Citas de Libros

Las Bibliotecas en la Edad Media Traduccion de Libros en Monasterios

La Bibliotecas en la Edad Media
En Los Monasterios Traducen Libros Griegos

Sobre la decadencia persistente en que venían deslizándose las tierras y las gentes integradas en el Imperio Romano, pareció que iba a tener los efectos de un tiro de gracia la invasión de los pueblos bárbaros que, al iniciarse el siglo V, arrasó todo lo que encontraba a su paso y de la que sólo se salvó lo que pudo ponerse a resguardo tras las murallas de las ciudades bien defendidas.

En estas ciudades, que emergían como islas en el mar de la destrucción general, se pudieron mantener la enseñanza y el libro, pero sólo durante un corto período de tiempo.

La decadencia de las bibliotecas romanas se había iniciado en el siglo IV y completado en el siguiente al desaparecer las treinta y ocho que había en Roma en tiempos de Constantino.

biblioteca en los monasterios

No conocemos las causas de este desastre, pero cabe pensar en el desinterés social y en la fragilidad del papiro y su escasa resistencia frente a los incendios y a las ruinas que sobrevinieron en tiempos tan calamitosos.

Si, por un lado, desaparecían las bibliotecas paganas en las ciudades, por otro, iban naciendo con gran modestia otras, las cristianas, al servicio de la religión, que van a caracterizar la Edad Media, aunque las pocas que se crearon continuaron, al parecer, siendo adornadas con retratos de autores famosos, como lo habían estado las paganas, si bien ahora los autores eran naturalmente cristianos.

En cambio, en su instalación aparecen los armarios para que en ellos reposen los códices, traducían lo esencial de las letras y el pensamiento griego.

En este ambiente propicio, creció la biblioteca catedralicia de Verana, capital del reino ostrogodo, que durante varios siglos sobresalió sobre las de las otras catedrales italianas.

En el siglo VI vivieron en Italia dos figuras muy importantes en la historia de las bibliotecas, San Benito de Nursia y Casiodoro, a los que tenemos que referirnos, aunque previamente hemos de ocuparnos de la aparición de la vida cenobítica.

Surgió en Egipto, desde donde se extendió al resto de la cristiandad, en la que fueron surgiendo monasterios con vida económica autárquica, capaces de producir todo lo que precisaba la comunidad para su sostenimiento, incluidos los libros.

San Pacomio (292-345), en la regla que dio a su comunidad situada en el Alto Egipcio, en Tabennisi, reglamentó la biblioteca del monasterio.

Los libros debían guardarse en alacenas excavadas en la pared y los monjes, siempre que lo desearan, podían retirar un libro a la semana, al final de la cual tenían que devolverlo. No se les permitía dejarlo abierto al ir a la iglesia o al refectorio. Por la tarde el ayudante del superior debía hacerse cargo de los libros, contarlos y guardarlos.

Durante bastantes siglos, los monasterios se rigieron por las reglas establecidas por sus respectivos fundadores, pero terminó imponiéndose en la Edad Media la dada por San Benito de Nursia al monasterio que fundó en el año 529 en Montecasino, al sur de Roma, con el propósito de conseguir la salvación de su alma y la de los monjes que le acompañaban.

Aunque sus miras eran espirituales y en sus intenciones no existía una preocupación cultural, la congregación por él fundada, la benedictina, ha sido una pieza clave en el desarrollo del libro y de la lectura durante la Edad Media.

La regla no ordenaba a los monjes la copia de manuscritos. Sencillamente reglamentaba las lecturas, que consideraba, como las oraciones, medios para la mejora de la vida espiritual. En ella se establecía la división de la jornada entre el trabajo manual, la oración y la lectura, pues había que huir de la ociosidad, enemiga del alma.

Fijaba igualmente los diversos horarios de lectura para el verano, desde Pascua a octubre, y para el invierno, desde octubre a la Cuaresma, y ordenaba que todos los monjes retiraran un libro de la biblioteca para su lectura en la Cuaresma. La lectura podía ser individual, a solas, o colectiva, durante las comidas o las reuniones de la comunidad, en las que un monje leía en voz alta mientras los demás escuchaban en silencio.

Esta decisión, que obligó a los monasterios a disponer de libros para las funciones religiosas y para las lecturas de los monjes, hizo imprescindible, desde los momentos iniciales del monacato, la existencia de una colección, normalmente muy menguada, de libros, o biblioteca, que facilitó la conservación de las obras de la Antigüedad, fundamentalmente de las cristianas, pero también de algunas paganas, que se mantuvieron como modelos de expresión.

La actividad del escritorio monacal en la producción de libros tomó importancia a raíz de la destrucción de Montecasi-no por los lombardos en el año 585, que obligó a los monjes a refugiarse en Roma, donde fueron incitados por el papa San Gregorio, que era miembro de la comunidad, a sustituir el trabajo obligatorio en el campo, de difícil cumplimiento en Roma, por el de copia de manuscritos.

Los monjes volvieron a principios del siglo vm, su biblioteca se reconstruyó principalmente con donativos papales, mantuvo relaciones con otros monasterios europeos y Carlomagno, que reclamó para su corte a un monje del monasterio, Paulo Diácono, lo visitó. En el siglo y medio que transcurrió hasta su nueva destrucción, ahora por los árabes, su biblioteca debió de tener, aparte de los religiosos, fondos históricos, gramaticales y de ciencias.

Volvió a ser reconstruido a mediados del siglo X y seguidamente alcanzó durante dos siglos su época de oro. Allí vivieron notables historiadores y poetas y se tradujeron obras de medicina del árabe. Su escritorio produjo numerosas y notables obras, entre ellas bastantes de clásicos, hasta que de nuevo fue destruido en 1349 por un terremoto. Todavía el fatal destino volvió a cebarse en sus muros durante una larga y dura batalla en la última guerra mundial.

Casiodoro, un aristócrata romano que estuvo, como Boecio, al servicio de Teodorico, y luego de sus sucesores, se retiró hacia el año 540 de la política y fundó en el sur de Italia, en su natal Esquiladle, un monasterio, Vivarium, de cuyo gobierno encargó a dos abades, aunque retuvo para sí la dirección espiritual. Estaba preocupado por el abandono de los estudios y temía la desaparición de la cultura clásica.

Vivarium se diferenciaba de los monasterios que habían ido apareciendo desde los primeros tiempos del cristianismo por su interés en la salvación de la cultura. En efecto, para Casiodoro era tan importante como la oración la copia de manuscritos. Le interesaba principalmente el pensamiento cristiano, pero reconocía que las artes liberales, en las que descansaba la cultura clásica, eran imprescindibles para el conocimiento de las Sagradas Escrituras, justificación primera, para él, de toda actividad intelectual.

Como Casiodoro tenía gran fe en el libro por su poder, espacial y temporal, como difusor de las ideas, en Vivarium la dependencia más importante fue la biblioteca, en la que se podía trabajar incluso por las noches gracias a las lámparas de aceite diseñadas por el propio Casiodoro y a unos relojes de agua para medir el tiempo en la oscuridad. Los libros se guardaban en armarios de madera en los que descansaban tumbados sobre los entrepaños. Siguiendo la tradición romana, formaban secciones diferentes los griegos y los latinos.

El fondo se constituyó con los libros traídos por el propio Casiodoro, con algunos pocos ejemplares que pudo comprar, ya que el comercio del libro había desaparecido prácticamente, y en especial gracias a la labor de copia realizada en el escritorio, donde había ejemplares bellamente encuadernados, porque las buenas encuademaciones le gustaban a Casiodoro. También los había ilustrados, aunque la preocupación mayor fue de la corrección de los textos, y para asegurarla, unos monjes, los notarii, comparaban los manuscritos, los anotaban y los puntuaban.

El monasterio dejó de existir poco después de la muerte de su fundador y los valiosos códices que componían su biblioteca debieron de pasar, en gran parte, a la biblioteca romana de Letrán; otros probablemente terminaron en Inglaterra y Francia.

Precisamente para facilitar la correcta copia y evitar las  posibles erratas en la transcripción de las palabras dudosas, reunió abundantes obras gramaticales y, al final de su vida, redactó su De Ortographia.

Otra obra suya, Institutiones, que es una introducción a los estudios superiores, ha sido considerada la primera bibliografía medieval. Está dividida en dos partes, una destinada a la exposición de las letras sagradas, divinis, y la otra, introducción a las artes liberales, a las profanas, secularibus.

En las Galias fueron numerosas las comunidades de religiosos que se formaron huyendo de las revueltas de los tiempos y en busca de un lugar tranquilo para el disfrute de la vida espiritual. Entre ellas destacan el monasterio de Lérins, fundado por San Honorato, obispo de Arles, en unas islas de la Provenza y los dos que estableció, uno para hombres y otro para mujeres, cerca de Marsella, también a principios del siglo V, Casiano, autor de dos obras que gozaron de gran favor en la Edad Media, De coenobiorum institutis, reglas para las comunidades, y Collationes, una serie de conferencias espirituales.

Estos monasterios contaron con pequeñas colecciones de libros para el servicio religioso y la formación espiritual de los monjes. Mejores fueron las bibliotecas y los escritorios de las catedrales, como Lyon, Arles, Clermont, Auxerre, Reims, Bordeaux y Vienne, que dispusieron, además, de escuelas para la formación superior, que los monasterios eran incapaces de ofrecer.

Sobrepasó a todas la de Lyon, cuya actividad intelectual se explica por su posición geográfica, que de nuevo proporcionó a la ciudad un puesto destacado en el comercio del libro durante los primeros siglos de la imprenta.

Las bibliotecas monacales

Cultivando la tierra y cultivando el espíritu, los monjes dieron de comer a mucha gente que se estableció a su alrededor y dieron formación intelectual, aparte de a los futuros monjes y sacerdotes, a los infantes y a los hijos de la nobleza, entre los que, por otra parte, se reclutaban los monjes.

La formación de estos monjes era fundamentalmente ascética. No pretendía otra cosa que el conocimiento de la doctrina cristiana para mejorar su vida espiritual. Por ello para los primeros pasos de la lectura solía utilizarse el salterio. La enseñanza de la música y de las matemáticas, por otro lado, tenían una finalidad litúrgica, al precisarse su conocimiento para la fijación de las fiestas movibles.

En estos monasterios había un escritorio o lugar destinado a la copia de los escritos, que eran de doble naturaleza, administrativos y literarios, incluidos en estos últimos los religiosos, claro está. Los primeros tenían por objeto justificar las propiedades del monasterio en las acciones que había que ejercer a causa de los pleitos que se suscitaban.

Estos documentos, que son más propios de un archivo que de una biblioteca, y de los que han llegado a nosotros en España más de 100.000 escritos en pergamino, terminaron, para evitar su pérdida o extravío, copiándose en grandes libros llamados cartularios y libros de testamentos, por su contenido, libros becerros, por la piel que se utilizó como materia escritoria, y tumbos, porque, dadas sus dimensiones, tenían que guardarse tumbados.

Esta documentación, de cuya guarda, al principio, debió de ocuparse el encargado del escritorio, constituyó el fondo inicial del archivo-biblioteca, escaso, pues se llamó armarium, quizá porque todos los escritos cabían en uno sólo. También se llamó secretarium, archivum, chartularium, scrinium, nombres que recuerdan los fondos documentales más que los literarios, tabularium, que también se usó para archivo en Roma, y librarium. La persona responsable de los libros y documentos recibió nombres muy variados: antiquarius, bibliothecarius, chartigraphus, chartularius, scrinarius, notarius, cusios, secretarius y armarius, entre otros varios.

Los que trabajaban a sus órdenes se llamaron scribae, librarii, notarii y bibliatores, en los monasterios y en la vida seglar capellani, graphiarii, scribones, etc.

Con independencia de estos nombres, en los monasterios había funciones, que, aunque podían ser desempeñadas por una sola persona, estaban claramente diferenciadas, como las del bibliotecario, las del archivero o encargado de la documentación, las del responsable del escritorio, las del encargado de la enseñanza y finalmente las del maestro del coro. Muchas veces el bibliotecario estaba encargado de las otras cuatro funciones.

Era la persona más importante del monasterio después del abad, del cual dependía directamente, y el responsable de la producción de libros, de la corrección de los textos y de su conservación. Dirigía la lectura de los monjes y señalaba las obras que debían ser leídas en voz alta durante las comidas y las reuniones de la comunidad.

Es de destacar la callada y anónima labor de los bibliotecarios monacales, gracias a los cuales, y a pesar del fuego, de las humedades, de las ruinas de los edificios, de las guerras, de los roedores, de los insectos y de los ladrones, así como también de los problemas económicos de ciertas épocas, que obligaron a los abades a vender algunos códices, se conservaron, en la torre de marfil de la biblioteca altomedieval, tantos libros durante tantos años pues son numerosísimos los que llegaron a la Edad Moderna, donde un gran número desapareció al salir de su lugar de origen. A ellos también se debe la supervivencia de algunas obras prohibidas, a las que los bibliotecarios llegaron a cambiar el título y el nombre del autor para evitar su destrucción por los duros defensores de la ortodoxia.

El libro durante la Alta Edad Media, durante estos tiempos de ignorancia, tuvo, además del material e intelectual, un valor simbólico, parecido al de la cruz. Algunos evangeliarios pertenecientes a los grandes misioneros fueron considerados reliquias y conservados en cajas ricamente labradas en los altares de los monasterios fundados por ellos, en vez de en la biblioteca.

Por otra parte, las bibliotecas fueron normalmente de instituciones religiosas, monasterios y catedrales principalmente. Prácticamente no existieron bibliotecas privadas, excluidas las imperiales mencionadas, algunas reales, las ocasionales de algunos parientes de emperadores y reyes y las pertenecientes a algún que otro prelado.

En ellas era casi inexistente la literatura pagana, cuya desaparición se había iniciado en el siglo IV como consecuencia del hábito, de acuerdo con los criterios de los bibliotecarios de Alejandría establecidos para la literatura griega en el siglo II a. de C, de seleccionar los autores y las obras estimadas importantes.

La pérdida de las no seleccionadas se hizo definitiva al no pasar, por haber perdido interés, a la nueva forma del libro, el códice, y quedar en la original, el rollo, cuya duración material no solía ser superior a los doscientos años.

El gusto por la literatura pagana desapareció, además, al desaparecer la vida urbana y las escuelas para laicos. Tan es así que en tiempos de Casiodoro y San Isidoro se conservaban aproximadamente las mismas obras que hoy. Durante los siglos que siguieron, las supervivientes fueron escasamente leídas y se mantuvieron olvidadas en los armarios de las bibliotecas por el arraigado sentimiento de conservación hacia el libro en general.

Un monje declaraba que no era posible un monasterio sin libros, que sería como una mesa sin comida, un jardín sin flores, un campo sin yerba o un árbol sin hojas, lo mismo que un sacerdote sin ellos sería como un caballo sin bridas o un pájaro sin alas.

La colección de libros de una biblioteca, que en España generalmente no sobrepasó mucho el cuarto del millar en las bibliotecas más nutridas, ni en Europa el medio millar, estaba integrada por libros de mayor o menor necesidad. Hay que advertir que el número de obras, libri, era mayor que el de volúmenes, códices.

Su crecimiento no fue progresivo, sino que dependió de las aficiones de los superiores, que, en general, no tuvieron un gran interés en ampliarla. La estimación de los libros obedecía a un doble motivo. Por un lado residía en su utilidad inmediata.

Curiosamente los considerados en la comunidad más útiles, por los más usados, nó eran ni las ediciones voluminosas de la Biblia, que dadas sus dimensiones descansarían en un atril o en un facistol, ni las de las obras de los Santos Padres, que estaban en la biblioteca para la consulta ocasional como fuentes de doctrina, sino ediciones de libros bíblicos sueltos, generalmente glosadas, así como antologías, sumarios y extractos de estas obras, que eran manejados a diario. También sencillas vidas de santos.

Por otro lado, valoraban los códices primero por la claridad de la escritura y la corrección del texto. También por su relación con personas admiradas y respetadas. Después, de forma secundaria, por el valor material, por la bella y rica presentación: encuademación, caligrafía e ilustraciones.

Ocupaban un primer lugar los que podríamos llamar libros fundacionales, que, por ser necesarios para el culto, estaban desde los primeros momentos, como el liber ordinum o ritual, el liber sacramentorum o misal, el liber comicus o leccionario, que contenía los trozos de la Biblia que se leían en la misa, el liber orationum, el liber passionum o pasionario con las vidas de los mártires, el antifonario y el salterio. Los cuatro últimos constituyen lo que ahora se llama Breviario.

Estos libros parecían tener poderes mágicos por ser utilizados para decir la misa, tan llena, por otra parte, de misterios. Se inventariaban como piezas del tesoro y se guardaban fuera de la biblioteca, en las sacristías y capillas, donde eran utilizados. Fueron los primeros libros ilustrados, a veces con gran riqueza, y resguardados con magníficas encuademaciones.

No faltaban los Libros Sagrados, que formaban varios volúmenes y con frecuencia recibían la denominación de Bibliotheca, y no la de Biblia, que se les dio más tarde. Una consideración inmediatamente posterior recibían las obras de los Padres de la Iglesia, especialmente las de los cuatro grandes, San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio y San Gregorio el Grande, más Orígenes.

Seguían las de los grandes maestros medievales, como Boecio, Casiodoro, Casiano, San Isidoro, Beda, las de algunos Padres de la Iglesia Oriental, como San Basilio y San Juan Crisóstomo, y las de los autores más conocidos de la región. En España, por ejemplo, las de San Martín Dumiense, San Leandro, San Braulio, Tajón, San Eugenio, San Ildefonso, San Julián, San Valerio y Beato de Liébana.

Tampoco faltaban la regla de la orden, ni disposiciones canónicas, ni obras de carácter histórico. Finalmente en las escuelas de los grandes monasterios y catedrales había libros dedicados a la enseñanza, gramáticas, geometrías y manuales médicos, e incluso obras, no muchas, de los escritores paganos, cuya finalidad era exclusivamente mejorar la expresión y el estilo. Faltaban, y por eso se han perdido, escritos de herejes, como los arríanos.

No había comercio del libro y consecuentemente la compra no era el procedimiento normal para la formación de las bibliotecas. Los libros fundacionales solían ser entregados por el fundador en el momento inicial. A veces, algún mecenas generoso donaba unos libros por razones piadosas, a veces unos fieles, también por motivos piadosos, legaban libros en sus testamentos, y a veces un monje conseguía en sus viajes libros para el convento. Hubo monasterios que pidieron la entrega de un libro a los que deseaban ser alumnos.

La mayoría de los libros de las bibliotecas monacales procedían de los escritorios del propio monasterio y habían sido copiados por los copistas e iluminadores de la casa con ayuda ocasional de otros monjes e incluso de los alumnos. Las copias se realizaban de ejemplares existentes en la biblioteca o solicitados de otros monasterios en préstamo con este fin.

Facilitaron la difusión de los libros esenciales en la cultura medieval europea los préstamos que en todo tiempo se hicieron los monasterios entre sí y de manera especial con ocasión de viajes de peregrinación o evangelización.

Los monjes solían, además, llevar algún pequeño libro en los viajes para leer en cuanto se presentaba la ocasión. Para los préstamos al exterior se tomaban medidas cautelares.

El bibliotecario sólo estaba autorizado a hacerlo a las iglesias próximas o a personas de reconocida riqueza. Debía exigir una fianza igual o superior al valor del libro y anotarlo en un registro, generalmente en unas tabletas enceradas. Naturalmente al bibliotecario le estaba prohibido vender, regalar o empeñar los libros, y hacer determinados préstamos sin la autorización del abad.

Los libros, como hemos dicho, se guardaban en armarios, que podían estar en el escritorio, en la iglesia, en un pasillo o en el claustro, pues hasta el siglo XII, con el desarrollo del Císter, no se dedicó un lugar determinado para guardarlos, es decir, no apareció el depósito de la biblioteca.
Había una lectura en común que se realizaba durante las comidas y en las reuniones capitulares. En estos casos las obras más utilizadas eran vidas de los padres orientales, la regla monacal y algunos libros bíblicos.

No solía haber una sala común de lectura, aunque en algunos monasterios existió el atrium lectorum, iluminado por la noche, para que el abad y los monjes pudieran leer allí. Cada monje leía, en voz baja y durante varias horas al día, en su celda o paseando y la entrega de los libros la hacía el bibliotecario de acuerdo con la regla y en ocasiones con un cierto ritual, especialmente en las solemnidades de Cuaresma, época en que la lectura y meditación eran muy recomendadas.

Por ejemplo, la regla de Cluny establece que el segundo día de la Cuaresma, después de la lectura de la parte de la regla que se refiere a la observancia de aquélla, se lea en voz alta, ante la comunidad reunida en la sala capitular, la relación de los libros que fueron retirados anteriormente en préstamo por los monjes.

Al oír su nombre cada monje se levantará y entregará su libro, que será colocado en una estera que se habrá puesto en el suelo de la sala. Si el monje no lo había leído por completo, debería disculparse ante la comunidad. Después los libros se volverán a distribuir y el bibliotecario tomará nota del nombre del monje y del título de cada obra en una tableta algo mayor de las normales.

Los cartujos, además de la obligación de la lectura, tenían la de copiar libros y en las celdas individuales disponían de materiales para escribir y de dos libros. Se les recomendaba que tuvieran mucho cuidado para evitar que sufrieran por causa de la humedad, insectos o suciedad y se les encarecía que para los miembros de su orden los libros eran el único medio de predicación, pues, por el voto de silencio, estaban obligados a predicar con las manos en vez de con los labios.

Por su parte los agustinos recomendaban que los armarios fueran de madera para evitar la humedad y que por dentro estuvieran divididos por tablas verticales y horizontales con el fin de que los libros no sufrieran por el roce y se pudieran localizar fácilmente. Las tablas se distinguían con letras y se exigía que el encargado de los libros supiera los títulos de todos y los revisara para prevenir daños. No se permitía que el que hubiera retirado un libro en préstamo, lo prestara, a su vez, sin autorización del bibliotecario.

Los libros de uso diario debían estar en un lugar accesible a todos y de ninguna manera se toleraba que se los llevaran a las habitaciones particulares o los dejaran en lugares apartados. Se advertía que nadie, sin permiso del bibliotecario, podía corregir o borrar algo de los libros.

En España hay un caso curioso de lo que hoy llamaríamos sistema bibliotecario. San Genadio, restaurador del monasterio de San Pedro de los Montes y de otros tres más en el Bierzo, dotó a cada uno de una colección de libros litúrgicos esenciales y formó otra de una veintena de libros (Etimologías, Morales, Vidas de los Padres, Historia de Varones Ilustres, etc.) para que circulara periódicamente entre los cuatro.

El libro y la lectura fueron esenciales en la vida monástica altomedieval y en el mantenimiento de la unidad religiosa europea, pues eran raros los contactos personales, a pesar de las peregrinaciones, y la formación se había de realizar con la lectura y la meditación sobre unos mismos textos. De ahí la propaganda de la lectura: la ignorancia es madre de muchos males; la biblioteca (armarium) es el arsenal (armamentarium) del monje, y la afirmación de San Jerónimo de que el amor a las Escrituras ayuda a superar las debilidades de la carne.

En los monasterios se sentía un gran cariño por los libros no sólo por ser imprescindibles para la vida religiosa, sino porque habían sido producidos con gran esfuerzo en el propio monasterio y habían ido envejeciendo al servicio de la comunidad. Eran, al ser pocos, viejos y entrañables conocidos, o, mejor, miembros de la familia.

Fuente Consultada:
Historia de las Bibliotecas – Biblioteca del Libro –  de Hipólito Escolar – Capítulo 4 – Fundación Germán Sanchéz Ruiperez

Bibliografía Utilizada por el Autor:
Bruce, Lorne D.: «The Procurator Bibliothecarum at Rome», The Journal of Library History, Spring, 1983.
Bilke, O. A. W.: Román Books and their Impact, Leeds, 1977.
loberts, C. H.: «The codex», en Proceedings of the British Academy, 1954.
rurner, Eric G.: The Typology of the Early Codex, Philadelphia, 1977.

Las Bibliotecas en la Antigua Roma Historia y Caracteristicas

Historia de las Bibliotecas en la Antigua Roma

La mas destacadas de las aniguas bibliotecas romanas no hay dudas que fue la de Alejandría, ciudad  fundada por el macednoio Alejandro Magno durante sus conquistas hacia el oriente.

En el año 332, Alejandro, después de haber ultimado la conquista de Egipto y de haberse hecho reconocer «hijo de Amón», funda esta capital cuyo florecimiento material y espiritual se prolongará durante toda la Antigüedad. Hasta que cae bajo dominación romana, en el 47 a.C, Alejandría goza de una gran prosperidad económica y desarrolla un importante papel en todos los intercambios que tienen lugar en el Mediterráneo oriental.  Alejandría se convertirá, a partir de entonces, en el gran mercado del libro del mundo antiguo.

Respecto a la historia de esta gran biblioteca puede acceder desde aqui para leer sobre su historia , evolución y final. También describimos sobre sus directores y cientificos que trabajaron e investigaron en ella.

En Roma, como en tantos otros pueblos, primero fueron los archivos y luego las bibliotecas. Más aún, como el genio romano fue esencialmente administrativo y organizador, a lo largo de su historia concedieron mayor atención a aquéllos que a éstas.

Hay noticias antiguas de archivos privados, en los que los comerciantes registraban sus operaciones. Más recientes fueron las primeras bibliotecas privadas, constituidas con los libros que se trajeron de Oriente los generales victoriosos, junto con oro y joyas, esculturas y pinturas y también esclavos cultos, los primeros en organizarías y en utilizarlas.

El primero de todos fue Lucio Emilio Paulo, que ofreció a sus hijos (el menor de los cuales era el que después fue conocido como Escipión el Africano) los libros de la biblioteca del último rey de Macedonia, Perseo, después de derrotarle en Pidna. Detrás vino Sila, que, como hemos dicho, se apoderó en Atenas de los libros de Aristóteles adquiridos por Apelicón; o los que reunió Lucio Lúculo durante sus conquistas en Asia Menor, etc.

Pero sus dueños las abrieron con generosidad a los que deseaban consultarlas y Cicerón, según su propia expresión, devoró los libros de la biblioteca de Sila, que su hijo, Fausto, tenía en su residencia de Cumas.

Aunque en el siglo n a.C. ya circulaban libros latinos, estas primeras bibliotecas estaban constituidas principalmente por obras griegas. Polibio y los mil rehenes aqueos que fueron traídos a Roma después de la batalla de Pidna hicieron posible la célebre sentencia horaciana: Graecia capta ferum victorem cepit, «Grecia vencida venció a su fiero vencedor».

También fueron importantes en este sentido las charlas que Crates, director de la biblioteca de Pérgamo retenido en Roma una larga temporada a causa de un accidente, dio allí con notable éxito.

Así se explica que las bibliotecas públicas que se construyeron después en Roma se inspiraran en la de Pérgamo. Situadas junto a un templo, constaban de una sala para depósito y un pórtico para leer, paseando, en voz alta, todo adornado con pinturas y bustos de escritores célebres. Por lo que se refiere al contenido, estaban divididas en dos secciones, a veces con edificios diferentes, destinadas respectivamente a los libros latinos y a los griegos.

César, que había vivido en Alejandría, quiso dotar a Roma de una gran biblioteca pública con secciones griega y latina y encargó de reunir y ordenar los libros a Marco Terencio Varrón, autor de uno sobre bibliotecas, De bibliothecis III, citado por Plinio y que contenía información tan equivocada como la referida anteriormente sobre la invención del pergamino o la de que el papiro fue usado para escribir sólo después de la conquista de Egipto por Alejandro Magno. Pero César no consiguió ver convertido en realidad su proyecto a causa de su precipitada muerte.

También el archivo central de Roma, el Tabularium, construido el año 79 a.C, se adelantó a la primera biblioteca pública romana, que se debió a C Asinio Polión, general, orador, historiador y poeta, amigo en su juventud de Catulo y en su madurez de Horacio y de Virgilio, que, en frase de Plinio el Viejo, ingenio hominum rem publicam fecit, «puso al servicio de todos las creaciones de los hombres». Situada en el Atrio de la Libertad, tenía, al decir de San Isidoro, las dos secciones (griega y latina).

Por sugerencia de Augusto, que fue aficionado a propuestas de esta naturaleza, empleó en su fundación el botín que había conseguido en la campaña de Iliria (39 a.C). Introdujo en Roma lo que después fue costumbre generalizada, decorar la biblioteca con bustos de escritores fallecidos, aunque hizo una excepción en honor de Varrón, cuyo busto colocó en vida de éste.

Otra excepción fue hecha por T. Pomponio Ático colocando en su biblioteca el busto de su amigo Cicerón frente al de Aristóteles.

Al mismo tiempo Augusto creaba en Roma dos grandes bibliotecas, con sus correspondientes secciones latina y griega. Una (33 a.C.) en el campo de Marte, llamada comúnmente Pórtico de Octavia, por la hermana de Augusto, pues estaba dedicado a un hijo suyo, Marcelo. La otra (28 a.C.) en el Palatino, junto al templo de Apolo.

La primera biblioteca estaba en uno de los conjuntos arquitectónicos más amplios y bellos de Roma, en un espacio de 18.000 metros cuadrados cerrado por una doble columnata, en cuyo centro se levantaban dos templos dedicados, respectivamente, a Júpiter y a Juno, y dos amplias salas (curia y schola) para reuniones políticas la primera y para simples encuentros y conversaciones la segunda.

Su primer bibliotecario fue Gayo Meliso, liberto y profesor de Mecenas y autor dramático. El templo de Apolo y la biblioteca se erigieron, en un espacio similar al de la Biblioteca del Campo de Marte, en memoria de la batalla de Actium en la que Octavio derrotó a Marco Antonio, y contaba, como el templo de Atenea y la biblioteca de Pérgamo, con un gran pórtico, retratos de escritores célebres y una colosal estatua de Apolo.

plano de una biblioteca roma antigua

Plano del Pórtico de Octavia

planta de biblioteca romana

Plano del Foro de Trajano-Biblioteca Ulpia

Los libros de la última fueron reunidos por Pompeyo Macer, si bien el director fue C. Julio Higinio, español y liberto de Augusto y uno de los más importantes filólogos de su tiempo. Escribió sobre agricultura, historia, religión y arqueología y fue amigo de Ovidio.

Precisamente esta amistad le costó perder la protección de Augusto y murió en la miseria.

Tiberio creó una biblioteca pública en Roma junto a su palacio. Vespasiano hizo otra junto al templo de la Paz. Más importante que ambas fue la establecida por Trajano (113 d.C.) y por ello fue llamada Ulpia, rival de las de Alejandría y Pérgamo.

interior de la biblioteca de Ulpia en Roma antigua

Estaba situada al fondo del foro de Trajano, entre la Basílica Ulpia y el Templo del Divino Trajano. Constaba de dos edificios, uno para cada una de las secciones, de unos 450 metros cuadrados cada uno, y en medio estaba la célebre columna Trajana, simbólico y monumental rollo describiendo las guerras dacias. En ella se conservaban numerosos documentos públicos, por lo que es probable que fuera, además, archivo histórico.

A pesar de que las bibliotecas eran presa fácil del fuego y muchas perecieron en incendios, en tiempo de Constantino había en Roma veintiocho.

Por ser bastantes las bibliotecas sostenidas por los emperadores, dentro de Roma y fuera de la urbe, como la de Alejandría, Tiberio creó el cargo de procurator bibliothecarum, «director general de bibliotecas», a cuyas órdenes estaban los bibliotecarios que trabajaban en cada una de ellas.

Al principio el cargo fue ocupado por un liberto afecto a la casa imperial, pero pronto, en la segunda mitad del propio siglo primero, los nombramientos se reservaron para personas pertenecientes al orden ecuestre, lo que indica que el sueldo y la categoría eran elevados.

Entraba el puesto en el cursus honorum o carrera administrativa, aunque para conseguirlo no se precisó el servicio militar previo. Fueron seleccionadas personas con buena formación administrativa e intelectual. En ocasiones fue promovido a él el director de la Biblioteca de Alejandría.

El primer nombrado fue Julio Papo, amigo de Tiberio, que era ciudadano romano de origen griego, y el más famoso fue el historiador C. Suetonio Tranquilo, amigo de Plinio el Joven, con el que estuvo en Bitinia, que llegó a secretario de Adriano, pero que perdió su favor a causa de la emperatriz y fue desterrado a la isla de la Gran Bretaña.

En el siglo III desapareció el cargo y cada biblioteca tuvo a su frente un director. Los emperadores, retenidos por las continuas guerras, no paraban en Roma y no pudieron demostrar interés por las bibliotecas, si alguno lo tuvo.

En el siglo IV, trasladada la capital a Constantinopla, la decadencia fue mayor y Amiano Marcelino habla de las bibliotecas romanas cerradas como tumbas.

No hubo una doctrina bibliotecaria aunque sabemos cuáles eran las obligaciones de un buen bibliotecario, el del emperador Diocleciano, que disponía de una gran biblioteca en su capital Nicomedia.

Las describe el obispo Theonas de Alejandría, que vivió a fines del siglo III, en una carta a Luciano, secretario del emperador: conocer y mantener ordenados los libros, buscar copistas escrupulosos y hombres cultos para corregir su trabajo; reparar los libros deteriorados y no encargar, salvo orden expresa del emperador, ejemplares lujosos sobre pieles de púrpura; sugerir a su señor los libros que debe leer personalmente o escuchar su lectura y comentar en su presencia aquellos que pueden serle útiles en su gobierno más que los que simplemente puedan deleitarle.

El funcionamiento de las bibliotecas dependió de los gustos de los emperadores. Los edificios y las colecciones fueron pequeños porque era poca la demanda de lectura pública, ya que los romanos preferían trabajar, aislados y tranquilos, en sus bibliotecas privadas o en las de los amigos y sólo acudían a la biblioteca pública en busca de un libro raro, que normalmente retiraban en préstamo.

A veces se alojaron en edificios construidos con otra finalidad principal, como templos o simples lugares de concurrencia ciudadana, como basílicas y baños.

No fueron las bibliotecas romanas una parte importante de las instituciones educativas, ni muy frecuentadas por los escritores. Tampoco los bibliotecarios se creyeron en la obligación de fijar, jerarquizar y conservar la literatura romana para las generaciones futuras, como hicieron los de la Biblioteca de Alejandría.

Las librerías y las bibliotecas depositaban los libros en estanterías, llamadas plutei y, si estaban fijas a las paredes, pegmata. Los huecos que formaban los elementos verticales y horizontales recibían por asociación de imágenes el nombre de nidos, nidi, y foruli y loculamenta, por su parecido a las celdillas de un panal.

También se usaron armarios, armaría, para guardar libros y su uso se generalizó cuando el códice fue sustituyendo al volumen o rollo, pues el armario era conveniente para guardar los dos tipos de libro.

Las bibliotecas privadas se generalizaron en todo el imperio en el siglo I d.C, como puede advertirse, por ejemplo, en las bibliotecas descubiertas en las excavaciones recientes de Timgad, en el norte de África, y en Herculano en el siglo XVIII.

Las excavaciones realizadas en esta última ciudad que juntamente con Pompeya quedó sepultada por las cenizas de la erupción del Vesubio en el año 79 d.C, pusieron al descubierto cerca de 1.800 fragmentos y rollos de papiros carbonizados.

La mayoría se encontraron en la casa, hoy llamada Villa dei Papiri, que, al parecer, fue de L. Calpurnio Pisón, suegro de César, y constituían una biblioteca filosófica en la que predominaban obras en griego de Epicuro y de su seguidor Filodamo de Gadara.

Con gran habilidad y paciencia pudieron leerse algunos rollos, no sin grandes dificultades, que todavía no han sido superadas, pues no ha podido encontrarse un procedimiento satisfactorio para desenrollarlos. Se conservan en la Biblioteca Nacional de Nápoles, menos algunos que fueron llevados a la Biblioteca Bodleiana de Oxford.

Cicerón habla de su biblioteca en Roma y de la que tenía en su casa de Ancio, donde veraneaba, pues era corriente entre los ricos romanos tener una biblioteca en cada una de sus mansiones principales.

Por él sabemos algo de la biblioteca de su amigo Tito Pomponio Ático y por otros documentos conocemos los nombres de otros propietarios de bibliotecas privadas, como el poeta Aulo Persio Flaco, que dejó en su testamento 700 volúmenes a un amigo, o como Epafrodito, que, según la Suda, llegó a reunir en su biblioteca 30.000 volúmenes, o como el tutor del emperador Gordiano, Serenio Samónico, que legó a aquél 62.000 volúmenes.

Realmente pocos fueron los ricos o los miembros distinguidos de las profesiones liberales (abogados, médicos, retores) que no poseyeron una de mayores o menores dimensiones.

Esta moda llegó a irritar a Petronio, que en el Satiricón muestra a Trimalción ignorante y presumiendo de sus numerosos libros, y aún más a Séneca. Éste en su ensayo De tranquillitate animi arremete contra los ricos romanos que llenaban sus viviendas de libros que no leían:

«El gasto en los estudios, que es el mejor de todos, sólo es razonable dentro de ciertos límites. ¿Qué utilidad tienen esos innumerables libros y bibliotecas de los que sus dueños a duras penas pueden leer en toda su vida los títulos?.

El excesivo número no instruye, antes bien supone una carga para el que trata de aprender y es mejor entregarse a unos pocos autores que perderse entre muchos. Sucede con muchas personas ignorantes de lo más elemental que tienen los libros para adornar sus comedores, en vez de como medios para aprender. Ténganse los libros necesarios, pero ni uno solo para exhibición.

Claro que se puede decir que es preferible gastarse el dinero en libros que en vasijas corintias o en cuadros. Siempre es malo cualquier exceso. ¿Por qué disculpar al que desea estanterías de madera rica y marfil, al que busca las obras de autores desconocidos y no buenos y al que bosteza entre tantos miles de libros porque le agrada muchísimo ver los lomos y los títulos de su propiedad? Verás en las casas de los más perezosos las estanterías llenas hasta el techo con todas las obras de los oradores y de los historiadores.

Pues hoy, como la sala de baños, la biblioteca se considera un ornamento necesario de la casa. Todo ello se podría perdonar si se debiera a un gran amor a los estudios, mas, realmente, estas colecciones de las obras de los más ilustres autores con sus retratos se destinan para el embellecimiento de las paredes.»

Luciano de Samosata, un siglo después, compara a un ignorante propietario de libros con un burro que mueve las orejas al oír la lira.

De toda formas, las bibliotecas privadas fueron útiles a los amigos e invitados del dueño y especialmente a los esclavos de la casa, entre los que no faltarían personas cultas, a los que les correspondía actuar de secretarios, de bibliotecarios y de profesores. Además, con frecuencia, los propietarios eran realmente cultos e incluso algunas bibliotecas respondían a la formación y especialización de sus dueños, como la citada de Herculano, que sólo contenía fondos filosóficos y fundamentalmente de una escuela.

No faltan, por otra parte, referencias a las facilidades que algunos autores encontraron en bibliotecas públicas y privadas para la composición de sus obras.

Tal importancia alcanzó la biblioteca en la vida de los romanos que el arquitecto Vitruvio en su libro se refiere a ellas varias veces. Dice que las casas de las personas principales han de contar con vestíbulos, atrios, patios muy amplios, jardines, paseos, pinacotecas y bibliotecas porque con frecuencia en ellas se celebran reuniones. Recomienda que las pinacotecas se orienten al norte y las bibliotecas al este, lo mismo que los dormitorios, porque requieren luz matinal y porque los libros no se echan a perder tan fácilmente, pues todo lo que mira al sur o al poniente se estropea por la polilla y la humedad.

Naturalmente, las bibliotecas públicas proliferaron por todas las ciudades del imperio, según sabemos por noticias escritas o por hallazgos arqueológicos. Fueron fundadas unas veces por las autoridades locales, otras por generosos ciudadanos, como Plinio el Joven en su ciudad natal, Como, y otras, por los propios emperadores, como la creada por Adriano en Atenas, o las que donaron Trajano y Diocleciano a Antioquía y Nicomedia, respectivamente.

Aunque no nos han llegado noticias de ellas, frente a las bibliotecas hechas con fines de ostentación o a las de los ricos aficionados a la literatura y a la filosofía, tuvo que haber, dado el carácter práctico del genio romano, otras que podíamos llamar profesionales, cuya existencia se puede deducir, además, de la pervivencia de algunos títulos de obras técnicas.

Un primer puesto debieron ocupar entre los profesionales del foro, las obras jurídicas, cuyo número fue tan crecido que cuando Justiniano ordenó la célebre refundición de las disposiciones legales, los encargados de hacerla tuvieron que leer 2.000 obras diferentes.

La medicina tenía una literatura propia desde los tiempos de Hipócrates y las obras de éste, de Galeno, de A. Cornelio Celso y de Dioscórides, por citar sólo unos pocos grandes nombres, no pudieron faltar en las casas de los médicos importantes.

También existió un gran interés por la agricultura a causa de la fuerte tradición campesina del pueblo romano y por la afición que se despertó más tarde, entre aristócratas y ricos, por vivir en fincas campestres. Lo mismo por las obras públicas y debió de ser grande el número de libros entre ingenieros, arquitectos y militares sobre construcción de edificios, caminos, puentes, acueductos, presas, puertos, etc., y sobre técnica y arte militar.

Las primeras bibliotecas cristianas: Antes de cerrar este apartado será conveniente dedicar dos palabras a las primeras bibliotecas cristianas que existieron en el Imperio Romano, antes de comenzar la Edad Media.

A principios del siglo iv el Imperio Romano sufrió un cambio radical, que tuvo repercursiones de todo tipo y entre ellas las que afectaron a las formas culturales en general y al libro y las bibliotecas en particular. Todo empezó con el llamado edicto de Milán (313), disposición de Constantino y Licinio por la que devolvían a los cristianos los bienes que les habían sido incautados y se declaraba la libertad de cultos.

A partir de estos momentos el libro y las bibliotecas cristianas recibieron protección oficial, pudieron actuar a la luz del día y alcanzaron un creciente desarrollo frente a la decadencia continuada en que fue cayendo la cultura pagana.

Pero antes de esta fecha las comunidades cristianas sintieron necesidad de libros para sus celebraciones religiosas, en las que se leían textos sagrados de carácter formativo, edificante y disciplinario. Su número fue creciendo, aunque en relación siempre con la importancia de la comunidad o con el amor a los libros que sintieron sus jefes.

A finales del siglo ni, las comunidades, en general, poseían bastantes libros, que fueron destruidos, cuando fueron encontrados, durante la gran persecución ordenada por Diocleciano.

Tan importante fue para su actividad el libro, que acabaron cambiando su forma al optar por una nueva, el códice, que terminó formado por hojas de pergamino, en vez de las primitivas tabletas enceradas y las posteriores hojas de papiro.

En las modestas iglesias primitivas, la biblioteca, como la sacristía, se reducía a sendos armarios colocados en el ábside y embutidos con frecuencia en el muro. En uno se guardaban los libros y en el otro los vasos y ornamentos sagrados.

La protección de Constantino a la Iglesia cristiana quedó clara cuando no permitió que en la nueva capital, Constantinopla, por él creada en el lugar que ocupaba la antigua ciudad griega de Bizancio, junto al Bosforo, se establecieran cultos paganos.

Construyó grandes templos cristianos y, preocupado por la falta de libros religiosos, escribió a su consejero Eusebio de Cesárea encargándole la confección de 50 códices de las Divinas Escrituras, escritos en pergamino de primera calidad, que pudieran leerse fácilmente. El encargo se hizo y los ejemplares se confeccionaron en dos tamaños, unos en terniones, los de gran tamaño, y otros en cuaterniones, los de tamaño menor.

Naturalmente, no se ha conservado ninguno de estos códices, pero de su forma podemos darnos una idea con el Códice Sinaíti-co, adquirido hace medio siglo a las autoridades soviéticas por el British Museum, que contenía el Antiguo y Nuevo Testamento. Lo encontró, a mediados de la pasada centuria, cuando parte de sus hojas estaban en una cesta como papelote, el profesor ruso Constantino Tischendorf.

Está escrito sobre pergamino con letra uncial, unas páginas a dos columnas y otras a cuatro, y parece ser de la segunda mitad del siglo IV. Similares a él son otros viejos códices denominados Vaticano, Alejandrino y Serraviano, que contienen el Antiguo Testamento.Constantino creó una gran biblioteca, con el doble carácter de latina y griega que tenían las bibliotecas establecidas anteriormente en Roma. Tuvo un rápido crecimiento, fue consumida por el fuego al siglo y medio de su existencia, cuando contenía, según algunas informaciones, más de 100.000 volúmenes, y rápidamente restaurada.

Otro emperador, Constancio, creó, hacia el 356, una gran biblioteca con su correspondiente escritorio para la escuela de enseñanza superior que para las enseñanzas seculares existía en Constantinopla, donde no se enseñaba teología, sino literatura, ciencia y filosofía, pues su finalidad era la formación de los futuros funcionarios. Había en ella una variadísima colección de obras clásicas de primera categoría y también de otros muchos escritores no tan importantes

Son pocas las bibliotecas cristianas de que tenemos noticias concretas. Por ejemplo, de la que formó en la primera mitad del siglo ni en Jerusalén su obispo Alejandro, que fue utilizada por Eusebio de Cesárea para su Historia Eclesiástica.

Más importante, al parecer, fue la que a finales de esa centuria reunió en Cesarea de Palestina el discípulo de Orígenes, Panfilo, hombre, según San Jerónimo, cuyo interés por la creación de su biblioteca puede compararse con el de Demetrio de Falero y de los Pisístrato. Su fama no descansó tanto en la cantidad de obras que poseía como en la calidad de algunas.

En esta biblioteca se conservaba quizá el original hebreo del Evangelio de San Mateo y la mayoría de las obras de Orígenes. Allí acudió San Jerónimo para consultar estas últimas y especialmente colacionar la Hexapla, edición del Antiguo Testamento hecha por Orígenes, con el texto, y de ahí el nombre, dispuesto en seis columnas.

Las dos primeras contenían el texto hebreo, una en caracteres hebreos y otra transcrita en caracteres griegos. Las cuatro restantes daban las versiones griegas más famosas: Aquila, Símaco, LXX y Teodoción.

San Agustín en su lecho de muerte (430) recomendó que la biblioteca de la Iglesia de Hipona fuera conservada por sus sucesores. También tenemos noticias, por haber trabajado en él San Jerónimo, del Archivum construido en Roma por el papa San Dámaso (366-384) y adornado con pórticos, como las bibliotecas romanas, cuyo destino principal fue la custodia de los documentos pontificios, pero en el que estarían depositadas obras religiosas y literarias valiosas. Como es natural, en las bibliotecas cristianas como ésta, los retratos representarían, más que a los grandes escritores paganos, a los Padres de la Iglesia.

Esta breve enumeración no supone un balance de todas las bibliotecas que tuvieron los cristianos, pues biblioteca propia y grande como la de San Jerónimo y San Agustín debieron de poseer otros famosos escritores.

Precisamente San Agustín cuenta en sus Confesiones que una vez que fue a visitar a San Ambrosio lo encontró leyendo en su biblioteca y quedó sorprendido porque leía en voz baja. También debieron de tener biblioteca escritores de la Iglesia oriental como Clemente de Alejandría, San Basilio, San Juan Crisóstomo y los dos San Gregorio, Niceno y Nacianceno, en Oriente.

Fuente Consultada:
Historia de las Bibliotecas – Biblioteca del Libro –  de Hipólito Escolar – Capítulo 4 – Fundación Germán Sanchéz Ruiperez

Bibliografía Utilizada por el Autor:
Bruce, Lorne D.: «The Procurator Bibliothecarum at Rome», The Journal of Library History, Spring, 1983.
Bilke, O. A. W.: Román Books and their Impact, Leeds, 1977.
loberts, C. H.: «The codex», en Proceedings of the British Academy, 1954.
rurner, Eric G.: The Typology of the Early Codex, Philadelphia, 1977.

 

Frases De Virtud Citas Celebres de Virtud Pensamientos Geniales

CITAS CÉLEBRES SOBRE LA VIRTUD

“Creedme; cosa divina es prestar; deber es una virtud heroica.”

François Rabelais

“La mayor virtud no compensa el defecto del talento.”

Gertrudis Gómez de Avellaneda

“La constancia es la virtud por la que todas las otras dan su fruto.”

Arturo Graf

“Prefiero un vicio tolerante a una virtud obstinada.”

Jean-Baptiste Poquelin (Moliére)

“La virtud es su propia recompensa.”

John Dryden

“La modestia es la virtud de los que no tienen otra.”

Álvaro de La iglesia

“La paciencia es una virtud, excepto cuando se trata de apartar los inconvenientes.”

Margaret Thatcher

“No hay mejor negocio que comprar a los hombres por lo que valen y venderlos por lo que ellos creen que valen.”

Jacinto Benavente

“El encanto es la virtud sin la cual todas las demás son inútiles.”

Robert Louis Stevenson 

“Asume una virtud si no la tienes.”

William Shakespeare

Las lenguas románicas o romances Proverbios Populares

Las Lenguas Románicas o Romances

También llamadas romances o neolatinas, las lenguas románicas son el resultado de la diferente evolución que experimentó el latín vulgar en las diversas regiones de la Romania (que en la actualidad abarca España, Francia, Italia, Portugal y Rumania).

El latín es una de las lenguas que, junto con el osco, el umbro y el falisco, configura la rama itálica del indoeuropeo, una lengua que se hablaba hace seis mil o siete mil años en una zona de Europa o de Asia que no ha sido posible precisar, puesto que no ha llegado hasta nosotros documento alguno (entonces no existían sistemas gráficos de escritura).

A finales del siglo XVIII, la incipiente lingüística comparada identificó ese tronco común con el sánscrito (hoy sabemos que éste no es sino otro descendiente del indoeuropeo). Ya en los siglos XIX y XX, la reconstrucción del árbol genealógico de esta vasta familia arrojó nueva luz sobre el nexo de unión entre sus distintos componentes, y permitió descubrir que el latín —hermano del osco, el umbro y el falisco— formaba parte de la rama itálica. 

La romanización

Original de Roma, una pequeña aldea del Lacio que más tarde se convertirla en cabeza del imperio, el latín fue extendiendo sus dominios progresivamente, a menudo a través de conflictos bélicos. Así, las guerras púnicas o fenicias decidieron la supremacía de Roma sobre el Mediterráneo y ya la primera (264-241 a. C.) concluyó con la incorporación de Sicilia, Córcega y Cerdeña.

A partir de la segunda (218-201 a. C.), cuando Aníbal fue derrotado por Escipión en África, el poder romano se extendió por toda la cuenca occidental del Mare Nostrum y, a partir de ese momento, el avance será imparable: Hispania (197 a. C.); lllyricum (167 a. C.); Africa yAchaía (Grecia>, en el 146 a. C.; Asia (129 a. C.); GaIIia Narbonensis (la antigua Provenza), en el 118 a. C.; Gaula Cisalpina (81 a. C.); Gaula Transalpina (51 a. C.); Aegyptus (30 a. C.>; Rhaetía y Noricum (15 a. C.>; Pannonia (lCd. C.); Cappadocia (17 d. C.); Britannia (43 d. Ci; Dacia (107 d. C.). Una enorme extensión del globo quedó bajo el control de Roma.

La romanización (es decir, la asimilación espiritual y cultural de los diversos pueblos sometidos) no se efectuó de la misma manera en todas partes: en Italia, el proceso fue rápido (gracias a la afinidad de sus habitantes); en Hispania y las Galias se desarrollaron centros romanos florecientes; en las provincias periféricas, por el contrario, la romanización fue más débil y acabaron perdiéndose para el mundo latino (sobre todo desde la invasión de tribus nórdicas).

El apelativo romani sirvió desde antiguo para designar a todos los ciudadanos del imperio, por oposición a los bárbaros y extranjeros. Con el nombre de Rumania y de rumano se ha perpetuado en la zona más oriental de las posesiones romanas, y también se ha conservado en el término romanche (o retorromance, en el este de Suiza y al noreste de Italia), así como en la forma Romagna (en la actualidad, una provincia italiana).

Además de Romanus, existía la palabra romanicus (testimoniada desde el siglo y), aplicada al mundo romano (Romania) en contraposición con Barbaria; y de ahí deriva el adverbio romanice (‘en lengua vulgar’) que hoy identifica a las lenguas que han resultado de la evolución del latín. 

Del latín vulgar al románico común

El latín que hablaba el pueblo no era el mismo que el que manifestaban los escritores. El primero era un latín vulgar, sujeto al cambio; el segundo, un latín culto reacio a las innovaciones. Con todo, se aprecia un descenso en el nivel literario y gramatical de los escritos que se conservan del periodo comprendido entre el siglo VI y el VIII: obras históricas y didácticas, textos del derecho y la administración están redactados en un latín más o menos bárbaro.

La reforma carolingia (patrimonio de la Iglesia y de los doctos) viene a coincidir con el nacimiento de un nuevo idioma (eL romance), diferente de la lengua litúrgica y de la literaria. Una centuria después, la expresión rustíca Romana lingua que figura en uno de los cánones del concilio de Tours (año 813) confirma la transformación: recomienda a los presbíteros que prediquen en lengua románica, con el fin de que los fieles puedan entenderles:

Los lingüistas hablan de románico común para referirse a esta fase de diferenciación, pero no les resulta sencillo determinar de qué lengua se trata (pues no se conserva ningún texto auténtico e íntegro que refleje tal estadio lingüístico). Raynouard, en el siglo XIX, aseguró que esa lingua romanica no era otra que el provenzal antiguo. Desde Friedrich Diez, se ha formulado sucesivas hipótesis en torno a la delimitación y clasificación de los idiomas neolatinos, sobre la base de criterios históricos, lingüísticos, políticos o literarios que han hecho variar el número de lenguas.

Una de las propuestas es la de Tagliavini, que las divide en el grupo del Este, por un lado, y el grupo del Oeste, por el otro, según una línea que atraviesa el noreste de Italia. Los dialectos situados al noroeste de esta línea imaginaria serían más innovadores, en tanto que los otros serían más conservadores. De Este a Oeste localiza los siguientes subgrupos: balcanorrománico (rumano, dálmata) e italorrománico (italiano, sardo, retorrománico), en el Este; galorrománico (francés, francoprovenzal, provenzal, catalán) e iberorrománico (español, gallego, portugués), en el Oeste. El italiano constituiría la transición entre el balcanorrománico y el italorrománico, mientras que el catalán sería el puente entre el galorrománíco y el iberorrománico.

Esta fragmentación en el seno del romance común posiblemente se empezó a fraguar entre la caída del Imperio romano de Occidente (476 d. C.) y los primeros testimonios escritos en románico que se conservan en varios lugares de Europa. Se inició entonces y de forma paulatina se fue acelerando debido a dos factores: la tendencia general de las lenguas a evolucionar con el tiempo y la diferente dirección que tomó cada una de ellas dadas las divergencias entre las comunidades que hablaban aquella rustica lengua.

Los árboles genealógicos que se han venido trazando para ilustrar las relaciones genéticas en el interior del romance común a menudo se establecen sobre criterios históricos —antes que lingüísticos— y enfatizan las ramificaciones progresivas pero no dan cuenta de las coincidencias lógicas entre variedades que han estado en contacto durante muchos siglos. Además, tampoco pueden explicar por qué en el centro un mismo concepto se expresó con un derivado de X étimo latino y en la periferia con el derivado del étimo latino Y cuando es general la aceptación del principio que confirma la transmisión de rasgos innovadores desde el centro a las provincias.

Estas y otras cuestiones son todavía en la actualidad objeto de estudio de la lingüística románica, cuyo fundador fue curiosamente un alemán (Friedrich Diez), a quien debemos la primera Gramática románica (1836), así como el primer Diccionario etimológico de las lenguas románicas (1854). A continuación llegarían innumerables contribuciones en este terreno: las de W. Meyer-Lübke, Bourciez, Tagliavini, Rohlfs, Menéndez Pidal, etc. En la segunda década del siglo XX, los romanistas crearon una asociación internacional que celebra congresos periódicos desde 1928 y publica desde 1925 la Revue de linguistique romane. 

cuadro lengua romances

Tendencias en la evolución de los distintos romances

Por lo que se refiere al vocalismo, fue generalizada la pérdida de las vocales finales átonas del latín (colpahu español, golpe; francés, coup), así como la desaparición del rasgo fonológico de la cantidad vocálica (largas y breves convergieron en una sola vocal) y la diptongación de las vocales medias tónicas. Las vocales nasales se encuentran sólo en francés y en portugués, y las redondeadas únicamente en francés y algunas variedades del retorromance y del noreste de Italia.

Los más importantes procesos fonológicos que afectaron al consonantismo fueron: la lenición de consonantes intervocálicas (las sordas se sonorizan y las sonoras desaparecen) y la palatalización de consonantes velares y dentales, a menudo con una africación posterior (lactuca > gallego, leituga; español, lechuga; catalán, lletuga). Ambos procesos tuvieron mayor incidencia en el Oeste (de las lenguas occidentales, el sardo fue la única que no palatalizó). Otra característica es la reducción de las geminadas latinas, que solamente preservó el italiano.

Ya en el ámbito de la gramática, habría que destacar los siguientes fenómenos: en el sistema verbal, la creación de formas compuestas (normalmente mediante la combinación de habere con el participio pasado de otro verbo), paralelas al paradigma sintético ya existente; y la construcción de la pasiva con el auxiliar ser y el participio del verbo que se conjuga (el francés y el italiano también emplean ser como auxiliar en los tiempos compuestos de verbos de «estado» y «movimiento»).

Los seis casos de la declinación latina se redujeron y posteriormente fueron reemplazados por frases prepositivas (con todo, el rumano moderno mantiene un sistema de tres casos, probablemente a causa de la influencia del eslavo). Si en latín no había artículos, los romances los desarrollaron a partir de los determinantes; son siempre proclíticos, menos en rumano, lengua en la que van pospuestos al sustantivo. En cuanto a los demostrativos, la mayoría de las lenguas románicas cuenta con tres deícticos que expresan «cercanía» (este), «distancia media» (ese) y «lejanía» (aquel» sin embargo, el francés, el catalán y el rumano distinguen sólo dos términos (uno para «proximidad» y otro para «lejanía»).

El género neutro desapareció en todas partes menos en Rumania. El orden sintáctico responde a la libre disposición de los elementos en la oración propia del latín; aun así domina ordenación sintagmática de sujeto + verbo + objeto (aunque las lenguas del sureste permiten mayor flexibilidad en la ubicación del sujeto).

FUENTE CONSULTADA: GRAN ENCICLOPEDIA UNIVERSAL-ESPASA CALPE.

Las Lenguas: El Latin – Germánicas – Romances o Románicas Proverbios

Las Lenguas: El Latín – Germánicas – Romances

El latín es una lengua indoeuropea que se extendió a lo largo de un vasto territorio. Ello derivó en una evolución diferente según la zona en que se hablase y tuvo como consecuencia su fragmentación en los idiomas romances. ¿Pero significa eso que el latín ha muerto? 

Lacio, una pequeña comarca de la Italia Central, situada a la orilla izquierda del río Tíbet, fue el lugar preciso en donde se gestó el latín. Extendiéndose por toda Europa y por algunos puntos de Asia, esta lengua junto con el osco y el umbro, integraban la rama itálica de la gran familia indoeuropea, de la cual formaban parte el griego, el eslavo, el celta, el germánico, entre otros.

Pero sin lugar a dudas, de ser una pequeña aldea de agricultores en el siglo VIII a.C., la ciudad de Roma vertiginosamente se convirtió en capital del Lacio, que aumento su poder a través del dominio en otros territorios. Su autoridad fue sobre el mediterráneo occidental, España, norte de África y costas meridionales de Francia, hecho que se consiguió tras las guerras de Cartago. Posteriormente, incorporó a su imperio como provincias romanas, a los países del Mediterráneo oriental tras su conquista. 

Este proceso se denominó romanización, teniendo la característica de fluir de igual manera en cualquiera de las regiones que se hallaran afectadas. Esto se manifestaba en la fundación de los núcleos urbanos que tenían como objetivo ser administrados incluyendo su área circundante, en cada uno de ellos además se respetaban las costumbres religiosas de la población, a los cuales se les imponía  el derecho y la lengua de Roma.

Para ello se crearon escuelas en donde se enseñaba el latín, mercados y centros de diversión; fomentando la comunicación; como actividad económica importante se encontraba la explotación de minas y otros recursos naturales de valor en la época impulsando a la generación de riquezas y cultura para los habitantes.

Por ese entonces, y basándose en líneas fundamentales de figuras como Julio César y su sucesor, Augusto, Roma gobernaba una gigantesca porción de la superficie terrestre. Lo que hoy conocemos como: Italia, España, Portugal, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, provincias alemanas del Rhin, Bohemia, Suiza, países danubianos del centro de Europa, península Balcánica, Asia Menor, Siria. Palestina, Egipto y costa mediterránea de África, eran países o regiones que comprendían ese gran imperio universal, del cual Roma era la cabeza y parte imprescindible logrado hasta el momento.

En todas las provincias, regiones de este nuevo imperio se adoptaría como lengua oficial el latín vulgar o coloquial, origen de todas las lenguas románticas. Las peculiaridades de este latín fueron, que en ocasiones convivió con las lenguas propias de las poblaciones indígenas lo que generó un bilingüismo, que con distinta incidencia en cada zona fue desplazándose hasta lograr su total desaparición. Son ejemplos de este hecho, en Italia, la Galia y la península Ibérica, esta última debido a su situación periférica dentro del imperio romano. Pero fue tras las invasiones bárbaras, cuando el latín hablado se perdió por completo en Gran Bretaña y en el centro de Europa.

Por el contrario, en ciertos lugares el latín si se mantuvo, evolucionando y adoptándose a las divergencias léxicas y en menor medida morfológicas propias de cada lugar. Pero puede sostenerse que ante la presión de los pueblos germánicos, es cuando el imperio comienza a agrietarse como el todo que formaba, lo que provocó el quiebre también del latín como lengua oficial, surgiendo así la aparición de un sinnúmero de dialécticos que hoy conocemos con el nombre de lenguas románticas. 

Una inscripción romana en latín

Una inscripción romana en latín

¿Ha muerto el latín?

La respuesta a tal pregunta sería NO, solamente a evolucionado a través del tiempo. Se conserva como uno de las leguas románticas, fruto de una lenta evolución cronológica ya que no desapareció en una fecha exacta u aproximada, como si lo hizo, el 27 de diciembre de 1777, el idioma celta de Cornulles, tras la muerte de la última persona que hablaba mencionada lengua.

La posterior aparición de las lenguas romances, en cualquier caso, no puso fin a la influencia del latín, que mantuvo su estatus de lengua culta en occidente durante toda la edad media e incluso, en campos como la filosofía, hasta los siglos XVII y XVIII.  Sin embargo, el latín, lenguaje de la ciencia europea, sigue siendo el vehículo de comunicación entre los doctos de toda Europa. Pero es la Iglesia, guardiana de la cultura clásica y de la fe católica,  quien se esforzó durante años en mantener se esforzó por mantener su fundamental unidad como elemento identificativo de su comunidad de fieles, por encima de las diferencias nacionales, ya que por ejemplo el Papa, la santidad suprema, la sigue utilizando a esta lengua para redactar sus encíclicas. Por esto, como dice Benturo Terracini (Conflictos de lengua y cultura): «El latín pasa poco a poco al papel de una lengua superliteraria común a todas las vulgares, expresión de un ideal común de cultura, de intereses espirituales, morales, y, sobre todo, religiosos, más bien que norma corriente de expresión».

En síntesis y respondiendo en pocas palabras a la pregunta anterior, el latín lengua milenaria, persiste hoy en día de una forma culta en los textos, tanto eclesiásticos como jurídicos, pero también en las lenguas romances en su etapa más avanzada de desarrollo. La actual autonomía de todos y cada idioma neolatino tiene un mismo origen, el latín. Ya que presentan en sus estructuras fonológicas, gramaticales y léxicas semejanzas provenientes de la parte sur de Europa, que va desde Portugal a Rumania, más precisamente de Romania.  

El alfabeto latino y el plano fónico de la lengua

El alfabeto latino deriva del griego y, en esencia, es igual que el del español. Hacía el siglo í d. C. constaba de 23 signos gráficos: a, 1, c, d, e, f, g, h, j k, l, m, n, o, p, q, s, t, v; x, y; z. 

Las vocales son las mismas que las del castellano, aunque la y la u tenían valor consonántico cuando precedían a otra vocal y formaban sílaba con ella.Un rasgo fonológico singular de las vocales latinas es el de la cantidad, que permitía distinguir las vocales largas de las breves, según el tiempo que se tardara en pronunciarlas (por eso los diptongos siempre eran largos). En consecuencia, también variaba la cantidad de las sílabas: eran largas cuando contenían una vocal larga, un diptongo, o cuando su vocal —a pesar de ser breve— iba seguida de dos consonantes; una sílaba era breve cuando su núcleo vocálico era breve y no iba seguido de dos consonantes.

Otro componente distintivo en el sistema fonológico de las vocales latinas era el del acento prosódico: por lo general, los monosílabos se acentuaban (excepto las preposiciones, las conjunciones y los enclíticos); los bisílabos llevaban el acento en la segunda sílaba; los polisílabos, en la penúltima sílaba si era larga yen la antepenúltima si era breve; cuando una sílaba se veía incrementada por un enclítico, el acento recaía en la sílaba que precedía a la enclítica.

Las consonantes se agrupaban sobre la base de tres puntos de articulación (labiales, dentales y guturales) y cuatro modos de articulación (oclusivas, nasales, fricativas y líquidas). La h, que primitivamente se pronunciaba como una fricativa gutural aspirada, perdió pronto su valor en el entramado de la estructura fónica del latín.

La manifestación de estas consonantes en el habla no era idéntica a la que hoy día se registra en español. Así, c y g ante e, se articulaban igual que ante a, o, u; el grupo consonántico II se pronunciaba como dos eles; la v como u consonántica; el dígrafo ch, como c sencilla; después de q y g, la u sonaba siempre; y la z equivalía al sonido ds. 

Gramática

Los tipos de palabras que podían entrar a formar parte de la oración en latín eran ocho: sustantivo, adjetivo, pronombre, verbo, adverbio, preposición, conjunción e interjección. Estas, a su vez, se dividen en variables (sustantivo, adjetivo, pronombre y verbo) e invariables (el resto). Como se observará, no se ha hecho mención del artículo, puesto que el latín no contemplaba esta categoría en su repertorio morfológico (el artículo del castellano procede de un pronombre/adjetivo demostrativo ille, illa, illum).

En cuanto al género, al igual que en griego había en latín masculino, femenino y neutro. En cambio, no existía el dual del griego; solamente los números singular y plural. La flexión nominal se expresaba además por medio de los casos, las formas que presentan los nombres al tomar distintas desinencias. Siendo los casos una categoría morfológica, indicaban no obstante, a través de esas terminaciones, la función que podía desempeñar el sustantivo en la oración (es decir, contenían también información sintáctica). Al conjunto de los seis casos (nominativo, vocativo, acusativo, genitivo dativo y ablativo) en que un nombre era capaz de flexionarse se le denomina declinación, y en latín había cinco tipos de declinación.

La flexión verbal recibe el nombre de conjugación y se refiere a la serie ordenada de formas que presenta un verbo y que indican el número, la persona, el tiempo y la voz. Dentro del sistema verbal latino habría que destacar las siguientes peculiaridades: la existencia de cuatro conjugaciones (y aun de una quinta o mixta, así llamada porque resulta de la mezcla entre la tercera y la cuarta); las voces deponente (la de aquellos verbos que únicamente tienen formas pasivas, pero con sentido activo) y semideponente (los que son deponentes sólo en los tiempos de perfecto, pero no en los de presente); la conjugación perifrástica activa (que se obtiene al unir el participio de futuro activo con las distintas desinencias del verbo sum, «ser», y que expresa la intención del sujeto de realizar una acción) y la pasiva (producto de unir el gerundívo con las distintas formas de sum y que expresa la necesidad o el deber de que una acción sea realizada por el sujeto); la ausencia de tiempos compuestos

FUENTE CONSULTADA: TEXTO BASADO  EN GRAN ENCICLOPEDIA UNIVERSAL-ESPASA CALPE – WIKIPEDIA – ENCARTA

Frases Sobre la Vida Citas Celebres Sobre Vivir Frases Inteligentes

Frases Sobre La Vida – Citas Célebres

citas celebres

“A veces sucede así en fa vida: cuando son los caballos los que han trabajado, es el cochero el que recibe la propina.”
Daphné du Maurier

“En la vida los bloques de granito se hunden: los corchos siguen flotando.”
Auguste Renoir

“Recuerda que eres tan bueno como lo mejor que hayas hecho en tu vida.”
Billy Wilder

“He tenido éxito en fa vida. Ahora intento hacer de mi vida un éxito.”
Brigitte Bardot

“Mientras dure la vida, que no pare el cuento.”
Carmen Martín Gaite

“Todos somos aficionados: en nuestra corta vida no tenemos tiempo para otra cosa.”
Charles Chaplin

“En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan.”
Enrique Jardiel Panceta

“Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.”
Henry Miller

“La vida es un diez por ciento como la hacemos y un noventa por ciento como la tomamos.”
lrving Berlin

“La vida es como el café o las castañas en otoño. Siempre huele mejor de lo que sabe.”
Maruja Torres

“Sólo los artistas y los niños ven la vida tal como es.”
Hugo von Hofmannstahl

«Siempre estamos empezando a vivir, pero nunca vivimos.»
Marco Manlio
“Lo mejor de la vida es el pasado, el presente y el futuro.”
Pier Paolo Pasolini

“El cine y la vida son como la arcilla: están esperando a que les demos forma.”
Shirley MacLaine

“Se puede comprender la vida hacia atrás; vivirla siempre hacia delante.”
Sóren Kierkegaard

“Una vida lograda es un sueño de adolescente realizado en la edad madura.”
Alfred de Vigny

“He aprendido que una vida no vale nada, pero también que nada vale una vida.”
André Malraux

“La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes.”
John Lennon

“Estar preparado es importante, saber esperarlo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida.”
Arthur Schnitzler

“Perdonamos a los grandes del mundo porque han muerto; pero en vida son imperdonables.”
Aforismo chino

“En la gran mesa de juego que es la vida, el incómodo no es el tramposo que se W mita a jugar de una determinada manera, pero participa sino el que rompe la baraja.”
Johan Huizinga

“La vida es un gorro; unos se lo ponen, otros se lo quitan.”
Proverbio judío

“Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar.”
Antonio Machado

“Estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida.”
Arthur Schnitzler

“Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes. el comentario.”
Arthur Schopenhauer

“No podemos arrancar una página del libro de nuestra vida, pero podemos tirar todo el libro al fuego.”
Aurore Dupin (George Sand)

“La vida es una especie de juego de azar, donde todo el  mundo piensa que el de al lado sabe qué está pasando.
Barbara Probst Soloman

“No os toméis la vida demasiado en serio; de todas maneras no saldréis vivos de ésta.”
Bernard Fontenelle

“La vida es como una nuez, puede cascarse entre almohadones de plumas.”
Arthur Miller

“La vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar cama.”
Charles Baudelaire

“La vida en sí es un proyecto. lo que ocurre es que no siempre somos sus arquitectos.”
Charo Pascual

«La vida no es verdadera vida, sino sólo dolor.»
Eurípedes

“La vida nunca nos depara o que queremos en el momento apropiado. Las aventuras ocurren, pero no puntualmente.”
Edward Morgan Foster

“El cuerpo, si se le trata bien, puede durar toda la vida.”
Enrique Clarasó

“La mitad de la vida es suerte; la otra, disciplina; y ésta es decisoria ya que, sin disciplina, no se sabría por dónde empezar con la suerte.”
Carl Zuckmayer

“La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte.”
Friedrich Wilhelm Nietzsche

“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.”
Gabriel García Márquez

“El que no encuentra un biógrafo ha de forjarse la vida él mismo.”
Giovanni Guareschi

“La edad es muy cansada y la vida dura demasiado tiempo.”
Graham Greene

“Algunas personas enfocan su vida de modo que vivan con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen.”
José Ortega y Gasset

“Cuanto menos se lleve a cabo, más corta parece la vida.”
Guillermo von Humboldt

“Todos encontrarían su propia vida mucho más interesante, si dejaran de compararla con la vida de los demás.”
Henry Fonda

“La vida es la que nos empuja, cuando nos hablarnos propuesto algo muy diferente.”
Henry Miller

“La vida de cada hombre es un camino hacia si mismo, el ensayo de un camino, el baceta de un sendero.”
Hermann Hesse

“La vida es breve, el arte largo, la ocasión fugaz, el experimento peligroso, el juicio difícil.”
Hipócrates de Quíos

“Los deseos de nuestra vida forman una cadena, cuyos eslabones son las esperanzas.”
Lucio Anneo Séneca

“En la vida tenemos la opción de correr junto a la masa o salir huyendo de ella.”
lngrid Bergman

“¡Qué agradable seria nuestra vida si nos la contaran como un cuento, si no hubiéramos de vivirla como una historia!.”
Jacinto Benavente

“El pan es el báculo de la vida.”
Jonathan Swift

“La mayoría de los hombres emplean la primera mitad de su vida en hacer miserable la otra media.”
Jean de la Bruyére

“Sólo las obras dan fuerza a la vida.”
Jean Paul Richter

“La vida no es el bien ni el mal, sino simplemente el escenario del bien y del mal.”
Lucio Anneo Séneca

“En la vida, como en ajedrez, las piezas mayores pueden volverse sobre sus pasos, pero los peones sólo tienen un sentido de avance.”
Juan Benet

“Cada vida ha de tener sus espacios huecos, que el ideal ha de rellenar.”
Julia Ward Howe

«La naturaleza no ha dado al hombre nada mejor que la brevedad de su vida.»
Plinio El Viejo

“El que no valora la vida no se la merece.”
Leonardo da Vinci

“La vida es como una leyenda: no importa que sea larga,sino que esté bien narrada.»
Lucio Anneo Séneca

“Primero el hombre aprende en la vida a andar y hablar. Más tarde, a sentarse tranquilo y mantener la boca cerrada.”
Marcel Pagnol

“La vida del hombre es un breve paseo entre el germen y la momia.”
Marco Aurelio

“Muy pronto en la vida es demasiado tarde.”
Marguerite Durás

“La existencia está tejida en un material de mala calidad que se encoge con el uso.”
Rosa Montero

“La vida es un perpetuo movimiento que, si no puede progresar en línea recta, se desenvuelve circularmente.”
Thomas Hobbes

“La vida es simplemente un mal cuarto de hora formado por momentos exquisitos.”
Oscar Wilde

“Elige la mejor manera de vivir, la costumbre te la hará agradable.”
Pitágoras

“El virtuoso se conforma con soñar lo que el pecador realiza en la vida.”
Platón

“La vida fluye como los ríos y nadie puede bañarse dos veces en la misma agua.”
Rabindranath Tagore

“El mejor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer.”
Walter Bagehot

“Aprende a vivir bien y sabrás morir bien.”
Confucio

“Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que segur mas para lograrlo.”
Peter Bamm

“La vida es el arte de sacar conclusiones suficientes a partir de datos insuficientes.”
Samuel Butler

“En la vida no hay clases para principiantes; enseguida exigen de uno lo más difícil.”
Rainer María Rilke

«La vida es larga cuando es miserable, pero breve cuando es feliz.»
Publio Siro

Ver: Los Valores Humanos

Frases Sabias Del Valor Valentía Dichos Celebres Inteligentes

Frases Sabias De Valor Y Valentía-Citas Célebres

citas celebres

“Para conocer la dicha hay que tener el valor de tragársela.”

Charles Baudelaire

“Hay dos cosas que siempre hacen hablar: el coraje y la vanidad.”

Cristina de Suecia

“Una pizca de probabilidad tiene tanto valor como una libra de quizá.”

James Thurber

“No hay delito mayor que la audacia de destacar.”

Winston Churchill

“La audacia es en los negocios lo primero. lo segundo y lo tercero.”

Thomas Fuller

“La llave del éxito en la vida es el conocimiento del valor de las cosas.”

John Boyle O’Reilly

“No nos hace falta valor para emprender ciertas cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles porque nos falta valor para emprenderlas.”

Lucio Anneo Séneca

“El valor, como las demás virtudes, tiene sus límites.”

Michel Eyquem de Montaigne

“Cínico: un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada”

Oscar Wilde

“Con audacia se puede intentar todo; mas no conseguirlo todo.”

Napoleón Bonaparte

“Un cínico es un hombre que sabe el precio de todas las cosas e ignora aún el valor de una sola.”

Oscar Wilde

“En el fondo son las relaciones con las personas lo que da valor a la vida.”

Guillermo von Humboldt

Ver: Los Valores Humanos

Frases sobre la Tristeza Dichos Sabios y Cultos Citas Celebres

Frases sobre la Tristeza-Citas Célebres

“En la medida en que el sufrimiento de los niños está permitido, no existe amor verdadero en este mundo.”
Isadora Duncan

“Malhaya quien nace yunque en vez de nacer martillo.”
Manuel de Falla

“No hay mayor dolor que recordar los tiempos felices desde la miseria.”
Dante Alighieri

“La corona real no quita el dolor de cabeza.”
George Herbert

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.”
Victor Hugo

“Todos los hombres con talento han sido melancólicos.”
Aristóteles

“El verdadero dolor es el que se sufre sin testigos.”
Marco Valerio Marcial

“Creía que un drama era cuando llora el actor; pero la verdad es que es cuando llora el público.”
Frank Capra

“Si la pena no muere, se la mata.”
Gregorio Marañón

“La tristeza es un muro entre dos jardines.”
Kahlil Gibran

“Si tu mal tiene remedio, ¿por qué te afliges? Si no lo tiene, ¿por qué te afliges?”
Proverbio Inglés

“Lloramos al nacer por tener que entrar en este gran escenario de locos.”
William Shakespeare

Citas sobre el Trabajo Trabajar Dichos Sabios Citas Celebres

Citas Célebres sobre el Trabajo

“Si uno no puede explicar lo que ha estado haciendo, su trabajo carecerá de valor.”
Schrödinger

“La inactividad sólo apetece cuando tenemos demasiado que hacer.”
Noël Coward

“Para ser grande hace falta un 99 por 100 de talento, un 99 por 100 de disciplina y un 99 por 100 de trabajo.”
William Faulkner

“Trabajo deprisa para vivir despacio.”
Montserrat Caballé

“Nunca la persona llega a tal grado de perfección como cuando rellena un impreso de solicitud de trabajo.”
Anónimo

“El trabajo es lo más divertido, podríamos pasarnos horas observándolo.”
Anónimo

“La gente que no para de trabajar lo hace para no tener tiempo de acordarse de que no tiene nada que hacer.”
Francis Picabia

“Un buen remedio contra la enfermedad del yuppie: invierte más tiempo en tu trabajo que trabajo en tu tiempo.”
Friedrich Dürrenmatt

“La inactividad sólo apetece cuando tenemos demasiado que hacer.”
Noël Coward

“Maneja tu negocio o él te manejará a ti.”
Benjamín Franklin

“El que ha llegado tan lejos que ya no se confunde, ha dejado también de trabajar.”
Max Planck

“La inspiración es el trabajo.”
Charles Baudelaire

“Cuando el hombre ya no encuentre placer en su trabajo y trabaje sólo para alcanzar sus placeres lo antes posible, entonces, sólo será casualidad que no se convierta en delincuente.”

Theodor Mommsen

“Un hombre feliz es aquel que durante el día, por su trabajó, y a la noche. por su cansancio, no tiene tiempo de pensar en sus cosas.”
Gary Cooper

“Encuentra la felicidad en el trabajo o nunca serás feliz.”
Cristóbal Colon

Citas celebres Sobre Soledad Frases Cultas e Inteligentes

Citas Célebres Sobre Soledad

“La soledad es el precio de la libertad.”
Carmen Diez de Ribera

“Sólo en soledad se siente la sed de verdad.”
María Zambrano

“La peor soledad que hay es el darse cuenta de que la gente es idiota.”
Gonzalo Torrente Ballester

“La timidez es una condición ajena al corazón, una categoría, una dimensión que desemboca en la soledad.”
Pablo Neruda

“Nadie es más solitario que aquel que nunca ha recibido una carta.”
Elías Canetti

“Jamás hallé compañero más sociable que la soledad.”
Henry O. Thoureau

“Vivir sola es como estar en una fiesta donde nadie te hace caso.”
Marilyn Monroe

“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda.”
Gustave Flauhert

“Nunca se es más activo que cuando no se hace nada; nunca se está menos solo que cuando nadie le acompaña a uno.”
Catán de Utica

“El hombre es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos.”
Carmen Martín Gaite

“Solitario me encuentro cuando busco una mano y sólo encuentro puños.”
Ralph J. Bunche

Frases Celebres de Religion Citas sobre Religión Pensamientos

Frases Célebres de Religión

“Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de oscuridad para brillar.”
Arthur Schopenhauer

“Los que de veras buscan a Dios, dentro de los santuarios se ahogan.”
Proverbio árabe

“Es tan arriesgado creerlo todo como no creer nada.”
Denis Diderot

“La religión no volverá a recuperar su antiguo poder hasta que no se le vean cambios en su rostro, como los hubo en la ciencia.”
Alfred North Whitehead

“La casualidad es quizá el sinónimo de Dios, cuando no quiere firmar.”
Anatole France

“Para los que no tenemos religión, nuestro Dios es el trabajo.”
Paul Bowles

“La religión está en el corazón y no en las rodillas.”
Douglas William Jerrold

“Al hacer una profunda reverencia a alguien, siempre se vuelve la espalda a algún otro.”
Ferdinando Galiani

“La religión deberla servir más para dar ánimos a los buenos que para aterrorizar a los malos.”
Arturo Graf

“El cristianismo podría ser bueno, si alguien intentara practicarlo.”
George Bernard Shaw

“Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que se lo creen todo.”
Gilbert Keith Chestertonmos la suficiente religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos.»
Jonatan Swift

“Contraponer la ciencia con la religión es cosa de gente poco experta en uno y otro tema.”
Paul Sabatier

“Tenemos bastante religión como para odiarnos, pero no suficiente para amarnos.”
Jonathan Swift

“Dios es para los hombres y la religión para las mujeres.”
Joseph Conrad

“La mejor religión es la más tolerante.”
Madame de Girardin (Delphine Gay)

“La medicina hace enfermas: la matemática, tristes; la teología, gente pecadora.”
Martín Lutero

“Para las personas creyentes, Dios está al principio; para los científicos, al final de todas las reflexiones.”
Max Planck

“Cada pueblo tiene la ingenua convicción de ser la mejor ocurrencia de Dios.”
Theodor Heuss

“Cuando siento una terrible necesidad de religión salgo de noche para pintar las estrellas.”
Vincent Willen Van Gogh

«La religión no se suprime suprimiendo la superstición.»
Cicerón

Frases Sobre Política Citas Celebres Gobernar Poder Frases Sabias

Frases Sobre Política-Citas Célebres

“Ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otros sin su consentimiento.”
Abraham Lincoln

“Los bolsillos de los gobernantes deben ser de cristal.”
Enrique Tierno Galván

“El arte de un príncipe consiste en hacer el bien personalmente y el mal por segunda mano.”
Ángel Ganivet

“Los hombres movidos por ideales dejan de interesarse por la política.”
Eduardo Punset

“Gobernar es el arte de crear problemas con cuya solución mantener a la población en vilo.”
Ezra Pound

“Los personajes universales, perfectamente conscientes de su inutilidad, son necesarios rara calmar la conciencia colectiva.”
Alfonso Guerra

“La política es una guerra sin efusión de sangre; la guerra, una política con efusión de sangre.”
Mao-Tse-Tung

“Las generaciones se definen por la conducta de sus minorías.”
Fernando Morán

“Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego.”
Mahatma Gandhi

“La política es como patinar sobre ruedas. Se va en parte a donde se desea, y en parte a donde le llevan a uno esos malditos patines.”
Anónimo

“Los franceses hacen huelga los lunes porque suben el pan; los martes se manifiestan porque ganan poco; los miércoles protestan por la falta de libertades… Y el domingo votan a la derecha.”
François Mitterrand

“Políticos y periodistas comparten el triste destino de tener que hablar hoy ya de cosas que hasta mañana no comprenderán totalmente.”
Helmut Schmidt

“El comunismo encuentra gran audiencia allí donde no gobierna.”
Henry Kissinger

“Gobernar no es mandar, por mucha mayoría que se tenga.”
Juan Luis Cebrián

“Las cosas grandes que uno quisiera hacer, los hombres pequeños las estorban.”
Manuel Azaña

“Los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río.”
Nikita Krushov

“Una dictadura es un estado en el que todos temen a uno y uno todos.”
Alberto Moravia

“Curiosamente los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado.”
Alberto Moravia

“La más estricta justicia no creo que sea siempre la mejor política.”
Abrahán Lincoln

¡Pobre cultura sí estuviera en manos de políticos y funcionarios!
Soledad Becerril

“Si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él.”
John Fitzgerald Kennedy

“Muchos que quisieron traer luz fueron colgados de un farol.”
Stanislaw Jerzy Lec

“El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido.”
Winston Churchill

“El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es él sarampión de la humanidad.”
Albert Einstein

“La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a los unos de los otros.”
Anónimo

“A veces son precisamente los ideales por los cuales mueren las personas los que les imposibilitan vivir y trabajar juntos.”
Anónimo

“El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan.”

Arnold Toynbee

“Los experimentos en política significan revoluciones.”
Berijamín Disraell

“Al poder le ocurre como al nogal, no deja crecer nada bajo su sombra.”
Antonio Gala

“Soberano es aquel que decide sobre el estado de emergencia.”
Carl Schmitt

“Nunca me enfado por lo que la gente me pide sino por lo que me niega.”
Antonio Cánovas del Castillo

“En política siempre hay que elegir entre dos majes.”
Christopher Morley

“El poder es el afrodisíaco más fuerte.”
Henry Kissinger

“El problema de la defensa consiste en saber hasta dónde hay que llegar sin destruir en el interior lo que uno se esfuerza por defender del exterior.”
Dwight David Eisenhower

“El poder es solamente facilidad de expresión.”
Giulio Andreotti

“El mejor gobierno no es aquel que hace más felices a los hombres, sino aquel que hace felices al mayor número de personas.”

Jacques Duclos

“En la política es como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está mal.”
Edward Kennedy

“La dictadura es el sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio.”
Enrique Jardiel Poncela

“El poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado, o estalla.”
Enrique Tierno Galván

“Gobernar significa rectificar.”
Confucio

“El hombre de estado es un político que se sostiene derecho por la misma presión que recibe por todas partes.”
Eric Allen Johnstofl

“Un buen gobierno es como una digestión bien regularizada, mientras funciona, casi no la percibimos.”
Erskine Caldwell

“Un político es más grande cuanto más a menudo se contradice.”
Friedrich Dúrrenrnatt

«La política no es una ciencia exacta.»
Bismark

“El gran enemigo de la democracia es la militarización del pensamiento político.”
Fernando Morán

“Toda revolución se evapora y deja atrás sólo el limo de una nueva burocracia.”
Franz Kafka

“La coalición es el arte de llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos.”
Guy Mollet

“La ley básica del capitalismo es tú o yo, no tú y yo.”
Karl Liebknecht

“Los más efectivos en gobernar son los que menos ruido hacen.”
John Selden

“Dios se vale muchas veces de los débiles para abatir a los poderosos.”
Juan Donoso Cortés

“Política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que le atañe.”
Paul Valéry

“En algunas alianzas los participantes se dan palmaditas en la espalda tanto tiempo hasta que se hacen daño.”

Malcolm Muggeridge

“Ninguno debe obedecer a los que no tienen derecho a mandar.”

Marco Tulio Cicerón

“La democracia no se aprende en el Parlamento, sino en casa. Ser demócrata no es una actitud política, es una actitud ante la vida.”
Montserrat Roig

“Sólo me fío de las estadísticas que he manipulado.”
Winston Churchill

“La política no debe tratar de vengar el mal realizado, sino de cuidar que no se reproduzca.”
Otto von Bismarck

“En la naturaleza la mejor política es ser lo más conservador posible.”
Werner Heisenberg

“Aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti.”
Yves Montand

“A mal rey, peor consejero.”
Torquato Tasso

“Los diplomáticos son personas a las que no les gusta decir Jo que piensan. A los políticos no les gusta pensar lo que dicen.”
Peter Ustinov

“Vota al hombre que promete menos. Será el que menos te decepcione.”
William Mitchell Ramsay

“La política saca a flote lo peor del ser humano.”
Mario Vargas Llosa

Frases Célebres Pereza Citas Sabias e Inteligentes Desgano Apatia

Frases Célebres Sobre Pereza

“Un hombre con pereza es un reloj sin cuerda.”
Jaime Luciano Balmes

“No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza.”
Samuel Beckett

“En la mayoría de los hombres, las dificultades son hijas de la pereza.”
Samuel Johnson

“Descansar demasiado es oxidarse.”
Sir Walter Scott

“No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza.”
Samuel Beckett

“La pereza viaja tan despacio que la pobreza no tarda en alcanzarla.”
Benjamín Franklin

“Todo hombre es o confía llegar a ser un holgazán.”
Samuel Johnson

“Si hay un valor en la vida que tengo muy claro es tener tiempo libre para perderlo.”
Ricardo Solfa

“Una persona perezosa es un reloj sin agujas, siendo inútil tanto si anda como si está parado.”
William Cowper

Frases sobre el Pensamiento Célebres Citas Sabias Pensar Analizar

 Frases Célebres Sobre el Pensamiento 

“En circunstancias especiales, el hecho debe ser más rápido que el pensamiento.”
Hernán Cortés

“Nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección.”
Francis Picabia

“El arte es la filosofía que refleja un pensamiento.”
Antoni Tápies

“La mitad de nuestras equivocaciones nacen de que cuando debemos pensar, sentimos, y cuando debernos sentir, pensarnos.”
Proverbio británico

“Si con el pensamiento se caminara, ¡cuántas horas al día contigo estará!”
Proverbio español

“La civilización es la erudición; pero la cultura es el pensamiento.”
Elizabeth de Austria (Sissí)

“El pensamiento, cuanto más puro, tiene su número, su medida, su música.”
María Zambrano

“No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer todo así.”
William Shakespeare

«Un estomago vacío, es un mal consejero.»
Albert Einstein

“El pensamiento es la semilla de la acción.”
Ralph Waldo Emerson

“Siente el pensamiento, piensa el sentimiento.”
Miguel de Unamuno

“Los pensamientos no pagan aduana, mientras no sobrepasen las fronteras.”
Stanislaw Jercy Lec

“Aquella teoría que no encuentre aplicación práctica en la vida, es una acrobacia del pensamiento.”
Swaml Vivekananda

“El cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos, los caballos.”
Platón

“La insurrección del pensamiento precede siempre a la de las armas.”
Wendel Phillips

 
«Sólo podemos dar una opinión imparcial sobre las cosas que no nos interesan, sin duda por eso mismo las opiniones imparciales carecen de valor.»
Oscar Wilde

Frases sobre la Paz Citas Celebres Frases Inteligentes Aramonía

Frases sobre la Paz-Citas Célebres

“No hay caminos para la paz; la paz es el camino.”
Mahatma Gandhi

“Más vale una paz relativa que una guerra ganada.”
Maria Theresa

“Si quieres hacer la paz, no hables con tus amigos; habla a tus enemigos.”
Moshe Dayan

“Todos quieren la paz, y para asegurarla, fabrican más armas que nunca.”
Antonio Mingote

“El mantenimiento de la paz comienza con la autosatisfacción de cada individuo.”
Dalai Lama

“Cuando los pacíficos pierden toda esperanza, los violentos encuentran motivo para disparar.”
Harold Wilson

“Una mala paz es todavía peor que la guerra.”
Cayo Cornelio Tácito

“Sé pacifico; no vengarse puede ser también una forma de venganza.”
Danny Kaye

“Tremendo contraste entre el crepitar del fuego en su comienzo y la paz de la ceniza.”
José Luis Coll

“Los recuerdos comunes son a veces los más pacificadores.”
Marcel Proust

“Para hacer la paz se necesitan por lo menos dos, mas para hacer la guerra basta uno sólo.”
Neville Chamberlairl

Las conferencias de desarme son lo mismo que los ejercicios contra incendios de los pirómanos.
John Osborne

“La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa.”
Erasmo de Rotterdam

Citas sobre la Palabra Frases sobre Hablar Decir Citas Sabias

Citas Célebres sobre la Palabra

«Hay palabras que sólo deberían servir una vez.»
Francois Auguste René

“No abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio.”
Proverbio árabe

“La palabra debe ser vestida como una diosa y elevarse como un pájaro.”
Proverbio tibetano

“La palabra se le ha dado al hombre para encubrir su pensamiento.”
Charles M. de Talleyrand-Périgord

“Por muchos idiomas que se dominen, cuando uno se corta al afeitarse, siempre se utiliza la lengua materna.”
Eddie Constantine

“La patria del escritor es su lengua.”
Francisco Ayala

“El silencio es como el viento: atiza los grandes malentendidos y no extingue más que los pequeños.”
Elsa Triolet

“Luego que has soltado la palabra, ésta te domina. Pero mientras no la has soltado, eres su dominador.”
Proverbio árabe

“Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento.”
François Marie Arouet (Voltaire)

“Si la gente sólo hablara cuando tuviera algo que decir, el ser humano perderla muy pronto el uso del lenguaje.”
William Somerset Maugham

“La idea que no trata de convertirse en palabras es una mala idea; la palabra que no trata de convertirse en acción es, a su vez, una mala palabra.”
Gilbert Keith Chesterton

“Los hombres entienden las discusiones como el arte de hacer callar al adversario; las mujeres, como el arte de no dejar la posibilidad de hablar.”
Fritz Eckhardt

“La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta, es la misma que entre el rayo y la luciérnaga.”
Mark Twain

“Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra.”
Georges Clemenceau

“No dejes que tu lengua sea una bandera que comience a ondear al viento de cualquier olor.”
Imenhoteps elegantes no son sinceras; las palabras sinceras no son elegantes»
Quinto Horacio Flaco

“Inglaterra y América son dos países divididos por la misma lengua.”
George Bernard Shaw

“Todos los órganos humano se cansan alguna vez, salvo la lengua.”
Konrad Adenauer

“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha.”
Michel Eyquem de Montaigne

“Toda palabra dice algo más de lo que debiera y también menos de lo que debiera expresar.”
José Ortega y Gasset

“Toda lengua es un templo, en el cual está encerrada, como en un relicario, el alma del que habla.”
Oliver Wendell Holmes

“Hay que reivindicar el valor de la palabra, poderosa herramienta que puede cambiar nuestro mundo aun en esta época de satélites y ordenadores.”
William Golding

“El hombre muere en todos aquellos que mantienen silencio ante la tiranía.”
Wole Soyinka

Los discursos son siempre perjudiciales. Antes de la comida estropean el apetito, después, indigestan.
Sandro Pertini

“El lenguaje se deteriora, pero la función de los poetas es revalorizar las palabras.”
Octavio Paz

“La distancia más corta entre dos puntos no es el camino que suelen seguir los discursos.”
Anónimo

“Si los que hablan mal de ml supieran exactamente lo que yo pienso de ellos, aún hablarían peor.”
Sacha Guitry

«Nunca se desconfía bastante de las palabras.»
Robert Bur

“Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar.”
Madame de Sevigné

«La palabra no fue dada al hombre. El la tomó.»
Louis Aragón

“La experiencia nos ha demostrado que a la persona no le resulta nada más difícil de dominar que su lengua.”
Baruch Spinoza

“La palabra es el espejo de la acción.”
Solón

“El silencio escuda y suele encubrir la falta de ingenio y torpeza de la lengua.”
Fernando de Rojas

“Nuestros padres nos han enseñado a hablar y el mundo a callar.”
Proverbio checo

“Las revoluciones empiezan por la palabra y concluyen por la espada.”
Jean-Paul Marat

“Del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad.”
Proverbio árabe

“La palabra es libre; la acción, muda; la obediencia ciega.”
Johann Christoph Friedrich von Schiller

“Las palabras antiguas son las mejores. y las breves las mejores de todas.”
Winston Churchill

“Se toma al toro por los cuernos, al hombre por la palabra y a la mujer por el elogio.”
Proverbio latino

“Cuando se habla de la liberación de a mujer, el hombre dice sí con la palabra, sí con la cabeza y no con el corazón.”
Nuria Espert

“Una idea puede llegar a la mente pero no haber alcanzado todavía los labios.”
Lawrence Durrel

“Cuanto menos piensan los hombres, más hablan.”
Charles Louis de Secondat de Montesquieu

“Pensamientos tontos los tenemos todos, pero el sabio se los calla.”
Wilhelm Busch

“El habla es plata; el silencio es oro.”
Proverbio alemán

“Los puñales y las lanzas no son tan afilados como las lenguas.”
 Proverbio malayo

Citas Celebres sobre el Optimismo Citas Sabias Frases Inteligentes

Citas Célebres sobre el Optimismo

“Sólo los pesimistas forjan el hierro mientras está caliente. Los optimistas confían en que no se enfríe.”
Peter

“En el fondo tener sentido del humor es ser consciente de la relatividad de las cosas.”
Antonio de Senillosa

“Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; Un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad.”
Winston Churchill

“Optimista es el que os mira a los ojos; pesimista, el que os mira a los pies.”
Gilbert Keith Chesterton

“Un pesimista es una persona que espera lo peor y está aferrada a lo mejor.”
Werner Kraus

“El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.”
William George Ward

“El optimista cree en los demás y el pesimista sólo cree en sí mismo.”
Gilbert Keith Chesterton

“Un pesimista es un optimista con experiencia.”
François Truffaut

“No soy optimista, quiero ser optimista.”
Emile Zola

“Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad.”
Winston Churchill

“Si, a fin de cuentas, su optimismo resultara injustificado, al menos habría vivido de buen humor.”
G. Wells

«Hay palabras que sólo deberían servir una vez.»
Francois Auguste René

Frases Célebres sobre Opinar Opinion Frases Citas con Sabiduria

Frases Célebres sobre Opinar

“No debemos tomar la terquedad de nuestros prejuicios como valor para defender nuestras opiniones.”
Anónimo

“La demoscopia descansa en la errónea presunción de que las personas en general tienen una opinión.”
Totó

“Sobre las cosas que no se conocen siempre se tiene mejor opinión.”
Gottfried Wilhelm Leibniz

“Los débiles tiemblan ante la opinión, los tontos la desafilan, los sabios la juzgan, los expertos la dirigen.”
Marie Jeanne Roland de la Platerie

“También el silencio es una opinión a veces.”
Anónimo

“La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás.”
Winston Churchill

“La voz de uno nunca debe estrangular los pensamientos propios ni ahuyentar los ajenos.”
Elizabeth de Austria (Sissi)

“El hombre es en verdad un animal gregario; puede que le guste pasear a solas, pero odia quedarse solo en sus opiniones.”
Anónimo

“Hace siglos que la opinión pública es la peor de las opiniones.”
Nicolás-Sebastien Roch (Chamfort)

“Una conclusión es el lugar donde llegaste cansado de pensar.”
Anónimo

“Verdad es lo que la mayoría ve como verdad, pero la mayoría también puede cambiar de opinión a lo largo de la historia.”
Salman Rushdie

Frases Sabias sobre el Mundo Citas Célebres Historia Pensamientos

Frases Sabias sobre el Mundo

“Los romanos nunca habrían tenido tiempo de conquistar el mundo si antes hubiesen tenido que aprender latín.”
Heinrich Heme

“Es una tontería preocuparse del mundo, éste no se preocupa por ello.”
Marco Aurelio

“El verdadero problema del mundo es cómo impedir que salte por los aires.”
Noam Chomsky

“Efectivamente, el mundo hace lentos progresos: hace sólo trescientos años me hubieran quemado.”
Sigmund Freud

“El fondo del corazón está más lejos que el fin del mundo.”
Proverbio danés

“En este mundo, los errores se expían como si fuesen crímenes.”
Armando Palacio Valdés

“El mundo es un extraño teatro en el que se encuentran momentos en los que las peores piezas obtienen el mayor de los éxitos.”
Alexis de Tocqueville

“Nuestro mundo es un telón de teatro tras el cual se esconden los secretos más profundos.”
Rainer Maria Rilke

“Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo.”
Arquímedes

“Si cada cual se ocupase de lo suyo. el mundo daría vueltas más aprisa.”
Charles Lutwidge Dogson (Lewis Carroll)

“Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo.”
Federico García Lorca

“En tu lucha contra el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo.”
Franz Kafka

«Suele decirse que tú eres como ves al mundo.»
Leo Szilard

“No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.”
Víctor Hugo

“La matemática es el alfabeto con el que Dios escribió el mundo.”
Galileo Galilei

“El mundo ha comenzado sin el hombre y terminará sin el.”
Tristes Trópicos

“La mitad del mundo no puede comprender los placeres de la otra mitad.”
Jane Austen

“El mundo es bueno siempre que se le mire en conjunto, sin reparar en detalles.”
Vicky Baum

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede reconocérsele por este signo: todos lo necios se conjuran contra él.”
Jonathan Swift

“La gran tragedia del mundo es que no cultiva la memoria, y por tanto olvida los maestros.”
Martín Heidegger

En un mundo de lunáticos, los locos estaban más seguros que los cuerdos.”
Arlequín

Citas sobre la Muerte Frases Célebres Morir Pensamientos

Citas Célebres sobre la Muerte

“Los moribundos que hablan de su testamento pueden confiar en ser escuchados como si fueran oráculos.”
Jean de la Bruyére

“Nada es más fácil que censurar a los muertos.”
Cayo Julio César

“La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir.”
César González-Ruano

“No creo en la muerte porque uno no está presente para saber que, en efecto, ha ocurrido.”
Andy Warhol

“Nadie más muerto que el olvidado.”
Gregorio Marañón

“Mientras están vivos, nuestras padres son la frontera entre nosotros y la muerte. Cuando mueren, pasamos al primer puesto de la fila.”
Jane Fonda

“Conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que nos sorprenda la muerte sin haber reído.”
Jean de la Bruyére 

“La muerte es el remedio de todos los males; pero no debemos echar mano de éste hasta última hora.”
Jean-Baptiste Poquelin (Moliére)

“Desde que los generales ya no mueren a caballo, los pintores no están obligados a morir en el caballete.”
Marcel Duchamp

“La recompensa de los grandes hombres es que, mucho tiempo después de su muerte, no se tiene la entera seguridad de que hayan muerto.”
Jules Renard

“La vida es la novia de la muerte.”
Proverbio indonesio

“Si la muerte fuera un bien, los dioses no serian inmortales.”
Safo

“Vivir es sentir sin amargura todas las edades, hasta que llega la muerte.”
María Casares

“El que vive de recuerdos arrastra una muerte interminable.”
Anónimo

“Nada falta en los funerales de los ricos, salvo alguien que sienta su muerte.”
Proverbio chino

“Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.”
Proverbio italiano

“Cuando las vigas se rompen se reconstruyen; cuando los hombres mueren, se los Sustituye.”
Proverbio vietnamita

“Cuando los calvos mueren, la nostalgia los convierte en cabezas rizadas.”
Proverbio oriental

“Los años son escobas que nos van barriendo hacia la fosa.”
Proverbio español

“Confieso que enterrar a algunas gentes constituye un gran placer.”
Anton Chejov

“Morir gloriosamente es un beneficio de los dioses.”
Esquilo

“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.”
Antonio Machado

“Cuando la muerte ha igualado las fortunas las pompa. fúnebres no deberían diferenciarlas.”
Barón de Montesquieu

“En este mundo no hay nada cierto, salvo la muerte y los impuestos.”
Benjamín Franklin

“Vive para ti solo si pudieres, pues sólo para ti, si mueres, mueres.”
Francisco de Quevedo

“La pena de muerte sólo se ha perpetuado por una especie de crimen legal.”
François René Chateaubriand

“El honor de un pueblo pertenece a los muertos, los que viven sólo lo usufructúan.”
George Bernanos

“Hay personas que viven únicamente por un bonito epitafio.”
Henry de Montherland

“Un académico es un hombre que se convierte en sillón cuando muere.”
Jean Cocteau

“Los que hacen mucho ruido cuando viven reposan tras su muerte en tanto silencio como los que no lo han hecho.”
Jonathan Edwards

“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.”
Jorge Luis Borges

“El hombre es un ser para la muerte.”
Martín Heidegger

“Diferentes en la vida, lo hombres son semejantes en la muerte.”
Lao Tsé

“Suicidarse es subirse a un coche fúnebre en marcha.”
Enrique Jardiel Poncela

“Cuando no se teme a la muerte, se la hace penetra en las filas enemigas.”
Napoleón Bonaparte

“La muerte es el puerto de todos los dolores.”
Pedro Antonio de Alarcón y Ariza

“El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos.”
Pitágoras

“En realidad los seguros de vida son seguros de muerte.”
Ramón Gómez de la Serna

“No es que tenga miedo a morirme. Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda.”

Woody Allen

“¡Qué cerca sentimos a algunos que están muertos; y qué muertos nos parecen otros que aún viven!”
Wolf Biermann

“Nacer es comenzar a morir.”
Teófilo Gautier

“El que vive no debe luchar con los muertos.”
Torcuato Tasso

“Mejor es morir de una vez que vivir temiendo la vida.”
Esopo

«Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue.”
Platón

«Mientras seáis jóvenes, haréis bien de que vuestros corazones no pidan limpieza, porque quizá necesitéis, al lavarlos, retorcerlos también.»
Jacinto Benavente