Leonor de Arquitania

Dinastía Capeto en Francia Historia, Origen y Conquistas

ORIGEN E HISTORIA DE LA DINASTIA CAPETOS EN FRANCIA

ORIGEN DINASTÍA DE LOS CAPETOS: En tanto los reyes carolingios perdían su poder en Francia, una dinastía poderosa se formaba en la comarca de París.

Un guerrero alemán, Roberto el Fuerte, nombrado conde para defender el territorio comprendido entre el Loire y el Sena, había sido muerto combatiendo a los piratas.

Su hijo Eudes, conde de París, defendió esta ciudad contra los ataques normandos y fue reconocido rey.

Pero el arzobispo de Reims no quiso consagrarle. Esperó a que el último descendiente de los carolingios, Carlos, tuviera quince años e hizo que le reconocieran rey los obispos y los señores del nordeste de Francia.

Durante un siglo, el título de rey de los francos fue disputado entre la familia carolingia y la de Roberto. Le ostentó el hermano de Eudes, Roberto (922-923); luego, el cuñado de Roberto, Raúl (923-926).

Pero el jefe de la familia, Hugo, llamado el Grande, no quiso tomarle, y durante cuarenta años más le abandonó a príncipes carolingios.

Por último su hijo, Hugo Capeto, se puso de acuerdo con el arzobispo de Reims para hacerse reconocer rey (987). El rey Luis V había muerto, pero quedaba su tío Carlos, duque de Lorena.

El arzobispo de Reims reunió en Senlis a los obispos y a los señores del Norte de Francia y les decidió a elegir a Hugo rey de los francos (1 de junio).

Luego le coronó en la Iglesia de Noyon en presencia de los obispos y de los grandes y el 3 de julio le consagró en la catedral de Reims.

Carlos intentó resistir y hubo combates. Pero fue traicionado y entregado a Hugo, que le conservó prisionero hasta que murió.

Hugo fue entonces reconocido rey en todo el reino de Francia. Sus descendientes le sucedieron de padre a hijo durante más de trescientos años. De esta suerte, la dinastía de los carolingios fue sustituida por la de Hugo, que se llamó mucho tiempo después de los Capetos.

El título de rey no era enteramente hereditario. Cada nuevo rey, antes de ser coronado, había de ser reconocido por los obispos y los principales señores del reino, y a esto se decía elegir.

Pero cuando el rey tenía un hijo, siempre se le elegía. Para mayor seguridad, los reyes tomaron la precaución de hacer elegir y consagrar a su hijo en vida. El padre y el hijo reinaban juntos en este caso.

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Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956.

Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero.

La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

hugo capeto

A la muerte de Hugo Capeto (996), su hijo Roberto el Piadoso le sucede sin dificultades, continuando la obra de su padre. Su biógrafo, nos ha dejado un retrato de él que lo representa, a la vez, desbordante de actividad y muy piadoso.

Aunque le gusta cantar acompañándose con el laúd, adora la caza y la guerra. No teme exponerse él mismo con ocasión de las expediciones de su reinado.

Sumiso ante la Iglesia, no vacila en incurrir en anatema, a causa de la pasión que siente por su prima Berta, por la que repudia a su primera mujer.

Solamente la esterilidad de su unión con Berta le obliga a casarse con Constanza de Arles, conocida por su avaricia y por su carácter agrio.

Llamado el Piadoso, se muestra, sin embargo, muy atento a los intereses temporales de la corona.

Si apoya el movimiento en favor de «la paz de Dios», es porque ve en él una tentativa muy interesante, salida del seno de la Iglesia y apoyada por la opinión pública, para limitar el azote de las   guerras   incesantes   entre   los   señores.

Blandiendo la amenaza del anatema, los obispos multiplican los obstáculos a la guerra feudal.

Al mismo tiempo, Roberto el Piadoso lucha personalmente contra la anarquía desarrollada por los señores feudales en su propio dominio, y no vacila en hacer arrasar los castillos que amenazan a las colectividades monásticas.

En el exterior, sus intervenciones son menos fáciles; bajo su reinado se inicia la oposición feudal, tan nefasta luego para la monarquía capeta. Especialmente amenazador resulta Eudes II, conde de Blois y de Chartres. El rey no puede hacer nada contra él cuando se anexiona la Champaña, cercando así el dominio real.

El sucesor de Roberto el Piadoso, su hijo Enrique I (1031-1060), carece del valor de su padre. No ha podido hacer frente a los poderosos adversarios con que ha tenido que enfrentarse.

Se ha atraído la reprobación de la Iglesia por su avidez, que lo ha impulsado a vender los obispados y otras dignidades eclesiásticas.

Aunque coronado con varios años de anticipación, ve cómo le disputa el trono su hermano más joven, Roberto, que goza de la preferencia de su madre, la reina Constanza.

Los grandes vasallos están encantados de participar en esta crisis familiar; el conde de Blois entra en la liza a favor de Roberto, y sus rivales, el duque de Normandía, el conde de Anjou y el conde de Flandes, permanecen fieles al rey.

Finalmente, Enrique I logra sus objetivos, indemnizando a su hermano con el ducado de Borgoña.

Pero la guerra continúa hasta 1044 contra Eudes de Blois, y luego, durante varios años, contra los hijos de éste.

Para recompensar el apoyo de Roberto el Diablo, duque de Normandía, durante la guerra contra el conde de Blois, el rey de Francia le cede el Vexin francés.

Esta nueva amputación de su dominio no se le agradece, pues el sucesor de Roberto el Diablo, Guillermo el Bastardo, futuro conquistador de Inglaterra, se revela como su más feroz enemigo.

El ejército real sufre dos humillantes derrotas en el país normando: una, en Mortimer, y otra, en el vado de Varaville, sobre el río Dive.

La guerra no ha terminado todavía, cuando Enrique I muere, el 4 de agosto de 1060, legando a su hijo menor, Felipe I, una situación más grave que la encontrada por él, a su subida al trono. Su reinado ha representado un incontestable retroceso del poder real.

La regencia, confiada al conde de Flandes, Balduino V, conoce una relativa tranquilidad.

El feudalismo fortifica sus posiciones; en el interior del dominio real, un pequeñoseñor, como el de Puiset, podrá tener en jaque a Felipe I. Un acontecimiento de excepcional gravedad caracteriza este período: la conquista de Inglaterra por el duque de Normandía, Guillermo, el más poderoso de los grandes vasallos.

Desde entonces, el duque de Normandía se convierte en el igual del rey de Francia, y la rivalidad de ambos reinos va a determinar la actitud del gobierno capeto, así como sus relaciones con el feudalismo, tanto si los grandes vasallos permanecen neutrales como si adoptan uno u otro partido.

Sin embargo, Felipe I supo aprovecharse del tiempo de respiro que le dejó Guillermo el Conquistador, demasiado ocupado en la reorganización de Inglaterra, para intervenir con eficacia en el continente; se esforzó en realizar, del mejor modo, un programa de beneficios materiales y de adquisiciones, explotando las rivalidades y el desorden.

Concede su alianza al mejor postor, acrecentando así el dominio real.

En el momento en que Felipe I habría podido aprovecharse de la crisis que atravesaba el reino anglo-normando, a consecuencia de la rivalidad de los hijos de Guillermo el Conquistador por la sucesión paterna, se aisló en una extraña inercia, que contrasta con la actividad de los primeros años de su reinado.

Según el historiógrafo Suger, abad de Saint-Denis, se convirtió en un «esclavo del placer».

Repudió a su mujer, Berta de Frisia, en 1092, V llevó una vida de voluptuosidad con su nueva esposa, Bertrada de Montfort, que había quitado al marido, Fulco el Rechin, conde de Anjou. Así, con una gran prudencia, Felipe I supo restablecer en su reino una situación que, a su subida al trono, se anunciaba desastrosa.

Bajo su reinado, se pueden apreciar incluso las primicias de una centralización; da una mayor importancia a los oficiales de palacio, sus altos funcionarios, e inicia una especialización de los cargos.

LAS GRANDES CONQUISTAS DEL DOMINIO REAL

Para los primeros Capetos, hacer respetar su autoridad significaba poseer la fuerza material capaz de imponérsela a sus vasallos. Disponiendo de un dominio bastante restringido, la realeza capeta sólo cuenta con escasos recursos financieros.

Dar nuevas tierras en feudo, para constituir fuerzas militares superiores, es arriesgarse a debilitar aún más el patrimonio real, como han probado anteriores experiencias.

La conquista o la anexión por vía diplomática son los únicos medios para triunfar sobre las pretensiones de sus vasallos. Roberto el Piadoso inaugura brillantemente esta política con la conquista de Borgoña.

En 1002, el duque de Borgoña, Enrique, tío de Roberto, muere sin heredero. Su sucesión es reivindicada por el rey y por un vasallo de Enrique, el conde de Borgoña, Otón-Guillermo.

Ambos competidores se enfrentan, y se suceden varias campañas. Por fin, Roberto el Piadoso acaba la conquista, en 1016, y confía la administración del ducado a su hijo Enrique, aunque él se reserve la soberanía.

Desgraciadamente, Enrique I lo cederá en feudo a su hermano Roberto, tronco de una nueva casa ducal de Borgoña, perdiendo así todo el beneficio de la hazaña paterna.

Enrique I agregó al dominio real el condado de Sens, al faltar un heredero directo.

Felipe I se anexiona al Gatinais, en 1068, aprovechando un conflicto entre los dos pretendientes a la sucesión del conde de Anjou; poco tiempo después, le toca el turno a Corbie, reivindicada en vano por el conde de Flandes; en 1077, se apropia del Vexin francés; en 1101, compra Bourges a su vasallo el conde de Bourges, que necesita dinero para marchar a la Cruzada. Pone así el pie en Aquitania, y prepara la extensión de la influencia capeta en el sudoeste.

El camino a seguir está claro; los brillantes sucesores de estos primeros Capetos, cuya historia se conoce mal, a decir verdad, por falta de documentos suficientes, van a continuar esta política de conquista y anexión, y no está lejos el tiempo en que la jurisdicción del poder real coincida con las fronteras de Francia.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Hugo Capeto Política de Gobierno en Francia Biografía

BIOGRAFÍA DE HUGO CAPETO REY DE FRANCIA: SU GOBIERNO

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

 

hugo capeto

HISTORIA: Al morir Luis V, mortalmente herido a consecuencia de una caída del caballo, deja otra vez el destino de Francia a discreción de la casa otoniana de Alemania, donde reina el nieto de Otón el Grande. Por la línea sucesoria, la corona francesa seria para el  último pretendiente carolingio, tío  de  Luis  V,  llamando Carlos, duque  de  la Baja Lorena, quien pronto es separado de la sucesión, pues la corte alemana desconfía de él; el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, casado con una carolingia, Adelaida de Poitiers, es elegido rey de Francia, gracias al apoyo del arzobispo de Reims, Adalberón, a sueldo de la casa otoniana (987).

Hugo Capeto sólo dispone, en el momento de su subida al trono, de una autoridad muy reducida, a menudo puramente nominal, sobre la mayor parte de las provincias del reino. Francia está entonces en el apogeo del régimen feudal; se reparte entre una quincena de grandes dominios, verdaderos principados provinciales, gobernados por dinastías hereditarias. Estas unidades territoriales escapan a la acción real, y se subdividen, a su vez, en una multitud de señoríos vasallos, cuyos titulares han usurpado, asimismo, los derechos de la Corona. De este modo, en el norte, los condados de Flandes y de Champaña y el ducado de Borgoña se anexionan numerosos condados vasallos, más o menos autónomos.

El azar de las sucesiones y de las particiones ha provocado situaciones complicadas; el conde de Champaña es, al mismo tiempo, vasallo del duque de Borgoña por su condado de Troyes. El oeste se encuentra repartido entre una serie de principados, algunos ya muy firmes: el ducado de Normandía, al que se ha ligado la mayor parte de los condados; el vizcondado de Tours; el condado del Maine; el condado de Anjou, que, bajo el gobierno de Fulco Nerra, se convertirá en uno de los grandes feudos del oeste; la Bretaña, codiciada por los principados vecinos, repartida entre los condes de Nantes y de Rennes.

Al sur del Loira, se distinguen cinco Estados principales: el ducado de Aquitania, que sólo impone su autoridad sobre el condado de Poitiers, pues los otros condados y señorías viven de manera absolutamente independiente, a pesar de los lazos de vasallaje; la Gascuña, que pretende ser un ducado, compuesta por un conjunto de condados y de vizcondados autónomos; la marca de Toulouse; la marca de Gothia, que difícilmente hace respetar sus derechos por los condes vasallos; y la marca de España, completamente extraña a los asuntos del reino.
Además de estas grandes unidades principales, sobre las que Hugo Capeto no tiene más que una soberanía ilusoria, la Iglesia representa una fuerza con la que hay que contar. De 77 diócesis, el rey no designa más que 20 ó 25 titulares, pertenecientes casi todos a las provincias eclesiásticas de Reims y de Sens. Su poder sobre la Iglesia es, pues, limitado. Los obispos gozan, además, de una verdadera independencia, pese al poder de los grandes señores, dueños de los obispados.

LA POLÍTICA DE HUGO CAPETO
El poder real sigue muy borroso, bajo la estrecha dependencia del feudalismo y de la Iglesia. Le falta una sólida base territorial, sin la que le es difícil triunfar en caso de un conflicto con los señores feudales. El dominio real, constituido, a la vez, por las tierras que Hugo posee personalmente y por la herencia carolingia, sólo comprende las regiones de París, Senlis, Poissy, Etampes y Orleans, con algunos anejos excéntricos, las comarcas del Aisne y del Oise, con Compiégne, Reims y Laon. Sin embargo, el obispo de Reims es el amo de su ciudad, así como de la de Laon, concedida por Hugo Capeto; también buen número de pequeños vasallos laicos, sin contar los señores de menor importancia, ejercen el poder auténtico en sus dominios.

En tales condiciones, todo el esfuerzo de los primeros Capetos va a centrarse sobre el engrandecimiento real. Aunque, en la práctica, los grandes vasallos son los iguales  del  rey,  jurídicamente  le  son  inferiores, y aquél puede exigirles el servicio de corte y convocarlos en asambleas; sólo él puede promulgar ordenanzas comunes a todo el reino; su justicia es superior a cualquier otra. Además, por su consagración, adquiere un prestigio y una autoridad moral que lo diferencian de sus vasallos.

Desde el primer año de su reinado, Hugo Capeto se apresuró a asegurar el porvenir de su dinastía, resucitando, en provecho propio, una costumbre carolingia: asocia a su hijo mayor, Roberto, a la realeza. Repetida de generación en generación, esta práctica asegura la herencia por la vía de la costumbre.

Así, Roberto asociará a su hijo Hugo, muerto prematuramente, luego a Enrique I, el cual hará consagrar, en vida, a su hijo Felipe, aunque es todavía menor de edad. Desde entonces, ya no es necesaria ninguna elección; más aún, no se vuelve a considerar la idea de un reparto entre los hijos ‘ del difunto. Cuando uno de los reyes desaparece, el otro hereda todo el poderío real y todo el reino.

Sin embargo, la nueva dinastía se enfrenta, desde el principio, con el pretendiente carolingio, Carlos de Lorena, tío del rey precedente. Hugo Capeto sólo le vence después de varios años de esfuerzos, gracias a la traición del obispo de Laon, Ascelino. Este último le entrega a Carlos de Lorena, así como a su mujer y sus dos hijos, instalados en Laon gracias a las intrigas mantenidas con un bastardo carolingio, Amoldo. Desembarazado de su competidor, Hugo Capeto se vuelve contra Arnoldo, a quien, con la esperanza de atraérselo, había nombrado obispo de Reims, a la muerte del titular.

Hace que un concilio lo deponga, cosa que provoca cierta emoción en la corte pontificia, pues no podía reprochársele a Amoldo ninguna falta de orden eclesiástico que justificara este proceso. El papa interviene en la disputa y quita la razón al rey. El hijo de éste, Roberto, arreglará la cuestión. Para evitar la excomunión que lo amenaza, a causa de su «unión incestuosa» con su prima Berta, hace restablecer a Amoldo en su cargo; pero no le valdrá de nada, y le alcanzará un anatema por este matrimonio contrario a los cánones. Sin embargo, Hugo Capeto se ha mantenido firme contra el papa, y prohibe a sus prelados acudir a Roma cuando aquél los convoca.

Además, fija la orientación de la política capeta en relación con sus vasallos. Se esfuerza en aumentar el dominio real, a favor de la extinción de las dinastías locales, y se  anexiona  así Dreux. Interviene, como arbitro, en la guerra que opone a dos de sus grandes vasallos, el conde de Anjou y el conde de Blois.

Hugo Capeto muere en 996, le sucede su hijo Roberto el Piadoso.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Vasallos y Señores Feudales El Contrato Feudal Obligaciones

OBJETIVOS DEL CONTRATO FEUDAL: DERECHOS Y OBLIGACIONES

Desde el siglo VIII y especialmente en el IX, la Europa occidental, debilitada por la ruptura de la unidad política del Imperio carolingio, debió afrontar el peligro de nuevas invasiones. A diferencia con los del siglo V, estos nuevos ataques de los pueblos del este no tenían como objetivo fundamental ocupar y dominar los territorios que invadían, sino efectuar actos de pillaje en busca de botín. Por lo tanto, no se desplazaban con sus tribus completas sino en grupos o bandas de saqueadores.

Esto les permitía actuar con gran velocidad y luego, de asestar sus golpes regresaban rápidamente a sus guaridas. Los ejércitos occidentales adiestrados para una guerra de tipo convencional, poco o nada pudieron  hacer para impedir los ataques  sorpresivos de  los  invasores. Las tribus que asolaron al decadente imperio fueron las de los normandos, los húngaros o magiares, los sarracenos y los eslavos.

contrato feudal edad media

Diversas regiones europeas debieron enfrentar al enemigo con sus propias fuerzas y esto determinó una creciente autonomía con respecto a! poder del monarca. Esos territorios que el rey había confiado a la nobleza para que los gobernara, no tardaron en ser considerados como una propiedad privada. Condes, marqueses y otros nobles procuraron erigirse en jefes hereditarios de dominios reales entregados a su custodia.

Así se fue debilitando aún más la unidad política del antiguo Imperio carolingio y esto favoreció el surgimiento de feudos, base de una nueva organización con marcada tendencia a la autonomía.

EL MUNDO MEDIEVAL

La división del Imperio carolingio y las nuevas invasiones favorecieron el advenimiento de un nuevo régimen político y social llamado feudalismo, que predominó en Europa desde los albores del siglo X hasta el XV (final de la Edad Media). El poder del Estado, que antes había pertenecido exclusivamente al rey, en el nuevo régimen se distribuyó entre los señores feudales La falta de buenas vías de comunicación y la inexistencia de ejércitos permanentes impidieron a los reyes defender con eficacia las fronteras de sus Estados.

Entonces, los ricos propietarios asumieron por cuenta propia la protección de sus intereses, para lo cual organizaron sus fuerzas militares y construyeron recintos fortificados (castillos) donde podían albergarse junto con sus servidores y rebaños. Todo esto contribuyó a debilitar aún más la autoridad del rey, al mismo tiempo que aumentaba el poder de los señores locales.

Los campesinos y los pequeños propietarios, incapaces de organizar sus defensas, se agruparon alrededor de los castillos y solicitaron el amparo de los castellanos. Estos otorgaban dicha protección, pero les exigían la entrega de sus tierras, la prestación de ayuda militar y el acatamiento de su poder. En recompensa por estos servicios, los señores devolvían las tierras a sus protegióos, pero éstos no las recibían ya como propias, sino en calidad de feudos, es decir, sujetas a las condiciones establecidas en el contrato feudal.

El que daba las tierras se llamaba señor feudal y el que recibía el feudo era vasallo o servidor.

El pacto se formalizaba mediante el homenaje, ceremonia en la que el vasallo se arrodillaba desarmado ante su señor, colocaba sus manos entre las de éste y le juraba fidelidad y acatamiento. Al mismo tiempo le cedia simbólicamente sus propiedades mediante la entrega de un terrón,  una rama,  un cetro, etcétera.

Acto seguido, el señor transformado en propietario de los bienes de su vasallo, se los volvía a encomendar en calidad de feudo, y le concedía la investidura, devolviéndole el símbolo que había recibido.

Señores y vasallos
En el contrato feudal se establecían los mutuos compromisos entre el señor y el vasallo. Este último estaba obligado a prestar servicio militar y debía acompañar a su señor en la guerra, dentro y fuera del territorio. Por el compromiso de fidelidad no podía luchar contra él ni contra sus hijos. Además tenía que comparecer como asesor en el tribunal del señor a fin de ayudarle a resolver los casos difíciles.
El vasallo no podía desvalorizar el feudo ni perjudicarlo, y estaba obligado a participar en el rescate del señor si era hecho prisionero; también pagar por el casamiento de la hija y para equipar al primogénito cuando era armado caballero.

Por su parte, el señor debía ofrecer a su vasallo protección y justicia. No podía atacarlo ni insultarlo, como tampoco perjudicar sus bienes. Si el vasallo moría, el señor colocaba bajo su tutela a los hijos menores, protegía a la viuda y procuraba casar a las hijas. Si faltaba a estos deberes cometía el delito de felonía. Pero los derechos del señor eran mayores, pues podía recuperar el feudo en caso de que el vasallo muriera sin herederos o no cumpliera con el contrato.

E! señor gozaba de muchos privilegios, pues administraba justicia, acuñaba su moneda y ejercía el monopolio del horno y del molino, donde ios campesinos debían dejar una parte de los productos o pagar un impuesto. También percibía otros derechos, tales como el del tesoro (metales preciosos hallados en sus dominios), naufragio (barcos hundidos en sus playas), salvoconducto (para viajar), caza, sello señorial, etc.

 En la antigüedad, los romanos tenían por costumbre ceder tierras en pago de servicios militares. En la Edad Media, cuando los germanos invadieron el Imperio, las tierras quedaron repartidas entre los conquistadores Algunas se mantuvieron liberadas de toda obligación personal y se llamaron alodios (posesión antigua). Otras imponían la obligación de prestar «determinados servicios» al donante y se denominaron beneficios. En el siglo IX, el régimen de beneficio y vasallaje se hizo general, estimulado por las razones políticas y sociales que liemos visto, y por el Edicto de Mersen dictado por Carlos el Calvo en 847. Este autorizaba a los hombres libres a elegir un señor «protector» dentro o fuera del reino. En   877,   el   Edicto   de   Kiersy   reconoció   los   grandes   feudos  y   declaró   hereditarios   los   cargos   señoriales.

rescisión del contrato feudal

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

La unión de hecho, entre el beneficio y el vasallaje, toma carácter de una práctica normal. El desarrollo de un ejército pesado de caballeros contra la amenaza árabe, cuyo armamento cuesta muy caro, las luchas casi constantes, habían llevado a Carlos Martel y a sus sucesores a multiplicar el número de sus vasallos y a gratificarlos, paralelamente, con una concesión de tierras, bajo la forma de beneficio gratuito y vitalicio.

Para hacer frente a tales distribuciones de tierras, los Carolingios las tomaron masivamente del patrimonio de la Iglesia, hasta que ésta protestó violentamente. Esta forma de retribución, con objeto de disponer de guerreros bien armados, es ampliamente imitada por los grandes señores eclesiásticos y laicos (duques, condes, grandes propietarios, obispos, abades). Incluso los vasallos empiezan a tener otros vasallos, en vista de la importancia de los bienes raíces puestos a su disposición. El servicio del vasallo se especializa cada vez más en el servicio militar. Se encuentran también vasallos empleados en misiones políticas o judiciales, o en tareas administrativas.

En esta sociedad, guerrera y muy creyente, se desarrolla una verdadera mística del vasallaje, consistente en una devoción absoluta por el señor. Hay pocos casos que autoricen a un vasallo a dejar a su señor, al que se ha consagrado para toda la vida. Con mayor razón, está prohibido contraer este tipo de lazos con varios señores.

El beneficio es casi siempre una propiedad raíz; sin embargo, un vasallo puede recibir otro beneficio, por ejemplo el derecho de cobrar tasas. La tierra entregada en beneficio es de una superficie variable; en general, comprende una docena de mansos —el manso era la medida de una explotación campesina, y equivalía a unas 10 a 18 hectáreas—, pero puede también consistir en uno o varios dominios, o en una abadía.

Emperadores, reyes y particulares se han preocupado celosamente de conservar sus derechos de propietarios sobre las tierras concedidas o beneficiadas. A finales del siglo IX, los derechos del vasallo sobre su beneficio siguen siendo, en teoría, los de un usufructuario. Pero, cada vez más, el vasallo tiende a comportarse como propietario: así, la confiscación en caso de mala ejecución de las obligaciones del vasallo, o la recuperación del beneficio, a la muerte del vasallo o a la del señor, se convierten en una prueba de fuerza.

El vasallo exige del nuevo señor seguir siendo su recomendado, y recibir el mismo beneficio; igualmente, el hijo de un vasallo muerto entra en el vasallaje de su señor, y de él recibe el beneficio obtenido por su padre. El beneficio adquiere, pues, un carácter hereditario. También, con objeto de obtener un mayor número de beneficios, el vasallo contrata varios compromisos de vasallaje, a pesar de la prohibición inicial. De esta manera, el beneficio, que en su origen no tenía otra razón de ser que hacer más eficaz el servicio del vasallo, a finales del siglo ix se convierte casi en la condición de dicho  servicio.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS VASALLOS
El desarrollo del vasallaje y la concesión de beneficios a los vasallos fueron el resultado de una política consciente seguida por los Carolíngios, que creían así reforzar su propia autoridad. Ellos integraron, pues, el vasallaje en el mismo cuadro de las instituciones del Estado, a fin de cubrir las deficiencias de éstas.

Multiplicaron el número de los vasallos reales, obispos, abades v grandes señores, ligados directamente al rey; exigieron de todos los altos funcionarios—condes, marqueses, duques—que entraran en su vasallaje; pidiendo a todos sus subditos que se entregaran a un vasallo real, Carlomagno y sus sucesores establecieron una verdadera red de vigilantes en el Imperio, logrando con ello una nueva estructura social y política. Cada uno de sus subditos, desde el más grande al más humilde, entró, así en una red de subordinación, cuyo término era el emperador. Pero la gran pirámide de los derechos y las responsabilidades que los Carolingios esperaban construir, se reveló ilusoria.

En efecto, las obligaciones de vasallaje terminaron por ser más absorbentes que las debidas al soberano; entre éste y sus subditos se interponían pantallas sucesivas. Los sistemas de dependencia utilizaban el frágil mecanismo del Estado; la idea del contrato recíproco había sido sustituida por la idea del poder absoluto; el cumplimiento, por el rey, de sus deberes, se convierte en la condición necesaria de la obediencia de sus vasallos. Desde entonces, los lazos de vasallaje no podían ser ya el cimiento de la jerarquía social construida por los Carolingios, pues eran discutibles.

Por último, y esto era lo más grave, los que ostentaban la autoridad pública habían conquistado una autonomía cada vez mayor, gracias a la «vasallización» de sus cargos. Duques, marqueses y condes, entrando en el vasallaje real, se encontraron a la cabeza de las donaciones de tierras, en dos categorías: las que ellos recibían en beneficio, como vasallos, y las que estaban agregadas a sus cargos, a guisa de salario. Intentaron entonces conservar el conjunto de sus dotaciones, e identificar sus «honores»—término que designaba, a la vez, la función pública y la dotación de ésta—con sus beneficios.

Los «honores», antiguamente recibidos del rey como beneficios, al ser entregados de modo continuo, siguieron la misma evolución que la posesión de vasallaje: de vitalicios, se convirtieron en hereditarios. El personal político perdió, desde entonces, la noción del carácter público ligado a las funciones; se provincializó y conquistó su autonomía dentro del cuadro de su castillo. Así se han desarrollado los esquemas del feudalismo: principados, castellanías, dominios eclesiásticos y una serie innumerable de  pequeñas  dominaciones  locales.

En el siglo’ x, el sistema de las instituciones de vasallaje llegó a su completo desarrollo. Se sitúa, entonces, la primera época propiamente feudal, que durará hasta el siglo XIII. Y es precisamente en el siglo X cuando se extiende la palabra feudo, que reemplaza a la de beneficio, y que dará su nombre al feudalismo.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX El Feudalismo

Primeras Armas de Fuego Uso de la Polvora Mosquete Pistolas Usos

Primeras Armas de Fuego – El Uso de la Pólvora

El origen de las armas de fuego es oscuro, parece que los chinos en el siglo XI ya conocían la polvora (salitre, azufre y carbón)  pero su uso no era bélico. Los árabes la introdujeron en Occidente en le siglo XIII, y el erudito Roger Bacón habla de ella en el año 1249. Los primeros cañones eran muy rudimentarios y muchas veces fallaban y eran mas peligrosos para los que los usaban que para los enemigos.

El invento más importante es el del arcabuz de mecha que apareció rápidamente en ese mismo siglo y se convirtió en la principal arma de fuego de la infantería durante los doscientos cincuenta años siguientes. Introducida en Japón y en Oriente hacia el año 1600. este arma se emplea todavía en nuestro tiempo en ciertas regiones retrasadas. El arcabuz (del alemánHakenbüchse. o arcabuz de garfio—el sentido de garfio no está muy claro) se componía de un cañón de hierro montado sobre una culata que se apoyaba en el pecho.

Aplicado a una llave, el gatillo caía sobre la cazoleta y el oído, que contenían la pólvora de cebo, por la acción del resorte. El estrépito y la nube de humo sulfurosa que se producían cuando se inflamaba la carga era suficiente para convencer a cualquiera del carácter diabólico de este invento.

Aun cuando los soldados dilapidaban su dinero para proveerse de talismanes que les protegieran de sus destrozos, el arcabuz no era un arma de precisión. Un observador avisado dice que «no mataban a nadie, porque los arcabuceros se contentaban con hacer ruido y disparar al azar». Además, la mecha incandescente, que medía 9 pies de largo, se estropeaba con la lluvia y servía de punto de referencia al enemigo. Su peso y el hecho de que el polvorín podía humedecerse o desprenderse, planteaban verdaderos problemas. A pesar de todo, el arcabuz representaba un avance considerable sobre el cañón de mano tan poco manejable.

En el siglo XVI, fue perfeccionado con una línea de mira y una mecha más corta. En la larga lucha esporádica que enfrentó a Carlos V con los turcos durante la primera mitad del siglo XVI, los infantes españoles iban armados de picas y de arcabuces, a pesar de que las tropas de choque de los turcos, los jenízaros, eran igualmente unos arcabuceros de excepción.

Con una larga tradición en su haber, los españoles eran maestros en la utilización de la artillería masiva. Cañones y arcabuces tuvieron una gran importancia en la batalla de Lepanto, en 1571, que dio al traste con todas las ambiciones de los turcos.

MOSQUETE: Pero ya mucho antes de esta batalla, los españoles habían inventado un arcabuz de un nuevo tipo,el mosquete. Era un pequeño cañón de mano y de mecha, con un calibre de 2.54 cm. Debido a su peso, para dispararlo debía apoyarse sobre una horquilla y cargarle requería tres buenos minutos.

El mosquetero de esta época, cargado con una impedimenta de saquitos de pólvora, de cartucheras, de cuatro pies de mecha, tenía que hacer muchos preparativos antes de disparar. Aun cuando muy pronto se redujeron las dimensiones del mosquete, fue utilizado hasta finales del siglo XVIII en formaciones bastante similares; la primera fila hacía fuego al oírse la voz de mando y después se retiraba a un segundo plano para cargar de nuevo, mientras que la fila siguiente se adelantaba. Unidades especiales de piqueros protegían a los mosqueteros y se encargaban de dar el último asalto en la batalla.

La llave de rueda, inspirada, se dice, en un dibujo de Leonardo de Vinci, apareció en Nuremberg en 1520. Funcionaba como un eslabón’ una rueda movida por un resorte arrancaba chispas de un sílex; estas chispas encendían la pólvora de la cazoleta: actuaba con mayor rapidez que la mecha y resultaba menos embarazosa.

Pero el mecanismo era complejo y costoso y de hecho nunca mereció una gran aceptación como arma militar. Como compensación, estaba al alcance de quienes no podían adquirir otras armas más caras que eran verdaderas obras de arte. Carlos V, que gustaba mucho del fusil, hizo grandes esfuerzos por introducir el arte de su fabricación en Alemania y en España.

Demasiado complicada para convertirse en arma de guerra, la llave de rueda probó que tenía grandes posibilidades como fusil manejable con una sola mano y en 1540 se convirtió en lo que se llamaría pistola.

Hacia finales del siglo, la pistola, que medía al menos un pie de largo, era el armamento típico de los jinetes europeos, que semejantes a los reiter alemanes, equipados con una coraza, un casco y altas botas de cuero, comenzaban a sustituir a los suizos y a los lasquenetes.

De hecho, el papel de la caballería, incapaz de resistir al arcabuz y al mosquete, había ido eclipsándose hasta la aparición de la pistola.

Durante las guerras de religión francesas, después de 1562, la caballería recuperó su posición, y los hugonotes la empleaban en sus columnas armadas de pistola y de espada, mientras que los jinetes católicos, hombres de caballo profesionales, practicaban la difícil caracola y cada fila disparaba por turno, para después retirarse a cargar de nuevo las armas.

Estas guerras, agotadora y larga secuela de ignominiosas matanzas, duraron hasta el edicto de Nantes, en 1598. Los hugonotes, faltos de artillería y de piqueros para proteger a los tiradores mientras volvían a cargar —lo que entonces tenía mucha importancia— recurrieron a tácticas sutiles, improvisando fortificaciones, utilizando pesados mosquetes en filas cerradas, casi como en batería y colocando en las alas y entre la caballería a grupos de arcabuceros con el fin de romper las formaciones de caballería enemigas.

La misma historia se repitió durante la sublevación de los Países Bajos contra el dominio español (1568-1609), cuando los holandeses abrieron sus diques para inundar al enemigo, realizaron furtivos ataques en patines sobre los canales helados y fortificaban sus ciudades de forma tan eficaz que resistieron durante años. Su jefe, el joven Mauricio de Nassau, hijo de Guillermo el Taciturno, organizó el primer ejército holandés regular, al que exigía un largo entrenamiento y una disciplina severa y al que pagaba con regularidad.

Las compañías eran pequeñas y ágiles, provistas por partes iguales de picas y de mosquetes; los piqueros se mantenían a tres pies de distancia. Los diversos cambios debidos a la aparición de las armas de fuego alcanzaron su apogeo en la guerra de los Treinta Años (1618-1648), religiosa, para contaminar a toda Europa.

El soldado tipo era un mercenario de baja calidad, tan irregularmente empleado como pagado, que no tenía ni moral ni disciplina y sembraba el terror entre la población civil. Desde el tiempo de los vikingos no se había vuelto a ver un cúmulo tal de violencias. Sólo el ejército de Gustavo Adolfo de Suecia. allá por los años 1630, fue una excepción a esta regla. Era el primer ejército realmente nacional, con su uniforme amarillo y azul; tenía sus propias tropas permanentes, estaba bien entrenado y sus avances eran mérito exclusivamente suyo.

El principal acierto de Gustavo Adolfo radicó en la inteligente forma en que dispuso las armas, artillería, piqueros, mosqueteros y caballería, especialmente en la batalla decisiva de Breitenfeld. Se le deben también muchas innovaciones: los cartuchos preparados (en una camisa de papel) para sus mosqueteros, la munición pronta (en cajas de madera) para los cañones.

Los mosqueteros eran dragones a caballo ligeramente armados, que atacaban a pistola y después desmontaban para combatir a espada, maniobra militar copiada de los holandeses. Trató de aligerar el cañón, creando y después desechando una pieza de campaña recubierta de cuero que pesaba sólo 90 libras, equipando a cada regimiento de una pieza de cuatro, montada sobre ruedas, que lanzaba balas dobles.

Las guerras civiles de Inglaterra (1642-1649) no pueden ser comparadas con las del continente ni por su ferocidad ni por su técnica. Protegida por la flota, Inglaterra había postergado el desarrollo del arte militar. Las nuevas armas eran el fusil de cañón atornillado (que se abría para introducir la pólvora y la bala) y la llave de piedra. Hacia 1750, como probable resultado de las guerras, Inglaterra había conquistado un puesto preponderante en la fabricación de armas.

La llave de piedra, aparecida hacia 1630, quedaría incorporada a las armas de fuego hasta finales del siglo XIX. Presentaba la enorme ventaja de tener la cazoleta cubierta, con lo que la pólvora se conservaba siempre seca. La caída del sílex empujaba la tapa mientras producía la chispa que inflamaba el cebo.

Aunque resulta extraño, el fusil de batería «a la chenapan«, inventado un siglo antes, tuvo muy poco empleo militar. El fusil de batería «a la miquelete», en el que la varilla sustentadora del gatillo formaba parte de la batería, fue empleado con éxito por los españoles, pero, por diversas razones, la llave de piedra no sustituyó a la llave de mecha en los ejércitos continentales hasta 1680 aproximadamente.

En Inglaterra, el mosquete de piedra «Brown Bess» fue oficialmente adoptado en 1690. Desde entonces se impuso el mecanismo de piedra, que demostró ser particularmente práctico para las pistolas. Cuando en 1660 terminaron las guerras de Inglaterra, Europa, por reacción contra el sangriento desorden de la época anterior, conoció un período de relativa calma.

Emerich de Vattel pudo escribir entonces: «Hoy es el ejército regular el que hace la guerra, y el pueblo, los campesinos y los ciudadanos no toman parte en ella y generalmente no tienen nada que temer de la espada enemiga.»

Las preocupaciones eran puramente políticas, la maniobra era preferida a la destrucción, ya que el soldado era un profesional disciplinado cuya vida no se podía arriesgar inútilmente. Louvois, ministro de la Guerra cíe Luis XIV, introdujo la formación en línea. Entrenadas por el famoso Jean Martinet, las tropas avanzaban en líneas de tres, al ritmo de ochenta pasos al minuto, todos los fusiles encañonados en un ángulo preciso y disparando un fuego de pelotón en cuanto se daba la orden. Una sola salva perfecta, como la de Wolfe, en Quebec, podía decidir el resultado de una acción. La pica había desaparecido y la reemplazó hacia 1700 la bayoneta de mango, mientras que el fusil de piedra seguía siendo el arma que respondía a todas las necesidades. Había nacido la infantería moderna.

La labor del gran ingeniero militar francés Sébastian Lepreste, conde de Vauban, ilustra el arte de la guerra en esta época. Construyó treinta y tres fuertes, ideó las paralelas, los caballeros y el tiro de rebote. Luis XIV y su corte solían instalarse en una colina cercana para seguir las últimas operaciones de Vauban.

Otro maestro en el arte de la guerra fue Federico de Prusia, cuyas tropas, reclutadas y no mercenarias, eran sometidas a una disciplina tan rigurosa que temían más a sus oficiales que al enemigo. El fue quien introdujo la artillería montada, una de las mayores innovaciones tácticas de aquel tiempo y utilizó eficazmente el mortero de campaña.

La batalla de Fontenoy (1745) llevó al lado de Federico a uno de los soldados y tratadistas militares más competentes de aquellos tiempos, Mauricio de Sajonia. Característico de aquellos tiempos era también la popularidad de los duelos, que generalmente se celebraban a pistola de piedra del mismo tipo, armas ligeras y seguras cuyo cañón octogonal medía 25 cm.

Durante la revolución americana reaparecieron ciertas pasiones ideológicas y métodos poco ortodoxos que caracterizaron el final de la época napoleónica. También es cierto que en Valley Forge, el barón von Steuben introdujo la disciplina en el ejército americano.

El mosquete de cañón liso era el arma de los dos bandos. Un regimiento inglés de quinientos «redcoats«, armado con Brown Bess, podía hacer salvas de ciento cincuenta disparos cada quince segundos lo que siempre producía un gran impacto en los americanos.

Por otra parte, los «redcoats» se encontraban con frecuencia ante situaciones en que la técnica del «riego» no servía gran cosa, por ejemplo cuando se enfrentaban en terreno accidentado con los americanos fronterizos que disparaban sus ráfagas mortíferas emboscados tras cada árbol o cada cerro al estilo de los indios.

He aquí la descripción que pudo hacerse de los carabineros de Daniel Morgan: «Salvajes y analfabetos, semejantes a pumas… calzados de botas grasientas de piel de gamo y vestidos con camisas de caza y gorros de piel.» A pesar de todo, fueron ellos quienes detuvieron a los ingleses en Freeman’s Farm en 1777.

Su famoso long-rifle Kentucky (la rotación imprimida a la bala por el rayado del cañón garantizaba la seguridad del tiro hasta 140 m.) procedía de la carabina más pesada, empleada durante mucho tiempo por los inmigrantes alemanes, que la habían introducido mucho antes en América, para la caza y el tiro al blanco. Ligera y graciosa, tenía una caja delgada, un ánima estrecha (calibre 40-45) y un cañón afilado de 5 pies de largo. A pesar del éxito de esta arma, no fue utilizada militarmente durante mucho tiempo.

Torquemada Crueldad del Fray Contra Los Herejes en España Inquisicion

Torquemada Crueldad del Fray Contra Los Herejes

Torquemada, el terrible inquisidor A finales del siglo XV, los reyes Católicos, en su afán de construir un Estado unitario y acorde con su apelativo, necesitaban erradicar de España a las otras religiones monoteístas. La reconquista ya tenía acorralados a los moros, que morían en combate, se replegaban a fincas o se convertían.

El gran problema eran entonces los judíos, arraigados desde hacia siglos en toda la Península. La solución fue el dominico fray Tomás de Torquemada, confesor de la reina Isabel, que en 1483 fue nombrado inquisidor general de Castilla y Aragón. Poco después, el tremendo fraile reorganizó la inquisición española y fue el mayor inspirador del decreto de expulsión de los judíos en 1492.

Dictó entonces nuevas ordenanzas que le daban carta blanca, y actué con feroz ensañamiento y crueldad contra aquellos que no aceptaban convertirse o contra los «marranos», como se llamaba a los que seguían practicando su credo en secreto.

La Santa Sede lo llamó varias veces a! orden, pero los cónyuges reinante siempre lo defendieron en su cargo y su forma de actuar. Se calcula que Torquemada condenó a unas 1011000 personas de ambos sexos a distintas penas, de las cuales alrededor de 4.000 fueron condenas de muerte? Murió en 1498 sin haber mostrado un signo de arrepentimiento, quizá porque él mismo era hijo de un judío converso.

La historia señala a Fray Tomás Torquemada como el símbolo de la intransigencia del catolicismo cristiano, un adelantado de las leyes racistas y de limpieza de sangre, que aparecieron después de él.

En el inconsciente colectivo, su nombre permanecerá ligado al de hoguera y Auto de Fe, y a una fecha particular: 1492. En ese año Torquemada estuvo a cargo de la expulsión de los judíos españoles, los cuales no pudieron regresar. Además, en esa misma fecha, se sucedieron dos hechos cruciales, la conquista de Granada y el “descubrimiento” de América.

Incluso, el papel de Torquemada seria trascendental en el Tribunal de la Inquisición. En este actor se conjugaban su pasión por ejercer el poder, incluso sobre los monarcas a los que repetidas veces sobrepasó, y su desapego a los mandatos del evangelio. Torquemada impulsó la gran purga que empobrecería y arruinaría los reinos de España recién reunificada.

Tomás de Torquemada nació en Valladolid y se convirtió en el primer Gran Inquisidor español después de su nombramiento en 1483. Este fraile dominico realizó una carrera política brillante: era confesor de los Reyes Católicos y a la vez, miembro del Consejo Real de ambos monarcas. A los 14 años ingresó al convento de los dominicos de San Pablo en su ciudad natal, obtuvo allí el titulo de bachiller en Teología y a la edad de 22 años se convirtió en prior del convento de Santa Cruz en Segovia. Estos primeros pasos en su formación, lo convirtieron en responsable del Tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, establecido en 1478, que hasta ese momento llevaba a cabo actividades de fiscalización de judíos. Con la asunción de Torquemada (en sustitución de los dominicos Juan de San Martín y Miguel de Morillo) la gama de actividades y de perseguidos de la inquisición se amplió considerablemente, siendo procesados todos los herejes y gentes de fe dudosa en general.

Para poder evidenciar las atrocidades cometidas bajo la Inquisición, se transcribe el formulario de la parte dispositiva de las sentencias de tortura dictadas por la Inquisición bajo el mandato de fray Tomas de Torquemada:

Christi nomine invocato. Fallamos atentos los autos y méritos del dicho proceso, indicios y sospechas que del resultan contra el dicho…, que le debemos condenar y condenamos a que sea puesto a cuestión de tormento, en el cual mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a Nos bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que esté testificado y acusado; con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriere, o fuese lisiado, o se siguiere efusión de sangre, o mutilación de miembros, sea a su culpa y cargo y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad. Y por esta nuestra sentencia, así lo pronunciamos y mandamos.

Presidido por Torquemada, el Santo Oficio extendería su jurisdicción por los reinos peninsulares desde Castilla. La situación de los reinos peninsulares se agravó porque en ellos no había tradición inquisitorial anterior, a diferencia de Europa, no habían implantado la anterior Inquisición Papal, de manera que a la brutal represión se le añadía el “factor sorpresa”.

No obstante, la acción de la Inquisición en otros reinos peninsulares estuvo expuesta a problemas: en Aragón se opusieron a las medidas, obligando al Gran Inquisidor a enviar a Zaragoza el canónigo Pedro Arbués, que antes de poder actuar fue apuñalado misteriosamente (se estima que a manos de conversos) en la catedral de la Seo mientras realizaba sus oraciones.

Este asesinato no impidió expandir el control de la Inquisición, imponiendo el reino del terror por toda España. Al mismo momento se produjo una reacción que resaltaba las bondades de la Inquisición, intentando justificar su presencia, igualándola con el poder de Dios de la Biblia: “La Inquisición —afirmaba un monje llamado Macedo— se fundó en el Cielo. Dios ejerce la función de primer inquisidor, y, como tal, castigó con el fuego celeste a los ángeles rebeldes». Esta teoría justificaría las acciones del Santo Oficio.

Fray Tomás fue un déspota, evitó e ignoró la ayuda que, legalmente, debía prestarle el Consejo Supremo o de la Inquisición (conocido como la Suprema), dependiente de Fernando e Isabel. Así, Torquemada dictó sus Instrucciones Antiguas a su libérrimo albedrío, sin consultar con nadie y según su parecer obsesivo para con los no puros en materia de religión. En algunas ocasiones, solía asistir a los autos de fe, y a la terrible puesta en escena de los mismos, se sumaba la figura angulosa y espectral de Torquemada, asegurándose de que, a los que él había condenado, fenecieran efectivamente en la hoguera.

Envestido de plenos poderes por los Reyes Católicos, Torquemada se propuso conseguir la unidad religiosa de una España recién “inventada y conformada”, para lo cual aconsejó la expulsión de los judíos en 1492. Esta petición se realizo en la emblemática ciudad de Granada, con cuya conquista se había culminado la unidad peninsular, y en la cual residían por entonces Femando e Isabel.

Su proyecto de expulsión podía considerarse hasta absurdo, porque según algunos historiadores, él mismo y el propio rey Fernando de Aragón, pertenecían al pueblo hebreo a través de sus antepasados. Sin embargo, como todos los puros (más si son conversos), el dominico no dejaba de enviar al brazo secular para el cumplimiento de las penas a toda clase de víctimas, tocadas con el sambenito negro, camino de la hoguera purificadora. Esta cuestión se puede observar al comienzo de la parte preceptiva del edicto dado en Granada por los Reyes Catolicos el 31 de marzo de 1492, expulsando de sus reinos a los judíos: Por ende, Nos en consejo e parecer de algunos prelados e grandes caballeros de nuestros reynos o de otras personas de ciencia e conciencia de nuestro Consejo, aviendo ávido sobre ello mucha deliberación, acordamos de mandar salir a todos los judíos de todos nuestros reinos, que jamás tornen ni vuelvan a ellos, ni alguno delios; e sobre ello mandamos dar esta nuestra carta, por la qual mandamos a todos los judíos e judías de cualquier edad que seyan, que viven e moran e están en los dichos nuestros reynos e señoríos, ansí los naturales delios como los non naturales (….) salgan con sus fijos e fijas, e  criados e criadas e familiares judíos, ansí grandes como pequeños, de quaiquier edad que seyan, e que no seyan osados de tornar a ellos (…) so pena incurran en pena de muerte e confiscación de todos sus bienes para la nuestra cámara e fisco…

Este inquisidor actuó como un déspota en estado puro, evitó dar cuenta de la expulsión a las Cortes, como era preceptivo, trabajando desde la impunidad de los hechos ya consumados. Fueron expulsados unos 165.000 judíos, se bautizaron a la fuerza 50.000 y murieron en el éxodo más de 20.000. Sin embargo, no todo el mundo estaba de acuerdo con las medidas adoptadas, porque el más perjudicado, después de los propios expulsados, era el reino de España que se veía empobrecido por aquella sangría humana. No obstante, la decisión era inclaudicable sobretodo por la ceguera y la inflexibilidad de fray Tomás. Esta ceguera se extendía hasta sobrepasar la voluntad de los propios monarcas.

En este sentido, una vez conocido el expediente de expulsión, algunos judíos habían ofrecido a los reyes hasta 30.000 ducados, por lo menos para prolongar el plaza de expulsión y morigerar el transito hacia el exilio.  Cuando Torquemada se enteró de esta propuesta, irrumpió en la audiencia portando un enorme crucifijo que había extraído de los pliegues de su habito de dominico, y amenazó a los monarcas: «Judas Iscariote vendió a su Maestro por treinta dineros de plata; vuestras altezas le van a vender por treinta mil…! ¡Ahí le tenéis; tomadle y vendedle!». Fray Tomás, de inmediato se retiro de la estancia, dejando a todos los presentes sorprendidos ante aquella interpelación.

La acción de Torquemada fue efectiva ya que los reyes desestimaron el pago de esa suma de dinero y la posibilidad de minimizar los efectos de la expulsión. Sobre España recién unificada se abría una era de horrores, que sólo finalizarían en 1834, en la ciudad de Cádiz, y en el enunciado de su Constitución, que abolía el tribunal inquisitorial. Sin embargo, esto se produciría tres siglos después, en 1492 los obligados a marcharse debieron sufrir el exilio, mientras que los que se quedaron no tuvieron mejor suerte, pues fray Tomás exigía obsesiva y tajantemente la limpieza de sangre, una aberración que, cinco siglos después, retomaría el nazismo.

Las purgas inquisitoriales afectaron a más de 150.000 personas. Para comprender el alcance de esta medida, se transcribe un segmento del estatuto de la Inquisición:

Los hijos y los nietos de tales condenados no tengan ni usen oficios públicos, ni honras, ni sean promovidos a sacros órdenes, ni sean Jueces, Alcaldes, Alguaciles, Regidores, Mercaderes, Notarios, Escribanos públicos, Abogados, Procuradores, Secretarios, Contadores, Chancilleres, Tesoreros, Médicos, Cirujanos, Sangradores, Boticarios, Corredores, Cambiadores, Fieles, Cogedores, Arrendadores de rentas algunas, ni otros semejantes oficios que públicos sean.

 Incluso Torquemada propició otras medidas, adelantándose al edicto del Papa de 1521 que imponía que todos los libros prohibidos debían ser entregados a la Inquisición y quemados públicamente. Fray Tomás, ya en 1490, había entregado a las llamas más de 600 volúmenes repletos, se dijo, de ideas heréticas y judaizantes. Por otro lado, personalmente fray Tomás fue un asceta que vivía modestamente y presumía de incorruptible. Pero si la parte del león en la represión correspondía a herejes y falsos conversos, el largo brazo del inquisidor llegaba también a la de los delitos comunes, aunque él los justificaba y bautizaba como herejías implícitas. En estas figuras confusas entraban los bígamos, los curas que se casaban, los que se acostaban con mujeres haciéndoles ver que eso no era pecado, los que preparaban filtros de amor, los guardianes que violaban a sus prisioneras, los místicos y los embaucadores, entre otros muchos.

De esta forma, Torquemada pasó a la Historia por su acción al frente de esta institución macabra, conjugando frente a él el odio de muchos siglos y de muchas personas.

No obstante, su vida privada es casi desconocida, no se sabe si en ella prolongaba el dominico aquel sadismo frío e inhumano que utilizaba en lo público. Algunos historiadores rescataron una curiosa historia, según aquéllos parece que fray Tomás, un hombre al fin y al cabo, sintió una gran pasión por una joven llamada Concepción Saavedra. De tal manera que ordenó a sus agentes que la buscaran allá donde viviera y la llevaran a su presencia. Cumplida la orden y estando la joven frente a él, el frío e insensible monstruo intentó seducirla, pero antes solicitó los servicios de una matrona para ver si, como creía, era virgen. La matrona asintió tras examinarla. Al día siguiente, y tras una noche de pesadilla, la joven fue trasladada a una estancia ricamente adornada en la que, además, aparecieron ante su vista ricos vestidos y costosas joyas. En un primer momento,  se ilusionó frente a aquellos presentes, pero enseguida se dio cuenta en qué situación y en qué lugar se hallaba, y se puso a temblar. Concepción era una bellísima joven andaluza, morena, de cuerpo grácil y atractivos innatos. Su padre había muerto en una emboscada tendida por las tropas castellanas a los moriscos, con los que su progenitor se hallaba. Entonces, comprendió que la habían llevado a la sede de la Inquisición y que se hallaba a merced del Gran Inquisidor.

Sin embargo, a la mañana siguiente la despertó el roce de unos labios y el olor penetrante de un perfume. Al abrir los ojos, vio junto a ella a Torquemada. Muy asustada, se tiró del lecho y se arrodilló ante el dominico, besándole el anillo que adornada su huesuda mano. La joven preguntó cuál era el motivo por el cual se encontraba allí. Al instante, le respondió con sentidas alabanzas a su belleza y a su cuello nacarado, a esos ojos turbadores y otras lindezas de enamorados. La víctima intentó huir, pero el inquisidor la persiguió y acorraló. Entonces llamó a sus criados y les ordenó que la desnudaran y ataran al lecho. Allí mismo acabó con la doncellez de Concepción. Tras aquel atentado al pudor de la joven, el monje pudo asegurarle que le había hecho feliz y que, sin duda, ella también lo había sido con él. Poco tiempo después, Concepción Saavedra moría achicharrada en una hoguera levantada en una céntrica plaza de Sevilla.

Fray Tomas de Torquemada, fue uno de los ocho inquisidores nombrados por el Papa Sixto IV en 1482. Durante sus quince años de mandato hizo funcionar con fiereza al Tribunal de la Inquisición. Incluso, fue relevado del cargo por el propio Pontífice, ya que Torquemada, con el consentimiento de los Reyes Católicos, hicieron funcionar la Inquisición de manera autónoma respecto al papado y en su exclusivo beneficio político. Es necesario destacar que Torquemada, atiborrado de poder, había traspasado ciertos límites al procesar a dos obispos, que según él, tenían contacto con los protestantes. Ante tanta arbitrariedad, y aunque fuesen voces en el desierto y se jugaran la vida, algunas, como las de fray Hernando de Talavera (confesor de la reina) y Hernando del Pulgar (secretado real), resonaron con fuerza denunciando los abusos del dominico. Es así que el Papa decidió poner fin a los abusos cometidos por este dominico.

Como compensación por su defenestración, le fueron ofrecidos los arzobispados de Sevilla y Toledo, que rechazó. Torquemada era un hombre contradictorio, combinaba su sed de sangre y de pureza por el fuego con una vida oficialmente “ejemplar”: vivía la vida conventual de manera similar a la del último lego, durmiendo sobre una tarima desnuda. Además, nunca comía carne y sus signos exteriores de riqueza eran inexistentes.

Su retiro se produjo al convento de Santo Tomás de Avila, donde murió en 1498. Su sucesor fue fray Diego de Deza, de su misma orden dominica, que siguió los pasos despiadados de su antecesor y hermano de orden fray Tomás.

Al morir, Torquemada, dejaba como herencia un abultado número de víctimas entre un desgraciado pueblo español: más de 100.000 procesados y cerca de 3.000 condenados a muerte y ejecutados en 15 años de actuación despiadada contra cualquier desviación de la más absoluta ortodoxia religiosa y política.

Las acciones del Santo Oficio nunca alcanzaron la crueldad y el desprecio por la vida humana como las que se cometieron en la época del dominico Torquemada, quien impulso la política de mano férrea. Los documentos demuestran que en sus primeros veinte años de existencia, el Santo Tribunal de la Inquisición, conminó a la muerte a las tres cuartas partes del total de víctimas en toda su historia de tres siglos. Quizás estas cifras representaban para Torquemada, el aval a las puertas de un Cielo que, seguramente, creyó merecer.

Guerra de Sucesion Española Carlos II Habsburgos-Borbones

Guerra de Sucesión Española
Carlos II Habsburgos-Borbones

GUERRA SUCESIÓN ESPAÑOLA: Al morir Carlos II de España en 1700, no dejó heredero. La cuestión de quién debería ser su sucesor dio lugar a la guerra de Sucesión, que implicó a medía Europa.

Los conflictos entre Inglaterra y España se veían complicados por otra larga disputa entre Inglaterra y Francia, que comenzó en 1688, cuando Jacobo II, el último rey Estuardo de Inglaterra, fue destronado por la «Gloriosa Revolución». Le sucedió Guillermo «el Holandés» (Guillermo de Orange), casado con María Estuardo, lo cual proporcionó a los ingleses el apoyo de los holandeses (acérrimos enemigos tan sólo unos años antes) contra Luis XIV de Francia.

La disputa se extendía a ultramar, existiendo un fuerte enfrentamiento entre ingleses y franceses en Norteamérica. Pero la más importante de las guerras que estallaron en este período fue la llamada «Guerra de la Sucesión Española», porque uno de los premios en disputa era el imperio español en América, que Francia reclamó cuando el rey de España murió sin dejar heredero en 1701.

John Churchill, duque de Malborough (1650-1722) fue designado comandante de la fuerzas aliadas en 1702. Consiguió la victoria en grandes batallas en Blenheim, Ramillies, Oudenaarde y Malplaquet.

Tanto los Borbones franceses como los Habsburgo austriacos pretendían el trono de España y, antes de que Carlos II muriera en 1700, habían firmado un acuerdo repartiéndose el Imperio español. Pero Carlos II había hecho un testamento en el que dejaba sus territorios a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, quien decidió entonces ignorar su primer acuerdo con los Habsburgo y respaldar a su nieto.

Pero esta alianza entre Francia y España no fue bien aceptada por todos los países de Europa: en 1701, Europa occidental estaba en guerra. Organizados por Guillermo III de Inglaterra, Inglaterra, las Provincias Unidas, la mayoría de los estados alemanes y Austria formaron una gran alianza contra Francia. En 1704, un ejército francés fue aplastado en Blenheim por una fuerza combinada al mando del duque de Malborough, quien consiguió tres victorias sobre los franceses en los Paises Bajos españoles. En 1706, un ejército austriaco comandado por el príncipe Eugenio de Saboya expulsó a los franceses de Italia.

BATALLA DE BLENHEIM: En 1704, tuvo lugar en Baviera la batalla de Blenheim, que enfrenti cuatro ejércitos y varias naciones. Cuando los franceses y los bávarosmarchaban sobre Viena, los ejércitos de Marlborough y Eugenio los interceptaron en Blenheim; en la batalla murieron 12000 aliados y 30000 franceses y bávaros. Fue una victoria para Marlborough y Eugenio de Saboya, que salvaron Viena.

Los aliados entonces invadieron España, pero las fuerzas francesas los expulsaron de nuevo, permitiendo que el nieto de Luis XIV, Felipe V, conservara el trono español. La larga guerra había agotado a ambos bandos y en 1713 se firmó la paz en Utrecht.

Con el Tratado de Utrecht de 1713, Francia mantenía sus fronteras; Austria se quedaba con los Paises Bajos españoles y con Nápoles; Inglaterra conseguía Gibraltar y Menorca. Felipe y siguió siendo rey de España.

En 1713, la paz de Utrecht, que puso fin a la guerra, dividió el patrimonio español; los Países Bajos pasaron a manos de los Habsburgo de Austria, y se permitió que un príncipe francés se convirtiera en rey de España y su imperio, a condición de que nunca se unieran la Corona de España y la de Francia.

El mismo tratado concedió al Reino Unido grandes posesiones coloniales, entre ellas muchas de las islas francesas del Caribe (Inglaterra había empezado a apoderarse de estas islas hacia 1650, cuando las tropas de Cromwell arrebataron Jamaica a los españoles) y una zona poco atractiva, pero estratégicamente importante, de Norteamérica: Acadia (rebautizada como Nueva Escocia).

Los británicos obtuvieron además el derecho a comerciar con las colonias españolas, enviando cada año un barco a Portobello; los ingleses utilizaron esta concesión como cuña con la que abrir aún más la puerta, lo cual acabó conduciendo a la guerra de 1739.

El príncipe Eugenio de Saboya (1663-1739) luchó contra los turcos en el asedio de Viena en 1683. En 1701, era comandante en jefe de las fuerzas austriacas y luchóò en las batallas de Blenheim y Oudenaarde

En dicha guerra participaron Francia y Prusia, por una parte, y Austria y Gran Bretaña por la otra. Los británicos y los franceses se enfrentaron en la India, donde la Compañía Francesa de las Indias Orientales intervenía todo lo que podía en la política local, con el fin de aventajar a sus rivales. Además, los franceses habían extendido considerablemente su zona de influencia en Norteamérica.

Durante la Guerra de Sucesión Española, y después de ella, habían instalado puestos cerca de la desembocadura del Mississippi, controlando la entrada al gran sistema fluvial que dominaba el centro del continente. A principios del siglo XVIII, varias expediciones habían explorado el río, subiendo desde la desembocadura, mientras que otras exploraban río abajo, desde la región de los Grandes Lagos.

Para los colonos británicos de la llanura costera, esto presentaba todo el aspecto de una operación-tenaza, que les cortaba el paso a la expansión tierra adentro. En realidad, los franceses no llegaron a colonizar el valle del Mississippi, y ni siquiera poseían una franja estable de territorio interior. No obstante, construyeron fuertes en posiciones estratégicas (donde más tarde se fundarían varias ciudades: San Luis y Memphis en 1682, Detroit en 1701, y Nueva Orleans en 1718) y además armaron a los indios, soliviantándolos contra los ingleses. Estaba claro que Francia no iba a renunciar sin lucha a sus pretensiones de asentarse en el interior.

Aunque en Europa se firmó una paz oficial en 1748, en la India y en América nunca se interrumpieron las hostilidades, hasta que en 1756 se declaró otra guerra entre Inglaterra y Francia. Para entonces, España tenía sólo una importancia secundaria, y lo que estaba en juego era la India y Canadá. En esta «Guerra de los Siete Años» (la paz se firmó en 1763), se decidió el destino de estas tierras, además del de los territorios alemanes por los que disputaban Prusia y Austria (aijadas, respectivamente, de Gran Bretaña y Francia).

El momento culminante de la guerra coincidió en Inglaterra con el gobierno de William Pitt, posiblemente el primer estadista británico que llegó a captar plenamente las posibilidades del poder imperial. Se propuso ganar Canadá en Alemania, consiguiendo que sus aliados inmovilizaran allí a los franceses, y lo logró.

Con el tratado de paz, menos riguroso que lo que habrían deseado algunos ingleses, Canadá pasó a poder de Gran Bretaña y la India quedó a disposición de la Compañía Británica de las Indias Orientales. El Caribe quedó cerrado por un rosario de islas británicas, de reciente adquisición, que protegía las colonias británicas de Jamaica, Honduras y la costa de Belice.

Paz de Utrecht
Este tratado, firmado en 1713, lo mismo que el de Rastadt de 1714, constituyen la culminación de la guerra por la sucesión del trono dé España (1701-1714); por ambos tratados, Felipe V fue reconocido rey de España y sus colonias, a cambio de lo cual debía renunciar al trono de Francia, ceder a Austria los Países Bajos, el Milanesado y Ñapóles, y a Inglaterra, Gibraltar y Menorca. Francia debió, a su vez, ceder a Inglaterra, Accadia, Terranova y otros territorios americanos; Holanda obtuvo algunas ventajas de índole comercial; el país más favorecido por estos tratados fue Inglaterra por su adquisición de Gibraltar y las posesiones canadienses.

rís; era hijo natural de la pintora francesa Susana Valadon y de un tal Boissy; pero en 1891 fue reconocido por el pintor español Miguel Utrillo, quien le dio su nombre. Su vocación pictórica nació a instancias de su madre que se esforzaba por apartarlo del vicio de la bebida. Desde ese momento se dedicará a pintar con éxito, salvo en los períodos en que recae en él vicio y debe ser internado para su recuperación.

Su pintura ha pasado por diversas etapas: expresionismo, impresionismo, y sobre todo una marcada influencia de la pintura de su madre; retratos y figuras no aparecen en sus cuadros, que son esencialmente paisajes, sobre todo los suburbios de París y los cafés de Montmartre, cuya sordidez aparece ennoblecida por la mirada solidaria del artista.
Obras: Calle de Mont-Cenis, Un paisaje en Saint-Leu Taverny, Notre Dame, El cabaret de Lapin Agüe, Las piscinas de Lourdes, El molino de la Galette, entre otras.

PARA SABER MAS…

La gran lucha que se originó, duró doce años (1702-1714) y tuvo por teatro Mandes, Alemania, Italia y España, en diversas campañas que, sucintamente, se reseñan.

a) La guerra en Flandes. Las fuerzas aliadas en Flandes estaban mandadas Por el general Marlborough, quien obtuvo grandes victorias y, tras conquistar muchas plazas fuertes, derrotó a los franceses y a los bávaros, mandados por el mariscal Villeroy, en Ramillies (1706). En 1708, en unión del príncipe Eugenio de Saboya, Marlborough venció en Oudenarde a los franceses, capitaneados por el duque de Vendóme, expulsándolos totalmente de Flandes. En 1709 se libró la gran batalla de Malplaquet, entre los aliados, a las órdenes de sus caudillos Marlborough y Eugenio de Saboya, y los franceses, dirigidos por los mariscales Villars y Boufflers, que fueron completamente derrotados. Finalmente, en 1710, Douai y otras plazas fuertes cayeron en poder de los aliados.

b)    La guerra en Alemania. La guerra en Alemania había seguido curso tan favorable para las armas francesas en sus principios, que el emperador Leopoldo llegó a verse en situación apurada.

El elector de Baviera se había adherido a la causa de Luis XIV, y las fuerzas francesas, acaudilladas por el duque de Villars y los mariscales Tallard y Marsin, habían entrado victoriosamente en Alemania en las campañas de 1702 y 1703, tomando las ciudades de Augsburgo y Passau y la de Landau a fines de 1703. En 1704 estalló una rebelión en Hungría contra Leopoldo, que fue apoyada por Luis XIV, quien proyectaba distraer la atención del emperador, con el fin de efectuar con todos sus ejércitos una maniobra convergente sobre Viena con la que pretendía obtener la victoria decisiva.

Tan ambiciosa aspiración de Luis XIV fue desvanecida por la actuación del duque de Marlborough y de su colaborador Eugenio de Saboya, quienes presintiendo la maniobra proyectada por los franceses, salieron de Flandes en 1704 y, maniobrando hábilmente, marcharon hacia el Danubio. En sus orillas se libró, el 13 de agosto de aquel año, la batalla de Blenheim, en la que ambos caudillos aliados derrotaron completamente a los mariscales Tallard y Marsin, poniendo en lo sucesivo a las fuerzas francesas a la defensiva. De 1705 a 1707, los franceses, acaudillados por Villars, consiguieron algunas ventajas sobre las tropas imperiales en Alemania, pero los éxitos de Marlborough en Flandes les obligaron a trasladarse allí, donde fueron derrotados en Malplaquet. Con la batalla de Blenheim se disiparon las esperanzas de dominio universal que acariciaba Luis XIV.

c)  La guerra en Italia. La guerra en Italia presentó alternativas favorables y adversas para cada uno de los contendientes. Fue una de sus principales figuras el príncipe Eugenio, hijo del duque de Saboya, que ya estaba considerado como un excelente general por sus victorias contra los turcos al mando de los ejércitos austríacos. En esta guerra de Sucesión consiguió atravesar el Tirol, luchando contra el general francés Catinat, venció a Villeroy cerca de Cremona, en 1702, junto con Marlborough ganó la batalla de Blenheim, en 1704, y volvió a Italia en 1705. En agosto del propio año, su ejército fue derrotado en Bassano por el duque de Vendóme, después de abandonar el campo a causa de las heridas sufridas en el combate, pero cuando Vendóme dejó el mando del ejército, Eugenio asaltó las líneas francesas en Turín y en un mes expulsó al enemigo de Italia.

d)    La guerra en España. La guerra en España siguió fluctuaciones diversas. El país se dividió en facciones, quedando Cataluña y Levante partidarias del archiduque Carlos. La guerra la dirigió Felipe V, teniendo por general de sus tropas al duque de Berwick y al de Vendóme; los ingleses y los aliados estaban acaudillados por el conde de Peterborough, el de Golwany y el general Stanhope. Madrid, Zaragoza y otras capitales estuvieron en poder de uno y otro bando alternativamente.

En 1707 se libró la batalla de Almansa y en 1710 las de Brihuega y Villaviciosa, todas ellas victoriosas para Felipe V. En agosto de 1704 una flota angloholandesa al mando del almirante Rooke, desembarcó un cuerpo de ejército de 1.800 soldados ingleses a las órdenes del príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt.

La plaza de Gibraltar que estaba guarnecida por un corto número de soldados adictos a Felipe V, fue ocupada tras breve y heroica resistencia el 30 del citado mes, en nombre del pretendiente Carlos de Austria, pero a los tres días, los ocupantes izaron la bandera inglesa, desentendiéndose de toda clase de compromisos y miramientos e implantando   la   soberanía  de   Inglaterra.

Fuente Consultada:
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

Características de la Sociedad Feudal Las Clases Sociales o Estamentos

Características de la Sociedad Feudal- Las Clases Sociales o Estamentos

LA SOCIEDAD FEUDAL: A comienzos de la Edad Media, el mundo europeo se componía esencialmente de dos tipos de hombres: campesinos (labradores) y nobles (hombres de guerra).

Los otros estratos sociales (comerciantes y artesanos), situados entre estos dos tipos, eran poco numerosos y de relativamente poca importancia.

Durante aproximadamente un milenio, hasta el 1100 d.C., la vida se ruralizó sin profundas alteraciones: los campesinos trabajaron cada familia en su lote.

El labrador, ligado a la tierra desde la época de Diocleciano y Constantino, seguía el destino de ésta, sin desplazarse de una región a otra; estaba ligado social y económicamente al señor, a sus herederos o a los compradores de la tierra que trabajaba.

Era la servidumbre de la gleba. No podía emigrar ni huir, ni podía, por lo tanto, ser clérigo (sacerdote o intelectual), ni comerciante. Parte de lo que producía el campesino se destinó al noble —el »defensor»— a quien había sido confiado aquel feudo, y otra parte era entregada a la Iglesia.

Con la primera invasión de los bárbaros —nuevos señores—, y en especial a partir de la segunda (la de los normandos), sobre todo para la defensa, el señorío adquirió un acusado tinte militar: el antiguo propietario fue sustituido por el noble feudal.

El noble feudal, a su vez, había recibido estas tierras de otro señor —noble de mayor jerarquía— a cambio de su vasallaje.

Este vasallaje se traducía siempre en un pago fijo: trigo, madera u otros productos, más el compromiso de presentarse delante del señor en caso de guerra con tantos hombres armados y luchar por y con él o defenderlo en toda otra ocasión.

sociedad feudal

Había campesinos libres y pequeños nobles con pocas tierras y grandes nobles con numerosos feudos que arrendaban a terceros, constituyendo una pirámide de vasallaje.

En algunos territorios aparecen los reyes, elegidos —personalmente o como dinastía— entre los grandes nobles y por ellos también destronados muchas veces.

Es un mundo inmóvil. En la base de la pirámide, los campesinos ligados a la tierra, formando con ella una unidad productiva: el feudo.

Sobre esa base, una sucesión de pequeños, medios y grandes vasallos, de los cuales salían los reyes.

Paralelamente a esa pirámide, se erguía la pirámide de la Iglesia, también propietaria de feudos, pero con características propias.

Gracias al celibato clerical, sus tierras no se dividían entre herederos. En compensación, un hombre pobre, siempre que fuera libre podía ascender con mayor facilidad en la Iglesia que en el mundo laico.

Aquella base económica facilitó la organización de la Iglesia como el único gran poder centralizado del período y le permitió desempeñar importantísimo papel.

Los reinos medievales no tenían ninguna semejanza con las naciones modernas.

Un rey disponía de poder total sobre sus propios feudos (heredados, comprados o conquistados) y de un poder limitado sobre los de sus vasallos.

Las fronteras de sus dominios iban variando de acuerdo con los casamientos, alianzas, traiciones y juramentos de vasallaje.

Cuando los reyes morían, los herederos repartían el territorio del reino en varias partes: eran propietarios de tierra con vasallos, no jefes de un país o nación.

El universo feudal se presentaba, así, profundamente atomizado. Mas esa fragmentación llevaba, paradójicamente, a un cierto universalismo que dominó el pensamiento medieval.

Si todo el mundo estaba organizado de esa misma forma, si en todos los lugares la Iglesia disponía de los mismos poderes, y si todos los hombres respetaban costumbres semejantes, entonces todos los lugares se equiparaban y todos los hombres que los habitaban podían ser medidos por los mismos patrones y valorados de la misma manera.

Los intelectuales —en su abrumadora mayoría eclesiásticos, si se exceptúa a la minoría judía, generalmente alfabeta— poseían una visión más cosmopolita y unitaria de la especie humana, de su destino y de sus deberes.

En ese mundo, todos tenían su lugar designado, incluso antes de nacer. Como la nobleza era hereditaria, los recién nacidos ocupaban automáticamente el lugar del padre en la pirámide de la jerarquía feudal. La movilidad entre las categorías sociales era mínima. Pocos ennoblecían y sólo algunos campesinos entraban a formar parte del clero, aunque a veces llegaran a papas.

La sociedad feudal típica se dividía en estamentos hereditarios (estrato social específico con funciones propias), algo diferentes de la rigidez de las castas hindúes (se podía ennoblecer y desnoblecer), pero con menor flexibilidad que la sociedad de clases (división económica) de la Europa occidental moderna.

Basicamente estaban:

1-Los que oraban, el clero

2-Los que guerreaban, la nobleza

3-Los que trabajaban, los campsinos

ESQUEMA DE LA SOCIEDAD FEUDAL

cuadro sociedad feudal

LA VIDA EN LOS CAMPESINOS EN UNA ALDEA MEDIEVAL

LOS ALDEANOS: Los aldeanos en la Edad Media no eran dueños de la tierra que cultivaban. Francia estaba dividida en grandes dominios que pertenecían a los señores y a las iglesias. Cada dominio comprendía toda una aldea y su término.

El dueño se había reservado una parte de la tierra y la explotaba directamente. Todo el resto era cultivado por los aldeanos del dominio. Un dominio grande se llamaba villa y los aldeanos se llamaron villanos es decir, moradores de la villa.

Los campesinos habitaban casitas bajas, por lo común hechas con tablas y barro. Cultivaban sobre todo el centeno, la avena y el trigo. No se conocía aún el maíz ni la patata, y las mismas legumbres entonces conocidas no se cultivaban más que en los huertos de los señores y de las gentes de Iglesia.

El campesino no producía más que lo que era su sustento, y se alimentaba sobre todo con pan de centeno y avena cocida. Su trabajo consistía principalmente en labrar la tierra, sembrar, rastrillar, recoger la cosecha y trillar el trigo, sus instrumentos de labranza eran los mismos usados en la antigüedad.

Había también dehesas donde se llevaba a pastar el ganado, pero casi nunca prados artificiales, y el ganado del campesino era, por lo común, pequeño y delgado.

Se conservaban casi en todas partes grandes montos de encinas y hayas, en los que el villano podía cortar árboles para hacer su casa, fabricar sus instrumentos y quemar leña en su hogar.

A los montes enviaba también sus cerdos para el engorde. La carne de cerdo era casi la única que comían los villanos.

Cada familia cultivaba la misma tierra, de padres a hijos, tierra que no podía quitarle el señor que era el dueño. Pero en cambio tenía muchas obligaciones para con el señor.

Todos los años el villano pagaba al señor una pequeña renta en dinero, el censo, fijada por una costumbre muy antigua, y que no aumentaba. Pagaba otra, la talla, impuesta a cada familia, en ocasiones una vez, otras varias veces al año, según quería el señor.

Pagaba tributos en especie que se llamaban costumbres, gavillas de trigo, de avena, de hierba, vino, huevos, gallinas, cera, o un carnero, un cerdo, una cabra.

El villano debía ¡r a trabajar en la tierra que se reservaba el señor. Era la prestación personal. Debía, cierto número de días al año labrar los campos del señor, recolectar sus trigos, segar la hierba de sus prados, llevar a su granja las gavillas de grano y la hierba, labrar sus viñas, trillar su trigo, hacer reparaciones en los edificios, cuidar del buen estado de los caminos, de los fosos del castillo y de los estanques. Para estos trabajos debía llevar sus animales de labranza y sus carretas.

Tenía que llevar su trigo a moler al molino del señor, su pan a cocer al horno del señor, su uva al lugar del señor para hacer el vino.

Había de pagar cada vez que así hacía y no podía ir a otra parte; además estaba sometido a la justicia del señor. Si contravenía algo de lo establecido, le pagaba una multa.

Si era condenado por un crimen, el señor ordenaba su ejecución y confiscaba todos sus bienes. Contaba el señor entre sus rentas «su justicia», es decir, el derecho de imponer las multas, derecho que vendía o compartía con otro, siendo frecuente que un señor poseyera un cuarto o una mitad de la justicia de una aldea.

Los villanos eran entregados sin defensa a los caprichos del señor propietario de su aldea, porque tenía el derecho de juzgarlos y no podían pedir justicia a nadie contra él.

Ni siquiera tenían derecho a reunirse para el arreglo de sus asuntos sinn licencia del señor. En Nor-mandía, el año 996, los villanos intentaron emanciparse.

«El señor, decían, lo toma todo, hay demasiados tributos y cargas, no nos queda nada de nuestro trabajo». Tuvieron reuniones secretas y juraron apoyarse unos a otros. Pero los señores descubrieron el complot y se prendió a los descontentos.

No todos los villanos eran iguales. Algunos, llamados francos, descendían de hombres libres que habían venido a ser terratenientes del señor.

No pagaban más que tributos fijos y tenían derecho a irse renunciando a su tierra. Los otros, llamados, siervos, descendían de antiguos esclavos (es lo que quiere decir la palabra latina servus).

El señor no podía tratar al siervo como se trataba al esclavo romano, encerrarlo, venderlo, apoderarse de su mujer, ni siquiera quitarle su tierra. Pero conservaba el derecho de imponerle tributos y fijaba los trabajos que para el señor había de ejecutar.

Al siervo podían imponérsele cuanto tributo se quería, es decir, según la «merced» (piedad) del señor. No podía abandonar su tierra.

Pero el señor consentía algunas veces en fijar los tributos y las cargas a cambio de una suma de dinero, y a esto se llamaba igualar (fijar un límite) o emancipar.

Entonces los que habían sido siervos quedaban en situación de francos. De esta suerte fue disminuyendo el número de siervos, y a fines de la Edad Media sólo se les encontraba en algunas comarcas del este y del centro.

FORTUNAS BURGUESAS SOSTIENEN LAS CORONAS

Esa sociedad, tal como fue descripta, representa, sin embargo, un modelo ideal. Quiere decir que nunca existió de esta forma en estado puro.

Durante toda esa época, siempre existió en lo alto de la pirámide nobiliaria la tendencia de los nobles más poderosos a unificar todo el sistema feudal bajo un único centro y en un solo Estado, de la misma forma que ocurriría en la Iglesia (las tentativas más audaces fueron efectuadas por Carlomagno y, posteriormente, por varios emperadores del Sacro Imperio, como Federico II).

Pero esa unificación jamás se dio porque ninguna categoría social dirigente estaba interesada en un «Estado paneuropeo».

Los únicos que se empeñaban en ello eran los candidatos a emperador y algunos juristas e intelectuales, pero, sin el apoyo de una clase social importante, los sueños de unidad imperial morían con los interesados.

Entretanto, precisamente cuando la Iglesia Católica, bajo Gregorio VII, parecía haber vencido definitivamente a los emperadores, que no querían ser sólo el «brazo armado» unificado de un soberano, juez o arbitro general religioso, Europa comienza a fragmentarse en naciones que se sustraen a su imperio.

Algunos reyes consiguen lo que los candidatos a emperador no habían conseguido antes: poder para luchar contra los grandes nobles rivales y contra la Curia centralizadora. Y la fuente de ese poder es el dinero.

Fuente Consultada:
La Historia de la Humanidad H.W. Van Loon
Enciclopedia Encarta 2000
Historia Medieval Tomo II Editorial Kapelusz
Wikipedia
Historia Universal Tomo I Navarro-Gargari-Gonzalez-Lopez-PAstoriza
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I
Trabajo Enviado Por: Pedro J. Jacoby Para Planeta Sedna    (10-05-2012)

¿Que es la sociología?

Los Reyes Catolicos La Unidad Politica y la Reconquista Española

Los Reyes Católicos de España – Unidad Política

Reyes Católicos y la unidad política de España: A fines del siglo XV (1469) ,el matrimonio de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón —los dos reinos más importantes— sentó las bases de la unidad política de España.

Sin embargo, el poder de la monarquía no fue reconocido del mismo modo en todas las regiones del reino. Isabel y Fernando pusieron en práctica un programa de reorganización económica y política para fortalecer su autoridad, pero no lograron la fusión administrativa entre Aragón y Castilla.

Los Reyes Católicos  no pudieron establecer una moneda única ni un sistema fiscal y legal común dentro de sus reinos.

TERMINARON CON 8 SIGLOS DE LA PRESENCIA ÁRABE EN ESPAÑA

Durante la Edad Media, diversos reinos cristianos independientes surgieron durante el largo periodo de la reconquista de la península ibérica de manos de los musulmanes.

Aragón y Castilla eran los reinos españoles más poderosos; en el oeste, estaba la monarquía independiente de Portugal; en el norte, el pequeño reino de Navarra, que se inclinaba por Francia; y en el sur, el reino musulmán de Granada.

A comienzos del siglo XV pocas personas podrían haber predicho la unificación de los reinos ibéricos.

Un paso importante en esa dirección se dio con el matrimonio de Isabel de Castilla (1474-1504) y Fernando de Aragón (1479-1516) en 1469.

Este matrimonio fue una unión dinástica de dos gobernantes, no un casamiento político.

Ambos reinos tenían sus propios parlamentos (Cortes), tribunales, leyes, monedas, lenguas, costumbres y órganos políticos.

Sin embargo, los dos gobernantes trabajaron para fortalecer el control real del gobierno, sobre todo en Castilla.

El consejo real, que se suponía supervisaba la administración local y la implantación de las políticas gubernamentales, carecía de aristócratas y estaba pletórico, sobre todo, de abogados de clase media.

Educados en los principios del derecho romano, estos funcionarios trabajaban bajo la creencia de que la monarquía encarnaba el poder del estado.

Con el fin de reemplazar el ejército indisciplinado que habían heredado por una armada más profesional, Fernando a Isabel reorganizaron las fuerzas militares de España.

El desarrollo de una sólida fuerza de infantería, como corazón del nuevo ejército español, lo convirtió en el mejor de Europa en el siglo XVI.

Fernando e Isabel reconocieron la necesidad de controlar a la iglesia católica por el vasto poder y riqueza que poseía.

Obtuvieron del papa el derecho de nombrar en España a los más importantes funcionarios eclesiásticos, lo que en la práctica convertía al clero en instrumento del poder real.

Fernando e Isabel también persiguieron una política de rigurosa uniformidad religiosa.

España tenía dos grandes minorías religiosas, los judíos y los musulmanes; ambas habían sido toleradas en la España medieval.

Sin embargo, la creciente persecución del siglo XIV provocó que la mayoría de los judíos españoles se convirtiera al cristianismo.

Pero las quejas de que seguían practicando en secreto el judaísmo provocaron que Fernando e Isabel pidiesen al papa la institución de la Inquisición en España en 1478.

Bajo el control real, la Inquisición funcionó con cruel eficacia para garantizar la ortodoxia de los conversos, pero no tuvo autoridad sobre los judíos practicantes.

En consecuencia, en 1492, rebosantes con el éxito de la conquista de la Granada musulmana, Fernando e Isabel tomaron la drástica medida de expulsar de España a todos los judíos profesantes.

Se ha calculado que 150.000 de 200.000 judíos huyeron.

También «se alentó» a los musulmanes a convertirse al cristianismo después de la conquista de Granada. En 1502 Isabel expidió un decreto que expulsaba de su reino a todos los musulmanes profesantes.

En gran medida, los monarcas «más católicos» lograron su propósito de implantar una ortodoxia religiosa absoluta como ingrediente básico del estado español.

Ser español era ser católico, una política de uniformidad hecha cumplir por la Inquisición.

LOGRARON EL FINAL
DE LA RECONQUISTA,
CON LA TOMA DE GRANADA
PATROCINARON EL
VIAJE DE COLON AL
NUEVO MUNDO
ESTABLECIERON EL PODER
REAL  SOBRE
LA INQUISICIÓN

GRANADA

Fundado a comienzos del siglo XIII por Muhammad I (1237-1273) de la dinastía nazarí, el reino de Granada fue el último bastión de la civilización hispanoárabe, con una población que oscilaba entre 500.000 y 750.000 habitantes a fines del siglo XV.

El vestigio más impresionante de la presencia musulmana en Granada es la Alhambra, el palacio-fortaleza de sus monarcas, emplazado en la colina sobre la ciudad, a orillas del río Darro.

Su nombre procede del color rojo de sus muros (en árabe, al-hamrá), construidos por ladrillos elaborados con la arcilla del propio terreno.

El primer rey nazarí construyó la alcazaba sobre una antigua fortificación en ruinas.

Su hijo Muhammad II (1273-1302) completó la obra con un recinto amurallado, asegurando la paz interior de la ciudadela, llena de detalles en sus torres, patios y palacetes.

Las construcciones que hoy se conservan datan el siglo XIV y se deben a Yusuf I y su sucesor, Muhammad V.

La Alhambra se convirtió en palacio de los reyes cristianos desde la reconquista de Granada en 1492, y los propios Reyes Católicos hicieron restaurar el palacio siguiendo el estilo musulmán.

REINO VASALLO
Al iniciarse las hostilidades, el reino de Granada era vasallo del de Castilla. Buscando un pretexto para la invasión, Isabel y Femando reclamaron al sultán Muley Hacen que pagase sus débitos. «En mi reino ya no se labra oro, sino hierro para los cristianos», fue su respuesta. Al poco tiempo sus huestes tomaron Zahara, en manos de los cristianos.
GUERRAS INTERNAS
En 1481, el reino de Granada comprendía las actuales provincias de Almería, Granada y Málaga y estaba azotado por las pugnas palaciegas entre el sultán, Muley Hacen, su hijo, Boabdil, y El Zagal, hermano y tío de los anteriores. El conflicto interno fue alentado por el rey Fernando, que liberó a Boabdil en las dos ocasiones en las que fue hecho prisionero.
EL REY BOABDIL
Boabdil -traducción del nombre árabe Abu Abd Allah-, el último de los reyes moros de Granada, gobernó con el nombre de Muhammad XI. Conocido por los cristianos como «el rey Chico» y por los musulmanes como «el desventurado», se quedó en Granada tiempo después de la derrota. Desterrado a las Alpujarras, finalmente se fue a África.
El GRAN CAPITÁN
Conocido como el «Gran Capitán su bravura, dotes estratégicas y caballerosidad, Gonzalo Fernández Córdoba (1453-1515) negoció los términos de la rendición de la ciudad con el rey Boabdil. De la experiencia militar de la guerra de Granada surgió el primer ejército permanente de Europa, producto del ingenio de Gonzalo de Córdoba.

 ALGO MAS SOBRE LA RECONQUISTA:

Recibe este nombre el importante movimiento de recuperación del territorio español ocupado por los árabes.

La Reconquista partió de la zona fuertemente protegida por la misma naturaleza, que comprende la cordillera Cantábrica y los Pirineos; por el lado occidental tomó la iniciativa Asturias, luego León y por último Castilla, que no sólo llevó adelante las acciones de mayor envergadura, sino que a partir de allí se convirtió en el punto de partida de la unificación de España al absorber no sólo a León, sino a todos los demás reinos cristianos.

Por Oriente intervinieron en la Reconquista, Navarra, Aragón y Cataluña.

La lucha contra los musulmanes puede dividirse en tres períodos:

1) siglos VIII a XI. La Reconquista avanzó muy lentamente ya que los árabes eran más poderosos y estaban más unidos; fue, además, la época de Almanzor, el famoso caudillo árabe que infligió graves derrotas a los cristianos;

2) siglos XI a XIII. En este período se fracciona el califato de Córdoba, por lo cual los cristianos pueden llevar la reconquista casi hasta el Guadalquivir; es el período de las grandes conquistas y batallas: Toledo, Navas de Tolosa, Sevilla, Valencia;

3) siglos XIII a XV.

En esta etapa la Reconquista perdió empuje, no sólo por las invasiones de almorávides y almohades, pueblos mucho más aguerridos y fanáticos, sino también por las luchas internas que sacudían a los reinos cristianos.

Durante este período hubo luchas, pero también momentos de paz y concordia entre cristianos y musulmanes, hasta que los Reyes Católicos se propusieron culminar la empresa, cuyo epílogo fue la toma de Granada en 1492.

Biografia de Isabel de Castilla Reconquista Española

Biografía de Isabel de Castilla
Reconquista Española- Expulsión Judíos

En 1479, la reina de Castilla se propone poner fin a la guerra de Reconquista. Con la decidida ayuda de su esposo, lanza sus ejércitos contra el reino de Granada, el último reducto musulmán en la Península.

HISTORIA: Al final de la Edad Media, la Península Ibérica estaba dividida en cuatro reinos cristianos -Castilla, Aragón, Navarra y Portugal- y uno musulmán -Granada-.

El más grande y poderoso era Castilla. Pero a mediados del siglo XV Castilla estaba sumida en la más profunda anarquía, dominada por nobles y clérigos más poderosos que la desprestigiada monarquía.

Fue en este clima de pugnas civiles y de nobles desobedientes, en el que la futura reina de Castilla aprendió las recetas que aplicaría, con firmeza, en el futuro.

Las figuras centrales de la historia de España son los Reyes Católicos: doña Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón.

Reconocido por todos los críticos e historiadores, para poner de relieve el destacadísimo valor de sus personas y de sus obras.

En los logros politicos y económicos de este glorioso reinado, podemos afirmar:  el fin de la cruzada contra el Islam, la unificación política peninsular, el descubrimiento de América, la afirmación de la potencialidad de España en Europa, el restablecimiento del orden interno, la consolidación de la autoridad monárquica, la defensa de la unidad de credo, el fomento de la economía pública y privada.

Isabel I de Castilla

Isabel I, reina de Castilla, fue la soberana que consiguió poner fin a la ocupación árabe de la península Ibérica. Hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, su segunda mujer, Isabel nació en Madrigal de las Altas Torres en abril de 1451.

Isabel pasó su infancia alejada de la corte y no parecía destinada a reinar. Sin embargo, las circunstancias históricas y las intrigas palaciegas favorecieron su acceso al trono. Las luchas entre la monarquía y los nobles por controlar el poder político y económico influyeron en su coronación.

Con habilidad y sin renunciar a los derechos de la corona, Isabel supo ganarse el apoyo de los nobles castellanos y de la corona de Aragón.

Fue así como, no sin luchar en el campo de batalla, fue proclamada reina de Castilla.

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Isabel I de Castilla fue reina de Castilla​ desde 1474 hasta 1504, reina consorte de Sicilia desde 1469 y de Aragón desde 1479, ​ por su matrimonio con Fernando de Aragón.

Fecha de nacimiento: 22 de abril de 1451, Madrigal de las Altas Torres, España

Fallecimiento: 26 de noviembre de 1504, Medina del Campo, España

Cónyuge: Fernando II de Aragón (m. 1469–1504)

Hijos: Juana I de Castilla, Catalina de Aragón, Isabel de Aragón, Juan de Aragón, María de Aragón

Padres: Juan II de Castilla, Isabel de Portugal, reina de Castilla

Hermanos: Enrique IV de Castilla, Alfonso de Castilla, Catalina de Castilla, Leonor de Castilla, María de Castilla

Es difícil distinguir, a veces, la parte que corresponde a los dos soberanos. Sin entrar en discusiones prolijas, puede afirmarse que en los asuntos concernientes a Castilla el papel de Isabel la Católica fue en todo punto relevante, demostrando en el gobierno del Estado una entereza sin igual, una energía firme y austerar.

Animada por una fe inquebrantable en el porvenir de Castilla, empujada por el ardor de su sentimiento religioso, doña Isabel, culta, afable, majestuosa y noble, señaló a las generaciones posteriores el norte de los destinos de la patria.

Las altas dotes políticas y morales de que estaba revestida, las puso de relieve desde su juventud, que transcurrió en el metífico ambiente político y en la decadencia espiritual de la corte de su hermanastro Enrique IV.

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VEAMOS AHORA SU BIOGRAFÍA…

Biografia de Isabel de Castilla Reconquista Española Expulsion JudiosINSTRUMENTOS DE PODER: Por eso, cuando por fin alcanzó el poder, se dedicó, junto a su marido, a asentar el autoritarismo monárquico.

Para llevar a cabo este propósito no sólo crearon organismos como la Santa Hermandad (1476) –un cuerpo de policía estable que defendía a las personas y a las propiedades del asalto de nobles rebeldes– sino que también sanearon las arcas reales -las rentas ordinarias de la Corona pasaron de 150 millones de maravedíes (1480) a 300 millones (1504)-, renovaron la administración de Justicia y tuvieron ocupada a la nobleza levantisca en la conquista de Granada, en la defensa de los derechos de la Corona en Italia e, incluso, en la flamante conquista del Nuevo Mundo.

Como ocurriera con la nobleza, también el clero experimentó el impulso de los Reyes Católicos.

La instauración de la Inquisición mantuvo ocupado a un clero que había estado muy ocioso en cuestiones de fe, pero muy activo en lo relativo al poder temporal.

EL ENEMIGO EXTRANJERO La clave de la unidad fue hallada en la lucha contra el enemigo común, real o imaginario. En una época fueron Portugal y Francia: luego, Granada. Más tarde, judíos y mudejares y, por último, los propios conversos.

En un clima de extendida inquina anticonversa en Castilla y Andalucía, la reina Isabel cedió al odio racial; el cual, según algunos autores, condicionaba su propia autoridad.

El anti-judaísmo estaba muy enraizado tanto entre sus seguidores más leales como en la pequeña nobleza y la clase media urbana.

La propia Corona estuvo implicada en la propaganda contra judíos y mudejares, considerados infiltrados por el creciente poder turco.

Tal vez fue la mancha que Isabel quiso lavar cuando, en su testamento, defendió la necesidad de proteger a los indios de las ansias esclavistas de algunos conquistadores españoles. «Al emprender el descubrimiento se había tenido en mira ganar almas para el Cielo, y no esclavos para la Tierra», dejó escrito la reina que había apoyado a Colón en su expedición oceánica.

UNA SIMPLE INFANTA SIN MAS PORVENIR QUE EL MATRIMONIO El 22 de abril de 1451, cuando nació Isabel, no todo fue alegría. Su madre, la reina Isabel de Portugal, había defraudado profundamente a su marido, el rey Juan II de Castilla, al traer al mundo en su residencia de Madrigal de las Altas Torres (Avila) a una niña.

El monarca esperaba un varón con el que amenazar a su primer hijo y heredero al trono, el díscolo y disoluto Enrique -nacido 26 años antes del matrimonio con su prima María de Aragón-.

El deseo del rey tendría que esperar aún dos años más, hasta que nació Alfonso. Con dos hermanos por delante en la línea sucesoria, a Isabel le correspondía un papel secundario. A la muerte de su padre, en 1454, su porvenir se reducía a protagonizar una boda convenida por las necesidades del reino. Sin mayores expectativas, su infancia transcurrió en el castillo de Arévalo (Segovia), lejos de la corte de Enrique IV, con su hermano Alfonso y su madre, enloquecida por el confinamiento.

Cinco décadas después, la infanta se había convertido en la última reina del período de la Reconquista -los ochos siglos que llevó la expulsión de los musulmanes de la península ibérica-, la primera de España y la patrocinadora de uno de los mayores acontecimientos de la historia: el descubrimiento de un nueve mundo.

HEREDERA, IMPUSO EL FIN DE LA GUERRA EN EL REINO CASTELLANO Isabel tenía once años cuando su hermano mayor, el rey Enrique IV, la llevó a la corte. Allí la infanta asistió al naufragio de la autoridad de Enrique, un monarca abúlico, amante de la caza y de los escarceos amorosos y dominado por los intereses de una turbulenta y poderosa nobleza.

Cuando, en 1468, el conflicto entre quienes estaban a favor y en contra del rey -legitimistas y subversivos- terminó por implicarla, Isabel logró imponer sus prudentes designios a los mismos nobles levantiscos que, tres años atrás, habían iniciado la guerra civil con la coronación de su hermano Alfonso, fallecido en agosto de ese año. Isabel impuso la pacificación del reino mediante el pacto de Guisando.

La infanta reconocía la legitimidad de su hermano mayor; a cambio, Enrique IV convertía a Isabel en la heredera al trono en contra de su hija Juana «la Beltraneja«, a quien se consideraba fruto de la relación entre la reina Juana de Portugal con el favorito del rey, Beltrán de la Cueva.

ENRIQUE IV LA DESHEREDO POR CASARSE CON SU PRIMO FERNANDO La paz volvió a colocar a Isabel frente al destino lógico de una infanta: casarse. Como heredera de Castilla, tenía un atractivo patrimonio. Y su tío, el rey Juan II de Aragón, ya había pugnado con el padre de Isabel por el trono de Castilla años antes de que ella naciera. Ahora, sin embargo, el soberano aragonés proponía como pretendiente de Isabel a su hijo Fernando, un año más joven que su prima hermana.

Para la larga guerra que mantenía con sus súbditos de Cataluña, necesitaba conseguir la neutralidad de Castilla. Finalmente, el 19 de octubre de 1469, en Valladolid, se casaban los jóvenes príncipes, sin el consentimiento del rey castellano y con una aprobación papal falsa que accedía al casamiento aunque se trataba de primos. Ante el altar coincidían dos almas gemelas, con similares antecedentes familiares y con reinos que habían sufrido conflictos civiles.

En una carta a Enrique IV, Isabel dijo que su boda respondía a su propio deseo de unidad dinástica Aseguró que los intereses familiares aconsejaban el enlace aragonés «considerando la unidad de nuestra antigua progenie».

Recordaba también a su tío-abuelo, Fernando de Antequera, que aconsejó las bodas entre las dos ramas de los Trastámara. Sintiéndose traicionado, Enrique IV repudió a su hermana y volvió a nombrar heredera a su hija Juana, a la que casó por poderes con Carlos, duque de Aquitania, pretendiente de Isabel y hermano del rey Luis XI de Francia.

GUERRA FUE CLAVE PARA RESOLVER ALGUNAS DESAVENENCIAS: Pero por encima de todo estaba la Corona. Sin contar con su esposo, el 12 de diciembre de 1474 Isabel se proclamó, en Segovia, reina de Castilla al morir Enrique IV.

Enterado Fernando, intentó amonestar a su esposa y hacer valer sus propios derechos. El contencioso se resolvió  en la Concordia de Segovia: Fernando sería rey de Castilla, «mientras ella viviere». De aquella reunión surgió el lema «Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando», que puede interpretarse como «Tan honorable es uno como lo es el otro; Isabel como Fernando».

Las desavenencias cesaron al estallar la guerra contra los partidarios de Juana, «la Beltraneja». La lucha terminó por unir definitivamente sus destinos, hasta el punto de que se convirtieron en uno de los matrimonios reales más célebres.

Fue el primer conflicto que afrontaron juntos y en el que unidos vencieron a los reyes Alfonso V de Portugal v Luis XI de Francia. En enero de 1479 moría Juan II de Aragón y Fernando se convertía en nuevo soberano.

TRANSFORMO UN ESTADO FEUDAL EN EL PRIMERO DE LOS REINOS MODERNOS: Por aquel entonces, Isabel tenía 28 años y tres hijos, y se manifestó como la personalidad política más importante de la historia de Castilla. Con el apoyo de su marido, la joven monarca emprendió la transformación del mayor de los reinos cristianos de la península ibérica en un Estado moderno.

Los Reyes Católicos evitaron las revueltas nobiliarias con inteligencia y diplomacia. Lograron vincular a los nobles, los eclesiásticos y la población urbana con las actividades de la corte. También revocaron permisos extravagantes que favorecían a los nobles. Por otra parte, contaron con el apoyo del Papa: gracias a su autorización, pudieron controlar la Inquisición (1482). Además, convirtieron la toma de Granada en la última Cruzada contra el Islam y, por iniciativa de Isabel, obtuvieron la administración de las poderosas y ricas órdenes militares (1488).

Concluida la Reconquista de España, expulsados los judíos y descubierto el Nuevo Mundo, el papa Alejandro VI les otorgaba, en 1496, el título de Reyes Católicos, es decir, universales.


AFECTADA POR LA MUERTE DE SUS HIJOS, PERDIÓ PARTE DE SU INFLUENCIA: El dolor ocasionado por los fallecimientos de sus hijos Juan (1497) e Isabel (1498) y de su nieto Miguel de Portugal (1500) afectaron profundamente a la reina. Isabel se alejó de la vida pública y su influencia decayó poco a poco en beneficio de su marido y de consejeros eclesiásticos, como el cardenal Cisneros.

En su herencia dejó el reino de Castilla a su hija Juana. Y ante los síntomas de enajenación mental que ésta mostraba, nombró a su marido Fernando como regente.

Aun a costa de la intolerancia religiosa que ella misma promovió, Isabel I de Castilla sentó, junto a su marido, las bases del futuro imperio español, que heredaría el infante Carlos, hijo de Juana. A los 53 años Isabel murió en el castillo de La Mota, víctima de la hidropesía.

Biografia Isabel de Portugal

Fuente Consultada: Biografías Imprescindibles Cuadernillo Nro: 40 Isabel La Católica

La Armada Invencible Batalla Naval España Inglaterra Felipe II Isabel I

La Armada Invencible: Batalla Naval España e Inglaterra – Felipe II e Isabel I

La Armada Invencible Fue la fuerza naval más grande de la Historia, y el rey Felipe II de España la formó para deponer a la reina Isabel I del trono de Inglaterra y recuperar su reino para el catolicismo. La Armada, contaba con  130 buques, con 8.000 marinos y 2.000 remeros, y más 19.000 hombres de guerra, zarpó de Lisboa; pero sus barcos, a propósito para la ruta de las Indias, no podían resistir los temporales de los mares europeos. La flota inglesa era más ligera y mejor artillada que la española: en el primer encuentro (21 julio) se advirtió su superioridad en maniobrar, España estaba perdida.

Felipe II de EspañaEl rey Felipe II de España eligió a Don Alonso de Guzmán el Bueno, duque de Medina Sidonia  para comandar la difícil y crucial expedición contra Inglaterra y el duque le responde: “Mi salud es pobre para tal travesía”, imploró el duque al rey en una carta de respuesta a la orden real, “pues debido mi escasa experiencia marina sé que siempre me mareo y siempre me resfrío… Dado que nunca tuve experiencia en la mar o en la guerra, no me siento merecedor de comandar una misión de tan grande importancia”. De todas maneras  no tenía alternativas, pues era posible oponerse a la voluntad del rey.

Con trabajo titánico Don Alonso consiguió organizar la flota y y el 25 de abril compareció en la catedral para aceptar el estandarte que el ejército católico llevaría en batalla: una bandera con el escudo de armas de España, flanqueado por las imágenes de Jesús y la virgen María. Un rollo de pergamino contenía el lema de la expedición:

“Alzaos, oh Señor, y vindicad vuestra causa. Para los españoles, ésta era una guerra santa que estaban destinados a ganar, a pesar de que los ingleses tenían navíos más veloces, mejores armas y más experiencia en el mar. Se preguntó a un alto oficial del duque la razón de su confianza en el triunfo. “Es muy simple”, respondió, “peleamos la causa de Dios.”

Origen del Conflicto

Católicos contra protestantes: El problema se gestó durante 30 años, desde que la reina Isabel I sucedió en 1558 a su hermanastra María en el trono de Inglaterra. El padre de ambas, Enrique VIII, rompió con el catolicismo y fundó la Iglesia Anglicana al divorciarse de Catalina de Aragón, madre de María, para casarse con la madre de Isabel, Ana Bolena.

En su breve reinado, María intentó con furia y encarnizada fe reimplantar el catolicismo y se casó con el heredero de España, quien luego fue el rey Felipe II. Al morir María sin dejar hijos, Isabel fue coronada. Pero Isabel era ferviente protestante, lo que el católico Felipe consideró una herejía.

Isabel formó una alianza con Holanda y envió tropas para apoyar en ese país la rebelión de los súbditos protestantes de Felipe, quien consideró esto como un agravio político y religioso de los ingleses. Pero titubeó, pues había una esperanza: que la anciana y soltera reina de Inglaterra fuera sucedida por su prima católica María Estuardo, la depuesta reina de Escocia. Pero el 18 de febrero de 1587 ésta fue ejecutada por órdenes de Isabel, y Felipe se vio obligado a tomar medidas más drásticas.

El Plan de España: El plan de Felipe era enviar una flota muy pertrechada al canal de la Mancha para unirse a una fuerza de invasión al mando de armada invenciblesu comandante en Holanda, el duque de Parma. Protegidos por la flota, los 30 000 soldados de Parma cruzarían el canal en barcazas hasta Margate y marcharían por el Támesis para tomar Londres.

La expedición naval que el indeciso e improvisado Medina Sidonia comandó estaba integrada por 130 barcos, equipados con 2400 cañones y 124.000 balas.

El tamaño de las naves iba desde formidables fortalezas flotantes llamadas galeones, hasta galeras maniobradas con remos, y veloces fragatas que escoltaban a las enormes urcas que transportaban los pertrechos. La flota estaba tripulada por 8.000 marineros y transportaba a 19.000 soldados.

Oficialmente la expedición fue llamada La felicísima armada; por su fuerza apabullante los españoles la llamaron La Invencible. El 9 de mayo de 1588 los primeros buques levaron anclas y surcaron las aguas del ancho río Tajo rumbo al choque con el ejército inglés en las aguas del océano Atlántico. Pero cayeron tormentas fuera de temporada y por esto la flota tuvo que esperar hasta fin de mes para reunirse en su totalidad y partir hacia el norte.

El mar no fue favorable a la Invencible y ya una tormenta cerca del cabo Finisterre perjudicó a sus buques. A los pocos días volvió a salir desde la Coruña pues el viento le era favorable, pero Medina declaró a sus capitanes que el rey Felipe no quería atacar hasta que se reuniera en Farnesio y se perdió una formidable ocasión para vencer a los británicos.

Los británicos contaban con los marinos más famosos y mas cualificados de la época, que ya habían prestado servicios numerosos y memorables de la reina Isabel. Fue él: Sir Francis Drake, el primer circunnavegante del mundo, el terror de todas las costas españolas del Antiguo y del Nuevo Mundo, Sir John Hawkins, el veterano crujiente de muchos viajes en los mares de África y América, y el señor Howard, el Gran Almirante Inglaterra.

Además tenían alimentos bien conservados y la moral alta de sus soldados, en cambio en los barcos españoles se detectó putrefacción en las provisiones: carne, pescado y galletas que habían sido embaladas para la fecha original de partida en octubre de 1587. Más aún, el agua, que había estado almacenada durante por lo menos un mes, ya no podía beberse.

Hubo pequeños enfrentamientos en que los pequeños y ligeros buques ingleses fueron los que dominaron la situación. No hubo realmente un combate decisivo entre ingleses y españoles en el estrecho sino un desgaste continuo de la «Invencible», batida por la superioridad de los ingleses y dispersada por las furias del mar, que aquellas pesadas fortalezas flotantes eran inhábiles para eludir.

En la madrugada del 27 de julio, los 105 barcos de la flota inglesa estaban listos para el combate. Lo que avistaron los defensores antes de que una tormenta y el anochecer les limitara la visión fue la flota más grande de la Historia: 125 de los 130 barcos de Sidonia Medina sobrevivieron al viaje desde España.

En un verdadero golpe de genio  Sir Francis Drake se lanzó en contra de los grandes barcos españoles que se alinearon en el puerto de Calais, ocho «Bulot» o brulotes. Estos pequeños barcos cargados con explosivos, sustancias inflamables que son impulsados por el viento, se topan con las naves enemigas. Con el choque, una sobreviene la tragedia. Tomado por sorpresa, asustados por el estruendo de las explosiones, que se producen constantemente, los españoles cortan las amarras y parten en un gran desorden.

Mientras Medina Sidonia navegaba por el canal de la Mancha, formó a su vasta flota en un semicírculo apretado, con las puntas dirigidas hacia el enemigo. Los españoles planeaban forzar a los barcos ingleses hacia el centro, más cargado, donde serían abordados y sometidos. Por su parte, los ingleses, con naves más veloces, esperaban evitar un combate de cerca y destruir al adversario con maniobras ingeniosas y constante fuego de cañones.

Durante la primera semana de enfrentamientos en la costa sur de Inglaterra, los españoles pudieron mantener su formación. Pero el 6 de agosto Howard ganó superioridad numérica cuando llegaron las naves que estaban en Dover para evitar que el duque de Parma cruzara el estrecho. Pero ésa no fue la peor noticia para Medina Sidonia: le llegó un informe del puerto francés de Calais notificándole que la fuerza de invasión aún no estaba lista para combate.

Algunos historiadores creen que Felipe no tenía verdaderas intenciones de invadir Inglaterra, sino más bien de asustar a Isabel y someterla. De ser así, fue un costoso error que significó un severo golpe al poder y orgullo de España.

Medina Sidonia resistió los ataques ingleses unos cuantos días más, pero sus perseguidores lo empujaron hacia el norte, más allá del punto donde podía dar protección a la peculiar invasión. El 12 de agosto Howard se replegó, necesitado de provisiones y convencido de que lo peor ya había pasado. Los ingleses no perdieron un solo barco en las dos semanas de combates.

El viaje de regreso por el mar del Norte fue desastroso, pues tormentas fuera de temporada desviaron a muchos de los barcos o los arrojaron contra acantilados, donde los sobrevivientes eran capturados y muchos de ellos ejecutados sumariamente. El 21 de septiembre, el barco de Medina Sidonia atracó derrotado en el puerto de Santander.

Sólo otras 67 naves, poco más de la mitad de la Armada Invencible, lograron llegar a puertos españoles. Desde hacía algún tiempo era evidente que España estaba perdiendo su batalla contra las fuerzas del protestantismo internacional. El primer aviso, y el más abrumador, lo dio la derrota, en 1588, de la Armada Invencible.

Felipe II siempre afrontó las adversidades con  dignidad , firmeza y con su exasperante imperturbabilidad, pero estas malas nuevas,  le afectaron profundamente. En otoño de 1588 estuvo muy enfermo. En opinión de los observadores diplomáticos venecianos, los más sagaces, la enfermedad fue agravada por la ansiedad y los disgustos. El nuevo nuncio de Su Santidad opinó que el rey tenía los ojos enrojecidos, no sólo a causa del estudio, sino del llanto, aunque si el rey lloró nadie había sido testigo de ello. Su tez adquirió una extraña palidez en su rostro comenzaron a formarse bolsas, a la vez que su barba encaneció absolutamente.

Para España, esta derrota significó el final de un mito, el dominio de Inglaterra, y  el comienzo de un poder naval con un brillo único en los siglos futuros.

ALGO MAS…
La Armada invencible

Felipe II, rey de España, decidió que los ingleses fueran castigados y preparó una enorme flota de 130 barcos, llamada la Armada Invencible, para atacar a Inglaterra. La guerra marítima estaba a cargo de soldados, no de marineros.

Los barcos de flotillas opuestas se acercaban uno al otro y arrojaban largos cables con ganchos de hierro a la cubierta del enemigo. Los ganchos sujetaban los barcos mientras se colocaban planchas de madera para que los soldados pudieran correr por ellas y cruzarse hasta la cubierta enemiga, donde se libraba la batalla.

Los veinte galeones que constituían la fuerza principal de la Armada habían sido construidos para esta clase de guerra marítima. Tenían popas y amuras muy altas y lados que sobrepasaban el metro y medio de espesor. Su tripulación era el triple en soldados y marineros que las de otros barcos.

Cuando la Armada llegó al Canal de la Mancha, los españoles comprobaron que superaban en número a los pequeños barcos ingleses y estaban seguros de ganar la batalla sin la menor preocupación. Se equivocaron. En las décadas de 1570 y 1580, los grandes marinos ingleses como John Hawkins habían construido nuevos modelos de barcos para luchar en el mar. Tenían una amura mucho más baja y una popa que les permitía marchar a mayor velocidad, aparte de ser más livianos y fáciles de maniobrar.

En lugar de llevar gran cantidad de soldados, los nuevos galeones de Hawkins estaban armados con dos filas de pequeños pero poderosos cañones.

Estos cañones causaron un daño terrible a los pesados galeones de la Armada. Cada barco español tenía unos 52 cañones y podía arrojar una bala de 23 kilos a unos 400 metros. Pero no eran muy precisos y a menudo erraban el blanco. Los cañones ingleses, por otra parte, podían tirar balas de 4 kilos hasta más de 800 metros, a una tremenda velocidad, y eran mucho más precisos. Lo cual significó que los ingleses pudieron llegar con sus balas a los barcos españoles estando fuera del alcance de los cañones españoles. Más aún, podían desplazarse rápidamente y poner en funcionamiento sus cañones desde distintas posiciones.

Tales fueron los barcos y los métodos con los que Hawkins, Drake y la flota inglesa derrotaron a la Armada Invencible. Sólo 67 barcos españoles pudieron regresar a su patria, y la mitad quedaron en tan malas condiciones que jamás volvieron a navegar. Pero los españoles aprendieron una importante lección con este desastre: que el poder marítimo no significaba contar con los barcos más grandes sino con los más veloces, los más fácilmente manejables y los que estaban mejor armados.

Batalla Trafalgar

Batalla Waterloo