La Vida Dentro de un Reformatorio Para Menores



La Vida Dentro de un Reformatorio Para Menores

En el país hay más de 20 mil niños, niñas y jóvenes privados de libertad. El 87 por ciento está bajo un régimen de encierro no por la comisión de un hecho delictivo sino como consecuencia de situaciones de carencias socio-económicas. La “institucionalización” ha sido la respuesta generalizada que ha dado el Estado desde las políticas públicas a los chicos abandonados, abusados o víctimas de otros delitos, según surge del primer relevamiento nacional sobre niños y jóvenes privados de libertad, presentado ayer por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y Unicef.

El estudio encontró que, en algunos casos, chicos con “causas asistenciales” comparten el mismo establecimiento con menores con “causas penales”. “La separación de los niños y niñas de sus familias y su consecuente institucionalización, lejos de evitar problemas, constituyeron el camino hacia la carrera delictiva. Los institutos y ‘reformatorios’, además de violar los derechos de los niños y niñas internos, han sido verdaderas escuelas del delito”, señala el informe oficial. (Fuente: www.pagina12.com.ar)

Superpoblación y hacinamiento

Son importantes también el Instituto de Menores Garrigos, que alberga actualmente a 150 chicas de edades comprendidas entre los 6 y 14 años con problemas de familia; el Instituto Emilia y Manuel Patino, enclavado en Lomas de Zamora y que aloja a 55 adolescentes mujeres; el Hogar Número 11 Nuestra Señora del Valle, para madres solteras menores de 16 a 21 años; el Instituto Doctor José Sánchez Picado para deficientes mentales de entre 6 y 12 años; la Colonia Ortiz Basualdo (Las Armas) para menores de 12 a 18 años, entre otros. La población actual de los llamados institutos “monstruos” fluctúa actualmente entre los cincuenta y sesenta internos. Durante el Proceso, y para la misma capacidad edilicia, llegaron a convivir 150 y hasta 170 menores por instituto, con su consecuente secuela de hacinamiento, masificación y promiscuidad.

Por los oscuros pasillos del infierno

Una comisión de diputados, acompañada por el periodista Miguel Núñez del diario “La Razón”, visitó en 1985 el instituto Agote. “El propósito es verificar las condiciones en que se desenvuelven estos centros y el modo en que son tratados los internados para luego introducir las mejoras que sean necesarias —escribía Núñez—. El guía ordenó al guardia abrir un portón de barrotes en el que remataba el pasillo de entrada.

En el salón contiguo, una larga mesa con bancos de material era todo el mobiliario del comedor. Apenas enfrente, a dos pasos, las pequeñas celdas permanecían vacías. El diputado justicialista Domingo Purita preguntó para qué eran los calabozos, y otro vigilante que acompañaba al grupo le contestó; “Estos no son calabozos, señor diputado, son las celdas donde duermen los chicos”. Pero Punta no aceptó la explicación. Esto es una cárcel, exclamó contrariado. Las celdas en cuestión tienen dos metros y medio de largo por dos de ancho, cerradas por puertas de hierro con barrotes y ajustadas por gruesos candados. Todas tienen dos camas; una de ellas era simplemente un colchón tirado en el suelo. En las paredes, la pintura era suplantada por leyendas y escrituras y fotos pegadas por sus habitantes. Algunos guardaban bolsas de comida o cajas con muy pocas ropas”.

Quienes vivieron en los reformatorios y quienes “ascendieron” luego a los infiernos de los penales, coinciden en remarcar que en uno y otro sitio se da la misma organización interna, con sus mitos, prejuicios y supersticiones. No obstante, en los institutos para menores no llega a tener tanto peso la “ética carcelaria”, las relaciones personales son más fugaces e irregulares que en las penitenciarías de adultos y la inestabilidad general, tan propia de la adolescencia, suele ser el signo preponderante.

Aunque en ciertos reformatorios los menores son alojados en pequeñas celdas, lo cierto es que en la mayoría de estos institutos prevalecen los dormitorios o pabellones, que los internos llaman “cuadros”. Allí es donde se forman las tradicionales “ranchadas”, alrededor de las cuales se nuclean para compartir la comida, los juegos y las interminables charlas del hastío, seis o siete  adolescentes bajo la mirada “protectora” de un líder.

Este personaje es por lo general quien posee más fuerza física, mayor cantidad de años y, por lo tanto, más experiencia. Impone al principio sus criterios y se convierte luego en esclavo de ellos. “El líder no crea las necesidades del grupo, las encuentra dadas y su función se limita a canalizarlas”, aclara Víctor Irurzún. En los reformatorios suele tener su propio “carima” (homosexual pasivo), algún que otro “valerio” (sirviente) que lava la ropa y cocina para todos.

Junto a otros patrones de “ranchadas” vecinas, se las arreglará para “apretar” al médico del instituto o a algún celador que se ablande bajo las amenazas y ceda sin chistar las llaves del consultorio, y vaciarán las vitrinas en busca de “falopa” que más tarde redistribuirán, canjearán o venderán en los dormitorios. “Como en los primeros días uno no conoce a nadie y no se ha ganado todavía los favores de los líderes, depende únicamente de lo que puedan contrabandearle los amigos desde afuera —relata Guido R.—.

Ese contrabando puede venir en el interior de los paquetes de cigarrillos o de los chicles. En el primer caso, el procedimiento es bastante complicado porque hay que despegar con vapor el celofán, desarmar el atado, cortarle a los cigarrillos unos tres centímetros de punta y colocar en el fondo las pastillas; procurar que queden todos los puchos a la misma altura y cerrar milimétricamente para que parezca virgen”

Sexualidad y humillaciones

Todo se vende, se compra o se arrebata en los reformatorios, especialmente el sexo. El drama suele comenzar con una alucinante “ceremonia de iniciación” durante la cual se viola para humillar. Más tarde se permuta el sexo por la protección, que invariablemente ofrece un “padrino”, o muchacho mayor. No se trata ya de humillación,-sino de goce sexual. Algunos niños se definen allí adentro como homosexuales; otros salen, olvidan y reafirman su propio sexo en la libertad, aunque con las secuelas evidentes. La abstinencia, el onanismo y la pérdida de identidad sexual, dan una idea cabal del grado de represión y perversidad que cunde en el interior de estos institutos.

Elias Neuman opina que “la situación sexual que se vive en el encierro crea agudos problemas. La contención y la abstinencia forzosa de la libido y la presencia de homosexuales con esa tendencia, crea una atmósfera cargada de sensualismo que suele derivar en actos de perversión y violencia inimaginables. (…) El onanismo se debe por sobre todo a la abstinencia sexual, según la mayoría, y su práctica se establece y multiplica y, en algunas oportunidades, de vicio solitario, se vuelve común o, lo que es peor, asociado. De ahí a la homosexualidad hay un solo paso”.

El despertar sexual del menor se ve así sacudido por experiencias sórdidas que determinan, a corto o largo plazo, modificaciones negativas en la estructuración de su personalidad. Esta clase de padecimientos con que la sociedad condena a estos niños y adolescentes, es devuelto tarde o temprano a la comunidad bajo la forma de sátiros abominables, psicópatas y violadores que merodean las calles de las ciudades sembrando el mismo pánico que alguna vez ellos sintieron.



Según los propios habitantes de estos institutos correccionales, el único requisito que se exige para cubrir un puesto de celador es saber respirar. “No puedo evitar un estremecimiento al recordar la crueldad y el sadismo de que eran capaces esos ‘maestros’ que de maestros no tenían nada —confiesa Enrique Medina—. También recuerdo que las celadoras eran peores que los celadores y que nos aplicaban torturas sin hacer discriminaciones y sin demostrar piedad alguna”.

La doctora Pascual admite, por su parte, que los castigos físicos continuaban propinándose hasta hace muy poco tiempo, pero que hoy “la denuncia de un solo chico efectivizada en el despacho dé un juez con sentido humanitario y decencia, pone las cosas inmediatamente en manos de la Justicia, que hace sentir, a su vez, todo el peso de la ley sobre ese celador de mano larga”.

La licenciada Malena Di Paola ensaya una suerte de disculpa para con estos personajes, al decir que “algunos de ellos cumplen jornadas completas y trabajan hasta los fines de semana; cargan con las tareas más pesadas, están mal remunerados y encima se les exige que cumplan con una tarea asistencial para la cual no se encuentran preparados”.

Los estudiosos de la minoridad no dejan de señalar, sin embargo, que muchos de los amotinamientos producidos en determinados reformatorios se deben exclusivamente a los malos tratos recibidos. Se ha insinuado también que los famosos “rechifles” o fugas masivas se concretan con la complicidad de ciertos “maestros”, muy propensos ellos a aceptar sobornos.

En ese mundo oscuro y hostil, en ese “aguantadero” institucionalizado, pasa sus días este adolescente casi niño pero casi hombre. Allí se entrega con fastidio a rutinarias y compulsivas actividades que apenas sirven para combatir el tedio. Aprende silenciosamente las técnicas del delito, explicadas con grandilocuentes gestos por precoces asaltantes y punguistas que comparten su “rancho” y que quizás hasta alguna vez se transformen en sus cómplices. Se vuelve desconfiado, egocéntrico hasta la exasperación y frustrado para siempre. Se trata ya de un perdedor.

RECUERDOS DEL PRIMER DÍA EN UN REFORMATORIO CUALQUIERA:

El testigo rememora: “Pálido y asustado como nunca, el primerizo se alinea en el patio del instituto, junto a otros compañeros en desgracia y grita fuerte ‘presente’, cuando su nombre aparece en la lista.

Luego es obligado a desvestirse y a soportar la primera requisa. Mientras dura esta operación, uno siente que todo es una pesadilla y que aquello no puede estar ocurriendo en la realidad. Mientras te cachean y te hacen los tactos rectales en busca de pastillas o algún “corte” (arma blanca), salen de algún lado los internos viejos y empiezan a “chetearte” (robar) la ropa y los zapatos que traes de afuera.

Más tarde te dan; a cargo, el overol azul, el buzo, y las zapatillas de lona, y te cortan el pelo. Ahí casi todos aflojan y largan el llanto, y los “maestros” (celadores) se te cagan dé risa en la cara. Uno de los ‘maestros’ me dijo ‘Ya vas a ver esta noche como te rompen la colita, maricón”. Me metieron luego abajo de las duchas durante media hora.

El agua salía hirviendo y el vapor hacía imposible la visión adentro de esos baños enormes. Fue entonces cuando por poco me caigo en un pozo ciego. Lo que pasaba era que los internos les destapaban a los nuevecitos el pozo para que se resbalaran y se enterraban hasta el pescuezo en esa montaña de excremento que siempre había en el fondo. Al final fuimos a parar a un dormitorio con seis camas. Allí nos presentamos entre nosotros y nos damos cuenta de que todos é-ramos debutantes. Me encargué de recordarles las amenazas que me había hecho el ‘maestro’. Descubrimos ahí nomás, que convenía estar preparado por las dudas.

Desarmamos las camas, hicimos ‘espadas’ con los elásticos de hierro y esperamos a que cayera la noche. Cuando ya estaba bien oscuro, escuchamos claramente cómo uno de los ‘maestros’ abría la puerta y dejaba pasar a diez pendejos grandes con caras de venir a darse un festín. Nosotros adivinamos al instante que si no reaccionábamos, íbamos a perder hasta el invicto. Sacamos entonces a relucir las ‘espadas’ y les hicimos frente. Los tipos estaban calibrándonos, a ver si éramos ‘logis‘ o ‘pesados‘. Cuando vieron que pensábamos presentar batalla, se replegaron.”

La menor tampoco es un problema menor:

Las estadísticas policiales revelaron que durante los últimos cinco años han desaparecido en la Capital Federal 1.313 chicas de entre 14 y 17 años y que existe al respecto una tendencia creciente. “Se denota preocupación desde distintos sectores por la reiterada frecuencia con que se están produciendo estas desapariciones —advierte Graciela Nora Manonellas—. Algunas de estas jovencitas retornan con el tiempo, otras no vuelven jamás. Se ha negado categóricamente la existencia de organizaciones siniestras dedicadas al secuestro de adolescentes. Se afirmó que sólo en muy pocos casos no se vuelve a tener noticias, otros testimonios indican lo contrario. Todo esto debe llevarnos a reflexionar sobre el tema a fin de establecer sus causas y tomar los recaudos.

En nuestro país se da un fenómeno común a aquellos países que pasaron por trances similares, para luego llegar felizmente a la democracia. En nosotros se ve agravado por la profundidad de la crisis socioeconómica que padecemos.

“Muchas menores, criadas en situación de abandono, se nuclean en grupos cuyos integrantes tienen problemas afines y toman contacto con los medios de comunicación, que les transmiten la imagen de bienes sunturarios de lujos y riquezas a los que jamás podrían acceder. Por eso muchas jovencitas se prostituyen y, en ese submundo entablan relación con los que lucran con ese ‘trabajo’ y las invitan a ingresar en el ambiente que antes veían sólo en imágenes. Lo trascendente es crear las condiciones de hecho que no posibiliten la actuación de esos personajes. Las jovencitas deben tomar conciencia que para ingresar a ese mundo de fantasía que les ofrecen, deben pagar un alto precio: su libertad. Se debe combatir la explotación y trata de mujeres con el mayor énfasis, pero, al mismo tiempo, se debe ayudar a sus víctimas a poder emerger de la trampa tendida y vivir dignamente en sociedad”.

El ochenta por ciento de las menores que son internadas en los reformatorios provienen efectivamente del mundo de la prostitución. La doctora Marta Pascual explica cuáles son las características de las menores infractoras: “El varón llega a nosotros después de haber cometido algún hecho violento. La mujer, en cambio, es más pacífica. La proporción de entradas en institutos es de 1 a 10; por cada chica, diez varones. Curiosamente, esas chicas repiten los destinos de sus madres y abuelas, quienes también han sido golpeadas y golpearon, quienes han sido prematuramente rameras y madres. Repiten las conductas a través de las generaciones”.





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