Historia de Japón: Dinastía Tokugawa

Primeros Pueblos Que Habitaron en Japón Cultura Jomon

LOS ORÍGENES DEL JAPÓN – CULTURA JOMON

¿De dónde provienen los japoneses? Numerosas controversias no han resuelto todavía el problema; los primeros ocupantes parecen ser los ainu, de raza blanca, progresivamente rechazados hacia el norte de Hondo y a la isla de Hokkaido donde actualmente no viven más que en algunas reservas. Después vendrían los pueblos altaicos por Manchuria y Corea, y los malayo-polinesios por el sur.

Los filólogos, a quienes la lengua japonesa plantea arduos problemas, han distinguido, efectivamente, en esta lengua elementos altaicos y austronesios. En cuanto a los arqueólogos, no han hecho más que volver a colocar el mundo de los sabios ante nuevos problemas, sin que ninguno de los elementos descubiertos por ellos pueda iluminar a sus colegas antropólogos. Pero la hipótesis que supone al Japón colonizado primeramente por elementos de los que descenderían los ainu y que fueron después rechazados hacia el norte por pueblos procedentes del sur de China, continúa teniendo numerosos defensores.

El Japón tuvo una industria neolítica llamada Jomon, fruto de una civilización de cazadores seminómadas que no conocían la agricultura y que está caracterizada por una alfarería decorada con improntas de fibra o de valvas, con una orla en forma de corazón y motivos con aletas de peces.

Esta alfarería evolucionó, en el Jomon medio, bajo nuevas influencias que llegaban por la cadena de islas de la Indochina septentrional. En su época reciente, el Jomon señaló grandes progresos técnicos: el barro de la cerámica es más fino y está mejor cocido, la industria lítica es testimonio de innovaciones y los parajes de asentamiento humano se multiplicaron, atestiguando una vida colectiva intensa. Esta cultura neolítica se esparció sobre toda la superficie del Japón. En una fase final de esta cultura aparece el empleo de una panoplia completa de armas de madera (lanzas, arcos, flechas).

cultuta jomon japon antiguo

La primera civilización importante fue la de los Jomon (en japonés, “huella de cuerdas”, c. 10000-300 a.C.). Se caracteriza por la fabricación de figuritas de arcilla llamadas dogu y vasijas decoradas con motivos que recuerdan a una cuerda, lo que dio origen a su nombre. Era una cultura de cazadores y agricultores que vivían en pequeñas comunidades en casas de madera o de paja, construidas en hoyos poco profundos para aprovechar el calor del suelo.

Hacia esta época, se introdujo el caballo en el Japón, acompañando, sin duda, a nuevos grupos étnicos invasores. La cultura Yayoi, que, según unos, no fue más que la prolongación del Jomon pero de civilización agrícola sedentaria, y, según otros, una cultura diferente aportada por conquistadores, sucedió a la era Jomon. Esta larga evolución neolítica terminó con el empleo del bronce en ciertas comarcas, mientras que en el norte del Japón la civilización de la piedra se prolongó hasta los alrededores del siglo X de nuestra- era. La historia política del Japón es la de la mayor parte de los países de Oriente y se resume en la metamorfosis de un pueblo fraccionado en múltiples comunidades, cada una de ellas ferozmente celosa de su independencia, en una nación fuerte y poderosa.

Para esto, el Japón siguió, en el plano interior, las mismas etapas que llevaron a la formación del Imperio chino o el de los Maurya en la India. En el plano exterior, el Japón practicó, hasta el siglo xix de nuestra era, una política particular de repliegue sobre sí mismo, pero no de un aislamiento negativo como se ha escrito demasiado frecuentemente: el Japón acogió en todos los tiempos las influencias extranjeras. Las asimiló y mezcló con su propio espíritu y sacó una síntesis que fue siempre específicamente nipona. Pero cuando una influencia nefasta trataba de subyugar al Japón, los japoneses la rechazaban sin escrúpulos.

LOS PRIMEROS EMPERADORES:
El clan del Yamato

Los jefes de clan ostentaban los poderes políticos y religiosos, y dominaban, además de sus familias muy extendidas a causa de la poligamia, las corporaciones de artesanos, pescadores, agricultores, tejedores, obreros especializados en trabajos en laca. El culto shinto unía los hombres a todos los elementos de la naturaleza: sol, tempestades, ríos, árboles, etc., poblados de espíritus vagos e influyentes, los Kami. Muy cerca ya de la era cristiana, treinta clanes de cada cien mantenían relaciones con los emperadores chinos de la dinastía Han que les concedieron el título de príncipes.

Los emigrados chinos y coreanos ayudaron al desarrollo económico y cultural. En la pequeña planicie de Yamato, al sur del actual Kioto, iba a prosperar la clase de la cual saldría la familia imperial. Su origen divino está rodeado de leyendas, cuidadosamente conservadas para mantener el prestigio de la dinastía. En los cielos del Sol Naciente, en el seno de un Panteón muy bien equipado, Izanagi, «el Hombre que Invita», e Izanami, «la Mujer que Invita», se unieron, y de sus amores nacieron las islas del Japón y el mar por el cual se diseminaron estas islas. He aquí que Izanami da a luz nuevamente: en un centelleo de llamas, aparece el Dios del Fuego; este parto aterrador arrebata la vida a la madre. Su esposo, abrumado de tristeza, vaga en busca del cadáver de su bienamada. Por encantamiento, lo descubre bajo la forma de un montón inmundo de materias putrefactas.

Horrorizado, Izanagi se precipita en un torrente y se purifica bajo una cascada de agua clara. Su cuerpo entero se transforma súbitamente; de sus miembros nacen multitud de dioses, de su ojo izquierdo surge el Sol, del derecho la Luna, y de su nariz, la tempestad, el tifón. Amaterasu, diosa del sol, hija de la pareja divina Izanagi e Izanami, envió a su nieto Jimmu Tenno a la isla de Kiushu; después de haber cruzado el mar interior, desembarcó en la llanura del Yamato y fundó, hacia el año 660 a. de J. C, el Imperio japonés.

En realidad, los historiadores desmienten la tradición y sitúan los comienzos de la expansión del clan de Yamato a principio de la era cristiana; los cuatro primeros siglos permanecen, además, en la oscuridad. Los sucesores de Jimmu, Suinin, Seimu y Chue, ayudados por otras familias más o menos ligadas a su dinastía, acometieron la empresa de rechazar a los ainus hacia el norte, y a los Kumaso, tribu de filiación indochina, hacia el sureste. De esta forma, el dominio de los Tenno pudo extenderse hasta convertirse en el más importante y más poderoso del Japón. Sus relaciones con Corea y China le aseguraron el apoyo de estos dos países, al tiempo que favorecían el comercio que enriqueció a los emperadores nipones.

La familia imperial, cuyos miembros estaban considerados como «seres superiores», de origen divino, consiguió imponer a los otros clanes su autoridad espiritual. Hacia el siglo ni, las buenas relaciones con el reino Shiragi de Corea (Costa Este) se envenenaron, y los Tenno de Yamato, aliados a los Kudara, hermanos y rivales de los Shiragi, se empeñaron en una guerra de tres siglos, que terminó con la derrota de los coreanos orientales. Poco antes de terminar las hostilidades, Keite Tenno, preconizando la unidad nacional frente a los peligros coreanos consiguió extender su poder político sobre todas las islas niponas.

Inmediatamente después de la victoria, los coreanos vencidos enviaron al archipiélago monjes budistas encargados de hacer negociaciones; en esta ocasión, propagaron las enseñanzas de Buda, que iban a transformar profundamente la cultura y la historia japonesas.

El Periodo Heian
Con la llegada de la dinastía Heian en 794 y un periodo de una paz y una prosperidad relativas, la cultura japonesa pudo al ñn florecer al margen de las influencias chinas. La corte imperial se trasladó a una nueva capital llamada Heiankyo, la «Ciudad de la Paz», que sería conocida posteriormente como Kioto.

En ella, los japoneses desarrollaron su caligrafía y sus propios e intricados rituales, por lo general centrados en las damas cortesanas. Hasta el año 1192, el Imperio Japonés mantuvo la estabilidad, sobre todo gracias a la influencia de la familia Fujiwara, una dinastía de asesores imperiales que lograron conservar su influencia en el trono entablando lazos matrimoniales con la línea imperial. Asegurándose de ser los padres de las consortes imperiales y los abuelos de los futuros emperadores, pudieron manipular la política de la corte.

El gobierno por debajo del emperador estaba organizado según el patrón chino, con un Consejo de Estado regido por los clanes más poderosos de Japón, el cual se ocupaba de los asuntos cotidianos. Estos clanes solían enzarzarse en disputas entre sí y, poco a poco, dos de ellos se perfilaron como dominantes: los Taira y los Minamoto. En el ocaso del Periodo Heian, ambos rivalizaban por el control del imperio. El estallido de la guerra civil marcó el fin del Primer Imperio Japonés.

Los sogunes
Cuando Minamoto no Yoritomo derrotó al clan de los Taira en 1185, se hizo con el trono con ayuda de su imponente fuerza militar integrada por guerreros samurai, soldados profesionales que en un principio fueron campesinos pero que finalmente acabaron formando una casta propia.

Al establecer una dictadura militar, Yoritomo se autoproclamó sogún. Un sogún era en esencia un cacique militar que gobernaba en nombre del emperador, si bien en realidad los emperadores eran poco más que figuras decorativas y durante este periodo fueron los sogunes quienes realmente dirigieron Japón. El emperador vivía de las rentas que generaban sus propias propiedades y recibía el respaldo de los, sogunes siempre que a cambio este les ofreciera el suyo. En caso contrario, era depuesto. Bajo el gobierno de los sogunes, las provincias de Japón recuperaron parte de su independencia y sus gobernantes, los daimios, ejercieron derechos feudales sobre sus súbditos y rindieron honores a los propios sogunes.

Los distintos sogunados establecieron alianzas de poder con clanes diferentes y vincularon su suerte a la de estos. Así, el primer sogunado, los Kamakura, perdió el poder en 1335 cuando cayó el clan Hojo. El gobierno de los sogunes se mantuvo como principal estructura política de Japón hasta mediados del siglo XIX, si bien con el tiempo los sogunes dejaron
de ser caciques feudales para devenir príncipes herederos y ejercer de virreyes.

Fuente Consultada
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III Los Orígenes de Japón
Atlas de la Historia Universal Desde los orígenes de la humanidad hasta nuestros días

Los Shogunes en Japon Gobierno Historia Shogunato Tokugawa

Historia del Gobierno de  los Shogunes en Japon

LOS SHOGUNES EN JAPÓN: La historia de Japón se caracteriza por la importancia del papel desempeñado, a través de las épocas, por grandes personajes como los emperadores y los shogunes. Este país siempre ha estado muy influido por corrientes extranjeras. Se sabe muy poca cosa de los orígenes de Japón. Del siglo VIII al XIX el poder se hallaba en manos de señores feudales, los sogunes. El emperador MutsuHito restableció sólidamente la autoridad imperial. En el siglo XX Japón ha pasado a ser una potencia mundial.

Los shogunes eran generales que actuaban como dictadores y los samurais eran caballeros japoneses. Ambos dominaron Japón durante cerca de siete siglos. Japón sufrió una profunda influencia china que se inició hacia el siglo cuarto. Cerca de 538 d.C. dicha influencia tomó la forma de conversión religiosa, al adoptar el budismo la corte japonesa y reemplazar los viejos templos por nuevos.

La oscilación del péndulo cultural sólo se invirtió en el siglo octavo, cuando los emperadores japoneses de influencia china perdieron poder ante una clase ascendente de guerreros, cuyos líderes, los samurais, organizados en clanes, lucharon entre sí, sumiendo la isla en la guerra civil durante el siglo doce, y dando lugar al cargo imperial de shogún. Minamoto Yoritomo se convirtió en shogún en 1192 y empleó a sus partidarios samurais para imponer la ley y el orden. Japón fue gobernado de esta manera durante siglos.

shogunes

Primer Shogun y fundador de la dinastía de los Tokugawa, que dominó Japón hasta 1867.

Los shogunes: La familia Fujiwara tuvo el poder en Japón durante trescientos años desde el siglo IX. Sin embargo, su influencia se desvaneció cuando dejaron de tener hijas, tradicionalmente destinadas a ser las esposas del emperador. Durante algún tiempo, gobernaron el país algunos de los antiguos emperadores. Entonces el clan Tairaasumió brevemente el poder hasta que un clan rival, el Minamoto, se reunió bajo el mando de Minamoto Yoritomo y se hizo con el poder. Yoritomo asumió el título de sei-i dai shogun, que significa «gran general conquistador de bárbaros».

Minamoto Yoritomo (1147-1199) fue un ambicioso noble que encontró su oportunidad en el caos que siguió a la caída del poder de los Fujiwara. Yoritomo aplastó sin piedad a sus enemigos, incluyendo a muchos miembros de su propia familia.

En 1192, fundó el shogunato Kamakura, a través del cual gobernó Japón desde su estado, Kamakura, cerca de Edo (Tokio). Sus poderes eran ilimitados. A partir de entonces los shogunes gobernaron Japón como dictadores militares hasta 1868.

En el período feudal Kamakura (1185-1333), el culto militar de la clase guerrera mezclaba la práctica del budismo zen con la resistencia espartana y las leyes de la caballería con la veneración a la espada en cuanto símbolo del derecho y del honor, y contaba con un gran ascendiente entre las costumbres japonesas. Los mismos monjes, al igual que los templarios de la Edad Media, transformaron sus conventos en fortalezas y hacían la guerra con toda naturalidad.

Cuando Minamoto Yoritomo derrotó al clan de los Taira en 1185, se hizo con el trono con ayuda de su imponente fuerza militar integrada por guerreros samurai, soldados profesionales que en un principio fueron campesinos pero que finalmente acabaron formando una casta propia.

Al establecer una dictadura militar, Yoritomo se autoproclamó shogún. Un shogún era en esencia un cacique militar que gobernaba en nombre del emperador, si bien en realidad los emperadores eran poco más que figuras decorativas y durante este periodo fueron los sogunes quienes realmente dirigieron Japón. El emperador vivía de las rentas que generaban sus propias propiedades y recibía el respaldo de los sogunes siempre que a cambio este les ofreciera el suyo. En caso contrario, era depuesto. Bajo el gobierno de los sogunes, las provincias de Japón recuperaron parte de su independencia y sus gobernantes, los daimios, ejercieron derechos feudales sobre sus subditos y rindieron honores a los propios sogunes.

Cuando Yoritomo murió en 1199, la familia Hojo, una rama del clan Taira, se convirtió en regente de los shogunes, y asumió el poder de una forma no oficial hasta que finalizó el shogunato Kamakura en 1333.

Los distintos sogunados establecieron alianzas de poder con clanes diferentes y vincularon su suerte a la de estos. Así, el primer sogunado, los Kamakura, perdió el poder en 1335 cuando cayó el clan Hojo. El gobierno de los sogunes se mantuvo como principal estructura política de Japón hasta mediados del siglo XIX, si bien con el tiempo los sogunes dejaron de ser caciques feudales para devenir  príncipes herederos y ejercer de virreyes.

El sistema de gobierno japonés era muy complejo. El emperador era una figura ceremonial a la cual todos tenían que reverenciar, pero quien tenía el verdadero poder era el shogun. Los regentes de los emperadores y de los shogunes también tenían influencia, como sucedía con los daimyos (señores), que se enfrentaban por lograr una posición en la corte y que solían luchar por las tierras. Como resultado de esas enemistades, surgió una clase de guerreros, los llamados samurais, que luchaban al servicio de unos u otros daimyos.

En 1333, el clan Ashikaga derrocó al shoguna Kamakura y al emperador, nombrando a otro eN su lugar. También nombró shogunes, esta vez eN Kioto. Sin embargo, los señores provocaban frecuentes luchas de samurais y esta situación empeoró hasta que se desencadenó la guerra civil Onin (1467-1477) y Japón se dividió en cerca de cuatrocientos estados regidos por diversos clanes. Los emperadores de Kioto se vieron impotentes para impedir la situación y se empobrecieron. A pesar de estos hechos, crecieron el comercio y la cultura centrados en los estados de los daimyo, aunque para la gente del pueblo las guerras entre señores no generaron más que elevados impuestos, inseguridad y trastornos en su vida.

Los shogunes de la familia Tokugawa, que gobernó entre 1603 y 1868, fueron en esencia dictadores militares sobre todo el país. Tokugawa leyasu, el primer shogún de la familia, subió al poder en 1603, al término de una serie de caóticas guerras civiles. Tokugawa sospechaba de los extranjeros, en especial de los europeos (con razón, decimos nosotros). Veía en los misioneros cristianos que los portugueses habían llevado a Japón una amenaza, y le preocupaba que su influencia minara la autoridad del sistema establecido. Acabando de restaurar el orden en su país, estaba decidido a no permitir que la autoridad se diluyera.

El padre inculcó su disgusto por los cristianos europeos a su hijo y sucesor shogún, Tokugawa Hidetada.Hidetada pensaba que si los cristianos ganaban muchos adeptos japoneses, disminuiría la capacidad de defensa de Japón contra una invasión europea. En consecuencia persiguió a los cristianos cada vez con mayor severidad. En 1622, sus funcionarios de Nagasaki crucificaron simultáneamente a 55 misioneros.

El siguiente shogún, Tokugawa lemitsu, expulsó de Japón a todos los misioneros y a la mayoría de los mercaderes, durante su reinado que duró de 1623 a 1651. Prohibió a los japoneses el comercio con el extranjero y a los constructores de barcos el diseño de los grandes navíos necesarios para viajes a grandes distancias. Llegó hasta prohibir el budismo. Prefería el énfasis confuciano en la lealtad a los superiores.

Japón continuó comerciando con China, Corea y un pequeño grupo de holandeses a quienes mantenía alejados del territorio la mayor parte del tiempo, confinados en una isla de la bahía de Nagasaki. La familia Tokugawa logró mantener cerrado Japón al mercado occidental hasta mediados del siglo diecinueve.

CABALLEROS DE JAPÓN Los samurais eran caballeros que estaban preparados para luchar hasta la muerte por sus señores, a quienes juraban lealtad eterna. Al igual que los caballeros europeos, los samurais creían en la verdad y el honor, y tenían un estricto código de conducta llamado bushido. Antes del combate, un samurai gritaba su nombre y el de sus antepasados, y alardeaba de sus hazañas heroicas. En la batalla, luchaba cuerpo a cuerpo, utilizando a veces dos espadas al mismo tiempo. Si era derrotado o capturado por sus enemigos, tenía que realizar un suicidio ritual (haraquiri) para salvaguardar su honor. A veces, la rivalidad entre los samurais era muy destructiva.

Las armaduras de los samurais estaban ricamente decoradas. No sólo eran guerreros; también estaban formados en las artes, la religión y el bushido, la observación de unas reglas muy estrictas que afectaban a todo lo que hacían.

El feudalismo sobrevivió largos siglos en el Japón y sus últimos vestigios desaparecieron en 1870 con la restauración Meiji. Su muerte simbólica no se produjo hasta cinco años más tarde, cuando se prohibió llevar espada. Aunque en Europa había muerto mucho antes, no por eso deja de tener su interés comparar al caballero con el samurai, al Bushido con el código del honor caballeresco.

Durante siglos Japón había practicado una política estrictamente aislacionista. Sin embargo, en el siglo xix se mostró dispuesto, sobre todo por motivos económicos, a dar acogida a los extranjeros. Muchos japoneses reprocharon al sogún este cambio de actitud y convencieron al emperador para que volviera a hacerse con el poder. Por esta razón, el emperador Mutsu-Hito se abstuvo de nombrar a un nuevo sogún (1867).

Además se decidió a modernizar su país: promulgó una Constitución (1889), estableció la enseñanza obligatoria, hizo construir vías férreas y fomentó la instalación de industrias. Tokio pasó a ser capital. Japón equipó a un ejército numeroso y a una poderosa flota. Durante este período se propagó el espíritu imperialista.

En 1895 y en 1905, el imperio del Sol Naciente salió victorioso de las guerras entabladas, una contra China y otra contra Rusia. En 1910 se anexionó Corea. Después de la primera guerra mundial adquirió algunas posesiones coloniales de Alemania en el océano Pacífico. En 1931 conquistó Manchuria, y en 1937, una parte de la costa oriental de China. En 1941, Japón entró en la segunda guerra mundial al lado de Alemania.

PARA SABER MAS…

AUNQUE los japoneses obtenían beneficios del comercio exterior, consideraban que los europeos que llegaban a sus costas eran groseros y bárbaros y no tardaron mucho en romper sus vínculos comerciales con ellos.

PROHIBICIÓN DEL CRISTIANISMO
Tokugawa leyasu (1543-1616) sospechaba que con los misioneros cristianos podían llegar los ejércitos europeos y conquistar Japón; por esta razón, él y sus sucesores fueron limitando progresivamente el cristianismo hasta que acabaron prohibiéndolo, expulsaron del país a todos los misioneros y obligaron a los japoneses que se habían convertido a volver a su antigua fe. Los que se negaron fueron perseguidos y algunos incluso asesinados. Otros sufrieron torturas con hierros candentes o se les amputó alguno de sus miembros. En cierta ocasión 25 cristianos fueron quemados en la hoguera y 30 más murieron decapitados. En 1640 no quedaba ningún cristiano en Japón.

AISLAMIENTO ABSOLUTO
El gobierno de Tokugawa creyó que acabaría con el contacto con el mundo exterior en Japón si así lo dictaban las leyes. A partir de 1630 rompieron las relaciones con los otros países y Japón quedó aislado del resto del mundo. La población no podía abandonar el país bajo pena de muerte y los que vivían fuera no podían volver. Algunos marineros extranjeros que naufragaron cerca de las costas de Japón fueron asesinados.

COMERCIO RESTRINGIDO
Todos los comerciantes extranjeros fueron obligados a abandonar el país, a excepción de los holandeses. El gobierno era más permisivo con ellos porque no habían intentado convertir a los japoneses al cristianismo. Les autorizó a que establecieran una pequeña zona comercial en una isla en el puerto de Nagasaki y les permitió que enviaran un barco al año a las costas de Japón, aunque tenían prohibido cruzar el puente del barco que les llevaba a tierra firme.

Kamikazes Pilotos Suicidas Japoneses Yukio Seki Aviones Los Kamikazes

Kamikazes Pilotos Suicidas Japoneses Yukio Seki

«Y sólo cuando hayas alcanzado la cima de la montaña comenzarás a escalar.»
KAHLIL GIBRAN

Modelo de Vida

TEMAS TRATADOS:

1-Biografia de la Madre Teresa de Calculta
2-Biografia del Dr. Esteban Maradona
3-Biografia de Yukio Seki (kamikaze japones)
4-Biogria de Madame Curie
5-Biografia de Irena Sendler
6-Biografia del Dr. Naki

INTRODUCCIÓN El 25 de octubre de 1944, los portaaviones ligeros del grupo del contraalmirante Clifton Sprague escaparon a duras penas de la destrucción a manos del grupo japonés septentrional de ataque en la batalla del golfo de Leyte. Pocas horas más tarde, los apaleados estadounidenses fueron atacados por unos 60 aviones procedentes de las bases de Luzón. Pero cerca de un tercio de estos aviones actuaban de modo diferente; sin hacer ningún esfuerzo por evitar el fuego antiaéreo caían directamente sobre las naves estadounidenses, buscando estrellarse contra ellas.

Los aeroplanos se habían vuelto bombas humanas y sus pilotos iban en una misión suicida: lograron hundir un portaaviones y averiar varios más. Ésta fue la primera misión kamikaze, palabra japonesa que significa «viento divino».

El término recuerda la aparición de la tormenta que destruyó una flota mongola de invasión en 1281, salvando así de la conquista y la destrucción al indefenso Japón.

En la Segunda Guerra Mundial, pilotos japoneses especialmente seleccionados actuaron como un viento divino guiado por voluntad propia para salvar a su país de la conquista y la destrucción. Con poco entrenamiento y sin mayor experiencia de vuelo, sólo tenían que atenerse a la regla de oro del kamikaze: «No te apresures a morir… Escoge una muerte que produzca el máximo resultado».

Los temidos ataques dañaron severamente un cierto número de barcos, incluso tres portaaviones de la flota de Halsey, en la batalla por Filipinas. Para proteger los portaaviones de Estados Unidos de los ataques kamikazes, muchas naves fueron retiradas de misiones de apoyo terrestre, limitando de este modo la capacidad de movilización de MacArthur contra los japoneses.

Los kamikazes continuaron siendo una amenaza mayor para las operaciones navales por el resto de la guerra, y destacaron la determinación japonesa de luchar por su país hasta el último hombre.
El viento divino

En Mabalacat, antigua base kamikaze de Filipinas, hay una placa en la que se lee que el teniente Yukio Seki fue la primera bomba humana oficial del mundo. También consta la fecha de la primera misión suicida de la guerra aprobada oficialmente —25 de octubre de 1944— y la lista de los daños causados ese día a la flota norteamericana en aguas filipinas.

Una de las ironías de la guerra es que el primer piloto kamikaze oficial no tuviera ni el más leve deseo de suicidarse. El teniente Yukio Seki, experto aviador, tenía miles de razones para creer que era mucho más útil para su país vivo que muerto.

Pero el destino dictó un final temprano y violento para la vida de este joven y atractivo oficial de 23 años, graduado en la Academia Naval, cuando los ojos de sus superiores se posaron sobre él por considerarlo el piloto más capacitado para dirigir la primera misión suicida contra la flota norteamericana aprobada oficialmente.

Sobre el papel, todo parecía indicar que Seki se había ofrecido voluntario para la misión, pero en realidad no fue así. Y, a diferencia de la alegría mostrada por los jóvenes pilotos kamikaze que anhelaban el momento de estrellarse contra el enemigo, a Yukio Seki el ser seleccionado para comandar una salida sin retorno le llevó al abatimiento.

Como las operaciones kamikaze aumentaban a velocidad exponencial, se elaboró, para mayor seguridad, una numerosa lista de pilotos supuestamente voluntarios. En un debate entre ex pilotos kamikaze publicado en 1977 en el famoso diario japonés Bungei Shunju, uno de ellos dice que en su destacamento nunca pidieron voluntarios para las unidades kamikaze puesto que en los cuarteles generales se daba por hecho que todos querían hacerlo. Por lo tanto, los oficiales del Estado Mayor continuaron añadiendo nombres a la lista de los escuadrones de la muerte. Esta práctica desmoralizó tanto a muchos de los que esperaban su turno que a menudo decían a sus superiores: «Puesto que van a matarnos, por favor háganlo cuanto antes».

La realidad es que Yukio Seki aceptó convertirse en «la primera bomba humana oficial», a pesar de que algo en su interior le decía que un piloto con su experiencia y talento podía servir mejor a la nación participando en muchas acciones de combate contra el enemigo, y no sólo en una. Pero no tuvo oportunidad de retirarse, pues sus superiores mencionaron que no sólo era el candidato favorito para dirigir la primera misión suicida, sino también el elegido por el almirante Takijiro Onishi (el «Mister Aviación de Japón»), que estaba al mando de la Fuerza Aérea de la Armada en Filipinas. Por consiguiente, cuando a Seki le preguntaron si aceptaría, no pudo negarse.

Pero, aunque aparentemente se mostraba tranquilo, internamente se sentía muy deprimido.

Justo antes de su última misión, le dijo a un periodista que enviar a un piloto de su experiencia a una misión suicida no sólo era una locura, sino también un trágico error en un momento en el que había tanta escasez de aviadores expertos. Puesto que la nación los necesitaba, sus vidas no debían ser malgastadas. Pero lo dijo en privado, cuando ya era demasiado tarde para cambiar su situación. Además, había otra razón personal para que Seki deseara continuar vivo: se había casado recientemente y, según su última carta, estaba profundamente enamorado de su esposa.

Así es como Yukio Seki se presentó «voluntario»:

El 19 de octubre, en el campo de aviación de Mabalacat, Filipinas, le pidieron a Seki que se presentara ante el subcornandante del Ala Aérea, Asaichi Tamai. Al llegar, vio que el capitán Rikihei Inoguchi, oficial del Estado Mayor a las órdenes del almirante Takijíro Onishi (foto izq.), estaba sentado junto a Tamai (Onishi era el comandante de la Primera Flota Aérea). Le ofrecieron una silla. Cuando se sentó, Tamai le puso una mano en el hombro y le confló que el almirante estaba proyectando un ataque suicida contra un destacamento norteamericano en las inmediaciones de Filipinas y estaban pensando en él para que dirigiera el ataque.

El ambiente estaba tenso y cargado de emoción. Otro oficial allí presente dijo qué Tamai hablaba con lágrimas en los ojos.

Tamai le preguntó a Seki si aceptaría dirigir una misión suicida con cazas Zero. El apuesto teniente se quedó inmóvil. Transcurrieron cinco largos segundos. Luego, pasando los dedos por su largo cabello negro, respondió afirmativamente, con una voz firme que ocultaba sus verdaderos sentimientos. Después de todo, era un oficial de la Marina, un graduado de la Academia Naval. Tenía que aceptar, no había otra salida.

—Sí, haré el trabajo —se oyó decir a sí mismo.

A continuación, Tamai le preguntó:

—Está soltero, ¿verdad?

—No. Tengo una esposa, señor.

En realidad, Tamai buscaba un hombre soltero para dirigir la primera misión de Ataque Especial pero, sorprendentemente, el hecho de que Seki estuviera recién casado no le preocupó. En efecto, los antecedentes de Seki hacían de él el hombre idóneo; y los oficiales presentes así se lo harían saber al comandante de la Flota Aérea, el almirante Onishi.

Seki combatía por primera vez en el mar de Solomon, al sur de Nueva Guinea, cuando los bombarderos norteamericanos atacaron el Chitose, que transportaba municiones a la isla de Guadalcanal, tras el desembarco de los norteamericanos. Durante el ataque, Seki se encontraba en el puente de mando. El barco resultó dañado cerca de la sala de máquinas y lo repararon en la isla de Truk.

Yukio Seki había nacido en 1921 en Iyo Saijo, una ciudad encantadora, pequeña y tranquila, en la isla de Shikoku. Cuando era niño, su madre se dívorció de su padre, quien posteriormente se trasladó a Osaka y allí abrió un negocie de antigüedades. AY ukio, hijo único, le crió su madre, ambo5 vivían solos en una casa pequeña, entre una farmacia y una papelería al lado de la calle principal de la ciudad.

En la escuela secundaria, Yukio llegó a ser capitán del equipo de tenis. Era un excelente jugador y un año su equipo ganó el campeonato en el torneo organizado por la escuela. A pesar de que deseaba seguir sus estudios, la economía familiar se lo impidió. En 1938 se preparó para ingresar en las academias militares del Ejército y la Marina. Le admitieron en ambas, pero escogió esta última. Cuando se graduó en 1941, le destinaron al acorazado Fuso, donde se le concedió el rango de alférez. De allí fue trasladado al Chitose e indirectamente participó en la histórica batalla de Midway, pues el barco formaba parte de las fuerzas de retaguardia que seguían al destacamento principal.

Sus compañeros fueron testigos de su versatilidad y su interés por el arte. Una de sus aficiones era el dibujo, y, cuando no estaba de servicio se entretenía realizando muchos esbozos.

En noviembre de 1942, regresó a Japón e ingresó en la Academia de Vuelo de la Marina de Kasumigaura, en la prefectura de Ibaragi, para hacerse piloto. Tras terminar la formación básica, le trasladaron a la base aérea de Usa, en la prefectura de Oita, para especializarse en el ataque a portaaviones. En enero de 1944, empezó a prestar servicios como instructor de vuelo en Kasumigaura. Durante su estancia en la academia, hizo amistad con los Watanabes, una familia de Kamakura a la que frecuentó durante dos años, y se enamoró de Mariko, una de las hijas. Un día, mientras estaba tomando unas copas con sus compañeros de instrucción, uno de ellos propuso que se casaran todos el mismo día, el día de la Marina el 27 de mayo. Era el aniversario de la victoria sobre los rusos en la batalla del estrecho de Tsushima. Todos estuvieron de acuerdo.

Ese fin de semana, Seki fue a Kamakura e hizo una visita a los Watanabe. Se declaró a Mariko en presencia de la madre. Mariko aceptó y finalmente se casaron en el Club de Oficiales de la Marina el 31 de mayo de 1944, en Tokio. La madre de Seki, Sekae, fue el único miembro de la familia que estuvo presente en la boda y en el banquete que vino después. Vivió con la joven pareja aproximadamente un mes, luego se marchó diciendo que a los recién casados había que dejarlos solos. Enseguida se trasladaron a una casa cercana a la academia de vuelo.

En septiembre de 1944 Seki fue trasladado a Taiwan, en la isla de Taiwan, donde prestaría servicios en su base aérea como instructor de vuelo. Debido a la incertidumbre de su situación, Mariko no pudo acompañarle, aunque fue a despedirle a Oppama, cerca de Yokohama, desde donde cogería un avión anfibio que le llevaría a Tainan. Tres semanas después le trasladaron de nuevo, esta vez al Ala Aérea Naval 201, en el campo de aviación de Nicholas, en Luzón, Filipinas, como comandante de la Unidad de Combate 301. Cuando los ataques norteamericanos se intensificaron, la unidad se trasladó al aeropuerto de Mabalacat.

La mañana del 20 de octubre se ordenó a los pilotos de la unidad que se congregaran en un lugar cercano a sus dependencias, no muy lejos del río Bamban, para escuchar las palabras del célebre pionero de la aviación, el almirante Takijiro Qnishi. El paisaje apacible del río, que discurría suave y poco profundo junto con el reflejo plateado de las altas hierbas del pantano cimbreadas por la brisa de otoño, recordaba a más de uno su tierra natal. El almirante, que estaba pálido y preocupado, habló lentamente y un tanto vacilante:

Japón está en grave peligro. La salvación de nuestro país ya no está en manos de los ministros, ni del Estado Mayor, ni de humildes comandantes como yo. Por ello, en representación de vuestros cien millones de compatriotas, os pido este sacrificio y rezo por vuestro triunfo. Desgraciadamente, no podremos deciros los resultados. Pero seguiré vuestros esfuerzos hasta el final y comunicaré vuestros logros alTrono. Podéis estar seguros de ello.

Después, en tono conciliador, añadió: «Vosotros ya sois dioses sin deseos terrenales.Vais a entrar en un largo sueño.»

Mientras estrechaba la mano a todos los pilotos y les deseaba suerte, dijo: «Os pido a todos que lo hagáis lo mejor posible.» Testigos presenciales dicen que el almirante, que en ese momento contaba 53 años de edad, tenía lágrimas en los ojos cuando terminó de hablar.

Después de su entrevista con Tamai e Inoguchi, Seki regresó al cuartel y escribió las últimas cartas a su esposa, Mariko, a su madre y a sus suegros. Las cartas no revelaban sus sentimientos más íntimos sobre la misión suicida que iba a acometer. Ésta es la carta que Seki escribió a su esposa:

Mi querida Mariko:

Siento mucho tener que «esparcirme» [eufemismo que utiliza en lugar de «morir en la batalla»; se refiere a la dispersión en el aire de las flores del cerezo] antes de que pueda hacer más por ti. Sé que, como esposa de un militar, estás preparada para afrontar semejante situación. Cuida de tus padres.

Ahora que llega la hora de partir vienen a mi mente innumerables recuerdos de tantas cosas que hemos compartido. Buena suerte para la traviesa Emi-chan [la pequeña Emi, hermana menor de Mariko].

Yukio Seki escribió un mensaje en forma de poema para los pilotos que había tenido como alumnos:

Descended mis pupilos

mis pétalos de flor de cerezo, como yo descenderé, sirviendo a nuestro país.

A sus padres les dirigió la siguiente carta:

Querido padre, querida madre:

[Después de hablar de las dificultades de un amigo, y pedir a sus padres que le ayudaran, continuaba así:]

En este momento la nación está en una encrucijada, y el problema sólo se resolverá si cada individuo corresponde al Emperador por su benevolencia como se merece.

En este sentido el que siga una carrera militar no tiene otra elección.

[Aquí menciona a los padres de su mujer] … a quienes tengo gran estima en el fondo de mi corazón. A ellos no les puedo escribir sobre estas noticias tan impactantes. De modo que, por favor, informadles vosotros.

Puesto que Japón es un Imperio, me estrellaré contra un portaaviones para compensar la generosidad imperial. Estoy resignado a hacerlo.

A todos vosotros, obediente hasta el final.

Yukio

A pesar de su aparente compostura, Seki no pudo contener su frustración. Le dijo a un compañero, el temen-te Naoshi Kanno, que estaba profundamente trastornado por el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. También estaba preocupado por su esposa y por sus padres. Sabía, por supuesto, que una vez que había aceptado dirigir la misión de Ataque Especial no podía volverse atrás. Justo antes de despegar para su última misión, le confesó a un corresponsal de guerra que no daba su vida por ideas abstractas, como por ejemplo «salvar a la Madre Patria», sino por su amada esposa. El periodista era Masashí Onoda de la agencia de noticias Domei.

Un amigo de Seki, que más tarde conoció a Kanno, dice que éste también estaba descontento; que veía muchas contradicciones en la concepción de los cuerpos suicidas. «Si algún comandante me ordena participar en una misión de Ataque Especial, y se niega a dirigirla él mismo, juro que le mataré», fueron sus palabras.

Con una incuestionable aptitud para volar, Kanno se había enfrentado unos meses antes a un B-24 norteamericano. Viendo que no podía derribarlo, decidió destruirlo chocando contra él, esquivó los disparos mortíferos del bombardero, al tercer intento se acercó y con sus hélices destrozó el timón del avión con un choque descomunal. El impacto hizo que Kanno perdiera el conocimiento momentáneamente, pero pudo recuperarse y ver cómo el bombardero se estrellaba en el Pacífico. El teniente Kanno, igual que muchos otros pilotos, vivía con la expectativa de la muerte, pero lo que le diferenciaba era que en su mochila llevaba escrito: «Efectos personales del difunto capitán de corbeta Naoshi Kanno.»

Era costumbre conceder a los militares ascensos pos— turnos. En cualquier caso, Kanno daba por perdida cualquier posibilidad de sobrevivir. En junio de 1945, durante la campaña de Qkínawa, encontró la muerte al ser derribado al sur de Kyushu, y dejó tras él, debido a su valor, una buena reputación.

Tamaiy Seki pasaron la mayoría de la noche planeando la primera misión suicida autorizada. A la mañana siguiente, Seki se despertó al amanecer para respirar por  última vez el primer aire de la mañana. La primera unidad kamikaze pronto estuvo preparada para despegar. Después de un desayuno rápido, Seki le pidió a un compañero que le hiciera una foto para su esposa. También entregó a Tamai un mechón de pelo. Unos minutos antes de despegar se sacó del bolsillo un puñado de billetes de banco, se los entregó a un amigo que estaba tras él y le pidió que utilizara ese dinero para construir aviones.

Posteriormente, un locutor de la radio de Tokio informó de la escena ocurrida inmediatamente antes del despegue del grupo en la base aérea de Mabalacat, a las afueras de Manila, de la que fue testigo ocular. Tras describir el murmullo de emoción que se extendía por las filas de este «cuerpo especial de la muerte», dijo:

Frente a los cuarteles, los pilotos se pusieron la ropa y las gafas de vuelo y recibieron con tranquilidad las instrucciones del comandante, éste les dijo que sus objetivos debían ser los portaaviones; que cuando fueran a estrellar— se contra ellos debían apuntar a la parte más vulnerable de la nave. También les dijo que no eran una fuerza de bombarderos sino bombas humanas.

La emisora de radio informó también de que ninguno de los hombres llevaba paracaídas.

El 21 de octubre, a las 7.25 de la mañana, los cazas Zero (los aliados les llamaban «Zekes» en clave) se alinearon sobre la pista de Mabalacat. Seki ocupó su lugar en la cabina, se ajustó las gafas y, tras saludar con la mano al personal de tierra, despegó con su unidad en dirección a un grupo compuesto por numerosos portaaviones norteamericanos. Pero la unidad de Seki no pudo localizar a la flota norteamericana, y regresó a la base. Lo mismo sucedió el 22,23 y 24 de octubre. Le acompañaban cuatro cazas escolta. El 25, tras volar durante 3 horas y 25 minutos, divisaron el objetivo a 30 millas náuticas de la costa de Samar,

y atacaron con éxito el destacamento norteamericano. Era su quinto intento. Empezaron el ataque a las 10.45. de la mañana. Los nueve aviones de Seki se situaron sin impedimento alguno sobre los barcos norteamericanos, a pesar de que había una pequeña patrulla de combate en el aire. Cinco minutos más tarde, cuando ya los pilotos kamikaze habían elegido sus objetivos, Seki dio la señal de lanzarse en picado. Su avión iba en cabeza y fue el primero en caer sobre el suyo: tras desviarse dejando una estela de humo, ejecutó un picado pronunciado apuntando a la cubierta de uno de los portaaviones.

En una conversación con un periodista militar, Seki había alardeado, de que cuando encontrara un portaaviones dejaría caer sobre él una bomba de 500 libras. En el combate del día 25 los pilotos se estrellaron contra dos de los portaaviones del almirante Clifton Sprague y hundieron uno de ellos, el St Lo, y dañaron seriamente al otro. Al mismo tiempo los cazas escolta se enzarzaron en una pelea feroz con los aviones norteamericanos.

¿Hundió Seki al St Lo? Hay ciertas dudas al respecto. Los hechos que se conocen son los siguientes. Un caza Zero se dirigió en un picado pronunciado hacia el portaaviones, a 100 pies del nivel del mar. Los cañones del portaaviones abrieron fúego, pero fallaron. Los informes dicen que el piloto (probablemente Seki) estaba tranquilo y mantuvo deliberadamente el rumbo fijo. Menos de un minuto después, dejó caer una bomba en el centro de la cubierta; luego su avión estrelló, quedando sobre la proa restos del avión y del piloto. La bomba al estallar provocó más explosiones violentas.

El St Lo sufrió un total de ocho explosiones antes de hundirse, y con él se perdieron muchas vidas. Un avión había hundido al portaaviones, O como un observador resumio: «Un piloto, un Zero, una bomba, un portaaviones.»

La habilidad del piloto a la hora de llevar a cabo la mortal misión indicaba que no podía ser otro que Yukio Seki.

El suboficial de la Marina Hiroyoshi Nishizawa, que encabezaba la unidad de escolta, informó por radio de los resultados del primer ataque kamikaze oficial de la historia. Según Nishizawa, hundieron un portaaviones y un crucero norteamericanos, mientras que otro portaaviones quedó seriamente dañado. La hoja de servicios muestra que no se hundió ningún crucero, solamente el St Lo. Derribaron dos cazas norteamericanos Grumman, y perdieron uno de los cazas escolta. Nishizawa murió al día siguiente al ser derribado su avión.

Cuando se informó al emperador Hirohito de los resultados de la primera misión suicida, declaró: «Sin duda han hecho un buen trabajo, pero ¿era necesario llegar a este extremo?» El Emperador le dijo también al almirante que el recurrir a los ataques suicidas le llenaba de dolor.

Al final de octubre de 1944, en los periódicos dé Tokio apareció una reseña en la que se informaba de que, con carácter póstumo, se habían otorgado diversos honores a cinco héroes kamikaze y se les había ascendido en sus puestos.

Una proclama firmada por el almirante Soemu Toyoda, comandante en jefe de la Flota Mixta, dijo que los cinco hombres habían llevado a cabo «ataques de choque deliberados» y que «el recuerdo de estos oficiales gallardos que murieron heroicamente por la causa de su país estará vivo para siempre en la memoria de la nación».Y finalizaba: «Y por la presente, doy fe de sus meritorios servicios a la Marina el 28 de octubre de 1944.» El nombre  de Seki era el primero de la lista.

A raíz del éxito de la misión de Seki, se desató entre los estrategas kamikaze un entusiasmo rayano en la euforia. Hubo cientos, incluso miles, de voluntarios. Onishi persuadió al almirante Fukudome, al frente de la Segunda Flota Aérea, para que la Primera Flota se uniera a las tácticas suicidas y ambos comenzaron las preparaciones para continuar y expandir estas operaciones contra el enemigo. Onishi reunió a los pilotos de todas las unidades y les dijo que se convertirían en unidades de Ataque Especial. Algunos pilotos se quedaron atónitos al saber que, igual que el teniente Seki, debían sacrificar sus vidas en misiones suicidas tanto si querían como si no. Estaba claro que Onishi no iba a tolerar ningún tipo de crítica a su política kamikaze.

Entretanto, comenzó a correr la noticia de que las tácticas suicidas estaban desmoralizando a los norteamericanos y a sus aliados.

Poco después de la muerte de Yukio Seki, el capitán Sakae Yamamoto, quien estaba al frente del Ala Aérea 201 y había regresado a Japón tras ser herido en un ataque en Filipinas, entregó a la madre de Seki un mechón de cabello de su hijo. (Muchos pilotos kamikaze dejaban recuerdos personales, ya que sus restos nunca podrían ser devueltos a sus familias. Algunos de estos recuerdos están expuestos en diversos museos japoneses.) El mechón de cabello estaba colocado en una cajita blanca como las que solían contener los restos incinerados.

Cuando el capitán se fue, la madre de Seki se derrumbó sollozando. Una semana después de la misión kamikaze de Seki, oficiales de alto rango visitaron también a la madre del piloto para informarle de que a su hijo se le había concedido el título póstumo de comandante de la Marina a la edad de 23 años. Al mismo tiempo, el rector de la Universidad Waseda de Tokio hizo un llamamiento para rezar por las almas de Seki y sus compañeros con estas palabras: «Nuestra fortaleza espiritual es mucho mayor que la de los diablos norteamericanos e ingleses. Ahora tenemos que hacer un esfuerzo supremo para demostrarla.»

Cuando la paz volvió a Japón, un periodista escribió un artículo sobre la madre de Yukio Seki. Afirmaba que le parecía que su hijo había nacido sólo para morir en la guerra.

Tras la contienda, Ashaichi Tamai, el militar que había reclutado a Yukio Seki para llevar a cabo la primera misión suicida, se hizo monje budista. Tamai dijo que no llegaría al nirvana —un estado de felicidad absoluta— si antes no daba «consuelo a las almas» de todos los pilotos a los que había enviado a una misión sin retorno en aguas del Parifico.

Fuente Consultada: Kamikazes Albert Haxell/Hideaki Kase

El despotismo ilustrado: Carlos III, Federico el Grande, Pedro I

El Despotismo Ilustrado y Sus Representantes
Carlos III, Federico el Grande y Pedro I de Rusia

Despotismo ilustrado, concepto político que hace referencia a una forma de gobierno, vinculada a ciertas monarquías europeas del siglo XVIII, en la que los reyes, sin renunciar a su condición de soberanos absolutos, trataron de aplicar determinadas medidas “ilustradas”, de corte reformista e incluso progresista, surgidas precisamente en esa centuria, denominada genéricamente Siglo de las Luces ó la Ilustración.

El surgimiento de las ideas de la Ilustración en el siglo XVIII ejerció un fuerte impacto en las monarquías europeas. En algunos casos, las nuevas ideas provocaron una actitud represiva frente a ellas y una afirmación de los valores tradicionales. En otros, la colaboración entre la Ilustración y el estado dio lugar al surgimiento de un nuevo tipo de monarquía que buscaba compatibilizar el fortalecimiento del poder del rey y el desarrollo ordenado y equilibrado de la sociedad. A estos reyes se los conoció como «déspotas ilustrados».

Los monarcas ilustrados más importantes fueron Federico II de Prusia, María Teresa y José II de Austria, Catalina II de Rusia y Carlos III de España. Muchos filósofos se instalaron en las cortes de estos reyes, que manifestaban el deseo de efectuar reformas basadas en las ideas de las Luces.

Aunque el término “despotismo ilustrado” fue acuñado en el siglo XIX, nació para intentar definir comportamientos políticos del siglo XVIII. Durante éste, numerosos soberanos de Europa defendieron una práctica ilustrada del poder, intentando proyectar en sus actuaciones el rey-filósofo del que hablaban Voltaire y otros pensadores de la Ilustración. Entre los déspotas ilustrados más significativos del periodo deben ser citados los ejemplos de Carlos III en España, José I el Reformador en Portugal, Federico II el Grande en Prusia, Catalina II la Grande en Rusia y el emperador José II.

Los déspotas ilustrados compartían una misma concepción del estado. Éste era concebido como un «hecho artificial», creado por el hombre y entregado, mediante un contrato (revocable), al soberano. El rey, que detentaba todo el poder, era el primer servidor del estado. Su función principal era la de proporcionar la felicidad a sus subditos pero sin su participación. Una frase sintetizaba esta idea: «Todo para el pueblo, por el pueblo, pero sin el pueblo».

Todos ellos intentaron impulsar, en alguna medida, reformas en distintas áreas (educación, justicia, agricultura, libertad de prensa o tolerancia religiosa).

Los gobiernos de los déspotas ilustrados presentaron una serie de características comunes:

Tendencia a la centralización y burocratización administrativa. Los monarcas ilustrados efectuaron reformas administrativas tendientes a lograr una burocracia más eficiente mediante la creación de órganos administrativos centralizados. En Prusia, por ejemplo, Federico II creó ministerios especializados (de Justicia, de Minas, de Construcciones, etc.) y mejoró los métodos de selección de los funcionarios.
Reorganización de todo el sistema fiscal. Se intentó llevar a cabo una distribución más equitativa de las obligaciones fiscales mediante la abolición de algunas exenciones impositivas que beneficiaban a la Iglesia y la nobleza.

Reforma del sistema judicial a través de la redacción de códigos. En 1787, por ejemplo, José H de Austria promulgó un nuevo código penal que abolía la tortura y limitaba la pena de muerte.

Énfasis en la difusión de la educación y la cultura a través de la creación de instituciones educativas.

Tolerancia religiosa. La política de tolerancia religiosa, cuyo representante más importante fue José II, tenía como fin lograr la afirmación de la soberanía del estado sobre la Iglesia.

Entre los representantes destacados del despotismo ilustrado encontramos a Carlos III de España, Federico II de Prusia, María Teresa, y José II de Austria y Catalina II de Rusia. A España le dedicaremos posteriormente una atención especial porque las’ medidas tomadas por los monarcas del siglo XVIII afectaron sus posesiones coloniales en América.

despotismo ilustrado1despotismo ilustrado2
Carlos III EspañaFederico II de Prusia
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Catalina II de RusiaJosé II de Austria
Pese a todo, y aunque tales regímenes supusieron cierto avance respecto a las tiranías despóticas, constituyeron sistemas de gobierno que todavía deben ser enmarcados en la concepción absolutista (en ningún caso democrática) del poder, en tanto que no supusieron ninguna delegación del mismo en órganos representativos. Por otro lado, la efectividad real de las reformas emprendidas por los déspotas ilustrados fue escasa y pocas superaron el estadio de simples medidas económicas.

En realidad, el déspota ilustrado sólo pretendía responder con sus actos al modelo de “hombre honesto” del siglo XVIII: intelectual, racionalista cultivado, amante de las artes y mecenas de los artistas, e innovador en materia política.

Por ello se rodeaba de auténticos filósofos (Voltaire en la corte de Federico II o Denis Diderot en la de Catalina II) o dejaba la aplicación de las reformas en manos de auténticos políticos ilustrados.

En este sentido fueron significativos los reinados de Carlos III (rodeado de administradores como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, todos ellos figuras claves de la Ilustración española) y de José I (cuya política ilustrada estuvo en manos del que fuera verdadero dirigente de Portugal en aquellos años: Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal).

Por último, citar el componente paternalista que caracterizó a estos reyes. Claro testimonio de ello son las palabras que el propio Federico II escribió en una de sus obras de filosofía política: “Los hombres han elegido a aquel de ellos que consideran más justo para gobernarles y mejor para servirles de padre”.

LAS REFORMAS SOCIALES
Más igualdad: Aun a riesgo de irritar al clero y a la nobleza, reyes como José II les suprimieron los antiguos privilegios. Los nobles perdieron sus latifundios, y la servidumbre de los campesinos quedó abolida. El ceremonial fastuoso de las cortes y el lujo desmedido redujéronse a un estilo sencillo y a veces a extremos de austeridad, como Federico de Prusia.

Más libertad: La tolerancia religiosa, la libertad de prensa y la libertad de trabajo fueron concesiones que los reyes otorgaron a sus pueblos a condición de que éstos se dejasen gobernar.
Ninguno toleró tanto la libertad de prensa como Federico II. «Yo dejo decir a mi pueblo lo que quiere —solía manifestar— y él me deja hacer lo que a mí más me agrada.» Y agregó cierta vez, con motivo de algunos libelos mordaces que lo vapuleaban: «Razonad cuanto queráis y sobre lo que queráis; pero obedeced».

Más justicia: Europa soportaba los defectos y abusos de una justicia envilecida por las arbitrariedades, torturas, confiscaciones de bienes, persecuciones por motivos religiosos y cárceles inhumanas. Fue necesario, pues, una profunda reforma legislativa y judicial. Reyes como José II promovieron también trabajos de codificación. Por otra parte, las tendencias filantrópicas de la época suscitaron medidas que hoy llamaríamos de «justicia social», en favor de los pobres, de los enfermos, de los niños y de los incapaces. Por ejemplo: la difusión de la vacuna antivariolosa, la educación de sordomudos, y los asilos.

Más cultura: Difundir la instrucción pública fue como una consigna. Por otra parte se favorecieron la investigación y el estudio con la fundación de academias y sociedades científicas, bibliotecas, museos, etcétera.

Más urbanismo: Dando por descontado que un aumento de población había de ser beneficioso para el progreso y el bienestar, Federico II y Catalina de Rusia fomentaron la inmigración y con ella colonizaron extensas regiones del país mientras fundaban muchos pueblos. Carlos III lo intentó también en España. Por otra parte, las viejas ciudades fueron provistas de obras y servicios públicos, y estimuladas con excelentes resultados.

Más riqueza: Mediante amplias franquicias de comercio y navegación se estimularon estas actividades, que tuvieron especial desarrollo en los puertos libres fundados por Austria y Gran Bretaña. Además, para que la exportación superara- a la importación, se fomentó intensamente la industria mediante la concurrencia de expertos técnicos y abultados capitales. En Gran Bretaña las máquinas empezaron a transformar el taller en fábrica; es decir, en «gran industria», con lo que decayeron las artesanías y adquirió fabuloso auge el comercio internacional Las potencias coloniales lograron grandes ganancias económicas que les permitieron financiar compañías de navegación y otras empresas.

PARA SABER MAS…

El despotismo ilustrado: «Todo para el pueblo pero sin el pueblo». El despotismo ilustrado fue una conducta o una práctica de gobierno más que una doctrina política. Se trataba de propugnar reformas en diferentes planos: avances en la administración, la creación de riqueza, el impulso a la enseñanza.

La aplicación concreta del despotismo ilustrado determinó la toma de distintas medidas:

POLÍTICASECONÓMICASEDUCATIVASRELIGIOSAS
Los monarcas impulsaron las reformas administrativas. Se acentuó la centralización de los Estados: pretendieron eliminar las instituciones locales y otorgarle a la burocracia una organización simple y ordenada, más «racional», de acuerdo con los principios de la Ilustración.Para fomentar el progreso, valor tan apreciado por los ilustrados, se apoyaron las empresas económicas.
Se estimularon las actividades agrícolas, manufactureras y comerciales.
Se dio impulso a la educación con la creación de institutos de enseñanza, academias y sociedades científicas. Se puso énfasis en las ciencias físicas y naturalesLos monarcas del despotismo ilustrado eran partidarios de la tolerancia religiosa, pero pretendieron imponer el regalismo, de acuerdo con su política de centralización estatal.