La Crucifixion en Roma Castigo de Crucificar Morir en la Cruz Costumbres



La Crucifixión en Roma Castigo de Crucificar Morir en la Cruz

El cristianismo se funda en un hecho: la figura de Jesús, su vida terrestre y, lo que es más importante, la creencia de que Jesús vive y no ha muerto, porque es Hijo de Dios. Ésta es la nota original de la religión cristiana, pues sin excluir el judaísmo, el cristianismo es la única religión que desborda la Historia por lo trascendental de su contenido y se encarna en una persona que no solamente transmite una doctrina, sino que se presenta ella misma como la verdad y la justicia vivientes.

Es cierto que otras religiones tuvieron fundadores a los cuales sus contemporáneos pudieron ver con los ojos y tocar con las manos, pero ninguno de esos predicadores religiosos, Mahoma, Buda, Zoroastro, etc., se propuso a sí mismo como objeto de la fe de sus discípulos. Todos predicaban una doctrina que no atañía a su propia persona; eran simplemente enviados, profetas o siervos de Dios. Jesús es el Maestro que se da a sí mismo como objeto de nuestra fe; no se presenta como un personaje histórico, sino como verdadero Dios.

TESTIMONIOS SOBRE JESÚS: El conocimiento acerca de Jesús se basa en los cuatro Evangelios. Sin embargo, algunas referencias contemporáneas de otras fuentes revelan que hay un reconocimiento de Jesús entre personas que despreciaban el cristianismo.

El más antiguo escritor romano que menciona a Cristo fue un gobernador de Asia Menor llamado Plinio, que escribió al emperador Trajano, en el año 112 d.C., y describía los enjuiciamientos a cristianos y señalaba que “acostumbraban reunirse al anochecer para recitar un himno antifonal a Cristo, como a un dios”.

Años después el historiador romano Tácito escribió que el nombre cristianos “deriva de Cristo, quien fue condenado por Poncio Pilato durante el reinado de Tiberio”.

La más desconcertante referencia no bíblica proviene del historiador judío Flavio Josefo, cuyas Antigüedades Judí las incluyen el siguiente pasaje: “Por ese tiempo vivía Jesús, un hombre sabio, si es que puede llamársele un hombre, porque él era el hacedor de actos extraordinarios y maestro de los hombres que con gusto recibían la verdad. Se ganó a muchos judíos y muchos griegos. El era el Mesías.

Cuando Pilato […] lo sentenció a ser crucificado, aquellos que desde un principio lo habían amado no dejaron de hacerlo. Al tercer día apareció ante ellos, vivo, ya que los profetas de Dios hablan pronosticado ésta y otras maravillas acerca de él. Y la tribu de los cristianos, llamados así por Cristo, hasta nuestros días no se ha extinguido.”.

Las opiniones sobre este pasaje son muy diversas. Es tan explícito al calificar a Jesús de Mesías que muchos expertos consideran que algún escritor cristiano insertó esta y otras frases favorables a los cristianos. Otros eruditos, cristianos y judíos, concluyen que aunque el pasaje contenga algunas alteraciones y adiciones, representa esencialmente lo escrito por Flavio Josefa, que de alguna forma da testimonio del Jesús histórico.

LA CRUCIFIXIÓN: Descubrimientos arqueológicos en Israel han arrojado luz para comprender la naturaleza del horrible suplicio de la crucifixión. Era una forma de ejecución empleada en Persia y Cartago, y que fue adoptada por los romanos poco antes del inicio de la Era Cristiana.

Se crucificaba a esclavos, ladrones y delincuentes políticos; pero muy rara vez a algún ciudadano del imperio. (Debido a esto, Pablo, que era ciudadano romano, fue muerto por decapitación.) Estas ejecuciones eran tan espantosas que los escritores se abstuvieron de describirlas y los pintores rara vez las representaron. En la tradición judía el método de ejecución más usual era la lapidación, aunque a veces se colgaba al reo de un árbol, como advertencia a otros.

Originalmente, el patíbulo era sólo un poste, pero luego se le agregó un madero transversal para formar una T o una cruz. Probablemente en el Gólgota había postes permanentes y a los ejecutados ahí, como Jesús, se les obligaba a llevar a cuestas el travesaño, que luego era insertado en una ranura del poste.

Los brazos del condenado eran atados o clavados al travesaño. Como las palmas de las manos no soportarían el peso del cuerpo al elevarse, los largos clavos de hierro utilizados por los carpinteros romanos atravesaban las muñecas del crucificado. La víctima apoyaba en un peldaño los pies que eran atados o clavados al poste.

En 1968 fue encontrado en Jerusalén el esqueleto de un joven que murió por crucifixión en el siglo y los clavos le atravesaban las muñecas, pero sólo uno se había usado para clavar los talones. La posición de la víctima es incierta, pero los eruditos opinan que era con las piernas unidas e inclinadas a un lado o posiblemente con las rodillas separadas. La víctima, torcida de esa manera y colgando como un peso muerto, apenas si podía respirar.

El dióxido de carbono se acumulaba en la sangre, y el corazón se forzaba cada vez más. Ante la inmovilidad y la falta de oxígeno, se producían violentos espasmos musculares. Debilitado por la fatiga y el hambre, el crucificado era, además, presa de las inclemencias del tiempo, de las picaduras de insectos y de las burlas y abusos físicos de los espectadores. Un paro cardiaco o la asfixia causaba la muerte. La rotura de las piernas aceleraba la muerte, porque la víctima ya no podía elevarse para llevar aire a sus pulmones.

COSTUMBRE FUNERARIAS. Entre los hebreos una sepultura adecuada era una forma importante de mostrar el respeto a los muertos. Desearle a un enemigo morir insepulto era una maldición. Por los pecados del rey Joaquín contra Dios, el profeta Jeremías le pronosticó que “será enterrado como un asno: será arrastrado y tirado fuera de las puertas de Jerusalén” (Jer. 22:19).

Cuando los hijos de Saúl fueron colgados por los filisteos y los cadáveres quedaron expuestos a los buitres, Rispa, la madre de ellos, vigiló los insepultos cuerpos durante meses y luchó contra aves y fieras, hasta que el rey David dio sepultura a los restos.



Las familias más afortunadas poseían una cueva funeraria cavada en roca suave, en las afueras de la dudad. Envuelto en un sudario, el cadáver por enterrar era llevado en andas hasta la tumba y colocado en una repisa dentro de la cueva. No se usaba féretro. Junto al cuerpo se colocaban algunos objetos personales.

En otros sitios de la cueva yacían los restos de antepasados; así, el difunto “dormía con sus padres”. Cuando sólo quedaba el esqueleto, éste era llevado a un osario, situado en otro sitio de la tumba. Esto dejaba lugar para el cadáver de otro miembro de la familia.

El sepulcro familiar era un símbolo de la continuidad de un clan. Nehemías, que languidecía en el exilio en Persia. suplicó que le permitieran regresar a Judá, a “la dudad de las tumbas de mis padres” (Neh. 2:5). Las familias que no podían sufragar el costo de una cueva cavaban fosas para sus muertos o simplemente cubrían el cadáver con piedras y tierra.

Para los menesterosos se cavaban enormes fosas comunes. Los israelitas no acostumbraban embalsamar los cadáveres, aunque silos lavaban y a veces los ungían con óleos, hierbas aromáticas o perfumes. El entierro se efectuaba al día siguiente del deceso. Debido a lo caluroso del clima, la descomposición era inmediata y en pocos días ya estaba avanzada, como se afirma en el caso de Lázaro, el amigo de Jesús. Aunque las tumbas se sellaban, no se permitía ninguna al oeste de Jerusalén, debido a que de allí soplaban los vientos prevalecientes.

La incineración era condenada como idolatría por la tradición rabínica y no se practicaba en el pueblo de Israel, salvo por excepción. Al ser llevado el cadáver del ser querido a su tumba, lo seguía una procesión de parientes, amigos y sirvientes, todos profiriendo lamentos y llanto.Las familias acomodadas contrataban plañideras duchas “entonar lamentos sobre nosotros” (Jer. 9:17).

Flavio Josefo, el historiador del siglo I d.C., señala la costumbre de que “todo el que pasaba cuando un muerto era sepultado debía acompañar al funeral y unirse a lamentaciones”. En Números y el Deuteronomio se menciona que el duelo por la muerte de Aarón y Moisés duró días, todos ellos celebrados con llantos de los hijos de Israel.





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