Evolución del Pueblo

La Leyenda del Nacimiento de Buda y Origen del Budismo

VIDA DE GAUTAMA SIDARTA – ORIGEN DEL BUDISMO – EL NIRVANA –

Hacia el año 550 antes de Cristo, gobernaba un pequeño reino del norte de la India un rey de la dinastía Sakhya. Tenía un lujoso palacio a orillas del Ganges, el río sagrado, construido casi en la cresta de una escarpada colina, rodeada por las nieves del Himalaya. Estaba casado con Maya, princesa de acrisolada virtud, dedicada a extremas prácticas ascéticas, que la habían movido incluso a separar su lecho del de su esposo, que la respetaba y amaba tiernamente.

Una noche, Maya tuvo una visita inesperada; arrebatada de la tierra, se encontró frente a un elefante sonrosado, de seis colmillos; la tierna bestia se arrimó al costado de la reina y sin causarle el menor dolor, hirió con una de sus defensas la carne inmaculada.

Diez meses después de este sueño o suceso prodigioso, nació el príncipe Gautama Sidarta. Sobre un loto, apareció frente a Maya una tierna criatura rubia y rosada, mientras del cielo caía una lluvia de flores. El recién nacido descendió del loto y anduvo siete pasos hacia cada uno de los puntos cardinales (la teología hindú había establecido la existencia de siete cielos o espacios divinos, de los cuales el séptimo era accesible únicamente al principio supremo) y luego dijo: «Triunfaré del nacimiento y de la muerte y venceré a todos los demonios que hostigan al hombre».

estatua buda

Inmediatamente, cesó la lluvia de flores y el infante — pues volvió a serlo desde este instante— se reclinó nuevamente sobre el loto.

Todo el palacio había presenciado, sobrecogido, el prodigio. Y su cese restituyó al príncipe al mundo de los niños. Durante mucho tiempo, exactamente hasta que cumplió sus veintinueve años (uno menos que Cristo), Sidarta fue y creció como un hombre cualquiera. Al revés que Cristo, su educación y formación estuvieron marcadas por el signo aristocrático de su condición y, además, por una extrema brillantez. Superaba a sus amigos y condiscípulos en valor, agudeza y penetración. Sorprendía a todos los maestros.

Sólo el padre andaba inquieto por el porvenir de un príncipe tan encantador. Porque un asceta — de los muchos que visitaban el palacio, a causa de su esposa— le había predicho, con toda seriedad, que, en efecto, Sidarta sería el mejor rey que el país hubiera conocido jamás. Mas, si por ventura — o malaventura, pensaría el rey — se volviera sobre la vanidad de la existencia y se introdujera en las prácticas ascéticas, nada podría ya separarle de ellas. Ignoramos con qué designios facilitó el asceta estos datos al perplejo rey.

Pensó éste que nada sino el amor de una hermosa mujer sería táctica eficaz para conjurar este gran riesgo. Y en efecto, Sidarta se enamoró locamente de la bellísima Yasodhara, con la que contrajo matrimonio y de la que, en seguida, hubo un hijo. La leyenda insiste en el gozoso aislamiento en que por esta época vivía el príncipe: ocupaciones deportivas, fiestas y ahora el amor de su mujer y del nuevo principito. Pero, de lo que acontecía al otro lado de las moradas de los nobles, ignorancia absoluta y apartamiento radical. Era otro mundo y sus leyes otras leyes.

¿Qué movió a Sidarta a abandonar su palacio y trasponer el muro separador? ¿Una cierta inquietud insatisfecha que aguijoneaba la corteza del príncipe feliz? En cualquier caso, aquella excursión a Kapilavastu fue decisiva. He aquí lo que Sidarta encontró: un mendigo viejo y llagado que tendía su escudilla al borde del camino; el cortejo fúnebre de una joven madre cuyo esposo e hijos lloraban sin consuelo, al borde de la pira funeraria; la palabra de un asceta macilento que, tras predicar altivamente la virtud a una muchedumbre absorta e ignorante, les suplicaba con humildad alimento para sustentarse.

Y obsérvense ahora las conclusiones que de esta salida obtiene la leyenda: Sidarta comprobó la existencia de la muerte y el dolor en el mundo y resolvió liberar de ellos a los hombres, o, mejor dicho, liberarles de su temor, pues el sufrimiento procede del temor y el temor de la ignorancia. Por consiguiente, el punto de partida de Buda sería absolutamente irreligioso y, en cierto modo, racionalista.

Tuvo que darse en su alma, forzosamente, una simpatía hacia ese desajuste del mundo que tan hondamente le conturbó. Y al propio tiempo, despertarse en él una convicción íntima de que estaba capacitado para derrotar la ignorancia del mundo (dejando aparte lo divino que hubiera en su naturaleza, pues los datos de la leyenda no permiten inferir que, en esta sazón, poseyera Sidarta conciencia de su divinidad).

Todo ello suscitó en él la decisión de abandonar palacio, padres, mujer e hijos, de renunciar a sus riquezas — no por remediar pobreza ajena, sino por desembarazarse de un obstáculo para la sabiduría— y de consagrarse a investigar la causa del desajuste, pues, ante todo, era necesario «saber».

Una pintura siamesa, muy reproducida en los estudios dedicados a Buda, nos relata que éste abandonó su palacio a caballo, mientras dioses y «boddishatvas» colocaban sus palmas bajo los cascos del animal, para que no despertaran los seres queridos.

Buscó Sidarta, primero, el sabio parecer de los eremitas del Pico de los Buitres. Pero encontró que su penitencia y su gimnasia del dolor eran estériles porque se habían constituido en fin, sin buscar la gran causa del dolor de los hombres ni su provecho. El resultado de las prácticas ascéticas conducía todo lo más a una perfección del asceta y eso no redundaba en beneficio de la gran cuestión, que concernía a todos los hombres.

Así que Sidarta, desengañado, pero firme en su propósito, reanudó su peregrinación. Tomó de un cadáver abandonado el manto con que sus huesos se cubrían y se hizo un ropaje holgado que le cubriera hasta los hombros. Andaba absorto, caminando hacia la Sabiduría, sabiendo que la hallaría, pero ignorando dónde. Cuando el hambre le volvía en sí, pedía limosna. Y no pronunciaba palabra alguna. No recogían sus ojos la belleza de las estaciones ni se perturbaba su carne al sentir la lluvia o el rayo de fuego solar.

Finalmente, llegó ante un grueso árbol, cuyas ramas bajas se inclinaban, polvorientas, hasta el suelo y supo que allí le sería dada la sabiduría. Lo rodeó siete veces, desafiando a los dioses: «No me moveré de aquí hasta que sepa».

Recogió una brazada de las hojas caídas, las apiló y se sentó sobre ellas en la postura que tan familiar nos es a través de la iconografía: su mano derecha tocaba el suelo, como para no perder el contacto con esa tierra habitada por los hombres a quienes había que instruir.

No se sabe el tiempo que Buda permaneció así. Probablemente el tiempo se detuvo. Mará, dios maligno e inteligente, que comprendió el peligro de esa detención, diluvió sobre el contemplativo toda clase de Tentaciones y precipitaciones «celestiales». Finalmente le envió a sus seductoras hijas, imagen viva de la concupiscencia. Se cuenta que, así como Sidarta recibió impasible el rayo, el granizo, la lluvia y el fuego (a veces protegido con el cuerpo de los buenos espíritus), cuando notó la presencia de las lascivas danzarinas alzó sus ojos hacia ellas. Y su mirada las convirtió en viejas arrugadas, de espantoso aspecto.

En ese mismo momento, Sidarta supo. Era el deseo de nacer y el mismo nacimiento, lo que ocasiona el dolor. Es, pues, menester abandonar ese deseo y sustituirlo por el de entrar, de una vez para siempre, en el Nirvana.

En tanto exista, arraigado en la naturaleza, el anhelo de volver a incorporarse a un cuerpo, se producirá la transmigración del alma y, con ella, el riesgo de empeorar de condición por una existencia nueva en circunstancias difíciles. Superando el deseo de nacer se accederá directamente al Nirvana. Por ello es menester aprovechar la existencia actual cumpliendo puntualmente la obligación moral.

Se ve, pues, cómo Sidarta acepta el postulado básico del brahmanismo de la purificación del alma, a través de un número indefinido de existencias, cuya calidad está determinada por el mérito o demérito contraídos en la anterior.

Mara, empero, le propone — ya directamente, cara a cara — la última tentación, lógica consecuencia de la ciencia hallada. «Aprovecha, pues, ese conocimiento y entra ahora mismo en el Nirvana. No corras tú nuevo riesgo pretendiendo existir por más tiempo». Pero Sidarta — de ahora en adelante será llamado «el Buda», esto es, «El Iluminado» — no abriga ya ningún temor por sí mismo. «No entraré en el Nirvana hasta que enseñe a todos los que viven la manera de hacerlo por sí mismos. Están solos, pero su soledad les es suficiente. Deben saberlo».

Y  Mará, derrotado, se retira definitivamente.

Buda vuelve al camino. Pronto reúne unos cuantos discípulos y se encamina con ellos a Benarés, la ciudad santa, donde expondrá su famosa doctrina de la vía media: «Entre el ascetismo seco y complicado y los deleites del mundo, allí, precisamente en la mitad de esa línea, está la Verdad. No despreciéis vuestra condición actual; representa un castigo por vuestras faltas pasadas, pero puede ser el instrumento precioso para proporcionaros la entrada definitiva en Lo-Que-No-Es-Más».

Y  les dio unas reglas prácticas de vida pura, cuyo eje estaba, precisamente, en respetar toda vida, pues en ella radicaba siempre una posibilidad de entrar en el Nirvana.

La predicación de Buda duró casi cincuenta años. Los adeptos se multiplicaron. Hasta su esposa e hijo se convirtieron en discípulos. Por el contrario, encontró en los brahmanes unos enemigos irreductibles. En ello se mezcló una vez más el cuidado por las cosas de este mundo: «Por eso, vosotros, brahmanes soberbios, no poseéis la verdad y en vano mediríais vuestra santidad con la mía». Buda era de la casta Chatria, por pertenecer a la dinastía Sakhya, y su lengua y milagros fueron considerados como puro artificio político en beneficio propio.

La vida retirada y desprendida de los budistas convencería pronto al «pueblo» de que no había engaño posible. Y el «pueblo», sin comprender del todo la doctrina, se rendía a la presencia humilde —y, por supuesto, taumatúrgica— del Bienaventurado, como empezó a llamársele.

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Fuente Consultada:
Enciclopedia Temática Familiar Grandes Figuras de la Humanidad Entrada: BUDA

Amenofis IV Akenaton y La Religion del Sol en Egipto Dios Amon

Amenofis IV Akenaton Tutankamon – Religión del Sol

Aparentemente, los dioses egipcios son muy numerosos. En realidad, cada una de las grandes divinidades tuvo su época de plenitud, de acuerdo con las investigaciones realizadas por los teólogos de los grandes santuarios que, más allá de los rostros móviles del cielo, buscan la unidad de la Creación.

Lo que Egipto busca a través de sus cultos y sus liturgias es el descubrimiento de un principio único que sea el organizador del mundo y el inspirador de toda forma de vida, del dios del que proceden todos los demás dioses.

INTRODUCCIÓN: EL «FARAÓN  HEREJE»
En el año 1380 antes de Cristo, Amenofis IV, de la XVIII dinastía, se había convertido en faraón de Egipto.

A diferencia de los faraones que le precedieran, este soberano no se preocupó por extender su reino, pero hizo todo lo posible por imponer sus convicciones religiosas.

Los antiguos egipcios adoraban entonces a muchos dioses, a la cabeza de los cuales estaba el dios Amón.

Amenofis IV había repudiado la religión tradicional para seguir creencias monoteístas, tal vez provenientes de Siria.

Según esta sustancial reforma religiosa, la única divinidad a la que se debía adorar era Atón, que representaba la energía radiante del Sol.

En homenaje a la nueva divinidad, el faraón decidió cambiarse el nombre: se hizo llamar Aknatón, que quiere decir «brillante servidor de Atón».

Después impartió órdenes para que fueran destruidos todos los templos dedicados a las divinidades hasta entonces adoradas, y trató de hacerse considerar representante de Atón en la Tierra.

Dado que Tebas era la ciudad en la que se profesaba en mayor grado el culto al dios Amón, Amenofis IV trasfirió la capital del reino a Tell el-Amarna.

Los primeros en rebelarse contra las ideas religiosas del rey fueron los sacerdotes del dios Amón, quienes no dudaron en acusar de herejía al faraón. Amenofis IV hizo que fueran perseguidos; pero la mayoría del pueblo egipcio se puso de parte de los sacerdotes.

Iba a estallar una lucha sangrienta entre los secuaces del faraón y los que permanecían fieles a la religión tradicional, cuando en el año 1362 antes de Cristo murió imprevistamente Amenofis IV.

LA HISTORIA

Amón y Atón: dos dioses opuestos Sobre la naturaleza de este dios primero surgirán violentos conflictos que anuncian el final del esplendor egipcio.

En el s. XIV antes de nuestra Era sube al trono de Tebas un joven soberano, Amenofis IV, que desde el principio se enfrenta con el clero, a causa, precisamente, de esta imagen de la divinidad suprema.

Amón era el dios que en ese momento predominaba en la liturgia. (imagen: Dios Amón)

Había ido ocupando el lugar de los demás dioses poco a poco y representaba la forma evolucionada del pensamiento egipcio: era la energía original que se encontraba fuera de todo conocimiento humano.

«Forma única que ha creado todo lo que existe; Uno, que es único, creador de todos los seres; los hombres proceden de sus ojos, y los dioses de su boca», nos dice un himno que glorifica a Amón.

Este dios incognoscible desempeñará un papel importante en la teología judeocristiana y en el Islam.

A Amón, dios de lo lejano e inaccesible, Amenofis IV opone Atén, dios de la luz, identificada con el disco solar.

Al cambiar de capital para huir de Tebas, donde el culto de Amón había conocido su máximo esplendor, Amenofis IV adopta el nombre de Akhenatón.

El fracaso de Akhenatón En esta ciudad, llamada Akhetatón, Akhenatón establece una liturgia totalmente nueva, y alrededor del culto de Atén se desarrolla una corriente de pensamiento de la que saldrán algunos de los himnos religiosos más hermosos que nos ha legado Egipto.

En realidad, la revolución de Akhenatón sólo profundiza, bajo formas distintas, el pensamiento monoteísta que aparece en el culto de Amén. Pero este rey revolucionario es más poeta y filósofo que político.

En el semirretiro que comparte con la reina Nefertiti en Akhetatón, se ocupa, sobre todo, en componer al dios solar poemas y cantos que representan el aspecto más refinado de la sensibilidad egipcia.

Está indefenso contra un doble peligro: el pueblo, que le sigue a duras penas en su itinerario religioso, se rebela, y los hititas invaden las tierras de Siria.

Akhenatón no quiere enviar a los egipcios a morir para defender unas colonias cuya posesión puede considerar injusta Atón.

A partir de ahora, el trono lo ocupa un santo, no un mv. El poder egipcio, cuya riqueza procedía en parte de los tributos que recibía del extranjero, se hunde en poco tiempo.

El último gran faraón Akhenatón:  muere a los treinta años. Dos años después sube al trono su heredero, con el nombre de Tutankhamón (imagen izq.) , que restaura él culto a los antiguos dioses y devuelve al país parte de su prosperidad.

Después de él gobierna el último de los grandes faraones, Ramsés II, que es indudablemente el faraón que menciona la Biblia. Lleva a cabo numerosas expediciones a Nubia y Palestina tratando de encontrar los recursos necesarios para la nueva expansión del Imperio.

Prospera nuevamente el comercio y la arquitectura alcanza un auge excepcional (los templos de Abú Simbel son testimonios de esta época). Pero pronto surge un poder que se muestra tan fuerte como el suyo: el del clero.

La decadencia de Egipto Después de Ramsés II, que tiene a los sacerdotes como aliados, el poder religioso se alianza sobre la monarquía.

El sumo sacerdote se apodera del trono y se inicia la decadencia. Ante la expansión de Libia en el s. X, de Etiopía en el s. VIII , de Asiria en el s. VII y de Persia en el s. VI, Egipto cae poco a poco en una decadencia total, hasta que en el 332 a. C., Alejandro lo convierte en una provincia del Imperio macedonio.

¿Por qué se rechaza el culto a Amón? Los faraones del Imperio Nuevo, amán un lugar privilegiado: no es solamamente uno de los dioses más venerados, al que han dedicado un inmenso templo en Tebas Sin: que, según la leyenda, era el padre de todos los faraones, puesto que sustituye al faraon en a fecundación de la reina y otorga al heredein real un origen divino.

Según un egiptologo contemporáneo, Amenofis IV no puede vanagloriarse de esta filiación pues como su madre era de origen plebeyo, el dios Amon no la consideró digna de recibirlo. Entonces el jpven príncipe tuvo que justificar su poder real de otro modo. (imagen: Templo Abú Simbel)

¿Cuál es el origen del nombre Akhenatón? Al rechazar la primacía de Amón Amenofis IV resalta a Alón, el globo solar, representante del demiurgo.

A diferencia de Amón, este dios no sustituye al rey en la concepción del hijo, sino que da vida a la pareja para que a cambio, el rey y la reina propaguen su culto y sus principios. Amenofis cambia su nombre por el de Akhenatón, «el que es útil al globo solar» y construye un templo dedicado a Atón, al este del de Amón.

¿Quién fue Tutankhamón? Mucho tiempo después de que naciera Akhenatón, Amenofis III tuvo otros hijos, el último de los cuales fue Tutankhamón.

Cuando murieron sus padres se hizo cargo de él Nefertiti, la esposa de Akhenatón, que vivía retirada al norte de la capital. Y allí fueron, después de la tan esperada desaparición del herético soberano, los sacerdotes de Amán a ofrecerle el trono real.

El nuevo faraón, que subió al trono a los once años de edad, tomó el nombre de Tutankhamón, afirmando con ello la vuelta al culto de Amón.

¿Cómo fue su reinado? Demasiado joven para ejercer él solo el poder, le rodeaban dos consejeros: un visir,Av. y un general, Horemheb. Hizo construir numerosos edificios, pero cuando murió, a la edad de veinte años, aún no estaba acabado su templo funerario.

Después de las ceremonias de embalsamamiento y purificación, había que encontrar una tumba; aquella en la que estaba inhumado no parecía una tumba real, al menos por sus dimensiones.

Y quizá por esta rezón nadie la violó a lo largo de más de tres mil arios, hasta un día de noviembre de 1922. en que el arqueólogo americano Howard Carter y el mecenas inglés lord Carnavon entraron ero ella.

¿Por qué es tan célebre Ramsés II? La duración de su reinado ya es de por si excepcional, pero, sobre todo, a lo largo de estos sesenta y siete años se reveló como un gran jefe guerrero y diplomático.

Firmó, por ejemplo, con el imperio hitita, el otro «Grande», de la época, un tratado de reparto de Siria que mantuvo la paz en la región durante cuarenta años. En el aspecto económico estimuló la explotación de Nubia, al sur del país que aportaba oro, madera y ganado, y mandó también construir allí los dos templos de Abu Simbel.

La Piedra Roseta Champollion descifro la escritura egipcia

CHAMPOLLION DESCIFRA UN JEROGLÍFICO EGIPCIO

Un soldado del ejército napoleónico encontró, casualmente, durante una excavación en las ruinas de la fortaleza de Rachid, siete kilómetros y medio al noroeste de la ciudad de Roseta, ubicada en el delta del Nilo, una extraña piedra de basalto negro, con inscripciones. Esto ocurrió en 1799.

Los hechos políticos y militares que tuvieron inmediatamente por escenario a Egipto influyeron grandemente sobre la suerte de aquella piedra, cubierta de signos misteriosos, encontrada por el soldado de la expedición napoleónica cerca de Roseta.
Cuando los británicos se apoderaron de Alejandría y de las demás ciudades egipcias que los franceses tuvieron que abandonar, recogieron allí valiosísimos tesoros y documentos, entre los cuales se contaba esa célebre losa que enviaron, de inmediato, al Museo de Londres….esta es la historia.

Cuando los estudiosos intentan descifrar un texto escrito en una lengua muerta, que ya nadie habla ni entiende, por lo general recurren a dos medios principales: un ejemplo bilingüe, en el que el idioma desconocido aparezca junto al mismo texto escrito en una lengua conocida, o los nombres propios —por ejemplo, los de reyes o dioses—, que a veces se conocen en otras lenguas y sirven para efectuar dicha labor.

Erudito El francés Jean-François Champollion descifró la piedra Rosetta, la clave
para entender  los jeroglificos egipcios.

Los jeroglíficos egipcios: Durante siglos los jeroglíficos inscritos y pintados en los muros de antiguos monumentos egipcios cautivaron a los estudiosos. Ese tipo de escritura fue usado por los egipcios durante más de tres milenios, pero su significado se olvidó hacia la época de los romanos.

El descubrimiento de la Piedra Rosetta en 1799 fue la clave para descifrar los caracteres egipcios, pues contenía inscripciones en tres tipos de escritura: jeroglíficos, otra caligrafía egipcia desconocida llamada demótica y griego. El segmento escrito en esta última lengua decía que los tres textos contenían el mismo mensaje: un decreto promulgado en 196 a.C. en honor de Ptolomeo y quienes intentaron descifrar los textos de la piedra se concentraron en el segmento en demótico, y comenzaron por localizar los nombres propios que contenía comparándolos con el texto en griego, pero muy poco lograron.

El primer paso en firme no se dio sino hasta en 1816, cuando el físico inglés Thomas Young dedujo que los caracteres demóticos se derivaban de los jeroglíficos y que, por lo menos en cuanto a nombres, estos últimos tenían un valor fonético y no eran meros símbolos.

En 1822 el erudito francés Jean François Champollion confirmó la deducción de Young. Pudo hacerlo gracias a que conocía tanto el griego como el copto, una lengua egipcia del siglo II d.C. que podía transcribirse en griego con unos cuantos caracteres demóticos.

Cuando comparó los 1419 jeroglíficos de la piedra con el texto en griego de menos de 500 palabras, Champollion notó que sólo había 66 jeroglíficos diferentes y que algunos de ellos se repetían con frecuencia; concluyó que éstos eran elementos fonéticos que representaban signos alfabéticos y sílabas y que constituían opciones de pronunciación del mismo sonido, como en las letras españolas k y q. Trabajó durante 14 años y compiló una gramática y un diccionario del idioma egipcio.

La Piedra Roseta Champollion descifro la escritura egipcia BehistunEl descubrimiento de la piedra: Entre las tropas del ejército de Napoleón Bonaparte que invadió Egipto en 1798 —campaña que duró dos años— iba un grupo de estudiosos cuyo trabajo era recuperar y estudiar restos arqueológicos. Pero fue por casualidad que un teniente apellidado Bouchard descubriera la piedra Rosetta.

Al parecer estaba supervisando unas fortificaciones en Rashid (Rosetta), en la ribera occidental del delta del Nilo, cuando de pronto halló la piedra de basalto negro incrustada en una pared moderna y medio enterrada en el lodo.

Cuando se comprendió la importancia de las inscripciones, la piedra, que mide 1.14 m de altura y 72 cm. de ancho, fue llevada a El Cairo y después a Alejandría. El ejército francés se rindió ante los ingleses en 1801 y la piedra está hoy día en el Museo Británico.

Las inscripciones de la famosa piedra de Roseta, que fueron estudiadas por numerosos sabios antes que Champollion consiguiera descifrarlas, aparecían ordenadas en tres series: una, de catorce líneas, era jeroglífica, es decir comprendía signos hasta entonces indescifrables; la otra, de treinta y dos líneas, estaba escrita en copto (primitivo idioma de los egipcios); y la tercera, de cincuenta y cuatro líneas, en griego. Desde el primer momento se tuvo la idea de que todas ellas debían referirse a un mismo texto, redactado en tres idiomas. En consecuencia, era lógico imaginar que, puesto en claro el significado de una (la griega resultaba la más accesible), podría conocerse el de las restantes.

La escritura de los persas antiguos…

Hace más de 2 000 años se usaba en Persia (hoy Irán) un puntiagudo utensilio llamado estilo para inscribir en tablillas de barro unos símbolos en forma de cuña: la escritura cuneiforme, a veces grabada también en piedra. García Silva Figueroa. embajador español en Persia, fue el primer europeo que describió dicha escritura, en 1618; él estudió las ruinas cercanas a Shiraz —donde vio los extraños signos— y afirmó que eran de la antigua capital de Darío el Grande, Persépolis. del siglo VI a.C.

Pero no fue sino hasta más de 200 años después que pudo descifrarse la escritura cuneiforme, gracias al trabajo del profesor alemán Christian Lassen y del oficial inglés Henry Creswicke Rawlinsón, que investigaban por separado. Ambos se basaron en la obra del erudito danes Georg Friedrich Grotefend, que había descifrado los nombres y títulos de los reyes Darío y Jerjes.

Lassen, estudioso de idiomas, se ocupó en comparar los pocos textos cuneiformes que había con otras lenguas, entre ellas el sánscrito. Y Rawlinson estudió la inscripción grabada en una roca situada a 60 m del suelo en las montañas Zagros, cerca de Behistún, en el oeste de Irán. Su traducción de los primeros párrafos fue terminada en 1837 tras varios años de trabajo, concordó con la de Lassen, publicada en 1836.

El desciframiento de la escritura cuneiforme dio pauta a la comprensión de por lo menos seis lenguas antiguas, entre ellas la babilonia.

…y la de los antiguos griegos

Cuando el arqueólogo inglés sir Arthur Evans descubrió en Cnosos, Grecia, unas tablillas de barro inscritas, a principios de este siglo, nadie sabía en qué idioma estaban; se pensó que era el del pueblo minoico de la antigua Creta, que vivió entre los siglos XIV yXII a.C.

Después de que se descubrieron otras tablillas con inscripciones diferentes pero relacionadas en la misma región, a la primera escritura se le dio el nombre de lineal B, y la otra, más antigua, fue llamada lineal A.

Apenas en 1952 la escritura lineal B fue descifrada por el arquitecto británico Michael Ventris, que se basó en el trabajo realizado en la década de 1940 por la investigadora estadounidense Alice Kober; ésta ideó un método rudimentario para establecer las relaciones entre los signos escritos comparando prefijos y sufijos de palabras.

Ventris analizó la escritura como código y elaboró un cuadro que mostraba la frecuencia de los signos afines y de los cambios aparentes en las terminaciones de las palabras. El paso decisivo fue notar que la escritura intercalaba la lengua griega, con lo que pudo identificar nombres de poblaciones conocidas. Ventris murió en 1956. Su trabajo sobre la escritura lineal B constituye la base de la mayoría de las investigaciones realizadas sobre la lineal A, que todavía no ha sido descifrada del todo.

ALGO MAS…

Champollion descifra la piedra roseta

Uno de los generales de Napoleón había tratado, vanamente, de descifrar la Piedra de la Roseta y llegó a determinar que se trataba de una ofrenda dedicada, por los sacerdotes de Menfis, a Ptolomeo V, rey de Egipto, entre los años 203 y 181 antes de Cristo. En el Instituto Egipcio, los franceses sacaron numerosas copias de la pieza original, representándola con todos sus detalles y hasta con el desgaste que, en la verdadera, había dejado el tiempo.

En 1801, el físico y matemático Fourier, uno de los sabios que acompañó al ejército napoleónico en Egipto y que había traído, desde allí, una reproducción de la piedra de Roseta, recibió en su casa de Grenoble la visita de un muchachito que vivía también en esa ciudad y que, acompañado por un hermano mayor, fue a verlo para conocer los papiros, estatuillas y otras piezas que integraban su colección egipcia. Se llamaba Jean Francois Champollion y tenía apenas once años de edad.

La piedra de Roseta le interesó sobremanera y Fourier declaró, tiempo después, que el niño -una vez que le explicaron, sucintamente, las tres formas de escritura en ella contenidas-declaró: «Cuando sea grande, trataré de poner en claro estos jeroglíficos».

Desde entonces, estimulado por su hermano Jacques -filólogo de talento que también se interesaba por la arqueología-el muchacho estudió sin descanso todo lo que había de ayudarle a cumplir ese propósito. Profundizó sus conocimientos de latín y griego y, a partir de los trece años, comenzó a aprender árabe, sirio, caldeo, copto y chino antiguo.

A los diecisiete, hizo un mapa histórico sobre el antiguo reino egipcio y el 10 de setiembre de 1807 presentó a la Academia de Grenoble su libro «Egipto bajo los faraones». Esa obra produjo, entre los que habían sido sus profesores y maestros, tal impresión que lo nombraron, por unanimidad -y pese a su juventud-, miembro de la Academia. Asesorado por un erudito en la materia, el arqueólogo De Sacy, Champollion siguió perfeccionándose. Estudió sánscrito y persa, analizó los signos demó-ticos del idioma copto y la posible relación del chino con el egipcio.

Mientras tanto, vivía míseramente cerca del Louvre; andaba con los zapatos rotos y el traje raído; comía mal y casi no dormía. Su mente se hallaba ocupada poruña sola idea: descifrar la piedra de Roseta. A los dieciocho años, en una carta a su hermano, le explicaba que había hecho grandes progresos con respecto a los jeroglíficos. Pero, en realidad, no había sido así y él mismo lo comprendió más tarde. Muchas veces debió retroceder por el camino andado y dejar de lado esos aparentes triunfos. Tuvo, sin embargo, otras satisfacciones.

Meses después, fue nombrado profesor de Historia en la Universidad de Grenoble, donde elogiaron su Gramática y su Diccionario copto. Para descifrar los jeroglíficos, Champollion tuvo que abandonar la generalizada idea de que esos signos representaban una escritura mediante imágenes. Demostró que «sin ser estrictamente alfabéticos, eran, sin embargo, expresión gráfica de sonidos».

Basándose en la piedra de Roseta, cuya interpretación le preocupaba desde niño y comparando sus inscripciones con otras, similares, registradas en el llamado obelisco de Filé, descubierto en 1815 y llevado por el arqueólogo Banks a Inglaterra, pudo poner en claro, primeramente, los nombres de dos reyes -Ptolomeo y Cleopatra- y, luego, las demás partes del texto.

Explicó el complicado sistema jeroglífico en forma exhaustiva y alcanzó a conocer, sobre el terreno, todo aquello con lo que había soñado a lo largo de su vida, durante la extensa visita que realizó a Egipto, tres años antes de morir. Así pudo ver cumplida su extraordinaria vocación.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ciencia Joven Fasc. N°39 Edit. Cuántica Champollion y la Piedra Roseta

Ramses II Faraon de Egipto Obras y Caracteristicas de su Reinado

Ramses II Faraon de Egipto Obras y Caracteristicas de su Reinado

Ramsés II debió guerrear contra los hititas antes de poder sellar con ellos una paz duradera, la que dio paso en Egipto a una época de estabilidad y prosperidad. Sólo entonces, pudo dedicarse a su obra de constructor y erigir los grandiosos monumentos que aún perduran.(imagen izq. Ramsés II)

QADES: MITO Y REALIDAD: Los hititas, dueños de Anatolia y el norte de Sida, amenazaban el dominio egipcio en el sur de esta última. Decidido a expulsarlos, Ramsés II intervino en la región para conseguir la defección de los príncipes sometidos a los hititas. El enfrentamiento, ya inevitable, tuvo lugar frente a la ciudad fortificada de Qades, cuya importante posición estratégica otorgaba el dominio de toda Siria a quien se adueñara de ella.

El ejército egipcio contaba con 20.000 hombres repartidos en cuatro divisiones, que llevaban cada una el nombre de un dios: Amón, Ra, Ptah y Set.

Ramsés II llegó hasta las inmediaciones de Qades, a orillas del Orontes, conduciendo el ejército de Amón, mientras las otras tres columnas permanecían en la retaguardia. El astuto Muwattali aprovechó la situación para atacar. Rodeado y abandonado por sus tropas, el faraón le habría rezado fervientemente al dios Amón, que le concedió fuerza sobrehumana.

Cuando los 2.500 carros hititas se dieron a la fuga, Ramsés II logró liberarse. Si bien la batalla se reanudó al día siguiente, ninguno de los dos ejércitos obtuvo la victoria. El faraón renunció a Oadei y abandonó la región.

LOS RAMBSIDAS, RESTAURADORES DEL PODERlO EGIPCIO: Durante el apogeo de la XVIII dinastía (1552-1306 a.C.), el Imperio egipcio se extendía desde el Éufrates, en Siria, hasta la cuarta catarata del Nilo, en Nubia; sin embargo, empezó a decaer durante el reinado de Akenatón (1372-1354 a.C.).

Al descuidar los asuntos exteriores para consagrarse a la exaltación del dios solar, Atón, el místico faraón Akenatón permitió que los hititas, pueblo indoeuropeo proveniente de Anatolia, se transformaran en una gran potencia.

El secreto del nuevo poderío hitita estaba en las armas de hierro —mineral que abundaba en Anatolia—, muy superiores a las de bronce de los reinos vecinos. Debilitada, tanto por estos reveses militares como por el fracaso de la revolución religiosa de Akenatón, la XVIII dinastía desapareció sin pena ni gloria (1306 a.C.).

Entonces, correspondió el turno a los guerreros, por lo que el último faraón de la dinastía, Horenmheb, entregó el poder a su general Ramsés I. Aunque el fundador de la XIX dinastía permaneció poco tiempo en el trono, su hijo Seti I se mostró digno de la tarea. Desde los inicios de su reinado restableció la dominación egipcia en Palestina y llegó hasta el Orontes.

Su hijo Ramsés II, coronado faraón a los 25 años de edad (1290 a.C.), heredó un reino en pleno renacimiento. No resulta extraño entonces que el «Hijo de Ra, amado de AmÓn» emprendiera la conquista de Siria.

EL DUELO CON EL IMPERIO HITITA: La victoria de Qades, una de sus primeras hazañas militares, llenó de gloria al joven soberano, pero no cambió en nada el desenlace del conflicto. La guerra en Asia se prolongó por quince años. Instigados por los hititas, los príncipes vasallos de Palestina se sublevaron en numerosas ocasiones, por lo que el faraón tuvo que sitiar varias ciudades en la región desértica del mar Muerto, antes de lograr la sumisión de los reyes de la zona.

Sólo entonces las inscripciones de los templos pudieron proclamar las victorias de Ramsés II: «la estrella de las multitudes», «el toro de oro”, «el halcón dueño del cielo».

La consolidación en Mesopotamia de una nueva potencia, Asiria, permitió finalmente llegar a un acuerdo pacífico. Al instalarse en las riberas del Éufrates, se convirtió en una amenaza para el reino hitita, cuyo rey, Hattusil III, hermano y sucesor de Muwattali, opté por firmar un tratado de paz con Egipto (1270 a.C.). El texto del tratado fue descubierto en las paredes de los templos egipcios, al igual que en las tablillas de arcilla de la capital hitita, Bogazkóy; constituye el primer tratado de la historia cuyo texto original todavía existe.

Ambos estados firmaron un pacto de no agresión, además de una alianza defensiva, y fijaron una frontera común a la altura de Damasco, por lo que Siria meridional quedó en territorio egipcio. Fue el inicio de cincuenta años de paz. Mientras Ramsés II y Hattusil III intercambiaban cartas cordiales, los hititas le enviaban hierro al faraón para sus ejércitos y mujeres para su harén. En dos ocasiones, éste desposó princesas hititas, hijas de Hattusil III. El dios sol de Egipto y el dios tormenta de los hititas fueron los protectores de estas uniones.

EL GRAN CONSTRUCTOR: Durante su reinado de sesenta y siete años, Ramsés II también demostró ser uno de los más grandes constructores del antiguo Egipto. Abandonó Tebas, en el Alto Egipto, capital del reino durante doscientos cincuenta años, y edificó una nueva capital, al este del delta, que bautizó como Pi-Ramsés, «el hogar de Ramsés». Gracias a la construcción de numerosos canales, la ciudad se llenó de frondosos jardines. Asimismo, siguió embelleciendo los templos de Tebas, Luxor y Karnak.

En Tebas, situada en la ribera occidental del Nilo, mandó edificar su gigantesco templo funerario, el Ramesseum. Más original resultó ser la construcción de una verdadera red de monumentos que dividió Nubia (actual Sudán) en zonas, aparentemente con el fin de arraigar el dominio egipcio. Los dos templos de Abú Simbel constituían el conjunto más imponente.

Excavados dentro del acantilado igual que grutas, dominaban el valle del Nilo, desde una altura de 33 m. De acuerdo con el culto, a cada soberano le correspondía una divinidad; el dios Amén-Ra a Ramsés II en el primer templo (sur), y la diosa Hator a la reina Nefertari, esposa preferida del faraón, en el segundo (norte). Cuatro colosos de arenisca, de 20 m de altura, flanqueaban la puerta de entrada del templo sur. Representaban a Ramsés II y su familia, y proclamaban la gloria de Egipto ante los ojos de los nubios sometidos.

EL RESPLANDOR ETERNO DE UN REY SOL: Las obras del constructor reflejaban los proyectos del político. Si bien el traslado de la capital se debió a la ciudad de origen de la dinastía, Tanis, en el delta, también existieron razones estratégicas.

En efecto, Pi-Ramsés se encontraba a las puertas de Asia y por lo tanto estaba mejor ubicada para vigilar a los sirios. Además, el rey había logrado finalmente independizarse del dero de Amén, que gozaba de mucho poder en Tebas. Sin dejar de lado la supremacía de Amén, Ramsés II también promovió el culto de otros dioses, como Ra y Ptah. La lógica sincrética de la época permitió asimilar a las tres divinidades. Aunque los faraones se proclamaron siempre “Hijos de Ra», el soberano insistió particularmente en sus lazos de sangre con el dios solar.

En los muros de varios templos se podía contemplar la unión de su madre Tuya con el dios, y la diosa nodriza Hator, amamantándolo. Por su esencia divina, este hijo de Ra podía jactarse de ser un verdadero «rey-sol». Sin embargo, toda esta gloria escondía un imperio frágil. Cuando el soberano falleció a los 90 años de edad (1224 a.C.), Egipto entró nuevamente en guerra.

Su hijo Menefta (1224-1214 a.C.) debió enfrentar la invasión de los «pueblos del mar», provenientes del norte del Mediterráneo. Con posterioridad, varios soberanos de escaso relieve se sucedieron en el trono y la XIX dinastía desapareció en menos de treinta años (1186 a.C.). No obstante, el recuerdo de Ramsés II siguió fascinando a sus sucesores. Todos trataron de imitarlo y nueve faraones llevaron su nombre. El sol de Qadei nunca dejó de brillar.

SUS OBRAS
En innumerables monumentos egipcios, y precisamente en los más majestuosos, se han encontrado inscripciones con el nombre de este soberano. Sin embargo, se ha podido comprobar que el jactancioso monarca en muchos casos hacía grabar sus estelas en construcciones que no habían sido obra suya, usurpando glorias de sus antecesores. Esto no obstante, bien podemos citar los monumentos que verosímilmente le pertenecen.

Tal es el caso de la sala hipóstila de Karnak, que había comenzado su padre, y el patio con pórticos del templo de Luxor. También mandó construir el templo de Abidos, el Rameseo (templo de la necrópolis de Tebas) y el espeo o templo subterráneo de Abu Simbel, en Nubia, que tiene 55 metros de profundidad y, ornamentando la fachada, cuatro colosos sedentes de más de 20 metros de altura, esculpidos en la roca viva.

En cuanto a «La casa de Ramsés», que éste hizo construir en Tanis, aseguran los escribas y poetas de la época que era «la ciudad de los bellos balcones, de las salas rutilantes de lapislázulis y de turquesas, el lugar donde se adiestran los carros de guerra, donde se pasa revista a la infantería y donde los soldados de marina desembarcan para ofrecer su tributo». Magnífica villa cortesana donde «la juventud lleva todo los días trajes de fiesta y cabelleras graciosamente arregladas y bañadas en suaves aceites».

Su momia, que fue retirada por Brugsch de la tumba en el Valle Reyes, fue transportada a lo Sargo del Nilo en una embarcación. Y centenares de campesinos, en las orillas, hicieron escolta de honor al bote, decargado al aire los fusiles y recitando lamentaciones fúnebres. Rindieron así non al soberano tres mil años después de su muerte. Actualmente el faraón Ramsés II se encuentra en el Museo de El Cairo, la actual capital.

PARA SABER MAS…
EL EGIPTO DE RAMSES II:

SU DESCUBRIMIENTO:

Fun en 5 de julio de 1881, en las primeras horas de la mañana, un joven investigador alemán, Enrique Carlos Brugsch, trepaba fatigosamente por las rocas del Valle de los Reyes, la cuenca rocosa de Luxor, en Egipto, en la que se encontraban las tumbas de muchos faraones. El joven marchaba presuroso siguiendo a un árabe, Abd-el-Rasul, quien le había prometido conducirlo hasta el sitio donde haría un descubrimiento extraordinario.

Al final de una fatigosa subida, Abd-el-Rasul se detuvo y le mostró un orificio que estaba cerrado por piedras: desató una cuerda que llevaba sobre la espalda y explicó a Brugsch que era necesario deslizarse por aquel agujero. Con el corazón agitado, el científico se descolgó, a fuerza de brazos, por el pozo, que tenía una profundidad aproximada de once metros. Llegado al fondo, encendió la antorcha y delante, a pocos pasos de distancia, se le presentó la puerta de una cámara funeraria.

Entró en la penumbra, a la luz de la antorcha, Brugsch vió un espectáculo que lo dejó sin aliento. La cámara estaba llena de sarcófagos, dispuestos sin orden, algunos abiertos y otros aún cerrados. Ante él se encontraban los restos mortales de los más poderosos soberanos del mundo antiguo. A. ratos arrastrándose, y otros avanzando a toda prisa, el egiptólogo examinó los sarcófagos: entre las momias de los faraones menos ilustres, encontró la del gran soberano cuya fama ha llegado hasta nosotros después de 33 siglos: Ramsés «el Grande», aquel durante cuyo reinado vivió, probablemente, Moisés.

CARACTERISTICAS DE SU REINADO: Una vez alejada la amenaza asiática, Ramsés II pudo consagrar todos sus esfuerzos a Nubia, donde hizo levantar magníficos monumentos. Más abajo de la segunda catarata y de la fortaleza de Buhen, fueron talladas en la roca las colosales estatuas del faraón sedente, que decoran la fachada del gran templo de Abu-Simbel. Otras seis estatuas de Ramsés y de la reina Nefertari encuadraban el segundo templo, que estaba consagrado a la diosa Hator.

Ramsés II, que era un hombre amante del orden, se entregó con energía a reorganizar el país: el Estado intervino en la estructuración social, fijando las condiciones de trabajo, que hasta ese momento habían sido bastante desastrosas; se promulgaron leyes sobre la higiene del pueblo, se confió a los mismos operarios la resolución de los litigios del trabajo y se eximió de las contribuciones a las clases más pobres. El pueblo, de esta manera, vivía bastante bien, y el mismo faraón (cosa simplemente increíble) se preocupaba en persona de su situación.

Todo el país se enriqueció: la pequeña propiedad se desarrolló, los mercaderes hicieron fortuna con el comercio marítimo internacional; los «bancos», confiados a tan formidables especuladores como los sirios, ganaron considerables beneficios.

Naturalmente, esta ola de prosperidad hizo progresar también todas las artes: artesanos, muebleros, alfareros, pintores, escultores, decoradores, no tenían tiempo de atender los pedidos ds los clientes. Tebas, la capital religiosa, y el puerto de Tanis, sobre el delta del Nilo, donde Ramsés II tenía la capital del imperio, eran las ciudades más ricas del mundo. El mismo Ramsés mandó construir templos en su honor, e hizo surgir una ciudad estupenda a la cual dio su nombre: Pi-Ramsés («La casa de Ramsés»). En estos trabajos participaron millares de hebreos y sirios.

El gran Ramsés, que entre otras cosas era un hombre buen mozo, delgado, de facciones reglares, tuvo varias esposas y 162 hijos. El reinado de este hombre sabio y humano íue larguísimo. Ramsés II, llamado por los griegos Sesostris, ocupó el trono nada menos que 77 años. Murió en el año 1223 antes de Cristo.

Las maravillosas obras maestras construídas en su etapa de gobierno habrían sido sepultadas por las aguas de la nueva presa de Assuán, a no ser por la gran campaña lanzada por la UNESCO.: los fondos recogidos permitirán dividir las masas de piedra en bloques de varias toneladas, y volver a edificar los templos, sesenta metros más arriba, a fin de que continúen proclamando la gloria del «Rey Sol», como lo vienen haciendo los templos de Luxor (de donde procede el obelisco de la plaza de la Concordia, de París) y de Karnak, en el que Ramsés II hizo levantar la célebre sala hipóstila. Sus dimensiones gigantescas y su estilo están muy alejados de las proporciones del arte de Tell-el-Amarna.

A pesar del esplendor de su reinado, en el cual se alcanzó una mejora indudable del nivel de vida de las clases populares y de los funcionarios, que fue a la par con la prosperidad económica, Ramsés II no consiguió contener los dos principales peligros que provocarían la decadencia de sus sucesores: el incremento del poder de los sacerdotes y de sus dominios, y el de la aristocracia militar, dotada también de feudos considerables. Los sacerdotes se habían convertido en una casta hereditaria.

El sumo sacerdote de Amón, en Tebas, regía una verdadera corte, con el título de «director de todos los sacerdotes del Alto y Bajo Egipto». Los templos eran una especie de señoríos autónomos, con sus colonos, sus artesanos, su servicio de vigilancia, su burocracia. Muchos de ellos no solamente estaban libres de impuestos, sino que, además, recibían privilegios de inmunidad: la justicia y la administración reales se detenían en sus fronteras, al menos en el Alto Egipto.

En el reinado de Ramsés, se organizó un tribunal sacerdotal, único habilitado para juzgar los litigios entre los sacerdotes o los templos. A partir de este momento, una parte del país escapaba al poder del faraón. Por otro lado, el ejército había pasado a manos de profesionales, con frecuencia extranjeros, entonces muy numerosos en Egipto.

Fenicios, hebreos, sirios y etíopes se repartían, según su nacionalidad, en comunidades de trabajadores, practicando sus cultos y disponiendo de organizaciones autónomas. ¿Tuvo lugar el Éxodo durante el reinado de Ramsés II, como sostiene la tradición? ¿O fue mucho antes? El problema es muy discutido: parece que una tribu judía vivía cerca de Tanis en esta época. Ramsés II dotó a sus soldados y oficiales, egipcios o extranjeros, de verdaderos feudos, tomados de los dominios reales. Guardando las distancias, esto hace pensar en el imperio romano instalando colonias de soldados bárbaros en el interior de sus fronteras.

Quizá constituyeran un contrapeso del poder de los sacerdotes; pero, en adelante, el faraón tuvo que contar con estos dos poderes. Las grandes construcciones de Ramsés II agotaron su tesoro. Después de su muerte, la crisis iba a precipitarse, en toda su magnitud.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I Egipto, El Imperio Nuevo

Ver: Templo en Egipto Ramses Abu Simbel

Historia del Descubrimiento de la Tumba De Tutankamon

Tumba De Tutankamon:
Carter Descubre la Tumba

EXPLICACIÓN SINTÉTICA:
EL MARAVILLOSO DESCUBRIMIENTO

«Yo estoy firmemente convencido de que en el Valle de los Reyes no existen otras tumbas que las descubiertas por mis excavaciones», afirmaba en el siglo pasado el arqueólogo italiano Juan B. Belzoni.

Pero en los primeros años de este siglo, el arqueólogo inglés Howard Cárter era de otro parecer: el haber hallado en el Valle de los Reyes una copa de cerámica y algunos sellos de arcilla que lucían el nombre de Tutankamón, lo convenció de que la tumba de dicho faraón debía hallarse en el famoso valle.

En octubre de 1922, Howard Cárter decidió continuar sus investigaciones, que duraron muchos años. Y aunque no obtenía ningún resultado positivo, no perdió la esperanza.

La recompensa a tan pacientes y empeñosas investigaciones llegó al fin: el 5 de noviembre, precisamente en el lugar menos pensado, apareció, bajo golpes de pico, la parte superior de la entrada a una tumba aún sellada.

¿De quién podría ser aquella tumba?. Cárter hizo excavar más, hasta que pudo ver los sellos… Casi no dio crédito a sus ojos: ¡en aquellos sellos podía leerse claramente el nombre de Tutankamón! Su teoría había sido confirmada por los hechos.

Después de hacer derrumbar el muro que obstruía la entrada y luego de haber recorrido un estrecho pasillo, el arqueólogo inglés se encontró ante otras dos puertas selladas.

Abiertas también éstas, se presentó ante sus ojos una fantástica visión: tres estancias subterráneas rebosantes de objetos de todas clases.

Había lechos, cofres, estatuas, candelabros y tronos, casi todo de oro: además del valor histórico, los tesoros hallados tenía una enorme importancia artística: se diría que allí estaba reunido el más importante acervo cultural del antiguo Egipto.

Pero había otra puerta sellada, que tenía a sus lados dos estatuas de guerreros montando guardia.

No había duda: aquélla era la puerta de la cámara sepulcral. Después de hacer abrir aquella puerta, Cárter quedó aturdido: la cámara estaba casi totalmente ocupada por un gran cofre de oro.

 partir de ese momento las maravillas se sucedieron unas a otras. Dentro del cofre se encontró otro, y dentro del segundo un tercero.

Luego, por fin, apareció el sarcófago de madera dorada. ¿Bastaría destaparlo para encontrar la momia de Tutankamón?.

Las sorpresas no habían terminado: abierto el sarcófago, apareció dentro otro, y dentro de éste un tercero, de oro macizo.

Después, levantada la pesada tapa de este último, apareció por fin la momia. El cuerpo embalsamado de Tutankamón volvía a la luz después de 3.000 años.

LA HISTORIA DEL GRAN DESCUBRIMIENTO:

Cuando Howard Carter comenzó a excavar en el Valle de los Reyes de Egipto, su ambición era encontrar una tumba real completa, con todos sus tesoros. Muchos lo habían intentado antes y habían fallado. Durante años, Carter trabajó diligentemente bajo el sol abrasador. Entonces, en 1922, encontró un escalón en el fondo del valle.

Las colinas de caliza se yerguen áridas y resquebrajadas en el desierto. A sus pies, las escombreras cubren el fondo del valle.

Es este un lugar un tanto agobiante y claustrofóbico, que parece una enorme cantera. Pero este vasto escorial esconde secretos milenarios —es el cementerio de los amos del antiguo Egipto, El Valle de los Reyes.

Lord Carnarvon y Horwar CarterEn 1891, Howard Carter, de 17 años de edad, llegó a Egipto desde Inglaterra para trabajar como delineante arqueológico.

Su trabajo consistía en bosquejar las pinturas de las tumbas egipcias.

Gracias a su gran precisión, Carter se hizo tan imprescindible que pronto comenzó a ayudar en las excavaciones propiamente dichas.

Su pasión por la egiptología pronto se convirtió en su único interés y en 1900 fue nombrado inspector en jefe de monumentos en el Alto Egipto y Nubia.

Gran parte de su trabajo se desarrolló en el Valle de los Reyes, donde se habían excavado muchas, pero no todas las tumbas de los faraones egipcios.

Cuando Carter comenzó su labor, no se había hallado aún ninguna tumba completa. Encontrar una tumba intacta con sus tesoros funerarios seguía siendo el sueño de los arqueólogos. Pero, por ahora, el Valle de los Reyes guardaba sus secretos. (Imagen: Lord Carnarvon y Horwar Carter)

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Una Colaboración Histórica:

A principio de siglo Egipto era una destilación muy popular entre los turistas y un balneario para los ricos.

Entre los visitantes habituales se encontraba George Herbert, conde de Carnarvon, que paso varios inviernos en Egipto recuperándose de un grave accidente de coche. Hasta ese momento se había dedicado a coleccionar antigüedades y acababa de comprar una concesión para excavar en Tebas (ahora Luxor).

Pero en 1907 se dio cuenta de que necesitaba un ayudante y consejero. Ese año, le presentaron a Carter y lo invitó a unirse a su empresa.

Carnarvon era rico y generoso y a Carter, que acababa de abandonar su cargo oficial, le debió parecer una excelente oportunidad. Así comenzó una colaboración histórica.

Carter y Carnarvon querían excavar en el Valle de los Reyes, pero el dueño de la concesión era Theodore Davis, un americano rico. Davis decía haber encontrado pistas de la tumba del faraón Tutankamon, de dieciocho años de edad.

Se creía entonces que el joven faraón había muerto, probablemente de tuberculosis, 3.300 años atrás.

Pero Davis no había encontrado su tumba, como él creía. De hecho, todas las tumbas encontradas hasta ese momento en el Valle de los Reves esiaban vacías. Habían sido saqueadas por ladrones de tumbas.

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Un acercamiento meticuloso

No se sabe a ciencia cierta cuándo Howard Carter se obsesionó con la idea de hallar la tumba del joven monarca, pero el caso es que cuando Davis abandonó su concesión en 1914, Carter y Carnarvon se apoderaron de ella al instante.

Carter estaba convencido de que en algún lugar de ese silencioso y rocoso valle, descansaba Tutankamon.

Carter sabía que a no ser que organizara la búsqueda con seriedad científica, sería como buscar una aguja en un pajar.

Su meticuloso trabajo incluía técnicas que ahora se consideran esenciales pero que, a principios del siglo veinte parecían excesivas. Pero al poco tiempo de comenzar su trabajo, estalló la Primera Guerra Mundial y tuvo que abandonar su tan esperada oportunidad.

En 1917, Carter pudo continuar su trabajo.

Era un esfuerzo agotador ya que el Valle de los Reyes estaba plagado de restos de arena y roca removida en las primeras excavaciones, así como en otras más recientes.

Además, para confundir a los ladrones, los primeros constructores habían arrojado montones de tierra en lugares alejados de la zona en que estaban trabajando. Este sistema servía a su vez para confundir a los arqueólogos 3.000 años después.

Por otro lado, el calor estival era tan intenso que las excavaciones podían realizarse tan sólo en los meses de invierno.

Año tras año, Carter continuaba su búsqueda, vaciando el fondo del valle hasta encontrar la roca.

Después de cinco años de trabajo, los trabajadores habían sacado 200.000 toneladas de arena y escombros usando herramientas manuales y cestos, como habían hecho en el pasado los es laves del antiguo Egipto.

En 1922 Carter según a sin encontrar nada verdaderamente importante. Lord Carnavon decidió interrumpir su financiación y llamó a Carter al castillo de Highclere,,, en sus posesiones de Berkshire para comunicarle la mala noticia.

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Una nueva oportunidad

Anticipando la decisión de Carnarvon, Carter llegó a Highclere preparado con todos los argumentos necesarios para continuar el trabajo. Según Carter, existía una zona del valle que aún no habían investigado sistemáticamente.

Estaba cerca de la tumba de Ramsés VI, que había reinado poco después de Tutankamon, cerca de la cual Davis había encontrado unos pocos e incomprensibles artefactos con el nombre de Tutankamon grabado.

Rogó a Carnarvon que le dejara continuar el trabajo, diciendo que él mismo financiaría el resto de los hallazgos si no se encontraba nada. Camarvon, impresionado por la decisión de Carter, accedió a pagar un año mas.

Carter volvió a Egipto y se dispuso a limpiar la zona justo delante de la tumba de Ramsés VI.

Era el 4 de noviembre, justo antes de la llegada de los turistas y Carter esperaba poder evitar sus interrupciones diarias. Inmediatamente, los empleados de Carter encontraron algunas cabañas utilizadas por los obreros en la época en que se construyó la tumba.

El cuatro de noviembre ya habían retirado todas las cabañas y los obreros comenzaron a excavar hasta la roca de fondo, un metro más por debajo. Al llegar a la roca, encontraron un escalón cavado en roca.

Al día siguiente descubre escalones más, así como la parte superior de una puerta, cubierta de yeso y cerrada con un antiguo precinto.

Este mostraba al zoomorfo dios Anubis, con cabeza de chacal, sobre un grupo de nueve cautivos atadas: el precinto utilizado por guardianes de tumbas egipcios para sellar las tumbas importantes.

Carter estaba muy emocionado. ¿Podría ser esta la tumba que llevaba tanto tiempo buscando la cámara funeraria de Tutankamon? Armado de paciencia, Carter interrumpió la excavación y envió un cable a Carnarvon: «Por fin he hecho un gran descubrimiento en el valle; una tumba magnífica con los precintos intactos; lo he vuelto a cubrir esperando su llegada; enhorabuena.»

Durante tres semanas, Carter tuvo que contener su emoción.

La tentación de romper las puertas y ver qué había en su interior debió ser enorme, pero Carter decidió esperar hasta que su patrocinador llegara a Egipto. Carnarvon y su hija, lady Eveivn Herbert, llegaron a Luxor el 23 de noviembre. Al día siguiente presenciaron cómo volvían a descubrirse los 16 escalones que conducían a la tumba.

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El sello deTutankamon

Plano de la Tumba De TutankamonUna vez descubierto el resto de la puerta, Carter y Carnarvon descubrieron el sello de Tutankamon en su base. Por fin habían descubierto la tumba del esquivo monarca.

Pero los sellos y la puerta daban muestras de haber sido hollados miles de años atrás. ¿No volverían a encontrar otra tumba vacía, con sus tesoros expoliados? Sólo había una manera de descubrirlo.

Cuando retiraron los bloques que sellaban la entrada, encontraron un túnel lleno de escombros. El 26 de noviembre por la tarde, ya habían conseguido retirar los escombros y encontraron una nueva entrada bloqueada.

Temblando de emoción, Carter hizo un agujero en la esquina superior izquierda de la puerta. Introdujo una vela y miró por el hueco.

Al principio no podía ver nada, pero a medida que sus ojos se adaptaban a la oscuridad, comenzó a distinguir unas estatuas y el brillo del oro en la oscuridad. «Ve algo?», preguntó Carnarvon, sin poder contener su impaciencia. «Sí, cosas increíbles», contestó Carter.

Fue el descubrimiento arqueológico del siglo. La prensa mundial se volcó sobre la noticia y Carter, Carnarvon y Tutankamon se convirtieron en estrellas al instante. Pero la emoción estaba cuajada de dificultades.

Carter y Camarvon otorgaron al Times de Londres la exclusiva absoluta sobre la noticia.

Inevitablemente, el resto de la prensa, frustrada por su exclusión, se dedicó a fraguar historias contra los descubridores: diciendo que estaban vaciando la tumba sin permiso; que se habían quedado varios objetos. Por otro lado, la gente quería ver el increíble hallazgo.

Carter tenía mucho trabajo de carácter científico que realizar, pero era interrumpido constantemente por la curiosidad de jefes de Estado y miembros de la realeza.

Bajo tanta presión, se enfrió la cordialidad entre Carter y Camarvon. En la primavera de 1923, lord Carnarvon murió de neumonía, al complicarse un envenenamiento de la sangre causado por la picadura de un insecto. Carter se quedó solo para continuar el trabajo.

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El trabajo de toda una vida

Mascara mortuoria de oro macizo de Tutankamon El trabajo tardó diez años en completarse. Gracias al carácter extremadamente metódico de Carter, cada uno de los 4.000 objetos de la tumba fue fotografiado in situ y registrado antes de retirarse.

Se tardó dos meses en vaciar la antecámara.

El montón de carruajes, camas, tronos y cajas removidos por los ladrones en la antigüedad, habían sido amontonados de cualquier manera por los enterradores oficiales cuando volvieron a sellar la tumba.

Carter se negaba a entrar en la cámara funeraria hasta haber estudiado, restaurado y enviado a El Cairo, todos los objetos de la antecámara.

Mascara mortuoria de oro macizo encontrada sobre la momia de Tutankamon

Los ataúdes que contenían el cuerpo momificado de Tutankamon no llegaron a abrirse hasta 1925, descubriéndose entonces el ataúd y la máscara mortuoria, ambas de oro macizo. Había más de 143 joyas de oro distribuidas alrededor del cuerpo.

Dos años más tarde, se retiraron los últimos objetos para ser restaurados, pero hasta 1932 no se envió el último objeto de la tumba a El Cairo, después de haber examinado las demás cámaras.

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Una dedicación completa

El descubrimiento de la tumba de Tutankamon es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de todos los tiempos, pero Carter y Carnarvon tuvieron que dedicarse a él de pleno durante 15 años.

Sin la generosidad de Carnarvon y la obsesión y tenacidad de Carter, los fabulosos contenidos de la tumba jamás habrían visto la luz. ¿Y Tutankamon? Continúa en el Valle de los Reyes, siendo el único monarca del antiguo Egipto que permanece en su tumba.

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La Maldición de la Tumba de Tutankamon

Tras la inesperada muerte de lord Carnarvon, surgió el rumor según el cual, todo aquel que entrara en la tumba de Tutankamon sería víctima de una maldición. Los periódicos de la época le dieron mucha importancia al rumor y se regocijaban en la malicia y el melodrama.

Es cierto que dos personas clave murieron durante la excavación de la tumba: uno era Carnarvon y el otro, el arqueólogo Arthur Mace. Todos los demás sobrevivieron y algunos su peroran los ochenta años de edad.

Los rumores eran tan persistentes que el propio Carter tuvo que defenderse de la idea de una maldición: «… cualquier persona en su sano juicio haría caso omiso de esta elucubración. Esta clase de maldiciones están completamente ausentes de los rituales egipcios».

OTRO DESCUBRIMIENTO: La momia de Hatshepsut fue una de las dos momias femeninas halladas en 1903 por Howard Carter  en una pequeña tumba del Valle de los Reyes, denominada KV60. En el sepulcro, de unos 40 metros cuadrados, había dos momias, y desde entonces se pensó que una podía ser de la reina y otra de su nodriza, Sitre In.

Los investigadores califican el descubrimiento como “el más importante en la egiptología desde 1922, fecha del hallazgo de la tumba del faraón Tutankamón por el británico Howard Carter”. Hatshepsut es una de las reinas más famosas del Egipto faraónico: ocupó el trono entre 1479 y 1458 a.C., y fue una de las “estrellas” de la pujante XVIII dinastía. A ella está dedicado el famoso templo de Deir al Bahri, una de las atracciones más visitadas de la ciudad de Luxor.

Aunque es verdad que en los años siguiente: al descubrimiento de la tumba de Tutankamón se produjeron algunas muertes sorprendentes entre los miembros de la expedición, también lo es que para casi todas ellas existe una explicación lógica y sensata.

Así, por ejemplo, la mayoría de la treintena de víctimas tenía entre 70 y 80 años de edad en el momento de su muerte.

Lord Carnarvon, por ejemplo, que había financiado la expedición de Howard Cárter, falleció a causa de una septicemia provocada por la infección de una picada de mosquito.

Desde el punto de vista científico, la teoría de la maldición del faraón se considera hoy día refutada por completo. Lo más fácil es pensar que surgiera de la desbordante fantasía de un periodista de tabloide británico.

En 1973, la ciencia creyó haber encontrado una explicación racional de las numerosas muertes entre los miembros de la expedición. En la tumba de Tutankamón se encontraron altas concentraciones de esporas del hongo Aspergíllus flavus.

Los productos metabolizados de este hongo son muy venenosos y peligrosos para el hombre, ya que el Aspergillus flavus puede causar reacciones alérgicas en personas con un sistema inmunitario debilitado o atacar incluso determinados órganos.

En la actualidad, el hongo está considerado como el causante de las enfermedades mortales que padecieron los miembros de la expedición.

Fuente Consultada: True Action Adventures (BBC) – Atlas la Historia del Mundo –