Constitucion de 1787 de EE.UU. en Philadelfia Resumen






El 17 de octubre de 1781, los ingleses se rindieron y se iniciaron negociaciones de paz en París, con una delegación americana encabezada por Benjamín Franklin (1706-1790). El tratado de Versalles se firmó en 1783, el gobierno inglés reconoció la independencia y el nacimiento de una nueva nación: Estados Unidos de América.

Cuatro años más tarde se promulgó en Filadelfia la Constitución de 1787, de corte federal, influida por las ideas ilustradas y enciclopedistas. Se estableció la elección de un presidente y de dos miembros de las Cámaras de Representantes y del Senado. Nueva York quedó en ese momento como sede de los poderes federales.

Esta Constitución proclamó los derechos del ciudadano a la libertad, la seguridad de conciencia y de expresión. Sin embargo, no abolió la esclavitud; a los negros y los indios no se les asignó ningún derecho civil, y las mujeres no tenían derecho al voto.

Independencia de Estados Unidos

LA CONSTITUCIÓN DE 1787
¿Cómo organizar el Gobierno central? Casi todos los Estados se habían dado, durante la guerra de la Independencia, unas Constituciones particulares y diferentes, pero aún no había gobierno ni constitución en la esfera federal, y cada Estado seguía dirigiendo su propia política, interpretando, a veces a su gusto, el tratado firmado con Inglaterra.

Así como los problemas económicos y comerciales habían sido causa importante de la guerra de la Independencia, ahora los encontramos también en la base de la Constitución federal.

En 1785, los delegados de Virginia y de Maryland se reúnen para discutir problemas de la navegación por el Potomac, y las discusiones se extendieron después a Delaware y a Pensilvania. Por último, el buen sentido virginiano propone que todos los Estados envíen delegados a Annápolis para estudiar una posible uniformidad del sistema comercial exterior. Los comienzos fueron tímidos, y sólo cinco Estados enviaron doce delegados. Pero Hamilton pidió a éstos que apelasen a todos los Estados para convocar en Filadelfia una Convención encargada, a la vez, de poner al día las condiciones comerciales y de discutir un gobierno federal.

El segundo punto era, desde luego, el más importante; pero, al dejar en segundo plano la cuestión de una Constitución, los organizadores trataban de no asustar a los autonomistas. La Convención se reunió en Filadelfia, en mayo de 1786, bajo la indiscutida presidencia de Washington. John Adams y Jefferson eran embajadores en Inglaterra y en Francia, y el Congreso estuvo dominado por la personalidad de Hamilton, delegado de Nueva York.

El virginiano James Madison, próximo a Jefferson y, por consiguiente, opuesto a las concepciones aristocráticas de Hamilton, se encontraba, sin embargo, de acuerdo con él para instaurar un gobierno federal fuerte, ante el temor de ver al joven país, paralizado por mezquinas querellas entre Estados. Después de unas semanas de discusiones, el peso de la opinión de Washington fue decisivo.

Los delegados se habían inquietado también por la insurrección de Daniel Shays, antiguo oficial, pobre granjero de Massachussets, que se había puesto a la cabeza de una tropa de rebeldes, víctimas todos de la crisis económica. Los ricos se asustaron y fueron muchos los que se adhirieron a la idea de un ejecutivo fuerte, destinado a mantener el orden.

La Constitución de 1787 implica un compromiso en diversos planos. Inspirada en las ideas de Montesquieu sobre la separación de poderes, asegura la fuerza del ejecutivo por medio del régimen presidencial. Elegido para cuatro años (no por las Cámaras ni por sufragio universal, sino por electores especiales, elegidos, a su vez, en cada Estado), el Presidente (asistido de un vicepresidente) representa al pueblo de los Estados Unidos, ostentando un poder equivalente a los del rey y del Primer ministro en Inglaterra. Y la elección de Jorge Washington como primer Presidente de los Estados Unidos en 1789, reforzó todavía más el prestigio del cargo.

Dos Cámaras ejercían el poder legislativo: la Cámara de Representantes y el Senado. El número de representantes es proporcional a la población de cada Estado, mientras que los senadores son siempre dos por Estado, cualquiera que sea el número de sus ciudadanos, con lo que se daba satisfacción a los Estados pequeños, que podían temer el verse aplastados por sus vecinos más poblados.

Las dos Cámaras votan las leyes, pero las leyes de Hacienda deben presentarse con prioridad a los representantes, mientras que el Senado tiene prerrogativas en materia de política extranjera. El Presidente debe tener también la aprobación del Senado para nombrar a ciertos altos funcionarios. Además, el Senado puede transformarse en Tribunal inapelable para juzgar a los ciudadanos acusados por la Cámara de Representantes. Para asegurar la separación del Legislativo y del Ejecutivo, el Presidente elige a sus ministros, fuera del Congreso, al contrario de la tradición británica, que designaba a sus ministros entre los miembros del Parlamentó y eran responsables ante él.

Los ministros americanos no pueden ser depuestos por el Congreso. Puede haber, sin embargo, conflictos entre el Congreso y el Presidente, especialmente porque éste es elegido para cuatro años, mientras que el (Congreso se renueva cada dos.

En ese caso, el Presidente puede ejercer el derecho de veto contra las decisiones del Congreso, que i-monees no son efectivas más que con una mayoría de los dos tercios. Por encima de las leyes, de la interpretación de la Constitución y de los hombres mismos, está el Tribunal Supremo, cuyos siete jueces son nombrados por el Presidente, a título vitalicio, para asegurarles una completa independencia. Este Tribunal decide si las leyes están conformes con la Constitución y con el Derecho natural, resuelve las diferencias entre Estados, así como los conflictos entre los ciudadanos y la administración.

La Constitución enumeraba, cuidadosamente, los poderes del Presidente: decidir impuestos, pedir o conceder préstamos, regular el comercio entre Estados y con el exterior, acuñar moneda, crear cargos, asegurar la defensa del país, declarar la guerra, formar ejércitos y milicias. En cambio, numerosos poderes y decisiones seguían en manos de los Estados y de sus Asambleas.

La Constitución se completó, gracias a la iniciativa de Madison, con diez enmiendas que formaban una especie de Declaración de Derechos, garantizando las libertades individuales, la libertad de prensa, las libertades religiosas, y excluyendo toda religión de Estado. El Congreso elegiría, por último, un territorio —el distrito de Columbia—, en el que se edificaría la capital federal.


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Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre





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