Constitucion Americana 1787

Presidencias de Adams y Jefferson Resumen

PRIMEROS PRESIDENTES DE LOS ESTADOS UNIDOS
Washington, Adams y Jefferson

Elegido en 1789, con John Adams como vicepresidente, Washington prestó juramento en Nueva York, en el mes de abril. Sus primeros colaboradores fueron los hombres que habían desempeñado un papel decisivo en los años precedentes: Jefferson como Secretario de Estado (negocios interiores y exteriores), Hamilton en la Tesorería, Knox en la Guerra. Hamilton hizo un trabajo considerable: era el «hombre fuerte» del joven gobierno.

Independencia de los Estados Unidos

El Estado Federal reconoció por igual las deudas contraídas por los Estados, especialmente los certificados de paga entregados a los soldados durante la guerra, lo que hizo, por otra parte, la fortuna de los especuladores, que habían comprado a los interesados sus certificados, muy por debajo de su valor nominal.

Contra el parecer de Jefferson, que encontraba inconstitucional la medida, Hamilton creó un Banco Nacional (1791), con un capital de diez millones de dólares, de los que el Tesoro suscribía dos millones. El dólar se basó en el oro, cuya relación con la plata se fijó de 1 a 15, lo que después causó serios trastornos monetarios, cuando la gran producción de las minas de plata hizo bajar el precio de este metal, depreciándolo con relación al oro, que desapareció de la circulación. Filadelfia se había convertido en la capital provisional, mientras se construía una nueva ciudad en las orillas del Potomac.

La política exterior de Washington durante su presidencia puede calificarse de prudente. Deseaba un engrandecimiento progresivo, pero sin sacudidas. No quería triunfos diplomáticos que le dejaran profundos rencores y que le hicieran crearse enemigos en aquellos momentos. Los esfuerzos diplomáticos americanos habían resultado inútiles desde 1783 hasta 1789. Salvo algún éxito en París, sobre modificaciones de tarifas y en Berlín con la firma de un tratado de amistad con el rey de Prusia, Inglaterra y España no habían tomado muy en serio a los Estados Unidos.

España, dueña de las bocas del Mississippi, se negaba a permitir la navegación americana, impidiendo la expansión de la Unión más allá de los montes Apalaches. Inglaterra, a despecho de los tratados de 1783, seguía manteniendo sus puestos militares en la región de los Grandes Lagos, como garantía del cobro de los créditos que la Unión le debía.

El inicio del conflicto entre España e Inglaterra a raíz de una incursión de la marina española, provoca una situación inmejorable para los Estados Unidos. De una y otra parte comienzan a hacerse preparativos para una guerra que podría llegar a involucrar a toda Europa, ya que por el Pacto de Familia, Francia debería aliarse con España, mientras que, en virtud del Tratado de La Haya, Holanda debería hacerlo con Inglaterra. Pitt inició inmediatamente tímidos contactos para una negociación con Washington, pero éste se negó a conceder algo que no fuera una «honrosa neutralidad».

Sin embargo, con la firma del Tratado del Escorial, que restableció la armonía entre España y Gran Bretaña, Washington perdió su más importante baza en política exterior.

En el momento de estallar la Revolución Francesa, Washington, pese a toda la desconfianza que le inspiraba, se mostró conciliador, dado que continuaba viendo en Francia a su principal aliado contra Inglaterra. El 19 de febrero de 1793, la Convención decretaba abiertos los puertos franceses a los barcos americanos, equiparándolos así a los nacionales en el momento en que Inglaterra y Holanda habían ya declarado la guerra a Francia.

Pero Washington se mantuvo firme en su tesis de neutralidad, rechazando las propuestas del embajador Genet de armar en América naves corsarias para atacar a los barcos y colonias ingleses, cuando los barcos ingleses detenían a los neutrales que transportaban mercancías a los puertos franceses. Washington sabía, no obstante, que Jorge III temía ahora una guerra con los Estados Unidos y se dispuso a presionar a Gran Bretaña enviando a un delegado para negociar los siguientes puntos: indemnizaciones al comercio americano por los actos de la marina inglesa, asegurar la ejecución del tratado de 1783 y firmar un tratado de comercio.

El 19 de noviembre de 1794 John Jay y lord Grenville ponían sus firmas al pie de un tratado de amistad, de navegación y de comercio que preveía la indemnización completa, la evacuación de los Grandes Lagos antes del primero de junio de 1796, libertad de comercio americano con las Antillas inglesas y el libre comercio y navegación entre los Estados Unidos y Gran Bretaña, a cambio, entre otras cosas, de indemnizar a los subditos ingleses que hubieran sufrido las consecuencias del retraso del pago de sus créditos.

Un gran malestar se produjo al conocerse la noticia, pero pese a todo Washington ratificó el tratado, tras enfrentarse con el Congreso de mayoría demócrata. Tras ello España firmó con los Estados Unidos un tratado de libre navegación que fue ratificado por el Senado el 3 de marzo de 1796.

George Washington                    John Adams                Thomas Jefferson

JOHN ADAMS Y JEFFERSON
La vida política se organizaba, y se habían dibujado claramente dos grupos. De una parte, los Federalistas (Hamilton), partidarios de un ejecutivo fuerte, y que eran los grandes terratenientes, los ricos negociantes, los abogados y los notables. De otra, los Republicanos (Jefferson), apoyados por los pequeños granjeros y por los artesanos. La Revolución Francesa vendría a acentuar las divisiones; acogida, al principio, fervorosamente por Ids americanos, su rápida evolución hacia el radicalismo y el terror provocó ásperas discusiones.

Los Federalistas eran anglofilos, y los Republicanos apoyaban a Francia. Estos últimos se vieron perjudicados por la torpeza del ciudadano Genét, representante francés en Filadelfia, que deseaba que los Estados Unidos, en virtud del tratado de alianza de 1778, abriesen sus puertos a los navios franceses que participaban en la defensa de las Antillas, llevando corsarios contra los ingleses.

Washington quería mantener la neutralidad. Genét, llamado a Francia en 1799, se quedó en los Estados Unidos y se casó con la hija del gobernador de Nueva York, muriendo como rico propietario de tierras en las orillas del Hudson.

Jefferson se había retirado, en 1793, a su bella propiedad de Monticello, desde donde preparaba su vuelta a la política contra los Federalistas. Reelegido Presidente en 1792, Washington rehusó un tercer mandato en 1796, y fue elegido John Adams, candidato de los Federalistas, con Jefferson como vicepresidente.

Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de Independencia de 1776, fue nombrado embajador en Paris en 1785. Después fue elegido Presidente de los Estados Unidos. Durante toda su vida, admiró profundamente a Francia, hasta el punto de que se le han atribuido estas palabras: «Todos los hombres tienen dos patrias: la suya y Francia».

Las relaciones con Francia habían empeorado en 1798, hasta el punto de que los Federalistas hablaban de entrar en guerra contra el Directorio (el representante de los Estados Unidos, James Monroe, creyendo expresar la simpatía de su país por la Revolución, había sido censurado por su gobierno, deseoso de neutralidad). A causa de un incidente entre Talleyrand, ministro de Negocios Extranjeros del Directorio, y tres enviados americanos, los Federalistas decidieron crear una flota y organizar un ejército que intentaban confiar a Washington.

En sus filas entró la discordia, animada por la rivalidad de Hamilton y de Adams. Finalmente, en 1800, la gran victoria de Bonaparte en Marengo y la prudencia de Jefferson arreglaron las cosas, y se firmó un convenio comercial entre Francia y los Estados Unidos.

En las elecciones de 1800, Jefferson, a quien los Federalistas presentaban como peligroso revolucionario, ateo y terrorista, fue elegido Presidente contra John Adams. Washington había muerto en su propiedad de Mount Vernon, el 14 de diciembre de 1799, y empezaba una nueva era.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Constitucion de 1787 de EE.UU. en Philadelfia Resumen

Constitución de 1787 de EE.UU. en Philadelfia Resumen

El 17 de octubre de 1781, los ingleses se rindieron y se iniciaron negociaciones de paz en París, con una delegación americana encabezada por Benjamín Franklin (1706-1790). El tratado de Versalles se firmó en 1783, el gobierno inglés reconoció la independencia y el nacimiento de una nueva nación: Estados Unidos de América.

Cuatro años más tarde se promulgó en Filadelfia la Constitución de 1787, de corte federal, influida por las ideas ilustradas y enciclopedistas. Se estableció la elección de un presidente y de dos miembros de las Cámaras de Representantes y del Senado. Nueva York quedó en ese momento como sede de los poderes federales.

Esta Constitución proclamó los derechos del ciudadano a la libertad, la seguridad de conciencia y de expresión. Sin embargo, no abolió la esclavitud; a los negros y los indios no se les asignó ningún derecho civil, y las mujeres no tenían derecho al voto.

Independencia de Estados Unidos

LA CONSTITUCIÓN DE 1787
¿Cómo organizar el Gobierno central? Casi todos los Estados se habían dado, durante la guerra de la Independencia, unas Constituciones particulares y diferentes, pero aún no había gobierno ni constitución en la esfera federal, y cada Estado seguía dirigiendo su propia política, interpretando, a veces a su gusto, el tratado firmado con Inglaterra.

Así como los problemas económicos y comerciales habían sido causa importante de la guerra de la Independencia, ahora los encontramos también en la base de la Constitución federal.

En 1785, los delegados de Virginia y de Maryland se reúnen para discutir problemas de la navegación por el Potomac, y las discusiones se extendieron después a Delaware y a Pensilvania. Por último, el buen sentido virginiano propone que todos los Estados envíen delegados a Annápolis para estudiar una posible uniformidad del sistema comercial exterior. Los comienzos fueron tímidos, y sólo cinco Estados enviaron doce delegados. Pero Hamilton pidió a éstos que apelasen a todos los Estados para convocar en Filadelfia una Convención encargada, a la vez, de poner al día las condiciones comerciales y de discutir un gobierno federal.

El segundo punto era, desde luego, el más importante; pero, al dejar en segundo plano la cuestión de una Constitución, los organizadores trataban de no asustar a los autonomistas. La Convención se reunió en Filadelfia, en mayo de 1786, bajo la indiscutida presidencia de Washington. John Adams y Jefferson eran embajadores en Inglaterra y en Francia, y el Congreso estuvo dominado por la personalidad de Hamilton, delegado de Nueva York.

El virginiano James Madison, próximo a Jefferson y, por consiguiente, opuesto a las concepciones aristocráticas de Hamilton, se encontraba, sin embargo, de acuerdo con él para instaurar un gobierno federal fuerte, ante el temor de ver al joven país, paralizado por mezquinas querellas entre Estados. Después de unas semanas de discusiones, el peso de la opinión de Washington fue decisivo.

Los delegados se habían inquietado también por la insurrección de Daniel Shays, antiguo oficial, pobre granjero de Massachussets, que se había puesto a la cabeza de una tropa de rebeldes, víctimas todos de la crisis económica. Los ricos se asustaron y fueron muchos los que se adhirieron a la idea de un ejecutivo fuerte, destinado a mantener el orden.

La Constitución de 1787 implica un compromiso en diversos planos. Inspirada en las ideas de Montesquieu sobre la separación de poderes, asegura la fuerza del ejecutivo por medio del régimen presidencial. Elegido para cuatro años (no por las Cámaras ni por sufragio universal, sino por electores especiales, elegidos, a su vez, en cada Estado), el Presidente (asistido de un vicepresidente) representa al pueblo de los Estados Unidos, ostentando un poder equivalente a los del rey y del Primer ministro en Inglaterra. Y la elección de Jorge Washington como primer Presidente de los Estados Unidos en 1789, reforzó todavía más el prestigio del cargo.

Dos Cámaras ejercían el poder legislativo: la Cámara de Representantes y el Senado. El número de representantes es proporcional a la población de cada Estado, mientras que los senadores son siempre dos por Estado, cualquiera que sea el número de sus ciudadanos, con lo que se daba satisfacción a los Estados pequeños, que podían temer el verse aplastados por sus vecinos más poblados.

Las dos Cámaras votan las leyes, pero las leyes de Hacienda deben presentarse con prioridad a los representantes, mientras que el Senado tiene prerrogativas en materia de política extranjera. El Presidente debe tener también la aprobación del Senado para nombrar a ciertos altos funcionarios. Además, el Senado puede transformarse en Tribunal inapelable para juzgar a los ciudadanos acusados por la Cámara de Representantes. Para asegurar la separación del Legislativo y del Ejecutivo, el Presidente elige a sus ministros, fuera del Congreso, al contrario de la tradición británica, que designaba a sus ministros entre los miembros del Parlamentó y eran responsables ante él.

Los ministros americanos no pueden ser depuestos por el Congreso. Puede haber, sin embargo, conflictos entre el Congreso y el Presidente, especialmente porque éste es elegido para cuatro años, mientras que el (Congreso se renueva cada dos.

En ese caso, el Presidente puede ejercer el derecho de veto contra las decisiones del Congreso, que i-monees no son efectivas más que con una mayoría de los dos tercios. Por encima de las leyes, de la interpretación de la Constitución y de los hombres mismos, está el Tribunal Supremo, cuyos siete jueces son nombrados por el Presidente, a título vitalicio, para asegurarles una completa independencia. Este Tribunal decide si las leyes están conformes con la Constitución y con el Derecho natural, resuelve las diferencias entre Estados, así como los conflictos entre los ciudadanos y la administración.

La Constitución enumeraba, cuidadosamente, los poderes del Presidente: decidir impuestos, pedir o conceder préstamos, regular el comercio entre Estados y con el exterior, acuñar moneda, crear cargos, asegurar la defensa del país, declarar la guerra, formar ejércitos y milicias. En cambio, numerosos poderes y decisiones seguían en manos de los Estados y de sus Asambleas.

La Constitución se completó, gracias a la iniciativa de Madison, con diez enmiendas que formaban una especie de Declaración de Derechos, garantizando las libertades individuales, la libertad de prensa, las libertades religiosas, y excluyendo toda religión de Estado. El Congreso elegiría, por último, un territorio —el distrito de Columbia—, en el que se edificaría la capital federal.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Tratado De Versalles Por La Independencia Colonias de EE.UU.

Tratado De Versalles Por La Independencia Colonias de EE.UU.

En 1776 los delegados de las 13 colonias americanas celebraron el tercer Congreso Continental en Filadelfia, en el que proclamaron la Independencia de las colonias el 4 de julio de 1776. El texto de la Declaración de Independencia fue redactado principalmente por Thomas Jefferson, y se basó en el principio de que todo ser humano tenía derecho a la libertad, a la igualdad y a la búsqueda de su felicidad; además exponía los motivos que habían dado lugar a tomar esa solución. Éste fue uno de los documentos políticos más importantes de la época de la Ilustración.

Independencia de los EE.UU.

La guerra de Independencia se prolongó durante ocho años. A pesar de la superioridad militar de los ingleses, los colonos obtuvieron las primeras victorias, lo que hizo que Francia, España y Holanda les prestaran su ayuda. El 17 de octubre de 1781, los ingleses se rindieron y se iniciaron negociaciones de paz en París, con una delegación americana encabezada por Benjamín Franklin (1706-1790). El Tratado de Versalles se firmó en 1783, el gobierno inglés reconoció la independencia y el nacimiento de una nueva nación: Estados Unidos de América.

Benjamin Franklin, unos de los encargados del Tratado.

TRATADO DE VERSALLES:

lAS CONVERSACIONES comenzaron en Parín en 1782. Por parte americana fue designado plenipotenciario John Adams, asistido por Jay y Franklin, pero no debía firmar nada sin previo acuerdo con Francia. A Adams no le gustaban los franceses, al contrario que a Franklin, el cual tuvo que arreglar, muchas veces, las cosas con Vergennes, el ministro de Luis XVI.

Además de la independencia, había que arreglar otras difíciles cuestiones, como las fronteras del Oeste, la navegación por el Mississipi y la indemnización a los leales, que perdían todos sus bienes en los Estados Unidos. Francia, a quien la guerra había costado mucho, no tenía reivindicaciones territoriales, pero España exigía Gibraltar, y Franklin quería que Inglaterra renunciase al Canadá.

Finalmente, se llegó a un acuerdo entre ingleses y americanos: los primeros conservaban el Canadá, pero renunciaban a los territorios entre los Apalaches y el Mississipi. La frontera del norte quedaba fijada en la región del Maine y de los Grandes Lagos, a la altura del paralelo 45; la navegación por el Mississipi sería libre para los ingleses, y los americanos tendrían derecho de pesca a lo ancho de Terranova y de Nueva Escocia.

Franklin tuvo la delicada misión de comunicar a Vergennes que los preliminares estaban firmados sin que el rey de Francia hubiera sido consultado. Francia recuperaba Saint-Pierre y Miquelon, y algunas ventajas en las Antillas y en las Indias. El tratado definitivo fue firmado en Versalles, el 3 de septiembre de 1783. España recobraba la Florida y Menorca, y, poco después, devolvería a Francia la Luisiana, que le había sido cedida como compensación de la Florida. En realidad, los verdaderos vencedores eran los americanos.

A finales de 1783, los últimos navios ingleses abandonaban Nueva York, y, desde aquel momento, era necesario organizar una nación nueva. La victoria americana tuvo considerables repercusiones en Europa, y obligó a Jorge III a abandonar sus tentativas de absolutismo, admitiendo la monarquía constitucional. Precipitó la crisis financiera de la monarquía en Francia, causa inmediata de la Revolución, al mismo tiempo que la Declaración de Independencia, el ejemplo de una insurrección por la Libertad y el Derecho alentaban a los partidarios de reformas. Más adelante, pudieron verse sus consecuencias respecto a la América latina.

George Washignton

El principal artífice de la victoria americana fue uno de los más ricos plantadores de Virginia. La Chevalier de Chastellux describió así a Jorge Washington: «Lo que mejor caracteriza a este hombre respetable es la perfecta armonía que reina entre sus cualidades físicas y las morales. General en una República, no tiene el fasto imponente de un mariscal de Francia… Despierta otra clase de respeto, que parece nacer de la sola idea de que la salvación de cada individuo depende de su persona».

UN PERIODO  CRITICO…
Muchas inquietudes asaltaban a los dirigentes del nuevo Estado: unir las colonias, muy inclinadas a su propia independencia; arreglar los atrasos de sueldos y de pensiones prometidas a los combatientes; crear una moneda estable, elaborar una Constitución que satisficiese tendencias contradictorias, etc.

Ciertamennte, la herencia era rica, y las ruinas de la guerra, relativamente pocas. Las tierras del Oeste ofrecían una inmensa salida a los insatisfechos, y Francia había prestado algunos millones de libras para atender a los gastos más urgentes. Pero, en realidad, no había un verdadero poder ejecutivo.

El Congreso no era más que una asamblea de delegados en la que se requería la unanimidad, y dirigía la guerra, los Negocios Extranjeros, etc., pero no tenía ningún derecho sobre cada uno de los Estados soberanos. Estos se negaban a establecer derechos fiscales o aduaneros para garantizar ingresos al Tesoro. Se hacían la guerra económica ios unos a los otros, y hubo incluso incidentes armados entre Connecticut y Pensilvania.

Los ingleses se aprovechaban de ello para vender sus productos manufacturados, con perjuicio para la pequeña industria americana creada durante la guerra de la Independencia. Una organización de oficiales, los Cincinnati, que tenían por insignia una cinta azul y un águila, representaba, prácticamente, la única fuerza común a todos los Estados, por medio de sus comités en cada ciudad, y contribuyó mucho al desarrollo del sentimiento unitario.

Entre la minoría dirigente, las opiniones diferían. En el plano político, entre los partidarios de un poder centralizador fuerte, y los que preferían la autonomía de los Estados; en el plano social, entre las tendencias aristocráticas (grandes señores del norte y plantadores del sur), y los ideales populistas, democráticos, de los tenderos y de los pequeños campesinos. El brillante Alexander Hamilton y Tho-mas Jefferson simbolizaban esta oposición. Era preciso, ante todo, resolver el problema del Oeste, donde los pioneros se instalaban, cada vez más numerosos, como en el valle del Ohio o del Kentucky.

Estados como Virginia, Georgia y Carolina del Norte reclamaban nuevos territorios. Otros, como Maryland, querían hacer de ellos una posesión común para mantener el equilibrio entre los Estados, y se salió con la suya en 1787: el Oeste fue declarado propiedad federal y dividido en territorios; los que tenían menos de 5.000 habitantes eran administrados por el Congreso. De 5.000 a 60.000 habitantes, tenían el derecho de elegir asambleas. Con más de 60.000, podían formar un Estado que entraría en la Unión. La victoria del principio federal iba a asegurar el futuro de los Estados Unidos y de su prodigiosa expansión.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Alberdi Juan Bautista Pensamiento Politico Bases y Puntos de Partida

Alberdi Juan Bautista: Su Pensamiento Político – Bases y Puntos de Partida – La Asociación de Mayo en Uruguyay

Cuando Urquiza reunió en Santa Fe al Congreso que sancionaría la Constitución de 1853, sus integrantes comenzaron a buscar modelos para redactarla. Si bien había una idea bastante concreta de lo que se quería, faltaba el aspecto operativo, práctico.

Entonces llegó a sus manos un librito que había preparado Alberdi, abogado argentino radicado en Valparaíso que, alejado de Buenos Aires unos veinte años antes por disidencias con Rosas (aunque nunca fue perseguido), había cumplido en Chile una labor profesional muy destacada.

En su libro, Alberdi proponía un proyecto de Constitución y el fundamento teórico de este nuevo país que iba a emprender su marcha, dejando atrás la larga dictadura de Rosas y la larga época de las guerras civiles, y preparándose para tener otro papel y otras funciones, incluso en el resto del mundo.

juan bautista alberdi

¿Qué decía Alberdi, en síntesis?, el gran historiador argentino Félix Luna lo expresa así: «Para resumirlo con palabras mías: hagamos una Constitución donde se dé toda clase de garantías a las personas que quieran venir aquí a trabajar, a ejercer sus industrias, a educar y a educarse, a transmitir sus ideas.

Es decir, una Constitución que garantice la creación de una sociedad próspera. Pero en cambio no seamos tan liberales cuando se trata de política.

No existe un electorado o una ciudadanía. La Argentina no tiene, todavía, ciudadanos.

Los argentinos nativos no tienen aún hábitos de trabajo, respeto por la autoridad. No tienen nada de aquello que hace posible un gobierno regular.

¿Qué tenemos que hacer entonces? Fomentar la inmigración. Que vengan muchos extranjeros, si es posible anglosajones, y se vayan mezclando con la población nativa.

Entonces, cuando con los hijos o los nietos de esos inmigrantes fragüe un nuevo tipo de hombre, un nuevo tipo de argentino, será el momento de darle no solamente las libertades civiles, sino también las políticas.

Mientras tanto, que gobiernen los más aptos, los mejores —nosotros—, llevando las cosas de modo tal que con inversión extranjera, con tendido de ferrocarriles, con la explotación racional de la pampa, poco a poco se vayan creando condiciones que hagan posibles formas republicanas con un contenido también republicano. Mientras tanto, mantengamos sólo la forma de la república.

En última instancia, este era un pensamiento bastante realista, comparable, si se quiere, al que Rosas expuso en la Carta de la Hacienda de Figueroa.

Y, sin que nadie lo dijese de manera directa, fue el pensamiento que se puso en marcha en la época de Mitre y, más aun, en la de Roca, a partir de 1880.

Es decir: hagamos un país próspero, tratemos de que tenga inserción dentro del mundo contemporáneo, abramos la frontera a los inmigrantes, a los capitales, a las ideas, y por ahora posterguemos un poco lo político, porque todavía no están dadas las condiciones para una república perfecta.»

Documento: El pensamiento de Alberdi

El pensamiento de Alberdi —que, entre otras cosas, sentó las bases de la Constitución Nacional una gran preocupación por el aspecto sociológico de un proyecto de construcción de “El problema del gobierno posible en la América antes española no tiene más que una solución sensata, ella consiste en elevar nuestros pueblos a la altura de la forma de gobierno que nos ha impuesto la necesidad; en darles la aptitud que les falta para ser republicanos; en hacerlos dignos de la república, que hemos proclamado, que no podemos practicar hoy ni tampoco abandonar; en mejorar el gobierno por la mejora de los gobernados; en mejorar la sociedad para obtener la mejora del poder, que es su expresión y resultado directo. […]

¿Cómo hacer, pues, de nuestras democracias en el nombre, democracias en la realidad?.

¿Cómo cambiar en hechos nuestras libertades escritas y nominales?.

¿Por qué medios conseguiremos elevar la capacidad real de nuestros pueblos a la altura de constituciones escritas y de los principios proclamados?.

Por los medios que dejo indicados y que todos conocen; por la educación del pueblo, operada mediante la acción civilizante de Europa, es decir por la inmigración, por una legislación civil, comercial y marítima adecuadas; por constituciones en armonía con nuestros tiempos y nuestras necesidades; por un sistema de gobierno que secunde la acción de esos medios.

[…] ¿Qué nombre daréis, qué nombre merece un país compuesto de doscientas mil leguas de territorio y de una población de ochocientos mil habitantes? Un desierto. ¿Qué nombre daréis a la constitución de ese país?.

La constitución de un desierto. Pues bien, ese país es la República Argentina; y cualquiera que sea su constitución, no será otra cosa que la constitución de un desierto.

Pero, ¿cuál es la constitución que mejor conviene al desierto? La que sirve para hacerlo desaparecer , que sirve para hacer que el desierto deje de desierto en el menor tiempo posible, y se convierta en un país poblado.

Luego éste debe ser el fin político, y no puede ser otro, de la constitución argentina y en general de las demas constituciones de Sudamérica.

Las constituciones de países despoblados no pueden tener otro fin serio y racional, por ahora y por muchos años, que el dar al solitario y abandonado territorio la población de que necesita como instrumento fundamental de su desarrollo y progreso. […]

Es, pues, esencialmente económico el fin de la política constitucional y del gobierno en América. Así, en América, gobernar es poblar.

Definir de otro modo el gobierno es desconocer su misión sudamericana. […]

La cuestión argentina de hoy es la cuestión de América del Sur, a saber: buscar un sistema de organización conveniente para obtener la población de sus desiertos, con pobladores capaces de industria y libertad, para educar sus pueblos, no en las ciencias, no en la astronomía […] sino en la industria y en la libertad práctica. […]

Para poblar el desierto, son necesarias dos cosas capitales: abrir las puertas de él para que todos entren, y asegurar el bienestar de los que en él penetren: la libertad a la puerta y la libertad dentro.”

Las ideas de Alberdi, (también de Sarmiento) como de otros intelectuales contemporáneos sobre las perspectivas de desarrollo futuro de la Argentina, vinculadas a las condiciones favorables que abría el avance del capitalismo industrial en Europa, influyeron sobre las élites dirigentes argentinas.

Expresaban, a la vez, las aspiraciones de esos sectores para superar las limitaciones de su expansión. La mayoría de esas ideas o proyectos fueron llevados a la práctica en las décadas que siguieron a la caída de Rosas. Fueron motivo, también, de intensas polémicas entre sus mentores.

Los siguientes fragmentos pertenecen a Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, escrito por Alberdi luego de la caída de Rosas y publicado en Chile en 1852.

Un punto de partida

[América] «Ella no está bien; está desierta, solitaria, pobre. Pide población, prosperidad.

¿De dónde le vendrá esto en lo futuro? Del mismo origen de que vino antes de ahora: de Europa.»

Lo salvaje y lo civilizado

«Todo en la civilización de nuestro suelo es europeo; la América misma es un descubrimiento europeo.

[…] Nosotros, los que nos llamamos americanos, no somos otra cosa que europeos nacidos en América.

[…] En América todo lo que no es europeo es bárbaro: no hay más división que ésta: 1: el indígena, es decir el salvaje; 2:, el europeo, es decir, nosotros los que hemos nacido en América y hablamos español […].»

Lo que vendrá

¿Cómo, en qué forma vendrá en el futuro el espíritu vivificante de la civilización europea a nuestro suelo? Como vino en todas las épocas: Europa nos traerá su espíritu nuevo, sus hábitos de industria, sus prácticas de civilización, en las inmigraciones que nos envíe.

Cada europeo que viene a nuestras playas nos trae más civilización en sus hábitos que luego comunica a nuestros habitantes, que muchos libros de filosofía.

[…] ¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres y radiquémoslas aquí.

[…] Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, […].

Se hace este argumento: educando nuestras masas, tendremos orden; teniendo orden vendrá la población de fuera. Os diré que invertís el verdadero método de progreso.»

Medios, fines y modelos

«No pretendo que deba negarse al pueblo la instrucción primaria, sino que es un medio impotente de mejoramiento comparado con otros, que se han desatendido.

[…] La instrucción, para ser fecunda, ha de contraerse a ciencias y artes de aplicación, a cosas prácticas, a lenguas vivas, a conocimientos de utilidad material e inmediata.

El idioma inglés, como idioma de la libertad, de la industria y del orden, debe ser aun más obligatorio que el latín […].Nuestra juventud debe ser educada en la vida Industrial […].

El tipo de nuestro hombre sudamericano debe ser el hombre formado para vencer al grande y agobiante enemigo de nuestro progreso: el desierto, el atraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente.

A este fin debe propenderse a sacar a nuestra juventud de las ciudades mediterráneas, donde subsiste el antiguo régimen con sus hábitos de ociosidad, presunción y disipación, y atraerla a los pueblos litorales para que se inspire de la Europa, que viene a nuestro suelo, y de los instintos de la vida moderna.

[…] La industria es el calmante por excelencia. Ella conduce por el bienestar y por la riqueza al orden, por el orden a la libertad: ejemplos de ello Inglaterra y los Estados Unidos.

[…] «Al nuevo régimen le toca invertir el sistema colonial, y sacar al interior de su antigua clausura, […] mediante un sistema de vías de transporte grande y liberal, que los ponga al alcance de la acción civilizadora de Europa.

Los grandes medios de introducir Europa en los países interiores […] para obrar un cambio portentoso en pocos años, son el ferrocarril, la libre navegación interior y la libertad comercial.»

[…] «Es preciso traer las capitales a las costas, o bien llevar el litoral al interior del continente. El ferrocarril y el telégrafo eléctrico, que con la supresión del espacio, obran este portento»[…].

Él hará a la unidad de la República Argentina mejor que todos los congresos. […] Sin el ferrocarril, no tendréis unidad política en países donde la distancia hace imposible la acción del poder central.»

La opinión de Alberdi

Con la brutal franqueza que le era propia, Alberdi señalaba cuáles eran los obstáculos que veía para el progrese económico argentino. Se transcribe aquí algunos párrafos de las Bases: «Conviene aumentar el número de nuestra población, y lo que es más, cambiar su condición en sentido ventajoso a la causa del progreso. Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos, no realizaríais la república ciertamente… Es necesario fomentar en nuestro pueblo la población anglosajona.

Ella está identificada en el vapor, el comercio y la libertad, y nos será imposible radicar esas cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esa raza de progreso y civilización… Crucemos con ella nuestro pueblo oriental y poético de origen y le daremos la aptitud del progreso y de la libertad práctica…

La nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas de colonización, de navegación y de industria, a reemplazar en las costumbres del pueblo, como estímulo moral, la vanagloria militar por el honor del trabajo, el entusiasmo guerrero por el entusiasmo industrial que distingue a los países libres de la raza inglesa… ¿Podrá el clero dar a nuestra juventud los instintos mercantiles e industriales que deben distinguir al hombre de Sud América? ¿Sacará de sus manos esa fiebre de actividad y empresa que lo haga ser el yankee hispanoamericano?».

La inquietud de Alberdi era fundada. Sin aptitud tecuca, sin preocupación por la riqueza, sin la obsesión por el trabajo, la población argentina de su época tenía muy pocas perspectivas de incorporarse al progreso económico del modelo europeo.

En la práctica los deseos de Alberdi no se materializaron. No hubo inmigración de ingleses: según el censo de 1914 apenas llegaban al uno por ciento de los extranjeros residentes en el país. Tampoco hubo desarrollo industrial, como requería el modelo. Sin embargo, ya a fines del siglo XIX la Argentina estaba encaminada en un proceso de extraordinaria expansión económica, que habría de durar cerca de cincuenta años.

Lo que pasó es que también los países, como las personas, a veces tienen muy buena suerte. La explotación de un recurso natural de excepción, como era la* tierra de la pampa, la condujo a una prosperidad parecida a la que tenían los países petroleros hasta hace poco. La similitud de ambos casos merece ser analizada con algún detenimiento.

Juan Bautista Alberdi. Bases y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina. Valparaíso, 1852. Citado en: Tulio Halperin Donghi.
Proyecto y construcción de una nación (Argentina, 1846-1880). Caracas, Ayacucho. 1980.

Conceptos de Alberdi

Gobernar es poblar en el sentido de que poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente, como ha sucedido en Estados Unidos.

Mas para civilizar por medio de la población, es preciso hacerlo con poblaciones civilizadas; para educar a nuestra América en la libertad y en la industria, es preciso poblarla con poblaciones de la Europa más adelantada en libertad y en industria, como sucede en Estados Unidos.

Cada europeo que viene a nuestras playas nos trae más civilizaciones en sus hábitos que luego comunica a nuestros habitantes, que muchos libros de filosofía. Un hombre laborioso es el catecismo más edificante.

¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radíquémoslas aquí.

Al lado del industrial europeo, pronto se forma el industrial americano. La planta de la civilización no se propaga de semilla. Es como la viña: prende de gajo.

Sin grandes poblaciones no hay desarrollo de cultura, no hay progresos considerables; todo es mezquino y pequeño.

Naciones de medio millón de habitantes, pueden serlo por su territorio; por su población serán provincias, aldeas y todas sus cosas llevarán siempre el sello mezquino de provincia.

El tipo de nuestro hombre sudamericano debe ser el hombre formado para vencer al grande y agobiante enemigo de nuestro progreso: el desierto, el atraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente.

He aquí el arsenal en que debe buscar Sudamérica las armas para vencer a su enemigo capital.

Hacer en vez de eso, de un hombre, una destructora máquina de guerra, es el triunfo de la barbarie; pero hacer de una máquina un hombre que trabaja, que teje, que transporta, que navega, que defiende, que ataca, que ilumina, que riega los campos, que habla de un polo al otro, es el triunfo de la civilización sobre la materia, triunfo sin víctimas ni lágrimas.

Por su índole y espíritu, la nueva Constitución Argentina debe ser una constitución absorbente, atractiva, dotada de tal fuerza de asimilación, que haga suyo cuanto elemento extraño se acerque al país; una constitución calculada especial y directamente para dar cuatro o seis millones de habitantes a la República en poquísimos años.

Una constitución destinada a trasladar la ciudad de Buenos Aires a un paso de San Juan, de La Rioja y de Salta y a llevar estos pueblos hasta las márgenes fecundas del Plata, por el ferrocarril y el telégrafo, que suprimen las distancias.

Una constitución que en pocos años haga de Santa Fe, del Rosario, de Gualeguaychú, de Paraná y de Corrientes, otras tantas Buenos Aires en población y cultura; una constitución que, arrebatando a Europa sus habitantes y asimilándolos a nuestra población, haga en corto tiempo tan populoso a nuestro país, que no pueda temer a la Europa oficial en ningún tiempo.

PARA SABER MAS…
CRÓNICA DE LA ÉPOCA
LA CONSTITUCIÓN DE JUAN BATISTA ALBERDI
Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869

En el duro comienzo de su vida -su madre murió en el parto al darlo a luz- nadie habría soñado con el gran futuro que le esperaba.

A los once años perdió también a su padre, y sus hermanos mayores lo enviaron a estudiar a Buenos Aires.

En el Colegio de Ciencias Morales fue compañero de Vicente Fidel López, Antonio Wilde y Miguel Cañé (padre), pero al no soportar el régimen disciplinario dejó los estudios formales hasta que ingresó a la carrera de leyes de la Universidad de Buenos Aires.

Fue un músico apasionado y escribió el libro El espíritu de la música.

Desde 1832 formó parte del grupo de jóvenes intelectuales que solía reunirse en la librería de Marcos Sastre, apasionados por el romanticismo europeo y sus nuevas ideas políticas.

Su publicación de Fragmento preliminar al estudio del Derecho fue de enorme importancia porque, de algún modo, explicó la situación nacional y presentó posibles soluciones.

Los antirrosistas exiliados en Montevideo lejos de apoyarlo lo criticaron porque, si bien atacaba las acciones tiránicas, no hacía ninguna referencia a Rosas.

Se inició en el periodismo con la publicación de La Moda, donde firmaba con el seudónimo de Figarillo para esquivar la censura del rosismo.

Cuando lo empezó a perseguir La Mazorca, tras la fundación de la asociación de la Joven Generación Argentina, se exilió en Uruguay. Desde 1838 se dedicó al periodismo político y escribió dos obras de teatro en Montevideo.

Ya en 1843 hizo un viaje a París, en el cual visitó al general San Martín. A su regreso se instaló en Chile, donde vivió durante 17 años. Trabajó como abogado y periodista.

Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina es el título del libro que publicó al conocer el triunfo de Justo, de Urquiza sobre Rosas, en la batalla de Caseros.

Se lo envió a Urquiza y se tomó en cuenta como una de las fuentes del proyecto de Constitución Nacional.

El gobierno de Urquiza lo nombró encargado de negocios de la Confederación Argentina ante Francia, Inglaterra, el Vaticano y España. Desde entonces tuvo fuertes enfrentamientos con Domingo Faustino Sarmiento. Murió en un suburbio de París.

Sobre la Constitución: La novísima Constitución de la Confederación, a cuyo texto hemos podido acceder, sigue de cerca el modelo de la Constitución de los Estados Unidos y como es por todos sabido, ha tenido mucho peso el libro Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina derivados de la ley que preside el desarrollo de la civilización en la América del Sur, publicado por el señor Alberdi y ampliamente difundido, puesto que el año pasado tuvo dos ediciones chilenas en Valparaíso y una en Buenos Aires.

Puede decirse que si bien el señor Alberdi permaneció en Chile por razones profesionales, fue el autor que más peso tuvo entre los diputados de Santa Fe.

La Constitución establece que el Poder Ejecutivo será ejercido por un presidente electo por seis años y que no puede reelegirse, el Legislativo por un Congreso con dos cámaras: la de Diputados, en proporción a la población, y la de Senadores, con dos por provincia y dos por la Capital, que durarán nueve años en sus mandatos.

El Poder Judicial lo encabeza una Corte Suprema de nueve miembros.

La Constitución de la Confederación Argentina contiene una declaración de derechos que perfecciona los textos en que se inspira.

Consagra la libre navegación de los ríos y la libertad de cultos.

Esto último fue materia de discusión entre los diputados, aunque establece que el presidente debe profesar el culto católico apostólico y romano y que se sostiene este culto.

El deseo de dar fin a la barbarie se pone de manifiesto al abolir expresamente las ejecuciones a lanza y cuchillo, mención específica que para algunos jurisconsultos preguntados por nosotros es sobreabundante.

Pese a la difícil situación que atraviesa el país en este momento, fundamentalmente por la actitud segregacionista de la provincia de Buenos Aires, es de esperar que prime la cordura y este texto sea el instrumento que posibilite un entendimiento entre los argentinos.

De mantenerse esta provincia en su actual posición irreductible, serán difíciles los primeros años de la Confederación, privada de su provincia más rica, de su Capital y de la casa de la moneda.

Sobre «Gobernar Es Poblar»: en el sentido de que poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente, como ha sucedido en Estados Unidos. Mas para civilizar por medio de la población, es preciso hacerlo con poblaciones civilizadas; para educar a nuestra América en la libertad y en la industria, es preciso poblarla con poblaciones de la Europa más adelantada en libertad y en industria, como sucede en Estados Unidos. Cada europeo que viene a nuestras playas ños trae más civilizaciones en sus hábitos que luego comunica a nuestros habitantes, que muchos libros de filosofía. Un hombre laborioso es el catecismo más edificante.

¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí. Al lado del industrial europeo, pronto se forma el industrial americano. La planta de la civilización no se propaga de semilla. Es como la viña: prende de gajo.

Sin grandes poblaciones no hay desarrollo de cultura, no hay progresos considerables; todo es mezquino y pequeño. Naciones de medio millón de habitantes, pueden serlo por su territorio; por su población serán provincias, aldeas y todas sus cosas llevarán siempre el sello mezquino de provincia.

El tipo de nuestro hombre sudamericano debe ser el hombre formado para vencer al grande y agobiante enemigo de nuestro progreso: el desierto, el atraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente. He aquí el arsenal en qué debe buscar Sudamérica las armas para vencer a su enemigo capital. Hacer en vez de eso, de un hombre, unadestructora máquina de guerra, es el triunfo de la barbarie; pero hacer de una máquina un hombre que trabaja, que teje, que transporta, que navega, que defiende, que ataca, que ilumina, que riega los campos, que habla de un polo al otro, es el triunfo de la civilización sobre la materia, triunfo sin víctimas ni lágrimas.

Por su índole y espíritu, la nueva Constitución Argentina debe ser una constitución absorbente, atractiva, dotada de tal fuerza de asimilación, que haga suyo cuanto elemento extraño se acerque al país; una constitución calculada especial y directamente para dar cuatro o seis millones de habitantes a la República en poquísimos años; una constitución destinada a trasladar la ciudad de Buenos Aires a un paso de San Juan, de La Rioja y de Salta y a llevar estos pueblos hasta las márgenes fecundas del Plata, por el ferrocarril y el telégrafo, que suprimen las distancias; una constitución que en pocos años haga de Santa Fe, del Rosario, de Gualeguaychú, de Paraná y de Corrientes, otras tantas Buenos Aires en población y cultura; una constitución que, arrebatando a Europa sus habitantes y asimilándolos a nuestra población, haga en corto tiempo tan populoso a nuestro país, que no pueda temer a la Europa oficial en ningún tiempo.

JUAN BAUTISTA ALBERDI

La Asociación de Mayo de Alberdi en Uruguay

Así se llamó la sociedad fundada por Alberdi en Montevideo como continuación de La Joven Generación Argentina.

A ella pertenecieron muchos de los emigrados argentinos. Sus objetivos eran los mismos.

— En 1832 un grupo de jóvenes universitarios formaron una sociedad para discutir y estudiar los grandes problemas sociales y las corrientes ideológicas de su época.

Leían y comentaban los autores filosóficos y políticos en auge, sobre todo los franceses. Organizaban reuniones, conferencias y debates.

Era una asociación netamente de jóvenes universitarios con inquietudes intelectuales y sociales.

Por obra de la sociedad los autores, liberales franceses fueron conocidos y difundidos en Buenos Aires. La sociedad se llamó Asociación de Estudios Históricos y Sociales. Su primer presidente fue Miguel Cané.

— En 1834 Marcos Sastre instaló una librería a la vuelta de la Universidad. A ella concurrían numerosos estudiantes. Allí surgió la idea de formar una peña intelectual que llamaron Salón Literario.

En el acto inaugural hablaron Sastre, Gutiérrez y Alberdi. Trataban temas religiosos, políticos, literarios. Editaron un periódico, La Moda, dirigido por Alberdi y que se publicaba cada semana.

El gobierno rosista no vio con simpatía estas reuniones en que se difundían ideas liberales, sobre todo francesas. Al poco tiempo el semanario dejó de aparecer y el Salón Literario tuvo que disolverse.

— En vista de la persecución sufrida por el Salón Literario, a iniciativa de Esteban Echeverría, se fundó una sociedad secreta, a imitación de la Joven Italia que dirigía Mazzini y alentaba la obra de los carbonarios. Mazzini luchaba para lograr la unificación de Italia.

La nueva sociedad que se mantenía en secreto se llamó a sí misma La Joven Generación Argentina y se proponía difundir ideas liberales y preparar la caída de Rosas.

En la reunión inaugural Echeverría leyó las «Palabras Simbólicas» que resumían su programa.

Era un grupo de jóvenes entusiastas e idealistas que luchaban por dar al movimiento patrio un contenido acorde con las ideas liberales que conmovían a Europa, sobre todo a Francia.

Lamentablemente no tenían aún la madurez suficiente para hacer la adaptación de esas ideas a nuestra realidad.

No gozaban de la estima de los unitarios que los consideraban utópicos e idealistas.

Tampoco de los federales por ser antirosistas. Sin embargo los unitarios se valieron de ellos en su lucha contra Rosas.