Las Exportaciones

El Juicio a las Juntas Militares Condena a los Dictadores Resumen

RESUMEN HISTÓRICO DEL JUICIO A LAS JUNTAS DE GOBIERNO EN ARGENTINA

El 24 de marzo de 1976 una Junta de Comandantes asumió el poder en Argentina. Designó como presidente a Jorge Rafael Videla, dispuso que el futuro gobierno lo compusieran la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea con igual participación y comenzó el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional que duraría de 1976 a 1983. A lo largo de esos años, pensar distinto podía costar la vida tanto del «subversivo» como de su entorno familiar y afectivo.

La Junta Militar además de imponer un sistema impuso también su propio lenguaje y para encubrir las acciones de secuestro, tortura y asesinato de ciudadanos inventó la figura de «los desaparecidos», asegurando que en lugar de víctimas había gente que desaparecía por propia voluntad.

La mayoría de los desaparecidos eran jóvenes menores de 35 años, obreros o estudiantes y, por lo general, se les detenía en su domicilio durante la noche. La guerra sucia se cobró la vida de 30.000 desaparecidos. Eran secuestrados que no estaban en ningún sitio, y de los que nada volvía a saberse; simplemente dejaban de existir.

En 1982 para el candidato a la presidencia por el partido radical, Dr. Raúl Alfonsín, la represión de la Junta Militar había sido un acto brutal y salvaje y era necesario que la Justicia juzgara a todos responsables y no la historia, encargada de revisar y analizar el pasado.

Tan pronto asumió Alfonsín, el gobierno hizo explícita su voluntad de indagar los crímenes cometidos por la dictadura -distinguiendo, sin embargo, entre las Fuerzas Armadas «como institución» y los miembros de las juntas militares-, al tiempo que abolía la censura y alentaba el retorno de intelectuales, artistas y científicos exiliados. Durante estos primeros años, se hicieron presentes en varias oportunidades los rumores de un golpe de Estado.

Por ejemplo, a comienzos de 1985, ante versiones golpistas, el gobierno organizó una movilización popular con el objetivo central de fortalecer el sistema.

Uno de los primeros actos del gobierno de Alfonsín fue la constitución de una comisión para investigar los crímenes de la dictadura. En 1984 comenzó la tarea de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), que tenía como objetivo reunir antecedentes y pruebas referidas a la represión ilegal y al terrorismo de Estado. Después de nueve meses de trabajo, bajo la dirección de Ernesto Sabato, la CONADEP entregó su informe, publicado más tarde con el título de Nunca Más, que probó casi 9.000 casos de desaparición forzada de personas.

JUICIO A las juntas militares argentina

En 1983, Alfonsín advirtió rápidamente que para concretar la democracia debía subordinar las FF.AA. al poder civil. Sin embargo, los militares no aceptaron las reglas de juego democráticas y en reiteradas oportunidades, distintos sectores del ejército se sublevaron: Semana Santa (1987), Monte Caseros (enero de 1988) y Villa Martelli (diciembre de 1988).

El 10 de diciembre, luego de los años del terrorismo de Estado, Raúl Alfonsín asumió la presidencia de la Nación. Su gobierno enfrentaba dos grandes grupos de problemas: la consolidación de la democracia y su difusión en todos los ámbitos de la sociedad, por un lado, y la relación con las Fuerzas Armadas, desacreditadas en su «razón de ser» por la reciente derrota a manos del ejército británico en el Atlántico Sur. Sobre el gobierno también pesa la herencia de la deuda externa.

El 15 de diciembre, Alfonsín sancionó los decretos 157/83 y 158/83. Por el primero, se ordenaba enjuiciar a los dirigentes de las organizaciones guerrilleras ERP y Montoneros. Por el segundo, se ordenaba procesar a las tres juntas militares que dirigieron el país desde el golpe militar del 24 de marzo de 1976 hasta la Guerra de las Malvinas. El mismo día creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), integrada por personalidades apartidarías como el escritor Ernesto Sabato, la militante por los derechos humanos Graciela Fernández Meijide o el rabino norteamericano residente en la Argentina Marshall T. Meyer, entre otros.

Su misión es la de relevar, documentar y registrar casos y pruebas de violaciones a los derechos humanos con el objetivo de fundar un juicio civil a las juntas militares. También ese día, Alfonsín envió al Congreso un proyecto de ley declarando nula la llamada Ley de Autoamnistía, dictada por el gobierno militar. Una semana después, el proyecto fue sancionado como Ley 23.040, la primera ley de la nueva etapa democrática.

El proceso de desmilitarización del Estado continuó durante la presidencia de Carlos Menem. El nuevo presidente logró la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil. Con su política de achicamiento del Estado, también redujo a ese grupo de poder y presión. En diciembre de 1990, se produjo el cuarto levantamiento carapintada, encabezado por Mohamed Seineldín.

El presidente impuso su autoridad y consiguió que los insurrectos fueran reprimidos por las fuerzas leales. Seineldín fue condenado a cadena perpetua. A partir de ese momento, los militares se alejaron de la práctica política.

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, al cumplirse el plazo otorgado al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para que procediera al juzgamiento de las tres primeras juntas militares sin que se avanzara sobre el tema, la causa pasó a la justicia civil. El paso no carecía de riesgos; la organización de las Fuerzas Armadas poco había variado en el año y medio transcurrido desde el retiro del gobierno militar, y continuaban convencidas de haber actuado correctamente.

Para la defensa de los imputados, había dos caminos de justificación de ls hechos, por un lado entender que había un estado de guerra en que era necesario implementar esos actos y medidas especiales y por el otro declarar como anticonstitucional el juicio, porque se los juzgabas fuera del ámbito militar.

El Tribunal estuvo compuesto por los jueces de la Cámara Federal Carlos Arslanian, Jorge Torlasco, Andrés DAlessio, Ricardo Gil Lavedra, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma.

El juicio estuvo acotado a 711 casos testigo, porque solo fueron considerados los homicidios en los casos en que se encontraron los cuerpos y en que se podía demostrar que el asesinato había ocurrido por acciones u omisiones de los comandantes. De manera que el juicio no contempló el tema de los desaparecidos que continuaban en esa condición.

En la sala de audiencias se vivieron momentos muy dramáticos al escucharse los centenares de testimonios de los sobrevivientes y familiares de las víctimas.El gobierno trató de darle un perfil bajo a la difusión de los juicios. La televisión, estatal en su mayoría, nunca transmitió en vivo desde la sala del juicio y se limitó a transmitir unos pocos minutos por día de imágenes sin el audio original, que era reemplazado por la voz en off de un locutor que hacía una síntesis de lo declarado.

Esta actitud del gobierno contrastaba con la enorme difusión que tuvo el desarrollo del juicio en el mundo. Fue noticia de tapa de los principales diarios que enviaros sus corresponsales para seguir de cerca el proceso.

El 9 de diciembre de 1985 la Cámara dio a conocer las sentencias. En la fundamentación dejaron constancia que «se trató de un plan criminal organizado desde el Estado».

Se dictaminó la prisión perpetua para Videla y Massera, 17 años de prisión para Viola, al almirante Lambruschini 8 años y 4 años para Agosti. Los cuatro restantes comandantes, Graffigna, Galtieri, Anaya y Lami Dozo fueron absueltos.

Junta Militar Argentina en 1976

La mayoría de los desaparecidos eran jóvenes menores de 35 años, obreros o estudiantes y, por lo general, se les detenía en su domicilio durante la noche. La guerra sucia se cobró la vida de 30.000 desaparecidos. Eran secuestrados que no estaban en ningún sitio, y de los que nada volvía a saberse; simplemente dejaban de existir.

El punto 40 de la sentencia contariaba la política de Alfonsín que quería dar por concluido los juicios y dejaba abierta la posibilidad de continuar investigando y juzgando hacia abajo en la jerarquía militar y condenar a los jefes de zonas y subzonas militares y a los ejecutores directos de la represión.

Todas las penas íueron acompañadas de inhabilitación absoluta perpetua y destitución; los camaristas ya habían decidido de antemano absolver a los cinco acusados restantes. En todos los cargos se había optado por condenar por medio de la ley más benigna. Los casos sólo se consideraron probados si existían tres pruebas indiciarías.

Se descartaron cargos, en algunos casos por razones paradójicas: no se condenó a nadie por falsedad ideológica, por ejemplo, porque en la inmensa mayoría de las respuestas a los hábeas corpus las policías y el Ministerio del Interior habían respondido mediante documentos sellados, pero sin forma legal. No se condenó por robo de bebés porque la Cámara consideró que el número de acusaciones no era suficiente para probar un método concertado. La pertinaz tarea de los organismos humanitarios, especialmente de Abuelas de Plaza de Mayo, no fue atendida.

Había ocurrido lo inimaginable: un tribunal civil había condenado la acción de quienes habían detentado el poder absoluto en la Argentina. El juicio más conmovedor y significativo de la historia nacional, cuyas audiencias habían durado 900 horas, que había reunido a 672 periodistas, 833 testigos (546 hombres y 287 mujeres, entre ellos 64 militares y 14 sacerdotes) y producido tres toneladas de expedientes de los que formaban parte 4.000 hábeas corpus o denuncias de desaparición de Capital Federal, 5.000 del interior del país y 4.000 reclamos diplomáticos, terminó el 9 de diciembre.

ALEGATO DEL FISCA STRASSERA

Fiscal StrasseraEste proceso ha significado, para quienes hemos tenido el doloroso privilegio de conocerlo íntimamente, una suerte de descenso a zonas tenebrosas del alma humana […]. No son las Fuerzas Armadas las que están en el banquillo de los acusados, sino personas concretas y determinadas a las que se endilgan delitos concretos y determinados.

No es el honor militar lo que está en juego, sino precisamente los actos reñidos con el honor militar!…]. Por todo ello, finalmente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para las víctimas que reclaman y los sobrevivientes que merecen esta reparación […]. Señores jueces: Quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria.

Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: NUNCA MÁS.

El diario del juicio. Buenos Aires, Perfil, 1986.

PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Estela de Carlotto, presidente de la abuelas de Plaza de Mayo.

DETENCIÓN DEL EXDICTADOR VIDELA POR ROBO DE BEBES

En el marco de la causa N° 1.284/85 del Juzgado Federal de San Isidro N°1, a cargo del juez federal Roberto Marquevich, en la que se investiga puntualmente la apropiación de dos menores por parte del matrimonio conformado por Norberto Afilio Bianco y Nilda Susana Wherly, dicho magistrado decretó el procesamiento de Videla y lo llamó a prestar declaración indagatoria en los términos del artículo 236 primera parte, del Código de Procedimientos en Materia Penal, Ley 2.372, por la implementación del plan sistemático de sustracción de menores, y dictó su prisión preventiva. También dispuso que la investigación de los hechos atribuidos al matrimonio Bianco-Wherly pasaran a tramitar por otro sumario.

En los considerandos de dicha resolución se expresa entre otras cosas que «a partir del desplazamiento de las autoridades constitucionales y la instalación del gobierno de facto el 24 de marzo de 1976, Jorge Rafael Videla en su calidad de comandante en jefe del Ejército Argentino ordenó un plan sistemático destinado al apoderamiento de menores, en el marco de las actividades de contrainsurgencia realizadas por la fuerza…».

Fue el 15 de junio cuando el juez federal decidió convertir la detención de Videla en prisión preventiva por considerarlo ‘»prima facie» autor mediato penalmente responsable de los delitos de sustracción, ocultación y retención de un menor de diez años (cinco hechos) en concurso real con el delito falsificación ideológica de documento público destinado a acreditar la identidad de las personas (cuatro hechos) en concurso real con el delito de falsificación ideológica de documento público (nueve hechos), concurriendo estos dos últimos en forma ideal con el delito de supresión del estado civil de un menor de diez años (cinco hechos); previstos y reprimdos por los artículos 45, 54, 55, 139, inc.2, 146 y 293, 1er. y 2do. párrafo, del Código Penal».

Si bien Videla pasó sólo un mes en la cárcel de Caseros, dado que por tener más de 70 años se le concedió luego la prisión domiciliaria, lo importante fue que esta medida fue dictada pese a la impunidad que impulsaban las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sancionadas en 1986 y 1987, ya que había quedado fuera del alcance de las mismas el delito de apropiación de menores. Esto implicó que las Abuelas de Plaza de Mayo aprovecharan dicha fisura del sistema judicial para continuar con su inclaudicable lucha y lograr la condena de los responsables por la apropiación de sus nietos.

Fuente Consultada:
El Bicentenario Fasc. N° 9 período 1970-1989 y Fasc. N° 10 período 1990-2010
Cuatro Décadas de Historia Argentina (1966-2001) Dobaño – Lewkowicz
Historia La Argentina Contemporánea Polimodal A-Z Pigna-Dino-Mora-Bulacio-Cao

Biografia de Julio Argentino Roca Conquista del Desierto Indios

Biografía de Julio Argentino Roca

biografia de roca argentinoJulio Argentino Roca
Nació en Tucumán en 1843. Fue presidente de la Argentina durante los períodos: entre 1880 y 1886, y entre 1898 y 1904. Murió en Buenos Aires en 1914.

Durante su primer gobierno, Roca explicó que «la práctica de la libertad de las instituciones federales, sin revueltas ni motines, hace el estado normal del país, debido «principalmente a los progresos de la razón pública, que ha comprendido por dolorosas experiencias que el desorden trae siempre consigo la pobreza, el atraso y el descrédito».

Julio Argentino Roca influyó durante casi 60 años en la política nacional, ya que su hijo Julito fue vicepresidente del General Justo hasta 1938 y firmante del famoso tratado Roca-Runciman -después que su padre canceló el empréstito de la Baring Brothers contraído por Rivadavia un siglo antes-, para consolidar la «granja del imperio», según sus propias palabras.  Para lo cual se valieron también del no menos célebre «fraude patriótico».

Julio Argentino Roca fue dos veces presidente de los argentinos.  Héroe militar en la «Conquista del Desierto».  Político de fuste, personaje discutido, fiel exponente de la «generación del ochenta».  Fue uno de los hombres más polémicas de nuestra historia y paradójicamente, uno de los menos conocidos.

Roca nació en Tucumán, el 17 de julio de 1843.  Siendo muy joven luchó en la Batalla de Pavón, en el Ejército de la Confederación comandado por Urquiza.  Años después, se alistó en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay.  También combatió los levantamientos de el gobierno central.  Coincidencia o no, Roca aparece siempre del lado del poder.

En 1872, siendo presidente Domingo F. Sarmiento, Roca es ascendido a Coronel y trasladado a Río Cuarto, como jefe de frontera en la lucha contra el indio.  Allí contrae matrimonio con Clara Funes.  Este acontecimiento ‘social significó su ingreso a la aristocracia cordobesa y la plataforma para su despegue.  Otra de las claves de su ascenso político fue su prestigio militar.

Con 31 años, en 1874, Roca ya era General, y desde la Comandancia de Frontera del Interior, criticaba el Plan del Ministro Alsina para luchar contra los indios y adelantaba las bases de lo que sería su plan de campaña para conquistar el desierto.  Por entonces, Roca le escribía al Ministro de Guerra: «A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva».

Muerto Alsina en 1877, el presidente Nicolás Avellaneda designó a Roca Ministro de Guerra. Éste, preparó una caballería con 6.000 hombres y desde julio de 1878 realizó una verdadera «razzia» en el desierto, que dio como resultado 4 caciques presos, 1.250 indios muertos y más de 3.000 prisioneros.  La segunda campaña se realizó en 1879,como fotógrafo y corresponsal periodístico incluido.  Cuando la expedición finalizó, la amenaza del indio había sido extinguida y se habían capturado 20.000 leguas de tierras aptas para la agricultura y la ganadería.  Con la Campaña del Desierto Roca ganó popularidad y allanó su camino a la presidencia, cargo al que accedería con tan sólo 37 años.

La primera presidencia transcurre entre 1880 y 1886.  En ese período se crea el Banco Hipotecario Nacional, se sancionan los Códigos Penal y de Minería y se dictan las leyes de Registro Civil, de Matrimonios y de Educación.  Esta última (ley 1.420) establecía la enseñanza laica, gratuita y obligatoria y además incorporaba la educación rural, la enseñanza para adultos, las escuelas para sordomudos y la modificación de programas y métodos de enseñanza.

El objetivo era bajar los índices de analfabetismo y contribuir a la construcción de un «ser nacional» en una sociedad fuertemente marcada por el aporte inmigratorio.  Los resultados fueron asombrosos.  En pocos años, el sistema de enseñanza primaria de la Argentina se ubicaba entre los mejores del mundo.

Por esa época se incorporan al territorio nacional las regiones del Chaco, Formosa, La Pampa y la Patagonia.  La expansión geográfica fue acompañada de un incremento poblacional, ya que la libertad de cultos y la igualdad de derechos civiles estimularon la llegada de nuevas corrientes inmigratorias.

En materia de infraestructura, se comenzó la construcción del puerto de Buenos Aires. Durante la primera presidencia de Roca Aires y se extendieron los ferrocarriles.  El comercio exterior alcanzó cifras no registradas hasta entonces.  El país se desarrolló en pocos años de una manera notable.

Roca, en una carta dirigida a Miguel Cané al promediar su mandato, escribía: «Por fin tenemos un gobierno dotado de todos los instrumentos necesarios para conservar el orden y la paz; sin menoscabo de la libertad y los derechos legítimos de todos. Éste ha sido mi principal objetivo desde los primeros días.  La revolución, el motín o el levantamiento ya no son ni serán un frase lo pinta a Roca de cuerpo entero.«

La primera presidencia de Roca arrojó como saldo una vasta obra de gobierno, más allá de las objeciones que se le puedan hacer al modelo de país impulsado por esa «generación del ’80»,que por ser exclusivamente agroexportador, nos puso en desventaja y en relación de dependencia con respecto a los países industrializados.

Al finalizar su mandato, Roca usó su influencia para que el sucesor fuera su concuñado, Miguel Juárez Celman, de quien no dudó en despegarse cuatro años después, cuando la revolución de 1890. Comenzó su segunda presidencia en 1898, en circunstancias muy distintas a las de su primer mandato, que pusieron a prueba su temple y capacidad de conducción.

PROGRESO TECNOLÓGICO: se establece en Buenos Aires el primer servicio telefónico, con sólo 20 abonados. Funcionó en un local de la calle Florida 24, y fue instalado por la Societé Du Pain Telephone de Loch. La primera línea directa entre residencia y residencia fue propiedad del presidente Roca, desde su despacho presidencial a su casa de la calle San Martín 577. Se realizó, también, la primera comunicación a larga distancia: el ministro Bernardo de Irigoyen logró llamar a Chivilcoy.

INMIGRACIÓN: entre 1880 y 1886 entraron al país 483.524 personas; regresaron 106.653 y
el resto quedaron radicadas.

EDUCACIÓN: el Congreso sancionó la ley 1420 de enseñanza gratuita, laica y obligatoria, antecedida de una fuerte polémica con la Iglesia católica, al igual que la ley que creó el Registro Civil en todo el país. Hasta entonces los casamientos, nacimientos y defunciones eran registrados por el clero.

El conflicto limítrofe con Chile obligó en 1901 a la sanción de la Ley Richieri, que establecía el servicio militar obligatorio.  Como respuesta a las fuertes huelgas y al activismo permanente de anarquistas y socialistas, Roca implementó la «ley de residencia extranjera» que permitía expulsar del territorio nacional a todo extranjero que derecho sagrado de los pueblos».  La que el presidente Roca era un caudillo cometiese delitos de derecho común, perturbara el orden público o comprometiese la seguridad nacional.  A esta ley le siguió la declaración del estado de sitio.

En 1904, lejos de los tiempos de «Paz y administración», Roca concluye su mandato.  La Ley Sáenz Peña, el triunfo del radicalismo y la presidencia de Hipólito Irigoyen, marcarían una nueva etapa.  Roca no alcanzó a ser testigo de esos cambios.  Murió el 19 de octubre de 1914.

La mayoría de los historiadores dicen pragmático, un hábil político, un conservador inteligente y un conocedor sagaz de las debilidades ajenas.  Y que por eso la gente se acostumbró a llamarlo «el zorro».

Cualquier semejanza de este retrato histórico con algún dirigente político de actualidad es pura coincidencia.

LA CONQUISTA DEL DESIERTO: Desde la presidencia de Mitre existía la idea de recuperar la frontera del río Negro para asegurar las poblaciones pampeanas de los ataques indígenas y dar nuevos campos a la explotación. Los sucesos del país habían impedido concretar la idea. Durante la presidencia de Avellaneda la presión popular se hizo mayor como consecuencia de los aportes inmigratorios y de los malones indígenas.

El ministro de Guerra Alsina tomó el asunto en sus manos y en 1875 propuso un plan de acción: avanzar la línea de la frontera sur ocupando lugares estratégicos y levantando en ellos poblaciones, de modo de hacer imposible a los indios permanecer en la zona. (…)

Consultado el general Roca, comandante de la frontera oeste y con larga experiencia en la materia, impugnó la esencia del proyecto. La línea de fortines era ineficaz y dejaba el desierto a sus espaldas; era muy costosa, se necesitaba mucha tropa y ésta se desmoralizaba en la inactividad del fortín.

La solución estaba en buscar a los indios en sus bases, por medio de una ofensiva continuada con tropas bien montadas, que serían oportunamente relevadas por fuerzas de refresco de modo de no dar tiempo a los indios para reponerse. De ese modo, mucho más eficaz que una zanja como obstáculo defensivo, se podía empujárselos hasta el río Negro.

Las opiniones se dividieron. Pero Roca era sólo comandante de frontera y se impuso el plan del Ministro. El cacique Namuncurá, jefe de una verdadera confederación de tribus e informado de estos planes quiso neutralizarlos con una gran invasión en el verano 1875-76.

Cuatrocientas leguas cuadradas desde Alvear a Tandil fueron arrasada; por los salvajes que usaron en es; ocasión carabinas y revólveres. Cinco recios combates los contuvieron causándoles serias bajas.

Por fin, e 11 de abril de 1876, quedó ocupad; la línea fijada por Alsina. El resulta do fue superior al esperado, pues despojó a los indios de las mejore: tierras de pastoreo para su ganado } su caballada de guerra. Alsina programo entonces campañas primitivas inspiradas en el plan de Roca cuando le sorprendió la muerte.

Su sucesor, Roca, volvió a su propío plan. Hasta mediados de 1878 lo: indios habían sufrido un castigo tremendo y su gente de guerra no llegaba a 2.000 lanzas. Roca preparó 6.00( hombres de caballería móvil, bien armados, y desde julio de 1878 realizó una verdadera razzia en el desierto que dio como saldo 4 caciques presos, 1.250 indios muertos, más di 3.000 prisioneros y otros 3.300 se presentaron voluntariamente. El poder indígena había sido quebrantado definitivamente. Roca inició la según da campaña en abril de 1879, que ahora constituyó un «paseo militar».

CARLOS ALBERTO FLORIA
Y CÉSAR A. GARCÍA BELSUNCE,
HISTORIA DE LOS ARGENTINOS.

Revista Perspectiva
Director: Raúl Fusari
Lic.  Ariel R. Levatti Periodista.  Docente universitario.  Secretario de Redacción de la Agencia Radiofónica de Comunicación de la Universidad Nacional de Entre Ríos.  Secretario de Prensa de la Municipalidad de Esperanza.

Puerto Madero Transformacion y Renovacion Edilicia Historia

Puerto Madero: Su Transformación y Renovación

En los años  posteriores a la organización nacional, la mayor parte de los puertos y embarcaderos mencionados eran de propiedad privada. Los cambios políticos en las décadas del sesenta y del setenta en el país llevaron al Estado a ocuparse de la construcción de puertos modernos como un objetivo fundamental para el desarrollo de la economía. Para entonces, las transformaciones en la navegación se hacían sentir ya en el Río de la Plata.

Dentro de las embarcaciones a vela, ha perdido importancia la balandra, reemplazada por el paquebote; pero, sobre todo, debe tenerse en cuenta la introducción de la navegación a vapor, alrededor de 1850, de mayor velocidad (aunque inicialmente incapacitada de llevar cargas mayores).

El primero en explotar la posibilidades comerciales del barco a vapor fue el inglés Hopkins, que trasladó sus operaciones del Paraguay a la Confederación en 1850.

Hasta 1870, los buques a vapor eran más pequeños, aunque más rápidos, que los buques a vela, que en la década de 1860 dominaban el paisaje del puerto de Buenos Aires. En adelante, la mayor parte de la carga al exterior sería transportada por buques a vapor, los que ya hacia 1890 dominaban también la navegación fluvial.

Para entonces, la estructura económico-territorial del país estaba relativamente consolidada: había una fuerte primacía del área del Litoral y, dentro de ella, del puerto de Buenos Aires, que combinaba las cabeceras de los ferrocarriles con las instalaciones portuarias en función de la eficacia de la exportación.

Por otro lado, se desplazó definitivamente la idea de crear una red de navegación interior, construyendo canales que articularan las ciudades mediterráneas con la costa y favoreciendo un medio de transporte más económico que el ferrocarril, aunque subsistieron proyectos en este sentido hasta avanzado el siglo XX.

PUERTO MADERO: Las áreas urbanas siempre están en continua transformación lo que demuestra los cambios en el uso del suelo en distintos espacios.  En la ciudad de Buenos Aires encontramos un caso que refleja tal situación: Puerto Madero, actualmente un área con múltiples usos del suelo vinculadas la mayoría de ellos a actividades terciarias; y en el pasado era netamente portuaria.

Como esta área había perdido protagonismo, el gobierno nacional junto con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, proyectaron esta transformación a través de una planificación urbana, con el objetivo de revitalizar el área y establecer una vinculación más precisa entre la ciudad y el Río de la Plata, a través del Puerto.

Durante el siglo XIX, la adecuación del puerto a las necesidades del momento fue mediante la realización de algunas obras, porque las características físicas del lugar no eran las más adecuadas, se trataba de una zona costera baja y pantanosa.

Eduardo Madero, fue quien proyecto la construcción del puerto, emplazada junto al centro histórico de la ciudad y completado en 1899.  Para entonces, las dificultades se seguían presentando en el puerto, por ello se construyeron nuevas obras que dieron lugar a otra área portuaria en 1926; el Puerto Nuevo.

Para  entonces, Puerto Madero retirada de su función original comenzó a ser objeto de numerosos proyectos para desafiar nuevos usos del suelo en el área. Pero el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, recién en 1989 inició las gestiones de conversión, debido a conflictos jurisdiccionales, ya que pertenecían a catorce organismos diferentes del Estado nacional.

En ese mismo año, después de ser firmado el decreto presidencial de recuperación se creó la Corporación Puerto Madero, constituida por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y el Estado Nacional, con un 50% de las tierras pertenecientes a cada uno de ellos (en total de 178 hectáreas).

Su objetivo era llevar a cabo un proyecto de renovación urbana, en este caso el más grande en la historia de la ciudad de Buenos Aires. Así los cuatro diques de Puerto Madero pasan a convertirse en un nuevo barrio porteño, el número 47.

Del cual recibe el nombre oficialmente en 1998, recordando al ingeniero que diseñó y construyó el antiguo puerto de Buenos Aires. Este nuevo barrio está limitado por las avenidas Ingeniero Huergo y Eduardo Madero, las calles Elvira Rawson de Dellepiane y Cecilia Grierson y la actual costanera Sur.

Podría decirse que significa una gran inversión, este plan de urbanización debido a la apertura de calles, veredas, instalación de servicios, parquización y redes cloacales, que debieron realizarse.

Sin embargo, poseen protección patrimonial histórica algunos de los edificios, por lo que sólo puede reciclarse es su interior y deben mantenerse intactas las fachadas externas; un claro ejemplo de esto es lo que se conoce como La Catedral, el cual era un antiguo depósito de granos.

En cambio, si fueron demolidos grandes cantidades de silos, que simbolizaban principios del siglo XX, el modelo económico que empleaba Argentina: el agroexportador o conocido como “granero del mundo”.

Y en su lugar, fueron construidos viviendas, oficinas y edificios con propósitos culturales.

Con una localización privilegia por la cercanía al microcentro y una grandiosa vista al río de la Plata, actualmente Puerto Madero es un barrio en donde los usos predominantes se relacionan con el sector terciario.

Allí se asientan oficinas, cines restaurantes, bares y viviendas tipo Loft.

En los últimos años, esta zona se convirtió en uno de los sectores más exclusivos de la ciudad, creciendo paulatinamente gracias  las inversiones grandes que se realizaron allí.

Es por esto que para Buenos Aires y su actividad económica, se convirtió en un punto de referencia, ya que numerosas se empresas se radicaron en el lugar y es uno de los sitios más concurridos por los turistas del interior y exterior del país.

Sin embargo, lo que caracteriza esta urbanización es el equilibrio existente entre las superficies libres y las construidas, cuestión que hace que el impacto de las obras construidas sean intrascendentes.

Profesora de Geografía: Claudia Nagel

Fuente: Geografía Mundial y los desafíos del SXXI. Editorial Santillana. Geografía Mundial, Editorial Puerto de Palos.  

 

Ver: Primer Ingeniero de Argentina

Historia de la construccion del puerto de Buenos Aires Madero Huergo

Historia de la construcción del puerto de Buenos Aires

En los albores del siglo XIX, desde la indepedencia de las Provincias el Río de la Plata debido a ciertas circunstancias generadas por novedades técnicas, nuevas pautas económicas y ambiciosos programas de progreso, se inició la sostenida preocupación por resolver los problemas del puerto de Buenos Aires. En este proceso, violentas disputas acompañaron los inicios de su realización efectiva.

Las mismas se originaron por la lucha que se entabló entre los técnicos locales, en los primeros pasos de la formación de un campo profesional de la ingeniería, y las decisiones de otorgar a expertos extranjeros las obras de magnitud. Sobre esta base de requerimientos técnicos y corporativos se engarzó la discusión estrictamente política entre grupos antagónicos, aunque con intereses estructurales similares.

En su origen, la historia del puerto de Buenos Aires ligó tres sitios: la costa frente a la ciudad, la boca del Riachuelo y la Ensenada.

Desde mediados del s. XVIII, cuando comienzan a proliferar las propuestas para el puerto, estas tres posibilidades estaban planteadas. La costa de la ciudad no ofrecía posibilidades naturales, pero respondía a la instalación de la trama comercial en la ciudad, en momentos en que no era fácil cubrir largas distancias.

El Riachuelo había sido desde los años de la Conquista un abrigo para naves de pequeño calado, mientras que en la Ensenada invernaban las de mayor tamaño. Las instalaciones que se realizaron fueron modestas, en consonancia con los proyectos, entre los que pueden mencionarse el de Juan Echeverría, en el bajo de las Catalinas (1755), el de Vianes (1761), la serie de proyectos de Rodríguez y Cardoso  (1771), los de Pallares (1784, en la costa frente a la ciudad), los de Cervino (1794, en el bajo de las Catalinas).

Las instalaciones debían contemplar tanto fines comerciales como de defensa de las costas, asoladas por los temporales, y de defensa militar. Solo se realizaron, en el Riachuelo y frente a la ciudad, modestos muelles de madera.

Mucho más interesante resulta el proyecto de Giannini (1804). El ingeniero español articuló el puerto natural del Riachuelo con las necesidades de inmediatez del tráfico de la ciudad de Buenos Aires. Al mismo tiempo, reconocía las condiciones geológicas del suelo bonaerense en forma más ajustada que sus antecesores.

Giannini proponía un canal cuya excavación «dirigida en línea recta, tenga su principio en el recodo que hace el Riachuelo (la vuelta de Rocha) […] desde cuyo sitio […] formará una línea que vendrá paralela a las barrancas, hasta que, pasando por delante del fuerte, busque su desagüe con alguna diagonal». El canal, cerrado con una exclusa, serviría como puerto seguro tanto a los buques comerciales como a las embarcaciones pequeñas, a las cañoneras como a los barcos de pesca.

El puerto de Buenos Aires debía servir, simultáneamente, a propósitos de defensa militar, de comercio, de desembarco de pasajeros, de producción pesquera: un puerto múltiple, según la más corriente clasificación por funciones. Las invasiones inglesas y la revolución dejaron en suspenso la realización de este proyecto.

En 1886 la Capital Federal se vinculó a la red ferroviaria del interior mediante la línea que la ligó a Rosario. Las terminales ferroviarias se fueron instalando en los puntos de la ciudad porteña que históricamente habían sido de centralización del antiguo tráfico de carretas: Plaza Constitución para el sur, Plaza Once para el oeste, Plaza Retiro para el litoral y el norte.

Las estaciones finales conformaban un semicírculo urbano tendido a pocas cuadras del río, es decir, del camino a Europa. Sólo faltaba el puerto, que debía facilitar el tráfico transoceánico: su construcción fue uno de los grandes objetivos, y su ubicación suscitó una de las más enconadas polémicas de la década.

Luis A. HuergoDesde tiempos de Rivadavia los porteños soñaban con el puerto. El método utilizado para desembarcar constituía todo un desprestigio y era comentado con sorpresa por los extranjeros que nos visitaban.

Distintos planes fueron dejándose de lado durante décadas, hasta que, hacia 1880, las posibilidades quedaron definidas y encarnadas en las personas del ingeniero Luis A. Huergo (imagen izq.)  y de Eduardo Madero.

Huergo postulaba la creación de un puerto de aguas profundas a lo largo del Riachuelo, para lo cual insistía no hacían falta grandes inversiones.

En 1881 la legislatura bonaerense votó una partida para dragar el Riachuelo, y ya en 1883 un gran transatlántico, el L’Italia, amarró en las nuevas instalaciones.

Pero hacia 1885 los trabajos de Huergo languidecieron por falta de apoyo político, y finalmente debió renunciar a seguir adelante.

Triunfaba la propuesta de Madero, que tenía mejores conexiones políticas y el apoyo de capitalistas e ingenieros británicos. En marzo de 1886 el Poder Ejecutivo Nacional aprobó sus planos y, en medio de un gran escándalo periodístico y parlamentario, se iniciaron los trabajos del puerto frente mismo a Plaza de Mayo.Madero

En enero de 1889 el vicepresidente Pellegrini que en un principio había apoyado vehementemente a Huergo inauguró la dársena sur de las nuevas instalaciones.

 En 1897 se habilitarían la dársena norte y el canal de acceso.

Cuando el proyecto de Madero estuvo enteramente realizado antes de esto, en realidad resultó que era insuficiente, y en 1907 debieron iniciarse los estudios para construir un «puerto nuevo» que recién habría de terminarse en 1927.

«Transcurrido un siglo dice James R. Scobie en su libro Buenos Aires, del centro a los barrios resulta tentador encontrar motivos más profundos en la controversia entre los proyectos de Huergo y Madero (imagen der.).

Para algunos, Huergo representaba la tradición criolla y el desarrollo nacionalista de la economía argentina.

En Madero podía descubrirse la preocupación de los estadistas e intelectuales de la generación del ochenta, que buscaban la modernización y el progreso de la Argentina sobre la base de capitales y tecnología extranjera.».

De alguna manera, Huergo proponía romper la tendencia predominante en la década del ochenta, mientras que Madero favorecía a los mismos intereses en juego en las redes ferroviarias, a los mayoristas e importadores y a las instituciones de crédito más importantes.

Sea como fuere, a finales de la década del ochenta el anhelado puerto empezaba a funcionar y a su ritmo desaparecían gradualmente los pintorescos resabios del tráfico anterior: las miríadas de pequeñas embarcaciones y carromatos de todo tipo, que antes se ocupaban de desembarcar a pasajeros y mercaderías de los navíos anclados frente a las toscas del río. Ahora, grandes buques amarraban en las dársenas, y las playas de embarque de los ferrocarriles y sus depósitos se encontraban a pocos metros de las bodegas.

Año tras año se multiplicaba el tonelaje de los barcos, y Buenos Aires afirmaba su condición histórica de «boca de expendio» de las crecientes exportaciones. A un paso de la plaza que era el centro político, comercial y financiero de Buenos Aires, el «Puerto Madero» era, además, un símbolo de la irrefrenable vocación centralista de la capital de la República, lugar al que llegaban los frutos de la tierra para ser embarcados y desde donde se repartían por todo el país los productos que venían de ultramar.

La Red ferroviaria argentina en 1880 Empresas Britanicas Historia

La Red ferroviaria Argentina en 1880
Las Empresas Británicas

LOS FERROCARRILES: A ningún banquero, ningún capitalista extranjero podía dudar del futuro argentino cuando contemplaba lo que se estaba haciendo en materia de ferrocarriles. En 1880 existían casi 2 500 Km. de vías, la mitad de ellas propiedad del Estado; en 1890, las vías llegaban a 9 500 Km. y las concesiones otorgadas entre 1886 y 1889 alcanzaban 26 000 Km., una cifra realmente fantástica; esta extensión existía sólo en el papel, desde luego, pero era indicativa de la vocación expansiva de los «caminos de hierro» en el país.

la porteña, primer tren en buenos aires

LA PORTEÑA, Primera Locomotora Pública en Bs.As.

Sin embargo, a lo largo de esos diez años la filosofía estatal en materia de ferrocarriles había variado totalmente. En 1880 el Estado Nacional era dueño del Ferrocarril Central Norte, que unía Córdoba con Tucumán, de un ramal de Villa María a Río IV que aspiraba a llegar a Cuyo, y de un pequeño tramo en Entre Ríos; además, la provincia de Buenos Aires poseía el Ferrocarril del Oeste, que vinculaba la nueva Capital Federal con Lujan y allí se dividía en dos rumbos, hacia Arrecifes (donde llegó en 1881) y hacia 9 de Julio (1883).

El resto de las líneas ferroviarias pertenecía a seis compañías británicas, tres de las cuales gozaban de «ganancias garantidas». La principal era la del Ferrocarril del Sud, que llegaba a Tandil y Azul, seguida por la del Ferrocarril Central Argentino, que unía Rosario con Córdoba. Las dos terceras partes de las vías se concentraban en la pampa húmeda; el tercio restante recorría la zona norte del país.

Urgidos por la necesidad de integrar las regiones y dar salida a los productos agropecuarios, los gobiernos anteriores a 1880 habían establecido en algunas leyes de concesión la cláusula de «ganadas garantidas», que significaba que la Nación aseguraba un mínimo del 7 por ciento sobre el capital invertido como renta para los accionistas.

En la década del ochenta el Estado Nacional siguió participando en la construcción de ferrocarriles, pero limitó las «ganancias garantidas» a un 5 por ciento y abandonó la modalidad de regalar a la empresa constructora las tierras adyacentes al tendido. Ya se había logrado el interés de los capitales, no había necesidad de estimularlos con privilegios y, además, el propio Estado Nacional hacía punta en la expansión ferroviaria.

Cuando Roca abandona la presidencia (1886), las vías férreas ya contaban con 6 000 Km. de tendido, y en ese incremento hay que señalar realizaciones como la del Ferrocarril Andino. Originariamente se había planeado extender el ramal Villa María Río IV a Mendoza y San Juan, con una eventual prolongación a Chile.

El concesionario, Juan Clark, renuncia en 1881, y la construcción del Ferrocarril Andino pasa a ser responsabilidad del Consejo de Obras Públicas de la Nación. En mayo de 1885 el tren llega a Mendoza y luego a San Juan, con una baratura de costos y un rendimiento que asombra. «La vía más barata y mejor construida de la República», dice Roca en uno de sus mensajes. Lo es a tal punto, que esos 500 Km. tendidos en cinco años aportan, en 1885, un millón de pesos a las Rentas Generales de la Nación. Algo similar ocurre con el Ferrocarril Central Norte, también propiedad de la Nación, que a partir de 1882 se transforma en una fuente de ingresos, autofinanciando dos de sus ramales y prolongándose a Salta.

Pero esta exitosa política estatal habría de clausurarse con la gestión presidencial de Juárez Celman. A los tres meses de asumir el poder se vende el Ferrocarril Andino… ¡al mismo Clark que había renunciado a construirlo! Además, se le garantiza una ganancia del 5 por ciento sobre los 12 millones de pesos oro que ha pagado para adquirir la línea.

En diciembre de 1887 se enajenan los ramales del Central Norte y luego la red troncal, que fue comprada por una firma inglesa para transferirla días después al Córdoba Central Railway: también en este caso la Nación garantizó una ganancia del 5 por ciento a los adquirentes.

Poco más tarde la provincia de Buenos Aires vende el ejemplar Ferrocarril del Oeste. Salvo dos ramales, «el chiche de los porteños» fue adjudicado en abril de 1890 a un sindicato de compañías inglesas que ofreció unos 40 millones de pesos oro. «Los ferrocarriles de la provincia se llaman ahora «New Western Railway of Buenos Aires«. ¿No se parece eso a la sombra de la bandera inglesa flameando sobre otro pedazo del territorio argentino con más derecho del que tiene para flamear sobre las Islas Malvinas?» clamaba Carlos D’Amico en su libro Buenos Aires, sus hombres, su política, escrito en 1890.

Así, en menos de diez años, aquella política ferroviaria llevada adelante por el Estado con sentido nacional se había frustrado. Contrariamente a la tendencia inicial de la década, en 1890 la mayoría de los 9 500 Km. de vías férreas existentes pertenecía al capital inglés (los franceses recién entraron al negocio ferroviario en 1885).

La «furia ferroviaria» no habría de detenerse, pero ya tenía otro sentido. A partir de 1890, los ferrocarriles que en el futuro construyera el Estado Nacional se tenderían en zonas alejadas, escasamente pobladas, como una medida de fomento; las grandes redes troncales eran inglesas.

No faltaron voces que advirtieran la insensatez de la política de Juárez Celman, que vendía, en pleno éxito de explotación, lo que el país entero había construido con su esfuerzo y su ahorro. Síntesis de estas opiniones es el comentario de El Nacional del 20 de julio de 1887: «¿Qué no se ha dicho de los ferrocarriles? Todo empréstito era poco para gastarlo en él. Ahora de la Casa Rosada sale esta proclama: el Gobierno «no» debe hacer ferrocarriles: se declara arrepentido de haberlos hecho…»

Y sigue diciendo el diario: «El gran secreto financiero consiste, pues, en este doble procedimiento: defender los ferrocarriles del Estado para tener empréstitos, y renegar de ellos luego de ser administrados por el gobierno para vender los ferrocarriles, para tener dinero.»

Era cierto: acosado por una deuda creciente en oro, el gobierno de Juárez Celman intentaba hacerse de recursos vendiendo los ferrocarriles del Estado, con el pretexto de que el Estado era un mal administrador… aunque las líneas enajenadas, tanto de la Nación como de la provincia de Buenos Aires, fueran un modelo de buena gestión comercial.

Quizá no habría que dejar de lado un elemento de corrupción que en aquella época flotaba en el ambiente, ni la inexperiencia de gobernantes alucinados por las doctrinas económicas en boga. Pero, volviendo a lo que se subrayaba al comenzar, ninguno de estos aspectos interesaba al observador extranjero. Sí le impresionaba, en cambio, el espectacular crecimiento de la red ferroviaria argentina, y su significación con respecto a la modernización y la capitalización del país, además de su importancia como infraestructura de un mejor y más barato transporte de la producción agropecuaria a la gran boca de expendio que era el puerto de Buenos Aires.

Los ferrocarriles a la luna
En la compilación de Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo titulada La Argentina del ochenta al centenario (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1980), el economista Eduardo Zalduendo se refiere a aspectos del sistema de transportes en la década de 1880 calificando de «período de la manía» al bienio 1887/89.

«Al terminar la primera administración del presidente Roca, la red ferroviaria contaba con 6000 Km. Los tres años siguientes se caracterizaron por una fiebre o «manía» ferroviaria reflejada en el otorgamiento indiscriminado de concesiones por el Congreso y los gobiernos nacional y de la provincia de Buenos Aires dentro de su jurisdicción: el total de concesiones aprobadas durante este período se ha estimado que posibilitaba la construcción de alrededor de 26 000 kilómetros.

»Una parte de estas concesiones se otorgó como recompensa por favores políticos. Los concesionarios lograron tramos paralelos a líneas ya en operación, o lograron los tramos siguientes a las puntas de rieles ya concedidas [o que fueron] ilusiones por extenderse por zonas totalmente fuera de posibilidad de desarrollo. En los dos primeros casos los concesionarios tenían frecuentemente la intención de venderlas a las empresas británicas ya establecidas y, en el último caso, encontramos los que en la época se conocieron como «ferrocarriles a la luna» tales como Resistencia Orán, San Rafael Ñorquín, etc.

Durante los tres años mencionados se otorgaron sesenta y siete concesiones nacionales, a veinticuatro de las cuales se les ofreció una garantía del 5 por ciento de interés sobre el monto de inversiones fijado por kilómetro de vía. El monto kilométrico variaba según la trocha, la topografía del terreno y el eventual volumen del servicio esperado. Asimismo los plazos de las concesiones, entre ocho y cincuenta y cinco años, siendo el de veinte años el plazo más frecuente. El total de líneas concedidas en tales condiciones fue de 12 200 kilómetros; felizmente, muchas no se llevaron a cabo, pues el compromiso financiero adicional que ellas configuraban hubiera representado nada menos que el 45 por ciento del presupuesto nacional de 1890.

En esos años, además, algunas provincias comenzaron a deslumbrarse por la «manía»: durante 1888 y 1889, la provincia de Buenos Aires acordó una red de concesiones en su territorio que culminó con el espectacular otorgamiento del día 17 de octubre de 1888. Luego la fiebre llegó a Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Corrientes; en la década siguiente a Salta, y en 1902 a Mendoza».

PARA SABER MAS…

El periodista Diego Valenzuela, en su libro «Enigmas de la Historia Argentina», comenta lo siguiente respecto a los primeros ferrocarriles:

«Contra lo que se dice comúnmente, antes de ser inglés, el primer ferrocarril fue privado nacional y, luego, estatal. La primera compañía ferroviaria, de 1854, estaba constituida por un grupo de familias adineradas, comerciantes porteños. En la época fue la mayor empresa local y actuó durante casi una década, desde comienzos de 1854 hasta fines de 1862, construyendo y operando la primera línea férrea de la provincia y del país. Esta no era otra que el mencionado ferrocarril hacia el Oeste, que partía de la plaza Del Parque, un antiguo basural conocido como «el hueco del zumbido», donde hoy se encuentra el Teatro Colón. Como con el tiempo esta familias no consiguen suficiente capital, tratan de armar una sociedad anónima, pero hay poca gente interesada y la firma pasa al estado.

Hacia 1850, las empresas más grandes que había eran cuatro o cinco saladeros que procesaban la carne salada para exportar, un par de pequeños molinos harineros y nada más; eran iniciativas muy rudimentarias, negocios importantes pero operaciones muy simples desde el punto de vista de la inversión. Construir un ferrocarril de diez kilómetros se convirtió en una iniciativa de alto vuelo para la Argentina. En ese momento, capitalistas argentinos se proponen ser los pioneros, y piden permiso para hacer un ferrocarril al Oeste. No tienen claro hasta dónde llegará, porque dependen del dinero que consigan.

Buscan un ingeniero para que les haga el trabajo; pasan cuatro, hay demoras, varios renuncian. Finalmente, desde la vieja estación Del Parque, parte el primer viaje hacia Floresta, en 1857. La estación fue adornada, y entre los presentes se tenía la sensación de estar presenciando un momento histórico.

Cuando el ferrocarril llega a Moreno, en 1860, el 90 por ciento del capital había sido puesto por el estado. Está manejado por un directorio privado, pero el capital es público. Para entonces ya era evidente que se requería un gran salto, que no se podía seguir creciendo de a pequeños pasos. Llegar a Chivilcoy requería mucho dinero, eran 120 kilómetros adicionales cruzando la nada. Los inversores privados buscan al estado, que compra las acciones y se dispone a seguir con la obra. Un ferrocarril de capital privado local pasa a ser un ferrocarril estatal de la provincia de Buenos Aires. Recién hacia 1889 fue vendido al capital inglés.»

 

Presidencia de Juarez Celman Obra de Gobierno Unicato Crisis 1890

Presidencia de Juarez Celman
Obra de Gobierno Unicato

Presidencia de Juarez Celman Obra de Gobierno Unicato Crisis 1890El período 1880-1890 comprende las presidencias de Julio A. Roca (1880-1886) y Miguel Juárez Celman (1886-1890). Estos gobernantes mantuvieron una política de fomento inmigratorio, fundamental para el progreso del país, al tiempo que favorecían la inversión de capitales extranjeros. La República Argentina entraba en la órbita del comercio mundial como exportadora de productos agrarios e importadora de artículos manufacturados. Esta relación se mantenía principalmente a través de Gran Bretaña.

Los primeros años de esta década marcaron un proceso de constante progreso, traducido en el enriquecimiento general y las obras públicas; el grupo gobernante llevó a cabo múltiples iniciativas que cambiaron la fisonomía del país, principalmente de su ciudad capital. Sin embargo, en el orden político, el balance era negativo: el fraude electoral y el manejo de los resortes del gobierno en beneficio del oficialismo impedía la libre manifestación de la oposición.

Sumados estos hechos a la crisis económica que sacudió los últimos años de la presidencia de Juárez Celman, se creó una situación que desembocó en la revolución de julio de 1890, dirigida por un nuevo partido de oposición: la Unión Cívica. El fracaso militar impidió el triunfo de los ideales democráticos del movimiento, pero Juárez Celman debió renunciar, asumiendo la presidencia Carlos Pellegrini.

PRESIDENCIA DE MIGUEL JUAREZ CELMAN: Al terminar el período presidencial de Julio A. Roca, se presentaron tres candidatos, Bernardo de Irigiyen, Manuel Ocampo y Miguel Juárez Celman, triunfando este último, integrando la fórmula, como vicepresidente, el doctor Carlos Pellegrini.

El nuevo mandatario, pariente político de Roca, había sido gobernador de Córdoba y luego senador nacional por esa provincia. Encabezaba la tendencia liberal, de inspiración europea, partidaria de transformaciones en las costumbres y creencias.

La obra administrativa y legislativa de esta presidencia fue intensa, sobre todo en la primera mitad del período. Entraron en vigor los nuevos códigos Penal y de Procedimientos Penales, y el de Minería; después de un extenso debate, en 1888 fue votada la Ley de matrimonio civil. En 1889, la Argentina envió sus delegados al primer congreso panamericano de Washington, destinado a estrechar relaciones entre los Estados de América.

Durante esta gestión crecieron las inversiones en bancos y ferrocarriles, se amasaron grandes fortunas y surgieron la especulación y los negociados.  Hacia 1890 se desató una gran crisis, bajaron los precios internacionales de las exportaciones argentinas y subieron los precios internos.

El descontento popular se expresó en la Revolución del 90, encabezada por Leandro N. Alem, que fracasó en el  terreno militar, pero logró forzar la renuncia de Juárez Celman y dio lugar a la fundación de la Unión Cívica Radical.

«El Unicato»
Entre 1886 y 1890, Juárez Celman ocupó el cargo de presidente de la República, designación que obtuvo gracias al dominio que el PAN ejercía sobre la política argentina,  Juárez Celman acentuó desmedidamente e! estilo político de su predecesor, Por un lado endureció los rasgos autoritarios del régimen político, atacó a la oposición y llegó a postular la inutilidad de un régimen basado en elecciones populares.

Por otro, facilitó e desarrollo de los negocios, a diferencia de Roca, que prefería consolidar su poder mediante acuerdos políticos, Juarez Celman invalidó a todo aquel que representara un problema, incluyendo al propio Roca  través de sucesivas intervenciones federales, fue concentrando el poder en su persona hasta que se bautizó a su presidencia como «el Unicato». La oposición poco tenía par; decir, ya que la autoridad del Presidente se veía legitimada por el notorio éxito de la economía.

Un opositor al gobierno, en 1890, afirmaba: «El presidente de la República ejerce de hecho toda la suma del poder público; tiene en sus manos las riendas del poder municipal, la llave de los bancos, la tutela de los gobiernos de provincia, la voz y el voto de los miembros del Congreso, y hasta maneja los resortes del Poder Judicial; desempeña además lo que se llama la jefatura del partido dominante, partido cuyos miembros son entidades pasivas que no deliberan ni resuelven nada, ni ejercitan funciones públicas y que se han acostumbrado a mendigar al jefe como favor las posiciones que debieran alcanzar en el comido como un derecho.»
Joaquín Castellanos en un mitin de la Unión Cívica.
Citado por José Luis Romero en «El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX».


La crisis 1890: En 1889, la expansión económica comenzó a mostrar su debilidad, La deuda externa del  país, contraída por la entrada de capitales extranjeros, aumentó y también crecieron as importaciones. En teoría, las exportaciones debían pagar las importaciones y los serví:: de la deuda. Sin embargo, las importaciones y los intereses de los préstamos creciere» rápidamente que las exportaciones, de modo que sólo podían cancelarse mediante nuevos  préstamos.

El flujo de capitales extranjeros comenzó a disminuir, hasta que en 1890 una crisis financiera y económica europea provocó su interrupción. Sin préstamos no podían pan los intereses de los préstamos obtenidos anteriormente y la caída de los precios internacionales de los productos de exportación agravó el desequilibrio de la balanza comercial, Se produjo e! cierre de la mayoría de los bancos, la paralización de las obra; públicas y la quiebra de comercios. La desocupación se generalizó.

A esto se sumó la demanda de mejoras salariales que hicieron proliferar las huelgas de zapateros, panaderos y ferroviarios, entre otros gremios, De esta manera, el principal capital político del presidente Juárez Celman comenzó a licuarse y afloraron las tensiones políticas contenidas por el progreso económico.

La revolución de 1890 se conoce como «Revolución del Parque», porque la oposición se atrincheró en el Cuartel del Parque de Artillería (la actual Plaza Lavalle) y desde allí iniciaron los combates que duraron tres días. En las filas de los revolucionarios había figuras como Leandro N. Alem, Lisandro de la Torre, Aristóbulo del Valle, Hipólito Yrigoyen, Nicolás Repetto, Emilio Mitre, Marcelo T. de Alvear y Juan B.Justo.

EL Unicato: Desde 1880, se profundizó el proceso de concentración del poder político alrededor del partido oficialista y, sobre todo, de la figura del primer mandatario. Con esta concentración de poder, el presidente no buscaba su fortalecimiento frente a una oposición política que todavía era débil y estaba desarticulada.

Por lo contrario, buscaba afirmarse entre la clase gobernante y remover a aquellos gobernadores que consideraba no eran leales. El proceso de concentración de autoridad se acentuó cuando Juárez Celman unió a su condición de presidente de la República la de jefe del Partido Autonomista Nacional. Sus contemporáneos llamaron Unicato a esta fuerte concentración de poder político en la persona del presidente.

Después de la renuncia del presidente Juárez Celman, en 1890, aunque Roca asumió la jefatura del PAN —y la mantuvo por muchos años—, los presidentes que se sucedieron acentuaron la tendencia centralizadora de la autoridad en su persona.

AMPLIACIÓN:
La obra de gobierno
En los dos primeros años de su mandato, Juárez Celman se dedicó con franco optimismo a promover el progreso, la riqueza y la inmigración. Las vías férreas unieron las principales ciudades del interior, se publicó en cifras el adelanto agrícola-ganadero y gran cantidad de inmigrantes y capitales extranjeros llegaron al país.

La ciudad de Buenos Aires experimentó nuevas e importantes transformaciones, y extendió sus límites con la incorporación de los partidos de Flores y Belgrano.

Entre las obras públicas merecen citarse: la apertura de la Avenida de Mayo; la terminación de la Casa de Gobierno y del puerto; la construcción del nuevo teatro Colón (el actual); del palacio de Obras Sanitarias y del Departamento Central de Policía.

En noviembre de 1888, las Cámaras legislativas sancionaron la Ley del matrimonio civil, por la cual el casamiento quedaba secularizado como un contrato de la vida civil, sin necesidad de la posterior consagración religiosa.

Juárez Celman dispuso que la Argentina concurriera a la Exposición Internacional reunida en París en 1889, para exhibir en esa importante muestra los progresos alcanzados. Nuestro país también estuvo presente en el Primer Congreso Panamericano, celebrado ese mismo año en la ciudad de Washington.

La crisis económico-financiera
En su afán de progreso, el gobierno se dejó llevar por el espíritu febril Je la época, otorgó concesiones y firmó nuevos empréstitos con los capitales extranjeros, los que pasaron a controlar los ferrocarriles, puertos, algunos servicios públicos y acapararon tierras para especular. A esta situación —duramente combatida por los opositores— se sumaron las emisiones do papel moneda sin respaldo legal y la entrega de créditos bancarios a partlCU lares bajo la sola influencia política.

Entre el pueblo cundió la fiebre del dinero y de la especulación, el desenfreno por los negocios de ganancia segura y el afán de enriquecimiento a través de cotizaciones de la Bolsa de Comercio —basadas en pro mesas y papeles carentes de valor—, organismo que fue el «centro del delirio especulativo. La embriaguez corruptora se extendió por doquier y la ciudad entera se transformó en un verdadero emporio comercial, dondo diariamente surgían nuevos ricos.

En 1889, la inflación y el agio llegaron a un grado alarmante. Los gastos desproporcionados de la administración pública eran muy superiores a las rentas del país, mientras el comercio exterior arrojaba un balance negativo.

La agitación política
Cada día se hizo más numerosa la oposición, la que culpaba al gobierno de haber llevado al país a un estado de quiebra. La impopularidad contra el oficialismo aumentó cuando circulaban fundados rumores sobre la próxima candidatura a la presidencia —aunque la fecha estaba lejana— del doctor Ramón J. Cárcano, intimo amigo de Juárez Celman.

En medio de gran tensión política, los jóvenes partidarios del gobierno se reunieron en un banquete, que se llamó de los «incondicionales» —donde ovacionaron al retrato del presidente. Como réplica, el 20 de agosto de 1889, el diario «La Nación» publicó un artículo del doctor Francisco Barroeta-veña, en el que criticaba duramente a los jóvenes incondicionales por apoyar un gobierno desprestigiado, que anhelaba perpetuarse en el poder.

El domingo 1? de setiembre, ios opositores al gobierno se reunieron en el Jardín Florida’ en un mitin cívico al que asistieron las figuras más representativas de la época: Leandro N. Alem, Pedro Goyena, Aristóbulo del Valle y otros. Mitre y Bernardo de Irigoyen enviaron sendas cartas de adhesión.

Varios oradores se dirigieron al público y el acto terminó con la aprobación del estatuto de un nuevo partido político denominado Unión Cívica de la Juventud, cuyos propósitos eran luchar por la pureza del sufragio, las libertades públicas y la moral administrativa. La nueva fuerza política formó comités populares y se extendió no sólo por Buenos Aires, sinp también por el interior del país.

El 13 de abril de 1890 se celebró un nuevo mitin, esta vez en el Frontón Buenos Aires.2 En medio del entusiasmo de una extraordinaria multitud so declaró fundada la Unión Cívica, bajo la presidencia de Leandro Alem.

La Revolución de 1890
La asamblea del Frontón Buenos Aires tuvo gran efecto político. Cárcano, Pellegrini y Roca, manifestaron públicamente que no aceptaban la precandidatura a la presidencia. Por su parte, Juárez Celman renovó su ministerio para despertar la confianza pública, pero nada pudo impedir el estallido de un movimiento revolucionario que incubaban desde tiempo atrás varios jefes militares —constituidos en logia— y civiles de la Unión Cívica.

En la madrugada del 26 de julio de 1890, el jefe militar revolucionario general Manuel J. Campos ocupó con tropas civiles armadas el Parque de Artillería, donde actualmente se levanta el edificio de los Tribunales, frente a la Plaza Lavalle. La flota anclada en el puerto también se sublevó, a la? órdenes del teniente de navio Eduardo O’Connor.

El gobierno dispuso resistir y estableció su cuartel general en el Retiro. Juárez Celman partió en tren hacia Rosario mientras el vicepresidente Pellegrini y el ministro de guerra, general Lavalle, se hacían cargo de la lucha en la capital.

Las fuerzas revolucionarias no avanzaron de sus posiciones, circunstancia que aprovecharon las tropas gubernamentales —reforzadas con contingentes del interior— para iniciar el ataque. Así comenzó una intensa lucha que se prolongó hasta el 28 de julio, día en que los rebeldes se rindieron cuando supieron que el gobierno no tomaría represalias contra ellos.

Aunque sofocada la revolución desde el punto de vista militar, el ambiente de intranquilidad presagiaba nuevos sucesos. El Congreso’—que respondía al jefe de Estado-— no celebró el triunfo, y en el recinto de sesiones el senador Manuel Pizarra pronunció esta frase elocuente: «La revolución ha sido vencida, pero el gobierno está muerto».

Sin apoyo ni popularidad, Juárez Calman presentó su renuncia, la que fue aceptada por el Congreso el día 6 de agosto.

AMPLIAR SOBRE MIGUEL JUÁREZ CELMAN

Fuente Consultada:
Historia de la Argentina Cuadernillo de Crónica La Revolución del Parque

Bases del crecimiento economico de Argentina en 1880 Proyecto de Roca

A comienzos de la década que se inicia en 1880, las posibilidades económicas del país se asentaban sobre bases con las que toda la dirigencia argentina coincidía: ingreso al mercado mundial como productor de artículos primarios, transporte capaz de llevar a puerto esta producción, capitales para explotar los recursos naturales fundamentalmente la tierra e inmigración para paliar la escasez de mano de obra. Además, era indispensable terminar con la anarquía monetaria para unificar y prestigiar los medios de pago de la Nación.

La circunstancia internacional tendía a favorecer estos planes: en Europa existía un mercado de capitales ávidos de colocaciones con alto rendimiento; a su vez, la industria del viejo Continente, con exceso de producción, buscaba nuevos mercados y, al mismo tiempo, productos primarios para elaborar. Así, el momento del despegue económico del país se veía favorecido por una especial y tal vez irrepetible circunstancia.

Julio Argentino Roca  Presidente Argentino (1880-1186)

Julio Argentino Roca Presidente Argentino (1880-1186)

En qué consistía este proyecto?  En lo económico, la inserción de nuestro país en la división internacional del trabajo a partir de la producción de materias primas y alimentos y la importación de la mayor parte de los productos elaborados que se consumían en el mercado interno; en lo social, el tratar de cambiar usos nativos a través de la inmigración de mano de obra y tratando de europeizar nuestras costumbres; y en lo político, la conformación de un estado moderno a partir de instituciones a imitación de la Europa de fin de siglo con el propósito de ofrecer garantías a los capitales extranjeros que invertían en nuestro país.

Por otra parte Europa tiene necesidad de colocar un excedente de producción y de población, asimismo necesita de alimentos y de materias primas.

Para asegurar la ansiada meta del progreso, los distintos sectores le atribuían a la educación una relevancia singular queriendo alfabetizar a la masa de argentinos que vivían bajo un índice de analfabetización extraordinario, pero más necesaria fue la educación de la elite dirigente que debía pasar por la universidad si quería acceder a una posición destacada dentro de la carrera política para alcanzar el poder.

Esta generación aprendió que la libertad individual era el valor supremo que el Estado debía defender y que el librecambio comercial era el sustento de toda política económica, pero no advirtió que esa libertad era privilegio de los fuertes y en la Argentina los fuertes no fueron precisamente los nativos, que el librecambio solo servía para consolidar al capital extranjero y que los sagrados derechos y garantías eran solamente excusas para amparar a las compañías extranjeras cuando buscaban eludir los impuestos nacionales o no querían someterse a las leyes justas de la Nación.

La ideología que adoptó esta generación fue el reflejo de los sentimientos e intereses de los terratenientes, su gobierno fue el gobierno de los selectos y de los iluminados. Bajo su influjo Buenos Aires dejó de ser la gran aldea para transformarse en una urbe cosmopolita de carácter, como ya dijimos, europeizante ya que la educación universitaria a la que nos referimos anteriormente tenía que venir de Londres y Paris.

1234
Inmigración
Europea
Ingreso de
Capitales
Educación y
Alfabetización
Construcción de
Ferrocarriles

El positivismo fue su filosofía: orden y progreso. Este lema, que se lo debemos a Comté, fue la bandera de su accionar. Progreso significó crecimiento y modernización. Orden consistía en crear las condiciones de tranquilidad en las cuales debía encontrarse el pueblo para permitir la proyección del progreso sin pausa.

La segunda mitad del Siglo XIX trae el triunfo del capitalismo industrial y con ello el aumento de la demanda de materias primas. La mejora en los transportes permiten el traslado de millones de inmigrantes que van a satisfacer la creciente demanda de mayor producción. En este mundo de progreso y cambio se inserta la Argentina a través de la expansión de su producción agropecuaria produciéndose entonces el fenómeno de un extraordinario crecimiento en su economía pero para ello fue preciso conquistar la Pampa Húmeda expulsando al indio y sometiendo todo el territorio nacional a la voluntad del gobierno central, de esta manera indios y gauchos fueron sacrificados en beneficio del sistema.

La riqueza generada se derrocharía en la construcción de palacios, monumentos y lujo a la europea, se quería copia a París, que era el centro mundial del progreso y educación.

Esta generación fue un fenómeno cultural trascendente, fruto de la política educacional liberal, querido y logrado por un plan meditado. Sus hombres oscilaban en los 30 años de edad en consecuencia no habían vivido la época del federalismo. Conocieron como una única realidad nacional la de los gobiernos liberales posteriores a Pavón y se formaron en los Colegios Nacionales lo que les permitió pertenecer a los grupos privilegiados convirtiéndose en ilustrados a la europea y aptos para integrarse a la política, a la burocracia y al ejercicio de las profesiones liberales ocupando los mejores cargos.

Sin trabas morales para sus ambiciones dejaron de lado los principios éticos de sus antecesores y las costumbres tradicionales creando un nuevo estilo de vida, aprovecharon los empréstitos, los juegos de la Bolsa, el hipódromo y los naipes que se hicieron sus costumbres y le otorgaron dinero fácil que les permitió acceder al despilfarro, a las viviendas más suntuosas, a la vestimenta europea y gozar de todos los lujos.

Con ellos comenzó la corrupción fenómeno nuevo en el país, salvo algunos pocos casos anteriores. Esta generación fue ajena al sentir nacional, inescrupulosa, dilapidó la riqueza de la Nación empobreciendo al país y exaltando como únicos valores culturales los propios de Europa, logrando también imponer en el país el respeto sagrado al capital extranjero.

...pero crecer al fin!
Sobre estas grandes líneas se fueron desarrollando las formas del espectacular crecimiento argentino de la década de 1880. Aunque Roca y su sucesor, Juárez Celman, se diferenciaron en sus distintas concepciones sobre el papel que debía desempeñar el Estado Nacional en este proceso, puede decirse que éste se llevó a cabo de acuerdo a una ideología única: progreso a toda costa y sin reparar en precios.

Fue un crecimiento anárquico y descontrolado, pero su febril espectáculo cubría todas las dudas y amordazaba cualquier predicción agorera. Puede afirmarse que el principio era crecer de cualquier modo, pero crecer al fin… Tantas décadas habían demorado en concretarse las profecías de Rivadavia, Sarmiento, Alberdi y tantos otros sobre el venturoso futuro que le estaba reservado a la Argentina, que cuando empezó a palparse su evidencia toda palabra prudente sonó como una cobardía, toda actitud sensata pareció una negación del porvenir.

Por eso, el progreso de esos años se realizó en medio de un desorden monetario que las leyes de Roca no alcanzaron a superar totalmente, dado que su gobierno se encontraba agobiado por una deuda exterior cada vez más voluminosa y acuciante, una política crediticia incontrolada y un sistema bancario irresponsable.

Pero aun con todas estas fallas, el despegue argentino tuvo una inauguración asombrosa que podía cuantificarse en los contingentes de inmigrantes que llegaban anualmente, en los kilómetros de vías que se tendían, en las exportaciones de productos nobles y fácilmente colocables, en las obras y construcciones que, por momentos, hacían de las grandes ciudades argentinas un inmenso campamento como lo era, por otra parte, La Plata, a un paso de Buenos Aires.

Sobre todo, las fallas del crecimiento se cubrían con una fanática fe en el progreso argentino, que nacionales y extranjeros compartían por igual. La crisis de 1890 puso de manifiesto los errores y abusos de este proceso, pero no conmovió sus grandes bases ni sus presupuestos ideológicos, y sirvió para demostrar que, rectificando algunos de los desaciertos cometidos, el camino emprendido en 1880 era el de la grandeza y el enriquecimiento de esta tierra, cuya imagen ya se hacía legendaria en el Viejo Continente.

 

La Anarquia Monetaria en Argentina

La Anarquía Monetaria en Argentina

La anarquía monetaria argentina era crónica: billetes del Banco de la Provincia de Buenos Aires, piezas de plata y cobre acuñadas en La Rioja o Córdoba, pesos bolivianos y monedas extranjeras de todo tipo, servían simultáneamente como medios de pago. En julio de 1881 el presidente Roca envía al Congreso una iniciativa que es aprobada cuatro meses después como ley 1130.

En su virtud, la Casa de Moneda creada en 1877 pero todavía inactiva acuñaría el «argentino» o «peso oro», y piezas de plata de diverso valor; al mismo tiempo, se prohibiría la circulación de moneda metálica extranjera a partir del momento en que la acuñación nacional alcanzara una masa suficiente.

pesos argentino, anarquía monetariaPero entretanto, y como la población difícilmente usaría moneda metálica en sus transacciones diarias, seis bancos tendrían el privilegio de emitir billetes.

Se suponía que estos billetes podrían convertirse a oro o plata una vez que los bancos emisores lograran acumular una reserva metálica.

Pero esto no ocurrió: el déficit de nuestro comercio exterior se repetiría año tras año, y todavía la argentina no exportaba volúmenes suficientes como para atesorar el metálico necesario.

La Casa de Moneda fue acuñando plata hasta 1884 y oro hasta 1896 de manera esporádica, en hermosas piezas que hoy son rarezas de coleccionista, y no

volvió a troquelar más. En consecuencia, los pesos papel no pudieron convertirse y a principios de 1885 el Poder Ejecutivo decretó el «curso forzoso», es decir, la inconvertibilidad de los billetes.

Si en 1884 una medida de oro equivalía a 100 billetes según calcula Ernesto Tornquist en El desarrollo económico argentino en los últimos cincuenta años, publicado en 1919 seis años después había que usar 251 de esos billetes para comprar la misma cantidad de oro.

En realidad, la moneda papel, pese a su progresiva desvalorización, no se derrumbó gracias a los préstamos exteriores: en 1886 el endeudamiento nacional era de 117 millones de pesos oro, y tres años más tarde se elevaba a casi 300 millones.

Este endeudamiento traería graves consecuencias que se pondrían en evidencia en 1890, pero entretanto actuó como respaldo de los billetes, que de otro modo se hubieran desvalorizado mucho más rápidamente.

El tema de la conversión de los billetes, teórico como era, provocó sin embargo enconados debates, porque escondía un elemento político: la lucha por el predominio entre el interior y el litoral. En el litoral, el oro era la moneda utilizada para las transacciones con el exterior: en ellas actuaban el Banco Nacional y el Banco de la Provincia de Buenos Aires, que operaban con el áureo metal.

En el interior, en cambio, la moneda tradicional era la plata, que llegaba por la vía del intercambio comercial con Solivia, Chile o Perú.

Entonces, si los billetes debían convertirse, ¿a qué metal habrían de hacerlo? ¿A oro o a plata? Ezequiel Paz, Tristán Achával Rodríguez, Delfín Gallo y otros diputados defendieron encarnizadamente la conversión a la plata, y fueron derrotados.

En octubre de 1883 se sancionó la ley 1 354 por la cual los bancos emisores de billetes, fueran del Estado, mixtos o particulares, sólo podían cambiar sus papeles por oro.

La larga lucha del interior por mantener la circulación de la plata había concluido. Como dijo en la ocasión Carlos Pellegrini, se había legislado para Buenos Aires. La vieja ciudad del Plata, nueva capital de la Nación, seguía siendo protagonista indiscutible.

Sin embargo, persistía la escasez de circulante y se clamaba por nuevas emisiones que satisficieran las necesidades de una economía audaz y expansiva como la que se vivía en los últimos años de la década. En 1887 el presidente Juárez Celman presenta un proyecto sobre «bancos libres y garantidos», que se aprueba poco después. De acuerdo con esta ley, se autorizaba a los bancos a emitir billetes garantizados por la Nación, siempre que dispusieran de una reserva en oro correspondiente a su emisión.

Al poco tiempo, la mayoría de las provincias, con el propósito de hacerse del oro indispensable para que sus bancos pudieran emitir billetes, había contraído deudas con el exterior;

en suma, se había llegado a un nuevo aumento de los compromisos pactados en oro, y a producir una catarata de papel moneda, que contribuyó a «calentar» aún más la economía. En vísperas del fatídico año noventa, la moneda nacional de curso legal existía, pero a un precio terrible. Había terminado la anarquía monetaria, pero con un inmenso costo.

Indudablemente, como había sucedido en todas las épocas y seguiría sucediendo resolver los problemas económicos importantes no se presentaba como tarea sencilla; por el contrario, el cometido acarreaba grandes inconvenientes y dificultades para quienes debían hacerles frente, obligados por las circunstancias.

Prebiscb y la ley de unificación monetaria
En 1922 el joven economista Raúl Prebisch escribía en la Revista de Ciencias Económicas un artículo titulado «Anotaciones sobre nuestro medio circulante». Refiriéndose a la ley 1130, cuyo mérito había sido iniciar el proceso de unificación del sistema monetario argentino en torno de una sola unidad, un solo instituto de emisión y un sistema único de monedas y billetes, decía Prebisch:

«En 1881, resuelto el último problema que planteaba la unidad nacional y deslumbrado el país por el oro prestado que llegaba, la vieja ilusión renace. Por otra parte, se pretendía solucionar la anarquía circulatoria reinante en las provincias, que dificultaba las transacciones interprovinciales… Pero sus efectos, fuera de dar cierta uniformidad a la circulación, fueron nulos, ya que una disposición legislativa no podría retener los metales en el país, cuyos movimientos obedecían únicamente al estado del balance de pagos, ni mucho menos solucionar la anarquía del interior, que […] respondió a circunstancias histórico económicas de muy profundo arraigo».