Imperialismo Americanano: «Gran Garrote» Causas de la expansión colonial

Biografia de Cecil Rhodes Colonizador y Politico

Biografía de Cecil Rhodes – Político Inglés

El sentido y la práctica imperialista de la política británica en la segunda mitad del siglo XIX parece polarizarse en la persona de Cecil Rhodes, fundad imperio británico en el África austral.

Hombre de negocios y estadista, Rhodes fue, sobre todo, un hombre de acción, dotado de una mirada de águila para abarcar los problemas políticos y territoriales de los grandes espacios.

Cecil Rhodes
Cecil John Rhodes ​ fue un empresario, colonizador y político británico. Gran defensor de la colonización, fundó el país que a su muerte llevaría su nombre, Rodesia, cuyo territorio está actualmente dividido entre Zambia y Zimbabue.
Fecha de nacimiento: 5 de julio de 1853, Bishop’s Stortford, Reino Unido
Fallecimiento: 26 de marzo de 1902, Muizenberg, Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

Su actividad fue muy criticada por sus adversarios, incluso dentro de Inglaterra. Realmente fue dura y sin misericordia para los boers.

Pero en la actualidad, difuminados los recuerdos de aquella contienda, Rhodes parece elevarse al plano de los grandes creadores de imperios de todas las épocas. Su nombre será recordado siempre por el de las dos Rhodesias territorios que incorporó a la vida universal y a la civilización moderna.

Nacido en Bishop Storford (Hertfordshire) el 5, de julio de 1853, en el seno de una familia numerosa dedicó en sus primeros años al estudio de las letras con el propósito de abrazar la misma carrera que su padre, eclesiástico de la localidad.

Pero a causa de lo muy delicado de su salud, a los dieciséis años intenrrumpió sus estudios y marchó a Natal, donde su hermano Herberto estaba empleado como mozo de una granja.

El descubrimiento de las minas de Kimberley (1870) le proporcionó las bases de una pequeña fortuna. A los diecinueve años regresaba a Inglaterra y se maticulaba en Oxford.

Pero su salud, en apariencia restablecia, recayó de nuevo en mal estado, de modo que en 1873 regresó al África austral.

Desde este momento, a pesar de nuevas estancias en la patria, su vida queda vinculada a la región meridional del continente negro que él — muchacho de veintiún años — había ya concebido como lugar apropiado para la expansiónimperial de Inglaterra.

En 1881, Rhodes se acreditó como financiero amalgamando varias sociedades diamantíferas con la compañía De Beers. La explotación de las minas Griqualand y del Rand le permitió acumular riquezas más riquezas.

En 1881 entró a formar parte de la asamblea del Cabo con un programa político definido:la federación de las colonias inglesas con los estados boers del África austral en un plan de igualdad, bajo el dominio de la Corona.

Mientras se promovían las primeras diferencias entre Rhodes y Krüger, el primero obtenía la erección del protectorado del Betchuanaland (1884) y la creación de la British Souht Chartered Company (1889), la cual estableció el dominio inglés en la región del Zambeze medio, dando origen a las dos Rhodesias.

Estos actos, considerados por las repúblicas boers como signos de hostilidad, elevaron a Rhodes a la presidencia de la colonia del Cabo (1890), que desempeñó durante seis años con mano de hierro.

Su política imperialista preparó el terreno para la guerra angloboer. En enero de 1896 presentó la dimisión de su cargo por haberse descubierto que alentaba a los agitadores británicos en el Transvaal.

Entonces se dedicó a la Rho-desia, país que logró pacificar con su autoridad. Al estallar la lucha entre los ingleses y los boers, corrió los avatares de la misma. Agotado por el asedio de Kimberley, murió en Muizenberg el g6 de marzo de 1902, antes de que se firmara la paz.

fuentes

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Biografia de Chamberlain Joseph Politico Ingles

Biografía de Chamberlain Joseph

La influencia de José (Joseph) Chamberlain en la afirmación de la ideología imperial británica fue realmente pro funda en los decenios situados a caballo del cambio de siglo.

Con una perspicacia política casi genial, contribuyó a difundir un nuevo concepto de las relaciones entre la metrópoli y los dominios, señalando el mutuo interés que debía presidirlas.

Chamberlain Joseph
Joseph Chamberlain fue un influyente empresario y político inglés, defensor del imperialismo en política exterior y de la reforma social en política interior. Fue el padre de Austen Chamberlain y Neville Chamberlain.
Fecha de nacimiento: 8 de julio de 1836, Camberwell, Londres, Reino Unido
Fallecimiento: 2 de julio de 1914, Londres, Reino Unido
Educación: University College School Junior Branch (1850–1852)

Por otra parte, sus teorías económicas representaron un cambio de orientación librecambista de los gobiernos y los industríales ingleses. Tanto en éste como en aquel aspecto de su situación, Chamberlain destaca sobre la mediocridad de los políticos que dirigieron los destinos de Inglaterra después del período de Disraeli-Gladstone.

Tercer hijo de otro José Chamberlain, interesado en el negocio de zapatos, el que nos ocupa nació en Londres el 8 de julio de 1836. Fue educado en Canonbury y en el University College de Londres.

Al terminar sus estudios en 1852, trabajó algún tiempo en la industria de su padre, hasta que a los dieciocho años de edad fue enviado a Birmingham para representar allí los intereses de la firma paterna.

De este modo vinculóse el nombre de Chamberlain al de Birmingham. En esta ciudad hizo una gran fortuna, empleando nuevos métodos de actuación comercial.

Pudo retirarse del negocio en 1874, y desde este momento se dedicó de lleno a la vida política, en la que había empezado a intervenir en 1868 reorganizando el partido liberal de Birmingham.

Elegido concejal en 1869, ocupó la alcaldía de 1873 a 1876. En esta época se le consideraba casi como un republicano por sus ideas liberales avanzadas. Sin embargo, en ocasión de la visita del príncipe de Gales — el futuro Eduardo VII —- a Birmingham (1874), desmintió la opinión pública sobre su ideología.

En 1876 fue elegido diputado al Parlamento por un distrito de Birmingham.

En la Cámara de los Comunes destacó por sus vastos conocimientos económicos, por lo que, después del triunfo electoral de Gladstone en 1880, fue nombrado presidente del Board of Trade, como representante de la fracción radical del liberalismo inglés.

En este período su actuación fue condicionada por la cuestión irlandesa. Chamberlain era partidario de una autonomía administrativa; pero no de una autonomía legislativa, que consideraba como preliminar de la separación de Irlanda.

Después de las elecciones generales de 1885, aceptó el cargo de presidente de la Oficina de Administración local con la creencia de que el proyecto de Home Rule de Gladstone abarcaba únicamente la esfera administrativa.

Al comprender que se había equivocado, renunció a su cargo, combatió al ministerio en el Parlamento y junto con los liberales disidentes provocó la derrota de Gladstone (7 de junio de 1886).

Los unionistas apoyaron al gobierno conservador de 1886 a 1892, exigiendo de él una serie de amplias medidas sociales. Cuando Gladstone volvió al poder en 1892, Chamberlain fue de nuevo el jefe de la oposición al Home Rule, que esta vez naufragó en la Cámara de los Lores.

Desde 1889, el antiguo político radical había elaborado un concepto imperial de la política inglesa, que desarrolló desde el ministerio de las
Colonias al ser llamado a ocupar este cargo en el gabinete unionista de lord Salisbury en 1855.

Su visión del problema boer motivó la guerra contra las repúblicas de Orange y Transvaal, que él caañi una tenacidad inquebrantable. Entonces fue considerado como la encarnación del más típico su imperialismo inglés.

Pero terminada la guerra, se trasladó África austral (1902), donde patrocinó una aproximación entre británicos y boers. Esta política de unidad imperial le condujo a aceptar algunos principis proteccionistas que hicieran efectivos losvinculos entre Inglaterra y sus dominios y colonias.

En desencadenó una campaña de opinión, contra la que se levantaron un sinfín de protestas. Los unionistas acaudillados por Chamberlain, se presentaron con un programa de reformas aduaneras en las 1906. Pero sufrieron una derrota espantosa.

Chamberlain murió el 2 de julio de 1914, al borde la crisis bélica y política que iba a determinar la implantación de sus doctrinas.

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Formación del Segundo Reich II Alemán Política de Bismarck

RESUMEN ORGANIZACIÓN SEGUNDO REICH ALEMAN: POLITICA DE BISMARCK

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: En el curso de los años inmediatamente anteriores a la guerra de 1914,105 conflictos diplomáticos no se explican más que en el marco de las transformaciones económicas y sociales. El desarrollo industrial y su ritmo acelerado, el impulso del capitalismo financiero, los conflictos entre los grupos sociales, el amplio movimiento de emigración, la extensión de los deberes y cargas militares: todo esto condiciona la política de las potencias. Pero uno de los rasgos esencialef de la época será la afirmación vigorosa del sentimiento nacional.

La Alemania de Bismarck, orgullosa de su fuerza, se apoya en tradiciones y en principios permanentes para justificar su afán de conquista. Las minorías que componen la vieja monarquía austríaca afirman su derecho a la independencia, con una violencia que sacude al imperio hasta sus raíces.

Los nacionalismos apasionados conducirán a los pueblos a la guerra, en la que la supremacía europea desaparecerá. El nacionalismo alemán es especialmente dinámico. Su orgullo por los progresos científicos y técnicos se mezcla a una exaltación del pasado, al culto de lo «colosal», e intelectuales como Nietzsche y Wagner glorifican el espíritu germánico.

EL SEGUNDO REICH
El 18 de enero de 1871, la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles retumbaba con los «hoch» y los «hurrah» de la multitud: aquél era el lugar solemne e histórico, elegido por el «canciller de hierro», Otón von Bismarck, para proclamar la unidad del «Reich» alemán, mientras la corona imperial pasaba a ceñir las sienes del rey de Prusia, Guillermo I. Este se hallaba rodeado de generales, de banderas de los regimientos que acababan de vencer a Francia, de príncipes y reyes alemanes que, con mayor o menor entusiasmo, aceptaban la hegemonía prusiana.

El honor de  aquella jornada correspondía, sin duda, al canciller Bismarck, el cual, desde que había sido nombrado primer ministro de Prusia, en 1862, se había propuesto como finalidad esencial la unidad alemana. Ya hemos visto las grandes etapas recorridas: la guerra de los ducados (1863), la guerra contra Austria (1866) y contra Francia (1870-1871).

Bismarck veía ineludible el enfrentamiento con Austria y confiaba en la guerra como el camino para conseguir 1; unidad. A este fin, preparó tres guerras sucesivas: una contra Dinamarca (1864), mediante la que se anexionó lo: Ducados de Schleswig y Holstein; otra contra Austria (1866), por la cual consiguió la disolución de la Confede ración Germánica y la formación de la Confederación d« la Alemania del Norte, que reunía a 23 Estados alemanes y la última contra Francia (1870), gracias a la cual consiguió el acercamiento de los Estados del sur a Prusia, qus hasta el momento habían estado más vinculados a Austria, así como la anexión de Alsacia y Lorena a la nueva nación alemana.

Bismarck canciller del segundo ReichBismarck había considerado entonces que la nación alemana, «estrechamente unida en una cólera común», estaba madura para constituir un imperio, cuyo emperador sería el rey de Prusia. El derecho imperial prevalecería sobre el regional, y los príncipes del Sur, hasta entonces independientes y soberanos, ya no serían más que vasallos, subordinados.

El hábil canciller tuvo que negociar, día tras día, con los diplomáticos de Hesse, de Baviera, de Wurtemberg, hasta que todos ellos se resignaron —incluso Guillermo I, que aceptaba con reticencias «aquella cruz que pesaría sobre sus espaldas»—, y se proclamó el imperio, el día del aniversario de la coronación de Federico I, en Koenigsberg.

Pero el imperio estaba sin organizar aún. Para ello, Bismarck deseaba establecer un «absolutismo justo, benévolo, razonable». La idea del Estado era para él mucho más importante que la de nación, y no se preocupaba de los que intentaban hacer de Alemania una comunidad mística. Según Bismarck, los alemanes, abandonados a sí mismos, no valían nada, caminaban hacia la anarquía.

El imperio se componía de veinticinco Estados, entre ellos tres repúblicas: Hamburgo, Bremen y Lubeck. Cada Estado conservaba instituciones, constitución y gobierno propios. Justicia, instrucción pública, cultos, obras públicas, administración local eran de la competencia de los gobiernos particulares. Algunas monarquías conservarían también un ejército propio, pero bajo el mando supremo del emperador.

El gobierno del Reich predominaría sobre los de los veinticinco Estados, y se compondría de la Cámara de Diputados o Rekhstag, del Consejo Federal o Bundesrat, del canciller y del emperador. El Rekhstag era elegido por sufragio universal: tenían voto todos los alemanes mayores de veinticinco años. El Bundesrat era una asamblea de plenipotenciarios, personajes importantes en sus estados, nombrados por los príncipes y por las tres ciudades republicanas. Ambas asambleas confeccionaban las leyes y las sancionaban, juntamente con el canciller.

La ley votada entraba en vigor inmediatamente, sin que el emperador pudiese aplazarla ni oponerle el veto. Sin embargo, sólo el emperador nombraba o destituía al canciller. Al emperador correspondía también el derecho de declarar la guerra o de disolver el Reichstag, con la sola aprobación del Bundesrat. El gobierno del imperio regía las relaciones exteriores, la defensa nacional, las aduanas, Alsacia y Lorena, la economía general. Extraña particularidad: no había Consejo de Ministros.

EL CANCILLER
Todo descansaba sobre los hombros del canciller: él era todo el ministerio. Otra particularidad: Prusia tenía más importancia que todos los otros estados reunidos. Era el estado más extenso —351.000 kilómetros cuadrados, de los 541.000 que componían la totalidad de Alemania— y el más poblado —25 millones de habitantes, de un total de 41 millones—. El emperador, presidente de la Federación, era, al mismo tiempo, rey de Prusia, mientras que el canciller era presidente del Consejo1 prusiano y algunos de sus secretarios de Estado eran ministros de Guillermo I.

Prusia imponía sus directrices a toda Alemania. Atenuaba el unitarismo cuando quería defender las prerrogativas prusianas, y lo reforzaba en la medida en que le aseguraba la dirección del Reich. Bismarck manejaba magistralmente aquella delicada maquinaria que él mismo había creado.

Tenía sesenta y cinco años. Conservaba la misma dura máscara, la misma franqueza brutal, la misma ironía despectiva. Vivía en la misma tensión, con la misma desconfianza hacia sus colaboradores, con los mismos odios rumiados a lo largo de los mismos insomnios. Guillermo I le hizo príncipe y le donó un inmenso territorio, de modo que se convirtió en uno de los más grandes propietarios de Alemania.

Bismarck solía decir: «Cuando se haya olvidado mi política, se me recordará por todos los árboles que he plantado». Pasaba varios meses del año en sus tierras, y, cuando volvía a Berlín, daba espléndidas fiestas, durante las cuales argumentaba, explicaba, convencía: «Primero, viene la nación, su posición en el exterior, su independencia, nuestra organización… Todo lo que viene después, constitución liberal, reaccionaria, conservadora…, yo lo dejo en segundo plano; es un lujo de instalación, en el que ya tendremos tiempo de pensar, cuando la casa esté sólidamente construida… No me interesa la doctrina. Empecemos por edificar un conjunto sólido».

EL FINAL DEL CANCILLER DE HIERRO
El 9 de marzo de 1888, a la edad de noventa y un años, moría el emperador Guillermo I. Bismarck, después de ensalzar su memoria en el Reichstag, vencido por la emoción, se agarró la cabeza entre las manos y lloró. El nuevo emperador Federico I (III de Prusia) era un hombre sencillo, culto, que habría deseado introducir en el sistema de Bismarck ideas liberales, pero estaba enfermo de cáncer, y moriría dos meses después.

Con la subida al trono de Guillermo II, se afirmó el nacionalismo. Guillermo II recordaba sin cesar a su «inolvidable abuelo», pero, contrariamente a él, gustaba de la fama, del esplendor, de la apariencia, de las proclamaciones ampulosas y de los retos pueriles. Representaba su papel con una pompa casi teatral. Bismarck le comparaba con un «capitán de barco, sentado sobre un barril de pólvora, y con el cigarro en la boca», pero, considerándose indispensable, no sentía la menor inquietud acerca de su porvenir.

Sin embargo, el joven emperador pretendía gobernar por sí mismo. No tardó en producirse el choque, porque se enfrentaron, tanto en política exterior como en las cuestiones sociales, pues Guillermo quería practicar una política menos severa respecto a los socialistas. El viejo   canciller   dimitió,   el   20   de   marzo de 1890, y se retiró a su tierra de Varzin, donde moriría, en 1898, después de meses de insomnios, de pesadillas, de visiones trágicas: «Este edificio que yo he levantado, piedra por piedra, me lo destruirán». Y sus últimas palabras fueron: «¡Pero Alemania!  ¡Ay!  ¡Alemania!».

LOS NUEVOS DUEÑOS
En todas partes, la caída de Bismarck había producido el efecto de enorme alivio. «Cada cual —escribe Hohenlohe— se sentía un personaje, mientras que antes todos estaban empequeñecidos, reducidos». Y el emperador no era una excepción. En un discurso de 1891, declaraba, efectivamente: «En el imperio no hay más que un solo señor, que soy yo, y no toleraré a ningún otro». Hasta la primera guerra mundial, hubo cuatro cancilleres: el general von Caprivi, el príncipe von Hohenlohe, el príncipe von Bülow y Teobaldo von Bethmann-Hollweg.

Suceder al canciller de hierro era difícil. Caprivi lo sabía. Hombre de carácter, espíritu independiente, conocía la vida parlamentaria, pero ignoraba la política exterior. Hizo votar las leyes sociales que Bismarck había rechazado y negoció tratados comerciales, pero se quejaba de haber sido apartado de las gestiones diplomáticas, y se retiró en 1894.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

El Neoimperialismo Occidental Dominación a Países Pobres

El Neoimperialismo Occidental
La Dominación a los Países Pobres

El sistema internacional que surgió de la Segunda Guerra Mundial fue diseñado y dominado por las naciones desarrolladas. Salvo los países íinoamericanos, la mayoría de los países del Tercer Mundo seguían bajo dominio colonial. Aunque entre los gobiernos europeos predominaba el sentimiento genuino de que la descolonización era justa y correcta, otras razones explican los cambios en este sentido después de 1945.

Económicamente, Francia y el Reino Unido no podían seguir manteniendo compromisos de envergadura en el extranjero. Es más, pensaron que podrían conservar las ventajas del colonialismo a la vez que concedían la independencia a sus colonias. Los nuevos países independientes no tuvieron otra opción que participar en un sistema internacional y en un orden económico ya existentes que reflejaban las necesidades del mundo desarrollado. Así, el Reino Unido y Francia comprobaron que se podía responder a las demandas de independencia sin sacrificar los beneficios de las relaciones comerciales y económicas. Estados Unidos desarrolló relaciones similares con América Latina.

El cambio no fue automático, no obstante, y los movimientos nacionalistas tuvieron que organizar frecuentes protestas masivas e incluso enfrenta-mientos armados contra el poder colonial Con el enorme gasto realizado por el Reino Unido y Francia en la Segunda Guerra Mundial, y la subsiguiente independencia de India en 1947, parecía inevitable el progreso de la descolonización.

Gandhi, líder de India

Gracias a su filosofía de la no violencia, La India consiguió su independencia del Imperio Británico.

El dominio económico actual
La ayuda por sí sola suele constituir únicamente una pequeña parte de las finanzas que necesita un país para funcionar correctamente. En cuestión de transacciones económicas de envergadura, ha sido Occidente y no el Este quien ha dominado al Tercer Mundo. El dominio económico del Tercer Mundo ejercido por las naciones industrializadas desarrolladas suele denominarse neoimperialismo.

Juntos, los 24 estados occidentales más ricos constituyen el 60% de la producción industrial mundial, el 73% del comercio mundial y el 80% de toda la ayuda a los países en desarrollo. Más importante aún es el hecho de que todos los grandes bancos comerciales se encuentran en Occidente, así como las dos mayores instituciones financieras del mundo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. En su origen, el FMI y el Banco Mundial ayudaron a Europa a reemprender el desarrollo después de la II Guerra Mundial, pero a medida que los países del Tercer Mundo adquirían la independencia, también ellos recurrieron a estas organizaciones. Junto a los bancos comerciales, éstas concedieron préstamos de dinero para el desarrollo del Tercer Mundo y (desde 1989-1991) a Europa del Este.

Las difíciles condiciones económicas internacionales de los decenios de 1970 y 1980 estuvieron marcadas por la subida del precio del petróleo y el deterioro de los términos de intercambio de muchas otras materias primas. Los países en desarrollo se veían obligados a pagar más por el petróleo pero recibían menos por sus propias exportaciones. Así, se veían a su vez conminados a endeudarse con los bancos comerciales, que en aquella época tenían mucho que prestar porque manejaban ingresos del petróleo.

No obstante, con la recesión económica en Occidente, subieron los tipos de interés y los países del Tercer Mundo se vieron obligados a pagar más intereses de los que tenían previstos. Entretanto, se reducían los ingresos por exportaciones. Sobre todo después de 1982, los bancos comerciales se mostraron reticentes a conceder más préstamos de envergadura a los países del Tercer Mundo, que recurrieron cada vez más al FMI.

El FMI, aportaba dinero sólo si el país organizaba su planificación y administración económica con la aprobación del Fondo. Así, estos países tuvieron que hacer concesiones a las exigencias de la banca, lo cual hizo empeorar las condiciones de vida para los habitantes del Tercer Mundo.

En efecto, para muchos de estos países, el pago de los intereses sobre el crédito absorbe la mayor parte de los ingresos recibidos por las exportaciones, lo que deja un escaso margen para el desarrollo o incluso para el mantenimiento de instalaciones e infraestructura existentes (escuelas, hospitales, sistemas de transporte, etc.). Hacia finales de los ochenta, el dinero que varios países africanos pagaban por la deuda (préstamos e intereses) superaba a cualquier otro concepto de exportación de capital.

Los países más deudores del mundo se encuentran en América Latina. Las deudas de México, Brasil y Argentina juntas son tan grandes que se cree que cualquier negativa o incapacidad de devolverlas provocaría el caos en el sistema bancario occidental. En este hecho reside la vulnerabilidad de los bancos de crédito frente a sus prestatarios.

La comisión Brandt

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McNamara (presidente del Banco Mundial), pidió a Willy Brandt para dirigir la Comisión independiente de cuestiones relativas al desarrollo internacional (Comisión Norte-Sur). Después de casi tres años de investigación, el 12 de febrero de 1980, la Comisión presentó su análisis, designado de Informe Norte-Sur o Informe Brandt

El Informe Brandt fue el plan de mayor alcance para enfrentar los problemas de la deuda y del lento desarrollo, y fue implementado en 1979. Fue redactado por la Comisión Independíente para Temas de Desarrollo Internacional, presidida por Willy Brandt (1913-1992), ex Canciller de Alemania Federal.

El Informe proponía cuatro paquetes básicos de recomendaciones:

1. Un programa mundial de alimentación que estimulara la producción agrícola en el marco de la lucha contra los azotes del hambre 2. Un programa anergético mundial; 3, Mayor participación del  Tercer mundo en instituciones como el FMI o el Banco Mundial; 4. El punto más importante a medio plazo: aumentar la ayuda financiera a los países del Tercer Mundo, tanto en subsidios como en préstamos de bajo interés, y en la reducción o cancelación de parte de la deuda, medida que contribuiría a que estos países salieran del ciclo de la deuda y recomenzaran el proceso de desarrollo. En el Informe también se señalaba que el alto gasto en armas de los países desarrollados de Occidente resta recursos potenciales a los empobrecidos países del Tercer Mundo.

A pesar de que el Informe Brandt sostenía que su contenido reforzaba los intereses de occidente, los gobiernos le prestaron escasa atención. No obstante, contribuyó a que la opinión pública en Occidente tomara conciencia de las medidas que se podían y debían adoptar en aras del beneficio mutuo.

La ayuda en el presente
A pesar de la negativa de los gobiernos occidentales a implantar las propuestas del Informe Brandt (ver recuadro), Occidente ha llevado a cabo acciones para responder a las condiciones de emergencia. El hambre en Etiopía y en Mozambique recabó ayudas urgentes gubernamentales e individuales. En muchos países existen organizaciones voluntarias profundamente comprometidas con la captación de fondos para los que sufren hambre en el Tercer Mundo. El proyecto Band Aid de Bob Geldof fue un ejemplo de trabajo realizado por los ciudadanos para recoger dinero para quienes padecen hambre.

El problema de la ayuda de emergencia es que a menudo no se dirige a los asuntos fundamentales. En Ruanda, por ejemplo, no se ha podido resolver el enfrentamiento básico entre los pueblos tutsi y hutu. En Mozambique, la guerra entre el gobierno y los rebeldes apoyados por Sudáfrica ha vulnerado toda posibilidad de desarrollo nacional hasta la celebración, en noviembre de 1994, de elecciones generales aceptadas de antemano por ambos bandos.

Brandt tenía razón al decir que las relaciones norte-sur son tan importantes como las relaciones este-oeste. La tragedia del siglo XX es que, mientras una parte del mundo se ha desarrollado, la parte más sustancial ha perdido su oportunidad para el desarrollo, precisamente en este siglo. Es una pérdida que a largo plazo podría hacer peligrar el bienestar del mundo desarrollado.

Republica de Weimar Crisis Final del Primera Guerra Mundial

República de Weimar 
Final del Primera Guerra Mundial

Finalizada la Primera Guerra Mundial con la abdicación, en 1918, del káiser Guillermo II dio lugar a la proclamación en Alemania de la República de Weimar cuya presidencia quedó en manos del socialista Ebert. La vencida Alemania inició la experiencia de un régimen democrático en unas condiciones políticas y económicas muy adversas.   La nueva República, nacida en medio del desastre militar, tuvo que asumir la derrota y aceptar las duras condiciones de paz impuestas por los vencedores en el Tratada de Versalles. Además, la crisis económica y el desorden político radicalizaron las posturas de los alemanes y, poco a poco, los fue conduciendo al nacionalsocialismo.

ALEMANIA Y  LA REPÚBLICA DE WEIMAR
Friedrich EbertLuego de la derrota militar y de la abdicación del emperador Guillermo II, en Alemania se intentó consolidar una república. Las fuerzas policíacas que apoyaban la constitución de una república eran el Partido Socialdemócrata que representaba a los obreros de tendencia reformista, liderado por Friedrich Ebert
(imagen), el Partido Demócrata Alemán y el Partido de Centro Católico, representantes de la burguesía liberal. La república contó también con el apoyo del ejército.

A esta alianzas se opusieron otros sectores obreros de tendencia revolucionaria que organizaron la Liga Espartaquista, que intentaron tomar el poder por medio de una insurrección popular, siguiendo el ejemplo bolchevique, pero fueron derrotados por el ejército.

A los pocos días del fin de la insurrección espartaquista, en febrero de 1919, se reunió una Asamblea constituyente en Weimar, que adoptó la forma republicana de gobierno, con un Presidente —F. Ebert ocupó ese cargo— y un Parlamento bicameral —el Reichstag y el Reichsrat— elegidos por sufragio universal.

Pero la República de Weimar —apoyada por socialdemócratas y burgueses moderados— no logró consolidarse. No contó con el apoyo de los sectores más poderosos de la burguesía industrial cuyos intereses se veían obstaculizados por la presencia en el gobierno de representantes de los obrero5 que impulsaban reformas.

Además, el gobierno republicano se propuso cumplir las obligaciones impuestas a Alemania por los tratados de paz —reparaciones y pérdidas territoriales— aun cuando la mayoría de la población no estaba de acuerdo y se oponía a ello. Entre 1919 y 1923 la crisis se profundizó. El gobierno obtuvo cada vez menos votos y los grandes capitalistas financieros impulsaron una especulación que agravó la crisis económica y la hiperinflación que desestabilizaron definitivamente a la República.

La crisis de la República: La República de Weimar, basada en una Constitución ampliamente democrática, fue incapaz de encontrar el equilibrio necesario para dar estabilidad al régimen. Los primeros años de la nueva República estuvieron marcados por diversos golpes de fuerza que, tanto desde la derecha como desde la izquierda, pretendían acabar con el régimen. En 1919, en Berlín, se produjo la insurrección de los espartaquistas, que tenía como objetivo proclamar un gobierno de consejos obreros que seguiría el modelo soviético. La revuelta fue duramente reprimida y desde entonces la República se ganó la oposición del Partido Comunista Alemán.

Sin embargo, fueron los grupos nacionalistas más radicales los que llevaron a cabo diversas tentativas de golpe de estado con el apoyo de una buena parte del ejército, nostálgico del viejo orden imperial y receloso ante las claudicaciones de Versalles. De este modo, en 1920 un sector del ejército que había sido desmovilizado ocupó Berlín y colocó en el gobierno a un alto funcionario prusiano, Kapp. Rápidamente estalló una huelga general en Berlín y en el Ruhr, que hizo fracasar la insurrección militar. Pocos años después, en 1923, Adolf Hitler protagonizó un putsch en Munich con el apoyo del general Ludendorff, pero fracasó.

La situación económica atravesaba también un momento muy difícil. El endeudamiento de guerra y las fuertes reparaciones que Alemania tenía que pagar a los vencedores originaron un aumento vertiginoso de la inflación, que fue acompañada de una espectacular caída del marco alemán. Los precios y los salarios variaban a lo largo de un mismo día como consecuencia de la inflación y de la pérdida de valor de la moneda. Las personas que vivían de capitales fijos, rentas, alquileres, etc., se arruinaron y una buena parte de las pequeñas empresas tuvieron que cerrar, lo cual provocó una subida de los índices de desempleo.

La crisis llegó a su cenit en 1923, cuando los alemanes no pudieron pagar las deudas de guerra contraídas con Francia y las tropas galas ocuparon el Ruhr como garantía del cobro de las mismas, tal y como se había establecido en Versalles.

Entre 1924 y 1929 Alemania vivió un período de relativa estabilidad, pero la crisis de 1929, y más concretamente la retirada de los créditos americanos, agravaron las dificultades económicas y sumieron a Alemania en uña profunda crisis. En 1932 la producción había disminuido a la mitad con respecto a la de 1929.

El desempleo creció desmesuradamente, se pasó de un millón y medio de parados en 1929 a 6 millones en 1931. Los partidos gobernantes, la llamada Coalición de Weimar (Partido Socialdemócrata Alemán, Centro Católico y Partido Demócrata), fueron perdiendo el apoyo de los asalariados y de la pequeña burguesía empobrecida.

A partir de 1930 los diferentes gobiernos no tenían una mayoría coherente en el Parlamento y se apoyaban en el presidente de la República, que gobernaba por decreto. Se utilizaba con demasiada frecuencia el recurso de disolver el Parlamento y la inestabilidad ministerial (19 gobiernos en trece años) era la prueba de la fragilidad del sistema. El desorden político hacía crecer el deseo de un gobierno fuerte y estable.

Los líderes moderados de la endeble república carecían de experiencia en el ejercicio del poder. Con harta frecuencia entre 1918 y 1933 se agotaban en discusiones sin acertar a promover sus intereses comunes; con demasiada frecuencia colocaban sus órdenes en entredicho ante la fuerza bruta de los Freikorps, el Ejército o los grupos nazis paramilitares; en excesivas ocasiones pactaban con los extremistas, con la esperanza de comprometerlos en la gestión del gobierno. Mas la nueva constitución no podía por sí sola inculcar, de la noche a la mañana, hábitos ciudadanos en un pueblo cuya falta de experiencia democrática no hallaba parangón en ninguno de los países industrializados del mundo. En cualquier otra nación desarrollada, los moderados de Weimar hubieran lucido la etiqueta de conservadores. Sus jueces favorecían constantemente a los exaltados de derechas frente a sus oponentes de izquierdas. Gran número de maestros y profesores continuaban difundiendo las doctrinas de la política del poder y de la superioridad teutónica que contribuyeron, años antes, al estallido de la primera Gran Guerra. Muchos ciudadanos comenzaron a evocar con nostalgia los años de lucha y las glorias marciales, mientras se veían aherrojados a un sórdido presente de estériles rivalidades políticas y caos económico. Brotó por doquier un anhelo incontenible de unidad y disciplina; sus consecuencias, sin embargo, fueron fatales.

Después de años de tentativas infructuosas de solucionar el problema, lleno de carga emocional, de las reparaciones de guerra, la comisión aliada de reparaciones constituyó un equipo internacional de expertos en finanzas para fijar un programa de pagos hasta 1988. El grupo, presidido por el industrial americano Owen Young y con representación alemana por primera vez, diseñó un plan para aliviar la carga de la deuda de la nación derrotada y para estabilizar su sociedad dividida y sus relaciones con el resto del mundo.

El plan Young, presentado en París en junio, contenía las concesiones más favorables a Alemania que se habían hecho hasta el momento: los alemanes ya no deberían hacerse cargo del costo total de la reconstrucción; los pagos anuales se reducirían en un tercio, a unos 407 millones; se aboliría la supervisión aliada de la economía alemana junto a la comisión de reparaciones; se pagaría la deuda a una nueva banca internacional de la que Alemania sería miembro y Alemania podría declarar una moratoria parcial de los pagos durante los recesos económicos.

Los gobiernos estadounidense y alemán apoyaron el plan. Un enviado norteamericano escribió: «Todos los residuos de desconfianza y enemistad que se habían ido sedimentando desde el día del armisticio finalmente se han disuelto». No obstante, tres años después los pagos fueron suspendidos definitivamente.

Síntesis 2° Guerra Mundial

El Imperialismo Moderno La Expansión Capitalista Mundial

El Imperialismo Moderno – La Expansión Capitalista

La palabra imperialismo se utiliza frecuentemente para explicar la expansión territorial y el sometimiento por la fuerza que ejerce un pueblo poderoso sobre otro más débil. En este sentido, se puede hablar de imperialismo para referirse tanto a la expansión de los antiguos egipcios como a la persa o a la romana del siglo I d.C.

Sin embargo, a principios del siglo XX, el término imperialismo adquirió un significado más preciso. Algunos pensadores comenzaron a utilizarlo para explicar el proceso de expansión que en ese momento estaban protagonizando las potencias capitalistas El imperialismo no se refirió entonces a cualquier expansión, sino a una expansión particular.

El primero en intentar una definición teórica del imperialismo fue el economista liberal inglés John A. Hobson. En su obra Imperialismo, un estudio (1902), analizó la expansión colonial europea sobre África. Advirtió que en las metrópolis había un exceso de capitales y esto hacía que no hubiera inversiones rentables.

Para poder seguir obteniendo altas ganancias, los capitalistas buscaban invertir sus capitales en los mercados ultramarinos. Por ello es que los grandes inversores de los países industrializados presionaban a sus gobiernos para que éstos emprendieran una intervención política y militar en Africa. El estudio de Hobson puso entonces el acento en que el imperialismo era una expansión colonial que obedecía a la necesidad económica de los países industrializados.

Tomando como punto de partida la obra de Hobson, los revolucionarios marxistas  Lenin y Rosa Luxemburgo expusieron el punto de vista socialista para explicar el fenómeno del imperialismo.

En su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), Lenin sostuvo que el desarrollo del capitalismo lleva inevitablemente a una fase superior —la etapa imperialista—, cuyos rasgos principales son: la concentración de la producción y el surgimiento de los monopolios; la unión del capital bancario e industrial, que origina el capital financiero; la exportación de capitales; la asociación de monopolios internacionales que se reparten el mundo; el reparto territorial de todo el mundo por parte de las potencias europeas.

Lenin pensaba que la expansión de los monopolios y de las potencias imperialistas llevaría inevitablemente a un conflicto internacional, debido a que los capitalistas estaban obligados a buscar nuevos mercados. Cuando todos los mercados ya estuvieran repartidos la guerra sería inevitable.

Al mismo tiempo que Lenin y otros pensadores socialistas criticaban los efectos de la expansión imperialista, algunos dirigentes políticos de la época, como los ingleses Ceci Rhodes y Joseph Chomberlain o el norteamericano Theodor Roosevelt, la defendieron. La creían necesaria para garantizar la seguridad económica de sus naciones.

Muchos intelectuales británicos de la época ayudaron a difundir el ideal imperialista. Lord Rosebety afirmó en 1893: “Somos responsables de que el mundo, en la medida en que aún está por moldear, reciba un carácter anglosajón y no otro. El poeta Rudyard Kipling, por su parte, expuso la doctrina de la “responsabilidad del hombre blanco’. Creía que era un deber de las naciones blancas transmitir los logros de la civilización europea a los pueblos atrasados…

Teodoro RoosveltTheodor Roosevelt y el Gran Garrote. Theodor Roosevelt (1858-1919) El  presidente de los Estados Unidos en los primeros años del siglo XX. Su agresiva política exterior fine conocida con el nombre de Big Stick (Gran Garrote). En un discurso pronunciado en 1899, siendo aún vicepresidente, expresó: “El desarrollo de la paz entre las naciones está confinado estrictamente a aquellas que son civilizadas. Con una nación bárbara la paz es condición excepcional. En los confines entre la civilización y la barbarie, la guerra es generalmente normal.

Que los bárbaros sean el indio rojo en la frontera de los Estados Unidos, el afgano en los confines de la India Británica o el turcomano quien limita con el cosaco de Siberia, el resultado es el mismo. A la larga, el hombre civilizado encuentra que no puede conservar la paz más que subyugando a su vecino bárbaro, pues el bárbaro no cederá más que ante la fuerza […]. Toda expansión de civilización trabaja para la paz. En otros términos, toda expansión de una potencia civilizada significa una victoria para la ley, el orden y la justicia.  (…) En todos los casos la expansión ha sido un provecho, no tanto para la potencia que se beneficia nominalmente como para el mundo entero.”

Con base en la doctrina Monroe, el presidente Theodoro Roosevelt proclamó el derecho de Estados Unidos para ayudar a cualquier nación latinoamericana amenazada por intervención, así como para fomentar gobiernos políticamente estables.

Durante su mandato (1901-1908) impuso su visión de la doctrina mencionada por los medios más duros: la política del «gran garrote» (big stick), que se tradujo en presiones para con los gobiernos latinoamericanos, pérdida de soberanía, intervenciones militares, expansión de los monopolios y explotación de los recursos naturales.

Las tropas estadounidenses permanecieron en Santo Domingo de 1904 a 1924; Cuba estuvo ocupada militarmente de 1906 a 1909; Nicaragua experimentó la invasión militar entre 1909 y 1912; Honduras de 1910 a 1912; Guatemala sufrió las presiones comerciales de la United Fruit Company en 1905; y Haití vivió el desembarco de las tropas estadounidenses en 1914.

Las administraciones de Roosevelt, Taft y Wilson expresaron el reforzamiento de la hegemonía estadounidense en América Latina, en particular en la zona centroamericana y caribeña, en el rubro de la explotación agrícola (azúcar, café y plátano).

Los grandes monopolios como la United Fruit Company, la Santo Domingo Improvement o la American Sugar Refinial estuvieron presentes en las naciones centroamericanas: la economía de enclave se desarrolló en forma especial en el sector bananero, con lo cual las economías locales dejaron de percibir importantes ingresos.

Una gran infraestructura, ferrocarriles, puertos, etcétera, surgió como consecuencia de la necesidad de transportar los productos agrícolas al mercado estadounidense.

Ver: Los Tipos de Imperialismos y sus Consecuencias