Cuadro Esquema Instituciones Españolas en América

Primeros Conocimientos en Europa de Oriente o China

Primeros Conocimientos en Europa de Oriente o China

Luego de un largo y penoso viaje hacia oriente y despúes de haber sufrido los horrores del desierto, los Polo llegaron, al fin, a la primera ciudad china de su viaje: Su Cheu. Los venecianos permanecieron luego un año en Ku Chué, realizando excursiones por el centro de Asia, a Erzina y Karakorum. El viaje siguió, por último, hacia el este, y el Gran Khan les envió una escolta de honor. Kublai los recibió en persona, en su residencia de Shang Tu, al nordeste de Pekín (1275).

Los hermanos Polo dejan Venecia llevando consigo a Marco—Miniatura del «Libro de las Maravillas»—París, Biblioteca Nacional.

Marco Polo, que durante el viaje había aprendido las lenguas habladas en el Imperio mongol, supo impresionar, seria y favorablemente, al emperador, que hizo de él su amigo y su auxiliar, empleándole en calidad de administrador y diplomático, mientras su padre y su tío trataban de múltiples asuntos comerciales. Así comenzó una estancia que debía prolongarse hasta 1292.

Kublai Khan

Marco Polo, como administrador de Kublai y rodeado del respeto que le valía la amistad del Gran Khan, recorrió China en dos itinerarios. Gracias a los relatos que Marco Polo hizo en «El Libro de las Maravillas», por primera vez Europa poseía una descripción  sintética de  las  regiones de Oriente.

Pese a los errores de apreciación que llenan su relato, la narración de las aventuras vividas por el veneciano, la descripción de lugares y gentes que visitó y encontró, renovaron los puntos de vista humanos y científicos que Europa poseía de Oriente; así, Occidente escuchaba por vez primera el nombre de Cipango (Japón).

Marco Polo llega a Oriente

Marco Polo (15 de septiembre de 1254 – 8 de enero de 1324) fue un mercader y explorador veneciano que, junto con su padre y su tío, estuvo entre los primeros occidentales que viajaron por la ruta de la seda a China. Se dice que introdujo la pólvora en Europa, aunque la primera vez que se utilizó en Occidente acaeció en la batalla de Niebla (Huelva) en 1262.

El Imperio mongol de China, que visitó Marco Polo, estaba entonces en su apogeo y no pudo menos que maravillar al joven italiano, que fue sorprendido por la inmensidad del país y la diferencia que ofrecían las provincias del norte y las del sur con sus grandes ciudades superpobladas.

Como buen mercader veneciano y buen administrador, Marco Polo fue atraído, sobre todo por lo que representaba la economía le China; se extrañó de la sucesión de pueblos y el número de ciudades importante. Pekín tenía seis millas de lado, no corr prendidos sus 12 arrabales, y su población desafiaba toda evaluación: Nankín, Shinng Kiong Fu y Hang-Cheu, con sus millones de habitantes, así como más de dos mi grandes ciudades, entre ellas los inertes Je Fu Cheu y de Hong Chué (Quinsay) «Venecia china».

La formación del Imperio mongol permitió el restablecimiento de las relaciones directas entre Europa y el Extremo Oriente. Pekín, la nueva capital mongola, atrajo de inmediato a los mercaderes de la India y del Golfo Pérsico, y en seguida a unos audaces venecianos, los Polo. Pekín, antigua ciudad de los Kin y ciudad mongola—Miniatura del «Libro de las Maravillas»—París, Biblioteca Nacional.

Hong Chué era en efecto, una ciudad construida sobre una lagua y estaba recorrida por centenares de canales que pasaban, según Marco Polo, bajo 12.000 puentes. Las calles estabam adoquinadas con piedra y ladrillo, no servicio de guardias urbanos asegurara le orden día y noche. La ciudad recibía muchos extranjeros que se dedicaran al comercio y a la navegación. El puerto de Hang-Cheu contaba con casi 18.000 boques, entre los cuales, algunos, los graades correos del Mar de China, aforaban 500 toneladas y eran maniobrados por 20C a veces, 300 hombres de tripulación.

EL ORO, LA SEDA, EL CARBÓN
El Estado sacaba gran provecho de esta actividad comercial, porque sólo los derechos de aduana de la ciudad de Hang Cheu se elevaban anualmente a 14.700 sacos de oro y representaban la novena parte de los ingresos de toda la China del Sur.

La circulación de una moneda fiduciaria, fabricada con delgadas hojas de pasta de madera de morera, y, a veces, para billetes de gran valor, con seda, siempre garantizada con la firma y el sello de los oficiales de moneda, extrañó a Marco Polo, que vio la ventaja de este sistema para el Tesoro Imperial: «El Emperador puede hacer cada año tal cantidad de monedas, sin que le cueste nada, que iguale a todos los tesoros del mundo»… Parece, sin embargo, que Marco Polo no tenía conciencia del desastre a que podían conducir tales excesos.

En los campos, Marco Polo se interesó por todas las actividades agrícolas y anotó la riqueza de las explotaciones, las terrazas de cultivos que se escalonan sobre las pendientes más abruptas de las montañas y la abundancia de productos de la tierra.

El viajero veneciano nos enseña igualmente que Kublai Khan, recogiendo la tradición de los grandes emperadores chinos, hacía adquirir y almacenar el sobrante de las cosechas, que, en caso de penuria, era redistribuido a los hambrientos.

Marco Polo visitó igualmente sederías e hilaturas, pero lo que le extraño más aún fue el empleo que los chinos hacían del carbón: «Una especie de piedra negra que se extrae de los flancos de las montañas de Catay (China del Norte) y que quema como el carbón de madera, e incluso mejor que él, porque si se le enciende por la tarde, se le encuentra aún con juego a la mañana siguiente».

Pero ya el poderío de Kublai declinaba, y los favores de que rodeaba a la persona de Marco Polo despertaban celos contra el veneciano y sus dos parientes, los cuales aprovecharon una expedición destinada a acompañar a una princesa mongola, prometida en matrimonio, a la Corte de Per-sia, para embarcarse con ella (1292).

La escuadra siguió la ruta tradicional, llevando a los tres latinos al reino de Shampa, a Sumatra, a las islas Nicobar, a Ceilán, a Malabar, para alcanzar el puerto de Ormuz y llegar, por tierra, a Trebisonda, sobre el Mar Negro. Llegado a Venecia en 1295, Marco Polo debía caer en manos de los genoveses, al año siguiente. En el curso de sus dos años de cautiverio, pudo redactar su fabuloso viaje.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

El Tratado de Tordesillas España y Portugal Causas y Objetivos

OBJETIVOS DEL TRATADO DE TORDESILLAS: España y Portugal se reparten el nuevo mundo

Inmediatamente después del regreso de Colón, en 1493, los Reyes Católicos adoptaron las medidas necesarias para asegurar-se todos los derechos sobre los territorios descubiertos, y por descubrir, gracias al intrépido genovés.

Acudieron al Papa Alejandro VI, que, por ser español de nacimiento, estaba en buenas disposiciones con relación a ellos, y el mismo año obtuvieron una bula que otorgaba a España todos los territorios situados a cien leguas al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde, obteniendo con ello una magnífica victoria diplomática.

No habían contado con los portugueses. El rey Juan II elevó su correspondiente protesta que señaló el comienzo de unas prolongadas negociaciones entre ambos países hasta que por fin pudieron llegar a un compromiso.

En 1494, por el célebre tratado de Tordesillas, Juan reconocía los derechos de España sobre los países de Occidente, aunque trasladando la línea de demarcación desde 100 a 374 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, reconociéndose como pertenecientes a la esfera de influencia de Portugal las tierras y mares situados al este de dicha línea.

Ello representaba una diferencia trascendental: más tarde pudo advertirse que aquella cláusula concedía a los portugueses derechos sobre ciertas comarcas del continente americano, el Brasil, en primer lugar.

Se conoce como Tratado de Tordesillas el compromiso suscrito en Tordesillas (actualmente en la provincia de Valladolid, en el noroeste de España) el 7 de junio de 1494 entre Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón, y Juan II rey de Portugal, en virtud del cual se establecían un reparto de las zonas de conquista y anexión del nuevo mundo mediante una línea divisoria del Océano Atlántico y de los territorios adyacentes.

Concertados los acuerdos con España, los portugueses comenzaron a explorar la parte del mundo que les había sido asignada.

Equiparon una expedición que debía dirigirse hacía el este, tras las huellas de Bartolomé Días, y alcanzar su objetivo máximo, la India. Con todo, Juan II no pudo asistir a la realización de sus grandiosos proyectos.

Murió en 1495, dejando el trono a Manuel I, a quien la Historia califica con el sobrenombre de Afortunado, porque durante su reinado Portugal obtuvo sus mayores triunfos como potencia colonial.

PARA SABER MAS….

El reconocimiento de la legitimidad de los Borbones de hecho, en los Tratados firmados en la ciudad de Utrech (Holanda, 1713), además de realizar numerosas concesiones territoriales -como Terranova y Arcadia, en América del Norte a los ingleses, y Colonia del Sacramento a Portugal dejó en manos de los británicos gran parte de la explotación económica del territorio colonial.

Con la autorización para enviar un navío anual exento de impuestos a la feria de Portobello, lograron ingresar legalmente en el circuito Hedy Caribe con la posibilidad de competir en inmejorables condiciones con las manufacturas españolas. Pero el bocado más preciado lo constituía la obtención del monopolio de! tráfico esclavista durante 30 años, incluyendo el codiciado puerto de Buenos Aires.

A la compañía que se le otorgara el asiento se le debería asignar «un paraje cómodo en el Río de la Plata (sin pagar derechos ni tributos algunos por ellos la compañía, durante el tiempo del sobredicho asiento…) y teniendo también cuidado de que los territorios que se le dieren sean aptos y capaces para labrar y pastar ganados para la manutención de los empleados en la compañía y de sus negros (…); y también para que los navíos de la compañía puedan llegarse a tierra y estar resguardados de todo peligro…» A decir verdad, aun cuando la trata era en sí misma un excelente negocio, no desaprovecharon la oportunidad para asegurarse las condiciones más propicias para continuar con el contrabando

Fuente Consultada: Historia Universal de Carl Crimberg

Los virreyes del Rio de la Plata y Sus Obras Todos los Virreyes

Los virreyes del Río de la Plata y Sus Obras

PEDRO DE CEVALLOS (1776-1778). Expulsó a los portugueses y aminoró el contrabando. En 1777 dio el Auto de libre internación; en 1778 habilitó el puerto de Buenos Aires  para el comercio con España. Fomentó la agricultura y la ganadería. Aumentó la seguridad de los caminos interiores mediante fortines y patrullas.

JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO (1778-1783). Nativo de México. Implantó la Aduana (1778) y el régimen de intendencias (1782). Creó: la Casa de Corrección; la Casa Cuna u Hospital de Expósitos, donde se instaló la imprenta que estaba abandonada en Córdoba; el Protomedicato, donde, a principios del siglo XIX, se inició la enseñanza de la medicina; y el Hospicio de Pobres Mendigos.

Instaló el alumbrado público con velas de sebo y aceite; dispuso el rellenamiento de los pantanos y la construcción de la alameda sobre la barranca del río. Habilité el teatro que se llamó Casa de Comedias en el lugar denominado La Ranchería (esquina de las actuales calles Perú y Alsina). lmplantó los reales estudios y creó el Real Convictorio Carolino (1783).

Organizó los bienes de los jesuitas, implantando la Junta Superior de Temporalidades. Contribuyó a sofocar la sublevación de Túpac Amaru.

CRISTÓBAL DEL CAMPO, MARQUES DE LORETO (1783-1789). Durante su gobierno se creó la intendencia de Puno, incorporada al virreinato del Perú en 1796. Prosiguió el arreglo de las calles, haciendo empedrar algunas. Procedió a instalar la Audiencia, instituida durante la gestión de su antecesor.

NICOLÁS DE ARREDONDO (1789-1794). Previamente, fue gobernador interino de La Plata (Charcas). Inició el empedrado de la Plaza Mayor y de la calle de las Torres (actual Rivadavia). Permitió el libre comercio negrero a buques nacionales y extranjeros durante seis años. Esta actividad provocó un litigio con el Consulado de Buenos Aires, que acababa de instalarse. (ver: llegada a Bs.As.)

PEDRO MELO DE PORTUGAL Y VILLENA (1794-1797). Con anterioridad, fue gobernador del Paraguay. Amplié el comercio exterior a Manila y otros puertos del Pacífico. Abrió el comercio de carnes y harina con La Habana. Puso en estado de defensa las plazas fuertes de la Banda Oriental.

ANTONIO OLAGUER FELIÚ (1797-1799). Fue virrey interino, por pliego de providencia. Tomó medidas para impedir el ataque de los portugueses, aliados de los ingleses. Permitió el comercio con buques extranjeros.

GABRIEL DE AVILÉS Y DEL FIERRO (1799-1801). Organizó expediciones a las salinas, en procura de sal. Fomentó el desarrollo de las poblaciones fronterizas con los indios. Durante su mandato se publicó el Telègrafo Mercantil. Apoyé el funcionamiento de la Escuela de Náutica, creada por el Consulado.

JOAQUÍN DEL PINO (1801-1804). En 1776 fue gobernador de Montevideo. Terminó la plaza de toros del Retiro. Se preocupó por la concentración de los lugares de expendio de alimentos, surgiendo así la Recova. Reglamentó el comercio de trigo. Fomenté la minería y la construcción de embarcaciones en Corrientes y Paraguay.

MARQUÉS RAFAEL DE SOBREMONTE (1804-1807). Desempeñó previamente los cargos de secretario de Vértiz, gobernador intendente de Córdoba, subinspector general de las tropas del Virreinato. Introdujo la vacuna antivariólica. Gestionó y consiguió la creación del obispado de Salta. Reformó la universidad de Charcas. Fundó la población de San Fernando de Buena Vista. Durante las invasiones inglesas su actuación fue muy deslucida.

virrey Linniers

La caída de Sobremonte, ocurrida después de la Junta de Guerra del 10 de febrero de 1807, hizo recaer en Liniers el mando militar de todo el Virreinato, conservando la Audiencia el poder político.

El último virrey del Río de la Plata, Baltazar Hidalgo de Cisneros.
Los españoles los consideraban como su libertador; los criollos lo aceptaron con reservas.

Real Audiencia Funciones de las Autoridades Españolas en America

Real Audiencia:Funciones de las Autoridades Españolas

Cuando se descubrió América ante la necesidad de gobernar a los habitantes del Nuevo Mundo, se trasplantaron las leyes e instituciones de Castilla, porque la corona no nos consideró colonias sino parte integrante de la monarquía, pero debió adaptarlas a las necesidades y características De estas tierras. Las principales autoridades locales fueron:

Real Audiencia — Después de la llegada de los españoles a América, cuando se empezaron a suscitar pleitos entre los conquistadores y los habitantes del Nuevo Mundo, fue necesario instalar en las ciudades principales organismos para administrar justicia; fueron las Audiencias adonde se concurría para apelar las resoluciones tomadas por los jueces inferiores.

Las Reales Audiencias eran de origen español. Fueron trasladadas a América para administrar justicia, pero si bien la jerarquía de las americanas era igual a la de las españolas, la jurisdicción de las primeras era superior y pronto adquirieron importantes funciones gubernativas y judiciales, pues como la gran distancia a España dificultaba los trámites, se les dió facultades para resolver por sí mismas en ciertos casos.

Podemos clasificarlas en: a) virreinales: instaladas en la capital del virreinato y presididas por el virrey; b) pretoriales: en la capital de las capitanías generales, presididas por un presidente que era el gobernador y capitán general; c) subordinadas: presididas por un presidente togado. La Audiencia de Charcas era subordinada, la de Buenos Aires fue virreinal.

En el orden gubernativo cada una tuvo absoluta independencia, y en el judicial había una cierta subordinación.

Composición — Un presidente, cuatro oidores, un fiscal en lo civil  otro en lo criminal y funcionarios inferiores. Los oidores debían tener capacitación para ejercer su cargo, y se les tributaron honores.

Sus funciones eran:

a) Judiciales: Las sentencias se hacían en nombre el rey con el sello real. Ante este cuerno se podían apelar las resoluciones de virreyes y gobernadores. Los asuntos civiles y militares eran apelados ante ella en primera instancia y en segunda instancia ante el Consejo de Indias; intervenían en los juicios de residencia.

b) Administrativas: Entendieron en el tratamiento que se debía dar a los indios, así como en cuestiones de diezmo y patronato. Los oidores formaban parte de la Junta de Real Hacienda.

e) Políticas: Los oidores aconsejaban al virrey en asuntos graves de gobierno y el más antiguo reemplazaba en caso de ausencia o muerte, hasta que el rey enviaba sucesor.

Audiencia de Buenos Aires — Felipe IV dió una Real Cédula en 1661 autorizando la creación de la Audiencia de Buenos Aires, por considerar que la distancia que la separaba de la de Charcas dificultada y atrasaba los trámites.

Dependían de la Audiencia de Buenos Aires las provincias del Río de la Plata, Paraguay y el Tucumán y estaba subordinada al virrey del Perú. Empezó a funcionar recién en 1663 y en 1671, por considerarse que no había cumplido con las finalidades que se esperaban de ella, se suprimió. En realidad Lima influyó en esta supresión, que le restituyó todos sus antiguos privilegios.

Al crearse el virreinato del Río de la Plata fue necesario restablecer la Audiencia, dada la gran distancia que lo separaba de Charcas. Por Real Cédula de 1783 fue erigida la Real Audiencia de Buenos Aires, cuyo presidente era el virrey.   

La Real Audiencia era el tribunal de justicia de más alto rango que existía en las colonias. A diferencia de las españolas, las audiencias americanas actuaban también como consejos de Estado, cumpliendo funciones políticas y sociales. Integraban las audiencias americanas un Presidente, cuatro o más oidores o jueces (según la importancia del tribunal), un fiscal y otros funcionarios. La primera audiencia se creó en 1511 en Santo Domingo (no entró realmente en funciones hasta 1526) y la siguieron otras en México, Panamá, Lima, Charcas, Quito, Cuzco, Santiago de Chile, etc. La Real Audiencia de Buenos Aires existió entre 1661 y 1771, siendo restablecida en 4783.

Fuente Consultada: Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.

Los Gobernadores en America Colonial Autoridades Españolas

Los Gobernadores en América Colonial

INSTITUCIONES DE GOBIERNO LOCALES QUE FUERON CREADAS EN ESPAÑA PARA GOBERNAR EN AMERICA

Cuando se descubrió América ante la necesidad de gobernar a los habitantes del Nuevo Mundo, se trasplantaron las leyes e instituciones de Castilla, porque la corona no nos consideró colonias sino parte integrante de la monarquía, pero debió adaptarlas a las necesidades y características De estas tierras. Las principales autoridades locales fueron:

Gobernadores — En los primeros tiempos de la conquista actuaron los adelantados. Más tarde aparecieron los gobernadores que eran nombrados por el rey a propuesta del Consejo de Indias; no había período determinado para su gobierno, duraban tanto como el monarca desease, por lo común de uno a cinco años.

Tenían a su cargo un área reducida, dentro de un virreinato o de una capitanía general, generalmente en regiones fronterizas, que necesitaban defensa

Sus facultades eran amplias y desempeñaban funciones civiles, militares y en algunos casos, judiciales. Dependían directamente del virrey.

En la segunda mitad del siglo XVIII se los reemplazó por los intendentes.

Los intendentes eran funcionarios designados por la Corona y atendían -en territorios designados como gobernaciones intendencias- asuntos político-administrativos, judiciales, económicos y militares. Desplazó al antiguo sistema de alcaldes mayores y corregidores, aunque los intendentes quedaron subordinados a los virreyes.

En el Río de la Plata el sistema se impuso en 1782 mediante una Real Ordenanza que subdividió el territorio en ocho gobernaciones intendencias y cuatro gobiernos militares subordinados.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.

Biografia de Marco Polo Vida y Ruta de sus Viajes a Oriente

Biografía de Marco Polo
Viajes de Marco Polo – La Ruta de la Seda a Oriente

Marco Polo fue un viajero europeo que llegó a China un poco antes de que asumiera la dinastía Ming, cuando el Imperio todavía estaba gobernado por los mongoles. Marco Polo nació en Venecia y pertenecía a una familia de mercaderes, que había llegado a China a través de la Ruta de la Seda y Especias , y que en su segundo viaje Nevaron a Marco.

Una vez en China, Marco Polo pasó a formar parte del cuerpo diplomático del emperador Kublai Khan, para quien llevó a cabo misiones por todo el imperio. En 1292, tras vivir en China durante 17 años, Marco fue enviado por el emperador como escolta de una princesa china en un viaje por mar hasta Irán, tras lo cual regresó a Venecia, donde se convirtió en oficial de la marina.

En una batalla contra la flota genovesa, fue hecho prisionero y durante su cautiverio le contó sus viajes a un compañero, quien los puso por escrito.

Estos relatos se publicaron con el título de Los viajes de Marco Polo, probablemente el libro de viaje más famoso e influyente de toda la historia. La riqueza de sus intensas descripciones supuso para la Europa medieval la primera toma de contacto con la realidad de China, además de las primeras noticias sobre otros países como Siam (Tailandia), Japón, Java, Cochinchina (en el siglo XXI una parte de Vietnam), Ceilán (en el siglo XX  Sri Lanka), Tibet, India y Birmania.

Durante mucho tiempo, esta obra fue la única fuente de información de Europa sobre la geografía y el modo de vida en el Lejano Oriente.

Los relatos de Marco Polo sirvieron para que los europeos se enteraran de muchas cosas respecto a Oriente. Además, sirvieron de modelo para elaborar los primeros mapas fiables de Asia que se hicieron en Europa, y despertaron en Cristóbal Colón el interés por el Oriente, que culminará con el descubrimiento de América en 1492, cuando pretenda llegar a la corte del Gran Khan que Marco Polo había descrito.

También incitó a los portugueses a tratar de abrir una ruta marítima que llegara a China bordeando África, algo que hará el navegante lusitano Vasco da Gama, afines del siglo XV. A partir de esa ruta los portugueses empezarán a frecuentar la costa de China y llegarán a Japón pero, lo más importante, se inmiscuirán en el comercio de la seda.

La dinastía Ming había prohibido el ingreso de los europeos en China hasta ese momento en que los portugueses comiencen a intervenir en el comercio chino, otros europeos se infiltrarán progresivamente hasta que, en el siglo XIX, terminarán desestabilizando al Imperio con sus constantes y ambiciosas exigencias de concesiones comerciales, absolutamente perjudiciales para la economía china.

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Biografía de Marco Polo y sus Viajes

Biografia de Marco Polo Vida Obra Viajes de Marco Polo Ruta de la SedaNarración   Histórica de sus viajes :
En el otoño de 1298, Marco Polo, prisionero de guerra veneciano de edad mediana, estaba en una cárcel genovesa.  Pasaba el tiempo contando un extraordinario viaje que había hecho en otro tiempo.  Las noticias sobre su pasado corrieron por Génova y la gente empezó a acudir a la prisión para oírle hablar de las legendarias tierras del gran Kublai Kan , emperador de los mongoles.

Salpicaban sus relatos los templos dorados, las minas de rubíes y otras maravillas que había visto en sus viajes por el Oriente, así como los suntuosos palacios y la deslumbrante vida cortesana del Gran Kan, que sobrepujaba en refinamiento y elegancia todo lo conocido en la Europa medieval.

Entre los compañeros de cárcel de Marco estaba un tal Rustichello, escritor profesional de novelas nativo de Pisa.  Tan cautivado como los demás con aquellas aventuras, persuadió a Marco de que pidiera a Venecia los libros de notas que había compilado para Kublai.  Aprovechando aquellas historias y notas y agregando uno que otro embellecimiento literario de su cosecha.

Rustichello completó un manuscrito sobre los viajes precisamente antes de la liberación de Polo en 1299.  Poco despu¿s se hicieron varias traducciones que circularon por Europa.  El libro empezó llamándose sencillamente Descripción del mundo, pues no era otra cosa y cubría más comarcas que ninguna otra obra de entonces.  Pero no tardó en ser conocido como

El libro del millón de maravillas del mundo, porque aludía burlonamente a las grandes cifras que daba Polo al mencionar los ingresos y riquezas del Kan.  Aunque hubo muchos lectores incrédulos, la narración de Polo despertó la admiración europea, que duraría siglos, hacia las riquezas y maravillas del fabuloso Lejano Oriente.

En el siglo Xlll, a medida que iba saliendo del aislamiento de la Edad Media, Europa se entregaba con afán a un comercio creciente -aparte de las guerras- en el Cercano Oriente.  Su población en rápido aumento y su desarrollo urbano habían incrementado la demanda de bienes, y como los señores feudales desdeñaban el comercio, surgió una nueva clase media de mercaderes en las villas y ciudades.

Ninguna más propicia para las empresas comerciales que Venecia, situada de modo ideal en el Adriático, vuelta hacia el este.  Fue en aquella ciudad próspera y refinada donde nació Marco Polo en 1254.

Unos meses antes del nacimiento de Marco, su padre Nicolo y su tío Maffeo, mercaderes de joyas, emprendieron un viaje de negocios a Constantinopla.  Los años transcurrían, y el comercio impulsaba a los Polo hacia oriente, hasta que llegaron a Bújara, muy adentro de las tierras gobernadas por los mongoles, o tártaros, como los europeos solían llamarlos.

Allí pasaron los Polo tres años, temerosos de moverse, ya que la región estaba infestada de partidas de guerreros y de bandidos.

Al fin, el enviado de un potentado local invitó a Nicolo y a Maffeo a acompañarlo a la corte de Kublai Kan en China.  Los Polo aceptaron el ofrecimiento de aquel sefíor, pues advirtieron en el acto la oportunidad única de emprender el comercio directo con el Lejano Oriente, evitando los intermediarios árabes y persas, y dichosos de salir de Bújara sin problemas.

En 1265, después de un arduo viaje de un año, Nicolo y Maffeo fueron recibidos por Kublai, nieto del gran constructor del imperio, Gengis, y el emperador más poderoso que el mundo hubiera conocido.  En los 20 años anteriores los habían precedido otros europeos -mercaderes y frailes- en territorio mongol, pero Nicolo y Maffeo Polo eran los primeros que visitaban China y eran presentados en la corte imperial.

Un mapa catalán representa a Marco Polo viajando en una caravana junto a sus hermanos por la ardua Ruta de la Seda, travesía que podía durar hasta cuatro años.

Curioso acerca del mundo entero, Kublai mostró interés en el cristianismo, acaso por razones políticas.  Cuando los Polo iban a partir, les pidió que llevaran una carta al Papa, solicitando que enviara 100 sabios sacerdotes a la corte mongol.  Invitó cordialmente a los hermanos a que volvieran a China con aquellos hombres y les dio una tablilla de oro inscrita que les garantizaría el retorno seguro a su patria.

En 1269, los Polo estaban de vuelta en Venecia .  Sólo entonces supo Nicolo que su esposa había muerto después de dar a luz a un hijo, Marco, al que había encomendado a unos parientes.  Marco, con sus 15 años, era un muchacho bueno y listo, y Nicolo decidió llevarlo consigo cuando regresara a la corte de Kublai.

Dos años después, Marco salió por mar de Venecia con su padre y su tío, rumbo a Catay, es decir China, viaje que representa un tercio de vuelta al mundo.  En Ayas, puerto al sudeste de Turquía, los Polo organizaron una pequeña caravana con camellos, caballos y servidumbre.

Hechos los preparativos, iniciaron la marcha, que habría de poner a prueba su valor y su resistencia física.  Ante ellos se dilataba toda Asia.

Los esfuerzos del Papa para satisfacer la solicitud de KubIai habían fracasado: no cien, sino sólo dos frailes se decidieron a unirse a los Polo.  Pero ahora, ya en camino, a los religiosos los sobrecogió el pánico y temieron por su seguridad.  Fingiéndose enfermos, volvieron atrás y los venecianos siguieron solos.

Marco, joven serio, amante de la naturaleza, empezó a llevar un diario de la expedición.  Como tenía habilidad para las cosas prácticas y los negocios, así como una mente impresionable, viva e indagadora, no se extendió acerca de las molestias personales del largo viaje, sino que sólo consignó todo lo que le parecía extraño y maravilloso: «fuentes» de petróleo, exóticas aves de caza, salinas, feroces puerco espines y minas de rubíes, entre otras muchas cosas.

Con la esperanza de evitar las regiones donde los cruzados y los musulmanes seguían peleando, la pequeña caravana se dirigió al norte.  Al ir llegando al mar Negro, torcieron al este, pasaron cerca del monte Ararat, donde se creía que había encallado el arca de Noé, y se internaron en las colinas de Georgia.

Todo este territorio era familiar a los mercaderes europeos, pero no a Marco, y lo sorprendió la vista de un manantial del que brotaban grandes cantidades de petróleo, un aceite que no se usaba como alimento -añadía-, sino como ungüento para tratar la sarna del hombre y el camello y para quemarlo en lámparas.  Los mesopotamios y los persas usaban desde hacía mucho el aceite fósil o petróleo para alumbrarse y calentarse, pero para un europeo medieval aquello era cosa nueva, pues lo mismo que los romanos y los egipcios, empleaban con tales fines el aceite de oliva, menos eficaz.

Los Polo entraron en Irán y se detuvieron en Saba, de donde habían partido los Reyes Magos siguiendo la estrella hacia Belén.  Marco oyó contar que sus cuerpos estaban perfectamente preservados en una tumba y trató en vano de averiguar algo más.

Los Polo habían llegado a una región remota y poco accesible, y las incomodidades y riesgos del viaje eran grandes.  La caravana apenas recorría de 16 a 30 kilómetros al día, por helados pasos entre montañas, desiertos pedregosos y cuencas de sal ardiente, donde la única agua potable era de un verde bilioso.

Al llegar a Kermán, los Polo pensaron continuar a China por mar, de modo que torcieron al sur, hacia Ormuz, puerto del golfo Pérsico.  De camino, pasaron por pueblos ocultos detrás de altas paredes de barro para protegerse de los karaunas, notorios merodeadores.

De pronto, los karaunas cayeron sobre la caravana en medio de una tempestad de polvo cegadora.  Marco relata que aquellos bandidos habían «adquirido el conocimiento de las artes mágicas y diabóliIicas, merced a las cuales producen oscuridad . . . , [de suerte que] las personas no pueden verse unas a otras, de no estar muy cerca».  Tuvo la fortuna de escapar, con su padre y su tío, y de dar con un pueblo, pero muchos de sus compañeros fueron «capturados y vendidos, y otros fueron muertos».  Marco, con la moderación que lo caracteriza, concluye: «Pasemos ahora a otras cosas.»

Por fin, los Polo llegaron a Ormuz, de clima bochornoso, pero les bastó echar una ojeada a las frágiles naves, de planchas «cosidas» con fibras de cocotero, para cambiar de opinión a propósito del viaje por mar, y regresaron a Kermán.  Tomaron la Ruta de la Seda, que los condujo a Balj, al norte de Afganistán.

Balj había sido una ciudad de palacios de mármol, capital de la antigua Bactriana, donde Alejandro Magno casó con la hija del rey persa Darío.  Pero los venecianos la encontraron convertida en ruinas calcinadas, 50 años después de haber sido arrasada por Gengis Kan.

Los Polo dejaron Balj atrás y pasaron a Badajshán, provincia montañosa al norte del Hindu Kush, donde las mujeres se rellenaban las caderas para aumentar su atractivo, y había minas de rubíes y del mejor lapislázuli del mundo.

Marco consigna: «En esta provincia nacen las piedras preciosas llamadas balax, que son bellas y de gran valor.  Nacen en las rocas de la montaña . . . El rey la manda horadar sólo para él, y nadie puede ir a esa montaña para buscar los balax, so pena de muerte; tampoco se pueden sacar del país … porque si el rey permitiera extraerlas, llegarían a abundar tanto que perderían su valor.»

La región era también famosa por su clima salubre.  «En las cimas de las montañas el aire es tan puro y saludable, que es conocido por restaurar la salud.» Marco lo atestiguó por experiencia propia, pues «luego de estar confinado por enfermedad durante casi un aiío en esta comarca», le recomendaron subir a las colinas, y se curó.

Partidos de Badajshán, los Polo cruzaron Cachemira por la meseta de Pamir.  Marco habla de «carneros salvajes muy grandes, cuyos cuernos miden sus buenos seis palmos.  Con estos cuernos hacen los pastores grandes cuencos para comer».  Estos notables animales, llamados carneros de Marco Polo, siguen siendo una caza mayor muy estimada.

Los Polo siguieron su camino por la meseta de 3600 metros de altitud.  Está enclavada entre cordilleras tan altas «que no se ven pájaros por las cumbres» y los fuegos «no dan el mismo calor que a menor altura».

De las montañas descendieron al Sinkiang, región templada con oasis verdeantes y calcedonia y jaspe en los lechos de los ríos.  Llegados a Lop, se dispusieron a cruzar el sur del desierto de Takla Makan.  Según Marco, tcquienes se proponen cruzar el desierto descansan una semana en esta ciudad para cobrar fuerza y disponerse para la jornada, cargando con provisiones para un mes».

«La longitud del desierto es tal, que se dice que llevaría un año o más cabalgar de un cabo al otro.  Aquí, donde es más angosto, se tarda un mes en atravesarlo.» El desierto de Takla Makan tenía fama de ser morada de espíritus malignos que arrastraban a los viajeros a la destrucción, llamándolos por su nombre y adoptando la apariencia de sus compañeros.

Los Polo tomaron precauciones y cruzaron felizmente un desierto traicionero debido a sus arenas susurrantes y a sus espejismos producidos por las ondas térmicas.

Durante varias semanas bordearon los límites meridionales del desierto de Gobi.  Llegaron a Kumul y penetraron en Mongolia, ya al oriente de Asia.

  Viajaban ahora por regiones habitadas por tártaros.  Marco anotaba todo lo que veía, u oía, desde el auténtico origen del amianto (que los europeos medievales creían que era lana de salamandra), hasta una gigantesca estatua yacente de Buda.  Realizó asimismo una de las primeras observaciones exactas acerca de los mongoles:

«Los tártaros prósperos se visten con paños de oro y seda, con pieles de cibelina, de armiño y de otros animales, siempre de la manera más rica.

«Son valientes en la batalla, casi hasta la temeridad … Soportan toda suerte de privaciones, y [si es preciso] pueden vivir un mes entero de la leche de sus yeguas y de las piezas que por azar lleguen a cazar … Los varones

aprenden a pasar a caballo dos días con sus noches, sin desmontar; así duermen mientras los caballos pacen.  No hay pueblo en el mundo que los supere en fortaleza ante las dificultades, ni de mayor paciencia en las penurias de toda especie …

«Si las circunstancias lo imponen. . ., pueden viajar diez días sin encender una hoguera ni comer como es debido.  Se alimentan de la sangre de sus caballos; les abren una vena y beben de sus propias monturas.»

Los Polo se acercaban a su destino.  Habían recorrido unos 13 000 kilómetros de terreno difícil en los tres años y medio transcurridos desde su salida de Venecia.  Advertido de su llegada, el Gran Kan «mandó salir a su encuentro, y dio órdenes para que en todos los lugares por donde pasaran se les proporcionase todo lo necesarios.

Por fin, en el verano de 1275, entraron los Polo en la ciudad mongol de Shangtu.  El espléndido palacio veraniego del Kan, de piedra y mármol, ocupaba 41 kilómetros cuadrados de parque, regado por muchos riachuelos y poblado de ciervos y otros animales de caza, que el monarca cazaba con guepardos y halcones.

Sentado en un enorme salón dorado, esperaba a los Polo uno de los gobernantes más notables de la historia.  Su imperio, el mayor que el mundo ha visto, se dilataba desde Hungría hasta la costa de China.  Kublai Kan, que tenía alrededor de 60 años, era un hombre bien constituido, de estatura mediana, con las mejillas encendidas y los ojos «negros y bellos».  Su figura, ataviado con una túnica de seda que los bordados de oro atiesaban, era imponente.  Cuando Nicolo presentó a Marco como «vuestro servidor y mi hijo», el Kan replicó: «Que sea bien venido, y mucho me complace.»

Shangtu era la residencia veraniega del Kan.  La capital principal de Kublai estaba a unos 300 kilómetros al sur, en Kambalik (el Pekín actual).  Era una ciudad más espléndida que Shangtu, con palacios de mayor magnificencia aún.  A fines de agosto, Kublai y su corte volvieron a Kambalik, y los Polo fueron también.

Miembro del séquito del Kan, Marco conoció íntimamente la casa imperial.  Kublai vivía con refinada suntuosidad.  Había adoptado muchas costumbres chinas y recibía a sus invitados al estilo chino más grandioso.

En los banquetes, donde a menudo había miles de comensales, se servían por lo menos 40 platos de carnes y pescados, 20 variedades de verduras, 40 clases de frutas y dulces y enormes cantidades de leche y vino de arroz.

Kublai tenía cuatro esposas legítimas, cada una con una corte de 10 000 personas.  Todas ellas tenían el título de emperatrices y en las ceremonias oficiales una de ellas ocupaba un lugar de honor junto al Kan.

Kublai tenía además centenares de concubinas, y cada par de años adquiría 30 ó 40 más.  Marco se enteró de que eran cuidadosamente seleccionadas en cuanto a belleza, y observó que «duermen tranquilamente, no roncan, tienen aliento dulce y están libres de olores desagradables».  Los padres consideraban un honor que sus hijas fueran elegidas, pues muchas veces el Kan daba sus concubinas por esposas a los nobles de la corte.

También servía al Kan un cuerpo de diabólicos astrólogos.  Marco Polo se refiere a ellos con gran desaproba ción:    «Se muestran en un estado sucio e indecente Por añadidura, son adictos a la horrenda práctica de asar y devorar el cuerpo de los condenados a muerte Tan peritos son en su infernal arte, que puede decirse que hacen lo que quieren, y mencionaré un caso, aunque se sale de los límites de lo creíble.

Cuando el Gran Kan está comiendo en su salón la mesa que hay en el centro se halla a una altura de ocho codos*, y a cierta distancia hay un aparador grande, donde están dispuestas todas las vasijas para beber.  Pues bien, por obra de su arte sobrenatural, hacen que las vasijas de vino, leche o cualquier otra bebida llenen las tazas espontáneamente, sin que las toquen los sirvientes y las copas recorren por el aire diez pasos hasta la mano del Gran Kan.  Cuando las ha apurado, regresan al lugar de donde vinieron.

Aquellos brujos de quienes se contaba que controlaban el estado atmosférico, impresionaban tanto al Kan, que dijo a los Polo que el cristianismo no le interesaría a menos que contara con análogos hacedores de milagros.

Igualmente mágica, para ojos occidentales, era la administración del vasto imperio del Kan.  Sus 34 provincias estaban gobernadas por 12 barones responsables sólo ante el Kan.  Un complejo sistema de cómodas postas, separadas por unos 40 kilómetros, con caballos veloces y ligeros, enlazaba las provincias con la capital y aseguraba que las órdenes del Kan fuesen prontamente ejecutadas.

La red de comunicaciones era tan eficiente que un mismo correo llegaba a recorrer 400 kilómetros en un día, y «en la estación de las frutas, lo que es recolectado por la mañana en Kambalik, le llega a la tarde del día siguiente al Gran Kan en Shangtu, aunque la distancia suele considerarse de diez jornadas».

Los viajeros no tenían dificultades con la moneda en la mayor parte del imperio.  Los billetes impresos en la casa de moneda del Kan en Kambalik eran aceptados por doquier, salvo en el lejano sur y el lejano oeste del imperio.  Marco Polo describió cómo unos artesanos hacían los billetes: «Toman la membrana que hay entre la corteza y el tronco.

Remojada y machacada en un mortero hasta quedar reducida a pulpa, se hace con ella un papel.  Lo hacen cortar en trozos de varios tamaños, casi cuadrados. . . El funcionario principal, después de mojar en bermellón el sello real, sella cada trozo de papel … La falsificación es castigada con la pena de muerte.» Transcurrirían 600 años antes de que el papel moneda se utilizara comúnmente en Europa.

Pese a algunas asperezas, el Kan era en muchos aspectos un déspota bastante benévolo.  Si el hambre o la peste afligían cualquier parte de su imperio, suministraba granos y ganado de los bienes imperiales a las víctimas.  Si caía un rayo en un buque mercante, el Kan renunciaba a su parte.  Si admiraba la estructura social y económica de algún territorio conquistado, la dejaba intacta, como había hecho con China.

Marco Polo no averiguó todo esto en seguida, sino a lo largo de muchos años.  Nicolo y Maffeo se establecieron en Kambalik para comerciar, y pocas veces los menciona Marco en el relato de los años que vivieron los tres en China, seguramente porque viajaban mucho.

El avisado joven Polo adoptó en seguida las costumbres tártaras y aprendió a leer y conversar en cuatro idiomas del imperio mongol.  Al Kan le impresionaron tanto su inteligencia y logros que decidió poner a  prueba el talento mercantil de Marco y lo envió con una misión a China sudoccidental, Birmania y Bengala.  «Advirtien de que al Kan le agradaba oír relatos de todo lo que fuera nuevo para él», Marco procuró recabar informaciones correctas, y anotó todo lo que veía y oía.

Durante los 17 años que Marco permaneció al servici de] Kan, se hizo tan útil que se le encomendaron misione confidenciales a todas partes del imperio y sus dependencias.  A veces viajó también por su cuenta, pero siempr con el consentimiento del Gran Kan.

Estas misiones llevaron a Marco por el norte a. Mongo lia, por el sur a Birmania y Bengala, por el oeste a Tíbe y por el oriente a las ciudades de la costa china.  Durant tres años fue el agente del Kan en la hermosa ciudad d Kinsai (Hangchow), al sur del río Yangtzé.

Lo mismo que Venecia, Kinsai estaba construida en tre canales, pero sus dimensiones y magnificencia líacía que Venecia pareciera un poblado.  Kinsai, inform Marco, tenía 160 kilómetros de circunferencia.  Había n menos de 12 000 puentes sobre los canales, y la cali principal, que cruzaba la ciudad de punta a punta, me día 40 pasos de anchura.  La calle estaba interrumpid por 10 enormes plazas rodeadas de altas casas y tiendas donde se vendían vinos, especias, joyas y perlas.  Dos o tres veces por semana, en cada plaza se reunían unos 50 000 comerciantes y compradores.  Marco lo describe así: «Abundan las piezas de caza de todo género, esto es, corzos, ciervos, gamos, liebres, conejos, perdices, faisanes, codornices, gallinas, capones y tantos patos y ocas que no alcanzan las palabras …

«Hay en todo tiempo, en dichas plazas, toda clase de hierbas y frutas y, sobre todo, unas peras grandísimas que pesan cinco kilos cada una, blancas por dentro como una pasta y olorosísimas.  También hay duraznos amarillos y blancos muy delicados… Cada día llega [del mar] gran cantidad de pescado … y también abunda el del lago … de diversas clases según las estaciones del año.»

A Marco Polo le fasinaron los baños públicos, de agua sin calentar, adonde los chinos concurrían a diario.  Al parecer consideraban los baños de agua fría «muy conducentes a la salud».  Sin embargo, también había baños de agua caliente «para los extranjeros, que no soportan la impresión del frío».

Describe también Marco los gremios de artesanos de Kinsai y señala que Kublai Kan no imponía la antigua ley china según la cual todo hombre debía seguir ejerciendo el oficio de su padre: «Cuando adquirían riqueza, se les permitía evitar el trabajo manual, a condición de conservar el establecimiento en buen estado y de dar empleo a personas que practicasen los oficios paternos.»

Marco no restringió sus viajes, en modo alguno, a la comodidad y seguridad de las grandes ciudades.  Viajó por toda China y probablemente llegó a conocerla mejor que la mayoría de los chinos y que sus dominadores mongoles.  Su gira más prolongada fue por las provincias sudoccidentales de Sechuan y Yunnan y por una región que llamó «Tíbet».  Al recorrer aquellas comarcas, quedó cautivado por la moneda de sal que circulaba en Tíbet: «Tienen aguas saladas de las que extraen la sal hirviéndolas en sartenes.

Luego de hervir una hora se cuajan en una pasta a la que se da forma de panes de dos dineros, planos por debajo y redondeados por encima; y cuando están hechos se ponen sobre ladrillos bien caldeados al fuego, donde se secan y endurecen.  En ellas se imprime el sello de] señor.  Tales monedas no pueden ser hechas sino por la gente de] señor.»

Los viajes eran bastante arriesgados, no sólo por los bandoleros sino por los animales salvajes.  Los viajeros obligados a acampar por la noche en despoblado se protegían encendiendo hogueras de bambúes verdes que crecían en la orilla de los ríos.  En la lumbre, las cañas a menudo «estallan con grandes detonaciones» que podían oírse a tres kilómetros y ahuyentaban a los animales.

Marco llegó 4 Birmania, región desconocida para los europeos y que sólo fue explorada seis siglos después.  En aquella remota zona, Marco vio las cosas más raras: gente que se forraba de oro los dientes, hombres tatuados de pies a cabeza.  Se enteró de la singular costumbre de una comarca: «No bien una mujer ha tenido un niño y lo ha lavado y envuelto, el esposo toma su lugar al punto, pone la criatura a su lado y la cuida durante 40 días . . . La mujer amamanta al niño a su lado.»

Diez años más viajó Marco Polo por cuenta del Kan, mientras su padre y su tío se enriquecían con la compraventa de joyas.  Pero anhelaban volver a ver Venecia.  Y Marco explica:

«Cada vez estaban más empeñados en ello, [sobre todo] cuando pensaban en la edad muy avanzada del Gran Kan, cuya muerte, de producirse antes de su partida, podría despojarlos de aquella asistencia general, única con que podrían contar para vencer las dificultades de un viaje tan largo…

«Así que Nicolo Polo aprovechó la ocasión un día, al notar que el Kan estaba más contento que de costumbre; se postró a sus pies y solicitó, en nombre propio y de su familia, el gracioso permiso de Su Majestad para partir.»

Al Kan pareció dolerle.  Que pidieran lo que quisieran, respondió; pero, «por la consideración que les tenía, debía decididamente rechazar su petición».  Los Polo estaban, de hecho, prisioneros, y de no haber sido por un golpe de suerte, la historia pudo no llegar a saber nunca nada de Marco Polo.

Hacia 1286, llegaron a la corte del Gran Kan en sc>licitud de nueva esposa unos enviados de un pariente de Kublai, Arghyn Kan, gobernante de Persia.  Fue escogida una joven de 17 años, «bella y exquisita», ylos enviados partieron con ella por tierra.  Cosa de un año más tarde, la caravana reapareció en Kambalik, rechazada por las belicosas tribus del Asia central.  Se dio el caso de que Marco acababa de volver de un viaje a las Indias Orientales, y los enviados pidieron a los Polo que los guiaran por mar.  Cuando el plan fue expuesto al Gran.  Kan, convino a regañadientes en dejar partir a los Polo y les dio cartas dirigidas a los reyes de Europa.

En 1292 zarpó de China una flotilla de 14 barcos que llevaban a centenares de hombres y mujeres, incluyendo a los tres Polo, a los embajadores de Arghyn Kan y a la joven novia.  Siguieron la costa de China hacia el sur, bordearon Vietnam, llegaron a Sumatra, pasaron a Ceilán y la India, y enfilaron al norte hacia Ormuz.  La incansable curiosidad de Marco le llevó a describir tierras, pueblos y otros temas de que los europeos hasta entonces no tenían la menor noticia: desde una descripción del rinoceronte (al que llamó unicornio) hasta una favorable biografía de Buda.

Por fin, la flota arribó a Ormuz, en el golfo Pérsico, al mismo puerto en el que los Polo habían decidido no embarcarse 20 años atrás.  La travesía había durado un par de años, y no estuvo libre de molestias y peligros.

Marco habla de unos piratas que obligaban a los merca deres capturados a tomar una purga que les hacía vomitar las joyas que se hubieran tragado para ocultarlas.  Muchos de la partida murieron por el camino, pero la voluntad indomable, el vigor y la suerte no abandonaron a los Polo.  La joven fue entregada sana y salva, pero Arghyn había muerto, de modo que la casaron con su hijo.  Los Polo, lejos aún de su patria, prosiguieron por mar y tierra hasta Constantinopla.  Debió de ser un alivio para ellos ir ya de camino hacia Occidente cuando se enteraron de la muerte del Kan en 1294.

En 1295, Marco, Nicolo y Maffeo Polo entraron por fin en el puerto de Venecia, después de una ausencia de 24 años.  Al principio nadie los reconoció, pues habían adquirido «cierto matiz tártaro indefinible, tanto en el aspecto como en el acento».  Los vecinos contaban que los Polo, para probar sus relatos respecto a las riquezas que habían adquirido y a las muchas que habían contemplado, dieron a los suyos un banquete, al final del cual desgarraron las costuras de las toscas vestimentas que traían de Asia y derramaron sobre la mesa gran cantidad de diamantes, perlas, rubíes, esmeraldas y otras piedras preciosas.

La edad de Marco Polo no excedía en mucho los 40 años, pero apenas se sabe algo de su vida posterior.  Debe decirse que nunca volvió a alejarse mucho de Italia.  Tres años después de su regreso, fue capturado por los genoveses.  Liberado de la cárcel, Marco se casó y tuvo tres hijas.  Sin duda, disfrutó de la celebridad que debió a la circulación de su libro, aunque muchos lectores lo acusaron de «contar patrañas».

Cosa singular, al morir en 1324, Marco no era muy rico.  Su última voluntad fue que se liberase al sirviente tártaro que había llevado consigo.  Inevitablemente, en torno al veneciano y sus viajes se multiplicaron las leyendas.  Según unos amigos, alguien preguntó a Marco agonizante si no querría al fin suprimir de su relato «todo lo que fuese más allá de los hechos».  Parece ser que él contestó: «No he contado ni la mitad de lo que vi.»

Pero Marco Polo no tuvo la culpa de lo mucho que otros debieron de añadir a su libro.  Con los años, fue criticado por numerosos errores, on-úsiones y exageraciones; pero no eran nada en comparación con los que aparecían en otros libros de la época.  Cualesquiera que fuesen sus limitaciones, sus observaciones eran indiscutiblemente realistas, e influyeron no poco sobre generaciones posteriores de cartógrafos, geógrafos, viajeros y sabios de toda índole.  Hasta su errónea localización de Japón entre

China y Europa tuvo su importancia: unos 200 años después, uno de los lectores de Marco Polo se lanzó a buscar una ruta occidental al Oriente, llevando consigo un ejemplar cuidadosamente anotado de los Viajes.  Cristóbal Colón no encontró Japón ni China, pero la inspiración que debió a Marco Polo lo llevó a otro mundo nuevo.

    BAJAR EL LIBRO DE MARCO POLO     

Biografia de Vasco da Gama Vida y Obra Viajes de Vasco de Gama

Biografía de Vasco da Gama Vida y Obra
Viajes de Vasco de Gama

vasco de gama

Gama, Vasco da (c. 1469-1524), explorador y navegante portugués, fue el primer europeo que llegó a la India por la ruta que rodea África, dando por finalizada la búsqueda que Enrique el Navegante comenzara ochenta años antes.

Nació en Sines, Alentejo (en la actualidad conocido como Baixo Alentejo). Durante su juventud luchó en las guerras contra Castilla.

El rey de Portugal, Manuel I el Afortunado, le encargó la misión de llegar a la India por mar, zarpando de Lisboa, con cuatro barcos, el 9 de julio de 1497.

En noviembre rodeó el cabo de Buena Esperanza (que fue bordeado por primera vez en 1488 por el también navegante portugués Bartolomeu Días de Novaes); después se detuvo en Malindi, en la costa este de África.

Con la ayuda de un guía, que consiguió a través de unos mercaderes indios en ese mismo puerto, Gama siguió su viaje rumbo al este, para el 20 de mayo de 1498 llegar a Calicut (actual Kozhikode), en la costa de Malabar, en la India, donde debido a la hostilidad de los comerciantes musulmanes no pudo crear un puesto comercial portugués. Además, hubo de negociar su salida del puerto de Calicut antes de regresar a Portugal, en 1499.

En su país fue recibido con elogios, recompensado económicamente y autorizado a usar dom delante de su nombre. Para continuar los descubrimientos de Gama fue enviado a la India Pedro Álvares Cabral, que tuvo más suerte en el establecimiento de un puesto comercial portugués en Calicut.

Cuando se supo en Portugal que en el puesto creado por Cabral había sucedido una masacre, Gama, que ya había sido nombrado Almirante de la India, recibió el encargo de vengar la salvaje acción. Mientras se dirigía a Calicut fundó varias colonias en Mozambique y Sofala (que en la actualidad está integrada en Mozambique), en el este de África. Cuando llegó a Calicut, Gama subyugó a sus pobladores y obligó al rajá a restaurar la paz.

Después, abandonó la India y zarpó rumbo a Portugal, en 1503, con una valiosa carga de especias. Durante los siguientes 20 años no realizó ningún servicio como navegante, pero recibió el título de conde de Vidigueira en 1519. Cinco años más tarde fue nombrado virrey y viajó a la India con la misión de acabar con la creciente corrupción de las autoridades portuguesas de la colonia. Gama desembarcó en la India en el otoño de 1524, pero falleció en Cochin a los tres meses escasos de su llegada.

 Vasco da Gama llegó a Kozhikode

Una Triste y Dura Historia de Respeto

 Vasco da Gama llegó a Kozhikode (llamada a veces Calicut), puerto situado a orillas del mar de Arabia, sobre la costa suroccidental de la India, en 1498, ansioso de las especias asiáticas, pero venía mal preparado. Según la costumbre, la manera apropiada de honrar al gobernante de Kozhikode, llamado zamorín, en especial si se deseaba algún favor, era colmarlo de costosos regalos. Gama tenía poco que dar, y no consiguió impresionar a los indios con los productos que traía. Con vasijas para lavar, rollos de tela, sombreros, cuentas y terrones de azúcar habría quedado bien en las costas de Guinea, en África oriental, pero tales pro­ductos eran naderías en la rica Kozhikode.

Gama tuvo que esforzarse para lograr un acuerdo comercial con el zamorín; finalmente, al cabo de tres meses de súplicas, recibió la aprobación. Aun con sus limitados productos, logró comprar suficientes especias como para impresionar a la gente a su regreso a Lisboa.

 El primer viaje de Vasco da Gama pareció señalar la vía hacia un comercio tranquilo. Empero, antes de su regreso a Kozhikode, el tono de las relaciones entre Oriente y Occidente se volvería amenazador. En su segundo viaje al este, en 1502, en lugar de ganarse el favor del zamorín, Gama recurrió a la intimidación mediante la más horrible violencia.

Sólo dos de los cuatro barcos de Gama, y 55 hombres de la tripulación original de 177, sobrevivieron al primer viaje de ida y regreso a la India. Éstas se consideraban pérdidas razonables para la época, en especial para tan importante descubrimiento.

El rey Manuel de Portugal, patrocinador de Gama, quedó tan contento que, en 1500, costeó una segunda expedición comandada esta vez por Pedro Álvarez Cabral. Camino abajo, costeando el litoral africano, Alvarez Cabral se desvió tanto hacia el occidente que descubrió Brasil y tomó posesión de él en nombre de Portugal, dando así al rey Manuel, quien tenía ya la ruta hacia Asia, una porción del Nuevo Mundo.

Cabral doblé el extremo de África y continuó hacia Kozhikode, en donde recogió los frutos del trabajo de Gama en cuanto a privilegios comercia les, negociando un completo tratado con el zamorin. Dejó además en la India un pequeño grupo de portugueses con el objeto de que recolectaran información para el rey Manuel.

Aunque la misión de Cabral en la India fue exitosa, los hombres que dejó fueron asesinados. Cuando llegaron a Portugal las noticias de la masacre, el rey Manuel se enfadé pues pensaba que los funcionarios indios debían haber protegido a sus representantes. Manuel necesitaba mostrar a los indios que estaban obligados a respetar a los portugueses, así que envió a Gama de nuevo a la India, en 1502. En esta oportunidad, Gama iba armado hasta los dientes, y no estaba dispuesto a solicitar el favor del zamorín, como lo había hecho en 1498.

 Durante el viaje, los barcos de Gama interceptaron un velero árabe, conocido como dhow, que llevaba de vuelta a casa musulmanes que venían de una peregrinación a la Meca. Demostrando una nueva y militante actitud hacia los orientales, el comandante se enfrentó a los árabes y les exigió la entrega de todos los tesoros que iban a bordo. Como éstos no se movieran lo suficientemente rápido, ordenó a sus hombres tomar el dhow al abordaje.

Los portugueses se apoderaron de todo el dinero y los bienes de los árabes, y luego emplearon pólvora para incendiar el dhow con toda la gente a bordo. Uno de los hombres de la tripulación de Gama conté “380 hombres y muchas mujeres y niños”.

Al llegar a Kozhikode, Gama no se molesté con regalos para el zamorín ni presentó súplica alguna. Por el contrario, exigió la rendición del zamorin y que los musulmanes, a quienes culpaba de la muerte de los portugueses que Cabral había dejado, fueran expulsados a puntapiés de la ciudad. El zamorín trató de ganar tiempo y de negociar la paz.

La respuesta del comandante de los portugueses a las proposiciones de paz fue un bote repleto de restos humanos: manos, pies y cabezas de pescadores y mercaderes indios. Los europeos escogían al azar a sus víctimas de los pequeños botes que pasaban por el puerto, ponían nudos corredizos alrededor del cuello de los hombres y los colgaban, sólo como espectáculo, antes de descuartizarlos. Gama envió al zamorín la espeluznante carga con un mensaje en árabe, en el que sugería al gobernador que se preparase unacena con tales bocados.

La horripilante táctica funcioné. Gama obtuvo su carga de tesoros para llevar de regreso a Lisboa, y dejó en el puerto de Calicut una fuerza naval permanente de cinco barcos.

CRONOLOGÍA DEL VIAJE DE GAMA:

8 de julio de 1497.
Las cuatro naves destinadas a la gran aventura zarparon del puerto de Lisboa. Entre los 160 hombres que componían la tripulación, figuraba también Bartolomé Días. Por orden del rey, debía desembarcar en Mina (golfo de Guinea) para asumir la dirección de ana importante factoría comercial en aquella colonia portuguesa.

14 de julio.
Después de doblar la isla de Madeira, las carabelas avistaron el cabo Nao y dejaron atrás el vecino cabo Boj ador. Este punto era llamado «finis Africae«, o sea límite extremo de África, hasta 1434, año en que el navegante Gil Eannes había logrado superarlo.

16 de julio.
Las carabelas echaron ancla en una bahía de la isla llamada de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde. Aquí Bartolomé Días se separó de los tripulantes de la expedición para proseguir el viaje por la Guinea Portuguesa. Hacia fines de julio, Vasco de Gama impartió órdenes para reanudar el viaje.

Mediados de octubre.
Después de semanas y semanas de navegación en el océano, durante las cuales una violenta tormenta amenazaba destruir a la San Gabriel, las carabelas cruzaron la línea del ecuador. Se encontraban, pues, en el hemisferio de la Tierra donde, según los sabios antiguos, la nave que osara entrar se precipitaría en los abismos.

8 de noviembre.
«¡Tierra! ¡Tierra!» gritaron los vigías. Después de 7.000 kilómetros de océano, semejante grito hizo regocijar a todos de alegría. Vasco de Gama ordenó desembarcar en una bahía, a la que llamó de Santa Elena. Después de algunos días se reanudó la navegación.

 22 de noviembre.
Alcanzado el extremo límite de África, los vigías avistaron el cabo de Buena Esperanza. ‘ Según una antigua leyenda, recogida por Camoens en su poema Os Lusiadas, la imponente mole rocosa de este cabo era habitada por el gigante Adamástor, el «Genio de las tempestades». Se decía también que Adamástor desencadenaba su furia dando muerte a todos aquellos temerarios que intentaran aventurarse en las proximidades de su morada. Después del audaz viaje de Bartolomé Días, ¿qué valor podía tener semejante leyenda? Y en verdad, sin temor alguno, Vasco de Gama impartió la orden de doblar el tan temido cabo. Ahora las cuatro carabelas afrontaban el océano índico.

Navidad 1497.
Luego de costear el litoral oriental del continente africano, las carabelas echaron anclas en una bahía, a la cual, por la fecha, Vasco de Gama impuso el nombre de «Porto Natal».

7 de enero de 1498.
Prosiguiendo la navegación costera, las carabelas se hallaron a la vista de un río en cuyas aguas navegaban muchos barcos de vela tripulados por negros. Vasco de Gama averiguó que se trataba de cafres, habitantes del reino de Monomotapa. Vasco de Gama bautizó esa comarca con el nombre de«Terra da boa xente».

Mediados de febrero.
Las carabelas portuguesas echaron anclas en la desembocadura del Zambeze. Vasco de Gama vino a saber que a este territorio llegaban los mercaderes árabes y que las Indias no eran desconocidas para aquellas poblaciones negras. Alborozados por la noticia llamó a ese río «Rio das Boas Sinaes» (Río de las Buenas Señales).

14 de abril.
Después de haber permanecido durante algunos días en Mozambique, los exploradores hicieron una nueva escala en Mombasa. ¿Por qué Vasco de Gama continuó navegando a lo largo de la costa africana, en lugar de dirigirse hacia la India? La razón estaba en que le fue encomendada la tarea de determinar la configuración de la costa oriental de África. De acuerdo con sus observaciones se pudo diseñar un mapa del continente ajustado a la realidad.

20 de mayo.
Luego de haber zarpado del, puerto de Melindi en los primeros días de mayo, con el alba del 20 las carabelas echaron anclas en Calicut, sobre la costa de Malabar. Después de más de 10 meses de’ navegación se había alcanzado la gran meta. ¡La ruta marítima para llegar a las Indias Orientales había sido finalmente descubierta».

Las Carabelas de Cristobal Colón

La Vuelta al Mundo de Magallanes Biografía e Historia

La Vuelta al Mundo de Magallanes

EL LARGO Y TRÁGICO VIAJE DE MAGALLANES: Un día del otoño de 1516, un soldado lisiado se prosternó torpemente ante su rey, Manuel I de Portugal. El soberano contempló con cierto desagrado a Fernando de Magallanes. En los últimos años, los superiores de quienes Magallanes había osado discrepar habían hecho correr informes malintencionados acerca de su conducta.

Mas no había quien pusiera en tela de juicio su noble cuna, sus brillantes hazañas militares y su inflexible lealtad a la Corona. De mala gana, el rey Manuel le hizo seña para que hablara.

Magallanes relató que, a los 36 años, lo habían empobrecido ocho de navegar, explorar y combatir por la Corona en África y las Indias portuguesas. Más aún, había sido gravemente herido tres veces al servicio del monarca, incluyendo una lanzada en la rodilla que lo dejó cojo para siempre. Solicitaba humildemente un aumento en su pensión. Manuel I, que no era nada dadivoso, denegó la petición.

Sorprendido y dolido, Magallanes siguió arrodillado. ¿Podría entonces dársele el mando de alguna carabela rumbo a las Indias, para tratar de rehacer su fortuna? Tampoco, respondió el rey; no había lugar para él al servicio de Portugal. El soldado, humillado, sólo pudo hacer una petición más: que se le permitiera servir a algún otro rey. Manuel lo despachó, rezongando que no le importaba dónde fuera o qué hiciera Magallanes.

Amargamente humillado, Magallanes pasó meses dando vueltas a aquellas ásperas palabras. Poco a poco fue forjando un plan. Su amigo Francisco Serrano, que se había establecido en las Molucas, llevaba años apremiándolo para que se le uniera. Aquellas islas, enclavadas al oeste de Nueva Guinea, eran conocidas también como islas de la Especiería, por ser fuente de la mayor parte de las especias que los europeos codiciaban ardientemente. Además, añadía Serrano, los beneficios del tráfico de especias eran fabulosos.

Magallanes acabó escribiendo a su amigo: «Pronto llegaré contigo, si no por cuenta de Portugal, por la de España.» Y mientras escribía estas palabras históricas, evocaba mapas y globos que había visto en el gabinete cartográfico real, en Lisboa, así como los insistentes rumores acerca de la existencia de un estrecho inexplorado, en el continente sudamericano, hasta el «Mar del Sur» (el Pacífico) que Balboa acababa de descubrir. De conseguir dar con el estrecho, podría abrir una vía occidental a las Indias, en lugar del largo camino alrededor de África y a través del océano Indico que los portugueses usaban y defendían fieramente.

Por suerte para Magallanes, en España varios hombres de importancia ponderaban la misma posibilidad. Y todos convinieron en que Fernando de Magallanes, con su rica experiencia de las Indias, era el hombre más indicado para la empresa. No bien lo llamaron de España, Magallanes abandonó Portugal.

A su tiempo, los que apoyaban a Magallanes le concertaron una entrevista con Carlos 1 de España, rey de 17 años que debía dar el visto bueno a la expedición. Todo marchó bien desde el primer momento. El joven monarca quedó impresionado por el veterano rengo, con su apasionada ambición, su lógica geográfica y su conocimiento personal de las Indias. Seguramente las hazañas pasadas de Magallanes y lo apasionante del viaje propuesto despertaron también el sentido aventurero del joven rey. En cualquier caso, sabía bien qué beneficios podía esperar España si rompía el monopolio portugués del tráfico de especias abriendo un nuevo camino a las Indias por el occidente. El 22 de marzo de 1518 el rey Carlos aprobó que se costeara «un viaje para descubrir tierras desconocidas» pasando por el estrecho, y designó a Magallanes capitán general de la expedición.

En Sevilla hicieron falta 18 meses para completar los preparativos del viaje. Tan largo retraso obedeció en parte a las maquinaciones del cónsul del rey Manuel en Sevilla. Aunque el destino de la expedición era un secreto oficial, los espías de Manuel se habían enterado de la verdad, y el rey estaba dispuesto a evitar aquel intento español de apoderarse de las riquezas de unas Indias que él tenía por dominio personal. Aun más siniestros eran los empeños de don Juan de Fonseca, obispo de Burgos y consejero del rey de España, y de los banqueros alemanes que sufragaban la expedición. Aterrados por las generosas recompensas prometidas a Magallanes por el rey Carlos, y temerosos de que la expedición resultara «demasiado portuguesa», decidieron limitar la autoridad de Magallanes. Al cabo de unos meses de intriga, el obispo Fonseca consiguió que su hijo natural Juan de Cartagena fuera nombrado capitán de uno de los barcos (los demás estaban al mando de oficiales portugueses) y colocados en puestos clave otros españoles más.

Mientras tanto, Magallanes trabajaba metódicamente aprovisionando su flota para la exploración. Fueron adquiridas cinco naves: la Trinidad (nave capitana de Magallanes), la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. «Muy viejas y remendadas», escribía desdeñosamente al rey Manuel el cónsul portugués, «no quisiera navegar en ellas, así fuese a las Canarias, pues tienen las cuadernas como manteca.» No advertía que Magallanes, tan marino como soldado, mandaba reconstruir los barcos para que resistieran los azares del viaje.

Uno de los grandes problemas fue el reclutamiento de marineros suficientes para tripular la flota. Los orgullosos marineros castellanos no querían servir a un comandante extranjero. Peor aún: el taciturno Magallanes se negaba a decir exactamente adónde iba, y los marinos profesionales no se decidían a comprometerse en una expedición de dos años o más a «un mundo desconocido». A decir verdad, parece que el único que se alistó gustoso fue Antonio Pigafetta, joven noble italiano que quería ver las «grandes y maravillosas cosas del océano». Acaso fuera también secretamente espía de los mercaderes venecianos interesados en el tráfico de las especias. En todo caso, la historia tiene una deuda con Pigafetta, pues su diario, vívido y detallado, es una narración de primera mano de aquel trascendental viaje de Fernando de Magallanes.

Pese a las dificultades, el capitán general consiguió al fin una tripulación completa de unos 250 hombres, que incluía italianos, franceses, alemanes, flamencos, moros y negros, a más de españoles y portugueses. Parecía confiar en que su personalidad de hierro aglutinaría aquel conjunto heterogéneo en un cuerpo disciplinado.

El 20 de septiembre de 1519 todo estaba al fin dispuesto. Retumbó el cañón y ondearon banderas mientras las cinco naves enfilaron al Atlántico desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir. El 26 de septiembre abordaron las Canarias para acabar de abastecerse y tomar agua dulce. A las pocas horas arribó un barco al puerto con una carta urgente para Magallanes de sus amigos de España. El mensaje era alarmante: Cartagena y los suyos proyectaban amotinarse y matar al jefe. Fríamente, Magallanes decidió no hacer más de momento que vigilar de cerca a Cartagena. Confiaba en que,, llegada la ocasión, su experiencia de soldado seria más que suficiente ante cualquier insubordinación.

Pocos días después, la pequeña armada siguió hacia el sur por la costa de África. Las instrucciones de Magallanes fueron característicamente rotundas: «Seguid de día mi bandera y de noche mi farol.» Cojeando silencioso por el puente de mando de la Trinidad, repartía su atención entre el océano desierto, delante, y los cuatro navíos que espumaban detrás. Antes de la puesta del Sol, hacía que sus capitanes se acercaran a la nao capitana y gritaran según se acostumbraba en aquella época: «Dios os salve, capitán general y señor, y a la tripulación del barco.» Por este procedimiento, Magallanes recordaba a todos los expedicionarios que su autoridad era absoluta.

Ardiendo de rencor, Cartagena esperaba una oportunidad de salir al paso al capitán general. Llegó cuando Magallanes, fiel a su formación portuguesa, siguió el camino de da Gama, costeando África un trecho antes de poner rumbo al occidente por el Atlántico. Cartagena preguntó incisivamente por qué la expedición no seguía un «itinerario español», diagonal hacia el sudoeste. La res puesta lo dejó frío. Magallanes se limitó a decirle que atendiera a sus obligaciones y cumpliera las órdenes recibidas.

Después de sufrir violentas tormentas frente a Sierra Leona, la flota cambió al fin rumbo y puso proa a sudoeste, pero no tardó en quedar atrapada por las calmas chichas ecuatoriales. Los barcos pasaron tres semanas quietos en el mar vitrificado. La brea se derretía, los palos se resquebrajaban con el calor abrasador, y los hombres empezaron a rezongar sospechando que el viaje era inútil.  Pero el menudito capitán general seguía envuelto en su silencio acostumbrado.

Al fin se alzó el viento y los barcos reanudaron su camino. Las noticias son vagas y contradictorias, pero el hecho es que Cartagena volvió a desafiar la autoridad de Magallanes. Un atardecer, en vez de gritar personalmente el saludo acostumbrado, se lo encomendó al contramaestre, que se dirigió groseramente al capitán general llamándolo «capitán» a secas. Magallanes reprendió duramente al marinero, pero no hizo de momento nada contra Cartagena. Sin embargo, tres días después Cartagena declaró rotundamente ante Magallanes que ya no obedecería sus órdenes. Era rebelión abierta, exactamente lo que Magallanes estaba esperando. Agarró a Cartagena por la chorrera y con voz de hielo hizo constar que el español era su prisionero. El rebelde quedó custodiado por otro oficial y aquella tarde un nuevo capitán obediente dio el grito en su lugar.

Vientos favorables empujaban a los barcos a través del Atlántico y no tardaron en perfilarse en el horizonte las costas de Brasil. La flota navegó hacia el sur siguiendo costas vestidas de selva y ancló a mediados de diciembre en la espléndida bahía donde más tarde se alzaría Río de Janeiro. Allí, Magallanes concedió a sus fatigados marineros un par de idílicas semanas en tierra.

Los indios de la región, anota Pigafetta, eran caníbales. Por suerte para los europeos, fueron recibidos como dioses y festejados con banquetes de lechón y piñas, cambio gratísimo después del cerdo salado y la galleta de a bordo. Pasaron también muy buenos ratos persiguiendo a las muchachas indias, que iban desnudas y a quienes sus padres anhelaban dar como esclavas a cambio de un cuchillo o un hacha. El matrimonio, por el contrario, lo respetaban celosamente los brasileños: «Pero no nos ofrecieron nunca a sus mujeres: además, no hubieran éstas consentido entregarse a otros hombres que no fuesen sus maridos, porque a pesar del libertinaje de las muchachas, su pudor es tal cuando están casadas, que no toleran nunca que sus maridos las abracen durante el día.»

Magallanes, que se había casado poco antes con una española, se mantuvo apartado hasta que llegó el momento de reintegrar a sus deberes a los hombres reacios. Había barricas de agua corrompida que lavar y dar. El 27 de diciembre, entre los adioses lacrimosos de las muchachas nativas, el capitán general ordenó a sus hombres levar anclas y poner rumbo al sur en busca del estrecho.

El primer día del año 1520 pasó casi inadvertido. Los vigías escrutaban la costa impenetrable de Brasil buscando señales del estrecho. Cundió la esperanza cuando, al cabo de dos semanas y 1200 millas de navegación, descubrieron un vasto canal al oeste, hacia la latitud donde todos los mapas situaban el estrecho. Pero el canal se estrechó en seguida, pues no era sino el estuario del río de la Plata.

Amargamente desengañado, Magallanes concluyó que los mapas estaban equivocados. El estrecho debía de estar más al sur, en las heladas regiones de la Terra Australis, el legendario continente cuya existencia se suponía en lo bajo del globo terráqueo. Muchos marineros se desanimaron tanto que quisieron regresar, pero la férrea voluntad de Magallanes y su desprecio de la cobardía les hicieron seguir. Batidos por mares salvajes, vientos huracanados y granizadas interminables, los cinco navíos seguían adelante mientras se acercaban el otoño y el invierno australes. El hielo empezó a trabar los aparejos; los marineros no daban abasto a quitarlo. El mismo capitán general no dormía más de un par de horas seguidas y, como el resto de la tripulación, pasó semanas enteras sin probar una comida caliente. Se cuenta que Cartagena masculló: «Este loco nos lleva a la destrucción. Con la ambición puesta en encontrar el estrecho, acabará por crucificamos a todos.»

A fines de marzo, Magallanes se compadeció de su tripulación aterida y decidió invernar en tierra. La flotilla recaló en una bahía imponente pero abrigada, que llamaron Puerto de San Julián, cerca de la punta meridional de Argentina. Ningún nativo les dio la bienvenida.

Odo eran montes grises y playas desoladas. Descendió sobre ellos, como una niebla, la depresión. Llevaban seis meses en el mar y no habían llegado a nada ni encontrado nada. ¿De qué serviría a España aquella costa estéril? ¿Dónde estaba el imaginario estrecho hacia las islas de las especias?

Los capitanes rogaron a Magallanes que volvieran a la patria, o al menos a las latitudes más clementes del río de la Plata para pasar el invierno, pero Magallanes se negó tercamente hasta a discutió el asunto. En seguida estalló el motín que tanto había esperado. Según Pigafetta, el cabecilla era Juan de Cartagena. Amo de tres barcos, al parecer planeaba lanzarse hacia la entrada del puerto y poner proa a España, pero no estuvo a la altura de Magallanes, quien metió algunos de sus hombres a bordo de un barco amotinado para que se apoderasen de éste, y una vez dueño de tres barcos cerró la boca del puerto y recuperó el dominio sobre las cinco naos.

Magallanes juzgó inmediatamente a corte marcial a los jefes de la conjuración y todos ellos fueron hallados responsables de amotinamiento. Con sombrío sentido teatral, dispuso una ejecución ritual ante un fondo de rocas ásperas, en presencia de oficiales y marineros. Uno de los capitanes amotinados fue llevado al tajo y allí su propio sirviente le cortó la cabeza. Su cuerpo y el de otro capitán muerto en la pelea fueron arrastrados y descuartizado,,,, y los miembros colgados de cuatro horcas alzadas en la playa de la bahía. La autoridad de Magallanes estaba restablecida incuestionablemente. En cuanto j Juan de Cartagena, acompañado de un clérigo amotinado, fue abandonado cuando la flota al fin volvió a ponerse en marcha.

Pasaron dos meses en Puerto de San Julián antes de ver nativos, hasta que «un día vimos de repente un hombre desnudo de estatura gigantesca, bailando en la playa, cantando y echándose polvo en la cabeza … Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados por un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo.»

No tardaron en aparecer más gigantes, que entablaron buenas relaciones con los exploradores, hasta el punto de bailar con ellos, dejando huellas de medio palmo de profundidad en la arena. Al parecer rellenaban con hierba seca las pieles en que se envolvían los pies, a fin de proporcionarse más calor, lo cual daba la impresión de unos pies descomunales, por lo que Magallanes llamó 11 patagones» a los gigantes, y la comarca no tardó en ser conocida con el nombre de Patagonia.

Con el apremio de seguir la exploración, Magallanes mandó la Santiago a reconocer la costa hacia el sur. El barco se perdió en una tormenta, pero los sobrevivientes (por suerte todos, menos uno) informaron haber hallado un puerto mucho más favorable. A él se dirigieron a fines de agosto los cuatro barcos restantes, después de cinco meses en el tétrico fondeadero de Puerto de San Julián, y allí permanecieron hasta el 18 de octubre.

Para entonces se acercaba rápidamente la primavera austral y Magallanes ansiaba seguir la busca del huidizo estrecho. Tres días después y aproximadamente cien millas más al sur, la flota costeó un cabo arenoso y entró en otra vasta bahía. Los capitanes protestaron diciendo que era inútil perder tiempo explorándola: no podía haber estrecho en el extremo occidental de la bahía. Pero el capitán general no estaba dispuesto a perder ninguna oportunidad. Ordenó a los capitanes de la Concepción y la San Antonio que buscaran en la bahía una salida por el oeste.

Una repentina tormenta hizo desaparecer los dos barcos tras un promontorio rocoso que asomaba en la bahía, y el viento impidió a Magallanes seguirlos durante dos días. Cuando por fin consiguió doblar el cabo, no tardó en ver los dos barcos perdidos, con gallardetes al viento y disparando cañonazos. De fijo tenían buenas nuevas, pero el capitán general, con su dominio acostumbrado, no prorrumpió en expresiones de alegría. Se limitó a inclinar la cabeza y santiguarse. Pronto la San Antonio se acercó para que su capitán anunciara gozoso que los barcos habían navegado más de 100 millas por un canal angosto y hondo, con marcas muy notables y sin rastro de agua dulce. No era la desembocadura de un río, debía de ser el estrecho al gran Mar del Sur.

La flotilla se adentró majestuosamente por un paso imponente, entre montañas altísimas. «Y pensaron que en el mundo no había mejor ni más hermoso estrecho que éste», declaró Pigafetta entusiasmado. Este estrecho de Todos los Santos, como lo llamó el capitán general, y que hoy lleva, con justicia, su nombre, no es un canal ordinario. Su anchura varía entre 3 y 30 kilómetros, y constituye un laberinto líquido lleno de quiebros, vueltas y ramificaciones que llevan a incontables callejones sin salida y angosturas. Salvo unas cabañas llenas de cuerpos momificados y la breve visita de una canoa de nativos que desaparecieron misteriosamente en la noche, los exploradores avistaron pocas señales de vida humana. Pero más adelante vieron parpadear y lucir hacia el sur muchas hogueras, y Magallanes llamó al lugar Tierra del Fuego, como sigue llamándose hasta la fecha la gran isla que hay al sur del estrecho.

Toparon con una isla grande en el canal y Magallanes ordenó al capitán de su nave de mayor tamaño, la San Antonio, que explorara su lado meridional mientras el resto de la flota seguía por la orilla norte. No tardaron en encontrar un buen lugar donde fondear en la desembocadura de un río pululante de sardinas. Magallanes puso a su tripulación a salar una buena provisión de pescado. Luego, en vez de arriesgar su embarcación por aquellas aguas inexploradas, mandó algunos marineros en un esquife a buscar una salida al mar. Pocos días después volvieron, gritando que la habían hallado. La nueva produjo a Magallanes tal emoción que, según Pigafetta, aquel hombre de hierro lloró.

Pero la San Antonio no volvió. Teniendo que hubiera naufragado, Magallanes perdió cerca de tres semanas buscándola en vano, hasta que tuvo que rendirse a la triste evidencia de que la tripulación había desertado y retornado a España, llevándose gran parte de las escasas provisiones de la flota. Aunque la catástrofe dejó a Magallanes bastante desabastecido, resolvió seguir hacia el oeste entre las brumas, vueltas y aguas agitadas del estrecho. Finalmente, el 28 de noviembre, los tres barcos salieron de los 450 kilómetros de canal a un océano vasto y pacífico. Después de la indispensable ceremonia de acción de gracias, Magallanes anunció a sus oficiales: «Señores, navegamos por aguas que ningún navío recorrió antes. Ojalá siempre las hallemos tan sosegadas como esta mañana. Con esta esperanza llamaré a este mar, Pacífico.»

En vez de lanzarse osadamente al noroeste por la inmensa extensión del océano, Magallanes avanzó hacia el norte durante algún tiempo, siguiendo la costa de lo que hoy es Chile. Aunque este derrotero sólo sirvió para aplazar la angustia de adentrarse en la soledad, trajo consigo una apreciable ventaja: algo de calor. Los exhaustos marineros de Magallanes, que llevaban tiritando desde su llegada a Puerto de San Julián, más de ocho meses antes, se regocijaron al sentir que el sol y un aire más benévolo les acariciaban la piel.

Los barcos prosiguieron hacia el norte por espacio de casi tres semanas hasta que Magallanes, preocupado por la disminución de las provisiones, dio la orden decisiva de poner rumbo al noroeste. La señal corrió de buque en buque, tres timones viraron a estribor y la flotilla se adentró en el mar abierto. Magallanes no podía saber que en su recorrido pasaría de largo cerca de innumerables islas que salpican el Pacífico central, ni que aún lo separaba de las Molucas sin océano que cubre un tercio de la superficie terrestre.

El año de 1521 se inició sin novedad; día tras día, semana tras semana los vigías escrutaban el horizonte esperanzados, pero las anheladas islas no aparecían. Se hubiera dicho que los tres barcos chapoteaban sin adelantar en un disco inalterable y enorme de agua azul, sin fin visible.

Los horrores del hambre no tardaron en ser una atroz realidad. Pigafetta recuerda con vivos tonos que comíais galleta y, cuando se acabó, buscaron tiligas, que estaban llenas de gusanos y hedían a olores de ratón. Bebieron agua amarilla, podrida de varios días. Y llegaron a comer pedazos del cuero con que habían recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas … Estaba tan duro que era preciso remojarlo en el mar durante cuatro o cinco días, y en seguida lo cocían y comían, lo mismo que el aserrín. Los marineros hambrientos, debilitados por el escorbuto, se disputaban las ratas atrapadas en la bodega.

El sufrimiento de sus hombres suscitó en Magallanes un imprevisto caudal de compasión. Todas las mañanas cojeaba entre las víctimas, cuidando de los que habían escapado de la muerte durante la noche. Pigafetta advirtió con admiración que el capitán general «nunca se quejan. nunca se hundía en la desesperanza».

Por fortuna, el 24 de enero, después de casi dos meses de navegar sin ver tierra, apareció en el horizonte un diminuto atolón deshabitado. Los hambrientos marineros se atracaron de aves marinas y huevos de tortuga y renovaron su provisión de agua dulce. Un par de semanas después vieron otra isla, pero el viento se llevó de largo a la flotilla sin que los pilotos pudieran remedlirio.

Siguieron pasando semanas. El 4 de marzo llevaban 97 días viajando por el Pacífico- los hombres de la Trinidad comieron la última migaja. Dos días después uno de los pocos que conservaban fuerzas para trepar a la arboladura gritó roncamente desde lo alto: «,Gracias a Dios! ¡Tierra, tierra, tierra!»

La pequeña flota acababa de anclar ante la isla llamada hoy Guam, cuando la rodeó una multitud de canoas de balancín repletas de emocionados nativos que subieron a bordo en tropel, y con ágiles dedos se llevaron todo cuanto hallaron a su alcance. La rapiña continuó hasta que algunos marineros, hartos, dispararon las Magallanes llamó desdeñosamente a aquella tierra la isla de los Ladrones.

Con los isleños en jaque merced al sencillo expediente de quemarles las chozas, el capitán general consiguió mandar una partida a tierra para que saqueara un poco. Los europeos se apoderaron del agua dulce y la comida fresca de los nativos, que tanto necesitaban los enfermos de escorbuto, y disfrutaron una comilona de cerdo asado, pollo, arroz, ñames, plátanos y cocos. Pocos días después se detuvieron en otra isla para volverse a avituallar, y en breve empezaron a recobrar salud los marineros agotados. Curaron las úlceras, se afianzaron los dientes flojos, mejoraron las encías reblandecidas.

Fortificados y con el ánimo recuperado, los exploradores navegaron al oeste. El 16 de marzo apareció otra isla grande, y en los días siguientes no dejaron de dibujarse en el horizonte nuevas islas. Magallanes fue comprendiendo que había dado con un enorme archipiélago desconocido. Eran las islas Filipinas. Aunque allí no había especias, los isleños tenían abundancia de oro y de perlas. Con el tiempo se constituiría un próspero comercio transpacífico entre las islas y los puertos españoles de las costas occidentales de América Central y del Sur.

Anclado ante una de las islas, Magallanes comprobó con emoción que virtualmente había dado la vuelta al mundo. Al acercárselas una canoa llena de isleños, el negro Enrique, esclavo del capitán general desde sus días de juventud en el Lejano Oriente, habló a los nativos en malayo, lenguaje usado en todas las Indias. Los isleños le entendieron y contestaron. Magallanes había salido de las Indias orientales ocho años atrás, en 1513. Ahora, a fuerza de alejarse continuamente de ellas, las iba alcanzando de nuevo.

Aquel momento supremo en la vida del capitán general parece haber ejercido sobre él un efecto extraordinario. Siempre profundamente religioso, le acometió un obsesivo celo misionero. Aplazó la última etapa de su viaje a las Molucas, se detuvo en la gran isla de Cebú, improvisó un altar en la orilla y comenzó a predicar a multitudes de nativos fascinados. «El capitán les dijo que no debían volverse cristianos por miedo», informó Pigafetta, «ni por darle gusto, sino por su voluntad.» Sus sermones, traducidos por el negro Enrique, debieron de ser extraordinariamente eficaces. En un solo domingo, el 14 de abril, Magallanes bautizó a docenas de jefes locales, incluyendo al mismo rajá de Cebú, junto con centenares de súbditos. «Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza se pregonó que cualquiera que quisiera cristianarse debería destruir todos sus ídolos, colocando la cruz en su lugar. Todos consintieron. El capitán, tomando al rey de la mano le condujo al tablado (adornado con tapicerías y ramas de palmeras) y se le bautizó con el nombre de Carlos, por el emperador… Mostré a la reina una imagen pequeña de la Virgen con el niño Jesús, que le agradó y enterneció mucho. Me la pidió para colocarla en lugar de sus ídolos y se la di de buena gana.» Fue entonces negociada una ,santa alianza» con el rajá, estableciendo la autoridad de España sobre Filipinas.

Sólo un jefe, que mandaba en la diminuta isla de Mactán, estuvo en desacuerdo con la conquista pacífica de Magallanes. Embriagado por su éxito evangélico y político, el capitán general olvidó su cautela acostumbrada. Apiñó a toda prisa unos cincuenta voluntarios en tres botes y se lanzó a la disparatada empresa de someter la isla por la fuerza.

El 27 de abril de 1521, el pequeño ejército cristiano se acercó a la isla de Mactán con el agua hasta los muslos. Los esperaban cientos de guerreros apostados detrás de una serie de hondas trincheras defensivas. Ni siquiera los arcabuces, las ballestas y las armaduras de hierro de los europeos bastaron para contener a la horda de filipinos que gritaban mientras mandaban nubes de «flechas, jabalinas, lanzas con punta endurecida al fuego, piedras y hasta inmundicias, de suerte que apenas podíamos defendernos». Los cristianos no tardaron en salir huyendo derecho a sus botes. Conducía la retaguardia el rengo capitán general, ya herido en la pierna por una flecha, con un puñado de soldados. Durante una hora la reducida tropa luchó desesperadamente al borde del agua, contó Pigafetta, «hasta que al fin un isleño consiguió herir al capitán en la cara con una lanza de bambú. Desesperado, éste hundió su lanza en el pecho del indio y la dejó clavada. Quiso usar la espada, pero sólo pudo desenvainarla a medias, a causa de una herida que recibió en el brazo derecho … Entonces los indios se abalanzaron sobre él con espadas y cimitarras y cuanta arma tenían y acabaron con él, con nuestro espejo, nuestra luz, nuestro consuelo, nuestro guía verdadero».

Después de la muerte de Magallanes, las relaciones entre los exploradores y sus huéspedes de Cebú se echaron a perder rápidamente. Los hombres de piel blanca parecieron de pronto menos divinos, más vulnerables. El rajá, influido por un tripulante descontento, sospechó traición en los españoles. El primero de mayo invitó a 27 oficiales de la flota a un banquete, les dejó comer tranquilamente hasta hartarse y a continuación mandó matar a la mayoría.

Esta catástrofe redujo a 114 los sobrevivientes de la expedición, que al principio contaba con unos 250 hombres. No había suficientes marineros para tripular tres barcos. Los sobrevivientes vaciaron y quemaron apresuradamente la Concepción, se refugiaron en la Trinidad y la Victoria y huyeron de Cebú.

Sin un Magallanes que los dirigiera, los dos navíos vagaron por el mar de China meridional y el mar Sulú durante seis meses, pirateando ocasionalmente en perjuicio de los comerciantes de la región, hasta que toparon con la isla de Tidore, una de las Molucas. Allí cargaron tal cantidad de especias, sobre todo clavo, que la Trinidad empezó a hacer agua. Tomaron entonces la decisión de dejarla atrás para carenarla, y la Victoria, mandada por Juan Sebastián de Elcano, se internó hacia el sudoeste por el océano índico en diciembre de 1521.

El largo viaje no fue tranquilo. Elcano, que había tenido que ver en el motín de Puerto de San Julián, no resultó popular como capitán. Hubo conatos de motín y deserciones por el camino. Las tormentas no dejaban doblar el cabo de Buena Esperanza. Mientras remontaban la costa occidental de África no cesaban de morir marineros de escorbuto e inanición. Hasta septiembre de 1522, el día 8, casi tres años justos desde su partida de España, la fatigada y crujiente Victoria no atracó en el puerto de Sevilla. Una multitud silenciosa presenció con asombro el desembarco de 18 sobrevivientes. Al día siguiente, flacos y descalzos, fueron con cirios encendidos a dar gracias al templo favorito de Magallanes, la iglesia de Santa María de la Victoria.

Luego de honrar así a su jefe muerto, Juan Sebastián de Elcano aceptó del rey Carlos.

Las Carabelas de Cristobal Colón

La Casa de Contratacion Funciones de Gobierno en America Institucion

La Casa de Contratación: Funciones de Gobierno en América

La Casa de Contratación
Fue creada en 1503 por los Reyes Católicos y desde 1524 quedó subordinada al Consejo de Indias. Funcionó como organismo de control y depósito del comercio con las Indias, supervisando distintos aspectos de las expediciones marítimas de exploración y conquista.

Inicialmente su cuerpo directivo estaba integrado por un tesorero, un contador, un factor o gestor de negocios y empleados auxiliares. Luego se agregó un Presidente con funciones de coordinación. La Casa de Contratación fue suprimida a fines del siglo XVIII.

La Casa de Contratación: Los Reyes crearon en 1503 la Casa de Contratación con asiento en Sevilla; estaba destinada a ser depósito de las mercaderías que se enviaban a las Indias o que provenían de ellas.

Debía evitar el fraude en las mercaderías y que el oro y la plata saliesen de España; autorizaba el embarque de los tripulantes, que no debían ser extranjeros, y hacía cumplir las ordenanzas. En su seno se instituyó una oficina hidrográfica y una Escuela de Navegación, a cuyo frente estaba el piloto mayor, que era nombrado por concurso y tenía a su cargo la enseñanza de los pilotos de Indias. Ocuparon sucesivamente el cargo de piloto mayor: Vespucio, Solís y Gaboto.

Posteriormente se creó en La Española la Casa de Contratación, con los mismos fines que la de Sevilla. A partir de 1510 se ordenó que los conflictos o diferencias que pudiesen existir entre los mercaderes, fueran resueltos por los jueces de la Casa de Contratación, por lo que ésta sumó a sus funciones comerciales y administrativas las de orden judicial, aunque dichos jueces no podían dictar pena de muerte.

La integraban un presidente, secretarios, un escribano, un contador y un factor. El contador conservaba los registros en los que constaba la declaración de todos los artículos destinados a América, penándolos con la confiscación el embarque de mercaderías sin registrar, pero sin embargo, el comercio clandestino aumentaba en proporción al número de prohibiciones establecidas contra él, pese a que el registro se liada para facilitar el cobro de los impuestos reales.

PARA SABER MAS…

Por su parte, la Corona trata de mantener su intervención sobre la colonia mediante organismos adecuados, de los cuales el r rimero en fecha fue la Casa de Contratación de Sevilla creada en 1503, que supervisaba las relaciones marítimas y comerciales entre América y España.

La Casa organizaba y aseguraba la protección de los convoyes a través del Atlántico y vigilaba la recaudación de las rentas reales (el Quinto, 20% de los metales preciosos), así como la transmisión de la correspondencia administrativa de una parte a otra del Océano. Fernando complementó este organismo en 1511, creando el Consejo de Indias, encargado más especialmente de vigilar la administración colonial.

El Consejo de Indias, equivalente al de Castilla, estaba compuesto de ocho miembros que sólo rendían cuentas al rey. Preparaba las leyes y ordenanzas concernientes al Nuevo Mundo, daba forma legal a las órdenes que emanaban de la Corona, redactaba la correspondentia administrativa, proponía para los cargos de funcionarios coloniales y, en fin, funcionaba como un supremo tribunal de justicia. Pero tal organización político-administrativa no llegaba a hacerse respetar por todos.

Y muchos oficiales de la Casa eran cómplices y asociados de los encomenderos. Los abusos del trabajo forzado y las prestaciones .personales en los grandes feudos, suscitaron reacciones de parte de los dominicos especialmente, cuyas protestas apasionadas llevaron consigo los primeros ensayos de protección a los indios (leyes de Burgos y de Valladolid, 1512-1513).

Su fracaso indignó al obispo Bartolomé de las Casas, que publicó en 1542 su célebre: «Breve relación de la destrucción de las Indias». El mismo año, el Consejo de Indias promulgó las «Nuevas Leyes» que prohibían crear encomiendas, suprimiendo el derecho de sucesión para otros, de manera que desapareciesen poco a poco, y prohibía los trabajos forzados.

La resistencia encarnizada de los colonos (en el Perú especialmente) impidió su aplicación. La encomienda desapareció, sin embargo, a finales del’siglo xvn, reemplazada por la propiedad directa del suelo: la hacienda de vastos dominios con sus esclavos y sus peones.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre