Federico I de Prusia Biografia Vida y Obra Rey Despota Ilustracion



Federico I de Prusia, Biografia Vida y Obra

PRUSIA, EL «REY SARGENTO» Y FEDERICO II EL GRANDE:

Por esa misma esa época, cuando la poderosa Rusia se perfilaba en el horizonte de Europa, comenzó a formarse una topera en el estercolero del Imperio alemán: Brandemburgo-Prusia. Federico Guillermo, el gran príncipe elector, había preparado el terreno (1640-1688), pues siguiendo el modelo francés, había modernizado la administración, creado un ejército permanente y dado una orientación mercantilista a la política económica.

Su hijo, Federico III, obtiene del emperador la dignidad real y en 1701 es coronado rey de Prusia con el nombre de Federico I.

Por lo demás, al igual que Rusia, Prusia era un país atrasado en el que los campesinos eran propiedad de los grandes señores y recibían continuas vejaciones por parte de una casta de arrogantes terratenientes.

Esta es la razón por la que, de forma similar a lo que ocurrió en Rusia, la modernización se introdujo por la vía de la militarización. Con la única diferencia de que en la Prusia protestante la obediencia ciega era idealizada como cumplimiento del deber y se la consideraba un mérito.

En correspondencia, el padre de la patria era un modernizador tan brutal como Pedro el Grande: me refiero a Federico Guillermo I, llamado el «Rey Sargento». Este era una combinación de maestro y soldado. Su eterno compañero era su bastón, con el que golpeaba a todo aquel que le disgustaba; un bastón que era, a la vez, símbolo de las dos instituciones sobre las que construyó la grandeza de Prusia: la escuela el ejército.

En 1722, antes que ningún otro país, Prusia implantó la enseñanza obligatoria, que obligaba a cada comunidad a tener y mantener su propia escuela. Una generación después, Prusia había superado al resto de países europeos en materia de enseñanza general.

Pero la auténtica preocupación del rey era la formación del ejército, por lo que dos tercios del presupuesto estatal se dedicaron a tal fin. Los nobles fueron obligados a seguir una carrera militar y a someterse a una despiadada instrucción.

Gracias a ella, la caballería, la artillería y la infantería adquirieron una capacidad de acción que ningún otro país podía igualar. Por otra parte, el rey sentía debilidad por los tipos altos, que coleccionaba como Pedro el Grande coleccionaba enanos; el resto de sus necesidades las satisfacía divirtiéndose en la sala de fumadores, donde gastaba grandes bromas, como cuando ató un filósofo a la espalda de un oso. En una palabra: era un perfecto bromista al que su hijo no se parecerá en nada.

Tras una larga época de esterilidad, volvernos a encontrarnos con un príncipe alemán que ha pasado a la memoria colectiva de la civilización. Me refiero a Federico II, llamado «el Grande». El simple hecho de haberse opuesto al militarismo de su padre lo convierte ya en una figura importante. Para aquél, el ideal educativo era un tipo de soberano que combinará  las virtudes de un comisario pedante y parco en palabras con la sensibilidad de unas botas militares; pero le salió un hijo que amaba las artes y la literatura, se rizaba los cabellos, hablaba francés en vez del basto alemán propio de un soldado, bromeaba sobre la religión, mantenía extrañas relaciones de amistad con el capitán Katte y el subteniente Keith y tocaba la flauta. En una palabra: aunque el machista de su padre no consideraba a Federico como un afeminado, creía que era demasiado blando para gobernar Prusia.



Cuando en una ocasión su padre lo pillé leyendo poesías en secreto, le dio con la muleta, y en otra ocasión intentó estrangularlo con el cordón de la cortina. Federico se disponía a fugarse a Inglaterra con su amigo Katte, pero los pescaron. El rey ordenó hacerles un juicio sumarísimo y condenarlos a muerte —en esto también se parecía a Pedro el Grande—.

Si el rey perdoné la vida a su hijo, fue por consideración a los otros príncipes europeos a cambio, Federico tuvo que presenciar la ejecución de su amigo Katte y después fue encarcelado. Cuando el padre consideró que su hijo va se había curtido lo suficiente, le hizo estuchar economía y administración de Prusia y le asesté un nuevo golpe casándolo con Isabel Cristina de Brunswick. El príncipe heredero se atrincheré en Rheinsberg y comenzó su correspondencia con Voltaire, que se prolongó durante más de cuarenta años. Se hizo francmasón, alabé las excelencias de la Constitución inglesa y escribió el Antimaquiavelo. En 1740, cuando relevé a su padre, el mundo pudo saludar a un filósofo en el trono real: la Ilustración había arraigado en el corazón del príncipe.

El primer día de su reinado suprimió la tortura; a continuación declaró la libertad de culto la libertad de prensa, y colocó a un libre pensador al frente de la «Academia de las Ciencias» de Berlín, a la que convirtió en una de las mejores academias de Europa. Pero después decepcionó al mundo iniciando una guerra por una nadería y arrebatando Silesia a la amable María Teresa de Austria.

La emperatriz se negó firmemente a reconocer esta conquista, por lo que dispuso una alianza con Rusia y Francia. Adelantándose a ella, Federico da inicio en 1756 a la guerra de los Siete Años. Por vez primera, el mundo comprobó asombrado que detrás de los bosques de la Marca de Brandemburgo había ido creciendo algo nuevo: Prusia, un ejército con un Estado como simple apéndice. A las órdenes del joven general Federico y mantenido únicamente por el dinero que llegaba de Inglaterra este ejército se dirigió contra los ejércitos de las tres grandes potencias aliadas, a los que logró poner en jaque tras gloriosas victorias y aplastantes derrotas.

Ciertamente, Federico hablaba francés, pero hizo que todo su pueblo, que ya se había acostumbrado a la impotencia del Imperio, sintiera que por fin había alguien capaz de mostrar a los demás quiénes eran los alemanes. Federico acabó quedándose con Silesia, y la provincia, que era medio protestante, se hizo prusiana. Gracias a los nuevos recursos y a la superioridad de su ejército, Prusia se convirtió en una gran potencia. La más pequeña de todas ellas, ciertamente, pero una gran potencia en el seno de lo que entonces se llamaba el concierto de los poderes europeos: Francia, Inglaterra. Austria, Rusia y Prusia. Y aguantando como lo hizo en la guerra de los Siete Años, Federico ayudó a Inglaterra, su aliada, a vencer a Francia en la guerra que ambos países mantuvieron por el dominio de las colonias de ultramar.

PRUSIA
En la Edad Moderna, la dinastía Hohenzollern, que gobierna el margraviato desde el siglo XVI, impulsa la organización y la centralización estatal. En los siglos siguientes, Prusia se convierte en una gran potencia europea. En 1701 el príncipe elector Federico III obtiene el título de rey de Prusia. Su sucesor, Federico Guillermo I (1713 – 1740), tuvo como objetivo primordial contar con un poderoso ejército. Organiza entonces el Estado de un modo militar: cada departamento territorial posee un ejército. Federico Guillermo I recibió el nombre de «rey sargento», porque le dio al Estado un carácter militarista que mantuvo hasta el siglo XIX.

Pero fue Federico II (1740 – 1786), el «rey filósofo», quien aplicó los principios del despotismo ilustrado. Impulsó la educación (estableció, por ejemplo, la educación primaria en forma obligatoria por primera vez en el reino), estimuló el desarrollo de la economía, apoyando las tareas agrícolas, artesanales y comerciales; desarrolló algunas industrias como la de la seda, azúcar, papel y la minería. Desde el punto de vista social, todas las clases debían servir al Estado. La burguesía asumía el peso de los impuestos. Fomentó la inmigración de colonos.

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz

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