Causas de la Independencia de las Colonias Britanicas El Motin del Te



Causas de la Independencia de las Colonias Británicas

LAS LEYES DE LA METRÓPOLI SON EL DETONANTE DE LA REBELIÓN: Con el tratado de París, firmado en 1763, el Imperio británico llega a su apogeo en el siglo XVIII. Francia había perdido prácticamente todos sus territorios en América del Norte y la India.

Gran Bretaña, por el contrario, ya se comenzaba a afirmar como la nación más poderosa de Europa. Pero el largo período de guerra había sido muy oneroso para el tesoro británico. Y era preciso mucho dinero para colonizar y administrar satisfactoriamente tanto a los antiguos como a los nuevos y extensos territorios incorporados al Imperio.

Al mismo tiempo, el equilibrio de poder entre la metrópoli y las colonias se hace cada vez más precario.

Teóricamente, las colonias tienen el derecho de autogobernarse en los negocios internos, a través de sus asambleas censatariamente elegidas las más, y siempre puestas bajo el control de los gobernantes nombrados por el rey inglés, los cuales deben velar para que esas decisiones no contraríen los intereses generales de la corona, que se superponen a todo.

 Independencia de las Colonias BritanicasLas colonias americanas atacan sistemáticamente ese principio. Libres del peligro francés, con una base económica sólida, sus habitantes encaran el futuro con mucho optimismo.

Actúan con un espíritu de independencia que preocupa al Rey Jorge III.

El piensa que Inglaterra debe mantener su posición de madre patria, usando a las colonias como fuente de materias primas y mercado consumidor de sus productos industrializados.

En esas condiciones, el rey decide re-vigorizar la estructura administrativa del Imperio: el Parlamento inglés deberá legislar con autoridad sobre los territorios que pertenezcan a la corona británica, de modo de posibilitar una política unitaria.

Era un plan poco realista, especialmente en cuanto a las colonias de la costa oriental de la América del Norte, El monarca parecía no comprender que las trece colonias inglesas instaladas en América ya no eran simples apéndices de Inglaterra. Se trataba de territorios densamente poblados, dotados de instituciones peculiares, con una tradición cultural ya enraizada.

Además, los planes que el gobierno de Jorge III quería aplicar a los norteamericanos eran extremadamente inadecuados: hacían de ellos ciudadanos británicos de «segunda clase», ignorando que, jurídicamente, eran tan ingleses como los londinenses.



El ser ciudadano inglés no significaba sólo ser subdito del rey de Gran Bretaña; más que eso, comprendía una serie de derechos, tales como el de ser juzgado según las normas procesales y las garantías del derecho británico y de tratar de los negocios de la comunidad a través de sus propios representantes elegidos para el Parlamento.

Por lo tanto, los norteamericanos veían en sus tribunales y asambleas, en las instituciones y derechos reconocidos en la carta colonial, la propia esencia de la ciudadanía inglesa, que estaban dispuestos a defender.

Una grave crisis financiera en la Metrópoli precipita el choque entre Gran Bretaña y las colonias británicas de América del Norte (el Canadá era un país conquistado).

En 1764, buscando recursos para enfrentar la crisis, el Parlamento vota la llamada Ley del Azúcar, imponiendo altos impuestos sobre las ganancias de la comercialización del ron fabricado en las colonias. Y al año siguiente aprueba la Ley de Sellos, estableciendo tributos sobre los documentos públicos. Las dos leyes son la mecha que encendió la rebelión de las trece colonias.

Más de treinta periódicos ya existentes en América del Norte protestan al unísono contra las medidas. En las asambleas, después de inflamados discursos, se votan resoluciones afirmando, con argumentos jurídicos, que las trece colonias no aceptarán esos impuestos tan perjudiciales a su economía, ya que ellas no tienen representantes en el Parlamento que las sancionó.

Ante la imposibilidad de ver ejecutada la Ley de Sellos, el Parlamento suspende su aplicación en 1766. Pero vuelve a insistir en 1767, sancionando las Leyes Townshend; bajo la inspiración del canciller que dio nombre a las leyes, establece impuestos aduaneros sobre la importación de té, tabaco y barniz, entre otros productos A esas medidas siguen otras, reformando el sistema de percepción de tributos en las colonias, para hacerlo más eficaz.

En las colonias, la reacción es inmediata. Asociaciones patrióticas realizan manifestaciones públicas; escriben poesías satíricas, queman efigies de personajes locales favorables a Inglaterra y deciden boicotear el comercio inglés, dejando de comprar los productos tradicionalmente exportados por la Isla.

La protesta general se acentúa cuando el Parlamento insular determina la clausura de la asamblea de Nueva York, que se niega a votar las cantidades necesarias para la manutención de las tropas británicas asentadas en las colonias.

Se trataba de un acto sin precedentes, pues hasta entonces sólo los gobernadores, como representantes del rey, podían intervenir y clausurar las asambleas. En Virginia, la Asamblea vota un mensaje al rey, un memorial a la Cámara de los Lores y una queja a la Cámara de los Comunes.

En 1770, el Parlamento británico cede parcialmente a las protestas, temiendo que algo peor acontezca. Anula los impuestos aduaneros a excepción del que incide sobre el té. Con ello, consigue aplazar por un tiempo el movimiento antibritánico. Mas los primeros disparos de la guerra anglonorteamericana habían matado a tres ciudadanos de Boston.



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