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La primera revolución agrícola: la expansión del siglo XVIII

Lo que solemos denominar «revolución agrícola» es en realidad un largo proceso, de unos 250 años de duración, dentro del cual es posible señalar varias fases netamente diferenciadas. La primera de ellas (la más trascendental, aunque sea externamente menos espectacular) abarca el conjunto de cambios técnicos y económicos que hicieron posible que la producción agrícola europea aumentara considerablemente en el transcurso del siglo XVII.

Este aumento fue condición indispensable para que pudiera tena lugar el inicio de la revolución industrial, ya que permitió disponer de alimentos suficientes para mantener al proletariado urbano y puso a disposición de la industria un mercado en expansión donde vender sus artículos, y unos capitales que se invirtieron en las nuevas ramas productivas (textiles, siderurgia, ferrocarriles).

Para comprender cuál fue la trascendencia de esta expansión agraria del siglo XVIII (iniciada ya en algunos puntos de Europa fines del siglo XVII) habrá que recordar que hasta entonces la demografía europea había visto frenadas sus posibilidades de crecimiento por la aparición recurrente de unas catástrofes que tenían su origen en la insuficiente disponibilidad de alimentos.

En el siglo XVIII, en cambio, un aumento considerable de la población vino acompañado por un incremento paralelo de la producción de alimentos; así, este crecimiento demográfico quedó incorporado establemente, y sirvió de estímulo a la reactivación de la economía europea, tras el paréntesis de la crisis del siglo XVII

Un ejemplo concreto ilustrará esta afirmación: entre 1751 y 1821 la población de Inglaterra y Gales aumentó más del doble, pero la agricultura británica fue capaz de incrementar su producción en la medida necesaria, hasta el punto de que ni siquiera fue preciso recurrir a la importación de cereales extranjeros. De no haber sido capaz la agricultura de reaccionar así, no hubiera podido iniciarse una revolución industrial en Gran Bretaña, ya que, para mencionar un solo argumento, la exportación de artículos manufacturados hubiera tenido que compensarse con importaciones de alimentos, y no se hubiera dado la acumulación de capital necesaria para financiar los progresos tecnológicos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.

Inicialmente, el aumento cíe población suscitó una tendencia a extender el cultivo a tierras nuevas o a roturar los pastos. Fue preciso que, paralelamente a la extensión del cultivo, se operara una conquista en profundidad: un aumento de la producción por unidad de superficie cultivada. Este aumento de los rendimientos por superficie cultivada se inició con la supresión gradual del barbecho: del período en que se dejaba la tierra sin cultivar (un año cada dos, cada tres o cada cuatro) para que con este reposo restaurara naturalmente su fertilidad.

Estos sistemas se perfeccionaron en Inglaterra durante el siglo XVII, hasta culminar en la llamada rotación cuatrienal de Norfolk, en la que se sucedían cosechas de trigo, nabos, cebada y plantas forrajeras. El hecho de que estas rotaciones incluyeran una o varias fases destinadas a producir alimentos para el ganado resultó de gran trascendencia, ya que permitió aumentar el número de cabezas de ganado (aun reduciendo la extensión destinada a pastos), lo que revirtió en una mayor disponibilidad de abono animal, que a su vez facilitó la intensificación de cultivo. Este sistema de cultivo alterno vino a representar una perfecta y equilibrada asociación de agricultura y ganadería, que rompería en lo futuro la disyuntiva entre dedicar la tierra a una u otra actividad. Los pastos comunes de los pueblos resultaban innecesarios, y se pudo proceder a roturarlos, a la vez que los propietarios cercaban sus tierras para evitar que el ganado ajeno entrase en ellas.

La intensificación de las «enclosures» en la Inglaterra del siglo XVIII contribuyó así al progreso de la agricultura británica, pero no se hizo sin grave quebranto para los pequeños campesinos, a los que, por una parte, se privó de los pastos con que hasta entonces habían contado para alimentar su ganado, mientras que, por otra, se encontraron imposibilitados de cercar sus propias tierras, debido a que ello significaba realizar unos gastos considerables.

Estos cambios en los sistemas de cultivo vinieron acompañados por la introducción de nuevas especies vegetales, principalmente raíces y tubérculos, como el nabo y la patata. La difusión de la patata tropezó con la hostilidad de los campesinos europeos, que creían que era venenosa y que producía enfermedades tales como la tuberculosis y la lepra. Pero el encarecimiento de los cereales a partir de mediados del siglo XVIII les obligó a sobreponerse a esta repugnancia y a consumirla en grandes cantidades. Esto ocurrió sobre todo en las concentraciones industriales de Inglaterra e Irlanda, y en aquellas zonas del continente que experimentaban la amenaza del hambre. En contrapartida, la dependencia del solo cultivo de la patata desencadenó, en el siglo XIX, la tremenda sucesión de hambres que asolaron y despoblaron Irlanda.



La intensificación de las labores y la mayor disponibilidad de ganado de trabajo estimuló el perfeccionamiento del utillaje agrícola. Es tradicional señalar como la primera de estas innovaciones la invención, en 1701, de la máquina de sembrar de Jethro Tull (imagen) , que haría posible sembrar cereales y raíces en hileras rectas y esparcidas, susceptibles de permitir el trabajo de una yunta entre ellas.

Pero las posibilidades de la máquina de sembrar no pudieron experimentarse plenamente hasta que, a partir de 1730, se divulgó el arado de Roterham: un tipo de arado ligero, inspirado en modelos holandeses, que permitía el trabajo con una sola pareja de animales y un hombre, en lugar de requerir, como los viejos tipos, mucho más pesados, un tiro de seis u ocho bueyes, que precisaba dos hombres para su trabajo, y que giraba con dificultad al llegar al final del surco (una de las causas de la forma alargada de las parcelas).

El siglo XVIII no llegó a producir las grandes innovaciones que permitirían la mecanización de la siega y la trilla, en parte porque las condiciones económicas aún no lo exigían, y en parte porque la construcción de estas máquinas necesitaban del desarrollo previo de la siderurgia. Pero los conocimientos tecnológicos para llevarlas a la práctica existían ya, como lo prueba que en 1732 se patentase una máquina de trillar movida por agua.

Estos fenómenos a que nos hemos venido refiriendo (la extensión del cultivo y el aumento de los precios agrícolas, provocados por una fuerte expansión de la demanda) ocurrieron prácticamente en toda Europa: en las islas Británicas, en España, Suecia, Francia, Holanda, Alemania, etc.

Un corolario lógico de esta manera de pensar había de ser la convicción de que estos progresos debían extenderse a todas las tierras disponibles y susceptibles de una adecuada explotación, sin que quedaran al margen de este avance las grandes extensiones poseídas por las clases privilegiadas del antiguo régimen (la aristocracia latifundista y el clero), que en su inmensa mayoría seguían cultivándose con los mismos métodos extensivos que se venían empleando desde la Edad Media.

De lo que tal vez no eran plenamente conscientes muchos de estos hombres era de que el desarrollo lógico y coherente de su manera de pensar conduciría a exigir una reestructuración de la propiedad de la tierra, que no podía lograrse más que con una transformación radical y revolucionaria de la sociedad y del mismo Estado, órgano de dominio de la aristocracia latifundista. Sólo en algunos lugares pudieron realizarse las reformas necesarias sin recurrir a alteraciones revolucionarias, como fue el caso de Dinamarca.

Fuente Consultada: Los Fundamentos del Siglo XX Tomo Nro. 94 Biblioteca Básica.

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