Papa Clemente VI

Biografia Inocencio III Papa Obra de su Pontificado

Biografia Inocencio III
Papa de la Iglesia – Obra de su Pontificado

De nombre Lotario di Conti (1161-1216), conocido como Inocencio III, gran papa y gran político, en cuya persona culmina la influencia histórica del Pontificado medieval.

Lleno de fe y de fervor apostólico, Inocencio III supo aprovechar todas las ocasiones para llevar al terreno de la práctica las viejas ideas de la primacía de San Pedro, la omnipotencia del Papado y la superioridad del poder eclesiástico sobre el laico o emperadores de su época.

Inocencio III realizó su obra pontificia como medio de acción para equilibrar el mundo político medieval, combatir la herejía y agrupar todas las fuerzas de la Cristiandad para la cruzada contra el Islam.

Para esta ingente obra, Inocencio III estuvo excepcionalmente bien dotado. Unía a la fuerza del ideal y de la fe, un sentido práctico poco común, un sagaz conocimiento de los hombres y de las cosas, un oportunismo diestro, gran habilidad diplomática, supremo sentido de la justicia y constancia inquebrantable ante cualquier revés momentáneo.

Nació en un ambiente patricio, y esta finura, vigor y firmeza de su sangre contribuyeron al éxito de su política.

Hijo de Trasmondo, conde de Segni, y de Claricia Scotti, Lotario vio la luz en Anagni en 1160. Como la mayor parte de los nobles romanos destinados a la carrera eclesiástica, estudió teología en París y derecho en Bolonia.

De regreso a Roma hacia 1185, fue nombrado subdiácono en 1187 y cardenal por Clemente III en 1190. La fama adquirida por su virtud, austeridad, ciencia y firmeza política le valieron ser elegido papa por unanimidad el 8 de enero de 1198, a los 37 años de edad.

Llegaba, pues, al máximo cargo pontificio en la cumbre de su hombradía, y hallaba a su disposición los vastos recursos espirituales y materiales acumulados por sus antecesores.

Supo usarlos eficazmente, tanto más cuanto los Estados de Europa, y en particular el Reich, estaban atravesando un período de crisis.

Es sin duda el pontífice más importante de la Edad Media en el orden temporal, era sobrino de Clemente III; nació en Anagni (Italia) y pertenecía a la familia de los Conti, que daría nueve papas a la Iglesia. Recibió la mejor educación posible en la época, con estudios de teología en París y de jurisprudencia en Bolonia, que le convirtieron en uno de los hombres más preparados de su tiempo.

Esta es su historia y obra de su pontificado:

Por aquellos momentos, luego de la muerte de Gregorio VII, la lucha entre el Papa y el emperador continuó durante cerca de dos siglos, pero el Papa se hizo cada vez más fuerte.

biografia de inocencio III Papa de la Iglesia
Inocencio III (Anagni, (hc. 1161) – Perugia, 16 de julio de 1216) fue el papa n.º 176 de la Iglesia católica de 1198 a 1216. Noble de familia italiana, miembro de la familia Conti y Julio, su padre fue el conde Trasimundo de Segni. Por su procedencia estudió Teología en la Universidad de París y luego Derecho Canónico en Bolonia

Al organizar la Cruzada contra los musulmanes, el Papa se condujo como jefe de todos los caballeros cristianos.

Poco a poco los reyes se acostumbraron a obedecer a la Santa Sede. Cuando Federico Barbarroja fue vencido (1176) por los lombardos aliados del Papa , se tuvo la impresión de que el Pontífice era superior al emperador.

Entonces apareció el más poderosos de todos los Papas, Inocencio III (1198). Era un noble romano que había estudiado Teología y Derecho. Se le había elegido Papa a los treinta y siete años (fue el más joven de todos los Pontífices).

Decía «que el Papa en la tierra ocupa el lugar de Dios», que es «el Vicario, es decir, el sustituto de Dios». «El Señor, decía, ha dado a San Pedro, no solamente toda la Iglesia, sino el mundo entero para gobernar».

Decía asimismo: «El poder es dado a los príncipes en la tierra, a los Papas el poder les es dado también en el cielo. A los príncipes no se les da más que sobre los cuerpos, a los Papas sobre las almas.

Por eso, tanto como es superior el alma al cuerpo, tanto el Papa es superior a la realeza». Son suyas también estas palabras: «Dios, creador del mundo, ha puesto en el cielo dos grandes luminarias: una grande, el sol, preside el día; otra pequeña, la luna, brilla en la noche.

De igual modo, en el firmamento de la Iglesia universal ha instituido dos altas dignidades: la más grande, la autoridad pontificia; la más pequeña, el poder real; la más grande, para presidir las almas como el sol los días; la más pequeña, para dirigir los cuerpos como la luna las noches.

Y lo mismo que la luna recibe la luz del sol, así el poder real recibe su esplendor de la autoridad pontificia».

Inocencio III entró en lucha con los reyes más poderosos de su tiempo. Excomulgó al rey de Francia, Felipe Augusto, porque había repudiado a su esposa, una princesa de Dinamarca, Ingeburga.

El divorcio había sido declarado ilegal y nulo por el Papa anterior; pero Felipe, no teniéndolo en cuenta, se había casado con otra princesa. Inocencio III pronunció el entredicho contra el reino de Francia (1198-1200). Felipe repudió a su segunda mujer y volvió a unirse con Ingeburga.

Inocencio luchó contra el monarca inglés Juan Sin Tierra Empezó por poner su reino en entredicho (1208), luego le excomulgó, le declaró depuesto y le amenazó con dar su reino al rey de Francia.

Asustado Juan, se sometió, dio su reino al Papa, el cual se lo devolvió en feudo como a vasallo.

En Alemania, Inocencio reclamó la facultad de de-cidir’entre los dos príncipes que se disputaban el título de rey.

Mandó predicar la cuarta Cruzada. Los cruzados, reunidos pata ir a la liberación de Jerusalén, tomaron Constantinopla (1204) y sometieron a los griegos el poder del Papa.

Organizó la cruzada contra los herejes en el mediodía de Francia. Declaró a los príncipes de esta región desposeídos de sus dominios y los dio a los cruzados.

Inocencio III celebró en el palacio de Letrán un Concilio ecuménico (1215) que fue la Asamblea más grande de la Edad Media.

A él acudieron 412 obispos, 800 abades o priores de convento y varios patriarcas y obispos de Oriente.

Se adoptaron medidas contra los herejes. Todos los príncipes, en el momento de tomar posesión del poder, debían jurar el exterminio de los herejes que hubiera en sus dominios.

Inocencio III murió repentinamente en Perugia, el 16 de julio de 1216, cuando viajaba por Italia en busca de aliados para la Cuarta Cruzada.

concilio de letran
En el IV Concilio de Letrán (1215) participaron dos patriarcas orientales, representantes de casi todas las monarquías europeas y más de mil doscientos obispos y abades. Se condenaron las doctrinas heréticas de los albigenses y los cataros; se definió por primera vez el dogma teológico de la transubstanciación; se obligaba a los fieles a confesarse y comulgar al menos una vez al año, y se preparó una nueva cruzada a Tierra Santa.

En el IV Concilio de Letrán (1215) participaron dos patriarcas orientales, representantes de casi todas las monarquías europeas y más de mil doscientos obispos y abades.

Se condenaron las doctrinas heréticas de los albigenses y los cataros; se definió por primera vez el dogma teológico de la transubstanciación; se obligaba a los fieles a confesarse y comulgar al menos una vez al año, y se preparó una nueva cruzada a Tierra Santa.

No hubo país en Europa que se librara de las injerencias de Inocencio III: excomulgó a Alfonso IX de León por casarse con su sobrina Berengaria, de quien le obligó a separarse; anuló el matrimonio entre Alfonso de Portugal y doña Urraca, hija de Alfonso de Castilla; recibió el reino de Aragón en vasallaje cuando coronó a Pedro II como rey; protegió a los noruegos del tiránico rey Sverri y, a su muerte, actuó como arbitro entre los pretendientes al trono; otro tanto hizo entre los contendientes al trono de Suecia.Y ya en terreno más propio de su misión apostólica, preparó una cruzada contra los musulmanes en España, a los que vio derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa; restauró la disciplina eclesiástica en Polonia; trató de conseguir que la Iglesia oriental aceptase la autoridad de Roma; llamó a la Cuarta Cruzada, y excomulgó a los comerciantes venecianos cuando éstos desviaron a los cruzados para que tomasen Constantinopla en vez de dirigirse a Tierra Santa.

Dentro de su misión religiosa, convocó del IV Concilio de Letrán, el más importante del Medievo, y apoyó la fundación de dos grandes órdenes mendicantes —la de los dominicos y la de los franciscanos— como defensa contra los vicios que se estaban adueñando del pueblo, del clero y de la jerarquía eclesiástica.

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Biografia Papa Gregorio VII Obra de su Pontificado

Biografia Papa Gregorio VII-Reformas de la Iglesia Medieval

Desde los lejanos tiempos del papa Gregorio VI, el cardenal Hildebrando Aldobrandeschi, nacido en 1020 en Soano (Toscana italiana), parecía destinado al papado y, lo que es más importante, a ser un gran Papa.

Quien haya leído en estas mismas páginas la historia de quienes le precedieron en la silla de San Pedro habrá podido comprobar que fue la mano fuerte de la Iglesia en todo ese período, una mano fuerte empeñada en reformarla siguiendo las normas de Cluny.

Hildebrando era hijo de un campesino de la Toscana, tierra del dominio papal. Su tío, abad de un convento de Roma, le recogió siendo niño, le educó y le hizo fraile.

biografia de gregorio vii
Gregorio VII , de nombre secular Hildebrando Aldobrandeschi (Sovana, (ha. 1020) – Salerno, 25 de mayo de 1085), fue el papa nº 157 de la Iglesia católica entre 1073 y 1085.

Nació en Toscana, en el seno de una familia de modesta extracción social. Crece en el ámbito de la Iglesia romana al ser confiado a su tío, abad del monasterio de Santa María en el Aventino, donde hizo los votos monásticos.

Desde muy joven fue llevado a Roma por un tío suyo que era superior de uno de los conventos de la ciudad. Le costeó sus estudios y uno de sus profesores, el padre Juan Giovanni Graciano, afirmó que nunca había conocido una inteligencia tan aguda como la suya y cuando fue elevado al pontificado con el nombre de Gregorio VI designó a Hildebrando su secretario.

Tras la muerte de Gregorio VI, Hildebrando ingresó como monje en el monasterio de Cluny, en el que tuvo como maestros espirituales a dos santos: San Odilón y San Hugo, y donde pensaba permanecer el resto de su vida; pero al ser elegido papa San León IX, le llamó y le nombró ecónomo del Vaticano y tesorero del pontífice.

Hildebrando era bajo, enfermizo, de voz apagada, pero enérgico y activo. Se declaró partidario de la reforma y entró en el convento de Cluny.

En aquel momento el emperador había empezado a elegir los Papas. Nombró a su primo Bruno, a la sazón obispo de Toul. Bruno adoptó el nombre de León IX y salió con dirección a Roma,

En el camino pasó por Cluny, vió a Hildebrando y le llevó en su compañía (1049).

Establecido en Roma, Hildebrando vino a ser consejero de los Papas, y durante más de veinte años gobernó la Iglesia en cinco Papados consecutivos.

A la muerte de Alejandro II (1073), se resolvió esperar tres días para elegir nuevo Papa. Pero al día siguiente, en la ceremonia del entierro, la muchedumbre romana, hombres y mujeres, invadió la Iglesia gritando: » ¡Sea Papa Hildebrando! «.

Un cardenal pronunció un discurso. «No podemos encontrar mejor Papa, dijo, elijámosle». La muchedumbre llevó a Hildebrando a la iglesia donde estaba el trono del Papa. Se sentó en el trono, revistió los hábitos pontificales y tomó el nombre de Gregorio VII.

En cuanto fue elegido, escribió a todos los príncipes que le ayudasen a reformar la Iglesia en su país.

Declaró excomulgados a todos los sacerdotes simón íacos, es decir, que habían comprado su nombramiento o que tan sólo lo habían recibido de un seglar. Ahora bien, todos los obispos y los abades de Alemania y de Italia habían sido nombrados por el emperador.

Excomulgó también a todos los sacerdotes casados y declaró nulos todos los sacramentos administrados por ellos. Las gentes que habían recibido la absolución de un sacerdote casado, no estaban ya seguras de encontrarse absueltas de sus pecados y podían temer la condenación.

Gregorio VII tuvo muchos enemigos: el rey de Alemania Enrique IV y sus consejeros, casi todos los obispos y los abades de Alemania y de Lombardía, en Roma misma un poderoso señor, Cencio.

La tumba del emperador Adriano, junto al Tíber, se había convertido en fortaleza (el castillo Sant’Angelo), en la que Cencio había puesto una guardia. Había mandado levantar una torre que interceptaba el puente del Tíber y obligaba a pagar a todos los que por el puente pasaban.

El año 1075, la noche de Navidad, Gregorio fue a decir misa a una iglesia donde se había puesto un Nacimiento.

Llovía a torrentes y tenía poca gente a su alrededor. De pronto Cencio, con una tropa de caballeros armados, entró en la iglesia. Sus hombres se lanzaron sobre Gregorio, le arrastraron tomándole del pelo, le hicieron, le montaron en un caballo y le llevaron a una torre,

Al día siguiente, por la mañana, los romanos supieron que el Papa estaba prisionero; se tocó la trompeta, se cerraron las puertas, la milicia se armó, tomó la torre y libertó al Papa, Gregorio emprendió la lucha contra Enrique IV, rey de Alemania.

Quiso primeramente obligarle a despedir a sus consejeros excomulgados, y acabó por amenazar al mismo Enrique IV con la excomunión.

Irritado Enrique, reunió en Concilio a los obispos de Alemania que le obedecían , y los obispos declararon depuesto a Gregorio.

La sentencia fue llevada a Roma por unos mensajeros, ante un Concilio de obispos presididos por el Papa.

Estuvieron a punto de ser degollados. Entonces, ante la asamblea, el Papa excomulgó al rey, y añadió: «Le quito el gobierno de toda Alemania y de Italia, desligo a todos los cristianos del juramento que le han prestado y prohibo a todos que le obedezcan como rey».

Era cosa que ningún Papa había hecho hasta entonces.

Al excomulgar a un rey se le privaba solamente del derecho de entrar en la iglesia y de recibir los sacramentos; pero no del derecho de mandar a sus subditos. Al arrogarse la facultad de ordenar a los subditos que cesaran en la obediencia, el Papa venía a ser el superior de los reyes.

Muchos príncipes en Alemania estaban descontentos de Enrique, y le manifestaron que iban a elegir otro rey si no obtenía el perdón del Papa.

Enrique partió de pronto, en pleno invierno, con su mujer y su hijo pequeño; pasó por Besancon y bajó el Mont Cenis por caminos cubiertos de nieve. La reina fue llevada a rastras en pieles de buey.

En Italia muchos caballeros querían acompañarle; pero no había ido para pelear, y los despidió. Gregorio VII, al tener noticia de su llegada, se había retirado a un castillo de los Apeninos, Canosa, edificado en lo alto de una roca escarpada y rodeado de tres recintos.

Enrique se presentó a la puerta del castillo y el Papa se negó a permitirle la entrada. Enrique volvió entonces con hábito de penitente y los pies descalzos.

El Papa le hizo esperar a la intemperie todo aquel día y todo el siguiente, mientras los que rodeaban al Pontífice le suplicaban que perdonase. Por último, Gregorio cedió; se abrió la puerta, Enrique se puso de rodillas y, llorando, se confesó. Gregorio le dio la absolución, le levantó y le llevó a la iglesia (1077).

No duró mucho la paz. Los príncipes alemanes eligieron otro rey (1077), luego Enrique hizo elegir otro Papa (1080).

Hubo entonces dos reyes y dos Papas, y se peleó en toda Alemania e Italia. El Papa no tenía ejército que le defendiera. Enrique bajó con el suyo a Italia y entró en Roma sin combatir. Gregorio se refugió al otro lado del Tíber, en el castillo de Sant’Angelo, y fue sitiado (1084).

El rey de los normandos de Nápoles acudió en su auxilio, pero su ejército saqueó Roma y prendió fuego a la ciudad. Gregorio, que había sido llevado al reino de Nápoles, murió pronto (1085), diciendo: «He amado la justicia y odiado la iniquidad, por eso muero en el destierro».

Su pontificado fue uno de los más conflictivos y controvertidos de la historia de la Iglesia católica, ya que la puesta en práctica de sus ideas le valió tan leales admiradores como implacables enemigos; abrió las puertas para la reforma de la Iglesia, pero destruyó el poder del imperio y dio origen a la actitud contraria a Roma que, desde entonces, se vivió en Alemania y otras zonas del Sacro Imperio.

En su momento de mayor desolación le llegó la muerte. Las últimas palabras de San Gregorio VII se han hecho famosas: «He amado la justicia y odiado la iniquidad. Por eso muero en el destierro».

Parecía que sus enemigos habían quedado vencedores cuando él murió, pero sus ideas se fueron imponiendo lentamente y sus reformas, poco a poco, se impusieron en toda la Iglesia católica; ha sido considerado como uno de los papas más digno de admiración de la historia.

Ahora vemos a San Gregorio VII como el gran Papa de la Edad Media, uno de los pontífices más santos de la Iglesia, un Papa que supo liberar a la Iglesia de la esclavitud a que la sometían los gobernantes civiles y de sus propios gobernantes indignos, y aunque no todos ni en todos los tiempos, son muchos, por fortuna para la Iglesia, los papas que han acertado a seguir su ejemplo. Fue canonizado en 1606.

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Biografia del Papa Pio XI Obra de su Pontificado

Biografía del Papa Pio XI

Concluir estas semejanzas históricas con el nombre de Pío XI es la percepción cabal de que la Humanidad, en su ruta hacia el mañana, teniendo como norma las doctrinas de Cristo, superará la crisis espiritual,política y económica del siglo XX.

Pío XI, en efecto, simboliza claramente que la influencia y la hegemonía mundial no se deben a la fuerza y a la imposición materialista, sino que el triunfo sobre los espíritus sólo se logra por la jerarquía moral en la defensa de la bandera de los más altos ideales.

Pio XI Papa
Pío XI, de nombre secular Achille Damiano Ambrogio Ratti, fue el 259.º papa de la Iglesia católica, y primer soberano de la Ciudad del Vaticano entre 1922 y 1939, con lo que su pontificado abarca casi todo el período de entreguerras.
Fecha de nacimiento: 31 de mayo de 1857, Desio, Italia
Fallecimiento: 10 de febrero de 1939, Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano

Ni revoluciones ni guerras, por sangrientas y destructoras que resulten unas y otras, predominarán sobre las fuerzas del bien, de la paz y de la buena voluntad que con tanta firmeza y autoridad defendió siempre Pío XI.

En un mundo muchas veces hostil a estos grandes preceptos, en medio de las persecuciones religiosas en varios países del globo, luchando contra los poderes que pretendían coaccionar la misión de la Iglesia y combatir sus normas imperecederas, la figura de Pío XI se levantó como una fulgurante antorcha, que indicó a los pueblos la ruta segura de su salvación en los días agitados del presente y del porvenir.

Aquiles Ratti, hijo del director de una de las más importantes fábricas de tejidos de seda de Desio, en los alrededores de Milán, nació en aquella localidad el 31 de mayo de 1857.

Cursó sus primeros estudios en Monza y en Milán. Alimentada su vocación religiosa por su tío Rodolfo, cura párroco de Asso, en las estribaciones de los Alpes, se relacionó con el arzobispo de Milán, monseñor Calebiana, quien muy pronto le distinguió entre sus amistades.

Gracias a sus indicaciones, Aquiles Ratti estudió en el Colegio lombardo y en la universidad gregoriana de Roma. El 20 de diciembre de 1879, después de obtener los grados de doctor en filosofía, teología y derecho canónico, recibió la ordenación sacerdotal.

Distinguido por sus profesores hasta el punto de llegar su fama de buen estudiante al papa León XIII, Aquiles Ratti regresó a su tierra natal en 1882, después de doctorarse en el Colegio Angélico, la fundación tomista de aquel papa.

Sirvió algún tiempo en la parroquia de Barni, pero muy pronto fue adscrito al seminario de Milán como profesor de teología dogmática.

En 1888 ingresó en la biblioteca Ambrosiana, en cuyo centro realizó una ímproba labor de investigación y clasificación de fondos, que le valió las felicitaciones del rey de Italia y las simpatías del mundo científico internacional.

En 1907 era nombrado prefecto de la indicada biblioteca. Mientras tanto, no había olvidado sus deberes sacerdotales, que ejerció con singular competencia tanto como capellán de las monjas del Cenáculo que como propagandista del catecismo entre los chiquillos.

Espíritu abierto y comunicativo, simpático y bondadoso, Ratti distribuía su tiempo entre las prácticas de caridad, las obras de erudición, los viajes al extranjero y las excursiones a sus amados Alpes.

En 1912, Pío X le nombró viceprefecto de la librería del Vaticano y al mismo tiempo le confió una canongía en San Pedro. A la muerte de aquel santo papa, fue íntimo de Benedicto XV, a cuyo lado se inició en los secretos de la diplomacia europea.

Finalizada la guerra en 1918, se le envió a Polonia como visitado apostólico. Nuncio en 1919, fue consagrado arzobispo de Lepanto en Varsovia el 3 de julio.

Durante su misión, sumamente difícil, dadas las agresiones de los bol cheviques y las rencillas entre polacos y alemanes, Aquiles Ratti demostró un tacto excepcional, que dejó sumamente satisfechos al papa y a cuantos intervinieron en los problemas del Oriente europeo en aquellos años.

En junio de 1921 fue designado arzobispo de Milán y revestido con la púrpura cardenalicia.

En su nuevo cargo asistió al desencadenamiento de la ola subversiva. Al año siguiente, a la muerte del papa Benedicto XV, era elegido papa por el conclave el 2 de febrero.

Durante los diecisiete años de su pontificado, incluí dos entre una y otra guerra, Pío XI procuró encaminar el mundo hacia la paz. Su obra en este sentido fue inmensa, aunque las naciones, alocadas por su propio destino, prefirieran correr hacia su perdición.

El papa de las misiones resolvió, por otra parte, la candente cuestión de las relaciones entre el Vaticano y el Quirrinal por el tratado de Letrán (11 de febrero de 1929), documento que, probablemente, hará época en la historia de la Iglesia.

Así, apareció el Estado del Vaticano, símbolo real de la independencia espiritual del Papl do en los tiempos modernos. La obra de Pío XI en defensa de la catolicidad en todas las naciones no fue menos importante, combatiendo los principios que infringían la libertad religiosa.

Murió el 10 de febreode 1939, en momentos sumamente angustioso para Europa. Su doctrina está comprendida en la en encíclica Casti connubii (1930), relativa al matrimonio; en la Qaudragésimo anno (1931), complementaria de las encíclicas de León XIII sobre materia social, y en la
Divini Redemptoris (1937), condenando el comunismo.

Su actuación se reflejó en el desarrollo de las misiones y de la Acción Católica.

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Biografia de Benedicto XV Obra de su Papado

Biografía del Papa Benedicto XV

Cuando el mundo se ensangrentaba en los horrores de la primera conflagración bélica general, fue el Vaticano una de las pocas instituciones que se levantaron como faro de paz para los espíritus soliviantados por la tragedia de la guerra y la crisis de los primeros años después del armisticio de 1918.

Papa Benedicto XV
Benedicto XV, nacido como Giacomo della Chiesa fue el 258.º papa de la Iglesia católica, entre el 3 de septiembre de 1914 hasta su muerte. Su pontificado fue eclipsado en gran medida por la Primera Guerra Mundial y las consecuencias de esta, tanto políticas, sociales como humanitarias.
Fecha de nacimiento: 21 de noviembre de 1854, Pegli, Italia
Fallecimiento: 22 de enero de 1922, Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano

Gran parte del prestigio que entonces adquirió la Iglesia católica se debe a la alta figura moral de Benedicto XV, el papa que jamás perdió de vista los supremos intereses de la sociedad y se hizo digno sucesor de aquellos prodigios varones que cimentaron, en la confusión de las primeras persecuciones, la grandeza del Pontificado.

Jamás la Iglesia estuvo tan a la altura de su misión con en aquellos años cruciales, cuando se elevaba por e cima de las pasiones y proclamaba los principios eternos de una paz justa y cristiana.

Hijo de los marqueses Della Chiesa, Jaime Del Chiesa nació en Genova el 21 de noviembre de 185 Se educó en el seminario y en la universidad de ciudad natal, doctorándose en leyes en 1875.

Decidido a cumplir su vocación sacerdotal, estudió en el Colegio Capránica de Roma y en la Academia de los Nobles Eclesiásticos, donde se preparó para ingresar en la c plomada pontificia.

Ordenado sacerdote en 1878, cinco años después acompañaba a monseñor Rampol como secretario de la nunciatura española. Permaneció en Madrid hasta 1884, en cuyo año regresó Roma con el cardenal, a quien León XIII había d signado para ocupar su secretaría de Estado.

Del Chiesa obtuvo entonces una plaza de «minutante» en la referida secretaría, que más tarde cambió por la de «substituto». Sus conocimientos diplomáticos le merecieron no sólo la distinción de Rampolla, sino la de su sucesor, el cardenal Merry del Val.

En 1907 Pío X nombró a Jaime Della Chiesa arzobispo de Bolonia. El nuevo pastor de almas se puso su obligación con el sacro ardor que presidía todos sus actos, de modo que muy pronto se hizo notar por su extraordinaria capacidad para la regencia del arzobispado.

Pocos meses después que le fuera concedida dignidad cardenalicia, en junio de 1914, murió Pío I en medio de las primeras convulsiones de la guerra general.

El conclave que se reunió para designar a su sucesor, eligió al cardenal Della Chiesa (3 de septiembre), probablemente debido a la impresión causada por una carta arzobispal dirigida a los fieles sobre actitud que la Santa Sede había de observar en el conflicto.

Desde el siglo XV no se había registrado otro caso en que mediara tan breve tiempo entre el cardenalato y el pontificado.

No resultaron defraudadas las esperanzas que los fieles del mundo entero depositaron en Benedicto XV pues aunque la Santa Sede jamás dispuso de ejército para imponer su voluntad, en cambio lanzó a la coi tienda sus tropas del bien, de la bondad y de la justicia en Cristo.

El pontífice practicó una política de extricta neutralidad; fomentó las obras de socorro a los prisioneros y a los heridos; condenó la violación de las reglas del derecho de gentes cometidas por los beligrantes, y propuso varias veces la paz, a base de une puntos inspirados en la más estricta realidad.

Su acttitud no obtuvo, de momento, los provechosos resultados que cabía esperar de ella. Pero cuando se hubiero aquietado las pasiones de la guerra, los pueblos con prendieron la elevación moral que representaba la política de Benedicto XV. Francia e Inglaterra, para no hablar de otras naciones, reanudaron sus relación con el Vaticano.

Benedicto XV murió el 22 de enero de 1922, de pues de haber impulsado, en cuanto pudo y le permitieron las circunstancias, las obras de carácter estrictamente religioso o eclesiástico (publicación del Códio de Derecho canónico, 1917, de Pío X, fomento de le seminarios, beatificaciones, etc.).

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Biografia de Bonifacio VIII Papa Obra de su Pontificado

Biografia de Bonifacio VIII

Durante el siglo XIII, los Papas triunfaron sobre el poder de los emperadores varias veces mas. Quitaron a la familia de su enemigo el emperador Federico II, primeramente el reino de Alemania, luego el de Sicilia (1266).

Hicieron que fuera elegido en Alemania un rey que les era devoto. Establecieron en el reino de Sicilia a un príncipe francés, Carlos de Anjou, hermano de San Luis.

A fines del siglo, el Papa Bonifacio VIII (1294-1303) pareció tan poderoso como Inocencio III. Una familia de señores de los alrededores de Roma, los Colonna, intentó resistirle. Los combatió a muerte, se apoderó de sus castillos, arrasó sus palacios y su ciudad, e hizo pasar el arado por su suelo.

Los excomulgó, confiscó sus bienes, obligó a los dos cardenales de esta familia a presentarse con un cordel al cuello y a entregarse a discreción.

Los demás Colonna huyeron lejos de Roma y vivieron errantes por las selvas.

VEAMOS SU BIOGRAFIA…

Con la descomposición de los valores medievales declinaba de hecho la autoridad temporal del Papado, como se había demostrado a fines del siglo XIII en la lucha librada por los Anjou y los Aragón en el Mediterráneo por Sicilia.

Pero las teorías elaboradas desde Gregorio VII y llevadas a una realización esplendorosa por Inocencio III conservaban aún toda su fuerza como programa de acción. No había muerto la idea de la teocracia. Bastaba que ascendiera al trono de San Pedro una persona de gran energía, para que de nuevo resurgiera de sus aparentes cenizas.

Papa Bonifacio VIII
Bonifacio VIII fue el 193º papa de la Iglesia católica, de 1294 a 1303.
Fecha de nacimiento: 1230, Anagni, Italia
Fallecimiento: 11 de octubre de 1303, Roma, Italia
Nombre completo: Benedetto Caetani
Sucesor: Benedicto XI

Esto fue lo que sucedió cuando fue elevado a la cátedra romana Benedicto Caetani, quien, con el nombre de Bonifacio VIII, encarna el último intento de restablecer la unidad medieval de Occidente bajo la dirección del Papado, en pugna con el naciente nacionalismo político, religioso y cultural.
Benedicto Caetani había nacido en Agnani hacia 1235.

Su padre, Rofredo, pertenecía a una de las familias más ilustres de Agnani, y su madre, Emilia, también de noble estirpe, estaba emparentada con el papa Alejandro IV. Benedicto recibió esmerada educación en Todi, Espoleto, y quizá en París, siempre con vistas a ocupar una posición en el seno de la Iglesia.

Su carrera se deslizó en la corte pontificia, prestando destacados servicios en varias misiones que se le confiaron.

El 23 de marzo de 1281 fue nombrado cardenal por Martín IV, y bajo este pontificado su nombre empezó a adquirir gran relieve por sus excepcionales dotes de energía, su habilidad diplomática y, en particular, por su ciencia canónica, en cuyos principios hallaba los fundamentos para establecer el papel preponderante del Pontificado en los asuntos temporales.

En la época agitadísima que transcurre desde 1281 a fines de siglo, trabajó con éxito a favor de la causa de los Anjou y en contra de los intereses aragoneses.

Parece ser que el cardenal Caetani no fue ajeno a la renuncia de San Celestino V, un bondadoso ermitaño que había sido elegido papa el 5 de julio de 1294 para poner término a los antagonismos que imperaban en la Curia después de un interregno de más de dos años.

En todo caso, cuando Celestino V renunció voluntariamente a su preeminencia eclesiástica el 13 de diciembre siguiente, Caetani fue elegido para sucederle por el conclave de Nápoles el día 23 del mismo mes, y consagrado el 25 de enero de 1295.

Durante nueve años, Bonifacio VIII desplegó una actividad trepidante. Una de sus líneas de actuación correspondió a la resolución del problema siciliano, iniciado con el terrible levantamiento de las Vísperas.

Aunque independiente de Carlos II de Anjou, mantúvose en un plano angevino, tal como correspondía a un papa que defendía los derechos temporales del pontificado en la Italia meridional.

Logró que Jaime II de Aragón renunciara a Sicilia (1296), a trueque de la investidura de Córcega y Cerdeña (1297); Pero no pudo acaban con la resistencia de los sicilianos, quienes habíanse dado un monarca en la persona de Federico (III) de Aragón, pese al apoyo que le prestaron mancomunadamente angevinos y aragoneses.

Pero donde Bonifacio VIII desplegó todo su genio, sin conseguir mayores éxitos, fue en la renovación de la ideología de la teocracia pontificia, en el mantenimiento de la plenitudo potestatis, o sea, la supremacía absoluta de la Iglesia, que se levantaría como un muro de contención en defensa del orden cristiano.

Ya en 1290, como simple legado papal, había expuesto públicamente en París su opinión respecto a la supremacía de los papas sobre todos los príncipes del mundo.

En 1296 intervino para imponer la paz entre los reyes de Francia e Inglaterra. Esta intromisión, conducida quiza con poco espíritu de humildad, enojó a Felipe IV de Francia y Eduardo I de Inglaterra.

Con este asuma mezclóse, al cabo de poco tiempo, el de las contribuciones que ambos monarcas habían arrancado del clero nacional respectivo en flagrante vulneración de las leyes canónicas.

Para restablecer los derechos de la Iglesia, Bonifacio VIII publicó la bula Clericis laicos (25 de febrero de 1296), en que defendía las inmunidades eclesiásticas.

Esta proclamación exasperó a los revé; afectados; Eduardo confiscó los bienes que le plugo Felipe el Bello prohibió la exportación de plata y oro de su reino, lo que mermaba los ingresos de la Santa Sede.

Después de un período crítico, acompañado de una viva propaganda de los principios pontificios o legalistas, se llegó a un acuerdo en agosto de 1297.

En la bula Etsi de statu (31 de julio) Bonifacio VIII reconocía el derecho del rey francés a percibir contribuciones ((consentidas». Esta retirada se debía a la vacilante situación del pontífice en Roma, amenazado por el alzamiento de los cardenales Pedro y Juan Colonna.

En 1300 Bonifacio VIII celebró un jubileo que atrajo a Roma a millares de peregrinos. Desde su solio el papa se considera el señor de reyes y príncipes. Interviene en las sucesiones de Flandes, Alemania y Hungría, mostrando su enojo por la omisión del poder del Papado.

Entonces se perfila claramente su postulado supremo, la teocracia pontifical por voluntad divina, que muy pronto expresará con motivo de un nuevo antagonismo con la corona francesa.

En el transcurso de 1301 revoca las concesiones otorgadas a Felipe IV, quien había hecho detener a Bernardo Saisset, obispo de Pamiers, y proclama su derecho a intervenir en la política francesa (Ausculta fili, 5 de diciembre de 1301).

Esta bula suscita una lluvia de libelos favorables a la autoridad real, que culminan en una resolución de los tres estamentos del reino francés, reunidos en París el 10 de abril de 1302, de defender la corona con su sangre y sus haberes.

Pero Bonifacio VIII ya no retrocede ni se desdice. Afirma su posición inquebrantable en la bula Unam Sanctam (18 de noviembre de 1302), el documento máximo de la teocracia, en que se superan los postulados de Gregorio VII, Gregorio IX e Inocencio IV, de las dos espadas, el Papado se reserva la espiritual, mientras que la temporal la empuñan los reyes según su voluntad; quien afirme la independencia de los dos principios, cae en la herejía de los maniqueos.

El conflicto entre Felipe IV y Bonifacio VIII lo resolvió con un golpe de audacia el jurista Guillermo de Nogaret.

Con el auxilio de los Colonnas y de los gibelinos italianos, Nogaret se apoderó por sorpresa de la persona del papa, tomando por asalto el palacio de Agnani (7 de septiembre de 1303).

El pueblo se sublevó contra los agresores y devolvió la libertad a Bonifacio VIII. Pero el golpe era demasiado rudo.

El papa, trasladado a Roma, no lo pudo sobrellevar. Murió pocos días después (el 11 de octubre), llevándose al sepulcro el último brillo del pontificado medieval.

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Biografia Papa Clemente VII

Biografia Papa Clemente VII

Las ideas políticas de Clemente VII no fueron de corto alcance, aparte las vinculadas directamente a los intereses de su familia, la de los Médicis. Clemente VII quería llegar a un equilibrio internacional y, en particular, debilitar la hegemonía española en Italia.

Pero para lograr estos ambiciosos propósitos le faltó decisión y actividad. Dejóse arrastrar por los acontecimientos, y en cierta manera contribuyó a crear un confusionismo peligroso entre los intereses políticos y religiosos de la Iglesia.

Papa Clemente VII
Papa Clemente VII:
Cuando Julio de Médicis, fue coronado como Clemente VII , Francisco I de Francia y el emperador Carlos V estaban en guerra. El último había apoyado la candidatura de Clemente VII y se manifestaba amigo de los Médici, pero antes de un año el nuevo Papa firmó un tratado con Francia. En respuesta, los aliados italianos de Carlos V, tomaron Roma , exigiendo al Papa que pagase trescientos mil ducados para evitar el saqueo. Ante la negativa papal, el 6 de mayo se produjo el asalto. Clemente VII se refugió en el castillo de San Angelo, donde permaneció siete meses, pidiendo ayuda a la Liga de Cognac, pero sus aliados no respondieron a su llamamiento: el Papa necesitaba el apoyo de Carlos V para hacer frente a los luteranos en Alemania y reinstalar a los Médici en Florencia. Clemente VII se decidió por el emperador, firmó en Roma un tratado que le favorecía y coronó a Carlos V en Bolonia.

Este hecho se revela con claridad meridiana en su actitud respecto a la reforma protestante, considerandola como un movimiento de tipo político, lo que, junto con los recelos suscitados en Carlos V, no hizo viable la leal colaboración entre la Iglesia y el Imperio para acabar con la herejía en los años de su iniciación.

Julio de Médicis era hijo natural de Juliano, hermano de Lorenzo el Magnífico, y Antonia del Cittadino. Había nacido en Florencia el 26 de mayo de 1478, y desde su más tierna edad fue preparado para abrazar la carrera eclesiástica.

Caballero de Rodas, gran prior de Capua, recibió el capelo cardenalicio de su primo León X el 23 de septiembre de 1513, y durante el pontificado de éste —otro Médicis — ejerció un papel preponderante en la curia papal.

En 1521 presentó su candidatura al pontificado; pero la oposición de los Colonna y la intervención diplomática de Carlos V determinaron la elección de Adriano VI. No obstante, dos años más tarde lograba su propósito (18 de noviembre de 1523).

Ascendía al Pontificado en un momento de tensión entre España y Francia. La victoria de Pavía (1525) y el subsiguiente tratado de Madrid (1526) dieron a Carlos V la hegemonía absoluta en Italia.

Para evitarla, Clemente VII, junto con Venecia, prepararon la confederación o liga de Cognac, que se firmó el 22 de mayo de 1526.

Este acto hacía beligerante al Papado en aquella gran pugna, lo que le acarreó serios contratiempos. Primero, la sublevación de Pompeyo Colonna (1526) y, luego, en mayo de 1527, el asalto y saqueo de Roma por los lasquenetes alemanes; Clemente VII tuvo que refugiarse en el castillo de San Angelo, desde donde capituló ante el emperador. Las negociaciones entabladas en Barcelona (1529) dieron por resultado la aproximación entre Clemente VII y Carlos V, ratificada en la coronación imperial de Bolonia (24 de febrero de 1530).

Esta política valió al papa la erección del ducado de Florencia y su vinculación a los Médicis.

Pero jamás la practicó con lealtad, pues en 1533 el enlace de Catalina de Médicis con el heredero de Francisco I de Francia, Enrique II, hacía presumir una nueva y violenta ruptura.

Durante su pontificado apenas intervino en la cuestión luterana alemana. En cambio, la tenacidad de la Curia provocó el Cisma inglés al oponerse a las veleidades de Enrique VIII.

El 23 de marzo de 1534, poco antes de su muerte, ocurrida en Roma el 25 de septiembre siguiente, Clemente VII ratificaba la legitimidad del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón.

Biografia de Julio III Papa

Biografía del Papa Julio III

JULIO El (1487-1555): El 7 de febrero de 1550, por dos votos de mayoría sobre el cardenal Pole, el conclave cardenalicio elevaba a la silla de San Pedro al cardenal Juan María de Ciocchi del Monte, cuya familia era oriunda del Monte San Sabino.

Papa Julio III
PAPA JULI III
Papa de la Iglesia católica desde
7 de febrero de 1550-23 de marzo de 1555
Predecesor Pablo III
Sucesor Marcelo II
Información religiosa
Ordenación episcopal 12 de noviembre de 1514
por Antonio María Ciocchi del Monte
Información personal
Nombre Giammaria Ciocchi del Monte
Nacimiento 10 de septiembre de 1487, Roma
Fallecimiento 23 de marzo de 1555
(67 años), Roma

Aunque los que apoyaron su candidatura fueron Carafa y el grupo intransigente de la Curia, el nuevo Papa — Julio III — fue partidario de soluciones moderadas y de la defensa de la Iglesia respecto a las pretensiones absorbentes de Francia y España.

Entre Paulo III, que inicia el movimiento de la Reforma católica, y Paulo IV, el papa de la Contrarreforma, Julio III adopta un tono conciliador, a veces algo vacilante, lo que se explica por la escasa firmeza de su carácter y por las presiones a que fue sometido por el emperador Carlos V.

Era romano. Nacido en esta ciudad el 10 de septiembre de 1487, de Vincenzo Ciocchi y Cristobalina Saracini, había efectuado una provechosa carrera eclesiástica. Siempre relacionado con la corte pontificia, a los veinticinco años había obtenido el arzobispado de Manfredonia y el 22 de diciembre de 1536 había sido elevado al cardenalato.

En él se distinguió como jefe de la dirección moderada de los cardenales italianos. Durante el pontificado de Paulo III, había sido miembro de la Comisión de Reforma y uno de los presidentes en la primera reunión del concilio de Trento (1545-1549).

Por tanto, al ser revestido de la suprema dignidad eclesiástica, se hallaba preparado para llevar a término una misión sumamente difícil en aquellos agitados momentos.

Los críticos de Julio III le reputan como un epicúreo toscano, más amante de la vida regalada en los palacios de Roma que de resolver los problemas en que se debatía la Iglesia.

En particular, le hacen responsable de la segunda suspensión del concilio’ de Trento y de la corta duración de la concordia con Irglaterra. Estas inculpaciones tienen escaso apoyo.

Aunque es cierto que recayó en los defectos del nepotismo y que se mezcló en las últimas disputas sobre los estados italianos — lucha por Parma y Plasencia en 1552 —, no se puede negar su celo por los intereses de la Iglesia.

El 1º de marzo de 1551 se abrió la segunda reunión del concilio de Trento, cuya particularidad más notable fué la presencia de algunos enviados de los príncipes reformistas alemanes. En el aspecto dogmático se afirmó la doctrina ortodoxa de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía.

El concilio fue suspendido el 28 de abril de 1552, no por voluntad de Julio III, sino por la amenaza de las tropas de Mauricio de Sajonia, rebelde al emperador.

La reconciliación del Papado con Inglaterra tuvo lugar poco después del advenimiento al trono de la reina María Tudor. El 6 de agosto de 1553, Julio III nombraba legado para Inglaterra al cardenal Pole.

Sin embargo, el paso decisivo de la reconciliación no se dio hasta el 3 de enero de 1555, y esto a causa de la política de Carlos V, que no quería provocar una guerra de religión en Inglaterra.

Poco después, el 23 de marzo de 1555, moría Julio III en Roma, dejando el camino expedito al papa de la Contrarreforma, Paulo IV, después del breve, y, por tanto, inmaturo pontificado de Marcelo II.

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Biografia del Papa Pio XII Resumen de su Vida y Pontificado

Biografía del Papa Pío XII
Resumen de su Pontificado

Eugenio María Giovanni Pacelli (1876-1958) nació en Roma, el 2 de marzo de 1876, en el seno de una familia dedicada al servicio papa.Fue elegido papa Nº 260, cabeza visible de la Iglesia católica, desde el 2 de marzo de 1939 hasta su muerte en 1958. Antes de su elección al papado, Pacelli se desenvolvió como secretario de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, desde donde pudo alcanzar la conclusión de varios concordatos internacionales con estados europeos y americanos.Falleció el 9 de octubre de 1958, en su residencia de Castelgandolfo,

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A los pocos meses de nacer , su madre fallece, su  padre, Filippo Pacelli, fue decano del Colegio de Abogados, quien cuidó de sus cuatro hijos. En su ciudad natal, Eugenio hizo sus primeros estudios, para los que demostró poseer singulares condiciones, al tiempo que una madurez impropia de su edad, y desde niño se supo llamado por el Señor al sacerdocio.

Después de asistir a varias escuelas elementales, prosiguió sus estudios entre 1885 y 1893 en el Collegio Romano. La vocación sacerdotal ya latente desde los primeros años de adolescencia se consolidó en la paz secular de la basílica de Santa Inés, donde se había retirado a reflexionar durante el mes de agosto de 1894; su carácter le empujaba a encontrarse en la soledad con su propia conciencia. Comunicó la decisión a sus padres, y en los primeros días de octubre de aquel mismo año ingresaba en el Collegio Capranica.

En 1895 se inscribía en la facultad de filosofía y letras de la universidad de Roma, prosiguiendo al mismo tiempo sus estudios teológicos. Fue ordenado sarcedote el día de Pascua, 2 de abril de 1899, en la basílica de San Juan de Letrán, y celebraba su primera misa en la capilla Borghese de la basílica de Santa María la Mayor.

En 1901 ingresó en los servicios subalternos de la Secretaría de Estado del Vaticano y pronto fue nombrado minutante, cargo importante y de gran responsabilidad; el minutante prepara los esquemas de documentos para someter al examen del papa y los tiene que estudiar hasta su última redacción.

El 7 de marzo de 1911 era nombrado por Pío X secretario adjunto de la Congregación para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios. A principios de 1917, Benedicto XV, reemplazo de Pio X,  nombraba a Eugenio Pacelli nuncio apostólico de Munich, en Baviera, donde Pacelli desempeñó un papel esencial en las relaciones entre Roma y el gobierno alemán.

El 22 de junio de 1920, aún conservando su título de nuncio en Baviera, monseñor Pacelli fue nombrado nuncio en Alemania. Ocho días después presentaba sus cartas credenciales al presidente Eber: era el primer nuncio apostólico en Alemania. Su gestión diplomática desembocaría en un nuevo éxito: el 29 de marzo de 1924, el Parlamento bávaro aceptaba el concordato con la Santa Sede.

El 16 de diciembre de 1929, Pío XI, que había sucedido a Benedicto XV, le nombraba cardenal. Dos meses más tarde era designado secretario de Estado; así reemplazaba a su ya anciano y antiguo superior, el cardenal Gasparri, que había firmado poco antes la reconciliación entre Italia y el Vaticano.

El 10 de febrero de 1939 moría Pío XI. El conclave se reunía el 1 de marzo. El día 2, el mundo cristiano tenía su nuevo papa y Roma su obispo: Eugenio Pacelli; decidió llamarse Pío XII. Roma estuvo satisfecha de que uno de sus hijos llegara a papa; el último papa romano había sido Inocencio XIII, elegido en 1721.

Los primeros años del pontificado de Pío XII fueron tristes y angustiosos. Vivía los acontecimientos intensamente, e intensamente los sufría. Quería ser un padre para todos. Quiso proteger indiscriminadamente a los perseguidos, a los prisioneros evadidos que encontraron refugio en el Vaticano, a los condenados políticos.

Parecía siempre dispuesto a comprender y a perdonar. Pero cuando un día Roma fue amenazada de ser evacuada, cuando el espectro de la deportación se abatió sobre sus conciudadanos, el papa Pacelli se llenó de indignación, con una majestad casi orgullosa de su cargo, y asumió por primera vez el tono de juez severo, repetido en dos ocasiones más: en julio de 1943 cuando Roma fue bombardeada y en las Navidades de 1956, luego de los hechos de Hungría.

El 9 de mayo de 1945, Pío XII pronunciaba su primer discurso después de la contienda mundial con palabras de paz y de perdón; y lo terminaba así: «Ahora se trata de reconstruir el mundo.»

Como si preparase algunas de las reformas que impondría el Concilio Vaticano II, mandó adecuar los horarios de las misas a las necesidades del mundo del trabajo, redujo el tiempo de ayuno observado hasta entonces antes de recibir la sagrada comunión y el 1º de noviembre de 1950 dio al mundo católico la alegría de promulgar el dogma de la Asunción de María, un acto de amor en quien rezaba diariamente el santo rosario.

Creó cincuenta y seis nuevos cardenales, muchos de ellos no italianos, y canonizó a treinta y tres nuevos santos, San Pío X entre ellos. Además, precisó el concepto de culpa colectiva, se pronunció sobre la inseminación artificial y se ocupó muy prioritariamente de la enseñanza social de la Iglesia, ajustándola a las nuevas condiciones de  mundo laboral.

Nadie olvida que su testimonio de caridad y de santidad estuvo en el origen de conversiones, como la del gran rabino de Roma, Zolli. quien quiso tomar su nombre al bautizarse: Eugenio.

Su pontificado, plausible por todos y por tantas causas, tuvo y sigue teniendo muchos detractores, ya que mientras es considerado por la mayoría de los católicos que vivieron su tiempo como el Papa de la paz, no faltan quienes lo acusen de haber colaborado con el horror nazi.

Pío XII en septiembre de 1939, aunque sin hablar de agresión injusta, manifestó claramente su solidaridad con Polonia, invadida por los alemanes; en mayo del año siguiente envió a los reyes de Bélgica, Luxemburgo y Holanda tres telegramas en los que condenaba con duros términos la injusticia cometida. Después de esto Pacelli se encerró sustancialmente en el silencio, juzgando que cualquier protesta ulterior sería superflua y hasta contraproducente.

Apenas elegido papa, consultó con los cardenales alemanes presentes en el conclave y, de acuerdo con ellos, intentó un acercamiento distensivo con una carta personal a Hitler, que no tuvo una gran eficacia. La guerra no hizo más que agudizar la tensión entre el Vaticano y el Reich. Pío XII, tras haber protestado más o menos explícitamente contra las primeras agresiones realizadas por Alemania.

Pío XII utilizó las encíclicas más que otro medio, aparte de sus innumerables discursos, para expresar su pensamiento político. Ya en el primero de estos escritos, la encíclica Summi Pontificatus, de 20 de octubre, el papa condenó ciertos principios de política y de gobierno que se afincaban entonces en Europa y que, según él, acarrearían males inmensos a la humanidad.

Refiriéndose a la próxima organización mundial que se tenía que concretar con la creación de la ONU, el papa Pacelli insistía en un mensaje de 1944 sobre la unidad del género humano. «Del reconocimiento de este principio depende el futuro de la paz», advertía.

Excluido efectivamente de la reorganización del mundo, el papa quiso actuar de manera directa sobre la conciencia de los hombres. La reconciliación entre los estados se preveía imposible, y él quiso provocar la reconciliación de los espíritus. Fue el gran principio que dominó el curso del Año Santo de 1950.

Pío XII no se hizo jamás ilusiones sobre las aspiraciones pacíficas proclamadas por la Unión Soviética; desconfiaba de los rusos cada vez que pronunciaban la palabra paz. Cuando se convocó la conferencia de Ginebra de 1955, el papa dejó entrever sus recelos y su escepticismo.

De entre sus numerosos documentos, acaso quepa destacar: la Summi Pontíficatus, de 1939, sobre la decadencia moral en la humanidad; Divino afflante Spiritu, de 1943, sobre los estudios bíblicos; Mystici corporis Christi, del mismo año, sobre la naturaleza de la Iglesia; Mediator Dei et hominum, de 1947, sobre la liturgia; Munificentissimus Deus, de 1950, sobre el dogma de la Asunción de María; Fidei Donum, de 1957, sobre las misiones, y Miranda prorsus, de 1957, sobre los medios audiovisuales.

En los últimos años de su pontificado permanecía casi constantemente en su mesa de trabajo, sólo abandonada con ocasión de algunas ceremonias y audiencias; meditaba y escribía las enseñanzas con que nutría sus discursos y documentos.

Desde 1954 su salud se resintió notablemente. A lo largo de los años siguientes —los más oscuros y extraños de su pontificado—, sufrió en la soledad angustiosa y en un aislamiento inexplicable.

El 9 de octubre de 1958, en su residencia de Castelgandolfo, murió un gran Papa a quien correspondió gobernar la Iglesia en los años más dramáticos del siglo, los de la Segunda Guerra Mundial, tras haber vivido los horrores de la Primera. Fueron muchos los judíos ilustres e incontables los miembros de otras religiones que manifestaron su sincero dolor por la muerte del papa Pacelli.

Fuente Consultada:
Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo I- Entrada: PIO XII “un heraldo de la paz entre luces y sombras” – Editorial Planeta
Historia de los Papas – Desde San Pedro a Francisco I – Editorial LIBSA Luis Tomás Melgar-Gil
Enciclopedia Temática Ilustrada – Tomo de Biografías – Editorial GR.U.P.O. S.A.

 

La Edad Media Costumbres,Tradiciones,Pecados y Vida Cotidiana

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
la vida en la edad media

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bullet edad media Acontecimientos en  la Edad Media

Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. «El mundo entero pereció en una sola ciudad», escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda.

Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia.

Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades.

El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas.

Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento.

Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento.

La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron.

Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda.

La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, «descubrió» América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: «El aire de las ciudades hace libres a los hombres»; así rezaba un proverbio medieval.

En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos.

En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento.

Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval.

Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas.

Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas.

De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas.

Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos.

Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso.

Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días.

Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías.

Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros.

En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS

Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades.

Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias.

En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos.

Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino.

Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes.

Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios.

Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.

Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas.

El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo.

Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como «heráldica».

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de «burgueses», palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Enciclica Pacem In Terris Doctrina Social de la Iglesia Papa Juan XXIII

Encíclica de Juan XXIII: «Pacem in terris» Doctrina Social de la Iglesia

Apenas iniciado el concilio, en aquel mismo octubre, se registró la «crisis del Caribe», con la Cuba de Castro en juego y Washington y Moscú mirándose desafiantes y llevando «sus manos a sus espadas. A sus espadas nucleares.

Durante unos días muy tensos, el mundo se mantuvo expectante y angustiado, olvidado del concilio y preguntándose si iba a romperse el «equilibrio del terror» y sobrevenir una catástrofe tal vez definitiva para la especie humana. Como en anteriores ocasiones, Juan XXIII, que había dicho repetidamente que «no tenía más armas que la paz y el Evangelio», levantó su voz pidiendo reflexión y cordura a los gobernantes.

Se reflexionó y los gobernantes, aunque nerviosos y muy alterados, se mostraron cuerdos. Pasó la crisis y hubo un suspiro de alivio en el mundo. Y todos los pueblos tuvieron una mejor comprensión de la terrible amenaza bajo la que vivían en la era nuclear.

Muchos llamaban ya al bondadoso anciano que ocupaba el solio pontificio el «papa de la paz». En marzo de 1963 se decidió que el Premio Balzan de la Paz correspondía por pleno derecho a Juan XXIII. Nemine discrepante. Hasta Moscú expresó su calurosa aprobación. Aquel mismo mes, Juan XXIII concedió una audiencia privada aAlexis Adjubei, director de «Izvestia» —el órgano del gobierno soviético—, y a su esposa Rada, hija de Khruschev.

No faltaron quienes torcieron el gesto ante estos «coqueteos» entre el Vaticano y el «comunismo ateo» . Sin embargo, ya en enero de 1958, el canciller soviético Andrei Gromyko había señalado la posibilidad de una colaboración entre la Iglesia católica y el mundo comunista para el mantenimiento de la paz. Era una colaboración que no impedía otras con el mismo fin, y Juan XXIII ya se había acreditado como un hombre que sabía «mirar sin desafío, recibir sin temor y conversar sin comprometerse».

Al mes siguiente, exactamente el 11 de abril de 1963, día del Jueves Santo, Juan XXIII, con sus 81 años de edad y el quinto de su pontificado, dio a conocer su encíclica Pacem in terris, «la paz en la tierra», según el significado de las primeras palabras del documento. Es así como, de acuerdo con la costumbre, se conocen las encíclicas, ¿Qué es la Pacem in terris?.

Si la Mater et magistra es una adaptación de la «doctrina social de la Iglesia» a los tiempos modernos, la Pacem in terris es una exposición de la doctrina política, económica y social de 3a Iglesia frente a las tan complejas circunstancias y los tan graves problemas del mundo actual, de un mundo en cada vez mas rápida y revolucionaria transformación. Y también una apasionada invitación a la paz, «profunda aspiración de los hombres de todos los tiempos».

Ya no se dirige únicamente a los fieles, sino también a «todos los hombres de buena voluntad». Siempre desde un punto de vista estrictamente católico, muy distinto, como es natural, de otros, se refiere al «orden en el universo» y trata de los derechos y deberes de los seres humanos, de las «relaciones entre los hombres y los poderes públicos en el seno de las distintas comunidades políticas», de las relaciones entre estas comunidades y de las «relaciones entre los individuos, la familia, las asociaciones y las comunidades políticas, por una parte, y la comunidad mundial, por otra». Para terminar formulando una serie de «recomendaciones pastorales».

Es, pues, amplísimo el campo abarcado por esta encíclica, conforme a criterios que lógicamente plantean tanto coincidencias como discrepancias. Pero lo que desde el principio llamó especialmente la atención en ella, como una formulación nueva y atrevida, fue la parte de las «recomendaciones pastorales» referente a las «relaciones entre católicos y no católicos en el campo económico-social-político». Reproduzcamos algunos de sus párrafos.

«Los principios doctrinales que hemos expuesto —dice la Pacem in terris, cuya idea básica es que la paz sólo puede ser producto de un «orden justo»—, o se basan en la naturaleza misma de las cosas o proceden de la esfera de los derechos naturales. Ofrecen, por tanto, amplio campo de encuentro y entendimiento, ya sea con los cristianos separados de esta Sede Apostólica, ya sea con aquellos que no han sido iluminados por la Fe cristiana, pero poseen la luz de la razón y la rectitud natural.

En dichos contactos, los que profesan la religión católica han de tener cuidado de ser siempre coherentes consigo mismos, de no admitir jamás posiciones intermedias que comprometan la integridad de la religión y la moral. Muéstrense, sin embargo, hombres capaces de valorar con equidad y bondad las opiniones ajenas sin reducirlo todo al propio interés, antes bien dispuestos a cooperar con lealtad en orden a lograr las cosas que son buenas de por sí o pueden ser reducidas al bien.»

Más adelante, dice:
»Se ha de distinguir también cuidadosamente, entre las teorías filosóficas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre, y las iniciativas de orden económico, social, cultural o político, por más que estas iniciativas hayan sido originadas e inspiradas en tales teorías filosóficas; porque las doctrinas, una vez elaboradas y definidas, ya no cambian, mientras que las iniciativas, encontrándose en situaciones históricas continuamente variables, están forzosamente sujetas a los mismos cambios. Además ¿quién puede negar que, en la medida en que estas iniciativas sean conformes a los dictados de la recta razón e intérpretes de las justas aspiraciones del hombre, puedan tener elementos buenos y merecedores de aprobación?»

Y más adelante, sin formular condenaciones, la encíclica hace una prevención a quienes, exasperados por la injusticia y las miserias que ven a su alrededor, se inclinan por los métodos violentos:

«No faltan hombres de gran corazón que. encontrándose frente a situaciones en que las exigencias de la justicia o no se cumplen o se cumplen en forma deficiente, movidos del deseo de cambiarlo todo, se dejan llevar de un impulso tan arrebatado que parecen recurrir a algo semejante a una revolución. A estos tales quisiéramos recordarles que todas las cosas adquieren su crecimiento por etapas sucesivas y así, en virtud de esta ley, en las instituciones humanas nada se lleva a un mejoramiento si no es obrando desde adentro, paso a paso.»

Finalmente, la encíclica contiene una serie de vehementes exhortaciones en favor de la paz:

«A todos los hombres de alma generosa incumbe, pues, la tarea inmensa de restablecer las relaciones de convivencia basándolas en la verdad, en la justicia, en el amor. en la libertad . .. Tarea ciertamente nobilísima, como que de ella derivaría la verdadera paz conforme al orden establecido por Dios . . «.

Estas enseñanzas nuestras acerca de los problemas que de momento tan agudamente aquejan a la sociedad humana y que tan estrechamente unidos están al progreso de la sociedad nos la dicta un profundo anhelo. que comparten con Nos todos los hombres de buena voluntad, el anhelo de la consolidación de la paz en este mundo nuestro.

«Como Vicario —aunque indigno— de Aquél a quien el anuncio profético proclamó Príncipe de la Paz, creemos que es obligación nuestra consagrar todo nuestro pensamiento, todo nuestro cuidado y esfuerzo, a obtener este bien en provecho de todos. Pero la Paz será una palabra vacía si no está fundada sobre aquel orden que Nos, movidos de confiada esperanza, hemos esbozado en sus líneas generales en esta nuestra Encíclica: la paz ha de estar fundada sobre la verdad, construida con las normas de justicia, vivificada e integrada por la caridad y realizada, en fin, con la libertad.»

En estos tiempos de poca fe, en los que tantas «crisis espirituales» se registran, en el mismo clero, no todo el «orbe católico» aceptó con entusiasmo la Pacem in terris.

Inquietó especialmente a ciertos círculos de catolicismo meramente nominal, cómodamente ajustados a la tradición cultural de su propia sociedad y habituados a ver en la religión un amparo más de su «propio interés». ¡Caramba con el «papa de transición»! ¿No podía callarse? ¿No le bastaba el revuelo que había armado con la convocación del concilio, en el que ya se estaban registrando sus más y sus menos, a pesar de que el dogma no estaba en juego? Bien, sería una encíclica más. Todo seguiría igual.

En cambio, Moscú, como si atribuyera más valor que estos círculos a lo que consideraba el «opio del pueblo», vio en la encíclica un aporte «positivo» a la causa de la paz. La prensa soviética publicó el documento papal. Un hecho realmente inusitado. Por lo demás, Juan XXIII el Bueno no tardaría en callarse.»

Ver:Principios de la Doctrina Social de la Iglesia

La Vida de los Papas Papa Pablo IV Inquisidor y Antisemita

La Vida de los Papas: Papa Pablo IV El Inquisidor

PABLO IV (1555- 1559): EL PAPA QUE INSPIRÓ A HiTLER

Juan Pedro Carafa, más tarde Pablo IV; fue en sus años mozos inquisidor. Pero, aun dentro de tan oscuro gremio, tuvo una particularidad al respecto por demás macabra, que ofrece un buen toque de color para comenzar a pintar su retrato: no contento con auspiciar y presenciar las torturas infligidas a las víctimas en la o las mazmorras oficiales, dependientes de la Iglesia, armó su sala de tormentos personal equipando una de las habitaciones de su casa con instrumentos de tortura. Una vez devenido papa, el inquisidor hecho carne en él jamás lo abandonaría.

pablo iv papa vaticano

 Gran Inquisidor y maestro de la tortura por una generación, este Papa fue el terror de los incrédulos.
Su logro mas grande fue hacer de la inquisición un arma fuerte en Italia, Los Países Bajos y el Oriente.
Creía tanto en la tortura que gustosamente pagaba de su propio cofre nuevos instrumentos. Reformo la Iglesia usando todos los métodos a su disposición sin importar quien cayera. Famoso también por la corrupción, él colocó a su sobrino Carlo Caraffa como cabeza política de la Santa Sede.

Su fanatismo por buscar lo presuntamente impuro allí donde se encontrara, de modo tal de acabar con ello sería su característica hasta el fin de sus días. Al igual que luego los nazis y los fascistas, ambos obsesionados por la idea de limpiar el mundo de la gente que con su sola existencia lo ensuciaba, Pablo IV tuvo como tarea principal eliminar de la faz de la Tierra (o, por lo menos, esconderlo y arrinconarlo) todo aquello y todos aquellos seres que, en su opinión avalada por buena parte del pensamiento eclesiástico de la época inquisitorial, tenían como innoble misión mancillar el planeta. Persona por demás ascética, no reprimió su odio hacia lo que consideraba impuro. Antes bien, lo dejó fluir hacia múltiples y desdichadas direcciones.

Odiaba a los homosexuales y cualquiera que fuera sospechoso de tal práctica o de solamente desear a alguien de su mismo sexo no tardó en perecer sobre las llamas. Por supuesto, como buen inquisidor y, por lo tanto, alumno formado en las insignes letras del Malleus Malleficarum, detestaba con toda su alma a las mujeres, esas criaturas a quien el demonio había dotado de senos y mohines insinuantes, sólo a los perversos efectos de distraer y tentar a los hombres probos. A ellas les prohibió ensuciar con su presencia las entradas del Vaticano.

Por los judíos sentía asco, horror y odio y los encerró en unos ghettos. Pero, antes de adentramos en sus crímenes contra los seres humanos, comencemos por dar cuenta de aquello que hizo contra algo más abstracto que las personas en sí, pero fruto de ellas: el pensamiento y los libros que los plasmaban

ESCRITORES, IMPRESORES Y LIBREROS, BLANCO DE LA IRA PAPAL

Pablo I entre sus múltiples objetos de odio, abominaba todo libro que pudiera acercar una luz a la mente y, más aún, si esa luz oscurecía el poder omnímodo de la Iglesia Católica, a quien él representaba. Ahogar la libertad de pensamiento era una actividad que lo llevaba a cimas de placer. Por ello ya desde sus tiempos cardenalicios organizaba hogueras para libros, fabulosas piras donde el papel se retorcía de la misma manera que los cuerpos de los herejes. Corría el año 1559 cuando el papa Pablo IV ordenó a la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición la elaboración de un índice de libros prohibidos para los católicos. Se llamó Índex Libro rum Prohibitorum y estuvo en vigencia hasta que, en 1966, Pablo VI lo suprimió como consecuencia de las reformas establecidas durante el Concilio Vaticano II.

En Julio de 1555, dos meses después de su elección, el Papa Pablo IV hizo pública una bula (edicto) poco conocida (cum nimis absurdum), contra los judíos debido a que el sospechaba que los judíos estaban asistiendo a los protestantes. La bula papal hacía recordar a los cristianos que desde que los judíos habían matado a Cristo, sólo estaban en condiciones de ser esclavos. Les fue ordenado quedar confinados a un área restringida, el gueto y usar un peculiar sombrero amarillo.
Fueron obligados a venderles sus propiedades a cristianos a precio regalado (por ejemplo una casa a cambio de un burro o un viñedo por una prenda.

En ese momento, el listado de libros prohibidos llegaba a 4126 títulos. Sí: durante más de cuatro siglos quienes quisieran ser realmente buenos católicos no debían ni acercarse a esos títulos. En sus listas figuraban, entre otras, todas las obras de Erasmo y de Rabelais y el Decameron de Giovanni Bocaccio. De la misma manera en que, siglos después, la Exposición de arte degenerado del nazismo contendría lo mejor (y por ende, prohibido) de la vanguardia pictórica, el Jndex se caracterizó por incluir en él (y por lo tanto prohibir) a los mejores literatos y pensadores de cada época. Durante esos cuatro siglos, la lectura de libros como El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, Los miserables de Víctor Hugo o el hoy tan inocente Robinson Crusoe de Daniel Defoe constituía casi un pecado. Pero la persecución a los libros había empezado mucho antes, si bien el Index marcó un punto de inflexión y, en cierta medida, el más alto. Había comenzado antes y por una razón bien concreta: un nuevo invento había visto la luz (la imprenta) y ello permitió una expansión de las publicaciones inimaginable siglos antes.

Hacia 1540 la Iglesia, profundamente asustada por la democratización de la lectura (y, por ende, de pensamiento) que presuponía la enorme cantidad de ejemplares que permitía la imprenta, intenta pactar y llegar a un acuerdo con los impresores. Pero no lo logra. Y por ello comienza la quema de libros, actividad que prosigue en tiempos de Pablo IV, justamente, con la incineración de los libros contenidos en el Index. Y fue de tal envergadura que los editores temieron por su subsistencia. Los autores, en cambio, temieron por su existencia y, en un gesto de autopreservación, la mayoría de ellos dejó de escribir En términos de producción cultural, la pérdida fue inestimable. ¿Cómo continuó la historia del Index, aun después de que Pablo 1V abandonara la investidura papal? En 1521, se creó en Roma una Congregación del Índice que a lo largo de los siglos publico de manera regular ediciones de los libros prohibidos, lo cual puede advertirse todavía en libros católicos que llevan el Imprimatur.

Un libro de una orden religiosa puede llevar, por ejemplo, el nombre de cinco censores en su encabezamiento Pocos años más tarde, el Concilio de Trento se abocó a la elaboración de un Índice “mas comprensivo”, un tanto menos arbitrario y las obras fueron condenadas en función de diez conceptos principales. Por supuesto, todo ese gran aparato represivo provocó, como lógica consecuencia, la autocensura y ello explica en buena medida por qué las contribuciones de los pensadores católicos quedaron rezagadas durante mucho tiempo con respecto a las del resto del mundo occidental. Generaciones y generaciones de estudiantes, religiosos varios, humanistas y hasta obispos, tuvieron vedada la lectura de obras fundamentales por hallarse en el Índice.

UN ANTISEMITISMO VISCERAL

El odio a los judíos por parte de Pablo IV fue inmenso y quedó institucionalizado por un documento: la bula Cun nimis absurdum, que marca un verdadero hito en el antisemitismo cristiano. Pero sería injusto decir que con Pablo 1V comienza el odio antijudío de la Iglesia. Pasemos una breve revista a cómo fueron tratados, desde el mismo inicio del cristianismo, aquellos que —nunca está de más recordarlo— profesaban la misma fe que Cristo. Durante el imperio romano, los judíos superaron la hostilidad inicial y consiguieron la plena ciudadanía con el edicto de Caracalla, en 212. Pero un siglo después, cuando Constantino se convirtió al cristianismo, dio comienzo la sistemática, constante y creciente persecución a los judíos.

Durante el Concilio de Nicea en el año 325, el mismo emperador pone fin a la controversia sobre la naturaleza de Cristo (se lo decreta divino y no un simple profeta) y continúa sus esfuerzos para separar al cristianismo del judaísmo declarando que la pascua cristiana no sería determinada por el pesaj o pascua judía. Declara: “Porque es insoportablemente irrespetuoso que en la más sagrada fiesta estemos siguiendo las costumbres de los judíos. De aquí en adelante no tengamos nadi en común con esta odiosa gente… También en plena Edad Antigua, numerosos santos (Sar Hilario, San Crisóstomo, San Efraín, etcétera) escriben en contra dE los judíos. Algunos apelativos que reciben los semitas de parte de estos santos, nada compasivos por cierto, son: “Pérfidos asesinos de Cristo”, “Raza de víboras” y “compañeros del diablo” Ya en el siglo iv y y las sinagogas eran quemadas por los cristianos, al mejor estilo de las SS nazis.

También desde esa época varios países prohiben el contacto con los “malvados” hebreos y el matrimonio entre cristianos y judíos. En el siglo y las acciones concretas sobre aquellos que tienen el mismo origen que Cristo recrudecen: en algunos lugares se les prohibe construir nuevos templos, algunos obispos logran expulsarlos de sus ciudades y continúan quemando sinagogas. Otros, igual de exaltados, incitan a las multitudes contra los impíos y éstas atacan los templos. Algunos obispos, más benévolos, simplemente los obligan a convertirse. En los años posteriores, a través de decretos y disposiciones, a los judíos se les prohíbe: poseer tierras, tener sirvientes, aparecer en público durante las Pascuas, ocupar cualquier cargo público y tener autoridad sobre un cristiano. Algunos obispos les ofrecen la opción: conversión o exilio; o se bautizan o son expulsados del lugar. Otros, un tanto más sádicos, les arrancan los ojos a los judíos que se niegan a ser bautizados.

Hacia finales del siglo VII se prohibe a los cristianos tener amistades judías y consultar médicos de ese mismo origen. Durante el siglo VIII en muchos lugares el judaísmo es ilegalizado: esto deviene en bautismos forzosos o judíos quemados dentro de sus sinagogas. Por esas épocas San Agobard, arzobispo de Lyon, escribe en sus Epístolas que los judíos nacieron esclavos y que tienen el hábito de robar niños cristianos para vendérselos a los árabes. A lo largo de años y siglos posteriores la persecución no hace sino empeorar: los judíos son atacados en varios lugares de Francia a causa de la destrucción del Santo Sepulcro de Jerusalén por parte de los musulmanes; en 1012, en Roma, son considerados culpables de un huracán que asoló a la ciudad y en 1081 son obligados a pagar impuestos aún más altos para mantener a la Iglesia.

Durante las sucesivas cruzadas, muchos soldados de Cristo asesinan sin piedad a miles de judíos e incendian sus templos. Algunas voces de la Iglesia se levantan contra eso y tratan de calmar los ánimos declarado que los judíos pueden ser tolerados y que la furia cristiana se debe dirigir hacia los musulmanes. Sin embargo, en las marchas hacia la “Tierra Santa” caen musulmanes y judíos por igual, debido a que los piadosos cristianos perciben a ambos como enemigos de Cristo. En el siglo XII se suma una nueva modalidad: en varios lugares de Inglaterra y Francia: los judíos son acusados de “asesinatos ritualísticos”, lo que deviene en tortura y muerte de los presuntos asesinos. En 1215, el cuarto concilio de Letrán obligó a los judíos a usar algún distintivo en su indumentaria que los identificara como tales a simple vista: estrellas o algún sombrero de color estridente. Esta es la primera vez en Europa que los judíos son ordenados a usar un elemento para ser diferenciados del resto de la población por medio de su vestimenta.

Con la invención de la imprenta alrededor del año 1450, los libros comenzaron a rodar por las prensas. La Inquisición buscó censurar el contenido y la cantidad de libros y en 1559, Pablo IV autorizó un Índice oficial de Libros Prohibidos, destinando a este una larga lista de libros. Entre los títulos se encontraba el clásico de la literatura de Boccaccio el Decameron, y el Gargantua y Pantagruel de Rabelais. También se incluía un tratado, Consilium (consejo), al que él mismo había contribuido como Cardenal.

El sínodo de Viena (1267) obliga a los judíos a usar sombreros con dos puntas llamados pileteum comutum. El pueblo en general cree firmemente que los judíos (ya varias veces acusados de hijos del demonio y como tales) tienen cuernos y que usan tal sombrero r para esconderlos. En los siglos posteriores, concilios diversos y gobernantes varios cierran sinagogas, encierran en ellas a todos sus fieles las incendian, grupos de judíos son asesinados por muchedumbres callejeras acusados de asesinatos ritualísticos o profanación de hostias, se los conmina abandonar lugares o a atenerse a li consecuencias (generalmente, la pena de muerte), algunos nobles ostentan con orgullo motes alusivos al tema (como “mau judíos”), la Inquisición quema el Talmud y se les hace pagar con su vida por las frecuentes pestes que asolaban Europa, ya que lo culpaban de ser responsables por envenenar las aguas.

En e siglo XIV la peste negra mata a cientos de miles de habitantes de continente europeo y se habla de una  conspiración de dominio mundial por parte de los judíos. Muchas veces, ellos mismos s suicidan al verse cercados, para evitar la tortura seguida de una muerte lenta y dolorosa. Se promulgan diversas bulas que prohiben a los capitanes de navío el transporte de judíos a Tierra Santa y que les impide asistir a la universidad. Y en esa seguidilla de macabros asuntos de los cuales, se lo podemos asegurar al lector, hemos realizado un resumen más que breve, aparece lo que muchos reconocidos historiadores consideran como un hito dentro del movimiento católico antijudío: la bula Cunnimis absurdum, promulgada apenas dos meses después de la elección.

En ella se subrayaba que los asesinos de Cristo, los judíos, eran esclavos por naturaleza y debían ser tratados como tales. Por primera vez, en los Estados Pontificios se les confinaría a un sector determinado, el “ghetto”, que contaría con una sola entrada. Antes de llevarlos al ghetto que les correspondía, fueron obligados a vender sus propiedades a los cristianos a precios verdaderamente irrisorios. Se les permitió poseer una sola sinagoga en cada ciudad, se les obligo a usar indumentaria distintiva para distinguirlos (en este caso, se trató de un gorro amarillo), se les prohibió emprender cualquier actividad comercial, sólo se les permitía emplear el latín para hablar, en ningún caso podían contratar cristianos, no podían ser asistidos por médicos cristianos y no podían ser llamados “senor ni siquiera por los pordioseros, entre otras órdenes.

El ghetto fue instalado en la orilla derecha del Tíber, frecuentemente anegado y, por ello, extremadamente insalubre. En un sector de unos 460 metros se hacinaban de cuatro a cinco mil personas, generalmente vestidos con harapos. Debido al escaso lugar con que contaban se veían obligados a edificar hacia lo alto y el hecho de que el Tíber estuviera tan cerca, corroyendo las entrañas de las edificaciones, hacía que los derrumbes fueran frecuentes, llevándose muchas vidas humanas. Además, en ese hacinamiento, cualquier principio de incendio se propagaba con asombrosa y peligrosa rapidez y la higiene se hacía sumamente dificultosa, lo que no hacía más que abonar el mito antisemita de que los judíos poseen un desagradable olor. La bula del papa que nos ocupa tuvo efectos reflejos de manera inmediata: a los pocos días Venecia también tenía su ghetto y lo mismo sucedía en Bologna. En 1559, Pablo 1V moría. Sin embargo, su bula había instaurado y legitimado una pauta de conducta que duraría tres siglos.

Papa Pablo III Poder y Riquezas de la Iglesia de Roma Vida de Papas

Papa Pablo III:Poder y Riqueza de la Iglesia

La personalidad de Paulo III, vivamente combatida durante cuatro siglos por la historiografía protestante y liberal, ha sido hoy revalorizada y situada en el punto culminante que le corresponde.

No en vano es el pontífice que aprobó la Compañía de Jesús, inauguró las sesiones del Concilio tridentino, autorizó el establecimiento de la Inquisición romana, impulsó el estudio de la reforma interna de la Iglesia, y, por primera vez después de muchos años, concedió la púrpura cardenalicia a religiosos que lo merecían por su fe, su saber y su profunda piedad.

Con Paulo III el Papado empuña todos los instrumentos de la Reforma católica y la Contrarreforma.Hijo de Pedro Luis Farnesio y de Juana Caetani, Alejandro nació en Canino el 28 de febrero de 1468.

Miembro de la familia Farnesio, reputada por su ambición y su avidez, su padre quiso dedicarle a la vida política y a la diplomacia. Alessandro Farnese) Papa (Canino, Estados Pontificios, 1468 – Roma, 1549).

Veamos su biografía…

Papa Pablo III Poder y Riquezas de la IglesiaPerteneciente a una influyente familia de la nobleza italiana, hizo la mayor parte de su carrera eclesiástica sin ser sacerdote: fue nombrado cardenal en 1493, aunque no se ordenó hasta 1519.

Considerado un Papa de transición entre el Renacimiento y la Contrarreforma, gustó de potenciar la magnificencia de su corte; así, encargó a Miguel Ángel, entre otros trabajos, las pinturas de la Capilla Sixtina.

En la política exterior hay que recalcar su mediación entre Carlos I y Francisco I de Francia que llevó al tratado de Nicea, en 1538, así como la excomunión de Enrique VIII de Inglaterra.

Decidido promotor del concilio de Trento, dio su apoyo a la fundación de los jesuitas y al restablecimiento de la Inquisición en Italia (1542).

En el ámbito de la política local, cedió importantes territorios del Papado a su hijo Pier Luigi, hecho que generó una considerable hostilidad.

Lo llamaban el «Papa Enaguas» porque entregó a su hermana para que fuese iniciada por el Papa Alejandro IV (1492-1503).

Mas tarde envenenó a su madre, a una de sus hermanas y a una sobrina para tomar control de la herencia de su familia.

Tuvo relaciones incestuosas con sus hermanas y su propia hija, Constancia.

Asesinó a su yerno, Bosius Sforza para poder gozar mas sexualmente de su hija.

Mató a su otra hermana cuando se sintió celoso de uno de sus amantes, y se sabe que mató a dos Cardenales y a un Obispo polaco debido a una disputa teológica.

Fue el cafiso (proxeta) mas grande de Roma, porque tuvo a 45,000 prostitutas trabajando para él y pagándole un tributo mensual.

Aún insatisfecho con su vida sexual, mantenía como amante a una noble romana quien le dio tres hijos. Pero para él, el divorcio era un pecado imperdonable.

Cuando Enrique VIII de Inglaterra no pudo anular su matrimonio con Catalina de Aragón, él se divorció de ella y se casó con Ana Bolena en 1533.

Pablo III lo excomulga en 1534 y Enrique VIII se instala como cabeza de la Iglesia Anglicana. Pablo III – El Enemigo de los Protestantes La reforma comenzó en Alemania con Lutero y poco después echó raíz en Ginebra con Calvino.

En 1541 Calvino comenzó a expandir su teología en Francia, Holanda y otros países.

Esto llevó a que el Papa estableciera la Inquisición Romana en 1542 y llamara al Concilio de Trento en 1545 para tratar la cuestión protestante.

La Inquisición Romana Pablo III es conocido en la historia como el Papa que persiguió a los protestantes mas que cualquier otro. Para estos fines estableció en 1542, el Santo Oficio como cámara de apelación final en casos de herejía.

De esa forma comenzó la Inquisición Romana con la meta de erradicar al protestantismo de Europa. La historia cuenta que la Inquisición Romana llego a un nivel de crueldad y barbarismo que hasta «repugnaba a los turcos y sarracenos…».

Concilio de Trento Este Concilio fue una de las respuestas a los protestantes. Intentó sistematizar la doctrina católica y la ley canónica y se proclamó al celibato como superior al matrimonio. La ceremonia católica del casamiento pasó a ser conducida por un sacerdote en presencia de dos testigos.

Los sacerdotes pasaron a ser entrenados en seminarios aislados de la comunidad. La versión latina de la Biblia, la Vulgata, fue declarada como la versión auténtica.

Los protestantes ya habían compilado su propia versión. El Concilio se reunió en tres sesiones: entre 1545 y 1548, entre 1551 y 1552, y entre 1562 y 1563. La última sesión fue presidida por Pío IV.