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Historia de Inglaterra Origen, Primeros Pueblos y Reyes

Historia de Inglaterra Primeros Pueblos y Reyes

ORIGEN DEL REINO DE INGLATERRA
La isla que nosotros llamamos Gran Bretaña estaba habitada por pueblos pequeños que hablaban lenguas célticas. Los más poderosos, los bretones, habían sido sometidos por los romanos, y todo el país se había organizado en provincias romanas, excepto las montañas del norte habitadas por pueblos salvajes que se tatuaban.

El año 410 los romanos retiraron sus tropas, dejando que los bretones se defendieran solos contra aquellos pueblos. Luego bandas de guerreros, llegados de las comarcas del otro lado del mar del Norte, se establecieron en las costas, los sajones al sur, los anglos al este.

Combatían a pie, con pica y puñal, y no eran cristianos. Saquearon las ciudades, pasaron a cuchillo a los habitantes y avanzaron poco a poco en el interior del país. Cada jefe de banda tomó el título de rey, y el territorio que la banda ocupaba vino a ser su reino.

Al cabo de dos siglos hubo siete u otros reinos, poblados por los descendientes de aquellos guerreros bárbaros que hablaban una lengua germánica.

Los bretones, que conservaban su lengua, estaban reducidos a las partes del oeste y del norte. Poco a poco todos aquellos reinos se fusionaron en uno solo, al mando de un «rey de los sajones y de los anglos» y el conjunto se llamó Inglaterra (tierra de los anglos).

Pero quedaban todavía partes habitadas por pueblos de lengua céltica: al oeste el país de Gales, al norte el país que ha formado el reino de Escocia, y la isla de Irlanda.

En el siglo IX los piratas daneses vinieron a saquear las costas de Inglaterra lo mismo que habían hecho con las de Francia.

Luego se establecieron en un campo atrincherado, como también habían hecho en Francia. Por último, lo mismo que los normandos de Francia, se hicieron ceder unas provincias, el antiguo país de los anglos, que vino a ser danés. Inglaterra estuvo sometida por espacio de treinta años a reyes venidos de Dinamarca (1016-1042).

HAROLDO Y GUILLERMO DE NORMANDÍA

El último rey descendiente de la antigua familia de los reyes sajones, Eduardo (llamado más tarde el Confesor), era hijo de una princesa normanda que le había enviado a criar a Normandía.

Ya rey, se rodeó de guerreros y de monjes normandos que hablaban francés. A uno de ellos le nombró arzobispo de Canterbury, es decir, cabeza de todo el clero de Inglaterra.

Eduardo dividía su existencia entre la caza y los ejercicios piadosos, y dejaba que gobernase en su lugar el más poderoso de los señores sajones, el conde Godwin.

Se había unido en matrimonio, a la hija de éste y había dado a sus hijos la mayor parte de los otros condados de Inglaterra.

Un día Godwin se enfrentó con los favoritos normandos del rey y Eduardo se declaró a favor de ellos, por lo que Godwin y su familia fueron desterrados.

Eduardo no tenía sucesión y no se sabía aún quién sería rey de Inglaterra después de su muerte. Recibió entonces (1051) la visita del duque de Normandía, Guillermo, primo de su madre.

guillermo el conquistador
Guillermo «el Conquistador»

Guillermo era un guerrero, buen tirador de arco y hábil en el manejo de la maza de armas, excelente jinete y apasionado por la caza, vigoroso y de voz sonora. Pero era también sagaz político, capaz de preparar un proyecto con mucha anticipación, rencoroso y probablemente cruel.

No se supo exactamente lo que pasó entre Guillermo y Eduardo; pero parece que Eduardo prometió a Guillermo nombrarle su sucesor.

Al año siguiente, Godwin, que había vuelto por mar, desembarcó en Inglaterra y otra vez fue dueño del gobierno. Los normandos escaparon, el arzobispo normando de Canterbury fue sustituido por un inglés.

Luego Godwin, mientras estaba a la mesa con el rey, murió de un ataque de apoplejía (1053). Su hijo mayor, Haroldo, heredó su condado y gobernó en nombre del rey Eduardo.

rey haroldo
Rey Haroldo

Era alto, vigoroso, ágil, valiente y diestro en la guerra, muy querido por sus compañeros. Después de haber gobernado unos cuantos años, Haroldo se embarcó para ir a Francia y una tempestad arrojó el barco en que iba a la costa de Ponthieu. Según costumbre de aquella época, los náufragos pertenecían al señor del país.

El conde de Ponthieu atrapó a Haroldo y lo encerró en una torre. Guillermo de Normandía hizo que se lo llevaran, allí lo trató como amigo, lo condujo a Rouen, a su palacio, y a una expedición contra los bretones.

Al volver de aquella guerra, Haroldo prestó juramento a Guillermo. Haroldo se comprometió a ayudar a Guillermo a hacerse rey de Inglaterra y a casarse con su hija, a cambio de lo cual obtendría la mitad del reino.

Haroldo volvió a Inglaterra. Pronto murió el rey Eduardo, encargando a Haroldo que defendiera a su viuda y el reino de Inglaterra.

Los guerreros ingleses reconocieron a Haroldo por rey; el arzobispo de York fue a coronarle (enero de 1066).

Haroldo recibió muy pronto un mensajero de Guillermo que le ofrecía su hija y reclamaba el reino. Respondió que no podía tomar mujer extranjera sin consentimiento de los grandes personajes de su país. Guillermo se preparó para apoderarse de Inglaterra por la fuerza.

LA EXPEDICIÓN A INGLATERRA

Guillermo convocó a sus vasallos del ducado de Normandía y les pidió que fueran a hacer guerra a Inglaterra. Al principio se negaron; pero Guillermo los obligó uno a uno a prometerle barcos y guerreros.

Luego hizo saber en todas las comarcas de Francia que los guerreros que le acompañasen recibirían en recompensa las tierras y el dinero de los enemigos.

Vinieron a unírsele muchos caballeros cubiertos con cotas de mallas y casco que combatían con lanza, e infantes armados con arco. No eran solamente normandos subditos suyos, sino también flamencos, bretones y franceses.

Guillermo además había enviado a pedir al Papa que le reconociera como heredero legítimo de Inglaterra.

Contaba la historia del juramento de Haroldo y decía que Eduardo le había hecho rey por su testamento.

El Papa excomulgó a Haroldo por haber expulsado al arzobispo de Canterbury y haber faltado a su juramento, indujo a Guillermo a ir a someter el reino y le envió una bandera y un anillo en el que había engarzado un cabello de San Pedro.

Guillermo iba a combatir en nombre de la Iglesia.

El 12 de setiembre partió su flota y desembarcó la noche luego de 15 dias de navegación y retrasos por el viento no adecuado.

Mientras esto ocurría, Haroldo estaba ocupado en rechazar otra invasión que terminó favorable a sus intereses.

Los ingleses no tenían barcos de guerra. Reunieron los barcos de pesca para impedir que los normandos desembarcasen en la costa meridional.

Esperaron durante cuatro meses, luego, agotadas sus provisiones, fueron licenciados. Los normandos, al arribar, no encontraron a nadie que los detuviera.

LA BATALLA DE HASTINGS

El ejército de Guillermo avanzó hasta Hastings, allí estableció un campamento fortificado y se dedicó al saqueo del territorio. Haroldo, que había vuelto a Londres, partió inmediatamente para detener al enemigo.

Todo el norte de Inglaterra, que acababa de librarse de los noruegos, obedecía entonces a una gran familia cuyos jefes, dos hermanos, llevaban el título de condes. No se movieron y Haroldo no tuvo a su lado más que un ejército era reducido.

Los mejores guerreros eran sus guardias, los husekarls, que combatían a la manera de los daneses, a pie, cubiertos con cota de mallas, protegidos con un escudo redondo. Llevaban espada, pero se batían principalmente con el hacha larga que manejaban con ambas manos.

El resto del ejército estaba formado por gentes del país llamadas para la defensa. Casi no había jinetes. Guillermo, por el contrario tenía caballeros cubiertos con cota de malla, que peleaban con lanzas, y arqueros que combatían a pie.

Haroldo mandó plantar la bandera del reino, un dragón, y su bandera propia en la parte mas alta de una colina. Alrededor de las banderas mandó colocar en orden de batalla a sus hombres.

Guillermo, al amanecer (14 de octubre), fue a una misa y comulgó. Luego alineó a sus hombres en tres batallones, en el centro los normandos, a la izquierda los bretones y los franceses del oeste, a la derecha los flamencos.

Los arqueros empezaron a lanzar sus flechas y mataron muchos ingleses; luego todos subieron la pendiente de la colina. Llegaron a ponerse en contacto con los ingleses que les lanzaban jabalinas.

Los husekarls, con sus hachas, derribaban a los jinetes y mataban a los caballos. Los jinetes normandos retrocedieron, arrastrando a su infantería, y el ataque francasó en este primer intento.

Guillermo ordenó un segundo ataque.Los normandos volvieron a subir por la colina y esta vez rompieron la línea inglesa en algunos puntos. Dos hermanos de Haroldo fueron muertos, pero los normandos resultaron otra vez rechazados.

Finalmente luego de un tercer intento Guillermo pudo saborear el éxito. A una orden suya los arqueros dispararon a lo alto sus flechas que caían a modo de lluvia sobre las cabezas de los ingleses inmóviles. No teniendo ya más jabalinas, los ingleses no podían hacer nada para defenderse.

Haroldo fue muerto y su cadaver había quedado en el campo batalla, Guillermo dio permiso para enterrarle, pero estaba tan desfigurado que nadie podía reconocerle.

Guillermo era ahora el dueño de Inglaterra!

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fuentes

Biografia de Enrique III de Inglaterra

Biografia de Enrique III de Inglaterra

Desde la conquista de Inglaterra por los duques de Normandía y la entronización de la dinastía de los Plantagenets, el país había vivido bajo un régimen feudal mitigado por la autoridad del monarca.

Éste, que a la vez era señor de extensos territorios en Francia, practicaba una «política de influencia en el Occidente de Europa, como se había visto bajo Enrique II y Ricardo Corazón de León.

Enrique III de Inglaterra
Rey de Inglaterra
(Junto a Enrique el Joven de 1170 a 1183) Predecesor Esteban I
Sucesor : Ricardo I
Coronación : 19 de diciembre de 1154
Nacimiento: 5 de marzo de 1133 Le Mans, Francia
Fallecimiento 6 de julio de 1189 (56 años) Chinon, Francia
Casa real Casa de Plantagenet
Padre Godofredo V de Anjou
Madre Matilde de Inglaterra
Consorte Leonor de Aquitania

Éste, que a la vez era señor de extensos territorios en Francia, practicaba una «política de influencia en el Occidente de Europa, como se había visto bajo Enrique II y Ricardo Corazón de León.

Pero en el siglo XIII la autoridad de la corte y la política exterior de los Plantagenets reciben durísimos golpes. Iniciada la decadencia durante el reinado de Juan Sin Tierra (1199-1216), la crisis constitucional inglesa se manifiesta bajo su hijo primogénito y sucesor, Enrique III, personaje dotado de varios de los elementos de un carácter distinguido, pero soñador, iluso, soberbio y extravagante, que no supo medir la realidad de los hechos ni acertar en las soluciones requeridas por los problemas planteados.

La Historia nos enseña que en su gobierno la monarquía de los Plantagenets estuvo al borde de la ruina y que, por otra parte, perdió la mayoría de las posesiones feudales que tenía en Francia.

Nacido el 1° de octubre de 1207, ascendió al trono de Inglaterra a la muerte de su padre Juan, ocurrida el 19 de octubre de 1216.

La situación del reino era deplorable: los nobles y los eclesiásticos amparábanse en las estipulaciones de la Carta Magna de 1215 para limitar el poder de la monarquía, y ésta se hallaba, además, amenazada por el pretendiente francés Luis (más tarde Luis VIII).

Irlanda sólo estaba sujeta nomi-nalmente; el País de Gales era de hecho independiente, y en Francia Felipe Augusto se había adueñado de todas las provincias de los Plantagenets al Norte del Loira.

Para rehacer aquel estado de cosas habría sido preciso un rey genial como Enrique II y no un niño caprichoso como Enrique III.

Apoyado por el Papado, el nuevo soberano pudo superar los difíciles años de su minoridad. En este período ejercieron la regencia primero Guillermo Marshal (hasta 1219) y luego Huberto de Burgh, los cuales, con el auxilio de los legados pontificios, pudieron hacer frente a las turbulencias del baronazgo.

Enrique III fue declarado mayor de edad en 1223 por el papa Honorio III; pero hasta 1227 no se encargó efectivamente del poder. Durante este tiempo, Luis VII de Francia había conquistado Poitou y sus anejos aquitanos.

La mayoría de edad de Enrique III coincidió con la muerte de Luis VIII, quien dejaba como rey a un niño, Luis IX.

Enrique quiso utilizar esta ocasión para recuperar las posesiones inglesas en Francia, proyecto que estuvo a la base de todas sus acciones gubernamentales. Pero si el momento era oportuno, él no supo proceder con tacto, decisión y energía. Fomentó rebeliones, comprometió intereses, se embarcó en locas aventuras, y, por último, fracasó por su incapacidad y cobardía.

Tal es la historia del ataque de 1230, realizado contra el Oeste de Francia, y la de la «ofensiva» de 1242, detenida por los franceses en Tailleburg. Este último fracaso fue coronado por la firma del tratado de Burdeos de 1243. Incluso le fue difícil conservar la Gascuña, que sólo fue pacificada por la mano de hierro del conde de Leicester, Simón de Montfort (1248).

En el interior, la política real corría de tropiezo en tropiezo. Enrique III mortificaba a todos sin lograr captarse la simpatía de nadie. Pobló el gobierno de extranjeros, en particular franceses de Poitou.

Ya en 1234 hubo un primer conato de rebeldía. Amenazado con la excomunión por el arzobispo de Canterbury, Edmundo Rich, Enrique III se vio obligado a desterrar a Pedro des Roches y sus satélites. Pero muy pronto los reemplazó por otras criaturas suyas, que debían su fortuna al capricho real o a la voluntad de la reina, Leonor de Provenza (1236).

En esta época concedió grandes prerrogativas a otro extranjero, Simón de Montfort, a quien dio la mano de su propia hermana (1238).

Esta falta de respeto a los principios constitucionales de Inglaterra, su política tributaria agotadora, su falta de palabra y de buen criterio, y el fracaso militar de 1242, prepararon la gran revuelta de 1258, una de cuyas palancas fue la asamblea o «parlamento» nacido de la frecuente demanda de subsidios.

La revuelta fue motivada por la sujeción del rey a la voluntad del Papado y la aceptación de la corona de Sicilia para su segundo hijo, Edmundo (1255). Simón de Montfort, que se había pasado a la oposición, fue aglutinando a los descontentos.

En 1258 éstos impusieron a Enrique III las Provisiones de Oxford y un Consejo de los Quince, encargado de tutelar al gobierno.

El rey, asegurado por el lado de Francia después del tratado de París de 1259 (por el que reconocía las conquistas de los Capetos en los territorios franceses de los Plantagenets), dio en 1261 un golpe de estado que le devolvió el poder.

Pero tres años más tarde fue derrotado ignominiosamente en Lewes (14 de mayo de 1264) por Simón de Montfort.

Aquí termina el reinado de Enrique III. Pues aunque no murió hasta el 16 de noviembre de 1272 en Westminster, la obra de restauración monárquica fue debida a su hijo Eduardo I.

Fue gracias a la política de este príncipe, que los legitimistas derrotaron a Montfort en Evesham (1265) y que se puso término a la guerra civil por el estatuto de Marlborough de 1267.

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OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
Biografia de Woodrow Wilson
Biografia de Chamberlain Joseph
Biografia de Cecil Rhodes
Biografia de Enrique III de Inglaterra
Biografia de Bonifacio VIII
Biografia de Boccaccio Giovanni
Biografia de Wyclef John
Biografia de Eduardo III de Inglaterra

Transiberiano Historia de su construccion Tren en Rusia Datos Interes

Transiberiano Historia de su construcción
Tren en Rusia y Datos Interes

El enorme Imperio ruso tuvo graves problemas de consolidación. Para evitar los movimientos nacionalistas se llevó a cabo un duro sistema de rusificación, obligando a los pueblos sometidos a utilizar la lengua rusa y persiguiendo las religiones que no fueran la oficial Iglesia ortodoxa rusa.

Otro problema era el derivado de la inmensidad del territorio y la dificultad de las comunicaciones. Para paliarlo, a partir de 1850 se intensificó la construcción de ferrocarriles que unieran las principales ciudades. La obra más ambiciosa fue la construcción del Transiberiano, que iba a unir el mar Báltico con el océano Pacífico. La construcción del Transiberiano se inició en 1891 y se realizó en dos etapas: de 1891 a 1904 hasta el lago Baikal, en el corazón de Asia, y de 1908 a 1916 hasta Vladivostok, puerto fundado por los rusos en 1860 como defensa frente a los posibles avances de Japón.

HISTORIA DEL FERROCARRIL TRANSIBERIANO: Costó trece años y 250 millones de dólares, pero el extenso Imperio Ruso finalmente estaba cruzado por vías en 1904. Sergei Witte, el ministro de finanzas ruso que había dirigido la construcción de los 8.800 Km. de vía del ferrocarril Transiberiano, lo calificó como «una de las mayores empresas del siglo en el mundo entero». La línea se extendía desde los montes Urales, en la Rusia europea, a través de la desolada Siberia y de Manchuria hasta Vladivostock, en el mar de Japón. «He dedicado mi cuerpo y mi alma a esta empresa», comentó un orgulloso Witte. Los críticos dijeron que había hecho un trabajo de primera clase construyendo un tren de tercera.

recorrido del transiberiano

El trazado poseía un diseño muy pobre, habla sido construido a bajo costo con materiales baratos, y era propenso al colapso. «Tras una primavera de lluvias», explicó un viajero, «el tren circulaba fuera de las vías como las ardillas». De hecho, en septiembre, cuando el tramo final del Transiberiano, en el peligroso sur del lago Baikal, estuvo finalmente colocado, el tren descarriló diez veces durante las pruebas.

Aun así, el ministro de finanzas declaró que la línea era todo un éxito. Rusia no tendría que esperar mucho: necesitó desesperadamente el tren para trasladar soldados y provisiones a través del continente, hacia Manchuria, donde la guerra ruso-japonesa se hallaba en su apogeo.

Irónicamente, la propia vía férrea fue una de las causas mayores de la guerra. Debido a las dificultades del terreno del este de Siberia, los constructores del Transiberiano, con permiso del gobierno chino, habían tomado un atajo hacia la costa a través de Manchuria.

Cuando la rebelión boxer estalló, Rusia desplegó miles de soldados en Manchuria para proteger su propiedad. Japón, que tenía sus propios planes para la región, se opuso frontalmente. Siete meses antes de que último riel fuese colocado empezó la guerra.

Datos de interés:

La construcción de la línea se dividió en varias secciones, bajo la dirección de diferentes ingenieros. La sección más occidental, que empezaba en Cheliabinsk, discurría casi en línea recta durante casi 1.500 kilómetros, a través de llanuras sin accidentes, pero no había árboles para hacer traviesas y sólo se podía trabajar al aire libre durante cuatro meses al año.

Las excavaciones se hacían con pico y pala; y para ahorrar dinero, las traviesas estaban más espaciadas que en Europa o Norteamérica y los raíles se hicieron con un acero mucho más ligero. Apenas se utilizaba balasto para asentar la vía, y en muchos lugares se tendían las traviesas directamente sobre la tierra.

A pesar de los problemas, se avanzó con rapidez, tendiendo una media de 4 kilómetros diarios de vías en verano. Los primeros 800 kilómetros de la sección occidental se inauguraron en septiembre de 1894. En agosto de 1895, la línea había llegado al Obi, uno de los ríos más largos de Siberia.

Los equipos construían puentes sobre la marcha: estructuras de madera sobre los arroyos y ríos pequeños, y construcciones más sólidas, de piedra y acero, sobre los ríos caudalosos como el Obi y el Yeniséi. Hicieron un buen trabajo, como demuestra el hecho de que muchos de los puentes de acero aún se mantienen en pie, a pesar de sufrir cada primavera el impacto de miles de toneladas de hielo contra sus pilares de piedra, cuando comienza el deshielo.

El frío se cobró innumerables vidas, ya que los obreros trabajaban apenas sin protección, a unos treinta metros de altura sobre las aguas congeladas, y a veces se quedaban tan agarrotados que no podían agarrarse a los asideros y caían al hielo. Muchos de los albañiles eran italianos, que ganaban 100 rublos al mes.

El acero fundido para los puentes se traía de los Urales, el cemento de San Petersburgo, los cojinetes de acero de Varsovia, y todo llegaba por la vía recién tendida, con lentitud desesperante.

El recorrido atraviesa siete husos horarios distintos. La duración total del viaje depende del servicio en cuestión, pero el promedio es de ocho días y siete noches.

A intervalos regulares a lo largo del trayecto se cambian las locomotoras, se comprueban los bogies, según se deduce del sonido metálico producido al golpear una barra de acero, y se bombea el agua fresca necesaria para el suministro del tren por medio de mangueras.
La mayoría de las composiciones tienen más de 500 metros de coches de pasajeros.

Rusia y Mongolia se caracterizan por su ancho de vía (trocha) ancha, mientras que China utiliza el ancho de vía (trocha) estándar, por lo que hay un cambio de ancho de vía (trocha). Esto implica que las formaciones que viajan hacia o desde China no pueden cruzar la frontera directamente, sino que cada coche de pasajeros debe ser levantado para que sus bogies sean cambiados. Esta operación, junto con los trámites de aduana y el control de pasaportes, puede hacer que el cruce de la frontera demande varias horas.

Cuanto menor es el número que el tren lleva como identificación, menos paradas hace y por lo tanto más rápido es el viaje. No obstante, el número del tren no supone diferencias en cuanto a los tiempos requeridos en el cruce de fronteras.

Hay dos clases de acomodos: blando, con asientos totalmente tapizados; y duro, con asientos de plástico o de cuero. Los dos tipos de asientos se convierten en camas para viajar de noche. El tipo de acomodo blando consiste en grandes compartimentos tipo europeo con 2 ó 4 literas, mientras que el tipo de acomodo duro consiste en compartimentos de cuatro literas o en coches sin compartimentos. El menú del tren tiene 18 páginas.

Fuente Consultada: Wikipedia, El Gran Libro del Siglo 20 (Clarín) y La Ciencia en el Siglo XX – Tomo II   

La Industria textil en Gran Bretaña Algodon y la Revolucion Textil

La Industria Textil en Gran Bretaña:Algodón

Invención del telar La Máquina a Vapor Los Transportes Primera Revolución Agrícola

Historia de la Industria Textil Británica: la industria algodonera:

La Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII vio producirse cierto crecimiento de su mercado interior, ligado a las consecuencias favorables de su revolución burguesa y a la transformación que estaba experimentando su agricultura.

En el siglo XVIII, Gran Bretaña encabezaba la producción de bienes de algodón baratos, mediante el uso de los métodos tradiciones de la industria doméstica. El desarrollo de la lanzadera volante cremento la velocidad del proceso de tejido en un telar, lo cual le permitió a los tejedores duplicar la producción.

Sin embargo, esto provocó escasez de hilo, hasta que la máquina de hilar de James Hargraves, perfeccionada en 1768, permitió a los hilanderos fabricar subproducto en mayores cantidades. La máquina de hilar de sistema hidráulico, cuyo inventor fue Richard Arkwright, impulsada por agua r caballos, y la llamada muía de Samuel Crompton —que com- ioa aspectos del sistema hidráulico y de la máquina de hilar— cementaron aún más la producción de hilo.

El telar mecánico, untado en 1787 por Edmund Cartwright, permitió que el proceso ejido de ropa se coordinara con el proceso de hilado. Incluso, los primeros telares mecánicos eran demasiado ineficientes, lo que permitía que los tejedores manuales domésticos siguiesen prosperando,al menos, hasta mediados de la década de 1820.

Después de esa fecha fueron sustituidos de manera gradual por las nuevas máquinas. En 1813 había 2400 telares mecánicos en operación en Inglaterra; aumentaron hasta 14.150 en 1820; en 1833 ya eran 100.000, y para 1850 llegaron hasta 250 000. En Inglaterra, en la década de 1820 todavía había 250 000 tejedores manuales; en 1860, sólo quedaban 3000.

HISTORIA: John Kay patentó en 1733 la lanzadera volante, que había de mejorar considerablemente la productividad del tejido; pero esta invención no tuvo efectos inmediatos, entre otras razones porque se hacía preciso aumentar en el mismo grado la productividad del hilado, si se quería evitar que se produjese un estrangulamiento de difícil solución. Si no hubiera sobrevenido ningún cambio externo al sistema, es posible que esta situación hubiera conducido a abandonar la invención de Kay —como ocurrió con otros inventos en el transcurso del siglo XVII— o a una lenta readaptación de toda la industria algodonera, con imprevisibles consecuencias humanas. Pero el cambio se produjo, dado que sobrevino un estímulo capaz de salvar la situación.

El comercio exterior británico dependía en buena parte del tráfico con los tejidos de algodón de la India (las indianas); a mediados del siglo XVII, la Compañía Inglesa de las Indias Orientales comenzó a tropezar con dificultades para aprovisionarse de tejidos indios, y dirigió su demanda al propio mercado británico. La existencia de esta demanda explica el interés que suscitó la renovación de los métodos de hilado, que desembocó en una serie de innovaciones harto conocidas.

La spin-nini-Jenny de Hargreaves (inventada en 1764 y patentada en 1770) comenzó funcionando con 16 husos a la vez, manejados por un solo operario, y acabó conteniendo más de 100 husos: en 116’J Arkwright patentó el water-frame, una máquina que ya no era apta para la industria doméstica, sino que había sido proyectad; para funcionar en una factoría, empleando la fuerza hidráulica ; el vapor; pocos años más tarde (1779), la mulé de Crompton combinó los principios de la spinning-jenny y del water-frame, en 1785 se comenzaron a utilizar las nuevas máquinas de vapor de Watt para hacer funcionar una fábrica de hilados. El resultado de la aplicación de estas innovaciones era que, hacia 1812. un hilador podía hacer tanto trabajo como hacían doscientos mediados del siglo xvm.

Naturalmente, estos perfeccionamientos en el hilado no sólo permitieron emplear la lanzadera volante de Kay, sino que suscitaron nuevas innovaciones en el tejido (como el telar mecánico de Cartwríght, introducido a comienzos del siglo XIX), e incluso en otros aspectos de la producción algodonera (el blanqueo por cloro, que suprimía el engorroso y largo blanqueo al sol, con las telas extendidas en los prados de indianas).

Esta sucesión increíble de innovaciones en el transcurso de treinta años (mucho más numerosas e importantes que las que se habían registrado en »’cualquier sector de la industria textil en los trescientos años anteriores) no podría explicarse si no hubiese habido una, considerable expansión en la producción, única circunstancia que podía justificar tantas y tan costosas inversiones en renovación de utillaje.

En efecto, de 1780 a comienzos de siglo XIX las exportaciones británicas de tejidos de algodón se multiplicaron por diez. Paralelamente, los aumentos de productividad permitían reducir hasta la sexta parte los precios de algunos productos. Transformaciones semejantes en el breve plazo de dos o tres décadas no se habían producido nunca con anterioridad. No cabe duda de que nos hallamos ante un fenómeno tan nuevo y de tanta magnitud que no es exagerado calificarlo de revolucionario; como ha señalado Hobsbawm, este salto hacia delante que dio nacimiento al desarrollo económico moderno es uno de los hitos fundamentales de la historia de la humanidad.

En el plano del comercio internacional, la transformación de la industria algodonera británica hizo posible que los comerciantes ingleses dominaran el mercado mundial en una forma y a una escala que no se habían dado jamás. Inicialmente, estos tejidos de algodón se destinaban a un comercio triangular: eran llevados a África a cambio de esclavos; estos esclavos se transportaban a las plantaciones norteamericanas para venderlos y adquirir algodón en rama, que conducía entonces a la metrópoli.

A la metrópoli se llevaban además los beneficios, porque el fabuloso aumento de la productividad permitió mantener los precios del mercado internacional, e incluso bajarlos considerablemente, y realizar enormes beneficios, que nos ayudan a entender el entusiasmo por efectuar inversiones industriales. Este entusiasmo se explica también por el hecho de que la capacidad de expansión del mercado ultramarino parecía infinita: la India fue sistemáticamente desindustrializada a comienzos del siglo XIX y se convirtió, paradójicamente, en uno de ios mayores importadores de tejidos de algodón británicos; la América española, una vez emancipada, cayó también bajo el dominio del comercio inglés.

Por otra parte, la expansión del comercio ultramarino de tejidos favoreció el proceso general de perfeccionamiento de la industria y la puso en situación de adueñarse del propio mercado europeo. Pasaron muchos años antes de que otros países europeos iniciaran el mismo camino y se situaran en condición de poder competir con los tejidos de algodón británicos. Para entonces, los beneficios acumulados en Gran Bretaña eran enormes, y en buena parte se habían invertido ya en otras ramas de la producción.

Se ha discutido mucho acerca de si la simple expansión de la industria algodonera pudo haber causado el «despegue» en el proceso de crecimiento económico autosostenido que encontramos en Gran Bretaña en el siglo XIX. Quienes objetan esta posibilidad señalan el hecho de que la industria algodonera adquiría su materia prima en el extranjero y hacía pocas demandas de bienes o servicios a otros sectores de la propia economía británica. Pero esta objeción, planteada al nivel estático de los intercambios entre diversas industrias en un momento dado, ignora toda una serie de factores importantes que se escapan del enrejado de una tabla input-output.

La revolución de la industria algodonera motivó una serie de cambios que, si inicialmente provocaron la transformación de la sociedad británica, acabaron influyendo sobre la propia economía. Apareció, en primer lugar, un proletariado urbano: un ejército de mano de obra industrial, dispuesto a emplearse donde y cuando se precisase. No es seguro que estos campesinos desarraigados, hacinados en los suburbios de las ciudades industriales, mejoraran su nivel de vida en las primeras décadas de la revolución industrial; más bien parece haber ocurrido lo contrario.

Pero sus necesidades de alimentos estimularon la comercialización de la agricultura, y su demanda de bienes de consumo ayudó a crear un mercado interior para la propia producción industrial. También al nivel de los empresarios se produjeron cambios sustanciales: los rendimientos decrecientes del comercio internacional, en el que existía fuerte competencia, vinieron a poner de relieve lo excepcional de los beneficios industriales, y fomentaron ulteriores inversiones en la industria en general, no sólo en la algodonera.

La vida entera de la Gran Bretaña se había transformado, la sociedad británica había iniciado un camino irreversible, hacia la industrialización, dando origen al capitalismo actual.

PARA SABER MAS…
HILANDERÍA PERPETUA

Samuel Slater se fijó en la memoria los mecanismo una fábrica de algodón cuando emigró a América en 1790. De este modo burló la ley que prohibía la exportación de maquinaria de Inglaterra. En la nueva fábrica de tejidos de Slater, en Pawtucket; Rhode Island, se producía con tanta velocidad, que las plantaciones algodoneras del sur no pudieron abastecer suficiente algodón en rama.

Cada trabajador de las plantaciones necesitaba por lo diez horas para separar las pequeñas semillas incrustadas en tres libras de algodón. Eli Whitney salvó tanto a los dueños de las plantaciones como a la fábrica de Slater con el invento de su famosa desmotadora de algodón.

El invnto consistía en un aparato que utilizaba dientes metálicos sobre una rueda, con ranuras tan juntas, que las semillas se desprendían del algodón, el cual pasaba a través de un tamiz de alambre, impulsado por cilindros provistos de espigas que giraban uno contra otro. Un cepillo giratorio quitaba las semillas de los cilindros.

Este nuevo invento hizo posible que cada trabajador de las plantaciones produjera un mínimo de 50 libras de algodón por día. La súbita afluencia de cargamentos de algodón cada vez mayores a la íábrica de Slater indujo a éste a abrir una nueva fábrica tras otra, con lo cual se inició la era mecánica en América. La producción de algodón aumentó de 63.500 kilos a 57 millones de kilos una generación después de la invención de la desmotadora de algodón.

Por su parte, en Inglaterra, la máquina de vapor de Watt influyó poderosamente en el desarrollo de la industria textil. Las fábricas no necesitaron más las caídas de agua para hacer girar sus ruedas. En 1810 había 500 fábricas de hilados equipadas con máquinas Watt. Diez años más tarde funcionaban cinco millones de lanzaderas.

La fábrica de algodón estuvo íntimamente vinculada a oíros inventos. En 1801 Jacquard inventó el telar automático. El telar de Jacquard se basaba en el mismo principio de una pianola. El diseño del tejido era determinado por un número de clavijas montadas sobre una cadena, unidas mediante tarjetas horadadas con largos vastagos de hierro.

Los vastagos cuyos extremos no penetraban en los agujeros de las tarjetas horadadas levantaban los,hilos de la malla. Mediante el uso continuado de un determinado juego de tarjetas, podía hacerse en el tejido un dibujo con hilos de distintos colores.

Posteriormente, el telar se automatizó más al lograr que pudiera insertarse una bobina de hilo sin necesidad de detenerse. Esto se consiguió medianil una lanzadera de enhebrado automático.

Luego se introdujo un cortador especial, que corlaba los dos extremos de la trama. Con estos y otros aparatos automáticos, pronto, un operario pudo atender dieciséis telares a la vez. En 1857 la maquinaria de las hilanderías era resultado de alrededor de 800 inventos, y un solo obrero vigilaba 80 telares o más. Medio millón de tejedoras mecánicas producían una cantidad de telas que hubiese requerido diecisiete millones de tejedoras manuales.

Actualmente los hilados artificiales están dominando. Una masa plástica se transforma en finos chorros que recorren más de trescientos metros. En este proceso se desulfuran, se blanquean, se lavan, se secan y se unen en una bobina, todo ello en seis minutos de operación automática, merced a los ágiles dedos del Hombre Mecánico.

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Segunda Etapa de la Revolucion Industrial: El Hierro y el Ferrocarril

La segunda etapa de la revolución industrial: la siderurgia y el ferrocarril

Cuando la industria algodonera parecía estar agotando sus posibilidades de engendrar nuevas transformaciones en el seno de la economía británica, la siderurgia vino a iniciar una segunda y más importante etapa de transformación, que tendría como con secuencia el que se formase una gran industria de bienes de producción.

Hemos dicho anteriormente que la siderurgia se presentaba ya en el siglo XVII en factorías relativamente grandes y avanzadas, en contraste con la pequeña industria textil artesanal.

Pero una serie de graves dificultades obstaculizaban su crecimiento; en contra de la opinión común, la historia de la siderurgia británica es un ejemplo de cómo unas condiciones naturales adversas pueden ser superadas por una industria dinámica, estimulada por la demanda de un mercado en expansión.

En primer lugar tenemos la carencia de combustible: el carbón vegetal escaseaba en Gran Bretaña y el carbón mineral no podía usarse en la siderurgia, ya que los gases sulfurosos desprendidos en la combustión dañaban la calidad del metal. Durante buena parte del siglo XVII la producción de hierro siguió efectuándose en hornos de carbón vegetal, lo que obligaba a establecerlos en zonas de bosques (general mente alejadas de los centros de consumo) y a cambiarlos de emplazamiento cuando el combustible se agotaba en un lugar.

A esto hay que añadir la baja calidad de los minerales de hierro británicos, que no podían, en modo alguno, competir con los suecos. Una y otra dificultad fueron superadas con la introducción del coque en la siderurgia, pero esta introducción no fue el resultado de un hallazgo técnico afortunado, sino de dos siglos de lucha, culminados en el siglo XVII en una serie de etapas que significaron sucesivas victorias parciales: los esfuerzos de la familia Darby (imagen izq.) por hallar el tipo de coque adecuado, la introducción de los procedimientos de pudelaje y laminado patentados por Core (1783-1784), y, sobre todo, la aplicación de la máquina de vapor de Watt, que solucionó no sólo los problemas de forja, sino el más vital de asegurar la inyección de aire necesaria para la combustión regular del coque.

El resultado final de toda esta serie de perfeccionamiento» fue de importancia trascendental, ya que permitió asentar establemente los hornos siderúrgicos junto a las minas de carbón (que solían coincidir con los yacimientos de mineral de hierro) y realizar todas las operaciones en un mismo lugar, desde la extracción del mineral hasta la elaboración final de las mercancías construidas en metal.

Esta concentración hizo nacer grandes imperios industriales, integrados por minas, hornos, fábricas y almacenes, como el de John Wilkinson, quien llegó a acuñar su propia moneda. Consecuencia mucho más importante fue, sin embargo, la de haber reducido extraordinariamente los costes de producción del hierro británico: sus precios bajaron espectacularmente, y a comienzos del siglo XIX eran ya mucho más bajos que los del hierro sueco.

Este conjunto de circunstancias favoreció el rápido crecimiento de la producción siderúrgica, que entre 1788 y 1806 llegó casi a cuadruplicarse. Inicialmente, esta expansión estaba ligada a la demanda derivada de las necesidades militares (aunque el abaratamiento del hierro estaba extendiendo paralelamente su uso a la construcción de máquinas y de utillaje agrícola) y el término de las guerras napoleónicas amenazó con yugular su crecimiento. Para remediar la crisis, se intentó emplear el hierro en las más diversas aplicaciones: construcción de puentes, edificación de viviendas, etc.

Se llegó incluso a experimentar la pavimentación de calles con hierro. Pero el gran estímulo que permitiría superar la crisis y abriría una nueva y mayor etapa de expansión hubo de venir de una actividad que inicialmente se había desarrollado para atender a las necesidades de la minería y de la siderurgia: el ferrocarril. El ferrocarril era conocido desde mucho antes, si bien reducido a la tracción animal o a trayectos en que fuese posible depender de la fuerza de un motor fijo, aplicada por medio de un cable, a la manera de los funiculares. Se habían establecido incluso líneas de pasajeros con vehículos de tracción animal.

La gran revolución se produjo con el perfeccionamiento de la locomotora de vapor: el éxito obtenido por la línea Liverpool-Manchester  (sus acciones doblaron de valor en menos de tres años) provocó una sucesión de «manías ferroviarias» entre 1830 y 1850, atrayendo a esta clase de empresas los capitales de multitud de pequeños inversores, absolutamente ajenos hasta entonces a cualquier actividad industrial.

En otro lugar hablaremos de la influencia que el ferrocarril ejerció en la integración de los mercados nacionales; lo que ahora nos interesa es que la construcción de líneas férreas motivó un gran aumento en la demanda de hierro, acero y carbón, y significó un nuevo y revolucionario estímulo para la expansión de la minería y de la siderurgia: entre 1830 y 1850, la gran etapa de la construcción ferroviaria en Gran Bretaña, la producción británica de hierro y de carbón se triplicó.

Cuando la red ferroviaria estuvo construida, nuevas actividades, suscitadas en su mayor parte por la propia revolución industrial, vinieron a absorber la producción siderúrgica, e incluso a inducir nuevas etapas de expansión en la misma.

También la industrialización de otros países (y la construcción de sus redes ferroviarias) presionó sobre la siderurgia británica,- ya fuese directamente, ya a través de las adquisiciones de maquinaria. Hacía 1850, el proceso de la revolución industrial británica había llegado a su culminación y el crecimiento económico podía considerarse asegurado.

Los setenta años transcurridos desde 1780 habían visto producirse una serie de reacciones en cadena que dieron lugar al nacimiento de una industria de tipo nuevo, surgió como parte integrante de un sistema económico cuyo crecimiento tenía su punto de partida en fuerzas engendradas en su mismo interior.

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Primera Revolucion Industrial Del Siglo XVIII Resumen

PRIMERA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL DEL SIGLO XVIII

Introducción: Hasta fines del siglo XVIII, la economía europea se había basado casi exclusivamente en la agricultura y el comercio. Lo que hoy llamamos productos industriales eran, por entonces, artesanías, como por ejemplo los tejidos, que se fabricaban en casas particulares. En una economía fundamentalmente artesanal, el comerciante entregaba la lana a una familia y ésta la hilaba, la tejía y devolvía a su patrón el producto terminado a cambio de una suma de dinero.

Esta forma de producción se modificó notablemente entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX. El país donde comenzaron estos cambios fue Inglaterra. Allí se daban una serie de condiciones que hicieron posible que, en poco tiempo, se transformara en una nación industrial; lo que permitió impulsar la inventiva y aplicarla a la producción y a los transportes.

Surgieron entonces los telares mecánicos, que multiplicaban notablemente la cantidad y la calidad de los productos, y los ferrocarriles y los barcos de vapor que trasladaron los productos de Inglaterra.  

Este período, conocido como la Revolución Industrial, fue posible porque:

* Este reino disponía de importantes yacimientos de carbón, el combustible más usado en la época. También, poseía yacimientos de hierro, la materia prima con la que se hacían las máquinas, los barcos y los ferrocarriles;

* La burguesía (ver Vocabulario) inglesa había acumulado grandes capitales a partir de su expansión colonial y comercial;

* Las ideas liberales, muy difundidas en la Inglaterra de esa época, favorecían la iniciativa privada. A esto se sumaban las garantías que daba un parlamento que representaba también los intereses de esta burguesía industrial y comercial.

* La marina Mercante inglesa era una de las más importantes del mundo. Esto garantizaba a los productores de ese país una excelente red de distribución en el orden mundial.

 OCUPADOS Y DESOCUPADOS

A lo largo del siglo XVIII fue cambiando también la modalidad de explotación de la tierra: rotación de cultivos, uso de algunos fertilizantes, mejoras en el instrumental de labranza, reducción del personal al mínimo imprescindible. En los lugares en que se aplicaban estos cambios generalmente en las tierras de las personas más pudientes se tendió a aumentar la producción y, en consecuencia, a bajar los precios. A su vez, los campos fueron cercados y los grandes propietarios, conscientes de los beneficios que les brindaba el nuevo sistema, se adueñaron de las tierras de los campesinos quienes, de esta manera, se quedaron sin nada.

Esto provocó que muchos comenzaran a trasladarse hacia los centros urbanos en busca de trabajo. En las ciudades que comenzaron a llenarse de establecimientos industriales, las familias numerosas se veían en serias dificultades, porque siempre la cantidad de puestos de trabajo era menor que la masa de obreros sin empleo. Los campesinos no paraban de llegar a las ciudades y esto empeoraba las cosas: ante tanta oferta de mano de obra, los patrones rebajaban los sueldos y hasta despedían a los que estaban trabajando para tomar niños y pagarles menos.

En los grandes centros industriales ingleses, como Manchester, Londres y Liverpool, los desocupados se contaban por miles.

VOCABULARIO

Burguesía:  clase social surgida a partir del siglo xii en los centros comerciales medievales europeos, llamados «burgos». Estuvo en sus inicios dedicada al comercio (burguesía comercial) y se constituyó, rápidamente, en un grupo poderoso que llegó a disputarles el poder a los señores feudales. Opusieron al sistema feudal cerrado el sistema capitalista, basado en la moneda y el trabajo asalariado.

La riqueza ya no será sólo la inmueble (las tierras), ahora también habrá una riqueza mueble: el dinero y las mercancías, que eran las propiedades de la burguesía. En el siglo XVIII, durante la Revolución Industrial, la burguesía propietaria de industrias se llamó burguesía industrial.

Los patrones sacaban provecho de esta dramática situación extendiendo las jornadas laborales hasta 15 y 17 horas diarias en fábricas que no reunían las mínimas condiciones de seguridad e higiene y pagando, además, salarios miserables

.El creciente deterioro de esta situación en las décadas siguientes provocaría una lenta estrategia de nucleamiento de los trabajadores en distintas agrupaciones de diferente tenor ideológico, pero todas confluyendo en la intención de reclamar por sus derechos.

EL CAPITALISMO INDUSTRIAL 

El maquinismo exigió una importante inversión de capitales. Hasta ese momento la burguesía los destinaba a los bancos y al comercio, pero notó el importante negocio que significaba producir a más bajo costo y en grandes cantidades. Así nació la burguesía industrial, integrada por los dueños de las grandes fábricas, que pondrán fin a los pequeños talleres artesanales.

Frente a esta nueva realidad, los artesanos que trabajaban por su cuenta, tenían una sola opción: trabajar para esas fábricas y cerrar sus talleres. A este sistema se lo llamó capitalismo industrial, porque la industria será el nuevo centro de producción del capital al que estarán lógicamente asociados la banca financiando la producción y las ventas y el comercio.

Las grandes ganancias generadas por la actividad industrial no serían reinvertidas en su totalidad, en ese sector. Los dueños de las fábricas advirtieron la conveniencia de diversificar sus inversiones y destinar parte de su capital a la creación de bancos, entidades financieras y compañías de comercio que distribuían la mercadería que producían sus fábricas.

 La Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores). Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

Esta situación llevó a varios pensadores de la época a sostener que el enfrentamiento entre estos dos grupos sociales (la lucha de clases) continuaría siendo ineludible y a la vez la condición básica para el surgimiento de una sociedad más igualitario.

LAS CONDICIONES DE TRABAJO MALSANAS Y AGOTADORAS

El aire caliente y húmedo, que es el que más reina en las fábricas de hilados y tejidos, es altamente debilitante; produce abundantes sudores; languidez muscular y debilidad en el sistema gástrico, acompañada de poco apetito; respiración lenta y penosa; movimientos pesados y difíciles; la sangre no se arterializa debidamente; las impresiones e ideas se obtunden y el sistema nervioso se entorpece.

Aunque nuestros obreros no perciben estos síntomas, propios de una temperatura fuertemente cálida, no por eso deja de sentirlos su naturaleza, que insensiblemente va tomando todos los caracteres del temperamento linfático, al que conduce esta temperatura […].

El tejedor, bajo cuyas narices se forma la borrilla, la absorbe con sus inspiraciones anhelosas, ocupando ésta el lugar reservado al oxígeno, que en vano piden los pulmones.

He aquí la causa del ahilamiento y de la debilidad de algunos desgraciados tejedores, a quienes la necesidad obliga a pasar 14 y más horas diarias unidos a un telar, manteniendo el cuerpo en constante corvadura, siendo su pecho sin cesar conmovido por el bracear de la lanzadera, y las percusiones del balancín contra cada uno de los hilos de la trama; he aquí la causa de esa enfermedad, que comenzando por una tos cada vez más fuerte y más difícil, llega a tener todas las apariencias de una tisis pulmonar, siendo llamada por los médicos de los distritos manufactureros tisis algodonera, o pneumonía algodonera; nombres significativos de una enfermedad cruel, cuyas víctimas van a morir a los hospitales en la flor de la edad; porque, como esta operación no exige fuerzas musculares, se encarga a las mujeres y a los jóvenes de pocos años.

SALARICH: Higiene del tejedor. Vich, 7858.

 LOS AVANCES TÉCNICOS

 La Revolución Industrial le permitió a Inglaterra transformarse rápidamente en una gran potencia. Por su parte, el invento del ferrocarril agilizó el traslado de la mercadería y abarató los productos; a la vez que, al mejorar la circulación y las comunicaciones, acercó las distintas regiones. En ese contexto, para el resto de los países era muy difícil competir con los productos ingleses.

Por ejemplo, en 1810, cuando después de la Revolución de Mayo, Buenos Aires se abrió al comercio libre con Inglaterra, un poncho inglés costaba 10 veces menos que uno producido en los telares artesanales de Catamarca confeccionado en un tiempo mayor. La apertura comercial perjudicó muy seriamente a las artesanías y pequeñas industrias del interior hasta, casi, eliminarlas.

Pero Gran Bretaña no sólo exportaba productos textiles, sino también maquinarias, capitales y técnicos para la construcción de ferrocarriles. Los países que establecían contratos con estas compañías debían tomar créditos con bancos ingleses muchas veces, vinculados a las compañías para financiar las obras. Estos países quedaban de por vida dependiendo de Inglaterra, por las deudas contraídas y por las necesidades técnicas y de repuestos que solo proveían las empresas constructoras inglesas.

ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO

Con la Revolución Industrial también crecen los conflictos sociales. A muchos capitalistas no les importaba que sus trabajadores, a veces niños de siete años, trabajaran 12 ó 14 horas por día en condiciones insalubres, con graves riesgos físicos. Su única preocupación era aumentar la producción al menor costo posible, es decir, pagando el salario más bajo que se pudiera, aprovechándose de la gran cantidad de desocupados que había. Esta situación de injusticia llevó a la aparición de los primeros sindicatos de trabajadores y de huelgas en demanda de aumentos de sueldo y de mejoras en las condiciones de trabajo. La unión de los trabajadores posibilitó la sanción de las primeras leyes protectoras de sus derechos y, consecuentemente, el mejoramiento progresivo de su calidad de vida.

El avance de la burguesía industrial implicó, a su vez, un proceso de cambios en la vida de muchas personas. Pero sobre todo, en la de aquellos que se incorporan en condición de obreros, en el trabajo fabril. Algunos provenían del campo: eran antiguos labradores que habían sido expulsados de sus parcelas para criar ovejas y producir lana destinada a la naciente industria textil.

Otros eran artesanos que, al no poder competir con la industria, se vieron obligados a ingresar en e taller, Antes, la mayoría de ellos producían en sus Parcelas o talleres, para satisfacer sus necesidades de uso (alimentación, vestido, etc.). Ahora, comenzaban a producir para el dueño de la fábrica que aspiraba a vender mercancías y enriquecerse. Antes, el tiempo y el ritmo del trabajo eran auto controlados; ahora, la intensidad del trabajo la establecerá el propietario del taller. En el pasado, sus jornadas de labor con su mujer e hijos eran extensas y anotadoras como ahora; pero ese tiempo de trabajo era su propio tiempo y eran ellos quienes disponían de él.

Para las nuevas formas de producción, el tiempo es oro y la burguesía necesitó intensificar los ritmos de producción La «socia» para lograr este fin fue la máquina que obligó al obrero a seguir el ritmo que ella le imponía, y también las multas a todo obrero que estuviera fumando, cantando, rezando o realizando cualquier acción que pudiera perturbar la labor marcada por el cronómetro, ahora dueño del tiempo en la fábrica

 A LA LUCHA

En este clima de obligaciones y de ritmo tan exigentes, la taberna será el único lugar de libertad para los trabajadores, y en ellas cerveza mediante, comenzarán a buscar la forma de organizarse para resistir. Al comienzo, dichas resistencias se expresarán en revueltas callejeras contra el alza de precio del pan o en peticiones al Parlamento. Pero al crecer los reclamos, se prohibieron las asociaciones obreras en 1799. Entonces, los obreros recurrieron a la acción directa: comenzaron a atacar las casas o talleres de sus patrones para exigir mejoras.

Se dice que un joven aprendiz, enojado con su maestro, resolvió el conflicto dándole un martillazo al telar. Estaba agotado. El destructor de la máquina se llamaba Ned Ludd, y por esto se llamará luddista al movimiento que entre 1812 y 18 17, en medio de una gran crisis económica, amenazará a sus patrones y realizará ataques sistemáticos a las máquina. Hoy no es claro si los ludistas veían en las máquinas la causante de sus penurias o si era ésa la única forma que habían encontrado de hacerse escuchar en una sociedad sorda a sus reclamos.

Recién al calor de un ciclo de prosperidad económica, se legalizarán las asociaciones obreras en 1824 y los trabajadores comenzarán nuevas búsquedas para mejorar su situación: la creación de cooperativas obreras de producción y luego, la «Carta al Pueblo», de la Asociación de Trabajadores en 1837. Para ello plantearon: el sufragio universal y secreto, suprimir la obligación de ser propietario para ser parlamentario y que la labor legislativa fuese remunerada. Estos últimos pedidos eran claros: los trabajadores son ciudadanos, aunque no tengan riquezas, y deben participar en la toma de decisiones. (ver:El Movimiento Obrero)

LA IGLESIA Y LA CUESTION SOCIAL

Durante la primera mitad del siglo XIX, la Iglesia católica comenzó a manifestar su preocupación frente a la presencia de un proletariado empobrecido y en constante aumento. La Iglesia ,adopta soluciones que pasaban por la caridad. En Francia, por ejemplo, fue creada la Sociedad de Moral Cristiana, de la que surgieron numerosas instituciones cajas de ahorro y sociedades de socorros mutuos. La Sociedad tenía un comité para el perfeccionamiento moral de los presos y otro para la ubicación de éstos.

Hacia 1891, el Papa León XIII dictó la encíclica Rerum Novarum en la que la Iglesia trató problemas propios del mundo contemporáneo, como el salario, y expresó su preocupación por las condiciones de vida de los trabajadores.

Pío X, el Papa que sucedió a León XIII, desatendió el reformismo religioso de su antecesor e impulsó el integrismo concepción religiosa por la cual la vida profana (es decir, aquella que no se ajustaba a los principios religiosos) debía subordinarse a los principios inmutables del catolicismo, como también, a las decisiones que la Iglesia adoptara. De este modo, todo católico permanentemente debía dar muestras indudables de profesar una fe íntegra y absoluta.

La Revolución Industrial y las ciudades

A partir de mediados del siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en otros países de Europa Occidental, se desarrolló un conjunto de profundas transformaciones técnicas, económicas y sociales: la Revolución Industrial. La instrumentación de nuevos conocimientos científicos y técnicos en la industria permitió el uso de fuentes de energía inanimada (leña, carbón, petróleo). La difusión de innovaciones como la máquina de vapor aumentó enormemente la productividad de las industrias y. aplicadas a los nuevos medios de transporte (ferrocarriles, buques de vapor) permitieron alcanzar velocidades nunca vistas hasta entonces.

La Revolución Industrial produjo enormes transformaciones en la organización del espacio geográfico. Las fábricas demandaban una cantidad creciente de trabajadores, lo que estimuló la concentración de población en las ciudades. Pero esta concentración fue también el resultado de los cambios que se estaban produciendo en las áreas aírales: el aumento de la productividad agrícola había reducido la mano de obra necesaria y el cercamiento de los campos dejó sin tierras1 a miles de campesinos.

Las masas rurales desempleadas y empobrecidas migraron hacia las ciudades, donde muchos encontraron trabajo en la industria, aunque con salarios bajos y jornadas extenuantes.

Así se inició un proceso de urbanización sin precedentes. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, el 10 % de la población total vivía en ciudades de más de 100.000 habitantes; cuarenta años después, ese porcentaje se había duplicado.

Las condiciones de vida en las grandes ciudades industriales eran pésimas. .Las fábricas solían ubicarse cerca del centro de las ciudades generando mido y contaminación. Las familias obreras vivían hacinadas en edificios deteriorados. No había instalaciones adecuadas de agua potable y cloacas.

Enfermedades como el cólera asolaban periódicamente las ciudades. No es de extrañar que los más ricos huyeran del centro para vivir en los suburbios, donde edificaban sus residencias. El desarrollo de los ferrocarriles facilitó esos traslados. A partir de mediados del siglo XLX, comenzaron a tomarse algunas medidas sanitarias que ayudaron a mejorar lentamente las condiciones de vida.

Hacia siglos que se venía usando la energía hidráulica (del agua) para mover la máquinas; por eso las industrias estaban localizadas junto a las corrientes de agua. Sólo después de 1768, cuando se inventó la máquina de vapor, las fábricas pudieron instalarse en cualquier lugar, aunque se situaban preferentemente cerca de la cuencas hulleras.

El ingeniero Inglés Thomas Newcomen construyó la primera máquina de vapor en 1709, pero sólo servía para drenar los campos. En I 768, James Watt perfeccionó el diseño original de Newcomen para que pudiera adaptarse a la maquinaria de las fábricas.

En 1764, James Hargreaves inventó la «splnning jenny «, una máquina que, gracias a sus 100 husos, podía hilar 100 hilos de algodón a la vez. Antes ,el algodón se hilaba a mano en las casas. La nueva hiladora acabó con esta industria doméstica, y los trabajadores se concentraron en las fábricas, dando lugar al nacimiento de un verdadero proletariado fabril.

Algunos artesanos veían la proliferación de las fábricas como una amenaza para su trabajo e independencia. En 1810, un grupo de trabajadores, conocidos como. Ludistas, rompieron las máquinas para protestar por sus nuevas condiciones de trabajo. Este dibujo muestra el líder ludista disfrazado de mujer.

Durante la Revolución Agraria, los granjeros empezaron a experimentar nuevos cruces y razas de animales. Las nuevas razas  de cerdos, como la Berkshire, y de ovejas producían el doble de carne. Las mejores las razas de vacas también hicieron aumentar la producción láctea.

 DE LA PRIMERA A LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL 

Hasta mediados del siglo XIX, la mayoría de la población europea estaba formada por campesinos. En los Estados Unidos, la agricultura predomina hasta el triunfo del norte industrialista sobre el sur agrario y esclavista, en la guerra civil.

La lentitud con que se propagaban los cambios impulsados por la Revolución Industrial llevó a que la economía mundial siguiera sometida a los viejos ritmos impuestos por las buenas y las malas cosechas. La crisis económica que se desata entre 1846 y 1848 fue, quizás, la última crisis cuyas causas fueron predominantemente agrarias.

En el ámbito de las comunicaciones, se dieron profundos cambios. George Stephenson inventó la locomotora en 1814 y, luego de años de pruebas, se realizó en 1825 el primer viaje en un tren de pasajeros entre las ciudades inglesas de Stockton y Darlington. A partir de entonces, el parlamento inglés comenzó a aprobar la instalación de miles de kilómetros de vías férreas. La más importante fue la que unió los centros industriales de Liverpool y Manchester.

El tren revolucionó la circulación de mercaderías. Mientras que un carro tirado por caballos o mulas podía llevar hasta una tonelada de mercadería, los trenes podían trasladar más de mil. Esto abarató los costos y amplió los mercados.

También, por esta época se duplicó la capacidad de los barcos para transportar cargas y se redujo notablemente el tiempo necesario para cruzar el Atlántico. En 1838, el «Sirius» y el «Great Western» fueron los primeros barcos de vapor en cruzar el océano. La misma travesía que en 1820 llevaba unas ocho semanas, a fin de ,siglo solo demandaba una.

Otro adelanto de gran importancia fue el telégrafo. Hacia fines del siglo XVIII se implementó un telégrafo visual a partir del uso de distintos colores. Este invento tenía grandes limitaciones de alcance y visibilidad. Los problemas fueron superados en 1837, cuando Samuel Morse ideó un código que lleva su nombre, y que permitiría, en muy poco tiempo, transmitir textos completos a través de un sistema de circuitos eléctricos. En 1866, se tendió un cable telegráfico interoceánico entre Inglaterra y los Estados Unidos.

Años más tarde, el italiano Guglielmo Marconi completó las investigaciones de Heinrich Hertz sobre la transmisión telegráfica, a través de las ondas eléctricas de la atmósfera, y concretó la invención del telégrafo inalámbrico.

En 1876, Alexander Graham Bell inventó el teléfono, revolucionando el mundo de las comunicaciones. Aunque su difusión fue muy lenta y limitada, en un principio, a las ciudades más importantes de los países centrales.

En 1895, dos hermanos franceses, los Lumiére, descubrieron que tomando varias fotos sucesivas y proyectándolas a una cierta velocidad, se producía la imagen del movimiento en el espectador. Inventaron una cámara especial que registraba estas imágenes y que, a la vez, servía como proyector. Habían inventado el cine. Las primeras películas de los Lumiére reflejan escenas de su familia, la salida de obreras de una fábrica, la llegada de un tren y la primera película còmica: El regador regado. Casi todas duraban menos de un minuto.

Todos estos adelantos mejoraron paulatinamente la calidad de vida de una población que fue creciendo al ritmo de estos cambios. Aumentó la natalidad y disminuyeron los índices de mortalidad. En 1800, la población europea era de unos 190 millones de personas. En 1900, esa cifra se había duplicado; a pesar de los millones de europeos que habían emigrado hacia las llamadas «zonas nuevas», como Australia y la Argentina.

Los países de mayor industrialización registraron un mayor aumento de la población. Entre 1850 y 1890, Gran Bretaña pasó de 21 millones a 33; Alemania de 34 a casi 50; Bélgica de 4 a 6. En cambio, en los países con menor desarrollo industrial, el aumento demográfico fue menor. Francia pasó de 36 a 38 millones y España, de 15,7 a 17,6.

LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL 

Hacia la década del 60, una palabra hasta entonces poco empleada comenzó a difundirse en el vocabulario económico y político de la época: capitalismo. Para la consolidación del capitalismo industrial, fue muy importante la alianza del mundo industrial con el financiero. Los capitalistas industriales necesitaban recursos económicos para instalar nuevas empresas, líneas ferroviarias o construir buques. Los dueños de las fábricas y los constructores de trenes y barcos debían recurrir a los banqueros para poder concretar sus negocios. Los financistas fueron haciéndose imprescindibles y dominaron el mercado, al que le dieron un nuevo impulso.

A partir de 1870, comenzaron a producirse una serie de cambios en la industria, tan importantes, que la mayoría de los historiadores hablan de una segunda revolución industrial. A diferencia de la primera, esta segunda revolución fue el resultado de la unión entre la ciencia, la técnica y el capital financiero.  Así como en la primera, el elemento determinante fue el vapor; en la segunda, una serie de inventos marcaron su desarrollo. La electricidad, empleada desde mediados de siglo en el telégrafo, pudo ser usada en la producción. En 1867, Werner Siemens aplicó el dínamo un aparato que permitía producir electricidad a la industria.

En 1879, Thomas Alva Edison fabrica la primera lámpara eléctrica y la transformó en un producto industrial de su propia fábrica: la Edison Company, conocida después como Gen ral Electric Company, la primera empresa mundial de electricidad.

El petróleo y sus derivados fueron los comhustibles de esta Segunda Revolución Industrial y el acero, la materia prima. Un ejemplo del auge del acero fue la construcción en París del edificio más alto de la época: la torre Eiffel en ocasión de la Feria Universal de París de 1889, durante los festejos del centenario de la Revolución Francesa. Las industrias siderurgias y de hierro demandaban todo tipo de metales, lo que dinamizó la minería.

LOS TRUSTS

Los grandes capitales financieros estaban concentrados en pocas manos y esta tendencia se extendió a la industria. Así, comenzaron a formarse los trusts (agrupación de empresas). Su objetivo era controlar todo un sector de la economía, constituyendo verdaderos monopolios (ver Vocabulario), lo que sometía al consumidor a aceptar las reglas y los precios de esa empresa. La meta era aumentar las ganancias dominando el mercado y eliminando la competencia. Esto iba en contra de los postulados básicos del liberalismo, en los que se decía que la competencia era la clave para la regularización de los precios y para mejorar la calidad. Los trusts tendieron a monopolizar la producción y la comercialización de un determinado producto en una ciudad, un país o en varios países a la vez.

Fueron muy comunes en los Estados Unidos. Allí el más importante fue el que formó David Rockefeller con su empresa Standarld Oil Company de Ohio que controlaba el 90% de la producción y comercialización del petróleo en ese país en 1880.

 TAYLORISMO Y FORDISMO

Los dueños de las fábricas buscaban la manera de bajar sus costos y aumentar las ganancias, y encontraron en las ideas del ingeniero estadounidense Frederick Taylor una ayuda invalorable. Algunos llamaron a este método «organización científica del trabajo» y otros, simplemente taylorismo. El método de Taylor consistía en calcular el tiempo promedio para producir un determinado producto o una parte de él y obligar al obrero a acelerar el ritmo de trabajo asimilándolo a una máquina.

Esto se lograba a través de tres métodos fundamentales:
1) aislando a cada trabajador del resto de sus compañeros bajo el estricto control del personal directivo de la empresa, que le indicaba qué tenía que hacer y en cuanto tiempo,

2) haciendo que cada trabajador produjera una parte del producto, perdiendo la idea de totalidad y automatizando su trabajo y por último,

3) pagando distintos salarios a cada obrero de acuerdo con la cantidad de piezas producidas o con su rendimiento laboral. Esto fomentaba la competencia entre los propios compañeros y aceleraba, aun más, los ritmos de producción. La máquina establecía la intensidad del trabajo y, a su vez, cada obrero requería saber menos, pues para realizar una tarea mecánica y rutinaria (ajustar un tornillo, por ejemplo), lo único que necesitaba saber era obedecer.

De esa forma, el empresario ya no dependía ni de la buena voluntad del trabajador para realizar su tarea eficazmente (la máquina le marcaba el ritmo) ni de sus conocimientos. El obrero era, según Taylor, un buen «gorila amaestrado» que hacía lo que otro había pensado y, al mismo tiempo siguiendo el esquema de Adam Smith, producía más en menos tiempo, pues reducía el costo y aumentaba la ganancia.

Una de las primeras empresas que aplicó los métodos de Taylor fue la Ford Motors Company, de Detroit. Allí se puso en práctica la «cadena de montaje», una cinta transportadora que movía las piezas para que los obreros trabajaran sobre ellas en un tiempo determinado y en una actividad. Al final de la cadena el auto quedaba terminado. A este novedoso modo de producir se lo llamó: fordismo.

Fuente Consultada:
Historia Universal Tomo II Chris Cook.
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Enciclopedia del Estudiante Tomo 2 Historia Universal
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La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I «El Ateneo»
Historia Universal Gomez Navarro y Otros 5° Edición
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Ver: El arte después de la revolución industrial

Ver: Consecuencias Sociales y Económicas de la Revolución Industrial 

Ver: Consecuencias Económicas de la 2º Revolución Industrial

Consecuencias de la Revolucion Agricola en el Siglo XIX Nuevas Tecnicas

La Segunda Revolución Agrícola:
la formación de un mercado mundial

La mecanización de las labores agrícolas vino a favorecer el crecimiento de la economía agraria en las grandes planicies de América, de Australia y del sur de Rusia. Al disminuir la necesidad de trabajo humano y reducir los costes, las máquinas permitieron desarrollar una agricultura de nuevo tipo, el dry farming, en que una forma extensiva de cultivo, con rendimientos por hectárea inferiores a los que se obtenían en Europa, permitía, sin embargo, producir trigo a precio mucho más bajo. Pero el factor decisivo de esta revolución fue, como ya hemos apuntado, el extraordinario progreso de los transportes.

Cuando el ferrocarril llevó el trigo de las llanuras centrales norteamericanas a los puertos del Atlántico, los barcos de vapor lo condujeron a Europa, y la disminución progresiva del coste del transporte hizo que este trigo americano llegase a los mercados europeos a precios inferiores a los del producido allí.

El crecimiento de la producción agrícola transatlántica fue extraordinaria. De 1870 a 1895, las exportaciones norteamericanas de trigo se triplicaron. Hacia 1885, los cuatro mayores exportadores transatlánticos (Argentina, Australia, Canadá y Estados Unidos) producían ya el 25 % del trigo mundial, proporción que hacia 1920 ascendía a más de un 40 %.

Esta extraordinaria expansión fue posible gracias a la amplia disponibilidad de tierras libres, que se daban a bajo precio a quienes deseaban colonizarlas, y a un crecimiento prodigioso de la mecanización. Para hacerse cargo de ello, baste decir que entre 1870 y 1920 el capital invertido en utillaje agrícola se multiplicó por diez en los Estados Unidos. Nada semejante podía producirse en Europa (salvo en el caso especial de las llanuras del sur de Rusia), donde la estructura de la propiedad, la dimensión de las explotaciones e incluso la misma parcelación no podían alterarse fácilmente para adaptarlas a unas condiciones de producción cambiantes.

El resultado del choque de dos economías agrarias que respondían a sistemas muy distintos fue una crisis agraria sin precedentes, especialmente aguda, en lo que se refiere a los cereales. Entre 1880 y 1900 el tema de la «crisis agrícola y pecuaria» suscitó una inmensa literatura en toda Europa, que revela el grado de desconcierto de los contemporáneos.

Suele considerarse que la crisis agraria de fines del siglo XIX es el signo inequívoco de la aparición de la segunda revolución agrícola, determinada por la constitución de un mercado a escala mundial, en donde las oscilaciones de la producción pueden repercutir de un extremo a otro del planeta.

Este hecho suscitó una cierta división social del trabajo a nivel internacional: frente a los «países industriales» surgieron unos «países agrícolas», que englobaban la totalidad de las colonias y la mayor parte de las naciones subdesarrolladas, entre ellas las de Iberoamérica.

La agricultura iberoamericana, que había permanecido poco menos que estacionaria desde la independencia, experimentó un salto expansivo formidable a fines del siglo XIX, al integrarse en las corrientes exportadoras mundiales. En el caso concreto de la Argentina, por ejemplo, el área cultivada, que había crecido a un ritmo de 30.000’Ha anuales de 1810 a 1888, lo hizo a razón de 800.000 Ha por año entre 1888 y 1910: hacia 1925 la Argentina producía el 6 % del trigo mundial, y sus exportaciones representaban el 18 % del tráfico triguero total.

Fenómenos semejantes se habían registrado en otros países iberoamericanos, de modo que en los años iniciales del siglo XX podía señalarse una serie de áreas regionales, caracterizadas por la especialización en unos cultivos determinados: área del trigo que abarcaba Argentina, Chile y Uruguay (doblada en. Argentina y Uruguay por la producción de carne), área del caucho en la zona amazónica, área del café extendida desde Brasil a América central, o el caso concreto de Cuba dedicaba casi exclusivamente a la producción de caña azucarera.

A este panorama habría que añadir el imperio de la banana, erigido en la América central por la United Fruit Co. (fundada en 1899), que llegó a convertirse en una gran potencia económica y política, pero la historia de su crecimiento cae fuera del marco cronológico de nuestra exposición.

La rápida expansión de sus exportaciones agrícolas pudo hacer creer a los países iberoamericanos que se hallaban en la senda correcta hacia el desarrollo económico. En realidad no era así, ya que comprometían gravemente su futuro, al hacerlo depender de las oscilaciones de unos mercados extranjeros muy determinados, y al orientar sus fuerzas productivas hacia una especialización exagerada, que haría muy difícil su reconversión en caso de que sobre viniera una crisis.

De hecho, las grandes potencias estaban practicando en Iberoamérica los métodos de dominación indirecta que habían aprendido en su experiencia colonial; en muchos caso la connivencia entre los intereses financieros extranjeros y los d’ los grandes señores de la tierra locales ayudó a estos últimos a adueñarse del poder político, del que se sirvieron para orientar las economías nacionales de acuerdo con sus propias conveniencias, que solían ser coincidentes con las de sus clientes extranjeros.

El sistema pudo marchar viento en popa mientras duró la oleada de prosperidad iniciada a finales del siglo XIX y sostenida por el estallido de la primera guerra mundial. Nadie se preocupaba, entre tanto, de averiguar si las bases en que se apoyaba eran estables, aunque el caso concreto del caucho (desplazado por las plantaciones que las potencias coloniales europeas habían efectuado en Indochina, Malaca, Birmania e Indonesia) debía haber obligado a la reflexión.

Sobrevino la crisis de 1929 y 30, la expansión quedó frenada y el equilibrio roto. Entonces los agricultores de Iberoamérica cobraron conciencia de que habían enajenado su independencia económica a unos mercados exteriores sobre cuyas decisiones no podían ejercer ningún tipo de control. Pero el análisis de esta situación nos llevaría a abordar la problemática agraria de nuestro tiempo, y esta exposición histórica debe detenerse justamente aquí.

Fuente Consultada:
Enciclopedias Consultora Tomo 7
Enciclopedia del Estudiante Tomo 2 Historia Universal
Enciclopedia Encarta
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I «El Ateneo»
Historia Universal Gomez Navarro y Otros 5° Edición
Atlas de la Historia del Mundo Parragon

Revolucion Agricola en Europa Siglo XVIII Avances Tecnologicos Tull

La primera revolución agrícola: la expansión del siglo XVIII

Lo que solemos denominar «revolución agrícola» es en realidad un largo proceso, de unos 250 años de duración, dentro del cual es posible señalar varias fases netamente diferenciadas. La primera de ellas (la más trascendental, aunque sea externamente menos espectacular) abarca el conjunto de cambios técnicos y económicos que hicieron posible que la producción agrícola europea aumentara considerablemente en el transcurso del siglo XVII.

Este aumento fue condición indispensable para que pudiera tena lugar el inicio de la revolución industrial, ya que permitió disponer de alimentos suficientes para mantener al proletariado urbano y puso a disposición de la industria un mercado en expansión donde vender sus artículos, y unos capitales que se invirtieron en las nuevas ramas productivas (textiles, siderurgia, ferrocarriles).

Para comprender cuál fue la trascendencia de esta expansión agraria del siglo XVIII (iniciada ya en algunos puntos de Europa fines del siglo XVII) habrá que recordar que hasta entonces la demografía europea había visto frenadas sus posibilidades de crecimiento por la aparición recurrente de unas catástrofes que tenían su origen en la insuficiente disponibilidad de alimentos.

En el siglo XVIII, en cambio, un aumento considerable de la población vino acompañado por un incremento paralelo de la producción de alimentos; así, este crecimiento demográfico quedó incorporado establemente, y sirvió de estímulo a la reactivación de la economía europea, tras el paréntesis de la crisis del siglo XVII

Un ejemplo concreto ilustrará esta afirmación: entre 1751 y 1821 la población de Inglaterra y Gales aumentó más del doble, pero la agricultura británica fue capaz de incrementar su producción en la medida necesaria, hasta el punto de que ni siquiera fue preciso recurrir a la importación de cereales extranjeros. De no haber sido capaz la agricultura de reaccionar así, no hubiera podido iniciarse una revolución industrial en Gran Bretaña, ya que, para mencionar un solo argumento, la exportación de artículos manufacturados hubiera tenido que compensarse con importaciones de alimentos, y no se hubiera dado la acumulación de capital necesaria para financiar los progresos tecnológicos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.

Inicialmente, el aumento cíe población suscitó una tendencia a extender el cultivo a tierras nuevas o a roturar los pastos. Fue preciso que, paralelamente a la extensión del cultivo, se operara una conquista en profundidad: un aumento de la producción por unidad de superficie cultivada. Este aumento de los rendimientos por superficie cultivada se inició con la supresión gradual del barbecho: del período en que se dejaba la tierra sin cultivar (un año cada dos, cada tres o cada cuatro) para que con este reposo restaurara naturalmente su fertilidad.

Estos sistemas se perfeccionaron en Inglaterra durante el siglo XVII, hasta culminar en la llamada rotación cuatrienal de Norfolk, en la que se sucedían cosechas de trigo, nabos, cebada y plantas forrajeras. El hecho de que estas rotaciones incluyeran una o varias fases destinadas a producir alimentos para el ganado resultó de gran trascendencia, ya que permitió aumentar el número de cabezas de ganado (aun reduciendo la extensión destinada a pastos), lo que revirtió en una mayor disponibilidad de abono animal, que a su vez facilitó la intensificación de cultivo. Este sistema de cultivo alterno vino a representar una perfecta y equilibrada asociación de agricultura y ganadería, que rompería en lo futuro la disyuntiva entre dedicar la tierra a una u otra actividad. Los pastos comunes de los pueblos resultaban innecesarios, y se pudo proceder a roturarlos, a la vez que los propietarios cercaban sus tierras para evitar que el ganado ajeno entrase en ellas.

La intensificación de las «enclosures» en la Inglaterra del siglo XVIII contribuyó así al progreso de la agricultura británica, pero no se hizo sin grave quebranto para los pequeños campesinos, a los que, por una parte, se privó de los pastos con que hasta entonces habían contado para alimentar su ganado, mientras que, por otra, se encontraron imposibilitados de cercar sus propias tierras, debido a que ello significaba realizar unos gastos considerables.

Estos cambios en los sistemas de cultivo vinieron acompañados por la introducción de nuevas especies vegetales, principalmente raíces y tubérculos, como el nabo y la patata. La difusión de la patata tropezó con la hostilidad de los campesinos europeos, que creían que era venenosa y que producía enfermedades tales como la tuberculosis y la lepra. Pero el encarecimiento de los cereales a partir de mediados del siglo XVIII les obligó a sobreponerse a esta repugnancia y a consumirla en grandes cantidades. Esto ocurrió sobre todo en las concentraciones industriales de Inglaterra e Irlanda, y en aquellas zonas del continente que experimentaban la amenaza del hambre. En contrapartida, la dependencia del solo cultivo de la patata desencadenó, en el siglo XIX, la tremenda sucesión de hambres que asolaron y despoblaron Irlanda.

La intensificación de las labores y la mayor disponibilidad de ganado de trabajo estimuló el perfeccionamiento del utillaje agrícola. Es tradicional señalar como la primera de estas innovaciones la invención, en 1701, de la máquina de sembrar de Jethro Tull (imagen) , que haría posible sembrar cereales y raíces en hileras rectas y esparcidas, susceptibles de permitir el trabajo de una yunta entre ellas.

Pero las posibilidades de la máquina de sembrar no pudieron experimentarse plenamente hasta que, a partir de 1730, se divulgó el arado de Roterham: un tipo de arado ligero, inspirado en modelos holandeses, que permitía el trabajo con una sola pareja de animales y un hombre, en lugar de requerir, como los viejos tipos, mucho más pesados, un tiro de seis u ocho bueyes, que precisaba dos hombres para su trabajo, y que giraba con dificultad al llegar al final del surco (una de las causas de la forma alargada de las parcelas).

El siglo XVIII no llegó a producir las grandes innovaciones que permitirían la mecanización de la siega y la trilla, en parte porque las condiciones económicas aún no lo exigían, y en parte porque la construcción de estas máquinas necesitaban del desarrollo previo de la siderurgia. Pero los conocimientos tecnológicos para llevarlas a la práctica existían ya, como lo prueba que en 1732 se patentase una máquina de trillar movida por agua.

Estos fenómenos a que nos hemos venido refiriendo (la extensión del cultivo y el aumento de los precios agrícolas, provocados por una fuerte expansión de la demanda) ocurrieron prácticamente en toda Europa: en las islas Británicas, en España, Suecia, Francia, Holanda, Alemania, etc.

Un corolario lógico de esta manera de pensar había de ser la convicción de que estos progresos debían extenderse a todas las tierras disponibles y susceptibles de una adecuada explotación, sin que quedaran al margen de este avance las grandes extensiones poseídas por las clases privilegiadas del antiguo régimen (la aristocracia latifundista y el clero), que en su inmensa mayoría seguían cultivándose con los mismos métodos extensivos que se venían empleando desde la Edad Media.

De lo que tal vez no eran plenamente conscientes muchos de estos hombres era de que el desarrollo lógico y coherente de su manera de pensar conduciría a exigir una reestructuración de la propiedad de la tierra, que no podía lograrse más que con una transformación radical y revolucionaria de la sociedad y del mismo Estado, órgano de dominio de la aristocracia latifundista. Sólo en algunos lugares pudieron realizarse las reformas necesarias sin recurrir a alteraciones revolucionarias, como fue el caso de Dinamarca.

Fuente Consultada: Los Fundamentos del Siglo XX Tomo Nro. 94 Biblioteca Básica.

Nuevas Fuentes de Energia en el siglo XIX Petroleo y Electricidad

Primeros Usos del Petróleo, Electricidad y Acero

Si bien el carbón y el vapor siguieron utilizándose como fuente de energía durante los siglos XIX y XX, el petróleo y la electricidad se abrieron paso para imponerse finalmente. También fue la producción de acero , abriéndose nuevas posibilidades.

El petróleo. Este líquido oleoso de color oscuro que se encuentra en el interior  de la tierra y en algunos lagos, fue utilizado por el hombre desde la Antigüedad. Sin embargo, recién en 1858 en Pensylvania el coronel Edwin Drake consiguió producir, por primera vez, petróleo en cantidad apreciable 1.3 toneladas por día.

Cuatro años más tarde John David Rockefeller fundo juntó con un amigo una refinería de petróleo: la Standart Oil Company. En 1879 esta compañía formó un trust —esto es la absorción de empresas menores por una más poderosa con el fin de anular la competencia— y conservó el monopolio del petróleo en los Estados Unidos hasta 1911

En la actualidad, los países árabes, que a principios de este siglo asistían impávidos a la explotación de sus riquezas petrolíferas por los trusts de diversas naciones, cambiaron de actitud desestabilizando al mundo. En la década del 60 varias naciones árabes formaron la O.P.E.P. (Organización de Países Exportadores de Petróleo). En 1973 —con motivo de la cuarta guerra árabe-israelí— el precio del petróleo fue cuadruplicado. Desde entonces su gravitación en los asuntos mundiales ha crecido en intensidad.

De este “oro negro” — como se lo llamó en un principio — pueden obtenerse infinidad de hidrocarburos. En un principio el derivado más importante fue el kerosén que se utilizó para consumo en lámparas y estufas Luego, con la invención de los motores de explosión y la electricidad, fueron imponiéndose los subproductos más livianos como la nafta y la bencina. Merecen también destacarse otros derivados como los aceites lubricantes, la parafina, el alquitrán, los alcoholes, el benceno, de gran aplicación en productos medicinales y el tolueno, que es la base del T.N.T., poderoso explosivo.

La electricidad. La industria de la electricidad se compone de dos partes bien definidas: por un lado la “industria de energía eléctrica” que produce y distribuye corriente, en la mayoría de los casos bajo el control del Estado. Por otro lado la “industria electrotécnica” que realiza las instalaciones y construye aparatos y máquinas eléctricas. Esta última comenzó a desarrollarse 1% mediados del siglo XIX

 En su primera fase la industria electrotécnica se dedicó a los equipos telegráfico y aparatos de señales y primeras construcciones de tranvías. La empresa alemanaSiemens  fundada en 1847 se destacó en este período y fue la primera en instalar un tren eléctrico. La segunda fase se inició en 1880 y se prolongó hasta 1914. En ella se destacó un famoso inventor norteamericano Thomas Alva Edison quien, en 1879, construyó la primera lámpara eléctrica incandescente que fue presentada en la exposición de París en 1881.

El aporte de Edison consistió en realizar el filamento de la lámpara con bambú de 3mm. de espesor recubierto de níquel, luego carbonizado y encorvado en forma de herradura. Este filamento estaba dentro de una cápsula cerrada al vacío. Al año siguiente se instaló en Nueva York la primera central eléctrica que iluminó por completo toda la ciudad. De este modo la luz eléctrica reemplazó a la luz de gas.

La tercera fase comenzó después de la Primera Guerra Mundial; en ella la electricidad fue aplicada a numerosos aparatos de uso individual lo que a su vez hizo surgir nuevas industrias especializadas.

PRIMERAS APLICACIONES EN EL SIGLO XX: Una de las aplicaciones más importantes de la fuerza eléctrica es la que se relaciona con la tracción. Al presente hay dos medios para poder hacer marchar los trenes en nuestros ferrocarriles: la máquina de vapor y la locomotora eléctrica. Necesariamente, la locomotora de vapor se irá abandonando poco a poco, debido a su limitado espacio para generar la fuerza precisa con la amplitud y rendimiento conveniente, mientras que en el tractor eléctrico la energía llega de una estación central capaz de producirla en la cantidad que se requiera. Una instalación móvil de vapor está sujeta a rápida y elevada depreciación, necesitando un coste de conservación mayor que la sencilla locomotora eléctrica.

El molesto humo y el vapor desaparecen con el tractor eléctrico, y esto, que es de la mayor importancia en el caso de las líneas subterráneas de las grandes ciudades, fue frecuentemente la principal razón del cambio de la tracción de vapor por la eléctrica. El empleo de la tracción eléctrica por todas parteen las líneas de tranvías metropolitanos subterráneos se debe: como hemos dicho, principalmente a esta propiedad especial de no producir humo, y también a la de poder establecer motores en cada coche y así mover uno o varios, formando trenes según las necesidades del tráfico.

Las aplicaciones eléctricas han hecho incalculables beneficios mejorando las condiciones de la vida, pues por ellas, en muchas ciudades industriales, los obreros pueden habitar en la parte más sana de los alrededores, sin perder demasiado tiempo en trasladarse desde su casa al almacén, tienda o taller donde prestan sus servicios. Aquellos que viven en poblaciones extremadamente densas, por otro lado, pueden salir económicamente al campo para descansar del torbellino de la ciudad.

Las relaciones sociales, el cambio comercial, el mismo paisaje, todos ellos perderían extraordinariamente sin el motor sin humo. Las rápidas líneas de tranvías interurbanas, en regiones menos pobladas, transportan pasajeros y mercancías a las granjas situadas en su ruta. De este modo se tienen medios económicos y conveniente s para efectuar las diversas transacciones entre los productores y los que consumen en las ciudades. El transporte de pasajeros y mercaderías por medio de las líneas eléctricas, el teléfono y el telégrafo, acortan las distancias de tal suerte, que los habitantes del campo están en íntima comunicación entre sí, pudiendo aprovecharse de estas grandes mejoras.

Para apreciar los efectos e importancia de la Lámpara eléctrica en la vida moderna, basta mirar de noche desde una altura la ciudad que se extiende por el llano.  Las luces de los tranvías y los faros de los automóviles se mueven de aquí para allá, y millares de anuncios eléctricos, de vivos y cambiantes colores, aparecen a nuestra vista con sorprendente velocidad.  Grandes reflectores conteniendo un manantial de luz rivalizan con los brillantes rayos solares, proyectándola sobre kilómetros de tierra y el mar. Además del servicio que la electricidad presta a la humanidad, haciendo marchar la maquinaria en las instalaciones industriales, puede extraer los componentes de mayor valor en los minerales para su utilización en las artes. La corriente eléctrica separa el metal puro de otros materiales con los que aparece asociado en la naturaleza, operación que no podía llevarse a efecto con otro agente en la mayoría de los casos.

Estos metales pueden depositarse en capas de cualquier espesor, sobre materia les más económicos, empleando la corriente eléctrica. Esta propiedad permite recubrir con una capa de cinc a diversos artículos de hierro, protegiéndolos contra la oxidación. Los envases de hoja de lata para conservar las frutas y legumbres del verano que han de consumirse en el invierno, deben su existencia a la corriente eléctrica. Gracias al horno eléctrico pueden obtenerse muchos materiales que necesitan de grandes temperaturas para conseguir separarlos de los otros con que aparecen mezclados o combinados.

En las altas temperaturas del arco eléctrico se producen en grandes cantidades aquellos otros también que no se encuentran con frecuencia en la naturaleza. El grafito, el carburo y muchas otras substancias, aun los mismos diamantes y rubíes, se producen artificialmente por la electricidad. Hay muchas clases de aparatos para soldar eléctricamente los metales; por ejemplo, los cierres metálicos, después de tejidos en un telar, pueden soldarse, asegurando fuertemente cada punto de contacto.

A pesar de lo veloz que se presenta la electricidad al encender una lámpara o transmitir un telegrama por los cables tendido en el fondo del Océano, puede almacenarse en aparatos llamados baterías de acumuladores, que, después de cargados, devuelven la energía, sea en el automóvil, el submarino o el aeroplano.

Ahora ya no camina el minero a través de obscuras galerías, medio a tientas, alumbrándose por la insegura luz de un mal candil. Una batería colgada de su espalda produce la energía necesaria para encender la lámpara eléctrica que proyecte sus brillantes rayos desde su gorra, donde va fija, todo el espacio ante él. Las centrales eléctricas, en caso de accidente, pueden suministrar la energía almacenada en sus enormes baterías de acumuladores.

turbina de electricidad

EL MAYOR GENERADOR ELÉCTRICO DE TURBINA DEL MUNDO
Uno de los generadores, de 55.000 caballos de fuerza, en la instalación hidroeléctrica de Queenston-Chippawa. Las turbinas esta clase reposan sobre una especie de cojinetes o almohadillado de agua, tan delicadamente dispuesto, que si no se frena, tarda doce horas en pararse por completo, a contar desde el momento en que se corta la marcha.

ARTEFACTOS ELÉCTRICOS PARA EL HOGAR

primeros artefactos electicos

TRENES CON TRACCIÓN ELÉCTRICA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

ternes electricos

LA MAYOR CENTRAL ELÉCTRICA DEL MUNDO A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

generadores electricos

 

faro

ventilador ozono

Las variadas aplicaciones eléctricas ideadas por el hombre se fundan en combinaciones mucho menos complicadas de lo que podía imaginarse. Encendiendo una lámpara eléctrica de filamento de tungsteno, éste se enrojece y emite la luz debido sólo a la propiedad de la corriente de producir calor.

Es la misma que permite hervir el agua, tostar el pan o asar la carne en aparatos especiales para cada caso, o estufas eléctricas. En el motor de gas o de gasolina, la explosión se produce por la chispa eléctrica que salta entre los hilos terminales de la bujía, y las mayores temperaturas conseguidas por el hombre se obtienen en el enorme arco del horno eléctrico. La transformación del trabajo eléctrico en mecánico se efectúa siempre por la reacción entre la corriente eléctrica y el flujo magnético. La misma propiedad que hace vibrar el diminuto martillo del timbre instalado en la puerta de entrada de nuestra vivienda, mueve la rápida locomotora eléctrica.

El efecto químico es el mismo cuando se beneficia el aluminio de la bauxita o al recubrir con una capa de cinc (galvanizar) las chapas de hierro. La electricidad aparece complicada a causa de los aparatos ideados, y que, por veces, necesitan millares de partes y detalles para emplearla, pero precisamente por su sencillez ha podido utilizarla el hombre tan extensamente y con éxito en sus variadísimas aplicaciones.

El acero. El acero es una mezcla de hierro, carbón y otros elementos que se elaboran en estado de fusión En la baja Edad Media y el Renacimiento, corporaciones de artesanos., lo elaboraban en pequeñas proporciones pero guardaban en secreto su fórmula. En el siglo XVIII se realizaron joyas de acero, moda que se extendió pronto por toda Europa.

En 1850, un norteamericano, William Kelly y un inglés, Henry Bessemer, inventaron hornos en donde se podía fundir el hierro en gran cantidad y a bajo precio. En 1898 los franceses Martín —merced a la electricidad— perfeccionaron estos hornos capaces ahora de alcanzar altísimas temperaturas necesarias para la producción de las mezclas; se consiguieron así los aceros especiales.

En 1883 se levantó en Chicago un edificio de diez pisos cuya estructura era de acero. Hoy en día, todos los rascacielos, puentes metálicos, automóviles, vagones, barcos y aviones, utilizan este material.. En la actualidad para valorar el potencial económico, militar e industrial de una nación, es necesario conocer su producción anual de acero.

fabrica de acero

SOBRE LAS NUEVAS ENERGÍAS: Aunque el mundo se mueve gracias a fuentes de energía, es indudable que los hidrocarburos como el petróleo, el gas natural y el carbón, son los que suministran la mayor cantidad de ésta: un 88 por ciento, aproximadamente. De los tres anteriores, el petróleo es fundamental ya que de él depende casi todo el sistema de transporte por carreteras, así como el marítimo, el aéreo e, incluso, la puesta en órbita de satélites de comunicaciones.

Desde hace años, los geólogos expertos en petróleo y fuentes de energía, han advertido que se hace necesaria la búsqueda de alternativas para suplir la escasez que se avecina. Las expectativas más optimistas indican que, hacia el año 2030, se producirá el apogeo en la explotación del petróleo. Esto es, que se llegará a su máximo punto de producción. A partir de ahí, la producción comenzará a declinar. Y con ello, las consecuencias para un mundo que ha girado al ritmo del hidrocarburo.

Al hacer un recuento de las posibles alternativas, en realidad, los mismos expertos y estudiosos se encuentran frente aun panorama poco alentador. Se asegura que a la fecha no hay una fuente de energía en reserva.

Durante años se ha venido hablando de la energía nuclear limpia que no produce residuos generadores de más problemas  ambientales. Sin embargo, y pese a todas las páginas que se han escrito sobre sus bondades, parece un ideal lejano. En cuanto al desarrollo de la llamada energía solar y otras alternativas renovables (aquellas que se obtienen de fuentes naturales, posiblemente inagotables), como es el caso de la luz solar, el calor que emana de la Tierra, la gravltacional (atracción del Sol y la Luna) y, el agua, especialistas Indican que se precisa de inversiones de billones de dólares para que aporten una real solución.

Hay quienes hablan del hidrógeno como la panacea contra la falta de fuentes de energía. Pero resulta que este elemento, aunque es un gas combustible, el más abundante en el universo y parte integral del tejido animal y vegetal, no es una fuente de energía. Se requiere de electricidad para usarlo y es un proceso costoso. En el mundo se producen 45 millones de toneladas de hidrógeno para fertilizantes y productos de limpieza. Pero, además, los ecologistas opinan que en la extracción del hidrógeno, en el que se emplean combustibles fósiles, se libera monóxido de carbono (tóxico) ydióxido de carbono (letal para el efecto invernadero).

No obstante, hayquienes consideran al hidrógeno como la alternativa más prometedora que podría remplazar a los combustibles tradicionales. Se tiene la creencia de que satisfará las demandas de la humanidad en un futuro cercano.

Fuente Consultada: Almanaque Mundial Anual 2008 Editorial Televisa

Ludismo Movimiento Ludista Ataque a las Maquinas

Movimiento Ludista Ataca a las Máquinas en la Revolución Industrial

MOVIMIENTO LUDISTA: El “Ludismo” o Luddismo  fue un movimiento obrero que nació y adquirió un importante auge en Gran Bretaña a principios de la 1º Revolución Industrial (1811), y nació como respuesta violenta a las crecientes tasas del paro que supuso la implantación de las maquinas capaces de hacer el trabajo de varias personas a la vez.

Las malas condiciones laborales, los bajos salarios y las enfermedades profesionales llevaron a los trabajadores a un tipo de revuelta espontánea y desorganizada. Su acción se dirigía con frecuencia contra los instrumentos de producción, a los que consideraban responsables del paro y de los bajos salarios, o contra los empresarios y el Estado que los protegía.

Estas primeras formas de resistencia obrera reciben el nombre de ludismo y su principal manifestación consistió en la destrucción o incendio de máquinas y establecimientos fabriles.

Movimiento Ludista

Movimiento Ludista en Acción

El maquinismo supuso muy pronto el deterioro de las condiciones de trabajo de los obreros y, al principio, dejó a muchos sin trabajo. De las 800.000 personas que en el año 1800 trabajaban en los telares manuales de Inglaterra, en 1834 sólo quedaban 200.000. Por ello, en las primeras décadas del siglo se produjeron muchos levantamientos de obreros y campesinos que protestaban contra la introducción de las máquinas y la generalización del sistema fabril.

La lucha contra la máquina llegó a ser una manera de defender el puesto de trabajo y también de intimidar a los empresarios en un momento de conflicto laboral. (Gran Bretaña conoció cuatro grandes oleadas ludistas entre 1811 y 1816 y posteriormente el movimiento se extendió por toda Europa (en España son conocidos los hechos de Alcoy, en 1820, y el incendio de la fábrica Bonaplata de Barcelona, en 1835).

El movimiento ludista tuvo, sin embargo, una vida relativamente corta. Pronto los dirigentes obreros comprendieron que no eran las máquinas sino los empresarios sus enemigos.

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miselaneas de la historia

Miscelánea: según la definición del diccionario de la lengua española, «es una mezcla de cosas de distinto origen o tipo», y justamente este concepto es el que se aplica hoy esta página, en donde podrá encontrar explicaciones de los mas variados e inconexos temas ,pero interesantes como para ampliar nuestra cultura general.

Fuente Consultadas:
Secretos y Misterios de la Historia – Rearder’s Digest
Enciclopedia del Estudiantes – Tomos 12 y 20 Santillana
Los Santos Que Nos Protegen Ángel Bornos-Eva Prim
COSMOS – Carl Sagan
El Espacio Asombroso – Ann Jeanette Campbell
20 Grandes Conspiraciones de la Historia – Santiago Camacho
Revista Muy Interesante La Vida en la Edad Media (Edición Especial Nº 5)
Historia del Mundo -Serie Para Dummies
Actual Historia del Mundo Contemporáneo- Vicens Vives
Almanaque Mundial 2008 -Televisa
El Prójimo – Pacho O’Donnell
La Revolución de las Ideas de – Roberto Cook

Abuelo…es verdad? de Luis Melnik

Innovaciones tecnologicas en la revolucion industrial Avances Tecnicos

Innovaciones tecnológicas en la revolución industrial

A finales del s. XVIII en Gran Bretaña surgió una ola industrializadora que barrió Europa y América del Norte, transformando la sociedad rural del mundo occidental en una sociedad urbana y poniendo los conocimientos del capitalismo moderno. Esta revolución industrial trajo cambios sociales profundos, junto con innovaciones tecnológicas que alimentaron un vasto crecimiento económico.

cuadro de inovaciones tecnologicas en la revolucion industrial

INICIOS BRITÁNICOS: La abundancia de recursos naturales como el hierro y el carbón, y una clase media creciente y dispuesta a invertir, permitieron a Gran Bretaña aprovechar al máximo los nuevos avances tecnológicos. En la década de 1770, James Watt mejoró una máquina de vapor que aportaría la energía necesaria para diversos usos industriales, desde  el bombeo de agua en minas hasta la maquinaria de fábricas y molinos.

La producción textil en particular se mecanizó rápidamente —en 1835 había ya más de 120.000 telares mecánicos en las fábricas—, lo que atrajo en masa a hombres, mujeres y niños a las ciudades industriales, donde soportaban condiciones espantosas, largas jornadas laborales y sueldos míseros, hasta que la aparición de los sindicatos  comenzó a limitar los excesos de los dueños de las fábricas.

LA REVOLUCIÓN SE EXPANDE: Las nuevas técnicas industriales se adoptaron en otros países, arraigando primero en Bélgica en la década de 1820 y extendiéndose rápidamente durante la segunda revolución industrial (1840-1870)  la construcción de ferrocarriles en Alemania. Suiza y los EE. UU. que facilitaron el transponte de mano de obra y bienes. En Europa, la emancipación de los siervos -en Francia en la década de 1790, en Alemania entre 1811 y 1848, y en Rusia y Polonia en la década en 1860- generó una fuerza de trabajo más disponible para la industria, papel que en los EE. UU. desempeñó la inmigración a gran escala.

En el año 1855, el inglés Henry Bessemer inventó un nuevo proceso para convertir el hierro en acero, un metal mucho más resistente y versátil que el hierro forjado. Esto suministró materia prima a las nuevas líneas ferroviarias y mejoró la calidad de los barcos el poder del armamento. La demanda de acero era casi insaciable, en 1910, Krupp, el mayor fabricante alemán , tenía unos 70.000 empleados, cuando en el año 1822 solo tenia 122.

LOS HOMBRES QUE HICIERON POSIBLE LA EVOLUCIÓN TECNOLÓGICA:

En la minería también las innovaciones fueron graduales. A mediados del siglo XVIII se comenzaron a utilizar en las minas de carbón caballos para arrastrar los vagones, lo que permitió bajar los costos, ya que se reemplazaron los mineros carretilleros por jóvenes con menor salario. Esto también abarató el costo del hierro, que para fundirse necesitaba carbón, y a la vez la rebaja de éste permitió el uso del hierro colado en importantes proporciones en la minería: para fabricar tirantes o vigas (lo que admitió excavaciones a mayores profundidades) y rieles para trasladar las vagonetas cargadas de minerales.

Todo incidió en la disminución aún mayor del precio del coque y del hierro. En 1779 se construyó el primer puente de hierro, y diez años después, el primer barco; los ferrocarriles necesitaron un poco más cíe tiempo, surgiendo en la primera mitad del siglo XIX.

Aumentaron, entonces, la cantidad de altos hornos para la fundición de hierro con coque, con el estímulo cíe las guerras que demandaban municiones. En la fundición se perfeccionaron los métodos, permitiendo los inventos de Henry Cort (1783 y 1784) utilizar también el coque para el pudelado (transformación del hierro colado en hierro dulce, especial para la mecánica, quemándole el carbono) y para el laminado (conversión del hierro en láminas).

Antes para ello debían hacerlo con carbón vegetal, que al ser escaso en Inglaterra se tenía que importar del Báltico. Al autoabastecerse Gran Bretaña, la industria se concentró alrededor de las minas de Staffordshire.Yorkshire, Clyde y Gales del Sur.

Estos inventos no hubieran podido ser puestos en práctica sin la máquina de vapor cíe Watt, porque requerían mucha energía. En la industria textil los cambios fueron más rápidos. James Hargreaves había desarrollado un torno o maquinaria simple, movida a mano, que podía hilar hasta ocho hilos a la vez (1767); al ser pequeño, favorecía la industria domiciliaria, pero su producto, suave, no era muy resistente, por lo que el hilado más firme debía hacerse a mano.

Para solucionar esto, Richard Arkwright -que no era ingeniero, sino barbero y fabricante de pelucas- solicitó ayuda a un relojero y construyó un bastidor mecánico 8 en 1768. Pero necesitaba para moverle mayor energía que la humana, por lo que al principio se utilizaron caballos y luego se reemplazaron por fuerza hidráulica, por lo que se debieron instalar en fábricas en zonas rurales, ya no en casas particulares. Los tejidos se perfeccionaron cuando Samuel Crompton, tejedor, inventó una máquina que era una mezcla de las otras dos: la hiladora intermitente.

Finalmente, cuando en 1790 comenzó a utilizarse el vapor para moverlas, se establecieron grandes fábricas urbanas. Estos métodos fueron mejorándose, aunque al principio sólo fueron aplicables en las telas de algodón. También, hemos dicho, la industria química se desarrolló, al buscar nuevas técnicas para el blanqueado de las telas y su posterior tintura.

Primer Empresario Textil Revolucion Industrial Robert Peel

Sir Robert Peel, modelo de los primeros empresarios de la industria textil: El más importante de los primeros industriales del algodón fue sir Robert Peel (1750-1830), que cuando murió dejó una fortuna de casi un millón y medio de libras —una cantidad de dinero muy elevada para aquellos tiempos— y un hijo a punto de ser nombrado primer ministro. Los Peel eran una familia de campesinos yeomen de condición media que, como muchos otros campesinos del Lancashire, combinaron la agricultura con la producción textil doméstica desde mediados del siglo XVII.

El padre de sir Robert (1723-1795) aún vivía de la venta de los productos del campo, y no fue a vivir a la ciudad de Blackbum hasta el año 1750, fecha en que todavía no había abandonado totalmente los trabajos agrícolas. Tenía algunos conocimientos no técnicos y un cierto ingenio para los proyectos sencillos y para la invención (o, como minino, un buen sentido para saber valorar los inventos de otros hombres, como el de su paisanoJames Heargreaves, tejedor, carpintero e inventor de la spinningjenny).

Además también tenía tierras, de un valor aproximado de 2.000 a 4.000 libras esterlinas, que hipotecó a principios de la década de 1760 para construir una empresa de estampado de indianas con su cuñado Haworth y un tal Yates, que fue quien aportó el capital, con los ahorros acumulados gracias a los negocios familiares como posaderos en el Black Bull.

La familia tenía experiencia: algunos de sus miembros ya trabajaban en el ramo del textil, y el futuro del negocio de estampado de indianas, que hasta entonces había sido una especialidad londinense, parecía excelente. Y, ciertamente, así fue. Tres años más tarde (durante toda la década de los sesenta) la necesidad de algodón para estampar fue tan grande que la firma tuvo que dedicarse a fabricar los tejidos, hecho que, como observó un historiador local, «es una buena prueba de la facilidad con que se ganaban dineros en aquellos tiempos».

Los negocios prosperaron y se dividieron: los Peel se quedaron en Blackbum y los otros dos socios se trasladaron a Bury, donde en el año 1772 se les asoció el futuro sir Robert con el apoyo inicial, todavía muy modesto, de su padre. Pero el joven Peel no necesitaba demasiado esta ayuda. Empresario de notable energía, sir Robert no tuvo dificultades para obtener capital adicional, asociándose con algunos prohombres locales, que deseaban invertir en la creciente industria o que, sencillamente, tenían ganas de contribuir económicamente en las nuevas ciudades y en los sectores de actividad industrial. La empresa, con sólo la sección de estampados, obtuvo beneficios tan rápidamente, sobre las 70.000 libras anuales durante períodos muy largos, que no necesitó nunca más capital. Hacia la mitad de la década de 1780 ya era un negocio muy suculento, dispuesto a adoptar cualquiera de las innovaciones que iban surgiendo, como por ejemplo la máquina de vapor.

Hacia 1790— a la edad de cuarenta años y cuando sólo hacía dieciocho que se había iniciado en los negocios  Robert Peel era ya «pequeño barón», miembro del Parlamento y reconocido representante de una nueva clase: los industriales. Peel era diferente de otros esforzados empresarios del Lancashire, incluyendo algunos de sus socios, porque no se durmió en la opulencia —cosa que podía haber hecho perfectamente hacia 1785—, sino que se lanzó a empresas cada vez más audaces como, por ejemplo, ser dirigente industrial.

Cualquier miembro de la clase media industrial del Lancashire dotado de un talento modesto y de suficiente energía comercial para entrar en el negocio del algodón difícilmente habría esperado hacer dinero con tanta rapidez [..]. Entre los lluviosos campos y pueblos del Lancashire surgió así, con una notable rapidez y facilidad, un nuevo sistema industrial basado en una nueva tecnología, si bien, como hemos visto antes, surgió por una combinación de la nueva y la antigua.

Aquella prevaleció sobre ésta. Las hipotecas rurales y los ahorros de los posaderos fueron sustituidos por el capital acumulado en la industria, los inventivos constructores de telares por los ingenieros, los telares manuales por los mecánicos y la combinación de unos pocos establecimientos mecanizados con una masa de trabajadores dependientes por un proletariado fabril. En las décadas posteriores a las guerras napoleónicas los viejos elementos de la nueva industrialización fueron retrocediendo gradualmente y la industria moderna pasó a ser, de conquista de una minoría pionera, a la norma de vida del Lancashire.

El número de telares mecánicos de Inglaterra pasó de 2.400 en 1813 a 55.000 en 1829, 85.000 en 1833 y 224.000 en 1850, mientras que el número de tejedores manuales, que llegó a alcanzar un máximo de 250.000 en 1820, disminuyó hasta unos 100.000 en 1840 y a poco más de 50.000 a mediados del decenio de 1850. A pesar de esto, sería insensato menospreciar el carácter todavía relativamente primitivo de esta segunda fase de transformación y la herencia de arcaísmo que dejaba atrás.

Fuente Consultada: HOBSBAWM, E. J.: Industria e imperio