El Derecho Divino

Biografia de Juan Jose de Austria Vida y Obra Politica

Biografia de Juan Jose de Austria-Vida y Obra Politica

Juan José de Austria (1629-1679), político y general español, hijo natural de Felipe IV. Conocido en su época como don Juan, el nombre de Juan José procede seguramente de una obra apologética, escrita por su colaborador Francisco Fabro Bremundán.

La persona de Juan José de Austria, vinculada a los hechos más dolorosos de la decadencia del poder español en Europa, fue por unos años centro de las esperanzas mesiánicas de quienes confiaban en él para salvar a la monarquía del desastre que la amenazaba.

Biografia de Juan Jose de Austria
Muerto Felipe IV, aglutinó la oposición de la alta nobleza frente a la política de la reina regente, Mariana de Austria, y sus favoritos Juan Everardo Nithard y Fernando de Valenzuela. En 1677, marchó con un ejército sobre Madrid e hizo que su hermanastro, Carlos II, le nombrara primer ministro, cargo desde el que inició importantes reformas que no pudo culminar por su temprana muerte.

Como representante de este sentimiento enfermizo del pueblo que ha perdido el Norte de su rumbo, el infante gozó de una popularidad que realmente no merecía ni por sus cualidades ni por su talento.

Pero ante la descomposición del Estado, ante la perspectiva de una larga regencia y de la privanza de un extranjero, los españoles no hallaron otro recurso que acogerse a las posibilidades que les podía brindar el hijo natural de Felipe IV y la Calderona.

Decir que Juan José de Austria no respondió a las citadas esperanzas es referirse a una observación histórica objetiva.

¿Pero quién era capaz entonces de rehabilitar la fortuna de las armas de España frente a los poderosos ejércitos de Luis XIV, apoyándose en un país empobrecido y arruinado por dos siglos de guerras en Europa y de colonización en América?.

Fruto de una de esas aventuras amorosas a que se entregó con harta frecuencia Felipe IV, Juan José nació en Madrid el 7 de abril de 1629 de la famosa actriz María Calderón.

A poco de venir al mundo, su madre se retiró a un convento.

El niño recibió una buena educación, y pese a las dudas que existían sobre su filiación, fue reconocido por Felipe IV en 1642 y beneficiado con el priorato de San Juan en Consuegra.

Recordando en la corte el nombre de don Juan de Austria, el famoso hijo natural de Carlos V, se le invistió muy pronto con misiones de gran confianza.

En 1647, a los dieciocho años de edad, fue enviado a Nápoles para so-
focar la insurrección de Tomás Aniello, lo que logró con el auxilio de buenos generales.

Desempeñó el cargo de virrey de Nápoles de 1648 a 1651, en cuya fecha regresó a España para participar en los últimos hechos de armas de la guerra de Cataluña.

Asistió al sitio y rendición de Barcelona (1651-1652) y combatió con éxito contra los franceses en Gerona.

Estas acciones, en que desempeñó el papel de pacificador, y sus modales simpáticos y agradables, le dieron una popularidad merecida.

En 1656 la corte le nombró gobernador de los Países Bajos, cargo de suma responsabilidad a causa de la guerra que dirimían Francia y España.

En el transcurso del mismo año, obtuvo al lado de Conde la victoria de Valenciennes, en cuya acción demostró innegable arrojo.

Pero dos años más tarde, Turena le derrotaba por completo en la batalla de las Dunas (14 de junio de 1658), triste preliminar de la paz de los Pirineos (1659).

Pese al fracaso de las Dunas, la corte de Felipe IV no había perdido la confianza en Juan José de Austria.

En 1661 se le confió el mando del ejército que operaba en Extremadura contra Portugal.

Al iniciarse la campaña obtuvo éxitos apreciables; pero la ofensiva no progresó debido a su indolencia.

En 1663 era derrotado en Ameixial, de modo muy grave para la causa de España. Este revés fue aprovechado por el partido de la reina Mariana de Austria para perderle.

Desposeído del mando del ejército, se retiró a Consuegra. Aquí se hallaba cuando murió Felipe IV (1665).

Desde este momento se convirtió en jefe del partido de la oposición contra el gobierno del padre Nithard privado de la regente Mariana de Austria.

Aprovechando los descalabros sufridos por España en la guerra de Devolución, redobló sus ataques contra Nithard, hasta el punto que éste decidió poner coto a sus demasías.

Pero don Juan huyó de Consuegra, se refugió en Barcelona, y desde aquí emprendió una verdadera marcha militar sobre Madrid (1669).

El pueblo le aclamaba como salvador de España. Pero a don Juan le faltó decisión y valor; se satisfizo con obtener la destitución de Nithard y con formular unas cuantas admoniciones políticas a la regente.

El 4 de junio de 1669 aceptó el cargo de virrey de Aragón con la esperanza de rehacer su partido, debilitado por sus últimas claudicaciones.

El desgobierno del Estado bajo lo privanzade Valenzuela rehizo el crédito de Juan José de Austria.

A fines de 1677, poco después de la mayoría de edad de Carlos II, fue nombrado ministro universal de la corona, triunfando sobre Mariana de Austria y Valenzuela.

Su período de gobierno fue muy breve, pues murió el 17 de septiembre de 1679 en Madrid.

Sin embargo, aun se vio obligado a firmar la Paz de Nimega (1678).

La muerte le libró de la destitución, medida que hacía prever el rápido desencanto de la gente que le había considerado dotado de poderes sobrenaturales para restaurar España.

fuente


Concepto de Derecho Juridico Clasificacion Principios Fuentes

Concepto de Derecho Jurídico
Clasificación, Principios, Fuentes del Derecho

El  DERECHO JURÍDICO es, en esencia, un orden para promover la paz. Tiene como objetivo, que un grupo de individuos pueda convivir en tal forma, que los conflictos que se suscitan entre ellos puedan solucionarse de manera pacífica, esto es, sin recurrir a la fuerza y de conformidad con un orden de validez general.

Este es el orden del derecho.

1. Introducción

2. Quien Crea el derecho?.

3. Fines del Derecho

4 Derecho Positivo y Derecho Natural.

5. Fuentes del Derecho: Ley, Costumbres, Jurisprudencia y Doctrina

6. Principios Generales del Derecho

7. Clasificación del Derecho

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

concepto de derecho juridico

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

INTRODUCCIÓN: Para entender de qué manera interviene lo que llamamos derecho en nuestra vida cotidiana, es importante recurrir a ejemplos sencillos y cotidianos de fácil comprensión, extraídos de diferentes situaciones que, aunque tienen trascendencia jurídica, casi nunca reparamos en ellas: subir a un autobús, tomar localidades para una sesión de cine, comprar el periódico.

Ante tales actos, podemos exigir que el autobús nos transporte a un lugar determinado, o que se nos deje entrar en la sala de proyecciones para ver el espectáculo. Adquirimos la propiedad del periódico y perdemos la del dinero que hemos pagado por él.

En otros casos, el alcance jurídico de los hechos es aún más claro: nos quitan la cartera y acudimos a la comisaría de policía para que se inicie una actividad dirigida a descubrir al culpable y se le imponga la pena correspondiente; compramos un apartamento a plazos sabiendo que contraemos una deuda, y que si no cumplimos con ella seremos demandados ante los tribunales; nos ponen una multa por no habernos detenido ante un semáforo en rojo…

Si de estos ejemplos o de otros muchos queremos deducir cuál es su significado jurídico, no será difícil llegar a la siguiente consecuencia: en todos los casos expuestos podemos exigir de otros una conducta determinada, u otros nos la pueden exigir a nosotros.

Pero para que esto sea posible, es preciso que exista un conjunto de normas o reglas establecidas en virtud de las cuales surja la posibilidad de reclamar o de quedar sujetos a una reclamación. Si un individuo puede exigir que se le entregue el periódico a cambio de su precio, es porque hay una regla o conjunto de reglas que así lo disponen, como también preceptúan que el vendedor pueda exigir el pago de la mercancía.

La existencia de una regla o norma preestablecida es lo que da soporte jurídico, a todos los hechos y, de este modo nos pone en contacto con el derecho.

Derecho objetivo y derecho subjetivo: Conviene hacer una distinción entre lo que se entiende por derecho desde un punto de vista objetivo y subjetivo, pues nos aproximará a definir esta palabra en toda su dimensión, es decir, englobando ambas particularidades.

El derecho objetivo es el conjunto de normas que ordenan o prohiben hacer algo o llevar a cabo determinada conducta.

Pero el derecho no es sólo eso; también tiene un aspecto instrumental (de servicio a los ciudadanos).

En tal caso, el derecho nos ayuda a lograr nuestros deseos, a desarrollar nuestra personalidad. Las leyes determinan cómo puede adquirirse una propiedad, cómo puede usarse una cosa, de qué manera hay que proceder para conseguir el fin que nos proponemos (crear una empresa, elaborar un testamento).

Es lo que técnicamente se conoce como derecho subjetivo. En este caso la palabra derecho la reconocemos en expresiones populares como «tener derecho a hacer tal cosa».

Definición del derecho: Con la combinación de los dos conceptos más arriba mencionados, podemos encontrar una definición que nos acerque más al verdadero sentido de la palabra derecho.

Se entiende por derecho, el conjunto de leyes, preceptos y reglas a que están sometidos los hombres en su vida social.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

¿QUIÉN CREA EL DERECHO?

Al ser un mecanismo que sirve para imponer y, al mismo tiempo, garantizar un orden social, es necesario que sea un poder humano el que haga cumplir unas determinadas normas de conducta.

Este poder lo representa el Estado. El Estado no sólo crea el derecho, sino que lo aplica y lo impone por la fuerza si ello fuere necesario, ya que está investido de un poder sancionador.

No obstante, lo que hoy entendemos como derecho positivo, surgió mucho antes de que apareciera la noción moderna de Estado, ya que la coacción, sin la cual no existiría regla de derecho, puede ser obra de una colectividad (familia, tribu) o de un individuo más fuerte que otros (el padre respecto a los hijos; en la antigüedad, el amo respecto a los esclavos).

También las prescripciones religiosas convertidas en imperativas por el temor de un castigo divino, tendrían defacto un carácter jurídico.

Cabe decir también que el derecho está en perpetua evolución, ya que es la expresión de una relación de fuerzas en un momento dado. Entre las fuerzas creadoras del derecho se encuentran los intereses materiales o económicos, los principios religiosos y morales, las distintas ideologías, la tradición, los hábitos, las influencias exteriores e, incluso, los sentimientos (odio, miedo, venganza, fraternidad).

Los usos sociales pueden definirse como las prácticas admitidas, y no explicitadas legalmente, por una comunidad o por alguno de sus sectores, y, aunque varían según las épocas y los países, son numerosísimos y muy variados.

Los usos sociales pueden llegar a transformarse en normas jurídicas, cuando al elemento material de repetición se une la opinio juris (convencimiento de que ellos obligan jurídicamente).

El referido mecanismo, no es otra cosa que la transformación de usos sociales en costumbres jurídicas.

A tenor de lo anteriormente expuesto, la infracción de un uso social produce una sanción suigeneris, como puede ser, por ejemplo, la repulsa de la opinión pública por un hecho considerado socialmente como reprobable, o un enfriamiento más o menos grave del clima moral de la convivencia.

El duelo fue en su origen el medio reconocido por el derecho para ventilar ciertos litigios en forma de «juicio de Dios».

La propina, exponente de un extendido uso social, se ha resistido, por diversas razones, al intento de acabar con ella. Así, el tanto por ciento que sobre el precio del servicio nos cobran en muchos establecimientos, deriva de la propina como uso social.

A menudo, los usos sociales vienen impuestos por una presión de la comunidad, y su inobservancia va acompañada de sanciones que a veces son más temidas y eficaces que la propia sanción jurídica.

Se puede castigar con la expulsión o marginación del grupo social en el que se vive o con la reprobación pública por un acto determinado.

Entre usos sociales y derecho hay un permanente trasvase, más intenso en unas épocas que en otras, pero siempre considerable, de tal modo que el significado de un derecho no puede captarse en su plenitud si no se analizan esos usos sociales, ya que muchas veces sirven para matizar y explicar el propio contenido de las normas jurídicas.

FINES DEL DERECHO

Para una completa caracterización de lo que es el derecho, no basta con diferenciar las normas jurídicas de las normas morales, sino que habrá que plantearse cuáles son las funciones que el derecho desempeña en la existencia humana.

El fin último del derecho consiste en satisfacer unas necesidades sociales acordes con las exigencias de la justicia y de los demás valores jurídicos en ella implicados: reconocimiento y garantía de la dignidad personal del individuo, de su anatomía y libertades básicas, etcétera.

Pero también se habrá de averiguar cuáles son los tipos generales de necesidades humanas y sociales que todo derecho intenta satisfacer. A este aspecto determinado del derecho se le denomina funciones del derecho.

A lo largo de la historia y a través de las diversas doctrinas filosóficas y políticas se particularizaron los fines del derecho positivo. Así mismo, se establecieron las funciones del derecho como expresión jurídica de unos tipos de necesidades humanas y sociales consideradas como constantes: finalidad de seguridad y bienestar social, de resolución de los conflictos de intereses.

Todo ello quedó plasmado en una normativa de carácter impositivo.

En resumen, diremos que las necesidades que originaron la creación del derecho fueron: necesidad de orden y de organización social; necesidad de que ese orden diera satisfacción al sentido de justicia y a los demás valores implicados en ella.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

DERECHO POSITIVO Y DERECHO NATURAL

El hombre vive en sociedad conjuntamente con otros hombres. Esta vivencia en común, establecida en un lugar determinado, ha impuesto la selección de un conjunto de personas que tienen a su cargo garantizar a todos el orden y la seguridad a través de un gobierno.

Todo gobierno necesita contar con las atribuciones necesarias, y con la existencia de normas a las cuales deben sujetarse los individuos que componen esa comunidad. Dichas normas tienen el carácter de obligatorias, y constituyen las denominadas normas jurídicas.

El conjunto de estas normas jurídicas obligatorias, que reglamentan la actividad de los individuos en sociedad, constituyen el derecho propiamente dicho, y sirven también para aquellos que tienen a su cargo el gobierno del Estado.

Las reglas morales son obligatorias a la conciencia humana, no poseen la potestad de ser aplicadas coercitivamente, y constituyen lo que ha sido llamado DERECHO NATURAL, para diferenciarlo del anterior, denominado DERECHO POSITIVO.

Denominamos derecho positivo al conjunto de leyes vigentes en un país.

Se divide en dos grandes ramas:

a) El derecho positivo público es un derecho de subordinación, caracterizado por la desigualdad de los dos términos de la relación jurídica: el estado por un lado y los individuos, por otro.

b) El derecho positivo privado es un derecho de coordinación, en el cual los sujetos están ubicados en un plano de igualdad.

Se entiende por derecho natural aquel que surge de la naturaleza y que es revelado al hombre por la razón. El derecho natural fija los grandes principios, las líneas rectoras de la organización social, pero dentro de ellas caben soluciones distintas, aplicables a diferentes pueblos y épocas puesto que las circunstancias difieren.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

LAS FUENTES DEL DERECHO

La palabra fuente, en acepción metafórica, la encontramos definida como «principio u origen de una cosa». De este modo las fuentes del derecho, serán los principios y fundamentos del mismo, es decir, la forma que tiene de manifestarse, exteriorizarse y, en suma, dictarse el derecho en la sociedad humana.

Cada sistema jurídico tiene su propio sistema de fuentes, aunque muchos sistemas sean muy parecidos.

La ley es la principal fuente del derecho europeo y de aquellos países que en él se han inspirado, como los iberoamericanos y también de algunos países asiáticos y africanos.

En cambio, en el derecho inglés y sus derivados (derecho norteamericano y el de muchas de las antiguas posesiones y dominios británicos), aunque la ley es también fuente principal de su ordenamiento jurídico, junto a ella y como elemento más significativo está la doctrina establecida en las sentencias de los tribunales, que constituye la base del llamado Common Law y de la Equity.

La fuente principal del derecho internacional son los tratados o acuerdos entre estados, y no la ley.

Las fuentes del derecho romano se basaban en los acuerdos de las asambleas populares, en las decisiones del senado, en las órdenes emanadas de los emperadores, en los edictos de los magistrados (que eran ciudadanos revestidos de poder público) y en la doctrina de los juristas (ciudadanos especializados en el estudio del derecho). De esta última fuente procedía la mayoría de las normas aplicables.

El sistema de fuentes que rige en cada ordenamiento jurídico no es fruto del azar, sino consecuencia de múltiples factores: políticos, sociológicos e ideológicos. Tampoco es gratuito que la ley sea la fuente principal del derecho. Ello denota el creciente poder del Estado en toda la normativa jurídica.

EN SINTESIS:

Las fuentes clásicas son la ley, la costumbre, la jurisprudencia y la doctrina; actualmente se reconoce también el valor ele tal a los convenios colectivos de trabajo, los principios generales del derecho, la equidad y el derecho natural.

Geny en su obra «Método de interpretación y fuentes en derecho privado positivo», clasifica las fuentes del derecho en:

1) Fuentes formales: son la ley, la costumbre y lo que él llama tradición o autoridad, que son la jurisprudencia y la doctrina.

2) Fuentes no formales: cuando las fuentes formales no le dan al juez la solución del caso, debe acudir a las no formales. A manera de ejemplo, y sin limitar la actividad del juez, señala que debe tenerse en cuenta lo dispuesto por las leyes análogas, los principios de la moral cristiana, los principios en que se basa el derecho público y la organización social del pueblo.

Pero no es ésta una enumeración completa de las fuentes no formales, que según Geny no podrían formularse sin introducir limitaciones inaceptables a la labor del juez, éste debe sacar la norma aplicable al caso de un estudio profundo de la realidad social y de la naturaleza positiva de las cosas, mediante el método de la libre investigación científica.

La Ley:

la ley concepto del derecho

La palabra ley tiene, en lenguaje jurídico, diversos significados. En su acepción más amplia, el término ley se usa como equivalente a derecho, a norma jurídica en general. En una acepción más restringida, ley significa norma jurídica impuesta autoritariamente por el Estado. En un sentido todavía más limitado, esta palabra hace referencia sólo a un grupo de normas dictadas por el Estado.

Una nota común a todas estas acepciones es la consideración de la ley como la principal fuente del derecho.

La ejecución de las leyes corresponde al gobierno, para lo cual éste tiene la facultad de dictar normas que las desarrollen, aclaren o completen. A ello le llamamos «poder reglamentario», que se ejerce mediante las distintas formas que fija cada ordenamiento jurídico.

Características de la ley

Los autores coinciden en que son varias las características que configuran la ley.

La ley es imperativa, pudiendo presentarse el mandato jurídico tanto en forma positiva como negativa. No es necesario que todas las leyes estén redactadas de forma imperativa; es incuestionable que toda ley debe ser cumplida y esta sola consideración muestra el carácter imperativo de la misma.

Obligatoriedad en su cumplimiento, en cuanto no haya sido derogada por otra ley posterior. Es otra de las características que afecta a todos los implicados, incluso al mismo Estado creador de la ley. No obstante, para que esto sea posible, es necesario el previo conocimiento de la ley para poder cumplir su mandato.

De otro modo, ¿cómo podrían los ciudadanos ajustar su conducta a una ordenación que no conocen ni han podido conocer?.- La forma material de publicación de una ley la establece cada ordenamiento jurídico, procediéndose.

por lo general, a su inserción en el diario oficial, que indica también la fecha de entrada en vigor. A partir de este momento, el texto legal adquiere fuerza de obligatoriedad y nadie podrá eludirlo alegando desconocimiento, pues es de todos sabido que la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento.
Acompaña a la ley un elemento sancionador de las normas de derecho que establece. Ello se ha venido expresando tradicionalmente con la frase siguiente: «son nulos los actos ejecutados contra lo dispuesto en la ley, salvo los casos en que la misma ley ordene su validez».

Otra de las características de la ley es que sólo puede fijar normas para el futuro, a partir de su entrada en vigor, respetando de este modo los derechos que el ciudadano hubiere adquirido legítima y legalmente.

Los caracteres de la ley son los siguientes:

a) Generalidad: se trata de una norma dictada con carácter general, y no con relación a ciertas personas en particular.

b) Obligatoriedad: es la esencia de la ley; para asegurar su cumplimiento y real vigencia contiene siempre una sanción para el que la viole. Esta sanción en el orden civil puede ser la nulidad del acto contrario a la ley, la indemnización de los daños y perjuicios ocasionados a terceros, etc.

c) Competencia: debe emanar de autoridad competente. Así, por ejemplo, no es obligatorio ni tiene por ende el carácter de normas jurídicas, el decreto del Poder Ejecutivo relativo a materias que son privativas del Congreso, o las ordenanzas municipales que se refieren a cuestiones reservadas al Poder Ejecutivo nacional o provincial.

Clasificación de las leyes:

a) Las leyes rígidas son aquellas cuya disposición es precisa y concreta. Al aplicarlas, el juez no hace sino comprobar la existencia de ios presupuestos o condiciones legales, impone la única consecuencia posible, claramente fijada en la ley. Si, por ejemplo, falta la firma de los testigos, la escritura pública es nula.

b) Las leyes flexibles, son elásticas, se limitan a enunciar un concepto general, fluido. El juez al aplicar la ley, tiene un cierto campo de acción, dentro de cual se puede mover libremente. Así, por ejemplo, el art. 953 establece que los actos jurídicos no pueden tener un objeto contrario a las buenas costumbres.

Estas fórmulas elásticas, flexibles, tienden a difundirse cada vez más en la técnica legislativa moderna, que prefiere no aprisionar al juez con normas jurídicas rígidas, a las que un cambio de circunstancias puede convertir en injustas o inaplicables.

Las leyes pueden ser dejadas sin efecto o derogadas si son reemplazadas por otra u otras, total o parcialmente. Nuestro Código Civil establece que las leyes no pueden ser derogadas en todo o en parte sino por otras leyes.

La Costumbre

Es la fuente del derecho más importante después de la ley.

La costumbre (y usos) es la práctica efectiva y repetida de una determinada conducta. Por tanto también es una forma de crear normas jurídicas que reciben el nombre de consuetudinarias.

Los estudiosos del derecho coinciden de forma unánime en la gran importancia de esta fuente. Para importantes juristas, la costumbre es un acto creador del derecho que podría definirse de la manera siguiente: «por la costumbre, lo que es se convierte en lo que debe ser»; con lo que viene a demostrar que es un paso del terreno de los hechos al terreno del derecho.

La costumbre se diferencia del uso social en que la comunidad la estima obligatoria para todos (opinio necessitatis), de forma que de su cumplimiento deriva una responsabilidad de tipo jurídico, y no meramente una reprobación social.

En los derechos primitivos, tanto históricos como actuales, ha tenido y tiene una enorme importancia ya que en ellos es la única o la principal fuente del derecho.

También en derecho internacional la costumbre es una fuente básica, lo que denota su «primitivismo». Así, vemos como en la mayoría de los casos, los tratados de ámbito general reflejan y reglamentan costumbres ya establecidas.

No obstante, en los últimos tiempos, la costumbre internacional ha ido perdiendo importancia en favor del derecho de los tratados, pues la práctica internacional está siguiendo un proceso codificador a través de los convenios multilaterales.

En los modernos derechos estatales, sobre todo en los de tipo continental, la primacía de la ley ha reducido mucho la trascendencia jurídica de la costumbre, relegándola a fuente supletoria, sólo aplicable en defecto de ley.

Los usos y costumbres adquieren fuerza de ley, o se imponen como normas jurídicas, en dos casos admitidos especialmente:

1. Cuando las leyes supediten en forma expresa la aplicación de algunas de sus normas a los usos y costumbres imperantes.

2. Cuando se presenten situaciones que no se encuentren comprendidas en disposición legal alguna.

Elementos que caracterizan la costumbre

Los estudiosos de las ciencias humanas y sociales han analizado las causas por las cuales unos hechos sociales terminan siendo considerados como expresiones de normas obligatorias.

Dos son los elementos que caracterizan a esta importante fuente del derecho, los cuales están profundamente entrelazados.

Un elemento material, que consiste en la repetición de unos actos o prácticas por parte de los ciudadanos. Con ello se entiende que no cabe hablar de hechos aislados.

Al otro elemento caracterizador de la costumbre se le denomina subjetivo (opinio inris sive necessitatis), y no es otra cosa que ta convicción de los ciudadanos de que se encuentran ante una norma obligatoria jurídicamente.

Esta opinio iuris es un elemento imprescindible para establecer una teoría jurídica de la costumbre. La profesora de derecho internacional de la universidad de París, Brigitte Stern dice al respecto: «ya que a veces es suficiente creer en el amor para que exista, del mismo modo ocurre con la costumbre, es suficiente creer en el derecho para que exista».

Fundamento de la costumbre

El fundamento intrínseco de que la costumbre cree derecho se halla en la voluntad de la comunidad que la observa, en el sentido de que quiera aquella regulación.

La razón extrínseca de que la costumbre sea fuente en un determinado ordenamiento jurídico se basa en el hecho de que es acogida por el poder directivo de aquella comunidad, el cual dispone con qué derecho se ha de regular la vida de la comunidad admitiendo ciertas normas consuetudinarias.

La costumbre puede ser de diversas clases.

Por su difusión territorial, podrá ser general, regional o local, según se practique en todo el territorio al que se extiende el ordenamiento jurídico (por ejemplo, el español, el francés, el argentino, etc.) o, por el contrario, sólo tenga incidencia en una determinada región o lugar.

En muchos ordenamientos jurídicos se admite la costumbre local cuando no hay ley exactamente aplicable al punto controvertido.

En otros casos, el uso de la costumbre puede tener un carácter meramente interpretativo de la ley, pero entonces no se considera como norma jurídica o fuente supletoria del derecho, sino como interpretativa de una ley preexistente.

Prueba de costumbre

A diferencia de la ley. que basta alegarla para que sea aplicada por los tribunales, la costumbre ha de ser probada. Así, aunque es una norma jurídica, no ha sido dictada por el Estado, por tanto, a los jueces y tribunales puede no constarles su vigencia.

Para demostrar la existencia reai de una norma jurídica consuetudinaria, hay que probar el hecho de que esta costumbre se practica efectivamente.

Para ello, se admite cualquier medio de prueba: testifical, certificaciones de cámaras, colegios, sindicatos y hermandades, sentencias que la hayan reconocido y colecciones oficiales de costumbres. Todo ello tiene un carácter meramente probatorio, lo que dará lugar a la presunción de que existe la costumbre, salvo prueba en sentido contrario.

Jurisprudencia

Todo conflicto humano debe ser sometido a los jueces para su dilucidación. De lo contrario, el orden jurídico se vería reemplazado por la fuerza, lo que significaría el imperio del caos.

La sentencia es la decisión del magistrado, que pone fin al pleito y declara cuáles son los derechos de las partes. Tiene carácter obligatorio para éstas, y el vencedor puede pedir el auxilio de la fuerza pública para hacerla cumplir.

La jurisprudencia se encuentra constituida por el conjunto de sentencias del más alto tribunal de un país, y caracteriza el hábito de juzgar con ¡guales criterios una determinada cuestión.

Dichas sentencias tratan de corregir la deficiencia, incomprensión o confusión que pueden presentarse en la interpretación de las leyes, y constituyen otra de las fuentes de que se sirve el derecho.

Doctrina

Se entiende por doctrina a las opiniones que vierten autores de reconocidos antecedentes en el campo de la investigación del derecho, los que formulan determinadas tesis sobre casos concretos, perfectamente analizadas y sin la premura que tienen los jueces al juzgarlos.

Las características propias de las relaciones jurídicas entre los individuos hacen que el derecho evolucione a impulso de la acción judicial. En efecto, la insuficiencia legal origina la necesidad de que los jueces y tribunales suplan aquéllas sentando jurisprudencia, pero que sin perjuicio de ello se creen doctrinas de innegable valor que sirvan como fuentes del derecho.

OTRAS FUENTES:

1. EL DERECHO NATURAL: no solamente la ley debe ser conforme al derecho natural, sino que ante un vacío del derecho positivo, el juez puede encontrar la solución del caso en los grandes principios de aquél. Este problema se vincula con el de los principios generales del derecho.

2. PRINCIPIOS GENERALES DEL DERECHO: el art.1 6 del Código Civil dice que «si una cuestión civil que no puede resolverse, ni por las palabras ni por el espíritu de la ley, se atenderá a los principios de leyes análogas, y si aún la cuestión fuera dudosa, se resolverá por los principios generales del derecho, teniendo en consideración las circunstancias del caso». Por principios generales del derecho debe entenderse a los principios superiores de justicia radicados fuera del derecho positivo, por donde este concepto se vincula con la idea del derecho natural.

3. EQUIDAD: hay quienes ven a la equidad como una fuente del derecho. Los jueces suelen invocarla para atenuar el rigor de una disposición legal, o para hacer imperar el equilibrio en una relación jurídica.

4. CONVENIOS COLECTIVOS DE TRABAJO: son un medio de resolver los complejos problemas laborales. Se han convertido en una verdadera fuente de derecho. Hasta 1953 estos convenios obligaban solamente a los patrones y obreros afiliados a los organismos gremiales que los habían suscrito. Pero la ley 14.250 introdujo una reforma realmente revolucionaria al establecer su obligatoriedad, una vez homologados por el Ministerio de Trabajo, para todos los epleadores y trabajadores de esa actividad, sean o no afiliados a la asociación o sindicato que los suscribió.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

LOS PRINCIPIOS GENERALES DEL DERECHO

A pesar de que en los derechos actuales la importancia de las otras fuentes es muy inferior a la ley y la costumbre, algunas legislaciones reconocen como tercera fuente los principios generales del derecho, pero subordinados a la inexistencia de aquéllas (ley y costumbre).

Podemos definir a esta fuente del derecho como el conjunto de las ideas fundamentales que informan un derecho positivo contenido en leyes y costumbres. De esta manera se llenan las lagunas y vacíos que existían en el derecho legislado y consuetudinario, ya que la ley y la costumbre no prevén todos los casos que pueden presentarse en la práctica, sino los más corrientes e importantes.

El derecho internacional también constituye una fuente normativa que se sitúa en el mismo rango jerárquico que las otras dos fuentes de este ordenamiento: el tratado y la costumbre.

Para que estos principios generales tengan el valor de una prueba ante los tribunales, se aportarán los datos que prueben la vigencia del principio general en cuestión y la aplicabilidad del mismo al caso concreto.

Los principios generales como máximas jurídicas

Con frecuencia, los principios generales del derecho se formulan como máximas jurídicas. De tal forma que, entendidos dentro de sus justos límites, son utilizados por el tribunal al dictar las sentencias, con lo que queda patente su vigencia y validez.

Así ocurre cuando se dice: pacta sunt servando (los pactos deben ser respetados), in dubio pro reo (en caso de duda, se aplicará la norma más favorable al acusado).

En la doctrina romana se enunciaban como principios generales básicos: alterum non laedere, honeste vivere y sum cuique tribuere (no hacer daño a nadie, vivir honestamente y dar a cada uno lo suyo).

La jurisprudencia

Fue definida por el emperador bizantino Justiniano como «el conocimiento de las cosas divinas y humanas y ciencia de lo justo y de lo injusto».

Hoy se entiende por jurisprudencia, la doctrina emanada de los tribunales al aplicar las leyes a un caso concreto.

En los sistemas de derecho continentales o inspirados en ellos, la jurisprudencia no se considera fuente autónoma del derecho. En cambio para los sistemas anglosajones, las decisiones de los tribunales constituyen la fuente más significativa del derecho.

Históricamente, el derecho creado por los jueces tuvo una gran importancia. Pero un conjunto de factores hizo que a raíz de la Revolución Francesa se produjese una fuerte reacción contra la admisión de la jurisprudencia como fuente del derecho.

La supremacía total de la ley que proclamaba la revolución y el dogma de la separación de poderes hicieron que se asignara a los jueces únicamente la aplicación de la ley, y al poder legislativo su creación.

Así pues, desde la Revolución Francesa quedó consagrado en el continente el principio de que los jueces no pueden dictar normas generales y que sus sentencias sólo sientan derecho respecto a los casos concretos que deciden.

De todos modos, esto no se corresponde exactamente con la realidad, ya que la labor de los tribunales no se ha limitado —ni podía limitarse— a la aplicación mecánica de. las leyes, sino que ha tenido que adaptarlas con gran flexibilidad a las cambiantes necesidades sociales y a la infinita variedad de los problemas prácticos que la realidad plantea a diario.

Para el jurista, la jurisprudencia tiene tanta importancia como la ley, ya que sin ella no puede conocerse la auténtica fisonomía de un derecho.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

CLASIFICACION DEL DERECHO

El derecho positivo o conjunto de normas jurídicas vigentes en un estado puede ser clasificado desde distintos puntos de vista.

Así, según se refiera principalmente al interés de la sociedad o del Estado, o al de los particulares, puede ser clasificado en derecho público o derecho privado, respectivamente.

Ramas del derecho:

A) DERECHO CONSTITUCIONAL: es aquel que comprende las normas referentes a la organización del Estado y sus habitantes, estableciendo sus derechos y garantías a través de la interpretación de los principios y declaraciones contenidas en la Constitución Nacional.

B) DERECHO ADMINISTRATIVO: se refiere a la regulación de la Administración del Estado fijando las relaciones entre el Poder Administrador y los distintos individuos a efectos del establecimiento de un régimen que permita al Estado el cumplimiento de sus funciones como tal.

C) DERECHO PENAL: tiende al establecimiento de medidas preventivas, que aseguren el orden social contra todo hecho individual que configure un delito, fijando a su vez penas, para quienes transgreden dichas normas.

D) DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO: permite regular las relaciones de los Estados entre sí como formando parte de una comunidad de naciones; la organización y funcionamiento del servicio diplomático, la celebración de tratados entre naciones son, entre otras, algunas manifestaciones de las normas jurídicas comprendidas en esta rama del derecho.

E) DERECHO CIVIL: es una de las ramas más importantes del derecho privado por cuanto es el que regla las relaciones de las personas entre sí y de éstas con el Estado, y contiene normas erentes a las personas, a ¡a familia, a la propiedad, etc.

F) DERECHO COMERCIAL: contiene normas específicas referentes a las relaciones jurídicas que nacen del ejercicio del comercio y son aplicables a los comerciantes y a los actos de comercio.

G) DERECHO PROCESAL: cuyo fin primordial es todo lo referente a la organización de la justicia y al modo de administrarla, fija a través de los Códigos de Procedimientos la forma en que deben sustanciarse los distintos juicios ante la respectiva jurisdicción.

H) DERECHO LABORAL: surgido a través del constante desarrollo industrial, contiene normas que tienden a proteger al trabajador en relación de dependencia, fijando claramente los derechos y obligaciones tanto de éste como de los empleadores.

I) DERECHO INTERNACIONAL PRIVADO: esta rama del derecho incursiona en aquellas relaciones jurídicas que se originan o desenvuelven en jurisdicciones de distintos Estados y, en consecuencia, no pueden ser resueltas por las leyes de un solo país.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria5.jpg

MODOS DE CONTAR LOS INTERVALOS DEL DERECHO

En el derecho los plazos tienen una importancia sustancial para el ejercicio de determinadas cuestiones, sobre todo aquellas vinculadas a la adquisición de ciertos derechos o al tiempo en que deben ser cumplidas ciertas obligaciones.

Por este motivo, nuestro Código Civil ha puesto especial énfasis al determinar el modo en que deben ser contados los intervalos en derecho: Se realizará para todos los efectos legales según el calendario gregoriano. Los intervalos del derecho se contarán en días, meses y años de ese calendario. Su nombre se debe a que entró en vigencia bajo el Papa Gregorio XIII en 1582.

Hasta esa fecha regía el calendario juliano, implantado por Julio César, conforme al cual el año se dividía en doce meses, y contaba con 365 días, debiendo intercalarse un día más cada cuatro años.El art 24 dice «el día es el intervalo entero que corre de medianoche a medianoche, y los plazos de días no se contarán de momento a momento, ni por horas, sino desde la medianoche en que termina el día de su fecha.»

Sin embargo, la ley o las mismas partes (art. 29 Cód. Civ.) pueden resolver que el plazo se compute por horas, en cuyo caso se contará de hora a hora.
El Código Civil no prevé el caso de los plazos por semana, a diferencia del alemán y el código suizo de las obligaciones.

Los art. 25 y 28 disponen la manera de contar los períodos de meses y años. El primero establece que «los plazos de mes o meses, de año o años, terminarán el día que los respectivos meses tengan el mismo número de días de su fecha.»

Todos los plazos serán continuos y completos, debiendo siempre terminar en la medianoche del último día, y así, los actos que deben ejecutarse en o dentro de cierto plazo, valen si se ejecutan antes de la medianoche en que termina el último día del plazo. Los plazos que señalen las leyes o los tribunales, y los decretos del gobierno comprenderán los días feriados, a menos que el plazo señalado sea de «días útiles».

Las partes, pueden convenir en sus contratos que el plazo se computará de una manera distinta. Del mismo modo, las leyes provinciales, los decretos nacionales y provinciales, y las ordenanzas municipales, pueden apartarse de estas normas, que sólo se aplican en caso de silencio de las leyes especiales o locales y de las partes en los contratos.

Fuente Consultadas:
Derecho Nivel Polimodal – Lonra y Borroni – Editorial Editex
Enciclopedia Universal de Ciencias Sociales – Editorial Océano – Entrada: Hitoria del Derecho
Enciclopedia COSMOS Volumen IV El Derecho Jurídico

Historia de los Tapices Antiguos Gobelinos y Flamencos

Historia de los Tapices Antiguos
Gobelinos y Flamencos

Los autores latinos refieren repetidas veces en sus escritos la existencia, en las casas romanas, de «tejidos historiados», es decir, de tejidos decorados con figuras. Centro de producción, en la época de los romanos, era el Oriente, donde la elaboración de tal manufactura había persistido desde los tiempos de la civilización egipcia, meda y persa.

Pérgamo,  Mileto y sobre todo Alejandría fueron por largo tiempo los mayores exportadores de «tejidos historiados», en los que figuraban también escenas mitológicas, que la aristocrática sociedad romana del período imperial no escatimaba en adquirir a altos precios.

Desgraciadamente no podemos dar una idea exacta de la magnificencia de los tejidos antiguos más que por medio de las descripciones de los escritores. Descripciones que, en realidad, además de no ser muy precisas, son demasiado genéricas y un tanto oscuras, pues confunden a menudo los diferentes tipos de tapices.

Algunos fragmentos de tejidos coptos encontrados en el alto Egipto, realizados en los primerose siglos de la era cristiana, han permitido dar una ídea sobre el tipo de telares y sobre la técnica empleada en aquellos tiempos en que los tapices contenían simples figuras geométricas o símbolos religiosos.

Se descubrió así que los tejedores de entonces se valían de una gama de hilos que comprendía cerca de una veintena de colores y que se servían ya del telar llamado «vertical», que fue luego el más usado para el tejido de los tapices. En realidad, estos ejemplares de arte textil, entre los más antiguos de cuantos han llegado a nosotros, pueden ser considerados como verdaderos tapices.

El término «tapiz» designa paño tejido, de lana o seda, más o menos grande, realizado con una técnica particular y con una función específica, desfinado a ser colgado, generalmente, contra una pared, y con motivos decorativos que ocupan toda su superficie.

El diseño que el tapicero debe efectuar está generalmente dibujado, con antelación, por un pintor o un artista especializado, quien lo traza sobre un cartón, indicando con claridad sus contornos y también, en la medida de lo posible, la limitación de la zona de los colores.

Recibido el cartón, o una copia del mismo, el tapicero debe repetir el diseño sobre la urdimbre que se encuentra ya debidamente preparada en el telar. Esta primera fase de su trabajo presenta no poca dificultad. El tapicero, en efecto, encuentra que debe operar no sobre una superficie lisa sino sobre un conjunto de hilos, en cada uno de los cuales deberá quedar claramente marcado el dibujo.

Junto al telar el tapicero coloca frente a sí su propia «paleta», es decir, la lanzadera con hilos de varios colores y diferentes tonalidades. Delante suyo también, un poco más atrás del telar, pone el cartón de manera que le permita controlar los colores que debe emplear.

Un espejo, dispuesto de modo conveniente, le permite ir observando cómo progresa el tejido y su fidelidad con respecto al cartón sin tener que levantarse, puesto que para poder anudar los hilos y manejar la lanzadera con mayor facilidad el tejedor está obligado a realizar su trabajo teniendo su vista puesta sobre el reverso del tapiz.

Además de la lanzadera, el tejedor tiene al alcance de su mano otros varios instrumentos, como el peine y agujas de diferente calibre, para poder así ejecutar los «puntos» o las «pasadas» con mayor precisión de acuerdo con el cartón.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/tapiz2.jpg

Herramientas de uso en los telares

Sólo los tapices de pequeñas dimensiones o de diseño de fácil ejecución son generalmente realizados sobre telares horizontales, que son aquellos que se emplean para el tejido de telas y paños comunes. Con estos telares el trabajo puede hacerse mucho más rápidamente; pero estando la urdimbre en sentido horizontal, el tapicero no puede verificar lo que ha tejido sino a través del espejo. Desde el punto de vista técnico, el tapiz ejecutado en telares horizontales es llamado de «bajo lizo».

Los tapices de más compleja ejecución son, en cambio, realizados en telares verticales, llamándoselos de «alto lizo». En los telares verticales la urdimbre se extiende en ese mismo sentido, permitiendo que el tapicero, además de poder observar el tejido por medio del espejo, examine directamente su labor trasladándose al otro lado. Tejer un tapiz importa tanto una enorme habilidad como un trabajo minucioso de notable paciencia.

tapices manuales verticales

La habilidad y el estilo flamencos se impusieron en el siglo XV, y en el siguiente alcanzó la supremacía la manufactura francesa. He aquí dos artesanos mientras trabajan en telares de «alto lizo». La manufactura se realiza del revés del tapiz. A un costado del tapicero se ve el diseño para reproducir. Frente al telar se coloca un espejo en el que se puede controlar el resultado del trabajo.

Por ello los tapiceros fueron cotizados siempre con altísimos salarios, sobre todo en la época de máximo esplendor de este arte. Los tejedores, llamados y protegidos por apasionados coleccionistas, fueron especialmente considerados y tratados durante los siglos XVII y XVIII, en que se destacaron muchos y muy conocidos artesanos manufactureros y restauradores.

Los más antiguos tapices que han llegado hasta nosotros provienen de Basilea y París. Datan de la segunda mitad del siglo XIV, aunque sus características denotan ya una técnica evolucionada, con dibujos perfectos y armónicos que hacen suponer que, en los siglos anteriores a los mismos, existían grandes maestros anónimos de este difícil y complejo arte.

Los tapices se originaron mucho antes de la época románica por una exigencia ornamental. Durante la Edad Media, los muros de las iglesias y de los castillos, de piedra o de ladrillos descubiertos, no fueron tan decorados como sucedió durante el Renacimiento, bajo la influencia del arte italiano.

Después de Francia y Holanda está, en orden de importancia en la fabricación de los tapices, Italia. Venecia fue una de las primeras ciudades italianas que poseyó manufactura de ellos. Pero tal actividad no tuvo largo desenvolvimiento y no logró conseguir más que difundir sus obras en otras ciudades de Italia. Aquí vemos un tapicero del siglo XVIII que teje, en una calle veneciana, un tapiz en el telar de «bajo lizo».

Los tapices fueron reemplazando entonces sus funciones decorativas de cubrir paredes, por la de ilustrar, a través de sus representaciones, la vida de los santos, los episodios del Evangelio, las costumbres y usos de los pueblos, los
sucesos  históricos  más   destacados  y las   anécdotas más pintorescas de la sociedad europea, las novelas más conocidas o los poemas épicos.

Esta doble función estética e ilustrativa se desarrolló a ejemplo de los Paramentos del Apocalipsis, una serie de enormes tapices —el mayor de los cuales era de 4 metros de altura por 2,50 metros de ancho— realizados por encargo de Luis d’Angio, en 1375, por el tapicero parisiense Nicolás Bataille, con quien colaboró un numeroso grupo de antiguos maestros de este arte.

Símbolos religiosos y composiciones alegóricas distribuidos en la superficie de las obras con perfecta armonía, de un estilo netamente gótico, fueron el contenido de los Paramentos del Apocalipsis, tapices repetidamente reproducidos en menor tamaño según una costumbre muy difundida de aquella época.

A fines del siglo XIV la actividad de los manufactureros parisienses fue a tal punto escasa, por turbulentos sucesos políticos, que gran parte de los maestros tapiceros abandonaron la ciudad y radicaron su industria en distintos lugares de Francia, Alemania, Italia e incluso Inglaterra.

Probablemente fueron tejedores ambulantes franceses los autores de una aprecíable serie de tapices de fines del siglo XV, distinguidos con el nombre de «milflores» por la característica decoración del fondo.

Los tapiceros ambulantes favorecieron, sin duda alguna, la difusión de la técnica del tapiz que, hacia principios del siglo xiv, los centros manufactureros de Arras y Tournai comenzaron a producir en gran escala.

Durante la segunda mitad del siglo XV se encuentran industrias manufactureras en casi todas las ciudades de Europa. De Francia y de Flandes proviene la mayor parte de los tejedores que se radican en Italia gracias al generoso apoyo de los mecenas de Ferrara, Florencia, Milán, Mantua y Venecia.

En una época los tapiceros se inspiraron en cuadros de célebres pintores: Rafael, Rubens, David, Vernet, Simón Vouet, Nicolás Poussin, Carlos Le Brun. En España, Francisco Goya y otros artistas de valor resolvieron dar un carácter de cierta originalidad a la manufactura de tapices más famosa: la «Santa Bárbara» de Madrid.

En los últimos años del siglo XV se inicia la más importante competencia contra la tapicería francesa con los tejidos de Bruselas, que logran imponer su producción en todos los países del viejo continente, no sólo por la inmejorable calidad de su manufactura, tejida con delicados y sutiles hilos de gran calidad, empleándose, incluso, hilos de oro y plata, sino también por la ejecución de los dibujos, que comenzaron a realizar grandes maestros de la pintura.

En cierto modo se independiza, en ese entonces, la relación que anteriormente existía entre el tejedor y el dibujante. En efecto, el pintor se reserva ahora la más amplia libertad de ejecutar los temas, limitándose a trazar los diseños únicamente en negro, teniendo el tapicero la facultad de interpretar, y no de copiar, los cartones, agregando los colores y las tonalidades según su propio gusto. Los matices empleados no superaban una veintena y los colores más comúnmente usados eran amarillo, azul, rojo, castaño y verde.

La tapicería de Bruselas enriquece, sin embargo, la gama de colores, vivos y vistosos, colocándose inmediatamente a la cabeza de la producción europea tanto por la variedad de sus gustos como por la de sus modelos. Adopta el estilo de la pintura renacentista italiana, grandiosa y monumental, rica en temas mitológicos, inclinada a las formas exuberantes y pintorescas.

A fin de imponer a los tapiceros el máximo de cuidado y seriedad en sus trabajos, la sociedad de tejedores de Bruselas estableció la obligación de que cada tapicero debía colocar al margen de los tapices una marca que indicase el nombre del tejedor junto al de la fábrica que los producía. Esta costumbre se difundió en seguida en todas las manufacturas de Europa.

Se conservan magníficos tapices de un experto tejedor de Bruselas de nombre Pedro van Aelst, fechados en 1515, que representan distintos episodios del Evangelio, tomados de cartulinas pintadas por él mismo y por Rafael. Estos tapices significaron una verdadera revolución en la manufactura de esta industria.

Hasta ese entonces, como vimos, los tapices cumplían sólo una función ornamental, pero en el Renacimiento los dibujos fueron cambiando y el cartonista se preocupó por «impresionar» en vez de «decorar». Cada pequeño trozo del tapiz adquiere entonces la misma importancia; el fondo y la figura llaman la atención con igual intensidad y los motivos ornamentales son hechos con tanto cuidado qué predominan sobre el conjunto.

castillo en viena con tapices

El castillo de Schonbrunn, en Viena, que fue la residencia veraniega de los emperadores austrohúngaros, posee una rica colección de tapices que decoran las paredes de la espaciosa sala. Mientras la mayor parte de los países europeos participó activamente, desde su iniciación, en la evolución de los tapices, Austria no hizo ningún aporte a este delicado arte, y las preciosas obras que, en interesante colección, enriquecieron los más bellos palacios y museos más célebres de esa nación provienen de manufacturas extranjeras.

Tanto Rafael, como luego su mejor alumno, Julio Romano, y también los pintores flamencos influidos por la escuela pictórica italiana, concibieron los tapices como verdaderos cuadros en los que resaltaban sus personajes.

Se introduce también la perspectiva, eliminándose, por otra parte, el rígido contorno negro que en los tapices anteriores ocultaban y confundían las figuras, y se lo sustituye con vivos colores que hacen resaltar las zonas de luces y sombras. Se comienza, además, a usar guardas, en todo el contorno de los tapices, consistentes en dibujos de flores o frutas, que dan mayor realce a la parte central del tejido.

En el siglo XVI Francisco I intentó devolver a la industria tapicera francesa el prestigio que había tenido antes de que las manufacturas instaladas en Bruselas compitieran exitosamente con ella. A ese fin creó un establecimiento textil permanente en Fontainebleau e, igualmente, otros del mismo carácter en París.

Sin embargo, el mérito de haber conseguido imponer de nuevo este arte típicamente francés se debe al ministro de Finanzas del rey Luis XIV, Juan Bautista Colbert, quien reorganizó esta industria constituyendo un ordenamiento que hoy se llamaría «estatal». Legó, así, a los tejedores, un estatuto completo, fijó los salarios de trabajo, estabilizó los precios de los tapices e introdujo la costumbre, que continuó en los siglos siguientes, de que conocidos pintores ejecutasen los cartones pertinentes. Estas providencias permitieron un renacer de la tapicería en Francia, constituyendo una fuente de riqueza que sobrevive hasta el día de hoy.

En el año 1652 el ministro Colbert agrupó a todos los tejedores parisienses en una única gran fábrica llamada Manufactura de los Gobelinos, por el nombre de los antiguos propietarios de los terrenos en los cuales se instaló la industria.

Bajo la dirección artística del pintor Le Brun, la fábrica fue casi exclusivamente encargada de la ejecución de los tapices y de toda clase de paramentos destinados a la corte de Versalles, aunque también se dispuso la venta particular de algunos ejemplares.

El más conocido diseño que pintó Le Brun fue utilizado en una serie de tapices sobre la Historia de Alejandro Magno, de un gusto grandilocuente que satisfizo mucho al Rey Sol.

Otras manufacturas reales de gobelinos destinados a la venta fueron creadas por Colbert en Beauvais y Aubusson, que se convirtieron en centros industriales de este arte.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/tapiz1.jpg

Tapiz de los Gobelinos  (1703-1704):  Muchachos jardineros. Palacio Pitti (Florencia)

El interés de los reyes Luis XV y Luis XVI, la capacidad y habilidad de los pintores, inclinados por un estilo rococó, como Boucher, hicieron que también en el siglo XVIII la manufactura real produjera obras de extrema belleza. Sin embargo fue decayendo el gusto por los grandes paramentos murales de acuerdo con las nuevas concepciones sobre el arte de la decoración. La técnica textil llega ahora al máximo de la perfección, terminando por reducir este género artístico a un arte de imitación.

Esta crisis de la tapicería francesa, que se puede notar en toda la producción del siglo pasado, parece hoy resolverse gracias a la intervención de una serie de pintores (entre los cuales debe recordarse a Juan Lurcat) que han provisto a la Manufactura de los Gobelinos, de Aubusson y de Beauvais de un buen número de cartones de gustos modernos y de efectos muy decorativos.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo IV Editorial Larousse – Historia: El Arte de la Tapicería –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft

Biografía de Carlos VI El Bienamado Rey de Francia

Biografía de Carlos VI
«El Bienamado» Rey de Francia

Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia (1380-1422), hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1380, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que rechazó la regencia y comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

Carlos V murió en 1380. Fue un rey sabio. Su hijo, que entonces contaba 12 años de edad, caería tiempo después víctima de la locura. Sus tíos, los duques de Anjou, de Borgoña y de Berry, se preocupaban únicamente de sus propios intereses. El primero aspiraba a reinar sobre Nápoles; el segundo, a sacar el mayor partido del feudo de Flandes, cuya heredad debía recibir; el tercero sólo quería amontonar riquezas para gozar de ellas.

Carlos VI Bienamado de Francia

Mantuvieron aislado al pequeño rey, hasta que, irritado por los abusos cometidos, el país se levantó contra ellos. En París estalló la rebelión de los Maillotins, y en el Mediodía, la de los Tuchins.

También sobrevino la guerra de Flandes. Carlos VI participó en ella, dando pruebas de su valor, en la batalla de Rosebecque (1382), adonde fueron derrotados los flamencos que se levantaron contra el yugo feudal. Los vencidos se vieron tan acosados que, según un viejo cronista, no quedaba entre ellos bastante lugar para que la sangre corriera. Cuando regresó a París, Carlos VI encontró al pie de Montmartre 20.000 hombres armados, en orden de batalla, y temió verse obligado a combatirlos para entrar en su propia ciudad.

Pero los parisienses le hicieron saber que tan imponente presentación sólo obedecía al deseo de darle una idea de su poder y no al de atacarlo. Al día siguiente, Carlos VI hizo derribar una parte de la muralla y, con casco ceñido y lanza en mano, entró en la ciudad con aire agresivo.

Se tomaron medidas muy severas contra los habitantes de París, y hasta hubo ejecuciones cuya crueldad debe ser reprochada a los regentes antes que al joven príncipe, que aún no había subido al trono. Sus tíos resolvieron casarlo inmediatamente. Dirigiéronse al duque Esteban de Baviera, quien les envió a una de sus hijas, Isabel, a la que el pueblo francés llamaría Isabeau. Cuando la vio, el joven príncipe quedó prendado. Era la prometida que había deseado. Desgraciadamente sería el flagelo de Francia.

El matrimonio fue celebrado en Amiens, en julio de 1385. Después de su enlace, el rey quiso hacerse cargo del poder. Fue apoyado por Pedro de Montaigu, cardenal de Laon, a quien esta actitud razonable le valió morir asesinado. Los antiguos consejeros de Carlos V: Olivier de Clisson, Bureau de la Riviére, Le Bégue de Vilaines, Juan de Novian, Juan de Montaigu, llamados despectivamente por los grandes señores «los mamarrachos», lo aconsejaron en la misma forma que a su padre y lo apoyaron con todas sus fuerzas. El rey les confió la dirección de los asuntos de Estado, y su desempeño prueba que merecían ese cargo.

Poco tiempo después el duque de Orleáns, gentil y disoluto, contraía nupcias con la hermosa Valentina Visconti; su matrimonio fue seguido por la consagración de la reina Isabel en París, el domingo 20 de agosto de 1389. La fiesta fue magnífica. En la puerta de Saint-Denis habíase representado un cielo estrellado y los niños, vestidos de ángeles, cantaban melodiosamente.

Una imagen de Nuestra Señora tenía en los brazos a un niño accionado por un mecanismo; la fuente de Saint-Denis derramaba los mejores vinos, y jóvenes con sombreros de oro ofrecían de beber. En la segunda puerta de Saint-Denis, Dios Padre, en Majestad, el Hijo y el Espíritu Santo recibieron a la reina. Las casas estaban empavesadas, y en la plaza del Chátelet se levantaba un gran castillo de madera, de donde salieron un ciervo blanco, un águila y un león. Vestido como un ángel, un acróbata descendió desde lo alto de una de las torres de la iglesia de Notre-Dame por una cuerda y coronó a la reina. Hubo justas y el rey fue uno de los vencedores.

En ese mismo año el rey y la corte tomaron partido por la Santa Virgen, contra una secta de teólogos que el pueblo llamó «enemigos de María», y se instituyó en París una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción.

Los placeres de los grandes no impedían sin embargo que el país fuese desgraciado. Gente, antes rica y poderosa casino tenía con que trabajar sus viñedos y sus tierras: todos los años pagaban cinco o seis tallas y sus bienes diezmados quedaban reducidos a la tercera o cuarta parte, y a veces a nada. En 1390, cuando la pareja real estaba en Saínt-Germain, estalló una espantosa tempestad. Isabel, que esperaba su tercer hijo, vio en la tormenta una manifestación de la cólera celeste. Suplicó a su esposo que aliviara al pueblo.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/carlosvi_1.jpg

Isabel, mujer de Carlos VI, no quiso ser menos que los duques de Orleáns y de Borgoña.  Libre del  control de su marido, llevó una existencia de lujo desenfrenado, sin preocuparse por la condena de la Iglesia.

El rey hizo lo que pudo, pero fue contrariado por los duques de Borgoña y de Berry, y por su hermano, el duque de Orleáns, que llevaba una vida disipada. El mismo rey, aunque compasivo y generoso, gustaba de los entretenimientos con el entusiasmo de un adolescente dispuesto a satisfacer sus caprichos, y no podría asegurarse que, a esa edad, sú razón no estuviese ya afectada. A principios del año 1392 tuvo un primer acceso de «fiebre amarilla», provocada sin duda por alguna profunda alteración orgánica.

Antes de continuar, evoquemos el ambiente en que vivían el rey y la reina. Era su morada el hotel Saint-Pol, compuesto por un grupo de hoteles, casas y jardines adquiridos por la familia real en 1365. Los departamentos se componían del dormitorio (albergue del rey), la capilla, el salón del retiro, el estudio, las cámaras tibias, así llamadas porque en ellas se encendían estufas durante el invierno. En los jardines había una pajarera, una pieza para tórtolas y una jaula para fieras.

Este confuso conjunto, escribe Dulaure, comprendía patios y corrales. El patio de justas era el más amplio. Las vigas y tirantes de los principales departamentos estaban decorados con flores de lis de estaño dorado, cuenta Saint-Foix en sus Ensayos históricos (1754). Los vidrios, pintados con distintos colores y cargados de escudos de armas, divisas e imágenes de santos y santas, parecían vidrieras de iglesia. El rey tenía sillas de brazos, en cuero rojo con franjas de seda…

Una noche, al salir de una fiesta realizada en la residencia real, Olivier de Clisson, condestable de Francia, después de la muerte de Du Guesclin que había sido su hermano de armas, fue atacado por Pedro de Craon y su banda y dado por muerto o moribundo. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, corrió a la casa del panadero que había recogido a Clisson y juró vengarlo.

Pedro de Craon, denunciado por Clisson, se refugió en Bretaña; Carlos VI, a la cabeza de un ejército, resolvió ir en su búsqueda para castigarlo. Y aquí se sitúa el episodio dramático de la locura de Carlos VI, que Michelet relata de la siguiente manera: «Cuando atravesaba el bosque del Maine, un hombre de mal aspecto, sin otra indumentaria que una saya blanca, se arrojó repentinamente al encuentro del caballo del rey, gritando con terrible tono: «¡Detente, noble rey! ¡No sigas adelante, te traicionaron!».

Obligáronle a soltar la brida del caballo, pero le permitieron que siguiera al rey, gritando durante media hora. Al mediodía, el rey salía del bosque para entrar a una planicie de arena donde el sol caía a plomo. Todos sufrían el calor.

Un paje que llevaba la lanza real se durmió sobre su cabalgadura, y la lanza, al caer, golpeó el casco de otro paje.Con el ruido del acero, al chocar, el rey se sobresalta, desenvaina su espada, y precipitándose sobre los pajes, grita: «¡A los traidores! ¡Quieren entregarme!»

Con la espada desnuda se precipitó sobre el duque de Orleáns. Éste logró escapar, pero el rey enceguecido, dio muerte a cuatro de sus hombres antes de que pudieran detenerlo. Fue preciso que se cansara: entonces uno de los caballeros lo tomó por la espalda.

Consiguieron entre varios  desarmarlo y hacerlo descender del caballo; lo acostaron luego en el suelo. Los ojos le daban vueltas en las órbitas, no reconocía a nadie y no articulaba palabra. Sus tíos y su hermano encontrábanse a su alrededor. Todos podían aproximarse y verlo. Los embajadores de Inglaterra acudieron como los demás; esto fue muy mal visto por la mayoría.

El duque de Borgoña, sobre todo, increpó airadamente al chambelán La Riviére, porque éste había permitido que los enemigos de Francia vieran al rey en ese lamentable estado. Cuando éste volvió en sí, y supo lo que había hecho, sintió horror, pidió perdón y se confesó.»

Los tíos del rey tomaron entonces posesión del gobierno; el duque de Orleáns fue separado de su cargo por ser «demasiado joven» para desempeñarlo. La primera preocupación del duque de Borgoña fue deshacerse de todos aquellos que podían ser fieles al rey. En cuanto a la reina, que hasta ese momento había llevado una vida disipada, desafió a todas las opiniones.

Pasaba gran parte de su tiempo arreglándose, tomaba baños en agua de pamplina hervida o en leche de burra, como Mesalina, cuyas locuras imitaba. Los religiosos criticaban desde el pulpito su lujo insolente y su forma de vivir. Un agustino, Jacques Legrand, llegó a decir: «La gente de bien condena vuestra conducta. ¡Si no queréis creerme, recorred la ciudad vestida como una mujer pobre, y oiréis lo que dicen de vos!».

Poco le importaba. Y poco le significaba el reino de Francia, aunque aceptó ponerse a la cabeza de un Consejo de Regencia, del que formaba parte el duque de Orleáns. Pero ella transformaba fácilmente la sala del Gran Consejo en sala de fiestas.

¿El rey? ¿Qué ocurría con el rey mientras tanto? Divertíanlo. Se divertía. Pasaba de un entretenimiento a otro; casi pereció en uno de ellos. Fue el 29 de enero de 1393: Isabel organizó una mascarada en honor de una viuda a su servicio, que se volvía a casar. «Es una mala costumbre practicada en distintas partes del reino —dice el religioso de Saint-Denis— hacer toda clase de locuras en el casamiento de mujeres viudas, y tomarse las libertades más atrevidas, con los disfraces más extravagantes…»

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/carlosvi_2.jpg

Las mismos cortesanos se burlaban con frecuencia del rey. Durante un baile de máscaras, Carlos VI se disfrazó de salvaje. En medio de la fiesta las plumas con que había decorado su disfraz se inflamaron, y habría sufrido una muerte horrible si la duquesa de Berry no hubiese apagado las llamas.

El escudero Hugolino sugirió al rey que se disfrazara de salvaje, con algunos de sus cortesanos. Y cuando el baile había comenzado, Carlos VI y cinco de sus compañeros se hicieron coser sayas de telas cubiertas de lino y se untaron con pez para pegarse plumas y estopas. El rey entró a la sala de baile con sus cinco compañeros. Durante la danza, un imprudente aproximó una antorcha a uno de los salvajes y la pez se inflamó.

En un momento todos estuvieron en llamas. La reina se desmayó. La duquesa de Berry, con notable espíritu de arrojo, logró salvar al rey, envolviéndolo con su manto y ayudándole a salir. Pero semejante emoción sólo podía agravar el estado mental del monarca.

Sin embargo el pueblo quería al desdichado Calor VI y no lo hacia  responsable de los males iel reino. Es cierto que, en los momentos en que el rey recuperaba la lucidez, las medidas que tomaba eran justas. Pero cuando perdía el uso de la razón, su Consejo lo obligaba a revocar sus decisiones.

Así fueron restablecidos los juegos de azar, anteriormente suprimidos y disueltas las milicias de arqueros, que él mismo había formado y autorizado para defender el país de las invasiones extranjeras, pero que podían llegar a ser más poderosas que «los príncipes y los nobles»…, justamente lo que estos últimos querían evitar.

Carlos VI murió en 1422. Sabido es cómo se encontraba entonces Francia. El tratado de Troyes, firmado en 1420, abandonaba el país a Inglaterra.

La reina, sin embargo, continuó entregándose a los placeres, preocupada únicamente por satisfacer sus lujos y caprichos y sólo consentía las privaciones que le imponía su régimen para adelgazar.

Tuvo sobre las modas de su siglo la influencia más extraña. A propósito, resumiremos una página de Miche-let: «Los asientos destinados a las damas parecían pequeñas catedrales de ébano. Velos preciosos, sacados antaño del tesoro de las iglesias, ondeaban alrededor de las hermosas cabezas… Hasta las formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas fueron incorporadas a la indumentaria. Las mujeres llevaban cuernos en el tocado, los hombres en los pies. Las puntas de sus zapatos se retorcían formando astas, garras o colas de escorpión.»

Recordemos que fue para divertir al rey loco que se perfeccionó el juego de cartas, cuya invención es probablemente china, y que se dio a sus figuras el nombre de personajes de la historia o de las novelas de caballería.

Bajo este mismo reinado, una ordenanza de 1396 obligaba a los jueces a entregar anualmente a la Facultad de Medicina de Montpellier, el cuerpo de un condenado a muerte —decisión considerable para el progreso de la ciencia médica—, porque hasta entonces, como entre los romanos, la disección de cadáveres estaba prohibida en Francia. Citaremos aún, entre los hechos que se relacionan con esta época, las expediciones del ciudadano de Dieppe, Juan de Béthancourt, que organizó un establecimiento en las islas Canarias.

Una fecha importante para la historia del teatro es la concesión acordada en 1402 por Carlos VI a la Cofradía de la Pasión, instalada en el edificio del hospital de la Trinidad. El teatro francés tiene su origen en esta cofradía.

Fueron éstas algunas imágenes de un rey que fue juguete de la corte, pero a quien su pueblo jamás acusó de los males que abrumaban a Francia. Diéronle dos sobrenombres: Carlos el Insensato y Carlos el Bienamado.

Fuente Consultada
LO SE TODO T omo III Editorial CODEX Biografía de Carlo VI

Reinado de Carlos X de Francia Biografía y Gobierno

BIOGRAFÍA Y GOBIERNO DE CARLOS X DE FRANCIA

La restauración monarquica en Europa de 1815, sufrió una leve transformación al morir Luis XVIII en 1824 y llegar al trono Carlos X. Carlos X (1757-1836) era nieto de Luis XV y hermano menor de Luis XVI, y fue  rey de Francia durante 6 años, desde 1824-1830. Se le conocía como Carlos Felipe, conde de Artois, hasta que fue proclamado rey. Fue uno de los líderes durante la Revolución Francesa.

Posteriormente residió en Gran Bretaña (1795-1814). Tras la ascensión de Luis XVIII al trono francés (1814), Carlos regresó a Francia, donde encabezó al reaccionario partido ultramonárquico. El favoritismo hacia la Iglesia católica y la aristocracia que caracterizó su reinado levantó un gran rechazo en el pueblo. Atacado internamente por todos, pensó que una aventura guerrera fuera de Europa afianzaría su poder, sin enemistarlo con los demás soberanos europeos.

Así concibió la expedición a Argelia y al norte de África. Sin embargo, para realizarla debió desafiar la amenaza de Inglaterra, cuya posición era predominante en el Mediterráneo. De todas maneras, el resto de Europa veía con benevolencia esta acción francesa que, cualquiera que fuera su resultado, limitaría el absorbente y cada vez más extenso poderío inglés.

La aventura no fue secundada por el pueblo francés y la burguesía mantuvo su oposición al rey, quien limitó más la libertad de prensa, lo que condujo a la revolución en 1830, conocida como la Revolución de Julio. La revolución ganó la calle, se enarboló nuevamente la bandera tricolor y Carlos X debió huir del país.

Revolución de 1830: En la ciudad de París estalla un movimiento revolucionario que obliga a abdicar al rey francés de la Casa de Borbón, Carlos X, antes de extenderse a otros países europeos. Aunque los dirigentes más radicales propugnan la instauración del régimen republicano, los liberales defienden la continuación de la monarquía, si bien limitada en sus poderes, en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, que poco después será proclamado rey de Francia por la Asamblea Nacional.

carlos x de francia

El rey francés Carlos X sucedió a su hermano Luis XVIII en 1824 y acentuó la política reaccionaria de la restauración monárquica.  En el retrato  aparece Carlos X con la vestimenta propia de la consagración regia.

Carlos X a sus 67 años de edad, como nuevo rey conservaba del gran señor del Antiguo Régimen los modales y los principios. Su esbelta figura, sus aristocráticas maneras y su elegancia eran legendarias. Aferrado a las prerrogativas reales más que a nada, se hizo consagrar en Reims con el mayor ceremonial.

Contrario a toda reforma, estaba completamente decidido a continuar con la política reaccionaria; pero su falta de inteligencia, su mediocridad y su testarudez terminarían por perderle. Villéle siguió en su puesto y trató de consolidar la mayoría ultra para satisfacer a su nuevo soberano. Ligó más estrechamente el clero al Gobierno, haciendo votar la ley sobre el sacrilegio, que penaba severamente los ultrajes a la Iglesia. Y se aseguró el apoyo de los defensores del Antiguo Régimen haciendo votar la ley de los mil millones en favor de los emigrados, que indemnizaba a todos los que habían visto confiscados sus bienes por la Revolución.

Estas leyes irritaron a la oposición, que manifestó su hostilidad de diversas maneras: los entierros de liberales como el general Foy, Manuel y La Rochefoucault-Liancourt sirvieron de pretexto para que se reunieran inmensas multitudes, que chocaron violentamente con la policía.

En la Cámara, los constitucionales, con Royer-Collard a la cabeza, formaron un bloque con los liberales, los galicanos, e incluso con «la punta», grupo de oposición de extrema derecha, dirigido por La Bourdonnaye y Chateaubriand. Villéle pensó poner fin al desorden que provocaban, disolviendo la Cámara «retrouvée» para anticipar las elecciones, pero éstas arruinaron sus esperanzas: todos los oposicionistas se habían unido en la sociedad denominada «Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará», dirigida por Guizot; su propaganda fue tal, que consiguieron sacar 250 diputados contra los 200 que obtuvieron los partidarios del Gobierno.

Considerando lo ocurrido, Villéle presentó su dimisión al rey, en enero de 1828. Carlos X se halló, pues, ante una Cámara ingobernable, la mayoría de cuyos diputados le era hostil. Comenzó por contemporizar, y puso en el ministerio del Interior al vizconde de Martignac, un constitucional de derecha, partidario del acercamiento a los liberales. Todos sus proyectos de ley fueron rechazados por la Cámara de Diputados, y Carlos X se sirvió de estos fracasos para destituir a Martignac, en agosto de 1829, y confió el ministerio a uno de sus amigos ultras, el príncipe de Polignac. El nuevo ministro, hijo de la favorita de María Antonieta, y jefe de la emigración, se rodeó de ultras, todos hostiles a la Carta Constitucional.

1830: LAS «TRES GLORIOSAS»
Junto a los republicanos, que atacaban al régimen en sus periódicos «La Tribune» y «La Jeune France», apareció una nueva corriente de oposición, formada alrededor del duque de Orleáns; sus partidarios, entre los que se encontraban Talleyrand, Carrel, Mignet y Thiers —estos dos últimos, directores del periódico «Le National»—, eran realistas moderados, preocupados, sobre todo, por los intereses de la burguesía; la República les atemorizaba tanto como la vuelta del Antiguo Régimen, y soñaban con una monarquía a la inglesa, en la que el poder estuviera repartido entre el rey y las Cámaras. Ante la amplitud de la agitación, el soberano acabó por convocar a las Cámaras en marzo de 1830.

Las acusaciones y las amenazas proferidas por él en el discurso de la Corona contra los oposicionistas, no intimidaron en absoluto a éstos; en la contestación, votada por 221 diputados, se proclamaba solemnemente el derecho de los franceses a discutir los intereses públicos, y se acusaba al rey de violar abiertamente la Carta. Ante tanta jactancia, Polignac hizo disolver la Cámara y fijó la fecha de las nuevas elecciones para el mes de junio o julio.

Raras veces una campaña electoral conoció una animación semejante. El Gobierno depuró los ministerios, censuró los periódicos, hizo que interviniese el clero e incluso el rey, que dirigió un solemne llamamiento a los franceses. Pero la oposición no se mostró menos activa, y, pese a los obstáculos, consiguió un triunfo sin precedentes, obteniendo 274 diputados.

El Gobierno no tenía más que una alternativa: aceptar lo ocurrido, o apelar a la fuerza. Carlos X hizo que se recurriera al artículo 14 de la Carta, que le permitía promulgar ordenanzas con fuerza de ley; así, el 25 de julio, firmó, en el castillo de Sainr-Cloud, las cuatro famosas ordenanzas que iban a desencadenar la revolución.

La primera de ellas sometía la prensa, «instrumento de desorden y de sedición», a una censura rígida, y ningún periódico podría publicarse sin autorización previa, renovable cada tres meses, bajo pena de ser secuestrado. La segunda decretaba la disolución de la nueva Cámara, debido a las maniobras que «habían engañado y extraviado a los electores».

La tercera concedía el derecho de voto sólo a los ciudadanos franceses que pagasen contribución territorial y el impuesto personal y mobiliario, descartando así a muchos comerciantes, industriales y miembros de profesiones liberales juzgados muy hostiles al régimen. Por último, la cuarta disponía que las nuevas elecciones se celebrasen en septiembre.

Los periodistas fueron los primeros en reaccionar: el 26 de julio, firmaron un llamamiento redactado por Thiers, en el que declaraban que publicarían sus periódicos sin petición de autorización previa, «ya que el Gobierno había perdido el carácter legal que obliga a la obediencia». Aquel atardecer, se manifestaron obreros, impresores y estudiantes al grito de «¡Abajo los ministros!». Al día siguiente, obreros y artesanos de los barrios populares se unieron a ellos, y se levantaron las primeras barricadas en las calles de la capital. Cuando, el día 28, llegó a París la noticia del nombramiento del mariscal Marmont (que había traicionado al emperador en 1814) como jefe del ejército, miles de hombres y mujeres se echaron a la calle, y, portando banderas tricolores al frente, ocuparon el barrio de Saint-Antoine, y después el Ayuntamiento y Notre-Dame.

El joven republicano Cavaignac se apoderó, con ayuda de los alumnos de la Escuela Politécnica, de varios cuarteles y distribuyó armas a la población. Los regimientos reales que no se habían pasado al lado de los insurgentes fueron aplastados en pocas horas; el Louvre y las Tullerías fueron sitiados; Marmont, derrotado, tuvo que evacuar París. El pueblo por sí solo, y en tres jornadas —las «tres gloriosas»—, había barrido a una monarquía execrada.

LA VICTORIA FINAL DE LOS ORLEANISTAS
Cuando la victoria del pueblo fue indudable, los diputados de la oposición comprendieron que no era posible ningún compromiso con Carlos X; así, cuando éste, consciente, al fin, de los peligros que corría, les envió emisarios para darles cuenta de que retiraba las ordenanzas promulgadas, aquéllos se negaron a recibirlos. Hostiles a Carlos X, estos ricos burgueses no lo eran menos a la república democrática. Supieron aprovecharse, hábilmente, de una situación que les era favorable; en efecto, el partido republicano no tenía ni jefes de prestigio, ni un programa coherente, ni arraigo profundo en el pueblo.

Ellos, en cambio, tenían un candidato y un programa, pero era necesario actuar con rapidez; reunidos en la tarde del 29, en casa del banquero Laffitte, con los jefes orleanistas nombraron una comisión municipal de cinco miembros, encargada de administrar provisionalmente París; después, por la noche, hicieron cubrir las calles de la capital con carteles donde se trazaba un retrato elogioso del duque de Orleáns, partidario de las conquistas de la Revolución, de la Carta Constitucional y de la bandera tricolor. Y les fue fácil, en las primeras horas de a tarde del día 30, convencer a los diputados y a los pares de que enviaran una delegación a Luis Felipe para ofrecerle la lugartenencia general del reino, hábil solución que descartaba la República y no imponía aún la monarquía.

Aunque Carlos X no había abdicado todavía, Luis Felipe respondió favorablemente a la proposición. Aprovechándose de las rivalidades entre los republicanos y los bonapartistas, los orleanistas organizaron, el día 31, un gran cortejo que, a través de las calles de París obstruidas por las barricadas, condujo a Luis Felipe, triunfalmente, de su residenica del Palais Royal al Ayuntamiento. Aunque primeramente hostil, la masa acabó por dejarse convencer y aplaudió hasta con entusiasmo cuando el príncipe, acompañado por el viejo La Fayette, ganado por el partido orleanista, apareció en el balcón, envuelto en una bandera tricolor.

Para evitar lo peor, Carlos X abdicó en favor de su nieto, el duque de Burdeos, hijo póstumo del duque de Berry, y rogó a Luis Felipe que asumiera la regencia; pero éste se negó e hizo un llamamiento a los parisienses para que marcharan sobre Rambouillet, refugio del viejo soberano. Entonces, el rey huyó a Inglaterra, dejando el trono vacante. El 3 de agosto, las Cámaras ofrecieron a Luis Felipe el título de rey de los franceses, a condición de que aceptara la revisión de la Carta y que prestara juramento ante ellas. Así terminó el período de la Restauración.

La toma de Argelia, unos días antes de la revolución, la excelente situación económica de Francia, la paz mantenida desde hacía quince años, no habían sido bastantes para salvar a un régimen cuyos excesos le habían hecho muy impopular.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

Biografía de Luis Felipe I de Francia Historia de su Gobierno

VIDA Y GOBIERNO DE LUIS FELIPE I, EL REY DE FRANCIA

Luis Felipe I de Orleans, (1773-1850) fue el rey de los franceses de 1830 a 1848, también conocido como el Rey Ciudadano (1773-1850). Era hijo de Luis Felipe José de Orleans (llamado Felipe Igualdad) y nació en París. Inicialmente llevó un reinado marcado por la prosperidad nacional, la estabilidad, y la fecundidad intelectual, pero finalmente fue destituído por sus tendencias autoritarias.

Pertenecía a la Casa de Borbón-Orleans, su padre era hermano del rey de Francia Luis XIV. Luis Felipe fue duque de Valois desde su nacimiento hasta 1785 y desde entonces el de duque de Chartres hasta 1793, año en el que su padre fue guillotinado y heredó el título de duque de Orleans. Políticamente predicaba con los ideales de fraternidad, libertad e igualdad de la Revolución Francesa de 1789.

Luis Felipe I Rey de Francia

Luis Felipe I Rey de Francia

Proclamado «rey de los franceses» por la gracia de Dios y la voluntad nacional, Luis Felipe I sería también el úitimo rey de Francia, cuando la misma voluntad nacional optó por la República. Llegó al poder tras una revolución y fue derrocado por otra. Durante los dieciocho años de su reinado proyectó la imagen de un soberano triste y sin grandeza en una Francia desgarrada.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA:

Tras la derrota de napoleón, asumió el trono de Francia Luis XVIII. Este rey respetó muchos de los derechos conquistados por la burguesía y, al mismo tiempo, le hizo concesiones políticas y económicas pues necesitaba de su apoyo para impedir nuevas demandas y el estallido de revoluciones más radicalizadas. Por ejemplo, respetó la igualdad de todos los franceses ante la ley y las libertades de pensamiento, prensa y culto.

Cuando murió Luis XVIII lo sucedió Carlos X. Este rey intentó restaurar la monarquía absoluta tal como era durante el Antiguo Régimen. Abolió la libertad de prensa y declaró el estado de emergencia por el cual quedaban suspendidas las garantías individuales. Pero cuando suprimió la Cámara de diputados, estalló en París un movimiento popular en el que participaron sectores de la burguesía, obreros y estudiantes en defensa de las libertades. Tres días después la lucha de los liberales había conseguido la renuncia de Carlos X.

La restauración monárquica impuesta por las potencias vencedoras en el Congreso de Viena no abolir las principales ideas difundidas en la revolución. Como vimos hubo una reacción bajo Carlos X, que terminó renunciando, y ahora su reemplazo en Luis Felipe, quien no sería un rey «a la antigua»: establecería una monarquía constitucional donde la influencia política de la burguesía —y de las finanzas— sería cada vez más sensible. A partir de este momento la vieja nobleza jamás reconquistaría sus privilegios.

Las restricciones impuestas a las libertades y las privaciones materiales de la población, terminarían por reencender la llama de la revolución. En tres oportunidades sucesivas (1830, 1848 y 1870) el pueblo de París saldría a las calles. Y restablecería la República en las dos últimas.

Luis Felipe había acido en París el 06 de octubre 1773, hijo Felipe Igualdad (apodo) , duque de Orleans. Desde 1785 hasta la ejecución de su padre, el 06 de noviembre 1793, era conocido como el duque de Chartres, a partir de entonces como el duque de Orleans y fue líder de la rama más joven de la familia Borbón.

En 1790, en pleno desarrollo de la revolución francesa el duque se unió al Club de los Jacobinos y como militar estuvo al servicio de la Convención; pero mas tarde, decidió escapar de Francia y buscar la protección austríaca en 1793 para evitar caer él también víctima del Terror. Permaneció en Suiza y Estados Unidos hasta su regreso a Francia en 1817, convirtiéndose enseguida en una figura apreciada por las clases medias liberales, por su postura a medio camino entre los excesos de la revolución popular y la reacción ultrarrealista que se impuso desde finales del reinado de Luis XVIII.

luis felipe i de francia

Restauró el Palacio de Versalles, abandonado desde la salida de Luis XVI en octubre de 1789, y estableció un museo de la historia de Francia, con una inscripción en su frontón: «a todas las glorias de Francia». También organizó el regreso de las cenizas de Napoleón (15 de diciembre de 1840) y erigidas al este de la ciudad de París.

Durante el inicio de su gobierno intento apoyar al sector republicano que lo había entronizado, pero con el tiempo su postura democrática fue cambiando, tomando alguna serie de medidas autoritarias , que se contradecían a su compromiso de mantener una monarquía constitucional. Acordó el matrimonio de su hija Luisa con Leopoldo I de Bélgica.

A partir de 1831, Luis Felipe I, que deseaba ejercer el poder por su cuenta, prefirió a los conservadores de la «Resistencia», encabezados por Guízot, en lugar de los partidarios del «movimiento» de La Fayette. Frente a las miserias, como el cólera de 1832, o las rebeliones, como las de los tejedores de seda de Lyon en 1831 y 1834, el rey respondió con indiferencia o por la fuerza.

Aunque el censo electoral se extendió a más personas, sólo un 9% de los electores podía votar. Esta clase dirigente que confiscó el poder en nombre de la razón fue muy corrupta, como lo revelaron una serie de escándalos financieros.

En política exterior, Luis Felipe I apoyó la gestión pacifista de Guizot, fundada en la alianza con Inglaterra, y en 1830 se lanzó con mesura en la colonización de Argelia, emprendida con ligereza tras un incidente diplomático en que el rey de Argelia le asestó un golpe de abanico al cónsul de Francia. Esta imprudencia alimentó su creciente impopularidad. Finalmente, la crisis de subsistencia de 1846-1847 fue la que volcó a las calles de París las muchedumbres hambrientas y encolerizadas.

Luis Felipe I y la Reina Victoria

La revolución de 1830 había llevado al poder a los sectores más ricos de la alta burguesía. Pero la pequeña burguesía y los sectores populares habían sido excluidos del sistema político autoritario, elitista y de sufragio censitario de Luis Felipe. La búsqueda de mayor participación política, así como el reclamo de mejores condiciones de trabajo y el derecho al voto, hicieron confluir en similares objetivos a sectores de la burguesía, intelectuales, estudiantes universitarios y trabajadores urbanos. Al mismo tiempo que las ideas liberales y democráticas se radicalizaban, comenzaron a tomar fuerza en Europa nuevas ideologías que reclamaban cambios en la organización de la sociedad y mejoras en la calidad y las condiciones de vida de los sectores obreros.

El 24 de febrero de 1848, el pueblo tomó el ayuntamiento gritando «viva la República» y Luis Felipe I abdicó en favor de su nieto. Al día siguiente, Francia ya era una República, al tiempo que el rey derrocado se refugiaba en Inglaterra, donde murió el 26 de agosto de 1850.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nace el duque de Valois, el 6 de octubre.

1774 Luis XVI es entronizado.

1785 El duque de Valois se convierte en duque de Chartres.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida del rey, que es arrestado en Varennes.

1792 Condena y ejecución de Luis XVI. Ejecución de Felipe Igualdad; el duque de Chartres toma el título de duque de Orleans.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde de Provenza toma el título de Luis XVIII. Inicio del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1814 El Senado proclama la deposición de Napoleón I y llama a Luis XVIII. Luis Felipe toma posesión de una parte de sus bienes.

1815 Los Cien Días y la segunda Restauración.

1824 Muerte de Luis XVIII; Carlos X se convierte en rey.

1830 Revolución (las Tres jornadas gloriosas); Carlos X abdica. Luis Felipe I, rey de los franceses.

1831 Ministerio de Casimir Perier. Rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1832 Cólera en París.

1833 Ley Guizot para la enseñanza primaria.

1834 Disturbios republicanos en París. Segunda rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1848 Primera revolución (febrero) y proclamación 1 de la República. Abdicación de Luis Felipe I que se refugia en Inglaterra. Segunda revolución (junio).

1850 Muerte de Luis Felipe I, el 26 de agosto.

 

 

Biografia de Marqués de La Fayette Héroe de Francia y EE.UU.

RESUMEN BIOGRAFÍA Y VIDA POLÍTICA DEL MARQUES DE LAFAYETTE

Marie Joseph Motier, conocido como marqués de La Fayette (1757-1834), fue un militar y político francés, que defendió  los principios democráticos y tuvo una actuación destacada en la independencia de las colonias británicas en América.

Mas y tarde  fue miembro de la Asamblea Nacional en los orígenes de la  Revolución Francesa de 1789, donde promulgó una Declaración de Derechos basada en la Declaración de Independencia estadounidense.

Recibió el mando de la Guardia Nacional de París; y creó un sociedad de políticos moderados que defendía la instauración de una monarquía constitucional.

Se lo considera un héroe de la independencia estadounidense y luego de la Revolución francesa, La Fayette contribuyó a la caída de la monarquía. Por tanto, en dos ocasiones impuso a un rey el emblema tricolor que se había convertido en el símbolo de la República.

En EE.UU. conoció a George Washington, con quien mantuvo muy buena amistad. Su intervención en la campaña de Virginia provocó la rendición de los británicos en Yorktown.

La Fayette, héroe de la revolución francesa

Nacido el 6 de septiembre de 1757 en el castillo de Chavaniac, en Auvernia, Marie-Joseph du Motier Paul nació en una familia noble.

Su padre murió en Minden (Alemania) en 1759, y su madre y su abuelo, murieron en 1770.

A los 16 años, se casó con Marie Francoise Adrienne de Noailles († 1807), hija del duque de Ayen y nieta del duque de Noailles, una de las familias más influyentes del reino.

 A los 17 años, después de su matrimonio se negó a aceptar un lugar en la corte, lo  que le habría asegurado una vida cómoda y prefiere dirigir su destino hacia una carrera militar.

Entró en la casa militar del rey en 1772. Era un joven capitán de dragones a la edad de 19 años cuando las colonias inglesas en América declararon su independencia.

Consciente de esta importante cuestión política, donde las colonias luchaban por su libertad , siente que su corazón se inflama por sumarse a esa causa y en abril de 1777, desafiando la prohibición del Rey, se embarca a América. Después de un viaje de dos meses, que atracó en Filadelfia, la sede del gobierno de las colonias, ofrece sus servicios al Congreso.

La Fayette aún no liene veinte años, y, a pesar de las prohibiciones de su padre y del rey, se alista.  «La felicidad de América está íntimamente ligada a la felicidad de la humanidad: ella se convertirá en el respetable y seguro
asilo de la honradez, de la tolerancia, de la igualdad y de una tranquila libertad».

« Desde el primer momento que escuch pronunciar el nombre de América, lo he amado; desde el instante en que supe que combatía por la libertad, deseé con vehemencia derramar mi sangre por ella». Con estas palabras, el marqués de La Fayette justificó su compromiso en favor de los insurgentes norteamericanos en su lucha contra la corona de Inglaterra.

El marqués de La Fayette, fue un ejemplo célebre de compromiso ciego por la causa de las colonias inglesas, pues con apenas diecinueve años de edad, deja su cómoda vida en Francia para embarcarse en la dura y peligrosa taera de luchar contra la potencia militar mas grande de esa época. Silas Deane, impresionado por  tan importante actitud y ciraje, le prometió el grado de mayor general.

Los oficiales franceses se sentían, a menudo, decepcionados por la acogida bastante fría de los americanos, que no aceptaban con gusto  el   ser mandados  por unos  extranjeros que ni siquiera hablaban su idioma.

En compañía del vizconde de Noailles y del conde de Segur, La Fayette llegó a América en  junio  de 1777.

En   Filadelfía fue, al principio, mal recibido: se lo tomaba como un aventurero. Orgullosamente, La Fayette exigió servir sin estipendio, como simple soldadodo.

Una carta de Franklin aclara los malentendidos y La Fayette se convierte en mayor general del ejército americano.

Fue herido en la toma Pennsylvania en la batalla de Brandywine Creek, y, en el curso del invierno siguiente, entabló amistad con Washington en los penosos cuarteles de invierno de Valley Forge: el aristócrata francés y el burgués de Virginia parecen haber nacidos para entenderse.

Se incorporó con cierta dificultad en el Ejército de Estados Unidos con el rango de general de división. Su papel militar es interrumpido por un período de seis meses cuando George Washington se encargó de convencer al rey de Francia para que enviara una fuerza expedicionaria.

Francia y Estados Unidos sellaron una alianza contra Gran Bretaña en 1778, razón por la cual esta última declaró la guerra a los franceses.

La Fayette regresó a su país y permaneció allí durante seis meses a fin de conseguir ayuda económica y militar para los rebeldes de las colonias. De vuelta en los EE.UU. en 1780 a bordo de la Hermione, recibe una petición de Washington, para comandar las tropas de Virginia.

Participó en 1780 en la decisiva batalla de Yorktown, que conduce a la rendición de Cornwallis, fue un 18 de octubre de 1781. Regresó a Canadá en 1782 donde fue ascendido a mariscal de campo.

Regresa a Francia en 1785 y convencido de los ideales de la Constitución estadounidense, La Fayette quiso que la monarquía adoptase algunos de sus principios.

Luego de participar en la Asamblea de los notables de 1787, fue elegido como representante de su orden ante los estados generales de 1789.

Muy pronto se declaró partidario del tercer estado, lo que le valió una gran popularidad, que culminó cuando redactó, junto con otros, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, inspirada en la Constitución estadounidense.

Presenta un proyecto de Declaración sobre los Derechos Humanos en la Asamblea Constituyente. Fue nombrado comandante de la Guardia Nacional en julio de 1789.

Su papel en esta posición durante la Revolución todavía sigue siendo un poco enigmática, pues el 5 de octubre de 1789, cuando los parisinos van hasta Versalles para pedir pan a Luis XVI, la Guardia Nacional dirigida por La Fayette llega a tiempo para defender al rey y la reina, frente a una multitud enardecida que invadia las habitaciones reales, cansada de hacer colas interminables por un poco de alimento.

Responsable de la seguridad del castillo, le resultará incapaz de evitar nuevas invasiones de gente descontenta con las medidas de la familia real.

En 1791 fue él quien trajo a París al rey, sorprendido en Varennes cuando intentaba huir de Francia; pero fue también él quien ordenó disparar sobre las masas de manifestantes que, como consecuencia, pedían su destronamiento (matanza del Campo de Marte). Tras la formación del régimen republicano de la Convención (1792), La Fayette dio la razón a quienes dudaban de su lealtad, al huir de Francia después de haber fracasado en el intento de sublevar a sus tropas en favor del rey.

En diciembre de 1791, Lafayette toma el mando de uno de los tres ejércitos formados para luchar contra los austríacos, pero viendo que la vida de la pareja real era cada días mas amenazada, se opuso el partido jacobino, y se opuso a utilizar su ejército para restaurar una monarquía constitucional.

El 19 de agosto de 1792, se lo declara un traidor a la partia francesa. Obligado a refugiarse en Lieja, será capturado por los prusianos y los austriacos, y se le mantuvo arrestado en prisiones de Prusia y Austria desde 1792 hasta 1797.

A la sazón más prudente, La Fayette asistió de lejos a la entronización de Napoleón y renunció a desempeñar un papel en el escenario político, a sabiendas que no tenía cupo. Oportunista, esperó la noticia de la derrota de Waterloo para oponerse a un emperador caído.

El retorno de los Borbones al trono de Francia no hizo que su situación se tornase más propicia, y no pudo contar con el favor de los hermanos de Luis XVI, al que defendió tan mal.

Finalmente volvió en 1799; pero apenas participó en la vida política porque desaprobaba el programa de Napoleón I Bonaparte. En 1802 se opuso bajo el gobierno de Napoleón cónsul vitalicio; y en 1804, votó contra el título de emperador.

Fue electo diputado de Sarthe y de  Seine-et-Marne durante los cien días, le pide la abdicación de Napoleón primero. Adjunto de la Sarthe en octubre de 1818 y de nuevo en Seine et Marne en septiembre de 1819, se opone resueltamente a la Restauración y se adhiere a los carbonarios en 1821.

Reelegido diputado en noviembre de 1822, en Meaux, fue derrotado en las elecciones 1823.

En 1824 a septiembre de 1825 regresó a Estados Unidos donde realiza  una gira triunfal en 182 ciudades. Fue recibido con honores por el pueblo americano, quien le entrega $ 200.000 y 12.000 ha en Florida.

De regreso a Francia, fue reelegido diputado en junio 1827.

En tres días, 27,28 y 29 de julio de 1830, que pasaron a la historia con el nombre de las «Tres jornadas gloriosas», el pueblo parisiense puso fin al reinado de Carlos X, donde muchos partidarios le piden su apoyo, pero tal vez debido a sus 73 años, él apoya la causa de Luis Felipe, a quien le da la tricolor.

Lafayette sigue al mando de la Guardia Nacional durante unos meses, pero renuncia finalmente.

Lafayette muere en París el 20 de mayo de 1834. Está enterrado en el cementerio de Picpus en París.

El papel del marqués de Lafayette en la historia de la independencia americana está consagrado desde hace mucho tiempo en un plaza en Washington que lleva su nombre y hay levantada una  estatua ecuestre en el centro, frente a la Casa Blanca. El 8 de agosto de 2002, fue elevado a título póstumo, como  ciudadano honorario de los Estados Unidos de América, un raro privilegio que se ha concedido sólo cuatro veces antes en la historia estadounidense.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1757 Nacimiento de Gilbert Motier, marqués de La Fayette, en el castillo de Chavaniac, el 6 de septiembre.

1773 Es oficial en un regimiento de mosqueteros.

1776 Proclamación de la Independencia  de Estados Unidos de América.

1777 La Fayette se embarca hacia  América del Norte.

1781 Victoria de Yorktown sobre los ingleses.

1787 La Fayette es elegido para la Asamblea   de los notables.

1789 Es representante de la nobleza en los estados generales. Nombrado comandante de la Guardia Nacional después de la toma de la Bastilla, le impone a Luis XVI la escarapela tricolor.

1791 La Fayette ordena a la Guardia   Nacional abrir fuego sobre los partidarios de la monarquía constitucional que
asisten a una manifestación en el Campo de Marte. Creación del Club des Feuillants.

1792 La Fayette comanda el ejército del   I Norte y luego, después del 10 de agosto, es detenido por los austríacos.
La Fayette retorna a Francia tras el golpe de Estado de Bonaparte, el 18 de brumario.

1818-1824 Elegido diputado de Sarthe.

1827 Diputado de Seine-et-Marne.

1830 La revolución de julio.

1834 La Fayette muere en París, el 20 de mayo.

HITOS DE LA HISTORIA DE FRANCIA EN LA ÉPOCA DE LAFAYETTE

    • Etapa absolutista hasta la revolución francesa en 1789 cuando Luis XVI es destituído y luego condenado a la guillotina.
    • Nace la primera república bajo los principios de «fraternida, libertad e igualdad»
    • Continua una Convención, el Directorio y luego Napoleón se proclama Cónsul y en 1804 es Emperador del imperio francés.
    • 1814 es derrotado Napoleón, y en 1815 en el Congreso de Viena se restituyen las monarquías en todo Europa.
    • Nace la Santa Alianza para enfrentar contra todo nuevo levantamiento a las monarquías.
    • LLega al trono Luis XVIII en Francia y luego le sigue Carlos X
    • Las ideas liberales de Napoleón tuvieron su arraigo y evolución, generando distintas revoluciones en Europa, contra el poder absolutista. Una de ellas en 1830 , destrona a Carlos X , quien es reemplazado por Luis Felipe I de Orleans, quien apoya estas nuevas ideas de la ilustración francesa, difundidas durante la etapa napoleónica.
    • En 1848 sectores marginados, como los obreros, estudiantes, comerciantes, maestros, profesionales, provocan otra revolución, reemplazado a Luis Felipe por Napoleón II, sobrino del emperador. Nace la 2° república.
    • Napoleón III , hijo de anterior Napoleón destituído dá un golpe de estado, dando origen al 2° Imperio que durará hasta 1870, cuando Francia pierde la guerra contra Prusia y pierde algunos territorios.
  • 1871, nace la 3°república francesa con Thiers como presidente.

Anexión de Portugal a España Gobierno de Pedro II de Portugal

PORTUGAL ANEXIONADA A ESPAÑA:
En 1578 el rey Don Sebastián de Portugal lanzó a su patria en una loca expedición contra los marroquíes, y éstos aplastaron al ejército invasor en Alcazarquivir. Don Sebastián encontró la muerte en esta batalla, dejando vacante el trono de Portugal. Felipe II que, por su madre, era uno de los posibles sucesores al trono e indiscutiblemente el de mejor derecho, supo, con una hábil política diplomática, hacerse elegir rey por las Cortes de Tomar.(o Thomar)

Sebastián (de Portugal) (1554-1578)

Sebastián (de Portugal) (1554-1578), rey de Portugal (1557-1578). Hijo del príncipe real Juan de Braganza y nieto y sucesor del rey Juan III, nació en Lisboa. Con la muerte de su abuelo, en 1557, y habiendo ya fallecido su padre, ocupó el trono en calidad de regente la viuda Catalina de Austria hasta 1562.

Antes de su elección, se había comprometido a respetar todas las leyes y libertades del país; a no nombrar más que portugueses para los cargos de virrey, gobernadores y administradores; a dejar una cierta indepedencia a su imperio colonial; a reunir regularmente las Cortes. Pero muy pronto, todas estas promesas se quedaron sobre el papel y Portugal fue reducida a la condición de estado vasallo, obligado a suministrar impuestos, soldados y navios a España.

Las Cortes no fueron reunidas jamás; muchos de los dirigentes nombrados por el rey fueron españoles que se distribuyeron las mejores tierras y los cargos más lucrativos. Se organizó una primera resistencia en las Azores, pero fue aplastada rápidamente por el ejército español. Dominada por España, Portugal carecía de medios para luchar contra su rival, Holanda.

Esta puso pie en Brasil y en las colonias portuguesas de África, destruyendo completamente la ciudad de Mozambique. Prohibiendo todo comercio entre los dos países, España asfixió el puerto de Lisboa, que perdía uno de sus más importantes clientes. Probando su total desinterés con respecto a Portugal, Felipe III no fue más que una vez, en 1618, para agobiar al país con impuestos. Felipe IV no lo visitó jamás. Bajo su reinado el imperio portugués continuó disgregándose lentamente.

La flota portuguesa dirigida por el gran Almirante Ruis de Andrade, fue aniquilada por los ingleses, que se apoderaron de Ormuz en el Golfo Pérsico; los holandeses se apoderaron de Bahía y de Recife, en Brasil, así como de las Molucas. Además, para responder a las exigencias de la Guerra de los Treinta Años, Olivares instituyó, en 1636, un nuevo impuesto en Portugal, reforzó los contingentes militares y pensó también suprimir las Cortes.

LA INDEPENDENCIA RECOBRADA
El descontento crecía en todo el país y las esperanzas se dirigían al duque de Braganza que se consideraba con derecho a la sucesión. Por su origen y su inmensa fortuna  territorial, este aristócrata era el señor más poderoso del país y se había mostrado siempre hostil a la dominación española. Cuando estalló en 1640 la revuelta catalana,  las  tropas  castellanas  que  residían en  Portugal  salieron  para  Barcelona.

Los portugueses aprovecharon esta ocasión única para recuperar su libertad. El 10 de diciembre de 1640, representantes de la nobleza llegaron al palacio real, expulsaron a .a  guardia española y proclamaron  rey  al duque de Braganza.

Quince días más tarde, era coronado Juan IV entre las aclamaciones de una muchedumbre delirante, liberada al fin, después de sesenta años de dominación. Francia, Inglaterra, los Países Bajos, reconocieron en seguida el hecho consumado; por el contrario, el papa Urbano VIII, rajo la presión de los enviados de Felipe IV, se negó a investir a los nuevos obispos portugueses hasta 1668.

Los primeros años del reinado de Juan IV vieron un restablecimiento de la situación del país: las Cortes votaron los subsidios necesarios para reorganizar el ejército y la marina; Lisboa volvió a ser un puerto franco abierto a todas las flotas mercantes; se emprendió con éxito la reconquista del Brasil contra los holandeses; hasta el tratado de los Pirineos, Esriña no intentó más que episódicamente, sin éxito, volver a intervenir en Portugal.

En 1656 Juan IV murió, dejando por sucesor a un adolescente anormal de trece años: Alfonso IV. El poder fue ejercido de hecho por un aristócrata enérgico y hábil, Gástelo Melhor. Liberadas de la guerra con Francia, las tropas españolas estaban listas en adelante para invadir Portugal; consciente del peligro, Melhor obtuvo el apoyo de Inglaterra, negociando el matrimonio de la hermana de Alfonso IV, Catalina de Portugal, con el rey de Inglaterra Jacobo II. Como dote, la joven princesa aportaba Tánger, Bombay y dos millones de cruzados.

alfonso iv de españa

Gracias a la aportación de tropas inglesas y a las grandes cualidades militares de Melhor, el ejército español fue derrotado, por primera vez, en Ameixial en 1633, dejando 8.000 hombres sobre el terreno, y después aniquilado definitivamente en Montesclaros en 1665; Felipe IV había lanzado 20.000 hombres en esta última batalla; los ingleses y portugueses, aunque menos numerosos, alcanzaron la victoria gracias a una táctica y un mando muy superiores.

En 1668, España debió resignarse a firmar una paz con Portugal en la que reconocía su independencia y no conservaba de su antigua dominación más que el puerto marroquí de Ceuta.

PEDRO II DE PORTUGAL
Portugal entró en un nuevo período de su historia caracterizado por el fortalecimiento de la monarquía, una fuerte dependencia económica con respecto a Inglaterra y la consolidación de lo que quedaba del antiguo imperio, a saber: Brasil, Angola, donde seguía la trata de negros, Goa, Macao, Timor. Alfonso IV se había desposado con una parienta de Luis XIV, María Francisca de Saboya, que siempre estuvo alejada de este esposo débil e incapaz; enamorada de su cuñado Pedro II, puso en marcha una conspiración para entregar la corona a su amante.

Pedro de Portugal

Pedro II (de Portugal) (1648-1706), rey de Portugal (1683-1706). Séptimo hijo de Juan IV, accedió al trono tras la muerte de su hermano Alfonso VI.

A pesar de sus gloriosos servicios, Castelo Melhor fue exiliado; las Cortes obtuvieron de Alfonso IV que abandonase el poder a su hermano menor; a él le enviaron a las Azores y después a Cintra, donde murió en 1683. Durante este tiempo, Pedro tomó el título de gobernador, y el de rey después de la muerte de su hermano. Finalmente María Francisca hizo anular su primer matrimonio y se casó con Pedro II.

Murió en 1683, no habiendo dado al rey más que una niña; éste se volvió a casar, cuatro años más tarde, con una hija del Elector Palatino, María Sofía, con la que tuvo cuatro hijos. Pedro II se dedicó desde el principio a sanear la economía del país. Su ministro Briceira promulgó una serie de medidas proteccionistas para estimular las producciones del país; un acuerdo firmado en 1703 con Inglaterra autorizó la entrada libre de lanas inglesas en Portugal y la exportación de vinos portugueses a Inglaterra, lo que llevó consigo un gran impulso del viñedo.

En  1699, fueron descubiertos en Brasil importantes yacimientos de oro y el metal precioso afluyó a la corte de Lisboa; el rey aprovechó la independencia financiera que este descubrimiento produjo para no convocar las Cortes y gobernar como monarca absoluto. Pedro II había comprendido que era necesaria la paz para el enriquecimiento de su reino y había hecho todo para mantenerla, pero su dependencia económica respecto de Inglaterra debía inevitablemente arrastrarle en la gran coalición contra Francia, cuando los asuntos de la sucesión de España.

Pedro II murió en 1706, antes de que esta guerra hubiese acabado. Dejaba a su hijo el joven Juan V un reino sólido,  próspero e  independiente.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Fin del Dominio Español en Italia Rebelión de Nápoles y Sicilia

FIN DE LA ITALIA ESPAÑOLA
A principios del siglo XVII, España tenía una influencia preponderante en Italia: poseía Sicilia y el reino de Napóles, Cerdeña, el ducado de Milán, los presidios de Toscana, que comprendían muchas ciudadelas, y la isla de Elba. Eran independientes los Estados del Papa, el Gran Ducado de Toscana, las repúblicas de Venecia y Genova, el Ducado de Piamonte (Saboya y varios Estados de menos importancia); pero, con excepción de Venecia, ejercía sobre ellos España una especie de protectorado.

La decadencia que conoció España a lo largo de todo el siglo repercutió profundamente sobre las posesiones italianas, de las cuales algunas escaparían a su influencia en gran parte. Paralelamente, los pequeños estados independientes, que no tenían nada que hacer en una Europa dominada por Estados modernos y centralizados, conocieron un declive muy rápido.

Después del tratado de Cateau-Cambrésis de 1559, una gran parte de Italia estaba bajo la supervisión de un consejo, que residía en Madrid y delegaba en soldados y monjes para intensificar la hispanización. En el estado general de corrupción existente en el reinado de Felipe III, la función de virrey era un medio para enriquecerse considerablemente la alta nobleza a costa de las poblaciones sometidas.

Bajo el reinado de Felipe III el duque de Osuna ocupó este cargo en Sicilia y después, y a partir de 1616, en el reino de Napóles; ambicioso y refinado, quería extender su dominación sobre toda Italia y disminuir especialmente la potencia veneciana.

En varias ocasiones trabó combate su flota con la de la Serenísima y le causó graves daños. La crueldad de que dio pruebas con respecto a la población de Nápoles, a la que aplastó con impuestos y redujo a la miseria, levantó contra él Italia entera. Pero la desgracia de su protector el duque de Lerma, los requerimientos del clero y la nobleza, cansados de su orgullo e inmoralidad, acabaron por provocar su caída.

En 1620 fue llamado a Madrid, acusado de traición y encarcelado, muriendo poco tiempo después. Su marcha no mejoró la situación de los napolitanos, que conocieron de nuevo la miseria y el hambre, y fueron obligados a pagar nuevos impuestos para financiar la Guerra de los Treinta Años.

LAS REBELIONES DE NÁPOLES Y SICILIA
El 7 de julio de 1647, a propósito de una nueva tasa impuesta sobre los frutos, estalló en Ñapóles una rebelión; un joven vendedor de pescados llamado Masaniello (Tomás Aniello) tomó la dirección y, en algunas horas, los insurgentes reinaron en la ciudad, abandonada a toda prisa por el virrey y su corte. Masaniello intentó organizar una dictadura democrática, pero fue desbordado rápidamente por una parte de sus tropas, que se dedicó a un saqueo sistemático de la ciudad y mató a muchos cientos de personas. Animado de una ambición desmesurada, este antiguo pescadero no ocultaba sus deseos de alcanzar el virreinato.

La Rebelión de Nápoles

La Rebelión de Nápoles

Entonces, sus más fieles partidarios se volvieron contra él, le asesinaron en el monasterio donde se había refugiado y pasearon su cuerpo a través de la ciudad. Después de su muerte, se constituyeron en Napóles dos partidos: uno, compuesto por la nobleza y el clero, adicto al campo español; el otro, que agrupaba al pueblo y una parte de la burguesía, puso todas sus esperanzas en un descendiente de los duques de Anjou, que habían reinado en otro tiempo en Napóles, el duque de Guisa. Este fue recibido en Napóles en noviembre, con regocijo general. Pero, por su arrogancia, se atrajo en seguida la hostilidad de los mismos que le habían llevado en triunfo.

Por otra parte, Mazarino no le concedió ninguna ayuda. Por eso, don Juan de Austria, cuya flota fondeaba cerca de Napóles hacía varios meses, no tuvo ninguna dificultad para apoderarse de la ciudad, en febrero de 1648. La represión fue muy dura, y Ñapóles volvió al dominio español hasta finales del siglo.

Sicilia conoció una situación semejante; el virrey era muy poderoso y los estados que representaban los tres órdenes: nobleza, clero y burguesía, no desempeñaban ningún papel. Todas las riquezas en cereales eran exportadas hacía España y la isla conoció terribles miserias; la primera revuelta estalló en 1647, pero fue reprimida rápidamente. En 1674, la población de Mesina tomó las armas contra el ocupante; Luis XIV envió una flota para sostener a los insurrectos, que tuvieron a los españoles en jaque durante cuatro años. Pero la marcha de los franceses en 1678 frenó la resistencia y Mesina hubo de rendirse finalmente.

La represión fue terrible. Si Cerdeña no era más que una isla pobre y de poco interés para los españoles, el Milanesado, al contrario, les ofrecía una doble ventaja: en primer lugar, de orden estratégico, porque dominaba los caminos de acceso a Venecia, Austria e Italia; el grueso de las tropas españolas estaba allí concentrado y podía llegar a Alemania en algunos días; de orden económico a continuación, pues constituía la región más rica de Italia y suministraba a España de cereales. Bajo el virreinato del marqués de Villafranca, contemporáneo de Osuna, fueron suprimidas todas las libertades y la opresión fue muy dura.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Biografia de Carlos II de España Reinado y Gobierno Conflictos con Francia

Biografia de Carlos II de España Reinado y Gobierno Conflictos con Francia

BIOGRAFIA: Hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, de tío y sobrina, respectivamente, Carlos II nació en Madrid el 6 de noviembre de 1661, cuando, después de la muerte de los príncipes Fernando (1659) y Felipe (1.° de noviembre de 1161), la corte esperaba con angustia el sexto parto de la reina.

Pero la alegría primera se convirtió en temor por la vida de aquel mísero cuerpo, temor que había de durar hasta su muerte.

Raquítico y endeble, el recién nacido requirió todos los cuidados para poder crecer. Su lactancia duró más de tres años. Más tarde un esfuerzo le producía fiebre, y la exposición al aire, flucción a los ojos.

A los nueve años no sabía leer ni escribir, ni tampoco gustaba del estudio. En este mismo año una grave enfermedad estuvo a punto de poner fin a sus días.

Rey de España desde la muerte de su padre el 17 de septiembre de 1665, tomó posesión de sus estados el 6 de noviembre de 1675, al llegar a la mayoría de edad.

La regencia la había desempeñado su madre, doña Mariana, ora auxiliada por el padre Nithard ora por el privado Valenzuela. Bajo este gobierno las cosas habían ido de mal en peor.

Aconsejado por su confesor y varios nobles, el rey-niño intentó confiar el poder a Juan José de Austria, en quien muchos depositaban grandes esperanzas. Pero su madre le arrancó la continuación de la privanza de Valenzuela.

El golpe de estado del bastardo en 1677 provocó la caída del «Duende de Palacio» y su elevación al cargo de ministro universal. Pero la situación internacional no mejoró. Por la paz de Nimega (1678), la monarquía perdió nuevos florones de su corona.

La muerte de Juan José de Austria y el matrimonio del monarca con María Luisa de Orleáns (1679), iniciaron las intrigas sobre la sucesión que habían de perseguir al pobre Carlos con sus signos de odios, cabalas y supercherías.

Carlos II de España

REINADO: En 1665, Carlos II reemplazó a su padre Felipe IV en el trono español. Débil y enfermizo, dejó el gobierno en manos de ambiciosos y favoritos que terminaron de arruinar al país.

Bancarrotas, venalidad, corrupción e indolencia de los funcionarios, miseria de la población, todo acrecentó el desorden y la decadencia.

Como Carlos II no tenía hijos, las potencias europeas pronto empezaron a especular con su muerte y a programar el reparto de sus territorios.

Las rivalidades por la herencia motivaron la guerra de Sucesión española.

Por su parte, Portugal, ya independizado, entraba en la órbita de influencia británica e iniciaba una amistad que se confirmaría con el tratado de Methuen (1703).

carlos II de España

Carlos II de España: rey de España desde 1665 hasta 1700, fue el último soberano de su país perteneciente a la Casa de Habsburgo.

A la muerte de su padre en 1665, el pequeño Carlos no tenía más que cuatro años; su madre María Ana de Austria, católica, muy afecta al partido austríaco, confió el poder a su confesor el jesuíta alemán Nithard, que se atribuyó además la función de inquisidor general.

Aparte de sus hijos legítimos, Felipe IV había tenido una treintena de bastardos de los cuales uno solo había sido reconocido y se había distinguido por múltiples hazañas militares: don Juan de Austria.

Este no ocultaba sus simpatías a la monarquía francesa y, bajo pretexto de combatir la influencia perniciosa de Nithard, tomó las armas contra el partido habsburgués que reinaba en Madrid; Nithard huyó ante la amenaza de sus ejércitos.

Juan José de Austria (1629-1679), político y general español, hijo natural de Felipe IV. Conocido en su época como don Juan.  Fruto de las relaciones del rey con la actriz María Calderón, desempeñó importantes misiones políticas y militares. Dirigiendo un gran ejército hizo que su hemanastro Carlos II lo nombrara primer ministro.

Pero don Juan no pudo conseguir sus aspiraciones a la sucesión, pues la regente había encontrado un nuevo favorito, Fernando de Valenzuela, que debía ser el nuevo amo de España hasta 1675.

Pero amplios sectores de la opinión se revolvieron contra el valido, hasta que fue desterrado a Filipinas, mientras que la regente era obligada a retirarse a un monasterio de Toledo.

Aun habiendo alcanzado la mayoría de edad, Carlos II era incapaz de gobernar y don Juan volvió a tener una influencia preponderante durante el último año de su vida. Para estrechar la alianza con Francia, casó a Carlos II con una sobrina de Luis XIV, María Luisa de Órleans.

La muerte de don Juan en 1679, favoreció la vuelta de la reina madre que condujo en adelante los destinos de España. Ella jamás ocultó su hostilidad a la nueva soberana, que murió algunos años más tarde en condiciones misteriosas, se supone envenenada, cuando tenía 27 años.

La reina madre negoció enseguida el matrimonio de su hijo con una princesa alemana, María Ana de Neoburgo.

La historia del reinado de Carlos II se confunde estrechamente con la de las guerras que enfrentaron a Francia y España; Luis XIV, que estaba entonces en el apogeo de su reinado, no ocultaba sus ambiciones territoriales; aprovechando el estado de extrema debilidad en que se encontraba España, exigió que ésta le cediera los Países Bajos españoles para indemnizarle de la dote de María Teresa, prometida por el tratado de los Pirineos y no pagada jamás.

En 1667, sus ejércitos invadieron Flandes y el Franco Condado, pero Europa inquieta por la pujanza francesa se levantó en seguida contra ella.

Una coalición que reagrupaba a Inglaterra, Holanda y Suecia, hizo presión sobre Luis XIV, que renunció a sus miras momentáneamente.

La guerra de devolución tuvo fin en el tratado de Aquisgrán: Luis XIV devolvía el Franco Condado, pero se anexionaba una decena de ciudades flamencas.

Pero cuatro años más tarde, se lanzó a una nueva guerra de la que salió victorioso, obligando a los coligados a la Paz de Nimega en 1678 y a cederle el Franco Condado, Valenciennes, Cambray y Maubeuge, reduciendo progresivamente a la nada la antigua herencia borgoñona de España.

Con la esperanza de recobrar sus posesiones, Carlos II participó en 1686 en la constitución de la Liga de Augsburgo que reagrupaba entonces al emperador de Austria, Suecia, a la cual vinieron en seguida a unirse Inglaterra, Holanda y Saboya, resueltas a romper las ambiciones de Luis XIV.

La guerra duró diez años y agotó a los adversarios; sin embargo, la paz de Ryswick de 1697 fue un éxito para la Liga, que obligó al rey de Francia a restituir todos los territorios ocupados por él después del tratado de Nimega; España, que no había tenido prácticamente ningún papel en estos combates, recuperó Luxemburgo y Cataluña, ocupada por  el  ejército  francés  después  de   1689.

Apenas había sido firmado el tratado de Ryswick cuando una nueva cuestión iba a inquietar a Europa: ¿quién sucedería a Carlos II? Este no tenía hijos y su mala salud dejaba presagiar una próxima muerte.

Los soberanos pretendían con los mismos títulos, la sucesión: el emperador de Austria Leopoldo I y el rey de Francia Luis XIV, los dos nietos del rey Felipe III por su madre, y cuñados de Carlos II.

Cada uno, consciente de la imposibilidad de solicitar la corona española para sí mismo, tenía su candidato: Luis XIV su nieto, Felipe de Anjou; y Leopoldo su segundo hijo, Carlos. Luis XIV soñaba con un reparto, las posesiones italianas volverían a Francia y España a los Habsburgo.

Pero Carlos II se opuso a tal desmembramiento, nombrando en su testamento al duque de Anjou su único heredero.

La fracción francesa de la corte, dirigida por el cardenal Portocarrero, le había separado del partido habsburgués de la reina madre. Un mes más tarde, en noviembre de 1700, Carlos II se extinguía. Luis XIV aceptó su testamento y el duque de Anjou vino a ser rey de España bajo el nombre de Felipe V.

Todos los soberanos le reconocieron, salvo Leopoldo I. Luis XIV se había mostrado hasta entonces conciliador y hábil; Europa había aceptado esta elección a condición de que España quedara independiente. Entonces, el rey de Francia debía demostrar muy pronto las ventajas que esperaba obtener de esta sucesión y reducir a España al papel de satélite.

Esto no podía aceptarlo ningún país en nombre del equilibrio político europeo. Por no haberlo comprendido, Luis XIV y Felipe V arrastrarían a su país a una larga y extenuadora guerra.

ESPAÑA A LA MUERTE DE CARLOS II
En el alba del siglo XVIII, la situación económica era horrorosa: la agricultura no suministraba lo necesario para alimentar a la población y las importaciones de trigo se llevaban hacia el exterior una gran parte de las reservas de oro, con todo, siempre insuficientes y España conoció terribles escaseces.

La industria y el comercio vegetaban totalmente a consecuencia de la inflación, que impedía toda competición en el mercado internacional.

En Madrid, el comercio y la industria estaban en manos de franceses que se decían «flamencos» o «borgoñones» para escapar a las tasas que gravaban a los extranjeros.

La corrupción hacía más estragos que nunca;  parados, soldados licenciados, forman una plebe ociosa en las ciudades, mendigando o dedicándose al bandidaje.

Según una obra contemporánea de Alonso Núñez de Castro, las rentas anuales de la Corona subían a quince millones de ducados; la mitad estaba comprometida de antemano como garantía de las deudas.

Los Estados suministraban dos millones de ducados. La renta de las colonias (un tercio de los metales preciosos extraídos): 1.500.000. Las rentas de las iglesias sólo en Castilla se elevaban entonces a doce millones de ducados.

Clases parásitas, emigración hacia América y despoblación, burocracia corrompida, fatuidad y pereza de los «hidalgos» fueron los factores principales de una decadencia que, en el siglo siguiente, se iba a intentar contener, no sin éxito.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Caída de la República de Venecia Guerra Contra el Imperio Turco

LA DECADENCIA DE VENECIA FRENTE A LOS TURCOS

Si fue largo tiempo reina de la península, Venecia conoció en el siglo XVII una irremediable decadencia. Para mantener su integridad debió batirse en todos los frentes contra los Habsburgo de España, después con los de Austria y, sobre todo, contra los turcos.

Para domar esta potencia rebelde, España no vaciló en ayudar abiertamente  a  los  piratas   árabes  y bosniacos contra ella; la guerra de Gradisca (1613-1617) no tuvo resultado decisivo. Los españoles, por intermedio de su embajador en Venecia, el marqués de Bedmar, intentaron entonces, con intrigas, fomentar una sublevación. Fracasaron de nuevo, y el tratado de París de 1617 confirmó los derechos de Venecia sobre el Adriático. Durante la Guerra de Treinta Años, la República mantuvo una prudente neutralidad. En 1645, los turcos comenzaron a asediar el puerto cretense de Candía, última posesión de Venecia en Oriente.

La ciudad resistió veinticuatro años a sus asaltos, pero acabó por rendirse, a pesar de los refuerzos enviados por Luis XIV. Decidida a tomar su desquite, Venecia, aliada a Austria, declaró la guerra a Turquía en 1684. Se apoderó del Peloponeso, pero no consiguió abatir la flota enemiga; después de quince años de guerra, fue firmada la paz de Carlowitz en 1699. Venecia obtuvo Morea, que fue recobrada por los turcos quince años más tarde.

La guerra continuó en 1716 y el tratado de Passarovitz de 1718 concedió a los turcos la hegemonía en el Mar Egeo; Venecia perdía Morea, todas sus plazas fuertes del Egeo y sólo conservaba algunas bases en Albania. Al mismo tiempo que perdía toda influencia en el exterior, Venecia sufría una grave crisis interna.

El veneciano puente de los Suspiros, diseñado por Antonio Contino, fue construido aproximadamente en 1600 para unir las salas de vistas judiciales sitas en el palacio del Dux y las nuevas prisiones. En la actualidad sigue siendo uno de los puntos ineludibles para los turistas que visitan esta bella ciudad italiana.

La decadencia de las instituciones políticas iba acompañada de una corrupción enorme, de un relajamiento de las costumbres; este gran centro comercial se convirtió en uno de los principales lugares europeos de libertinaje y placeres. Venecia vio reducirse considerablemente su tráfico y perdió su puesto de gran puerto internacional en beneficio de los puertos holandeses e ingleses.

Estaba obligada a importar cereales para alimentar a su atrasado país y no podía ser considerada ya más que como capital de su provincia. Para remediar este declive comercial, desarrolló ciertas industrias, como la de la lana, seda y vidriería, exportando muy pronto a toda Europa sus tejidos, cristales, cueros y metales trabajados… Pero en la segunda mitad del siglo xvii, el desarrollo de las industrias de lujo en Francia y de la lana en Inglaterra, dio un golpe terrible a la producción veneciana, cuyos mercados se redujeron a la Dalmacia y el Véneto.

Historia de la República de Venecia

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA TomoVI La Gran Aventura del Hombre

Biografia de Felipe IV Rey de España Historia de su Reinado

RESUMEN REINADO DE FELIPE IV DE ESPAÑA

Rey Felipe IV de España y Portugal, perteneciente a la Casa de Habsburgo (Valladolid, 1605 – Madrid, 1665).

Era hijo de Felipe III, a quien sucedió en 1621. Durante la mayor parte de su largo reinado el gobierno de la Monarquía estuvo encomendado a su valido, el conde-duque de Olivares (de 1621 a 1643).

Felipe IV de España

Felipe IV de España

Felipe IV (1605-1665), rey de España (1621-1665), durante cuyo gobierno tuvo lugar el más evidente proceso de decadencia de la Monarquía Hispánica. Hijo de Felipe III, a quien sucedió tras su fallecimiento, y de Margarita de Austria, nació el 8 de abril de 1605 en Valladolid.

Luego de la muerte de Felipe III, el nuevo soberano, que no tenía mas que dieciséis años, era tan incapaz de gobernar como su padre.

Con veinte años de intervalo la historia parecía repetirse; un nuevo valido tomaba las riendas del poder, eliminaba a los dirigentes del reinado precedente, concentraba todo el poder en sus manos, componía los consejos encargados de ejecutar sus directrices con hombres de su devoción.

Pero, a diferencia de Lerma, que no era mas que un ambicioso mediocre, el conde duque de Olivares a pesar de su gran fatuidad, era un hombre enérgico, deseoso de devolver a España el poderío que había perdido después de medio siglo.

Esta hegemonía no podía venir, a su parecer, más que de guerras victoriosas; así subordinó toda la política interior de España a sus miras exteriores.

El ejército español tenía, sin embargo, la reputación de ser el mejor de Europa; los varios reveses infligidos por los ingleses a lo sumo habían dejado entrever su extrema debilidad.

Para lanzarse a la Guerra de los Treinta Años, que había estallado en 1618 en Bohemia, necesitaba importantes medios financieros y una centralización capaz de romper las resistencias internas.

Olivares fue influido, sin duda, por la política absolutista de Richelieu.

Desde 1625, quiso que todos los estados: Aragón, Valencia, Cataluña, participasen todavía más en los gastos de la guerra, que recaían esencialmente sobre la fiel Castilla.

Las Cortes de los tres estados fueron convocadas en 1626; los representantes de Valencia rechazaron desde el primer momento tropas y subsidios; Olivares les amenazó y el rey los acusó de traición.

En Lérida tuvo dificultades parecidas con los catalanes.

En 1639 los ejércitos invadieron el Rosellón y, para detener la invasión, Olivares decretó la movilización forzosa de los catalanes.

Pero las tropas castellanas que envió cometieron tales exacciones que, en 1640, los campesinos se sublevaron contra el poder central.

España no podía escapar  de los grandes problemas que se debatían en Europa. Pero para ello era preciso una nueva organización del Estado que hiciera factible el esfuerzo que requería la guerra general.

En este aspecto, la política de Olivares fué creando un grave malestar en el país, que se reveló en las cortes de Castilla de 1623 y en el viaje efectuado por Felipe IV por tierras de Aragón, Valencia y Cataluña en 1625-1626.

Poco después, cuando Richelieu hubo estructura? do su poder en Francia, la fortuna empezó a mostrarse esquiva para España.

Duque De Olivares

Durante el reinado de Felipe IV el proceso de decadencia española como potencia internacional se aceleró. La pérdida de la hegemonía en Europa no conllevó detrimento alguno en el aspecto cultural, y España vivió la etapa más importante de su denominado «siglo de Oro».

El rey delegó sus funciones de gobierno en  validos, en este caso en el conde-duque de Olivares y Luis Menéndez de Haro sucesivamente, fomentó la actividad cultural de la corte y en 1623 nombró pintor de cámara a Diego de Silva Velázquez.

LA INSURRECCIÓN DE CATALUÑA

El movimiento ganó rápidamente las ciudades y Barcelona se convirtió en el foco de la insurrección; el virrey, que era un adicto de Olivares fue asesinado al mismo tiempo que los castellanos eran matados por centenares.

Los insurgentes nombraron a Luis XIII conde de Barcelona; era el resultado de una hábil política diplomática dirigida por Richelieu desde hacía algunos años.

El ejército francés se instaló en seguida en Cataluña, recobrando victoriosamente Lérida al ejército de Olivares. El mismo año se había sublevado Portugal y proclamado su independencia.

La política de Olivares había fracasado completamente en todos los frentes; Felipe IV fue obligado a desembarazarse de su antiguo privado, que se volvió loco y murió olvidado algunos años más tarde.

La marcha de Olivares no cambiaría nada la situación de España; en 1643, un joven de 18 años, el príncipe de Conde le infligió la más temible derrota: los famosos tercios, con fama de invencibles, fueron aplastados en la batalla de Rocroy; el hundimiento de la infantería española propinó un golpe fatal al prestigio de España.

Felipe IV reconstruyó su ejército y, en 1648, intentó recobrar Artois, que ocupaban los franceses, pero Conde le infligió una nueva derrota en Lens.

El rey de España rechazó firmar los tratados de Westfalia, a pesar de estos fracasos; durante diez años continuó la guerra entre los dos países que quedaron solos en la liza, pero sin adelantar un paso.

En Cataluña el ejército francés se comportaba como ejército de ocupación, por lo que suscitó violentos odios en la población que, en 1651, volvió a tomar las armas, obligando a los franceses a retirarse del territorio; Felipe IV dio pruebas de habilidad, confirmando los Fueros catalanes con todos sus derechos. Así se terminó la sublevación catalana.

Cansado de esta guerra ruinosa, Mazarino decidió terminarla aliándose con Inglaterra, la cual le suministró refuerzos a cambio de la cesión de Dunkerque. Los dos ejércitos aplastaron a los españoles en la batalla de las Dunas en 1658, obligando a Felipe IV a pedir la paz.

Esta fue firmada en 1659, en la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa, frontera común de los dos países.

Francia obtenía Artois, el Rosellón, algunas plazas fuertes en Luxemburgo y en Lorena, afirmando así su preponderancia en Europa.

Luis XIV se casó con la infanta María Teresa, que debió renunciar a todo derecho sobre la herencia española; pero el diplomático francés Hugo de Lionne condicionó esta renuncia a la entrega de una dote de 600.000 coronas de oro que España no era capaz de pagar.

Francia se reservaba así el derecho a intervenir en los asuntos de la sucesión española.

Felipe IV murió en 1665, despreciado por todos sus subditos.

Su reinado había sido una sucesión de desastres y de humillaciones; vencido por los holandeses, por los franceses, por los ingleses, que se habían apoderado de Jamaica en 1655, conoció el año de su muerte una última derrota infligida por los portugueses.

De su primer matrimonio había tenido varios hijos, de los cuales el inteligente príncipe Don Baltasar Carlos murió prematuramente a los 17 años de edad.

Felipe IV sin hijos varones se volvería a casar entonces con la joven María Ana de Austria, la cual le dio un hijo epiléptico, deforme y retardado, que sólo tenía cuatro años a la muerte de su padre.

La dinastía de los Habsburgo tendría en él su último representante.

Felipe IV dedicó el final de su reinado a asegurar la sucesión para su hijo de cuatro años, Carlos II, bajo la regencia de su madre Mariana de Austria.

Le dejaba una Monarquía gravemente debilitada, inmersa en un proceso de descomposición de la autoridad real, pérdida de prestigio en Europa, ruina económica y financiera e impotencia militar.

Además del incapaz heredero Carlos, Felipe IV tuvo otros once hijos legítimos (de los cuales sólo le sobrevivieron dos mujeres) y multitud de bastardos, el más conocido de ellos fue don Juan José de Austria, que habría de desempeñar un importante papel en el reinado siguiente.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Reinado de Felipe III de España Biografía Vida y Obra de Gobierno

RESUMEN DEL GOBIERNO DE FELIPE III DE ESPAÑA

Mientras Felipe II se extinguía en El Escorial (1598), España entraba en un largo período de decadencia. La ruina de la agricultura y del comercio, la disminución de la población y las derrotas infligidas por los ingleses eran las señales precursoras. Felipe II, como todos los soberanos españoles, veía la grandeza de su reinado, en un Estado muy centralizado y con una ortodoxia católica extremadamente rígida.

El triunfo de esta concepción significó una preeminencia total de la Iglesia sobre la sociedad y una proliferación de las órdenes religiosas, y por otra parte una burocracia pletórica, que venía a sumarse a las tradicionales castas parasitarias; viviendo todos del producto de los impuestos más o menos pesados que abruman a la población. El menosprecio para el espíritu de producción, la repulsa o la incapacidad de adaptarse al capitalismo entorpecieron el desarrollo de una burguesía.

Todos estos signos de debilidad eran visibles a finales del siglo XVI; sin embargo, España, que vivía de sus conquistas, conservaba un prestigio inmenso en el mundo. Pero la suerte iba a encarnizarse contra ella, a todo lo largo del siglo siguiente, dándole soberanos mediocres e incapaces, frecuentemente degenerados a consecuencia de matrimonios celebrados entre muy próximos  parientes   durante  generaciones.

La lenta decadencia seguía su curso y todas las tentativas emprendidas para detenerla resultaron ineficaces; en un siglo, España perdió Portugal y sus colonias, las Provincias Unidas, sus posesiones en Francia y su hegemonía en Italia. A principios del siglo XVIII, la que había sido la primera potencia del mundo no era ya más que un estado de segundo rango en la Europa moderna que tomaba cuerpo.

Felipe III de España

Felipe III de España

Felipe III, nació en Madrid el 14 de abril de 1578 y fue el último hijo varón sobreviviente del rey Felipe II, habido en su cuarto y último matrimonio, contraído con Ana de Austria, hija del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Maximiliano II. Fue rey de España y Portugal (1598-1621), su reinado supuso el paso del gobierno personalista al de valimiento (en el que una figura política, el valido, pasaba a desempeñar los principales cargos), a la vez que el comienzo de la decadencia de la hegemonía de laMonarquía Hispánica en Europa.

EL REINADO DE FELIPE III

Con Felipe III se inicia la serie de los llamados «Austrias menores», monarcas de la Casa de Habsburgo en el siglo xvn, bajo los cuales se produjo la decadencia del poderío español en Europa. Los inicios del reinado

Apenas llegado al trono (1598), el nuevo soberano dio pruebas de su total incapacidad, dejando el poder en manos de su favorito el duque de Lerma, que, durante veinte años, iba a dirigir los destinos de España. El nuevo ministro se mostró no solo incapaz sino pródigo y corrompido.

Todo el dinero extraído al pueblo por los funcionarios era engullido inmediatamente por los gastos suntuarios de la corte, y los regalos llovían sobre los que tenían amistad con el valido. Nepotismo y corrupción fueron las dos constantes de este reinado: el tío de Lerma fue nombrado arzobispo de Toledo y Gran Inquisidor, mientras que su cuñado era nombrado virrey de Napóles. Aunque el producto de los impuestos había aumentado, no bastaba a cubrir los gastos: de los 400.000 ducados bajo Felipe II, al año, se había pasado a 1.300.000 bajo el reinado de su hijo.

Hubo que recurrir entonces a la venta de los títulos y los cargos. De esta manera, aumentó el número de los improductivos y se produjo la desvalorizáción de la moneda, que perdió. la mitad de su valor; la mala moneda expulsaba la buena y, en algunos años, se vieron desaparecer las monedas de plata, quedando en circulación sólo las piezas de vellón. El traslado de la Corte a Valladolid y el inmediato regreso a Madrid pueden considerarse como simples operaciones financieras.

En el plano religioso, Lerma reanudó la política unitaria de Felipe II y emprendió la lucha contra los moriscos. Aunque éstos se habían convertido al catolicismo seguían apegados al Islam y la Iglesia había fracasado en sus tentativas de asimilación. En el terreno económico, constituían una mano de obra agrícola notable, concentrada esencialmente en las magníficas explotaciones de la región de Valencia y Murcia, en Andalucía, y el mismo Aragón.

Desdeñando estas ventajas, Lerma hizo publicar entre 1609 y 1614, varios decretos cuyo resultado fue la deportación de 500.000 moriscos a África del Norte. El alcance de tales actos se iba a hacer sentir rápidamente, pues implicaban la ruina lenta de una agricultura hasta entonces rentable, y una pérdida material grave para el país.
En el aspecto exterior, España fue incapaz de adoptar una política de envergadura.

Continuando su viejo sueño de vencer a Inglaterra, organizó varias expediciones navales que fracasaron todas; en 1599, la flota fue dispersada por una tempestad antes de haber trabado combate; dos años más tarde, el ejército español era expulsado de Irlanda, dejando 2.000 muertos sobre el terreno. Estas tentativas fueron canceladas por un tratado de paz firmado en 1604 con el nuevo rey de Inglaterra Jacobo I.

No habiendo podido vencer a las Provincias Unidas, España tuvo que firmar con ellas, en 1609, una tregua de doce años y de reconocerles la libertad de comercio. Solamente mejoraron las relaciones con Francia gracias a la regente María de Médicis, que deseaba la unión entre las dos naciones católicas y la consagró por el matrimonio de su hijo, el joven Luis XIII, con la infanta Ana de Austria, y los esponsales del futuro Felipe IV con una de sus hijas.

En España misma, la situación tomaba un aspecto catastrófico; las cortes de Castilla, reunidas en 1618, presentaron al rey un informe desastroso sobre la ruina económica y social y la despoblación que devastaba el país. La miseria se extendía a toda España, pues el dinero sólo llegaba del Nuevo Mundo; pero la Marina de Guerra no estaba en condiciones de proteger los convoyes de metales preciosos contra los ataques multiplicados de los corsarios.

Para apaciguar a los descontentos, Felipe III destituyó a Lerma; en el momento de su desgracia el antiguo valido había acumulado una fortuna que se elevaba a varias decenas de millones de ducados. Por otra parte, su hijo, el duque de Uceda, que le sucedió, iba a continuar con los abusos, sin que la muerte del rey, en 1621, acabara con ellos. El final del reinado sucedió en medio de graves enfrentamientos con las Cortes, acaecidos por el control ejercido por éstas en las concesiones de servicios. Felipe III falleció en 1621.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Biografía de Francisco I Rey de Francia Historia y Vida

Biografía de Francisco I Rey de Francia Historia y Vida

Francisco I, hijo del conde Carlos de Orleáns y de Luisa de Saboya, nació el 12 de septiembre de 1494 en el castillo de Cognac. Tenía apenas dos años cuando murió su padre y quedó bajo la tutela del duque Luis, jefe de la casa de Orleáns. Cuando éste sucedió a Carlos VIII en el trono de Francia, Francisco I fue a vivir a la corte.

Rey Francisco I de Francia

En treinta y dos años de reinado, Francisco I marcaría con su impronta la Francia del Renacimiento, instituyendo los principios políticos del absolutismo real. Sin embargo, el reino se preparaba para los sombríos días de las guerras de Religión. Los retratos del monarca realizados por Clouet o Tiziano lo representan como un caballero risueño, elegante y atlético a la vez, y sus contemporáneos se mostraron impresionados por la imponente estatura del rey de Francia. Amable y seductor, gustaba ser comparado con Hércules el «noble campeón», y se complacía en mostrarse como un nuevo César: de hecho, los poetas de la corte no dejaban de afirmar que las cualidades física; del monarca francés reflejaban la perfección del cuerpo de Estado.

 Su fascinación personal le hizo convertirse en el predilecto del rey, que le otorgó la mano de su hija Claudia. Con esa unión, Luis XII, que no tenía herederos masculinos, designaba a Francisco I heredero del trono. Así fue como, a la muerte de Luis XII, acaecida en 1515, Francisco I se convirtió en rey de Francia, a la edad de veintiún años.

En seguida quiso continuar la política francesa de expansión hacia Italia, y con un ejército de tres mil caballeros, treinta mil infantes y setenta piezas de artillería, cruzó los Alpes para conquistar el Ducado de Milán.

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1515, el ejército francés derrotó a las tropas suizas mercenarias del duque Maximiliano Sforza, en la batalla de Marignano (hoy Melegnano). Luego, Francisco I marchó sobre Milán y sitió al castillo, que se rindió después de veinte días.

Apeíias finalizada la campaña de Italia, Francisco I, sin darse tregua, debió retomar las armas contra un adversario mucho más poderoso: Carlos V, rey de España y emperador de Alemania.

Los territorios de este soberano, situados en torno a Francia, impedían la expansión de ese país, y Francisco I no perdió ninguna oportunidad de combatir contra su gran adversario. Luchó en cuatro guerras, que devastaron durante muchos años diversos países de Europa (1521-1544).

Entre las muchas batallas en las cuales Francisco I combatió contra su gran rival, Carlos V, merece recordarse la de Pavía, empeñada el 24 de febrero de 1525, y en el transcurso de la cual el rey francés dio pruebas de una gran audacia. Durante la lucha, Francisco I avanzó a caballo entre las fuerzas imperiales, e hizo estragos con su espada. En medio de los muertos y del correr de la sangre, herido en el rostro y en el brazo, Francisco I continué combatiendo hasta que su caballo cayó malherido.

Rápidamente, las fuerzas enemigas lo rodearon para capturarlo, pero el rey, con gran peligro para su vida, no quiso entregarse. Sólo cuando se presentó ante él el comandante supremo del ejército imperial español, Francisco I rindió su espada y se declaró prisionero. Después de la batalla, desde la prisión, escribió a su madre, Luisa de Saboya, las famosas palabras: «Todo está perdido, menos el honor y la vida, que están a salvo».

Francisco I murió a los cincuenta y tres años de edad, en 1547, mientras se preparaba para una nueva guerra contra Carlos V.

Las guerras de Italia: Dividida en numerosos principados rivales, Italia provocaba la codicia de sus poderosos vecinos, comenzando por Francia, En 1494, Carlos VIII se lanzó en la aventura italiana con la fe de un cruzado que iba a salvar de la anarquía a las ciudades de la península. Fue recibido como liberador en Pavía, Florencia, Siena y Roma, antes de alcanzar Napóles en 1495. Pero el sueño se convirtió rápidamente en un avispero. El Sacro Imperio, España, el papa y Venecia se aliaron para expulsar a los franceses.

Luis XII, entronizado en 1498, se obstinó en hacer reconocer sus derechos sobre el Milanesado. Nuevamente fue una expedición sin éxito, antes que Francisco I, soñara a su vez con Italia. Sin embargo, el ascenso al trono del Sacro Imperio del español Carlos Quinto, en 1519, frustró brutalmente las esperanzas francesas. Francisco I fue derrotado en Pavía en 1525. Hecho prisionero, renunció a sus pretensiones italianas. Estas guerras no trajeron nada nuevo políticamente, pero pusieron a Francia en contacto con Italia y las riquezas poco conocidas de la Antigüedad. Un descubrimiento que anunciaba la llegada del Renacimiento.

LA CORTE DE FRANCISCO I
Francisco I fue muy ambicioso y amante del poder. Quería que sus subditos le fueran sumisos y aceptaran sin discutir sus órdenes. Sus enemigos decían de él que era «el rey de las. .. bestias», porque sus vasallos le obedecían ciegamente, con la sumisión propia de un animal doméstico.

En efecto, gobernó a Francia como soberano absoluto. Nunca convocó a los Estados Generales (es decir, a los representantes del pueblo francés) ni siquiera cuando debía obtener de sus subditos grandes sumas de dinero.

Se limitaba a pedir consejo a cuatro o cinco de sus ministros, por él nombrados, que le eran completamente sumisos. Las leyes y las disposiciones de este rey terminaban regularmente con las palabras: «porque éste es nuestro deseo». Francisco 1510 tenía una residencia fija.

La población de París era, en aquellos tiempos, de unos 300.000 habitantes, pero no tenía el aspecto de una capital y al rey no le agradaba vivir en ella. Prefería trasladarse de un castillo a otro, en los alrededores de la ciudad o a lo largo del río Loira. Hizo construir o agrandar varios castillos, entre los cuales, lo.s más famosos son los de Chambord, de Amboise y de Blois. Su residencia preferida estaba en Fontainebleau.

En la corte de Francisco I se vivía alegre y despreocupadamente. El rey organizaba con frecuencia bailes, juegos, conciertos y grandes partidas de caza. Nunca se había visto en la corte de Francia tanto lujo en el amueblamiento de los salones y en la vestimenta de los cortesanos.

Francisco I fue amante de las artes; principalmente de la poesía: él mismo escribía versos y reunió en su corte a los más famosos poetas y escritores franceses de su tiempo, motivo por el cual se le llamó «padre de las letras». También los artistas extranjeros fueron muy bien recibidos por este rey. Entre otros, recordamos a Benvenuto Cellini y a Leonardo de Vinci.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1494 Nacimiento de Francisco, hijo de Carlos de Valois-Orleans, conde de Angulema, y de Luisa de Saboya, el 12 de septiembre en Cognac.

1514 Matrimonio con Claudia de Francia, hija de su primo Luis XII.

1515 Coronación de Francisco I. Expedición al norte de Italia.Victoria de Marignano.

1516 Concordato de Bolonia firmado con el papa León X.

1519 Fracaso de la candidatura de Francisco I al Sacro Imperio ante Carlos Quinto. Inicio de la construcción del castillo de Chambord.

1520 Entrevista del Campo del paño de oro entre Francisco I y EnriqueVIII.

1523 Pérdida del Milanesado. Derrota de Pavía. Francisco I, prisionero de Carlos Quinto.

1526 Tratado de Madrid.

1527 Francisco I impone su autoridad absoluta al parlamento.

1529 Paz de Cambrai o paz de las Damas.

1530 Fundación del Colegio de Francia.

1531 Muerte de Luisa de Saboya. Alianza con los príncipes protestantes. Confiscación de los bienes del condestable de Borbón.

1534 Asunto de las pancartas.

1536 Tratados con los turcos.

1539 Ordenanza deVillers-Cotteréts: el francés, lengua oficial.

1544 Tratado de Crépy-en-Laonnois.

1545 Persecución de los valdenses.

1547 Muerte de Francisco I en Rambouillet, el 31 de marzo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV – Francisco I de Francia –
Biografías Hicieron Historia Tomo I Entrada: Francisco I de Francia Edit. Larousse

Guerra Francia España Batalla de Pavia Francisco y Carlo V

BATALLA DE PAVÍA: GUERRA ESPAÑA CONTRA FRANCIA

En Europa, en el siglo XVI, mostraba el nacimiento de los modernos Estados nacionales. Desaparecían los pequeños dominios, característicos de la época feudal, absorbidos por entes estatales más amplios, que respondían mejor a las grandes divisiones culturales, lingüísticas y geográficas del continente. Prácticamente, habían  alcanzado ese nivel  sólo  tres  Estados:   España,  Austria  y   Francia.

España se había puesto en el camino de su unidad nacional en el siglo anterior, y la consideraba completa con la conquista de Granada, lograda el mismo año en que sus marinos descubrieron el Nuevo Mundo, el vasto y desconocido continente hispánico de Occidente. Su casa reinante (los Habsburgo) la vinculaba, por el monarca común, con Austria, dueña de los Países Bajos, Alemania y otras posesiones. Su rey, además, lo era también de Napóles, Sicilia y Cerdeña.

Francia, el tercer país extenso de Europa, acababa de establecer la supremacía del monarca sobre los señores feudales, pero aún su autoridad no estaba definitivamente asegurada ni consagrada. El rey de Francia, Francisco I, había sido coronado en 1515 y pasaba su tiempo en cacerías y diversiones, viajando de castillo en castillo con su corte.

El rey y sus cortesanos llevaban una vida de constante aventura (que costaba millón y medio de escudos al año), y la idea de enfrentar la dominación de la casa de Austria se les presentaba como una aventura más. Francisco I había sido derrotado en la elección de emperador de Alemania por Carlos I de España,  y  esta  circunstancia  había exacerbado su espíritu de rivalidad. Atacarlo por los Pirineos, o por el Rin hubiera sido casi suicida; consideró entonces más conveniente operar en Italia, que ofrecía la ventaja de hallarse dividida en muchos pequeños Estados.
Esta situación lo llevó a emprender cuatro campañas 2n las cuales fue derrotado.

LA BATALLA DE PAVÍA
La primera campaña (1521-1525) se inició con varias derrotas de Francisco I, que fue desalojado de Lombardía y hubo de retirarse mientras las tropas españolas sitiaban a Marsella. En octubre de 1524, con fuerzas reorganizadas, atravesó los Alpes y reocupó a Milán. Luego puso sitio a Pavía, ciudad defendida por Antonio de Leiva.

Las tropas españolas levantaron el sitio de Marsella y acudieron en socorro de la guarnición de Pavía, pero fueron derrotadas y obligadas a retirarse hacia el sur. Francisco I, en lugar de perseguir a estas tropas, continuó el sitio mientras los españoles reunían sus unidades y se preparaban para el contraataque.

A fines de enero, una vez recibidos los refuerzos, las tropas españolas al mando de los generales Lannoy y Pescara avanzaron hacia Pavía.El 24 de febrero de 1525 comenzó el ataque español. Francisco I, dejando pocos hombres frente a las murallas de Pavía, se dirigió con todas las fuerzas posibles hacia la tropa enemiga.

Los franceses confiaban en su abrumadora superioridad en artillería y caballería; esta última, dirigida por el rey en persona, atacó, amenazando por momentos cercar y desorganizar a las fuerzas españolas; pero de pronto la situación cambió: los jinetes eran derribados de sus cabalgaduras por los certeros disparos de un poderoso cuerpo de arcabuceros; los restos de la caballería (iniciaron la batalla 2.400 hombres) huían a la desbandada.

Los españoles habían puesto en acción más de 1.500 arcabuceros que, contra todas las reglas tradicionales de la guerra, se habían extendido en escuadras por el campo, atacando y desorganizando todos los escuadrones de caballería, la cual se veía imposibilitada de actuar en conjunto y ordenadamente.

La derrota se convirtió en desastre cuando las tropas sitiadas, encabezadas por el bravo general don Antonio de Leiva, que hasta ese momento había efectuado maniobras de distracción, aparecieron de improviso atacando por la espalda a las tropas de Francisco I. No hubo ya salvación para los franceses. Horas más tarde, la derrota se había consumado. Incluso Francisco I cayó prisionero. El rey fue conducido, así, a Madrid y sólo fue liberado un año más tarde, después de haber firmado el llamado tratado de «la Concordia», por el cual se comprometía a no guerrear más contra España.

Los lansquenetes eran soldados mercenarios alemanes afamados por su habilidad en el combate con lanzas y alabardas. La palabra castellana «lansquenete» deriva de la voz alemana «Lanzknecht», que significa, precisamente «lancero» o «alabardero». Los lansquenetes concurrían a! combate llevando las siguientes armas: alabarda o lanza, daga, espada y espadón, que se manejaba con las dos manos. Al generalizarse las armas de fuego fueron equipados, también, con arcabuces (más tarde, mosquetes y fusil y pistolas).

EL SAQUEO DE ROMA
El papa Clemente VII, receloso de la preponderancia española, escuchó los ofrecimientos de Francisco I, que, una vez liberado, buscaba aliados contra Carlos V. Así fue como firmaron, el 22 de mayo de 1526, en Coñac, el pacto de la Liga Clementina o Liga Santa, juntamente con Venecia, Florencia, Enrique VIII de Inglaterra y el duque de Milán (sé asegura que fue debidamente informado de ello, también, el sultán Solimán II de Turquía). Lo cierto es que Solimán II atacó a Hungría, y alcanzó a entrar en Budapest el 10 de septiembre de 1526.

Pero los españoles no permanecieron inactivos: el embajador en Roma (duque de Sessa), el general Moneada y los Colorína (familia romana) prepararon un golpe de mano para obligar al Papa a apartarse de la Liga. El 29 de septiembre de 1526, 3.000 hombres al mando de Moneada entraron en Roma, dispersaron a los guardias papales, arrestaron al pontífice en el castillo de Sant’ Angelo y saquearon el Vaticano, la basílica de San Pedro y las casas de los cardenales que más se habían distinguido por su apoyo a la Liga.

El Papa convino una tregua con el emperador y aceptó retirar sus tropas de Lombardía. El ejército papal, al retirarse de lombardía, destruyó 14 pueblos de los Colonna, por lo cual fue perseguido por el ejército español que dirigía el condestable de Borbón y 12.000 lansquenetes al mando de Jorge de Freundesberg.

Las tropas se hallaban cansadas y desmoralizadas por la falta de pago de su soldada y, al llegar a Roma, impusieron a sus jefes la toma de la ciudad.  Las tropas asaltaron la plaza, en cuyo primer ataque fue muerto el condestable de Borbón, comandante de las fuerzas y muy querido por todos sus soldados.  Éstos se introdujeron en I ciudad y la sometieron a un terrible saqueo; pasaron a cuchillo a unas 8.000 personas y destruyeron templos y casas de distintas personalidades señaladas por su adhesión a la Liga Clementina.

Carlos V hizo guardar luto a la corte y suspender los festejos por el nacimiento del príncipe Felipe. Al mismo tiempo envió su pésame al Papa, quien continuó preso y hubo de entregar las ciudades de Parma, Plasencia y numerosas plazas fuertes, pero logró fugarse pues de ocho meses de prisión. Esta segunda campaña Francisco I terminó con la firma del tratado de Cambray (agosto de 1529)  o Paz de las Damas, pues fue negociada entre Margarita de Austria, tía de Carlos V, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I.   En octubre del mismo añe el sultán Solimán II levantó el sitio de Viena.

EL TRIUNFO DE ESPAÑA
Francisco I no cejaba en su empeño de doblegar a España. Cada periodo de paz lo dedicaba a buscar nuevas alianzas; se entendió con Enrique VIII de Inglaterra, con Gustavo Vasa, con los príncipes protestantes alemanes y con Solimán.

Francisco I y Carlos V

Carlos V había otorgado concesiones al protestantismo en Alemania con vistas a mantener la paz, a fin de poder reunir fuerzas contra los turcos; así fue como pudo reunir 120.000 hombres para contener una nueva invasión islamita en 1531, encabezada por Solimán, quien avanzaba por la llanura húngara al frente de 300.000 soldados. Después de derrotar a los turcos y obligarlos a replegarse, llevó sus fuerzas a la conquista de Túnez (1535).

Como el rey de Francia se opuso a que tomara posesión de! Milanesado, Carlos V se encontró nuevamente en guerra con Francisco I. Esta tercera guerra terminó en 1538, con la firma de una tregua de diez años, rota a los cuatro por Francisco I. Efectivamente, en 1542, mientras España atacaba a Argel, dicho rey selló una alianza con Solimán II, a quien invitó a ocupar a Italia. Esta campaña terminó también con la derrota de Francisco I, quien se vio obligado a firmar la paz en 1544 (paz de Crespy), que entregaba el Píamente a Francia.

Francisco ! murió en 1547, pero su desaparición no trajo la paz entre los des países. Efectivamente, el heredero del trono, Enrique II (casado con Catalina de Médícis), entró nuevamente en lucha contra Carlos V en 1552. El estado de guerra continuaba entre los dos países en 1555, cuando renunció al trono imperial en favor de su hermano Fernando, y a! de España, los Países Bajos, el Franco Condado, los reinos y posesiones italianas y el Nuevo Mundo en favor de su hijo Felipe.

La guerra terminó con la victoria española en las batallas de San Quintín (10 de agosto de 1557), pequeña ciudad situada en Flandes, y de Graveliíias (13 de julio de 1558), tras las cuales se firmó la paz de Cateau-Cambresis (abril de 1559). Para dar más eficacia a ese tratado se convino, igualmente, que Felipe II se casara con Isabel de Vaiois, hija de Enrique I!.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV  – Luchas Entre España y Francia

La Guerra de los Siete Años Causas y Consecuencias Francia Inglaterra

La Guerra de los Siete Años Causas y Consecuencias

En Inglaterra, William Pitt ocupa en 1756 el puesto de primer ministro. Es la primera vez que un primer ministro representa exclusivamente los intereses de la City, es decir, de los comerciantes y financieros.

En justa correspondencia, su objetivo era la construcción de un imperio inglés y la obtención de la hegemonía sobre el comercio mundial. Pero en Norteamérica y en la India chocó con Francia.

Especialmente en Norteamérica, los grandes territorios franceses que se extendían desde Nueva Orleans hasta Quebec (Canadá) asfixiaban a las trece colonias inglesas.

guerra de los siete años

Mientras Federico vencía a los franceses en el continente, Pitt coordinaba las acciones por mar. El blanco de sus ataques ya no era Francia, sino el comercio francés, para lo que se sirvió de la red de información de los comerciante ingleses.

En África se apoderó de Dakar, convirtiéndola en base del comercio de caucho y esclavos; en Canadá se apoderó de Montreal Quebec y las convirtió en campamentos base del comercio de pesca y pieles; en la India, la Compañía de las Indias orientales echó a los franceses por su propia iniciativa, mientras Pitt bloqueaba las rutas comerciales del este de Asia y se adueñaba del comercio de té con China —desde entonces los ingleses ya no bebieron café, sino té, porque resultaba más barato—.

Los franceses perdieron su dominio sobre el mundo, pues sus gobiernos consideraban más importantes sus rivalidades dinásticas en Europa que la política de ultramar; por el contrario, los ingleses se hicieron con el dominio del mundo, pues su gobierno parlamentario representaba ya los intereses comerciales de los capitalistas.

La India, Canadá y todo el territorio hasta el Misisipí, desde Nueva Orleans a Florida, pasó a manos de los ingleses. Federico el Grande fue el cofttndador del Imperio británico.

Yen 1763, finalizada la guerra de los Siete Años, comienza la modernidad. ¿Por qué? La guerra había preparado el escenario en el que ahora tiene lugar una extraordinaria aceleración del tiempo, y este proceso conduce a una cuádruple revolución.

1. La eliminación de Francia como rival colonial elimina también los peligros a los que antes estaban expuestas las colonias inglesas. Ahora ya no necesitan que se las proteja ni que se las defienda de nadie. En otras palabras: venciendo a Francia en la guerra de los Siete Años, los propios ingleses han hecho desaparecer la única razón por la que las colonias permitían ser gobernadas desde Inglaterra.

En 1776, sólo trece años después de la victoria de Inglaterra, las trece colonias americanas de Inglaterra declaran su independencia. Junto a Prusia, nace ahora otra gran potencia mundial: Estados Unidos. Pero esta Declaración de independencia significa al mismo tiempo una revolución: los norteamericanos —descendientes de los puritanos— vuelven a negar su obediencia al Rey La guerra de Independencia es también una guerra de siete años y dura desde 1776 hasta 1783, aunque en realidad es una guerra civil con un océano por medio y en ambos lados hay leales y rebeldes.

En Inglaterra, los rebeldes se sientan en el Parlamento, por ejemplo Pitt el Viejo, el dramaturgo Richard Sheridan, el vividor Charles Fox y el ensayista político Edmund Burke, y pronuncian fulminantes discursos en favor de la libertad de los norteamericanos y contra la tiranía del gobierno. Trece años antes de la Revolución francesa comienza la Revolución americana. La Declaración de independencia contiene la Declaración de los Derechos del Hombre en un inglés excelente: Villiold lhese truths to be self-evident: that ah men are created equal; (hat thev are endowed their Greatar with certain malienabie rights, that among these are lfe, liberty an.d tli.epursuit of happiness… » («Consideramos evidentes las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables; entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad»).

2. La victoria de Inglaterra en la guerra de los Siete Años su dominio sobre el comercio mundial prepararon la Revolución industrial. Para ello resultaban necesarios tres ingredientes: grandes mercados, gigantescos capitales producción de energías titánicas con las que hacer funcionar las máquinas.

Con la invención y el posterior perfeccionamiento de la máquina de vapor por parte de James Watt a partir de 1765, se cerraba el circulo que empezaría a transformar cada vez más rápidamente el mundo: como la máquina de vapor —a diferencia de la electricidad— concentraba su energía en un lugar, las máquinas también debían concentrarse en un lugar, lo mismo que los hombres que las manejaban. Así surgía el sistema industrial y después ya nada sería como antes: asistirnos al nacimiento de un nuevo tipo de infierno. El capitalismo estaba ahí.

En este sistema, grandes capitales hacían que inmensas cantidades de energía se concentraran para poner en funcionamiento muchas máquinas, que eran manejadas al mismo tiempo por muchos hombres con el fin de producir masivamente unos productos destinados a gigantescos mercados, y volver así a obtener enormes capitales. Una vez puesto en marcha, el proceso se aceleró por sí mismo, y los maestros manufactureros, que hasta entonces estaban al frente de las fábricas, fueron sustituidos progresivamente por los propietarios de los capitales. Este sistema industrial hizo posible la peor forma de explotación desde las canteras de Siracusa las minas de plata de Potosí: los trabajadores ya no se organizaban en gremios, por lo que estaban des-protegidos; trabajaban por un sueldo de hambre durante diez o doce horas diarias, en condiciones sanitarias deplorables, y vivían en chabolas. Esta situación motivaría la formación de los sindicatos y la crítica de Marx al capitalismo.

— La celeridad con la que se transforman las condiciones de vida de la gente da origen a la revolución cultural que llamamos Romanticismo. Esta época comienza alrededor de 1760 y la mejor forma de comprenderla es atendiendo a las nuevas formas de experiencia que trae consigo la transformación de los conceptos fundamentales.

— Es fundamental la nueva forma de experimentar el tiempo: las transformaciones técnicas hacen que las cosas cotidianas también envejezcan rápidamente. Así, la propia infancia «pertenece al pasado», vive sólo en el recuerdo. Se descubre la nostalgia, un sentimiento romántico. De este modo se descubre también la «infancia» como dimensión propia de la experiencia que favorece la comprensión, y se descubre el amor materno.

— Como todo cambia, ahora aparece «la» historia. Hasta entonces sólo había habido historias en plural, stories. En principio, éstas eran repetibles e ilustraban la permanencia de las normas morales, por ejemplo, «Cuanto mayor es la subida, mayor es la caída». Por eso se podía aprender de la historia. Ahora surge el nombre colectivo «historia» en el sentido (la historia Universal, una historia que progresa y en la que nada se repite, pues todo cambia. Esta idea implica enormes consecuencias.

La historia se convierte en la idea rectora. Al concebirla como progreso, se hacen depender de ella todas las esperanzas que hasta entonces se ligaban a la religión. La historia tiene una meta: la salvación de la humanidad como realización de la utopía.

Todo ello conduce a la aparición de las ideologías. El final de la religión anuncia la época de las ideologías y las guerras ideológicas del siglo XX resucitan las guerras religiosas del siglo XVIII.

— Como la historia no se repite, se siente por vez primera que la historia de la humanidad es única, lo que confiere valor a la idea de originalidad. El concepto «individuo» (que significa propiamente «indiviso») significa ahora «original». Cada individuo vive el mundo a su manera, como se expresa de forma muy clara en el arte y en la poesía. De este modo la teoría del arte adquiere una nueva base. Anteriormente, el arte era una imitación de la naturaleza conforme a las reglas dadas por los clásicos; ahora, la originalidad prohíbe la imitación. Por lo tanto, el artista ya no imita el mundo, sino que crea uno nuevo: el artista se convierte en creador, y crea del mismo modo que Dios: libremente. Es concebido corno el hermano pequeño de Dios: es un genio.

— Corno todos los individuos son originales, todos tienen el mismo valor. Ya no hay distintas clases (le individuos más o menos valiosos. Así pues la división de la humanidad en clases sociales —nobleza, clero, burguesía , campesinos— se vuelve problemática. Todo esto no son más que divisiones introducidas arbitrariamente por los hombres y contrarias a la naturaleza humana. Ahora, el concepto de naturaleza se opone al de sociedad falsa. La naturaleza es buena (algo que en Alemania los Verdes siguiente creyendo: aunque los lobos se comen a los corderos, ellos son unos románticos). Se descubren los pueblos primitivos, como los indios y a parece la idea del «buen salvaje».

La Revolución francesa quiere restaurar el orden natural, por lo que quita de en medio todo aquello que considera un invento de la sociedad. Se venera a la diosa Naturaleza, se pretende que las fronteras sean naturales, como el Rin (lo que los alemanes no consideran tan natural); se suprimen las antiguas provincias y los nuevos departamentos reciben nombres de accidentes geográficos, como por ejemplo los ríos; se da a los meses del año nombres como «mes del calor» (termidor) o «mes de la niebla» (brumario). Desde el punto de vista político, lo decisivo es que todos los hombres tienen «derechos naturales» como «libertad, igualdad…». Si estos derechos son violados, los hombres pueden recurrir a la revolución. Y para poder vivir todo esto, la poesía romántica invoca a la naturaleza, a la buena, como caja de resonancia del alma humana. Sumergiéndose en la naturaleza, el alma se purifica de toda la suciedad que se le ha adherido en su trato con la sociedad. La sociedad es mala, es un mundo de hipocresía en el que se pierde la identidad y la autenticidad. En ella, el ser humano se pierde y se enajena, excepto cuando encuentra un alma aÍin con la que compartir su soledad, esto es, el amor.

— La intimidad del amor se convierte en el sustituto de la sociedad, que todo lo falsifica. El amor es una esfera en la que el ser humano puede ser él mismo; por eso, su medio de comunicación no es ya el lenguaje manido, sino un lenguaje especial situado más allá del lenguaje: el sentimiento. Los sentimientos no se pueden fingir, son siempre auténticos (y quien los finge, quien por ejemplo se casa por dinero, es considerado un inmoral). Así pues, el sentimiento se convierte en el santo y seña de la época.

Por más paradójico que pueda parecer, en la Ilustración razón y sentimiento todavía no se oponen entre sí: el sentimiento es tan natural como la razón. La oposición surgirá después, cuando la razón torne las riendas y dañe el sentimiento. Hay un hombre que con su excéntrica carrera y su exhibicionismo espiritual ha contribuido más que ningún otro a la difusión del concepto de sentimiento: Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Con su Emilio, Rousseau escribió el manual de educación alternativo para el niño no corrompido por la sociedad (aunque él metió a sus hijos en un orfanato), se desnudó espiritualmente en sus confesiones e hizo que toda Europa supiera cuánto le dolía ser un rebelde solitario, un paria y un proscrito. Puesto que de algún modo todos se sentían solos, Europa compartió su sentir.

Roussean inspiró la Revolución francesa y el Werther de Goethe, introdi4jo el «dolor cósmico» y el concepto de <volonté générale> (voluntad general). Debido a su oscuridad, este concepto se convirtió en un arma peligrosa durante la Revolución francesa. Le sucedió algo similar a lo que después le ocurriría al «interés objetivo del proletariado». Todos pretextaron estar actuando en su nombre, y de este modo justificaron sus crímenes.

PARA SABER MAS…
causas de la Guerra de los Siete Años (1756-1763)

Entre los motivos principales del conflicto que estalló a mediados de siglo, debemos señalar:
La rivalidad por lograr la hegemonía continental. Austria, Francia, Rusia y el Imperio se enfrentan con Prusia.

La competencia por el control del comercio y las posesiones ultramarinas entre Inglaterra, Francia y España.

En 1756 comienza la guerra entre Francia e Inglaterra. En los dos primeros años, los triunfos son franceses; posteriormente, Inglaterra logra recuperarse.

Guillermo Pitt, integrante del gobierno inglés, traza un plan para revertir la desfavorable situación de su país en la guerra. Ayuda monetariamente a Prusia en su enfrentamiento continental y concentra su esfuerzo bélico en el mar.

Finalmente, Inglaterra y Prusia son las potencias vencedoras.
En 1763, se firma la Paz de París:
– Francia cede Canadá a Gran Bretaña y Luisiana a España.
– España entrega Florida a Inglaterra.

La guerra resultó ventajosa para Inglaterra mientras que Francia sufrió importantes pérdidas territoriales coloniales. Por la Paz de Hubertsburgo (1763), que pone fin al conflicto en el continente, se afirma la posición de Prusia como nueva potencia. Como consecuencia imprevista de esta guerra, en un futuro cercano, Francia y España apoyarán la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica (una forma de desquite contra Inglaterra).

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz

Biografia de LUIS XVI Rey de Francia – Su Reinado

BIOGRAFIA DE LUIS XVI Rey de Francia – Características de su Reinado

BIOGRAFIA DE LUIS XVI DE FRANCIA, No fue la de un gran político; pero sí la de un hombre honesto, bondadoso y amante del bienestar de la nación. Excelente padre de familia, celoso guardador de los principios legales, habría podido ser un buen monarca en tiempos menos difíciles que los que vieron el vendaval revolucionario de fines del siglo XVIII.

Pero ante el desencadenamiento de las pasiones, ante la crisis constitucional y el torbellino de los intereses que se hundían, Luis XVI no supo adoptar un camino claro ,quizá con la intención de evitar males mayores a Francia.

Aquella hora histórica exigía una actitud definida: o con la revolución o con la contrarevolución.

Navegar en los procelosos mares de las Asambleas revolucionarias, aceptar los símbolos y los hechos de la revolución, y negociar simultáneamente con las potencias extranjeras para reprimirla, era un juego mortal.

En él perdió la cabeza Luis XVI. A través de la perspectiva histórica éste fue su sacrificio personal en el altar de muchos hogares franceses. Porque no todos podían hallar, más allá de las fronteras, el cómodo refugio de los emigrados de la gran aristocracia.

Luis XVI quiso ser un dique que canalizara y regularizara el torrente de 1789. Su fracaso no mengua su personalidad. El valor con que hizo frente a la muerte, le ennoblece más que su nacimiento.

biografia de luis xvi de francia

Hijo del delfín Luis y de María Josefa de Sajorna, Luis XVI nació en Versalles el 24 de agosto de 1754.

A los once años, el 21 de diciembre de 1765, por muerte de su padre fué declarado heredero de la corona; a los dieciséis casó con la princesa María Antonieta de Austria (16 de mayo de 1770) ya los diecinueve, el 10 de mayo de 1774, se inició su reinado en medio del fervor popular, pues se sabía que el nuevo monarca era hombre honesto y justo.

Reunía estas cualidades, en efecto; pero no las de firmeza y coherencia de criterio.

Sus primeros pasos los orientó hacia las ideas reformistas. En 1774 nombró un ministerio en que figuraron Turgot, Saint-Germain, Sartine y Vergennes.

El primero inició una serie de garandes reformas fiscales, económicas y administrativas; pero ante la oposición de los privilegiados, Luis XVI claudicó v aceptó su dimisión (‘1776). De modo semejante terminaron las reformas de Saint-Germain en el, ramo de guerra.

Una segunda oportunidad se presentó al monarca en la persona del banquero Nécker, quien por procedimientos fiscales extraordinarios logró cubrir los gastos de la intervención de Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos.

En 1778 Nécker intentó llevar a la práctica un programa de reformas parecido al de Turgot; pero fué derribado por la misma coalición de intereses. Con él se extinguió el último intento reformista antes de la conmoción revolucionaria.

Luis XVI depositó luego su confianza en Calonne, hechura del conde de Artoís. La monarquía vivió a base del crédito y del empréstito, hasta que la situación llegó a ser tan apurada que no cupo más remedio que exponerla al país.

Las reformas de Calonne fueron rechazadas por la Asamblea de Notables (1787). Su sucesor, Lomenie de Brienne, le fué impuesto po¡r la camarilla de la reina. La debilidad de la monarquía era notoria, y los privilegiados obtuvieron la convocatoria de los Estados Generales

Un nuevo rey de Francia : Luis XVI

Luis XVI, nieto de Luis XV, reinó por espacio de quince años antes de que estallara la revolución, años que fueron testigo de algunos éxitos del rey, aunque mucho más aún de desilusiones y reveses.

Fue aquel un período en que los problemas no cesarían de crecer y agravarse, hasta llegar un momento en que no se vislumbró ninguna solución posible; en suma, unos años de angustia y de continua agitación política.

Luis XVI (Versalles, 23 de agosto de 1754 – París, 21 de enero de 1793), fue rey de Francia y de Navarra entre 1774 y 1789 y rey de los franceses entre 1789 y 1792, que ostentó el título de duque de Berry.

Una época en que la cultura aristocrática del Antiguo Régimen llegó a su punto culminante y los privilegiados pudieron dedicarse sin trabas a una existencia frívola y elegante; los últimos momentos de una edad dorada en que la nobleza francesa saborea «toda la dulzura de vivir«.

Algunos coetáneos perspicaces creyeron a la sazón que sólo un espíritu genial podría poner remedio a la pavorosa Situación en que se hallaba sumida la monarquía en Francia.

LUIS XVI Los Reyes de FranciaDesgraciadamente, Luis XVI no era ningún genio y ni siquiera poseía una enérgica personalidad.

De él se ha dicho que en otras circunstancias hubiera sido un perfecto burócrata trabajador manual, pues poseía todas las cualidades requeridas para ello: orden, sentido del deber y extraordinario amor al trabajo.

El monarca era un hombre bueno, honrado y afable; precisamente el tipo de esposo que la reina María Antonieta calificaba, con su habitual desparpajo, de «pobre diablo», en carta dirigida a una íntima amiga. En el transcurso de los años, el pueblo francés se forjó la misma opinión de aquel bonachón de Luis, que tampoco se parecía a un auténtico rey.

Era de carácter lento, torpe en sus maneras y hasta tal punto irresoluto que el solo hecho de tener que adoptar cualquier decisión significaba una verdadera tortura para él, careciendo además de voluntad y de confianza en sí mismo.

Luis XV apreció siempre sinceramente a su nieto, destinado a sustituirle. en el trono, pero sin forjarse la menor ilusión sobre su talento de gobernante: «Este joven difícilmente sabrá enfrentarse con la chusma revolucionaria”.

Y, en efecto, Luis XVI permaneció indeciso entre los principios de la monarquía de derecho divino, en que fuera educado, y las ideas de reforma social esparcidas por todas partes.

La herencia que el destino reservaba a Luis XVI nada tenía de envidiable, y no obstante, el rey se hallaba dispuesto a ofrecer sus mejores energías para superar cualquier dificultad. Comprendía que era necesario actuar para restablecer el prestigio de una monarquía tan gravemente quebrantada.

Luis XVI se esforzaba en demostrar que no era un déspota y creyó que daba suficientes pruebas de ello al restablecer los parlamentos abolidos por Luis XV. Esto sucedió en 1774 y su consecuencia inmediata fue la dimisión de Maupéou.

El nuevo rey hubo de admitir poco después que dicha consecuencia no sería la única.

Los miembros del Parlamento eran rencorosos y no sabían olvidar, de modo que apenas restablecidos en sus funciones, emprendieron con renovada energía la lucha en defensa de sus derechos y de sus intereses feudales, enfrentándose de nuevo con la autoridad real. En años sucesivos los parlamentos consagraron la mayor parte de sus actividades a obstaculizar las acertadas reformas que Luis y sus diversos ministros intentaron implantar en beneficio de la nación francesa.

UN REY INEPTO

Cuando, en 1774, Luis XVI subió al trono de Francia, la situación de la nación era francamente desastrosa: los insensatos derroches de la corte y las guerras que se habían sucedido durante más de un siglo, casi sin interrupción, habían obligado al Estado a contraer enormes deudas públicas.

En un primer momento, pareció que Luis XVI tenía intenciones de aplicar algún remedio a tan catastrófica situación. Llamó ai gobierno a Turgot, el gran economista, quien declaró que si se quería salvar a Francia del caos, actuando con justicia, había un solo medio: limitar los gastos de la corte y hacer pagar los impuestos no sólo al tercer Estado, sino también a las clases privilegiadas.

La corte en pleno, apoyada por la reina María Antonieta, se opuso con todas sus fuerzas. El rey se dejó convencer por los nobles y alejé a Turgot de sus funciones de ministro.

Esta actitud del soberano no sólo agravó la ya desastrosa situación de Francia, sino que hizo crecer aún más el descontento del tercer Estado. Semejante situación no podía ciertamente durar mucho tiempo, y llevaba al desastre.

Ya que la nobleza y el clero, apoyados por el rey, no sentían el deber de reparar tanta injusticia, el pueblo decidió hacer justicia por su mano. Y estalló entonces en Francia una de las más sangrientas revoluciones que recuerda la historia.

Luis XVII ENIGMA HISTÓRICO DE LA VIDA DEL DELFIN PERDIDO

Luis XVII:ENIGMA HISTÓRICO DE SU VIDA

Fue la Revolución Francesa, en julio de 1789 y emprendieron poco tiempo después a la muerte en guillotina de Luis XVI y la reina María Antonieta. La dinastía Borbón desapareció en el caos de la Revolución Francesa. Luis XVI y su reina María Antonieta murieron ignominiosamente en la guillotina, pero su u hijo, el delfín Luís Carlos, ¿murió en prisión o tuvo otro destino desconocido?

Luis XVII enigma de su vidaLa familia real francesa tuvo cuatro hijos: María Teresa Charlotte Capeto (1778-1851),  duquesa de Angoulême, que lograron escapar de la prisión y el regicidio, Luis José Francisco Xavier Capeto (1781-1789), delfín de Francia, que murió temprano, Luís Carlos Capeto (1785 -? de 1795 la fecha oficial de su desaparición no es cierto), Duque de Normandía, el futuro Luis XVII, y Sofía Beatriz Capeto (1786-1787), que murió al nacer.

Luego de la ejecución de Luis XVI a principios de 1793, el delfín —proclamado rey por los monarquistas exiliados— fue separado de su madre  y aprisionado en el Temple.  El periodo sangriento dirigido por Robespierre y conocido en la historia como el reino del Terror, llegó a su fin con el arresto de este duro conductor de la revolución, y el  27 de julio de 1794 le llegó su hora final. Arrestado junto con 21 cómplices, fue sentenciado a morir al día siguiente en la misma guillotina a la que envió a tantos.

En ese día de venganzas, Paul de Barras, un líder de la Convención Nacional que fue crucial para la remoción de Robespierre, salió con rapidez de la escena de ejecución para dirigirse al Temple, una prisión en el centro de la ciudad. Debía vigilar la condición de sus dos reclusos reales, los huérfanos de Luis XVI y María Antonieta: María Teresa, de 16 años, y Luis Carlos, de 9.

Vida de Luis Carlos: Nacido el domingo de Pascua de 1785, Luis Carlos disfrutó de una niñez privilegiada en Versalles, hasta que la Revolución prendió a su familia. Sólo un mes antes de la toma de La Bastilla, al morir de tuberculosis su hermano mayor, el niño fue nombrado delfín de Francia, o príncipe heredero de Luis XVI. Cuando el rey fue ejecutado, los monarquistas exiliados lo proclamaron Luis XVII y durante su infancia nombraron regente a su tío, el conde de Provenza.

La acción de los monarquistas fue una amenaza para la Convención Nacional, que ordenó que el delfín fuera puesto bajo el cuidado de un zapatero llamado Antoine Simon, y de su esposa, que trataron al niño como si fuera de su misma extracción, con hosca familiaridad. La pareja quiso hacer del niño un republicano e incluso le enseñaron a cantar el himno revolucionario, La marsellesa. Por esos actos, Simon y su esposa serían luego considerados como sádicos.

En enero de 1794 Simon renunció a la tutela de Luis Carlos, a quien se le asignó la misma habitación en una torre del Temple que fuera la última celda de su padre. Cuidado por cuatro guardias que eran cambiados diariamente, estaba tan aislado que su hermana María Teresa, prisionera en el piso superior, estaba convencida de que su hermano había muerto o ya no estaba en el Temple. El abandonado niño que Barras visitó el 28 de julio se encontraba verdaderamente abatido y enfermo. Indignado, Barras le procuró cuidados médicos e insistió en que el recluso real tuviera un trato más humano.

A principios del año siguiente, la Convención Nacional votó a favor de exiliar a Luis Carlos, pero se supo que el niño no resistiría el viaje. El 28 de junio de 1795 se informó que el delfín —Luis XVII para algunos— había muerto de escrófula, o tuberculosis de las glándulas linfáticas, su cuerpo cubierto de llagas y sarna.

Al instante, comenzaron a oír rumores de que el verdadero heredero había sido sacado de la cárcel y otro niño colocado en su lugar. La esposa de Antonie Simon, tutor del delfín en la última mitad de 1794, dio una pista acerca de cómo pudo hacerse el cambio. Entre las escasas pertenencias que había en la habitación de su prisionero, había una canasta de ropa con doble fondo, que podría usarse para ocultar a un niño y sacarlo, dejando a otro en su lugar.

El pequeño cuerpo fue arrojado a una fosa común, pero el médico que hizo la autopsia en secreto guardo el verdadero corazón con la idea de  preservarlo.  El médico monarquista, llamado Philippe-Jean Pelletan,  sacó de contrabando el órgano fuera de la prisión envuelto en un pañuelo y lo mantuvo como una curiosidad. El juez lo puso en un jarrón de cristal con alcohol en una estantería de recuerdos extraños y terminó siendo robada por uno de sus estudiantes. En su lecho de muerte, el ladrón le pidió a su esposa para devolver el corazón a la familia del pequeño rey.

La viuda en 1828, la entregó al arzobispo de París, monseñor Hyacinthe Louis de Quélen.  En 1831, ladrones robaron el cofre donde el arzobispo tenía la reliquia y arrojaron el corazón en un basural. Un hijo del cirujano, el doctor Philippe-Gabriel Pelletan, logró encontrarlo y, tras momificarlo y registrar su procedencia con un notario, lo entregó al conde de Chambord, jefe de la Casa de los Borbones.

En 1834 uno de los pretendientes al trono como sucesor de Luis XVI fue juzgado en París. Un testigo del fiscal electrizó a la corte al leer una carta del “verdadero” Luis XVII. Resultó ser un empobrecido relojero llamado Karl Wilhelm Naundorff, (imagen)  que había pasado muchos años en Alemania y hablaba el francés con muchas dificultades.

De alguna manera, Naundorff había logrado convencer con sus palabras y actitudes a antiguos cortesanos de Versalles de que él era el legítimo rey de Francia. Los descendientes de Naundorff llevaran sus reclamos hasta el siglo XX, al añadir obstinadamente “de Borbón” a sus nombres.

En julio de 1954 una corte francesa de apelaciones falló definitivamente en contra de uno de los descendientes de Naundorff, un gerente de circo que se hacía llamar René Charles de Borbón. Se declaró oficialmente que Luis Carlos, delfín de Francia y Luis XVII no coronado, murió en el Temple el 8 de junio de 1795. Aunque sin valor alguno, el reclamo del inexistente trono de Francia fue concedido a la rama Borbón-Parma de la antigua familia real.

La Historia Oficial: En 1792, a la edad de ocho años, Luis Carlos de Francia fue capturado con toda su familia cuando se disponían a huir de los revolucionarios. Un año más tarde, su padre fue guillotinado ante una inmensa multitud congregada en el centro de París. Esta tragedia lo convirtió automáticamente en Luis XVII. Pero el joven monarca jamás disfrutó de su corona. Durante dos años vio a su madre y a la mayoría de sus familiares y amigos.Finalmente, el 8 de junio de 1795, a los 10 años, una tuberculosis lo condujo a la tumba. La muerte lo encontró detrás de los barrotes de Temple, un monasterio fortificado convertido en prisión por los revolucionarios.

EL ENIGMA RESUELTO:

La Historia Oficial era cierta: Un grupo de expertos de la Universidad de Louvain, liderado por el profesor de genética humana Jean-Jacques Cassiman, comparó el ADN de un tejido extraído del corazón del niño enterrado en la prisión de Temple con muestras del cabello de María Antonieta y dos de sus hermanas. La serie de ADN conocida como «mitocondrial«, transmitida por la vía femenina, resultó ser exactamente la misma. El resultado fue a su vez confirmado por un equipo de científicos de la universidad alemana de Munster dirigido por el doctor Ernst Brinckman.

Todo esto significa que Pierre Benoit, un francés que murió en Buenos Aires el 22 de agosto de 1852 asegurando ser el gran «delfín» francés, no era más que un impostor.  Este ex oficial de la marina imperial francesa llegó a las costas del Río de la Plata en 1818 y no tardó en ingresar de pleno en la alta sociedad porteña dando a entender que tenía vínculos con la nobleza. Se casó con una argentina, María Josefa de las Mercedes Leyes, y desarrolló una prestigiosa carrera como científico y naturalista.

Su lujoso hogar en la esquina de la avenida Independencia y Bolívar está siendo actualmente excavado por expertos del Centro de Arqueología Urbana de la Universidad de Buenos Aires, el Instituto Histórico porteño y el Proyecto Arqueológico Quilmes, como un ejemplo de la vida cotidiana de una familia franco-argentina a principios del siglo XIX.

«Este es un gran día para un historiador subrayó. «Es muy emocionante poner fin a uno de los mayores enigmas de la historia francesa y uno que ha dado origen a más de 800 libros.» (Fuente Consultada: La Nación).

Biografia de LUIS XV Rey de Francia Antecedentes y Reinado

BIOGAFIA DE LUIS XV
Rey de Francia

La monarquía de los Borbones declina en Francia con ese monarca despreocupado, galante y sensual, que no tuvo en cuenta más que sus caprichos personales.

El sistema del absolutismo del Antiguo Régimen requería en la jefatura del Estado a un hombre que se percatara de las necesidades de la nación y que se entregara con cuerpo y alma a procurar el bien de la monarquía.

Luis XV no fue, desgraciadamente, de estos hombres que son los primeros servidores del Estado. En consecuencia, en él recae en primer lugar la responsabilidad por el desgobierno que hizo inevitable el movimiento revolucionario en Francia.

Durante su reinado hubo ocasiones en que pudo esperanzarse un cambio de rumbo. Pero Luis XV perdió esas oportunidades en el infecundo devaneo con sus favoritas y con los ministros y generales incapaces, elevados a sus dignidades por la influencia femenina.

En realidad, a partir de la muerte del cardenal Fleury en 1743, la historia del reinado de Luis XV, pese a cuanto se diga para rehabilitarlo, es la historia de las intrigas de la duquesa de Chateauroux, de la marquesa de Pompadour y de madame du Barry.

LUIS XV, REY DE FRANCIA
Luis «el Bienamado»

Luis 15 de Francia

A Luis XIV había de suceder su bisnieto. Su largo reinado había consumido las vidas del Gran Delfín y de su hijo primogénito, Luis, duque de Borgoña. Fruto del matrimonio de éste con María Adelaida de Saboya fué Luis XV, quien nació en Versalles el 15 de febrero de 1710.

El 18 de febrero de 1712 fue declarado delfín, y a los cinco años de edad, el 1° de septiembre de 1715, se le proclamó rey de Francia a causa de la muerte de Luis XIV.

La regencia fue desempeñada por el duque de Orleáns. El niño-rey estuvo confiado al obispo Fleury, quien logró educarlo en unos sanos principios morales, aunque luego los echara en descuido.

Creció muy delicado de salud, hasta el punto de que en más de una ocasión su tío Felipe V de España pudo esperar que le sucedería en la corona de Francia. En 1723 fue declarado mayor de edad.

El gobierno del Estado recayó en el duque de Borbón, quien actuó de modo irresponsable.

En 1725 dio al rey en matrimonio a la princesa de Polonia María Leszcynska, hija de Estanislao I, la cual fue víctima, posteriormente, de los caprichos amorosos de su regio consorte, Este período de desgobierno terminó en 1726.

La administración del Estado fue confiada al cardenal Fleury, quien en el transcurso de diez años supo restablecer la prosperidad y el crédito internacional de Francia. Con la colaboración del ministro Orry recuperó el déficit de la hacienda pública. Al mismo tiempo, a pesar de su actitud pacifista, obtuvo en la guerra de Sucesión de Polonia positivas ventajas territoriales para Francia (1733-1738).

Muerto Fleury en la fecha expresada, Francia careció en adelante de cerebro director. Ciertamente, existían notabilidades que habrían podido dar gran rendimiento en el gobierno e incluso a algunos ministros no les faltó capacidad en el ejercicio de sus cargos.

Pero todo había de subordinarse a las injerencias de las favoritas del rey en la política.

Después de una juventud casta, Luis XV se había lanzado a la vida galante en 1737.

En 1745 conoció a Antonieta Poisson d’Etioles, a la que hizo su amante y marquesa de Pom-padour. Durante casi veinte años esta dama fué predominante en las intrigas de la corte y en el desgobierno de la monarquía.

En realidad, parte de las responsabilidades caen en el propio Luis XV, tímido y vacilante en cuantos problemas era preciso abordar.

La guerra de la Sucesión a la corona austríaca (1740-1748), en la que el ejército francés había dado aún pruebas de su capacidad combativa, terminó en la para Francia incomprensible paz de Aquisgrán.

Afortunadamente para Francia, la campaña de 1745 acabó con salvas de victoria. El rey estuvo en persona en el frente de combate, llevando consigo a su hijo mayor, el delfín. Luis XV participó en la batalla de Fontenoy, en las cercanías de Tournay, abordando con el orgullo que es de suponer la brillante victoria que acababan de obtener sus armas frente a un ejército de casi 60.000 ingleses, holandeses y hannoverianos, mandados por el duque de Cumberland.

Cuando cesó el rugido de los cañones, se presentó Luis en medio de sus soldados para felicitarles personalmente, y entonces  desbordó el entusiasmo.

Un testigo ocular refiere que por todas partes se oía gritar: “Viva el rey!». Sin vacilaciones, se llevó  cabo una rápida conquista de los Países Bajos meridionales. Se comentaba que había vuelto la gloriosa época del Rey Sol y que nuevamente Francia se mostraba digna de sus grandes tradiciones.

Si en esta lucha Luis XV recogió sólo laureles, en la guerra de los Siete Años (1757-1763) se puso en evidencia el fracaso del régimen. Ni el ejército, ni la marina, en el gobierno, ni la administración funcionaron adecuadamente.

La materia prima era buena, pero la dirección incapaz y defectuosa. Derrotada por Prusia en Alemania v por Inglaterra en la India, el Canadá y los mares, Francia tuvo que aceptar el humillante tratado de París de 1763. De un solo plumazo perdía su primer imperio colonial.

El reinado de Luis XV parecía ilustrarse con gloriosos hechos armas. En aquella época, el monarca era un verdadero héroe a los ojos de su pueblo, que no cesaba de llamarle Luis «el Bienamado».

Todas las esperanzas puestas en el joven príncipe de ojos oscuros parecía que iban a realizarse. Aquel muchacho se había convertido en un hombre cautivador, que a los treinta y cinco años de edad conservaba un entusiasmo y ardor juveniles.

Las mujeres, en otro tiempo tan conmovidas ante el pobre huérfano, se emocionaban ahora con sentimientos harto distintos, ya que nadie era tan irresistible como el rey Luis al frente dé sus tropas en actitud gallarda.

Pero, en realidad, Luis XV no había nacido para la guerra; aunque no carecía de valor, no era, ni muchísimo menos, el gran capitán que sus súbditos creían ver en él; quienes le rodeaban lo sabían, y Luis tampoco lo ignoraba.

El problema de Polonia

Luis XV dedicó suma importancia a la política exterior. Llegaban de continuo al palacio correos de aspecto misterioso, que eran introducidos en el acto en las dependencias privadas del monarca.

No sabía que uno de los más notables señores del reino, el príncipe de Conti, trabajaba a menudo con el rey durante horas enteras, sin ser miembro del gobierno ni siquiera encargado de ninguna misión especial. Hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que corte comprendiera lo que sucedía.

Luis XV había concebido proyectos sobre política exterior que pueden considerarse como una apertura francesa hacia la Europa oriental.

En cierta ocasión, el embajador de Francia en Polonia, duque de Broglie, recibió una nota en que se decía lo siguiente: El duque de Broglie debe dar fe a todo cuanto le sea comunicado por el príncipe de Conti, pero no debe comunicárselo a nadie’. Aquella nota llevaba la firma real.

Acto seguido, Conti entró en contacto con el embajador y comunicó a este diplomático que el monarca quería destinarle a ciertas misiones secretas deque debía dar cuenta al rey, sin pasar por su jefe jerárquico directo, es decir, el ministro de Negocios Extranjeros.

Luis XV se interesaba de modo especial por Polonia, cuya independencia trataba de proteger contra algunos Estados vecinos con evidentes propósitos expansionistas. Luis trataba asimismo de estrechar los lazos entre Francia y Polonia colocando a un francés en el trono de este país, y en un principio creyó haber hallado el candidato ideal en el propio príncipe de Conti.

Su entusiasmo inicial desapareció totalmente cuando las circunstancias fueron adversas; en aquella época todavía la guerra y el rey eran populares en Francia, pero todo ello fue sólo humo de pajas.

Las prolongadas campañas resultaban muy caras y provocaban el alza de los impuestos; por otra parte, el pueblo francés juzgaba descabellada e inútil la empresa y esta impresión se vio aún más agravada ante las consecuencias de la paz de 1748, en la que Francia sólo obtuvo irrisorias ventajas.

En lo sucesivo se dejó sentir el descontento en forma cada vez más evidente, citándose dicha paz de 1748 como ejemplo de insensatez política y el rey, que era todavía llamado «el Bienamado» pocos años antes, fue luego criticado por todo el mundo.