Auge de los Saladeros

Biografia de Cane Miguel Caracteristicas de su Obra Literaria

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria

Fue un escritor argentino que nació en Montevideo durante la expatriación de su familia y regresó a Buenos Aires después de la caída de Juan Manuel Rosas.

Su profesión de abogado le facilitó el desempeño de diversos cargos legislativos y se destacó actuando en favor de la política de Sarmiento.

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria
Los escritores de la llamada generación del 80 practican una literatura cosmopolita, de crónica elegante y amable, a medias entre la historia y la narrativa, inclinándose por la prosa; destacan: Lucio Vicente López, Miguel Cané, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla.

Vida. Miguel Cané nació en Montevideo (1851), durante la expatriación de su familia. Cuando apenas contaba dos años de edad, estuvo de regreso en Buenos Aires, después de la caída de Rosas.

Como a los demás hijos de emigrados, se le reconoció la ciudadanía argentina.

Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de esa ciudad, durante la dirección del canónigo Eusebio Agüero y el profesor francés Amadeo Jacques, en un régimen de internado.

De allí sacó las experiencias que muchos años más tarde habría de llevar a su obra maestra, el libro Juvenilia (1884).

Luego cursó estudios en la universidad local y se graduó de abogado (1878).

Mientras cursaba esta carrera, ya se había iniciado en el periodismo y participado en política, particularmente a favor de Sarmiento, de quien era gran admirador.

Fue diputado provincial (1875) y nacional (1876), luego tuvo a su cargo la Dirección de Correos.

Fue nuevamente reelegido diputado nacional (1880), pero asumió la representación diplomática argentina ante los gobiernos de Colombia y Venezuela, que ejerció durante dos años (1881-1882).

Como resultado de esa salida del país surgió su libro En viaje (1884).

Ocupó luego otros cargos públicos de importancia, como la intendencia municipal de la ciudad de Buenos Aires, el ministerio de relaciones exteriores y, accidentalmente, el del interior.

Volvió a la vida diplomática con el cargo de ministro argentino en París, regresó a su país, ocupó una banca en el Senado (1898), y falleció en Buenos Aires (1905).

El escritor. Para algunos historiadores de la literatura argentina, Cané es quizás el escritor más representativo de la generación del ochenta (Roberto F. Giusti). Fue crítico, ensayista, traductor, periodista y narrador.

Tuvo fama de ser un infatigable lector, aunque poco entusiasta de la dura tarea de escribir.

La falta de constancia y la ocasionalidad de sus escritos, le han quitado a su obra la prioridad literaria que pudo haber tenido en su tiempo.

La figura literaria de Cané fue la más respetada de la época, ya que en lo personal, era el escritor de mayor prestigio.

Iniciado en el siglo XX, los jóvenes de la generación siguiente chocaban, en la búsqueda de fama, con la imponente figura del maestro, que seguía ejerciendo el liderazgo intelectual.

Tres imputaciones se han formulado a su obra conjunta: el fragmentarismo, el diletantismo y el galicanismo.

Estos tres cargos son reales, pues la obra de Cané no es orgánica en sí, da la impresión de estar hecha por mero placer artístico, y tanto la frase como la inspiración es de oriundez francesa.

No obstante estos perfiles débiles, Cané ha sido un gran prosista, dotado de talento y de buen gusto.

Él mismo tenía conciencia del carácter de sus obras, pero no intentó modificar su enfoque de la tarea literaria ni engañar a sus lectores.

Como hombre de su época, las letras no eran un fin específico en su vida, sino un aspecto parcial de su vocación universal.

El carácter de «prosa ligera» de sus escritos es típico, y ésa fue su característica literaria.

Todo hace suponer, sobre todo su Juvenilia y algunas otras páginas (ensayos, notas, impresiones), que tenía condiciones para la novela, pero sus preferencias no estuvieron por este género.

Su prosa se caracteriza por la impersonalidad y la sencillez. Los hombres del 80 trataron con cuidado de no caer en las efusiones sentimentalistas o apasionadas, y mantuvieron en general, aun en las páginas autobiográficas, una actitud de mesura, discreción y contención.

Su estilo no era de sabor castizo ni tradicional, sino más bien cosmopolita, indefinido, internacional.

La frase de Cané no es la frase de la vieja tradición española. Más bien es una frase francesa escrita en vocablos castellanos, pero no por ello es deficiente ni desagradable.

La lectura de los escritos de Cané deja siempre en el lector una impresión satisfactoria y amena, a pesar de sus galicismos idiomáticos, muy abundantes, y de su persistente recurso a préstamos de otras lenguas.

«Juvenilia». Este libro es la obra maestra de Miguel Cané, y al mismo tiempo, una de las joyas de la literatura argentina. Ha sido leido por todas las generaciones de argentinos que vinieron después y no ha perdido actualidad hasta nuestros días.

A poco de fallecer su padre, Miguel Cacé es internado en el Colegio Nacional de la ciudad de Buenos Aires.

Después del primer momento de tristeza derivado del alejamiento de su hogar, el niño comienza su vida de escolar, contraído al estudio, pero arrastrado también por el espíritu inquieto y travieso propio de su edad.

Estas son las cosas de los jóvenes, las Juvenilia de los argentinos de mediados del siglo pesado, entre los cus les se contaron luego prominentes figuras de la vida intelectual, científica y politice del país.

Narra Cané a través de las páginas del libro sus recuerdos, algunos de los cuales se han hecho famosos: la comida del colegio, las artimañas para no levantarse temprano de mañana, la enfermería, la personalidad de los dos ejemplares rectores, el canónigo Agüero y Amadeo Jacques, las escapadas nocturnas, las peleas y rencillas de los grupos internos, las vacaciones en la Chacarita de los Colegiales, las fugas a fiestas nocturnas, y toda una serie, más o menos picaresca, de travesuras estudiantiles.

Con el correr de los años, Miguel Cané regresa a su querido Colegio Nacional en calidad de profesor, y a punto de tener que tomar su primer examen, resurgen en su memoria los recuerdos de sus años juveniles.

El volumen fue escrito cuando Cané, entrado en años ya, ejercía sus funciones diplomáticas en Europa.

Apareció bellamente editado en Viena.

Está escrito en una prosa directa, llana y afectada de galicismos.

En torno a la lengua de esta obra, se promovió en nuestro país una polémica, cuando el crítico español Américo Castro cuestionó la calidad literaria del volumen por los barbarismos idiomaticos.

Ver: Escritores de la Generación del ´80 en Argentina

OBRAS Y EDICIONES: Juvenilia. Buenos Aires, Estrada, 1939. Con introducción de Américo Castro.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Ricardo Sáenz Hayes. Miguel Cané y su tiempo. Buenos Aires, Kraft, 1935. Raúl H. Castagnino, Miguel Cané, cronista del Ochenta porteño. Buenos Aires, Oeste, 1952.

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra Entrada: Autor Miguel Cané

Historia Primeras Escuelas en Santa Fe Colegios y Profesores

LA EDUCACIÓN EN SANTA FE: PRIMEROS COLEGIOS Y PROFESORES

La Educación (1862 – 1890)
La cuestión educativa tuvo un sitio de importada en el programa político de los gobiernos provinciales entre 1862 y 1890; pero para ser justos en el análisis, debe decirse que las reformas educativas se iniciaron en 1853, y para 1857, ya existían en la provincia, 21 escuelas gratuitas.

En materia legislativa, debe considerarse en primer lugar la ley de 1866, que estableció la obligatoriedad de la instrucción primaria; quedó en ella esbozado el gran objetivo de este programa: «que uno de los principales deberes del gobierno es el de fomentar, por todos los medios posibles, la enseñanza primaria de la juventud y propagarla en todo el territorio de la provincia, encaminándola convenientemente a entrar en la carrera literaria b de las artes e industrias».

primeras escuelas en santa fe

Ante la necesidad de satisfacer los requerimientos en materia de enseñanza secundaria, la provincia contó con el aporte de la gestión privada. En Rosario se abrió, en 1855, el primero de estos institutos a cargo de los profesores Laurino Puentes y Julio Bosch; luego el de Manuel Tristany y José Niklison y en 1856 el de Domingo Podestá y Francisco Saloni, con un plan de estudios humanístico y confesional. En 1860, surge la Escuela del Progreso, del Profesor M. Durand Sabayat, y en 1863 se inauguró el Liceo y Escuela de Artes y Oficios. Un relevamiento realizado en 1866, dio cuenta de la existencia de 12 colegios particulares.

En la ciudad de Santa Fe, 1861, se firmó un contrato entre el gobierno provincial y La Compañía de Jesús por el cual se acordó la reinstalación del Colegio de la Inmaculada Concepción. Esta decisión fue apoyada por todos los grupos políticos y el pueblo en general contribuyó económicamente para que fuera una realidad. Esta institución creció rápidamente en cantidad de alumnos y docentes y en fama, la que superó los límites del país, atrayendo a jóvenes uruguayos. La excelencia de la formación filosófica y científica con que egresaban los alumnos del Colegio, produjo cambios en todos ios órdenes de la cultura, la política y la justicia de Santa Fe.

La ley que se dictó en materia educativa en agosto de 1874, tuvo dos finalidades fundamentales; la primera, crear un verdadero sistema de normas y organismos destinados a la programación, la administración y control del servicio; y la segunda, a prever los recursos que lo sostendrían.

En el primer caso, aparecen los inspectores, las comisiones escolares con participación de los vecinos para mejorar la educación, y reiteró la condición de obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza, estableciendo el contralor y las penas para los padres o patrones que no cumplieren con ella. En 1876 se dio una reglamentación para el funcionamiento de las escuelas. Una nueva ley de 1884, reformuló las obligaciones de los estamentos que integraban el sistema educativo y creó el Consejo de Instrucción Primaria, para que ejerciera la conducción del mismo.

En noviembre de 1886, una nueva ley de educación común replanteó los temas inherentes a ella, con interesantes consideraciones sobre la enseñanza moral y religiosa, así como respecto de los establecimientos privados que funcionarían en el ámbito provincial.

La presencia de la escuela pública en las colonias había sido especialmente prevista en las normas sobre colonización, disponiendo que se prevea la escuela a partir de la traza misma de ia colonia, con la donación del terreno para edificaría, y, tras dos o tres años de existencia de la colonia, se creaba un cargo de maestro o preceptor que iniciaba la institución. La escuela cumplió así un papel fundamental en la integración de los colonos extranjeros, fue un aglutinante cultural entre los diversos grupos étnicos que poblaban por aquellos tiempos el territorio santafesino. Permitió generar un marco básico de formación e información, uniformando la lengua y brindando un ámbito de vinculación entre las nuevas generaciones de esa sociedad embrionaria.

Al respecto merece señalarse la medida dispuesta por el Gobernador José Gálvez ante la necesidad de contar en la provincia con un número importante de maestros con formación pedagógica; consistió, en primer lugar, en organizar anualmente, entre enero y marzo, una Asamblea de todos los maestros dei estado en ía capital provincial, con el objeto de estudiar y resolver los problemas referidos ai magisterio. Este sistema de conferencias pedagógicas se hacía accesible a todos los docentes interesados ya que se les daba un sobresueldo para gastos de viaje.

Otra medida de interés en materia de docentes fue la de traer maestros españoles para que se desempeñaran en la provincia, teniendo en cuenta, además de la formación pedagógica, la lengua y los principios religiosos comunes.

En cuanto a los estudios terciarios, la primera experiencia se debió al interés del Gobernador Simón de Iriondo que promovió la creación, siendo ministro de gobierno Cabal, en 1868, de las cátedras de derecho, en las aulas del Colegio de la Inmaculada, ley que hacía realidad una aspiración de la comunidad santafesina.

En 1869 inició su marcha este ciclo para el cual se buscaron profesores de valía de otras provincias y se adquirió un valioso caudal bibliográfico para los estudiantes. En 1875 se obtuvo el reconocimiento de las llamadas Facultades Mayores en el orden nacional, con el cual se posibilitaba a los egresados de éstas el aspirar al título de doctor en las universidades del país.

En 1877 ya estaba la idea entre los gobernantes santafesinos de crear sobre la base de esta carrera de jurisprudencia, una universidad provincial, pero, en los años siguientes todo siguió igual, con los estudios de derecho en franco progreso. En 1884, el Ministerio de Instrucción Pública de la Nación, ejercido por el Dr. Eduardo Wilde, le retiró al Colegio de la Inmaculada la autonomía educativa de que gozaba y por un informe especial, retiró también el reconocimiento de los títulos obtenidos en el colegio Jesuíta, ofreciendo la alternativa de que los alumnos se sometan a un tribunal, igual que los de otros institutos privados. Ante ello el rector del colegio decidió cerrarlo, quedando las facultades mayores sin sustento.

Esta experiencia de educación superior en la Provincia de Santa Fe, junto con otros antecedentes en materia de educación secundaria confesional, muestran a la dirigencia política santafesina (como católicos profesos progresistas) que los cambios socioeconómicos y políticos de los tiempos que se vivían, no estaban reñidos con la tradición religiosa y la fe católica.

En 1889 el Gobernador José Gálvez volvió sobre la cuestión de los estudios superiores y creó la Universidad de Santa Fe, que inauguró sus actividades en 1890.

Fuente Consultada:
Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe
Tomo I – SANTA FE – Ediciones Susamerica Santa Fe

Ley de Vagos y Malentretenidos Las Pulperias en el Virreinato

OBJETIVO DE LA LEY DE VAGOS Y MALENTRETENIDOS – PAPELETA DE CONCHABO

Ya en la épocas del Virreinato del Río de la Plata, la gente sin trabajo, que deambulaba por la ciudad mendigando o bien muchos de ellos pasando largas horas en pulperías jugando los típicos juegos criollos de la época, tomando alcohol y muchas veces terminando estos placeres lúdicos en riñas a muerte, era un verdadero problema social que también preocupó a los gobiernos post revolución de mayo. Siempre fue perseguido el vagabundeo y la llamada mendicidad ilícita, es decir, aquel «sano y vigoroso que pida limosna», castigando sobretodo a aquien portase algún tipo arma.

PULPERIA: Además de lugar de intercambio comercial, la pulpería fue un sitio privilegiado de interrelación social. En el interior de la pulpería se tocaba la guitarra, se jugaba a las cartas, se intercambiaban noticias. También era para muchos trabajadores un modo de subsistencia alternativo, ya que el pulpero, además de vendedor, muchas veces compraba los productos de trabajo rural que le ofrecían sus propios clientes.

La pulpería urbana, al menos en Buenos Aires, tiene su momento de auge entre las dos últimas décadas del siglo XVIII y las primeras tres del XIX. Posteriormente, la actividad es reemplazada por los almacenes, bares y cafés, que implican una especialización mayor de este tipo de actividad.

De esa manera, la pulpería pierde su carácter original de lugar exclusivo de encuentro e intercambio. Las fuentes indican cómo rápidamente se produce su desaparición en Buenos Aires.

En 1825 había más de 400 pulperías; en 1835 habían disminuido a menos de 100. Entre las razones de esta desaparición se halla la falta de respaldo de las autoridades.

En efecto, en 1788 el procurador general de la ciudad de Buenos Aires intentó prohibir la reunión de gentes y las audiciones de guitarra en las pulperías, para retrotraerlas a su función exclusivamente comercial.

Después de la Independencia fue la necesidad de controlar el alcoholismo y la delincuencia, como factores negativos que ayudaban a acrecentar la crónica falta de mano de obra, la justificación para limitar y desalentar esta actividad. (Fuente Consultada: Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Estilos, Obras, Biografías, Instituciones, Ciudades)

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La ley de vagos y mal entretenido, era una ley que permitía al Juez de Paz controlar los salones de bailes, de juegos y diversión, como las pulperías, para arrestar a todos los presentes que no tenían trabajo ni residencia fija. Generalmente se consideraban vagos a los gauchos que vivían de la doma y yerra y que se desplazaban de estancia en estancia, cuando algún patrón los requería para ese tipo de servicio.

El juez iba acompañado de la fuerza pública, la policía de la zona,  y pedía inicialmente la «libreta de conchabo», (para demostrar que trabajaba en una estancia) libreta que nació durante la presidencia de Rivadavia  con fines de reprimir la vagancia y sumar mano de obra para el trabajo de las tierras, que el gobierno había entregado en alquiler a particulares.  La mala fama que tenía el gaucho se debía a su extrema libertad, ya que no concebía la vida sedentaria ni trabajar años y años bajo un patrón.

El testimonio de un juez de paz constituía prueba única y suficiente para calificar de “vago”, quien era castigado con la reclusión de dos a seis años en un alejado fuerte froterizo militar para luchar contra el avance del indio. Esos controles, estaba ubicados en lugares inóspitos, sin comodidades y muchas veces casi sin comida, pues los envíos de provisiones eran esporádicos y no aseguraban la alimentación de los soldados.

PAPELETA DE CONCHABO: Durante el gobierno de Rivadavia se solicitó un empréstito en Londres, por 1.000.000 de libras, con la firma Baring Brothers. Este empréstito, considerado la primera deuda externa argentina, se solicitó para financiar obras públicas (que no se realizaron).

La operación se concretó en 1824, pero el monto recibido (en su mayor parte, en letras) quedó reducido a 560.000 libras, luego de haberse descontado los intereses por dos años, las comisiones y otros gastos. Como garantía, se hipotecaron las tierras públicas. Luego de sucesivas suspensiones del pago de los intereses y de renegociaciones, el préstamo se saldó recién en 1904.

Con respecto a las tierras -inmovilizadas en manos del Estado como garantía de la deuda pública-fueron entregadas en enfiteusis (en alquiler) a particulares, por una renta o canon anual que, además de bajo, fue difícil de recaudar. Este sistema puso a disposición de comerciantes, ganaderos y funcionarios enormes extensiones de tierras, en forma casi gratuita. Ante la falta de mano de obra para trabajar esas tierras, el gobierno insistió en la legislación que exigía, con el fin de reprimir la vagancia, portar la famosa «papeleta de conchabo». [a los fines de demostrar que trabajaba formalmente bajo un patrón]

Antes de seguir sobre la «Ley de Vagos y Malentretenidos», es bueno leer lo que explica el historiador Gustavo Gabriel Levene en su libro Breve Historia de la Argentina, sobre la función e importancia de la pulpería en el virreinato del rio de la Plata.

Pese a su pobreza, las poblaciones, perdidas en la inmensidad del territorio, vivían; y esa vida, que muchas veces pudo parecer monótona desde el punto de vista de cada vecino, resulta animada cuando se abarca el conjunto de la sociedad y se colorea todo con la perspectiva del tiempo. Acaso nada mejor para evocar estas ciudades nuestras del siglo diecisiete, que hacerlo desde el observatorio más completo entonces existente: la pulpería, cotidiana encrucijada de hombres y de cosas…

Pulpería

La pulpería vendía vino, aguardiente, tabaco, yerba, azúcar, miel, jabón y muchos otros productos que hacen más amable la jornada. Sabiendo que el comercio de entonces era casi siempre contrabando, no puede extrañar el hecho de que, además de vender las mercaderías mencionadas, la pulpería negociara también con las que los criados esclavos sustraían a sus dueños… En la pulpería venían así a encontrarse el contrabando de los amos y el robo de los criados.

El de pulpero era oficio importante y provechoso… La prueba de ello es que les estaba prohibido establecerse como pulperos a los indios, los negros y los mulatos. En el siglo XVII aparecen, como pulperos de Buenos Aires, personajes importantes y gente distinguida de la ciudad… Pero no atendían ellos mismos el negocio, que por otra parte se obtenía por público remate de la concesión, debiéndose entregar como fianza la suma, para entonces elevada, de quinientos pesos.

[…] Se jugaba en todas partes toda clase de juegos. Desde comienzos del siglo XVI se había prohibido, en España y sus colonias, la fabricación y venta de dados. Pero los dados seguían rodando y haciendo con sus seis caras la fortuna o la mina de los jugadores. Se jugaba a los naipes, a la perinola, al sacanete… Se jugaba en las carreras de caballos, las cuales tenían una curiosa particularidad: para ganar la competencia no bastaba, como ocurre hoy, la pequeña diferencia de unos centímetros; el caballo triunfador tenía que llegar a la meta con tanta ventaja que debía verse luz entre su cuerpo y el de los demás caballos. Ya había entonces fulleros con barajas cortadas y dados cargados. Y también mujeres cómplices participaban de maniobras engañosas para atraer incautos…

[…] La pasión por el juego era tan grande en la sociedad colonial, que se llegaba a menudo al extremo de perderlo todo. En un testamento de 1623, una vecina declara «que su segundo marido jugó y consumió la plata de su dote: jugó una estancia y doscientas ovejas»…

[…] La pulpería fue lugar propicio para el intercambio de supersticiones. El paisaje de selvas, de montañas o de llanuras, según las regiones, con sus elementos vivos, plantas y animales, contribuía a crearlas. El lugareño no se sentía superior a la realidad circundante, pues no la dominaba. De ahí que las supersticiones expresaran, en cierto modo, el sometimiento del hombre a la naturaleza… La humanidad no había aprendido aún a enfocar el mundo visible de acuerdo con el punto de vista racional, que vino después. Sólo imperaba la superstición.

Respecto a la Ley de Vagos y Malentretenidos, en la  Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, en una nota de la Historiadora María Victoria Camarasa explica los siguiente:

Se considera vagos y malentretenidos a aquellas personas de uno y otro sexo que:

a) no tienen renta, profesión, oficio u otro medio lícito con que vivir;
b) teniendo oficio, profesión o industria no trabajan habitualmente en ella y no se les conocen otros medios lícitos de adquirir su subsistencia, y
c) con renta, pero insuficiente para subsistir, no se dedican a alguna ocupación lícita y concurren ordinariamente de juego, pulperías o parajes sospechosos.

Aparecen así dos tipos básicos de vagancia: los desposeídos de bienes que no tienen una ocupación lícita, y los que teniéndola llevan una vida de malas costumbres.

Además de esta clasificación inicial, también se tienen en cuenta algunos agravantes de esta condición. Por ejemplo, quienes entren en alguna oficina pública o casa particular sin el permiso respectivo; o quienes se disfracen o tengan armas, ganzúas u otros instrumentos propios para ejecutar algún hurto o penetrar en las casas.

Es importante distinguir que la persecución de los gobiernos es contra lo que se considera como mendicidad «ilícita», es decir, aquellos que piden limosna siendo sanos y vigorosos. Esto se debe a que existen también licencias de mendicidad y de pedido de limosnas para aquellos de los que se haya comprobado que no tienen la capacidad de ejercer ningún trabajo.

Ya desde la Baja Edad Media, las figuras del vago y del malentretenido tienen una antigua y arraigada presencia en la tradición jurídica española. Al igual que el resto de la normativa peninsular, esta concepción pasó a América durante la época de la conquista y la colonización. De hecho, vista como «tierra prometida», se esperaba que no llegaran al Nuevo Continente personas que pudieran poner en riesgo la salud moral de los habitantes americanos, y para ello se ejercían muy fuertes controles en los pocos puertos autorizados para enviar barcos hacia América.

Haciendo hincapié en el caso argentino, uno de los primeros gobiernos en reglamentar esta situación fue el de Martín Rodríguez y su notable ministro Bernardino Rivadavia en la Buenos Aires de principios de 1820. Este gobierno, el 18 de abril de 1822, promulgó un decreto sobre vagos y malentretenidos que, en la práctica, se constituyó en un eficaz instrumento para aumentar las filas del ejército. Esto se debió a que los aprehendidos eran destinados inmediatamente al servicio militar, incluso por un término doble al prefijado en los enrolamientos voluntarios.

Actualmente, la idea de los gobiernos provinciales es darles un apercibimiento e inducirlos a que en un plazo determinado de tiempo encuentren una ocupación útil a la que dedicarse.

El trasfondo de estos controles es que el vago, el ocioso y el malentretenido son vistos como figuras que atenían contra el orden moral de la sociedad y ponen en peligro la paz y la unión del país.

En nuestra campiña bonaerense, los vagos y malentretenidos están asociados con la figura del gaucho. Al irse extendiendo la frontera, corriendo al «salvaje», se fueron ganando importantes cantidades de tierras. Junto a la extensión territorial, un caudal de leyes novedosas hizo de los gauchos una nueva fuerza capaz de servir en la milicia, al mismo tiempo que sus tierras, generalmente de poca extensión y ubicadas entre grandes latifundios, iban pasando a otros dueños.

En estos últimos años, entre los sectores más pudientes de las sociedades citadinas argentinas se ha ido extendiendo un prejuicio. Ellos se refieren a que en los campos recorren infinidad de vagos y criminales famosos, que se asilan huyendo quizá por sus crímenes en otras provincias. Para estos sectores, esos individuos desconocidos hallan seguro albergue, techo y alimento, abusando de la hospitalidad en las campañas de nuestro país. Allí encuentran carne abundante y tienen un cuero para dormir, además de un lazo y un cuchillo para procurarse medios con que satisfacer sus vicios. La pregunta que se repiten constantemente es «¿para qué han de trabajar? Nadie los persigue, nadie inquiere de dónde son, de dónde vienen, de qué se ocupan ni adonde van…».

La intención de legislar este tema se ha extendido en las diversas provincias. En algunas ya comienzan a aparecer leyes que condenan al servicio de fronteras a todos los vagos y malentretenidos, los que en día de labor se encuentren habitualmente en de juego o tabernas, los que usen cuchillos o armas blancas, los que cometan hurtos simples y los que infieran heridas leves.

Pero al no existir un marco normativo bien establecido y definitivo, es común el surgimiento de divergencias acerca de cómo tratar a los vagos y malentretenidos. Por ejemplo, en la provincia de Santa Fe el encargado de la Jefatura Política, Nicasio Oroño, pide frecuentemente a sus superiores que le expli-citen qué hombres debía considerarse como vagos, ya que en el territorio que él controla sólo existían familias que si bien no tienen propiedades y medios de vida, se debía exclusivamente a su pobreza.

Fuente Consultada:
Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, Nota de la Historiadora María Victoria Camarasa

Exportaciones de Granos en 1880 Caracteristicas Plan Agroexportador

Exportaciones de Granos en 1880
Características Plan Agroexportador

Principal objetivo económico: Producir, exportar…

A a solidez de la moneda y de la economía argentina dependía de la evolución del comercio exterior o, en otras palabras, de la capacidad nacional para exportar mucho, importar lo indispensable y capitalizarse con los saldos del intercambio. Como ya se ha dicho, la situación del mercado internacional era óptima para la incorporación de esta Argentina recién llegada. Pero en la década del ochenta el despegue de nuestro país, aunque impresionante, no alcanzó a arrojar saldos positivos. A partir de esta realidad, todo se iría deteriorando hasta llegar al estallido de 1890.

Exportaciones de Granos en 1880 Caracteristicas Plan Agroexportador

Las exportaciones argentinas, calculadas en pesos oro, fueron de casi 60 millones en 1880, y aumentaron gradualmente hasta llegar a 100 millones en 1890. Las importaciones también aumentaron, pero mucho más rápidamente: de 45 millones en 1880, a 142 millones en 1890. Salvo 1880 y 1881, todos los años siguientes arrojaron saldos negativos: en 1889 el monto fue de 74 millones de pesos oro. Esta balanza comercial deficitaria se fue cubriendo con ingresos en metálico provenientes del exterior en forma de empréstitos, o con la enajenación de ferrocarriles, tierras y otros bienes nacionales.

Se trataba, naturalmenle, de recursos de emergencia. Algunas voces prudentes, como la de Sarmiento que hablaba de «la gran deudora del sur, o la de Aristóbulo del Valle que clamaba contra las emisiones de papel sin respaldo, verdaderas falsificaciones vaticinaban sombríamente los resultados de esta política.

Sin embargo, aunque nuestro comercio exterior presentaba esta grave debilidad, las líneas tendidas en esta década eran correctas y se asentaban en una lúcida apreciación de la realidad industrial europea. Los mercados del Viejo Continente reclamaban lanas y cueros para elaborar; sus pueblos podían consumir una mayor cantidad de alimentos de mejor calidad. El descubrimiento del frío artificial hacía posible el transporte de la carne, y los crecientes tonelajes de los buques de ultramar permitían grandes cargamentos de cereales.

La Argentina tenía tierras vastas y fértiles, que se podían explotar a bajos precios, y una tradición agrícola y ganadera que incorporaba, año tras año, una mejor tecnología. Faltaban, eso sí, medios de transporte que abarataran los costos derivados del inconveniente de la lejanía de las praderas respecto de la boca de salida.

Planteadas así las cosas, es indudable que la política en materia de exportaciones seguida por el Estado en aquellos anos rué correcta. La producción primaria, sobre todo la pecuaria, recibió toda clase de apoyo, desde exenciones impositivas para promover los envíos de carne enfriada, hasta ventas de grandes extensiones de tierra a bajo precio; desde los créditos fáciles en los bancos, hasta el establecimiento de un nuevo Banco Hipotecario, que haría afluir al país ingentes capitales externos a través de la venta de sus acreditadas cédulas.

Las incipientes fuerzas productivas locales respondieron positivamente a estos estímulos, como era de prever; a fin de destacar esta saludable reacción basta recordar la incorporación de maquinaria agrícola, alambrados y molinos a las explotaciones, o la acelerada mestización del ganado.

¿Qué ocurrió, entonces, para que el desequilibrio de nuestro comercio exterior llegara, a fines de la década de 1880, a ser catastrófico? Ocurrió que los frutos de este proceso tenían necesariamente un tiempo de maduración, y en estos años todavía estaban verdes…

Las exportaciones de trigo, maíz y lino eran promisorias pero todavía insuficientes: recién habrían de maximizarse en la década siguiente y, de modo espectacular, en la que se inició en 1900. Sólo el tasajo, los cueros y las lanas podían compensar, en la década que estudiamos, las importaciones masivas: pero el tasajo estaba dejando de consumirse en sus antiguos mercados, y la lana, por su parte, vio bajar su precio en Europa. En cambio, las importaciones subían sin control.

Se centraban en bienes de consumo, especialmente alimentos y bebidas destinados a satisfacer la demanda de aquellos inmigrantes que aún conservaban sus hábitos nacionales, o en textiles. Se importaban también bienes de capital o de consumo durable, pero en porcentajes bajos.

En 1885 empiezan a incrementarse firmemente las exportaciones agrícolas y, paralelamente, las importaciones, siempre en ascenso, comienzan a variar su composición: ahora se trae material ferroviario, productos industriales y otros bienes de capital. Pero los resultados de estas incorporaciones tendrán que esperar unos años para manifestarse: por ahora sólo agravan el desequilibrio de nuestra balanza comercial.

Ningún país puede sobrevivir mucho tiempo a un déficit continuo y creciente en su intercambio. Ocho años de balance negativo en nuestro comercio exterior, disimulados con empréstitos e inflación, bastaron para conmover la vulnerable economía de 1890.

Y sin embargo, el esquema comercial de la Argentina estaba bien planteado. El país había detectado correctamente sus mercados, identificado los bienes que debía privilegiar, e incorporado las técnicas que aumentarían y mejorarían la producción. Simplemente faltó contención y disciplina para que estas acertadas líneas productivas dispusieran del tiempo necesario para robustecerse. Resultaba más fácil endeudarse y seguir importando todo lo que se les ocurriera a los consumidores…

¿Cómo pudo mantenerse durante diez años esta ficticia arquitectura? La explicación no es fácil, pero seguramente debe centrarse en la enorme fe que suscitaba el espectáculo argentino: la consolidación de sus instituciones, la explotación de sus tierras fértiles y la ocupación de las marginales, la explosiva actividad de sus habitantes, la rápida asimilación de sus inmigrantes y, sobre todo, un proceso que en ese momento era el gran vector del progreso mundial: los ferrocarriles, en los que fluía el tráfico y el comercio.

 

La Batalla de Caseros Antecedentes y Causas Fin Gobierno Rosista

Causas y Antecedentes de la Batalla de Caseros – Fin Gobierno Rosista

El 3 de febrero de 1852 en Monte Caseros el ejército de Urquiza derrotó al ejército de Rosas. Ese mismo día Rosas eleva su renuncia a la legislatura y busca refugio en un barco inglés. Es el fin de la tiranía.

Urquiza, gobernador de Entre Ríos, era de ideas netamente federales y ferviente partidario de Rosas.

Hacia 1850 el poder de Urquiza se ha robustecido y cada vez soporta menos el centralismo y las medidas despóticas del tirano.

Por otra parte el vigor del régimen rosista se ha desgastado. Como todos los movimientos dictatoriales a medida que ha logrado sus objetivos y garantiza un orden va perdiendo el entusiasmo provocado en sus comienzos.

Las provincias habían delegado en el gobernador de Buenos Aires la conducción de las relaciones internacionales. Cada año Rosas comunicaba a las provincias su renuncia al ejercicio de esta delegación y las provincias invariablemente lo confirmaban rivalizando en elogios a su persona.

En 1851, en ocasión de esta acostumbrada renuncia, Urquiza dictó un decreto retirando a Rosas las facultades de cuidar de las relaciones diplomáticas de su provincia.

El decreto establecía que la provincia de Entre Ríos atendería por sí misma las relaciones con los países extranjeros hasta la organización definitiva de la República. Es el llamado «pronunciamiento de Urquiza».

Pocos días después el gobernador de Entre Ríos dictó otro decreto por el que substituía el lema «Mueran los Salvajes Unitarios» que encabezaba todos los documentos oficiales por otro que decía «Mueran los enemigos de la organización nacional«. La ruptura con Rosas estaba consumada.

El 25 de mayo Urquiza lanzó una proclama en que expresaba su resolución de combatir por las armas la tiranía.

El día 29 firmó una alianza militar con Brasil, la Banda Oriental y Corrientes. Atacó y derrotó a Oribe que sitiaba a Montevideo.

En Diamante estableció sus campamentos y organizó el llamado Ejército Grande, con que se dispuso a avanzar sobre Buenos Aires. El ejército estaba compuesto por 24.000 hombres, incluidos 4.000 brasileños de cuerpos de línea.

El ejército marchó sin encontrar resistencias. Tampoco encontró simpatías y colaboración de los pueblos que atravesaba.

El encuentro se produjo en Caseros. Apenas se luchó pero la situación se definió categóricamente a favor de Urquiza.

De Santos Lugares Rosas envió su renuncia ese mismo día y se refugió en la casa del encargado de negocios de Inglaterra.

— Urquiza penetró con sus tropas en Buenos Aires que lo recibió con absoluta frialdad. El pueblo estaba disgustado y humillado por la presencia en el Ejército Grande de cuerpos militares brasileños.

— «Ni vencedores, ni vencidos» era el lema de Urquiza. Pero no se cumplió. Hubo venganzas y actos de barbarie por parte de los vencedores.

— Urquiza se encontró con serias dificultades. Los unitarios, sus aliados momentáneos, se creían dueños de la victoria y pretendían implantar una política centralista y porteñista.

El 27 de febrero Urquiza publicó una violenta proclama en que acusaba a los «salvajes unitarios» de reclamar la herencia de «una revolución que no les pertenecía, una victoria en la que no han tenido parte, una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron con su ambición».

— Urquiza, dada la oposición unitaria, se retiró a Palermo. Mantuvo sin dudar el sistema federal y estableció cordiales relaciones con los gobernadores resistas de las provincias.

Firmó con los gobernadores de Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe el Protocolo de Palermo por el que estas provincias delegaban en él las relaciones exteriores.

Los gobernadores de provincia fueron invitados a una reunión para convenir las bases de una organización nacional. El acuerdo se celebró en San Nicolás el 31 de mayo de 1852.

En él se establece la vigencia del Pacto Federal de 1831 y se resuelve convocar un Congreso Constituyente a reunirse en Santa Fe. Cada provincia enviará dos diputados.

Se establece también que Urquiza desempeñará provisoriamente el cargo de Director Supremo.

Todas las provincias, excepto Buenos Aires, firman el acuerdo.

Antecedentes de la Batalla de Casero

El progreso de la ganadería encontraba un obstáculo en el estancamiento técnico en que la mantenía el saladerorosista. Se hacía necesario realizar un cambio en los modos de producción —introducción de razas finas, alambrado, selección zootécnica—, con las miras puestas en el mercado europeo.

Estas reformas se imponían primeramente en el mercado lanar, contraponiendo los intereses de estos ganaderos más progresistas, por necesidad de su propia producción, a la oligarquía vacuna, quien, ligada a la industria del tasajo, seguía empeñada en mantener la estructura atrasada que había determinado el tasajo.

Pero la industria del tasajo perdía fuerza a medida que la esclavitud desaparecía de América, en tanto que la demanda de lana iba en creciente aumento como consecuencia de la expansión de la industria textil en Inglaterra.

Del mismo modo que el tasajo había desplazando al cuero, ahora la lana desplazaba al tasajo. La industrialización ganadera introducía en el seno del régimen monolítico rosista un elemento de contradicción que le impedía fijarse. Esta modificación de los modos de producción no podía dejar del tener repercusiones políticas y social les.

Caseros sería el resultado de la coincidencia de intereses entre el ala progresista de la ganadería bonaerense y los ganaderos del litoral. La oligarquía bonaerense estaba dispuesta a entrar en la nueva onda europea, pero Rosas no estaba preparado mentalmente «para seguir la nueva corriente». El hombre que había sido la expresión de un determinado momento económico del país, no podía adaptarse a la nueva situación cuando la situación expresada por él era superada por los hechos.

Por otra parte, la dictadura empezaba a resultar un gasto superfluo, había sido necesaria para afianzar a la oligarquía en el poder, pero ahora podía solo en la vitalidad inherente a la pujante fuerza económica de la ganadería. La refinada oligarquía porteña empezó a ver con desagrado los métodos brutales de Rosas porque la violencia, aunque se producía en el propio interés de la oligarquía, no podía dejar de mancharle la ropa y arrojarla a veces a situaciones ridículas y humillantes que terminaron por irritarla.

Ya Anchorena exclamaba: «Ha entrado en un camino (Rosas) en el que yo no debo seguirlo ni puedo contrariarlo». Rosas había creado una situación en la que sus amigos podían seguir gobernando sin necesidad de él. El rosismo había agotado su función histórica.

Perdido el apoyo de la oligarquía que lo había levantado, ni siquiera intentó defenderse, y dejó el poder en las mismas manos de quienes lo había recibido. No es difícil imaginar cuál sería la actitud de los más notorios rosistas, pertenecientes a la oligarquía bonaerense, con respecto al vencedor de Caseros.

Al día siguiente, Nicolás Anchorena, Perrero, Vélez Sársfield y otros miembros representativos de la «clase decente» de Buenos Aires acudieron a Palermo a abrazar a Urquiza. Alberdi cuenta:»Le oí decir a Rosas que Anchorena, al acercarse Urquiza a Buenos Aires, le dijo que si triunfaba Urquiza «no le quedaba más remedio que agarrarse a los faldones de Urquiza y correr su suerte aunque fuese al infierno» y que en seguida lo abandonó».

Es característico de la oligarquía argentina no ser fiel a sus amistades políticas, sino tan solo a sus intereses económicos más inmediatos. Rosas había servido de chivo expiatorio, y cargó con la culpa de toda la tribu. Cuanto más comprometida estaba con el rosismo, más visiblemente antirrosista sería la oligarquía después de Caseros.

Para que los Anchorena, los Torres, los Terrero, pudieran seguir en el poder era preciso que Rosas no volviera nunca: «el tirano emigró sin la tiranía«, como diría Alberdi.

EL EJÉRCITO GRANDE ATRAVIESA EL PARANÁ: EL RELATO DE SARNIENTO.

«El sol de ayer ha iluminado uno de los espectáculos más grandiosos que la naturaleza y los hombres pueden ofrecer: el pasaje de un gran río por un grande ejército.

Las alturas de Punta Gorda ocupan un lugar prominente en la historia de los pueblos argentinos. De este punto han partido las más grandes oleadas políticas que los han agitado. De aquí partió el general Ramírez, de aquí el general Lavalle defendiendo principios políticos distintos. De aquí se lanza ahora el general Urquiza al grito de Regeneración de poblaciones en masa, y ayudado de naciones que piden paz y seguridad.

La Villa del Diamante ocupa uno de los sitios más bellos del mundo. Desde sus alturas, escalonadas en planos ascendentes, la vista domina un vasto panorama: masas ingentes de las plácidas aguas del Paraná, planicies inconmensurables en las vecinas islas, y en el lejano horizonte brazos del Río y la costa firme de Santa Fe, punto de partida de la gran cruzada de los pueblos argentinos.

Animaban la escena del paso de las divisiones de vanguardia la presencia de los vapores de la escuadra brasilera, y la llegada de las balsas correntinas, […] capaces de contener, en su recinto circundado de una estacada, cien caballos.

Al amanecer del día 23 todo era animación y movimiento en las alturas del Diamante, en la Playa, en los buques y en ias aguas.

En los países poco conocedores de nuestras costumbres, el juicio se resiste a concebir cómo cinco mil hombres, conduciendo diez mil caballos, atravesaron a nado en un solo día el Uruguay, en una extensión de más de una milla de ancho, y sobre una profundidad que da paso a vapores y buques de calado.

Esta vez el auxilio del vapor hacía innecesarios esfuerzos tan prodigiosos. Embarcaciones menores pasaban de una a otra orilla los batallones de infantería en grupos pintorescos que matizaban de vivísimo rojo la superficie brillante de las aguas.

El vapor D. Pedro, de ligerísi-mas dimensiones, remolcaba las balsas cargadas de caballos, pero aún no satisfecha la actividad del General en Jefe con estos medios, centenares de nadadores dirigían el paso de tropas de caballos, cuyas cabezas se diseñaban apenas, como pequeños puntos negros que interrumpían en líneas transversales la tersura del río.

Por horas enteras veíase algún nadador, luchando con un solo caballo, obstinado en volver atrás a la mitad del canal, mientras que el espectador se reposaba de la fatiga, que causa el espectáculo de tan prodigiosos esfuerzos, al divisar en la opuesta orilla los caballos que tomaban tierra, los batallones que desplegaban al sol sus tiendas, y allá en el horizonte los rojos escuadrones de caballería, que desde temprano avanzaban perdiéndose de vista en la verde llanura de las islas. […].

En medio de la variada escena del paso del Paraná descubrióse al Sud el humo de nuevos vapores que llegaban conduciendo tropas; y poco después túvose noticia que el general Mansilla había abandonado los acantonamientos de Ramallo, dejando clavados los cañones que guarnecían el Tonelero. Los entusiastas vivas de la población del Rosario saludaron a su paso a nuestros auxiliares, y varios oficiales del desconcertado Ejército de Rosas, obtuvieron pasaje en los vapores para reunirse a nuestras fuerzas.» […].

Domingo F. Sarmiento. Campaña en el Ejército Grande.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Los primeros saladeros Politica economica de Rosas Expotacion tasajo

Los Primeros Saladeros  – Política Económica de Rosas

El auge del saladero: La consecuencia del comercio libre fue el desplazamiento de los comerciantes criollos por los ingleses. Aquellos optaron por retirarse luego de un intento de lucha a través del Consulado, y cambiaron las actividades comerciales por las ganaderas, integrándose dé ese modo a la división del trabajo mundial propugnada por Inglaterra. El saladero traerá el auge de la producción agropecuaria a partir de 1815, año en que Rosas abre su primer saladero, Las Higueritas, en Quilmes.

Primeros Saladeros

Primeros Saladeros

El saladero rosista no tendrá un carácter feudal como se lo asigna José Ingenieros —La evolución de las ideas políticas en la Argentina—, sino que constituye una etapa en el desarrollo del capitalismo argentino. Pero al mismo tiempo, y eso lo escamotean los resistas, marca el carácter dependiente, atrasado, semicolonial del capitalismo argentino! desde sus orígenes.

Con Rosas quedó establecido el sistema económico que convertiría al país en exportador de materias primas e importador de productos manufacturados, procedentes principalmente de Inglaterra, con la consiguiente dependencia que! estas relaciones implicarán, sobre todo a partir de la aparición del imperialismo, en las últimas décadas del siglo. La impotencia de la burguesía comercial para transformarse en una burguesía industrial provocó su sustitución política por la burguesía ganadera, la única clase productora, aunque de una producción subordinada al exterior.

El programa de una economía nacional, esbozado por Moreno e intentado vanamente por el grupo rivadaviano en su última época, será reemplazado en el grupo rosista por una economía estrechamente localista; los intereses del país serán desde entonces los intereses de la provincia de Buenos Aires, y los intereses de la provincia de Buenos Aires los intereses de la clase ganadera bonaerense. La rápida riqueza que trajo el desarrollo de la ganadería provocó el total desinterés de la oligarquía porteña por fomentar un desarrollo industrial, lo que, por otra parte, la hubiera malquistado con su principal consumidor de cuero, Inglaterra.

Esta grave deformación de la economía nacional, iniciada por Rosas y los estancieros saladeristas entre los años 20 y 30, se prolongará casi hasta la tercera década del siglo siguiente. Algunos resistas —José María Rosa en Defensa y pérdida de nuestra independencia ‘económica— alegarán que la apertura de los saladeristas hacia el mercado esclavista americano —Estados Unidos, Brasil, las Antillas— permitía a los ganaderos prescindir del mercado inglés y realizar, de ese modo, una política independiente. Tal enfrentamiento en realidad no existió. Los ingleses seguían siendo consumidores de los productos ganaderos al margen del tasajo y, por otra parte, el proceso de comercialización externo seguía en sus manos.

El total desinterés de la oligarquía ganadera bonaerense por el desarrollo de una industria nacional se mostró en la defensa del librecambio que hizo en 1830 el delegado de Rosas, José María Roxas y Patrón, él también un gran estanciero, frente a la posición proteccionista del gobernador de Corrientes, Ferré.

En tal ocasión, Roxas y Patrón, haciéndose portavoz de la oligarquía ganadera bonaerense, sostuvo que la ganadería era la industria madre del país y que no era justo que el consumo nacional pagara precios elevados por un producto industrial mediante una política proteccionista. Esta tesis sería repetida en diversas épocas por los representantes de la oligarquía ganadera para oponerse a todos los intentos de industrialización del país. Le cupo a Rosas el triste honor de ser el precursor de esta doctrina antinacional.

Los rosistas, que no pueden ocultar esta posición de Rosas, hacen una artificiosa división entré el primer gobierno de Rosas, en el que éste todavía estaría representando los intereses locales, y el segundo gobierno, donde, según ellos, expresaría los intereses nacionales a través de la Ley de Aduana de 1835.

En realidad, esta ley, limitadamente proteccionista, solo estuvo en vigencia seis años; fue levantada en diciembre de 1841, después del bloqueo francés. Había sido impuesta, en contra de la voluntad del grupo rosista, por la enorme presión de las provincias y de los pequeños industriales y artesanos de Buenos Aires.

PRIMEROS SALADEROS DE ARGENTINA: El primer establecimiento saladero de Buenos Aires fue creado en 1810 por los ingleses Roberto Staples y Juan Me Neile. En 1812, trabajaban en él cerca de sesenta hombres. En 1815, la sociedad formada por Juan Manuel de Rosas, Juan Terrero y Luis Dorrego estableció en Quilmes (provincia de Buenos Aires) el famoso saladero Las Higueritas. Posteriormente se instalaron otros en las orillas del Riachuelo. La actividad de los saladeros permitió el aprovechamiento integral del vacuno y la producción de carne para la exportación, y contribuyó a valorar la ganadería. El tasajo se exportaba a Cuba y Brasil para el consumo de los esclavos.

En 1821, la eliminación de los derechos de exportación de la carne salada transportada en buques nacionales favoreció ampliamente al sector que controlaba la actividad. A fines de 1820 había más de veinte saladeros en Buenos Aires.

Los saladeros emplearon trabajadores asalariados que tenían a su cargo una etapa de la producción. Luego de enlazar y matar a los animales elegidos, se les sacaba el cuero y se trozaba su carne en tiras. Éstas se apilaban con abundante sal entre capa y capa. Cada diez días se asoleaba la carne y se la apilaba nuevamente. Al cabo de cuarenta o cincuenta días el producto estaba listo.

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Historia Argentina de Luchilo-Romano-Paz
Historia 3 Historia de una Nación Miretzky y Otros

Rivadavia y la oligarquia Formacion de la clase oligarca porteña

Rivadavia y la oligarquía-Formación de la clase oligarca porteña

La oligarquía se hace federal: En tanto Rivadavia representaba los intereses locales de la provincias de Bs.As., la oligarquía porteña fue unitaria. Cuando con el Congreso Constituyente de 1826 Rivadavia decide la organización nacional, la división de la provincia de Buenos Aires y la capitalización de la ciudad de Buenos Aires, la oligarquía bonaerense se hace furiosamente antirrivadaviana. ¡No era para menos!.

La nacionalización de Buenos Aires implicaba la nacionalización del puerto y de los derechos aduaneros, privilegios hasta entonces de la oligarquía porteña. «En realidad —explica Mirón Burgin—, la federalización de la ciudad de Buenos Aires era para la provincia la pérdida, primero, de una parte considerable de su territorio (comercialmente la más importante); segundo, de un cincuenta por ciento de la población y una proporción mayor de sus riquezas, y tercero, de casi todos sus ingresos». Como comenta Enrique Barba: «A Anchorena más que interesarle el problema de la Capital, le preocupaba el problema del Capital».

La oligarquía porteña comprendió que la política nacional de Rivadavia la despojaba de sus privilegios locales, ya que no podía disponer a su arbitrio de la tierra pública ni vender libremente sus productos a los ingleses ni mantener el monopolio de la Aduana. La ruptura con Rivadavia era inevitable. A partir de entonces adheriría al partido federal, capitaneado por Dorrego.

Sin embargo, los antecedentes políticos de la oligarquía estaban en una línea opuesta a la de Dorrego: venían del saavedrismo, pasaron luego al régimen directorial y, por último, al unitarismo. Dorrego, en cambio, procedía del morenismo, había sido antidirectorial, y admitía como antecedente directo a Artigas, en quien la burguesía porteña había centrado todos sus odios. Esa especie de Robín Hood de las pampas había tenido la osadía de promulgar una reforma agraria en la que se repartía la tierra entre los gauchos.

La inusitada adhesión de la oligarquía porteña, rabiosamente antiartiguista, al federalismo, fue observada por López: «Algunos de sus nombres servirían para que se juzgue de los elementos de acción que en su nueva forma había recibido el partido federal; partido que por su denominación al menos se ligaba a la insurrección litoral de los artiguistas, a quienes éstos habían combatido a muerte, rechazándolos antes como bárbaros, y adoptando ahora sus principios como necesarios y útiles a la provincia de Buenos Aires: García Zuñiga, Arana, Aguirre, Cavia, Rojas, Anchorena, Masa, Rosas, Ezcurra, Arguibel, Moreno, Balcarce, Escalada, Medrano, Obligado, Perdriel, Wright, Del Pino, Echevarría, Terrero, Vidal (Celestino), Izquierdo y .otros, en cuyo cómputo están todavía entroncados gran número de familias afincadas y notables de nuestro tiempo».

Pronto el grupo oligárquico desplazaría del partido federal al sector democrático apoyado en las masas populares urbanas. El federalismo democrático de Dorrego sería reemplazado por el federalismo oligárquico de Rosas, Anchorena y su pandilla.

El rosismo, expresión de la oligarquía:
La línea «populista» del rosismo intenta mostrar a Rosas como expresión de las masas populares. José María Rosa llega a hablar del «socialismo de Rosas». Los historiadores clásicos de la burguesía, en cambio, no se engañan al respecto, y nos muestran a Rosas como un típico representante de la oligarquía terrateniente bonaerense. El propio sobrino de Rosas, Lucio V., Mansilla, dirá: «En sus primeros tiempos, ser rico significaba para él todo; es un fin supremo. Todavía no ve que es un medio también. No hay antecedente que demuestre que el estanciero podrá llegar a tener gran ambición política. Despertóse esta después. En tal sentido, Rosas no se hizo; lo hicieron los sucesos, lo hicieron otros, algunos ricachones egoístas, burgueses con ínfulas señoriales, especie de aristocracia territorial que no era por cierto la gentry inglesa. Era hombre de orden, moderado, de buenas costumbres, con prestigio en el gauchaje; tras de él, estarían ellos gobernando».

Basta ver los nombres que componían la Legislatura que eligió a Rosas otorgándole las facultades extraordinarias, para tener una idea cabal del contenido de clase del gobierno rosista. Entre los legisladores estaban Nicolás y Tomás Anchorena, Aguirre, Obligado, Irigoyen, García Zuñiga, Escalada, Peña, Seguróla, Posadas.

Entre las familias que adornaban sus casas en la celebración de las fiestas federales se contaban las de Anchorena, García Zuñiga, Irigoyen, Escalada, Peralta, Elía, Azcuénaga, etc. La Sociedad Popular Restauradora estaba compuesta también por miembros prestigiosos de la oligarquía: Miguel de Riglos, Miguel de Iraola, Saturnino Unzué, Francisco Obarrio, Francisco Salas, Miguel Peralta, etc.

Pero será el propio Rosas quien en una reveladora carta del destierro nos diga que toda su acción política estuvo al servicio de los intereses económicos de los Anchorena: «Entré y seguí por ellos, y por servirlos en la vida pública.  Durante ella los serví, con notoria preferencia, en todo cuanto me pidieron y en todo cuanto me necesitaron. Estas tierras que tienen en tan grande escala, por mí se hicieron de ellas, comprándolas a precios muy moderados. Hoy valen muchos millones, las que entonces compraron por pocos miles. Podría agregar mucho más, si el asunto no me fuera tan desagradable y el tiempo tan corto».

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ley de Enfiteusis de Rivadavia Reparto de la Tierra Publica Objetivo

Ley de Enfiteusis de Rivadavia – Reparto de la Tierra Pública

La ley de Enfiteusis y el reparto de tierras públicas:
En 1822 Rivadavia dictó la ley llamada de Enfiteusis, que fue aprobada el 18 de agosto por la Junta deRepresentantes, entre cuyos miembros se contaban, como siempre desde su creación, los Anchorena y los apellidos más prominentes de la oligarquía.

Teóricamente la ley se proponía una distribución racional de la tierra, una diversificación de la producción rural, fomentando la agricultura y la creación de una nueva clase media de colonos que enfrentara a la oligarquía terrateniente.

Pero al ser llevada a la práctica esta ley produjo su propia negación: no fueron los inmigrantes labriegos, con los que soñaba utópicamente Rivadavia, quienes se repartían la tierra, sino precisamente la gran oligarquía terrateniente y hacendada, que ya tenía tierras desde la época de la colonia y que no hizo sino extender sus posesiones.

Basta leer las listas de enfiteutas para comprobarlo. «La mayoría de los nombres de los enfiteutas —dice Jacinto Oddone— son bien conocidos. Los oímos pronunciar todos los días.

En cualquier momento los podemos leer en la crónica social de los grandes diarios de la Capital Federal y de las ciudades y pueblos de campaña. Los llevan los personajes más encumbrados de nuestro gran mundo y muchos directores de la política nacional y provincial.

Sin embargo, es seguro ¿que por más previsores que hayan sido aquellosenfiteutas, han de haber estado lejos de sospechar que la tierra pública que el gobierno concedía en el año 1822, de valor ínfimo, casi nulo, convertiría en millonarios a sus descendientes de tercera o cuarta generación, haciéndolos dueños del suelo de la provincia».

En la lista de enfiteutas figuran los siguientes apellidos famosos: Aguirre, Anchorena, Alzaga, Alvear, Arana, Arroyo, Azcuénaga, Basualdo, Bernal, Bosch, Bustamante, Cabral, CascaMares, Castro, Díaz Vélez, Dorrego, Eguía, Echeverría, Escalada, Ezcurra, Gallardo, Gowland, Guerrico, Irigoyen, Lacarra, Larrea, Lastra, Lezica, Lynch, López, Miguens, Obarrio, Ocampo, Olivera, Ortiz Basualdo, Otamendi, Pacheco, Páez, Quiroga, Quirno, Rozas, Sáenz Valiente y tantos otros. Los inmigrantes que quería Rivadavia, por supuesto, no llegaron nunca a ocupar esas tierras.

Es fácil prever cómo se sabotearía el proyecto de inmigración, si observamos que la comisión para organizar la contratación de inmigrantes europeos —creada por decreto de Rivadavia del año 1824— estaba presidida por el primo de  Anchorena, Juan Pedro Aguirre, e integrada entre otros por el propio Juan Manuel de Rosas.

En 1828, la oligarquía terrateniente que domina la Legislatura consiguió  modificar la Ley de Enfiteusis para que aprovechara más aun a sus intereses. En un debate de la Legislatura llevado a cabo en enero de 1828, el general Viamonte combatió la cláusula de la ley que prohibía a los enfiteutas adquirir nuevas tierras, limitando así el derecho de propiedad.

En sesiones que van del 6 al 16 de febrero, Tomás de Anchorena sostuvo el proyecto de reforma en el sentido en que lo promulgaba Viamonte. De este modo la Ley de Enfiteusis perdía hasta su último rasgo progresista, para convertirse lisa y llanamente en el gran negociado de la burguesía terrateniente bonaerense.

Como los que resultaban favorecidos con la Ley de Enfiteusis eran los mismos que la habían votado en la Legislatura, puede decirse que comenzó con esa Ley la historia del latrocinio y el despojo de las tierras» públicas por la oligarquía porteña. Durante el gobierno de Rosas no le resultaría muy difícil a esta misma oligarquía, que seguía vinculada al gobierno, conseguir que éste les concediera la propiedad privada de las tierras que les habían sido entregadas en carácter de enfiteusis. El despojo quedaba de ese modo legalizado. En 1837 vencían los diez años de plazo otorgado a la enfiteusis: se aumentaba a partir de entonces el canon al doble.

El gobierno de Rosas, mediante un decreto del 19 de mayo de 1836, vendió 1.427 leguas —de las otorgadas en enfiteusis— a 253 adquirentes. En la nómina de los compradores se repiten los mismos nombres que en la de los enfiteutas, es decir, los tradicionales apellidos de la oligarquía porteña. Pero no solamente la oligarquía se aprovechaba de todos los privilegios que le otorgaba su participación en el gobierno, sino que, además, trataba, cuantas veces podía, de estafar al propio gobierno. En 1825 y 1826 fueron multados, entre otros, Tomás, Juan José y Nicolás Anchorena por evasión de impuestos.

La enfiteusis
La enfiteusis dejó triste saldo de su tortuosa aplicación: de 1822 a 1830. 538 propietarios en total obtuvieron por lo menos 3.026 leguas, o sea 8.656.000 hectáreas. Alcanzado este limite, la enfiteusis no convino más a los propios interesados que la votaron: son los grandes enfiteuta —los mismos que clamaban por limitaciones en las superficies acordadas cuando ellos alcanzaron límites casi infranqueables— los que ahora desean abolir el régimen. La actitud era lógica pues no convenía mantener esas enormes extensiones bajo un sistema que en definitiva reservaba las tierras al Estado: además, pese a todos los favoritismos, no se pudo evitar que se abrieran camino hacia la tierra, y su explotación directa, otros productores cuya proliferación afectaría fundamentalmente privilegios creados de antiguo.

GIBERTI, Horacio C.E.. Historia económica de la ganadería argentina

ENFITEUSIS
«Enfiteusis» es la «cesión perpetua o por largo tiempo del dominio útil de una finca mediante el pago anual de un canon al que hace la cesión, el cual conserva el dominio directo».

El ingeniero agrónomo Emilio A. Coni publicó en 1927, en la imprenta de la Universidad de Buenos Aires, La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia. Coni asegura: «No se había hecho hasta hoy un estudio serio, cronológico y documentado de la enfiteusis y su aplicación. Dos hombres solamente la habían estudiado, y superficialmente, Andrés Lamas, panegirista de Rivadavia, y Nicolás Avellaneda. Los demás autores no hicieron sino repetirlos. […] Confieso que antes de iniciar el estudio tenía ya mis dudas sobre la excelencia del sistema eufitéutico. Algunos datos aislados que había conseguido me lo hacían sospechar. Pero lo que más pesaba en mi espíritu para mantener esa duda era la opinión francamente contraria a la enfiteusis de todos los hombres de valer que actuaron después de Caseros y que habían sido testigos del sistema. Mitre, Sarmiento, Tejedor, Alberdi y Vélez Sarfield, por no citar sino a los principales, fustigaron a la enfiteusis con frases lapidarias y la calificaron de perniciosa. […] La enfiteusis rivadaviana no es de Rivadavia, sino el producto de un proceso histórico en el que participaron muchos hombres públicos, y que empieza con la hipoteca de las tierras públicas de acuerdo con el criterio de la época.

de que la mejor garantía para el crédito era la inmobiliaria. Y no pudiendo venderse la tierra hipotecada se dio en enfiteusis. Descubrí en la enfiteusis de 1826 tres gravísimos defectos, fundamentales para una ley de tierras públicas. Faltábale el máximo de extensión, lo que permitía otorgar 40 leguas cuadradas a un solo solicitante. No obligaba a poblar, de lo cual resultaba que la tierra se mantenía inculta y baldía esperando la valorización. Y la libre transmisión de la enfiteusis sólo servía, sea para acaparamientos, algunos superiores a 100 leguas cuadradas, o para el subarrendamiento expoliatorio de los infelices de la campaña por los poderosos de la ciudad.»

Ley Nacional de Enfiteusis del 18 de mayo de 1826
«Artículo 1°) Las tierras de propiedad pública… se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos, de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1° de enero de 1827.

Artículo 2°) En los primeros 10 años, el que los reciba en esta forma pagará al tesoro público la renta o canon correspondiente a un ocho por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un cuatro por ciento si son de pan llevar.

Artículo 3°) El valor de la tierra será graduado en términos equitativos por un jury de cinco propietarios de los más inmediatos…

Artículo 5°) Si la evaluación hecha por el jury fuese reclamada, o por parte del enfiteuta, o por la del fisco, resolverá definitivamente un segundo jury, compuesto del mismo modo que el primero.

Artículo 6°) La renta o canon que por el artículo 2° se establece, empezará a correr desde el día en que al enfiteuta se mande dar posesión del terreno.

Artículo 7°) El canon correspondiente al primer año se satisfacerá por mitad en los dos años siguientes.

Artículo 9°) Al vencimiento de los 10 años que se fijan en el artículo 2°, la Legislatura Nacional reglará el canon que ha de satisfacer el enfiteuta en los años siguientes sobre el nuevo valor que se graduará entonces a las tierras en la forma que la Legislatura acuerde».

PARA SABER MAS…
ESTADO Vs. IGLESIA EN ESTA ETAPA RIVADAVIANA

En el Argos de Bs.As. del sábado 19 de octubre 1822, se publicaba un comentario acerca de la discusión sobre la reforma eclesiástica propuesta por el gobierno , que había tenido lugar en la sala de Representantes:

(…) ha quedado decretada la abolición del fuero personal del clero (…) El público ha quedado prendado del celo y patriotismo con que estos señores eclesiásticos, que han atacado con calor, y con los más vivos coloridos los perjuicios que resultan a La sociedad de esta distinción que les había sido concedida; (…). La representación y el gobierno caminan con pasos de gigante, y Buenos Aires, de día en día va dando pruebas que dentro de breve presentará el modelo de una de las sociedades más bien organizadas, y a donde correrán habitantes de todas naciones a disfrutar en su seno el libre ejercicio de su industria, la abundancia y la seguridad.»

Como parte del plan orgánico concebido por el ministro Bernardino Rivadavia y su grupo, el gobierno se ocupó también de la Iglesia. La revolución de 1810 había alcanzado con su impacto a la jerarquía eclesiástica del Río de la Plata, la había separado de Roma y privado de muchas de  sus autoridades legítimas. Corno resultado de la conmoción social que la afectó, la Iglesia ofrecía un cuadro de desorden interno que acusaba problemas de todo tipo. Rivadavia se propuso poner coto al desquicio de esa situación, pero la reforma se impuso desde el gobierno  que asumió de esta manera, una potestad que subordinaba la Iglesia al poder civil.

Se inventariaron los bienes eclesiásticos, inclusive los de las órdenes religiosas; se suprimió toda autoridad eclesiástica sobre franciscanos y mercedarios, que quedaron sujetos a la del gobierno; se fijaron normas de conducta para los frailes, entre otras medidas que se arbitraron.

La iglesia dividió sus posiciones frente al avance reformista del gobierno y Francisco de Paula Castañeda, un fraile recoleto, se erigió en el más firme y vocinglero contradictor de la reforma y su alma mater. Agitó la opinión a través de una serie de periódicos de vida efímera y nombres estrafalarios que, pese a constituir una campaña de verdadero asedio, no pudieron contener la resolución del gobierno.

La ley de reforma eclesiástica se sancionó en noviembre de 1822 después de un prolongado y ardoroso debate. Por ella se dispuso la anulación del diezmo, la secularización de las órdenes monásticas; los bienes de los conventos disueltos se declararon como propiedad del Estado, a cambio de lo cual el gobierno se comprometía a proveer el presupuesto de la iglesia. Así nació, dicen algunos autores, el primer presupuesto de culto y en el predio de los monjes recoletos se estableció el cementerio del Norte o de «la Recoleta» , bajo la administración estatal.

Con el apoyo de algunos eclesiásticos comprometidos con la reforma, en Buenos Aires ésta pudo llevarse adelante. En el resto del país, una sociedad más ligada a las tradiciones hispánicas no podía comprenderla y se hizo inaplicable. El gobierno y, especialmente su ministro, se ganaron una acusación de anticlericalismo que excedió con creces las intenciones de Rivadavia. La reforma tuvo, además, un correlato político de carácter más violento, como fue la revolución encabezada por Gregorio Tagle en 1823, rápidamente sofocada.

Establecimiento de la Enfiteusis
Dos decretos del gobierno de Buenos Aires establecieron las bases del régimen de enfiteusis. El del 17 de abril de 1822 que ordenó la inamovilidad de las tierras públicas prohibiendo su venta, y el del 1- de julio del mismo año que, además de ratificar el anterior, dispuso en el artículo 2a que: «Los terrenos que expresa el artículo anterior (los fiscales) serán puestos en enfiteusis con arreglo a la minuta de ley sobre terrenos».

Como consecuencia de esto último se comenzaron a otorgar tierras en enfiteusis, pese a que no se dictó la legislación necesaria para reglamentarla. De esta forma se entregaron propiedades sin límites de extensión que en lugar de fomentar el poblamiento de la campaña favorecieron la especulación y la concentración de la tierra en pocas manos.

Después que se constituyeron las autoridades nacionales, el Congreso nacional y la presidencia de la República, fue sancionada el 18 de mayo de 1826 la ley nacional de enfiteusis. En el art. 12 establecía que las tierras «se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1e de enero de 1827».

El art. 2a que «En los primeros diez años el que la reciba en esta forma pagará al Tesoro Público la renta o canon correspondiente a un 8 por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un 4 por ciento si son de para llevar». El 39 decía que el valor de las tierras sería fijado «por un jury de propietarios de los más inmediatos…». Los art. 4° y 5° se referían al funcionamiento del jury; el 62 a la fecha en que comenzaba a correr el canon; el art. 7- concedía que «El canon correspondiente al primer año se satisfará por mitad en los dos años siguientes»; el 8a se refería a que el Gobierno fijará los períodos para pagar el canon; y el que disponía que al término de los primeros diez años la legislatura fijaría el canon según el nuevo valor de las tierras.

Esta ley tenía dos fallas fundamentales. La primera y más importante era que no establecía límites de extensión ni de cantidad de contratos a los enfiteutas. De esta manera, los más influyentes consiguieron cesiones que, en algunos casos, superaron más de 100 leguas cuadradas (Tomás de Anchorena 118, es decir, 318.581 hectáreas) en las mejores zonas de la pampa húmeda.

Otro de los errores de la ley, en perjuicio del Estado y de sus fines, era que un jury de propietarios, según el art. 3-, fijaría el valor de las tierras. Como obviamente éstos era estancieros, y también enfiteutas, indudablemente deprimirían los valores. Pero no terminaba aquí el perjuicio para el Estado. Al respecto señala Jacinto Oddone en «La burguesía terrateniente argentina»: «No paró allí la audacia de los especuladores. Hemos visto con la lectura de la ley, que los enfiteutas debían abonar un canon al Estado por el uso de la tierra. Pues bien; pocos fueron quienes lo pagaron. Y el gobierno, que había cifrado sus esperanzas en ese grupo para abonar sus gastos, mayores después del empréstito del 27 de octubre (se refiere al empréstito Baring) y la guerra con el Brasil, se encontró de repente sin tierras y sin rentas».

De acuerdo con estos resultados, la enfiteusis rivadaviana, pese a que tenía objetivos muy distintos, significó el comienzo de la formación de los grandes latifundios en la provincia de Buenos Aires, en donde están las mejores tierras del país, que fueron consolidados por Rosas al entregar en propiedad las tierras concedidas a los enfiteutas, y por los gobiernos provinciales y nacionales que le siguieron, quienes otorgaron donaciones y cedieron, por ventas a baje precio, ingentes extensiones.

Ver También: Grupo Que Acompañaba a Rivadavia

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Argentinos de Jorge Lanata

La Oligarquia en la Revolucion de Mayo Anchorena, Lezica, Escalada

La Oligarquía en la Revolución de Mayo

La oligarquía toma el poder: La Revolución de Mayo fue dirigida por intelectuales como Moreno, Belgrano y Castelli, que no pertenecían al grupo de los ricos comerciantes; formaban más bien lo que hoy se llamaría la clase media. Los ricos comerciantes, almaceneros, contrabandistas, agiotistas y especuladores de Buenos Aires, con su limitado horizonte de intereses exclusivamente personales, no podían ver de buen modo la revolución que venía a perturbar sus negocios.

semana de mayo, el cabildo porteño

De ellos nos dirá José María Ramos Mejía: «Eran ante todo comerciantes, y el comercio se aviene poco con las locuras juveniles y las improvisaciones impulsivas de la muchedumbre que venía empujándolos de atrás. Su espíritu mercantil, estimulado por la ausencia de vida intelectual, se les había ido en vicio, y cuando las exigencias del momento los obligó a actuar en la vida pública se les vio entrar con cierta parquedad recelosa, revelando la fuerte gravitación de sus costumbres seculares y la ausencia ingénita de actitudes para otras cosas que el menudo negocio, a los pechos del cual habían amamantado sus ideas».

La oligarquía fue, pues en un primer momento, desplazada por los jóvenes revolucionarios, pero esperaba la oportunidad para tomar el poder. En julio de 1812 se descubrió una conspiración de los reaccionarios encabezada por Martín de Alzaga.

La conspiración fracasó y Alzaga fue ahorcado, pero, a poco, los Anchorena, los Lezica y las principales familias de Buenos Aires, que no podían ver con buenos ojos la política progresista de la Asamblea del año 13, se fueron reuniendo, si no todavía en un partido, al menos en una agrupación anónima de opositores al gobierno, que tenía, como dice Vicente Fidel López, «su base principal en las clases antiguas del municipio, especie de aristocracia colonial que había entrado en la Revolución con un fuerte sentimiento de americanismo, pero con el ánimo de mantenerla circunscripta y prudente bajo su influjo, sin darse cuenta de los fines propios y nuevos que ella entrañaba».

Altivos y caballeros, por la tradición y por la acendrada honorabilidad de su viejo y rico hogar, los hombres que componían esa elevada burguesía conservaban en sus perfiles patricios algo del pater familias. Reaccionarios, por consiguiente, en cuanto al desarrollo político de la Revolución, miraban con profundo enojo que ella se extraviara en manos de una oligarquía joven que los humillaba por la condición de sus talentos y que monopolizaba el poder político en nombre de ideas y de intereses abiertamente contrarios al influjo personal y colectivo de sus antecedentes».

Pero la situación internacional se volvería a partir de 1814 favorable para los viejos pelucones de Buenos Aires. Una ola de reacción inundaba el mundo entero.

Napoleón había sido derrotado. En toda Europa se restauraba el régimen monárquico. Fernando VII volvía a ocupar el trono de España. Esta situación europea no podía dejar de reflejarse en América, donde la reacción desplazaba por completo al poder ya bastante diezmado del grupo jacobino.

A la revolucionaria Asamblea del año  13 sucederá el reaccionario Directorio y la Junta de Observación, integrada por los miembros de la más rancia oligarquía, los Anchorena en primer término. Ahora los Moreno, los Castelli, los Monteagudo desaparecían de la escena política y volvían los viejos pelucones, dispuestos a vengar los agravios.

Había pasado la época romántica de la revolución, donde ellos, ni por los intereses que representaban ni por sus aptitudes personales, podían jugar ningún papel preponderante. Ahora, en el momento del reflujo revolucionario, les llegaba su turno. Alberdi explica con su habitual agudeza este cambio de hombres: «El tiempo y el trabajo que emplearon para crear la nación lo perdieron para hacer su fortuna propia y personal; al revés de otros, que emplearon el tiempo y trabajo que no dieron al país en hacerse ricos».

Cuando acabó la guerra y estuvo hecha la independencia de la patria, los hombres capaces de ideas generales se encontraron sin el poder que da la fortuna; y los que se encontraron ricos y poderosos no tenían ideas generales ni más capacidad que la de comprender y conducir cosas y negocios de un gobierno de provincia».

Entre estos últimos se encontraría Juan Manuel de Rosas, retraído en las tareas rurales que lo enriquecían en tanto los jóvenes de su generación sacrificaban su fortuna, su vida por la causa de la emancipación.

La Honorable Junta de Representantes:
Parlamento de la oligarquía
:
A partir de 1820, fecha clave de la historia argentina, el Cabildo sería sustituido por una Honorable Junta de Representantes, que luego sería llamada Sala de Representantes o, más comúnmente, la Sala. Algunos historiadores consideran a esta Junta como el origen del gobierno representativo y la democracia argentina.

Ricardo Levene la llama «institución típica del gobierno representativo federal». La verdad es que se trataba de una institución típicamente oligárquica, surgida de elecciones restringidas, por medio de la cual la oligarquía terrateniente y hacendada porteña controlaba el poder. Basta para probar el contenido oligárquico de esta Junta, ver en qué forma fueron elegidos sus miembros. En una ciudad que contaba en esos años con 98.000 habitantes, solo votaron 128 ciudadanos, elegidos por supuesto entre los más ricos, a los que en el folklore local se conocía con el nombre de los «Viejos».

De esa elección saldrían elegidos legisladores de nombres muy representativos, entre los que se contaban los principales apellidos que constituirían durante más de un siglo las grandes familias; Anchorena, Lezica, Aguirre, Oliden, Obligado, Escalada. Bastaba con el voto de parientes y amigos para poder ser elegido. Tomás Anchorena, por ejemplo, fue elegido por el reducido margen de solo diez votos. Estas t gras cifras dejan al descubierto falacia de quienes siguen hablan de la representatividad de la Junta.

De todos modos, la oligarquía teñía sus excusas. Así, cuando alguien do nuncio que de una ciudad de 90.000 habitantes solo habían votado menos de doscientos, se le respondió quo esos doscientos eran la parte más sensata de la población: la sensatez; por supuesto, implicaba la posesión de las mayores riquezas.

Esta primera Sala de Representantes sería un factor de nucleamiento del nuevo grupo político destinado a gobernar en los próximos treinta años, teniendo como único objetivo los intereses de la ciudad de Buenos Aires y la defensa de sus privilegios aduaneros. Muchos de sus miembros pasarían a formar parte del unitarismo en el momento en que Rivadavia estaba en auge, para convertirse pronto en sus tenaces enemigos y pasar a formar parte del federalismo porteño o rosismo, que sería el partido que mejor los representaría, como que su máximo líder, Juan Manuel de Rosas, era, como todos ellos, un rico hacendado.

El «17 de octubre» del siglo XIX
En ese mismo año 20, la oligarquía porteña pasa por la más grave crisis sufrida en todo el siglo XIX. Cuando el gobernador Sarratea firmo con los caudillos López y Ramírez el Tratado del Pilar, volvió a la ciudad acompañado por estos y numerosa escolta de hombres desaliñados, vestidos de bombachas y ponchos, sin que pudiera distinguirse quiénes eran jefes y quiénes soldados.

Toda esa chusma ató los redomones en las verjas de la Pirámide y subió al Cabildo de Mayo, donde se les había preparado un refresco de brebaje en festejo de la paz. Fácil es conjeturar la indignación y la ira del vecindario al verse reducido a soportar tamañas vergüenzas y humillaciones».» Todas las grandes familias de la oligarquía porteña, desde los balcones con rejas de sus casas, vieron llegar a la Plaza de la Victoria a esas masas gauchescas con e! mismo estupor con que ciento veinte años después sus nietos verían llegar a los obreros el 17 de octubre de 1945.

Vicente Fidel López, coherente defensor de su clase, describiendo aquella escena reflexiona amargamente sobre los inconvenientes de la democracia. «Se esperaba por unos momentos un saqueo a mano armada de cinco mil bárbaros desnudos, hambrientos, excitados por las pasiones bestiales que en esos casos empujaban los instintos destructores de la fiera humana, que, como «multitud inorgánica», es la más insaciable de las fieras conocidas: cosas que debe tener presente la juventud expuesta por exceso de liberalismo a creer en la excelencia de las teorías democráticas que engendran las teorías subversivas del socialismo y del anarquismo contra las garantías del orden social».

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ganaderos en el Virreinato del Rio de la Plata Criadores Invernadores

Ganaderos en el Virreinato del Río de la Plata
Criadores e Invernadores

Los comerciantes se convierten en ganaderos
Con el permiso acordado por el virrey al comercio inglés en 1809, comenzó la rápida e inexorable ruina de los comerciantes porteños. La falta de iniciativa de un comercio cómodamente protegido por el monopolio, pasivo, limitado como hemos visto al papel de mero intermediario de Cádiz, no era condición adecuada para enfrentar al pujante comercio inglés que avasallaba todo, con la ventaja de su mayor experiencia y vinculaciones comerciales, su abundancia de capital comercial, la protección de su país y la introducción de métodos más modernos y eficientes, y también, de algún modo, un nuevo espíritu de aventura pionera, de la que carecían los apoltronados burgueses locales.

De ese modo el poder económico pasó directamente del monopolio español a monopolio inglés, de Cádiz a Liverpool, sin pasar por las manos de los comerciantes criollos. Las actas de Consulado de los años posteriores a la Revolución de Mayo están llenas de las amargas quejas de los comerciantes por esta situación.

Barcos ingleses llegan a Bs.As.

En septiembre de 1814, uno de los más poderosos comerciantes, Juan José Anchorena, habló en el Consulado del que formaba parte sobre la ruina del comercio porteño, como consecuencia de las actividades de los comerciantes ingleses, que manejaban hasta la moneda y el crédito. En esta ocasión Anchorena hizo una defensa apasionada del proteccionismo.

En intento de salida para esta grave situación por la que pasaban los comerciantes porteños se hizo en agosto de 1817, cuando miembros del Consulado —Juan José Anchorena y Ambrosio Lezica, entre otros— integraron una comisión para estudiar un proyecto de Pueyrredón sobre la creación de una Compañía Comercial que, protegida por el gobierno, ejerciera el comercio en todas sus posibilidades.

Esta compañía estaría formada corporativamente por los comerciantes porteños y dominada por os más importantes. Pero el proyecto no pasó nunca de tal, porque los comerciantes locales carecían de una verdadera fuerza como para poder luchar con eficacia frente a un enemigo mucho más poderoso.

El comercio porteño fue meramente pasivo, no se basaba en la producción nacional, y por lo tanto dependía de Inglaterra. El Consulado, defensor de los intereses de los comerciantes criollos, fue perdiendo poco a poco su importancia en la vida económica del país hasta desaparecer del todo. Los comerciantes porteños, conscientes de su impotencia, trataron de salvarse de la catástrofe adecuándose a las nuevas circunstancias.

Algunos —como Braulio Costa, los Aguirre, Félix Castro— se resignaron a subordinarse a los comerciantes ingleses en el papel de socios menores; otros, como los Anchorena, se transformaron en terratenientes y hacendados. Se adecuaban de ese modo a los intereses de Inglaterra y sellaban por largos años el destino del país, limitado a importar materias manufacturadas y exportar productos agrarios.

De la ruina de los comerciantes surgidos del monopolio español surgirá la nueva burguesía terrateniente y ganadera que comenzaba su carrera triunfal alrededor de 1820, se afianzaría con el gobierno de Rosas y llegaría hasta nuestro siglo dirigiendo los destinos económicos del país.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Los Comerciantes Porteños Durante el Monopolio Español Contrabando

Los Comerciantes Porteños Durante el Monopolio Español

Los privilegios del monopolio: El enorme acrecentamiento de la fortuna de estos comerciantes y sus hijos en el Río de la Plata tuvo como causa los privilegios que les otorgaba el monopolio comercial de España.

La mayoría de estas ricas familias —Anchorena, Alzaga, Lezica, Santa Coloma, Gainza, Ugarte, Martínez de Hoz, Ezcurra, Agüero y otros— pertenecían a un grupo económico muy definido, al que se ha dado en llamar el de los «registreros». Más que introductores directos de mercancías, eran consignatarios, comisionistas, apoderados, agentes, intermediarios de los comerciantes monopolistas de Cádiz, de acuerdo a las concesiones de comercio otorgadas en 1778.

La mayoría de los «registreros» eran parientes de los comerciantes españoles, y aun cuando no existiera ese lazo familiar la dependencia era muy estrecha. Como observa Halperin Dongui, «basta hojear la correspondencia de Anchorena para advertir hasta qué punto su papel se reducía al de un intermediario entre la península y el hinterland cada vez más amplio de Buenos Aires; ese papel pudo cumplirse mediante unas cuantas operaciones rutinarias, de cuyo ejercicio no se apartaba quien sin embargo logrará formar el más rico linaje de la Argentina independiente»

La fortuna de los «registreros» se contaba entre las más grandes de los habitantes de la Colonia. Concorde con su fortuna era su influencia política; ocupaban los más altos cargos: alcaldes o síndicos.

monopilo español en america

Los «registreros» eran beneficiarios directos del monopolio comercial ejercido por España, y consecuentemente lo defenderán hasta el último momento. Cuando un grupo de comerciantes, representados por Belgrano y Castelli, piden la libertad de comercio, los «registreros», con Martín Alzaga a la cabeza, se oponen sistemáticamente.

Los apologistas del período hispánico alegarán que la defensa del monopolio comercial español era la posición correcta, pues constituía una defensa contra la introducción del imperialismo mercantil inglés. Pero la realidad es que ni nuestra demasiado rudimentaria artesanía ni la atrasada economía española estaban capacitadas para abastecer suficientemente a las colonias, haciendo de ese modo necesario el contrabando.

Precisamente si los «registreros» defendían con tanto afán el monopolio es porque, además de obtener ventajas de él, también se beneficiaban con el contrabando que todos ellos ejercían desembozadamente. «Contrabando y monopolio se complementaban —dice Rodolfo Puiggrós—. Sin monopolio no podía haber contrabando y viceversa.

Barcos extranjeros en las costas porteñas

Barcos extranjeros en las costas porteñas

El capital comercial sacaba provecho de los dos. La contradicción entre monopolio y contrabando se resolvía dentro de los intereses generales del capital comercial, que abordaba a ambos».

La burguesía porteña llegó, de ese modo, a ser muy conocida por su afición al contrabando en todos los centros comerciales de Europa, donde se la designaba con el nombre de «la pandilla del barranco«.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Transformacion social de las clases porteñas La Aristocracia Porteña

Transformación social de las clases porteñas

¿Aristocracia o burguesía?: Esta ascensión social de estantes a vecinos, de modestos pulperos a miembros del Cabildo, es por supuesto celosamente ocultada por los descendientes de aquellos self made men hispánicos, quienes, con un muy discutible criterio, consideran que un origen más honorable que una pulpería o un tendejón es un hecho de armas o aun la condición de halconero o fiel servidor del rey, recompensada por un título de nobleza.

oligarquia argentina

Los apologistas de la aristocracia española, por su parte, ven con disgusto este aburguesamiento de la sociedad colonial.

Este prejuicio contra la burguesía se da aun en un escritor conocido por sus inclinaciones populistas.

Dice José María Rosa: «Esta aparente igualdad política entre vecinos y estantes produce una desigualdad. Al advenir una clase dominante por el dinero, Buenos Aires no será gobernada por patricios, que encuentran en los fundadores y primeros pobladores su tronco originario, sino pornoviles —nuevos— que poseen el dinero y adquieren los rangos principales en la sociedad. Se forma una oligarquía mercantil, de oscuro origen, como clase privilegiada, mucho más exclusiva que la otra: la gente principal o de posibles, también llamada «sana del vecindario» o gente decente. Enriquecidos por el comercio ilícito o allegados a él, tendrán la hegemonía social».

La mayor parte de las grandes familias de la oligarquía argentina descienden solo en una mínima parte de los primitivos pobladores, y sí, en cambio, de esa burguesía mercantil de origen plebeyo.

Resultan, por lo tanto, una falsedad histórica los nostálgicos lamentos de algunos representantes de la oligarquía en nuestros días, cuando se quejan por el aburguesamiento de la supuesta aristocracia argentina.

Silvina Bullrich, por ejemplo, dice: «En nuestros días ocurre un fenómeno curioso: los burgueses descienden de los aristócratas; caminamos al revés, como los cangrejos».

En realidad, no existe tal aburguesamiento de la aristocracia argentina, por la sencilla razón de que la supuesta «aristocracia» fue burguesa desde su mismo origen. Tenderos fueron Juan Esteban Anchorena y sus hijos, Sebastián Lezica, Miguel Rigios, José Ortiz Basualdo, Jaime Llavallol, Mariano Losano, Ladislao Martínez, Benito Gándara, José Julián Arrióla, Tomás Gowland, Lucas González, Jorge Lamarca, José Borbón y tantos otros de quienes descienden las más representativas familias de la oligarquía argentina.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La Vida de la Oligarquia Argentina Diversion de la Oligarquia Porteña

La Vida de la Oligarquía Argentina – Oligarquía Porteña

La «dolce vita» en el siglo XIX: Las diversiones de ia época, aun para las clases más altas de la sociedad, eran muy reducidas y modestas. Los hombres, después de dormir una siesta de dos o tres horas, iban al Café de Marcos o de los Catalanes a jugar a las cartas, al billar o a conversar de política. Recién a comienzos del nuevo siglo, con la influencia de los ingleses, comenzaron a ponerse de moda los deportes. Las mujeres, por su parte, después de dormir la siesta se dedicaban a hacer «tiendas».

En los negocios que frecuentaban eran recibidas por los dependientes —generalmente jóvenes también de clase alta—, quienes les ofrecían asiento y las convidaban con mate, compartiendo una amable conversación durante largo rato, mientras se revisaba la mercadería. Cuando no se salía de compras se hacían visitas de poca etiqueta a parientes y amigos.

Estas visitas eran anunciadas previamente por la mañana por medio de la «criada de razón». Casi todas las noches se realizaban tertulias, que eran el equivalente de la soirée francesa o de la conversazione italiana.

La mayoría do esas tertulias tenían su elenco estable de tertulianos, que concurrían todas las noches al mismo salón, siendo las únicas novedades los extranjeros de paso. Aunque muchos acostumbraban también asistir durante la misma noche a varias tertulias.

Además de la conversación, !as magras diversiones de esas tertulias eran complementadas por la música —piano, guitarra y canto—, ejecutada por las señoritas. Toda joven bien educada estaba obligada a saber tocar el piano.

Con frecuencia también se bailaba la contradanza española, el minué y, más tarde, el vals. Después de servirse un refrigerio, consistente en mate o chocolate, los visitantes se retiraban hacia la medianoche.

Las tertulias más importantes se realizaban en las casas de Escalada Riglos, Alvear, Oromí, Soler, Barquín, Sarratea, Balbastro, Rondeau, Rubio, Casamayor. Pero la más prestigiosa de esas tertulias era la celebrada en la casa de Mariquita Sánchez, de la que ya hablamos. ‘El otro entretenimiento de que disponían las altas clases en el Buenos Aires aldeano era el teatro.

Por muchos años no existió otro que el Argentino, frente a la iglesia de la Merced, hasta que en 1833 se edificó el teatro de la Victoria. Alrededor de la platea, a la cual no concurría ninguna señora, se encontraban los palcos. Los palcos altos eran más caros que los bajos, aunque los concurrentes a unos y otros pertenecían indistintamente a la misma clase social, la alta burguesía.

La diferencia estaba en que en los palcos bajos se podía aparecer en trajes más sencillos. Los palcos altos, en cambio, debían ser una verdadera vidriera de elegancia. La cazuela, comúnmente llamada el gallinero, era exclusiva para mujeres solas.

Allí concurrían mujeres de extracción social más modesta, mezclándose con algunas mujeres, de la clase alta, que iban allí, alguna vez, cuando no tenían compañía masculina o no querían arreglarse para mostrarse en un palco. La cazuela era, sobre todo, preferida por las jóvenes, que se encontraban allí con sus amigas para mantener conversaciones lejos de la tutela familiar.

La diversión preferida del verano era el baño nocturno en el río.  El 8 de diciembre —día de la Inmaculada Concepción— se inauguraba la temporada de baños. La playa porteña se extendía entre el bajo de las Catalinas. —actual calle Viamonte— y la bajada de los Dominicos —actual calle Bel-grano—. Pero pronto las damas de la élite comenzaron a abandonar esas zonas, demasiado populares por su cercanía a la ciudad, para irse más al norte o más al sur, a los lugares de la costa donde comenzaron a instalar sus residencias veraniegos. A nadie se le hubiera ocurrido ir al río antes que cayera el sol.

Hombres y mujeres esperaban que se hiciera de noche, sentados en el césped; a veces se cenaba allí mismo. Las jóvenes se paseaban en grupo del brazo, por la orilla del río, como años más tarde lo harían sus descendientes en la rambla de Mar del Plata.

Para la preparación del baño se extendía, sobre el pasto o las piedras, una alfombra o estera y se encendía un farolito. El concepto del pudor que existía en esos baños era tal que los hombres no se bañaban junto a las mujeres, ni los padres junto a los hijos.

Por el tiempo de Rosas comenzaron a ponerse de moda, entre los jóvenes de ambos sexos, las cabalgatas nocturnas. Salían en las noches de luna en grupos de veinte o treinta personas. Las jóvenes solteras podían asistir acompañadas de sus hermanos o de sus madres. Todavía no se había impuesto el traje de amazona para las mujeres, y estas cabalgaban en traje de entrecasa, pero con el infaltable peinetón.

Recorrían lentamente la ciudad hasta desembocar en la calle Larga de Barracas —los paseos se hacían generalmente hacia el sur—, donde comenzaban a galopar. Las jóvenes cabalgaban haciendo pareja con sus galanes, y todos cantaban en coro.

Manuel Calvez dice de estas pintorescas cabalgatas: «En las noches de luna totalmente llena, cuando la ancha calle se vestía con una blancura espectral, esas canciones pausadas, lentas y dolorosas, estilos o tristes, entonadas al lento paso de las cabalgaduras, cobraban un poético y misterioso encanto. Y para quienes veían la cabalgata y no carecían de sensibilidad, alcanzaba el espectáculo una extraña belleza». No existían todavía la calle Florida ni Palermo como lugares de cita obligada de la gente «distinguida».

El paseo público donde las grandes familias se encontraban era entonces la Alameda, avenida bordeada de ombúes, que corría a lo largo de la actual avenida Leandro Alem, a la altura de la calle Cangallo. La «vuelta del perro» en la Alameda se daba exclusivamente los domingos por la tarde; los restantes días de la semana el paseo quedaba casi desierto.

Nuevas diversiones
El empleo del tiempo libre en actividades banales está sujeto en la oligarquía a un complicado ritual, que tiene por objetivo la ostentación de riquezas. Hemos visto que este ritual hasta mediados del siglo XIX era sumamente simple. El apogeo económico de fines de siglo trajo un cambio en las costumbres, y el ritual se organizó en forma más pomposa. La vuelta del perro por la plaza de la Victoria o por la Alameda fue sustituida por la calle Florida.

Las cabalgatas por la calle Larga hacia los pueblos del sur fueron sustituidas por los paseos a la Recoleta o a las barrancas de Belgrano. Pero el número principal de este programa era el «corso» de Palermo, las tardes de los jueves y domingos. Cuatro filas de coches, tirados por animales de raza, iban y venían en un tramo de tres cuadras por la actual avenida Sarmiento, intercambiando en cada vuelta la ubicación para que todos pudieran cruzarse inevitablemente con todos. La ceremonia tenía sus reglas fijas: en la primera vuelta se saludaban, en las siguientes se fingía no verse y en la última se hacía el saludo de despedida.

Los «niños bien», por su parte, hacían ostentación de la inmunidad de que gozaban por la posición de sus padres, dándole una paliza a algún pobre sereno o provocando escándalos nocturnos en los teatros de variedades, en los cafés concerts, en lo de Hansen.

La «indiada» del 90 se transformó en la «patota» del 900, más refinada y elegante, pues había pasado por Europa dejando sus medidas a los sastres más famosos de París y de Londres. Eran los precursores del «muchacho distinguido» de los años locos que «tiraba manteca al techo» en los cabarets de París, y del play boyde la segunda posguerra. Las confiterías de moda fueron, sucesivamente, la del Gas, en Rivadavia y Esmeralda, y La Perfección, en la calle Corrientes.

Años más tarde, cuando comienza el auge del Barrio Norte, surgen el Águila, de Callao y Santa Fe, y la París, de Charcas y Talcahuano, único lugar, este último, en que era «decente» mostrarse los sábados, además de dos o tres cines, llamados de «familia», que quedaban por la calle Santa Fe.

En la belle epoque comienza también la moda de los viajes a Europa, es decir a París. Y allí, veraneando enDeauville, la oligarquía concibe por primera vez la idea de crear una ciudad balnearia cerca de Buenos Aires. Surge así Mar del Plata, y en 1887 se inaugura el Bristol Hotel, que constituirá uno de los más importantes lugares de reunión de la oligarquía en aquellos años.

Los bailes del Bristol llegaron a ser tan famosos en el mundo entero que una noche, en París, la bella Otero le dijo a Benito Villanueva: «No moriré sin bailar un cotillón en Mar del Plata«. Por los años veinte, con la difusión del automóvil, la oligarquía comienza a abandonar el Bristol y construye sus propias residencias en la Loma.

Por esos años, el chalet en la Loma se convirtió en un símbolo de status comparable a la residencia en el Barrio Norte de Buenos Aires, la pertenencia al Jockey Club, el palco en el teatro Colón o la bóveda en la Recoleta.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Mitre y la Oligarquia Fraude Electoral Gobierno Oligarca Historia

Mitre y la Oligarquía: Fraude Electoral Gobierno Oligarca

El nuevo líder de la oligarquía: Mitre
Las buenas relaciones entre la oligarquía bonaerense y Urquiza estaban destinadas a durar pocos meses. Siguiendo una vieja tradición, utilizó los servicios de Urquiza cuando lo necesitó, para abandonarlo en seguida cuando sus intereses empezaron a ser divergentes; ya había hecho lo mismo con Rivadavia, con Dorrego, y acababa de hacerlo con Rosas. La traición a Urquiza no ofrecía, por lo tanto, ninguna novedad.

Como en los tiempos del general Martín Rodríguez, cuando los futuros rosistas se unieron a los unitarios para defender los privilegios porteños contra el ataque de los caudillos federales, ahora nuevamente los ex rosistas se unirán a los ex unitarios para defender una vez más los privilegios del puerto de Buenos Aires frente a los intentos de Urquiza por organizar la nación.

El 11 de setiembre de 1852, la oligarquía porteña, que ahora tiene un nuevo líder en Bartolomé Mitre, dio un golpe de estado aprovechando la ausencia de Urquiza y nombró gobernador al fanático porteñista Valentín Alsina. La unión de unitarios y rosistas en contra de Urquiza fue total. El propio Mitre afirmó que, dispuesto a pelear, se puso la casaca que le trajo un sobrino de Rosas, Felipe Ezcurra, y tomó la espada y las pistolas que le alcanzaba otro sobrino de Rosas, Franklin Bond.

Años después, Mitre, el gobernador, y Mitre, el presidente, se rodeará de rosistas. No podía ser de otro modo: Mitre hoy, como Rosas ayer, representaban los intereses de la oligarquía terrateniente bonaerense; no había por lo tanto otro equipo político con el que trabajar. Los Anchorena, los Torres, los Obligado seguían siendo los auténticos amos de Buenos Aires, Alsina y Mitre eran tan solo sus instrumentos.

La era del fraude
Con la organización del país después de 1853, fue necesario armar pour la galeríe el aparato de las elecciones populares llenando con apariencias todos los requisitos legales. La oligarquía necesitó desde ese momento, para poder seguir manteniendo el poder, recurrir al fraude.

El fraude empezaba mucho antes de las elecciones con la inscripción de ciudadanos en los padrones. Se procuraba por todos los medios de que no se inscribieran aquellos de quienes no se tenía la seguridad de que votarían por el candidato auspiciado por el gobierno. En compensación se inscribe por la fuerza a todos los que dependen del gobierno y, como si eso fuera poco, en cada distrito electoral se agrega un número de nombres supuestos igual al de los inscriptos.

El fraude sigue el día de las elecciones impidiendo de todas formas, aun a balazos, que los opositores se acerquen a la mesa electora, en tanto que el votante oficialista vota, repetidas veces, cada vez con un nombre distinto.
El verdadero elector de la Argentina, hasta la Ley Sáenz Peña, era el  presidente de la República, que elegía gobernadores de provincias, diputados, senadores y hasta su propio sucesor.

Con la implantación de la Ley Sáenz Peña se suceden catorce años de elecciones limpias, hasta que la oligarquía, cansada de qué el juego le fuera adverso, decide voltear el tablero. Luego del golpe militar de 1930 vuelve nuevamente el régimen del fraude más escandaloso en las elecciones de Justo, primero, y de Ortiz, después.

A la caída del peronismo el país ya estaba demasiado evolucionado para el fraude, se creó entonces el sistema más elegante de las elecciones «restringidas», donde se excluye todo partido que no convenga a! mantenimiento del régimen.

El reparto de la tierra pública
El reparto de la tierra pública, el latifundismo y la creación de una oligarquía terrateniente, tres aspectos de un mismo proceso, tienen, como ya vimos, su lejano origen en la época colonial con las «mercedes de estancia» otorgadas por el rey. Se acentúa mucho después de la Revolución de Mayo y conoce sus momentos más altos con la ley de Enfiteusis de Rivadavia, con el gobierno de Rosas y después de Caseros, sobre todo con el gobierno de Roca.

En el período comprendido entre 1876 y 1893 se enajenaron 42 millones de hectáreas de tierras públicas, llegando a subastarse 400 leguas en una sola operación en Londres a $ 0,48 la hectárea.

En los comienzos del siglo XX la tierra estaba completamente repartida. E! censo nacional de 1914 indicaba la existencia de 2.958 propiedades de 5.000 a 10.000 hectáreas; 1.474 de 10.000 a 25.000, y 485 de más de 25.000 hectáreas. Entre estas últimas, aunque no lo diga el Censo, existían algunas cuyas superficies pasaban las 100.000 hectáreas.

En cuanto a la provincia de Buenos Aires, según datos extraídos por Jacinto Oddone de la Guía de Contribuyentes, tan solo cincuenta familias son dueñas, en conjunto, de más de cuatro millones de hectáreas, valuadas, a los efectos de su contribución, en cerca de mil millones de pesos.

Entre esas familias se cuentan los, clásicos apellidos de la oligarquía: Anchorena, Alzaga Unzué, Luro, Pereyl ra Iraola, Pradere, Guerrero, Leloir, Graciarena, Santamarina, Duggan, Pereda, Duhau, Herrera Vegas, Zuberbühler, Martínez de Hoz, Estrugamou, Díaz Vélez, Casares, Atucha, Drysdale, Cobo, Bosch, Drabble, Bunge, Pueyrredón, Ortiz Basualdo, Mulhall, Pourtalé, Llaudé, Saavedra, Deferrari, Crotto, Stegmann,Perkins,Otamendi,Aguirre, López Lecube, Taillade, Lastra, Apellanis, Alvear, Tornquist, Lyne Stivens, Fernández, Van Pennewitz, Rooth, Hale, Durañóna, Parravicini.

El general Roca, uno de los mayores entregadores de la tierra pública, informaba al Congreso que hasta 1904 el Estado había otorgado títulos de propiedad a particulares, que abarcaban 32.447.045 hectáreas.

Todas las tierras concedidas estaban ubicadas en las zonas más fértiles; las que conservaba el Estado se encontraban, en cambio, en lejanos territorios nacionales y eran, por lo tanto, de menor valor. La enorme valorización de la tierra la fortuna de los terratenientes, que la habían comprado por nada o la habían recibido como regalo de gobiernos excesivamente complacientes con sus familiares y amigos.

Para darnos una idea de la valorización, Jacinto Oddone calcula que el precio de una hectárea en 1836 era de 0,42 centavos, y en 1927 llegaba a $ 1.840 por hectárea. Un peso invertido en tierra en el año 1836 se convertía en el año 1927 en $ 4.380. En el curso de menos de cien años el valor de la tierra había aumentado el 438,000 por ciento.

En el momento actual puede decirse que el 1 % de los propietarios tiene en su poder el 70 % de la tierra explotable, en tanto que el(50 % de todo el ganado vacuno está en poder del 2,4 % de los propietarios. 11.002 propiedades, que constituyen el 1,95’% de los establecimientos de más de 2.500 hectáreas, cubren el 59,45 % de la tierra.

En la provincia de Buenos Aires tan solo 272 personas poseen casi la sexta parte de la provincia;  5 familias tienen más de un millón de ha. Pero la oligarquía latifundista consigue todavía hoy escritores que hagan la apología del latifundio.

En tanto los productos agropecuarios se cotizaron bien en el mercado mundial, el país, gobernado por la oligarquía agropecuaria, prosperó; pero cuando estos productos comienzan a perder su valor y los países exportadores de materias primas entran en crisis, la oligarquía agropecuaria, más atenta a sus propios intereses que a los de la nación, se constituye en el principal factor de estancamiento y atraso, obstaculizando por todos los medios la industrialización del país.

Por su parte, una burguesía industrial débil e incoherente y demasiado ligada a la oligarquía agropecuaria por una red de intereses o de meras ilusiones, no supo llevar una batalla a fondo contra ésta. El propio Perón, a pesar de las repetidas amenazas de llevar a cabo la reforma agraria, no se atrevió nunca a la expropiación de los latifundios. La oligarquía ganadera perdió de ese modo el poder político, pero mantuvo la principal fuente de su poder económico: las tierras.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Origen de la Oligarquia en Argentina Clases Sociales Colonial Vecinos

Origen de la Oligarquía en Argentina Clases Sociales

Entre vecinos y estantes La población de la ciudad de Buenos Aires en la época colonial se dividía en dos grandes clases, los vecinos los estantes. Los vecinos eran los descendientes de los primitivos habitantes de la ciudad, los hijos de los colonizadores, y constituían por lo tanto la clase de los patricios.

En los estantes se agrupaban los comerciantes, los profesionales, los maestros y también los artesanos y los jornaleros. Solo los vecinos podían adquirir propiedades, tener encomiendas de indios y formar parte del Cabildo como alcaldes y regidores. Durante el siglo XVII, el status de los vecinos, que eran los oligarcas del virreinato, consistía en descender de primeros, segundos, etc., conquistadores. Pero esta división en castas no estaba destinada a perdurar. La entrada de la colonia en la órbita del capitalismo comercial rompería los más rígidos estamentos sociales.

Surgía una nueva clase social, la de los comerciantes, que en poco tiempo llegaron a tener las más grandes fortunas de la ciudad. Es entonces cuando los estantes comenzaron a fusionarse con los vecinos. Ni aun en la propia época colonial Buenos Aires pudo constituir una sociedad aristocrática con una clase patricia, pese a los pujos aristocráticos de los primeros pobladores. Desde el comienzo Buenos Aires y Montevideo estaban destinadas a ser sociedades mercantiles, regidas pura y exclusivamente por la posesión del dinero.

Como dice Ricardo Rodríguez Mola, «el dinero fue el único escudo de nobleza que pueden presentar los habitantes de la ciudad colonial; los mercaderes y los estancieros, españoles o criollos, ven en él, y en el ganado que lo produce, el. fin de sus afanes: la única forma de poder entrar en el ámbito social elevado y en la política de la colonia».Enriquecidos por el comercio, el contrabando y el tráfico de esclavos, los estantes se hicieron también prestamistas: prestaban dinero a los vecinos con garantía hipotecaria sobre sus casas.

Estos préstamos eran muy frecuentes, dado el tradicional menosprecio por las actividades productivas que ostentaban los hidalgos. Mediante el préstamo de dinero y los matrimonios con las hijas de os vecinos, los estantes más afortunados se vinculaban con las viejas familias patricias y conseguían, a través de ellas, presionar sobre el Cabildo para obtener el derecho de vecindad acreditando residencia, buen concepto social y ser padres de familia. Luego, también por medio del Cabildo, conseguían mercedes de estancias, y de ese modo pasaban de a categoría inferior de comerciantes la de terratenientes, que en un principio era solo privilegio de los vecinos.

De la pulpería al Cabildo
El vertiginoso ascenso de los pulperos y comerciantes de Buenos Aires, que constituirían en pocos los la clase alta, ha sido testimoniado por los cronistas de la época, jesuita José Cardiel dice al respecto: «Todos son mercaderes, que ;á no es mengua de nobleza. Vemos varias transformaciones. Viene un grumete, calafate, marinero, albañil o carpintero de navío.
Comienza aquí a trabajar como allá (que espanta a los de la tierra, que no están a tanto), haciendo casas, barcos, carpinteando, aserrando todo el día; o metiéndose a tabernero, que aquí llamar: pulpero, o a tendero. Dentro de pocos meses .se ve que con su industria y trabajo ha juntado alguna plata: hace un viaje con yerba o géneros a Europa, a Chile o a Potosí. Ya viene hombre de fortuna: vuelve a hacer otro, y ya a ese segundo lo vemos caballero, vestido de seda y galones, espadín y pelucas, que acá hay mucha profanidad en galas. Y luego lo vemos oficial real o tesorero, alcalde o teniente de gobernación; y tal cual gobernador, aunque éstos comúnmente vienen de España, gente noble».

Otro testigo de la época, Pedro Juan Andreu, corrobora lo dicho por Cardiel: «Cualquier hombre que venga de España bien criado, y si sabe leer y escribir y contar, hará aquí caudal grande como no tenga vicios. Aquí todo hombre de caudal es mercader, y el que blasona más nobleza está todo el día con la vara de medir en la mano. El que fuera, pues, recién venido, como conocen que es bien criado, hallará paisanos en Buenos Aires de caudal que le fiarán de dos a tres mil pesos en efectos de las tiendas, y con esto y en tres o cuatro viajes ya se hallan ricos los que vinieron sin un cuarto y ya hallan casamiento con dotes superiores».

Estos relatos de Cardiel y de Andreu son sociológicamente típicos, y representan, con variantes personales, la de tantos otros tenderos y pulperos españoles que años más tarde constituirían la clase alta de Buenos Aires y de Montevideo. El origen de todas las grandes fortunas de las familias tradicionales rioplatenses estaba indefectiblemente en el mostrador de la tienda o la pulpería.

Esta nueva burguesía comercial, que trataba de acrecentar más y más sus rentas en una dura lucha competitiva, venía a destruir el idilio precapitalista de los primitivos habitantes, su apacible vida y su elemental economía, limitada simplemente a la subsistencia. La aldea dormida cambiaba de ritmo; las plazas se volvían mercados públicos adonde llegaban las carretas a vender a los comerciantes minoristas toda clase de artículos.

El desdén por la acumulación primitiva de capital de los primitivos habitantes es proclamado por los apologistas de la colonia como espíritu de aristocracia. Los críticos liberales, por su parte, lo atribuyen a ocio atávico de la raza hispánica. En realidad no era un estilo de vida deliberadamente impuesto por ningún misterioso instinto, sino que respondía a determinadas condiciones económicas: la imposibilidad de un desarrollo capitalista en Buenos Aires en tiempos en que Lima detentaba el monopolio comercial.

Cuando las condiciones cambiaron porque las concesiones hechas a la libertad de comercio en 1778 permitían a Buenos Aires competir económicamente con Lima, surgiría una nueva clase burguesa con otro ímpetu.

La búsqueda del «status»
Ya a partir de los siglos XVII y XVIII la clase principal o gente «decente» de la ciudad de Buenos Aires estaba compuesta principalmente por los tenderos. Sociedad sin títulos nobiliarios ni mayorazgos, no por ello fue democrática: la burguesía, adquirió pronto todos los hábitos aristocráticos, con sus prejuicios de sangre, religión y raza, tanto más fanáticamente cuanto más difícil era probar su legitimidad.

Ese proceso de aristocratización de la burguesía se acentuó aún más cuando el rey Carlos III emitió una real orden, del 18 de mayo de 1773, que declaraba compatible la hidalguía con el comercio. La nueva burguesía tenderil comenzó desde entonces a inventarse antecedentes hidalgos.

Ya en 1795 el título de Don era posible obtenerlo, según Real Cédula, por la suma de mil reales de vellón. Sin embargo, esta burguesía advenediza, este nuevorriquismo virreinal se sentía inseguro: sabía que el dinero solo no bastaba para adquirir prestigio social, y comenzó entonces la búsqueda desesperada del status, en mil detalles de la vida cotidiana. Necesitaba vivir en la zona del Fuerte —el Barrio Norte de la época—, que comprendía los alrededores de lo que hoy es la Plaza de Mayo.

Poco a poco fueron despojando de esa zona exclusiva a los primitivos habitantes, los patricios, muchos de los cuales perdían sus casas por la ejecución hipotecaria sobre dinero prestado a un estante o simplemente por venta, al no poder seguir manteniendo el mismo nivel de vida. A medida que los solares pasaban de los patricios a los comerciantes, los ranchos de barro y sauce de aquellos se transformaban en casas con algo más de confort, hechas de ladrillo cocido con pisos también de ladrillos.

La primera generación de advenedizos era generalmente despreciada por las viejas familias, que designaban a aquellos con el despectivo mote de guarangos —de guaran, garañón—, por sus malos modales. Pero ya los hijos de los guarangos educados en el Colegio de la Compañía, adquirían buenos modales, y no tenían dificultades en fusionarse con las mejores familias.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

LA EDUCACION PUBLICA durante el Régimen Oligárquico Objetivos

LA EDUCACIÓN PÚBLICA
En El Régimen Oligárquico

La instrucción pública: educar para todo el pueblo.

LA EDUCACION PUBLICA durante el Régimen OligárquicoDurante el último cuarto del siglo pasado fue notoria la preocupación de los gobiernos nacionales por obtener un mejoramiento en la instrucción pública. Con tal fin se creó, en 1876, la primera Escuela de Comercio, en Rosario; no obstante fue clausurada en 1881 por falta de alumnado.

En 1891 se insistió en el tema y se fundó, en la Capital Federal, el Colegio Carlos Pellegrini y, con éxito esta vez, se reabrió la escuela de Rosario (1896).

En 1898, bajo la dirección del ingeniero Otto Krausse (imagen) , se estableció la primera Escuela Industrial y se instituyeron escuelas profesionales para mujeres, así como las de Artes y Oficios.

La necesidad de dotar a la Universidad de cierta autonomía impulsó al gobierno, en 1885, a promulgar la Ley Avellaneda.

Disposiciones emanadas de la misma ordenanza crearon un Estatuto universitario que proveía, a las Universidades de Buenos y de Córdoba, de las facultades necesarias para constituir sus propios organismos y regularizar su propia administración.

Tales disposiciones en los ámbitos secundario y terciario, fueron reforzadas con la realización de importantes reformas a nivel primario. Desde la administración de Domingo Faustino Sarmiento, el problema del analfabetismo ocupó un lugar de privilegio en la mentalidad de los conductores del país, puesto que grandes sectores de la población en edad escolar —desde los 6 hasta los 14 años— carecían de instrucción y sólo una minoría asistía a la escuela.

En 1882 se llevó a cabo en Buenos Aires un Congreso Pedagógico que reunió a altas personalidades docentes, no sólo del país sino también del extranjero. El Congreso coincidió en tres puntos: la enseñanza debía ser laica, gratuita y obligatoria, debían suprimirse los castigos corporales y los premios, y la mujer debía participar en la docencia. En 1875, la provincia de Buenos Aires había dictado una ley que propendía a la enseñanza común, aseguraba su gratuidad y obligatoriedad, y fijaba sanciones para hacerla efectiva.

Con estos dos antecedentes inmediatos, en 1883 se realizó un Censo escolar de cuyo resultado surgió que, sobre más de medio millón de individuos en edad escolar, sólo concurrían 146.000 niños a los establecimientos de enseñanza primaria y de ellos, muy pocos completaban los cursos. Por lo tanto, en medio de acalorados debates parlamentarios sobre el proyecto de organización de la enseñanza primaria, se votó la Ley de Educación Común Nro. 1420 (conocida como Ley de Enseñanza Laica), el 8 de julio de 1884.

Los principios fundamentales promulgados por dicha ley son:

• La enseñanza primaria será obligatoria y gratuita para los niños de 6 a 14 años.

• Dicha enseñanza podrá recibirse en las escuelas públicas y particulares, o en el hogar.

• La enseñanza será gradual y conforme a los principios de la higiene.

• Difundirá un mínimo de instrucción, distribuido en asignaturas que podrán desarrollarse de acuerdo con las necesidades de la Nación y la capacidad de los edificios escolares.

• Podrá impartirse en cursos mixtos de varones y mujeres.

• Se distinguirán las ramas especiales de la enseñanza primaria: jardines de infantes, escuelas de adultos y escuelas ambulantes en la campaña.

• La enseñanza religiosa sólo se impartirá en las escuelas públicas por los ministros de los distintos cultos, antes o después del horario escolar.

Las disposiciones de la Ley 1420 han hecho posible que en la escuela argentina no se adviertan —ni se admitan — las diferencias de clase, raza o religión entre los alumnos, y que se respeten los derechos del niño, de sus padres y de sus educadores.

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros

 

Los Pintores Argentinos Durante el Regimen Oligarquico de 1880

Los Pintores Argentinos Durante el Régimen Oligárquico

Los pintores nacionales el período de “los organizadores

Las dos últimas décadas del siglo XIX fueron las más fecundas en la formación artística nacional; asimismo, fueron las más constructivas, en lo que se refiere a conquistas institucionales. Gracias al incentivo de las asociaciones privadas y al Estado, se fundaron la Sociedad Estímulo de Bellas Artes —la Academia—, el Museo de Bellas Artes y el Salón Nacional. Merced a estas creaciones, las actividades plásticas lograron un impulso concreto y definitivo.

Eduardo Sívori (1847-1918) fue uno de los fundadores de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes. Viajó por Italia y estudió pintura en Buenos Aires y en París.

En esta última ciudad realizó un cuadro, Le lever de la bonne (El despertar de la criada), de tendencia naturalista — actualmente está en el Museo Nacional de Bellas Artes— que lo consagró definitivamente.

De regreso a su patria, grabó las primeras aguafuertes que se hicieron en el país: La Carreta, La Tranquera y Tropa de carretas en la pampa.

Este trabajador incansable ejerció gran influencia en la organización de la pintura argentina. Entre sus principales obras se cuenta: La muerte del campesino, Primavera, En el taller y Autorretrato. La imagen izquierda es un retrato de su señora

Si hubo un pintor con sentido de la historia, ése fue José Bouchet (1848-1919). Aun cuando había nacido en Pontevedra (España), irradió argentinidad: fue un gallego que “sintió y amó lo nuestro como pocos”.

Desde los trece años vivió en Buenos Aires, en donde estudió; después se perfeccionó en Florencia. Su primera obra, La Carambola, fue adquirida, en 1884, por el Museo de Nueva York. Pintó los paisajes autóctonos argentinos y realizó muchas composiciones sobre temas históricos, tales como el Campamento de San Martín en Plumerilla, Pringles en Pescadores, Tropas en el Chaco y Columna de ranqueles, entre otras obras.

La pintura de Reinaldo Giudici (1853- 1921) expresó, decididamente, una tendencia social. Estudió en Montevideo, Buenos Aires y Venecia. Su mejor obra, La sopa de los pobres —premiada en la Exposición de Berlín, en 1884— demostró las particularidades del realismo popular, de clara intención social, así como una real fidelidad hacia el dibujo y el color. Prerrogativas aristocráticas, es otro cuadro que responde, sin lugar a dudas, a esa tendencia del artista.

Graciano Mendilaharzu (1856-1894) estudió en París. Pintó naturalezas muertas y motivos campestres. En Buenos Aires (1887) decoró la sala de sesiones de la Legislatura provincial con once figuras alegóricas y nueve retratos que avalaron, en su país, la fama adquirida en Europa.

 Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros

Los Inicios del Periodismo Argentino Origen Primeros Periodicos

Los Inicios del Periodismo Argentino desde 1853 – Origen Primeros Periódicos

La nueva prensa. El derrocamiento de Rosas implicó la iniciación de una nueva etapa en la historia del periodismo argentino, el cual durante la etapa rosista había estado amordazado por la imposición de un tipo único de prensa oficialista que, como fiel servidora del régimen imperante, estuvo destinada a cantar loas a su conductor, aplaudir sus actos y lanzar ataques contra los ciudadanos libres que se oponían a la barbarie entronizada en el poder.

El retorno de los proscriptos dio nueva vida al periodismo, ya que la mayoría de ellos recurrieron a la prensa para difundir sus ideas acerca de los problemas relacionados con la organización nacional.

Las agitaciones populares que llevarían a la ruptura de la provincia de Buenos Aires con la Confederación, determinaron la creación de nuevos órganos periodísticos que, además de defender doctrinariamente sus puntos de vista, se convirtieron en fieles expresiones de prensa política y de combate.

El 1° de abril de 1852 se fundaron El Progreso, que bajo la dirección de Delfín B. Huergo, Diego de Alvear y José L. Bustamante sería órgano de la política de Urquiza, y Los Debates, diario dirigido por Bartolomé Mitre.

mitre periodista

En este diario, Mitre enunció su concepción del periodismo como fuerza civilizadora y anticipó la obra constructiva que, diez años roas tarde, realizaría al frente del gobierno nacional. «La prensa — escribió— es el primer instrumento de civilización en nuestros días, y ha dejado de ser un derecho político para convertirse en una facultad, en un nuevo sentido, en una nueva fuerza orgánica del género humano, su única palanca para obrar sobre sí mismo». Tras las famosas «jornadas de junio», el gobierno clausuró todas las imprentas de Buenos Aires, y Mitre fue conducido a la cárcel.

Retirado Urquiza a Paraná empezó a publicarse El Nacional Argentino, destinado a defender la necesidad de imponer la unidad nacional. En sus páginas escribieron los hombres más destacados de la Confederación, como Del Carril, Zuviría, Gutiérrez, Alvear y Guido Spano.

Frente a él, los intereses de la provincia segregada fueron defendidos desde las páginas de El Nacional, fundado por Dalmacio Vélez Sársfield. Sarmiento, que compartió con Mitre la dirección del periódico, comentó años más tarde: «Noble de estirpe fue «El Nacional», tan nacional para Buenos Aires como para el resto de las provincias, asociando a la idea de nación la conciencia del derecho, el anhelo por la libertad».

velez sarfield

Nuevos periódicos aparecieron entonces, como expresión de las pasiones banderizas.

La Reforma Pacífica, dirigida por Nicolás Calvo, pese a su desenfado verbal defendió la necesidad de que por medio de reformas y no de guerras se llegara al ideal común de la unidad argentina.

La Tribuna, a cuyo frente estuvo Juan Carlos Gómez, se oponía sistemáticamente a cualquier transacción con Urquiza. Los Debates, cuya reaparición se produjo en 1857 bajo la dirección de Mitre, defendió la política del gobierno de la provincia, pero, al mismo tiempo, llamó a todos los argentinos a colaborar en la obra de la definitiva organización nacional.

Después de 1860 aparecieron en Buenos Aires gran cantidad de periódicos, la mayoría de los cuales tuvo corta vida. Los más importantes fueron La República, de Manuel Bilbao, que introdujo la innovación de implantar la venta callejera de sus ejemplares, y La Nación Argentina —más tarde convertido en Nación Argentina—, que bajo la dirección de Juan María Gutiérrez fue el órgano defensor de la política presidencial de Mitre.

Al concluir la presidencia de Mitre, la República Argentina estaba completa y definitivamente unida. Habían sido vencidas las fuerzas anárquicas de las montoneras que otrora se levantaron contra la civilización, los espíritus estaban pacificados e imperaba la libertad dentro del orden constitucional, y pronto un porvenir de paz se brindaría al país en el orden internacional.

Era, pues, necesario que la prensa de combate, que hasta entonces había predominado, fuera reemplazada por un nuevo tipo de periodismo que fuera órgano de crítica constructiva.

A ello tendió la fundación de La Prensa y La Nación, cuyos primeros números aparecieron, respectivamente, el 18 de octubre de 1869 y el 4 de enero de 1870. Desde su aparición, ambos diarios fueron los órganos más importantes del periodismo argentino.

«El nombre de este diario —escribió Mitre en el editorial titulado «Nuevos horizontes»—, en substitución del que le ha precedido, La Nación reemplazando a la Nación Argentina, basta para señalar una transición, para cerrar una época y para marcar nuevos horizontes del futuro. La Nación Argentina era un puesto de combate.

La Nación será una tribuna de doctrina». Concluidos los combates librados desde el derrocamiento del tirano, con el triunfo que significaba la solución de los graves problemas de nuestra organización nacional y la unificación de la patria, el periodismo tenía una nueva razón de ser, que Mitre fijó terminantemente para el nuevo órgano de la opinión pública: «Fundada la nacionalidad, es necesario propagar y defender los principios en que se ha inspirado, las instituciones que son su base, las garantías que ha creado para todos, los fines prácticos que busca, los medios morales y materiales que han de ponerse al servicio de esos fines, los hombres mismos en que mejor se encarnan esas doctrinas y que inspiran la mayor confianza de poder hacerlas prácticas, dando al pueblo lo que es del pueblo y al Gobierno lo que es del Gobierno».

Y concluían los conceptos doctrinarios de esa fe de bautismo del diario de Mitre con las siguientes palabras: «La Constitución, que es el derecho de todos, de pueblos y de gobiernos, es nuestra biblia. Si el atentado a la Constitución viniese de las regiones populares, estaríamos con los gobiernos que la defendiesen.

Si la violación o el abuso viniese de las regiones del poder, estaríamos contra los autores de los abusos. La Nación, que tiene una obra que cuidar y grandes intereses y derechos que defender, no puede tomar un programa negativo. He aquí por qué no puede hacer su misión principal de la oposición. La oposición es un incidente y siempre lo ha sido».

El periodismo literario. — En 1854 comenzaron a publicarse en Buenos Aires dos revistas: Revista del Plata, dirigida por Carlos E. Pellegrini, y El Plata Científico y Literario, que, fundado por Migel Navarro Viola, se dedicó a la defensa de los intereses materiales del país y a cuestiones de derecho, ciencias y literatura.

Por eso, sus páginas publicaron artículos sobre las novedades de la bibliografía jurídica europea, las ciencias naturales y las cuestiones económicas vinculadas con la inmigración y, preferentemente, con los derechos diferenciales, y poesías y novelas de literatos argentinos.

Poco después, en el centro intelectual que se formó en la capital de la Confederación, se publicó, bajo la dirección de Vicente G. Quesada, la Revista de Paraná, cuyo propósito fué ponernos al corriente del movimiento intelectual hispanoamericano y hacernos conocer nuestro país en todos sus aspectos.

«Fundamos esta Revista —escribió Quesada— porque estamos convencidos que es necesario desviar en lo posible a las inteligencias argentinas de la polémica ardiente y apasionada de la prensa política, estimulando el estudio de cada una de las provincias argentinas, propagando las producciones de nuestra naciente literatura, propendiendo a las investigaciones arduas de nuestra legislación y a la propagación de las buenas doctrinas de la economía política».

Durante la presidencia de Mitre, Quesada y Navarro Viola se unieron para publicar la Revista de Buenos Aires, que, en sus noventa y seis números publicados durante sus ocho años de existencia, publicó trabajos sobre historia argentina, litera tura americana y cuestiones jurídicas y geográficas, crónicas de viajes, biografías, poesías y notas bibliográficas que refle jaron fielmente el ambiente intelectual de la época.

Desde 1871 hasta 1877 apareció regularmente la Revista del Río de la Plata, a cuyo frente estuvieron Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López y Andrés Lamas.

Tuvo preferencia por el tema histórico, pues, como aclarara en su primer número, quería dedicarse al estudio de nuestro pasado colonial con el objeto —decía— «de radicar la idea de que el progreso de la América independiente estriba en desasirse como de una ligadura vejatoria y opresiva de las tradiciones que inoculó en sus entrañas el régimen colonial calculado con la más exquisita habilidad para mantener los pueblos conquistados en estado pueril por medio de las creencias, de la enseñanza, de las restricciones de comercio, talladas y amoldadas al fatal propósito a que puso término la emancipación de todo el continente sellada con la lucha sangrienta y victoriosa de la independencia’. Sin embargo, la Revista no descuidó las demás manifestaciones de nuestra vida intelectual.

La Nueva Revista del Río de la Plata, publicada entre 1881 y 1885 por Vicente G. Quesada y su hijo Ernesto, pese a su preferencia por las cuestiones históricas constituyó una valiosa expresión de la vida intelectual de nuestro país durante esos años.

La Revista Argentina, que en 1868 habían fundado José Manuel Estrada y Pedro Goyena, inició su segunda época en 1880, dedicándose preferentemente a la crítica literaria y filosófica.

Las inquietudes culturales de las nuevas generaciones se expresaron en otras publicaciones literarias, de vida efímera, como Revista Científica y Literaria, de Calixto Oyuela; Revista Nacional, de Adolfo P. Carranza y Carlos Vega Belgra-no, hasta llegar, pasando por una serie de semanarios y quincenarios, a La Biblioteca, famosa revista mensual de historia y letras, fundada por Paul Groussac; Revista de Derecho, Historia y Letras, de Estanislao S. Zeballos, y Nosotros, que apareció bajo la dirección de Alfredo Bianchi.

El Periodismo: una necesidad nacional.

A partir de 1853— el periodismo, fuente vital de información pública, multiplicó sus esfuerzos para proporcionar al país una visión de la realidad y, al mismo tiempo, mantener la vigencia de su quehacer diario.

Las publicaciones alcanzaron un elevado número: en la etapa 1881-1895 se imprimieron 432, entre diarios, periódicos y revistas. Fue necesario, entonces, salvaguardar los intereses de quienes, de una manera u otra, intervenían en el desarrollo de esta actividad. Así se fundó la Asociación de la Prensa, en 1889, entidad que, años más tarde, se convertiría en el Círculo de la Prensa (1896).

La función de la prensa periódica no se limitó a la mera información general: junto al cotidiano noticioso apareció la revista satírica y, unida a la hoja política, la publicación erudita.

De este modo se fundaron, en 1881, El Diario (dirigido por Manuel Láinez, imagen) y La frustración Argentina, importante revista literaria, histórica y artística, entre cuyos colaboradores se contaron Rafael Obligado y Eduardo Sívori Un año más tarde, en el interior del país, aparecieron El Orden (Tucumán) y Los Andes (Mendoza), dos diarios cuya vigencia perdura.

En 1884 se inició la publicación de Don Quijote, un periódico ilustrado cuyo lema fue: “Este periódico se compra pero no se vende”; en él se hacía la crítica la política oficialista.

En 1891 apareció La Caricatura, semanario político-literario y, siete años después (1898) se fundó la revista Caras y Caretas —dirigida por Bartolomé Vedia y Mitre, Fray Mocho y Eustaquio Pellicer; se publicaba los sábados y, durante cuarenta años, fue la más elocuente información gráfica nacional y extranjera, así como una brillante tribuna artístico-literaria.

Entre 1900 y 1916, nacieron tres órganos periodísticos, cuya difusión acompañó los destinos del país: El Pueblo (1900) —fundado por el padre Grotte— para divulgación de los principios católicos, La Razón (1905) —vespertino de dos ediciones—, y Crítica (1913) —dirigido por Natalio Botana—, con variada información y comentarios de estilo ágil.

Estas publicaciones, entre otras de igual o menor importancia, mantuvieron despierto y activo al pensamiento republicano y reflejaron la necesidad imperiosa de sostener una abierta comunicación con la opinión pública.

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros
Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»

El Teatro Nacional durante el regimen oligarquico de 1880

El Teatro Nacional durante el Régimen Oligárquico

El teatro nacional rioplatense: el mito del gaucho perseguido.

Durante el período anterior se registraron antecedentes precisos —autores y obras— que con escasos valores artísticos y con una falta total de recursos escénicos echaron las bases, sin embargo, de un auténtico teatro nacional. No obstante, esta labor quedó silenciada, y aun olvidada, ante la aparición de Juan Moreira, una “pantomima circense” que dio nuevo impulso al teatro vernáculo.

El Teatro Nacional durante el regimen oligarquico Eduardo Gutiérrez (1853-1890) (imagen) —autor de folletines y relatos de aventuras— escribió, hacia 1879, la crónica novelesca de un cuchillero famoso, Juan Moreira, cuyo brazo armado estuvo al servicio de algunos caudillos políticos. La narración idealizó la figura del protagonista y creó un mito, al transformar al matón en héroe.

La sensibilidad de la campaña y del suburbio urbano, que veía en el avance del progreso y de la migración-extranjera un ataque al hombre de las pampas, posibilitó la proliferación de esta clase de literatura.

En 1884, el actor José J. Podestá, pidió a Gutiérrez la adaptación de su crónica a una pantomima (es decir, a una representación por medio de gestos, y sin palabras) que pudiera representarse en el circo. Como el éxito fue rotundo, dos años mas tarde (1886),Podestá convirtió la pantomima en drama, añadiéndole diálogos entresacados del relato original y otros, creados por él. Así estrenó en un circo de Chivilcoy, la obra Juan Moreira, que es la historia de un gaucho perseguido por la justicia y sin más ley que su cuchillo.

Este drama gauchesco originó el teatro nacional rioplatense —aun cuando la verdad histórica no coincidiese con lo manifestado en aquél — ; las obras teatrales, con estas características, se multiplicaron a raíz de la sensibilidad de la época.

La danza: del vals romántico al tango de suburbio.

Ya hemos dicho que, a partir de 1853, las danzas nativas se refugiaron en el interior del país; la Capital fue invadida por las creaciones extranjeras.

En los, salones porteños se mantuvo el entusiasmo por las danzas de pareja enlazada, casi todas originarias de América —como la Contradanza colombiana, el Bambuco y la Habanera— o europeas —como la Mazurca, el Chotis y el Vals—. El Vals, sobre todo, gozó de una supremacía inigualable, quizás porque este baile, de origen alemán y se singular señorío, tuvo un enorme auge en las cortes de Europa, y porque músicos célebres (como el vienés Johann Strauss) escribieron páginas brillantes que se difundieron por el Viejo y el Nuevo Mundo.

En la campaña alcanzaron notable preeminencia dos creaciones tradicionales criollas: el Malambo y el Pericón.

El primero, uno de los aires folklóricos más antiguos —así lo atestiguan versiones de las Misiones Jesuíticas (1687)— en el que sólo interviene el hombre, fue la justa obligada para demostrar la habilidad de los bailarines que competían con sus zapateos, repiques y mudanzas. El segundo, danza de pareja suelta —airoso, pausado, con gran variedad de figuras—, simbolizó la caballerosidad criolla.

El suburbio porteño, anónimo y ya cosmopolita, aportó dos bailes de pare/a enlazada que, con el tiempo, se impondrían en los salones.

Uno de ellos, la Milonga, tuvo su origen en la milonga cantada. Su ritmo, vivo y cadencioso, imitaba los tamboriles de los candombes y fue creado por los “compadritos” del arrabal de Buenos Aires, como una burla a los bailes de los negros.

El otro, fue el Tango, creación eminentemente rioplatense. Durante algunas décadas se mantuvo en el suburbio bonaerense; se afirmó bailándose en los conventillos y lugares de diversión de la orilla porteña, para pasar, después, a los locales céntricos.

El Tango conservo “el ritmo del candombe, la coreografía de la milonga y la línea melódica y la profundidad emotiva de la habanera”. En 1880 apareció una de las primeras composiciones escritas, titulada Dame la lata, a la que siguieron millares, cuya popularidad fue evidente.

El teatro lírico: un placer para melómanos.

Mientras en los salones la línea musical cortesana se prolongaba con el vals, y en los arrabales porteños nacía el tango, la lírica triunfaba con el arribo de excelentes compañías europeas. Esta forma del proceso musical mantuvo su continuidad, desde su iniciación en el país después de la Revolución de Mayo.

El viejo Teatro Argentino fue demolido en 1873, y el nuevo Teatro Colón fue expropiado, en 1877, para sede del Banco Nacional. Las funciones líricas se ofrecieron, entonces en el Teatro de la ópera, edificado en 1871, pero cuyas condiciones acústicas eran desfavorables.

En tanto, se había inaugurado el Politeama que, en realidad, fue construido para circo. Allí actuó el célebre Pepino el 88, nombre circense de José J. Podestá quien, en esa sala, ofreció la primera representación urbana de Juan Moreira.

En 1879, las dimensiones del Politeama y sus excelentes propiedades acústicas —mejores que las de la ópera— hicieron que fuese habilitado para teatro: grandes artistas como Adelina Patti, María Barrientos y Regina Pacini (imagen) o tenores como Stagno y Tamagno, prefirieron el Politeama a la ópera y ofrecieron en él grandes espectáculos líricos.

A su vez, las ilustres trágicas, Eleonora Duse y Sarah Bernhardt, interpretaron en su escenario las obras maestras de la dramaturgia universal.

La opereta, expresión musical vivaz y ligera, brindó también, a la melomanía porteña, felices puestas en escena, en las que se destacaron las compañías de Rafael Tamba y de Vitale.

 

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Vontemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros

 

La Literatura y Escritores del Regimen Oligarquico Argentino

La Literatura y Escritores del Regimen Oligarquico Argentino

La literatura: los grandes cambios en el pensamiento:

Los escritores de la “generación del 80” tuvieron menos preeminencia pública que aquéllos que les precedieron: no obstante, también ocuparon importantes cargos políticos o descollaron en el periodismo.

Algunos de ellos incursionaron en la novela; muchos lo hicieron en el ensayo; otros, relataron sus viajes y exaltaron las novedades deslumbrantes de las grandes ciudades europeas; la mayoría, en fin experimentó una profunda nostalgia por la Argentina que quedaba atrás.

La hora de la épica había pasado.

Del núcleo de prosistas sobresalió la figura de Lucio Victoriano Mansilla (1831-1913),(imagen) militar y político, hijo del general Lucio N. Mansilla.

Su relación Una excursión a los indios ranqueles —descripción fiel de su viaje al desierto hasta los aduares de los caciques Mariano Rosas y Baigorrita, con intención de negociar la paz—, constituyó una de las obras más importantes de la narrativa nacional, no sólo por sus observaciones acerca de las costumbres indígenas, sino también por el atractivo interés con que al autor revivió personajes y escenas.

La novelística consagró a dos autores que adquirieron gran importancia en el ámbito literario: Eugenio Cambaceres (1843-1890) (imagen) y Julián Martel (1868-1896), seudónimo este último del periodista José María Miró.

El primero, decididamente adscrito al realismo y naturalismo franceses, fue autor de Sin Rumbo y En la sangre, novelas de testimonio y denuncia.

El segundo, con La Bolsa (1891), tradujo la locura bursátil que se apoderó del país antes de la revolución del 90.

Otro novelista, Miguel Ca (1851-1905), dejó una evocación auténtica de la vida estudiantil de la época, Juvenilla, cuya frescura y tono ligero le aseguró vigencia a través de los años.

Lucio V López (1848-1894) —hijo de Vicente E. López— escribió La Gran Aldea, una crónica novelesca y descriptiva de las “costumbres bonaerenses

Los historiadores nacionales de este período, se distinguieron por su espíritu múltiple; escribieron páginas legítimas sobre el pasado argentino.

Entre ellos, José Manuel Estrada (1842- 1894) (imagen) —jefe espiritual de la corriente católica—, escribió un Ensayo histórico sobre la revolución de los comuneros en el Paraguay en el siglo XVII, las Lecciones sobre la Historia de la República Argentina, y La política liberal balo la tiranía de Rosas. Adolfo Saldías (1850-1914) se desempeñó como periodista y político. Historiador distinguido, entre sus principales obras se cuentan: Ensayos sobre la Historia de la Constitución argentina y la Historia de la Confederación Argentina. Pero la obra de investigación histórica profunda se debió, sin embargo, a un francés: Paul Groussac (1848-1892).

Radicado en el país desde los dieciocho años fue, en 1885, director de la Biblioteca Nacional; desde ese cargo se dedicó a la investigación y a la difusión de sus conocimientos.

Fue autor de los once volumenes de Los Anales de la Biblioteca, en cuyas páginas publicó una documentada y patriótica defensa de las Islas Malvinas. Su seriedad intelectual se patentizó en sus Estudios de historia argentina, en Mendoza y Garay; las dos fundaciones de Buenos Aires, 1536-1580, y en su drama histórico La divisa punzó.

Pedro Goyena (1843-1892) (imagen) y Eduardo Wilde (1844-1913) ocuparon diversos cargos políticos y militaron en opuestos campos de pensamiento.

El primero, distinguido profesor secundario y universitario —miembro activo del catolicismo— se destacó por su oposición al laicismo.

Wilde, librepensador y médico sobresaliente, fue a la vez, su contrincante en los debates parlamentarios acerca de la sanción de la Ley de Educación Común.

Ambos fueron escritores; entre sus publicaciones sobresale una biografía, Félix Frías, y Crítica Literaria; y Prometeo y Cía.,Aguas abajo, Por mares y por tierras, respectivamente. La obra de Eduardo Wilde se destaca por la fina ironía y la actitud humorística que caracterizó a la “generación del 80”.

El ciclo literario se cierra con José S. Alvarez (1858-1903), cuyo seudónimo de Fray Mocho (popularizó a este autor de relatos vernáculos y costumbristas, tales como En el mar Austral o Viaje al país de los matreros.

Los escasos poetas de esta generación carecieron de la fuerza expresiva o de la melancolía serena que caracterizaron a los del período anterior.

No obstante, Rafael Obligado (1851-1920), a quien podría considerarse como un continuador de la línea de los “gauchescos”, no usó, como ellos, los modismos peculiares de los hombres de campo; por el contrario, en su famoso poema Santos Vega utilizó un lenguaje lírico y preciso.

La época —de grandes cambios— definió en cierta medida la anécdota incluida en sus versos: valiéndose de material literario y folclórico, Obligado recreó la historia de un payador real cuya destreza para la improvisación y el manejo de la guitarra, vivía en las supersticiones de la campaña. Santos Vega fue, así, el símbolo de la tradición criolla que moría —vencido en una payada por el diablo: Juan sin Ropa— frente al forastero, expresión del progreso y la inmigración «gringa».

El cantor de la decadencia del romanticismo, Pedro B. Palacios —Almafuerte—(1854-1917), fue un escritor agresivo e individualista, cuya poesía tuvo grandes altibajos; con estilo chabacano intentó, sin éxito, renovar el lenguaje poético.

Quizás, Evangélicas, obra de prosa epigramática, sea lo mejor de su producción. Frente a él, se alzó la voz de Calixto Oyuela (1857-1935), para contraponer una forma clásica e hispanizante, de estricta expresión lírica.

Fue el primer presidente de la Academia Argentina de Letras, y entre sus trabajos se destacan: Cantos, Nuevos Cantos, y la Antología poética hispanoamericana.

PARA SABER MAS…
CRÓNICA DE LA ÉPOCA:

El diario La Tribuna está publicando «Una excursión a los indios ranqueles», obra de Lucio V. Mansilla.

En ella, el autor cuenta su encuentro, como coronel del ejército, con los indios ranqueles y su gran cacique Panghitruz Guor, que significa «zorro cazador de pumas», también conocido como Mariano Rosas, apellido que llevaba por quien había sido su captor, Juan Manuel de Rosas.

El motivo del viaje era hacer que el cacique se trasladara a la subcomi-saría de Río Cuarto para refrendar un tratado de paz con el gobierno argentino.

El autor de esta obra nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831, hijo del general Lucio Mansilla y de doña Agustina Rosas, hermana del Restaurador.

Caído Rosas, Mansilla, en compañía de su padre y de su hermano Lucio Norberto, viajó a Europa y se instaló en Francia. El viaje fue bastante corto, y el 19 de agosto de 1852 ya estaban de regreso en Buenos Aires.

En 1857, Lucio se trasladó a Paraná, capital de la Confederación, y comenzó su carrera periodística en el diario El Nacional Argentino del que llegaría a ser director y propietario.

El 17 de septiembre de 1861 intervino en la Batalla de Pavón, lo que le valió la designación como capitán de línea. En 1865 estalló la Guerra del Paraguay de la que Mansilla participó como militar y periodista.

Con diversos seudónimos (Falstaff, Tourlourou, Orion) firmó sus crónicas desde el frente para el diario La Tribuna, criticando la conducción de la guerra.

En 1868, al finalizar la presidencia de Bartolomé Mitre, apoyó la candidatura de Domingo F. Sarmiento.

Este lo designó luego comandante de Fronteras en Río IV, Córdoba. Allí realizó su campaña contra los aborígenes, que es el tema de la obra que se publica en el diario La Tribuna. (Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 4 Período 1870-1889)

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros