Pero no puedo soportar suplicios como los que he sufrido de dos años a esta parte».

Los templarios, citados ante los comisarios del Papa, habían recobrado el valor. 546 declararon que querían defender a su Orden, y los procuradores encargados de su defensa redactaron un mensaje en que se demostraba que los crímenes eran imaginarios.

Entonces los consejeros del rey inventaron otro medio. El arzobispo de Sens, hermano de uno de los consejeros, reunió en París en concilio a los obispos de su provincia.

Aquel concilio tenía derecho a condenar a los herejes sin oírlos y ordenar su inmediata ejecución. El 12 de mayo, los templarios que habían declarado pertenecer a la Orden fueron condenados por el concilio.

En carros
fueron llevados a la hoguera encendida delante de la puerta de San Antonio (1310).

El Concilio general se reunió por fin (octubre de 1311) en Viena de Francia. Le fue presentada una lista de los crímenes que se habían hecho confesar a los templarios: escupían el crucifijo, adoraban un ídolo o un gato, etc. Felipe y Clemente temían a los obispos de los otros países, porque en Alemania, en España, en Italia, se había reconocido la inocencia de los templarios.

Felipe llegó entonces con su ejército y nadie se atrevió a ofrecer resistencia. Clemente mandó leer una bula que declaraba suprimida la Orden del Temple. El rey había de hacer entrega al Papa de todas las tierras de los templarios. Pero se quedó con todo el dinero e hizo que le pagasen además los gastos de prisión y de tormento.

El Gran Maestre Jacobo de Molay y otro dignatario habían sido reservados para que los juzgase el Papa. Fueron condenados a prisión perpetua, y las sentencias les fueron leídas delante de la iglesia de Nuestra Señora de París.

Habían esperado salir absueltos y, al verse perdidos, dijeron: «No somos culpables de las cosas de que se nos acusa, pero nos arrepentimos de haber hecho traición a la orden para salvar nuestras vidas». La muchedumbre se agitaba. Entonces el preboste de París tomó a los condenados y aquella misma noche hizo que fueran quemados en el islote del Sena donde hoy está el Puente Nuevo (1314).

Se cuenta que en el momento de morir el Gran Maestre había emplazado al rey y al Papa para que compareciesen ante el tribunal de Dios.
Clemente murió un mes más tarde, Felipe a los seis meses.

AUMENTO DEL DOMINIO REAL
Al advenimiento de Hugo Capeto , el rey de Francia no poseía más que los condados de París, Orleáns, Melun, Etampes, un castillo y unas cuantas casas en las ciudades de Sens, Beauvais, Amiens, Noyon y Soissons.

Era el dominio real. Todo el resto del reino era el dominio de los príncipes vasallos del rey. Se lo reconocia oficialmente dentro de este dominio, y se lo consignaba en los documentos, pero no tenía ningún poder.

Este dominio no era siquiera un territorio seguido. Para ir de una a otra de sus ciudades, el rey tenía que pasar por las tierras de varios señores, que al acecho estaban en sus fortalezas y de ellas salían para detener a los mercaderes y a los peregrinos.

Entre Orleáns y París, la torre de Monthléry interceptaba el camino. Felipe I la adquirió al final de su vida, y decía a su sucesor: «Hijo mío, conserva bien esta torre, me ha hecho envejecer antes de tiempo: la maldad de sus poseedores no me ha dejado reposo».

El dominio real no se ensanchó, casi durante dos siglos.

Felipe Augusto por sí solo adquirió más territorio que todos sus predecesores. Reunió al dominio la mayor parte de la Picardía y todas las provincias conquistadas al rey de Inglaterra, Normandía, Anjou, Maine, Poiton.

El rey fue dueño entonces de la mayor parte del norte de Francia.
La cruzada contra los albigenses hizo entrar todo el Mediodía de Francia en el dominio real. El conde de Tolosa, vencido por los cruzados, cedió al rey casi todo el país hoy llamado Languedoc (1229).

El resto de sus dominios fue dado al hermano del rey, Alfonso, que casó con la única hija de aquél, y, cuando murieron sin herederos, todo el país entró a formar parte del dominio real (1271).

Felipe el Hermoso adquirió la Champaña, que su mujer le llevaba en dote, y el condado de Chartres. Confiscó los condados de la Marche y de Angulema.
Comenzó también a extenderse fuera del reino de Francia.

Cerca del Ródano adquirió la comarca de Valence y Lyon. (Uno de sus sucesores, Felipe VI, adquirió el Delfinado.)

El dominio real comprendía entonces la mayor parte de la Francia del Norte y todo el Mediodía, excepto el sudoeste. No se ensanchó casi nada durante siglo y medio, porque los reyes dieron a sus hijos menores sus nuevas adquisiciones.

CRECIMIENTO DEL PODER REAL: Durante todo el siglo XI el rey de Francia no era obedecido en absoluto, fuera de sus dominios.

En el siglo XII, Luis VI pasó casi todo su reinado (1138-1157) guerreando con los señores dedicados al bandidaje y que se hallaban establecidos en el dominio real. No obstante, el rey empezaba a ser más respetado. En 1124, el emperador Enrique V había reunido un ejército para invadir Francia.

Entonces, de todas las provincias del Norte acudieron los príncipes con sus caballeros al ejército reunido en Reims, y el emperador se retiró.

Luis VII fue reconocido por todos los obispos del reino, y, cuando partió para la Cruzada, todos los señores cruzados del reino de Francia fueron bajo su mando.

Pero Felipe Augusto fue quien principalmente aumentó el poder real. Empezó dando órdenes a los condes y a los duques que hasta entonces habían sido siempre dueños en sus Estados. Promulgó ordenanzas que debían ser observadas en todo el reino.

Para administrar sus dominios envió bailes (apoderados). Eran caballeros encargados de regir una parte del dominio en sustitución del rey. Tenían aproximadamente el mismo poder que tuvieron los condes en la época de los reyes francos.

Pero los Capetos no permitieron que aquellos magistrados suyos fueran hereditarios, como lo habían sido los condes.

Por el contrario, nombraban para el cargo gente que no era del país que debían gobernar, y, por lo común, los cambiaban de puesto al cabo de unos cuantos años.
San Luis instaló en su palacio de París un tribunal para juzgar todas las cuestiones del reino. Así comenzó el Parlamento de París.

Felipe el Hermoso comenzó a exigir el servicio militar, no solamente a los habitantes del dominio real, sino también a todos los subditos del reino. Parte solamente acudían al ejército. Pero todos los demás se liberaban del servicio pagando una cantidad proporcional de sus rentas. Así comenzó el impuesto.

(Ampliar Sobre La Conspiración a los Templarios)

fuentes

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