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La Toma de la Bastilla

CAUSAS DIRECTAS DE LA TOMA DE LA BASTILLA: La humillante derrota francesa por los británicos en la guerra de los Siete Años (1756-1763) «296-297, con la pérdida de las colonias norteamericanas, motivó grandes desembolsos de dinero en la guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783) «298-299. Para ello se situó la reforma fiscal en el primer punto de la agenda política.

Bajo el Antiguo Régimen (el «viejo orden» prerrevoludonario), la sociedad francesa se dividía en tres estamentos: nobleza, clero y tercer estado. La nobleza y el clero, apenas un 3% de la población que poseía el 40°/o de las tierras, estaban exentos de impuestos, por lo que la carga fiscal recaía sobre la burguesía (clase media) y el campesinado. Numerosos profesionales liberales influidos por la Ilustración  exigían un papel más importante en el gobierno. El precio del pan casi se dobló por las malas cosechas de 1788-1789, acrecentando la tensión social.

La inquietud y el malestar social se potenciaba. Numerosos folletos, diarios, oradores en cafés o en las calles, evidenciaban la efervescencia popular. Luis XVI que se había visto obligado a aceptar la situación, preparó junto con la reina María Antonieta y sus seguidores (la corte y la nobleza de toga) un golpe de Estado con la intención de disolver la Asamblea Constituyente. Destituyó a Jacobo Necker, el ministro de Finanzas que contaba con el apoyo popular, y contrató a mercenarios extranjeros que se instalaron en las cercanías del palacio de Versalles.

La Asamblea exigió al monarca el retiro del ejército, pero Luis XVI se mantuvo firme. En respuesta, el 14 de julio de 1789 se produce el primer levantamiento popular de la revolución: la toma de la Bastilla. Una multitud invadió la fortaleza estatal (prisión) y se adueñó del armamento que allí existía.

La toma de la Bastilla, considerada como un símbolo de la Revolución Francesa, fue un episodio de importancia por que señaló que el poder pasaba del rey a la Asamblea y entregó armas a la población de París.
El pueblo común comenzó a participar directamente en las cuestiones políticas.

EL JUEGO DE PELOTA EL JURAMENTO Los intentos de reforma económica de Luis XVI fueron obstaculizados por los nobles, que lo obligaron a convocar los Estados Generales, un parlamento compuesto por los tres estamentos que no se había reunido en 175 años. Cuando en mayo de 1789 se reunieron en Versalles, el mayoritario tercer estado exigió tener más peso en las votaciones. Al ser rechazada su petición, se escindió y formó la Asamblea Nacional, junto con algunos nobles y clérigos simpatizantes. El 20 de junio se les impidió el acceso a palacio, por lo que se reunieron en una cancha de juego de pelota (leu de Paume) donde juraron «no separarse jamás hasta que la constitución sea aprobada».

LA TOMA DE LA BASTILLA: En el verano boreal de 1789 estalló en Francia una sublevación contra el gobierno de Luis XVI. Diferentes factores provocaron esta revolución, pero si un acontecimiento simbolizó el colapso del poder real frente al descontento popular generalizado fue el asalto de la prisión de la Bastilla, el 14 de julio de ese año.

Construida entre 1370 y 1383 como parte del perímetro amurallado de París, en el s. XVII la Bastilla se convirtió en cárcel para prisioneros políticos. También servía como arsenal, ya que almacenaba grandes cantidades de armas y pólvora. En 1789 la prisión estaba defendida por 18 cañones y 12 piezas de menor calibre, manejadas por una guarnición de 82 «inválidos» (soldados veteranos no aptos para el servicio activo), reforzados por 32 granaderos de un regimiento de mercenarios suizos mandado llamar por el rey Luis XVI unos días antes.

El 14 de julio se propagó por todo París el rumor de que las tropas marchaban hacia la ciudad para sofocar las protestas contra el rey. En respuesta a esta amenaza, una multitud de entre 600 y 1.000 personas, equipadas con armas tomadas del Hotel de los Inválidos, un hospital militar, se apostó frente a la Bastilla para hacerse con su arsenal y defender la ciudad.

Alrededor de las 10.30, la primera de dos delegaciones se reunió con Bernard-René de Launay, gobernador de la Bastilla, con el fin de exigirle que distribuyera las armas entre la muchedumbre. Ambas delegaciones fracasaron, y hacia las 13.30, la gente, que había perdido la paciencia, se abalanzó sobre el indefenso patio exterior. Aunque no es seguro qué bando disparó primero, los cañones abrieron fuego. Hacia las 15, un destacamento de 62 guardias franceses amotinados llegó hasta la prisión y emplazó sus dos cañones frente a los portones. Los combates ganaban intensidad, y de Launay amenazó con volar la fortaleza, pero sus hombres se rindieron y lo obligaron a abrir las puertas.

A las 17.30, la muchedumbre asaltó la Bastilla. El gobernador fue arrastrado hasta el Ayuntamiento y ejecutado junto con al menos dos de sus hombres. Un defensor y 98 asaltantes murieron en la refriega y 78 atacantes resultaron heridos.

La noticia de la toma de la Bastilla recorrió velozmente toda Francia y provocó levantamientos en muchas ciudades. En realidad, la prisión era un símbolo casi vacuo de la tiranía real, ya que sólo albergaba a siete reos, pero su toma significó que el poder había pasado de los que discutían sobre el cambio político a quienes habían pasado a la acción.

QUIENES TOMARON LA BASTILLA: «El propósito inmediato fue encontrar pólvora que había sido enviada allí desde el Arsenal. (…) Se creía que la fortaleza poseía una importante guarnición; sus cañones, que esa mañana apuntaban a la rué Saint-Antoine,* podían provocar un desastre en las casuchas atestadas, se rumoreaba que durante la noche las tropas habían entrado en el faubourg y ya habían comenzado a masacrar a sus ciudadanos. Más aún, (…) la Bastilla era odiada generalmente como símbolo del ‘despotismo’ (…) «Pero falta responder a una pregunta: ¿en realidad, quiénes eran los sitiadores? «La mayoría (…) de treinta y treinta y cuatro años, casi todos eran padres de familia (…) hombres comunes reclutados en los oficios y las profesiones típicas del faubourg y los distritos adyacentes: carpinteros y ebanistas, cerrajeros y zapateros, (…) tenderos, fabricantes de gasas, escultores, trabajadores del río y peones… Pero en un sentido más amplio tal vez podamos coincidir con Michelet en que la captura de la Bastilla fue obra, no de los pocos centenares de ciudadanos provenientes sólo del distrito de Saint Antoine, sino del pueblo de París en general. Se ha afirmado que ese día de 180 000 a 300 000 parisienses estaban bajo las armas.»

George Rude, La Revolución Francesa. Buenos Aires, Vergara , 1989.

Biografia de Robespierre Resumen Funcion en el Comite de Salvación

Biografía de Robespierre Maximiliano – Resumen –
Funcion en el Comité de Salvación Pública

ANTECEDENTES: 1793, La Convención, dominada por los jacobinos, instaló un régimen de terror que persiguió a los opositores de la revolución.

El poder se concentró en el Comité de Salvación Pública, en el que se destacó Maximiliano Robespierre. Se enviaron representantes a todas las provincias, con amplios poderes para confiscar propiedades, arrestar y condenar a muerte a los enemigos políticos. Esta época recibió el nombre de «período del Gran Terror», por la implacable persecución de los adversarios políticos que realizaban los comités.

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Se destacó por su oratoria como defensor de la justicia y la igualdad, respaldando esa prédica con su comportamiento íntegro. De esta manera se transformó en el líder más sobresaliente del Club de Jacobinos. Miembro de la Asamblea Constituyente y de la Convención Nacional, apoyó la destitución del rey Luis XVI. Miembro del Partido Radical de Montaña, (junto con Danton y Marat), combatió a los girondinos y tras su caída, que él mismo había propiciado, se hizo miembro del Comité de Salvación Pública (1793). Aprobó las medidas radicales y, en 1794, se convirtió en dictador. Eliminó la extrema izquierda (partidarios de Hebert) y los revolucionarios moderados (Danton y Desmoulins). Apoyado en las masas populares, intentó llevar a cabo una democratización radical y crear un «poder de la virtud». Para conseguir sus objetivos, implantó el Sistema del Terror (1793-1794).Sus enemigos de la convención lo encarcelaron y una vez destituido de su cargo fue guillotinado.

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BIOGRAFÍA DE MAXIMILIANO ROBESPIERRE

Maximiliano nació el 6 de mayo de 1758, en Arras, capital del Artois, provincia del noroeste de Francia. Hijo primogénito de Francois Derobespierre y Jacqueline Carrault, tuvo tres hermanos: Agustín —muy ligado a él—, Carlota y Enriqueta.

En el certificado de bautismo, su apellido figuró como «Derobespierre». Las circunstancias que lo llevaron a introducir en él una pequeña alteración denotan algo de su personalidad.

Todavía adolescente y no indiferente a la posibilidad de ascendencia noble que el «de» permitía entrever, Maximiliano separó la partícula del nombre; ella confería un aire vagamente aristocrático al portador.

De la misma manera, cuando en 1790 la Asamblea Constituyente abolió los títulos de nobleza, por iniciativa propia eliminó el «de» del nombre —ser noble dejaba de ser algo apreciable—.

Su madre, hija de un fabricante de cerveza, murió al dar a luz a Enriqueta. Ese hecho trastornó enteramente la vida de Francois Derobespierre, modesto abogado de provincia como lo habían sido su abuelo y bisabuelo.

Maximiliano tenía siete años cuando su padre abandona la clientela, comienza a vagar por las calles, se embriaga en las tabernas y por fin desaparece en el extranjero. La familia se desmorona.

Carlota y Enriqueta son alojadas en una especie de institución de caridad y los abuelos maternos se encargan de los varones.

Maximiliano crece taciturno y orgulloso. Asiste al colegio de Arras, cría palomas en el jardín de su casa y llora cuando alguno de sus animalitos muere. Mantiene largas conversaciones con su hermano menor, que siente por él ciega admiración.

Y con cierta razón, pues Maximiliano es un niño inteligente y sensible, un ávido lector y un alumno ejemplar.

A los doce años, cubierto de medallas y premios por buenas notas, Maximiliano gana una beca para estudiar en el Colegio Luis el Grande, uno de los más importantes de la Universidad de París. El viejo edificio de la rué Saint Jacques era tétrico. Hacían economías en la calefacción y en la comida.

Durante el invierno los niños estudiaban con los dedos azulados por el frío y los estómagos molestos por el hambre, insatisfechos con la disciplina rigurosa y el curriculum anticuado.

A escondidas, circulaban entre ellos los libros de Rousseau y los panfletos de Voltaire, cuya irreverencia hacía más soportable la chatura de aquel mundo.

La condición de becario ciertamente influyó mucho sobre el niño. Para sus colegas nobles no pasaba de un mero receptor de caridad, sin importarles las cualidades que tuviese.

En la convivencia con la familia también debe haber absorbido cierto resentimiento contra las jerarquías sociales del Antiguo Régimen, nombre con el que se conoce el sistema político-social anterior a la Revolución.

Su orgullo y su ambición, revelados en la tentativa de «ennoblecer» el nombre, y contrariados por la decadencia familiar y por el desprecio de sus compañeros nobles, producirán en Maximiliano un resentimiento que, en mayor o menor grado, fue común a todos los jóvenes de talento de las clases medias francesas, lo que explica en parte la entusiasta acogida que los libros de Rousseau tuvieron entre los jóvenes: presentaban los privilegios de los nobles y su fortuna como una usurpación de los «derechos naturales» de todos los hombres.

Luego, el joven de maneras graves encontró a un amigo que era exactamente su opuesto. Otro becario, dos años más joven, espiritual, improvisador irreprimible, que se convertiría en uno de los más formidables tribunos de la Revolución Francesa y en su más brillante periodista: Camille Desmoulins.

Otros cuatro futuros jefes revolucionarios estudiaron con él en ese período: Duport-Duletre, Lebrun, Freron y su propio hermano Agustín.

Finalmente, en 1778, Maximiliano realizó un antiguo sueño: visitar a Rousseau. El viejo filósofo moriría ese mismo año, y Robespierre recordaría siempre ese encuentro con entusiasmo y admiración.

En 1780, terminado el colegio, se inscribió en derecho. Y a los 23 años, ya recibido de abogado, regresó a Arras con pocas esperanzas: no podía esperar de la vida nada mejor que lo que habían conseguido sus abuelos.

En 1789 con la Toma de la Bastilla se inicia un proceso revolucionario contra el poder absoluto del rey Luis XVI, que pasó por distintas etapas, entre negociaciones y conflictos ideológicos, que se iniciaron con una Asamblea Nacional para terminar con el imperio francés al mando de Napoleón.

Durante la etapa de la Asamblea , donde aun permanecía todavía en Versalles, los diputados más radicales entre ellos Robespierre, se reunían en un café. En París organizaron un «club» que comenzó a funcionar en una sala alquilada al convento de los dominicanos.

Sus miembros, aunque oficialmente se denominasen «Amigos de la Constitución», recibieron el sobrenombre de Jacobinos, antigua designación de los primeros dominicanos instalados en París en la Rué St. Jacques (Calle de Santiago o Jacobo el Mayor, de donde Jacobinos). En breve estarían aceptando socios no diputados e inaugurando nuevos clubes en las provincias.

En la mañana del 21 de junio de 1791, París despertó alarmado por una noticia: la familia real había huido del Palacio de las Tullerías. La ciudad, los clubes y la Asamblea estaban sumamente agitados. Los diputados radicales, Robespierre inclusive, vieron en ello indicios de traición: el rey y la reina buscaban ayuda para aplastar a la nación de la que, se creían propietarios.

El rey fue perseguido, reconocido y detenido en Varennes —donde insistiera en parar para comer durante el viaje— y los fugitivos reconducidos bajo escolta a París. La Convención investigó el proceder del rey, quien fue declarado culpable de establecer alianzas con las potencias extranjera, y fue condenado a morir en la horca el 21 de enero de 1793.

Los girondinos se habían preparado para defender al rey con una serie de instrumentos legales. La ofensiva de Robespierre y Saint-Just los dejó desarmados, sin aliento. Lanzan entonces una propuesta: someter el resultado, sea cual fuere, a un referendo popular. Robespierre y Marat argumentan que dividir el país en tiempo de guerra es un crimen. El 21 de enero de 1793, Luis XVI es decapitado. Mostró en la muerte la firmeza que no tuvo en vida.

El 4 de setiembre de 1793, una multitud impresionante se reunió delante de la Comuna. Los sans-culottes exigían mayor igualdad en la distribución de la riqueza, la división de las grandes propiedades, el congelamiento de los precios, una distribución más justa de los alimentos. Por una parte presionado, por otra comprendiendo la necesidad de medidas drásticas para salvar la Revolución, Robespierre aceptó en parte las proposiciones.

Se creó un ejército revolucionario, que barrió el país, sembrando el pánico entre los opositores. Leyes draconianas fueron adoptadas contra los especuladores.

Era el Terror. Las medidas de extrema violencia adoptadas por la Comisión de Salvación Pública surtieron efecto.

Con el tiempo ,las voces comienzan a levantarse en la propia Convención: «¡Basta con el Terror! ¡Vuelta a la legalidad!» Robespierre no deseaba otra cosa, pero aflojar en ese momento hubiera sido provocar el desmoronamiento del edificio revolucionario, pero es inevitable comienzan las discusiones y disensiones internas.

Danton había sido tan poco hábil como para dejar caer en manos de sus enemigos cartas que no sólo lo comprometían políticamente, sino que probaban su intervención en la corrupción financiera.

Los robespierristasse encontraban solos a la cabeza de la revolución.Mas Robespierre estaba destrozado por dentro con toda esa matanza. Quien lo sostenía psicológica y políticamente era el inflexible Saint-Just.

En la Convención, a los pies del grupo vencedor, se encontraba un bando aterrorizado, y los más asustados entre ellos eran los que habían ido más lejos en el camino del Terror.

Tenían miedo de que, cuando fuera inevitable el final del Terror, fuesen acusados por sus crímenes. Algunos de ellos, como Fouché y Tallien, sabían que si dependían de Robespierre, tendrían sus días contados. Con el coraje de la desesperación, resolvieron atacar.

Reunieron todo lo que quedaba de los feuillants, dantonistas, banqueros y realistas en una sola ofensiva y, el 27 de julio de 1794 (9-Termidor, según el calendario revolucionario) prendieron de sorpresa a los robespierristas en la Convención. Los robespierristas esperaron la muerte hasta el amanecer, y Robespierre fue el último en ser guillotinado; antes presenció la muerte de sus compañeros.

Ese golpe señala, con la reacción radical de Babeuf, tres años después, el fin del período avanzado de la Revolución Francesa. Pero la obra de los jacobinos no podía ser apagada: Francia jamás volvería a su pasado feudal.

Biografia de Petrarca Vida de Boccacio Obras El Decameron Humanistas

Biografia de Petrarca y Vida de Boccacio Obras Literarias

Francisco Petrarca (Arezzo, actual Italia, 1304-Arqua, id., 1374) Poeta y humanista italiano. Fue un poeta de fina inspiración en los temas y esmerada pulcritud en las formas, que despertó también la admiración de sus contemporáneos.

Nació, en Arezzo, el 20 de julio de 1304 y, a ejemplo de su padre que fue escribano, en Florencia, siguió la carrera de las leyes; pero, desde joven, mostró gran afición por los estudios clásicos y así, además de notable escritor, resultó un excelente bibliófilo.

Se educó en Pisa y después en Francia, cerca de Aviñón, hasta donde el Papa había trasladado la Santa Sede, razón por la cual se instalaron allí muchos aristócratas romanos que le seguían brindando su apoyo.

En su juventud siguió estudios de jurisprudencia, pero a la muerte de su padre los abandonó y se dedicó al cultivo de la poesía.

Asistía Petrarca, en 1327, a una Misa de Viernes Santo en la iglesia de Santa Clara de Aviñón, cuando –según señaló él mismo en un soneto– conoció a la hermosa Laura de Noves, de diecinueve años, casada con Hugo de Sade; se enamoró de ella a primera vista y, durante toda su vida, le dedicó, platónicamente, más de trescientos sonetos, reunidos en un «Cancionero» dividido en dos partes: «Rime in vita di Laura» y «Rime in morte di Laura».

En él aparecen, también, madrigales en homenaje a la bienamada, junto a algunos cantos de tipo patriótico y a otras poesías, como su célebre «Plegaria a la Virgen».

La belleza, la gracia y el talento de Laura de Noves fueron inmortalizados por Petrarca sutilmente y su pasión es comparable a la que sintió Dante por Beatriz Portinari, amor, imposible también, que terminó con la temprana muerte de la joven, pocos meses después de su enlace con Simón dei Bardi.

Así como Dante inmortalizó a Beatriz, Petrarca hizo lo propio con Laura, joven a la que amó intensamente y a la que dedicó la mayor parte de sus composiciones, más de 300 sonetos y 26 canciones.

Pasó la mayor parte de su vida fuera de su ciudad natal. El papel de Petrarca en el renacimiento de los clásicos lo convirtió en una figura seminal de la literatura italiana del Renacimiento. Su principal contribución al desarrollo del italiano vernáculo la hizo en sus sonetos.

Se le considera uno de los grandes poetas líricos europeos. Sus sonetos , como se dijo antes, se inspiraron en el amor que profesaba a una mujer casada, llamada Laura, a quien conoció en 1327. Era una mujer real, con quien Petrarca estuvo emocionalmente relacionado por mucho tiempo, por lo que vertió sus lamentaciones en un soneto tras otro.

Al analizar cada aspecto de sus sentimientos de amante no correspondido, parece que le preocupa menos cantar loas a su dama, que inmortalizar sus propios pensamientos.

La «psicología del amor» y el interés en su propia personalidad revelan un sentido de individualidad más fuerte que en cualquier literatura medieval previa.

Además, en una obra titulada Los triunfos, trató de imitar el estilo alegórico de Dante. También escribió un tratado filosófico-moral que llamó Desprecio del mundo.

Murió en 1374. De su obra se desprende una tendencia humanística, que apunta a la liberación del hombre de toda sujeción divina o humana, lo cual lo coloca en pugna con la ortodoxia de la doctrina católica.

El padre de Francisco pertenecía al mismo partido político que Dante y también se había visto obligado a exiliarse, por eso Petrarca nació lejos de Florencia. (ver vida de Dante Alighieri)

A la edad de quince años, lo enviaron a la ciudad francesa de Montpellier para que estudiara leyes como su padre. Pero el chico no quería ser jurista. Odiaba las leyes. Quería ser sabio y poeta.

El encuentro con Giovanni Boccaccio en Florencia fue decisivo para sus ideas humanistas y junto a éste se constituyó en figura principal del movimiento que intentó rescatar la cultura clásica de los siglos oscuros en el primer Renacimiento italiano; intentó armonizar el legado grecolatino con las ideas del Cristianismo.

Como quería ser sabio y poeta por encima de todo, lo fue, porque las personas que poseen una gran fuerza de voluntad consiguen todo lo que se proponen. Hizo largos viajes y copió manuscritos en Flandes, en los monasterios situados a orillas del Rin, en París, en Lieja y finalmente en Roma.

Luego se retiró a un valle solitario en los montes de Vaucluse y allí estuvo estudiando y escribiendo.

Pronto se hizo tan famoso por sus versos y su sabiduría que la Universidad de París le pidió que fuera a enseñar a sus alumnos, y el rey de Nápoles lo invitó a enseñar a sus súbditos. De camino a su nuevo trabajo, tuvo que pasar por Roma.

La gente, que sabía de su fama de editor de autores latinos casi olvidados, decidió rendirle honor en el antiguo foro de la ciudad imperial: a Petrarca le impusieron la corona de laurel del poeta. Desde aquel momento, en su vida todo fueron honores.

Escribía sobre lo que la gente quería leer. Estaban cansados de disputas teológicas. El pobre Dante podía pasearse por el infierno todo lo que quisiera.

Petrarca, en cambio, escribía sobre el amor, la naturaleza, el Sol y nunca tocaba aquellos temas tenebrosos que habían sido la obsesión de la generación anterior. Cuando Petrarca llegaba a una ciudad, era recibido con gran entusiasmo, como si fuera un héroe de las conquistas. Y si encima iba acompañado de su joven amigo Boccaccio, el narrador de historias, el recibimiento era todavía mucho más caluroso.

Ambos eran hombres de su tiempo, llenos de curiosidad, deseosos de leer todo lo que pudieran; les gustaba revolver las librerías polvorientas en busca de un manuscrito perdido de Virgilio, Ovidio, Lucrecio o cualquier otro de los poetas latinos antiguos.

Eran buenos cristianos. ¡Claro que lo eran! Todo el mundo lo era. Pero no veían la necesidad de ir por el mundo con la cara larga y un abrigo sucio porque un día u otro se iban a morir. La vida era bonita.

La gente venía al mundo para ser feliz. ¿Alguien quería una prueba? Muy bien, pues que agarrara una pala y que se pusiera a cavar. ¿Qué encontraría? Hermosas estatuas antiguas. Bonitas vasijas antiguas. Ruinas de magníficos edificios antiguos.

Todas aquellas cosas las habían hecho los romanos, provenían del mayor Imperio que jamás había existido, un Imperio que había gobernado el mundo durante mil años.

Había sido un pueblo fuerte, rico, de gran belleza —¡mirad si no el busto del emperador Octavio Augusto!—. Es cierto que los romanos antiguos no eran cristianos y nunca entrarían en el reino de los cielos.

Con suerte se quedarían en el purgatorio, donde Dante acababa de hacerles una visita. Pero, ¿qué importaba? Aquel mundo de la Roma antigua en que vivían era en verdad como el cielo. Además, «sólo se vive una vez», decían, «seamos felices y disfrutemos de la alegría de vivir».

«No creo decir una gran verdad al afirmar que de todas las alegrías de este mundo, no la hay más honorable que las letras, que tampoco hay más duradera, más deliciosa, más segura: ¡no hay quien acompañe a aquel que la posee, a través de todas las circunstancias de la vida, con tanta facilidad y tan poco aburrimiento!».
Carta a Boccaccio, 1373.

ORADOR «ELEGANTE»
Después de la peste negra que hizo desaparecer a muchos de sus amigos aviñonenses, Petrarca se instaló en Italia, primero en Milán, luego en Venecia y finalmente en Padua. En cada oportunidad fue convocado por el señor del lugar que deseaba disfrutar de sus talentos oratorios: el arzobispo de Milán, Giovanni Visconti, fue así su anfitrión durante ocho años hasta que el dux le concedió una residencia.

Fue también a este orador emérito a quien se hizo llamar cuando se trató de convencer al papa de Aviñón de volver a Roma.

Petrarca consiguió vencer sin dificultad al torpe embajador de Carlos V, y el menosprecio que proclamó por la retórica de las escuelas de París no estuvo ajeno al nacimiento de un humanismo francés. Era un escritor complacido por los grandes que repasaba tranquilamente sus selecciones epistolares y completaba sus obras históricas, cuando la muerte lo alcanzó en las cercanías de Padua , a la edad de 70 años

Falleció en Padua a los 70 años de edad, en 1374.

BOCACCIO: Juan Bocaccio, (1313-1375)  era hijo de un mercader de Florencia, nacido en París en 1313.

Llevado por su vocación, resignó el comercio y siguió estudios literarios, especialmente de los clásicos. Luego compuso varias poesías sobre la mitología y la geografía antiguas y ensayó también la poesía épica; pero decepcionado por su producción, que consideraba inferior a la de Petrarca, quemó todos su versos y se dedicó a la prosa.

Se lo considera, con justicia, como el creador de la prosa italiana, nació en Francia. Era hijo natural de un mercader florentino y de una mujer francesa, que residía en París, adonde vio la luz y desde donde su padre lo llevó  poco después a Napóles.

Amigo de Petrarca y gran admirador de Dante, completó, con ellos, el tríptico de este curioso movimiento literario italiano del siglo XIV que se anticipó, en más de un siglo, al Renacimiento propiamente dicho.

Sus libros, casi siempre picarescos y atrevidos, fueron prohibidos por los papas Pablo IV y Pío V, veda merecidísima porlo que atañe al tema de dichas obras. Pero, como bien señaló un autorizado crítico, su forma resultaba una maravilla y «estas excelentes cualidades literarias, aprendidas en el asiduo manejo de los clásicos de la Antigüedad, se sobrepusieron, a veces, a toda otra consideración.

Entre sus obras sobresale el «Decamerón», serie integrada por un centenar de cuentos, la mayor parte licenciosos, que narran diez jóvenes (tres hombres y siete mujeres), refugiados en el campo durante la peste que azotó, en 1348, a la ciudad de Florencia.

Escribió algunas novelas satíricas y posteriormente la obra que le dio celebridad, Decameron, una colección de cien cuentos de costumbres, cuyos personajes son presa de las más viles pasiones y se ven implicados en actitudes :religiosas, impropias de aquella edad de fe; razón por la cual esta obra fue prohibida por la Iglesia.

Aunque también escribió poesía, a Boccaccio se le conoce, sobre todo, por su prosa italiana, utilizó también el dialecto toscano. Mientras trabajaba para la casa bancaria Bardi, en Nápoles, se enamoró de una noble dama, a quien llamó Fiammetta, su Pequeña flama.

Bajo la inspiración de ella, Boccaccio comenzó a escribir romances en prosa. Sin embargo, su obra mejor conocida, El Decamerón, fue escrito hasta después de su regreso a Florencia. El Decamerón se sitúa en el tiempo de la muerte negra. Diez jóvenes se escapan a una villa en las afueras de Florencia para huir de la plaga, y deciden pasar el tiempo contando historias.

Aunque las historias no son nuevas y todavía reflejan la aceptación de los valores cristianos, Boccaccio presenta a la sociedad de su tiempo desde un punto de vista secular. Es el seductor de mujeres, no el caballero, el filósofo, el monje piadoso, el verdadero héroe. Tal vez, como algunos historiadores han argumentado, El Decamerón refleja los inmediatos y fáciles valores, los únicos valores de la época posterior a la plaga.

El trabajo posterior de Boccaccio, ciertamente, fue más lóbrego y pesimista; al envejecer, rechazó incluso sus primeras obras por irrelevantes. Comentó en una carta de 1373 que «ciertamente, no me complace que hayas permitido a las mujeres ilustres de tu casa leer mis fruslerías… Sabes cuánto en ellas es menos que decente y opuesto a la modestia, cuánto estímulo a la lascivia desenfrenada, cuántas cosas que conducen a la lujuria, incluso a los más protegidos contra ella»

Ver: Biografia de Boccaccio Giovanni

PARA SABER MAS SOBRE PETRARCA….

No, padre, basta… ¡Padre, os lo suplico, no! Nada había que hacer. Aquella vez, micer Petracco, perdida la paciencia, estaba decidido a no respetar ni siquiera uno de aquellos malditos libros que entorpecían los estudios de su hijo Francisco. ¡Poetas! ¡Pandilla de farsantes! El derecho y los códigos era lo que debía estudiar, en vez de perder el tiempo con palabras sin sentido. Pero aquello le quitaría las ganas de fantasear por una buena temporada: uno tras otro, Horacio, Cátulo y los otros fueron a parar al fuego purificador de la gran chimenea de piedra. Pero aún quedaban cuatro o cinco volúmenes. Micer Petracco alargó la mano, tomó el primero y ya se disponía a enviarlo junto a los otros, cuando se detuvo en seco. Su hijo había dejado de suplicar y protestar, pero gruesas lágrimas le surcaban las mejillas y silenciosos sollozos le agitaban el pecho.

—Virgilio y Cicerón… —consiguió decir—. Por lo menos ellos…

Micer Petracco comprendió. Aunque quemara todos los clásicos latinos, Francisco continuaría experimentando hacia ellos la misma veneración que. antes. Entonces, dejó a Virgilio sobre la mesa, dijo algo entre dientes y, resignado, se fue con una expresión de mal humor.

EL HIJO DEL EXILIADO
Francisco, el joven cuyos clásicos latinos fueron quemados por su padre con el pretexto de que lo apartaban del estudio de las leyes, no siguió el «buen camino» tras aquel duro castigo, y, andando el tiempo, llegó a convertirse en poeta: el poeta que hoy conocemos con el nombre de Francisco Petrarca.

Su vida fue larga, laboriosa y accidentada, desde el mismo día de su nacimiento. Sus padres, el notario Petracco y Eletta Canigiani, eran florentinos, pero Francisco nació en Arezzo, porque su padre había tenido que refugiarse en aquella ciudad a consecuencia de las luchas políticas entabladas entre güelfos y gibelinos. El futuro poeta vino al mundo el 20 de julio de 1304, y durante su infancia conoció las dificultades y aventuras de una existencia errante. Micer Petracco, efectivamente, se trasladó a Pisa y, después, a Aviñón, en Francia, donde se había instalado el Papa y donde a un hombre de leyes se le ofrecían buenas oportunidades para establecerse.

De Aviñón, babélica y superpoblada ciudad (la decisión pontificia de convertirla en sede del Papado atrajo a una gran cantidad de forasteros), Petracco llevó a su familia a Carpentras, localidad muy cercana a ella y más tranquila, para que sus hijos Francisco y Gerardo pudieran frecuentar la escuela de Convenévole da Prato, otro exiliado toscano.

«¡EN EL LABERINTO ENTRÉ!»
Al cumplir los doce años Francisco fue enviado u Montpellier para que siguiera en aquella ciudad sus estudios de Derecho. Pero el joven, en lugar de ocuparse de las leyes, continuó apasionándose por la literatura, que era ya su verdadera vocación.

Cuatro años después tuvo que realizar otro largo viaje, esta vez a Bolonia, para ampliar estudios, permaneciendo en aquella ciudad durante seis años, al cabo de los cuales regresó a Aviñón.

Sus padres habían muerto V debía mantenerse por si mismo, ya que los pocos haberes dejados por Petracco no le bastaban. Pero no era un problema grave: su cultura, su elegancia y su agradable aspecto no tardaron en procurarle un puesto bien remunerado en la corte pontificia, que además le permitía profundizar en sus estudios. Pasó un año tranquilo y desprovisto de emociones, hasta que, el 6 di< abril de 1327, le aconteció algo de extrema importancia; tanta, que posteriormente se refirió a esta fecha diciendo: «En el laberinto entré, no sé dónde termina».

LAURA
El «laberinto» sin salida era, naturalmente, un laberinto amoroso. Aquella mañana de abril, Petrarca encontró en la iglesia de Santa Clara, en Aviñón, a la mujer que iba a inspirarle sus más famosos versos: Laura, «la única que mujer me lo parece». ¿De dónde surgió este amor repentino e intensísimo? No podemos responder a la pregunta en términos usuales, modernos. Laura (a la que los eruditos han identificado, de forma casi segura, con Laura de Sade, una dama de Aviñón) debía ser muy bella, pero no más, en cualquier caso, que otras mujeres a las que el poeta tenía fácil acceso en los ambientes donde se desenvolvía su vida. Además, era esposa y madre (dio a luz once hijos). El poeta, por su parte, amó a otras mujeres, sin dejar de cantar las excelencias de Laura, y tuvo también dos hijos. ¿En qué consistía, pues, este amor?

Era una necesidad del alma, la necesidad de encontrar un tema de inspiración para dar rienda suelta a su sensibilidad poética. La «verdadera» Laura carecía de importancia, y podía ser la mujer más vulgar de la tierra. Lo importante era la Laura «ideal», que el poeta creó con su fantasía, inspirándose en aquella dama descubierta durante sus rezos matinales. Y al actuar así se comportaba exactamente igual que la mayor parte de los poetas de su tiempo (empezando por Dante). La visión de la mujer como inspiradora de poesía fue, efectivamente, una de las características fundamentales de esa corriente literaria, entonces de moda, que hoy conocemos con el nombre de «dolce stil novo».

«EL PRIMER TURISTA»
Así ha sido llamado Petrarca por los muchos viajes que realizó, algunos para cumplir misiones políticas, pero la mayoría debidos a su afición a moverse, a ver, a encontrar caras y paisajes nuevos. El poeta vagó por Europa durante muchos años (y no se puede decir que los viajes, en aquella época, fueran cómodos) e incluso llevó a cabo una peligrosa hazaña deportiva, escalando, sin ayuda, los 2.000 metros largos del Mont Ventoux.

En 1337 experimentó la necesidad de concederse una tregua y se hizo construir una casa en Vaucluse, un bello lugar situado en las fuentes de Sorgue, a poca distancia de Aviñón Tregua y reposo, sí, pero no ocio: durante los cuatro años pasados en Vaucluse su producción literaria se intensificó notablemente, procurándole gran fama en toda Europa. Y ello le sirvió de ocasión y excusa para lanzarse otra vez a la vida nómada: en 1341 partió para Roma, cuyo Senado deseaba coronarlo como poeta.

Se detuvo allí muy poco tiempo, el estrictamente necesario para la ceremonia del Campidoglio, y no tardó en, emprender nuevos viajes: Pisa, Parma, una breve permanencia en Aviñón, Nápoles y otra vez Parma, donde permaneció varios meses, refugiándose luego en la serenidad de Vaueluse, tras cuatro años de incesantes peregrinaciones.

En 1348, cuando el poeta realizaba un nuevo viaje por Italia, le llegó la noticia de la muerte de Laura, provocada por la peste. El dolor que la desaparición de su musa le produjo, encontró cauce en conmovidos versos y aumentó su incorregible inquietud. Petrarca viajó y viajó sin concederse un minuto de descanso. Admirado! y protegido por los poderosos y bien acogido en todas partes, el gran humanista no conseguía permanecer mucho tiempo en ninguna de ellas.

En 1370, después de otros viajes, su salud empezó a quebrantarse; un síncope que sufrió cuando se dirigía a Roma, lo convenció de que había llegado la hora del descanso. Sólo le quedaba un viaje por hacer: ése que para todos es el último. Y Petrarca se dispuso a esperarlo, con tranquila serenidad, en la paz de la villa que había adquirido en Arquá, sobre las colinas Euganeas, tan queridas para él. Una mañana del mes de julio de 1374, según reza la tradición, lo encontraron con la cabeza reclinada sobre un libro: su alma inquieta había encontrado, finalmente, la paz.

El Motin del Te Guerras de la Independencia de EE.UU. Trece Colonias

MOTÍN DEL TÉ: GUERRAS DE LA INDEPENDENCIA

En diciembre de 1773, la crisis estalla nuevamente. Un grupo de ciudadanos de Boston, disfrazados de indios, asaltan navíos británicos y arrojan al mar trescientas cajas de té. Este episodio se conoce históricamente con el nombre de «Boston Tea Party«.

El impuesto que incidía sobre el producto no había sido, en verdad, el motivo principal del atentado, y sí el hecho de que el monopolio de la importación de té estaba en manos de la Compañía de las Indias, empresa británica que estorbaba considerablemente las actividades de los que anteriormente se dedicaban a la importación del producto y de los muchos contrabandistas de la región.

motin del te

La chispa del inicio de la Independencia de EE.UU.

La reacción de los ingleses fue inmediata: sus tropas bloquean el puerto de Boston, que sólo sería abierto nuevamente cuando fuera abonado el té arrojado al mar. Ante esa situación, Washington y otros políticos sólo ven una salida: la rebelión abierta. A todos los que piden la adopción de una línea política más moderada Washington les responde que pasó el tiempo de enviar peticiones, pues está convencido de que la metrópoli está decidida a oponerse a todos los reclamos coloniales.

Por orden de Londres, el gobernador de Virginia clausura la Asamblea, foco principal de la insurrección. Los colonos responden convocando a una reunión con representantes de todas las colonias. Es el Primer Congreso Continental, reunido en Filadelfia en setiembre de 1774 con la presencia de 55 delegados de todas las colonias, a excepción de Georgia. Entre los representantes de Virginia se encuentra George Washington.

Hay divergencias políticas, mas todos concuerdan en un punto básico: las imposiciones inglesas son jurídicamente erradas y políticamente injustas. La idea general es que las colonias deben obedecer al rey en las guerras exteriores y en los tratados de paz, mas en lo restante son libres para autogobernarse, teniendo sus asambleas, dentro de los respectivos territorios, la misma autoridad que el Parlamento en Inglaterra.

El Primer Congreso Continental organiza un boicot más eficaz de los productos británicos, envía al rey una petición y al pueblo inglés una Declaración de los Derechos y de las Quejas de las colonias.

Pero la Metrópoli se niega a negociar. La tensión aumenta y, en Virginia, George Washington comienza a formar un destacamento de voluntarios. (En Massachusetts la acción de los colonos también es enérgica: constituyen un gobierno revolucionario y preparan una guerra civil.) En 1775, participa de la nueva reunión de los virginianos cuando se decide colocar la colonia en estado de defensa y parte enseguida para el Segundo Congreso Continental de Filadelfia.

En la reunión se comprueba que hay un clima de rebelión abierta en varias regiones de las trece colonias: las milicias de las provincias toman posiciones y aumentan sus efectivos. Se discute mucho, pero la conclusión es una sola: agotadas las posibilidades de negociación, sólo queda partir hacia la lucha contra los británicos. George Washington es elegido comandante general de las tropas.

Por encima de las razones militares, en él nombramiento de Washington prevalecerán las políticas. Era necesario escoger a un hombre del sur, y Washington representaba a una colonia importante, la más poderosa y organizada entre las del sur. Además, el comandante en jefe tendría que ser un hábil diplomático, un hombre capaz de unir a las fuerzas rebeldes.

Asume oficialmente el comando en Cambridge, el 3 de julio de 1775. Ya tiene experiencia militar suficiente para saber con qué tipo de tropas contará: hombres para los cuales la guerra significa disparar las armas, sin importarles mucho los problemas de organización. Son hacendados, labradores, hombres incultos, contadores, estibadores, cada uno haciendo su pequeña guerra personal, sin ninguna disciplina. Surgen de los lugares más imprevistos y rápidamente desaparecen. Se juntan a la hora de los ejercicios, reaparecen a la hora de la distribución de las provisiones. A pesar de ello, para los ingleses son una terrible amenaza.

Falta de todo en ese ejército de Washington: desde gente entrenada para la guerra hasta dinero, auxilios, armas, municiones, uniformes. Será una lucha de aficionados contra profesionales; de tropa indisciplinada contra aquella que tiene a la guerra por oficio, incluso reforzada por expertos mercenarios europeos.

Los primeros movimientos del ejército rebelde, a pesar de todas sus deficiencias, son exitosos. En 1775 Washington toma el fuerte de Ticonderoga, importantísimo desde el punto de vista estratégico; en marzo de 1776 ocupa y fortifica Dorchester Heights; días después obliga a los ingleses a retirarse del puerto de Boston, comandados por el General Howe.

Mientras tanto, el Congreso Continental continúa reunido. A medida que el movimiento rebelde adquiere fuerzas, el poder ejecutivo británico se va desmoronando en las colonias. Los gobernadores, ya sin autoridad, huyen a Inglaterra o son tomados prisioneros. El viejo sistema entra en crisis y uno nuevo comienza a perfilarse en las siguientes sesiones del Congreso de Filadelfia. Ya se discuten resoluciones sobre crédito, comercio, sistema postal, formas de administración.

Richard Henry Lee, uno de los representantes de Virginia, propone la formación de una Federación americana independiente. Después de mucha discusión la propuesta termina por ser aceptada. Se nombra una comisión encargada de redactar una declaración de independencia. Después de tres días de trabajos, durante los cuales se destaca la participación de Thomas Jefferson, el Segundo Congreso Continental aprueba solemnemente la Declaración de Independencia. Es el 4 de julio de 1776.

Incluso ya firmada la Declaración, los debates prosiguen encendidos, cuando Benjamín Franklin, recordando una de las últimas proclamas reales, termina la disputa con una frase: «Caballeros, necesitamos permanecer unidos si no queremos ser colgados uno por uno».

El Congreso vuelca entonces toda su atención hacia el problema de defender militarmente la secesión. Al frente de su improvisado ejército, Washington, ayudado por algunos voluntarios europeos (que escucharon el llamado universalista de los revolucionarios norteamericanos), como el francés La Fayette, el prusiano Steuben o el polaco Kosciusko, va sosteniendo una dura lucha contra los ingleses.

A las victorias sorprendentes siguen serias derrotas y, en esa alternancia de éxitos y reveses, la guerra prosigue sin definirse hasta 1778. Ese año llega al comandante del ejército estadounidense una auspicióse noticia: gracias, sobre todo, al excelente trabajo diplomático de Benjamín Franklin en París, Francia, con sobrados motivos para oponerse a loS ingleses, sus tradicionales enemigos decide ayudar a los norteamericanos. Y a esa ayuda se une también la corona española, aliada de la francesa.

Inicialmente, llega una reducida fuerza expedicionaria, pequeña además para las necesidades del aliad c Pero en 1780 va hacia América un numeroso contingente francés, que componen un eficiente y disciplinado ejército bajo el comando del Conde de Rochambeau. Ahora, la lucha ser definitivamente de igual a igual.

Entendiéndose muy bien, Washinton y Rochambeau articulan inteligentes maniobras que llevan al enemigo al agotamiento. Pierden alguna que otra batalla, pero en la mayoría de las acciones tienen éxito. Por fin, en octubre de 1781 los ingleses cesan el fuego en todas las líneas y solicitan que se inicien conversaciones de paz. Desde ya, la guerra se da por terminada.

El 3 de setiembre de 1783, es firmado el tratado de paz, en Versalles. En noviembre, las tropas inglesas abandonaron el territorio de sus ex colonias; en diciembre, el ejército comandado por George Washington entra en Nueva York, donde se habían reunido los contingentes británicos desde el cese de fuego.

PARA REFLEXIONAR: ¿Fue este incidente la causa de la Revolución americana? No en lo inmediato, ni directamente. Las autoridades de la metrópoli podían ignorar los hechos, tal como hicieron el año anterior, cuando el asalto al Gaspée. Pero en el caso del Gaspée los daños afectaron principalmente a las personas y no hubo mucha destrucción de bienes.

En el siglo XVIII los atentados contra la propiedad siempre se juzgaban con más severidad que las lesiones a las personas. También podían dejar las autoridades de la metrópoli que las de Massachusetts hiciesen las averiguaciones necesarias y pusieran a los perpetradores a disposición de sus jueces. Sin embargo, y pese a ser perfectamente conocidos en Boston los cabecillas, difícilmente se reunirían pruebas suficientes para persuadir a un jurado bostoniano. En las demás colonias, la Boston Tea Party no causó regocijo sino más bien escándalo. Hasta los patriotas moderados consideraron que las cosas habían ido demasiado lejos en Boston.

Y ahí habría quedado el asunto, si tanto los británicos como los estadounidenses hubiesen optado por fijarse más en lo que los unía, y no en lo que los separaba. Pero las autoridades británicas creyeron, quizá con no mucho acierto, que una cosa así ni siquiera en Estados Unidos debía quedar sin alguna acción punitiva. En Inglaterra, los mercaderes y la Compañía clamaban exigiendo sanciones. Una vez tomada la decisión de no consentir sin castigo, el gobierno inglés hizo aprobar por el parlamento, pese a una enconada oposición, una serie de disposiciones que no tardaron en ser calificadas de «leyes de represalia» (Retaliatory Acts) por todos los patriotas norteamericanos, y que constituyeron el principal de los agravios que recoge la Declaración de Independencia. (Fuente: Al Rescate de la Historia Rayner y Stapley)

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Causas de la Independencia de las Colonias Britanicas El Motin del Te

Causas de la Independencia de las Colonias Británicas

LAS LEYES DE LA METRÓPOLI SON EL DETONANTE DE LA REBELIÓN: Con el tratado de París, firmado en 1763, el Imperio británico llega a su apogeo en el siglo XVIII. Francia había perdido prácticamente todos sus territorios en América del Norte y la India.

Gran Bretaña, por el contrario, ya se comenzaba a afirmar como la nación más poderosa de Europa. Pero el largo período de guerra había sido muy oneroso para el tesoro británico. Y era preciso mucho dinero para colonizar y administrar satisfactoriamente tanto a los antiguos como a los nuevos y extensos territorios incorporados al Imperio.

Al mismo tiempo, el equilibrio de poder entre la metrópoli y las colonias se hace cada vez más precario.

Teóricamente, las colonias tienen el derecho de autogobernarse en los negocios internos, a través de sus asambleas censatariamente elegidas las más, y siempre puestas bajo el control de los gobernantes nombrados por el rey inglés, los cuales deben velar para que esas decisiones no contraríen los intereses generales de la corona, que se superponen a todo.

 Independencia de las Colonias BritanicasLas colonias americanas atacan sistemáticamente ese principio. Libres del peligro francés, con una base económica sólida, sus habitantes encaran el futuro con mucho optimismo.

Actúan con un espíritu de independencia que preocupa al Rey Jorge III.

El piensa que Inglaterra debe mantener su posición de madre patria, usando a las colonias como fuente de materias primas y mercado consumidor de sus productos industrializados.

En esas condiciones, el rey decide re-vigorizar la estructura administrativa del Imperio: el Parlamento inglés deberá legislar con autoridad sobre los territorios que pertenezcan a la corona británica, de modo de posibilitar una política unitaria.

Era un plan poco realista, especialmente en cuanto a las colonias de la costa oriental de la América del Norte, El monarca parecía no comprender que las trece colonias inglesas instaladas en América ya no eran simples apéndices de Inglaterra. Se trataba de territorios densamente poblados, dotados de instituciones peculiares, con una tradición cultural ya enraizada.

Además, los planes que el gobierno de Jorge III quería aplicar a los norteamericanos eran extremadamente inadecuados: hacían de ellos ciudadanos británicos de «segunda clase», ignorando que, jurídicamente, eran tan ingleses como los londinenses.

El ser ciudadano inglés no significaba sólo ser subdito del rey de Gran Bretaña; más que eso, comprendía una serie de derechos, tales como el de ser juzgado según las normas procesales y las garantías del derecho británico y de tratar de los negocios de la comunidad a través de sus propios representantes elegidos para el Parlamento.

Por lo tanto, los norteamericanos veían en sus tribunales y asambleas, en las instituciones y derechos reconocidos en la carta colonial, la propia esencia de la ciudadanía inglesa, que estaban dispuestos a defender.

Una grave crisis financiera en la Metrópoli precipita el choque entre Gran Bretaña y las colonias británicas de América del Norte (el Canadá era un país conquistado).

En 1764, buscando recursos para enfrentar la crisis, el Parlamento vota la llamada Ley del Azúcar, imponiendo altos impuestos sobre las ganancias de la comercialización del ron fabricado en las colonias. Y al año siguiente aprueba la Ley de Sellos, estableciendo tributos sobre los documentos públicos. Las dos leyes son la mecha que encendió la rebelión de las trece colonias.

Más de treinta periódicos ya existentes en América del Norte protestan al unísono contra las medidas. En las asambleas, después de inflamados discursos, se votan resoluciones afirmando, con argumentos jurídicos, que las trece colonias no aceptarán esos impuestos tan perjudiciales a su economía, ya que ellas no tienen representantes en el Parlamento que las sancionó.

Ante la imposibilidad de ver ejecutada la Ley de Sellos, el Parlamento suspende su aplicación en 1766. Pero vuelve a insistir en 1767, sancionando las Leyes Townshend; bajo la inspiración del canciller que dio nombre a las leyes, establece impuestos aduaneros sobre la importación de té, tabaco y barniz, entre otros productos A esas medidas siguen otras, reformando el sistema de percepción de tributos en las colonias, para hacerlo más eficaz.

En las colonias, la reacción es inmediata. Asociaciones patrióticas realizan manifestaciones públicas; escriben poesías satíricas, queman efigies de personajes locales favorables a Inglaterra y deciden boicotear el comercio inglés, dejando de comprar los productos tradicionalmente exportados por la Isla.

La protesta general se acentúa cuando el Parlamento insular determina la clausura de la asamblea de Nueva York, que se niega a votar las cantidades necesarias para la manutención de las tropas británicas asentadas en las colonias.

Se trataba de un acto sin precedentes, pues hasta entonces sólo los gobernadores, como representantes del rey, podían intervenir y clausurar las asambleas. En Virginia, la Asamblea vota un mensaje al rey, un memorial a la Cámara de los Lores y una queja a la Cámara de los Comunes.

En 1770, el Parlamento británico cede parcialmente a las protestas, temiendo que algo peor acontezca. Anula los impuestos aduaneros a excepción del que incide sobre el té. Con ello, consigue aplazar por un tiempo el movimiento antibritánico. Mas los primeros disparos de la guerra anglonorteamericana habían matado a tres ciudadanos de Boston.

 Sigue Parte II

Biografia de Marat Jean Resumen Que Hizo en la Revolucion Francesa

Biografía de Marat Jean – Resumen
Que Hizo en la Revolución Francesa

BIOGRAFÍA DE JEAN PAUL MARAT, «El Amigo del Pueblo»: El 24 de mayo de 1745 , en Neuchatel, entonces posesión de los Hohenzollen -familia real de Prusia – , nacía Jean-Paul Mará, el futuro Marat. Su padre, ex monje sardo, se casó con una suiza de esa zona, Louise Cabrol, de la que tuvo siete hijos. Personas de baja clase media, pero con algunos recursos, lograron dar alguna instrucción a su vasta prole; Jean-Paul, el mayor, pudo estudiar en el colegio de Neuchatel, y uno de sus hermanos fue preceptor en la corte de Catalina II de Rusia.

marat jean

Casi nada se sabe de la juventud de Marat. Lo poco que se conoce fue extraído de los relatos de su hermana Albertine, quien, tras pasar treinta años alejada, se convirtió en su fiel amiga durante la Revolución y defendió su memoria después de su muerte.

A los dieciséis años, Jean-Paul abandonó la casa paterna y fue a vivir a Francia. En 1762, a los diecinueve años, el joven se encontraba en París. Era bajo, de hombros cargados y brazos fuertes, grandes ojos negros, nariz aguileña, frente amplia, tez morena y voz vibrante. Poseía el aire mediterráneo y hasta semítico que su nombre parece indicar. Tenía aspiraciones intelectuales.

En la brillante capital debe haber llevado la vida típica del estudiante pobre, comiendo poco y leyendo mucho. Sus intereses eran variados: filosofía, historia, ciencias, literatura. Pero sólo había bibliotecas en las grandes mansiones; comprar libros era privilegio de los ricos. Un joven con pocos recursos debía pedirlos prestados o frecuentar las casas de los poseedores.

Por esa época parece haber conocido a los enciclopedistas, que frecuentaban el mismo tipo de gente. Pero estos señores entraban por la puerta principal y eran amigos de los dueños de casa, que los recibían en sus salones. Encarnaban el espíritu de la nobleza esclarecida, mientras Marat —profundamente plebeyo, típico representante del Tercer Estado— reverenciaba a Rousseau y a Montesquieu al tiempo que repudiaba el ateísmo tan en boga entre los iluministas.

A los 22 años, Jean-Paul reside en Londres, frecuenta el Saint Martin’s Lane —café de los artistas— y pasa hambre. Ya en ese período, aún sin ser médico, se arriesga a hacer las primeras consultas a fin de ganarse algunos almuerzos.

Biografia de Marat JueanTiene varios amigos médicos y, llevado por la curiosidad de conocer el alma humana», pasa sus días en hospitales y prisiones. Las experiencias políticas vividas en Londres , cuando el pueblo salía a la calle defendiendo sus derechos civiles, despertaron en él , los fervientes deseos de comprometerse con esos ideales que ya habían calado hondo con los enciclopedistas franceses. Para él, el origen de todos los males estaba en el voto calificado, es decir, que solo podían votar aquellos que poseían cierto rango social, avalado por una propiedad o un título nobiliario.

Estudió mucho la historia, investigando las injusticias de los gobernantes y tratando de encontrar las leyes generales de la política, explicando luego en su  un  libro  como deben actuar «los amantes de la libertad», con la curiosidad que en aquel momento nunca apoyó la violencia, y si el poder del respeto y de la palabra.

En junio de 1775, Jean-Paul Marat se diploma finalmente en medicina, en la Universidad de Saint Andrew, en Edimburgo. Comienza también a firmar Marat, afrancesando su apellido. Su vida sufre una radical transformación. Vive en el Soho de Londres, barrio entonces elegante, y ya puede pagarse la publicación de sus ensayos y artículos médicos.

El 10 de abril del año siguiente deja Londres, cuando una remesa de ejemplares de la edición de su libro Ensayo sobre el Hombre es requisada en la aduana francesa. Resuelto el problema, decide quedarse en París, donde también consigue una rica clientela y, en poco tiempo, se convierte en médico de moda. Entra al servicio del Conde de Artois, hermano del rey y futuro Carlos X, con buen pago y alojamiento.

Su Ensayo sobre el Hombre no le trajo menos disgustos. Marat profesaba un ingenuo dualismo sobre las relaciones cuerpo-alma, llegando a afirmar a cierta altura del libro que la sede más probable del alma eran la meninges, idea, por lo demás, nada sorprendente para la época. Voltaire dedicó al libro una extensa y maliciosa reseña. Diderot, más imparcial, declaró que, aunque el autor nada en tendiese del problema, había hecho «claras, firmes y precisas» observaciones sobre la influencia de los estado! psicológicos sobre el cuerpo (actual mente conocida como dolencias psicosomáticas).

El hecho sólo aumentó la animosidad del Dr. Marat para con los enciclopedistas, a quienes comenzó a llamar «secta perniciosa».

En los años que siguieron, Marat se dedicó cinco años de entero a la ciencia. Montó un laboratorio de física y medicina y trabajó con la electricidad, tradujo a Newton, produjo una decena de libros especializados y una gran serie de artículos. Llegó a trabajar hasta 20 horas seguidas, hasta que cayó enfermo.

Durante 4 años entre 1784 y 1788 en lugar de mejorar, empeoraba, a tal punto que creyó que se estaba muriendo. Hizo el testamento, legando sus aparatos científicos a la Academia de Ciencias y guardó cama. Su carrera parecía terminada, pero mas tarde como él mismo afirmó, «la noticia de la convocatoria me  causó tal fuerte sensación que mi espíritu se reanimó. Se refería a la convocatoria de los tres estados de la Nación (clero, nobleza y comunes) se reuniesen para decidir el futuro del país, era un verdadero triunfo sobre el absolutismo.

En el verano boreal de 1789 estalló en Francia una sublevación contra el gobierno de Luis XVI. Diferentes factores provocaron esta revolución, pero si un acontecimiento simbolizó el colapso del poder real frente al descontento popular generalizado fue el asalto de la prisión de la Bastilla, el 14 de julio de ese año, Marat participó de la jornada como miembro de la junta electoral de su barrio, y en el asalto a la fortaleza exhortó a los soldados para que no tirasen contra el pueblo, pero fue solo uno entre tantos oradores, pero a partir de ese instante vendrán días intensos, de negociaciones, de lucha, de desencuentros y de violencia que as tarde llevaran a Francia hacia el control político napoleónico.

Su defensa de los derechos del pueblo lo convirtieron en un personaje muy apreciado y popular. En 1792 tomó parte en las matanzas de septiembre y fue elegido miembro de la Convención y de la Comuna de París, pero tropezó con la animadversión de los girondinos al incitar al pueblo a usar la fuerza y reclamar la dictadura.

Con el apoyo de Danton y Robespierre, propone a los girondinos la unidad nacional, la cesación de las disputas mientras dure la guerra. Pero se debe proclamar la República, ejecutar al rey, votar inmediatamente las leyes que protejan a las familias de los combatientes (producto de una leva en masa) de la miseria, y aplicar la pena de muerte a los contrabandistas y especuladores. Robespierre vacila en ir tan lejos. Marat se encuentra solo en la Convención, pero Todos temen la vehemencia y la franqueza de Marat. El día en que enfrenta solo los insultos y amenazas de la Gironda sin que nadie intervenga, Camille Desmoulins le dice, entre admirado e irónico: «¡Pobre Marat, estás dos siglos por delante de tu tiempo!»

El 5 de abril es elegido presidente del Club de los Jacobinos. Un día después, Marat se cuenta entre los que fuerzan a la Convención a crear el Comité de Salut Public (Comisión de Salvación Pública), órgano que luego instaurará la dictadura.

El 11 de julio, en la casa en que habita con su hermana y su mujer, duerme con las puertas abiertas; el calor es insoportable. Por causa de una enfermedad de la piel, contraída en su época de fugitivo, cuando moraba en miserables chozas, Marat pasa los días inmerso en la bañera. Allí escribe, con la cabeza envuelta en un lienzo embebido en vinagre. Entran y salen jacobinos, pueblo, amigos. Traen comunicados e informaciones.

En una tienda del centro de París, Charlotte Corday, joven aristócrata llegada de Caen, compra un largo cuchillo. En la mañana del día 13, se dirige a la casa del «monstruo», el hombre que arruinó a toda su familia y sus amigos, el «masacrador» de setiembre.

Marat, constantemente interrumpido, escribe su manifiesto ¡Pongámonos de acuerdo, es hora! No puede recibirla. Charlotte vuelve por la tarde. La situación es la misma. «Dejen entrar a la ciudadana», dice Marat, distraído. Debe ser alguna otra gestión o pedido. Mientras sigue escribiendo, «el Amigo del Pueblo» le pide que aguarde apenas un instante. Segundos después el cuchillo se entierra en su pecho, llenando la bañera de sangre.

Marat no formó parte del gobierno revolucionario que había ayudado a crear: murió en el momento de su nacimiento.