Biografia de Charles De Gaulle

Openheimer Robert Resumen Proyecto Manhattan Bomba Nuclear

Openheimer Robert
Resumen Proyecto Manhattan Bomba Nuclear

ROpenheimer Robert Oppenheimer obert Oppenheimer y el Proyecto Manhattan: Cuando recibió la inquietante carta de su amigo Haakon Chevalier, hacía apenas meses que el doctor J. Robert Oppenheimer había comenzado a recuperarse.

Llevaba casi una década expulsado del poder, convertido en una víctima emblemática de la histeria macartista. Por fin el gobierno de los Estados Unidos lo labia reivindicado al premiarlo con la Medalla Enrico Ferrni.

Y entonces, apenas meses después, Oppenheimer recibió la escueta página deChevalier. Con fecha del 23 de julio de 1964, el escritor y ex profesor le literatura en Berkeley le contaba que sentía la urgencia le publicar la verdad sobre la relación que los había unido:

«El motivo por el cual te escribo es que una parte importante de la historia concierne a nuestra participación en la misma unidad del PC desde 1938 a 1942. Me gustaría tratar el tema en la perspectiva correcta, contando los hechos tal como los recuerdo. Dado que se trata de una de las cosas de tu vida que, en mi opinión, te hacen sentir como mínimo avergonzado; y dado que tu compromiso, testimoniado entre otros elementos por tus Informes para nuestros colegas, cuya lectura impresiona incluso hoy, fue profundo ¿y genuino, considero que sería una grave omisión negarle su debida prominencia”.

La furia y el miedo paralizaron a Oppenheimer. En 1954, sacándole al sol su red de afectos de izquierda —esposa, hermano, cuñada, discípulos, amigos y hasta ex novia—, había reconocido sus mentiras en un interrogatorio por supuesto espionaje. Lo había hecho para proteger a Chevalier.

«Querido Haakon —le contestó el 7 de agosto—: Me alegra que me hayas escrito. Me preguntas si tengo alguna objeción. Claro que sí. Me sorprende lo que dices acerca de ti.Y lo que dices acerca de mí no es cierto en un punto. Nunca fui miembro del Partido Comunista y en consecuencia nunca integré una unidad del Partido Comunista. Yo, por cierto, siempre lo supe. Creí que tú también lo sabías.”

Oppenheimer había perdido el acceso al trabajo en proyectos oficiales —lo cual implicó alejarlo de las investigaciones atómicas—, pero nadie le había probado que pasara secretos a los científicos rusos, o que perteneciera al Partido Comunista (PC).

Su temor a otra persecución no terminó sino con su muerte, de cáncer de garganta, en 1967. Chevalier nunca dio a conocer el asunto de la célula comunista y en su libro sobre los buenos viejos tiempos en Berkeley (Oppenheimer: la historia de una amistad) hizo apenas una elíptica referencia a un grupo de discusión política.

Gregg Herken, historiador de The Smithonian Jnstítution, exhumó la carta y publicó en los Estados Unidos Brotherhoodof the Bomb (La hermandad de la bomba), donde afirma que Oppenheimer perteneció al PC en un grupo secreto que funcionaba en la Universidad de California, destinado a fijar políticas de acción y escribir panfletos.

Según Herken, Oppenheimer fue leal a su país y nunca espió para la Unión Soviética, pero ocultó sus simpatías políticas por ambición —la suya y sobre todo la de su mujer, Kitty, quien impulsó su carrera con más fuerza que él mismo—, ya que un pasado rojo podría haberle vetado la dirección del laboratorio de Los Alamos, Nuevo México, donde se desarrolló el proyecto Manhattan que terminó la Segunda Guerra Mundial con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

El objetivo era el Puente Aioi —“el mejor blanco que vi en esta maldita guerra”, según Paul Tibbets, comandante del avión B29 Enola Gay, por su forma de T—, pero la bomba atómica de uranio llamada Little Boy explotó a 250 metros de allí, evaporando el hospital Shima, sus enfermos y sus profesionales para iniciar una cuenta que llegaría a los 75.000 muertos y los 163.000 heridos.

Era el 6 de agosto de 1945 y el presidente norteamericano Harry  Trumancomía a bordo del Augusta cuando le llegó el mensaje cifrado con la noticia.

“Capitán, esto es lo más grande de la historia”, le dijo a Franklin H. Graham, uno de los oficiales de la Casa Blanca que lo acompañaban, cuando el teniente George M. Elsey le alcanzó un segundo cable: “Evito completo en todos los aspectos”.

Cuenta John Hersey en su crónica Hiroshima los días siguientes a la tragedia lanzada desde el avión de Tibbets:

“Los científicos pululaban en la ciudad. Algunos de ellos midieron la fuerza que había sido necesaria para quebrar las lápidas de mármol de los cementerios, para destruir 22 de los 47 vagones de ferrocarril en los depósitos de la estación de Hiroshima, para elevar y mover el piso de concreto de uno de los puentes, y para llevar a cabo otros notables actos de fuerza; concluyeron que la presión ejercida por la explosión variaba de las 5,3 a las 8 toneladas por metro cuadrado.

Otros descubrieron que la mica, cuyo punto de fusión es de 9000C, se había derretido en las lápidas de granito a 380 metros del centro; que los polos telefónicos, cuya temperatura de carbonización son los

2400 °C, se habían quemado a 4.000 metros del centro; y que la superficie de las tejas grises de tipo usado en Hiroshima, cuyo punto de fusión es de 1.3000C, se habían derretido a 600 metros. Después de examinar otras cenizas y objetos fundidos significativos, decidieron que el calor de la bomba sobre la tierra, en el centro, debía de haber sido de 6.000 °C”.

El 9 de agosto, otra bomba atómica, llamada Fat Man y hecha con plutonio, destruyó el 44 por ciento de la ciudad de Nagasaki. Luego de varios días de censura a la prensa, el mismísimo emperador Hirohito —quien por primera vez en su vida habló a sus “buenos y fieles súbditos” en un mensaje emitido por radio— contó: “El enemigo ha comenzado a emplear una bomba nueva y muy cruel, cuyo poder para producir daño es incalculable, que ha cobrado demasiadas vidas inocentes”. Anunció, también, que Japón se rendía.

Tiempo después Oppenheimer declaró palabras instantáneamente famosas: “Los físicos hemos conocido el pecado”. En 1983, luego de aplaudir el anuncio de la Iniciativa de Defensa Estratégica (la Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan), su colega Edward Teller le mejoró la frase: “Los físicos hemos conocido el poder”.

Desde que los alemanes observaron la fisión por primera vez, en 1938, los físicos de las grandes naciones se lanzaron a la búsqueda del poder que podía residir en la energía que liberaba ese proceso. Un poder sobre la naturaleza pero también un poder político, en particular ante la inminente guerra. El escenario principal fue la Universidad de California en Berkeley, donde trabajaba Ernest Lawrence, inventor de una máquina capaz de generar la energía necesaria para romper el átomo, el ciclotrón. Oppenheimer llegó a Berkeley convocado por este Premio Nobel y al tiempo le arrebató la dirección científica del proyecto atómico.

La insistencia del ingeniero Vannevar Bush, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, convenció a Roosevelt sobre la necesidad de formar un Comité de Investigación para la Defensa Nacional. Por supuesto, Bush presidió esa institución. A él entregó Roosevelt en 1942 el informe de la Academia Nacional de Ciencias que abrió la puerta a la financiación de la bomba.

Bush buscó en el ejército al hombre que coordinaría el proyecto: un graduado de West Point, de 46 años, por entonces coronel. Leslie Groves había supervisado la construcción del edificio del Pentágono y ostentaba —escribe Adrian Weale en Hiroshima según testigos— “el ego más impresionante después del de Napoleón”. Su primer gesto fue comprar los carísimos minerales que se necesitaban para investigar reacciones nucleares controladas en cadena. Como no era un científico, eligió a Oppenheimer para coordinar los diferentes trabajos dispersos en numerosas universidades. No sólo era un brillante asesor del gobierno sobre la bomba: también el físico teórico más impresionante de Berkeley.

Oppenheimer llevó adelante el laboratorio secreto de Los Alamos hasta que pudo gritar “Funcionó!” cuando el 16 de julio de 1945 tuvo éxito la prueba Trinity y estalló la primera bomba atómica. En el medio, superó la difícil conducción de los equipos que separaban los componentes fisionables de uranio y plutonio mientras otros pensaban qué clase de arma sería capaz de hacerlos eficazmente destructivos; también las grandes dudas sobre cuánta de esa materia prima haría falta (cien kilos, calculaban algunos; otros, dos y medio) y si acaso no sería mejor la bomba de hidrógeno que teorizaba Teller.

Del otro lado, los nazis desarrollaron un programa nuclear, donde trabajaron el químico que descubrió la fisión, Otto Hahn, y otro Premio Nobel, Werner Heisenberg. En su novela sobre la fallida bomba de Hitler, En busca de Klingsor, el mexicano Jorge Volpi recreó el momento en que Hahn, detenido junto a sus colegas en la casa de campo de Farm Hall, Inglaterra, recibió la noticia de la explosión en Hiroshima. “Si los norteamericanos tienen una bomba de uranio, todos ustedes son científicos de segunda categoría”, murmuró.

No resultó mucho mejor el esfuerzo de los japoneses en el Laboratorio de Investigación Nuclear, que Yoshio Nishina fundó en 1935 dentro del Instituto Riken. Amigo de Lawrence y discípulo del célebre Niels Bohr en Copenhague, Nishina aceptó, un año después del ataque a Pearl Harbor, la imposible tarea de investigar el uranio en un país sin uranio bajo la presión del ejército japonés.

También los aliados corrían la carrera con-a los norteamericanos: la Unión Soviética buscaba su propia bomba. Su principal fuente e información fue el espionaje del físico Klaus Fuchs, un comunista que abandonó Alemania apenas después de que una patota nazi lo golpeara y arrojara a un río.

En 1941 comenzó a investigar bajo la protección de Rudolf Peierls, profesor de la Universidad de Kirmingham. Para la señora Peierls, quien le ponía los botones y se preocupaba por la escasa vida social del muchacho, fue una sorpresa saber que conocía mucha gente en la Agregaduría Militar Soviética en Londres. Fiel a sus convicciones, Fuchs se encontró cuatro veces con el titular de esa dependencia, Simon Davidovich Kremer, para entregarle informes detallados sobre los avances del proyecto atómico del Reino Unido.

En noviembre de 1943 Fuchs partió a los Estados Unidos, donde continuó su trabajo de investigador y espía hasta que desapareció de los lugares que solía frecuentar. En 1945 hizo saber a la embajada de Stalin que estaba en Los Alamos. Según la documentación del FBI, hubo tres espías en el laboratorio: Fuchs, Ted Hall y un tercero que, hasta hoy, no fue identificado. Por eso sonaron las alarmas cuando Oppenheimer miente en un interrogatorio sobre el tema.

Con una larga carta en la que le reprochaba el Incidente Chevalier, entre otras cosas, el responsable de la Comisión de Energía Atómica, K.D. Nichols, le arruinó a Oppenheimer la Navidad de 1953 al anunciarle el 23 de diciembre que suspendía su acreditación de seguridad. Dos meses más tarde, en una larga respuesta donde solicitaba una audiencia ante la Comisión de Energía Atómica para limpiar su nombre, el físico le escribió a Nichols: “Mi amigo Haakon Chevalier y su esposa vinieron a mi casa de Eagle Hill, probablemente a comienzos de 1943. Durante la visita, él entró a la cocina y me dijo que George Eltenton le había hablado sobre la posibilidad de transmitir información técnica a los científicos soviéticos. Con una observación enfática, le señalé que eso me sonaba terriblemente mal. Allí terminó la discusión”.

No fue eso lo que contó al día siguiente de la conversación, en 1943. Oppenheimer dijo al teniente Lyall Johnson, contrainteligencia del proyecto Manhattan, que si la seguridad  era su tema debía prestarle atención a George Eltenton. Nacido en Inglaterra, el químico Eltenton había pasado una temporada en la Unión Soviética trabajando con los físicos Yuri Khariton y Nicholai Semenov. Llegó a California convertido en un ferviente comunista y participó en el sindicato de docentes de Berkeley, donde Oppenheimer lo conoció. Johnson llamó al teniente coronel Boris Pash —el mismo que detendría a los científicos de la bomba nazi—, quien citó al físico para entrevistarlo. Y fue en ese encuentro del 26 de agosto de 1943 donde Oppenheimer mintió al FBI y selló su caída en la era macartista.

En su relato ante Pash no hubo esposas que charlaban en el living mientras su amigo lo miraba preparar en la cocina su famoso martini ultra seco de vodka helada. No hubo Chevalier, ni nombre alguno salvo el de Eltenton, ya manchado. Herken reconstruyó:

«Algunos meses atrás, dijo Oppenheimer, había sido contactado por ‘intermediarios’ vinculados con un oficial no identificado del Consulado Soviético. Uno de esos individuos le había hablado de pasar información sobre el proyecto de Berkeley. Su respuesta había sido que no tenía objeciones a que el presidente comentara la bomba con los soviéticos, pero creía inadecuado hacerlo ‘por la puerta trasera’. Oppie admitió que conocía otros acercamientos posteriores, los cuales ‘fueron siempre a otras personas, para quienes resultó incómodo’. Como creía que los contactados habían sido elegidos al azar, no quería dar nombres. Dos de los tres hombres que él sabía que habían sido contactados estaban en Los Alamos, dijo Oppie, y un tercero llegaría en breve a Oak Ridge”. En su mentira, Eltenton había sido uno de los intermediarios.

No sólo amigos rojos tuvo el hombre que definió la Segunda Guerra Mundial a favor de los Estados Unidos. “Una novia comunista, Jean Tadock, con la que estuvo a punto de casarse, lo introdujo al marxismo”, sostiene Weale en Hiroshima según testigos. La conoció en la primavera de 1936 en una fiesta a beneficio de los españoles republicanos en la Guerra Civil. Estudiaba psicología en la Universidad de Stanford y sus actividades políticas la condujeron al PC. En una relación intermitente, compartió con Qppenheimer la pasión por la poesía de John Donne y un círculo de amistades de izquierda entre los que estaban Chevalier y Thomas Addis, un médico de Stanford que se dedicaba al reclutamiento de camaradas. La vio por última vez en junio de 1943, cuando la visitó respondiendo a sus ruegos desesperados. Diez años más tarde lamentaría el uso que el macartismo daría a esa noche.

Kitty Oppenheimer, nacida Kathryn Puening, no interesó menos al FBI. Viuda de Joe Dallet —un comunista de Youngstown, Ohio, quien cayó combatiendo en la Brigada Abraham Lincoln por la República Española—, se afilió al PC en 1934 por iniciativa de su marido. Veinte años más tarde, durante las audiencias por la acreditación de seguridad de Oppenheimer, explicó su militancia: “Mimeografiaba panfletos y cartas”. Aportaba diez centavos semanales a la estructura partidaria (no poca cosa para su bolsillo: pagaba cinco dólares mensuales de alquiler) hasta que comenzó a perder interés en las tareas políticas. De regreso en los Estados Unidos, retomó sus estudios de biología en la Universidad de Pennsylvania, de donde partió, recibida, hacia una Junto beca de investigación en California. Allí, casada nuevamente con un físico inglés, Richard Harrison, conoció a Oppenheimer en 1939, se enamoró como loca, dejó a su segundo marido y volvió a casarse, embarazada del primero de sus dos hijos, en 1940.

El cuadro de los íntimos lo completan el hermano Frank Oppenheimer, también físico, y su esposa Jackie, ambos afiliados al PC. De niños creían que iba a ser flautista, pero la influencia de su hermano ocho años mayor fue demasiado fuerte. Hasta que apareció Jacquenette Quann, graduada de economía en Berkeley, muy activa en la Liga de Jóvenes Comunistas, y comenzó a retrasarse en su doctorado por su militancia. “Robert apremió a su hermano para que rompiera el compromiso. Frank, desafiante, se casó con Jackie a fines de 1936”, se lee en La hermandad de la bomba. “La pareja se inscribió en el PC a comienzos de 1937, desafiando una vez más los deseos de Oppie.”

Frank perdió su empleo en la Universidad de Stanford, primer despido de una serie que terminó con su vida académica y lo convirtió en ganadero. Entre el comienzo y el fin, su hermano pidió a Lawrence que lo empleara —cometiendo el grave error de ocultar el pasado comunista de Frank— en el Laboratorio de Radiación, con el que llegaría a Los Alamos y del que seria echado en 1948.

Casi al mismo tiempo que La hermandad de la bomba aparece la primera reimpresión, luego de treinta años agotada, de las audiencias por la acreditación de seguridad que hundieron a Oppenheimer. Menos atrapante que la narrada investigación de I-Ierren, el texto tiene el ritmo monótono y los grandes destellos de los interrogatorios. Richard Polenberg, editor de El caso de Rabert Oppenheimer, reunió la cuarta parte de las mil páginas originales. El resultado es un compilado con lo mejor del macartismo.

Abre Polenberg su introducción: “El 6 de mayo de 1954, harto y desalentado tras un mes de dura audiencia para probar su ‘lealtad’ y, en consecuencia, merecer su acreditación de seguridad, el doctor J. Robert Oppenheimer dejó Washington DC y regresó a su casa en Princeton, New Jersey. Aunque Oppenheimer había dirigido el programa para construir la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y había estado a cargo del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica entre 1947 y 1952, ni su servicio pasado ni su eminencia lo habían protegido de las sospechas o del fisgoneo que con tanta frecuencia lo acompañaron. Mientras su caso estuvo ante la comisión, su teléfono fue intervenido, su correo revisado y sus paraderos registrados por el FBI”. En realidad, nada nuevo: el organismo había pinchado sus teléfonos, violado su correspondencia y espiado hasta su vida privada desde marzo de 1941. Pero esta vez, además, registraba las estrategias que Oppenheimer discutía con su abogado y se las anticipaba a la comisión.

En cierto modo, Oppenheimer solicitó su crucifixión por confiar en que la audiencia sería preferible a un interrogatorio del senador Joseph McCarthy, quien lo había acusado de trabar la investigación de la bomba de hidrógeno que creó Teller para no aventajar tanto a la Unión Soviética. Teller, por supuesto, lo aplastó con su testimonio —“Oppenheimer se opuso a la bomba termonuclear o a su desarrollo”—, pero no fue el único que le marcó cuánto se había equivocado al ofrecer la cabeza al verdugo.

Primero lo pusieron contra las cuerdas hasta que reconoció que había mentido a Pash en el interrogatorio sobre el Incidente Chevalier:

Pregunta: ¿Le dijo la verdad a Pash?

Oppenheimer: No.

P.: ¿Le mintió?

O.: Si

P: ¿Qué le dijo a Pash que no era cierto?

O.: Que Eltento había intentado contactar a tres miembros del proyecto a través de intermediarios.

P: ¿Por qué lo hizo, doctor?

O.: Porque fui un idiota.

Luego de hacerlo confesar “un tejido de mentiras”, sacaron a relucir sus aportes de dinero a la causa española—“a través de canales comunistas”—, su descuido al emplear a un izquierdista como su hermano —“Qué examen le tomó para establecer su confiabilidad?”—, su falta de apoyo a Teller y, por último, la infidelidad con su ex novia Jean. Delante de su mujer le preguntaron por aquella noche de junio de 1943:

P.: ¿Por qué fue a verla?

O.: Ella había expresado un gran deseo de verme.

P.: ¿Averiguó por qué?

O.: Porque seguía enamorada de mi

P.: ¿Ella era comunista en ese momento?

O.: Ni siquiera hablamos de eso. No lo creo.

P.: Pero no tiene razones para pensar que no era comunista, ¿verdad?

O.: No.

P: Pasó la noche con ella, ¿no es cierto?

O.: Sí

P: ¿Cuando estaba trabajando en un proyecto secreto de guerra?

O.: Sí

P.: ¿Le parece consistente con una buena seguridad?

Las humillaciones duraron cuatro semanas. A fin de junio la comisión confirmó que, por sus asociaciones y sobre todo, por “defectos fundamentales en su carácter”, Oppenheimer no recuperaría su acreditación de seguridad. Mientras esperaba ese dictamen, el físico le dijo por teléfono a un amigo (y al FBI, que también oía): “La comisión decidirá qué hacer en unas semanas. Pero este asunto nunca va a terminar para mí. No creo que las aguas se aquieten. Pienso que todo el mal de estos tiempos está contenido en esta situación”.

Openheimer Robert Oppenheimer

Sólo cuatro años antes de morir de cáncer en la garganta, Oppenheimer fue reivindicado de su desgracia: el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en que fue asesinado, el presidente John F. Kennedy anunció que otorgaría el premio Fermi a Oppenheimer; finalmente le fue entregado por el sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson.

Fuente Consultada: Revista Veintitrés

La Alianza Para el Progreso: Objetivos en America Latina

Alianza Para el Progreso: Jonh Kennedy y América

Jonh Kennedy nació en Brookline (Massachusetts) el 29 de mayo de 1917, segundo hijo del financiero Joseph P. Kennedy, que fue embajador en Gran Bretaña durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt. Se graduó por la Universidad de Harvard en 1940, se dio a conocer con la publicación de la ampliación de su tesis universitaria sobre la falta de preparación de Inglaterra para la II Guerra Mundial. Participó en esta contienda como oficial de Marina y fue héroe de la guerra del Pacífico.

ÉXITO POLÍTICO INICIAL De regreso a Boston se afilió al Partido Demócrata y se presentó con éxito a la Cámara de Representantes en 1946. Los votantes de Massachusetts le eligieron al Senado en 1952. En 1953 contrajo matrimonio con Jacqueline Bouvier con la que tuvo dos hijos.

Durante su recuperación de una operación de la espina dorsal, Kennedy completó bosquejos biográficos de dirigentes políticos (1956), con los que obtuvo el premio Pulitzer en 1957.

Después de un intento sin éxito para obtener la nominación vicepresidencial en la lista de Adlai E. Stevenson en 1956, Kennedy comenzó a planear su presentación a la elección presidencial de 1960.

Asumió el liderazgo del ala liberal del Partido Demócrata y reunió en torno suyo a un grupo de jóvenes políticos con talento, en el que se encontraba su hermano y director de la campaña Robert F. Kennedy.

Obtuvo la nominación en la primera votación e hizo campaña con el senador de Texas Lyndon B. Johnson como compañero en las elecciones frente al vicepresidente Richard M. Nixon, nominado candidato republicano para la presidencia.

Obtuvo la victoria en las elecciones por un estrecho margen de 113.000 votos sobre un electorado de 68.800.000, aunque no pudo disponer sino de una reducida mayoría demócrata en el Congreso. Fue el presidente más joven y el primero católico de la historia de Estados Unidos.

LA ‘NUEVA FRONTERA’

El idealismo juvenil del nuevo presidente elevó las esperanzas de la nación. Una primera orden ejecutiva de la nueva frontera, como se autodenominaba la política del gobierno, estableció un cuerpo de paz de voluntarios estadounidenses en el extranjero.

En 1961, su primer año en el cargo, Kennedy fue criticado ásperamente por una serie de acontecimientos internacionales adversos. Heredado del gobierno anterior un plan secreto para derrocar al régimen cubano de Fidel Castro, Kennedy aprobó la invasión de Cuba en abril por refugiados que operaban con la ayuda de algunas agencias estadounidenses.

El fracaso de la invasión en la bahía de Cochinos se convirtió en una frustración personal para el presidente. Después, en primavera, Kennedy consideró la posibilidad de enviar tropas a Laos, que estaba siendo amenazado por insurgentes comunistas. Voló a Viena en junio para entrevistarse con el primer ministro soviético Nikita Jruschov y ambos acordaron la neutralidad respecto de esta cuestión, surgiendo, en cambio, el problema de Berlín.

Cuando se levantó el muro entre los sectores occidental y oriental de Berlín en agosto, Kennedy respondió enviando un contingente militar a la ruta terrestre hacia Berlín para reafirmar los derechos de acceso. Las tensiones de la Guerra fría se agravaron cuando la Unión Soviética envió el primer hombre al espacio en abril y realizó pruebas nucleares en la atmósfera en septiembre.

Respecto a América Latina, Kennedy propugnó cambios en la política tradicional de Estados Unidos hacia los Estados latinoamericanos. En varios discursos señaló la necesidad de apoyar el desarrollo económico de los países latinoamericanos, bajo sistemas democráticos, en un contexto regional en el que el éxito de la Revolución Cubana -asentada tras la fracasada invasión de bahía de Cochinos- contaba con numerosos simpatizantes en América Central y meridional.

En agosto de 1961 se celebró en Punta del Este (Uruguay) una reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) en donde había delegados de todos los países miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA), incluida Cuba (representada por Ernesto Che Guevara).

En esta reunión se aprobó la creación de la Alianza para el Progreso (ALPRO); en el texto oficial de su Constitución se establece su objetivo general: «mejorar la vida de todos los habitantes del continente»; para ello se proclamaron varias medidas de carácter social (educación, sanidad, vivienda…), político (defendiendo la formación de sistemas democráticos, según el principio de autodeterminación de los pueblos) y económico (limitación de la inflación, mejora de la balanza de pagos, siempre bajo la iniciativa privada). Para garantizar estos objetivos, Estados Unidos se comprometía a cooperar en aspectos técnicos y financieros.

La opinión pública recibió con entusiasmo esta declaración, pero el programa fracasó debido a que, tras el asesinato de Kennedy, sus sucesores limitaron la ayuda financiera estadounidense en América Latina, prefiriendo acuerdos bilaterales en los que primaba la cooperación militar.

ASUNTOS NACIONALES

Kennedy tuvo problemas en el Congreso de Estados Unidos, donde sus propuestas más importantes para el estímulo económico, la reforma fiscal, la ayuda a la educación y un bienestar ampliado quedaron obstruidas. Tuvo mejor suerte con sus acciones ejecutivas, persuadiendo a importantes compañías siderúrgicas para que dieran marcha atrás en los aumentos de precios en abril de 1962 y estimuló la carrera para llegar a la Luna.

Kennedy respondió enérgicamente contra los esfuerzos para frustrar la integración de los negros en las universidades de los estados del Sur amenazando incluso con el envío de tropas federales si no se cumplían las leyes antirracistas. Para reforzar los derechos civiles, Kennedy envió al Congreso un mensaje especial solicitando una legislación para acabar con la segregación en los servicios públicos y dar al Departamento de Justicia autoridad para llevar a cabo acciones en favor de la integración escolar. La mayor parte de sus propuestas fueron promulgadas en última instancia en 1964 en la Ley de Derechos Civiles.

La Alianza para el Progreso fue un programa para el desarrollo socioeconómico de Latinoamérica que preveía un plan de carácter decenal y fue aprobado por la Organización de Estados Americanos (excepto Cuba) el 17 de agosto de 1961, en la conferencia que tuvo lugar en Punta del Este (Uruguay), a instancias del presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy. El hecho de que Cuba no firmara finalmente el acuerdo fue motivado por la esencia del mismo, que pretendía fundamentalmente evitar la extensión de los principios políticos que pudiera aportar al resto de Latinoamérica la triunfante Revolución Cubana liderada por Fidel Castro.

El plan, diseñado para el periodo comprendido entre 1961 y 1970, buscaba la cooperación y ayuda mutua de los estados firmantes, el refuerzo de sus comportamientos democráticos y la redistribución justa de la riqueza obtenida con la inyección económica que procuraría la inversión de los 20.000 millones de dólares previstos. El fracaso de la Alianza estuvo en relación con la falta de realización de las necesarias reformas agrarias y fiscales de los países así como en la propia dirección de la política exterior estadounidense, que suspendió determinadas ayudas y abusó del intervencionismo en algunos estados.

 

Lider Comunista Vietnamita Colonialismo Frances

Nguyen Aiquoc, conocido como Ho Chi Minh («El que lleva la luz»), nació en 1890 en la provincia de Nghéan, en el norte de Annarn.

Joven aún emigró a Francia y, en el curso de la Primera Guerra Mundial (191418), comenzó su carrera política. Posteriormente, hacia 1920, asistió al Congreso Socialista Francés de Tours, en el que se decidió la formación del Partido Comunista Francés, En 1924 Ho Chi Minh se dirigió a Moscú, representando al Partido Comunista de Francia. Ya en Rusia decidió permanecer allí, dedicado a profundizar sus conocimientos políticos y las tácticas correspondientes. Hacia 1925, un año después de su llegada a Rusia, Ho Chi Minh viajó a China. Su misión, aparentemente, consistía en el desempeño de un empleo en el consulado ruso en Cantón.

En realidad, con la llegada de Ho Chi Minh a China comenzaba su carrera como agente del comunismo internacional. Entre 1925 y 1927 participó en la Revolución China y fue miembro del Comintem en el Extremo Oriente. Sus deberes, en la oportunidad, lo obligaban a verificar la marcha del movimiento en diversos países asiáticos; sin embargo, dando preferencia a las tareas relacionadas con su propia patria, Ho Chi Minh dedicó sus esfuerzos a la creación del movimiento comunista organizado en Vietnam. Como consecuencia, en 1930 fundó el Partido Comunista Indochino.

A partir de ese momento, el dirigente comunista debió dedicar sólo parte de su tiempo a la dirección y organización de su partido, requerido por otras tareas del Comintem; como consecuencia, puede observarse que las épocas o períodos en que la organización comunista de Indochina floreció, coincidieron con la dedicación personal de Ho Chi Minh. Tal hecho prueba, irrefutablemente, la importancia vital de su gestión personal y la evidente inferioridad de sus colaboradores.

 A partir de 1940 Ho Chi Minh dedicó todos sus esfuerzos al desarrollo y desenvolvimiento del comunismo en su patria. Tal actividad culminó en 1941, al crearse el Vietminh (Viet Nam Doc Lap Dong Minh); Liga revolucionaria por la independencia del Vietnam), cuya primera reunión se celebró en la provincia vietnamita de Cao Bang.

Fue precisamente en esa época cuando el revolucionario indochino adoptó el apodo de Ho Chi Minh. Hacia enero de 1942, Ho fue detenido por los chinos y mantenido en prisión durante casi un año. Finalmente, en octubre de 1942, al organizar los chinos la lucha contra los franceses de Vichy y los japoneses, Ho fue puesto en libertad, para colaborar en la tarea. En marzo de 1944, en Liuchow, con el auspicio de los chinos, se creó finalmente un gobierno en el exilio; en el mismo, Ho ocupaba un cargo ministerial.

Al ser derrotados los japoneses en 1945, por último, Ho Chi Minh formó en Hanoi un gobierno provisional que proclamó la independencia del país. Apoyado por China comunista y respaldado por la Unión Soviética, hacia 1951 Ho fue designado Presidente y Primer Ministro del Norte del Vietnam hasta el Tratado de 1954, fecha en que dimitió. Posteriormente fue reelegido en 1960.

Conflictos Bélicos en la Guerra Fría Desembarco Bahía de Cochinos

Conflicto Bélicos en la Guerra Fría-Desembarco Bahía de Cochinos

1961 – DESEMBARCO EN LA BAHÍA COCHINOS

Guerra Fria-Crisis de los Misiles

El desembarco en Bahía Cochinos fue una tentativa frustrada de derrocar al gobierno del presidente cubano Fidel Castro en 1961 por parte de Estados Unidos, con el respaldo del autoproclamado gobierno cubano en el exilio presidido por José Miró Cardona. Los crecientes roces entre Estados Unidos y el régimen castrista impuesto en la isla tras la Revolución Cubana, llevaron al presidente Dwight D. Eisenhower a romper las relaciones diplomáticas con Cuba en enero de 1961.

Sin embargo, ya con anterioridad la CIA había estado adiestrando a exiliados cubanos antirrevolucionarios con miras a una posible invasión de la isla. Este plan fue aprobado por el sucesor de Eisenhower, John F. Kennedy.

El 17 de abril, unos 1.500 exiliados, con armamento estadounidense, desembarcaron en la bahía de Cochinos, situada al sur de Cuba. Con la esperanza de poder contar con el apoyo de la población local, trataron de cruzar la isla hasta La Habana, pero fueron interceptados por el Ejército cubano. Cuando el 19 de abril acabó la lucha, cerca de 100 de ellos habían muerto y el resto habían sido hechos prisioneros.

El fracaso de la invasión perjudicó gravemente al gobierno de Kennedy, al que algunos culparon de su fracaso por no haber proporcionado el apoyo necesario y otros por permitir que se llevara a cabo. Posteriormente, los exiliados capturados fueron rescatados, previo pago, por grupos privados de Estados Unidos.

1962  – CRISIS DE LOS MISILES

Fue la más importante confrontación de la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) por las instalaciones de misiles proporcionadas por los soviéticos a Cuba.

CASTRO-kruschev

En mayo de 1960 el primer ministro soviético Nikita S. Jruschov prometió que la Unión Soviética defendería el recién creado gobierno revolucionario de Fidel Castro y en seguida inició proyectos para suministrar a Cuba misiles balísticos de medio e intermedio alcance, los cuales situaban al este de Estados Unidos dentro del alcance de un ataque de misiles cubanos. Kruschov (foto, junto a Castro) creyó que este país no adoptaría ninguna acción.

Hacia el verano de 1962, Estados Unidos supo que la Unión Soviética había comenzado los envíos de misiles; aviones espía que sobrevolaron Cuba habían fotografiado los trabajos de construcción dirigidos por los soviéticos hacia el 29 de agosto y el primer misil balístico fue descubierto el 14 de octubre.

Después de una semana de consultas secretas con sus asesores, durante las que se barajaron las opciones de invasión, ataques aéreos, bloqueo y diplomacia, el 22 de octubre el presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy anunció su intención de realizar el bloqueo naval de Cuba para evitar la llegada de más misiles. Kennedy requirió que la Unión Soviética desmantelara y se llevara las armas, declarando que las fuerzas navales estadounidenses interceptarían e inspeccionarían los barcos con rumbo a Cuba para determinar si llevaban misiles. Estados Unidos fue apoyado por otros miembros de la Organización de Estados Americanos.

Las naves soviéticas con rumbo hacia Cuba regresaron para evitar la zona controlada, mientras que el diálogo entre Jruschov y Kennedy se abrió a través de canales diplomáticos. Tras varios días de negociación, durante los cuales muchos temieron la posibilidad de una guerra nuclear, Jruschov acordó, el 28 de octubre, desmantelar el emplazamiento de los misiles y llevar las armas de nuevo a la Unión Soviética, ofreciendo a Estados Unidos realizar la inspección del emplazamiento como garantía para que no invadiera Cuba.

Kennedy proporcionó las garantías, levantó el bloqueo y también prometió en secreto retirar los misiles estadounidenses recientemente situados en el territorio de su socio en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Turquía. Cuba se negó a permitir la prometida inspección, pero el reconocimiento aéreo estadounidense reveló que las bases se estaban desmontando; la actitud de rechazo de Castro por la retirada soviética fue infructuosa. La aparente capitulación de la Unión Soviética en la suspensión del proyecto fue fundamental para la destitución de Jruschov en 1964

1978 – AFGANISTÁN (*)ampliar tema

Algunos aspectos relacionan la guerra del Vietnam y la guerra de Afganistán. Las dos tienen lugar en el Sur del continente asiático; en ambas intervienen las superpotencias para consolidar sus respectivas áreas de domi­nio; sobre todo, en los dos episodios se comprueba la vulnerabilidad de las dos superpotencias. Porque si en Vietnam Estados Unidos sufrió la primera derrota militar de la Guerra Fría, en Afganistán sería el ejército soviético el derrotado. (foto: mujeres en afganistan)

mujeres de afganistán

Así se deducirá la lección de que el mundo no puede ser gobernado desde Washington y Moscú, convicción que en definitiva pondrá fin a la Guerra Fría.  Veamos los acontecimientos. En abril de 1978 los comunistas derrocaron al presidente Daud. País de credo musulmán, gobernado socialmente por terratenientes, Afganistán presentó desde el primer momento resistencia armada a la implantación del régimen comunista. Los norteamericanos presionaron por medio del vecino Pakistán, que armaba a las guerrillas musulmanas.

La situación llegó a ser tan grave que el Politburó decidió la intervención armada. Izvestia, órgano del ejército soviético, escribió: “O enviábamos tropas o dejábamos que la revolución afgana fuese derrotada y que el país se convirtiese en una especie de Irán en tiempos del sha”. Se trató de un error de óptica similar al padecido por Estados Unidos en Vietnam. Porque el ejército de más de cien mil soldados rusos obtuvo nulos resultados militares, hasta que se retiró en marzo de 1989.

Las consecuencias sociales fueron profundas en la Unión Soviética. Si Estados Unidos había padecido el “síndrome de Vietnam”, en su potencia rival se padecerá el “síndrome de Afganistán”. Más que el empate del terror fue la impotencia del superpoder lo que puso fin a la Guerra Fría, la división teórica del mundo en dos áreas reservadas para los grandes.