Enfermedad: El Escorbuto

El Chocolate Historia de los Alimentos en America Comida de los Indios

ALIMENTOS DE AMÉRICA: EL CHOCOLATE

El chocolate
Otro alimento que hizo verdadero furor en Europa fue, el chocolate. Igual que el café o el té, el chocolate, es un estimulante cuyo principio activo es la teobromina, que significa «alimento de. los dioses». Este calificativo nos da una descripción mucho más exacta de su uso que cualquier apoyo botánico.

En el Méjico azteca, donde por primera vez lo vieron los europeos, el cacao era la bebida favorita de los emperadores, que eran considerados dioses. El primer europeo que probó el chocolate fue Cortés, invitado por Moctezuma, que se lo ofreció servido en una calabaza dorada.

Para preparar el chocolate, los mejicanos recogían los frutos del árbol del cacao, que siempre está verde y cuyas flores amarillas se parecen a las rosas. Luego partían las frutas y las exponían al sol hasta que «sudaban». El siguiente paso consistía en moler las vainas en un molino que llamaban metatl.

Thomas Gage, un inglés que iba a estar muy relacionado con el chocolate, asegura que su nombre procede de la onomatopeya choco-choco, que imita el chasquido del chocolate al entrar en contacto con el agua, y de atle, el nombre del molino.

El chocolate era tan caro que difícilmente pudo ser la bebida habitual de los campesinos pobres. En Méjico se utilizaba como dinero en lugar de las monedas, de las que nunca se sirvieron los aztecas. Las vainas de cacao se empaquetaban en bultos de 24.000 unidades, y éstos se constituían en la medida estándar del dinero, con los
que los mejicanos y los mayas pagaban sus impuestos.

Tal y como lo tomaron Moctezuma y Cortés, el chocolate era una bebida fría, no líquida, pero sí batida hasta conseguir una consistencia parecida a la de la miel, por lo que había que tomarlo con cuchara. Se mezclaba con toda clase de especias, incluyendo una que todavía se le añade hoy en día: la vainilla. Los aztecas, además le ponían con frecuencia maíz molido a su chocolate.

chocolate derretido

En manos europeas, el chocolate sufrió un considerable cambio. Se convirtió en una bebida auténtica, pues era tan caro que había que mezclarlo con agua. Sin embargo, se seguía batiendo y añadiéndole una gran variedad de especias, según la fórmula propia de cada consumidor.

Lo más probable es que los aztecas le introdujesen varios afrodisíacos naturales. De, hecho, tanto los franceses como los ingleses, consideraban al chocolate como un afrodisíaco.

Resulta característico de ambos temperamentos nacionales el que, mientras los franceses bebían chocolate sin ninguna prevención, estaban muy preocupados respecto al café, pues sus médicos les habían asegurado que los dejaría impotentes. Los ingleses, por su parte, estiman muy tranquilos con el café, pero les preocupaban los efectos que pudiera tener el chocolate sobre la castidad de las mujeres (la castidad de los hombros no se consideraba tan importante).

Al final del siglo XVIII ya no se consideraba que el chocolate pudiese poner en peligro la virtud femenina. Se tomaba en toda Europa, y fue una de las bebidas que hizo posible la revolución intelectual europea, conocida como el Siglo de las Luces.

Las damas francesas de cierto rango organizaban reuniones, y en sus salones se servía café o chocolate a sus imitados, que eran todos intelectuales y hombres, excepto la anfitriona. Mientras sorbían su chocolate discutían sobre los temas de actualidad y de política, como el de si los poderes del rey de Inglaterra deberían ser limitados, o lo que se podría hacer para mejorar la suerte cíe los campesinos.

El chocolate había perdido completamente su exótica reputación, hasta tal punto que con frecuencia lo bebían las colegialas y las monjas. Una de las entusiastas de esta bebida fue Madame d’Arestrel, superiora del convento de la Visitación de Belley, y que tenía un joven amigo llamado Anselme Brillat-Savarin.

La Revolución Francesa hizo que Anselme tuviese que emigrar a Nueva York, donde tuvo que ganarse la vida tocando el piano en una orquestina mientras pensaba en su gran obra gastronómica. En ella habría de incluirse la receta que la madre superiora de Belley le había proporcionado para hacer un buen chocolate.

«Hazlo en un recipiente de porcelana la noche antes de que quieras beberlo. Luego déjalo reposar toda la noche. Con este reposo adquiere una concentración y una textura aterciopelada que lo mejora infinitamente. Dios no nos guardará rencor por este pequeño refinamiento. Al fin y al cabo, ¿no es Él todo perfección?»

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

El Mestizaje en el Rio de la Plata La Conquista de España Sociedad

El Mestizaje en el Río de la Plata
La Conquista Española

Asunción del Paraguay: el paraíso terrenal: Entre tanto se había fundado Asunción del Paraguay (15 de agosto de 1537) en tierras de nativos mansos y agricultores: los guaraníes. Domingo Martínez de Irala, fue quien tomó a su cargo esta población, aspiraba a la sucesión de Mendoza. Respaldó su pretensión el veedor real venido de España para solucionar el vacío político provocado por la ausencia de Ayolas.

Guaranies en Paraguay

Guaranies en Paraguay

El nuevo gobernante estaba decidido a cambiar el eje de la Conquista, abandonar la desembocadura del río e instalarse en Asunción, donde la mansedumbre de los indígenas aseguraba la fuerza de trabajo indispensable para la colonización.

El poblado gozaba de las ventajas de un clima cálido, nativos cordiales y mujeres trabajadoras y buenas amantes. En contraste con el medio hostil de la desembocadura del Plata, Asunción aparecía casi como un paraíso terrenal.

Irala ordenó que se abandonara a Buenos Aires. Sin embargo, un grupo de hombres se negaron a dejar el puerto, argumentando que era la única pero sólida ventaja consistía de encontrarse más cerca del Atlántico y por ende de España que el lejano enclave aguas arriba del Paraná y el Paraguay. A Buenos Aires llegaba cada tanto una nave con mercancías y nuevos pobladores. La madera y las piedras que faltaban en la llanura inmediata se obtenían con facilidad en el Delta y en la costa oriental del gran río.

Pero las órdenes eran terminantes. El sitio se abandonó (1541) y donde había estado el poblado se dejaron informaciones acerca del derrotero a seguir. Al irse los colonos, los potros y yeguas que habían venido con ellos quedaron en libertad. Con el tiempo, éstos sentaron las bases de la riqueza pecuaria de la llanura rioplatense.

Irala impuso su liderazgo en Asunción por veinte años más hasta su fallecimiento. Supo congraciarse con la Corona y hacer jugar el aislamiento de esta ciudad en beneficio de su liderazgo. Su pragmatismo y su popularidad entre los soldados le permitieron desalojar a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el segundo Adelantado del Río de la Plata, un explorador, inteligente y letrado, que había vivido aventuras extraordinarias y naufragios en América del Norte y que se empeñó vanamente en proteger a los indígenas frente a los abusos de los encomenderos.

Narra Ulrico Schmidl el clima de violencia de esos tiempos:

“Los cristianos estuvimos los unos contra los otros y no nos concedimos nada bueno el uno al otro; nos batimos día y noche los unos contra los otros. Entraron en razón sólo ante la amenaza de que los indígenas aprovecharan estas rencillas para rebelarse«.

La colonización del Paraguay tuvo rasgos originales. Dice Rosenblat que un pequeño núcleo conquistador pudo, en el transcurso de varios siglos de relativo aislamiento, mestizar a casi toda la población indígena del país.

Las nativas fueron entregadas voluntariamente por los ancianos de sus comunidades a los españoles, jugadas a los dados o tomadas por la fuerza en auténticas cacerías. En vano denunciaban los clérigos el abuso de salir a buscar “manadas de mujeres para su servicio, como quien va a la feria y trae una manada de ovejas, incluso sin  reparar siquiera en en el parentesco”. El tema de la servidumbre y de la esclavitud en los orígenes de la colonización del Río de la Plata ha sido estudiado en profundidad por Silvio Zavala.

En su moral sexual, Asunción estaba conformada por conquistadores que habían logrado convertirse en dueños de harenes de 70 mujeres, era un “paraíso de Mahoma”, más que un modelo de sociedad cristiana.

Sin embargo, esa sociedad de la frontera necesitaba para su vida material de la industria del Viejo Mundo y precisaba para mantener la cohesión social los valores religiosos del catolicismo. Desde la óptica de los conquistadores, si el mundo indígena prevalecía por falta de madres españolas y cristianas, la colonización estaba destinada a desaparecer en un corto plazo. Recordemos que el hijo mestizo valía para España solamente si se incorporaba a la cultura paterna.

Prueba de la importancia de este concepto es la oferta de Irala de perdonarles la vida a dos capitanes rebeldes, a condición de que se casaran con sus hijas mestizas, Marina y Úrsula. Estos matrimonios mixtos, resultado de un “pacto de sangre”, dieron lugar a linajes patricios del Paraguay y el Río de la Plata.

En 1555 llegó a Asunción un importante núcleo de nuevos pobladores, encabezado por doña Menda Calderón de Sanabria, viuda del tercer Adelantado del Río de la Plata, el cual había muerto antes de comenzar la empresa. Venían con doña Menda cuarenta doncellas y además hidalgos, soldados y artesanos. Eran los restos de lo que se había proyectado en la Península como una gran expedición de refuerzo. Este contingente, luego de padecer toda suerte de trastornos y naufragios, realizó a pie el trayecto desde San Vicente hasta Asunción, por elGuayrá, un camino que podía recorrerse con relativa seguridad.

Para las mozas sin dote ni fortuna, la posibilidad de encontrar marido legítimo en esa sociedad marginal resultaba un incentivo poderoso. Y para Asunción, la llegada del contingente femenino reforzó a la empresa colonizadora que con tantas dificultades se estaba llevando a cabo.

Esta empresa era ingrata, pródiga en falsas expectativas y en frustraciones.  La Conquista del Río de la Plata fue popular al principio y se desprestigió después. De haber quedado librada al arbitrio de la iniciativa particular y de la libre voluntad de los mercaderes, dice Richard Konetzke, se hubiera perdido lo iniciado con tanto esfuerzo. Su continuidad exigió un esfuerzo especial de la Corona para llevarla adelante y la obstinación de los sobrevivientes. Sólo a fines del siglo XVI, como se verá en otro capítulo, la Conquista estuvo suficientemente estabilizada.

Sin embargo, la Ciudad de los Cesares, no era más que el ya conocido y repartido Potosí. El mito murió en parte ahí. Muchos empezaron a aceptar que su destino: fundar ciudades, controlar las tierras y frenar a los nómades nativos.

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil

Ver: El Mestizaje en América Colonial

La Conquista Española en el Rio de la Plata El Mar Dulce de Solis

La Conquista Española en el Río de la Plata
El Mar Dulce de Solís

La hora de los exploradores y colonos: Una vez dispersados los orgullosos capitanes de Mendoza, 500 europeos permanecían en el puerto de Buenos Aires librados a su suerte pero aferrados al sueño de la conquista y honor.

Este pequeño núcleo no se desanimó por el aislamiento, las privaciones y el abandono. Contaban con un buen gobierno, ejercido por uno de los lugartenientes del Adelantado. Bajo esta conducción, los sobrevivientes apelaron a su capacidad y a su ingenio, como ese estudiante sin oficio alguno que fabricó sus propios anzuelos de pesca, peines y hasta una rueda de moler, o aquel soldado tan diestro que era capaz de matar un tigre de un solo tiro de ballesta.

Todos sin distinción tuvieron que trabajar con sus manos las sementeras; aprendieron a sembrar el maíz en septiembre; trigo y hortalizas entre mayo y julio. De este modo, en un par de años solucionaron el problema del hambre y engordaron un poco. Disponer de sus propios alimentos los independizó de los indígenas, que desconfiaban en servirles.

Figuraban entre estos colonos, señala el historiador Lafuente Machain, quienes formaron los primeros centros de población permanente en el Río de la Plata. Los más jóvenes, como el carpintero Antonio Tomás, venido a la edad de 15 años, estuvieron presentes en la fundación de la segunda Buenos Aires, cuarenta y cuatro años más tarde; Nufrio de Chaves, hombre resuelto y optimista, dice de él Levillier, fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en 1561 y Alonso Riquelme de Guzmán conquistó el Guayrá.

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil

Los Conquistadores Españoles en el Mar Dulce de Solis Hambre en el Mar

El Hambre truncando sueños.

hambre en buenos aires

Las condiciones de vida eran penosas: faltaban alimentos, materiales de construcción, y mano de obra. Los indígenas sitiaron la mísera aldea y lanzaron flechas incendiadas sobre los ranchos de paja. En esta situación angustiosa, aislados y sin recursos, los primeros habitantes de Buenos Aires empezaron a comerse todo lo que estaba a su alcance: ratas, ratones, víboras, cueros, zapatos, carne podrida, caballos y luego los cadáveres de los ahorcados que fueron castigados por comerse los caballos a pesar de las prohibiciones.

Hubo incluso quien asesinó para comer. Mucho después de estos hechos, recordaban los memoriososlos nombres de quienes habían comido carne humana urgidos por las circunstancias, como un tal González Baitos, que vivía entonces en el sur de Brasil.

En medio de esta catástrofe, las pocas mujeres que habían acompañado a los soldados dieron prueba de una gran resistencia física y de serenidad. Isabel de Guevara, una de aquellas primeras pobladoras, explicó lo ocurrido en estos términos: -“Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, así en lavarles la ropa como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas, cuando algunas veces los indígenas les venían a dar guerra (…) porque en este tiempo como las mujeres nos sustentamos con poca comida, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres”.

Sólo la tercera parte de los expedicionarios sobrevivió al hambre, las enfermedades y los ataques de los indígenas del territorio rioplatense.

Con el tiempo las cosas mejoraron y los querandíes “tan trashumantes como los gitano –en palabras de Ulrico Schmidl– desaparecieron en la inmensidad de la llanura”.

Mendoza, sin haber pasado las penurias del hambre, pues siempre tuvo alimentos variados en su mesa, se encontraba gravemente enfermo. Padecía de sífilis, el “mal gálico” como se lo llamaba entonces, contraído en las guerras de Italia. A pesar de su mala salud, y de la debilidad de su hueste, el Adelantado se empeñó en cumplir con las tres fundaciones a las que se había comprometido:

Buenos Aires que fue el primer establecimiento; Corpus Christi  -río arriba- el segundo, y Buena Esperanza, el tercer fuerte, fundado por Mendoza antes de embarcarse de regreso a España. Don Pedro falleció en el viaje y su cuerpo fue arrojado al mar.

La designación del sucesor había recaído en Ayolas, el asesino de Osorio. Pero Ayolas, en la búsqueda de un éxito individualista que lo llevara a la gloria emprendió una exploración en pos de la fabulosa Sierra de Plata de la que no regresó. No hubo más noticias concretas, sólo rumores sobre su posible paradero. Quizá pesaba sobre él la misma maldición que sobre Mendoza, por matar a traición como murmuraban sus soldados. Así, con mucha pena y poca gloria, concluyó lo que pudo ser una página brillante de la historia de la Conquista.

Primer encuentro entre Mendoza y los aborígenes

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de Maria Sánchez Quesada
Por Prof. Historia: Adriana Beresvil

Las Expediciones de Juan Diaz de Solis y Pedro de Mendoza Expedicion

Las Expediciones de Juan Diaz de Solís y Pedro de Mendoza

Una lucida Armada con el objetivo de una gran conquista: fundar ciudades y controlar territorios: Pedro de Mendoza (1499-1537), el primer Adelantado del Río de la Plata, era un noble andaluz, veterano de la campaña de Italia, gentilhombre de Su Majestad y caballero de la Orden de Alcántara. Atraídos tanto por su prestigio personal como por la fama de la tierra a conquistar, 1.500 hombres se alistaron en la Armada. Señores, y personas del  pueblo llano, poseídos de auténtica euforia vendieron hasta su ropa para poder embarcar.

Las Expediciones de Juan Diaz de Solis y Pedro de Mendoza

Pedro de Mendoza funda Buenos Aires

 Entre esta “gente andariega y revoltosa” la mayoría eran españoles extremeños, castellanos, andaluces, aragoneses y valencianos. Pero setenta y dos provenían de tierras alemanas, inglesas, francesas, italianas y portuguesas, brindaban un tono cosmopolita a la expedición. Hidalgos, frailes y clérigos, artesanos, campesinos, escribanos, boticario, cirujano, de todo había, incluso unas pocas mujeres.

Las crónicas hablan de esa “hermosa y lúcida gente”, de sus ropas de seda, espadas de fino acero y caballos de guerra. Dicen asimismo traían también una buena provisión de quesos, vinos y tocinos para las “personas de calidad”. El grueso de la tripulación dependía para alimentarse del altruismo del Adelantado.

Sin embargo, la Armada que zarpaba bajo tan brillantes auspicios no estaba bien preparada para la difícil tarea de poblar. Mendoza traía en su equipaje –y les concedió prioridad- libros de Virgilio y de Erasmo, pilares del pensamiento humanista del Renacimiento. Los hizo transportar junto a los caballos que eran indispensables para la guerra, pero dejó de lado al ganado doméstico, vacas, cerdos y mulas necesarios para colonizar.

En la escala de Río de Janeiro ocurrió la primera tragedia. El asesinato con puñaladas y sin juicio previo del capitán Juan de Osorio, “por traidor y amotinador”. La orden fue impartida por el Adelantado. Este hecho pareció un mal presagio, una arbitrariedad y una señal de que Don Pedro estaba sometido a la influencia de un círculo cortesano que le aconsejó deshacerse de Osorio.

El lugar elegido para emplazar el fuerte de “Santa María de los Buenos Aires”, en la banda occidental del Río de la Plata, es asunto discutido por los historiadores. Algunos de ellos afirman, explica Ernesto J. Fitte, que estuvo a la altura de la vuelta de Rocha en el Riachuelo. Otros suponen que fue más cerca del Delta. Pero lo más probable es que haya estado en el actual Parque Lezama.

Una empalizada defendía al rancherío del azote de los tigres que rápidamente se deshicieron  de varios soldados. La tarea más ardua fue alimentar a los pobladores. Los indígenas querandíes de la vecindad les trajeron al principio pescado y otras carnes; sin embargo, dos semanas más tarde se habían alejado del lugar. Entonces comenzaron los padecimientos. Para remediar estas carencias, el Adelantado envió a buscar provisiones a San Vicente (Brasil) y encomendó a su hermano, Don Diego, castigar a los rebeldes indígenas.

El primer encuentro bélico formal entre 4.000 nativos –defensores de sus  tierras- y 300 españoles, teniendo 30 de ellos montados a caballo, se produjo a orillas del Río Luján. Los nativos eran diestros en el uso de armas de piedra y conocían el terreno que pisaban; los europeos empleaban armas de fuego, ballestas y arcabuces, armaduras de hierro, caballos y perros de presa. En esa jornada fría de junio de 1536, los españoles quedaron dueños del campo, pero Don Diego y 30 soldados más perecieron en el combate. “Los rezos de la festividad de Corpus Christi fueron su responso”, dice Alberto Salas en su crónica de este encuentro.

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de Maria Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil

Historia de la Exploracion del rio de la Plata Solis y Mendoza

Historia de la Exploración del Río de la Plata

En la búsqueda de una nueva ruta a Asia, Colón cruzo el Atlántico y “tropezó” con América. Tras el descubrimiento de las Nuevas Tierras, Juan Díaz de Solís y Hernando de Magallanes se embarcaron en una aventura al oeste. Se convirtieron en los primeros exploradores del Río de la Plata, estaban convencidos de que el ancho estuario los conduciría al Oriente.

La Conquista del “Mar Dulce” demoró más de siete décadas en concretarse. La primera parte de esa historia comienza en 1516 con el descubrimiento de un río en la región sur de América, el cual luego llamado Río de la Plata.

La exploración, que finalizó en este descubrimiento respondía a la necesidad de encontrar el paso entre el Océano Atlántico y el Pacífico (Mar del Sur). La “vieja” España ignoraba las dimensiones de la masa terrestre que era preciso sortear para alcanzarlo, pero sin dudas, su Monarquía estaba dispuesta a realizar los esfuerzos necesarios para navegar hasta las legendarias islas del Oriente, las Molucas (de la Especiería) y al misterioso país de Ofir mencionado en los documentos de la época.

El Río de Solís

Rumbo a ese impreciso destino partieron desde el puerto andaluz de Sanlúcar dos naves comandadas por un intrépido navegante: Juan Díaz de Solís.

Este portugués al servicio de España era “el más excelente en su arte de los hombres de su tiempo”. Sucedía a Américo Vespucio en el cargo de piloto mayor de la Casa de Contratación de Sevilla. En un principio su misión había sido apoderarse de las Islas Molucas por la ruta del Cabo de Buena Esperanza, es decir, navegando hacia el Oriente; pero la orden se modificó. Cambió la orientación: recorrer la costa atlántica de Sudamérica y encontrar el paso interoceánico.

En febrero de 1516 las naves avistaron el gran río al que los aborígenes llamaban “Paraná Guazú” (cuyo significado era: grande como el mar o río como mar). Solís, obedeciendo a la mentalidad de la época lo bautizó como “Mar Dulce”, asombrado por la magnitud del estuario de aguas barrosas. Sin embargo el interrogante recién se hacía eco: ¿Era éste el tan anhelado paso entre los dos océanos?

Sin embargo, la exploración aguas arriba concluyó en forma abrupta: Solís y parte de sus hombres murieron a manos de las bandas de indígenas que desde la costa oriental del río venían siguiendo el desplazamiento de las naves.

El descenso a tierra con falsas señales de amistad, el breve combate, la muerte del jefe y el banquete que con sus restos se dieron los nativos, a la vista de quiénes habían permanecido a bordo, cierra el primer capítulo –con un final escalofriante- de la historia de esta conquista. Su intenso dramatismo ha sido recreado por la literatura en poemas y ficciones.

La leyenda del Río de la Plata:

Otro marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes, comandó la segunda expedición enviada con el propósito –insistente y urgente de la Corona- de descubrir el paso interoceánico. Magallanes juzgó impracticable la exploración del Mar Dulce y navegó hacia el sur.

La expedición hizo escala en la costa patagónica, descubrió el Estrecho y se internó en el Océano Pacífico. Una sola nave de las cinco que componían la armada regresó a España. Había dado la primera vuelta al mundo y comprobado que las codiciadas Molucas estaban en poder de Portugal y por explotaba comercialmente.

 Mientras la Corona diseñaba sus ambiciosas expediciones, los exploradores atendían a los relatos de los aborígenes. Una de las más conocidas era la leyenda de que el “Río de Solís” o “Mar Dulce” que atravesaba toda una región de clima amable y templado, conducía hacia una Sierra de Plata, también llamada el “Imperio del Rey Blanco”, o “Ciudad de los Césares” donde los metales preciosos estaban al alcance de la mano.

En realidad se trataba de una “poética” referencia a la riqueza minera del Perú, de la que los españoles empezaban a tener vagas noticias. Y como la ilusión –acompañada de la avaricia– desempeñó un papel clave en esta serie de mutuos descubrimientos. La región del Plata despertó el interés de muchos por estas reseñas.

La tentación de acceder a ella torció el rumbo de una nueva expedición, esta vez al mando del marino veneciano Sebastián Caboto, quien por encargo de la Corona debía repetir el itinerario de Magallanes.

Caboto oyó hablar de las riquezas del río de Solís a través de relatos de los náufragos y desertores que abundaban en las factorías portuguesas de la costa del Brasil. Alentado por estos indicios, este marino astuto y de carácter despótico decidió desobedecer al rey: – “Yo haré aquí lo que se me antojase”.

Sin razones, castigó a los que protestaban dejándolos en tierra. Contaba en su nueva aventura con la valiosa colaboración de Enrique Montes, un sobreviviente del viaje de Solís. Con alimentos frescos, patos, miel, iguanas, raíces de mandioca y palmitos, mejoró la salud de los exploradores afectada a raíz de la larga navegación.

La expedición de Caboto retomó el viaje rumbo al Gran Río y en la confluencia del Paraná con el Carcarañá construyó el fuerte de “Sancti Spiritu” (1527). Esta primera fortaleza española de la región era precaria, de barro y madera, rodeada por una veintena de ranchos destinados a los tripulantes. De inmediato se sembró trigo, cebada y abatí (maíz) para alimento de estos hombres osados.

Al principio la convivencia con los nativos fue pacífica y las mujeres indígenas fueron dadas como concubinas y trabajadoras a los hombres de piel clara. Pero muy pronto se desencadenaron los conflictos debido al régimen de tareas que exigían los recién venidos.

Mientras Caboto se abocaba a la exploración del Paraná en busca de la Sierra de Plata, uno de sus capitanes, Francisco César, marchaba por tierra en pos del mismo objetivo pero en dirección al sudoeste. Se supone que se internó hasta la serranía de la actual San Luis, un periplo que la imaginación de sus contemporáneos convirtió en la leyenda de la Ciudad de los Césares. Esta leyenda se sumó a la de la Sierra de Plata, el imperio del Rey Blanco, Trapalanda y LinLín. Una suma de leyendas, mitos que incrementaban peligrosamente el apetito por la riqueza.

La llegada de un marino veterano de otras expediciones, Diego García, vecino de la villa de Moguer, con dos bergantines y 60 hombres, estuvo a punto de provocar una lucha por el poder entre los dos jefes (1528). García, lo mismo que Caboto, había torcido el rumbo hacia el Río de la Plata en lugar de dirigirse a las Molucas. Mientras discutían sus respectivos derechos, los indígenas procedieron a destruir el Sancti Spiritu.

En la época colonial, el relato aseguraba que común ese ataque se gestó por culpa del amor contrariado del cacique Sirípo hacia la bella española Lucía Miranda, esposa de uno de los soldados. Así lo afirmaba Ruy Díaz de Guzmán, el primer historiador criollo del Río de la Plata. Sin embargo, ningún dato fehaciente respalda esta romántica leyenda que justifica la catástrofe del fuerte en la pasión, la venganza y los celos.

Caboto se apresuró a volver a España dejando abandonados a varios de sus compañeros. Por su desobediencia y por las crueldades cometidas contra su propia gente, fue sometido a juicio en la Península. Pero debido a los indicios de riquezas que había encontrado, unas piezas de metal que tenían los indígenas, “el río de Solís” empezó a ser conocido por su nombre definitivo: el Río de la Plata.

El oro del Perú

Hacia 1530 Carlos V reinaba en España, en Indias y en el Sacro Imperio Romano Germánico y concentraba sus capacidades en atender a las interminables guerras desarrolladas en Italia y al conflicto religioso presente en las ciudades y principados alemanes; y sus capitanes ganaban para honor de su real nombre, un imperio formidable en el Nuevo Mundo.

Historia de la Exploracion del rio de la Plata

En 1532 se produce la conquista del Perú. La noticia de que Francisco Pizarro había llegado al Cuzco  -el ombligo del mundo andino-, arrasado sus tesoros, destruido sus templos, sometido a sus curacas y violado a las vírgenes del Sol, devolvió el atractivo a la empresa del Río de la Plata. La llegada del tesoro del Inca a Sevilla —el quinto del botín que le correspondía al rey— despertó admiración y envidias.

En este clima se convocó a “conquistar y poblar las tierras y provincias que hay en el Río de Solís que llaman de la Plata donde estuvo Sebastián Caboto, y por allí calar y pasar la tierra hasta llegar a la mar del Sur” (el Pacífico).

Don Pedro de Mendoza, fue quien encabezó la nueva Armada.  Este nuevo protagonista de la exploración, había capitulado con el rey fundar tres fortalezas de piedra dentro de la jurisdicción sin límites precisos que se le había otorgado en 1534.

La misión encomendada a Mendoza constituía un freno a la expansión de los portugueses, quiénes desde sus factorías del sur de Brasil, San Vicente, Santa Catalina y Los Patos, no se limitaban a comerciar esclavos y maderas finas; también recorrían la región del Río de la Plata. Y además, a través de las regiones selváticas del Gran Chaco, estaban en contacto con el mundo peruano.

hambre en buenos aires

Fundar ciudades y controlar territorios: 

Pedro de Mendoza (1499-1537), el primer Adelantado del Río de la Plata, era un noble andaluz, veterano de la campaña de Italia, gentilhombre de Su Majestad y caballero de la Orden de Alcántara. Atraídos tanto por su prestigio personal como por la fama de la tierra a conquistar, 1.500 hombres se alistaron en la Armada. Señores, y personas del  pueblo llano, poseídos de auténtica euforia vendieron hasta su ropa para poder embarcar.

Las Expediciones de Juan Diaz de Solis y Pedro de Mendoza

Pedro de Mendoza funda Buenos Aires

 Entre esta “gente andariega y revoltosa” la mayoría eran españoles extremeños, castellanos, andaluces, aragoneses y valencianos. Pero setenta y dos provenían de tierras alemanas, inglesas, francesas, italianas y portuguesas, brindaban un tono cosmopolita a la expedición. Hidalgos, frailes y clérigos, artesanos, campesinos, escribanos, boticario, cirujano, de todo había, incluso unas pocas mujeres.

Las crónicas hablan de esa “hermosa y lúcida gente”, de sus ropas de seda, espadas de fino acero y caballos de guerra. Dicen asimismo traían también una buena provisión de quesos, vinos y tocinos para las “personas de calidad”. El grueso de la tripulación dependía para alimentarse del altruismo del Adelantado.

Sin embargo, la Armada que zarpaba bajo tan brillantes auspicios no estaba bien preparada para la difícil tarea de poblar. Mendoza traía en su equipaje –y les concedió prioridad- libros de Virgilio y de Erasmo, pilares del pensamiento humanista del Renacimiento. Los hizo transportar junto a los caballos que eran indispensables para la guerra, pero dejó de lado al ganado doméstico, vacas, cerdos y mulas necesarios para colonizar.

En la escala de Río de Janeiro ocurrió la primera tragedia. El asesinato con puñaladas y sin juicio previo del capitán Juan de Osorio, “por traidor y amotinador”. La orden fue impartida por el Adelantado. Este hecho pareció un mal presagio, una arbitrariedad y una señal de que Don Pedro estaba sometido a la influencia de un círculo cortesano que le aconsejó deshacerse de Osorio.

El lugar elegido para emplazar el fuerte de “Santa María de los Buenos Aires”, en la banda occidental del Río de la Plata, es asunto discutido por los historiadores. Algunos de ellos afirman, explica Ernesto J. Fitte, que estuvo a la altura de la vuelta de Rocha en el Riachuelo. Otros suponen que fue más cerca del Delta. Pero lo más probable es que haya estado en el actual Parque Lezama.

Una empalizada defendía al rancherío del azote de los tigres que rápidamente se deshicieron  de varios soldados. La tarea más ardua fue alimentar a los pobladores. Los indígenas querandíes de la vecindad les trajeron al principio pescado y otras carnes; sin embargo, dos semanas más tarde se habían alejado del lugar. Entonces comenzaron los padecimientos. Para remediar estas carencias, el Adelantado envió a buscar provisiones a San Vicente (Brasil) y encomendó a su hermano, Don Diego, castigar a los rebeldes indígenas.

El primer encuentro bélico formal entre 4.000 nativos –defensores de sus  tierras- y 300 españoles, teniendo 30 de ellos montados a caballo, se produjo a orillas del Río Luján. Los nativos eran diestros en el uso de armas de piedra y conocían el terreno que pisaban; los europeos empleaban armas de fuego, ballestas y arcabuces, armaduras de hierro, caballos y perros de presa. En esa jornada fría de junio de 1536, los españoles quedaron dueños del campo, pero Don Diego y 30 soldados más perecieron en el combate. “Los rezos de la festividad de Corpus Christi fueron su responso”, dice Alberto Salas en su crónica de este encuentro.

3333Las condiciones de vida eran penosas: faltaban alimentos, materiales de construcción, y mano de obra. Los indígenas sitiaron la mísera aldea y lanzaron flechas incendiadas sobre los ranchos de paja. En esta situación angustiosa, aislados y sin recursos, los primeros habitantes de Buenos Aires empezaron a comerse todo lo que estaba a su alcance: ratas, ratones, víboras, cueros, zapatos, carne podrida, caballos y luego los cadáveres de los ahorcados que fueron castigados por comerse los caballos a pesar de las prohibiciones.

Hubo incluso quien asesinó para comer. Mucho después de estos hechos, recordaban los memoriososlos nombres de quienes habían comido carne humana urgidos por las circunstancias, como un tal González Baitos, que vivía entonces en el sur de Brasil.

En medio de esta catástrofe, las pocas mujeres que habían acompañado a los soldados dieron prueba de una gran resistencia física y de serenidad. Isabel de Guevara, una de aquellas primeras pobladoras, explicó lo ocurrido en estos términos: -“Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, así en lavarles la ropa como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas, cuando algunas veces los indígenas les venían a dar guerra (…) porque en este tiempo como las mujeres nos sustentamos con poca comida, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres”.

Sólo la tercera parte de los expedicionarios sobrevivió al hambre, las enfermedades y los ataques de los indígenas del territorio rioplatense.

Con el tiempo las cosas mejoraron y los querandíes “tan trashumantes como los gitano –en palabras de Ulrico Schmidl- desaparecieron en la inmensidad de la llanura”.

Mendoza, sin haber pasado las penurias del hambre, pues siempre tuvo alimentos variados en su mesa, se encontraba gravemente enfermo. Padecía de sífilis, el “mal gálico” como se lo llamaba entonces, contraído en las guerras de Italia. A pesar de su mala salud, y de la debilidad de su hueste, el Adelantado se empeñó en cumplir con las tres fundaciones a las que se había comprometido:

Buenos Aires que fue el primer establecimiento; Corpus Christi  -río arriba- el segundo, y Buena Esperanza, el tercer fuerte, fundado por Mendoza antes de embarcarse de regreso a España. Don Pedro falleció en el viaje y su cuerpo fue arrojado al mar.

La designación del sucesor había recaído en Ayolas, el asesino de Osorio. Pero Ayolas, en la búsqueda de un éxito individualista que lo llevara a la gloria emprendió una exploración en pos de la fabulosa Sierra de Plata de la que no regresó. No hubo más noticias concretas, sólo rumores sobre su posible paradero. Quizá pesaba sobre él la misma maldición que sobre Mendoza, por matar a traición como murmuraban sus soldados. Así, con mucha pena y poca gloria, concluyó lo que pudo ser una página brillante de la historia de la Conquista.

Primer encuentro entre Mendoza y los aborígenes

La hora de los exploradores y colonos:

Una vez dispersados los orgullosos capitanes de Mendoza, 500 europeos permanecían en el puerto de Buenos Aires librados a su suerte pero aferrados al sueño de la conquista y honor.

Este pequeño núcleo no se desanimó por el aislamiento, las privaciones y el abandono. Contaban con un buen gobierno, ejercido por uno de los lugartenientes del Adelantado. Bajo esta conducción, los sobrevivientes apelaron a su capacidad y a su ingenio, como ese estudiante sin oficio alguno que fabricó sus propios anzuelos de pesca, peines y hasta una rueda de moler, o aquel soldado tan diestro que era capaz de matar un tigre de un solo tiro de ballesta.

Todos sin distinción tuvieron que trabajar con sus manos las sementeras; aprendieron a sembrar el maíz en septiembre; trigo y hortalizas entre mayo y julio. De este modo, en un par de años solucionaron el problema del hambre y engordaron un poco. Disponer de sus propios alimentos los independizó de los indígenas, que desconfiaban en servirles.

Figuraban entre estos colonos, señala el historiador Lafuente Machain, quienes formaron los primeros centros de población permanente en el Río de la Plata. Los más jóvenes, como el carpintero Antonio Tomás, venido a la edad de 15 años, estuvieron presentes en la fundación de la segunda Buenos Aires, cuarenta y cuatro años más tarde; Nufrio de Chaves, hombre resuelto y optimista, dice de él Levillier, fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en 1561 y Alonso Riquelme de Guzmán conquistó el Guayrá.

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil

Juan Diaz de Solis Descubrimiento del Rio de la Plata Leyenda Rey Blanco

Juan Diaz de Solis Descubrimiento del Rio de la Plata

La leyenda del Río de la Plata: Otro marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes, comandó la segunda expedición enviada con el propósito –insistente y urgente de la Corona- de descubrir el paso interoceánico. Magallanes juzgó impracticable la exploración del Mar Dulce y navegó hacia el sur.

La expedición hizo escala en la costa patagónica, descubrió el Estrecho y se internó en el Océano Pacífico. Una sola nave de las cinco que componían la armada regresó a España. Había dado la primera vuelta al mundo y comprobado que las codiciadas Molucas estaban en poder de Portugal y por explotaba comercialmente.

 Mientras la Corona diseñaba sus ambiciosas expediciones, los exploradores atendían a los relatos de los aborígenes. Una de las más conocidas era la leyenda de que el “Río de Solís” o “Mar Dulce” que atravesaba toda una región de clima amable y templado, conducía hacia una Sierra de Plata, también llamada el “Imperio del Rey Blanco”, o “Ciudad de los Césares” donde los metales preciosos estaban al alcance de la mano.

En realidad se trataba de una “poética” referencia a la riqueza minera del Perú, de la que los españoles empezaban a tener vagas noticias. Y como la ilusión –acompañada de la avaricia- desempeñó un papel clave en esta serie de mutuos descubrimientos. La región del Plata despertó el interés de muchos por estas reseñas.

La tentación de acceder a ella torció el rumbo de una nueva expedición, esta vez al mando del marino veneciano Sebastián Caboto, quien por encargo de la Corona debía repetir el itinerario de Magallanes.

Caboto oyó hablar de las riquezas del río de Solís a través de relatos de los náufragos y desertores que abundaban en las factorías portuguesas de la costa del Brasil. Alentado por estos indicios, este marino astuto y de carácter despótico decidió desobedecer al rey: – “Yo haré aquí lo que se me antojase”.

Sin razones, castigó a los que protestaban dejándolos en tierra. Contaba en su nueva aventura con la valiosa colaboración de Enrique Montes, un sobreviviente del viaje de Solís. Con alimentos frescos, patos, miel, iguanas, raíces de mandioca y palmitos, mejoró la salud de los exploradores afectada a raíz de la larga navegación.

La expedición de Caboto retomó el viaje rumbo al Gran Río y en la confluencia del Paraná con el Carcarañá construyó el fuerte de “Sancti Spiritu” (1527). Esta primera fortaleza española de la región era precaria, de barro y madera, rodeada por una veintena de ranchos destinados a los tripulantes. De inmediato se sembró trigo, cebada y abatí (maíz) para alimento de estos hombres osados.

Al principio la convivencia con los nativos fue pacífica y las mujeres indígenas fueron dadas como concubinas y trabajadoras a los hombres de piel clara. Pero muy pronto se desencadenaron los conflictos debido al régimen de tareas que exigían los recién venidos.

Mientras Caboto se abocaba a la exploración del Paraná en busca de la Sierra de Plata, uno de sus capitanes, Francisco César, marchaba por tierra en pos del mismo objetivo pero en dirección al sudoeste. Se supone que se internó hasta la serranía de la actual San Luis, un periplo que la imaginación de sus contemporáneos convirtió en la leyenda de la Ciudad de los Césares. Esta leyenda se sumó a la de la Sierra de Plata, el imperio del Rey Blanco, Trapalanda y Lin-Lín. Una suma de leyendas, mitos que incrementaban peligrosamente el apetito por la riqueza.

La llegada de un marino veterano de otras expediciones, Diego García, vecino de la villa de Moguer, con dos bergantines y 60 hombres, estuvo a punto de provocar una lucha por el poder entre los dos jefes (1528). García, lo mismo que Caboto, había torcido el rumbo hacia el Río de la Plata en lugar de dirigirse a las Molucas. Mientras discutían sus respectivos derechos, los indígenas procedieron a destruir el Sancti Spiritu.

En la época colonial, el relato aseguraba que común ese ataque se gestó por culpa del amor contrariado del cacique Sirípo hacia la bella española Lucía Miranda, esposa de uno de los soldados. Así lo afirmaba Ruy Díaz de Guzmán, el primer historiador criollo del Río de la Plata. Sin embargo, ningún dato fehaciente respalda esta romántica leyenda que justifica la catástrofe del fuerte en la pasión, la venganza y los celos.

Caboto se apresuró a volver a España dejando abandonados a varios de sus compañeros. Por su desobediencia y por las crueldades cometidas contra su propia gente, fue sometido a juicio en la Península. Pero debido a los indicios de riquezas que había encontrado, unas piezas de metal que tenían los indígenas, “el río de Solís” empezó a ser conocido por su nombre definitivo: el Río de la Plata.

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil

Los Bucaneros Origen Isla Tortuga Ataques a Barcos Españoles Caribe

Los Bucaneros – Siglos XV-XVIII

LOS BUCANEROS
La necesidad de las expediciones navales de largo recorrido de procurarse carne fresca, dio lugar a lo que tal vez sea el episodio más extraño del relato que cuenta cómo los alimentos cambiaron el curso de la historia; me refiero a la era de los bucaneros.

Hacia principios del siglo XVII, en las islas del Caribe, algunas pequeñas comunidades de colonos europeos, no españoles, emprendieron el floreciente negocio de aprovisionar a los barcos de pasaje con carne fresca recién curada.

Las carnes de vacuno y de porcino se curaban en casa siguiendo una antigua receta de los indios de la zona. Los caribes han contribuido a enriquecer el vocabulario de la lengua inglesa con muchas más palabras que cualquier otro grupo de indios, y «bucanero» es una de ellas.

El bucanero construía un enrejado de palos, que los caribes llamaban barbacoa, debajo del cual encendían una hoguera de leña. Encima se colocaban lonchas de carne recién cortadas, alimentándose el fuego con ramas verdes, para que produjesen mucho humo, con una llama pequeña. La carne se secaba, se ahumaba, y se asaba al mismo tiempo, convirtiéndose en carne conservable, de color rojo-rosa, y que desprendía un aroma tentador. Los caribes la llamaban boucan».

El boucan tenía un sabor delicado, y era al mismo tiempo un magnífico antídoto contra el escorbuto. Se trataba de un aumento que ni siquiera un cocinero inglés podía estropear, pues se podía comer crudo, masticándolo como si fuese un embutido, o ablandarlo en agua para después guisarlo al estilo tradicional.

El boucan se podía preparar salando la carne antes de cortarla, o untando las lonchas con salmuera y colgándolas al sol para que se secasen sin tener míe recurrir a ahumarlas. La carne ahumada se podía conservar durante varios meses, pero la que se secaba al sol tenía que ser consumida con bastante rapidez, y en las húmedas bodegas de un barco se estropeaba muy pronto.

El boucan que se conservaba mejor era el que se hacía con carne de jabalí, y se empaquetaba en bultos de cien piezas, cada una de las cuales se vendía por seis monedas de a ocho, equivalentes a una libra y diez chelines del actual dinero inglés. Por lo tanto, haciéndose bucanero se podía ganar mucho, pues los gastos eran mínimos, y todo lo que hacía falta era ser un buen cazador.

Pequeñas partidas de unos siete bucaneros organizaban una expedición de caza. Cada uno de ellos llevaba un fusil especial, con un cañón larguísimo de 4 pies y medio, y con una culata en forma de pala. También llevaban enrolladas una manta y una tienda de lona ligera, un machete y un cuchillo marinero para cortar la espesa maleza de la jungla caribeña.

Los bucaneros vestían gruesas polainas, pantalones y chaquetas de lino, y calzaban mocasines; todo ello teñido de rojo por la sangre de los animales que cazaban.

Tanto la chaqueta como la camisa que llevaban debajo no se lavaban nunca y acostumbraban untarse la cara con grasa. Tornaban todas estas precauciones con la esperanza de que los mosquitos no les atacasen.

Las junglas del Caribe estaban llenas de enemigos mortales, como la víbora de cabeza de lanza, o el arbusto venenoso manichel, pero la única criatura a la que los bucaneros tenían auténtico pánico era el mosquito.

La parte más interesante del equipo del bucanero era su gorra. Se trataba de un sombrero moderno con todo el borde recortado, excepto en su parte delantera, para darle sombra a los ojos. Fue el precursor de las gorras de los jinetes y de los jugadores de béisbol.

Detrás de los bucaneros iban sus sirvientes o mayordomos, y casi siempre se trataba de infortunados esclavos blancos importados de Europa. Si dejaban caer los fardos de pieles y de boucan eme transportaban, o hacían cualquier cosa que disgustase a sus amos, se exponían a ser azotados brutalmente, y a que untasen sus heridas con una mezcla de zumo de limón, sal y pimienta roja.

Prácticamente el único gasto del bucanero era la pólvora, y como no podía permitirse el lujo de errar el tiro con demasiada frecuencia, se hizo tan experto que casi podía acertar a una moneda en el aire. Así pues, en su día, los bucaneros fueron los mejores tiradores del mundo.

La mayoría de ellos se estableció en la costa norte de Haití y de la isla de. la Tortuga. La Tortuga era su base; allí compraban municiones; cuchillos, hachas y todos los demás pertrechos. Cuando divisaban un contrabandista danés que se dirigía al paso entre la isla de Cuba y Haití, salían a su encuentro en sus pequeños bergantines, confiados en que le podrían vender su carne ahumada a buen precio, y los barcos ingleses y franceses fondeaban cerca de sus bases para comprar provisiones en su viaje de regreso a casa.

La mayoría de los bucaneros eran franceses o ingleses, pero también había entre ellos indios campeches, esclavos negros evadidos, muchos holandeses, e incluso irlandeses de Montserrat. Algunos eran hombres honrados —exiliados por cuestiones religiosas, náufragos, y pequeños terratenientes expulsados de Barbados y de otras islas de la zona por los grandes cultivadores de azúcar.

Otros eran piratas, criminales, desertores y demás gente de mal vivir. Sin embargo, aunque hubiesen sido tan honrados como el que más, los españoles nunca los habrían aceptado como vecinos de unas islas que ellos consideraban suyas.

En 1638, decididos a terminar con el problema de los bucaneros de una vez por todas, los españoles atacaron la isla de la Tortuga, capturaron a todos los que encontraron y colgaron a los que no se rindieron. Con esta masacre de unas trescientas personas, las esperanzas de los bucaneros de ganarse la vida honradamente, suministrando su carne ahumada a los buques de paso, se esfumaron para siempre.

Sin embargo, el día del ataque a la Tortuga, la mayoría de los bucaneros estaban cazando, y escaparon así de la ira de los españoles. Cuando regresaron y comprobaron los estragos de la incursión, enterraron a sus compañeros, y sobre sus tumbas juraron que no descansarían hasta haberlos vengado. De esa forma, se juramentaron y constituyeron la confederación de «La Hermandad de la Costa».

La idea de que un pequeño grupo de bandidos pudiese desafiar al vasto imperio español, en cuyos dominios no se ponía el sol, le habría parecido ridícula a cualquiera que desconociese la Hermandad. Los bucaneros no dejaban nada al azar.

Como escribió Alexander Exquemelin, uno de sus cirujanos, los bucaneros «nunca están desprevenidos», ninguno de ellos se aparta ni un segundo de su mosquete de treinta cartuchos, de un machete y de las armas que constituyen la base de su supervivencia, sus pistolas.

Como sabía que a campo abierto no podía competir con la magnífica caballería española, la Hermandad de la Costa decidió atacar a los españoles en el mar. Al principio salían en canoas, compradas a los indios campeches, o en sus pequeños bergantines. Estos barcos tan pequeños eran prácticamente invisibles a la luz del ocaso, y podían llegar fácilmente hasta cerca de un galeón sin que éste se diese cuenta.

Una vez puestos a tiro, los que tenían mejor puntería, que al igual que sus compañeros iban echados en el fondo de la canoa para que sus movimientos no fuesen demasiado bruscos, se incorporaban y disparaban contra el timonel y contra al vigía de cubierta.

Antes de que el resto de la tripulación pudiese reaccionar, las canoas ya habían llegado hasta el barco, y una oleada de hombres realizaba el abordaje, disparando los varios fusiles que llevaba cada uno. El galeón capturado, ahora bajo la enseña de los bucaneros, partía de nuevo en busca de presas de mayor envergadura.

Exquemelin nos ha descrito un ataque típico de los bucaneros, y es muy posible que él mismo formase, parte activa de esta historia, aunque modestamente oculte su participación.

El vicealmirante de la flotilla española se había destacado algo del resto del convoy, cuando el vigía de cubierta le informó haber avistado un pequeño barco en la lejanía, advirtiéndole de que podía tratarse de un bucanero. El oficial contestó despectivamente que no tenía nada que temer de un barco de ese tamaño.

Sospechando con razón que el vicealmirante estaría demasiado confiado como para vigilar adecuadamente los movimientos de su nave, el capitán bucanero se mantuvo al acecho hasta el anochecer. Entonces llamó a sus hombres (eran veintiocho) y les recordó que les quedaba poca comida, que el barco se encontraba en malas condiciones y podía hundirse en cualquier momento, pero que había una forma de salir del apuro: capturando el galeón español y repartiéndose las riquezas que sin duda llevaría.

Los bucaneros juraron enfervorizados que le seguirían y que estaban dispuestos a luchar con todo su entusiasmo, pero por si alguno de ellos estaba más remiso, el capitán ordenó al cirujano que hundiese, el barco tan pronto como el grupo atacante hubiese abordado al galeón español.

Los bucaneros realizaron el abordaje en apenas un minuto y en completo silencio, sorprendiendo al capitán y a sus oficiales jugando a las cartas en su camarote. Ante la amenaza de las pistolas el vicealmirante entregó el barco.


El botín capturado en un barco de este tipo sería suficiente para convertir en multimillonario a cada uno de los veintiocho asaltantes. Un galeón español, el Santa Margarita, que se hundió en Cayo Oeste en 1622, en pleno apogeo de los bucaneros, reportó a sus rescatadores,. hace poco tiempo, nada menos que 13.920.000 dólares.

Un galeón que se capturase en aquellos años debería ser aún más valioso, pues además de las joyas y de los lingotes de oro y plata, transportaría todo tipo de bienes perecederos. Se cuenta el caso curioso de que unos bucaneros que interceptaron un cargamento de cacao, lo tiraron al mar porque creyeron que se trataba de estiércol de caballo.

El aliciente del botín era un incentivo contra el que no era suficiente el valor que podían oponer los españoles. En 1668, como punto álgido de la época de, los bucaneros, Henry Morgan saqueó Panamá. «Aunque nuestro número es pequeño», dijo a sus hombres, «nuestros corazones son grandes, y cuantos menos sobrevivamos más fácil será repartir el botín, y a más tocaremos cada uno».

Henry Morgan fue el último de los bucaneros. Con el tiempo llegó a conseguir el perdón real, un título nobiliario, y que le nombraran gobernador de. Jamaica. Nunca regresó a su Gales natal, y se instaló en Port Royal, bebiendo ron hasta morirse.

El poder en el Caribe pasó de las manos de la Hermandad de la Costa, a las de: La marina de Francia e Inglaterra, y aquellos hermanos que no pudieron adaptarse de una continua lucha contra los españoles a una relativa paz, zarparon hacia el oriente, en busca de una nueva carrera como piratas en las costas de la India y de Madagascar.

Es difícil deducir cuáles fueron las consecuencias de la era de los bucaneros. Para los españoles, la aparición de los que ellos llamaban «los diablos del infierno», fue evidentemente desastrosa.

Se puede compartir la opinión de los españoles, sobre todo cuando se leen algunos de los relatos de Exquernelín sobre Pedro el brasileño, el cual solía pasear por las calles de Jamaica segando a hachazo limpio piernas y brazos de inocentes transeúntes; o sobre el primer jefe del cirujano, que colocaba un barril de vino en mitad de la calle, y obligaba a todo el que pasaba por delante a beber de él o morir allí mismo de un pistoletazo; o respecto a otros amigos suyos que asaban mujeres desnudas sobre piedras calientes, luchaban bajo el agua contra los caimanes, o torturaban a los prisioneros para que les revelasen dónde escondían sus tesoros.

Quizás la consecuencia de la aparición de los bucaneros no fue lo que realizaron de hecho, sino lo que impidieron que ocurriese. Mientras la Hermandad de la Costa asestaba duros golpes al pulpo español en su mismo centro del Caribe, sus tentáculos tenían que retraerse para proteger sus puntos más vitales.

Por lo tanto, el imperio español no pudo expansionarse hacia las incipientes colonias que se estaban formando a lo largo de la costa norteamericana, como hubiera sido razonable, y como muchas personas esperaban y otros temían.

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

Enfermedades de los Marineros Escorbuto Historias de Marineros

Enfermedades de los Marineros – Escorbuto

El escorbuto: Muchos pasajeros y miembros de la tripulación, además de sufrir un hambre horrible, tenían que padecer las consecuencias de la llamada enfermedad del marinero, es decir, del escorbuto.

Cuando finalmente el Virginia Merchant consiguió echar el ancla junto a las costas americanas, lo primero que hubo que hacer fue trasladar los enfermos a tierra para que comiesen alimentos frescos y pudiesen recuperarse.

El escorbuto es una avitaminosis producida por el déficit de vitamina C. Era corriente en los marinos que subsistían con dietas en las que no figuraban fruta fresca ni hortalizas, fue reconocida hace más de dos siglos por los médicos navales británicos, que la prevenían o curaban añadiendo jugo de lima a la dieta.

El escorbuto es una enfermedad producida por la falta de vitamina C, la vitamina que contienen las frutas, las verduras, y la carne fresca. Casi todos los animales, excepto el hombre, son capaces de sintetizar la vitamina C, por lo que no tienen necesidad de una dieta a base de frutas y verduras que la contenga, ya que tienen en su sangre suficiente ácido ascórbico, que es otra manera de llamar a la vitamina C.

Debido a este fenómeno, una de las formas de proporcionarse la vitamina C es comerse un animal recién sacrificado, como las ratas que el coronel Norwood y sus compañeros tuvieron que tomar a bordo del Virginia Merchant. Sin embargo, como hemos visto, nunca había suficientes ratas para todo el mundo.

Para combatir el escorbuto, los marineros solían tomar cítricos, que tienen un alto contenido de esta vitamina. Por supuesto, aquellos marineros no lo sabían, ni sabían siquiera lo que era una vitamina, pero comprobaron por experiencia que este cambio de dieta les curaba de la «enfermedad del marinero».

Jacques Cartier, cuando se vio atrapado en el invierno de 1535-36 entre los hielos de lo que hoy se llama Quebec, vio cómo el noventa por ciento de sus hombres enfermaba de escorbuto, y cómo se recuperaron a la semana de beber una infusión de cortezas del árbol de la vida.

Ya en 1601, los marineros de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, tenían conciencia de la relación que existía entre comer naranjas y limones, y la curación del escorbuto. Así, anclaban en el extremo sur de Madagascar, compraban grandes cantidades de cítricos, y después de exprimirlos, echaban su zumo en los barriles como remedio «antiescorbútico».

También otros marineros, especialmente los mediterráneos, tomaban zumos de limón directamente como preventivo de la enfermedad, pero tuvo que pasar mucho tiempo antes de que esa costumbre fuese generalmente adoptada.

Una de las razones que propiciaron este retraso era que muchas personas, y más particularmente los médicos, atacaban enérgicamente la idea de que fuese sano el comer fruta o el beber su zumo, y que desde luego con ello no se curaba nada.

Es más, algunas personas llegaban a atribuir la gran mortandad que se producía en los viajes marítimos, a que los marineros tomaban demasiadas frutas tropicales cuando llegaban a su destino.

Así pues, el escorbuto siguió haciendo estragos entre las tripulaciones de los barcos que realizaban largas travesías. En 1619, por ejemplo, Jens Munk, un almirante danés, condujo una expedición de dos barcos y sesenta y cuatro hombres a la desembocadura del río Churchill, en la bahía de Hudson.

Los daneses pasaron ahí el verano, y permanecieron en bastante buen estado de salud durante los primeros meses del invierno, pero a partir de ahí, empezaron uno tras otro a coger el escorbuto, y en el mes de junio sólo sobrevivían cuatro; Munk entre ellos.

Al final de la primavera ártica empezaron a retoñar unos cuantos brotes verdes, y Munk y sus compañeros los chuparon desesperadamente. No podían masticar, pues el escorbuto les había dejado sin dientes y con las encías muy hinchadas.

Con un esfuerzo sobrehumano, los supervivientes, ahora reducidos a tres, consiguieron fletar el más pequeño de los navíos y ponerlo rumbo a Dinamarca. El escorbuto había acabado con los sesenta y un exploradores.

Una de las características más lamentables de esta enfermedad era que marcaba la diferencia entre el tener» y el «no tener». Aquellos que «no tenían» probablemente se morirían de escorbuto, mientras contemplaban cómo se mantenían relativamente sanos los que «tenían» sus propias provisiones guardadas en su camarote.

Louis Antoine, conde Bougainville (1729-1811) partió en un viaje alrededor del mundo en 1767. ‘ha a ser un viaje que habría de tener todo tipo de repercusiones importantes, y no sólo, por supuesto, por el descubrimiento de la buganvilla, una de las flores tropicales más bellas que se conocen.

Uno de los oficiales que acompañaba a Bougainville escribió un diario durante el viaje, y los siguientes extractos dan fe de las extremas diferencias que existían a bordo, entre los que, como Bougainville, poseían provisiones especiales, y aquellos que tenían que depender de la comida general del barco.

Puesto que si escribo este diario es para que pueda servirle de provecho a mi hijo, voy a intentar no omitir ninguna apreciación que pudiera serle útil. Por lo tanto me veo en la obligación de advertirle que nunca se embarque en expediciones de este tipo (aunque piense comer en la mesa del capitán), sin llevar consigo considerables provisiones de cacao, café, y tortas para hacer caldo. Los pollos no aguantaron demasiado bien, pues se negaron a comer nuestro grano, al que no estaban acostumbrados, y murieron bastantes.

Al final, varios miembros de la expedición han contraído el escorbuto, y por desgracia me encuentro entre ellos. Tengo la boca completamente estropeada, y no podemos mejorarnos comiendo carne fresca porque no tenemos dientes con qué masticarla. Ayer, con gran esfuerzo, me comí una rata a medias con el Príncipe de Nassau.

Confesamos que estaba muy rica, y que nos podríamos dar por satisfechos si pudiésemos comer rata con frecuencia, y silos demás decidiesen que este tipo de carne les daba asco…

A la hora de cenar se sirvió un nuevo guiso. Estaba hecho cociendo el cuero de las bolsas que habían contenido la harina. Dejándolo en agua, se puede conseguir ablandar un poco este cuero, luego se le arrancan los pelos, pero a pesar de ello, no es ni la mitad de bueno que las ratas. Hoy también sacaron a la mesa tres ratas, que fueron auténticamente devoradas…

Monsieur de Bougainville tiene para su servicio exclusivo dos cocineros, un mayordomo, dos camareros y tres negros. No puedo dejar de señalar que si ya es difícil para los oficiales el verse obligados a comer la ración normal de la tripulación, es más duro el no ver nunca al jefe de la expedición sentarse a comer con ellos, aunque en principio no tendría que haber ninguna otra mesa.

El está acostumbrado a tomar chocolate, preparado con pasta de almendras, azúcar y agua. Este es el único extra que añade a su dieta sobre nuestras provisiones. Podría añadir que disfruta también de la leche que le proporciona una cabra que embarcó en Montevideo (hoy la van a sacrificar).

Sin embargo, estas pequeñas diferencias, unidas a otras provisiones que sin duda existirán, aunque las desconocemos, son las que marcan la gran diferencia entre su estado y el nuestro. Él parece saludable, lozano, y su cara presenta una maravillosa redondez, que nos hace avergonzarnos de nuestro aspecto famélico y hambriento.

Bebidas antiescorbúticas: El chocolate no servía para combatir el escorbuto, pero al menos permitía que el agua fétida no resultase tan repugnante. El escorbuto iba a seguir siendo el gran azote de los navegantes de altura hasta el siglo XVIII, cuando en 1753, un cirujano naval escocés llamado James Lind, después de cuidadosos experimentos, publicó su Tratado sobre el escorbuto. Este estudio demostraba que la enfermedad se producía por una deficiencia, que se podía curar comiendo naranjas o limones, o bebiendo sus zumos.

Sin embargo, a Lind se le prestó poca atención hasta que el capitán James Cook (1728-79) se interesó por sus trabajos. Cook había llegado a ser capitán partiendo de los puestos subalternos más bajos -algo que hubiera sido imposible en la armada francesa- y por lo tanto podía hablar con los marineros en su propio lenguaje.

En sus viajes exploratorios llevó consigo algunos barriles de zumo de limón y de repollo fermentado, convenciendo a sus hombres para que lo probasen. El resultado fue que ni uno solo de los miembros de su tripulación murió de escorbuto, en ninguna de las tres grandes travesías que realizó.

A pesar de ello, la Royal Navy no incluyó raciones antiescorbúticas de forma oficial en su flota hasta 1795, dieciséis años después de la muerte de Cook, y fue el zumo de lima, en lugar del de limón, el escogido, a pesar de que éste era menos efectivo que el de otros cítricos. Esta preferencia por el zumo de lima, fue por lo que los marinos americanos dieron a los ingleses el apodo de «Limeys».

ALGO MAS….En el año 1937 el científico húngaro Albert Szent-Gyor-gyi recibió el premio Nobel de Medicina por sus estudios sobre la acción terapéutica de una serie de productos naturales, contra el escorbuto (enfermedad que afectaba a los navegantes, que no ingerían por períodos prolongados de tiempo frutas y verduras frescas), derivados de extractos de naranjas e identificados como una nueva vitamina. De esta manera nací-a la ahora famosísima vitamina C.

A tal punto llega su utilidad que en el mundo se realizan Congresos internacionales sobre ella, el último en San Diego, California, USA, en 1991. En los «noventa» el ácido ascórbico (nombre químico de la vitamina) se convirtió en un verdadero fármaco y ha dejado de ser un valioso factor alimentario para convertirse en una droga de sumo interés en la biología y la medicina.

El ácido ascórbico es esencial para casi todos los tejidos, y. si bien la mayor parte de los seres vivientes no necesitan tomarlo de la naturaleza, puesto que lo fabrican en su metabolismo, para algunas especies, entre ellas el hombre, no es así. En otras palabras, debemos tomar esta vitamina desde las plantas y las frutas; dada su abundancia, esta tarea no resulta difícil.

Con una alimentación a base de carne, frutas y verduras frescas, los pueblos cazadores del período Paleolítico incorporaban diariamente alrededor de 390 mg de Vitamina C, bastante más que el hombre americano promedio de nuestros días, quien sólo toma 90 mg cada 24 horas.

Esta cantidad está muy poco por encima de las necesidades diarias (sólo un tercio), por debajo de las cuales pueden aparecer los primeros síntomas de la carencia. Algunos disturbios depresivos pueden agravarse, y varios cuadros, vinculados sustancialmente con el efecto de los radicales libres sobre las membranas de las células (oxidación y envejecimiento), pueden acelerar la aparición de enfermedades inflamatorias y degenerativas crónicas.

Fuente Consultada:
La Búsqueda de las Especias de Ritchie
Revista Muy Interesante N°86

Vida a bordo de los Marineros El Hambre en el Mar Enfermedades Marinos

Los Marineros-El Hambre en el Mar-Enfermedades

El hambre en el mar: La auténtica pesadilla de un viaje marítimo no era el tener que comer la espantosa comida de a bordo, sino la falta total de alimentos.

Escuchemos en este sentido un relato de la época: el coronel Norwood, un caballero partidario del exiliado rey Carlos II, decidió marcharse de Inglaterra en compañía de dos amigos, el mayor Francis Morrison y el mayor Richard Fox, embarcándose el 23 de septiembre de 1649 con rumbo a Virginia. Zarparon a bordo «de un sólido barco, mal llamado el Mercader de Virginia, y que podía transportar trescientas toneladas».

A los veinte días de partir, «el barrilero empezó a quejarse de que nuestro barril de agua estaba casi vacío, indicándonos que en la bodega no quedaba suficiente para abastecer una familia tan grande (unas trescientas treinta personas) durante un mes».

Afortunadamente, la Fayal, una de las islas Azores, apareció en el horizonte, y allí se podrían renovar sus provisiones de agua. Sin embargo, «a la segunda noche de haber anclado en aquellos parajes, nuestros botes aparecieron destrozados por negligencia de los marineros, que habiendo gustado generosamente del vino, estaban borrachos perdidos, tirados a lo largo del barco y en un estado lamentable.

Hacer la aguada era una cosa extremadamente aburrida», decía Norwood, «pero además se tardaba tanto por culpa de las disputas de borrachos entre nuestros hombres y los isleños, así que, tras unos días de estancia en la isla, nuestro capitán decidió zarpar, pues el barco se deterioraba cada vez más por culpa de los licores. Y si bien conseguimos una buena provisión de agua, su cantidad apenas justificaba el gasto de cerveza que se tuvo que hacer para conseguirla».

Después de embarcar «una partida de cerdos de capa negra, para poder tener carne fresca, e innumerables melocotones», estos últimos para el consumo personal de Norwood, el Virginia Merchant se hizo de nuevo a la mar.

Al cabo de poco tiempo llegó a las Bermudas, pero al cambiar de rumbo hacia el norte, se vio metido en medio de un temporal que le arrastró hasta las playas de Hatteras. La galerna desmanteló el barco, llevándose también el castillo de proa (con uno de los cocineros dentro).

Tanto los pasajeros como los tripulantes quedamos en un estado lamentable, así como los alimentos que pudieron rescatarse. Parecía que íbamos a tener que soportar unas penalidades extremas, dado que la tormenta, al llevarse el castillo de proa, y al haber inundado la bodega, nos dejó el pan (la base de nuestra alimentación) tremendamente estropeado, y ya no había forma de guisar la carne, pues nos habíamos quedado sin cocina.

El continuo y violento movimiento del barco hizo que no se pudiera guisar. La única manera de hacer fuego en cubierta consistía en serrar un barril por la mitad, lastrarlo, y convertirlo en una hoguera sobre la que se pudiesen hervir unos guisantes con carne salada. Pero tampoco esto resultaba fácil, y muchas veces nuestros esfuerzos se veían frustrados, y la caldera se volcaba para desesperación de nuestros estómagos vacíos.

La tormenta seguía, y a pesar de los meritorios esfuerzos realizados para reparar el barco, seguían sin avisar ninguna costa americana; «nuestras provisiones de agua habían desaparecido, y la carne no estaba en condiciones de ser comida. Las vituallas que nos quedaban sólo nos permitían distribuir una galleta por persona y día, y aun con este racionamiento no teníamos para mucho tiempo».

La galerna continuó:

Empezamos a sentir un hambre acuciante. Las mujeres y los niños lloraban desconsoladamente. El infinito número de ratas que habían constituido nuestra pesadilla durante el viaje, se convirtieron en presas deseadas y perseguidas, vendiéndose incluso algunas de ellas. Concretamente, una rata bastante gorda llegó a alcanzar un precio de diecisiete chelines en nuestro mercado particular.

Es más, antes de que acabase el viaje (y esta información no la comprobé directamente, aunque la fuente me merece confianza), una mujer embarazada ofreció veinte chelines por una rata, pero su propietario se negó a vendérsela, y la mujer falleció.

Aunque los pasajeros y la tripulación del Virginia Merchant, empezaban a perder la batalla contra el hambre, no decidieron poner todas las provisiones en común, como les recomendaba Norwood.

Así se sucedieron tristemente muchos días y muchas noches, hasta que llegó la sagrada fiesta de la Navidad, que nos aprestamos a celebrar de forma muy melancólica. Sin embargo, para resaltar la fecha, decidimos agrupar todos los restos de comida que nos quedaban y hacernos un pudín mezclando frutas, especias y agua de mar, y friendo la pasta resultante.

Nuestra acción despertó la envidia de los demás pasajeros, que no obstante no se entrometieron en nuestra tarea, y salvo algún regalo que enviamos a la mesa del capitán, pudimos disfrutar de nuestro pudín de Navidad sin tener que soportar ningún incidente.

Mi mayor angustia era la sed. Soñaba con bodegas y grifos que me echaban agua por la garganta, y estos sueños hacían que el despertar fuese peor todavía. Encontré una ayuda muy especial al disfrutar de la amistad del capitán, que me permitió compartir algunos tragos de un clarete que tenía escondido en su bodega particular.

El escorbuto: Muchos pasajeros y miembros de la tripulación, además de sufrir un hambre horrible, tenían que padecer las consecuencias de la llamada enfermedad del marinero, es decir, del escorbuto. Cuando finalmente el Virginia Merchant consiguió echar el ancla junto a las costas americanas, lo primero que hubo que hacer fue trasladar los enfermos a tierra para que comiesen alimentos frescos y pudiesen recuperarse.

El escorbuto es una avitaminosis producida por el déficit de vitamina C. Era corriente en los marinos que subsistían con dietas en las que no figuraban fruta fresca ni hortalizas, fue reconocida hace más de dos siglos por los médicos navales británicos, que la prevenían o curaban añadiendo jugo de lima a la dieta.

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

¿SABES PORQUE LOS PIRATAS USABAN ARITOS?

aritos de los piratas

PARA SABER MAS…

El escaso tonelaje de las carabelas hacía que las dotaciones fuesen muy limitadas en número. Por esto las misiones que cada tripulante tenía que cumplir estaban rigurosamente determinadas y la disciplina era férrea. El mando correspondía al capitán, autoridad suprema a bordo y responsable del éxito de la expedición. Como su misión fundamental era mandar hombres, podía no ser un marino.

Aunque durante el período de los descubrimientos casi siempre fueron gentes avezadas en la navegación. Las expediciones las realizaban varias naves. El capitán de la más importante era a la vez jefe de la flota. Recibía el título de capitán general o capitán mayor.

La segunda autoridad a bordo es el maestre. Como se encarga del mando directo de la tripulación y dirige las maniobras del buque en el mar, y al atracar y desatracar en los puertos, debe ser un navegante experimentado. Cuida también de la carga y descarga de la nave y de las cuestiones de orden administrativo. Su situación es difícil, pues se encuentra entre el capitán, autoridad suprema, y la tripulación, a la que deberá tratar directamente.

El piloto es el tercer oficial sobre la nave. Es el técnico en navegación, el que maneja los instrumentos para tomar el punto, y tiene a su cuidado las cartas marinas.

Por debajo de estos tres oficiales está el contramaestre, el primero de los suboficiales. Toda la nave depende él. Está encargado de servir de enlace entre los oficiales y la tripulación, con la que convive. Ante el capitán y ante el maestre, es el responsable de cuanto ocurre a bordo.

Son también suboficiales el despensero y el alguacil. El primero vigila y distribuye las provisiones. El alguacil es una especie de asistente del contramaestre y además el verdugo que ejecuta los castigos corporales que impone a veces el capitán.

Entre la tripulación existen, además de los marinos y grumetes, una serie de hombres especializados. Carpinteros, toneleros, calafates, cada uno de ellos capacitado en los oficios que su nombre indica. Algunos ejercen actividades curiosas.

El cirujano es a la vez curandero y barbero. A veces viaja un intérprete, ducho en lenguas. La efectividad de esta medida puede no ser muy grande. El intérprete que acompañó a Colón en el primer viaje conocía, como lengua de enlace, el árabe. Le sirvió con los indios del Caribe tanto como le hubiera servido de alcanzar Catay o Cipango, los objetivos colombinos.

En las armadas importantes viajaba también un jefe de artillería: el condestable. Los veedores eran unos funcionarios reales encargados de velar por los intereses económicos de la corona. El escribano estaba encargado de llevar el diario de a bordo y de consignar las tomas de posesión de las nuevas tierras.

En total, el número de tripulantes oscilaba entre 25 y 60, según el tamaño de las embarcaciones. En las flotas se aprovechaba la movilidad de las carabelas menores para misiones de reconocimiento y descubierta, mientras las naos y carabelas de mayor tonelaje tenían la ventaja de poder transportar una carga mayor.

La vida a bordo estaba sujeta a los servicios y guardias. Como el cómputo de tiempo era absolutamente necesario para calcular la longitud a que se hallaba la nave, el reloj de arena señalaba todos los relevos. Había un grumete encargado de dar la vuelta al reloj tan pronto como el último grano de arena caía desde la ampolleta superior a la inferior. Una ampolleta tardaba en vaciarse media hora.

Cada ocho ampolletas, esto es, cada cuatro horas, cambiaba la guardia. Los tres oficiales se turnaban, dos veces al día cada uno, en el mando de la fracción de tripulantes que estaba de guardia y que atendía al timón, a la brújula, al reloj, a la sonda y al servicio de serviolas. Las horas de relevo más corrientes eran las 3, 7, 11, 15, 19y23. Las comidas se realizaban a las horas de relevo, en dos turnos, uno para la guardia entrante y otro para la saliente.

La monotonía debía de ser la nota dominante en la vida marinera mientras reinaba el buen tiempo y los víveres no escaseaban. Por el contrario, cuando los elementos se mostraban desfavorables sólo el mantenerse a flote debía costar un esfuerzo sobrehumano. Las compensaciones económicas podían ser muy variables, según la duración, la peligrosidad y el éxito de la expedición.

El sistema de retribución más común fue el de participación en los beneficios. A la vuelta de una expedición, tras haber cubierto gastos y pagado las primas por servicios distinguidos, se repartían los beneficios entre quienes habían financiado la empresa y la tripulación. Los tripulantes se repartían su parte de manera proporcional a los cargos que habían desempeñado.

En ciertas ocasiones se pagaban sueldos fijos, que eran relativamente elevados. Por término medio un grumete cobraba unos 700 maravedís mensuales; un marino, 1.000; un piloto o contramaestre, 2.000, y 3.000 los capitanes. Además, en los viajes con sueldo fijo, los tripulantes estaban autorizados a comerciar con cierta pequeña cantidad de mercancías por su cuenta (pacotilla).

Fuente Consultada: Historia Universal Tomo 13 Salvat

Cómo se Alimentaban Los Marineros En El Siglo XV? La Comida y bebida

¿Cómo se Alimentaban los Marineros en el Siglo XV?

Las raciones del marinero: Los viajes y los descubrimientos que caracterizaron la revolución de las especias tuvieron éxito, no gracias a la alimentación de las tripulaciones y de los conquistadores que los realizaron, sino a pesar de ella.

Durante toda esta época, el sentimiento general era de que un capitán sólo podía retener a sus fuerzas si las alimentaba y les daba de beber en forma continua, y por supuesto, lo que se les proporcionase tenía que ser lo mismo que hubiesen tomado en Europa.

La verdad es que la alimentación de los tripulantes y de las guarniciones en aquellos climas calurosos, vista desde la perspectiva de nuestros días, era la menos adecuada que pudiera pensarse.

Barco Pirata

Por ejemplo, todas las provisiones de carne estaban saladas, pues de otra forma no se hubiesen conservado bien en un clima cálido, y a menos de que se les diese un tratamiento especial para quitarles la sal antes de consumirlas, provocaban mucha sed.

Sin embargo, ya en tiempos de Cromwell, se estipuló que los marineros de la armada británica tenían que recibir diariamente dos libras de carne de vacuno o de cerdo saladas, o en su lugar libra y media de pescado. La carne normalmente estaba en proceso de descomposición, si no es que estaba completamente podrida, y aunque no lo estuviese, todas las vitaminas de la carne fresca se habían destruido debido al método de conservación.

Después de la carne, el componente principal de la ración era el pan, normalmente en forma de galletas de barco. Los «biscuits» (la palabra procede de bis y cutre, términos franceses que significan «cocer dos veces») por regla general no se hacían a bordo, sino en el puerto, y en ocasiones estaban hechas desde hacía un año, o incluso más. Si las galletas procedían de la intendencia del gobierno, podía darse el caso de que estuviesen hechas hasta cincuenta años antes.

La preparación de las galletas de barco era un proceso sofisticado que exigía varias categorías de trabajadores especializados, que se conocían como quemadores, maestros, conductores, enrolladores y ayudantes.

Una vez medidas las cantidades justas de harina y agua, y echadas en la artesa, llegaba el conductor, que con sus fornidos brazos golpeaba, aporreaba, levantaba y volteaba la mezcla hasta que tomaba la consistencia de una masa… Luego venía el enrollador, que después de colocar la masa encima de una plataforma, se subía en uno de los extremos de un rodillo, llamado palo de corte.

El enrollador, cabalgando sobre este rodillo, lo hacía saltar de una forma un poco ridícula, dándole a la masa un tratamiento que era una mezcla de golpearla y enrollaría. El sistema resultaba poco higiénico, pues en el proceso la masa se sobaba bastante.

A continuación, la masa aplastada, formando una capa delgada, se cortaba en lonchas con unos cuchillos enormes. Éstas, a su vez, se volvían a cortar en forma de pequeños cuadraditos, y cada cuadradito se trabajaba manualmente para darle la forma redonda de una galleta.

Las galletas se marcaban, se punzaban, y se introducían con destreza en la boca del horno por medio de una pala que las iba distribuyendo por el interior de éste. La tarea de lanzar las galletas para que cayesen en el lugar preciso, se convirtió en una habilidad muy apreciada.

La galleta, una vez terminada, era dura como una piedra, y producía agujetas en las mandíbulas de cualquiera que no fuese un gorgojo galletero. Mientras permanecían en espera de ser empaquetadas, o cuando se abrían a bordo del barco, las atacaba normalmente una especie de mosca que ponía sus huevos en ellas, y con el paso del tiempo nacían las larvas. Los marineros veteranos solían golpear las galletas contra la mesa antes de comerlas, con la esperanza de que saliesen los gorgojos y se marchasen, pero éstos no siempre los complacían.

La ración de pan, en tiempos de Cromwell, era de una libra y media, además de un galón de harina. Con esta última, los marineros intentaban hacer su propio pan, siempre que el cocinero estuviese dispuesto. La harina, igual que las galletas, normalmente estaba también llena de insectos.

La bebida a bordo: Lo peor de la vida a bordo era la bebida. Cromwell había ordenado que sus marineros dispusiesen de un galón de cerveza por semana -un margen generoso, incluso aunque no hubiese ninguna otra bebida disponible a excepción del agua.

Tal y como se fabricaba en el siglo XVI, la cerveza no se podía conservar mucho tiempo en un barco’. Por lo tanto, Cromwell suprimió la ración de cerveza, y decidió que en su lugar los marineros tenían que beber ron. Afortunadamente, la Royal Navy disponía de grandes cantidades de ron desde que los ingleses conquistaron Jamaica en 1655.

Cuando se estaba en la mar, nadie bebía agua voluntariamente, pues se guardaba en barriles, e invariablemente se volvía verde y viscosa al cabo de pocos días. Los londinenses alardeaban, e hicieron creer a los capitanes de barco, que el agua del Támesis se conservaba mejor que cualquier otra, con lo que muchos barcos zarparon de Londres con sus barriles llenos de un liquido de alcantarilla.

Gran parte de la vida de un capitán de barco se pasaba buscando puntos en tierra donde poder rellenar sus barriles de agua -una tarea larga y penosa, que fue la causante de no pocas hernias de los marineros. Cualquier lugar se hacía famoso entre los navegantes si en él se podían renovar las provisiones de agua, y en este sentido alcanzaron especial notoriedad la isla de Santa Elena y el Cabo de Buena Esperanza.

Pirata Barbanegra Edad de Oro de la Piratería La Leyenda de Piratas

Pirata Barbanegra – Edad de Oro de la Piratería

Barbanegra: A tal señor, tal honor: lancémonos ahora a la aventura de la mano de Barbanegra su verdadero nombre era Edward Teach y nació en Bristol, Inglaterra, en 1680. Algunos historiadores creen que nació en una familia acomodada y educada de clase social media-alta porque sabía leer y escribir. 

Gran parte de su vida como pirata la realizó en el océano Pacífico, pues allí hay muchas islas que eran reputadas por albergar tesoros increíbles. De todas maneras Ssu reinado de terror duró apenas dos años (1716-1718), pero Barbanegra dejó tal impacto en la imaginación popular que su época fue conocida como la Edad de Oro de la Piratería.

Pirata Barbanegra Edad de Oro de la Piratería La Leyenda de PiratasA principios del siglo XVIII se unió a un grupo de marinos que luchaban en la guerra de la Reina Ana de Inglaterra contra Francia y se hizo corsario, es decir, se dedicó a despojar barcos enemigos como parte de la guerra.

Terminada la guerra,Barbanegra comenzó a navegar con un conocido pirata de la época, el capitán Benjamín Hornigold. Como buen pirata, asumió un semblante y modo de vestir aterradores.

Según varias fuentes, medía unos dos metros y era más alto que la mayoría de los hombres de su época. Llevaba una larga y trenzada barba negra, que le dio su apodo, y vestía capa y sombrero negros. Llevaba varias pistolas asidas a su pecho para estar listo para luchar.

Con el pelo encendido para intimidar a sus amigos, el malcarado pirata, conocido como Barbanegra, asoló las costas de las Indias occidentales.

Barbanegra sólo hundía como último recurso los barcos ingleses y españoles que abordaba, pues prefería adueñarse de galeones y corbetas cuyos preciosos cargamentos conocía de antemano. Aquellos barcos capturados, sobre todo cuando eran bajos y finos, podían ser útiles gracias a su escaso calado, sobre todo cuando había que navegar entre escollos en aguas poco profundas.

bandera negra con calavera, Pirata BarbanegraSi la bandera verde simboliza rebelión y fue empleada con frecuencia por piratas franceses e ingleses, la bandera negra con la calavera quedará eternamente como divisa de los piratas ingleses desde que irrumpieran en todos los mares del globo terrestre.


En cuanto aparecía una nave en su campo de visión, los ingleses izaban el pendón negro y el ataque comenzaba. Los cañones entraban en acción y las balas impactaban sobre el navío sembrando el pánico entre la marinería y los pasajeros. Estos últimos corrían a refugiarse en el entrepuente… ¡demasiado tarde!

Antes de una batalla, Barbanegra se encendía mechas de quema lenta entre el cabello y el sombrero que dejaban una estela de humo negro que atemorizaban a sus enemigos. Pero cuando quería conquistar a una dama, solía trenzar su larga barba (tan larga que la utilizaba para limpiarse las manos mientras comía) con cintas de seda. Curiosamente, se llegó a casar 14 veces, aunque nunca se divorció.

Al abordaje!: La táctica era siempre la misma. El barco pirata se acercaba a su presa mediante una maniobra que impedía cualquier escapatoria al galeón acorralado. Este último carecía de armamento que le permitiera sostener un combate.

El tumulto y la confusión reinaba a bordo cuando los primeras balas de cañón acopladas (unidas entre sí mediante cadenas cortas) impactaban contra los mástiles y los derribaban. Luego volaban balas de cañón en andanadas y calentadas al rojo vivo, cuyos impactos producían astillas que herían y mataban a los hombres de la tripulación.

 A veces emplean granadas de mecha, construidas con vasijas de cerámica llenas de pólvora negra y metralla cuya explosión sembraba fuego y muerte entre la tripulación. Las llamas se extendían por el puente mezclándose los aromas de especias y de tabaco con el perfume del oro fundido mientras se formaban sobre las aguas manchas incandescentes.

Amarres y mástiles se desplomaban arrastrando consigo el velamen desgarrado en medio de gritos y se oían los aullidos cargados de blasfemia de los piratas sedientos de oro y de sangre. ¡Al abordaje! Los cascos de las naves entrechocaban y los garfios volaban. Los piratas descalzos, hábiles como monos, se lanzaban al combate armados con sables, grandes cuchillos y pistolones de pedernal.

En medio de la matanza, aparecía Barbanegra:
Muchos relatos narran cómo Barbanegra hacía su aparición: armado hasta los dientes, envuelto en una nube de humo (obtenía este efecto insertando pequeñas antorchas de azufre en su tricornio). El efecto sorpresa quedaba multiplicado por los largos lazos trenzados que surgían de su sombrero.

Podemos imaginar el pavor que producía con ese aspecto a la vez grotesco y diabólico, bastaba para que los piratas se adueñaran completamente de la nave atacada. Heridos y muertos eran lanzados por la borda. Marinos y pasajeros cuyas vidas pudieran valer un rescate ante las autoridades inglesas o españoles de la región eran hechos prisioneros. En caso contrario eran asesinados o enrolados por la fuerza en la tripulación de Barbanegra.

Las mujeres recibían un trato especial. Antes de ser abandonadas en cualquier ribera, debían participar en los festejos pues cada apresamiento debía ser celebrado por piratas, corsarios y filibusteros como corresponde en todas las victorias.

Mujeres, baile y alcohol: Esto solía suceder en tierra firme. El ron fluyendo a raudales; ellos cantando y bailando alrededor de sacos llenos de doblones, de piedras preciosas, de onzas de plata. Estas celebraciones están en el origen de la famosa danza de la «pata de palo», que aún siguen celebrando en la República Dominicana en señaladas ocasiones. No en vano cuenta la leyenda que sobre bases rítmicas afrocubanas, los bucaneros con prótesis de madera fueron los primeros que bailaron dando vueltas alrededor de su pierna tiesa. Y es que las tradiciones contienen siempre un fondo de verdad.

Los piratas son famosos por los tesoros que ocultaron en lugares inaccesibles. La reputación de los filibusteros, por contra, radica en su afición por dilapidar en cuestión de días las fortunas obtenidas enfiestas orgiásticas donde las mujeres desempeñaban un papel primordial.

Filibusteros y demás ralea semejante no eran sujetos proclives a almacenar tesoros; porque sabían que no llegarían a viejos para disfrutar de los botines obtenidos en tales empresas. Juego y mujeres formaban parte de sus diversiones.

Pese a que excepcionalmente algunos regresaran enriquecidos a sus países de origen para llevar vidas apacibles como respetables burgueses. También excepcionalmente hubo quienes se casaron con isleñas para terminar sus días en lugares paradisíacos tras vivir como unos auténticos señores.

Los seguidores de Barbanegra orientan, en la actualidad sus búsquedas a lo largo de las costas de Carolina del Norte y Virgina, sobre todo en los alrededores de Charleston y Beaufort, basándose en cuadernos de bitácora procedentes de archivos públicos y relatos de varios marineros.

¿Mintió el compañero de Barbanegra?:

 Queen Anne's Revenge, Pirata BarbanegraParece ser que un tal Phil Masters, conocido investigador especializado en la búsqueda de barcos naufragados, afirma haber descubierto un papel con informaciones obtenidas de un antiguo compañero de Barbanegra.

Detenido en octubre de 1718, declaró por escrito todo lo que sabía en relación al tesoro de Barbanegra. Señala incluso el lugar exacto donde naufragó el Queen Anne’s Revenge, el célebre navío del pirata, un lugar situado a menos de dos kilómetros de la costa de la bahía de Beaufort.

El barco medía 34 metros de largo, tenía tres mástiles y llevaba 20 cañones de dos toneladas. Barbanegra le añadió 20 cañones más y le cambió el nombre por Queen Anne’s Revenge.

Al cabo de 8 años de paciencia y búsquedas infructuosas Phil Masters descubriría los restos de un barco naufragado sobresaliendo de un montículo de arena. ¿Pero de qué barco se trataba?

La búsqueda se complicaba por el hecho de que otros barcos se hundieron por aquella zona: el  Salvador en 1750, el Savannah en 1753, el Betsyen 1771 yel Pollyen 1791.

Otros, basándose en rumores ambiguos, exploraron las costas de Virginia y de Carolina del Norte. El mismísimo gobierno de Estados Unidos había enviado en 1942 algunos especialistas hasta la isla de Banks, situada al este de la bahía de Smuttynose. Los trabajos se reanudaron en el año 1950 con tomas aéreas, películas de infrarrojos, sonares, radares, etc., pero jamás descubrieron cosas importantes.

Sólo pudieron subir a bordo unos pocos objetos, como cañones, anclas, balas de cañón e incluso una campana. ¿Podemos tener la certeza de haber descubierto los restos del Queen Anne’s Revenge?.

Y aunque tal cosa fuera cierta… ¿qué fue del tesoro? Nos consta que antes de su muerte, Barbanegra fue sometido a un interrogatorio para que dijera dónde había escondido su tesoro. Contestó riéndose a carcajadas: «Sólo yo y el diablo sabemos dónde se halla el tesoro… ¡y el diablo se lo quedará todo!»

Seguramente el compañero de Barbanegra sencillamente ocultó la verdad. En aquellos tiempos se decía que los piratas no siempre llevaban consigo sus preciados botines, ya fuera por prevenir un eventual motín a bordo, ya por miedo a ser atrapados por los barcos que les seguían el rastro para eliminarlos, o también por miedo a las baterías costeras que les acosaban cuando se aventuraban en un paso estrecho o en un canal.

Sus tesoros quedaban a menudo escondidos en algún lugar secreto y los planos que detallaban su emplazamiento fueron objeto de investigaciones minuciosas.

Fuente Consultada:
El Enigma de los Tesoros Malditos de Richard Bessiere –
Sitio web:http://www.thalassa-online.com/revista/article.phtml?id=588

Alimentos Americanos en Europa La Patata o Papa Intercambio Frutos

Lo Alimentos Americanos en Europa – Intercambio de Frutos

Los dos principales productos americanos importados a Europa tuvieron al principio poco éxito. El maíz fue adoptado como cultivo en España, Portugal e Italia. Los indios americanos, que adoraban el maíz, nunca lo comían solo, y lo utilizaban como complemento de un plato de carne, o lo guisaban junto a unas alubias, pimientos verdes y pescado —la receta original de la tarta de maíz tierno con alubias. Estos complementos proporcionaban las vitaminas que le faltaban al maíz.

Los pobres que comían en Europa el maíz como si fuese trigo, sin acompañarlo de carne, empezaron a sufrir de la pelagra, «piel áspera», una enfermedad carencial producida por la falte de proteínas.

El maíz se hizo impopular, e incluso en 1847, cuando los irlandeses estaban muñéndose de hambre, se negaron a comerlo, llamándolo «azufre de Peel», pues era amarillo como el azufre, y Peel era a la sazón el primer ministro de Inglaterra. De hecho, el maíz fue despreciado en Europa, y sólo empezó a consumirse en cantidades significativas cuando los europeos adoptaron la costumbre americana de tomar cereales en el desayuno.

El alimento americano que más éxito iba a tener en Europa fue, por supuesto, la patata. En 1564, John Hawkins introdujo la batata en Inglaterra, pero no prosperó. En cambio, la patata india, que había sido cultivada por los laboriosos agricultores incas en sus gélidos montes, tuvo un éxito casi instantáneo. Introducida en Inglaterra por Sir Walter Raleigh, e implantada en la recién desarrollada colonia inglesa de Irlanda, le esperaba a la patata un futuro brillante en las Islas Británicas —hasta mediados del siglo XIX.

La verdad es que Gran Bretaña y la pateta no se adecuaban demasiado bien. Comparada con el Perú, Gran Bretaña tiene un clima tan cálido, que la única manera de cosecharlas es cultivándolas en las regiones más frías del país, Irlanda del Norte y Escocia.

Llamada a desarrollarse en un clima mucho más caluroso del que había prescrito la naturaleza, la patata británica estaba expuesta a enfermedades que probablemente no le habrían afectado jamás en el altiplano andino. Además, los incas, que fueron los que iniciaron su cultivo, habían desarrollado un método infalible para conservar la patata, secándola en frío y convirtiéndola en lo que ellos llamaban, chuñu.

La aceptación de la patata en Europa
Existían poderosas razones para que los campesinos europeos, ya de por sí obstinados y recelosos, contemplasen a la pateta con prevención y se lo pensasen dos veces antes de adoptar su cultivo. Por lo tanto, su expansión al principio fue lente. En Francia, Antoine-Auguste Parmentier, philosophs francés de siglo XVIII (y al que se le atribuye el invento de las patatas fritas), intentó convencer a sus paisanos de que la pateta no era venenosa. (Las patatas verdes sí son venenosas, hasta cierto punto.)

Sin embargo, Parmentier logró interesar al rey, y fue Luis XVI quien finalmente «engañó» a los campesinos para que cultivasen el nuevo tubérculo. Hizo que se sembrase un campo de patatas en las mismas afueras de París, y puso una guardia de soldados alrededor de este, campo real. Los campesinos se acercaron a curiosear, y se preguntaban cuál sería ese cultivo ten valioso que aconsejaba todas estas medidas de seguridad.

Finalmente, cuando la cosecha estaba lista, el rey retiró la guardia nocturna, y esperó. Al cabo de poco tiempo, y por la noche, todas las patetas habían sido robadas y la carrera de la pomme de terre se había puesto en marcha. Todavía hoy, la inclusión en un plato del calificativo parmanüer o a la parmentier, indica que se sirve acompañado de patatas.

La patata llegó a Francia demasiado tarde para impedir la Revolución Francesa. Si cuando falló la cosecha de 1788, los campesinos hubieran tenido una reserva de patatas suficiente,, y si María Antonieta hubiera podido decir entonces aquella frase que se le atribuye: «Si no tienen pan, que coman patatas», puede que el curso de la historia hubiera sido diferente.

En otra parte de Europa la patata prosperó mucho mejor. Federico el Grande la introdujo en Alemania, donde tuvo tal aceptación, que la guerra de sucesión bávara (1778-9) giraba en realidad en torno a quién había de controlar la cosecha de patata local.

Los rusos también se contagiaron de esta moda, comprobando que el tubérculo se desarrollaba muy bien en sus frías estepas. En Holanda, hoy, cuatro de cada cinco verduras y hortalizas que se cultivan son patatas.

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

La Comida de los Aborigenes en America La Conquista de España

La Comida de los Aborigenes en América – La Conquísta de España

La dieta de los indios

La mayor parte de los indios de la llanura y de los bosques, como casi todos los pueblos cazadores, dependían de una economía de subsistencia —festejándose con banquetes en épocas de abundancia y ayunando cuando la comida escaseaba. Si las condiciones eran favorables —mucha caza y clima propicio— disfrutaban de una dieta tan rica y abundante que en Europa sólo podrían permitírsela los potentados.

En primavera, las tribus del noroeste sangraban el azúcar del arce, hervían la savia y se comían el azúcar cuando cristalizaba. En verano cazaban o pescaban, complementando su dicta con maíz, calabazas y judías que cultivaban las mujeres.

En otoño cazaban en exceso para almacenar carne para los meses fríos del invierno, secando la carne de búfalo o de oso en unos bastidores de madera (muy parecidos a las barbacoas de los bucaneros). Esta carne, secada y ahumada, se golpeaba y desmenuzaba, mezclándola con grasa animal y con bayas, metiéndolo todo en un molde llamado penmican.

Como las condiciones no siempre eran favorables, y la caza a veces huía, o el invierno se prolongaba mas de lo corriente, la amenaza del hambre era una preocupación permanente. Entonces el penmican —que con terna grasa para combatir el frío, carne para proporcionar proteínas y bayas para las vitaminas— mantenía vivos a los indios hasta que la tierra volvía a recubrirse de verde.

No debe sorprendernos que con una dieta tan rica en proteínas, los indios fuesen bastante más altos que sus contemporáneos blancos.

Los Padres Peregrinos adoptaron muy pronto muchos de, los componentes del menú de los indios. Pavo, salsa de arándano, maíz, calabaza, alubias, todos los ingredientes de la comida tradicional del Día de Acción de Gracias son de origen indio. También lo son las patatas, el pan de maíz, el maíz molido, el guiso de maíz tierno con alubias, y las palomitas de maíz.

Todos estos alimentos entraron a formar parte enseguida de la vida cotidiana de los colonos. Aunque volvieron a aparecer en América del Norte las clases sociales de los que «tenían» y de los que «no tenían», los pobres nunca llegaron a ser tan pobres como lo habían sido en Inglaterra.

Más adelante, cuando los padres de la revolución americana intentaron sublevar a los colonos, no pudieron utilizar el argumento esgrimido por los agitadores políticos de la Inglaterra del siglo XVIII —la carestía de los alimentos— teniendo que recurrir en su lugar a denunciar los elevados impuestos y las restricciones comerciales.

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

Los Alimentos de America Intercambio de Alimentos con Europa

Los Alimentos de las Américas: Intercambio de Alimentos con Europa

Para los colonos que se lucieron a la mar siguiendo la estela de los pioneros, las tierras de las recién descubiertas Américas supusieron el en del fantasma milenario europeo —el hambre. Es cierto que durante los primeros años, los recién llegados tuvieron que apretarse el cinturón. Así, los ingleses en Virginia tuvieron que echar al caldero los mastines que habían traído para que los protegiesen de los indios, y los Padres Peregrinos necesitaron de toda su fe para poder mantenerse durante los primeros inviernos de su estancia.

maiz planta marlo chocloSin embargo, una vez instalados, los colonos tanto del norte como de Sudaménca, comprendieron que habían llegado a una tierra de abundancia. Los españoles de las Indias occidentales comprobaron que con una pequeña parcela podían sostener a toda la familia, pues las tierras tropicales eran muy fértiles, y las lluvias y el sol del Caribe, muy apropiados para el cultivo.

Introdujeron los naranjos, los limones, las uvas, y sobre todo el cultivo de la caña de azúcar, que se empezó a practicar en las Indias occidentales en 1506. Aunque las ovejas no se adaptaron bien al clima centroamericano, el ganado vacuno y el de cerda sí lo hicieron, y pronto vagaron por las islas manadas de vacas y de cerdos; animales que habrían de convertirse más tarde en el giran capital de los bucaneros.

Mientras tanto los españoles se apresuraron a investigar las riquezas alimenticias autóctonas del nuevo continente. Exportaron a España hortalizas americanas como la mandioca, las judías verdes, las alubias, los pimientos rojos y verdes, la tapioca, la pina, el cacahuete y la vainilla. Sin embargo, es curioso que los colonos de la América del Sur no aprendiesen nunca la lección más importante que les planteaba el nuevo continente.

Bernal Díaz, uno de los conquistadores españoles de Méjico, era, a diferencia de la mayor parte de sus compañeros, un hombre de negocios práctico, además de agricultor y soldado. Durante una primera incursión de reconocimiento en Méjico, sembró las semillas de una naranja que se había comido, y cuando volvió con Cortés, quedó asombrado al comprobar que los aztecas, que eran tan entusiastas jardineros como él, habían reconocido que los tallos de naranja era una nueva planta, y la habían regado y cuidado con mucho esmero. Al final de su larga vida, Díaz se entristeció al comprobar cómo el gigantesco sistema organizado por los emperadores aztecas para asegurar el bienestar de su pueblo, se había derrumbado por completo.

El sistema consistía en enormes almacenes ubicados en cada provincia, llenados a base de los «impuestos» pagados al emperador. Éstos se materializaban en forma de alimentos, como el maíz, que se guardaban en previsión de una cosecha desastrosa. Cuando amenazaba el hambre, los monarcas aztecas abrían sus almacenes y distribuían su contenido a la población para que pudiese sobrevivir, o para que pudiese sembrar para el año siguiente.

En el Perú ocurría lo mismo. Todo el mundo comía, pero también todo el mundo tenía que trabajar, y la conexión entre el trabajo y el no pasar hambre era una relación que se le inculcaba a todo peruano desde su más tierna infancia. No existían los mendigos, como ocurría en Europa, porque no se le permitía a nadie que permaneciese ocioso. Se trabajaba por el bien de la comunidad en general y los años buenos, con cosechas abundantes, se pagaban tasas extras para compensar los años de carestía y de hambre.

Las lecciones que podían haber extraído de los aztecas y de los incas fueron desatendidas por los españoles, al igual que hicieron los Padres Peregrinos y sus descendientes en el norte, que no supieron admirar la infinita hospitalidad de los indios, que ofrecían comida a cualquiera que los visitara y atendían sin el menor reproche a los ancianos, a los huérfanos y a los inválidos de su tribu.

ALGUNAS PLANTAS AMERICANAS:

El conocimiento de las plantas americanas proporcionó al Viejo Mundo numerosos e importantes cultivos hortícolas, tales como la papa (Solanum tuberosum); la batata (Ipomea batatas); el ají o pimiento (Capsicum); el tomate (Solanum lycopersicum); los porotos (Phaseolus); el zapallo (Cucúrbita máxima y C. moschata); la mandioca (Manihot utilissima), etcétera.

La flora medicinal americana, que se conoció en la época del Descubrimiento, enriqueció la farmacopea de entonces con el aporte de plantas a las que, a fuer de constituir medicinas foráneas, se les asignaban exageradas virtudes terapéuticas. Esa fama promovió, no obstante, el estudio farmacognóstico de muchísimos vegetales que los aborígenes utilizaban empíricamente.

La nómina es muy nutrida, y en ella deben destacarse, para nombrar sólo aquellas de las que se hizo mayor uso, la quina (género Cinchona); la coca (Erythroxylon coca); el boldo (Peumus boldus); la ipecacuana (Uragoga ipecacuanha); la zarzaparrilla (Smilax sp.); el paico (Chenopodium ambrosioides); la vainilla (Vanilla sp.); el palo de bálsamo (Miroxylon balsamum); la jalapa (Exogonium purga), y el jaborandi (Pilocarpus pennatifolius).

CÓMO SE DIFUNDIERON ALGUNAS PLANTAS AMERICANAS
La papa (Solanum tuberosum), que es un tubérculo, y como tal almacena para la planta sustancias de reserva, constituye a su vez un buen alimento para el hombre. Fue introducida en Europa en el siglo XVI y tardó bastante tiempo en ser aceptada por las diferentes poblaciones.

Alemania fue la primera nación que intensificó su cultivo y, por ende, su consumo, constituyendo desde entonces para su población un primordial alimento. Se explica así el sentido del monumento que le fue erigido en Braunlage (Alemania occidental), con la inscripción «Al más grande antídoto contra el hambre».

En Francia, en donde se le llamó «manzana de la tierra» (pomme de terre), su consumo se impuso más que por la entusiasta propaganda de Antonio Augusto Parmentier, por la escasez y el hambre, cuando en 1779 se malograron cosechas. Para Irlanda y Rusia, este tubérculo significó un elemento básico en la alimentación popular.

EL TABACO (NICOTIANA TABACUM)
Fue Cristóbal Colón quien hizo las primeras referencias acerca del uso del tabaco por los indígenas, pero no es posible establecer desde qué época lo empleaban —en las distintas regiones americanas en las que la planta se producía— ya fuese en ritos religiosos, en la terapéutica o en las ceremonias guerreras.

Los europeos se aficionaron rápidamente a él, e introducido primero en España y Portugal, y después en Francia y en Italia (alrededor del año 1560), en poco tiempo su uso y su cultivo se extendieron a Turquía y a Oriente. A Francia fue llevado por el embajador francés en Portugal, Juan Nicot, de quien esta especie botánica perpetúa el nombre (Nicotiana) en su denominación y en la del alcaloide que contiene (nicotina).

En Inglaterra se conoció el tabaco sólo en 1586, cuando Sir Walter Raleigh lo llevó desde Virginia, región de América del Norte, en la que esta planta abundaba.
Actualmente, Estados Unidos, China, India y la URSS son los grandes países productores (el 50% del total mundial).

EL CACAO (THEOBROMA CACAO)
Conocido por los conquistadores en México, por el uso que de él hacían los aztecas, lo difundieron rápidamente, primero en España (1520) y más tarde en Italia (1606) y en Francia (1615). Hacia 1700 ya su uso se había extendido por toda Europa. Por su exquisito sabor y por su valor nutritivo, los antiguos mexicanos lo consideraban alimento divino (de ahí su nombre científico, Theobroma, que significa «alimento de los dioses»). Chocolate es también voz azteca. El cultivo del cacao se ha extendido sobre todo en el África ecuatorial, donde actualmente cubre los dos tercios de la producción mundial (Ghana y Nigeria están considerados los dos principales países productores).

EL CAUCHO (HEVEA, CASTILLOA)
De todos los árboles gomíferos, el que suministra mayor cantidad y mejor calidad de látex es el Hevea brasiliensis o caucho de Para (la voz indígena caucho significa «árbol que llora», aludiendo a la secreción que brota de las heridas que se infieren al tronco).

Conocidos los árboles del caucho (géneros Castilloa y Hevea) desde el momento mismo del Descubrimiento, las aplicaciones que de su látex hacían los indígenas despertaron el interés de los conquistadores. Hasta principios del presente siglo, las «seringueiras» brasileñas (seringa es el nombre vernáculo del caucho), al parecer inagotables, cubrían las necesidades del mercado.

Más tarde, a raíz de las plantaciones que se hicieron en Asia sudoriental con ejemplares de Hevea obtenidas de semillas que el inglés Enrique Wickham sacó del Brasil, los cauchales cultivados compitieron con la producción brasileña, y hoy la Federación de Malasia, Indonesia y Tailandia aportan el 95 % de la producción mundial de caucho natural.

LA QUINA (CINCHONA SP.)
El único específico efectivo contra el paludismo (plaga que afecta a mil millones de seres en las zonas maláricas del mundo) fue, hasta reciente fecha, la quinina, droga que se extrae de la corteza del árbol de la quina. (Durante la última gran guerra, en virtud de la ocupación por el enemigo de las Indias holandesas, territorios de intensa producción de quina, se obtuvieron en laboratorios antimaláricos sintéticos: atebrina, plasmoquina, cloroquina.) La importancia de este árbol, cuyas propiedades febrífugas se popularizaron, según la tradición, a mediados del año 1600, con el tratamiento a que se sometió la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, atacada de fiebres intermitentes, era ya conocida por los naturales. (El nombre científico de la quina, Chichona, que perpetúa el nombre de la condesa, le fue dado al género por Linneo en 1742.)

Las plantaciones de la isla de Java, que llegan a suministrar el 90 % de la producción mundial, proceden de semillas que en el año 1864 se recolectaron en las yungas (valles calientes), de la región de Chulumani, en Bolivia, de donde es originaria la variedad C. calisaya.

EL GIRASOL O MIRASOL (HELIANTUS ANNUUS)
El girasol, la hoy difundida Compuesta de semillas oleíferas, es originaria de la región templada de América del Norte, lo mismo que su congénere el topinambur o pataca (Helianthus tuberosus).

Tanto el nombre científico (Helianthus) como las denominaciones vulgares obedecen a su condición de flor heliotrópica (que gira siguiendo al Sol). Existen numerosas especies, pero la que se cultiva es la variedad anual (H. annuus). En las regiones de las que es originaria, se consumían las semillas de las especies silvestres, y más tarde, al llevarla a Europa (a mediados de 1800), se cultivó con cierta intensidad en Ucrania, tanto para la alimentación humana como para el engorde de aves y cerdos.

En nuestro país se sembró, primero, como planta ornamental, y hace apenas medio siglo que comenzó su explotación industrial, especialmente como planta oleaginosa.

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

Ver: Una Tabla de los Intercambios