Biografía Papa Juan XXIII

Biografia Papa Pablo VI Resumen Obra Pontificia en el Concilio

Biografía Papa Pablo VI – Obra Pontificia

«Habemus papam«,…el viernes, 21 de junio de 1963, a las 11 horas 25 minutos de la mañana, la pantalla de televisión retrataba el penacho de humo, unos segundos vacilante y en seguida decididamente blanco; había un nuevo papa.

Era Giovanni Battista Montini, que se llamaría Pablo VI. Para organizar los datos dispersos de la biografía y estudiar la trayectoria de Montini hay que asentar los reales en Brescia.

Sus padres, Giorgio y Giuditta, vivían en Brescia, pero el niño les nació en la casa de campo, en Concesio, a ocho kilómetros de la capital. Era el 26 de septiembre de 1897. Su padre era un abogado de treinta y siete años, director del periódico católico II Cittadino di Brescia; su madre una frágil y menuda mujer, medio enfermiza. Giovanni nació flacucho y tuvieron que confiarlo a un ama, en el pueblecito de Sacca. Era de natural pacífico, algo concentrado.

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Desde los primeros años de su sacerdocio, el padre Montini, (más tarde Pablo VI) estuvo en contacto con cuanto sucedía en el Vaticano. El hecho de que su padre fuese un periodista destacado relacionado con la política ayudó al sacerdote a comprender los asuntos públicos desde muy joven. Fue subsecretario de Estado de Pío XII y, antes de morir, el Papa lo nombró arzobispo de Milán. Juan XXIII lo incluyó en su primer nombramiento de cardenales. Sucedió a Juan XXIII  y adoptó el nombre de Pablo VI,  continuó trabajando para el concilio durante las tres sesiones siguientes.

El 29 de mayo de 1920 fue ordenado sacerdote en la catedral de Brescia. Inmediatamente después, y por voluntad de su obispo, se trasladó a Roma, para ampliar estudios. Decidió matricularse en filosofía en la universidad Gregoriana e hizo el curso preparatorio en la universidad civil para especializarse en filología clásica; en vísperas de su ordenación sacerdotal había presentado ya una tesis doctoral de derecho canónico en la facultad pontificia de Milán. Por iniciativa de monseñor Pizzardo, sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, ingresaría en 1921 en la Academia Pontificia de Nobles Eclesiásticos. Esto ponía raíles a su vida sacerdotal. Pensó que es un extraño destino: hacerse sacerdote y acabar en diplomático.

Pronto fue enviado en una misión a Varsovia (Polonia), pero al joven sacerdote el cambio de clima le sienta mal y cae enfermo. Avanza el verano y la salud no mejora; en otoño, por orden de Pizzardo, regresa a Roma. Cumplió otro curso de estudios, 1923-1924, y superados los exámenes entró al servicio regular de la Secretaría de Estado. Para utilizar provechosamente los deseos de trabajo pastoral de su oficinista, monseñor Pizzardo le nombró consiliario de los jóvenes universitarios de la Acción Católica de Roma.

En 1934 dejaría definitivamente a sus jóvenes para entregarse al movimiento de graduados católicos; Montini, absorbido completamente por los trabajos de la Secretaría de Estado, no rompería sus lazos amistosos con nadie. Monseñor Montini pasó luego al servicio exclusivo de la Secretaría de Estado, y esto significó quedarse, por veinte años, sin noticias sobre su existencia.

El 17 de septiembre de 1937, y a propuesta del cardenal Pacelli, secretario de Estado, era nombrado sustituto, pieza clave de Secretaría. Dos veces por semana le recibía el papa, sin contar las llamadas o los encargos urgentes que le enviaría por una secretaría particular. La reuniones eran jornadas metódicas e intensas, que se prolongaban frecuentemente hasta bien entrada la noche. En pocos meses Montini ajustó su paso al estilo del cardenal Pacelli. Éste le confió la ejecución y vigilancia de sus resoluciones. Las tareas discurrieron suaves sobre los raíles de la mutua comprensión.

El 10 de  febrero de 1939 moría Pío XI. Los cardenales reunidos en conclave eligieron nuevo papa a Eugenio Pacelli, Pío XII. Durante la primavera de 1939 en el Vaticano se tuvo que trabajar denodadamente a favor de la paz. Tres días después de la coronación de Pío XII, las tropas alemanas invaden Checoslovaquia y la anexionan al Reich. Animado por el estupor producido en el mundo, Mussolini se apodera de Albania.

Cuando en agosto de 1944 murió el cardenal secretario Maglione, Pío XII no le sustituyó, y prefirió gobernar personalmente, utilizando los servicios de sus dos peones, Tardini y Montini. La figura del papa se agiganta. Recibe una riada constante de visitas, y aprovecha este paso de todas las categorías humanas para adoctrinarles. Montini tuvo que estar en guardia permanente.

Estudió atentamente la figura de Pío XII, analizó sus reacciones y trató de profundizar en los motivos de su conducta. En las maneras de pensar y de hablar sobre temas internacionales, Montini hereda el estilo del papa que fue su maestro a lo largo de estos años intensos. Una lección profunda derivó Montini de las actitudes de Pío XII: su religiosidad, su fervor.

Montini lee y estudia. Fuera de algún viaje rápido, su vida está metódicamente regulada entre los papeles de Secretaría y los libros de su biblioteca. Madruga. A las nueve, acude al despacho, donde permanece hasta las dos o dos y media sin más salida que la hora de audiencia con el papa. Después del almuerzo, un breve descanso y un par de horas de lectura. A las seis de nuevo a la oficina, hasta las nueve. La cena, y casi siempre otro par de horas de trabajo nocturno en el despacho. Prolonga sus lecturas hasta la una y media o las dos de la madrugada. Se acuesta, con el despertador cargado en las siete de la mañana. Cinco horas de sueño que él dice están enriquecidas por el rato de siesta, al que no le gusta renunciar, y por eso aborrece las comidas oficiales.

El 30 de agosto de 1954 murió el cardenal Schuster, arzobispo de Milán; quedaba vacante una de las diócesis más importantes de la iglesia católica. A mediados de octubre era nombrado arzobispo de aquella diócesis Giovanni Battista Montini.

Pío XII moría el 9 de octubre de 1958. Montini tomó el primer avión y se fue a Roma: arrodillado ante el cadáver de Eugenio Pacelli, rezó y lloró. Los milaneses sentían un resquemor contra Pío XII: no había nombrado cardenal a su arzobispo. La verdad es que Pío XII en los últimos años no quiso crear cardenales; su plan de reforma de la Curia fracasó por las resistencias internas, y el papa se retrajo definitivamente.

El 28 de octubre de 1958, Angelo Roncalli era elegido papa. A mitad de noviembre de 1958, Juan XXIII anunció que el 15 de diciembre celebraría consistorio para conferir la púrpura cardenalicia a veintitrés prelados; la lista la encabezaba el arzobispo Montini. Trabajó intensamente en la preparación del concilio ecuménico.

En la primera sesión del Concilio Vaticano II, los cardenales Montini y Suenes entre otros cardenales notaron la necesidad inmediata de una planifícación organizada. Juan XXIII había anticipado sólo la primera sesión y no había previsto la cantidad de trabajo que surgió de ella. Montini y Suenens se dieron cuenta de que los temas y las posiciones eran mucho más complejas y exigían mucho más debate de lo que habían imaginado los organizadores. Se acercaron al Papa y lo convencieron de que adoptara su planificación, al menos en lo esencial. Como luego mostró la historia, los dieciséis documentos relevantes sobre los temas debatidos coincidían con el plan presentado al pontífice.

Juan XXIII murió seis meses después de clausurada la primera sesión del concilio. Dieciocho días después de la muerte del beato Juan XXIII, el 21 de junio de 1963, Giovanni Battista Montini, cardenal de Milán, fue elegido Papa. En su primer mensaje, dijo:

«Dedicaremos la mayor parte de nuestro pontificado a la continuación del Concilio Ecuménico Vaticano II, hacia el que vuelven sus ojos todos los hombres de buena voluntad […]. Queremos consagrar a esta tarea todas las energía que el Señor nos ha dado, para que la Iglesia católica, que brilla en el mundo como estandarte alzado sobre todas las naciones lejanas, pueda atraer hacia ella a todos los hombres por su grandeza, la renovación de sus estructuras y la multiplicidad de sus fuerzas, que proceden de toda tribu, lengua, pueblo y nación».

Así como Juan XXIII fue el padre espiritual del concilio, Pablo VI fue quien lo implemento. Su experiencia como secretario de Pío XII y sus conocimientos de política interna y externa de la Iglesia lo ayudaron mucho durante el pontificado.

Su interés en el desarrollo económico y la política mundial lo impulsó al lanzamiento de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno (Gaudium et Spes). Sus dotes como diplomático y administrativo le permitieron agilizar la aprobación de estos documentos. La Iglesia se beneficiaría con un Papa brillante y conocedor de lo que estabapasando.

Los años difíciles vinieron después del concilio. La implementación de los documentos conciliares implicaba gran cantidad de cambios que provocaron un fuerte impacto en todos los católicos. La misa pasó a rezarse en lengua vernácula, con los celebrantes mirando a la feligresía, y se publicó una nueva rúbrica. Miles de sacerdotes, creyendo que obtendrían permiso para casarse, se desilusionaron ante la encíclica Sacerdotalis Celibatus (Celibato sacerdotal) en la cual el Papa se negaba a cambiar esta disposición. En Estados Unidos renunciaron diez mil sacerdotes.

El desafío más difícil de Pablo VI en los años postconciliares fue tomar una decisión con respecto al control de la natalidad artificial. Nombró una comisión para que estudiase el tema. La mayor parte de los integrantes consideró que las pildoras anticonceptivas no eran contrarias a los fines del matrimonio o a las leyes de Dios. El Papa sufrió mucho con la definición de este tema; muchos lo apodaron «Hamlet» según la obra de teatro de Shakespeare, por parecerse al personaje que duda, al que le cuesta tanto decidirse.

Finalmente se decidió por la posición contraria a los estudios del comité, y publicó la encíclica Humanae Vitae. La reacción negativa de un gran número de teólogos, el apoyo ambiguo de los obispos y la resistencia de los laicos, especialmente en Europa y Norteamérica, fue un serio impedimento que debió enfrentar durante el resto de su papado. Sin embargo, otros señalaron la sabiduría pastoral de la encíclica y criticaron la «mentalidad anticonceptiva».

Durante los primeros años después del concilio hubo una cierta euforia que llevó a algunas personas a pensar que la mayor parte de las tradiciones desaparecerían, incluso algunas verdades perennes de la tradición católica. Se creó una confusión con respecto a la doctrina básica y a la disciplina fundamental. Pablo VI respondió a esta mentalidad con una reafirmación de la fe católica en el Credo de Pablo VI.

Luego, dio a conocer Mysterium Fidei (Misterio de fe) para aclarar y corregir temas puntuales de doctrina, especialmente en relación con la Eucaristía, que no estaban claros en el popular Catecismo holandés.

Pablo VI enfrentó la durísima tarea de mantener unida a la Iglesia después del Concilio. La sobrellevó teniendo un criterio amplio; con paciencia, calma, fe, iluminando con inteligencia lo que debía entenderse y dirigiéndose pacíficamente a los opositores, y si creía que era necesario, sufriendo en silencio.

 Inauguró un estilo de liderazgo papal, imitado por Juan Pablo II, de «Papa viajero». Fue a Manila, África y Jerusalén. El abrazo con el patriarca Atenágoras simbolizó el deseo de los católicos por reunirse nuevamente con los ortodoxos. Presidió el Año Santo de 1975, con millones de peregrinos que visitaron Roma. Piloteó la Iglesia por aguas turbulentas y la condujo a un curso seguro. Realizó uno de los mejores papados de la historia.

En 1968 asistió al XXIX Congreso Eucarístico Internacional de Bogotá, y en 1969 visitó Kampala (Uganda) y la sede de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra.

Su primera encíclica es la más representativa de su pensamiento; en Ecclesiam suam (1964) trata de la conciencia que la Iglesia debe tener de su misión, de su reforma y del diálogo con el mundo. La Populorum progressio (1967) examina los problemas actuales del desarrollo de las naciones más pobres. La más controvertida, y la última de las encíclicas de Pablo VI, la Humánete vitae, reafirma la doctrina establecida sobre el control de natalidad.

Cuando pronunció el primer discurso a los cardenales, antes de leer el texto oficial, les dirigió unas palabras en tono de confidencia: pedía su comprensión y su apoyo, «él, que tiene conciencia de sus propias limitaciones hasta el sufrimiento».

Es la angustia de Pablo VI, sus dudas y sus temores; su valentía y su miedo; su diplomacia y su corazón de pastor; su modernidad y sus esquemas tradicionales.

Pablo VI, el papa de la fidelidad, un hombre angustiado, murió en Cas-telgandolfo en el mes de agosto de 1978.

Ver: Biografia de Giovanni Battista

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo IV- Entrada: Papa Pablo VI  “el papa del postconcilio” – Editorial Planeta
Hitos en la Historia de la Iglesia Editorial Lumen de Alfred McBride
Enciclopedia Temática Ilustrada – Tomo de Biografías – Editorial GR.U.P.O. S.A.

Biografia del Papa Pio XII Resumen de su Vida y Pontificado

Biografía del Papa Pío XII
Resumen de su Pontificado

Eugenio María Giovanni Pacelli (1876-1958) nació en Roma, el 2 de marzo de 1876, en el seno de una familia dedicada al servicio papa.Fue elegido papa Nº 260, cabeza visible de la Iglesia católica, desde el 2 de marzo de 1939 hasta su muerte en 1958. Antes de su elección al papado, Pacelli se desenvolvió como secretario de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, desde donde pudo alcanzar la conclusión de varios concordatos internacionales con estados europeos y americanos.Falleció el 9 de octubre de 1958, en su residencia de Castelgandolfo,

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A los pocos meses de nacer , su madre fallece, su  padre, Filippo Pacelli, fue decano del Colegio de Abogados, quien cuidó de sus cuatro hijos. En su ciudad natal, Eugenio hizo sus primeros estudios, para los que demostró poseer singulares condiciones, al tiempo que una madurez impropia de su edad, y desde niño se supo llamado por el Señor al sacerdocio.

Después de asistir a varias escuelas elementales, prosiguió sus estudios entre 1885 y 1893 en el Collegio Romano. La vocación sacerdotal ya latente desde los primeros años de adolescencia se consolidó en la paz secular de la basílica de Santa Inés, donde se había retirado a reflexionar durante el mes de agosto de 1894; su carácter le empujaba a encontrarse en la soledad con su propia conciencia. Comunicó la decisión a sus padres, y en los primeros días de octubre de aquel mismo año ingresaba en el Collegio Capranica.

En 1895 se inscribía en la facultad de filosofía y letras de la universidad de Roma, prosiguiendo al mismo tiempo sus estudios teológicos. Fue ordenado sarcedote el día de Pascua, 2 de abril de 1899, en la basílica de San Juan de Letrán, y celebraba su primera misa en la capilla Borghese de la basílica de Santa María la Mayor.

En 1901 ingresó en los servicios subalternos de la Secretaría de Estado del Vaticano y pronto fue nombrado minutante, cargo importante y de gran responsabilidad; el minutante prepara los esquemas de documentos para someter al examen del papa y los tiene que estudiar hasta su última redacción.

El 7 de marzo de 1911 era nombrado por Pío X secretario adjunto de la Congregación para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios. A principios de 1917, Benedicto XV, reemplazo de Pio X,  nombraba a Eugenio Pacelli nuncio apostólico de Munich, en Baviera, donde Pacelli desempeñó un papel esencial en las relaciones entre Roma y el gobierno alemán.

El 22 de junio de 1920, aún conservando su título de nuncio en Baviera, monseñor Pacelli fue nombrado nuncio en Alemania. Ocho días después presentaba sus cartas credenciales al presidente Eber: era el primer nuncio apostólico en Alemania. Su gestión diplomática desembocaría en un nuevo éxito: el 29 de marzo de 1924, el Parlamento bávaro aceptaba el concordato con la Santa Sede.

El 16 de diciembre de 1929, Pío XI, que había sucedido a Benedicto XV, le nombraba cardenal. Dos meses más tarde era designado secretario de Estado; así reemplazaba a su ya anciano y antiguo superior, el cardenal Gasparri, que había firmado poco antes la reconciliación entre Italia y el Vaticano.

El 10 de febrero de 1939 moría Pío XI. El conclave se reunía el 1 de marzo. El día 2, el mundo cristiano tenía su nuevo papa y Roma su obispo: Eugenio Pacelli; decidió llamarse Pío XII. Roma estuvo satisfecha de que uno de sus hijos llegara a papa; el último papa romano había sido Inocencio XIII, elegido en 1721.

Los primeros años del pontificado de Pío XII fueron tristes y angustiosos. Vivía los acontecimientos intensamente, e intensamente los sufría. Quería ser un padre para todos. Quiso proteger indiscriminadamente a los perseguidos, a los prisioneros evadidos que encontraron refugio en el Vaticano, a los condenados políticos.

Parecía siempre dispuesto a comprender y a perdonar. Pero cuando un día Roma fue amenazada de ser evacuada, cuando el espectro de la deportación se abatió sobre sus conciudadanos, el papa Pacelli se llenó de indignación, con una majestad casi orgullosa de su cargo, y asumió por primera vez el tono de juez severo, repetido en dos ocasiones más: en julio de 1943 cuando Roma fue bombardeada y en las Navidades de 1956, luego de los hechos de Hungría.

El 9 de mayo de 1945, Pío XII pronunciaba su primer discurso después de la contienda mundial con palabras de paz y de perdón; y lo terminaba así: «Ahora se trata de reconstruir el mundo.»

Como si preparase algunas de las reformas que impondría el Concilio Vaticano II, mandó adecuar los horarios de las misas a las necesidades del mundo del trabajo, redujo el tiempo de ayuno observado hasta entonces antes de recibir la sagrada comunión y el 1º de noviembre de 1950 dio al mundo católico la alegría de promulgar el dogma de la Asunción de María, un acto de amor en quien rezaba diariamente el santo rosario.

Creó cincuenta y seis nuevos cardenales, muchos de ellos no italianos, y canonizó a treinta y tres nuevos santos, San Pío X entre ellos. Además, precisó el concepto de culpa colectiva, se pronunció sobre la inseminación artificial y se ocupó muy prioritariamente de la enseñanza social de la Iglesia, ajustándola a las nuevas condiciones de  mundo laboral.

Nadie olvida que su testimonio de caridad y de santidad estuvo en el origen de conversiones, como la del gran rabino de Roma, Zolli. quien quiso tomar su nombre al bautizarse: Eugenio.

Su pontificado, plausible por todos y por tantas causas, tuvo y sigue teniendo muchos detractores, ya que mientras es considerado por la mayoría de los católicos que vivieron su tiempo como el Papa de la paz, no faltan quienes lo acusen de haber colaborado con el horror nazi.

Pío XII en septiembre de 1939, aunque sin hablar de agresión injusta, manifestó claramente su solidaridad con Polonia, invadida por los alemanes; en mayo del año siguiente envió a los reyes de Bélgica, Luxemburgo y Holanda tres telegramas en los que condenaba con duros términos la injusticia cometida. Después de esto Pacelli se encerró sustancialmente en el silencio, juzgando que cualquier protesta ulterior sería superflua y hasta contraproducente.

Apenas elegido papa, consultó con los cardenales alemanes presentes en el conclave y, de acuerdo con ellos, intentó un acercamiento distensivo con una carta personal a Hitler, que no tuvo una gran eficacia. La guerra no hizo más que agudizar la tensión entre el Vaticano y el Reich. Pío XII, tras haber protestado más o menos explícitamente contra las primeras agresiones realizadas por Alemania.

Pío XII utilizó las encíclicas más que otro medio, aparte de sus innumerables discursos, para expresar su pensamiento político. Ya en el primero de estos escritos, la encíclica Summi Pontificatus, de 20 de octubre, el papa condenó ciertos principios de política y de gobierno que se afincaban entonces en Europa y que, según él, acarrearían males inmensos a la humanidad.

Refiriéndose a la próxima organización mundial que se tenía que concretar con la creación de la ONU, el papa Pacelli insistía en un mensaje de 1944 sobre la unidad del género humano. «Del reconocimiento de este principio depende el futuro de la paz», advertía.

Excluido efectivamente de la reorganización del mundo, el papa quiso actuar de manera directa sobre la conciencia de los hombres. La reconciliación entre los estados se preveía imposible, y él quiso provocar la reconciliación de los espíritus. Fue el gran principio que dominó el curso del Año Santo de 1950.

Pío XII no se hizo jamás ilusiones sobre las aspiraciones pacíficas proclamadas por la Unión Soviética; desconfiaba de los rusos cada vez que pronunciaban la palabra paz. Cuando se convocó la conferencia de Ginebra de 1955, el papa dejó entrever sus recelos y su escepticismo.

De entre sus numerosos documentos, acaso quepa destacar: la Summi Pontíficatus, de 1939, sobre la decadencia moral en la humanidad; Divino afflante Spiritu, de 1943, sobre los estudios bíblicos; Mystici corporis Christi, del mismo año, sobre la naturaleza de la Iglesia; Mediator Dei et hominum, de 1947, sobre la liturgia; Munificentissimus Deus, de 1950, sobre el dogma de la Asunción de María; Fidei Donum, de 1957, sobre las misiones, y Miranda prorsus, de 1957, sobre los medios audiovisuales.

En los últimos años de su pontificado permanecía casi constantemente en su mesa de trabajo, sólo abandonada con ocasión de algunas ceremonias y audiencias; meditaba y escribía las enseñanzas con que nutría sus discursos y documentos.

Desde 1954 su salud se resintió notablemente. A lo largo de los años siguientes —los más oscuros y extraños de su pontificado—, sufrió en la soledad angustiosa y en un aislamiento inexplicable.

El 9 de octubre de 1958, en su residencia de Castelgandolfo, murió un gran Papa a quien correspondió gobernar la Iglesia en los años más dramáticos del siglo, los de la Segunda Guerra Mundial, tras haber vivido los horrores de la Primera. Fueron muchos los judíos ilustres e incontables los miembros de otras religiones que manifestaron su sincero dolor por la muerte del papa Pacelli.

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo I- Entrada: PIO XII “un heraldo de la paz entre luces y sombras” – Editorial Planeta
Historia de los Papas – Desde San Pedro a Francisco I – Editorial LIBSA Luis Tomás Melgar-Gil
Enciclopedia Temática Ilustrada – Tomo de Biografías – Editorial GR.U.P.O. S.A.

 

Biografia Papa Pio X Resumen de su Obra Pontificia Caracteristicas

Biografía Papa Pio X – Resumen de su Pontificado

Papa Pío X ( Riese, 2 de junio de 1835-Roma, 20 de agosto de 19141​), de nombre Giuseppe Melchiorre Sarto  fue el 257.º papa de la Iglesia católica entre 1903 y 1914.

Segundo hijo de los diez que tuvo el matrimonio de Giovanni Battista Sarto (1792-1852), de profesión cartero, y Margarita Sansoni, costurera (1813-1894). Fue bautizado el 3 de junio de 1835.

Sus padres, si bien eran humildes, valoraban la instrucción. Muy estudioso desde niño, desde tan temprana edad sintió la llamada sacerdotal, por lo que a los quince años ingresó en el seminario de Padua y fue ordenado sacerdote en 1858. En su primera labor pastoral se hizo notar por su gran caridad para con los necesitados y por el ardor de sus homilías, que le valieron no pocas conversiones.

Papa Pio X Biografia

Se cuenta que cuando se iba a producir la tercera votación los rostros de la mayoría de los cardenales se volvieron hacia él, en clara muestra de sus intenciones, el cardenal Sarto rompió a llorar en inútil ruego de que olvidasen como posible elegido a «este sencillo cardenal rural», como a sí mismo gustaba definirse. Cuando, tras la votación, se supo elegido aceptó la designación con la misma sencillez y docilidad que presidió toda su vida, y dijo: «Acepto el pontificado como una cruz, y porque los papas que han sufrido por la Iglesia en los últimos tiempos se llamaron Pío, tomo ese nombre». Fue declarado beato el 3 de junio de 195112​ y canonizado el 3 de septiembre de 1954, por Pío XII en ambas ocasiones

BIOGRAFÍA: Giuseppe Melchiorre Sarto nació en Riese (Italia) en el seno de una familia pobre, humilde y numerosa el 2 de junio de 1835. hizo sus estudios en Padua y fue ordenado sacerdote en 1858. Desarrolló siempre su ministerio sacerdotal en medio del pueblo; fue vicario en Tombolo, párroco de Salzano (1867), canónigo y canciller de Treviso (1875); en 1884 fue nombrado obispo de Mantua, hasta que se trasladó como patriarca de Venecia, creado cardenal en 1893.

El futuro papa desarrolló su misión pastoral, como sacerdote y obispo, con unos objetivos muy claros desde el punto de vista de una evangelización más acorde con el estilo apostólico. A pesar de todo tuvo que pagar un caro tributo a su época, tiempo de efervescencias doctrinales y políticas, sobre las cuales una vez papa tendría que tomar posiciones que acentuarían sin duda el verdadero carácter de su personalidad como hombre y como obispo de la Iglesia romana.

En el conclave de 1903 fue elegido sucesor de León XIII, al haber usado Austria el veto contra el cardenal Rampolla, que parecía ser el candidato con más posibilidades. En su primer documento pontificio, la encíclica El Supremo del 4 de octubre de 1903, el papa Sarto expuso la idea que había de guiar su actuación: «Restaurar todas las cosas en Cristo.»

Después, cuando fue coronado, anunció todo su programa pontifical en una frase: «¡Omnia instaurare in Christo!» («Todo lo instauraré en Cristo»),el programa de un buen pastor: alimentar, guiar y custodiar al rebaño que el Señor le había encomendado y buscar amorosamente las ovejas perdidas.

En 1904, apenas elegido, condenó explícitamente toda forma de veto en la elección del papa por parte de las potencias católicas. Era un acto muy importante no sólo por su intención inmediata, sino por su más amplio significado; así prohibía bajo pena de excomunión cualquier intento de impedir el nombramiento de un candidato a la tiara pontificia.

Durante su pontificado introduciría múltiples reformas en la vida interior de la Iglesia. En el clero se experimentaba una neta mejoría. Como consecuencia del cambio de estructuras sociales (abolición del mayorazgo), desaparecen muchas vocaciones interesadas, típicas del antiguo régimen, y poco a poco va disminuyendo el número de los sacerdotes «de misa y olla», ajenos al trabajo pastoral y ocupados como preceptores de familias o sin ocupación alguna.

En el orden legislativo, el papa iniciaría una labor sustancial, aunque la historia le podrá reprochar desaciertos notables de enfoque y de formulaciones; encomendó la refundición del derecho canónico, emprendida bajo la dirección del cardenal Gasparri, y que dio lugar —tras la muerte del pontífice— a la publicación del Código de derecho canónico (1917). En 1908, por medio de una constitución apostólica, promovía una profunda modificación y reforma en los cuadros administrativos eclesiásticos, y particularmente de la Curia romana.

La liturgia de la Iglesia bajo su pontificado conseguiría unas reformas que ahora aparecen como muy moderadas y casi superficiales, pero que en aquel momento supusieron un esfuerzo purificador y un notable estímulo para desarrollar una serie de posibilidades, aunque fuera dentro de un marco muy precisado y concreto.

Los documentos que jalonarían esa reforma litúrgica van desde el motu propio del 22 de noviembre de 1903 —referente al canto en el culto— hasta la constitución Divino afflatu de 1911, en que se reformaba y aligeraba la oración pública de la Iglesia y el calendario de los santos.

La trayectoria pastoral de Giuseppe Sarto, sacerdote y obispo, había sido acentuadamente desarrollada bajo el signo de una renovación espiritual muy sincera, aunque con un acusado y creciente sello reaccionario. Al ser elevado al solio pontificio, estuvo, quizá muy a pesar suyo, estrechamente condicionado por las pasiones políticas y doctrinales de su época. Todas las decisiones que en los años de pontificado tendría que tomar, sin duda estarían marcadas y presionadas por el espíritu polémico e integrista de muchos de sus principales colaboradores.

En 1904 durante su pontificado, Francia denunciaba el concordato y presentaba el proyecto de ley sobre la separación entre la Iglesia y el estado. La ley fue promulgada el 9 de diciembre de 1905. El estado ya no daría a la Iglesia las pensiones pagadas hasta el momento a título de compensación por cuanto se le había confiscado; los bienes eclesiásticos en parte habían sido expropiados, en parte pasaban a ser administrados por «asociaciones culturales» formadas fundamentalmente por laicos y controladas sustancialmente por ellos.

Pio X replica esta actitud con la publicación de la encíclica Vehementer del 11 de febrero de 1906.

Por lo que se refiere a Italia, Pío X heredaba de sus predecesores todo el lastre polémico aún vivo sobre la cuestión romana y la actitud de los cristianos frente al nuevo estado italiano. Seguía, entretanto, en pie la directriz vaticana de abstenerse en las elecciones políticas. La abstención, de cuya validez dudaba hasta el mismo pontífice, como demuestran las reiteradas consultas privadas que hizo a los católicos más caracterizados, laicos y clérigos, provocaba fuertes polémicas entre intransigentes y moderados, acabando por dividir a los católicos en dos bloques enfrentados.

Su amor a la Eucaristía le llevó a autorizar la comunión diaria a todos los fieles y a permitir que los niños pudiesen recibir el santísimo sacramento a partir de los siete años de edad. La razón para ello la dejó explícita en estas palabras:

«La finalidad primera de la santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni premiar a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, purificarse de los pecados cotidianos y evitar las caídas a que está sujeta la fragilidad humana».

Para mejor difundir el Evangelio dio un gran impulso a la actividad misionera, incentivó la creación de seminarios regionales, encomendó la revisión de la Vulgata a los benedictinos, fundó el Pontificio Instituto Bíblico en Roma y comenzó la publicación de la Acta Apostolicae Sedis, que, desde 1909, es la publicación oficial en que se recogen los documentos pontificios.

Como preparación para la celebración del cincuenta aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María, San Pío X publicó la encíclica Ad díem illum, todo un canto de amor a la Virgen.

Murió el 20 de agosto de 1914. Bromeando, cuando oía decir de él que era un Papa santo, solía comentar: «No santo, Sarto, Sarto», pero ya en vida se le atribuyeron muchos milagros, y el 14 de febrero de 1923 Pío XI introdujo su causa de beatificación, que culminó Pío XII el 12 de febrero de 1951, para proclamarle santo el 29 de mayo de 1954. Había que remontarse hasta 1572 para encontrar el último pontífice proclamado santo: San PíoV

Ver: Biografia de PIO XII

Ver: Biografia de Giovanni Battista

Fuente Consultada:
Historia de los Papas Desde San Pedro a Francisco I – Entrada: Papa Pio X – Editorial LIBSA
Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo I- Entrada: Papa Pio X “El Papa Antimodernista” – Editorial Planeta
Enciclopedia Temática Ilustrada – Tomo de Biografías – Editorial GR.U.P.O. S.A.

Teología de la Liberación Compromiso de la Iglesia con los Pobres

LA TEOLOGÍA DE LIBERACIÓN EN AMÉRICA LATINA

La teología de la liberación, que ha tenido en Iberoamérica sus principales exponentes y fue muy activa entre los años 1970 y 1990, defiende que la iglesia católica ha de concentrarse de modo preferencia! en ayudar a los pobres. De esta manera la iglesia de América Latina intenta buscar soluciones a la opresión y el subdesarrollo de la población. Los ideólogos más importantes de la teología de la liberación son Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff. Esta teología es una reflexión que comenzó después del concilio Vaticano II y la conferencia de Medellín en 1968.

Los prelados que asistieron al a Segunda Conferencia de Obispos Latinoamericanos, realizada en Medellín, inspirados por las reformas del Concilio Vaticano II, examinaron el papel social de la Iglesia en sus países. Tras muchas discusiones, los obispos publicaron un documento.

Denunciaron la opresión sistemática de los pobres, criticaron la explotación del Tercer Mundo por las naciones industrializadas y exigieron reformas políticas y sociales. No se detuvieron ahí: los obispos declararon que la Iglesia de Latinoamérica contenía una misión distinta a la de la Iglesia de Europa (que en realidad era una Iglesia distinta) y le otorgaban una función política activa. Esta aplicación práctica de la fe se conoció como Teología de la liberación, una de las ramas más importantes dentro de la Iglesia católica moderna y una influencia política importante en América Central y del Sur.

En 1971, el padre Gustavo Gutiérrez, un teólogo peruano, publicó la doctrina central del movimiento, Una teología de la liberación, que establecía que la Iglesia debía ayudar a los pobres y no imponerse sobre ellos. El libro inspiró la fundación de la Iglesia de los Pobres, una organización popular que combina la enseñanza religiosa con el activismo social.

El movimiento fue más allá con el teólogo brasileño Leonardo Boff, que en sus libros criticó a la Iglesia histórica que había permitido las injusticias en Latinoamérica, e incluso había contribuido a ellas, y defendió con firmeza la moralidad de la lucha de clases.

Los obispos reunidos, no se detuvieron sólo en esos reclamos, sino que también declararon que la Iglesia Latinoamericana contenía una misión distinta de la de Europa. Por lo tanto, en esta región, la Iglesia debía tener un alto compromiso con la realidad social de su contexto y una praxis transformadora. Esta práctica de la fe cristiana se conoció como la “teología de la liberación” y tuvo durante décadas una importante influencia dentro de la Iglesia Católica.

Los máximos exponentes de esta teología, Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador y el jesuita Ellacuría, fueron asesinados a sangre fría, así como otros muchos catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral que practicaban y aceptaban sus supuestos, en varios países de América Latina.

Ni a Roma ni a los regímenes conservadores latinoamericanos les gustó el cariz marxista de la teología de la liberación: los dirigentes del movimiento no fueron invitados a la conferencia de obispos de 1979. El papa Juan Pablo II sustituyó a los teólogos de la liberación por clérigos dóciles y, en 1984, el Vaticano condenó a Boff a un año de silencio.

Las represalias laicas, en forma de asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte o en forma de encarcelamientos con torturas, se incrementaron y clérigos como el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, y el padre Antonio Pereira Neto, de Brasil, y el obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, se convirtieron en mártires del movimiento.

En El Salvador en 1989 fueron asesinados Ignacio Ellacuría, que era jesuita y rector de la Universidad Centroamericana de El Salvador, y cinco profesores más. También Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado en 1980 mientras celebraba misa en la catedral.

Estos religiosos defendían una tendencia ideológica llamada teología de la liberación, basada en la necesidad de la liberación de la miseria de las poblaciones oprimidas y en particular de los indígenas. Estas muertes fueron la respuesta de algunos grupos violentos a la forma de entender el catolicismo que proponían muchos religiosos en todo el continente. La causa de estos asesinatos pudo estar en que algunos pensaron que, matando, dejaría de escucharse su mensaje, la voz de estos hombres de paz.

Aunque Juan Pablo II criticó duramente a los teólogos de la liberación, anteriormente, en marzo de 1967, el papa Pablo VI ofreció al mundo su encíclica Populorum Progressio que planteaba la «necesidad de promover el desarrollo de los pueblos». Como consecuencia directa del concilio Vaticano II, la encíclica aludía a la situación marginal del tercer mundo, y a la situación desigual de desarrollo.

Su idea del hombre era la cristiana, pero con aspiraciones radicalmente distintas de las mantenidas hasta entonces por los textos de los papas: «verse libre de la miseria, […] participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres».

La encíclica finalmente subrayaba la necesidad de la solidaridad con los más necesitados y pedía una conformación mundial para ayudar a los países pobres: «Pedimos la constitución de un fondo mundial alimentado con una parte de los gastos militares, a fin de ayudar a los más desheredados. Solo una colaboración mundial, de la cual un fondo común sería al mismo tiempo símbolo e instrumento, permitiría superar las rivalidades estériles y suscitar un diálogo pacífico y fecundo entre todos las pueblos».

Encíclica Pacem Interris

La Crisis del Petroleo:Caida Mundial del Crecimiento Economico

La Crisis del Petróleo
La Caída del Crecimiento Económico

RESUMEN HISTÓRICO:
El impacto y la salida de la crisis:

Una combinación de factores marcó el final de un período de notable crecimiento. La declaración de inconvertibilidad del dólar en 1971 y las devaluaciones del dólar entre 1971 y 1973 pusieron fin al sistema monetario de Bretton Woods. La decisión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de aumentar el precio del crudo en 1973 —y nuevamente en 1979— terminó con el petróleo barato que había lubricado el crecimiento de posguerra.

Como consecuencia de estos cambios se frenó el ritmo del crecimiento económico. Creció la inflación, se redujeron las tasas de crecimiento y aumentó el desempleo. Importantes industrias —incluso sectores industriales enteros— se vieron obligados a reconvetirse: debieron introducir innovaciones tecnológicas, ahorrar energía, reducir sus plantas de personal, etc. Muchas de estas reconversiones contaron con el apoyo de los estados nacionales, que tendieron a privilegiar la mejora de las estructuras productivas por sobre los gastos sociales.

En términos sociales y políticos, la salida de la crisis de la década del ‘70 no fue neutral. En el terreno político, su rasgo principal fue el cuestionamiento teórico y práctico del estado de bienestar. Para sus críticos, enrolados en posiciones que suelen denominarse genéricamente neoliberales o neoconservadoras, el propio funcionamiento del estado de bienestar creaba las condiciones para el estancamiento económico, al limitar los beneficios empresariales y reducir en consecuencia las posibilidades de inversión.

A partir de ese momento, la intervención del estado se caracterizó por una menor preocupación por las reivindicaciones sociales. La ofensiva conservadora tuvo dos líderes principales:

Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos entre 1980 y 1988, y Margaret Thatcher, primera ministra británica entre 1979 y 1990. En el terreno social, el precio pagado por la contención de la inflación y por la reconversión de las industrias obsoletas fue un importante aumento en la tasa de desempleo, particularmente notable en Europa occidental.

Los límites del crecimiento y la cuestión ambiental

En 1972 el Club de Roma publicó un informe titulado “Los límites al crecimiento”. En dicho informe, un conjunto de expertos realizó una evaluación acerca de las posibilidades de continuidad del crecimiento económico en el planeta.

El problema central que planteaba el estudio era, como señala Víctor Urquidi, “el de la capacidad del planeta en que convivimos para hacer frente, más allá del año 2000 y bien entrado el siglo XXI, a las necesidades y modos de vida de una población siempre creciente, que utiliza a tasa acelerada los recursos naturales disponibles, causa daños con frecuencia irreparables al medio ambiente y pone en peligro el equilibrio ecológico global —todo ello en aras de la meta del crecimiento económico, que suele identificarse con bienestar”—.

Las conclusiones del informe eran pesimistas. Más allá de la certeza en sus previsiones, el informe ejemplifica bien una preocupación y un abordaje global que tuvieron creciente difusión desde la década del ‘70 en adelante.

La preocupación por armonizar el crecimiento económico, el mantenimiento de condiciones ambientales adecuadas y la vigencia de una mayor equidad social tuvo un hito en la realización de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Desarrollo, realizada en Río de Janeiro en 1992. La necesidad de la cooperación mundial para conseguir un desarrollo sustentable —o sostenible— fue el eje de las discusiones de la conferencia.

Arabia Saudí, que no creía que su economía pudiese desarrollarse exclusivamente sobre la base de las exportaciones de petróleo, se embarcó en un programa de desarrollo masivo que pretendía no sólo construir refinerías de petróleo, sino también otras «industrias más alejadas de la fuente»: las que se basaban en el petróleo o la energía barata. La zona industrial de Al Juba! constituye un ejemplo de esta estrategia. Petromin, un organismo gubernamental Saudí. y Shell trabajaron conjuntamente en la operación.

PARA SABER MAS….
La respuesta a la OPEP

Sin embargo, incluso esa solidaridad no fue suficiente para mantener los altos precios del petróleo. La recesión en Occidente redujo la demanda de petróleo; entonces empezaron a realizarse esfuerzos por ahorrar el consumo de petróleo, ya fuera substituyéndolo por otros combustibles o utilizando técnicas más eficientes en el consumo de energía.

El carbón y la energía nuclear proporcionaban una fuente alternativa de energía que generó una creciente proporción de electricidad durante la década de los 70. Se exigían y producían coches con motores más pequeños y más económicos, lo que favoreció las importaciones japonesas a Estados Unidos.

Se introdujeron límites de velocidad para ahorrar petróleo, e incidentalmente, salvar vidas. Las fuentes de petróleo que no pertenecían a la OPEP empezaron a ampliarse. El desarrollo más espectacular se produjo en el mar del Norte, donde los altos precios del petróleo y la nueva tecnología hicieron posible la extracción de tal cantidad de petróleo que, a principios de la década de los 80, Gran Bretaña era autosu-ficiente en cuanto al petróleo.

En un intento de evitar la repetición de los sucesos de 1973-1974, 16 Estados formaron el Organismo Internacional de Energía (IEA) a finales de 1974. La organización tenía como objetivo supervisar un sistema para compartir petróleo en futuras emergencias y reducir la posibilidad de tales emergencias estimulando una mayor autosuficiencia en la producción de petróleo. A cambio de compartir el petróleo de los países miembros productores de petróleo —Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido— durante las emergencias, los países no productores de petróleo aceptaron en 1976 un precio mínimo de venta de 7 dólares por barril a fin de proteger su inversión en las fuentes petrolíferas. Ninguna de estas respuestas convenció al mundo de que se había solucionado el problema del petróleo.

En 1978, Paul Erdman publicó su novela The Crash of ’79 en la que predecía una gran guerra originada en Oriente Medio, precipitada por el sha de Persia y la lucha por el petróleo. La ficción demostró ser más exacta que muchas previsiones menos entretenidas, dado que 1979 señaló el comienzo de la segunda crisis del petróleo, iniciada por el derrocamiento del sha de Persia y la interrupción de los suministros de petróleo de Irán.

El precio del petróleo se dobló, pese a que la escasez de petróleo mundial nunca excedió el 4 por ciento y la producción de la OPEP para aquel año llegó de nuevo a un punto cumbre. Durante la primera crisis, las compañías petroleras habían racionado los suministros de petróleo y limitado así las consecuencias que la carrera por el petróleo podía tener. En la segunda crisis controlaban sólo la mitad del petróleo en el comercio internacional y no podían ser tan eficaces. Estados Unidos tan sólo cesó de acumular petróleo en marzo de 1979 y a continuación no pudo tener acceso a las reservas puesto que no se habían instalado las bombas.

El sistema de reparto de emergencia del IEA no fue activado, pese a la solicitud de Suecia, por la dudosa razón de que la activación podría aumentar el pánico. Una segunda oportunidad para que el IEA demostrara su valía surgió en septiembre de 1980, cuando se declaró la guerra entre Irán e Irak. Hacia principios de noviembre, cesaron las exportaciones de petróleo de ambos países, reduciendo las reservas mundiales algo más que en la crisis de 1979. Sin embargo, el precio del petróleo aumentó de 31 a 40 dólares, volviendo a descender a 35,5 dólares a final de año. Los mercados estaban más calmados porque Arabia Saudí aumentó la producción y el IEA alentó a sus miembros a disminuir sus reservas.

La utilización de los ingresos procedentes del petróleo: Los ingresos de la OPEP aumentaron hasta un máximo de 287.000 millones de dólares en 1980, pero la nueva ronda de aumentos de precios estimuló nuevas reducciones en la demanda. Los países de la OCDE redujeron su demanda de petróleo de la OPEP en un 20 por ciento entre 1979 y 1985. En esta última fecha, la OPEP suministraba sólo e! 40 por ciento de la demanda de petróleo en el mundo no comunista, lo cual suponía ganancias de 132.000 millones de dólares. Al año siguiente, el precio del petróleo descendió en casi un 70 por ciento en seis meses. Hacia 1988, los ingresos eran de cerca de 90.000 millones de dólares.

Deseosa de reducir la dependencia de su economía del petróleo, Arabia Saudí se embarcó en una inversión masiva en nuevas industrias, como las industrias químicas, mientras en algunas de ellas ya existía un exceso de capacidad mundial. Al ser un país geográficamente grande con una pequeña población y un monarca tradicional, que limitaba con Estados muy poblados con gobiernos radicales, Arabia Saudí también se sintió obligada a adquirir el equipo de defensa más moderno posible. Mientras el precio del petróleo seguía aumentando, los ingresos procedentes del petróleo permitían al gobiernos saudí financiar estos planes. Cuando el precio del petróleo volvió a caer en 1986, la estrategia económica nacional saudí se hizo insostenible.

El deseo de Arabia Saudí de ajustar su suministro de petróleo a fin de mantener los precios acordados, se evaporó gradualmente cuando aumentaron las dificultades presupuestarias. Con el hundimiento de este pilar de la OPEP, la perspectiva del cártel con un poder de mercado casi desapareció.

La Unión Soviética se podría haber beneficiado de este aumento en los precios, pero la delicada relación con sus mercados petroleros en Europa del Este lo hacía problemático. La Unión Soviética subsidiaba a sus Estados tapón suministrando petróleo por debajo de los precios mundiales. Pero los malos resultados de la economía soviética y de las economías satélite convirtieron este subsidio en una carga cada vez mayor.

Los efectos de la crisis
Las naciones industrializadas de Occidente reaccionaron al boicot y al alza de precios (de 2,59 a 11,65 dólares por barril) con consternación, pero inmediatamente adoptaron sus medidas. Holanda fue la primera en promover el ahorro de energía mediante la prohibición de la circulación automovilística en domingo. Bélgica y Alemania Federal siguieron su ejemplo poco después e impusieron también —como otros países— limitaciones de velocidad. Estas y otras medidas de ahorro demostraron su eficacia.

Aunque al boicot petrolífero había seguido una conmoción en cierto modo beneficiosa, los altos precios de los crudos podían conllevar peligros más graves. Se iba a acelerar la inflación, y en consecuencia el paro y las tensiones sociales. El sistema monetario se vería afectado a nivel internacional cuando los países productores de petróleo invirtieran en el mercado internacional las elevadísimas ganancias obtenidas de la noche a la mañana con igual celeridad.

Finalmente, se desequilibraron las balanzas de pagos de muchos países, puesto que tuvieron que emplear volúmenes de divisas mucho más elevados para hacer frente a las importaciones de petróleo. En 1973 los países del Mercado Común destinaron 16.000 millones de dólares para hacer frente a dichas importaciones, y un año después se elevaban ya a 40.000 millones de dólares.

Especialmente afectados resultaron los países en vías de desarrollo que no poseían petróleo. En conjunto se aceleró la recesión de la economía mundial, independientemente de las demás causas que la habían determinado. Los países industriales no iban a poder seguir aumentando su prosperidad tan rápidamente y a tan bajo precio, a expensas de otras naciones.

Las compañías petrolíferas multinacionales obtuvieron buenos beneficios del embargo y del alza de precios impuestos por los árabes. Habían demostrado ser imprescindibles a la hora de abastecer a los países industriales, y habían invertido ingentes sumas de dinero en nuevas prospecciones, pero el explosivo incremento de sus ganancias suscitó la indignación general.

La tierra oculta todavía más de 90.000 millones de toneladas de petróleo (y los expertos calculan otros 200.000 millones más), pero un consumo anual medio de 3.000 millones de toneladas permite calcular fácilmente que estas reservas se agotarán a principios del siglo XXI, aunque sin duda antes se producirán situaciones de difícil superación.

Aunque los países más dependientes del petróleo tratan de aprovechar otras fuentes de energía, no resulta fácil sustituirlo a medio plazo. En tal caso, es muy probable que la crisis de 1973 no haya sido más que el preludio de otra crisis energética futura, mucho más grave y de alcance mundial.

SÍNTESIS DE LA ÉPOCA

ORIENTE MEDIO se convirtió en un área crucial de la política mundial a partir de la década de 1950. Ello se debió a que los países de Europa occidental, Japón y Estados Unidos se hicieron cada vez nías dependientes de los grandes yacimientos petrolíferos de Oriente Medio. Los mayores depósitos se hallan en las inmediaciones del golfo Pérsico —Arabia Saudí, Kuwait, Irak e Irán— y en Libia (norte de África).

PETRÓLEO Y OPEP
En un principio, estos depósitos de petróleo eran explotados por compañías occidentales. Más tarde, los gobiernos de Oriente Medio se hicieron con el control de sus propias riquezas, ya que estaban en condiciones económicas para hacerlo. En 1960 muchos países productores de petróleo se unieron para fundar la OPEP (Organización de países exportadores de petróleo). Los precios empezaron a ser más altos.

LA CRISIS DEL PETRÓLEO En 1973, los países occidentales apoyaron a Israel en la guerra del Yom Kippur contra Egipto y Siria. Los productores árabes de petróleo, unidos en la OPEP, intentaron terminar con ese apoyo cortando los suministros de petróleo. Los precios del crudo se dispararon. Ello causó una grave crisis energética y una inflación (alza general de los precios) que dañó seriamente las economías occidentales, aunque multiplicó la riqueza de muchos productores de petróleo.

NACIONES RICAS Y NACIONES POBRES
Los países árabes productores de petróleo han tenido gobiernos muy diferentes. Algunos, como Kuwait, Arabia Saudí o Libia, tienen poblaciones pequeñas, de modo que la riqueza proveniente del petróleo puede emplearse en educación, sanidad y bienestar social. Otros, como Irak e Irán, están superpoblados. Muchos de sus habitantes son pobres, entre otras cosas porque gran parte de las riquezas generadas por el petróleo se invierten en gastos de guerra.

GOBERNANTES ÁRABES
Algunos de los mayores productores de petróleo, como Arabia Saudí y Kuwait, cuyos gobiernos son conservadores, están dirigidos por jeques (los jefes hereditarios de los árabes) prooccidentales. Otros, como Libia, Irak e Irán, están regidos por gobiernos que se autoproclaman revolucionarios. Como rasgo común, atacan el imperialismo estadounidense y la ingerencia de Estados Unidos en los asuntos extranjeros.

RELIGIÓN ISLÁMICA
En el mundo islámico se ha extendido un malestar general por la consideración que el Islam ha tenido en Occidente. Muchos pueblos de Oriente Medio exigen una modernización a la occidental, con el Islam en un segundo término. Éste fue el camino de Turquía y de su líder Kemal Atatürk (1881-1938) y la de Irán antes de 1979. Otros quieren preservar la religión y las costumbres islámicas, como Arabia Saudí, donde, por ejemplo, el alcohol está prohibido.

FUNDAMENTALÍSIMO ISLÁMICO
Una tercera opción es dinamizar el Islam haciendo de él una religión revolucionaria y opuesta a cualquier influencia extranjera. En 1979 el sha de Persia (1919-80) fue derrocado por los fundamentalistas shiís en Irán, quienes tomaron rellenes estadounidenses, desafiaron a Occidente y establecieron la estricta observancia islámica. En 1981, los fundamentalistas asesinaron al presidente egipcio Anwar el-Sadat (1918-81).

Fuente Consultada: Los Cambios Económicos del Siglo XX Sidney Pollard

Transformaciones Sociales Luego de la Guerra Mundial

Transformaciones Sociales Luego de la Guerra Mundial

La expansión del consumo 

La expansión económica de la segunda posguerra descansó también sobre una mayor capacidad de consumo de gran parte de la población. Fue en los Estados Unidos donde se afianzaron un nuevo patrón de consumo y un estilo de vida —el american way of life— que se convirtieron en un modelo para el resto del mundo. La imitación del modelo norteamericano, difundido por la propaganda televisiva, se convirtió en una obsesión para las clases medias que crecían en número y poder adquisitivo en todo el planeta.

Se expandió de manera notable el número de automóviles: mientras que en 1950 existían alrededor de 20.000.000 de autos matriculados en los Estados Unidos, una década más tarde ese número se había multiplicado por tres. Los electrodomésticos se convirtieron en partes indispensables de la vida cotidiana de la mayoría de la población de los países desarrollados y de buena parte de la de los países en vías de desarrollo. La televisión se extendió por todo el mundo.

Los cambios ocupacionales

El modelo productivo de posguerra condujo a una profunda modificación de la estructura ocupacional de los países desarrollados. La población dedicada a tareas agropecuarias y mineras disminuyó drásticamente.

El empleo de “cuello blanco”, dedicado a tareas vinculadas con la provisión de servicios, con la administración y con la supervisión y control de la producción creció rápidamente, mucho más que el tradicional empleo industrial de “cuello azul”. Crecieron, además, los empleos de “cuello rosa”, es decir, el empleo femenino en tiendas y oficinas. En efecto, un cambio fundamental en las sociedades de posguerra fue la incorporación masiva de las mujeres al mundo del trabajo. El cambio en la situación ocupacional de las mujeres contribuyó decisivamente a una transformación de las estructuras y relaciones familiares.

El creciente papel del estado

En la segunda posguerra se produjo una importante transformación de las características y el papel de los estados nacionales en los países capitalistas industriales.  Por una parte, el estado intervino activamente en la actividad económica. Lo hizo tanto de manera indirecta como directa. De manera indirecta, el estado adoptó una función de planificación de la actividad económica.

La necesidad de orientar las inversiones y de fijar prioridades parecía obvia en los países europeos destruidos por la guerra, que no podían confiar en que el mercado decidiera qué barrios o fábricas debían ser reconstruidos. Pero aún en los Estados Unidos, donde la planificación era prácticamente inexistente, el estado intervenía de manera decisiva en sectores industriales críticos a través de la orientación del gasto militar.

La intervención directa se produjo a partir de las numerosas nacionalizaciones de empresas de la inmediata posguerra. Gran Bretaña, por ejemplo, nacionalizó el Banco de Inglaterra, las minas de carbón, la distribución de gas, la electricidad, los transportes urbanos, la aviación civil y la siderurgia.

Por otra parte, la mayor intervención del estado en diversos aspectos de la vida económica y social cristalizó en la segunda posguerra con la formación de los estados de bienestar. Los gastos sociales del estado crecieron de manera notable y financiaron —en especial en algunos países europeos occidentales— un completo sistema de seguridad social, asegurando a todos los ciudadanos protección “de la cuna a la tumba”, como gráficamente lo expresaba la propaganda del laborismo inglés.

Se establecieron amplios sistemas de salud, pensiones y jubilaciones, educación, seguros de desempleo y educación. el estado de bienestar y las políticas económicas keynesianas que lo sostenían presuponían que el pleno empleo era un objetivo deseable y posible. A partir del cambio de tendencia en la economía mundial desde principios de la década del ‘70, el aumento del desempleo y el progresivo envejecimiento de la población en los países industrializados contribuyeron a la crisis de los estados de bienestar.

La sociedad de consumo

La prosperidad dio lugar, en la década del ‘60, a la llamada “sociedad de consumo”, caracterizada por la demanda masiva de bienes y servicios que hasta entonces habían sido considerados de lujo. Esta demanda masiva no era homogénea sino diferenciada: diferentes tipos de consumidores demandaban productos de diferentes calidades. Por ejemplo, pañales descartables; automóviles sedán, rural o coupé; dentífricos de varios sabores.

El cambio de hábitos de consumo no se produjo sólo en los países desarrollados. La radicación de filiales de empresas multinacionales en los países en desarrollo significó inversión de capitales y modificación de la estructura del empleo.

Las multinacionales requirieron profesionales, empleados y obreros calificados, con lo cual el empleo y los salarios aumentaron: El proceso fue similar al de los países desarrollados: con más asalariados mejor pagos, el consumo aumentó. Así, la tras nacionalización de la economía modificó los hábitos de consumo también en los países en desarrollo.

No todos los consumos cambiaron del mismo modo. En algunos rubros, se produjo un aumento notable de la demanda; por ejemplo, en el de electrodomésticos. El caso más notable fue el desarrollo del turismo, que se expandió junto con el aumento del tiempo libre y con la mejora de la seguridad social.

En otros rubros, no hubo aumento del consumo sino reemplazo de un consumo por otro. Así sucedió, por ejemplo, con el rubro de alimentos. En los países desarrollados se produjo un cambio de hábitos alimentarios. La difusión de la hamburguesa es un símbolo de este cambio.

La hamburguesa se difundió a través de las cadenas de fast food (en los países desarrollados) o a través de su elaboración industrial y de una masiva distribución comercial (en los países en desarrollo). La difusión de la hamburguesa es una característica de la difusión del american way of life. Pero también es una hábito propio de sociedades en las que las mujeres se han incorporado al mercado laboral y requieren comidas fáciles de cocinar, o en las que el tiempo destinado a la comida está cronometrado por la organización de la jornada laboral (ocho horas de trabajo, una hora para el almuerzo).

No sólo cambiaron las demandas de los consumidores. También cambiaron las políticas de los productores de bienes y servicios. La evidencia de que los mercados se estaban diversificando puso en marcha mecanismos para determinar qué productos estaban esperando distintos tipos de consumidores.

A través del uso de la sociología y de la psicología, se desarrollaron técnicas de investigación de mercado. Así surgió el marketing, un conjunto de técnicas destinadas a orientar las demandas de los consumidores. La publicidad, que existía desde principios de siglo, combinada con los medios de comunicación masiva y con el marketing, desarrolló las más diversas técnicas de manipulación de la opinión pública con el objeto de promover el consumo.

Otra estrategia de los productores para aumentar el consumo fue la introducción de mecanismos de caducidad de la oferta, que consisten en inducir el consumo de un producto a través del lanzamiento periódico de nuevos modelos al mercado (haciendo caducar la oferta anterior). Esta política ya existía en la década del ‘30, pero se generalizó en los años ‘60.

El diseño comenzó a cumplir una función económica cada vez más importante como incentivo del consumo. Autos, muebles, artefactos electrodomésticos e indumentaria recibieron del diseño su valor agregado.

La oposición a la sociedad de consumo

La contracara del alto consumo fue una sociedad competitiva, individualista y al mismo tiempo masificada, escasa de solidaridad y marcada por la insatisfacción permanente.

La respuesta llegó a través de una rebelión juvenil en todo el mundo capitalista que se expresó a través de dos grandes movimientos contraculturales. Uno de ellos se produjo alrededor de la música rock. El movimiento rock se originó en los países anglosajones. (Aún hoy, las principales bandas de rock son inglesas o norteamericanas.) Fue un movimiento policlasista, que reunió a jóvenes obreros y burgueses. Los jóvenes de los ‘60 escuchaban a los norteamericanos Bob Dylan y, más tarde, a The Doors, o a los ingleses The Beatles o Tire Rolling Stones.

 Los jóvenes hippies de los ‘60 reemplazaron la organización familiar por la vida comunitaria, rechazaron la integración al sistema laboral, optaron por una indumentaria informal y descuidada e incorporaron el consumo de drogas, al que consideraban una forma de uberarse de una realidad que les resultaba opresiva. El símbolo del movimiento rock ha sido el recital de Woodstock (Vermont, EE.UU.) realizado entre el 15 y el 18 de agosto de 1969.

El otro movimiento juvenil fue político. Tuvo su origen en las universidades francesas e italianas, y se extendió a la mayoría de los grandes centros universitarios de Europa y de Latinoamérica.

Estuvo marcado por una orientación izquierdista, antiimperialista, anticolonialista y antisoviética. Los jóvenes de izquierda de los ‘60 estaban influidos por las obras de lo que ellos mismos llamaban “las tres M —Marx, Mao, Marcuse (los filósofos alemanes Karl Marx y Herbert Marcuse, y el líder socialista chino Mao Zedong)— y por el pensamiento del filósofo francés Jean Paul Sartre. Por su composición social (el núcleo militante estuvo integrado por estudiantes universitarios) fue más clasista que el movimiento rock.

El símbolo de la rebelión de los jóvenes de izquierda fue el gigantesco levantamiento de estudiantes franceses de mayo de 1968, que desembocó, una semana más tarde, en la huelga general más larga de la historia de Francia.

Prosperidad Económica en Occidente Luego de la Guerra Mundial

Prosperidad Económica en Occidente

El crecimiento de la producción: Entre 1945 y 1973, el crecimiento económico de los países la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE)—los países industriales capitalistas de Europa, los Estados Unidos, Japón, Australia y Nueva Zelanda— tuvo dos características salientes. Por una parte, las tasas de crecimiento del producto per cápita de esos países fueron muy altas. Su promedio fue del 3,8% anual —el máximo precedente, entre 1870 y 1913, había sido del 1,4% anual—.

Por otro lado, el crecimiento fue estable, es decir, que las fluctuaciones entre etapas de crecimiento y de recesión fueron suaves debido a la acción correctiva de los estados nacionales y al adecuado funcionamiento de las instituciones económicas internacionales diseñadas después de la guerra.

Prosperidad Económica en Occidente

Prosperidad Economica

El acelerado crecimiento económico no se limitó a los países desarrollados. Varios países subdesarrollados tuvieron altas tasas de crecimiento de su producto bruto, cuyo efecto per cápita quedó por lo general relativizado por el gran crecimiento de la población.

El crecimiento económico obedeció a un complejo conjunto de factores y afectó a todos los sectores de la economía. En el sector primario, por ejemplo, se produjo un notable aumento en la productividad agrícola, derivado de una sustancial mejora en la tecnología agraria —sistemas de riego, técnicas de manejo de suelos, mayor mecanización, uso de fertilizantes— y del desarrollo de nuevas variedades de trigo, maíz, arroz y otros cereales, Estas innovaciones permitieron un sustancial aumento de los rendimientos por hectárea y de la producción mundial de alimentos.

El liderazgo industrial de los Estados Unidos: En estos años, el liderazgo industrial estuvo en manos de los Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, este país había expandido su capacidad industrial y al finalizar la contienda era la única de las grandes potencias que no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y de comunicaciones. Las empresas dominantes en el período fueron las grandes corporaciones multinacionales, por lo general de origen norteamericano, que operaban en buena parte del mundo a través de sus filiales.

La expansión de las empresas multinacionales fue un rasgo característico de la segunda posguerra. Las multinacionales se consolidaron en muchos sectores: las grandes industrias extractivas, como las petroleras, la fabricación de automotores, la industria farmacéutica, los grandes servicios bancarios, hoteleros y comerciales.

 Para los gobiernos de los Estados Unidos, la Guerra Fría justificaba el mantenimiento de un alto gasto en defensa. En la segunda posguerra la producción de la industria militar se convirtió en uno de los sectores privilegiados por las grandes potencias. La conquista del espacio se convirtió en un objetivo estratégico y el desarrollo de nuevas y más poderosas armas, nucleares y convencionales, requirió enormes inversiones.

La interpenetración entre los intereses de los militares, las empresas industriales y los políticos fue denunciada por el general Eisenhower en su discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos. Eisenhower señaló entonces que:

“la conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria armamentista […] ejerce una influencia que se siente en todas las ciudades, en todos los edificios estatales, en todas las oficinas del gobierno federal […] El potencial para el desastroso crecimiento de un poder deformante existe y seguirá persistiendo.”

PARA SABER MÁS…

LA PROSPERIDAD AMERICANA: Cuando llegó la paz, la tendencia al crecimiento observada durante más de veinte años no se vio interrumpida en forma significativa y, entre 1950 y 1980, el producto nacional bruto casi se triplicó en términos reales, mientras los ingresos prácticamente se duplicaron. Hubo una serie de factores que contribuyeron a esta situación: el aumento de la población, los adelantos tecnológicos, la aparición de nuevos productos de consumo, el impulso dado a la economía tras la Segunda Guerra Mundial, el repentino gasto de los ahorros que se habían acumulado durante la guerra (1945-1948) y, por último, los programas de rearme relacionados con la guerra fría y la Guerra de Corea (1950-1953).

La prosperidad parecía algo absolutamente normal. Los negocios nunca habían estado tan boyantes y, sobre la base de esta confianza en la riqueza y las ilusiones, el pueblo norteamericano comenzó a transformar por completo su estilo y estándar de vida.

Las expectativas de prosperidad cada vez mayores constituyeron una fuerza auténticamente revolucionaria. Hubo una ‘explosión de nacimientos» (el baby boom) y un enorme estímulo ala demanda que había comenzado durante la Segunda Guerra Mundial. Luego se produjo una segunda gran migración hacia el Oeste y, después de 1945, la inmigración aumentó en forma sostenida. Al mediar la década de los 80, los inmigrantes de habla hispana eran el grupo de población más importante en muchas regiones del sur y sudoeste del país, convirtiéndose Miami en una verdadera ciudad latinoamericana. Tal vez el cambio más notable en todo este período fue el crecimiento de los suburbios.

El crédito fácil, el combustible barato (ya fuese para el hogar o para los vehículos), la gran producción de viviendas y automóviles y los gigantescos programas de construcción de carreteras, tanto de los gobiernos federales como estatales, fueron algunos de los factores que impulsaron a millones de norteamericanos a dejar el campo y las ciudades. La gran ola de inmigrantes se instaló en miles de kilómetros de suburbios, de modo que, aunque la población de las ciudades más importantes aumentó de 48 millones a 64 millones entre los años 1950 y 1970, la de sus alrededores creció de 21 a 55 millones. La población total aumentó de 132 millones en 1940 a 226 millones en 1980.

Este auge nacional estuvo sustentado por un dólar fuerte, por grandes recursos nacionales dentro de Estados Unidos continental y por un sistema económico muchísimo más adelantado que cualquier otro del mundo, por lo menos hasta la década del 60. No obstante, esta prosperidad fue socavada por el apetito insaciable de la sociedad de consumo norteamericana.

La gran tendencia de los capitalistas estadounidenses a gastar sus utilidades en vez de reinvertirlas, y las demandas de los trabajadores industriales que pedían mejores salarios y condiciones laborales más cómodas, sin considerar las consecuencias que estas peticiones tenían sobre los precios, no ayudaron a mantener esta situación. Además, había una creciente tendencia en los sectores de mayor influencia del país a pensar que la realidad deL sueño americano se sustentaría por mucho tiempo.

Este último rasgo generó una confianza desmedida en los encargados de formular las políticas y en la ciudadanía que puso en peligro la bonanza norteamericana.

El Concilio Vaticano II Teologia de Liberacion Objetivos Juan XXIII

El Concilio Vaticano II-Teología de Liberación

El Concilio Vaticano II, el vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica, fue convocado por Juan XXIII el 25 de enero de 1959 y se celebró durante los otoños de 1962 a 1965, con 178 reuniones de 2.908 obispos, entre los que los obispos de Asia y África tuvieron un papel muy importante en las deliberaciones, y fueron pocos los pertenecientes a los países comunistas que asistieron al mismo.

El Concilio Vaticano II constituye todo un punto de inflexión en la historia de la Iglesia católica. Tras varios años de cierta incertidumbre y división, finalmente la inmensa mayoría de los católicos han asimilado los postulados lanzados por Juan XXIII. Continuando la línea conciliadora con el resto de confesiones salida del concilio, tanto Pablo VI como Juan Pablo II (papa desde 1978) han promovido siempre el diálogo así como la cooperación interconfesional.

En 1967, Pablo VI prosiguió la senda de adaptación de la Iglesia a las nuevas realidades del mundo moderno abierta por Juan XXIII mediante la publicación de una encíclica en defensa de los derechos humanos y de los más pobres. Un año más tarde publicó Humanas vitae, otra encíclica sobre los valores de la vida humana. En su decidida apuesta en favor de la vida y el matrimonio, Pablo VI expresó su más decidido rechazo ante cualquier método de contracepción artificial, actitud que generó una seria crisis en el seno de la misma Iglesia al ser rechazada por una gran cantidad de católicos.

Juan Pablo II ha continuado en una línea marcada por la defensa de los valores tradicionales cristianos, aun cuando muchos de éstos difícilmente responden a las tendencias marcadas por la vida contemporánea. En ese contexto hay que entender su absoluto rechazo al materialismo, al que considera una «cultura de la muerte», y su apuesta por una «nueva cultura» basada en el respeto a la vida y el amor por los más pobres.

LA IGLESIA TRAS EL CONCILIO VATICANO II

El Concilio Vaticano II y la Teologia de Liberacion Angelo O. Roncalli (1881-1963) se convirtió en el Papa Juan XXIII en 1958, tras la muerte de Pío XII. El nuevo pontífice fue el encargado de renovar la Iglesia católica a través del Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de octubre de 1962. Su finalidad, era abrir las ventanas para que entrara aire fresco en la Iglesia.

LA IGLESIA TRAS EL CONCILIO VATICANO II:  El 11 de Octubre de 1962, fue inaugurado el Concilio Vaticano II, encargado de renovar la Iglesia Católica. El mismo, había sido propiciado por Angelo O. Roncalli quien se había convertido en el Papa Juan XXIII en 1958.

Desde el comienzo, el Concilio mostró un alto interés en cambiar algunos aspectos importantes de las ceremonias religiosas. Además de se sentar las bases para una mayor participación de la Iglesia en los problemas del mundo, se propuso reemplazar el latín en la celebración de la misa por los idiomas nacionales.

 Otro de los cambios importantes en el Concilio, fue la presencia de obispos de todo el mundo, sobre todo, de obispos del llamado “tercer mundo”. La Iglesia Católica, hasta ese momento, tenía una presencia predominantemente europea en su cúpula organizativa y la incorporación de estos últimos, también significó un profundo cambio.

Pero lamentablemente, Juan XXIII, falleció durante la celebración del Concilio, siendo reemplazado por Paulo VI. De todas formas, el Concilio siguió hasta 1965 y marcó una gran transformación en la Iglesia, no sólo en los aspectos religiosos (que operan en el nivel ideológico o de las mentalidades) sino también en el aspecto social y político, en especial en América Latina, donde encontró un profundo eco.

En Latinoamérica, el concilio significó para los creyentes un profundo cambio, ya que permitió el contacto de las ordenes religiosas con las necesidades sociales que requería el pueblo. La renovación, también proponía una mayor independencia del accionar de los evangelizadores. Un profundo debate interno se sucedió luego de las diferentes formas de interpretar la realidad y actuar en ella, que se dio en toda la Iglesia. En mucho casos, los integrantes del las Iglesias de cada país se identificaron con los movimientos de liberación.

“La teología de la liberación”, una idea que se venía discutiendo desde mucho tiempo, tomo forma luego de la Conferencia de Medellín de 1968, donde se reunió el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

Desde un mensaje de Juan XXVIII, en 1962, donde expresaba que: “frente a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta tal como es y quiere ser: como la Iglesia de todos, particularmente, la Iglesia de los Pobres”, había surgido la idea de una Iglesia que se acerque a las necesidades de los pobres.

En un contexto donde las dictaduras que gobernaban la región, dejaban una escasa o nula representatividad política y una enorme injusticia social. La idea de “Iglesia de los pobres” fue interpretada por algunos sacerdotes de tal manera que dio origen a la “teología de la liberación” y como un claro compromiso político y social destinado a transformar el mundo.

De esta forma, el compromiso social hizo que los sacerdotes llamados “tercermundistas”, en los que predominaba una evangelización cargada de alto contenido social, se acercaran a los movimientos de liberación que utilizaban la lucha armada.

No toda la Iglesia tuvo esta postura, hubo en la época una notable reacción conservadora, que se plasmó en 1972, con la nueva conducción del CELAM. A su vez, la encíclica “Populorum Progressio” de Paulo VI, criticaba el sistema capitalista y denunciaba la situación de injusticia que se daba en el Tercer Mundo. Esta encíclica, aumentó aún más las posturas a favor de la “teología de la liberación. Muchos sacerdotes, que abrazaron estas ideas, fueron perseguidos y asesinados por defender estas prédicas evangélicas y llevarlas a la práctica.

Los prelados que asistieron a la Segunda Conferencia de Obispos Latinoamericanos, realizada en Medellín, inspirados por las reformas del Concilio Vaticano II, examinaron el papel social de la Iglesia en sus países. Tras muchas discusiones, los obispos publicaron un documento. Denunciaron la opresión sistemática de los pobres, criticaron la explotación del Tercer Mundo por las naciones industrializadas y exigieron reformas políticas y sociales. No se detuvieron ahí: los obispos declararon que la Iglesia de Latinoamérica contenía una misión distinta a la de la Iglesia de Europa (que en realidad era una Iglesia distinta) y le otorgaban una función política activa. Esta aplicación práctica de la fe se conoció como Teología de la Liberación, una de las ramas más importantes dentro de la Iglesia católica moderna y una influencia política importante en América Central y del Sur.

LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN:  

La Conferencia de Medellín, donde se reunió el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), en 1968, se inspiró en las reformas del concilio Vaticano II. En la misma, los obispos publicaron un documento en el que examinaban el papel social de la Iglesia en sus respectivos países. Allí, denunciaban la opresión del sistema capitalista sobre los pobres, criticaban la explotación que ejercían los países centrales por sobre los del “tercer mundo” y exigían numerosas reformas políticas y sociales.

Los Obispos reunidos, no se detuvieron sólo en esos reclamos, sino que también declararon que la Iglesia Latinoamericana contenía una misión distinta de la de Europa. Por lo tanto, en esta región, la Iglesia debía tener un alto compromiso con la realidad social de su contexto y una praxis transformadora. Esta práctica de la fe cristiana se conoció como la “teología de la liberación” y tuvo durante décadas una importante influencia dentro de la Iglesia Católica.

Un teólogo peruano, Gustavo Gutiérrez, publicó en 1971 la doctrina central de movimiento. La “teología de la liberación” establecía que la Iglesia debía ayudar a los pobres y no imponerse sobre ellos. Además, proponía un accionar cristiano acorde a la enseñanzas de Jesús y no conforme a los requerimientos de los poderosos. Así fue que estas ideas inspiraron la fundación de la “Iglesia de los pobres”, que combinaba la enseñanza religiosa con la participación en movimientos sociales y políticos destinados a cambiar la realidad.  

A su vez, en Brasil también se producía un fuerte movimiento renovador en la Iglesia. Leonardo Boff, un teólogo brasileño, criticaba en sus libros las injusticias en Latinoamérica y se animaba a incluir dentro de las fuerzas que provocaban esas injusticias, a la Iglesia Católica.

Como era de esperar, a Roma y a los regímenes conservadores no les gustó la matriz marxista de la “teología de la liberación”.

Durante la dictaduras militares que asolaron a América Latina en general, se llevó a cabo una violenta represión del movimiento. Las represalias laicas, en forma de asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte o en forma de encarcelamientos con torturas, se incrementaron y clérigos como el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, y el padre Antonio Pereira Neto, de Brasil, y el obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, se convirtieron en mártires del movimiento

Ya en 1979, los dirigentes del movimiento no fueron invitados a la conferencia de obispos y finalmente el Papa Juan Pablo II, reemplazó a los teólogos de la liberación por clérigos dóciles y sumisos a las autoridades eclesiásticas de turno.

PABLO VI:

Durante los primeros años después del concilio hubo una cierta euforia que llevó a algunas personas a pensar que la mayor parte de las tradiciones desaparecerían, incluso algunas verdades perennes de la tradición católica. Se creó una confusión con respecto a la doctrina básica y a la disciplina fundamental. Pablo VI respondió a esta mentalidad con una reafirmación de la fe católica en el Credo de Pablo VI.

Luego, dio a conocer Mysterium Fidei (Misterio de fe) para aclarar y corregir temas puntuales de doctrina, especialmente en relación con la Eucaristía, que no estaban claros en el popular Catecismo holandés.

Pablo VI enfrentó la durísima tarea de mantener unida a la Iglesia después del Concilio. La sobrellevó teniendo un criterio amplio; con paciencia, calma, fe, iluminando con inteligencia lo que debía entenderse y dirigiéndose pacíficamente a los opositores, y si creía que era necesario, sufriendo en silencio.

No todo fue conflictivo. Inauguró un estilo de liderazgo papal, imitado por Juan Pablo II, de «Papa viajero». Fue a Manila, África y Jerusalén. El abrazo con el patriarca Atenágoras simbolizó el deseo de los católicos por reunirse nuevamente con los ortodoxos. Presidió el Año Santo de 1975, con millones de peregrinos que visitaron Roma. Piloteó la Iglesia por aguas turbulentas y la condujo a un curso seguro. Realizó uno de los mejores papados de la historia.

PARA SABER MAS…
Orígenes del concilio

El papa Juan XXIII decidió convocar el histórico concilio poco después de su elevación al trono de San Pedro, en el año 1958. Este pontífice, idealista y bondadoso, comprendía que la Iglesia había de dar una respuesta adecuada a problemas actuales de ámbito mundial, tales como la guerra, la injusticia y la pobreza. También advertía la perentoria necesidad de un aggiornamento —una puesta al día— de la Iglesia. Consideraba que un concilio ecuménico era el medio más eficaz de que la Iglesia disponía para valorar su papel en el mundo y poder cumplir ante la humanidad de hoy aquellos fines para los que fue fundada.

Juan XXIII manifestó por primera vez su idea al cardenal Domenico Tardini, su más íntimo colaborador, y quedó gratamente impresionado por el entusiasmo de su respuesta: «¡Sí, sí! ¡Un concilio!» Animado por ello, reveló a continuación su plan a la Curia Romana, órgano de gobierno del Vaticano; pero observó con decepción que su propuesta apenas hallaba eco. En días sucesivos los miembros de la Curia trataron de persuadirle para que abandonase la idea o, cuando menos, pospusiese la convocatoria del concilio.

La oposición se debía al temor de que un concilio pudiese romper la organización jerárquica existente en el gobierno de la Iglesia. Los miembros de la Curia romana dirigían todas las sagradas congregaciones encargadas de los asuntos referentes a la vida eclesiástica. Los conservadores pensaban que el cambio equivaldría a debilidad y se oponían a cuanto menoscabase las sagradas tradiciones. Su principal representante era el cardenal Alfredo Ottaviani, director de la Sagrada Congregación del Santo Oficio —hoy de la Doctrina de la Fe—, que entendía en los asuntos relativos a la fe y a las costumbres, y que absorbió la hoy desaparecida Congregación del índice, encargada de la censura y prohibición de libros.

El Papa, sin embargo, estaba resuelto a celebrar el concilio en la fecha más temprana posible y deseaba ver realizado su sueño antes de morir. El día de su elección hizo observar que los pontificados de cuantos predecesores suyos llevaron su nombre habían sido breves, y casi inmediatamente comenzó a realizar los preparativos para la magna asamblea. En mayo de 1959 encomendó al cardenal Tardini la dirección de la ingente tarea de reunir las sugerencias de todos los obispos y universidades católicas del mundo que habían de constituir los temas de debate. En junio de 1960 formó las comisiones preparatorias que, dirigidas por los cardenales de la Curia, se encargarían de redactar las propuestas destinadas al concilio.

Unos 800 teólogos y estudiosos fueron convocados en Roma para examinar detenidamente y poner en orden cuantos datos se poseían sobre la vida de la Iglesia. Las conclusiones a que las comisiones llegaron fueron resumidas finalmente en un epítome de 73 esquemas que sería presentado en 1962. Entre tanto, en diciembre de 1961, en las primeras reuniones del concilio, Juan XXIII promulgó la Constitución Apostólica por la que convocaba formalmente el Concilio Vaticano II, el primero que se celebraba desde el Concilio Vaticano de 1869-70 y el segundo desde el famoso de Trento (1545-63).

En junio de 1962, el Sumo Pontífice invitó a todas las iglesias cristianas separadas y a todas las confesiones religiosas no cristianas a que asistiesen como observadoras al concilio. La primera sesión tuvo lugar entre el 11 de octubre y el 8 de diciembre de 1962. El sueño de Juan XXIII se había hecho realidad.

Pero la amable figura de aquel pontífice no llegaría a contemplar el final de su sueño, pues falleció a los seis meses de haber concluido la primera sesión, el 3 de junio de 1963. Su sucesor, el papa Pablo VI, presidiría las tres sesiones siguientes en los otoños de 1963, 1964 y 1965. Pablo VI también sentía la necesidad del concilio que consideraba «como un puente hacia el mundo contemporáneo», aunque manifestó una tendencia quizá más conservadora que la iniciada por su predecesor.

Encíclica Pacem in Terris