Ataque a Pearl Harbor

Kamikazes Pilotos Suicidas Japoneses Yukio Seki Aviones Los Kamikazes

Kamikazes Pilotos Suicidas Japoneses Yukio Seki

«Y sólo cuando hayas alcanzado la cima de la montaña comenzarás a escalar.»
KAHLIL GIBRAN

Modelo de Vida

TEMAS TRATADOS:

1-Biografia de la Madre Teresa de Calculta
2-Biografia del Dr. Esteban Maradona
3-Biografia de Yukio Seki (kamikaze japones)
4-Biogria de Madame Curie
5-Biografia de Irena Sendler
6-Biografia del Dr. Naki

INTRODUCCIÓN El 25 de octubre de 1944, los portaaviones ligeros del grupo del contraalmirante Clifton Sprague escaparon a duras penas de la destrucción a manos del grupo japonés septentrional de ataque en la batalla del golfo de Leyte. Pocas horas más tarde, los apaleados estadounidenses fueron atacados por unos 60 aviones procedentes de las bases de Luzón. Pero cerca de un tercio de estos aviones actuaban de modo diferente; sin hacer ningún esfuerzo por evitar el fuego antiaéreo caían directamente sobre las naves estadounidenses, buscando estrellarse contra ellas.

Los aeroplanos se habían vuelto bombas humanas y sus pilotos iban en una misión suicida: lograron hundir un portaaviones y averiar varios más. Ésta fue la primera misión kamikaze, palabra japonesa que significa «viento divino».

El término recuerda la aparición de la tormenta que destruyó una flota mongola de invasión en 1281, salvando así de la conquista y la destrucción al indefenso Japón.

En la Segunda Guerra Mundial, pilotos japoneses especialmente seleccionados actuaron como un viento divino guiado por voluntad propia para salvar a su país de la conquista y la destrucción. Con poco entrenamiento y sin mayor experiencia de vuelo, sólo tenían que atenerse a la regla de oro del kamikaze: «No te apresures a morir… Escoge una muerte que produzca el máximo resultado».

Los temidos ataques dañaron severamente un cierto número de barcos, incluso tres portaaviones de la flota de Halsey, en la batalla por Filipinas. Para proteger los portaaviones de Estados Unidos de los ataques kamikazes, muchas naves fueron retiradas de misiones de apoyo terrestre, limitando de este modo la capacidad de movilización de MacArthur contra los japoneses.

Los kamikazes continuaron siendo una amenaza mayor para las operaciones navales por el resto de la guerra, y destacaron la determinación japonesa de luchar por su país hasta el último hombre.
El viento divino

En Mabalacat, antigua base kamikaze de Filipinas, hay una placa en la que se lee que el teniente Yukio Seki fue la primera bomba humana oficial del mundo. También consta la fecha de la primera misión suicida de la guerra aprobada oficialmente —25 de octubre de 1944— y la lista de los daños causados ese día a la flota norteamericana en aguas filipinas.

Una de las ironías de la guerra es que el primer piloto kamikaze oficial no tuviera ni el más leve deseo de suicidarse. El teniente Yukio Seki, experto aviador, tenía miles de razones para creer que era mucho más útil para su país vivo que muerto.

Pero el destino dictó un final temprano y violento para la vida de este joven y atractivo oficial de 23 años, graduado en la Academia Naval, cuando los ojos de sus superiores se posaron sobre él por considerarlo el piloto más capacitado para dirigir la primera misión suicida contra la flota norteamericana aprobada oficialmente.

Sobre el papel, todo parecía indicar que Seki se había ofrecido voluntario para la misión, pero en realidad no fue así. Y, a diferencia de la alegría mostrada por los jóvenes pilotos kamikaze que anhelaban el momento de estrellarse contra el enemigo, a Yukio Seki el ser seleccionado para comandar una salida sin retorno le llevó al abatimiento.

Como las operaciones kamikaze aumentaban a velocidad exponencial, se elaboró, para mayor seguridad, una numerosa lista de pilotos supuestamente voluntarios. En un debate entre ex pilotos kamikaze publicado en 1977 en el famoso diario japonés Bungei Shunju, uno de ellos dice que en su destacamento nunca pidieron voluntarios para las unidades kamikaze puesto que en los cuarteles generales se daba por hecho que todos querían hacerlo. Por lo tanto, los oficiales del Estado Mayor continuaron añadiendo nombres a la lista de los escuadrones de la muerte. Esta práctica desmoralizó tanto a muchos de los que esperaban su turno que a menudo decían a sus superiores: «Puesto que van a matarnos, por favor háganlo cuanto antes».

La realidad es que Yukio Seki aceptó convertirse en «la primera bomba humana oficial», a pesar de que algo en su interior le decía que un piloto con su experiencia y talento podía servir mejor a la nación participando en muchas acciones de combate contra el enemigo, y no sólo en una. Pero no tuvo oportunidad de retirarse, pues sus superiores mencionaron que no sólo era el candidato favorito para dirigir la primera misión suicida, sino también el elegido por el almirante Takijiro Onishi (el «Mister Aviación de Japón»), que estaba al mando de la Fuerza Aérea de la Armada en Filipinas. Por consiguiente, cuando a Seki le preguntaron si aceptaría, no pudo negarse.

Pero, aunque aparentemente se mostraba tranquilo, internamente se sentía muy deprimido.

Justo antes de su última misión, le dijo a un periodista que enviar a un piloto de su experiencia a una misión suicida no sólo era una locura, sino también un trágico error en un momento en el que había tanta escasez de aviadores expertos. Puesto que la nación los necesitaba, sus vidas no debían ser malgastadas. Pero lo dijo en privado, cuando ya era demasiado tarde para cambiar su situación. Además, había otra razón personal para que Seki deseara continuar vivo: se había casado recientemente y, según su última carta, estaba profundamente enamorado de su esposa.

Así es como Yukio Seki se presentó «voluntario»:

El 19 de octubre, en el campo de aviación de Mabalacat, Filipinas, le pidieron a Seki que se presentara ante el subcornandante del Ala Aérea, Asaichi Tamai. Al llegar, vio que el capitán Rikihei Inoguchi, oficial del Estado Mayor a las órdenes del almirante Takijíro Onishi (foto izq.), estaba sentado junto a Tamai (Onishi era el comandante de la Primera Flota Aérea). Le ofrecieron una silla. Cuando se sentó, Tamai le puso una mano en el hombro y le confló que el almirante estaba proyectando un ataque suicida contra un destacamento norteamericano en las inmediaciones de Filipinas y estaban pensando en él para que dirigiera el ataque.

El ambiente estaba tenso y cargado de emoción. Otro oficial allí presente dijo qué Tamai hablaba con lágrimas en los ojos.

Tamai le preguntó a Seki si aceptaría dirigir una misión suicida con cazas Zero. El apuesto teniente se quedó inmóvil. Transcurrieron cinco largos segundos. Luego, pasando los dedos por su largo cabello negro, respondió afirmativamente, con una voz firme que ocultaba sus verdaderos sentimientos. Después de todo, era un oficial de la Marina, un graduado de la Academia Naval. Tenía que aceptar, no había otra salida.

—Sí, haré el trabajo —se oyó decir a sí mismo.

A continuación, Tamai le preguntó:

—Está soltero, ¿verdad?

—No. Tengo una esposa, señor.

En realidad, Tamai buscaba un hombre soltero para dirigir la primera misión de Ataque Especial pero, sorprendentemente, el hecho de que Seki estuviera recién casado no le preocupó. En efecto, los antecedentes de Seki hacían de él el hombre idóneo; y los oficiales presentes así se lo harían saber al comandante de la Flota Aérea, el almirante Onishi.

Seki combatía por primera vez en el mar de Solomon, al sur de Nueva Guinea, cuando los bombarderos norteamericanos atacaron el Chitose, que transportaba municiones a la isla de Guadalcanal, tras el desembarco de los norteamericanos. Durante el ataque, Seki se encontraba en el puente de mando. El barco resultó dañado cerca de la sala de máquinas y lo repararon en la isla de Truk.

Yukio Seki había nacido en 1921 en Iyo Saijo, una ciudad encantadora, pequeña y tranquila, en la isla de Shikoku. Cuando era niño, su madre se dívorció de su padre, quien posteriormente se trasladó a Osaka y allí abrió un negocie de antigüedades. AY ukio, hijo único, le crió su madre, ambo5 vivían solos en una casa pequeña, entre una farmacia y una papelería al lado de la calle principal de la ciudad.

En la escuela secundaria, Yukio llegó a ser capitán del equipo de tenis. Era un excelente jugador y un año su equipo ganó el campeonato en el torneo organizado por la escuela. A pesar de que deseaba seguir sus estudios, la economía familiar se lo impidió. En 1938 se preparó para ingresar en las academias militares del Ejército y la Marina. Le admitieron en ambas, pero escogió esta última. Cuando se graduó en 1941, le destinaron al acorazado Fuso, donde se le concedió el rango de alférez. De allí fue trasladado al Chitose e indirectamente participó en la histórica batalla de Midway, pues el barco formaba parte de las fuerzas de retaguardia que seguían al destacamento principal.

Sus compañeros fueron testigos de su versatilidad y su interés por el arte. Una de sus aficiones era el dibujo, y, cuando no estaba de servicio se entretenía realizando muchos esbozos.

En noviembre de 1942, regresó a Japón e ingresó en la Academia de Vuelo de la Marina de Kasumigaura, en la prefectura de Ibaragi, para hacerse piloto. Tras terminar la formación básica, le trasladaron a la base aérea de Usa, en la prefectura de Oita, para especializarse en el ataque a portaaviones. En enero de 1944, empezó a prestar servicios como instructor de vuelo en Kasumigaura. Durante su estancia en la academia, hizo amistad con los Watanabes, una familia de Kamakura a la que frecuentó durante dos años, y se enamoró de Mariko, una de las hijas. Un día, mientras estaba tomando unas copas con sus compañeros de instrucción, uno de ellos propuso que se casaran todos el mismo día, el día de la Marina el 27 de mayo. Era el aniversario de la victoria sobre los rusos en la batalla del estrecho de Tsushima. Todos estuvieron de acuerdo.

Ese fin de semana, Seki fue a Kamakura e hizo una visita a los Watanabe. Se declaró a Mariko en presencia de la madre. Mariko aceptó y finalmente se casaron en el Club de Oficiales de la Marina el 31 de mayo de 1944, en Tokio. La madre de Seki, Sekae, fue el único miembro de la familia que estuvo presente en la boda y en el banquete que vino después. Vivió con la joven pareja aproximadamente un mes, luego se marchó diciendo que a los recién casados había que dejarlos solos. Enseguida se trasladaron a una casa cercana a la academia de vuelo.

En septiembre de 1944 Seki fue trasladado a Taiwan, en la isla de Taiwan, donde prestaría servicios en su base aérea como instructor de vuelo. Debido a la incertidumbre de su situación, Mariko no pudo acompañarle, aunque fue a despedirle a Oppama, cerca de Yokohama, desde donde cogería un avión anfibio que le llevaría a Tainan. Tres semanas después le trasladaron de nuevo, esta vez al Ala Aérea Naval 201, en el campo de aviación de Nicholas, en Luzón, Filipinas, como comandante de la Unidad de Combate 301. Cuando los ataques norteamericanos se intensificaron, la unidad se trasladó al aeropuerto de Mabalacat.

La mañana del 20 de octubre se ordenó a los pilotos de la unidad que se congregaran en un lugar cercano a sus dependencias, no muy lejos del río Bamban, para escuchar las palabras del célebre pionero de la aviación, el almirante Takijiro Qnishi. El paisaje apacible del río, que discurría suave y poco profundo junto con el reflejo plateado de las altas hierbas del pantano cimbreadas por la brisa de otoño, recordaba a más de uno su tierra natal. El almirante, que estaba pálido y preocupado, habló lentamente y un tanto vacilante:

Japón está en grave peligro. La salvación de nuestro país ya no está en manos de los ministros, ni del Estado Mayor, ni de humildes comandantes como yo. Por ello, en representación de vuestros cien millones de compatriotas, os pido este sacrificio y rezo por vuestro triunfo. Desgraciadamente, no podremos deciros los resultados. Pero seguiré vuestros esfuerzos hasta el final y comunicaré vuestros logros alTrono. Podéis estar seguros de ello.

Después, en tono conciliador, añadió: «Vosotros ya sois dioses sin deseos terrenales.Vais a entrar en un largo sueño.»

Mientras estrechaba la mano a todos los pilotos y les deseaba suerte, dijo: «Os pido a todos que lo hagáis lo mejor posible.» Testigos presenciales dicen que el almirante, que en ese momento contaba 53 años de edad, tenía lágrimas en los ojos cuando terminó de hablar.

Después de su entrevista con Tamai e Inoguchi, Seki regresó al cuartel y escribió las últimas cartas a su esposa, Mariko, a su madre y a sus suegros. Las cartas no revelaban sus sentimientos más íntimos sobre la misión suicida que iba a acometer. Ésta es la carta que Seki escribió a su esposa:

Mi querida Mariko:

Siento mucho tener que «esparcirme» [eufemismo que utiliza en lugar de «morir en la batalla»; se refiere a la dispersión en el aire de las flores del cerezo] antes de que pueda hacer más por ti. Sé que, como esposa de un militar, estás preparada para afrontar semejante situación. Cuida de tus padres.

Ahora que llega la hora de partir vienen a mi mente innumerables recuerdos de tantas cosas que hemos compartido. Buena suerte para la traviesa Emi-chan [la pequeña Emi, hermana menor de Mariko].

Yukio Seki escribió un mensaje en forma de poema para los pilotos que había tenido como alumnos:

Descended mis pupilos

mis pétalos de flor de cerezo, como yo descenderé, sirviendo a nuestro país.

A sus padres les dirigió la siguiente carta:

Querido padre, querida madre:

[Después de hablar de las dificultades de un amigo, y pedir a sus padres que le ayudaran, continuaba así:]

En este momento la nación está en una encrucijada, y el problema sólo se resolverá si cada individuo corresponde al Emperador por su benevolencia como se merece.

En este sentido el que siga una carrera militar no tiene otra elección.

[Aquí menciona a los padres de su mujer] … a quienes tengo gran estima en el fondo de mi corazón. A ellos no les puedo escribir sobre estas noticias tan impactantes. De modo que, por favor, informadles vosotros.

Puesto que Japón es un Imperio, me estrellaré contra un portaaviones para compensar la generosidad imperial. Estoy resignado a hacerlo.

A todos vosotros, obediente hasta el final.

Yukio

A pesar de su aparente compostura, Seki no pudo contener su frustración. Le dijo a un compañero, el temen-te Naoshi Kanno, que estaba profundamente trastornado por el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. También estaba preocupado por su esposa y por sus padres. Sabía, por supuesto, que una vez que había aceptado dirigir la misión de Ataque Especial no podía volverse atrás. Justo antes de despegar para su última misión, le confesó a un corresponsal de guerra que no daba su vida por ideas abstractas, como por ejemplo «salvar a la Madre Patria», sino por su amada esposa. El periodista era Masashí Onoda de la agencia de noticias Domei.

Un amigo de Seki, que más tarde conoció a Kanno, dice que éste también estaba descontento; que veía muchas contradicciones en la concepción de los cuerpos suicidas. «Si algún comandante me ordena participar en una misión de Ataque Especial, y se niega a dirigirla él mismo, juro que le mataré», fueron sus palabras.

Con una incuestionable aptitud para volar, Kanno se había enfrentado unos meses antes a un B-24 norteamericano. Viendo que no podía derribarlo, decidió destruirlo chocando contra él, esquivó los disparos mortíferos del bombardero, al tercer intento se acercó y con sus hélices destrozó el timón del avión con un choque descomunal. El impacto hizo que Kanno perdiera el conocimiento momentáneamente, pero pudo recuperarse y ver cómo el bombardero se estrellaba en el Pacífico. El teniente Kanno, igual que muchos otros pilotos, vivía con la expectativa de la muerte, pero lo que le diferenciaba era que en su mochila llevaba escrito: «Efectos personales del difunto capitán de corbeta Naoshi Kanno.»

Era costumbre conceder a los militares ascensos pos— turnos. En cualquier caso, Kanno daba por perdida cualquier posibilidad de sobrevivir. En junio de 1945, durante la campaña de Qkínawa, encontró la muerte al ser derribado al sur de Kyushu, y dejó tras él, debido a su valor, una buena reputación.

Tamaiy Seki pasaron la mayoría de la noche planeando la primera misión suicida autorizada. A la mañana siguiente, Seki se despertó al amanecer para respirar por  última vez el primer aire de la mañana. La primera unidad kamikaze pronto estuvo preparada para despegar. Después de un desayuno rápido, Seki le pidió a un compañero que le hiciera una foto para su esposa. También entregó a Tamai un mechón de pelo. Unos minutos antes de despegar se sacó del bolsillo un puñado de billetes de banco, se los entregó a un amigo que estaba tras él y le pidió que utilizara ese dinero para construir aviones.

Posteriormente, un locutor de la radio de Tokio informó de la escena ocurrida inmediatamente antes del despegue del grupo en la base aérea de Mabalacat, a las afueras de Manila, de la que fue testigo ocular. Tras describir el murmullo de emoción que se extendía por las filas de este «cuerpo especial de la muerte», dijo:

Frente a los cuarteles, los pilotos se pusieron la ropa y las gafas de vuelo y recibieron con tranquilidad las instrucciones del comandante, éste les dijo que sus objetivos debían ser los portaaviones; que cuando fueran a estrellar— se contra ellos debían apuntar a la parte más vulnerable de la nave. También les dijo que no eran una fuerza de bombarderos sino bombas humanas.

La emisora de radio informó también de que ninguno de los hombres llevaba paracaídas.

El 21 de octubre, a las 7.25 de la mañana, los cazas Zero (los aliados les llamaban «Zekes» en clave) se alinearon sobre la pista de Mabalacat. Seki ocupó su lugar en la cabina, se ajustó las gafas y, tras saludar con la mano al personal de tierra, despegó con su unidad en dirección a un grupo compuesto por numerosos portaaviones norteamericanos. Pero la unidad de Seki no pudo localizar a la flota norteamericana, y regresó a la base. Lo mismo sucedió el 22,23 y 24 de octubre. Le acompañaban cuatro cazas escolta. El 25, tras volar durante 3 horas y 25 minutos, divisaron el objetivo a 30 millas náuticas de la costa de Samar,

y atacaron con éxito el destacamento norteamericano. Era su quinto intento. Empezaron el ataque a las 10.45. de la mañana. Los nueve aviones de Seki se situaron sin impedimento alguno sobre los barcos norteamericanos, a pesar de que había una pequeña patrulla de combate en el aire. Cinco minutos más tarde, cuando ya los pilotos kamikaze habían elegido sus objetivos, Seki dio la señal de lanzarse en picado. Su avión iba en cabeza y fue el primero en caer sobre el suyo: tras desviarse dejando una estela de humo, ejecutó un picado pronunciado apuntando a la cubierta de uno de los portaaviones.

En una conversación con un periodista militar, Seki había alardeado, de que cuando encontrara un portaaviones dejaría caer sobre él una bomba de 500 libras. En el combate del día 25 los pilotos se estrellaron contra dos de los portaaviones del almirante Clifton Sprague y hundieron uno de ellos, el St Lo, y dañaron seriamente al otro. Al mismo tiempo los cazas escolta se enzarzaron en una pelea feroz con los aviones norteamericanos.

¿Hundió Seki al St Lo? Hay ciertas dudas al respecto. Los hechos que se conocen son los siguientes. Un caza Zero se dirigió en un picado pronunciado hacia el portaaviones, a 100 pies del nivel del mar. Los cañones del portaaviones abrieron fúego, pero fallaron. Los informes dicen que el piloto (probablemente Seki) estaba tranquilo y mantuvo deliberadamente el rumbo fijo. Menos de un minuto después, dejó caer una bomba en el centro de la cubierta; luego su avión estrelló, quedando sobre la proa restos del avión y del piloto. La bomba al estallar provocó más explosiones violentas.

El St Lo sufrió un total de ocho explosiones antes de hundirse, y con él se perdieron muchas vidas. Un avión había hundido al portaaviones, O como un observador resumio: «Un piloto, un Zero, una bomba, un portaaviones.»

La habilidad del piloto a la hora de llevar a cabo la mortal misión indicaba que no podía ser otro que Yukio Seki.

El suboficial de la Marina Hiroyoshi Nishizawa, que encabezaba la unidad de escolta, informó por radio de los resultados del primer ataque kamikaze oficial de la historia. Según Nishizawa, hundieron un portaaviones y un crucero norteamericanos, mientras que otro portaaviones quedó seriamente dañado. La hoja de servicios muestra que no se hundió ningún crucero, solamente el St Lo. Derribaron dos cazas norteamericanos Grumman, y perdieron uno de los cazas escolta. Nishizawa murió al día siguiente al ser derribado su avión.

Cuando se informó al emperador Hirohito de los resultados de la primera misión suicida, declaró: «Sin duda han hecho un buen trabajo, pero ¿era necesario llegar a este extremo?» El Emperador le dijo también al almirante que el recurrir a los ataques suicidas le llenaba de dolor.

Al final de octubre de 1944, en los periódicos dé Tokio apareció una reseña en la que se informaba de que, con carácter póstumo, se habían otorgado diversos honores a cinco héroes kamikaze y se les había ascendido en sus puestos.

Una proclama firmada por el almirante Soemu Toyoda, comandante en jefe de la Flota Mixta, dijo que los cinco hombres habían llevado a cabo «ataques de choque deliberados» y que «el recuerdo de estos oficiales gallardos que murieron heroicamente por la causa de su país estará vivo para siempre en la memoria de la nación».Y finalizaba: «Y por la presente, doy fe de sus meritorios servicios a la Marina el 28 de octubre de 1944.» El nombre  de Seki era el primero de la lista.

A raíz del éxito de la misión de Seki, se desató entre los estrategas kamikaze un entusiasmo rayano en la euforia. Hubo cientos, incluso miles, de voluntarios. Onishi persuadió al almirante Fukudome, al frente de la Segunda Flota Aérea, para que la Primera Flota se uniera a las tácticas suicidas y ambos comenzaron las preparaciones para continuar y expandir estas operaciones contra el enemigo. Onishi reunió a los pilotos de todas las unidades y les dijo que se convertirían en unidades de Ataque Especial. Algunos pilotos se quedaron atónitos al saber que, igual que el teniente Seki, debían sacrificar sus vidas en misiones suicidas tanto si querían como si no. Estaba claro que Onishi no iba a tolerar ningún tipo de crítica a su política kamikaze.

Entretanto, comenzó a correr la noticia de que las tácticas suicidas estaban desmoralizando a los norteamericanos y a sus aliados.

Poco después de la muerte de Yukio Seki, el capitán Sakae Yamamoto, quien estaba al frente del Ala Aérea 201 y había regresado a Japón tras ser herido en un ataque en Filipinas, entregó a la madre de Seki un mechón de cabello de su hijo. (Muchos pilotos kamikaze dejaban recuerdos personales, ya que sus restos nunca podrían ser devueltos a sus familias. Algunos de estos recuerdos están expuestos en diversos museos japoneses.) El mechón de cabello estaba colocado en una cajita blanca como las que solían contener los restos incinerados.

Cuando el capitán se fue, la madre de Seki se derrumbó sollozando. Una semana después de la misión kamikaze de Seki, oficiales de alto rango visitaron también a la madre del piloto para informarle de que a su hijo se le había concedido el título póstumo de comandante de la Marina a la edad de 23 años. Al mismo tiempo, el rector de la Universidad Waseda de Tokio hizo un llamamiento para rezar por las almas de Seki y sus compañeros con estas palabras: «Nuestra fortaleza espiritual es mucho mayor que la de los diablos norteamericanos e ingleses. Ahora tenemos que hacer un esfuerzo supremo para demostrarla.»

Cuando la paz volvió a Japón, un periodista escribió un artículo sobre la madre de Yukio Seki. Afirmaba que le parecía que su hijo había nacido sólo para morir en la guerra.

Tras la contienda, Ashaichi Tamai, el militar que había reclutado a Yukio Seki para llevar a cabo la primera misión suicida, se hizo monje budista. Tamai dijo que no llegaría al nirvana —un estado de felicidad absoluta— si antes no daba «consuelo a las almas» de todos los pilotos a los que había enviado a una misión sin retorno en aguas del Parifico.

Fuente Consultada: Kamikazes Albert Haxell/Hideaki Kase

Invasion a Normandia Desembarco El Dia D Operacion Overlord

Invasión a Normandía – Desembarco «El Dia D»

IMPORTANTES PASAJES SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMO PEARL HARBOR,
LA CAZA DEL BISMARK, EL DIA «D», BATALLA DE STALINGRADO….

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día «D»

Clave de la invasión a Normandía (Operación Overlord)
POR ALLAN A. MICHIE
DESDE el ensayo de 1942 en Dieppe, los alemanes venían jactándose de la desastrosa acogida que esperaba a las fuerzas invasoras aliadas. Sin embargo, el día 6 de junio de 1944 arribaron a las costas de Normandía unas 6.000 embarcaciones aliadas que empezaron a desembarcar soldados antes que los alemanes se enterasen de su llegada. A la hora crítica, los alemanes fueron víctimas del más formidable ardid de la guerra: una invasión simulada que engañó a sus operadores de radar, haciéndoles creer que los aliados estaban invadiendo el Paso de Calais, distante unos 320 kilómetros de las playas donde la verdadera invasión tenía lugar.

Esta treta insupe rablemente ingeniosa del Día D fue el episodio culminante de la guerra en el éter, de la gran batalla secreta de radio que, a la par con sus diarios combates, riñeron durante cuatro años las fuerzas aéreas aliadas y la Luftwaffe germánica.

Esa batalla oculta dio por resultado la decisiva victoria anglonorteamericana, evitó a los aliados desastrosas pérdidas de aviones, les permitió mantener su bien ganada supremacía en el aire, y acabó abriendo el camino para el asalto general de Alemania.

La tremenda rapidez de los combates aéreos en la segunda guerra mundial hizo depender a ambos beligerantes del radioteléfono y las comunicaciones inalámbricas para reunir y guiar las inmensas flotas de aviones de bombardeo, así como los aeroplanos de combate que habían de interceptar el paso a los bombarderos enemigos.

Por otra parte, el principal punto de apoyo de la defensa antiaérea, tanto británica como alemana, era el radar, el “ojo” de la radio que descubre los aviones enemigos e indica su posición exacta. Es natural, por consiguiente, que el objetivo de la guerra en el éter consistiese en desbarajustar las comunicaciones y los descubrimientos de los aparatos de radar del adversario. Las llamadas contramedidas de radio, designadas en el lenguaje oficial con la sigla R. C. M. (Radio Countermeasures) se iniciaron calladamente en el otoño de 1940, cuando los bombarderos de Goering comenzaron sus ataques nocturnos a las ciudades británicas.

Las dotaciones de los bombarderos alemanes volaban hacia sus blancos siguiendo la dirección de angostos rayos radiados procedentes de bases situadas en Bélgica y Francia, e interceptados a veces por otros rayos emitidos desde Holanda y Noruega, que les daban la señal de que iban aproximándose al objetivo. Los británicos decidieron entonces trastornar estas señales. Las ondas de radio tienden a marchar en línea recta, pero muchas causas naturales las desvían ligeramente.

Los peritos de las R. C. M. se propusieron aprovechar esta circunstancia, reproduciendo y exagerando aquellas desviaciones naturales. Como los alemanes emitían muchas veces los rayos horas antes de iniciarse el ataque aéreo, los operadores británicos disponían de tiempo suficiente para dar con ellos y duplicarlos. Fue así como consiguieron retransmitir los rayos y torcerlos gradualmente hasta alejarlos de la ciudad que iba a ser bombardeada. Una desviación de dos grados bastaba para torcer casi 14 kilómetros el curso del avión en un recorrido de 400 kilómetros. Estas desviaciones fueron relativamente ineficaces para proteger a la desparramada ciudad de Londres y otras situadas en la costa.

Pero cuando la incursión iba dirigida contra poblaciones más pequeñas situadas en el interior, los rayos “torcidos” hicieron que la Luftwaffe dejase caer muchas veces la carga de sus bombarderos en pleno campo. El mayor éxito de los rayos “torcidos” se consiguió una noche en que 200 bombarderos dejaron caer 400 bombas, cuyas consecuencias fueron solamente… dos gallinas muertas. Una vez que los alemanes se dieron cuenta de lo que ocurría y abandonaron el sistema de rayos radiados sustituyéndolo con instrucciones inalámbricas emitidas desde bases terrestres, los ingleses añadieron una estratagema nueva a la guerra del éter.

Cuando un navegante alemán pedía orientación inalámbrica para determinar la posición de su bombardero, los ingleses que operaban en las frecuencias de la Luftwaffe cortaban la comunicación y daban orientaciones falsas. La nueva estratagema hizo que los pilotos alemanes se encontrasen con frecuencia irremisiblemente despistados, volando en círculos hasta la llegada del día para aterrizar en el sur de Inglaterra, creyendo que lo hacían en Francia.

Fueron los alemanes quienes se apuntaron el primer éxito en las interferencias de radar. Cierto día de febrero de 1942, los acorazados germánicos “Sharnhorst”, “Gneisenau” y “Prince Eugen” salieron furtivamente del puerto de Brest e hicieron rumbo al Canal de la Mancha. Los peritos que estaban a cargo de las estaciones de radar de la costa británica observaron una perturbación ligera, cuya intensidad fue aumentada casi imperceptiblemente. Cuando la flotilla germana llegó al estrecho de Dover, la interferencia era continua e impedía a los controladores británicos de tierra ver y dirigir sus propios barcos y aviones. Los acorazados completaron su paseo por el canal sin que fueran molestados en lo más mínimo. Aproximadamente por aquel tiempo los ingleses descubrieron que el radar enemigo estaba sujeto a interferencias.

Las dotaciones de los bombarderos de la Real Fuerza Aérea informaron al regresar de sus misiones que tales interferencias ocurrían a veces cuando ellos ponían en marcha el I. F. F. (estas siglas de Identification Fried of Foe —identificación de amigo o adversario— son el nombre de un radiotransmisor aéreo que al operar da automáticamente una señal convenida que identifica los aviones propios).

Según las informaciones, ocurría a menudo que cuando funcionaba el I. F. F., los proyectores del enemigo dirigidos por radar se apagaban o cambiaban de dirección. Un examen de las instalaciones alemanas de radar, hecho en atrevida incursión de comandos y tropas llevadas en avión, confirmó el informe de que algunos aparatos I. F. F. causaban trastornos accidentales del radar alemán. Inmediatamente se dotó a los I. F. F. con mecanismos de interferencia más eficaces y cuya actuación no dependía del azar.

Por añadidura, emisoras de alta potencia instaladas en la costa meridional de Inglaterra empezaron a trabucar las alarmas dadas por el radar enemigo. Al mismo tiempo que esta interferencia del radar, la Real Fuerza Aérea comenzó a perturbar las comunicaciones radiotelefónicas e inalámbricas entre tierra y aire que eran vitales para la Luftwaffe. Nunca había un instante de calma en la guerra del éter. Una vez iniciada la campaña de las contramedidas de radio, la caza de escalas de longitud de onda se sucedió noche tras noche. Los alemanes daban vueltas y más vueltas para buscar longitudes libres de interferencia, y los ingleses les iban sin descanso a la zaga para impedírselo.

En su rebusca incesante de nuevas longitudes de onda, los alemanes modificaban o reemplazaban con frecuencia sus equipos de radar y comunicaciones. Pero casi tan pronto como las nuevas instalaciones empezaban a funcionar, los ingleses hacían uso de otros inventos para contrarrestarlas. Uno de estos inventos, que se perfeccionó tras de vencer dificultades técnicas casi insuperables, fue un mecanismo perturbador lo bastante ligero para poder instalarlo en aviones de interferencia. El mecanismo era ingenioso.

Un receptor buscaba automáticamente las longitudes de onda, y tan pronto se descubrían señales de alguna de ellas, aparecía un puntito en la pantalla. El operador sólo tenía que comprobar el origen de la señal e imprimir un movimiento vibratorio al transmisor, lo cual enviaba una nota ondulante por la onda del enemigo, impidiendo toda conversación. Este mecanismo de perturbación, que recibió el nombre convencional de “Cigarro aéreo”, tuvo tanto éxito que los alemanes se vieron obligados a hacer uso de un transmisor de alta potencia para dar instrucciones radiotelefónicas a sus aviones de combate nocturno. La Real Fuerza Aérea instaló entonces una emisora de gran potencia que funcionaba en la misma frecuencia, y los controladores alemanes de tierra empezaron a oír “voces fantasmas” que imitaban las suyas, dando instrucciones contrarias e informaciones erróneas a los aviones alemanes de combate nocturno. Los “fantasmas” no sólo hablaban el alemán popular, sino que copiaban perfectamente las inflexiones de los controladores alemanes.

Esta técnica, que se llamaba “Operación Corona”, se utilizó por vez primera durante la noche del 22 al 23 de octubre de 1943, cuando los bombarderos de la Real Fuerza Aérea atacaron duramente a Cassel. Mientras tenía lugar el ataque, los alemanes se dieron cuenta de que ocurría algo anormal, y varios monitores de radio de la Real Fuerza Aérea oyeron que un controlador alemán decía a sus pilotos que “tuvieran cuidado con otras voces”, y les advertía “que no se dejasen extraviar por el enemigo”. Tras un violento estallido de indignación del alemán, la voz “fantasma” dijo: “Ahora está echando maldiciones el inglés”. La observación enfureció aún más al controlador alemán, que rugió: “No es el inglés quien está echando maldiciones. ¡Soy yo!” Hacia el final del ataque, los pilotos alemanes estaban tan confundidos que se insultaban unos a otros. Los peritos de las contramedidas de radio previeron que los alemanes tratarían repentinamente de burlar la “voz fantasma” poniendo a una mujer al micrófono.

En consecuencia, adiestraron a tres WAAF (mujeres auxiliares de la Fuerza Aérea) que hablaban el alemán y las tuvieron en reserva para cuando surgiese la eventualidad. Efectivamente, alrededor de una semana después los alemanes utilizaron la voz de una locutora… a la cual imitó enseguida una de las WAAF dejando a los pilotos de la Luftwaffe tan desorientados como antes. Una de las contramedidas de radio más efectivas y espectaculares fue la que recibió el nombre de “ventana” y la cual consistía en el uso de tiras delgadas de aluminio para confundir a los operadores alemanes de radar. Los expertos ingleses descubrieron que la caída de cierto número de tiras de aluminio que estuvieran muy próximas entre sí, pero sin llegar a tocarse, simulaba la repercusión de un aeroplano en la pantalla del indicador enemigo. Si se dejaban caer bastantes tiras a intervalos, oscurecerían la pantalla o producirían tantos “ecos” falsos que los operadores de radar no podrían identificar los “ecos” reales causados por los aviones. La “ventana” hizo su aparición inicial en el primero de los cuatro grandes bombardeos aéreos que causaron la casi total destrucción de Hamburgo en la última semana de julio de 1943.

Cada uno de los 791 bombarderos que tomaron parte en el ataque de aquella noche dejo caer un haz de 2.000 tiros por minuto a lo largo de una determinada ruta en dirección al blanco. Suponiendo que cada haz produjera un “eco” de 15 minutos, el número total de “ecos” producidos en las pantallas enemigas de radar durante el ataque equivalía al que hubieran causado 12.500 aviones. El efecto causado en las defensas alemanas fue inmediato y devastador. Las dotaciones de los bombarderos informaron que los reflectores dirigidos por radar vagaban sin dirección por el cielo, mientras que el fuego antiaéreo dirigido por instalaciones terrestres de radar, en vez de ser efectivo y certero como se esperaba, resultó una cortina de metralla disparada al azar hacia los múltiples “ecos”. Los aviones alemanes de combate nocturno que dependían del radar terrestre para la dirección general y del radar aéreo para la intercepción final, se encontraron imposibilitados para actuar con eficacia. Los 12 bombarderos de la Real Fuerza Aérea que se perdieron aquella noche, representaban menos del uno y medio por ciento de los que tomaron parte en la operación, y fueron alcanzados casualmente por disparos hechos a la ventura.

Anulada así en gran parte su dirección de radar, los aviones de combate nocturno de la Luftwaffe hubieron de recurrir al sistema anticuado de intercepciones aisladas, guiados en parte por observadores de tierra que localizaban a los bombarderos sirviéndose de los ojos y el oído, y auxiliados por la luz de linternas y reflectores, combinándolos con localizadores de sonido. Esta defensa era rudimentaria comparada con el sistema corriente antes del empleo de la “ventana”, y sus puntos débiles permitieron al jefe del Aire, mariscal Harris, empezar el bombardeo del blanco más importante de la guerra: Berlín. En la primavera de 1944, los alemanes estaban tan enloquecidos por la ofensiva anglonorteamericana de interferencias, que los controladores de sus aviones de combate enviaban simultáneamente mensajes en 20 distintas longitudes de onda, con la esperanza de que por lo menos se oyera una de ellas.

Los que iniciaron y sostuvieron la campaña de contramedidas de radio, vieron recompensados todos sus esfuerzos en las horas críticas inmediatamente anteriores a la hora H del Día D. Aún cuando los ataques preliminares habían reducido seriamente la eficiencia del sistema alemán de radar instalado en la costa, más de 100 estaciones conocidas seguían funcionando entre Cherburgo y el Scheldt la víspera de la invasión. Para asegurar el éxito de los desembarcos aliados, era esencial que aquellos observadores de radar fuesen cegados o engañados. En el área de la invasión había que cegarlos, porque el éxito inicial de aquélla dependía en gran parte del factor sorpresa. En otras zonas era necesario hacer que los observadores viesen cosas indicadoras de que la invasión venía por allí. Para alcanzar ambos fines, los peritos de las contramedidas idearon y ensayaron un complicado sistema de engaño que constaba de cinco operaciones, a las que se dieron los siguientes nombres convencionales: “Gravable”, “Vislumbre”, “Escuadrilla A. B. C.”, “Titánico” y “Taladro”. Durante la noche del 5 al 6 de junio, mientras la verdadera flota de invasión cruzaba el Canal de la Mancha haciendo rumbo a la península de Cherburgo, las cinco operaciones del engaño se ponían simultáneamente en ejecución.

Los alemanes estaban convencidos de que los aliados intentarían desembarcar al norte de El Havre, probablemente en el Paso de Calais, y el éxito de la operación simulada dependía de aquella convicción. Formando parte de la operación “Gravable”, dieciocho barcos pequeños de la Real Armada avanzaron a una velocidad de siete nudos hacia el cabo de Antifer, situado inmediatamente al norte de El Havre, para dar la impresión de un intento de desembarco en aquella parte de la costa francesa. Cada uno de los barcos remolcaba varios globos a vuelo bajo que producían “eco de grandes buques”. Para impedir que los observadores del radar de la costa pudieran apreciar lo limitada que era aquella fuerza, doce aeronaves que volaban a poca altura sobre los barcos dejaron caer cada cual un haz de tiras de aluminio con intervalos de un minuto, para dar la sensación de un gran convoy que marchaba lentamente hacia Francia.

Cada avión llevaba un perturbador a toda marcha para evitar que el radar alemán reconociera la treta de la “ventana”. Era necesario sincronizar cuidadosamente los ruidos y ajustarse con la mayor precisión al plan trazado; los aviones volaron continuamente durante tres horas y media en la misma órbita sobre una zona de 20 por 12 kilómetros. Simultáneamente, la operación “Vislumbre” hacía otra marcha semejante con rumbo a Boulogne, y veintinueve aviones Lancaster — “La Escuadrilla A. B. C.” — recorrían la zona entre ambas fuerzas invasoras simuladas, yendo y viniendo de una a otra durante cuatro horas a corta distancia de la costa enemiga, para distraer a los aviones alemanes de combate nocturno de las verdaderas zonas de desembarco. Los veintinueve bombarderos Lancaster trastornaban sin descanso el radar enemigo con nada menos que ochenta y dos perturbadores aéreos. Otra razón de segundo orden para la operación “A. B. C.” era la esperanza de que los alemanes tomasen a los aeroplanos de la escuadrilla por la fuerza aérea superior que protegía la invasión simulada por las operaciones “Gravable” y “Vislumbre”. Al mismo tiempo se iba llevando a cabo la operación “Titánico”, destinada a atraer la atención de los alemanes hacia otra parte mientras descendían sobre Normandía las verdaderas tropas transportadas por aire.

Exactamente unos momentos antes que empezaran estos descensos reales, cierto reducido número de aviones de la Real Fuerza Aérea voló sobre El Havre, dejando caer algunas docenas de paracaidistas de madera que fueron a aterrizar en las cercanías de Fecamp. En el mismo instante, otros aeroplanos lanzaban tropas simuladas sobre la península situada detrás de Cherburgo, en el flanco derecho de los verdaderos aterrizajes de tropas. También se dejó caer mucha “ventana” para dar a los hostigados operadores enemigos de radar la impresión de que el ataque de los falsos paracaidistas era veinte veces más fuerte que en la realidad. Entretanto, la verdadera flota de invasión estaba oculta tras las operaciones de interferencia de radio más intensas que se habían hecho hasta entonces. Veinticuatro bombarderos de la Real Fuerza Aérea y la fuerza aérea de los Estados Unidos pasaban y repasaban a 5.500 metros de altura y a lo largo de una línea que distaba unos 80 kilómetros de la costa enemiga, con lo cual causaron durante varias horas desorden y confusión en las estaciones alemanas de radar situadas en la península de Cherburgo. Esta cortina no sólo ocultaba a los bombarderos aliados que acudían al ataque de las defensas costeras, sino también a los numerosos transportes aéreos de tropas y planeadores que tomaban parte en la invasión por la vía del aire; además impedía que el enemigo descubriese la verdadera flota invasora. Cuando los buques llegaron a la distancia convenida se unieron a la tormenta de interferencia. Toda la engañosa maquinación funcionó a maravilla. Los alemanes creyeron que la operación “Vislumbre” que se aproximaba a Boulogne era una amenaza efectiva y dirigieron contra ella todos los cañones y reflectores disponibles. Los submarinos salieron a toda prisa para cerrar el paso al que creían poderoso convoy. La mayor parte de los aviones alemanes de combate nocturno que estaban disponibles fueron enviados a luchar con los aeroplanos de la “Escuadrilla A. B. C.”, en la creencia de que estaban protegiendo a la flota invasora. Esta escuadrilla dio lugar a la mayor distracción de fuerzas enemigas, alejándolas de la zona de Normandía, donde operaban los vulnerables aviones y planeadores de transportes de tropas. También la falsa operación aérea “Titánico” puso en inmediata actividad al enemigo.

Mientras los alemanes corrían a cercar a los paracaidistas de madera, las fuerzas de la verdadera invasión aérea pudieron consolidar los Bancos Este y Oeste de las playas de desembarco. La combinación de interferencias de aviones y buques puso a los alemanes en tal estado de confusión que los monitores inalámbricos aliados oyeron a los localizadores enemigos de radar identificar la “Escuadrilla A. B. C.” como la vanguardia de una gran fuerza de bombarderos que se dirigía en esos momentos a París. El objetivo de las cinco operaciones se logró plenamente. Sólo cuando los cañones navales aliados iniciaron el bombardeo preliminar a las cinco y treinta de la mañana, supieron los alemanes cuándo y dónde se estaba consumando la invasión.

Ataque a Pearl Harbor Invasion Japonesa a Estados Unidos Historia

Ataque a Pearl Harbor
Invasión Aérea Japonesa a Estados Unidos

IMPORTANTES PASAJES SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMO PEARL HARBOR,
LA CAZA DEL BISMARK, EL DIA «D», BATALLA DE STALINGRADO….

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día «D»

Ataque a la Base de PearI Harbor: Importante base naval estadounidense de Hawai atacada por aviones japoneses ei 7 de diciembre de 1941. La aviación japonesa se trasladó en portaaviones que formaban parte de una flota mayor salida de las islas Kuriles el 25 de noviembre. La flota había avanzado clandestinamente hacia Hawai, de modo que el ataque sorprendiera a los estadounidenses.

No hubo una declaración oficial de guerra previa al ataque, y en general se considera que éste constituye un episodio vergonzoso en la historia militar e internacional. Últimamente se ha sugerido la posibilidad de que las fuentes del espionaje estadounidense estuvieran informadas del ataque de antemano gracias a su interceptación de las claves diplomáticas japoneses, pero lo que es seguro es que mientras se realizaba el ataque continuaban en Washington las negociaciones diplomáticas entre las dos Potencias.

En menos de dos horas quedaron destruidos cinco acorazados, 14 barcos menores y 120 aviones estadounidenses, y murieron 2.000 marineros y 400 civiles estadounidenses. Los japoneses sólo perdieron 29 de sus 353 aviones. Pero los portaaviones estadounidenses (que después resultarían inapreciables en la batalla del Pacífico) no se hallaban en puerto cuando ocurrió el ataque y tres acorazados dañados se pudieron reparar. Al día siguiente el Congreso declaró la guerra al Japón; ello llevó a Alemania e Italia, aliadas del Japón, a declarar la guerra a los EE.UU. el 11 de diciembre.

El ataque falló en cuanto a su principal objetivo, que era dar al Japón una superioridad decisiva en el mar, y la ventaja inicial obtenida por los japoneses resultó ser transitoria.

El ataque a Pearl Harbor mató a 2.400 estadounidenses e hirió a 1.200. Entre estos muertos figuran 1.103 marineros e infantes de marina que perecieron cuando una bomba japonesa penetró al depósito delantero de explosivos del acorazado USS Arizona, hundiendo el barco con quienes se hallaban a bordo.

El USS Oklahonm, otro acorazado, fue también hundido con gran pérdida de vidas. Los otros seis acorazados quedaron averiados, lo mismo que un cierto número de cruceros y destructores. Más de 340 de los 400 aviones que estaban en Oahu fueron también destruidos o averiados.

A corto plazo, los japoneses lograron su objetivo: pusieron temporalmente fuera de combate a la flota del Pacífico de Estados Unidos. Pero el problema más importante era: ¿por cuánto tiempo? A largo plazo, Estados Unidos logró superar el daño sufrido en Pearl Harbor por las siguientes razones:

• Los portaaviones no fueron tocados. El portaaviones, en contraste con el acorazado, que todos los estrategas navales consideraban antes de 1941 el arma naval por excelencia, demostraría ser el arma decisiva de la guerra naval en el Pacífico.

• Los submarinos no fueron atacados. Los submarinos se convertirían en una de las más poderosas armas de  Estados Unidos para cortar las vías de suministro vitales del Japón.

• Los astilleros de reparaciones y los tanques de almacenamiento de petróleo y aceite combustible quedaron intactos. De suerte que Pearl Harbor logró desempeñar su importante papel en tiempos de guerra como base de reparaciones y renovaciones de la flota del Pacífico. En efecto: los barcos averiados en el ataque fueron reparados en su mayoría y entraron en acción contra los japoneses más tarde, en 1942 y 1943.

Pearl Harbor: Cinco ocasiones perdidas
POR WALTER LORD
La dramática descripción del ataque a Pearl Harbor por el oficial que guió a las fuerzas aéreas japonesas está en este mismo libro (véase “Yo acaudillé el asalto a Pearl Harbor”).

DESDE EL 7 de diciembre de 1941, los norteamericanos han estado discutiendo quién fue responsable del desastre de Pearl Harbor. Y con razón, pues ese ataque de sorpresa que llevaron a cabo 353 aviones japoneses fue sin duda una de las victorias militares menos costosas de la historia.

Cuando terminó (sólo duró unas dos horas) los ocho acorazados norteamericanos que se encontraban en el puerto habían sido hundidos o averiados, y muchos de los cruceros y destructores también fueron alcanzados por las bombas.

Pear Harbor Ataque de JaponLas seis grandes bases de Oahu estaban arruinadas y casi todos sus aviones destruídos. Más de 2.400 vidas se habían perdido.

Los japoneses, en cambio, de vuelta en sus portaaviones, comprobaron una pérdida de tan sólo 29 aviones y 55 hombres. Aunque técnicos y expertos han dedicado mucho tiempo a estudiar el aspecto militar de este asunto, aún más interesante para el profano es el papel desempeñado por las deficiencias inherentes a la naturaleza humana.

Ellas fueron en realidad las que impidieron prevenir el desastre del 7 de diciembre; pues, dejando de lado la cuestión de si Washington envió o no envió la información suficiente sobre la situación, como también la de si el mando norteamericano de Hawai hizo uso adecuado de sus propios informes y equipo militar, cabe subrayar que en las últimas horas todavía se presentaron cinco magníficas oportunidades de evitar la tragedia.

Debido a que los seres humanos son tan sólo eso, seres humanos, las cinco oportunidades se desperdiciaron. La primera se presentó a las 6,30 de la tarde víspera del ataque, cuando la flota japonesa se encontraba todavía a 800 kilómetros de distancia. Mientras Honolulu gozaba de su última puesta de sol en tiempo de paz, el teniente coronel Jorge Bicknell, oficial del servicio secreto, llevó apresuradamente al comandante en jefe, general Walter Short, un mensaje por demás interesante: la F B. I. (oficina federal de investigación) había interceptado una llamada telefónica de Tokio a un japonés de Honolulu. Tokio pedía información sobre aviones, reflectores, barcos, el tiempo… y sobre flores. El interlocutor de Honolulu contestó: “En la actualidad las plantas florecen menos que en cualquier otra época del año; sin embargo, los hibiscos y las flores de Pascua se han abierto ya”.

Los dos oficiales se quedaron perplejos. ¿Por qué razón iba alguien a gastar dinero en una costosa llamada a través del Pacífico para hablar de flores? Por otra parte, si se trataba de espionaje, ¿por qué se utilizaba para la conversación un medio tan fácil de interceptar como el teléfono? Todavía hoy el sentido de aquella llamada permanece oscuro, aunque lo que ocurrió después la hace aún más sospechosa. En ese entonces los dos oficiales, después de discutir durante una hora, llegaron a una conclusión muy humana: consultar el caso con la almohada, y volver a considerarlo al día siguiente. Así pasó la tarde, y llegó la noche, una noche apacible, no de jarana y de orgía como se ha dicho muchas veces. A las 3,42 de la mañana siguiente, cuando la flota japonesa estaba a 450 kilómetros de distancia, el pequeño dragaminas “Cóndor” vio aparecer un periscopio cerca de la entrada de Pearl Harbor.

Inmediatamente comunicó la novedad al destructor “Ward”, que patrullaba esa zona. El “Ward” se acercó a toda máquina y escudriñó el mar por espacio de un hora, pero no pudo encontrar nada. El “Cóndor” no avisó nunca a las autoridades lo que había visto porque su capitán pensó, muy humanamente, que si no se había vuelto a descubrir el periscopio en una hora de búsqueda, seguramente él se habría equivocado. El “Ward”, por su parte, no avisó tampoco porque el “Cóndor” no lo hacía, y después de todo era ese buque el que decía haber visto algo. La estación naval radiotelefónica, que había estado escuchando todo el tiempo, calló también, puesto que el “Ward” y el “Cóndor” callaban, y al fin era asunto de ellos. Así, hombres bien intencionados, decentes, que luego supieron probar su valor, capacidad e inteligencia, dejaron perder esa oportunidad, pues el periscopio pertenecía realmente a uno de los micro-submarinos japoneses que se disponían a cooperar con el ataque aéreo. Y mientras se cambiaban las últimas señales entre el “Cóndor” y el “Ward”, los primeros aviones enemigos despegaban ya desde sus portaaviones, a 370 kilómetros de distancia.

A las 6,45 de la mañana (la flota aérea japonesa estaba a 290 kilómetros), el “Ward”, que todavía patrullaba esa zona, vio frente a Pearl Harbor la torre de mando de un submarino extranjero. Marchó sobre él a toda velocidad; hizo fuego, arrojó bombas de profundidad, y consiguió hundirlo. Un avión de la armada se unió al ataque y dejó también caer algunas bombas. Tanto el “Ward” como el avión enviaron radiogramas a las bases de la costa, avisando que un submarino había sido hundido en aguas prohibidas. Reaccionando en forma muy humana, los oficiales superiores comenzaron a consultarse por teléfono. ¿Qué significaba esto? ¿Sería verdad? ¿No lo sería? Llegaron a la conclusión de que probablemente lo que el “Ward” había visto era una boya. Peor aún sería que hubiesen hundido un submarino norteamericano por equivocación. Enviaron un destructor de servicio en ayuda del “Ward” y decidieron, obrando en forma demasiado humana, esperar nuevos acontecimientos.

A las siete los aviones japoneses estaban a sólo 220 kilómetros, y dos soldados norteamericanos que atendían la estación de radar de Opana descubrieron en la pantalla más manchas de las que jamás habían visto; tantas, en verdad, que pensaron que el aparato se había descompuesto. Pronto se dieron cuenta de que ése no era el caso, y de que se trataba de una enorme formación aérea que avanzaba hacia las islas. Telefonearon al centro de información, el cual estaba a cargo de un joven subteniente que sólo había desempeñado estas funciones una vez y que no sabía nada respecto al radar. Ninguno de sus superiores estaba ese día de servicio, y los suboficiales se habían ido a desayunar. Así, pues, todo dependió en ese momento de un joven oficial que se hallaba en realidad tan impotente como un soldado raso: ningún superior ni inferior a quien consultar, y un desconocimiento absoluto del problema. Por desgracia recordó que al venir a tomar su guardia, que era de cuatro a ocho de la mañana, había oído en el aparato de radio de su automóvil discos hawaianos transmitidos por la estación KGMB, y también recordó que cuando llegaban aviones de California, esa estación transmitía toda la noche para orientarlos, indicándoles su posición.

Creyó, por tanto, que se trataba de aviones norteamericanos; no bien llegó a la conclusión tan lógica, comunicó a los soldados de la estación de radar, procediendo en forma muy humana, que no debían preocuparse. Los soldados continuaron viendo acercarse los aviones. A las 7,15 estaban a 148 kilómetros; a las 7,25, a 100 kilómetros. Hasta que por último, a las 7,39, dejaron de verlos en la pantalla, pues ya estaban demasiado cerca para que el radar los registrara. Ilustración 12: Bombardeo de Pearl Harbor

Aproximadamente a esa hora un mandadero, Tadao Fuchikami, salía de la oficina telegráfica de la R. C. A. en Honolulu, con un telegrama dirigido al general en jefe. El despacho había sido redactado hora y media antes en Washington por el general Jorge Marshall, quien acababa de enterarse de que los japoneses se disponían a romper finalmente las negociaciones diplomáticas con los Estados Unidos, y que a la una de la tarde así lo informarían a Cordell Hull, secretario de Estado. Era obvio que a la una, hora de Washington, algo iba a ocurrir, y en ese momento, serían las 7,30 a.m. en Pearl Harbor, hora ideal para un ataque aéreo de sorpresa.

El general no tuvo más que un pensamiento: dar aviso del peligro. Inmediatamente redactó un mensaje, pero no tomó el teléfono que estaba al alcance de su mano; pensó muy lógicamente que, aunque ese aparato se conectaba con Honolulu mediante un circuito directo, con un sistema especial de protección, la llamada podía, sin embargo, poner en peligro la seguridad de su sistema de comunicación. Prefirió que el mensaje fuese enviado por radio, lo que teóricamente era casi tan rápido. Esa mañana las condiciones atmosféricas eran malas. Como esto podía impedir la recepción del mensaje, que era demasiado importante para correr el riesgo, un oficial, creyendo hacerlo mejor, optó por la vía del cable comercial. La medida resultó fatal. Desastrosa. El cable llegó a Honolulu hora y media después que el general Marshall lo redactara, y en ese momento eran las 7,33. El sobre no tenía indicación alguna de que fuera urgente, y Tadeo Fuchikami, que salía con él en la mano, se entretuvo unos minutos con otros muchachos en la zona de estacionamiento que estaba al otro lado de la calle. Por fin subió a su motocicleta Indian, de dos cilindros, y la hizo arrancar.

En ese momento vio alzarse espesas nubes de humo negro sobre Pearl Harbor, y proyectiles antiaéreos agujerear el cielo matinal. Era demasiado tarde; el ataque había comenzado. Todavía hoy se discute el asunto. Sin embargo, aparte de lo que el alto mando hizo o no hizo en Washington y en Pearl Harbor, la verdad es que existieron esas posibilidades de evitar el desastre. Oportunidades que se perdieron, no por maldad o incompetencia, sino porque los seres humanos son, después de todo, seres humanos. Y siempre ha sido así. En la India, antes de estallar la rebelión de los sepoy en contra de los ingleses, flechas inflamadas atravesaron el cielo nocturno, dando aviso de que se aproximaba la catástrofe.

En el caso del “Titanic”, se recibieron a bordo seis mensajes radiotelefónicos anunciando que había témpanos de hielo en las inmediaciones. Quien estudie la naturaleza humana y advierta la forma extraña en que suele comportarse la gente, se inclinará a pensar que la solución no está en perfeccionar los métodos o la estrategia. La mejor manera de evitar un desastre es en realidad muy simple: debemos aprender a reconocer las señales de peligro cuando se presentan a nuestra vista. Tomado de una conferencia.

Ultimos días de Hitler Muerte o Suicidio de Hitler Final del Reich

Ultimos días de Hitler ¿Muerte o Suicidio?

IMPORTANTES PASAJES SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMO PEARL HARBOR,
LA CAZA DEL BISMARK, EL DIA «D», BATALLA DE STALINGRADO….

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día «D»

POR FREDERIC SONDERN, JR.
Dos libros sirvieron de base a este relato: ‘The Last Days of Hitler”, editado por Macmillan y escrito por el mayor H. R. Trevor-Roper, historiador inglés adscrito por el Servicio de Informaciones Británico al caso de Hitler, y “Ten Days to Die”, editado por Doubleday, en el que su autor, el capitán Michael A. Musmanno, de la Reserva Naval de los Estados Unidos, jurista de Pensilvania y juez que fue del Tribunal de Nuremberg, recopiló, complementándolos con minuciosas investigaciones propias, los hechos aportados por diversos servicios aliados de información. Frederic Sondern, Jr., llegó a Berlín poco después de la caída de la capital alemana. Allí entrevistó a muchos oficiales de los servicios de información que investigaban los hechos.

TRES SEMANAS DESPUÉS del derrumbe de la Alemania nazi, el mayor Iván Nikicine, comisario delegado de la policía de seguridad soviética, informaba desde Berlín que, contra lo que generalmente se daba por cierto, ni el Führer se había suicidado en su refugio subterráneo, ni habían incinerado su cadáver…, si en realidad había perecido.

Esa sigue siendo en este año de 1951 la versión oficial que dan los rusos. El Servicio de Información del general Eisenhower ordenó en 1945 que se procediese inmediatamente a investigar a fondo los hechos.

Comisiones especiales de expertos norteamericanos, ingleses y franceses, fueron reconstruyendo punto por punto los últimos días de Hitler. Las 28 personas que acompañaron al dictador alemán en los días de la batalla de Berlín se hallaban en poder de los aliados occidentales.

Fueron sometidas a repetidos interrogatorios y sus declaraciones cotejadas una y otra vez. Se hizo un estudio detenido de cerros de documentos. La versión aliada del fin del dictador alemán es hoy completa.

En la tarde del 30 de abril de 1945, a eso de las 2,30, Adolfo Hitler tomó asiento al lado de su esposa en el refugio subterráneo llamado el Führerbunker, mordió el cañón de una automática Walther y apretó el gatillo, en tanto que Eva Hitler trituraba entre los dientes una ampolla de cianuro.

A las 10.30 de la noche, el general Rattenhuber y unos soldados de la Guardia Selecta sepultaron en los jardines de la Cancillería lo que aún restaba de los cadáveres, a los que habían prendido fuego varias veces después de empaparlos en gasolina. La artillería rusa estuvo bombardeando ese sector de la ciudad toda la noche, y los huesos del Führer quedaron dispersados, lo mismo que su “Reich de los Mil Años”. No quiere Moscú que ésta sea la versión de los hechos.

Las autoridades rusas hicieron cuanto estuvo a su alcance por entorpecer la investigación de los aliados occidentales. Testigos muy importantes capturados por los rusos —el general Rattenhuber entre otros— desaparecieron de la noche a la mañana. El Servicio de Información de los Estados Unidos tuvo noticia de que dos técnicos que le hicieron los dientes postizos a Hitler habían identificado positivamente como perteneciente al Führer un hueso maxilar hallado por los investigadores rusos en el lugar donde se prendió fuego a los cadáveres. Maxilar y técnicos fueron despachados a Moscú y no volvió a saberse de ellos. El propio Stalin sentó cuál es la actitud de Rusia al manifestar en la Conferencia de Potsdam, con gran asombro del presidente Truman y del secretario de Estado Byrnes, que creía que Hitler estaba vivo y se hallaba oculto en España o en la Argentina. La Prensa rusa habla siempre de la “misteriosa desaparición” de Hitler.

Según opinan en Washington algunos especialistas en el análisis de la propaganda rusa, a Stalin le interesa mantener a Hitler “vivo” a fin de que esto le sirva de excusa para actuar en Europa llegado el caso. Otros son de parecer que el relato de lo ocurrido en Berlín durante aquellos últimos días, en que un tirano enloquecido trató de hacer que la nación entera pereciese con él, sería lectura malsana para el pueblo ruso. Era el cumpleaños del Führer (20 de abril de 1945). En el Führerbunker, a 15 metros de profundidad bajo los jardines de la Cancillería, altos jefes militares y del partido nazi se habían congregado a cumplimentar al caudillo. Brillaban las charoladas botas, resplandecían las condecoraciones, pero en la generalidad de los macilentos semblantes se reflejaba la ansiedad. Los diezmados ejércitos alemanes retrocedían en todos los frentes. Amenazaban ya los rusos a Berlín. Los norteamericanos, después de cruzar el Elba, avanzaban rápidamente a reunirse con ellos.

Desde la conspiración de los generales y el atentado de la bomba oculta en una cartera, del cual escapó con vida por milagro, Hitler había envejecido súbitamente. Encorvado, vacilante, arrastraba un pie al caminar y le temblaba perceptiblemente el brazo izquierdo. Pero ahora, rodeado de áulicos que murmuraban frases de felicitación, su voz era tan incisiva y su mirada tan centelleante como en los mejores tiempos. En la conferencia que se celebró después, los sátrapas del Tercer Reich se resistían a dar crédito a sus oídos. Cuando el mariscal Wilhelm Keitel trató de pintarle a Hitler la gravedad de la situación, Hitler lo hizo a un lado con ademán de impaciencia, diciendo ásperamente: “¡Absurdo! Los rusos llevarán la más sangrienta de sus derrotas ante las puertas inexpugnables de Berlín.

Enseguida arrollaremos a los aliados hasta el mar”. Paseó Hitler la magnética mirada en derredor, y cuantos allí estaban quedaron suspensos. Hermann Göring, mariscal del Reich, rompió por unos momentos el hechizo que sobrecogía a todos. —Alemania triunfará; es inevitable que triunfe —aseguró el corpulento jefe de la en un tiempo potente Luftwaffe—. Pero ¿no convendría más a la seguridad del Führer que él se retirase a las fragosas alturas de Berchtesgaden y dirigiese desde allá sus tropas? —Lo que usted está recomendando en realidad —estalló Hitler— es que usted mismo se retire a lugar más seguro. Muy bien, ¡puede marcharse! Göring saludó con el bastón de mariscal constelado de piedras preciosas, y sin decir palabra abandonó el recinto. A los pocos minutos, seguido de un convoy de veloces camiones cargados de tesoros, salía en su Mercedes blindado camino de Baviera, donde, según imaginaba, estaría a salvo. Hitler, entretanto, volvía a sus mapas y explicaba sus planes estratégicos. “Sabíamos que la mayoría de las divisiones con que él estaba maniobrando no eran ya unidades efectivas —comentaba después un general veterano—, y, sin embargo, al oírle, casi todos pensamos que aún podía haber alguna esperanza”.

Solamente un hombre de los que se hallaban ese día en el Führerbunker se mostró inmune a la fascinación ejercida por Hitler y capaz de pensar ante todo en el bien de su patria. Alberto Speer, ministro de Armamentos, había surgido como el brillante cerebro industrial del Reich. En más de una ocasión llevó a cabo lo que parecía imposible en el suministro de cañones, aeroplanos y tanques. A principios de marzo Speer descubrió los terribles planes de Hitler para aniquilar el Reich si llegaba a verse derrotado. Conforme a instrucciones precisas comunicadas a los jefes de distrito del partido, al avanzar las tropas aliadas debían destruirse todas las fábricas importantes, todos los servicios públicos, todas las existencias de víveres y de vestuario. A las fuerzas militares tocaría volar los puentes claves, las instalaciones de canales y vías férreas, los buques, las locomotoras. Speer efectuó una gira relámpago por el país entero y logró que los principales jefes nazis y los generales, conviniesen en posponer la ejecución de las órdenes del Führer. El día del cumpleaños de Hitler le pareció a Speer la mejor coyuntura para intentar un último esfuerzo en pro de Alemania.

Todo fue en vano. “Si el pueblo alemán renunciase a luchar —le respondió Hitler mirándolo fríamente— demostraría que carece de entereza moral. De ser así, merece que lo aniquilen.” Speer determinó sabotear, aún con riesgo de la propia vida, el holocausto que proyectaba su jefe. Exponiéndose a que la Gestapo le echase mano en cualquier momento, efectuó una segunda gira relámpago por Alemania. En Hamburgo el jefe Karl Kaufmann le prometió no demoler ese importantísimo puerto; otros jefes nazis obraron nerviosamente en igual sentido. Para evitar que los fanáticos pudiesen llevar adelante el plan de destrucción, Speer dispuso que se echasen a los pozos y a las galerías previamente inundadas de las minas todos los explosivos de alta potencia que no se hallasen en manos de los militares. Esta sola orden salvó muchas fábricas importantes. Hitler había perfeccionado entretanto sus planes para rechazar en Berlín a los rusos. Confió el mando de las fuerzas contraatacantes a uno de sus jefes predilectos, el general Félix Steiner, de la Guardia Selecta (la SS). “El oficial que exima a uno solo de sus hombres de participar en esta operación lo pagará con la vida en el término de cinco horas”, rugió Hitler por teléfono.

En la tarde del 22 de abril anunció el Führer a su estado mayor la primera victoria de la nueva campaña. El servil adulador Heinrich Himmler, jefe de la SS, acababa de telefonearle que la contraofensiva de Steiner estaba reciamente empeñada y los rusos empezaban a retroceder. A renglón seguido entregaron al coronel general Alfredo Jodl, jefe de operaciones, varios partes. Jodl permaneció unos minutos sin resolverse a hablar. Notando la expresión de su semblante, le preguntó Hitler: —¿Qué hay? ¿Qué hay? —Mein Führer —repuso Jodl— Steiner no ha atacado. Comunican que las fuerzas blindadas del mariscal Shukov están ya en Berlín. Hitler quedó con la mirada perdida en tanto que el rostro iba convirtiéndose en amoratada máscara. —¡Me ha traicionado la SS! —exclamó al fin con sordo acento—. Primero el ejército, después la Luftwaffe y ahora la SS —y elevó la voz para gritar con todas sus fuerzas—. ¡Traidores! ¡Todos traidores! ¡Perros traidores! Por tres horas dio rienda suelta a su cólera. Tan terrible fue la explosión de la desbordada personalidad de Hitler, que hasta hombres nada impresionables como los generales Keitel y Jodl, según manifestó después uno de ellos, “retrocedieron precipitadamente hasta quedar contra la pared”.

Por fin Hitler se desplomó en su asiento. —Ha caído el Tercer Reich —murmuró sordamente—. No me queda más camino que la muerte. Permaneceré aquí hasta el fin y luego me pegaré un tiro. Que Göring negocie con los aliados. Lo dicho por Hitler se comunicó a Göring, al cual, según la Ley de Sucesión promulgada por el Führer en 1941, tocaba seguirle en el mando. El obeso y epicúreo mariscal abrigaba la seguridad de que lograría negociar con los aliados una capitulación razonable, y que en el peor de los casos escaparía con verse condenado a cómodo destierro. Así, pues, dirigió a Hitler este radiograma. “Mein Führer: Vista su determinación, ¿conviene en que yo asuma el mando supremo y absoluto del Reich? De no recibir respuesta antes de las 10 de la noche, consideraré que es afirmativa.” Göring aumentó su guardia a 1.000 hombres y manifestó a su estado mayor que el día siguiente tomaría un avión para ir a entrevistarse con el general Eisenhower.

Estaba redactando un mensaje al general estadounidense cuando recibió el siguiente de Hitler: “Göring: Lo que ha hecho pide sentencia de muerte. No ordenaré que procedan contra usted si presenta renuncia de todos sus cargos. De lo contrario tomaré las medidas del caso. Adolfo Hitler.” Estaba Göring contemplando con mirada incrédula estas líneas cuando resonaron en el enlosado patio las recias botas de una escuadra de la SS. El mariscal del Reich quedaba preso. Hitler no abrigaba intención alguna de dejar sucesor. Ilustración 13: La última foto de Adolfo Hitler

Una hora después de su dramática despedida en el Führerbunker, Hitler había empezado a planear la pira funeraria más colosal que habrían visto los siglos. Con serena precisión ordenó que se replegara hacia Berlín el XII Cuerpo de Ejército que al mando del general Wenck combatía contra los estadounidenses. Entretanto, todo hombre y muchacho de la capital marcharía a las barricadas a contener el avance de los rusos. A los desertores se les ahorcaría en el acto. Al tener conocimiento de tales órdenes, el “gauleiter” Wegener, veterano y leal miembro del partido, logró ponerse al habla por teléfono con Hitler. Si el Führer autorizara la rendición de las fuerzas enfrentadas en el Oeste a estadounidenses e ingleses —suplicó Wegener— habría manera de contener a los rusos mientras se pactaba un armisticio, que evitaría una considerable devastación. —Devastación, Wegener, es precisamente lo que deseo —repuso Hitler—. Nada mejor para iluminar mi caída.

Al otro día, 25 de abril, los rusos habían sitiado completamente a Berlín. Difícil es pintar el espectáculo que ofrecía en mayo de 1945 la capital de Alemania. En las inmediaciones de la Cancillería del Reich, detrás de una pila de escombros, tropezaron mis ojos con lo que supuse eran bultos de trapos. Esos bultos habían sido los sirvientes de un nido de ametralladoras. El de más edad, sentado aún y caído de bruces sobre el arma, no tendría arriba de quince años. En los puentes del Wannsee se amontonaban los cadáveres de 600 muchachos que intentaron detener a los rusos con granadas de mano. En otros lugares de Berlín se balanceaban pendientes de los faroles muchachos de la Juventud Hitleriana y viejos de la Guardia Cívica a los que había ahorcado la SS por desertores. En los últimos siete días de la batalla de Berlín disminuyó el grupo de los que acompañaban a Hitler en el Führerbunker. Goebbels y su esposa llevaron a esa fortaleza subterránea a sus seis niños, a los que más adelante dieron muerte antes de suicidarse. Martin Bormann, el brazo derecho político de Hitler, resolvió permanecer allí.

Eva Braun, amante de Hitler desde hacía años sin que Alemania tuviese de ello conocimiento, se negó a abandonarlo. En las dos cámaras de acero y hormigón inmediatas a la del Führer estaban alojados 26 altos funcionarios civiles y militares y 30 secretarios y guardas. Sobrevinieron escenas inusitadas. Cuando los proyectiles de la artillería rusa, al caer más y más cerca, empezaron a hacer retemblar los refugios subterráneos “la locura fue apoderándose de todos cuantos allí se hallaban “. Corría el licor como agua. Los estirados generales prusianos se despojaban de sus guerreras y bailaban alocadamente con sus taquígrafas. Hitler, entretanto, permanecía inclinado sobre sus mapas o consultaba con sus consejeros.

Al saber que los rusos podrían acaso avanzar por un túnel del ferrocarril subterráneo que pasaba cerca de la Cancillería, ordenó a su jefe de estado mayor que lo hiciese inundar. —Mein Führer —objeto el general Krebs— tenemos en ese túnel miles de nuestros heridos… —¡Hágalo inundar! —rugió Hitler. Minutos después quedaban abiertos los grifos de inundación. El 28 de abril llevaron a conocimiento del Führer un despacho de prensa fechado en Estocolmo en el cual informaban que Heinrich Himmler, jefe de la SS, había entablado negociaciones con el conde Bernadotte para la rendición del Reich a los aliados. Era el principio del fin. —Und jetzt der treue Heinrich! (¡Y ahora hasta el fiel Heinrich!) —gritó Hitler fuera de sí. Pero esa rabieta fue la última de su vida. De súbito recobró la calma y la lucidez.

Con la defección de Himmler perdía la última esperanza de resistir. Había llegado su hora. Los dos últimos días pasados en el Führerbunker fueron los más extraños de todos. En las primeras horas de la mañana del 29 de abril Hitler y Eva Braun contrajeron matrimonio en breve y sencilla ceremonia en tanto que las granadas rusas, estallando en la Cancillería casi sobre sus mismas cabezas, hacían caer en continua lluvia el enlucido del cielo raso. Seguidamente dictó Hitler a su secretario “su última voluntad y testamento político”. Ese documento no contenía nada que no hubiera dicho anteriormente en muchas ocasiones. Después de borrar a Göering y a Himmler de la nómina del partido, designó al almirante Karl Doenitz para sucederle como jefe del Estado. Más adelante leyó en el resumen diario de las noticias, que como de costumbre le entregaron, la relación pormenorizada del fusilamiento de Mussolini por un pelotón de facciosos y la manera como los cadáveres del dictador italiano y de Clara Petacci habían sido exhibidos colgados de los pies en una plaza de Milán. Hitler, que había dado ya instrucciones para que tanto su cadáver como el de Eva fuesen destruídos por completo inmediatamente después del suicidio, repitió esas órdenes diciendo: “Completamente destruídos, ¿lo entienden? ¡Completamente!”

Esa tarde, en la acostumbrada reunión del estado mayor, recibió sin inmutarse el parte del avance de los rusos. El asalto a la Cancillería ocurriría a más tardar el 1 de mayo. “Quiere decir que no disponemos de mucho tiempo —comentó Hitler—. No he de caer vivo en sus manos de ninguna manera”. Ya entrada la noche, un ordenanza avisó a todos que fuesen a la cámara principal. El Führer deseaba decirles adiós. Así que estuvieron reunidos, Hitler les estrechó la mano uno por uno en completo silencio. “Tenía los ojos vidriosos —cuenta un testigo—. Parecía que estuviese ya lejos de todo”. Cuando los que habían asistido a esta escena volvieron a la cantina, estalló el desorden. Alguien empuñó una botella y, subiéndose a una mesa, gritó: “¡Brindemos por los muertos!” Otro puso a funcionar el fonógrafo.

El baile, cada vez más ruidoso, se prolongó hasta la mañana. Del Führerbunker llegó repetidas veces orden de guardar silencio, pero nadie hizo caso. El 30 de abril a la hora acostumbrada, dos de la tarde, sirvieron a Hitler el almuerzo. El Führer estaba pálido y silencioso, pero comió al parecer con apetito. Al levantarse de la mesa, pasó con su esposa al corredor central donde estaban esperándolos Bormann, Goebbels y varios otros de los principales ayudantes de Hitler. Les estrecharon la mano en silencio y se volvieron a sus habitaciones. Cerróse con seco golpe la puerta frente a la cual fue a ocupar su puesto uno de los guardias del Führer. Un instante después sonó una detonación. El Reich que iba a durar mil años se había derrumbado.

Anecdotas e Historias Secretas en la Segunda Guerra Mundial

Anécdotas e Historias Secretas en la Segunda Guerra Mundial

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día “D”

Un fatal error de traducción
POR WILLIAM J. COUGHLIN

El que primero me refirió esto fue Kazuo Kawai, a la sazón director del Times de Tokio, influyente diario que era órgano del Ministerio de Relaciones Exteriores del Japón. Durante julio y agosto de 1945 Kawai pasó varias horas diarias en ese Ministerio. De su diario y de sus vívidos recuerdos de aquellos agitados y oscuros días que precedieron a la rendición, sacó esta extraña historia de una simple palabra que quizás ocasionó la transformación del mundo.

Gravemente maltrecho se hallaba el Japón en la primavera de 1945: Los ataques aéreos aliados estaban destruyendo ferrocarriles, carreteras y puentes más aprisa de lo que podían reconstruirse. Ciudades y pueblos eran ahora ruinas humeantes; millones de personas habían quedado sin hogar, y las provisiones estaban tocando a su término. Los aviones estadounidenses habían destruido cuanto quedaba de la Armada japonesa. Pero el alto mando militar se negaba a rendirse, empeñado en luchar hasta perder el último soldado. Los militaristas decían que estaban próximos a ganar una batalla decisiva.

El general Korechika Anami, ministro de la guerra, prometía que los estadounidenses serían expulsados de Okinawa. Convencidos de que más ganaría el Japón rindiéndose que continuando la guerra hasta el final, un pequeño grupo de diplomáticos se oponían a los militaristas, y con la esperanza de obtener condiciones mejores que una rendición incondicional, iniciaron conversaciones secretas con la Unión Soviética, todavía neutral, buscando la mediación de Rusia para concertar la paz.

El antiguo primer ministro Koki Hirota visitó el 3 de junio al embajador soviético Jacob Malik, quien oyó con frialdad las propuestas. Luego, el 12 de julio, el Emperador confió al príncipe Konoye un mensaje personal en solicitud de la paz. Las instrucciones de Konoye eran volar a Moscú y poner punto final a la guerra, a toda costa. Pero Stalin y el ministro de Relaciones Exteriores Molotov rogaron que se les excusara, alegando que estaban muy ocupados con sus preparativos para la Conferencia de Potsdam. Como por casualidad, Stalin mencionó ante el presidente Truman, en Potsdam, que los japoneses habían expresado deseos de iniciar negociaciones. Pero el dictador soviético manifestó que Rusia había rechazado la insinuación por insincera. El ultimátum de Potsdam fue publicado el 26 de julio de 1945.

Lo firmaban los Estados Unidos, la Gran Bretaña y la China, y pedía la rendición del Japón o su aniquilamiento. Entre los jefes japoneses produjo una reacción de alborozo porque sus términos eran más benignos de lo que esperaban. El documento prometía que el Japón no sería destruído como nación y que los japoneses gozarían de libertad para escoger su propio gobierno. Claramente insinuaba que el Emperador conservaría su trono. Sin vacilación, el Emperador manifestó al ministro de Relaciones Exteriores Shigenori Togo que consideraba aceptable la declaración, y el gabinete se reunió en pleno para estudiar el ultimátum aliado. He revisado muchos relatos japoneses de esa dramática sesión, y todos coinciden en que la decisión tomada en aquel caluroso 27 de julio era favorable a la paz. El ministro de la Guerra y los jefes del Estado Mayor se opusieron violentamente a la aceptación de las condiciones de Potsdam, pero quedaron en minoría.

No obstante, existían varias complicaciones. ¿Qué hacer con las negociaciones iniciadas por intermedio de los rusos? Sólo dos días antes había sido enviada a Moscú la última propuesta. Otro detalle que el gabinete estaba obligado a considerar era que hasta ese momento los japoneses no habían tenido noticias del ultimátum sino por medio de la radio. ¿Podía el gobierno actuar sobre la base de esa información no oficial? No se esperaba que la demora para anunciar la aceptación de los términos aliados fuera larga; pero mientras tanto el primer ministro Kantaro Suzuki debía recibir a los periodistas al día siguiente y era indudable que lo interrogarían acerca de la Declaración de Potsdam.

Se convino, pues, en que Suzuki diría que el gabinete no había adoptado resolución alguna sobre la demanda de los aliados. El hecho de que el gabinete no hubiera rechazado de plano el ultimátum indicaría al pueblo japonés lo que había en el ambiente. “El gobierno no tenía intención de rechazar las demandas aliadas”, dice Kawai. Enfrentado a la prensa el 28 de julio, el ministro Suzuki declaró que el gabinete se mantenía en actitud de mokusatsu. Esta palabra no sólo no tiene equivalente exacto en los idiomas europeos sino que aún en japonés resulta ambigua. Su significado puede ser “desconocer” o “abstenerse de todo comentario”. Desgraciadamente los traductores de la agencia de noticias Domei no podían saber cuál de los dos significados tenía Suzuki en mientes y, al traducir precipitadamente al inglés la declaración del ministro, escogieron el que no era. Las torres de Radio Tokio esparcieron por el mundo aliado la noticia de que el gabinete de Suzuki había resuelto “desconocer” el ultimátum de Potsdam. El título a seis columnas del Times de Nueva York correspondiente al 28 de julio de 1945 indica con claridad el sentido que fuera del Japón se dio a la noticia: “La escuadra ataca al saber que el Japón desconoce el ultimátum”. Lo demás es historia. El secretario de Guerra Henry L. Stimson confirmó en su informe sobre la decisión final de usar la bomba atómica, que el error de interpretación del vocablo mokusatsu fue lo que llevó al ataque de Hiroshima.

“El 28 de julio”, escribió Stimson, “el primer ministro del Japón, Suzuki, rechazó el ultimátum de Potsdam… Frente a tal actitud no nos quedaba otro camino que proceder a demostrar que el ultimátum era lo que decía ser. Y para tal propósito, la bomba atómica era un arma eminentemente adecuada”. Los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki precipitaron a los rusos sobre Manchuria. Su avance siguió arrollador hasta diez días después de la rendición del Japón. Al cesar el estrépito de la batalla, Rusia había fortalecido extraordinariamente su posición en el Extremo Oriente. ¿Por qué el gobierno japonés permitió que el error de mokusatsu quedara sin aclaración? ¿Por qué no se buscó el esclarecimiento de una equivocación de tan tremendas consecuencias? Aquí entramos en el terreno de las conjeturas. El ejército japonés estaba arrestando entonces a los que llamaba “traficantes de la paz”. Ni siquiera las posiciones elevadas servían de protección contra los fanáticos militares que arrollaban a todo el que se les oponía. Llegar a la cima del poder de que disfrutaban cuando ocurrió la trascendental reunión del gabinete el 27 de julio, había costado a los pacifistas largos meses de labor clandestina. La situación se mantenía en precario equilibrio, con los impetuosos jefes del ejército y de la marina a duras penas contenidos. Entonces, Suzuki y la Agencia Domei, al lanzar un aparente desafío al mundo aliado, inclinaron la balanza en favor de los militaristas. Los partidarios de la paz tuvieron que guardar silencio para salvar la vida. Kawai renunció su cargo de director del Times de Tokio y en la actualidad es profesor de ciencias políticas en la Universidad de Ohio. Según me dijo no hace mucho: “El hecho de no haber entendido los estadounidenses la verdadera actitud del gobierno japonés frente a la declaración de Potsdam es fácil de explicar.

Pero la actitud de los rusos al no informar a sus aliados occidentales que el Japón estaba listo a rendirse es algo muy distinto”. Y uno se pregunta si no es posible que al fortalecer la posición de los rusos en el Extremo Oriente, aquel error de traducción acarreara a los Estados Unidos y al mundo entero una cadena de graves tribulaciones.

Mayor Batalla Naval de la Segunda Guerra Mundial Historia

Mayor Batalla Naval de la Segunda Guerra Mundial Historia

IMPORTANTES PASAJES SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMO PEARL HARBOR,
LA CAZA DEL BISMARK, EL DIA «D», BATALLA DE STALINGRADO….

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día «D»

La mayor batalla aeronaval de la Historia
POR HANSON W. BALDWIN. REDACTOR MILITAR DE “THE NEW YORK TIMES”.

EL DOMINGO DE PASCUA, 1º de abril de 1945, día de rogativas y de esperanzas para un mundo en guerra, espejean bajo un cielo sin nubes las aguas del Mar de la China Oriental. El océano está en calma; resplandeciente el sol. Imprecisas y oscuras asoman en el horizonte las escarpadas costas de Okinawa, la isla que en breve ocupará puesto señalado en la Historia.

Para la toma de Okinawa reunieron los Estados Unidos la armada más poderosa que han visto los mares. Arriba de 40 portaaviones, 18 acorazados, 200 cazatorpederos, centenares de transportes, dragaminas, lanchas de desembarco: en total, 1.321 embarcaciones, que llevan tropas de asalto compuestas de 183.000 hombres, navegan internándose en aguas del Japón.

Frente a la isla, y a regular distancia de sus costas, cruza la famosa Escuadra de Operaciones número 58, al mando del almirante “Pete” Mitscher, en tanto que transportes y lanchas de desembarco van dejando en orillas de Okinawa, con casi increíble facilidad, las tropas de asalto.

A distancia surgen los fogonazos, seguidos del prolongado retumbar de la artillería de los acorazados.

Los aviones bajan en picado, bombardean, tornan a remontarse. Las posiciones japonesas guardan desconcertante silencio. Un soldado de la infantería estadounidense que acaba de coronar la abombada cima de uno de los cerros de Okinawa se enjuga la frente y murmura: “He durado más de lo que creía”.

La isla de Okinawa, de unos cien kilómetros de largo por un ancho que varía entre tres y treinta kilómetros, y de configuración semejante a la de un lagarto, es una masa de tierra circuída de arrecifes de coral. Un estrecho istmo une las ásperas y selvosas montañas de la región septentrional, que ocupa las dos terceras partes de la isla, con la región meridional, formada por ondulantes lomas.

En esta región del sur de Okinawa, llena de escarpaduras y barrancos, y en la cual abundan las cuevas calizas, han establecido los japoneses sus principales líneas defensivas. El ataque a Okinawa es lógica consecuencia de la estrategia aliada en el Pacífico.

La isla será base para aviones medianos de bombardeo que intensifiquen las incursiones que desde la base de las Marianas hacen los B-29 contra el Japón. Apoderarse de Okinawa permitirá cortar virtualmente todas las líneas de comunicación marítima de los japoneses.

Por último, Okinawa presta el punto de apoyo necesario para la invasión de Kiusiu, señalada para el 1º de noviembre. Conforme a los planes, la toma de Okinawa ha de ser operación “rápida, para efectuarse en un mes o menos”.

El servicio de información calcula que el enemigo tenga en la isla 60.000 hombres y 198 piezas de artillería de grueso calibre. Pero Okinawa reserva a los atacantes ruda sorpresa, que no tardará en desvanecer las esperanzas de una pronta victoria. Más de 110.000 hombres de las fuerzas enemigas quedarán en el campo y 7.400 habrán de rendirse; las pérdidas estadounidenses pasarán de 49.000 hombres muertos, heridos o extraviados antes que termine la “última batalla”.

Porque el alto mando japonés ha resuelto defender a Okinawa y emplear el grueso de las fuerzas aéreas y navales que aún restan al Imperio en aniquilar la escuadra de los Estados Unidos. Para esto último cuenta principalmente el enemigo con los kamikazes, aviones que sus pilotos precipitan en vuelo suicida a fin de que estallen al chocar con el objetivo. No había empezado el desembarco cuando la aterradora amenaza que encierra Okinawa llega hasta la escuadra.

Un kamikaze hace blanco en el buque insignia, el “Indianápolis”; otro da en el “Adame”; un torpedo pone al “Murray” fuera de combate; el “Skylark” —curioso nombre éste (“alondra”) para un dragaminas— vuela al chocar con un torpedo fijo. Para el 3 de abril, los resguardados fondeaderos de Kerama Retto están llenos de barcos averiados.

El 6 de abril es día de gran actividad. En tierra, cerca del cerro llamado “el Pináculo”, se ha empeñado recio combate, el primero de la terrible lucha para forzar la línea fortificada de Shuri. En el mar, acorazados y cruceros bombardean las posiciones japonesas, pasando y repasando a lo largo de la costa; aeroplanos de 17 portaaviones “jeep” prestan apoyo a las tropas de tierra y a los buques de superficie.

De transportes con tropas y abastecimientos agrupados frente a la isla salen en continua sucesión hombres y pertrechos que, salvando los arrecifes de coral y la resaca, ganan la orilla. Ochenta kilómetros mar adentro, en vasto círculo que ciñe a Okinawa, están los cazatorpederos; los anfibios destinados al salvamento de tripulantes de embarcaciones hundidas por los kamikazes; la línea de vigilancia del radar.

Raya apenas el alba cuando el radar da cuenta de “recios ataques de la, aviación enemiga”. Nueve aeroplanos japoneses caen en el sector de los transportes, derribados por el fuego antiaéreo. En la tarde de ese mismo día, aeroplanos japoneses llegados de los cuatro puntos del horizonte atruenan el aire con el estrépito de sus motores; son 182 aeroplanos, y efectúan 22 ataques entre la una y las seis de la tarde. Muchos lanzan bombas o torpedos; pero más de una veintena se estrellan en ataques suicidas contra los buques estadounidenses.

La mayoría de las unidades blanco de estas embestidas pertenecen a la línea de vigilancia del radar. Un cazatorpedero-dragaminas y dos cazatorpederos se van a pique; nueve buques de escolta quedan seriamente averiados, uno de ellos por bombas de profundidad sujetas a tablas flotantes; un lanchón de desembarco arde “de extremo a extremo”; alcanzados por sendos aviones suicidas, zozobran dos transportes con carga de municiones, uno de los cuales revienta antes de hundirse, en aparatoso y espantable alarde pirotécnico.

Pero las pérdidas infligidas a los japoneses el 6 de abril y en las primeras horas de la mañana del 7 son considerables: casi 400 aviones. De ellos, 300 fueron interceptados en la línea de vigilancia, sin más costo para los estadounidenses que dos aviones.

El 7 de abril, entre convulsivos sacudimientos y pirámides de humo que suben en espiral, se hunde el mayor acorazado del mundo, postrer orgullo de la Armada Japonesa, el “Yamato”, que monta cañones de 45,72 cm. Navegaba en demanda de Okinawa cuando los aeroplanos de la Escuadra de Operaciones número 58 acabaron con él. El 11 aparecen entre las nubes los Hijos del Cielo, que vuelven a la carga en gran número. El “Enterprise”, uno de los portaaviones más “batalladores” que hay en la guerra del Pacífico, sale con “averías de consideración” de los ataques de los aviones suicidas, que sólo por una línea dejan de herirlo de lleno; el “Essex” queda también averiado; cazatorpederos y torpederos de escolta escapan asimismo mal librados de su encuentro con los japoneses.

El 12 fallece el Presidente Roosevelt. En Okinawa la noticia corre velozmente de nido a nido de tiradores, de cubierta de vuelo a torre de combate. Mas no hay tiempo que conceder al sentimiento.

En ese mismo día, muchos estadounidenses acompañarán a su Presidente en el viaje a la eternidad. Porque en el claro cielo de la tarde vuelan sobre Okinawa, en 17 ataques sucesivos, 175 aviones japoneses. El “Cassim Young” derriba cuatro, pero un avión suicida lo alcanza a proa, en el cuarto de máquinas. Hay un muerto y 54 heridos. En la noche estalla a pocas brazas del “Jeffers” una granada, que ocasiona un incendio.

Simultáneamente, el recién construído cazatorpederos “M. L. Abele” zozobra al quebrantársele la quilla. Hay seis muertos, 34 heridos y 74 desaparecidos. El enemigo ha hecho blanco en el acorazado “Tennessee”; los compartimientos antitorpedos del “Idaho” están inundados; el proyectil de una batería de costa perfora la coraza del “New Mexico”.

En tierra, la Infantería de Marina, venciendo la escasa resistencia que hace allí el enemigo, ha despejado la parte norte de la isla; pero la infantería de línea, que ataca por el sur, se ve atajada por la “defensa de hierro” de los japoneses.

La propaganda enemiga arroja a las zanjas de tiradores tendidas frente a la inexpugnable línea de Shuri hojas volantes que dicen: “Debemos expresar nuestro profundo sentimiento por la muerte del Presidente Roosevelt.

Esta pérdida agrava la tragedia estadounidense de Okinawa. Como ustedes lo habrán visto, 70 por 100 de sus portaaviones y 73 por 100 de sus acorazados se han ido a pique o han sufrido averías, de lo cual resultan 150.000 bajas. Una poderosa armada estadounidense del fondo del mar, compuesta de 500 barcos, está concentrándose alrededor de esta isla”. El momento, con la ironía japonesa o sin ella, es realmente crítico. El 17 de abril es otro día adverso.

El enemigo hace blanco en el portaaviones “Intrepid”, hunde un cazatorpederos, causa averías a muchos de los anfibios. El mando estadounidense atiende a la defensa de los puntos más amenazados de la línea de vigilancia del radar, destinando a ellos patrullas de dos cazas, y aumenta la potencia de fuego antiaéreo de los apostaderos, asignándoles un par de torpederos a cada uno.

A pesar de esto, el almirante Spruance, al mando de la escuadra, informa al almirante Nimitz, capitán general de la Armada del Pacífico: “La pericia y eficacia de los ataques de la aviación suicida enemiga y la proporción de barcos perdidos o averiados son tales, que han de emplearse todos los medios posibles para impedir que continúen.

Recomiendo ataques a aeródromos de Kiusiu y Formosa con todos los aviones disponibles”. La aviación estadounidense ataca conforme a lo indicado; llueven con implacable frecuencia bombas y torpedos sobre los aeródromos japoneses.

Pero los kamikazes se hallan convenientemente dispersos y camuflados, y continúan los ataques. El fondeadero de Kerama Retto está atestado de barcos averiados; larga línea de inválidos de la guerra marítima cruza penosamente el Pacífico.

Pero también lo surcan, en dirección contraria, rumbo al Oeste, los reemplazos que llevan hombres y acero. Desvanecidas las esperanzas de una pronta victoria, las fuerzas estadounidenses se aprestan a sostener la prueba de sangre y fuego. Por más de cuarenta días consecutivos —hasta que las malas condiciones atmosféricas dan un breve respiro— no hay día ni noche en que no ataque la aviación enemiga. Dormir es ahora algo con lo que sólo cabe soñar.

Cabecean los artilleros ante el alza; la gente anda nerviosa y malhumorada; los comandantes, macilentos y con ojos enrojecidos por el insomnio. “Magic”, el sistema empleado por la Armada para descifrar los códigos de señales del enemigo, le ha permitido a la escuadra anunciar cuándo habrá ataques aéreos en grande escala. A veces los altavoces previenen a las dotaciones la noche víspera del ataque.

Mas al cabo hay que cesar de hacerlo. La tensión de la espera, la aterradora perspectiva del ataque, avivada por el recuerdo de lo ocurrido en los anteriores, destroza los nervios y enloquece a muchos hombres. Ilustración 6: Invasión americana de Okinawa Frente a la línea de Shuri, las fuerzas de tierra avanzan palmo a palmo. Pero las defensas japonesas siguen intactas.

El 22 de mayo, el general comandante del tercer cuerpo anfibio estadounidense informa que la infantería de marina está enfrentada al fuego de artillería más eficaz hallado hasta ahora en la guerra del Pacífico.

Las torrenciales lluvias de primavera convierten en pantanos los campos de Okinawa. Se atascan los tanques. Domina el fango dondequiera. Municiones y combustible han de transportarse hasta el frente en vehículos anfibios. Submarinos de bolsillo y botes suicidas colaboran con los kamikazes para hostigar la escuadra. Seguidamente viene el bombardeo de las pistas de vuelo estadounidenses, y tras de ello, desembarcos de tropas transportadas por aire. Cinco bombarderos enemigos tratan de llevarlos a cabo.

Cuatro caen derribados; del quinto, que hace un aterrizaje sin ruedas, saltan 10 japoneses que abren fuego contra cuanto les rodea. Antes de quedar tendidos en la pista, acribillados a balazos, han inutilizado siete aviones, averiado otros 26 e incendiado 265.000 litros de gasolina. Enjambres de aviones suicidas atacan nuevamente el 27 de mayo. Los estadounidenses derriban 115 ese día. Pero el cazatorpederos. “Drexler” va a aumentar el número de los que yacen a varias brazas de profundidad, y muchos otros barcos sufren averías.

Para fines de mayo, 50.000 hombres —la flor y nata del 32º cuerpo de ejército japonés— quedan sin vida en las brechas de las destrozadas fortificaciones, y el teniente general Mitsuru Ushijima se retira con el resto de sus tropas hacia el Sur, donde intentará la última resistencia, de “espaldas al mar”. La bandera de los Estados Unidos ondea ahora sobre las ruinas del castillo de Shuri, la fortaleza principal de la línea conquistada.

De los muros del castillo, que medían seis metros de espesor, queda sólo una masa de escombros. En derredor de los cráteres abiertos por el bombardeo, sube el inconfundible hedor de los cadáveres en putrefacción. Pero aún no ha terminado la lucha en Okinawa. El 3 de junio, 75 kamikazes efectúan 18 ataques. El 4, los elementos alían su furia a la del enemigo: un tifón hace bailar los buques de la armada invasora como cáscaras de nuez en un rabión, destroza la proa del crucero “Pittsburgh”, causa averías al portaaviones “Hornet” y a otros ocho barcos.

El 5, los aviones suicidas hacen blanco en el “Mississipi” y en el “Louisville”. De todos modos, se empieza ya a cobrar esperanzas fundadas. Aunque la victoria sonríe ya cercana, muchos morirán antes que se consume, entre ellos los comandantes de las dos fuerzas contendientes.

El teniente general Simón Bolívar Buckner, al mando del 10º Cuerpo de Ejército estadounidense, cae el 18 de junio mortalmente herido por una granada japonesa, y el 21 de junio, el teniente general Ushijima y su jefe de estado mayor, el teniente general Isamu Cho, practican la mortal ceremonia del harakiri. Esa misma noche oye el mundo la noticia de que la resistencia de conjunto ha cesado en Okinawa. A la siguiente mañana, a los acordes del himno nacional, la compañía de banderas iza el pabellón de los Estados Unidos en la ensangrentada isla.

“Una súbita ráfaga de brisa hizo flamear la bandera sobre el fondo azul del cielo”. Batallas ha habido en las que combatieron ejércitos más numerosos. campañas aéreas más prolongadas. Pero en Okinawa se desarrolló una lucha de fuerzas combinadas que no tiene igual, ni por su alcance, ni por la ferocidad con que se peleaba en el mar, en la tierra y en el aire, sin dar cuartel y sin pedirlo.

Nunca hasta entonces se vio combatir con tal encono aviones contra aviones, buques contra aeroplanos. Nunca hasta entonces sufrió la Armada estadounidense, en tan corto espacio, número tal de pérdidas; y raras veces habrá vertido el ejército estadounidense tanta sangre en tan corto tiempo y en tan reducido campo. Okinawa costó al Japón, más de 110.000 muertos, 16 navíos de línea, entre ellos el “Yamato”; miles de toneladas de barcos mercantes hundidos por las patrullas aéreas; 7.830 aviones destruídos y 2.655 perdidos en accidentes de guerra.

Los Estados Unidos perdieron 768 aviones, contando los grandes bombarderos de la Fuerza Aérea que se estrellaron en los aeródromos japoneses. De los 12.281 estadounidenses muertos en Okinawa, 5.000 pertenecían a las fuerzas de mar. Los daños sufridos por la armada fueron 36 barcos perdidos y 368 averiados; la parte que en esto correspondió a los kamikazes fue 26 de los primeros y 164 de los segundos. Ninguno de los buques hundidos por el enemigo era de clase superior a la de torpedero; de las unidades mayores, todas las que sufrieron averías, salvo un portaaviones escolta, las repararon, por lo general en, plazo breve. Los japoneses no lograron hundir ni un solo portaaviones, acorazado, crucero o transporte.

“La armada que llegó a quedarse” y que hizo posible la toma de Okinawa infligió al enemigo pérdidas mucho mayores que las que éste logró ocasionarle. El terso elogio tributado a los bravos marinos que tripulaban las pequeñas unidades, “… resistieron con valor probado”, es igualmente aplicable a muertos y sobrevivientes de Okinawa. Pero a los valientes barquitos de la línea de vigilancia del radar cabe parte especial en esa gloria. Cayó sobre ellos en proporción abrumadora la destrucción y la muerte; formaron ellos la tenue, heroica y sangrante barrera que impidió a los Hijos del Cielo dominar el Mar de la China Oriental. De “New York Times Magazine”.

Hundimiento Bismarck Caza del barco aleman en la Guerra Mundial

Hundimiento Bismarck Caza del Barco Alemán

IMPORTANTES PASAJES SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMO PEARL HARBOR,
LA CAZA DEL BISMARK, EL DIA «D», BATALLA DE STALINGRADO….

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día «D»

La caza del «Bismarck»
POR EL CAPITÁN RUSSELL GRENFELL DE LA REAL ARMADA INGLESA.

Para historiar esta operación naval, la más notable de su clase, el capitán Russell Grenfell contó con los relatos de la mayoría de los oficiales supervivientes a quienes cupo parte principal en la misma, y con los datos de los archivos tomados a los alemanes. De ahí que la presente reseña aporte muchos hechos nuevos, importantes.

La descripción del mismo episodio, vivido desde el acorazado alemán, aparece en este mismo libro; véase “Los últimos días del Bismarck”.

A MEDIADOS de mayo de 1941 atravesaba Inglaterra días difíciles. Llevaba casi un año de resistir sola a las formidables y victoriosas potencias del Eje. En el mar la situación iba de mal en peor.

Hundimiento Bismarck Caza del barco alemanLos hundimientos aumentaban de manera alarmante, y el mando alemán atacaba ahora las líneas inglesas de comunicación no solamente con submarinos y aeroplanos sino con buques de superficie.

Así las cosas, se supo que habían avistado en el Cattegat dos grandes navíos alemanes, que fuertemente escoltados y en compañía de dos buques mercantes navegaban hacia el Norte.

Al parecer, uno de esos navíos era el nuevo y poderoso acorazado “Bismarck”. Inmediatamente surgió la interrogación: ¿qué intentaban los navíos enemigos? ¿Cumplían tan sólo una misión incidental al escoltar los buques mercantes, y se proponían penetrar después en el Atlántico?.

Como esto último representaría una gravísima amenaza para Inglaterra, los ingleses dieron por sentado que ese era el plan de los alemanes, y formaron los suyos propios de acuerdo con tal suposición la consiguiente necesidad de vigilar cuantos parajes del Mar del Norte pudieran dar a los alemanes acceso al Atlántico, creaba a los ingleses vastos problemas de reconocimiento y de persecución, operaciones ambas en que evidentemente debían emplear crecido número de barcos.

Sir John Tovey, comandante de la escuadra metropolitana, disponía para enfrentarse al “Bismarck” de dos acorazados de línea (el “King George V” y el “Prince of Wales”), dos cruceros de combate (el “Hood” y el “Repulse”) y un portaaviones (el “Victorious”).

La proporción de cinco barcos contra uno parece satisfactoria. Pero el “Bismarck” era una unidad temible. Desplazaba más que cualquier acorazado inglés. Montaba como artillería principal ocho cañones de 15 pulgadas (38,1 cm.), o sea, superiores en una pulgada (2,54 cm.) a las bocas de fuego de los acorazados ingleses más modernos. Se le juzgaba de un andar superior, o cuando menos igual, al de los más veloces navíos de línea de Inglaterra. Agréguese a esto que los alemanes habían demostrado en la otra guerra europea su competencia en la construcción de barcos capaces de resistir el fuego enemigo mejor que los buques ingleses de la misma clase.

No eran en modo alguno de calidad tan excelente los navíos de línea de Inglaterra. El “Repulse”, botado al agua hacía veinticinco años, montaba dos cañones menos que el “Bismarck”; su blindaje pecaba de débil; su radio de acción, de insuficiente. El “Hood”, aunque formidable, llevaba veinte años a flote. El “Prince of Wales” adolecía del inconveniente opuesto: construido hacía poco, dos de sus torres tenían apenas tres semanas de instaladas, y no había habido tiempo de perfeccionar a la dotación en las prácticas de combate, ni de “repasar” la maquinaria.

En iguales o parecidas condiciones estaba el “Victorious”. Acababa de recibir los aeroplanos; y sus aviadores, reservistas todos, aterrizaban por primera vez en la cubierta de un portaaviones. El almirante Tovey (imagen izq.) contaba, pues, únicamente con un acorazado (el “King George V”) comparable con el “Bismarck”. Resolvió distribuir sus unidades de línea en dos escuadras destinadas a vigilar las rutas de acceso al Atlántico. El “Hood” y el “Prince of Wales” navegarían al Norte; el “King George V” (su propio buque insignia), el “Victorious” y el “Repulse” cruzarían al Sur de las Feroes. Quedaba por decidir cuándo debían hacerse a la mar ambas escuadras.

El combustible de que dispusieran podía influir de modo decisivo en el buen o mal éxito de las operaciones en que, para dar caza al enemigo, tendrían que cruzar muchos cientos de millas. Si las fuerzas inglesas de interceptación, por haber zarpado demasiado pronto, navegaban infructuosamente, en tanto que el “Bismarck” permanecía en puerto, todo ese combustible de menos llevarían a bordo cuando llegase la ocasión de dar caza al enemigo. Por otra parte, aplazar demasiado la salida las expondría a que el acorazado alemán les tomase tanta delantera que fuese imposible alcanzarlo. En tan apremiante disyuntiva, sólo había un medio: contar con informes exactos acerca de la posición y los movimientos del enemigo. En vuelo sobre el litoral noruego, el piloto de un Spitfire especial (imagen de un spitfire) adscrito al Reconocimiento Aerofotográfico de Costas avistó y fotografió en la tarde del 21 de mayo, a la 1,15, dos navíos alemanes surtos en un fiordo escondido cercano a Bergen. Se comprobó que uno de ellos era el “Bismarck” y el otro un crucero, que más adelante resultó ser el “Prinz Eugen”.

Como no volviera a avistarse el “Bismarck”, el almirante Tovey dispuso que el “Hood” y su escuadra zarpasen el mismo 21 a las 12 de la noche en dirección al Norte. El día siguiente, 22 de mayo, fue de ansiosa expectativa. Hacía mal tiempo para los aviones. Sin embargo, un parte de reconocimiento aéreo recibido por el almirante Tovey al anochecer avisaba que el “Bismarck” y el crucero no estaban ya en el fiordo cercano a Bergen. El almirante se dispuso a hacerse a la mar inmediatamente. Ordenó asimismo al crucero “Norfolk” reforzar al “Suffolk”, ya de patrulla en el Estrecho de Dinamarca. A las siete de la tarde del 23 de mayo, el comandante del “Suffolk”, capitán R. M. Ellis, continuaba en el puente de mando, del cual no se había apartado en todo aquel día ni en las dos noches anteriores.

El mal tiempo reinante desde que el crucero empezó a patrullar lo privaba del auxilio de la aviación. Cubierto en casi toda su extensión por la bruma, el Estrecho de Dinamarca ofrecía sólo una zona despejada, de cosa de tres millas de ancho, inmediata a los hielos árticos. Por esa zona, bordeando la bruma, navegaba el “Suffolk” proa al Sudoeste. Al caer el día, uno de los vigías avistó al “Bismarck” y al crucero “Prinz Eugen”. Estaban a unas 14.000 yardas (13 kilómetros), distancia peligrosa para los ingleses, dado que el alcance efectivo de la artillería alemana era de 40.000 yardas (casi 37 kilómetros). El capitán Ellis viró en el acto rumbo a la bruma y transmitió la señal que daba parte de la presencia del enemigo. Manteniendo contacto por medio del radar, el capitán maniobró al amparo de la bruma para ponerse en caza cuando el “Bismarck” hubiera pasado. Fija la vista en los puntos blancos que iban señalando en el tablero del radar el curso de los dos navíos enemigos, advirtió cómo cruzaban frente a la proa del “Suffolk” navegando a gran velocidad rumbo al Norte.

Volvió entonces a la zona despejada, vio a los alemanes a 15 millas e hizo rumbo en su seguimiento en tanto que transmitía de continuo señales por inalámbrico. Al “Norfolk”, que navegaba entre lo más espeso de la bruma, llegaron las señales en momentos en que el capitán Phillips, comandante del crucero, hincaba el diente en una tostada con queso derretido en cerveza que, con el resto de la cena, le habían servido en su cámara. El suboficial jefe de señales casi se fue de bruces al irrumpir en la cámara exclamando, mientras le entregaba el parte al comandante: «¡Los ha encontrado el “Suffolk!”» Trasladóse el capitán Phillips inmediatamente al puente de mando para ordenar que se cambiase el rumbo a fin de acercarse al que, conforme al parte, llevaba el enemigo. A las 8,30, después de una hora de andar a toda máquina, el “Norfolk” salió repentinamente de la bruma y avistó por babor al “Bismarck” y al “Prinz Eugen”, a unas seis millas de distancia.

El capitán Phillips metió todo el timón para virar a estribor y buscar nuevamente el amparo de la bruma, tendiendo al mismo tiempo una cortina de humo que protegiese la retirada. Pero esta vez el “Bismarck” estaba alerta y rompió certero fuego de artillería. Tres andanadas de las piezas de 15 pulgadas horquillaron al “Norfolk”, y una cuarta andanada cayó en su estela. Por milagro de la suerte no le dio de lleno ningún proyectil; y aunque lo alcanzaron algunos fragmentos grandes, logró internarse de nuevo en la bruma sin haber sufrido averías. Ya a salvo en la bruma, el “Norfolk” maniobró, como antes lo hiciera el “Suffolk”, a fin de seguir al enemigo guardando una distancia conveniente. Navegó manteniéndose a babor de los navíos alemanes, con el objeto de impedir que burlasen su vigilancia virando en esa dirección.

De esta suerte, en la semiclaridad de la noche ártica, continuó la caza en que perseguidos y perseguidores, surcando casi a toda máquina las heladas aguas del Estrecho de Dinamarca, atravesaban por entre brumazones, turbonadas y nevascas. Entretanto, la escuadra del vicealmirante Holland —compuesta del “Hood”, el “Prince of Wales” y seis cazatorpederos— había estado avanzando velozmente para cortarle el paso al enemigo. A las 5,35 de la mañana del 24 de mayo el vicealmirante avistó los dos navíos alemanes. Cambió entonces el rumbo a fin de ponerse a tiro. Los oficiales y la gente, que habían permanecido en sus puestos de combate desde poco después de medianoche, se apercibieron a hacer girar las pesadas y silenciosas torres. A bordo del “Norfolk” y del “Suffolk” crecía la expectativa.

Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen (Schönhausen, Magdeburgo; 1 de abril de 1815 – Friedrichsruh; 30 de julio de 1898) llamado el canciller de Hierro, fue un político prusiano, artífice de la unificación alemana y pieza clave de las relaciones internacionales de la segunda mitad del siglo XIX.

Con la llegada de los dos navíos de línea, la misión de ambos cruceros quedaba felizmente cumplida, y tanto la oficialidad como la gente, olvidándose de las pasadas fatigas, se disponían a presenciar la destrucción del enemigo. Lejos estaban de imaginar siquiera el espectáculo que iba a desarrollarse ante sus ojos. Todo ocurrió con extrema rapidez. El “Hood” y el “Prince of Wales” abrieron fuego contra el “Bismarck” a distancia de 25.000 yardas (23 kilómetros). El “Bismarck” y el “Prinz Eugen” contestaron inmediatamente. ¿Contra cuál de los buques ingleses disparaban los alemanes? Tras ansiosos instantes de espera, la dotación del “Prince of Wales” advirtió, no sin alivio, que ambos navíos habían elegido por blanco al “Hood”. En los modernos duelos de artillería naval, los principales puntos de referencia para regular el tiro son los surtidores que levantan los proyectiles cuando caen al mar. En el caso de proyectiles de grueso calibre, la altura de esos chorros de agua llega a unos 60 metros.

Según indiquen dichos puntos de referencia que el tiro es corto o largo, desviado hacia la derecha o hacia la izquierda, el oficial que dirige el fuego efectúa las debidas correcciones en el alcance y dirección del disparo. Lo que el director de fuego busca es “horquillar el barco”, o sea, contar para sus cálculos con uno o más tiros largos y uno o más cortos. Porque entonces puede “encuadrar” el objetivo y hacer uno o más impactos. Por regla general, no verá el estallido: con la espoleta de tiempo, el proyectil puede penetrar hasta el casco del buque enemigo antes de estallar y, por consiguiente, la explosión queda oculta a la vista. La artillería del “Prinz Eugen” logró el primer impacto en los primeros 60 segundos de combate. Al pie del palo mayor del “Hood” surgió una gran llamarada que se extendió rápidamente hacia proa. Para los observadores de los cruceros ofrecía el aspecto de un disco inflamado, semejante al del sol poniente cuando se hunde a medias en el horizonte.

Todos se preguntaban si sería humanamente posible dominar el incendio. Las llamas se aplacaron un tanto; luego parecieron oscilar. El enemigo rectificaba con gran prontitud la puntería. El “Bismarck” había horquillado al “Hood” varias veces, y era muy probable que hubiera hecho blanco. De súbito, las dotaciones de los cruceros ingleses vieron horrorizadas una vasta erupción de llamas gigantescas entre los dos mástiles del “Hood”, de en medio de las cuales ascendió al cielo una gran bola de fuego. La volcánica conflagración sólo duró uno o dos segundos; al cesar, en el lugar donde antes estaba el “Hood” se elevaba ahora una enorme columna de humo, entre la cual apenas se distinguían la proa y la popa, muy levantadas de la superficie del mar al hundirse la parte central del buque. El “Hood”, volado por el centro y partido en dos por la explosión, desapareció por completo en dos minutos. Tocó ahora al “Prince of Wales” servir de único blanco a la furia de la artillería enemiga. Una andanada de los cañones de 15 pulgadas levantó a pocas brazas del acorazado altísima cortina de agua.

Siguieron con breves intervalos las salpicaduras causadas por los disparos de la artillería secundaria del “Bismarck”, a la que acompañaban los cañones de ocho pulgadas del “Prinz Eugen”. El fuego era rapidísimo, casi continuo, con 10 ó 15 segundos entre disparo y disparo; espantoso el estruendo en que se mezclaban en confusión ensordecedora las explosiones de los proyectiles enemigos, el estampido de los cañones del “Prince of Wales”, el sibilante estrépito de cuanta bala caía en el mar y levantaba ruidosos surtidores. Tanta era el agua que arrojaban éstos en torno al “Prince of Wales”, a veces hasta la altura del tope de los mástiles, que a los ingleses se les dificultaba mucho precisar el punto de caída de sus propios disparos. De cuando en cuando sentían retemblar el navío cuando lo alcanzaba un disparo. Los que se hallaban en el puesto de dirección de tiro más inmediato a popa vieron pasar ráfagas de un humo negro, señal cierta de incendio a proa. En medio del fragor del combate, el puente de mando quedó hecho trizas por un proyectil de 15 pulgadas que lo atravesó e hizo explosión a la salida.

Cuantos estaban en el puente perdieron la vida, con la sola excepción del capitán J. C. Leach y del suboficial jefe de señales. En la estación central de mando, situada inmediatamente debajo, empezó a caer, en los planos reticulados, sangre que chorreaba del tubo acústico. Para colmo de desdichas, la circunstancia de ser el “Prince of Wales” barco tan nuevo militaba ahora en su contra. Ocurrían ligeros pero repetidos tropiezos en el mecanismo de las torres, en las que ya un cañón, ya otro, no obedecían a la descarga. Los ingenieros de la casa constructora de las torres, a los cuales se alojó a bordo para que atendieran a los últimos detalles de la instalación, habían salido a la mar con el buque. Pero ni aún con la ayuda de esos peritos se lograba rectificar las imperfecciones del mecanismo de las torres, en las cuales disparaban por término medio en cada descarga tres cañones en vez de cinco. La artillería enemiga continuó haciendo blanco en el “Prince of Wales”. Perforado en una de las bandas a la altura de la línea de flotación por dos proyectiles, el acorazado embarcó cosa de 500 toneladas de agua. Varios de sus compartimientos estancos se inundaron. El capitán Leach, que dirigía ahora la acción desde el puente inferior de mando, optó por cesar el combate mientras le llegaban refuerzos, viró en redondo y se alejó tras una cortina de humo. El “Bismarck” no trató de dar caza, aún cuando no mostraba señales de haber sufrido ningún daño. El único indicio de que pudiera haber sido alcanzado fue una negra y muy visible columna de humo que dejó escapar la chimenea unos tres minutos después de empeñada la acción, como si por la violenta sacudida de un impacto todo el hollín de los huecos y rincones de los conductos de humos de las calderas se hubiera desprendido, y arrastrado por los gases saliera disparado por la chimenea para elevarse en el aire a considerable altura. La pérdida del “Hood” fue un recio golpe para los ingleses.

Era el barco más grande de la Armada. Una generación entera de marinos había crecido viendo en ese crucero acorazado el buque de guerra más poderoso del mundo, y he aquí que en su primer encuentro queda deshecho y convertido en un montón de llamas a los tres minutos de hallarse bajo el fuego enemigo. De toda su dotación, sólo tres supervivientes llegaron a encontrarse. El hecho indudable es que el “Hood” adolecía de defectos de construcción. En realidad, uno o dos años después de botado al agua, los peritos en cuestiones navales observaron que un proyectil enemigo que hiciese blanco con determinado ángulo de caída penetraría fácilmente en uno de los pañoles de municiones. Este defecto podía subsanarse reforzando el blindaje, y el Almirantazgo acordó hacerlo así aprovechando la primera oportunidad en que se carenase de firme el “Hood”. Sin embargo, el proyecto no se llevó jamás a cabo. Resta decir que la artillería del “Bismarck” se desempeñó en forma brillante y se mostró muy superior a la de la Armada inglesa. La dirección del tiro fue excelente, y la dispersión muy escasa.

El comportamiento del barco alemán fue notable. Frente a un enemigo dos veces superior, le bastaron cinco o seis andanadas para volar un barco, y con unas 12 más obligó al otro a retirarse. La derrota de la escuadra del “Hood” trastornó buen número de planes. El siniestro resplandor de la explosión cambió repentinamente la situación. Si antes de la catástrofe se consideró necesario hundir al “Bismarck”, doblemente indispensable era ahora. Aunque más adelante se supo que el navío alemán iba dejando tras sí ancha estela de petróleo, lo cierto era que por el momento continuaba a todo andar rumbo al Suroeste, y que en el Atlántico navegaban a la sazón diez convoyes, algunos de los cuales contaban sólo con ligera escolta. Espoleado por las desastrosas potencialidades de tal situación, el Almirantazgo inglés tomó medidas más radicales. En aguas de Gibraltar, y al mando del vicealmirante sir James Somerville, se hallaba la escuadra H, compuesta del crucero de combate “Renown”, el portaaviones “Ark Royal”, el crucero “Sheffield” y seis cazatorpederos. La misión que normalmente le estaba asignada era la de cerrar a la escuadra italiana el paso occidental del Mediterráneo; pero ahora se le señaló la de perseguir al “Bismarck”.

Al acorazado “Ramillies”, que navegaba cientos de millas al Noroeste en mitad del Atlántico, se le ordenó separarse del convoy que escoltaba y proceder rumbo a Occidente a interceptar el enemigo. Asimismo se separó de su convoy a otro acorazado, el “Rodney”, cuando se hallaba a 1.500 millas de la costa de Irlanda, para destinarlo también a interceptar al “Bismarck”. A las seis horas del hundimiento del “Hood”, las fuerzas que tomaban parte directa en la persecución del “Bismarck” quedaban aumentadas con dos acorazados, un crucero de combate, un portaaviones, tres cruceros y nueve cazatorpederos. La concentración de buques así efectuada halla muy pocos paralelos, acaso ninguno, tanto por lo dilatado del espacio que les tocaba vigilar cuanto por lo dramático de la misión que debían cumplir.

El “Norfolk” y el “Suffolk” habían continuado navegando tras el enemigo después del hundimiento del “Hood”. El “Prince of Wales” navegaba juntamente con el “Norfolk”, y unas 300 millas al Este, Sir John Tovey, a bordo del “King George V”, conducía su escuadra a la mayor velocidad posible en demanda de los dos navíos alemanes. Lo acompañaban el portaaviones “Victorious” y el “Repulse”. Por unas horas el tiempo estuvo despejado y los cruceros navegaron a 15 ó 18 millas del enemigo, sin perderlo nunca de vista. A eso de las 11 del día, aparecieron bancos de bruma por proa. Ambos cruceros acortaron la distancia hasta donde podían atreverse a hacerlo; pero alrededor de mediodía la niebla y la llovizna les ocultaron al enemigo. Como el alcance del radar con que se contaba en esos días era solamente de unas 13 millas, el contacto con el “Bismarck” y su crucero acompañante fue intermitente esa tarde. El capitán Ellis, del “Suffolk”, calculaba que el “Bismarck” trataría de aprovechar la escasa visibilidad para sorprender a uno de los dos cruceros y abrir fuego a corta distancia. Amaneciendo, como el radar indicase que disminuía rápidamente la distancia, el capitán, previniendo una asechanza, viró en redondo y lanzó su crucero a toda máquina. En este punto surgió de entre la bruma el “Bismarck”, que abrió fuego con todas sus baterías.

El comandante del “Suffolk” logró resguardarse con una cortina de humo. El breve encuentro hizo que ambos barcos derivaran hacia el “Norfolk” y el “Prince of Wales”. Cuando el segundo de éstos abrió fuego en defensa del “Suffolk”, el “Bismarck” rehuyó el combate y se alejó a toda máquina. Se sabe ahora que el ataque del “Bismarck” contra el “Suffolk” tuvo por objeto cubrir la retirada del “Prinz Eugen”, que debía separársele y hacer rumbo a un buque cisterna a fin de reabastecerse de combustible. Aunque los ingleses habían logrado hasta entonces seguir el rumbo del “Bismarck”, preocupaba a Sir John Tovey el temor de que el navío alemán aprovechase la superioridad de su andar para escapárseles durante la noche. Huyendo repentinamente a toda velocidad, podría burlar la vigilancia de sus perseguidores antes que éstos cayeran en la cuenta de lo que intentaba. El único medio de hacerle perder velocidad antes que cerrara la noche era atacar con los aviones del “Victorious “.

Si se lograba que algunos torpedos causaran averías en la obra viva del “Bismarck”, esto le acortaría el andar lo suficiente para conjurar el riesgo de que eludiese la persecución durante la noche. Antes del anochecer despegaron del “Victorious” nueve aviones para atacar al “Bismarck” desde una distancia de 100 millas, casi el límite máximo de su radio de acción. Por primera vez en la historia naval la aviación de un portaaviones atacaba a un acorazado en alta mar. La dotación de los aeroplanos, aunque bisoña en su mayoría en operaciones de guerra marítima, mostró gran decisión en el ataque. Todas las nueve máquinas lanzaron sus torpedos, y todas volvieron al portaaviones. Sin embargo, únicamente vieron que un torpedo diese en el blanco, y el “Bismarck” no sufrió disminución en su andar. La jornada había sido en su totalidad de dolorosas derrotas y fracasos. Por añadidura, los cazatorpederos de escolta del “King George V” tuvieron que alejarse a la medianoche, proa a Islandia. La prolongada correría a todo andar los dejó tan escasos de combustible, que no estaban en condiciones de alargar la navegación.

La falta de esas unidades causaba en el almirante Tovey la incómoda sensación de navegar sin auxiliares, y la circunstancia de que el “Repulse” debería alejarse también en breve para ir a tomar combustible aumentaba la desazón. Todo ello marcaba un revés de la suerte que tan propicia se mostrara la víspera a esa misma hora, cuando el “Bismarck” parecía condenado a un próximo fin. Y aún sobrevendrían adversidades peores. A las 3 de la madrugada del 25, el “Suffolk” perdió contacto con el “Bismarck”. No logró restablecerlo sino pasadas 31 horas y media. Horas fueron aquéllas de creciente tensión; de ansiosas conjeturas acerca del rumbo que hubiera tomado el “Bismarck”; de preocupación por la continua merma del propio combustible; y ante todo, de temor de que los barcos ingleses estuvieran alejándose de su objetivo en vez de aproximarse a él.

Por fin, a las 10,30 de la mañana del 26 de mayo los aviones del Comando de Costas descubrieron otra vez al “Bismarck”, pero mientras tanto, una larga desviación de los ingleses en dirección al Mar del Norte les había hecho perder un tiempo precioso. En vez de hallarse virtualmente a la misma altura que el “Bismarck”, como antes, éste se les había adelantado muchísimo. Y de continuar rumbo a Francia a su andar normal, les sería imposible a los barcos ingleses alcanzarlo, ya que lo mermado de su provisión de combustible les vedaba navegar a toda máquina, por la rapidez con que aumenta el consumo de combustible al desarrollar velocidades cercanas a la máxima. El “Bismarck” llevaba al “King George V” unas 50 millas de delantera; además, no tardaría mucho en quedar bajo el amparo de la aviación alemana. De sostener su presente andar, unos 20 nudos, entraría en la zona del radio de acción de los bombarderos alemanes al amanecer del siguiente día. En consecuencia, para obligarlo a empeñar combate, era indispensable acortarle el andar; y ello habría de hacerse en el preciso término de ese día: el 26 de mayo. Pero ¿cómo hacerlo? Sólo torpedeándolo. La única esperanza real eran los aviones del “Ark Royal”. Unas 24 horas antes, la escuadra H se encontraba a 1.500 millas de distancia.

Ahora, navegando al Norte a toda máquina, esta escuadra sería quizá el único obstáculo capaz de impedir que el “Bismarck” llegara a puerto. Cuando se recibió el mensaje inalámbrico que daba cuenta de haberse localizado nuevamente el “Bismarck”, a bordo del “Ark Royal”, que estaba a 40 millas de distancia, se prepararon 15 aviones para el ataque con torpedos. Comenzaron a despegar a las 2,30 de la tarde. Las dotaciones iban advertidas de que ningún otro barco navegaba cerca del acorazado alemán. El tiempo había ido empeorando todo el día, y mientras los aviones estuvieron apercibiéndose para emprender el vuelo de ataque, el vicealmirante Somerville dispuso que el crucero “Sheffield” partiera en busca del “Bismarck” y no lo perdiese de vista una vez hallado. La orden se comunicó por medio de los proyectores, cuyas señales se dirigieron sólo al “Sheffield”. El “Ark Royal” no advirtió su partida. Poco después de ésta, despegaron los aviones para el ataque.

Volando por entre la lluvia y la niebla, los aviadores determinaron con el radar la posición de un barco que navegaba aproximadamente por los lugares donde debía hallarse el que era su objetivo, y suponiendo, como era natural, que era el “Bismarck”, lo atacaron. No ha de causar sorpresa que, en la tensión de aquellos momentos, no echasen de ver que el barco era el “Sheffield” y no el “Bismarck”. Iban en busca de un buque enemigo, y tanto puede la autosugestión, que la mayoría de los aviadores lo vieron como enemigo. A bordo del “Sheffield”, el capitán Larcom había recibido del vicealmirante Somerville aviso de que los aviones despegaban para atacar; así, pues, no extrañó la presencia de éstos. Mas al observar los con los binóculos, se dio cuenta de que picaban sobre el crucero para atacarlo. Inmediatamente pidió avante a toda máquina e hizo zigzaguear al “Sheffield” a fin de desconcertar la puntería de los atacantes. Ni uno solo de los cañones de a bordo entró en acción. En profundo silencio, oficialidad y marinería siguieron con la mirada el descenso de los torpedos.

El primero cayó al mar y levantó una copiosa salpicadura. Los observadores, reducidos a la inacción, cobraron ánimo. Instantes después absorbía su atención algo aún más sorprendente: el segundo torpedo estalló con terrible estrépito no bien tocó el agua. Otro tanto ocurrió con el tercero. Los torpedos llevaban espoletas magnéticas, y estaba a la vista que los hacían estallar apenas chocaban con el agua. De los restantes torpedos, tres estallaron ineficazmente. Tres de los aviones cayeron en la cuenta del error y suspendieron el ataque. Quedaron de tal modo nada más que seis o siete torpedos vivos, de los cuales tenía que librarse el “Sheffield”. En tanto que todo oficial y marinero disponible permanecía en cubierta escudriñando la superficie del mar en busca de las estelas que indicaran el curso de los torpedos, el capitán Larcom gobernaba ya en una, ya en otra dirección, y con tan consumada pericia que todos los torpedos pasaron de largo sin dañar al crucero. Abatidos y melancólicos regresaron los aviones al portaaviones, del cual tornarían, sin embargo, a despegar en busca de nueva ocasión.

No obstante lo violento del balanceo, procedióse a reabastecer de combustible los aeroplanos y a cargar nuevamente los torpedos. La reciente y malaventurada ocurrencia dejaba a lo menos una enseñanza: las espoletas magnéticas eran inseguras. Las reemplazaron ahora con las antiguas y ya probadas espoletas de percusión. A las 7 p.m. los aviones estaban de nuevo en la cubierta de vuelo, listos a despegar. Soplaba todavía un viento recio. La visibilidad no era constante; había nubes a 180 metros y hasta menos, y lluvias que el viento arrastraba en ondulantes cortinas. Cuando los aviones despegaron, toda la gente del “Ark Royal”, estaba segura de que esta vez iban resueltos a triunfar. Unos cuarenta minutos después estaban los aviones a la vista del “Sheffield”, que les comunicó: “Enemigo 12 millas adelante”. Ascendieron entonces a ocultarse en las nubes. A poco se vio desde la banda de estribor del crucero, en dirección a proa, fuego de artillería, al que siguió el frecuente y fugaz resplandor de las granadas que estallaban en el aire. El lejano y nutrido cañoneo de los antiaéreos se sostuvo por unos minutos y fue cesando después. Hubo una pausa, tras la cual vieron desde la cubierta del “Sheffield” asomar un aeroplano, y luego otros dos.

Venían de regreso y volaban bajo, casi al nivel de la cubierta. Habían lanzado todos los torpedos. Cuando uno de los aeroplanos pasó cerca, pudo advertirse que sus tripulantes sonreían satisfechos y cerrando los puños apuntaban hacia lo alto con los pulgares, en señal de triunfo. Todos los que estaban en la cubierta del “Sheffield” los vitorearon saludándolos con las gorras. Por añadidura, los daños habían sido mínimos. Cuando los aviones atacantes estuvieron de vuelta en el “Ark Royal”, se comprobó que a cinco de ellos los había alcanzado el fuego enemigo. En uno contaron 127 impactos, y tanto el piloto como el artillero estaban heridos. Mas a pesar de todo esto, y de que iba faltando ya la claridad del día, todos los aparatos, con la sola excepción de uno que se estrelló al tomar la pista, descendieron sin tropiezo al portaaviones. Interrogados los aviadores, se supo que uno de los torpedos había dado en mitad del “Bismarck”.

Partes procedentes del “Sheffield”, a los que siguieron otros de los aviones de vigilancia del “Ark Royal”, informaron poco después al almirante Tovey que el “Bismarck” había cambiado el rumbo y navegaba ahora proa al Norte. ¿A qué obedecía tan extraña, y a la verdad suicida determinación del enemigo? ¿Se debería a que algún daño de los timones lo hubiese dejado sin gobierno? Tan alentadora suposición se confirmó cuando los últimos y rezagados aviones de vigilancia volvieron al “Ark Royal”, virtualmente faltos de combustible, y una vez que lograron efectuar el descenso, pese a lo oscuro de la hora y al fuerte cuchareo del barco, dieron esta importante información: a raíz del ataque aéreo, el “Bismarck” describió dos círculos completos y paró con la proa al Norte; luego quedó allí, a merced de las olas.

No cabía ya duda de lo ocurrido. Después de la tensión, la ansiedad, los contratiempos de los días anteriores –en que las probabilidades de dar caza al “Bismarck” habían ido disminuyendo hasta reducirse casi a cero— la noticia de la evidente avería del navío enemigo era tan buena, que más que cierta parecía soñada. Grande alivio produjo en todos, y en particular en los oficiales superiores, quienes, por hallarse más al tanto de la situación estratégica que sus subalternos, llegaron a temer que fuese imposible alcanzar al “Bismarck”. Sabían perfectamente que el ataque aéreo que causó la seria avería al enemigo había sido la última esperanza de detener al “Bismarck” e impedir que escapara; y que el éxito más completo coronara aquella tentativa era más de lo que se podía esperar. Las probabilidades favorables estaban en la proporción de uno contra ciento.

Y, sin embargo, lo increíble había acontecido. Al amanecer del siguiente día, 27 de mayo, la visibilidad era escasa y el horizonte anunciaba tempestad. A las 8,15, el “Norfolk” avistó al “Bismarck” como a unas ocho millas y dio aviso al “King George V” y al “Rodney”. A las 8,47 el “Rodney” rompió fuego con los cañones de 16 pulgadas. No habían acabado aún de recorrer sus trayectorias los primeros proyectiles, cuando entraron en fuego los cañones del “King George V”. La artillería del “Bismarck” permaneció silenciosa por dos minutos. Luego contestó el fuego. A la tercera descarga horquilló al “Rodney” y estuvo a punto de hacer blanco. El capitán Dalrymple Hamilton, comandante del “Rodney”, torció hacia el “Bismarck”, a fin de poder emplear mayor número de cañones, y dirigió contra el navío enemigo un fuego de artillería más nutrido que el que podían sostener los alemanes. A las 8,54 el “Norfolk” rompió el fuego a 20.000 yardas con las piezas de ocho pulgadas.

El “King George V” y el “Rodney”, a distancia de tiro todavía menor, disparaban ahora con su artillería secundaria. A las 9,04, el crucero “Dorsetshire”, de la Escuadra H, tomó parte en el combate. La eficacia de la artillería enemiga disminuía a ojos vistas. A los pocos minutos los dos acorazados ingleses se acercaron más. Podía distinguirse con el auxilio de los binóculos lo que pasaba a bordo del “Bismarck”. Era patente que el fuego de los ingleses había causado serios daños. Un incendio de bastante consideración alzaba sus llamas en la crujía. Algunos cañones parecían inutilizados; los demás sólo disparaban irregularmente. Desde el “Norfolk” pudo advertirse que dos de las piezas de 15 pulgadas, por su máximo ángulo de depresión, daban motivo para suponer que los impactos de la artillería inglesa hubieran hecho fallar el mecanismo hidráulico. Acortando aún la distancia, los dos acorazados dirigieron contra el “Bismarck” el fuego sostenido de su artillería principal y secundaria.

Una gran explosión a espaldas de la más alta de las dos torres delanteras se llevó todo el blindaje del envés, que cayó sobre cubierta. Un blanco espectacular logrado por un disparo hizo caer el telémetro de 15 pulgadas. El andar del “Bismarck” era ya tan irregular y lento que los acorazados ingleses se veían precisados a zigzaguear para sostener la puntería. Hubiera sido más expedito poner término al combate con fuego de andanada, pero para ello habría habido que acortar el andar hasta igualarlo con el del enemigo, lo cual prestaría poca seguridad en el caso de verse atacados por los submarinos alemanes. A las 10, abatido el mástil, perdida la chimenea, el “Bismarck” era una silenciosa y flotante ruina. Sus cañones, mudos ahora, dirigían las bocas en todas direcciones; del alcázar se elevaba una negra nube de humo; los muchos boquetes y hendiduras abiertos en los costados por los impactos dejaban ver claramente el siniestro resplandor de los incendios que habían convertido en infierno el interior del navío.

Los artilleros empezaban a abandonar sus puestos; corrían de un lado a otro de la cubierta; algunos, temiendo menos la muerte que les ofrecía el mar que el horror que los circuía, saltaban por la borda. Y, sin embargo, el “Bismarck” no había arriado la bandera. Continuaba desafiante, al menos en apariencia. Aunque indefenso ya, y rodeado de enemigos, rehusaba rendirse. Los ingleses estaban resueltos a hundirlo, y a la mayor brevedad posible. Era de temer que apareciesen de un momento a otro aviones alemanes de gran radio de acción, o que cortasen las aguas torpedos disparados por submarinos enemigos, cuya tardanza en acudir al lugar del combate no se explicaba. Y a esto se añadía, para aumentar la urgencia del caso, la constante ansiedad de la escasez de combustible. La impaciencia de Sir John Tovey se manifestó en el deseo de acortar la distancia a que se disparaba. —De más cerca, de más cerca —empezó a decirle al capitán Patterson—. No veo bastantes impactos.

Las piezas de 16 pulgadas del “Rodney” dirigían ahora andanadas de nueve disparos contra el “Bismarck”, en el cual caían cada vez tres o cuatro enormes proyectiles. Un torpedo del “Rodney” hizo también blanco en el “Bismarck”. El “Norfolk” creyó haberlo alcanzado cuando menos con un torpedo. Pero el “Bismarck” continuaba a flote. Era, sin embargo, evidente que el casco incendiado, inactivo y a medias sumergido, no volvería jamás a puerto, sea que zozobrase ahora mismo o más adelante. A las 10,15 de la mañana, Sir John Tovey, a bordo del “King George V”, dio al “Rodney” la orden de seguir la estela. Habían aguardado ya más de lo prudente, e iba a tomar la vuelta a tierra. El “Dorsetshire” lanzó a la banda de estribor del “Bismarck” dos torpedos, uno de los cuales hizo explosión directamente bajo el puente. Describiendo luego un semicírculo para tomar al enemigo por la banda opuesta, lanzó otro torpedo, que dio también en el blanco.

El destrozado “Bismarck”, en alto todavía el pabellón, se fue sobre el costado de babor, dio la voltereta y, quilla al cielo, se hundió silenciosamente en el mar. Todo había concluído. El poderoso navío alemán acababa de sucumbir después de batirse valerosamente contra fuerzas superiores. Cuanto restaba del “Bismarck” eran unos cuantos centenares de hombres de su dotación, cuyas cabezas se veían sobresalir entre las alborotadas olas. El crucero “Dorsetshire” y el cazatorpedero “Maorí” recogieron 110 de esos hombres. Un vigía avisó luego que acababa de avistarse el periscopio de un submarino, y los buques ingleses se alejaron. La caza del “Bismarck” fue una de las más largas, laboriosas y sostenidas que registra la historia naval. En punto a dramáticos cambios de la suerte; a febril entusiasmo que se torna en hondo desengaño; a brillantes victorias que se convierten rápidamente en completa derrota, es probablemente caso único en la historia del mar.

Historias de la Segunda Guerra Mundial Destacadas Anecdotas

Historias de la Segunda Guerra Mundial Destacadas Anécdotas

IMPORTANTES PASAJES SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMO PEARL HARBOR,
LA CAZA DEL BISMARK, EL DIA «D», BATALLA DE STALINGRADO….

HISTORIAS DE GUERRAS:

1-La Caza del Bismarck
2-El Final de Adolf Hitler
3-La Mayor Batalla
4-Ataque a Pearl Harbor
5-Un Error Fatal
6-El Día «D»

Antecedentes de la Segunda Guerra Mundial: En marzo de 1939, siguiendo con su política expansionista (según su filosofía del espacio vital para la nueva Alemania) Hitler procedió a ocupar el resto de Checoslovaquia y capturó el puerto de Memel en Lituania; en abril, Mussolini se apoderó de Albania. Estos nuevos actos de agresión no provocados desprestigiaron totalmente las políticas que habían llevado al Acuerdo de Munich. Inglaterra y Francia, enfrentadas a la perspectiva de una expansión fascista ilimitada en Europa central, se apresuraron a prometer ayuda militar a Polonia, Grecia y Rumania si cualquiera de ellas era atacada. Se inició entonces un programa de gasto militar de emergencia.

El 27 de abril de 1939, Inglaterra restableció la conscripción militar y hubo conversaciones con Rusia con la intención de crear un frente de paz hacia el este de Alemania. Sin embargo, era demasiado tarde. El 23 de agosto de ese año, Alemania, pese a su declarada hostilidad hacia el comunismo, firmó un pacto de no agresión con la Unión Soviética que establecía que ninguna de las partes atacaría a la otra, y que se mantendrían neutrales si una de ellas era atacada por una tercera potencia.

El pacto nazi-soviético fue uno de los acontecimientos más controvertidos de la década. Los partidarios del comunismo ruso lo justificaban manifestando que Gran Bretaña y .Francia habían desairado a Rusia cuando ésta pretendió suscribir un acuerdo de seguridad colectiva; pero la verdad era que en dicho pacto Polonia quedaba repartida entre Alemania y Rusia.

Con esta garantía en el bolsillo, el 1 de septiembre, las fuerzas de Hitler -aproximadamente 1.700.000 hombres- invadieron Polonia. Gran Bretaña y Francia exigieron el retiro de Alemania, pero ésta hizo caso omiso, por lo que ambas naciones le declararon la guerra.

El comienzo de la guerra

Esta repentina firmeza, después de tantos años de permisividad, tomó a Hitler un tanto de sorpresa. Sin embargo, como ni Francia ni Gran Bretaña estaban en condiciones de atacar, siguió con su exitosa campaña hacia el este. El 17 de septiembre, cuando las fuerzas rusas también comenzaron a invadir Polonia, el proceso ya casi había concluido. La resistencia organizada terminó una semana después y, el 29 de septiembre, los gobiernos de Alemania y Rusia se dividieron Polonia.

Ahora Hitler tenía que negociar con sus nuevos enemigos occidentales antes de que éstos tuvieran tiempo de reorganizar sus fuerzas. Pese a los éxitos en el este, Alemania aún estaba relativamente débil después de la depresión y su economía no permitía fabricar grandes cantidades de armamento. Si se desviaban demasiados recursos hacia la industria militar, se podía producir escasez interna, lo que provocaría desórdenes. De manera que Hitler se preparó para una campaña corta pero decisiva, conocida como el blitzkrieg, la ‘guerra relámpago’.

En abril de 1940, sus tropas invadieron Dinamarca y Noruega en forma absolutamente sorpresiva y eficiente y el 10 de mayo iniciaron una ofensiva devastadora contra Holanda, Bélgica y Francia, que tuvo un éxito inmediato. Por un acuerdo previo, los ejércitos británico y francés se movilizaron para rescatar a Bélgica; los tanques alemanes aparecieron por la retaguardia, barrieron con las fuerzas que habían dejado para defender Bélgica y llegaron el 19 de mayo hasta la costa del Canal de la Mancha. Inglaterra retiró precipitadamente lo que quedaba de su ejército a Dunkerque y procedió a evacuarlo de la mejor manera posible. Los días 27 y 28 de mayo, el gabinete británico, fuertemente impactado, debatió si se debía buscar un acuerdo de paz. Chamberlain (ex primer ministro) y Halifax (ministro de Defensa) eran partidarios de hacerlo, creyendo (honestamente) que Alemania sería generosa; pero la votación de sus colegas, encabezada por el nuevo primer ministro, Winston Churchill, les fue adversa. Sin embargo, al principio, parecía que Churchill se había equivocado en sus cálculos. Los alemanes siguieron avanzando inexorablemente hacia París; Italia declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña. El 22 de junio, el gobierno francés se rindió.

El norte de Francia fue sometido a la ocupación alemana y el resto del país fue gobernado desde la ciudad de Vichy, por un grupo de personas compuesto en su mayoría por derechistas que habían sido desplazados en 1936 por el gobierno del Frente Popular. En los primeros años de la ocupación, los nazis recibieron bastante apoyo del pueblo, especialmente en Francia y Bélgica. Sólo tuvieron oposición en Gran Bretaña.

En julio de 1940, cuando Hitler comenzó a celebrar la victoria en Berlín, Alemania e Italia —conocidas como el ‘Eje’- se habían convertido, directa o indirectamente, en los patrones de toda Europa occidental y central y de parte de Europa oriental.

Es cierto que la Unión Soviética se había aprovechado de la ofensiva de Hitler contra el oeste para ocupar Finlandia y los países bálticos, pero las dificultades que había experimentado el ejército soviético para lograr estos objetivos hacía suponer que no representaba una amenaza para Alemania. Asimismo, aunque la Real Fuerza Aérea británica había podido contrarrestar una gran ofensiva de bombardeo aéreo, destinada a preparar el camino para una invasión de las fuerzas terrestres alemanas o a obligar a Inglaterra a rendirse (la batalla de Inglaterra), ésta no estaba en situación de contraatacar mientras Estados Unidos (por muy compasivo que fuese) se negara a abrazar su causa abierta y activamente.

Biografia de Osama Bin Laden Terrorismo de Al Qaeda Talibane

Biografia de Osama Bin Laden

Aunque haya sido un hombre del siglo XX su inspirador, en el futuro el siglo XXI se estudiará abriendo el capítulo del atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, en el primer año de este nuevo siglo, exactamente un negrísimo 11 de septiembre de 2001. Pero este hombre, Osama Bin Laden, no sólo será recordado como el inductor de tan sangriento suceso, sino como responsable de toda una vuelta atrás de los, hasta aquella fecha siniestra, continuos avances de libertad y progreso en el llamado primer mundo.

Prácticamente invisible, la primera potencia mundial ha sido incapaz de dar con él y de destruir su organización, por más que machacó a todo un país, Afganistán, con el único objetivo de capturarlo. Los aviones y sus suicidas, a su vez asesinos masivos, al destruir las dos torres de Manhattan, daban oportunidad a las fuerzas regresivas para imponer su mano dura por doquier, además de iniciar una nueva clase de guerra en la que el enemigo es invisible pero no inocuo, ya que su mensaje mortal puede llegar por cualquier medio, a cualquier hora y en cualquier lugar.

Osama Bin Laden

BIOGRAFÍA DE BlN LADEN, OSAMA Activista islámico saudí (Riyadh, 1957). Desde 1979 apoyó financieramente  a los talibanes, el sector más extremista del movimiento guerrillero afgano, en su lucha contra la URSS.

En 1988 fundó el grupoo Al Qaeda («La Base») con el objetivo de emprender la guerra santa. Desde 1991 orientó sus actividades contra los intereses estadounidenses y estableció  bases operativas en Sudán, Pakistán y Afganistán, país que convirtió en su lugar de residencia desde 1995. Implicado en varios atentados desde 1993, se le considera responsable de la organización de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE. UU.

EL HECHO TERRORISTA QUE HACE FAMOSO A BIN LADEN
Uno de los actos terroristas más destructivos tuvo lugar el 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos. Cuatro grupos de terroristas secuestraron igual número de aviones comerciales después de abordarlos en Boston, Newark y Washington, D.C.

Los secuestradores dirigieron dos aviones directamente contra las torres del World Trade Center de la ciudad de Nueva York, causando su derrumbe así como de otros inmuebles colindantes. Un tercer avión fue estrellado en el Pentágono, cerca de Washington, D.C. El cuarto, aparentemente dirigido hacia Washington, se estrelló en un área aislada de Pennsylvania, según parece como resultado de un intento de un grupo de heroicos pasajeros que frustraron a los terroristas. En total, más de tres mil personas murieron, incluyendo todos los pasajeros y la tripulación de los cuatro aviones.

ATAQUE DE BIN LADEN, torres gemelas

El 11 de septiembre fue la consecuencia más trágica de los errores cometidos por soviéticos y norteamericanos en Afganistán. Los atentados cumplieron un sueño que los radicales islámicos nunca pensaron llegar a hacer realidad, y en ese sentido se demostró, después de una investigación cuyo informe abarca más de diez mil folios, que las grandes catástrofes son siempre hijas de pequeñas equivocaciones en cadena.

Estos actos de terror coordinado fueron realizados por secuestradores vinculados con la organización terrorista internacional al-Qaeda, dirigida por Osama Bin Laden. Originario de Arabia Saudita, Bin Laden usó la fortuna que heredó para establecer una serie de campos de entrenamiento terrorista en Afganistán, bajo la protección de los gobernantes fundamentalistas islámicos conocidos como talibanes.

Bin Laden también es sospechoso de haber dirigido los atentados terroristas previos contra Estados Unidos, incluyendo el bombardeo de dos embajadas en África en 1998 y un ataque contra el navío militar USS Colé, en 2001.

De esta manera se inicia un nuevo tipo de guerra, cuyo enemigo ahora es «invisible» porque puede estar en cualquier parte del mundo y puede a la vez recurrir a cualquier arma. Aquella guerra convencional, como la guerra fría, en donde había dos bando bien definidos y con bases distribuidas mundialmente pero de conocida localización, pasó a la historia, ahora este tipo de ataque inesperado, despertando la sorpresa generó una especie de miedo colectivo, que obligó a EE.UU. a aumentar los controles en aeropuertos, carreteras y espacio públicos de una manera jamás conocida.

La democracia estaba en juego, y había sido jaqueada por un pequeño grupo de hombres desconocidos con mínimos recursos. Estos hombres, ahora talibanes habían logrado herir a Estados Unidos en el corazón de su sistema financiero y militar, y esta operación había sido preparada y organizada por un viejo aliado de EE.UU. en la guerra contra Rusia, este hombre era: Osama Bin Laden.

Osama bin Laden nació en 1957, en Arabia Saudí, en el seno de una acaudalada familia de origen yemení y sirio. Su padre levantó un pequeño emporio económico gracias a la construcción y a sus vínculos personales con la familia real saudí, imperio que por extensión incluía muchos negocios en el extranjero, en particular en Estados Unidos.

A diferencia de la mayoría de sus hermanos, el joven Bin Laden demostró desde pequeño un marcado interés por los temas religiosos: soñaba con ser un musulmán digno, y en la universidad se integró en los Hermanos Musulmanes, organización mitad religiosa, mitad terrorista.

Cuando los soviéticos invadieron Afganistán, Bin Laden tenía veintidós años, y su activismo religioso lo llevó como voluntario a ese país para combatir, más que al invasor, al infiel que manchaba las tierras del islam. Desde luego que un hijo de la familia Bin Laden no era un soldado más, sino un importante dirigente, por su apoyo financiero, de los miles de combatientes musulmanes que luchaban contra la presencia comunista en Afganistán.

Según el experto en Oriente Próximo Hazhir Teimourian, Bin Laden fue entrenado por la CIA como otros muchos combatientes en su lucha con los soviéticos, pero esta información no ha sido confirmada por otras fuentes.

Con el dinero de su familia, su natural carisma y su fervor, Bin Laden se convirtió en un líder rebelde importante, con capacidad autónoma para reclutar militantes en la guerra contra los soviéticos. Según muchas de sus biografías, abrió una casa de huéspedes en Peshawar, Pakistán, que fungía como base y primera escala de los muyahidines en su ruta a Afganistán. Pero pronto vio la necesidad, desbordado de voluntarios, de trasladar su base de reclutamiento a campamentos en las montañas afganas. Bautizó a este grupo de reclutas con el nombre árabe de al-Qaeda, que significa «la base».

Después de la retirada soviética, en 1989, los «árabes afganos», como se llamaba a los combatientes movilizados por la red al-Qaeda, regresaron a sus países de origen, entrenados, con experiencia de guerra y listos para pelear contra el infiel en cuanto se les requiriera. Éste es el origen de la estructura horizontal de al-Qaeda y una de las dificultades básicas para su eliminación.

Osma Bin Laden

Su fortuna personal, calculada en más de 300 millones de dólares (328 millones de euros), ha servido para financiar campos de entrenamiento para terroristas en Sudán, Filipinas y Afganistán y, según el Departamento de Estado americano, para enviar tropas de guerreros fundamentalistas al Norte de África, Chechenia, Tayikistán e, incluso, Bosnia.

Osama Bin Laden volvió a su país natal, Arabia Saudí, en 1991, para reintegrarse a los negocios familiares de la construcción como un miembro más, si bien exaltado y excéntrico, del clan Bin Laden. Pero su destino cambió cuando el gobierno saudí permitió a los soldados de la coalición encabezada por Estados Unidos entrar en su territorio y desde allí atacar a Sadam Husein en reprimenda por la invasión de Kuwait. En su lógica fanática, el territorio sagrado del islam, que alberga las ciudades santas de La Meca y Medina, había sido mancillado por el impío Satán estadounidense.

Presionado por los servicios secretos saudíes, huyó de Arabia y se instaló en Sudán, donde viviría durante un lustro, planeando toda clase de acciones terroristas contra los norteamericanos y los israelíes. El gobierno de Sudán resolvió expulsarlo, ante la evidencia flagrante de sus acciones y por la presión del gobierno norteamericano. Fue entonces cuando se trasladó definitivamente a Afganistán y lanzó una fatwa contra Estados Unidos e Israel en la que alentaba a los musulmanes del mundo a lanzarse a la yihad contra estos poderes impíos.

Visto con perspectiva, si bien es verdad que nadie podía saber que el 11 de septiembre sería como fue, resulta evidente que solamente hay una circunstancia más poderosa que la capacidad de entender en los seres humanos: la estupidez crónica basada en la prepotencia.

DATOS DE OSAMA BIN LADEN
Fecha de nacimiento: 10 de marzo de 1957, Riad, Arabia Saudita
Fecha de la muerte: 2 de mayo de 2011, Abbottabad, Pakistán
Cónyuge: Amal al-Sadah (m. 2000–2011),
Hijos: Omar Osama bin Laden, Saad bin Laden
Hermanos: Yeslam bin Ladin, Bakr Bin Laden, Salem Bin Laden, Tarek bin Laden
Padres: Hamida al-Attas, Mohammed bin Awad bin Laden, Muhammad al-Attas

Fuente Consultada: Paren El Mundo Que Me Quiero Enterar Antonio Navalón

AFGANISTÁN

Un país montañoso y sin salida al mar, Afganistán ha sufrido de tanta inestabilidad y conflictos durante su historia moderna, que su economía e infraestructura están en ruinas y muchos afganos viven como refugiados. El país también es afligido por calamidades naturales como terremotos y sequías.

Por su estratégica posición -entre el Medio Oriente, Asia Central y la India, a lo largo de la llamada Ruta de la Seda- Afganistán ha sido históricamente un zona codiciada, pese a su difícil geografía.

El país estuvo en el centro de lo que se en el siglo XIX se conoció como el «Gran Juego», cuando la Rusia imperial, el imperio británico y la India se lo disputaban.

En 1979 se convirtió en un campo de batalla clave en la Guerra Fría, luego de que el ejército soviético lo invadieran para apoyar un régimen que estaba a favor del comunismo.

Los muyahidines (guerreros santos) afganos iniciaron la guerra santa o yihad, contra los invasores, una noción que -según la revista británica The Economist– estaba casi extinta desde el siglo X en la cultura islámica.

En los años siguientes, la yihad fue revivida con la ayuda de la CIA y los servicios de inteligencia de Arabia Saudita, quienes proporcionaron miles de millones de dólares en armas y munición a los muyahidines a través de los servicios de inteligencia pakistaníes.

Sin embargo, luego de la retirada de las tropas soviéticas en 1989, el mundo exterior eventualmente perdió interés en Afganistán, mientras a nivel interno continuaba la prolongada guerra civil, ahora alimentada por facciones muy bien armadas y extremismo religioso.

Un tercio de la población afgana ha abandonado el país. Cerca de un millón de refugiados se encuentran en campamentos en Pakistán, muchos de ellos ubicados a pocos kilómetros de la frontera afgana.

El surgimiento del grupo Talibán -originalmente un grupo de estudiosos del Islam- produjo un poco de estabilidad luego de casi dos décadas de conflicto.

Sin embargo, su interpretación radical del islamismo ha atraído crítica generalizada, incluso dentro del mundo musulmán.

Al grupo Talibán -de mayoría pashto- se oponen una alianza de facciones llamada Frente Unido o la Alianza del Norte, integrada por minorías con asiento en el norte del país.

En la actualidad, aunque el Talibán controla el 90% de Afganistán, sólo tres países lo reconocen como el gobierno legítimo, entre ellos Pakistán.

El grupo Talibán también se encuentra enfrentado con la comunidad internacional por darle refugio al multimillonario Osama bin Laden, de origen saudita.

Bin Laden, a quien se responsabiliza de los atentados contra embajadas estadounidenses en África en 1998, es el principal sospechoso de los atentados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York, y del Pentágono, en Washington.

LOS TALIBANES.
La batalla por unificar Afganistán

La milicia talibán controla el 90% de Afganistán, pero sólo Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos reconocen su soberanía. En el resto del mundo es unánime la condena de este régimen fundamentalista que se ha hecho famoso por la violación sistemática de los Derechos Humanos, especialmente los de las mujeres.

¿Cuál es el origen de los talibán?
Talibán o talebán es el plural de la palabra persa telebeh, que puede traducirse como buscador de la verdad. Los talibán surgieron en septiembre de 1994 de las escuelas coránicas –madrasas– de Kandahar (Afganistán), Queta, Karachi y Lahore (Pakistán).

Esta milicia estaba formada por jóvenes de etnia pastum y religión suní, mayoritarias en Afganistán. Apoyados por los servicios secretos paquistaníes, se lanzaron a una guerra santa para poner fin al caos étnico y religioso en que había quedado Afganistán tras la retirada de las tropas del Ejército soviético. El objetivo de las milicias talibán era, por lo tanto, unificar y homogeneizar cultural y religiosamente Afganistán.

¿Por qué consiguieron llegar al poder?
Porque su mensaje de paz y estabilidad para superar la división del país cuajó entre una población cansada por 15 años de guerra y sufrimientos. En sus éxitos militares también tuvo gran importancia el apoyo militar y financiero de Pakistán y Arabia Saudí, así como su táctica de convencer a los señores de la guerra locales en base a la necesidad de unir a todos los musulmanes de Afganistán.

Desde que conquistaron Kabul -la capital afgana-, solamente tienen la oposición de las minorías étnicas y religiosas: los uzbecos turcos, que lidera el general Dostum, los tayikos persas dirigidos por el comandante Ahmad Masud, hazaras de religión chií y lengua persa, e ismailíes, también de religión chií.

¿Cuál es su diferencia con estos grupos afganos?
En su afán por unir y estabilizar el país, rechazan las aspiraciones de estas minorías étnicas y religiosas que, aunque también son integristas, exigen un mapa político más plural que el ofertado por los talibán y tienen una interpretación menos rígida del Islam, de la cultura, la educación y sobre la inserción de la mujer en la vida social. Frente a la uniformidad de los pastumes talibán, los otros pueblos aceptarían un modelo de Estado con más autonomía cultural y política.

Osama fallece el 1 de mayo de 2011, cuando una ataque militar organizado junto a las fuerzas de Pakistán , desde cinco meses antes, logran penetrar su mansión y dar con su centro de operaciones.

Importantes Batallas de la Historia Grandes y Decisivas Batallas

Importantes Batallas de la Historia

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL:
LA GUERRA EN EL PACIFICO

Japón basó su estrategia en la destrucción de la flota norteamericana del Pacífico. Mediante el aniquilamiento de las fuerzas navales estadounidenses en Pearl Harbor los nipones esperaban extender fácilmente sus dominios por el sudeste asiático y apoderarse al mismo tiempo de importantes recursos: petróleo, estaño y caucho.

Sin embargo, tres portaaviones escaparon al bombardeo de Pearl Harbor, y proporcionaron a Estados Unidos —que inmediatamente puso en marcha un impresionante programa de construcción naval y fabricación de armas— un medio eficaz de defensa y contraataque. Los primeros meses de guerra los japoneses protagonizaron toda una serie de victorias. Luego cambió el panorama y, a lo largo de tres años de lucha, los aliados arrancaron una isla tras otra a los nipones, quienes opusieron una resistencia suicida.

Los japoneses llevaban ventaja en los primeros meses de la guerra del Pacífico. Como potencia aérea y naval dominante en la región, buscaban expandir sus conquistas y construir sus defensas para la contraofensiva aliada que de seguro vendría. A continuación sigue una lista de las zonas que el Japón quería controlar:

• Las islas Salomón: Cadena de islas situada a unos 1.600 kilómetros de la punta nororiental de Australia. El control de estas islas interrumpiría efectivamente cualquier apoyo estadounidense a Australia, aislándola y colocando a los japoneses en posición de obligar a los australianos a someterse a su control.

• La isla de Midway: Isla situada en el centro del Pacífico y última base estadounidense fuera de Hawai. Con la toma de esta isla los japoneses completarían el anillo de islas que bloqueaba la acción ofensiva estadounidense.


Sin Midway los estadounidenses tendrían que utilizar Pearl Harbor como base de todas las operaciones contra el Japón, porque Hawai estaba demasiado lejos para montar un ataque en gran escala sin que los japoneses se enteraran y atacaran lejos de su principal perímetro defensivo.

• Papua: Posesión australiana situada en el sudeste de Nueva Guinea. El propósito era capturar Port Moresby, ciudad que podía ser utilizada como base naval y aérea.

Con Port Moresby los japoneses controlaban el mar de Coral y prácticamente toda la costa norte de Australia. Combinada con la; bases japonesas de Java y Borneo, Australia sería efectivamente neutralizada, y los estadounidenses no tendrían más alternativa que lanzar sus ofensivas a partir de Hawai.

Se intercepta información secreta decisiva

En abril de 1942 los Aliados parecían completamente incapaces de impedir que los japoneses lograran sus propósitos. El problema par; los estadounidenses era que los japoneses jugaban a unas escondidas gigantes en el vasto Pacífico.

Los portaaviones estadounidenses y sus barcos de apoyo no podían causar daño al enemigo si primero no lo encontraban. Todas las zonas eran vulnerables a un ataque: Australia estaba indefensa y podía ser invadida con facilidad, y Midway podía ser atacada en cualquier momento. El problema para el almirante Nimitz era adivinar qué harían los japoneses a continuación.

Pero la fortuna sonrió de nuevo a los estadounidenses. Los código; navales japoneses interceptados indicaban con claridad que los japoneses pretendían tomar Port Moresby en Nueva Guinea y la isla de Tulagi en las Salomón. Una formidable fuerza compuesta de do; portaaviones con 123 aeroplanos, 4 cruceros y 6 destructores cubriría a las tropas de asalto anfibias (soldados transportados en barcazas a una bahía para atacar). Nimitz envió los dos portaaviones disponibles —el Yorktown y el Lexington con 141 aviones apoyados pe : 5 cruceros y 11 destructores— a encontrar a las fuerzas japonesas.

La batalla de Midway sería la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y finalmente cambiaría el curso de la contienda y el futuro de la guerra naval. (ver: Batalla de Midway)

batalla de midway

Un barco hundido en la batalla de Midway

LOS PILOTOS DE LOS AVIONES: Despegar un avión de la cubierta de un portaaviones es peligroso, y aterrizar en un atemorizante y reducido espacio en cualquier condición climática lo es todavía más. La Marina moderna posee hoy electrónica refinada, navegación de lujo y aviones de gran capacidad que valen millones de dólares, ¡y aun así sigue siendo peligroso! Esos pilotos de 1942 debían tener ojos y mucha esperanza.

Recibían orientación general sobre la ubicación de los blancos y debían escudriñar cuidadosamente el océano en busca del menor signo de presencia de un barco. Una vez ubicado el blanco atacaban y (si sobrevivían a los aviones enemigos y al fuego antiaéreo daban media vuelta para encontrar sus propios barcos antes de que se agotara el combustible.

Atacar un barco desde el aire con un torpedo o una bomba era un arte en sí mismo. El piloto de torpedo tenía que aproximarse al barco tan cerca del agua como fuera posible y soltar el torpedo a una distancia de sólo centenares de metros. Mientras tanto el blanco disparaba todos los cañones que podía contra él y los cazas enemigos trataban de destruirlo.

El piloto de un avión de bombardeo en picada se ubicaba a varios miles de metros directamente sobre el blanco, comenzaba un picado vertical y caía a casi 500 kilómetros por hora hasta encontrarse a un centenar de metros sobre el blanco. Entonces soltaba la bomba —en el momento preciso si quería que la bomba diera en el blanco y explotara—, mientras nivelaba el avión y ascendía de un tirón por el aire. Si tenía suerte los cazas no lo destruirían, el fuego antiaéreo no lo tocaría y sus bombas caerían donde se suponía que debían hacerlo para que no tuviera que repetir de nuevo tan loca maniobra.

Si el piloto volvía del ataque y tenía suerte, el portaaviones estaría más o menos en el mismo lugar en que se hallaba en el momento del decolaje. Si no, tenía dos alternativas: buscarlo hasta que, o bien aterrizaba a salvo sobre el puente de tablas de madera del portaaviones con un choque controlado que hacía vibrar sus huesos, o volaba hasta agotar el combustible y hundía su avión en el océano. Pilotos de esta naturaleza, aptos para librar la guerra de modo tan despiadado—tanto estadounidenses como japoneses—, no  abundaban.

Aspecto que ofrecía el Lexington

Aspecto que ofrecía el Lexington en la primavera de 1942, cuando los norteamericanos reconstruían e incrementaban su flota. Tras hundirse en la batalla del Mar de Coral, su nombre volvió a otorgarse a uno de los nuevos portaaviones de la clase Essex que, entre 1943 y 1945, constituyeron las mejores unidades de la Fuerza de Portaaviones Rápidos.

Cuando los aviones japoneses se lanzaron sobre Pearl Harbor, tres de los siete portaaviones norteamericanos destacados en el Pacífico —el Lexington, el Saratoga y el Enterprise— se hallaban fuera de la base. Esta circunstancia tuvo importancia decisiva durante las primeras fases de la guerra en el Pacífico, ya que para construir un portaaviones y ponerlo en servicio se necesitaba, como mínimo, de uno a dos años.

En 1910 se logró el primer despegue de un avión desde un barco; pero sólo en la Segunda Guerra Mundial los portaaviones, al aumentar el alcance ofensivo de los aparatos, jugaron un papel de primer orden en la guerra naval. Los portaaviones, sin embargo, estaban pobremente armados y eran sumamente vulnerables a
los ataques aéreos y submarinos. Su protección requería toda una escolta de acorazados, cruceros y destructores.

Aun con tales precauciones, los portaaviones no siempre se libraban del desastre. El Saratoga estuvo confinado durante meses en el dique seco, después de haber sido en dos ocasiones blanco de los submarinos. También sufrió considerables daños por parte de los pilotos kamikazes, aunque no fue hundido hasta el año 1946 en unas pruebas atómicas norteamericanas.
El Lexington sucumbió en mayo de 1942, tras la batalla del Mar de Coral. El Enterprise recibió daños en casi todas las grandes batallas del Pacífico, pero fue uno de los escasos supervivientes del océano.

Batalla Tours o Poitiers Breve Descripción

Batalla Tours o Poitiers

La Batalla de Tours (también conocida como batalla de Poitiers) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico a las órdenes de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia.

Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultó muerto. Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en el que el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa, expansión que comenzó en el 632 tras la muerte de Mahoma.

Batalla de Tours (732)
En 732, un gran ejército árabe cruzó los Pirineos e invadió Francia dirigido por el Yemenite Abd-ar-Rahman. Venció un reino rebelde musulmán que estaba gobernado por Berber Othman y luego, extendiéndose hacia el norte, derrotó a las fuerzas de Eudo, duque de Aquitania, aliado del anterior.

Eudo, derrotado, se vio forzado a solicitar ayuda a su enemigo encarnizado, Charles Martel, quien cooperó con él porque los invasores estaban penetrando más en el norte, dejando detrás de ellos ciudades y monasterios saqueados.

Los árabes avanzaron cerca del corazón de Francia, atraídos por los ricos monasterios deSt. Halaire y St. Martin. Después de destruir el primero, tomaron el camino romano hacia Tours y en alguna parte del sur de la ciudad, se encontraron con Charles y su ejército franco.

Durante siete días los dos ejércitos permanecieron frente a frente sin entrar en acción: los francos esperaban refuerzos y los árabes trataban de transportar su botín a lugar seguro. Luego éstos atacaron. Con un refuerzo de 30.000, Charles dispuso a sus tropas en orden de batalla para rechazar la carga árabe. Eran, en su mayor parte de infantería, estaban armados pesadamente con espadas, hachas, jabalinas y una pequeña hacha arrojadiza que llamaban «la francisca».

El ejército árabe totalizaba alrededor de 80.000 personas y estaba compuesto enteramente por caballería ligera que, como era extremadamente veloz, confiaba en la lanza y en la espada. Tenía dos posibilidades : atacar o plegarse en retirada hacia el sur sin luchar. Rechazaron la idea de huir ante un grupo tan pequeño, y por lo tanto cargaron contra las líneas francas.

Los francos recibieron con resolución a los musulmanes y resistieron a los ataques sucesivos que buscaban su punto débil. Ellos eran como una muralla contra la que los enemigos se rompieron en pedazos.

Cuando las fuerzas de los árabes se desvanecieron, contraatacaron; en tanto, el flanco musulmán era castigado por el vengativo Eudo y sus hombres. Abd-ar-Rhaman fue asesinado mientras trataba de recobrar su desecho grupo y al día siguiente, los francos descubrieron ú campamento enemigo desierto, excepto por su cadáver y el botín abandonado.

Charles ganó el nombre de «Martillo» y Francia nunca más fue nvadida por los árabes. Un fracaso en Tours, aunque los árabes sólo habían llegado a hacer una incursión, hubiera dado comienzo a otras invasiones más importantes.

Como era de esperar, la muerte de Abd-ar-Rahman acarreó una revuelta entre los bereberes que destruyó la unidad árabe.

Batalla de Poitiers Expansion del islamismo en Europa Martel Tours

Batalla de Poitiers Expansión del Islamismo

La Batalla de Tours (también conocida como batalla de Poitiers) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico a las órdenes de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia. Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultó muerto.

Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en el que el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa, expansión que comenzó en el 632 tras la muerte de Mahoma.

Batalla de Tours (732)

En 732, un gran ejército árabe cruzó los Pirineos e invadió Francia dirigido por el Yemenite Abd-ar-Rahman. Venció un reino rebelde musulmán que estaba gobernado por Berber Othman y luego, extendiéndose hacia el norte, derrotó a las fuerzas de Eudo, duque de Aquitania, aliado del anterior.

Eudo, derrotado, se vio forzado a solicitar ayuda a su enemigo encarnizado, Charles Martel, quien cooperó con él porque los invasores estaban penetrando más en el norte, dejando detrás de ellos ciudades y monasterios saqueados.

Los árabes avanzaron cerca del corazón de Francia, atraídos por los ricos monasterios deSt. Halaire y St. Martin. Después de destruir el primero, tomaron el camino romano hacia Tours y en alguna parte del sur de la ciudad, se encontraron con Charles y su ejército franco.

Durante siete días los dos ejércitos permanecieron frente a frente sin entrar en acción: los francos esperaban refuerzos y los árabes trataban de transportar su botín a lugar seguro. Luego éstos atacaron. Con un refuerzo de 30.000, Charles dispuso a sus tropas en orden de batalla para rechazar la carga árabe. Eran, en su mayor parte de infantería, estaban armados pesadamente con espadas, hachas, jabalinas y una pequeña hacha arrojadiza que llamaban «la francisca».

El ejército árabe totalizaba alrededor de 80.000 personas y estaba compuesto enteramente por caballería ligera que, como era extremadamente veloz, confiaba en la lanza y en la espada. Tenía dos posibilidades : atacar o plegarse en retirada hacia el sur sin luchar. Rechazaron la idea de huir ante un grupo tan pequeño, y por lo tanto cargaron contra las líneas francas.

Los francos recibieron con resolución a los musulmanes y resistieron a los ataques sucesivos que buscaban su punto débil. Ellos eran como una muralla contra la que los enemigos se rompieron en pedazos.

Cuando las fuerzas de los árabes se desvanecieron, contraatacaron; en tanto, el flanco musulmán era castigado por el vengativo Eudo y sus hombres.

Abd-ar-Rhaman fue asesinado mientras trataba de recobrar su desecho grupo y al día siguiente, los francos descubrieron ú campamento enemigo desierto, excepto por su cadáver y el botín abandonado.

Charles ganó el nombre de «Martillo» y Francia nunca más fue nvadida por los árabes. Un fracaso en Tours, aunque los árabes sólo habían llegado a hacer una incursión, hubiera dado comienzo a otras invasiones más importantes.

Como era de esperar, la muerte de Abd-ar-Rahman acarreó una revuelta entre los bereberes que destruyó la unidad árabe.

Batalla de Midway La Guerra en el Pacifico Ataque Japones Yamamoto

Batalla de Midway – La Guerra en el Pacífico

Batalla de Midway La Guerra en el Pacifico

Los almirantes de la Marina japonesa y estadounidense habían crecido con la idea de que la acción decisiva en el Pacífico sería como en los tiempos de los barcos de vela: dos grandes flotas de combate enfrentadas una a la vista de la otra, con los fuertemente blindados y armados acorazados que decidían el resultado de la lucha.

Durante casi una generación los estrategas navales de ambas naciones habían considerado un enfrentamiento de esta naturaleza, razón por la cual el Japón y Estados Unidos habían construido grandes acorazados, y los esfuerzos de desarme en los años 20 se habían concentrado en la reducción del tamaño y número de acorazados de las flotas del planeta.

Sin embargo, el hundimiento del acorazado británico Príncipe de Gales por la aviación japonesa y la batalla del mar de Coral demostraron que el futuro de la guerra naval residía en el aviador naval y no en el capitán de un acorazado. La batalla del mar de Coral dejó una lección: la era de los acorazados había terminado. El bando que primero se diera cuenta de esto ganaría la guerra en el Pacífico.

La trampa japonesa:

Batalla de Midway  Ataque Japones YamamotoEl almirante japonés Yamamoto buscaba tomar Midway, última base estadounidense en el Pacífico fuera de Hawai. La posesión de Midway no solamente ampliaría la zona defensiva japonesa: obligaría además a los estadounidenses a reaccionar pues no podían darse el lujo de perder la isla.

Yamamoto esperaba que el enemigo respondiera sacando a relucir sus portaaviones para detener a los japoneses o intentar recuperar la isla. En consecuencia el almirante japonés reunió la mayor flota de combate jamás vista en el océano Pacífico: 160 barcos (ocho de ellos portaaviones) y 400 aeroplanos.

Esta enorme flota esperaría hasta que los estadounidenses se acercaras a Midway; entonces los portaaviones y grandes acorazados japoneses acabarían con ellos de una vez por todas.

Un asunto riesgoso: Despegar un avión de la cubierta de un portaaviones es peligroso, y aterrizar en un atemorizante y reducido espacio en cualquier condición climática lo es todavía más. La Marina moderna posee hoy electrónica refinada, navegación de lujo y aviones de gran capacidad que valen millones de dólares, ¡y aun así sigue siendo peligroso!

Esos pilotos de 1942 debían tener ojos y mucha esperanza. Recibían orientación general sobre la ubicación de los blancos y debían escudriñar cuidadosamente el océano en busca del menor signo de presencia de un barco. Una vez ubicado el blanco atacaban y (si sobrevivían a los aviones enemigos y al fuego antiaéreo) daban media vuelta para encontrar sus propios barcos antes de que se agotara el combustible.

Atacar un barco desde el aire con un torpedo o una bomba era un arte en sí mismo. El piloto de torpedo tenía que aproximarse al barco tan cerca del agua como fuera posible y soltar el torpedo a una distancia de sólo centenares de metros.

Mientras tanto el blanco disparaba todos los cañones que podía contra él y los cazas enemigos trataban de destruirlo. El piloto de un avión de bombardeo en picada se ubicaba a varios miles de metros directamente sobre el blanco comenzaba un picado vertical y caía casi 500 kilómetros por hora hasta encontrarse a un centenar de metros sobre el blanco.

Entonces soltaba la bomba —en el momento preciso si quería que la bomba diera en el blanco y explotara— mientras nivelaba el avión y ascendía de un tirón por el aire. Si tenía suerte los cazas no lo destruirían, el fuego antiaéreo no lo tocaría y sus bombas caerían donde se suponía que debían hacerlo para que no tuviera que repetir de nuevo tan loca maniobra.

Si el piloto volvía del ataque y tenía suerte, el portaaviones estaría más o menos en el mismo lugar en que se hallaba en el momento del decolaje. Si no, tenía dos alternativas: buscarlo hasta que bien aterrizaba a salvo sobre el puente de tablas de madera del portaaviones con un choque controlado que hacia vibrar sus huesos, o volaba hasta agotar el combustible y hundía su avión en océano. Pilotos de esta naturaleza, aptos para librar la guerra de modo tan despiadado—tanto estadounidenses como japoneses- , no abundaban.

EL PLAN JAPONÉS:
De acuerdo con su plan, Yamamoto dividió la flota en tres fuerzas:

* La primera llevaría a cabo un ataque contra las islas Aleutianas para desviar la atención estadounidense del ataque a Midway.

* El propio Yamamoto comandaría la principal flota de ataque japonesa en la crucial batalla contra la flota estadounidense.

* Una tercera flota llevaría las tropas de desembarco anfibias que debían capturar Midway.

* Una pantalla protectora de submarinos patrullaría las aguas entre Pearl Harbor y Midway en busca de indicios de la flota estadounidense.

EL PLAN AMERICANO:
El plan del almirante japonés Yamamoto era bueno, pero el almirante estadounidense Nimitz llevaba ventaja, al menos inicialmente:

* Nimitz estaba al tanto del plan japonés. La intercepción de los códigos secretos japoneses le había dado nuevamente una comprensión detallada del plan japonés y tiempo de sobra para preparar un plan contrario para Midway.

almirante estadounidense NimitzNimitz decidió que no habría lucha naval gigantesca frente a Midway, según esperaba Yamamoto. Comprendió además que sus acorazados no le serían útiles. La ventaja residía en los portaaviones, que podían atacar blancos a larga distancia, de suerte que confiaba en la sorpresa y en la habilidad de sus aviadores navales para compensar la superioridad numérica japonesa.

Nimitz tenía más portaaviones de los que pensaba el enemigo. Además de los dos portaaviones conocidos por los japoneses había uno adicional —el USS Yorktown —, que éstos creían haber hundido en la batalla del mar de Coral. No obstante las cuantiosas averías sufridas por la nave, las tripulaciones de Pearl Harbor lograron el milagro de dejarla lista para combatir de nuevo en menos de 72 horas, no en los tres meses que habría sido de esperar. Sin embargo, a pesar de todas estas ventajas, los estadounidenses no eran superiores.

Yamamoto disponía de más unidades y de un inmenso océano para ocultarse. Nimitz comprometería en la batalla todos los portaaviones estadounidenses, 12 cruceros, 14 destructores y 19 submarinos, fuerza de un tamaño irrisorio frente a la flota  japonesa desplazada hacia Midway. Para Estados Unidos Midway era una empresa riesgosa y plagada de obstáculos.

La bombas sobre Midway: La de Midway sería la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y, al final, cambiaría el curso de la contienda y el futuro de la guerra naval.

Primera fase:  El 3 de junio de 1942 los japoneses dieron inicio a la primera fase de la batalla con ataques aéreos contra bases estadounidenses en las islas Aleutianas. Las fuerzas japonesas desembarcaron en Kiska el 6 de junio y al día siguiente en Attu. Además, su aviación llevó a cabo incursiones por las islas.

Aunque Nimitz había enviado una fuerza naval para enfrentar la invasión, la aviación de tierra detuvo a la flota japonesa. Para Yamamoto la patraña de las islas Aleutianasparecía haber funcionado. En realidad la flota estadounidense de portaaviones se encaminaba hacia Midway, hecho que Yamamoto desconocía. Informado gracia5 a la intercepción de las claves, Nimitz había despachado su flota días antes de que los submarinos japoneses llegaran a buscarla. Los japoneses ignoraban todo. Las cosas marchaban para ellos de acuerdo con el plan.

Sequnda fase: 4 de junio Yamamoto comenzó el 4 de junio la segunda fase de la batalla con un ataque a Midway El almirante envió la mitad de sus aviones a Midway y retuvo la otra mitad por si aparecía la flota estadounidense. Cuando los aviones regresaron de Midway quedó claro que se requería otro ataque.

En el momento en que los japoneses armaban los aviones para un segundo ataque, el almirante Nagumo recibió noticias alarmantes: uno de los aviones de reconocimiento reportaba la presencia de barcos enemigos, entre los cuales había posiblemente un portaaviones. En el momento en que Nagumo recibía la información sobre las naves estadounidenses, los aviones del USS Hornet, del Enterprise y de Yorktown estaban ya en vías de atacar los portaaviones japoneses.

Nagumo descargó las bombas de sus aviones y los rearmó con torpedos para enfrentar la más peligrosa amenaza. Así, en el momento en que aparecieron los aviones estadounidenses, los portaaviones japoneses tenían más de 100 aviones en los puentes, llenos de combustible, y pirámides de bombas y torpedos dispuestas sobre y debajo del puente de despegue.

Los aviones estadounidenses comenzaron su ataque con torpedos. Los pilotos de los lentos aviones provistos de torpedos mantuvieron el rumbo y fueron derribados uno tras otro por los cazas japoneses que protegían los portaaviones. Los pocos que lograron lanzar sus torpedos erraron el blanco. La destrucción de los aviones con torpedos estadounidenses significaba que sus portaaviones estaban al alcance de los aviones con torpedos de Nagumo.

En pocos minutos Nagumo estaría en capacidad de lanzar su propio ataque contra los estadounidenses, pero no tuvo tiempo. Fuera del sendero conocido: el milagro de McClusky Wade McClusky, teniente y comandante estadounidense, mandaba una escuadrilla de 33 aviones de bombardeo en picada del USS Enterprise, que andaba en busca de los portaaviones japoneses.

Los aviones de McClusky, cortos de combustible, debían regresar pronto. De súbito al comandante se le ocurrió la idea de abandonar la ruta preestablecida y buscar en otra parte. Minutos después los divisó. De hecho, los había ya encontrado precisamente después de que el último avión con torpedo terminara su fatal carrera.

Los cazas japoneses estaban todos cerca del agua, lo cual permitió que los bombarderos de McClusky se acercaran sin interferencia. Entonces aparecieron los aviones de bombardeo en picada del USS Yorktown y McClusky dio la señal de ataque. El resultado fue devastador.

Tomados enteramente por sorpresa, sin protección de sus propios aviones y con los puentes repletos de armas y combustible, los portaaviones japoneses eran presa fácil. Dos portaaviones quedaron envueltos en llamas en minutos y luego le tocó el turno al tercero.

El último tuvo suerte: evitó el ataque aéreo y lanzó sus propios aviones contra el Yorktown, averiándolo con bombas y torpedos hasta dejarlo fuera de combate en medio del mar. Los estadounidenses abandonaron el barco. Sin embargo, los aviones de Estados Unidos, rearmados y reabastecidos de combustible, hallaron el último portaaviones japonés y lo destruyeron.

Yamamoto intentó continuar la lucha con sus acorazados, pero los contendores no estaban interesados en exponer los suyos. La fuerza estadounidense se retiró, dejando a los japoneses sin alternativa distinta de la de abandonar el ataque a Midway.

Un crucero japonés fue destruido en el ataque aéreo y un submarino japonés hundió un destructor estadounidense y la carcaza abandonada del Yorktown. No hubo más pérdidas en la batalla. Los estadounidenses perdieron 137 aviones y 300 hombres, y los japoneses perdieron 330 aviones y 3.500 hombres, muchos de ellos muy diestros y experimentados pilotos de combate. Análisis estratégico de la batalla de Midway.

ANÁLISIS DE ESTA BATALLA: La historia de la batalla de Midway es en esencia la de una confrontación entre métodos nuevos y viejos de librar batallas navales. El almirante japonés Yamamoto representaba el viejo estilo: quería enfrentar la flota estadounidense en una batalla de superficie con el empleo de acorazados.

El almirante estadounidense Nimitz, por su parte, dejó a sus acorazados detrás y confió en un nuevo estilo de guerra naval, en el cual los barcos no combatían a la vista el uno con el otro. En cambio los aviones, lanzados desde los barcos, sería el factor decisivo.

En la batalla de Midway triunfó el nuevo concepto de combate. Los estadounidenses hicieron gala de su fe en el portaaviones, y Yamamoto, con toda su confianza en los portaaviones, concentró casi todo su poder en los acorazados, que en esencia eran inutilizables. La pérdida de cuatro portaaviones, y el hecho de que Estados Unidos construía más portaaviones que los japoneses (en proporción de 13 a 6, respectivamente), acabó con el dominio japonés en el Pacífico.

Síntesis 2° Guerra Mundial

La Batalla de Marne Guerras de Trincheras El Plan Schlieffen

La Batalla de Marne – Guerras de Trincheras

Principales Batallas Gran GuerraBatalla de VerdúnBatalla de MarneLa Guerra en Fotos

Batalla de Marne (1914)

Con este nombre se conoce a cada uno de los dos combates bélicos mantenidos respectivamente en 1914 y 1918, durante la I Guerra Mundial, que tuvieron lugar en las proximidades del río Marne, situado en el noreste de Francia. La primera batalla detuvo el avance alemán en el noreste francés y la segunda inclinó de forma sustancial el desarrollo de la contienda a favor de las fuerzas aliadas y en contra de los Imperios Centrales.

El plan alemán consistía en desatar una ofensiva fulminante sobre el frente occidental, dado que el Estado Mayor consideraba favorable la apertura de dos frentes de lucha. En 1914, el territorio francés soportó el paso de los ejércitos germanosque, previamente, habían invadido Bélgica y ocupado lugares estratégicos. En un sólido avance, los alemanes llegaron a 25 km de París y obligaron al gobierno a refugiarse en Burdeos.

La intención de von Moltke —jefe del Estado Mayor alemán- era encerrar al ejército «francés sobre la frontera suiza; pero el mariscal Joffre —jefe del Estado Mayor francés—, con todas las fuerzas disponibles, repelió al enemigo y lo arrojó tras el río Mame, en el transcurso de una batalla que duró siete días (5 al 12 de setiembre) y que se extendió por un frente de 300 km de largo. Esta batalla detuvo el avance alemán.

Ambos ejércitos, deseosos de obtener el dominio del litoral, iniciaron, entre encarnizados combates, la llamada «carrera hacia el mar». En Bélgica se libró la batalla decisiva del Yser (20 de octubre al 13 de noviembre) cuyo resultado incierto estabilizó, sin embargo, el frente occidental.
Al mismo tiempo, se estabilizaron también las acciones en el frente oriental; los Rusos invadieron la Prusia Oriental —con intención de aliviar a Francia—; pero fueron derrotados en Tannenberg (agosto, 1914) y en los lagos Masurianos (setiembre, 1914) por el general Hindenburg.

DESARROLLO DE LA BATALLA

General Molke Guerra MundialEl plan Schlieffen, proyectado por el predecesor del general Moltke (imagen abajo), que era jefe del Estado Mayor alemán, exigía la conquista de Francia por una acometida rápida, «Guerra relámpago», a través de la Bélgica neutral y burlando las poderosas fortificaciones de frontera francesas.

El golpe era entonces hacia el oeste, después de tomar París, balanceándose de sur a este como una gigantesca guadaña y aplastando las principales fuerzas francesas desde la retaguardia en Alsacia-Lorena.

Von Moltke modificó el proyecto, con resultados desastrosos. Limitó nítidamente el ataque potencial de su 1° y 2° ejército enviando cinco nuevos cuerpos motorizados a los frentes rusos y de Alsacia-Lorena. Esta decisión violaba la estrategia del plan básico, ya que Schlieffen había aconsejado no llevar adelante una guerra con dos frentes simultáneos.

En la acción inicial, Von Kluck, el agresivo e insolente comandante del 1° ejército, había ya movido su fuerza entera al norte del Marne en el río Oureq, atacando al 6.° ejército francés de Maunoury.

Continuó avanzando después que recibió órdenes de Von Moltke de mantener en suspenso el ataque a París, creyendo que el comandante supremo no entendía la situación real. Pero el ataque extendido de Von Kluck abrió una brecha de 25 millas, con el 2.° ejército de Von Bülow en su flanco izquierdo.

Cuando Von Moltke interceptó un mensaje de radio dando estas noticias, envió a su jefe de Inteligencia, teniente coronel Richard Hentsch, el 8 de septiembre para que reviera la situación. Este individuo poseía autoridad oral para actuar en nombre del jefe superior si era necesario, ya que los cuarteles generales estaban en Luxemburgo, a más de 100 millas del frente.

Cuando el enviado llegó al campamento del 2.° ejército, se le informó de un ataque nocturno del 5.° ejército de D’Esperey que había retrocedido el ala derecha de Von Bülow. Temiendo un inmediato envolvimiento, Hentsch ordenó la retirada con la que estuvo de acuerdo un cansado Von Bülow.Batalla de Marne

El retroceso dejó el flanco izquierdo altamente vulnerable, a pesar de que el 1° ejército estaba en buena posición y atacando bien.

El Jefe de Inteligencia llegó a los cuarteles del 1° ejército mientras Von Kluck estaba en el frente, conferenció con el jefe del Estado Mayor del general y aconsejó enérgicamente una retirada similar. Tras el retorno de Hentsch a Luxemburgo con su relato completo, Von Moltke ordenó una retirada general no sólo del 1° y 2.° ejércitos sino también del 3.°, volviendo a Aisne.

Para los franceses había tenido lugar un «milagro» en el Marne: la amenaza alemana a París había concluido. Pero las fuerzas del mariscal Joffre estaban demasiado exhaustas para continuar con su gran victoria moral y los ejércitos alemanes ganaron un tiempo valioso para atrincherarse.

Sus primeras tácticas posteriormente cambiaron de una movilidad rápida a un atrincheramiento estático, iniciando los sangrientos meses de los 3 años siguientes La posición fija de la trinchera, protegida con alambre de púas y el novedoso «tanque» se convirtió en el plan aceptado de batalla.

GUERRA DE TRINCHERAS:

La guerra de trincheras: una pesadilla alucinante (1915-1917):

En el frente occidental, la guerra fue una verdadera pesadilla. La estabilización de los ejércitos transformó la guerra de ofensiva en defensiva. Una enorme línea atrincherada —desde la frontera suiza hasta el mar del Norte, en una extensión de 800 km— surcó el suelo francés.

Las trincheras eran abrigos cavados en la tierra, protegidos por alambradas de púas o con sobrecubiertas de hormigón; en algunos tramos, las trincheras enemigas sólo estaban separadas por algunos escasos metros,Tas’posi-ciones se defendían con nidos de ametralladoras colocados estratégicamente. Los ataques con granadas de mano o con lanzallamas, hacían insoportable la permanencia en los refugios.

Esta clase de combates favorecía la pérdida y la reconquista casi inmediata de las posiciones, dado que lo que se obtenía tras una cruenta lucha podía perderse al día siguiente.

Para quebrar las líneas enemigas ambos adversarios se valieron de la artillería y la aviación. Los alemanes utilizaron, también, gases tóxicos o asfixiantes, un arma mortífera que fue condenada por la opinión internacional. No obstante, los aliados se defendieron con procedimientos similares: los gases verdes o amarillos, que contaminaban una región, envenenaban las ropas y corroían la piel.

En poco tiempo, las trincheras fueron testigos de una lucha atroz que, sumada al estrago ocasionado por la gangrena gaseosa en los heridos y al hacinamiento de los cadávares, las convirtió en un infierno viviente. A partir de 1916, los aliados introdujeron los carros de asalto (tanques u «orugas de acero») empleade^para demoler las posiciones enemigas.

Fueron usados por primera vez en la batalla del Somme (junio o noviembre, 1916).
Sin proponérselo, la guerra de trincheras favoreció la multipücación de las industrias químicas y de artillería pesada.

La alucinante pesadilla de las trincheras se resolvió en la batalla de Verdun, cuando la ofensiva alemana contra esa plaza fuerte resultó ineficaz. Durante tingo meses (febrero a agosto, 1916) los ataques a Verdun se repitieron a diario.

Esta batalla —la más grande de la guerra por su duración y encarnizamiento— fue definida  a favor de Francia por el general Philippe Pétain, quien contó con la decidida resistencia de todos los franceses; no hubo en ella ninguna participación inglesa. Verdun, pues, significó el gran esfuerzo nacional francés para desbaratar el plan germano. Dejó un saldo de 500.000 muertos y 800.000 heridos de ambos bandos, en aras de la salvación del suelo patrio.

TESTIMONIOS:

«VIDA Y MUERTE EN LAS TRINCHERAS».

LA LLEGADA A LA TRINCHERA:
Al recorrer el pasadizo de Haumont los obuses alemanes nos enfilaron y el pasadizo se llenó de cadáveres por todos sitios. Los moribundos, entre el barro, con los estertores de la agonía, nos piden de beber o nos suplican que los matemos. La nieve sigue cayendo y la artillería está causando pérdidas cada instante. Cuando llegamos al mojón B no me quedan más que diecisiete hombres de los treinta y nueve que tenía al salir.

UNA TRINCHERA EN CHAMPAÑA:
Un olor infecto se nos agarra a ja garganta al llegar a nuestra nueva trinchera, a la derecha de los Éparges. Llueve a torrentes y nos encontramos con que hay lonas de tiendas de campaña clavadas en los muros de la trinchera. Al alba del día siguiente constatamos con estupor que nuestras trincheras están hechas sobre un montón de cadáveres y que las lonas que han colocado nuestros precedesores están para ocultar a la vista los cuerpos y restos humanos que allí hay.

LA ESPERA EN LA TRINCHERA:
Nos ha llegado la orden de la brigada: «Tenéis que resistir cueste lo que cueste, no retroceder bajo ningún pretexto y dejaros matar terreno». De ese modo —dicen los hombres- la cosa está clara. Es la segunda noche que vamos a pasar sin dormir. En cuanto oscurece, el frío cae sobre nosotros y nuestros pies son como bloques de hielo.

LA ORDEN DE ATAQUE:
Las horas se deslizan lentas, pero inexorables. Nadie puede tragar nada porque tenemos un nudo en la garganta. Siempre, siempre la angustia de si dentro de unas horas estaré aún en este mundo o no seré ya rñás que ur cadáver horrible despedazado por los obuses. Sin embargo, se aproxima la hora H. No quedan más que treinta minutos, veinte, diez, las aguja del reloj avanzan constantemente sin que nada pueda pararlas; no separo de ellas los ojos cuento… Con el bolsillo abarrotado de cartuchos y el fusil de un muerto en la mano, me levanto lentamente sobre las rodillas. Las 17:51 las 17:59…, las 18, abro la boca para grita-. «¡Adelante!», cuando me ciega un fogonazo rojo que me tira al suelo. Tengo atravesada. rodilla derecha, una herida en el vientre y otra en la mejilla. A mi lado, otros caen heridos, muertos…

Argentina en la Guerra

Batalla de Verdún

Pacto de Brest Litovsk

 

Batalla de Inglaterra Operacion Leon Marino Ataque aereo a Inglaterra

Batalla de Inglaterra: Operación León Marino

A través de los siglos, el pueblo inglés ha dado múltiples muestras de su infatigable audacia y de su obstinada perseverancia. Este valor y tenacidad se manifestaron claramente a principios de la segunda conflagración mundial: los ingleses decidieron oponerse al avance del régimen nazi. Por lo general, a esta oposición se le ha llamado «batalla de Inglaterra». Pero es evidente que no sólo estuvo en juego el destino de las islas británicas, sino el de todo el mundo.

LA BATALLA DE INGLATERRA: Hitler estaba seguro que para lograr una invasión a Inglaterra por tierra debía derrotar a la RAF (Royal Air Force), por lo que decidió iniciar un ataque aéreo para obtener la superioridad aérea necesaria para una invasión de las islas.

Una de las mayores campañas de la primera mitad de la Segunda Guerra Mundial, la Batalla de Inglaterra, es el nombre comúnmente otorgado al intento de la Luftwaffe para ganar la superioridad aérea sobre Inglaterra. Los objetivos secundarios eran destruir la producción de aeronaves y las infraestructuras terrestres, así como aterrorizar a la población británica con la búsqueda de un armisticio o rendición y atacar áreas de interés político.

 Hermann Goering,

Hitler siempre había tenido la intención de emplear la fuerza aérea para aplastar a Gran Bretaña. Encomendé al Reichsmarschall

 Hermann Goering, comandante de la Luftwaffe, la realización de la tarea. Goering asumió con entusiasmo la misión.

La Luftwaffe había sido probada en combate y poseía un buen equilibrio debombarderos (aviones diseñados para arrojar bombas) y cazas (aviones diseñados para destruir en vuelo a otros aviones), que protegerían a los bombarderos de los aviones británicos. No obstante, la Fuerza Aérea nunca se había usado de este modo, así que nadie había estudiado los siguientes problemas:

1) ¿Podía una campaña de bombardeos llevar por sí sola a la victoria? 

2) ¿Qué blancos debían atacarse para lograr el objetivo? 

En 1940 nadie tenía respuestas a estas preguntas, de suerte que la Luftwaffe se vio obligada a improvisar. En primer lugar, la Luftwaffe gastó varias semanas en recobrarse de las pérdidas sufridas en la campaña de Francia. Luego tuvo que desplazar sus aviones y unidades de apoyo a los aeropuertos de Francia, Bélgica y Holanda, situados a lo largo de la costa atlántica.

El objetivo siguiente de Hitler, la ocupación de Inglaterra, se ve obstaculizada por la falta de preparación de la marina, (el arma más postergada por Hitler) y por el fracaso de la ofensiva aérea, consecuencia de las distancias —para esa tecnología muy largas— que debían recorrer los aviones alemanes hasta suelo inglés.

La Luftwaffe inició los ataques sobre Londres a comienzos de septiembre, con la esperanza de aterrorizar a la población y destruir su moral. Los británicos llamaron Blitz a este ataque.

Al principio los alemanes efectuaban de día sus incursiones, pero los cazas británicos eran sumamente efectivos. Entonces comenza­ron a atacar de noche. Durante 57 noches, los londinenses fueron so­metidos a bombardeos de más de 200 aviones cada noche. En estas acciones los alemanes empleaban bombas de alto poder explosivo y bombas incendiarias para provocar incendios que aumentaran el daño. Durante la Blitz murieron cerca de 40.000 civiles.

Los bombardeos se desplazaron con el tiempo de Londres a blancos industriales. El 14 de noviembre, 500 aviones alemanes lanzaron 600 toneladas de bombas sobre Coventry (ciudad del centro de Inglaterra), matando a 400 personas y destruyendo vastos sectores de la ciudad.

Aunque Gran Bretaña continuaría sufriendo bombardeos durante 1940, por entonces Hitler había abandonado el objetivo de destruirla. Ocupado en otras cosas, Hitler finalmente archivó sus planes de invasión (tal como estaban). Al final, la RAF había perdido 790 cazas, y la Luftwaffe unos 1.400 aparatos, entre bombarderos y cazas.

A pesar de que los británicos sólo dispusieron de un promedio de 600 aviones en cualquier momento durante la batalla de Gran Breta­ña, lograron superar la ofensiva alemana mediante una combinación de estrategia, tecnología y, lo más importante, coraje. Era un valor nacido del convencimiento de que el destino de la nación reposaba en la habilidad y tenacidad de un joven y a menudo inexperto piloto de combate.

supermarine Spitfire

El Supermarine Spitfire fue un caza monoplaza británico desarrollado y producido para la Segunda Guerra Mundial y que,  después de la Batalla de Inglaterra, pasó a ser el caballo de batalla de la RAF.

La población de Londres es evacuada, las costas que se prestaban a posibles desembarcos alemanes son fortificadas, se multiplican las baterías antiaéreas se organizan  refugios, pero las incursiones aéreas alemanas someten a las ciudades, puertos y centros industriales ingleses a terribles bombardeos. Finalmente la Luftwaffe es detenida por los pilotos de la RAF británica (Real Fuerza Aérea) y la poderosa aviación alemana vencida en la batalla de Inglaterra (1940-41).

Alemania también intenta el ahogo económico de los aliados por medio del bloqueo naval, alcanzando un alto nivel la técnica de los ataques submarinos. Cuando un submarino alemán detectaba un convoy mercante aliado, emitía por radio su posición e inmediatamente reunía a todos los  submarinos cercanos como “manada de lobos” para cercar y hundir a los barcos enemigos.

piloto de la RAF

Uno de los muchos pilotos de la RAF que se enfrentaron a la Luftwaffe durante la batalla de Inglaterra

 

Simultáneamente, Mussolini declara la guerra a Francia e Inglaterra, sobre todo para no quedar fuera del reparto del mundo que se veía venir, pero es realmente poco lo que puede aportar a la causa hitleriana. Con un ejército anticuado y una fuerza aérea irrelevante, sólo la marina italiana está preparada para la guerra, pero es descalabrada en varios combates navales, dejando a los ingleses el dominio del mar Mediterráneo. Desde Albania, el ejército italiano invade Grecia, pero los griegos contraatacan junto con los ingleses y pronto ocupan un tercio de Albania.

Desde las posesiones italianas también se invade, en este caso a las colonias inglesas, pero los británicos, apoyados por los anzacs (soldados de Australia y Nueva Zelanda) recuperan terreno, desalojando incluso a los italianos de Etiopía. Hitler tuvo que acudir en ayuda urgente de su aliado, conquistando Grecia y creando el Afrika Korps, destinado al norte de África. Mientras tanto, se incorporan a la alianza con Alemania e Italia otros países, como Hungría, Rumania, Eslovaquia y Bulgaria.

Desde el verano de 1940 hasta la primavera de 1941, el pueblo inglés dió la moderna versión del legendario combate de David contra el gigante Goliat. Gracias a un valor casi sobrehumano, y consciente de que la suerte del mundo entero estaba en sus manos, resistió, solo, a la aplastante supremacía de la Luftwaffe alemana, que ya había sojuzgado a toda Europa occidental

la batalla de inglaterra

Londres bajo las bombas. Tras el avance y capitulación de Francia ante las fuerzas nazis, la situación de Gran Bretaña en 1940 se vio altamente complicada: quedó sola para combatir al enemigo de Europa, el avasallante ejército de Hitler que dominaba ya un territorio que iba desde Polonia hasta el Atlántico. Alemania se había propuesto rendir también a la rubia Albion y lanzó la operación llamada «León Marino», consistente en el bombardeo sistemático de sus ciudades como anticipo de la invasión a las islas. Pero Churchill, dispuesto a resistir hasta último momento, pronunció las famosas palabras el 4 de junio, ante la Cámara de los Comunes: «Seguiremos hasta el ñn. Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y en los océanos. Defenderemos nuestra isla a cualquier costo. Lucharemos en las playas, lucharemos en los campos de aterrizaje, lucharemos en los campos, en las calles y en las colinas y jamás nos rendiremos». En setiembre de 1940 Londres recibía el primer ataque de lo que se llamaría la «Batalla de Gran Bretaña». Sería la hora más gloriosa de la Royal Air Force, que logró desgastar a la Luftwaffe y de esta manera quebró en el aire la serie ininterrumpida de triunfos alemanes.

PARA SABER MAS…
Primera Etapa de la Batalla

Nueva estrategia de la «Luftwaffe»
Pasaron los cuatro días de incursiones masivas que debían haber barrido la aviación adversaria del cielo de Inglaterra meridional, y los alemanes hicieron una pausa. Según su servicio de información, la caza inglesa, si no destruida, había quedado reducida a sus últimos 300 aviones.

Pero el cálculo estaba muy lejos de la realidad, ya que Dowding contaba aún con casi doble cantidad de aviones Hurricane y Spitfire dispuestos para el combate, además de otros 120 aparatos entre Blenheim, Defiant y Gladiator. Sin embargo, el cómputo animó a los alemanes, haciéndoles creer que bastaría un par de días más de incursiones en gran escala para acabar con la resistencia inglesa.

Con esta idea, la Luftwaffe desencadenó el 18 de agosto nuevos e importantes ataques contra los aeródromos de Kent, Surrey y Sussex, perdiendo 71 aparatos, mientras los ingleses perdían solamente 27. Estaba claro que las unidades de caza estaban muy lejos de ser vencidas. Por este motivo, tras algunas jornadas de actividad forzosamente reducida a causa del mal tiempo, Alemania decidió un cambio radical en sus planes.

Hasta entonces los objetivos principales de la Luftwaffe habían sido los aeródromos próximos a la costa. A partir del 12 de agosto, renunció —afortunadamente para la caza británica- a las incursiones masivas contra las estaciones de radar, debido a la dificultad que encontró en destruirlas, mientras prosiguieron los ataques a aeródromos y otros objetivos costeros o, al menos, no muy adentrados en el país.

La teoría de los alemanes era que, actuando de esta forma, podrían infligir graves pérdidas a la RAF con pocas por su parte, puesto que las incursiones contra objetivos costeros o no muy alejados de la costa no les obligaban a exponerse durante mucho tiempo a la reacción de la defensa. Éste era el concepto estratégico alemán al comienzo de la batalla. Pero al fracasar en su intento de eliminar la caza adversaria, cambiaron de objetivo, iniciando una serie de incursiones en el interior del país.

Así, pues, la primera fase de la batalla había concluido. Hasta ese momento, se puede decir que la caza inglesa logró superar brillantemente la prueba: del 8 al 18 de agosto los alemanes perdieron 363 aparatos. Por su parte, los ingleses perdieron 181, más 30 destruidos en tierra. En ese mismo período se produjo lo que más tarde resultó ser la última incursión diurna de la 5.a Luftflotte y el postrer intento de la 2.a Luftflotte de emplear regularmente sus Stuka. La interrupción de sus ataques constituyó un importante éxito de la defensa inglesa.

Los medios científicos también contribuyeron a llevar esta implacable batalla a buen término. El radar demostró ser de suma eficacia. No sólo permitió guiar a los aviones amigos hasta su objetivo, sino también detectar a gran distancia los aviones enemigos.

Por último, los pilotos del Fighter Command inglés llevaron a cabo heroicas hazañas. Algunos nombres cobraron fama casi legendaria. Recordemos los del Wing-Commander Bader que, pese a haber perdido ambas piernas en 1931, participó activamente en los combates, y J. B. Nicholson,  el primer aviador inglés que mereció la Cruz Victoria durante la segunda contienda mundial.

A pesar de que su hurricane había sido alcanzado por cuatro proyectiles y él mismo estaba gravemente herido, a bordo de su aparato en llamas derribó a un messerschmidt 110 antes de lanzarse en paracaídas. En sus palabras de agradecimiento a todos estos pilotos, que habían resistido a pesar de los más graves peligros, W. Churchill interpretó acertadamente la opinión del momento: «En el terreno de la lucha por la vida —dijo—, nunca hubo tantos hombres que debieran tanto a tan pocos hombres.»

Síntesis 2° Guerra Mundial

Batalla de Ardenas Ofensiva alemana Derrota Definitiva de Alemania

Batalla de Ardenas Ofensiva Alemana

La derrota definitiva de Alemania

Batalla de Ardenas Ofensiva alemana Derrota Definitiva de AlemaniaA finales de 1944, gran parte de la Francia ocupada había sido liberada, y los aliados estaban convencidos de que la guerra llegaba a su término. A finales de diciembre de 1944, el general Montgomery comentó: «Alemania está en la actualidad luchando a la defensiva en todos los frentes.

Su situación es tal que ya no está en condiciones de lanzar operaciones ofensivas de gran envergadura».Pero estaba muy equivocado. En menos de 24 horas, los alemanes se lanzaron a lo que se conoce como la batalla de las Ardenas.

Sería la contraofensiva final de Hitler en el noroeste europeo, y un intento desesperado de dividir a las fuerzas aliadas en dos ejércitos, y de recuperar Amberes (un puerto que era un punto de apoyo vital para los aliados).

Pillados por sorpresa, y con los hombres mal equipados para afrontar el gélido tiempo, los americanos y los británicos tuvieron muchas dificultades al principio, perjudicados por disensiones internas en la cúpula militar.

Porque los jefes militares americanos y británicos se inclinaban por estrategias muy distintas. Los aliados tardaron cinco meses en rechazar el avance alemán. La batalla de las Ardenas no fue sólo la más larga en el frente occidental, pues duró desde mediados de diciembre de 1944 hasta enero de 1945. Fue la última gran apuesta de Hitler. Los aliados vencieron porque poseían mejor armamento, sobre todo tanques.

Batalla de Ardenas Ofensiva alemana Derrota Definitiva de Alemania

El 16 de diciembre por la mañana los ejércitos de Hitler lanzaron un feroz y sorpresivo ataque sobre un frente de 80 kilómetros, entre Monschau y Echternach.

La sorpresa táctica fue completa y la abrumadora superioridad germana irrumpió a través de las líneas americanas, avanzando hacia el Mosa. La última genialidad táctica de Hitler causó estupor entre los aliados, quienes emprendieron una desordenada retirada; algunas divisiones se pegaron al terreno y resistieron el ataque alemán con una tenacidad a toda prueba

La clave estuvo en la movilidad. En sólo cuatro días, los americanos pudieron multiplicar por dos sus efectivos de infantería en las Ardenas, y triplicar sus blindados. Aunque fue la mayor victoria de Estados Unidos en Europa durante la guerra, las bajas fueron muy elevadas por ambos bandos. En total murieron 20.000 hombres y 160.000 resultaron heridos o fueron hechos prisioneros.

La derrota fue un duro golpe para los alemanes. La moral de las tropas quedó bajo mínimos. Los alemanes tuvieron que utilizar fuerzas de reserva que pensaban emplear contra los soviéticos, y eso facilitó a la URSS consolidar su victoria en el frente oriental. Un general alemán escribió en su diario, el 16 de enero de 1945: «Hace cuatro semanas empezó nuestro ataque. ¡Qué rápidamente ha cambiado todo! Ahora no parece quedar ya esperanza».

En cierta ocasión, Hitler llamó desdeñosamente a los americanos «los italianos de la alianza occidental», pero la realidad demostró que estaba equivocado.