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Edificio Palacio Barolo en Buenos Aires Historia Arquitectura Ubicacion

Edificio Palacio Barolo en Buenos Aires: Historia, Arquitectura y Ubicación

Edificio Barolo en Buenos Aires

Ubicación: Av. De Mayo 1370 e Hipólito Yrigoyen 1371. Monserrat.

El Palacio Barolo fue el edificio porteño más alto hasta la construcción del Kavanagh, en 1935. Sus cien metros de altura culminan en el faro giratorio de 300.000 bujías que lo hacía visible desde Uruguay y que el 14 de setiembre de 1923 transmitió con sus luces el resultado de la pelea de boxeo Firpo-Dempsey.

Respecto a la historia de este edificio, la periodista María Seoane, en su libro «Argentina El Siglo del Progreso y la Oscuridad (1900-2003)» nos cuenta:

[Hay]…dos hechos que tienen que ver con fiestas nacionales: el primero es el establecimiento del Día de la Raza como fecha patria en 1917 —el 12 de octubre— por presión de la élite española en Buenos Aires; el segundo es que una de las fiestas más importantes de Buenos Aires hasta 1900 era la del 20 de septiembre, llamada irónicamente «la pascua italiana».

Los inmigrantes italianos festejaban en esta fecha la unidad de Italia, ocurrida cuando las tropas piamontesas tomaron Roma el 20 de setiembre de 1870, obligando al Papa a recluirse en Castelgandolfo.

En todas las ciudades argentinas con fuerte presencia italiana, como Buenos Aires o Rosario, se celebraba esta fiesta popular, anticlerical y garibaldina. También, por esos años, dos italianos soñaron con traer las cenizas de Dante Alighieri a Buenos Aires y para eso construyeron un edificio-santuario en la Avenida de Mayo: el Palacio Barolo, que tomó el nombre del inmigrante e industrial Luis Barolo, tiene 22 pisos, cien metros de altura (como los cien cantos de la Divina Comedia) y hasta 1935 fue el edificio más alto de la ciudad.

Construido por otro italiano, el arquitecto Mario Palanti, que era además pintor y escultor, combina referencias al gótico veneciano con la arquitectura religiosa de la India. Cuentan que Palanti convenció a Barolo de la inminencia de una nueva guerra europea y de la necesidad de resguardar las cenizas del Dante, que descansaban en Ravena. El edificio está colmado de referencias al poeta y al poema. Su división general es en tres partes: Infierno, Purgatorio y Cielo.

La planta baja es el Infierno, los primeros catorce pisos el Purgatorio y los siguientes son el Paraíso; el faro representa a Dios. Las nueve bóvedas de acceso representan pasos de iniciación (nueve son las jerarquías infernales). La mayoría de los cantos del poema del Dante tienen once o veintidós estrofas: los pisos del edificio están divididos en once módulos, veintidós módulos de oficina por bloque. La cúpula se inspira en un templo hindú, dedicado a la religión tantra, y representa la unión entre Dante y Beatriz Portinari. Los entendidos dicen también que éste es el mayor ejemplo local de la «arquitectura esotérica» de principios del siglo XX.

El Palacio Barolo se inauguró en 1923 y fue bendecido por el nuncio Giovanni Beda Cardinale. A la inauguración asistió el entonces embajador de Italia en la Argentina. No llegó a asistir su mentor, el hombre Barolo, muerto poco antes.

La receptividad de la sociedad argentina a las migraciones en las primeras décadas del siglo XX estuvo estrechamente ligada al hecho de, que el período de expansión económica que atravesaba el país hacía que la gran mayoría de los inmigrantes consiguiera trabajo. De hecho, el trabajo se les ofrecía.

Y el gran agente de la movilidad social fue la educación pública. Gracias a ella, los hijos de los inmigrantes podían aspirar a un trabajo más calificado que el que habían tenido sus padres. Tal la movilidad social de la Argentina en aquella época.

Fuente Consultada:
«Argentina El Siglo del Progreso y la Oscuridad (1900-2003)»  María Seoane

Primer Tranvía Electrico de Buenos Aires Historia

Información obtenida de una nota del diario «La Nación»

«Aquel que dijo que «el mundo marcha» reconocería, si volviese a la vida, que en los días que alcanzamos, de admirables progresos de todo género, sería más apropiado decir que «el mundo vuela».

Nos referimos a la introducción en Buenos Aires del sistema eléctrico de tranvías en sustitución del de sangre, o fuerza animal, existente hasta ahora, cuyo acto inicial ha llevado a cabo el ingeniero electricista norteamericano, Sr. Carlos Bright, conocido ya entre nosotros por otras valiosas empresas del ramo, que funcionan en el día regularmente.

Saben ya los lectores de LA NACIÓN en qué consiste dicho primer acto de la reforma de que se trata la construcción del «Tranvía eléctrico de Buenos Aires», cuya línea una vez terminada recorrerá el trayecto siguiente: punto de partida, esquina de Piedras y Paseo de Julio; siguiendo por ésta, el Retiro, la Recoleta y Centro América hasta tomar el bulevar Las Heras, por el cual continuará hasta los portones del Parque 3 de Febrero. Por esta vía, en su prolongación, buscará luego la dirección de Belgrano, pasando por la avenida Vértiz, frente al Hipódromo Argentino y el Tiro Federal; y llegado al término fijado por ahora al trayecto, recorrerá una buena parte de la población de Belgrano.

Lo hecho hasta ahora es solamente un trozo de línea, entre Canning y Palermo, por Las Heras, a guisa de ensayo tranquilizador de los ánimos municipales, sobre los cuales no ejerció suficiente influencia el hecho de estar tan generalizado en el mundo el sistema en cuestión, para librarlos de desconfianzas y temores.

A pedido, pues, de la honorable corporación se hizo el tal trozo de línea, largo como de un kilómetro. En tres meses prometió Mr. Bright, ¡yankee al fin! Tener todo listo para la demostración práctica y antes de los noventa días, como buen yankee, anunció que estaba pronto. Nada faltaba para mostrar, en pequeño, lo que será en grande la instalación, completa en todas sus partes.

tranvia electrico de bs.as.

Pero si la municipalidad tenía sus dudas, Bright y los suyos sabían perfectamente de dónde venían a dónde iban y qué era lo que tenían entre manos, por lo que dudaron un instante del éxito.

Solamente los interesados directa o indirectamente en el asunto, conocían su mar-,cha rápida y segura, teniéndolo al público casi olvidado y, sin embargo, al mismo tiempo que avanzaba por entre los barriales de Las Heras los rieles y los alambres de Bright, rumbo a los verdes prados de Palermo, se resolvía prácticamente la larga y trascendental cuestión del establecimiento de los tranvías eléctricos en todas las direcciones del municipio.

Ya a Flores le tarda ver llegar los lindos coches de la línea que hacia allí se encamina; la vieja empresa del tranvía a Belgrano, que no sabía, por lo general, de mejoras de ninguna clase, se electriza, ante el poderoso rival que de improviso ha surgido a su lado, potente y luminoso, al punto de que la impacienta no poder reemplazar inmediatamente sus caballos; y así, todos y por todas partes, veteranos, del oficio y nuevos en él, como si súbitamente se hubiera hecho la luz, relegando al pasado lo que hasta ayer se tenía por lo mejor.

Es que, efectivamente, se había hecho la luz, y ya no era cuestión lo que lo fue por tanto tiempo entre nosotros, mientras en todo el mundo, siguiendo el movimiento norteamericano, se extendía una red de tranvías del nuevo sistema.

Las causas de esta rápida propagación son varias: mayor economía del sostenimiento y, por consiguiente, de los pasajes; marcha tan rápida como se quiere, según las exigencias del uso; aumente del tamaño y consiguientemente de la comodidad de los vehículos; aseo de los mismos y del trayecto que recorren; profusión de la mejor luz conocida; reducción del transporte, para las clases trabajadoras, a menos de la mitad de los precios que actualmente se pagan; facilidad en detener la marcha casi instantáneamente: riesgos de accidentes, iguales o menores que con la tracción de sangre; suavidad de movimiento; supresión de los sacudimientos bruscos, en los arranques y paradas, y del temible «completo» calefacción o refrescamiento de la atmósfera, en el interior del vehículo, según las estaciones, por medio de aparatos eléctricos.

Los coches de la clase traída por la empresa del Tranvía Eléctrico de Buenos Aires, tienen un motor de 23 caballos anexo a cada eje, cuyo poder combinado es más que suficiente para cualquier exigencia del servicio regular.

El sistema es conocido con el nombre inglés de Trolley, derivado del de la rueda ó roldana del extremo superior de la percha destinada a establecer la comunicación entre el hilo conductor de la corriente eléctrica y los motores del fondo del vehículo.

En cuanto a los postes destinados a sostener el alambre conductor, la experiencia ha demostrado que la colocación en el centro es la mejor para las avenidas y calles anchas y el de doble fila, a los lados de la vía, con alambre de suspensión, al que más bien consulta las conveniencias generales en las calles angostas.

Así, siendo unánime el reconocimiento de la superioridad de la tracción eléctrica. unos opinan que el Trolley no sería práctica en calles como las de Buenos Aires, generalmente angostas, no precisamente por lo peligrosos, sino por lo incómodo y de mal efecto estético.

Por nuestra parte, deseando que siga tan provechosa discusión, deseamos más todavía que siga el establecimiento de tranvías eléctricos, cualquiera que sean sus aparatos o mecanismo especiales, mientras no obstaculicen el tránsito o comprometan la seguridad pública.

Porque la verdad sea dicha; Buenos Aires que ha estado siempre atento a los progresos del mundo y dispuesto a adoptarlos permitiéndolo las circunstancias, ha dado algo remiso en esto de la locomoción eléctrica, olvidando que «la ciudad de los tranvías», como se le ha llamado, estaba obligada por tan merecido como honroso título, a ser de las primera de América en implantar la reforma.

Habiendo los inspectores municipales informado favorablemente, y confirmado este informe por la observación personal del intendente, se ha autorizado a la empresa Bright para hacer andar los coches en el trayecto inaugurado, cobrando diez centavos por pasaje, más para evitar la aglomeración de gente que por otro interés. También han sido autorizados los trabajos de prolongación, esperando el Sr. Bright tener lista la línea desde Paseo de Julio y Piedad hasta el Hipódromo Argentino y el Tiro Federal, para octubre próximo.»

Fuente Consultada: El Diario Intimo de un País – La Nación

Historia de la sociologia? Resumen de su Origen y Conceptos Basicos

Historia de la Sociología
Resumen de su Origen y Explicación de los Conceptos Básicos

Entre todas las ciencias sociales, la sociología es la más joven: nació algunos años antes de comenzar nuestro siglo. Si bien es cierto que la preocupación por los fenómenos sociales siempre estuvo presente en la historia de las ideas del hombre, nunca se constituyó en una «ciencia»; es decir, no definió su campo de investigación (objeto) o el modo a través del cual habría que conocerlo (método) hasta fines del siglo XIX.

A partir de entonces, la sociología se desarrolló con increíble rapidez: la Revolución Industrial, surgida en Europa y en los Estados Unidos, hacía de cada fábrica y de cada conglomerado urbano una fuente inagotable de problemas sociales.

Era un período de progreso y de optimismo científico, en cuyo transcurso se formularon las principales corrientes del pensamiento sociológico, encabezadas por Auguste Comte, Herbert Spencer, Emile Durkheim, Vilfredo Pareto y otros. Se reclamaba para la recién nacida sociología un status semejante al de las ciencias naturales (química, física, biología).

Los precursores de esta disciplina creían que los fenómenos sociales debían de estar regidos por leyes «naturales e invariables», cuyo descubrimiento debía ser el objetivo de la investigación sociológica. Algunos de ellos —como Durkheim— llegaban incluso a hablar de la existencia de patrones sociales regulares y autónomos, como si se tratase de fenómenos de la naturaleza (comparables con las leyes de la electricidad), e introdujeron métodos de análisis cuantitativos para estudiarlos.

Comte fue el primero que presentó los hechos sociales como objeto de una ciencia, positiva en la metodología y basada en la observación empírica del fenómeno social, que se desarrolla al compás del desarrollo general del espíritu humano. La misma orientación positivista poseen los estudios de H. Spenser, É. Durkheim —uno de los fundadores de la moderna sociología, a la que dio carácter científico—, que define el hecho social por su exterioridad respecto a las conciencias individuales (conciencia colectiva), y los funcionalistas R. Merton y T. Parsons. Frente al positivismo, autores como W. Pareto, T. Mannheim o M. Weber, elaboraron teorías subjetivistas. Este último, al analizar las diferencias entre ciencias humanas y naturales respetó la singularidad del fenómeno humano. El marxismo aportó una interpretación distinta, llamada dialéctica, al afirmar que el modo de producción de la vida material, la existencia social del hombre, condicionan su conciencia (materialismo histórico), teoría asumida por Lenin, Luxemburg, Gramsci, etc.

Una ciencia social:

En realidad, toda esa euforia y todas esas ansias de lograr que la sociología fuera reconocida como una ciencia legítima encubrían una profunda desconfianza de parte de los propios investigadores frente a cualquier observación no comprobada por el método experimental, como, por ejemplo, en el caso de las reacciones químicas.

Por otra parte, el hecho de dotar a la investigación sociológica con una metodología común a las ciencias «consagradas» puede favorecer la obtención de resultados y facilitar las operaciones, pero no la pone a salvo de las interpretaciones personales del investigador ni confiere a la sociología la tan ansiada neutralidad.

Primero, porque no existen ciencias «neutras»: todas las formas de conocimiento son un producto del intelecto de seres humanos que viven en una determinada época y dentro de una determinada sociedad, con sus valores y aspiraciones característicos. En los tiempos de Galileo, por ejemplo, la ciencia oficial sostenía que el Sol giraba en torno de la Tierra. Cuando dicho científico probó lo contrario, las autoridades científicas repudiaron el descubrimiento, porque éste afectaba las bases del orden social establecido.

Si un conocimiento tan «neutro» como lo es la física choca con ciertos prejuicios (o incluso con valores aceptados de buena fe), ¿qué no se debe esperar de las ciencias humanas, en las que el hombre es, al mismo tiempo, investigador y objeto de estudio? ¿Cómo puede escapar un sociólogo de la red de valores que integran su personalidad, cuando intenta analizar un fenómeno cualquiera?.

Tomemos como ejemplo el prejuicio racial: el investigador puede abrigar o no ese prejuicio, o bien ser o no víctima de él, no hay una quinta posibilidad. Dicho en otras palabras, el científico participa necesariamente en el fenómeno que estudia, y en cualquier caso tiene una opinión formada sobre el asunto (opinión que no es científica). Antes de investigar el fenómeno, ya ha formulado un juicio de valor al respecto, influido por sus propias vivencias.

Esto no invalida en absoluto el conocimiento sociológico, pues éste puede esclarecer una serie de comportamientos irracionales y nocivos para la comunidad, como lo es el racismo, por ejemplo. No cabe duda que el prejuicio creado en torno del color de la piel está lejos de haber sido erradicado, pero la sociología es capaz de probar que las ideas que lo sustentan son falsas. Varias investigaciones sociológicas han demostrado que los prejuicios nacen de tensiones sociales no resueltas y que se los enmascara con argumentos de orden biológico.

A pesar de los inmensos obstáculos con que se enfrenta continuamente, la sociología ha obtenido finalmente su lugar dentro del llamado «mundo de las ciencias», principalmente porque logró obtener conocimientos acumulativos: cuenta con una serie de hipótesis comprobadas que propician el desarrollo de otras tesis. Tal es el caso de las investigaciones acerca de la influencia de los medios de comunicación de masa en el comportamiento del público, y de las motivaciones de los consumidores, en las cuales se basan las técnicas de la publicidad.

El conjunto de conocimientos adquiridos por la sociología revela una faceta de la realidad, pero al mismo tiempo se mantiene abierto para recibir informaciones que permitan dar validez o rechazar las nuevas hipótesis que surjan. el objeto de la sociología Para que una disciplina tenga razón de ser debe investigar la realidad desde un ángulo tal que jamás haya sido abordado por otras ramas del saber.

Un genetista y un físico pueden investigar un mismo fenómeno, pero cada uno de ellos sacará conclusiones diferentes. En las ciencias sociales ocurre lo mismo: economía, política, historia, antropología y sociología son disciplinas que estudian la sociedad, de la cual cada una investiga un sector e intenta explicarlo.

El trabajo del sociólogo consiste en esclarecer cómo y por qué las sociedades se organizan, se mantienen en funcionamiento y se transforman, y al mismo tiempo buscan las causas de esos hechos. En síntesis, la sociología se preocupa por descubrir cómo se estructuran las relaciones sociales.

Se trata de una tarea difícil. La sociedad abarca una gran variedad de fenómenos interrelacionados, que se hallan en constante cambio. Para darse una idea, baste con recordar las alteraciones que experimentaron en los últimos años los conceptos de moral, los sistemas educativos, la estructuración de los partidos políticos, la organización de los gremios, etcétera.

Frente a esta variedad, la sociología ha tenido que especializarse en varias ramas. La sociología general, por ejemplo, se ocupa de los grandes problemas metodológicos y estudia la dinámica de los fenómenos sociales: qué es lo que caracteriza a la sociedad, la acción, la relación y la organización social; la socialización; los tipos de sociedades; las relaciones existentes entre la sociología y las demás ciencias, etcétera.

Dentro del marco de la sociología general, los autores definen las líneas básicas que seguirán en sus investigaciones. Una vez elegido el método, el científico se especializa en el tema de su interés. Hay tantas especialidades como fenómenos y problemas sociales; o sea, todas las formas de comportamiento que tengan un significado grupal.

medios de comunicacion

Los medios de comunicación de masa modelan los patrones sociales y los vuelven deseables para la mayoría de
la población. El lujo, la comodidad y la posesión de objetos significan bienestar, prestigio y felicidad.

Una gran contribución:

La sociología se nutre de las informaciones obtenidas por otras ciencias afines. La historia, la política, la economía y la psicología son indispensables a los investigadores, al igual que la estadística, la cual permite medir la frecuencia, en un grupo humano, del fenómeno estudiado.

El sociólogo Theodor Adorno, por ejemplo, realizó una investigación sobre el autoritarismo en los Estados Unidos, cuyos resultados fueron compilados en el libro La personalidad autoritaria, obra de cerca de mil páginas. El científico partió de la hipótesis que sostiene que las convicciones políticas, sociales y económicas de un individuo forman un patrón coherente, como si estuviesen ligadas por una «mentalidad» o «espíritu». Ese patrón expresaría tendencias latentes en su personalidad. Adorno trataba de detectar los factores sociales y psicológicos que volvían al individuo potencialmente fascista; es decir, sensible a lo antidemocrático.

Con ese objetivo, Adorno y su equipo utilizaron tres métodos básicos: cuestionarios distribuidos entre un cierto número de individuos, con preguntas formuladas a partir de la hipótesis fundamental (la existencia de un patrón de personalidad autoritaria) ; entrevistas individuales, a nivel más profundo, con personas manifiestamente autoritarias; después, con los resultados obtenidos en las dos primeras etapas, se formaron grupos para discutir el problema (grupos integrados por individuos total o parcialmente autoritarios) .

Con los datos logrados mediante la combinación de los tres métodos, Adorno formuló un cuestionario general, respondido por un gran número de personas. Este trabajo, además de confirmar la hipótesis inicial, reveló que la personalidad autoritaria se forja en individuos que recibieron una educación rígida e inflexible, ya sea por pertenecer a familias extremadamente disciplinadas y puritanas o poco afectivas, o bien por haberse educado en escuelas con características semejantes. Tal conclusión resultó muy novedosa en esa época (década de 1940), porque hasta entonces solamente el psicoanálisis había tratado los problemas de carencia afectiva, tomando en consideración sus consecuencias sociales.

violencia
La violencia política generalizada y la tendencia a la burocratización del trabajo son fenómenos típicos de nuestra época. Por esa razón, son estudiados con interés por los sociólogos.

…los precursores de la Sociología

La Sociología nació en medio de las grandes transformaciones económicas, políticas y sociales que dieron lugar al mundo moderno tal como hoy lo conocemos. Frente a esas transformaciones, los fundadores de esta ciencia se preguntaron: ¿en qué se diferencian las sociedades del pasado de las del presente?, ¿cómo y por qué cambia una sociedad?, ¿qué factores crean divisiones o mantienen unida a la sociedad?

Para responder estas preguntas, Karl Marx (1818-1883) se interesó por la economía porque, comprendiendo cómo cambia la producción de los bienes en una sociedad a lo largo de la historia, podría comprender las diferencias entre las sociedades pasadas y presentes, por qué se producen las desigualdades y los conflictos sociales.

Para Max Weber (1864-1920), si bien la economía es importante para explicar estas cuestiones, las ideas vigentes en una sociedad también explicaban cómo y por qué cambian las sociedades a lo largo del tiempo. Por ejemplo, las ideas religiosas tenían una fuerte influencia en el modo en que una sociedad organizaba su vida y el trabajo.

Por su parte, a Emite Durkheim (1868-1917) le preocupaba analizar qué mecanismos producían las divisiones o uniones en una sociedad, es decir, qué hace que ios miembros de una sociedad cooperen unos con otros. Para él, en las sociedades más primitivas los seres humanos se encuentran unidos por lazos comunitarios, mucho más fuertes que en la sociedad industrial.

Esto significa que la comunidad en que vivían era determinante en su vida. Eso lo llevó a pensar que, para explicar la conducta humana, no basta con analizar a los individuos aisladamente porque la sociedad tiene influencia en las acciones y pensamientos de las personas.

Es decir, la sociedad es más que la suma de los individuos que la componen, tiene una existencia propia que se manifiesta en las normas, valores o creencias que se imponen a los individuos que forman parte de ella.

Fuente Consultada: Sociedad en Red EGB 9 A-Z Editora

Ver:Costumbres y forma de vida sociedad argentina

Los Salones Literarios en Buenos Aires Historia Sociedad Porteña

Los Salones Literarios en Buenos Aires

EVOLUCIÓN DE LA CULTURA
Salones, cafés y el bodegón

Durante el siglo pasado y a principios de éste, florecieron en Buenos Aires los salones literarios donde se reunieron los espíritus más cultivados de cada época y generación, partiendo la tradición del de Mariquita Thompson y Flora 
Sanchez de ThompsonAzcuénaga, en la calle Florida, hasta el Ateneo, ubicado en el que fue el Bon Marché (hoy Galerías Pacífico).

En cada uno de ellos se cumplió una acción renovadora que fue dando sus frutos en la literatura, las artes, las ciencias, la política, las modas, y si aquellos tiempos son de imitación de lo europeo, con afán de «snobismo», de ellos surgen los hombres, los artistas, pensadores, escritores en quienes cuaja el espíritu nacional que le confiere carácter inconfundible.

Si los salones reunieron a laélite, los cafés de la bohemia porteña reunieron a los intelectuales que cimentaron las letras y las artes. Algunos de ellos se recuerdan con veneración, como el café Brasil, que estuvo en Corrientes 922 hasta 1916 y que años antes fuera bautizado con el nombre de Café de los Inmortales.

Allí estuvieron Juan Pedro Calou, Gregorio de Laferrére, Novión, De Rogatis, Alberto Gerchunoff, Alfredo Palacios, Alberto Ghiraldo, González Pacheco, Diego Ortiz Grognet, Florencio Sánchez, Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas, Martínez Cuitiño (que le ha consagrado un libro de evocaciones), Rubén Darío, Charles de Soussens, Emilio Beeher, Enrique Banchs, Montea-varo, Roberto F. Giusti, Carlos Pacheco, Ezequiel Soria, Pedro E. Pico y tantos otros de significación.

Florencio SánchezAlfredo Palacios
Leopoldo LugonesRubén Darío

En El Nacional, que estuvo en Corrientes y Cerrito hasta 1916 (allí se construyó entonces el Banco Italiano), se reunían dramaturgos y compositores de tangos; el tango, folklore de Buenos Aires, que en música y danza se hizo universal. El Nacional era el café del tango, el primero que tuvo una orquesta de señoritas, donde se estrenó «La Morocha», de Saborido, donde se lucieron Pacho, Anselmo Aieta, Mercedes Simone, cuando el café se había trasladado a Corrientes y Carlos Pellegrini y fue dominio de Carlos Gardel y de Julio de Caro.

Hasta 1947 alcanzó a existir el bodegón de Celestino, en Maipú 89, que se llamó sucesivamente de «Los Escalones», «La Puñalada» y «Las siete pulgas». A él concurrieron Sarmiento, Mitre, Rubén Darío, Charles de Soussens. Al demolerlo, tenía una historia de 77 años.

Mencionamos estos cafés y este bodegón, de paso, por su relación con la cultura y el folklore porteños. El crecimiento de la ciudad tornó todo anónimo. Nacieron las sociedades de intelectuales, de escritores, de artistas plásticos, de músicos, de comediógrafos, de actores, acorde con los nuevos tiempos, tiempos de las grandes masas, del cine, de las salas de conferencias, de exposiciones de arte, de las aulas universitarias con miles de estudiantes y cientos de egresados en todas las profesiones.

Fuente Consultada:
75° Aniversario de LA RAZÓN Historia Viva
El Diario Intimo de un País – La Nación

Los Edificios Mas Famosos de Buenos Aires Primeros Rascacielos

EDIFICIOS ALTOS MAS FAMOSOS DE BUENOS AIRES
LA ERA DE LOS RASCACIELOS

Los RASCACIELOS son edificios de gran altura. Su nombre tiene un evidente contenido metafórico, pues alude a la bíblica Torre de Babel, el sueño de una arquitectura que vinculara a la Tierra con el Cielo. También objetos similares pueden ser nombrados con otras palabras: arañanubes, edificios altos, torres o edificios de perímetro libre, pero en casi todos estos casos la designación pierde la alusión mítica de la palabra.

En Argentina, si bien las primeras edificaciones en altura datan de la última década del siglo XIX, el concepto de rascacielo propiamente dicho comenzó a ser aplicado, bajo la gravitación de los modelos norteamericanos, recién a principios del siglo XX. El momento de apogeo de los rascacielos en la Argentina se dio desde mediados de los años veinte hasta la primera mitad de la década del treinta.

La expansión de la economía y de la industria de la construcción de finales de los años veinte tuvo uno de sus más claros reflejos en las edificaciones en altura que comienzan a ganar la ciudad de Buenos Aires, entre las cuales el Pasaje Barolo de Mario Palanti es ejemplo emblemático. La contracción que impone la crisis de 1929 favorece asimismo este tipo de programa que, encarado desde un nuevo punto de vista, permite una concentración de inversiones.

El edificio Kavanagh, del estudio Sánchez, Lagos y de la Torre, encarna esta situación acabadamente. Su apelación a la tecnología avanzada del hormigón armado y el hecho de que no fuera, como los ejemplos norteamericanos a los que refiere, un edificio de oficinas sino una monumental casa de departamentos son rasgos característicos de la producción argentina de esta tipología, cuyo interés comienza a decaer ya desde finales de los años treinta, aunque ocasionalmente vuelva a presentarse como objeto de reflexión.

Las dimensiones y características de los rascacielos son relativas a las condiciones concretas delentorno y al imaginario del momento histórico en que se edifican. Sin embargo, no todos los edificios altos pueden ser considerados rascacielos, puesto que la designación se popularizó a partir de la expansión de este tipo de edificios en Chicago durante la segunda mitad del siglo XIX.

Motivos religiosos o prácticos (necesidad de otear el horizonte o realizar observaciones) determinaron anteriormente la existencia de construcciones destinadas a ganar altura. Las pirámides, egipcias o americanas, tenían este fin; así como en China fueron frecuentes las Guan y las pagodas, o grandes palacios como el Budala en Lasa (13 pisos; 1645) o el Da Hong Tai en Cheng De (13 pisos; 1771).

En los Estados Unidos, los rascacielos pioneros no fueron construcciones esbeltas, y ni siquiera de perímetro libre: el Jayne Granite (1849) de fohnston y Walter, en Filadelfia, construido entre medianeras, tenía planta baja y siete pisos; el Western Union (1873) de Post en New York, en esquina, tenía planta baja y ocho pisos; el Leiter (1879), de Le Barón Jenney, en Chicago tenía planta baja y seis pisos. ¿Qué los definía como tales? Su mayor altura relativa en primer lugar, pero además la preocupación porliberar la planta de estructura portante, el interés por obtener el mayor tamaño en las aberturas de fachada, el empleo de circulaciones verticales mecánicas y su destino de oficinas de empresas comerciales.

En la Argentina los edificios altos comenzaron a construirse en la última década del siglo XIX. Según el censo municipal de 1904, en Buenos Aires había 60 casas de 4 pisos, 40 de 5 y 38 de 6. En 1909 el parque se había duplicado: 146 casas de 4 pisos, 92 de 5 y 68 de 6. De las ciudades del interior, Rosario se destacaba con unas 30 casas de tres pisos en 1906; solo un 1% de construcciones de dos pisos se contaban en Tucumán en 1913; en Córdoba y las restantes capitales provinciales ningún edificio sobrepasaba las dos plantas.

Fuente Consultada: Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Estilos, Obras, Biografías, Instituciones, Ciudades
De Liernur, Jorge Francisco y Aliata, Fernando. Editorial

Primer asombro: 14 pisos en 1915: Buenos Aires figura entre las cinco o seis más grandes ciudades del mundo. Imposible hablar en detalle de lo que tiene y la caracteriza. Su pujanza es incontrastable. Ninguna otra ciudad se transforma tan rápidamente como ella, fenómeno que ha llamado la atención de propios y extraños.

Ha ensanchado sus angostas calles convirtiéndolas en espléndidas avenidas, como Corrientes, la Broadway porteña, la calle de la noche, la que nunca pega sus ojos, la de los cines monumentales, los teatros; la Belgrano, al Sur, Córdoba al Norte y la más elegante y resplandeciente de todas, Santa Fe, la inmensa y lujosa artería norteña; Cabildo y la General Paz, la avenida jardín del límite, que se une a la magnífica avenida Costanera, donde la ciudad que sueña con el mar, se mira ufana en el leonado espejo del Plata.

Buenos Aires ha completado su crecimiento horizontal y se ha dado de lleno a su crecimiento vertical. La ciudad busca el cielo, sin perder su hermosura. Quien no sale del centro, creerá que no es bella, pero si la recorre íntegra, podrá notar que Buenos Aires es la ciudad más arbolada del mundo. No menos de cinco millones de árboles adornan sus calles, avenidas, parques y paseos. Pero cambia constantemente.

La ciudad debe contarse desde 1936, obra del doctor Mariano de Vedia y Mitre , cuando la apertura de la avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo. La más ancha, con su obelisco conmemorado del IV centenario, así como Rivadavia es la más larga, pues se pierde en la pampa enhebrando pueblos en más de 25 kilómetros.

En su crecimiento vertical, miles de edificios le dan la fisonomía de monumental. Y unos cuantos son ya la expresión de la era de los rascacielos.

El primero fue la Galería Güemes, en Florida, con 14 pisos y 87 metros de altura, inaugurado en 1915; le siguió el Pasaje Barolo, en Avenida de Mayo, con 18 pisos y 89 metros; la Torre Bencich, en Arroyo, entre Esmeralda y Suipacha, con 20 pisos y 80 metros de altura; el Comega, en Corrientes y Leandro N. Alem, con 21 pisos y 88 metros; el del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, en avenida 9 de Julio, con 25 pisos y 90 metros, en cuya terraza se instaló la antena de una emisora de televisión; el Saficó, en avenida Corrientes, con 26 pisos y 100 metros; el Kavanagh, el más famoso rascacielo porteño, en plaza San Martín, el primer rascacielo del mundo que tuvo aire acondicionado: 30 pisos y 120 metros.


Galería Güemes, en Florida, con 14 pisos y
87 metros de altura, inaugurado en 1915.

 


Pasaje Barolo, en Avenida de Mayo,
con 18 pisos y 89 metros.

 


Torre Bencich, en Arroyo, entre Esmeralda y Suipacha,
con 20 pisos y 80 metros de altura.

 


Comega, en Corrientes y Leandro N. Alem,
con 21 pisos y 88 metros.

 


Ministerio de Obras Públicas de la Nación, en avenida 9 de Julio,
con 25 pisos y 9c metros.

 


Saficó, en avenida Corrientes, con 26 pisos y 100 metros.

 


Kavanagh, el más famoso rascacielo porteño, en plaza San Martín,
el primer rascacielo del mundo que tuvo aire acondicionado: 30 pisos y 120 metros.

Y luego vinieron la torre de una Cooperativa en Rivadavia 5126, con sus 22 pisos y 70 metros de altura, conteniendo 230 departamentos; otro edificio, en Víamonte y Leandro N. Alem, de 41 pisos y más de 180 metros de alto, el más grande del mundo en cemente armado; las torres de Santa Fe y Suipacha; de Florida y Paraguay; de Cerrito y Viamonte; de Cerrito y Posadas; la República, de ENTel, en Maipú y Corrientes, y muchos otros testimonios de un crecimiento que tuvo como pioneros de la arquitectura más ambiciosa también en el complejo del Centro Cultural General San Martín, construido en varias etapas a partir de 1953 y otras iniciativas que se convirtieron en obras llamativas, como las de los edificios de Correos y ENTel, a medida que fue desarrollándose audazmente el diseño y el rediseño arquitectónico que se adueñó durante un amplio ciclo, de la zona bancaria, últimamente conocido como «microcentro».

De esa forma una vieja y clásica tienda cedió sus bases para la sede central del Banco de la Ciudad, en Florida y Sarmiento, a una cuadra de donde surgió también el nuevo edificio de otro Banco, No debe desestimarse tampoco la casa matriz del Banco de Londres y América del Sud, objeto de la admiración de paseantes y turistas; ni las obras de Catalinas Norte, imponentes en su futurismo; el Conurban, (foto abajo)  que unifica hormigón, cristal y ladrillo a la vista para resaltar su imponencia; la sede de la Unión Industrial Argentina (UIA), una gran caja de vidrio con grandes volúmenes de hormigón «jugando» con espacios llenos y vacíos; o el señorío de un hotel en Retiro y de otras torres que tienen, también, como fondo, el anchuroso río color de león. Igualmente, la proliferación de esos monstruos decemento invadió los barrios con complejos elevados, algunos de varios cuerpos, destinados a viviendas en propiedad horizontal.

Belgrano, por ejemplo, los adoptó, adquiriendo una personalidad distinta. Otros conjuntos habitacionales como los de Acoyte y Yerbal y los monobloques que eligieron la zona del remozado parque Almirante Brown, cerca del autódromo municipal —otra obra de proyección universal—, o los aledaños de la avenida Dellepiane, sin perjuicio de orillar la avenida General Paz y hasta adentrarse en los barrios céntricos de la metrópoli.

Otros rascacielos abren sus ventanas como ávidos ojos que miran hacia la ciudad del futuro, pero que no olvidan a los cíclopes del progreso, como el Palacio Barolo, despectivamente señalado entonces como «un gallinero de lujo», para convertirse pronto en motivo de orgullo para los porteños cuando descubrieron que tenían el edificio más alto de Sudamérica.

O como el de la Galería Güemes, que se sumó como base para una carrera edilicia que se tradujo, cuando la mole de don Luis Barolo cumplía apenas 10 años, en colosos —como ya dijimos— de la estatura del Kavanagh, que costó 5 millones de pesos y en su construcción se emplearon 1.600 kilómetros de varillas de acero, 90 kilómetros de cañerías, 1.300.000 ladrillos comunes, 600.000 huecos, 50.000 refractarios y 20.000 prensados. Su habilitación fue un acontecimiento para 1935 y 20 años después ya la ciudad mostraba elevados picos y una perspectiva de progreso y modernismo.

Y desde aquella inquieta jornada en que se impuso el cambio de mano, de izquierda a derecha, en la circulación vehicular, mucho pavimento se agregó en las calles para mejorar el tránsito de automóviles, colectivos —el invento porteño por excelencia que, con leves toques, mantiene su vigencia imperecedera—, ómnibus y trolebuses, y mientras el tranvía se obstinaba en subsistir, observando a su alrededor la paulatina pero implacable erradicación de la tracción a sangre. El tranvía!.

Toda una entidad, primero tirado por caballos e institucionalizado con el legendario mayoral y después con el trole y los 11 puntos del Lacroze, o los 9 del Anglo. Su aparición fue por el 1870 y su supresión, casi un siglo después, en 1962.

Poco a poco había venido siendo desplazado por el «hermano» de mayores dimensiones, menores gastos y mejor maniobrabilidad, accionado por un chofer al volante y generación de corriente a través de un doble cable aéreo. El trolebús había aparecido a comienzos de la década del 50 y cuando el tranvía fue retirado de la jungla de acero, quedaron por años los testigos de su paso, sus largos zapatos —las vías—, inconfundibles por su surco, para evitar descarrilamientos, en las que millares de pelotas de goma y hasta de cuero rebotaron antojadizamente, desconcertando al piberío y a los muchachotes que se trenzaban en los «picados» de barrio.

Fuente Consultada:
75° Aniversario de LA RAZÓN Historia Viva
El Diario Intimo de un País – La Nación.

La Inmigracion en Argentina Inmigrantes europeos en Argentina

La Inmigracion en Argentina
Inmigrantes europeos en Argentina

En las últimas décadas del siglo XIX se produjeron profundas transformaciones en la sociedad argentina. Se registró un vertiginoso crecimiento numérico de la población del país, que estaba relativamente poco poblado. El origen de este crecimiento fue la llegada masiva de inmigrantes de origen europeo.—en 1869, el 12,1% de los habitantes de la Argentina eran extranjeros y en 1914 el porcentaje ascendió al 30,3%—.

La Inmigracion en Argentina Inmigrantes europeos en ArgentinaLA INMIGRACIÓN EXTRANJERA EN ARGENTINA: La teoría civilizadora que iría a transformar profundamente nuestro país se formuló en un contexto de superpoblación y cambios en Europa. Para los Estados europeos la emigración fue una válvula de escape a muchos problemas locales. El auge de la navegación de vapor permitió un traslado transoceánico rápido y barato, al punto que solía ser más caro el pasaje desde las aldeas a los puertos de salida, que de éstos hasta América.

Proliferaban compañías cuyos voceros recorrían los campos procurando convencer a sus pobladores de que probasen la tentadora emigración. Agentes consulares y comerciales contribuyeron, ofreciendo incluso pasajes gratuitos. Hubo episodios de explotación del emigrante, cuya estada en los puertos fue aprovechada por avisados traficantes para esquilmarlos. Se dieron casos de engaño en que se mentía el destino del emigrante y se lo llevaba a lugares donde las condiciones de trabajo eran abusivas.

Por fin, hacinados en la tercera clase de buques, separadas las mujeres de los hombres, los europeos enfrentaban el océano y la incertidumbre. En nuestro país, Buenos Aires fue la puerta de entrada. Pequeña ciudad al comienzo, entre 1869 y 1914 duplicó su población.

Europa se había convertido en un polo de rechazo de población, debido al crecimiento demográfico y a la crisis agrícola que generaban desocupación y hambre, y también a causa de guerras y conflictos religiosos. Y el continente americano —en particular los países de la costa atlántica, entre ellos la Argentina— aparecía como un destino favorable para que una gran masa de europeos—mayoritariamente agricultores pobres— realizaran sus deseos de mejorar sus condiciones de vida.

Entre 1870 y 1929 llegaron a la Argentina alrededor de 6 millones de inmigrantes europeos, de los cuales algo más de 3 millones se radicaron definitivamente en el país. En su gran mayoría, arribaron con la esperanza de convertirse en propietarios de una parcela de tierra de cultivo o, al menos, de hallar un empleo bien remunerado en las faenas rurales. Aunque la producción agropecuaria argentina se hallaba en esos años en pleno auge, la mayor parte de los inmigrantes no logró transformarse en propietaria ni afincarse en zonas rurales.

Esto se debió a diferentes factores: las mejores tierras para la producción ya estaban ocupadas y eran propiedad de grandes terratenientes, por lo que el acceso a la tierra propia era muy difícil o estaba casi bloqueado para los recién llegados —que disponían de un capital escaso—. Por otra parte, la demanda d tenía un carácter estacional.

Cuatro millones de personas desembarcaron en sus playas, en un proceso que adquirió su máxima intensidad entre 1881 y 1930. En 1895, de cada 100 habitantes, 72 eran extranjeros de distintas procedencias, pero con un 43% de italianos y un 3300 de españoles. El criollaje vio invadido su escenario. Esa gringada, que se pensó iría a poblar el desierto, se concentró en la urbe y cubrió todos los puestos de trabajo. Hasta los policías eran extranjeros. En 1910, los europeos eran dos millones y medio, sobre una población total de seis millones y medio de habitantes. La crisis de 1929 frenó ese empuje. Aparecieron políticas discriminatorias y se acabó la inmigración espontánea.

Sólo se permitía la llegada de familiares de los ya radicados, con pasajes de llamada. Desde 1938, se combatió la inmigración clandestina y sólo se admitió la selectiva. El flujo poblacional se reanudará, en medida mucho más modesta, al fin de la Segunda Guerra Mundial, entre 1945 y 1950. Fueron grupos muy distintos de los arribados en el linde de los dos siglos. Pocos permanecerían entre nosotros. Volverían a Europa o probarían otros destinos migratorios. El saldo resultó negativo. Buenos Aires, como adelantamos, fue el gran receptor. A ello contribuyeron diversos factores. Por ejemplo, la dificultad de los agricultores inmigrantes para acceder a la tierra.

En el Litoral (Santa Fe, Entre Ríos y, en menor medida, Corrientes) desde mediados del siglo anterior se verían instalando colonias de los más diversos orígenes étnicos: judíos, suizos, franceses, alemanes, eslavos y los omnipresentes españoles e italianos. Dieron origen a lo que se llamó pampa gringa o pampa sin gaucho.

Los estancieros locales aceptaron con beneplácito la presencia de los chacareros en la medida que les permitía valorizar tierras de productividad dudosa, en muchos casos en zonas de frontera amenazadas por los indios, y se constituían en clientela para comerciantes dinamizando la región. Los terratenientes porteños y bonaerenses, en cambio impulsaron, en forma más tardía, el régimen de arrendamientos, alquiler precario de las tierras, en un ciclo que concluía con el alfalfado de los campos, para provecho del ganado. Este se hallaba altamente valorizado en función del progreso de la industria frigorífica.

Inmigrantes europeos en Argentina:

En 1862 entraron al territorio 6.716 inmigrantes; en el curso del año 1880 vinieron 41.651, y la cifra había ascendido a 70.000 en 1874. Esta población se distribuyó de preferencia en la zona litoral, y así surgieron centros agrícolas de alguna importancia en brevísimo plazo. Todo hacía suponer que el número seguiría aumentando; pero, a medida que crecía, se hacía más necesaria una meditada política colonizadora para arraigar a los núcleos aluviales y fundirlos en la comunidad.

Por el momento, la inmigración no parecía sino un instrumento del progreso económico; pronto se vería que suscitaba graves problemas de otro orden. Pero, sin duda, desde aquel punto de vista, la inmigración constituyó un factor de enorme importancia; gracias a ella creció la producción en tal escala que ya en la época de Avellaneda se logró exportar cereales, inaugurando una era de prosperidad económica que reportaría al país crecidos beneficios. En 1865 las importaciones habían superado a las exportaciones en cuatro millones de pesos oro cuando la suma del comercio exterior apenas pasaba los 56 millones; quince años más tarde, en 1880, las exportaciones llegaban a 58 millones contra 45 de las importaciones y el monto total del comercio exterior pasaba de los 100 millones.

Este acrecentamiento de la riqueza se advirtió en el florecimiento de las instituciones de  crédito y en el fácil desarrollo de las actividades mercantiles, cuyo crecimiento correspondió también a cierta transformación que fue operándose en el estilo de vida, en especial en Buenos Aires.

José Luis Romero, Las Ideas políticas en Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,
1969. (Fragmentos.)

Los inmigrantes europeos recién llegados que no tuvieron posibilidades de trabajaren el campo, debieron emplearse como trabajadores asalariados en la ciudad y pasaron a formar parte de esta clase obrera urbana. De este modo, se fue conformando aceleradamente un sector obrero numeroso y muy concentrado.».compuesto por argentinos nativos y, mayoritariamente, por trabajadores de origen europeo.

Los inmigrantes que arribaron con algunos recursos económicos o que ya desempeñaban un oficio en Europa, lograron establecerse con un pequeño comercio o montaron su propio taller, trabajando por cuenta propia —como zapateros, sastres, ebanistas o relojeros, por ejemplo— y formaron parte de los sectores medios urbanos.
Con el tiempo, muchos hijos de inmigrantes obreros lograron ascender socialmente, por la vía de una carrera profesional o por medio de un cargo en la administración pública.

Esta cercanía entre los sectores medios y los obreros,_ favorecida por \a pertenencia a una comunidad de origen, una lengua natal una cultura, un barrio, y la movilidad social que existía entre esas dos posiciones, permiten designar a esta franja de la sociedad —compuesta por nativos y un gran número de inmigrantes y sus descendientes— como sectores populares urbanos.

El torrente inmigratorio concentrado en Buenos. Aires (la ciudad tenía en 1869 casi 180.000 habitantes y, en 1904, 950.000) generó problemas habitacionales, debido a que la ciudad no estaba preparada para recibir a tantas personas en tan corto lapso. El Hotel de Inmigrantes sólo era un lugar de estancia transitoria para la gran mayoría de inmigrantes sin recursos. Luego de permanecer allí unos días, los inmigrantes debían salir y hallar un lugar para vivir, y lo conseguían en grandes casa donde compartían el baño y hasta el comedor, conocidos como conventillos.

Durante los últimos años, la sociedad argentina recibió dos tipos de inmigrantes muy diferenciados. La situación de crisis económica y crisis política que atraviesan algunos países latinoamericanos dio origen a una importante corriente inmigratoria —particularmente desde Bolivia, Perú y Paraguay—. Muchos de estos inmigrantes son jóvenes —en general, las familias quedan en el país de origen— que llegan a nuestro país con la expectativa de encontrar trabajo —están dispuestos a cualquier trabajo—- y a veces también de estudiar. El objetivo de estos inmigrantes es poder enviar ayuda económica a sus familiares y organizar su vida cotidiana con una mayor estabilidad que la que tenían en su país de origen.

Otra corriente migratoria muy importante es la proveniente de los países de Europa del Este, que se originó a partir de la crisis política y económica de la Unión Soviética que desorganizó el bloque de países liderados por ese país. Los inmigrantes de este origen, generalmente, son familias que tienen el objetivo de establecerse definitivamente en el país.

Los árabes: Cuando un árabe (vulgarmente llamado turco) llegaba al país, declaraba indefectiblemente ser de profesión comerciante. Al ver los registros, podía comprobarse que en verdad era agricultor en su tierra. Pero el paisano que lo llamaba le aseguraba su colocación en el comercio ambulante y el inmigrante asumía de antemano ese papel. Se formaron verdaderas redes de distribuidores de telas y baratijas, a partir de un árabe con negocio instalado, que mandaba al interior a los recién llegados. Estos, con una caja o baúl al hombro, llegaban hasta apartados rincones rurales a ofrecer su mercadería, sabiendo poco y nada del idioma. En 1906 el comercio ambulante sufrió una crisis en Buenos Aires, lo que hizo que los árabes se desplazaran hacia el interior. Pronto alcanzaron una distribución uniforme en todo el país. En Córdoba y en el Noroeste fueron más que todos los otros extranjeros juntos. En La Rioja superaban a los españoles. Debieron luchar contra la mala imagen que se les atribuía como comerciantes. En 1914, el 72 por ciento de los árabes habitaba en medio urbano. Los que prosperaron se insertaron en la industria y en otras actividades. Sólo en la segunda o tercera generación enviaron sus hijos a la universidad.

Los judíos llegaron al país organizados gracias a la obra del barón Mauricio de Hirsch, que consiguió sacarlos de Rusia, donde sus vidas no estaban garantizadas, e instalarlos en colonias agrícolas, la primera de las cuales fue Moisesville. En Santa Fe y Entre Ríos prosperaron esos que Gerchunoff bautizó como los gauchos judíos. Trabajaron también como artesanos (en el estereotipo popular, como sastres) y comerciantes. Muy preocupados por la educación utilizaron las facilidades de nuestro sistema educativo para destacarse como profesionales, científicos y artistas. Al original destino agrícola siguió la migración hacia las ciudades, periplo común de nuestros campesinos. Allí se dedicaron al comercio y a la industria. En general, los oriundos de Damasco y Alepo se ubicaron en el barrio porteño del Once, dedicados a la confección y comercio de textiles. Pero no todos los inmigrantes vinieron de Europa.

Los Japoneses: A comienzos de siglo un convenio con el imperio japonés trajo a algunos comerciantes de aquel país hasta el nuestro. En 1914 los orientales eran poco más de mil, la mitad de ellos residían en Buenos Aires y grupos menores en Santa Fe, Córdoba, Salta, Mendoza y Jujuy. Hacia 1933 eran 15.000 y hoy se los estima en 33.000. En 1920 crearon un instituto para enseñar su idioma y en 1937 fundaron la Escuela Japonesa de Buenos Aires, bilingüe. La mayoría provenía de la isla de Okinawa, cercana geográfica y culturalmente a China, mucho más abierta al extranjero que el territorio central.   Hacia 1920 se definió la inserción japonesa en el mercado laboral: fueron floricultores, horticultores y tintoreros. Popularmente se los sitúa en esta última profesión, pero no siempre fue así. En 1912 una mujer recorría las casas pidiendo ropa para lavar. Allí comenzó el camino de la colectividad hacia la tintorería. Pero cuando en 1935 se creó la Unión de Propietarios de Tintorerías la reunión se realizó en la Federación Gallega y no había japoneses afiliados. En 1939 un dirigente se referiría a éstos como una amenaza, pidiendo se limitara su ingreso. Según él, los precios bajos que cobraban los orientales se basaban en un ritmo de trabajo inhumano, esclavista y en la falta de ambiciones y de sentido social. Sólo en 1948 los japoneses ingresaron masivamente en la Unión.

Años después, en 1965, arribaron grupos coreanos y chinos. En la década del 80 los primeros participaron de una operatoria que fomentaba el ingreso de inmigrantes con capital. Hoy son 40.000, si bien su llegada declinó a partir de 1989. El primer grupo era más pobre y, como todos, los inmigrantes tuvieron que dedicarse a tareas no queridas por los nativos y mal pagas: fueron mozos, lavacopas, lustrabotas. Primero habitaron en una villa en el barrio porteño de Flores, erradicada compulsivamente por el gobierno militar. Entonces, adquirieron o alquilaron locales y casas en el mismo barrio, creando el Barrio Coreano o Koreatown. Convivieron en el Once y Caballito con los comerciantes judíos sefardíes, que desde 1910 practicaban el comercio y la confección textil. Pronto aprendieron el oficio, y comenzaron a crecer en el rubro, renovándolo con nueva maquinaria y un sistema de trabajo intensivo basado en mano de obra familiar.

Esa laboriosidad extrema era la misma que los pioneros judíos tenían al iniciar su camino del inmigrante, cuando trabajaban todo el día y dormían en el taller. No obstante, la crítica a los nuevos competidores parecía calcada de los reclamos antijaponeses de los treinta: trabajo abusivo e inhumano, desprecio por las conquistas sociales, etcétera. La laboriosidad y la autoexploración eran vistas como defectos. Aparte, los judíos decían ser más argentinos, integrados al país.

Los coreanos, a su vez, respondieron alegando que los judíos no trabajaban, sólo hacían números, y que si ellos adoptaron formas ilegales de explotación (trabajo en negro, jornadas abusivas) fue porque lo aprendieron de sus críticos. En todas las épocas el recién llegado siempre debió pagar derecho de piso y respondió al prejuicio con el prejuicio. Los hijos de los coreanos ya asisten a nuestras escuelas. Sus padres aprecian mucho las oportunidades educativas existentes aquí, muy escasas en su patria. Es probable que en poco tiempo una nueva generación de criollos de ojos rasgados aporte ejemplos útiles en la lucha contra la discriminación, y su comunidad sea tan respetada como lo es hoy la japonesa.

LAS CONDICIONES DE VIDA DE LOS INMIGRANTES: Dado que sus expectativas de acceder a la propiedad de la tierra se vieron frustradas por su inexistencia, la mayoría de los inmigrantes terminaron estableciéndose en las grandes ciudades como Buenos Aires, Córdoba o Rosario, en las cuales existía la posibilidad de encontrar trabajo en los puertos, en la construcción de edificios y desagües, o en algunos de los talleres industriales que comenzaron a establecerse a fines del siglo XIX. En 1914, el 50% de la población de la ciudad capital del país era extranjero. Las condiciones de de los inmigrantes eran muy malas.

Las ciudades no contaban con la infraestructura suficiente como para albergar a tanta gente, y ésta terminó habitando en antiguas mansiones abandonadas por la epidemia de fiebre amarilla de 1874, convirtiéndolas enconventillos en los que se hacinaban varias familias por cuarto.

PARA SABER MAS…
POR AQUELLA ÉPOCA TAMBIÉN…

En Buenos Aires se realiza la primera exposición del pintor Fernando Fader. Se funda oficialmente la Universidad Nacional de La Plata, ya existente pero con carácter provincial. Además, se crea el Patronato de la Infancia y se publica un nuevo diario: La Razón, bajo la dirección de Emilio Morales.

Dos instituciones deportivas llamadas a tener prolongada vida y múltiples éxitos aparecen en 1905: los clubes Independiente y Boca.

Además, arriban a nuestras playas 221.000 inmigrantes pero regresan a sus lugares de origen 82.000. Son los llamados inmigrantes golondrinas, que vienen a trabajar en las cosechas y luego retornan con sus ahorros. Ya son 12 millones de hectáreas las que comprenden los cultivos explotables. La ciudad de Buenos Aires ha pasado la raya del millón de habitantes y lo que llama la atención de los visitantes es la tupida red ferroviaria que transporta anualmente a 225 millones de pasajeros.

Se expide la primera cédula de identidad como documento personal y en la calle Esmeralda al 300 comienza a funcionar la primera sala cinematográfica. Por supuesto, se pasan películas mudas, a veces acompañadas de un piano. En tanto, en un restaurante del Centro, Ángel Villoldo presenta un tango que tendría gran repercusión: El choclo.

Hubo grandes inundaciones en Entre Ríos y el norte de la provincia de Buenos Aires. En Mar del Plata, que ya es la meca de los veraneantes, se incendia la flamante Rambla pero de inmediato se proyecta reemplazarla por otra construcción más sólida. Y el 1° de Mayo es celebrado, en forma conjunta, por la socialista Unión General de Trabajadores (UGT) y la anarquista FORA. El acto termina con la represión policial.

Los inmigrantes que llegan a la Argentina
Durante los últimos años, la sociedad argentina recibió dos tipos de inmigrantes muy diferenciados. La situación de crisis económica y crisis política que atraviesan algunos países latinoamericanos dio origen a una importante corriente Inmigratoria —particularmente desde Bol/vía, Perú y Paraguay—. Muchos de estos Inmigrantes son jóvenes —en general, las familias quedan en el país de origen— que /legan a nuestro país con la expectativa de encontrar trabajo —están dispuestos a cualquier trabajo— y a veces también de estudiar. El objetivo de estos inmigrantes es poder enviar ayuda económica a sus familiares y organizar su vida cotidiana con una mayor estabilidad que la que tenían en su país de origen.

Otra corriente migratoria muy importante es la proveniente de los países de Europa del Este, que se originó a partir de la crisis política y económica de la Unión Soviética que desorganizó el bloque de países liderados por ese país. Los inmigrantes de este origen, generalmente, son familias que tienen el objetivo de establecerse definitivamente en el país.

Fuente Consultada:
El Diario Intimo de un País – La Nación
El Gran Libro del Siglo XX de Clarín

Ver: 1920-1930: La Argentina y el Mundo