Presidencias de Washington

Los Hessianos Mercenarios Alemanes en la Guerra de la Independencia

Los Hessianos Mercenarios Alemanes

A diferencia de los que partieron hacia el Nuevo Mundo aproximadamente en 1750, huyendo de la discriminación religiosa, los alemanes que fueron a Norteamérica durante la Guerra de la Independencia eran mercenarios contratados por Jorge III, rey de Inglaterra.

Como muchos ingleses simpatizaban abiertamente con los rebeldes y deploraban las tácticas de un gobierno que obligaba a empuñar las armas contra hermanos y primos, Jorge III tuvo dificultades para reunir un ejército de adecuado tamaño.

Rey Jorge III de Inglaterra
Rey Jorge III de Inglaterra,gobernó durante el periodo en el que tuvo lugar la pérdida de las colonias británicas en Norteamérica.En 1765, poco después de iniciarse su reinado, había sufrido un ataque de locura.

Forzado a acudir a otras fuentes, firmó un contrato, en 1775, con el langreve Federico de Hesse-Cassel, que se comprometió a suministrar a los ingleses veintidós mil soldados.

Fueron seis los principados alemanes que proporcionaron tropas a los británicos, pero como la mitad procedían de Hesse-Cassel, todos ellos recibieron el nombre de hessianos. De los veintiún mil soldados del ejército inglés en América, en 1777, quince mil eran hessianos.

Como el principado de Hesse-Cassel padecía graves dificultades económicas, el langrave aprovechó inmediatamente la oportunidad de obtener dinero reclutando a los campesinos.

Ningún miembro de las clases bajas era inmune al reclutamiento, y muchos desdichados hu bieron de hacerse mercenarios por la fuerza. La disciplina era rígi da y severa; los oficiales exigían obediencia instantánea, se azotaba a la tropa y la deserción se castigaba con la muerte.

Se sometía a los reclutas a instrucción constante, e incluso cuando viajaban en lan chones como tropas de asalto, se veían obligados a permanecer un mes y alineados como muñecos.

Tenían elegantes uniformes azules y alargados cascos metálicos que parecían mitras de obispo. Los jaegers tiradores expertos reclutados en los bosques alemanes, llevaban uniformes verdes con puños escarlata y rifles cortos. Pero fuesen o no elegantemente vestidos, eran hessianos, y tal nombre era sinónimo de brutalidad.

Por su brutalidad, los colonos les llamaban «Hunos del infierno». Como la mayoría de los hessianos no habían conocido más que miseria y pobreza, les parecía lógico llevarse cuanto les apetecía de las limpias casas y las prósperas granjas.

Pocos sabían inglés, por lo que no distinguían entre rebeldes y probritánicos, saqueando y espoleando cuanto encontraban a su paso.

Aunque luchaban codo a codo con los ingleses, no mantenían buenas relaciones con ellos. Los británicos sintieron un desprecio inmediato por aquellos extranjeros torpes y borrachos cuyo idioma gutural les sonaba demasiado áspero.

En consecuencia, hubo muchos choques que obligaron a separarlos cuando no había lucha. Y muchos ingleses se irritaron tanto con aquellos hunos del infierno que se pasaron a los rebeldes.

Durante el verano de 1776 un hombre de origen alemán, Christopher Ludwick, panadero de Filadelfia, con el visto bueno de Washington, se hizo pasar por desertor rebelde, se infiltró en las líneas británicas en Staten Island y se dedicó a convencer a los hessianos de que desertaran.

Este hombre, alto y fuerte, estableció una relación inmediata con los hessianos. Les habló de las ricas tierras de Pennsylvania y les dijo que podrían establecerse en ellas sólo con pedirlo, llenando las mentes de los hessianos de visiones de riqueza y prosperidad.

En Pennsylvania, les aseguró, podrían hablar su propio idioma, trabajar tierras propias y, además, las muchachas de Pennsylvania eran pechugonas y complacientes. El plan de Ludwick dio buenos resultados. Cientos de alemanes huyeron de noche, acompañados por Ludwick.

Muchos consigueron llegar a Pennsylvania, donde se dedicaron al pacífico cultivo de la tierra. Y más tarde, por consejo de Ludwick, muchos de los alemanes capturados fueron enviados a Pennsylvania para que se convirtiesen en ciudadanos útiles de aquel nuevo país.

Pero la pérdida de unos centenares de hessianos no significó nada, pues el 12 de junio de 1776 llegó a Nueva York el almirante Richard Howe con ciento cincuenta barcos y refuerzos de unos quince mil hombres para su hermano, el general William Howe.

EL PODER HESSIANO

Y el 1º de agosto llegaron otras cuarenta embarcaciones con tres mil soldados más, que se unieron a los que estaban estacionados en Staten Island, bastión británico.

Tal acumulación de poder parecía indicar que los días de George Washington estaban contados.

La batalla de Long Island se inició el 22 de agosto y duró siete días. La victoria fue para ingleses y hessianos, y un oficial británico escribía: «Alégrate, amigo, pues hemos asestado un golpe definitivo a los rebeldes…

Los hessianos y nuestros valerosos montañeses no les dieron cuartel, y daba gusto ver con qué entusiasmo despachaban a los rebeldes con sus bayonetas después de rodearles…».

Washington sufrió otra derrota aplastante en la batalla de Fuerte Washington, la fortaleza supuestamente inexpugnable del Hudson, a manos de los hessianos dirigidos por el general Wilhelm von Knyphausen, conocido por sus compañeros de mesa como el hombre que untaba el pan de mantequilla con el pulgar.

Cayeron prisioneros entonces un mínimo de dos mil quinientos norteamericanos que fueron torturados por sus captores alemanes que previamente les hicieron desnudarse, hasta que unos oficiales ingleses les obligaron a dejarles.

El incidente impulsó al famoso orador británico Edmund Burke a decir en el Parlamento: «Esta clase de gloria, ganada por mercena rios alemanes contra subditos libres de Inglaterra, no tiene ningún encanto para mí».

hessianos batalla de trenton

Así empezó la humillante retirada de Washington hacia el Sur a través de las llanuras de Jersey. Llegó a la ribera de Pennsylvania. del Delaware, el 8 de diciembre, con sólo tres mil hombres, la mayoría escuálidos y desfallecidos, sin zapatos ni capa.

Mientras Washington esperaba con sus desfallecidas y harapientas tropas, el coronel Gottlieb Rail estaba al mando de mil cuatro cientos hessianos en la soñolienta aldea de Trenton, al otro lado del río, haciendo desfilar a sus soldados como en una ópera cómica y sometiéndoles a constantes ejercicios.

Rail era un individuo muy adic cionado a la bebida y a la juerga y amante de la música. Sacaba todos los días a sus músicos para que desfilaran tocando por Trenton. se guidos de los soldados en perfecta formación.

No hizo ningún caso, sin embargo, del aviso del coronel Carl von Donop, que le aconsejo fortificar el pueblo contra un posible ataque de aquellos «payaso, campesinos», como llamaba Rail a los rebeldes; resultaba difícil ignorar las actividades de éstos al otro lado del río.

Pero Rail les había derrotado en Fuerte Washington y no sentía hacia ellos más que desprecio.

EL DESQUITE DE GEORGE WASHINGTON

Washington eligió el día de Navidad para atacar Trenton Saina que para un buen hessiano Navidad era época de orgía.

Podía contar con que se encontrarían con una guarnición borracha y desprevenida

Al final de la tarde del día de Navidad, las tropas comenzaron a desplazarse río abajo, los pies descalzos envueltos en tela de saco, y esperaron en tembloroso silencio que llegase la oscuridad.

Entretanto, los hessianos celebraban la Navidad con considerable despreocupación, reunidos alrededor de pinos vistosamente decorados (los primeros árboles de Navidad que se vieron en Norteamérica) según era costumbre en Alemania, bebiendo un licor llamado aguardiente de manzanas.

El coronel Rail se pasó la mayor parte de la noche jugando a las cartas en una fiesta en casa del jefe de correos, Abraham Hunt.

Un campesino probritánico llevó una nota advirtiendo del próximo ataque rebelde, pero el ayudante de Hunt no le dejó entrar.

Cuando el ayudante entregó a Rail la nota, éste, demasiado absorbido por el juego, por el aguardiente de manzana, y poco familiarizado con la lengua inglesa, contempló despreocupadamente la nota y luego se la guardó en el bolsillo sin leerla.

Los patriotas sorprendieron a los hessianos hacia las siete de la mañana del 26 de diciembre.

A Rail, que aún estaba grogui, le despertó un ayudante que volvió inmediatamente para intentar organizar a los soldados, todavía borrachos.

Cuando Rail salió a la calle, con resaca y a medio vestir, pero con el montante en la mano, intentó en vano controlar a sus hombres.

Los que no habían sido segados por las balas huían por las calles presas de pánico, cayendo en la nieve helada. Navidad terminó en un desastre para muchos hessianos, en 1776.

Rail recibió tres heridas de arma de fuego, la última mortal; lo llevaron a la iglesia presbiteriana, donde lo tendieron en un banco. Cuando la nota a la que no había hecho caso cayó de su bolsillo y se la devolvió un ayudante, lanzó un gruñido de remordimiento.

Por una partida de cartas y una noche de borrachera, Rail pagó con la pérdida de Trenton y con su vida. Cayeron prisioneros casi mil hessianos, hubo cuarenta muertos o heridos, y los rebeldes se hicieron con seis cañones y más de cien mosquetes. Dos norteamericanos resultaron muertos y tres heridos.

La victoria de Trenton renovó la confianza en los corazones de los patriotas. Algunos soldados exhaustos y hambrientos que antes de Trenton habían pensado seriamente desertar, miraban curiosos al futuro. Muchos jóvenes impulsados por la victoria acudieron a incorporarse a las filas rebeldes. Trenton había salvado la situación.

A finales de la primavera de 1777, muy al norte de Trenton, un ejército de nueve mil hombres surcaba las aguas azules y resplandecientes del lago Champlain.

Llegan Refuerzos: John Burgoyne

El general inglés John Burgoyne iniciaba su campaña, invadiendo Norteamérica desde el Canadá. La flotilla de Burgoyne, formada por tres navios grandes, veinte cañoñeras, doscientas barcazas y canoas, cubría una milla del lago y resultaba impresionante.

La música de los regimientos alemanes y británicos resonaba alegremente sobre las aguas. De los nueve mil soldados, más de la mitad, unos cinco mil, eran hessianos.

El lugarteniente de Burgoyne era el gordo y voluntarioso general barón Federico von Riedesel.

Von Riedesel, aunque sólo tenía treinta y nueve años, era muy respetado por sus colegas ingleses, pues no sólo era un magnífico oficial sino que había dirigido toda la construcción de puentes y caminos entre Ticonderoga y Saratoga, hazaña casi increíble a través de un territorio salvaje y plagado de mosquitos.

No era un general de gabinete y combatió valerosamente con sus hombres en Saratoga antes de que Burgoyne se rindiera.

Su esposa, la baronesa Federica von Riedesel, una mujer pequeña y animosa, fue probablemente una de las mujeres más notables de la guerra de independencia norteamericana. Para estar con su marido viajó desde Quebec a Ticonderoga por diversos medios (canoa, ca-lash —un carro de dos ruedas— y cañonera) con sus tres hijas, todas menores de seis años, tres criados y el ayudante inglés de su marido, un tal teniente Willos. Para eludir una tormenta en el lago Champlain pasaron una noche en una isla deshabitada, sin saber hasta el día siguiente que se llamaba Isla de las Serpientes Cascabel. En Fuerte Edward dirigió un hogar perfectamente organizado: cuidaba a sus hijas pequeñas, se vestía para la cena y cenaba zarpas de oso, un raro manjar. Pero cuando se retiró el ejército de Burgoyne, tras la batalla de Saratoga, se refugió en el sótano de una casa de campo abandonada, con soldados heridos, mujeres y niños. Abrumada por el hedor de los excrementos humanos, pues todos tenían miedo a aventurarse fuera, la baronesa, que se había educado en la atmósfera protectora de la aristocracia alemana, organizó un equipo de limpieza, hizo sopa para los soldados, consoló a los niños, y por su animosa presencia fue «general» en su propia esfera. Los Riedesel pasaron seis años en América, parte de ellos junto a Charlottesville, donde se hicieron amigos de Thomas Jefferson. El barón y su esposa publicaron libros sobre su experiencia en Norteamérica cuando regresaron a Alemania.

Entre junio y octubre de 1777 se redujeron considerablemente las tropas del ejército de Riedesel, debido a la aplastante derrota de Bennington, a la deserción masiva y a las batallas de Saratoga. (De trescientos treinta y seis oficiales hessianos que salieron de Quebec, sólo quedaban en Saratoga unos veinte.)

La Derrota Final

La batalla de Bennington fue uno de los muchos errores de Burgoyne. En su cuartel general de Fuerte Edward se enteró de que en el pueblecito de Bennington, en la zona de Hampshire (donde había gran cantidad de provisiones) sólo había un puñado de patriotas.

El 11 de agosto envió una fuerza destinada a distraer al enemigo, dirigida por el joven y apuesto coronel Baume, que no hablaba inglés, con quinientos hessianos y unos cien indios para «tomar» Bennington.

Baume no tenía miedo de saber que los hombres que pasaban por su campamento eran diestros tiradores, fusileros de las milicias de Nueva Hampshire, del coronel John Stark, y no probritánicos. De cualquier modo, él no entendía aquel extraño idioma.

Pero el mensaje fue de una claridad meridiana cuando, demasiado tarde, Baume comprendió que estaba rodeado.

Stark atacó a Baume con la precisión de un tigre, en un círculo que fue cerrándose progresivamente como un puño de acero.

Los disciplinados hessianos combatieron virilmente, pero al fin perecieron en un feroz combate cuerpo a cuerpo. Los torpes y pesados hessianos no podían compararse con los duros hombres de Stark, acostumbrados a los bosques.

La nota que Baume escribió apresuradamente en alemán a un mensajero para que la llevase a Fuerte Edward pidiendo refuerzos, llegó demasiado tarde.

Las bajas hessianas fueron numerosísimas; trescientos muertos y heridos, y setecientos prisioneros de las tropas de Baume y de las que, en su ayuda, envió el coronel Heinrich Breimann.

Cuando cayó la noche, los hessianos que consiguieron huir atravesaron los bosques camino de Fuerte Edward dejando atrás cañones, municiones, bagajes y multitud de compañeros muertos y heridos. Muchos de ellos desertaron.

El 9 de octubre, en el apogeo de la segunda batalla de Saratoga, el «imperturbable» Breimann perdió de pronto el control y comenzó a acuchillar a sus propios hombres con su montante, gritando en alemán, hasta que uno de sus oficiales le metió una bala en la cabeza.

Fue también en el reducto de Breimann donde un soldado hessiano cambió el curso de la vida de Benedict Arnold. Arnold (sin duda alguna el héroe de Saratoga, por la herida que le obligó a caminar durante el resto de su vida con una muleta), no volvió a tomar las armas por su patria como el brillante oficial que era.

Pasó a ser comandante de Filadelfia, donde conoció a su futura esposa, la bella Peggy Shippen.

Hija de un juez proinglés, fue instrumento de la posterior traición de Arnold. Pero en el Reducto de Breimann, el 9 de octubre, cuando uno de los hombres de Arnold alzó su rifle para matar al hessiano que había herido a su general, Arnold le detuvo diciendo: «¡Por Dios, no lo mates!; no hace más que cumplir con su deber».

Aunque los hessianos combatieron en todas las batallas importantes, desde Ticonderoga a Yorktown, el Congreso aprobó, en julio de 1776, una resolución que ofrecía tierras a los hessianos que desertasen y se quedasen en Norteamérica.

No se sabe con certeza cuántos aceptaron esta oferta, pero en 1782 se calculaba que habían combatido en suelo americano con los británicos veintinueve mil ochocientos sesenta y siete hessianos.

De ellos, siete mil quinientos cincuenta y cinco murieron en acción, o a causa de las heridas, o por enfermedad. Otros cinco mil se quedaron en América, y se establecieron como nuevos ciudadanos.

Fuente Consultada:Almanaque de los Insóito Tomo 2 de Irving Wallace y David Wallechinsky Editorial Grijalbo

Presidencias de Adams y Jefferson Resumen

PRIMEROS PRESIDENTES DE LOS ESTADOS UNIDOS
Washington, Adams y Jefferson

Elegido en 1789, con John Adams como vicepresidente, Washington prestó juramento en Nueva York, en el mes de abril. Sus primeros colaboradores fueron los hombres que habían desempeñado un papel decisivo en los años precedentes: Jefferson como Secretario de Estado (negocios interiores y exteriores), Hamilton en la Tesorería, Knox en la Guerra. Hamilton hizo un trabajo considerable: era el «hombre fuerte» del joven gobierno.

Independencia de los Estados Unidos

El Estado Federal reconoció por igual las deudas contraídas por los Estados, especialmente los certificados de paga entregados a los soldados durante la guerra, lo que hizo, por otra parte, la fortuna de los especuladores, que habían comprado a los interesados sus certificados, muy por debajo de su valor nominal.

Contra el parecer de Jefferson, que encontraba inconstitucional la medida, Hamilton creó un Banco Nacional (1791), con un capital de diez millones de dólares, de los que el Tesoro suscribía dos millones. El dólar se basó en el oro, cuya relación con la plata se fijó de 1 a 15, lo que después causó serios trastornos monetarios, cuando la gran producción de las minas de plata hizo bajar el precio de este metal, depreciándolo con relación al oro, que desapareció de la circulación. Filadelfia se había convertido en la capital provisional, mientras se construía una nueva ciudad en las orillas del Potomac.

La política exterior de Washington durante su presidencia puede calificarse de prudente. Deseaba un engrandecimiento progresivo, pero sin sacudidas. No quería triunfos diplomáticos que le dejaran profundos rencores y que le hicieran crearse enemigos en aquellos momentos. Los esfuerzos diplomáticos americanos habían resultado inútiles desde 1783 hasta 1789. Salvo algún éxito en París, sobre modificaciones de tarifas y en Berlín con la firma de un tratado de amistad con el rey de Prusia, Inglaterra y España no habían tomado muy en serio a los Estados Unidos.

España, dueña de las bocas del Mississippi, se negaba a permitir la navegación americana, impidiendo la expansión de la Unión más allá de los montes Apalaches. Inglaterra, a despecho de los tratados de 1783, seguía manteniendo sus puestos militares en la región de los Grandes Lagos, como garantía del cobro de los créditos que la Unión le debía.

El inicio del conflicto entre España e Inglaterra a raíz de una incursión de la marina española, provoca una situación inmejorable para los Estados Unidos. De una y otra parte comienzan a hacerse preparativos para una guerra que podría llegar a involucrar a toda Europa, ya que por el Pacto de Familia, Francia debería aliarse con España, mientras que, en virtud del Tratado de La Haya, Holanda debería hacerlo con Inglaterra. Pitt inició inmediatamente tímidos contactos para una negociación con Washington, pero éste se negó a conceder algo que no fuera una «honrosa neutralidad».

Sin embargo, con la firma del Tratado del Escorial, que restableció la armonía entre España y Gran Bretaña, Washington perdió su más importante baza en política exterior.

En el momento de estallar la Revolución Francesa, Washington, pese a toda la desconfianza que le inspiraba, se mostró conciliador, dado que continuaba viendo en Francia a su principal aliado contra Inglaterra. El 19 de febrero de 1793, la Convención decretaba abiertos los puertos franceses a los barcos americanos, equiparándolos así a los nacionales en el momento en que Inglaterra y Holanda habían ya declarado la guerra a Francia.

Pero Washington se mantuvo firme en su tesis de neutralidad, rechazando las propuestas del embajador Genet de armar en América naves corsarias para atacar a los barcos y colonias ingleses, cuando los barcos ingleses detenían a los neutrales que transportaban mercancías a los puertos franceses. Washington sabía, no obstante, que Jorge III temía ahora una guerra con los Estados Unidos y se dispuso a presionar a Gran Bretaña enviando a un delegado para negociar los siguientes puntos: indemnizaciones al comercio americano por los actos de la marina inglesa, asegurar la ejecución del tratado de 1783 y firmar un tratado de comercio.

El 19 de noviembre de 1794 John Jay y lord Grenville ponían sus firmas al pie de un tratado de amistad, de navegación y de comercio que preveía la indemnización completa, la evacuación de los Grandes Lagos antes del primero de junio de 1796, libertad de comercio americano con las Antillas inglesas y el libre comercio y navegación entre los Estados Unidos y Gran Bretaña, a cambio, entre otras cosas, de indemnizar a los subditos ingleses que hubieran sufrido las consecuencias del retraso del pago de sus créditos.

Un gran malestar se produjo al conocerse la noticia, pero pese a todo Washington ratificó el tratado, tras enfrentarse con el Congreso de mayoría demócrata. Tras ello España firmó con los Estados Unidos un tratado de libre navegación que fue ratificado por el Senado el 3 de marzo de 1796.

George Washington                    John Adams                Thomas Jefferson

JOHN ADAMS Y JEFFERSON
La vida política se organizaba, y se habían dibujado claramente dos grupos. De una parte, los Federalistas (Hamilton), partidarios de un ejecutivo fuerte, y que eran los grandes terratenientes, los ricos negociantes, los abogados y los notables. De otra, los Republicanos (Jefferson), apoyados por los pequeños granjeros y por los artesanos. La Revolución Francesa vendría a acentuar las divisiones; acogida, al principio, fervorosamente por Ids americanos, su rápida evolución hacia el radicalismo y el terror provocó ásperas discusiones.

Los Federalistas eran anglofilos, y los Republicanos apoyaban a Francia. Estos últimos se vieron perjudicados por la torpeza del ciudadano Genét, representante francés en Filadelfia, que deseaba que los Estados Unidos, en virtud del tratado de alianza de 1778, abriesen sus puertos a los navios franceses que participaban en la defensa de las Antillas, llevando corsarios contra los ingleses.

Washington quería mantener la neutralidad. Genét, llamado a Francia en 1799, se quedó en los Estados Unidos y se casó con la hija del gobernador de Nueva York, muriendo como rico propietario de tierras en las orillas del Hudson.

Jefferson se había retirado, en 1793, a su bella propiedad de Monticello, desde donde preparaba su vuelta a la política contra los Federalistas. Reelegido Presidente en 1792, Washington rehusó un tercer mandato en 1796, y fue elegido John Adams, candidato de los Federalistas, con Jefferson como vicepresidente.

Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de Independencia de 1776, fue nombrado embajador en Paris en 1785. Después fue elegido Presidente de los Estados Unidos. Durante toda su vida, admiró profundamente a Francia, hasta el punto de que se le han atribuido estas palabras: «Todos los hombres tienen dos patrias: la suya y Francia».

Las relaciones con Francia habían empeorado en 1798, hasta el punto de que los Federalistas hablaban de entrar en guerra contra el Directorio (el representante de los Estados Unidos, James Monroe, creyendo expresar la simpatía de su país por la Revolución, había sido censurado por su gobierno, deseoso de neutralidad). A causa de un incidente entre Talleyrand, ministro de Negocios Extranjeros del Directorio, y tres enviados americanos, los Federalistas decidieron crear una flota y organizar un ejército que intentaban confiar a Washington.

En sus filas entró la discordia, animada por la rivalidad de Hamilton y de Adams. Finalmente, en 1800, la gran victoria de Bonaparte en Marengo y la prudencia de Jefferson arreglaron las cosas, y se firmó un convenio comercial entre Francia y los Estados Unidos.

En las elecciones de 1800, Jefferson, a quien los Federalistas presentaban como peligroso revolucionario, ateo y terrorista, fue elegido Presidente contra John Adams. Washington había muerto en su propiedad de Mount Vernon, el 14 de diciembre de 1799, y empezaba una nueva era.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Constitucion de 1787 de EE.UU. en Philadelfia Resumen

Constitución de 1787 de EE.UU. en Philadelfia Resumen

El 17 de octubre de 1781, los ingleses se rindieron y se iniciaron negociaciones de paz en París, con una delegación americana encabezada por Benjamín Franklin (1706-1790). El tratado de Versalles se firmó en 1783, el gobierno inglés reconoció la independencia y el nacimiento de una nueva nación: Estados Unidos de América.

Cuatro años más tarde se promulgó en Filadelfia la Constitución de 1787, de corte federal, influida por las ideas ilustradas y enciclopedistas. Se estableció la elección de un presidente y de dos miembros de las Cámaras de Representantes y del Senado. Nueva York quedó en ese momento como sede de los poderes federales.

Esta Constitución proclamó los derechos del ciudadano a la libertad, la seguridad de conciencia y de expresión. Sin embargo, no abolió la esclavitud; a los negros y los indios no se les asignó ningún derecho civil, y las mujeres no tenían derecho al voto.

Independencia de Estados Unidos

LA CONSTITUCIÓN DE 1787
¿Cómo organizar el Gobierno central? Casi todos los Estados se habían dado, durante la guerra de la Independencia, unas Constituciones particulares y diferentes, pero aún no había gobierno ni constitución en la esfera federal, y cada Estado seguía dirigiendo su propia política, interpretando, a veces a su gusto, el tratado firmado con Inglaterra.

Así como los problemas económicos y comerciales habían sido causa importante de la guerra de la Independencia, ahora los encontramos también en la base de la Constitución federal.

En 1785, los delegados de Virginia y de Maryland se reúnen para discutir problemas de la navegación por el Potomac, y las discusiones se extendieron después a Delaware y a Pensilvania. Por último, el buen sentido virginiano propone que todos los Estados envíen delegados a Annápolis para estudiar una posible uniformidad del sistema comercial exterior. Los comienzos fueron tímidos, y sólo cinco Estados enviaron doce delegados. Pero Hamilton pidió a éstos que apelasen a todos los Estados para convocar en Filadelfia una Convención encargada, a la vez, de poner al día las condiciones comerciales y de discutir un gobierno federal.

El segundo punto era, desde luego, el más importante; pero, al dejar en segundo plano la cuestión de una Constitución, los organizadores trataban de no asustar a los autonomistas. La Convención se reunió en Filadelfia, en mayo de 1786, bajo la indiscutida presidencia de Washington. John Adams y Jefferson eran embajadores en Inglaterra y en Francia, y el Congreso estuvo dominado por la personalidad de Hamilton, delegado de Nueva York.

El virginiano James Madison, próximo a Jefferson y, por consiguiente, opuesto a las concepciones aristocráticas de Hamilton, se encontraba, sin embargo, de acuerdo con él para instaurar un gobierno federal fuerte, ante el temor de ver al joven país, paralizado por mezquinas querellas entre Estados. Después de unas semanas de discusiones, el peso de la opinión de Washington fue decisivo.

Los delegados se habían inquietado también por la insurrección de Daniel Shays, antiguo oficial, pobre granjero de Massachussets, que se había puesto a la cabeza de una tropa de rebeldes, víctimas todos de la crisis económica. Los ricos se asustaron y fueron muchos los que se adhirieron a la idea de un ejecutivo fuerte, destinado a mantener el orden.

La Constitución de 1787 implica un compromiso en diversos planos. Inspirada en las ideas de Montesquieu sobre la separación de poderes, asegura la fuerza del ejecutivo por medio del régimen presidencial. Elegido para cuatro años (no por las Cámaras ni por sufragio universal, sino por electores especiales, elegidos, a su vez, en cada Estado), el Presidente (asistido de un vicepresidente) representa al pueblo de los Estados Unidos, ostentando un poder equivalente a los del rey y del Primer ministro en Inglaterra. Y la elección de Jorge Washington como primer Presidente de los Estados Unidos en 1789, reforzó todavía más el prestigio del cargo.

Dos Cámaras ejercían el poder legislativo: la Cámara de Representantes y el Senado. El número de representantes es proporcional a la población de cada Estado, mientras que los senadores son siempre dos por Estado, cualquiera que sea el número de sus ciudadanos, con lo que se daba satisfacción a los Estados pequeños, que podían temer el verse aplastados por sus vecinos más poblados.

Las dos Cámaras votan las leyes, pero las leyes de Hacienda deben presentarse con prioridad a los representantes, mientras que el Senado tiene prerrogativas en materia de política extranjera. El Presidente debe tener también la aprobación del Senado para nombrar a ciertos altos funcionarios. Además, el Senado puede transformarse en Tribunal inapelable para juzgar a los ciudadanos acusados por la Cámara de Representantes. Para asegurar la separación del Legislativo y del Ejecutivo, el Presidente elige a sus ministros, fuera del Congreso, al contrario de la tradición británica, que designaba a sus ministros entre los miembros del Parlamentó y eran responsables ante él.

Los ministros americanos no pueden ser depuestos por el Congreso. Puede haber, sin embargo, conflictos entre el Congreso y el Presidente, especialmente porque éste es elegido para cuatro años, mientras que el (Congreso se renueva cada dos.

En ese caso, el Presidente puede ejercer el derecho de veto contra las decisiones del Congreso, que i-monees no son efectivas más que con una mayoría de los dos tercios. Por encima de las leyes, de la interpretación de la Constitución y de los hombres mismos, está el Tribunal Supremo, cuyos siete jueces son nombrados por el Presidente, a título vitalicio, para asegurarles una completa independencia. Este Tribunal decide si las leyes están conformes con la Constitución y con el Derecho natural, resuelve las diferencias entre Estados, así como los conflictos entre los ciudadanos y la administración.

La Constitución enumeraba, cuidadosamente, los poderes del Presidente: decidir impuestos, pedir o conceder préstamos, regular el comercio entre Estados y con el exterior, acuñar moneda, crear cargos, asegurar la defensa del país, declarar la guerra, formar ejércitos y milicias. En cambio, numerosos poderes y decisiones seguían en manos de los Estados y de sus Asambleas.

La Constitución se completó, gracias a la iniciativa de Madison, con diez enmiendas que formaban una especie de Declaración de Derechos, garantizando las libertades individuales, la libertad de prensa, las libertades religiosas, y excluyendo toda religión de Estado. El Congreso elegiría, por último, un territorio —el distrito de Columbia—, en el que se edificaría la capital federal.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Tratado De Versalles Por La Independencia Colonias de EE.UU.

Tratado De Versalles Por La Independencia Colonias de EE.UU.

En 1776 los delegados de las 13 colonias americanas celebraron el tercer Congreso Continental en Filadelfia, en el que proclamaron la Independencia de las colonias el 4 de julio de 1776. El texto de la Declaración de Independencia fue redactado principalmente por Thomas Jefferson, y se basó en el principio de que todo ser humano tenía derecho a la libertad, a la igualdad y a la búsqueda de su felicidad; además exponía los motivos que habían dado lugar a tomar esa solución. Éste fue uno de los documentos políticos más importantes de la época de la Ilustración.

Independencia de los EE.UU.

La guerra de Independencia se prolongó durante ocho años. A pesar de la superioridad militar de los ingleses, los colonos obtuvieron las primeras victorias, lo que hizo que Francia, España y Holanda les prestaran su ayuda. El 17 de octubre de 1781, los ingleses se rindieron y se iniciaron negociaciones de paz en París, con una delegación americana encabezada por Benjamín Franklin (1706-1790). El Tratado de Versalles se firmó en 1783, el gobierno inglés reconoció la independencia y el nacimiento de una nueva nación: Estados Unidos de América.

Benjamin Franklin, unos de los encargados del Tratado.

TRATADO DE VERSALLES:

lAS CONVERSACIONES comenzaron en Parín en 1782. Por parte americana fue designado plenipotenciario John Adams, asistido por Jay y Franklin, pero no debía firmar nada sin previo acuerdo con Francia. A Adams no le gustaban los franceses, al contrario que a Franklin, el cual tuvo que arreglar, muchas veces, las cosas con Vergennes, el ministro de Luis XVI.

Además de la independencia, había que arreglar otras difíciles cuestiones, como las fronteras del Oeste, la navegación por el Mississipi y la indemnización a los leales, que perdían todos sus bienes en los Estados Unidos. Francia, a quien la guerra había costado mucho, no tenía reivindicaciones territoriales, pero España exigía Gibraltar, y Franklin quería que Inglaterra renunciase al Canadá.

Finalmente, se llegó a un acuerdo entre ingleses y americanos: los primeros conservaban el Canadá, pero renunciaban a los territorios entre los Apalaches y el Mississipi. La frontera del norte quedaba fijada en la región del Maine y de los Grandes Lagos, a la altura del paralelo 45; la navegación por el Mississipi sería libre para los ingleses, y los americanos tendrían derecho de pesca a lo ancho de Terranova y de Nueva Escocia.

Franklin tuvo la delicada misión de comunicar a Vergennes que los preliminares estaban firmados sin que el rey de Francia hubiera sido consultado. Francia recuperaba Saint-Pierre y Miquelon, y algunas ventajas en las Antillas y en las Indias. El tratado definitivo fue firmado en Versalles, el 3 de septiembre de 1783. España recobraba la Florida y Menorca, y, poco después, devolvería a Francia la Luisiana, que le había sido cedida como compensación de la Florida. En realidad, los verdaderos vencedores eran los americanos.

A finales de 1783, los últimos navios ingleses abandonaban Nueva York, y, desde aquel momento, era necesario organizar una nación nueva. La victoria americana tuvo considerables repercusiones en Europa, y obligó a Jorge III a abandonar sus tentativas de absolutismo, admitiendo la monarquía constitucional. Precipitó la crisis financiera de la monarquía en Francia, causa inmediata de la Revolución, al mismo tiempo que la Declaración de Independencia, el ejemplo de una insurrección por la Libertad y el Derecho alentaban a los partidarios de reformas. Más adelante, pudieron verse sus consecuencias respecto a la América latina.

George Washignton

El principal artífice de la victoria americana fue uno de los más ricos plantadores de Virginia. La Chevalier de Chastellux describió así a Jorge Washington: «Lo que mejor caracteriza a este hombre respetable es la perfecta armonía que reina entre sus cualidades físicas y las morales. General en una República, no tiene el fasto imponente de un mariscal de Francia… Despierta otra clase de respeto, que parece nacer de la sola idea de que la salvación de cada individuo depende de su persona».

UN PERIODO  CRITICO…
Muchas inquietudes asaltaban a los dirigentes del nuevo Estado: unir las colonias, muy inclinadas a su propia independencia; arreglar los atrasos de sueldos y de pensiones prometidas a los combatientes; crear una moneda estable, elaborar una Constitución que satisficiese tendencias contradictorias, etc.

Ciertamennte, la herencia era rica, y las ruinas de la guerra, relativamente pocas. Las tierras del Oeste ofrecían una inmensa salida a los insatisfechos, y Francia había prestado algunos millones de libras para atender a los gastos más urgentes. Pero, en realidad, no había un verdadero poder ejecutivo.

El Congreso no era más que una asamblea de delegados en la que se requería la unanimidad, y dirigía la guerra, los Negocios Extranjeros, etc., pero no tenía ningún derecho sobre cada uno de los Estados soberanos. Estos se negaban a establecer derechos fiscales o aduaneros para garantizar ingresos al Tesoro. Se hacían la guerra económica ios unos a los otros, y hubo incluso incidentes armados entre Connecticut y Pensilvania.

Los ingleses se aprovechaban de ello para vender sus productos manufacturados, con perjuicio para la pequeña industria americana creada durante la guerra de la Independencia. Una organización de oficiales, los Cincinnati, que tenían por insignia una cinta azul y un águila, representaba, prácticamente, la única fuerza común a todos los Estados, por medio de sus comités en cada ciudad, y contribuyó mucho al desarrollo del sentimiento unitario.

Entre la minoría dirigente, las opiniones diferían. En el plano político, entre los partidarios de un poder centralizador fuerte, y los que preferían la autonomía de los Estados; en el plano social, entre las tendencias aristocráticas (grandes señores del norte y plantadores del sur), y los ideales populistas, democráticos, de los tenderos y de los pequeños campesinos. El brillante Alexander Hamilton y Tho-mas Jefferson simbolizaban esta oposición. Era preciso, ante todo, resolver el problema del Oeste, donde los pioneros se instalaban, cada vez más numerosos, como en el valle del Ohio o del Kentucky.

Estados como Virginia, Georgia y Carolina del Norte reclamaban nuevos territorios. Otros, como Maryland, querían hacer de ellos una posesión común para mantener el equilibrio entre los Estados, y se salió con la suya en 1787: el Oeste fue declarado propiedad federal y dividido en territorios; los que tenían menos de 5.000 habitantes eran administrados por el Congreso. De 5.000 a 60.000 habitantes, tenían el derecho de elegir asambleas. Con más de 60.000, podían formar un Estado que entraría en la Unión. La victoria del principio federal iba a asegurar el futuro de los Estados Unidos y de su prodigiosa expansión.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre