El Estado Marxista

El Utilitarismo y La Felicidad General Mayor Placer y Bienestar Social

El Utilitarismo y La Felicidad General
El Mayor Placer y Bienestar Social

¿Cómo puede obtenerse la mayor felicidad para la comunidad? ¿Puede ser feliz una sociedad  en la que cada uno persigue sus propios intereses? He aquí unos puntos de vista objeto de polémicas.

La motivación que hay tras las acciones del hombre es su deseo de experimentar placer y evitar el dolor. En esta tesis se apoya una importante teoría del siglo XIX que se denomina principio de la utilidad: el mayor bien del mayor número de personas.

Según ella, todas las acciones humanas tienen su explicación en la forma en que asocian los hombres el placer y el dolor con las diversas formas de conducta; su objetivo consiste siempre en obtener la mayor cantidad posible del primero y evitar la mayor cantidad posible del segundo. Debe juzgarse la rectitud de conducta según la cantidad de felicidad obtenida en términos de placer, entendiendo el concepto de placer en su sentido más amplio.

A partir del siglo XVII se había ido desarrollando gradualmente una nueva aproximación empírica a las cuestiones humanas, por la que empezaba a reconocerse la importancia de principios psicológicos tales como la asociación de ideas. Sin ella, nunca habría sido posible formular el principio de la utilidad. En ética, política y derecho se manifestaba una actitud acorde con la aproximación empírica general. Ya no se podían atribuir los conceptos del bien y del mal a una especie de adecuación intrínseca a la naturaleza de las cosas: era preciso abandonar la vieja teoría de la ley natural.

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Jeremy Bentham

El utilitarismo es la concepción para la cual las acciones deben juzgarse como buenas o malas en atención a su capacidad para incrementar o reducir el bienestar humano o la «utilidad». Desde Bentham se han propuesto múltiples interpretaciones de la utilidad, pero para él consistía en la felicidad y el placer humanos, y su teoría de las acciones correctas se resume en ocasiones como el fomento de «la mayor felicidad del mayor número posible».

Francis Hurcheson (1694-1747) fue uno de los primeros en formular la nueva teoría. Claude Helvetius, en su obra De l’esprit (1758), la propugnó en Francia como instrumento para la reforma social. Partiendo del hecho de que el hombre actuará básicamente según su propia conveniencia, infiere que el único criterio general para juzgar los actos
es el principio del mayor bien para el mayor número de personas.

Sobre esta base se hace posible reformar la sociedad mediante una legislación, haciendo que el obedecerla sea ventajoso y conveniente para todos. Para ello se disponen diversas penas como castigo a los actos que vayan en contra del bien común.

Al evaluar las posibilidades de sufrimiento los hombres se sienten incitados a la obediencia. Debemos notar en este punto que la nueva perspectiva utilitarista se basa en ciertos supuestos propios no examinados.

En primer lugar se da por sentado que el mayor bienestar posible de la comunidad es consecuencia de la persecución por parte de cada cual, adecuadamente motivada, de los propios intereses. Se presupone que la igualdad de los intereses individuales y la armonía entre ellos reside en cierto modo en la naturaleza de las cosas.

La negación de la libertad
Los escritos de Paul Holbach (1723-89) subrayan la misma fuerza utilitarista, especialmente en lo que concierne a la naturaleza del gobierno. El bien de la humanidad se ve frustrado precisamente cuando los gobiernos se apartan del principio de la utilidad. La clase dirigente explota entonces al resto de la sociedad, negándole esa libertad a la que tienen derecho todos los hombres como único medio para realizar su propia felicidad y el bien común.

Lo único que se necesita para remediar los defectos del mal gobierno es la educación: una vez que los hombres hayan descubierto dónde reside su verdadera conveniencia, no tardarán en adoptar el principio adecuado.

El movimiento fisiocrático, nacido en la Francia del siglo XVIII, adoptó también el principio de la utilidad, pero combinándolo con la opinión de que el gobierno no debe intervenir en la esfera de la economía: se sirve mejor al bien común dejando que ésta siga su curso natural sin impedimentos.

La doctrina del laissez-faire del liberalismo económico habría de influir a su vez sobre los economistas británicos: queda bien evidente en esa especie de fatalismo económico de David Ricardo (1772-1823) o Thomas Malthus (1766-1834).

Jeremy Bentham se halla todavía entre nosotros: en su testamento legaba su cuerpo 2 la ciencia, pero dispuso que el esqueleto, vestido con sus ropas, se exhibiese en una urna para servir de inspiración a sus discípulos y a la  posteridad.

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David Hume señaló que los hombres actúan con frecuencia siguiendo sus impulsos y sin considerar previamente los resultados de sus  actos.

En el movimiento de reforma
liberal surgido durante el siglo XIX causaría cierta tensión, puesto que’se vio claramente que no era tan sencillo conciliar los ideales de la Revolución Francesa: libertad e igualdad parecían en cierto sentido antagónicas. Es en esta dificultad donde hallaría una de sus fuentes de inspiración el movimiento revolucionario de Marx y Engels.

En la obra de David Hume (1711-76) hallamos una aplicación directa del principio de la utilidad. Hume sostuvo que, de hecho, los hombres decidían el distinto curso de sus actos evaluando el equilibrio entre el bien y el mal que podría resultar. Al mismo tiempo estableció un punto muy importante al observar que, por lo general, no se calcula la acción en sentido estricto, sino que los hombres actúan según sus impulsos a la luz de lo que en ese momento consideran como más adecuado a sus mejores intereses.

Cesare Beccaria (1738-94), seguidor italiano de Helvetius, propuso la reforma del derecho penal sobre la base del principio de la utilidad. Con un espíritu muy propio de la Ilustración, pretendió abolir la tortura judicial y la pena de muerte, insistiendo en que ercastigo no debería ser más de lo necesario para hacer al crimen poco atractivo en comparación. Además debería suprimirse todo aplazamiento y, sobre todo, toda duda respecto a cual sería tal castigo.

Aumento de la felicidad
En tanto que el fermento de la Ilustración conducía en Francia a la revolución de 1798, en Inglaterra tomó un sesgo mucho menos violento. La reforma se fue operando gradualmente, gracias a los esfuerzos de los radicales filosóficos, en línea directa con los grandes filósofos empiristas. Uno de los más influyentes fue Jeremy Bentham (1748-1832). Pese a no ser un pensador verdaderamente original, dio notable impulso a la causa de la reforma con sus detallados estudios, especialmente en el campo de las leyes. Siguió a Helvetius y Beccaria y, al igual que ellos, adoptó el principio de la utilidad como dogma básico.

El criterio para juzgar si una acción es buena o mala es el aumento de la felicidad o la disminución de la infelicidad. Lo que produce la felicidad es el placer o la ausencia de dolor; se supone que lo único que persigue el hombre por su propia causa es el placer y la evitación del dolor. Naturalmente, hay que tomar el concepto de placer en un sentido adecuadamente general. Pero nunca se explica con claridad cómo debe entenderse. Bentham va más allá y afirma que se puede atribuir a cada placer y a cada dolor una especie de valor numérico en una escala general, no sólo para una persona, sino para diferentes personas.

Evidentemente, este método de los equilibrios de placer no es un principio ético muy útil para servir de guía y norma de conducta. De hecho, el cálculo de Bentham es la parte más endeble de todo su método: incluso sus propios seguidores pudieron verlo. Por otra parte, no está nada claro cómo debe efectuarse la reducción de todas las cosas a una sola escala, ni tan siquiera si ello es posible.

Sin embargo, y como guía para la reforma legal, el principio de la utilidad tiene indudablemente cierto mérito. Con arreglo a él, Bentham examina todo el campo de la ley y de los procedimientos legales. En vez de las viejas justificaciones teóricas que acompañaban a la teoría de la ley natural, Bentham valoraba todas las disposiciones legales por medio del principió de la utilidad.

En tanto que los teóricos de la ley natural condenarían el robo, por ejemplo, por ir contra el derecho de propiedad, los utilitaristas lo condenan porque la inseguridad que crea menoscaba la felicidad humana. En derecho penal especialmente establecieron un sistema de sanciones cuya finalidad consistía en hacer que al hombre le resultase desagradable cometer un delito.

La proporción de la pena es tal, que sólo las consideraciones utilitaristas pueden disuadir al criminal. Bentham sostuvo que la bárbara severidad de los castigos entonces al uso era un error, no tanto a causa de su crueldad como porque no se ajustaba al principio de la utilidad. Con todo, trabajó seriamente en favor de la reforma penitenciaria, propugnando mejores condiciones para los presos y un trato más humano; por desgracia, sus esfuerzos para que el gobierno adoptase el nuevo tipo de prisión que él mismo había diseñado resultaron infructuosos.

Aún estaba muy lejana la reforma penal: a finales del siglo XVIII, el niño que fuese descubierto robando un pan porque tenía hambre, corría el riesgo de morir ahorcado.

Uno de los aspectos legales que hoy día vuelven a atraer una vez más la atención de los reformadores es el campo de los procedimientos. En él formuló Bentham importantes sugerencias que se hallan entre sus proposiciones más originales y, al mismo tiempo, menos afortunadas en la práctica. También aquí se hallaba demasiado adelantado a su tiempo, pues argüyó que los tediosos procedimientos y la oscuridad del lenguaje legal eran un obstáculo para la auténtica jurisprudencia.

Las actuaciones legales resultaban así indebidamente largas, costosas e inciertas. Lo que él proponía a cambio era un sistema en el que los litigantes pudiesen reunirse en una especie de ambiente de comité, con el juez como presidente y arbitro de la causa.

Lo mejor para la comunidad
En la esfera de la economía, el principio utilitarista negó toda intervención del gobierno. Ello se debió en parte a la creencia de que el libre intercambio de los intereses propios de cada individuo conduciría al mejor resultado posible para la comunidad en conjunto.

Otro concepto que respaldaba dicha actitud era la convicción de que las leyes económicas actuaban, en términos generales, como las leyes físicas de Newton, por lo que resultaba sencillamente inútil intervenir. Esto pone de relieve uno de los aspectos más débiles de la teoría utilitarista, no sólo en la esfera de la economía, sino también en los campos legal y político: los utilitaristas omitieron por completo toda consideración de la fuerza de las tradiciones e instituciones que se han desarrollado a lo largo de la historia.

La tarea de los primeros utilitaristas en el campo político era, en cierto modo, limitada. La función del gobierno quedaba para ellos muy restringida, ya que no incluía los asuntos económicos. Tanto Bentham como James Mill (1773-1836) eran partidarios de la ampliación del derecho político sobre la base del principio de la utilidad: al conceder el voto a mayor número de personas, y al reducir el período de mandato de los representantes elegidos, el gobierno podría hallarse más directamente relacionado con la mayor felicidad del mayor número  de seres.

Thomas Malthus fue, junto con Ricardo, una importante figura en el desarrollo de la teoría económica en la Gran Bretaña, si bien es mucho más conocido por su teoría sobre la expansión de la población, teoría que no ha  perdido vigencia.

Según el filósofo inglés de finales del siglo XYIII Jeremy Bentham: «La mayor felicidad del mayor número es la medida de lo que es correcto o equivocado». Este principio creaba una ciencia de la toma de decisiones ética, un medio de resolver controversias por métodos prácticos y contrastables que, llevados al extremo, podían llegar a ser cuantitativos y estadísticos. Con este objetivo, Bentham inventó un método para «calcular la felicidad») que abarcaba siete dimensiones del placer y del dolor: la intensidad (¿cómo de intenso es el placer o el dolor?), la duración (¿cuánto tiempo dura?), la certeza (¿qué probabilidades hay de que el resultado final sea ese tipo de sensación?), la propincuidad (¿con qué prontitud se producirán los resultados?), la fecundidad (si el resultado es placentero, ¿puede ser seguido por sensaciones del mismo tipo?), la pureza (¿es probable que el resultado sea seguido por sensaciones del tipo contrario?) y la extensión (¿a cuántas personas afectará?). Alguien que contemple la posibilidad de empezar a fumar puede hacer un cálculo de este tipo al plantearse: «¿Merece la pena?». En la esfera pública, esta es la estrategia de los economistas para realizar el análisis coste-beneficio, en el que se sopesan, por ejemplo, los costes de los sistemas de seguridad ferroviarios frente al número de vidas que salvarán.

El abandono de un principio
Sin embargo, pronto se hicieron evidentes los fallos del primer programa utilitarista en el campo económico. Lejos de mejorar la suerte de la humanidad en conjunto, el crecimiento no regulado del industrialismo sumió a vastos contingentes de población en las condiciones más abyectas de sordidez y miseria. Tenía que haber algún error básico en los viejos supuestos.

Así supo reconocerlo John Stuart Mill (1806-1873), que fue descubriendo gradualmente la necesidad de modificar la filosofía utilitarista. Sufrió en parte la influencia de la filosofía idealista germánica, y en parte de la de Auguste Comte (1798-1857).

Como resultado, el utilitarismo de John Stuart Mill representa en ciertos aspectos un abandono total del antiguo principio de la utilidad. Si bien lo establece explícitamente, en la práctica está muy lejos de aplicarlo, cosa que por otra parte resulta imposible dado sus nuevos puntos de vista, puesto que introduce distinciones entre los placeres, y ello impide el tipo de comparaciones que requerían los cálculos de Bentham.

Además, al definir el placer simplemente como lo que el hombre desea, y al admitir que algunos de esos placeres son buenos como fines en sí mismos, independientemente de las consecuencias, lo que realmente hace es abandonar el utilitarismo. Sigue prodigando alabanzas a la vieja doctrina, pero ya no se adhiere a ella. Al mismo tiempo, es incapaz de desarrollar una doctrina nueva coherente: Mill tiene conciencia de los problemas, pero no sabe hacerles frente. Su actitud es más contemplativa que de acción.

En su famoso ensayo Sobre la libertad describe la libertad de pensamiento y de discusión como acordes con el principio de la utilidad, puesto que permite difundir las nuevas ideas y estimula la inventiva; pero también dice que la negativa de esta libertad perjudica a la naturaleza moral del hombre. Evidentemente, considera la libertad como una cosa buena en sí misma.

En la época de Mill, las amenazas a la libertad no estaban ya en las restricciones impuestas por una mayoría invasora que trataba de suprimir las opiniones de la minoría. No creía que la tarea del gobierno consistiese en intervenir para ayudar al pueblo; era mejor dejarle defenderse por sí mismo, a fin de fortalecer su propio sentido de autoconfianza.

Sin embargo. Mill empezaba a comprender al mismo tiempo la necesidad de que el Estado introdujese una legislación protectora en el orden económico —legislación que, de hecho, llevaba ya algún tiempo en vigor. Ella contribuía a evitar la explotación de las mujeres y los niños, y garantizaba unos niveles adecuados en las condiciones de trabajo, aspecto en el que habían resultado totalmente inoperantes los motivos utilitaristas privados.

Ciertamente, y a pesar de las tradicionales sospechas liberales contra la interferencia, Mill era partidario de varias actuaciones gubernativas; pero fue incapaz de establecer un criterio general respecto a qué legislación era deseable y cuál no.

La doctrina del utilitarismo sigue siendo importante en la única esfera donde puede resultar hasta cierto punto plausible, esto es, como una especie de guía aproximada para la legislación. Cuando se establecen, por ejemplo, unas disposiciones para el tráfico, el objetivo es promover el bien general.

Que la evaluación del problema sea correcta y la finalidad conseguida es ya, naturalmente, otra cosa. Además, hay ciertas ocasiones en las que el legislador confunde el bien general con sus propias conveniencias administrativas. Gran parte de la legislación social se basa en el supuesto de que habrá de proporcionar el mayor bien a la mayoría de personas. Sin embargo, el principio utilitarista puede degenerar en tiranía.

Una de las mayores dificultades de Mill fue reconciliar la utilidad con la libertad. Pero para este problema no existe una solución general.

La Teoria Marxista El Marxismo La Lucha de Clases Los Obreros

La Teoría Marxista-La Lucha de Clases
Los Obreros

La Teoria Marxista El Marxismo La Lucha de Clases Los ObrerosEntenderemos por “marxismo a la teoría científica que expresa los intereses históricos revolucionarios del proletariado como clase social. Su producción va a estar condicionada por la existencia de esta clase cuyos intereses históricos van a pasar por la supresión de toda forma de explotación.

Será el punto de vista proletario, aún no fundado científicamente, de Carlos Marx y Federico Engels el que les permitirá producir esta teoría apoyándose, pero a la vez rompiendo con ellos, en los logros de la economía política clásica, la filosofía alemana y el socialismo francés.

Si el liberalismo había removido las bases del mundo medieval que agonizó durante la «Edad Moderna», el nacimiento del marxismo va a sacudir hasta sus más profundas raíces el pensamiento del siglo XIX. Como dicen Marx y Engels en sus primeras palabras del Manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo». Nada mejor que esa frase para comprender lo que significó el marxismo en su época.

El liberalismo había cuestionado la legitimidad del poder basado en la voluntad de Dios, había proclamado la libertad de conciencia y había reconocido la libertad económica como «natural». Todo eso había escandalizado a los conservadores que seguían soñando con un mundo teocéntrico, estático y cerrado.

Pero el mensaje marxista, para la Europa de su tiempo, es mucho más conmocionante aún, porque venía a decir que Dios era un invento de las clases dominantes para adormecer a los pobres, que era inevitable la inminente supresión de toda forma de propiedad privada y anunciaba el arribo de un paraíso terrenal, sin dios, sin familia ni propiedad, donde todo, incluso las mujeres y los hijos sería propiedad de todos, hasta llegar a suprimir al mismo Estado.

Para colmo, estas ideas no eran fruto de una mente afiebrada sino el enjundioso trabajo de un economista serio, estudioso y extremadamente detallista en sus razonamientos.

En general, la mayoría de las personas creen que el marxismo consiste en suprimir la propiedad privada y entregar el manejo de la economía al Estado. Esta es una simplificación extrema del pensamiento de Marx, que es sumamente elaborado y complejo. Lo primero que sorprende al que acomete la ardua tarea de leer las obras de Marx, en especial los tres voluminosos tomos de «El Capital » es que Marx casi no habla ni de socialismo, ni de comunismo, sino que se refiere exclusivamente a la crítica del sistema capitalista.

Gracias a la tecnología hoy podernos hacer con facilidad un recuento de palabras en esta abrumadora obra, y podemos comprobar que en «El Capital» que a lo largo de sus miles de páginas se menciona 6468 veces la palabra «Producción», 7979 veces «trabajo», 2238 «plusvalía», 6792 veces «valor», mientras que sólo se menciona 3 veces la palabra «socialismo» y 4 veces «comunismo».

Como si esto fuera poco, cuando buscamos la palabra «socialismo» vemos que las tres veces que la menciona lo hace ‘para criticar al socialismo de Proudhon; y cuando rastreamos el vocablo «comunismo» encontramos que tres veces se usa para hablar del «comunismo de las tribus primitivas» y la otra mención es en carácter peyorativo: En el Capítulo 37 del tomo 30 dice «Sé que si establezco esta comparación me acusarán de comunismo. Y para nuestra sorpresa, no hay otra mención al comunismo, ni al socialismo en su obra magna Este recuento estadístico se hace con una finalidad específica, que intentemos mirar la doctrina de Marx desprendiéndonos de los prejuicios y simplificaciones que suelen hacerse.

El marxismo como teoría científica no es producto del trabajo en el laboratorio, y así como su surgimiento va a estar condicionado por las luchas de clases, su rol de ideología del proletariado revolucionario define su sentido último: su reinscripción en la lucha revolucionaria como ‘guía de la acción”. Su realización histórica se encuentra en la práctica social del proletariado, transformándose así en fuerza material de cambio por lo que es imposible referirse al marxismo como teoría científica sin hacerlo al mismo tiempo con su expresión en la práctica política revolucionaría.

Estos dos niveles, diferentes pero internamente ligados, teoría y práctica revolucionaria serán los dos ejes centrales de nuestra esquemática exposición.

El marxismo como teoría. Las diversas concepciones con que se interpretaban hasta Marx y Engels los fenómenos históricos suponían, de una u otra forma, el idealismo filosófico. Todo proceso concreto era entendido como un momento de la realización de un principio ideal, ya sea directamente religioso (voluntad divina) o metafísico filosófico (la realización de la Idea Absoluta, del destino de Libertad, de Nacionalidad, etc.). Así, se fundamentaban las diversas “filosofías de la historia” que, para los fundadores del marxismo, no serían en definitiva más que ideologías de las diversas clases dominantes. El orden existente, basado en la explotación de clase, encontraba en los principios ideales que supuestamente movían los hechos de la historia humana una garantía absoluta que los legitimaba y justificaba.

La revolución teórica que opera Marx desde la perspectiva del proletariado supone un cambio radical de los términos en que se planteaba el problema e inaugura un nuevo espacio teórico, no regulado por la elaboración de principios ideales imaginarios, sino por el conocimiento de las leyes objetivas del campo social especifico en estudio: el Materialismo Histórico. Ciencia que sacará el problema del terreno de las “filosofías de la historia” y que obrará condicionando la elaboración de las bases de una nueva filosofía: el Materialismo Dialéctico.

La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases.
Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna.

En las anteriores épocas históricas encontramos casi portadas partes una completa diferenciación de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales. En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos, y además, en casi todas estas clases encontramos, a su vez, gradaciones especiales.

La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas.

Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más en dos grandes bandos hostiles, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado.

MARX, K., y ENGELS, F.: El Manifiesto del Partido Comunista.
1848.

«En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia […]. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella […]. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso, en la formación económica de la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués.»

Karl Marx. Contribución a la crítica de la economía política, 1859.

Ideas de Marx Sobre Malthus

La Cultura Humana y El Hombre Su Relación y Función Social Valores

Cultura Humana:Concepto y Su Relación Con El Hombre
Función Social de la Cultura

EL HOMBRE Y LA CULTURA
Cultura y culturas

Generalmente, cuando hablamos de cultura pensamos que gente culta es aquella muy educada, que sabe mucho, que va a conciertos o que concurre frecuentemente a las exposiciones de pintura. Sin duda, estas personas son cultas. Pero si sólo ellas lo fueran, la cultura afectaría a una pequeña parte de la población; y esto no es así. Todos tenemos cultura, porque esta idea abarca mucho más que esas muestras de refinamiento. «La cultura es todo lo que el hombre hace, dice o piensa.» (Ver abajo concepto de Cultura y Sociedad)

Concepto: Cultura, conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo determinado. El término ‘cultura’ engloba además modos de vida, ceremonias, arte, invenciones, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias. A través de la cultura se expresa el hombre, toma conciencia de sí mismo, cuestiona sus realizaciones, busca nuevos significados y crea obras que le trascienden. (Ver: Manifestaciones Culturas de Argentina)

la cultura humana su funcion social

En conclusión, la cultura es el conjunto de formas de comportamiento y maneras de pensar característicos de un grupo de personas. Cuando un niño nace, el grupo le enseña cómo comportarse según lo que se considera correcto y –aunque a lo largo de su vida– haya costumbres que cambien, lo principal de esta manera de comprender el mundo se mantiene inalterable. Así, la cultura es una herencia que el hombre recibe y mantiene a lo largo de su vida aunque se introduzcan cambios parciales.

Cuando un chico nace en nuestro país, aprenderá a hablar español; estará obligado a ir a la escuela a partir de los cinco años; no podrá casarse sin consentimiento de sus padres antes de los dieciocho y muchas cosas más que nos parecen naturales pero que no lo son. En otras culturas, las costumbres son diferentes.

Los elementos que integran cada cultura son las formas de vida, es decir, la manera en que una sociedad asegura su subsistencia y se adapta al medio físico; la estructura social, o sea, cómo se ordena la sociedad teniendo en cuenta las relaciones que mantienen sus integrantes entre sí (parentesco, vecindad, clases sociales, sexo, edad); las creencias, los valores, las normas y los principios aceptados mayoritariamente (lo que la sociedad considera que está bien y que está mal); la organización política (formas de gobierno, autoridades, leyes), y la religión, la lengua, el arte.

Sin embargo, las culturas cambian. Estos cambios pueden producirse por la lenta aparición y aceptación de nuevas pautas o costumbres. Pero, normalmente, la mayor parte de los cambios son el resultado del contacto con pueblos que tienen rasgos diferentes. Estos contactos tradicionalmente se producían como consecuencia de las guerras o las conquistas, pero también por vías pacíficas como el comercio. A esta forma de introducir cambios -cuando las innovaciones se transfieren de un grupo cultural a otro- se la llama difusión. No todo se transfiere de un grupo a otro sin problemas. Es fácil que se transmitan nuevas técnicas para producir alimentos. Pero no será tan simple que se adopte una nueva religión.

Cultura y conceptos

Cultura es una palabra proveniente del latín que significa cultivo, y en este sentido podría entenderse como el acto de cultivar y mejorar las facultades físicas, morales e intelectuales del hombre. De hecho, la cultura es lo realizado por el hombre, ya sean transformaciones o innovaciones materiales o creaciones sociales, científicas, artísticas, religiosas, éticas, etcétera, que le ayuden directa o indirectamente a satisfacer sus necesidades.

Para algunos estudiosos del tema, las palabras cultura y civilización son sinónimos. Aunque en estricto sentido no debiera ser así, ya que el concepto civilización se toma como los avances logrados por las sociedades más dinámicas y, por tanto, está más bien ligada a los centros urbanos que al campo; en cambio, la cultura es un término más amplio que incluye la civilización, pero además, las manifestaciones de todo tipo que el hombre ha dejado en el planeta.

Son significativos en el proceso histórico de los pueblos, los préstamos culturales (aculturación), que en forma amistosa u hostil han practicado entre sí; en otras palabras, intercambio cíe conocimientos, costumbres, ideología, etcétera. Ejemplos de esta situación se tienen a lo largo cíe la Historia, así están España y América, el primero es el pueblo dominante y el segundo, el dominado. Roma conquistada por los bárbaros se les impone culturalmente.

Se parte del hecho de que el hombre para vivir con sus semejantes, debe adaptarse a la forma de vida del grupo en el cual se encuentra, tal situación (endoculturación), que puede ser consciente o inconsciente, se inicia en la niñez y culmina con la muerte. Ahora bien, al paso de los siglos, en las diversas áreas geográficas se han ido desarrollando diferentes culturas, dependiendo éstas de los hábitos, actitudes y conductas de los pueblos.

Aspectos de la cultura

El hombre, por su inteligencia y por su capacidad de razonar, se distingue de los demás animales. La vida de éstos en general conserva las mismas costumbres de sus antepasados, en tanto que el hombre las altera, cambia, etcétera, de ahí que su herencia social y cultural lo transforma en el tiempo y en el espacio.

Curioso es destacar la semejanza de los fines de todas las culturas entre sí, esto es, se tiende a una unidad psíquica de la humanidad. Las necesidades que experimenta el ser humano pueden ser de orden primario (o fisiológicas), secundarias (psíquicas), y su satisfacción es variada en cada cultura.

Habrá mejor comprensión de la cultura si se basa en ciertos aspectos de orden material e inmaterial, mediante los cuales se llega a la satisfacción de las necesidades arriba citadas.

Los aspectos de la cultura son:
I) Material: en el que se considera a la tecnología
II) Inmaterial: La organización social, las estructuras políticas y de educación
Los sistemas de creencias, el control del poder
Las artes gráficas y plásticas, el folclor y la música
El lenguaje

El hombre puede alterar y adaptar el lugar donde se encuentra para poder vivir. Lo realizado por el hombre para satisfacer sus necesidades físicas, constituye la cultura material, la cual no es parte de la cultura, sino el producto de la misma, y mediante su estudio se conoce la vida que desarrollaron los seres humanos.

La tecnología se puede considerar como la suma de las técnicas que poseen los miembros de una sociedad. La aplicación de la tecnología da como resultado artefactos, tales como instrumentos, recipientes, alimentos, vestidos, albergues, etcétera.

La cultura del hombre primitivo, poco a poco se fue transformando, como cuando pudo comunicarse con sus semejantes a través de la expresión, o al producir utensilios o armas punzo cortantes, así como vasijas, y un arte rudimentario.

Notemos que la habilidad para comunicarse a través del lenguaje permitió al hombre poder transmitir a sus semejantes y sobre todo .a sus descendientes, sus experiencias, y de esta forma, las nuevas generaciones fueron aprendiendo más y en su momento enriquecieron el conocimiento general, el que muchos miles de años más tarde, recibió otro impulso fuerte al iniciarse la escritura y todavía hubieron de pasar otros miles de años más para que la imprenta permitiera una difusión más amplia de las ideas.

Nada hay que delate tanto el grupo social al que pertenece un individuo, como su manera de hablar. La entonación y el vocabulario señalan de forma sintomática su origen, cultura, educación y, en muchos casos, hasta su profesión. Así, se encuentran ciertos lenguajes particulares dentro de la lengua común. Un grupo de individuos relacionados por un oficio o por un mismo interés habla, a veces inconscientemente, con una forma especial de lenguaje, con terminología propia, para tratar las cosas que sólo a ellos interesan. Los que integran dichos grupos no se preocupan de que los extraños no los entiendan; antes presumen de ello, estrechando así una íntima solidaridad y multiplicando sus peculiares expresiones.

Entre el dialecto -expresión lingüística de una unidad geográfica- y lo que llamaremos lengua de grupo -correspondiente a un círculo social- existe una diferencia fundamental. Un hombre puede vivir toda su vida con sólo un dialecto. Es ésta una forma particular de la expresión universal, ya que con ella puede manifestarlo todo, y las demás lenguas pasarle inadvertidas hasta su muerte. Es su lenguaje, y con él le basta; es algo tan propio como su ser y su personal forma de vivir.

No podemos decir lo mismo respecto de la lengua de grupo. Cuando una afición o una profesión obligan a crear una lengua especial, vigente sólo para los que pertenecen a ella, únicamente unos pequeños matices de vocabulario y algunas construcciones, la separan de la expresión corriente.

Los que forman el grupo -marinos, médicos, futbolistas, etcétera-, crean este lenguaje para los asuntos que los asocian, y el resto de las manifestaciones vitales no se incluye en él. De esta forma, a diferencia del dialecto, es una lengua incompleta y no sirve para la vida de un modo total e inconsciente.

Más difícil sería precisar la distinción entre lengua de grupo y argot. Ambos divergen algo del habla natural y conviven con ella en la conciencia del hablante. Ambos se utilizan en la relación entre los miembros de un grupo; únicamente el secreto con que se esconde el valor de las palabras del argot subrayaría su clandestinidad.

Argot sería, por antonomasia, la lengua secreta de los que viven fuera de la ley. Argot se llama al lenguaje de los bajos fondos de París, mientras en Londres lo denominan slang, y gergo en Italia. Lengua de germanía es su equivalente español; caló no es exactamente lo mismo, pues lo hablan sólo los gitanos.

Un caso especial es el del lenguaje médico, que siendo lengua de grupo, se convierte en argot por voluntad expresa de los profesionales que, con su extraña jerga, vedan piadosamente la verdad al enfermo o a sus familiares, demasiado sensibles a una realidad desagradable.

Por su parte, los instrumentos y herramientas de trabajo fueron facilitando la convivencia social, y al mismo tiempo, determinaron una división de las labores ligada a la forma de producir.

En tanto analizamos los diversos modos de producción de las sociedades a través de su historia, podemos imaginarnos la evolución de la cultura desde las sociedades primitivas nómadas, dedicadas a la cacería y a la recolección de frutos y el cambio que vendría cuando se empezó a explotar la agricultura, lo que trajo como resultado el hombre sedentario, empezándose a formar así pequeños asentamientos humanos que paulatinamente se convirtieron en ciudades con una cada vez más compleja división del trabajo que producía a su vez, mayores intercambios culturales como el conocimiento de idiomas, de puntos geográficos, de formas de vida y organización; pasando por las épocas de la civilización Griega Clásica, del Imperio Romano, de la Edad Media, del Renacimiento, de la Revolución Industrial, y los cambios de organización democrática derivados de la Revolución Francesa, hasta llegar a la cultura de la civilización industrial moderna. En este largo esfuerzo, muchos hechos y muchos hombres han dejado una huella imborrable.

DEMOCRACIA: FUNCIÓN SOCIAL DE LA CULTURA:

Para la democracia lo más valioso es el hombre; la búsqueda del bien común se concreta en la permanente preocupación de las autoridades para hacer llegar los beneficios de la salud y de la educación a un número cada vez más creciente de habitantes.

Precisamente una de las características más salientes de la democracia verdadera —de la democracia «real», o «efectiva»— es la igualdad de oportunidades para todos. La enseñanza y la educación puestas al alcance del pueblo posibilitarán el grado mínimo de virtud y de cultura de la ciudadanía de cuyo seno surgirán los gobernantes y los funcionarios.

Todos los documentos relacionados con los derechos humanos han hecho hincapié en el derecho de todo hombre a acceder a la educación y a la cultura.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948), dice en su artículo 26:

«1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.

2. La Educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia, y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos y religiosos; y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos».

Los índices elevados de analfabetismo, la semialfabetización, las dificultades para que los habitantes de bajos y medianos ingresos lleguen a la educación técnica o universitaria, demuestran bien a las claras que, en muchos países americanos, en el aspecto que consideramos, la simple enunciación de los derechos no pasa de allí.

El pan de la ciencia, de las artes, de la cultura, en general, debe estar al alcance del pueblo. No puede admitirse que sea el privilegio de un sector, ni siquiera de aquellas personas de gran capacidad intelectual y de mucha fuerza de voluntad. Por eso el gobierno puede imponer un mínimo de enseñanza y controlar a padres y alumnos sobre su cumplimiento.

La formación física, la enseñanza de las ciencias en general y de las artes, los cursos de adultos, los profesionales y técnicos, etc., tienen que estar al alcance del pueblo.

Este enfoque político no es tan sólo democrático, sino también profundamente humano. Es deber del estado velar continuamente por el aumento de la eficiencia intelectual y cultural de los habitantes por el apoyo a la difusión del libro, a la multiplicación de las bibliotecas populares, centros de cultura y recreación, al fomento del arte, de publicaciones instructivas y formativas, etc.

En este aspecto es importante el control de los medios de comunicación —especialmente internet, prensa, radio y televisión— para que sean el vehículo de la educación, de la cultura, de la belleza, en la sociedad.

Función social de la cultura, en último término, significa ponerla al servicio del mejoramiento personal y social. Ello se logra crean do las condiciones necesarias para que los derechos que solemnemen lo enumeran la Constitución y las leyes, tengan una vigencia real y práctica pará lodos los habitantes del país.

LA CULTURA AL SERVICIO DE LOS MIEMBROS DE LA SOCIEDAD:

El mejoramiento del estado sanitario de la población es una de las metas fundamentales del bien común.

La otra es el esfuerzo educativo y cultural, como acabamos de explicar en el punto anterior.

Se trata de verdaderas prioridades de la acción de gobernar.

Los resultados inmediatos de estos dos esfuerzos prioritarios serán el perfeccionamiento técnico, el aumento de la productividad, un mejor reparto de riqueza, una calidad superior de vida, etc.; es decir, la promoción material y moral de los integrantes de la sociedad.

El esfuerzo de instrucción, educación y formación técnica debe ser paralelo a la implantación de métodos de fabricación, explotación y administración, modernos y eficaces, que se adapten a las características de cada región. El mismo, quizá, deberá dirigirse con más énfasis, en un país como el nuestro, pródigo en cultivos y ganados, hacia el sector agrícola, más propenso a la inercia y a la penetración de los sistemas modernos.

La creación de centros de salud, escuelas industriales, estaciones experimentales, etc., constituye como escribe Gustavo F. J. Cirigliano, un gasto productivo dentro del presupuesto del estado:

«El hecho de invertir en educación depende del valor que se le asigna a ésta. Cuando un gobierno carece de verdadera visión política, se despreocupa de la estructura educacional. Habi-tualmente no quiere invertir en educación porque no se la considera productiva… No es la educación la que, por su naturaleza, es improductiva. Es su papel dentro de la política más amplia que la convierte en tal. Si se considera que el potencial de un país se puede dividir en riqueza o recursos naturales, por un lado, y capacidad humana, por el otro, nos encontramos con que de esta última es responsable la educación que forma los técnicos, los profesionales, los dirigentes, los políticos y los ciudadanos en general».

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LECTURA COMPLEMENTARIA:
CONCEPTOS DE SOCIEDAD Y CULTURA:

Sociedad y cultura son dos conceptos que se necesitan mutuamente. Tanto es así que algunos autores sólo utilizan uno de ellos para referirse a ambos. Para diferenciarlos, podríamos señalar que la sociedad está integrada por un grupo de hombres y mujeres y que la cultura es todo lo hecho y aceptado por ese grupo humano.

Se piensa, generalmente, que la cultura es privativa del «hombre culto»: una persona erudita, afecta a las artes plásticas y a la música clásica, alguien que uno podría decir que sabe muchas cosas. Si bien ésta es una noción bastante arraigada, no sólo las »bellas artes» son cultura, también lo es el sistema de valores y de comportamientos que comparten los miembros de una sociedad. La cultura de una sociedad indica, por ejemplo, cómo debe ser la relación entre hombres y mujeres, qué alimentos se comen con más frecuencia, etcétera.

El término «cultura» alude, entonces, a las formas, los modelos o los patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales una sociedad regula el comportamiento de las personas que la forman. Los patrones explícitos de comportamiento son aquellos que están expresados claramente, por ejemplo, en la redacción de una ley. Los patrones implícitos, por el contrario, no están escritos ni explicitados, son prácticas sociales durables, que se consideran importantes para el bienestar del grupo. Las costumbres acerca de cómo se deben comportar padres e hijos son un ejemplo.

La cultura es obra exclusiva de los grupos humanos que la comparten, incluye también los objetos materiales que han creado o que aceptan y usan las personas en su quehacer cotidiano.

La cultura es dinámica, se transforma. Los elementos que la forman –creados y construidos por los hombres– actúan sobre los miembros de la sociedad que la produce y, al mismo tiempo, el ser humano conserva la posibilidad de introducir nuevas construcciones. Pensemos, por ejemplo, en cómo influyeron en la vida de las personas los avances científicos y tecnológicos de este siglo: la televisión, el satélite, las computadoras, etc. Estos elementos modificaron la vida de las personas y, a la vez, impulsaron la aparición de nuevas creaciones humanas.

Fuente: Educación Cívica 2 – Edit. Santillana – Secundaria – Casullo-Bordone-Hirschmann-Masquelet y Otros