Isabel de Castilla

Biografia de Alfonso XI de Castilla

Biografia de Alfonso XI de Castilla

ALFONSO XI, fue un monarca de glorioso reinar, el último de Castilla que llevó laguerra de la Cristiandad contra el Islam en grandes empresas de Reconquista antes del reinado de los Reyes Católicos, Por otra parte, ante la inminencia del desencadenamiento de las apetencias políticas de la nobleza, supo conservar su autoridad por procedimientos justos, rápidos y enérgicos.

Alfonso empezó a reinar el 7 de septiembre de 1312, a causa de la muerte de su padre Fernando IV en Jaén.

Alfonso XI de Castilla
Alfonso XI de Castilla, llamado «el Justiciero», fue rey de Castilla, ​ bisnieto de Alfonso X «el Sabio». Muerto su padre, Fernando IV, en 1312, se desarrollaron multitud de disputas entre varios aspirantes a ostentar la regencia, resueltas en 1313.
Fecha de nacimiento: 13 de agosto de 1311, Salamanca, España
Fallecimiento: 26 de marzo de 1350, Gibraltar
Reinado: 7 de septiembre de 1312-26 de marzo de 1350
Hijos: Pedro I de Castilla, Enrique II de Castilla, MÁS
Cónyuge: María de Portugal (m. 1328–1350), Constanza Manuel de Villena (m. 1325–1327), Leonor de Guzmán (m. ?–1350)

Contaba entonces, exactamente, un año y veintiséis días, pues había nacido en Salamanca el 13 de agosto de 1311. Muy pronto surgieron las primeras luchas para disputarse su regencia: de un lado, la madre, doña Constanza de Portugal, apoyada por el infante don Juan y todos los partidarios de la disminución del poder real; de otro, la abuela, la enérgica doña María de Molina, y el tío, el infante don Pedro, abnegado y esforzado caballero.

Ambos bandos proclamaron sus respectivas regencias, sumiendo a Castilla en un estado caótico.

El acuerdo de Palazuelos de 1314 resolvió provisionalmente la situación. Se concedió la regencia a los infantes don Pedro y don Juan y la custodia del niño a María de Molina.

Aunque no hubo coordinación de miras, las cosas andaron mejor. La muerte de los dos regentes en una empresa contra los granadinos (1319) reavivó las ambiciones de los grandes, ya sólo contenidos por María de Molina.

Cuando ésta a su vez falleció, el 30 de junio de 1321, ya no hubo freno ni coacción. Los príncipes, don Felipe, don Juan Manuel y don Juan el Tuerto, campaban por sus anchas, atrepellando las leves y cometiendo todo género de desafueros. Jamás se había conocido tal anarquía.

Esta fue la herencia que recogió Alfonso XI al ser proclamado mayor de edad el 13 de agosto de 1325, fecha en que cumplía catorce años. Pesada carga para un mayor; cuánta más para un mozuelo como el nuevo
soberano.

Sin embargo, Alfonso no vaciló en el cumplimiento de su deber. Apoyándose en la facción del infante don Felipe, logró el acatamiento de Juan Manuel. No pudo lograr la del artero Juan el Tuerto, a quien tuvo que eliminar, de modo aleve, e 1º de noviembre de 1326, en Toro.

No terminaron aquí las luchas, pues en 1327 rompió con su soberano el infan:c Juan Manuel, a quien se unió el favorito de Alfonso XI, Alvar Núñez de Osorio, caído en desgracia.

Este fue asesinado por orden del rey y aquél se sometió en 1328. Pero algo más tarde, en 1332, Juan Manuel, apoyado por Juan Núñez, representante de los intereses de las poderosas casas de Lara y Haro, renovó sus andanzas, esta vez con el auxilio de los reyes de Aragón y Portugal.

Hubo combates en las fronteras, intentos de pacificación y nuevas intrigas, hasta que en 1338 fue reconocida la autoridad de Alfonso XI por Juan Manuel y firmada la paz con Aragón. Fueron precisos trece años para alcanzar la pacificación efectiva del país.

Durante este lapso de tiempo, Alfonso XI no había olvidado la lucha contra el Islam, a la que se lanzó en 1327, a los dieciséis años de edad. Renovados sus ataques contra el granadino, éste se vio tan amenazado que requirió la ayuda de los benimerines.

Los marroquíes cruzaron el estrecho y expugnaron Gibraltar en 1333, en un momento en que Alfonso se hallaba retenido en el Norte por la tercera insurrección de Juan Manuel.

Continuando las operaciones, con la cooperación de la flota catalana, los castellanos no pudieron evitar el paso del grueso del ejército benimerí, el cual puso sitio a Tarifa (1340).

La fortaleza resistió valerosamente, mientras acudía en su auxilio Alfonso XI, a quien acompañaban la nobleza castellana y cruzados franceses y portugueses.

En la batalla del Salado (30 de octubre de 1340) los musulmanes sufrieron un enorme desastre. Ya no cruzaron más el estrecho de Gibraltar.

Alfonso XI resolvió definitivamente el problema del Estrecho conquistando Algeciras, plaza que se le rindió el 25 de marzo de 1344 después de un porfiado asedio de dos años. Cuando intentaba expugnar Gibraltar, murió de peste en el real ante esta plaza el 27 de marzo de 1350.

Su prematuro fin tuvo consecuencias lamentables para la monarquía, cuya posición política sin duda hubiera consolidado, como lo demostró en la gloriosa ejecutoria de las cortes castellanas durante su reinado y en la magnitud de las reformas sociales y políticas que éstas emprendieron bajo sus altos auspicios. Así su desaparición inaugura la tragedia de Pedro I el Cruel.

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Biografia de Enrique II de Castilla Casa Trastamara

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Encarnación del espíritu de rebeldía contra el gobierno de Pedro I el Cruel, su hermano, Enrique de Trastamara triunfó después de una agotadora guerra civil en que se tambalearon todos los valores de la monarquía castellana.

La contienda inaugurada en tiempos de Alfonso X el Sabio entre el poder real y las ambiciones políticas de la nobleza, remataba, en definitiva, a través de dos minoridades turbulentas, de la reacción monárquica de Alfonso XI y de la furia vesánica de don Pedro, en el éxito de las aspiraciones los nobles.

Enrique II De Castilla
Enrique II de Castilla, también conocido como Enrique de Trastámara, llamado «el Fratricida» fue rey de Castilla, el primero de la Casa de Trastámara.
Fecha de nacimiento: 13 de enero de 1334, Sevilla, España
Fallecimiento: 29 de mayo de 1379, Santo Domingo de la Calzada, España
Casa: Casa de Trastámara
Hijos: Juan I de Castilla, Leonor de Trastámara
Hermanos: Pedro I de Castilla

La Casa de Trastámara fue una rama de la dinastía de origen castellano que reinó en la Corona de Castilla de 1369 a 1555, la Corona de Aragón de 1412 a 1555, el Reino de Navarra de 1425 a 1479 y el Reino de Nápoles de 1458 a 1501 y de 1504 a 155

La ilegitimidad de su elevación a la corona manchaba indeleblemente los orígenes de la Casa de Trastamara, cuya historia fue una perpetuación de los conflictos que había engendrado su fundador.

Nacido entre 1333 y 1334, Enrique de Trastamara era el tercer fruto, junto con su gemelo Fadrique de los ilícitos amores de Alfonso XI y de Leonor de Guzmán.

Adoptado por don Rodrigo Alvarez, señor de Noroña, su infancia transcurrió entre Asturias y la corte alfonsina, hasta que el advenimiento al trono de Pedro I le lanzó de lleno en la vida política.

El asesinato de su madre en 1351 gravó profundamente su espíritu. Después de un corto período de concordia con el monarca, en que fue nombrado adelantado de la frontera de Portugal, entró en la conjuración urdida por don Alfonso de Alburquerque (1354), y muerto éste, fue el caudillo más destacado de los rebeldes.

El triunfo de Pedro I en Toro (1356) motivó su huida a Francia y, luego, su colaboración con Pedro IV de Aragón, con quien combatió en la guerra contra el castellano. Distinguióse en varios hechos de armas por su gran valor y sangre fría. En 1360 se apoderó de Nájera, donde presidió una matanza de judíos, similar a la que había dirigido en Toledo en 1355.

En esta ocasión corrió grave riesgo de caer prisionero en poder de su hermano, pero la indecisión de éste le salvó la vida. En marzo de 1363, por el tratado de Monzón, Pedro IV reconoció sus aspiraciones a la corona castellana, a cambio de la cesión de gran parte de sus futuros Estados al aragonés.

Con el auxilio de las Compañías blancas, Enrique de Trastamara penetró en Castilla a comienzos de 1366, se adueñó de Calahorra y se hizo proclamar rey el 16 de marzo.

Coronado en el monasterio de las Huelgas, señor de Burgos, de Toledo y de Sevilla, se consideraba vencedor de su rival, cuando éste, con el auxilio del Príncipe Negro, descendió con un ejército por los Pirineos y le derrotó estrepitosamente en Nájera (3 de abril de 1367).

Enrique huyó a uña de caballo y se refugió en Aragón. La improcedencia de las medidas adoptadas por don Pedro, facilitaron el regreso de Enrique a Castilla. El 27 de septiembre de 1367 se apoderaba de nuevo de Calahorra e iniciaba la sistemática conquista del reino, apoyándose en Castilla la Vieja y León.

El asedio de Toledo, establecido el 30 de abril de 1368, duró todo el año. Para disputarse esta ciudad se libró la batalla de Montiel, cuyo resultado fue un gran triunfo para el pretendiente (14 de marzo de 1369). Nueve días después, Du Guesclin le proporcionaba la oportunidad para dar muerte a su hermano.

La desaparición de don Pedro no aseguró la corona a Enrique II. Parte del reino seguía adicto a la memoria del último Borgoña, mientras las potencias peninsulares ayudaban a los rebeldes de Trastamara con la esperanza de obtener ventajas territoriales.

Esta crítica situación se agravó en el exterior con la adhesión de Inglaterra a la causa de las hijas de Pedro el Cruel, Constanza e Isabel. Enrique II enfrentó este temporal recurriendo a todos los procedimientos: a la guerra, en la que demostró no escaso valor; a las mercedes, en las que se reveló muy pródigo, y a una fina actuación política interna, que puso de relieve en las prudentes ordenanzas que votaron las cortes durante su reinado.

Los focos principales de rebeldía, aparte la plaza de Carmona que fue tomada en 1371, eran Zamora, Ciudad Rodrigo y Galicia. Apoyaba a los rebeldes el rey de Portugal Fernando I, quien reclamaba la corona de Castilla por ser bisnieto de Sancho IV.

Con alternativas varias, aunque en general favorables para don Enrique (expedición a Lisboa de 1372), la guerra duró de 1369 a 1373, en que se firmó la paz gracias a la intervención de Guido de Bolonia, legado pontificio. Mientras tanto, se mantenía la lucha en las fronteras del reino lindantes con Granada, Navarra y Aragón, con tan sensibles pérdidas como la de Algeciras, caída en poder del granadino en 1369.

A mayor abundamiento^ las fuerzas castellanas, cumplimentando el tratado de alianza concertado el 8 de junio de 1369 con Francia, intervenían en la guerra de los Cien Años; dos escuadras de Castilla colaboraron eficazmente en 1371 y 1372 a la toma de la Rochela por los franceses.

Como reacción adecuada, en 1374 el duque de Lancáster, Juan de
Gante, pretendió invadir Castilla, haciendo valer los derechos de su esposa Constanza, hija de Pedro I.

La agresión no llegó a realizarse, y en cambio fue Enrique II quien atacó la plaza de Bayona (1375), aunque sin lograr conquistarla. En este mismo año firmóse en Almazán la paz entre Enrique II y Aragón. Nuevas luchas con Navarra, entre 1377 y 1379, relacionadas con la guerra de los Cien Años, acabaron favorablemente para el castellano.

Este obtuvo una paz ventajosa en Burgos, que a poco fue seguida por su muerte, acaecida el 29 de mayo de 1379 en Santo Domingo de la Calzada. Durante los diez años de su reinado había sabido consolidar su dinastía en el trono castellano, aunque a costa de onerosas claudicaciones frente a los nobles.

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Quemó en la llama de la generosidad y en la del amor hacia sus subditos, y este perfil peculiar e inédito en la historia de los Trastamara, junto a la tenacidad administrativa de su padre Enrique II, formaron luego las joyas con que se fornaron los mejores de la dinastía, tanto en Castilla como en Aragón.

La Casa de Trastámara fue una rama de la dinastía de origen castellano que reinó en la Corona de Castilla de 1369 a 1555

Aquellos rasgos explican la fecundidad del gobierno interior de Juan I, caracterizado por una íntima fusión y compromiso entre el rey y el país, y, asimismo, la tenacidad del afecto popular que rodeó al monarca y que le permitió superar las más adversas y dolorosas peripecias de su reinado.

Puede decirse que Juan I consolidó la obra de su padre e hincó fuertemente la dinastía Trastamara en Castilla más con el corazón que con la espada.

Siempre evitó la fortuna de las armas, y si, aprendió la vida con la bondad de su espíritu.

Juan I de Castilla
Juan I de Castilla fue rey de Castilla​ desde el 29 de mayo de 1379 hasta el 9 de octubre de 1390. Fue hijo de Enrique II de Castilla y de Juana Manuel de Villena, hija de Don Juan Manuel
Fecha de nacimiento: 24 de agosto de 1358, Épila, España
Fallecimiento: 9 de octubre de 1390, Alcalá de Henares, España
Lugar de sepelio: Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, Toledo, España
Hijos: Enrique III de Castilla, Fernando I de Aragón, Miguel de Castilla y León
Padres: Enrique II de Castilla, Juana Manuel de Villena
Cónyuge: Beatriz de Portugal (m. 1383), Leonor de Aragón (m. 1375–1382

La muerte de Enrique II en Santo Domingo de la Calzada el 29 de mayo de 1379 dio la corona de Castilla a su primogénito Juan, habido de doña Juana Manuel, nacido en Epila (Aragón) el 24 de agosto de 1358, y a la sazón de unos veinte años de edad.

El nuevo monarca, cuya adscripción al mecanismo de las cortes castellanas se puso muy pronto de relieve, siguió en su política exterior los precedentes establecidos por su padre, e incluso estrechó la alianza con Francia.

A tal fin en el problema del Cisma de Occidente, ante el cual su padre había practicado una política de neutralidad, se declaró Juan I partidario de la causa del antipapa de Aviñón, Clemente VII, al que reconoció en 1381.

Al mismo tiempo, continuó prestando auxilio a Carlos V en la guerra de los Cien Años, de modo que en 1380 una escuadra castellana realizó la proeza de remontar el Támesis hasta las inmediaciones de Londres.

Sin embargo, esta política antiinglesa resultó en definitiva perjudicial para la causa de Tuan I, pues buena parte de los conflictos con Portugal durante esta época fueron suscitados o avivados por la corte de Inglaterra.

Fernando I de Portugal, que ya en tiempos de Enrique II había reclamado la corona de Castilla, renovó sus pretensiones al subir al trono Juan I.

Contenido por las treguas de 1380, buscó luego la alianza con Inglaterra, y habiéndola obtenido, se lanzó a la lucha, a la que Juan I hizo frente desde 1381 con singular acierto.

En 1382 la flota real castellana atacó Lisboa, y el 9 de agosto del mismo año don Fernando se inclinó a firmar las paces con Castilla. Después de un nuevo convenio en marzo de 1383, Juan I casó con doña Beatriz, hija y heredera del monarca de Portugal, con determinadas estipulaciones para evitar que este reino fuera anexionado al castellano.

La muerte de don Fernando, el 22 de octubre de 1383, indujo a Juan I a proclamarse rey de Portugal. Pero los portugueses no se mostraron partidarios del rey castellano, sino que aclamaron a Juan de Avís, hijo bastardo de Pedro I.

El de Avís organizó la resistencia nacional contra Juan I de Castilla, a quien la reina gobernadora, doña Leonor, entregó el gobierno el 12 de enero de 1384 en Santarem.

Aquel mismo año los castellanos sufrían dos graves descalabros: una derrota campal en Atoleiros y el levantamiento del sitio de Lisboa a causa de la peste que diezmó las filas de las huestes de Juan I.

Este no cejó en sus propósitos, a pesar de que la voluntad de Portugal se afirmó con la coronación del bastardo de Avís el 6 de abril de 1385.

Con un lucido ejército penetró en tierras portuguesas por la frontera extremeña, pero sufrió un irreparable desastre en Aljubarrota el 15 de agosto de 1385.

Inglaterra aprovechó la oportunidad para desembarcar en las costas gallegas al duque de Lancáster, Juan de Gante, otro de los que reclamaban los derechos al trono de Castilla, esta vez para su esposa doña Constanza, hija de Pedro I el Cruel.

Juan de Gante se apoderó de Santiago y concertó una alianza con el de Avís (1386). Al año siguiente quiso pasar a la Meseta. Rechazado en Benavente, cobró Valderas, Villalpando y otros lugares.

Pero no hallando ambiente para su causa, concertó con Juan I el tratado de Troncoso (1387), que ponía fin a la cuestión dinástica con el enlace del heredero de Castilla con la infanta Catalina, hija del duque de Lancáster y depositaría de los derechos de Pedro el Cruel.

Poco después se firmaba una tregua de seis años con Portugal. Las cortes castellanas ratificaron estas decisiones.

Al finalizar las de Guadalajara, Juan I halló la muerte en Alcalá de Henares, a raíz de una caída de caballo, el 9 de octubre de 1390.

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Biografia de Isabel de Portugal Reina

Biografia de Reina Isabel de Portugal

Mujer exquisita de soberana belleza, con ese velo de melancolía que tan bien supieron captar los pinceles del Ticiano y de Sánchez Coello, Isabel de Portugal, la única esposa del César, pasó rauda por esta vida, dejando tras de sí el recuerdo de su bondad y de sus virtudes inmarcesibles.

Isabel de Portugal
Isabel de Portugal fue la única esposa de Carlos I de España, y por tanto emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico y reina de España. Actuó como gobernadora de los reinos españoles durante los viajes por Europa de su marido.
Fecha de nacimiento: 24 de octubre de 1503, Lisboa, Portugal
Fallecimiento: 1 de mayo de 1539, Toledo, España
Entierro: Cripta Real del Monasterio de El Escorial
Cónyuge: Carlos I de España (m. 1526–1539)
Hijos: Felipe II de España, María de Austria y Portugal, Juana de Austria
Padres: Manuel I de Portugal, María de Aragón

En la corte de Carlos V no podía caber más reina que esa delicada portuguesa, de rasgos aristocráticos y nresencia majestuosa. Fue adorada por muchos de los cortesanos españoles, con ese amor platónico que era capaz de inspirar y de merecer.

Nacida en Lisboa el 25 de octubre de 1503, del rey don Manuel el Afortunado y de la infanta María de Aragón, tercera hija de los Reyes Católicos, fue destinada en matrimonio a su primo hermano, Carlos V, respondiendo a la política que tendía a enlazar firmemente las dos coronas de la península Hispánica.

La boda se celebró con gran pompa el 10 de marzo de 1526 en Sevilla. En los años siguientes dio a luz al príncipe don Felipe (1527) y a la infanta María (1528). Cuando Carlos V pasó a Italia y Alemania para atender a los asuntos de estas dos naciones (1529), Isabel fue nombrada regente de España, cargo que ejerció durante cuatro años.

En este tiempo gobernó con sumo tacto, asesorada por los consejos de Castilla y Aragón.

En septiembre de 1532 presidió las cortes de Segovia, cuyos procuradores presentaron un memorial con importantes peticiones. Doña Isabel difirió la respuesta hasta la llegada de su esposo, que se anunciaba próxima.

En efecto, desembarcó en abril de 1533 en Barcelona. Poco después, el emperador partía de nuevo para la empresa de Túnez, dejando otra vez confiada la re gencia a Isabel (30 de mayo de 1535).

Aun no había transcurrido un mes, la emperatriz ponía al mundo una hija, la infanta Juana (24 de junio). Esta nueva etapa de regencia, tan pacífica como la anterior, se prolongó hasta noviembre de 1536.

Dos años después, el 1° de mayo de 1539, Isabel moría en Toledo, de sobreparto de un niño que nació muerto. Carlos sintió tal pesar que se retiró por algunas semanas al monasterio de los Jerónimos de Sisla.

El cadáver de la emperatriz quedó tan desfigurado y fueron tantas las vicisitudes de su conducción a Granada, efectuada en un mayo tórrido, que su contemplación produjo en el alma del duque de Gandía la reacción que había de conducirlo a despreciar las vanidades del mundo y a buscar cabida para su fervor religioso en la Compañía de Jesús.

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Biografia de Cecilia Grierson Primera Medica Argentina Mujeres

Cecilia Grierson:
La Medicina en Tiempos de Hombres

LA MUJER EN LA HISTORIA: VIDA DE GRANDES MUJERES DE LA HISTORIA

MEDICA argetina Cecilia Grierson

CECILA GRIERSON: Al hablar de la historia de la medicina argentina surge, ineludible, el nombre de Cecilia Grierson (1859-1934), la primera mujer que se graduó como médica en Sudamérica. Antes de eso fue docente y, según manifestó, comenzó estudios de medicina para ayudar a una-amiga enferma. Para hacerlo tuvo que obtener un permiso especial, pero cuando estaba en tercer año fue nombrada ayudante de la cátedra de Histología. Se recibió en 1889 y comenzó una carrera de logros, aunque no debidamente reconocidos.

En la historia del país, existen algunos nombres que quedarán para siempre ligados al forjamiento de la nación, ya que de alguna u otra manera han logrado cambiar por completo a la sociedad. Tal es el caso de Cecilia Grierson, un nombre que seguramente nos resultará familiar, ya que hoy existen calles, escuelas y fundaciones que llevan su nombre.

No obstante, quizás muchos desconozcan la historia de esta mujer, que luchó contra una sociedad machista para lograr alcanzar su sueño. Es que desde muy pequeña ansiaba poder ayudar a sus semejantes, y atraída por las ciencias relacionadas a la medicina, el 2 de julio de 1889 se graduó en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, convirtiéndose de esta manera en la primera médica argentina.

Biografia de Cecilia Grierson Primera Medica Argentina

Nacida en Buenos Aires el 22 de noviembre de 1859, en un principio creyó que la docencia era su destino, por lo que se recibió de Maestra en la Escuela Normal Nº 1. Pero por aquellos mismos años, la tragedia y la enfermedad llagaron a su vida.

El padecimiento de su mejor amiga Amelia Kenig la instaron a realizar los estudios en medicina, con la esperanza de poder ayudarla, y al mismo tiempo se dio cuenta que las ciencias naturales eran su verdadera pasión.

Lo cierto es que la noticia no fue precisamente recibida con alegría entre sus familiares, ya que hasta ese momento ninguna mujer argentina había osado ingresar a la facultad de medicina.

No obstante, Cecilia Grierson se enfrentó a esa sociedad que pretendía despojarla de sus sueños y ambiciones, repudiándola por ir en contra de lo establecido, para finalmente graduarse en 1889. Mientras estudiaba, precisamente en 1886, fundó la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico Argentino, desafiando otra vez a aquellos que la juzgaban por sus decisiones.

Su labor como médica comenzó en el área de ginecología y obstetricia del Hospital San Roque, conocido actualmente como Ramos Mejia. Allí comenzaba la actividad profesional de la doctora Cecilia Grierson, que fue realmente intensa e ininterrumpida hasta su fallecimiento.

Se convirtió en miembro fundador de la Asociación Médica Argentina, y en 1892 participó en la realización de la primera cesárea que se llevó a cabo en el país. Intentó brindar sus servicios como docente, en la Cátedra de Obstetricia para Parteras, pero no fue posible, ya que en aquella época las mujeres no tenían permitido cubrir cargos docentes en la universidad.

Innovadora en todos los terrenos, en 1897 publicó el libro “Masaje Práctico”, un compendio que explicaba y profundizaba acerca de la técnica kinesiológica, hoy considerado uno de los ensayos más precursores en este ámbito. Le siguieron a este las publicaciones de “Educación Técnica para la Mujer” y “La educación del ciego y Cuidado del enfermo”.

Su sed por capacitarse cada vez más en su profesión, la llevaron a viajar a Europa, y allí, precisamente en Londres, se desempeñó como Vicepresidencia del Congreso Internacional de Mujeres.

Inspirada en la pasión que había despertado con la realización de su último libro, dedicado a los no videntes, en 1905 inició el Instituto Argentino para Ciegos. Luego, dos años después fundó la Asociación de Obstetricia Argentina y el Liceo de Señoritas, en el que también se desenvolvió como profesora.

En su lucha por la igualdad de géneros, realizó un extenso estudio sobre el Código Civil, pero debió esperar más de una década para poder observar algunos cambios con la reformulación de ciertas normas.

Su actitud frente a la vida y su constante lucha por los derechos de las mujeres, si bien le reservaron un lugar en la historia argentina, lo cierto es que la enfrentó a una sociedad que no estaba preparada para afrontar los cambios radicales que planteaba. Por eso, fue injustamente repudiada.

No obstante, su talento fue galardonado y homenajeado tanto en vida como después de su muerte, reconociendo de esta forma su intensa labor en favor de la educación y la medicina Argentina.

Paradójicamente, el final de su vida Cecilia Grierson sufrió la pobreza y debió sobrevivir con una magra jubilación, hasta que el 10 de abril de 1934 su implacable voz de luchadora fue acallada por la muerte.

Ver: Grandes Mujeres Cientificas de la Historia

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Julieta Lanteri

Biografia de Golda Meir Primer Ministro de Israel Ejemplo de Vida

Biografía de Golda Meir Primer Ministro de Israel

Golda Meir: A principios de siglo era una pequeña emigrada rusa que refugiaba su pobreza en los Estados Unidos. Cincuenta años después ocupaba, por su propio esfuerzo, el más alto cargo en el gobierno del Estado de Israel, un país que había contribuido a crear y defender. Golda Meir culminaba así una larga lucha en la que había empeñado el esfuerzo de toda su vida.GOLDA MEIR Primer Ministro de Israel

Si alguna palabra puede de finiría es pionera, ha dicho uno de sus biógrafos. Pionera entre las mujeres que llegaron por sus propios méritos a los puestos más encumbrados de la política y el gobierno y también de lo que sería a partir de 1948 el Estado de Israel, cuya existencia, a la vez consolidada y amenazada, pocos como ella han contribuido a afirmar.

Es más: en algún momento de la década de 1971-1980 una difundida publicación europea se expresó en estos términos: «El futuro del mundo, la paz o la guerra, está en manos de dos mujeres: Indira Gandhi y Golda Meir.»

Esta mujer, cuya trayectoria parece abrir caminos nuevos para su sexo y aun para su pueblo, eligió bien su campo de acción: un país nuevo y joven que ella ayudó a nacer, donde no hay lugar ni tiempo que perder discutiendo prejuicios o tradiciones anacrónicas de discriminación entre los sexos. Golda Meir triunfó donde solo podían triunfar el talento, la capacidad la pasión y la voluntad.

La vida de Golda Mabovitch -su nombre de soltera- comenzó el 3 de mayo de 1898 en Kiev, capital ucrania de Rusia sudoccidental. Su familia era muy pobre: el padre trabajaba como ebanista, aunque, según una ironía de Golda, «los comunistas dirían, por mi origen, que pertenezco a la alta aristocracia proletaria». De sus siete hermanos solo sobrevivieron Shana, la mayor, y Zipora, menor que Golda. Desde temprano su carácter resuelto reveló que no solo de nombre se parecía a su bisabuela, Buba Golda, una distinguida matrona que vivió 94 años.

PRIMERA EMIGRACIÓN
En 1906 la familia Mabovitch se incorporó a la corriente de judíos rusos que emigraban a Estados Unidos en busca de horizontes más promisorios, libres de las persecuciones religiosas (pogroms) de la Rusia zarista. Establecidos en la ciudad norcentral de Milwaukee (estado de Wisconsin), el padre trabajó en una carpintería ferroviaria mientras la madre atendía una tienda de comestibles. La pobreza, sin embargo, no dejó de pesar sobre la familia.

Ello no impidió que el desempeño escolar de Golda fuese brillante, y ya a los 10 años demostró su espíritu de iniciativa al organizar una sociedad juvenil de ayuda, cuyo objetivo era proveer de libros a los niños necesitados. A los catorce años escapó de la casa paterna y se fue a Denver (estado de Colorado) a vivir con su hermana Shana, de ardiente ideario socialista, que influyó mucho sobre Golda. Allí encontró trabajo en una lavandería.

Hacia 1916 se hallaba de regreso en Milwaukee preparándose para seguir la carrera docente. Por entonces ya dedicaba gran parte de su tiempo a toda clase de actividades sociales de la comunidad judía: actuó así en el seno de organizaciones tales como el Poalei Zion -Partido Sionista Socialista-, la Asistencia a los Judíos de Europa Oriental, el Congreso Judío Norteamericano, y los establecimientos escolares Yiddische Folk Shulen. Estos últimos eran escuelas judías de tendencia socialista donde ella dictaba clases de yiddish. Sus vibrantes discursos en este idioma y en inglés despertaban ya la atención de algunos dirigentes.

Pero su paso por Denver había traído otras relaciones. Allí conoció, en un sanatorio para tuberculosos donde trabajaba Shana, a Morris Meirson, otro judío ruso inmigrado. «Teníamos en común -dice Golda- la pobreza, la tuberculosis y el socialismo.»

Según ella, debió a Morris su formación cultural. Juntos leían poesía y filosofía, y, como no tenían dinero, iban a los conciertos gratuitos y escuchaban a las orquestas que tocaban en algunas plazas públicas.

Pero hubo algo que los separó desde un principio: Morris no era sionista, y consideraba que los nacionalismos de los distintos países del mundo eran escollos interpuestos en el camino del internacionalismo socialista. Golda, que ya sentía las ansias de emigrar a la tierra prometida a su pueblo miles de años atrás, le respondía con vehemencia que el internacionalismo no significaba el fin de las naciones, así como las orquestas no acaban con los violines.

LA VOZ QUE LLAMA AL DESIERTO
Golda siguió trabajando para su pequeña organización política sionista, que bregaba por la construcción de una patria en Palestina, basada en un orden social sin desigualdades económicas. En 1917 decidió viajar a Palestina y trabajar en una colonia colectiva como jalutzá, es decir pionera.

Morris se oponía a la idea, pero era más fuerte su deseo de casarse con Golda. Así que acabó por aceptar la condición de que partieran juntos que ella le impuso. «Si él no me hubiera acompañado -dice Golda- habría partido igual, pero descorazonada.»

Durante tres años recorrió Estados Unidos recolectando dinero para su grupo y su periódico. Finalmente, en 1921, ella y su esposo se embarcaron rumbo a Palestina.

Los Meirson se instalaron en un kibbutz (típico establecimiento agrícola comunitario israelí) del valle del Esdraelón. En los primeros tiempos Golda trabajó en el desecamiento de pantanos y luego se especializó en la cría de gallinas. No había pasado un año cuando ya la habían designado delegada del kibbutz al consejo de la Histadrut, la Confederación General de Trabajadores Sionistas.

Morris, sin embargo, no pudo adaptarse a la vida del kibbutz: Golda deseaba hijos, y él no quería tenerlos en la colonia. En 1923 la pareja se fue de Merja-via. «Esos dos años -^recuerda Golda con nostalgia- fueron maravillosos: construir, construir, construir. Abandonar el kibbutz fue la mayor frustración de mi existencia, y aunque no podría haber actuado de otra manera, si pudiera reiniciar mi vida no lo volvería a hacer.»

Durante un año vivieron en Tel Aviv, hasta que en 1924 se trasladaron a Jerusalén. El sueldo de Morris era miserable y la pareja vivía en la estrechez. Cuando les alcanzaba para comprar un poco de pan y queso, ellos lo celebraban como si fuese todo un banquete. Mientras, Golda trabajaba de lavandera; y en ese tiempo nacieron sus dos hijos.

UNA PASCUA SIN DINERO
Para la Pascua, los Meirson se trasladaron a Hertzelia, donde había venido a instalarse el padre de Golda con parte de la familia. Los Mabovitch no estaban en mejor situación económica, sin embargo, y hubo un año en que no les alcanzó el dinero ni siquiera para comprar el pan de pascua judío (que se prepara sin levadura) y una botella de vino para bendecir la fiesta.

«El corazón se me encogió -relata Golda-. Faltaban pocos días para Pascua y yo no podía dormir pensando en lo que podría estar tentado de hacer en esa situación un judío orgulloso como mi padre.»

Golda decidió ir a Tel Aviv. Allí recorrió todos los bancos solicitando un préstamo, pero, por supuesto, nadie quería darle crédito. Finalmente, después de mucho trajinar, le concedieron una pequeñísima suma. Regresó feliz a Hertzelia y se la entregó a su padre. «Cuando vi la expresión de sus ojos… Bueno, no quiero que nadie vea a la primera ministra soltando una lágrima… Pero fue tremendo.»

A pesar de sus dificultades económicas, Golda no olvidaba su pasión por la causa. En 1928 ocupó el cargo de secretaria del
Consejo Laboral Femenino y se lanzó a la carrera pública, que en lo sucesivo habría de obligarla a viajar y alejarse con frecuencia de su hogar. Fue uno de los miembros fundadores del Mapai —el Partido Laborista de Israel- y estuvo vinculada a casi todos los aspectos del esfuerzo constructivo sionista.

UN LABORIOSO ASCENSO
Desde entonces se sucedieron ininterrumpidamente cargos y las responsabilidades cada vez más pesadas: secretaria general de la Histradut, jefa del departamento político de la Agencia Judía, embajadora en Moscú, encargada de diversas negociaciones internacionales -inclusive entrevistando a jeques árabes en una atmósfera de gran peligro físico para ella-, ministra de trabajo, ministra de Relaciones Exteriores y, finalmente, desde 1969, presidenta del consejo de ministros.

Su vida pública y sus continuos viajes le han significado, entre otros sacrificios, perder la compañía de su marido.
En 1974, una grave crisis política la obliga a abandonar su alto cargo. Prácticamente retirada de la vida pública le resta entonces tiempo para hacer algunas reflexiones sobre su vida y hasta irónicas alusiones a su carrera.«Toda mi vida adulta -ha dicho-he trabajado entre hombres, y ellos me trataron de acuerdo con mis méritos. Nunca conocí a un hombre que rechazara una opinión mía porque fuese mujer… excepto uno: mi marido.»
 

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de María Montessori Objetivos de su Metodo Educativo

Biografía de la Educadora María Montessori- Objetivos de su Metodo Educativo

María Montessori
Después de una rigurosa preparación intelectual, la ilustre médica italiana se dedicó a observar la conducta infantil y ensayó varias técnicas para facilitar el desarrollo de las aptitudes de los niños con la menor interferencia adulta.

El resultado fue un sistema de pedagogía activo y de fácil empleo que revolucionó los métodos de enseñanza practicados hasta entonces.

biografia de maria montessori

 María Montessori, fue una educadora, pedagoga, científica, médica, psiquiatra, filósofa, antropóloga, bióloga, psicóloga, feminista y humanista italiana. Fue la primera mujer italiana que se graduó como doctora en Medicina.

El día de Reyes o Epifanía de 1907 había pocos motivos de regocijo para los habitantes de la calle Dei Marsi, en el barrio pobre de San Lorenzo, alejado del bullicioso centro de Roma.

Los más afortunados eran los obreros con trabajo fijo por más de diez horas diarias que sufrían los peores rigores de la revolución industrial aún no humanizada.

Los demás eran desocupados que conseguían ocasionalmente alguna tarea.

Las mujeres tenían que trabajar para su subsistencia y, al mismo tiempo, cuidar de sus hogares.

La miseria hostigaba a la población, principalmente a los niños, que deambulaban por las calles o las escaleras de los edificios, librados a su suerte, mal alimentados y sin ninguna educación, a no ser la que ellos mismos se procuraban en sus juegos, embadurnando las paredes.

Estas travesuras «pictográficas» decidieron a los vecinos más preocupados por el aseo y a las autoridades del Instituto de Bienes Inmuebles-organización que se ocupaba del problema de la vivienda en los barrios pobres a tomar cartas en el asunto.

Así fue como ese día de Reyes se reunió un grupo de personas en uno de los edificios de viviendas económicas construidos por el Instituto.

Tomó la palabra una mujer de 37 años, cabellos oscuros, complexión fuerte y mirada bondadosa.

Al escucharía, los asistentes se miraron desconcertados por el tono encendido y los proyectos aparentemente desproporcionados a las posibilidades que ofrecía el cuartucho en que se hallaban.

La oradora tenía ganado un merecido prestigio intelectual.

Nacida en 1870, en Chiaravalle, cerca de Ancona, había adelantado rápidamente en sus estudios hasta solicitar su ingreso en la Facultad de Medicina de la Universidad de Roma.

Era la primera vez que una mujer se proponía en Italia completar esa carrera, y no faltaron oposiciones, dificultades con los condiscípulos y aun con los profesores.

Pero su tesón y capacidad permitieron a María Montessori anteponer a su nombre el título de doctora, a partir de 1894.

Apenas graduada, dedicó su atención a los chicos deficientes y se incorporó al hospital psiquiátrico de Roma.

Comenzó una etapa de severos estudios teóricos y prácticos, durante la cual visitó a Londres y a París, donde se libraban entonces batallas cruciales de la pedagogía.

De regreso en su patria, extendió su insaciable curiosidad intelectual a la filosofía, que estudió en la Universidad de Roma, a la psicología experimental y a la antropología pedagógica.

Allí en Roma empezó a trabajar por primera vez con niños, en la escuela ortofrénica del hospital psiquiátrico, dedicada a los chicos disminuidos mentalmente, pues no tardó en comprender los límites de la psicología infantil de su tiempo.

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OBJETIVOS DE SU METODO EDUCATIVO: El propósito fundamental de un programa AAontessori es el de ayudar al niño a alcanzar el máximo potencial en todas las áreas de su vida a través de actividades desarrolladas con el fin de promover el desarrollo
de la socializacion. madurez emocional, coordinación motora y
la preparación cognoscitiva.

Integrar las diferentes áreas del conocimiento (competencias metodológicas), atender a la diversidad (competencias metodológicas), favorecer la interacción y el desarrollo social (competencias comunicativas), implicar a los alumnos en su propio proceso de aprendizaje y de crecimiento (competencias personales), ofrecer a los educandos una educación más real y de aplicación para la vida (competencias personales), y favorecer el autoconocimiento personal y desarrollar la inteligencia emocional (competencias personales).

NUEVA FORMA DE EDUCAR

Para encarar la enseñanza de los disminuidos, Montessori recurrió a una serie de útiles educativos que, bajo el aspecto de juegos, iban revelando al observador la capacidad y los progresos de los niños y, en los casos más extremos, se convertían en el único medio de comunicación con los enfermitos.

«Esos objetos —recuerda la pedagoga– no ejercían el mismo efecto sobre los niños normales y sobre los deficientes; mientras que aquellos eran conquistados en seguida, necesitaba desplegar todo mi poder de persuasión para que los niños deficientes se interesaran por ellos.»

Mientras trabajaba en el hospital, llegó la oferta del Instituto de Bienes Inmuebles. «Aquel día de la inauguración no había más de unos cincuenta chiquillos paupérrimos, de aspecto rústico y tímido; algunos lloraban; casi todos hijos de analfabetos …»

Como los fondos no alcanzaban para contratar a una docente diplomada, utilizaron los servicios de una mujer que vivía en el mismo edificio y que, habiendo iniciado estudios de maestra, debió luego abandonarlos por dificultades económicas para emplearse en cualquier tarea y poder así subsistir.

Esta colaboradora anónima resultó ser providencial, porque aplicó las nuevas ideas sin prejuicios ni prevenciones.

El material didáctico fue traído del hospital; el mobiliario se componía de una sólida mesa para la instructora, un inmenso armario solemne y algunas mesitas y sillas que no se distribuyeron como entonces se acostumbraba a hacer en las aulas.

La doctora Montessori se había planteado un problema muy importante: «Debemos preparar para el niño un ambiente donde la vigilancia del adulto y sus enseñanzas se limiten al mínimo posible: cuanto más se reduzca la acción del adulto, tanto más perfecto será el ambiente (…) Es seguro que en un porvenir próximo veremos en las ciudades casas de un nuevo tipo, bellas casitas destinadas a los pequeños y una cantidad de muebles menudos, de pequeños objetos, casi como los que en nuestros almacenes vemos hoy para las muñecas. No serán, sin embargo, juguetes,sino verdaderos objetos necesarios a la vida del niño.»

A los pocos días hubo un primer contratiempo: la instructora, por propia iniciativa, fabricó cruces de cartón dorado para condecorar a los más dóciles y les enseñó a todos el saludo militar; estas medidas dieron tanta satisfacción a los chicos que no hubo otro remedio que mantenerlas.

EL MÉTODO Y LA LIBERTAD

En esta primera Casa del Bambini (casa de los niños) la doctora Montessori puso a prueba la mayor parte de sus ideas.

Propuso una actividad vigilante del educador, que captara las transformaciones que iba experimentando el niño, considerado y respetado como un ser independiente y completo, y no simplemente como un adulto en embrión.

Tal observación debía practicarse sin preconceptos filosóficos, sin sujetarla a prohibiciones arbitrarias impuestas por rutina.

Por ese camino llegó a otro de los hitos fundamentales de su pensamiento: la cuestión de la libertad y el niño.

Biografia de María MontessoriMaría Montessori procuró buscar la forma de llevar a sus alumnos a una libertad basada en el carácter personal del trabajo libremente elegido, una libertad que terminara con las violencias que suele generar la arbitrariedad de los adultos, que se arrogan casi naturalmente el derecho de someter a los chicos.

Para alcanzar esas metas propuso una serie de ejercicios y experiencias, limitándose a sugerir las posibilidades de uso del material didáctico e interviniendo solo cuando el niño pedía ayuda o cuando otro alumno entorpecía el trabajo: en este caso la sanción consistía en dejar sin tarea al perturbador.

Al cabo de muchos ejercicios aparentemente sin sentido, el niño descubría, por su propio esfuerzo, algún secreto del mundo y se acomodaba a él por propia iniciativa.

Sus observaciones le permitieron a la doctora Montessori comprobar que durante una etapa de su desarrollo los niños realizaban cierto tipo de tareas con seriedad y concentración excepcionales.

Dedujo la existencia de «períodos sensibles», etapas evolutivas propicias a determinados estímulos y que deben ser aprovechadas por el educador ya que de lo contrario se atrofia toda una esfera de intereses del pequeño.

Sus ideas, expuestas principalmente en Método de pedagogía científica, publicado en 1908, hicieron conocer su nombre en todo el mundo.

El método Montessori comenzó a aplicarse en escuelas de todas las latitudes convirtiéndose a menudo en lo que su creadora más combatió: un sistema rígido aplicado en forma indiscriminada.

El resto de su vida murió en 1952, en Holanda- lo dedicó a la difusión y perfeccionamiento de sus ideas. También se ocupó de los sentimientos religiosos de los chicos, y bajo su patrocinio se construyó una iglesia en Barcelona especial para los pequeños.

Sus estudios la llevaron a terrenos en los que nunca pensó internarse: sus propuestas «estrictamente pedagógicas» repercutieron sobre la psicología, la sociología y la moral.

Hasta que punto ello fue así podrá deducirse de uno de sus postulados: «Toda prohibición inútil es un crimen».

Tampoco creyó que existieran prohibiciones útiles.

SINTESIS DE SU METODO EDUCATIVO

Su método lo que pretende es que gradualmente el niño adquiera un fuerte sentido de independencia, seguridad y confianza en sí mismo a medida que sus habilidades aumentan. El método Montessori está basado en el amor natural que el niño tiene por aprender e incluirá una eterna motivación por aprender continuamente.

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❖ La metodología de Montessori tiene un recorrido de más de 90 años.
❖ No está de acuerdo con las técnicas rígidas o crueles.
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❖Sus ideas están basadas en el respeto del niño y en su capacidad para aprender.
❖ No intenta moldeara los niños como reproducciones de los padres.

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❖ Se desarrolla el potencial de los niños a través de los sentidos.
❖ No se incita la competencia entre los compañeros.

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❖Todo el mobiliario es el adecuado para los niños.
❖ El silencio y la movilidad son elementos indispensables en esta metodología.

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❖Se valora el ritmo y evolución en cada alumno.
❖ El profesor prepara el ambiente y usa la observación científica.

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❖ El error es considerado como aprendizaje.
❖ Se estimula a que el niño haga siempre una autoevaluación.

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Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Biografia de Manuelita de Rosas Hija de Juan Manuel Historia Exilio

Biografia de Manuelita de Rosas
Hija de Juan Manuel de Rosas

Manuelita Rosas: Su simpatía, inteligencia y tacto le permitieron ser una inestimable auxiliar de su padre, cuya discutida personalidad dominó durante un cuarto de siglo la vida política argentina. Por momentos considerada «primer ministro», más que primera dama de Juan Manuel de Rosas, su actuación en esa época turbulenta, especialmente en favor de los condenados por motivos políticos, le valió el respeto de federales y unitarios.biografia manuelita

El árbol de flores amarillas se alzaba en los jardines de la que había sido residencia de Juan Manuel de Rosas, en Palermo.

A su lado la Sociedad Forestal Argentina había hecho colocar un letrero que rezaba: «Aromo histórico, llamado ‘del perdón’, a cuya sombra fueron indultados numerosos presos políticos por el tirano Rosas a pedido de su hija, plantadora del árbol el año 1845».

De esa manera daba pábulo a una difundida leyenda que atesoraron, paradójicamente, más los enemigos del Restaurador de las Leyes que sus partidarios.

La figura de Manuelita Rosas, en efecto, tuvo la singular fortuna de ser venerada por los segundos y respetada por los primeros. Aún obras como la novela Amalia de José Mármol, donde los parientes del gobernador de la provincia de Buenos Aires aparecen pintados con colores siniestros y sangrientos, se detienen admirativas ante la personalidad de su hija.

LA OTRA CARA DEL RÉGIMEN
En 1838, al fallecer la esposa del gobernador, el rosismo perdió a una de sus figuras más representativas. Pero Encarnación Ezcurra de Rosas era algo así como el alter ego femenino de su marido, y, como él, predominaba en ella la decisión, la voluntad férrea, y una verdadera pasión por la supremacía política.

Con su aguda perspicacia, Rosas no tardó en comprender las ventajas de disponer de alguien cuya imagen compensar a , en cierta medí da, su propia imagen, recia e inflexible, alguien dotado de tacto, gracia y gentileza, que fuese como la otra cara del régimen, una suerte de «encargada de las relaciones públicas» que lo reemplazase en todas las ocasiones posibles, pues ya se sabe que a los caudillos políticos no les conviene prodigar en exceso su presencia.

Es así como, apenas unos días después de la muerte de su madre, Manuela comienza a ocuparse de la abundante correspondencia oficial.

En ese momento ella tenía 21 años, pues había nacido el 24 de mayo de 1817. Se crió entre el campo y la ciudad, alternando los veranos en las estancias de su padre con los inviernos en Buenos Aires, en el caserón céntrico que ocupaba media manzana.

Allí pasaba el tiempo jugando con sus primas, bajo la vigilancia de las negras e indias que servían a la familia, allá galopando, con su hermano Juan por las llanuras sin límites, pues desde temprano sobresalió como amazona y no dejó de practicar con placer la equitación hasta casi los cincuenta años, ya en el exilio inglés.

«El hogar paterno de Manuelita -dice su biógrafo Carlos Ibarguren— fue una mezcla extraña de cariño sin ternura y de unión sin delicadeza.» El futuro Restaurador y su esposa, que habría de ser aclamada «Heroína de la Federación», formaban un matrimonio estrechamente unido, pero poco proclive a las demostraciones afectuosas: el amor se mostraba en los hechos.

Por eso Manuelita, que no había heredado la pasión seca de su madre ni el ánimo frío y calculador de su padre, buscó tan pronto como pudo, y encontró en el seno de su grupo de amigas, dónde manifestar su natural cariñoso y gentil. Con ellas compartía la vida propia de las hijas de las familias acomodadas: reunirse sobre el estrado donde la pava para el mate humedecía el ambiente que a menudo vibraba con rasguidos de guitarra; visitar la tienda del andaluz Manuel Mateo Masculino, fabricante de enormes peinetones calados de carey; prestarse mutuamente vestidos y chales, y pasearse por la Alameda rodeada de festejantes.

Pero, por otra parte, apenas cumplidos los doce años, Manuelita se destaca entre sus amigas y entra en la vida pública. Es que su padre ha sido nombrado gobernador propietario de la Provincia, y el matrimonio Rosas, desde entonces cabeza indiscutida del Partido Federal, decide emplear a su hija para ganarse simpatías entre el pueblo sencillo.

PRIMERA DAMA
Cuando fallece su madre, durante el segundo gobierno de Rosas, la joven es automáticamente exaltada al rango de primera dama del país.

Manuelita no era hermosa, pero lo compensaba de sobra con su simpatía y atracción extraordinarias. El novelista opositor Mármol, ya mencionado, la retrató en Amalia en estos términos: «Fisonomía americana pálida, ojerosa, ojos pardo claros, de pupila inquieta y mirada inteligente». Por su parte, el norteamericano Samuel Greene Arnold dice que «Manuelita es bien parecida, con una figura llena y elegante pero ligeramente redondeada de hombros. Tiene cara redonda y no bonita, pero que revela mucho carácter»

Durante el conflicto provocado por la intervención de Francia e Inglaterra en los asuntos rioplatenses, Manuelita fue el terciopelo que cubrió el hierro inflexible de la política paterna. Su encantadora personalidad cautivó a muchos jefes navales y negociadores enviados al Plata.

El comodoro Thornas Herbert, Henry Southern, el barón de Mareuil, el almirante Leprédour, el barón de Mackauy muchos otros formaron parte de la «corte» de Manuelita.

Con lord Howden, barón de Irlanda y par del Reino Unido pareció por un momento que las cosas iban a llegar aún más lejos. A Rosas le interesaba conquistarlo, y organizó en su honor fiestas hípicas aprovechando la pasión que el inglés mostraba por los caballos. El resultado fue que este aristócrata, que había sido ayudante del duque de Wellington, que había peleado en Grecia contra los turcos junto a lord Byron, divorciado de una sobrina de Potemkin -el famoso ministro ruso-, este romántico de ribetes novelescos, cayó perdidamente enamorado de Manuelita.

Al aproximarse el fin de su misión en el Río de la Plata, escribió a Manuelita disculpándose por su mal castellano, ese «magnífico y suntuoso idioma que con tanta dignidad y gracia mana de los labios de usted», y le declaró francamente su amor. La hija de Rosas le contestó que lo quería como a un hermano, y el lord, aunque desilusionado, respondió despidiéndose e informándola, de paso, que el bloqueo del puerto de Buenos Aires sería levantado.

Con tantos amigos en el país y fuera de él, no es de extrañar que hasta los periódicos europeos se ocuparan de la joven porteña. Mientras en Madrid hablan de la «célebre Manolita», nada menos que la Revue des Deux Mondes afirmaba que «cuenta ella en Europa, de Turín a Copenhague, con gran número de admiradores y amigos». Ni su fama, empero, ni la adulación de que estaba rodeada de continuo consiguieron alterar su natural llaneza, ni la hicieron incurrir en actitudes que pudieran tildarse de altaneras.

LA FELIZ EXILIADA
Esta condición equilibrada de su carácter le fue muy útil al ser derrocado su padre el 3 de febrero de 1852, cuando ambos debieron abandonar su patria y partir al exilio en Inglaterra. Allí demostró que si hasta entonces había accedido a la voluntad de don Juan Manuel no era por espíritu sumiso sino por afecto a su persona y adhesión a su causa. En efecto, a pesar de la oposición de Rosas, Manuelita puso fin a su soltería casándose a los 35 años con su antiguo pretendiente Máximo Terrero el 23 de octubre de 1852.

Dos hijos le nacieron en tierra inglesa pero no los crió en Southampton, donde residía Rosas, sino en Londres, pues el ex gobernante había puesto condiciones para aceptar la boda: que él no asistiría a la ceremonia, que se deslindarían los patrimonios y que Manuelita no seguiría viviendo en su casa. Desde entonces la familia, aunque físicamente distanciada, siguió en la mejor armonía, y Rosas, convertido en granjero, disfrutaba, cuando lo visitaban, con las ocurrencias y travesuras de sus nietos Manuel y Rodrigo.

La señora de Terrero supo mostrar que podía adaptarse tan bien a la vida pública rodeada de lujos y halagos como a una existencia privada en condiciones menos opulentas. Así transcurrió plácidamente los últimos 46 años de su larga’ vida, en el seno de una familia donde reinó el afecto, la cordialidad y el respeto que ella siempre supo dar,’ y que recibió con creces de cuantos la trataron.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
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Biografia Isabel la Catolica Resumen de su Vida Reyes Catolicos

Biografía Isabel la Católica
Resumen de su Vida – Reyes Católicos

ISABEL LA CATÓLICA esta soberana absoluta se caracterizaba por su  energía implacable y su fino talento, propio de una rica cultura renacentista. Su visión de estadista le permitió echar los cimientos del poderío ibérico, y durante su reinado orientó los futuros cauces de la vida política y cultural de España, al culminar la Reconquista e impulsar el descubrimiento de América.Biografia Isabel la Catolica Resumen de su Vida Reyes Catolicos

Isabel la Católica es el fruto excepcional de una triste herencia, un eslabón de genio en una cadena de miserias dinásticas. Dueña de una sensatez, un equilibrio y una cordura de que carecieron sus mayores, vivió obsesionada por una idea fija: España.

Y cuando los azares del derecho de sucesión le impusieron la corona de Castilla, esa idea fija, esa España aún inexistente como Estado nacional, se constituyó en el gran objetivo de su gestión de gobierno: durante treinta años, con implacable voluntad, con ilustrado despotismo, bregó para unificar a la península ibérica, desmembrada desde hacía siglos por obra de la invasión de los árabes y de las guerras dinásticas.


EDUCACIÓN DE PRINCESA
El 22 de abril de 1451, día de Jueves Santo, llegó al mundo el segundo hijo de Juan II de Castilla en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). Era una niña y se le dio el nombre de la madre: Isabel. En su anterior matrimonio el monarca había engendrado un varón que para ese entonces contaba veinticinco años y que pasaría a la historia como Enrique IV el Impotente. La línea sucesoria se completó en 1453 con el nacimiento de otro infante: Alfonso.


Cuando murió Juan II en 1454, y Enrique IV ascendió al trono, sus dos hermanos pequeños y la reina viuda se trasladatambién, a llevar una casa y bordar en bastidor. En 1462, después del nacimiento de la primogénita del rey, Isabel pasó a vivir en la Corte. Desde ese momento el intrigante quehacer de los nobles le sirvió de escuela política, donde pudo apreciar la falta de visión de muchos hombres de Estado y el empeño con que casi todos ellos procuraban hacer prevalecer sobre el interés colectivo y las convivencias del reino sus particulares ambiciones y apetitos de poder.

Hacia 1457, cuando Isabel cumplió dieciséis años (edad que entonces la habilitaba para gobernar o para casarse), las discordias entre la nobleza y el rey se agudizaron. Alfonso, candidato de los descontentos que pretendían reemplazar al monarca, murió misteriosamente: según decires, envenenado.

Las circunstancias impulsaron a Enrique IV a negar la paternidad de su hija (a la que el pueblo apodaba «laBeltraneja» por suponer que su verdadero padre era Beltrán de la Cueva, un favorito del soberano) y a proclamar como sucesor a su hermanastra. Pero el rey no deseaba tampoco cumplir su palabra, y pensó que darle marido a Isabel sería la mejor manera de apartarla del trono. Ella, que había aprendido a leer detrás de las sonrisas cortesanas en el ajetreo de palacio, buscó por su cuenta una solución: invitó sigilosamente a Fernando, hijo del rey de Aragón, a casarse con ella.

Entremetiera en la política castellana, dispuso el arresto de Isabel. Pero antes de que tal orden se cumpliera, ella logró huir a Valladolíd.

La futura reina de España había elegido acertadamente: no obstante su juventud, a los diecisiete años Fernando era tenido ya por hombre perspicaz, prudente en las decisiones, voluntarioso en el cumplimiento de los propósitos que emprendía y diestro en el arte de la, guerra. En la convicción de que la fuerza de los hechos sería irrebatible marchó, disfrazado de arriero, sin perder tiempo y a sabiendas de que lo seguían espías castellanos, a reunirse con Isabel. La boda se celebró el 18 de noviembre de 1469.

Cinco años después murió Enrique IV. Al día siguiente, exactamente el 12 de diciembre de 1474, Isabel fue coronada en Segovia reina de Castilla.

VIDA DE REINA
La nueva soberana no tardó en enfrentar al enemigo más peligroso para los gobernantes: la guerra. En 1475 el rey de Portugal, tras anunciar que había concertado su boda con Juana la Beltraneja, ordenó a sus tropas penetrar en territorio castellano por considerarlo patrimonio de su futura esposa. La derrota que el ejército capitaneado por Fernando infligió a los invasores el 1° de febrero, en Toro, señaló el fin de la contienda. Con esa prepotencia nobiliaria y el virtual caos imperante en sus dominios.

En el logro de tal propósito no reparó en medio ni ahorró severidad. Católica fervorosa, no veía con buenos ojos que sus muchos subditos judíos y musulmanes practicaran religiones ajenas a la cristiandad; para juzgar a los falsos conversos y castigar «delitos de pensamiento», instituyó en 1478 el Tribunal de la Inquisición.

Al año siguiente, el más ambicioso de sus sueños, el de la unidad territorial de España, comenzó a hacerse realidad: Fernando heredó el trono de su padre y Aragón y Castilla formaron en adelante un solo reino. Pero la realización total de ese sueño exigía recuperar la parte de suelo ibérico aún ocupada por los musulmanes. A culminar la Reconquista dedicó sus afanes la real pareja; para ello emprendió, en 1482, una guerra que había de durar diez años y en la que Fernando asumió la capitanía general de los ejércitos e Isabel tuvo a su cargo la tarea de obtener los recursos y administrar el reino.

Durante esa década la reina recorrió los polvorientos caminos recaudando fondos, administrando justicia, alentando a la tropa, estableciendo el primer hospital militar que registra la historia y erigiendo templos en las ciudades conquistadas. El 1° de enero de 1492, al rendirse Granada, último reducto moro la Reconquista quedaba concluida.

Ese mismo año tres naves españolas, fletadas merced a la confianza que la reina dispensó a los proyectos de un visionario marino genovés llamado Cristóbal Colón, fueron a parar, buscando una nueva ruta a la India, a un continente hasta entonces desconocido: América.

Las empresas políticas, militares y expansionistas de Isabel se ajustaron siempre al espíritu, la moral y las normas de su profunda religiosidad: tal el motivo por el cual, en 1494, el Papa le otorgó a ella y a Fernando el título de Reyes Católicos.

También la cultura se contó entre las preocupaciones de Isabel; se le debe la introducción de la imprenta en España. Sus inquietudes intelectuales la llevaron asimismo a formar una corte literaria que reunió a sobresalientes poetas y escritores (entre ellos Jorge Manrique, el célebre autor de las Coplasa) favorecer el desarrollo de las universidades y a patrocinar de su peculio muchas invenciones e investigaciones científicas.

POLÍTICA Y AMOR
La razón de Estado que decidió a Isabel a casarse con Fernando, se transformó, apenas celebrada la boda, en razón de amor. La solidez del vínculo conyugal fue la base de toda la acción política que cumplieron ambos monarcas.

Celosa en extremo, la reina se mostró, sin embargo, tolerante, implacable con las consecuencias de las aventuras extramaritales de su regio esposo: las dos hijas de Fernando nacidas de estas correrías, acabaron como monjas en el convento de Madrigal, por orden de Isabel.

La pareja tuvo cinco hijos: Isabel (1470), Juan (1478), Juana «la loca» (1479), María (1482) y Catalina (1485). Excepción hecha de María, que casó con un infante portugués, todos los demás, con sus dolencias y tempranas muertes, causaron infinitos padecimientos a Isabel. Quebrantada por las tensiones conyugales y las desgracias de familia, poco tiempo después de haber cumplido los cincuenta y tres años Isabel cayó gravemente enferma. Las fuertes fiebres que la atacaron no le impidieron sin embargo, mantenerse lúcida y redactar, antes de morir el 26 de noviembre de 1504, un testamento que es modelo de prudencia política.

En ese documento, en el que proclamó una vez más su ferviente adhesión a la religión católica, y dio precisas normas sobre el gobierno de sus flamantes dominios en América, ordenó, tratar a los indios con benevolencia, prohibiendo su reducción a la esclavitud, y expresó también su ultimo deseo: que a la muerte de Fernando este fuese sepultado junto a ella, «para que el ayuntamiento que tuvimos viviendo, y que nuestras almas tendrán en el Cielo, lo representen nuestros cuerpos en el suelo».

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
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