Las Bibliotecas en la Edad Media Traduccion de Libros en Monasterios



La Bibliotecas en la Edad Media
En Los Monasterios Traducen Libros Griegos

Sobre la decadencia persistente en que venían deslizándose las tierras y las gentes integradas en el Imperio Romano, pareció que iba a tener los efectos de un tiro de gracia la invasión de los pueblos bárbaros que, al iniciarse el siglo V, arrasó todo lo que encontraba a su paso y de la que sólo se salvó lo que pudo ponerse a resguardo tras las murallas de las ciudades bien defendidas.

En estas ciudades, que emergían como islas en el mar de la destrucción general, se pudieron mantener la enseñanza y el libro, pero sólo durante un corto período de tiempo.

La decadencia de las bibliotecas romanas se había iniciado en el siglo IV y completado en el siguiente al desaparecer las treinta y ocho que había en Roma en tiempos de Constantino.

biblioteca en los monasterios

No conocemos las causas de este desastre, pero cabe pensar en el desinterés social y en la fragilidad del papiro y su escasa resistencia frente a los incendios y a las ruinas que sobrevinieron en tiempos tan calamitosos.

Si, por un lado, desaparecían las bibliotecas paganas en las ciudades, por otro, iban naciendo con gran modestia otras, las cristianas, al servicio de la religión, que van a caracterizar la Edad Media, aunque las pocas que se crearon continuaron, al parecer, siendo adornadas con retratos de autores famosos, como lo habían estado las paganas, si bien ahora los autores eran naturalmente cristianos.

En cambio, en su instalación aparecen los armarios para que en ellos reposen los códices, traducían lo esencial de las letras y el pensamiento griego.

En este ambiente propicio, creció la biblioteca catedralicia de Verana, capital del reino ostrogodo, que durante varios siglos sobresalió sobre las de las otras catedrales italianas.

En el siglo VI vivieron en Italia dos figuras muy importantes en la historia de las bibliotecas, San Benito de Nursia y Casiodoro, a los que tenemos que referirnos, aunque previamente hemos de ocuparnos de la aparición de la vida cenobítica.

Surgió en Egipto, desde donde se extendió al resto de la cristiandad, en la que fueron surgiendo monasterios con vida económica autárquica, capaces de producir todo lo que precisaba la comunidad para su sostenimiento, incluidos los libros.



San Pacomio (292-345), en la regla que dio a su comunidad situada en el Alto Egipcio, en Tabennisi, reglamentó la biblioteca del monasterio.

Los libros debían guardarse en alacenas excavadas en la pared y los monjes, siempre que lo desearan, podían retirar un libro a la semana, al final de la cual tenían que devolverlo. No se les permitía dejarlo abierto al ir a la iglesia o al refectorio. Por la tarde el ayudante del superior debía hacerse cargo de los libros, contarlos y guardarlos.

Durante bastantes siglos, los monasterios se rigieron por las reglas establecidas por sus respectivos fundadores, pero terminó imponiéndose en la Edad Media la dada por San Benito de Nursia al monasterio que fundó en el año 529 en Montecasino, al sur de Roma, con el propósito de conseguir la salvación de su alma y la de los monjes que le acompañaban.

Aunque sus miras eran espirituales y en sus intenciones no existía una preocupación cultural, la congregación por él fundada, la benedictina, ha sido una pieza clave en el desarrollo del libro y de la lectura durante la Edad Media.

La regla no ordenaba a los monjes la copia de manuscritos. Sencillamente reglamentaba las lecturas, que consideraba, como las oraciones, medios para la mejora de la vida espiritual. En ella se establecía la división de la jornada entre el trabajo manual, la oración y la lectura, pues había que huir de la ociosidad, enemiga del alma.

Fijaba igualmente los diversos horarios de lectura para el verano, desde Pascua a octubre, y para el invierno, desde octubre a la Cuaresma, y ordenaba que todos los monjes retiraran un libro de la biblioteca para su lectura en la Cuaresma. La lectura podía ser individual, a solas, o colectiva, durante las comidas o las reuniones de la comunidad, en las que un monje leía en voz alta mientras los demás escuchaban en silencio.

Esta decisión, que obligó a los monasterios a disponer de libros para las funciones religiosas y para las lecturas de los monjes, hizo imprescindible, desde los momentos iniciales del monacato, la existencia de una colección, normalmente muy menguada, de libros, o biblioteca, que facilitó la conservación de las obras de la Antigüedad, fundamentalmente de las cristianas, pero también de algunas paganas, que se mantuvieron como modelos de expresión.

La actividad del escritorio monacal en la producción de libros tomó importancia a raíz de la destrucción de Montecasi-no por los lombardos en el año 585, que obligó a los monjes a refugiarse en Roma, donde fueron incitados por el papa San Gregorio, que era miembro de la comunidad, a sustituir el trabajo obligatorio en el campo, de difícil cumplimiento en Roma, por el de copia de manuscritos.

Los monjes volvieron a principios del siglo vm, su biblioteca se reconstruyó principalmente con donativos papales, mantuvo relaciones con otros monasterios europeos y Carlomagno, que reclamó para su corte a un monje del monasterio, Paulo Diácono, lo visitó. En el siglo y medio que transcurrió hasta su nueva destrucción, ahora por los árabes, su biblioteca debió de tener, aparte de los religiosos, fondos históricos, gramaticales y de ciencias.

Volvió a ser reconstruido a mediados del siglo X y seguidamente alcanzó durante dos siglos su época de oro. Allí vivieron notables historiadores y poetas y se tradujeron obras de medicina del árabe. Su escritorio produjo numerosas y notables obras, entre ellas bastantes de clásicos, hasta que de nuevo fue destruido en 1349 por un terremoto. Todavía el fatal destino volvió a cebarse en sus muros durante una larga y dura batalla en la última guerra mundial.



Casiodoro, un aristócrata romano que estuvo, como Boecio, al servicio de Teodorico, y luego de sus sucesores, se retiró hacia el año 540 de la política y fundó en el sur de Italia, en su natal Esquiladle, un monasterio, Vivarium, de cuyo gobierno encargó a dos abades, aunque retuvo para sí la dirección espiritual. Estaba preocupado por el abandono de los estudios y temía la desaparición de la cultura clásica.

Vivarium se diferenciaba de los monasterios que habían ido apareciendo desde los primeros tiempos del cristianismo por su interés en la salvación de la cultura. En efecto, para Casiodoro era tan importante como la oración la copia de manuscritos. Le interesaba principalmente el pensamiento cristiano, pero reconocía que las artes liberales, en las que descansaba la cultura clásica, eran imprescindibles para el conocimiento de las Sagradas Escrituras, justificación primera, para él, de toda actividad intelectual.

Como Casiodoro tenía gran fe en el libro por su poder, espacial y temporal, como difusor de las ideas, en Vivarium la dependencia más importante fue la biblioteca, en la que se podía trabajar incluso por las noches gracias a las lámparas de aceite diseñadas por el propio Casiodoro y a unos relojes de agua para medir el tiempo en la oscuridad. Los libros se guardaban en armarios de madera en los que descansaban tumbados sobre los entrepaños. Siguiendo la tradición romana, formaban secciones diferentes los griegos y los latinos.

El fondo se constituyó con los libros traídos por el propio Casiodoro, con algunos pocos ejemplares que pudo comprar, ya que el comercio del libro había desaparecido prácticamente, y en especial gracias a la labor de copia realizada en el escritorio, donde había ejemplares bellamente encuadernados, porque las buenas encuademaciones le gustaban a Casiodoro. También los había ilustrados, aunque la preocupación mayor fue de la corrección de los textos, y para asegurarla, unos monjes, los notarii, comparaban los manuscritos, los anotaban y los puntuaban.

El monasterio dejó de existir poco después de la muerte de su fundador y los valiosos códices que componían su biblioteca debieron de pasar, en gran parte, a la biblioteca romana de Letrán; otros probablemente terminaron en Inglaterra y Francia.

Precisamente para facilitar la correcta copia y evitar las  posibles erratas en la transcripción de las palabras dudosas, reunió abundantes obras gramaticales y, al final de su vida, redactó su De Ortographia.

Otra obra suya, Institutiones, que es una introducción a los estudios superiores, ha sido considerada la primera bibliografía medieval. Está dividida en dos partes, una destinada a la exposición de las letras sagradas, divinis, y la otra, introducción a las artes liberales, a las profanas, secularibus.

En las Galias fueron numerosas las comunidades de religiosos que se formaron huyendo de las revueltas de los tiempos y en busca de un lugar tranquilo para el disfrute de la vida espiritual. Entre ellas destacan el monasterio de Lérins, fundado por San Honorato, obispo de Arles, en unas islas de la Provenza y los dos que estableció, uno para hombres y otro para mujeres, cerca de Marsella, también a principios del siglo V, Casiano, autor de dos obras que gozaron de gran favor en la Edad Media, De coenobiorum institutis, reglas para las comunidades, y Collationes, una serie de conferencias espirituales.

Estos monasterios contaron con pequeñas colecciones de libros para el servicio religioso y la formación espiritual de los monjes. Mejores fueron las bibliotecas y los escritorios de las catedrales, como Lyon, Arles, Clermont, Auxerre, Reims, Bordeaux y Vienne, que dispusieron, además, de escuelas para la formación superior, que los monasterios eran incapaces de ofrecer.

Sobrepasó a todas la de Lyon, cuya actividad intelectual se explica por su posición geográfica, que de nuevo proporcionó a la ciudad un puesto destacado en el comercio del libro durante los primeros siglos de la imprenta.

Las bibliotecas monacales

Cultivando la tierra y cultivando el espíritu, los monjes dieron de comer a mucha gente que se estableció a su alrededor y dieron formación intelectual, aparte de a los futuros monjes y sacerdotes, a los infantes y a los hijos de la nobleza, entre los que, por otra parte, se reclutaban los monjes.

La formación de estos monjes era fundamentalmente ascética. No pretendía otra cosa que el conocimiento de la doctrina cristiana para mejorar su vida espiritual. Por ello para los primeros pasos de la lectura solía utilizarse el salterio. La enseñanza de la música y de las matemáticas, por otro lado, tenían una finalidad litúrgica, al precisarse su conocimiento para la fijación de las fiestas movibles.

En estos monasterios había un escritorio o lugar destinado a la copia de los escritos, que eran de doble naturaleza, administrativos y literarios, incluidos en estos últimos los religiosos, claro está. Los primeros tenían por objeto justificar las propiedades del monasterio en las acciones que había que ejercer a causa de los pleitos que se suscitaban.

Estos documentos, que son más propios de un archivo que de una biblioteca, y de los que han llegado a nosotros en España más de 100.000 escritos en pergamino, terminaron, para evitar su pérdida o extravío, copiándose en grandes libros llamados cartularios y libros de testamentos, por su contenido, libros becerros, por la piel que se utilizó como materia escritoria, y tumbos, porque, dadas sus dimensiones, tenían que guardarse tumbados.

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Esta documentación, de cuya guarda, al principio, debió de ocuparse el encargado del escritorio, constituyó el fondo inicial del archivo-biblioteca, escaso, pues se llamó armarium, quizá porque todos los escritos cabían en uno sólo. También se llamó secretarium, archivum, chartularium, scrinium, nombres que recuerdan los fondos documentales más que los literarios, tabularium, que también se usó para archivo en Roma, y librarium. La persona responsable de los libros y documentos recibió nombres muy variados: antiquarius, bibliothecarius, chartigraphus, chartularius, scrinarius, notarius, cusios, secretarius y armarius, entre otros varios.

Los que trabajaban a sus órdenes se llamaron scribae, librarii, notarii y bibliatores, en los monasterios y en la vida seglar capellani, graphiarii, scribones, etc.

Con independencia de estos nombres, en los monasterios había funciones, que, aunque podían ser desempeñadas por una sola persona, estaban claramente diferenciadas, como las del bibliotecario, las del archivero o encargado de la documentación, las del responsable del escritorio, las del encargado de la enseñanza y finalmente las del maestro del coro. Muchas veces el bibliotecario estaba encargado de las otras cuatro funciones.

Era la persona más importante del monasterio después del abad, del cual dependía directamente, y el responsable de la producción de libros, de la corrección de los textos y de su conservación. Dirigía la lectura de los monjes y señalaba las obras que debían ser leídas en voz alta durante las comidas y las reuniones de la comunidad.

Es de destacar la callada y anónima labor de los bibliotecarios monacales, gracias a los cuales, y a pesar del fuego, de las humedades, de las ruinas de los edificios, de las guerras, de los roedores, de los insectos y de los ladrones, así como también de los problemas económicos de ciertas épocas, que obligaron a los abades a vender algunos códices, se conservaron, en la torre de marfil de la biblioteca altomedieval, tantos libros durante tantos años pues son numerosísimos los que llegaron a la Edad Moderna, donde un gran número desapareció al salir de su lugar de origen. A ellos también se debe la supervivencia de algunas obras prohibidas, a las que los bibliotecarios llegaron a cambiar el título y el nombre del autor para evitar su destrucción por los duros defensores de la ortodoxia.

El libro durante la Alta Edad Media, durante estos tiempos de ignorancia, tuvo, además del material e intelectual, un valor simbólico, parecido al de la cruz. Algunos evangeliarios pertenecientes a los grandes misioneros fueron considerados reliquias y conservados en cajas ricamente labradas en los altares de los monasterios fundados por ellos, en vez de en la biblioteca.

Por otra parte, las bibliotecas fueron normalmente de instituciones religiosas, monasterios y catedrales principalmente. Prácticamente no existieron bibliotecas privadas, excluidas las imperiales mencionadas, algunas reales, las ocasionales de algunos parientes de emperadores y reyes y las pertenecientes a algún que otro prelado.

En ellas era casi inexistente la literatura pagana, cuya desaparición se había iniciado en el siglo IV como consecuencia del hábito, de acuerdo con los criterios de los bibliotecarios de Alejandría establecidos para la literatura griega en el siglo II a. de C, de seleccionar los autores y las obras estimadas importantes.

La pérdida de las no seleccionadas se hizo definitiva al no pasar, por haber perdido interés, a la nueva forma del libro, el códice, y quedar en la original, el rollo, cuya duración material no solía ser superior a los doscientos años.

El gusto por la literatura pagana desapareció, además, al desaparecer la vida urbana y las escuelas para laicos. Tan es así que en tiempos de Casiodoro y San Isidoro se conservaban aproximadamente las mismas obras que hoy. Durante los siglos que siguieron, las supervivientes fueron escasamente leídas y se mantuvieron olvidadas en los armarios de las bibliotecas por el arraigado sentimiento de conservación hacia el libro en general.

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Un monje declaraba que no era posible un monasterio sin libros, que sería como una mesa sin comida, un jardín sin flores, un campo sin yerba o un árbol sin hojas, lo mismo que un sacerdote sin ellos sería como un caballo sin bridas o un pájaro sin alas.

La colección de libros de una biblioteca, que en España generalmente no sobrepasó mucho el cuarto del millar en las bibliotecas más nutridas, ni en Europa el medio millar, estaba integrada por libros de mayor o menor necesidad. Hay que advertir que el número de obras, libri, era mayor que el de volúmenes, códices.

Su crecimiento no fue progresivo, sino que dependió de las aficiones de los superiores, que, en general, no tuvieron un gran interés en ampliarla. La estimación de los libros obedecía a un doble motivo. Por un lado residía en su utilidad inmediata.

Curiosamente los considerados en la comunidad más útiles, por los más usados, nó eran ni las ediciones voluminosas de la Biblia, que dadas sus dimensiones descansarían en un atril o en un facistol, ni las de las obras de los Santos Padres, que estaban en la biblioteca para la consulta ocasional como fuentes de doctrina, sino ediciones de libros bíblicos sueltos, generalmente glosadas, así como antologías, sumarios y extractos de estas obras, que eran manejados a diario. También sencillas vidas de santos.

Por otro lado, valoraban los códices primero por la claridad de la escritura y la corrección del texto. También por su relación con personas admiradas y respetadas. Después, de forma secundaria, por el valor material, por la bella y rica presentación: encuademación, caligrafía e ilustraciones.

Ocupaban un primer lugar los que podríamos llamar libros fundacionales, que, por ser necesarios para el culto, estaban desde los primeros momentos, como el liber ordinum o ritual, el liber sacramentorum o misal, el liber comicus o leccionario, que contenía los trozos de la Biblia que se leían en la misa, el liber orationum, el liber passionum o pasionario con las vidas de los mártires, el antifonario y el salterio. Los cuatro últimos constituyen lo que ahora se llama Breviario.

Estos libros parecían tener poderes mágicos por ser utilizados para decir la misa, tan llena, por otra parte, de misterios. Se inventariaban como piezas del tesoro y se guardaban fuera de la biblioteca, en las sacristías y capillas, donde eran utilizados. Fueron los primeros libros ilustrados, a veces con gran riqueza, y resguardados con magníficas encuademaciones.

No faltaban los Libros Sagrados, que formaban varios volúmenes y con frecuencia recibían la denominación de Bibliotheca, y no la de Biblia, que se les dio más tarde. Una consideración inmediatamente posterior recibían las obras de los Padres de la Iglesia, especialmente las de los cuatro grandes, San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio y San Gregorio el Grande, más Orígenes.

Seguían las de los grandes maestros medievales, como Boecio, Casiodoro, Casiano, San Isidoro, Beda, las de algunos Padres de la Iglesia Oriental, como San Basilio y San Juan Crisóstomo, y las de los autores más conocidos de la región. En España, por ejemplo, las de San Martín Dumiense, San Leandro, San Braulio, Tajón, San Eugenio, San Ildefonso, San Julián, San Valerio y Beato de Liébana.

Tampoco faltaban la regla de la orden, ni disposiciones canónicas, ni obras de carácter histórico. Finalmente en las escuelas de los grandes monasterios y catedrales había libros dedicados a la enseñanza, gramáticas, geometrías y manuales médicos, e incluso obras, no muchas, de los escritores paganos, cuya finalidad era exclusivamente mejorar la expresión y el estilo. Faltaban, y por eso se han perdido, escritos de herejes, como los arríanos.

No había comercio del libro y consecuentemente la compra no era el procedimiento normal para la formación de las bibliotecas. Los libros fundacionales solían ser entregados por el fundador en el momento inicial. A veces, algún mecenas generoso donaba unos libros por razones piadosas, a veces unos fieles, también por motivos piadosos, legaban libros en sus testamentos, y a veces un monje conseguía en sus viajes libros para el convento. Hubo monasterios que pidieron la entrega de un libro a los que deseaban ser alumnos.

La mayoría de los libros de las bibliotecas monacales procedían de los escritorios del propio monasterio y habían sido copiados por los copistas e iluminadores de la casa con ayuda ocasional de otros monjes e incluso de los alumnos. Las copias se realizaban de ejemplares existentes en la biblioteca o solicitados de otros monasterios en préstamo con este fin.

Facilitaron la difusión de los libros esenciales en la cultura medieval europea los préstamos que en todo tiempo se hicieron los monasterios entre sí y de manera especial con ocasión de viajes de peregrinación o evangelización.

Los monjes solían, además, llevar algún pequeño libro en los viajes para leer en cuanto se presentaba la ocasión. Para los préstamos al exterior se tomaban medidas cautelares.

El bibliotecario sólo estaba autorizado a hacerlo a las iglesias próximas o a personas de reconocida riqueza. Debía exigir una fianza igual o superior al valor del libro y anotarlo en un registro, generalmente en unas tabletas enceradas. Naturalmente al bibliotecario le estaba prohibido vender, regalar o empeñar los libros, y hacer determinados préstamos sin la autorización del abad.

Los libros, como hemos dicho, se guardaban en armarios, que podían estar en el escritorio, en la iglesia, en un pasillo o en el claustro, pues hasta el siglo XII, con el desarrollo del Císter, no se dedicó un lugar determinado para guardarlos, es decir, no apareció el depósito de la biblioteca.
Había una lectura en común que se realizaba durante las comidas y en las reuniones capitulares. En estos casos las obras más utilizadas eran vidas de los padres orientales, la regla monacal y algunos libros bíblicos.

No solía haber una sala común de lectura, aunque en algunos monasterios existió el atrium lectorum, iluminado por la noche, para que el abad y los monjes pudieran leer allí. Cada monje leía, en voz baja y durante varias horas al día, en su celda o paseando y la entrega de los libros la hacía el bibliotecario de acuerdo con la regla y en ocasiones con un cierto ritual, especialmente en las solemnidades de Cuaresma, época en que la lectura y meditación eran muy recomendadas.

Por ejemplo, la regla de Cluny establece que el segundo día de la Cuaresma, después de la lectura de la parte de la regla que se refiere a la observancia de aquélla, se lea en voz alta, ante la comunidad reunida en la sala capitular, la relación de los libros que fueron retirados anteriormente en préstamo por los monjes.

Al oír su nombre cada monje se levantará y entregará su libro, que será colocado en una estera que se habrá puesto en el suelo de la sala. Si el monje no lo había leído por completo, debería disculparse ante la comunidad. Después los libros se volverán a distribuir y el bibliotecario tomará nota del nombre del monje y del título de cada obra en una tableta algo mayor de las normales.

Los cartujos, además de la obligación de la lectura, tenían la de copiar libros y en las celdas individuales disponían de materiales para escribir y de dos libros. Se les recomendaba que tuvieran mucho cuidado para evitar que sufrieran por causa de la humedad, insectos o suciedad y se les encarecía que para los miembros de su orden los libros eran el único medio de predicación, pues, por el voto de silencio, estaban obligados a predicar con las manos en vez de con los labios.

Por su parte los agustinos recomendaban que los armarios fueran de madera para evitar la humedad y que por dentro estuvieran divididos por tablas verticales y horizontales con el fin de que los libros no sufrieran por el roce y se pudieran localizar fácilmente. Las tablas se distinguían con letras y se exigía que el encargado de los libros supiera los títulos de todos y los revisara para prevenir daños. No se permitía que el que hubiera retirado un libro en préstamo, lo prestara, a su vez, sin autorización del bibliotecario.

Los libros de uso diario debían estar en un lugar accesible a todos y de ninguna manera se toleraba que se los llevaran a las habitaciones particulares o los dejaran en lugares apartados. Se advertía que nadie, sin permiso del bibliotecario, podía corregir o borrar algo de los libros.

En España hay un caso curioso de lo que hoy llamaríamos sistema bibliotecario. San Genadio, restaurador del monasterio de San Pedro de los Montes y de otros tres más en el Bierzo, dotó a cada uno de una colección de libros litúrgicos esenciales y formó otra de una veintena de libros (Etimologías, Morales, Vidas de los Padres, Historia de Varones Ilustres, etc.) para que circulara periódicamente entre los cuatro.

El libro y la lectura fueron esenciales en la vida monástica altomedieval y en el mantenimiento de la unidad religiosa europea, pues eran raros los contactos personales, a pesar de las peregrinaciones, y la formación se había de realizar con la lectura y la meditación sobre unos mismos textos. De ahí la propaganda de la lectura: la ignorancia es madre de muchos males; la biblioteca (armarium) es el arsenal (armamentarium) del monje, y la afirmación de San Jerónimo de que el amor a las Escrituras ayuda a superar las debilidades de la carne.

En los monasterios se sentía un gran cariño por los libros no sólo por ser imprescindibles para la vida religiosa, sino porque habían sido producidos con gran esfuerzo en el propio monasterio y habían ido envejeciendo al servicio de la comunidad. Eran, al ser pocos, viejos y entrañables conocidos, o, mejor, miembros de la familia.

Fuente Consultada:
Historia de las Bibliotecas – Biblioteca del Libro –  de Hipólito Escolar – Capítulo 4 – Fundación Germán Sanchéz Ruiperez

Bibliografía Utilizada por el Autor:
Bruce, Lorne D.: «The Procurator Bibliothecarum at Rome», The Journal of Library History, Spring, 1983.
Bilke, O. A. W.: Román Books and their Impact, Leeds, 1977.
loberts, C. H.: «The codex», en Proceedings of the British Academy, 1954.
rurner, Eric G.: The Typology of the Early Codex, Philadelphia, 1977.

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