Los Aborigenes Argentinos

Aborigenes de Argentina Vida y costumbres de los primeros pobladores

Aborigenes de Argentina: Vida y Costumbres de los Primeros Pobladores

LOS ABORÍGENES DE ARGENTINA

Cuando los navegantes y conquistadores europeos llegaron a las costas americanas llamaron a sus habitantes «indios», porque estaban convencidos de haber llegado a las Indias, en las costas asiáticas. Los indios o aborígenes americanos llegaron al continente en varias épocas, algunas de las cuales se remontan, quizás, a períodos que oscilarían entre 25.000 y 40.000 años antes de Cristo, desde el Asia, atravesando el estrecho de Bering, pasando de Siberia a Alaska.

 

aborigenes argentinos guaranies

 

Después de 600 generaciones, unos 18.000 años más tarde (hacia el 10.000 antes de Cristo), alcanzaron el extremo sur del continente, la actual Tierra del Fuego, a unos 17.600 kilómetros del punto de penetración original en el Nuevo Mundo. Durante esta lenta expansión, de unos 29 kilómetros por generación, sus características hereditarias sufrieron, probablemente, considerables alteraciones.

A éstas se sumaron los aportes de nuevos elementos llegados por vía marítima a la costa del Pacífico. Estos primitivos habitantes, o amerindios, tenían características mongoloides, propias de un tipo especial de una población que, durante algún tiempo, fue común a Asia y Europa. De dicha población restan descendientes en zonas marginales del Viejo Mundo, así como entre los aborígenes australianos y entre los aínas del Japón septentrional.

Así, el probable «homo tipo indoamericano» era de piel cobriza, más que amarilla y quizás fuera producto de un cruce entre amurios y mongoloides. Resultado de sucesivos cruces y aportes inmigratorios fueron las tribus que habitaban el suelo argentino, a la llegada de los españoles, en los primeros años del siglo XVI. Estas tribus y grupos indígenas no lograron alcanzar el gran desarrollo y la civilización que sí habían alcanzado los mayas, aztecas e incas, en otras zonas del continente.

Pueblos sedentarios:

Los diaguitas se ubicaban en la zona de los valles calchaquíes de Salta y Tucumán, Catamarca, La Rioja y Norte de San Juan.

Eran sedentarios y practicaban como principal actividad de subsistencia una agricultura de tipo intensivo con riego y mucha mano de obra. Construían terrazas en las laderas de las montañas y canales para el riego.

Eran muy buenos alfareros. Sus piezas estaban decoradas con motivos guerreros o de felinos, de características similares a las de los incas.

Trabajaban los metales, como el bronce, que usaban para hacer las puntas de sus lanzas.
Sus viviendas eran de piedra, con pisos de lajas y techos de ramas. Algunas, construidas en las zonas altas, parecían fortalezas, ya que estaban rodeadas por murallas. Estas construcciones recibían el nombre de pucará.

Los comechingones se localizaban en las Sierras Centrales de Córdoba. Eran también pueblos agricultores; utilizaban el riego artificial y conservaban los cereales en silos subterráneos. Criaban llamas y recolectaban frutos. Eran buenos tejedores.

En cuevas del cerro Colorado, en la provincia de Córdoba, se han encontrado pinturas con escenas de guerras, figuras humanas y de animales, realizadas por los comechingones.

Los huarpes habitaron la región de Cuyo.
Los que se ubicaban en las zonas montañosas tenían características similares a los pueblos del Noroeste: eran agricultores sedentarios, cultivaban maíz y quinoa.
Sus viviendas eran de piedra. Crearon excelentes trabajos de cerámica.

Los que se ubicaban cerca de las lagunas de Guanacache (entre las provincias de Mendoza, San Luis y San Juan) se alimentaban principalmente de la caza y de la pesca.

Se destacaron en la realización de cestas tejidas con fibras vegetales.
A su vez, los que se localizaban cerca de las llanuras eran cazadores de liebres, ñandúes, guanacos y vizcachas. Sus viviendas eran toldos hechos con pieles de guanacos cosidas y sostenidas con palos. Eran nómadas y se trasladaban en busca de buenas zonas de caza.

Pueblos nómadas
Los grupos aborígenes conocidos como mocovíes, tobas y matacos se localizaron en las provincias de Chaco, Formosa y parte de Santa Fe.

Eran pueblos nómadas, dedicados a la caza, la pesca y la recolección de frutos y raíces.

Practicaban las cacerías arrinconando a los animales por medio del ruido o del humo.
Los matacos se llamaban a sí mismos wichí, que quiere decir «nosotros mismos». Agrupaban sus aldeas formando círculos; las chozas eran cilíndricas

Los charrúas vivían en Entre Ríos y extendían sus dominios hasta el actual Uruguay.
Cazaban empleando a la perfección las boleadoras.

Los guaraníes se ubicaron en Misiones y parte de Corrientes, a lo largo del río Paraná.

Construían casas grandes de troncos, barro y paja para varias familias. ‘Si bien la pesca constituía su actividad más importante, eran muy buenos agricultores: cultivaban en zonas boscosas y selváticas, empleando el sistema de rozado.
Cultivaban mandioca, batata, maíz, zapallo, poroto, maní, yerba mate y algodón y también hacían cerámicas decoradas de distintas formas.

Pescaban en ríos y arroyos usando líneas y anzuelos, redes o arcos y flechas. También empleaban otro método a través de la intoxicación del agua con ciertas plantas que usaban como venenos para paralizar a los peces, pero sin perjudicar su carne.

Los aborígenes que se ubicaban en la zona de Buenos Aires eran denominados pampas, que quiere decir «llanura» en quechua. Los que se encontraban al Norte de Buenos Aires, cerca de los ríos Paraná y de la Plata, se llamaban querandíes, que significa «gente que come grasa de pescado», ya que ésta era una de sus formas de subsistencia.

Desde el río Colorado hacia el sur se encontraban los tehuelches. Y en la isla de Tierra del Fuego, los onas. En general, su cultura era bastante similar.

Se especializaban en la caza de guanacos y ñandúes.
Sus casas eran simples para vientos hechos con palos y cueros. A veces usaban las cuevas como refugios.
Para cazar utilizaban el arco, la flecha y las boleadoras. Esta era una tarea exclusiva del hombre, como también lo eran la construcción de las viviendas y más tarde lo sería la doma de caballos.

Las mujeres curtían los cueros, hacían las vestimentas, recolectaban frutos y raíces , y cuidaban a sus hijos.

Se vestían con un chiripá de cuero y un quillango o manta hecha con piel de zorro o guanaco.

Usaban mocasines llamados «tamangos».

Consumían la carne de los animales que cazaban asándola en las brasas o como charqui, es decir, secada en finas tiras al sol, y así se podía conservar durante todo el año.

Con la llegada de los españoles, su vida cambió, especialmente por la incorporación del caballo a su vida.
La vivienda pasó a ser de cuero de caballo; empezaron a comer carne de yegua; cambiaron el chiripá por el poncho para poder montar con mayor facilidad, y los mocasines por la bota de potro: también emplearon la lanza para cazar desde arriba del caballo.

Los onas, si bien practicaban la caza, se especializaron más en la pesca con arpones hechos de hueso y redes confeccionadas con tendones de guanacos.
Sus viviendas estaban construidas con pieles de lobos marinos y en el centro preparaban fogones para mitigar el intenso frío.

LA CUEVA DE LAS MANOS PINTADAS
Un testimonio milenario del arte rupestre en la Argentina es la llamada Cueva de las Manos Pintadas, en el Departamento Lago Buenos Aires, al noroeste de la provincia de Santa Cruz y sobre la margen norte del alto río Pinturas.

De tal importancia es el yacimiento, la imponencia del entorno geográfico y lo variado del repositorio arqueológico hallado en este lugar, que se han realizado muchas investigaciones según distintas disciplinas, a efectos de establecer el origen y la antigüedad del mismo. El clima, muy frío y árido ha contribuido, indudablemente, a la casi perfecta conservación del valioso testimonio.

Los análisis radiocarbónicos han datado la antigüedad del tugaren alrededor de unos 10000 años y se prolongan los diversos niveles culturales hasta casi mil años antes del presente.
Esta visión retrospectiva de quienes habitaron el lugar se divide en tres etapas bien definidas. La más antigua ocupación por grupos errantes de cazadores se remonta al octavo milenio antes de Cristo es decir a comienzos del Holoceno o inmediato posglaciar.

La impronta artística que han dejado los Integrantes del grupo humano que habitó el refugio durante este período, está representada esencialmente por palmas de manos pintadas sobre las paredes de la caverna, en negativo y en positivo, acompañando generalmente escenas de caza que se interpretan como figuras humanas y de carné/idos americanos del tipo del guanaco. El hecho de que estos dibujos no se superpongan a los restantes motivos que conforman el conjunto de antiquísimos frisos, índica que han sido los primeros realizados por aquellos artistas que la habitaron entre 9 500 y 7 500 años atrás.

Las manos, como las escenas realistas, están pintadas en varias tonalidades de amarillo, ocre, rojo claro, violeta y negro, logrados con carbón, hematita (óxido de hierro), yeso, arcilla y otros elementos aglutinados con grasa y sangre de animales. Estos primitivos artistas eran cazadores recolectores del Paleolítico americano, que conocían el manejo de herramientas y utilizaban instrumentos de hueso tallado y decorado.

Una segunda etapa corresponde al período intermedio, centrado hacia los 2 500 años antes del presente. Hay falta de dinamismo y agilidad en los trazos y aparece un nuevo color, el blanco, que pone una nota predominante en el conjunto. Los grupos de manos se tornan más numerosos y abigarrados y hay figuras zoomorfas como el Matuasto, un lagarto muy común en la meseta patagónica.

La tercera etapa se identifica fácilmente por el empleo del color rojo muy intenso y ciertos motivos geométricos, muy parecidos a los empleados en los ponchos araucanos. Este período finalizó unos 500 años antes de la conquista de América. Después, la cueva permaneció deshabitada durante siglos.

Poblacion indigena o aborigenes en el Virreinato del Rio de la Plata

 POBLACIÓN INDÍGENA EN EL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

 

aborigenes rio de la plata

En lo que es actualmente el territorio argentino, vivían diversas tribus aborígenes que alcanzaron diferentes grados de civilización. Los pueblos más adelantados se caracterizaron por sus progresos en la agricultura, por la construcción de sus viviendas, por la variedad de sus industrias y por la mayor riqueza de su lenguaje. Los pueblos menos civilizados fueron también los menos apegados a la tierra, habitaron en viviendas deficientemente construidas o tolderías y, muchas veces, no llegaron siquiera a establecerse en un sitio fijo.

Teniendo en cuenta la distribución geográfica, han de considerarse los siguientes grupos aborígenes:

En la región del noroeste vivieron los diaguitas, que fueron los más adelantados de todos los indios de nuestro territorio.

Con piedras unidas sin cemento construyeron sus viviendas, las cuales estaban agrupadas formando verdaderas poblaciones. Usaban como vestimenta una especie de camisa larga, calzaban alotas de cuera y se adornaban con vinchas, collares y pulseras. Gustaban pintarse el rastro con vivos colores. Fueron inteligentes agricultores -sembraban maíz, papa y porotos- y diestros alfareros y tejedores; trabajaron también hábilmente el oro y la plata.

Debido a la aridez de la región en que vivían -montañosa, escasamente regada y de suelo pedregoso y duro- los diaguitas se vieron obligados a trabajar la tierra al modo quechua, labrando terrazas escalonadas en la montaña y realizando obras de riego por un sistema de acequias.

Cultivaban el maíz, el poroto, la papa y el zapallo. El algarrobo, árbol propio de la zona, era fundamental para su economía, ya que de él obtenían, además de la dura madera y del exquisito fruto, una fuerte bebida fermentada, la aloja, a la que eran muy afectos. Conocían también numerosas plantas medicinales y tintóreas.

En cuanto a los animales, domesticaron la llama, a la cual los españoles de la conquista, no sabiendo con qué compararla, dieron sucesivamente los pintorescos nombres de oveja grande, camello mediano y carnero de la tierra. También domesticaron ñandúes, pavos de monto, patos y pecaríes.

Las viviendas diaguitas, bajas y cuadrangulares, tenían paredes de pirca, es decir, hechas con piedras unidas sin cemento. Las aberturas eran libres, sin hojas de puertas ni ventanas. En lo alto de los cerros construían fortificaciones ubicadas estratégicamente. Estos largos muros de piedra, llamados Pucarás, tenían carácter defensivo y alcanzaban a veces varios kilómetros de extensión.

Tanto los hombres como las mujeres diaguitas vestían una camisa larga hasta los tobillos hecha generalmente de lana tejida, y calzaban ojotas de cuero. Usaban el pelo largo y recogido en complicadísimos peinados de los que estaban muy orgullosos. Se adornaban con vinchas y plumas y se pintaban el rostro:

Los diaguitas fueron magníficos alfareros. De su cerámica, colorida y rica, se han hallado innumerables muestras. La forma predominante es la de las urnas, decoradas con tal profusión de elementos, que no es exagera. do decir que no hay dos iguales. En estas urnas enterraban a su niños cuando morían.

Emplearon como motivos esenciales de la decoración los rasgos humanos (cejas, ojos, narices, bocas, dientes), los elementos animales (avestruces, sapos, serpientes), e infinidad de elementos geométricos (círculos, rombos, grecas, reticulados). El rojo, el negro y el amarillo fueron los colores predominantes.

Trabajaron también la piedra, con la que fabricaron pequeñas estatuas, armas y utensilios diversos. Fueron, además, hábiles cesteros, hilanderos y tejedores. En menor escala tallaron la madera y el hueso; en cuanto a los metales, utilizaron especialmente el cobre y, en mucho menor proporción, el oro y la plata.

Como otras manifestaciones de su arte se conservan numerosas pictografías que representan escenas de la vida diaria, animales y multitud de signos cuyo simbolismo se desconoce. Su música, de carácter guerrero, era interpretada con instrumentos de hueso, de arcilla o de piedra (flautas, silbatos, cornetas) ; también tenían cascabeles hechos con nueces, tambores y calabazas huecas, en cuyo interior ponían semillas o piedrecitas.

Los diaguitas constituyeron un pueblo esencialmente belicoso. Obedeciendo a esta condición natural, manejaban con gran rapidez y destreza el arco y la flecha. Usaron además otras armas picas, mazas, hachas y hondas.

Socialmente, vivían agrupados en familias -constituidas por cuatro o cinco miembros- y agrupadas, a su vez, en tribus que obedecían a un cacique. Poco se sabe de sus creencias religiosas, salvo que adoraban al Sol y a las fuerzas naturales. T4nían sacerdotes especiales, magos o hechiceros, y creían en el más allá. Velaban a sus muertos durante ocho días y, luego de enterrarlos, guardaban luto -con vestidos negros al modo europeo- durante un año.

Los pueblos del Chaco ocuparon las llanuras boscosas del norte. Vivían en chozas hechas con ramas y paja. Se cubrían con mantas tejidas o camisas, pero solían andar semidesnudos. Se adornaban con collares, pulseras y plumas y gustaban también de pintarse el rostro. Fabricaban rudimentarios utensilios domésticos, armas y canoas. No cultivaban la tierra, y su alimentación provenía de la caza y de la pesca, abundantes en la zona. Comían también algunos vegetales y frutas silvestres.

El territorio de la Mesopotamia estaba habitado por los guaraníes, que vivían en chozas hechas de barro y paja y dormían en hamacas. Los hombres andaban semidesnudos, y las mujeres vestían una camisa larga, el tipoy. Unos y otras iban descalzos. Cultiva. ron el maíz, el zapallo, la mandioca y el algodón; conocieron también las propiedades curativas de algunas plantas y las aplicaron en su primitiva medicina. Fueron, además, tejedores y alfareros. Amaban la música y la danza. Su lengua, el guaraní sigue hablando aún entre sus descendientes.

La inhóspita Tierra del Fuego estuvo poblada por los onas y los yaganes, que fueron los más primitivos de cuantos habitaron el territorio argentino. Los onas vivían en rudimentarias tiendas hechas con cueros sostenidos por palos.

Los yaganes -o yamanes- fabricaban toscas chozas con ramas y pasto, pero frecuentemente solían pasar largas temporadas en sus canoas -hechas de madera o corteza-, recorriendo el litoral marítimo, lo cual les valió el nombre de canoeros. Tanto los unos como los otros se cubrían sólo a medias con cueros de guanaco; los yaganes solían untarse el cuerpo con grasa, para combatir el frío. Tratándose de pueblos nómadas, sólo se alimentaban de lo que ocasionalmente obtenían del mar y de la tierra: peces, moluscos, algas, aves marinas, hongos, raíces y frutos silvestres.

La vasta y desolada Patagonia estuvo habitada por los patagones o tehuelches, que vivían en toldos de cuero, se cubrían con cueros y mantas y usaban una especie de calzado rudimentario. Fueron avezados cazadores, pero no cultivaron la tierra.

Diversas agrupaciones aborígenes ocuparon la vasta llanura uniforme y monótona del centro del país, cuyo nombre indígena, pampa, significa campo abierto, campo raso. Estas tribus primitivas vivían en toldos de cuero armados sobre estacas. No fueron agricultores ni sedentarios, y se alimentaban preferentemente de los animales que cazaban. Fueron alfareros y tejedores.

Entre las tribus que constituían los pueblos pampas, ha de citarse a los guaraníes y a los puelches. También vivieron en la pampa los araucanos, provenientes de Chile, que primero se establecieron en el oeste y luego se extendieron hacia el este, desalojando a las otras tribus.

Los araucanos eran, después de los diaguitas, los aborígenes que alcanzaron más alto grado de civilización. Vestían mantas de vivos colores, sujetas a la cintura, y calzaban rudimentarias botas de cuero. Usaban adornos sencillos de plata, y eran excelentes tejedores. Existen aún tribus araucanas en las provincias de La Pampa, Río Negro y Neuquén.

Tehuelches y Onas Aborigenes del Sur Argentino Tierra del Fuego

Tehuelches y Onas: Aborígenes del Sur Argentino Tierra del Fuego

ABORÍGENES ARGENTINOS 

tehuelches y onas

INTRODUCCIÓN: Los pobladores más antiguos, que datan de hace unos 12.000 años, vivían en cuevas que decoraban con pinturas y cazaban animales ya extinguidos, como el mylodon —un perezoso gigante—, o el gliptodonte —una mulita gigante—.

Estos grupos se adaptaron pronto al uso de las especies introducidas por los españoles, como el caballo. Los indios que poblaron el actual territorio argentino se pueden dividir en cuatro grandes grupos, por su situación geográfica y por sus características: los pueblos de las llanuras, los pueblos andinos, los del litoral y los de los montes.

Encuadre Geográfico: En extremo Sur: Es la región integrada por Tierra del Fuego (la isla mayor del archipiélago austral) y las islas menores del confín del continente. La zona se puede dividir en dos porciones: una norte y otra sur, cuyo límite corre por la línea que une de oeste a este, la bahía del Almirantazgo y el lago Fagnano.

La porción norte es una vasta llanura que ecológicamente constituye una prolongación de la Patagonia. La porción sur, por el contrario, es montañosa y con bosques, lo cual indica una prolongación del sector occidental de la Patagonia. Desde al punto de vista geográfico, el extremo sur se presenta como una continuación del hábitat patagónico.

LOS CHONIK:  Al internamos más al sur, en el territorio que hoy conforman las provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego; por cierto, un territorio de una vastedad importante y en el cual se asentaron los tehuelches, también conocidos como Patagones del Sur, aunque el apelativo que engloba a las diferentes parcialidades y el más correcto desde el punto de vista de su lengua es el de chónik, término cuya traducción aproximada significa “nosotros los hombres».

Es así, que dentro de los chónik convivían por lo menos tres parcialidades: los ya mencionados tehuelches, que se distribuían desde el norte del río Chubut hasta el estrecho de Magallanes; los téuesch, que habitaban el borde de la Cordillera de los Andes, y de los cuales se sabe muy poco; y los onas, concentrados en el sur de la costa atlántica y en la isla de Tierra del Fuego, y cuyo nombre correcto es el de selk’nam quienes dominantes en la zona compartían el territorio con otro subgrupo llamado haush.

Sobrevivían mediante la caza de mamíferos marinos, la pesca en las costas y la recolección de mariscos, hongos, bayas, batos y raíces. Usaban pedernales para hacer fuego. Vivían en chozas semi subterráneas ovaladas o redondas, hechas con ramas y cueros. Vestían un manto de piel de foca o nutria.

Se desplazaban en canoas de corteza de árbol de basta cinco metros: en ellas, la mujer remaba y el hombre, dominante en la familia, cazaba las presas. Sus familias no eran exclusivamente monogámicas. Se comunicaban entre sí con señales de humo. Creían en la existencia de un ser superior (Watavinewa) y su esposa (Tánowa), que moraban en el interior de la tierra.

Los onas vivían en la isla grande de Tierra del Fuego, donde cazaban guanacos y pescaban con arpón. Utilizaban el fuego. Sus chozas eran para vientos. Vestían manto de pieles de guanaco cosidas, mocasines y polainas de cuero. Lucían collares de caracoles y se pintaban el cuerno. Los ancianos y hechiceros actuaban como jefes. Predominaba la monogamia. Creían en un dios supremo (Temaukel) y en el héroe creador (Kenos).

Los tehuelches, patagones o “chon” migraban estacionalmente por el sur de la Patagonia: cazaban, pescaban y recogían raíces y mariscos que cocían en hornos subterráneos. Vivían en espacios que cubrían con toldos de cuero. Vestían un manto de piel, mocasines y vincha. Tenían caciques hereditarios que dirigían a grupos de varias familias polígamas (el matrimonio se efectuaba por compra). Creían en un dios supremo (Setebos o Kóoch) y otros dioses que representaban el mal, el sol, la luna, las nubes, entre otros elementos de la naturaleza.

Otro grupo era los fueguinos habitaban las islas y Tierra del Fuego y eran pueblos canoeros, cuyas familias principales eran los yámanas y alakalufes. Los alakalufes estaban relacionados con los chonos chilenos. Estos pueblos se habían adaptado a las posibilidades del medio.

LOS ONAS: Eran racial, lingüística y culturalmente parte de los chónik o patagones. La isla Grande y las islas menores de Tierra del Fuego, estuvieron pobladas por aborígenes a los que se les llamó fueguinos. En 1925 su número se reducía a solo 285. Existe en la actualidad una pequeña reducción cerca del lago Fagnano donde sobreviven las últimas familias de este tipo racial.

Los onas eran de talla alta, tenían la piel cobriza, los ojos pequeños y oblicuos, el pelo abundante y negro. Tanto los hombres como las mujeres se pintaban según las circunstancias: para la guerra, de rojo; para cazar, de colorado oscuro o amarillo, si buscaban novia se pintaban puntitos blancos, que eran sustituidos por puntos negros, después de haberse casado.

Su vivienda era un simple cuero levantado a manera de mampara, en semicírculos, o una choza cónica de palos. Se cubrían con piel de guanaco o de otros animales, con el pelo hacia fuera; las mujeres y los niños se cubrían con un simple taparrabo triangular de cuero y calzaban una especie de sandalia, también de cuero, sobre todo en el invierno.

Sus armas eran la honda y el arco y flechas, las cuales llevaban en carcaj. También usaron piedras, boleadoras y para la pesca utilizaban lanzas y arpones. Poseían un idioma pobre, pues el número de palabras que empleaban era muy reducido.

Su alimento principal eran los guanacos, tucu-tucus y lobos marinos. Recolectaban mariscos, raíces alimenticias y hongos, y de la semilla de una crucífera, el tai, obtenían una harina con la que hacían una pasta que era parte de su nutrición. Entre las tribus que poblaban la patagonia, los caciques y chamanes eran el eje de la vida social y religiosa.

Practicaba la cestería,  carecían de instrumentos musicales, pero cantaban y celebraban ceremonias. La familia, en principio era monógama, pero también existía la poligamia. No había caciques, pero se respetaba la opinión de los ancianos, sobre todo de los hechiceros.

En la base de su religión, los onas reconocían la existencia de un ser supremo llamado Temaukel. Su mensajero o intérprete, llamado Kenós, era creador de las cosas del mundo, y, finalmente, se convirtió en la estrella Alfa. También figura en su mitología un héroe severo y generoso, Kuanip.

Cuando un ona moría, su cuerpo era envuelto en su manto de pieles y atado con tientos; luego se le depositaba en una profunda zanja y, finalmente se quemaba y destruía todo lo que le había pertenecido.

LOS TEHUELCHES: Tanto tehuelches, como loa téuesch fueron pueblos de clara vida nómada, y las extensas planicies patagónicas, sin obstáculos importantes -salvo la Cordillera de los Andes-, facilitaron esta concepción de vida. Cazadores y recolectores de frutos y raíces silvestres, los chónik estuvieron muy ligados a los guanacos y avestruces, animales de mediano porte hoy extinguidos en la región.

Del guanaco, mamífero semejante a la llama, se tienen pinturas rupestres antiquísimas en las rocas sureñas. De él extraían cuero para abrigarse y levantar las paredes y techos de sus viviendas; lana, con la que los aborígenes realizaban bonitos vestidos; carne para alimentarse; y sus huesos, con los que trabajaban algunos utensilios de la vida cotidiana. El avestruz, además, aportaba sus plumas.

El hogar, la vestimenta y los utensilios: El hogar de los chónik -tanto de tehuelches como de onas- fue, desde antiguo, un simple para vientos, ya que el toldo fue utilizado en tiempos recientes por influencias de los aborígenes de la pampa. También cabe agregar que, en el caso de los selk’nam u onas, además de las mencionadas viviendas, estos aborígenes construían otro tipo de choza de forma cónica.

En los bosques cercanos, buscaban madera para que sirviera de parantes, que enterraban en forma de círculo. Luego, con pasto y barro levantaban una pequeña pared de unos 30 cm. de alto, la que iba uniendo los palos; de esta manera, retenían mejor el calor, en una región de fríos intensos. Siguiendo la armazón delineada por los parantes, a estos se les ataban cueros de guanaco.

Este tipo de vivienda, tenían -entre los chónik- un diámetro de 3,5 a 4,5 m. Tenía una sola abertura, orientada hacia el este, ya que los aborígenes conocían muy bien el clima y la dirección de los vientos,  y estos mayormente no provenían del este. En el centro del toldo encendían el fuego, y sobre el piso esparcían pastos secos y diminutas ramas para aislar las mantas -que servían de cama y abrigo- del suelo.

Tras el avance español a partir del siglo XVI, el ganado caballar fue esparciéndose notablemente por la llanura pampeana. Hacia fines del siglo XVII y, ya seguramente en el XVIII, los tehuelches adoptaron el caballo, y con él sobrevinieron una serie de cambios importantes: se movilizaron en distancias extensas, surgieron la montura, las espuelas, los estribos, las botas de potro, el chiripá, la lanza larga, armaduras de cuero, etc.

Como podemos comprender, la vestimenta fue una de las más afectadas por la incorporación del caballo a la vida cotidiana. Antes de que los equinos entraran en escena, la vestimenta de los chónik se componía de pocas prendas: un taparrabos triangular; una gran capa que cubría el cuerpo desde los hombros hasta los tobillos en los hombres, y la rodilla en las mujeres; y como calzado utilizaban un jamni, suerte de mocasines de cuero con el pelo hacia afuera.

UNA CACERÍA TEHUELCHE: Entre 1869 y 1870, el capitán G. Ch. Musters estuvo recorriendo la Patagonia en compañía de algunos tehuelches. En 1911, se publicó su libro Vida entre Patagones, donde hace una pormenorizada descripción de una cacería chónik: “Parten dos hombres y recorren al galope el contorno de una superficie de terreno que está en proporción con el número de los de la partida, encendiendo fogatas de trecho en trecho para señalar su paso.

Pocos minutos después se despacha a otros dos, y así sucesivamente hasta que sólo quedan unos cuantos con el cacique. Estos se esparcen formando una media luna, y van cerrando el círculo sobre un punto al que han llegado ya los que partieron primero.

La media luna se apoya en la línea que forma la lenta caravana de mujeres, criaturas y caballos de carga. Los avestruces y las manadas de guanacos huyen de la partida que avanza, pero es cierran el paso los ojeadores. y cuando el círculo queda completamente cerrado se les ataca con las bolas, persiguiendo muchas veces dos hombres el mismo animal por diferentes lados”.

La mayoría de los utensilios de uso cotidiano eran realizados con materiales simples y de obtención fácil, como piedra, hueso y cuero. Desconocían la técnica de la cestería, como así también de la cerámica, aunque utilizaban vasijas de barro cocido que provenían del intercambio con otros pueblos indígenas.

Las mujeres usaban una falda que iba desde debajo de los brazos hasta las rodillas. Les envolvía el cuerpo una vuelta y media, y el pelo del cuero se colocaba hacia adentro. Gustaban usar pinturas en su cuerpo, generalmente de color rojo, las que además del uso estético tenían un fin práctico: proteger la piel del viento y el frío patagónicos.

También se engalanaban con collares y pulseras que hacían con tendones de guanaco, pasto enhebrado, huesos de ave o conchillas lacustres. Tanto hombres como mujeres usaban el pelo largo, aunque recortaban cuidadosamente el flequillo. Se quitaban el vello facial y se depilaban las cejas con una pinza hecha con valva de mejillón; también les encantaba tatuarse el cuerpo, especialmente el antebrazo.

Organización social: La familia era la unidad más pequeña en la organización social de los chónik, aunque había instituciones más amplias como los linajes, las parentelas y las divisiones que tenían sentido territorial con connotaciones cosmogónicas ligadas a los puntos cardinales y a la disposición del cielo. A la familia, su núcleo y los parientes más cercanos, se la denominaba “aska”.

El jefe del aska era un cacique, y este y los aborígenes que tenían un nivel de riqueza elevado podían acceder a un mayor número de esposas, ya que el matrimonio se llevaba a cabo mediante la compra de la mujer; así, la monogamia estaba más extendida que la poligamia.

Las familias chónik sabían reunirse asiduamente, no sólo para  intercambiar bienes, sino también para relacionarse los hombres y las mujeres, informarse transmitiendo nuevos conocimientos, por competencias deportivas o por reuniones religiosas.

LOS YAMANÁS: El pueblo de las canoas Los yámanas o yaghanes eran canoeros vivieron durante largo tiempo en los innumerables canales del archipiélago fueguino, desde el Beagle hasta el cabo de Hornos. A mediados del siglo XIX todavía sumaban unos tres mil individuos, en 1866 quedaban solamente cuatrocientos y en 1914 no pasaban de cien.

Su idioma tenía cinco dialectos. Su idioma era rico en voces y expresiones, dé sonidos suaves. Su vivienda consistía en una choza de ramas encorvadas formando una bóveda, que se cubrían de pastos y hojas secas. En invierno, las ramas se tapaban con cueros y el fuego ardía permanentemente en su interior.

Eran individuos de baja estatura, de piernas encorvadas, posiblemente a causa de la Posición en cuclillas, de la que se valían, permanentemente, en las canoas. Tenían la cara redonda, la nariz chata, los ojos pequeños y oblicuos, y los pómulos salientes. Generalmente iban desnudos, aunque algunas veces se cubrían con un manto rectangular de pieles de lobo marino.

Calzaban mocasines, como los onas; se adornaban con collares de conchillas y rodajas de fémures de aves, y se pintaban el rostro de rojo, negro y blanco. Utilizaban la honda y los cuchillos formados con las valvas de ciertos moluscos; también eran comunes el arco y la flecha, siendo el arco más corto que el de los onas, y fabricaban lanzas y arpones para la pesca.

La alimentación era exclusivamente marina. En grupos de dos o tres familias recorrían los canales con sus canoas. Puede decirse que la canoa era su verdadero hogar: tenían un tamaño de tres a cuatro metros de largo, por ochenta centímetros de ancho, y estaban hechas con cortezas de hayas, cosidas con barbas de ballenas, la pesca y la recolección de moluscos era tarea de las mujeres; la caza de lobos marinos y de aves estaba a cargo de los hombres.

Recolectaban también los hongos y las semillas de calafate para su alimentación. Con corteza de haya construían baldes parecidos a los de los onas, sin embargo, disponían de una técnica propia para la fabricación de los cestos. No se les conocen instrumentos musicales, pero realizaban danzas y entonaban cantos, y para sus ceremonias se pintaban con rayas rítmicas, puntos, círculos y cruces.

La familia era monógama, si bien existió también la poligamia, en el matrimonio, el hombre ejercía la máxima autoridad. Los recién nacidos defectuosos eran eliminados. No tenían caciques, pero se escuchaba la opinión de los ancianos y de los hechiceros.

Creían en un ser supremo invisible, Watauinewa, dueño de todo lo creado y rector de la vida de los yámanas. Figuran en su mitología numerosos espíritus. Entre ellos, uno de los más importantes es Tánowa, ente femenino, habitante del interior de la Tierra. Practicaban ceremonias de iniciación para ambos sexos; la de los hombres se llamaba Kina.

Primeros Pueblos Aborigenes de Argentina Puelches Querandies

Primeros Pueblos Aborígenes de Argentina Puelches y Querandies

ABORÍGENES ARGENTINOS: LOS PAMPAS , QUERANDÍES Y PUELCHES:

aborigenes pampas

Los pampas primitivos existieron mucho tiempo antes de la llegada de los españoles, dispersos en la región pampeana; el habitat sirvió para su denominación. El comienzo de su extinción fue a principios del siglo XVIII, cuando fueron reemplazados por conglomerados araucanos procedentes de Chile, a los que también se les llamó pampas.

La suplantación fue gradual y más o menos lenta, hasta que preponderó. Hacia fines del siglo XVIII la suplantación o asimilación era un hecho y en la pampa no quedaron más que araucanos.

Los indios querandíes, a quienes conocieron los primeros descubridores y colonizadores, habitaban en la zona que tenía por centro el territorio de la actual ciudad de Buenos Aires, llegando por el norte al río Carcarañá, por el este al mar y Río de la Plata, por el sur hasta más allá del Salado bonaerense, y por el oeste hasta el pie de la Sierra Grande, en Córdoba.

Por consiguiente, los querandíes formaban el sector oriental de los pampas primitivos. Fueron subdivididos en dos grandes grupos: los taluhet, que ocupaban la llamada pampa húmeda; y los diuihet, en la parte occidental y meridional, la pampa seca.

Eran de talla alta, cabeza alargada, con semejanzas a los patagones, aunque de estatura algo menor. El esqueleto hallado en Fontezuelas sería anterior aún a los pampas históricos; lo mismo se ha dicho de los cráneos fósiles de Arrecifes. Se servían del arco y la flecha, cazaban venados a pie y los rendían por cansancio.

Eran nómadas; su vivienda era un simple paravíentos, con cueros de venados pintados y adobados; después utilizaron los cueros de bovinos y de equinos. Seguramente el toldo pampeano fue un perfeccionamiento ulterior. Su alimento era la carne; recogían productos silvestres de origen vegetal o animal y, como todos los pueblos patagónicos, se vestían con una pampanilla y un pellón, el quillango que les servía de capa.

Trabajaban la piedra y poseían grandes morteros líticos; utilizaban las boleadoras de dos bolas y también las de una. En el área que ocupaban los querandíes se encuentra una cerámica con decoración simple, grabada y geométrica, que posiblemente era propia.

Al adoptar el caballo abandonaron los principios de su actividad de alfareros, aumentó el nomadismo y entonces practicaron, con intensidad, el arte de la cestería. Conservaban la tradición de un dios llamado Soychu, con el cual se reunían al morir. Creían en un espíritu del mal: Gualichu, creencia común a otros pueblos del sur. Sus hechiceros practicaban el shamanismo; al hechicero se le llamaba machi.

Como en otros pueblos meridionales, las novias se compraban, y el divorcio era frecuente, al menos en el sector occidental. Es probable que la lengua de los querandíes era la de casi todas las parcialidades pampas, aunque hubiese diversos dialectos de ella.

Sebastián Caboto, cuando se estableció en la desembocadura del Carcarañá, se encontró con los pampas que bautizó con el nombre de querandíes, palabra que significa “gente de grasa”, tal vez por la costumbre de comer carne y grasas de animales.

Fueron estos los indios con los cuales Mendoza estableció contacto y los que le brindaron alimentos en las primeras semanas; pero también fueron ellos los que pusieron fuego, con flechas incendiarias, a Buenos Aires, recién fundada.

Como no eran un pueblo sedentario, sino siempre nómada, Buenos Aires careció de mano de obra para el trabajo, hasta la introducción de los negros africanos. Algunos pequeños grupos pampas fueron absorbidos sobre la margen derecha del río Salado de Buenos Aires, no lejos de la desembocadura, al ser incorporados por los jesuitas, en 1740, a la reducción de Concepción de los Pampas, aunque en 1873 esa reducción quedó vacía. Al sur de Córdoba hubo algunas reducciones, como la de San Esteban de Bolón, San Antonio, sobre el río Tercero; Yucat, que todavía persiste como población, Las Peñas, etc.

PUELCHES: En 1794 se mencionaba la existencia de pampas reducidos en esa zona, pero en general se diluyeron con los araucanos. El grupo que habitó la zona comprendida por sur de La Pampa, extremo sur de la provincia de Buenos Aires y Río Negro fue llamado por los araucanos, puelches que significa “pueblos del este”. Se habla así, de puelche-guénaken, para designar al grupo de pobladores primitivos.

Se distinguen dos grupos, uno los chechehet, hibridismo por het, una voz pampa que significa “gente” y se extendía desde lo que es hoy Bahía Blanca, hasta la desembocadura del río Negro. Al otro grupo lo llamó levuche, voz mapuche que significa “gente de río”. También grupos nómadas llegaban hasta las sierras de Tandil y de la Ventana, por lo cual se les llamó “serranos”.

Los chechehet tenían como vecinos a los querandíes, en el norte, y en el sur a los guénaken. Desde el punto de vista racial y de la lengua, los chechehet estaban más cerca de los guénaken, que de los pampas primitivos. En la expedición exploradora que realizó Juan de Garay en 1582, después de la fundación de Buenos Aires, se encontró con estos indios cerca de Mar del Plata.

Su piel presentaba el color moreno-oliva; eran corpulentos, anchos de espalda, con miembros vigorosos, rostro ancho y serio, boca saliente, labios gruesos; los ojos pequeños, horizontales, pelos largos y lacios, pómulos salientes, cráneos dolicoides, rasgos todos del tipo racial patagónico.

El alimento principal se lo proporcionaban los guanacos y ñandúes; más tarde, se sumó la carne de caballo (desde el siglo XVIII). Recolectaban ciertas raíces y semillas y preparaban bebidas alcohólicas.Sus armas eran el arco y la flecha, las bolas y el lazo. Las flechas las llevaban en el carcaj.

Eran diestros con la honda y cuando comenzaron a utilizar el caballo emplearon también la lanza larga. Su indumentaria consistía en un manto más o menos cuadrangular, compuesto de varias pieles cosidas con tendones, el quillango.

Usaron primero, las pieles de guanaco; luego, las de tigres, zorros, etc. y después las de equino. En la parte opuesta al pelo, los mantos ostentaban pinturas geométricas; debajo del manto los hombres llevaban un cubresexo y las mujeres un pequeño delantal de piel. Ambos se pintaban el cuerpo con varios colores y también ambos sujetaban el pelo con una vincha.

No tenían vivienda fija. No se tienen noticias de que los antiguos puelcheguénaken practicasen la cestería o alfarería; pero luego tuvieron una cerámica con decoración incisa; tampoco conocieron el tejido; tenían cuchillos y raspadores de piedra. La familia era monógama, pero los caciques tenían varias esposas; en el siglo XVIII, el cacique Bravo o Cangapol hacía ostentación de siete mujeres.

El matrimonio se hacía por compra de la mujer a cambio de mantas, caballos, etc. Por encima de la familia estaba la parcialidad, agrupación de más o menos cien personas, de las cuales se conocían cinco, o más, cada una de las cuales llevaba el nombre de un animal como dis. tintivo, resto de un antiguo totemismo. Al frente de cada parcialidad había un cacique, pero su autoridad era muy limitada. Eran elegidos para ese cargo individuos valientes y especialmente dotados para la oratoria en los parlamentos.

Creían en una alta divinidad que llamaban Tukutzual, pero no se sabe que fuese objeto de un culto cualquiera. También creían en el genio del mal: Arraken, que causaba desgracias, enfermedades o muerte; su representante era Elel, y ambos intervenían en momentos importantes de la vida: nacimiento, entrada a la pubertad, casamiento, etc. Cuando moría alguien se lo envolvía en su manto y era enterrado con sus armas y ornamentos al lado y se practicaba el sacrificio de sus animales; además, su toldo era reducido a cenizas.

Su lenguaje varía del tehuelche meridional, pero tiene muchas características comunes, sobre todo en lo gutural; varios vocabularios recogieron la lengua puelche-guénaken. Se ignora hasta el presente la época en que se produjo la diferenciación de los patagónicos primitivos, en los patagones del norte y los patagones del sur.

Cuando esto se produjo los puelche-guénaken realizaron aquellos implementos de piedras decorados con incisiones, que fueron llamados “placas grabadas” por los arqueólogos que los descubrieron y cuyo significado es aún desconocido.

Los araucanos chilenos influyeron luego en la arqueología de la región. Representativas de esa influencia son unas hachas de tipo neolítico, con largo mango de madera, y jarras de barro cocido, con una sola asa. Con la introducción del caballo se alteraron las costumbres primitivas; se dedicaron al saqueo de la población blanca y los araucanos acabaron por absorber o extinguir a los puelche-guénaken.

Comechingones y Huarpes Aborigenes de Argentina Habitab y Costumbres

Comechingones y Huarpes: Aborígenes de Argentina – Habitab y Costumbres

Aborígenes Argentinos  – Huarpes y Comechingones
Los huarpes:

comechingonesLa cultura huarpe, original del territorio cuyano, ocupaba en el siglo XVI la zona limitada al norte por el valle del río San Juan; al sur la cuenca del río Diamante en la provincia de Mendoza; al oeste la cordillera de los Andes y al este el valle de Conlara. En total, ocupaban las actuales provincias de San Juan, San Luis y Mendoza.

La región huarpe es sumamente interesante desde el punto de vista cultural ya que por un lado es el límite meridional de la expansión de los pueblos agricultores de la actual Argentina en tiempos prehispánicos y por el otro, representa un hábitat transicional con las culturas de Pampa y Patagonia.

A su vez, es posible que a esta región hayan llegado influencias de los araucanos desde el actual territorio chileno.

Existían diferencias internas en la cultura: los huarpes del oeste eran agricultores sedentarios y como producto básico cultivaban el maíz y la quínoa.

Poseían acequias en los terrenos cultivados y fueron ceramistas. Practicaron la recolección (algarroba) y la caza en menor medida.

Por el contrario, los huarpes del este eran cazadores de liebres, ñandúes, guanacos y vizcachas. Algunas crónicas nos hablan de la existencia de perros adiestrados para colaborar en la caza. Utilizaban para estas actividades el arco y la flecha y las boleadoras.

El sistema más común de caza llamó la atención de los conquistadores e inclusive era muy semejante al de los querandíes:

“Del instante en que ellos sorprendían uno (un venado) se le aproximaban, lo perseguían a pie, a medio trote y no lo perdían jamás de vista. No lo dejaban detenerse ni a comer hasta que, al cabo de uno o dos días, el animal se fatigaba y se rendía; van ellos entonces a atraparlo y, cargados con su presa, retornan a la casa donde celebraban una fiesta con su familia.”’

Pero más aún: existe un tercer sector con características propias, debido al particular hábitat en el que se asentaban: las lagunas de Guanacache, en el límite entre las actuales provincias de San Juan, San Luis y Mendoza. Allí existían vastas zonas inundadas que condicionaron un tipo de vida singular de las comunidades, llamadas tradicionalmente “huarpes laguneros” o “huarpes de Guanacache”.

En este hábitat las comunidades huarpes se adaptaron a base de la caza y la pesca. Realizaban esta última actividad con un tipo de balsa que es lo más antiguo de que se tenga conocimiento como embarcación. Su construcción es elemental: la unión de tallos de juncos atados con fibras vegetales
En esas lagunas también se practicaban la caza de patos.

En conjunto, como vemos, había una relación con la naturaleza diversa según las regiones y las comunidades, practicándose todos los tipos de economía para la subsistencia: agricultura, caza, pesca y recolección.

Cuando llegaron los conquistadores, los huarpes cuyanos se encontraban en un proceso de transculturación de origen andino; hacían ya vida sedentaria, cultivaban el suelo, vestían camiseta andina y conocían la cerámica rayada, grabada y en bajo relieve y la cerámica policromada; uno de los cultivos más importantes era el de maíz, probablemente también el de quínoa. Además, entraban en su alimentación productos agrestes de la zona, en especial la algarroba, que abundaba entonces más que ahora. Con este vegetal preparaban el patay, y la chicha o aloja.

Practicaban también la pesca en las lagunas , en Guanacache, hoy casi desecada, se realizaba la pesca en balsa de antigua factura, formadas con la reunión de varios haces de tallos de juncos o totora, fuertemente ligados, el todo asumía una forma alargada , con rebordes y era impulsado por una larga pértiga, todavía se hallaban muestras de esas balsas hace pocos años. Cazaba patos y venados.

Los Comechingones: Las Sierras Centrales constituyen un peculiar ámbito geocultural, limitado hacia el norte y el nordeste por el Chaco; hacia el noroeste la llama da Área Andina Meridional y hacia el sur por las llanuras de la Pampa. Sabemos que las Sierras Centrales estuvieron habitadas desde hace unos 8.000 años y también podemos afirmar que tanto los comechingones como sus hermanos zonales, los sanavirones se fueron configurando como una cultura definida desde el año 500 a.C.

Los comechingones son la etnia correspondiente a las sierras del oeste de la provincia de Córdoba y estaban organizados en dos parcialidades: los henia al norte y los camiare al sur.

Los primeros cronistas nos hablan de “barbudos como nosotros” o también de “la provincia de los comechingones, que es la gente barbuda… Parecería que el atributo de la barba llamó la atención de los españoles, peculiaridad que pasó a través del tiempo como uno de los rasgos identificatorios de estas comunidades.

Los comechingones eran agricultores de maíz, porotos y zapallos. Utilizaban el regadío artificial sobre campos de cultivo de gran extensión que también impresionó a los conquistadores. Practicaban la conservación del cereal en silos subterráneos. Aunque sin el grado de desarrollo alcanzado por las comunidades diaguitas, la vida agrícola de esta cultura ofrecía un patrón similar a al cultura del Asca Andina Meridional. Fueron pastores, practicando la crianza de llamas y en menor medida cazadores y recolectores.

En lo que se refiere a las principales industrias, la cerámica no tuvo un gran desarrollo; sí, en cambio, el tejido, la piedra y el hueso. La metalurgia es casi inexistente.

RECURSOS ECONÓMICOS Y TÉCNICOS: El cultivo de maíz, de quinua y de porotos; la cría de llamas y la caza de guanacos, ciervos, vizcachas y tucutucus constituyeron los principales recursos económicos de estos indios. Sabían mejorar sus cultivos regándolos mediante acequias; pero frecuentemente se les malograban con las sequías y grandes mangas de langostas. La recolección de frutos silvestres, especialmente de chañar y algarroba, constituía también un buen recurso para la vida económica de los comechingones. Con algarroba elaboraban aloja, bebida fermentada con la que acostumbraban embriagarse.

Para la cocción de alimentos utilizaban vasijas alfareras sobre fogones que encendían por el difundido procedimiento de fricción, haciendo girar una varilla de madera dura sobre una tabla de madera blanda. También tenían hornos subterráneos.
En el cuenco de morteros de piedra hechos en grandes cantos rodados, u horadados en la roca viva, trituraban el maíz y los frutos silvestres, con una piedra alargada, a manera de majadero.También utilizaban para la molienda, conanas: consisten en una piedra tabular con una depresión alargada dentro de la cual se molía deslizando a lo largo un canto rodado con una cara plana. También se utilizaron pequeños morteros y conanas para triturar especias y para substancias colorantes.

Su alfarería era pobre en formas y en decoración (guardas geométricas incisas). Parte de dicha alfarería ha sido modelada sobre cestos, a manera de hormas, y utilizando mallas de fibra de caraguatá; circunstancia que nos permite conocer su cestería y la técnica de sus redes.

Algunos testimonios documentales se refieren a los tejidos de lana de estos indígenas; industria cuya difusión confirman multitud de torteros o «fusaiolas», generalmente de barro cocido, muchos de ellos decorados con dibujos geométricos incisos, hallados en las sierras de Córdoba.

En la industria líctica, las piezas talladas de mayor perfección son las puntas de flechas (de pedernal o «sílex»); también se encuentran raspadores, cuchillos, perforadores, raederas y adornos. Abundan especialmente las hachas finamente pulidas.
La metalurgia parece haberse reducido a una escasa obtención de cobre, para adornos. El hueso ha sido utilizado para la fabricación de puñales y otros objetos cortantes y punzantes. La industria de la madera se da por descontada, aunque no se hayan conservado ejemplares arqueológicos.

MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS: Los comechingones han dejado, en diversos abrigos naturales de las sierras, notables expresiones de su arte rupestre en rojo, blanco y negro. Sobresalen las pictografías del cerro de Intihuasi (Río Cuarto) y las del cerro Colorado (Quílino). Las primeras, que el Dr. Brackebusch dio a conocer en 1875, consisten en series de guanacos, avestruces, venados, pumas, algunas figuras humanas armadas de arco o lanza y diversos dibujos, para nosotros incomprensibles.

Las pictografías del cerro Colorado, que en L903 publicó Leopoldo Lugones, consisten en siluetas de flecheros emplumados integrando composiciones escénicas de caza, figuras humanas de frente, en cadena, españoles a caballo, llamas, guanacos, tigres, zorros, cóndores, etc. Entre los dibujos ideográficos que no se han podido descifrar, son frecuentes las figuras circulares con rayos (como rueda), a las que el arqueólogo Antonio Serrano les asigna la representación de soles o lunas.

Cientos de estatuillas antropomorfas de barro cocido (y algunas de piedra «sapo»), exhumadas por la arqueología, revelan una manifestación artística de caracteres arcaicos. Estas estatuillas figulinas miden de 9 a 12 cm. de largo; por lo general no tienen brazos y las piernas van pegadas y terminadas en punta. En lis vinchas, delantales y tatuajes grabados en estas estatuillas, han sido aplicadas guardas geométricas de temas rítmicos.

De los Sanavirones se sabe mucho menos. Lo mismo que para los comechingones, la barba que cubría su rostro los distinguía de los demás indios. Habitaban el oeste de las sierras de Córdoba; allí hacían sus viviendas, cavando la tierra hasta que quedaban solo dos paredes, que armaban con madera y cubrían con paja. Rodeaban un grupo de ellas con una empalizada de troncos. Ambos elementos, “casas comunales”  y «empalizadas» nos remiten a influencias de las culturas de la Selva.

Como los comechingones fueron agricultores especialmente de maíz, que cultivaban en vastas extensiones. Practicaron asimismo la recolección, la caza la pesca y el pastoreo de llamas. Las viviendas eran de gran tamaño para albergue de varias familias. En cuanto a las industrias se sabe, aunque eran alfareros e inclusive decoraban y pintaban sus cerámicas, que eran parecidas a las elaboradas por los tonocotés.

Cazaban guanacos, ciervos y liebres; recolectaban frutos de algarrobo y chañar y cultivaban el maíz y la quinua. Con todas estas tarea conseguían su sustento; y lo pequeños criaderos de llama que habían domesticado les daban la lana para tejer el delantal, la camiseta y las mantas con que se vestían.

Del nivel cultural de estos indígenas ofrecen excelentes testimonios las pinturas rupestres de la sierra de Comechingones, de la zona de Cerro Colorado y las Sierras del Norte. Se han estudiado unos 30.000 dibujos en 200 cuevas o abrigos. Cuando llegaron los españoles, en 1573, comenzó la extinción de estos indígenas, que se diluyeron en la masa mestizada de la antigua gobernación del Tucumán.

Indudablemente existen una serie de peculiaridades que hacen aparecer a esta cultura con importantes influencias de la selva tropical, posiblemente de antepasados que a través de la región del litoral cruzaron el sur del Chaco y se asentaron en el territorio sanavirón. Sin embargo, por la escasez de datos no estamos en condiciones de asegurar esta hipótesis. Mucho más sencillo es en cambio demostrar la influencia de la región de la Montaña, de la cual participaron por una forma de vida sedentaria, agrícola, y alrededor de la cual giró la organización comunitaria.

Los Guaranies y Charruas Aborigenes de Argentina Habitab y Costumbres

Los Guaraníes y Charruas: Aborígenes de Argentina – Habitab y Costumbres

Guaraníes y Charruas, Costumbres:

guaranies trabajando

Guaraníes y Charrúas: Pueblo proveniente del Amazonas brasileño, en su derrotero migratorio hacia el sur, se asentaron en el Paraguay y las provincias argentinas de Misiones y norte litoraleño paranaense de Corrientes. Según los datos arqueológicos, serían habitantes recientes del norte mesopotámico, algunos de ellos venidos poco antes que los españoles penetraran río Paraná arriba.

Desde temprano, el idioma guaraní representó un papel muy importante dentro del proceso de conquista y colonización de la llamada Corriente del Este, que siguiera los cursos de los ríos de la Plata y Paraná. Así, indios guaraní sirvieron de intérpretes de numerosas expediciones e innumerable cantidad de topónimos (nombre propio de un lugar) mesopotámicos son de origen guaraní.

Podemos decir que se extendían desde el Amazonas hasta el Río de la Plata, y que en el momento de la conquista habitaban parte de las islas del Paraná, el norte de Corrientes, el litoral de Misiones y parte de Salta.

La región que dominaban no era muy vasta; sin embargo, tuvieron mucha importancia porque, como fueron utilizados por los colonizadores y misioneros como guías e intérpretes ante los demás indios, difundieron sus costumbres entre los indígenas, como así también entre los españoles; la lengua guaraní se habla, en la actualidad, en la Mesopotamia Argentina y en el Paraguay, por ciertos sectores de su población.

Su característica nacional era el uso del tembetá, guijarro que ponían a los niños en el labio inferior al llegar a la pubertad.

Era un pueblo netamente agricultor, casi especialistas en esta actividad, sobretodo en la horticultura, en el cultivo de verduras, legumbres y frutales, pero siempre en terrenos de poca extensión, por la razón de que la selva tropical, se lo traga todo.

Sí, porque además la tierra selvática, donde todo crece desmesuradamente, posee su fertilidad en sus capas más externas; y si a ello le sumamos una excesiva humedad ambiente y asiduas lluvias torrenciales, comprenderemos rápidamente por qué los guaraní tenían que desembocar, inevitablemente, en la horticultura.

Así, estos indios seguían los siguientes pasos: desmonte, quema de malezas, y siembra, todo en un terreno delimitado. Esta técnica también es conocida bajo el nombre de milpa. Agreguemos que tras extinguirse el fuego, la ceniza acumulada era desparramada por toda la superficie del terreno para que actuase de abono.

Los varones de la tribu realizaban el corte de la maleza y la quemazón, en tanto que las mujeres sembraban y cosechaban. Entre los vegetales preferidos se encontraban la mandioca -arbusto de cuya raíz se extrae harina y una fécula llamada topioca, el maíz, la batata y el zapallo. La labor de la mujer era sembrar zapallos, o maíz y, cuando era tiempo, también ellas levantaban la cosecha.

Pero evidentemente, este método agrícola tenía la complicación de agotar rápidamente el suelo, teniendo que pasar a otro y así sucesivamente, amén que el rendimiento de la parcela daba de comer a un determinado número de indígenas. Así es que esta situación llevó a los guaraní a conformar aldeas reducidas y a mudarse a otras tierras cada cinco o seis años.

La yerba mate, a la cual eran muy afectos, no debía sembrarse, pues crecía en abundancia en los bosques. Como en casi todos los pueblos indígenas, las mujeres también trabajaban el barro con cierta habilidad, como lo prueban las piezas de cerámica guaraní que ha llegado hasta nosotros.

Un taparrabo de plumas, la tanga, era la única prenda que usaban las mujeres guaraníes; mas tarde la reemplazaron por una camisa de algodón: el tipoy. Los hombres andaban desnudos y se adornaban los brazos, los tobillos y la cabeza con plumas; todos se pintaban la cara. Solamente los jefes tenían varias mujeres ya
que, como en los otros grupos, era necesario poder mantenerlas.

El tubichá era el cacique que gobernaba las parcialidades; su cargo era hereditario y muy respetado. Creían en un dios, Tubá, que maduraba los frutos y provocaba la lluvia, pero no le rendían culto. Practicaban la antropofagia, esto es la práctica de comer seres humanos, no como alimento, sino con sentido ritual y sólo la llevaban a cabo con sus enemigos más valientes.

En tiempos de la conquista española, los guaraníes de las islas o chandules, que fueron dados en encomienda por Juan de Garay, en 1582, a algunos vecinos de Buenos Aires; se hallaban en las islas más orientales y meridionales del delta del Paraná. Los guaraníes del Carcarañá, en las islas que forma el Paraná a la altura de su desembocadura, al norte y al sur de la misma.

En cuanto a lo sobrenatural, participan en líneas generales da las concepciones  de otros pueblos aborígenes, como los chiriguanos,  y tienen  la noción de la “Tierra sin Mal’’ La “Tierra Sin Mal” es un paraíso al cual el héroe civilizador (asociado con el ser supremo) se retiró luego de haber creado el mundo y traído a los hombres los conocimientos esenciales para su supervivencia.

Es allí adonde después de ciertas pruebas llegan los muertos privilegiados, los chamanes y guerreros. Pero este paraíso se abre también a los vivos que hayan tenido el valor y la constancia de observar las normas de vida de los antepasados y que guiados por el poder privilegiado del chamán hayan descubierto el camino hacia él. La “Tierra sin Mal” no es sólo un lugar de felicidad sino el único refugio que quedará a los hombres cuando llegue el fin del mundo.

Los Charruas: El hábitat era principalmente el actual territorio uruguayo, pero grupos dispersos ocuparon en tiempos prehispánicos la provincia de Entre Ríos y también algunos autores extienden dicha ocupación hasta el sur de Corrientes.

Tuvieron una lengua original con variantes dialectales. Constituían en conjunto cultura de cazadores y recolectores con una forma de vida muy semejante a las de las comunidades de La Pampa Patagonia y Chaco. En gran parte participaban de la tradición cultural de la llanura.

Los animales cazados eran ñandúes, venados y toda clase de roedores. Las técnicas de caza eran semejantes a las utilizadas por los tehuelches: persecución de animales hasta rendirlos por agotamiento. Recolectaban además toda clase de frutos silvestres.

Ciertas parcialidades extendieron sus actividades de subsistencia practicando la pesca. Por el carácter de comunidades nómadas la vivienda era sumamente precaria, consistente en el típico paravientos con paredes de ramas. El vestido los acerca nuevamente a los tehuelches: el manto usado con la piel hacia adentro.

Relaciones en el seno de la comunidad: Un conjunto de toldos conformaba la unidad social mínima a cargo de un cacique. La familia era monogámica aunque no se desconocía la poligamia. La unión de las diferentes bandas solo ocurría en caso de guerra para lo cual se organizaba el consejo de caciques.

Relaciones con lo sobrenatural: La Concepción del mundo estaba presidida por la creencia en un ser supremo; ligado a él se encuentra “el espíritu guardián” de cada hombre a quien se invoca en momentos de peligro.

El chamanismo estaba muy desarrollado y parece ser que existían representantes del bien y sus opuestos, los del mal. Los primeros, responsables de las curas mágicas, los segundos con la capacidad de enfureccr a la naturaleza desatando tormentas y desbordando los ríos.

Existía un culto muy elaborado a los muertos con entierro secundario de los huesos. Una práctica similar a los querandíes era la conservación del cráneo del enemigo como trofeo de guerra.

Relaciones con otras comunidades: Por el norte de su hábitat han entrado en contacto con parcialidades guaraníes provenientes de la selva y aún con los caingang de Misiones y Corrientes. Por el oeste se relacionaron con los chaná-timbú del Litoral y por el sudoeste con los querandíes.

El territorio inicial fue ampliado considerablemente a partir del siglo XVII con la incorporación del caballo en un proceso parecido al operado en la Llanura, aunque menor en tiempo, dado el rápido sometimiento en que cayeron estas comunidades.

Pueblos Aborigenes de Argentina MATACOS, TOBAS Y PILAGAES Costumbres

Pueblos Aborígenes de Argentina: Matacos, Tobas y Pilagaes – Costumbres

ABORIGENES ARGENTINO: MATACOS, TOBAS Y PILAGAES:

La familia lingüística mataco-mataguayo, también conocida como mataco-maká, se distribuyeron en gran parte del Chaco central y occidental, (actual Formosa), este de Salta y noroeste de la provincia de Chaco. También ocuparon y ocupan parte de Bolivia y del Chaco paraguayo.

Es indudable que los matacos tuvieron varios hábitats y el mencionado en el párrafo anterior corresponde a su etapa histórica y actual, aunque con algunas variantes; por ejemplo, en el siglo pasado las márgenes de los ríos Bermejo, Pilcomayo, Teuco, Yegua y Vega Quemada eran sus lugares de asentamiento. Allá por el siglo XVI, esta región pertenecía a la llamada provincia de los Lules, y recién en las décadas del siglo siguiente comenzó a sonar la denominación mataco.

mataco, aborigenLos matacos, si bien conocían y hasta utilizaron el caballo, este animal no representó mayores cambios en su haber cultural. Eran bajos, robustos y musculosos, los matacos hicieron de la recolección el centro de su vida económica, e incluso planificaron dicha actividad, haciéndola alrededor de la toldería previa demarcación de zonas.

Como sus vecinos los guaycurú, utilizaron al máximo lo que la combinación entre el medio y su vegetación les proporcionaban, que por cierto no era poco. No sólo recolectaban por sectores sino que sabían muy bien qué recolectar para alimentarse durantes las distintas estaciones climáticas del año.

Tenían una agricultura muy rudimentaria, empleaban lanzas y macanas para la caza, construían viviendas circulares de ramas y paja y tejían lana y algodón. Al llegar los españoles su gran ocupación fue la guerra contra las poblaciones cristianas.

Los tobas ocupaban originariamente el territorio de Formosa; después se replegaron a la parte oriental, pero extendiéndose simultáneamente hacía el norte y hacia el sur. Adoptaron, en el siglo XVIII, el caballo y fueron en lo sucesivo nómadas montados, siempre dispuestos al ataque a las poblaciones españolas y al saqueo de sus establecimientos ganaderos.

Pero como éstos eran entonces pocos y su importancia era relativa, sus daños no fueron de tanta magnitud como los de otros grupos guaycurúes que operaban en zonas más pobladas. Actualmente los tobas viven en el Chaco paraguayo y se les llama “pequeños tobas”; los del Chaco argentino son los “grandes tobas”, denominaciones guaraníticas. Subdivisiones de los tobas habrían sido los cocolotes y los aguilotes a que se refieren algunos documentos y que han desaparecido ya.

En el territorio que ocupa la parte oriental y meridional del Chaco, en Formosa, norte de Santa Fe, noreste de Santiago del Estero, parte oriental de Salta, habitaron pueblos de origen patagónico. A estos grupos pertenecieron los abipones, los mbayaes, los payaguaes, los mocovíes, los tobas y los pilagaes.

Los mbayaes y payaguaes desaparecieron hace tiempo; los últimos eran canoeros y habitaban más al norte del actual territorio argentino; los abipones, que dieron tanto que hacer a los colonizadores españoles, también se extinguieron; en sus antiguos dominios sólo se encuentran unos pocos mocovíes y un número algo mayor de tobas y pilagaes.

Los pilagaes son los únicos guaycurúes que tienen todavía en gran parte una cultura autóctona; habitan en la parte central de Formosa, sobre la margen derecha del Pilcomayo, en la zona anegadiza del estero Patiño.

Los españoles llamaron a estos aborígenes, en los primeros tiempos, frentones, por la costumbre que tenían, la mayor parte de ellos, de raparse la parte anterior de la cabeza, dando así la impresión de tener una frente ancha. El nombre guaycurú es, en realidad, el de una subdivisión de los mbayaes, que vivían, desde el siglo XVI, frente a lo que es hoy Asunción del Paraguay y luego se aplicó a todos los grupos de esa familia.

Eran de estatura alta y complexión fuerte, un hermoso tipo humano, esbelto. Los “frentones” occidentales, que eran vecinos de los omaguacas, fueron descriptos ya en 1583 por Pedro Sotelo Narváez, gobernador del Tucumán, como “gente más alta y desproporcionada” que los omaguacas, que eran andinos de talla más bien baja.

Los abipones fueron descriptos así por Dobrizhoffer: “Están físicamente bien formados y tienen rostros agraciados, muy parecidos en esto a los europeos”. . ., “son altos de talla, de suerte que podrían alistarse entre los mosqueteros austríacos”; los ojos más bien pequeños y negros, pelo liso, la nariz en general aguileña. Dobrizhoffer no encontró entre ellos deformaciones, jorobas, piernas torcidas o vientre enorme, labios peludos o pies deformes; tenían además una dentadura blanca que conservaban hasta su muerte.

Estos pueblos fueron cazadores y recolectores y finalmente practicaron de modo restringido el cultivo del suelo. La economía indígena se orientó hacia la recolección de los frutos silvestres abundantes en el bosque chaquense. Los pilagaes recolectaban los frutos del algarrobo, del chañar, del mistol, de la tusca y del molle; higos de tuna, pequeños ananaes silvestres, porotos de monte, raíces, cogollos de palmera, etc.

Los mocovíes, además, consumían langostas, como lo hacían también los pampas primitivos, sus vecinos del sur. Numerosos animales de pequeño tamaño entraban en su alimentación.

La indumentaria antigua era el manto de pieles de los patagónicos; en tiempos de Dobrizhoffer lo usaban todavía hombres y mujeres abipones; las pieles eran cosidas unas con otras y pintadas con líneas rojas en la superficie exterior. Pero ya entonces llevaban indumentaria tejida de lana, cortada según el modelo de la indumentaria antigua; vinchas para sujetar el pelo, mocasines de cuero para los pies, etc.

Actualmente, dedican su vida a la confección de trabajos en maderas, tallos, motes, ceniceros, artículos de totora, paja y palma en la construcción de sillas, canastos, sombreros, balsas. Los cestos que confeccionan sirven para guardar granos.- Los decoran con guardas. Hacen además jarrones y tinajas.- Cada grupo posee sus costumbres lengua, vestimenta, propia.

Con respecto a la alimentación la mayoría de los grupos adoptaron nuestras modalidades alimentarias, aunque a veces se ven obligados a la vida nómade para conseguir los medios de subsistencia. Todos los grupos los grupos poseen un profundo amor por la tierra.

Pueblos Indigenas de Argentina Los Diaguitas y Calchaquies Costumbres

 Pueblos Indígenas de Argentina: Diaguitas y  Calchaquíes, sus Costumbres

 aborigenEncuadre Geográfico: La Montaña: Es una vasta región del país dentro de la cual se incluye el tradicionalmente llamado Noroeste y las Sierras Centrales. El Noroeste tiene por límites a Bolivia por el norte, la Pampa al sur, el Chaco al este Y Chile al oeste.

Dentro de este. sector claramente delimitado se encuentran a su vez la Puna en la parte occidental, zona árida, carente de vegetación y agua, con abundancia de salares, con temperaturas extremas y alturas de 4.000 metros.

La otra parte importante está constituida por los Valles y Quebradas, que concentra las quebradas de Humahuaca Y del Toro y los famosos Valles Calchaquíes también denominados Zona Diaguita.

Esta última se extiende por el sudoeste de Salta y Catamarca, oeste de Tucumán y La Rioja, y norte de San Juan. Es una zona geográficamente homogénea, constituida por sistemas orográficos independientes entre si. Todo el Noroeste posibilitó el asentamiento de numerosas comunidades, especialmente en los Valles y Quebradas, verdaderos oasis de la montaña.

LA GRAN REBELIÓN DE LOS DIAGUITAS: Entre los colonos del Tucumán cundió la alarma. Los indios de los valles calchaquíes se habían sublevado contra sus encomenderos y la rebelión cundía por Andalgalá, Aconquija, Pipanaco y Famatina como un reguero de pólvora.

Menudeaban a diario los incendios y matanzas de españoles, sin eximir a mujeres y niños. Y los acechaban los nativos desde lo alto de las quebradas, para despeñarles andanadas de piedras al paso. Ante la gravedad «del alzamiento, el gobernador Albornoz pidió urgentes socorros a Chile y a la Audiencia de Charcas.

El cacique Chelemin, en implacable asedio, había cortado el agua a la ciudad llamada Londres, obligando a sus colonos a huir hacia La Rioja. El alza-miento se hizo general desde Jujuy a Cuyo; y no fue poca hazaña rué el gobernador lograra sofocarla sólo en 1635.

¿Por que se habían sublevado los indios calchaquíes? Se dice que porque Albornoz mandó azotar y cortar el cabello a unos caciques, castigándolos por algún atrevimiento. Y otros dicen que empezó con la muerte de un encomendero porque había descubierto unas minas que los nativos querían ocultar.

Sea cual fuere el motivo inmediato, lo cierto es que los indígenas estaban hartos de soportar los abusos de los encomenderos. Y se sublevaron porque eran más rebeldes y bravos que otros pueblos. Peleaban desesperados; y cuando sus reductos pircados de los cerros no podían ya resistir el asedio español, preferían estrellar a sus hijos pequeños contra las piedras, antes que entregarlos, y morir peleando.

Estos indios belicosos son los elementos más representativos de la población indígena del noroeste argentino. Integraban un período cultural comúnmente llamado de los diaguitas, a quienes también podríamos denominar cácanos, como propone Canals Frau. atendiendo al común denominador de su idioma: el kakán.

Diaguitas y calchaquíes: La geografía del noroeste influyó para diferenciar a los pueblos indígenas que allí habitaban del resto de los otros grupos que habitaban el territorio argentino. Las cadenas montañosas, con altos picos y valles que dificultaban las comunicaciones, contribuyeron a la formación de culturas muy distintas de las de las llanuras.

Entre las numerosas tribus sobresalían los diaguitas y «los calchaquíes», que habitaban los valles de Salta, Catamarca y La Rioja actuales.

La generalidad de los autores coincide en definir como diaguitas a las comunidades que ocuparon el corazón del Noroeste, es decir los Valles y Quebradas. La confusión acerca de la denominación radica en que las primeras crónicas adjudicaron el gentilicio de “calchaquíes” a los habitantes de la región del mismo nombre y por extensión a las restantes comunidades del área. En realidad los “calchaquíes” eran diaguitas, cultura que estaba integrada por en conjunto de parcialidades como los polares, luracataos, chicoanas, tolombones, yocaviles, quilmos, tafís, hualfines, etc.

Pero todas estaban aglutinadas alrededor de un elemento común su lengua. Todas las fuentes coinciden en que la lengua cacá o cacán otorgaba unidad a estos pueblos.

Conocían la técnicas agrícolas y cultivaban el maíz en terrazas o andenes de la montaña. Se proveían de lana de la llama, el guanaco y la vicuña, realizando tejidos de varia dos dibujos. Fabricaban vasijas, jarros y platos, pues eran excelentes ceramistas y decoraban hábilmente estos objetos. También trabajaban el oro, la plata y el cobre.

En el panorama indígena del actual territorio argentino esta cultura fue la que alcanzó mayor complejidad en todos los aspectos, a tal punto que redundó inclusive en una importantísima densidad de población.

La capacidad para enfrentar al español, así como las numerosas fortificaciones halladas en la región, nos los muestran como pueblos muy bien preparados para la guerra  siempre combatieron a pie, ya fue los diaguitas, como los demás grupos andinos, no incorporaron el caballo; la llama fue siempre su medio de transporte.

Era una cultura de agricultores sedentarios, poseedores de irrigación artificial, por medio de canales y con andenes de cultivo para sus productos principales: maíz, zapallo y porotos. Fueron criadores de llamas como sus hermanos de la zona andina, utilizaron a los animales como proveedores de lana para sus tejidos y también como carga. La recolección fue otra de sus actividades, especialmente (de la algarroba y el chañar, que almacenaban en grandes cantidades; en mucha menor medida practicaron la caza.

Sembrar en una región de suelo montañoso, a menudo árido y casi sin lluvias, no es tarea fácil, y en verdad no lo fue para los indígenas andinos. Sin embargo, lo consiguieron con su tenacidad e ingenio: es justamente su habilidad para desarrollarse como agricultores uno de los elementos que nos permite comprobar el grado de adelanto que habían alcanzado.

No tenían tierra llana; hicieron entonces andenes en las laderas de las montañas, y, como casi no llovía, construyeron canales y acequias para el riego, tan eficaces que aún hoy se utilizan. Nuestros indios, como todos los de América, no conocieron el arado, por ello sembraban haciendo pequeños hoyos. Casas cuadradas de piedra, sin puerta, y con techos de paja, o sin él, fueron las viviendas típicas de los pueblos andinos.

Relaciones en el seno de la comunidad: Tenían fuertes jefaturas, probablemente hereditarias, que llegaban a desplegar su autoridad sobre varias comunidades La familia monogámica era el núcleo vital de la comunidad, destacándose la práctica de la poliginia entre los caciques.

En algunos casos parecería que la organización comunitaria también se asentaba en la familia extensa. Probablemente la unión de varias de ellas generaba una nueva estructura de macrofamilias, la que a su vez posibilitaría el adecuado trabajo en las aldeas agrícolas, que por sus necesidades (construcción de sitios defensivos, obras de irrigación, el propio trabajo en los andenes de cultivo) desbordaría la capacidad de la familia y la familia extensa.

Como cultura andina, participaban al igual que en otros de sus aspectos de las características del área: eran adoradores del Sol, el trueno y el relámpago. Celebraban rituales propiciatorios de la fertilidad de los campos y tenían una funebria elaborada, expresión de un culto a los muertos como tránsito crucial en el ciclo de vida de la cultura.

ALGO MAS SOBRE LOS DIAGUITAS…
ASPECTO FÍSICO

Los diaguitas eran de raza «andida», y por consiguiente de estatura baja. Acostumbraban deformarse la cabeza, y llevaban sus largos cabelles lacios peinados a la espalda o con trenzas.

Vestían la llamada «camiseta peruana», es decir, una tunan talar hasta los tobillos, que recogían y ceñían a la en para andar sin embarazo, cuando salían de caza o a la guerra. Calzaban ojotas y se adornaban con pinturas faciales, tatuaje , brazaletes, prendedores y placas pectorales de cobre o bronce.

RÉGIMEN DE VIDA
Los diaguitas vivían en casas de planta rectangular, construí* con piedras (pirca), y techo de torta, o paja. Hacia el sur abundan los vestigios de viviendas de quincha. Además construían en los cerros, fortificaciones para refugio y defensa (pucara).

Cultivaban maíz, zapallo, porotos, quinoa y papa, sobre andenes, en las laderas de las montañas, y se servían de acequias para su riego artificial. Suponemos que para sembrar cavaba hoyos en la tierra mediante estacas puntiagudas.

Criaban perros y llamas; éstas últimas para obtener lana y como animales de carga. También se ayudaban con la caza de guanacos y otras salvajinas, y con la recolección de algarroba, qi guardaban en silos subterráneos. Con ella preparaban una de si bebidas embriagantes: la aloja; y con maíz, otra: la chicha.

SU INDUSTRIA
Los diaguitas fueron hábiles artesanos. Tuvieron una buena industria textil, metalurgia y alfarería.
Se han observado varios estilos regionales de alfarería, a saber (según la nomenclatura de Palavecino):

a) Tipo santamariano (en el norte): corresponde a los  calchaquíes. Se caracteriza por sus urnas funerarias policromad ancho y largo cuello, con decoración geométrica y estilizad de hombres, batracios, ñandúes y ofidios.

b) Tipo barreales (en el centro): corresponde a los diaguitas propiamente dichos, de Catamarca. Se trata de una alfarería n antigua que las demás, caracterizada por sus piezas grises de decoración grabada; aunque también se encuentran vasijas pe cromas. Por sus motivos felínicos se le ha llamado también «draconiana».

c) Tipo angualasto (en el sur): corresponde a los sanagastas y se caracteriza por sus urnas funerarias, más globulares que calchaquíes y con decoración geométrica. Antonio Serrano señaló una alfarería distinta, con matera; de Belén (Catamarca), a la que llamó de tipo Condorhuasi. Se caracteriza por sus vasos antropomorfos (con desproporción; grosor de las piernas), decorados, sobre una cubierta (engobe) roja, con dibujos geométricos en negro bordeados de gruesas neas blancas.

VIDA ESPIRITUAL
De sus ideas religiosas sabemos que rendían culto al trueno y al rayo. Adoraban a ciertas divinidades de tipo totémico, en la serpiente o el felino, a las que llamaban caylles, y tenían ciertos lugares sagrados (zupca) destinados a ritos y sacrificios.

Como se sabe, los diaguitas tenían urnas funerarias para el entierro de párvulos; costumbre que parecería ser una transen ración de procedencia amazónica. Según una interpretación generalmente aceptada, se trataría de sacrificios propiciatorios. Los diaguitas también veneraban a la Pachamama, «mí tierra», a la que imploraban con ofrendas y sacrificios.

ORGANIZACIÓN SOCIAL
Los diaguitas eran polígamos y tenían tantas mujeres c pudieran mantener. Los núcleos familiares o aillus, formados por las gentes de la misma progenie o parentela, estaban encabezados por caciques que se distinguían por llevar hae insignia (toquis) y diademas.

El cacicazgo era hereditario, aillus integraban tribus o pueblos encabezados por caciques principales (Titaquín: cacique grande). Los calchaquíes tenían cacique general. Estos pueblos guerreaban entre sí con arco y flecha, mazas, medias picas, tiraderas y hachas de piedra. Y habiendo paz, comerciaban sus productos, aun con pueblos lejanos.

Fuente Consultada:
Lo Se Todo Tomo III
Enciclopedia Estudiantil Tomo IV CODEX

Ver:Conquista y Sometimiento Español Sobre Los Aborigenes