Biografía del «Chino» Balbín

La represión en las fábricas Dictadura militar contra los obreros

La Represión en las Fábricas – La Dictadura Militar Contra los Obreros

Casi todas las plantas industriales fueron ocupadas por las tropas. (…)

La coordinación “carne” y «uña” entre los militares y la administración de la Ford Motor Company convirtió su planta de General Pacheco en la provincia de Buenos Aires en la apoteosis de la brutalidad contra los trabajadores. “Rodearon Ford con camiones y jeeps, armados hasta los dientes, nos registraban uno por uno y llevaron muchos compañeros detenidos. Nos revisaban los cofres, los vestuarios, hacían requisas permanentes… Se llevaron a los delegados, subdelegados, activistas. Destrozaron el Cuerno de Delegados… hubo cien desaparecidos. Muchos aparecieron después como detenidos y muchos han sido soltados. Otros nunca aparecieron.”

dictadura argentina

Los dirigentes sindicales Adolfo Sánchez y Juan Carlos Amoroso fueron llamados el día antes del golpe a una reunión con los cabecillas del departamento de Relaciones Laborales de la Ford Motor en su planta de estampado. “La empresa reúne al cuerpo de Delegados que se encontraba en la planta de estampado… En esa reunión el señor Galarraga [gerente de Relaciones Laborales] lee un papel que dice le entregó un coronel al cual se negó a identificar porque ‘su palabra bastaba’, para exhortarles a trabajar en sus tareas olvidándose de todo tipo de reclamos y, manifestó, que todo problema se había acabado.”

Como había todavía negociaciones pendientes solicitadas por los delegados sobre una cuestión de cuentas, Amoroso preguntó si esas conversaciones iban todavía a celebrarse. “Usted, señor no entiende”, replicó el jefe de Ford. “Esta reunión ha terminado. Amoroso, déle saludos a Camps.” Cuando los trabajadores preguntaron quién era ese hombre —el coronel Ramón Camps, que más tarde se jactó de ser responsable de unas 5.000 muertes— los jefes de la Ford se echaron a reír “Ya se va a enterar-”, replicaron.

Tres días más tarde, Amoroso, Sánchez y los otros dirigentes fueron secuestrados de sus casas por hombres armados que llevaban tarjetas tomadas de los archivos de la oficina de personal de Ford.

El l 2 de abril la policía y tropas del Ejército rodearon la planta de General Motors de Barracas en una operación espectacular Un ala de la fábrica se había rehusado a trabajar después de haber sido despoja dos de sus beneficios por realizar tareas inseguras. Un capitán del Ejército y unos pocos de sus soldados empezaron ¿interrogar a los trabajadores sobre la causa del paro. Luego hablaron con los jefes de la fábrica. (…) Una vez que la situación quedó “normalizada”, las tropas se retiraron llevándose consigo a tres trabajadores que protestaban.

Obligados a trabajar con rifles apuntando a sus espaldas a un ritmo febril de producción, la disciplina laboral y la represión hicieron las condiciones insoportables para los trabajadores. Situaciones similares a las de Ford y General Motors se dieron en la Argentina en otras grandes plantas automotrices: Fiat, Renault, Peugeot y Mercedes Benz.

Pero no sólo los trabajadores mecánicos sufrieron los efectos de las primeras operaciones militares. Casi todas la fábricas del país fueron sometidas a supervisión. Este cambio se dio especialmente en las compañías consideradas vitales por los militares y en las industrias más importantes de cada sector o actividad.

Martín Andersen
Dossier secreto. El mito de la guerra sucia

Secuestros Clandestinos en la Represion Ilegal en la Dictadura

Secuestros Clandestinos en la Represión Ilegal en la Dictadura Argentina

Este régimen se distingue de gobiernos de facto anteriores porque instrumentó de modo sistemático y masivo secuestros, torturas, detenciones clandestinas y desapariciones.

Adoptó esta estrategia de represión y aniquilación física y destruyó toda prueba que pudiera responsabilizarlo.

Pese a que la Junta Militar estableció la pena de muerte, nunca la aplicó. Todas las ejecuciones fueron ilegales.

Para ello contó con el asesoramiento legal y técnico de los ejércitos francés y norteamericano, y la experiencia de Pinochet en Chile y del Operativo “Independencia” de 1975 en Tucumán.

¿Por qué el gobierno recurrió a la represión ilegal clandestina en vez de aplicar la pena de muerte y los instrumentos de la represión legal?.

El método clandestino presentaba varias ventajas, desde el punto de vista del gobierno.

En primer lugar, forzaba a la población a la inacción por el terror y generaba confusión en las organizaciones guerrilleras y de izquierda directamente afectadas, dificultando la capacidad de emprender acciones defensivas.

La confidencialidad y el secreto del accionar de las Fuerzas Armadas daban ventajas sobre el enemigo. Además, a diferencia de la pena de muerte, no requería pruebas ni elementos jurídicos.

Los operativos se hacían a plena luz del día, pero en especial por la noche. Intervenían las tres Fuerzas Armadas y las de seguridad.

Los operativos se hacían a plena luz del día, pero en especial por la noche.
Intervenían las tres Fuerzas Armadas y las de seguridad.

En segundo lugar, permitía la tortura a los detenidos sin límites, quienes “desaparecían” o, en el mejor de los casos, luego de ser liberados no podían denunciar los vejámenes, pues el Poder Judicial estaba sometido a la Junta Militar.

Además, el método de represión ilegal desalentaba la solidaridad y el reclamo de parte de los familiares y amigos, porque ocultaba a los responsables, evitaba toda posible comunicación con los detenidos y generaba el temor a provocar represalias sobre ellos. Simultáneamente, les facilitaba la obtención de colaboración, dado que los civiles que los apoyaban no corrían el riesgo de ser denunciados.

En tercer lugar, la adopción del método de las desapariciones y del ocultamiento del acto mismo de la represión se explica porque el gobierno militar buscaba evitar la reacción de los organismos internacionales y la critica del Vaticano.

Este método requería la coordinación de las distintas fuerzas represivas y constaba de cuatro momentos: secuestro, tortura, detención y desaparición.

Para iniciar los secuestros, cuando una de las fuerzas iba a “operar” solicitaba “zona liberada” para evitar interferencias. Así, los pedidos de auxilio

En septiembre de 1973, Augusto Pinochet, con el apoyo del gobierno de EE.UU., derrocó y asesinó al presidente socialista Salvador Allende.

Encabezó un gobierno dictatorial hasta 1990. Sobre todo en los primeros años recurrió a los fusilamientos abiertos más que a las desapariciones, lo cual generó el repudio internacional y las denuncias de los familiares o vecinos de los secuestrados no tenían  en las comisarías del lugar y la policía abandonaba el vecindario para evitar confusiones y enfrentamientos con las fuerzas paraestatales.

 A continuación el “grupo de tareas” irrumpía por la fuerza —por lo general durante la noche— en el domicilio o en el lugar de trabajo de los ciudadanos identificados por los grupos de inteligencia (SIDE, etc.) como “izquierdistas”, “guerrilleros” o “activistas sindicales”.

Previo al arribo de la patota se solía cortar  el suministro eléctrico y se interrumpía el tránsito.

El “grupo de tarea?  estaba integrados en general, por individuos fuertemente armados pero vestidos de civil y sin identificación.

Los secuestros incluían otro componente: el robo de las pertenencias de las víctimas.

Sus casas eran saqueadas y con frecuencia sus automóviles e inmuebles eran apropiados por los militares.

Así, la venta de las propiedades y los objetos de valor saqueados proporcionaba un estímulo económico a los integrantes de los grupos de tareas y servía para financiar los «operativos».

Por otro lado, también los hijos de los detenidos fueron considerados como botín de guerra. Algunos ‘fueron secuestrados junto a sus padres y otros nacieron en cautiverio.

Muchos de ellos fueron asesinados; otros fueron entregados a familias de militares. La CONADEP hizo investigaciones posteriores y documentaron alrededor de doscientos casos de este tipo.

El secuestrado era encapuchado y trasladado —vendado y amordazado— al centro clandestino de detención llamado también «chupadero».

En general era una dependencia militar, comisaría o un edificio preparado para tal efecto, donde se lo sometía a torturas para extraerle toda la información posible que les permitiera a los militares realizar futuras detenciones.

La tortura tenía otro propósito: quebrar la resistencia y la dignidad de la víctima.

La «picana”, el “submarino” —mantener sumergida la cabeza en un recipiente con agua”— y las violaciones sexuales eran las formas más comunes de tortura. Esta se combinaba con la tortura psicológica: asistir al suplicio de amigos o familiares, sufrir simulacros de fusilamientos o experimentar el aislamiento total.

Uno de los centros de detención clandestinos mis conocidos funcionaba -en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA); aunque también habla otros, como Campo de Mayo, el Olimpo, el Vesubio y el Pozo de Banfield.

La compleja máquina represora llegó a disponer de trescientos cuarenta centros clandestinos (algunos de ellos habían empezado a operar antes del golpe militar). Cubrían todo el territorio nacional, pero su actividad más intensa se registró en las grandes ciudades como en Capital Federal, Gran Buenos Aires, Rosario y Córdoba.

Muchos detenidos morían en la tortura, mientras que otros permanecían en los campos por varios meses, prestando algún servicio o bien como rehenes potencialmente aprovechables.

Por ejemplo, el almirante Massera utilizó algunos cuadros montoneros cautivos en la ESMA como soporte de su proyecto político, en particular, de su intento de cooptar a las dirigencias y las bases peronistas. Para ello liberó a varios detenidos a cambio de su participación en su plan para conducirlo a la presidencia.

Distribución de desaparecidos por profesión u ocupación según fuente de CONADEP (EN %)

Obreros30.2 %
Estudiantes21
Empleados17
Profesionales10.7
Docentes5.7
Autónomos varios5
Amas de casa3.8
Personal subalterno de las FFAA2.5
Periodistas1.6
Actores, artistas, etc.1.3
Religiosos0.3
  

Algunos de los secuestrados considerados “mínimamente peligrosos” o los que fueron reclamados por organismos internacionales, gobiernos extranjeros o personas influyentes fueron liberados luego de permanecer por un tiempo desaparecidos.

No obstante, la regla general consistía en que el secuestrado era “trasladado”, lo que en la jerga significaba su asesinato y la desaparición del cuerpo.

En algunos casos arrojándolo vivo desde un avión al océano o a ríos, en otros quemándolo o enterrándolo sin identificación —como NN— en fosas comunes que eran cavadas por las propias víctimas antes de ser fusiladas o en terrenos privados.

Aunque algunos cadáveres aparecían en las calles, como muertos en enfrentamientos o intentos de fuga, la mayoría de los cadáveres “desaparecían”.

De este modo, se consumó la “desaparición” de miles de detenidos, borrándose las huellas que pudieran responsabilizar a las Fuerzas Armadas. Legalmente. nunca dejaron de existir por eso se los denominó “desaparecidos”.

Además de los “guerrilleros”. las víctimas del plan represivo, en su mayoría jóvenes de entre veinte y treinta y cinco años, pertenecían en general a los planos sindical y educativo.

VIDEO: EL TERRORISMO DE ESTADO EN ARGENTINA

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Desaparición forzada
La palabra «desaparecido» se hizo famosa en el mundo a partir de los hechos que ocurrieron en la Argentina durante la última dictadura militar.
La desaparición forzada de personas constituye una ofensa a la dignidad humana y debe ser considerada como grave violación de los propósitos y principios de la Organización de las Naciones Unidas, y de los derechos humanos y libertades fundamentales proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Su aplicación constituye un crimen de lesa humanidad.
Ningún Estado miembro de Naciones Unidas permitirá o tolerará esta práctica; no podrán invocarse circunstancias excepcionales, como existencia o amenaza de conflictos armados internos o internacionales, estados de emergencia, estado de sitio, inestabilidad política interna, disturbios o tensión interna o cualquier emergencia pública como justificación de esta práctica.
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Crimen de lesa humanidad
Delito que por su gravedad o atrocidad lesiona a la humanidad en su conjunto. Traducción del principio medieval que consistía en que el ultraje a la majestad del poder era un crimen (crimen laesae maiestatis).
Expresión empleada en 1972 en la IV Comisión de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, por Amílcar Cabral (dirigente del Partido Africano por la Independencia de Guinea Bissau e islas de Cabo Verde) para definir el carácter criminal de colonialismo. Un crimen definido como de lesa humanidad no es prescriptible y su autor no puede quedar amparado por la legislación de ningún Estado.
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Genocidio
Término adoptado en el derecho internacional después de la Segunda Guerra Mundial, empleado por el jurista polaco R. Lemkin. En 1933 Lemkin presentó en la Sociedad de Naciones (antecesora de la Organización de Naciones Unidas) un memorial pidiendo la elaboración de una convención internacional que prohibiera las ejecuciones en masa.
En 1948 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio.
El genocidio cometido en tiempo de paz o en tiempo de guerra es un delito de derecho internacional.
Como genocidio deliberado y metódico se entiende «el exterminio de grupos raciales y nacionales de la población civil de ciertos terrenos ocupados, con el fin de aniquilar determinadas razas y partes de naciones y pueblos, grupos raciales y religiosos».
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Fuente Consultada: Cuatro Décadas  de Historia Argentina de Palmira Dobaño y Mariana Lewkowicz

Ingreso y Egresos de Dólares a Argentina

La Revolucion Argentina Caida del Gobierno de Illia Golpe de Ongania

La Revolución Argentina – Caída del Gobierno de Illia – Golpe Militar

Derrocado el presidente constitucional Arturo lilla, las Fuerzas Armadas asumieron el gobierno con la certeza, compartida por buena parte de sus cuadros, de que comenzaba una especie de cruzada cuyo corolario sería la solución de los grandes problemas que había sumado el país a lo largo de varias décadas.

Illia Arturo presidente de argentina

El presidente elegido por los comandantes en jefe del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, parecía personificar esas aspiraciones. Onganía se había convertido en el líder de la facción vencedora en ios enfrentamientos entre azules y colorados y había logrado, gracias a su aspecto externo adusto y severo, el respeto de la mayoría de sus subordinados.

Sus adversarios castrenses le imputaban su condición de general «de pecho liso», expresión que en la jerga militar significa no haber cursado la Escuela Superior de Guerra, y por lo tanto, no poseer una formación equivalente a la universitaria. Sin embargo, era aceptado y reconocido como líder por una gran parte de los graduados en ese instituto. Algunos camaradas le daban el apodo de «la morsa», en alusión a sus poblados bigotes.

Onganía, asesorado por militares y por destacados civiles que hicieron suyos los postulados del movimiento, creyó que podía gobernar sin más instituciones que las que sostenía la Revolución Argentina, y que lograría superar las necesidades colectivas mediante «tiempos», como si la realidad pudiera encasillarse arbitrariamente. Primero se resolvería lo económico, después lo social y finalmente lo político. Una concepción tan menguada, que ignoraba la complejidad de la vida comunitaria no podía acabar bien, en efecto las dificultades surgieron en distintos campos para agudizarse hasta lomarse inmanejables.

ANTECEDENTES: A los dos meses de ocupar Illia el gobierno , la Confederación General del Trabajo (C.G.T.) le presentó un proyecto de mejoras para los sectores más humildes de la población. El escrito no fue rechazado, pero al transcurrir largo tiempo sin que los reclamos fueran satisfechos, la central obrera inició —mayo de 1964— un «Plan de lucha» que se cumplió sin violencias, pero debilitó la imagen del gobierno.

De acuerdo con lo proclamado en la campaña electoral, lllia anuló los contratos petroleros firmados tiempo atrás con compañías extranjeras y canceló las vinculaciones del gobierno con el Fondo Monetario Internacional. En 1966 el panorama económico no era auspicioso, por cuanto la inflación se había acrecentado y la moneda devaluada en varias oportunidades.

En marzo de 1967 debían realizarse los comicios para renovar las autoridades provinciales y se anticipaba una victoria del peronismo. En el ámbito castrense existía malestar hacia el gobierno, discrepancia que hizo crisis cuando a fines de 1965 una disposición del presidente obligó al general Onganía, comandante en jefe del Ejército y con gran apoyo en las Fuerzas Armadas, a solicitar su retiro.

A fines de junio de 1966 se inició el proceso revolucionario destinado a derrocar al presidente. El Ejército desconoció la autoridad del jefe de Estado, mientras sus efectivos ocuparon en forma pacífica diversos lugares estratégicos a lo largo del país. En la madrugada del 28 de junio las fuerzas de seguridad penetraron en el despacho presidencial de la Casa de Gobierno y entonces el doctor lllia debió alejarse acompañado por un grupo de correligionarios.

La nueva ruptura del orden Constitucional

Gobierno de la Revolución Argentina Los militares que encabezaron la Revolución que derrocó al Presidente Arturo Illia establecieron un sistema de gobierno basado en una Junta formada por los tres Comandantes en Jefe de las tres Fuerzas y se dispuso que la Presidencia fuera ejercida por un Presidente designado por la Junta, y con ejercicio de todas las facultades legislativas que la Constitución otorga a Congreso.

El 30 de junio del 1966 asumió el cargo de Presidente designado por ese mecanismo el General Juan Carlos Onganía.Los dirigentes del Gobierno de la Revolución Argentina —militares y civiles— consideraban que la democracia era insostenible en una sociedad subdesarrollada.

Depuesto el mandatario constitucional, ocupó la primera magistratura del país el general Juan Carlos Onganía, a quien entregaron el poder los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas. El nuevo presidente ocupó el alto cargo sin limitaciones en el poder y una de las primeras disposiciones del nuevo régimen, denominado Revolución Argentina, fue dar a conocer un Acta que decretó la destitución de las autoridades nacionales, disolvió el parlamento nacional y las legislaturas provinciales, separó de los cargos a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y suprimió los partidos políticos. El mismo documento puso en vigencia el Estatuto de la Revolución Argentina, cuyos diez artículos tenían prioridad sobre la Constitución Nacional y al que debía sujetarse el nuevo gobierno.

Por lo tanto, proclamaron que su objetivo principal y prioritario era el desarrollo económico y la modernización social del país, para pasar —en un eventual segundo tiempo político (que no tenía fecha)— a la construcción de una democracia fuerte. El Gobierno de la Revolución Argentina no se consideraba “provisorio” sino que sometía su duración al logro de sus objetivos socioeconómicos, «no había plazos, sino objetivos».

El Gobierno de la Revolución Argentina del general Juan Carlos Onganía —respaldado por las empresas multinacionales y por un sector del sindicalismo— cerró el Congreso, prohibió la actividad política, intervino las universidades e implantó la censura. La política económica promovió la radicación de grandes empresas multinacionales. El gobierno intervino con fuerza en la economía. Devaluó la moneda y fijó un tipo de cambio alto para aumentar las posibilidades exportadoras de la gran industria. Al mismo tiempo, para financiar sus gastos, el estado retuvo un porcentaje del ingreso por exportaciones agrícolas.

 Entre 1969 y 1970, varios conflictos debilitaron al gobierno.

• En 1969, estalló en Córdoba un movimiento de protesta social —el Cordobazo—, en el que participaron obreros industriales, empleados estatales y estudiantes universitarios. A partir de entonces, se produjeron protestas en distintas ciudades (Rosario, Mendoza), que indicaban la extensión del descontento.
• En 1970, surgió un grupo guerrillero —Montoneros— de filiación peronista. Otro grupo —ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo, trotskista)— intensificó sus actividades.

En las elecciones de 1973 triunfó el Frente Justicialista de Liberación, integrado por el peronismo y varios partidos menores. Héctor J. Cámpora, un hombre de absoluta lealtad a Perón, asumió la Presidencia de la Nación en mayo de 1973.

Durante su gestión surgen los primeros grupos subversivos, los que unidos a la agitación política y socia crean un clima confuso. Se produce el asesinato del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu y la aparición de los grupos montoneros.

Disidencias internas en el ejército fuerzan la renuncia del genera Onganía, sucediéndolo el general Roberto Levingston, el que, por carecer de suficiente apoyo, es pronto desalojado por el general Alejandro Lanusse.

La insostenible situación que padecía el país llevó a este general a prometer la pronta normalización de la vida institucional, iniciando a respecto una apertura política. Ello permitió la revitalización de la figura del general Perón, que desde el exilio en Madrid regresó al país al amparo de las promesas y garantías que ofrecía el llamado a la pacificación.

En 1972, Perón regresó al país luego de diecisiete años de exilio.Durante la estadía del general Perón, apenas un mes, se formó el Frente Justicialista de Liberación Nacional (Frejuli).

Retorno a la vida Constitucional

Las elecciones se llevaron a cabo en marzo de 1973 y obtuvo el triunfo el Partido o conjunción de fuerzas políticas que integraban el Frejuli. La fórmula fue encabezada por el Dr. Cámpora, acompañado del doctor Vicente Solano Lima.

En junio regresaba para instalarse en el país el general Perón, pero su llegada fue objeto de un grave enfrentamiento armado entre los sectores marxistas que deseaban apoderarse del gobierno y quienes sólo deseaban restaurar un gobierno justicialista.

Esa grave situación interna producida en el partido gobernante llevó a Perón a pedir la renuncia del Presidente y Vice y Presidente del Senado para que, de acuerdo con la ley de acefalía, asumiera el Presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, quien debió convocar de inmediato a nuevas elecciones.

En este comicio Perón resultó electo por abrumadora mayoría, acompañado en la fórmula por su esposa Isabel Martínez de Perón. Asumió la presidencia el 12 de octubre de 1973.

Ya para esa fecha los grupos subversivos y los montoneros desarrollaban una activa acción bélica interna con sangrientos episodios sin antecedentes en la historia del país. En 1974, antes de cumplirse el año de gobierno, fallecía el Presidente Perón y lo sucedía Isabel Martínez.

La descomposición social, la impotencia del gobierno para contener la ola de violencia, la fuerte infiltración marxista, la crisis económica y la incapacidad de los partidos para hallar soluciones rápidas, provocan un clima confuso y grande desorientación. Los órganos constitucionales, a saber, el Poder Ejecutivo y el Parlamento, no estaban a la altura de las exigencias históricas.

 

 

Revolucion de 1955 Caida de Peron Golpe Militar Revolucion Libertadora

Revolución de 1955 y la Caída de Perón Golpe Militar «Revolución Libertadora»

La revolución de SEPTIEMBRE DE 1955: Graves conflictos tuvieron lugar en la segunda presidencia del general Perón, tanto por la manera con que ejercía el poder como por los procedimientos políticos que empleaba, que fueron calificados de abusivos, autoritarios y no constitucionales. El enrarecido clima político existente fue complicado por el propio gobierno al ocasionar un enfrentamiento con la Iglesia, y nuevamente perturbado por las severas sanciones anunciadas por el propio Presidente para quienes se opusieran a su política.

el general Eduardo LonardiEstos factores y otros más dieron origen a la que fue denominada Revolución Libertadora, que estalló en septiembre de 1955 en la ciudad de Córdoba, encabezada por el general Eduardo Lonardi, y a la que se plegó la Marina a las órdenes del Almirante Isaac Rojas.

Pocos días después Perón delegaba el mando en una Junta Militar, quien estimó que la presentación del Presidente podía considerarse una renuncia.

Perón se alejó del país y el jefe revolucionario asumió la Presidencia Provisional. Ciertas disidencias internas en el seno de las Fuerzas Armadas llevaron a la renuncia del General Lonardi, quien fue sucedido por el general Pedro Aramburu.

En mayo de 1956 el Presidente Aramburu declaró abolida la reforma constitucional del 1949 y restablecida la de 1853. No obstante convocó a una Convención Reformadora que, por dificultades políticas, sólo pudo sancionar la inclusión del Artículo 14 bis y un agregado al inciso 11 del artículo 57

El gobierno provisional cumplió con su promesa de llamar a elecciones y éstas fueron convocadas para febrero de 1958.

Se restablece la vigencia constitucional.

Las elecciones de ese año dieron el triunfo a la Unión Cívica Radical Intransigente, fracción del viejo tronco radical que encabezaba el doctor Arturo Froridizi.

El nuevo Presidente constitucional tuvo que enfrentar graves conflictos, especialmente con las Fuerzas Armadas que intentaban, no obstante el régimen constitucional en vigencia, imponer sus criterios. Vanos resultaron los intentos del Presidente por sortear los conflictos y las presiones.

Un golpe de estado lo depuso en 1962. Pero mientras los revolucionarios se dilataban en consultas para elegir un sucesor, el presidente provisional del Senado, doctor José María Guido, prestó juramento ante la Suprema Corte de Justicia que lo reconoció como legítimo sucesor constitucional. No se interrumpió así la vigencia constitucional y el nuevo Presidente pudo terminar el período constitucional.

El nuevo proceso de renovación de las autoridades nacionales se llevó a cabo en 1963 y en esa ocasión se impuso la Unión Cívica Radical encabezada por el doctor Arturo Illia, quien asumió la presidencia el 12 de octubre de 1963. Poco pudo gobernar el nuevo Presidente, ya que nuevamente las Fuerzas Armadas, creyéndose árbitros de la eficiencia de la gestión del gobierno constitucional, exigieron a éste la renuncia de su cargo. Sin lograr esa renuncia, por la fuerza, el Presidente fue desalojado de la Casa de Gobierno. Años después, varios de quienes actuaron en ese golpe de estado, confesaron en público su error.

Golpe Militar de 1943 GOU Ramirez Logia Secreta Nacionalista

Golpe Militar de 1943 (GOU)
Ramírez y la Logia Secreta Nacionalista

El período constitucional 1932-1943: Durante el período presidencial de A.P. Justo, 1932-1938, estallaron algunos focos revolucionarios, dirigidos por el radicalismo, pero fueron sofocados, y el presidente pudo terminar su periodo constitucional.

Al finalizar su mandato las nuevas elecciones nacionales dieron e triunfo a la organización política denominada Concordancia Nacional que proclamaba la fórmula Roberto M. Ortiz (Radical antipersonalista) Ramón Castillo (Conservador). Correspondía al período 1938-1943.

El Presidente Ortiz dio algunos signos de querer introducir cambios en la política a fin de asegurar la libertad electoral, que se hallaba infectada nuevamente de procedimientos fraudulentos, a fin de impedir la libre expresión popular. Su enfermedad se agravó durante el desempeño de cargo y debió pedir licencia, sucediéndolo interinamente el Vice Presidente, doctor Castillo. El presidente declinaba en su salud y extendió su licencia hasta que falleció en junio de 1942. En el interín gobernaba en ejercicio de la Presidencia, el doctor Castillo, mientras el Presidente con licencia, se hallaba impotente para torcer el rumbo de la política

 Muerto Ortiz, asumió con plenos poderes legales el nuevo Presidente Castillo, quien orientó una política tolerante con las elecciones fraudulentas que se preparaban en las provincias, para evitar que ellas quedaran bajo el control del partido Radical, que enfrentaba a la gestión presidencial.

Ya para esa fecha había estallado la segunda guerra mundial y las repercusiones de la misma influían en la vida política del país buscando apoyo para cada una de las partes enfrentadas.

La opinión pública se hallaba dividida y si bien existía una prosperidad económica, el país padecía graves conflictos internos de naturaleza ideológica, de luchas políticas y obreras; pero se mantuvo neutral, a pesar de las grandes presiones que ejercía Estados Unidos para obtener que Argentina declarara la guerra a los países que combatían del lado de Alemania

La crisis de 1942/1943

Pedro Ramirez GOUA partir de 1942 se comienza a observar un proceso nuevo en el país que, aun cuando tenía sus raíces en años anteriores, sus manifestaciones exteriores comenzaban a hacerse ver en esos momentos.

La guerra mundial creaba condiciones nuevas, como la del desarrollo industrial que comenzaba a tener fuerte expansión en Buenos Aires y sus alrededores. Ello produjo un fuerte movimiento migratorio interno hacia ese foco industrial. A su vez los sectores populares y de menos ingresos manifestaban deseos de entrara participar en la vida política y no hallaban cauces suficientes.

En 1942 comienza la agitación pre-electoral y el gobierno de Castillo se manifiesta inclinado a favor de candidatos de origen conservador a la vez que se inclina a favorecer, con la gravitación de los órganos del Estado, el triunfo de esos candidatos.

Por otra parte la preocupación de ciertos sectores militares por los asuntos políticos se manifiesta en la formación de una sociedad secreta denominada Grupo Obra de Unificación (GOU), entre cuyos integrantes se hallaban militares que luego tendrían actuación política destacada. Pretendía el GOU, entre otros objetivos, impedir el triunfo del candidato oficial y mantener la neutralidad del país.

La revolución de 1943

La renuncia que el Presidente Castillo solicita a su ministro de guerra Pedro P. Ramírez hace estallar la revolución el 4 de junio de 1943. El 7 de junio asume el mando del país un gobierno de neto corte militar, en el orden nacional y provincial. Nuevamente se producía la ruptura del sistema constitucional.

El nuevo Presidente fue el General Ramírez, en carácter de Presidente Provisional, denominación que poco después fue abandonada por el de Presidente a secas.

El régimen asumió la forma de una dictadura autoritaria de derecha. Se adoptaron medidas represivas contra quienes se atrevían a criticar al régimen. El General Ramírez decretó la ruptura de relaciones con Alemania, Italia y Japón, lo que disgustó a otros sectores militares, viéndose Ramírez en la necesidad de presentar su renuncia. Lo sucedió el general Edelmiro Farrell. Ya comenzaba a destacarse el coronel Juan Perón, que desde la Secretaría del Ministerio de Guerra comenzó a intervenir directamente en la gestión política y el 27 de octubre de 1932 consiguió ser designado Director del Departamento Nacional del Trabajo, que pronto transformó en Secretaría de Trabajo y Previsión.

En el cargo respaldó las demandas obreras y promovió la organización sindical de los trabajadores, creando un amplio núcleo de partidarios en las filas del movimiento obrero, realizando una política de acercamiento a los dirigentes gremiales, muchos de los cuales le brindaron apoyo para lograr reivindicaciones sociales postergadas durante años. En junio de 1944 Perón era designado Ministro de Guerra y poco después Vice Presidente.

A partir de esa fecha la agitación política es muy grande y la oposición reclama elecciones y una vuelta al régimen constitucional. Las presiones militares, disconformes con el ascenso de Perón y su gravitante actuación política, piden su destitución de todos sus puestos.

Depuesto por sus propios pares, Perón es llevado preso a Martín García. Los trabajadores se resisten al alejamiento de su líder y se realiza una concentración masiva el 17 de octubre de 1945, que obligó al gobierno a restituir la libertad del coronel Perón. Este, sin funciones públicas, se dedicó a organizar una nueva fuerza política para las elecciones que estaban anunciadas para 1946. Igual labor hicieron los partidos políticos enfrentados, casi todos, a la figura del emergente político salido de las filas militares.

Verificadas las elecciones, la fórmula encabezada por Perón obtuvo el 54% del total del electorado, asumiendo la Presidencia el 4 de junio de 1946.

La revolución del 4 de junio se llevó a cabo sin resistencias. A los dos días, el general Rawson —jefe del movimiento— fue reemplazado en el cargo de presidente provisional de la Nación por el general Pedro Pablo Ramírez, quien ejerció el mando por cerca de nueve meses. Nombró ministro de Guerra al general Edelmiro J. Farrel, quien más tarde —octubre de 1943— dejó ese cargo para ocupar la vlcepresidencia de la Nación.2 En diciembre del mismo año, el coronel Perón fue designado secretario de Trabajo y Previsión. Al frente de este organismo, ejerció una acción directa sobre las masas obreras que, hasta esa época, no contaban con un gremialismo organizado y permanecían al margen de la vida política.

Las relaciones internacionales con los países en guerra fue la principal dificultad que afrontó el nuevo gobierno, partidario de continuar con una política neutral ante el gran conflicto bélico. Fue creciente la presión de los Estados Unidos de Norteamérica para que la Argentina —uniéndose al resto del continente— rompiera sus relaciones diplomáticas y declarara la guerra a Alemania y a sus aliados, y ze incorporara al sistema interamericano de defensa. Finalmente, en enero de 1944 se anunció la ruptura de nuestro país con las potencias del Eje. En febrero de ese año, el presidente Ramírez delegó el mando en el general Farrel y renunció.

integrantes del gou

Gobierno del general Edelmiro J. Farrel (1944-1946)

Edelmiro Farrel


En el gobierno provisional del general Farrel se destacó el coronel Juan Domingo Perón, designado en el mes de mayo de 1944 ministro de Guerra y el 7 de junio, vicepresidente de la República, con retención de los cargos anteriores.

Al frente de la secretaría de Trabajo y Previsión dispuso medidas de importancia en el orden social, que comprendieron a los obreros y también a los trabajadores de clase media.

La nueva orientación política y social encontró opositores en los partidos políticos tradicionales, en las universidades, en el empresariado en general y en los grandes diarios, El descontento comprendió también a sectores militares, que le obligaron a renunciar el 9 de octubre de 1945. A los pocos días, Perón fue llevado detenido a la isla Martín García.

El 17 de octubre y desde las primeras horas del día, miles de personas —procedentes en gran parte del cinturón suburbano de la ciudad— ocuparon pacíficamente la Plaza de Mayo y exigieron la libertad de Perón, quien en esos momentos se encontraba en el Hospital Militar. La jornada culminó al anochecer, cuando el caudillo habló a la multitud reunida en la plaza.

Convocado el pueblo a elecciones, éstas se realizaron —por vez primera bajo el control de las Fuerzas Armadas— el 24 de febrero de 1946. La fórmula oficialista de Juan Domingo Perón y Hortensio J. Ouijano venció a los doctores José P. Tamborini y Enrique Mosca, candidatos de la Unión Democrática I radicales, socialistas y comunistas).

La restauración del período constitucional 1946-1955

El nuevo gobierno prometió un programa que sintetizaba en la fórmula. una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Inició el juicio político a los miembros de la Corte y la reforma de la Constitución, la que se llevó a cabo en 1949. Merced a esa reforma que modificó la prohibición de reelección, el general Perón al terminar la primera presidencia en 1952 volvió a presentarse.

Durante esos años hace su aparición en la vida política, siendo un factor nuevo, su esposa Eva Duarte, quien imprimió rasgos muy particulares e inéditos a la política del Presidente, siendo causa de un apoyo popular de gran dimensión. En las elecciones de 1951 se introdujo, por acción de Eva Duarte, el voto femenino. Las elecciones de 1952 dieron a Perón el 56% del electorado.

Perón inició su segundo período el 4 de junio de 1952.

Golpe Militar y Caida de Irigoyen en 1930 Causas

Golpe Militar de Uriburu Caída Gobierno de Irigoyen en 1930

ANTECEDENTES: Al concluir la tercera década del siglo XX, la Argentina se encuentra en una situación de encrucijada, tanto en lo político como en lo social. En lo económico, las grietas del modelo agroexportador, visibles ya desde los años 1910 para los observadores más agudos, se acentuaron con la crisis agrícola de 1928, agravándose aún más al recibir el impacto de la crisis capitalista de Wall Street. Sin duda, la nueva década, al menos durante sus primeros años, será muy dura para los argentinos.

En lo político se produjo un hecho que seguramente también modelará el futuro de la nación. El país venía de casi siete décadas de continuidad jurídico-política, iniciada con la reunificación de la República en 1862 y durante las cuales los presidentes se sucedieron normalmente y conforme los mecanismos constitucionales.

Estos operaron incluso cuando Miguel Juárez Celman se vio obligado a renunciar por imperio de los efectos de la insurrección del Parque, en 1890.

Desde 1912, la ley de sufragio universal masculino, obligatorio y secreto, con su régimen de mayoría y minoría, contribuyó a un cierto grado de democratización política, pero sobre todo a acrecentar la legitimidad de los gobernantes.

El golpe de Estado dado por algunos militares -con la inmovilidad, que no dejó de ser complicidad, del grueso de las fuerzas y sus jefes- el 6 de septiembre puso fin a la transición de la dominación oligárquica a la democrática.

Se produjo en un contexto de generalización de las disidencias partidarias y la debilidad y crisis del sistema de partidos políticos -Parlamento como vehículo de mediación entre la sociedad civil y la sociedad política-, es decir, de crisis de representación. Significa el pasaje de las Fuerzas Armadas de su función (la defensa de la soberanía territorial) a la acción políticamente orientada, nada bueno para la democracia.

En rigor, el golpe expresa la debilidad estructural del primer intento de establecer un sistema de dominación política de clase democrático. La debilidad se explica por la estructura social del país y por la acción de las principales fuerzas político-sociales. Veamos como fue el proceso….

GOBIERNO DE JOSÉ F. URUBURU:
La revolución del 6 de Septiembre de 1930

Desde tiempo atrás, grupos de militares y civiles incubaban una revolución para quitar del poder a Yrigoyen, pero éste no creyó en que el movimiento hiciera peligrar la estabilidad de su gobierno. A mediados de agosto de 1930, el presidente se encontraba enfermo en su domicilio y el 5 de setiembre, sus amigos consiguieron que delegara el mando en el vicepresidente, Dr. Martínez. Los tumultos callejeros obligaron a decretar el estado de sitio.

El 6 de setiembre estalló la revolución dirigida por el teniente general José Félix Uriburu, con la colaboración de altos jefes de las fuerzas armadas y un núcleo calificado de civiles opositores.

Al promediar la mañana, aviones rebeldes volaron sobre Buenos Aires y arrojaron miles de proclamas revolucionarias, mientras el general Uriburu —desde la localidad de San Martín— avanzaba sobre la Plaza de Mayo al frente de efectivos pertenecientes al Colegio Militar, Escuela de Comunicaciones y Regimiento 1″ de Caballería. Gran cantidad de automóviles llenos de ciudadanos, se incorporaron en la columna militar.

IrigoyenCuando Yrigoyen (imagen) volvió a la presidencia tenía 76 años y en el gobierno se advirtió una paulatina declinación de su salud física y mental. Su método excesivamente personalista de resolver las cuestiones de gobierno comenzó a paralizar la administración nacional.

El contexto internacional con su gran crisis económico-financiera de 1929 influyó de una manera decisiva en la vida del país, que se complicaba con una crisis social e ideológica.

Dos factores se sumaron estrechamente a esa situación: el ideológico y el militar. El primero expresado por un proceso mundial de crisis de las formas democráticas y la instauración de nuevos gobiernos dictatoriales o autoritarios, y el desprestigio de las formas democráticas.

El militar era una derivación del proceso mundial producido por las secuelas de la primera guerra mundial, y la formación de gobiernos totalitarios.

Los militares, en casi todos los lugares del mundo, reclamaban mayor intervención en los asuntos políticos y en igual medida ese proceso se dio en la Argentina.
El gobierno de Yrigoyen no resolvió las cuestiones militares, y las relaciones de su partido con los militares no gozaron del apoyo de este sector.

Ese fenómeno nuevo en la vida política, la crisis económica, la ausencia de una política definida en todos los sectores, la paralización de la administración, la fuerte propaganda en contra de su gobierno y la presión de intereses extranjeros, fueron factores que provocaron en corto tiempo, de 1929 a 1930, un verdadero clima revolucionario.

El mismo radicalismo, confundido por tantos factores adversos, no reaccionó ni lo supo hacer.

Fue entonces cuando el general José Félix Uriburu encabezó la conspiración manifestando que su plan era “hacer una revolución verdadera que cambiase muchos aspectos de nuestro régimen constitucional, modificase la constitución y evitase el imperio de la demagogia que nos desquicia”.

Así inicia la revolución que destituyó al gobierno constitucional, en el orden nacional y provincial. Se interrumpía, por vez primera, la vigencia de la Constitución en todo el país.

El gobierno de facto de Uriburu

El gobierno de facto de UriburuLa Revolución estalló el 6 de septiembre de 1930 y durante diez y siete meses se extendió la gestión de este militar, que introdujo un sistema llamado ”de facto”, pues no era un gobierno constitucional.

Ese gobierno, a fin de asegurar su continuidad e impedir los reclamos, gobernará bajo el imperio del estado de sitio, o sea, la supresión de las garantías que la Constitución establece.

El programa de reforma constitucional que abrigaba el gobierno de facto no pudo realizarse, pues el país resistía ese propósito, y menos realizado por medios no constitucionales. Por otro lado, carente de un programa coherente, el gobierno cayó en un gran descrédito que fue aprovechado por los partidos políticos para exigir pronta regularización de la vida democrática.

Viendo Uriburu la imposibilidad de gobernar en esas condiciones y fuertemente presionado por la opinión pública, se decidió a convocar a elecciones, pero aún así, desconfiando de la capacidad del partido radical, impidió la legalización de la fórmula de ese partido, alegando una interpretación de la Constitución.

El radicalismo disconforme, ordenó la abstención en los comicios, aunque con ello no logró que lo apoyaran los restantes partidos. Estos se presentaron con fórmulas distintas triunfando el general Agustín P. Justo, que asumió la presidencia en febrero de 1932.

El radicalismo calificó las elecciones de fraudulentas y se mantuvo en dos actitudes simultáneas que ya había practicado entre 1891 y 1916, a saber, la abstención y la revolución.

ALGO MAS… Para consolidarse en el poder, Uriburu dispuso intervenir las provincias —con excepción de San Luis y Entre Ríos, opositoras al gobierno anterior—, Cuyos gobernadores ya habían  renunciado. Debido a la caótica situación económica, el gobierno aplicó una serie de medidas tendientes a disminuir el déficit nacional.

Un consorcio de banqueros ofreció ún crédito de 100 millones de pesos al 5,5% de Interés, el que fue aceptado por el ministro de Hacienda para responder a los urgentes compromisos contraídos por nuestro país.

En el aspecto político, el Congreso Nacional fue disuelto y para afianzar el orden interno el Poder Ejecutivo declaró el estado de sitio y dispuso la censura a los órganos de información periodística.

Debido a su tendencia conservadora, la revolución no tardó en perder prestigio entre la masa de la población. Las fuerzas del radicalismo volvieron nuevamente a la lucha política y agitaron a la opinión pública, mientras los problemas sociales de las clases más humildes fueron defendidos por los partidos izquierdistas.

El gobierno revolucionario convocó el 5 de abril de 1931 a elecciones de gobernador y vicegobernador y diputados por la provincia de Buenos Aires. La expectativa pública rodeaba a este comicio, que indicaría el grado de popularidad del régimen provisional.

El radicalismo se impuso a los conservadores, lo que señaló —desde el punto de vista político— el fracaso de la revolución.

El resultado de los comicios determinó la renuncia de casi todo el ministerio revolucionario y a la vez fortificó al radicalismo personalista. Con todo, el gobierno revolucionario dispuso anular la elección bonaerense.

Ante los rumores de conspiración en las fuerzas armadas y sintiéndose enfermo, el general Uriburu dispuso convocar a elecciones para el 8 de noviembre de 1931, a fin de poner término al período revolucionario.

A los comicios para la elección presidencial concurrieron dos coaliciones de partidos: la Concordancia (formada por la unión de los conservadores o demócratas nacionales con los radicales antípersonalistas y los socialistas independientes), que proclamó al general Agustín P. Justo y al doctor Julio A. Roca —hijo del general homónimo—, y la Alianza Civil (unión de socialistas con demócratas progresistas), que sostuvo a Lisandro de la Torre-Nicolás Repetto.

El partido Radical personalista proclamó al binomio Marcelo T. de Alvear-Adolfo Güemes, pero en acuerdo de ministros el presidente Uriburu los declaró inhabilitados para figurar como candidatos Por esta resolución, el radicalismo —que contaba con gran apoyo popular— retiró todas sus candidaturas a los puestos en el gobierno de todo el país y proclamó la abstención política.

Efectuadas las elecciones y realizado el escrutinio, se impuso la fórmula presidencial oficialista de la Concordancia: Justo-Roca.

El período constitucional 1932-1943: Durante el período presidencial de A.P. Justo, 1932-1938, estallaron algunos focos revolucionarios, dirigidos por el radicalismo, pero fueron sofocados, y el presidente pudo terminar su periodo constitucional.

Al finalizar su mandato las nuevas elecciones nacionales dieron e triunfo a la organización política denominada Concordancia Nacional que proclamaba la fórmula Roberto M. Ortiz (Radical antipersonalista) Ramón Castillo (Conservador). Correspondía al período 1938-1943.

El Presidente Ortiz dio algunos signos de querer introducir cambios en la política a fin de asegurar la libertad electoral, que se hallaba infectada nuevamente de procedimientos fraudulentos, a fin de impedir la libre expresión popular.

Su enfermedad se agravó durante el desempeño de cargo y debió pedir licencia, sucediéndolo interinamente el Vice Presidente, doctor Castillo. El presidente declinaba en su salud y extendió s. licencia hasta que falleció en junio de 1942.

En el interín gobernaba en ejercicio de la Presidencia, el doctor Castillo, mientras el Presidente con licencia, se hallaba impotente para torcer el rumbo de la política

Muerto Ortiz, asumió con plenos poderes legales el nuevo Presidente Castillo, quien orientó una política tolerante con las elecciones fraudulentas que se preparaban en las provincias, para evitar que ellas quedaran bajo el control del partido Radical, que enfrentaba a la gestión presidencial.

Ya para esa fecha había estallado la segunda guerra mundial y las repercusiones de la misma influían en la vida política del país buscando apoyo para cada una de las partes enfrentadas. La opinión pública se hallaba dividida y si bien existía una prosperidad económica, el país padecía graves conflictos internos de naturaleza ideológica, de luchas políticas y obreras; pero se mantuvo neutral, a pesar de las grandes presiones que ejercía Estados Unidos para obtener que Argentina declarara la guerra a los países que combatían del lado de Alemania.Por

Que en la mañana del 6 de septiembre Natalio Botana, el director del popularísimo Crítica, telefoneara desde el Colegio Militar a la redacción del diarioordenando activar la sirena para anunciar a todo Buenos Aires la llegada de la «revolución», señala que su participación en la preparación del golpe de Estado fue mucho más que una campaña periodística. En efecto, y durante varios meses, Crítica fue uno de los focos opositores más importantes al gobierno de Hipólito Yrigoyen, a quien, no obstante, había apoyado en las elecciones de 1928.

Mientras en su edificio se organizaban las reuniones entre los grupos civiles y militares complotados en contra del gobierno, los periodistas realizaban la violenta campaña exigiendo la renuncia de Yrigoyen a la presidencia del país, en notas que registraban el malestar popular ante la política oficial y un escenario institucional permanentemente amenazado por una dictadurayrigoyenista que derribaría los derechos parlamentarios. Poco después del golpe de Estado, Criticare clausurado por el gobierno de facto del general Uriburu.

Fuente: SYLVIA SAÍTTA  Doctora en Letras
Diario El Bicentenario Período 1930-1949 Fasc. N°7

Fuente Consultadas:
Información Obtenida de: HISTORIA 5 Historia Argentina
José Cosmelli Ibañez Edit. TROQUEL

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical Todos

ORIGEN DE LA UNIÓN CÍVICA Y
LOS GOBIERNOS RADICALES

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

1890:Origen de la
Unión Cívica

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

Gobierno de Hipólito Irigoyen
(1916-1922) y (1928-1930)

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

Gobierno de Marcelo T. de Alvear
(1922-1928)

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

Gobierno de Arturo Frondizi
(1958-1962)

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

Gobierno de Arturo Illia
(1993-1966)

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

Gobierno Raúl Alfonsín
(1983-1989)

Gobiernos Radicales en Argentina Origen del Partido Radical

Gobierno de Fernando De La Rua
(1999-2001)

La Revolución LibertadoraBiografía del «Chino» BalbínBiografía Leandro Alem

La Unión Cívica Radical fue en sus orígenes la gran protagonista del movimiento cívico y de opinión que presionó para obtener una ley que asegurara el voto universal, obligatorio y garantizado; luego conocida como Ley Sáenz Peña.

A partir de 1916 y hasta 1930 el radicalismo democratizó el poder, promovió algunas reformas pero no logró modificar el sistema en el cual se basaba el progreso heredado del régimen conservador. En los años posteriores fue oposición y fue gobierno, pero sin la hegemonía de aquella primera etapa. Ha sido, junto con el peronismo, la mayor fuerza política del siglo XX.

En este libro se analizan la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, comienzo de un nuevo período en el cual las clases medias y populares accedieron al poder; los años de prosperidad durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear; el segundo gobierno de Yrigoyen, que concluyó abruptamente con el golpe del ’30; las presidencias de Arturo Frondizi y Arturo Illia, marcadas por la proscripción del peronismo y los condicionamientos militares y, finalmente, la asunción de Raúl Alfonsín en 1983, que significó el regreso de la Argentina al régimen democrático luego de un largo período de gobiernos de facto.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS
ORIGEN DEL PARTIDO RADICAL

El Estado oligárquico
La modernización económico-social del país fue impulsada desde el Estado por los hombres del Partido Autonomista Nacional (PAN). Ellos ejercieron el poder desde 1880 hasta 1916. El PAN estaba constituido por un pequeño grupo de notables pertenecientes a los sectores sociales más poderosos del país.

Eran fervorosos defensores de los ideales del siglo. Creían que la ciencia y la técnica (positivistas) llevarían a la humanidad por la senda de un progreso sin fin. Deseaban acercar a la Argentina a las formas de vida europeas y terminar con todos los rastros de su pasado criollo.

Es por eso que se enfrentaron a la Iglesia Católica, considerada un símbolo de ese pasado, y fomentaron la educación. Mediante la ley 1.420, sancionada en 1884, establecieron la obligatoriedad, gratuidad y laicidad de la enseñanza primaria. Además se preocuparon por formar docentes y crear escuelas primarias y secundarias en todo el territorio nacional.

Pero este grupo dirigente que impulsó tantos cambios en la economía, en la educación y en la sociedad no modificó las formas tradicionales de hacer política. En este aspecto fueron conservadores.

Consideraban que sólo ellos tenían derechos y habilidades para ejercer el gobierno e impedían la participación política de los nuevos grupos sociales.

El sistema político era, en apariencia, democrático. Se llamaba a elecciones para la renovación de autoridades a los plazos establecidos por la Constitución. Pero, en realidad, todo se decidía de antemano a través del acuerdo entre el presidente, los gobernadores de provincia y otras personalidades políticas de prestigio.

En las elecciones se practicaba la violencia política y el fraude. Los métodos eran diversos: aunque podían votar todos los varones nativos mayores de 18 años, se excluía de los padrones de votantes a los opositores y se incorporaba a personas fallecidas. Además, el voto era «cantado».

Los sufragantes tenían que expresarlo en forma oral ante las autoridades del comicio y ante la presencia de matones a sueldo dispuestos a castigar a los opositores. También era muy común comprar con dinero o favores la voluntad de los ciudadanos.

Como en esa época el voto no era obligatorio, estas irregularidades desalentaban la participación. En las elecciones, votaba un porcentaje mínimo de ciudadanos. Los inmigrantes, que en algunas zonas eran muy numerosos, manifestaron poco interés por nacionalizarse para participar en la política.

Los métodos utilizados por el PAN impedían que hombres nuevos llegaran al gobierno y controlaran el Estado, que se convirtió en una organización cuya acción beneficiaba a los grupos de mayor poder económico y social vinculados al partido gobernante. Por eso, se lo denominó Estado oligárquico.

La corrupción política, la imposibilidad de llegar al poder por medios legales y la crisis económica, organizó a los distintos sectores de la oposición, unidos por el rechazo a Juárez Celman. El 1″ de setiembre de 1889 en el Jardín Florida se reunió por primera vez el Comité de la Unión Cívica de la Juventud. Este grupo, aglutinación de los diversos grupos opositores, no tenia aún suficiente fuerza política, pero de por si marcó el comienzo de la revolución. De aquí surgió la Unión Cívica, que reunió en sus filas a católicos y masones, militares y clérigos, a diversos sectores autonomistas y nacionalistas. El movimiento se extendió al interior, creándose clubs revolucionarios en las parroquias. Leandro N. Alem. figura principal de la nueva oposición, arrastró con su prédica a los jóvenes y a la gente de los suburbios.

LA REVOLUCIÓN DEL 90: 13 DE ABRIL DE 1890. En el mitin que se realizó el 13 de abril de 1890 en el Frontón de Buenos Aires (Córdoba al 1100) convocado por la Unión Cívica, que presidía Alem. la oposición se manifestó poderosa. Asistió Mitre e inició la serie de discursos, que continuó con los de Barroetaveña, Alem. Del Valle, Estrada. Goyena. Lucio V. López y Mariano Várela.

En los grupos civiles y militares el descontento general hacia el gobierno se manifestaba con tal fuerza que un contemporáneo de los sucesos escribió: «una revolución anda por las calles buscando quién la dirija». Los grupos de la Unión Cívica se pusieron en contacto con sectores de la oficialidad del ejército y se formó secretamente una Junta Revolucionaria, que terminó con la renuncia del presidente Juarez Celman.

La revolución del 90 no logró cambiar los fundamentos del sistema de gobierno oligárquico: sólo había desplazado a un sector de la oligarquía que fue reemplazado por otro. Frente a esta situación, y en ocasión de la sucesión presidencial de 1892, la Unión Cívica se fragmentó en dos líneas opuestas. La Unión Cívica Nacional conducida por Bartolomé Mitre y la Unión Cívica Radical liderada por Leandro N. Alem. La Unión Cívica Nacional propuso el acuerdo con el gobierno y en los años siguientes sus dirigentes y partidarios integraron los gabinetes y ocuparon cargos legislativos y en la administración del Estado.

La Unión Cínica Radical, en cambio, se orientó hacia la intransigencia. Sus dirigentes negaron legitimidad al acuerdo y a los comicios que lo legalizaban y decidieron mantenerse en la resistencia. Sostenían que «No derrocamos al gobierno para separar hombres y sustituirlos en el mando; lo derrocamos para devolverlo al pueblo a fin de que el pueblo lo reconstituya sobre la base de la voluntad nacional».

Durante los años siguientes, en el interior de la UCR se debatieron dos tendencias: la abstencionista —no participar en las elecciones— y la concurrencista —participar en las elecciones. Entre 1891 y 1894, la UCR participó en las elecciones y obtuvo algunas victorias. Pero, al mismo tiempo, los cívicos radicales que sostenían la impugnación revolucionaria comenzaron a extender su influencia a algunas provincias.

En 1893, se sucedieron movimientos revolucionarios en Córdoba, San Luis, Santa Fe, Tucumán y en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Los enfrentamientos entre los radicales de las dos tendencias continuaron hasta que después de 1904, Hipólito Yrigoyen asumió como jefe de la UCR e impuso la línea de la abstención y la impugnación revolucionaria.

La fuerza política y la popularidad de! radicalismo se apoyaba en los caudillos de barrios y en los comités. Los comités estaban organizados según líneas geográficas y jerárquicas en diferentes lugares del país. Había un comité nacional, comités provinciales (o, en el caso de Buenos Aires, e! comité de la Capital Federal), comités de distrito y comités de barrio. Una de las cosas de las que más se jactaban los radicales era de que sus representantes oficiales habían sido elegidos mediante el libre sufragio de los afiliados al partido. Pero, al menos hasta 1916, lo habitual fue que el comité nacional y los provinciales estuviesen dominados por los terratenientes, y los comités locales, por la clase media.

La actividad del comité alcanzaba su punto culminante en época de elecciones. Además de las tradicionales reuniones callejeras, la fijación de carteles en las paredes y la distribución de panfletos, el comité se convertía en centro de distribución de dádivas para los electores. Algunos organizaron cinematógrafo para niños, ofrecieron conciertos musicales, repartieron regalos de Navidad y contribuyeron a las celebraciones de las fiestas de Carnaval. Otros fundaron sanatorios, centros de asesoramiento legal y bibliotecas, cuyo costo era financiado por los miembros activos. También suministraban alimentos baratos: el pan radical y la carne radical, por ejemplo.

Fuente Consultada: Historia y El Mundo Contemporáneo Alonso-Elisalde-Vázquez

Resumen del Gobierno Post Peronista Ejecución de Aramburu

Resumen del Gobierno Post Peronista

El postperonismo:

El derrocamiento del primer experimento nacionalista popular de Perón implicó el cierre de un ciclo histórico. A partir de entonces se sucedió una época que comúnmente se denomina como de «empate» entre fuerzas, alternativamente capaces de vetar los proyectos de las otras, pero sin recursos para imponer perdurablemente los propios.

El «empate político» se vio reflejado en los ciclos periódicos de crisis económica. El poder económico fue compartido entre la burguesía agraria pampeana (proveedora de divisas y por lo tanto dueña de la situación en los momentos de crisis externa) y la burguesía industrial, volcada totalmente hacia el mercado interior. Las alianzas se establecerían según cual fuera el momento del ciclo.

Hasta 1966 hubo una serie de esfuerzos destinados a destruir al peronismo para crear una alternativa civil de apoyo mayoritario, pero fueron en vano. Algunos de los que derrocaron a Perón anhelaban un país «sin vencedores ni vencidos» (como dijera Lonardi al asumir), y creían que con tiempo y educación democrática se podría integrar a los peronistas a la sociedad. Desgraciadamente, los que predominaron fueron los más duros e intolerantes, los «gorilas», que condenaron a un ridículo silencio a la mayoría electoral, y que transformaron en delito cantar la marcha partidaria y mencionar los nombres de Perón y Evita.

La regla tácita operante durante esta época señalaba que el peronismo no debía gobernar ni podía ocupar espacios de poder relevantes. Quien, por táctica o principios republicanos, diera lugar a su retorno a posiciones de poder, aunque fueran parciales, sería desplazado por el método tradicional de los cambios críticos: el golpe de Estado.

De esto se trataban los conflictos sociales planteados al comienzo del informe: gobiernos militares y civiles no peronistas se adueñaban del poder pero no podían mantenerlo por la presión peronista; estos a su vez podían derribar gobiernos pero no podían tomar el poder. Como factor de presión añadido para cualquier gobernante, constitucional o no, siempre estaba la eventualidad del arribo del General de su exilio – según la leyenda, en un avión negro – que con su amplia influencia y estrategia política podría prácticamente manejar la situación como se le antojara.

El 16 de septiembre de 1955 se produce la sublevación autodenominada “Revolución Libertadora”, movimiento revolucionario encabezado por el general Eduardo Lonardi

En 1966 el ejército, al mando del Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, estableció una dominación autoritaria «necesaria» para suprimir la inflación y restablecer el crecimiento económico. La fuerte resistencia que la sociedad opuso a este programa obligó al gobierno militar a suavizar su situación y a acuciar una salida electoral. Aunque en las elecciones de 1973 el peronismo volvió al poder, la sociedad ya estaba fracturada y una seria inquietud política persistió durante los tres años siguientes, hasta que finalmente la Junta militar presidida por Jorge Rafael Videla tomó el poder mediante otro golpe de estado en junio de 1976.

Aramburu y la desperonización de la sociedad

El gobierno de Lonardi fue rápidamente reemplazado por las facciones más «gorilas» del poder, asumiendo el general Pedro Eugenio Aramburu la presidencia. Su régimen fue un intento de las clases dominantes de «poner orden en la casa», y recuperarse, principalmente la burguesía agraria, del deterioro que el peronismo le había causado.

Con Aramburu se terminaron las ambigüedades. Se intervino el Partido Peronista y la CGT, así como la mayoría de los sindicatos; se prohibió el uso de símbolos peronistas, se detuvo a muchos dirigentes políticos y gremiales y se anuló la Constitución de 1949. Después de más de cien años de que no se fusilaba por motivos políticos, un alzamiento militar-civil fue sometido de esta manera. Los peronistas pudieron sentir que habían sido profundamente derrotados.

Procurando desarmar lo más posible el aparato de la organización obrera peronista, el gobierno de Aramburu sentó la base institucional para el proceso que se abriría con Frondizi: el reemplazo de trabajo por capital en el desarrollo industrial, esto es, el despojo de los derechos sociales peronistas en función de la acumulación de capital y la eficiencia de la economía.

El gobierno desarrollista de Frondizi

En 1958, Perón desde Madrid, ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo Frondizi, demostrando así su fuerza aún desde el exilio. Perón se vio obligado a tomar esta decisión, ya que era dudoso que los peronistas volvieran a votar en blanco (después de la Asamblea Constituyente de 1957 en la que el 24% de los votos fueron en blanco) en un momento en el que se elegiría a las autoridades que regirían por seis años los destinos de la nación. Por otro lado, Frondizi seducía a los peronistas con sus consignas progresistas y desarrollistas y su prédica en contra del gobierno militar.

Las FFAA, lideradas por entonces por los sectores más antiperonistas, sostuvieron que el candidato de la UCRI había ganado ilegítimamente, ya que los votos peronistas habían frustrado al candidato oficioso de los militares, el de la UCR del Pueblo. Desde la asunción del nuevo presidente, el golpe ya estaba dando vueltas en las cabezas de los opositores.

Después del período peronista, el sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitalistas y talleres artesanales de baja eficiencia y competitividad, pero de gran capacidad de empleo. Las grandes corporaciones del país, que cubrían las áreas de industria y servicios públicos, eran propiedad del Estado.

El gobierno desarrollista de Frondizi implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas nacionales e impulsar la investigación científica. En diciembre de 1958 se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la radicación de capitales, principalmente norteamericanos, por más de 500 millones de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias químicas, petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.

El mayor efecto de esta modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital extranjero radicado en la industria. La burguesía industrial nacional debió, desde entonces, amoldarse a sus decisiones y la tradicional burguesía pampeana fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los momentos de crisis.

Otras de las consecuencias de este plan fue la concentración de las inversiones en la Capital Federal, la provincia de Santa Fe y principalmente la ciudad de Córdoba, que experimentó un meteórico desarrollo industrial. Por otro lado, las variaciones en la distribución de los ingresos beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en detrimento de los inferiores, pero también de los superiores.

La complejización de las estructuras políticas y económicas desplazó a los viejos abogados y políticos del poder y los subordinó a una nueva clase dirigente, la burguesía gerencial, que empezó a formar el nuevo Establishment. Ante esta nueva situación, la burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista: negociadora. Desde que en 1961 Frondizi devolvió a los sindicatos el control de la CGT, se empezó a gestar en el interior del sindicalismo peronista la corriente «vandorista» (por Augusto Vandor, líder del poderoso gremio metalúrgico) que estaba dispuesta a independizarse progresivamente de las indicaciones que Perón impartía en el exilio. Eventualmente, consideraban construir el embrión de un proyecto político-gremial capacitado para negociar directamente con otros factores de poder (es decir, sin la mediación de Perón) al estilo del Partido Laborista inglés nacido en la década del ‘40. Todo esto hizo que los partidos políticos tradicionales fueran perdiendo relevancia como articuladores de intereses sociales.

En estos años de proscripción y declinación general del nivel de vida de la clase obrera nació la izquierda peronista, es decir, aquellos peronistas cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular. Esta se dio no por acercamiento de la izquierda tradicional, que seguía siendo hostil al peronismo, sino a través de la radicalización de los activistas peronistas y la peronización de jóvenes que se habían orientado primero hacia la derecha y el nacionalismo católico.

En recompensa por el apoyo electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas – otorgándoles una amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc.- pero las inversiones extranjeras, consideradas la clave del desarrollo frondicista, les olían a entrega al imperialismo yanqui. Los contratos con ocho compañías petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados. A su vez, se levantaron las protestas de la burguesía nacional, que necesitaba el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se aliaba a EEUU contra Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.

Ante la creciente oposición de la clase obrera, con una recurrente recesión, y con muy poco espacio para maniobrar, Frondizi se encontró entre la espada y la pared: cedió a todos los planteos militares (inquietos por la movilización del peronismo) y declaró primero el Estado de Sitio y luego el plan de represión CONINTES para desmovilizar a la clase obrera. Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las que los peronistas ganaron en cinco distritos. Este hecho fue intolerable para los militares, por lo que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo los fuegos del más virulento antiperonismo, al estilo de los años ‘55 y ‘56. El presidente destituido conservó la cordura como para salvar un jirón de institucionalidad designando como sucesor al presidente provisional del Senado, José María Guido.

Acto seguido se produjeron enfrentamientos dentro de las FFAA, más específicamente entre los denominados azules y colorados, en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas y favorables a la burguesía agraria que habían volteado a Frondizi. Tras dos choques sangrientos, otra generación se consolidó en el liderazgo de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del general Onganía.

Dada la necesidad de otorgarle una salida institucional al precario gobierno de Guido, en 1963 se llamó a elecciones presidenciales nuevamente. Con el peronismo proscripto y con tan sólo el 25% de los votos, resultó vencedor el candidato de la UCR del Pueblo, Arturo Illia.

Illia, el insólito respeto republicano

El presidente Illia recreó un modelo de gobierno respetuoso hasta el fin de las pautas de la democracia liberal, inspirado en la imagen republicana anterior a 1930. En este sentido, su administración fue ejemplar: gobernó sin Estado de Sitio y sin presos políticos, garantizó las libertades básicas y hasta tuvo arrestos de dignidad nacional en sus relaciones con los EEUU, como lo demostró en oportunidad de la invasión de los marines en Santo Domingo.

Illia, presindente argentino

Gracias a una coyuntura internacional favorable a los productos argentinos en el mercado mundial, la Argentina entró en un ciclo largo de recuperación, que eliminaría por una década el déficit en la balanza comercial. Si bien el gobierno de Illia no frenó estas tendencias, tampoco las impulsó. Esto es lo que los sectores más desarrollistas le achacaron desde el principio al gobierno radical. El nuevo Establis hment necesitaba la apertura económica, la acumulación de capitales y la racionalización del Estado por encima de toda legalidad republicana. A los ojos militares y desarrollistas, el viejo sistema de partidos era incapaz de asumir estas tareas, por lo que prepararon el golpe mejor planeado y menos violento de la historia argentina. Moldearon a la opinión pública desde años antes del levantamiento por medio de una intensa actividad propagandista, hasta identificar al presidente radical con la modorra pueblerina y la siesta provinciana, al mismo tiempo que enaltecían a los militares como héroes de la epopeya tecnológica y de la grandeza nacional.

La Junta destituyó en 1966 al presidente, al vicepresidente, a los gobernadores y a los vicegobernadores, disolvió el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los partidos políticos y reemplazó a los miembros de la Corte Suprema de Justicia. En nombre de las FFAA el cargo de presidente fue ocupado por un hombre de larga tradición cristiana y occidental: el Tte. Gral. Juan Carlos Onganía. El suceso militar fue bautizado con el nombre de «Revolución Argentina», afirmándose sobre el consenso de algunos sectores, en el consentimiento resignado de la mayoría y en la expectativa desconcertada de casi todos.

La Revolución Argentina

La Revolución Argentina fue la continuación del proyecto desarrollista de Frondizi llevado a sus extremos: favoreció la apertura y la concentración de capitales para impulsar el proceso de industrialización y modernización de la estructura productiva y se estableció sobre un Estado autoritario donde confluían el poder político y el económico. El objetivo económico de Onganía fue pronto descubierto: la consolidación de la hegemonía de los grandes monopolios industriales y financieros asociados con el capital extranjero, a expensas de la burguesía rural y de los sectores populares.

Esta situación hizo que el peronismo profundizase su división, entre los que querían resistirse a los militares y los que querían colaborar, los vandoristas. Cuando estos se acercaron al gobierno, Perón – desde el exilio – fomentó el surgimiento de sindicatos opuestos a la burocracia sindical, como la CGT «de los argentinos». Así les recordó a los vandoristas que sin él, no eran nada. Luego de haber logrado su objetivo a fines de 1968, y por temor a que la nueva central obrera se desbandara, la disolvió. Así era la táctica «pendular» del general.

En julio de 1966, un mes después del golpe derechista, la Policía Montada entró a la Universidad de Buenos Aires y la desalojó a porrazos, en el episodio tristemente conocido como la «Noche de los Bastones Largos«. Si bien visto en retrospectiva el acontecimiento no fue particularmente terrible, (principalmente comparado con la represión vivida durante el régimen de Videla), en esa época caló muy hondo en el alumnado. Dos años más tarde los estudiantes más políticamente motivados ya estaban estableciendo lazos de solidaridad con las organizaciones obreras militantes y desarrollando su campo de acción en el ámbito externo, principalmente en las villas miseria.

Pese a haber tenido condiciones económicas nacionales e internacionales a su favor, al cabo de los tres primeros años, la Revolución Argentina ya mostraba signos de fracaso. El más evidente fue la inesperada respuesta social a la política económica oficial, que derivó en el surgimiento de las guerrillas urbanas.

La guerrilla

Las principales causas que ocasionaron su origen y expansión fueron:

El acercamiento de las clases medias con las bajas: Al darse cuenta los universitarios de que su problemática no estaba tan lejos de la del proletariado (problemas económicos comunes por el aumento del costo de vida y transporte, desocupación creciente, etc.), comenzaron a identificarse con ellos y a buscar lazos que beneficiarían a ambos. No sólo creían posible un mundo mejor; los universitarios de izquierda sabían que como profesionales, administradores, planificadores de la economía, etc., tendrían un buen lugar en un eventual gobierno socialista.

Aunque la mala situación económica jugó su papel en la radicalización de la clase media, coincido con Richard Gillespie cuando afirma que los factores sociales y económicos fueron causas menores frente a los políticos y culturales. El golpe de Onganía significó un violento ataque a lo que la clase media consideraba su coto privado incluso durante la década infame, esto es, las universidades, y el mundo de la cultura en general. El violento ataque de Onganía a la autonomía universitaria contribuyó mucho a empujar a los jóvenes de clase media a la oposición armada.

El hecho de que pocos obreros integrasen las guerrillas se debió principalmente a la acción desmovilizadora que significó el peronismo, que los convenció de que su fuerza radicaba en el poder colectivo industrial y en los sindicatos y no en las armas de fuego. Por otro lado, no contaban con los recursos económicos necesarios para pasar a la clandestinidad y convertirse en combatientes profesionales. Los universitarios gozaban de una mayor independencia económica y disponían de mucho más tiempo para pensar y para dedicar a la exigente vida de guerrillero. No debe sorprender pues que las guerrillas urbanas hallan aflorado en países muy urbanizados y con un alto porcentaje de habitantes de clase media, como Argentina y Uruguay, afectados por medidas económicas impopulares y por la reducción de las libertades políticas y culturales.

La atracción casi mística que producía sobre la juventud el General Perón desde el exilio: Muchos de aquellos quienes durante el primer gobierno de Perón eran aún niños, descubrieron en él un modelo y mentor espiritual, el gestor de una nostálgica época de oro en la que el pueblo había sido feliz; comparada con los años sesenta, década en la que los jóvenes argentinos descubrieron la desilusión del sistema político, tanto en su forma constitucional como de facto. A su vez, Perón, por medio de mensajes, apoyaba a las organizaciones guerrilleras en sus acciones partisanas y alentaba a las «formaciones especiales». Como ejemplo, un extracto de su «Mensaje a la juventud» de 1971:

«Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza … Tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido a morir por sus ideales».

El debilitamiento de los valores de la sociedad tradicional y el relajamiento de los controles morales y sociales: observado en hechos como la duplicación de la criminalidad violenta en seis años, la triplicación de separaciones y divorcios y la disminución de ingresantes al servicio de la Iglesia. No debemos olvidar que el planeta entero vivía una época de cambios vertiginosos: el hippismo, la guerra de Vietnam (que fue la primera vez que el mundo pudo ver una guerra por televisión), el mayo francés, etc. Todas estas corrientes de revolución y contrarrevolución impulsaban a la juventud a tomar partido activamente por algo que considerasen justo.

El compromiso social y político que asumió parte del clero latinoamericano a fines de los ‘60: Este pequeño pero muy activo sector bautizado «Sacerdotes del Tercer Mundo», con su profunda capacidad de prédica en los sectores mas bajos de la sociedad, convirtió numerosas iglesias en centros clandestinos para reuniones y afiliaciones. La liturgia católica, por otro lado, actuó como sedante frente a los temores a la muerte que muchos guerrilleros habrían de sentir: eran presentados como «hijos del pueblo», que «caían» en vez de morir, y a los que se les daba la condición de mártires.

El cordobazo, rosariazo, tucumanazo, etc.: Estas manifestaciones espontáneas de obreros y estudiantes fueron recibidas por los combatientes como una señal de apoyo del pueblo a sus acciones guerrilleras.

De los movimientos guerrilleros de esta época, se destacan:

Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): eran el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Siendo marxistas, consideraban al peronismo una operación de la burguesía para ganar tiempo y retrasar la concreción de la revolución obrera. Tenían más afinidades en el interior y entre las clases populares que los Montoneros.

Montoneros: esta fue la principal fuerza guerrillera urbana que ha existido hasta la fecha en América Latina. Estaban convencidos de que las armas eran el único medio que tenían a su disposición para responder a «la lucha armada que la dictadura ejerce desde el Estado«. Llegaron a manejar a la juventud peronista y a la universidad y a tener la adhesión de cientos de miles de argentinos en el ‘73-’74 mientras incidían íntimamente en el poder durante el breve gobierno de Cámpora. Su cúpula estaba manejada por hombres originarios de la extrema derecha católica, como Firmenich y Vaca Narvaja, que advirtieron que sus ansias de lucha nacionalista y antiimperialista serían en vano si no lograban la adhesión de los peronistas. Adoptaron sus consignas y las radicalizaron («Perón o muerte«) haciéndose pasar por los dueños de la verdad justicialista. Con sus acciones acostumbraron a las masas a la violencia y a la venganza y formaron una falsa imagen de Perón, idealizándolo como un revolucionario, al estilo de Mao Tse Tung o Fidel Castro.

Otras organizaciones guerrilleras que terminaron fusionándose con los Montoneros fueron las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y los Descamisados, de menor importancia.

Llegado este punto de análisis, me parece importante revisar las actitudes de Perón en este período. Desde el exilio reformuló su teoría de la Tercera Posición, asociándola a las luchas del Tercer mundo para librarse del imperialismo y el colonialismo. Al mismo tiempo, aplaudió la ruptura chino-soviética, considerándola un «golpe al socialismo internacional dogmático» de la URSS, y como una tendencia mundial al surgimiento de «diversas variedades de socialismo nacional«.

Claro que para cada uno de los que prestasen atención a sus declaraciones, esta frase quería decir algo distinto. La derecha peronista la interpretaba como un nacionalsocialismo, hermano del nazismo y del fascismo, mientras que para la izquierda era una «vía nacional hacia el socialismo«. De cualquier manera, la izquierda podía citar muchos más indicios de que Perón había sufrido una metamorfosis revolucionaria en el exilio que la derecha, como cuando afirmó que «si hubiera sido chino sería maoísta«, o cuando dijo que «la única solución es la de libertar el país tal como Fidel Castro libertó al suyo«.

Lo que Perón buscaba con sus declaraciones demagógicas era dar a cada sector una imagen «espectral» de si mismo. Cada cual veía lo que quería ver: una representación idealizada del caudillo. Así satisfacía a todos y conservaba su liderazgo. Esta política de incitación tanto a derecha como a izquierda que pareció ser muy eficaz desde el exilio, demostró su falencia mayor a la vuelta de Perón, cuando todos esos sectores lucharon violentamente por su reconocimiento como verdaderos peronistas. Esto tenía que pasar tarde o temprano, pero yo supongo que Perón confiaba en su capacidad de maniobra política y en que iba a gobernar más años de los que finalmente presidió, a pesar de su avanzada edad. Sería irresponsable de mi parte afirmar sin bases concretas que Perón provocó intencionalmente la radicalización de la sociedad con el único objetivo de recuperar el poder, pero la verdad no está muy lejos de esto.

Levingston y Lanusse, ¿el paso al costado del antiperonismo?

La designación del general Roberto M. Levingston como presidente en junio de 1970 fue, para decir lo menos, inesperada y sorprendente. Al momento de su nombramiento, era agregado militar en la embajada argentina en Washington, por lo que era completamente desconocido para el pueblo argentino. Por esta falta de base social, y por la oposición que le presentaron los partidos políticos, no pudo concretar su «proyecto nacional» de convocatoria a los partidos sin sus líderes; esto es, a los peronistas sin Perón, a los radicales sin Balbín, etc. De más está decir que los peronistas, radicales, demoprogresistas, bloquistas, conservadores populares y socialistas le respondieron formando una alianza llamada La Hora del Pueblo. Este fue el final del gobierno de Levingston, en marzo de 1971.

Para mostrar hasta que punto la los peronistas tenía una visión distorsionada de Perón en el exilio, cabe aclarar que los Montoneros interpretaron La Hora del Pueblo como una hábil jugada de su líder destinada a ganar tiempo mientras el Movimiento profundizaba sus niveles organizativos y métodos de lucha para emprender la próxima etapa de la guerra.

La verdadera figura detrás de Levingston era el general Alejandro Lanusse, que buscaba una salida honorable para las FFAA. Aunque el verdadero proyecto de Lanusse era la apertura política progresiva hacia la institucionalidad bajo tutela militar, la amenaza de una revuelta revolucionaria – alentada por Perón – obligó a los militares a llamar a elecciones libres para marzo de 1973.

Aunque Perón se ofrecía como el único capaz de evitar el terremoto social en la Argentina, por una cláusula de residencia no pudo presentar su candidatura. En su lugar fue Héctor Cámpora, que al frente del FREJULI (coalición que reunía sobre el eje peronista a frondicistas, conservadores populares, populares cristianos y otras agrupaciones) triunfó el 11 de marzo de 1973 con el 49,59 % de los votos, por sobre la fórmula radical encabezada por Balbín.

Cámpora y el regreso de Perón

El 25 de mayo de 1973, mientras el centro de Buenos Aires vivía una fiesta carnavalesca, Héctor Cámpora asumió la presidencia de la Nación. Después de dieciocho años de proscripción, el peronismo volvía al poder. En los alrededores del Congreso más de un millón de personas festejaban la partida de los militares. En medio de palabras y acciones de rechazo a las FFAA y a los símbolos de la presencia norteamericana en la Argentina, Lanusse era agredido y escupido. Estos recuerdos del «poder de la chusma» y la anarquía quedaron muy grabados en las mentes de los militares, y reaparecerían en posteriores discursos de Videla.

Cámpora reconoció a los Montoneros su contribución otorgándoles a muchos de sus cabecillas importantes puestos en el gobierno y declarando una amnistía general para todos los guerrilleros encerrados como presos políticos. También reemplazó a toda la plana mayor del Ejército, haciendo fracasar la «salida honorable» planeada por Lanusse.

Una vez que el peronismo volvió al poder, el ERP continuó armándose para la gran contienda militar revolucionaria. Los montoneros, en cambio, habían logrado su objetivo principal. Ahora comenzaron a prepararse para el próximo, la patria socialista nacional, para lo que pensaban heredar el liderazgo del movimiento de Perón. Ambos grupos, por razones diferentes, siguieron ampliando sus organizaciones.

La izquierda y la derecha peronistas luchan por el control del espacio político

El 20 de junio de 1973 Perón regresó definitivamente. No eran las circunstancias del Perón gobernante del ‘46 al ‘55, ni del Perón exiliado y mítico del ‘55 al ‘72. El liderazgo permanecía, pero el contexto era muy diferente. El carisma debía probarse ahora en el llano, en medio de una sociedad conmovida por las crisis recurrentes y la cultura de la violencia.

En Ezeiza pudo observarse lo que sería el prólogo para las sangrientas luchas internas que el peronismo viviría después: a medida que se aproximaban a recibir a su líder, las columnas de Montoneros, FAR y JP fueron ametralladas por elementos de la derecha peronista (que más tarde integrarían la Alianza Anticomunista Argentina – Triple A), perdiendo la vida más de 25 personas. Por más que los autores eran conocidos y hasta se publicaron fotografías de los mismos, Perón simplemente no hizo nada al respecto.

Perón ganó las elecciones del ‘73 con el 61,8 % de los votos. Inmediatamente después de su asunción, la JP y el peronismo de izquierda en general, empezaron a ver atónitos como Perón defendía a los líderes sindicales y a la derecha peronista y castigaba verbalmente a los «grupos marxistas terroristas y subversivos» supuestamente «infiltrados» en el movimiento. La izquierda estoicamente mantenía su lealtad y disciplina al verticalismo peronista:

«Quien conduce es Perón, o se acepta esa conducción o se está afuera del Movimiento… Porque esto es un proceso revolucionario, es una guerra, y aunque uno piense distinto, cuando el general da una orden para el conjunto [del Movimiento], hay que obedecer»

El Descamisado, nº 26, 13 de noviembre de 1973

La izquierda peronista no podía creer que el Perón revolucionario que ellos creían conocer se había pasado para el otro bando. Empezaron a fantasear sobre su «extraño» comportamiento, atribuyéndolo al círculo de traidores, burócratas e imperialistas que lo rodeaba, encabezado por el ministro de Bienestar Social José López Rega.

López Rega era quien estaba detrás de la AAA y quien reclutaba entre otros a numerosos policías que habían sido expulsados por gangsterismo y reincorporados antes de la asunción de Perón (López Rega era él mismo un policía retirado). En este «Escuadrón de la Muerte» adquirieron experiencia muchos de los que después integrarían las brigadas de represión del Proceso. Tan sólo en el período 1973 – 1974 la AAA y otros comandos fascistas habían asesinado a más de doscientos peronistas revolucionarios, militantes de izquierda no peronistas y refugiados políticos extranjeros, y esto fue meramente el inicio. No cabe duda de que nunca hubieran sido capaces de lograr tal mortal eficacia de no haber sido por la tolerancia y la participación activa del mando de la Policía Federal.

En enero de 1974, y luego de varias acciones pro-derechistas de Perón, los Montoneros dieron finalmente cuenta de su engaño:

«[Antes de su retorno, habíamos] hecho nuestro propio Perón, más allá de lo que es realmente. Hoy que está Perón aquí, Perón es Perón y no lo que nosotros queremos».

Mario Firmenich, enero de 1974, en conferencia ante la JP

En la reunión del Día del Trabajador de 1974 en la Plaza de Mayo sucedió la inevitable ruptura. Al salir Perón al balcón se encontró con un escenario que lo irritó sobremanera: los Montoneros, que sumaban dos tercios de un total de 100.000 asistentes, habían llenado la plaza con estandartes de su Movimiento, silbaban a Isabel Perón, y coreaban coplas del tipo de «Si Evita viviera sería Montonera», y «Qué pasa (…) general, que está lleno de gorilas el gobierno popular». Perón, furioso, abandonó su discurso de unidad nacional y comenzó a echar diatribas contra los revolucionarios: «estos estúpidos que gritan»,«algunos imberbes pretenden tener más méritos que los [líderes sindicalistas] que lucharon durante veinte años», «[los miembros de la Tendencia Revolucionaria] son infiltrados que trabajan adentro y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan de afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios que trabajan al servicio del dinero extranjero», en fin, no ocultó la verdadera repulsión que la izquierda le producía. La JP, a su vez, respondió marchándose de la Plaza, dejándola semivacía. Ya nada podía esperarse de un Perón que una semana después daba personalmente la bienvenida al general Pinochet, quien ocho meses atrás había derrocado al gobierno socialista chileno de Salvador Allende.

El pandemónium

El 1º de julio de 1974, murió en su cargo de presidente Juan Domingo Perón, a la edad de setenta y ocho años. Su esposa María Estela Martínez asumió la presidencia, bajo la conducción derechista de López Rega. El frente peronista se fue fracturando aún más y el terrorismo guerrillero se consolidó y agrandó. Los Montoneros decidieron «volver a la resistencia» clandestina para reformar la sociedad sin Perón, abandonando definitivamente la esfera legal. A partir de entonces se alejaron cada vez más de la guerra de guerrillas urbana para acercarse cada vez más al ERP y al terrorismo político, cuyas víctimas muchas veces eran civiles que no integraban el gobierno ni las fuerzas de seguridad.

A principios de 1976, cada cinco horas se cometía un asesinato político y cada tres estallaba una bomba. Esta violencia política indiscriminada le granjeó a los guerrilleros el desprecio de gran parte de la opinión pública que simpatizaba con ellos cuando eran una joven agrupación que luchaba contra la Revolución Argentina y por el regreso de Perón. Del mismo modo aumentó el terrorismo estatal: la acción guerrillera constituía una grave amenaza para amplios sectores de la sociedad argentina y para la seguridad del Estado.

Además de la violencia política reinante, la inquietud obrera se estaba generalizando de nuevo. A pesar de que las huelgas estaban prohibidas, importantes sectores del movimiento obrero recurrieron a ellas, así como a marchas de hambre, trabajo a reglamento y manifestaciones callejeras, en un esfuerzo destinado a cambiar la política económica del gobierno. Con una inflación mayor a la de Alemania en el período 1921-1922, y al borde de la cesación de pagos internacionales, el gobierno constitucional había perdido el control de las variables claves del manejo económico. El vacío de poder que desde la muerte de Perón aquejaba al país, dejaba al gobierno peronista incapaz de ofrecer solución a los problemas vigentes, ante la oposición que le demostraban tanto los empresarios como los obreros.

Ante todo esto, las FFAA lideradas por Videla actuaron sagazmente, sin intervenir hasta que la situación empeoró hasta tal punto que los civiles fueron a golpear las puertas de los cuarteles. De esta manera probaron la absoluta falencia del régimen constitucional y lograron que la opinión publica apoye o se resigne nuevamente ante la opción militar.

El Proceso de Reorganización Nacional

El 24 de marzo de 1976, la Junta Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla por el Ejército, el almirante Emilio Eduardo Massera por la Marina y el brigadier general Orlando Ramón Agosti por la Fuerza Aérea, depuso al gobierno constitucional de Isabel Perón con el objeto de «terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo». Denunciaban «la irresponsabilidad en el manejo de la economía», las malversaciones, ya públicas, de Isabel Perón y su administración y el «tremendo vacío de poder» existente que amenazaba a la Argentina con «la disolución y la anarquía». Desgraciadamente, casi todo esto era cierto, y muchos argentinos les creyeron.

Como en 1966, pero mucho más severamente, fueron disueltos el Congreso y las legislaturas provinciales; la presidente, los gobernadores y los jueces, depuestos; y fue prohibida la actividad política estudiantil y de los partidos. La UIA, la CGE, la CGT y los sindicatos más importantes fueron intervenidos, sus fondos congelados; y las actividades relacionadas con las huelgas y las negociaciones colectivas, declaradas ilegales. Se establecieron consejos de guerra militares con poderes para dictar sentencias de muerte por una gran variedad de delitos y para encausar sumariamente a todo aquel que se sospechase subversivo. El mensaje oficial era que sólo «los corruptos, los criminales y los subversivos tendrían que temer a la nueva autoridad».

Desde la crisis del petróleo del ‘73, había en los bancos de los países occidentales industrializados, principalmente norteamericanos, muchas divisas que los exportadores de este producto habían depositado. Estos capitales debían ser prestados, por lo que desde el FMI se creó la conciencia de que era bueno para un país en desarrollo como la Argentina recibir inversiones. Aunque por la inestabilidad política del país sólo se contrajeron préstamos y deudas, el régimen militar aplicó esta receta fondomonetarista. Mediante la apertura indiscriminada de los aranceles externos, la disminución del poder adquisitivo de la clase obrera y la sobrevaloración del peso (que dificultaba las exportaciones y estimulaba las importaciones), se procedió a una substancial desindustrialización del país, definitivamente favorable al capital extranjero. Aquí vemos el principal interés norteamericano por derrocar al régimen peronista.

Un año después, incluso muchos de los que habían apoyado el golpe se sentían alarmados ante la profundización de la crisis económica y los duros atropellos a las libertades democráticas que el régimen infligía. Estas dos cuestiones se relacionaban, ya que para imponer la política económica neoliberal de Martínez de Hoz era necesaria una amplia represión, cuyo concepto militar de «subversión» era bastante amplio. En las palabras de Videla: «un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental».

Los métodos que las FFAA pusieron en práctica para eliminar la subversión tomaron por sorpresa a los opositores, guerrilleros y sospechosos detenidos: campos de concentración clandestinos, centros de tortura y unidades especiales militares y policíacas, cuya función era secuestrar, interrogar, torturar y matar. Las prácticas comunes de tortura eran la picana, el submarino (inmersión), la violación, y el encierro con perros feroces adiestrados, hasta que las víctimas quedaban casi descuartizadas. A los que sobrevivían, una vez extraída toda la información útil, se los «trasladaba». En una primera fase, a los trasladados se los acribillaba a balazos, se los estrangulaba o se los dinamitaba. Más tarde, por temor a las presiones internacionales por los derechos humanos, se los «desaparecía» sin más ni más, arrojándolos sedados al mar desde un avión, por ejemplo.

La represión se dirigió principalmente a los cuadros intermedios de las organizaciones opositoras, como los delegados de fábrica, quienes hacían la sinapsis entre la cúpula y los militantes de base. Así pasó con los Montoneros, cuyos dirigentes escaparon (muchos de ellos del país) y dejaron a la deriva a los personajes de segunda línea. En dos años esta agrupación ya había sido liquidada, esencialmente por las delaciones de ex-compañeros. En el caso del ERP, se desbarató toda su estructura, «desapareciendo» tanto a militantes como a cabecillas, presumiblemente por su estructura menos verticalista.

El saldo del Proceso militar fue, entre otras cosas, 30.000 desaparecidos, triplicación de la deuda externa, alta inflación, desindustrialización, fuerte caída del PNB y una indeleble lección histórica.

En 1983, agobiados por la situación económica, debilitados por la derrota de Malvinas, y presionados por la opinión pública nacional e internacional, los militares devolvieron el gobierno a los civiles en las elecciones en las que triunfó el Dr. Raúl Alfonsín por la UCR, apoyado en el recuerdo que la sociedad tenía del último gobierno peronista.