Historia del Cristianismo

Biografía de Santa Catalina de Siena Historia de su Vida

Biografía de Santa Catalina de Siena

Niña por su físico, pero madura por su espíritu, Catalina Benincasa fue para los hombres del Trescientos una guía espiritual prudente y dulce, constante y serena.

Artistas y literatos, soberanos y condottieri, obispos y papas, pidieron consejo a la Santa de Siena, llamándola con el suave nombre de «mamá».

En la mañana del 25 de marzo del año 1347, Siena resplandecía bajo el sol primaveral. Era la hora en que los hombres se dirigían habitualmente hacia la plaza del Campo para tratar sus asuntos de negocios, y las mujeres, hechas ya sus tareas domésticas, se reunían para la plegaria en la Casa del Señor.

Jacobo Benincasa se encontraba trabajando en su negocio de tintorería cuando se oyó llamar por su hija mayor, Buenaventura: «¡Ven padre, ven! Nuestra madre te ha dado otra hijita.».

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Rápidamente acudió el buen hombre a la cabecera de su esposa, y allí, mientras los hijos la rodeaban y el pálido rostro de la madre se iluminaba con una sonrisa, levantó a la recién nacida a la altura  de su cabeza,  ofreciéndosela a Dios e implorando para ella Su bendición.

Esta niña se llamó Catalina, y con ella sumaron veintitrés los hijos de esta familia del pueblo.

Sus primeros años transcurrieron bajo la vigilante mirada de la madre y de una hermana.

Era vivaz y serena, llena de gracia y sonrisas. Cuando comenzó a andar por la casa y a salir para entretenerse en sus primeros juegos con las amiguitas, por las calles del pueblo, las comadres de la vecindad se sintieron atraídas por sus dotes y comenzaron a llamarla con un afectuoso sobrenombre, Eufrosina, que significa «plena de gracia».

Creció como las otras niñas hasta los siete años, pero a esa edad, conmovida quizá por los episodios sobre la vida de los Santos que el sacerdote y alguna piadosa mujer le habían narrado, algo cambió en su alma.

Aparentemente era la misma de siempre, pero en su pequeño corazón se había encendido un fuerte amor hacia Dios, y a pesar de su tierna edad pidió un día a la Divina Madre que le concendiese ser la esposa de su Hijo Jesús.

La pequeña creyó ver a la Virgen que, apareciéndosele en todo su esplendor, le prometía con un gesto maternal acceder algún día a ese espontáneo y purísimo deseo.

Desde aquel momento, para ser digna de su prometido Esposo, llevó una vida ejemplar y, olvidando sus juegos, hizo de cada instante un acto de nobleza.

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Catalina Benincasa fue la vigésimotercera hija de un tintorero, y su nacimiento llevó alegría a la familia de don Jacobo, que imploró para la niña la bendición de Dios.A la edad de siete años, Catalina fue sorprendida una noche por su padre mientras rezaba con profundo recogimiento, arrodillada ante una imagen de la Virgen. Pasaba largas horas, todas las noches, orando y haciendo penitencia. Ignorando el amor a Dios que llenaba el corazón de Catalina, ya en edad de casarse, sus padres la instaban a elegir marido; ante la oposición de la niña, le infligieron severos castigos y le ordenaron duros trabajos.

De día, cuando su madre creía que se hallaba jugando, Catalina castigábase a sí misma con toda clase de tormentos corporales, flagelándose y golpeándose para probar en carne propia algunos de los dolores míe Jesús había sufrido durante el Martirio.

Los alimentos que la familia comía siempre con buen apetito no la atraían, y prefería ayunar. De noche, cuando la casa se encontraba sumida en el silencio, pasaba-largas horas rezando en su dormitorio.

Cuando el sueño cerraba sus párpados, no dormía en su pequeño lecho sino sobre la desnuda tierra, para no concederse reposo alguno.

Tantos ayunos y mortificaciones habrían desmejorado a otra niña, pero Catalina, como si la Divina Madre hubiera extendido sobre ella su mano protectora, crecía bella y serena.

Su cuerpo, esbelto por las rigurosas abstinencias, había conservado toda la gracia, y sus ojos resplandecían con una belleza toda espiritual, mientras su espesa cabellera enmarcaba el óvalo puro de su rostro.

A los trece años Catalina era hermosa, y no debe asombrarnos que sus padres, como se acostumbraba en aquellos tiempos, comenzaran a pensar en casarla.

Y aquí comenzó para la niña un largo período de tristezas. Sus padres, ignorando el ardiente amor que ella sentía hacia Dios, la exhortaban con consejos y órdenes cada día más ásperos a que eligiera a algún joven serio del condado.

Pero Catalina, a pesar de que nunca había desobedecido, rehusaba siempre, y llorando pedía que desistieran de tal propósito. Disgustados por tanto obstinamiento, y pensando que se trataba de un capricho, el padre y la madre quisieron castigarla, y la obligaron a realizar duros trabajos.

Sin embargo, estos sufrimientos maduraron a Catalina y acrecentaron en ella, con más vigor que antes, la voluntad de pertenecer a Dios.

En aquellos años había surgido en Siena la Orden Terciaria de Santo Domingo, una sagrada institución que acogía en sus filas a mujeres piadosas, las cuales se sometían a un severo reglamento y, aun viviendo con su familia, tenían la obligación de dedicarse a obras de caridad, en especial a la atención de los enfermos. Catalina manifestó un día el firme propósito de entrar en esa congregación.

La oposición de los padres fue violenta, y la niña sufrió tanto que enfermó gravemente, con serio peligro de su vida.

Esto fue una lección para el buen Jacobo, quien, comprendiendo al fin la profunda vocación de su hija, no habló más de matrimonio, e intercedió ante el director de la Orden para que la niña, no obstante su tierna edad, pudiese ser «hermana con hábito«.

Fue así como, a los dieciséis años, Catalina vistió el severo hábito blanco cubierto por el largo manto negro, aceptando todos los sacrificios y penitencias que la Sagrada Orden le imponía.

Aunque permaneció en su casa durante los tres años de noviciado, su vida fue reglamentada tan rígidamente como si se hallara en el convento, y las horas del día y de la noche estuvieron todas llenas de obras de caridad y de devoción.

Dormía sólo media hora cada dos días, y el resto de la noche lo pasaba rezando arrodillada en el suelo ante un gran crucifijo.

A los pies de esa imagen de Cristo agonizante tuvo a menudo visiones y éxtasis dulcísimos, y fue en una de esas noches —contaba en aquella época veinticuatro años— cuando se cumplió la promesa de la Virgen.

En efecto, Catalina creyó ver que Jesús se le aparecía y colocaba en su dedo el anillo nupcial, como testimonio de haberla elegido por esposa.

Muy pronto, el nombre de la santa niña estuvo en todos los labios, y el eco de su bondad se esparció por la Toscana.

Almas piadosas comenzaron a reunirse a su alrededor, formando «el cenáculo catalinario», en el que la joven, llamada por sus adeptos con el dulce nombre de «mamá», volvióse la guía constante y serena de «hijos» e «hijas» que tenían muchos más años que ella.

Las conversiones realizadas por su elocuencia y su ejemplo .son innumerables.

Siendo hija de modestos artesanos, Catalina no había aprendido en su infancia a leer ni a escribir. Al extenderse el número de sus amigos espirituales en toda la Toscana, en Roma, en Milán, y hasta en Aviñón, la imposibilidad de comunicarles sus pensamientos era para ella motivo de aflicción.

Con la fuerza de su alma y la inteligencia que siempre había demostrado, retomó y terminó el aprendizaje de la lectura y escritura, que había iniciado a los diecinueve años.

Después de breve tiempo, se encontró en situación de escribir a todos aquéllos que le pedían consejos.

A veces, abrumada por los mensajes que le llegaban de todas partes, recurría a los servicios de otras personas, logrando dictar sin» confundirse cuatro cartas al mismo tiempo, cartas bellas, que aún hoy leemos con emoción, no sólo por el mensaje de fe y de iluminada prudencia que contienen, sino también por el estilo límpido y conciso, que hace de este epistolario uno de los documentos más preciosos de la literatura universal.

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Los enfermos, las familias necesitadas, los ancianos, todos conocían a Catalina y solicitaban su consuelo. Por muchos meses la jovencita cuidó a una pobre leprosa, de nombre Tecca, que vivía aislada en una casucha cercana al bosque. Al multiplicarse sus  amigos,  repartidos por  toda Italia, Catalina se sintió muy afligida al no poder comunicarse con ellos y transmitirles sus pensamientos. Sostenida por su gran voluntad, aprendió sola a escribir.

Cada carta se inicia con el nombre de Jesús: «Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo a ti en la preciosa sangre Suya», y termina invocando Su nombre: «Jesús dulce, Jesús amor», como si la joven se sintiera el humilde instrumento de las intenciones de Dios.

Con la fuerza que de Él recibía, Catalina no se avergonzaba de manifestar su pensamiento en materia política, moral y religiosa, a los altivos soberanos y los doctos cardenales de su tiempo.

Entre otras, dirigió una carta al duque Bernabé Visconti, exhortándolo a no ser tan cruel con los sacerdotes, a honrar al Pontífice y a participar en la Cruzada a Tierra Santa, y escribió también a los gobernantes de Siena, de Florencia, de Bolonia, a la Reina de Nápoles y al legado pontificio de Roma.

A todos estos altos personajes daba Catalina consejos y exhortaciones de obediencia a las santas leyes de Dios, diciendo verdades f denunciando culpas que nadie hubiese siquiera osado insinuar.

En 1374 reunidas las autoridades qu$ dirigían la Orden de las Mantellate en una junta de religiosos, en Florencia, le fue concedida a la joven monja una njayor libertad, confiándola a la sola dirección espiritual peí dominico (poco después beatificado) Raimundo de Capuá.

Catalina se entregó con toda abnegación a velar por sus semejantes, olvidándose más que nunca de sí misma para consagrarse a aliviar el dolor de los demás.

Precisamente en ese año, Dios la había sometido a duras pruebas, pues la epidemia de peste que llegó de manera imprevista a su ciudad natal se llevó en el término de pocos días a diez miembrse de su familia.

El año siguiente fue para Catalina una sucesión de viajes y frecuentes conversaciones con condottieri, con el fin de inducir a éstos a prestar ayuda a la Cruzada que en aquella época había solicitado el papa Gregocio XI, y fue mérito suyo que el condottiere Juan Acuto aceptara participar en la empresa.

Para recompensarla en parte por todo lo que ella estaba haciendo por la liberación del Santo Sepulcro, el Señor quiso, en ese año, mientras Catalina se encontraba en Pisa, imprimir en su cuerpo el fuego de Sus Estigmas, confirmando con estas gloriosas heridas que ella era la más dilecta de Sus hijas.

Una misión aún más importante para la prosperidad de Italia y de la Iglesia debió asumir Catalina en el año 1376.

Después del abandono de su sede tradicional en Roma, el Papa había preferido establecerse en Francia, en la ciudad de Aviñón, a la que había llegado con todo su séquito. Italia, quebrantada ya por las luchas de bandos, se encontraba desde ese día como una nave sin timón.

Ausente el Santo Padre, el clero italiano, dirigido por representantes franceses poco informados de las costumbres locales, no siempre cumplía los deberes propios de su ministerio, e iba olvidándose de la salvación de las almas y permitiendo el debilitamiento de los principios morales y religiosos del pueblo.

Catalina comprendió que la única solución para tanto mal era el retorno del Pontífice a su sede romana. Sin dudarlo, escribió al Santo Padre reclamando su presencia en Italia. Hubo un intercambio de correspondencia entre Gregorio XI y la santa de Siena, en la que, a las vacilaciones del papa en abandonar tierra francesa, Catalina respondía siempre:

«Hágase la voluntad de Dios y la mía», tan grande era su certeza de hablar en nombre del Señor.

Finalmente, tuvo que realizar un viaje hasta Aviñón, enviada por la ciudad de Florencia que había tenido con el papa graves controversias; el 18 de junio de 1376, Catalina, que contaba entonces veintinueve años de edad, se encontró ante la presencia del Jefe Supremo de la Iglesia y le suplicó con palabras tan firmes que, en septiembre del mismo año, a pesar de la oposición del rey de Francia y de los cardenales franceses, Gregorio XI emprendió el viaje de regreso a Roma.

Al llegar a tierra italiana, el Pontífice fue desterrado de aquella ciudad, pues los políticos que entonces gobernaban no veían con buenos ojos el retorno a su antigua sede.

Pero Catalina, aunque no lo había acompañado en su viaje, prefiriendo volver sola, con la modesta escolta de algunos frailes y de sus «hijos» más fieles, supo darle valor desde lejos, y únicamente se concedió un breve período de reposo, en los alrededores de Siena, cuando finalmente, en 1378, logró Gregorio XI vencer todas las dificultades.

Breve reposo fue el suyo, porque el papay poniendo en Catalina su máxima confianza, quiso que fuese por algún tiempo a Florencia, donde el pueblo, hostil al Pontífice, se negaba a prestar obediencia y respeto a sus representantes.

Catalina conoció en aquel momento el odio y la ferocidad de la masa, cuando la fuerza de las pasiones impide discernir el bien y el mal.

Fue injuriada, tratada de bruja, poseída del demonio e intrigante. Tales insultos no hicieron mella en la santa que,con mucho coraje y serenidad, y por su conducta ejemplar y la elocuencia que el espíritu divino le inspiraba, logró dominar los ánimos más exacerbados, obteniendo de ellos acatamiento a la autoridad papal.

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En 1374, los doctos dominicos que presidían la Orden de las Mantellate, a la cual pertenecía Catalina, se reunieron en Santa María Novella, Florencia, para interrogar a la joven monja sobre su fe, concediéndole luego una mayor libertad de acción.

Gregorio XI murió en ese año y en su reemplazo fue electo, en julio de 1378, Urbano VI, arzobispo de Bari.

Sobrevino entonces en la Iglesia una crisis profunda, porque algunos cardenales no reconocieron a Urbano VI como el verdadero Pontífice y eligieron un antipapa, el cardenal Roberto de Ginebra, que se proclamó Clemente VIII Este hecho, que fue llamado «cisma», tuvo para el mundo católico consecuencias gravísimas, porque sembró entre los jefes el odio y el desorden.

Catalina no dudó un instante sobre el camino a seguir. Corrió a Roma, junto a Urbano VI, para otorgarle consuelo. En sus palabras y su coraje halló el verdadero Pontífice la fuerza para hacer frente a sus adversarios.

Las milicias del papa mandadas por Alberico de Barbiano vencieron finalmente en Marino a los partidarios del antipapa.

Desde ese momento se restableció la paz, y Catalina sintió que había conducido a buen término su divina misión en la tierra. Vivió todavía dos años, en un gran edificio cercano a Santa María Sopra Minerva, en Roma, dedicada a la oración y a las obras piadosas.

Su casa se abría para todos los que llegaban de Siena a Roma y necesitaban hospitalidad. A todos aceptaba y escuchaba, tan humildemente como en la época de su adolescencia, y sin vanagloriarse jamás de cuanto había hecho en bien de la Iglesia.

Su cuerpo, debilitado por las penas físicas y morales que había padecido en tantos años, no podía ya sobrellevar nuevas fatigas, y el 29 de abril de 1380, a la edad de treinta y tres años, la misma de su Divino Esposo al ser crucificado, Catalina de Siena murió rodeada por una multitud de fieles que la llamaban con el dulce nombre de «mamá».

Fue canonizada en 1461 por Pío II, y Urbano VIII fijó como fecha para su celebración el 30 de abril. En 1931, Pío XII, reconociendo en ella caracteres de heroísmo y atendiendo al deseo despueblo italiano, la proclamó «patrona de Italia».

Santa Catalina de Siena, instrumento de la revelación divina, escribió en tiempos infortunados para Italia y para la Iglesia las célebres Cartas y un Diálogo de la Divina Providencia, inspirada por un ardiente misticismo y una piedad inagotable.

Estas obras están consideradas entre las mejores creaciones de la literatura universal, siendo texto de estudio en toda Italia y especialmente en la Universidad Catalinaria de Siena.

Fuente Consultada
LO SE TODO Tomo V Editorial Larousse – Biografias Santa Catalina de Siena

Biografía de Virgilio y su Obra Literaria Poeta Romano

Biografía de Virgilio Poeta Romano
y su Obra Literaria

Publio Virgilio Marón nació en una modesta familia de agricultores, en Andes, cerca de Mantua, el 15 de octubre del año 70 a. de C. Desde su más tierna infancia había aprendido a amar él campo, cuyas bellezas celebraría más tarde en sus poemas.

Es considerado como el poeta más grande de la Roma antigua, Virgilio, que vivió entre los años 70 y 19 a.C., compuso la Eneida, un poema épico de carácter mitológico, durante los últimos once años de su vida. Modelado siguiendo la Iliada y la Odisea del poeta griego Homero, fue la primera obra maestra del estilo épico.

Numerosos escritores posteriores la consideraron un modelo tanto de temas como de técnicas, y le rindieron homenaje en sus textos y dibujos.

Esta pintura de 1469 le representa escribiendo el poema Geórgicas (36-29 a.C.) delante de la estatua de la diosa griega Artemisa.

Poeta romano virgilio

No lejos de las orillas del Mincio, en Andes, una localidad situada en las cercanías de Mantua, nacía el 15 de octubre del año 70 a. de C, Publio Virgilio Marón.Era la suya una familia modesta y de austeras costumbres, lo aue la diferenciaba de las del resto de la ciudad.

El padre poseía algunas tierras que cultivaba con la ayuda de un pequeño grupo de esclavos; la madre, Magia, era asistida en las tareas de la casa por dos servidoras. Madre abnegada, se consagró a la educación de sus hijos: Virgilio, el mayor, Flaco y Silón, muerto a temprana edad.

Las abejas zumbaban en las colmenas, los rebaños pastaban en los fértiles prados, cada año las cosechas se elevaban en los surcos, y el niño crecía descubriendo los encantos del campo, del trabajo y la sana alegría de los paisanos, y la belleza de todo aquello que más tarde habría de celebrar en sus poemas.

Aprendió a amar los matorrales que limitaban los generosos campos, el arroyo que corría oculto en la hierba, la sombra del imponente oleastro, el prado oloroso de tomillo y de violeta, los bosquecillos de robles y avellanos, las grutas tapizadas de hiedra, los pequeños estanques bordeados de sauces y enebros… y ese amor sería expresado por Virgilio» en la más bella poesía.

En la escuela de Sirón, Virgilio conoció a Horacio, con quien inició una estrecha amistad y hacia quien sintió un profundo afecto, que se manifiesta en las descripciones que hace el poeta del carácter de su amigo, totalmente opuesto al suyo.

El padre, agricultor, deseaba que su hijo mayor se consagrara a la carrera política. Es así cómo vemos al joven Virgilio en Cremona primero, en Milán después y desde el año 52 al 50 en Roma, estudiando elocuencia y formándose en la disciplina necesaria a todos aquellos que se destinaba a la vida de los «honores», es decir, la vida pública.

Este joven precoz, que vestía ya la toga viril, debía sin duda sentirse un tanto azorado con su aspecto de campesino y su innata timidez en la disipada Roma de aquellos tiempos.

Sin embargo, en el transcurso de los cinco años que pasó en la escuela de Elpidio, maestro de elocuencia, Virgilio supo granjearse la estima de sus educadores y el afecto de sus elegantes camaradas. Quiso su buena estrella que entre éstos se hallara Octavio, el sobrino de Julio César, que se inmortalizaría en la historia con el nombre de Octavio Augusto.

La crisis política que estalló en el año 49, surgida de la rivalidad entre César y Pompeyo, pero sobre todo su natural inclinación por la poesía, impulsaron a Virgilio, quien había dejado la escuela de Elpidio, a renunciar definitivamente a la vida política. Frecuentó entonces la amistad de los poetas y comenzó   a  componer  versos.

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La distribución de las tierras de Cremona y de Mantua a los veteranos que habían participado en la campaña llevada a cabo por Antonio y Octavio contra Bruto y Casio, obligó a Virgilio a abandonar su morada para buscar asilo en Roma. La expropiación, fue hecha de manera brutal y nada pudieron hacer por evitarla sus influyentes amistades.

Recibió la fuerte influencia de un grupo de jóvenes que Cicerón llamaba despectivamente neotéricos, es decir, poetas nuevos, y también, haciendo alusión a un oscuro poeta de la escuela de Alejandría, cantores de Euforión.

Entre los poetas nuevos se encontraban: Cátulo, el más apasionado y elegante de entre los escritores latinos que exaltaron el amor en sus versos; Valerio Catón, El Cinna y Cornelio Galo, gran amigo de Virgilio  .

Estos jóvenes autores habían declarado la guerra a las formas y a la técnica de los antiguos poetas romanos, e inspirándose en la gracia de los bardos de Alejandría habían introducido en la lírica romana grandes innovaciones, sobre todo en lo referente a métrica y argumentos.

Virgilio, en sus primeras obras, es decir, las de su juventud, se muestra fiel a las tendencias del grupo; prueba de ello es esa serie de pequeños poemas reunidos en 1573 por José Esealígero bajo el título de Apéndice virgiliano.

Este Apéndice (así designado por los sabios, pues no puede afirmarse con certeza que todas esas obras pertenezcan a Virgilio, a tal punto que el estilo que cultivó en su juventud se asemeja al de los otros poetas del grupo) comprende: el Catalepton (miscelánea), compuesto de catorce obras de diferente métrica: el Moretum (pastel de ajo) y la Copa (la mesonera), dos elegantes composiciones en verso que describen una escena de campo; el Culex (el mosquito) y el Ciris (la garceta), que son dos fábulas mitológicas, y un pequeño poema científico sobre los fenómenos volcánicos: Aetna.

El Culex se inspira en gran parte de cierta moda literaria de Alejandría: un pastor se ha quedado dormido a la sombra de un árbol, cuando la oportuna picadura de un mosquito le advierte que está a punto de ser mordido por una serpiente.

Poco tiempo después, el pequeño insecto aparece en sueños al paisano y se lamenta de que, luego de haber sido involuntariamente aplastado por éste, su cuerpo haya quedado sin sepultura y esté por ello obligado a errar en el mundo de las tinieblas.

El paisano despierta y busca afanoso el pequeño cuerpo del insecto, lo halla por fin y lo entierra piadosamente. Con esta fábula, Virgilio, o uno de sus homónimos de la época de Augusto, ha querido tal vez ilustrar el culto de los muertos que en aquella época se practicaba en Iliria.

En Ciris se narra la dramática historia de Escila, hija de Niso, rey de Mégara, quien para liberar a Minos, prisionero del rey, cortó de la cabeza de su padre un cabello púrpura al que éste debía la cualidad de ser invencible.

Minos recupera de esta manera su libertad, pero sólo horror experimenta frente a la joven a quien debe su salvación. Se apodera inmediatamente de Mégara y luego hace encadenar a Escila a la proa de su navio, donde habría sin duda perecido, víctima de las olas, si los dioses, compadecidos, no la hubieran transformado en garceta, pájaro marino.

La Copa y el Moretum son de inspiración rústica y realista, razón por la cual numerosos vates creyeron ver en estos dos pequeños poemas la pluma de Virgilio, que, como estudiaremos a continuación, fue autor de magníficas obras sobre temas agrestes.

En la Copa describe una posada de campo donde el viajero, cansado y sediento, encuentra placentero reposo gracias a la amabilidad de la joven y alegre mesonera.

En el Moretum pinta el despertar matinal de un campesino, quien, antes de iniciar sus tareas, prepara con la ayuda de un esclavo un sabroso pastel de ajo.

Pertenezcan o no a Virgilio, es evidente que estas dos composiciones están muy alejadas de las que, por su belleza, hicieron de su autor el príncipe de los poetas.

Después de estos tanteos literarios de juventud, en los que las virtudes del poeta comienzan a afirmarse, Virgilio se siente atraído hacia la filosofía y la medicina.

Decide abandonar provisoriamente su actividad, y se ínstala cerca de Nápoles, deseoso de recibir las enseñanzas de Sirón, maestro de filosofía, cuyas lecciones versaban sobre la doctrina de Epicuro.

Llega allí en el año 45 y conoce a Horacio, que se convertirá en su amigo de toda la vida. En el año 41 encontramos a Virgilio en Andes. En esta ciudad compone las Bucólicas, que habrá de terminar en el año 39.

Quien lo estimuló para que escribiera las diez églogas que componen esa obra fue su amigo Asinio Folión, gobernador de la Galia Transalpina. Puede decirse con justeza que es la primera de sus obras maestras.

    Égloga: Composición poética del género bucólico, caracterizada generalmente por una visión idealizada del campo, y en la que suelen aparecer pastores que dialogan acerca de sus afectos y de la vida campestre.

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El poeta compuso gran parte de la Eneida en Napóles, frente
al mar; tenía la costumbre de dictar sus versos a un escriba
para corregirlos al día siguiente.

Estas églogas están compuestas en versos hexámetros de rara elegancia; los personajes son pastores a quienes ha visto, no con la observación realista, como diríamos hoy, sino abandonándose a los placeres de su imaginación, que actúan en un decorado admirablemente descripto por el poeta, se expresan con palabras escogidas y se consagran a discusiones poéticas o filosóficas sobre la vida, la vanidad de las ambiciones, la belleza de una existencia simple o el dolor que reina sobre el universo.

La filosofía de Epicuro y la lectura del libro De rerurn natura habían dejado en Virgilio una profunda tristeza, que se haría aún más honda cuando, en el año 40, se vio obligado a ceder sus tierras de Mantua a los veteranos que dos años antes habían luchado contra Filipo.

Este episodio es recordado en la égloga con que Virgilio encabeza las Bucólicas. La tercera y la séptima se refieren a un concurso poético en el que participaron Damato, Tersis y Coridón.

En el cuarto, Virgilio expresa su deseo de que el mundo latino, ensangrentado por las guerras, conozca por fin la paz.

La finura del estilo de las diez églogas ha sido siempre muy apreciado, y particularmente por los escritores del Renacimiento, en quienes despertó el gusto por la poesía, por el teatro y aun por la ópera musical sobre temas pastoriles.

Las Bucólicas constituyeron un gran éxito en los medios literarios romanos y valieron a Virgilio la amistad de Mecenas, caballero romano y protector de los artistas.

Estimulado por Mecenas, Virgilio emprende la composición de las Geórgicas, en el año 37. El poema fue escrito en su mayor parte en Napóles, donde el poeta se había refugiado buscando el reposo que no hallaba en Andes.

Esta obra, en cuya creación empleó Virgilio siete años, comprende en su versión definitiva cuatro libros, con un total de 2.188 versos (514 versos para el primer libro, 542 para el segundo, 566 para el tercero y 566 para el cuarto).

El libro I comienza con una invocación a los dioses protectores de las tareas agrestes; luego dirige una súplica a Octavio para que lleve la paz al mundo desgarrado por las guerras y considera con benevolencia el destino de los agricultores, cuyo trabajo es tan importante para la economía romana; por último, el poeta habla del cultivo de los campos, de la astronomía, del cumplimiento de los prodigios por los que se había anunciado la muerte de César; el libro II trata del cultivo de los árboles, y en especial de la vid y el olivo; el III, de la cria del ganado, con una detallada mención de las enfermedades epidémicas; el IV está consagrado a las abejas.

Para componer esta obra, Virgilio se basó, sin duda, en su propia experiencia; sin embargo, otros antes que él escribieron obras de ese género, en las cuales pudo haberse inspirado; mencionemos, por ejemplo, a Hesío-do, Nicandro, Eratóstenes y Catón.

El tema de este pequeño poema, amenazado de aridez, es constantemente vivificado por la riqueza poética de su autor y la elegancia de su estilo, de manera que la lectura de esta obra, escrita con intenciones didácticas (pues Virgilio sabía la importancia que Octavio otorgaba, por aquel entonces, a la reforma agraria), resulta interesante aun para quien no se ha inquietado jamás por los problemas agrícolas; además, son frecuentes las dísgresiones en las que el poeta logra infundir a los versos una real fuerza emotiva.

La narración de los prodigios que acompañaron la muerte de Julio César (libro I, versos 463-514); la célebre  evocación  de Roma  generadora  de las   cosechas —Magna Parens Frugum (versos 136-176); la descripción de una enfermedad que causa estragos entre los animales (libro III, versos 478-566), figuran entre las partes más bellas, pues el poeta ha sabido relatar los acontecimientos con tal fuerza, que éstos se tornan presentes más allá de los siglos.

Deseoso de dar más precisión histórica y geográfica a su poema, Virgilio visitaba los monumentos y las localidades donde habían podido desarrollarse los episodios que narraba en la Eneida.

El último de los episodios que acabamos de citar fue inspirado a Virgilio por una descripción análoga e igualmente conmovedora que se encuentra en el De rerum natura de Lucrecio. La misma tristeza, la misma visión pesimista, se desprende de la doble fábula mitológica de Aristeo, Orfeo y Eurídice, que Virgilio ha ubicado en el libro IV (versos 315-558). Son éstas hermosas páginas de las que emana, como de casi toda su creación, un profundo sentimiento religioso.

El poema fue leído por Virgilio y por Mecenas a Octavio, quien después de la batalla de Accio descansaba en Campania. El futuro emperador acogió la obra con gran entusiasmo, y comprometió a su autor a componer otra más vasta, celebrando, con la pacificación universal que aseguraba su poder, los fastos de Roma; así nació la Eneida.

A partir del año 29 hasta su muerte, Virgilio habría de consagrarse a la creación de este poema. Buscó para ello el retiro de su casa de Napóles. Recibió los frecuentes estímulos de Octavio, quien elevado a la dignidad imperial había adoptado el nombre de Augusto, y de sus numerosos amigos, hombres de letras y poetas residentes en Roma, quienes le solicitaron la gracia de poder leer la obra a medida que ésta iba surgiendo de la inspiración de su autor; mas Virgilio, con una modestia inigualable, dudando del valor de sus trabajos declinaba toda invitación.

Finalmente, en el año 19, la obra estaba casi terminada; mas., temiendo que la misma encerrara alguna inexactitud, decidió emprender un viaje a Grecia y a Oriente para verificar ciertos datos históricos y arqueológicos.

En el año 19, el poeta partió con destino a Grecia, visitando todos los sitios y comarcas del Asia Menor, en donde Homero encuadró y emplazó las acciones de sus epopeyas gigantes. Mas, al llegar a Atenas encuentra a Augusto con quien decide volver a Roma. Durante la travesía enferma gravemente y de sembarca en Bríndisi donde falleció a consecuencia de su complexión débil y enfermiza, menoscabada por las fatigas de una turbulenta navegación.

Al llegar a Atenas, encontró a Augusto, y decidió volver con él a Roma. Mas en el transcurso del viaje cayó enfermo y se vio obligado a desembarcar en Bríndisi, donde murió el 22 de septiembre del año 19 a. de C. En los últimos instantes fue asistido por sus amigos Vario y Tueca, a quienes Virgilio confió la tarea de destruir la Eneida, pues pensaba que esta obra era indigna de ser publicada.

Mas la Eneida fue apreciada en toda su magnificencia por los amigos de Virgilio, quienes conservaron celosamente esta obra maestra, testimonio de la eterna gloria de Roma, de la literatura latina y de la genialidad de su autor.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo II Biografía de Virgilio Principe de los Poetas Editorial CODEX

El Reino de Polonia en la Edad Media Expansión

El Reino de Polonia en la Edad Media

Reino de Polonia. — Polonia, que tras unos orígenes confusos empezó a figurar en la Historia a principios del siglo IX, tras una serie de contradictorias vicisitudes internas, guerras exteriores y grandes variaciones en la extensión de su territorio nacional, vino a alcanzar cierta firmeza de organización y poderío bajo el reinado de Casimiro III, el Grande, que reinó de 1333 a 1370.

casimiro iii el grande

Casimiro III el Grande (1309-1370), rey de Polonia (1333-1370). Hijo de Ladislao I, que había puesto fin a dos años de desunión nacional, Casimiro continuó la obra de su padre, al convertir Polonia en una gran potencia de la Europa Oriental.

Este monarca dictó prudentes y justas medidas legislativas, redujo a los nobles, fortificó las ciudades, fomentó la cultura fundando la Universidad de Cracovia, e hizo cuanto pudo por completar la civilización del país.

Se hizo respetar por los Estados vecinos, con los cuales mantuvo la paz y acrecentó la prosperidad nacional. Muerto sin sucesión, terminó con él la dinastía de los Tiast, pasando la corona a Luis de Anjou, durante cuya minoría actuó como regente una hermana de Casimiro.

Fallecido Luis en 1382 sin sucesión masculina, su hija Eduvigis fue elevada al trono por la nobleza, no sin disensiones, en 1384, y fue obligada a contraer matrimonio con el gran príncipe de Lituania Jagellón quien, convertido al cristianismo, fue coronado rey de Polonia en Cracovia el año 1386, con el nombre de Wladislao II.

De este modo quedaron unidas las coronas de Polonia y Lituania, bajo la dinastía de los Jagellones hasta 1572. Un rey de esta estirpe, Wladislao III, ciñó la corona de Hungría, y, muerto en lucha con los turcos, le sucedió su hermano Casimiro IV, que en 1466 obtuvo territorios de los Caballeros Teutónicos infeudando a Polonia la Prusia Oriental y anexionándose la Prusia Occidental y la región de Ermeland, con lo cual consiguió tener Polonia salida al mar Báltico.

Otro rey de la misma dinastía, Segismundo II Augusto, adquirió la Lituania, Prusia y las provincias rusas de Volhinia, Podolia, Podlaquia y Ucrania en 1569 (Unión de Lublín) y después por las armas, se anexó Livonia.

Polonia llegó, bajo el cetro de este rey, al cénit de su grandeza; su extensión abarcaba desde las costas del mar Báltico, al Norte, hasta el Dniéster por el Sur, y de Este a Oeste, desde el Desna, gran afluente del Dniéper, hasta el Netze, en Prusia, albergando una población cuya cifra se hace ascender a 35.000.000 de habitantes.

Los nobles extremaban cada vez más su ambición y ejercían una influencia decisiva en la cosa pública; en 1569 los nobles lituanos fueron admitidos en la Dieta polaca y se eligió a Varsovia para la celebración de la Asamblea; las representaciones del estado llano iban perdiendo su influencia, arrollada por la de la nobleza y, con ello, el pueblo vio menoscabadas sus libertades. La Reforma hizo numerosos prosélitos en Polonia, cuya población, en su mayoría, abrazó las nuevas creencias.

En 1572 falleció Segismundo II extinguiéndose con él la dinastía de los Jagellones. Polonia, que hasta entonces había sido una monarquía electiva sólo nominalmente, lo fue en realidad desde aquella fecha. Los reyes posteriores trataron de agrandar su territorio o de sostenerlo en su integridad mediante continuas guerras, pero no pudieron lograr la permanente independencia de su reino.

La reacción católica contra los progresos de la Reforma, apoyada por la nobleza, que encendió al país en luchas civiles, las acometidas del extranjero, y las disensiones motivadas por las elecciones de monarcas, contribuyeron a la decadencia de Polonia.

Fuente Consultadas:Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

Ver: Ciudad de Biskupin en Polonia 

Biografía de San Agustín Filosofía Para la Teologia Cristiana

Biografía de San Agustín Padre de la Iglesia Cristiana

Colosal figura la del doctor de Hipona, que se levanta con sus dimensiones inabarcables en el momento en que va a hundirse el mundo antiguo para iluminar, con su sabiduría  de Dios, la ruta secular de la Cristiandad y el espíritu de Occidente.

En él brillan todavía los resplandores de la filosofía clásica, pues su profundo espíritu y sus portentosos conocimientos le permitieron toda clase de honduras especulativas.

san agustin de hipona

Pero lo esencial en su pensamiento es la actitud de arrebato cristiano, en la que alcanza posiciones intelectuales que muy pocos lograrán establecer. En este doble aspecto, Agustín encarna y realiza la síntesis de aquella época.

Pero además puede decirse que su filosofía representa la evolución de su alma, sujeta primero a los desgarrones de fuerzas dispares y antagónicas, y vinculada más tarde a la inefable captura del amor divino.

Veamos su biografía….

San Agustín (354-430), teólogo cristiano, el más grande de los padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental. Elaboró un método sistemático de filosofía para la teología cristi

Sus discusiones sobre el conocimiento de la verdad y la existencia de Dios parten de la Biblia y los antiguos filósofos griegos. Defensor enérgico del cristianismo, san Agustín elaboró la mayoría de sus doctrinas resolviendo conflictos teológicos con el donatismo y el pelagianismo, dos movimientos heréticos cristianos.

san agustin
San Agustín (354-430), teólogo cristiano, el más grande de los padres de la Iglesia.

SAN AGUSTÍN (354 – 430): Aurelio Agustín nació en Tagaste (Numidia) el 13 de noviembre de 354. No hay que exagerar su africanismo para explicar convenientemente su apasionamiento y su fogosidad verbal. El mundo púnico, al tiempo de su nacimiento y formación primera, estaba completamente romanizado y Agustín fue entonces —y lo sigue siendo hoy — un occidental neto, en el sentido convencional que a este calificativo se atribuye. Su personalidad constituye algo irrepetible, único, que sólo puede explicarse, si es que puede, desde dentro de sí misma.

La auténtica semblanza de su espíritu ha sufrido grave deformación, aunque ello suene a paradoja, gracias a su perenne actualidad. Aparte el saber teológico y filosófico, Agustín ha proporcionado el bisturí para calar la entraña del hombre eterno y la lámpara para iluminar sus problemas de siempre. Y hoy tendemos en exceso a encarnar hombre y problemas en encarnadura contemporánea que, a las veces, no le cae demasiado bien.

No se suele parar mientes, en cambio, en el hecho de que el valor de la psicología agustiniana y la razón excelsa de su profundidad estriba en ajustarse de modo cabal a su tiempo. Entre otras cosas, Agustín fue — y pretendió serlo — un maestro del vivir; las cuestiones a que se volvió le hacían sangrar; fue apóstol tanto como pensador y su pensamiento se nutrió esencialmente de ese ir resolviendo los problemas cotidianos de sus ovejas y de la Iglesia católica, a la que sirvió (recalquemos esta expresión) como pastor «a fortiori».

consagracion de san agustin

Consagración episcopal de San Agustín. Pintura de Jaume Huguet. Museo de Arte de Cataluña. Barcelona. — La figura más admirable de la pintura catalana del siglo XV es Jaume Huguet, hijo del también pintor Pere, natural éste de Valls. Se ignora con exactitud la fecha en que nació Jaume. Pero en 1455 ya era pintor maduro y bien cotizado en bolsa monacal y diocesana. A su favor, muchos valores: el juego excelente de las luces y los colores, y la disposición magistral de las escenografías para cada acto, para cada retrato, para cada función «de conjunto». Jaume Huguet abrió taller propio en Barcelona y tuvo muchos y buenos discípulos, algunos de los cuales colaboraron con él y aun se hicieron confundir —en sus obras— con el maestro. Una de las mejores, y últimas obras de Huguet, es esta Consagración episcopal de San Agustín. A pesar de su exceso en los elementos puramente decorativos —oros, brocados, paños, relieves— es seductora en su evidente monumentalidad; y algunas cabezas, de dibujo perfecto y de gran carácter, recuerdan las creaciones del lusitano Ñuño Gongalves.

Por ello escojo, entre la abundante iconografía que el arte nos ha servido, la imagen más modesta y también más próxima: aquel fresco lateranense del siglo VI que nos presenta a un asceta consumido por su propio espíritu, enjuto y cuellilargo, algo calvo, ceñido por túnica algo más austera que la ciceroniana, quizá menos que la que en realidad le cubriera, que, con mano larga y afilada nos muestra, abierto de par en par, el gran libro de la Sabiduría divina.

Su mundo es un mundo tormentoso. El Imperio se ha acogido, como a un clavo ardiendo, a la Iglesia de Roma. Ha perdido, por el contrario, el dominio efectivo sobre el sutil Oriente y se ve acosado por el bárbaro, cada vez con más insistencia.

Es un universo cuya universalidad va a cambiar de signo precisamente por haberse aferrado al de la Cruz. La Iglesia, salvo en lo que ella misma se ha «constantinizado», es la única fuerza creadora que en él pervive; por eso, como un sarampión de espiritualidad, le brotan a diario las herejías. La santidad de los inteligentes sabe, empero, sacrificar su propio impulso a la unidad necesaria, puesto que Dios es uno.

En lo temporal ha llegado la hora de la reflexión, de buscar en el pasado la coherencia necesaria entre los hechos para preparar, a su vez, el futuro: señal irremediable de decadencia; los sabios del tiempo —filósofos de la Historia— transformarán la decadencia en crisis. Y de la crisis —y de la mano de Agustín, santo y sabio — brotará Europa.

Pero también es difícil su contorno particular. El padre de Agustín, Patricio, es un burgués de los estratos bajos, cargado de responsabilidad pública y ligero de medios económicos. Acaso es un hombre vulgar, honrado. El hijo le reprochará, ásperamente, sus frecuentes violaciones de la fidelidad conyugal. Pero, ciertamente, se ha sacrificado por dar al hijo una formación literaria, apta para «triunfar»; no ha llegado a conseguirlo y sólo mediante la ayuda de un amigo generoso, Romaniano, esos estudios pueden proseguir hasta los diecinueve años del mozo.

La madre, Mónica, ya es sabido, es una Santa con mayúscula. Su santidad, tan difícil de entender en muchos aspectos para nuestra mentalidad, queda al abrigo de toda duda, en la entrega al marido (de quien consiguió el bautismo «in articulo mortis») y al hijo, sobre todo a éste. Quien atribuyó a las lágrimas de la madre — ya sus oraciones — una gran parte de su enderezamiento a Dios.

san agustin

Retablo de San Agustín (detalle) de Jaume Huguet. Museo de Arte de Cataluña. Barcelona. — Entre las pinturas más admirables de Jaume Huguet están: Retablo de San Antonio Abad —que estuvo en Barcelona y quedó destruido durante la revolución de 1909—; Retablo de los revendedores, para la barcelonesa capilla de la iglesia del Pino; Retablo de los Santos Abdóny Senén, en la iglesia de Santa María, de Tarrasa;y este grandioso Retablo de la Consagración episcopal de San Agustín. A mi juicio, lo más sorprendente de los pintores del medievalismo gótico, dentro y fuera de Cataluña, fue su capacidad asombrosa de auténticos directores de escena. Saben perfilar los fondos, bambalinas y bastidores; saben colocar a los actores en armonía con los objetos; saben combinar los colores sin hacerles perder su exquisitez de miniaturas para antifonarios y códices. Cada uno de los retablos de Jaume Huguet nos parece como si acabara de alzarse el telón de boca para iniciarse la representación.

En un medio familiar así, se comprende bien que un joven desordenado y ardiente no pudiera entregarse nunca a la vida sin remordimiento. Su fruición, por ello, no sería nunca gozosa. Aunque conviene, desde ahora, colocar ese «desorden» en su debido lugar.

Primeramente, porque Agustín fue siempre un gran estudioso y un buen estudiante. Y en el centro de su inquietud estaba, por encima de toda otra cosa, el saber; sus mismos extravíos lo revelan. A sus diecisiete años, comienza una larga relación íntima con una mujer cuyo nombre no ha llegado a conocerse y que, de inmediato, le entrega un hijo, Adeodato (regalado por Dios: nombre significativo).

Le es absolutamente fiel y su recuerdo constituye una amarga espina que no logrará arrancarse jamás. Dados los valores sociales en uso, es posible aventurar que, si no casó con ella, fue debido a su baja extracción. No cabe duda de que Agustín sintió la lanzada de la carne, como la de la vanidad; pero tampoco, de que no vivió ni para una ni para otra.

Desde esa primera juventud descubrió que la esencia de la vida consistía en un deseo de amor y de ser amado (Confesiones, II, 2). Y el desorden, acaso, en entregarse sin la suficiente discriminación, a los mil rostros con que el amor se aparece. De estas entregas le quedaba la amargura de no haber topado con el verdadero, porque, como diría él mismo, en anhelo que hoy es patrimonio de la Humanidad: «nos creaste para Ti, Señor, e inquieto está nuestro corazón hasta que no descansa en Ti».

Intuitivamente por lo menos, se percató Agustín de que en el amor se hallaba la clave del conocimiento. Tras su conversión supo ya que Amor, Fe y Conocimiento no se encierran en un círculo intelectual sin salida, sino que se implican y se enriquecen mutuamente, hasta llegar al Sumo Bien.

Mientras llegaba el momento cumbre de desagarrarse ante la gran Evidencia, Agustín estudió. Es sabido que los historiadores atribuyen a la lectura del Hortensio, de Cicerón, el despertar intelectual de Agustín. Mas su inteligencia despertó, con toda seguridad, con el primer vagido. La retórica del enrevesado tribuno le impidió, de momento, tomar contacto fecundo con la sencillez de que la verdad se reviste. Y no es, acaso, erróneo pensar que el pasaje de San Pablo que volvió su alma del revés, al condenar «las comilonas y embriagueces», venía a condenar, en lo hondo de su espíritu, esa embriaguez de palabras que oscurecía la preciosa luz del día.

En Tagaste, al principio, luego en Madauira, por fin en Cartago, Agustín, que jamás tuvo contacto directo con la filosofía griega, por desconocer esa lengua, asimiló el pensamiento romano, a través de comentaristas y glosadores de segunda o tercera mano. Sus ojos quedaron deslumhrados, en un primer momento, por el oropel, que le empujó, literalmente, hacia el maniqueísmo.

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San Agustín enseñando en su cátedra. Siglo XV. Escuela de los Sansereninos. Pinacoteca Vaticana. Roma. — Deliciosa pintura. Seductor argumento: San Agustín, investido de toda su seriedad doctrinal y docente, preside, como si dijéramos vulgarmente, una clase nocturna para adultos. En esta obra de arte no sabemos qué admirar más: si el cuchicheo y ciertos gestos distraídos de algunos de los alumnos, ya más que creciditos; si la soberana tranquilidad del prelado de Hipona; si la finura y la gracia de la composición de la escena. Sumadas estas admiraciones en la mente del contemplador, queda en su memoria la perdurable visión de la más pura y sencilla escenificación y fórmula de la decisiva enseñanza; aun la de temas tan impresionantes como el de la gracia o el libre albedrío. (Porque el hecho de que algunos alumnos estén papando moscas, es excepción de todos los tiempos.)

Aquella extraña religión, sincrética de Cristo y Zoroastro, sin ningún rigor lógico ni humano, daba explicación sustancial al mal del mundo en un tono brillante y, sobre todo, misterioso, que forzosamente había de hacer más mella en el joven deslumhrado, que la escueta relación bíblica, en la que un Dios todopoderoso y extrañamente cruel sembraba, sin razón aparente, bien y mal a troche y moche. Sin contar con que, dando al mal un cuerpo y una fisonomía concreta, aliviaba grandemente el peso de los remordimientos por una existencia demasiado libre.

A los veinte años, Agustín, fiel a su vocación, comienza su carrera de profesor: unos pocos meses en su ciudad natal y casi diez años en Cartago. Fue, indiscutiblemente, un maestro excelente, de esos que, ganada la confianza de sus discípulos, los arrastran en pos de sí adonde quiera que se dirijan.

Y, en efecto, arrastró a muchos hacia el maniqueísmo, de donde luego hubo de rescatarlos con trabajo y pena y, desde luego, con gloria. Porque ya en esta época andaba muy tibio en el maniqueísmo. Su contacto con Fausto de Milevo, gloria de la secta (hacia el 383), le persuadió de la vaciedad absoluta del dualismo básico de Bien y Mal. Su intelecto se había empachado ya de esoterismo y fórmulas mágicas; la poesía auténtica debía descansar en la verdad sin mácula.

Pasó, a fines de 383, a Roma, lo que suponía un paso de gigante en su carrera. Y más aún, la obtención, al año siguiente, de la cátedra — dotada con fondos municipales — de retórica, en Milán, residencia del emperador y cabeza del Imperio de Occidente. Mónica le había empujado hacia allí, por su parte, no sólo para cortar de raíz sus relaciones con la concubina, sino para sumergirle en la influencia benéfica de San Ambrosio, obispo de Milán.

Hay que suponer que, efectivamente, esta influencia se ejerció con fruto. Pero no de la manera directa y personal que suele creerse. Agustín, al oír al obispo, comprendió que la religión católica no era un simple credo, propio para almas de pocos vuelos. Ambrosio y sus amigos le convencieron que con su fe podía erigirse nada menos que toda una ciencia. Pero el profesor númida tuvo pocas ocasiones de acercarse al hombre eminente; su timidez (envés hondo de su orgullo) impidió toda intimidad.

Por lo demás, su espíritu estaba ya maduro para dar el gran paso. No eran ya razones doctrinales ni de principio su obstáculo; se trataba de la gran cuestión de renunciar de lleno a su triunfo en el mundo, a sus aspiraciones intelectuales (que empezaban a apreciarse con asombro en su derredor), puesto que rechazaba todo término medio.

Y sin embargo, dio el paso, aceptando sus inabarcables consecuencias. Tenía treinta y dos años. Fra Angélico, desde el Museo de Cherburgo, nos sigue contando la escena. Pasea con Alipio, su gran amigo, por un jardín recoleto, melancólico y sombrío; se adelanta unos pasos, buscando al dueño de una vocecita misteriosa que le ha susurrado en correcto latín: Tolle, lege. Pero no encuentra sino una luz misteriosa que le hace caer de rodillas y cubrir su rostro con ambas manos. Porque Agustín ya sabe lo que es aquello; y probablemente sabe de antemano lo que va a encontrar en el libro con que primero tope: «Revistámonos de Nuestro Señor Jesucristo y no tratemos de dar satisfacción a los deseos de la carne» (Romanos, XIII, 13).

Agustín termina su curso de Retórica. Se embebe más aún en el neoplatonismo de Plotino y Porfirio, que llegan a través de las versiones latinas de Mario Victorino, otro africano, y que suponen para la Iglesia de entonces lo que en el siglo XIII significaría el redescubrimiento de Aristóteles. Mas, apenas se inician las vacaciones, se retira a Cassiciacum y se prepara a recibir el Bautismo y a organizar una vida de plena dedicación a Dios, en régimen monacal. Allí redacta sus Diálogos, que conservan de Cicerón únicamente la forma expresiva. Son alegatos contra los maniqueos, pertrechados en Platón y en los ambrosianos.

Recibió, por fin, el Bautismo, con su hijo Adeodato y su fiel Alipio. Cuando se disponía a embarcar hacia África, en el puerto de Ostia, finalizó la dura tarea terrena de Mónica, bien lograda por cierto.

En Tagaste, rotas todas las ligaduras del pasado, organizó una especie de monacato intelectual, en cuyo centro estaba la exigencia de su hallada vocación de escritor al servicio de Dios. Pero Dios le exigió, a su vez, un nuevo sacrificio. En 391 y por aclamación popular, fue nombrado obispo coadjutor de Valerio, anciano pastor de Hipona. Y a la muerte de éste, en 396, recae sobre su ideal de filósofo de Cristo, el peso de toda una diócesis, la predicación incesante, el consejo, la sentencia imparcial.

La Iglesia le llama para combatir nuevas herejías. Agustín accede por amor de Quien le ha elegido. Pero no renuncia a su obra, persuadido como está de que ella constituirá su gran servicio. Va madurando con lentitud y firmeza; su hilo conductor, la progresión de su espíritu, permite brotes prodigiosos, como lo son los Sermones, las Epístolas, o las Enarraciones sobre los Salmos, cuyo origen es, en la mayoría de los casos, circunstancial, pero que llevan a la ocasión toda la profundidad del espíritu que los concibe.

Al propio tiempo, en disputa con los nuevos herejes, donatistas y pelagianos, se va depurando el arsenal de su apologética y precisando los grandes temas de su meditación: Gracia y predestinación ; pecado original y mal; el alma humana.

Conviene detenerse un momento en estos temas, en su sentido profundo dentro de Agustín y en el que luego les ha cabido en la tradición agustiniana.

En disputa con los maniqueos, Agustín ha llegado a percatarse de que el mal no es una substancia. Es, por así decirlo, un vacío de bien. Algo que debía estar repleto de bien y aún no lo ha conseguido. En cambio, cuanto existe es bueno, como creado por Dios. Así se conciba la noción de un Dios suma bondad con la efectiva existencia del mal en el mundo; mal que proviene del pecado, libremente aceptado por el hombre, incluso en su faceta de pecado original.

Por su parte, Pelagio, monje británico de una rectitud moral a toda prueba, había desembocado, acaso cegado por esta misma ascesis que él había logrado para sí, en una negación de la Gracia santificante y redentora. El libre albedrío del hombre, don divino, desde luego, puede por sí mismo conseguir la plena imitación de Cristo.

Agustín se ve obligado a aquilatar la esencia de esa Gracia y a dilucidar su papel esencial en la Redención. ¿Caerá en una defensa de la predestinación a ultranza? Los jansenistas, los pascalianos, que se proclaman seguidores suyos, así lo han creído. Sin embargo, en Agustín juega la baza esencial el amor divino, siempre hallado por el hombre que lo busca.

En la inmensidad radical de ese Amor, ha de hallarse la solución a ese gravísimo interrogante. La fe es, pues, operante. Y, desde luego, racional. Crede ut intelligas, esto es, sin duda, básico; pero a la vez intellige ut credas, puesto que la chispa de adhesión inicial engendrará un nuevo conocimiento y éste un nuevo pasmo ante el misterio inaccesible (y aquí es patente la discrepancia con el «embrutecimiento» pascaliano). La existencia humana se teje en la fe, el conocimiento y el amor. Y en ese tejer continuo, resplandeciente de obras, debe reposar — si es admisible este reposo paradójico — la esperanza definitiva.

Agustín se ve compelido, en esta tremenda disputa, a averiguar lo que, en realidad, es el alma humana. Su problema divino absorbe todo. El Alma y Dios. ¿Nada más? «¿Os parece poco?» Ya estaba dicho en las Confesiones. Nada importa al hombre sino encontrar al Dios que lo hizo y descansar en El. Y Cristo lo había anticipado: quien quisiera salvar su vida la perderá. Así pues, el drama de la redención contempla a las almas.

El mundo es, primordialmente, un obstáculo. De aquí que el «desprecio del mundo» haya querido encontrar un patrono de excepción en el Doctor africano. Y, sin duda, con acierto. Pero no podemos desligarnos aquí tampoco de la circunstancia personal agustiniana, pues para él — ya lo vimos — fue efectivamente el mundo el gran obstáculo, en sus problemas pequeños y en sus grandes lazos. Mas, no cabe duda, lo amó profundamente. Y, evidentemente, comprendió su belleza y comprendió — menos que San Pablo— los «poemas de Dios». Todos, empero, se absorbieron en el alma, perseguidora y perseguida por su Creador.

La encarnación de estas poderosas cuestiones en un hombre concreto, palpitante y nostálgico, es el nervio de las Confesiones. Y éste es el sentido de su humanismo. Su ir al fondo de la cuestión ha servido para apoyar tesis meramente psicológicas. Su escalpelo de las pasiones, del olvido, de la memoria, están ahí al servicio de todos los investigadores, cualquiera que sea su punto de partida y el momento o plano en que decidan detenerse. Su razón profunda es la de la profundidad divina del alma humana, cifra de la creación.

Las Confesiones (397-399) con las Retractaciones (427) son la carne viva de toda la filosofía y teología agustiniana. Allí está su porqué y su para qué. Todo en Agustín es hombre, porque todo es alma. Y no hay sino alma, porque la suya — y las de todos los hombres — busca a su Creador para descansar.

De su época de episcopado, época inquieta, con poco ocio intelectual (Concilios de Cartago — 409 y 419 —; de Milevio — 416 —) quedan, como condensaciones formidables de su actividad alucinante, tratados dogmáticos (De Trinitate, terminada en 419); comentarios a libros sagrados (Los seis dedicados al Génesis — 398 a 414 —; los 124 sobre el Evangelio y Primera Epístola de San Juan —415 y 416—). Queda, sobre todo, un empeño único, de gestación laboriosa, distinto a todos los demás por su origen — otra vez, puramente circunstancial —, por los motivos que fueron preñando su desarrollo.

Y sobre todo por su destino, ya que fue esta empresa la que desligó al pensamiento agustiniano de su creador histórico y lo convirtió en patrimonio de ese agustinismo que tantas veces ha olvidado lo que fue el hombre: los veintidós libros de la Ciudad de Dios, escritos desde 412 a 427, de los que puede decirse, ante todo y sobre todo, que son la raíz nutricia de Europa.

En 412, se puso Agustín a la tarea de demostrar que la invasión de Roma por las hordas de Alarico no había sido venganza de los dioses postergados al Crucificado hebreo. Un análisis a fondo de los hechos venía a comprobar que la «paz romana», poseída de su invulnerabilidad, era, por el contrario, sumamente corruptible y que únicamente por su aceptación del Cristianismo, pudo subsistir tanto tiempo desde que se iniciara la efectiva decadencia. Sólo subsistirá, concluye Agustín, la ciudad fundada en el amor de Dios hasta el desprecio de sí misma.

Por tanto, es preciso que la ciudad que «peregrina» hacia Dios, en el tiempo, funde en El su constitución. Y que su príncipe sea como el gestor de un quehacer temporal, pero trascendente. La ciudad de Dios peregrina en unidad hacia Jerusalén, huyendo de Babel («confusión», frente a unidad).

Es fácil advertir estos rasgos en la construcción política de Carlo-mágno y del Sacro Romano Imperio. Y fácil rastrear en todo el patrimonio espiritual occidental esta base profunda del Cristianismo, convertido en motor y aglutinante histórico, precisamente por su significado ultrahistórico. El germen de toda Utopía — espécimen espiritual puramente europeo — está en esa noción de superar, por un ideal, la sujeción a espacio y tiempo.

Así, el llamado «agustinismo político» (Arquilliére) implanta a la vez, en la conciencia occidental, una preocupación primordial por el contacto entre presente y futuro.

En 427, cuando Agustín da cima a la visión increíble de la felicidad de los justos, sus fuerzas humanas tocan también sus últimas reservas. Debe resignar en Heraclio, su coadjutor, gran parte de las funciones pastorales. Cinco días a la semana podrá dedicarse a su obra escrita, sin otra tarea ni responsabilidad…

El camino queda despejado y claro. Agustín entra por él con toda abnegación y sin reserva. Pero sería erróneo suponer que su conversión es fulminante; que su paso de la noche a la luz se hace en un instante. Muy al contrario, la nueva luz encontrada ilumina, más a lo crudo, la magnitud de las cadenas del hombre. La última, la más pesada, la constituye el propio mundo que le rodea, en suma, la soberbia de la vida. Habrá que despojarse de ella sin dejar siquiera un rescoldo en el alma…

En 28 de agosto de 430 (día que la Iglesia le consagra) fallece. Unos meses antes los vándalos han llegado hasta su Numidia natal. El arrianismo que traen consigo se ha ahorrado un eximio debelador.

Ver: Obra Teológica de San Agustín

Fuente Consultada:
Enciclopedia Temática Familiar Grandes Figuras de la Humanidad – San Agustín- Ediciones Cadyc

Historia Oton I Emperador del Sacro Imperio Romano Vida

HISTORIA DE OTON EL GRANDE, EMPERADOR

El 2 de febrero de 962 después de Jesucristo, en la Basílica de San Pedro, de Roma, se repetía la misma ceremonia con la cual, en el año 800, Carlomagno había sido reconocido emperador del Sacro Imperio Romano: el papa Juan XII colocaba la corona imperial sobre la cabeza de Otón I, rey de los germanos.

En esa forma, después de casi dos siglos, resurgía el Sacro Imperio Romano. Y como se lo debía a un soberano alemán, fue llamado Sacro Imperio Romano Germánico.

Otón I, llamado El Grande, fue rey de Germania (936-973) y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (962-973). En el ejercicio del primero de sus citados títulos, su reino se vio consolidado y fortalecido.

Obtuvo el dominio del norte de la actual Italia al contraer matrimonio con la reina viuda de Lombardía, Adelaida, a la que había ayudado a derrotar al usurpador Berengario II. Coronado emperador del Sacro Imperio por el papa Juan XII, pretendió la subordinación de la Iglesia a la autoridad imperial.

oton el grande

LUCHA CONTRA LOS FEUDATARIOS
El mismo día de su coronación como rey de Alemania (año 936) Otón I quiso mostrarse magnífico con los feudatarios que intervinieron en la ceremonia: asignó a cada uno de ellos importantes cargos de corte (chambelán, comandante de caballería, etc.).

Con dicho acto, el joven soberano quiso demostrar que deseaba vivir en armonía con todos los nobles de su reino.

Pero, aquélla tuvo breve duración: poco después, los feudatarios más poderosos (los duques de Bohemia, de Franconia, de Suabia) se rebelaron con la intención de constituir en sus territorios reinos independientes.

Sin embargo, no tardaron en comprender que tenían que habérselas con un soberano enérgico, dispuesto a hacer reconocer a toda costa sus derechos de rey.

Efectivamente, Otón I enfrentó a los feudatarios rebeldes y, después de dos años de guerra, logró derrotarlos y someterlos a su autoridad.

Y como se dio cuenta de que tarde o temprano los feudatarios volverían a rebelarse, Otón I les quitó el dominio de muchas tierras y las concedió en feudo a hombres de la Iglesia (especialmente obispos, que tuvieron el título de condes).

Una vez que hubo consolidado su poder en Alemania, Otón pudo considerarse el soberano más poderoso de Europa, y tratar de alcanzar la meta a que aspiraba desde hacía años: hacer resurgir el gran imperio fundado por Carlomagno y destruido por sus sucesores.

El programa no era ciertamente fácil: para reconstituir la unidad del Imperio Carolingio había que someter a los reinos de Francia y de Italia, que hacía tiempo se habían independizado.

VICTORIA SOBRE LOS HÚNGAROS
Cuando todo parecía ir perfectamente, Otón recibió una tremenda noticia: hordas de húngaros, procedentes de las regiones danubianas, habían invadido Alemania. Dejando el trono de Italia a Berenguer II, que ie había hecho acto de sumisión y promesa de fidelidad, Otón regresó a Alemania para enfrentar a los invasores.

En una sangrienta batalla, librada en las cercanías de Augusta, Otón I logró exterminar al ejército enemigo. Merced a esta victoria, los húngaros fueron expulsados para siempre a sus tierras de origen.

OTÓN I EN ITALIA
Mientras Otón meditaba planes para poner en ejecución su gran programa, he ahí que la fortuna le salió al encuentro inesperadamente.

Adelaida, viuda de Lotario, rey de Italia, le pidió que se dirigiera a ese país para ayudarle a recuperar el reino, que le había usurpado Berenguer II, marqués de Ivrea.

Para liberarse de Berenguer, también los feudatarios italianos se sintieron inclinados a reconocer la autoridad del rey extranjero.

A Otón I no podía presentársele una ocasión más favorable para poner pie en la península italiana.

En septiembre de 951 llegó a Italia, donde no encontró ninguna resistencia. Berenguer, despavorido, se había refugiado en Ivrea. Adelaida, que esperaba ser repuesta en el trono de Italia, fue pedida como esposa por Otón I. Así, este soberano obtuvo lo que deseaba: Italia podía considerarse uno de sus reinos.

REY DE ITALIA Y EMPERADOR
Mientras tanto, Berenguer II no sólo había actuado como si fuera un rey independiente, sino que también trató de conquistar los territorios de la Iglesia. Entonces, el papa Juan XII, para defenderse de la amenaza de Berenguer, decidió pedir ayuda a Otón I.

Y he aquí que en el invierno de 962, Otón I llegó nuevamente a Italia. Los príncipes y prelados italianos se reunieron en Milán, declararon a Berenguer derrocado y ofrecieron el reino a Otón I.

Poco después, en Pavía, el soberano alemán fue coronado rey de Italia. Alemania e Italia, unidas, podían formar un imperio.

Otón I pensó, entonces, que había llegado el momento de ceñir la corona imperial. «Si, con la ayuda de Dios, Roma me ve entre sus murallas —escribió al Papa— yo levantaré con toda mi potencia a la Iglesia Romana y a Ti, que eres su Jefe».

Una declaración de esta naturaleza no pudo dejar insensible a Juan XII. Otón I fue coronado emperador, y al papa Juan XII le pareció que en ese momento resurgía en Europa el Sacro Imperio Romano.

LA IGLESIA AL SERVICIO DEL IMPERIO
En cuanto logró su coronación, Otón I se apresuró a dar a conocer sus verdaderas intenciones. Mediante un edicto estableció que el derecho de nombrar a ios pontífices correspondía solamente al emperador. Si en el tiempo de Carlomagno, el imperio había estado al servicio de la Iglesia, ahora, con Otón I, la Iglesia se encontraría sujeta al imperio. No obstante, Otón I no había finalizado sus planes de conquista. Ahora aspiraba a la posesión de Italia meridional, aún en manos de los bizantinos. . Pero, en 973, cuando se preparaba para llevar a cabo la conquista, murió a la edad de 61 años, después de 37 de reinado.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV – Oton I Emperador

Segunda Guerra Punica Causas Consecuencias Batallas Cartago Roma

Segunda Guerra Púnica: Causas, Desarrollo y Consecuencias

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SEGUNDA GUERRA PÚNICA:
Desde el siglo V a.C, el Estado más poderoso del Mediterráneo era Cártago, la más rica de las colonias fenicias. Tenía un gran puerto de comercio y un buen puerto de guerra, en la punta del África, en un país que producía excelentes cosechas dé trigo, a muy poca distancia de Sicilia, uno de los países más ricos de lá antigüedad.

Los Cartagineses en España, Amílcar y Asdrúbal. La pérdida de Sicilia, Córcega y Cerdeña, había sido fatal para el comercio y el poder marítimo de Cartago.

La democracia de Cártago era partidaria de la guerra, y deseando resarcir a Cartago de las pérdidas sufridas en las guerras anteriores, y colocarla en disposición de combatir para recuperar lo perdido, Amílcar se dirige a España desembarcando en Cádiz; y después de varias campañas logró apoderarse de la mayor parte de la península, poniendo por límites de su dominación los ríos Duero y Ebro, y aun mas allá de este último, fundó en lugar ventajoso la ciudad de Barcino (hoy Barcelona), muriendo poco después en un combate con los españoles.

Le sucedió su yerno Asdrúbal que, mas dado a las artes de la paz, fundó a Cartago Nova (Cartagena), procuró mejorar la administración, y aumentó considerablemente las riquezas de los cartagineses.

Los progresos de la dominación cartaginesa en España alarmaron al senado romano, que consiguió imponer un tratado a Cartago, por el cual ésta se comprometía a no pasar en sus conquistas al otro lado del Ebro, y respetar además los pueblos de origen griego y aliados de Roma, entre los cuales estaba Sagunto.

Asdrúbal murió asesinado por un esclavo, sucediéndolo Aníbal hijo de Amílcar.

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Causas de la Segunda Guerra Púnica

La causa fundamental de las guerras púnicas fue la ambición de Roma y Cartago, y que dado el carácter de las dos repúblicas, la guerra no podía terminar sino cuando una de ellas sucumbiera.

Esta causa general, lejos de desaparecer se había aumentado por la primera guerra, cuyos resultados multiplicaron la ambición de Roma, y enconaron más el odio de Cártago, que a toda costa deseaba recuperar su antiguo prestigio.

Este odio parecía haberse concentrado en los Barcas, de tal manera que Amílcar al conquistar España sólo pensaba en la guerra futura contra Roma y a fin de que este proyecto no fracasara por su muerte, le hizo jurar a su hijo Aníbal, cuando todavía era niño, odio eterno a los romanos.

Con estos antecedentes, y con la preponderancia de los cartagineses en España, y los recelos de Roma, la guerra era inminente, presentándose muy luego el motivo que la hizo estallar, que fue la toma de Sagunto por Aníbal.

Aníbal: sus campañas en España: sitio y tema de Sagunto

A la edad de 25 años Aníbal sucedió a su cuñado Asdrúbal. A pesar de sus pocos años habíase distinguido por su audacia y su valor; mostrándose siempre infatigable en el trabajo, intrépido en el peligro, capaz de concebir los mas vastos planes, y enérgico y rápido en su ejecución.

Resuelto a llevar la guerra a Italia, antes quiso asegurar la dominación de Cartago, en España; y a este fin se dirigió contra los pueblos del centro de la península, alcanzando completa victoria sobre los Ólcades, los Carpetanos y los Vetones que habían tratado de derrotar a la dominación cartaginesa.

Usando un pretexto puso sitio a Sagunto, que después de una heroica resistencia, en la que perecen todos sus habitantes, fue tomada y destruida por Aníbal, a pesar de las protestas tardías é ineficaces de los romanos.

Destruida Sagunto, Roma mandó una embajada para pedir una repaarción a Cartago, que ésta se negó a dar, entonces el embajador O. Fabio, recogiendo su toga, les dijo:

¨Aquí os traigo la paz y la guerra para que elijáis ¨.

¨Podéis vos elegir ¨, contestaron los senadores cartagineses.

¨Sea así, yo os declaro la guerra, fue la respuesta del embajador, que se volvió a Roma, comenzando ésta los preparativos para la campaña.

De esta manera se inicia la Segunda Guerra Púnica.

ANIBAL EN LA GALIA AÑO 218 a.C.

Roma reunió dos ejércitos, uno en Sicilia para invadir el África, otro en Italia para atacar España.

Pero Aníbal no les dejó tiempo de atacar.

Hizo venir de África infantes libios y jinetes nu-midas, y dejando a su hermano Asdrúbal con una flota y un pequeño ejército para defender el sur del Ebro, partió de Cartagena en la primavera (218 a.C), cruzó el Ebro, atravesó rápidamente el país hasta los Pirineos, batiendo a los pueblos que querían detenerle, y llegó a estas montañas.

Allí licenció una parte de sus soldados españoles, dejó sus bagajes para que los custodiara un pequeño ejército que confió a Hannón y atravesó los Pirineos. Llevaba 50.000 infantes africanos e iberos, 5.000 jinetes y 21 elefantes.

Una vez que entró en la Galia caminó rápidamente en dirección al Ródano.

Un ejército bárbaro, acampado en la orilla izquierda, quería impedirle el paso. Aníbal se detuvo en la orilla derecha, compró barcas y maderas y mandó hacer balsas.

Por la noche envió un destacamento que subió a lo largo del río unas leguas más arriba de su campamento, pasó el Ródano en las balsas y fue a ocultarse cerca del campamento de los bárbaros.

Al día siguiente, el grueso del ejército pasó el río en barcas. Los caballos, sujetos por la brida, nadaban a los lados. Los bárbaros, al ver aquello, salieron de su campamento y se colocaron en orden de batalla.

En aquel momento el destacamento cartaginés, oculto en la orilla Izquierda, salló de su emboscada, prendió fuego al campamento, cayó encima de los bárbaros por retaguardia y los hizo huir.

El ejército de Aníbal pasó el río y acampó en la orilla izquierda.

Costó mucho trabajo hacer pasar a los elefantes. Se hicieron balsas muy grandes y se las cubrió con tierra y césped. Los elefantes entraron en ellas creyendo andar por terreno firme.

De allí se les hizo pasar a otras balsas que fueron remolcadas hasta la opuesta orilla. Los elefantes.

Inquietos, con las patas metidas en el agua, estuvieron agitados al principio. Algunos llegaron a caer al río y lo cruzaron con la trompa en altó.

El general romano, P. Escipión, enviado para detener a Aníbal en la Galia, había seguido la costa. Al llegar al Ródano supo que Aníbal lo había pasado y se volvió a Italia.

En tanto Aníbal seguía en dirección a la misma península, los romanos se ocupaban en combatir a los galos de la Cisalpina. Los boyos y los insubres habían vuelto a hacer guerra y derrotado un ejército romano. Aníbal contaba con ellos para ir juntos contra Roma.

Un jefe galo, procedente de las orillas del Po, dirigió una arenga a los soldados. Les pintó la Cisalpina como un país rico, habitado por pueblos guerreros enteramente dispuestos a unirse a los cartagineses.

PASO DE LOS ALPES

El ejército de Aníbal subió por la orilla del Ródano, y luego, volviéndose al este hacia los Alpes, caminó durante ocho días por la montaña pasando por senderos escarpados. Los montañeses le atacaron varias veces.

Un día le interceptaron el paso, pero por la noche se retiraron. Aníbal aprovechó el momento para hacer que sus mejores tropas ocupasen la posición y el resto del ejército siguió adelante.

Los montañeses se arrojaron sobre la retaguardia, cuya marcha estorbaban los caballos. Fue preciso que Aníbal diera la vuelta para librarla. El noveno día el ejército llegó a la cumbre y descansó dos días. Uniéronsele los rezagados y los caballos que se habían salido del sendero y que se creía perdidos.

Quedaba todavía el descenso por la vertiente italiana, más áspera, por un sendero estrecho, faldeando precipicios insondables. Era a final de otoño y la nieve, recién caída, hacía hundirse a los cartagineses. Los soldados se caían, y al caer se agarraban a sus compañeros y los arrastraban al precipicio. Los caballos resbalaban y se iban rodando.

Llegaron a un desfiladero tan estrecho y de pendiente tan rápida, que los elefantes no podían pasar. Los caballos, al caer, rompían el hielo, y al levantarse se les quedaban las patas heladas en los agujeros.

Aníbal acampó, mandó barrer la nieve y abrir un camino en la roca. Los animales pasaron primero, luego ¡os numidas trabajaron tres días para ensanchar el camino y los elefantes pasaron por fin.

Con mucha posterioridad se refirió que, para abrir el camino, Aníbal había hecho disolver la roca con vinagre.

En octubre, cinco meses y medio después de su salida de Cartagena, Aníbal llegaba al país de los Insubres en la llanura del Po. No le quedaban más que 12.000 africanos, 8.000 españoles y 3.000 jinetes, hombres y caballos fatigadísimos, los soldados pareciendo más bien salvajes que guerreros.

Pero los galos de la Cisalpina le proporcionaron hombres, víveres, vestidos y armas.

El ejército se rehizo y se puso en marcha hacia el sur.

Batallas del Tesino, Trebia, Trasimeno y Canas.

Mientras Aníbal se dirigía a Italia, los romanos, suponiéndole en España, mandan a esa península con un poderoso ejército, al cónsul Publio Cornelio Escipion, que, sabiendo en la travesía la expedición de Aníbal, desembarcó en Marsella para estorbarle el paso del Ródano, que el cartaginés había atravesado días antes; por lo que, enviando a su hermano Cneo Escipion con parte del ejército y de la escuadra para hacer la guerra a los enemigos en España, él regresó desde Marsella a Italia con ánimo de salir al encuentro de Aníbal cuando bajara de los Alpes.

El pequeño ejército de Aníbal, aumentado con los auxilios de los galos de Cisalpina, encuentra a los romanos en las orillas del Tesino, afluente por la izquierda del Po, sufriendo éstos una completa derrota, salvándose con dificultad Escipion, que a pesar de haber sido herido en la batalla, repasó el Po con los restos de su ejercito.

Como resultado de la batalla del Tesino se declararon por Aníbal los galos de Traspadana, mal avenidos con el yugo romano.

En persecución de los romanos, Aníbal pasó el Po, alcanzándoles en las orillas del Trebia junto a Placencia.

No habiendo todavía curado de sus heridas, Escipion cedió el mando del ejército a su colega Sempronio, que pierde en la batalla 30.000 hombres.

Los galos hasta ahora remisos en declararse por Aníbal, le aclaman libertador de Italia, incorporándose a su ejército, que de esta manera se elevó a 90.000 hombres.

El general cartaginés pasó los Apeninos, penetrando en Etruria come libertador.

Al atravesar los terrenos pantanosos del Arno con agua hasta la cintura, pereció gran número de soldados, y el mismo Aníbal perdió un ojo; pero poco después alcanzó una completa victoria junto al lago Trasimeno haciendo una horrible carnicería en el ejército romano mandado por el cónsul Flaminio.

Después de ésta batalla, Aníbal en vez de dirigirse a Roma, repasó los Apeninos, penetrando en el Piceno, donde se vio constantemente molestado por las estratagemas del cónsul Q. Fabio Cunclator (el Contemporizador).

Con este motivo el cartaginés se desplazó hasta Canas: Roma en tanto, cansada de la lentitud y escaso resultado de las operaciones de Fabio, levantó un ejército de 90.000 hombres, que puso a las órdenes de los cónsules Paulo Emilio y M. Terencio Varron.

Este último, a pesar de las prudentes observaciones de su colega, presentó la batalla junto al rió Aufido cerca de Canas, sufriendo tal derrota que mas de 70.000 hombres, la mayor parte ciudadanos romanos, quedaron en el campo, contándose entre ellos 80 senadores, 21 tribunos militares, y el cónsul Paulo Emilio.

Guerra de los Romanos en Sicilia Toma de Siracusa

Las consecuencias de la batalla de Canas fueron desastrosas para Roma.

Toda Italia meridional pasó al dominio de Aníbal, y con  Galia Cisalpina que ya le obedecía desde las batallas del Tesino y del Trebia, quedó reducido el poder de Roma a Italia central. Por otra parte, el Cartaginés hacia alianza con Filipo de Macedonia, que ofrece auxiliarle con 200 naves; y por su iniciativa se sublevan Córcega, Cerdeña y Sicilia. Jamás se había visto Roma en un trance semejante; a cada momento podía esperar ver el enemigo a sus puertas.

Sin embargo Roma no desmayó; el patriotismo de todos, pusieron en pocos días la ciudad en disposición de resistir un sitio; levantando al mismo tiempo un ejército que a las órdenes de Marcelo y Fabio, persiguió al general cartaginés, que se vio obligado a levantar el sitio de Nápoles, siendo batido su lugarteniente Hannon en Nola por Marcelo.

El senado se propuso en primer término recobrar  Sicilia y castigar a Siracusa que se había unido con Aníbal; y Marcelo fue encargado de esta empresa.

Pasando a Sicilia, puso sitio a Siracusa, que se resistió tres años, gracias a las máquinas inventadas por el célebre geómetra Arquímedes, con las cuales los sitiados rechazaban ventajosamente los ataques de los sitiadores; pero al cabo de este tiempo Marcelo se apoderó por sorpresa de la ciudad, mientras los siracusanos celebraban una gran fiesta; pereciendo Arquímedes, a quien un soldado atravesó con su espada sin conocerlo ; pues Marcelo había dado orden a sus tropas de respetar la vida del célebre matemático.

La toma de Siracusa dio por resultado la sumisión de toda  Sicilia, que fue declarada provincia romana.

Al mismo tiempo, Filipo de Macedonia, antes de haber podido llevar a Italia el auxilio prometido a Aníbal, vio su escuadra derrotada cerca de Apolonia por los romanos, que alentaron además a los pueblos de la Grecia para sublevarse contra la autoridad de Filipo.

La guerra en Italia: Batalla del Metauro

Mientras los romanos combatían en Sicilia y Macedonia, continuaba la guerra en Italia entre Aníbal y los ejércitos romanos.

Aníbal se dirigió a Roma para obligarla a llamar a los sitiadores de Capua pero el senado se preparó a la defensa con sus fuerzas propias y las que pudo recuperar de otras partes, sin llamar a las que sitiaban la ciudad campania, que por fin fue tomada por hambre, y cruelmente tratada por los romanos.

Entre tanto Aníbal, que veía mermar continuamente su ejército, había pedido auxilios a Cartago y a su hermano Asdrúbal que combatía en España contra los generales romanos.

Cartago, dominada por la facción enemiga de los Barcas, se hizo sorda a las peticiones de Aníbal; pero Asdrúbal equipó un ejército de españoles y africanos, y dejando a sus generales la prosecución de la guerra en la península, se puso en marcha para Italia, siguiendo el mismo camino que años antes llevara Aníbal.

Llegado a Placencia, que estaba en poder de los enemigos, se detuvo a sitiarla, perdiendo un tiempo precioso.

Roma en tanto, advertida de los proyectos de Asdrúbal, levantó dos ejércitos que a las órdenes de los cónsules Levio y Neron, salieron a evitar la unión de los dos hermanos.

Asdrúbal, alcanzado por Levio en las orillas del Metauro, en  Umbria, perdió la vida en la batalla, y su ejército quedó completamente destruido.

Los romanos anunciaron esta derrota a los cartagineses, cortando la cabeza de Asdrúbal, y arrojándola al campamento de Aníbal.

El héroe cartaginés, viéndose abandonado en país enemigo, pudo pensar con razón que la estrella de Cartago se eclipsaba.

Sin embargo, apelando a todos los recursos de su poderoso genio, todavía se mantuvo por espacio de cinco años en la Italia meridional, sin que todo el poder de Roma fuera bastante para vencerlo, ni menos para obligarlo a abandonar la península.

Los Romanos en España

Cuando Aníbal emprendió su expedición A Italia, Roma envió a España para hacer la guerra a los cartagineses a los hermanos Publio y Cneo Escipión.

Publio regresó desde Marsella a Italia para oponerse a Aníbal a la bajada de los Alpes y Cneo, con el título de procónsul, llegó a España, comenzando las hostilidades contra Asdrúbal hermano de Aníbal, y apoderándose de buena parte de la península.

Al año siguiente, Publio Escipión después de haber sido derrotado por Aníbal en la batalla del Tesino, vino también a España, y uniendo sus fuerzas a las de su hermano, derrotaron a los cartigeneses en varios encuentros.

Para sustituir a los Escipiones, Roma nombró a Publio Cornelio Escipión, hijo de Publio y sobrino de Cneo, que a la sazón no contaba mas de 24 años.

Vino en efecto a España, pero no pudo evitar que Asdrúbal se dirigiera a Italia con su ejército para socorrer a Aníbal.

Sin embargo, por su valor, por la habilidad de su política y la dulzura de su carácter, venció a los cartagineses, en varios encuentros, se apoderó de los territorios que ocupaban, tomándoles además la ciudad de Cartago Nova y obligándoles a abandonar a España.

Escipión en África: Batalla de Zama:

Fin de la segunda guerra púnica. Nombrado cónsul por sus victorias contra los cartagineses en España, Escipion propuso al senado llevar la guerra al África, con el propósito de que Cartago llamase en su socorro a Aníbal, que se encontraba en el Abruzo, de donde no habían podido desalojarlo los romanos.

El senado, a instancias de Fabio Máximo se negó a su pretensión, pero le concedió permiso para alistar voluntarios en Italia y en Sicilia, reuniendo por este medio en muy poco tiempo hasta 30.000 hombres, con los cuales pasó al África.

Salió al encuentro de Escipión el general cartaginés Asdrúbal con un poderoso ejército, ayudado por la caballería de Syfax rey de Numidia, casado con la hija de Asdrúbal, llamada Sofonisba.

Escipión consiguió incendiar el campamento de Asdrúbal y el de Syfax, y derrotó las tropas que pudieron escapar de la catástrofe.

El númida Masinisa, aliado de Roma, se apoderó de Cirta capital de los Estados de Syfax, cayendo en su poder Sofonisba, que se envenenó para no ser esclava de los romanos.

Escipión se apoderó de Túnez, casi a las puertas de Cartago que, como el romano había previsto, tuvo que llamar apresuradamente a Aníbal. Este abandonó con honda pena el territorio de Italia, teatro de sus victorias.

batalla de zama guerras punicas

Con un poderoso ejército se dirige en busca de Escipión; poco antes de combatir, tuvo una conferencia con el general romano para hacer la paz .

Esta fue imposible por las exageradas exigencias de Escipión, y fue necesario dar la batalla; y a pesar del genio de Aníbal y del valor de sus tropas, fueron los cartagineses completamente derrotados por Escipión en la batalla de  Zama.

Cartago vencida tuvo que aceptar las duras condiciones que le impuso el vencedor, que fueron renunciar a su dominación en España, Sicilia y las otras islas del Mediterráneo; entregar a Roma su escuadra, pagar una fuerte indemnización, comprometiéndose a no emprender guerra alguna sin el consentimiento de Roma.

Así concluyó la segunda guerra púnica, quedando Cartago atada de pies y manos en poder de Roma. Escipion, que fue llamado el Africano, adquirió en ella una gloria imperecedera.

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Últimos años de Aníbal. Después de la batalla de Zama, y de la paz con Roma, el partido democrático de Cartago dirigido por Aníbal, consiguió sobreponerse a la aristocracia, emprendiendo radicales reformas en el gobierno, en la administración y en el ejército, para devolver a su país la unidad y la fuerza que había perdido.

Quizá soñaba Aníbal por estos medios tomar algún día la revancha de Roma. P

ero estos proyectos se desvanecieron por la envidia del partido aristocrático, cuyo jefe, Hannon, denunció a Aníbal a los romanos; por lo cual el senado exigió que se lo entregasen, teniendo que huir a la corte de Antisco, rey de Siria, para librarse de sus enemigos.

Aníbal en Oriente no desistió de sus propósitos de destruir la República romana; pero sus grandiosos planes no podían tener acogida entre aquellos pueblos corrompidos, y Antioco derrotado en Magnesia por los romanos, prometió a éstos entregarles al general cartaginés, que tuvo que huir, acogiéndose a la corte de Prusias, rey de Bitinia.

El odio romano le persiguió basta su último refugio; y no pudiendo conseguir por medio alguno que el rey se lo entregase, el general Flaminio concertó a unos asesinos, que se encargaron de quitarle la vida; Aníbal, por no caer en sus manos, tomó un veneno que puso fin a su existencia.

Consecuencias de las Guerras Púnicas

Las guerras púnicas no han concluido todavía; después de la segunda vendrá la tercera y última.

Pero la importancia histórica de aquel hecho, termina en esta segunda guerra; porque en ella se resuelve de una manera decisiva la cuestión que en ellas se ventilaba, cine era la preponderancia de Roma ó de Cartago.

La república africana, después de la batalla de Zama y de la muerte de Aníbal, ha dejado de ser un obstáculo para la marcha de Roma. Por esta razón debemos examinar aquí las consecuencias de aquellas guerras.

Las guerras púnicas son el hecho más importante y trascendental de la historia de la república romana.

Antes de estas guerras, Roma encerrada en la  península Italiana, no pudo pensar siquiera en la conquista del mundo; pero vencida Cartago, esta idea no sólo es acariciada por Roma, sino que su realización se presenta fácil y hacedera.

El Oriente corrompido y en decadencia, y el Occidente bárbaro y dividido, constituyen ahora el objeto de la ambición de Roma, que con menos sacrificios de lo que le han costado las guerras púnicas, y en poco tiempo extenderá su dominación desde el Eúfrates al Atlántico.

Así la consecuencia mas importante de aquellas guerras consiste en el carácter universal que toma desde entonces la historia de Roma.

Reformas de Diocleciano Tetrarquía Organización del imperio

Reformas de Diocleciano Tetrarquía Organización del Imperio

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REORGANIZACIÓN DEL IMPERIO HECHA POR DIOCLECIANO

Diocleciano, ayudado de un compañero, Maximiano, al cual había designado como colega (286), acabó de poner en orden el Imperio.

En la Galia, aldeanos sublevados contra ios recaudadores de impuestos se habían organizado en ejército y atrincherado cerca de la confluencia del Marne con el Sena (en Saint-Maurdes Fossés). Se les llamaba bagau-dos. Habían proclamado a dos emperadores. Maximiano los exterminó (285). Luego obligó a retirarse a los alamanes.

Diocleciano hizo la guerra a los partos, los venció y les obligó a hacer la paz y ceder la Mesopotamia.

Para hacer más fácil el gobierno, transformó la organización del Imperio:
1°) No quiso ser sólo emperador y hubo dos Augustos, Diocleciano y Maximiano, y dos Césares, sometidos a los Augustos. Los cuatro eran ¡lirios. Cuando moría uno de los Augustos, uno de los Césares debía sustituirle. De esta suerte el Imperio nunca quedaba vacante. El emperador ya no había de ser elegido, sino escogido por el precedente y no dependía ya del Senado ni del ejército.

2º) Para defender tan vasto territorio, los emperadores se distribuyeron el gobierno. Diocleciano se estableció en Oriente, en Nicomedia. A sus órdenes, Galero estaba encargado de la Iliria. Maximiano se estableción en Occidente, en Milán, dejando a Constancio Cloro gobernar la Galia, Bretaña y España.

3º) Las antiguas provincias parecían demasiado grandes para un solo gobierno, y ya se habían dividido en dos, varias de ellas. Diocleciano acabó de dividirlas. En vez de 57, hubo 96. Los gobernadores ya no tuvieron ejército que mandar.

) Italia era administrada por el prefecto de la ciudad, Roma por el Senado. Diocleciano acabó de quitar al Senado su poder y a Italia sus privilegios. La dividió en provincias y le hizo pagar las mismas contribuciones que el resto del Imperio.

5º) El emperador era un magistrado. Diocleciano se hizo llamar «dueño» y empezó a usar la diadema a la manera de los reyes de Oriente.

Cuando quedó organizado el nuevo gobierno, Diocleciano, que había reinado veinte años, abdicó y obligó a Maximiano a abdicar también. Dejaba el poder a los dos Césares, que vinieron a ser los dos Augustos y nombraron dos nuevos Césares (305).

Se retiró a su país, a Salona, a orillas del Adriático, donde se había hecho edificar un palacio inmenso, semejante a una fortaleza, con un parque de caza. La ciudad levantada sobre las ruinas de este palacio ha tomado su nombre (Spalato, el palacio).

Se dice que, retirado en Salona, se distraía labrando la tierra. Un día que Maximiano le aconsejaba volver al Imperio, respondió: «Si vieras las hermosas legumbres que hago crecer en mi huerto, no me hablarías de volver a preocupaciones semejantes».

LECCIÓN XIX:  TETRARQUÍA – ORGANIZACIÓN DE LA MONARQUÍA IMPERIAL.

DESDE DIOCLECIANO HASTA JOVIANO
(285-364).

La guerra civil, la inestabilidad de la sucesión imperial, la simultaneidad y persistencia de las invasiones bárbaras, la amplitud del territorio imperial, el desorden fiscal, la escasez de alimentos, la inflación, así como la decadencia cultural y religiosa impulsaron a Diocleciano a adoptar una política reformista que, aprovechando la experiencia de sus predecesores, basó en la descentralización y el fortalecimiento de la burocracia y del ejército.

Siguiendo la iniciativa absolutista de Aureliano, adoptó el título de Júpiter y nombró a su general y amigo Maximiano cesar y Hércules, y le confió el gobierno de Occidente, con sede en Milán. Cuando formó la tetrarquía, en 296, Diocleciano equiparó a Maximiano con el rango de augusto. Las sucesivas divisiones del poder no entrañaron, aunque sí anunciaron, la ruptura de la unidad del Imperio, afirmada como patrimonium indivisum.

  1.   Organización del imperio por Diocleciano.— Aunque de un origen humilde, nacido en Dalmacia, Diocleciano, dotado de grandes talentos militares, se había elevado a los primeros puestos por su propio mérito; y proclamado emperador a la muerte de Numeriano y de Carino, manifestó en el trono sus grandes dotes de hombre político y de gobierno.

  Los males que aquejaban al imperio tenían muy diverso origen. La escasa importancia del poder imperial, cuyas atribuciones no estaban bien determinadas; el desorden y la tiranía de la administración provincial; y las exigencias crecientes cada día de los pueblos bárbaros en las fronteras. Estas tres causas podían estimarse como las principales y más influyentes en la decadencia de Roma, y Diocleciano se propuso remediarlas, empleando con este fin su poderosa iniciativa y su incansable actividad.

  Diarquía. En primer lugar rodeó su persona del fausto y de la pompa de los monarcas orientales; y tomó como asociado a Maximiano, con el título de Augusto, distribuyéndose entre ambos las provincias, reservándose Diocleciano el Oriente, y eligiendo para su residencia la ciudad de Nicomedia; y quedándose en Occidente Maximiano, que se estableció en Milán.

Ambos se rodearon de una corte numerosa, teniendo a sus órdenes las legiones correspondientes para contener a los bárbaros. Entre tanto, Roma fue abandonada; el senado y las magistraturas romanas perdieron por esta causa la escasa importancia que aun conservaban; y fue abolida la guardia pretoriana.

  1.   Guerras en Oriente y Occidente. — La división del imperio tenía por objeto facilitar la guerra contra los pueblos que habitaban en las fronteras; con cuyo fin se eligieron por capitales las dos ciudades mejor situadas, Nicomedia y Milán.

  En la primera guerra Maximiano sometió y castigó duramente a los paisanos de la Galia (Bagodas) que agobiados por la miseria se habían sublevado contra los romanos. Tuvo que hacer la paz con Carausio, que se había declarado emperador independiente en la Bretaña; y derrotó a los  Francos en las orillas del Rhin, reparando las fortalezas entre este río y el Danubio. En el Oriente, Diocleciano venció a los Persas y Sarracenos; también a los Godos y Sármatas en las orillas del Danubio.

   La Tetrarquía. — No bastando la actividad de los dos Augustos para contener las frecuentes irrupciones de tantos pueblos que por diferentes puntos atacaban el imperio, Diocleciano creyó necesario dar participación en el gobierno a dos nuevos auxiliares, con el nombre de Césares, que venían a desempeñar las funciones de lugartenientes de los dos emperadores, a quienes habían de suceder.

Fueron nombrados Galeno, César de Diocleciano, y Constancio Cloro de Maximiano, repartiéndose las provincias entre los cuatro de la manera siguiente: Diocleciano se encargó del Asia y el Egipto, y dejó a Galeno Grecia, Tracia, Mesia, Panonia, etc., estableciéndose en Sirmium: Maximiano se reservó la Italia y el África, y encomendó a Constancio Cloro la España, las Galias y la Bretaña, eligiendo por capital a Tréveris (Augusta Treverorum).

El tránsito de Diodeciano hacia la tetrarquía fue obligado por las circunstancias, más que por una decisión intencionada. Su deseo de garantizar una sucesión sin incidentes y fortalecer la defensa de las fronteras lo llevaron, primero, a nombrar augusto a Maximiano y compartir la administración del Imperio con él. Pero la presión invasora y los problemas internos requerían una mayor descentralización. Entonces, hizo emperadores a Galerio y Constancio Cloro; les dio el título de cesar y los convirtió en herederos. A los veinte años de gobierno, Maximiano y él mismo abdicaron, cediendo a sus sucesores el título de augusto. Ellos debían nombrar nuevos cesares. Pero el sistema se quebró debido a las ambiciones de los hijos de Maximiano y Constancio Cloro, que se autonombraron emperadores.

  1. Reformas administrativas de Diocleciano. — La Tetrarquía, o división del imperio en cuatro gobiernos, se relacionaba con la administración de las provincias, que Diocleciano se propuso reformar. En primer lugar igualó a Italia con las provincias, despojándola del privilegio que siempre había tenido de no pagar tributos. Disminuyó la autoridad de los prefectos, y de los gobernadores, dividiendo las grandes provincias, y estableciendo los vicarios o subprefectos.

  Diocleciano llevó los beneficios de su gobierno a las letras y al derecho, ordenando las primeras codificaciones que se conocen en la historia con el nombre de Gregorio y hermógenes. Favoreció la industria y el comercio; y procuró con singular esmero los adelantos de la agricultura, mejorando la condición de los colonos.

  1.   Nuevas guerras en Oriente y Occidente. — Los dos Augustos y los dos Césares, comenzaron la guerra con los pueblos limítrofes a sus respectivos gobiernos. En Oriente Diocleciano venció a Achileo que se había apoderado del Egipto; y Galerio fue encargado de la guerra con los Persas, que al mando de Narsés, habían invadido Armenia, aliada de Roma: y aunque en una primera expedición estuvo en peligro de perder su ejército en los desiertos de la Persia, consiguió después vencer a Narsés, que tuvo que pedir la paz, cediendo la Mesopotamia y quedando el Tigris como limite del imperio. La paz de Nisibis se celebró con gran solemnidad en Roma.

  Entre tanto, en Occidente Maximiano derrotó en África al usurpador Juliano; y Constancio Cloro venció a los bárbaros en las orillas del Rhin persiguiéndolos hasta el Weser; pasó a Bretaña y concluyó con el gobierno independiente de Carausio.

  1. Abdicación de Diocleciano y Maximiano. — Cansado de los negocios, debilitado por las enfermedades, insensible a los goces y hastiado de las ilusiones del mando, Diocleciano resolvió abdicar el imperio, cediendo además a las vivas instancias de Galerio; y puesto de acuerdo con su colega Maximiano, en un mismo día abandonaron ambos el trono, sucediéndoles los dos Césares, Galerio y Constancio Cloro.

  Diocleciano se retiró a su pueblo natal de Salona en Dalmacia, donde pasó los últimos años de su vida, dedicado exclusivamente al cultivo de sus jardines.

  Galerio y Constancio Cloro nombraron Césares a Maximino Daia y a Severo. Constantino, hijo de Constancio, permaneció algún tiempo al lado de Galerio que, envidioso de sus relevantes condiciones, le hubiera quitado la vida a no temer una sublevación en el ejército, entusiasta del hijo de Constancio. Este llamó a su hijo a Bretaña, donde se encontraba; muriendo poco después en Evoracum (York) dejando por sucesor a Constantino, que fue nombrado Augusto por las legiones.

  1. Juicio sobre el reinado de Diocleciano. — No se puede negar la grandeza del reinado de Diocleciano. Cuando el mundo romano se hundía bajo el inmenso desorden de la anarquía militar, Diocleciano, dotado de grande energía y de mayor actividad, consiguió evitar por el pronto su ruina, y comunicar nuevos alientos a aquel cuerpo moribundo, merced a lo cual pudo prolongar todavía cerca de dos siglos su existencia.

  Pero Diocleciano, que no era un talento de primer orden, a pesar de sus grandes dotes, no podía conocer, y no conoció las causas principales de la decadencia del imperio; así es que sus disposiciones contribuyeron unas a mejorar grandemente la situación de la sociedad, mientras que otras produjeron el efecto enteramente contrario.

Diocleciano consiguió dar unidad y moralizar un tanto la administración provincial; realizó con valor la igualdad en los impuestos; concluyó con el despotismo de los pretorianos, y favoreció la agricultura, la industria y el comercio. Pero no acertó a rodear la monarquía de las instituciones políticas que le eran necesarias contentándose con encumbrar la persona del monarca, revistiéndola de la pompa y del fausto oriental; pero dejando la institución tan expuesta como estaba antes a los vaivenes de la política y a la fuerza ciega de los acontecimientos.

  La diarquía, y después la tetrarquía, si bien es cierto que eran el único medio de contener las irrupciones de los bárbaros, sembraron también el germen de división en el imperio, que dará sus frutos más adelante en tiempo de Teodosio. Y esta división por una parte, y por otra el abandono de Roma, concluyeron con la fuerte unidad, característica de la política romana, que siempre había estado representada en la gran ciudad como cabeza del mundo.

  Por último, aunque compelido por Galerio, Diocleciano cometió la torpeza y la inhumanidad de ordenar la última y más cruel persecución contra los cristianos.

  1. Seis emperadores a la vez. — A la muerte de Constancio Cloro, según el orden establecido por Diocleciano, quedó ocupando el primer lugar de la Tetrarquía el otro Augusto, Galerio, quien se dio por colega a Severo que era ya César; mientras que Constantino el hijo de Constancio, a pesar de haber sido proclamado Augusto por las legiones de Bretaña, tuvo que resignarse a desempeñar el papel de César.

  Por otra parte, el disgusto general en Italia contra Galerio, por la exacción de los tributos que ordenaba la ley de Diocleciano, y el descontento de los romanos por haber perdido su ciudad la preeminencia de capital del imperio, dio por resultado una sublevación general en Roma, en la que fue proclamado emperador Majencio, hijo de Maximiano, quien volvió a tomar el titulo de Augusto que antes había tenido como colega de Diocleciano. Severo, el Augusto nombrado por Galerio, desde Milan se dirige contra Majencio y Maximiano, pero no pudiendo penetrar en Roma, abandonado por sus tropas, y perseguido por Maximiano, tuvo que encerrarse en Rayana, y tomada la ciudad, fue condenado a muerte.

  Galerio intentó vengar la muerte de su colega, pero mal recibido en Italia, hizo la paz con Majencio y Maximiano, reconociéndolos como soberanos, y nombró Augusto a Licinio en sustitución de Severo. De esta manera se elevó a seis el número de Augustos, que fueron, Maximiano y Majencio en Italia y África, Constantino en las Galias, Galerio y Licinio en Iliria, y Maximino Daia en Oriente.

  1. Guerras entre los Augustos. — Semejante división no podía subsistir, porque todos los Augustos aspiraban a la dominación única en el Imperio. Las luchas comenzaron entre Majencio y su padre Maximiano: vencido este último, se refugió al lado de su yerno Constantino, en busca de su apoyo para recuperar el trono. Constantino se negó a esta pretensión, y el ambicioso anciano conspira contra él; descubiertas sus maquinaciones, tuvo que huir de Tréveris, y perseguido por su yerno, se quitó la vida en Marsella. Poco después acaba Galerio sus días, publicando antes de morir el edicto de tolerancia en favor de los cristianos.

  Vencedor de Maximiano, Constantino pasa a Italia, donde su cuñado Majencio se había hecho odioso por sus crueldades; y entablada la guerra entre ellos, Constantino sustituye la antigua bandera romana por el Lábaro con la cruz y el nombre de Jesucristo, en recuerdo de un sueño, en el cual se le apareció un anciano manifestándole una cruz con esta inscripción, In hoc signo vinces. Constantino derrota en Turin, en Verona y en el Puente Milvio, a Majencio, que murió ahogado en el Tíber; siendo recibido con trasportes de alegría en Roma, donde consiguió restablecer el orden, y atraerse los ánimos del pueblo y del senado, y procuró alejar las legiones mandándolas a pelear contra los bárbaros de Germania.

  Licinio, dueño del Oriente, había establecido alianza con Constantino, casándose con su hermana Constancia; y derrota en Andrinópolis a su César, Maximino Daia, que se suicidó poco después.

  De los seis Emperadores sólo restaban Constantino en Occidente, y Licinio en Oriente. Reunidos ambos en Milan, publicaron el edicto de tolerancia religiosa para todos los cultos, poniendo fin de esta manera a las persecuciones contra los cristianos. Pero aspirando ambos a dominar en todo el imperio, la guerra no se hizo esperar. Licinio fraguó una conspiración contra su cuñado, y descubierta por éste, se entabló la lucha, en la que Licinio después de haber sido derrotado, pidió y obtuvo la paz, cediendo a Constantino Panonia, Iliria, Macedonia y Grecia.

  Después de algunos años de tranquilidad entre los dos emperadores, que Constantino emplea en combatir a los Godos en la Panonia, la Iliria y la Dacia, la guerra estalla entre ellos, bajo el pretexto de que Licinio perseguía a los cristianos, a pesar del edicto de Milan. Licinio fue derrotado en Andrinópolis y en Calcedonia, y muerto poco después en Tesalónica de orden de Constantino, quedando éste como único emperador.

  1. Constantino único emperador. Fundación de Constantinopla. — Por la muerte de Licinio quedó Constantino como único dueño del Imperio; con objeto de terminar las cuestiones religiosas entre Arrió y san Atanasio, obispo de Alejandría, reunió el primer concilio ecuménico en Nicea.

  De regreso en Roma, Constantino manchó su historia mandando quitar la vida a Crispo, su hijo más querido, y a su madrastra Fausta, acusados de incesto y adulterio; cuyo hecho fue severamente reprobado por su virtuosa madre santa Helena, y del cual se arrepintió bien pronto el mismo Constantino.

Emperador Constantino

  Estos acontecimientos contribuyeron quizá a confirmar a Constantino en su idea de fundar una nueva capital del Imperio, Roma apegada a sus antiguas instituciones, y centro del paganismo, no podía convenir al fundador de una nueva monarquía, ni al protector de una nueva religión.

Y esto unido con la magnifica situación de Bizancio; colocada entre dos mares y uniendo dos continentes; y su proximidad al Danubio por una parte, donde constantemente amenazaban los Godos, y por otra al Eúfrates donde acampaban los Persas, decidió a Constantino o elegir aquel lugar para su nueva residencia; en muy poco tiempo Bizancio se aumentó considerablemente, se embelleció con magnificas construcciones, y Constantino estableciéndose en ella, y dándole el nombre de Constantinopla, la enriqueció con todos los privilegios de la antigua capital del mundo.

  1. Reorganización del Imperio por Constantino. — Constantino se propuso completar la organización política de Diocleciano, centralizando el poder en manos del emperador, igualando la condición de todas las provincias, y concluyendo con el predominio de la fuerza militar.

  En primer lugar rodeó su persona de altos dignatarios, y funcionarios privilegiados que vinieron a sustituir a la antigua nobleza, dándoles los nombres pomposos de ilustres, nobilísimos, patricios, honorables y perfectísimos. Creó un consejo privado, una especie de ministerio, formado de siete personajes de la principal nobleza, encargados de la alta administración del Estado, y de los cuales dependían un gran número de funcionarios de distintas categorías.

  Para la mejor administración y gobierno del Imperio, Constantino lo dividió en cuatro prefecturas del pretorio, que fueron, Galia, Italia, Iliria y Oriente, poniendo al frente de cada una un prefecto. Las prefecturas fueron divididas en diócesis, gobernadas por subprefectos; y las diócesis en provincias, dirigidas por procónsules o gobernadores. Esta división, sin embargo, no destruía la unidad del Imperio; pues si esas autoridades eran iguales entre si, sobre ellas existía el dominio soberano del emperador, del que todas dependían. Era, pues, la misma tetrarquía de Diocleciano, pero no expuesta a la división, por la existencia de un poder supremo que todo lo domina. Con objeto de evitar las sublevaciones de los prefectos, Constantino les concedió funciones administrativas y judiciales, pero les privó del poder militar.

  Para concluir con el predominio de la fuerza militar, Constantino comenzó suprimiendo la guardia pretoriana, y disminuyendo el contingente de las legiones de 6,000 a 4,500 hombres. Dividió las tropas en palatinas, las que daban guarnición en las ciudades, y fronterizas las que ocupaban campamentos fortificados para contener a los bárbaros en los confines del Imperio. Los jefes superiores de la milicia, llamados magistri militum, fueron dos al principio, y cuatro después; teniendo bajo sus ordenes los condes y los duques, etc. Desde este tiempo los bárbaros, como los romanos, eran admitidos igualmente en las legiones.

  Una administración relativamente tan complicada aumentó considerablemente los gastos, y hubo necesidad de aumentar también los tributos, y crear nuevos impuestos, que todos vinieron a pesar sobre los propietarios, los senadores y el comercio, por estar exentos de moda tributación el clero, la nobleza y la milicia.

  1.   Últimos actos de Constantino. — Constantino completó la organización monárquica y consiguió remediar los males que corroían el Imperio: habían vencido a los Francos, Alemanes Godos y Sármatas: recibió embajadores hasta de pueblos lejanos solicitando su amistad; pero a pesar de haber presidido el Concilio de Nicea, en sur últimos años prestó su apoyo al hereje Arrio, desterró a san Atanasio, y fue bautizado, según se cree, poco antes de morir, por el obispo arriano Eusebio de Cesárea.
  2.   Juicio sobre el reinado de Constantino. — Pocos personajes presenta la historia, sobre los cuales se hayan emitido juicios tan diversos y contradictorios, como respecto de Constantino ensalzándolo e deprimiéndolo, según el aspecto bajo el cual se considere su reinado. Y la verdad es que sus actos dan motivo suficiente para esa diversidad de Opiniones.

  No es posible negar a Constantino dotes superiores como hombre político y de gobierno, actividad incansable en sus propósitos, amor a la cultura y civilización; ni seria justo desconocer los servicios inmensos que prestó al mundo romano, y con él a la humanidad, no sólo por la organización dada al Imperio, y por los beneficios de una larga paz, sino más principalmente por haber dado la libertad a los cristianos en la predicación y propaganda del Evangelio, prestando así su poderoso amparo a la única idea que podía salvar a la sociedad moribunda.

  Pero en cambio de tantos beneficios, su memoria está manchada por la muerte de su hijo Crispo, acusado tal vez sin razón por su madrastra, y por la muerte de esta misma; y si favorece a los cristianos, no por eso se despoja por completo de sus preocupaciones paganas, levantando por un lado magníficos templos al Dios verdadero, y reparando por otro el templo de la Concordia, y consultando a los arúspices.

  Sin embargo, estas inconsecuencias tienen su explicación. Constantino había sido educado en el paganismo, que estaba llamado a desaparecer, y tenía delante de si una religión que lo había de sustituir: no son de extrañar sus dudas y vacilaciones entre el mundo que se iba, pero que era conocido, y la nueva idea, cuyo alcance moral y político no era dable a Constantino prever.

  1.   Los hijos de Constantino. — Por el testamento de Constantino había de dividirse el Imperio entre sus tres hijos, dando a Constancio el Oriente, a Constante la Italia y África, y a Constantino II el Occidente; señalándose algunas provincias a sus sobrinos Dalmacio y Annibaliano.

  Creyéndose perjudicados con esta repartición los hijos de Constantino, y descontentos los nobles y el ejército, en una sublevación de la guardia de palacio perdieron la vida los sobrinos y parientes de Constantino, salvándose únicamente Galo y Juliano, niños todavía.

  Libres de la concurrencia de sus parientes, Constancio, Constante y Constantino, se repartieron el Imberio. Constancio en Oriente, para defender a Cosroes, rey de Mesopotamia y aliado de Roma, se empeñó en guerra contra Sapor II, rey de Persia, perdiendo la batalla de Singara; pero la defensa de Nisibis, y una invasión de los Masagetas en la Persia, obligaron a Sopor a hacer la paz con los romanos.

  En Occidente Constantino II, como el mayor de los hermanos, pretendió despojar de la Italia a Constante, y perdió la vida en una batalla cerca de Aquileya. Dueño Constante de todo el Occidente, provocó con su tiranta una sublevación en las Galias, por la cual fue proclamado emperador Magnencio, perdiendo la vida el hijo de Constantino. Constancio, libre de la guerra de los persas, se dirigió contra Magnencio, que perdió la batalla de Mursa, suicidándose después.

  1. Constancio único emperador. — Por la muerte de Magnencio quedó Constancio único dueño de todo el Imperio que había regido su padre Constantino. Incapaz para gobernar, entregó al eunuco Eusebio la dirección del Estado cruel y supersticioso, persigue a los obispos, y destierra al papa Liberio, que se niegan a aprobar algunos dogmas del concilio arriano de Sirmium.

  Constancio había nombrado César a su primo Galo; y desconfiando de su lealtad, lo hizo decapitar en Pola de Istria. Entre tanto, la conducta de Constancio había producido un disgusto general en el Imperio, a la vez que los Bárbaros intentan pasar la frontera en Oriente y Occidente.

  En esta situación, Constancio nombró César a su otro primo Juliano, encargándole la guerra contra los francos y alemanes, y él se encaminó a combatir a los Godos en el Danubio, y a los persas en Oriente.

  1. Juliano en las Galias. — Suspicaz y receloso, Constancio había dejado muy escasas fuerzas a Juliano para combatir a los Bárbaros. Sin embargo, después de algunos descalabros, logró reunir un pequeño ejército, con el cual consiguió derrotar a los Francos y alemanes, les tomó a Colonia y les obligó a pasar el Rhin.

  Asegurada de este modo la frontera, Juliano volvió a Lutecia (París) que era su residencia habitual, dedicándose a mejorar la administración y promover la prosperidad de las Galias. Entre tanto, su primo Constancio, envidioso de sus triunfos y temeroso de su poder, le ordena el envío de sus mejores tropas a Oriente para combatir a los Persas. Su ejército se niega a marchar, y proclama Augusto a Juliano. Entabla éste negociaciones con Constancio para que aprobara el nombramiento; y negándose a ello, se dirigió contra Juliano, muriendo de enfermedad en Tarso do Cilicia, dejando por sucesor al mismo Juliano.

  1. Juliano el Apóstata. — Siendo el único individuo que quedaba de la familia de Constantino, y habiéndose distinguido tanto en su gobierno de las Galias, Juliano fue proclamado con entusiasmo en todo el imperio.

  En el poco tiempo que dirigió los destinos de Roma, reformó la fastuosa prodigalidad de la corte, expulsando los eunucos, cocineros, barberos, y mujeres de mal vivir, que había imperado en los tiempos anteriores, disminuyendo por estos medios una quinta parte de los impuestos. Restableció el orden en el imperio, mejoró la administración y gobernó con justicia, mostrando su gran capacidad en el trono, combates había manifestado sus talentos militares combatiendo los Bárbaros.

  Sin embargo, abjurando el cristianismo, se propuso restablecer el culto pagano; y aunque no empleó la crueldad de las persecuciones de Decio y Diocleciano se valió de Otros medios pacíficos, pero más perjudiciales a la fe que las mismas persecuciones.

  En su persecución solapada contra el cristianismo, comienza proclamando la libertad religiosa, favoreciendo sin embargo el paganismo, alejando a los cristianos de los cargos públicos, cerrándoles sus escuelas, privando de sus bienes y privilegios a las iglesias, y concediéndolos a los templos y al culto pagano.

  Poco después en guerra contra los persas, pasó Eúfrates y Tigris, internándose en desiertos, y aunque consigue a unas ventajas, perdió la vida en una batalla.

  1. Juicio sobre el reinada de Juliano el Apóstata. — Juliano había sido educado en sus primeros años en las máximas del cristianismo; y completó sus estudios en Atenas, dedicándose con verdadero afán a conocer la literatura y la filosofía griega, adoptando los principios del estoicismo.

  Como general y como César en las Galias, su conducta merece los mayores elogios, conciliándose por ella la afección del ejército y de los pueblos. Como emperador procuró entronizar las costumbres y los principios de los estoicos. Como cristiano, con sus procedimientos maquiavélicos, con el ridículo y con la sátira, hizo mas daño a la nueva religión que los más crueles perseguidores.

JUliano el apóstata

  1.   Joviano. — No habiendo designado sucesor Juliano, en el mismo campo de batalla fue proclamado por los generales Joviano, que tuvo que aceptar la paz de Dara, cediendo a los persas algunas provincias del Imperio, y que reintegró a los cristianos en los derechos que tenían antes de Juliano. Murió antes de llegar a Constantinopla, sucediéndole Valentiniano.

 RESUMEN DE LA LECCIÓN XIX.

 —1. Diocleciano procuró remediar los males que aquejaban al imperio. Rodeo su persona del fausto de las monarquías orientales tomó por asociado a Maximiano, encargándole el gobierno de Occidente, y él se reservó el Oriente.

—2. Maximiano venció a los Bagodas, paisanos de la Galia; reconoció a Carausio emperador de la Bretaña; derrotó a los francos y reparo las fortalezas entre al Rbin y el Danubio. Diocleciano venció a los godos y sármatas, a los persas y a los sarracenos.

—3. Para atender mejor a la guerra contra los Bárbaros, fueron nombrados dos nuevos, auxiliares con el titulo de Césares, que fueron Galeno y Constancio Cloro; creándose de esta manera la Tetrarquía o gobierno de cuatro, repartiéndose entre ellos las provincias.

—4. Diocleciano igualó a Italia con las provincias en lo relativo a tributos, disminuyó la autoridad de los prefectos y gobernadores; y favoreció las letras y el derecho, la agricultura, industria y comercio.

 —5. Diocleciano venció a Achileo en Egipto, y Galeno derrotó a Narsés rey de Persia, obligándolo a pedir la paz, cediendo a Roma la Mesopotamia. En Occidente Maximiano derrotó en África al usurpador Juliano, y Constancio Cloro venció a los Bárbaros, y concluyó con el gobierno de Carausio en la Brotada.

—6. En un mismo día abdicaron Diocleciano y Maximiliano, sucediéndoles los dos Césares, los cuales tomaron el título de Augustos, y nombraron nuevos Césares a Maximino Daia y a Severo. AL morir Constancio Cloro dejó por sucesor a su hijo Constantino, que fue nombrado Augusto por las legiones.

— 7. Diocleciano consiguió prolongar por algún tiempo la existencia del imperio: realizó grandes reformas beneficiosas, pero no acertó a rodear la monarquía de las instituciones que necesitaba; la Tetrarquía sembró el germen de división, que se aumentó con el abandono de Roma: y los cristianos sufrieron en este tiempo una cruel persecución.

—8. A la muerte de Constancio Cloro, el otro Augusto, Galerio, se dio por colega a Severo: en Roma fue proclamado Augusto Majencio, hijo de Maximiano, y este mismo volvió a tomar ese título, que tuvo antes con Diocleciano; Severo, en guerra con Maximiano y Majencio, se encerró en Ravena, y tomada la ciudad, fue condenado a muerte. Galerio se dio entonces por colega a Licinio. Además Constantino era Augusto en las Galias, y Maximino Daia en Oriente.

—9. Majencio derrotó a su padre Maximiano, que perseguido también por su yerno Constantino, se quitó la vida. Este último vence a Majencio, que muere ahogado en el Tiber. Maximino Daia, derrotado por Licinio en Andrinópolis, se quitó la vida: Galerio había muerto tiempo antes. Constantino y Licinio, solos emperadores, publicaron en Milán el edicto de tolerancia religiosa: declarada la guerra entre ellos, fue vencido Licinio, y perdió la vida poco después en Tesalónica.

— 10. Constantino, único emperador, reunió el Concilio en Nicea; mandó quitar la vida a su hijo y a su esposa; y trasladó la corte a Bizancio que tomó el nombre de Constantinopla.

—11. Constantino rodeó su persona de altos dignatarios y funcionarios privilegiados: creó un Consejo privado, o ministerio. Dividió el imperio en cuatro prefecturas, éstas en diócesis, y las diócesis en provincias; suprimió la guardia pretoriana, dividió las tropas en palatinas y fronterizas; y aumentó considerablemente los impuestos.

—12. Constantino venció a los Bárbaros y organizó el imperio; pero en sus últimos tiempos desterró a San Atanasio, protegió el arrianismo, y fue bautizado poco antes de morir por Eusebio de Cesárea.

—13. Constantino tenía dotes superiores como hombre de gobierno y prestó inmensos servicios al imperio y a la humanidad; pero su memoria está manchada por la muerte de su hijo, y por sus preocupaciones paganas.

— 14. Constantino dejó el imperio a sus hijos Constancio, Constante y Constantino. Constancio hace la paz con el rey de Persia; Constantino pierde la vida al querer despojar a Constante de la Italia; y éste muere poco después en las Galias donde fue proclamado Majencio, que en guerra a su vez con Constancio, fue derrotado y se suicidó.

— 15. Constancio, único emperador, entrega el gobierno a los eunucos, persigue a los obispos, y destierra al papa: manda decapitar a su primo Galo, y nombra César a Juliano.

— 16. Juliano venció a los francos y alemanes, y promovió la prosperidad de las Galias. El ejército lo proclama Augusto: Constancio se niega a reconocerlo como tal, y marchando contra él, muere de enfermedad en Tarso.

—17. Juliano fue reconocido con entusiasmo en todo el imperio. Reformó la prodigalidad de la corte, disminuyó los impuestos, restableció el orden, mejoró la administración y gobernó con justicia. Abjuró el cristianismo y persiguió de una manera solapada a los cristianos; muriendo poco después en guerra con los persas.

— 18. Juliano es digno de elogio por su conducta en las Galias, y por su política en el trono. Como cristiano es digno de reprobación por estos procedimientos maquiavélicos contra la nueva religión.

—19. Joviano reintegró a los cristianos en sus derechos y firmó la vergonzosa paz de Dara, cediendo algunas provincias a los persas.

Gobiernos Romanos Post Muerte de Augusto

roma antigua

LECCIÓN XVI.
EMPERADORES DE LA CASA DE AUGUSTO (44-68).
EMPERADORES FLAVIOS (68-98).

  1. Reinado de Tiberio. — A la muerte de Augusto, le sucedió Tibero hijo de Livia, su segunda mujer, y que se había ya distinguido combatiendo en las orillas del Rhin y del Danubio contra los bárbaros. Imitando la conducta de su antecesor, aparentó que sólo aceptaba el Imperio por obedecer al pueblo y al senado.

  A la noticia de la muerte de Augusto se sublevaron las legiones del Danubio, que fácilmente fueron sometidas por Druso, hijo del emperador. Igualmente se insurreccionaron las de Germania, que intentaron proclamar emperador a su jefe Germánico.

Este hombre valiente y generoso se opuso a sus pretensiones hasta con peligro de su vida, y penetró al frente de aquel ejército en Germania para vengar el desastre de Varo, consiguiendo dar honrosa sepultura a los huesos de los que perecieron en tan funesta jornada, derrotar los Queruscos y otros pueblos enemigos del nombre romano, venciendo a Herman o Arminio en la sangrienta batalla de Idistaviso, sacrificando a todos los germanos que cayeron en su poder. Poco después Tiberio, envidioso de los triunfos de Germánico, le llamó a Roma, para encargarle los asuntos de la parte oriental del Imperio, donde murió envenenado por Pison gobernador de Siria.

  1. Política astuta y cruel de Tiberio. — En los primeros nueve años de su reinado, Tiberio procuró seguir las huellas de la política de Augusto, halagando al senado y al pueblo, administrando con rectitud y justicia las provincias, y perdonando hasta a sus mismos enemigos.

Pero al mismo tiempo abolió los comicios, confiriendo el derecho de nombrar los magistrados al senado, que vino a quedar como un cuerpo consultivo; y puso en vigor las acusaciones de lesa majestad, y favoreció las delaciones, como medio el más fácil de deshacerse de todos sus enemigos.

  Entre los cortesanos aduladores de Tiberio se encontraba Elio Sejano, a quien confió el gobierno del Imperio y el mando de las legiones; este hombre funesto se convirtió en instrumento ciego de las crueldades del emperador; y con el propósito de sucederle en el trono, consiguió desembarazarse de cuantos podían estorbarle en su camino, haciendo que Druso hijo de Tiberio fuese envenenado por su misma esposa, y desterrando a los hijos de Germánico, y a su viuda Agripina, que murió de hambre en la isla Pandataria.

  Por estos medios llegó Sejano a ser el dueño de Roma, mientras que Tiberio retirado en la isla de Tiberio se entrega a todo el desenfreno de los vicios y de la corrupción.

  Pero la mal disimulada ambición del favorito, llegó bien pronto a conocimiento del emperador; quien dió secretamente orden al senado de quitarle la vida, pereciendo con todos sus partidarios a manos del populacho, que arrojó su cadáver al Tíber.

  1. Últimos años y muerte de Tiberio. — Con la muerte de Sejano se aumentaron las sospechas, las inquietudes y crueldades de Tiberio. En su retiro de Caprea, pasa los últimos años de su vida ordenando el saqueo de las provincias, el despojo de los bienes a los ricos, y condenando a muerte a un gran número de personas, recreándose en los tormentos de sus victimas.

  Aborrecido por el senado y por el pueblo, por el ejército y por las provincias, fue ahogado en su propio lecho por su favorito Macron, por sugestiones de Calígula que había de sucederle.

  1. Reinado de Calígula. — A la edad de 25 años ocupó el trono Cayo Calígula, hijo de Germánico, siendo recibido con vivas aclamaciones por el senado y por el pueblo, que creyeron encontrar en él todas las virtudes de su padre.

  Calígula, como Tiberio, comenzó su reinado ocupándose exclusivamente del bien del pueblo; dio una amnistía a los desterrados, perdonó a sus enemigos prohibió las delaciones, y devolvió a los comicios la elección de los magistrados. A los ocho meses de reinado sufrió una enfermedad que puso en peligro su vida; y desde entonces, tal vez porque quedara perturbada su razón, se entregó a las mayores locuras y a todo género de crueldades.

  Entre sus locuras y extravagancias se cuenta, el haberse casado con su propia hermana, el proponerse elevar su caballo Incitato a la dignidad consular, etc., y de sus crueldades dan testimonio la muerte de Macron a quien debía la corona, la de Gemelo hijo adoptivo de Tiberio, y un gran número de personas principales y ricas, de cuyos bienes se apoderaba el tirano para atender a sus prodigalidades, presenciando con gran complacencia las angustias y tormentos de sus víctimas.

  Este hombre insensato que tenia la pretensión de ser superior a los demás hombres, quiso distinguirse como gran capitán, y emprendió una expedición a Germania, haciendo en ella prisioneros a sus propios soldados, y otra a Bretaña llevando a Roma como trofeos algunas conchas recogidas en el Océano.

  Por último, Casio Chereas, tribuno de los pretorianos, le quitó la vida, librando de este monstruo al mundo romano.

  1. Reinado de Claudio: Mesalina y Agripina. – El asesino de Calígula, de acuerdo con el senado, intenta restablecer la República: pero los pretorianos se adelantaron nombrando emperador a Claudio, hermano de Germánico, y tío de Calígula.

  Hombre anciano y de buenos sentimientos, pero de carácter débil y apático, Claudio comenzó perdonando a los desterrados, aboliendo las leyes inicuas y absurdas de su antecesor, reformando la administración de justicia y las costumbres, gobernando equitativamente las provincias, y empleando grandes sumas en obras públicas de reconocida utilidad; pero dejándose dominar por sus favoritos y libertos, y por su esposa, la impúdica Mesalina, fue causa de que se cometieran por éstos en su reinado tantos crímenes como en el de Calígula.

  Después de explotar el poder imperial para satisfacer sus pasiones y sus odios, Mesalina abandonó a Claudio y se casó con un joven patricio, llamado Silio, quitándole la vida poco después los favoritos por orden del emperador.

  Agripina. Claudio se casó después con Agripina, hija de Germánico, atropellando la ley que prohibía el matrimonio entre tío y sobrina. Dotada esta mujer de grandes talentos y de grandes vicios, la situación de Claudio en este nuevo matrimonio, vino a ser tan desairada como en el primero, siendo Agripina la dueña del gobierno, y repitiéndose los crímenes y desórdenes anteriores.

  En su primer matrimonio con Domicio Enobarbo había tenido Agripina a su hijo Nerón: y Claudio tenia de Mesalina a Británico y Octavia. Y aunque era natural que Británico sucediese a Claudio en el Imperio, los manejos y de las intrigas de Agripina consiguieron que su marido adoptase a su hijo Neron, cuya educación fue confiada al filósofo Séneca y a Burro general de los pretorianos: casándose después con Octavia, la hija de Claudio. Conseguido su objeto, y temiendo que Claudio revocara esta adopción, Agripina le dió un veneno que puso fin a su vida, y Burro con sus pretorianos proclamaron emperador a Neron.

  El reinado de Claudio merece citarse por las conquistas de Bretaña hasta el Támesis y el Saverna, verificada por Plaucio; la de Frisia, por Corbulon; y la incorporación al imperio de Licia y Judea en Asia, y de Mauritania en África.

  1. Reinado de Nerón. — Comenzó Nerón su reinado bajo los mejores auspicios, haciendo concebir a todos las más lisonjeras esperanzas. Dócil a los consejos de sus maestros, respetuoso con el senado, al que devolvió todas sus prerrogativas, espléndido y generoso con el pueblo y con el ejército, bien pronto se hizo el ídolo de Roma. Pero, como si pesara una ley fatal sobre los emperadores de la casa de Augusto, a los cinco años de un reinado feliz tanto en Roma como en las provincias, comenzó Nerón una serie de locuras, y tal cúmulo de iniquidades, que difícilmente se encuentra una época tan calamitosa en la historia de todos los pueblos.

  Agotados sus recursos por sus prodigalidades, el orgullo y la ambición de su madre Agripina, la fogosidad de sus pasiones, la condescendencia de sus maestros con sus primeros vicios, y la adulación de sus favoritos, todo contribuyó a lanzar a Nerón en el camino de los vicios, de los crímenes y del desorden. Intentando, por consejo de Séneca y de Burro, poner un límite a la ambición de su madre, ésta le amenazó con dar a Británico el trono de que lo había despojado, semejante amenaza causó la muerte de su rival, que fue envenenado en un festín: y la muerte de la misma Agripina, ordenando su propio hijo que fuese ahogada en el mar, echando a pique la nave que la conducía en el golfo de Nápoles; y como este medio no diese resultado, mandó asesinos que le quitaron la vida a puñaladas.

  Lanzado en la carrera de los crímenes, hizo perecer a su esposa Octavia, ya antes abandonada para unirse con Popea, mujer de su favorito Oton; y mandó quitar la vida a Burro a Séneca, y a los poetas Petronio y Lucano; y en medio de una orgía, manda incendiar a Roma, acusando después a los cristianos como autores de este crimen con cuyo motivo ordenó contra ellos la primera persecución, en la que perecieron entre otros, san Pedro y san Pablo.

  Si tantos y tantos crímenes hacen de Neron el tipo odioso de los tiranos, sus locuras le colocan a la cabeza de los monarcas extravagantes. Tenía la pretensión de ser el primero entre los actores y cantantes, el más hábil cochero del circo; quería figurar a la cabeza de los poetas, y emprendió una expedición a Grecia para tomar parte y triunfar en todos los juegos públicos.

  Sin embargo, las legiones mandadas por Suetonio Paulino, vencieron una insurrección en Bretaña: y las de Galia sublevadas por Vindex, ofrecen la corona al anciano Galba, gobernador de Tarraconense. Neron, a su vuelta de Grecia, se ve abandonado hasta por el senado; y para no caer en poder de Galba que invadió Italia y se atrajo a los pretorianos, se hizo matar por un liberto, exclamando al morir. ¡Qué gran artista pierde el mundo!

  1. Juicio sobre los emperadores de casa de Augusto. — El Imperio reunió en un solo hombre todos los poderes del Estado, haciendo depender la felicidad general de los talentos y de la conducta de los emperadores. Así se vio florecer el Imperio bajo el gobierno hábil y paternal de Augusto, y decaer notablemente cuando príncipes incapaces y perversos vinieron a ocupar el trono.

  Es digno de llamarla atención el hecho de que, comenzando su gobierno como buenos y honrados los emperadores de la familia de Augusto, todos ellos concluyen tiranizando al pueblo, y sumiéndose cada vez más en la crueldad y en la corrupción.

La constancia de este hecho, en medio de la diversidad de caracteres de esos emperadores, prueba que su causa debe atribuirse más que a las personas, al estado de la sociedad. En primer lugar tenemos el engreimiento natural de los monarcas, cuando los pueblos perdiendo su sentido moral, se convierten en aduladores de sus actos, hasta de los mas criminales; la corrupción de costumbres que a la sazón dominaba en Roma, principalmente entre las clases superiores y ricas, y mas todavía en la familia imperial; la extensión que alcanzaron los espectáculos sanguinarios del circo, constituyendo la más grata diversión de la juventud romana, que perdía en ellos la dulzura, delicadeza y humanidad de sentimientos.

Todas estas causas reunidas hacían de los romanos en general, y de los emperadores mas especialmente, hombres igualmente dispuestos al bien y al mal, pasando del uno al otro sin violencia y de un modo casi natural, permaneciendo indiferente y casi impasible el pueblo ante sus crueldades, y violando ellos las leyes divinas y humanas, sin que jamás pueda notarse señal alguna de arrepentimiento.

  En esta disposición general de los espíritus en aquella época, sólo faltaba un estimulo, un motivo o causa ocasional, para que los emperadores mas benévolos y humanitarios, cayeran en el extremo opuesto de la crueldad y corrupción. Y ese motivo existía en la necesidad Imperiosa de dinero que tenían los emperadores, no sólo para satisfacer sus caprichos o sus locuras, sino para alimentar y divertir al pueblo y al ejército, que en número de seis millones de personas, exentas de todo tributo, pesaban constantemente sobre el jefe del Estado. Y como éste no podía imponer nuevas contribuciones, con que atender a tan perentoria necesidad, acudía como supremo recurso al despojo, y a la confiscación de los bienes de los particulares, inaugurando de este modo la carrera de sus crímenes y la larga serie de sus violencias y crueldades. Sólo el gobierno arreglado y económico de Augusto pudo salvar estos peligros y dificultades menos discretos sus sucesores, no pudieron evitarlos.

  Desde esta época, por la decadencia del senado y de la nobleza, y por la miseria del pueblo, la fuerza y el poder de Roma reside en el ejército, en el cual se apoyan los sucesores da Augusto para ocupar el trono; arrogándose después el derecho de elegir el monarca, naciendo de aquí la larga serie de guerras civiles que, con ligeros intervalos, ensangrentaron todo el imperio.

  Añadiremos, sin embargo, que los males sociales que acabamos de señalar, como causas de la corrupción del imperio en tiempo de los sucesores de Augusto, sólo afectaban a Roma, pero sin trascender  las provincias. Estas gozaban de los beneficios de la paz, y aumentaban cada día su prosperidad y su bienestar: las escasas comunicaciones que mantenían con Roma las libraron por algún tiempo de las desgracias y calamidades de la gran ciudad.

  1. Galba, Otón y Vitelio. — Proclamado por las legiones, Galba ocupó el trono, siendo aceptado por el senado, y reconocido por el pueblo; pero bien pronto los pretorianos, a quienes negó el donativo acostumbrado, se manifestaron descontentos; y dirigidos por

Otón, le quitaron la vida en el campo de Marte á los siete meses de reinado, pereciendo después muchos de sus partidarios.

Otón, sin otros méritos que haber sido compañero de libertinaje de Nerón, y marido de Popea la querida de aquel emperador, comenzó, sin embargo, su reinado perdonando á sus enemigos, y dando una amnistía á los desterrados. Pero á poco de subir al trono. las legiones de Germania eligieron emperador á Vitelio, cuyos generales Valente y Cecina pasaron á Italia, y obligaron a Otón á combatir en Bedriacum (entre Mantua y Cremona), donde fue completamente derrotado su ejército, y él mismo pocos días después se quitó la vida en Brixéllum, por no prolongar las disensiones y desventuras de su patria.

Vitelio no se distinguió mas que por su glotonería, gastando en pocos días sumas inmensas en la preparación de las comidas mas extravagantes. Y mientras pasa el tiempo en comilonas, las legiones de Siria y de la Iliria proclamaron emperador á Flavio Vespasiano, y pasando á Roma Antonio Primo, se apoderó de la ciudad, después de incendiar el Capitolio y vencer en el campo de Marte á los partidarios de Vitelio, pereciendo éste en la refriega, siendo su cadáver arrastrado por las calles, y después arrojado al Tíber.

  1. Juicio sobre el reinado de estos tres emperadores. — En el corto tiempo de poco mas de un año que reinaron Galba, Otón y Vitelio, el Imperio que hasta aquí babia tenido un carácter casi aristocrático por pertenecer los emperadores á las familias mas distinguidas de Roma, comienza ya á comunicarse á las clases menos elevadas, y hasta á las provincias, como sucedió con Vespasiano, que no era romano, y como sucederá después con los Antoninos de origen español. Esto procedía de que las antiguas familias habían llegado á extinguirse en las guerras y proscripciones, y por la tiranía de los emperadores.

Por otra parte, los últimos emperadores para atraer á su causa los partidarios que necesitaban, extendieron el derecho de ciudad á muchos pueblos. Así se iba cumpliendo la misión de Roma, de comunicar á los otros pueblos, todos los elementos de vida y civilización, antes concentrados en la gran ciudad.

  1. Los Flavios. Vespasanio.—Flavio Vespasiano, natural de Reate, que se babia distinguido en’ las guerras de Bretaña, y había recibido de Nerón el encargo de la guerra contra los Partos y contra los judíos, fue el fundador de la dinastía de los Flavios, á la que pertenecieron sus hijos Tito y Domiciano.

Vespasiano consiguió restablecer la gloria del Imperio, introduciendo la justicia en el gobierno, la moralidad en la administración  de las provincias, y la disciplina en las legiones restableció el orden y la tranquilidad, aumentó con prudentes economías las rentas públicas, favoreció las artes y las letras, y de volvió al senado su prestigio, separando los miembros incompetentes ó indignos. A él se deben gran ni5mero de magníficos monumentos en Roma, corno el Coliseo, el templo de la Paz y la restauración del Capitolio; y puentes, acueductos, vías militares, y otras obras de marcada utilidad en las provincias.

  1. Guerras en la Galia y en Judea. — Desde los tiempos de Pompeyo la Judea se encontraba bajo la protección de los romanos y gobernada por virreyes en nombre de Roma Augusto la redujo á provincia romana; pero los judíos, amantes siempre de su independencia, promovieron varias insurrecciones –que obligaron á Nerón á mandar contra ellos á Vespasiano Sometida la Galilea, marchaba éste á sitiar á Jerusalén, cuando, nombrado emperador y teniendo que marchar á Roma, encargó la prosecución de aquella guerra á su hijo Tito.

Sitiada Jerusalén, y resistiéndose siete meses valerosamente los judíos, á pesar de sus divisiones intestinas, de los estragos de la peste y del hambre, la ciudad fue tornada por asalto, saqueada y reducida a cenizas. Esta guerra costó la vida á mas de un millón de judíos, y los que sobrevivieron á ella fueron unos reducidos á la esclavitud, y otros obligados á abandonar su patria, diseminándose por todos los pueblos, sin haber vuelto á formar después un cuerpo de nación.

La guerra de las Galias tuvo origen en la sublevación de los Bátavos, habitantes de una isla formada por dos brazos del Rhin, siendo su jefe el valiente Civilis. Esta insurrección se propagó á los pueblos ved— nos, galos y germanos, que alcanzaron algunas victorias sobre los romanos, y se hicieron independientes. Sabino que se proclamó emperador de las Galias, fue vencido por los Secuanos; y los pueblos restantes, divididos entre sí, fueron sometidos por Cerealis, general de Vespasiano, consiguiendo los Bátavos una paz honrosa y su independencia por la energía y el valor de Civilis.

Después de esta guerra, comenzó la de la Bretaña, mandando los ejércitos romanos primero el mismo Cerealis y después Agrícola.

  1. Imperio de Tito. — Durante su juventud Tito se habla entregado á los mayores desórdenes en la corte de Nerón. Pero asociado al gobierno por su padre Vespasiano, cambió completamente de conducta.

Cuando llegó á ocupar el trono procuró por todos los medios hacer la felicidad de su pueblo M clemente y mas humano que su padre, y amante ante todo de la justicia, reformé la administración, concedió al senado y al pueblo una prudente libertad; distinguiéndose principalmente por sus esfuerzos para remediar las desgracias que en su tiempo experimento Roma, por la invasión de la peste, por un incendio que destruyó el Panteón y el Capitolio ; y sobre todo por la gran erupción del Vesubio (79) en que quedaron sepultadas las ciudades de Herculano, Pompeya Estables, y en la que pereció Plinio el naturalista.

Tito que consideraba perdido el día que no había hecho algún bien á sus semejantes, fue llamado pi sus contemporáneos delicias del género humano.

  1. Imperio de Domiciano. — Hijo de Vespasiano hermano de Tito, Domiciano comenzó gobernando de justicia, aumentando la prosperidad del imperio, embelleciendo á Roma, y tratando á todos con human dad y clemencia. Pero muy luego cambió de conducta y arrastrado por la pasión de la envidia, y por su carácter cruel y sanguinario, restableció la ley de lesa majestad, con lo que Roma se poblé de delatores; despreció al senado, y condenó á muerte á los ciudadanos mas distinguidos, entre otros a Cerealis y al ilustre Agrícola, a quienes debía la conquista de Bretaña expulsé de Roma á los filósofos y á los hombres d letras, y ordenó la segunda persecución contra lo cristianos.

Este hombre sanguinario, que como Calígula y Neron, se complacía en el tormento de sus víctimas, fu asesinado, por orden de su propia esposa y por lo principales oficiales de su corte, librándose así de 1 muerte contra ellos decretada, y librando de un monstruo a la humanidad.

 Fue notable, sin embargo, el reinado de Domiciano, por la conquista de la mayor parte de Gran Bretaña que llevó a cabo su general Agrícola, extendiendo la dominación romana hasta los límites de la Caledonia, construyendo una línea de fortalezas desde el golfo de Fort al Clyde, para evitar las incursiones de los Pictos y Caledonios. A la vez sostuvo guerras en las fronte­ras del Danubio, venciendo a los Catos; y poco después a los Dacios establecidos en la orilla izquierda, y que pasando el río habían penetrado en la Mesia; pero fue derrotado por los Marcomanos, y tuvo que pagar un tributo a Decébalo rey de la Dacia.

  1. Juicio sobre los emperadores Flavios. — Desde que el imperio pertenece a un solo hombre, y éste es dueño de las vidas y haciendas de sus súbditos, la felicidad o la desgracia de tantos hombres y pueblos, está pendiente de las condiciones del emperador. Así pueden notarse las alternativas y cambios casi repentinos entre la prosperidad y la decadencia, la gloria y el rebajamiento, la humanidad y la crueldad, según las circunstancias personales del que regia los destinos de Roma.

  Vespasiano, con sus altas dotes de gobierno, con su actividad y rectas intenciones, hace florecer el imperio Tito, con su natural bondadoso, y la humanidad de sus sentimientos, hace las delicias del género humano pelo Domiciano, cruel y sanguinario, hace renacer los calamitosos tiempos de Calígula y de Nerón siendo perdidos, durante su reinado, los nobles y generosos esfuerzos para labrar la felicidad del imperio, llevados a cabo por su padre y por su hermano.

  Por otra parte, en la época de Domiciano se inaugura una política calamitosa para Roma en sus relaciones con los bárbaros. Tal fue el comprar la paz a Decébalo, en lugar de combatirlo con todas las fueras de que el imperio podía disponer. Este ejemplo, muchas veces repetido por los siguientes emperadores, reveló la debilidad de Roma a los bárbaros, cuyas exigencias fueron en aumento, hasta la invasión general que concluyó con el imperio de Occidente.

RESUMEN DE LA LECCIÓN XVI. 

 —1. A Augusto sucedió Tiberio su reinado. Su hijo Druso sometió las legiones sublevadas del Danubio; y Germánico venció a los germanos mandados por Herman, y dio sepultura a los huesos de los soldados de Varo; pasó después a Oriente por orden de Tiberio, y fue envenenado por el gobernador de la Siria.

—2. Tiberio gobernó al principio con moderación y justicia pero entregando después el mando a su favorito Sejano, éste consiguió deshacerse de todos los que podían estorbarle el acceso al imperio, mientras el emperador después de cometer grandes crueldades, se retiró a Caprea entregándose a todos los vicios. Sejano, de orden de Tiberio, pereció en manos del populacho.

— 3. Después de la muerte de Sejano, no tuvo límites el desenfreno y la crueldad de Tiberio, atrayéndose de esta manera la odiosidad general, y pereciendo ahogado en su propio lecho por sugestiones de Calígula.

—4. Después de algunos meses de un gobierno paternal y humanitario, Calígula, a consecuencia de una grave enfermedad, se tornó cruel, sanguinario y extravagante, complaciéndose en el tormento de sus victimas, y emprendiendo ridículas expediciones a Germania y a la Bretaña; y fue asesinado por Chareas.

—5. Fue nombrado emperador por las legiones el viejo Claudio, tío de Calígula, que inaugura su reinado por medidas prudentes y justas; pero sus favoritos y su esposa Mesalina, valiéndose le su debilidad, cometieron innumerables crímenes. Mesalina perdió la vida poco despees de orden de Claudio. Este se casó entonces con Agripina, que repitió los crímenes y desordenes anteriores, y que consiguió del débil é irresoluto emperador que adoptara a su hijo Neron en perjuicio de Británico, hijo de Tiberio y Mesalina. Agripina envenenó a Claudio, y las legiones proclamaron a Neron.

— 6. La moderación y justicia de Neron en los primeros años de su reinado, le hicieron el ídolo de Roma; pero después su vida fue un cúmulo de vicios, de crímenes e       iniquidades, mandando quitar la vida a Británico y a su propia madre Agripina, a su esposa Octavia, a Séneca, Burro, Lucano etc., incendió a Roma, y ordenó la primera persecución contra los Cristianos. A estas crueldades hay que añadir una larga serie de locuras y extravagancias, pretendiendo ser el primero en todas las artes y letras, etc. Sublevadas las legiones, Neron se hizo matar por un liberto.

—7. Todos los emperadores de la casa de Augusto comienzan gobernando con justicia, y terminan entregándose a las mayores crueldades y un hecho semejante debe atribuirse al estado de la sociedad, y principalmente a la necesidad de proporcionarse recursos con que atender a la subsistencia del ejército y el pueblo. Desde esta época el ejército se arroga el derecho de elegir los emperadores. Entre tanto las provincias permanecían ajenas a los desordenes de Roma.

—8. Galba proclamado por las legiones, se vio poco después arrojado del trono, por Oton al frente de los pretorianos. Este a su vez, fue derrotado en Bedriacum por las legiones de Vitelio, y se quitó la vida. Vitelio, que no se distinguió más que por su glotonería, se vio atacado en Roma por las legiones que habían elegido en Oriente a Vespasiano, pereciendo en la refriega.

—9. En este tiempo, por haberse extinguido las antiguas familias patricias, comienzan a ser elegidos emperadores, personajes de Italia y de las provincias, extendiendo éstos al derecho de ciudad a muchos pueblos.

— 10. La dinastía de los Flavios comienza con Vespasiano, que con su prudente y acertado gobierno hizo renacer en Roma y en las provincias la prosperidad y la grandeza del imperio de Augusto.

—11. Vespasiano en la guerra de Judea se apoderó de Galilea; y su hijo Tito después de un horroroso sitio tomó a Jerusalén y la destruyó, obligando a los judíos a expatriarse. La insurrección de los Bátavos mandados por Civilis, se propago a la Galia y Germania; pero fueron sometidos por Cerealis, quedando independientes los Bátavos.

—12. Tito procuró por todos los medios hacer la felicidad de sus pueblos, y reparar en lo posible las calamidades que por aquel tiempo experimentó Roma, y las que se originaron por la erupción del Vesubio.

— 13. Domiciano, al principio imitó por algún tiempo la prudencia del gobierno de su padre y de su hermano, pero cometió después toda clase de crueldades, mandando quitar la vida a Cerealis, Agrícola y otros ilustres personajes; arrojó de Roma a los sabios, y ordenó la segunda persecución contra los cristianos. Fue asesinado por instigaciones de su propia esposa. En su tiempo Agrícola conquistó la Bretaña hasta la Caledonia: y sus ejércitos alcanzaron algunas victorias en las orillas del Danubio; pero tuvo que comprar la paz a los Dacios.

— 14. Desde que el imperio está en manos de un solo hombre, la felicidad o la desgracia de tantos pueblos están pendientes de las condiciones de los emperadores. Así Vespasiano y Tito reproducen la prosperidad y la grandeza del imperio de Augusto, y Domiciano renueva las calamidades y desgracias de tiempo de Nereo, inaugurando a la vez la política calamitosa para Roma da comprar la paz a los bárbaros.

Guerras Cartago Roma Por El Dominio Mediterraneo

Cártago y Roma Las Guerras Dominio Del Mar Mediterráneo

roma antigua

LECCIÓN VII.
GUERRAS PÚNICAS (264-134).

  1.   Origen de Cartago su ventajosa posición en el Mediterráneo. Los fenicios habían extendido sus colonias por todo el Mediterráneo, y principalmente por la costa africana, donde entré otras muchas, eran importantes y antiquísimas Hipona y Utica.
  2. A mediado del siglo IX (-860) durante las luchas civiles en Tiro, Elisa ó Dido, huyendo de la tiranía de su hermano Pigmalion, y acompañada de una parte de la nobleza opuesta, abordó a la costa de África, frente a Sicilia, y al S. de Utica, en él país de los Maxitanos, a quienes, según la tradición, hubo de comprar un pequeño territorio para establecerse, dando así origen a Cartago.

La situación de Cártago es una de las más ventajosas del Mediterráneo. Esta ciudad fue fundada en el fondo de un golfo que terminaba por oriente en el promontorio de Mercurio (C. Bon), y por occidente en el de Apolo, y dentro del cual se encontraba la ciudad de Utica, y la moderna de Túnez.

Esta posición colocaba a Cartago en el centro del Mediterráneo, a igual distancia de la Fenicia y del Estrecho, frente a Italia y casi tocando con Sicilia, ofreciéndosele así un vasto espacio donde ejercer su actividad.

  1. Carácter de Cartago. — Fundada por Tiro, Cartago reprodujo bien pronto el espíritu de su metrópoli, dedicando toda su actividad a la industria, al comercio y a la navegación; pero como su posición era mas ventajosa, su comercio muy luego se hizo floreciente, dominando sin rival posible en la cuenca occidental del Mediterráneo; y extendiendo su colonización desde la Gran Sirte hasta las Columnas, países todos ellos fértiles y abundantes, que tenían una agricultura adelantada, ofreciendo inmensas cantidades de productos, que el comercio cartaginés se cuidaba de extender en todos los mercados.

Era, pues, Cartago un pueblo esencialmente comerciante, adquiriendo por este medio un poder muy superior al de Fenicia; pues tenía en sus manos casi todas las relaciones de los pueblos occidentales, habiendo alejado de estos mares lo mismo a los fenicios que a los griegos, después de largas luchas con estos últimos.

La ocupación constante del comercio desarrolló en Cartago el carácter duro y egoísta, el afán del oro y las riquezas, y la política tiránica y ambiciosa con los pueblos que le estaban sometidos.

  1. Gobierno de Cartago. En mas de cinco siglos la constitución cartaginesa no experimentó modificación alguna y efecto de la acertada distribución de los poderes, entre los sufetes, el senado y el pueblo, se vio libre aquella república de los excesos de la anarquía y del despotismo. Los Sufetas tenían dos magistrados, semejantes a los cónsules romanos y a los reyes de Esparta, que tenían a su cargo la administración general de la república, y la presidencia del senado, pero sin intervención en los asuntos militares. Esta magistratura fue primero vitalicia y últimamente se hizo anual.

El Senado tenía casi las mismas atribuciones que en Roma, pero sus decretos no alcanzaban fuerza de ley, sino cuando eran aprobados por los sufetas y por el pueblo a este cuerpo estaba encomendada la suprema administración de justicia, y el conocimiento de los asuntos graves de la república.

El pueblo intervenía en la elección de los magistrados y en cierto modo ejercía una autoridad superior al senado y a los sufetes, cuyos acuerdos podían anular: además le correspondía la declaración de guerra y los tratados de paz.

En cuanto a la religión los cartagineses heredaron de los fenicios las supersticiones orientales, y los sacrificios humanos en honor de sus divinidades; el diezmo del botín cogido a los enemigos se consagraba a Melcart, el dios de Tiro.

  1. Extensión de los dominios de Cartago. La política cartaginesa muy semejante a la romana, y los intereses de su comercio, habían hecho de Cartago una potencia formidable, superior a cuantas existían en las costas del Mediterráneo en vísperas de las guerras púnicas y aun mas allá del estrecho de las Columnas, Himilcon extendió sus relaciones comerciales hasta Inglaterra, y Hannon exploró las costas del África hasta  la Guinea.

En el Mediterráneo, además de las costas africanas, consiguieron fácilmente apoderarse de las islas de Córcega, Cerdeña y de las Baleares. Pero encontraron gran resistencia para extender su dominación por la isla de Sicilia, que era para ellos la mas importante, tanto por su proximidad a Cartago, como por la fertilidad y riqueza de su suelo.

Los griegos habían establecido en Sicilia un número considerable de colonias, entre las que alcanzaron mayor esplendor Gela y Agrigento en la costa S.O, y mas todavía Siracusa en la oriental, que había extendido su dominación por gran parte de la isla.

Los cartagineses, en su ambición de dominar a Sicilia, sostuvieron una lucha por mas de doscientos años con estas colonias, en cuyo tiempo sufrieron grandes derrotas, perdiendo la batalla de Himera contra Gelon, tirano de Gela, llegando Agatocles, tirano de Siracusa a  sitiar la misma ciudad de Cartago en África Sin embargo, los cartagineses  consiguieron apoderarse de la mayor parte de Sicilia, excepto la costa oriental sometida a Siracusa.

  1. Roma y Cartago al comenzar las guerras púnicas. Después de la sumisión de los samnitas, y de la derrota de Pirro y la toma de Tarento, Roma se encontró dominando en casi toda la península italiana, desde el Rubicon hasta el estrecho de Sicilia. Cartago por otra parte, dueña de toda la costa de África y de las principales islas del Mediterráneo, extiende su poder a Sicilia llegando hasta el mismo estrecho; de manera que los dominios de las dos repúblicas quedaron separados por unas cuantas millas de mar.

Las primeras relaciones de Roma y Cartago eran muy antiguas. En tiempo de los primeros cónsules se concerté un tratado de comercio entre ellas: dos siglos después se amplió el mismo tratado, comprendiendo en él a Tiro y Utica; ratificándose por último la amistad de ambas repúblicas, con ocasión del sido de Tarento por los romanos.

Las dos naciones que iban a medir sus fuerzas en las guerras púnicas eran igualmente poderosas, aunque a decir verdad, eran más valiosos los elementos de que Cartago disponía. Roma, victoriosa de los pueblos de Italia por el valor de sus legiones, desconocían por completo la importancia de la marina, que no había necesitado hasta ahora; y Cartago por su posición y por su comercio, era una nación marítima, que disponía de grandes escuadras, pero que miraba como cosa secundaria sus ejércitos de tierra, compuestos casi en totalidad de mercenarios.

Paro Roma y Cartago, de historia y carácter tan diferentes, tenían sin embargo una organización política muy semejante, y estaban dotadas de igual ambición, y de la misma constancia de sus propósitos; y si la paz entre ellas se había conservado mientras estuvieron lejos, la guerra era inevitable desde el momento en que sus intereses se encontraron en el estrecho de Sicilia.

  1. Causas de las guerras púnicas. Todos los pueblos antiguos que llegaron a extender considerablemente sus dominios, tuvieron la aspiración de fundar un imperio universal, creyéndose por esta causa autorizados para atropellar el derecho y la independencia de las naciones que encuentran en su camino. Roma y Cartago estaban en este caso. Una y otra habían alcanzado gran poder, y podían creerse, y quizá se creyeron llamadas a dominar en todo el Mediterráneo; pero aspirando ambas a un mismo objeto, cada una representaba un obstáculo para la otra, y la lucha se hacia necesaria, tan luego, como sus intereses se encontraran. De manera que la causa fundamental de las guerras púnicas se encuentra en la ambición de las dos repúblicas, y en la aspiración de una y otra a constituir la monarquía universal.

Después de esta causa general, sólo faltaba un pretexto, una ocasión propicia para que la guerra estallase entre Roma y Cartago; esta ocasión no se hizo esperar.

La mayor parte de Sicilia pertenecía a los cartagineses, y el resto se hallaba en poder de Hieron, tirano de Siracusa, que extendía sus dominios por la costa oriental.

En las guerras de los cartagineses con los siracusanos, éstos, en vida de Agatocles, se habían valido de soldados mercenarios, procedentes la mayor parte de Campania en Italia. Al subir al tiene Hieron, los despidió abonándoles los atrasos; y volviéndose a Italia, en el camino se apoderaron de la importante plaza de Mesina, desde donde molestaban con sus correrías y sus devastaciones a los cartagineses y siracusanos. Atacados por Hieron los mercenarios, nombrados Mamertinos, en su ciudad de Mesina, llamaron en su ayuda a los romanos.

El senado que, poco antes había castigado severamente a los campanios que se hablan apoderado de Regium, dudó en acudir al llamamiento de los mamertinos, tan criminales como ellos, y mas aun por la alianza que Roma tenia con Hieron y con los cartagineses; pero sometida la cuestión al pueblo, éste acordó favorecerlos, bajo el pretexto de que eran italianos, y por consiguiente súbditos romanos.

En su consecuencia, se mandó un ejército a las ordenes del cónsul Apio Claudio, que pasando el estrecho, se apoderó de Mesina y derrotó a las cartagineses y siracusanos; dando así lugar a la primera guerra púnica.

De manera que la causa ocasional de las guerras púnicas, y en particular de la primera, fue el  auxilio prestado por los romanos a los mamertinos contra los cartagineses.

  1. Principio de la guerra: Batalla de Milas. Derrotados siracusanos y cartagineses por los romanos, éstos se apoderaron de muchas plazas de Sicilia, uniéndoseles además el rey de Siracusa, que abandonó a sus anteriores aliados.

Entre tanto los cartagineses devastaron las costas de de Italia, sin que los romanos, inexpertos en el arte de la navegación, pudieran evitarlo. Comprendiendo el senado la necesidad de una escuadra para vencer a los cartagineses, mandó construir cien naves, tomando como modelo  una galera enemiga arrojada por las olas a las costas de Italia; armadas de puentes volantes y garfios de hierro, que arrojados sobre las naves cartaginesas, pudieran estorbar sus maniobras, y amarrándolas de esta manera a las naves romanas, convertían en cierto modo una batalla naval en combate sobre tierra firme.

Dispuesta la escuadra, se encargó el mando al cónsul Duilio, que encontró a los enemigos en las aguas de Mila, causándoles una completa derrota. Para eternizar la memoria de su primera victoria naval, los romanos levantaron en el Foro una columna rostral en honor de Duilio.

  1. Continuación de la guerra. Régulo  en África. A consecuencia de la batalla de Milas, la mayor parte de Sicilia cayó en poder de los romanos. El senado mandó construir nuevamente gran número de naves, que con un poderoso ejército, puso a las órdenes del Cónsul Atilio Régulo.

Esta escuadra alcanzó y derrotó a la cartaginesa mandada por Hannon y Amílcar, cerca de Ecnomo; y en su persecución llegó a la costa de África, desembarcando en Clipea al E. de Cartago; y apoderándose de Túnez y otros pueblos inmediatos, obligó a los cartagineses a pedir la paz, que no pudieron admitir por las intolerables condiciones que Régulo imponía.

En este trance los cartagineses levantan un nuevo ejército de mercenarios, que al mando del espartano Jantipo, presenta batalla a los romanos en las inmediaciones de Túnez, consiguiendo derrotarlos, haciendo prisionero a Régulo, y huyendo a Clipea los pocos que sobrevivieron en aquel desastre.

Reanimados por este triunfo, los cartagineses vuelven a Sicilia, apoderándose de Agrigento y sitiando a Palermo, donde fueron derrotados por los romanos mandados por Metelo, viéndose sitiados por éste poco después en Lilibea (Marsala).

En esta situación, los cartagineses pidieron la paz a Roma enviando al mismo Régulo para concertarla.

Este ilustre romano, comprendiendo el fin que le aguardaba, tuvo sin embargo el valor de aconsejar al senado de su patria que no la aceptara, y fiel a su palabra, volvió a Cartago, constituyéndose nuevamente en prisionero de los cartagineses, que le hicieron morir en medio de los mas horribles tormentos.

La guerra entre tanto continuó en Sicilia, defendiendo a Lilibea Amílcar  Barca, el mejor de los generales cartagineses, que derrotó en varios encuentros a los romanos, a la vez que una poderosa escuadra, mandada por Claudio Pulcher, era destruida por Aderbal, otro general cartaginés.

Estos desastres desalentaron de tal manera a los romanos, que por algunos años desistieron de la guerra, dejando a los cartagineses el dominio de los mares de Sicilia.

  1. Batalla de las islas Egates: conclusión de la guerra. En este tiempo los romanos equiparon una

nueva y mas poderosa escuadra, que al mando del cónsul Lulacio Catulo, alcanzó a la cartaginesa junto a las islas Egates de Sicilia, derrotándola por completo.

Aquella batalla, aunque menos importante que otras anteriores, puso fin a la guerra, porque Roma, y más todavía Cartago, habían gastado sus fuerzas y sus recursos, y esta última prefirió las duras condiciones de la paz, a la ruina de su comercio y a la conclusión de sus especulaciones.

Amílcar que no había sido vencido, tuvo que firmar la paz a nombre de Cartago, cediendo ésta a los romanos la isla de Sicilia, pagándoles una indemnización de 3.200 talentos (70 millones de reales), y obligándose a no hacer guerra a los aliados de Roma. La isla de Sicilia fue declarada provincia romana; excepto el pequeño reino de Hieron de Siracusa.

Así concluyó la primera guerra púnica que había durado 24 años (264-241).

  1. Guerra de los mercenarios en Cartago. En el mismo año en que se terminó la primera guerra púnica, se vio Cartago amenazada de un desastre todavía mayor a causa de la sublevación de los mercenarios.

Durante las guerras en Sicilia, Amílcar había conseguido pagar puntualmente a sus soldados mercenarios: después de hecha la paz, agotados los recursos, y no  facilitándoselos al senado, se fueron retrasando las pagas, regresando los mercenarios a Cartago, donde se les había prometido abonarles sus atrasos.

Con el pretexto de pagar a las soldados se impusieron fuertes contribuciones a los pueblos, a pesar de lo cual los mercenarios no recibieron paga alguna; y cansados de esperaren vano, y apoyados por los pueblos comarcanos, se sublevan y en número de 70.000 hombres, derrotan a los generales cartagineses, cometiendo toda clase de crueldades y tropelías. Después de tres años de guerra encarnizada, Amílcar Barca, consiguió introducir la división entre los mercenarios, derrotando los después, y perdiendo la vida mas de 40.000. Fueron tantas las crueldades de esta guerra que ya en la antigüedad se le llamó inexpiable.

  1. Conquistas de los romanos hasta la segunda guerra púnica. Mientras los cartagineses se encontraban preocupados con la guerra de los mercenarios, Roma, violando el tratado de paz con Cartago, se apoderó de las islas de Córcega y Cerdeña, declarándolas provincias romanas.

Por este tiempo el senado se propuso castigar a los ilirios que dedicados a la piratería, asolaban las costas italianas del Adriático.

A este fin mandó un ejército a  Iliria, que venció a la reina Teuta obligándola a ceder una parte de su territorio a los romanos; éstos se apoderaron a la vez de Córcira, Apolonia y Epidauro, dándose a conocer por primera vez en Grecia, que recibió con grandes honores a los embajadores romanos.

Poco después comenzó la guerra con los galos de Cisalpina. Estos en número de 70.000 se dirigieron contra Roma, llegando hasta Clusium en Etruria, donde fueron derrotados por el cónsul Marcelo, perdiendo 40.000 hombres en la batalla después de lo cual se apoderan los romanos de Galia Cisalpina, venciendo a los Iusubrios que trataron de estorbar el Paso a las legiones, y se apoderaron de la península de Istria, quedando de esta manera dueña Roma de toda  Italia y de las principales islas del Mediterráneo, Sicilia, Córcega y Cerdeña, y de casi todo el litoral del  Adriático.

  1. Análisis sobre la primera guerra púnica. En primer lugar, puede notarse la ambición y mala fe con que procede Roma, castigando severamente a sus súbditos los campanios que se habían apoderado de Regium, y amparando a los mamertinos que habían cometido igual crimen en Mesina: así corno su afán de revestir sus actos, hasta los mas criminales, con un aparato de legalidad y de justicia, procurando legitimar la protección a los mamertinos, por el hecho de ser italianos y por tanto súbditos de Roma ,como si no lo hubieran sido igualmente los campanios, a quienes habían castigado.

Otra prueba de la mala fe romana la tenemos en el hecho de apoderarse sin escrúpulos, de Córcega y principalmente de Cerdeña, aprovechándose de la insurrección de las guarniciones cartaginesas, mientras su rival se encontraba ocupada en la guerra de los mercenarios.

En esta guerra,  cartagineses y romanos fueron igualmente crueles, sacrificando Roma poblaciones enteras sin ningún respeto humano, y haciendo lo mismo Cartago, manchándose ésta además con el horroroso suplicio de Régulo.

Por último, la mala fe que tanto achacaron los romanos a los cartagineses, y que llegó a hacerse célebre con el nombre de fe púnica, debe imputarse igualmente a la política de Roma.

RESUMEN DE LA LECCIÓN VII.

  1. Según la tradición, Cartago fue fundada por Dido, que huyendo de Tiro por la tiranía de su hermano Pigmalion, vino á establecerse al sur de Utica, y frente a Sicilia. La posición de Cartago en el centro del Mediterráneo y cerca de Italia, es una de las más ventajosas para extender su dominación por el mundo entonces conocido.
  2. Cartago reprodujo el carácter mercantil de Tiro, su metrópoli, extendiendo su comercio y sus colonias por el Mediterráneo occidental este carácter desarrolló en ella la ambición, el egoísmo, la dureza y la tiranía con los pueblos sometidos.
  3. El gobierno de Cartago estaba encomendado a los Sufetas, que cuidaban de la administración general de la república al Senado, que entendía en la administración de justicia y en los asuntos graves del Estado; y al pueblo, que intervenía en la elección de los magistrados, en la elección de declaración de guerra, etc. En cuanto a religión, los cartagineses heredaron de Tiro las supersticiones orientales, y los sacrificios humanos en honor de sus dioses.
  4. En vísperas de las guerras púnicas, Cartago extendía su poder por los pueblos de la costa de África desde las Sirtes hasta el estrecho,  perteneciéndoles además las Baleares, Córcega, Cerdeña, y llegando a dominar en la mayor parte de Sicilia, después de dos siglos de guerras con las colonias griegas allí establecidas, especialmente contra Siracusa.
  5. Dueña Roma de Italia, y Cartago de Sicilia, sus dominios solaban separarlos únicamente por el estrecho de Mesina. Estas dos repúblicas tenían tratados de alianza .Desde muy antiguo Cartago era, una nación marítima que disponía de grandes escuadras, pero sus ejércitos se componían de mercenarios; Roma por el contrario tenia ejércitos aguerridos, pero desconocía la marina. Ambas repúblicas eran igualmente ambiciosas y constantes en sus propósitos.
  6. La causa fundamental de las guerras púnicas se encuentra en la ambición de Cartago y Roma,   y en su aspiración a constituir la monarquía universal: el motivo que hico estallar fue la protección que dieron los romanas a los mamertinos, soldados mercenarios de Siracusa, que se habían apoderado  por sorpresa de la plaza de Mesina, desde la cuál molestaban a  siracusanos y cartagineses.
  7. Los romanos derrotaron a los cartagineses en Sicilia, y éstos devastaron con su armada las costas de Italia; pero construida una escuadra por los romanos, tomando por modelo una galera arrojada por las olas a las costas de Italia, y tomando el mando al cónsul Duilio, éste derrotó la armada cartaginesa junto al promontorio de Mila, en Sicilia.
  8. Otra escuadra mayor mandada por Régulo derrotó a la cartaginesa en Ecnomo, pero el ejército romano fue desbaratado junto a Túnez, y Régulo hecho prisionero. Derrotados poco después los cartagineses por Metelo en Sicilia, pidieron la paz a Roma por conducto de Régulo, que aconsejó al senado que no la aceptara, restituyéndose a Cartago, donde  perdió la vida .La guerra en tanto continuó en Sicilia con varia fortuna.
  9. Al frente de una nueva y más poderosa escuadre el cónsul Lutacio Catulo derrotó a los cartagineses en las islas Egates; después de lo cual se concertó la paz, cediendo Cartago a los romanos la isla de Sicilia que fue declarada provincia romana, y una fuerte indemnización.
  10. Los mercenarios en demanda de sus atrasos, y los pueblos enojados por las contribuciones, se sublevaron en número de 70.000 y derrotaron a los  generales cartagineses, hasta que después de tres años de lucha fueron sometidos y casi exterminados por  Amílcar. Por las muchas crueldades que entonces se cometieron, se llamó esta guerra inexpiable.
  11. Durante estas guerras Roma se apoderó de Córcega y Cerdeña; extendió su dominación por Iliria, desposo de vencer a la reina Teuta y derrotados los galos en la batalla de Clusium por Marcelo, Galia Cisalpina e Istría quedaron incorporarlas a los dominios de la República.
  12. En la primera guerra púnica puede notarse la mala fe de los romanos, protegiendo a los mamertinos y castigando a los campanios, culpables del mismo crimen; así como su afán de revestir sus actos con apariencias de legalidad y de justicia. Lo mismo se observa en el hecho de apoderares de Córcega y Cerdeña estando en paz con Cartago. En esta guerra cartagineses y romanos fueron igualmente crueles.

La Guerra de Los 100 Años Causas Francia Contra Inglaterra

Causas de la Guerra de Los 100 Años:Francia Contra Inglaterra

INTRODUCCION: La famosa «Guerra de los Cien Años» que enfrentó a Francia y a Inglaterra en la Edad Media, duró exactamente ciento dieciséis años, desde 1337 a 1453. El conflicto estuvo frecuentemente interrumpido por largos períodos de inactividad, debidos al cansancio de los combatientes o a treguas.

En medio de las desgracias de esta guerra, en Francia se produjeron profundas transformaciones, que favorecieron el paso de la antigua sociedad feudal a una forma de Estado más moderno, en el que la autoridad monárquica se hallaba considerablemente reforzada.

Incluso conservando la cronología clásica, no hay que olvidar que, en realidad, el conflicto franco-inglés comenzó en el siglo precedente por el matrimonio de Enrique II Plantagenet y Leonor de Aquitania.

Para los soldados de la época, el año 1337 no señalaba el comienzo de una nueva guerra, sino la continuación de las luchas que anteriormente habían enfrentado ya a Enrique II y Ricardo Corazón de León con Luis VII y Felipe Augusto.

La principal riqueza de Inglaterra en los tiempos medios radicaba en la exportación de lanas a las ciudades flamencas. Entre el rey de Francia y el conde de Flandes reinaba excelente armonía, mal vista por los ingleses, temerosos de perder sus mercados.

Una disputa dinástica estimuló la ambición del monarca inglés Eduardo III (1327-1377) el cual hizo valer sus derechos a la corona de Francia, por ser hijo de Isabel, hermana del último monarca francés Carlos IV el Hermoso, fallecido sin dejar descendencia.

Los franceses eligieron rey a Felipe de Valois (1328-1350) y ello fue causa del estallido del conflicto. Flandes se vio invadido por Felipe VI de Francia, mientras Eduardo desembarcó en las costas de Normandía con un ejército de 30.000 hombres.

CAUSAS DEL CONFLICTO

Felipe el Hermoso dejó tres hijos que fueron reyes uno tras otro: Luis X, Felipe V y Carlos IV. Pero ninguno tuvo hijo que le sucediera, y así acabó la dinastía de los Capetos, que reinaba desde el año 987.

felipe el hermoso

Felipe el Hermoso

Se acababa de adoptar la regla (denominada ley sálica) de que UNICAMENTE sólo los varones pudieran heredar el reino de Francia.

Como Felipe de Valois, hijo de un hermano de Felipe el Hermoso, fuera el pariente más próximo por la línea masculina, fue elegido rey en 1328  y es el primero de la rama de los Valois, como Felipe VI. Fue un rey caballero y aficionado a los torneos, en que los señores luchaban para divertirse.

felipe vi de francia

Felipe VI de Francia

Por la otra parte el rey de Inglaterra Eduardo III, era joven y también aficionado a la guerra. Había ido a Francia (1329) y había prestado a Felipe el juramento de homenaje debido por su ducado de Guyena, que formaba parte del reino de Francia.

eduardo iii de inglaterra

Eduardo III de Inglaterra

Pocos años despúes este mismo rey, que era hijo de la hija de Felipe el Hermoso reclamó el reino de Francia como herencia de su madre.

Tomó entonces el título de rey de Francia y de Inglaterra y se alió con varios príncipes de los Países Bajos y con los burgueses de las ciudades de Flandes.

Luego, según costumbre de los caballeros, envió una carta de desafío a Felipe VI (1339).

Así entonces empezó esta  guerra que, con intervalos, iba a durar hasta 1453 y que se ha denominado la Guerra de Cien Años.

DESARROLLO

Los franceses fueron vencidos en la batalla de Crecy (1346), que tuvo una gran significación militar, ya que en ella fueron empleadas por primera vez las armas de fuego.

Poco después los ingleses tomaron la plaza de Calais. Muerto el rey francés, le sucedió su hijo Juan el Bueno, y la guerra volvió a reanudarse, viéndose Francia nuevamente invadida.

El príncipe de Gales, llamado también el Príncipe Negro (por el color de su armadura), derrotó a un numeroso ejército francés en la batalla de Poitiers, en la que Juan el Bueno, extenuado, chorreando sangre y sudor, fue hecho prisionero y conducido a Inglaterra.

Varios años después fue puesto en libertad después de haberse comprometido a pagar un fuerte rescate.

No obstante, la batalla de Crécy no fue decisiva. Los ingleses sencillamente no contaban con los recursos para subyugar a Francia. Las treguas, las hostilidades a pequeña escala y algunas batallas importantes se combinaron en una orgía de —al parecer— interminable lucha. Eduardo III y su hijo Eduardo, el príncipe de Gales —conocido como el Príncipe Negro—, libraron las campañas inglesas. Las campañas que el Príncipe Negro realizó en Francia fueron devastadoras. Evitando las batallas campales, sus fuerzas arrasaron deliberadamente las tierras y quemaron las cosechas, así como ciudades y villas completas no fortificadas, además de saquear cualquier cosa que fuera de valor. Para los ingleses, tales campañas fueron fructíferas; para los franceses significaron hambre, privaciones y muerte. Cuando al ejército del Príncipe Negro se le forzó a presentar batalla (bajo el mando del rey Juan II) fueron derrotados y el rey capturado. Con esta batalla de Poitiers concluyó la primera fase de la Guerra de los Cien Años.

Al llegar a Francia, encontró a su país empobrecido y sumido en la anarquía. Los vasallos, aldeanos y burgueses se habían sublevado contra los nobles a quienes culpaban de los reveses guerreros y de la derrota de Poitiers, y los caminos se encontraban infestados de salteadores.

Juan el Bueno no pudo pagar el rescate equivalente a unos cuarenta millones de francos y regresó a Londres donde vivió prisionero aunque esta condición no le impedía divertirse en continuas fiestas. Por la paz de Brétigny, Inglaterra adquirió la cuarta parte del territorio francés.

batalla de CrecyCarlos V el Sabio (1364-1380), hijo de Juan el Bueno, fue quien sacó a Francia de su lamentable estado, gracias a los méritos personales de un joven caballero bretón llamado Beltrán Du Guesclín (1320-1380).

Reorganizó el Ejército y libró al país de la terrible plaga de las «Compañías» constituidas por bandas de mercenarios dedicados al pillaje y que sembraban el terror. Debido a dichas bandas, comarcas y pueblos enteros quedaron deshabitados. En Picardía, los aldeanos llegaron a vivir escondidos en cuevas.

Du Guesclín, nombrado condestable, expulsó a los ingleses de casi todas las plazas que ocupaban, con la sola excepción de una estrecha faja de litoral (Calais, Cherburgo, Brest, Burdeos, Bayona).

Después pudo dar un gran impulso a la prosperidad del país. Muerto Carlos V, y durante la minoridad de su hijo Carlos VI, Francia se vio ensangrentada por una guerra civil ocasionada por el asesinato de Felipe de Orleans.

En ella lucharon dos bandos rivales: los Borgoñeses y los Armagnacs. El país se cubrió de ruinas y de sangre. Unos y otros, con tal de exterminar a los contrarios, llegaron a ofrecer a los ingleses la mitad del reino.

El rey de Inglaterra, Enrique V, se declaró en contra de los Armagnacs, derrotándoles en Azincourt.

Tras apoderarse de Caen y Rouen, logró la firma del Tratado de Troyes, en virtud del cual resultaba el rey inglés heredero de la corona francesa.

Al fallecer en 1442 los monarcas Enrique V de Inglaterra y Carlos VI de Francia, se intentó proclamar rey de este país al niño Enrique VI de Inglaterra, de acuerdo con una de las cláusulas del famoso Tratado de Troyes.

Un movimiento nacionalista se colocó al lado del Delfín desposeído, verdadero heredero de la corona, que fue proclamado rey de Francia con el nombre de Carlos VII.

Solamente las provincias centrales guardaron fidelidad al monarca. Muchos nobles y ciudades francesas, entre ellas París, se habían pasado al bando inglés, mientras la guerra se recrudecía ante la indiferencia e ineptitud del rey francés al ver que los ingleses sitiaban a Orleans, la única ciudad que les cerraba el paso hacia el Sur de Francia.

ESTADO DE FRANCIA E INGLATERRA AL INICIO DE LA GUERRA:

En las primeras décads del siglo XIV el reino de Francia era, indiscutiblemente el mas poderoso de Europa. Felipe el Hermoso había sabido mantener la paz de Francia. cuyas fronetras se habían ensanchado por la anexión de Borgoña, aportada en dote al futuro Felipe V; por otra parte, alcanzó un gran impulso demográfico, y contaba alrededor de quince millones de habitantes al comienzo de la guerra.

Este desarrollo permitió emprender grandes roturaciones y desecamientos, emigrando el excedente de la población rural hacia las ciudades, que conocieron en esta época una intensa actividad comercial y artesana. París, con sus 200.000 habitantes, estallaba dentro del recinto construido por Felipe Augusto.

La industria pañera, la primera del reino, estaba concentrada en las ciudades de Flandes, tales como Arras, Douai, Ypres, Brujas, Gante, Lille, Toutnai. Las Ferias de Champaña, a pesar de cierta decadencia, seguían siendo un lugar de cita internacional.

Este desarrollo económico general se traducía en un importante tráfico marítimo; el rápido desenvolvimiento de puertos como Calais y La Rochelle, lo testimonia.

Paz y prosperidad son siempre signos de un Estado fuerte; la autoridad monárquica aumentaba, apoyándose en consejos y resortes administrativos cada vez más perfeccionados, como aquellos bailes y senescales enteramente entregados a la causa monárquica, cuyo espíritu hacían triunfar en las provincias; el clero, sometido al rey, le proporcionaba el dinero que necesitaba y había renunciado, en parte, a su fuero,, puesto que los acusados de los tribunales eclesiásticos podían siempre apelar al del rey.

Pero lo que aureoló de un prestigio moral particular al reino de Francia, fue la presencia, durante cerca de un siglo, de papas franceses en Aviñón (1309-1378), los cuales mostraron sus simpatías, quizá demasiado frecuentemente, hacia su país de origen.

En fin, la nobleza era impotente ante esta realeza que consiguió imponerle un edicto que prohibía las guerras entre vasallos, y que, por medio de arma tan eficaz y potente como la apelación al Parlamento, pudo inmiscuirse en los tribunales señoriales y en la administración de los grandes feudos.

La nobleza francesa, batalladora y revoltosa, había quedado reducida a los torneos y a las fiestas.

DEBILIDAD DEL EJERCITO

Pero dos cosas faltaban a la monarquía: un ejército regular y finanzas estables, debilidades que habían de serle fatales durante la Guerra de los Cien Años. En caso de guerra, el rey de Francia convocaba la hueste de los vasallos, que comprendía, de una parte, a la nobleza, que debía armar por su cuenta a cierto contingente de caballeros, y, de otra, a las «gentes de a pie» enviadas por las comunidades rurales y las ciudades.

Pero los grandes vasallos no llevaban con ellos más que un número reducido de caballeros, y la hueste llegaba a reunir con dificultad un ejército mayor de 10.000 hombres, de los cuales los dos tercios eran jinetes, y el tercio restante, soldados de a pie.

La caballería había sido considerada en Francia, en todo tiempo, como la única fuerza válida, porque este cuerpo agrupaba a toda la flor y nata de la nobleza francesa, famosa por su valor, su temeridad y sus hazañas, mientras que la gente de a pie, constituida por villanos y burgueses, no era más que una fuerza secundaria, considera incapaz de hazañas caballerescas.

La Guerra de los Cien Años había de revelar el error de tal apreciación.

La hueste, convocada en el último momento, se reunía muy lentamente, hacia la mitad del verano; como los caballeros no prestaban servicio más que 40 días al año, y tres meses la infantería, no podía acometerse ninguna acción de envergadura, ya que el ejército se deshacía al cumplir el tiempo de servicio y con la llegada de los primeros fríos.

Este hecho explica la escasez de grandes batallas campales en la Guerra de los Cien Años, cuya historia queda reducida a breves incursiones devastadoras en terreno enemigo.

La imposibilidad de constituir un ejército permanente y numeroso se debía, sobre todo, a la debilidad de los recursos financieros del reino. No existía ninguna legislación fiscal permanente y, fuera de las rentas de su dominio, el rey no disponía más que del producto de impuestos excepcionales, decretados cuando estallaba una guerra, los cuales no eran concedidos por los tribunales soberanos más que después de largas discusiones y a cambio de beneficios sustanciales, y que la población pagaba a regañadientes.

CINCO MILLONES DE INGLESES

¡Cuánto más fácil y menos próspero aparecía en la misma época el reino de Inglaterra! El país era pobre y poco poblado,puesto que contaba alrededor de cinco millones de habitantes. El suelo estaba mal explotado, y los recursos agrícolas eran mediocres.

La única riqueza consistía en la cría extensiva de ovinos, cuya lana era exportada en bruto a las ciudades pañeras de Flandes. Londres parecía un burgo, en comparación con París.

En cuanto al poder real, si bien se apoyaba en un administración y en órganos de gobierno más numerosos y más especializados que en Francia, porque estaban constituidos desde la época del Conquistador, tenía que hacer frente continuamente a las revueltas de los barones, que trataban de acrecentar su independencia y someter la monarquía.

Eduardo I supo contenerlos, arrastrándolos a la conquista del país de Gales y de Escocia, pero su hijo, Eduardo II, luchó toda su vida contra ellos, antes de acabar asesinado, víctima de una conjura de la que formaba parte su propia mujer, Isabel, así como el amante de ésta, Mortimer, y los barones cansados de la tiranía real.

El 20 de enero de 1327, el joven Eduardo III, que contaba entonces 16 años, subía al trono de Inglaterra. Pero, demasiado inexperto, dejó dirigir el reino, durante tres años, a Mortimer. Este impuso tal terror que se atrajo muy rápidamente la hostilidad de la nobleza.

Cuando, en el año 1330, Eduardo quiso reinar solo, mandó asesinar a este aventurero que le estorbaba, inaugurando solemnemente su reinado, que había de ser uno de los más largos de la historia (1327-1377). Elegante, muy cultivado, Eduardo era también un rey hábil, tenaz en sus propósitos, gran diplomático y. sobre todo, notable estratega.

CRONOLOGÍA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS

1337Comienzo de Hostilidades
1346Batalla de Crecy
1356Batalla de Poitiers
1359Paz de Bretigny
1377Muerte de Eduardo III
1396Tregua de 20 años
1415Enrique V reinicia la guerra (1413-1922)
1415Batalla de Agincourt
1429-1431Recuperación Francesa Bajo Juana de Arco
1453Fin de la Guerra

LA GUERRA SEGÚN UN CRONISTA DE LA ÉPOCA: En su narración de la Guerra de los Cien Años, el cronista del siglo XIV Jean Froissart describió el saqueo de la ciudad fortificada francesa de Limoges perpetrado por elPríncipe Negro (Eduardo, príncipe de Gales). Proporciona un vivido ejemplo de cómo eran tratados los no combatientes durante la guerra.

Jean Froissart, Crónicas
Por aproximadamente un mes, ciertamente no más, el Príncipe de Gales permaneció a las puertas de Limoges. Durante ese tiempo no permitió que se llevaran a cabo asaltos o escaramuzas, sino que avanzó de manera constante y laboriosa en la tarea de zapa. Los caballeros y la gente de la ciudad que estaban dentro —que sabían lo que estaba pasando— comenzaron a cavar por su parte, con la esperanza de matar a los mineros ingleses, pero resultó un fracaso.

Cuando los zapadores del rey, quienes conforme cavaban apuntalaban constantemente el túnel completaron su trabajo, le dijeron al príncipe: «Mi señor, cuando os plazca, podemos ya derribar una gran parte del muro en el foso, de manera que entréis a la ciudad de la manera más fácil y segura».

El príncipe estuvo muy complacido de oír esto. «Excelente», comentó. «Mañana, a las seis en punto del día, enseñadme lo que podéis hacer».

Cuando supieron que era la hora señalada, los mineros comenzaron un fuego en la mina. En la mañana, justo a la hora que el príncipe había especificado, una gran sección de la muralla se desplomó, atascando el pozo en el lugar donde cayó.

Para los ingleses —que estaban armados y a la espera— fue un signo placentero. Los soldados de infantería pudieron entrar a sus anchas, y así lo hicieron. Corrieron hacia la puerta, cortaron las barras que la sostenían y la derribaron. Hicieron lo mismo con las barreras exteriores sin que enfrentaran resistencia alguna.

Todo se hizo tan rápido, que a la gente de la ciudad la tomaron desprevenida. Enseguida el príncipe, el duque de Lancaster, el conde de Cambridge, Sir Guichard d’Angle, junto con todos los demás y sus respectivos hombres irrumpieron en la ciudad, seguidos por los saqueadores de a pie, y todos con un humor como para dar rienda suelta a la devastación y para cometer asesinatos de manera indiscriminada, pues ésas eran sus órdenes. Se dieron escenas lamentables. Hombres, mujeres y niños se arrojaron de rodillas ante el príncipe suplicando: «¡Tened piedad de nosotros, gentil señor!» Pero estaba tan encolerizado que no escuchó. A ningún hombre ni mujer se les hizo caso, sino que a todos los que pudieron encontrar fueron pasados por las armas, incluyendo a muchos que, por ningún motivo, podían ser culpables.

No entiendo cómo pudieron ser inmisericordes con gente que era tan insignificante para cometer traición. Pero incluso ellos pagaron por eso, y pagaron más caro que los jefes que sí cometieron traición.

No hay hombre tan insensible que, si hubiese estado en Limoges ese día, y recordara a Dios, no hubiera llorado amargamente ante la espantosa carnicería que aconteció allí. Más de tres mil personas —hombres, mujeres y niños— fueron sacadas a rastras para cortarles la garganta. Que Dios haya recibido sus almas, porque fueron verdaderos mártires.

batalla de crecy

Batalla de Crécy. En esta ilustración de un manuscrito del siglo xv se muestra la batalla de Crécy, el primero de varios desastres militares sufridos por los franceses en la Guerra de los Cien Años; además, se ilustra la razón de por qué los ingleses preferían los arcos largos sobre las ballestas. A la izquierda, los ballesteros franceses dejan de disparar y aprestan sus armas dándole vuelta a la manivela, mientras que los arqueros ingleses siguen disparando sus arcos (un arquero diestro podía disparar diez flechas por minuto).

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PARA SABER MAS…

A PESAR DE SU NOMBRE, la guerra de los Cien Años no fue una larga contienda, sino una serie de cortos conflictos interrumpidos por largas treguas. La guerra, que persistió durante 116 años, de 1337 a 1453, giraba alrededor de la legitimidad del trono de Francia.

LUCHA POR EL TRONO En 1328, el rey francés Carlos IV (1294-1328) murió sin heredero. Los nobles coronaron a su primo, Felipe de Valois (1293-1350). En 1337, Eduardo III (1312-77), rey de Inglaterra, reclamó sus derechos al trono francés, debido a que su madre, Isabel, era hermana de Carlos IV. En 1337, el rey de Francia confiscó los terrenos de Eduardo III en el país, lo cual motivó el estallido de la guerra.

LA PRIMERA INVASIÓN La flota inglesa derrotó a la francesa en la batalla de Sluis (1340), lo que otorgó a Eduardo III el control del canal de la Mancha, el estrecho marítimo que separa Francia de Inglaterra. Desde sus bases en la costa norte de Francia, los soldados asediaban y destruían pueblos franceses.

VICTORIAS INGLESAS: Al comienzo, los ingleses obtuvieron grandes victorias. En 1346 los arqueros ganaron frente a la caballería francesa la importante batalla de Crécy, en el norte de Francia. En 1355, los ingleses, encabezados por el hijo mayor de Eduardo III, el príncipe de Gales (1336-76), vencen nuevamente a sus enemigos. Eduardo era conocido también como el Príncipe Negro debido al color de su armadura. En 1356, en la batalla de Poitiers, en Francia central, el príncipe de Gales obtuvo otra gran victoria. El rey francés Juan II (1319-64) fue capturado durante la batalla y se pidió por él un rescate de 4 millones de coronas de oro.

EL TRATADO DE BRETAÑA Tras una serie de derrotas, los franceses terminaron por aceptar la devolución a Eduardo III de sus territorios en Francia por medio del tratado de Bretaña. El rey inglés desistió de sus pretensiones al trono y rebajó el rescate por el rey francés de 4 a 3 millones de coronas de oro.

MUERTE DE EDUARDO III: La muerte de Eduardo III (1377) determina una tregua. Como los ingleses no disponían de hombres suficientes para controlar sus territorios en Francia, los franceses recuperaron muchas tierras.

ENRIQUE V: Al cabo de 38 años, la guerra se reinició. Enrique V (1387-1422), el hijo mayor de Eduardo III, vuelve a reivindicar los derechos al trono francés. En la batalla de Azincourt (1415), las reducidas fuerzas de Enrique logran vencer a un gran ejército francés. Como el Príncipe Negro, Enrique V utilizó a la perfección a los arqueros. Bajo su mando, los ingleses ganaron muchas batallas.

EL MATRIMONIO DE ENRIQUE V Enrique V ocupó gran parte del norte de Francia, forzó al rey francés Carlos VI (1368-1422) a desheredar a su único hijo, el Delfín, y a nombrar a Enrique como heredero del trono francés. Enrique V se casó con la hija del rey de Francia, Catalina de Valois y, según lo estipulado en el tratado de Troves, se reconoció que el hijo de ambos debía ser rey de Francia e Inglaterra. Sin embargo, Enrique V murió tan sólo 15 meses después de su boda. Dejaba un hijo, quien se convertiría en Enrique VI de Inglaterra (1421-71). Cuando el rey francés Carlos VI murió, ese mismo año, el infante Enrique VI de Inglaterra no heredó el trono de Francia.

JUANA DE ARCO: Una joven campesina francesa conocida como Juana de Arco (1412-31) dominó la última etapa de la guerra de los Cien Años. Decía haber tenido visiones y escuchado voces que le ordenaban salvar a Francia de sus enemigos. Juana acudió en ayuda del hijo desheredado de Carlos VI, el Delfín (heredero al trono francés). Al mando de las fuerzas de éste, Juana de Arco condujo a los franceses a la victoria.

EL SITIO DE ORLEANS: En 1429, Juana de Arco levantó el sitio de Orleans y logró que Carlos VII (1403-61) fuera coronado rey de Francia. Pero Juana fue capturada por los borgoñones, aliados de los ingleses, quienes la vendieron a Inglaterra. Juana de Arco fue sometida a un juicio por brujería y quemada en la hoguera como hereje en 1431, a la edad de 18 años, en la ciudad francesa de Rúan.

FIN DE LA GUERRA Las ludias continuaron intermitentemente durante algunos años. Alrededor de 1453, los ingleses sólo conservaban en Francia el puerto de Calais. La guerra de los Cien Años había terminando. A pesar de ello, los reyes de Inglaterra continuaron llamándose a sí mismos «reyes de Francia e Inglaterra» hasta 1801.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Ver: Juana de Arco y El Final de La Guerra de los 100 Años

Origen de los Etruscos Gobierno, Religión Organización Política

Origen y Vida de los Etruscos
Gobierno, Religión Organización Política

LOS ETRUSCOS: Los intentos por dilucidar el origen de los etruscos se remontan a los inicios de la ciencia histórica. Según Herodoto, una hambruna obligó a los etruscos a

Algunos investigadores actuales han suscrito la hipótesis del historiador griego al subrayar las evidentes afinidades entre la religión etrusca y determinados ritos orientales.

Otras líneas de investigación asocian la procedencia étnica de los etruscos con la cultura de Villanova, que marcó el inicio de la Edad del Hierro en la península Itálica.

GEOGRAFIA: Al noroeste de la península italiana, entre el macizo de los Apeninos y el mar, se extiende un país extraño, Montañas negras o de tinte oscuro, viejos volcanes extinguidos, sembradas aquí y allá como en desorden, rodean pequeñas llanuras cerradas.

Las aguas, no pudiendo salir de estos recintos, se juntan en charcas o en lagos profundos al pie de las montañas. Algunos de estos lagos, los más pequeños y profundos, llenan el fondo de un antiguo cráter. Es el país que los antiguos llamaban Etruria.

ORIGEN DEL PUEBLO ETRUSCO: El origen del misterioso pueblo etrusco es aún un enigma, como también lo es el desciframiento de su lengua, a pesar de los miles de inscripciones conservadas. Tres son las teorías que han encontrado mayor eco entre los historiadores.

La primera, orientalista y quizás la que más adhesiones suscita a raíz de los hallazgos arqueológicos, se basa originariamente en un texto del historiador Herodoto y busca el origen de los etruscos en el Oriente egeo-anatolio.

La segunda, septentrionalista, los hace venir del Norte, como descendientes de los terramarícolas y villanovianos.

La tercera se basa en una opinión que, ya en la antigüedad, emitió el escritor antiguo Dionisio de Halicarnaso. Según esta teoría, los etruscos eran un pueblo autóctono, es decir, una de las muchas ramificaciones de los itálicos neolíticos que formaron luego el gran tronco mediterráneo.

Quizá las tres teorías tienen un fondo de verdad, razón por la cual se prefiere afrontar la compleja cuestión etrusca prescindiendo de su origen y considerándola como un problema de formación étnica y cultural in situ.

Estas tres teorías opuestas tienen así algo en común, en el sentido de que los tirrenos venidos de Lidia de que nos habla Herodoto debían ser realmente originarios del Oriente egeo-anatolio.

He aquí algunas pruebas significativas de esta suposición: por ejemplo, ciertas inscripciones egipcias del siglo XIII a. de J. C. enumeran entre los pueblos del mar a los tursha, nombre de proveniencia etruscanos, frente al Asia Menor, se encontró una inscripción del siglo VI a. de J.C. en una lengua muy similar a la etrusca.

Siempre según la primera teoría, los tirrenos llegaron en orden abierto, en oleadas sucesivas, sin ser todas originarias de un mismo lugar o región (un eco de la idea de migración se conserva quizás en las leyendas relacionadas con la llegada de Eneas al Lacio), y en las tierras toscanas encontraron, junto a grupos de villanovianos llegados poco antes, que ya habían descubierto y valorizado las minas locales, una población autóctona preexistente, los rasenna (éste era el nombre que se daban a sí mismos los etruscos), a quienes llevaron una civilización superior muy helenizada (el alfabeto que usaban era una adaptación del griego, su patrimonio cultural y artístico se presenta rico en leyendas, divinidades y obras de arte griegas) y el talento nativo de organizadores.

Apoyados en las antiguas tribus del lugar, poco indo-europeizadas, lo mismo que las que ocupaban el Lacio, y viviendo, hasta la primera edad del hierro, en estado de civilización retrasada, los tirrenos chocaron pronto con la oposición de los villanovianos, cuya llegada del otro lado del Adriático o del Norte era reciente, pero que ya estaban modificando la facies étnica lingüística con influencias fundamentales que quedaron luego en la formación final del pueblo etrusco.

De esta confluencia de tantos elementos diversos, culturales, étnicos, lingüísticos y religiosos, salió la nueva civilización etrusca, que tanta influencia había de tener en la historia de Roma y de Italia.

El núcleo regional de los etruscos abarcaba la fértil región de la actual Toscana y la zona montañosa meridional hasta el río Tíber. Muy apegados a la propiedad de la tierra, los etruscos poblaron esos territorios hacia 800 a. C. y cimentaron su prosperidad en el aprovechamiento de los recursos agrícolas, en su dinamismo comercial y en la explotación de los ricos yacimientos de plomo, estaño y cobre. Con el tiempo, la isla de Elba, frente a la ciudad costera de Populonia, se convertiría en el principal centro productor y exportador de hierro del Mediterráneo.

A partir de la segunda mitad del siglo VI. a. C., comenzó la expansión etrusca por la península Itálica. Los etruscos, cuya superioridad sobre otros pueblos de Italia residía en un dominio absoluto de la metalurgia, colonizaron el valle del Po y se hicieron con el control de buena parte del norte de Italia. Convirtieron Felsina (Bolonia) en un floreciente centro comercial y extendieron su área de influencia hasta los pasos alpinos.

En el sur, la penetración etrusca alcanzó su apogeo con la fundación de la ciudad de Roma, en el Lacio, y la colonización de Campania, con Capua como principal centro urbano.

Los sacerdotes con ayuda de los oráculos eran los encargados de determinar la situación de las puertas y de las vías sagradas que conducían a los templos de las distintas divinidades. La muralla, con una función eminentemente defensiva, ceñía las zonas delimitadas por este procedimiento.

Junto con los muros, el trazado urbano se ordenaba en torno a dos grandes calles que formaban los ejes de la ciudad: el Cardo Máximo, dispuesto de norte a sur, y el Máximo Decumano, orientado de este a oeste.

El gobierno de esas ciudades-estado lo ejercía un rey (lucumon, en latín) con derecho de mando militar y atribuciones absolutas en el campo de la justicia. El símbolo de su poder era el fastio, un hacha sujeta por un haz de varas. La monarquía regía los destinos de una sociedad oligárquica, donde las grandes familias aristocráticas, juntamente con el rey, conformaban la élite social dirigente, mientras que sus servidores -la inmensa mayoría de la población- vivía en un régimen de semiesclavitud.

Cada año, los doce pueblos de Etruria se reunían para celebrar una gran fiesta religiosa, en la que todos participaban con fervor. Así continuó subsistiendo el vínculo original. Políticamente, cada ciudad era independiente, y como dijimos antes, estaba gobernada por un rey, el Lucumon, que ostentaba todos los poderes. Era, a la vez, administrador de la justicia, caudillo y gran sacerdote.

Las relaciones entre las ciudades-estado etruscas eran ambiguas. Parece que los lazos entre ellas eran débiles, a pesar de sus afinidades étnicas y culturales. Ni siquiera la alianza de las Doce Ciudades en 600 a. C. bastó para unificar el poder político de unas urbes que siempre antepusieron su independencia a cualquier proyecto federalista. Si bien la alianza prosperó, no fue tanto por un repentino sentimiento de hermandad etrusca, sino por el interés en forjar una unión estratégica dirigida a impulsar nuevas colonias y a ampliar las rutas comerciales.

Respecto al rey, su poder era absoluto; la corona de oro con la cual ceñía su frente lo testimoniaba, así como la toga, que es el primero en vestir de todos los antiguos. No podía desplazarse sin una escolta de lictores, costumbre que se transmitiría a los magistrados romanos. El poder, como ocurría en aquel tiempo, pertenecía a los más ricos.

En el ejército, ocupaban los cuerpos de caballería. En los combates, precedían a los infantes, reservándose así el lugar del máximo honor, porque un guerrero glorioso no debe temer a la muerte. Los infantes se colocaban en tres filas, orden de batalla que después imitaría la legión romana.

Las danzas guerreras estaban muy generalizadas entre los etruscos, que no las habían inventado, sino recogido de civilizaciones anteriores. Los danzantes se entregaban a un simulacro de combate, dando saltos, entrechocando sus armas y sus escudos, cantando himnos (aquí, un guerrero y una estatua de Minerva con armas).

En cuanto a las armas, los etruscos no dieron muestras de originalidad y copiaron las de Oriente. Una de sus armas más terribles era el carro, que, conducido por un auriga, llevaba un hombre armado de una lanza. Los etruscos no tardaron en mezclarse en la gran política mediterránea. Sus minas de hierro y de cobre los hicieron temibles rivales para el comercio de los griegos y los cartagineses, y pronto entabló una lucha sin cuartel con estos últimos por la conquista de un imperio comercial.

Una aristocracia guerrera: El dominio de la metalurgia fue una de las claves del desarrollo etrusco. Su expansión comercial estuvo respaldada por un gran poderío militar. Se considera precisamente que, en sus orígenes, los etruscos constituyeron una aristocracia guerrera, de régimen matrilineal, que se fundió con otros pueblos al establecerse en Etrurla. Yelmo etrusco hallado en Villa Giulia.

La derrota etrusca (474 a. C.) fortaleció el poder de los griegos en el sur de Italia, bajo la férula de los tiranos, y comprometió peligrosamente la hegemonía que mantenían los etruscos sobre el resto de la península Itálica. Pero tampoco los griegos lograron consolidarse: el descenso de los pueblos montañeses del interior -desplazamiento migratorio conocido como «invasiones sabélicas»-hacia las llanuras costeras desalojó a los griegos incluso más allá de la bahía de Napóles.

La Quimera de Arezzo
Se trata, junto con la famosa Loba capitalina, de una de las muestras excepcionales de la estatuaria en bronce etrusca. Hallada en 1554 en Arretium (Arezzo), su primera restauración se atribuye ai escultor italiano Benvenuto Cellini. La encrespada ferocidad de este animal mitológico, híbrido de león y serpiente, puede verse en el Museo Arqueológico de Florencia.

Las pinturas murales y los historiadores griegos y romanos ilustran sobre la música etrusca. Los instrumentos principales eran los de viento. Predominaba el autos doble, de origen asiático e introducido en Grecia por Olimpo en el siglo IX a. C. De sonido similar al del actual oboe, constaba de dos tubos abiertos, unidos entre sí en un extremo por una boquilla de doble lengüeta. También eran habituales otros instrumentos de viento, como ciertas variantes de trompas y trompetas (bucína, cornu, lituus, tuba). Entre las cuerdas sobresalía la lira y, en la percusión, los crótalos. La música acompañaba las ceremonias fúnebres, las competencias deportivas e incluso las ejecuciones.

Destacados orfebres: Los trabajos en marfil y la joyería etruscos alcanzaron su máximo esplendor en los siglos Vl-ll a. C., que muchos historiadores denominan «período orientalizante». Un original arte del grabado quedó patente en los espejos y en los petos.

La pintura apareció entre los etruscos en el siglo Vil a. C., vinculada a la decoración de las tumbas y como una forma de realzar la arquitectura. Pero logró su máximo desarrollo en Tarquinia. Con gran vitalidad y dinamismo, la plástica etrusca recrea momentos de banquetes, juegos, danzas y de la vida diaria. Escena de lucha perteneciente a la Tumba de los Augures.

flauta etrusca

Detalle de un fresco.Tumba de los Leopardos. Tarquinia. Hombre ejecutando una flauta doble (al lado). Este instrumento, muy extendido preferido por los etruscos, que se lo transmitieron a los romanos.

Las creencias religiosas: La casta sacerdotal formaba parte de la clase dominante. Los aruspices, expertos en descifrar el mensaje divino del que las vísceras eran portadoras, constituían el núcleo de dicho sector. Las entrañas de los animales sacrificados eran consideradas como una representación de las circunstancias del momento, y sus eventuales alteraciones indicaban qué dios intervenía y el carácter benéfico o aterrador de su mensaje. Los dioses eran numerosos y, si bien muchos de ellos eran compartidos por todos los etruscos, cada ciudad contaba con un panteón propio, habitado por divinidades particulares.

El único santuario común a todas las ciudades etruscas era el de Voltumna, en Volsinias. Uno de los rasgos sobresalientes de la religiosidad etrusca era la preocupación por la vida de ultratumba. Esta razón explica la construcción de suntuosas criptas funerarias, repletas de riquezas y finamente decoradas. El vino de las libaciones y la sangre de los sacrificios contribuían también a solazar a los muertos que, de este modo, no se veían necesitados o tentados de regresar a la tierra y mortificar a los vivos.

Desde el norte de Italia, se trasladaron hacia la región centro-norte de Italia. Hacia el sur, de acuerdo con la tradición romana y la evidencia arqueológica, controlaron Roma y, posiblemente, todo el Lacio. Desde esta última zona se trasladaron hacia el sur, en dirección a Campania, fundando un asentamiento en Capua, y llegaron a tener contacto directo con los colonos griegos del sur de Italia. En el siglo VI a. de C., los etruscos estaban en la cúspide de su poder. Pero, por el año 480 a. de C., su poder empezó a declinar y, por el año 400 a. de C., estuvieron limitados de nuevo a Etruria.

Más tarde fueron invadidos por los galos y luego conquistados por los romanos. Pero, en aquel tiempo, los etruscos ya habían dejado huella. Al transformar los poblados en ciudades, llevaron la urbanización al centro y al norte de Italia (los griegos llevaron la urbanización al sur de Italia). Por supuesto, Roma fue el producto etrusco más famoso.

El mundo de los muertos: Los etruscos creían en la vida después de la muerte. Los dioses manifestaban su voluntad a través de los objetos de la naturaleza, y, del mismo modo, el hombre trató de manifestarse a través de su obra a escala humana. De ahí la importancia del arte religioso y funerario y la práctica constante de la adivinación. Una vez abandonaba el cuerpo, el alma inmortal de hombres y mujeres habitaba en el sepulcro y el deber del artista era recrear para ellos una vida alegre y placentera. Las necrópolis etruscas eran verdaderas ciudades para los muertos, reflejo de la casa y la vida terrenas.El sarcófago Cerveteri es una de las principales manifestaciones de la escultura funeraria etrusca. Construidoen terracota a finales del siglo VI representa a una pareja de esposos de la aristocracia, recostados en un klinéy participando en un banquete ritual.

EL REFINAMIENTO DE LOS ETRUSCOS
La mayor parte de los toscanos ricos eran terratenientes. Las cosechas abundantes de cereales les producían sólidas rentas, a las que se sumaban las que obtenían del vino y del aceite. Pero también eran hábiles comerciantes, y la madera de los bosques les servía para construir barcos que bogaron a través del Mediterráneo. Cuando el suelo no se prestaba a la agricultura, los toscanos emprendían trabajos considerables para prepararlo. Fueron maestros en el arte del drenaje y del riego, y de ellos aprendieron los romanos el dominio de estas técnicas. Cuando no disponían de agua, sus poceros eran únicos para descubrirla.

El bronce, el oro y la plata no son los únicos testimonios del arte etrusco. Estos hombres, que conocemos mal, se revelan a nuestros ojos como pintores admirables. Sus tumbas son las que mejor nos muestran esta forma de arte. En efecto, era indispensable para los muertos tener en la sombra de la tumba el ambiente de la vida cotidiana. De esta forma, encontramos la calurosa atmósfera de los banquetes y los espectáculos de música y danzas que los animaban.

Tambien gracias a las tumbas, descubrimos el lugar importante que la mujer ocupaba en la vica de los toscanos: estaba presente en cada momento de la vida del hombre. Vemos a las mujeres asistir a los banquetes, a los juegos, ellas eran verdaderamente, sus compañeras de todos los instantes.

Quizá fuera esta familiaridad constante la que les valió, entre los severos romanos, b reputación de mujeres sin pudor y desvergonzadas. Ciertamente, en los frescos aparecen generosamente adornadas e, incluso, excesivamente maquilladas, como sus hermanas cretenses. Sus cabellos están teñidos. Pero todos estos elementos, que constituyeron para los romanos otros tantos motivos de escándalo, hicieron de ellas compañeras apreciadas, que compartían con sus maridos las preocupaciones de la vida diaria y también los secretos más graves de los negocios.

matrimonio etrusco

Actitud reconfortante de una pareja etrusca. (Bronce. British Museum.) El amor conyugal se manifiesta en la vida corriente, confirmado frecuentemente en los sarcófagos por la representación, en terracota, de los esposos, acostados el uno al lado del otro. Ternura del marido y confianza de la mujer. Esta ocupaba, en la sociedad, un lugar importante, siendo mucho más libre, por ejemplo, que en Grecia.

ALGO MAS SOBRE SU RELIGIÓN:
LOS PRESAGIOS DEL CIELO
La religión etrusca se distingue de las religiones de la antigüedad por su carácter nacional. Su manifestación esencial era la reunión anual de Volsinias, a la cual ninguno de los jefes ni de los personajes sobresalientes de las ciudades osaría faltar.

Las fiestas que se celebraban en este lugar eran comparables a la de Delfos o de Olimpia. Esto dice bastante de su suntuosidad: los etruscos querían, sin duda, subrayar con ello su originalidad y distinguirse de los otros pueblos de la península. Esta religión fue revelada por un profeta, al que ellos llamaban Tages, que vino a la Tierra acompañado de la ninfa Begoia para dar a los etruscos los fundamentos de la verdad religiosa, revelaciones escritas piadosamente en los libros sagrados.

Los ritos eran los elementos esenciales: se ajustaban a reglas muy rigurosas, la «disciplina etrusca», y constituían la base del arte de la adivinación y de cierto número de preceptos que convenía observar en cada circunstancia de la vida. Así, era esencial saber interpretar»» los «rayos celestes», porque de ellos dependían los gestos que había que realizar para satisfacer a los dioses. Pero no había menos de dieciséis rayos, que correspondían cada uno a una región del cielo.

Cada dios disponía de uno o varios rayos. Todo dependía del día y de la hora en que había alcanzado al objeto, y de la forma en que éste había sido tocado. En estas. condiciones, se comprende el papel esencial de los arúspices, que sabían interpretar el presagio y leer en las entrañas de los animales sacrificados.

El hígado estaba dividido en cierto número de partes o «casas», cada una de las cuales correspondía a un dios. Las anomalías descubiertas en estos casos constituían un testimonio de las disposiciones divinas. Estotf’ dioses eran numerosos: doce correspondían a los signos del Zodíaco, siete a los planetas, dieciséis a las regiones del cielo, más un gran número de divinidades locales.

EL MAS ALLÁ
La vida de los etruscos estaba dominada por la religión. Una especie de fatalidad pesaba sobre el toscano, que no podía escapar a la voluntad de los dioses. No poseía ninguna libertad, pero tenía la posibilidad de conjurar el destino, por medio de sacrificios apropiados. Los genios servían de intermediarios entre las divinidades y los hombres. Otros vivían en los dominios infernales.

El mundo del más allá, la morada de los muertos, obsesionó a los etruscos, que han dado de él representaciones sorprendentes. Sus muertos, como los muertos egipcios, proseguían en su tumba una vida muy semejante a la de los vivos. Pero ellos podían también evadirse hacia la verdadera morada de los muertos y conocer una supervivencia particular. La religión etrusca y sus prácticas modelaron, en parte, las de los antiguos romanos.

La vida de las gentes modestas nos es completamente desconocida. Las representaciones que han llegado hasta nosotros de su vida cotidiana, han sido descubiertas en las tumbas, y conciernen, sobre todo, a gentes ricas. En ellas vemos moverse todo un mundo de esclavos. Con una gracia incomparable, sirven en festines suntuosos o embelesan a sus dueños con el sonido de sus flautas. Tienen una bella presencia y una gran elegancia.

La Escultura y Pintura Etrusca

Fuente Consultada:
Historia Para 1er. Año de José María Ramallo
Civilizaciones de Occidente Toma A Jackson Spielvogel
Historia Universal Tomo 6 Salvat
Historia Universal Tomo 5 El Imperio Romano Clarín

La Vida en los Monasterios en la Edad Media: el Trabajo y la Oracion

La Vida en los Monasterios en la Edad Media – Función de los Monjes

VIDA EN los monasterios medievalesLos monjes dieron a la Iglesia un contingente de misioneros de primera clase para la conversión de Europa.

No solamente predicaban los evangelios, sino que rellenaban pantanos, fundaban escuelas, experimentaban con nuevas técnicas agrícolas y construían monasterios alrededor de los cuales crecían ciudades pequeñas como la de York o grandes como la de París.

En los «scriptoriums» (el término monástico equivalente a bibliotecas de investigación), escribieron copias perdurables de los libros griegos y romanos, conservando esta herencia del saber para todos nosotros. Hicieron todo esto convencidos de que la voluntad del Espíritu de Dios era la civilización del mundo.

San Benito fue el padre de los monjes de Occidente. Fundó su primer monasterio, Monte Casino, a mediados del siglo VI. La Regla de san Benito fue y sigue siendo una guía monástica hasta hoy.

En el mundo medieval, los monasterios hacían la función de «ciudades de Dios», al igual que las villas, los pueblos y las aldeas eran las ciudades de los hombres.

Eran microcosmos en los que los hombres y mujeres allí reunidos se entregaban al trabajo y la oración; en un mundo oscuro y bárbaro fueron los que preservaron la cultura clásica para los siglos venideros

Desde hace miles de años han existido hombres que voluntariamente han abandonado la sociedad para retirarse a meditar y orar en soledad, son los ermitaños y anacoretas.

En algunos casos, prefirieron agruparse en pequeñas comunidades en las que trataron de alcanzar estos mismos objetivos; de esta manera surgieron los monasterios, pequeños microcosmos autosuficientes, que se regían por sus propias reglas. Pronto, el resto de la sociedad, deseosa de lavar sus pecados y de ser incluida en las oraciones de los monjes, fue ofreciendo a los monasterios donaciones destinadas a ennoblecer los edificios monacales.

La palabra monje (del griego monacos, solitario) designaba desde el siglo IV a los que, siguiendo los consejos de perfección que Cristo había dado en su Evangelio, abandonaban las ciudades para establecerse en lugares desiertos y entregarse a la contemplación de Dios y a la práctica de las virtudes cristianas. Ejemplares insignes de monjes fueron san Pablo, primer ermitaño, y san Pacomio, que dio las primeras reglas. Sus numerosos discípulos poblaron los desiertos de la Tebaida en Egipto. Estos solitarios pronto mostraron tendencia a reunirse en edificios llamados monasterios donde, sin abandonar su vida de retiro y meditación, ejecutaban en común las comidas y la oración. El ejemplo se propagó por Occidente, y se fundaron monasterios en Francia, España, África e Irlanda. Mas faltaba unidad entre sus reglas. Unas eran excesivamente rigoristas, otras eran susceptibles de varias interpretaciones.

El origen del monacato: Los orígenes del monacato se sitúan en el siglo III en el Mediterráneo oriental, donde, partiendo de la necesidad de un mayor compromiso religioso, numerosos eremitas y anacoretas decidieron llevar una vida ascética en solitario, siguiendo el modelo de santos como Elias o Juan.

Sin embargo, también se desarrollaron formas de vida religiosa en comunidad; fue el caso de los cenobitas, que querían imitar a los apóstoles.

En Occidente, resulta difícil hablar de una homogeneidad monástica, ya que cada centro era independiente de los demás, aunque los objetivos de la orden fuesen comunes.

Las reglas monásticas más antiguas fueron redactadas por San Agustín (354-430); en ellas reguló las horas canónicas y dispuso las obligaciones de los monjes respecto al orden teológico y moral.

Consiguió, ya en el siglo y, que más de veinte monasterios africanos las practicaran, lo que contribuyó al conocimiento de la regla en Europa. Desgraciadamente no se conserva ningún resto de los primitivos monasterios africanos, por lo que desconocemos cómo fueron las construcciones que acogieron a estos primeros monjes.

Durante los siglos V a VIII, en Europa destacaron dos corrientes monásticas: los monjes celtas irlandeses, comunitarios y fuertemente ascéticos, y los que seguían la regla de san Benito de Nursia. Las órdenes irlandesas estaban muy relacionadas con las reglas monásticas orientales; san Columbano, en el siglo VI, fue su principal impulsor. Fue un rígido monje que exigía a sus comunidades que vivieran con descanso y alimentación mínimos, sometiendo sus cuerpos a terribles castigos para evitar la sensualidad.

Este ascetismo y mortificación de la carne impulsaba a los monjes a buscar refugio en lugares inhóspitos, donde su existencia resultara aun mas extrema. Se conserva una descripción del monasterio más importante fundado por san Columbano, en la isla de ona. Se trataba de una pequeña aldea, rodeada de un rudimentario muro más o menos circular, en la cual los monjes habitaban en doce minúsculas celdas de madera y tierra prensada; en el centro, una celda algo mayor era ocupada por el abad.

Al parecer, todos los monasterios de esta orden siguieron el mismo esquema, con iglesias muy pequeñas y oscuras ubicadas en una posición central. Estaban construidos con materiales muy pobres, piedras sin labrar o un entretejido de ramas y cañas. Sin embargo, pese a esta pobreza, en estos monasterios se desarrolló un maravilloso arte ornamental, fundamentalmente orfebrería e iluminación de manuscritos.

La regla de san Benito

El monasterio benedictino fue el germen de la arquitectura monástica occidental. Benito de Nursia se retiró a los veinte años para llevar una vida de ermitaño. Muy pronto, imitaron su ejemplo numerosos discípulos, atraídos por su santidad.

Refugiado con algunos de ellos en Monte Cassino, en la comarca italiana de Campania, el santo escribió la Regula Sancti Benedicti, la norma que gobernó la vida monástica de todo el medioevo, según la cual los monjes debían rezar y trabajar (ora et labora) de manera equilibrada. Para ello se prestaba especial atención a la organización del horario, lo que determinó un mejor aprovechamiento de la luz y de las condiciones climáticas.

Carlomagno mandó hacer una copia de la regla y ordenó su disposición en todos los monasterios del Imperio, hecho que contribuyó a la rápida extensión del benedictismo por toda Europa.

Aunque la regla no específica las características de los edificios monásticos, en época carolingia se definió su esquema.

Hasta la actualidad ha llegado el plano del monasterio suizo de Saint Gallen, conservado en el reverso de una biografía de san Martín. Gracias a él sabemos cÓmo era la distribución planimétrica de un monasterio del siglo IX, muy parecida a la de los posteriores centros cluniacenses. Al igual que sucede con todos los monasterios medievales, el emplazamiento de Saint Gallen no se eligió al azar, estaba en un lugar protegido y bien abastecido de agua, con una buena cantera, un bosque frondoso y unas ruinas romanas en sus cercanías…

Los cluniacenses

En el año 910, Guillermo, duque de Aquitania, fundó el monasterio de Cluny en tierras de Borgoña, que donó a los benedictinos, otorgándoles amplios privilegios. Éstos decidieron reformar la regla, ya que para entonces se encontraba muy alejada en la práctica de sus propósitos iniciales.

La reforma restó importancia al trabajo manual e intelectual frente a los oficios divinos. Este renovado espíritu religioso propició un nuevo estilo artístico más místico; la austeridad del régimen de vida condujo a la creación de un nuevo espacio arquitectónico.

El esquema de la edificación no quedaba al puro arbitrio de la agrupación conventual, se regía por estrictas normas constructivas, en función de la vida cotidiana de los monjes; en lo fundamental, se tomaba como modelo la villa romana de explotación rural. En síntesis, este plano básico del monasterio constaba de cuatro conjuntos arquitectónicos diferenciados por su funcionalidad.

El complejo quedaba articulado en torno al claustro, un área cuadrangular con un jardín en su centro.

En él, los monjes gozaban dé un rincón de paz donde podían recogerse dentro de la comunidad, reflexionar sobre temas espirituales y realizar sus plegarias. El claustro estaba rodeado por una galería cubierta desde la que se accedía a las diferentes estancias, que comunicaban frecuentemente con la iglesia, el refectorio y la sala capitular. En el segundo piso se situaban los dormitorios de los monjes.

Esta distribución podía variar en función de diversos elementos, como las características o el clima del territorio.

La presencia de otras estancias, como las dedicadas a la vida económica, estaba supeditada a la importancia o la riqueza de cada centro. Los amplios campos de explotación agrícola y el considerable número de monjes dependientes del monasterio hacían necesaria la edificación de almacenes, bodegas, establos, despensas, locales administrativos, etc.

El palacio del abad podía ser también testigo del prestigio adquirido por el monasterio.

Un tercer conjunto arquitectónico estaría asociado a la vida cultural desarrollada en el monasterio, cuyo eje se centra en la biblioteca y el scriptorium, además de en la escuela de novicios.

Por último, otras dependencias servían para relacionar al monasterio con el exterior. La hospedería daba cobijo a los peregrinos que se hallaban de paso, aunque en muchas ocasiones albergaba a visitantes de renombre.

También era importante la labor de beneficencia del monasterio, donde se socorría a pobres, enfermos y desheredados en hospitales o lazaretos.

En suma, el monasterio estaba concebido fundamentalmente como lugar de plegaria más que de trabajo, pero, sobre todo, era un ámbito donde los monjes se dedicaban por completo al servicio de Dios.

Alejados, pues, de una vida dependiente del trabajo manual, era necesario que el recinto fuese un remanso de paz que procurase un agradable retiro y aislamiento a sus moradores. Las edificaciones debían tener una medida justa y apropiada para la comunidad y, en cualquier caso, debían facilitar la vida litúrgica, los oficios y las oraciones.

Cluny, tomado como modelo de monasterio por antonomasia, contribuyó decisivamente a la difusión por toda Europa de las soluciones del estilo románico empleadas en su construcción. Sus abades se empeñaron en convertirlo en una segunda Roma, una aspiración a la que no era ajena la idea de lo bello al servicio de la liturgia, ya que se consideraba que el esplendor y la pureza de las formas externas eran sumamente importantes para honrar a Dios debidamente.

Los cistercienses

El poder y la opulencia que hablan alcanzado los monjes de Cluny —la iglesia de la casa madre, tras sucesivas ampliaciones, llegó a ser la más grande de la cristiandad— rompía con la máxima benedictina del “ora et labora”; durante todo el siglo XI se sucedieron los intentos de restaurar los principios fundamentales de la regla.

Finalmente, lo consiguió el monje Roberto, que en 1089 se retira al bosque de Citeaux, en Borgoña, en compañía de otros hermanos.

En la nueva orden del Císter se prohibió el lujo, tanto en el vestido, como en la comida y en la vivienda, por lo que los monasterios se construyeron siguiendo líneas extremadamente austeras.

Esta austeridad propició la creación de edificios desprovistos de decoración, en los que lo principal era la estructura arquitectónica en sí misma.

Un nuevo estilo, el gótico, se ajustó perfectamente a los deseos expresados por estos monjes; la fundación de los monasterios cistercienses favoreció la expansión del estilo por todos los rincones del continente.

¿Dónde se construían los monasterios?: Los monjes buscaban lugares aislados situados en las proximidades de elevaciones montañosas poco frecuentadas, en lo más profundo de valles baldíos o en parajes muy arbolados, lejos de las rutas recorridas por los comerciantes y hombres de armas.

La primera ley que rige el monaquisino es la soledad; la segunda, el desapego. Sin embargo, y con frecuencia, el monasterio se establecía en lugares en los que habían encontrado abrigo cultos anteriores al cristianismo, como si hubiese localizaciones predestinadas.

¿Cómo era la vida cotidiana?: El empleo del tiempo de cada jornada presenta una cierta diversidad según las diferentes órdenes monásticas, pero, por regla general, hay tres actividades esenciales en la vida de la comunidad: el oficio divino, que comprende múltiples liturgias diurnas y nocturnas, y en el que el canto ocupa un lugar de privilegio; el trabajo manual, que suministra a la comunidad sus medios de subsistencia, pero que es también una forma de oración; y, por último, la lectura y la meditación solitaria en el silencio de la celda, que proveen a los monjes de su alimento espiritual y la profundización de su fe.

¿En qué se ocupaban los monjes?: Desempeñaban desde las tareas más humildes a las actividades más complejas, y, en la medida de la capacidad de cada cual, debían dedicarse a todas ellas con idéntica aplicación. La comunidad vivía en régimen de autarquía. Debía producir todos los medios para su subsistencia y, por consiguiente, cultivar la tierra, fabricar las herramientas y las vestiduras, y construir y reparar los edificios. Después venían las labores intelectuales, y en particular la copia e ilustración de manuscritos, y la decoración, a base de pintura y escultura, de los inmuebles religiosos.

¿De dónde procedían los monjes?: Pertenecían a todas las clases sociales. Algunos provenían de medios aristocráticos, y se hacían monjes para huir de la corrupción y, sobre todo, de las violencias de un mundo dominado por la barbarie guerrera. Otros procedían del ámbito agrícola y, gracias a la vida monástica, encontraban el medio de acceder a la cultura.

Otros, por fin, habían formado parte de la multitud errante característica de la Edad Media, época de extremada movilidad, en la que gran número de jóvenes se lanzaban a los caminos con la esperanza de encontrar en algún sitio su destino verdadero. Para muchos de éstos, el monasterio, remanso de paz, constituía el término de su viaje.

¿De qué tipo era su influencia?: En primer término, era espiritual, puesto que su existencia representaba la puesta en práctica de las enseñanzas evangélicas, fundadas sobre la fraternidad y la negación de la violencia. Pero en la inmensa labor cultural realizada en los monasterios, el cristianismo encontraría los cimientos de su influencia intelectual.

Influencia que se da también en el terreno de lo económico, pues los monjes contribuyen ampliamente a que se utilicen mejor las tierras cultivables y a que se renueve el utillaje del mundo rural, lo que permitirá efectuar grandes desmontes.

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PARA SABER MAS…

Los desórdenes del siglo  X trastornaron profundamente la vida monástica, que era el fundamento de la cristiandad. Religión y superstición se confundieron.

Aparecieron movimientos tachados inmediatamente de heréticos y contra ellos se empleó a fondo la represión de los poderes político y eclesiástico.

Algunas comunidades impregnadas de los sentimientos de paz y de caridad, lucharon contra tal disolución de las enseñanzas evangélicas. Monasterios de un tipo nuevo intentaron conciliar el ideal de la vida eremítica, fundada sobre el silencio y la oración, con la vida colectiva tal y como la había concebido San Benito.

Cluny y la fuerza del ejemplo Fue en Cluny donde se manifestó con mayor fuerza tal renovación monástica. Fundada en el 910 por un noble borgoñón, Bernon, la abadía hizo revivir bajo un aspecto nuevo la regla benedictina. Los monjes se consagraban esencialmente a la oración, pero también organizaban en torno al monasterio una comunidad laboriosa y apacible. Su influencia se hizo pronto muy considerable.

Siguiendo el modelo de Cluny, se edificaron toda una serie de abadías que constituyeron otras tantas comunidades independientes, vinculadas todas ellas, empero, a la abadía madre. Así, en el s. XIII, la orden de Cluny cuenta con más de 1.500 casas, desde España a Escandinavia.

La vuelta a la sencillez evangélica A finales del s.XI, aparece una nueva orden, la de los cartujos, que va todavía más lejos que la de Cluny en el camino del ascetismo.

Fundada por un canónigo de Reims, Bruno, en el valle de la Grande-Chartreuse, su regla es extremadamente severa: reclama de los monjes la constante práctica del silencio y una pobreza absoluta.

Dichos monjes no consagran al trabajo de los campos más que el tiempo necesario para asegurar su subsistencia, dedicando muchas horas al trabajo intelectual. Numerosas cartujas irán apareciendo paulatinamente, sobre todo en Italia.

La fundación de Cister La misma vuelta al ascetismo anima la fundación de Cister. Fue Roberto de Molesmes quien creó, cerca de Dijon, una comunidad fundada sobre la estricta aplicación de la regla de San Benito.

Los monjes debían vivir en la pobreza absoluta, y severamente apartados del trato con los hombres. No podían depender materialmente de ninguna donación exterior.

El monasterio se convierte, así, en una comunidad económica independiente, cuyo sustento procede del trabajo manual de los monjes, ayudados por determinados laicos, los hermanos legos, que viven como ellos, y por jornaleros, que cobran salario.

Las comunidades cistercienses El progreso de la regla de Cister es lento. En realidad, comienza, en 1112, con la llegada de quien habría de convertirse en San Bernardo, que se presenta acompañado de una treintena de jóvenes caballeros deseosos de consagrarse a la vida monástica.

A partir de ese momento, y sobre el modelo de Cister, se va creando toda una red de filiales vinculadas a la casa madre por mediación de un código común.

Cada comunidad es independiente, pero los abades de los distintos monasterios deben reunirse todos los años en Cister para establecer el balance de la particular experiencia de cada abadía. Los abades no son elegidos por la abadía madre, sino por los monjes del establecimiento respectivo.

Lo que significa que los vínculos que unen a los monasterios cistercienses son de una flexibilidad extrema.

San Bernardo, en Clairvaux Después de haber permanecido durante tres años en Císter, Bernardo, que se había impuesto ya como uno de los maestros de la doctrina cristiana, funda en Clairveaux una abadía cuya regla es particularmente rigurosa.

Sus monjes solamente se alimentan de habas y de lechugas salvajes. Deseando hacer que el cristiano volviese a las fuentes originales, representadas en su opinión por los Padres de la Iglesia y, en particular, por San Agustín, ataca a la orden de Cluny a causa de sus riquezas. Y en 1145, en Vézelay, predica la segunda cruzada.

La reforma gregoriana Estas convulsiones de la vida monástica constituyen el preludio de la reforma general de la Iglesia, emprendida por un monje toscano, Hildebrando, que se convertiría en papa en el 1073 con el nombre de Gregorio VII.

Aquel hombre de acendrada piedad había adquirido en la corte de Roma una gran experiencia política, y tenía una idea muy elevada de su función. Comenzó por definir con precisión el cometido particular de la Iglesia romana en sus relaciones con el poder temporal.

Quería, en efecto, que los reyes y los príncipes no siguieran interviniendo en los asuntos religiosos, por lo que se reservó el derecho de nombrar a los obispos. Se esforzó también en devolver a la cristiandad su naturaleza evangélica, oponiéndose a la guerra y a la opresión de los débiles. De tal manera, intentó imponer «la tregua de Dios», tendiente a limitar la utilización de la violencia.

Las «casas de Dios» El fervor religioso, del que los monasterios cluniacenses y cistercienses fueron foco de irradiación, tuvo una decisiva influencia sobre el movimiento arquitectónico del que nacieron las iglesias románicas y las catedrales góticas. Las abadías eran consideradas «casas de Dios», y debían reflejar la grandeza divina.

Pero la armonía celeste obedece a leyes precisas, y la construcción de los edificios conventuales no fue dejada por completo al antojo de la imaginación de los arquitectos.

En ella se intentaron reflejar las leyes del orden cósmico, el orden que Pitágoras había analizado durante tanto tiempo intentando poner de relieve la importancia del número áureo, símbolo de la perfecta proporción que rige la relación entre cielo y tierra.

De ahí el extraordinario esfuerzo, todavía reconocible hoy, realizado en la arquitectura cisterciense para dejar al descubierto, mediante un lenguaje simbólico de sutil precisión, la exacta relación existente entre la obra divina y el trabajo de los hombres.

MONASTERIOS

La época de los monjes comienza, en realidad, en los s. XI y XII. Verdaderas sociedades ideales en miniatura, los monasterios quieren ser un ejemplo para toda la sociedad, y reproducen la división tradicional que se da en ésta entre los que oran, los que trabajan y los que combaten, sin dejar de aspirarpor ello a la perfección divina. En cualquier caso, pronto se distinguen dos corrientes: a la pompa de los servicios litúrgicos cluniacenses y a su, con frecuencia, ostentosa espiritualidad, los monasterios cistercienses oponen una vida de soledad y de ascesis.

Fuente Consultada: Civilizaciones de Occidente Volumen A

 

Fuente Consultada:
Gran Enciclopedia Universal – Editorial Larouse – Tomo I

Ver: Construcción Catedral de Chartres

Ver: La Educación Cristiana Medieval

Biografia de Cómodo Emperador de Roma Vida y Gobierno

Biografia de Cómodo Emperador de Roma

Durante el gobierno de Marco Aurelio, último de los cinco buenos emperadores, un número de catástrofes naturales golpearon a Roma. I

nundaciones del Tíber, hambruna, y la plaga traída del oriente por ú ejército provocaron una disminución considerable de la población y una escasez de hombres en la milicia.

Para muchos romanos, estos desastres naturales parecían augurar un futuro ominoso para Roma.

Pronto surgieron nuevas dificultades con la muerte de Marco Aurelio.

A diferencia de los primeros cuatro buenos emperadores, quienes eligieron sucesores capaces adoptando a hombres competentes como sus propios hijos, Marco Aurelio permitió a su hijo Cómodo (180-192) llegar a emperador.

Hombre cruel, Cómodo resultó una pésima elección, y su asesinato trajo un breve rebrote de la guerra civil, hasta que Septimio Severo (193-211)

emperador comodo

Hijo de un emperador tan ilustre como Marco Aurelio, Cómodo no correspondió al nombre que llevaba ni como hombre ni como gobernante. En él termina la serie de grandes emperadores romanos del siglo II, de modo que, realmente, inaugura la crisis del siglo III.

Lucio Aurelio Cómodo había nacido el 31 de agosto de 161 en Lanuvio. Por su madre, Faustina la Menor, era nieto de Antonino Pio, otro de los grandes personajes del mundo romano. Pues bien, Cómodo no recogió ni la acrisolada rectitud de su abuelo ni la prudencia y vasta cultura de su padre.

Desde su niñez se reveló cruel, brutal, vicioso y necio. A pesar de tan lamentables condiciones, su padre, cegado por el afecto, rompió la tradición de las adopciones en la sucesión imperial y procuró legarle el trono.

Le dio una instrucción minuciosa, que no surtió ningún efecto; se lo llevó consigo en sus campañas para prepararle para la vida militar y granjearle el favor de los generales.

Nada de esto modificó su carácter. Pero Marco Aurelio, inducido por su amor paternal, le asoció al gobierno el 27 de noviembre de 176 y le proclamó emperador. Al año siguiente recibía los títulos de cónsul y Augusto.

Cuando murió su padre el 17 de marzo de 180, Cómodo se vio reconocido sin oposición.

Durante algunos meses continuó dirigiendo las operaciones militares en el Danubio, cumpliendo la última voluntad de Marco Aurelio.

Pero muy pronto, deseoso de brillar y mandar en Roma, liquidó la campaña con una paz poco provechosa, aunque salvaguardando el crédito de las armas romanas. Tenía entonces unos veinte años.

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Cómodo conjuntamente con Nerón y Calígula ocupará un puesto de honor dentro de la historia del Imperio Romano. Sin embargo, este lugar destacado que obtienen dentro de la historia universal, muchas veces se considera como injusto –por los altibajos y extremismos en los juicios sobre todos ellos–.

La historia de Cómodo demuestra que la herencia de su padre no determinaría su conducta ni su gobierno. Marco Aurelio, su padre, era un extraordinario emperador y padre mientras que Cómodo, un pequeño monstruo en crecimiento.

A su vez, será uno de los últimos emperadores de la dinastía de los Antoninos (por Antonino Pío, sucesor de Adriano), y gobernante pacifista (Pax Romana).

Nacido en Lanuvium, compartió el trono de Roma con su padre, Marco Aurelio –el Emperador filósofo–. En el año 180, inmediatamente después de la muerte de su padre, fue proclamado emperador. También, junto a Marco Aurelio había sido corregente, tras recibir el título de Augusto.

Cómodo Emperador de Roma

Emperador Cómodo

Una de las primeras medidas que adoptó una vez en el poder, fue el principio dinástico –sucesión de padres a hijos–, abandonando el principio de adopción vigente hasta ese momento (mediante el cual los emperadores adoptaban a sus sucesores sin tener en cuenta la filiación).

 Además, el nuevo emperador se hizo adorar como la encarnación de Hércules y Mitra –lo que se denominó locura cesárea–, convencido de ser representación de aquellos personajes mitológicos, incluso adoptó el divinizado titulo de Hércules Romanus. Sin embargo, el pueblo –más crítico y desconfiado– refiriéndose a temas mucho más terrenales, señalaba al Emperador como el fruto deleznable de los amores de la emperatriz Faustina y un gladiador.

Una de las hipótesis que se establecen es el posible asesinato de Marco Aurelio por parte de Cómodo, aunque no existen pruebas contundentes de este hecho. Por el contrario, un acto comprobado era la violación de sus hermanas, que no pudo concretar en el caso de su madre.

Sin embargo, pronto encontró la manera de acercarse a esa posibilidad, rebautizando a una de sus concubinas –que tenía cierto parecido con su madre– con el nombre de su progenitora, de manera que cada vez que la poseía, se hacía la idea de que estaba con su madre. Sí se sabe fehacientemente, por el contrario, que mató directamente a su hermana Sucilla y a una de sus esposas, Cripisca.

Cómodo era un hombre sin complejos disfrutaba luchar con los gladiadores sin tener el final destinado a estos guerreros.

En este sentido, el emperador siempre salía victorioso porque obligaba a sus contrincantes a emplear espadas de madera mientras que él bajaba a la arena pertrechado de todo el arsenal de espadas de verdad, mazos rotundos y demás armas de muerte, acabando con gran parte de ellos.

Más de 700 veces bajó el Emperador a la arena a ejercitarse en estas luchas, aunque en otras ocasiones su crueldad llegaba aún más lejos y superaba todo lo conocido.

Al respecto, en una de sus encarnaciones de Hércules, abusando de una gran preparación física –extraordinaria ya que mataba animales salvajes y torturaba esclavos– y blandiendo la famosa maza del héroe griego, aporreó hasta la muerte a cientos de lisiados que se arrastraban por las calles de Roma (adelantándose a futuras limpiezas étnicas) de forma cruel y despiadada. Incluso, solía ofrecer diariamente sacrificios en ofrenda a la diosa Isis, de la que era un adorador ferviente.

Dejando de lado sus excentricidades y maldades, con respecto a las cuestiones del gobierno del Imperio, Cómodo dispuso la venalidad de los cargos públicos –que se condecía con su avaricia extrema que lo llevaba a arrancar hasta el último céntimo de los bolsillos de sus gobernados–.

Esta orden se enfrentaría rápidamente con el Senado, que desde un principio la objetó.

Desde este momento, el nuevo emperador se granjearía a gran parte del poder del Imperio y de amplias capas de la población y del Ejército.

No obstante, este poder procedía del terror que emanaban sus decisiones caprichosas e inesperadas, incluso, en los momentos de su máximo poder, un Senado sumiso llegó a declararlo como «el más noble y más glorioso de los príncipes».

Cabria agregar que su vida estuvo marcada por el escándalo y la perversión que exteriorizaba públicamente en sus orgías, durante las cuales gozaba utilizando constantemente un vocabulario soez de manera torrencial, con el ánimo de que desagradara a los que tenía cerca.

Dotado de una personalidad ególatra y enfermiza, Cómodo estaba convencido que la posteridad agradecería poder conocer su paso por el poder y por la Historia, sirviendo de ejemplo para las generaciones futuras (quienes desearían imitarlo absolutamente en todos y cada uno de sus actos).

Es por eso que ordenó, desde los inicios de su gobierno, que dataran absolutamente todos sus actos por escrito, resaltando sus propios hechos (incluidos los non sanctos).

Estos actos serian volcados en las Actas de Roma (una especie de gaceta oficial), sin censurar ninguno de los actos innobles, de los que se autoproclamaba único protagonista.

En cierto sentido, no se ocupaba de todos los actos de gobierno, delegando la toma de deceisiones (referidos a los negocios del Imperio entre otros) a Perennis, quien era el verdadero gobernante.

De esta forma, Perennis asumiendo todos los deberes y obligaciones del Imperio, dejaba libre a Cómodo para dedicarse a los placeres y a las maldades –generalmente unidos en este emperador–.

Es necesario destacar que estos pasatiempos imperiales salían muy caros a Roma, pues Cómodo dilapidaba los tesoros del Imperio sin limites.

A su vez, sus rarezas y excentricidades parecían no tener fin tampoco: sentía una extraña debilidad por las personas con nombres que recordaran a los animales.

Así, un tal Onon (asno) fue colmado de riquezas y nombrado Gran Sacerdote de Hércules, haciendo honor no sólo al cuadrúpedo original sino también a la Naturaleza ( que le había regalado un miembro viril que recordaba al de un asno de verdad).

Este detalle le hizo ser muy apreciado por el Emperador.

Otras excentricidades eran las distracciones “escatológicas” que practicaba, como la de sorprender a sus invitados con la mezcla de sabrosísimos manjares y algo menos apetecibles excrementos y hasta sangre menstrual, que los asistentes estaban obligados a deglutir sin exteriorizar demasiado el asco correspondiente.

Las esperanzas depositadas en este príncipe rubio y de una apolínea presencia pronto se derrumbaron, hasta convertirse en un sentimiento de verdadero peligro para la continuidad del Imperio, animando a sus enemigos a decidirse a “cortar por lo sano”.

El emperador se había recluido en el Palatino acompañado de 300 prostitutas y algunos pederastas, de manera que sus orgías no tuviesen fin en sus dominios domésticos. Se dice que él mismo se imponía el trabajo inmenso de poseer a todos ellos, posesiones sólo interrumpidas por el hastío y el derrumbe físico del Emperador.

Progresivamente el fin de Cómodo y su reinado se iban configurando. Para derrocar a Cómodo se unieron Marcia (concubina del emperador, que funciono como directora del complot), Leto (prefecto) y Ecleto (el chambelán).

De esta manera, Marcia, intentó matar a Cómodo suministrándole un veneno que no resultó suficiente para provocarle la muerte, lo que la llevó a solicitar la ayuda del resto de los conspiradores.

En este sentido, y con el fin de humillarlo aún más en su ultima hora, utilizó a Narciso, un esclavo –amante de Marcia– que demostraba una infidelidad humillante para el pretendido Hércules redivivo.

Narciso y el resto de los conjurados, acabaron con la vida de Cómodo mediante el estrangulamiento y posterior asfixia (utilizando para ello el propio colchón del emperador, al que aplastaron hasta que exhaló).

Dentro de sus ejecutores directos estaban el citado Narciso y uno de aquellos amados gladiadores que Cómodo siempre mimó, aunque fuese para posteriormente despedazarlos en el circo.

El mismo Senado que le aplaudió en sus desafueros, lo describiría posteriormente como «más cruel que Domiciano y más impuro que Nerón».

Sus restos serían enterrados en el spolarium, la fosa común a donde iban a parar los cuerpos destrozados de los gladiadores muertos en el circo.

Biografia de Nerón, Un Emperador Cruel y Demente Vida y Gobierno

Biografía Nerón, Un Emperador Demente y Cruel

Ya desde el principio Nerón fue un emperador con una personalidad desequilibrada. Sin embargo, no se reveló su atrocidad hasta el año 59 cuando mandó matar a su propia madre, Agripina.

Pocos años después asesinaría también a su esposa, Octavia, para casarse con la mujer de un senador.

Su fama llegó a tal punto que la población romana le culpó del gran incendio que asoló la ciudad en el año 64.

Aprovechó, sin embargo, la circunstancia para dar rienda suelta a sus excéntricas pretensiones estéticas. Comenzó a construir un lujoso palacio sobre las ruinas que, de haberse terminado, habría ocupado la tercera parte de la ciudad.

biografia de neron emperador romano

Nerón en el último miembro de la dinastía Julia Claudia, Nerón Claudio César Druso Germánico, se reunieron todos los defectos y exageraciones de aquella raza, la cual ya antes había producido un ejemplar tan depravado como Calígula, sin que se hallaran compensados por algunas de las preciosas cualidades que adornaron a Tiberio, a Claudio e incluso a la propia Agripina.

En verdad, Nerón es una de las figuras menos simpáticas de la Historia, pues su carrera imperial está cruzada por tantos crímenes, arrebatos, extravagancias, derroches, caprichos y felonías, que nadie se ha atrevido jamás a escribir en descargo de alguno de los actos de su gobierno.

Nerón es un emperador célebre precisamente por su crueldad y por sus vicios, que no se explican ni por el propósito de instaurar una nueva fórmula política, ni por la disolución de las costumbres de su época. Fué monstruoso en toda actividad, y su biografía no puede escribirse sin cierta repugnancia interior.

Antes de su adopción por Claudio, el 25 de febrero del 50, llamábase Lucio Domicio Enobardo.Era hijo de Cneo Domicio y de Agripina la Menor, y había nacido en Antium el 15 de diciembre del año 37.

A los tres años de edad, habiendo sido desterrada su madre por Calígula, quedó confiado a la tutela de su tía Domicia Lépida, madre de Mesalina, mujer que descuidó hasta tal punto su educación, que dícese la confió a un barbero y a un maestro de baile.

No obstante, cuando Agripina, ya emperatriz, se propuso hacer de su hijo el sucesor de Claudio, le dio por preceptor a uno de los intelectuales más famosos de aquel tiempo, Lucio Anneo Séneca. Pero es dudoso que este ilustre maestro consiguiera dar una dirección seria a sus estudios.

Aunque, bajo su gobierno, no se cometieron las cotidianas crueldades de sus antecesores, varias circunstancias confluyeron para hacer de Nerón, el emperador más conocido y el más denigrado de todos.

Se estima que esta calificación errónea se relacionaba con el hecho de que, durante su gobierno, murieran decapitados y crucificados los apóstoles Pablo y Pedro, representantes primigenios de aquella nueva religión que había surgido en Palestina, fundada por Jesús de Nazaret.

Así, el fin trágico de los apóstoles y el de otros muchos cristianos seguidores, propició la ennegrecida leyenda de Nerón. A partir de este hecho, la historiografía cristiana, lo consideraría como el precursor de las persecuciones posteriores a los seguidores del cristianismo.

En otro orden de cuestiones, este emperador había nacido en Antium, era hijo de Julia Agripina y de Enobarbo –aunque también se decía que, en realidad, el verdadero padre había sido el hermano de la propia Agripina, Calígula–.

Al nacer, su padre, en medio de un delirium tremens producto de una borrachera, expresó: «De Agripina y de mí —profetizó— sólo puede nacer un monstruo».

Estas palabras no resultaban extrañas frente a un progenitor que había tenido relaciones incestuosas con su hermana Lépida (la llegada al poder del nuevo Emperador le habría salvado la vida).

Sin embargo, al poco tiempo quedaría huérfano de padre, y su madre sería desterrada. Nerón, vivió junto a su tía Domicia Lépida, “de costumbres y honorabilidad harto discutible”, que se había encargado de un niño prácticamente abandonado.

La vida libertina de su tía se confirmaría con la designación de sus tutores: Domicia encargó la educación del niño a dos amigos suyos (un bailarín y un barbero).

Al regreso del destierro, su madre, Agripina, volvió a ocuparse de su hijo, reemplazando a sus tutores por Aniceto, un individuo aún más inmoral que los anteriores y que la propia tía Lépida.

A los 13 años, fue adoptado por el emperador Claudio –bajo las presiones de su madre Agripina–, de esta forma, tras la muerte del Emperador, el joven Nerón heredaría el trono imperial.

Una de las hipótesis que se manifiestan, considera que la muerte de Claudio estaba relacionada con el suministro de setas envenenadas preparadas por Locusta a indicación de la propia Agripina.

A su vez, la madre de Nerón había comprado a los pretorianos (a los que previamente había sobornado con 15.000 sestercios para que no dudaran al momento de elegir al nuevo emperador).

Empezaba así un nuevo reinado y un nuevo Emperador en la lista del mayor Imperio entonces conocido, quien gobernaría sobre más de 70 millones de ciudadanos romanos.

Claro que, oculta tras la figura de su hijo, quien iba a llevar las riendas de los negocios imperiales iba a ser aquella, todavía joven y hermosa mujer, Agripina.

Sin embargo, el hijo de Enobarbo (de aenus, bronce, y barbo, barba —como su padre, Nerón tenía cabellos y barba rojizos–), en un primer momento, no deseaba ocupar el trono imperial, pues era consciente de que le alejaría de su verdadera buena vida.

Ésta, para el joven Nerón, se encerraba en la práctica y conocimiento de las artes, de las que era un convencido y entusiasta aficionado, ya que se consideraba a sí mismo como buen cantante, poeta, escultor, actor y hasta bailarín.

Además, estaba convencido también de su experticia en otras actividades como en la conducción de cuadrigas.

Nerón consideraba que todas estas actividades pasarían a un segundo plano cuando asumiera como Emperador, lo que explica su reticencia a ocupar el nuevo lugar, a no ser por las prisas de su madre, por él ese momento lo hubiera alejado lo más posible.

Incluso intentó rechazar el matrimonio impuesto con la jovencísima Octavia cuando contaba apenas trece años, matrimonio que, aunque llegó a celebrarse, nunca se consumaría.

Por el contrario, Nerón hizo saber de manera ostensible, que su auténtica esposa era una mujer llamada Actea, aquella era liberta y meretriz muy popular en la ciudad. Incluso, la debilidad de Nerón por esta mujer se prolongaría durante toda su vida, luchando contra la oposición de su madre.

Neron emperador romano

Agripina, no sólo detestaba los amores de su hijo con una inferior, sino que –según cuenta la leyenda– jugaba el factor celos, pues la esclava venía a interponerse en las relaciones que excedían los sentimientos materno-filiales de Agripina y su hijo, que al parecer, era de dominio público.

Nerón inició su reinado a la edad de 17 años de forma pacífica, aconsejado por sus maestros Burro y el filósofo cordobés Séneca (este último sería amante de su madre, Agripina, y sería ella la que lo introduciría en la corte imperial).

Sin duda, las enseñanzas del filósofo bético habían hecho mella en el tierno y joven Emperador, que no obstante haber intentado aquel impregnar el corazón de Nerón con buenas lecciones, realmente estaba tan apegado a lo pecuniario, que su fortuna había crecido desmesuradamente al lado de la familia imperial (algunos historiadores hablan de una fortuna de 300 millones de sestercios en poder a momento de su muerte).

Tan benefactor aparecía a todos el joven Emperador que se contaba el caso de que, al tener que estampar su firma en una sentencia de muerte, se resistió a hacerlo, inbricándola al fin, pero tan contrariado que exclamó: «Quisiera el cielo que no supiera ni escribir!».

En otra ocasión, quisieron levantarle una estatua de oro, Nerón se negó a aceptarla, en razón de esta circunstancia: «Esperad que la merezca».

Así mismo, se conformó con enviar al destierro a un escritor llamado Galo Veyento, porque se había confesado autor de unos terribles escritos contra los senadores y la casta sacerdotal.

De esta manera, su gobierno, en un principio estuvo dominado totalmente por la presencia imponente de su madre; el nuevo Emperador era un muchacho dócil y tímido que gobernaba a la sombra materna.

Esta sumisión se apreciaba externamente en detalles como el de acurrucarse a los pies de Agripina, cuando estaba sentada en el trono imperial, y en el de caminar a pie en paralelo a la ostentosa litera de su madre, acompañándola en los desplazamientos por las calles de Roma.

A su vez, se apasionaba por los festejos de tal forma que cualquier suceso era la excusa para organizarlos: la aparición de su primera barba dio lugar a la organización de los primeros Juegos de la Juventud.

No obstante, esta buena idea derivará en el inicio de la depravación y lo más disoluto que se entronaría intramuros del palacio imperial.

En sus primeros tiempos, otros detalles gratos del nuevo Emperador sorprendían a la gente: sus grandes dispendios al organizar, sin descanso, toda clase de diversiones y espectáculos para los romanos, actuando como “padre bondadoso” que impedía la muerte de los gladiadores que luchaban en el circo (incluidos los prisioneros de guerra y los condenados por la justicia).

Además, como se proclamaba artista universal, se empeñó en diseñar las nuevas casas de la ciudad del Tíber, intentando limitar los lujos excesivos de las mismas.

A su vez, proyectó prolongar las murallas de Roma hasta el puerto de Ostia.

Sin embargo, a partir de la muerte de su madre, Nerón cambiará rotundamente la dirección de su gobierno: ordenó la ejecución de sus dos maestros, Burro y Séneca, y a otros artistas y literatos (como el poeta Lucano, sobrino de Séneca). Progresivamente instauró una época de delirios y locuras asesinas.

No obstante, antes de realizar cualquier conclusión apresurada frente al cambio de política de gobierno, sería conveniente entender que su maestro y el filósofo cordobés, se habían embarcado en una conspiración para eliminar a Nerón y sustituirle por su antiguo preceptor cordobés.

Pero esta razón, no resuelve de manera acabada el motivo del rotundo cambio. Entonces ¿a qué se debió el cambio?

Una posible respuesta sería la influencia del factor hereditario: como se sabe, Nerón pertenecía a la familia Julia-Claudia, una dinastía con representantes tan fuera de lo común en cuanto a patologías mentales como Cayo Julio César, Octavio Augusto o Tiberio.

El primero, había sido un obseso sexual (como denominaríamos hoy), tan volcado en los placeres genésicos que no hacía distingos entre hombres y mujeres, aunque eran éstas, desde las desconocidas hasta las esposas de los senadores, las que corrían más peligro («Encerrad a vuestras mujeres, que viene el calvo!» quedó como frase hecha que avisaba de las razzias del general asesinado por Bruto).

En cuanto a Octavio Augusto, primer Emperador romano, siempre tuvo una salud delicada, no aguantando ni el frío ni el calor, era muy bajo de estatura, cojeaba y tenía la piel manchada.

Como su padre adoptivo y pariente, se le puede considerar bisexual, y como con Julio César, tampoco las mujeres podían estar muy seguras a su lado.

Por fin, Tiberio reunió en su persona todos los desenfrenos y nadie dudaba que estaba poseído por una peligrosa clase de esquizofrenia, cuyos síntomas, por cierto, aparecían agudizados en Calígula. En fin, de la misma familia, con parentescos más o menos cercanos, fueron Germánico, Livia Drusila o su predecesor, Claudio, un emperador considerado como imbécil.

Como se ve anteriormente, de toda esa ascendencia no podía salir nada bueno, y en Nerón parecieron confluir todos los desequilibrios de sus antepasados y familiares.

A raíz de ello, empezó a actuar fuera de sí: ordenó matar a Británico, hijo de Claudio y sucesor al trono, que había presenciado la muerte de su padre cuando tenía 12 años, bajo el veneno de Locusta.

Se debe realizar, una consideración en torno a este hecho: Nerón, como premio a la preparación de sus venenos, premió a Locusta con la impunidad, grandes extensiones de tierras y la autorización para que tuviera discípulos en el arte de preparación de líquidos letales.

La misma envenenadora falló en una primera ocasión, con su pócima destinada a matar al joven hijo de Claudio.

No obstante, luego logró su cometido y a la muerte despiadada de Británico se sumaba la presencia del joven Nerón complacido y risueño, frente a la lentísima agonía de su presunto rival.

Él mismo había suministrado la pócima mortal a su odiado enemigo, al que su madre ponía continuamente como ejemplo de joven bondadoso y dedicado al estudio, además de ser ajeno a cualquier ambición de poder.

Nerón se ensañó con las personas más próximas a su entorno: las victimas fueron tres mujeres: la primera, su propia progenitora, Julia Agripina, después seguirían sus dos —y sucesivas— esposas: Octavia y Popea.

La necesidad de venganza y rebeldía estaban presentes en la figura de Nerón desde un comienzo: un primer intento de rebeldía surgió ante el odio de Agripina por la liberta Actea, oposición que el Emperador acabó por no digerir dado el apasionamiento para con la ex meretriz.

En este sentido, progresivamente fue germinando en su cerebro la idea de desembarazarse de Agripina, convirtiéndose en obsesión cuando tuvo a su lado a su segunda esposa, Popea.

El primer intento de acabar con la vida de su progenitora fracasó tras un fallo técnico: se trataba del lecho materno, donde unos operarios habían transformado el techo del dormitorio colocando planchas de plomo que debían caer, al accionar una palanca, sobre la regia durmiente, aplastándola literalmente.

Pero la víctima pudo escapar y herida levemente, encerrarse en una de sus villas.

El fracaso de aquel intento de asesinato sumió al hijo en una pesadilla continua en la que no lograba ahuyentar un miedo terrorífico, pensando Nerón —y no le faltaba razón— en que, dado el carácter de su madre, podía matarlo a él en venganza por su intento fallido.

Sin embargo, nada detuvo al rencoroso Nerón. Así, transcurridos unos días, volvió a la idea de intentar de nuevo la eliminación de quien le había llevado en su vientre.

Habia pensado en un barco trucado para su crimen, en el que iría su madre, que previamente se había dirigido a las fiestas de Minerva cerca de Nápoles. Nuevamente, el dispositivo falló y aunque la barcaza se partió en dos, su madre, que era una gran nadadora, pudo ganar la orilla del golfo de Bayas.

Aún más aterrorizado que la vez anterior por este nuevo chasco, ordenó que, de inmediato, mataran definitivamente a aquella mujer que parecía reírse de él desde una aparente inmortalidad. Será un incondicional del Emperador, Aniceto, el que hunda su espada en el vientre de Agripina.

A su vez, visitó el cadáver desnudo de su madre y, según Suetonio, lo examinó y acarició durante largo rato.

Después, presa de un aparente arrepentimiento, se ocultó de la mirada de todos.

También eliminó a sus dos esposas sucesivas, Octavia y Popea.

La primera llevaba una vida oscura y alejada de la vida activa fuera de Roma. Popea –el nuevo capricho del Emperador– exigía a éste compartir el trono para lo que, obviamente, estorbaba la Emperatriz nominal.

Loco por Popea, aquella espléndida pelirroja (se la consideraba una de las mujeres más hermosas de Roma), el destino de Octavia estaba escrito.

Al principio, Nerón intentó divorciarse de su esposa, pero las razones que exigía la ley no estaban muy claras, por lo que el éxito era dudoso.

Entonces se decidió a dar el paso definitivo, aunque eliminarla no iba a ser fácil, pues el pueblo estaba con ella, y las contadas veces que salía por las calles la gente la vitoreaba con el cariño de las masas para con las gentes aparentemente desvalidas.

No obstante, Popea seguía apremiando, y Nerón acudió, de nuevo, a los servicios de su incondicional Aniceto, que repitió crimen (antes había matado a Agripina) y ejecutó a la Emperatriz, a quien obligó a abrirse las venas y desangrarse hasta morir.

Octavia encontraría la muerte rápidamente, prácticamente virgen tras su matrimonio, había sido desterrada a la isla de Pandataria, y allí mismo sería sacrificada.

Su cadáver fue decapitado, y su cabeza llevada por Aniceto como un trofeo a la victoriosa Popea, que se vanaglorió en el rostro doloroso de aquel despojo.

Eliminados los obstáculos, Neron y Popea iniciaron la que parecía ser una etapa de bondades que no tendría fin.

Los dos amantes se entregaron absolutamente a toda clase de fiestas y goces, apurando hasta la última gota el néctar de la felicidad.

Sus festejos y sus orgías los llevaban a mostrarse como dos dioses espléndidos para lo cual, era un secreto a voces, Popea y Nerón consumían en cantidades extraordinarias toda clase de cosméticos y perfumes, continuamente gastados e inmediatamente repuestos por atentos proveedores. Sin embargo el reinado de Popea no sería muy largo, y al final, acabaría como sus predecesoras.

Este sentimiento controvertido hacia su nueva esposa se desató tras la muerte del heredero fallido (Augusto), quien moriria con pocos meses. Sin embargo, Popea, volvio a quedar embarazada, lo que volvió loco de contento al Emperador, que sintió renacer los sentimientos paterno-filiales.

Pero una noche, tras regresar de uno de sus interminables banquetes a los que asistía desde el mediodía hasta la medianoche, Nerón ebrio, propinó una patada fortísima en el ya abultado vientre de Popea, que le provocó una muerte casi inmediata.

Ante estos terribles hechos, se propagaría la idea de que todo había sido la realización de un plan premeditado por él que pretendía eliminar de su vida a Popea, sin embargo, muchos historiadores se inclinan a hablar de accidente fatal con un resultado inesperado y accidental de muerte, tanto del bebé aún dentro de las entrañas de la Emperatriz como la propia madre.

Aquí no se terminaria la larga lista de victimas de segundo orden como, por ejemplo, su tía Lépida, a la que visitó en su lecho, tras desearle una pronta recuperación, ordenó confidencialmente a médico que la purgase definitivamente.

A su vez, robó su testamento de forma inmediata, con lo que se apropió de todos sus bienes.

También ordenó matar a una hija de Claudio, Antonia, porque habiendo prometido hacerla su esposa, ella le había rechazado los deseos del Emperador.

Aunque en estos casos y en algún otro, el todavía humano Nerón sufriría demás de estos crímenes grandes conflictos de conciencia.

No obstante, muy pronto se impondría aquel monstruo que profetizara su padre, que acabará por justificar sus crímenes.

Al respecto, Nerón sostenía que había que apurar las «posibilidades del poder», no exilotadas lo suficiente por sus predecesores, en el sentido de imponer su voluntad absoluta sobre el Imperio.

En este sentido, haciendo realidad sus propios enunciados, mandó eliminar a Atico Vestino para juntarse con su viuda Estatilia Mesalina.

Incluso, llegando a extremos absurdos, mató a su hijastro Rufo Crispitio porque alguien le dijo que el niño se divertía en sus juegos llamándose «el Emperador», lo que para la mente anormal de Nerón significaba que aquel pequeño le robaría el trono algún día.

Liberado de las ataduras y la presencia familiar, se dedicó a vivir, dando entrada en palacio a un ejércitos de cortesanas y de histriones con los que se dedicaba a organizar grandes fiestas y nuevos juegos para el pueblo y para él mismo.

Teniendo en cuenta que se consideraba un gran artista polifacético e inspirado, nadie ponía en duda la autenticidad del arte del Emperador, ¡…y pobre del que lo desdijera!, pues podía acabar como el deslenguado Petronio, el autor de Satiricón.

Aunque hay que apuntar que este poeta compaginaba sus creaciones literarias con diversas campañas y conjuras contra el Emperador, había sido un antiguo amigo, cuando ambos eran más jóvenes, lo que le hizo confiarse y acabar por despertar contra él la furia imperial.

Nerón ordenó a su antiguo amigo que se suicidara.

Muy digno, el desvergonzado escritor reunió en un gran banquete a sus amigos y a un grupo de meretrices.

Tras la orgía que siguió al ágape y tras declamarse inspirados versos, Petronio se abrió y cerró varias veces las venas, dando tiempo a que un criado le trajera un preciado vaso que sabía muy deseado por el Emperador y que, de inmediato, hizo añicos contra el suelo.

Al poco rato murió.

Entre sus actos de gobierno, el emperador recuperó los juegos y las diversiones para el pueblo de Roma, tras estar prohibidos en la anterior etapa de Tiberio.

Se entregó totalmente a las atracciones del circo –no sólo para diversión de la gente sino para el suyo propio– sin evitar, a veces, intervenir él mismo en los diferentes cuadros. Para ello, creó una escuela de gladiadores donde se entrenaban estos luchadores que, después, luchaban en la arena con otros gladiadores o con las fieras.

Se sabe que bajo el mandato de Nerón llegó a contarse con más de 2.000 individuos perfectamente entrenados y preparados. Incluso impuso, de una especie de broma, a sus senadores y nobles, a que de vez en cuando, bajaran ellos mismos a la arena y se pelearan entre sí, igualándolos de esta manera con esclavos y prisioneros, cantera de los gladiadores. Estas bromas terminaron con la vida de 400 senadores y un numero mayor de hombres libres.

Como anteriormente se señaló, el deceso de su madre, trastornó aún más a Nerón, tornándolo desconfiado hasta el paroxismo, quebrando con cualquier limite moral (no distinguía entre amigos o enemigos) mezclando a unos y a otros en una irrealidad nefasta.

Por ese entonces se descubrió la llamada conspiración de Cayo Pisón, tan minuciosamente preparada que hasta se fijó el día y el mes para llevarla a cabo: exactamente el 19 d abril del año 65.

Con años de retraso, Pisón se vengaba de la humillación que Calígula le infligió el mismo día que celebraba el banquete de su boda con Livia Orestila, la que poseyó cuanto quiso en su palacio.

Pero al estar mucha gente al tanto del complot (senadores, miembros de la nobleza, soldados y hasta el preceptor de Nerón, el filósofo Séneca), la noticia de lo que se preparaba llegó a oídos del Emperador, que lo atajó inmediatamente. Los legionarios ocuparon el Templo del Sol (elegido para realizar la venganza) impidiendo que la acción se lleve a cabo.

Poco después se iniciaba el juicio contra todos los detenidos, y no sólo contra ellos, sino contra todas las ramificaciones detectadas en compulsivas denuncias que se amontonaban en el Palatino.

Luego de la masacre, el mismo Tácito expresaba que “la ciudad estaba llena de cadáveres”.

A su vez, esta conspiración frustrada aumentaría los temores del Emperador, de tal manera que ordenó clausurar el puerto de Ostia y cerrar el curso del río Tíber, para evitar que llegaran los que pretendían acabar con él. Rodeado de los únicos soldados en los que confiaba, los germanos, se encerró en el Palatino y allí se dedicó a toda clase de excesos, como quien presiente que le queda poco de vida.

De este modo, decidió abocarse a sus antiguos deseos ocultos, entregándose a todo tipo de prácticas y excesos extremos. Aburrido del amor más o menos habitual, se lanzaría a unas relaciones digamos equívocas, de tal manera que se le conocieron dos amantes: Esporo, un joven bellísimo a quien mandó mutilar sexualmente para así, mientras ser castrado y vestido con las mejores galas femeninas que habían pertenecido a emperatrices anteriores, poder casarse con él públicamente.

Cuando recuperó las ganas de vivir decidió trasladarse a Grecia, ya que Roma había perdido el encanto, ya no era su ciudad. Así, en agosto del año 66 se puso en marcha la gran caravana de artistas que tenían como destino Brindisi y luego Corinto.

La corte ambulante que acompañaba a Nerón estaba conformada por cantantes, danzantes, músicos, coristas y hasta modistos. Durante su estadía en Grecia, contrajo matrimonio con el joven Esporo.

En este sentido, el “amor desaforado” por este bellísimo joven, tenía su origen en su parecido con Sabina Popea. Cuando el emperador decidió terminar con la vida de su segunda esposa, mandó castrar a Esporo.

Luego, ordenó que lo vistieran con túnicas femeninas, y organizó la ceremonia matrimonial.

Se llevaron a cabo grandes festejos en diversos lugares de la península helénica en honor de los novios. Nerón, obsesionado por Esporo-Popea, llegó a obligar a su esclavo-esposa a que se sometiera a una intervención, donde los cirujanos debían practicarle una incisión en el sexo que le facilitase, en caso necesario, poder dar a luz a un heredero.

Durante un año de ausencia de Roma, Nerón pudo dar rienda suelta a sus grandes aficiones que, desde su juventud, le tentaban. Sin embargo, en una oportunidad el oráculo de Delfos le advirtió que, en una fecha determinada, su vida corría peligro y le invitaba a que se cuidara.

La predicción provocó el retorno inmediato a Roma desatando nuevamente todo tipo de temores.

Antes, en otra consulta al oráculo de Apolo de la misma ciudad, interpretó la profecía del mismo —«que se guardara de los 73 años»— como una garantía de que hasta esa edad no moría. No obstante, se trajo de Grecia un nuevo espectáculo inventado por él: las Justas Neronianas, una mezcla lúdica de canto, baile, música, poesía, gimnastas, caballos y oratoria.

En realidad se trataba de una especie de espectáculo total que el Emperador instituyó para que se celebrara cada lustro. Él, más espectador que partícipe, sin embargo se reservaba el canto, del que estaba convencido de ser un gran intérprete.

Durante sus actuaciones llegó a reclutar a 5.000 plebeyos a los que instruía en la forma de aplaudirle (en tres intensidades), mientras prohibía terminantemente que nadie abandonara sus localidades, de tal forma que allí se produjeron partos, muertes e imprudentes imprecaciones y maldiciones contra el Emperador. En general, el costado artístico del Emperador llamaba la atención del pueblo, ya que sus antecesores habían carecido de igual sensibilidad artística.

Sin embargo, tal sensibilidad en otro orden de cosas brilló por su ausencia. Respecto a esta cuestión, violó a una sacerdotisa llamada Rubria, dando cuenta de que sus prácticas religiosas eran bastante magras y el respeto por las mismas, mínimo.

También solía recubrirse con una piel de animal con la cual destrozaba los genitales de hombres y mujeres –previamente atados a postes– en un acto depravado, luego descargaba su libido con su liberto, Dióforo.

En esta relación el Emperador tenía un rol femenino, hasta incluso, una vez celebrada la boda, y vestido para la ocasión, en su primer noche de bodas (donde hubo hasta testigos) se presenciaron los gritos y gemidos que reproducía el propio emperador, aludiendo a la condición de “recién casada”.

Ahora bien, como se expresaba al comienzo de este apartado, Nerón sería considerado por los historiadores cristianos como aquel precursor de las persecuciones a los seguidores de las enseñanzas de Jesús de Nazaret.

Sin la insistencia de la literatura y el santoral cristianos, que estimularon la leyenda de la maldad del Emperador con los primeros seguidores de Pedro y Pablo, puede que Nerón fuese uno más de los emperadores.

No obstante, fue un hecho innegable el que, bajo el reinado de Nerón, se inició una persecución de la que los historiadores romanos llamarán secta maléfica, por la que murieron muchos de aquellos esclavos —a veces cristiano y esclavo eran una misma cosa— al ser utilizados como cobayas sobre los que la cómplice del Emperador, la envenenadora Locusta, probaba los nuevos venenos que preparaba continuamente bajo la supervisión, y el entusiasmo, del Emperador.

Además, durante su gobierno que se produjo el incendio de Roma en el año 64.

Este incendio fue el más conocido de la Historia y puede que el más falsamente narrado, pues parece que el pretendido pirómano no sólo no quiso incendiar la urbe sino que, una vez destruida, se puso a la tarea de levantarla otra vez, pero más monumental y extraordinaria. Comenzó el 18 de julio del año 64, Nerón disfrutaba de su retiro veraniego de Anzio.

Durante la noche, el Emperador fue despertado por un correo que le comunicaba el hecho fortuito, Roma ardía tras el inicio de las llamas en las cercanías del circo Máximo.

Preocupado por la extensión de las llamas, montó su caballo inmediatamente, y galopó los más de 40 kilómetros que le separaban de Roma hasta avistar el resplandor de la gran hoguera que devoraba la capital del Imperio.

Incluso, pensó en la posibilidad de que el fuego llegara a su mansión del Palatino, y consumiera sus amadas obras de arte encerradas en la residencia imperial. Desde un mirador estratégico apreció la gravedad de la catástrofe: más de 500 metros de llamas que se extendían y avanzaban sobre aquella ciudad de más de un millón y cuarto de habitantes.

El incendio duró cinco días, y destruyó 132 villas privadas y cuatro mil casas de vecinos. No se pudo probar el origen ni la realidad del ornamento de la pretendida oda (lira en mano) a la ruina de Roma por parte del Emperador.

Tácito dudaba de esta acusación, aunque Suetonio la dio por válida (según este historiador, el recital poético declamado en tan insólita ocasión tenía un título: La toma de Troya), será siglos después cuando los padres de la Iglesia achaquen al Emperador un incendio que, a su vez, Nerón había cargado en la cuenta de los entonces subversivos adoradores de Jesús.

El emperador llevó a cabo una política tendiente a contrarrestar los daños ocasionados por la catástofre. En este sentido, mandaría levantar muchas barracas para alojar a los damnificados por las llamas e, incluso, en un primer momento abrió las puertas y jardines de sus palacios para acoger a los que lo habían perdido todo.

Además, importó rápidamente provisiones y abarató por un tiempo las existencias. Pretendía reconstruir totalmente la ciudad eliminando la madera en el levantamiento de las nuevas casas y apostando, por el contrario, por la piedra.

Sin embargo, empezó la reconstrucción por sus propias estancias, pues aprovechando los solares nacidos del desastre, empezó la construcción de su nuevo palacio llamado Domus Aurea, un despilfarro de columnas marmóreas, jardines lujosos, hermosas fuentes y atractivos lagos artificiales.

Nerón en poco tiempo se vio asediado por los rumores y las criticas severas a su gobierno: sumado a ello, historiadores benevolentes como Tácito, Suetonio o lion (que vivieron después y nunca llegaron a conocerle), pertenecían a otros reinados (con emperadores de otras dinastías diferentes a la de los Claudios).

Entonces llamó a la única mujer que, corno él, vagaba por las estancias palaciegas, la envenenadora Locusta, a la que le suplicó que le preparara una fuerte tintura biliosa que guardó en una cajita dorada.

Cada vez más enloquecido, pensó en huir a Egipto, donde creyó que no le encontrarían los soldados del general Galba.

El sublevado y nuevo gobernante de facto había advertido que no quería ser nombrado con el título de Emperador —tan desprestigiado como estaba—, conformándose—dijo— con ser el general del pueblo romano.

Pronto llegaría el final. Ante el hecho de que no tenia a nadie a quien comunicarle sus planes de huida, decide comentárselo a su criado Faonte, quien le propone que se esconda en su casa, en una gruta ubicada en la quinta de aquel humilde liberto.

Nerón accede acompañado de algunos incondicionales, aunque al llegar a un campo, intenta suicidarse con un puñal sin éxito.

Ante el fracaso del suicidio, Nerón llamó en su ayuda a su secretario y escudero, Epafrodito, para que impulsara su brazo con la fuerza capaz de producirle la muerte, orden que fue cumplida al instante.

Antes de expirar, el Emperador aún tuvo humor para afirmar: «Qué gran artista pierde el mundo!» para, inmediatamente, concluir con esta pregunta: «Les ésta nuestra felicidad?».

Los ojos brillantes del cadáver de Nerón, aun aterrorizaban a los que le rodeaban. Su cuerpo fue envuelto en un manto blanco recamado en oro. Los gastos del sepelio lo pagaron sus dos nodrizas, Egloga y Alejandria, y su humilde ex amante (puede que fuese a la única que amó), la corintia Actea.

Con el permiso de Galba, la humilde y dulce Actea, tuvo acceso al ilustre muerto.

Así, lo desnudó, lo lavó y lo envolvió en aquel manto blanco bordado en oro que Nerón llevaba puesto. Trasladado el cadáver a Roma, ordenó hacerle unos discretos funerales.

Después, llevó los restos hasta el monumento a Domiciano, en la colina de los Jardines, lugar elegido por Nerón para la construcción de una tumba de pórfido y mármoles. Luego de prepararlo en su camino a la eternidad, permaneció una jornada completa estática y muda ante la tumba. Al caer la noche, descendió de la colina y, sin volver la cabeza, continuó su camino hacia el valle Egeria.

Se estima que los anhelos de inmortalidad a través del tiempo, tuvieron dos ejemplos: su deseo de llamar al mes de abril Neroniano, y su idea de darle a Roma un nuevo nombre que la proyectara sobre los tiempos futuros: Nerópolis.

Al morir, cumplía 32 años de edad y 14 de reinado, tanto contemporáneos y futuros historiadores se ensañarían con su reinado.

Sin embargo, el pueblo romano se negaba a aceptar la desaparición de Nerón, esperando su regreso. Esta situación un tanto extraña no se repitió con sus predecesores. Se rumoreaba que en realidad había desembarcado en Ostia y, después, había emprendido viaje a Siria.

Desde allí, decían, Nerón volvería a recuperar su trono y a gobernar el Imperio.

Estos rumores no perdieron vigencia dentro de las creencias del pueblo romano. Al contrario, con el paso del tiempo se fortalecieron. Así, quince años después de su muerte manos anónimas seguían adornando la tumba de Nerón, mientras otros recitaban ante el mausoleo imperial proclamas y versos del extinto.

Incluso pasadas dos décadas, un hombre que aseguraba ser el César se pudo ver en la zona de Partos, siendo acogido por los naturales como el auténtico Nerón, y poniéndose a sus órdenes.

En fin, la vida de Nerón también se vería recreada en las producciones cinematográficas: en 1906, se realiza la primer película alusiva, titulada “Nerón quemando Roma”, otro film de origen italiano fue “Nerón y Agripina” , finalmente Alessandro Blasetti en 1930 plasmaria la vida del emperador en “Nerón”.

En todos ellos el papel del Emperador fue un regalo para los actores. Pero donde esto se evidenciaría extraordinariamente, hasta el punto de identificar a un actor con su personaje, fue en la película norteamericana Quo Vadis (Mervyn Le Roy), en una buscada sobreactuación a cargo del actor Peter Ustinov, que desde ese momento (1951) será «Nerón», y no el señor Ustinov.

Nerón y Los primeros Cristianos
Nerón [. . .] comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos.

El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilatos, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes.

Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento a la humana generación.

Añadiose a la justicia que se hizo de éstos la burla y escarnio con que se les daba la muerte […] Y así, aunque culpables éstos y merecedores del último suplicio, movían con todo eso a compasión y lástima grande, como personas a quien se quitaba tan miserablemente la vida, no por provecho público, sino para satisfacer a la crueldad de uno solo.

Tácito
Los Anales

Otro Emperador Cruel: Heliogábalo

Biografia de Calígula: Emperador Demente de Roma Vida y Gobierno

Biografía de Calígula Emperador de Roma

Cayo Cesar, llamado Calígula, era el único superviviente masculino del matrimonio de  Germánico y Agripina la Mayor. En los últimos años del reinado de Tiberio, la indiferente  hostilidad entre este emperador y la hija del gran Agripa se había resuelto a favor del primero.

Entre el 31 y el 33 habían muerto Agripina y sus hijos Nerón y Druso. Sólo Calígula había escapado a tan fatal destino, no se sabe por qué capricho de la fortuna, e incluso se le consideraba como sucesor de Tiberio.

Los romanos habían depositado en él sus esperanzas para librarse de la tiranía de los últimos años del viejo león de Capri; pero los que conocían su temperamento disipado y vicioso, su intelecto poco desarrollado, su afición a los espectáculos sangrientos, su espíritu taimado y cínico, y, en fin, sus manifiestos ataques de epilepsia, dudaban con razón de la dicha del futuro principado.

emperador caligula

Al acaecer la muerte de Tiberio, en el año 37, el recuerdo de las virtudes de Germánico hizo otorgar la dignidad imperial a su hijo Cayo César, tanto por parte del Senado como del elemento popular. Así se inició aquella época truculenta de la vida de Roma presidida por un joven de veinticinco años (ya que había nacido el 31 de agosto del año 12, en Antium), el cual apenas podía dominar las flaquezas de su propio cuerpo.

VEAMOS SU BIOGRAFIA…

BIOGRAFIA DE CALIGULA: Calígula tendrá, en el futuro, un lugar de dudoso honor en la sangrienta lista de los emperadores romanos, sin que esto quiera decir que fue intrínsecamente peor que otros.

Y es que la fama de algunos malvados de la Historia suele depender de un cúmulo de circunstancias presentes y futuras a partir de las cuales, los historiadores hacen su trabajo.

En el caso de Cayo César Germánico llovía sobre mojado tras su antecesor, el impresentable Tiberio. Con su mandato, el Imperio Romano alcanzará su plenitud tras la época puente del Principado que había iniciado Augusto y proseguido Tiberio, ya con el título de Imperio.

Calígula añadiría a la  nueva simbología imperial elementos helenístico-orientales que intentarían embellecer lo que, bajo su reinado, no sería otra cosa que una durísima monarquía teocrática a merced de sus caprichos.

Sobrino y sucesor de Tiberio (quien lo había adoptado), hijo de Germánico y de Agripina, y tercer Emperador romano, nació en Antium (hoy Porto D’Anzio). Será conocido como Calígula (diminutivo de caliga, sandalia militar).

Antes de ser elevado al trono, debió dar señales alarmantes, ya que el propio Tiberio, a quien acompa ñaba en su retiro de la isla de Capri, comentó: «Educo una semiente para el Imperio».

La serpiente lanzó muy pronto el veneno, pues con ocasión de la muerte de Tiberio, y cuando todos creyeron que el viejo crápula había dejado de vivir, con el cuerno aún caliente, Calígula arrancó el anillo del dedo del Emperador, y se lo puso para hacerse proclamar por los presentes nuevo César.

Caligula Emperador de Roma Emperadores Romanos Familia Julio Claudios

No obstante, en pleno juramento, Tiberio, el pretendido cadáver, pidió un vaso de agua, y el terror se enseñoreó de todos, y muy en especial de Calígula, que lucía ya el anillo imperial y se relamía de gusto ante la perspectiva inmediata de asumir el poder.

Aunque Macro, allí presente, ante lo violento y peligroso de la situación, se abalanzó sobre el moribundo y, con su propia almohada, lo asfixió.

Calígula, el nuevo Emperador, por fin pudo respirar tranquilo… Calígula era un hombre sin atractivos, de aspecto aterrador que acentuaba con su costumbre de ensayar continuamente las más diversas muecas con las que deseaba asustar, aún más, a los que le rodeaban.

Su escasa cabellera era muy encrespada, lo que le acomplejaba doblemente. Muy pronto haría prácticas de sadismo en especial sobre las mujeres que tenía más próximas, con las que se ensañaba, según contaba Séneca.

Este sadismo, según el filósofo cordobés, además de por la utilización de castigos y martirios físicos, se presentaba bajo otras formas de tortura provocadas por el mismo emperador, exactamente a través de sus ojos, cuya mirada nadie era capaz de resistir sin empezar a temblar.

Bien lo sabía el filósofo cordobés pues, odiado por el emperador, a punto estuvo de perecer por orden de Calígula. Fue salvado in extremis por una concubina del tirano, y no por humanidad sino porque, sabedor de que Séneca sufría una grave tuberculosis, pensó que no valía la pena adelantar por poco tiempo un final que parecía próximo.

En el día a día de Calígula todo valía para llevar a la realidad uno de sus más pregonados deseos: «Que me odien, mientras me teman».

No obstante, y llegado el momento, parece ser que Calígula era consciente de su patología mental, o sea, esquizoide, de origen genético.

Tanto es así que, consciente de su inestabilidad psíquica, pensó seriamente en retirarse del poder imperial y ponerse en manos de quienes pudieran curarlo, pues su enfermedad no era original, sino consecuencia de unas altísimas fiebres que padeció en sus primeros años.

Un defenestrado (quitado de la circulación) y asustado Séneca, por ejemplo, no dudó en dar salida a su odio hacia Calígula escribiendo (aunque, por supuesto, sin publicarlo entonces) un libro titulado De la cólera, que era un ataque en toda regla, y sin perdón, hacia el odiado personaje que dirigía el Imperio.

Con ocasión de su acceso al trono a los 23 años, Calígula sacrificó 160.000 animales como acción de gracias por tan importante suceso, e inició desde aquel momento, su ascensión imparable hacia el poder máximo y caprichoso que culminará en su inclusión en la no muy ejemplar historia de los emperadores romanos en un destacado primerísimo puesto de crueldad y arbitrariedad, a pesar de que, sorprendentemente, inauguró su reinado ejerciendo una política de tolerancia como reacción al despotismo y maldad de su antecesor, su protector Tiberio.

Incluso suspendió los odiosos procesos por lesa majestad de su antecesor, además de volver a los comicios en los que se elegía a los magistrados (con Tiberio lo había hecho el Senado).

Además, nadie le negó su amor por los desfavorecidos y su odio por los ricos, conducta esta última que, al final, sería su perdición.

En correspondencia, en estos primeros tiempos el pueblo romano lo adoraba, quizá por ver en él al hijo de aquel Germanico desgraciado y bueno y deduciendo, erróneamente, que sería como su progenitor.

Todo empezó a torcerse cuando, en apenas un año, gastó todo el tesoro que había heredado de Tiberio, unos 2.700 millones de sestercios, teniendo que tapar aquel enorme agujero con nuevos y gravosos impuestos de los que no se salvaba nadie.

Por ejemplo, impuso un canon a los alimentos, otro por los juicios, a los mozos de cuerda, a las cortesanas e incluso a todos los que tenían la feliz idea de contraer matrimonio.

Pero todo este atraco no era suficiente y, tras insistir una y otra vez en esta actitud de pedigüeño, en el transcurso de sus muchos delirios, aseguraría sentirse en la más absoluta ruina, llegando en su sicopatía a pedir limosna en las calles romanas además de obligar a testar en su benefició a sectores de la población bastante ricos, poniéndose muy nervioso si éstos, los llamados a cederles sus riquezas, no se morían pronto.

Durante esta fiebre de miseria más o menos imaginaria, pero no menos obsesiva, llegó a confiscar las posesiones de sus propias hermanas, Julia y Agripina, y acusarlas de conspirar contra él.

Pero volviendo atrás, a los primeros tiempos de su poder absoluto, aquellas primeras bondades del inicio de su reinado las olvidó Calígula apenas medio año más tarde, superando enseguida las atrocidades de su predecesor, acaso por sufrir un conjunto de enfermedades mentales que le provocaban noches interminables presididas por el insomnio, además de sufrir de continuo espantosos ataques de epilepsia, que nunca le abandonaron.

biografia de caligula

Por una u otra causa, por locura o por fría y cabal voluntad, Calígula se hizo antipático a los romanos. La oposición armó el brazo de un tribuno de la guardia pretoriana, Casio Cherea, que le dio muerte en un criptopórtico de palacio el 24 de enero del 41.

Precisamente sería tras un agravamiento de sus enfermedades, y después de una inesperada recuperación cuando todos le daban por perdido, cuando se evidenciaría aún más toda su crueldad, puede que como secuela de su enfermedad anterior.

Según se levantara de un humor que siempre era variable y caprichoso, demostraba manía persecutoria, delirios y quimeras relacionadas, de nuevo, con el dinero como, por ejemplo, la necesidad que tenía de pisar físicamente un montón de monedas de oro con sus pies descalzos.

También formaba parte de su esquizofrenia su desinterés, convertido en odio, por los más famosos autores contemporáneos, ordenando la destrucción (aunque, a la postre, no lo consiguió) de todas las obras de Homero, Virgilio, Tito Livio y otros.

Tuvo una pasión incestuosa por una de sus hermanas, Julia Drusila. Muy jóvenes ambos, Calígula la había poseído por primera vez, siendo sorprendidos los dos adolescentes en el lecho por la abuela Antonia, en cuya casa vivían.

Nunca renunciaría a ella, sino que, años después, y a pesar de que la habían casado con un tal Lucio Casio Longino, Calígula la compartió y fue Drusila, al mismo tiempo, esposa legítima de su hermano.

Incluso durante una grave enfermedad que parecía iba a ser definitiva y con un fatal desenlace, Calígula nombró como heredera a su misma adorada hermana y esposa.

Justificaba esta atípica relación en que, en las dinastías de los Ptolomeos, en su adorado Egipto, esto —la unión de dos hermanos— era considerado una relación incluso sagrada.

Su amor hacia Drusila le llevó a sentarla junto a él en el Olimpo que había creado con su misma persona como dios principal, divinizándola también.

Cuando ella murió, Calígula no tuvo consuelo, y muy afectado, ordenó e impuso un luto general, dictando durísimos castigos para los que, en ese período de duelo, se bañaran, se rieran aunque fuese poco o, en fin, hubieran comido en familia de forma distendida o agradable.

A continuación huyó de Roma y no paró hasta Siracusa.

A su regreso, volvió desaliñado, con los cabellos enredados y obligando a que, en adelante, todos juraran por la divinidad de la difunta Julia Drusila.

Desde el primer momento imprimió a su reinado de una pompa desconocida, asumiendo de hecho una teocracia en lo externo, deudora de lo helenístico-oriental entre lo que incluyó actos como el de acostarse, además de con Drusila —que siempre sería su preferida—, con sus otras hermanas, las cuales, después de yacer en el lecho del emperador, fueron entregadas por éste a varios amigos como auténticas prostitutas que estos podían utilizar y explotar a su antojo.

En otra ocasión, habiendo sido invitado a la boda de un patricio llamado Pisón, durante el banquete decidió robarle la esposa (Livia Orestila) al atónito flamante marido, llevándosela a sus aposentos y poseyéndola. Justificó este rapto y posesión en que, realmente, Livia era su esposa, y amenazó a Pisón si tenía la audacia de tocar a su mujer.

Y es que las caricias impacientes de los desposados habían enardecido a Calígula, que quiso adelantarse al marido en el disfrute de la todavía virgen esposa.

Esta conducta indigna del Emperador no era excepcional, ya que en los banquetes solía examinar detenidamente a las damas asistentes, y no evitaba levantarles los vestidos y comparar sus intimidades, escogiendo a alguna y retirándose para gozarla, como hiciera con la desgraciada Livia Orestila.

Después regresaba con evidencias del encuentro y se deleitaba ante los asistentes con confidencias sexuales sobre la arrebatada de turno. Fue también amante de Enia Nevia, esposa de Macron, y entre las cortesanas, su favorita fue Piralis.

Asimismo, se divertía mucho divorciando, en ausencia de sus maridos, a damas de alta alcurnia, con las que también se acostaba. No obstante, y por medios legales, Calígula tuvo otras esposas: Junia Claudila (que falleció tras su primer parto), la misma esposa de Pisón, Livia Orestila, Lolia Pauline y Cesonia.

Esta última fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al Emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias.

La pasión por Cesonia y la manera cómo la consiguió, son dignas del carácter del Emperador.

Era Cesonia una bella matrona llena de sabiduría a quien Calígula conoció el mismo día que ella paría en palacio (de donde era habitante como una mas de las muchas personhs al servicio del emperador) una hermosa niña.

Encariñado desde ese momento con la madre y con la niña, puso a ésta el nombre de Drusila, en honor de su hermana y amante, y se proclamó padre de la criatura. Y, puesto que era el padre por su propia decisión, automáticamente obligó a que se le reconociera también como esposo de la madre, Cesonia.

Momentáneamente metamorfoseado en ilusionado padre de familia, condujo a su esposa e hija a todos los templos de Roma, presentando a la pequeña a la diosa Minerva para que le insuflara saber y discreción.

Sin embargo Cesonia ya había parido tres hijos de su matrimonio anterior con un funcionario de palacio, además era una mujer con la juventud ya perdida y no excesivamente hermosa.

Por lo que se rumoreaba que aquella locura de Calígula por ella se debía a que Cesonia le había dado algún brebaje afrodisíaco, como por ejemplo, uno muy conocido extraído del sexo de las yeguas.

Perdido el norte, Calígula empezó a practicar toda una serie de conductas absurdas y crueles como, por ejemplo, entre las primeras, el nombrar cónsul a su caballo favorito, Incitatus (Impetuoso), al que puso un pesebre de marfil y dotó de abundante servidumbre a su disposición.

Y, entre las segundas, su deseo, expresado a gritos, de qUe «el pueblo sólo tuviera una cabeza para cortársela de un solo tajo», producto de una rabieta imperial al oponerse el público del circo a la muerte de un gladiador contra lo decidido por Calígula. También se distraía llevando sus cuentas personalmente, unas cuentas consistentes en redactar la lista de los prisioneros que, cada diez días, debían ser ejecutados.

Otra contabilidad llevada personalmente fue la de su propio gran prostíbulo, que había hecho construir dentro del recinto de su palacio y que resultó un negocio redondo.

En otro orden de cosas, y para producir aún más terror, todas estas distracciones las vivía disfrazándose y maquillándose de forma que sus actos, de por sí ya terribles, contaran con el añadido de lo siniestro, de manera que sus caprichos resultaran implacables haciendo temblar a sus víctimas aún más.

Las ejecuciones eran tan numerosas que, a veces, no había una razón medianamente comprensiva para tan definitivo castigo, como en el caso del poeta Aletto, que fue quemado vivo porque el Emperador creyó toparse con cierta falta retórica en unos versos compuestos, precisamente, a la mayor gloria de Calígula, por el desgraciado vate.

La crueldad de Calígula podría resumirse en una frase que se trataba, en realidad, de una orden dada a sus matarifes respecto a cómo tenían que acabar con sus víctimas. Era ésta: «Heridlos de tal forma que se den cuenta de que mueren».

La lista de sus desafueros sería interminable. A modo de muestreo, podemos decir que el Emperador, imbuido muy pronto de su carácter divino, hizo traer de Grecia algunas estatuas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, escultura a la que ordenó arrancar la cabeza y sustituirla por una suya, y desde ese momento rebautizada como Júpiter Lacial (él mismo, transformado en el dios de dioses del Lacio).

El siguiente paso será la elevación de un templo en honor de ese nuevo dios y la presencia en el mismo de otra escultura, ésta de oro, y que cada día era vestida como el propio Calígula, en una especie de simbiosis y travestismo entre aquel artista llamado Pigmalión y su modelo, y que evidenciara de manera inequívoca, la naturaleza celestial del Emperador.

También, y sin duda todavía en las alturas de su particular Olimpo, invitaba a la Luna (Selene) en su plenilunio, a que se acostara con él.

Ya en terrenos más próximos a lo cotidiano, y en su afán por complicarle la vida a sus súbditos, se divertía, por ejemplo, regalando localidades a la plebe que, en principio, estaban destinadas a la aristocracia.

Lo divertido para Calígula venía cuando, estos últimos, al encontrar ocupadas sus localidades, iniciaban un altercado con la chusma, espectáculo este mucho más divertido para Calígula que las propias representaciones teatrales.

Calígula había sido un emperador que siempre había sorprendido y puesto a prueba a la gente.

Como se quejara amargamente de que su reinado transcurría sin grandes cataclismos y, por tanto —según él—, su nombre y su tiempo apenas serían recordados por los historiadores, intentó suplir esta falta de terremotos, inundaciones, pestes o guerras auténticas, con la puesta en escena de batallas de ficción.

Así, en una de sus incursiones por Germania y ante la nula presencia real de escaramuzas, decidió que parte de sus legiones pasaran al otro lado del río Rhin, desde donde se encontraban, e hiciesen como si pertenecieran a un ejército bárbaro. Una vez en la otra ribera, Calígula cayó sobre el enemigo con sus soldados, a los que venció sin paliativos.

Escribió, entonces, a Roma anunciando su triunfo al tiempo que se quejaba de que, mientras él exponía su preciosa existencia luchando, en la metrópoli el pueblo y los senadores se divertían en inacabable holganza.

También humilló a sus legiones en las Galias obligando a los soldados a recoger, en el transcurso de jornadas agotadoras, toda clase de moluscos y otras especies de productos marinos.

Tras agotar el tesoro imperial en su favor y mandar asesinar (como ya queda dicha) a destacados miembros de la aristocracia para quitarles el dinero, acabó siendo asesinado en una estancia de su palacio por el jefe de los pretorianos, Casio Quereas, en el pasillo que comunicaba aquél con el circo, al que volvía el Emperador tras un descanso en uno de los espectáculos de los Juegos Palatinos.

Se vengaba así, de camino, Quereas del trato vejatorio que siempre le infligió el Emperador, tratándole de afeminado e impotente.

 Ahora había llegado su hora, y ya pudo empezar a alegrarse con la primera herida producida en el cuerpo de un Calígula medroso (un hachazo en el imperial cuello), que, sin embargo, no lo mató inmediatamente, aunque sí provocara en el sádico personaje gritos de dolor y desesperación.
Inmediatamente acudieron el resto de los conjurados (hasta treinta de ellos con sus espadas desenvainadas) quienes, tras una estocada en el pecho propiciada por Cornelio Sabino, se ensañaron en la faena de acabar, definitivamente, con la vida del Emperador, su esposa Cesonia e, incluso, con la de la hija de ambos, una niña que fue estrellada sin piedad contra un muro.
Se ponía fin, con la misma violencia sufrida, al sangriento y violento reinado de un loco que había torturado a su pueblo durante tres años y diez meses de pesadilla.

Crudelísimo incluso después de su muerte, se encontraron abundantes listas de nombres destinados a ser ejecutados. Incluso, junto a estas, fueron hallados gran cantidad de venenos destinados a cumplir de ejecutores de aquéllos, tan abundantes que, al ser arrojados al mar, envenenaron las aguas marinas, que devolvieron a las playas miles de peces muertos.

Calígula (que contaba 29 años al morir) fue borrado por el Senado de la lista de los emperadores de Roma. Había sido un hombre tan malvado y despiadado con los demás como cobarde él mismo. Por ejemplo, en vida sentía un terror patológico por las tormentas, que le arrastraba debajo de las camas cuando empezaban los relámpagos.

Murió, como ya se ha dicho, muy joven, y nadie sabría nunca lo que hubiera podido ser su reinado de vivir más años. Como en el caso de tantos personajes polémicos o indeseables, el cine no lo dejaría escapar, siendo uno de los films más conocidos uno seudo porno del escandaloso director Tinto Brass titulado Calígula.

Culto al Hogar y a los Muertos en Roma Antigua Ritos y Sacerdotes

Culto al Hogar y a los Muertos en Roma Antigua Ritos y Sacerdotes

LA RELIGIÓN EN LOS ORÍGENES DE ROMA:
EN LOS PRIMEROS TIEMPOS los latinos sentíase rodeados por las fuerzas de la Naturaleza, diferentes de las humanas y superiores a ellas, que podían aplastarles o darles ayuda y prosperidad: el Sol, las fuentes, la tierra, ciertos animales, los árboles centenarios y aun las cosas inertes.

De noche las piedras- límites y numerosos árboles y animales fueron mirados como sagrados: así el roble estaba consagrado a Júpiter, y el lobo pertenecía a Marte.

El hombre romano era de una simplicidad robusta y práctica, desprovisto de imaginación.

Así, ni inventó mitologías, ni imaginó a sus dioses bajo una forma humana, y mucho menos se cuidó de escribir leyendas. Tampoco esculpió imágenes de sus divinidades.

La diosa Vesta (imagen) no tuvo jamás estatuas, pues sólo estaba representada por el fuego sagrado que no debía extinguirse nunca.

En fin, en aquellos tiempos no aparece ninguna especulación profunda sobre la naturaleza de Dios y sobre el origen y destino del universo y del alma.

El romano como ser práctico no se preocupaba por  reflexionar acerca del mundo, sino de servirse de él.

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La generación, la concepción, el nacimiento, la infancia poseían su cortejo de divinidades, teniendo cada una su función especial, cumplida la cual nadie pensaba ya en invocarlas; por ejemplo Cunina velaba sobre el infante en la cuna; Stanana le enseñaba a tenerse en pie; Levana le levantaba cuando caía; Ossipaga fortalecía sus huesos, etcétera.

Con frecuencia, esos poderes se hallaban clasificados por grupos bajo un nombre colectivo. Así, las Comenas eran las diosas de las fuentes y no tenían individualidad más consistente que la de nuestras hadas.

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LAS FIESTAS: Una forma del culto era la fiesta (feria). Todos los años, en épocas determinadas, se celebraba una ceremonia destinada a agradar a un dios y a captarse su buena voluntad.

En primavera era la Fiesta de Pales, diosa de los carneros. Aquel día se purificaban las casas, se quemaba paja, y se saltaba tres veces por encima del fuego.

Se sacrificaban carneros a Pales y luego se comían las víctimas.

Otras fiestas más solemnes eran los juegos (ludí), análogos a los de Grecia y quizá imitado de los juegos griegos. Se hacía los juegos para regocijar a los dioses.

Los juegos romanos, los más solemnes de todos, comenzaban por una procesión (pompa) en la que figuraba toda la juventud de Roma, los ricos a caballo, los demás a pie.

Luego venían carreras de carros y de caballos, o luchas y danzas. La fiesta, que al principio duraba sólo un día, se prolongó poco a poco con nuevos espectáculos, hasta el extremo de durar dieciséis días en la época del Imperio. Fueron creados otros juegos semejantes.

A veces, por lo común en casos de desastre, se ofrecía a los dioses un lectisternium, es decir, un banquete. Se colocaban en una plaza pública lechos como para un festín, con cojines.

En ellos se tendían las imágenes de madera en la posición de un convidado y se les llevaban los manjares. Las imágenes de las diosas aparecían sentadas.

TEMPLOS: Era otra forma del culto dar a una divinidad una casa (aedes) para que en eila habitase.

El pueblo había establecido de esta suerte, en la ciudad muchos dioses y diosas, comúnmente para cumplir un voto (votum), es decir, una promesa hecha por un magistrado.

Así la leyenda atribuía el templo de Júpiter Stator a un voto hecho por Rómulo para que el dios detuviera a sus tropas que huían. La casa del dios, de ordinario levantada en lugar consagrado según el rito etrusco, un templo se llamaba templum.

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EL FORMULISMO EN LOS RITOS: Pensaban los romanos que los dioses eran muy exigentes en punto a formas, que querían ante todo que cualquier acto del culto fuera ejecutado estrictamente según los ritos, es decir, las reglas antiguas.

Tenían cuidado, por tanto, de seguir exactamente todas las fórmulas, en los sacrificios o en las fiestas. Si se introducía el cambio más insignificante, se pensaba que el acto perdía todo valor y que no se obtendría ningún resultado.
De igual modo, cuando un magistrado hacía celebrar juegos en nombre del pueblo, debía seguir todas las fórmulas.

Cicerón lo hace notar: «Si se varía una palabra de las de ritual, si un flautista se para, si el actor no habla a tiempo, los juegos no son ya conforme a los ritos y hay que empezar de nuevo».

Cuando se quería edificar un templo era preciso, ante todo, determinar el emplazamiento por un augurio conforme a los ritos. Es lo que significa la palabra inaugurar.

El augur empezaba por circunscribir la extensión en que iba a operar y empleaba palabras consagradas. Varrón ha conservado la fórmula que se pronunció antes de inaugurar el templo de Júpiter en el Capitolio:

«Que el templum y el recinto sean tales como los haya designado exactamente con mi lengua. Que este viejo árbol, cualquiera que sea, que tengo intención de designar, limite el templum y el recinto por la derecha. Que el intervalo entre ambos sea regulado por líneas, la mirada, el pensamiento como yo he pensado, del modo más exacto».

Habiendo limitado un espacio de esta suerte por la palabra (locus effatus), el augur se sienta y espera un signo, un ave, un relámpago. Si no ve nada de esto se va a otra parte a empezar de nuevo. Si ve algo, es prueba de que el sitio ha agradado al dios.

Deviene entonces un fanum y la propiedad del dios. Puede permanecer vacío, no ser más que un lugar sagrado con un bosque, un altar al aire libre, una fuente. Si en él se edifica con tablas o con piedra, la construcción debe tener una sola abertura.

En la colina donde se edificó el templo de Júpiter, otras divinidades estaban ya instaladas, tenían un fanum. Fue preciso, mediante una ceremonia especial, preguntar una por una a las divinidades si consentían en irse.

A esto se decía exaugurare. Hubo tres que no respondieron. Marte, Termino, Juventa, y sus santuarios quedaron en el Capitolio.

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En los alrededores de Roma había un bosque sagrado perteneciente a una diosa antigua. Dea Día. Todos los años un colegio sacerdotal los Hermanos Anales, se reunían en él para ejecutar una danza sagrada y cantar un himno en su honor.

El himno estaba escrito en un idioma antiguo que nadie entendía ya. A cada sacerdote se entregaba un formulario escrito que tenía encargo de repetir.

Este formulario ha llegado a nosotros por una inscripción del siglo III de Jesucristo. Cuando ya hacía varios siglos que no era entendido por nadie, los hermanos Arvales seguían cantándolo sin la menor variación.

Por el mismo respeto a las fórmulas se guardaba con el mayor cuidado una recopilación griega de versos sagrados, los libros sibilinos. Decíase que eran obra de la Sibila de Cumas, sacerdotisa de Apolo, que dictaba oráculos en una caverna cercana a Cumas.

Contaban que la Sibila había ido cierto día a avistarse con el rey Tarquino, llevando consigo nueve libros sabrados que ofrecía venderle por determinado precio.

El rey juzgó los libros demasiado caros. La Sibila arrojó al fuego tres de ellos, y por los seis que quedaban pidió doble precio.

El rey no aceptó y dijo que la Sibila se burlaba de él. La Sibila arrojó al fuego otros tres libros y dobló otra vez el precio para los que quedaban.

El rey reflexionó y compró los tres libros al precio que la Sibila pedía.

Un cuerpo sacerdotal, dos, luego diez, más tarde quince, fueron encargados de la guarda de los libros sibilinos. En los momentos de peligro el Senado ordenaba consultarlos y los guardianes manifestaban lo que había de hacerse.

Cuando los galos fueron sobre Roma, el Senado mandó consultar los libros sibilinos.

En ellos se vio profetizado que los galos tomarían posesión del suelo de la ciudad.

En consecuencia, para que el oráculo se cumpliera, manifestaron que el pueblo debía enterrar vivo en la Plaza del Mercado a un hombre y una mujer de nacionalidad gala, y así se hizo.

AUGURIOS Y PRESAGIOS: Los romanos conservaban los procedimientos de adivinación etrusca. Creían que los dioses enviaban signos, los presagios, para indicar su voluntad y que se podía adivinar el porvenir interpretando estos signos.

Antes de hacer nada importante se empezaba, por tanto, por consultar a los dioses. El magistrado, antes de reunir una Asamblea, el general antes de entablar una batalla y atravesar un río, interrogaban los signos. A esto se llamaba tomar los auspicios (la palabra significa mirar las aves).

Tan pronto se miraba a las aves que pasaban por el cielo, como se traían los pollos sagrados mantenidos por el Estado y se les daba de comer. Si no comían era que los dioses desaprobaban la empresa.

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Otro procedimiento para adivinar el porvenir consistía en sacrificar un animal y examinar las entrañas. Si en ellas había algo excepcional, era un mal presagio.

Había en Roma un cuerpo especial, los augures públicos del pueblo romano, encargados de interpretar los presagios.

Los augures decidían si había habido error al realizar una ceremonia y en tal caso volvía a empezarse. El magistrado tenía junto a sí un augur para decirle si los presagios eran o no favorables.

Cuando se veía un signo sin previa consulta, se suponía que los dioses lo enviaban para advertir que no fuera continuada la empresa.

Cuando la Asamblea del pueblo estaba reunida para deliberar o para elecciones, se admitía que Júpiter no quería permitir que se resolviera nada aquel día, y la Asamblea había de disolverse.

Esta costumbre dio lugar más tarde a un procedimiento que los magistrados utilizaron para desembarazarse de una Asamblea. Se consideraban signos desfavorables un temblor de tierra, una tempestad, un rayo, una rata que cruzaba el camino, y en tales casos había que renunciar a lo emprendido.

Cuando Marcelo, en la segunda guerra púnica, había tomado una resolución, se hacía conducir en litera cerrada para estar seguro de no ver ningún mal presagio.

LOS SACERDOTES: Había en Roma personajes encargados de realizar ciertas ceremonias en nombre del Estado, y eran los sacerdotes agrupados en corporaciones, cada una de las cuales tenía su función.

Los 15 flamines (encendedores) prendían la llama del altar y hacían el sacrificio. Los tres principales eran el’flamín de Júpiter, el de Quirino y el de Marte (que todos los años sacrificaba un caballo a Marte).

Los 12 Salios del Plalatino guardaban un escudo consagrado a Marte. Este escudo, que se decía cayó un día del cielo, era venerado como un dios.

Para impedir que fuera robado, se había mandado hacer once escudos iguales. Todos los años los salios hacía una ceremonia en su honor.

Sacaban del santuario los doce escudos, cada uno de los sacerdotes tomaba uno y ejecutaban una danza guerrera, cantando un himno en honor de Mamurius.

Los hermanos Arvales se reunían una vez al año en un bosque sagrado, a dos leguas de Roma, y danzabancantando un himno a la diosa Dea día, para rogarle que enviase una buena cosecha.

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En Roma había distintas clases de sacerdotes, debido a lo variado del culto. Los más importantes eran los pontífices, presididos por el Pontifex Maximus. Los Flamines se encargaban de encender el Fuego de los Sacrificios. Los decemvin interpretaban los libros sibílicos. Los lupercii salían en las fiestas en honor del dios Pan y azotaban con látigos a las mujeres que encontraban a su paso. Otros sacerdotes eran los festiales, los salii y las vestales.

Los Lupercos celebraban todos los años los luper-cales en honor de Fauno. Medio desnudos, cubiertos solamente con pieles de macho cabrío, corrían alrededor del antiguo recinto del Palatino, llevando en las manos correas de piel del animal mencionado y azotando con ellas a las mujeres que encontraban.

Los Feciales no servían más que en las relaciones con ios pueblos extranjeros. Para firmar un tratado, su jefe llegaba con hierba sagrada cogida en el Capitolio, un cetro y la piedra sagrada del templo de Júpiter Feretriano, y, tomando por testigo a aquella piedra (que era consideraba como un dios), juraba en nombre del pueblo respetar el tratado, y luego mataba un cabrito (Foedus icere, matar el cabrito, ha venido a significar de esta suerte concertar un tratado).

Para declarar la guerra, el fecial había de ir a la frontera del enemigo y lanzar un venablo a su territorio. Cuando se quiso hacer la guerra a Pirro, rey de Epiro, los romanos se vieron al principio ante una dificultad.

Su religión les prohibía combatir a un enemigo antes de haberle declarado la guerra en ¡a forma antigua. ¿Cómo declarar la guerra a Pirro cuyo país se encontraba al otro lado del mar?.

Se dio con un recurso. Un epirota, probablemente un desertor del ejército de Pirro, compró un campo. Se consideró este campo como si fuera territorio epirota, y el fecial fue a arrojar en él el venablo y declarar la guerra.

El más importante de todos los colegios de sacerdotes era el de los Pontífices, encargados de dirigir el culto de los antiguos dioses de Roma (dii patrii).

Hacían las ceremonias e indicaban cómo debían celebrarse las fiestas en nombre del pueblo romano.

Cuando un magistrado o el Senado habían prometido a un dios un templo o una fiesta para bien del pueblo, los pontífices recibían la promesa en nombre del dios.

Cuando una catástrofe hacía pensar que algún dios estaba irritado contra el pueblo romano, los pontífices buscaban la causa del prodigio y resolvían las ceremonias que era necesario hacer y las víctimas que habían de sacrificarse para apaciguar al dios.

Arreglaban el calendario, la manera de contar el tiempo, los días del mes que debían mediar entre las calendas y las nonas. Custodiaban los archivos depositados en un santuario e interpretaban la ley de las XII Tablas.

Indicaban, la principio de cada año, qué día se debía celebrar cada fiesta, cuáles eran los días fastos, aquellos en que podían juzgar los tribunales o reunirse las Asambleas, y los días nefastos, aquellos en que la religión prohibía realizar ningún acto público.

El jefe de los pontífices, el gran pontífice, era uno de los personajes de más representación en Roma, «juez y arbitro de las cosas divinas y humanas».

Su acción se extendía a los particulares mismos, a los que obligaba a celebrar las ceremonias, porque se creía que el Estado debía hacer que todos tributasen a los dioses lo que les era debido.

Cada sacerdote tenía un solo rito que cumplir, y no estaba obligado a enseñar la religión.

Era un cargo muy respetado, pero que no bastaba para ocupar a un hombre. Los sacerdotes eran personajes de nota, mas no constituían una clase.

Eran electivos como los magistrados y seguían ejerciendo otros cargos, juzgando, presidiendo las Asambleas, mandando los ejércitos. Seguían siendo, por tanto, ciudadanos.

De esta suerte no hubo en Roma casta sacerdotal.

CULTO DEL HOGAR: Había en el centro de cada casa un hogar sagrado que la familia adoraba. Antes de empezar la comida, había que dirigirle una oración y que derramar unas gotas de vino sobre el fuego (libación).

Se creía que junto al hogar moraba un genio protector de la casa, el lar familiaris, y se le presentaba comida. Próximo al hogar se conservaban los penates (dioses domésticos, pequeños ídolos de la familia).

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Junto al culto público y oficial a los grandes dioses nacionales, los romanos veneraban en sus hogares a los dioses tutelares de la casa y de la familia. En el Larario doméstico se representaba a la diosa Vesta, flanqueada por dos jóvenes que simbolizaban a los Lares.

El hogar era un santuario al que se debía respeto. No conocemos muy bien el significado de estos ritos; pero eran muy antiguos, porque se encuentran ritos análogos en otros pueblos de lengua aria, sobre todo entre los indios.

Quizá el fuera era adorado en calidad de dios, al que se hacían ofrendas.

Quizá los penates eran las almas de los antepasados de la familia.

Roma tenía también su hogar sagrado en el santuario de Vesta, y en este mismo santuario su ídolo, el Palladium. Las vírgenes vestales, jóvenes de las principales familias romanas, tenían a su cargo la conservación del fuego sagrado.

Vivían en el santuario para mantener el fuego que debía permanecer constantemente encendido.

La vestal que dejaba apagar el fuego era azotada. Si una vestal faltaba a sus votos, era enterrada viva por haber puesto en peligro al pueblo romano.

Las vestales ocupaban en el teatro el puesto de honor, y en las calles, el que las encontraba, aun cuando fuera el cónsul, debía cederles el paso.

CULTO DE LOS MUERTOS: Consideraban los romanos las almas de los muertos como espíritus poderosos; pero creían que aquellas almas tenían necesidad de que los vivos se ocupasen de ellas.

Cuando moría un individuo había que darle sepultura según una forma consagrada. Se le enterraba o se le incineraba. Es probable que el modo más antiguo de sepultura fuera poner el cadáver en un féretro que luego era depositado en una fosa.

Porque, cuando se incineraba el cadáver, se empezaba por cortarle un pedazo de un dedo, que se llamaba os resectum (hueso cortado), y este pedazo se enterraba.

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Las procesiones funerarias, según la categoría social del difunto, iban acompañadas de plañideras, músicos y toda la familia. Parte importante del funeral era el panegírico, consistente en un recitado sobre la vida del muerto

La ceremonia se hacía conforme a antiguos ritos. Aun cuando se enterrase en pleno día, se llevaban antorchas hechas con estopa recubierta de cera, porque en los tiempos antiguos se enterraba de noche.

Un cortejo formado por los parientes, servidores y amigos, iba a enterrar o a quemar el cadáver y a recoger las cenizas en una urna. Luego la urna era encerrada en la tumba.

Era ésta un santuario semejante a un templo pequeño, con las letras D,M., abreviatura de Dis Manibus. Se llamaba Manes a las almas de los muertos, y se les tributaba culto como a dioses.

Se les llevaba de comer y beber. Se derramaba vino o leche en el suelo, se dejaban en vasijas tortas, se mataban animales y se quemaba la carne. Todos los años había que repetir las ceremonias, tarea de que se encargaban los descendientes del difunto.

Si el cadáver no había sido enterrado según las fórmulas, el alma no podía penetrar en la morada de los muertos, volvía a la tierra para asustar a los vivos, y los atormentaba hasta lograr que se le diera sepultura.

Estas almas malas se llamaban entonces lémures o larvas. Todos los años, en mayo, por espacio de tres noches, se desparramaban habas negras para apaciguarlas o ahuyentarlas. Esta creencia duró hasta los últimos tiempos de la sociedad romana.

En el siglo II de nuestra Era, Plinio el Joven, una de las personas más instruidas de su tiempo, cuenta la historia de una casa perseguida por los espíritus en Atenas.

En ella se aparecía un fantasma tan horrible que causaba la muerte a los que le veían. Nadie quería habitar en aquella casa.

Un filósofo se estableció en ella, vio aparecer al fantasma que le hacía señas de que le siguiera, y en el sitio en que desapareció se hizo una excavación y se encontraron huesos. El filósofo los mandó enterrar ritualmente y no volvió a repetirse la aparición.

El alma del emperador Calígula había vagado, díce-se, por los jardines del palacio. Se desenterró su cadáver para enterrarlo seguidamente en la forma debida y el alma no volvió a aparecer.

Fuente Consultada:HISTORIA UNIVERSAL ILUSTRADA Tomo I Historia Antigua-Los Romanos de  Charles Seignobos Editorial Publinter Bs.As.

Los Soldados Romanos y Ejercitos Romanos Caracteristicas

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Los Soldados Romanos
Ejércitos Romanos y Legiones

HISTORIA DEL EJÉRCITO ROMANO Y SUS SOLDADOS: Ningún pueblo antiguo tomó la profesión militar con más seriedad que los romanos. Hicieron la guerra desde las costas de Galilea hasta los lluviosos acantilados del norte de Inglaterra. La seguridad de su vasto imperio, que abarcaba a 60 millones de habitantes, dependía de sus eficientes y poderosas fuerzas armadas, listas para entrar en acción en cualquier momento.

El ejército romano, en el cénit del imperio, fue una devastadora y efectiva maquinaria de guerra nunca antes vista en el mundo. Su unidad básica era la legión, integrada por 6,000 hombres, casi todos ellos soldados de infantería. También comprendía entre 100 y 200 jinetes exploradores, portaestandartes y captores de desertores.

TEMAS TRATADOS

Los Soldados Romanos Ejercitos Romanos y Legiones Romanas

Historia del EjercitoEl Soldado RomanoArmamento Militar
Campamentos
El Arte del Asedio Disciplina Militar Triunfo y Botín Ocupación Militar

El ejercito romano es una imitación del de Grecia; después irán apareciendo nuevas armas, nuevas tácticas, nuevo reclutamiento. Muy pronto, Roma no desconfiará más de los velites.

La guerra contra Cartago enrolará a los proletarios, «capite censi», a los que no habían confiado armas desde el día del alistamiento de tropas contra los galos (tumultus gallicus). Más tarde, Roma tendrá los auxilia, mercenarios extranjeros procedentes de los pueblos sometidos extraitálicos.

En la Roma republicana el supremo poder administrativo y el mundo militar están unidos. Es el imperium, que corresponde al magistrado: cónsul, pretor, dictador.

Pero las guerras con las grandes potencias exigirán una transformación: separar las funciones militares de las civiles. Para asegurarse sus triunfos, Roma deberá colocar al frente de sus  legiones a quienes posean una preparación técnica y profesional exclusivamente militar, independiente del cargo público. Y así lo hará.

El ejército comprende, ahora, además de los patricios de diecisiete a cuarenta y seis años, un gran número de plebeyos, en general poco pudientes, a quienes el estado da un sueldo o stípendium, porque las largas guerras, como había sido el sitio de Veyes, los obligan a abandonar los trabajos del campo.

El ejército se compone, además, de contingentes italianos, o aliados (socii), que representaban más de la mitad del total (por ejemplo: tres cuartos de la caballería o mitad de la infantería eran aliados).

El número de los contingentes aliados que proporcionan las ciudades italianas los fijaban los cónsules. Su formación y mantenimiento correspondía a las autoridades locales. Roma sólo lo hacía cuando los soldados se encontraban en campaña.

El cónsul; rodeado de una guardia (llamada pretoriana), de amigos, de clientes, de combatientes selectos, ejerce el mando supremo sobre las cuatro legiones (dos para cada cónsul) día por medio. Los jóvenes más ricos sirven en la caballería.

El estado les proporciona el caballo. Si se quieren iniciar en la carrera política deben desempeñarse como tribunos militares, pero como los cónsules, sin sueldo.

Nadie podía ocupar una magistratura sin haber servido diez años en el ejército. Los tribunos militares estaban al frente de la infantería de cada legión y se alternaban en el mando por mes o por día.

El manípulo, una de las treinta partes en que se divide la legión, estaba mandado por dos centuriones.

Todos los hombres aptos para el servicio militar se ejercitan en tiempo de paz en el campo de Marte; un entrenamiento acelerado tiene lugar durante los tiempos libres entre cada campaña. Los que no comparecen en el día del enrolamiento se exponen a penas severas, que van desde la multa hasta la esclavitud.

Los ciudadanos de cuarenta y seis a sesenta años constituyen la guardia territorial.

ARMA DE GUERRA ROMANA
Arma ofensiva para los sitios. La cabeza del hierro rompe los muros y retrocede para volver con más fuerza. Cuando el armazón está protegido del fuego por una especie de caparazón de cuero y lanas, tiene el aspecto de una tortuga: el ariete sale y entra como la tortuga en su caparazón.

Los romanos no eran jinetes entusiastas. Cuando se veían obligados a reclutar regimientos de caballería, generalmente utilizaban ayudantes extranjeros, especialmente galos y tracianos.

Éstos también eran arqueros, honderos y lanzadores de jabalina. Pero el soldado romano arquetípico, el legionario, debía ser ciudadano romano, y los reclutas pasaban por un riguroso programa de selección antes de ser aceptados en las filas.

Los reclutas debían tener una estatura mínima de 1.70 m, y se les examinaba médicamente para asegurarse de que estaban sanos y de que su vista era buena. Un legionario se enrolaba durante 20 años: era un compromiso importante.

Pero todos eran voluntarios, que se alistaban por la paga, la gloria, la oportunidad de ver mundo, o de progresar.

A través del ejército un joven campesino podía ascender al rango de centurión, con 80 hombres bajo su mando. Pero ningún legionario de origen humilde podía aspirar a entrar a la clase de los oficiales.

La clave para la promoción a los altos niveles era la educación, la riqueza y el rango: el compañerismo o «compadrazgo» sistemático, que operaba entre las familias de la nobleza.

Entrenamiento militar: Al ser aceptado, el recluta era enviado al campo de entrenamiento, donde pasaba, bajo implacable disciplina, el resto de su servicio obligatorio. Los soldados marchaban en el campo todos los días bajo las roncas órdenes de un centurión que empuñaba un bastón, símbolo de su rango e instrumento de castigo.

Uno de estos centuriones se ganó el apodo de «Trae otro», por la cantidad de báculos que rompió en las espaldas de sus soldados.

En las maniobras, los soldados atacaban estacas de 1.80 m de alto, golpeándolas con los tachones de sus escudos y clavándoles las espadas. Los reclutas bisoños lo hacían con armas de práctica de doble peso.

Con equipo completo encima, los hombres debían correr, saltar y librar caballos de madera. Durante el verano aprendían a nadar y realizaban marchas forzadas y simulacros de batalla, en preparación para los futuros combates.

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Ver:Emperadores Militares en Roma 

Cronologia de la Historia de Roma Principales Hitos Cronologica

Según la leyenda, Rómulo fue el primero en ocupar el trono de Roma. Quienes invocaban ser sus descendientes heredaron el trono y se convirtieron en ciudadanos, a partir de una legitimidad que se basaba en razones de estricto linaje: ser miembros del patriciado. Por debajo se encontraban los sectores plebeyos, vinculados a la producción agrícola. La base de sustentación del poder económico era la propiedad latifundista y el control del comercio. El mantenimiento de esta estructura exigió un aparato estatal más complejo. Así, cobraron fuerza el estamento militar y una articulación legal que dejó como herencia: el Derecho.

roma antigua: estatua loba y remulo y remo

753 a.C. – 510 a.C.: FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE ROMA
Según la tradición, el 21 de abril de 753 a.C. Rómulo fundó la ciudad de Roma, con lo cual se convirtió en el iniciador de la monarquía. Rómulo gobernó hasta el 716 a.C.

LOS REYES
Los reyes romanos que suceden al gobierno de Rómulo son:
Numa Pompilio (715-674) Reformó el calendario romano, ajustándolo para el año solar y lunar, y añadió además los meses de enero y febrero. Asimismo, instituyó numerosos rituales religiosos romanos y creó el cargo de sacerdote supremo, llamado «flamen maioris». Organizó el territorio circundante de Roma en distritos y repartió entre los ciudadanos las tierras conquistadas por Rómulo.

Tulio Hostilio (673-642) Gobernó durante 31 años. Fomentó guerras contra Alba Longa, Fidenas y Veyes, de forma que Roma obtuvo así nuevos territorios. Aceptó como ciudadanos romanos que llegaron a ser patricios a los pobladores de la conquistada ciudad de Alba Longa y otros que arribaron a Roma en busca de asilo. También erigió un nuevo edificio para albergar al Senado, la Curia, que existió durante cinco siglos.

Anco Marcio (642-617) Hizo construir el puerto romano de Ostia en la costa del Tirreno, así como las primeras factorías de salazón, aprovechando la ruta fluvial del comercio de sal («via salaria«) que abastecía a los ganaderos sabinos. El tamaño de la ciudad se incrementó gracias a su diplomacia , que permitió la unión de varias aldeas menores en alianza con Roma.

Tarquino I (616-579) Añadió cien nuevos miembros al Senado, procedentes de las tribus etruscas. Utilizó el botín de sus campañas militares para construir grandes monumentos en Roma. Entre sus obras, destaca el alcantarillado de la ciudad, la Cloaca Máxima. En el lugar de las antiguas marismas, inició la construcción del Foro Romano. El más célebre de sus proyectos fue el Circo Máximo, un gran estadio para carreras de caballos, que es hasta hoy el mayor de todos en el mundo.

Servio Tulio (578-535) Desarrolló una nueva constitución, con mayor atención a las clases ciudadanas. Instituyó el primer censo, dividiendo a las gentes de Roma en cinco clases económicas. Estableció el derecho a voto según la riqueza económica, por lo cual gran parte del poder político quedó reservado a las élites romanas.

Tarquino el Soberbio (535-510) Usó el terror y derogó muchas reformas de sus predecesores. Su mejor obra fue la finalización del templo de Júpiter. Abolió y destruyó todos los santuarios y altares sabinos de la Roca Tarpeya, lo cual enfureció al pueblo. El punto crucial de su tiránico reinado sucedió cuando permitió la violación de Lucrecia, una patricia romana, por parte de su propio hijo Sexto. El Senado decidió abolir la monarquía y, en el 509 a.C., se estableció la República.

509 a.C.: LA REPÚBLICA
Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquino Colatino se convirtieron en los primeros cónsules. Posteriormente, los poderes de los cónsules fueron divididos. Nueve años después de la expulsión de Tarquino el Soberbio, se creó el cargo de dictador, al cual, por un tiempo limitado, se le otorgaba la autoridad completa sobre todos los asuntos. Tras una etapa de conflictivi-dad social, el patriciado concedió el nombramiento del primer cónsul plebeyo. Creció la rivalidad con Cartago.

264 A.C.: Primera Guerra Púnica. Toma de Palermo y creación de la provincia de Sicilia. Anexión de Córcega y Cerdeña (238), Aníbal toma Sagunto.

218 a.C.: Segunda Guerra Púnica. Guerra con Macedonia (214). Toma de Capua. Cornelio Escipión el Africano toma Cartago Nova (211). Victoria de Zama. Escipión en África (204). Creación de las provincias de Hispania Ulterior e Hispania Citerior (197). Las legiones ocupan Grecia (194). Suicidio de Aníbal (183). Nueva Guerra Macedónica (171).

149 a.C: Tercera Guerra Púnica. Destrucción de Cartago. Creación de las provincias de África (146) y de Asia (129). El cónsul Mario reforma el ejército (107).

91 a.C.: Asesinato del tribuno Mario Livio Druso. Levantamientos en distintas provincias y crecientes conflictos entre patricios y plebeyos.

73 a.C.: Rebelión de Espartaco. Se le suman contingentes de esclavos y campesinos sin tierra, derrotados en la batalla de Silaro (71). Consulado de Craso y Pompeyo (70). Campaña de Pompeyo en Oriente (67-63). Primer Triunvirato: alianza entre Pompeyo, Craso y Julio César. Consulado de Julio César (59).

63-62 a.C.: Conjuración de Catilina. Consulado de Cicerón. Se crea la provincia de Siria.

51 a.C.: Julio César conquista la Galia y entra en Italia. César y Pompeyo se enfrentan en Egipto (48-47). Derrota de Pompeyo en Farsalia (41).

44 a.C.: Asesinato de Julio César.

36 a.C.: Agripa derrota a Pompeyo. Victoria de Actium. Cayo Julio César Octaviano, a quien César proclamó heredero, se hace con el poder (31). Octavio ocupa Alejandría (Egipto). Muerte de Marco Antonio y suicidio de Cleopatra (30).

27 a.C.: Octavio recibe del Senado el título de Augusto que lo convierte en emperador, y a Roma, en imperio. Se inicia el culto a su naturaleza divina. El poder queda en manos de la dinastía Julia-Claudia. Tras la creación de la provincia de Galacia (25) y el sometimiento de los partos (20), Augusto proclama la «Pax Romana» e inicia una etapa de pujanza política, económica y militar.

13-9 a.C: Tras sucesivas victorias obtenidas por Tiberio en el Danubio y el Elba, son sometidos los panonios y los germanos a manos de Draso. Consagración del «Ara Pacis» (9).

1 d.C.: Se considera a este como el año del nacimiento de Jesús de Nazaret e inicio de la era cristiana.

14 d.C.: Muere Augusto, y Tiberio es proclamado emperador por el Senado. Cayo César Germánico inicia la guerra contra los pueblos germánicos, que culmina con la incorporación al Imperio de las provincias de Capadocia y Commagene. Muere Tiberio (37).

37 d.C.: Cayo César Germánico, conocido como Calígula, es proclamado emperador. Imprime al gobierno de Roma un carácter de monarquía teocrática, centrada en el culto del emperador. Cae asesinado (41).

41 d.C.: Gobierno de Claudio. Conquista del sur de Britania (43), Tracia (46) y gran parte de Germania (50). Claudio es asesinado por Agripina (54).

54 d.C.: Nerón es proclamado emperador. Vespasiano invade Judea (58-66). Asesinato de Agripina (59). Aírame Burro, preceptor de Nerón y Octavia, es asesinado. Nerón se casa con Popea.

64 d.C.: nte el avance del cristianismo, Nerón manda incendiar Roma y culpa de ello a los seguidores de la nueva fe. Suicidio de Nerón (68).

68 d.C.: Galba es proclamado emperador. Vespasiano reprime la rebelión de los judíos. Galba es asesinado (69).
Otón es nombrado emperador, pero, carente del apoyo de las legiones, al poco tiempo se suicida. Lo sucede Vitelio, que es asesinado.

70 d.C.: Vespasiano, emperador. Su hijo Tito destruye Jerusalén y expulsa a los judíos de Judea. Construcción del Coliseo. Muere Vespasiano. Lo sucede su hijo Tito, Erupción del Vesubio y catástrofe de Pompe-ya y Herculano (79). Muere Tito y lo sucede Domicíano (81), que concluye la conquista de Britania. Asesinato de Domiciano y proclamación de Nerva (96), que muere dos años después.

98 d.C.: Trajano, hispano, es el primer emperador nacido en una provincia. Creación de las provincias de Armenia y Mesopotamia. El Imperio alcanza su máxima extensión. Muere Trajano y Adriano es proclamado emperador (117.Se aplasta en Judea la revuelta encabezada por Bar Kojva y los judíos son expulsados del territorio (132-135). Muerte de Adriano (138). El gobierno pasa a manos de Antonino Pío (138-161).

161 d.C.: Proclamación de Marco Aurelio como emperador. La peste asóla a! Imperio y afecta gravemente a Roma. Marco Aurelio muere combatiendo en el río Danubio. El gobierno pasa a manos de Commodo (180). Incendio de Roma y asesinato de Commodo (192).

193 d.C.: «Año de los cuatro emperadores»: Didio Juliano (Roma), Prescenio Niger (Siria), Clo-dio Albino (Britania) y Septi-mio Severo (Panonia). Finalmente, el poder queda en manos del último. Edicto contra cristianos y judíos (202). Muere Septimio Severo. Asumen dos emperadores: Caracalla y Geta (211). El primero asesina al segundo y concede la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio. Caracalla es asesinado y asume Macrino (217), que gobierna un año. Tras un gobierno fugaz de Heliogábalo, Severo Alejandro es emperador (222). Invasión de los alamanes en el Rin (234).

235-284 d.C.: Período de «Anarquía Militar»; se sucede la proclamación y el asesinato de varios emperadores. Persecución a los cristianos. Epidemia de peste. Invasiones godas (250). Valeriano asume como emperador oriental y su hijo Galieno como emperador occidental (253). Valeriano muere a manos de los persas (260). Aureliano asume como emperador e instaura el culto al Sol y al emperador (270). Invasiones francas y godas. Asume Probo (276-283) y detiene las invasiones. Corregencia de Maximiano (286). Constancio y Galerio se asocian al trono (293). El Imperio es dividido en 12 distritos (diócesis) y en 101 provincias. Monarquía absoluta.

DIVISIÓN IMPERIAL
Constantino asume como emperador y se proclama Augusto. Emite un edicto de tolerancia religiosa (313) y se instala en Roma.

324 d.C.: Constantino, que asume el cristianismo, funda Constantinopla, donde instala su corte. Roma deja de ser el epicentro del Imperio. La Iglesia celebra el Concilio de Nicea (325), donde condena al arrianismo.

337 d.C.: Muere Constantino. Lo suceden sus hijos Constancio II en Oriente y Constante I en Occidente. El primero muere (361) y lo sucede Flavio Claudio Juliano, que reinicia la persecución a los cristianos. Juliano muere combatiendo a los persas (363). Primera división del Imperio entre Valentiniano (364-375) y Valente (364-378).

379 d.C.: Teodosio asciende al trono. Se prohíbe el paganismo (392). A su muerte (395), el Imperio se divide entre sus hijos Arcadio (Oriente) y Honorio (Occidente). Rómulo Augusto es nombrado emperador de Occidente, pero lo asesinan un año después. El año 476 es considerado el final del Imperio Romano de Occidente. El Oriental tuvo su continuidad en el Imperio Bizantino, hasta 1453, cuando cayó en poder de los otomanos.

Misión de la Iglesia en América Organización y Difusión de la Fe

Misión de la Iglesia en América
Organización y Difusión de la Fe

INTRODUCCIÓN RESUMIDA: Las misiones o reducciones eran pueblos indígenas fundados y organizados por religiosos con el objetivo de evangelizar a los aborígenes. A partir del siglo XVII, la orden de los jesuítas estableció en el extremo norte del Litoral de nuestro país una serie de misiones que a mediados del siglo XVUI llegaban a treinta pueblos.

Las misiones jesuíticas lograron atraer a una buena cantidad de guaraníes, a quienes se les ofrecía protección contra los colonizadores españoles y también contra los portugueses, que estaban ávidos de mano de obra indígena.

Las misiones constituían verdaderos pueblos, donde los indígenas vivían en forma permanente y realizaban trabajos agrícolas. En cada reducción había una iglesia, una casa para los padres misioneros, talleres, casas dormitorios para los indígenas y tierras de labranza.

A cambio de trabajo y tierra, los indígenas recibían educación y eran evangelizados en la fe cristiana. Las misiones fueron muy exitosas en la tarea de inculcar a los aborígenes la cultura española.

Además, los jesuítas vendían las artesanías de madera y metal y comercializaban los productos agrícolo-ganaderos que no consumían. Cosechaban fundamentalmente tabaco, algodón y yerba mate y algunas misiones –como por ejemplo las siete ubicadas en la Banda Oriental– también se dedicaban a la ganadería.

En 1750, España cedió parte de las misiones, las ubicadas en Río Grande do Sul, a Portugal, a cambio de que los portugueses abandonaran Colonia del Sacramento.

El malestar de los indígenas y de los jesuítas hicieron estallar las Guerras Guaraní ticas en 1751: los indígenas enfrentaron en una abierta rebelión a milicias portuguesas y españolas. Derrotadas rápidamente, las misiones empezaron a decaer hasta que en 1767, los jesuítas fueron expulsados de las posesiones españolas.

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Objetivos de la Corona: Es conocida la estrecha relación que existió entre la Iglesia y la monarquía española en la obra de conquista y colonización del nuevo continente.

El espíritu de cruzada contra el infiel se hizo fuerte en la España medieval, por la lucha contra los musulmanes, hasta su pleno triunfo con la reconquista de Granada. Simultáneamente, con el descubrimiento de América se abrió el vastísimo campo de acción misionera.

En 1493, se puso de manifiesto el objetivo de la Corona, cuando Colón, en su segundo viaje llevó sacerdotes para instruir a los indios, por expresa recomendación de los reyes.

Igual motivación aparece en las bulas por las que el Papa Alejandro VI concedió la posesión exclusiva de las nuevas tierras descubiertas y por descubrir a la Corona de Castilla, ordenándole el envío de sacerdotes para la «propagación de la fe católica y las buenas costumbres”.

iglesia en peru lima

Iglesia colonial en Lima (Perú) se descata la arquitectura colonial, el estilo barroco y la elegancia de sus mansiones coloniales.

Real Patronato: El cumplimiento de la tarea evangelizadora requería una organización en que la Iglesia y el Estado se unieran para el logro eficaz de sus comunes propósitos. La colaboración entre ambos poderes —a pesar de las controversias y dificultades— era de antigua data.

Desde el siglo V, la Iglesia había concedido algunas prerrogativas al poder temporal, para afianzar la religión en los respectivos reinos. Una de ellas fue el Derecho de Patronato, que autorizaba a la Corona para proponer a los clérigos que deberían ocupar los cargos eclesiásticos, crear nuevas diócesis, construir templos e intervenir en la administración eclesiástica de su territorio.

La Iglesia en América no se comunicaba directamente con el Papa, sino a través de la monarquía española (institución del Real Patronato). El Papado había cedido ciertos derechos a los Reyes Católicos y a sus sucesores, presionado por los soberanos españoles y abrumado ante la magnitud de la obra misionera en comarcas casi inaccesibles.Por el Patronato, los reyes daban protección oficial a la Iglesia y distribuían las prebendas eclesiásticas y los diezmos (impuesto para sostener el culto). Ninguna decisión religiosa se tomaba sin su autorización, sea la venida de frailes o la fundación de parroquias y de misiones. Cuando una sede episcopal quedaba vacante, el monarca proponía al Papa una terna con los nombres de los posibles candidatos a ocupar el cargo.

Las concesiones pontificias al poder real, se basaban en el principio medieval que reconocía la superioridad de lo espiritual sobre lo temporal; por lo tanto, el Papa se consideraba con derecho para otorgar el territorio poblado por infieles a príncipes cristianos, con la obligación de extender en él la fe católica.

Durante el siglo XV, estas concesiones se habían entregado a Portugal y Castilla para sus respectivos territorios africanos.

El Señor de la Humildad y la Paciencia es una imagen que representa a Cristo sentado, agobiado y cubierto con el paño de la pureza. Los artistas de las misiones jesuíticas utilizaron este motivo tan conmovedor para plasmarlo en sus obras.

El caso específico de Castilla tiene su antecedente en el Patronato otorgado para la región reconquistada de Granada, por bula de julio de 1493, firmada por Alejandro VI.

Este hizo extensivo, por otra bula, el derecho de proponer los candidatos a los cargos eclesiásticos —menos donde hubiera cardenal—, en los territorios de Aragón, Valencia, Mallorca, Cataluña, Sicilia y Cerdeña.

En 1501, se concedió al rey la administración de los diezmos para atender los gastos de Fa evangelización. El Papa Julio II ratificó, en 1504, el Patronato para los reinos de España e Italia.

Después de la muerte de Isabel, el rey Fernando gestionó ante la Santa Sede la concesión plena del Patronato de Indias, que al fin obtuvo del mismo pontífice por la bula “Liniversalis Ecclesiae”, del 28 de julio de 1508. De ella emanan los poderes de la Corona con respecto a la Iglesia americana; construir iglesias y conventos, crear diócesis —distritos eclesiásticos a cargo de un obispo—, proponer el nombramiento de las personas idóneas para desempeñar los cargos.

La bula “Eximiae devotionis”, de 1510, acordaba la presentación real para los cargos de obispos y la regulación de los diezmos, de los que el Re;’ concedía una parte a los nuevos obispos. El poder de fijar los límites de las diócesis fue otorgado en 1513 y ampliado por sucesivas concesiones. El Real Patronato quedó reglamentado por la Real Cédula de 1574 dictada por Felipe II.

La intervención del estado en la administración de la Iglesia produjo una serie de problemas, entre los que se destaca la admisión o no de las órdenes religiosas en territorio americano, el exequátur (Documento por el que las autoridades civiles aprueban las bulas pontificias.) o derecho de revisar las bulas y documentos pontíficios tarea efectuada por el Consejo de Indias con la facultad de aprobarlas o devolverlas, y el manejo de las rentas correspondientes a los cargos vacantes, con el compromiso de sostener el culto y extender la evangelización.

La intervención del Estado en la administración de la Iglesia, menos en los problemas de doctrina y disciplina religiosa provocó no pocas controversias. Los juristas españoles, bajo el gobierno de los Habsburgos, se basaban en la concesión pontificia, pero, en el siglo XVIII con el advenimiento de los Borbones, se acentuó el regalismo, que cambió la orientación jurídica al considerar el derecho de Patronato como emanado directamente de la soberanía real.

Dice la historiadora María Sáenz Quesada, en su libro «La Argentina Historia del País y de su Gente»:  La estrecha unidad entre el plano espiritual y el temporal daba lugar a toda suerte de conflictos. Virreyes y gobernadores se encontraban en pugna permanente con el obispo. Ambos tenían su sede frente a la plaza mayor y asistían a las mismas ceremonias religiosas. El virrey protestaba ante la menor falta de respeto a su investidura por parte del obispo y éste utilizaba a su antojo el arma espiritual de la excomunión contra el gobierno civil.

Uno de los entredichos más célebres tuvo lugar en Buenos Aires en la década de 1620 entre el gobernador Céspedes y el obispo fray Pedro de Carranza. El conflicto se desató debido a la prisión de Juan de Vergara. El poderoso contrabandista era secretario del Santo Oficio y muy amigo del obispo. Éste para protegerlo recurrió a una pueblada y así pudo Vergara refugiarse en un convento. Cuando Carranza excomulgó solemnemente al gobernador, la población se dividió en favor de uno y otro. Los jesuitas, quienes se mantuvieron al margen del pleito, pudieron serenar los ánimos.

Misiones Eclesiásticas: No sólo la salud espiritual se encomendaba a los religiosos. En la atención de los hospitales tuvieron importante actuación congregaciones religiosas como la de los betlemitas. A fines del siglo XVIII, los padres barbones, apodados así por su larga barba, mejoraron los hospitales públicos de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Su acción continuó hasta los primeros años de la Revolución.

La enseñanza era monopolio de la Iglesia, con excepción de algunos maestros laicos encargados de la instrucción primaria por los cabildos. Franciscanos, dominicos, mercedarios y jesuitas abrieron escuelas en los conventos. Hasta 1767 eran jesuitas los profesores del Colegio Monserrat y los de la Universidad de Córdoba, la única casa de altos estudios existente en el actual territorio argentino.

No se trataba de una Universidad pública, explica el padre Bruno, sino de estudios generales de la Compañía, con facultad para dar grados de bachiller en artes y en humanidades. Para graduarse en leyes era preciso ir a Charcas (hoy Bolivia), a Santiago de Chile o a España. Después de los jesuitas vinieron los franciscanos.

Mapa Ubicación Geográfica Pueblos Guaraníes

Fuente Consultada: Instituciones Políticas y Sociales de América hasta 1810 Irma Zanellato y Noemi Viñuela

Los primeros monasterios de mujeres en la edad media Hilda de Whitby

MONASTERIOS DE MUJERES EN LA EDAD MEDIA

Las mujeres también desempeñaron un papel importante en el movimiento misionero monástico y la conversión de los reinos germánicos. Los así llamados monasterios duales, en los que monjas y monjes vivían en casas separadas, pero asistían juntos a los servicios religiosos, se encontraban tanto en el reino franco como en el inglés. Monjes y monjas cumplían una regla común bajo un superior común.

A menudo, este jefe era una abadesa, en lugar de un abad. Muchas abadesas pertenecían a las casas reales, sobre todo, en la Inglaterra anglo-sajona. Por ejemplo, en el reino de Northumbría, Santa Hilda fundó el monasterio de Whitby en el año 657. En su calidad de abadesa, era responsable de conceder al estudio un importante papel en la vida del monasterio; cinco futuros obispos se educaron bajo su tutela. A las mujeres intelectuales, los monasterios les brindaban oportunidades para el aprendizaje, que no se encontraban en ninguna otra parte de la sociedad de su época.

Las monjas de los siglos VII y VIII no siempre estaban enclaustradas tan rigurosamente como en otros tiempos y por consiguiente, tuvieron la oportunidad de desempeñar un importante papel en la difusión del cristianismo. El gran misionero inglés Bonifacio dependió de las monjas de Inglaterra en cuestiones de dinero y libros. También solicitó a la abadesa de Wimborne que le enviara grupos de monjas, con el fin de establecer conventos en las recién convertidas tierras germanas. Una monja llamada Leoba estableció el primer convento en Germania, en la ciudad de Bischofsheim.

Resulta difícil valorar lo que significaba el cristianismo para los paganos conversos, sobre todo, a los campesinos a quienes los monjes irlandeses e ingleses les dedicaron sus mayores esfuerzos, Tal y como lo recomendó el papa Gregorio, las creencias y los valores cristianos solían imponerse por encima de las costumbres paganas.

Aunque eficaz para obtener rápidas conversiones, es una pregunta sin respuesta saber cuánta gente, en verdad, entendió la doctrina cristiana. La creencia popular tendía a concebir a Dios corno un juez, al cual era necesario apaciguar con objeto de evitar los desastres en la vida cotidiana y para obtener la salvación. A excepción de la promesa de salvación, esa imagen de Dios no era del todo diferente en las prácticas religiosas romanas.

Una Abadesa anglosajona: Hilda de Whitby

Hilda, abadesa del monasterio de Whitby, constituye un buen ejemplo de las abadesas de la realeza en la Inglaterra anglosajona, las cuales desempeñaron importantes papeles en las instituciones monásticas inglesas. Hilda fue muy conocida por su vida ejemplar y su gran aprecio por el conocimiento. Esta narración de su vida está tomada de la obra de Beda, a quien muchos consideran el primer historiador importante de la Edad Media.

Beda, Historia eclesiástica del pueblo inglés

Durante el siguiente año, es decir, el año del Señor de 680, Hilda —abadesa del monasterio de Whitby—, la más devota sirviente de Cristo, falleció para recibir la recompensa de la vida eterna el 17 de noviembre, a la edad de sesenta y seis años, tras cumplir una vida plena de hechos celestiales.

Su vida se dividió en dos partes iguales, pues pasó treinta y tres años de la manera más noble, dedicada a ocupaciones seculares, y consagró el resto de su vida, de una forma aún más noble, a nuestro Señor, en la vida monástica. Fue noble de nacimiento, hija de Hererico, sobrino del rey Edwin, con quien recibió la fe y los sacramentos de Cristo mediante la prédica de Paulino, de bendita memoria, quien fue el primer obispo de los northumbrianos, fe que ella conservó hasta que fue considerada digna de verlo en el cielo…

Cuando por algunos años gobernó este monasterio (Heruteu), se ocupó de manera constante en cimentar la vida regular; además de eso, emprendió la fundación u organización de un monasterio en un lugar conocido como Streaneshalch, y llevó a cabo esta misión encomendada con gran energía. Estableció la misma vida regular como lo hizo en su anterior monasterio, y enseñó el cumplimiento de la justicia, la devoción, la pureza y otras virtudes, pero, sobre todo, de la paz y la caridad. Según el ejemplo de la iglesia primitiva, nadie allí era rico o pobre, pues todo era de propiedad comunal, y ninguno disponía de propiedad personal alguna.

Tan grande era su prudencia, que no únicamente las personas ordinarias, sino los reyes y príncipes, solían acudir a pedirle consejo para sus dificultades. A aquellos que estaban bajo su dirección se les exigía hacer un estudio cabal de las Escrituras y ocuparse en hacer buenas obras, con objeto de que muchos pudie. ran ser aptos para las Sagradas Órdenes y para el servicio del altar de Dios. Posteriormente, de este monasterio se eligieron cinco obispos: Bosa, Hedda, Oftfor, Juan y Wilfrido, todos ellos con méritos y santidad sobresalientes…

La sirviente de Cristo, la abadesa Hilda, a quien llamaron Madre por todos sus conocimientos y por su maravillosa devoción y gracia, no sólo constituyó un ejemplo para los miembros de su propia comunidad por su vida santa, sino porque brindó enmienda y salvación a muchos que vivían muy lejos, al oír la inspiradora historia de su diligencia y bondad… Cuando Hilda gobernó por muchos años este monasterio agradó (plugó) al Autor de nuestra salvación probar su santa alma con una larga enfermedad, para que —al igual que los apóstoles— su fuerza se perfeccionara en la debilidad.

La consumió una fiebre ardiente que la agobió durante seis años; pero, durante todo este tiempo, nunca cesó de dar gracias a su Creador, o de instruir a la congregación bajo su responsabilidad, tanto pública como privadamente. Mediante su propio ejemplo, a todos les enseñó a servir a Dios con rectitud, cuando gozaran de salud; y de darle gracias fielmente cuando se encontraran con dificultades o débiles de cuerpo.

En el séptimo año de su enfermedad, sufrió dolores internos, y su postrer día llegó. Al amanecer, recibió el viático de la sagrada comunión y, convocando a todos los siervos de Cristo del monasterio, los urgió a que conservaran la paz evangélica entre ellos y con los demás. Y mientras aún hablaba, gozosa dio la bienvenida a la muerte y, en las palabras de nuestro Señor, pasó de la muerte a la vida.

Fuente Consultada: Civilizaciones de Occidente Volumen A