Los Edificios Mas Famosos de Buenos Aires Primeros Rascacielos



EDIFICIOS ALTOS MAS FAMOSOS DE BUENOS AIRES
LA ERA DE LOS RASCACIELOS

Los RASCACIELOS son edificios de gran altura. Su nombre tiene un evidente contenido metafórico, pues alude a la bíblica Torre de Babel, el sueño de una arquitectura que vinculara a la Tierra con el Cielo. También objetos similares pueden ser nombrados con otras palabras: arañanubes, edificios altos, torres o edificios de perímetro libre, pero en casi todos estos casos la designación pierde la alusión mítica de la palabra.

En Argentina, si bien las primeras edificaciones en altura datan de la última década del siglo XIX, el concepto de rascacielo propiamente dicho comenzó a ser aplicado, bajo la gravitación de los modelos norteamericanos, recién a principios del siglo XX. El momento de apogeo de los rascacielos en la Argentina se dio desde mediados de los años veinte hasta la primera mitad de la década del treinta.

La expansión de la economía y de la industria de la construcción de finales de los años veinte tuvo uno de sus más claros reflejos en las edificaciones en altura que comienzan a ganar la ciudad de Buenos Aires, entre las cuales el Pasaje Barolo de Mario Palanti es ejemplo emblemático. La contracción que impone la crisis de 1929 favorece asimismo este tipo de programa que, encarado desde un nuevo punto de vista, permite una concentración de inversiones.

El edificio Kavanagh, del estudio Sánchez, Lagos y de la Torre, encarna esta situación acabadamente. Su apelación a la tecnología avanzada del hormigón armado y el hecho de que no fuera, como los ejemplos norteamericanos a los que refiere, un edificio de oficinas sino una monumental casa de departamentos son rasgos característicos de la producción argentina de esta tipología, cuyo interés comienza a decaer ya desde finales de los años treinta, aunque ocasionalmente vuelva a presentarse como objeto de reflexión.

Las dimensiones y características de los rascacielos son relativas a las condiciones concretas delentorno y al imaginario del momento histórico en que se edifican. Sin embargo, no todos los edificios altos pueden ser considerados rascacielos, puesto que la designación se popularizó a partir de la expansión de este tipo de edificios en Chicago durante la segunda mitad del siglo XIX.

Motivos religiosos o prácticos (necesidad de otear el horizonte o realizar observaciones) determinaron anteriormente la existencia de construcciones destinadas a ganar altura. Las pirámides, egipcias o americanas, tenían este fin; así como en China fueron frecuentes las Guan y las pagodas, o grandes palacios como el Budala en Lasa (13 pisos; 1645) o el Da Hong Tai en Cheng De (13 pisos; 1771).

En los Estados Unidos, los rascacielos pioneros no fueron construcciones esbeltas, y ni siquiera de perímetro libre: el Jayne Granite (1849) de fohnston y Walter, en Filadelfia, construido entre medianeras, tenía planta baja y siete pisos; el Western Union (1873) de Post en New York, en esquina, tenía planta baja y ocho pisos; el Leiter (1879), de Le Barón Jenney, en Chicago tenía planta baja y seis pisos. ¿Qué los definía como tales? Su mayor altura relativa en primer lugar, pero además la preocupación porliberar la planta de estructura portante, el interés por obtener el mayor tamaño en las aberturas de fachada, el empleo de circulaciones verticales mecánicas y su destino de oficinas de empresas comerciales.

En la Argentina los edificios altos comenzaron a construirse en la última década del siglo XIX. Según el censo municipal de 1904, en Buenos Aires había 60 casas de 4 pisos, 40 de 5 y 38 de 6. En 1909 el parque se había duplicado: 146 casas de 4 pisos, 92 de 5 y 68 de 6. De las ciudades del interior, Rosario se destacaba con unas 30 casas de tres pisos en 1906; solo un 1% de construcciones de dos pisos se contaban en Tucumán en 1913; en Córdoba y las restantes capitales provinciales ningún edificio sobrepasaba las dos plantas.

Fuente Consultada: Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Estilos, Obras, Biografías, Instituciones, Ciudades
De Liernur, Jorge Francisco y Aliata, Fernando. Editorial

Primer asombro: 14 pisos en 1915: Buenos Aires figura entre las cinco o seis más grandes ciudades del mundo. Imposible hablar en detalle de lo que tiene y la caracteriza. Su pujanza es incontrastable. Ninguna otra ciudad se transforma tan rápidamente como ella, fenómeno que ha llamado la atención de propios y extraños.



Ha ensanchado sus angostas calles convirtiéndolas en espléndidas avenidas, como Corrientes, la Broadway porteña, la calle de la noche, la que nunca pega sus ojos, la de los cines monumentales, los teatros; la Belgrano, al Sur, Córdoba al Norte y la más elegante y resplandeciente de todas, Santa Fe, la inmensa y lujosa artería norteña; Cabildo y la General Paz, la avenida jardín del límite, que se une a la magnífica avenida Costanera, donde la ciudad que sueña con el mar, se mira ufana en el leonado espejo del Plata.

Buenos Aires ha completado su crecimiento horizontal y se ha dado de lleno a su crecimiento vertical. La ciudad busca el cielo, sin perder su hermosura. Quien no sale del centro, creerá que no es bella, pero si la recorre íntegra, podrá notar que Buenos Aires es la ciudad más arbolada del mundo. No menos de cinco millones de árboles adornan sus calles, avenidas, parques y paseos. Pero cambia constantemente.

La ciudad debe contarse desde 1936, obra del doctor Mariano de Vedia y Mitre , cuando la apertura de la avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo. La más ancha, con su obelisco conmemorado del IV centenario, así como Rivadavia es la más larga, pues se pierde en la pampa enhebrando pueblos en más de 25 kilómetros.

En su crecimiento vertical, miles de edificios le dan la fisonomía de monumental. Y unos cuantos son ya la expresión de la era de los rascacielos.

El primero fue la Galería Güemes, en Florida, con 14 pisos y 87 metros de altura, inaugurado en 1915; le siguió el Pasaje Barolo, en Avenida de Mayo, con 18 pisos y 89 metros; la Torre Bencich, en Arroyo, entre Esmeralda y Suipacha, con 20 pisos y 80 metros de altura; el Comega, en Corrientes y Leandro N. Alem, con 21 pisos y 88 metros; el del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, en avenida 9 de Julio, con 25 pisos y 90 metros, en cuya terraza se instaló la antena de una emisora de televisión; el Saficó, en avenida Corrientes, con 26 pisos y 100 metros; el Kavanagh, el más famoso rascacielo porteño, en plaza San Martín, el primer rascacielo del mundo que tuvo aire acondicionado: 30 pisos y 120 metros.


Galería Güemes, en Florida, con 14 pisos y
87 metros de altura, inaugurado en 1915.

 


Pasaje Barolo, en Avenida de Mayo,
con 18 pisos y 89 metros.

 


Torre Bencich, en Arroyo, entre Esmeralda y Suipacha,
con 20 pisos y 80 metros de altura.



 


Comega, en Corrientes y Leandro N. Alem,
con 21 pisos y 88 metros.

 


Ministerio de Obras Públicas de la Nación, en avenida 9 de Julio,
con 25 pisos y 9c metros.

 


Saficó, en avenida Corrientes, con 26 pisos y 100 metros.

 


Kavanagh, el más famoso rascacielo porteño, en plaza San Martín,
el primer rascacielo del mundo que tuvo aire acondicionado: 30 pisos y 120 metros.

Y luego vinieron la torre de una Cooperativa en Rivadavia 5126, con sus 22 pisos y 70 metros de altura, conteniendo 230 departamentos; otro edificio, en Víamonte y Leandro N. Alem, de 41 pisos y más de 180 metros de alto, el más grande del mundo en cemente armado; las torres de Santa Fe y Suipacha; de Florida y Paraguay; de Cerrito y Viamonte; de Cerrito y Posadas; la República, de ENTel, en Maipú y Corrientes, y muchos otros testimonios de un crecimiento que tuvo como pioneros de la arquitectura más ambiciosa también en el complejo del Centro Cultural General San Martín, construido en varias etapas a partir de 1953 y otras iniciativas que se convirtieron en obras llamativas, como las de los edificios de Correos y ENTel, a medida que fue desarrollándose audazmente el diseño y el rediseño arquitectónico que se adueñó durante un amplio ciclo, de la zona bancaria, últimamente conocido como “microcentro”.

De esa forma una vieja y clásica tienda cedió sus bases para la sede central del Banco de la Ciudad, en Florida y Sarmiento, a una cuadra de donde surgió también el nuevo edificio de otro Banco, No debe desestimarse tampoco la casa matriz del Banco de Londres y América del Sud, objeto de la admiración de paseantes y turistas; ni las obras de Catalinas Norte, imponentes en su futurismo; el Conurban, (foto abajo)  que unifica hormigón, cristal y ladrillo a la vista para resaltar su imponencia; la sede de la Unión Industrial Argentina (UIA), una gran caja de vidrio con grandes volúmenes de hormigón “jugando” con espacios llenos y vacíos; o el señorío de un hotel en Retiro y de otras torres que tienen, también, como fondo, el anchuroso río color de león. Igualmente, la proliferación de esos monstruos decemento invadió los barrios con complejos elevados, algunos de varios cuerpos, destinados a viviendas en propiedad horizontal.

Belgrano, por ejemplo, los adoptó, adquiriendo una personalidad distinta. Otros conjuntos habitacionales como los de Acoyte y Yerbal y los monobloques que eligieron la zona del remozado parque Almirante Brown, cerca del autódromo municipal —otra obra de proyección universal—, o los aledaños de la avenida Dellepiane, sin perjuicio de orillar la avenida General Paz y hasta adentrarse en los barrios céntricos de la metrópoli.

Otros rascacielos abren sus ventanas como ávidos ojos que miran hacia la ciudad del futuro, pero que no olvidan a los cíclopes del progreso, como el Palacio Barolo, despectivamente señalado entonces como “un gallinero de lujo”, para convertirse pronto en motivo de orgullo para los porteños cuando descubrieron que tenían el edificio más alto de Sudamérica.

O como el de la Galería Güemes, que se sumó como base para una carrera edilicia que se tradujo, cuando la mole de don Luis Barolo cumplía apenas 10 años, en colosos —como ya dijimos— de la estatura del Kavanagh, que costó 5 millones de pesos y en su construcción se emplearon 1.600 kilómetros de varillas de acero, 90 kilómetros de cañerías, 1.300.000 ladrillos comunes, 600.000 huecos, 50.000 refractarios y 20.000 prensados. Su habilitación fue un acontecimiento para 1935 y 20 años después ya la ciudad mostraba elevados picos y una perspectiva de progreso y modernismo.

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Y desde aquella inquieta jornada en que se impuso el cambio de mano, de izquierda a derecha, en la circulación vehicular, mucho pavimento se agregó en las calles para mejorar el tránsito de automóviles, colectivos —el invento porteño por excelencia que, con leves toques, mantiene su vigencia imperecedera—, ómnibus y trolebuses, y mientras el tranvía se obstinaba en subsistir, observando a su alrededor la paulatina pero implacable erradicación de la tracción a sangre. El tranvía!.

Toda una entidad, primero tirado por caballos e institucionalizado con el legendario mayoral y después con el trole y los 11 puntos del Lacroze, o los 9 del Anglo. Su aparición fue por el 1870 y su supresión, casi un siglo después, en 1962.

Poco a poco había venido siendo desplazado por el “hermano” de mayores dimensiones, menores gastos y mejor maniobrabilidad, accionado por un chofer al volante y generación de corriente a través de un doble cable aéreo. El trolebús había aparecido a comienzos de la década del 50 y cuando el tranvía fue retirado de la jungla de acero, quedaron por años los testigos de su paso, sus largos zapatos —las vías—, inconfundibles por su surco, para evitar descarrilamientos, en las que millares de pelotas de goma y hasta de cuero rebotaron antojadizamente, desconcertando al piberío y a los muchachotes que se trenzaban en los “picados” de barrio.

Fuente Consultada:
75° Aniversario de LA RAZÓN Historia Viva
El Diario Intimo de un País – La Nación.

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