Ideas de Moreno

Ideas Educativas De Sarmiento Estado y la Educacion Obligatoriedad

LAS IDEAS EDUCATIVAS DE SARMIENTO:

Un requisito para la existencia de un Estado nacional es el de conseguir un grado importante de cohesión cultural. Quienes se dedicaron a organizar el Estado argentino no olvidaron esta cuestión y debieron enfrentar una particularidad de nuestro país: la nación se estaba formando con el aporte masivo de inmigrantes de diferentes países, con lenguas y tradiciones diferentes.

Domingo Faustino Sarmiento

El Estado se fijó entonces como prioridad la tarea educativa, y con mayor énfasis a partir de la presidencia de Sarmiento, impulsó decisivamente la educación primaria. Se fundaron escuelas de primeras letras en todo el territorio nacional y también se crearon escuelas normales. En el siguiente texto, el historiador Gregorio Weinberg analiza las ideas educativas de Sarmiento y su relación con el modelo de país que se estaba gestando.

«Las ideas educativas de Sarmiento, en su intento por imponerlas en su país, estaban indisolublemente ligadas a una concepción que las integraba con una política inmigratoria y colonizadora; o expresado en otros términos, propiciaba el pasaje de una Argentina ganadera a otra agropecuaria; uno de los elementos esenciales para lograr esa transformación, tal como se la acaba de enunciar, era la educación que, por entonces y a nivel primario, se juzgaba permitiría la formación de hombres que pudieran ser productores y, simultáneamente, partícipes de ese proceso de cambio. Tenía por tanto la educación una función tanto política como económica y social.

La difusión de las primeras letras posibilitaría el acceso a la lectura, y por ende, al conocimiento de las ‘cartillas’ a través de las cuales se difundirían las conquistas, asombrosas para la época, de la Revolución Agrícola e Industrial que conmovía a Estados Unidos y Europa Occidental.

Ahora bien, la preocupación por el nivel primario era correcta para su época, pues educación elemental (o básica o primaria) y educación popular podían considerarse por entonces poco menos que equivalentes. Desde luego que la efectiva alfabetización siguió un ritmo menos intenso del previsto (es el supuesto fracaso que le reprocharon sus críticos más severos).

Pero ello quizás admita otra explicación: al no alcanzar la propiedad de la tierra (que estaba en manos de un sector reducido, adueñado de gran parte de la pampa húmeda y que paulatinamente se iría apropiando de sus ampliaciones sucesivas, como resultado de la llamada ‘conquista del desierto, concentración de la propiedad explicable sobre todo por el franco éxito de la economía pecuaria exportadora y que por entonces excluía al agricultor), al impedírsele también el usufructo de los derechos de ciudadanía y el ejercicio efectivo del sufragio, el factor educativo no desempeña en este plan el carácter de una variable cambiadora tal como se desprendía del ‘modelo’ sarmientino inicial, sino que pasa a ser una variable modernizados.

Pero de todos modos, y hechas las salvedades del caso, jugó un papel fundamental inspirando una ley de educación nacionalizadora de la inmigración e integradora del país. Así pues, su función democratizadora y unificadora tuvo sobresaliente importancia durante casi un siglo. Más aún, su influjo sobre la legislación escolar latinoamericana es indudable.»

GREGORIO WEINBERC.
Modelos educativos en la historia de América Latina. Buenos Aires, Kapelusz, 1984.

Educación popular: En las primeras décadas del siglo XIX había escuelas pero no existía un sistema educativo: no lo había si lo entendemos como institución, estructurado, con niveles, con un método de enseñanza. La educación va surgiendo, a decir verdad, inversamente a la edad de las personas: primero la universidad, luego los colegios secundarios que preparan para la universidad, y recién al final las escuelas primarias.

Sarmiento tuvo un temprano interés por desarrollar la educación como herramienta para la construcción do una sociedad civil y política moderna. Escribió varios textos sobre el tema, pero quizás el más paradigmático sea De la Educación popular, de 1849, uno de los resul tados de sus viajes por Europa y los Estados Unido:; Desde joven, la educación que le había sido negada, como dijimos, lo impulsaba a promover una educación estatal, para todos, gratuita y de calidad. Dirigiéndose a Manuel Montt, el ministro chileno que lo había enviado a aquel viaje de estudios, Sarmiento afirmaba: «No se me culpe de abandonarme a sueños de perfección irrealizables para nosotros». Es entonces que propone un sistema orientado a la educación de los sectores populares, en un siglo XIX en el cual sólo las minorías ilustradas tenían real acceso al saber.

Entusiasmado, defiende un esquema basado en los siguientes pilares:
«Cunas públicas» dedicadas a recién nacidos hasta los 18 meses, para ayudar a las madres pobres a continuar con sus trabajos.

«Salas de asilo» para niños de hasta cuatro años, donde empezaran a aprender a leer y escribir, a contar, a cantar, pusieran en movimiento el cuerpo y la imaginación.

Escuela primaria, donde se «ponen a disposición de los niños los instrumentos del saber».

Escuelas de artes y oficios, para transmitir al joven «un arte para producir riqueza».

Fuente: Enigmas de la Historia Argentina Diego Valenzuela

«De este principio imprescriptible [la igualdad de derechos de los hombres] hoy nace la obligación de todo gobierno a proveer educación a las generaciones venideras, ya que no puede compeler a todos los individuos de la presente a recibir la preparación intelectual que supone el ejercicio de los derechos que le están atribuidos. La condición social de los hombres depende muchas veces de circunstancias ajenas de la voluntad.

Un padre pobre no puede ser responsable de la educación de sus hijos; pero la sociedad en masa tiene el interés vital en asegurarse de que todos los individuos que han de venir con el tiempo a formar la nación, hayan por la educación recibida en su infancia, preparándose suficientemente para desempeñar las funciones sociales a que serán llamados.

El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral e intelectual de los individuos que la componen; y la educación pública no debe tener otro fin que el aumentar estas fuerzas de producción, de acción y de dirección, aumentando cada vez más el número de individuos que las poseen».

DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, Educación popular.

AMPLIACIÓN DEL TEMA: El gran mérito de la presidencia de Sarmiento fue la política educativa llevada a cabo en el ámbito secundario,  ya que la primaria y la superior eran provinciales.  Funda cinco colegios  nacionales en Rosario,   Corrientes,  Santiago del Estero,   San Luis y Jujuy; dos escuelas normales: en 1870 la de Paraná,  dirigida por un pedagogo norteamericano,   George Sterns,  recomendado por Mrs.Mann,  y en 1873 la de Tucumán.

Abre bibliotecas públicas anexas a los  colegios nacionales,  a los que dota de cursos  nocturnos para empleados y artesanos.  Funda el Colegio Militar para la formación de oficiales en 1870,  y en 1872 la Escuela Naval  Militar. Subvenciona escuelas particulares y ayuda a La Rioja a mantener escuelas de primeras letras. Debemos reconocer en su ministro de instrucción pública, Nicolás Avellaneda, al hom bre encargado de cristalizar en los hechos la orientación favorecedora de la instrucción.

La Escuela Normal de Paraná se componía de un curso normal y de una escuela modelo de aplicación para niños de ambos sexos. Hasta 1880,  el plan de estudios del curso normal,   imitado de los establecimientos similares norteamericanos y franceses,  era de cuatro años y brindaba una cultura general  un poco inferior a la del bachillerato,  además de la preparación pedagógica.  Desde sus comienzos y hasta 1876, la escuela fue dirigida por George Sterns. 

Este esforzado educador tuvo que luchar durante su gestión con grandes dificultades: el estado ruinoso del edificio, la deficiente preparación con que llegaban los  alumnos,  la carencia de útiles y textos, las luchas civiles en la provincia de Entre Rfos,  éstos fueron los principales obstácu los que debió enfrentar. A ellos se debe agregar la reacción provocada por el hecho de excluirse de esta escuela y por primera vez en el pafs,  la enseñanza religiosa, sumado a la circunstancia de ser protestantes muchos de sus profesores.

La mayoría de los alumnos eran becados y llegaban de diferentes puntos del país. Esto le dio resonancia nacional a la obra de la Escuela. Sus egresados difundieron por todas partes la técnica pestalozziana aprendida allf y fueron exponentes, a la vez que forjadores, de un tipo característico: el «normalista», con una formación precozmente especializada, cierta unüateralidad cultural y una firme adhesión a los dogmas positivistas.

A partir de 1874 se fueron creando en distintas ciudades  otras escuelas normales y nuevos departamentos  normales anexos a colegios  nacionales.  La duración de los cursos era de tres años en general,  excepto en la Escuela Normal de Paraná donde fue mantenido el plan de cuatro años hasta 1880,  en que se le dio a este  insti tuto la categorfa de Escuela Normal de Profesores.

Los  intentos de promover en el conjunto de la población algún tipo de formación profesional  o técnica realizados a comienzos de la década del  80 tuvieron un rápido fracaso debido a la estructura político-económica del país que no requerfa de los servicios de una educación formal.  La presencia de los inmigrantes que contaban con un grado de formación de su país de origen,   unido a la acción espontánea que se produce en procesos de esta naturaleza donde la capacitación requerida es muy rudimentaria,  fueron los factores que cubrieron las escasas necesidades existentes de una formación determinada.

Ampliar: Ideas y Reformas Educativas en el Siglo XIX

Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.
Historia Argentina – Historia de la Civilización – Manual de Ingreso 1977 – Dieguez – Pierini – Laplaza Edit. Investigación y Ciencia

 

Pensamiento de Sarmiento Para La Organizacion Nacional de Argentina

Pensamiento de Sarmiento Para
La Organización Nacional de Argentina

Entre 1868 y 1874, Domingo Faustino Sarmiento ocupó la presidencia de la Nación. Su gestión gubernamental continuó con el proceso iniciado por Mitre de consolidación y fortalecimiento estatal, y unificación política.

PRESIDENCIA DE SARMIENTO (1868-1874): El 12 de octubre de 1868 Sarmiento asumió la presidencia. Uno de sus objetivos fue imponer la autoridad del gobierno nacional, deteriorada por las luchas internas. Sin apoyos partidarios propios, contó con el ejército nacional para llevar a cabo la obra civilizadora que consideraba indispensable para el país.

En el interior, los Taboada eran el sostén mitrista que realizó a Entre Ríos en 1869. Esta actitud del gobernador entrerriano no agradó a muchos de sus partidarios; la oposición fue encabezada por Ricardo López Jordán. El 11 de abril de 1870 Urquiza fue asesinado en su palacio de San José. La Legislatura entrerriana lo reemplazó por López Jordán, que se levantó contra el poder central, pero fue vencido por las tropas nacionales. Nuevos intentos revolucionarios del mismo caudillo fracasarán en anos posteriores. (leer más sobre su gobierno)

Domingo Faustino Sarmiento

Pensamiento de Sarmiento Para La Organización Nacional de Argentina

Los siguientes fragmentos pertenecen a diversos libros escritos por Sarmiento entre 1845 y 1853.

Proyectos
«Cuando haya un gobierno culto y ocupado de los intereses de la nación, ¡qué de empresas, qué de movimiento industrial!
[…] el elemento principal de orden y moralización que la República Argentina cuenta hoy, es la inmigración europea […]. El día, pues, que un gobierno nuevo dirija a objetos de utilidad nacional, los millones que hoy se gastan en hacer guerras […], la inmigración industriosa de la Europa se dirigirá en masa al Río de la Plata; el Nuevo Gobierno se encargará de distribuirla por las provincias […] y terrenos feraces les serán adjudicados, y en diez años quedarán todas las márgenes de los ríos, cubiertas de ciudades, y la República doblará su población con vecinos activos, morales e industriosos. Estas no son quimeras, pues basta quererlo y que haya un gobierno menos brutal que el presente para conseguirlo.
[…] cien mil por año harían en diez años, un millón de europeos industriosos diseminados por toda la República, enseñándonos a trabajar, explotando nuevas riquezas y enriqueciendo al país, con sus propiedades.
[…] el Nuevo Gobierno organizará la educación pública en toda la República, con rentas adecuadas y con Ministerio especial, como en Europa.»
Facundo (1845). Buenos Aires, CEAL, 1967

Un modelo
«Dios ha querido al fin que se hallen reunidos en un solo hecho, en una sola nación, la tierra virgen que permite a la sociedad dilatarse hasta el infinito, sin temor a la miseria; el hierro que completa las fuerzas humanas; el carbón de piedra que agita las máquinas; los bosques que proveen de materiales a la arquitectura naval; la educación popular, que desenvuelve por la instrucción general la fuerza de producción en todos los individuos de una nación; la libertad religiosa que atrae a los pueblos en masa a incorporarse en la población; la libertad política que mira con horror el despotismo y las familias privilegiadas; la República, en fin, fuerte, ascendente como un astro […] y todos estos hechos se eslabonan entre sí, la libertad y la tierra abundante; el hierro y el genio industrial; la democracia y la superioridad de los buques.»
«Viajes» (1847). En Obras Completas. (T.V), Buenos Aires, 1949.

Los medios y los fines
«El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral, e intelectual de los individuos que la componen; y la educación pública no debe tener otro fin que el aumentar estas fuerzas de producción, de acción y de dirección, aumentando cada vez más el número de individuos que la posean.

La dignidad del Estado, la gloria de una nación no pueden ya cifrarse, pues, sino en la dignidad de condición de sus subditos […]. Hay además objetos de previsión que tener vista al ocuparse de la educación pública, y es que las masas están menos dispuestas al respeto de las vidas y de las propiedades a medida que su razón y sus sentimientos morales están menos cultivados. […] Téngase presente además, que los Estados sudamericanos pertenecen a una raza que figura en última línea entre los pueblos civilizados.

[…] la producción hija del trabajo, no puede hacerse hoy en una escala provechosa, sino por la introducción de los medios mecánicos que ha conquistado la industria de los otros países; y si la educación no prepara a las venideras generaciones para esta necesaria adaptación de los medios de trabajo, el resultado será la pobreza y la oscuridad nacional […]. Un crecido número de emigrantes de otras naciones que no sean la española, la única que nos es análoga en atraso intelectual e incapacidad industrial, traerá por consecuencia forzosa la sustitución de una sociedad a otra, haciendo lentamente descender a las últimas condiciones de la sociedad a los que no se hallen preparados ppr la educación de su capacidad intelectual e industrial […].»

«Educación popular» (1849). En Obras Completas, (T. XI).

«Una fuerte unidad nacional sin tradiciones, sin historia, y entre individuos venidos de todos los puntos de la tierra, no puede formarse sino por una fuerte educación común que amalgame las razas, las tradiciones de esos pueblos en el sentimiento de los intereses, del porvenir de la nueva patria.»

«Viajes». Citado por Natalio Botana en La tradición republicana. Buenos Aires, Sudamericana, 1984.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA
SARMIENTO PUBLICÓ DS NUEVAS OBRAS

Este año y desde su exilio chileno, Domingo F. miento publicó dos obras clave en su vasta producción intelectual: Argirópolisy Recuerdos de provincia.

Escrita bajo la fuerte influencia del viaje que realizara a los Estados Unidos en 1847, en Argirópolis o La capital de los Estados Confederados del Río de la Plata Sarmiento desestima su idea de construir un Estado centralizado según el modelo francés; y propone un modelo similar al americano, integrado tanto por la Argentina como por Uruguay y Paraguay.

El sitio de Montevideo, la presencia de la armada francesa y los ejércitos que se oponían a Rosas en el Río de la Plata daban cuenta de una conflictividad a la cual Sarmiento pretendía poner fin mediante la postulación de una fórmula superadora. Explícita así Sarmiento su intención: «Terminar la guerra, constituir al país, acabar con las animosidades, conciliar intereses de suyo divergentes, conservar las autoridades actuales, echar las bases del desarrollo de la riqueza y dar a cada provincia y a cada Estado comprometido lo que le pertenece. ¿No son, por ventura, demasiados bienes para tratar con ligereza el medio que se propone para obtenerlos?».

Inspirado en la experiencia que concluyó con la imposición de Washington como capital del país del norte, Sarmiento propone a la isla Martín García como capital de la Ciudad del Plata o Argirópolis. «Por su condición insular está independiente de ambas márgenes del río; por su posición geográfica es la aduana común de todos los pueblos riberanos […], por su situación estratégica es el baluarte que guarda la entrada de los ríos y […] será una barrera insuperable contra todo amago de invasión».

Por su parte, en Recuerdos de provincia, la reconstrucción de su infancia y juventud constituyen la excusa para trazar un paralelismo, sin duda aleccionador, entre su propia vida y la de la Argentina, ambas surgidas al despuntar la segunda década del siglo XIX. La descripción de su San Juan natal, de sus familias de origen, etc., constituyen, en realidad, un verdadero recurso para dar cuenta del devenir de la vida pública argentina de esos años.

Pero aunque pudiera sostenerse que estas obras responden a géneros literarios diferentes (ensayo utópico la primera; testimonio autobiográfico la segunda), ambas ilustran, ejemplarmente, la obsesión del autor por postular un orden político y social para la Argentina, en definitiva, la preocupación excluyente en la biografía de Sarmiento.

Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869 Nota de Diego F. Barros Sociólogo

Unificacion del estado argentino Gobierno de Domingo Sarmiento Legado

Unificación del Estado Argentino
Gobierno de Domingo Sarmiento

Entre 1868 y 1874, Domingo Faustino Sarmiento ocupó la presidencia de la  Nación. Su gestión gubernamental continuó con el proceso iniciado por Mitre de consolidación y fortalecimiento estatal, y unificación política.

PRESIDENCIA DE SARMIENTO (1868-1874)

El 12 de octubre de 1868 Sarmiento asumió la presidencia. Uno de sus objetivos fue imponer la autoridad del gobierno nacional, deteriorada por las luchas internas. Sin apoyos partidarios propios. contó con el ejército nacional para llevar a cabo la obra civilizadora que consideraba indispensable para el país.

En el interior, los Taboada eran el sostén mitrista que realizó a Entre Ríos en 1869. Esta actitud del gobernador entrerriano no agradó a muchos de sus partidarios; la oposición fue encabezada por Ricardo López Jordán. El 11 de abril de 1870 Urquiza fue asesinado en su palacio de San José. La Legislatura entrerriana lo reemplazó por López Jordán, que se levantó contra el poder central, pero fue vencido por las tropas nacionales. Nuevos intentos revolucionarios del mismo caudillo fracasarán en anos posteriores.

En 1870, al finalizar la guerra con el Paraguay, el ministro de Relaciones Exteriores, Mariano Varela, sostuvo como tesis que la victoria no daba derechos a los aliados para establecer limites con el país vencido. La política del Brasil era otra: pretendía obtener ventajas económicas y territoriales. El enfrentamiento se produjo por la posesión del Chaco, que Paraguay reclamaba como suyo; Brasil lo apoyó y firmó la paz por separado. Las relaciones se volvieron muy tensas.

En 1872 Mitre fue enviado a Río de Janeiro como ministro plenipotenciario y logró que Brasil reconociera las obligaciones emergentes del tratado de la Triple Alianza, firmado en mayo de 1865. Argentina, a su vez, reconoció el tratado de paz entre Brasil y Paraguay. El conflicto se solucionó definitivamente, tras vanos años de negociaciones, con el arbitraje de Estados Unidos de América (1878), que otorgó a Paraguay el territorio situado al norte del río Pilcomayo.

El gobierno de Sarmiento debió enfrentar la ya desprestigiada guerra del Paraguay y continuó con la política mitrista de generar alianzas con las provincias, a pesar de lo cual tuvo que sofocar varios movimientos opositores. La principal oposición a la que se debió enfrentar Sarmiento se produjo en Entre Ríos, seguía siendo dominada por el jefe del Partido Federal, justo José de Urquiza. Pero, para 1868, esta jefatura era fuertemente criticada por los federales más radicales, en parte por la tibia reacción de Urquiza frente a la guerra, en parte por el acuerdo que pacté con Sarmiento.

El 11 de abril de 1870, una partida federal atacó el Palacio San José, residencia de Urquiza, y asesiné a su dueño. Las sospechas apuntaron rápidamente al gobernador Entre Ríos, Ricardo López Jordán. Sarmiento intervino la provincia y mandó tropas que derrotaron a López Jordán en enero de 1871. Con esta derrota se ponía fin a los levantamientos provinciales del Litoral.

LA CUESTIÓN ELECTORAL. Al aproximarse las elecciones para presidente aparecían como candidatos: Mitre, por el partido nacionalista, y Alsina, por el partido autonomista. Fuerzas del interior se organizaron para evitar nuevamente el triunfo de Buenos Aires: en la Exposición Industrial Argentina, realizada en Córdoba en 1871, los gobernadores asistentes convinieron en sostener y apoyar con todos los medios a su alcance la candidatura de Avellaneda. Se formó así una verdadera liga de gobernadores que controlaban las elecciones en sus respectivas provincias e imponían al candidato oficial Alsina, viéndose sin posibilidades, se volcó a favor de Avellaneda y obtuvo que la vicepresidencia correspondiera a un hombre de su partido: Mariano Acosta. Se constituyó entonces el Partido Autonomista Nacional, triunfante en las decisiones realizadas en abril de 1874. El partido Nacionalista impugnó las elecciones por fraudulentas

Al llegar al poder, Sarmiento dejó en claro sus objetivos de propiciar la radicación de escuelas y el reparto de tierras para fomentar la colonización y el poblamiento de la pampa. Si bien no pudo avanzar demasiado en este último propósito, se dedicó con especial fervor al primero de sus objetivos. Mediante la Ley de Subvenciones de 1871 procuró garantizar los fondos para la creación de nuevas escuelas y para la compra de materiales y libros. En 1872 ya funcionaban en todo el país 1.644 escuelas primarias. También incentivó la formaciòn docente a través de la Escuela Normal de Paraná.

REVOLUCIÓN DE 1874. En Buenos Aires y Cuyo estalló la revolución. Desde Colonia. Mitre se dirigió al sur de la provincia de Buenos Aires, donde se reunió con las fuerzas de Ignacio Rivas. Quería unirse con Arredondo. que actuaba en Córdoba y San Luis, pero no pudo lograrlo porque fue vencido en La Verde (27 de noviembre de 1874) por el coronel Inocencio Arias. La rebelión quedó definitivamente sofocada al ser vencido Arredondo por Julio A. Roca en los campos de Santa Rosa (7 de diciembre de 1874).

EL LEGADO DE SARMIENTO:  “Nuestros mayores esfuerzos deben ser destinados a educar las generaciones venideras”. Así se expresa en su libro sobre la educación pública. Como Presidente de la Nación (1868-1874) realiza numerosas obras públicas en su área: funda las primeras escuelas normales, el Colegio Militar y la Escuela Naval, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y muchísimas escuelas primarias. Además, es autor del proyecto de una ley sobre bibliotecas públicas y crea las primeras escuelas para sordomudos.

Muchos años después será criticado por sus ideas anticlericales y por la lucha en favor de la educación laica; como bien afirma Luis Alberto Romero , el siglo XX se ocupa, primero, de combatirlo, y luego, de olvidar sus aportes. Los populistas “lo acusaron de elitista y cosmopolita. Más tarde vendría el contingente de los antropólogos, filósofos y sociólogos antiliberales, relativistas y escépticos, que tomaron como blanco sus convicciones civilizatorias y declararon preferir la barbarie”. El legado de Sarmiento, como sostiene el mencionado historiador, fue indiscutible y persistió hasta mediados del siglo XX: un Estado sólido, una sociedad democrática y con oportunidades de progreso; un sistema educativo gratuito y de alto nivel, que permitió la formación integral de niños de todas las clases sociales.

Transcurrieron ya doscientos años. La distancia temporal nos permite recuperar las mejores cualidades de nuestras figuras históricas y contemplarlas bajo una mirada más lúcida y alejada de las pasiones políticas. La educación, según la intuición de Sarmiento que hoy mantiene intacta su vigencia, es un arma poderosa para erradicar la miseria material y espiritual y formar futuras generaciones capaces de construir ese gran país que este gran educador soñó. Para todos.

Educar para crecer:
“El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral e intelectual de los individuos que la componen; y la educación pública no debe tener otro fin que aumentar esas fuerzas de producción, de acción y de dirección. La dignidad del Estado, la gloria de una nación se basa en la dignidad de sus súbditos; y esta dignidad se obtiene elevando el carácter moral, desarrollando la inteligencia y predisponiéndolo a la acción ordenada y legítima de todas sus facultades.”
De la educación popular

OBRA DE GOBIERNO. El período de Sarmiento soportó repetidas calamidades: frecuentes malones, grandes inundaciones, y en otras zonas, prolongadas sequías que originaron la muerte de 2.000.000 de cabezas de ganado. El episodio más luctuoso fue la epidemia de fiebre amarilla que, de enero a mayo de 1871, causó en Buenos Aires la muerte de 13.500 personas, sobre una población de 180.000 habitantes.

OBRA CULTURAL. «Educar al Soberano» fue su lema. No obstante la escasez de recursos, creó gran número de escuelas primarias y acreció y regularizó las subvenciones escolares a las provincias/En 1870 fundó la Escuela Normal de Profesores del Paraná. Varios colegios de enseñanza media, inauguraron sus tareas en diversos lugares. Creó la Academia de Ciencias en la Universidad de Córdoba, escuelas de agronomía, arbori-cultura y minería, la de sordomudos; adquirió en Europa laboratorios y colecciones científicas.  Instaló el museo de Historia Natural dirigido por el sabio alemán Germán Burmeister. Estableció el observatorio astronómico de Córdoba, con oficina meteorológica anexa dirigida por el sabio estadounidense Benjamín Gould. Fomentó la ilustración creando la Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares y distribuyó por todo el país colecciones de libros selectos.

OBRA ORGÁNICA. Promulgó el Código Civil y de Comercio. En 1869, por la «Ley de ciudadanía», reglamentó el procedimiento que debían seguir los extranjeros para nacionalizarse. Cabe agregar la Ley de Contabilidad y la organización de la Contaduría Nacional, la publicación del «Boletín Oficial» y del cuerpo de taquígrafos, para constancia escrita de discursos y debates de las Cámaras en el momento de su producción.

OBRA MILITAR. Fundó el Colegio Militar (22 de junio de 1879) bajo la dirección del coronel húngaro Czetz. El 5 de octubre le siguió la Escuela Naval, dirigida por el sargento mayor Clodomiro Urtubey. Hizo construir en astilleros ingleses la primera escuadra de guerra moderna, renovó el tipo de fusiles y cañones y adquirió la primera ametralladora.

OBRA ECONÓMICA. Extendió considerablemente la red de ferrocarriles y telégrafos. En 1872 fundó el Banco Nacional. Fomentó la inmigración; en 1869 levantó el primer censo nacional, obra de Diego G. de la Fuente: arrojó para todo el país una población de 1 736 000 habitantes. Al terminar el período fue Director de Escuelas de la provincia de Buenos Aires (comprendía también la ciudad capital), senador por San Juan y sólo por dos meses ministro del Interior.

Señores senadores y representantes:
Por última vez vengo a tener el honor de presidir el acto de la solemne apertura del Congreso Nacional, que se efectúa en medio de las bendiciones de paz de que goza la República, y por cuya dispensación debemos rendir gracias al Creador y congratularnos y congratular a la gran mayoría del pueblo argentino, que no con pocos sacrificios ha respondido al propósito de las leyes del Congreso, y secundado eficazmente la acción del Poder Ejecutivo a quien por la Constitución está reservada su aplicación. (…)

El progreso de las rentas ha seguido de año en año una proporción igual en su aumento a la que han alcanzado la educación del pueblo, la correspondencia epistolar, la inmigración, el consumo de papel, que es la medida del movimiento intelectual, la viabilidad y la telegrafía. (…)

En ferrocarriles, líneas telegráficas y caminos carriles, nuestro país marcha a la vanguardia de esta parte de América.

De doce millones de fuertes a que subían las rentas en 1868, el año pasado llegaron a veinte millones ciento sesenta mil pesos.

La inmigración que alcanzó a la suma de treinta y nueve mil individuos entonces, fue de ochenta mil el año pasado y ofrece llegar a cien mil en el presente.

El correo condujo en 1868 cuatro millones de impresos o manuscritos, mientras que en 1873 ha transportado siete millones setecientos ochenta mil cuatrocientos treinta por la distancia de ochenta y un mil leguas recorridas. La estafeta ambulante ha puesto en movimiento un millón de cartas.

En 1870 se enviaron seis mil cuatrocientos cuarenta telegramas por líneas que recorrían 129 millas; en 1873, ciento setenta mil setenta y nueve por 2.618 millas que funcionan hoy. En 1868 había en los colegios nacionales educándose 1.006 niños, y en 1873 han subido a 4.000. No se recogían datos sobre la educación primaria antes de 1868.

En 1852 a la caída de Rosas, había veinte escuelas costeadas por el Estado de Buenos Aires, y ni ese número en el resto de las provincias; hoy hay 1.117 escuelas públicas, considerable parte de ellas en edificios adecuados y a veces suntuosos. En un Departamento rural de Buenos Aires, bajo la impulsión inteligente del juez de paz Frers, se construyen siete edificios de escuelas.

En 1868 había una Biblioteca Popular en San Juan. Hoy hay 140 distribuidas en todos los pueblos, aun los más oscuros y apartados, alimentadas por treinta y dos mil volúmenes que cuestan 80.000 pesos fuertes.
En 1868 la comunicación con la Europa se hacía por cuatro vapores mensuales. Ahora se hace por diez y nueve, de modo que tenemos un vapor día por medio.

(Discurso de Sarmiento al inaugurar las sesiones del Congreso, en mayo de 1874.)

Biografia de Domingo Faustino Sarmiento Vida y Obra Legado al país

VIDA Y OBRA DE DOMINGO SARMIENTO Y SU LEGADO AL PAÍS

BREVE BIOGRAFIA DE DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO: Educador, escritor, político, periodista, militar y una de las personalidades más destacadas de América.

Nació en San Juan y falleció en Asunción del Paraguay. Ejerció la presidencia de la República desde 1868 hasta 1874. Fue un niño precoz. A los 4 años ya sabía leer, luego ingresó en la «Escuela de la Patria», donde mereció el título de «Primer ciudadano».

Siendo un adolescente acompañó a su tío el presbítero José de Oro a establecer una escuelita en San Francisco del Monte (San Luis), donde Domingo enseñó a leer a jóvenes mucho mayores que él.

A raíz de las luchas civiles debió emigrar a Chile donde fue maestro, minero y comerciante. De regreso a su patria, en 1839, fundó su primer periódico, «El Zonda». Por sus ideas contra los «federales» fue puesto en prisión.

Gracias a la intervención del gobernador Benavides quedó en libertad y poco después volvió a emigrar a Chile. Al pasar por el valle del Zonda dejó escrito en la piedra: Las ideas no se matan.

En Chile comenzó a escribir en el diario «El Mercurio» y, en 1842, el gobierno le encargó la organización de la Primera Escuela Normal que hubo en América del Sur. Durante su permanencia en Chile escribió algunas de sus obras más importantes: Mi defensa (1843) y Método gradual de lectura.

En 1845 apareció en el diario «El Progreso» como folletín, Civilización y barbarie, que publicó luego como libro con el título de Vida de Juan Facundo Quiroga. El gobierno chileno lo envió para estudiar los sistemas educativos en Europa y los Estados Unidos. Fruto de esas experiencias fueron sus libros Viajes y Educación popular (1849). En 1850 dio a conocer su libro Argirópolis y también Recuerdos de Provincia, su obra más conocida, donde rinde un especial homenaje a su madre Paula Albarracín.

Dos años más tarde apareció apareció Campaña del Ejército Grande y, por último, Conflictos y armonías de las razas en América (1883) y Vida de Dominguito (1886). En 1862 fue gobernador de San Juan. Como presidente de la República llevó a cabo una obra muy progresista.

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AMPLIACIÓN BIOGRÁFICA DE UNA COLABORADORA: Fueron sus padres José Clemente Sarmiento y Paula Albarracín, que formaron un hogar pobrísimo, en el que nacieron quince hijos de los cuales sobrevivieron seis Domingo Faustino Sarmiento, un niño que llegó a ser en el desarrollo extraordinario de su vida, un hombre de apariencias contradictorias, psicológicamente estructurado con antinomias poderosas.

Fue a la misma vez tierno y terrible, pacífico y combativo, derrochador por una semana y austero el resto de su vida, extremadamente sensible y reidor estrepitoso, gran escritor esencialmente castizo que jamás tuvo idea clara de la sintaxis castellana, libertador y autoritario, tildado de loco por muchos y clamado genial por cultos y excelsos, insultado y bendecido, blanco de burlas acerbas y objeto de admiración extrema, y que en la escala de los desempeños sociales ocupó las posiciones ínfima y máxima, como la de obrero «apir» en una mina chilena y presidente «constitucional» en la República Argentina.

Supongo que se preguntarán el porqué de mi elección: ¿Por qué Sarmiento centrandome en su labor periodística? Fue una decisión bastante personal ya que me interesa mucho el periodismo. En realidad, me fascina todo lo que tenga que ver con los medios de comunicación y, por ende la expresión de ideas. Por eso al comenzar a leer sobre este personaje tan particular, pude notar que de alguna manera él también sentía lo mismo que yo, quizás de una forma mucho más profunda, pero siento que compartimos este mismo de deseo de expresarnos aunque nadie nos pueda escuchar, de compartir aunque nadie quiera recibir, de dialogar aunque nadie tenga tiempo para contestarnos.

Y lo percibo en su obra, en su manera tan particular de escribir que demuestra que no le importa la estructura formal de sus escritos, sino expresar simplemente lo que siente en su corazón. De allí su literatura orgánica y característicamente humana. Y me apasiona ver todo lo que hizo para satisfacer esta necesidad inminente de expresión. Siendo conciente de que no todos fueron éxitos, también hubo fracasos, pero sirvieron de experiencia para superarse cada momento. Es así que de alguna manera quisiera poder llegar a ser como él fue.

Tesonera, sin rendirme, luchando contra lo que sea por lograr ese, mi objetivo que sé que es correcto y vale la pena. Con este ensayo me gustaría poder compartir aunque sea una milésima parte de este sentimiento con ustedes, para que nos demos cuenta de que no es imposible lograr lo que nos proponemos, que nuestros sueños no son tan lejanos si realmente queremos y estamos dispuestos a sacrificarnos para alcanzarlos.

Quisiera también que encontremos en Domingo Faustino Sarmiento esta figura, no de héroe, sino de ejemplo claro y práctico de que no hace falta tener cualidades extraordinarios ni poderes sobrenaturales para ser quienes queremos ser, felices con lo que tenemos, siempre ambicionando más dentro de las posibilidades.

Voy a encarar el desarrollo de este ensayo basándome en su obra periodística relacionándolo, inevitablemente, con su papel de escritor ya que fue esta actividad la que realizó durante más tiempo y donde se vio más claramente reflejada su alma de periodista. Viendo cómo influyo este espíritu de comunicador en todo lo que hizo, no sólo relacionado al arte de las letras, sino también en todos los aspectos de su vida.

Todo acaba en algún momento, todo tiene un final. Todo, menos la palabra, la palabra es inmortal. Bienvenidos al mundo de Domingo Faustino Sarmiento, el periodista… DESARROLLO Sarmiento transformó efectivamente la prensa americana. Sus artículos, que conservaban el aspecto denso y la longitud, ahora extensiva, de los desarrollos doctrinarios, se componen de hechos y de ideas. La vanilocuencia del teorismo y de la injuria ha pasado. Queda sólo el casco repleto, en el tempestuoso desarbolo del buque, arrasado por los huracanes políticos. Aquellos artículos macizos como vigas, son la andamiada de la nacionalidad futura; y en ellos aletea o canta, al pasar la genuina poesía del recuerdo y de la esperanza, como una golondrina fugaz en el mechinal de la pared inconclusa.

De ahí también que no sea «sueltista». Su concepto tiene demasiada trascendencia para resignarse a ese epigrama en prosa. Su literatura neológica y pintoresca, mal pergeñada también a veces, poseía una cosa superior al concepto rígidamente constructor de la academia: la vida, que es irregular pero fecunda. Añadía a esto el prestigio de su gran virtud comunicativa: la jovialidad, que era el reflejo dichoso de una salud moral inquebrantable.

El estilo de Sarmiento introdujo el escándalo bienhechor de la risa, marchitada por el insulso epigrama purista y por la solemnidad retórica. Y tanto se adelantaba a su tiempo aquella campaña por el verbo libre del ideal, que sus frutos son todavía escasos. Sarmiento, como muchos otros jóvenes de su partido y de su clase, había aprovechado la coyuntura; e insinuándose en el ánimo del gobernador, ciertamente accesible al orgullo local de tener en su provincia hombres tan instruidos, aquel grupo inició una serie de trabajos civilizadores.

El Autodidacta: Para entender la obra de Sarmiento, primero hay que comprender de dónde viene el hombre. Sarmiento no tuvo asistencia perfecta a la escuela por voluntad personal, porque quisiera pasar a la Historia como alumno modelo sino por el rigor que le imponía su madre, que lo empujaba a las aulas: recordando sus días escolares, Sarmiento confiesa en Recuerdos de provincia: «Permanecí nueve años sin haber faltado un solo día bajo pretexto ninguno, que mi madre estaba ahí, para cuidar con inapelable severidad de que cumpliese con mi deber de asistencia». Como se dijo, la formación de Sarmiento es la de un autodidacta. Vivió algo parecido a un complejo de inferioridad, porque no tuvo las mejores oportunidades para estudiar y abrirse camino como hubiera querido. «Uno de los temas de Sarmiento es justamente la educación que no tuvo. Yo creo que cuando él hace tanto hincapié en la educación, sobre todo en la educación primaria, se está refiriendo a la educación que le fue negada. Entre los dramas que tenía, el conflicto con el padre pasaba por la cuestión de que él no podía darle educación. Por eso aparece infinidad de veces el tema de la maldición al padre; el hijo maldiciendo al padre o el padre maldiciendo al hijo está como treinta o cuarenta veces en la obra de Sarmiento», según Romano, detallista lector de las obras sarmientinas. (Fuente: Enigmas de la Historia Argentina, Diego Valenzuela)

Constituyeron desde luego, bajo el nombre de Sociedad Literaria una sucursal de la Asociación de Mayo, fundada en Buenos Aires por Echeverría. Era una especie de logia romántica que aunaba los generosos amores de la literatura y de la libertad, confiriendo a la juventud adherente algo así como un bachillerato de civismo. Los jóvenes leían autores nuevos europeos, discutían sus doctrinas, amaban la libertad y argumentaban sobre bases de organización social.

Así fue como el 20 de julio de 1839 aparece el semanario El Zonda, fundado por ocurrencia de Sarmiento a no dudarlo; pues fue el autor de la «constitución» de aquel instituto y lo dirigió en compañía de dos personas de su familia; así como fue el director visible del periódico; en el conflicto, hizo que todo se hechara a perder. El semanario se caracterizaba por sus ataques y grandes críticas contra Juan Manuel de Rosas. Es por eso que sólo duró seis semanas: el gobernador de Buenos Aires levantó con arbitrariedad el precio de publicación del periódico, en la única imprenta existente, o sea la oficial, ocasionando su desaparición.

En su último número el semanario formuló su testamento. Pero con su fundación, nuestro personaje ha iniciado su verdadera vida, pues será periodista por toda su existencia. Lo cierto es que desaparecido El Zonda, la sociedad reveló su verdadero carácter, conspirando de acuerdo con Brizuela, gobernador de La Rioja que se había entendido con los unitarios, contra el mismo Benavídez. Fue aquello la repercusión en San Juan, del movimiento de 1840. Benavídez descubrió la conjuración, arrestó a Sarmiento que se había quedado para cubrir con su presencia ostensible la fuga de sus compañeros, y siempre afable con él, no hizo sino desterrarlo a Chile. Pasó los Andes, runiando su propia médula libertina y romántica, con tal urgencia de producir, que en menos de tres meses había publicado en Chile bajo seudónimo, con ocasión del aniversario de Chacabuco, un sonoro artículo patriótico que le valió el cargo de redactor en El Mercurio de Valparaíso, órgano de aquella publicidad, y dos meses después el de fundador y director de El Nacional, primer periódico de Santiago.

Cincuenta escasos días le bastan para poner en movimiento y dominar la prensa trasandina. Por último El Censor, su postrer empresa, lo colocó entre los iniciadores de la más adelantada época del periodismo argentino. Median cincuenta años de tarea entre la primera y la última de esas hojas. Tarea de fe y de esperanza. En 1961, durante la guerra con las montoneras del Chaco, sus cartas al presidente Mitre contienen siempre esta doble solicitud: armas para asegurar el orden y con él la industria y el comercio, víctimas perpetuas del saqueo gaucho; imprenta, una imprentita», según su diminutivo premioso y confidencial, para la necesaria propaganda del bien público. Y luego, el consabido rasgo jovial: «No me deje usted sin mi trompa de elefante». La libertad indispensable a ese órgano de volar que es el periódico, la quiere ilimitada. «

Un sabio error de nuestra constitución, ha puesto la prensa fuera de la jurisdicción federal. No tiene juez competente, aún para sus delitos». Con esto Sarmiento se refiere a que según la constitución federal, no existe aquí el delito de imprenta. O en términos filosóficos: la libertad del pensamiento jamás puede constituir delito, lo único que se castiga es el delito común, cometido por medio de la prensa. Esto equivale, sencillamente, a inaugurar una nueva civilización, puesto que es lo contrario de la antigua.

La nación debe al liberalismo porteño esta garantía histórica. La libertad ilimitada del pensamiento, es el signo característico de la dignidad humana. Pero la desea también mesurada para que sea provechosa. «Sólo Sarmiento, añade, ha trabajado en vano para imprimirle un poco de mesura». Hasta 1845, actúa en Chile como educador, periodista y literato, sin que sus grandes labores lo induzcan a interrumpir por un instante su campaña contra la tiranía.

Siendo presidente, los ministros le piden que no escriba, porque exacerba las pasiones. Y acata la indicación. «Es preciso ser honrado el que habla, y las demás virtudes le vienen por añadidura, si tiene dilatable el corazón». De aquel estilo fragmentario proviene su característica más saliente como autor de libros.

Es el escritor de los trozos más selectos. Imposible encontrar en su inmensa obra una pieza completa. Esta peculiaridad, unida a su vocación de novelista, que no puede satisfacer porque necesita todas las letras para la gran obra de hacer país, determina su predilección biográfica. Las «vidas» constituyen una especialidad de su literatura. «Gusto, dice, de la biografía. Es la tela más adecuada para estampar las buenas ideas».

La falta de proporción, constituye el defecto correspondiente. La urgencia es digresiva por necesidad, y ahí está la falla de esas páginas. Hay veces que una digresión, con frecuencia destinada a lapidar un insignificante, ocupa dos terceras partes del trozo. Su positivismo da con frecuencia en excesos materialistas, apenas atenuados por el interés novelesco, siempre poderoso en él. Por esto atribuía gran importancia civilizadora a la lectura de novelas. «Las novelas han educado a la mayoría de las naciones».

El exceso de positivismo torna a veces antipática y estéril su prosa, convertida en charla de cura laico, o en lección de economía doméstica. Sus carillas aprovechadas hasta el fin, sin ningún margen expresan quizá aquella tendencia. Cuando se mantiene en las regiones superiores de la moral práctica, que es la organización positiva de la bondad, su pensamiento está lleno de nobleza. «Toda la historia de los progresos humanos, es la simple imitación del genio». Sin duda, su vida entera ratifica esta verdad. Su originalidad proviene en gran parte de su improvisación de periodista.

Es de ocurrencias más que de expresión, excepto cuando describe el medio natal que la lleva de por sí. Inicia los temas sin meditación previa, y por esto mismo es inesperado. «Mis ideas se arrastran al comenzar el escrito, que no adquiere vigor sino a medida que avanza, como aquellos generales a quienes la batalla misma ilumina». La imaginación creadora que levanta palacios con una sola piedra, cuya vinculación trascendental en la estética confiere el dominio de elementos dispares o contradictorios para cualquier otro, constituyen en él, el don inventivo.

Siete años después de haber descrito la pampa en el Facundo, viene recién a verla con sus propios ojos. Y la descripción es fidelísima. Alguna vez ha llegado a escribir dormido. Su primera gran obra fue, sin duda, Facundo. La novela biográfica se publicó en 1845 y narraba la vida de Juan Facundo Quiroga, el aspecto físico y hábitos de la República Argentina, también atacaba el régimen de Rosas.

Se trataba al principio de un panfleto, redactado con la habitual premura, a hondo fuego de inspiración tan urgente, que no permitió esperar nilos dats pedidos a este país. Forzado por el calor febril, como una planta excesiva, aquel libro resultó una creación extraña, que participa de la historia de la novela, de la política, del poema y del sermón. Facundo constituye todo el programa de Sarmiento.

Sus ideas literarias, su propaganda política, sus planes de educador, su concepto histórico, están allí. Es aquélla nuestra gran novela política y nuestro gran estudio constitucional: una obra cíclica. El primer escritor argentino verdaderamente digno de este nombre. Mayor vigor literato alcanzó Sarmiento en Mi defensa (1843) y Recuerdos de provincia (1850). Ésta última es el libro más sobrio y maduro, el mejor de Sarmiento literalmente hablando, son de aquella simiente.

Representan con Facundo la tentativa lograda de hacer literatura argentina, que es decir patria; puesto que la patria consiste ante todo en la formación de un espíritu nacional cuya exterioridad sensible es el idioma. Sus numerosas traducciones de libros útiles, desde el texto escolar a la biografía predilecta, robustecen su concepto de la literatura: órganos de civilización más que de recreo. Aquellos actos de humildad, en escritor tan personal y fecundo, son pruebas de alta abnegación patriótica. De ahí provino su idea de la convención latinoamericana para la traducción de obras, que lo llevó en 1884, enviado por Julio Argentino Roca como plenipotenciario intelectual.

De cualquier modo, a partir de 1880, tras la elección presidencial de Roca, Sarmiento se fue alejando de la política para incrementar su labor literaria. Así, en 1883 publicó Conflictos y armonías de las razas en América y, en 1885, editó su última obra: La vida de Dominguito, biografía de su hijastro (Domingo Fidel Sarmiento) que murió en el transcurso de la guerra contra Paraguay iniciada en 1865. Se trata de una necrología llena de nobles páginas, de poética intimidad doméstica, es también un tratado de pedagogía. Y precisamente cuando mezcla estos dos elementos, tan discordes al parecer, es cuando el libro resulta más hermoso y original.

En los últimos años de su vida se dedicó a colaborar con diversos periódicos y a escribir sus obras. Se fue a vivir a Paraguay, cuyo clima beneficiaba su salud. Allí, en la capital, Asunción, lo sorprendió la muerte, el 11 de septiembre de 1888.

Ver: Pensamiento de Sarmiento Para La Organización Nacional de Argentina

Ver: Historia de la Fragata Sarmiento

Ma.Florencia Masoni

 

Quienes Fueron los Caudillos Provinciales Biografia Batallas Vida

BIOGRAFIAS DE LOS CAUDILLOS PROVINCIALES

El caudillaje, o liderazgo, es un hecho común y repetido en la historia política de los pueblos. Con frecuencia los pueblos, más que en las instituciones, ven sus sentimientos, sus ideas, sus ideales encarnados en un jefe que sobresale por sus cualidades personales. A él le prestan espontáneamente adhesión, obediencia y apoyo.

A él confían la realización de sus ideales y la defensa de sus intereses.

Este fenómeno es más frecuente cuando los países están desorganizados, o en organización, y todavía no se han creado las instituciones capaces de encauzar orgánicamente su vida.

En la época de la organización también en nuestro país floreció el caudillismo. Rosas en Buenos Aires, Artigas en la Banda Oriental, López en Santa Fe; Quiroga y Peñaloza en La Rioja; Bustos en Córdoba, Ibarra en Santiago del Estero, Araóz en Tucumán, Güemes en Salta, son exponentes del caudillismo entre nosotros.

Eran hombres de excepcionales condiciones personales, a quienes el pueblo reconocía como jefes y seguía con lealtad. En ellos confiaba y a ellos daba su apoyo.

Nuestros caudillos eran también jefes militares. La mayor parte de ellos carecían de disciplina académica y sus ejércitos improvisados formaron las «montoneras».

El sentimiento tradicional, y la defensa de las libertades locales tuvieron en ellos fuerte sostén. Por ellos pudo lograrse el sistema federal.

Al negarse a aceptar instituciones que no respondían al ser nacional los caudillos contribuyeron a nuestra organización.

No eran ni bárbaros, ni ignorantes, ni retrógrados como se los ha presentado con frecuencia. Pero no tenían el refinamiento de las clases cultas, aunque provenían generalmente de familias patricias.

Son muy dispares los juicios emitidos sobre nuestros caudillos. La importancia de la función que les cupo en nuestra formación nacional cada día es más reconocida.

LOS CAUDILLOS DE ARGENTINA

En la mayoría de los estudios sobre el fenómeno del caudillismo en Hispanoamérica durante el siglo XIX predomina la idea de un jefe local conduciendo a las masas rurales, en una lucha contra el gobierno y las élites urbanas. A esta idea se asocia otra, según la cual los caudillos impedían el establecimiento de poderes legales e instituciones republicanas, tal como lo expuso Domingo Faustino Sarmiento en el Facundo.

Otra de las características fundamentales que los historiadores han señalado como distintiva del caudillismo, era la utilización sistemática de la fuerza para dirimir las disputas públicas o de interés personal. El caudillo aparecía, entonces, como un jefe de guerra, de tropas que no eran profesionales sino que estaban compuestas por grupos armados, organizados sobre la base de un sistema informal de obediencia que se sostenía por relaciones de tipo patrón-peón o protector-protegido.

Los caudillos eran líderes que se habían destacado en los campos de batalla durante las guerras de independencia, y que sumaron a su prestigio en las regiones en las cuales habitaban, enormes extensiones de tierras y una creciente autoridad política.

La historiografía argentina se ocupó, particularmente, de los caudillos de la primera mitad del siglo XIX, porque el tema se relaciona estrechamente con el surgimiento del federalismo. Las interpretaciones del fenómeno del caudillismo fueron diferentes para los historiadores liberales y para los revisionistas*. No obstante, ambas líneas tenían una preocupación común, fruto de una lectura histórica, que ponía el acento en los proyectos de organización nacional.

Según algunos historiadores, los caudillos eran los representantes de las fuerzas «anárquicas» e «inorgánicas» de las provincias; según otros, los caudillos sostenían proyectos de organización constitucional de carácter federal.

Los estados autónomos provinciales es el punto de partida para una organización político-estatal, sobre la única unidad socio-política existente en el período: la ciudad-provincia. El conjunto de normas fiscales, legislativas y políticas que las provincias se otorgaron, luego de que fracasara el intento de constituir un estado rioplatense, testimonian los esfuerzos de las élites provinciales por consolidar –más allá de la voluntad de los caudillos– estados autónomos.

En la mayoría de los casos, los caudillos identificaban sus intereses materiales con los de su localidad o región, e intentaban influir en la forma de organizar a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Tales fueron los casos de Juan Bustos en Córdoba, Estanislao López en Santa Fe, Facundo Quiroga en La Rioja, o Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires.

En este sentido, todo el proceso, que se inició en 1810, estuvo marcado por la coexistencia de las tendencias contrapuestas de consolidación de soberanías independientes y de formación de una nación.

Los montoneros y «anarquistas» de 1820

El comerciante inglés John Parish Robertson residió en el Río de La Plata entre 1806 y 1830. Escribió interesantes notas, recuerdos de su estada, en sus famosas Cartas de Sudamérica. De ellas extraemos estos párrafos: «Las fuerzas armadas del interior, indisciplinadas, heterogéneas y semisalvajes, en guerra con la capital y que se levantaban de tanto en tanto, eran conocidas bajo el nombre de montoneras o sea gentuza armada. Se trataba de bandas sin orden en su manera de hacer la guerra, que producían en los porteños mucho terror. Sin embargo, cuando estas tropas montoneras terminaron con buen éxito su campaña y entraron en la capital a principios de 1820, se comportaron con gran moderación. Yo residía por entonces en una linda casa de campo situada en un paraje solitario y conocida bajo el nombre de Paddock, perteneciente al inglés mister Staples. Muy a menudo atravesaba el camino a altas horas de la noche y nunca fui molestado».

En Buenos Aires los montoneros eran llamados también anarquistas por la supuesta anarquía que representaba desobedecer al gobierno central. La Gaceta de Buenos Aires del 15 de diciembre de 1819 expresa con el título de ¿Quiénes son los anarquistas?, su opinión: «¿Por qué pelean los anarquistas? ¿Quiénes son ellos? Se les atribuye la pretensión de establecer la federación y ¿hay alguno entre sus jefes que sepa ni siquiera pronunciar correctamente aquella voz?

Hasta ahora nohemos oído explicar razonablemente a los pretendidos federalistas cuáles son los alcances de su sistema… Los federalistas quieren no solo que Buenos Aires no sea capital, sino que divida con ellos el armamento, los derechos de aduana y demás rentas generales. En una palabra, que se establezca una igualdad física entre Buenos Aires y las demás provincias, corrigiendo a la naturaleza que nos ha dado un puerto y unos campos, un clima y otras circunstancias que la han hecho físicamente superior a otros pueblos… El perezoso quiere tener iguales riquezas que el hombre industrioso, el que no sabe leer optar a los mismos empleos que los que se han formado estudiando…».

Por supuesto, un par de meses después, con la derrota del régimen directoral, ya no todos opinarían así.

Fuente: Historia Argentina de Santillana – Luchilo-Romano-Paz.