Mitología: La Discordia

Seres Imaginarios de la Mitologia Criaturas Mitologicas

SERES Y CRIATURAS IMAGINARIOS DE LA MITOLOGIA:
DRAGONES-AVE FENIX-CENTAUROS-MINOTAURO-UNICORNIOS

seres de la mitologia

A través de los cultos de las sociedades antiguas, de la adoración de los más sabios pueblos y de la creación de mitos fabulosos y tan milenarios como el hombre mismo, es posible rastrear las incontables formas en que la mente humana ha sido impregnada por los animales. Y, más particularmente, la influencia de las bestias imaginarias, de los seres mitológicos, ha sido impresionante. Nuestra cultura se encuentra inundada de referencias a estos animales, y el imaginario colectivo de la sociedad desborda de relatos y fábulas sobre dragones, minotauros, unicornios y demás criaturas ficticias.

Es muy común que los mitos desarrollados alrededor de uno de estos seres se correspondan con el proceso evolutivo  de algún animal real y los cambios en su relación con los hombres.   Aún más: casi no existen bestias imaginarias que no contengan algún elemento  de verdad zoológica.

Por ejemplo, el hallazgo de fósiles enigmáticos, los encuentros de los primeros marineros con criaturas mitológicas y los relatos de los exploradores sobre las exóticas bestias descubiertas en tierras lejanas han disparado la imaginación de los hombres a lo largo de toda la historia de la humanidad, creando una infinidad de seres increíbles que todavía nos acompañan en nuestra imaginación.

Los encuentros primitivos entre los hombres y los animales, los siglos de poesía y mitología que han transcurrido desde entonces, el incesante fantasear de la mente humana y el enamoramiento que los más exitosos y respetados escritores, músicos y autores teatrales con estas criaturas demuestran cuan adentradas se encuentran en nuestra cultura. Las más impresionantes e increíbles bestias se han mantenido como una fuente de inspiración para los artistas, evidenciando la fascinación que ejercen sobre el espíritu humano.

Hay algo en ellas, alguna cualidad intangible e inexplicable que nos cautiva y nos hace presas de su naturaleza, que excita nuestra mente y nuestra alma, que nos conmueve profunda y completamente.

Los centauros
Propios de la mitología griega, muchos expertos opinan que los centauros tiene su origen de los primeros encuentros entre este pueblo y varias de las tribus cercanas a ellos que montaban a caballo. Pero los mitos de esta sociedad, por su parte, contaban una historia diferente. Se decía que Ixión, rey de Tesalia, había cometido una terrible injuria a Zeus, dios de los dioses, al intentar acostarse con su esposa Hera. Zeus, para evitarlo, engañó a Ixión modelando una nube según la forma de la diosa, y de esta unión nacería Centauro.

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Este, luego, se aparearía con yeguas salvajes, dando origen a unos seres mágicos mitad hombre y mitad caballos. Existen   muchísimos mitos clásicos  más  que  hablan de los centauros.  Una de ellos narra que durante la boda del rey Lapitas, los centauros intentaron secuestrar a la novia, lo que desencadenó una batalla bastante cruenta que los hombres lograron ganar con la ayuda de Teseo (el mismo que había logrado dar muerte al Minotauro). Esta fábula se ha representando en un friso de 500 a.C, aproximadamente, ubicado en el Partenón de Atenas.

También merece atención el mito de Quirón, un centauro muy sabio, famoso por sus conocimientos de música, tiro al arco y medicina, disciplina que enseñó a Asclepio, dios de esta ciencia. Se cuenta que además de ser tutor de varios héroes de la mitología griega,  como  por  ejemplo Aquiles y Jasón, Zeus reconoció su enorme sabiduría y lo honró con la constelación zodiacal de Sagitario.

Los centauros vivían en territorio tesalio, y se decía que habían adquirido la inteligencia y las emociones de los hombres, y la velocidad y el poder de los caballos. Si bien eran muy justos y sensatos, no era extraño que los centauros se volvieran feroces y agresivos.

Estaban muy relacionados con Dioniso, dios del vino y símbolo del éxtasis. Su fuerza y velocidad los convirtió en los intermediarios de los dioses del mundo de los muertos en esta existencia; por esto mismo, su imagen es muy común en los monumentos funerarios.

Los dragones
Heródoto, un importantísimo historiador griego del siglo V a.C, fue uno de los primeros en describir a los dragones. El afirmaba que habitan la tierra de día y el agua de noche, que ponían e incuban huevos en la primera, que sus garras eran fuertes y que su escamosa piel no podía rajarse. La dualidad que acompañará para siempre a los dragones como señores de la tierra y de las aguas sagradas ya se empezaba a formar en estos tiempos tan lejanos. Más allá de esta definición, cada cultura a trabajado el tema de los dragones de maneras muy distintas.

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Los egipcios consideraban a los cocodrilos animales sagrados, y los alimentaban y domesticaban cotidianamente. El mismo Heródoto contaba que su relación con ellos eran de una adoración tal que los decoraban con pendientes de oro con piedras talladas en los lóbulos de sus orejas y brazaletes de oro en sus garras. Este es, probablemente, el origen de las leyendas sobre los tesoros de oro de los dragones.

Los pueblos semitas, perseguidos por los egipcios, solían   demonizar  todo  lo que este pueblo adoraba. En la Biblia, en el libro de Job, figura un descripción del Leviatán: «de su boca salen antorchas, centellas de fuego saltan de sus fauces». Este es considerado el comentario más antiguo sobre los dragones como bestias que escupen fuego.

La mitología griega representó al dragón con forma de serpiente anfibia, y lo pensaba como un obstáculo para alcanzar el conocimiento y la riqueza. También se pensaba en él como guardián de lugares y cosas secretas, como el vellocino de oro.

La tradición cristiana simbolizó al dragón como la muerte y la desolación, consecuencia inevitable de la devastación producida por su fuego. Incluso se lo llegó a considerar la misma imagen del Demonio. En el arte religioso pueden encontrarse muchísimas obras donde los dragones, símbolos del Mal, luchan contra los estándares católicos. Pero claro que esta caracterización no es exclusiva del cristianismo: en todo el mundo existen mitos de dioses y héroes que debieron luchar con feroces dragones para alcanzar el orden a partir del caos.

En Babilonia, la mitología contaba que la creación del mundo civilizado sólo fue posible luego de que el héroe Marduk mató a Tiamat, madre de los dioses, que se le apareció en forma de dragón. Marduk partió en dos el cuerpo de Tiamat, formando con una de ellas el cielo y con la otra la tierra.

En Gran Bretaña la significación cristiana del dragón se combinó con la tradición celta allí imperante. Durante los primeros tiempos, representaban la realeza y eran el emblema bélico del rey Arturo. Aún hoy, el dragón es el emblema nacional de Gales, en clara alusión a su pasado celta. Y el patrón de Inglaterra, San Jorge, logró este status luego de su famosa batalla con un dragón.

En único lugar donde el dragón tuvo una imagen más positiva fue en China. Las creencias de esta cultura lo consideraban símbolo de la espiritualidad suprema e imagen de la capacidad divina de transformación; representaba el Yang, la actividad, lo masculino, e incluso fue emblema de la familia imperial.

Según la sabiduría popular china, el dragón fue el primero de los cuatro seres sagrados (los «animales de buenos augurios), que a través de sus cinco manifestaciones principales influye en todos los aspectos de la vida: el dragón Mang significa el poder temporal, el dragón Li es el ser que controla el mar y simboliza la sabiduría, el dragón imperial simboliza la lluvia y el sol naciente, el dragón celestial es el protector de las moradas de los dioses y, finalmente, el dragón Chiao simboliza al gobernante.

Las esfinges
Sin duda uno de los seres más fascinantes y persistentes de la antigüedad es la esfinge, que ha sido producto de   enormes   cambios  en  su  concepción a lo largo de la historia humana. Muchas veces a sido femenina y muchas   otras  masculino; se la ha representado como un leopardo, un león y un tigre; e incluso se la ha imaginado como un mono.

Este fuerte carácter antropomórfico (combinación cualidades animales y humanas) se corresponde con sus milenarios orígenes. Nacida en el seno de las culturas chamánicas del pasado, es propia de una tradición que creía en la posibilidad de mezclar la forma del hombre con la de los animales.

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La esfinge es asociada comúnmente con la fuerza, la protección espiritual y el ciclo de la vida y la muerte. En Egipto, donde los gatos, los leones y los leopardos eran animales sagrados, se la solía representar con cabeza de hombre y cuerpo de león.

La más típica y conocida esfinge egipcia es la de Giza, una gigantesca estatua en cuyo interior se encuentra el sepulcro del faraón Chefrén (que gobernó Egipto hacia 2575-2465 a.C. aproximadamente). Pero la imagen de la esfinge como retrato real se prolongó a lo largo de toda la historia de este pueblo, y combinaba la figura de animales sagrados con la idea del regente divino, simbolizando así la unión de los poderes intelectuales y físicos encarnados por el faraón.

La esfinge apareció en la cultura griega alrededor del 1600 a.C., influida por las tradiciones griegas y de Oriente próximo. Originalmente se la representaba con cabeza de ) mujer, alas de águila y cuerk po de león, y la mitología la consideraba una protectora espiritual.

Por   esto  mismo, fue tema decorativo del casco de Palas Atenea, e imagen muy común en las lápidas funerarias.
Pero el más famoso mito griego relacionado con las esfinges es, sin dudas, el de Edipo. Hera, diosa del matrimonio y esposa de Zeus, envió como una maldición a la ciudad de Tebas un despiadada esfinge que, sentada a sus puertas, mataba a todo aquel que no pudiera responder sus enigmas.

Escapando de su hogar, Edipo se encontró con ella, que le preguntó: «¿cuál es el animal que camina en cuatro patas durante la mañana, en dos durante el día y en tres durante la noche?». Edipo respondió correctamente «el hombre», lo que enfureció tanto a la esfinge que se arrojó al mar. Los ciudadanos de Tebas, liberados de su terror, aclamaron a Edipo como salvador de la ciudad y lo casaron con Yocasta, la reina viuda.

El Ave Fénix
Según la mitología clásica griega, el fénix es un ave de plumaje de vistosos colores que vivía en el desierto de Arabia. Su magia residía en que cada tantos siglos se untaba las alas con mirra (el bálsamo de un árbol de la zona arábiga), ardía en llamas y volvía renacer de las cenizas. El significado de este ave es bastante obvio: representa la reencarnación y la vida después de la muerte.

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Los egipcios pensaban en el fénix como un símbolo de Ra, dios del sol, porque su tamaño y su forma se parecen a un águila. Por otro lado, los romanos lo mantenían como el símbolo de la duración del imperio, mientras que en China se lo asocia con el sol y la luna, simboliza la unión del Yin y el Yang (los opuestos) y, a veces, se lo sitúa junto al dragón para representar la naturaleza indivisible del poder imperial.

Algunas veces, especialmente dentro de esta misma tradición china, se lo representa con cabeza de gallo para simbolizar el sol, lomo de golondrina como alusión la luna creciente, cola con forma de hojas o ramas para simbolizar los bosques y los árboles, patas con garras fuertes para conectarse con la tierra, y alas ardientes que hacen referencia al viento. De esta forma se reúnen los cinco elementos del universo y se transforma al fénix en el símbolo de la armonía. La tradición cristiana utiliza el fénix como expresión de la fe: el renacer de las cenizas es un símbolo del triunfo de los creyentes sobre la muerte.

Además, se afirma que de todos los seres que habitaban el jardín del Edén, el fénix fue el único que no probó el fruto prohibido, y por lo tanto se lo identificó con Cristo amenazado por la tentación y resucitado por la gracia de Dios.

Los grifos
Surgido en las manifestaciones artísticas de Asia occidental como imagen del poder, un grifo era una animal con cuerpo de león y pecho, garras, cabeza y alas de águila.

Simbólicamente, representaban a los regentes de la tierra y el aire, razón por la cual son la mezcla de un animal terrestre como el león y un ave como águila, ambos caracterizados por la ferocidad y la violencia.

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A pesar de ser una imagen bastante salvaje, su significación ha variado muchísimo a lo largo de la historia. Si para los antiguos hebreos representaban a la peligrosa Persia, para los griegos y romanos eran el símbolo de Apolo, dios del sol, y estaban muy vinculados con Némesis, diosa de la venganza, y Palas Atenea, diosa de la sabiduría.

Por su parte, y aunque el simbolismo cristiano más primitivo (el que prevaleció durante los primeros siglos de nuestra era) veía en ellos la venganza y la persecución, durante la época Medieval los grifos aludían a la dualidad (humanidad/divinidad) de Cristo.

En la Creta minoica, cuna de la civilización griega y, por extensión, de la cultura occidental, los grifos eran figuras guardianas y representaban la vigilancia constante y el coraje.

Los griegos, más tarde, se basaron en esta lectura para creer que eran los custodios de enormes tesoros de Oro en Escitia (al norte del Mar Negro, hoy Ucrania) y la India. Tal fue la importancia de esta creencia que, en el siglo V a.C, el historiador griego He-ródoto escribió que los grifos construían nidos de oro.

El Minotauro
Es posible que este mito típicamente griego se deba a las imágenes del culto al salto del toro de la Creta minoica, la civilización donde nació la Grecia antigua. El Minotauro, un hombre con cabeza de toro, se encuentra muy vinculado con el castigo de los dioses, el ingenio humano y la sexualidad exacerbada.

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Cuenta el mito que Minos, hijo de Zeus y rey de Creta, quiso sacrificar un toro en honor de Poseidón, dios del mar, pero se encontró con un ejemplar tan magnífico que decidió conservarlo. El dios, enfadado, lo castigó haciendo que su esposa Pasifae se enamorase irremediablemente del toro.

Ella, loca de amor, encargó al maestro artesano Dédalo que le construyera una ternera de madera en la que ella pudiera esconderse para copular con el animal. Posteriormente, Pasifae dio a luz al Minotauro, lo que enfureció a Minos al punto de que ordenó al mismo Dédalo que construyese un laberinto subterráneo donde esconderlo y mantenerlo prisionero.

Atrapado en este laberinto, el Minotauro se alimentaba de niños que eran condenados al sacrificio por los atenienses, que los enviaban una vez al año. Esta situación se prolongó hasta que Teseo, rey de Atenas, se ofreció a matarlo. Logro su cometido gracias a Ariadna, hija de Minos, que le entregó el famoso hilo que debía desenredar al transitar por el laberinto para luego poder encontrar el camino de regreso.

Esto mito tiene muchísimas significaciones. Mientras que el Minotauro representa las pasiones desenfrenadas de la naturaleza que el hombre debe controlar firmemente hasta poder apaciguarlas, el laberinto podría interpretarse como una metáfora sobre el largo y arduo camino de la vida, y el hilo que ayuda a Teseo a salir de él como la intuición divina que nos lleva por el buen camino y hacia la felicidad.

Pegaso
Existen dos versiones sobre el origen de Pegaso, el caballo alado. Una indica que fue fruto de la unión de Poseidón, dios del Mar, y Medusa, famosa por convertir en piedra a todo quien la mirase; mientras que una segunda asegura que brotó de la sangre de Medusa cuando Perseo, hijo de Zeus y rey de Tirinto, la decapitó para hacerse con su cabeza y poder convertir a sus enemigos en piedra.

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Pero más allá de esto, el hecho es que Pegaso es un animal lunar, representando usualmente de color blanco y con alas doradas. La mitología cuenta que cada vez que sus cascos con forma de medialuna se apoyaban en la tierra, brotaba de ella un fuente. El nombre griego de Pegaso, «Hipocrene», parece confirmar esto: mientras que «hippos» significa «caballo», «krene» significa «fuente». Por todo esto, Pegaso terminó siendo un símbolo muy poético. Incluso se creía que todo el que bebiera de su fuente experimentaría una inspiración poética sin igual.

El mito de la muerte de la Quimera es una historia fascinante que hace de Pegaso una figura heroica. El joven Belerofonte fue la única persona capaz de domarlo, por lo que el rey Yóbates, queriendo encomendarle una tarea imposible de realizar, le encargó matar a la Quimera. Ayudado por Palas Atenea, diosa de la sabiduría, que le otorgó unas riendas mágicas para manejar a Pegaso, logró matar al monstruo arrojando plomo sobre su garganta, que al solidificarse no le permitió respirar.

Pero engrandecido por este logro, Belerofonte intentó alcanzar el Olimpo, el cielo de los griegos (y lugar de residencia de los dioses), montado en Pegaso, por lo que Zeus lo precipitó a tierra y convirtió al caballo en una constelación, evitando que esto se intentara nuevamente.

La Quimera
La Quimera es un extraño animal con cuerpo de león, torso de cabra y cola serpiente que se caracteriza por escupir fuego. Los mitos griegos afirmaban que era hija de Equidna, ella misma mitad serpiente y mitad ninfa (las divinidades que personificaban la naturaleza) y madre de muchas otras bestias míticas como Hidra, monstruo de siete cabezas al que Hércules dio muerte, y Cerbero, perro de tres cabezas guardián de los Infiernos.

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Este ser mitológico parece deberse a un fenómeno muy peculiar. Por las grietas de las montañas de Licia (antiguamente parte de Grecia, hoy parte de Turquía) se escapan grandes cantidades de gas natural que lo han inspirado: una interesante interpretación de esta bestia indica que es un símbolo de las fuerzas naturales destructivas que amenazan la vida humana (terremotos, erupciones volcánicas, tornados), que en épocas pasadas, se creía, sólo podían superarse con ayuda sobrenatural o divina.

También puede pensarse en esta criatura como el máximo exponente del poder y la violencia que las civilizaciones antiguas simbolizan a través de los híbridos animales y sus mitos explicativos.

La mitología griega cuenta que el rey Yóbates envió al héroe Belerofonte a matar a la Quimera. Éste, ayudado por Pegaso, el caballo volador hijo de Poseidón y Medusa (y por lo tanto emparentado con la Quimera), pudo sobrevolar las fauces abiertas de la Quimera y arrojar plomo por su garganta, que una vez fundido por su ardiente aliento la asfixió hasta morir.

Los unicornios
Existen muchísimas leyendas que hablan de unicornios, y la tradición de las diferentes culturas los describen y caracterizan de manera distinta. Por ejemplo, en China es representado como un dragón con cabeza de venado y un solo cuerno, mientras que diversos documentos históricos parecen indicar que en el Imperio Romano se lo veía muy parecido al rinoceronte.

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Ctesias, un eminente médico griego, escribió una historia de Asiría y Persia en el siglo IV a.C. donde describía al unicornio como un animal equino, una especie de burro salvaje, blanco, con una cabeza color rojo oscuro y un cuerno de 45 centímetros, que, se afirmaba, al molirse se convertía en un veneno muy potente y un excelente remedio contra la epilepsia.

Esta descripción combina, básicamente, tres animales: el antílope cervicapra, que en los machos suele presentar una atrofia en forma de cuerno; el onagro, un tipo de burro oriundo de Asia occidental; y el rinoceronte indio, cuyo cuerno solía emplearse para preparados medicinales.

Esta última fábula es la que ha prosperado, creando la noción del unicornio como una criatura elegante y poética, inspirador de incontables poesías y objetos de arte griego.

En el siglo XV se introdujo una modificación esencial para la imagen que, hoy en día, tenemos de los unicornios: el cuerno en espiral. Durante la Edad Media era  muy común que los colmillos de mamut fosilizados se confundieran con cuernos de rinoceronte y fueran vendidos como panacea, como remedio universal. Pero como eran muy difíciles de conseguir, varios boticarios inescrupulosos empezaron a representar a los unicornios con estos cuernos para poder hacer pasar el colmillo de marfil del narval, un tipo de marsopa, por un auténtico cuerno de unicornio.

El arte medieval, griego y romano ha utilizado la imagen del unicornio para expresar el amor casto que domina los deseos animales, o para realizar una alegoría sobre la virginidad. En este sentido, es un ser muy relacionado con Artemisa, diosa de la caza y los bosques que recibió el permiso de su padre, Zeus, para no casarse nunca. Así, la ferocidad de la imagen del unicornio se fue apaciguando de a poco, y el cristianismo ayudó a lograr esto al tomarlo como un símbolo de la Inmaculada Concepción.

Ver: Mitologia Griega

Fuente Consultada:
Nota Criaturas Imaginarias Revista Vivir en Armonía N°4
Trabajo enviado por colaborador  del sitio Enrique O. Funes

Odisea de Ulises en su Regreso de la Guerra de Troya Lotofagos

Odisea de Ulises en su Regreso de la Guerra de Troya

La Guerra de Troya ha terminado. Las ruinas de Troya humean sobre la alta colina situada frente al mar. Alguna lengua de fuego se desprende aún de las ennegrecidas piedras, de las torres desmanteladas, de la imponente fortaleza que los aqueos han tomado por asalto; los cadáveres de los guerreros se amontonan en las estrechas callejuelas donde fue vencida la resistencia desesperada de los últimos defensores, bajo la funesta luz de los incendios.

Odisea de Ulises en su Regreso de la Guerra de TroyaLos navíos de Itaca son los primeros en zarpar, comandados por Ulises, el fuerte y astuto héroe al que los aqueos deben la victoria.

Las adornadas proas suavemente mecidas por las olas enfilan hacia el lejano horizonte, más allá del cual se encuentra la isla de Itaca, la pequeña y árida tierra en la que, con profunda nostalgia, han pensado los guerreros durante diez años; con ella han soñado durante las veladas nocturnas, en el campamento, en el silencio de las emboscadas y en el clamar de las batallas.

Pero los dioses, dueños supremos de los destinos humanos, se, oponen a sus deseos y la suerte se cierne ya como una oscura nube de tormenta sobre el porvenir de los navegantes.

Luego de largos días de travesía sobre un mar de aceite y bajo un cielo sin nubes, los viajeros avistan tierra: es el país de los cícones, según advierten al atracar. Los cícones habían sido, los aliados de los troyanos y, por consiguiente, enemigos de los griegos; el grupo de los aqueos, a las órdenes de Ulises, se arroja sobre la ciudad más próxima y, luego de incendiarla, se ensaña contra sus habitantes, después de un despiadado saqueo.

Ulises trata de reunir a sus compañeros y de reintegrarlos a los navíos, pero no es fácil devolver la razón a hombres embriagados por el vino y la matanza.

Así, mientras los aqueos festejan la victoria sobre la playa, acuden a ellos nuevas tropas de cícones, bien adiestrados y conocedores de la estrategia que emplean los invasores, y el combate se reanuda. Esta vez son los compañeros de Ulises quienes deben ceder, ante el aplastante número y el ímpetu de sus enemigos. Los aqueos se refugian en sus embarcaciones y se hacen a la mar, pero muchos de ellos han quedado sobre las playas, atravesados por las lanzas de los cícones.

Sin embargo, nuevos peligros acechan, a los desdichados compañeros del hijos de Laertes. Los navíos están ya a punto de doblar el cabo Malia, y los viajeros creen avistar su patria, cuando una repentina tempestad desgarra las velas y sacude las naves. Estas frágiles cáscaras de nuez son arrastradas por un viento infernal en medio de olas gigantescas que barren los puentes y derriban los mástiles.

Luego de diez días de tempestad, los marinos, enceguecidos por las violentas ráfagas de agua y viento, aferrados a los húmedos cordajes, descubren una tierra baja y verdeante. Muy pronto han atracado los navíos, y ya los hombres, agotados, descienden a tierra. El país está habitado por pacíficos seres que se alimentan con flores de loto.

Desgraciadamente, Ulises comprueba que todos aquellos de sus compañeros que han probado esas extrañas flores, no siente ya el deseo de regresar a su patria. Sólo él se abstuvo con prudencia y comprendió el peligro. Venciendo la resistencia de sus hombres, privados de memoria, les obliga a embarcarse y, luego de encadenarlos a sus bancos de remeros,  suelta las amarras . . . Y he aquí que una tierra desconocida aparece en el horizonte como una azulada nube: es Italia, esa dulce región, enriquecida con todos los dones que la naturaleza puede brindar a los hombres.

Los aqueos errantes no desembarcaron, sin embargo, en estas costas, sino en un islote vecino, poblado únicamente por cabras salvajes. Era noche. Mientras saciados aguardan el sueño tendidos sobre la playa, oyen extrañas y misteriosas voces, que les llegan desde lejos.

Ulises, arrastrado por su sed de aventuras, más fuerte en él que todo otro sentimiento, decide atravesar el canal al día siguiente y realizar algunas exploraciones; sólo lleva  con él, como presente propiciatorio, una bota de excelente vino; esconde el navío entre las rocas y con doce de sus compañeros se interna en las nuevas tierras.

De pronto descubre una caverna que parece habitada. Franquea la entrada y contempla admirado los cestos de junco, repletos de quesos, y los rediles, llenos de cabritos y corderos. Había también gran número de vasijas cargadas de leche cuajada, y otras preparadas para recibir la leche recién ordeñada. ¿Sería, pues, un pastor el habitante de este apacible rincón de la tierra? El enigma quedaría resuelto al caer la noche.

Ulises y sus hombres, después de una espera paciente,  ven llegar a un hombre grande como un roble, de cuya garganta sale una voz atronadora y que tiene un solo ojo en la mitad de la frente. Pertenece a la raza divina de los cíclopes, y es hijo de Poseidón; los compañeros de Ulises, aterrados por la presencia del monstruo, se aprietan unos contra otros.

Ulises conserva la calma y osa dirigirse al monstruo para recordarle el carácter sagrado de la hospitalidad. Por toda respuesta el cíclope lanza una feroz carcajada que hace temblar el recinto; con sus descomunales manos toma por los pies a los desdichados acompañantes de Ulises y los arroja contra las rocas. Polifemo, que así se llama el horrible monstruo, devora, ante los ojos desorbitados de los sobrevivientes, dos de los cadáveres. Luego cae pesadamente sobre su lecho de cañas, vencido por el sueño.

LA ODISEA Concluida la guerra de Troya, Odiseo, héroe del bando aqueo, emprende el viaje de vuelta a su reino, en la isla de Ithaca. Víctima de la ira de Poseidón, afrontará numerosos peligros y tardará una década en reunirse con su esposa Penélope, o sea, tanto como duró la contienda en Troya. Es la otra cara del heroísmo guerrero.

LA VENGANZA DE ODISEO: Con la ayuda de su hijo Telémaco, Penélope ha resistido el acoso de sus pretendientes. Odiseo les dará muerte al regresar, por traicionar su confianza.
 
 
 
VORACIDAD DE POLIFEMO:
Odiseo y su gente son arrojados a una isla donde el cíclope Polifemo empieza a devorarlos. Tras dejarlo ciego, escapan ocultos bajo sus ovejas.
 
 
 
LOS EMBRUJOS DE CIRCE: La bruja de la isla de Ea convierte a los hombres de Odiseo en cerdos. Con un antídoto del dios Mermes, el héroe devuelve la forma humana a sus compañeros.

Después de una angustiosa noche, el sangriento festín se repite. Polifemo, luego de hacer salir sus rebaños, cierra la caverna con un enorme bloque de piedra. El único que. como siempre, conserva su serenidad es Ulises, quien ha comenzado ya a meditar la venganza este descubre, en un rincón, una gruesa rama de olivo y, luego de despojarla de sus hojas, la afila; después espera el retorno del cíclope, preparando un audaz plan de ataque y evasión.

Llegada la noche, luego de haber visto a Polifemo devorar otros dos cadáveres, el héroe avanza sonriente hacia él para ofrecerle. su vino; tres o cuatro vasos bastan para embriagar al cíclope, quien con meliflua voz pregunta a Ulises su nombre; será, según le promete, el último en ser devorado.

Ulises dice llamarse “Nadie” y agradece vivamente al monstruo el favor que se le dispensa. Más tarde, mientras el coloso debilitado por el alcohol yace inerte en su lecho, los aqueos exponen al fuego la punta del tronco de olivo, y la clavan en su único ojo, quemándolo horriblemente. Los aullidos del monstruo atraen a los otros cíclopes. estos preguntan a Polifemo quién lo ha dañado, y cuando éste responde “Nadie”, piensan que es Zeus quien ha querido castigar a su compañero. Ulises y los suyos consiguen evadirse de la caverna asiéndose al vientre de los corderos en el momento en que el cíclope los suelta para pastar.

A partir de ese momento y ya seguro en su embarcación, el hijo de Laertes se mofa a gritos del cíclope, quien, en la orilla, aúlla de rabia. Dirigiéndose a su padre Poseidón, le suplica que lo vengue de este pequeño hombre que lo ha vencido, desatando sobre él toda clase de desdichas. Poseidón lo oye desde el fondo de los mares y accede a sus ruegos.

Ulises y aquellos que le siguieron en su exploración de la gruta del cíclope, se reunieron con el resto de los aqueos, y juntos se pusieron en camino; en la isla de Eolo, señor de los vientos, hacen escala, y allí son acogidos por gentes hospitalarias. Además, Eolo otorga a Ulises el más precioso presente para un navegante: una ostra que contenía todos los vientos contrarios; sólo el Céfiro, viento favorable, quedaba en libertad para conducir la nave hacia Itaca.

En efecto, después de algunos días de apacible navegación, los marinos perciben a lo lejos las queridas montañas de su patria, pero los compañeros de Ulises, siguiendo los pérfidos consejos de Poseidón, aprovechan el sueño del héroe para verificar el contenido de la ostra que Eolo le ha ofrecido. Repentinamente el cielo se oscurece, y los vientos liberados azotan el mar, alejan los navíos de la costa y los ponen nuevamente a merced del destino.

Cuando decrece la furia de los vientos una tierra surge en lontananza; en ella habitan los lestrigones, pastores antropófagos, estos son hombres grandes y fuertes como gigantes; agrupados en bandas, se lanzan de pronto al asalto de los barcos anclados y desatan su salvaje violencia contra los viajeros. Únicamente la embarcación de Ulises, que permanecía a la entrada del puerto, consigue soltar amarras y evitar el saqueo.

De esta manera, el héroe y unos pocos compañeros se ven perdidos en la inmensidad del mar; de los doce navíos que salieran de Troya, sólo queda uno. Luego de largos días y largas noches de navegación, llegan a la isla Aea en Cólquide, donde habita, en un palacio de mármol, la maga Circe.

Los hombres enviados por Ulises en exploración son recibidos por ésta, pero en el vino que ella les ofrece ha vertido un filtro que, a un gesto de la hechicera, transforma a los aqueos en cerdos. Ulises se entera de la nueva por boca de Euríloco, el único que ha escapado al sortilegio. Gracias a un brebaje que Hermes (Mercurio) le suministra, Ulises se vuelve invulnerable a estos sortilegios y obliga a la hechicera, amenazándola con su espada, a devolver a sus compañeros su primitivo aspecto.

Durante un año los navegantes descansan en la dulce isla encantada, gozando de los cuidados y placeres que les prodiga Circe, quien enseña a Ulises el método para revelar el porvenir; único entre todos los mortales, descenderá al sombrío reino de los muertos y podrá interrogar al adivino Tiresias, el más sabio de cuantos sabios han existido. Y el pequeño navío se hace a la vela hacia el brumoso país de los cimerios, que el sol jamás ha iluminado.

Allí, invocados por Ulises, los muertos emergen del Hades: las mujeres, los héroes, y por último el hechicero, que predice al hijo de Laertes un futuro lleno de amarguras. Ulises sabe ahora lo que le espera: el nefasto canto de las sirenas, las acechanzas de Caribdis y Escila, la tentación de los rebaños del Sol.

De manera que en el momento en que el navío llega a las proximidades de la Isla Dichosa, donde cantan las sirenas para atraer a los marinos y luego devorarlos, tapa con cera los oídos de sus compañeros y él mismo se hace atar al mástil; seducido al oír el melodioso canto, hace esfuerzos desesperados por arrojarse al mar, pero sus compañeros, imposibilitados de percibirlo, reman vigorosamente y todos logran escapar al peligro.

Dos inmensas rocas se perfilan en el horizonte; sobre una de ellas, Escila yergue sus seis cabezas armadas de poderosos colmillos; oculto bajo la otra roca está Caribdis, quien tres veces por día aspira el agua del mar y devora los navíos, con sus tripulantes y todo aquello que acierta a pasar en las proximidades. Ulises sabe que Caribdis es, de los dos, el más terrible, y lleva su embarcación hasta rozar la roca de Escila.

La pared rocosa, desierta y desnuda parece no ofrecer ningún peligro, pero los colmillos amenazadores aparecen sobre el puente del navío y arrebatan a seis de sus tripulantes, que desaparecen en una anfractuosidad de la roca. Lamentando la pérdida de sus camaradas, los marinos reman vigorosamente y sin descanso…, y he aquí que aparece la seductora costa de Sicilia. Los viajeros avistan las blancas terneras de Helios (el Sol), que pastan en los prados bañados por el mar.

Allí arrojan el anda; Ulises previene a sus compañeros contra la horrible suerte que espera a quien ose dar muerte a uno de esos animales. Pero dos días más tarde, aprovechando una de sus breves ausencias, e impulsados por el hambre, sus hombres degüellan a los animales de mayor tamaño y se disponen a asarlos. Ulises vuelve al poco tiempo de producida la matanza, comprende inmediatamente, y se lamenta de su suerte y de la de sus compañeros.

Cuando la nave vuelve a partir, una negra nube oscurece el cielo, el viento barre las llanuras marinas, el rayo de Zeus cae sobre el mástil y precipita a los marinos en el mar embravecido. El hijo de Laertes se ve nuevamente solo, frente a las horribles fauces de Caribdis; logra salvarse asiéndose a las ramas de una higuera que pendían sobre el agua, y por algunos instantes que le parecieron interminables, esperó que las olas le devolvieran el mástil y la quilla de su barco.

Apenas advierte los restos del naufragio, se ‘deja caer sobre ellos, y remando con sus propias manos se aleja del lugar. Durante nueve días el náufrago se abandona al mar; a la noche del décimo siente que las vigas a las que se aferra tocan tierra firme; agotado, hace pie en una isla desconocida. Entre los escollos, las olas, dejadas ahora tras de sí, producen un. ruido infernal. Tendido sobre la playa, el héroe añora su patria lejana y tal vez perdida para siempre.

Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad – Lo Se Todo Tomo III – Figuras y Leyendas Mitológicas