El Palacio de Versalles

Historia de los Tapices Antiguos Gobelinos y Flamencos

Historia de los Tapices Antiguos
Gobelinos y Flamencos

Los autores latinos refieren repetidas veces en sus escritos la existencia, en las casas romanas, de «tejidos historiados», es decir, de tejidos decorados con figuras. Centro de producción, en la época de los romanos, era el Oriente, donde la elaboración de tal manufactura había persistido desde los tiempos de la civilización egipcia, meda y persa.

Pérgamo,  Mileto y sobre todo Alejandría fueron por largo tiempo los mayores exportadores de «tejidos historiados», en los que figuraban también escenas mitológicas, que la aristocrática sociedad romana del período imperial no escatimaba en adquirir a altos precios.

Desgraciadamente no podemos dar una idea exacta de la magnificencia de los tejidos antiguos más que por medio de las descripciones de los escritores. Descripciones que, en realidad, además de no ser muy precisas, son demasiado genéricas y un tanto oscuras, pues confunden a menudo los diferentes tipos de tapices.

Algunos fragmentos de tejidos coptos encontrados en el alto Egipto, realizados en los primerose siglos de la era cristiana, han permitido dar una ídea sobre el tipo de telares y sobre la técnica empleada en aquellos tiempos en que los tapices contenían simples figuras geométricas o símbolos religiosos.

Se descubrió así que los tejedores de entonces se valían de una gama de hilos que comprendía cerca de una veintena de colores y que se servían ya del telar llamado «vertical», que fue luego el más usado para el tejido de los tapices. En realidad, estos ejemplares de arte textil, entre los más antiguos de cuantos han llegado a nosotros, pueden ser considerados como verdaderos tapices.

El término «tapiz» designa paño tejido, de lana o seda, más o menos grande, realizado con una técnica particular y con una función específica, desfinado a ser colgado, generalmente, contra una pared, y con motivos decorativos que ocupan toda su superficie.

El diseño que el tapicero debe efectuar está generalmente dibujado, con antelación, por un pintor o un artista especializado, quien lo traza sobre un cartón, indicando con claridad sus contornos y también, en la medida de lo posible, la limitación de la zona de los colores.

Recibido el cartón, o una copia del mismo, el tapicero debe repetir el diseño sobre la urdimbre que se encuentra ya debidamente preparada en el telar. Esta primera fase de su trabajo presenta no poca dificultad. El tapicero, en efecto, encuentra que debe operar no sobre una superficie lisa sino sobre un conjunto de hilos, en cada uno de los cuales deberá quedar claramente marcado el dibujo.

Junto al telar el tapicero coloca frente a sí su propia «paleta», es decir, la lanzadera con hilos de varios colores y diferentes tonalidades. Delante suyo también, un poco más atrás del telar, pone el cartón de manera que le permita controlar los colores que debe emplear.

Un espejo, dispuesto de modo conveniente, le permite ir observando cómo progresa el tejido y su fidelidad con respecto al cartón sin tener que levantarse, puesto que para poder anudar los hilos y manejar la lanzadera con mayor facilidad el tejedor está obligado a realizar su trabajo teniendo su vista puesta sobre el reverso del tapiz.

Además de la lanzadera, el tejedor tiene al alcance de su mano otros varios instrumentos, como el peine y agujas de diferente calibre, para poder así ejecutar los «puntos» o las «pasadas» con mayor precisión de acuerdo con el cartón.

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Herramientas de uso en los telares

Sólo los tapices de pequeñas dimensiones o de diseño de fácil ejecución son generalmente realizados sobre telares horizontales, que son aquellos que se emplean para el tejido de telas y paños comunes. Con estos telares el trabajo puede hacerse mucho más rápidamente; pero estando la urdimbre en sentido horizontal, el tapicero no puede verificar lo que ha tejido sino a través del espejo. Desde el punto de vista técnico, el tapiz ejecutado en telares horizontales es llamado de «bajo lizo».

Los tapices de más compleja ejecución son, en cambio, realizados en telares verticales, llamándoselos de «alto lizo». En los telares verticales la urdimbre se extiende en ese mismo sentido, permitiendo que el tapicero, además de poder observar el tejido por medio del espejo, examine directamente su labor trasladándose al otro lado. Tejer un tapiz importa tanto una enorme habilidad como un trabajo minucioso de notable paciencia.

tapices manuales verticales

La habilidad y el estilo flamencos se impusieron en el siglo XV, y en el siguiente alcanzó la supremacía la manufactura francesa. He aquí dos artesanos mientras trabajan en telares de «alto lizo». La manufactura se realiza del revés del tapiz. A un costado del tapicero se ve el diseño para reproducir. Frente al telar se coloca un espejo en el que se puede controlar el resultado del trabajo.

Por ello los tapiceros fueron cotizados siempre con altísimos salarios, sobre todo en la época de máximo esplendor de este arte. Los tejedores, llamados y protegidos por apasionados coleccionistas, fueron especialmente considerados y tratados durante los siglos XVII y XVIII, en que se destacaron muchos y muy conocidos artesanos manufactureros y restauradores.

Los más antiguos tapices que han llegado hasta nosotros provienen de Basilea y París. Datan de la segunda mitad del siglo XIV, aunque sus características denotan ya una técnica evolucionada, con dibujos perfectos y armónicos que hacen suponer que, en los siglos anteriores a los mismos, existían grandes maestros anónimos de este difícil y complejo arte.

Los tapices se originaron mucho antes de la época románica por una exigencia ornamental. Durante la Edad Media, los muros de las iglesias y de los castillos, de piedra o de ladrillos descubiertos, no fueron tan decorados como sucedió durante el Renacimiento, bajo la influencia del arte italiano.

Después de Francia y Holanda está, en orden de importancia en la fabricación de los tapices, Italia. Venecia fue una de las primeras ciudades italianas que poseyó manufactura de ellos. Pero tal actividad no tuvo largo desenvolvimiento y no logró conseguir más que difundir sus obras en otras ciudades de Italia. Aquí vemos un tapicero del siglo XVIII que teje, en una calle veneciana, un tapiz en el telar de «bajo lizo».

Los tapices fueron reemplazando entonces sus funciones decorativas de cubrir paredes, por la de ilustrar, a través de sus representaciones, la vida de los santos, los episodios del Evangelio, las costumbres y usos de los pueblos, los
sucesos  históricos  más   destacados  y las   anécdotas más pintorescas de la sociedad europea, las novelas más conocidas o los poemas épicos.

Esta doble función estética e ilustrativa se desarrolló a ejemplo de los Paramentos del Apocalipsis, una serie de enormes tapices —el mayor de los cuales era de 4 metros de altura por 2,50 metros de ancho— realizados por encargo de Luis d’Angio, en 1375, por el tapicero parisiense Nicolás Bataille, con quien colaboró un numeroso grupo de antiguos maestros de este arte.

Símbolos religiosos y composiciones alegóricas distribuidos en la superficie de las obras con perfecta armonía, de un estilo netamente gótico, fueron el contenido de los Paramentos del Apocalipsis, tapices repetidamente reproducidos en menor tamaño según una costumbre muy difundida de aquella época.

A fines del siglo XIV la actividad de los manufactureros parisienses fue a tal punto escasa, por turbulentos sucesos políticos, que gran parte de los maestros tapiceros abandonaron la ciudad y radicaron su industria en distintos lugares de Francia, Alemania, Italia e incluso Inglaterra.

Probablemente fueron tejedores ambulantes franceses los autores de una aprecíable serie de tapices de fines del siglo XV, distinguidos con el nombre de «milflores» por la característica decoración del fondo.

Los tapiceros ambulantes favorecieron, sin duda alguna, la difusión de la técnica del tapiz que, hacia principios del siglo xiv, los centros manufactureros de Arras y Tournai comenzaron a producir en gran escala.

Durante la segunda mitad del siglo XV se encuentran industrias manufactureras en casi todas las ciudades de Europa. De Francia y de Flandes proviene la mayor parte de los tejedores que se radican en Italia gracias al generoso apoyo de los mecenas de Ferrara, Florencia, Milán, Mantua y Venecia.

En una época los tapiceros se inspiraron en cuadros de célebres pintores: Rafael, Rubens, David, Vernet, Simón Vouet, Nicolás Poussin, Carlos Le Brun. En España, Francisco Goya y otros artistas de valor resolvieron dar un carácter de cierta originalidad a la manufactura de tapices más famosa: la «Santa Bárbara» de Madrid.

En los últimos años del siglo XV se inicia la más importante competencia contra la tapicería francesa con los tejidos de Bruselas, que logran imponer su producción en todos los países del viejo continente, no sólo por la inmejorable calidad de su manufactura, tejida con delicados y sutiles hilos de gran calidad, empleándose, incluso, hilos de oro y plata, sino también por la ejecución de los dibujos, que comenzaron a realizar grandes maestros de la pintura.

En cierto modo se independiza, en ese entonces, la relación que anteriormente existía entre el tejedor y el dibujante. En efecto, el pintor se reserva ahora la más amplia libertad de ejecutar los temas, limitándose a trazar los diseños únicamente en negro, teniendo el tapicero la facultad de interpretar, y no de copiar, los cartones, agregando los colores y las tonalidades según su propio gusto. Los matices empleados no superaban una veintena y los colores más comúnmente usados eran amarillo, azul, rojo, castaño y verde.

La tapicería de Bruselas enriquece, sin embargo, la gama de colores, vivos y vistosos, colocándose inmediatamente a la cabeza de la producción europea tanto por la variedad de sus gustos como por la de sus modelos. Adopta el estilo de la pintura renacentista italiana, grandiosa y monumental, rica en temas mitológicos, inclinada a las formas exuberantes y pintorescas.

A fin de imponer a los tapiceros el máximo de cuidado y seriedad en sus trabajos, la sociedad de tejedores de Bruselas estableció la obligación de que cada tapicero debía colocar al margen de los tapices una marca que indicase el nombre del tejedor junto al de la fábrica que los producía. Esta costumbre se difundió en seguida en todas las manufacturas de Europa.

Se conservan magníficos tapices de un experto tejedor de Bruselas de nombre Pedro van Aelst, fechados en 1515, que representan distintos episodios del Evangelio, tomados de cartulinas pintadas por él mismo y por Rafael. Estos tapices significaron una verdadera revolución en la manufactura de esta industria.

Hasta ese entonces, como vimos, los tapices cumplían sólo una función ornamental, pero en el Renacimiento los dibujos fueron cambiando y el cartonista se preocupó por «impresionar» en vez de «decorar». Cada pequeño trozo del tapiz adquiere entonces la misma importancia; el fondo y la figura llaman la atención con igual intensidad y los motivos ornamentales son hechos con tanto cuidado qué predominan sobre el conjunto.

castillo en viena con tapices

El castillo de Schonbrunn, en Viena, que fue la residencia veraniega de los emperadores austrohúngaros, posee una rica colección de tapices que decoran las paredes de la espaciosa sala. Mientras la mayor parte de los países europeos participó activamente, desde su iniciación, en la evolución de los tapices, Austria no hizo ningún aporte a este delicado arte, y las preciosas obras que, en interesante colección, enriquecieron los más bellos palacios y museos más célebres de esa nación provienen de manufacturas extranjeras.

Tanto Rafael, como luego su mejor alumno, Julio Romano, y también los pintores flamencos influidos por la escuela pictórica italiana, concibieron los tapices como verdaderos cuadros en los que resaltaban sus personajes.

Se introduce también la perspectiva, eliminándose, por otra parte, el rígido contorno negro que en los tapices anteriores ocultaban y confundían las figuras, y se lo sustituye con vivos colores que hacen resaltar las zonas de luces y sombras. Se comienza, además, a usar guardas, en todo el contorno de los tapices, consistentes en dibujos de flores o frutas, que dan mayor realce a la parte central del tejido.

En el siglo XVI Francisco I intentó devolver a la industria tapicera francesa el prestigio que había tenido antes de que las manufacturas instaladas en Bruselas compitieran exitosamente con ella. A ese fin creó un establecimiento textil permanente en Fontainebleau e, igualmente, otros del mismo carácter en París.

Sin embargo, el mérito de haber conseguido imponer de nuevo este arte típicamente francés se debe al ministro de Finanzas del rey Luis XIV, Juan Bautista Colbert, quien reorganizó esta industria constituyendo un ordenamiento que hoy se llamaría «estatal». Legó, así, a los tejedores, un estatuto completo, fijó los salarios de trabajo, estabilizó los precios de los tapices e introdujo la costumbre, que continuó en los siglos siguientes, de que conocidos pintores ejecutasen los cartones pertinentes. Estas providencias permitieron un renacer de la tapicería en Francia, constituyendo una fuente de riqueza que sobrevive hasta el día de hoy.

En el año 1652 el ministro Colbert agrupó a todos los tejedores parisienses en una única gran fábrica llamada Manufactura de los Gobelinos, por el nombre de los antiguos propietarios de los terrenos en los cuales se instaló la industria.

Bajo la dirección artística del pintor Le Brun, la fábrica fue casi exclusivamente encargada de la ejecución de los tapices y de toda clase de paramentos destinados a la corte de Versalles, aunque también se dispuso la venta particular de algunos ejemplares.

El más conocido diseño que pintó Le Brun fue utilizado en una serie de tapices sobre la Historia de Alejandro Magno, de un gusto grandilocuente que satisfizo mucho al Rey Sol.

Otras manufacturas reales de gobelinos destinados a la venta fueron creadas por Colbert en Beauvais y Aubusson, que se convirtieron en centros industriales de este arte.

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Tapiz de los Gobelinos  (1703-1704):  Muchachos jardineros. Palacio Pitti (Florencia)

El interés de los reyes Luis XV y Luis XVI, la capacidad y habilidad de los pintores, inclinados por un estilo rococó, como Boucher, hicieron que también en el siglo XVIII la manufactura real produjera obras de extrema belleza. Sin embargo fue decayendo el gusto por los grandes paramentos murales de acuerdo con las nuevas concepciones sobre el arte de la decoración. La técnica textil llega ahora al máximo de la perfección, terminando por reducir este género artístico a un arte de imitación.

Esta crisis de la tapicería francesa, que se puede notar en toda la producción del siglo pasado, parece hoy resolverse gracias a la intervención de una serie de pintores (entre los cuales debe recordarse a Juan Lurcat) que han provisto a la Manufactura de los Gobelinos, de Aubusson y de Beauvais de un buen número de cartones de gustos modernos y de efectos muy decorativos.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo IV Editorial Larousse – Historia: El Arte de la Tapicería –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft

Biografía de Carlos VI El Bienamado Rey de Francia

Biografía de Carlos VI
«El Bienamado» Rey de Francia

Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia (1380-1422), hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1380, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que rechazó la regencia y comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

Carlos V murió en 1380. Fue un rey sabio. Su hijo, que entonces contaba 12 años de edad, caería tiempo después víctima de la locura. Sus tíos, los duques de Anjou, de Borgoña y de Berry, se preocupaban únicamente de sus propios intereses. El primero aspiraba a reinar sobre Nápoles; el segundo, a sacar el mayor partido del feudo de Flandes, cuya heredad debía recibir; el tercero sólo quería amontonar riquezas para gozar de ellas.

Carlos VI Bienamado de Francia

Mantuvieron aislado al pequeño rey, hasta que, irritado por los abusos cometidos, el país se levantó contra ellos. En París estalló la rebelión de los Maillotins, y en el Mediodía, la de los Tuchins.

También sobrevino la guerra de Flandes. Carlos VI participó en ella, dando pruebas de su valor, en la batalla de Rosebecque (1382), adonde fueron derrotados los flamencos que se levantaron contra el yugo feudal. Los vencidos se vieron tan acosados que, según un viejo cronista, no quedaba entre ellos bastante lugar para que la sangre corriera. Cuando regresó a París, Carlos VI encontró al pie de Montmartre 20.000 hombres armados, en orden de batalla, y temió verse obligado a combatirlos para entrar en su propia ciudad.

Pero los parisienses le hicieron saber que tan imponente presentación sólo obedecía al deseo de darle una idea de su poder y no al de atacarlo. Al día siguiente, Carlos VI hizo derribar una parte de la muralla y, con casco ceñido y lanza en mano, entró en la ciudad con aire agresivo.

Se tomaron medidas muy severas contra los habitantes de París, y hasta hubo ejecuciones cuya crueldad debe ser reprochada a los regentes antes que al joven príncipe, que aún no había subido al trono. Sus tíos resolvieron casarlo inmediatamente. Dirigiéronse al duque Esteban de Baviera, quien les envió a una de sus hijas, Isabel, a la que el pueblo francés llamaría Isabeau. Cuando la vio, el joven príncipe quedó prendado. Era la prometida que había deseado. Desgraciadamente sería el flagelo de Francia.

El matrimonio fue celebrado en Amiens, en julio de 1385. Después de su enlace, el rey quiso hacerse cargo del poder. Fue apoyado por Pedro de Montaigu, cardenal de Laon, a quien esta actitud razonable le valió morir asesinado. Los antiguos consejeros de Carlos V: Olivier de Clisson, Bureau de la Riviére, Le Bégue de Vilaines, Juan de Novian, Juan de Montaigu, llamados despectivamente por los grandes señores «los mamarrachos», lo aconsejaron en la misma forma que a su padre y lo apoyaron con todas sus fuerzas. El rey les confió la dirección de los asuntos de Estado, y su desempeño prueba que merecían ese cargo.

Poco tiempo después el duque de Orleáns, gentil y disoluto, contraía nupcias con la hermosa Valentina Visconti; su matrimonio fue seguido por la consagración de la reina Isabel en París, el domingo 20 de agosto de 1389. La fiesta fue magnífica. En la puerta de Saint-Denis habíase representado un cielo estrellado y los niños, vestidos de ángeles, cantaban melodiosamente.

Una imagen de Nuestra Señora tenía en los brazos a un niño accionado por un mecanismo; la fuente de Saint-Denis derramaba los mejores vinos, y jóvenes con sombreros de oro ofrecían de beber. En la segunda puerta de Saint-Denis, Dios Padre, en Majestad, el Hijo y el Espíritu Santo recibieron a la reina. Las casas estaban empavesadas, y en la plaza del Chátelet se levantaba un gran castillo de madera, de donde salieron un ciervo blanco, un águila y un león. Vestido como un ángel, un acróbata descendió desde lo alto de una de las torres de la iglesia de Notre-Dame por una cuerda y coronó a la reina. Hubo justas y el rey fue uno de los vencedores.

En ese mismo año el rey y la corte tomaron partido por la Santa Virgen, contra una secta de teólogos que el pueblo llamó «enemigos de María», y se instituyó en París una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción.

Los placeres de los grandes no impedían sin embargo que el país fuese desgraciado. Gente, antes rica y poderosa casino tenía con que trabajar sus viñedos y sus tierras: todos los años pagaban cinco o seis tallas y sus bienes diezmados quedaban reducidos a la tercera o cuarta parte, y a veces a nada. En 1390, cuando la pareja real estaba en Saínt-Germain, estalló una espantosa tempestad. Isabel, que esperaba su tercer hijo, vio en la tormenta una manifestación de la cólera celeste. Suplicó a su esposo que aliviara al pueblo.

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Isabel, mujer de Carlos VI, no quiso ser menos que los duques de Orleáns y de Borgoña.  Libre del  control de su marido, llevó una existencia de lujo desenfrenado, sin preocuparse por la condena de la Iglesia.

El rey hizo lo que pudo, pero fue contrariado por los duques de Borgoña y de Berry, y por su hermano, el duque de Orleáns, que llevaba una vida disipada. El mismo rey, aunque compasivo y generoso, gustaba de los entretenimientos con el entusiasmo de un adolescente dispuesto a satisfacer sus caprichos, y no podría asegurarse que, a esa edad, sú razón no estuviese ya afectada. A principios del año 1392 tuvo un primer acceso de «fiebre amarilla», provocada sin duda por alguna profunda alteración orgánica.

Antes de continuar, evoquemos el ambiente en que vivían el rey y la reina. Era su morada el hotel Saint-Pol, compuesto por un grupo de hoteles, casas y jardines adquiridos por la familia real en 1365. Los departamentos se componían del dormitorio (albergue del rey), la capilla, el salón del retiro, el estudio, las cámaras tibias, así llamadas porque en ellas se encendían estufas durante el invierno. En los jardines había una pajarera, una pieza para tórtolas y una jaula para fieras.

Este confuso conjunto, escribe Dulaure, comprendía patios y corrales. El patio de justas era el más amplio. Las vigas y tirantes de los principales departamentos estaban decorados con flores de lis de estaño dorado, cuenta Saint-Foix en sus Ensayos históricos (1754). Los vidrios, pintados con distintos colores y cargados de escudos de armas, divisas e imágenes de santos y santas, parecían vidrieras de iglesia. El rey tenía sillas de brazos, en cuero rojo con franjas de seda…

Una noche, al salir de una fiesta realizada en la residencia real, Olivier de Clisson, condestable de Francia, después de la muerte de Du Guesclin que había sido su hermano de armas, fue atacado por Pedro de Craon y su banda y dado por muerto o moribundo. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, corrió a la casa del panadero que había recogido a Clisson y juró vengarlo.

Pedro de Craon, denunciado por Clisson, se refugió en Bretaña; Carlos VI, a la cabeza de un ejército, resolvió ir en su búsqueda para castigarlo. Y aquí se sitúa el episodio dramático de la locura de Carlos VI, que Michelet relata de la siguiente manera: «Cuando atravesaba el bosque del Maine, un hombre de mal aspecto, sin otra indumentaria que una saya blanca, se arrojó repentinamente al encuentro del caballo del rey, gritando con terrible tono: «¡Detente, noble rey! ¡No sigas adelante, te traicionaron!».

Obligáronle a soltar la brida del caballo, pero le permitieron que siguiera al rey, gritando durante media hora. Al mediodía, el rey salía del bosque para entrar a una planicie de arena donde el sol caía a plomo. Todos sufrían el calor.

Un paje que llevaba la lanza real se durmió sobre su cabalgadura, y la lanza, al caer, golpeó el casco de otro paje.Con el ruido del acero, al chocar, el rey se sobresalta, desenvaina su espada, y precipitándose sobre los pajes, grita: «¡A los traidores! ¡Quieren entregarme!»

Con la espada desnuda se precipitó sobre el duque de Orleáns. Éste logró escapar, pero el rey enceguecido, dio muerte a cuatro de sus hombres antes de que pudieran detenerlo. Fue preciso que se cansara: entonces uno de los caballeros lo tomó por la espalda.

Consiguieron entre varios  desarmarlo y hacerlo descender del caballo; lo acostaron luego en el suelo. Los ojos le daban vueltas en las órbitas, no reconocía a nadie y no articulaba palabra. Sus tíos y su hermano encontrábanse a su alrededor. Todos podían aproximarse y verlo. Los embajadores de Inglaterra acudieron como los demás; esto fue muy mal visto por la mayoría.

El duque de Borgoña, sobre todo, increpó airadamente al chambelán La Riviére, porque éste había permitido que los enemigos de Francia vieran al rey en ese lamentable estado. Cuando éste volvió en sí, y supo lo que había hecho, sintió horror, pidió perdón y se confesó.»

Los tíos del rey tomaron entonces posesión del gobierno; el duque de Orleáns fue separado de su cargo por ser «demasiado joven» para desempeñarlo. La primera preocupación del duque de Borgoña fue deshacerse de todos aquellos que podían ser fieles al rey. En cuanto a la reina, que hasta ese momento había llevado una vida disipada, desafió a todas las opiniones.

Pasaba gran parte de su tiempo arreglándose, tomaba baños en agua de pamplina hervida o en leche de burra, como Mesalina, cuyas locuras imitaba. Los religiosos criticaban desde el pulpito su lujo insolente y su forma de vivir. Un agustino, Jacques Legrand, llegó a decir: «La gente de bien condena vuestra conducta. ¡Si no queréis creerme, recorred la ciudad vestida como una mujer pobre, y oiréis lo que dicen de vos!».

Poco le importaba. Y poco le significaba el reino de Francia, aunque aceptó ponerse a la cabeza de un Consejo de Regencia, del que formaba parte el duque de Orleáns. Pero ella transformaba fácilmente la sala del Gran Consejo en sala de fiestas.

¿El rey? ¿Qué ocurría con el rey mientras tanto? Divertíanlo. Se divertía. Pasaba de un entretenimiento a otro; casi pereció en uno de ellos. Fue el 29 de enero de 1393: Isabel organizó una mascarada en honor de una viuda a su servicio, que se volvía a casar. «Es una mala costumbre practicada en distintas partes del reino —dice el religioso de Saint-Denis— hacer toda clase de locuras en el casamiento de mujeres viudas, y tomarse las libertades más atrevidas, con los disfraces más extravagantes…»

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Las mismos cortesanos se burlaban con frecuencia del rey. Durante un baile de máscaras, Carlos VI se disfrazó de salvaje. En medio de la fiesta las plumas con que había decorado su disfraz se inflamaron, y habría sufrido una muerte horrible si la duquesa de Berry no hubiese apagado las llamas.

El escudero Hugolino sugirió al rey que se disfrazara de salvaje, con algunos de sus cortesanos. Y cuando el baile había comenzado, Carlos VI y cinco de sus compañeros se hicieron coser sayas de telas cubiertas de lino y se untaron con pez para pegarse plumas y estopas. El rey entró a la sala de baile con sus cinco compañeros. Durante la danza, un imprudente aproximó una antorcha a uno de los salvajes y la pez se inflamó.

En un momento todos estuvieron en llamas. La reina se desmayó. La duquesa de Berry, con notable espíritu de arrojo, logró salvar al rey, envolviéndolo con su manto y ayudándole a salir. Pero semejante emoción sólo podía agravar el estado mental del monarca.

Sin embargo el pueblo quería al desdichado Calor VI y no lo hacia  responsable de los males iel reino. Es cierto que, en los momentos en que el rey recuperaba la lucidez, las medidas que tomaba eran justas. Pero cuando perdía el uso de la razón, su Consejo lo obligaba a revocar sus decisiones.

Así fueron restablecidos los juegos de azar, anteriormente suprimidos y disueltas las milicias de arqueros, que él mismo había formado y autorizado para defender el país de las invasiones extranjeras, pero que podían llegar a ser más poderosas que «los príncipes y los nobles»…, justamente lo que estos últimos querían evitar.

Carlos VI murió en 1422. Sabido es cómo se encontraba entonces Francia. El tratado de Troyes, firmado en 1420, abandonaba el país a Inglaterra.

La reina, sin embargo, continuó entregándose a los placeres, preocupada únicamente por satisfacer sus lujos y caprichos y sólo consentía las privaciones que le imponía su régimen para adelgazar.

Tuvo sobre las modas de su siglo la influencia más extraña. A propósito, resumiremos una página de Miche-let: «Los asientos destinados a las damas parecían pequeñas catedrales de ébano. Velos preciosos, sacados antaño del tesoro de las iglesias, ondeaban alrededor de las hermosas cabezas… Hasta las formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas fueron incorporadas a la indumentaria. Las mujeres llevaban cuernos en el tocado, los hombres en los pies. Las puntas de sus zapatos se retorcían formando astas, garras o colas de escorpión.»

Recordemos que fue para divertir al rey loco que se perfeccionó el juego de cartas, cuya invención es probablemente china, y que se dio a sus figuras el nombre de personajes de la historia o de las novelas de caballería.

Bajo este mismo reinado, una ordenanza de 1396 obligaba a los jueces a entregar anualmente a la Facultad de Medicina de Montpellier, el cuerpo de un condenado a muerte —decisión considerable para el progreso de la ciencia médica—, porque hasta entonces, como entre los romanos, la disección de cadáveres estaba prohibida en Francia. Citaremos aún, entre los hechos que se relacionan con esta época, las expediciones del ciudadano de Dieppe, Juan de Béthancourt, que organizó un establecimiento en las islas Canarias.

Una fecha importante para la historia del teatro es la concesión acordada en 1402 por Carlos VI a la Cofradía de la Pasión, instalada en el edificio del hospital de la Trinidad. El teatro francés tiene su origen en esta cofradía.

Fueron éstas algunas imágenes de un rey que fue juguete de la corte, pero a quien su pueblo jamás acusó de los males que abrumaban a Francia. Diéronle dos sobrenombres: Carlos el Insensato y Carlos el Bienamado.

Fuente Consultada
LO SE TODO T omo III Editorial CODEX Biografía de Carlo VI

Reinado de Carlos X de Francia Biografía y Gobierno

BIOGRAFÍA Y GOBIERNO DE CARLOS X DE FRANCIA

La restauración monarquica en Europa de 1815, sufrió una leve transformación al morir Luis XVIII en 1824 y llegar al trono Carlos X. Carlos X (1757-1836) era nieto de Luis XV y hermano menor de Luis XVI, y fue  rey de Francia durante 6 años, desde 1824-1830. Se le conocía como Carlos Felipe, conde de Artois, hasta que fue proclamado rey. Fue uno de los líderes durante la Revolución Francesa.

Posteriormente residió en Gran Bretaña (1795-1814). Tras la ascensión de Luis XVIII al trono francés (1814), Carlos regresó a Francia, donde encabezó al reaccionario partido ultramonárquico. El favoritismo hacia la Iglesia católica y la aristocracia que caracterizó su reinado levantó un gran rechazo en el pueblo. Atacado internamente por todos, pensó que una aventura guerrera fuera de Europa afianzaría su poder, sin enemistarlo con los demás soberanos europeos.

Así concibió la expedición a Argelia y al norte de África. Sin embargo, para realizarla debió desafiar la amenaza de Inglaterra, cuya posición era predominante en el Mediterráneo. De todas maneras, el resto de Europa veía con benevolencia esta acción francesa que, cualquiera que fuera su resultado, limitaría el absorbente y cada vez más extenso poderío inglés.

La aventura no fue secundada por el pueblo francés y la burguesía mantuvo su oposición al rey, quien limitó más la libertad de prensa, lo que condujo a la revolución en 1830, conocida como la Revolución de Julio. La revolución ganó la calle, se enarboló nuevamente la bandera tricolor y Carlos X debió huir del país.

Revolución de 1830: En la ciudad de París estalla un movimiento revolucionario que obliga a abdicar al rey francés de la Casa de Borbón, Carlos X, antes de extenderse a otros países europeos. Aunque los dirigentes más radicales propugnan la instauración del régimen republicano, los liberales defienden la continuación de la monarquía, si bien limitada en sus poderes, en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, que poco después será proclamado rey de Francia por la Asamblea Nacional.

carlos x de francia

El rey francés Carlos X sucedió a su hermano Luis XVIII en 1824 y acentuó la política reaccionaria de la restauración monárquica.  En el retrato  aparece Carlos X con la vestimenta propia de la consagración regia.

Carlos X a sus 67 años de edad, como nuevo rey conservaba del gran señor del Antiguo Régimen los modales y los principios. Su esbelta figura, sus aristocráticas maneras y su elegancia eran legendarias. Aferrado a las prerrogativas reales más que a nada, se hizo consagrar en Reims con el mayor ceremonial.

Contrario a toda reforma, estaba completamente decidido a continuar con la política reaccionaria; pero su falta de inteligencia, su mediocridad y su testarudez terminarían por perderle. Villéle siguió en su puesto y trató de consolidar la mayoría ultra para satisfacer a su nuevo soberano. Ligó más estrechamente el clero al Gobierno, haciendo votar la ley sobre el sacrilegio, que penaba severamente los ultrajes a la Iglesia. Y se aseguró el apoyo de los defensores del Antiguo Régimen haciendo votar la ley de los mil millones en favor de los emigrados, que indemnizaba a todos los que habían visto confiscados sus bienes por la Revolución.

Estas leyes irritaron a la oposición, que manifestó su hostilidad de diversas maneras: los entierros de liberales como el general Foy, Manuel y La Rochefoucault-Liancourt sirvieron de pretexto para que se reunieran inmensas multitudes, que chocaron violentamente con la policía.

En la Cámara, los constitucionales, con Royer-Collard a la cabeza, formaron un bloque con los liberales, los galicanos, e incluso con «la punta», grupo de oposición de extrema derecha, dirigido por La Bourdonnaye y Chateaubriand. Villéle pensó poner fin al desorden que provocaban, disolviendo la Cámara «retrouvée» para anticipar las elecciones, pero éstas arruinaron sus esperanzas: todos los oposicionistas se habían unido en la sociedad denominada «Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará», dirigida por Guizot; su propaganda fue tal, que consiguieron sacar 250 diputados contra los 200 que obtuvieron los partidarios del Gobierno.

Considerando lo ocurrido, Villéle presentó su dimisión al rey, en enero de 1828. Carlos X se halló, pues, ante una Cámara ingobernable, la mayoría de cuyos diputados le era hostil. Comenzó por contemporizar, y puso en el ministerio del Interior al vizconde de Martignac, un constitucional de derecha, partidario del acercamiento a los liberales. Todos sus proyectos de ley fueron rechazados por la Cámara de Diputados, y Carlos X se sirvió de estos fracasos para destituir a Martignac, en agosto de 1829, y confió el ministerio a uno de sus amigos ultras, el príncipe de Polignac. El nuevo ministro, hijo de la favorita de María Antonieta, y jefe de la emigración, se rodeó de ultras, todos hostiles a la Carta Constitucional.

1830: LAS «TRES GLORIOSAS»
Junto a los republicanos, que atacaban al régimen en sus periódicos «La Tribune» y «La Jeune France», apareció una nueva corriente de oposición, formada alrededor del duque de Orleáns; sus partidarios, entre los que se encontraban Talleyrand, Carrel, Mignet y Thiers —estos dos últimos, directores del periódico «Le National»—, eran realistas moderados, preocupados, sobre todo, por los intereses de la burguesía; la República les atemorizaba tanto como la vuelta del Antiguo Régimen, y soñaban con una monarquía a la inglesa, en la que el poder estuviera repartido entre el rey y las Cámaras. Ante la amplitud de la agitación, el soberano acabó por convocar a las Cámaras en marzo de 1830.

Las acusaciones y las amenazas proferidas por él en el discurso de la Corona contra los oposicionistas, no intimidaron en absoluto a éstos; en la contestación, votada por 221 diputados, se proclamaba solemnemente el derecho de los franceses a discutir los intereses públicos, y se acusaba al rey de violar abiertamente la Carta. Ante tanta jactancia, Polignac hizo disolver la Cámara y fijó la fecha de las nuevas elecciones para el mes de junio o julio.

Raras veces una campaña electoral conoció una animación semejante. El Gobierno depuró los ministerios, censuró los periódicos, hizo que interviniese el clero e incluso el rey, que dirigió un solemne llamamiento a los franceses. Pero la oposición no se mostró menos activa, y, pese a los obstáculos, consiguió un triunfo sin precedentes, obteniendo 274 diputados.

El Gobierno no tenía más que una alternativa: aceptar lo ocurrido, o apelar a la fuerza. Carlos X hizo que se recurriera al artículo 14 de la Carta, que le permitía promulgar ordenanzas con fuerza de ley; así, el 25 de julio, firmó, en el castillo de Sainr-Cloud, las cuatro famosas ordenanzas que iban a desencadenar la revolución.

La primera de ellas sometía la prensa, «instrumento de desorden y de sedición», a una censura rígida, y ningún periódico podría publicarse sin autorización previa, renovable cada tres meses, bajo pena de ser secuestrado. La segunda decretaba la disolución de la nueva Cámara, debido a las maniobras que «habían engañado y extraviado a los electores».

La tercera concedía el derecho de voto sólo a los ciudadanos franceses que pagasen contribución territorial y el impuesto personal y mobiliario, descartando así a muchos comerciantes, industriales y miembros de profesiones liberales juzgados muy hostiles al régimen. Por último, la cuarta disponía que las nuevas elecciones se celebrasen en septiembre.

Los periodistas fueron los primeros en reaccionar: el 26 de julio, firmaron un llamamiento redactado por Thiers, en el que declaraban que publicarían sus periódicos sin petición de autorización previa, «ya que el Gobierno había perdido el carácter legal que obliga a la obediencia». Aquel atardecer, se manifestaron obreros, impresores y estudiantes al grito de «¡Abajo los ministros!». Al día siguiente, obreros y artesanos de los barrios populares se unieron a ellos, y se levantaron las primeras barricadas en las calles de la capital. Cuando, el día 28, llegó a París la noticia del nombramiento del mariscal Marmont (que había traicionado al emperador en 1814) como jefe del ejército, miles de hombres y mujeres se echaron a la calle, y, portando banderas tricolores al frente, ocuparon el barrio de Saint-Antoine, y después el Ayuntamiento y Notre-Dame.

El joven republicano Cavaignac se apoderó, con ayuda de los alumnos de la Escuela Politécnica, de varios cuarteles y distribuyó armas a la población. Los regimientos reales que no se habían pasado al lado de los insurgentes fueron aplastados en pocas horas; el Louvre y las Tullerías fueron sitiados; Marmont, derrotado, tuvo que evacuar París. El pueblo por sí solo, y en tres jornadas —las «tres gloriosas»—, había barrido a una monarquía execrada.

LA VICTORIA FINAL DE LOS ORLEANISTAS
Cuando la victoria del pueblo fue indudable, los diputados de la oposición comprendieron que no era posible ningún compromiso con Carlos X; así, cuando éste, consciente, al fin, de los peligros que corría, les envió emisarios para darles cuenta de que retiraba las ordenanzas promulgadas, aquéllos se negaron a recibirlos. Hostiles a Carlos X, estos ricos burgueses no lo eran menos a la república democrática. Supieron aprovecharse, hábilmente, de una situación que les era favorable; en efecto, el partido republicano no tenía ni jefes de prestigio, ni un programa coherente, ni arraigo profundo en el pueblo.

Ellos, en cambio, tenían un candidato y un programa, pero era necesario actuar con rapidez; reunidos en la tarde del 29, en casa del banquero Laffitte, con los jefes orleanistas nombraron una comisión municipal de cinco miembros, encargada de administrar provisionalmente París; después, por la noche, hicieron cubrir las calles de la capital con carteles donde se trazaba un retrato elogioso del duque de Orleáns, partidario de las conquistas de la Revolución, de la Carta Constitucional y de la bandera tricolor. Y les fue fácil, en las primeras horas de a tarde del día 30, convencer a los diputados y a los pares de que enviaran una delegación a Luis Felipe para ofrecerle la lugartenencia general del reino, hábil solución que descartaba la República y no imponía aún la monarquía.

Aunque Carlos X no había abdicado todavía, Luis Felipe respondió favorablemente a la proposición. Aprovechándose de las rivalidades entre los republicanos y los bonapartistas, los orleanistas organizaron, el día 31, un gran cortejo que, a través de las calles de París obstruidas por las barricadas, condujo a Luis Felipe, triunfalmente, de su residenica del Palais Royal al Ayuntamiento. Aunque primeramente hostil, la masa acabó por dejarse convencer y aplaudió hasta con entusiasmo cuando el príncipe, acompañado por el viejo La Fayette, ganado por el partido orleanista, apareció en el balcón, envuelto en una bandera tricolor.

Para evitar lo peor, Carlos X abdicó en favor de su nieto, el duque de Burdeos, hijo póstumo del duque de Berry, y rogó a Luis Felipe que asumiera la regencia; pero éste se negó e hizo un llamamiento a los parisienses para que marcharan sobre Rambouillet, refugio del viejo soberano. Entonces, el rey huyó a Inglaterra, dejando el trono vacante. El 3 de agosto, las Cámaras ofrecieron a Luis Felipe el título de rey de los franceses, a condición de que aceptara la revisión de la Carta y que prestara juramento ante ellas. Así terminó el período de la Restauración.

La toma de Argelia, unos días antes de la revolución, la excelente situación económica de Francia, la paz mantenida desde hacía quince años, no habían sido bastantes para salvar a un régimen cuyos excesos le habían hecho muy impopular.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

La Musica en el Barroco Compositores del Barroco Músicos Castrados

La Música en el Barroco
Compositores del Barroco

Sociedad y cultura en el Barroco: En el Barroco cobró un enorme auge la exaltación de los sentimientos frente a la serenidad y a la mirada puesta en el hombre que habían sido propias del período anterior.

El Barroco: El término barroco proviene del portugués y, en su origen, significó «perla irregular y deforme». Se empleó para describir de manera peyorativa las formas artísticas demasiado recargadas.

Música en el Barroco

Hasta el siglo XIX el término barroco se utilizó como expresión desaprobatoria Sin embargo, hoy en día ya no es así aunque se sigue usando cuando se considera que algo es excesivamente complejo o recargado.  El Barroco fue una época en la que se produjeron grandes avances científicos y descubrimientos que cambiaron la percepción que las personas tenían del mundo.

Durante el Barroco se incrementó la ornamentación en todas las artes hasta llegar, en ocasiones, al exceso. La música, por su parte, experimentó un enorme desarrollo.

Aspectos sociopolíticos: El siglo XVII, y más concretamente su segunda mitad, está marcado por el triunfo del absolutismo en toda Europa, con la excepción de Holanda e Inglaterra. El poder político de los monarcas se fortaleció hasta eliminar toda representatividad, dando lugar a las monarquías absolutas.

Los intereses nacionales se exacerbaron y pretendieron imponerse hegemónicamente. Durante el siglo XVI fue España la nación hegemónica, y en el siglo siguiente lo fue Francia. Las hegemonías terminaron en el siglo XVIII, fortaleciéndose la idea de equilibrio.

La sociedad estaba organizada en tres grupos, llamados estamentos o estados: nobleza, clero y tercer estado o estado llano. Los dos primeros estamentos eran los privilegiados; el otro estamento poseía escasos recursos económicos y estaba excluido de la participación política.

Unido al éxito de la monarquía absoluta, el mercantilismo se fue imponiendo en Europa desde mediados del siglo XVII. El Estado desarrolló una política económica intervencionista prohibiendo la salida de los metales preciosos. Se trataba de un auténtico nacionalismo económico que reforzaba el nacionalismo político.

La cultura del Barroco
El Barroco reaccionó frente a la rigidez de las reglas y se convirtió en un arte abierto, libre, que buscaba lo grandioso y lo dinámico. El Barroco, a la vez que fomentaba el interés por el hombre y la naturaleza, exaltaba el absolutismo real y el sentido victorioso y propagandístico de la Contrarreforma católica.

La expresión artística estaba en consonancia con el desarrollo de la sociedad. La cultura tendió a encontrar razones justificativas del poder absoluto de los monarcas y a presentar siempre la monarquía en un contexto de «sublime emergencia» sobre el resto de la sociedad.

Las luchas religiosas y el enfrentamiento entre reformados y católicos tuvo grandes repercusiones en el arte y la cultura. En el campo católico, el arte sirvió para realzar la figura de la Virgen y de los santos, produciendo retablos e imaginería de gran valor.

La arquitectura se caracterizó por el movimiento, el claroscuro y la grandiosidad. Grandes arquitectos italianos fueron Bernini, Borromini y, algo más tarde, Juvara.

• En la escultura triunfó el afán de movimiento y se dio preferencia a los gestos exaltados y la teatralidad. Destacaron Bernini, en Italia, y Gregorio Fernández, Martínez Montañés y Alonso Cano, en España.

• La pintura se caracterizó por el naturalismo, la fuerte expresividad y el claroscuro. Destacaron Caravaggio, Rembrandt, Murillo y Velázquez.

• En la literatura se asiste al desarrollo del tema religioso a través de la mística, en el siglo XVI, con San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, y de los autos sacramentales, en el siglo XVII, con Pedro Calderón de la Barca.

• En el pensamiento surgió el racionalismo con Descartes y se inició la ciencia moderna, basada en la experiencia y la inducción. La filosofía empirista fue desarrollada por un grupo de filósofos ingleses a cuya cabeza estuvo Bacon.

En el Barroco, la música tuvo un desarrollo espectacular. Los músicos adoptaron el término barroco para referirse al período de ciento cincuenta años que va desde los inicios de la ópera, hacia 1 600, hasta la muerte de Johann Sebastian Bach en 1750.

Las artes y el estilo musical del Barroco: La música acompañó en todo momento os profundos cambios experimentados en la sociedad, la cultura y el arte y el Barroco se convirtió en la época del virtuosismo musical, con grandes intérpretes y un enorme desarrollo de la orquesta y de las técnicas de construcción de instrumentos.

Consecuencia del racionalismo científico que dominó el pensamiento de la época, la música barroca redujo todo5 los modos musicales eclesiásticos a solo dos: el modo mayor y el modo menor. Con estos modos se escribieron la mayoría de las obras musicales que han llegado hasta nosotros.

Por otro lado, el método científico propició el nacimiento de la ciencia de la armonía (estudio de los acordes), teorizada por Gioseffo Zarlino (1517-1590), que buscó en la naturaleza la fuente de toda legitimidad.

Los efectos que excitaban los sentimientos en los conjuntos de los grandes escultores barrocos trató de conseguirlos el músico con el uso del acorde consonante y disonante. La alternancia de estas relaciones sonoras provocó movimientos espirituales que suscitaron efectos en uno u otro sentido.

La arquitectura de línea curva y ornamentación exuberante tuvo su reflejo sonoro en las melodías llenas de adornos y acrobacias vocales, sobre todo con la aparición de voces artificiales: los castroti, cantantes de sexo masculino que eran castrados antes de llegar a la pubertad para preservar su voz de soprano o contralto. Esta práctica decayó cuando las mujeres, a finales del siglo xviri, se incorporaron a la escena operística.

LOS CASTRATI: Los primeros músicos de la historia en alcanzar la categoría de estrellas fueron los castrati, para cuyas voces se componía la ópera italiana en los siglos XVII y XVIII. Un castrato era una maravilla vocal, un precioso instrumento musical vivo, de una belleza y extensión asombrosas.

Los castrati eran varones, procedentes de los ambientes más pobres, y elegidos por la belleza de su voz infantil, a los que se castraba antes de que llegaran a la pubertad. Por este cruel procedimiento se conseguía que estos cantantes conservaran el timbre de una voz blanca, pero unido a la capacidad pulmonar de un varón adulto.

Los castrati recibían una esmeradísima educación musical, y los que triunfaban amasaban grandes fortunas, por lo que su destino se consideraba envidiable. Su extraordinaria capacidad pulmonar y la limpia ejecución de las más intrincadas coloraturas, complejas acrobacias vocales escritas por los compositores para ellos, los enorgullecía más que la tesitura aguda; femenina, de sus voces.

Podían sostener una nota durante minutos enteros, yen muchas ocasiones se enzarzaban en duelos con algún instrumentista de viento, con el que rivalizaban en resistencia para admiración del público.

La pintura realista y de fuertes contrastes guió a los compositores en sus obras instrumentales y los impulsó a buscar el colorido tímbrico, con la aparición y perfeccionamiento de nuevos instrumentos, y el contraste sonoro, con el uso del estilo concertante, en el que a un solista o grupo de solistas se opone o contrasta el resto de la orquesta.

La monarquía absoluta impuso el uso de una melodía principal, con lo que desapareció el resto de voces del estilo polifónico; y también surgió el virtuoso, que, en cierto modo, acabó ejerciendo un absolutismo instrumental sobre el resto de la orquesta.

La aparición de teatros donde se representaban obras dramáticas con música, las óperas, hizo que se produjera un mayor acercamiento entre los diferentes estamentos sociales de la época.

Características del Barroco musical: Las principales características que definen la música barroca son estas:

• Predominio del estilo vertical u homofónico.

• Nacimiento del bajo cifrado o bajo continuo: el compositor da toda la importancia a las voces extremas. La voz superior es la melodía. El acompañamiento se indica mediante una serie de cifras (bajo cifrado) que señalan al organista los acordes que puede ejecutar.

• Supremacía de un estilo armónico: sentido vertical en la música.

• Delimitación e independencia entre música vocal e instrumental.

• Nacimiento y esplendor de la música dramática: ópera, cantata, etc.

• Aparición de la orquesta y perfeccionamiento de los grupos de cámara.

• Aparición de un ritmo reiterativo y muy marcado.

• Uso de acordes disonantes con mayor frecuencia.

• Supremacía de la música profana sobre la música religiosa.

• El compositor practica todos los géneros de su época.

La música al servicio de la religión y la monarquía El Barroco fue un estilo artístico conformado por las ideas dominantes de la época: el absolutismo en política, que presenta como ideal la monarquía absoluta, y la Contrarreforma, la reacción cultural de los países católicos del sur de Europa frente a la Reforma protestante del norte.

Al igual que había sucedido durante el Renacimiento, durante el Barroco, la música culta o ilustrada, en oposición a la popular, únicamente se cultivaba en el seno de los dos estamentos rectores de la vida política y espiritual: el aristocrático (las diversas cortes europeas) y el eclesiástico.

Un tercer sector social —el burgués— entró, sin embargo, durante esta época en el universo musical gracias a la ópera comercial, que permitía el acceso al teatro mediante el pago de una entrada.

En los primeros días de la ópera, la concurrencia solía ser la comunidad entera, separada jerárquicamente en pisos y gradas de acuerdo con su posición social. La sala de ópera era un modelo de la sociedad del siglo XVII, en tanto que los mitos griegos y romanos de donde provenían casi todos los argumentos que se ponían en escena reflejaban los valores aristocráticos de los estamentos sociales dirigentes.

Fuente Consultada: Enciclopedia del Estudiante Tomo 18 – Música – Santillana

La Guerra de los Siete Años Causas y Consecuencias Francia Inglaterra

La Guerra de los Siete Años Causas y Consecuencias

En Inglaterra, William Pitt ocupa en 1756 el puesto de primer ministro. Es la primera vez que un primer ministro representa exclusivamente los intereses de la City, es decir, de los comerciantes y financieros.

En justa correspondencia, su objetivo era la construcción de un imperio inglés y la obtención de la hegemonía sobre el comercio mundial. Pero en Norteamérica y en la India chocó con Francia.

Especialmente en Norteamérica, los grandes territorios franceses que se extendían desde Nueva Orleans hasta Quebec (Canadá) asfixiaban a las trece colonias inglesas.

guerra de los siete años

Mientras Federico vencía a los franceses en el continente, Pitt coordinaba las acciones por mar. El blanco de sus ataques ya no era Francia, sino el comercio francés, para lo que se sirvió de la red de información de los comerciante ingleses.

En África se apoderó de Dakar, convirtiéndola en base del comercio de caucho y esclavos; en Canadá se apoderó de Montreal Quebec y las convirtió en campamentos base del comercio de pesca y pieles; en la India, la Compañía de las Indias orientales echó a los franceses por su propia iniciativa, mientras Pitt bloqueaba las rutas comerciales del este de Asia y se adueñaba del comercio de té con China —desde entonces los ingleses ya no bebieron café, sino té, porque resultaba más barato—.

Los franceses perdieron su dominio sobre el mundo, pues sus gobiernos consideraban más importantes sus rivalidades dinásticas en Europa que la política de ultramar; por el contrario, los ingleses se hicieron con el dominio del mundo, pues su gobierno parlamentario representaba ya los intereses comerciales de los capitalistas.

La India, Canadá y todo el territorio hasta el Misisipí, desde Nueva Orleans a Florida, pasó a manos de los ingleses. Federico el Grande fue el cofttndador del Imperio británico.

Yen 1763, finalizada la guerra de los Siete Años, comienza la modernidad. ¿Por qué? La guerra había preparado el escenario en el que ahora tiene lugar una extraordinaria aceleración del tiempo, y este proceso conduce a una cuádruple revolución.

1. La eliminación de Francia como rival colonial elimina también los peligros a los que antes estaban expuestas las colonias inglesas. Ahora ya no necesitan que se las proteja ni que se las defienda de nadie. En otras palabras: venciendo a Francia en la guerra de los Siete Años, los propios ingleses han hecho desaparecer la única razón por la que las colonias permitían ser gobernadas desde Inglaterra.

En 1776, sólo trece años después de la victoria de Inglaterra, las trece colonias americanas de Inglaterra declaran su independencia. Junto a Prusia, nace ahora otra gran potencia mundial: Estados Unidos. Pero esta Declaración de independencia significa al mismo tiempo una revolución: los norteamericanos —descendientes de los puritanos— vuelven a negar su obediencia al Rey La guerra de Independencia es también una guerra de siete años y dura desde 1776 hasta 1783, aunque en realidad es una guerra civil con un océano por medio y en ambos lados hay leales y rebeldes.

En Inglaterra, los rebeldes se sientan en el Parlamento, por ejemplo Pitt el Viejo, el dramaturgo Richard Sheridan, el vividor Charles Fox y el ensayista político Edmund Burke, y pronuncian fulminantes discursos en favor de la libertad de los norteamericanos y contra la tiranía del gobierno. Trece años antes de la Revolución francesa comienza la Revolución americana. La Declaración de independencia contiene la Declaración de los Derechos del Hombre en un inglés excelente: Villiold lhese truths to be self-evident: that ah men are created equal; (hat thev are endowed their Greatar with certain malienabie rights, that among these are lfe, liberty an.d tli.epursuit of happiness… » («Consideramos evidentes las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables; entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad»).

2. La victoria de Inglaterra en la guerra de los Siete Años su dominio sobre el comercio mundial prepararon la Revolución industrial. Para ello resultaban necesarios tres ingredientes: grandes mercados, gigantescos capitales producción de energías titánicas con las que hacer funcionar las máquinas.

Con la invención y el posterior perfeccionamiento de la máquina de vapor por parte de James Watt a partir de 1765, se cerraba el circulo que empezaría a transformar cada vez más rápidamente el mundo: como la máquina de vapor —a diferencia de la electricidad— concentraba su energía en un lugar, las máquinas también debían concentrarse en un lugar, lo mismo que los hombres que las manejaban. Así surgía el sistema industrial y después ya nada sería como antes: asistirnos al nacimiento de un nuevo tipo de infierno. El capitalismo estaba ahí.

En este sistema, grandes capitales hacían que inmensas cantidades de energía se concentraran para poner en funcionamiento muchas máquinas, que eran manejadas al mismo tiempo por muchos hombres con el fin de producir masivamente unos productos destinados a gigantescos mercados, y volver así a obtener enormes capitales. Una vez puesto en marcha, el proceso se aceleró por sí mismo, y los maestros manufactureros, que hasta entonces estaban al frente de las fábricas, fueron sustituidos progresivamente por los propietarios de los capitales. Este sistema industrial hizo posible la peor forma de explotación desde las canteras de Siracusa las minas de plata de Potosí: los trabajadores ya no se organizaban en gremios, por lo que estaban des-protegidos; trabajaban por un sueldo de hambre durante diez o doce horas diarias, en condiciones sanitarias deplorables, y vivían en chabolas. Esta situación motivaría la formación de los sindicatos y la crítica de Marx al capitalismo.

— La celeridad con la que se transforman las condiciones de vida de la gente da origen a la revolución cultural que llamamos Romanticismo. Esta época comienza alrededor de 1760 y la mejor forma de comprenderla es atendiendo a las nuevas formas de experiencia que trae consigo la transformación de los conceptos fundamentales.

— Es fundamental la nueva forma de experimentar el tiempo: las transformaciones técnicas hacen que las cosas cotidianas también envejezcan rápidamente. Así, la propia infancia «pertenece al pasado», vive sólo en el recuerdo. Se descubre la nostalgia, un sentimiento romántico. De este modo se descubre también la «infancia» como dimensión propia de la experiencia que favorece la comprensión, y se descubre el amor materno.

— Como todo cambia, ahora aparece «la» historia. Hasta entonces sólo había habido historias en plural, stories. En principio, éstas eran repetibles e ilustraban la permanencia de las normas morales, por ejemplo, «Cuanto mayor es la subida, mayor es la caída». Por eso se podía aprender de la historia. Ahora surge el nombre colectivo «historia» en el sentido (la historia Universal, una historia que progresa y en la que nada se repite, pues todo cambia. Esta idea implica enormes consecuencias.

La historia se convierte en la idea rectora. Al concebirla como progreso, se hacen depender de ella todas las esperanzas que hasta entonces se ligaban a la religión. La historia tiene una meta: la salvación de la humanidad como realización de la utopía.

Todo ello conduce a la aparición de las ideologías. El final de la religión anuncia la época de las ideologías y las guerras ideológicas del siglo XX resucitan las guerras religiosas del siglo XVIII.

— Como la historia no se repite, se siente por vez primera que la historia de la humanidad es única, lo que confiere valor a la idea de originalidad. El concepto «individuo» (que significa propiamente «indiviso») significa ahora «original». Cada individuo vive el mundo a su manera, como se expresa de forma muy clara en el arte y en la poesía. De este modo la teoría del arte adquiere una nueva base. Anteriormente, el arte era una imitación de la naturaleza conforme a las reglas dadas por los clásicos; ahora, la originalidad prohíbe la imitación. Por lo tanto, el artista ya no imita el mundo, sino que crea uno nuevo: el artista se convierte en creador, y crea del mismo modo que Dios: libremente. Es concebido corno el hermano pequeño de Dios: es un genio.

— Corno todos los individuos son originales, todos tienen el mismo valor. Ya no hay distintas clases (le individuos más o menos valiosos. Así pues la división de la humanidad en clases sociales —nobleza, clero, burguesía , campesinos— se vuelve problemática. Todo esto no son más que divisiones introducidas arbitrariamente por los hombres y contrarias a la naturaleza humana. Ahora, el concepto de naturaleza se opone al de sociedad falsa. La naturaleza es buena (algo que en Alemania los Verdes siguiente creyendo: aunque los lobos se comen a los corderos, ellos son unos románticos). Se descubren los pueblos primitivos, como los indios y a parece la idea del «buen salvaje».

La Revolución francesa quiere restaurar el orden natural, por lo que quita de en medio todo aquello que considera un invento de la sociedad. Se venera a la diosa Naturaleza, se pretende que las fronteras sean naturales, como el Rin (lo que los alemanes no consideran tan natural); se suprimen las antiguas provincias y los nuevos departamentos reciben nombres de accidentes geográficos, como por ejemplo los ríos; se da a los meses del año nombres como «mes del calor» (termidor) o «mes de la niebla» (brumario). Desde el punto de vista político, lo decisivo es que todos los hombres tienen «derechos naturales» como «libertad, igualdad…». Si estos derechos son violados, los hombres pueden recurrir a la revolución. Y para poder vivir todo esto, la poesía romántica invoca a la naturaleza, a la buena, como caja de resonancia del alma humana. Sumergiéndose en la naturaleza, el alma se purifica de toda la suciedad que se le ha adherido en su trato con la sociedad. La sociedad es mala, es un mundo de hipocresía en el que se pierde la identidad y la autenticidad. En ella, el ser humano se pierde y se enajena, excepto cuando encuentra un alma aÍin con la que compartir su soledad, esto es, el amor.

— La intimidad del amor se convierte en el sustituto de la sociedad, que todo lo falsifica. El amor es una esfera en la que el ser humano puede ser él mismo; por eso, su medio de comunicación no es ya el lenguaje manido, sino un lenguaje especial situado más allá del lenguaje: el sentimiento. Los sentimientos no se pueden fingir, son siempre auténticos (y quien los finge, quien por ejemplo se casa por dinero, es considerado un inmoral). Así pues, el sentimiento se convierte en el santo y seña de la época.

Por más paradójico que pueda parecer, en la Ilustración razón y sentimiento todavía no se oponen entre sí: el sentimiento es tan natural como la razón. La oposición surgirá después, cuando la razón torne las riendas y dañe el sentimiento. Hay un hombre que con su excéntrica carrera y su exhibicionismo espiritual ha contribuido más que ningún otro a la difusión del concepto de sentimiento: Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Con su Emilio, Rousseau escribió el manual de educación alternativo para el niño no corrompido por la sociedad (aunque él metió a sus hijos en un orfanato), se desnudó espiritualmente en sus confesiones e hizo que toda Europa supiera cuánto le dolía ser un rebelde solitario, un paria y un proscrito. Puesto que de algún modo todos se sentían solos, Europa compartió su sentir.

Roussean inspiró la Revolución francesa y el Werther de Goethe, introdi4jo el «dolor cósmico» y el concepto de <volonté générale> (voluntad general). Debido a su oscuridad, este concepto se convirtió en un arma peligrosa durante la Revolución francesa. Le sucedió algo similar a lo que después le ocurriría al «interés objetivo del proletariado». Todos pretextaron estar actuando en su nombre, y de este modo justificaron sus crímenes.

PARA SABER MAS…
causas de la Guerra de los Siete Años (1756-1763)

Entre los motivos principales del conflicto que estalló a mediados de siglo, debemos señalar:
La rivalidad por lograr la hegemonía continental. Austria, Francia, Rusia y el Imperio se enfrentan con Prusia.

La competencia por el control del comercio y las posesiones ultramarinas entre Inglaterra, Francia y España.

En 1756 comienza la guerra entre Francia e Inglaterra. En los dos primeros años, los triunfos son franceses; posteriormente, Inglaterra logra recuperarse.

Guillermo Pitt, integrante del gobierno inglés, traza un plan para revertir la desfavorable situación de su país en la guerra. Ayuda monetariamente a Prusia en su enfrentamiento continental y concentra su esfuerzo bélico en el mar.

Finalmente, Inglaterra y Prusia son las potencias vencedoras.
En 1763, se firma la Paz de París:
– Francia cede Canadá a Gran Bretaña y Luisiana a España.
– España entrega Florida a Inglaterra.

La guerra resultó ventajosa para Inglaterra mientras que Francia sufrió importantes pérdidas territoriales coloniales. Por la Paz de Hubertsburgo (1763), que pone fin al conflicto en el continente, se afirma la posición de Prusia como nueva potencia. Como consecuencia imprevista de esta guerra, en un futuro cercano, Francia y España apoyarán la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica (una forma de desquite contra Inglaterra).

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz

EL PALACIO DE VERSALLES La Vida Corte Francesa

Historia de la Construcción del Palacio de Versalles
Vida De La Corte Francesa de Luis XIV

La grandiosidad y el esplendor caracterizaron todas las artes en el siglo de Luis XIV El Estado utilizaba el arte como un medio para realzar la gloria de Francia a través de la figura de su monarca, el Rey Sol, y de la decoración de sus edificios privados y públicos.

Aunque cualquier tipo de control de las ideas artísticas suele ahogar la creatividad, el arte oficial francés de la segunda mitad del siglo XVII se caracteriza por una suprema magnificencia y autoafirmación de su realidad.

Desde la invasión de Italia por Carlos VIII en 1494, Francia deseaba imitar las grandes obras del Renacimiento italiano, por lo que la influencia de los artistas de este país fue notabilísima durante todo el siglo XVI.

Italianos fueron los decoradores del palacio de Fontainebleau (a partir de 1530), y los proyectos de los arquitectos peninsulares ejercieron un decisivo influjo en los franceses.

Aunque desde 1560 puede hablarse de una escuela de arquitectos francesa, siguió recurriéndose a pintores y escultores extranjeros hasta muy avanzado el siglo XVII. Los artistas solían formarse en Italia, donde algunos se asentaron para siempre, como Claude Lorrain (1600-82) y Nicolás Poussin (1594-1665), considerados hoy como los más grandes artistas franceses de su época.

En 1627, el pintor Simon Vouet regresó de Italia a Francia, llevando consigo una versión simplificada y menos aparatosa del estilo barroco italiano. Se convirtió en el modelo de los artistas de la siguiente generación, entre ellos Eustache Le Sueur (1616-55) y Charles Le Brun (1619-90). Este último se convirtió virtualmente en dictador del arte oficial durante el reinado de Luis XIV, y su obra refleja toda la pompa y el formalismo de la vida cortesana.

palacio de versalles

Poussin tuvo menos éxito: su visita a París en 1640-42 fue poco afortunada, ya que sus cuadros austeros, ponderados y de pequeño tamaño no podían rivalizar con la moda impuesta por el Barroco. La atención de Poussin se había desplazado hacia los temas religiosos y clásicos, explorando la naturaleza de las emociones humanas en composiciones claras y sencillas.

A su juicio, la finalidad de la pintura debía ser la revelación de las verdades universales relativas a la vida y la humanidad. Desde el punto de vista tanto de su estilo como de su postura filosófica, este artista es comparable a los dos grandes dramaturgos de la época: Pierre Corneille (1606-84) y Jean Racine (1639-99).

palacio de versalles interiorLa tragedia y la comedia En obras como El Cid (1636) y Polyeucte (1643), Corneile analiza la relación entre el deber y el deseo con un lenguaje deliberadamente preciso y analítico cuyo efecto es el de reprimir la pasión.

Racine, cuya educación estrictamente jansenista le había inculcado la idea de la depravación de la humanidad y de la omnipotencia del pecado, presenta en sus obras a personajes mucho menos seguros de lo verdadero y lo falso que los de Corneille: presa de sus pasiones (que en Racine son, casi siempre, destructivas), resultan, sin embargo, capaces de analizar sus luchas internas en un lenguaje de claridad meridiana.

Tal es el caso de la representación de los celos y del amor que se hace en Fedra (1677), o del amor y el deber en Berenice (1670). La principal característica de ambos autores es la calidad formal, retórica, de sus obras. Tanto ellos como Poussin se salieron del ámbito de su propia época para aludir al hombre en general: la vigencia actual de sus obras radica precisamente en la universalidad de sus análisis de los mecanismos de la naturaleza humana.

Lo mismo cabe decir de la obra de Moliére (1622-73) (imagen) un actor-empresario cuyas comedias (entre ellas El misántropo, de 1666, o El avaro, de 1668) hacen, en realidad, un profundo análisis del ser humano. Pero ni la sociedad ni la corte parisienses podían mantenerse con una dieta de seriedad total. Las representaciones de las obras de Moliére se alargaban con ballets y mascaradas (en las que el rey solía participar). Los fuegos artificiales gozaban asimismo de gran popularidad.

Las artes en tiempos del Rey Sol Luis XIV subió al trono en 1643, cuando contaba cuatro años de edad. Al principio, su principal ministro fue Mazarino, pero, al morir éste en 1661, Luis asumió virtualmente el gobierno del país. Constituye el exponente supremo del monarca absoluto: su emblema solar, repetido hasta la saciedad en la decoración del palacio de Versalles, simboliza el convencimiento de estar dotado de autoridad divina. Durante su reinado, Francia ocupó un lugar preeminente en Europa; su poderío político y su refinamiento artístico se reflejaban en la corte que el rey dirigía con rígido formalismo y ceremonial.

Luis XIV contó con algunos ministros muy poderosos e influyentes, entre ellos Colbert (imagen), quien se encargó de organizar las artes. En este período, Francia gozó de la existencia de academias de arquitectura, música, inscripciones y danza.

La Academia de Pintura y Escultura, fundada en 1648, quedó bajo la dirección de Colbert en 1661; éste la potenció y la hizo más selecta. La concepción de las academias era italiana y contenía elementos del sistema gremial de la Edad Media. Comprendían un periodo de aprendizaje hasta la producción de una “obra maestra”, tras la cual el aprendiz se convertía en miembro de pleno derecho. Colbert estableció un sistema similar.

Se enseñaba a los artistas el estilo “oficial”. Si se ceñían a él, se les seleccionaba como funcionarios del Estado, ya fuera en calidad de pintores, escultores, joyeros o ebanistas. El estilo pictórico “aprobado” durante el reinado de Luis XIV era una versión modificada del barroco italiano. La arquitectura manifestaba las mismas influencias, muy evidentes en el esquema de reconstrucción del Louvre, sede parisiense de los reyes franceses.

La transformación del castillo medieval en un moderno palacio se realizó con gran lentitud. Las obras se extendieron desde 1546 hasta su terminación en 1674 por un equipo de arquitectos compuesto por Le Brun, Le Vau y Perrault.

Colbert, en su calidad de Director de Edificios, invitó a los principales arquitectos franceses a presentar proyectos para la fachada oriental. No obstante, todos los presentados fueron rechazados por diversas razones y, finalmente, se recurrió a la colaboración del italiano Bernini. Bernini remitió tres proyectos, que fueron descartados, uno tras otro, por considerarse que no estaban en armonía con el resto del edificio.

La visita del artista a Paris, donde su displicencia ante las realizaciones de los artistas y arquitectos franceses provocó la ira de éstos, provocó el rechazo de su tercero y último diseño y, con éste, de toda la aparatosidad del barroco italiano. La fachada este, que, por fin, se erigió, acusa el influjo del proyecto de Bernini su carácter sobrio y, al mismo tiempo, festivo, pero complementa también las demás partes del edificio, en tanto que los proyectos del arquitecto italiano tendían a restarles parte de su importancia.

Versalles, símbolo de esplendor: Miembros del mismo equipo realizaron el proyecto arquitectónico más ambicioso de la época: la transformación de los palacios de Vasalles. En esta localidad existía en un principio un pequeño pabellón de caza, que el rey utilizaba como refugio privado.

En 1661 se vestía convenientemente para alojar a toda la corte francesa. Su primer arquitecto fue Louis Le Vau (1612-70), quien, aparte de colaborar ox d Louvre, habla proyectado el gran castillo de Vaux-le-Vicomte para Fouquet, ministro de Hacienda de Luis XIV. En el castillo habían trabajado asimismo Le Brun, como decorador, y Le Nótre, como proyectista de los jardines.

Cuando, en 1661, Fouquet fue enviado a prisión por malversación de fondos, todo el equipo pasó a trabajar en Versalles. Hoy día sólo podemos apreciar el proyecto de transformación de Versalles de Le Vau a través de bocetos, ya que su obra fue destruida (a partir de 1678) por Jules-Hardouin Mansart, encargado de ampliar la fachada que da a los jardines hasta una longitud de 402 metros. La principal aportación de Mansart al interior del palacio es, sin duda, la Galería de los Espejos (1678-84). En extravagante profusión, los espejos alternan con pilares de mármol verde.

La ricamente decorada cornisa que recorre la galería sirve de soporte a trofeos dorados, y pinturas de Le Erun decoran el techo abovedado. Las mismas cualidades de inmensidad, colorido y riqueza, así como el empleo de costosos materiales, se manifiestan en el parque, en cuya realización Le Nótre estuvo asistido por todo un ejército de contratistas y obreros.

El agua y las fuentes (para las que fue preciso instalar complicados mecanismos de bombeo), las avenidas radiales y los parterres de flores, constituyen elementos importantes de un conjunto cuyo efecto general es de orden y severo formalismo. En el esquema general, la autoridad del palacio parece proyectarse hacia el exterior para dominar su entorno. En el empleo de los principios de planificación barrocos que tal esquema pone de manifiesto, Francia halló un medio para expresar su supremacía europea.

Para amueblar tantas y tan vastas estancias se requería una estricta organización de las artes decorativas. Una vez más, fue Colbert quien ofreció la solución. En 1667 creó en Gobeinos la Fábrica de Muebles de la Corona, al igual que, tres años antes, impusiera a la fábrica de Beauvais el titulo de Real Fábrica de Tapices. El negocio familiar de los Gobelin, fundado doscientos años antes, pasó a manos de la Corona en 1662 por obra de Colbert.

La fábrica de Gobelinos, cuyo director artístico era Charles Le Brun, había de albergar a pintores, maestros tejedores de tapices de alto lizo, fundidores, grabadores, labradores de piedras preciosas, mueblistas especializados en el roble y otras maderas, tintoreros, y otros obreros hábiles en todo tipo de artesanías…”. Los muebles producidos en este período eran macizos (aunque no tanto como el mobiliario de plata maciza fabricado para el estudio del rey, que pronto hubo de fundirse para hacer frente a los gastos militares).

En ellos destacaba sobre todo la marquetería (trabajo de incrustación de maderas de varios colores) y los ornamentos aplicados de bronce dorado.

Se utilizaban mucho las curvas y las volutas, así como los motivos alegóricos y antiguos. Las paredes solían cubrirse con tapices, cuya fabricación requería mucho más tiempo que una pintura y que a veces se enriquecían con hilos de oro y plata. Los suelos de los palacios se cubrían con alfombras tejidas en las manufacturas de Aubusson o de Savonnene. Semejante magnificencia no podía sobrevivir a la decadencia de la estrella de Francia ni a la muerte del Rey Sol, acaecida en 1715.

A la pompa de esta era le sucedieron la ligereza y el brillo de los colores pastel del siglo XVIII. El nuevo estilo, llamado Rococó, predomino, tanto en la arquitectura y las artes decorativas como en la pintura y la escultura, hasta que fue sustituido por el gusto neoclásico.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA…

LA CORTE DE LUIS XIV DE FRANCIA EN VERSALLES

Los nobles franceses estaban en una situación difícil. Vivían tradicionalemente de la explotación de extensas propiedades rurales. Empero, el desarrollo del comercio y del artesanado llevaba a las ciudades a gran parte de los campesinos. Los que quedaban en el campo estaban sometidos al régimen servil, y debían pagar impuestos y tasas al señor. Pero la inflación disminuía el valor real del tributo pagado por los campesinos, que era fijo. Las plantaciones ya no eran lucrativas ni suficientes para todos, dado que se producía casi únicamente trigo y uvas para vino.

Habituados, por otra parte, al lujo, los nobles continuaban viviendo en castillos y manteniendo un elevado número de servidores que mal podían sustentar. Las reservas en oro de las familias se agotaban rápidamente.

Adoptábanse, por lo general, dos soluciones. La primera consistía en orientar a sus hijos hacia la carrera de las armas o hacia el sacerdocio, o, como alternativa, casarlos con hijas de ricos comerciantes. La segunda, más desesperada, era rebelarse contra el poder real, reivindicando el retorno a los antiguos privilegios de la nobleza. Pero, tras la Fronda, ese método ya parecía destinado al fracaso.

UN SOL ILUMINA A TODOS LOS FRANCESES
Luis XIV temía que las revueltas se repitiesen. Trató de transformar a la gran nobleza territorial decadente en nobleza palaciega. Especuló con la posibilidad de mudarlos a París, donde los nobles irían a vivir junto al rey, y recibían pensiones que les garantizarían todos los lujos. Inmediatamente, duques y marqueses dejarían de lado el orgullo y aceptarían de buen grado la idea.

Corte de Luis XIV en Versalles

Corte de Luis XIV en Versalles

Era precisamente lo que pretendía Luis XIV. A cambio de algunos favores tendría cerca de sí, bien controlados, a los principales personajes de la nobleza. Los carruajes comienzan a afluir al Palacio del Louvre con familias enteras de aristócratas y las pocas pertenencias que aún les restan. En poco tiempo, estuvieron allí instaladas 8.000 personas.

No hay aposentos que alcancen ni sillones suficientes para acomodar a las damas en los salones. Los cocineros no dan abasto en sus tareas, ante comensales tan numerosos como exigentes. Se impone una solución urgente: que el rey se mude con toda esa inmensa corte a otro palacio, en el que haya diez veces más habitaciones y salones. Un palacio de esas proporciones no existe. Es necesario construirlo.

—Recordad el majestuoso castillo de Fouquet —dice el ministro Colbert al rey—. Los mismos hombres que lo construyeron podrían satisfacer vuestros deseos edificando un palacio digno de vos y de vuestra corte.

—¿Quiénes son? —pregunta Luis XIV, interesado.

—Le Vau fue el arquitecto, Le Nótre planificó los jardines y Le Brun ejecutó el decorado de los interiores. —¡Que esos hombres me presenten sus proyectos! —ordena el monarca—. Si me satisfacen, podrán comenzar de inmediato las obras del palacio.

Iniciados en 1661, los trabajos no quedarían terminados ni siquiera a la muerte del rey. Unos 36.000 albañi-les y 6.000 caballos se emplearon para la construcción, cuyo precio se calculó en 70 millones de libras de oro. Escogióse para el palacio un lugar apartado de la ciudad donde Luis XIII había poseído un pabellón de caza: Versalles.

Concluida la construcción de las alas principales, el rey y la corte se instalan en el nuevo palacio. Ya resulta posible apreciar la grandiosidad de la obra: decenas de enormes salones, unidos por largos corredores y suntuosas escalinatas. Ventanas y puertas altas que permiten el paso de la luz, y una colosal galería cubierta, tapizada de espejos, para las recepciones. Por todas partes, millares de candelabros, tapices y cuadros de los más famosos artistas. No se economiza mármol, dorados ni piedras semipreciosas en la decoración.

En los jardines, hasta donde se pierde la vista hay lagos, fuentes y laberintos. Con las flores se componen diseños para gloria del soberano.

Todo responde a un mismo estilo, imponente y bien ordenado, símbolo de respeto a la nueva y poderosa autoridad de la monarquía.

La vida en Versalles se organiza en función del soberano, de quien los nobles tienen la honra de considerarse servidores. Los horarios se regulan según los hábitos de Luis XIV.

Un ceremonial estricto rige los menores gestos de Su Majestad: algunos nobles lo ayudan a lavarse y a vestirse, y luego centenares de cortesanos asisten al espectáculo de le grand lever du roi («el gran despertar del rey»). Las reuniones con el consejo, el paseo diario por los jardines, todo es motivo para ceremonias de gran pompa. Luis XIV comienza a sentirse el monarca absoluto, admirado y temido por todos. Su egocentrismo no es sólo una política, sino una nota de su carácter.

Pintores, músicos y poetas de Francia y del exterior son atraídos a Versalles para cantar la gloria de Luis XIV, el Rey Sol. Del Sol depende la vida y todos vuelven la mirada hacia él. El palacio se convierte en el centro de la vida mundana europea, capital de las artes y de los placeres. Para estos últimos, en particular, la corte se presta admirablemente. Jóvenes marquesas y duquesas, cansadas de sus viejos maridos, encuentran con facilidad jóvenes amantes entre los cortesanos del soberano.

Rápidamente las costumbres pierden rigidez. Todos tienen sus asuntos amorosos, comenzando por el rey. Se conocen bien pronto las principales aventuras de Luis XIV: Luisa de La Valliére, joven de diecisiete años, con quien tiene hijos; Francisca de Montespan, esposa de un marqués; Enriqueta de Inglaterra, mujer de su propio hermano Felipe. Son frecuentes los duelos entre amantes y señores engañados. Empero, ante el ejemplo de Su Majestad, el adulterio se convierte en una rutina más o menos común.

Pero no sólo de placeres está hecha la vida de la corte. Como la entrada a palacio no se halla muy controlada, mercaderes ambulantes, mendigos y prostitutas se infiltran en los salones para probar las migajas del lujo de Versalles, y el pueblo puede asistir a la ceremonia en que el rey come solo, siempre que se vista con propiedad (inclusive se alquilan casacas a la entrada del palacio).

Por otra parte, la nobleza recién llegada del campo desconoce las reglas básicas de la higiene. Nadie acostumbra bañarse, y el mismo Luis XIV sólo lo hace muy de vez en cuando. Como no hay retretes en palacio, las necesidades fisiológicas de la real familia son satisfechas en recipientes transportables que se llevan a gabinetes apartados, y casi todos los demás lo hacen tras las puertas o bajo las escaleras. Los insectos proliferan entre los restos de comida y los excrementos abandonados en los rincones.

A causa de la promiscuidad y de la falta de aseo, las epidemias son frecuentes; existía una elevada mortalidad entre los cortesanos de Versalles. Esta es, tal vez, una explicación para la muerte de muchos de los hijos y nietos de Luis XIV.

Fuente Consultada:
Grandes Personajes de la Historia Universal Tomo III Biografía de Luis XIV – Editorial Abril
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Biografia de LUIS XVI Rey de Francia – Su Reinado

BIOGRAFIA DE LUIS XVI Rey de Francia – Características de su Reinado

BIOGRAFIA DE LUIS XVI DE FRANCIA, No fue la de un gran político; pero sí la de un hombre honesto, bondadoso y amante del bienestar de la nación. Excelente padre de familia, celoso guardador de los principios legales, habría podido ser un buen monarca en tiempos menos difíciles que los que vieron el vendaval revolucionario de fines del siglo XVIII.

Pero ante el desencadenamiento de las pasiones, ante la crisis constitucional y el torbellino de los intereses que se hundían, Luis XVI no supo adoptar un camino claro ,quizá con la intención de evitar males mayores a Francia.

Aquella hora histórica exigía una actitud definida: o con la revolución o con la contrarevolución.

Navegar en los procelosos mares de las Asambleas revolucionarias, aceptar los símbolos y los hechos de la revolución, y negociar simultáneamente con las potencias extranjeras para reprimirla, era un juego mortal.

En él perdió la cabeza Luis XVI. A través de la perspectiva histórica éste fue su sacrificio personal en el altar de muchos hogares franceses. Porque no todos podían hallar, más allá de las fronteras, el cómodo refugio de los emigrados de la gran aristocracia.

Luis XVI quiso ser un dique que canalizara y regularizara el torrente de 1789. Su fracaso no mengua su personalidad. El valor con que hizo frente a la muerte, le ennoblece más que su nacimiento.

biografia de luis xvi de francia

Hijo del delfín Luis y de María Josefa de Sajorna, Luis XVI nació en Versalles el 24 de agosto de 1754.

A los once años, el 21 de diciembre de 1765, por muerte de su padre fué declarado heredero de la corona; a los dieciséis casó con la princesa María Antonieta de Austria (16 de mayo de 1770) ya los diecinueve, el 10 de mayo de 1774, se inició su reinado en medio del fervor popular, pues se sabía que el nuevo monarca era hombre honesto y justo.

Reunía estas cualidades, en efecto; pero no las de firmeza y coherencia de criterio.

Sus primeros pasos los orientó hacia las ideas reformistas. En 1774 nombró un ministerio en que figuraron Turgot, Saint-Germain, Sartine y Vergennes.

El primero inició una serie de garandes reformas fiscales, económicas y administrativas; pero ante la oposición de los privilegiados, Luis XVI claudicó v aceptó su dimisión (‘1776). De modo semejante terminaron las reformas de Saint-Germain en el, ramo de guerra.

Una segunda oportunidad se presentó al monarca en la persona del banquero Nécker, quien por procedimientos fiscales extraordinarios logró cubrir los gastos de la intervención de Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos.

En 1778 Nécker intentó llevar a la práctica un programa de reformas parecido al de Turgot; pero fué derribado por la misma coalición de intereses. Con él se extinguió el último intento reformista antes de la conmoción revolucionaria.

Luis XVI depositó luego su confianza en Calonne, hechura del conde de Artoís. La monarquía vivió a base del crédito y del empréstito, hasta que la situación llegó a ser tan apurada que no cupo más remedio que exponerla al país.

Las reformas de Calonne fueron rechazadas por la Asamblea de Notables (1787). Su sucesor, Lomenie de Brienne, le fué impuesto po¡r la camarilla de la reina. La debilidad de la monarquía era notoria, y los privilegiados obtuvieron la convocatoria de los Estados Generales

Un nuevo rey de Francia : Luis XVI

Luis XVI, nieto de Luis XV, reinó por espacio de quince años antes de que estallara la revolución, años que fueron testigo de algunos éxitos del rey, aunque mucho más aún de desilusiones y reveses.

Fue aquel un período en que los problemas no cesarían de crecer y agravarse, hasta llegar un momento en que no se vislumbró ninguna solución posible; en suma, unos años de angustia y de continua agitación política.

Luis XVI (Versalles, 23 de agosto de 1754 – París, 21 de enero de 1793), fue rey de Francia y de Navarra entre 1774 y 1789 y rey de los franceses entre 1789 y 1792, que ostentó el título de duque de Berry.

Una época en que la cultura aristocrática del Antiguo Régimen llegó a su punto culminante y los privilegiados pudieron dedicarse sin trabas a una existencia frívola y elegante; los últimos momentos de una edad dorada en que la nobleza francesa saborea «toda la dulzura de vivir«.

Algunos coetáneos perspicaces creyeron a la sazón que sólo un espíritu genial podría poner remedio a la pavorosa Situación en que se hallaba sumida la monarquía en Francia.

LUIS XVI Los Reyes de FranciaDesgraciadamente, Luis XVI no era ningún genio y ni siquiera poseía una enérgica personalidad.

De él se ha dicho que en otras circunstancias hubiera sido un perfecto burócrata trabajador manual, pues poseía todas las cualidades requeridas para ello: orden, sentido del deber y extraordinario amor al trabajo.

El monarca era un hombre bueno, honrado y afable; precisamente el tipo de esposo que la reina María Antonieta calificaba, con su habitual desparpajo, de «pobre diablo», en carta dirigida a una íntima amiga. En el transcurso de los años, el pueblo francés se forjó la misma opinión de aquel bonachón de Luis, que tampoco se parecía a un auténtico rey.

Era de carácter lento, torpe en sus maneras y hasta tal punto irresoluto que el solo hecho de tener que adoptar cualquier decisión significaba una verdadera tortura para él, careciendo además de voluntad y de confianza en sí mismo.

Luis XV apreció siempre sinceramente a su nieto, destinado a sustituirle. en el trono, pero sin forjarse la menor ilusión sobre su talento de gobernante: «Este joven difícilmente sabrá enfrentarse con la chusma revolucionaria”.

Y, en efecto, Luis XVI permaneció indeciso entre los principios de la monarquía de derecho divino, en que fuera educado, y las ideas de reforma social esparcidas por todas partes.

La herencia que el destino reservaba a Luis XVI nada tenía de envidiable, y no obstante, el rey se hallaba dispuesto a ofrecer sus mejores energías para superar cualquier dificultad. Comprendía que era necesario actuar para restablecer el prestigio de una monarquía tan gravemente quebrantada.

Luis XVI se esforzaba en demostrar que no era un déspota y creyó que daba suficientes pruebas de ello al restablecer los parlamentos abolidos por Luis XV. Esto sucedió en 1774 y su consecuencia inmediata fue la dimisión de Maupéou.

El nuevo rey hubo de admitir poco después que dicha consecuencia no sería la única.

Los miembros del Parlamento eran rencorosos y no sabían olvidar, de modo que apenas restablecidos en sus funciones, emprendieron con renovada energía la lucha en defensa de sus derechos y de sus intereses feudales, enfrentándose de nuevo con la autoridad real. En años sucesivos los parlamentos consagraron la mayor parte de sus actividades a obstaculizar las acertadas reformas que Luis y sus diversos ministros intentaron implantar en beneficio de la nación francesa.

UN REY INEPTO

Cuando, en 1774, Luis XVI subió al trono de Francia, la situación de la nación era francamente desastrosa: los insensatos derroches de la corte y las guerras que se habían sucedido durante más de un siglo, casi sin interrupción, habían obligado al Estado a contraer enormes deudas públicas.

En un primer momento, pareció que Luis XVI tenía intenciones de aplicar algún remedio a tan catastrófica situación. Llamó ai gobierno a Turgot, el gran economista, quien declaró que si se quería salvar a Francia del caos, actuando con justicia, había un solo medio: limitar los gastos de la corte y hacer pagar los impuestos no sólo al tercer Estado, sino también a las clases privilegiadas.

La corte en pleno, apoyada por la reina María Antonieta, se opuso con todas sus fuerzas. El rey se dejó convencer por los nobles y alejé a Turgot de sus funciones de ministro.

Esta actitud del soberano no sólo agravó la ya desastrosa situación de Francia, sino que hizo crecer aún más el descontento del tercer Estado. Semejante situación no podía ciertamente durar mucho tiempo, y llevaba al desastre.

Ya que la nobleza y el clero, apoyados por el rey, no sentían el deber de reparar tanta injusticia, el pueblo decidió hacer justicia por su mano. Y estalló entonces en Francia una de las más sangrientas revoluciones que recuerda la historia.

Luis XVII ENIGMA HISTÓRICO DE LA VIDA DEL DELFIN PERDIDO

Luis XVII:ENIGMA HISTÓRICO DE SU VIDA

Fue la Revolución Francesa, en julio de 1789 y emprendieron poco tiempo después a la muerte en guillotina de Luis XVI y la reina María Antonieta. La dinastía Borbón desapareció en el caos de la Revolución Francesa. Luis XVI y su reina María Antonieta murieron ignominiosamente en la guillotina, pero su u hijo, el delfín Luís Carlos, ¿murió en prisión o tuvo otro destino desconocido?

Luis XVII enigma de su vidaLa familia real francesa tuvo cuatro hijos: María Teresa Charlotte Capeto (1778-1851),  duquesa de Angoulême, que lograron escapar de la prisión y el regicidio, Luis José Francisco Xavier Capeto (1781-1789), delfín de Francia, que murió temprano, Luís Carlos Capeto (1785 -? de 1795 la fecha oficial de su desaparición no es cierto), Duque de Normandía, el futuro Luis XVII, y Sofía Beatriz Capeto (1786-1787), que murió al nacer.

Luego de la ejecución de Luis XVI a principios de 1793, el delfín —proclamado rey por los monarquistas exiliados— fue separado de su madre  y aprisionado en el Temple.  El periodo sangriento dirigido por Robespierre y conocido en la historia como el reino del Terror, llegó a su fin con el arresto de este duro conductor de la revolución, y el  27 de julio de 1794 le llegó su hora final. Arrestado junto con 21 cómplices, fue sentenciado a morir al día siguiente en la misma guillotina a la que envió a tantos.

En ese día de venganzas, Paul de Barras, un líder de la Convención Nacional que fue crucial para la remoción de Robespierre, salió con rapidez de la escena de ejecución para dirigirse al Temple, una prisión en el centro de la ciudad. Debía vigilar la condición de sus dos reclusos reales, los huérfanos de Luis XVI y María Antonieta: María Teresa, de 16 años, y Luis Carlos, de 9.

Vida de Luis Carlos: Nacido el domingo de Pascua de 1785, Luis Carlos disfrutó de una niñez privilegiada en Versalles, hasta que la Revolución prendió a su familia. Sólo un mes antes de la toma de La Bastilla, al morir de tuberculosis su hermano mayor, el niño fue nombrado delfín de Francia, o príncipe heredero de Luis XVI. Cuando el rey fue ejecutado, los monarquistas exiliados lo proclamaron Luis XVII y durante su infancia nombraron regente a su tío, el conde de Provenza.

La acción de los monarquistas fue una amenaza para la Convención Nacional, que ordenó que el delfín fuera puesto bajo el cuidado de un zapatero llamado Antoine Simon, y de su esposa, que trataron al niño como si fuera de su misma extracción, con hosca familiaridad. La pareja quiso hacer del niño un republicano e incluso le enseñaron a cantar el himno revolucionario, La marsellesa. Por esos actos, Simon y su esposa serían luego considerados como sádicos.

En enero de 1794 Simon renunció a la tutela de Luis Carlos, a quien se le asignó la misma habitación en una torre del Temple que fuera la última celda de su padre. Cuidado por cuatro guardias que eran cambiados diariamente, estaba tan aislado que su hermana María Teresa, prisionera en el piso superior, estaba convencida de que su hermano había muerto o ya no estaba en el Temple. El abandonado niño que Barras visitó el 28 de julio se encontraba verdaderamente abatido y enfermo. Indignado, Barras le procuró cuidados médicos e insistió en que el recluso real tuviera un trato más humano.

A principios del año siguiente, la Convención Nacional votó a favor de exiliar a Luis Carlos, pero se supo que el niño no resistiría el viaje. El 28 de junio de 1795 se informó que el delfín —Luis XVII para algunos— había muerto de escrófula, o tuberculosis de las glándulas linfáticas, su cuerpo cubierto de llagas y sarna.

Al instante, comenzaron a oír rumores de que el verdadero heredero había sido sacado de la cárcel y otro niño colocado en su lugar. La esposa de Antonie Simon, tutor del delfín en la última mitad de 1794, dio una pista acerca de cómo pudo hacerse el cambio. Entre las escasas pertenencias que había en la habitación de su prisionero, había una canasta de ropa con doble fondo, que podría usarse para ocultar a un niño y sacarlo, dejando a otro en su lugar.

El pequeño cuerpo fue arrojado a una fosa común, pero el médico que hizo la autopsia en secreto guardo el verdadero corazón con la idea de  preservarlo.  El médico monarquista, llamado Philippe-Jean Pelletan,  sacó de contrabando el órgano fuera de la prisión envuelto en un pañuelo y lo mantuvo como una curiosidad. El juez lo puso en un jarrón de cristal con alcohol en una estantería de recuerdos extraños y terminó siendo robada por uno de sus estudiantes. En su lecho de muerte, el ladrón le pidió a su esposa para devolver el corazón a la familia del pequeño rey.

La viuda en 1828, la entregó al arzobispo de París, monseñor Hyacinthe Louis de Quélen.  En 1831, ladrones robaron el cofre donde el arzobispo tenía la reliquia y arrojaron el corazón en un basural. Un hijo del cirujano, el doctor Philippe-Gabriel Pelletan, logró encontrarlo y, tras momificarlo y registrar su procedencia con un notario, lo entregó al conde de Chambord, jefe de la Casa de los Borbones.

En 1834 uno de los pretendientes al trono como sucesor de Luis XVI fue juzgado en París. Un testigo del fiscal electrizó a la corte al leer una carta del “verdadero” Luis XVII. Resultó ser un empobrecido relojero llamado Karl Wilhelm Naundorff, (imagen)  que había pasado muchos años en Alemania y hablaba el francés con muchas dificultades.

De alguna manera, Naundorff había logrado convencer con sus palabras y actitudes a antiguos cortesanos de Versalles de que él era el legítimo rey de Francia. Los descendientes de Naundorff llevaran sus reclamos hasta el siglo XX, al añadir obstinadamente “de Borbón” a sus nombres.

En julio de 1954 una corte francesa de apelaciones falló definitivamente en contra de uno de los descendientes de Naundorff, un gerente de circo que se hacía llamar René Charles de Borbón. Se declaró oficialmente que Luis Carlos, delfín de Francia y Luis XVII no coronado, murió en el Temple el 8 de junio de 1795. Aunque sin valor alguno, el reclamo del inexistente trono de Francia fue concedido a la rama Borbón-Parma de la antigua familia real.

La Historia Oficial: En 1792, a la edad de ocho años, Luis Carlos de Francia fue capturado con toda su familia cuando se disponían a huir de los revolucionarios. Un año más tarde, su padre fue guillotinado ante una inmensa multitud congregada en el centro de París. Esta tragedia lo convirtió automáticamente en Luis XVII. Pero el joven monarca jamás disfrutó de su corona. Durante dos años vio a su madre y a la mayoría de sus familiares y amigos.Finalmente, el 8 de junio de 1795, a los 10 años, una tuberculosis lo condujo a la tumba. La muerte lo encontró detrás de los barrotes de Temple, un monasterio fortificado convertido en prisión por los revolucionarios.

EL ENIGMA RESUELTO:

La Historia Oficial era cierta: Un grupo de expertos de la Universidad de Louvain, liderado por el profesor de genética humana Jean-Jacques Cassiman, comparó el ADN de un tejido extraído del corazón del niño enterrado en la prisión de Temple con muestras del cabello de María Antonieta y dos de sus hermanas. La serie de ADN conocida como «mitocondrial«, transmitida por la vía femenina, resultó ser exactamente la misma. El resultado fue a su vez confirmado por un equipo de científicos de la universidad alemana de Munster dirigido por el doctor Ernst Brinckman.

Todo esto significa que Pierre Benoit, un francés que murió en Buenos Aires el 22 de agosto de 1852 asegurando ser el gran «delfín» francés, no era más que un impostor.  Este ex oficial de la marina imperial francesa llegó a las costas del Río de la Plata en 1818 y no tardó en ingresar de pleno en la alta sociedad porteña dando a entender que tenía vínculos con la nobleza. Se casó con una argentina, María Josefa de las Mercedes Leyes, y desarrolló una prestigiosa carrera como científico y naturalista.

Su lujoso hogar en la esquina de la avenida Independencia y Bolívar está siendo actualmente excavado por expertos del Centro de Arqueología Urbana de la Universidad de Buenos Aires, el Instituto Histórico porteño y el Proyecto Arqueológico Quilmes, como un ejemplo de la vida cotidiana de una familia franco-argentina a principios del siglo XIX.

«Este es un gran día para un historiador subrayó. «Es muy emocionante poner fin a uno de los mayores enigmas de la historia francesa y uno que ha dado origen a más de 800 libros.» (Fuente Consultada: La Nación).

Biografia de LUIS XV Rey de Francia Antecedentes y Reinado

BIOGAFIA DE LUIS XV
Rey de Francia

La monarquía de los Borbones declina en Francia con ese monarca despreocupado, galante y sensual, que no tuvo en cuenta más que sus caprichos personales.

El sistema del absolutismo del Antiguo Régimen requería en la jefatura del Estado a un hombre que se percatara de las necesidades de la nación y que se entregara con cuerpo y alma a procurar el bien de la monarquía.

Luis XV no fue, desgraciadamente, de estos hombres que son los primeros servidores del Estado. En consecuencia, en él recae en primer lugar la responsabilidad por el desgobierno que hizo inevitable el movimiento revolucionario en Francia.

Durante su reinado hubo ocasiones en que pudo esperanzarse un cambio de rumbo. Pero Luis XV perdió esas oportunidades en el infecundo devaneo con sus favoritas y con los ministros y generales incapaces, elevados a sus dignidades por la influencia femenina.

En realidad, a partir de la muerte del cardenal Fleury en 1743, la historia del reinado de Luis XV, pese a cuanto se diga para rehabilitarlo, es la historia de las intrigas de la duquesa de Chateauroux, de la marquesa de Pompadour y de madame du Barry.

LUIS XV, REY DE FRANCIA
Luis «el Bienamado»

Luis 15 de Francia

A Luis XIV había de suceder su bisnieto. Su largo reinado había consumido las vidas del Gran Delfín y de su hijo primogénito, Luis, duque de Borgoña. Fruto del matrimonio de éste con María Adelaida de Saboya fué Luis XV, quien nació en Versalles el 15 de febrero de 1710.

El 18 de febrero de 1712 fue declarado delfín, y a los cinco años de edad, el 1° de septiembre de 1715, se le proclamó rey de Francia a causa de la muerte de Luis XIV.

La regencia fue desempeñada por el duque de Orleáns. El niño-rey estuvo confiado al obispo Fleury, quien logró educarlo en unos sanos principios morales, aunque luego los echara en descuido.

Creció muy delicado de salud, hasta el punto de que en más de una ocasión su tío Felipe V de España pudo esperar que le sucedería en la corona de Francia. En 1723 fue declarado mayor de edad.

El gobierno del Estado recayó en el duque de Borbón, quien actuó de modo irresponsable.

En 1725 dio al rey en matrimonio a la princesa de Polonia María Leszcynska, hija de Estanislao I, la cual fue víctima, posteriormente, de los caprichos amorosos de su regio consorte, Este período de desgobierno terminó en 1726.

La administración del Estado fue confiada al cardenal Fleury, quien en el transcurso de diez años supo restablecer la prosperidad y el crédito internacional de Francia. Con la colaboración del ministro Orry recuperó el déficit de la hacienda pública. Al mismo tiempo, a pesar de su actitud pacifista, obtuvo en la guerra de Sucesión de Polonia positivas ventajas territoriales para Francia (1733-1738).

Muerto Fleury en la fecha expresada, Francia careció en adelante de cerebro director. Ciertamente, existían notabilidades que habrían podido dar gran rendimiento en el gobierno e incluso a algunos ministros no les faltó capacidad en el ejercicio de sus cargos.

Pero todo había de subordinarse a las injerencias de las favoritas del rey en la política.

Después de una juventud casta, Luis XV se había lanzado a la vida galante en 1737.

En 1745 conoció a Antonieta Poisson d’Etioles, a la que hizo su amante y marquesa de Pom-padour. Durante casi veinte años esta dama fué predominante en las intrigas de la corte y en el desgobierno de la monarquía.

En realidad, parte de las responsabilidades caen en el propio Luis XV, tímido y vacilante en cuantos problemas era preciso abordar.

La guerra de la Sucesión a la corona austríaca (1740-1748), en la que el ejército francés había dado aún pruebas de su capacidad combativa, terminó en la para Francia incomprensible paz de Aquisgrán.

Afortunadamente para Francia, la campaña de 1745 acabó con salvas de victoria. El rey estuvo en persona en el frente de combate, llevando consigo a su hijo mayor, el delfín. Luis XV participó en la batalla de Fontenoy, en las cercanías de Tournay, abordando con el orgullo que es de suponer la brillante victoria que acababan de obtener sus armas frente a un ejército de casi 60.000 ingleses, holandeses y hannoverianos, mandados por el duque de Cumberland.

Cuando cesó el rugido de los cañones, se presentó Luis en medio de sus soldados para felicitarles personalmente, y entonces  desbordó el entusiasmo.

Un testigo ocular refiere que por todas partes se oía gritar: “Viva el rey!». Sin vacilaciones, se llevó  cabo una rápida conquista de los Países Bajos meridionales. Se comentaba que había vuelto la gloriosa época del Rey Sol y que nuevamente Francia se mostraba digna de sus grandes tradiciones.

Si en esta lucha Luis XV recogió sólo laureles, en la guerra de los Siete Años (1757-1763) se puso en evidencia el fracaso del régimen. Ni el ejército, ni la marina, en el gobierno, ni la administración funcionaron adecuadamente.

La materia prima era buena, pero la dirección incapaz y defectuosa. Derrotada por Prusia en Alemania v por Inglaterra en la India, el Canadá y los mares, Francia tuvo que aceptar el humillante tratado de París de 1763. De un solo plumazo perdía su primer imperio colonial.

El reinado de Luis XV parecía ilustrarse con gloriosos hechos armas. En aquella época, el monarca era un verdadero héroe a los ojos de su pueblo, que no cesaba de llamarle Luis «el Bienamado».

Todas las esperanzas puestas en el joven príncipe de ojos oscuros parecía que iban a realizarse. Aquel muchacho se había convertido en un hombre cautivador, que a los treinta y cinco años de edad conservaba un entusiasmo y ardor juveniles.

Las mujeres, en otro tiempo tan conmovidas ante el pobre huérfano, se emocionaban ahora con sentimientos harto distintos, ya que nadie era tan irresistible como el rey Luis al frente dé sus tropas en actitud gallarda.

Pero, en realidad, Luis XV no había nacido para la guerra; aunque no carecía de valor, no era, ni muchísimo menos, el gran capitán que sus súbditos creían ver en él; quienes le rodeaban lo sabían, y Luis tampoco lo ignoraba.

El problema de Polonia

Luis XV dedicó suma importancia a la política exterior. Llegaban de continuo al palacio correos de aspecto misterioso, que eran introducidos en el acto en las dependencias privadas del monarca.

No sabía que uno de los más notables señores del reino, el príncipe de Conti, trabajaba a menudo con el rey durante horas enteras, sin ser miembro del gobierno ni siquiera encargado de ninguna misión especial. Hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que corte comprendiera lo que sucedía.

Luis XV había concebido proyectos sobre política exterior que pueden considerarse como una apertura francesa hacia la Europa oriental.

En cierta ocasión, el embajador de Francia en Polonia, duque de Broglie, recibió una nota en que se decía lo siguiente: El duque de Broglie debe dar fe a todo cuanto le sea comunicado por el príncipe de Conti, pero no debe comunicárselo a nadie’. Aquella nota llevaba la firma real.

Acto seguido, Conti entró en contacto con el embajador y comunicó a este diplomático que el monarca quería destinarle a ciertas misiones secretas deque debía dar cuenta al rey, sin pasar por su jefe jerárquico directo, es decir, el ministro de Negocios Extranjeros.

Luis XV se interesaba de modo especial por Polonia, cuya independencia trataba de proteger contra algunos Estados vecinos con evidentes propósitos expansionistas. Luis trataba asimismo de estrechar los lazos entre Francia y Polonia colocando a un francés en el trono de este país, y en un principio creyó haber hallado el candidato ideal en el propio príncipe de Conti.

Su entusiasmo inicial desapareció totalmente cuando las circunstancias fueron adversas; en aquella época todavía la guerra y el rey eran populares en Francia, pero todo ello fue sólo humo de pajas.

Las prolongadas campañas resultaban muy caras y provocaban el alza de los impuestos; por otra parte, el pueblo francés juzgaba descabellada e inútil la empresa y esta impresión se vio aún más agravada ante las consecuencias de la paz de 1748, en la que Francia sólo obtuvo irrisorias ventajas.

En lo sucesivo se dejó sentir el descontento en forma cada vez más evidente, citándose dicha paz de 1748 como ejemplo de insensatez política y el rey, que era todavía llamado «el Bienamado» pocos años antes, fue luego criticado por todo el mundo.

Biografia de Luis XIV de Francia Rey Sol El Estado Soy Yo Resumen

Biografía de Luis XIV de Francia

Biografia de Luis XIV de Francia El reinado de este monarca, conocido como el «rey Sol» por la brillantez de su corte, marcó uno de los momentos culminantes de la historia francesa, tanto desde el punto de vista político como cultural. Fue el máximo representante del absolutismo monárquico, que resumió en la frase «el Estado soy yo» 

Minoría de edad

A la muerte de su padre, Luis XIII (1643), Luis se convirtió en rey con cinco años, bajo la regencia de su madre, Ana de Austria, y su valido el cardenal Mazarino. El joven soberano creció solitario y descuidado por su madre, que le inculcó una religiosidad formalista e intransigente.

En 1648, los nobles y el Parlamento de París se aliaron contra el poder de Mazarino (guerra de la Fronda), obligando a la familia real a llevar una existencia errante, que forjó el carácter del monarca y su determinación de imponer su autoridad sobre las demás fuerzas del reino.

La victoria de Mazarino sobre los rebeldes (1653) permitió al ministro pacificar el país y construir un formidable aparato estatal que luego emplearía su pupilo, al que también inculcó el gusto por las artes y la ceremonia.

En 1654, Luis XIV fue consagrado en Reims, y pronto asumió sus deberes militares en la fase final de la guerra contra España (entrada en Dunkerque, 1658).

Siguiendo las directrices de Mazarino, la paz con España se selló en los Pirineos (1659) mediante el matrimonio de Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV.

Biografia Luis XIV rey de Francia

Primera etapa de gobierno

A la muerte de Mazarino (1661), Luis XIV sorprendió a la corte con su decisión de ejercer personalmente el poder.

Su concepto de una monarquía de derecho divino (expuesta por Bossuet en su Política sacada de la Sagrada Escritura, 1679) le convertía en un auténtico lugarteniente de Dios en la Tierra, y en encarnación viva de todo el reino.

Dueño de un poder absoluto, su persona y su voluntad adquirían un carácter sagrado e inviolable.

Imbuido de estas ideas, se esforzó por controlar todas las actividades de gobierno, desde la regulación de la etiqueta cortesana hasta las reformas económicas o las disputas teológicas.

Para estas tareas se rodeó de un grupo de eficaces ministros y colaboradores (Le Tellier, Colbert, Vauban, Bossuet, Louvois, etc.), elegidos preferentemente entre la burguesía, y, por tanto, más dóciles a sus deseos que los levantiscos nobles.

Su primera preocupación fue someter a su autoridad a los demás poderes del reino: los estados generales (parlamentos) no fueron convocados en sus 54 años de gobierno efectivo, mientras las asambleas locales eran suprimidas o privadas de competencias.

Reformó la administración, auxiliado por Colbert y Le Tellier, centralizando el gobierno por medio de un Consejo y varias secretarías de Estado (Guerra, Asuntos Exteriores, Casa del Rey, Asuntos Religiosos), y las finanzas a través de un Consejo Real. La administración territorial se confió a intendentes sometidos a un estrecho control por a monarquía.

La nobleza, fuente de constantes rebeliones en los decenios precedentes, fue excluida de los órganos de gobierno, aunque se le reconocieron privilegios sociales y fiscales para contentarla.

Pero el paso más importante en su «domesticación» fue atraerla a la corte. Los aristócratas acudieron al entorno real en busca de pensiones y honores, y se alejaron cada vez más de sus bases locales de poder.

Los tremendos gastos de la brillante vida cortesana impuesta por el rey mermaron el poder económico de los nobles, que acabaron dependiendo del favor real para mantener su nivel de vida, lo que aseguró su docilidad.

La protección a las artes que ejerció el soberano fue otra faceta de su acción política. Los escritores Moliére y Racine, el músico Lully o el pintor Rigaud ensalzaron su gloria, como también las obras de arquitectos y escultores.

El nuevo y fastuoso palacio de Versalles, obra de Le Vau, Le Brun y Le Notre, fue la culminación de esa política.

Al trasladar allí la corte (1682), se alejó de la insalubridad y las intrigas de París, y pudo controlar mejor a la nobleza. Versalles fue el escenario perfecto para el despliegue de pompa y para la sacralizacián del soberano.

En sus memorias, el duque de Saint-Simon, quien tenía amplía experiencia en la vida cortesana francesa, comentó que Luis era «la verdadera personificación de un héroe, imbuido con una majestad natural, pero más imponente, que se revelaba hasta en sus gestos y movimientos más insignificantes».

Asimismo, su gracia natural brindaba al rey un encanto especial: «Irradiaba la misma nobleza y majestuosidad con su bata de vestir que con sus atuendos de estado, o cuando dirigía sus tropas desde el lomo de su corcel». Tenía el don de la palabra y aprendía rápido.

Era naturalmente cordial y «amaba la verdad, la justicia, el orden y la razón». Su vida era ordenada: «Nada podía estar regulado con mayor exactitud que sus días y horas». Su autocontrol era impecable: «No perdió el control de sí mismo diez veces en toda su vida, y sólo con personas inferiores».

Pero, incluso los monarcas absolutos tenían imperfecciones, y Saint-Simon tuvo el valor de señalarlas: «La vanidad de Luis XIV no tenía límite ni conocía restricciones», lo cual le provocaba «disgusto para cualquier mérito, inteligencia, educación y, sobre todo, cualquier signo de independencia de carácter y sentimientos que mostraran otros», lo que ocasionó que tuviera «errores de juicio en asuntos de importancia».

Todos esos gastos fueron posibles gracias a las reformas económicas promovidas por Colbert, dentro del espíritu mercantilista.

Además de aumentar y mejorar la percepción de impuestos, se crearon manufacturas reales y compañías comerciales, se desarrolló la marina y se construyeron puertos, caminos y canales que facilitaron las comunicaciones y favorecieron el comercio.

En la visión de Luis XIV, el desarrollo interior debía ir parejo a la grandeza exterior, centrada en la expansión territorial.

Por sus enormes recursos y la potencia de su ejército, Francia podía aspirar a hacer efectivo el puesto hegemónico en Europa que había perdido España. Precisamente, la guerra de Devolución (1667-68) arrebató a los Austrias parte de sus posesiones en los Países Bajos, aunque la presión inglesa y holandesa obligó a Francia a renunciar temporalmente a sus pretensiones.

La hostilidad contra Holanda se incrementaba por la rivalidad marítima mercantil, y Luis XIV decidió castigar sus intromisiones invadiéndola (1672-78). Pronto, Austria y España se coligaron en apoyo de Holanda.

La paz de Nimega (1679) amplié las fronteras de Francia por el Norte y el Este, rápidamente fortificadas por Vauban, aunque Holanda logró mantener su independencia y su pujanza comercial.

Por esta misma época se produjo la «crisis de las regalías» (1673-75), el primer enfrentamiento con el papado. El afán regio por someter a la Iglesia francesa a su autoridad, al margen de Roma (anglicanismo), culminó en una amenaza papal de excomunión, cuando Luis XIV pretendió percibir las rentas de los obispados (regalías). 

De los «cuatro artículos» a Ryswick

El año 1682 marcó el apogeo del reinado de Luis XIV. Victorioso en Europa, todopoderoso en la nueva corte de Versalles, una asamblea del clero de Francia aprobó el edicto de los «cuatro artículos», que prodamaba la independencia del poder real respecto al Papa.

Por otra parte, el fallecimiento de la reina (1666) y de Colbert (1683), sustituido por el belicoso Louvois, desataron en el monarca una exagerada piedad, que se tradujo, en estos momentos, en la persecución de toda disidencia religiosa en el reino.

La revocación del Edicto de Nantes (1685) significó el fin de la tolerancia con los protestantes (hugonotes), y los que no se convirtieron tuvieron que exiliarse. La pérdida de una importante minoría de artesanos, comerciantes y financieros tuvo graves consecuencias para el reino.

También se persiguió a los jansenistas, católicos críticos (destrucción de Port Royal, 1709-11). Estos hechos lograron enconar todavía más la enemistad tanto de Roma como de los protestantes de Holanda e Inglaterra (donde el católico Jacobo II Estuardo había sido destronado en 1688).

Los problemas comenzaron cuando Luis XIV emprendió su política de «reuniones», anexionando territorios en torno al Rhin con pretextos jurídicos más o menos  sólidos (1688), al tiempo que apoyaba a tos Estuardo en sus intentos por recuperar el trono, y disputaba a ingleses y holandeses el dominio de los mares.

La hostilidad general europea se tradujo en una Gran Alianza (Holanda, Inglaterra y el Imperio). A pesar de las victorias iniciales, la muerte de Louvoís (1691) y el progresivo agotamiento del país, rodeado de enemigos, provocaron la ruina de las pretensiones francesas.

En la paz de Ryswick (1697), Luis XIV tuvo que renunciar a gran parte de sus adquisiciones, además de reconocer como rey de lnglaterra al odiado Guillermo III de Orange, al que ya se habla enfrentado en la invasión de Holanda. También hubo de doblegarse ante Roma y abolir los cuatro capítulos galicanos (1693).

Los últimos años

La encuesta de 1698 reveló el estado de postración económica del reino. Luis XIV intentó restaurar las finanzas y se rodeó de un nuevo grupo de colaboradores (ChamiIlard, Torc Desmaretz) más leales y menos brillantes que sus predecesores. Pero la recuperación económica fue impedida por una nueva campaña exterior.

Al morir Carlos II de España sin herederos habla nombrado sucesor al duque Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV Aquél aceptó la herencia, pero se negó a renunciar a sus derechos al trono francés, lo que provocó la inmediata hostilidad de Inglaterra y Holanda, temerosas de la eventual unión entre la potencia continental de Francia y el imperio colonial español.

Por tanto, apoyaron las pretensiones del candidato austriaco Carlos de Habsburgo, hijo del emperador Leopoldo I.

La guerra de Sucesión española (1701-15) se convirtió en un nuevo conflicto europeo. Los esfuerzos que exigió fueron fatales para Francia, que estuvo a punto de perder todos los territorios que había ganado en la centuria anterior.

Las últimas victorias francesas en Villaviciosa (1710) y Denain (l7l2)y el agotamiento general de los contendientes permitieron a Francia alcanzar una paz honrosa en Utrecht. (1713).

Felipe V fue reconocido como rey de España, y Francia retuvo varios territorios en Flandes y el Rhin, aunque se evidenció la pérdida de su hegemonía en Europa.

Retirado en Versalles y privado de sus herederos directos, Luis XIV intentó asegurar la sucesión para su hijo ilegítimo, el duque del Maine. Pero a su muerte (1715), su sobrino el duque de Orleans logró que el Parlamento de París anulara el testamento y actuó como regente de Luis XV, el enfermizo bisnieto del Rey Sol.

Apariencia personal del rey. — Luis XIV era de estatura menos que med iana, pero este defecto no le quitaba majestad a su figura, ya que supo disimularlo usando calzado de tacón más alto que el usual y llevando una enorme y poblada peluca; su voz era agradable, su aspecto sano; estaba su persona dotada de gracia y majestad naturales, lo que le daba gran prestancia a su figura.

Y si a ello se añade que sus maneras eran de una cortesía y delicadeza exquisitas, compréndese fácilmente que un personaje así había de estar aureolado de un notorio don de gentes, y, al propio tiempo, realzada su personalidad por el empaque del ceremonial palatino, habría de inspirar gran respeto a cuantos le rodeaban.

Es posible que algunos de esos modos de comportarse fuesen más estudiados y artificiosos que sinceros, pero es lo cierto que todas aquellas maneras cortesanas sirvieron de modelo y caracterizaron toda una época.

Matrimonio secreto de Luis XIV con madame de Maintenon y sus consecuencias. — Al enviudar Luis XIV de su esposa María Teresa de España, casó secretamente con Francisca de Aubigné, marquesa de Maintenon. Esta dama, al enviudar de su esposo el poeta Scarrón, quedó encargada de la educación de los hijos de Luis XIV, quien contrajo matrimonio con ella en 1684.

Después del edicto de Nantes convivieron pacíficamente en Francia católicos y hugonotes, pero tal tolerancia era consentida de mal grado por el despótico rey, pues, en cierto modo, el reconocimiento de aquellos derechos de subditos suyos se oponía a su concepto del poder y la centralización que pretendía imponer a su gobierno en todos sus aspectos.

Aprovechando aquella disposición de ánimo del monarca, tanto la Maintenon, como Louvois, le indujeron a dictar una de las medidas más torpes e impolíticas de su reinado, persiguiendo a los hugonotes a fin de que en Francia no hubiese más que una forma de fe y una sola Iglesia dependiente del Estado.

Persiguió a los calvinistas prohibiéndoles el ejercicio de los cargos públicos y determinadas profesiones y negocios y, llevando a mayores extremos su enemiga, organizó las llamadas dragonadas o cargas de destacamentos de dragones contra los tildados de herejía. Más de 300.000 calvinistas hubieron de abandonar Francia para buscar refugio en otros países.

PARA SABER ALGO MAS…
UN REY EN LA TUMBA, OTRO EN LA CUNA

Una alianza de los mayores países europeos se forma contra Francia, y Luis XIV consigue un solo aliado, y aun así no muy seguro: Suecia. De las luchas, que duran once años, ninguna potencia sale victoriosa totalmente. Francia, a pesar de todo, obtiene un resultado aceptable: Felipe V es confirmado como rey de España. Pero debe renunciar al trono de Francia, lo que imposibilita el proyecto de unir las dos coronas.

Los tratados de Utrecht y Rastadt, al poner fin a la Guerra de Sucesión española, expresan un significativo cambio en el equilibrio de fuerzas de las potencias europeas. Los Países Bajos, al pasar al control del Imperio y ante el avance de nuevas potencias, pierden su antigua supremacía económica. El Imperio, a su vez, al apoderarse de los dominios españoles en Italia, recupera parcialmente su influencia. España se convierte, a partir de entonces, en potencia de segundo orden, con sus dominios coloniales constantemente disputados por otros países. El mayor éxito es para Inglaterra.

Escocia se unifica con ella y constituyen el poderoso reino de Gran Bretaña. Por el tratado de Utrecht, recibe el control del estrecho y la plaza fuerte de Gibraltar, capturada por los ingleses mientras combatían por el pretendiente austríaco, así como el derecho monopolice para introducir esclavos negros del África en las tierras españolas de América. En cuanto a Francia, sufriría, ya a fines del reinado del Rey Sol, la declinación; pero Luis XIV había hecho de ella, de todos modos, una gran potencia.

El Rey Sol tiene ya más de setenta años y vivirá todavía otros siete. Todos sus hijos y nietos han muerto. El monarca continúa ocupándose de los problemas del Estado, pero con la vejez, sus pasiones se orientan hacia otra parte: se casa morganáticamente con la educadora de sus hijos naturales, Mme. de Maintenon; gracias a ella, un soplo de austeridad invade Versalles y paralelamente una aura de intolerancia recorre el país: medio millón de protestantes, hostigados, deben dejar la patria porque el rey revoca el Edicto de Nantes, y se dirigen a los países fronterizos, especialmente a Inglaterra, los Países Bajos y Alemania.

La gran preocupación del soberano era ahora la sucesión. El heredero del trono era su bisnieto (hijo del duque de Borgoña, hijo a su vez del Gran Delfín, su hijo), de apenas cuatro años. Sintiendo que no alcanzaría la mayoría de edad del próximo rey, Luis XIV llama a su presencia al duque de Orleáns, su sobrino, quien debería asumir la regencia. Habría dicho entonces estas palabras:

—Veréis en breve a un rey en la tumba y a otro en la cuna. Acordaos siempre de la memoria de uno y de los intereses del otro.

Y habría dicho también, volviéndose hacia donde estaba la criatura:
—Amé demasiado la guerra. No me imitéis en esto y tampoco sigáis mi ejemplo en los exagerados gastos que hice en mi vida.

El 19 de setiembre de 1715 se oyen en París los tambores que redoblan pausadamente, y los pajes anuncian en cada esquina: ¡El rey ha muerto!

La Mezquita de Cordoba Epoca Dorada de la España Arabe o Mora

La Mezquita de Córdoba en España

La Santa Iglesia Catedral, antigua Mezquita de Córdoba, es el primer monumento de todo el Occidente Islámico y uno de los más asombrosos del mundo. Córdoba es una ciudad del sur de España, en Andalucía, sobre el río Guadalquivir. Entre 929 y 1031 fue el asiento del Califato de Córdoba. Fue centro de las culturas judías y musulmanas y renombrada por sus artesanías, riqueza y arquitectura.

La Mezquita de Cordoba Apenas 15 Km. de aguas del Mediterráneo separan el Shabel Musa, en Ceuta, de su promontorio gemelo en la punta sur de España, el peñón de Gibraltar. En la antigüedad ambos formaban las Columnas de Hércules, la frontera occidental del mundo conocido.

En 711, Tarik ibn Ziyad comandó a su ejército de 12.000 árabes musulmanes por el estrecho, a bordo de cuatro barcas, para iniciar su veloz conquista de la península ibérica. Expulsando a los visigodos cristianos, los musulmanes llegaron hasta los Pirineos en 719. Aunque fracasó su intento de invadir Francia, los árabes, a quienes se llamaba moros, fundaron un poderoso Estado en España, Al-Andalus, que perduraría los siguientes 800 años.

En el siglo X, los califas Omeyas de Córdoba desafiaron a los califas Abasidas de Bagdad por la supremacía del mundo islámico. Los Omeyas presidieron una época de oro en que musulmanes, judíos y cristianos vivieron en armonía. El comercio trajo la prosperidad, y florecieron las artes y el conocimiento.

Con una población de 500.000 habitantes, Córdoba fue una de las grandes capitales de Europa, con sus bibliotecas, escuelas y hospitales. Los académicos árabes expandieron las fronteras del conocimiento matemático, astronómico y filosófico: sus obras se tradujeron inmediatamente al latín y al hebreo, para que el conocimiento acumulado en Oriente se transmitiera a Occidente.

Los médicos árabes fundaron la medicina homeopática al publicar los primeros tratados sobre plantas medicinales. También descubrieron el valor terapéutico de la música, recetando el suave sonido del laúd a los pacientes mentales. El árido paisaje español floreció en huertos y naranjales, al introducirse invaluables métodos revolucionarios de irrigación. La fallida expedición de Carlomagno tras los Pirineos, en 777, fue la primera de una serie de campañas a lo largo de un siglo para recuperar España para la cristiandad.

El legendario Cid capturó Valencia en 1094. Zaragoza cayó en 1118 ante Alfonso I de Aragón. Córdoba cayó en 1236 y Sevilla en 1248. Para el siglo XV los moros sólo tenían un bastión, Granada. Cuando los reyes católicos, Fernando e Isabel, la tomaron en 1492, consiguieron liberarse de la carga de la guerra y, a su vez, pudieron financiar el viaje a lo desconocido que permitió a Cristóbal Colón descubrir el Nuevo Mundo. Aunque los moros fueron expulsados de España hace 500 años, el legado islámico es muy visible en dos obras maestras de la arquitectura.

El maravilloso templo fue originariamente una iniciativa de Abderramán I entre 756 y 788, continuado por Abderramán II, Alhakén II y Almanzor. Construida durante dos siglos luego de poner la primera piedra en 786, la gran mezquita de Córdoba asombra al visitante con su “bosque de las mil columnas”, muchas de ellas erigidas con materiales procedentes de iglesias cristianas y de edificios anteriores de los romanos y los visigodos.

Tan vasto es el espacio que abarca esta impresionante joya arquitectónica, que una basílica añadida tras la reconquista parece perderse dentro de ella. En el centro de la mezquita —que hoy es un monumento histórico— hay un nicho dorado de oraciones que apunta hacia La Meca.

Resume en su historia la más variada evolución arquitectónica y estilística: desde el estilo hispanomusulmán en la época de su mayor apogeo, hasta los predominantes en el siglo XVI cuando se construyó el crucero de la catedral sobre las ampliaciones hechas por los emires. La sala interior pletórica de columnatas y arcadas parece un gran bosque de palmeras, el árbol simbólico de los árabes.

El patio forma parte de la obra porque el agua tiene fundamental importancia en toda obra para que los fieles puedan lavarse antes de ingresar, purificándose para la oración. Luego descalzos para no mancillar ni profanar la estancia, tocan el suelo con su frente. El islam no reconoce jerarquías sacerdotales y la repetición casi infinita de columnas y arcadas provoca la sensación de que el fiel siempre está en el centro del templo, en el centro del mundo.

La primera mezquita se alzó sobre la basílica cristiana de San Vicente, aprovechando gran parte de sus materiales. Las columnas y capiteles destacan un muestrario de estilos grecorromanos, egipcios y visigodos. Entre 821 y 852 la ciudad de Córdoba vivió un período de gran prosperidad y paz impulsando la ampliación de la Mezquita.

Alminar de la mezquita: El alminar fue levantado por Abderrahmán III y convertido en la actual torre barroca a fines del siglo XVI.

Patio de los Naranjos: El patio original fue ampliado sucesivamente por Abderrahmán III y Almanzor en el siglo X. Los claustros actuales son producto de la remodelación total llevada a cabo en las primeras décadas del siglo XVI. Bajo los naranjos existe un amplio aljibe que aseguraba el agua necesaria para las purificaciones de los musulmanes.

Alhakén entre 961 y 976 le dio doce tramos más. La última ampliación se debe a Almanzor y fue la más grande e imponente de todas. La expulsión de los moros provocó que sobre la mezquita se construyera ahora una gran catedral. La obra del crucero se inició en 1523. El tesoro de la catedral muestra piezas de los siglos XV al XX, siendo la mayoría obra de los talleres cordobeses. La obra más espectacular y grandiosa es la custodia, pieza de oro, plata y otros metales en que se expone el Santísimo Sacramento a la pública

La Mezquita de Córdoba es convertida en catedral cristiana en 1236, tras la conquista de la ciudad por Fernando III. Desde entonces se iniciaron reformas parciales adicionando capillas y otros elementos cristianos.  Los Reyes Católicos permitieron la construcción de una Capilla Mayor y ya en el siglo XVI durante el reinado de Carlos V se edificó, no sin grandes oposiciones, la actual catedral cristiana dentro de las naves de la antigua mezquita.

El palacio-fortaleza de la Alhambra (imagen arriba) en Granada es otra maravilla de la España mora. Sus laberínticas estancias, frescas y en penumbra, se apiñan alrededor de soleados patios donde se oye el chapoteo de las fuentes. Arcos, ventanas con pilares y vertiginosos mosaicos en muros y techos atraen la vista desde todas partes. No es de sorprender que en 1492, cuando Fernando e Isabel recibieron las llaves del lugar de sus defensores, reconocieran con tanto gusto el gran tesoro que ganaron.

Fuente Consultada: Secretos y Misterios de la Historia – Diccionario Insólito Tomo 2

El Hombre de la Mascara de Hierro Historia del Hermano de Luis XIV

El Hombre de la Máscara de Hierro
Historia del Hermano de Luis XIV

Europa, tierra fértil para el surgimiento de personajes cuya existencia se debate entre la leyenda y la realidad, dio origen al Hombre de la máscara de hierro, un misterioso sujeto que aún navega el brumoso océano de las incertezas. Sin embargo, algunas pruebas escritas y datos históricos de la época, echan luz sobre esta historia originada hace ya más de 300 años.

Se sabe con certeza que su vida transcurrió durante el siglo XVII, y que se extendió hasta 1703, en pleno reinado de Luis XIV, un monarca que condujo los destinos de Francia por décadas con un carácter absolutista. Pero el origen e identidad de este misterioso personaje siempre ha sido motivo de dudas y polémicas, aunque con un común denominador: su desdichado destino condenado al encierro.

La versión más conocida de este relato se remonta al nacimiento mismo del monarca Luis XIV, en el año 1638. Se especula que en ocasión de aquel suceso, Ana de Austria, esposa del rey Luis XIII, no habría dado a luz a sólo un hijo, sino ágemelos. Cuenta la historia que, suponiendo que ésto desencadenaría en el futuro una división en el reino ante la necesidad de elegir a sólo un heredero para el trono, se decidió enviar al exilio a uno de ellos, siendo aquél criado con todas sus necesidades cubiertas, pero sin formar parte de la familia real, veamos ahora su historia.

HISTORIA: EL HOMBRE DE LA MÁSCARA DE HIERRO

El Hombre de la Mascara de Hierro Historia del Hermano de Luis XIVLa Bastilla fue construida en 1370 y se convirtió en una prisión durante el reinado de Carlos VI, durante la regencia de Cardenal Richelieu en el siglo XVII, se convirtió en una prisión para los nobles o académicos,  adversarios de la religión, opositores políticos, agitadores políticos. Fue famosa por haber «hospedado» a célebres personakes de la historia.

El 14 de julio de 1789, el pueblo de París salieron a las calles y atacaron la fortaleza de la Bastilla que simbolizaba el absolutismo real, la liberación de sus presos. Este logro se hizo conocido como «La Toma de la Bastilla», conmemorado por los franceses.

Alrededor de 1679, durante el reinado de Luis XIV, un prisionero fue puesto bajo la responsabilidad personal del señor de Saint-Mars, a la sazón comandante de la GRAN fortaleza «La Bastilla» y prisión de Pignerol en Saboya. El prisionero, sin ningún registro oficial de la detención y sin nombre, y con edad desconocida, fue llamado  simplemente por sus pares y por los guardias de la prisión, como la Máscara de Hierro.

La Historia de Luix XIV: Al tomar el poder, a la muerte del cardenal Mazarino en 1661, Luis XIV consideró su reinado como una dictadura por derecho divino o, como se supone que dijo el Rey Sol: “L’état, c’estmoi” (“El Estado soy yo”). Durante sus siguientes 54 años en el trono, Luis no enfrentó oposición a su puño de hierro. Francia se convirtió en el Estado más poderoso y temido de Europa.

Luis transformó la cabaña de cacería de su padre, en las afueras de París, en el magnífico palacio de Versalles, y obligó a la nobleza de Francia a vivir en él a pesar de que las instalaciones, a excepción de las suyas, eran primitivas. El paseo del rey por los exquisitos jardines, así como toda la vida diaria de Versalles, era un elaborado ritual.

A los 22 años, el rey desposó a María Teresa, hija del rey de España, para afianzar las relaciones entre los dos países. Siempre la trató con respeto y generosidad. De su progenie sólo sobrevivió su primogénito, Luis, el Gran Delfín. A pesar de las objeciones del clero, el rey mantenía a varias amantes en Versalles, legitimando a siete hijos de una de estas relaciones y concertándoles matrimonios con las principales familias del reino.

Cuando la reina murió en 1683, Luis se casó secretamente con la última de sus amantes, madame de Maintenon, una piadosa viuda que originalmente fue traída a la corte como institutriz de sus hijos ilegítimos. Luis XIV fue lo suficientemente longevo como para vivir más que su único hijo, el Gran Delfín, y el hijo de éste, el duque de Borgoña. A la muerte del Rey Sol en 1715, uno de sus bisnietos subió al trono como Luis XV.

Una Versión: El Nacimiento de los Gemelos:  En sus memorias, el cardenal Richelieu, ministro en jefe de Luis XIII, reveló que el 5 de septiembre de 1638 Ana de Austria dio a luz a gemelos. El primer bebé nació al mediodía y fue declarado heredero. A las 20:30, la reina entró nuevamente en trabajo de parto y con serias dificultades dio a luz a un segundo bebé. SegúnRichelieu, mientras que el nacimiento del futuro rey “fue tan espléndido y glorioso, el de su hermano se mantuvo en secreto y fue muy triste”.

Según las leyes de la época, se consideraba el mayor al segundo gemelo que nacía. Pero como se nombró sucesor de Luis XIII al primero, se consideró prudente ocultar el nacimiento del segundo bebé. El príncipe no reconocido fue dado a una nodriza y se dijo a la reina que su segundo hijo había muerto.

Así, los hermanos llegaron a la mayoría de edad, uno en la corte y el otro en un hogar humilde. Pero con el tiempo el parecido del segundo joven con el rey Luis XIV fue tan notorio que tuvo que ser enviado a Inglaterra, donde su tía paterna, Enriqueta María, reina y consorte del rey Carlos I, le ofreció los privilegios de una crianza real.

Según un elaborado argumento basado en la espectacular revelación de Richelieu, el desafortunado gemelo supo de su verdadera identidad y quiso reclamar el trono que era legítimamente suyo. En 1669, a los 31 años, se unió a un hugonote francés llamado Roux de Marsilly, un agente secreto de una alianza protestante contra Francia que incluía a Inglaterra, Holanda, Suecia y varios cantones suizos.

En abril, Marsilly fue capturado en Suiza por el servicio secreto de Luis XIV y se le llevó a París, donde murió por las torturas. Antes de morir, reveló que Eustache Dauger, quien fingía ser su mayordomo en Inglaterra, era en realidad el gemelo desaparecido del rey, el cual pensaba regresar a exigir su derecho.

Al llegar a Dunkerque el 19 de julio, Dauger fue arrestado por orden de Louvois, secretario de Estado desde 1662 y mano derecha del Rey. Ese mismo día el ministro de Guerra escribió a Saint-Mars diciendo que enviaría a Pignerol a un reo muy importante y que por tanto debería estar bajo la más estricta de las vigilancias.

En los años siguientes, en los que se le transfirió a Exiles, a la isla Santa Margarita y finalmente a París, Saint-Mars llevó a Dauger consigo. El alcaide siempre lo trató respetuosamente, permitiéndole ropas adecuadas, libros, una guitarra e incluso un sirviente. En pocas palabras, lo trató como si fuese de la nobleza, si no es que de sangre real. Pero se le obligó a usar una máscara de terciopelo negro cada vez que había visitantes en la prisión y/o cuando viajaba con Saint-Mars a una nueva prisión, tal como lo hizo en septiembre de 1698 para viajar hacia la muerte en su prisión final de París.

«Fue sin duda inusual,  la peculiaridad de esta detención, el refinamiento de la maldad, la tortura, al parecer, no doloroso, pero infinitamente incómodo, por la cara del prisionero que siempre estaba completamente oculto bajo una especie de máscara de terciopelo negro, mecánicamente vinculados al collar de un de hierro, con un mecanismo de su expulsión, imposible de activar sin la ayuda de alguien. Mientras que el reconocimiento facial del prisionero era nula, sus movimientos ágiles y modales refinados y elegantes, condujeron a un argumento, aunque subjetivo: era joven y la nobleza. La mayor parte del tiempo, se mantuvo fuera de la vista de otros presos,  vigilado de cerca, y para completar , la seguridad de contacto restringido con el encarcelamiento, y sólo una persona elegida para tal custodia. Siempre fue tratado por todos con amabilidad y respeto, especialmente por Sr. De Saint-Mars, el comandante de la prisión.»

Una vida en custodia: ¿Quién era Eustache Dauger? Luego de exhaustivas investigaciones, un historiador inglés publicó en 1910 una respuesta más bien prosaica. Dauger era mayordomo de Nicolás Fouquet, ministro de Finanzas de Luis XIV. Fouquet fue arrestado en 1661 por malversación de fondos y se le sentenció a prisión perpetua. Murió, cautivo en Pignerol, en 1680. Como Fouquet compartió secretos de Estado con su mayordomo durante su confinamiento, el sirviente (que según esta teoría era Dauger) quedó en custodia luego de la muerte de su amo. Fue preso especial de Saint-Mars hasta que murió, 23 años después.

¿Sirviente o rey desheredado? Sencillamente no hay suficientes evidencias para responder con certeza a la pregunta. Quienes conocían el secreto en esa época —el rey, Louvois y desde luego Saint-Mars— tuvieron el cuidado de no revelarlo por escrito, por lo que no hay prueba para refutar o validar la suposición de que Dauger era el heredero al trono.

En noviembre de 1703, de repente y en forma totalmente misteriosa «máscara de hierro» enfermó y muere rápidamente y fue enterrado en el cementerio de Saint-Paul, y por primera vez, su nombre fue revelado que según los registros  figura, como Marchiel de 45 años de edad.

Durante los más de veinte años que estuvo en prisión, por más secreto en que ha sido tomado este caso, los rumores fueron esparcidos por toda Francia durante el reinado de Luis XIV. Hubo varias versiones que fueron apareciendo en la leyenda del hombre de la máscara de hierro, y una de ella es la que acabamos de explicar donde afirmaba que era el hermano gemelo del rey, después de haber sido excluido de la familia por el Cardinal Richelieu, con el fin de preservar la integridad del Gobierno de Francia, el motivo de la colocación de una máscara, seria para proteger su verdadera identidad, y que los  ciudadanos no pudieran darse cuenta de la gran semejanza con el rey.

Otra versión de los hechos declaró que Ana de Austria, madre de Louis XIV, se había casado en secreto, con Mazarino, su ministro, y como resultado de matrimonio, un hijo, un medio hermano de Louis XIV. Otra versión es mas fantástica y aseguraba que el prisionero sería el hijo natural del Rey, con una de sus amantesLavaltiere, Montespan y Maintenon.

La destrucción de la Bastilla en 1789, con la quema de la mayor parte de los archivos, hace extremadamente difícil  una mayor investigación segura y fidedigna.  Una última investigación en 1872 de un especialista llamado Jung determina que el detenido, conocido por apodo de «Iron Mask» era un noble de Lorena, el caballero deHermoises, acusado de inflar una revuelta,  conspirando contra la vida de Luis XIV.

Biografia de Maria Antonieta Mujer de Luis XV Rey Francia Resumen

Biografía de María Antonieta Mujer de Luis XVI

Carlota CordayFlorence Nightingale
Ana FrankMaría Antonieta

Resumen Biografía de María Antonieta: Nacida para reina, gozó hasta el fin la vida despreocupada y frívola de la corte. Sin embargo, amargos sinsabores y un desenlace trágico la aguardaban luego del 14 de julio de 1789: al descrédito sucedió el encarcelamiento hasta culminar en la guillotina.Biografia de Maria Antonieta Mujer de Luis XV

«Celebrada por unos y vilipendiada por otros hasta la calumnia, la encantadora y frívola María Antonieta tuvo un destino tan brillante en sus primeros tramos como trágico en su desenlace. Nacida en Viena el 2 de noviembre de 1755, hija de los emperadores austríacos Francisco de Lorena y María Teresa, la pequeña archiduquesa fue destinada desde niña a cimentar la alianza entre dos coronas.

Prometida desde los doce años al Delfín de Francia, el futuro Luis XVI, se trató de educarla de acuerdo con las conveniencias de su futura misión, sin demasiado éxito.

Caprichosa y mimada, su espíritu solo admitía los conocimientos que le llegaban a través de la diversión. Indiferente a las lecciones de la historia, hablaba incorrectamente el francés, era una mediocre ejecutante de clavicordio y su ortografía resultaba desesperante.

Los rasgos armoniosos, la cabellera rubia con matices rojizos, la piel sonrosada y perfecta y el rápido fulgor de sus ojos azules, así como su finísimo talle, la vivaz ingenuidad de la expresión y el encanto de sus movimientos sedujeron a los franceses desde que hizo su entrada triunfal en el país de su prometido, el 8 de mayo de 1770, cuando aún no había cumplido quince años.

Caminó hacia el Delfín entre músicas y perfumes, uniformes de gala, arcos de flores y guirnaldas, aplausos y aclamaciones, compitiendo ventajosamente con la risueña primavera francesa.

El 16 de mayo, en medio de un entusiasmo desbordante, se celebró la boda en Versalles. El Delfín, modesto, inteligente, sin ser brillante, indeciso y tímido ante las responsabilidades, escribe en su diario al día siguiente: «Nada». Y «nada» fue durante varios años, hasta que aceptó someterse a la pequeña operación.

Por su parte, María Antonieta se entrega inmediatamente al vértigo de las distracciones-bailes, mascaradas, juegos y representaciones teatrales- y también al juego. Su comportamiento resulta imprudente en medio de una corte donde la apariencia es más importante que la honradez y donde la adulación encubre intrigas y calumnias. Honesta y espontánea por naturaleza, la Delfina no advierte el peligro. No es respetuosa de las formas, que son a veces la aparente salvaguardia del honor, y da a Madame de Noailles, encargada de instruirla al respecto, el mote de Madama Etiqueta.

Indisciplinada, bromista, irrespetuosa, se divierte transgrediendo sus indicaciones y las del conde de Mercy-Argenteau, a quien María Teresa, temerosa del comportamiento de su hija, ha encomendado su vigilancia y custodia. El Delfín, confiado y benevolente, tolera todos los caprichos de su consorte, absorbido a su vez por los placeres de la caza y su afición a la cerrajería y los relojes.

Cuando el 10 de mayo de 1774 muere el rey Luis XV, la pareja se abraza llorando, espantada por la responsabilidad que la aguarda. Son demasiado jóvenes, demasiado inexpertos y no se sienten preparados para reinar. Ella carece de sentido social y político, y sus impulsos, cuyas consecuencias no sabe medir, hacen del poder una cuestión de amor propio. El es recto, consciente y magnánimo, pero su indulgente inseguridad frente a las exigencias ajenas, más la sumisión que demuestra ante su mujer, harán de su reinado una función sin autoridad. El 11 de junio de 1775 se efectúa la emocionante ceremonia de la coronación en la catedral de Reims. Pero la corona pesará tanto sobre esas dos cabezas que acabará por hacerlas caer.

La reina se sustrae a esa carga con sus ligerezas: bailes, paseos a caballo, ostentosas fiestas campestres. Rousseau y otros filósofos han puesto de moda la naturaleza y la reina obedece esos principios que quieren ser virtuosos. En el Trianón, casa de campo que le ha cedido Luis XVI, juega a las pastoras refinadas con sus amigas la princesa deLamballe y la duquesa de Polignac.

Estos ingenuos placeres alimentan la malicia de la corte y las sospechas del pueblo. Como no son ajenos a esas reuniones varios galantes caballeros-entre ellos el conde de Artois, hermano del rey-, se tejen al respecto historias y cantitos malignos o picarescos.

El prestigio de la reina decae día a día y sus buenas acciones y sus obras caritativas no bastan para apuntalarlo. Las calumnias y los cuchicheos van y vienen, como la marea, de los barrios populares a Versalles y de la corte al pueblo. La contemplación de una puesta de sol o de un amanecer se convierte en orgía para la maledicencia, y las prebendas que otorga a sus favoritos se exageran hasta cifras siderales. Se asegura que el Trianón tiene paredes tapizadas de diamantes y que se han invertido millones en su reparación.

El hambre, la falta de trabajo y de harina hacen el resto: la popularidad se va trocando en odio, y la admiración en rencoroso desprecio. Comienza a ser «la Austríaca», la enemiga, «Madame Déficit». Aunque el rey ha dejado constancia en su diario de sus relaciones matrimoniales, y en 1778 nace su primera hija, María Teresa, se pone en duda su capacidad y se lanzan sospechas sobre esa paternidad y las posteriores, que traen al mundo a Luis José en 1781, a Luis Carlos en 1785 y a María Sofía en 1786. María Sofía morirá en 1787 y Luis José en 1789.

En 1785 se produce el llamado «affaire del collar de la reina», que termina de minar el ya deteriorado prestigio de la soberana y que tal vez apresura la caída de la monarquía. Los hechos, a grandes rasgos, son los siguientes: el cardenal de Rohán, que se ha ganado la antipatía de María Antonieta, recibe de una aventurera apellidada Lamotte Valois el encargo de adquirir para la reina y por mandato de esta un collar de diamantes de seiscientas mil libras, en una operación respaldada por documentos privados y que debe quedar en absoluto secreto.

El cardenal, deseoso de recuperar el favor de la soberana, se presta al trámite y entrega la joya a la falsa intermediaria. La falta de pago provoca rumores y estalla el escándalo. Se comprueba la inocencia de María Antonieta en toda esta fraudulenta intriga, en la que se ha jugado su nombre.

La caída de la Bastilla el 14 de julio de 1789 no es más que el signo exterior de un largo proceso de descontento, amasado por la miseria y el hambre e impulsado por las ideas revolucionarias. Pero el rey sigue siendo un símbolo casi sagrado y aún cabe pensar en una conciliación entre la monarquía y el pueblo. El violento traslado de los soberanos de Versalles a las Tullerías puede dar lugar a un contacto más estrecho entre el poder real y el pueblo, pero la indecisión de Luis XVI y la fuerza creciente de la Revolución lo torna un imposible.

La huida de la familia real a Montmédy en la noche del 20 de junio de 1791, y el forzado y humillante retorno al ser reconocidos en Varennes, en franca calidad de prisioneros, son jalones de una parábola que se precipita hasta el encarcelamiento en la torre del Temple, el 16 de agosto de 1792.

Desde su celda central María Antonieta, «espiada hasta en el sueño», oye los cantos hostiles de la muchedumbre, las aclamaciones con que saluda las ejecuciones y los alaridos con que exige que la decapiten. El 3 de setiembre pasa bajo su ventana el cadáver mutilado de su amiga la princesa de Lamballe, cuya cabeza se exhibe en una pica y el corazón en otra.

El 21 de enero de 1793 el clamor de la multitud le anuncia que el rey ha sido ejecutado.

«La loba austríaca», «la tigresa sedienta de sangre», «la fiera salvaje», «la viuda Capeto«, «la bribona», envejece y se consume a causa de los tremendos padecimientos.

El 15 de octubre de 1793 comienza el proceso, en el que actúa como acusador público el feroz Fouquier-Tinville.

Ha habido interrogatorios preliminares en los que el Delfín, de apenas ocho años, ha confesado, bajo amenazas previas, que su madre y su tía Élisabeth le han enseñado a masturbarse y lo han sometido a contactos incestuosos. Estas y otras atrocidades, más la acusación de haber dilapidado los bienes de Francia y conspirado contra el país con potencias extranjeras, fueron el nudo del proceso.

La reina mantuvo en todo momento su dignidad y su presencia de ánimo, sorteando las trampas y respondiendo con habilidad a los innobles ataques. No obstante, fue declarada culpable y condenada a muerte por unanimidad.
El 18 de octubre de 1793 salió de la Conciergerie en una carreta, en dirección a la plaza de la Revolución. La cabeza de la última reina absoluta de Francia fue tronchada y mostrada a la muchedumbre por el verdugoSamson. «Así murió -escribiría luego Alfonso de Lamartine- la reina ligera en la prosperidad, sublime en el infortunio, intrépida en el cadalso.»


Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

La Crucifixion en Roma Castigo de Morir en la Cruz Costumbres

La Crucifixión en Roma Castigo de Crucificar Morir en la Cruz

El cristianismo se funda en un hecho: la figura de Jesús, su vida terrestre y, lo que es más importante, la creencia de que Jesús vive y no ha muerto, porque es Hijo de Dios. Ésta es la nota original de la religión cristiana, pues sin excluir el judaísmo, el cristianismo es la única religión que desborda la Historia por lo trascendental de su contenido y se encarna en una persona que no solamente transmite una doctrina, sino que se presenta ella misma como la verdad y la justicia vivientes.

Es cierto que otras religiones tuvieron fundadores a los cuales sus contemporáneos pudieron ver con los ojos y tocar con las manos, pero ninguno de esos predicadores religiosos, Mahoma, Buda, Zoroastro, etc., se propuso a sí mismo como objeto de la fe de sus discípulos. Todos predicaban una doctrina que no atañía a su propia persona; eran simplemente enviados, profetas o siervos de Dios. Jesús es el Maestro que se da a sí mismo como objeto de nuestra fe; no se presenta como un personaje histórico, sino como verdadero Dios.

jesucristoTESTIMONIOS SOBRE JESÚS: El conocimiento acerca de Jesús se basa en los cuatro Evangelios. Sin embargo, algunas referencias contemporáneas de otras fuentes revelan que hay un reconocimiento de Jesús entre personas que despreciaban el cristianismo.

El más antiguo escritor romano que menciona a Cristo fue un gobernador de Asia Menor llamado Plinio, que escribió al emperador Trajano, en el año 112 d.C., y describía los enjuiciamientos a cristianos y señalaba que “acostumbraban reunirse al anochecer para recitar un himno antifonal a Cristo, como a un dios”.

Años después el historiador romano Tácito escribió que el nombre cristianos “deriva de Cristo, quien fue condenado por Poncio Pilato durante el reinado de Tiberio”.

La más desconcertante referencia no bíblica proviene del historiador judío Flavio Josefo, cuyas Antigüedades Judí las incluyen el siguiente pasaje: “Por ese tiempo vivía Jesús, un hombre sabio, si es que puede llamársele un hombre, porque él era el hacedor de actos extraordinarios y maestro de los hombres que con gusto recibían la verdad. Se ganó a muchos judíos y muchos griegos. El era el Mesías.

Cuando Pilato […] lo sentenció a ser crucificado, aquellos que desde un principio lo habían amado no dejaron de hacerlo. Al tercer día apareció ante ellos, vivo, ya que los profetas de Dios hablan pronosticado ésta y otras maravillas acerca de él. Y la tribu de los cristianos, llamados así por Cristo, hasta nuestros días no se ha extinguido.”.

Las opiniones sobre este pasaje son muy diversas. Es tan explícito al calificar a Jesús de Mesías que muchos expertos consideran que algún escritor cristiano insertó esta y otras frases favorables a los cristianos. Otros eruditos, cristianos y judíos, concluyen que aunque el pasaje contenga algunas alteraciones y adiciones, representa esencialmente lo escrito por Flavio Josefa, que de alguna forma da testimonio del Jesús histórico.

LA CRUCIFIXIÓN: Descubrimientos arqueológicos en Israel han arrojado luz para comprender la naturaleza del horrible jesus crucificadosuplicio de la crucifixión. Era una forma de ejecución empleada en Persia y Cartago, y que fue adoptada por los romanos poco antes del inicio de la Era Cristiana.

Se crucificaba a esclavos, ladrones y delincuentes políticos; pero muy rara vez a algún ciudadano del imperio. (Debido a esto, Pablo, que era ciudadano romano, fue muerto por decapitación.) Estas ejecuciones eran tan espantosas que los escritores se abstuvieron de describirlas y los pintores rara vez las representaron. En la tradición judía el método de ejecución más usual era la lapidación, aunque a veces se colgaba al reo de un árbol, como advertencia a otros.

Originalmente, el patíbulo era sólo un poste, pero luego se le agregó un madero transversal para formar una T o una cruz. Probablemente en el Gólgota había postes permanentes y a los ejecutados ahí, como Jesús, se les obligaba a llevar a cuestas el travesaño, que luego era insertado en una ranura del poste.

Los brazos del condenado eran atados o clavados al travesaño. Como las palmas de las manos no soportarían el peso del cuerpo al elevarse, los largos clavos de hierro utilizados por los carpinteros romanos atravesaban las muñecas del crucificado. La víctima apoyaba en un peldaño los pies que eran atados o clavados al poste.

En 1968 fue encontrado en Jerusalén el esqueleto de un joven que murió por crucifixión en el siglo y los clavos le atravesaban las muñecas, pero sólo uno se había usado para clavar los talones. La posición de la víctima es incierta, pero los eruditos opinan que era con las piernas unidas e inclinadas a un lado o posiblemente con las rodillas separadas. La víctima, torcida de esa manera y colgando como un peso muerto, apenas si podía respirar.

El dióxido de carbono se acumulaba en la sangre, y el corazón se forzaba cada vez más. Ante la inmovilidad y la falta de oxígeno, se producían violentos espasmos musculares. Debilitado por la fatiga y el hambre, el crucificado era, además, presa de las inclemencias del tiempo, de las picaduras de insectos y de las burlas y abusos físicos de los espectadores. Un paro cardiaco o la asfixia causaba la muerte. La rotura de las piernas aceleraba la muerte, porque la víctima ya no podía elevarse para llevar aire a sus pulmones.

COSTUMBRE FUNERARIAS. Entre los hebreos una sepultura adecuada era una forma importante de mostrar el respeto a los tumba sagradamuertos. Desearle a un enemigo morir insepulto era una maldición. Por los pecados del rey Joaquín contra Dios, el profeta Jeremías le pronosticó que “será enterrado como un asno: será arrastrado y tirado fuera de las puertas de Jerusalén” (Jer. 22:19).

Cuando los hijos de Saúl fueron colgados por los filisteos y los cadáveres quedaron expuestos a los buitres, Rispa, la madre de ellos, vigiló los insepultos cuerpos durante meses y luchó contra aves y fieras, hasta que el rey David dio sepultura a los restos.

Las familias más afortunadas poseían una cueva funeraria cavada en roca suave, en las afueras de la dudad. Envuelto en un sudario, el cadáver por enterrar era llevado en andas hasta la tumba y colocado en una repisa dentro de la cueva. No se usaba féretro. Junto al cuerpo se colocaban algunos objetos personales.

En otros sitios de la cueva yacían los restos de antepasados; así, el difunto “dormía con sus padres”. Cuando sólo quedaba el esqueleto, éste era llevado a un osario, situado en otro sitio de la tumba. Esto dejaba lugar para el cadáver de otro miembro de la familia.

El sepulcro familiar era un símbolo de la continuidad de un clan. Nehemías, que languidecía en el exilio en Persia. suplicó que le permitieran regresar a Judá, a “la dudad de las tumbas de mis padres” (Neh. 2:5). Las familias que no podían sufragar el costo de una cueva cavaban fosas para sus muertos o simplemente cubrían el cadáver con piedras y tierra.

Para los menesterosos se cavaban enormes fosas comunes. Los israelitas no acostumbraban embalsamar los cadáveres, aunque silos lavaban y a veces los ungían con óleos, hierbas aromáticas o perfumes. El entierro se efectuaba al día siguiente del deceso. Debido a lo caluroso del clima, la descomposición era inmediata y en pocos días ya estaba avanzada, como se afirma en el caso de Lázaro, el amigo de Jesús. Aunque las tumbas se sellaban, no se permitía ninguna al oeste de Jerusalén, debido a que de allí soplaban los vientos prevalecientes.

La incineración era condenada como idolatría por la tradición rabínica y no se practicaba en el pueblo de Israel, salvo por excepción. Al ser llevado el cadáver del ser querido a su tumba, lo seguía una procesión de parientes, amigos y sirvientes, todos profiriendo lamentos y llanto.Las familias acomodadas contrataban plañideras duchas “entonar lamentos sobre nosotros» (Jer. 9:17).

Flavio Josefo, el historiador del siglo I d.C., señala la costumbre de que “todo el que pasaba cuando un muerto era sepultado debía acompañar al funeral y unirse a lamentaciones”. En Números y el Deuteronomio se menciona que el duelo por la muerte de Aarón y Moisés duró días, todos ellos celebrados con llantos de los hijos de Israel.

La Sociedad Estamental Señor Feudal vasallos Ciervos de la Gleba

La Sociedad Estamental: Señor Feudal, Vasallos, Ciervos de la Glebafeudalismo, señor feudal

Origen del sistema feudal: Los caballos de guerra eran costosos y su adiestramiento para emplearlos militarmente exigía años de práctica. Carlos Martel, con el fin de ayudar a su tropa de caballería, le otorgó fincas (explotadas por braceros) que tomó de las posesiones de la Iglesia. Estas tierras, denominadas ‘beneficios’, eran cedidas mientras durara la prestación de los soldados.

Éstos, a su vez, fueron llamados ‘vasallos‘ (término derivado de una palabra gaélica que significaba sirviente). Sin embargo, los vasallos, soldados selectos de los que los gobernantes Carolingios se rodeaban, se convirtieron en modelos para aquellos nobles que seguían a la corte.

Con la desintegración del Imperio Carolingio en el siglo IX muchos personajes poderosos se esforzaron por constituir sus propios grupos de vasallos dotados de montura, a los que ofrecían beneficios a cambio de su servicio. Algunos de los hacendados más pobres se vieron obligados a aceptar el vasallaje y ceder sus tierras al señorío de los más poderosos, recibiendo a cambio los beneficios feudales.

Se esperaba que los grandes señores protegieran a los vasallos de la misma forma que se esperaba que los vasallos sirvieran a sus señores.

SEÑORES, VASALLOS Y FEUDOS

Las revueltas de la Baja Edad Media tuvieron como resultado muchas instituciones nuevas: señoríos, vasallaje, feudos. Los siguientes textos ilustran dos facetas del feudalismo. El primero da cuenta de la cesión que un señor hace de su feudo a un vasallo. El segundo es una declaración clásica del Obispo Fulbert de Chartres en el año 1020, sobre las mutuas obligaciones entre el señor y el vasallo.

Registro de una cesión hecha por el abad Farítio a Roberto, un caballero

El abad Faritio también cedió a Roberto, hijo de Guillermo Mauduit, la tierra de cuatro hides (60 a 120 acres) en Weston, que su padre había heredado de su predecesor, para tenerla en calidad de feudo. Y él deberá de hacer este servicio a cambio, a saber: que siempre que :a la iglesia de Abingdon deba desempeñar su servicio de cabalo, Roberto deberá cumplir la mitad del servicio de caballero para la misma iglesia; es decir, en la protección del castillo, en el servicio militar exterior y en esta parte del mar; en dar dinero en forma proporcional, si el rey es hecho prisionero, y en el resto de los servicios que los demás caballeros de la iglesia desempeñan.

Obispo Fulbert de Chartres
Habiéndome pedido que escribiera algo relacionado con la forma e la lealtad, he anotado de manera breve para ti, con la autoridad de los libros, las cosas que siguen. El que hace un juramento de lealtad a su señor debe tener estas seis cosas presentes en todo momento: lo que es inofensivo, seguro, honorable, útil, fácil y practicable. Inofensivo, es decir, que no debe herir a su señor en el cuerpo; seguro, que no debe herir a su señor traicionando sus secretos o sus defensas en las que descansa la seguridad; honorable, que no debe lastimarlo en su justicia, o de otras formas que atañan a su honor; útil, que no debe herirlo en sus posesiones; fácil j practicable que aquel bien que su señor pueda realizar con facilidad, no lo haga con dificultad, ni que pudiéndose llevar a cabo, sea imposible para él realizarlo.

Que el fiel vasallo deba evitar estos daños es ciertamente propio, pero no únicamente por esto merece él sus propiedades, ya que esto no basta para abstenerse del mal, a menos que también se haga el bien. Por consiguiente, sólo resta que en esas seis cosas mencionadas arriba aconseje y ayude fielmente a su señor, si es que desea que se le considere digno del beneficio recibido y estar a salvo en lo que concierne a la fidelidad que juró.

El señor debe también actuar de manera recíproca con su fiel vasallo en todas estas cosas. Y si no lo hiciere así, será considerado con toda justicia culpable de mala fe, al igual que el primero, en caso de que se le sorprendiera evitando o consintiendo el incumplimiento de sus deberes y, en ese caso, sería desleal y perjuro.

DECADENCIA:  El feudalismo alcanzó el punto culminante de su desarrollo en el siglo XIII; a partir de entonces inició su decadencia. El subenfeudamiento llegó a tal punto que los señores tuvieron problemas para obtener las prestaciones que debían recibir.

Los vasallos prefirieron realizar pagos en metálico (scutagium, ‘tasas por escudo’) a cambio de la ayuda militar debida a sus señores; a su vez éstos tendieron a preferir el dinero, que les permitía contratar tropas profesionales que en muchas ocasiones estaban mejor entrenadas y eran más disciplinadas que los vasallos. Además, el resurgimiento de las tácticas de infantería y la introducción de nuevas armas, como el arco y la pica, hicieron que la caballería no fuera ya un factor decisivo para la guerra. La decadencia del feudalismo se aceleró en los siglos XIV y XV.

Durante la guerra de los Cien Años, las caballerías francesa e inglesa combatieron duramente, pero las batallas se ganaron en gran medida por los soldados profesionales y en especial por los arqueros de a pie. Los soldados profesionales combatieron en unidades cuyos jefes habían prestado juramento de homenaje y fidelidad a un príncipe, pero con contratos no hereditarios y que normalmente tenían una duración de meses o años. Este ‘feudalismo bastardo’ estaba a un paso del sistema de mercenarios, que ya había triunfado en la Italia de los condotieros renacentistas.

El Negocio de la Esclavitud Esclavos africanos inmunes a la viruela

El Negocio de la Esclavitud-Esclavos Africanos Inmunes a la Viruela

Los españoles comenzaron a importar esclavos africanos, que eran menos propicios a contraer la viruela. Esta enfermedad, de las más mortales para los europeos y en grado superlativo para los naturales del Caribe, se había propagado a África, de modo que los africanos habían desarrollado inmunidad natural.

Los primeros esclavos africanos fueron comprados a los barcos portugueses hacia 1530, comenzando así un comercio que iría en rápido aumento durante los siglos dieciséis y diecisiete, para alcanzar su máximo desarrollo en el dieciocho.

Asimismo, en el siglo dieciséis, los españoles se dieron cuenta de que la mano de obra esclava volvía altamente rentable la cosecha manual de la caña de azúcar, que habían sembrado en la Española y otras islas del Caribe. Así que compraron más esclavos. Hacia 1700 llegaban anualmente 4.000 esclavos a las islas dominadas por los españoles.

Los ingleses, que desarrollaban en 1607 su primer asentamiento permanente en Norteamérica, en Jamestown, Virginia, no tardaron mucho en iniciar la importación de esclavos. Poseían también un cultivo lucrativo que exigía gran cantidad de mano de obra: el tabaco. En 1619 los nuevos virginianos comenzaron a utilizar esclavos en sus plantaciones.

El Negocio de la Esclavitud

Portugal llevó tantos esclavos a Brasil que, hacia 1800, la mitad de la población de ese inmenso país era de ascendencia africana.

El tráfico de esclavos fue, entre 1500 y 1800, uno de los más seguros medios de enriquecerse en el negocio de embarques. Los europeos se unieron a los tratantes árabes y a los jefes locales africanos, que podían también hacer fortuna en esta horrible profesión. Holandeses, ingleses, franceses y daneses compitieron con los portugueses en el establecimiento de factorías de esclavos en África.

En 1713, España concedió a Inglaterra el monopolio del suministro de 4.800 esclavos anuales a sus colonias americanas, durante 30 años. El acuerdo se llamó Asiento de Negros. Se ignora el número de personas que fueron capturadas y vendidas, pero alcanza tal vez la cifra de siete millones, solamente en el siglo dieciocho. Una de las razones por las cuales es tan difícil de establecer la cantidad era la elevada mortalidad durante el viaje.

Las condiciones a bordo de los barcos de esclavos, donde la gente iba encadenada en bodegas que medían algo más de un metro de altura, eran penosas. Muchos fallecían en esas sentinas en medio de la inmundicia, la enfermedad y la desesperación. Los marineros arrojaban los cadáveres por la borda, sin ninguna ceremonia.

EN TOTAL, ALREDEDOR DE 10 MILLONES de esclavos africanos se transportaron al Nuevo Mundo entre el siglo XVI y el XIX. Se estima que 50 por ciento de ellos fue embarcado en navíos británicos y el resto en barcos franceses, holandeses, portugueses, daneses y, después, estadounidenses.

Una razón de la asombrosa cantidad de esclavos, naturalmente, era la alta tasa de mortalidad. A los esclavos se les apiñaba en forma apretada en buques de carga, de 300 a 450 por barco, y se les encadenaba en bodegas o calas sin instalaciones sanitarias ni suficiente espacio para permanecer de pie.

Así permanecían durante su viaje a América, el cual duraba por lo menos cien días (véase al recuadro ¿e arriba). La tasa de mortalidad alcanzaba diez por ciento, excepto en viajes más largos, en los cuales, debido a tormentas o vientos adversos, la tasa llegaba a ser más alta. Los africanos que sobrevivían al viaje estaban expuestos a enfermedades ante las que tenían poca o ninguna inmunidad. La tasa de mortalidad era menor entre los nacidos y criados en el Nuevo Mundo. La nueva generación logró inmunizarse ante muchas enfermedades más graves.

Los patrones pocas veces estimulaban a sus esclavos a tener hijos. Muchos de los dueños, sobre todo de las Antillas, creían que era menos caro comprar un nuevo esclavo que criar un niño, desde su nacimiento hasta la adolescencia, para que pudiera trabajar.

Antes de la llegada de los europeos en el siglo XV, la mayoría de esclavos de África eran prisioneros de guerra o muchos trabajaban en el servicio domestico sin salario alguno, solo por la comida.

VIDEO SOBRE EL COMERCIO DE ESCLAVOS

PARA SABER MAS…Se dice que el contrabando significó para los habitantes de Buenos Aires una bendición que llegaba para aliviar la situación de extrema necesidad por la que transitaban sus días. Pero no todas eran alegrías, ya que el puerto también fue la puerta de entrada de epidemias que se propagaron hacía el interior del territorio causando estragos.

Esta situación se vio favorecida por la precariedad de los asentamientos urbanos, especialmente el de Buenos Aires, que no sólo no disponía de un abastecimiento regular de agua potable sino que además se destacaba por la proverbial suciedad de sus calles, donde se multiplicaban alegremente todo tipo de insectos y alimañas.

La viruela, el tifus, la fiebre tifoidea, la difteria y la tuberculosis -por sólo nombrar las más conocidas- merodearon periódicamente por estas tierras y alcanzaron el rango de epidemias en numerosas oportunidades a lo largo de todo el siglo XVII y aún bien entrado el siglo XVIII. Uno de los vehículos más aptos -aunque no el único- para la Introducción de enfermedades fueron los cargamentos de esclavos que llegaban en pésimas condiciones sanitarias. Luego de una penosa travesía, donde los alimentos escaseaban, muchas veces arribaban en pleno invierno sometidos a bajísimas temperaturas y desprovistos de abrigo.

Era de esperar entonces que con frecuencia se dieran situaciones como las que a principios del siglo XVIII denunciaba el Procurador General porteño, al señalar que el facultativo designado para el control de un barco negrero «halló en él trescientos y más negros y negras que habiéndoles reconocido uno por uno, están la mayor parte enfermos con diferentes enfermedades, como ser algunos de ellos con tina, otros con diferentes especies de calenturas… y las restantes con viruelas, las que tiene por enfermedad epidémica…».

La experiencia indicaba que una vez instalada la enfermedad era ir-probable el remedio o la cura, y que les escasos y dudosos especialistas en e arte de sanar no contaban ni con el saber ni con los recursos necesarios para poder detenerla.

Ver: Historia de la Esclavitud En Estados Unidos

Imperio Británico en la India Compañía Indias Orientales Isabel I

Imperio Británico en la India – Compañía Indias OrientalesImperio Británico en la India - Compañía Indias Orientales

La fundación de compañías de las Indias Orientales
Ochenta comerciantes londinenses se reunieron en 1599 para formar la Compañía de las Indias Orientales. Isabel I les concedió el permiso legal en 1600. Los holandeses formaron su propia Compañía de las Indias Orientales en 1602. Los franceses no podían quedarse atrás, y establecieron en 1664 su Compañía de las Indias Orientales.

Por corto tiempo Portugal gozó del monopolio mercantil, como única entre las naciones europeas que poseía las cartas de navegación y los contratos comerciales para transportar los productos asiáticos por mar. ¿Cómo hicieron las compañías para burlar el monopolio portugués? De manera parecida a como ellos lo habían logrado en primer lugar: por la fuerza.

Después de establecer en 1612 su primera factoría en Surat, en la India, los ingleses se desplazaron a otros puertos indios. Fundaron Madrás, en el sureste de la India, en 1612, e implantaron en 1688 un puesto mercantil en Bombay. En Calcuta, sobre el golfo de Bengala, fundada por ellos en 1690, establecieron su centro de operaciones para la India.

El comercio de especias resultó ser un oficio muy arriesgado. Los holandeses tomaron Ambón como base en las Molucas, lejos de los portugueses. Y cuando los mercaderes ingleses intentaron comerciar allí, dieron muerte a los intrusos.

Los holandeses capturaron Jakarta en 1619, ciudad con un excelente y abrigado puerto, situada sobre la costa norte de Java (que hoy forma parte de Indonesia), y le cambiaron el nombre, llamándola Batavia (en recuerdo de los batavos, tribu celta que habitaba los Países Bajos en tiempos de los romanos). La Compañía Holandesa de las Indias Orientales estableció allí su centro de operaciones.

En 1638 se anotaron los holandeses otra primicia: convencieron a los japoneses de que les permitieran desplazar a los portugueses, y tomar ellos la representación exclusiva del comercio europeo en Japón. Para lograr este derecho se comprometieron a no predicar el cristianismo.

La conquista de los Incas Pizarro somete a Atahulpa Caballos y Armas

La conquista de los Incas: Pizarro somete a AtahulpaPizarro Conquista a los Incas

CONQUISTA DE LOS INCAS:
Camino hacia Cuzco:
Como los aztecas en el norte, los incas eran un pueblo dominado por el yugo de imperios peruanos anteriores.

Los incas comenzaron a prepararse en el siglo doce. Hacia 1430, un jefe llamado Pachacuti rechazó una invasión de un pueblo vecino, y siguió luego ensanchando el Imperio Inca hasta alcanzar regiones de lo que hoy son Chile, Bolivia y Ecuador.

Hacia el siglo dieciséis, los sucesores de Pachacuti controlaban más tierra que cualquier pueblo suramericano anterior a ellos. Al igual que los romanos , los incas atrajeron a los líderes de los pueblos conquistados a su redil, recompensando a aquéllos que se les unían y convirtiendo la cooperación en algo más fácil que la resistencia. Como los romanos, también los incas fueron magníficos ingenieros; sus albañiles construyeron fortificaciones de enormes bloques de granito unidos con una perfección tal que la hoja de un cuchillo no lograría penetrar aun hoy en las juntas.

Igualmente notable, en especial en una geografía tan escarpada, fue el mantenimiento que los incas dieron a su red de 30.500 kilómetros de caminos, y el sistema de correos, con mensajeros de a pie a cargo del gobierno, que recorrían esos caminos, y relevos cada 2,4 kilómetros. Por medio de este sistema podían los incas enviar un mensaje a 240 kilómetros de distancia en un día. Los mensajeros mantenían a los líderes locales en comunicación con Cuzco.

El Imperio Inca aún florecía cuando la primera expedición española arribó a la región. En diciembre de 1530, Francisco Pizarro (c. 1475-1541) llegó a las costas del Océano Pacífico en América del Sur con alrededor de 180 hombres, pero, al igual que Cortés, contaba con armas de acero, pólvora y caballos, nada de lo cual era conocido por los nativos. Pizarro también tuvo suerte porque el Imperio Inca ya había sucumbido a una epidemia de viruela. Los incas, como los aztecas, tampoco eran inmunes a las enfermedades europeas. Demasiado pronto, la viruela acabó con las aldeas. Otro golpe de fortuna para Pizarro fue que incluso el emperador murió a causa de la viruela y dos de sus hijos reclamaban el trono, lo cual originó una guerra civil.

La unión del país dependía sólo de la familia gobernante. Bastó a Pizarro vencer a esta familia para ocasionar la ruina de los incas, lo cual logró en 1532 mediante un engaño ruin.

El 15 de noviembre de 1532 Pizarro entró en la ciudad de Cajamarca y, al siguiente día, recibió la visita del Inca a quien -siguiendo el ejemplo de Cortés- tomó prisionero. Tal como lo hiciera Moctezuma en México, Atahualpa siguió gobernando bajo las órdenes de Pizarro; pero pensó en recobrar su libertad y ofreció como precio del rescate una habitación de su palacio llena de oro y dos llenas de plata hasta la altura de su brazo alzado.

El trato fue aceptado por Pizarro, pero, como el cumplimiento de lo pactado tardara más de lo previsto, los españoles se impacientaron, se apoderaron del botín, y dispusieron la muerte del Inca, a quien acusaron de conspirar contra ellos. Entretanto, Almagro, repuesto de su enfermedad, había llegado a Cajamarca en abril de 1533.

Luego de descontar la parte que correspondía al soberano, los españoles se repartieron el tesoro. Pizarro y Almagro se enredaron en oscuras peleas por sus derechos sobre lo conquistado. Esta situación se prolongó durante largo tiempo hasta que finalmente, en 1538, Almagro fue muerto en el Cuzco por orden de Pizarro. Años más tarde, Pizarro murió a su vez a manos del hijo de Almagro.
En 1542 se creó, el virreinato del Perú y la ciudad de Lima -que Pizarro había fundado en 1535- fue designada su Capital. En un principio, el virreinato del Perú abarcó todos los dominios españoles en América del Sur, excepto Venezuela.

Como conquistaron america los españoles? La Conquista de America

¿Cómo conquistaron América los Españoles?-La Conquista de América

conquista de américa

LA EXPANSIÓN EUROPEA: A finales del siglo XV los europeos navegaron por el mundo en todas direcciones. Los pioneros fueron los portugueses que, en un puñado de buques, se aventuraron hacia el sur a lo largo de la costa occidental de África a mediados del siglo XV; el proceso se aceleró con los viajes que inauguraron la época de Cristóbal Colón a América y de Vasco da Gama al Océano índico alrededor de 1490. Muy pronto se unieron a la aventura otros estados europeos y, ya para terminar el siglo XVIII, habían creado una red de comercio global dominada por los barcos y las fuerzas occidentales.

En menos de trescientos años, la época europea de exploración cambió el concepto del mundo. En algunas regiones, como en América y las islas de las especias, destruyó las civilizaciones indígenas y el establishment de las colonias europeas. En otras, como en África, India y las regiones del continente del sureste asiático, quedaron los regímenes nativos intactos, pero hubo un fuerte efecto en las sociedades locales y los modelos de comercio regional.

Con el tiempo, muchos observadores europeos tuvieron de este proceso una opinión favorable. Creían que no sólo se había llevado riqueza por medio del comercio mundial e intercambiado cultivos y descubrimientos entre el Viejo y el Nuevo Mundo, sino que también habían llevado a los «pueblos paganos» el mensaje de Jesucristo. No hay duda de que la conquista de América y la expansión hacia el resto del mundo hizo aflorar lo peor y algo de lo mejor de la civilización europea.

El saqueo ambicioso de los recursos y la represión brutal y la esclavitud apenas fueron equilibrados con los intentos de crear nuevas instituciones, convertir los nativos al cristianismo y atender los derechos de los pueblos indígenas. En cualquiel caso los europeos habían empezado a cambia el mundo.

LA CONQUISTA DE AMERICA: Al norte de las ciudades mayas, en las montañas del centro de México, el comandante militar español, Hernán Cortés, halló en 1519 una gran ciudad, la capital azteca de Tenochtitlán, construida en la mitad de un lago que tenía por lo menos 200.000 habitantes, y que se hallaba en el apogeo de su gloria.

Los curtidos soldados españoles decían que Tenochtitlán. con sus pirámides brillantemente pintadas y las anchas calzadas que unían la isla urbanizada con las orillas del lago, era tan magnífica como Roma o Constantinopla. Los españoles habrían de destruirla, por supuesto, pero nadie ha sostenido hasta ahora que las conquistas sean hermosas.

Aunque las civilizaciones precolombinas ostentaban grandes ciudades; muchos otros logros, adolecían de ciertas ventajas clave que facilitaron la conquista española. Cuatro de las más importantes fueron:

1- La pólvora: Los europeos, como los árabes y los turcos, la obtuvieron de los chinos. Pero este avance tecnológico, que se había extendido por Asia y Europa, no había cruzado el océano hasta que los españoles lo llevaron a América.

2- El hierro: Aunque varias culturas americanas lograron trabajar el metal en forma espléndida hacia el siglo dieciséis, ninguna aprendió, a fabricar armas de fuego. Las armas de hierro y acero (mezcla de hierro y carbón), eran más sólidas y durables que las de los indígenas.

3- El caballo: No había caballos en América. Lo más parecido a un caballo en cualquier cultura americana del siglo dieciséis era la llama, que los incas suramericanos usaban como bestia de carga. Nadie confundiría  llama con un caballo de batalla.

4- La inmunidad: Ésta fue probablemente la mayor desventaja. Los europeos llevaban consigo enfermedades que no habían cruzado antes el océano, y los indígenas no poseían defensas contra ellas.

PARA SABER MAS….

Los españoles no llevaron adelante sus acciones de conquista de un modo improvisado, por el contrario, es posible establecer algunas características comunes entre la conquista de los aztecas y la de los incas. Esto permite sañalar la existencia de una verdadera táctica.

La misma se caracterizó por:
• El establecimiento de alianzas con grupos locales -por ejemplo, con los que buscaban liberarse de la dominación azteca- o el aprovechamiento de las divisiones internas -como las que existían entre los incas-, ocasionadas en la lucha por el [poder]. De esta manera, lograban conseguir hombres para incorporar a sus ejércitos.

• El control de jefes indígenas, como una forma de dominar a los pueblos que estaban subordinados a ellos.

•  La superioridad en armamento: espadas de acero contra lanzas de obsidiana, armaduras de metal contra túnicas forradas de algodón, armas de fuego (arcabuces) contra arcos y flechas, caballería contra un ejército a pie.

•  La obtención de intérpretes indígenas que hicieran de traductores e informantes.

• El aprovechamiento de las creencias indígenas para atemorizarlos, realizando acciones espectaculares, como destruir sus templos o ídolos.

LOS ABORÍGENES HOY… La mayoría de los pueblos indígenas en América Latina desciende de las grandes civilizaciones azteca, maya e inca. Se estima que existen 34 millones de indígenas en América Latina y el Caribe. Bolivia es el país que cuenta con la proporción más alta de indígenas (56,8%).

Si bien los diferentes gobiernos de América Latina realizaron un esfuerzo para lograr cambios culturales en estas poblaciones, en la actualidad los indios siguen afectados por la pobreza y tienen bajas tasas de alfabetización y escolaridad. Los indios jóvenes son sinónimo de esperanza. Son los más instruidos y los que están intentando reafirmar sus raíces culturales.

También existen organismos internacionales que intentan contribuir al desarrollo indígena frente a dificultades como las siguientes: carecer de derechos de propiedad de tierras; no tener programas de asistencia técnica y de capacitación; no poder acceder al crédito para emprender pequeños proyectos.

Es necesario reducir el nivel de pobreza que están sufriendo los pueblos indígenas de América Latina. Hay que darles más posibilidades de educación porque es una manera de brindarles herramientas para luchar por salir de la pobreza.

Boccaccio Escribe El Decameron Retrato de la Época Peste Negra

Boccaccio Escribe-El Decameron-Retrato de la Época-Peste NegraLa peste negra en la Edad Media

En el año 1330, la peste bubónica (también llamada Peste Negra, transmitido por la pulga) se expandió desde Asia por el norte de África, Europa y Oriente Medio. Estaba causada por una bacteria conocida con el nombre de Yersina pestis. Este microbio normalmente infecta a las ratas y pasa de las ratas a otros animales a través de las pulgas, que también pican a los humanos.

Es posible que las malas cosechas de China dieran pie al brote epidémico. Las ratas abandonaron los campos para buscar comida en los lugares que habitaban los humanos y con ellas vinieron las pulgas. Las pulgas picaron al huésped humano, que caía enfermo y contagiaba la enfermedad al toser y expulsar esputo infectado.

Cuando la peste bubónica llegaba, la víctima sufría un aumento de temperatura. El ritmo cardíaco se aceleraba y empezaban los dolores de cabeza y musculares. Entonces, los nódulos linfáticos se inflamaban. Lo siguiente eran las hemorragias subcutáneas, que eran las que mostraban esos puntos negros por los que se le puso el terrible nombre de la Peste Negra. La víctima acababa desarrollado una neumonía. Durante un periodo de veinte años, desde 1330 hasta 1350, la peste bubónica mató a un tercio de la población europea.

LA PESTE NEGRA: Los europeos del siglo catorce contemplaban el mundo con nuevos ojos y consideraban las tierras lejanas deseables, dignas de conocer y acaso de adquirir. Con todo, antes de que los europeos salieran realmente y comenzaran a conquistar ese mundo, debían tener en casa suficiente bienestar personal para construir un mercado descentralizado de artículos de lujo foráneos. Pero, cosa extraña, fue necesaria una enfermedad terrible y la muerte en gran escala para que dicho mercado encontrara una base firme.

La peste negra, devastadora epidemia de peste bubónica y sus variedades, se originó probablemente en las estribaciones de la cordillera asiática del Himalaya, pero en el siglo catorce algo, tal vez el crecimiento del mercado, provocó su diseminación. Los agentes portadores eran las pulgas de las ratas. A donde la gente viaja, y en especial si lleva comida allá van las ratas y sus parásitos.

Al morir una rata, sus pulgas pasaban a otra. Y si no había otra rata a mano, las pulgas ensayaban un huésped menos apetecible. Cuando los huéspedes eran seres humanos, enfermaban terriblemente y morían con rapidez en su mayoría. Las manchas negruzcas que aparecían bajo la piel eran llamadas bubones, y por eso la enfermedad fue denominada peste bubónica. Una epidemia de neumonía, variedad todavía más peligrosa de la enfermedad, se propagaba de una persona a otra a través del aire.

La plaga mató a miles de chinos en 1333, y se extendió hacia el occidente. Hacia 1347 llegó a Constantinopla y desde allí llegó a Europa.

La muerte negra fue una de las calamidades naturales más  terroríficas de toda la Edad Media. Se ha calculado que del 25 al 50 por ciento de la población murió conforme la plaga se extendía por toda Europa, entre los años 1347 y 1351. Esta descripción contemporánea de la gran plaga está tomada del prefacio a la obra El Decamerón, del autor italiano del siglo XIV, Giovanni Boccaccio.

 Giovanni Boccaccio, El Decamerón
En el año de nuestro Señor de 1348, la plaga mortífera irrumpió en la gran ciudad de Florencia, la más bella de las ciudades italianas. Ya sea por la intervención de los cuerpos celestes o debido a nuestras propias iniquidades, que la justa ira de Dios buscó enmendar, la plaga surgió en el este algunos años antes, provocando la muerte de incontables seres humanos. Se difundió sin freno de un lugar a otro, hasta que —desafortunadamente— se precipitó sobre el oeste. Ningún conocimiento, ni previsión humana alguna fueron de provecho en contra de ella, a pesar de que se escogieron funcionarios en activo para que limpiaran la ciudad de mucha suciedad, y de que a los enfermos se les prohibió la entrada, al tiempo que se difundían consejos para la preservación de la salud. Tampoco sirvieron las humildes súplicas. No una, sino muchas veces, se ordenaron en forma de procesiones y de otros modos, con el fin de que los creyentes apaciguaran a Dios; pero, a pesar de todo, cerca de la primavera de ese año la plaga comenzó a mostrar sus estragos…

No se manifestó como en el este, donde, si un hombre sangraba por la nariz, era un aviso seguro de su inevitable muerte. En el comienzo de la enfermedad los hombres y las mujeres se veían afligidos por una especie de hinchazón en la ingle o debajo de las axilas que, a veces, alcanzaba el tamaño de una manzana o un huevo. Algunas de estas inflamaciones eran más grandes, otras más pequeñas, y se les llamaba comúnmente forúnculos. Desde esos dos puntos de partida, los forúnculos comenzaban poco a poco a esparcirse y aparecer, en general, por todo el cuerpo. Después, la manifestación de la enfermedad cambiaba a puntos negros o lívidos en los brazos, los muslos y en toda la persona. Muchas de estas manchas eran grandes y estaban separadas, otras eran pequeñas y se apiñaban. Al igual que los forúnculos —que eran y seguían siendo una segura indicación de la muerte próxima— estas manchas tenían el mismo significado para cualquier persona en que hubieran aparecido.

Ni el consejo de los médicos, ni la virtud de medicina ninguna parecían ayudar o beneficiar a la curación de esas enfermedades. De hecho,… no sólo muy pocos se recuperaban, sino casi todos morían a los tres días de la aparición de los signos; algunos más pronto, otros más tarde… La virulencia de la plaga fue máxima, ya que los enfermos la transmitían a los sanos mediante el contacto, de manera no distinta a como se propaga el fuego cuando se le acercan cosas secas o grasosas. Pero el mal era todavía peor. No sólo la conversación y la familiaridad con los enfermos extendía la enfermedad e, incluso, causaba la muerte, sino que, al parecer, el simple contacto con la ropa o con cualquier objeto que el enfermo hubiera tocado o usado transmitía la pestilencia…

Más lastimosas eran las circunstancias de la gente común y, en gran parte, de la clase media, ya que estaba confinada a sus casas con la esperanza de estar seguros, u obligados por la pobreza; y restringidos a sus propias secciones, diariamente caían enfermos por miles. Allí, privados de ayuda o de cuidados, morían sin salvación. Muchos exhalaron su último suspiro en las calles, de día o de noche; gran cantidad murió en sus casas, y era sólo por el hedor de sus cuerpos putrefactos como anunciaban su muerte a sus vecinos. Por todas partes la ciudad estaba llena de cadáveres…

Se llevaba tal cantidad de cuerpos a las iglesias cada día, que el suelo consagrado no resultaba suficiente para albergarlos, en particular, de acuerdo con la antigua costumbre de dar a cada cuerpo su lugar individual. Se cavaron grandes zanjas en los atestados atrios, y los cadáveres recién llegados se apilaban adentro, capa sobre capa, como la mercancía en la bodega de una nave. Se cubrían con un poco de tierra los cuerpos de cada estrato, y se procedía así hasta que la zanja se llenara hasta arriba.

LA RATA: TIPOS Y ANTECEDENTES HISTÓRICOS

la rata

Se supone que la rata negra procede de los desiertos de Arabia, en donde llevaba una vida libre.- Parece que se asoció al hombre, aproximadamente, en el siglo Vil, y que su difusión principal por Europa se debió a los Cruzados, aunque, por otra parte, hay pruebas de que la conocían los griegos y romanos; porque se han conservado representaciones artísticas de ella.

La rata gris, originaria de Asia Central, invade Europa, y poco después América, en el siglo XVIII, a .través de la flota rusa que visitaba los puertos escandinavos; también hay testimonios del cruce directo del Volga, a nado, de grandes conjuntos de ratas, probablemente en busca de alimento. Sin embargo, existe controversia en este punto, puesto que las mismas emigraciones masivas las refleja; Aelian en su trabajo «De Natura Animalium», escrito en el siglo II.

Sea cual fuere la época de llegada de la rata gris a Europa, es incuestionable que su difusión sólo pudo llegar a ser importante cuando encontró un ambiente adecuado, es decir, con la existencia de la gran urbe provista de un alcantarillado complejo, y propicio para la proliferación de estos roedores; tal situación se dio, aproximadamente, a partir del siglo XVIII.

El ratón es conocido desde los tiempos históricos más remotos, pues aparece en el arte y la literatura de los griegos y de los romanos, e incluso puede que su nombre latino (Mus) sea una derivación del vocablo sánscrito musha. Se asigna su procedencia al Asia Central.

tipos de ratas

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