Primeras Cárceles I

Caracteristicas de la Delincuencia Juvenil Causas Drogas Ley Calle

Características de la Delincuencia Juvenil
Causas y Drogas

CONCEPTO DE DELINCUENCIA: Conjunto de delitos entendido en términos generales y en relación directa con la sociedad en la que se manifiestan. En las últimas décadas, se ha registrado a nivel mundial un alarmante incremento de las actividades delictivas en los grandes núcleos urbanos, con proliferación de grupos organizados que, mediante la violencia y la agresión  física, han creado un clima de inestabilidad ciudadana: la actuación de estas bandas marginales se ha centrado en los asaltos domiciliarios, atracos a entidades bancarias y ataques con violencia sexual.

En este sentido, las cotas más altas de participación delictiva las ostenta la población juvenil; este tipo de delincuencia en el que participan jóvenes de 16 a 21 años constituye uno de los principales problemas con los que se enfrentan las naciones industrializadas y es consecuencia, entre otras cosas, de la superpoblación, el desempleo, la desvinculación de los valores tradicionales, y la carencia de espectativas, y se presenta como una respuesta a problemas de adaptación social.

El consumismo crea necesidades artificiales que la juventud no puede satisfacer y, como consecuencia, surgen desviaciones de la conducta social homogénea que inciden negativamente en la cohesión del sistema. Uno de los aspectos en los que se particulariza dicha situación es en la drogadicción, que en la actualidad está configurada como uno de los delitos más alarmantes dentro de la delincuencia juvenil. El índice de drogadictos, cada vez más jóvenes, y de politoxicómanos ha aumentado considerablemente en las últimas décadas.

La drogadicción constituye a su vez fuente generadora de otros delitos comunes, la mayoría de las veces robos y homicidios encaminados a obtener las grandes sumas de dinero que cuestan ciertos estupefacientes. El panorama de la delincuencia juvenil es objeto, hoy en día, de la atención de los medios de comunicación social y de la cultura. (Fuente Consultada: Actualizador Basico de Conocimientos Universales Tomo 1 – Editorial Océano)

Radiografía de una patota:

Los amantes de las estadísticas han descubierto también una tendencia sostenida hacia el crecimiento concreto de la delincuencia juvenil grupal, en detrimento de la individual.

Características de la delincuencia juvenil:

A—Predominaría, en efecto, la delincuencia en banda frente a la delincuencia ejercitada individualmente.
B—Las bandas están integradas por un número de personas que van de tres a ocho miembros.
C—Las bandas integradas por mayores y menores conjuntamente excedencias integradas exclusivamente por menores.
D—Son predominantemente constituidas por varones y en un número mínimo de casos por mujeres, conjuntamente.
E—Predominan los hechos de delincuencia violenta, especialmente robo, y con armas de fuego.
F—La Capital Federal y luego la provincia de Buenos Aires constituyen las áreas de más alto índice.
G—Los menores que integran las bandas vienen de sectores socioeconómicos desfavorecidos y con hogares desquiciados.
H—Comienzan a advertirse los primeros indicios de una creciente delincuencia de las clases media y alta.

patotas delictivas

Para Teodoro Newcomb, «una gran proporción de los robos los llevan a cabo muchachos que son miembros de pandillas de algún tipo. Está bien establecido ahora que tales muchachos, en general, no son más anormales, sociológicamente, que otros muchachos. En ciertos grupos las normas indican robar, tal como en otros grupos llevan a tomar té, o a rezar, o a jugar a los dados. No son los muchachos sino las normas las que son anormales desde el punto de vista de la sociedad. No es accidental —escribe Newcomb—, que tales pandillas sean características de las zonas pobres de la ciudad.

Los muchachos que viven en esas zonas se hallan sujetos a privaciones, y la pertenencia a las pandillas les proporciona ciertas compensaciones, ciertos sustitutos que la sociedad falla en dar. Las pandillas representan el esfuerzo de los muchachos por crear una sociedad para ellos mismoSj donde no existe nada adecuado para sus necesidades. En tales condiciones, el pertenecer a una pandilla de delincuentes se torna deseable para el muchacho medio de los barrios pobres. Los roles establecidos para tal pertenencia traen muchas satisfacciones.

Los muchachos más jóvenes se hallan motivados para entrar a tales pandillas porque observan las satisfacciones que los muchachos más grandes hallan al adoptar tales roles. La conducta delictiva es así parte de un rol que es atractivo bajo ciertas condiciones sociales».

Las leyes de la calle
Finalmente, para la doctora Pascual, «el fenómeno de la patota es un fenómeno natural que se dio en todas las épocas. Lo que hay ahora es una gran agresividad en toda la sociedad y el chico se ve impulsado a integrar un equipo que lo proteja precisamente de esa agresividad. Antes, por ejemplo, los «patoteros» iban juntos a bailar, rompían un foquito y tocaban los timbres. Hoy, la incidencia de la droga y la degradación social los empuja a cometer hechos vandálicos».

Un largo aunque muy rápido camino han transitado estos menores antes de ingresar de lleno en la ilegalidad. Las llamadas «instituciones básicas» le han vuelto la espalda y los irá empujando al precipicio del delito y a la sordidez de los reformatorios. La familia ya los ha expulsado con su indiferencia y sus degradaciones cotidianas. La escuela se ha desecho de ellos, incomprendiendo su realidad y marginándolos del resto. La sociedad, finalmente, les ha negado toda posibilidad de trabajo digno y los ha obligado «a dar el mal paso».

Esos menores desamparados se ven entonces impulsados casi naturalmente a refugiarse en el interior de un grupo, donde compartir los sinsabores de la vida con marginales de la misma estatura y donde sustituir los roles familiares perdidos por un nuevo orden que les garantice cierta estabilidad afectiva. En el seno de estas patotas, el líder asume una paternidad que muchos de esos menores no han tenido y ofrece, por lo tanto, un referente para esa personalidad que aún no se ha desarrollado.

Los nuevos «patoteros» aprenden allí las nuevas reglas, consistentes en ser valientes y solidarios con el grupo, rechazando de plano las normas que rigen el mundo adulto. Aprende un nuevo sistema de comunicación, una nueva organización y un nuevo escalonamiento de jerarquías. Aceptan un apodo, por más despectivo que sea, y buscan en la «pandilla» todas las respuestas de la vida. Nacen, en suma, a una subcultura de rígidos códigos, donde cunden el machismo, la violencia gratuita y la ética de la calle. Las propias normas del grupo determinaran el tipo de modalidad delictiva que cada menor adopte para su subistencia.

El «iniciado» se convertirá así en un punguista, en un arrebatador, en un escruchante, en un asaltante a mano armada, en un alcohólico o en un drogadicto, según las pautas elaboradas por cada grupo y no de acuerdo, como piensan ciertos sectores, a condicionamientos psicofísicos ni apetencias personales. Si cada niño es el fiel reflejo de su familia, cada menor infractor es la viva imagen del grupo callejero que ha integrado.

Cuando, por diferentes circunstancias, la patota se deshace, sus miembros se ven obligados a integrar inmediatamente otra. Esa necesidad de agruparse los perseguirá a través de toda su historia y mientras no se aparte de la delincuencia, lo que denota una falta de madurez primaria y el padecimiento continuo de lo que se ha dado en llamar «la soledad del marginado».

El delincuente juvenil será confinado a un reformatorio, donde se adaptará a un nuevo grupo. Se juntará luego en la calle con otros menores y dará un «golpe». Integrará una «ranchada» en su paso por la cárcel de mayores. Formará una
asociación ilícita al salir de la «sombra» y volverá, si sigue aún con vida, a refugiarse bajo las alas de un «cacique» de pabellón, quien nuevamente tratará de ordenarle la vida en cautiverio.

Sobrevivirá oscuramente en aguantaderos, codo a codo con «buenos muchachos que se ganan el puchero chorreando». Y, ya convertido en un «delincuente de frondoso prontuario», encontrará paradójicamente la muerte en la peor y más temida de las soledades.

Desmembración de una pandilla
Estas «asociaciones de la intemperie», como alguien las denominó, viven su apogeo y entran inevitablemente en crisis. La dispersión se puede dar a raíz de que algunos de sus miembros sean recluidos durante mucho tiempo en algún instituto correccional para menores, o que diferentes situaciones lleven a la mayoría de sus integrantes a ingresar en el mundo del trabajo y a la formación de una familia.

Quien continúa fiel de alguna manera al mundo del delito, se integrará a otros grupos por cuestiones «profesionales» y cambiará de entorno según las circunstancias. Suele ocurrir que, cuando va a parar a los pabellones de alguna penitenciaría de mayores, este delincuente ya avezado se reencuentre con algún miembro de aquellos grupos que fue dejando en el camino.

¿Por que aumenta la delincuencia?: Jorge Goldman, secretario de la Asociación Argentina de Psiquiatría y Psicología de la Infancia y de la Adolescencia opina:  «El agravamiento de la situación adolescente deriva del profundo cambio que tuvo la sociedad argentina. Me refiero a cambios socioculturales. Antes existía el barrio, donde la vida era totalmente distinta. Uno tenía el club, las sociedades de fomento, los amigos, tenía casi sin darse cuenta una infraestructura montada. Luego ocurrió que la mujer tuvo que salir a trabajar y la relación materno-filial cambió entonces rotundamente.

Porque cuando ella quedaba al cuidado de sus hijos, creo que se formaba una especie de «pool» de madres que se hacía cargo de los chicos de barrio. Uno salía y veía a doña María, que lo conocía, o siempre en la plaza había una doña Ñata en el costado, o iba a la panadería y lo atendía doña Marta, amiga de toda la vida de toda la familia. Y había como una especie de seguridad, fundamentalmente, porque las madres podían estar con sus hijos, cuidarlos, y tenían la energía suficiente para hacerlo. En este momento, ¿cuánto más se le puede pedir a una madre que trabaja? Además del trabajo, tiene que atender la casa, ayudar a los chicos en la escuela y prepararse para otro día agobiante.

En estas circunstancias, los hijos se van criando con muchos accidentes afectivos. Y esto no es un problema de clases. El cambio en la inserción de la mujer no obedece sólo a cuestiones económicas. Quizás ese cambio fue positivo para la mujer, pero creo que no se contempló el hecho adecuadamente, y entonces las resultantes son todos estos grupos antisociales que empiezan a aparecer ahora, como las patotas. El adolescente se incorpora a un grupo de «pares» donde siente cierto respaldo.

Subcultura del delincuente juvenil
En el seno de esos grupos callejeros, suelen formarse subculturas. Saucedo desglosó las características generales de estas sub-culturas en un extenso trabajo presentado por la Universidad Kennedy:

1. Culto al machismo: Sinónimo de malo; es forma de probarse; reacción por la falta de hombre en el hogar; haber aprendido que en la calle se hace hombre; arrojado fuera de la casa, a una edad temprana, por la falta de control. Desprecio por la mujer, a la que ven como destinada a servirlos; relegada a tareas secundarias.

2. Culto a la violencia gratuita: Identificación con la brutalidad física.

3. Rivalidad con el mundo adulto: La sociedad los rechaza y ellos buscan pertenecer a ella, mienten y se mienten para llegar a ser lo que quieren.

4. Invención de un código de vida: Calma provisionalmente el vacío de la inadaptación social.

5. Los agrupamientos revisten la forma de pandilla o patotas: Lo principal es el vagabundeo por calles, lugares de juego, medios de transporte. Los hay de sectores humildes (arrebatadores, punguistas y descuidistas) y acomodados.

El grupo ofrece:

1. Una forma de vida.
2. Una definición de la situación, diferente a la de la sociedad.
3. Status: Puede ser alguien.
4. Motivación para sentirse adulto.
5. Estabilidad como respuesta a desajustes familiares (familia y comunidad actúan como centros de expulsión).
6. Modelos de rol, en especial el líder.
7. Recompensas: Las solas relaciones personales son, de por sí, suficiente premio y estímulo.
8. Autonomía para desafiar al mundo.
9. Ligazón afectiva.
10. Posibilidad de aprendizaje, aunque sea en la conducta divergente. Aquí compite con armas propias, que puede manejar y no como en la escuela, donde debe competir en un campo que le es desconocido y con armas que no sabe utilizar.
11. Racionalización grupal: El grupo le ofrece todas las respuestas.
12. Un sistema de comunicación: A través de un lenguaje propio.
13. Una reproducción de la sociedad: Donde rige la competencia, se asciende y desciende rápidamente; puede estar tan organizada o más que la sociedad; cuanto más desorganizada está la sociedad, más organizado está el grupo.
14. Autoridad y jerarquía: Se las respeta; los apodos reproducen el mundo animal; hay liderazgo: el jefe manda e impone su prestigio; hay intentos para parecerse al jefe, sin tener en cuenta la capacidad necesaria; pero la perspectiva de ser jefe es suficiente estímulo. El liderazgo se prueba todos los días; basta una falla, para que el jefe descienda y una hazaña para que el subalterno ascienda.
15. Hay pactos de fidelidad y sangre: El compromiso vale más que en la sociedad. La búsqueda de la admiración y el respeto se convierte en preocupación de vida (…).
16. Importan las actividades del grupo: Se quiere ser uno más y querer ser del grupo se convierte en esfuerzo profesional. Para cultivar el machismo, se debe fingir que se es como los demás; finge que puede fingir.
17. La alienación del grupo importa más que la familia: precisamente porque el grupo es su grupo de referencia y pertenencia y le brinda la posibilidad de ser alguien.
18. En el grupo se carece de vida propia: Se abandona la reflexión. Se acepta todo lo que viene del grupo, inclusive un mote despectivo; identificarse con él, es forma de integrar el grupo; el serle otorgado significa aceptación grupal.
19. Organización: Subcultura no es sinónimo de desorganización; algunas revelan una superorganización, cuya consecuencia es el adiestramiento coactivo en el comportamiento divergente.

Los jóvenes drogadictos
El propio Enrique De Vedia, secretario del Menor y la Familia, ha admitido que el consumo de drogas entre grupos juveniles está alcanzando por primera vez en la historia del país y en determinadas áreas, «índices preocupantes». Al margen de explicaciones simplistas y frases apocalípticas sobre el «libertinaje democrático» y «las garras del narcotráfico internacional», la sociedad parece negarse a buscar una respuesta veraz y objetiva sobre el significado y la ascendencia que tiene la droga entre los jóvenes de hoy.

El psicólogo Jorge Goldman, ensaya al respecto una hipótesis inquietante: «La droga es una especie de pecho: un adolescente se puede prender a la droga como un chiquitín se prende al seno materno. La falta de seno materno —en el sentido de la situación de ‘maternaje’ que lo rodea—, puede devenir en esa situación de salida a todo tipo de adicciones, particularmente en la adolescencia, donde los chicos son profundamente actuadores.»

Según Graciela Saucedo, «la droga es vivida por el adolescente como instrumento de liberación; hay drogas para negar la realidad (narcóticos); para distorsionarla (LSD, marihuana); para desafiarla (alcohol, anfetaminas). La drogadicción representa la agresividad contra los jóvenes mismos. El componente suicida de la drogadicción puede simbolizar el suicidio general de la sociedad».

El consumo de estupefacientes liga, de alguna manera, al adicto con el siniestro mundo del traficante. La propia desesperación y el abandono general, terminan obligando al joven drogadicto a robar para comprar más droga o a agredir para aliviar tensiones.

Actualmente, la población de adictos en nuestro país sobrepasa las 80.000 personas. La edad promedio de mayor consumo se ha fijado en los 17 años, se calcula que el 80 % de los consumidores son menores de edad v que el 20 % de los estudiantes secundarios del país ha probado droga alguna vez. Pero, el problema parece estar, ciertamente, mucho más allá de estos datos oficiales. Un chico drogado es, de algún modo, «un chico abandonado que quiere evadirse de la realidad».

Un chico pidiendo a gritos sordos que alguien cambie esa cruel, esa desoladora e injusta realidad. «Es por eso que el éxito del control del narcotráfico y de la fármaco-dependencia están condicionados por las posibilidades de dar ocasiones de trabajo a nuestros jóvenes, seguridad a las familias y fortalecimiento a los programas sociales de participación y solidaridad» (Julio Bello, subsecretario de Desarrollo Humano y Familia).

Fuente Consultada: Yo Fui Testigo J.C. Cernadas – Ricardo Halac  – Tomo 14

La Vida Dentro de un Reformatorio Para Menores

La Vida Dentro de un Reformatorio Para Menores

En el país hay más de 20 mil niños, niñas y jóvenes privados de libertad. El 87 por ciento está bajo un régimen de encierro no por la comisión de un hecho delictivo sino como consecuencia de situaciones de carencias socio-económicas. La “institucionalización” ha sido la respuesta generalizada que ha dado el Estado desde las políticas públicas a los chicos abandonados, abusados o víctimas de otros delitos, según surge del primer relevamiento nacional sobre niños y jóvenes privados de libertad, presentado ayer por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y Unicef.

El estudio encontró que, en algunos casos, chicos con “causas asistenciales” comparten el mismo establecimiento con menores con “causas penales”. “La separación de los niños y niñas de sus familias y su consecuente institucionalización, lejos de evitar problemas, constituyeron el camino hacia la carrera delictiva. Los institutos y ‘reformatorios’, además de violar los derechos de los niños y niñas internos, han sido verdaderas escuelas del delito”, señala el informe oficial. (Fuente: www.pagina12.com.ar)

Superpoblación y hacinamiento

Son importantes también el Instituto de Menores Garrigos, que alberga actualmente a 150 chicas de edades comprendidas entre los 6 y 14 años con problemas de familia; el Instituto Emilia y Manuel Patino, enclavado en Lomas de Zamora y que aloja a 55 adolescentes mujeres; el Hogar Número 11 Nuestra Señora del Valle, para madres solteras menores de 16 a 21 años; el Instituto Doctor José Sánchez Picado para deficientes mentales de entre 6 y 12 años; la Colonia Ortiz Basualdo (Las Armas) para menores de 12 a 18 años, entre otros. La población actual de los llamados institutos «monstruos» fluctúa actualmente entre los cincuenta y sesenta internos. Durante el Proceso, y para la misma capacidad edilicia, llegaron a convivir 150 y hasta 170 menores por instituto, con su consecuente secuela de hacinamiento, masificación y promiscuidad.

Por los oscuros pasillos del infierno

Una comisión de diputados, acompañada por el periodista Miguel Núñez del diario «La Razón», visitó en 1985 el instituto Agote. «El propósito es verificar las condiciones en que se desenvuelven estos centros y el modo en que son tratados los internados para luego introducir las mejoras que sean necesarias —escribía Núñez—. El guía ordenó al guardia abrir un portón de barrotes en el que remataba el pasillo de entrada.

En el salón contiguo, una larga mesa con bancos de material era todo el mobiliario del comedor. Apenas enfrente, a dos pasos, las pequeñas celdas permanecían vacías. El diputado justicialista Domingo Purita preguntó para qué eran los calabozos, y otro vigilante que acompañaba al grupo le contestó; «Estos no son calabozos, señor diputado, son las celdas donde duermen los chicos». Pero Punta no aceptó la explicación. Esto es una cárcel, exclamó contrariado. Las celdas en cuestión tienen dos metros y medio de largo por dos de ancho, cerradas por puertas de hierro con barrotes y ajustadas por gruesos candados. Todas tienen dos camas; una de ellas era simplemente un colchón tirado en el suelo. En las paredes, la pintura era suplantada por leyendas y escrituras y fotos pegadas por sus habitantes. Algunos guardaban bolsas de comida o cajas con muy pocas ropas».

Quienes vivieron en los reformatorios y quienes «ascendieron» luego a los infiernos de los penales, coinciden en remarcar que en uno y otro sitio se da la misma organización interna, con sus mitos, prejuicios y supersticiones. No obstante, en los institutos para menores no llega a tener tanto peso la «ética carcelaria», las relaciones personales son más fugaces e irregulares que en las penitenciarías de adultos y la inestabilidad general, tan propia de la adolescencia, suele ser el signo preponderante.

Aunque en ciertos reformatorios los menores son alojados en pequeñas celdas, lo cierto es que en la mayoría de estos institutos prevalecen los dormitorios o pabellones, que los internos llaman «cuadros». Allí es donde se forman las tradicionales «ranchadas», alrededor de las cuales se nuclean para compartir la comida, los juegos y las interminables charlas del hastío, seis o siete  adolescentes bajo la mirada «protectora» de un líder.

Este personaje es por lo general quien posee más fuerza física, mayor cantidad de años y, por lo tanto, más experiencia. Impone al principio sus criterios y se convierte luego en esclavo de ellos. «El líder no crea las necesidades del grupo, las encuentra dadas y su función se limita a canalizarlas», aclara Víctor Irurzún. En los reformatorios suele tener su propio «carima» (homosexual pasivo), algún que otro «valerio» (sirviente) que lava la ropa y cocina para todos.

Junto a otros patrones de «ranchadas» vecinas, se las arreglará para «apretar» al médico del instituto o a algún celador que se ablande bajo las amenazas y ceda sin chistar las llaves del consultorio, y vaciarán las vitrinas en busca de «falopa» que más tarde redistribuirán, canjearán o venderán en los dormitorios. «Como en los primeros días uno no conoce a nadie y no se ha ganado todavía los favores de los líderes, depende únicamente de lo que puedan contrabandearle los amigos desde afuera —relata Guido R.—.

Ese contrabando puede venir en el interior de los paquetes de cigarrillos o de los chicles. En el primer caso, el procedimiento es bastante complicado porque hay que despegar con vapor el celofán, desarmar el atado, cortarle a los cigarrillos unos tres centímetros de punta y colocar en el fondo las pastillas; procurar que queden todos los puchos a la misma altura y cerrar milimétricamente para que parezca virgen»

Sexualidad y humillaciones

Todo se vende, se compra o se arrebata en los reformatorios, especialmente el sexo. El drama suele comenzar con una alucinante «ceremonia de iniciación» durante la cual se viola para humillar. Más tarde se permuta el sexo por la protección, que invariablemente ofrece un «padrino», o muchacho mayor. No se trata ya de humillación,-sino de goce sexual. Algunos niños se definen allí adentro como homosexuales; otros salen, olvidan y reafirman su propio sexo en la libertad, aunque con las secuelas evidentes. La abstinencia, el onanismo y la pérdida de identidad sexual, dan una idea cabal del grado de represión y perversidad que cunde en el interior de estos institutos.

Elias Neuman opina que «la situación sexual que se vive en el encierro crea agudos problemas. La contención y la abstinencia forzosa de la libido y la presencia de homosexuales con esa tendencia, crea una atmósfera cargada de sensualismo que suele derivar en actos de perversión y violencia inimaginables. (…) El onanismo se debe por sobre todo a la abstinencia sexual, según la mayoría, y su práctica se establece y multiplica y, en algunas oportunidades, de vicio solitario, se vuelve común o, lo que es peor, asociado. De ahí a la homosexualidad hay un solo paso».

El despertar sexual del menor se ve así sacudido por experiencias sórdidas que determinan, a corto o largo plazo, modificaciones negativas en la estructuración de su personalidad. Esta clase de padecimientos con que la sociedad condena a estos niños y adolescentes, es devuelto tarde o temprano a la comunidad bajo la forma de sátiros abominables, psicópatas y violadores que merodean las calles de las ciudades sembrando el mismo pánico que alguna vez ellos sintieron.

Según los propios habitantes de estos institutos correccionales, el único requisito que se exige para cubrir un puesto de celador es saber respirar. «No puedo evitar un estremecimiento al recordar la crueldad y el sadismo de que eran capaces esos ‘maestros’ que de maestros no tenían nada —confiesa Enrique Medina—. También recuerdo que las celadoras eran peores que los celadores y que nos aplicaban torturas sin hacer discriminaciones y sin demostrar piedad alguna».

La doctora Pascual admite, por su parte, que los castigos físicos continuaban propinándose hasta hace muy poco tiempo, pero que hoy «la denuncia de un solo chico efectivizada en el despacho dé un juez con sentido humanitario y decencia, pone las cosas inmediatamente en manos de la Justicia, que hace sentir, a su vez, todo el peso de la ley sobre ese celador de mano larga».

La licenciada Malena Di Paola ensaya una suerte de disculpa para con estos personajes, al decir que «algunos de ellos cumplen jornadas completas y trabajan hasta los fines de semana; cargan con las tareas más pesadas, están mal remunerados y encima se les exige que cumplan con una tarea asistencial para la cual no se encuentran preparados».

Los estudiosos de la minoridad no dejan de señalar, sin embargo, que muchos de los amotinamientos producidos en determinados reformatorios se deben exclusivamente a los malos tratos recibidos. Se ha insinuado también que los famosos «rechifles» o fugas masivas se concretan con la complicidad de ciertos «maestros», muy propensos ellos a aceptar sobornos.

En ese mundo oscuro y hostil, en ese «aguantadero» institucionalizado, pasa sus días este adolescente casi niño pero casi hombre. Allí se entrega con fastidio a rutinarias y compulsivas actividades que apenas sirven para combatir el tedio. Aprende silenciosamente las técnicas del delito, explicadas con grandilocuentes gestos por precoces asaltantes y punguistas que comparten su «rancho» y que quizás hasta alguna vez se transformen en sus cómplices. Se vuelve desconfiado, egocéntrico hasta la exasperación y frustrado para siempre. Se trata ya de un perdedor.

RECUERDOS DEL PRIMER DÍA EN UN REFORMATORIO CUALQUIERA:

El testigo rememora: «Pálido y asustado como nunca, el primerizo se alinea en el patio del instituto, junto a otros compañeros en desgracia y grita fuerte ‘presente’, cuando su nombre aparece en la lista.

Luego es obligado a desvestirse y a soportar la primera requisa. Mientras dura esta operación, uno siente que todo es una pesadilla y que aquello no puede estar ocurriendo en la realidad. Mientras te cachean y te hacen los tactos rectales en busca de pastillas o algún «corte» (arma blanca), salen de algún lado los internos viejos y empiezan a «chetearte» (robar) la ropa y los zapatos que traes de afuera.

Más tarde te dan; a cargo, el overol azul, el buzo, y las zapatillas de lona, y te cortan el pelo. Ahí casi todos aflojan y largan el llanto, y los «maestros» (celadores) se te cagan dé risa en la cara. Uno de los ‘maestros’ me dijo ‘Ya vas a ver esta noche como te rompen la colita, maricón». Me metieron luego abajo de las duchas durante media hora.

El agua salía hirviendo y el vapor hacía imposible la visión adentro de esos baños enormes. Fue entonces cuando por poco me caigo en un pozo ciego. Lo que pasaba era que los internos les destapaban a los nuevecitos el pozo para que se resbalaran y se enterraban hasta el pescuezo en esa montaña de excremento que siempre había en el fondo. Al final fuimos a parar a un dormitorio con seis camas. Allí nos presentamos entre nosotros y nos damos cuenta de que todos é-ramos debutantes. Me encargué de recordarles las amenazas que me había hecho el ‘maestro’. Descubrimos ahí nomás, que convenía estar preparado por las dudas.

Desarmamos las camas, hicimos ‘espadas’ con los elásticos de hierro y esperamos a que cayera la noche. Cuando ya estaba bien oscuro, escuchamos claramente cómo uno de los ‘maestros’ abría la puerta y dejaba pasar a diez pendejos grandes con caras de venir a darse un festín. Nosotros adivinamos al instante que si no reaccionábamos, íbamos a perder hasta el invicto. Sacamos entonces a relucir las ‘espadas’ y les hicimos frente. Los tipos estaban calibrándonos, a ver si éramos ‘logis‘ o ‘pesados‘. Cuando vieron que pensábamos presentar batalla, se replegaron.»

La menor tampoco es un problema menor:

Las estadísticas policiales revelaron que durante los últimos cinco años han desaparecido en la Capital Federal 1.313 chicas de entre 14 y 17 años y que existe al respecto una tendencia creciente. «Se denota preocupación desde distintos sectores por la reiterada frecuencia con que se están produciendo estas desapariciones —advierte Graciela Nora Manonellas—. Algunas de estas jovencitas retornan con el tiempo, otras no vuelven jamás. Se ha negado categóricamente la existencia de organizaciones siniestras dedicadas al secuestro de adolescentes. Se afirmó que sólo en muy pocos casos no se vuelve a tener noticias, otros testimonios indican lo contrario. Todo esto debe llevarnos a reflexionar sobre el tema a fin de establecer sus causas y tomar los recaudos.

En nuestro país se da un fenómeno común a aquellos países que pasaron por trances similares, para luego llegar felizmente a la democracia. En nosotros se ve agravado por la profundidad de la crisis socioeconómica que padecemos.

«Muchas menores, criadas en situación de abandono, se nuclean en grupos cuyos integrantes tienen problemas afines y toman contacto con los medios de comunicación, que les transmiten la imagen de bienes sunturarios de lujos y riquezas a los que jamás podrían acceder. Por eso muchas jovencitas se prostituyen y, en ese submundo entablan relación con los que lucran con ese ‘trabajo’ y las invitan a ingresar en el ambiente que antes veían sólo en imágenes. Lo trascendente es crear las condiciones de hecho que no posibiliten la actuación de esos personajes. Las jovencitas deben tomar conciencia que para ingresar a ese mundo de fantasía que les ofrecen, deben pagar un alto precio: su libertad. Se debe combatir la explotación y trata de mujeres con el mayor énfasis, pero, al mismo tiempo, se debe ayudar a sus víctimas a poder emerger de la trampa tendida y vivir dignamente en sociedad».

El ochenta por ciento de las menores que son internadas en los reformatorios provienen efectivamente del mundo de la prostitución. La doctora Marta Pascual explica cuáles son las características de las menores infractoras: «El varón llega a nosotros después de haber cometido algún hecho violento. La mujer, en cambio, es más pacífica. La proporción de entradas en institutos es de 1 a 10; por cada chica, diez varones. Curiosamente, esas chicas repiten los destinos de sus madres y abuelas, quienes también han sido golpeadas y golpearon, quienes han sido prematuramente rameras y madres. Repiten las conductas a través de las generaciones».

Historia de los Reformatorios en Argentina Los Institutos de Menores

Historia de los Reformatorios en Argentina

La falta de cifras oficiales sobre «los chicos de la calle» y los jóvenes que padecen conductas antisociales, mantiene el problema global de la delincuencia juvenil y la niñez abandonada en una peligrosa abstracción, donde funcionarios, jueces, policías y políticos polemizan acerca de su verdadera magnitud. Se sabe, no obstante, que sobreviven en la Argentina contemporánea aproximadamente 3.500.000 niños menores de 13 años con graves carencias y que por lo menos la mitad de ellos no ha cumplido aún los cinco años. A su vez, se ha podido establecer la existencia de unos 800.000 chicos «en situación de alto riesgo».

Los senderos que conducen al encierro

Variados son los caminos por los que puede arribar un menor a un instituto correccional. Un cuerpo de prevención juvenil, dependiente de la Secretaría de Desarrollo Humano y Familia, puede «levantarlo» de las estaciones ferroviarias y de las calles, donde estos chicos hacen de vendedores ambulantes o abre-puertas de taxis.

Puede ocurrir que, ante un determinado delito, un juzgado decida su internación. Pero puede suceder también que la misma policía invente una causa e introduzca a uno de estos niños en el asfixiante circuito de los reformatorios.

«Al referirme a la invención de la conducta desviada y criminal, pretendo reflejar el proceso que me han narrado policías, al ser entrevistados, y que puede resumirse así: Observo determinados menores por algún tiempo, cuando voy patrullando la ciudad. Cuando tengo la impresión de que algún muchacho está creando problemas, tomo la decisión de detenerlo. Al tomar la decisión de detenerlo ya lo inventó como presunto cliente de la policía; y por primera vez, si no tiene el niño un padre que interceda ante los organismos preventores, comienza a ser inventado en las estadísticas policiales» (P.D., «Criminología y Sociedad»).

Por uno u otro motivo, lo cierto es que el menor ingresa por primera vez a ese «infierno tan temido». Generalmente, hace su «entrada triunfal» a bordo de un camión celular, en el interior de una de esas celdillas que todos llaman «ataúdes» y cuya capacidad máxima no tolera más de un cuerpo humano, pero que por obra y gracia de la «magia carcelaria» recibirá dos, tres y hasta cuatro, si es que el encargado de transportarlos quiere evitar un viaje para irse temprano de franco. «Son camiones idénticos a los que se utilizan en las penitenciarías de mayores —describe Matías Ripoll, especialista en minoridad—.

Los diferencia solamente el tamaño. Son toda una metáfora de los reformatorios, que vienen a ser cárceles pequeñas habitadas por  pequeños en donde se reproduce la vida de los presos mayores, con apenas algunos matices propios de la edad».

El vía crucis del cautiverio

Esos matices conspiran también contra el menor que le ha tocado vivir el «vía crucis» de su propio cautiverio. Los especialistas no se cansan de señalar que la poco desarrollada personalidad de estos niños y adolescentes los hace sumamente vulnerables a todo tipo de sometimiento. El delincuente adulto, en cambio, posee mayores reservas morales como para soportar esa especie de ley de la selva que impera en los institutos correccionales y en las penitenciarías. Allí los más débiles y los más pequeños sufren el abuso y las denigraciones, se convierten en «mujeres» o esclavos de los más grandes, aprenden rápidamente sus vicios y tienden a imitarlos.

La falta de un criterio seleccionador, que permita discriminar a los menores por edades y características, ayuda en buena medida a que esto ocurra. En el interior de esas «tumbas» es muy común encontrar en el mismo pabellón a niños detenidos en la vía pública por vagabundear, con ladrones consumados o con parricidas, pasando por patoteros, drogadictos o simples desertores de la escuela. Cualquier tarea de resocialización, tropieza entonces con este obstáculo insalvable y ya tradicional en los reformatorios argentinos.

Como si no fuera suficiente castigo tener que soportar las penurias de una vida desdichada, el menor es forzado a descender a ese laberinto de crueldades, donde debe purgar religiosamente el pecado de ser un desplazado social, un niño abandonado a su suerte, una pobre víctima de su circunstancia.

La historia de los reformatorios comienza a principios de siglo. Por aquel entonces se ponía el acento en un supuesto espíritu de grandeza, que luego se tradujo en la construcción de enormes edificios, algunos de los cuales subsisten aún hoy en día, invariablemente encuadrados en el art decó y con inmensas galerías y enormes pabellones, pero donde los chicos perdían de vista su identidad y en donde se pretendía hacer vivir a los adolescentes marginados, quienes debían crecer en el respeto a los adultos. Adultos que, por supuesto, detentaban el poder y el saber.

Ese sistema tuvo algunos aciertos, pero contribuyó también de manera notable a crear una mentalidad dependiente y sumisa. Estos chicos no podían desarrollar una visión de futuro y de libertad, no podían pensar en un futuro mejor, como una ambición colectiva.

Las cosas comenzaron a cambiar lentamente durante el gobierno de Yrigoyen. Hubo una generación de juristas y científicos que comenzaron a preocuparse por tecnificar y humanizar el tratamiento de menores. Surgió entonces la ley Agote que establecía el Patronato Nacional de Menores y comienza así a hablarse de tratamiento terapéutico.

El Estado, recogiendo experiencias europeas y norteamericanas, estableció las colonias-hogares, con grupos de adolescentes y con tratamiento familiar en casas de matrimonios. Se puso en práctica así toda una nueva modalidad, que ha permanecido invariable en el sistema y que consiste en la coexistencia de lo antiguo con lo moderno, porque pese a implantarse esas colonias-hogares subsistían establecimientos a cargo de la Sociedad de Beneficencia.

En la década del treinta, bajo la influencia de personalidades como Jorge Cobi y Carlos Arenaza, en lo jurídico; la doctora Carolina Tobar García, en psiquiatría; o Thelma Reca desde el enfoque psicoanalítico, modelan un nuevo sistema que fue, en su momento, orgullo para el país. Hay muchas de sus propuestas que continúan teniendo vigencia en la actualidad y que, sin embargo, aún no han sido totalmente efectivizadas.

La era del peronismo

El peronismo puso luego el acento en la atención de las necesidades básicas y en la ruptura de la marginación de los trabajadores, promoviendo a gran escala la justicia social.

En lo que se refiere específicamente al área de menores, el peronismo puso énfasis en la educación, canalizada durante aquella época por medio de la construcción de escuelas y la apertura de centros, para dar cabida a más chicos de los que eran atendidos por el sistema hasta ese entonces. Otra ayuda fundamental provino de la Fundación Eva Perón.

Se podría recordar también esos edificios grandes de paredes blancas y techos de teja, las es-cuelas-hogares que han quedado en casi todas las ciudades importantes de nuestras provincias. Pero es preciso anotar que durante esa década comenzó a darse importancia a los tratamientos preventivos y ambulatorios, y en forma institucionalizada. También se puso énfasis en los problemas de salud, en el deporte, en las colonias de vacaciones.

El tratamiento de menores con problemas de conducta, sin embargo, no cambió de posición y continuó con las líneas implementada; en la década del treinta, con todos sus aspectos positivos pero también con los negativos.

Política de menores, según Illia y Frondizi

A fines de la década del cincuenta, se crea el Consejo Nacional c¿ Menor. Se trata de una institución que intenta hacer una especie de coordinación entre las áreas que ocupan de los problemas del abandono y de conducta.

Este es   un momento particularmente significativo, inclusive para toda la sociedad argentina, dado que, por ejemplo, el Gran Buenos Aires crece de una manera formidable y también se modifica la forma y la psicología del adolescente con respecto al sistema. Hay una importante cooperación de los equipos terapéuticos. Estos se nutren en forma creciente de psicólogos y de asistentes sociales, quienes junto con los equipos docentes y jurídicos, son los que van a determinar el curso de los tratamientos. Ya no se piensa en aislar al menor de la sociedad, sino que empiezan a buscar integrarlo socialmente.

Para finalmente definir éste sistema, que se va a extender durante todo el gobierno del doctor Arturo Illia, habría que explicar que la búsqueda de lanzar cambios positivos en el tratamiento de menores se dio principalmente a través de los siguientes rasgos: apertura, investigación, capacitación y planificación de políticas. Esto fue lo que intentó hacer, aunque no lo ha logrado plenamente.

El signo distintivo y fatal de la última dictadura

Durante la época del Proceso, estos reformatorios conocieron la superpoblación y una rigidez casi inédita en cuanto a los sistemas disciplinarios internos. Los menores con serios trastornos de conducta eran recluidos en pabellones especiales, dentro mismo de las cárceles de mayores dependientes del Servicio Penitenciario Federal.

Como el instituto para enfermos mentales Tobar García no aceptaba adolescentes con problemas psíquicos, éstos debían resignarse a vivir en hospicios para adultos o hacerse «forzosamente imputables» para ser remitidos a los correccionales. A juicio del subsecretario de Desarrollo Humano y Familia, Julio Bello, «estamos observando hoy la consecuencia de muchos años de desmantela-miento que el aparato represivo militar ejerció sobre el trabajo que realizaban nuestras asistentes sociales. Los chicos abandonados y la falta de referencia de los mismos, son la mejor prueba de esta lamentable verdad histórica».

Eroles sostiene además que «durante el Proceso, los psicólogos tenían prohibido construir comunidades terapéuticas dentro de los institutos, cuando ése es el instrumento más eficaz en la estrategia de salud comunitaria». Esto resintió obviamente el trabajo de asistencia y resocialización que, en la teoría, debía llevarse a cabo en los ámbitos de la minoridad, donde terminó aplicándose lo que la doctora Pascual denomina «trompada pedagógica«. «Se trata de un método muy común en el mundo de los menores infractores —especifica—.

El chico que no se adaptaba a una institución había que sacudirle un golpe pedagógico para meterlo en caja». Esta «ideología del castigo» sería reconocida públicamente por la señora Ruth Fernández de Monjardín, funcionaria durante la última etapa del régimen militar: «Hay que ponerse también en el lugar de un director de un instituto que trata con hasta 100 menores con problemas graves de conducta, que discuten y se agreden entre sí o le pegan a un celador, y que provocan disturbios. No es fácil para nadie aplicar un castigo sin que provoque una dolorosa reacción de injusticia en la gente que ve el problema desde afuera. Los niños del Agote, por ejemplo, reciben certificados de estudios y van a trabajar en talleres. Todo eso necesita un orden y una armonía, y a veces hay menores que no se adaptan y perturban al resto. Por eso es lógico que el menor reciba una sanción. Creo que hay gente que hace terrorismo personal formulando declaraciones donde se quiere mostrar a un instituto siempre como algo negativo» (Tiempo Argentino, 24 de noviembre de 1982).