Historia de los Reformatorios en Argentina Los Institutos de Menores



Historia de los Reformatorios en Argentina

La falta de cifras oficiales sobre «los chicos de la calle» y los jóvenes que padecen conductas antisociales, mantiene el problema global de la delincuencia juvenil y la niñez abandonada en una peligrosa abstracción, donde funcionarios, jueces, policías y políticos polemizan acerca de su verdadera magnitud. Se sabe, no obstante, que sobreviven en la Argentina contemporánea aproximadamente 3.500.000 niños menores de 13 años con graves carencias y que por lo menos la mitad de ellos no ha cumplido aún los cinco años. A su vez, se ha podido establecer la existencia de unos 800.000 chicos «en situación de alto riesgo».

Los senderos que conducen al encierro

Variados son los caminos por los que puede arribar un menor a un instituto correccional. Un cuerpo de prevención juvenil, dependiente de la Secretaría de Desarrollo Humano y Familia, puede «levantarlo» de las estaciones ferroviarias y de las calles, donde estos chicos hacen de vendedores ambulantes o abre-puertas de taxis.

Puede ocurrir que, ante un determinado delito, un juzgado decida su internación. Pero puede suceder también que la misma policía invente una causa e introduzca a uno de estos niños en el asfixiante circuito de los reformatorios.

«Al referirme a la invención de la conducta desviada y criminal, pretendo reflejar el proceso que me han narrado policías, al ser entrevistados, y que puede resumirse así: Observo determinados menores por algún tiempo, cuando voy patrullando la ciudad. Cuando tengo la impresión de que algún muchacho está creando problemas, tomo la decisión de detenerlo. Al tomar la decisión de detenerlo ya lo inventó como presunto cliente de la policía; y por primera vez, si no tiene el niño un padre que interceda ante los organismos preventores, comienza a ser inventado en las estadísticas policiales» (P.D., «Criminología y Sociedad»).

Por uno u otro motivo, lo cierto es que el menor ingresa por primera vez a ese «infierno tan temido». Generalmente, hace su «entrada triunfal» a bordo de un camión celular, en el interior de una de esas celdillas que todos llaman «ataúdes» y cuya capacidad máxima no tolera más de un cuerpo humano, pero que por obra y gracia de la «magia carcelaria» recibirá dos, tres y hasta cuatro, si es que el encargado de transportarlos quiere evitar un viaje para irse temprano de franco. «Son camiones idénticos a los que se utilizan en las penitenciarías de mayores —describe Matías Ripoll, especialista en minoridad—.

Los diferencia solamente el tamaño. Son toda una metáfora de los reformatorios, que vienen a ser cárceles pequeñas habitadas por  pequeños en donde se reproduce la vida de los presos mayores, con apenas algunos matices propios de la edad».

El vía crucis del cautiverio

Esos matices conspiran también contra el menor que le ha tocado vivir el «vía crucis» de su propio cautiverio. Los especialistas no se cansan de señalar que la poco desarrollada personalidad de estos niños y adolescentes los hace sumamente vulnerables a todo tipo de sometimiento. El delincuente adulto, en cambio, posee mayores reservas morales como para soportar esa especie de ley de la selva que impera en los institutos correccionales y en las penitenciarías. Allí los más débiles y los más pequeños sufren el abuso y las denigraciones, se convierten en «mujeres» o esclavos de los más grandes, aprenden rápidamente sus vicios y tienden a imitarlos.

La falta de un criterio seleccionador, que permita discriminar a los menores por edades y características, ayuda en buena medida a que esto ocurra. En el interior de esas «tumbas» es muy común encontrar en el mismo pabellón a niños detenidos en la vía pública por vagabundear, con ladrones consumados o con parricidas, pasando por patoteros, drogadictos o simples desertores de la escuela. Cualquier tarea de resocialización, tropieza entonces con este obstáculo insalvable y ya tradicional en los reformatorios argentinos.



Como si no fuera suficiente castigo tener que soportar las penurias de una vida desdichada, el menor es forzado a descender a ese laberinto de crueldades, donde debe purgar religiosamente el pecado de ser un desplazado social, un niño abandonado a su suerte, una pobre víctima de su circunstancia.

La historia de los reformatorios comienza a principios de siglo. Por aquel entonces se ponía el acento en un supuesto espíritu de grandeza, que luego se tradujo en la construcción de enormes edificios, algunos de los cuales subsisten aún hoy en día, invariablemente encuadrados en el art decó y con inmensas galerías y enormes pabellones, pero donde los chicos perdían de vista su identidad y en donde se pretendía hacer vivir a los adolescentes marginados, quienes debían crecer en el respeto a los adultos. Adultos que, por supuesto, detentaban el poder y el saber.

Ese sistema tuvo algunos aciertos, pero contribuyó también de manera notable a crear una mentalidad dependiente y sumisa. Estos chicos no podían desarrollar una visión de futuro y de libertad, no podían pensar en un futuro mejor, como una ambición colectiva.

Las cosas comenzaron a cambiar lentamente durante el gobierno de Yrigoyen. Hubo una generación de juristas y científicos que comenzaron a preocuparse por tecnificar y humanizar el tratamiento de menores. Surgió entonces la ley Agote que establecía el Patronato Nacional de Menores y comienza así a hablarse de tratamiento terapéutico.

El Estado, recogiendo experiencias europeas y norteamericanas, estableció las colonias-hogares, con grupos de adolescentes y con tratamiento familiar en casas de matrimonios. Se puso en práctica así toda una nueva modalidad, que ha permanecido invariable en el sistema y que consiste en la coexistencia de lo antiguo con lo moderno, porque pese a implantarse esas colonias-hogares subsistían establecimientos a cargo de la Sociedad de Beneficencia.

En la década del treinta, bajo la influencia de personalidades como Jorge Cobi y Carlos Arenaza, en lo jurídico; la doctora Carolina Tobar García, en psiquiatría; o Thelma Reca desde el enfoque psicoanalítico, modelan un nuevo sistema que fue, en su momento, orgullo para el país. Hay muchas de sus propuestas que continúan teniendo vigencia en la actualidad y que, sin embargo, aún no han sido totalmente efectivizadas.

La era del peronismo

El peronismo puso luego el acento en la atención de las necesidades básicas y en la ruptura de la marginación de los trabajadores, promoviendo a gran escala la justicia social.

En lo que se refiere específicamente al área de menores, el peronismo puso énfasis en la educación, canalizada durante aquella época por medio de la construcción de escuelas y la apertura de centros, para dar cabida a más chicos de los que eran atendidos por el sistema hasta ese entonces. Otra ayuda fundamental provino de la Fundación Eva Perón.

Se podría recordar también esos edificios grandes de paredes blancas y techos de teja, las es-cuelas-hogares que han quedado en casi todas las ciudades importantes de nuestras provincias. Pero es preciso anotar que durante esa década comenzó a darse importancia a los tratamientos preventivos y ambulatorios, y en forma institucionalizada. También se puso énfasis en los problemas de salud, en el deporte, en las colonias de vacaciones.



El tratamiento de menores con problemas de conducta, sin embargo, no cambió de posición y continuó con las líneas implementada; en la década del treinta, con todos sus aspectos positivos pero también con los negativos.

Política de menores, según Illia y Frondizi

A fines de la década del cincuenta, se crea el Consejo Nacional c¿ Menor. Se trata de una institución que intenta hacer una especie de coordinación entre las áreas que ocupan de los problemas del abandono y de conducta.

Este es   un momento particularmente significativo, inclusive para toda la sociedad argentina, dado que, por ejemplo, el Gran Buenos Aires crece de una manera formidable y también se modifica la forma y la psicología del adolescente con respecto al sistema. Hay una importante cooperación de los equipos terapéuticos. Estos se nutren en forma creciente de psicólogos y de asistentes sociales, quienes junto con los equipos docentes y jurídicos, son los que van a determinar el curso de los tratamientos. Ya no se piensa en aislar al menor de la sociedad, sino que empiezan a buscar integrarlo socialmente.

Para finalmente definir éste sistema, que se va a extender durante todo el gobierno del doctor Arturo Illia, habría que explicar que la búsqueda de lanzar cambios positivos en el tratamiento de menores se dio principalmente a través de los siguientes rasgos: apertura, investigación, capacitación y planificación de políticas. Esto fue lo que intentó hacer, aunque no lo ha logrado plenamente.

El signo distintivo y fatal de la última dictadura

Durante la época del Proceso, estos reformatorios conocieron la superpoblación y una rigidez casi inédita en cuanto a los sistemas disciplinarios internos. Los menores con serios trastornos de conducta eran recluidos en pabellones especiales, dentro mismo de las cárceles de mayores dependientes del Servicio Penitenciario Federal.

Como el instituto para enfermos mentales Tobar García no aceptaba adolescentes con problemas psíquicos, éstos debían resignarse a vivir en hospicios para adultos o hacerse «forzosamente imputables» para ser remitidos a los correccionales. A juicio del subsecretario de Desarrollo Humano y Familia, Julio Bello, «estamos observando hoy la consecuencia de muchos años de desmantela-miento que el aparato represivo militar ejerció sobre el trabajo que realizaban nuestras asistentes sociales. Los chicos abandonados y la falta de referencia de los mismos, son la mejor prueba de esta lamentable verdad histórica».

Eroles sostiene además que «durante el Proceso, los psicólogos tenían prohibido construir comunidades terapéuticas dentro de los institutos, cuando ése es el instrumento más eficaz en la estrategia de salud comunitaria». Esto resintió obviamente el trabajo de asistencia y resocialización que, en la teoría, debía llevarse a cabo en los ámbitos de la minoridad, donde terminó aplicándose lo que la doctora Pascual denomina «trompada pedagógica«. «Se trata de un método muy común en el mundo de los menores infractores —especifica—.

El chico que no se adaptaba a una institución había que sacudirle un golpe pedagógico para meterlo en caja». Esta «ideología del castigo» sería reconocida públicamente por la señora Ruth Fernández de Monjardín, funcionaria durante la última etapa del régimen militar: «Hay que ponerse también en el lugar de un director de un instituto que trata con hasta 100 menores con problemas graves de conducta, que discuten y se agreden entre sí o le pegan a un celador, y que provocan disturbios. No es fácil para nadie aplicar un castigo sin que provoque una dolorosa reacción de injusticia en la gente que ve el problema desde afuera. Los niños del Agote, por ejemplo, reciben certificados de estudios y van a trabajar en talleres. Todo eso necesita un orden y una armonía, y a veces hay menores que no se adaptan y perturban al resto. Por eso es lógico que el menor reciba una sanción. Creo que hay gente que hace terrorismo personal formulando declaraciones donde se quiere mostrar a un instituto siempre como algo negativo» (Tiempo Argentino, 24 de noviembre de 1982).



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