Historia de San Petersburgo

Historia de los Alemanes del Volga Causas de la Emigración a Rusia

Historia: Causas de la Emigración a Rusia de los Alemanes

Rusia contaba con enormes franjas de tierra fértil, despoblada y sin utilizar. Además, las guerras con Turquía a fines de siglo XVIII, extendieron enormemente el territorio ruso en el sur de Ucrania que apenas estaba habitado. Para conseguir nuevos ingresos a la corona Catalina II promulgó un manifiesto el 22 de julio de 1763, en el cual se invitaba a todos los extranjeros dispuestos a ello a radicarse en Rusia.

En realidad ya el zar Pedro El Grande había comenzado con el proceso de poblar zonas de Rusia con europeos.En las grandes ciudades como Moscú, San Petersburgo y Odessa existían comunidades alemanas con sus propias iglesias y colegios ejemplares, pero en el caso en particulares de los alemanes que poblaron las costas del Volga, la situación fue diferente porque se hizo a través de una planificación contratada de estas comunicades colonizadoras.

catalina II de rusia

Catalina II de RusiaPedro el Grande de Rusia

PORQUE EMIGRARON A RUSIA?

Para contestar a esta pregunta, y las próximas preguntas,  recurrimos a la explicación del historiador Orlando Britos, en su libro «Del Volga a Argentina«, en donde nos cuenta: El comienzo de esta historia se remonta a la segunda mitad del siglo XVIII, en una Europa conflictuada por las ambiciones de las «casas reinantes», las rivalidades entre príncipes y poderosos señores y profundas desavenencias religiosas y económicas.

Guerras permanentes que duraban años como la de los treinta años ( 1618-1648) y luego la de los siete años (1756-1763) había diezmado la voluntad de los pueblos germanos y la halagüeña invitación por parte de Catalina «La Grande» (de Rusia) hizo decidir a muchos europeos occidentales a abandonar sus tierras y emigrar al bajoVolga.

Si a esto le agregamos las guerras de sucesión polaca, austríaca y bávara, las invasiones a Polonia y al imperio otomano, podemos ir comprendiendo la decisión de la emigración alemana. La ocupación de Renania por medio siglo por parte de las tropas francesas de Luis XIV, dejó reducido de 25 millones de habitantes a sólo cuatro millones a los territorios alemanes. Los ejércitos de distintos orígenes vivían en territorios de centro Europa. Sus códigos de persuasión eran violentos para minar cualquier intento de subversión.

No dejaban viviendas sin requisar, y las iglesias no se salvaban de esta búsqueda de cosas de valor. Los ejércitos de ocupación sometían a los habitantes bajo su arbitraria jurisdicción a tratos inhumanos, a vej amenes y hasta eran sometidos impulsivamente a impuestos que debían pagar obligatoriamente, porque si se negaban a ello, en represalia, sus casas eran convertidas en escombros.

Algunas veces este dictatorial proceder trajo como consecuencia la unión de los pobladores que reclamaban por las extracciones de dinero con tanto sacrificio ganado para la subsistencia familiar a través del año. Pero todo era inútil. Por esos tiempos la fuerza se imponía a la razón y entonces se procedía a quemar ciudades enteras en represalia, sembrando el terror como escarmiento.

alemanes del volga

En su marcha, o en sus asentamientos provisorio los ejércitos tenían a su alrededor, una verdadera población parásita», que vivía a expensas de los soldados. Allí podían verse prostitutas y revendedores tratando de interesar a las tropas por sus «ofertas». Este marco era propicio para el pillaje, los robos, los secuestros de mujeres y violaciones. El cuadro contenía además asesinatos de niños y mujeres y de todo miembro familiar que se opusiera al desvastamiento o al incendio de la casa.

Frente a esta triste y penosa realidad, los prometidos privilegios de los zares rusos, para que emigren a poblar Rusia fueron sumamente tentadores, teniendo en cuenta las carencias, sobre todo en la ciudad de Essen y en el sudoeste de Alemania: la guerra de los 7 años, guerras napoleónicas, ocupación y poderes extranjeros con opresión política y también bajo la tiranía de los propios príncipes, servicios militares y servidumbre para los príncipes y fuerzas extranjeras, (por ejemplo: venta de soldados a América).Penurias económicas, malas cosechas, años de hambruna, rigurosa y muchas veces injusta administración, obstáculos para la libertad de culto.

EL VIAJE DE ALEMANIA A RUSIA:

El contingente [primer] que se aprestaba a emprender la primera emigración alemana a Rusia, era relativamente pequeño, en proporción a los que le sucederían, tanto al Volga como a la zona del Mar Negro. 400 personas solamente, componían la corriente migratoria primera. Quizás el factor más importante que impidió que el número sea mayor fue el desconocimiento sobre ese país tan lejano. Además las autoridades influyeron en desalentar y prohibir la salida.

El Manifiesto de Catalina había prohibido expresamente la entrada por el Oeste de Rusia, a saber a través de Austria, Hungría o Checoslovaquia. Debían entrar por el norte de Rusia, desde el Báltico. Las posteriores corrientes usaron aveces la ruta prohibida por Catalina; son los que se dirigieron a Rumania, Besarabia, Ucrania, Cáucaso y la zona del Mar Negro.

Los viajes al Volga fueron delegados por el gobierno de Catalina II a empresas francesas, como la Ropp y Pictet, la de Precot y Boffe y la de Ober Monjou. Salían de Alemania y eran guiados hasta su destino por estas compañías. En San Petersburgo los contingentes eran entregados al gobierno ruso a través de un organismo creado a tal efecto, la Tutel-Kanseel, que era la encargada de llevarlos hasta el lugar asignado para el asentamiento , en el Volga.

El viaje de este primer (1762) contingente de 400 personas fue una verdadera odisea. Tuvieron que recorrer unos 3.000 km. Que les demandó un año entero. Las peripecias soportadas fueron transcriptas por algunos historiadores. En realidad, los alemanes no estaban preparados para soportar un frío tan intenso. Hay que tener en cuenta que en invierno (enero) la  zona de San Petersburgo y todo el recorrido posterior hasta el Volga mismo tiene una temperatura media entre -10°y-15° y no varía a pesar de la diferencia de latitud entre la primera ciudad y la zona del Volga, como consecuencia de efectos climáticos exteriores.

Treinta mil personas iniciaron en las distintas marchas emigratorias el itinerario al Volga. De ellos sólo llegaron veintisiete mil, y en los primeros diez años el número de colonos alemanes en el Volga fue bajando como consecuencia de producirse muchas muertes por la precariedad física y mental con que llegaron.

No sólo las contrariedades serias del largo peregrinar, sino que la insuficiente comida y la falta de atención médica adecuada desencadenaron muchas muertes, el cansancio mental, la depresión y la nostalgia, principalmente en la gente anciana contribuyó al desenlace que hago referencia.

Se establecieron 104 aldeas o colonias madres, fundadas entre 1764 y 1767. Todas en la margen derecha del río Volga (Bergseite), yí que la margen izquierda (Wiesenseite) estuvo ocupada por varios años por las tribus nómades de Quirguizios, Calmucos, Tártaros y Bashkirios.
En realidad, estas tierras fueron ocupadas por estas tribus desde épocas remotas. Según Thomas de Quincey, en su libro «La rebelión de los Tártaros» en la margen derecha (Bergseite) vivían aproximadamente 100.000 calmucos y en la Margen Izquierda (Wiesenseite) unos 750.000.

El espíritu conservador de los alemanes del Volga, consolidó de tal manera a loos grupos, que siempre encontraron las motivaciones comunes a cada familia para unirse. Así, por ejemplo, los primeros asentamientos que constituyeron las aldeas o colonias en el Volga, estaban agrupadas según la vecindad en que habían vivido en Alemania y del credo que profesaban católicos o protestantes). Luego también ostentaron con orgullo haber sido de la Bergseite o de la Wiesenseite. Esta diferencia de origen utilizaron los descendientes cuando llegaron a la Argentina. Los de la zona occidental del Volga se sentían descendientes de los fundadores, mientras que los de la otra orilla, contaban con orgullo que sus abuelos habían sido los pioneros en habitar la zona más peligrosa, y que lo habían realizado con
vaentía y coraje.

EL RETORNO: AHORA DESDE EL VOLGA A AMÉRICA
Durante un largo siglo, los alemanes poblaron las tierras vírgenes de ambas orillas del río Volga, en Rusia. Desaparecida Catalina II y con el transcurrir del tiempo, el gobierno imperial ruso quiso «enrusar» a los colonos alemanes, porque prácticamente era una colonia alemana dentro de un gran imperio, que tenían privilegios como el de mantener sus costumbres, idioma natal, credo, y eximido del servicio militar. Los alemanes se habían mantenido ajenos al sistema y cultura rusa; muy pocos conocían el idioma y los vínculos con los nativos era casi nulo.

La poca autonomía de la cual gozaban, les fue cortada, entonces se dieron cuenta que estaban en un país que ya no los quería como colonos. No les renovaban nás los contratos por los campos y les ofrecían en cambio tierras en Siberia. No cabía otra alternativa que buscar nuevos horizontes. El hecho que posiblemente causó uno de los mayores impactos fue la desaparición de la promesa formal de Catalina II que los eximía del servicio militar para los inmigrantes y las generaciones venideras. El servicio militar en Rusia era muy riguroso, duraba entre cinco y siete años, más nueve en la reserva.

En una entrevista oral que realizó Olga Weyne a Juan Detzel, Este dice que «les resultaba intolerable e injusto «salir jóvenes de las colonias y volver con canas». Por eso muchos se convertían en desertores quedando como única alternativa la emigración. La incorporación oligatoria en las escuelas de las colonias alemanas del idioma ruso y el temor de ser obligados a profesar la religión ortodoxa desencadenaron finalmente la decisión.

Se hicieron reuniones y enviaron emisarios, primero a los Estados Unidos de Norteamérica, luego también al Brasil, para estudiar las posibilidades de inmigración en estos países, Los emisarios regresaron al Volga con buenas noticias, a lo que siguieron numerosos grupos de emigrantes, dirigiéndose hada los mencionados países. Entre tanto, los que ya se habían establecido en el Brasil, pronto se dieron cuenta que este país no reunía las buenas condiciones para el cultivo del trigo. De allí llegó un grupo a Argentina para analizar sus condiciones de dima, de suelo y de inmigración. El Gobierno de este país ya había sido advertido del importante contingente de alemanes del Volga, que se dirigía hacia el Brasil, así como de sus características de buenos agricultores, e hizo todo lo posible para que éste sea llevado a la Argentina, valiéndose para ello de artimañas. No sólo lo logró, sino que muchos de los que se habían establecido ya en el Brasil, llegaron voluntariamente a Argentina, en busca de mejores tierras trigueras.

Los primeros colonos alemanes del Volga llegaron a fines de diciembre de 1877 a Buenos Aires. Pero fue a partir de enero de 1878 en que vinieron grandes y pequeños contingentes, estableciéndose en el centro y sur de la provincia de Buenos Aires y en Entre Ríos.

Fuente Consultada:
«Del Volga a la Argentina» de Orlando Britos (comprar el libro)
Sitio WEB: Los Alemanes del Volga http://www.aadav.org.ar

Biografía del Zar Nicolas II de Rusia Gobierno y Obra Política

Biografía del Zar Nicolás II de Rusia
Gobierno y Obra Política

Nicolás II de Rusia (Dinastía Romanov): Nicolás II, fue último zar de Rusia, no destacó como gobernante, pero creía firmemente que su deber era preservar la monarquía absoluta. Finalmente, se vio obligado a abdicar ante la gran demanda popular de reformas democráticas. Nicolás y su familia fueron ejecutados por los bolcheviques en 1918.

Nicolás II, que subió al trono en 1894, se parecía a su padre: tuvo su limitada inteligencia, y, además, su falta de voluntad. Estaba decidido a seguir los principios de gobierno del reinado anterior, pero no contaba con los medios necesarios: un régimen semejante era un anacronismo.

zar Nicolas II de Rusia

Zar Nicolas II de Rusia: Ultimo zar de Rusia. Hijo y sucesor de Alejandro III. Su mujer, Alexandra de Hesse, le empujó a vivir lejos de la Corte en Tsarkofe Selo. Fue acogido con entusiasmo con motivo de un viaje a París que reafirmó las buenas relaciones, franco-rusas. Fue el promotor de la primera Conferencia Mundial para la Paz (La Haya 1899). En 1895 intervino para salvar a China del Japón; después condujo a su país a la desastrosa guerra ruso-japonesa de 1904-05.

La poca energía del zar, su indiferencia por los asuntos de Estado permitirían que la crisis latente estallase. Rusia estaba ya en plena transformación social y económica, iniciada ya en el reinado de Alejandro III. En principio, su política agraria trató de restablecer el poder político de una nobleza arruinada: más de las dos quintas partes de sus tierras estaban hipotecadas, y el proceso de emancipación de los campesinos, seguido de la venta obligatoria de tierras a éstos, acabó de empobrecerles.

El zar volvió a dar a los nobles unos poderes políticos que mermaban la autonomía de las comunidades rurales, establecida por la reforma de Alejandro II. Para compensar esta medida, ordenó la concesión a los campesinos de facilidades de crédito para comprar tierras o colonizar las tierras vírgenes de la Siberia meridional y del Asia central.

De este modo, surgió una clase campesina rica, la de los kulaks, que supo manejar el dinero y la usura en provecho propio, comprando a bajo precio los bienes de los nobles arruinados y la parte de los campesinos endeudados. Paralelamente, una masa de campesinos sin tierras abandonó el campo y fue a buscar trabajo a la ciudad, como una verdadera «población seminómada». Convertidos en obreros de las fábricas, engrosaron los efectivos de un proletariado urbano, que se encontraba ya, por su parte, en pleno crecimiento.

En política interior  afirmó el régimen autocrático y prosiguió la obra de rusificación de sus conquistas —partículamente de Finlandia—. La industrialización comenzada por el ministro de Finanzas Witte desarrolló al proletariado urbano en tanto que el problema agrario se agravaba. Las huelgas y los acto terroristas se multiplicaban apoyados por el partido social-demócrata de tendencia marxista, creado en 1898.

Los conflictos agrarios, crónicos en Rusia a causa de la superpoblación rural y del hambre, no tardaron en sujetarse a los conflictos en la ciudad, con su secuela de huelgas y sangrientas represiones. En efecto, la industrialización rusa avanzaba a pasos de gigante. En 1870, Rusia no tenía capitales, ni máquinas, ni técnicos. Alejandro II interesó a poderosos bancos europeos en la creación de ferrocarriles rusos, necesaria para el desarrollo de la industria.

Los años 1880-1890 son esenciales. Alejandro III, por su parte, continuó aquella afortunada política financiera. Confió el ministerio de Hacienda a Witte, hombre dinámico y moderno, que permanecería en este puesto desde 1892 a 1903. Como Rusia tenía necesidad de capitales, el zar, insistentemente aconsejado por Witte, se dirigió a Francia, «el banquero de Europa», a pesar de su repugnancia por el «innoble liberalismo» de la Tercera República.

Desde 1888 a 1891 se sucedieron varios empréstitos, audazmente cubiertos por el ahorro francés: cuatro mil millones de francos-oro impulsaron la industria rusa y los ferrocarriles. Nicolás II prosiguió aquella política: en octubre de 1896 fue a París a negociar un empréstito de ocho mil millones de francos-oro, siendo recibido con gran entusiasmo por la población, por los ministros y por el presidente de la República Francesa, Félix Faure.

Se desarrollaron tres grandes centros industriales: la industria textil en Moscú, la mecánica en San Petersburgo y la siderurgia en el Donetz. Sin embargo, la condición obrera no mejoró. Los trabajadores tenían una jornada de once horas y media, y un salario que era la tercera parte o la mitad del salario obrero europeo.

Ningún seguro, ninguna protección aliviaba su suerte. Los inspectores de trabajo, creados en 1883, fueron más bien policías a sueldo del Estado, que vigilaban la acción de los propagandistas en las fábricas. Los niños obreros eran todavía más explotados en las minas en que trabajaban. En 1890, Rusia contaba con 1.433.000 obreros (en 1870, tenía 410.000), pobres desgraciados qué se hacinaban en las ciudades, en horribles condiciones de alojamiento. El reinado de Alejandro III está caracterizado por las huelgas.

En 1885, en el centro textil de Orikovozuievo, en los alrededores de Moscú, la primera huelga victoriosa enfrentó a 8.000 obreros con los cosacos, auxiliares de la policía. Aquellos movimientos originaron la formación de sindicatos y de agrupaciones cooperativas. Nicolás II se enfrentó duramente con aquellas realidades rusas, cuya fuerza explosiva supo aprovechar la propaganda revolucionaria, bien organizada ya.

Las huelgas y los actos terroristas se multiplicaban apoyados por el partido social-demócrata de tendencia marxista, creado en 1898. El asesinato del ministro del Interior, Pleve, y los desastres en Extremo Oriente incitaron a los liberales a pedir un régimen cónstitucional.

manifestacion obrera en rusia el domingo rojo

La represión del gobierno a los obreros rusos, «Domingo Rojo»

El zar permitió reprimir bárbaramente la pacífica manifestación de los obreros de San Petersburgo que estaban en huelga en la jornada que fue llamada «domingo rojo» (22 de enero de 1905). Por el manifiesto del 30 de octubre del mismo año, Nicolás prometía un regímen constitucional, con la elección de una Duma. Los octubristas y los cadeles se le confiaron entonces mientras que los extremistas avanzados intentaban una sublevación armada que fue ahogada en sangre.

Las leyes fundamentales promulgadas el 10 de mayo de 1906 arrebataban todo el poder real a la Duma y la primera asamblea fue disuelta por haber reclamado el régimen parlamentario. Nicolás II se abandonó entonces en manos de un reaccionario, Stolypine. La segunda Duma también fue disuelta (1907). Una tercera fue elegida por un colegio restringido de electores. Por el ucase del 9 de noviembre de 1906 el zar favorecía a los kulaks, campesinos acomodados, contra los campesinos desheredados. Tras el asesinato de Stolypine, la agitación revolucionaria recomenzó.

En lo tocante a la política exterior el zar firmó un acuerdo con Inglaterra. Enredado en la crisis de Bosnia, no tuvo otro remedio que inclinarse ante las potencias balcánicas. En 1912 promocionó la creación de la Liga Balcánica. En julio de 1914 se dejó arrastrar por los generales, a espaldas de Francia, para ordenar la movilización general contra Alemania, que le declaró la guerra el primero de agosto.

Luego de la Revolución Rusa, el nuevo gobierno de Rusia había planeado un juicio público grandioso para procesar al zar, pero en realidad la tarde del 16 de julio, Nicolás, su mujer Alexandra y sus cinco hijos (cuatro hijas y Alexis, el heredero, de catorce años), fueron enviados al sótano de la casa donde estaban detenidos. Allí los esperaba un un pelotón de fusilamiento, que disparó una lluvia de balas contra la familia Romanov. Los disparos continuaron hasta que la habitación se llenó de humo.

El zar y la zarina murieron al instante. (ampliar este tema)

Representación del fusilamiento de la familia real rusa.

Los primeros reveses, la escandalosa y creciente influencia de Rasputin sobre la pareja imperial desde 1905, que imponía al zar ministros sospechosos ante la opinión pública y los aliados; todo ello aumentaba el descontento. En 1916 Rasputin fue asesinado. Huelgas insurgentes estallaron en San Petersburgo, los ministros dimitieron y la Duma formó un gobierno y el zar abdicó. Al principio estuvo prisionero en su misma residencia; después, la familia imperial fue conducida a Ekaterinburg y fusilada por los bolcheviques en la noche del 16 al 17 de julio de 1918.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Civilizaciones de Occidente Tomo B Jackson Spielvogel
 

 

Biografía de Plejanov Teórico Marxista

PLEJANOV: MAESTRO INTELECTUAL DE LENÍN

Plejánov Gueorgui Valentínovich  (1856-1918), pensador y político ruso, principal teórico del marxismo en su país antes de la Revolución Rusa y uno de los primeros ideólogos del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) que, dirigido por Lenin, conduciría aquélla.

Nació el 11 de diciembre de 1856 en la actual Griazi en el seno de una familia de la nobleza. En 1875, mientras estudiaba en San Petersburgo, se unió al movimiento revolucionario de los narodniks , a quienes posteriormente criticó, especialmente por sus actividades terroristas.

Plejanov intelectual marxista

Una nueva ideología revolucionaria penetra en Rusia. Es el momento en que Jorge Plejanov, otro de los jóvenes aristócratas llegados al populismo, se aparta del movimiento terrorista de la «Voluntad del Pueblo». Emigra a Suiza, en 1880, llevando consigo a otros populistas, como Vera Zasulich, Pablo Axelrod, León Deutsch, para estudiar allí el marxismo occidental y encontrar nuevas bases para una acción revolucionaria en Rusia.

En 1872, se había publicado una traducción rusa de «El Capital», de Marx, obra en que la censura imperial no veía peligro alguno, pues «pocos leerán este libro en Rusia, y muchos menos aún lo comprenderán». Pero la influencia de la filosofía alemana se enfrentará con el socialismo utópico francés, y no tardará en sustituirlo.

En Ginebra, Jorge Plejanov funda el primer movimiento marxista ruso, el grupo de la «Liberación del Trabajo», que él mismo dirigirá durante veinte años, sin que nadie discuta jamás su superioridad intelectual, ni su calidad de jefe. «Delgado, esbelto, ceñido en un impecable redingote, llamaba la atención por la extraordinaria viveza de su mirada, bajo unas espesas cejas… Todo en él —actitud, pronunciación, voz, modales— revelaba una suprema distinción», según la descripción de Lunacharski. Su influencia fue muy grande.

Los marxistas rusos «del interior» se trasladaron a Ginebra. «Plejanov educó, él solo, a toda una generación de marxistas rusos», dirá después Lenin, que le consideró, durante mucho tiempo, su maestro, y que desarrolló su pensamiento hasta 1900. Trotski escribió: «Toda la actividad de Plejanov tendía a preparar la revolución por medio de las ideas. Fue el propagandista y el polemista del marxismo, pero no el político revolucionario del proletariado». Este será el papel desempeñado por Lenin, que deshancará así a Plejanov.

Lenín, ideologo de la Revolución Rusa

Su constante alejamiento de Rusia presagiaba ya esta superación. Plejanov inicia y extiende la primera gran división del movimiento revolucionario ruso. En reacción contra los populistas que, por el simple hecho de que no había clase obrera de tipo occidental en Rusia, sino obreros campesinos, estaban persuadidos de que Rusia evitaría la fase capitalista e industrial prerrevolucionaria, y daban especial importancia al papel del campesinado en una perspectiva de socialismo agrario—, Plejanov no veía otra posibilidad de revolución que la de la clase obrera, hacia un socialismo industrial: «En Rusia, la libertad política será conquistada por la clase obrera, o no será conquistada en absoluto».

Estas dos actitudes desembocan en el «Partido Social Demócrata», de inspiración marxista, y en el «Partido Social Revolucionario», forma más elaborada del populismo. Los grupos revolucionarios disidentes se unirían a uno o a otro de estos dos partidos. Carlos Marx murió en 1883, sin haber llegado a conocer la sorprendente evolución de las teorías de Plejanov.

Plejanov, falleció en el exilio, en Finlandia, el 30 de mayo de 1918.

 

Rasputin el Monje Loco y la Zarina Alejandra en la Corte Rusa

Rasputin el Monje Loco y la Zarina Alejandra en la Corte Rusa

Grigory Yefimovich Rasputín: En 1907, el heredero del trono ruso, un niño hemofílico de dos años, quedó postrado en la cama con una hemorragia, y los médicos imperiales carecían de conocimientos para ayudarle. La zarina Alexandra se sentía angustiada y culpable. Cuatro de sus parientes cercanos habían muerto de hemofilia, y su único hijo, Alexis, había heredado esta enfermedad.

Desesperada por salvarlo, la zarina mandó buscar a Grigory Yefimovich Rasputin, un campesino siberiano autoproclamado hombre santo y famoso en San Petersburgo desde hacia poco tiempo, que se había convertido en un favorito de la aristocracia. Rasputín llegó a la habitación del enfermo, rezó unas oraciones y la hemorragia cesó.

A su llegada a San Petersburgo, en 1903, Rasputín fue recibido como un hombre santo y en 1908 fue presentado a la esposa del Zar, Alejandra Fiódorovna, quien tenía gran fe en sus supuestos poderes curativos. 

Se especula con la posibilidad de que consiguiera aliviar su dolencia mediante hipnosis; en cualquier caso, la mejoría del heredero le granjeó la confianza de la zarina y también la de Nicolás II, fuertemente influido por la zarina.

Alexandra y el zar Nicolás II, que respetaban a Rasputín desde el momento en que lo conocieron, lo aceptaron desde ese instante en su círculo íntimo. Alexandra adoraba a Rasputín como a un santo y gracias a ella obtuvo una enorme influencia política. En 1915, tras haber salvado aparentemente a Alexis de múltiples hemorragias, el «monje loco» se convirtió en el hombre más poderoso de Rusia y llenó la corte con sus protegidos carentes de escrúpulos. Sin embargo, su libertinaje desencadenó su ruina.

El círculo de sus admiradoras hablaba con temor de su mirada abrasadora. Animaba sus emociones, diciendo que el contacto físico con él limpiaría a los pecadores de sus pecados. Las historias de sus corrupciones circulaban por todas partes.

El clero se pronunció contra él; los dirigentes políticos, preocupados por su influencia, imploraron al zar que lo echara. Cuando los periódicos atacaron a Rasputín, Alexandra convenció a su marido de que los censurara. Sin embargo, la animosidad pública contra el «hombre santo» continuó creciendo.

En 1916, cuando un grupo de líderes conservadores empezaron a temer que él y la zarina conspiraban para lograr la paz con Alemania, decidieron asesinarle. Según la leyenda, atrajeron a Rasputín a una casa particular y le sirvieron vino y pasteles envenenados.

Como el «monje» no sucumbió, el príncipe Felix Yusupov le disparó con una pistola. Tocado varias veces, Rasputín no acababa de morir. Finalmente, b conspiradores acabaron con él empujándolo al río Neva, donde se ahogó.   

El zar Nicolás, hombre de débil voluntad y reacciones lentas, estaba dominado por su esposa Alejandra. La zarina de porte regio y profundamente religiosa, poseía una irrefrenable ambición: transmitir el dominio total del imperio a su hijo hemofílico el zarevitch. Con este propósito se había dejado aconsejar de Grigori Rasputín, el «monje loco», campesino elocuente aunque de escasa ilustración, borracho, sucio y libertino, que se autoproclamaba santo, pero poseía una misteriosa habilidad para aliviar los sufrimientos del zarevitch durante sus crisis hemorrágicas. En la época en que comenzó la guerra, la influencia de Rasputín sobre la zarina, y a través de ella sobre el zar, era prácticamente absoluta. El 17 de diciembre de 1916, Rasputín moría asesinado por unos aristócratas.

UN PASAJE DE LA VIDA DE RASPUTÍN JUNTO A LA ZARINA

Confiada de la recuperación de su hijo, la emperatriz sale con el niño a dar un paseo en carroza. El viaje no ofrece ningún peligro, pero de pronto una rueda de la carroza cae a un profundo bache del camino desestabilizándola casi hasta el punto de hacerla volcar.

El zarevitch se golpea con una manilla de la puerta en la misma herida que ha sanado la noche pasada. Debilitado por la hemorragia interior, la herida sangra copiosamente y esta vez resultan inútiles los esfuerzos para detenerla. Rasputín se encuentra por ese entonces en Pokrovskoe, donde se ha retirado por un tiempo para dejar pasar una borrasca que lo amenazaba. El estado del heredero es crítico y ya nada puede salvarlo.

La zarina ordena telegrafiar a Rasputín un mensaje con carácter secreto en el cual no se menciona la razón del apremio por su presencia en Polonia. Rasputín comprende de inmediato de qué se trata y envía un telegrama a Skierniewice, lugar de residencia de los zares en Polonia, en que dice: «Dios ha acogido mis plegarias. No te desconsueles, tu hijo sanará. Por sobre todo que los médicos no lo atormenten más».

La zarina recibe el telegrama al día siguiente y estas solas palabras bastan para reconfortarla. Imagina a Rasputín ya en viaje. Corre junto a Aliosha para leerle en voz alta las palabras de Grigorig. El pequeño toma el telegrama en sus manos y lo lee también detenidamente. Entonces, como por obra de un milagro, ya que sólo de eso se puede tratar a los ojos de los presentes, la hemorragia se detiene y el niño comienza a dar, al cabo de unas horas, visibles síntomas de mejoría. Los médicos ahí presentes no atinan a nada, pero lo cierto es que ya en la noche el niño se encuentra fuera de peligro y los zares deben rendirse una vez más a la evidencia: Rasputín ha salvado una vez más la dinastía de los Romanov; él es, sin duda, un enviado del cielo.

Sólo este hecho ha podido detener la marejada de intrigas que se tejen contra Grigorig Rasputín, llamado por muchos «el furúnculo nacional». El último de los ataques, en las proximidades de la guerra, lo acusa de conspirar contra Rusia a favor de Alemania. Esto se desprende de un círculo de banqueros judíos que, allegados a él, utilizan su poder y su influencia para expandir sus actividades. El fervor antigermánico se propaga virulentamente y llega incluso a la zarina, que por su ascendencia Von Hesse, es de sangre alemana.

Una vez más, ante la borrasca amenazante, Rasputín cree conveniente desaparecer de escena y volver por un tiempo a Pokrovskoe. Rasputín vuelve ahí a la tranquila vida campestre que tanto extraña a veces en la amenazante y turbulenta San Petersburgo. Sin embargo, su apacible retiro de Pokrovskoe es interrumpido por un atentado en su contra. Una mendiga con el rostro carcomido y purulento, clava un puñal en su vientre cuando Rasputín se disponía a darle una limosna. Rasputín no ha podido reconocer en ese rostro llagado y deforme a la bella Konya Guseva, antigua seguidora de Rasputín a la cual el staretz le ordena marchar hacia Tierra Santa. Es ahí donde la mujer contrae esa enfermedad que corroe su piel y que la ha deformado de por vida. Ella jura venganza contra Rasputín y a instancias de Ilyodor, planean el asesinato.

Pero Rasputín es fuerte y en el hospital de Tjumen es declarado fuera de peligro. Es durante su convalecencia cuando recibe un telegrama de la zarina ordenándole volver a San Petersburgo. Ha estallado la guerra. El 28 de junio de 1914 es asesinado en Sarajevo el gran duque Francisco Fernando de Austria. Parecía que sólo faltara este hecho para desencadenar la guerra que estaba latente. Con la aprobación del Kaiser Guillermo, Austria se dispone a atacar a Serbia. Rusia hace ver que no aceptará el aplastamiento de Serbia y moviliza sus tropas. Esta movilización da motivos a Alemania para declarar la guerra a Rusia el Io de agosto. Rasputín desde su lecho de enfermo intenta hacer valer sus convicciones pacifistas ante el emperador. Pero ya todo es inútil, la Primera Guerra ha comenzado.

Comienza con ella el gran reinado de Rasputín, esos vertiginosos años en que será él el conductor efectivo de los destinos de Rusia. Esto se deberá en gran parte a otro personaje tan controvertido como el mismo monje, la zarina Alejandra. Si bien no se puede hablar de confabulación, porque uno y otro obraron de buena fe, la guerra será la gran ocasión para que Alexis Von Hesse Darmstad ejerza todo su temperamento voluntarioso y dominante ya no sólo sobre su débil marido, sino sobre la política interna y externa de Rusia. Rasputín sólo tendrá que hacer ver su parecer, para que la zarina actúe en ese sentido.

Los inicios de la guerra traen consigo algunas victorias que logran exaltar a Nicolás II. Sin embargo estas conquistas han significado un saldo espantoso de víctimas. Cuando los rusos han logrado penetrar las líneas alemanas, como la fallida invasión de Prusia oriental, ha sido a costa de fantásticas carnicerías. La guerra se arrastra penosamente. En julio de 1915 los ejércitos rusos han perdido tres millones de hombres y Alemania ha reconquistado Polonia. El zar, que siempre ha gustado de las campañas bélicas y los movimientos de tropas, parte al frente con el pequeño Alexis.

Rasputín no ha podido esta vez obrar sobre la voluntad. Todos los esfuerzos que despliega ante el monarca para convencerlo de la insensatez de la guerra, resultan vanos. El antibelicismo de Rasputín es conocido y los diferentes grupos nacionalistas ven con malos ojos las gestiones del staretz para retirar a Rusia del conflicto. La ausencia del zar le dejará las manos libres para echar adelante sus planes. Hay que hacer notar que el pacifismo de Rasputín es del todo sincero.

Además del derrumbe de la dinastía, que Rasputín asocia directamente al resultado del conflicto, su alma de mujik se estremece ante la feroz carnicería con que el zar lleva adelante sus planes. Rasputín sabe que aquellos que han caído son gente como él, campesinos, hombres simples que no han buscado ni deseado esa guerra y que, sin embargo, son la carne de cañón de esa máquina de guerra que las grandes potencias han echado a andar para satisfacer sus ambiciones políticas.

Si Rasputín quiere acabar con esa guerra, sabe que debe deshacerse de su más poderoso enemigo, el gran duque Nikolai Nikolaevich, generalísimo de las fuerzas rusas y belicista sanguíneo. Por intercesión de la zarina, Rasputín consigue su objetivo. El gran duque Nikolai es separado de sus tropas y enviado al Cáucaso al mando de un pequeño puñado de hombres. El mando de los ejércitos rusos los asume el inepto Nicolás II.

Sin embargo, el golpe de gracia de Rasputín es cuando logra el nombramiento de Stürmer como Presidente del Consejo, este también, partidario de una paz negociada. En este momento, y luego de una nueva y milagrosa curación al pequeño Aliosha, Rasputín tiene en sus manos la totalidad de las riendas del poder. La emperatriz escribe a su marido en el frente: «Nicky, debemos hacer lo que aconseja nuestro Amigo, su voz es la voz de Dios». Mediante este expediente, Rasputín logra ejercer presión sobre el zar a través de la idolatrada Alejandra. Desde luego poniendo a Stürmer, Rasputín ha logrado deshacerse de Chvostov, ex aliado de Rasputín y quien desde el Ministerio del Interior ha intentado en varias oportunidades matar al staretsz.

Este vive ahora en un constante estado de alerta y antes de probar cualquier bocado o vino, se lo da a comer o a beber a sus gatos. En una ocasión su gato cayó fulminado al beber una copa de vino y Rasputín no ignora que es por obra de Chvostov. Pero Chvostov no es el único. Ya son legión quienes quisieran deshacerse de Rasputín, por la influencia funesta del staretz en los planes bélicos de Rusia, por las arbitrariedades de la zarina donde todos ven la mano de Rasputín, y por la desenfrenada lujuria que por esa época exhibe Rasputín desenfadadamente, como si quisiera desafiar a la aristocracia rusa con su comportamiento licencioso.

Nadie ignora que la conformación del nuevo gabinete es obra de Rasputín y que éste no pretende más que la derrota de Rusia. De hecho, Rasputín se ha rodeado por una corte de banqueros judíos, que si bien no conspiran a favor de Alemania, como corren las malas lenguas, están por el término de la guerra y la autorización para abandonar su territorio luego de los progroms que ha permitido Nicolás II.

La situación política se vuelve confusa y desesperada y todos los dedos apuntan hacia Rasputín y hacia la emperatriz. Por aquí y por allá nacen grupos y facciones que desearían asesinar a Rasputín y deportar a Alejandra haciendo abdicar a Nicolás. El poder del zar se debilita en San Petersburgo y Moscú, donde diversas facciones intentan encontrar una solución a una crisis que se ha visto agudizada por las privaciones que la guerra ha impuesto al pueblo, por la agitación de bolcheviques y mencheviques que ven la guerra de la revolución, y por la nata de conspiradores que intentan aprovecharse del desgobierno para alcanzar sus fines personales.

Sin embargo son aquellos que ven en la figura de Rasputín la caída de la monarquía, quienes desearían cambiar de plano el orden de las cosas; entre ellos, se cuenta ahora el mismo zar. Escribe a Alejandra: «Me parece que no es nuestro amigo quien me ayuda a gobernar, sino que más bien soy yo, Nicolás Romanov, quien lo ayuda a él, que es quien rige la nación». Luego en otra misiva a la zarina: «No puedo aceptar que Grigorig Efimovich nombre directamente a los ministros. Es algo que ni aun yo puedo hacer. Y qué clase de gente nombra, son ellos los que están hundiendo al país».

Sin embargo, la zarina hace oídos sordos de estas palabras y continúa bombardeando al zar, que se encuentra en el frente, con continuas reclamaciones o consejos que provienen de Rasputín. Esta situación, para algunos, no puede continuar.

El Intelligence Service de Gran Bretaña tiene, por su parte, serias dudas de las intenciones pacifistas de Rasputín, sugiriendo que esta postura no hace más que ocultar una colaboración con Alemania. Este juicio se basa en parte en la amistad de Rasputín con Rubinstein, banquero judío que trabaja para capitalistas alemanes. Su proximidad de la zarina y por ende de los secretos oficiales así como los de sus aliados, hacen de Rasputín un sujeto en extremo peligroso, lo que dá inicio a una larga historia de planes y conspiraciones para asesinarlo con veneno en la bebida y alimentos, que al fallar lo mataron de un disparo de bala.

HECHOS, Sucesos que estremecieron al siglo Tomo N° 10.

 

El despotismo ilustrado: Carlos III, Federico el Grande, Pedro I

El Despotismo Ilustrado y Sus Representantes
Carlos III, Federico el Grande y Pedro I de Rusia

Despotismo ilustrado, concepto político que hace referencia a una forma de gobierno, vinculada a ciertas monarquías europeas del siglo XVIII, en la que los reyes, sin renunciar a su condición de soberanos absolutos, trataron de aplicar determinadas medidas “ilustradas”, de corte reformista e incluso progresista, surgidas precisamente en esa centuria, denominada genéricamente Siglo de las Luces ó la Ilustración.

El surgimiento de las ideas de la Ilustración en el siglo XVIII ejerció un fuerte impacto en las monarquías europeas. En algunos casos, las nuevas ideas provocaron una actitud represiva frente a ellas y una afirmación de los valores tradicionales. En otros, la colaboración entre la Ilustración y el estado dio lugar al surgimiento de un nuevo tipo de monarquía que buscaba compatibilizar el fortalecimiento del poder del rey y el desarrollo ordenado y equilibrado de la sociedad. A estos reyes se los conoció como «déspotas ilustrados».

Los monarcas ilustrados más importantes fueron Federico II de Prusia, María Teresa y José II de Austria, Catalina II de Rusia y Carlos III de España. Muchos filósofos se instalaron en las cortes de estos reyes, que manifestaban el deseo de efectuar reformas basadas en las ideas de las Luces.

Aunque el término “despotismo ilustrado” fue acuñado en el siglo XIX, nació para intentar definir comportamientos políticos del siglo XVIII. Durante éste, numerosos soberanos de Europa defendieron una práctica ilustrada del poder, intentando proyectar en sus actuaciones el rey-filósofo del que hablaban Voltaire y otros pensadores de la Ilustración. Entre los déspotas ilustrados más significativos del periodo deben ser citados los ejemplos de Carlos III en España, José I el Reformador en Portugal, Federico II el Grande en Prusia, Catalina II la Grande en Rusia y el emperador José II.

Los déspotas ilustrados compartían una misma concepción del estado. Éste era concebido como un «hecho artificial», creado por el hombre y entregado, mediante un contrato (revocable), al soberano. El rey, que detentaba todo el poder, era el primer servidor del estado. Su función principal era la de proporcionar la felicidad a sus subditos pero sin su participación. Una frase sintetizaba esta idea: «Todo para el pueblo, por el pueblo, pero sin el pueblo».

Todos ellos intentaron impulsar, en alguna medida, reformas en distintas áreas (educación, justicia, agricultura, libertad de prensa o tolerancia religiosa).

Los gobiernos de los déspotas ilustrados presentaron una serie de características comunes:

Tendencia a la centralización y burocratización administrativa. Los monarcas ilustrados efectuaron reformas administrativas tendientes a lograr una burocracia más eficiente mediante la creación de órganos administrativos centralizados. En Prusia, por ejemplo, Federico II creó ministerios especializados (de Justicia, de Minas, de Construcciones, etc.) y mejoró los métodos de selección de los funcionarios.
Reorganización de todo el sistema fiscal. Se intentó llevar a cabo una distribución más equitativa de las obligaciones fiscales mediante la abolición de algunas exenciones impositivas que beneficiaban a la Iglesia y la nobleza.

Reforma del sistema judicial a través de la redacción de códigos. En 1787, por ejemplo, José H de Austria promulgó un nuevo código penal que abolía la tortura y limitaba la pena de muerte.

Énfasis en la difusión de la educación y la cultura a través de la creación de instituciones educativas.

Tolerancia religiosa. La política de tolerancia religiosa, cuyo representante más importante fue José II, tenía como fin lograr la afirmación de la soberanía del estado sobre la Iglesia.

Entre los representantes destacados del despotismo ilustrado encontramos a Carlos III de España, Federico II de Prusia, María Teresa, y José II de Austria y Catalina II de Rusia. A España le dedicaremos posteriormente una atención especial porque las’ medidas tomadas por los monarcas del siglo XVIII afectaron sus posesiones coloniales en América.

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Carlos III EspañaFederico II de Prusia
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Catalina II de RusiaJosé II de Austria
Pese a todo, y aunque tales regímenes supusieron cierto avance respecto a las tiranías despóticas, constituyeron sistemas de gobierno que todavía deben ser enmarcados en la concepción absolutista (en ningún caso democrática) del poder, en tanto que no supusieron ninguna delegación del mismo en órganos representativos. Por otro lado, la efectividad real de las reformas emprendidas por los déspotas ilustrados fue escasa y pocas superaron el estadio de simples medidas económicas.

En realidad, el déspota ilustrado sólo pretendía responder con sus actos al modelo de “hombre honesto” del siglo XVIII: intelectual, racionalista cultivado, amante de las artes y mecenas de los artistas, e innovador en materia política.

Por ello se rodeaba de auténticos filósofos (Voltaire en la corte de Federico II o Denis Diderot en la de Catalina II) o dejaba la aplicación de las reformas en manos de auténticos políticos ilustrados.

En este sentido fueron significativos los reinados de Carlos III (rodeado de administradores como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, todos ellos figuras claves de la Ilustración española) y de José I (cuya política ilustrada estuvo en manos del que fuera verdadero dirigente de Portugal en aquellos años: Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal).

Por último, citar el componente paternalista que caracterizó a estos reyes. Claro testimonio de ello son las palabras que el propio Federico II escribió en una de sus obras de filosofía política: “Los hombres han elegido a aquel de ellos que consideran más justo para gobernarles y mejor para servirles de padre”.

LAS REFORMAS SOCIALES
Más igualdad: Aun a riesgo de irritar al clero y a la nobleza, reyes como José II les suprimieron los antiguos privilegios. Los nobles perdieron sus latifundios, y la servidumbre de los campesinos quedó abolida. El ceremonial fastuoso de las cortes y el lujo desmedido redujéronse a un estilo sencillo y a veces a extremos de austeridad, como Federico de Prusia.

Más libertad: La tolerancia religiosa, la libertad de prensa y la libertad de trabajo fueron concesiones que los reyes otorgaron a sus pueblos a condición de que éstos se dejasen gobernar.
Ninguno toleró tanto la libertad de prensa como Federico II. «Yo dejo decir a mi pueblo lo que quiere —solía manifestar— y él me deja hacer lo que a mí más me agrada.» Y agregó cierta vez, con motivo de algunos libelos mordaces que lo vapuleaban: «Razonad cuanto queráis y sobre lo que queráis; pero obedeced».

Más justicia: Europa soportaba los defectos y abusos de una justicia envilecida por las arbitrariedades, torturas, confiscaciones de bienes, persecuciones por motivos religiosos y cárceles inhumanas. Fue necesario, pues, una profunda reforma legislativa y judicial. Reyes como José II promovieron también trabajos de codificación. Por otra parte, las tendencias filantrópicas de la época suscitaron medidas que hoy llamaríamos de «justicia social», en favor de los pobres, de los enfermos, de los niños y de los incapaces. Por ejemplo: la difusión de la vacuna antivariolosa, la educación de sordomudos, y los asilos.

Más cultura: Difundir la instrucción pública fue como una consigna. Por otra parte se favorecieron la investigación y el estudio con la fundación de academias y sociedades científicas, bibliotecas, museos, etcétera.

Más urbanismo: Dando por descontado que un aumento de población había de ser beneficioso para el progreso y el bienestar, Federico II y Catalina de Rusia fomentaron la inmigración y con ella colonizaron extensas regiones del país mientras fundaban muchos pueblos. Carlos III lo intentó también en España. Por otra parte, las viejas ciudades fueron provistas de obras y servicios públicos, y estimuladas con excelentes resultados.

Más riqueza: Mediante amplias franquicias de comercio y navegación se estimularon estas actividades, que tuvieron especial desarrollo en los puertos libres fundados por Austria y Gran Bretaña. Además, para que la exportación superara- a la importación, se fomentó intensamente la industria mediante la concurrencia de expertos técnicos y abultados capitales. En Gran Bretaña las máquinas empezaron a transformar el taller en fábrica; es decir, en «gran industria», con lo que decayeron las artesanías y adquirió fabuloso auge el comercio internacional Las potencias coloniales lograron grandes ganancias económicas que les permitieron financiar compañías de navegación y otras empresas.

PARA SABER MAS…

El despotismo ilustrado: «Todo para el pueblo pero sin el pueblo». El despotismo ilustrado fue una conducta o una práctica de gobierno más que una doctrina política. Se trataba de propugnar reformas en diferentes planos: avances en la administración, la creación de riqueza, el impulso a la enseñanza.

La aplicación concreta del despotismo ilustrado determinó la toma de distintas medidas:

POLÍTICASECONÓMICASEDUCATIVASRELIGIOSAS
Los monarcas impulsaron las reformas administrativas. Se acentuó la centralización de los Estados: pretendieron eliminar las instituciones locales y otorgarle a la burocracia una organización simple y ordenada, más «racional», de acuerdo con los principios de la Ilustración.Para fomentar el progreso, valor tan apreciado por los ilustrados, se apoyaron las empresas económicas.
Se estimularon las actividades agrícolas, manufactureras y comerciales.
Se dio impulso a la educación con la creación de institutos de enseñanza, academias y sociedades científicas. Se puso énfasis en las ciencias físicas y naturalesLos monarcas del despotismo ilustrado eran partidarios de la tolerancia religiosa, pero pretendieron imponer el regalismo, de acuerdo con su política de centralización estatal.

Federico I de Prusia Biografia Vida y Obra Rey Despota Ilustracion

Federico I de Prusia, Biografia Vida y Obra

PRUSIA, EL «REY SARGENTO» Y FEDERICO II EL GRANDE:

Por esa misma esa época, cuando la poderosa Rusia se perfilaba en el horizonte de Europa, comenzó a formarse una topera en el estercolero del Imperio alemán: Brandemburgo-Prusia. Federico Guillermo, el gran príncipe elector, había preparado el terreno (1640-1688), pues siguiendo el modelo francés, había modernizado la administración, creado un ejército permanente y dado una orientación mercantilista a la política económica.

Su hijo, Federico III, obtiene del emperador la dignidad real y en 1701 es coronado rey de Prusia con el nombre de Federico I.

Por lo demás, al igual que Rusia, Prusia era un país atrasado en el que los campesinos eran propiedad de los grandes señores y recibían continuas vejaciones por parte de una casta de arrogantes terratenientes.

Esta es la razón por la que, de forma similar a lo que ocurrió en Rusia, la modernización se introdujo por la vía de la militarización. Con la única diferencia de que en la Prusia protestante la obediencia ciega era idealizada como cumplimiento del deber y se la consideraba un mérito.

En correspondencia, el padre de la patria era un modernizador tan brutal como Pedro el Grande: me refiero a Federico Guillermo I, llamado el «Rey Sargento». Este era una combinación de maestro y soldado. Su eterno compañero era su bastón, con el que golpeaba a todo aquel que le disgustaba; un bastón que era, a la vez, símbolo de las dos instituciones sobre las que construyó la grandeza de Prusia: la escuela el ejército.

En 1722, antes que ningún otro país, Prusia implantó la enseñanza obligatoria, que obligaba a cada comunidad a tener y mantener su propia escuela. Una generación después, Prusia había superado al resto de países europeos en materia de enseñanza general.

Pero la auténtica preocupación del rey era la formación del ejército, por lo que dos tercios del presupuesto estatal se dedicaron a tal fin. Los nobles fueron obligados a seguir una carrera militar y a someterse a una despiadada instrucción.

Gracias a ella, la caballería, la artillería y la infantería adquirieron una capacidad de acción que ningún otro país podía igualar. Por otra parte, el rey sentía debilidad por los tipos altos, que coleccionaba como Pedro el Grande coleccionaba enanos; el resto de sus necesidades las satisfacía divirtiéndose en la sala de fumadores, donde gastaba grandes bromas, como cuando ató un filósofo a la espalda de un oso. En una palabra: era un perfecto bromista al que su hijo no se parecerá en nada.

Tras una larga época de esterilidad, volvernos a encontrarnos con un príncipe alemán que ha pasado a la memoria colectiva de la civilización. Me refiero a Federico II, llamado «el Grande». El simple hecho de haberse opuesto al militarismo de su padre lo convierte ya en una figura importante. Para aquél, el ideal educativo era un tipo de soberano que combinará  las virtudes de un comisario pedante y parco en palabras con la sensibilidad de unas botas militares; pero le salió un hijo que amaba las artes y la literatura, se rizaba los cabellos, hablaba francés en vez del basto alemán propio de un soldado, bromeaba sobre la religión, mantenía extrañas relaciones de amistad con el capitán Katte y el subteniente Keith y tocaba la flauta. En una palabra: aunque el machista de su padre no consideraba a Federico como un afeminado, creía que era demasiado blando para gobernar Prusia.

Cuando en una ocasión su padre lo pillé leyendo poesías en secreto, le dio con la muleta, y en otra ocasión intentó estrangularlo con el cordón de la cortina. Federico se disponía a fugarse a Inglaterra con su amigo Katte, pero los pescaron. El rey ordenó hacerles un juicio sumarísimo y condenarlos a muerte —en esto también se parecía a Pedro el Grande—.

Si el rey perdoné la vida a su hijo, fue por consideración a los otros príncipes europeos a cambio, Federico tuvo que presenciar la ejecución de su amigo Katte y después fue encarcelado. Cuando el padre consideró que su hijo va se había curtido lo suficiente, le hizo estuchar economía y administración de Prusia y le asesté un nuevo golpe casándolo con Isabel Cristina de Brunswick. El príncipe heredero se atrincheré en Rheinsberg y comenzó su correspondencia con Voltaire, que se prolongó durante más de cuarenta años. Se hizo francmasón, alabé las excelencias de la Constitución inglesa y escribió el Antimaquiavelo. En 1740, cuando relevé a su padre, el mundo pudo saludar a un filósofo en el trono real: la Ilustración había arraigado en el corazón del príncipe.

El primer día de su reinado suprimió la tortura; a continuación declaró la libertad de culto la libertad de prensa, y colocó a un libre pensador al frente de la «Academia de las Ciencias» de Berlín, a la que convirtió en una de las mejores academias de Europa. Pero después decepcionó al mundo iniciando una guerra por una nadería y arrebatando Silesia a la amable María Teresa de Austria.

La emperatriz se negó firmemente a reconocer esta conquista, por lo que dispuso una alianza con Rusia y Francia. Adelantándose a ella, Federico da inicio en 1756 a la guerra de los Siete Años. Por vez primera, el mundo comprobó asombrado que detrás de los bosques de la Marca de Brandemburgo había ido creciendo algo nuevo: Prusia, un ejército con un Estado como simple apéndice. A las órdenes del joven general Federico y mantenido únicamente por el dinero que llegaba de Inglaterra este ejército se dirigió contra los ejércitos de las tres grandes potencias aliadas, a los que logró poner en jaque tras gloriosas victorias y aplastantes derrotas.

Ciertamente, Federico hablaba francés, pero hizo que todo su pueblo, que ya se había acostumbrado a la impotencia del Imperio, sintiera que por fin había alguien capaz de mostrar a los demás quiénes eran los alemanes. Federico acabó quedándose con Silesia, y la provincia, que era medio protestante, se hizo prusiana. Gracias a los nuevos recursos y a la superioridad de su ejército, Prusia se convirtió en una gran potencia. La más pequeña de todas ellas, ciertamente, pero una gran potencia en el seno de lo que entonces se llamaba el concierto de los poderes europeos: Francia, Inglaterra. Austria, Rusia y Prusia. Y aguantando como lo hizo en la guerra de los Siete Años, Federico ayudó a Inglaterra, su aliada, a vencer a Francia en la guerra que ambos países mantuvieron por el dominio de las colonias de ultramar.

PRUSIA
En la Edad Moderna, la dinastía Hohenzollern, que gobierna el margraviato desde el siglo XVI, impulsa la organización y la centralización estatal. En los siglos siguientes, Prusia se convierte en una gran potencia europea. En 1701 el príncipe elector Federico III obtiene el título de rey de Prusia. Su sucesor, Federico Guillermo I (1713 – 1740), tuvo como objetivo primordial contar con un poderoso ejército. Organiza entonces el Estado de un modo militar: cada departamento territorial posee un ejército. Federico Guillermo I recibió el nombre de «rey sargento», porque le dio al Estado un carácter militarista que mantuvo hasta el siglo XIX.

Pero fue Federico II (1740 – 1786), el «rey filósofo», quien aplicó los principios del despotismo ilustrado. Impulsó la educación (estableció, por ejemplo, la educación primaria en forma obligatoria por primera vez en el reino), estimuló el desarrollo de la economía, apoyando las tareas agrícolas, artesanales y comerciales; desarrolló algunas industrias como la de la seda, azúcar, papel y la minería. Desde el punto de vista social, todas las clases debían servir al Estado. La burguesía asumía el peso de los impuestos. Fomentó la inmigración de colonos.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz

Carlos III de España Biografia Vida y Obra Reyes Despotas Ilustracion

Carlos III de España: Biografía, Vida y Obra

Carlos III (1716-1788), rey de las Dos Sicilias (1734-1759) y rey de España (1759-1788), el representante más genuino del despotismo ilustrado español.

Hijo del rey español Felipe V y de Isabel de Farnesio, nació el 20 de enero de 1716 en Madrid. Heredó de su madre en 1731 el ducado italiano de Parma, el cual ejerció hasta 1735, junto al de Plasencia (Piacenza), bajo la tutela de su abuela materna (Dorotea Sofía de Neoburgo).

Después de que su padre invadiera en 1734 Nápoles y Sicilia, al año siguiente, y por medio de la firma del Tratado de Viena —que ponía fin a la guerra de Sucesión polaca—, fue reconocido como rey de las Dos Sicilias (título que recogía los dos reinos italianos de Nápoles y de Sicilia, que ya ejercía desde un año antes) con el nombre de Carlos VII.

Como tal, adoptó reformas administrativas considerables y llevó a cabo una política de obras públicas que embellecieron la capital napolitana. En 1738, contrajo matrimonio con María Amalia de Sajonia.

En 1759, accedió al trono español, tras producirse el fallecimiento de su hermanastro, Fernando VI. Hombre de carácter sencillo y austero, estuvo bien informado de los asuntos públicos. Fue consciente de su papel político y ejerció como un auténtico jefe de Estado. Su reinado español puede dividirse en dos etapas; el motín contra Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (1766), es la línea divisoria entre ambas.

PRIMERA FASE DE SU REINADO ESPAÑOL 

En el primer periodo, los políticos más destacados fueron Ricardo Wall y Devreux, Jerónimo Grimaldi, el marqués del Campo del Villar y el marqués de Esquilache. El equipo de gobierno llevó a cabo una serie de reformas que provocaron un amplio descontento social. La aristocracia se vio afectada por la renovada Junta del Catastro, dirigida a estudiar la implantación de una contribución universal, o por la ruptura de su prepotencia en el Consejo de Castilla.

Por su parte, el clero recibió continuos ataques a su inmunidad. Se limitó la autoridad de los jueces diocesanos, se logró el restablecimiento del pase regio (facultad regia de autorizar las normas eclesiásticas) y se redujeron las amortizaciones de bienes. A todo ello vino a unirse el descontento popular provocado por la política urbanística en Madrid (tasas de alumbrado o prohibición de arrojar basuras a la calle, por ejemplo), los intentos de modificación de las costumbres (bando de capas y sombreros) y algunas reformas administrativas y hacendísticas.

SEGUNDO PERIODO 

El Domingo de Ramos (23 de marzo) de 1766 estalló el motín en Madrid y en varias provincias, de forma muchas veces simultánea. Los amotinados proferían vivas al Rey y pedían la destitución del marqués de Esquilache y su camarilla de extranjeros. En las provincias se gritaba además contra los especuladores, representantes del poder local. Esquilache fue destituido y se tomaron una serie de medidas sobre el abastecimiento y el precio del grano. Con el restablecimiento del orden social se inició la segunda etapa del reinado.

La política pasó a estar en manos de una serie de administradores e intelectuales nuevos, como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, que aseguraron una continuidad en las reformas. La primera medida del nuevo equipo fue la expulsión de los jesuitas (febrero de 1767), a quienes el Dictamen Fiscal, elaborado por Campomanes, acusaba de instigadores del motín y enemigos del Rey y del sistema político, a la vez que denunciaba su afán de poder y de acumulación de riquezas y cuestionaba su postura doctrinal.

Al margen de este hecho, el segundo periodo del reinado español de Carlos III se caracteriza por una profunda renovación en la vida cultural y política. De la primera cabe destacar el intento de extensión de la educación a todos los grupos de la sociedad, mediante el establecimiento de centros dependientes de los municipios o de las Sociedades Económicas de Amigos del País, la creación de escuelas de agricultura o el equivalente a las de comercio en diversas ciudades, las propuestas de reforma de los estudios universitarios (1771 y 1786) y, en fin, el estímulo de la actividad de la Real Academia Española, cuya Gramática castellana (1771) se impuso como texto en las escuelas.

De las innovaciones políticas sobresalen: la reforma del poder municipal y las propuestas económicas, cuyas líneas más significativas fueron la remodelación monetaria y fiscal, los intentos de modernización de la agricultura y la liberalización de los sectores industrial y comercial.

El 26 de junio de 1766, un Real Decreto establecía que en todos los pueblos de más de dos mil vecinos se nombraran cuatro diputados del común, que intervinieran con la justicia y los regidores en los abastos del lugar. Tendrían además voto y asiento en el ayuntamiento. La reforma, que fue perfilada con sucesivas órdenes, suponía sobre el papel una grave amenaza para el monopolio de las oligarquías urbanas. Las gentes del común se inhibieron, en general, y esto fue suficiente para que los grupos tradicionales mantuvieran el monopolio del poder municipal.

Las medidas más significativas en política monetaria fueron: las remodelaciones de marzo de 1772; la emisión de vales reales, el primer papel moneda de España, iniciada en septiembre de 1780; y la creación del Banco de San Carlos, en julio de 1782. En el terreno fiscal sobresalió, sin duda, el intento de establecimiento de la contribución única. En el sector agrario se favoreció la estabilidad del campesinado, se congelaron los arriendos y se abordó la confección de una ley agraria, que no vería la luz hasta 1794.

En cuanto a los ámbitos industrial y comercial, la lucha contra la rigidez del sistema gremial, o el establecimiento del libre comercio de España con las Indias (1778), son una muestra del acercamiento al liberalismo económico.

En 1787, Carlos III aprobó la creación de un nuevo órgano de gobierno, la Junta de Estado, a instancias del marqués de Floridablanca. El monarca falleció el 14 de diciembre de 1788 en Madrid, y fue sucedido por su hijo Carlos, que pasó a reinar como Carlos IV. De entre los otros doce hijos que tuvo de su matrimonio con María Amalia de Sajonia, destaca Fernando I de Borbón, rey de las Dos Sicilias, el cual, desde 1759, le había sustituido como rey de Nápoles.

Expulsión de los Jesuitas de América Por Carlos III

Fuente Consultada:
La Cultura de Dietrich Schwanitz y Atlas de Historia del Mundo
Congregación San Isidro de Naturales de Madrid

Catalina de Rusia Obra de Gobierno El Despotismo Ilustrado

Catalina de Rusia – Su Gobierno – El Despotismo Ilustrado

Catalina II, llamada la Grande, fue uno de los estadistas más grandes que tuvo Rusia. Consiguió el poder absoluto apoyándose en la nobleza, a la que unió a la administración del país. Atribuyó a los nobles numerosos privilegios, pero los siervos perdieron toda esperanza de que mejorara su suerte. Su política exterior le proporcionó varios éxitos, y a Rusia, nuevos territorios. Dotó al país de un poderío que iba a permitirle representar un buen papel en  Europa

En el período comprendido entre la muerte de Pedro el Grande y la subida al trono de Catalina II, llamada también la Grande, varios zares y zarinas gobernaron a Rusia. La esposa de Pedro el Grande, Catalina I, fue la primera en subir al trono (1725-1727); luego su nieto Pedro II (1727-1730), su sobrina Ana Ivanovna (1730-1740) e Iván VI (1740), a quien destronó, al año siguiente, la hija de Pedro el Grande, Isabel. Ésta, que sólo pensaba en placeres y recepciones, no estaba preparada para asumir la responsabilidad del trono.

La vida de la corte, en San Petersburgo, era inconcebiblemente fastuosa, en tanto la del pueblo era un rosario continuo de miseria y privaciones. La zarina Isabel hubo de reprimir por la fuerza varias sublevaciones de campesinos. A la muerte de ésta, ocurrida en 1762, la corona imperial ciñó las sienes de su sobrino Pedro, nieto de Pedro el Grande.

En 1745 Pedro III desposó a Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst, princesa alemana cuya educación e inteligencia eran muy superiores a las de su marido, cosa ésta no demasiado difícil porque Pedro III era un ser brutal que no dudaba en afrentar a su esposa en público. Pedro III gozaba de escasa popularidad, pues los medios conservadores le reprochaban sus simpatías por los prusianos y también el clero estaba en contra de él.

Murió asesinado el 17 de julio de 1762, poco después de subir al trono, probablemente a manos de Alexis Orlov. No hay pruebas de que su esposa estuviera complicada en el asesinato; en todo caso, sucedió a su marido en el trono y acabó convirtiéndose en Catalina II, la Grande.

Con Catalina II Rusia tuvo un gran período de expansión y progreso. Catalina, princesa alemana, había contraído matrimonio con el heredero ruso, el ulterior Pedro III. No sentía interés alguno por su esposo débil e inútil, al que sustituyó por numerosos amantes cortesanos, muchos de los cuales gozaron de influencia política. Seis meses después de ser proclamado zar, el impopular Pedro III fue depuesto y asesinado por una facción liderada por el amante de Catalina en la época, Grigori Orlov.

Catalina se convirtió en emperatriz de Rusia en junio de 1762 y su reinado se prolongó 34 años. Instituyó reformas en la sociedad rusa que favorecieron a los nobles. Les devolvió los derechos hereditarios de los que los había desposeído Pedro el Grande y les garantizó tierras y siervos. También intentó emprender reformas en la agricultura, impulsando una economía libre y alentando la inversión extranjera en las zonas subdesarrolladas. Sin embargo, para el pueblo ruso la vida apenas experimentó cambios y su regencia estuvo plagada

Para fortalecer su precaria posición, además de su gran inteligencia empleó sus armas de mujer. Ciertamente, sus predecesoras también habían rendido homenaje al principio del amor libre, pero Catalina convirtió esta práctica en una nueva forma de gobierno: se aseguró la lealtad de sus sucesivos ministros sacrificando su castidad en el altar de la política.

En otras palabras: sus ministros fueron también sus amantes, y viceversa: monogamia en serie de base política. Si en Inglaterra el primer ministro era elegido por la fracción del grupo mayoritario, en Rusia Catalina adoptó el papel de la fracción. Entre sus favoritos estaba el príncipe Potemkin, quien se hizo un nombre con su invento: los prósperos pueblos irreales, compuestos únicamente de fachadas, con los que lograba embaucar a la zarina.

Catalina era una filósofa ilustrada de la misma especie que Voltaire. Mantuvo correspondencia con él, al igual que con casi todos los philosuhes de la Ilustración. Desde el punto de vista político, continuó las reformas de Pedro el Grande: puso la jurisdicción sobre la servidumbre en manos de los jueces. arrebatándosela a los señores; suprimió la tortura y afianzó la tolerancia religiosa, que había vuelto a resentirse tras la muerte de Pedro el Grande; sometió la Iglesia ortodoxa al Estado y fomentó la educación con la creación de escuelas yacademias, aunque la Iglesia volvió a frenar su desarrollo; no se olvidó de la educación de la mujer y fundó escuelas para niñas; levantó hospitales, mejoró la sanidad y demostró la inocuidad de las vacunas, siendo la segunda rusa que se vacunó contra la viruela.

Como Pedro el Grande, Catalina procuró occidentalizar Rusia y amplió los territorios hacia el oeste y el sur. En 1768 provocó la primera de las guerras con el Imperio Otomano al entrar una tropa de cosacos en territorio otomano y masacrar a los habitantes de Balta. A la conclusión de la guerra, Catalina se había anexionado el anterior estado otomano de Crimea, en el mar Negro, que dio a los rusos acceso a numerosos puertos vitales en el sur y los reforzó aún más. La expansión hacia el oeste se saldó con el control de Polonia y Lituania, que habían quedado debilitadas por una serie de guerras contra los rusos, suecos y prusianos durante el siglo XVII. El declive del Gobierno polaco permitió a los rusos hacerse con el control y, en 1764, Catalina sentó en el trono polaco a otro de sus amantes.

Las particiones de Polonia ocurridas en la segunda mitad del siglo XVII derivaron en el reparto del territorio lituano en manos polacas entre Rusia, Prusia y Austria; Rusia se anexionó la mayor parte. Pero a Catalina no solo le interesaban las ganancias territoriales, sino que también intentó inyectar algunos elementos de la Ilustración europea en la cultura rusa y se convirtió en una gran mecenas de las artes. Catalina falleció en 1796 y fue sucedida por su hijo Pablo I.

Si bien su favoritismo fortaleció los privilegios de la nobleza, la zarina continuó impulsando la política industrial de Pedro el Grande. Y entre tanta actividad, todavía encontró tiempo para componer óperas, poemas, dramas, cuentos, tratados y libros de memorias. Editó una revista satírica anónima, en la que colaboró regularmente, yescribió una historia de los emperadores romanos. Junto a Isabel de Inglaterra y Cristina de Suecia, ha sido una de las soberanas más excepcionales que jamás hayan subido al trono.

OBRA DE GOBIERNO: Las reformas políticas que Catalina II dejó establecidas de común acuerdo con la nobleza sobre la división administrativa de Rusia permanecieron inalterables hasta la revolución de 1917. El imperio quedó dividido en 50 provincias, y cada una de éstas en determinado número de distritos. Estos distritos gozaban de cierta autonomía, así como de separación entre el poder y la justicia.

A diferencia de los boyardos, los campesinos, aún esclavizados, carecían de influencia y ya no podían esperar que en lo sucesivo mejorara su suerte. La aristocracia gozaba de ventajas en todos sentidos. Un decreto de 1785 les eximió del pago de impuestos y de cualquier servicio obligatorio. Los nobles podían disponer a su antojo de sus dominios; ediñcar fábricas o dedicarse al comercio. Eran los únicos que podían poseer tierras; tenían derecho de vida y muerte sobre los siervos, y estaban facultados para deportarlos a Siberia a la menor desobediencia.

Este sistema político-económico hizo prosperar las fábricas patrimoniales. Su número, que era de 984 en 1776, había llegado a 3.161 a la muerte de Catalina II en 1796. Entre las reformas establecidas por esta reina cabe mencionar la vacunación, así como la instauración de escuelas oficiales copiadas de las austríacas. Sin embargo, esta tentativa constituyó un rotundo fracaso.

Catalina II se rodeaba de favoritos que la obedecían ciegamente, pero no por ello dejaban de influir a su vez sobre la zarina. Entre ellos conviene citar a los generales Potemkin y Suvorov. Aunque este último fuera uno de los más brillantes estrategos que jamás haya tenido Rusia, Catalina II nunca le otorgó la misma confianza que depositara en Potemkin, quien fue durante muchos años su principal consejero.

La política exterior de Catalina II siguió los mismos derroteros que la de Pedro el Grande, y sus intentos de expansión hacia el mar Negro y Occidente se vieron coronados por el éxito. En 1772 se efectuó el primer reparto de Polonia, y gracias a él Rusia se benefició de una importante zona fronteriza. Con el segundo y tercer repartos efectuados en 1793 y 1795, Rusia se anexionó no solamente unos territorios que étnicamente eran rusos, sino también una parte importante de la propia Polonia. Como botín de las dos guerras que sostuvo con los turcos, de 1768 a 1774 y de 1787 a 1793, consiguió la península de Crimea y tener acceso al mar Negro.

A propuesta de Potemkin, Catalina II realizó en 1787 un viaje por el sur de Rusia para conocer los nuevos territorios de la corona imperial. Cuentan que Potemkin, queriendo dar a la zarina la impresión de que las regiones que acababa de conquistar se hallaban en plena actividad, mandó llevar hasta allí a miles de esclavos, a los que encargó la edificación de una falsa aglomeración de edificios. Las fachadas, construidas apresuradamente, escondían detrás casas inacabadas y hasta verdaderos montones de ruinas. No ha podido demostrarse la exactitud histórica de esta anécdota, si bien es verdad que aquellas regiones estaban prácticamente deshabitadas.

A diferencia de lo que había sucedido hasta entonces, Catalina tuvo buen cuidado de no mezclar su vida privada con sus actividades de emperatriz. Catalina, que amaba los edificios hermosos y admiraba la arquitectura de la Roma de los cesares, tomó a su servicio a tres arquitectos: el escocés Cameron, el italiano Qua-renghi y el ruso Starov.

La obra más conocida de este último es el palacio de Táurida, que Catalina regaló a Potemkin. Cameron era, con todo, su preferido, y permaneció con la emperatriz hasta su muerte. Quarenghi era, de los tres, el que poseía más talento. Catalina dedicó enormes sumas a la construcción de edificios públicos, iglesias y palacios. También coleccionó importantes obras de arte, entre las que había cuadros de Rafael, Murillo, Van Dyck, Rembrandt y otros famosos pintores. A la muerte de Catalina II, acaecida en 1796, San Petersburgo era una de las ciudades más ricas de Europa.

PARA SABER MAS…
RUSIA

En la Edad Media, los vikingos de Suecia levantan fortalezas y pequeños reinos o señoríos en la actual Rusia. A mediados del siglo IX se forma el reino de «rus», nombre genérico con el que se denominaba a los varegos.
En el siglo XII hubo una invasión de mongoles que conquistaron todo el territorio.

Iván III el Grande (1462 – 1505), casado con la princesa bizantina, Sofía Paleólogo, se proclamó «zar de todas las Rusias» y ordenó la construcción del Kremlin (fortaleza), para residencia del rey.

En esta época se transforma el principado en un Estado unitario. Miguel (1613 – 1645) inauguró la dinastía Romanov, que gobernó el Estado ruso hasta 1917. La nueva dinastía puso fin a una época de conflictos. Comenzó entonces la Edad Moderna para Rusia. Los nuevos zares fortalecen la autoridad de la monarquía y comienza a sentirse la influencia cultural de Occidente, al aumentar los contactos comerciales con los países europeos del Oeste.

Pedro I el Grande (1689 -1725) emprende una intensa reorganización del Estado. Reforma el sistema administrativo y el ejército, funda la ciudad de San Petersburgo, que se convierte en la capital del Imperio.
En 1762 subió al trono Catalina II la Grande, representante más destacada del despotismo ilustrado en Rusia. La zarina prestó especial atención a las consideraciones de los filósofos del siglo.

Encaró una reforma en la administración territorial (dividió el territorio en gobiernos y distritos), fomentó las actividades económicas y la inmigración de familias de campesinos y artesanos.

Apoyó la enseñanza y las actividades culturales. No obstante, la educación estaba dirigida a las clases aristocráticas.

La mayoría de la población rusa se componía de campesinos, no existía en el país una fuerte burguesía mercantil y urbana, como en algunos países de Europa Occidental.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz y Atlas de Historia del Mundo

Pedro I El Grande de Rusia Biografia Vida y Obra Carlos XII de Suecia

Pedro I El Grande de Rusia – Biografía Vida y Obra

POLONIA: JUAN III SOBIESKI Y AUGUSTO EL GRANDE: Polonia padecía la misma enfermedad que el Sacro Imperio Romano Germánico: tras su unión con Lituania (1569) su territorio abarcaba las extensísimas llanuras situadas entre el Báltico y el mar Negro: pero, al igual que había sucedido en Alemania, la nobleza impidió la formación de una fuerte monarquía hereditaria. Todos los reyes polacos eran elegidos, y en la Dieta bastaba un solo voto en contra para impedir una resolución (liberum veto).

En 1674, cuando los polacos eligieron rey al valeroso general Juan Sobieski, estaban eligiendo a un héroe romántico: Sobieski tenía un aspecto regio, era un general brillante y genial y avivaba la fantasía de los polacos por su romance con la bella María Casimira su amor de juventud.

Cuando Juan tuvo que marchar a la guerra ella se casó con un infeliz; a su regreso, seguía perdidamente enamorado de ella y se convirtió en su amante: el pobre infeliz murió de cortesía, y los amantes se unieron.

Su gran objetivo era transformar Polonia y derrotar a los turcos. Cuando éstos ocuparon Viena en 1683, Juan Sobieski y su ejército polaco la liberaron de los turcos.

Su corte se convirtió en un centro de la Ilustración, y se puede decir que protestantes y judíos gozaban de libertad religiosa. Desde el punto de vista cultural, abrió Polonia a la influencia francesa desde el punto de vista político, sin embargo, no pudo reformarla. Cuando murió, los miembros de la Dieta fueron sobornados y eligieron rey al príncipe de Sajonia, Augusto II el Fuerte, lo suficientemente ilustrado, y lo suficientemente falto de prejuicios, como para cambiar su fe protestante por la católica y convertirse así en rey de Polonia.

RUSIA Y PEDRO I EL GRANDE

Pese a haber avanzado va tanto en nuestro relato, ésta es la primera vez que mencionamos a los pueblos eslavos orientales, que, desde su unión bajo el reinado de Rurik (862), rey de los vikingos, eran llamados «Rus». Bajo Vladimiro I el Santo (980-1015), los rusos se convirtieron al cristianismo en su versión ortodoxa griega y adoptaron los ritos de la Iglesia bizantina.

El centro de la cultura rusa era Kiev. A partir de 1223, Gengis Kan, el mongol expansionista, ataca a los rusos, y en 1242 Rusia se convierte en una parte del Imperio mongol de la Horda de Oro. Aunque controlados por los mongoles, los grandes príncipes siguieron gobernando de forma relativamente independiente. Iván 1 (1323-1340) convierte a Moscú en la capital de los rusos. En 1472, Iván III libera a Rusia del dominio mongol, se proclama gran príncipe de todos los rusos y los símbolos de su ejército dicen claramente que se considera a sí mismo el sucesor del imperio bizantino, caído en 1453.

Por eso su hijo Basilio III se nombró zar (emperador) e hizo que arquitectos italianos levantaran la ciudadela de Moscú, el Kremlin. Su hijo Iván IV (1533-1584) se ganó el mote de «el Terrible», porque aplastó brutalmente a todos cuantos se resistieron a su poder autocrático; pero al mismo tiempo modernizó el Imperio y creó la guardia imperial (los «streitsv) En 1613 se extingue la dinastía de los Ruríkidas, y su lugar lo ocupará hasta 1917 una rama de esta familia, los Romanov.

A partir de 1682 y con la ayuda de los «streitsv», Sofía ejercerá la regencia durante la minoría de edad de su incapacitado hermano y de su hermanastro Pedro 1. Mientras tanto, éste tuvo tiempo de frecuentar la llamada «colonia alemana» de Moscú y comprobar que los extranjeros que allí residían eran muy superiores a los rusos en lo que se refería a la educación, la cultura y, especialmente, la técnica.

En efecto, Rusia vivía aletargada en la Edad Media. No había pasado por el derecho romano, el Renacimiento y la Reforma: lo único que había vivido era el despotismo mongol. Los campesinos sólo conocían la dureza de la tierra, el látigo de su señor el murmullo de los pastores ortodoxos, que en la penumbra de las iglesias movían los incensarios ante los iconos dorados en un eterno vaivén.

En 1689 —un año después de la Revolución gloriosa de Inglaterra—, año en el que Pedro I se hizo con el poder, comienza para Rusia una nueva época, pues pocas veces un príncipe ha transformado tanto su país como el zar Pedro 1 transformó Rusia. Sólo Lenin, al que tanto se asemeja, podrá superarlo.

A Pedro l le obsesionaba la idea de poner fin al distanciamiento con respecto a Europa en el que vivía Rusia y su propósito era abrir un acceso al mar, ya al Mar Negro —lo que significaba la guerra con los turcos—, ya al Báltico —lo que significaba la guerra con los suecos, que en aquel tiempo dominaban el Báltico y eran una gran potencia europea—.

Primero lo intentó con los turcos. Cuando sufrió una derrota, comprendió que era hora de modernizar el país. Y así comenzó uno de los más sorprendentes episodios de la vida de un soberano. Formó un grupo de aproximadamente doscientos cincuenta hombres, a los que envió a Europa occidental para que aprendieran construcción naval y otras habilidades, e incluso se hizo pasar por uno de ellos. Corno es lógico, muy a menudo se daba a conocer. A la princesa viuda de Brandemburgo le llamó la atención la antipatía de Pedro 1 por el cuchillo y el tenedor, tanto como la asombré que a los rusos les molestaran los duros huesos de las damas alemanas cuando bailaban con ellas: habían confundido las varillas de sus corpiños con sus huesos.

En Zaandarn, la meca holandesa de la construcción naval, Pedro 1 vivió una temporada haciéndose pasar por carpintero de ribera, concretamente en la casita de un trabajador, Gerit Kist. Más tarde se colocaría en la casita esta inscripción: «Para un gran hombre nada es demasiado pequeño», y Lortzing homenajearía a Pedro I el Grande en su ópera Zar y el carpintero. Durante diez meses, trabajó diariamente como cualquier otro en la construcción de un barco, por la noche estudiaba la teoría. También visitó a los eruditos y científicos: Leeuvenhoek le permitió mirar por el microscopio; en la sala de disección de Boerhaave pudo acercarse al interior del cuerpo humano; asistió a conferencias sobre ingeniería y mecánica y hasta aprendió a extraer las muelas, arte que practicó con sus subordinados.

Envió a Rusia cargamentos enteros con los últimos instrumentos y herramientas, y después a cientos de capitanes, oficiales del ejército, cocineros y médicos para formar a su gente. Viajó a Londres y a Viena y, de vuelta, hizo un alto en el camino y pasó por Polonia para visitar a Augusto II el Fuerte. Trabaron inmediatamente una profunda amistad, pues por fin ambos habían encontrado a alguien con quien competir en sus dos disciplinas favoritas: beber doblar vajillas de plata. Mientras se dedicaban a estos menesteres, decidieron unirse y arrebatar a Suecia sus posesiones continentales. Con la incorporación de Dinamarca a la coalición, comenzó la guerra del Norte, que se inició en 1700 y concluyó en 1721.

CARLOS XII Y SUECIA

BIOGRAFÍA: CARLOS XII (Estocolmo, 1682 – Fredrikshald, 1718). Hijo de Carlos XI, a los 16 años entró en campaña contra los dinamarqueses y a los 18 infligió una sangrienta derrota a los rusos y después a los polacos y sajones, aliados de aquéllos. En 1708-09 llevó a cabo en Rusia una campaña memorable, en la que obtuvo grandes triunfos, pero fue derrotado en Poltava (1709). Huyó a Turquía, donde permaneció tres años. En una atrevida fuga volvió a Suecia e inició una campaña contra Noruega, pero murió destrozado por una granada.

Nacido para la guerra: Cuando el rey Carlos XI murió a los 42 años de cáncer estomacal, su hijo de 14 años ya podía gobernar. Desde los seis años dejó de ser cuidado por mujeres y aprendió a disfrutar de deportes rudos, juegos militares y pruebas de resistencia autoimpuestas. Tenía 11 años al morir su madre: ese año cazó su primer oso. Decidió que no era muy deportivo usar armas de fuego contra los osos y optó por un tridente.

A excepción de un fugaz coqueteo, no buscó la compañía de mujeres y no se casó. Carlos XII se encontró desde muy pequeño obsesionado con la victoria en batalla. Dotado de una inteligencia poco común, el muchacho aspiraba a ser como Alejandro Magno, cuya biografía llevó consigo toda la vida. Plenamente convencido de que la justicia y la verdad estaban sobre todas las cosas, estudió la Biblia e hizo que su ejército luterano rezara dos veces al día. Sin embargo, a pesar de sus ideales y múltiples aptitudes, su conducta en la adolescencia fue el escándalo de Estocolmo.

Fue la guerra de un estratega genial, el rey sueco Carlos XII, contra el invierno ruso. Carlos ganó todas las batallas, venciendo a Dinamarca, a Polonia y a Pedro I el Grande, cuyo ejército todavía no había alcanzado el suficiente grado de formación. Carlos venció y de puso a Augusto II el Fuerte, y desde Polonia comenzó su marcha hacia la ancha Rusia. En este sentido fue un precursor de Napoleón y Hitler.

El zar Pedro 1 emprendió la retirada, incendiando todas las ciudades y depósitos de provisiones que encontraba a su paso. Así logró conducir a Carlos XII hasta el desértico interior del país. Luego vino el invierno, que en esta ocasión fue especialmente crudo: a los suecos se les helaban las manos y los pies.

Finalmente, el 1| de mayo de 1709, tuvo lugar la batalla de Poltava (suroeste de Charkow, Ucrania), que fue el Stalingrado del siglo XVIII Después de la batalla, vencido Carlos XII, el mundo cambió: Rusia se encuentra a las puertas de Europa y toma el Báltico y Ucrania. Augusto II el Fuerte sube de nuevo al trono polaco gracias a Pedro I; Carlos XII logra huir a Turquía y vuelve a poner en peligro a Pedro I con un ejército turco; pero cuando el sultán se cansa de él, cabalga durante catorce días a marchas forzadas desde Estambul a Stralsunci, defiende la ciudad contra los ocupantes, regresa a Suecia, forma nuevas tropas y cae, con tan sólo treinta seis anos de edad, cuando ataca Noruega.

Carlos XII fue el Aníbal sueco. Fue un estratega genial, estuvo a punto de restablecer el dominio vikingo sobre Rusia, pero logró lo contrario de lo que se proponía: enterró a la gran potencia sueca y ayudé a nacer a Rusia.

LAS REFORMAS DE PEDRO I EL GRANDE

La modernización de Rusia llevada a cabo por Pedro es tan despótica como la posterior sovietización del país por parte de Lenin y Stalin. Lo primero que tenían que hacer los rusos era cortarse la barba. Quien no lo hacía debía pagar un impuesto. En segundo lugar, la vestimenta tradicional debía desaparecer. El zar vacié las casas de acogida de mujeres, recorté el poder de la Iglesia ortodoxa, prohibió ordenar sacerdotes a los místicos y a los fanáticos e introdujo la tolerancia religiosa. Sustituyó la nobleza de sangre por una especie de nobleza basada en el mérito y dividida en rangos que dependían de la relevancia de los servicios prestados al Estado.

El gobierno estaba compuesto por un senado y distintos ministerios. Los gobernadores provinciales debían responder ante el senado. En las ciudades había tres clases sociales: ricos comerciantes y gente con carrera, maestros y artesanos, trabajadores y empleados.

La comunidad rural (mir) continuó siendo una corporación colectiva y la servidumbre permaneció intacta. Al mismo tiempo, el zar desarrollé una activa política industrial y fomenté la minería, la artesanía y el sector textil. Corno sucedería después en la colectivización soviética, los campesinos fueron forzados a trabajar en la industria, lo que dio lugar a una especie de esclavitud industrial.

Finalizada la guerra contra Suecia, el zar introdujo en el país el libre comercio. Implanté el calendario juliano (protestante), impuso la escritura cirílica (la Iglesia seguía usando la escritura eslava), hizo imprimir periódicos, fundó bibliotecas y copió el «gimnasio» alemán (los centros de educación secundaria). Importó actores de Alemania, arquitectos de Italia y científicos de todos los países europeos. Pero, sobre todo, desplazó Rusia hacia el Báltico, donde levantó la nueva capital imperial: San Petersburgo.

Así como las grandes obras soviéticas posteriores se realizaron con los trabajos forzados de los presos de losgulags o campos de concentración rusos y de los prisioneros de guerra, San Petersburgo fue levantada con el trabajo de los esclavos rusos y de los prisioneros de guerra suecos. En el delta del Neva se asentaron más de ciento veinte mil personas.

Pese a estar construida sobre terrenos cenagosos, San Petersburgo se expandió rápidamente; Pedro mandó construir un sistema de canales que drenaban las aguas de la tierra e hicieron que la ciudad pasara a ser conocida como la «Venecia del Norte».

También reclutó a gran número de campesinos para que trabajaran en los suntuosos proyectos de construcción diseñados por equipos de arquitectos e ingenieros europeos. Para asegurarse de que la obra en San Petersburgo se concluyera sin demora, Pedro prohibió construir edificios de piedra fuera de la ciudad y todos los mamposteros fueron llamados a trabajar en la capital. En 1 714, Pedro ordenó edificar un palacio de verano y posteriormente uno de invierno junto al río Neva.

Dada la ubicación estratégica de la ciudad junto al puerto, gran parte de ella quedó ocupada por edificios dedicados a la construcción naval y la Armada, el principal de ellos el complejo del Almirantazgo. En el año 1725, fecha de la muerte de Pedro, un 90 por ciento del comercio de Rusia pasaba ya por San Petersburgo. A la muerte del emperador, la construcción en la ciudad pro­siguió y se levantaron diversas iglesias y palacios barrocos.

Pedro el Grande murió a la edad de cincuenta y dos años odiado por todos. Fue una figura similar a Enrique VIII de Inglaterra o Lenin: extremadamente cruel, resuelto, poseído por un ideal, inusitadamente vital, obstinado, capacitado y desconsiderado. Modernizó a su país por la fuerza. De este modo sirvió de ejemplo a sus sucesores Lenin y Stalin, pero también a Gorbachov. Desde entonces Rusia oscila entre el eslavismo y la occidentalización.

Para 1703, en las tierras el norte del mar Báltico Pedro había comenzado la construcción de una nueva capital: San Petersburgo, su ventana hacia occidente y el símbolo de que Rusia miraba hacia Europa. Construida sobre marismas edificación costó las vidas de miles de campesinos y se terminó durante la vida de Pedro; sin embargo, fue la capital de Rusia 1917. Modernizó y occidentalizó Rusia a tal grado que se convirtió en una potencia militar y, al momento de su muerte en 1725,  era miembro importante del sistema de estados europeos. Pero sus políticas resultaron perjudiciales para Rusia. La occidentalización  fue una especie de impostura, puesto que la cultura europea sólo fue accesible para las clases altas, en tanto que el verdadero objetivo de las reformas —la creación de un ejército fuerte— sólo significó mayores cargas para las masas del pueblo ruso. La manera forzada mediante la cual Pedro el Grande impuso la occidentalización provocó desconfianza hacia Europa y la civilización occidental. Pedro el Grande forzó tanto a Rusia que, después de su muerte, una reacción aristocrática deshizo gran parte de su obra.

ANÁLISIS DE LAS REFORMAS DE PEDRO I: Pese a lo superficiales que fueron las reformas de Pedro Grande, consiguieron librar a Rusia de su aislamiento. Las clases dirigentes se volvieron en lo sucesivo hacia Europa en lugar de orientarse hacia la mentalidad asiática y adoptaron las formas de vida y la cultura europeas, decidiendo de este modo su futuro.

Se ha dicho que Pedro I falseó la evolución de su pueblo al imponen) la cultura occidental como una especie de camisa de fuerza; otros, en cambio, consideran a Pedro el Grande como fruto de un necesidad histórica, proporcionando a su pueblo las reforma adecuadas a sus más hondas exigencias. La antigua Rusia había agotado sus energías, su misión estaba cumplida, había desempeñado su papel histórico y podía ya desaparecer, para dejar paso a la nueva Rusia que debía surgir.

Como dice el filósofo soviético Soloviev, “el pueblo ruso estaba dispuesto a ponerse en marcha sólo esperaba un jefe. La contribución personal de Pedro a esta evolución pudo llevarse a cabo gracias a su extraordinaria fuerza de voluntad. Pero esta misma energía no permitió en ningún momento al desgraciado pueblo ruso recuperar alientos, y sentar las bases de aquella prosperidad material sobre la cual debe asentarse necesariamente la cultura.

Los primeros Romanov habían oprimido también al pueblo ruso con elevados impuestos, pero a los mujiksjamás se les ocurrió el hacer responsable de ello a aquel zar que les resultaba tan lejano, inaccesible, rodeado de un halo de misterio y que dominaba a su pueblo como el cielo domina a la tierra, un soberano que nunca aparecía en público.

Todos los males que gravitaban sobre el pueblo eran atribuidos a los boyardos y a los funcionarios; desde Pedro el Grande, el zar de todas las Rusias se había despojado de su aureola, y parecía haber descendido del trono poco menos que celeste en que sus predecesores se asentaban con intocable majestad; el zar Pedro vivía y trabajaba en medio de su pueblo, como un simple mortal; no se mostraba vestido de púrpura y con la corona ciñendo sus si enes, sino manejando cualquier, herramienta y con la pipa en los labios. Destruyendo de ésta manera su mito personal, Pedro se exponía al descontento del pueblo. “Nunca hasta ahora —se lamentaban los rusos— la vida ha sido tan dura. ¡Ojalá muera el zar!”

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Swanittz

Biografia de Cristina de Suecia Resumen de Su Vida Historia Gobierno

Resumen Biografía de Cristina de Suecia
Fue expresamente educada y preparada para reinar y llegó a poseer una refinada cultura, pero en su vida se sucedieron altibajos, contradicciones y excentricidades que le valieron la antipatía de muchos sectores influyentes europeos y, a veces, de su propio pueblo que tanto la amó en un principio. Se la recuerda como entusiasta patrona de las artes, que dejó testimonios inolvidables de su exquisita sensibilidad.

Totalmente distinta a las mujeres de su mismo origen social, en pleno siglo XVII, Cristina de Suecia se opuso al papel tradicionalmente adjudicado al sexo femenino y buscó la forma de sortear las obligaciones impuestas por un título nobiliario y una apariencia física que no la favorecía en absoluto. Lo busco y lo consiguió.

Porque no fueron los caprichos ni las contradicciones los que definieron a la hija y sucesora de Gustavo II Adolfo y María Leonor de Brandeburgo, sino su voluntad de romper con las convenciones que asfixiaban a las mujeres.

Los astrólogos le habían prometido a Gustavo Adolfo un hijo varón, pero el advenimiento de esta niña hirsuta y de piel oscura, echaron por tierra los vaticinios. El 8 de diciembre de 1626 nació Cristina en Estocolmo; según se decía, su padre era inteligente y su madre una mujer medianamente capaz de asumir el papel de reina.

Cuando Gustavo Adolfo muere en la batalla de Lützen, Cristina tiene seis años pero su vida futura ya está resuelta: su madre poco tendría que ver con la educación de la niña, ya que el fallecido rey había dispuesto que el Estado y un Consejo de Regencia velaran por la formación de la pequeña.

El canciller Oxenstiern llevó con mano segura los estudios de Cristina, que recibió una educación donde no faltaron el latín, las matemáticas ni la cosmografía. Desde muy niña dominó ocho idiomas, mostró una personalidad firme y una gran capacidad para establecer diálogos vivaces, en los que mezclaba pasajes enteros de la Biblia con el catecismo luterano. En la adolescencia su figura era tan poco femenina que incluso Cristina prefirió la ropa masculina. Esto, unido a sus ojos profundamente azules, su rostro picado de viruela, su andar desenfadado y la vehemencia que mostraba durante sus cóleras, le daba una personalidad excepcional.

A partir de 1644 se dedicó al gobierno con la misma pasión con que antes profundizaba el latín o el sánscrito. Una de sus máximas —que horrorizaba a los nobles- sostenía que «el talento lo es todo; el nacimiento nada. Hay labriegos que nacen príncipes y príncipes que nacen labriegos. Si en el pueblo hay canallas, también los hay entre los príncipes».

En 1645 declaró que su país buscaba la paz externa y terminó la guerra con Dinamarca, ganando varias provincias para Suecia, de acuerdo al tratado de Bromsebroe. Por entonces ya era conocida como la más diestra soberana del Norte: protegía el comercio y la educación, en una época en que el analfabetismo cundía aún entre los ministros del reino.

Cristina se negó a casarse pues consideraba que la sujeción al hombre que entrañaba el matrimonio, aunque fuera en interés del estado, era degradante para una mujer.

Así, en 1649, a los 23 años, comunicó a la Dieta su deseo de permanecer soltera y logró el reconocimiento de su primo Carlos Gustavo como presunto heredero. En 1650, luego de hacerse coronar reina con gran pompa, despreció a sus antiguos ministros y se rodeó de favoritos de la talla de Tote, Lagardie, el coronel Schilippebanck, el médico francés Bourdelot, el ministro de España en Estocolmo, Pimentel, Steinberg y otros.

El palacio real era un mar de intrigas frecuentado por una corte integrada por los hombres más notables de Suecia, Alemania, Holanda y otros países. Pese a ello, Cristina se dedicó menos a la política que al amor y los estudios. Dormía tres horas diarias, comía apenas y se peinaba una vez por semana. Tanto los sabios como los amantes costaban muchísimo dinero y no sabía a quiénes preferir. Poseía magníficas colecciones y una biblioteca sin igual en Europa, comprada en base a la hacienda sueca, que padecía extremas penurias. El pueblo, que en un comienzo la apoyó, pasó del cariño a la estupefacción, luego al disgusto y finalmente al descontento.

Las tensiones derivadas de esa situación acabaron por enfermarla pero la receta del francés Bourdelot -descanso-resultó peor que la enfermedad. En efecto, abandona los estudios y la política para organizar costosas orgías que todos critican pero nadie detiene. Suecia entera está convencida de la locura de la reina. Los sabios no perciben sus sueldos y Cristina, para impedir el desastre, empeña su vajilla de plata.

Cuando el escándalo ensombrece Suecia, Cristina empaqueta sus libros, sus colecciones y sus objetos de arte y el 11 de febrero de 1654 reúne a la Dieta; en medio de la sorpresa de todos abdica en favor de Carlos Gustavo. Tenía 28 años. Pese a las críticas de que había sido objeto, cuando parte de Suecia la congoja popular es enorme. Junto con ella viajaba un equipaje compuesto por libros, muebles, colecciones, las joyas de la corona, vajilla de oro y plata y cuanto había en el palacio.

Al llegar a la frontera de Noruega la cruza de un salto y en lugar de embarcarse en la flota preparada al efecto, lo hace en un buque mercante. Desembarca en Dinamarca, monta a caballo varonilmente y se dispone a recorrer Europa dilapidando la renta que su pueblo le había asignado. Independiente de toda autoridad, con derecho a ejercer justicia sobre su comitiva, se siente más poderosa que nunca, ya que incluso se le asigna la propiedad de varias provincias e islas suecas.

En Bruselas nadie olvida su altivez y desenfado: hasta es capaz de hacerle muecas a quienes la miran. Se cambia de traje en el coche con la rapidez de una modelo y al anochecer, sola y vestida de hombre, recorre tabernas y sitios nocturnos de vida alegre. Ya ha abjurado del protestantismo y en Roma se organiza una ceremonia magnífica para festejar su conversión.

En 1656 Cristina se considera a sí misma el primer personaje de la cristiandad y se establece en Roma con sus bibliotecas y colecciones, protegida por los Papas.

Pero sus bienes están sensiblemente menguados por los gastos sin sentido. Suecia le ha disminuido sus rentas y los acreedores la asedian. El Papa le asegura una buena pensión, pero Cristina la halla exigua. Entonces empeña sus alhajas y viaja a Francia, donde el cardenal Mazarino la recibe con grandes honores. Fastidiada por la curiosidad que despierta, una noche se sienta en un teatro con la pierna sobre el brazo de la butaca.

La situación hace crisis cuando ordena ejecutar a un ex favorito suyo que le había formulado reproches en una carta. El trágico episodio indigna a sus anfitriones y Mazarino, harto de sus extravagancias, le da dinero para que parta a Italia.

Poco después Cristina se pone en contra de Suecia y con 20 000 hombres que le facilita el emperador de Alemania, intenta apoderarse de la Pomerania sueca. El Papa interviene entonces y le asigna una renta importante y un administrador, que pronto se convierte en su amante. En 1660, a la muerte de Carlos Gustavo, Cristina se presenta sorpresivamente en Suecia y reclama que se la nombre soberana. El gobierno, por toda respuesta, la obliga a salir del reino. Tampoco prospera su candidatura como reina de Polonia, pese a la recomendación del Papa. Desdeñada también por los gobiernos de Viena y Francia, se radica definitivamente en Roma. Funda una academia y continúa enriqueciendo sus colecciones, relacionándose con personajes de las letras y las artes y ayudándolos.

En 1688 sufre un ataque de erisipela y, convencida de que su muerte es inminente, se preocupa por organizar fastuosas ceremonias fúnebres. Fallece el 19 de abril de 1689, no sin antes nombrar a Azzolini, el administrador que el Papa le había enviado años atrás, su heredero universal. Sus colecciones y bibliotecas valían millones.

Orgullo, franqueza, contradicciones, caracterizaron el carácter de Cristina, junto con la esplendidez. Conoció admirablemente el mundo y el corazón humano y los despreció a ambos por igual. Su vida fue novelesca pero con grandes toques de positivo realismo: fundó en 1650 el primer diario sueco y su apoyo a las artes influyó en toda la cultura europea de la época.

El primer teatro de ópera en Roma se abrió gracias a su interés. Su enorme colección de libros y manuscritos se conserva en la biblioteca del Vaticano y su tumba, en la Basílica de San Pedro, Roma, habla de la importancia que tuvo en su siglo la figura de Cristina.

El filósofo Descartes, el gran arquitecto y escultor Bernini, los músicos Alessandro Scarlatti (su maestro de coro) y Arcángelo Corelli (que dirigía su orquesta) la consideraron amiga y protectora. Ambicionó mucho y logró bastante: no es poco mérito.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder

Biografia de Catalina de Rusia La Grande Resumen de su Vida

Biografía de Catalina II de Rusia La Grande Resumen de su Vida

Resumen Biografía de Catalina II «la Grande»
Catalina II la Grande (1729-1796), emperatriz de Rusia (1762-1796), que continuó el proceso de occidentalización iniciado por Pedro I el Grande y convirtió Rusia en una potencia europea. La princesa alemana Sofía Federica Augusta von Anhalt-Zerbst contrajo matrimonio con el zar ruso Pedro III, convirtiéndose así en Catalina II. Organizó una conspiración para derrocar al zar debido a su incompetencia como gobernante y a los malos tratos que la infligía.

Sus amantes se contaron por docenas y, al parecer, no fue ajena al asesinato de su esposo, el zar Pedro III. Consagrada emperatriz de Rusia, protagonizó un gobierno autocrático y, a veces, sangriento. Sin embargo, bajo su reinado Rusia alcanzó un poderío que no había conocido hasta entonces.

Catalina de Rusia, La GrandeEra, sin duda, una mujer ambiciosa. Pero además brillante, hábil, inteligente, culta. La historia ha recogido el número de sus amantes (veintiuno en cuarenta y cuatro años, según afanosos estadígrafos cuyas fuentes documentales no han quedado del todo esclarecidas), pero también de sus libros, sus cartas, sus amigos célebres.

Se llamaba Sofía, era alemana -nacida sobre el Oder, en Stettin- y ambiciosa, tanto que a poco de cumplir 33 años había provocado la abdicación de su marido y conseguido que la coronaran emperatriz de Rusia.

Un lustro más tarde era proclamada Catalina la Grande, un título que no usó jamás, pero que la convertía en la auténtica sucesora de Pedro el Grande, como lo fue a lo largo de 34 años de reinado.

Sofía Augusta, hija del príncipe alemán Christian de Anhalt-Serbst, fue llevada a Rusia a los 15 años como novia del Gran Duque Pedro, sobrino de Pedro el Grande y heredero de la emperatriz Isabel. Federico de Prusia promovía la relación: quería aumentar su influencia en Rusia y debilitar la de Austria.

El intento fracasó, pero Sofía se había ganado ya el afecto de la emperatriz y poco más de un año le bastó para ser recibida por la Iglesia Ortodoxa de Moscú -fue rebautizada Ekaterina, Catalina- y convertida en esposa del príncipe heredero.

Pedro no era precisamente un marido atractivo. Se cuenta de él que disfrazaba de soldados a sus criados y los sometía a una parodia de instrucción militar, que jugaba a las muñecas, bebía, y hablaba -hasta con su novia-de sus relaciones con muchachas que se destacaban por su fealdad y pobre cuna.

Para muchos -entre ellos, al parecer, Catalina- sus capacidades físicas y psíquicas eran bastante inferiores a lo normal. Pero ella sabía también, aunque no tuviera más que 16 años, qué sacrificios estaba dispuesta a realizar para concretar su ambición y su destino.

El tiempo transcurrido entre 1745 y 1762, año en que murió la emperatriz, fue un duro período de formación, de preparación, de conquista de posiciones y simpatías dentro y fuera de la corte: era el momento de perfeccionar el idioma, de leer a Voltaire y a Montesquieu, a Platón y a Plutarco, a Bayle y a Tácito. Y de seducir a todos.

El matrimonio solo tuvo un hijo, Pablo, que nació en 1754 y cuya paternidad algunos adjudicaron a Soltikov, uno de los amantes de Catalina. Otros aducen que fue efectivamente hijo de Pedro.

Está dicho que la vida sentimental de Catalina constituía el escándalo de la corte y de toda Europa. Muchos de sus más fieles agentes y ministros fueron sus amantes, pero no por eso consiguieron dominarla; por el contrario, ellos se volvían dóciles instrumentos de su política.

Pero los 17 años transcurridos entre su casamiento y la muerte de la emperatriz, habían desgastado a tal extremo su relación conyugal, que Catalina temía ser encerrada en un convento luego de que su marido accediera al trono con el nombre de Pedro III. Las circunstancias, sin embargo, no pudieron serle más favorables: en un mes Pedro se peleó con la Iglesia, se colocó poco menos que bajo la protección de Federico de Prusia y trató de divorciarse de su esposa. Pero lo hizo sin orden ni mesura, atropelladamente.

La princesa alemana Sofía Federica Augusta von Anhalt-Zerbst contrajo matrimonio con el zar ruso Pedro III, convirtiéndose así en Catalina II. Organizó una conspiración para derrocar al zar debido a su incompetencia como gobernante y a los malos tratos que la infligía. Como zarina, alentó la realización de las reformas iniciadas por Pedro I el Grande. Se carteó con escritores franceses como Voltaire y Diderot y ordenó construir elegantes palacios. No obstante, Catalina II se sintió amenazada por las reformas radicales y democráticas de la Revolución Francesa. Mantuvo la servidumbre, aumentó los privilegios de la aristocracia y reprimió con dureza las rebeliones que ponían en peligro su poder.

Catalina, en cambio, movilizó todos sus recursos con extrema prudencia y cuando Pedro se retiró a una residencia situada a pocos kilómetros de San Petersburgo, Gregorio Orlov, amante de Catalina, convenció a la guardia y a sectores de la aristocracia de la conveniencia de desprenderse del monarca, evidentemente desacreditado.

El propósito inicial era elevar al trono a su hijo Pablo, bajo la regencia de su madre, pero en momentos de concretarse el golpe de Estado, Catalina fue escoltada al Palacio y aclamada como emperatriz. Esa misma noche marchaba a la cabeza de sus tropas hacia el lugar de retiro de su marido, quien abdicó al día siguiente.

De un natural encanto, atrayente, agradable, Catalina era realmente querida por sus allegados, incluso por los sirvientes. No era vengativa; no mostró hostilidad hacia los consejeros de su esposo después que este abdicó. Y en más de un caso quienes fueron sus amantes dejaron de serlo sin perder por eso la estimación de la emperatriz.

El más notorio en ese sentido fue Gregorio Potiomkin con quien contrajo matrimonio a fines de 1774; se separaron dos años después aunque él siguió siendo su amigo y consejero.

Pero más allá de sus condiciones de carácter estaba su formación intelectual. Discípula y amiga de los enciclopedistas franceses, mantenía correspondencia con Voltaire, con D’Alembert, con Diderot -a quien llevó a la corte- con Federico Grimm, el crítico literario y diplomático germano que la conoció personalmente y encontró su conversación aún más brillante que sus cartas. Y se estaba refiriendo a un epistolario lleno de gracia, ingenio y agudeza para encarar los problemas políticos, diplomáticos y sociales de su tiempo.

En el fondo su intención era dar a la sociedad rusa la cultura y el refinamiento que veía reflejados en París y Berlín Otorgaba gran importancia a la educación, creó los primeros internados para la formación de jovencitas que tuvo Rusia, recurrió al asesoramiento de entendidos para iniciar colecciones de obras y objetos de arte, y ella misma se dedicó a la pintura y la escultura. Y también a la literatura; con tanto empeño que sus escritos, incluida su correspondencia, sus memorias y otros trabajos ocupan más de 12 tomos.

Entre los proyectos más ambiciosos que comenzó, se cuenta la historia de Rusia desde los tiempos primitivos. Para el teatro produjo una obra acerca del legendario Oleg, sobre un esbozo de Shakespeare, además de otras comedias, proverbios y cuentos.

Admiradora del despotismo ilustrado, en algún momento se mostró dispuesta a intentar ciertas reformas de orden social en su imperio, pero su origen extranjero y la forma en que ascendió al trono la hicieron depender fundamentalmente de la buena voluntad de los nobles, cuyos privilegios terminó por ampliar en perjuicio de los siervos de sus tierras.

Las sublevaciones de campesinos, agobiados por la opresión, fueron sofocadas con una saña que guardaba muy poca relación con las teorías que la emperatriz había trazado en un famoso conjunto de «Instrucciones» que escribiera al poco tiempo de iniciar su reinado.

Así y todo adoptó medidas tendientes a paliar la situación de los indigentes, algunas de ellas de carácter sanitario y aun médico, llegando a vacunarse ella misma para dar el ejemplo a sus subditos. Hasta intentó convertir a la escuela en monopolio del Estado, accesible a las clases populares, pero la indignación de la aristocracia coartó sus propósitios.

Por supuesto que, más allá de toda ideología, era partidaria de la monarquía absoluta y, a pesar de sus simpatías por los enciclopedistas franceses, jamás se avino a aceptar los cambios de la Revolución Francesa.

En sus manos Rusia alcanzó una potencia nunca igualada hasta entonces. En eso, como en otras cosas, fue una continuadora de las ambiciones nacionales de Pedro el Grande. Manejó la política exterior personalmente y supo ir en cada caso todo lo lejos que las circunstancias le permitían. Bajo su gobierno pasó a Rusia no solo a la parte étnicamente rusa de Polonia sino también la que no lo era. Y en las dos guerras que inició contra los turcos, Rusia ganó Crimea y el acceso al Mar Negro.

Puede decirse que a su habilísima diplomacia se debió que muchos territorios conquistados aseguraran a Rusia límites definitivos tanto en el oeste como en el sur. Es que tuvo a su lado la inapreciable ayuda de los mejores hombres, a quienes recurrió aun cuando muchos no se avenían a lo que ella deseaba.

A los 44 años, cuando se enamoró perdidamente de Potiomkin, su segundo marido, Catalina comenzaba a adquirir cierta corpulencia que más adelante había de convertirse en obesidad. Tenía incluso problemas circulatorios. Pero nadie como ella para renovarse continuamente y gustar de la vida con una frescura de espíritu realmente admirable. «Ah, señor Potiomkin-escribía-, qué milagro hacer vacilar a una cabeza considerada hasta ahora como la más fuerte de Europa. ¡Qué vergüenza! ¡Qué pecado! Catalina II víctima de semejante pasión. Adiós, Infiel, Moscovita, Cosaco, no te quiero.»

Murió 23 años después, de un ataque de apoplejía.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder