Viaje Virtual Por Un Monasterio

Las Bibliotecas en la Edad Media Traduccion de Libros en Monasterios

La Bibliotecas en la Edad Media
En Los Monasterios Traducen Libros Griegos

Sobre la decadencia persistente en que venían deslizándose las tierras y las gentes integradas en el Imperio Romano, pareció que iba a tener los efectos de un tiro de gracia la invasión de los pueblos bárbaros que, al iniciarse el siglo V, arrasó todo lo que encontraba a su paso y de la que sólo se salvó lo que pudo ponerse a resguardo tras las murallas de las ciudades bien defendidas.

En estas ciudades, que emergían como islas en el mar de la destrucción general, se pudieron mantener la enseñanza y el libro, pero sólo durante un corto período de tiempo.

La decadencia de las bibliotecas romanas se había iniciado en el siglo IV y completado en el siguiente al desaparecer las treinta y ocho que había en Roma en tiempos de Constantino.

biblioteca en los monasterios

No conocemos las causas de este desastre, pero cabe pensar en el desinterés social y en la fragilidad del papiro y su escasa resistencia frente a los incendios y a las ruinas que sobrevinieron en tiempos tan calamitosos.

Si, por un lado, desaparecían las bibliotecas paganas en las ciudades, por otro, iban naciendo con gran modestia otras, las cristianas, al servicio de la religión, que van a caracterizar la Edad Media, aunque las pocas que se crearon continuaron, al parecer, siendo adornadas con retratos de autores famosos, como lo habían estado las paganas, si bien ahora los autores eran naturalmente cristianos.

En cambio, en su instalación aparecen los armarios para que en ellos reposen los códices, traducían lo esencial de las letras y el pensamiento griego.

En este ambiente propicio, creció la biblioteca catedralicia de Verana, capital del reino ostrogodo, que durante varios siglos sobresalió sobre las de las otras catedrales italianas.

En el siglo VI vivieron en Italia dos figuras muy importantes en la historia de las bibliotecas, San Benito de Nursia y Casiodoro, a los que tenemos que referirnos, aunque previamente hemos de ocuparnos de la aparición de la vida cenobítica.

Surgió en Egipto, desde donde se extendió al resto de la cristiandad, en la que fueron surgiendo monasterios con vida económica autárquica, capaces de producir todo lo que precisaba la comunidad para su sostenimiento, incluidos los libros.

San Pacomio (292-345), en la regla que dio a su comunidad situada en el Alto Egipcio, en Tabennisi, reglamentó la biblioteca del monasterio.

Los libros debían guardarse en alacenas excavadas en la pared y los monjes, siempre que lo desearan, podían retirar un libro a la semana, al final de la cual tenían que devolverlo. No se les permitía dejarlo abierto al ir a la iglesia o al refectorio. Por la tarde el ayudante del superior debía hacerse cargo de los libros, contarlos y guardarlos.

Durante bastantes siglos, los monasterios se rigieron por las reglas establecidas por sus respectivos fundadores, pero terminó imponiéndose en la Edad Media la dada por San Benito de Nursia al monasterio que fundó en el año 529 en Montecasino, al sur de Roma, con el propósito de conseguir la salvación de su alma y la de los monjes que le acompañaban.

Aunque sus miras eran espirituales y en sus intenciones no existía una preocupación cultural, la congregación por él fundada, la benedictina, ha sido una pieza clave en el desarrollo del libro y de la lectura durante la Edad Media.

La regla no ordenaba a los monjes la copia de manuscritos. Sencillamente reglamentaba las lecturas, que consideraba, como las oraciones, medios para la mejora de la vida espiritual. En ella se establecía la división de la jornada entre el trabajo manual, la oración y la lectura, pues había que huir de la ociosidad, enemiga del alma.

Fijaba igualmente los diversos horarios de lectura para el verano, desde Pascua a octubre, y para el invierno, desde octubre a la Cuaresma, y ordenaba que todos los monjes retiraran un libro de la biblioteca para su lectura en la Cuaresma. La lectura podía ser individual, a solas, o colectiva, durante las comidas o las reuniones de la comunidad, en las que un monje leía en voz alta mientras los demás escuchaban en silencio.

Esta decisión, que obligó a los monasterios a disponer de libros para las funciones religiosas y para las lecturas de los monjes, hizo imprescindible, desde los momentos iniciales del monacato, la existencia de una colección, normalmente muy menguada, de libros, o biblioteca, que facilitó la conservación de las obras de la Antigüedad, fundamentalmente de las cristianas, pero también de algunas paganas, que se mantuvieron como modelos de expresión.

La actividad del escritorio monacal en la producción de libros tomó importancia a raíz de la destrucción de Montecasi-no por los lombardos en el año 585, que obligó a los monjes a refugiarse en Roma, donde fueron incitados por el papa San Gregorio, que era miembro de la comunidad, a sustituir el trabajo obligatorio en el campo, de difícil cumplimiento en Roma, por el de copia de manuscritos.

Los monjes volvieron a principios del siglo vm, su biblioteca se reconstruyó principalmente con donativos papales, mantuvo relaciones con otros monasterios europeos y Carlomagno, que reclamó para su corte a un monje del monasterio, Paulo Diácono, lo visitó. En el siglo y medio que transcurrió hasta su nueva destrucción, ahora por los árabes, su biblioteca debió de tener, aparte de los religiosos, fondos históricos, gramaticales y de ciencias.

Volvió a ser reconstruido a mediados del siglo X y seguidamente alcanzó durante dos siglos su época de oro. Allí vivieron notables historiadores y poetas y se tradujeron obras de medicina del árabe. Su escritorio produjo numerosas y notables obras, entre ellas bastantes de clásicos, hasta que de nuevo fue destruido en 1349 por un terremoto. Todavía el fatal destino volvió a cebarse en sus muros durante una larga y dura batalla en la última guerra mundial.

Casiodoro, un aristócrata romano que estuvo, como Boecio, al servicio de Teodorico, y luego de sus sucesores, se retiró hacia el año 540 de la política y fundó en el sur de Italia, en su natal Esquiladle, un monasterio, Vivarium, de cuyo gobierno encargó a dos abades, aunque retuvo para sí la dirección espiritual. Estaba preocupado por el abandono de los estudios y temía la desaparición de la cultura clásica.

Vivarium se diferenciaba de los monasterios que habían ido apareciendo desde los primeros tiempos del cristianismo por su interés en la salvación de la cultura. En efecto, para Casiodoro era tan importante como la oración la copia de manuscritos. Le interesaba principalmente el pensamiento cristiano, pero reconocía que las artes liberales, en las que descansaba la cultura clásica, eran imprescindibles para el conocimiento de las Sagradas Escrituras, justificación primera, para él, de toda actividad intelectual.

Como Casiodoro tenía gran fe en el libro por su poder, espacial y temporal, como difusor de las ideas, en Vivarium la dependencia más importante fue la biblioteca, en la que se podía trabajar incluso por las noches gracias a las lámparas de aceite diseñadas por el propio Casiodoro y a unos relojes de agua para medir el tiempo en la oscuridad. Los libros se guardaban en armarios de madera en los que descansaban tumbados sobre los entrepaños. Siguiendo la tradición romana, formaban secciones diferentes los griegos y los latinos.

El fondo se constituyó con los libros traídos por el propio Casiodoro, con algunos pocos ejemplares que pudo comprar, ya que el comercio del libro había desaparecido prácticamente, y en especial gracias a la labor de copia realizada en el escritorio, donde había ejemplares bellamente encuadernados, porque las buenas encuademaciones le gustaban a Casiodoro. También los había ilustrados, aunque la preocupación mayor fue de la corrección de los textos, y para asegurarla, unos monjes, los notarii, comparaban los manuscritos, los anotaban y los puntuaban.

El monasterio dejó de existir poco después de la muerte de su fundador y los valiosos códices que componían su biblioteca debieron de pasar, en gran parte, a la biblioteca romana de Letrán; otros probablemente terminaron en Inglaterra y Francia.

Precisamente para facilitar la correcta copia y evitar las  posibles erratas en la transcripción de las palabras dudosas, reunió abundantes obras gramaticales y, al final de su vida, redactó su De Ortographia.

Otra obra suya, Institutiones, que es una introducción a los estudios superiores, ha sido considerada la primera bibliografía medieval. Está dividida en dos partes, una destinada a la exposición de las letras sagradas, divinis, y la otra, introducción a las artes liberales, a las profanas, secularibus.

En las Galias fueron numerosas las comunidades de religiosos que se formaron huyendo de las revueltas de los tiempos y en busca de un lugar tranquilo para el disfrute de la vida espiritual. Entre ellas destacan el monasterio de Lérins, fundado por San Honorato, obispo de Arles, en unas islas de la Provenza y los dos que estableció, uno para hombres y otro para mujeres, cerca de Marsella, también a principios del siglo V, Casiano, autor de dos obras que gozaron de gran favor en la Edad Media, De coenobiorum institutis, reglas para las comunidades, y Collationes, una serie de conferencias espirituales.

Estos monasterios contaron con pequeñas colecciones de libros para el servicio religioso y la formación espiritual de los monjes. Mejores fueron las bibliotecas y los escritorios de las catedrales, como Lyon, Arles, Clermont, Auxerre, Reims, Bordeaux y Vienne, que dispusieron, además, de escuelas para la formación superior, que los monasterios eran incapaces de ofrecer.

Sobrepasó a todas la de Lyon, cuya actividad intelectual se explica por su posición geográfica, que de nuevo proporcionó a la ciudad un puesto destacado en el comercio del libro durante los primeros siglos de la imprenta.

Las bibliotecas monacales

Cultivando la tierra y cultivando el espíritu, los monjes dieron de comer a mucha gente que se estableció a su alrededor y dieron formación intelectual, aparte de a los futuros monjes y sacerdotes, a los infantes y a los hijos de la nobleza, entre los que, por otra parte, se reclutaban los monjes.

La formación de estos monjes era fundamentalmente ascética. No pretendía otra cosa que el conocimiento de la doctrina cristiana para mejorar su vida espiritual. Por ello para los primeros pasos de la lectura solía utilizarse el salterio. La enseñanza de la música y de las matemáticas, por otro lado, tenían una finalidad litúrgica, al precisarse su conocimiento para la fijación de las fiestas movibles.

En estos monasterios había un escritorio o lugar destinado a la copia de los escritos, que eran de doble naturaleza, administrativos y literarios, incluidos en estos últimos los religiosos, claro está. Los primeros tenían por objeto justificar las propiedades del monasterio en las acciones que había que ejercer a causa de los pleitos que se suscitaban.

Estos documentos, que son más propios de un archivo que de una biblioteca, y de los que han llegado a nosotros en España más de 100.000 escritos en pergamino, terminaron, para evitar su pérdida o extravío, copiándose en grandes libros llamados cartularios y libros de testamentos, por su contenido, libros becerros, por la piel que se utilizó como materia escritoria, y tumbos, porque, dadas sus dimensiones, tenían que guardarse tumbados.

Esta documentación, de cuya guarda, al principio, debió de ocuparse el encargado del escritorio, constituyó el fondo inicial del archivo-biblioteca, escaso, pues se llamó armarium, quizá porque todos los escritos cabían en uno sólo. También se llamó secretarium, archivum, chartularium, scrinium, nombres que recuerdan los fondos documentales más que los literarios, tabularium, que también se usó para archivo en Roma, y librarium. La persona responsable de los libros y documentos recibió nombres muy variados: antiquarius, bibliothecarius, chartigraphus, chartularius, scrinarius, notarius, cusios, secretarius y armarius, entre otros varios.

Los que trabajaban a sus órdenes se llamaron scribae, librarii, notarii y bibliatores, en los monasterios y en la vida seglar capellani, graphiarii, scribones, etc.

Con independencia de estos nombres, en los monasterios había funciones, que, aunque podían ser desempeñadas por una sola persona, estaban claramente diferenciadas, como las del bibliotecario, las del archivero o encargado de la documentación, las del responsable del escritorio, las del encargado de la enseñanza y finalmente las del maestro del coro. Muchas veces el bibliotecario estaba encargado de las otras cuatro funciones.

Era la persona más importante del monasterio después del abad, del cual dependía directamente, y el responsable de la producción de libros, de la corrección de los textos y de su conservación. Dirigía la lectura de los monjes y señalaba las obras que debían ser leídas en voz alta durante las comidas y las reuniones de la comunidad.

Es de destacar la callada y anónima labor de los bibliotecarios monacales, gracias a los cuales, y a pesar del fuego, de las humedades, de las ruinas de los edificios, de las guerras, de los roedores, de los insectos y de los ladrones, así como también de los problemas económicos de ciertas épocas, que obligaron a los abades a vender algunos códices, se conservaron, en la torre de marfil de la biblioteca altomedieval, tantos libros durante tantos años pues son numerosísimos los que llegaron a la Edad Moderna, donde un gran número desapareció al salir de su lugar de origen. A ellos también se debe la supervivencia de algunas obras prohibidas, a las que los bibliotecarios llegaron a cambiar el título y el nombre del autor para evitar su destrucción por los duros defensores de la ortodoxia.

El libro durante la Alta Edad Media, durante estos tiempos de ignorancia, tuvo, además del material e intelectual, un valor simbólico, parecido al de la cruz. Algunos evangeliarios pertenecientes a los grandes misioneros fueron considerados reliquias y conservados en cajas ricamente labradas en los altares de los monasterios fundados por ellos, en vez de en la biblioteca.

Por otra parte, las bibliotecas fueron normalmente de instituciones religiosas, monasterios y catedrales principalmente. Prácticamente no existieron bibliotecas privadas, excluidas las imperiales mencionadas, algunas reales, las ocasionales de algunos parientes de emperadores y reyes y las pertenecientes a algún que otro prelado.

En ellas era casi inexistente la literatura pagana, cuya desaparición se había iniciado en el siglo IV como consecuencia del hábito, de acuerdo con los criterios de los bibliotecarios de Alejandría establecidos para la literatura griega en el siglo II a. de C, de seleccionar los autores y las obras estimadas importantes.

La pérdida de las no seleccionadas se hizo definitiva al no pasar, por haber perdido interés, a la nueva forma del libro, el códice, y quedar en la original, el rollo, cuya duración material no solía ser superior a los doscientos años.

El gusto por la literatura pagana desapareció, además, al desaparecer la vida urbana y las escuelas para laicos. Tan es así que en tiempos de Casiodoro y San Isidoro se conservaban aproximadamente las mismas obras que hoy. Durante los siglos que siguieron, las supervivientes fueron escasamente leídas y se mantuvieron olvidadas en los armarios de las bibliotecas por el arraigado sentimiento de conservación hacia el libro en general.

Un monje declaraba que no era posible un monasterio sin libros, que sería como una mesa sin comida, un jardín sin flores, un campo sin yerba o un árbol sin hojas, lo mismo que un sacerdote sin ellos sería como un caballo sin bridas o un pájaro sin alas.

La colección de libros de una biblioteca, que en España generalmente no sobrepasó mucho el cuarto del millar en las bibliotecas más nutridas, ni en Europa el medio millar, estaba integrada por libros de mayor o menor necesidad. Hay que advertir que el número de obras, libri, era mayor que el de volúmenes, códices.

Su crecimiento no fue progresivo, sino que dependió de las aficiones de los superiores, que, en general, no tuvieron un gran interés en ampliarla. La estimación de los libros obedecía a un doble motivo. Por un lado residía en su utilidad inmediata.

Curiosamente los considerados en la comunidad más útiles, por los más usados, nó eran ni las ediciones voluminosas de la Biblia, que dadas sus dimensiones descansarían en un atril o en un facistol, ni las de las obras de los Santos Padres, que estaban en la biblioteca para la consulta ocasional como fuentes de doctrina, sino ediciones de libros bíblicos sueltos, generalmente glosadas, así como antologías, sumarios y extractos de estas obras, que eran manejados a diario. También sencillas vidas de santos.

Por otro lado, valoraban los códices primero por la claridad de la escritura y la corrección del texto. También por su relación con personas admiradas y respetadas. Después, de forma secundaria, por el valor material, por la bella y rica presentación: encuademación, caligrafía e ilustraciones.

Ocupaban un primer lugar los que podríamos llamar libros fundacionales, que, por ser necesarios para el culto, estaban desde los primeros momentos, como el liber ordinum o ritual, el liber sacramentorum o misal, el liber comicus o leccionario, que contenía los trozos de la Biblia que se leían en la misa, el liber orationum, el liber passionum o pasionario con las vidas de los mártires, el antifonario y el salterio. Los cuatro últimos constituyen lo que ahora se llama Breviario.

Estos libros parecían tener poderes mágicos por ser utilizados para decir la misa, tan llena, por otra parte, de misterios. Se inventariaban como piezas del tesoro y se guardaban fuera de la biblioteca, en las sacristías y capillas, donde eran utilizados. Fueron los primeros libros ilustrados, a veces con gran riqueza, y resguardados con magníficas encuademaciones.

No faltaban los Libros Sagrados, que formaban varios volúmenes y con frecuencia recibían la denominación de Bibliotheca, y no la de Biblia, que se les dio más tarde. Una consideración inmediatamente posterior recibían las obras de los Padres de la Iglesia, especialmente las de los cuatro grandes, San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio y San Gregorio el Grande, más Orígenes.

Seguían las de los grandes maestros medievales, como Boecio, Casiodoro, Casiano, San Isidoro, Beda, las de algunos Padres de la Iglesia Oriental, como San Basilio y San Juan Crisóstomo, y las de los autores más conocidos de la región. En España, por ejemplo, las de San Martín Dumiense, San Leandro, San Braulio, Tajón, San Eugenio, San Ildefonso, San Julián, San Valerio y Beato de Liébana.

Tampoco faltaban la regla de la orden, ni disposiciones canónicas, ni obras de carácter histórico. Finalmente en las escuelas de los grandes monasterios y catedrales había libros dedicados a la enseñanza, gramáticas, geometrías y manuales médicos, e incluso obras, no muchas, de los escritores paganos, cuya finalidad era exclusivamente mejorar la expresión y el estilo. Faltaban, y por eso se han perdido, escritos de herejes, como los arríanos.

No había comercio del libro y consecuentemente la compra no era el procedimiento normal para la formación de las bibliotecas. Los libros fundacionales solían ser entregados por el fundador en el momento inicial. A veces, algún mecenas generoso donaba unos libros por razones piadosas, a veces unos fieles, también por motivos piadosos, legaban libros en sus testamentos, y a veces un monje conseguía en sus viajes libros para el convento. Hubo monasterios que pidieron la entrega de un libro a los que deseaban ser alumnos.

La mayoría de los libros de las bibliotecas monacales procedían de los escritorios del propio monasterio y habían sido copiados por los copistas e iluminadores de la casa con ayuda ocasional de otros monjes e incluso de los alumnos. Las copias se realizaban de ejemplares existentes en la biblioteca o solicitados de otros monasterios en préstamo con este fin.

Facilitaron la difusión de los libros esenciales en la cultura medieval europea los préstamos que en todo tiempo se hicieron los monasterios entre sí y de manera especial con ocasión de viajes de peregrinación o evangelización.

Los monjes solían, además, llevar algún pequeño libro en los viajes para leer en cuanto se presentaba la ocasión. Para los préstamos al exterior se tomaban medidas cautelares.

El bibliotecario sólo estaba autorizado a hacerlo a las iglesias próximas o a personas de reconocida riqueza. Debía exigir una fianza igual o superior al valor del libro y anotarlo en un registro, generalmente en unas tabletas enceradas. Naturalmente al bibliotecario le estaba prohibido vender, regalar o empeñar los libros, y hacer determinados préstamos sin la autorización del abad.

Los libros, como hemos dicho, se guardaban en armarios, que podían estar en el escritorio, en la iglesia, en un pasillo o en el claustro, pues hasta el siglo XII, con el desarrollo del Císter, no se dedicó un lugar determinado para guardarlos, es decir, no apareció el depósito de la biblioteca.
Había una lectura en común que se realizaba durante las comidas y en las reuniones capitulares. En estos casos las obras más utilizadas eran vidas de los padres orientales, la regla monacal y algunos libros bíblicos.

No solía haber una sala común de lectura, aunque en algunos monasterios existió el atrium lectorum, iluminado por la noche, para que el abad y los monjes pudieran leer allí. Cada monje leía, en voz baja y durante varias horas al día, en su celda o paseando y la entrega de los libros la hacía el bibliotecario de acuerdo con la regla y en ocasiones con un cierto ritual, especialmente en las solemnidades de Cuaresma, época en que la lectura y meditación eran muy recomendadas.

Por ejemplo, la regla de Cluny establece que el segundo día de la Cuaresma, después de la lectura de la parte de la regla que se refiere a la observancia de aquélla, se lea en voz alta, ante la comunidad reunida en la sala capitular, la relación de los libros que fueron retirados anteriormente en préstamo por los monjes.

Al oír su nombre cada monje se levantará y entregará su libro, que será colocado en una estera que se habrá puesto en el suelo de la sala. Si el monje no lo había leído por completo, debería disculparse ante la comunidad. Después los libros se volverán a distribuir y el bibliotecario tomará nota del nombre del monje y del título de cada obra en una tableta algo mayor de las normales.

Los cartujos, además de la obligación de la lectura, tenían la de copiar libros y en las celdas individuales disponían de materiales para escribir y de dos libros. Se les recomendaba que tuvieran mucho cuidado para evitar que sufrieran por causa de la humedad, insectos o suciedad y se les encarecía que para los miembros de su orden los libros eran el único medio de predicación, pues, por el voto de silencio, estaban obligados a predicar con las manos en vez de con los labios.

Por su parte los agustinos recomendaban que los armarios fueran de madera para evitar la humedad y que por dentro estuvieran divididos por tablas verticales y horizontales con el fin de que los libros no sufrieran por el roce y se pudieran localizar fácilmente. Las tablas se distinguían con letras y se exigía que el encargado de los libros supiera los títulos de todos y los revisara para prevenir daños. No se permitía que el que hubiera retirado un libro en préstamo, lo prestara, a su vez, sin autorización del bibliotecario.

Los libros de uso diario debían estar en un lugar accesible a todos y de ninguna manera se toleraba que se los llevaran a las habitaciones particulares o los dejaran en lugares apartados. Se advertía que nadie, sin permiso del bibliotecario, podía corregir o borrar algo de los libros.

En España hay un caso curioso de lo que hoy llamaríamos sistema bibliotecario. San Genadio, restaurador del monasterio de San Pedro de los Montes y de otros tres más en el Bierzo, dotó a cada uno de una colección de libros litúrgicos esenciales y formó otra de una veintena de libros (Etimologías, Morales, Vidas de los Padres, Historia de Varones Ilustres, etc.) para que circulara periódicamente entre los cuatro.

El libro y la lectura fueron esenciales en la vida monástica altomedieval y en el mantenimiento de la unidad religiosa europea, pues eran raros los contactos personales, a pesar de las peregrinaciones, y la formación se había de realizar con la lectura y la meditación sobre unos mismos textos. De ahí la propaganda de la lectura: la ignorancia es madre de muchos males; la biblioteca (armarium) es el arsenal (armamentarium) del monje, y la afirmación de San Jerónimo de que el amor a las Escrituras ayuda a superar las debilidades de la carne.

En los monasterios se sentía un gran cariño por los libros no sólo por ser imprescindibles para la vida religiosa, sino porque habían sido producidos con gran esfuerzo en el propio monasterio y habían ido envejeciendo al servicio de la comunidad. Eran, al ser pocos, viejos y entrañables conocidos, o, mejor, miembros de la familia.

Fuente Consultada:
Historia de las Bibliotecas – Biblioteca del Libro –  de Hipólito Escolar – Capítulo 4 – Fundación Germán Sanchéz Ruiperez

Bibliografía Utilizada por el Autor:
Bruce, Lorne D.: «The Procurator Bibliothecarum at Rome», The Journal of Library History, Spring, 1983.
Bilke, O. A. W.: Román Books and their Impact, Leeds, 1977.
loberts, C. H.: «The codex», en Proceedings of the British Academy, 1954.
rurner, Eric G.: The Typology of the Early Codex, Philadelphia, 1977.

Organización de la Iglesia y la Invasión de los Bárbaros Edad Media

LAS INVASIONES BÁRBARAS Y LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA

La Iglesia en la Edad Media, teniendo en cuenta las experiencias del pasado, llegó a asegurarse el monopolio de las actividades intelectuales, artísticas y educativas. La Reforma de Cluny purificó la vida monástica, pero la Iglesia secular estaba afectada por grandes vicios y los clérigos se hallaban demasiado íntimamente mezclados con el mundo y amenazados por su corrupción. El Papa Gregorio VII, en su deseo de reforma, chocó con el imperialismo dominador de Enrique IV de Alemania.

Después de la invasión de los bárbaros, la civilización occidental parecía haber retrocedido varios siglos; las estructuras de la sociedad fueron desmanteladas, las reglas elementales de la justicia romana desaparecieron, arrastradas por las hordas bárbaras, que se esforzaron en imponer sus propias concepciones por medio del Wehrgeld o precio de sangre.

En ese ambiente de degradación, de saqueo y de matanzas, la Iglesia apareció como el último baluarte de la civilización. Desde el siglo VII, el cristianismo, implantado ya en numerosas ciudades, penetró en los medios rurales, llevado por las antiguas clases dominantes, que buscaban lugares tranquilos y apacibles. Poco a poco, surgieron y se multiplicaron en el campo los lugares dedicados al culto, dirigidos por los nuevos terratenientes; los oratorios, y las capillas   bautismales   se   convirtieron   rápidamente en los centros de las comunidades cristianas: las parroquias.

La Iglesia, sin embargo, en ese contexto de violencias y de rudeza, no se limitó a una simple reorganización, sino que pasó a la ofensiva contra el paganismo renaciente y contra todas las supersticiones que se habían desarrollado entre los pueblos incultos y aterrorizados. Los reyes cristianos no escatimaron su ayuda a esta obra, que muy pronto se identificó con una tarea de reconstrucción del Estado.

Fue ésta la época de las grandes giras pastorales de los obispos contemporáneos del rey Dagoberto: San Eloy, San Omer, San Sulpicio. Prelados y misioneros partieron a evangelizar el norte de la Galia, y la cruz fue plantada de nuevo a lo largo del Mosa y del Escalda. En el siglo IX, la iglesia medieval francesa alcanzó su madurez. Tres concilios nacionales se celebraron entre los años 742 y 744, en el curso de los cuales San Bonifacio dio a la Iglesia franca su verdadera fisonomía.

La Iglesia se vio obligada a asumir, poco a poco, las tareas que los príncipes no estaban en condiciones de llevar a cabo; así, se hizo cargo de la instrucción pública, del cuidado de los enfermos, de la justicia y, en algunas ocasiones, incluso, de la paz.

Estas nuevas funciones hicieron de la Iglesia una fuerza real y confirmaron su creciente autoridad; pero, desde ese momento, un inmenso peligro surgió para el clero: el de su integración pura y simple en la sociedad   feudal.

La Iglesia, para realizar su misión, tenía necesidad de un mínimo de riquezas. Ciertamente, las donaciones y las limosnas se multiplicaban; numerosos eran los señores que, a la hora de la muerte, intentaban redimir las fechorías de una vida guerrera y apasionada, ofrendando a los monasterios vastas extensiones de su propiedad. Sin embargo, la Iglesia no podía vivir de estos recursos solamente.

El comercio y la moneda estaban poco desarrollados en la época feudal, la tierra era aún la única fuente de riquezas, la sola garantía de seguridad, el único medio de cambio. En estas condiciones, el clero no dudó en adquirir múltiples propiedades. Para estar más cerca de sus fieles, el clero secular se instaló entre ellos. Las comunidades religiosas se alejaron de los hombres, y, a menudo, ocuparon tierras abandonadas, dedicándose con entusiasmo a roturarlas, en una época en la que roturar se había convertido en una imperiosa necesidad de supervivencia para una población en pleno crecimiento.

Desde el siglo IX, todas las propiedades de los obispados y de las abadías fueron sustraídas a la ingerencia de los príncipes y de los condes. El dignatario eclesiástico se convirtió, para los hombres libres establecidos en su tierra, en el único representante del rey. En general, la propiedad se benefició de la inmunidad de las cargas fiscales.

Los señores del castillo no tuvieron ya ningún derecho sobre las tierras y los hombres de la Iglesia. De esta forma, las propiedades eclesiásticas se convirtieron en verdaderos enclaves independientes. Pero, en la práctica, esta independencia fue puesta en tela de juicio, debido a las nuevas funciones del clero. Según las estructuras feudales, el prelado propietario de fincas rústicas llegó a ser, en sus relaciones con la población que vivía en sus tierras y las trabajaba, un verdadero señor, animado frecuentemente por la sola preocupación de la ganancia y del beneficio.

Estas tentaciones fueron tanto mayores cuanto que se dieron en gente cuya selección y reclutamiento no obedecieron siempre a piadosas referencias. Y éste es el segundo aspecto de tal integración de la Iglesia en la economía feudal. A menudo, los señores laicos, fundadores de iglesias o donadores de bienes, se otorgaron una gran cantidad de privilegios sobre sus obras. Valiéndose del «patronato», pronto llegaron a designar ellos mismos, entre su propia clientela, a los titulares de los cargos eclesiásticos de la diócesis.

EL MONACATO: LAS TAREAS DE LOS MONJES
Para escapar a las tentaciones inherentes a la vida social, numerosos cristianos abandonaron el siglo, dejaron aquella sociedad en pleno derrumbamiento, para ir a refugiarse en solitarios lugares de retiro, propicios a la meditación y a la plegaria. El monacato no fue un fenómeno particular de la Europa’Occidental; fue, sobre todo, su desarrollo el que ofreció condiciones específicas. Llegadas de Egipto en el siglo V, las primeras comunidades se instalaron, hacia el año 418, en el sur de Francia.

Desde entonces, después de la fundación de los monasterios de Lérins y de San Víctor de Marsella, apareció toda una serie de comunidades que practicaban el ascetismo  más riguroso, unido a una nueva concepción de la penitencia y de la salvación. Así en el año 615, se fundaron los monasterio de Luxeuil, de Saint Gall, de Bobbio. Entre tanto, en el año 525, un italiano , Benito de  Nursia, decidió pro-movervun estilo de vida menos riguroso en sus monasterios,   para   transformarlos   en refugios más accesibles a los cristianos.

Fue entonces cuando se desarrolló un verdadero y vasto movimiento monacal, que aplicó por todas partes la regla de San Benito. Los centros benedictinos, al seguir esa regla, se convirtieron en remansos de paz, pero también en auténticos instrumentos de evangelización.

Fueron monjes benedictinos,   dirigidos   por   Agustín,   losque marcharon a convertir a los anglosajones. En Canterbury se instaló el primer monasterio benedictino situado fuera de Italia. En esos monasterios, la vida era bastante ruda y, esencialmente, estaba consagrada a la oración colectiva; los monjes organizados en verdaderas milicias, se habían comprometido solemnemente por escrito a llevar una vida parecida a la del soldado-campesino, bajo la férula absoluta del abad, jefe de la comunidad.

Además de dedicarse a la oración, los monjes se ocupaban en trabajos manuales, destinados a asegurarles la existencia. No queriendo depender en absoluto de la sociedad, por miedo a contaminarse, San Benito había impuesto el laboreo de los campos. Esta vida, tranquila y austera, atrajo a un gran número de señores y de campesinos, deseosos de asegurar la salvación de su alma. (seguir leyendo sobre Los Monasterios de San Benito de Nursia)

Fuente Consultada:
HISTORAMA Tomo III La Sociedad Feudal La Gran Aventura del Hombre Edit. CODEX
Más Allá de los Pilares de la Tierra  Ken Follett Edit. Hermética Robinbook

La Vida en los Monasterios en la Edad Media: el Trabajo y la Oracion

La Vida en los Monasterios en la Edad Media – Función de los Monjes

VIDA EN los monasterios medievalesLos monjes dieron a la Iglesia un contingente de misioneros de primera clase para la conversión de Europa.

No solamente predicaban los evangelios, sino que rellenaban pantanos, fundaban escuelas, experimentaban con nuevas técnicas agrícolas y construían monasterios alrededor de los cuales crecían ciudades pequeñas como la de York o grandes como la de París.

En los «scriptoriums» (el término monástico equivalente a bibliotecas de investigación), escribieron copias perdurables de los libros griegos y romanos, conservando esta herencia del saber para todos nosotros. Hicieron todo esto convencidos de que la voluntad del Espíritu de Dios era la civilización del mundo.

San Benito fue el padre de los monjes de Occidente. Fundó su primer monasterio, Monte Casino, a mediados del siglo VI. La Regla de san Benito fue y sigue siendo una guía monástica hasta hoy.

En el mundo medieval, los monasterios hacían la función de «ciudades de Dios», al igual que las villas, los pueblos y las aldeas eran las ciudades de los hombres.

Eran microcosmos en los que los hombres y mujeres allí reunidos se entregaban al trabajo y la oración; en un mundo oscuro y bárbaro fueron los que preservaron la cultura clásica para los siglos venideros

Desde hace miles de años han existido hombres que voluntariamente han abandonado la sociedad para retirarse a meditar y orar en soledad, son los ermitaños y anacoretas.

En algunos casos, prefirieron agruparse en pequeñas comunidades en las que trataron de alcanzar estos mismos objetivos; de esta manera surgieron los monasterios, pequeños microcosmos autosuficientes, que se regían por sus propias reglas. Pronto, el resto de la sociedad, deseosa de lavar sus pecados y de ser incluida en las oraciones de los monjes, fue ofreciendo a los monasterios donaciones destinadas a ennoblecer los edificios monacales.

La palabra monje (del griego monacos, solitario) designaba desde el siglo IV a los que, siguiendo los consejos de perfección que Cristo había dado en su Evangelio, abandonaban las ciudades para establecerse en lugares desiertos y entregarse a la contemplación de Dios y a la práctica de las virtudes cristianas. Ejemplares insignes de monjes fueron san Pablo, primer ermitaño, y san Pacomio, que dio las primeras reglas. Sus numerosos discípulos poblaron los desiertos de la Tebaida en Egipto. Estos solitarios pronto mostraron tendencia a reunirse en edificios llamados monasterios donde, sin abandonar su vida de retiro y meditación, ejecutaban en común las comidas y la oración. El ejemplo se propagó por Occidente, y se fundaron monasterios en Francia, España, África e Irlanda. Mas faltaba unidad entre sus reglas. Unas eran excesivamente rigoristas, otras eran susceptibles de varias interpretaciones.

El origen del monacato: Los orígenes del monacato se sitúan en el siglo III en el Mediterráneo oriental, donde, partiendo de la necesidad de un mayor compromiso religioso, numerosos eremitas y anacoretas decidieron llevar una vida ascética en solitario, siguiendo el modelo de santos como Elias o Juan.

Sin embargo, también se desarrollaron formas de vida religiosa en comunidad; fue el caso de los cenobitas, que querían imitar a los apóstoles.

En Occidente, resulta difícil hablar de una homogeneidad monástica, ya que cada centro era independiente de los demás, aunque los objetivos de la orden fuesen comunes.

Las reglas monásticas más antiguas fueron redactadas por San Agustín (354-430); en ellas reguló las horas canónicas y dispuso las obligaciones de los monjes respecto al orden teológico y moral.

Consiguió, ya en el siglo y, que más de veinte monasterios africanos las practicaran, lo que contribuyó al conocimiento de la regla en Europa. Desgraciadamente no se conserva ningún resto de los primitivos monasterios africanos, por lo que desconocemos cómo fueron las construcciones que acogieron a estos primeros monjes.

Durante los siglos V a VIII, en Europa destacaron dos corrientes monásticas: los monjes celtas irlandeses, comunitarios y fuertemente ascéticos, y los que seguían la regla de san Benito de Nursia. Las órdenes irlandesas estaban muy relacionadas con las reglas monásticas orientales; san Columbano, en el siglo VI, fue su principal impulsor. Fue un rígido monje que exigía a sus comunidades que vivieran con descanso y alimentación mínimos, sometiendo sus cuerpos a terribles castigos para evitar la sensualidad.

Este ascetismo y mortificación de la carne impulsaba a los monjes a buscar refugio en lugares inhóspitos, donde su existencia resultara aun mas extrema. Se conserva una descripción del monasterio más importante fundado por san Columbano, en la isla de ona. Se trataba de una pequeña aldea, rodeada de un rudimentario muro más o menos circular, en la cual los monjes habitaban en doce minúsculas celdas de madera y tierra prensada; en el centro, una celda algo mayor era ocupada por el abad.

Al parecer, todos los monasterios de esta orden siguieron el mismo esquema, con iglesias muy pequeñas y oscuras ubicadas en una posición central. Estaban construidos con materiales muy pobres, piedras sin labrar o un entretejido de ramas y cañas. Sin embargo, pese a esta pobreza, en estos monasterios se desarrolló un maravilloso arte ornamental, fundamentalmente orfebrería e iluminación de manuscritos.

La regla de san Benito

El monasterio benedictino fue el germen de la arquitectura monástica occidental. Benito de Nursia se retiró a los veinte años para llevar una vida de ermitaño. Muy pronto, imitaron su ejemplo numerosos discípulos, atraídos por su santidad.

Refugiado con algunos de ellos en Monte Cassino, en la comarca italiana de Campania, el santo escribió la Regula Sancti Benedicti, la norma que gobernó la vida monástica de todo el medioevo, según la cual los monjes debían rezar y trabajar (ora et labora) de manera equilibrada. Para ello se prestaba especial atención a la organización del horario, lo que determinó un mejor aprovechamiento de la luz y de las condiciones climáticas.

Carlomagno mandó hacer una copia de la regla y ordenó su disposición en todos los monasterios del Imperio, hecho que contribuyó a la rápida extensión del benedictismo por toda Europa.

Aunque la regla no específica las características de los edificios monásticos, en época carolingia se definió su esquema.

Hasta la actualidad ha llegado el plano del monasterio suizo de Saint Gallen, conservado en el reverso de una biografía de san Martín. Gracias a él sabemos cÓmo era la distribución planimétrica de un monasterio del siglo IX, muy parecida a la de los posteriores centros cluniacenses. Al igual que sucede con todos los monasterios medievales, el emplazamiento de Saint Gallen no se eligió al azar, estaba en un lugar protegido y bien abastecido de agua, con una buena cantera, un bosque frondoso y unas ruinas romanas en sus cercanías…

Los cluniacenses

En el año 910, Guillermo, duque de Aquitania, fundó el monasterio de Cluny en tierras de Borgoña, que donó a los benedictinos, otorgándoles amplios privilegios. Éstos decidieron reformar la regla, ya que para entonces se encontraba muy alejada en la práctica de sus propósitos iniciales.

La reforma restó importancia al trabajo manual e intelectual frente a los oficios divinos. Este renovado espíritu religioso propició un nuevo estilo artístico más místico; la austeridad del régimen de vida condujo a la creación de un nuevo espacio arquitectónico.

El esquema de la edificación no quedaba al puro arbitrio de la agrupación conventual, se regía por estrictas normas constructivas, en función de la vida cotidiana de los monjes; en lo fundamental, se tomaba como modelo la villa romana de explotación rural. En síntesis, este plano básico del monasterio constaba de cuatro conjuntos arquitectónicos diferenciados por su funcionalidad.

El complejo quedaba articulado en torno al claustro, un área cuadrangular con un jardín en su centro.

En él, los monjes gozaban dé un rincón de paz donde podían recogerse dentro de la comunidad, reflexionar sobre temas espirituales y realizar sus plegarias. El claustro estaba rodeado por una galería cubierta desde la que se accedía a las diferentes estancias, que comunicaban frecuentemente con la iglesia, el refectorio y la sala capitular. En el segundo piso se situaban los dormitorios de los monjes.

Esta distribución podía variar en función de diversos elementos, como las características o el clima del territorio.

La presencia de otras estancias, como las dedicadas a la vida económica, estaba supeditada a la importancia o la riqueza de cada centro. Los amplios campos de explotación agrícola y el considerable número de monjes dependientes del monasterio hacían necesaria la edificación de almacenes, bodegas, establos, despensas, locales administrativos, etc.

El palacio del abad podía ser también testigo del prestigio adquirido por el monasterio.

Un tercer conjunto arquitectónico estaría asociado a la vida cultural desarrollada en el monasterio, cuyo eje se centra en la biblioteca y el scriptorium, además de en la escuela de novicios.

Por último, otras dependencias servían para relacionar al monasterio con el exterior. La hospedería daba cobijo a los peregrinos que se hallaban de paso, aunque en muchas ocasiones albergaba a visitantes de renombre.

También era importante la labor de beneficencia del monasterio, donde se socorría a pobres, enfermos y desheredados en hospitales o lazaretos.

En suma, el monasterio estaba concebido fundamentalmente como lugar de plegaria más que de trabajo, pero, sobre todo, era un ámbito donde los monjes se dedicaban por completo al servicio de Dios.

Alejados, pues, de una vida dependiente del trabajo manual, era necesario que el recinto fuese un remanso de paz que procurase un agradable retiro y aislamiento a sus moradores. Las edificaciones debían tener una medida justa y apropiada para la comunidad y, en cualquier caso, debían facilitar la vida litúrgica, los oficios y las oraciones.

Cluny, tomado como modelo de monasterio por antonomasia, contribuyó decisivamente a la difusión por toda Europa de las soluciones del estilo románico empleadas en su construcción. Sus abades se empeñaron en convertirlo en una segunda Roma, una aspiración a la que no era ajena la idea de lo bello al servicio de la liturgia, ya que se consideraba que el esplendor y la pureza de las formas externas eran sumamente importantes para honrar a Dios debidamente.

Los cistercienses

El poder y la opulencia que hablan alcanzado los monjes de Cluny —la iglesia de la casa madre, tras sucesivas ampliaciones, llegó a ser la más grande de la cristiandad— rompía con la máxima benedictina del “ora et labora”; durante todo el siglo XI se sucedieron los intentos de restaurar los principios fundamentales de la regla.

Finalmente, lo consiguió el monje Roberto, que en 1089 se retira al bosque de Citeaux, en Borgoña, en compañía de otros hermanos.

En la nueva orden del Císter se prohibió el lujo, tanto en el vestido, como en la comida y en la vivienda, por lo que los monasterios se construyeron siguiendo líneas extremadamente austeras.

Esta austeridad propició la creación de edificios desprovistos de decoración, en los que lo principal era la estructura arquitectónica en sí misma.

Un nuevo estilo, el gótico, se ajustó perfectamente a los deseos expresados por estos monjes; la fundación de los monasterios cistercienses favoreció la expansión del estilo por todos los rincones del continente.

¿Dónde se construían los monasterios?: Los monjes buscaban lugares aislados situados en las proximidades de elevaciones montañosas poco frecuentadas, en lo más profundo de valles baldíos o en parajes muy arbolados, lejos de las rutas recorridas por los comerciantes y hombres de armas.

La primera ley que rige el monaquisino es la soledad; la segunda, el desapego. Sin embargo, y con frecuencia, el monasterio se establecía en lugares en los que habían encontrado abrigo cultos anteriores al cristianismo, como si hubiese localizaciones predestinadas.

¿Cómo era la vida cotidiana?: El empleo del tiempo de cada jornada presenta una cierta diversidad según las diferentes órdenes monásticas, pero, por regla general, hay tres actividades esenciales en la vida de la comunidad: el oficio divino, que comprende múltiples liturgias diurnas y nocturnas, y en el que el canto ocupa un lugar de privilegio; el trabajo manual, que suministra a la comunidad sus medios de subsistencia, pero que es también una forma de oración; y, por último, la lectura y la meditación solitaria en el silencio de la celda, que proveen a los monjes de su alimento espiritual y la profundización de su fe.

¿En qué se ocupaban los monjes?: Desempeñaban desde las tareas más humildes a las actividades más complejas, y, en la medida de la capacidad de cada cual, debían dedicarse a todas ellas con idéntica aplicación. La comunidad vivía en régimen de autarquía. Debía producir todos los medios para su subsistencia y, por consiguiente, cultivar la tierra, fabricar las herramientas y las vestiduras, y construir y reparar los edificios. Después venían las labores intelectuales, y en particular la copia e ilustración de manuscritos, y la decoración, a base de pintura y escultura, de los inmuebles religiosos.

¿De dónde procedían los monjes?: Pertenecían a todas las clases sociales. Algunos provenían de medios aristocráticos, y se hacían monjes para huir de la corrupción y, sobre todo, de las violencias de un mundo dominado por la barbarie guerrera. Otros procedían del ámbito agrícola y, gracias a la vida monástica, encontraban el medio de acceder a la cultura.

Otros, por fin, habían formado parte de la multitud errante característica de la Edad Media, época de extremada movilidad, en la que gran número de jóvenes se lanzaban a los caminos con la esperanza de encontrar en algún sitio su destino verdadero. Para muchos de éstos, el monasterio, remanso de paz, constituía el término de su viaje.

¿De qué tipo era su influencia?: En primer término, era espiritual, puesto que su existencia representaba la puesta en práctica de las enseñanzas evangélicas, fundadas sobre la fraternidad y la negación de la violencia. Pero en la inmensa labor cultural realizada en los monasterios, el cristianismo encontraría los cimientos de su influencia intelectual.

Influencia que se da también en el terreno de lo económico, pues los monjes contribuyen ampliamente a que se utilicen mejor las tierras cultivables y a que se renueve el utillaje del mundo rural, lo que permitirá efectuar grandes desmontes.

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PARA SABER MAS…

Los desórdenes del siglo  X trastornaron profundamente la vida monástica, que era el fundamento de la cristiandad. Religión y superstición se confundieron.

Aparecieron movimientos tachados inmediatamente de heréticos y contra ellos se empleó a fondo la represión de los poderes político y eclesiástico.

Algunas comunidades impregnadas de los sentimientos de paz y de caridad, lucharon contra tal disolución de las enseñanzas evangélicas. Monasterios de un tipo nuevo intentaron conciliar el ideal de la vida eremítica, fundada sobre el silencio y la oración, con la vida colectiva tal y como la había concebido San Benito.

Cluny y la fuerza del ejemplo Fue en Cluny donde se manifestó con mayor fuerza tal renovación monástica. Fundada en el 910 por un noble borgoñón, Bernon, la abadía hizo revivir bajo un aspecto nuevo la regla benedictina. Los monjes se consagraban esencialmente a la oración, pero también organizaban en torno al monasterio una comunidad laboriosa y apacible. Su influencia se hizo pronto muy considerable.

Siguiendo el modelo de Cluny, se edificaron toda una serie de abadías que constituyeron otras tantas comunidades independientes, vinculadas todas ellas, empero, a la abadía madre. Así, en el s. XIII, la orden de Cluny cuenta con más de 1.500 casas, desde España a Escandinavia.

La vuelta a la sencillez evangélica A finales del s.XI, aparece una nueva orden, la de los cartujos, que va todavía más lejos que la de Cluny en el camino del ascetismo.

Fundada por un canónigo de Reims, Bruno, en el valle de la Grande-Chartreuse, su regla es extremadamente severa: reclama de los monjes la constante práctica del silencio y una pobreza absoluta.

Dichos monjes no consagran al trabajo de los campos más que el tiempo necesario para asegurar su subsistencia, dedicando muchas horas al trabajo intelectual. Numerosas cartujas irán apareciendo paulatinamente, sobre todo en Italia.

La fundación de Cister La misma vuelta al ascetismo anima la fundación de Cister. Fue Roberto de Molesmes quien creó, cerca de Dijon, una comunidad fundada sobre la estricta aplicación de la regla de San Benito.

Los monjes debían vivir en la pobreza absoluta, y severamente apartados del trato con los hombres. No podían depender materialmente de ninguna donación exterior.

El monasterio se convierte, así, en una comunidad económica independiente, cuyo sustento procede del trabajo manual de los monjes, ayudados por determinados laicos, los hermanos legos, que viven como ellos, y por jornaleros, que cobran salario.

Las comunidades cistercienses El progreso de la regla de Cister es lento. En realidad, comienza, en 1112, con la llegada de quien habría de convertirse en San Bernardo, que se presenta acompañado de una treintena de jóvenes caballeros deseosos de consagrarse a la vida monástica.

A partir de ese momento, y sobre el modelo de Cister, se va creando toda una red de filiales vinculadas a la casa madre por mediación de un código común.

Cada comunidad es independiente, pero los abades de los distintos monasterios deben reunirse todos los años en Cister para establecer el balance de la particular experiencia de cada abadía. Los abades no son elegidos por la abadía madre, sino por los monjes del establecimiento respectivo.

Lo que significa que los vínculos que unen a los monasterios cistercienses son de una flexibilidad extrema.

San Bernardo, en Clairvaux Después de haber permanecido durante tres años en Císter, Bernardo, que se había impuesto ya como uno de los maestros de la doctrina cristiana, funda en Clairveaux una abadía cuya regla es particularmente rigurosa.

Sus monjes solamente se alimentan de habas y de lechugas salvajes. Deseando hacer que el cristiano volviese a las fuentes originales, representadas en su opinión por los Padres de la Iglesia y, en particular, por San Agustín, ataca a la orden de Cluny a causa de sus riquezas. Y en 1145, en Vézelay, predica la segunda cruzada.

La reforma gregoriana Estas convulsiones de la vida monástica constituyen el preludio de la reforma general de la Iglesia, emprendida por un monje toscano, Hildebrando, que se convertiría en papa en el 1073 con el nombre de Gregorio VII.

Aquel hombre de acendrada piedad había adquirido en la corte de Roma una gran experiencia política, y tenía una idea muy elevada de su función. Comenzó por definir con precisión el cometido particular de la Iglesia romana en sus relaciones con el poder temporal.

Quería, en efecto, que los reyes y los príncipes no siguieran interviniendo en los asuntos religiosos, por lo que se reservó el derecho de nombrar a los obispos. Se esforzó también en devolver a la cristiandad su naturaleza evangélica, oponiéndose a la guerra y a la opresión de los débiles. De tal manera, intentó imponer «la tregua de Dios», tendiente a limitar la utilización de la violencia.

Las «casas de Dios» El fervor religioso, del que los monasterios cluniacenses y cistercienses fueron foco de irradiación, tuvo una decisiva influencia sobre el movimiento arquitectónico del que nacieron las iglesias románicas y las catedrales góticas. Las abadías eran consideradas «casas de Dios», y debían reflejar la grandeza divina.

Pero la armonía celeste obedece a leyes precisas, y la construcción de los edificios conventuales no fue dejada por completo al antojo de la imaginación de los arquitectos.

En ella se intentaron reflejar las leyes del orden cósmico, el orden que Pitágoras había analizado durante tanto tiempo intentando poner de relieve la importancia del número áureo, símbolo de la perfecta proporción que rige la relación entre cielo y tierra.

De ahí el extraordinario esfuerzo, todavía reconocible hoy, realizado en la arquitectura cisterciense para dejar al descubierto, mediante un lenguaje simbólico de sutil precisión, la exacta relación existente entre la obra divina y el trabajo de los hombres.

MONASTERIOS

La época de los monjes comienza, en realidad, en los s. XI y XII. Verdaderas sociedades ideales en miniatura, los monasterios quieren ser un ejemplo para toda la sociedad, y reproducen la división tradicional que se da en ésta entre los que oran, los que trabajan y los que combaten, sin dejar de aspirarpor ello a la perfección divina. En cualquier caso, pronto se distinguen dos corrientes: a la pompa de los servicios litúrgicos cluniacenses y a su, con frecuencia, ostentosa espiritualidad, los monasterios cistercienses oponen una vida de soledad y de ascesis.

Fuente Consultada: Civilizaciones de Occidente Volumen A

 

Fuente Consultada:
Gran Enciclopedia Universal – Editorial Larouse – Tomo I

Ver: Construcción Catedral de Chartres

Ver: La Educación Cristiana Medieval